Articulos de la semana

Articulos de la semana (177)

Martes, 18 Enero 2022 17:56

Artículos de la edición Nº 287

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Artículos de la edición Nº 287

En las URI el hacinamiento alcanza hasta el ¡3.220 por ciento!, Equipo desdeabajo I 2
2022, en catalejo, Equipo desdeabajo I 4
Quiénes somos y cómo nos vemos, Equipo desdeabajo I 5
Una ley de los “buenos” para los “malos”, César Alejandro Osorio Moreno I 6
Los precios: amenaza y advertencia, Héctor-León Moncayo S. I 8
Gilinski vs. GEA: peleas ajenas, Álvaro Sanabria Duque I 10
Perdida en los viajes y en los privilegios,
Erika Andrea Ramírez Jiménez I 12


Informe especial: Dos años de (mal) gobierno de ‘centro’ en Bogotá”

A dos años de su inicio, la administración de Claudia López ha transitado un periplo desde el excepcional entusiasmo ciudadano hacia la insólita decepción.

La primera mujer alcaldesa de Bogotá se eligió bajo la promesa de romper radicalmente con las políticas de su antecesor, Enrique Peñalosa, despertando gran optimismo incluso entre sectores de izquierda que apoyaron con decisión su candidatura. El inicial optimismo alcanzó para que, en los primeros meses de su gobierno, López fuera promovida como posible candidata presidencial. De esa manera parecía consolidarse una identidad política para el autodenominado “centro”. Sin embargo, a decir verdad, desde la campaña misma salieron a flote las similitudes entre el peñalosismo y el discurso de López: la entonces candidata no se comprometió a revisar el proyecto de metro elevado, a pesar de la advertencia de no contar con los estudios técnicos necesarios. Tampoco prometió prescindir del Esmad para controlar las protestas sociales, a pesar de la desmesurada represión que recayó sobre las movilizaciones a finales de 2019.

Ya en ejercicio, la Alcaldesa asumió respecto de la protesta una actitud similar a la del gobierno nacional, reduciéndola a “vandalismo”, criminalizándola y reprimiéndola. Así mismo, sus políticas de emergencia para atender la crisis sanitaria producto de la pandemia no se distinguieron sustancialmente de las seguidas por el gobierno nacional. No hubo, por ejemplo, una política social audaz como la que se esperaba de un gobierno “alternativo”. En fin, aún contando con amplias mayorías en el Concejo, López decidió aprobar por decreto un POT altamente impopular, que da continuidad al modelo de ciudad de la administración Peñalosa en beneficio de unos cuantos grupos económicos y de poder. Al día de hoy, parece claro que el “centro” se distingue muy poco de la política tradicional al servicio de las élites políticas y económicas.

Con el anhelo de brindar información útil para la necesaria evaluación y debate, así como retos que dejan estos 24 meses de “gobierno alternativo”, en el presente informe especial un grupo de expertas y expertos examinan las facetas más relevantes del gobierno de Claudia López, con el objetivo de enriquecer la discusión sobre esta experiencia y sobre varios de los problemas fundamentales de la ciudad. (Págs. 13-24)


 

¿Bogotá cuidadora? Lo que va del discurso a la práctica de un gobierno feminista, Angélica Bernal Olarte I 14
La protesta social en Bogotá:
entre la represión y la solidaridad, Carolina Cepeda Másmela I 16
El modelo de ciudad peñalosista
y el gobierno de las elites tradicionales, Shameel Thahir I 18
El pueblo se defiende,
no se estigmatiza, ¡carajo!, Maria Teresa Pinto Ocampo I 20
Las contradicciones políticas del ‘centro’, Andrés Felipe Parra Ayala I 22

Una falsa expectativa:
 campaña vs. realidad
Equipo de Trabajo de la UN I 23

El Estado y nosotros …que lo quisimos tanto
Raúl Zibechi I 26

Canto a la vida*
Aníbal Vásquez I 28

Marxismo y Colapso. Debate Noam Chomsky, Miguel Fuentes, Guy McPherson (1)
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 Marxismo y colapso

 

Presentación

El Marxismo Revolucionario ante el fin de la modernidad y el horizonte práctico de la barbarie
O la necesidad de prepararnos para una lucha bestial por la sobrevivencia

 

La Revolución ha muerto. El Socialismo moderno ha fracasado… y el comienzo de una era postmoderna de colapso civilizatorio y derrumbe social planetario es inevitable. Tal como en el caso de una enfermedad mortal imposible de detener, nada puede impedir ya este pronto desenlace. Ni la globalización económica, ni la tecnología, ni la planificación socialista de la economía pueden así evitar lo que, si se tiene en cuenta la real gravedad que poseen las actuales crisis ecológica y energética, se presenta hoy como ineludible: el pronto colapso de la sociedad contemporánea.

¡Patrañas!, responderá ante esta afirmación el defensor de la libre competencia. ¡Solamente necesitamos invertir en nuevas tecnologías! ¡Derrotismo!, increpará desde la otra vereda el militante marxista. ¡Esto lo solucionamos con la conquista del poder por los trabajadores! ¡Determinismo! ¡Un eco-suicidio planetario es ciertamente posible, dirá el ecosocialista, pero asumir su inevitabilidad es puro pesimismo! ¡Falta de enfoque!, replicará a su vez el defensor del “decrecimiento”. ¡Un colapso no tiene porque ser algo negativo, sino que aquel puede ser “administrado” en pos de un modelo alternativo de sociedad, constituyendo entonces una “oportunidad”!

¿Pero es cierto que el peligro de un colapso civilizatorio inminente como efecto de la combinación catastrófica de las contradicciones económicas, sociales y políticas tradicionales del sistema capitalista actual y el avance (ya imparable) de la crisis ecológica, energética y los futuros escenarios de sobrepoblación mundial y escasez planetaria de recursos, puede ser conjurado, esto ya sea mediante el desarrollo tecnológico, la implementación de un sistema económico planificado, el eco-socialismo o el impulso de “modelos alternativos” de sociedad basados en el “decrecimiento”? 

Estas son algunas de las discusiones que se darán en "Marxismo y colapso", un sitio enfocado en el debate en torno a las fuentes científicas alrededor de los problemas existenciales que enfrenta la humanidad en el corto plazo (crisis ecológica, derrumbe energético, sobrepoblación, agotamiento de recursos, pandemias, guerra atómica) y la necesidad de un nuevo marco estratégico programático ante un inevitable proceso cercano de colapso civilizatorio y extinción humana.

BIENVENIDOS A MARXISMO Y COLAPSO
La última frontera teórica y programática de la Revolución Socialista

El objetivo de este sitio es constituir un espacio de información, difusión y debate con respecto a los problemas existenciales (inmediatos) a los cuales se enfrenta actualmente nuestra especie y la civilización (por ejemplo, la perspectiva cercana de un cambio climático catastrófico y un derrumbe energético generalizado). Una de las tareas de esta página será informar respecto al estado de la discusión científica alrededor de estas amenazas y sus posibles proyecciones durante el presente siglo, aquello a partir de la difusión de algunos de los más avanzados estudios científicos en torno a las mismas. Desde aquí, Marxismo y Colapso busca entablar colaboraciones con todos los investigadores de estas problemáticas, así como también con cualquier persona interesada seriamente en su estudio, invitándolos para esto a desarrollar posibles iniciativas en común en los terrenos de la difusión y el estudio de aquellas.

En segundo lugar, Marxismo y Colapso defiende la necesidad de un nuevo marco estratégico programático marxista ante el inevitable proceso de colapso civilizatorio y extinción humana que ya ha comenzado a avizorarse en el horizonte histórico, esto como resultado de la combinación (súper-catastrófica) de los efectos de las contradicciones económicas, sociales y políticas tradicionales del sistema capitalista y el avance (ya imparable) de las crisis ecológica, energética y los futuros escenarios de sobrepoblación mundial y escasez planetaria de recursos.

Teniendo en cuenta la casi nula elaboración marxista tradicional respecto a estos peligros, así como también los propios límites del llamado ecosocialismo y los demás referentes de la ecología política marxista (muchos de los cuales, si bien comprenden la posibilidad de un colapso civilizatorio cercano, rechazan aceptarlo como un horizonte histórico práctico inminente), Marxismo y Colapso se plantea como un espacio para el desarrollo de los jalones teórico-programáticos necesarios para el desarrollo de un marxismo nuevo: es decir, dotado de un nuevo programa, una nueva teoría y una nueva practica política para la revolución, adaptada para la nueva era histórica (salvaje) que está comenzando a desarrollarse ante nosotros: esto es, el derrumbe de la civilización, la extinción humana y el mismo apocalipsis.

Ahora bien, comprendiendo que la adopción de un nuevo marco teórico programático marxista, adaptado para las condiciones del próximo colapso civilizatorio, no “caerá del cielo” ni se presentará al modo de ningún “viaje intelectual”, Marxismo y Colapso busca establecer contacto con las bases militantes y los cuadros dirigentes de todas las organizaciones anti-capitalistas existentes en la arena internacional, esto para discutir con aquellas la necesidad imperiosa de impulsar insurrecciones políticas en contra de las direcciones negacionistas de sus propios partidos y buscar con ello imponer, de manera radical, la necesidad de la reflexión marxista colapsista en el seno de las mismas. La invitación que hace Marxismo y Colapso a los revolucionarios marxistas es: ¡Imponer esta discusión a sus dirigencias… o acabarlas!

Finalmente, asumiendo que la inevitable crisis civilizatoria constituirá un momento de ruptura fundamental de los pilares básicos del mundo moderno no sólo en las esferas económicas, sociales y políticas, sino que, además, en el ámbito cultural, artístico y en el de las propias concepciones de mundo vigentes en la modernidad, Marxismo y Colapso se plantea como un espacio para la elaboración y la reflexión artística y literaria respecto a esta próxima “ruptura cognitiva” que enfrentará el conjunto de la sociedades humanas. Buscando entablar diálogo con creadores de las más diversas disciplinas artísticas y literarias, Marxismo y Colapso les invita a enviarnos sus colaboraciones y reflexiones para ser expuestas en este sitio.

2019-2021
www.marxismoycolapso.com

Teoría Marxista-Colapsista

 

La Revolución ante su hora final
¡El Marxismo ante la batalla decisiva y final de la lucha de clases holocénica!
La última batalla teórica y estratégica de la Revolución, el último combate ideológico del Marxismo.

No queda más de una década para el inicio de una dinámica de cambio climático súper catastrófico y de colapso civilizatorio global. Es necesario prepararnos para el cataclismo.
¡Forma parte de la Comunidad de Marxismo y Colapso Web!

El Marxismo no tiene más de una década para realizar una renovación completa de su teoría y marco estratégico-programático para prepararse ante el cataclismo ecológico civilizatorio que alterará pronto, de raíz,

la propia dinámica de la economía, la política y la lucha de clases mundial... esto hasta producir su derrumbe definitivo.

¡El Marxismo debe prepararse para un cataclismo histórico inevitable de envergadura geológica... o morir!

 

Documentos introductorios

1. Una breve introducción al Marxismo Colapsista.
Algunas ideas básicas de la propuesta teórica-política del marxismo colapsista

-Link: https://www.marxismoycolapso.com/revolucionycolapso

2. La Revolución Socialista frente al abismo.
Una nueva teoría marxista para una nueva época histórica

-Link: https://www.marxismoycolapso.com/estrategia

3. Marxismo y Colapso (sección de debates)
Discutiendo el horizonte del cambio climático catastrófico y el colapso / Participantes: Noam Chomsky (EE. UU.), Michael Lowy (Francia), Peter Wadhams (Reino Unido), Miguel Fuentes (Chile), Antonio Turiel (España), Jaime Vindel (España), Manuel Casal Lodeiro (España), Jorge Altamira (Argentina), Lucho Fierro (Argentina), entre otros.

-Link: https://www.marxismoycolapso.com/debates

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14 de enero 2022

 

Ecosocialismo versus Colapsismo. Una conversación con Michael Lowy, Miguel Fuentes y Antonio Turiel

30 de octubre 2020

?No se pierda de la programación que inicia a partir de las 3:00 pm:

 



?Fecha: 11 de noviembre:


Lugar: Parque de la juventud
Documental: Lugares de la memoria
Recital: La marcha de las letras



?Fecha: 12 de noviembre:


Lugar: Guernika
Serie web documental: Techotibas, memorias y resistencias colectivas.
Recital: Danielito bang

 



?Fecha: 13 de noviembre:


Lugar: Teatro Acto Latino
Serie web documental: Nymsuque, relatos de periferia.
Concierto: Noelia Maffiold

Acompáñenos en estos encuentros para que juntos y juntas encendamos la mirada, porque mirar es otra manera de preguntar, de buscar.  

Los esperamos?

