Jueves, 17 Abril 2008 19:00

Un soldado despistado. ¡Qué tiempos aquellos!

Escrito por Francisco José Trujillo
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El teniente coronel Guillermo Lora, en su discurso ante los altos mandos militares del 28 de octubre del 2000, con ocasión del juramento de bandera de los cadetes de la Escuela Militar, dijo, entre otros aspectos:

 

“La falta de credibilidad de los colombianos en todas las instituciones del Estado, la injusticia social, la desigualdad de oportunidades, la corrupción de los dirigentes, el desempleo, la crisis económica, la inseguridad, la percepción de que nadie tiene idea de hacia dónde va el país y una guerra que parece no tener fin, son males que desde hace mucho tiempo vienen socavando nuestro sistema de vida y el Estado de Derecho de que hace gala nuestra Constitución.

 

“En secuencia diabólica que ha venido taladrando nuestro espíritu y horadando nuestras esperanzas, día a día nos vemos bombardeados por noticias que nos causan agresión y nos conmueven a todos por igual. El pueblo colombiano necesita un cambio radical en todos los campos, y es a la juventud, en primer lugar, a la que le corresponde impulsar esta tarea de renovación”.

 

“Hay que darle al pueblo algo más que pronunciamientos condenatorios, más que palabras de aliento, algo más que palabras como libertad y democracia en términos abstractos. Es obligación de todos construir una existencia decorosa para cada colombiano.

 

“El pueblo todo, nosotros todos, debemos comprometernos. El pueblo colombiano debe asumir su propio liderazgo, porque sólo el pueblo tiene en sus manos los medios adecuados para buscar sus derechos y hacerlos respetar. El pueblo tiene derecho a su legítima defensa. Nadie está autorizado para tomarse su nombre, y a nombre de él traer muerte y destrucción.

 

“Esta es tarea que no sólo le compete a los civiles sino también      –tomando como ejemplo al general Bolívar– a quienes, como militares, debemos asumir una posición decidida ante el destino de nuestra patria. Nuestro deber y nuestra responsabilidad es comprometernos en la liberación de Colombia llevando en mente el juramento de Bolívar cuando exclamó: ‘No daré reposo a mi brazo ni paz al espíritu hasta que haya libertado de las cadenas de la esclavitud a los pueblos oprimidos de América’”.

 

Hay que recordar que los mandos militares cortaron la transmisión de la intervención de Lora por Señal Colombia. Esas palabras me llevaron a recordar mi breve tiempo en el ejército, prestando servicio militar.

 

En la revista Cromos del primer semestre de 1946 hay una corta nota del periodista y escritor Manuel Zapata Olivella. Relata que fue a los locales del partido comunista, en la Calle 11 entre Carreras 8 y 9, altos del almacén Mazuera. Con sorpresa, la misma de otras personas, Zapata vio a alguien con uniforme militar, y le preguntó sobre su extraña presencia allí. Contestó que en el ejército debía permitirse la circulación de las ideas políticas, y narró su experiencia personal. Ese militar era yo y esta es la historia.

 

En 1944, yo tenía 20 años; era jefe de redacción y editor del periódico Clase Obrera, órgano del Partido Comunista Obrero, uno de los sectores en que se había dividido ese partido en su Congreso anual. Augusto Durán, barranquillero, senador de la república, era el director de Clase Obrera y su dirigente principal. Nos apoyábamos en los sindicatos del río Magdalena (la Fedenal), y en Bogotá (donde Durán se había situado años atrás) en la federación de trabajadores de las carreteras, y en núcleos pequeños en las empresas cerveceras Bavaria y Germania, del tranvía y sectores artesanales. Las consignas de Durán eran “proletarización del partido”, “paso a los obreros a los puestos de dirección”, en clara alusión a intelectuales que dirigían el otro sector, Gilberto Vieira, Jorge Regueros y otros. En el Partido Comunista Obrero visitábamos a los “jotas”, ciudadanos judíos que daban ayuda económica a nuestro trabajo político. Para los mismos efectos, visitábamos a un grupo de republicanos españoles que estaban refugiados en Colombia y pertenecían al sector de la construcción, con quienes yo mantenía cordiales relaciones.

