El clima, la energía y el mito de la transición

El enfoque hegemónico en las políticas de energía a escala global impide el desarrollo de alternativas efectivas de respuesta a la emergencia climática y la satisfacción de necesidades sociales. Lejos de representar una simple falta de ambición o la ausencia de voluntad política de algunos gobiernos, el fracaso cada vez más alarmante del enfoque neoliberal es una consecuencia estructural de un modelo político y económico que concibe a la energía como una mera mercancía y fuente de ganancias privadas. Este enfoque está orientado primordialmente a garantizar beneficios al capital. A pesar de la evidencia empírica acumulada en diversas regiones del mundo y el creciente reconocimiento de sus impactos negativos, la política dominante sigue estando centrada en el mercado como principio rector de los sistemas y recursos energéticos.

El modelo basado en la satisfacción de demandas de ganancias mercantiles a un número reducido de empresas privadas es incompatible con el suministro de energía para asegurar el bienestar social. Al mismo tiempo, el modelo neoliberal bloquea los esfuerzos para limitar el consumo de energía y reducir la emisión de gases de efecto invernadero (GEI). Entender, debatir y generar alternativas viables para salir de este atolladero debería ser prioritario para todas las personas y organizaciones preocupadas por el presente y el futuro del clima y sus ya muy obvios efectos en los territorios y sectores sociales más vulnerables.

El mito de la transición energética

La publicación del más reciente informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ha puesto de manifiesto –una vez más– la necesidad urgente de soluciones reales a la emergencia climática. El informe demuestra que la extinción de múltiples especies, la expansión de epidemias, la sucesión de olas de calor insoportable, el colapso de ecosistemas terrestres y marinos y el aumento del número de ciudades amenazadas por la subida de los mares, entre muchos otros impactos climáticos devastadores, se están acelerando y pasarían a ser realidades cotidianas antes de que un niño nacido hoy alcance su tercera década de vida (IPCC, 2021).

La dramática señal de alerta lanzada por el IPCC en las semanas previas a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26), a realizarse en Glasgow en noviembre de este año, no debería sorprender a nadie, ya que los cambios globales en la producción y el uso de la energía que necesitamos con urgencia para reducir las emisiones no se están concretando. En la actualidad, más del 80% de la demanda mundial de energía primaria es cubierta por combustibles fósiles (IEA y CCFI, 2021), mientras que las fuentes eólica y solar representan apenas el 10% de la electricidad mundial generada (Jones et al., 2020). A pesar de los repetidos discursos sobre el declive de los combustibles fósiles, la generación basada en la quema de carbón no se ha reducido de forma visible y en algunos países incluso ha aumentado. En 2020, los esfuerzos mundiales por desmantelar las usinas termoeléctricas se vieron compensados por la puesta en marcha de nuevas centrales de carbón en China, lo que supuso un aumento global del parque mundial de carbón equivalente a 12,5 GW (Global Energy Monitor, 2021).

En el contexto de la pandemia de la covid-19, algunos expertos en temas de clima y energía han argumentado que la contracción de la actividad económica marca un punto de inflexión en la tendencia. De hecho, la demanda mundial de energía se redujo casi un 4% en 2020, mientras que las emisiones mundiales de CO2 relacionadas con la energía disminuyeron un 5,8%, el mayor descenso anual registrado desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, a pesar de estos cambios a corto plazo, la pandemia no ha provocado ningún cambio significativo a largo plazo: se prevé que las emisiones mundiales de C02 relacionadas con la energía crezcan un 4,8% en 2021, con un aumento del 4,6% en la demanda mundial de energía, a ser cubierta primariamente por combustibles fósiles (IEA, 2021). A finales de 2020, la demanda de electricidad ya había registrado un nivel superior al de diciembre de 2019, con un 3,5% de aumento en la demanda mundial de carbón en relación al mismo periodo de 2019 (IEA, 2021).