#AluCINEseEnElBarrio #ArteYMemoriaSinFronte

8º Encuentro internacional "La economía de los y las trabajadorxs"

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INGLATERRA

October 7, 11:00 - 14:00 hs.
«Yesterday trade unionists, today cooperative members. The challenges of the convergence of trade unionism and cooperativism ”. Juan Manuel Soto, Education Commission, Pascual Workers Cooperative (Mexico), Jesús Torres Nuño, Western Democratic Workers TRADOC (Mexico), VioMe (Greece), Flasko (Brazil)
Coordinated by: Carlos Aulet Pit-CNTAlfredo Desiderio Rojas Lara, President of the Cooperativa SME Luz y Fuerza del Centro

https://economiatrabajadors.com/en/events/viii-international-gathering/

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ESPAÑA

7 de octubre, 11:00 - 14 :00 hs.
«Ayer sindicalistas, hoy cooperativistas. Los desafíos de la convergencia del sindicalismo y el cooperativismo». Juan Manuel Soto, Comisión de Educación, Cooperativa Trabajadores de Pascual (México), Jesús Torres Nuño, Trabajadores Democráticos de Occidente TRADOC (México), VioMe (Grecia), Flasko (Brasil)

https://economiatrabajadors.com/events/viii-encuentro-2021/

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BRASIL

7 de outubro, 11:00 - 14:00 hs.
«Ontem sindicalistas, hoje cooperados. Os desafios da convergência sindical e cooperativista ”. Juan Manuel Soto, Comissão de Educação, Cooperativa de Trabalhadores Pascual (México), Jesús Torres Nuño, Western Democratic Workers TRADOC (México), VioMe (Grécia), Flasko (Brasil)
Coordenado por: Carlos Aulet Pit-CNTAlfredo Desiderio Rojas Lara, Presidente da Cooperativa SME Luz y Fuerza del Centro

https://economiatrabajadors.com/events/viii-encuentro-2021-portugues/

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FRANCIA

7 octobre, 11:00 - 14:00
«Hier syndicalistes, aujourd’hui sociétaires. Les défis de la convergence du syndicalisme et du coopérativisme ». Juan Manuel Soto, Commission de l’éducation, Pascual Workers Cooperative (Mexique), Jesús Torres Nuño, Western Democratic Workers TRADOC (Mexique), VioMe (Grèce), Flasko (Brésil)
Coordonné par : Carlos Aulet Pit-CNTAAlfredo Desiderio Rojas Lara, Président de la Coopérative PME Luz y Fuerza del Centro.

https://economiatrabajadors.com/events/viiie-recontre/

 

Alienación, sociedad del espectáculo, criptomonedas y economía del comportamiento

Con el nacimiento del capitalismo la noción de trabajo se convirtió en un ethos civilizatorio. Así, en el siglo XIX, el marxismo transformó a los trabajadores en los sujetos de la emancipación social y, de hecho, fueron ellos los que provocaron las revoluciones de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX. El Estado de bienestar, de su parte, los convirtió en clase media. El neoliberalismo de fines del siglo XX e inicios del siglo XXI los condujo a la precarización absoluta.


Sin embargo, es necesaria una reflexión sobre lo que significa el trabajo, en tanto concepto y noción de base para ese proyecto civilizatorio, en contextos de la emergencia de la inteligencia artificial, el internet de las cosas, la automatización de la producción, la emergencia de los bienes informacionales y las redes sociales, el fenómeno de las criptomonedas, entre otros, y que dan cuenta de transformaciones sustanciales en el capitalismo tardío.


Esa reflexión es importante porque el siglo XXI no puede repetir el ethos del siglo XX; porque se necesitan situar las condiciones de posibilidad para otros debates, por ejemplo, la necesidad de la renta básica universal y sin condiciones, o la reducción de la jornada de trabajo sin reducción de la remuneración, entre otros.


El trabajo, los trabajadores


Efectivamente, hay un ethos del trabajo en las sociedades modernas, pero más allá de ese ethos, ¿qué piensan esos trabajadores dentro del proceso de trabajo? Cuáles son sus sueños? ¿Qué sentido de la vida y del mundo han logrado construir? ¿Cómo son sus afectos, sus emociones, sus esperanzas, sus sueños, sus frustraciones, sus anhelos, sus dolores, sus pesadillas? ¿Qué espacio hay ahí para la dignidad humana?


Sabemos desde Kant que los seres humanos deben ser siempre considerados como un fin, no como un medio. Pero en la industria o en la oficina, o en el taller, se convierten no solo en medio sino en apéndice de las máquinas, y muchas veces menos que eso. Están ahí, en la fábrica o la oficina, porque no tienen un plan B que los libere de ello. La satisfacción de sus necesidades más prioritarias depende de ese trabajo. Es la llave de acceso para obtener el ingreso necesario para ellos y sus familias. Fuera de ese trabajo, en general, no tienen otra opción de ingresos y sin ingresos vivir es imposible en el capitalismo. Por ello, hacen lo que sea, como sea, y cuando sea. Son las condiciones sociales los que han dado esa forma al mercado de trabajo, pero eso no quita el hecho que son seres humanos con dignidad y con un sentido ontológico de su presencia en el mundo.


A la economía política nunca le importó eso. El discurso de la economía moderna los considera, mira y registra como datos dentro de la estructura de la producción, el intercambio y el consumo. Los adscribe dentro del concepto de productividad marginal del capital y se transforman en un simple insumo con una capacidad de crear una riqueza determinada. No solo eso, sino que los hace también culpables del desempleo, al que lo consideran voluntario. Su condición de trabajadores, es decir de seres humanos que tienen una fuerza de trabajo al servicio de la producción de bienes y servicios, forma parte del cálculo de los mercados de trabajo y de los costos marginales de la producción.


Los salarios, en el discurso teórico de la economía, son una especie de balanza que define la frontera entre el empleo y el desempleo en el equilibrio del mercado de trabajo. Pero para ellos, en tanto seres humanos con dignidad y necesidades, el empleo o el desempleo es más que un indicador económico. Es la frontera entre la angustia y la certeza, y, en algunos casos, entre la vida y la muerte. Se trata de una frontera que tiene mucho de metafísica porque atañe al sustrato más íntimo del ser en el mundo, un estatuto de incertidumbre y vulnerabilidad que se define desde el empleo, pero que nunca es ni será considerado como un dato en el discurso de la economía.


El ethos del trabajo atraviesa a la sociedad como uno de sus vectores fundamentales, y la unifica y solidifica bajo un objetivo común: la productividad. Se resalta y magnifica la condición de trabajadores porque, efectivamente es su trabajo el que crea valor, pero al mismo tiempo que esa condición de trabajo se impone como norma social, se soslayan y se ocultan todas las dimensiones afectivas, éticas, estéticas, eróticas, lúdicas y emocionales que otorgan a los seres humanos su especificidad y su ontología.


En efecto, como seres humanos conscientes, afectivos, emocionales e inteligentes, por supuesto que los obreros son mucho más que solamente trabajo, o fuerza de trabajo. La conversión de los seres humanos en obreros implicaba, a fortiori, una pérdida de su condición ontológica. Todos los testimonios dan cuenta que en las fábricas se produce un vaciamiento ontológico de lo humano, pero ello no obsta para acotar a la ideología sobre el trabajo y cuestionarla. Justo por eso cabe interrogarse sobre ese sesgo teórico de la modernidad y el capitalismo sobre el ethos del trabajo, y preguntarse radicalmente si ese sesgo empobreció la complejidad de lo humano al convertirlo solamente en trabajador. Lewis Mumford tiene razón cuando señala: “El evangelio del trabajo era el lado positivo de la incapacidad para el arte, el juego, el recreo o la pura artesanía que había producido el agotamiento de los valores culturales y religiosos del pasado” (Mumford 1971, 195-196).


El “fenómeno humano”, al que hacía referencia Theilard de Chardin pierde toda consistencia ontológica, ética, erótica, lúdica y estética al convertir al ser humano en obrero. Se puede romantizar todo lo que se quiera al trabajo, pero en sí mismo, como trabajo, siempre es embrutecedor. Al entrar en la fábrica, se pregunta Simone Weil, “¿Qué gané con esta experiencia?” y se responde: “El sentimiento de no poseer ningún derecho, cualquiera que este sea…” (Weil 2002, 170), y continúa: “confundida a los ojos de todos y a mis propios ojos con la masa anónima, la desgracia de los demás ha entrado en mi carne y en mi alma” (Weil 2002, 32). Curiosamente el testimonio de Simone Weil se parece mucho a aquel de Primo Levi, cuando contaba su experiencia como “trabajador” en el Lager. A propósito de su experiencia como obrera, Simone Weil escribe: “recibí ahí y para siempre la marca del esclavo” (Weil 2002, 38). El testimonio de Weil da cuenta que el trabajo de los obreros es embrutecedor por definición y que “ninguna perfecta equidad social podrá borrar jamás” esa condición de esclavitud moderna (Weil 2002, 39).


Definitivamente, la condición de obrero empobrece la condición humana. No solamente por su adscripción al capitalismo y la conversión del trabajo humano en plusvalía sino en su esencia misma. El trabajo en tanto trabajo desaloja de toda consistencia ética, erótica, estética y ontológica al “fenómeno humano”. Ahora tenemos más argumentos para comprender que Paul Lafargue finalmente tenía razón, hay que oponer al ethos del trabajo el derecho a la pereza, o cuando Schiller proponía la ética del juego como fundamento y ethos alternativo al trabajo: “Pues por decirlo de una vez, el hombre sólo juega donde es hombre en toda la plenitud de la palabra, y sólo es completamente hombre donde juega”, (Schiller, citado por Lukács (Luckács 1985, 68, cursivas el original)).


Detrás del ethos del trabajo estaba la realidad más prosaica que el trabajo humano es la fuente primigenia de todo valor. La defensa civilizatoria del trabajo es la protección al núcleo fundamental del valor, de donde la burguesía extrae su poder y sus propias condiciones de posibilidad. La creación de riquezas, en el orden burgués, depende de la voluntad de poder que, como sabemos, no tiene límites.


Como trabajo y fuente de valor, los seres humanos, al ingresar a la industria, fueron mutilados de toda consideración ontológica y transformados en obreros. La ideología del trabajo somete a todos, pero es imposible criticar esa ideología. Hay, además, un orgullo en reclamarse obrero. Si el mundo ha sido creado por manos obreras, entonces ¿porqué no estar orgulloso de ello? Por ello, el trabajo como ethos podía estar a la entrada del campo de exterminio de Auschwitz, así como en las funciones matemáticas de la teoría económica moderna. No importa cuántos sueños, esperanzas, frustraciones, pasiones, compongan la humana condición, todo ello podía ser soslayado, obliterado y suprimido para salvar al trabajo.


Trabajo, capitalismo, valor y poder


La economía moderna ha dejado de lado toda consideración ontológica del “fenómeno humano”, porque lo consideran una cuestión metafísica y, por lo tanto, sin posibilidades analíticas, para asumir un principio de realidad establecido desde la emergencia del capitalismo y el mercado mundial, del Estado-nación moderno y de la ilustración.


Aquello que emergía en las entrañas del capitalismo era la promesa de liberar a la humanidad del yugo de la escasez y, gracias a la división del trabajo, esta promesa podía esta vez cumplirse. Adam Smith había encontrado el hilo de Ariadna precisamente en la división del trabajo para vislumbrar en su metáfora del taller de alfileres el nacimiento de una nueva era, en la que el más humilde de sus habitantes, según Smith, podría tener acceso a riquezas que el más poderoso de los reyes antiguos.


La riqueza, esta vez como producción consciente y como voluntad de poder, efectivamente podía crearse en magnitudes inéditas y, en última instancia, solo dependía de esa voluntad de poder. Nunca antes la humanidad había tenido ante sí la posibilidad de un volumen de riquezas de tal magnitud. La promesa emancipatoria de liberar a la humanidad de la escasez tenía visos de verdad. Sobre esa promesa descansa el universo simbólico de la ideología del progreso, el progreso, como sabemos es la “contradicción que nunca se resuelve” (Luckács 1985, 92); pero es el sustento simbólico de su heredera: el crecimiento económico. Se cree, con la fe del carbonero, que el crecimiento económico resolverá los problemas sociales. No importa que la vida humana esté a punto del colapso por los efectos del calentamiento global, pero bajo ninguna circunstancia se puede resignar el crecimiento económico. Pero el crecimiento económico, como ya lo sabemos, es solo parte del mito fundacional de la burguesía. No hay, no ha habido y nunca habrá nada parecido al progreso.