 

En 1945 decidí ingresar en el ejército para desarrollar una labor política, como antes lo habían hecho los socialistas, lo que está bien documentado en Los años escondidos, libro de María Tila Uribe. Me ubicaron en la Compañía de Transmisiones y Comunicaciones en la cercana población de Facatativá, que contaba con unos 15 mil habitantes. Por mi experiencia anterior como alumno interno en un colegio religioso, conocía los hábitos del vivir colectivo.

 

Tres meses después de mi ingreso en el ejército, le solicité al enfermero que me prestara su máquina de escribir. Sorpresa grande para muchos: un soldado que sabía escribir a máquina (aprendí a escribir con dos dedos, como trabajador de la Editorial Jackon, que estaba situada en la Carrera 7 con Calle 20), y vendría una mayor. Hice un esbozo de proyecto de ley de aumento de remuneración para soldados y suboficiales. Los primeros ganábamos cuatro pesos y los segundos 10, con lo que debíamos comprar jabones, pomadas y brilladora del uniforme y otros más. Imposible. Mi propuesta eran 15 y 30. La envíe al senador Augusto Durán, que la consultó con el también senador Julio César Turbay Ayala, quien incluyó a los oficiales con una más alta remuneración. Así fue aprobado. Los compañeros me enviaron al cuartel varios periódicos con la información. Contra las normas existentes, los distribuí. Los oficiales nada hicieron, pues se beneficiaban, y además estaban de por medio dos senadores de la República. Soldados y suboficiales se alegraron y así gané compañeros que me ayudaron en apuros futuros.

 

Pero la situación política me preocupaba. Para estar en Bogotá, cerca de los acontecimientos, pedí mi traslado a la Escuela de Motorización, situada en Usaquén (fue esto lo que me llevó a visitar las oficinas del partido que menciono). El comandante de Facatativá se alegró de salir del incómodo suboficial, pues había sido ascendido. Junto con mi libreta militar, envió una constancia: soldado disciplinado, serio, tiene ideas comunistas. En la nueva unidad militar me recibió un capitán Martínez, quien examinó la libreta y la nota sin hacer comentario alguno. Allí pasé a ser un solemne desconocido, perdido entre decenas de soldados, suboficiales y oficiales. Pasado poco tiempo, fui enviado como ayudante del conductor de un camión, transportando tropas de infantería a Villavicencio: invierno, pésima carretera, accidentes graves. En esos días estaban en huelga los trabajadores de una compañía de petróleos y los de carreteras. El personal de infantería ocupó sus puestos y los de motorización quedamos libres. Con gran imprudencia y repudio de mis compañeros, visité y saludé a los huelguistas. Regresé con tarjeta roja. El capitán Martínez me aconsejó que pidiera la baja, pues, si no, me expulsarían. Así lo hice. Fue rápida la baja.

 

Hoy rememoro las figuras de algunos militares: el entonces coronel Gustavo Berrío Muñoz, quien no aceptó el rutinario “permiso para hablar mi coronel”, ordenando en cambio lectura diaria de artículos anticomunistas de la revista Selecciones. Igualmente, el entonces capitán Serpa, que moriría defendiendo el Palacio Presidencial el 9 de abril, quien dictaba deficientes conferencias a los suboficiales, y a quien con imprudencia le dí un libro que podría serle útil. Se molestó y me envió adonde el mayor Cañón, a quien por su figura corporal apodaban “Sobrebarrida con Papas”, quien fue cordial conmigo. También recuerdo a un oficial de mi edad con el que hice buena amistad, que infortunadamente se enfrió porque se negó enfáticamente a aceptar que descendemos de los simios; otro joven, acuerpado, me dijo: “Usted es ruso”; “por qué”, le pregunté; “porque es comunista”.

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