Estos indicadores demuestran que la transición energética necesaria para cumplir con los objetivos acordados por los Estados firmantes del Acuerdo de París en el año 2015 está muy lejos de materializarse. De hecho, la mayoría de las principales economías del mundo no han registrado avances que les permitan afirmar que están en camino de cumplir con los compromisos asumidos en las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (CDN) para la reducción de emisiones acordados en la Cumbre del Clima de París. La razón de este grave fracaso es la prevalencia del dogma neoliberal en las políticas del clima y de la energía. El paradigma dominante es el enfoque del palo y la zanahoria que, por un lado, intenta desincentivar el uso de combustibles fósiles mediante el establecimiento de mercados del carbono, mientras que, por otro lado, promueve la inversión en energías renovables y otras estrategias para reducir emisiones mediante subsidios y contratos muy favorables a los intereses de los inversores privados. Tanto el palo como la zanahoria están profundamente por la lógica de acumulación capitalista. En este marco, el rol de los Estados se reduce a salvaguardar la rentabilidad de los actores privados, en lugar de abordar los retos sociales o ambientales de forma directa.

Los resultados de este enfoque han sido desastrosos y todo indica que de no haber una reversión radical de la tendencia, la situación seguirá empeorando. Los mercados del carbono nunca llegaron a funcionar de la forma prevista: más de 15 años después del establecimiento del primer Sistema de Comercio de Emisiones, en la Unión Europea, la inmensa mayoría de las emisiones mundiales (84%) sigue sin tener precio alguno, y la parte de las emisiones con un precio lo suficientemente alto como para ser potencialmente eficaz sigue siendo muy inferior al 1% (World Bank, 2020). Al mismo tiempo, aunque las energías renovables se han expandido, su crecimiento ha sido inferior a la creciente demanda de electricidad. Mientras que el sistema eléctrico mundial se ha expandido en los últimos años a un ritmo anual de casi 300 GW, la capacidad de las renovables ha crecido a un ritmo muy inferior, por lo que la Agencia Internacional de Energías Renovables ha señalado en junio de este año que “las tendencias recientes [de las emisiones] muestran que la brecha entre donde estamos y donde deberíamos estar no disminuye, sino que se amplía. Vamos en la dirección equivocada y debemos cambiar el rumbo ahora” (IRENA, 2021: 4).

Las políticas de energía neoliberales han bloqueado la transición. Además del fracaso de la estrategia de fijación de precios del carbono como mecanismo para reducir la dependencia de los combustibles fósiles, la apuesta por el mercado para la promoción de las renovables ha permitido que unos pocos inversores con aversión al riesgo comercial hayan ganado mucho dinero. La expansión inicial de las renovables fue dependiente de subsidios, pero ante el aumento de los costes para los consumidores, las políticas de mercado pasaron a priorizar las llamadas subastas de capacidad, en las que a la oferta ganadora se le asegura un acuerdo de compra de energía que puede durar entre 15 y 20 años. Bajo este sistema, la caída de los costos de generación ha afectado la rentabilidad de las renovables, que se vuelven menos atractivas para inversores que buscan rendimientos satisfactorios. Esta tendencia ha provocado un déficit de inversión, que está impidiendo aún más la descarbonización de sectores clave de la economía.

Por otra parte, ni la excesiva confianza en el prosumismo (que elimina la distinción entre consumidor y productor de energía, gracias al desarrollo de nuevas tecnologías y mecanismos institucionales para habilitar la conexión de consumidores residenciales o comerciales a la red con el fin de vender la energía solar o eólica excedente) ni la prevista disrupción del mercado, a ser causada por generación distribuida, han satisfecho las expectativas iniciales, como se aprecia hoy en la Unión Europea y en otras partes del mundo donde se han eliminado las subvenciones y se han alterado las normas que rigen el mercado de la energía eléctrica. El enfoque hegemónico tampoco ha logrado abordar de forma efectiva los problemas asociados a la prevista espiral de la muerte de las grandes empresas eléctricas, de la misma manera que ha sido incapaz de anticiparse a los serios desafíos técnicos asociados a la instalación de fuentes renovables a gran escala, con retos que todavía no se han resuelto en países donde la energía eólica y la solar ya representan una porción significativa del suministro eléctrico.