Pero en ese proceso de “crecimiento económico” llevado adelante por la industrialización, los seres humanos, devinieron en insumo y apéndice de las máquinas y la tecnología. El proceso de trabajo se tecnificó y el trabajo humano se disciplinó en función del ritmo de la máquina. La fábrica devino en espacio autoritario, jerárquico, burocrático, fascista. A ese proceso se lo denominó taylorismo y, mal o bien, define la estructura misma de todo espacio productivo en todo el capitalismo hasta nuestros días.


El trabajo y la amputación ontológica


La conversión de los seres humanos en obreros que se produjo en el capitalismo, causó la amputación de toda dimensión ontológica de lo humano. Factorizó la condición humana solamente como fuerza de trabajo incrustada en la industria y como apéndice de la máquina. Aquello que constituye lo fundamental de lo humano, sus emociones, sus pasiones, sus afectos, sus sueños, sus locuras, sus apegos y desapegos, toda dimensión ética, erótica, lúdica y estética de la vida, en definitiva, la dignidad de lo humano, fueron dejados de lado para poder recuperar solamente la dimensión de fuerza de trabajo porque solo desde ahí, aparentemente, podía valorarse la riqueza.


Sin embargo, y strictu sensu, no existe la fuerza de trabajo. Los seres humanos no pueden ser amputados de la dimensión ontológica que los estructura y define en tanto seres humanos, ni tampoco en su dignidad, sin que medie un proceso de violencia y despojo de esa dimensión ontológica. La fuerza de trabajo es solamente un recurso heurístico y metodológico de la economía política clásica para comprender la división del trabajo, la formación de los costos de producción, y la extracción de la plusvalía, pero nada más allá de eso. Visto en su justa perspectiva, la plusvalía no es solamente un despojo de trabajo, es un despojo de la ontología de lo humano.


Ningún trabajador del mundo puede ser reducido a fuerza de trabajo porque él es en sí mismo una totalidad y una complejidad que rebasa por todos los lados la definición de fuerza de trabajo. En cada minuto del proceso productivo, hay un ser humano que siente, piensa, sueña, tiene emociones, recuerdos, anhelos, frustraciones, por más taylorista que sea esa industria. Cada fracción de ese minuto laboral está contaminada por la ontología de lo humano. Quizá los suicidios de trabajadores de la empresa china Foxconn (la más grande empresa tecnológica del mundo), por sobreexplotación y maltrato, den cuenta de ello.


Por eso no se puede liberar al trabajo, porque la noción de trabajo es ya en sí misma un empobrecimiento de la condición humana. No existe, y no puede existir, la emancipación del trabajo porque la emancipación del trabajo, por definición, exige su anulación. Pero anular el trabajo implicaría, por supuesto, anular el valor. Es decir, a la burguesía.


No se trata, en definitiva, de liberar el trabajo, se trata de liberar la vida humana sometida al trabajo. Se trata de humanizar al trabajo y otorgarle las condiciones ontológicas de lo humano porque forma parte de esa ontología. Se trata de comprender a los trabajadores como seres humanos con dignidad. Se trata de recuperar la ontología de lo humano y evitar su evaporación, por así decirlo, en la explotación industrial y moderna.


El trabajo como demiurgo de lo real


Sin embargo, el ethos del capitalismo, con su apuesta por la frugalidad, el ahorro y el ascetismo, aquello que Weber describe como el “espíritu del capitalismo”, construyó al trabajo como una determinación trascendente a lo social. Se trataba de un punto de vista coherente con los procesos de emancipación política de la burguesía que quería liberar a los seres humanos de las relaciones de servidumbre para someterlos a los procesos disciplinarios de la producción fabril e industrial. Para la burguesía, el trabajo se determinaba desde un contrato que establecía las condiciones de libertad e igualdad del orden político moderno. Solo se firma un contrato entre iguales, tal es la ficción jurídica del orden burgués.


Para la crítica marxista, el trabajo estaba ya alienado en sí mismo porque el trabajador no es dueño de lo que produce, de hecho ha sido reducido a mercancía y, como tal, es el origen y fundamento de la propiedad privada. Si el trabajo construye lo real en tanto real, y si el trabajo está alienado en la sociedad burguesa, entonces lo real está también alienado. Emancipar al trabajo, equivalía, por tanto, permitir que los seres humanos se apropien de la realidad que ellos mismos crean en la producción.


En la alienación moderna, el productor no es dueño de lo que crea; los objetos aparecen extraños al proceso que los generó, y como tales se convierten en fetiches de una relación alienada. El sujeto alienado tiende a ver al mundo y a las relaciones sociales como si fuesen cosas. Deja de ver relaciones sociales para verlas como relaciones entre objetos. Cosifica lo real. Otorga a las cosas un poder demiúrgico sobre sí mismo. Pero no solo los objetos se vuelven extraños a sus creadores, sino la propia actividad de creación se convierte en extraña en sí misma. El trabajador no es él mismo en el proceso de trabajo. Ese proceso de trabajo lo reduce a ser un objeto más, apenas un apéndice de la máquina. La propia actividad de trabajar ya no le pertenece al trabajador. En consecuencia, el mismo proceso de producción se convierte en extraño para él.


Si la producción crea sus propias condiciones de existencia en tanto sociedad e historia, la alienación del trabajo implica la alienación social en conjunto, la alienación de su propia historia. Así, y de la misma manera que los trabajadores no reconocen los objetos que ellos mismos fabrican, los seres humanos hacen su propia historia pero tampoco se reconocen en ella. Hacen y construyen su propia sociedad, pero esta misma sociedad les aparece como una potencia extraña a ellos.


Es por eso que se consideraba, desde el marxismo, que la emancipación del trabajo equivale a devolver el sentido histórico y social a los propios seres humanos. En ese sentido, el trabajo es en realidad una categoría de ontología política, porque es la determinación que permite comprender la estructura ontológica de lo real. No obstante, fue leído como si fuese una categoría económica. Se hipostasió una categoría ontológica-política, como una dimensión económica y productiva.


La otra alienación


La analítica y la crítica a la alienación del trabajo, que de alguna manera se genera desde el ethos del capitalismo, no obstante, no permitía ver esa otra alienación que comenzaba el momento preciso de dejar la fábrica, el taller, la oficina. Esa otra alienación que colonizaba el tiempo aparentemente libre y lo convertía en el espectáculo de su propia alienación, se invisibilizaba, dejaba de advertirse y se soslayaba.


No se trataba solamente de la alienación del trabajo que transfería riquezas desde los trabajadores hacia la burguesía, había algo más que eso y que podía ser comprendido, asumido, visto, constatado en el instante mismo en el que el obrero, el técnico, el oficinista, en definitiva, cualquier trabajador, dejaba la fábrica, la oficina, el taller o cualquier sitio de trabajo. Se trata de una alienación más agresiva aún porque le quitaba aquello que no le había quitado todavía el trabajo de la fábrica o de la oficina.


En el proceso productivo o en la oficina, la serie de tareas a las cuales tenía que someterse el trabajador demandaban de su atención y, de alguna manera, absorbían sus capacidades y le dejaban poco espacio para reflexionar sobre sí mismo. Pero una vez fuera del sitio de trabajo, se supone que podía recuperar su propio tiempo. Se supone que podía reponer no solo sus fuerzas sino también a sí mismo. Pero no había eso.


Al salir del sitio de trabajo actuaba un proceso de alienación aún más fuerte de aquel de la producción. Se trataba de un proceso de alienación de su propio tiempo libre y por fuera del tiempo productivo. Una alienación que incluía a todos aquellos de forma independiente que estén o no en el proceso productivo. Niños, jóvenes, desempleados, ancianos, mujeres, retirados, en fin, todos ellos sentían cómo su propio tiempo era colonizado, expropiado, sometido a un proceso de alienación más intensivo incluso que aquel de la fábrica.


Era muy difícil que la analítica de la teoría economía pueda dar cuenta de ese proceso porque se generaba por fuera de las coordenadas de la producción, pero formaba parte de la producción. Se integraba a ella. La complementaba.


Había, en efecto, toda una potente industria que administraba el tiempo de los demás en función de sus propias necesidades de ganancia y que, aparentemente, no estaba en el proceso industrial clásico. Un proceso insidioso que se va a revelar en toda su amplitud a fines del primer tercio del siglo XXI, en pleno capitalismo tardío, cuando la estructura cotidiana de la vida social se convierta en big data, y se comercialice como mercancía. ¿Cómo entender esta nueva alienación y que no proviene directamente desde el trabajo alienado de la fábrica? ¿Bajo qué analítica visualizarla? ¿Qué conclusiones derivan de ella?


La Sociedad del Espectáculo


A mediados del siglo XX, Guy Debord, escribió La Sociedad del Espectáculo. Se trata de un texto seminal para comprender las formas por las cuales el tiempo social y el tiempo individual son alienados. Quizá sea conveniente analizar las líneas gruesas que plantea Debord en la Sociedad del Espectáculo, como un marco teórico general para entender esa otra alienación.


El espectáculo, escribe Debord, es una relación social mediada por imágenes en las cuales la verdad se convierte en un momento de lo falso. “Toda la vida de las sociedades en las cuales reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo aquello que es directamente vivido es alejado en una representación” (Debord 2006, 766).


El espectáculo unifica a la sociedad y permite separar a las personas de sus propias representaciones. No es suplemento ni decoración, “bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversión, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante” (Debord 2006, 767, cursivas el original).


El espectáculo coloniza como una presencia permanente la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción. El espectáculo permite separar la unidad de lo real con respecto a su imagen proyectada en la conciencia de las personas, de esta manera el espectáculo crea su propia realidad y la suplanta y la posiciona a la conciencia social como la única realidad posible, “esta alienación recíproca es la esencia y el soporte de la sociedad existente” (Debord 2006, 768). El espectáculo organiza a la sociedad y su empleo del tiempo en su cotidianidad, porque está construido sobre el tiempo social existente y sus representaciones.


Su carácter tautológico se desprende por el hecho que el fin es el medio y viceversa. El espectáculo es “el sol que nunca se pone sobre el imperio de la pasividad moderna” (Debord 2006, 769). Los individuos en la sociedad moderna y capitalista están acostumbrados a mirar su propia realidad y su propia vida como espectáculos. Bajo sus luces la vida social se ratifica, se verifica y se valida. Fuera de sus luces deja de existir.


El espectáculo reduce a las personas a condición de espectadoras de su propia vida como si fuese la vida de otros. En el espectáculo parecer es ser y ser es parecer. Es el barroquismo de la imagen que imposta su propia realidad. Las imágenes del espectáculo, aunque ilusorias, devienen, para los individuos, en reales, más reales incluso que ellos mismos.


El espectáculo, escribe Debord, “es la reconstrucción material de la ilusión religiosa”, porque si en la religión las personas habían puesto sus propios poderes y posibilidades en entidades separadas de ellos, en el espectáculo se realiza el mismo proceso y se transfiere la capacidad social de imaginar hacia una industria que confisca esos sueños, esas imágenes y las devuelve invertidas, alienadas: “El espectáculo es el mal sueño de la sociedad moderna encadenada, que no expresa finalmente sino su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de ese sueño” (Debord 2006, 771). Es el discurso ininterrumpido del orden, es su “monólogo elogioso”, es “el autorretrato del poder en la época de su gestión totalitaria de las condiciones de existencia” (Debord 2006, 771).


La sociedad del espectáculo no es solamente aquella que se expresa en los medios de comunicación de masas, ni la industria del entretenimiento, ni el parque temático, ni en las redes sociales, es una condición de posibilidad en la administración del tiempo social por fuera del tiempo productivo en el cual son las imágenes, creadas desde el espectáculo, las que suplantan a lo real. Es la enajenación absoluta del tiempo social.


El alfa y omega de la sociedad del espectáculo es la separación entre el tiempo de vida de las personas y el espectáculo de su propia vida impostada y falsificada por la sociedad del espectáculo (Debord 2006, 772). El espectáculo ha creado una imagen sobre las posibilidades de lo humano y ha inscrito dentro de esas posibilidades aquellas que definen los horizontes sociales. No se puede ir nunca más allá de ese horizonte social previamente establecido por la sociedad del espectáculo. Así, lo que es ha sido y será. El cambio social está prohibido y los trasgresores son estigmatizados como agentes del caos, el desorden y el mal. El espectáculo oculta, muestra y determina las fronteras del orden y su trasgresión.


El espectáculo transforma a los seres humanos de seres sociales e históricos en seres individuales, aislados y que se sienten solos ontológicamente. El espectáculo trabaja todo el tiempo para vaciar la ontología del mundo y para suprimir la autoestima de todos. Si la religión operaba desde la culpa ontológica, el espectáculo opera desde la comparación odiosa. El espectáculo fragmenta todo vínculo social solidario y fraterno. Construye soledades. Fabrica impasables muros invisibles. Construye consensos imposibles. Lesiona la dignidad de lo humano con la anuencia y el aplauso de los espectadores, y los reconstruye como seres perdidos en sí mismos y que solo se tienen a sí mismos: “El origen del espectáculo es la pérdida de la unidad del mundo y la expansión gigantesca del espectáculo moderno expresa la totalidad de esta pérdida” (Debord 2006, 774).


Debord escribe que el espectáculo “es capital a tal grado de acumulación que deviene imagen” (Debord 2006, 775). El espectáculo se adueña del tiempo de todos, lo coloniza y extrae de él plusvalía. Y lo puede hacer porque se mueve en la subjetividad de lo humano. Porque puede valorizar esa subjetividad y convertirla en una dimensión más de los procesos capitalistas de producción de valor.


Las industrias de la publicidad conocen bien el terreno que pisan porque están acostumbradas a crear patrones y arquetipos sociales asociados a comportamientos humanos que han sido previamente analizados. Se puede escapar de la fábrica o la oficina, pero nadie puede escaparse del espectáculo. Tengamos o no trabajo, festejamos los goles de la liga europea de fútbol, y sabemos más de fútbol que de las leyes que se aprueban en nuestros países; y de esos ejemplos, hay muchos.


Logo, marca, espectáculo


En el capitalismo tardío de la globalización se produce un fenómeno extraño e interesante: las grandes corporaciones dejan de producir los bienes y servicios que los habían posicionado en el mercado mundial. Nike deja de producir zapatos y ropa deportiva y subcontrata su producción. Las demás corporaciones de implementos deportivos siguen el mismo camino: Adidas, Puma, entre otras, también dejan de producir y se dedican a subcontratar. Apple, la empresa del capitalismo tardío más importante de todas por su capitalización en bolsa, tampoco ya produce nada. Ha trasladado a Foxconn, una empresa china, la elaboración de todos sus dispositivos. Si ya no producen bienes, entonces ¿qué producen? Y la respuesta es: marcas.


Adidas, Nike, Puma, Reebok, Apple, Cisco, entre tantas, producen marcas de sus propios productos. En Nike, por ejemplo, no hay un solo trabajador textil. Solo hay expertos en gestión de marcas, administradores y abogados. Pero el precio de sus zapatillas deportivas o ropa deportiva, no ha disminuido en absoluto, más bien lo contrario. Lo mismo puede decirse de Apple Inc.


¿Qué produce, strictu sensu, Nike? Definitivamente ya no produce zapatillas ni ropa deportiva. Produce su marca, pero también produce algo más, produce comportamientos sociales en función de su modelo de negocios. Produce la industria del deporte. Gracias a esa producción industrial del deporte, los seres humanos se integran a ella y cambian sus comportamientos. De pronto, millones de personas salen a hacer ejercicio en calles, plazas, avenidas y parques de la ciudad. Los gimnasios se multiplican por todas partes. El cuerpo se convierte en objeto sobre el cual se trabaja con tesón y esfuerzo. Al gimnasio acompaña la dieta. A la dieta, la moda. El filósofo francés, Michel Foucault, a esa forma insidiosa que nace desde el poder y que se instila en la subjetividad, las denomina “las tecnologías del yo”. Ese comportamiento social, del cual extrae su plusvalía y, por tanto, su ganancia Nike, y tantas otras corporaciones, habría sido imposible sin la alienación creada desde la sociedad del espectáculo.


En el capitalismo tardío, las personas han sido acondicionadas a consumirse a sí mismas a través del mundo de las marcas y siguen las pautas de la generación de comportamientos definidos desde las corporaciones. No compran ya un bien cualquiera, compran una marca y trasladan hacia esa marca aquellas características subjetivas que, según su criterio, los haría diferentes. Compran habitus, Compran comportamientos y no tienen la más mínima conciencia que lo hacen y tampoco les importa. Su vida converge hacia una disciplinamiento del cual, al parecer, no tienen idea.
Al menos en la fábrica o en la oficina se siente la alienación. En el gimnasio, en cambio, se piensa que se está ahí de motu propio. No se alcanzan a advertir todas las mediaciones sociales que existen detrás de esa decisión aparentemente libre, saludable y cotidiana. No se percibe esa otra alienación más potente que les arrebata el sentido mismo de su propia vida y que los acondiciona a hacer cosas que, en otros contextos, no las harían.


En consecuencia, hay algo más que la producción, la distribución y el consumo. Hay algo más que la simple consideración del trabajo como factor de producción. Está ese tiempo social que empieza desde el momento en el cual cualquier trabajador deja el proceso productivo y se dirige fuera de él para entrar en la sociedad del espectáculo.


El capitalismo no está solamente dentro de la empresa y la fábrica, tampoco está solamente en el mercado y los intercambios. El capitalismo lo invade todo, y lo coloniza todo. Si en la producción separa al productor del producto, en el espectáculo separa el tiempo de las personas, lo coloniza y, sobre esa colonización, construye comportamientos y conductas. Separa la conciencia de la vida. Enajena la vida misma en toda su ontología.


La economía conductual


A fines del siglo XX y con mayor fuerza a inicios del siglo XXI, la economía empezó un proceso de análisis de esos comportamientos humanos, a través de la teoría de las conductas. ¿Cómo piensan las personas? ¿Cómo actúan bajo determinadas circunstancias? ¿Qué patrones son susceptibles de obedecer? La economía conductual se convierte en la expresión más positiva de aquello que Guy Debord llamaba la sociedad del espectáculo.


La economía conductual no nos permite comprender que esos patrones de comportamiento y conducta forman parte de la ontología de lo humano. La economía conductual, o teoría del comportamiento, convierte la ontología de lo humano en fisiología del consumo. La economía conductual necesita conocer con la mayor precisión posible los comportamientos en circunstancias determinadas. Experimenta con las personas y las somete a una serie de situaciones para evaluar sus respuestas. Registra estas respuestas y las analiza a través de modelos. Pero estos modelos de la economía conductual no tienen nada que ver con los modelos de la teoría económica. Los modelos económicos, creados a mediados del siglo XX para otorgar a la economía cierta plausibilidad científica, procuraban abstraer lógicas económicas para construir posibles escenarios antes diversas circunstancias nacionales o internacionales. Eran modelos que trataban de comprender la lógica de los mercados y su interacción con las políticas económicas, con los movimientos mundiales de los tipos de cambio, las tasas de interés, en fin.


Los modelos teóricos de la teoría del comportamiento, en cambio, tratan de comprender cómo actúan los seres humanos ante un conjunto de señales, para construir patrones de comportamiento que luego puedan ser utilizados por las corporaciones en sus modelos de negocio.
Los patrones de conducta de la economía del comportamiento pueden utilizar metodologías de las neurociencias, e incluso pueden incorporar a esos modelos los estudios y exámenes neurológicos, para intuir patrones de consumo y de reacción frente a determinadas circunstancias, o marcas, o cambios de información en el mercado. Es como si la alienación de la sociedad del espectáculo se sometiese a un microscopio para ver cómo funciona y, de ahí administrarla de mejor manera.


Se produce un deslizamiento de la teoría del trabajo hacia la teoría del comportamiento, en donde los seres humanos primero son fuerza de trabajo con un precio determinado bajo un mercado concreto, en la ocurrencia el mercado de trabajo, hacia un contexto en el cual son solo información sobre patrones de comportamiento sobre el cual las empresas pueden definir sus modelos de negocios y, así, se convierten en la materia prima del consumo. Son solo big data.


En el capitalismo tardío todo acto de consumo expresa ese proceso de disciplina social y alienación. Es imposible tomar decisiones autónomas dentro de la sociedad del espectáculo. Todos y cada uno de nosotros estamos ya cuadriculados en una grilla definida ex ante por esas corporaciones que utilizan nuestra información en contra nuestra. Y somos nosotros los que la alimentamos día tras día. Es nuestro narcisismo ingenuo el que pone toda la información posible, sobre nosotros mismos, gratis, en las redes sociales. Este momento, y no es metáfora, la corporación del big data sabe más de nosotros que nosotros mismos.


Precariedad, uberización


La alienación del trabajo y la sociedad del espectáculo convergen en las sociedades precarizadas por el neoliberalismo. En la guerra fría del siglo XX, la burguesía tuvo que reinventarse para sobrevivir y en esa apuesta creó el Estado de bienestar y amplió los derechos ciudadanos. Gracias a ello se conformó una enorme clase media y un Estado asistencialista. Pero esa apuesta se canceló cuando cayó el muro de Berlín y la burguesía comprendió que podía ejercer el poder sin simulacros. Las décadas finales del siglo XX son las de la demolición del Estado de bienestar. Una demolición que converge con la globalización, el internet, y la sociedad de la información.


En esa tendencia emerge la precariedad como sustrato del nuevo contrato social. El neoliberalismo precariza la sociedad. Flexibilidad laboral, privatización, desregulación, apertura comercial, austeridad fiscal, son las coordenadas de la política económica del neoliberalismo. Es esa precarización la que permite la intersección de la sociedad del espectáculo con la alienación del trabajo, y quizá el mejor ejemplo sea la plataforma Uber.


En las primeras décadas del siglo XXI, el acelerado desarrollo tecnológico de los dispositivos celulares condujo a su masificación y la ampliación de la cobertura y ancho de banda de las redes internet en las grandes ciudades multiplicó la capacidad de procesar información; esto creó varios modelos de negocios que tenían en la información del big data su sustento fundamental.


El big data nace de la intersección de la alienación de la sociedad del espectáculo y de la masificación de las tecnologías de información. Se alimenta de soledad y narcisismo. Pero esa intersección descansa sobre un entramado de precarización, pobreza e incertidumbre social. El empleo se convierte en escaso y abundan los desempleados, muchos de ellos con títulos universitarios. Despojados de toda certeza, son capaces de todo para obtener un ingreso. Y es ahí donde aparece la plataforma tecnológica Uber.


Son la precarización y la incertidumbre provocadas desde el neoliberalismo, y la alienación de la sociedad del espectáculo, las que crean las condiciones de posibilidad para la emergencia y constitución de Uber, una plataforma de inteligencia artificial, que no posee activos y que permite enlazar a cualquier persona con auto en cualquier ciudad del mundo, con un usuario de esa ciudad que necesite un servicio de taxi. Uber brinda una oportunidad de ingresos a personas que no son taxistas pero que pueden convertirse en taxistas sin serlo. Uber cobra una comisión por cada carrera de taxi que se contrate bajo su plataforma. Se trata de competencia desleal para los taxistas profesionales que tienen que pagar por costos de transacción para ejercer su profesión.


Detrás de este modelo de negocios está la información. Uber sería imposible sin la sociedad del espectáculo. Porque son las redes sociales las que permiten extraer información clave de todos y cada una de las personas usuarias, y eso solamente es posible bajo la sociedad del espectáculo. Si las personas ponen información, muchas veces íntima y confidencial, en sus redes sociales, y transfieren la propiedad de esa información a las plataformas tecnológicas que administran esas redes sociales, es porque esas personas se consideran parte de la sociedad del espectáculo y quieren participar en ese espectáculo. Esa información personal se procesa y de ella se extraen patrones y comportamientos que luego se venden a las corporaciones. El marco teórico que las define y estructura epistemológicamente proviene de la economía conductual.


Uber compra esa información y la convierte en insumo de su modelo de negocios. Aprovecha la desregulación laboral y la precariedad laboral del neoliberalismo para explotar a personas necesitadas de ingresos. Son trabajadores que no tienen ninguna seguridad social o límites de trabajo. Strictu sensu no son taxistas y por ello no pueden reclamar los derechos que las sociedades han creado para estos gremios. Pero representan la nueva forma de explotación del capitalismo de plataformas y del capitalismo cognitivo. Glovo, Uber, Airbnb, entre otras, empezaron como starups antes de devenir en plataformas con modelos de negocios definidos. La información es al capitalismo de plataformas y capitalismo cognitivo, lo que el petróleo a la industria de la energía fósil. La diferencia es que esa información, para la industria del big data, tiene costo marginal cero, es decir, es gratis. Nosotros se la regalamos cotidianamente a través de las redes sociales.


Si la “uberización” de la sociedad, establece una especie de coordenadas que pueden permitirnos avizorar los contornos que asume el capitalismo en nuestras sociedades, existen también otros fenómenos que dan cuenta de transformaciones profundas y que, de alguna manera, tienen que ver con la noción de trabajo, riqueza, moneda, y poder en el capitalismo tardío. Uno de los fenómenos más interesantes es el aparecimiento de las criptomonedas. Quizá una breve reflexión a partir de ahí pueda ayudarnos a situar otra perspectiva sobre la crítica a la noción de trabajo y riqueza y extraer algunos elementos para una propuesta emancipatoria.


Criptomonedas: los arcanos que prefiguran el futuro


En el año 2009 Satoshi Nakamoto publicó un texto sobre el Bitcoin (Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System) como un nuevo protocolo para transferencias de valor en el cual desalojaba al tercero de confianza, es decir los bancos, por la transparencia de los intercambios en línea persona a persona. Con ello produjo una verdadera revolución. Nadie sabe aún quién es Satoshi Nakamoto, pero cada vez hay un consenso en apreciar su contribución como uno de los cambios más importantes en el capitalismo tardío.


Las criptomonedas son difíciles de comprender a pesar que todos los protocolos de su funcionamiento son públicos y de libre acceso. Su lenguaje está hecho más para programadores de software que para el público en general, y se intuye algo del funcionamiento del bitcoin pero, en general, se desconoce cómo se crean y cómo se respaldan. Se sabe que la minería de bitcoins es un proceso abierto para cualquier persona y que consume mucha electricidad. Se sabe también que detrás del bitcoin no hay banco alguno y que todos sus procesos son transparentes, de hecho se denomina cadena de bloques a cada bitcoin creado. Es la capacidad de realizar emisión monetaria, que ha alcanzado un enorme valor, a disposición de todas las personas del mundo lo que lo convierte en un fenómeno inédito. Siempre detrás de una moneda había un banco. Esta vez, los bancos desaparecen. Dejan de ser los actores centrales de la moneda. Se produce una real democratización de la moneda mediada, obviamente, por la complejidad que le es inherente. Es un fenómeno del internet, de la emergencia de los “bienes informacionales”, y de la multiplicación de las capacidades productivas de nuestras sociedades.


Sin embargo, doce años después de la publicación del texto de Nakamoto, y la emergencia del Bitcoin como moneda digital que permite todo tipo de transacciones económicas en internet y de un número cada vez mayor de criptomonedas, el país más pequeño de América Latina, El Salvador, asume al Bitcoin como moneda de curso legal para todas las transacciones del país.


Si es legal, entonces tiene que registrarse en el balance del Banco Central y, por consiguiente, en sus cuentas de reservas internacionales. El problema está que el Manual de Balanza de Pagos del FMI, que es el estándar utilizado al efecto por la mayoría de países del mundo, prohíbe registrar a las criptomonedas como divisas. El Salvador, de esta manera, y quizá sin proponérselo, se pone por fuera del radar monetario del FMI. Es el primer país del mundo en lograrlo.


El FMI registra en la balanza de pagos y en las cuentas fiscales, aquella contabilidad que es coherente con los giros monetarios de los bancos privados, las corporaciones y los mercados, y para todos ellos existe una teoría monetaria que los fundamenta pero que entra en contradicción directa con el sustrato mismo de las criptomonedas. En otras palabras, la teoría monetaria estándar estalla en mil pedazos ante el fenómeno de las criptomonedas.


Las criptomonedas, de hecho, están por fuera del radar del FMI y de la finanza corporativa mundial. Puede ser que algunos actores financieros apuesten a favor o en contra de las criptomonedas pero, definitivamente, no las controlan, a diferencia de las emisiones monetarias que están bajo su directo control. Las criptomonedas escapan por los intersticios de la estructura panóptica y disciplinaria del poder financiero y monetario.


Ahora bien, más allá de los arcanos de las criptomonedas, está la constatación que el mundo está cambiando y que los referentes para comprender esos cambios aún tienen que ser creados. Los marcos epistemológicos con los cuales vemos e interpretamos al siglo XXI en realidad pertenecen al siglo pasado. Los conceptos tan caros para la industrialización y el desarrollo económico, y de ellos la noción de trabajo, dejan de ser pertinentes para comprender los problemas de la humanidad en el siglo XXI.


No hay teoría económica para interpretar correctamente los fenómenos de las criptomonedas, o los NFT. Porque estos fenómenos solamente pueden emerger en una economía que empieza a trasladarse hacia los bienes informacionales. Hasta el momento, nuestros marcos teóricos de una u otra manera intentaban comprender la creación de bienes y servicios concretos. La información era solamente un añadido a esos procesos. Pero ¿cómo entender, por ejemplo, el valor de mercado de un Token No-Fungible (NFT)? ¿Qué significa realmente la noción de trabajo y el ethos del trabajo ante la dinámica de los NFT? Los NFT son apenas el inicio de lo que se viene en esta nueva economía de lo digital. Se trata, por tanto, de la transición hacia una economía de la post-escasez, caracterizada por la producción de bienes informacionales. Bienes con alto valor añadido y que tienen poco que ver con la economía del siglo XX.


Estamos en plena transición de sociedades de escasez hacia sociedades de la post-escasez, es decir, sociedades de abundancia, en las cuales la economía gira hacia los bienes informacionales, que por concepto tienen, además, una tendencia al costo marginal cero.
En una sociedad de la abundancia, la noción de trabajo se convierte en anacrónica, o en todo caso, en una noción que debe ser reformulada. En el siglo XXI, se produce una riqueza cuyos referentes están en la información. Precisamente por ello, la pobreza deja de ser un fenómeno económico, como lo es en las sociedades de la escasez, para convertirse en un fenómeno político.


Las sociedades del siglo XXI tienen todas las posibilidades, por ejemplo, de crear una renta básica a todos sus habitantes. Tienen la suficiente riqueza para hacerlo. Si un país decide, por poner un caso, destinar un porcentaje de su riqueza (medida aún por el PIB), para renta básica universal, lo más probable es que la sociedad devuelva ese valor y, además, multiplicado. Porque la estructura productiva de la sociedad del siglo XXI está logrando la confluencia de la inteligencia artificial y la automatización total, entre otros procesos, a toda la cadena productiva de valor, de tal manera que la riqueza tiende a ser exponencial, al tiempo que se generan nuevas opciones de riqueza desde la información.


Los contenidos de la emancipación del siglo XXI están ahí: cambios en los patrones de producción industrial para salir de una vez por todas del crecimiento económico, y finalmente cuidar y proteger al planeta. Reconocimiento de los derechos fundamentales como el eje de toda nueva contractualidad, lo que significa abandonar de forma definitiva el Estado de derecho (que es el marco jurídico del neoliberalismo). Cambiar el sistema monetario mundial para devolver a los ciudadanos la posibilidad que sean ellos mismos los que realicen sus propias emisiones monetarias, algo que ya ha empezado con las criptomonedas. Crear una renta básica universal para todos y todas sin condición alguna. Reducir la jornada laboral. Crear un sistema integral y universal de seguridad social para todos. Abandonar el sistema escolástico de educación por una educación liberadora y sin referencia a la escuela. Liberar el sistema de patentes hacia el copyleft. Defender los derechos de las minorías, y garantizar el derecho al aborto, el matrimonio igualitario, el consumo recreativo de cannabis, etc.


Si las sociedades del capitalismo tardío empiezan a transitar hacia un horizonte de post-escasez, en las cuales la pobreza se convierte en inequidad y su resolución es básicamente política, lo que nos permite, además, confrontar de manera directa a la alienación del trabajo, entonces se convierte en plausible, pertinente y necesaria aquella apelación que hacían los letristas, allá a mediados del siglo XX en Francia y Europa: la tarea revolucionaria del momento es el ocio desalienado. De una u otra forma, mal o bien tenemos una agenda y una hoja de ruta para esta parte del siglo XXI, pero, sin duda alguna, la cuestión más fuerte y más compleja será: ¿cómo salir de la sociedad del espectáculo?

Bibliografía
Debord, Guy. Obras. Paris: Gallimard, 2006.
Weil, Simone. La Condition ovrière. Paris: Gallimard, 2002.
Mumford, Lewis. Técnica y Civilización. Madrid: Alianza Universidad, 1971.
Luckács, Georg. Historia y conciencia de clase (Vol II). Barcelona: Orbis, 1985.

 

La economía minera impuesta en Suramérica amplía dependencias, condiciona modelos políticos, al tiempo que pesa en su geopolítica y atiza conflictos sociales y ambientales de diverso tipo.  Imposición en ocasiones ‘legal’ (minería a cielo abierto, por ejemplo) y en otras ilegal (coca, marihuana, amapola), pero en ambas el Estado actúa como factor fundamental. ¿Existe salida para superar el modelo? (Págs. 4-9).

Índice

Vida plena y democracia vital I por Carlos Gutiérrez M.

Mercado de drogas: desafío crucial y alternativaspor Ricardo Vargas M.

¿Abajo la minería o abajo el Estado? I por Maëlle Mariette y Franck Poupeau

En el medio de la nada, por el río Paraguaypor Loïc Ramírez

Informe especial: Razas y clases en América Latina

La “pigmentocracia” latinoamericanapor Ezequiel Adamovsky

¿Por qué odian tanto a Pedro Castillo? I por Fernando Molina

 

 

La naturaleza está viva: ¿Qué es el organicismo?por Carlos Maldonado

El complotismo de los progresistaspor Thomas Frank

La elástica derecha alemana I por Rachel Knaebel

Tormenta sobre el Banco del Líbano I por Angélique Mounier-Kuhn

El Instituto Tony Blair, un negocio africano I por Rémi Carayol

El mundo árabe a la hora del #Metoopor Akram Belkaïd

Geopolítica de los chipspor Evgeny Morozov

“Federico Fellini es más grande que el cine”I  por Martin Scorsese

Libros del mes38

Dictadura digital I por Serge Halimi

La urgencia de nombrar de otro modo las atrocidades

Parte 1

 

¿Criminalizando Estados?

 

La llegada del siglo prometía esperanza. Avanza el tiempo y la pregunta ¿A dónde llegamos? resulta inevitable.

Venimos padeciendo desde los dosmiles dos guerras que a nivel global tienen apellidos diferentes pero que se han justificado básicamente bajo dos objetivos: el terrorismo y el narcotráfico. El imaginario de combate a los criminales se expandió, el enemigo al cual hay que temer y por el cual vale la pena blindarlo todo, es ese: el/la criminal. Vivir con miedo a un ataque se convirtió en algo frecuente. Frente a todas y todos se desplegó una guerra contra la humanidad, como lo advirtieron las/os zapatistas en el magnífico escrito llamado la Cuarta Guerra Mundial (EZLN, 1997). El mercado contra todo/as y pese a todo. Esa guerra que libró el neoliberalismo, esa nueva forma de conquista de territorios tomó distintas formas en cada lugar pero en esencia reorganizó la política y la economía para eliminar lo que antes presentaba límites a la acumulación desenfrenada y por fin se impusiera sin obstáculos. De ahí la realidad presente, habitamos en un planeta enfermo, padecemos una grave crisis ambiental y en aumento, poblaciones enteras desplazadas, y la criminalidad encarnada en los Estados y en el sistema.

El concepto de acumulación por desposesión de Harvey (2005) abarca muchos de los procesos que el sistema capitalista actual está implicando y en el que el papel del Estado es central por el respaldo y la promoción de esos procesos. Entre otros está la mercantilización y la privatización de la tierra, la expulsión forzosa de las poblaciones campesinas, la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía, la supresión de formas de producción y consumo alternativas, el tráfico de esclavos, la usura, la deuda pública, el sistema de crédito, los derechos de propiedad intelectual, la biopiratería, la depredación de los bienes ambientales globales (tierra, aire, agua), la mercantilización de las formas culturales, las historias y la creatividad intelectual. Todo se convierte en mercancía, la tierra, el aire, el agua, la vida, la humanidad y todo lo que ésta pueda hacer, producir, crear y saber.

Esa eliminación del derecho a los bienes comunes es un punto central en el nuevo tablero. Ahí se encuentra la disputa, a partir de eso, de la aceptación de esa desaparición o del rechazo a esa imposición se organizan un arriba y un abajo. Como lo han nombrado múltiples movimientos sociales los llamados gobiernos progresistas ahí terminan por ubicarse y por usar dobles discursos para acomodar sus promesas. El papel del Estado la mayoría de las veces ha terminado en la protección de intereses privados en contra de los bienes comunes y de los derechos sociales, legitimando y encubriendo los modos de funcionamiento antes mencionados. Se sacrifica el interés común y público por el interés privado y corporativo, los beneficios se privatizaron y los daños se hicieron generales. Así la famosa idea/ilusión de que el Estado tutela el bien común cada vez se destruye más, la lógica estatal y el uso de la ley cambiaron. Los actos que se requirieron para que esos procesos de acumulación tuvieran lugar implicaron mecanismos, como los que enlista Harvey, que en muchos casos resultan en actos criminales.

El entrelazamiento entre los intereses de empresas, corporaciones y Estados y el desdibujamiento de los límites de lo que es vendible y lo que no, creó las condiciones para que los negocios más inhumanos tuvieran lugar. El interés corporativo llega con la pretensión de adueñarse de todo, aunque sea claro que eso implique la pérdida de miles de vidas, el desplazamiento de comunidades enteras y sufrimiento, mucho sufrimiento. De ahí que estemos padeciendo lo que Banerjee (2008) llama el necrocapitalismo, prácticas capitalistas contemporáneas de acumulación que implican despojo y sometimiento de la vida al poder de la muerte. Se impone una economía política en la que el negocio de la muerte puede tener lugar a través de estados de excepción y en la que las entidades en este espacio colonial de excepción son disciplinadas mediante la violencia o "civilizados por la cultura" para normalizarse.

En este contexto la desigualdad no solo se manifiesta en los modos de sobrevivencia cotidianos sino en los mecanismos de control y de penalidad que se imponen a quienes tienen poder y a quienes no. Lo que Foucault llamó gestión diferencial de los ilegalismos, que consistía en la dinámica de dar cierto campo de libertad a algunos y hacer presión sobre otros, generando una justicia de clase se hace más visible. La delincuencia se usa como un instrumento para administrar los ilegalismos, es una herramienta más del ejercicio de poder. En el caso de México, que es donde trataré de asentar estas ideas, una vez que lo legal se comenzó a desdibujar porque los intereses del mercado requirieron de la transgresión de leyes y preceptos constitucionales del tiempo de los derechos sociales, entonces se colocó el foco de atención sobre lo/as jóvenes, pobres, rebeldes.

Desde las dictaduras latinoamericanas escuchamos hablar de los crímenes de Estado. Lo que hoy estamos presenciando en los estados llamados democráticos es la configuración de Estados criminales. México es una muestra de ello y al mismo tiempo se convierte en un tipo de advertencia. Lo que se configuró en México va más allá de la cooptación del Estado por el crimen organizado, no es solo la fusión de estructuras estatales con redes criminales. La “concesión” de lo público y común por el interés privado-corporativo provocó un entrelazamiento de intereses que requirió del crimen para funcionar porque los mecanismos legales resultaron insuficientes.

Cada vez es más claro que la guerra contra las drogas en realidad fue una estrategia para tener mayor control social, para aparentar una legitimidad política que era inexistente y para la apropiación y explotación de recursos naturales. Se fundieron intereses corporativos nacionales y trasnacionales legales e ilegales con la necesidad de Felipe Calderón de legitimarse ante un pueblo que lo desconocía como Presidente. La profunda crisis humana que tenemos en México provocada por esa guerra evidenció lo que latía dentro de las entrañas del Estado mexicano, esto no era solo la cooptación del crimen organizado silenciada con pactos, lo que se desbordó desde 2006 fue un Estado basado, sostenido y encarnado en el funcionamiento criminal de un sistema. La política mexicana siempre estuvo basada en la política de cobro de piso, de la mordida, del chivo expiatorio, del cobro de lealtades y de la consabida tortura. Junto con lo anterior, la herida que sigue sangrando y que no cierra ha sido la lógica permanente de exterminio y despojo a los pueblos indígenas. El genocidio y el ocultamiento de esa tragedia perpetua siempre ha sido criminal.

Desde la época colonial la política mexicana se configuró de forma corporativa, como un modo de hacer política que supuso el reconocimiento de derechos a cambio de lealtad y obediencia (Rhoux, 2005). En las raíces de esa política se encuentra la garantía de protección a cambio de beneficios, se establecen lealtades que sustentan pactos, acuerdos y encubrimientos para proteger esos beneficios incluso a costa de sangre. La garantía de protección a cambio de lealtad y exclusividad, siempre operó en la política mexicana. Esa “protección” es uno de los pilares de la criminalidad estatal y se volvió una práctica común del crimen organizado. La invención de riesgos hecha por el estado que implica actos criminales provocados por el propio Estado establece modos de funcionar mafiosos (Tilly, 1985). Esa es la lógica corporativa que sustentó la política mexicana y que seguimos viendo hasta hoy. Muchos de los modos que se instalaron en esa política y que eran ejecutados por instituciones estatales luego fueron tomados por el crimen organizado, por el narco. Se agregó a ello la violencia más brutal y cruel pero la dinámica de la cuál nace ese modo se fue enquistando durante décadas. Para tener un lugar para vender en la calle había que pagarle al cacique en cuestión, para poder vender en la plaza, para poder funcionar aparte de lidiar con la burocracia siempre fue necesaria la “mochada” (1) a determinada persona. Esa dinámica de cobro de piso y de corrupción sistemática se recrea en las calles y en la “ más alta política ”, incluso las elecciones siempre funcionaron así.

 

 

Los mexicanos sabíamos que la corrupción y la impunidad eran cotidianas, incluso aceptadas. La falta de acceso a la justicia se hizo sistemática. Se sabía de los llamados pactos de impunidad que iban pasando de una presidencia a otra. Se vivía, se vive en carne propia el funcionamiento criminal sistemático que en silencio fue generando una gran pesadilla que hoy se materializa en por lo menos 234, 966 ejecuciones (2), más de 86, 000 desapariciones reconocidas oficialmente, del año 2000 al 2019, han asesinado a más de 42 mil mujeres y desaparecido a más de 62 mil (Pastrana, 2021), México se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo para la/os periodistas equiparable a zonas bélicas como Siria y Afganistán (3) y se han encontrado por lo menos 3 mil fosas. Las fosas, la búsqueda de cuerpos y los desaparecidos son un ejemplo brutal, aberrante, doloroso de todo lo que no se nombró, de historias negadas, de ordenes inhumanas y estructuras ocultas.

Si se revisan los actos criminales de los cuales fueron responsables los funcionarios públicos encontraremos no solo los mencionados anteriormente (homicidios, desapariciones, feminicidios, tortura, violaciones sexuales) encontraremos también actos como el que ocurrió en Veracruz con la aplicación de quimioterapias falsas a niños enfermos de cáncer en hospitales públicos cuando era gobernador de ese estado Javier Duarte (Rivera, 2017). Encontraremos también crímenes como el robo, el secuestro, el allanamiento, la extorsión, es decir actos atribuidos al crimen organizado y al crimen común. Así poco a poco el Estado no solo requirió del crimen para funcionar sino que funcionó de forma criminal. En el sentido de cometer crímenes de forma sistemática por proteger intereses, para lograr mayor control social, acumulación de capital y/o de poder. Se implantó una lógica criminal materializada en la ejecución de actos atroces, los actos más crueles e inhumanos realizados a los cuerpos no han sido solo eventos aprovechados para demostrar, normalizar y satanizar, sino actos montados para desestabilizar, crear coyunturas e imponer dinámicas.

El narcoestado es una manifestación del Estado criminal, por eso hablar de narcoestado no es necesariamente el término que sirve para referirse a esta lógica de funcionamiento criminal que motiva las prácticas estatales y dentro de las cuales el narcoestado es solo una de sus formas. Existen actos criminales estatales que no están involucrados con el narco ni con sus intereses. Además, los negocios del narco ya no son solo los narcóticos, como es sabido uno de sus “fuertes” es la trata de personas, la extorsión, el secuestro, el fraude y coincidentemente algunos grupos del crimen organizado se han enfocado en la extracción de recursos naturales. Las conexiones entre Estado y narco varían según los intereses del gobierno en curso. Las motivaciones en esas conexiones pueden ser por poder, por acumulación, por la ejecución de proyectos nacionales y trasnacionales, por legitimación política y algunas veces por una mezcla de todo. Es decir que el Estado criminal opera, se estructura y configura según los proyectos de cada gobierno y los personajes que llegan al poder.

 

A esa realidad falta agregarle el carácter represivo del Estado mexicano, las cuentas pendientes de Tlatelolco, de la llamada guerra sucia de los setenta y la guerra de contrainsurgencia que desde entonces continuó y se acrecentó tras el levantamiento zapatista con la pretensión de aislar a una de las luchas más importantes de México y del mundo. Una vez más la articulación de redes legales e ilegales (Calveiro, 2012) se mostró en el sistema represivo mexicano. Ahí están los antecedentes de las guardias blancas, los sicarios y los paramilitares. No es coincidencia que figuras tan “ejemplares” como Genaro García Luna hayan estado en las entrañas del aparato contrainsurgente en México. La conexión entre las instituciones represivas y de inteligencia y los flujos criminales siempre ha sido muy cercana (lo mismo podemos ver con los Zetas). La guerra contra las drogas le sirvió al Estado para aislar rebeldías y generar dinámicas en las que las masacres a comunidades organizadas contra la imposición de proyectos, la detención, desaparición o ejecución de un/a luchador/a social o defensor/a del medio ambiente pasa desapercibida o se oculta en las cifras generales y aberrantes de muerte y atrocidad cotidianas.

Dawn Paley (2018) afirma acertadamente que así como la militarización formal pudo beneficiar a las corporaciones trasnacionales, también existen casos en los que la paramilitarización ligada a la guerra contra las drogas se desplegó en regiones en las que la extracción de recursos era una actividad económica central. Cada vez se hizo más notorio que existe una relación entre los lugares donde hay mayor violencia y los lugares donde hay más intereses extractivos. Por ejemplo en Michoacán el negocio detrás del mineral de hierro se convirtió en el principal negocio de las organizaciones criminales, desde ahí se “exportó” a Asia y para hacer eso posible se dieron importantes “conexiones” entre los grupos del crimen organizado, importantes empresarios y corporaciones “legales” (Correa, 2018).

Desde 2006 se generó un circuito de actos criminales, el Estado mediante las fuerzas armadas y las distintas policías cometió actos atroces de forma sistemática desencadenando la normalización de prácticas crueles y atroces que se multiplicaron, no solo porque el crimen organizado de los bandos contrarios respondió cometiendo más atrocidades sino por que se normalizó la muerte y la mutilación en crímenes comunes no organizados. Esto desencadenó la crisis humana que tenemos hasta hoy en casi todo el territorio mexicano.

Greer y McLaughlin (2017) hacen una clasificación de los actos criminales de los Estados según su motivación:

1) Actos de criminalidad política. En estos podemos ubicar el subsuelo de la política mexicana, los fraudes, el robo de casillas, es decir todo un modo de operar de grupos e individuos que por tener el control político y el poder cometen crímenes.

2) Criminalidad asociada con la seguridad y la fuerza policial. Aquí podemos ubicar la larga lista de operativos contrainsurgentes y represivos. La trágica cifra de desaparecida/os y ejecutada/os producto de la guerra, los llamados levantones de las fuerzas armadas a civiles por entregar cifras diarias a sus mandos o por confundir personas (los llamados falsos positivos y los daños colaterales).

3) Criminalidad asociada con lo económico. Los crímenes de cuello blanco, que son ampliamente aceptados. Ahora vemos desfilar nombres de políticos de distintos niveles que están implicados en este tipo de crímenes. Las sentencias que reciben en México quienes cometen este tipo de actos criminales ilustran la gestión diferencial de ilegalismos pues pueden estar encarcelados poco tiempo, pagar multas, regresar el dinero que robaron o negociar su libertad a cambio de dar información sobre lo/as involucrados en sus redes de negocios. El trato diferenciado respecto a quienes no tienen cuello blanco es absurdamente preferencial.

4) Criminalidad asociada con lo social y lo cultural. Los crímenes de exterminio contra los pueblos indígenas en México han sido asunto de cada sexenio y se materializan de diversos modos pero nunca han dejado de ejecutarse. También la guerra para lograr mayor control social ha sido motivación de este tipo de crímenes y la limpieza social que se recrudeció desde 2006 (en contra de jóvenes, pacientes de centros de rehabilitación, entre otros).

Por la problemática del calentamiento global que vivimos de forma muy alarmante los últimos años podrían agregarse a esta clasificación los crímenes al medio ambiente y a la salud. Los asesinatos cometidos en México contra defensores del medio ambiente comienzan a ser cotidianos y tienen los mismos patrones y motivaciones: limpiar el camino para la imposición de proyectos de extractivismo, los llamados proyectos de muerte que de llegar implican la afectación de la vida y la salud pública de comunidades enteras están detrás de esos asesinatos. El ecocidio es un crimen asociado con el medio ambiente e impacta en la salud de poblaciones enteras, generalmente está implicada en estos crímenes alguna estructura estatal, por otorgar permisos, por imponer planes o simplemente por no evitar que se cometa.

 

 

Los crímenes de Estado son solo algunos actos de los Estados criminales, no todos los Estados que cometen crímenes de Estado funcionan sistemáticamente de forma criminal. Los crímenes de Estado son también llamados crímenes de poder (Bailone, 2017), esos crímenes implican estructuras criminales y son ejecutados desde el poder y existen los crímenes de los poderosos es decir crímenes cometidos en lo individual por poderosos, en el caso de México hemos podido ver ambos tipos de crímenes de forma cotidiana. Segato (2006) vincula los crímenes de poder con los crímenes patriarcales, los define como crímenes que contribuyen a la retención o manutención, y la reproducción del poder. En ese tipo de crímenes ubica dos posiciones, una es vertical, que es asimétrica de poder con sujeción (del perpetrador con su víctima) y la otra es horizontal que vincula al perpetrador con sus pares. Esa reproducción del poder es una motivación importante y que tienen en común estos crímenes (de estado, de poder, de los poderosos y del patriarcado).

Segato se refiere a los feminicidios de Ciudad Juárez como crímenes corporativos, les llama crímenes de segundo Estado, de Estado paralelo que asemeja con los crímenes ejecutados en regímenes totalitarios. En ambos casos comparten la característica de los abusos del poder político, los ubica muy cerca de los crímenes de estado y de los crímenes de lesa humanidad, donde el Estado paralelo que los produce no puede ser encuadrado porque se carece de categorías y procedimientos jurídicos eficientes para enfrentarlos. Esa carencia se puede ver de forma cada vez más repetida en los problemas de violencia y criminalidad que vivimos en diversos rincones del mundo. La necesidad de clarificar esas categorías y de verlas más claro se vuelve urgente.

Un crimen de poder puede llegar a ser investigado en México solo si le conviene a algún otro poderoso o si hay algún tipo de conveniencia política. El pacto referido por Segato entre pares y la impunidad sistemática son una mezcla que complica profundamente la posibilidad de justicia. Hemos llegado a tal situación de impunidad que casi cada instancia encargada de investigar obstruye el proceso. Ahí el asunto del poder es un componente fundamental para trabar o destrabar un caso. Eso funciona diferente en el caso de crímenes de Estado simplemente porque el Estado no se va a autojuzgar. Existen también los casos en los que crímenes de estado van de la mano de crímenes del patriarcado. Un ejemplo claro es el caso de Atenco en el que policías torturaron sexualmente a mujeres y cometieron múltiples violaciones graves de derechos humanos, crímenes que por sus características bien configuran un crimen de Estado. Desde el Presidente hasta las instancias municipales se reconoció el operativo y se ha encubierto durante años a los perpetradores y mandos de ese acto brutal. La tortura sexual en ese caso mostró el pacto entre pares y tuvo el objetivo de mandar un mensaje mediante el cuerpo de las mujeres. Los que ejecutaron la tortura fueron policías, no fueron personas vestidas de civil ni fueron actos aislados. Lamentablemente podemos ver cómo los crímenes de poder y del patriarcado se han extendido hasta estos tiempos, lo acabamos de ver en Mactumatzá (Chiapas con la tortura sexual a la que fueron sometidas las estudiantes detenidas) y en una larga lista de actos criminales de este tipo.

Según un informe de la Comisión Mexicana para la Defensa y Promoción de los Derechos Humanos-CMDPDH (2019), las mujeres comenzaron a enfrentarse a otro tipo de violencia letal a partir de la “guerra contra las drogas”: los homicidios en el espacio público con armas de fuego. Esas formas de violencia y la normalización permanente de la atrocidad efectuada a los cuerpos de las mujeres hizo que la violencia aumentara. Esto y la impunidad son factores centrales en la terrible violencia contra las mujeres.

El asunto de la impunidad es central en la dinámica de ilegalidad que se instaló en México y contribuye a lo que Huggins (2010) llama sistema de tortura de Estado en el que la impunidad es diferencial. La impunidad garantiza la consecución de crímenes y la tortura se vuelve cotidiana y casi abierta y aceptada. Para Huggins, la tortura no es producto de una administración presidencial en particular, los cambios en el gobierno no eliminan la tortura de Estado, ésta es producto de una organización política de los Estados que la convierte en normal. La impunidad diferencial puede permitir que a los perpetradores de bajo nivel se les llegue a castigar. Ahí tenemos la conocida figura del chivo expiatorio que se volvió una práctica tan común como la de presentar fotografías de los detenidos con el material incautado, es decir se hizo sistemática y tan normalizada que en las escuelas de derecho se enseña que la reina de las pruebas es la “confesión”, por la tortura que siempre está detrás. La naturaleza estructural y sistemática de la impunidad en México ha sido constatada por diversas instancias internacionales, se sostiene de modos muy profundos en las instituciones encargadas de impartir justicia, es decir que cuando ocurre un hecho violatorio de derechos humanos o un crimen la respuesta “natural” de la institución desde la base de sus funcionario/as hasta arriba es no resolver y cuando se trata de una figura pública que cometió un crimen es absurdamente rotunda la inacción en la investigación, es decir que se echa a andar todo un aparato y muchas veces no por consigna sino porque se instaló un modo de funcionar en el que no se resuelve sino se obstruye y se oculta.

 

 

Catorce años después de que se iniciara esta guerra podemos ver como se detonó un circuito imparable de violencia que sigue dejando cifras alarmantes y materializándose en una crisis humana profunda. El ciclo de violencia está integrado por una siniestra suma de crímenes de estado, crímenes de poder, crímenes de los poderosos y crímenes patriarcales que se reproducen sistemáticamente por la impunidad, la corrupción y la normalización de la crueldad. Un ciclo perverso y atroz se hizo cotidiano, se reproduce y muta.

Después de hacer este breve recorrido es necesario mencionar que tanto Felipe Calderón, como Enrique Peña Nieto tienen denuncias en su contra, Calderón ante la Corte Penal Internacional desde 2011 y Peña Nieto ante la Corte Internacional de Justicia desde 2018, ambos por crímenes de lesa humanidad. Hay responsables directos de las atrocidades cometidas y detonadoras de la grave situación por la que aún atraviesa México. Es absolutamente burdo que aún se vea a estos personajes proponerse como opción política. El perfilamiento que comienza a hacerse de posible candidata para la presidencia de Margarita Zavala (esposa de Calderón) es un símbolo de la impunidad y de la criminalidad sin límites.

No se puede hacer un recorrido de la realidad detrás de la guerra y de la criminalidad estatal sin abordar el presente. En la administración de López Obrador la militarización ha ido en aumento, no solo se “avanzó” en la militarización de la seguridad y de las tareas policíacas con la creación de la Guardia Nacional y con la aprobación de la Ley de Seguridad que en la administración de Calderón y Peña Nieto no se pudo concretar. La Ley de Seguridad de López Obrador se aprobó a pesar de que existían suficientes elementos que demostraban que las fuerzas armadas están preparadas tal vez para la guerra, no para hacer tareas de prevención, disuasión o investigación criminal por el alto índice de letalidad que representan (Nodho, 2018). Se colocó a los militares en una posición privilegiada para opinar sobre la vida pública, participando en comités científicos y en la administración de proyectos de infraestructura. En pocas palabras se premió a los militares, a las fuerzas armadas responsables del mayor número de violaciones graves de derechos humanos cometidas desde 2006. No se combate, no se investiga y se deja en la impunidad a las fuerzas armadas. El caso del General Cienfuegos que implicó una cruzada diplomática y del cual ahora se mantiene absoluto silencio es una muestra de ello. En el caso de Ayotzinapa no basta con ver procesados a los bajos y medios mandos, hace falta una investigación profunda enfocada en altos mandos militares. La intención de incorporar la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa Nacional demuestra también la decisión de militarizar la vida pública y refleja la dinámica antes conocida de decir una cosa y hacer otra. Estos juegos de argumentar algo cuando se aprueba una ley que genera controversia para más tarde borrar lo antes dicho reproduce dinámicas añejas y en el caso de la Guardia Nacional demuestra una vez más no solo que López Obrador está decidido en la militarización como vía para enfrentar la crisis que se vive en México sino en construir una fuerza militar entorno a él. Esta creciente militarización y sacralización de las fuerzas armadas aunada al clima de criminalización de la crítica es sumamente peligroso. El pretexto de descalificar a “la oposición”, metiendo a todo/as en el mismo saco ha provocado un clima político en el que la crítica es considerada como reaccionaria y “contra”, aunque quienes son críticos lo hayan sido con los anteriores sexenios y hayan sido víctimas de ellos. Estos elementos y la creciente violencia contra la/os defensora/es ambientales y la imposición de proyectos extractivos generan el riesgo no solo de que siga la violencia y la impunidad sino de que la lógica represiva y contrainsurgente estatal y no estatal encuentre nuevos modos de operar y de disfrazarse. Los daños que ocasiona el crimen y el modo en que se definen los actos criminales reflejan la lógica de funcionamiento político y social. En esta llamada cuarta transformación los daños son atribuíbles al daño económico, los crímenes que están dispuestos a investigar son los de cuello blanco, ósea los crímenes cometidos por estructuras estatales y/o funcionarios más normalizados y aceptados. Los crímenes que han ocasionado daños sociales incluso masivos no son prioridad de este gobierno, el tema de la justicia es asunto menor. Hay dos aspectos que implican una continuidad en estos tres sexenios, la militarización y la imposición de Megaproyectos que paradójicamente se llaman distinto aunque parten de planes muy viejos, como el corredor Transístmico que era parte del Plan Puebla Panamá de Vicente Fox.

Por todo esto no podemos hablar de este tipo de crímenes como asunto del pasado. La voluntad de desmantelar al Estado criminal no puede ser retórica, los pasos que se tomen en este sexenio pueden afianzar, debilitar o reconfigurar esas estructuras y dinámicas.

La búsqueda de un nuevo modo de nombrar

La necesidad apremiante de encontrar nuevos modos de nombrar a los actos que están siendo cada vez más producidos y replicados nos está demostrando los límites del derecho y de la defensa de derechos humanos. Seguir llamando violaciones graves de derechos humanos a las prácticas mencionadas es cada vez más insuficiente sobretodo porque se ha vuelto “aceptable” o normal que un estado viole derechos humanos, como si hacerlo fuera parte de su tarea o fuera una consecuencia lógica de su práctica. Cuando un crimen de Estado provoca un daño social profundo hablar de violaciones graves de derechos humanos no refleja la gravedad del acto. Hablar de crimen de Estado o crimen de poder no excluye que se hayan cometido violaciones de derechos humanos, lo que configura el crimen de Estado o de poder son las motivaciones del acto desde una estructura organizacional y la condena social que se da en torno a dicho acto. Es necesario hacer una diferenciación en esa escala de daños. Llamar crimen o violación de derechos humanos a un acto depende del daño causado socialmente, es decir a un grupo de personas, a comunidades enteras o a poblaciones de forma masiva. La relación entre los daños y el modo de llamar a los actos es muy importante comenzar a diferenciarla para lograr llamar de modo más preciso a quienes cometen sistemáticamente este tipo de actos.

Después de padecer y ver imágenes crueles y aberrantes en la televisión, periódicos y redes sociales durante años, la desproporcionalidad en la condena social es aberrante. Llegamos al punto en el que estamos ahora, en el que mientras siguen siendo cotidianos los hallazgos de fosas despierta mayor indignación social la agresión a un perro (decirlo no justifica el maltrato animal), se condena que se pinten edificios con consignas cuando diario matan de los modos más atroces a las mujeres y aún existen amplios sectores sociales que respaldan la militarización. La necesidad de “trabajar” en la condena social y en la desnormalización de los actos criminales estatales contribuye a dejar de aceptar esos actos, a cambiar el modo de percibir a esas estructuras y a pensar en modos de detener la reproducción de esas prácticas.

 

¿Criminología para estudiar la criminalidad estatal y los crímenes del poder?

 

¿Así que por qué hablar de crimen y criminales? No porque guste la palabra que ha servido como justificación para criminalizar la pobreza, la juventud, la raza, todo lo contrario. Porque la palabra crimen ha servido para legitimar un sistema penal basado en el doble discurso, que como advirtió Foucault (1976) pasa a ser uno de los instrumentos del poder, generándose un circuito en un sistema que jamás se interrumpe (política-prisión-delincuencia). La criminología ha servido para fijar valores sociales y promover su aceptación en aras de lograr el mantenimiento del “orden natural de las cosas”, por eso una criminología que rompa con ello y parta de una lógica opuesta es urgente.

Así llegamos a la enorme necesidad de reapropiarnos de las palabras y de voltear el tablero. La ciencia que estudia a los actores criminales y sus actos es la criminología. La criminología tradicional y positivista le sirvió siempre al poder. Estableció perfiles racistas y eugenésicos de lo/as criminales, sentó las bases para justificar el control social. Desde los sesentas surgieron corrientes que cuestionaron esas condiciones y poco a poco derivaron en críticas al sistema, al orden. Se dieron pasos como el de concebir el acto criminal como un acto racional, no derivado de condiciones biológicas o de tipologías físicas. Se comenzó a hablar de delitos de cuello blanco y se les comenzó a estudiar. Se llegó desde esos otros modos de ver el crimen a la conclusión de que esos actos y el funcionamiento del sistema capitalista van de la mano. Surgieron teorías muy interesantes y novedosas que comenzaron a explorar en una criminología del Estado. Así que por ese camino trataremos de explorar la necesidad de pensar y entender los crímenes de Estado y de poder como pistas para ir dilucidando lo que son los Estados criminales.

Para comenzar a plantear estudios de criminología del Estado para este tipo de realidades parto de la idea de Estado como una relación de dominación organizada en un orden jurídico y coactivo en determinado territorio que se justifica bajo el discurso del bien general aunque en la práctica las más de las veces sea del interés privado. La idea del funcionamiento de las normas como un sistema puro (Kelsen, 2010) resulta imposible en panoramas como estos. Reconocer que estas realidades van más allá del horizonte de la legalidad y del derecho, que la deconstrucción es la justicia, no el derecho (Derridá, 1994) es vital para seguir adelante.

Para comenzar haré un breve recuento de qué se supone que es un criminal. Retomo lo que dice Quinney (1970) sobre que no existe una definición absoluta, pues ésta depende de qué sistema legal se hable, por lo tanto es necesario verle de forma dinámica, según el sistema legal, social, económico y cultural del que estemos hablando, es una definición de la conducta humana creada y autorizada por agentes en una sociedad organizada políticamente. La formulación y aplicación de definiciones criminales es lo que vuelve criminal a una persona es decir que el crimen es creado. No es inherente a la conducta, es un juicio hecho por algunas de las acciones y características de otros, es visto como resultado de un proceso que termina en la definición de personas y comportamientos como criminales.

Antes de seguir es importante dejar claro que cuando se habla de delito se está ante un acto estipulado en la ley como tal, la ley establece lo que es delito. Para este artículo resulta más pertinente hablar de crimen, como un acto que daña socialmente. La cuestión que hace que un acto sea considerado criminal es el daño causado, a un grupo social, a la sociedad. Para Mclaughling (2001) el daño es relativo a la naturaleza, gravedad y alcance del daño. El crimen es puesta en crisis de lo común, supone diferenciar unos actos de otros (Martyniuk, 2018).

Las percepciones del crimen como comportamiento dañino están inspiradas en la posición que uno ocupa tanto en el sistema social como en el espectro político (Ruggiero, 2010) por eso se criminaliza según donde está una/o parado, se criminaliza según la música que se escucha (por decirlo de algún modo).

En la llamada nueva criminología se usó el término “acto desviado” para referirse de otro modo al crimen. Al usar ese concepto hacían alusión a que el individuo se aparta de la sociedad, se desvía de ella. Uno de los teóricos de este concepto es Howard Becker, para quien “los grupos sociales crean la desviación al establecer las normas cuya infracción constituye una desviación….Es desviado quien ha sido exitosamente etiquetado como tal, y el comportamiento desviado es el comportamiento que la gente etiqueta como tal (Becker, 2018: 28)”.

Este concepto del acto desviado es parte de las contribuciones de la teoría llamada del etiquetamiento, el acto de etiquetar coloca al actor en una situación que le complica la vida cotidiana (Becker, 2018), la rutina normal y que lo lleva a realizar acciones “anormales”. La etiqueta que se le aplica a ese actor marca una diferencia en el modo en que todos, actuarán por consecuencia. Esto es muy cuestionable y es lo que se le ha hecho injustamente a jóvenes y rebeldes, es lo que se hace cuando se habla de “socialmente peligrosa/so”. Por eso es muy interesante usarlo con el Estado. Sería deseable por lo menos complicarle la vida cotidiana a quienes se dedican a complicar la vida de poblaciones enteras.

En paralelo a lo que fueron generando esas corrientes criminológicas surgieron ideas como la de Alesandro Baratta (1986) que sostenía que era necesario delinear una política criminal alternativa, es decir una política de las clases subalternas en el sector de la desviación que consistía en hacer un análisis radical de los mecanismos y funciones del sistema penal en la sociedad capitalista. Inspirada en este asunto del control social surgió desde Latinoamerica la criminología de la liberación, en esa aportación crítica la dominación requiere del control social y para desenmarcarse de la criminología hecha en Europa y en países desarrollados, la criminología de la liberación agrega como elemento central la neocolonización (Aniyar de Castro, 1985), esta criminología pretende hacer teoría crítica del control social. Cuestiona la creación de estereotipos clasistas de la/os delincuentes y señala el desinterés de la escuela tradicional criminológica en la delincuencia de las clases hegemónicas. Desde ahí comenzaron a realizarse investigaciones sobre la delincuencia del poder, la violencia interestatal y transnacional. Existen importantes críticas a la inercia colonial que se manifiesta en las corrientes criminológicas europeas y norteamericanas, se establece una correlación entre los crímenes de Estado, la teoría socio-jurídica y criminológica y el colonialismo (Osoria, 2016).

Uno de los pioneros de la criminología del Estado fue Chambliss (1988) que empleó el término crímenes de Estado organizado para referirse a los actos definidos por la ley como criminales y cometidos por los agentes estatales en el cumplimento de sus deberes como representantes del Estado.
Como podemos ver para Chambliss se requiere de un acto definido por la ley como criminal. Esto ha sido objeto de discusión en esa área criminológica pues hay otras posturas que agregan más importancia al daño social que causan que a lo que esta o no establecido en la ley. Por ejemplo el concepto de crimen de Estado de Kauzlarich (1995) lo define como un acto o política ilegal o socialmente dañina por omisión o comisión por un individuo o grupo de individuos en una institución legítima de gobierno, ejecutada para consumar los objetivos y metas de dicha institución.

Aunque existen ya varias reflexiones criminológicas sobre los Estados trato de terminar con una que puede servir como herramienta para identificar la configuración de crímenes de estado. Ward (2013) sugiere que para definir un crimen de Estado es necesario considerar tres cuestiones: ¿El presunto comportamiento criminal es desviado en el sentido en que cierta expectativa social significativa condena el comportamiento y presiona al Estado para que desista?, ¿La desviación es organizacional, por ejemplo, llevada a cabo en la búsqueda de los objetivos organizacionales de una agencia estatal como la fuerza policial, más que por el comportamiento de unos pocos agentes de policía “sinvergüenzas” u otros oficiales? y ¿El comportamiento viola los derechos humanos?

Cuando se hace el ejercicio de contestar las tres preguntas anteriores en relación a los actos cometidos por ejemplo por las fuerzas armadas en la guerra del narco se puede ver que los comportamientos de los agentes en cuestión no son aislados sino que indican que las torturas son parte de una práctica “recurrente, rutinaria, estandarizada y estructurada; develando que no se trata de una actuación espontánea, sino que forma parte de un plan o de una política de las autoridades federales” (CMDPDH, 2020: 27).

Una característica de estos crímenes es la justificación que se hace de ellos, generalmente se presentan como necesarios. Zaffaroni (2017) sugiere que para estudiar los crímenes de Estado desde la criminología crítica se les puede comenzar a analizar con las mismas técnicas de estudio que se usaron para estudiar a los “delincuentes juveniles”, por ejemplo las cinco técnicas de Sykes y Matza en las que la justificación juega un papel central. Hacer esto con las diversas técnicas que presenta la criminología es algo que puede ser viable para hacer criminología de los Estados.

El asunto de la revictimización y de la criminalización de las víctimas de tortura, feminicidio, asesinato y desaparición en México aparte de ser un problema muy generalizado es una muestra de la justificación y la neutralización que hacen los perpetradores. Es grave el efecto que esto juega en la condena social, la idea de la/o mataron por criminal, por respondon/a, por que se lo buscó es generalizada y lamentable. Los familiares de víctimas de este tipo de crímenes no solo cargan con el dolor ocasionado por la pérdida de su familiar o por el daño que le causaron sino con la criminalización cotidiana que padecen loas familiares y la propia victima.

Es importante mencionar que también existe el concepto de crímenes contra el Estado a los que sí se les suele condenar y castigar. Eso lo podemos ver en la disposición de López Obrador de juzgar por traición a la patria a los expresidentes. Se les podría llegar a juzgar por esos crímenes pero niega que Ayotzinapa haya sido un crimen de Estado. Es decir que se acepta que la actuación en contra del Estado hay que castigarla pero no la actuación contra la sociedad, contra los pueblos, contra la humanidad.

La criminalidad estatal es particularmente grave por que quienes cometen el/los actos criminales cuentan con el monopolio del uso de la fuerza y de los órganos jurisdiccionales, lo que les ubica en una posición estratégica para ocultar sus actos. Así podemos concluir que los crímenes de Estado son actos cometidos por agentes estatales que van más allá de un acto aislado, manifiestan la voluntad del Estado, se garantizan por la impunidad y ocasionan daño a muchas personas, a veces a poblaciones enteras. Son actos que provocan un daño masivo, comunitario o social y atentan contra la vida, la libertad, la tranquilidad, la paz y la justicia. La práctica sistemática de crímenes de Estado, de crímenes de poder, de crímenes de los poderosos y del patriarcado genera Estados criminales. La herramienta que presenta la criminología puede servir para entender las motivaciones de esos actores criminales y los modos de configuración de esas estructuras criminales para buscar modos de señalarlos, de reaccionar ante ellos y de enfrentarlos. Hasta ahora hay esfuerzos, como algunos de los antes mencionados que analizan los crímenes de Estado, de poder, etc. Trabajos enfocados en un análisis crítico y rebelde de los Estados criminales, de sus características, motivaciones, formas de estructurarse y de justificarse aún son casi inexistentes. La realidad está implicando nuevas pistas en ese campo.

El asunto de señalar es ponerle nombre a los actos y a los actores. Una criminología que no esté al servicio del poder tiene que nombrar sin tapujos, sin encubrimientos, sin ánimo de afianzar “el orden de las cosas”. Así que partiendo de la necesidad de usar otras palabras podríamos cambiar criminalización por señalamiento, no de un individuo sino de un acto y de una estructura. Aunque finalmente los actos son cometidos por individuos y esto pueda derivar en que uno de ellos sea procesado, lo cual también es necesario y que es reclamado con toda razón por los familiares de desaparecido/as, ejecutado/as. Esto puede permitir que la vieja práctica del chivo expiatorio no resuelva el problema, pues como hemos visto en México y en otras partes del mundo el Estado, como otras estructuras criminales lo hacen, está dispuesto a sacrificar a alguno de sus “servidores” para continuar con sus tareas e intereses. Si se logra concentrar la atención de los actos en las estructuras, en la cadena de mando, en los beneficiados de los actos criminales entonces la estructura completa debe ser señalada. El señalamiento no es necesariamente legal, aunque sería deseable que tras señalar una estructura criminal hubiera implicaciones específicas sobre esas personas.

Las pistas que presentan estos esfuerzos criminológicos pueden ser una herramienta para los movimientos sociales, hace falta comenzar a generar nuevos códigos, nuevas palabras, nuevos modos de nombrar, es necesario que al realizar análisis precisos de la criminalidad estatal y de poder se encuentren nuevos modos de enfrentarlos y de defendernos de ellos para seguir luchando, construyendo, viviendo.

En el contexto de la pandemia del COVID-19 a nivel global se demostró la inocultable crisis provocada por el capitalismo y por el calentamiento global. Se hizo evidente todo lo que se desmanteló con el neoliberalismo, se manifestó de un modo brutal la pérdida de los derechos sociales. La criminalidad del sistema está ahí, asoma su rostro y advierte su feroz amenaza. Los estados que se hicieron criminales responden a la dinámica de un sistema criminal. La desnormalización de esa aberrante realidad es urgente y se ha mostrado en las revueltas sociales, en las calles que arden de rabia con todo y la amenaza de contagio.

Resuena en el mundo la frase: “nos están matando” que gritan desde Colombia, el movimiento de mujeres kurdas exige el inicio del proceso de reconocimiento del feminicidio como un crimen similar al genocidio, los señalamientos por crímenes de guerra y crímenes de estado a Estados Unidos por lo que hicieron en Irak no han cesado, la práctica genocida de Israel y la ejecución de crímenes de Apartheid contra Palestina es inocultable y amerita mayor condena, mayor respuesta. Poco a poco la realidad demuestra que algo ya no sirve, algo urge, algo estalla y no es un bomba tirada por un pueblo pobre, pequeño, explotado.

 

Una vez más lo/as zapatistas nos hacen abrir los ojos, la llegada de la montaña que navegó en el mar y arribó a España muestra que voltear todo al revés es posible, la historia se vuelve a escribir y los sueños en medio de la pesadilla navegan a toda velocidad. Así que, ¿Qué puede seguir?

 

1. Es una expresión para referirse a determinada cantidad de dinero entregada para obtener algún tipo de permiso o garantía.

2. Comisión Mexicana para la Defensa y promoción de los Derechos Humanos-CMDPDH y Federación Internacional de los Derechos Humanos-FIDH, 2019.

3. Comité para la Protección de los Periodistas.

 

 

Referencias

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