La comunidad científica mundial ha estado planteando durante décadas que para minimizar el riesgo de impactos aterradores previstos en el más reciente informe del IPCC es imprescindible limitar las emisiones de GEI, de las que casi tres cuartas partes proceden de la producción y el consumo de la energía. También se ha reconocido desde hace tiempo que la rápida descarbonización de la generación de electricidad y de otros componentes del sector energético, así como de otros segmentos de la economía que consumen mucha energía –especialmente el transporte, la industria y los edificios–, es una condición ineludible para evitar los peores escenarios de futuro. A pesar de que la magnitud del reto ya ha sido reconocida, la política climática dominante ha fracasado por completo a la hora de dar una respuesta adecuada. Anclados en el optimismo delirante o en posturas negacionistas, diversos analistas, activistas ambientales, ejecutivos de grandes empresas y líderes políticos de diversas corrientes ideológicas han estado repitiendo durante más de una década la simplista idea de que la transición energética es inevitable, que ya está en marcha o que, incluso, se está acelerando. Estas afirmaciones no solo contradicen datos objetivos, sino que la mayoría de las voces que difunden esta idea siguen apostando a un modelo de propiedad y de gestión de la energía que imposibilita la transición energética que ellos pregonan.

No ha habido una transición energética, sino una simple expansión de la producción y el uso de la energía

La convergencia de las demandas de los sectores económicos dominantes con los intereses de las élites políticas es evidente en la defensa de la propiedad privada de la energía, incluyendo a gran parte de quienes proponen una transición energética centrada en fuentes renovables o limpias. En este sentido, tanto el discurso como las estrategias mercantiles de muchas empresas se han actualizado para hacerlas más compatibles con la creciente preocupación de amplios sectores sociales ante la emergencia climática. La creciente ansiedad de la población es percibida, desde una perspectiva mercantil, como una oportunidad económica estratégica para el enriquecimiento de sectores empresariales activos en la promoción de una economía verde facilitada por cambios en el marco normativo o institucional a distintas escalas.

En este contexto, no ha habido una transición energética, sino una simple expansión de la producción y el uso de la energía. Impulsadas por generosas subvenciones públicas o por contratos a largo plazo sin riesgo comercial y garantizados por los gobiernos, las fuentes renovables de generación de energía han experimentado un impresionante crecimiento en los últimos años (al menos si se consideran de forma aislada). No obstante, en el mismo período, la demanda global de energía ha superado con creces el crecimiento de las fuentes bajas en carbono. Como resultado, todas las formas de energía han crecido de forma paralela, sin que haya habido un desplazamiento significativo de los combustibles fósiles por parte de las renovables. A pesar de medidas gubernamentales muy publicitadas y de titulares de prensa excesivamente optimistas sobre la supuesta transición, la demanda global de energía creció más de un 20% en la década pasada, y tres cuartas partes de esa nueva demanda se cubrieron con la quema de carbón, gas y petróleo. Como resultado, las emisiones de gases de efecto invernadero han seguido aumentando (IEA, 2019).

El imperativo del crecimiento permanente, que constituye la razón de ser del sistema de acumulación capitalista, determina que los compromisos y planes para controlar o reducir las emisiones de GEI sean altamente inverosímiles, si no imposibles. La idea de que las economías industrializadas podrían –mediante una modernización ecológica– desvincular el crecimiento económico de las emisiones ha sido desacreditada. Algunos estados afirman haber avanzado en esa dirección gracias a las medidas impulsadas por sus gobiernos, pero en realidad muchos de los avances más visibles son el resultado de la deslocalización de las emisiones hacia otros países. En el año 2018, en el marco de la presentación de un informe que constataba niveles récord en las emisiones mundiales de CO2, el director de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, afirmó: “Traigo muy malas noticias: las cifras me desesperan” (Simon, 2018).

Por otra parte, dado que el sol no siempre brilla y el viento no siempre sopla, la incorporación de energía renovable variable a las redes eléctricas a una escala significativa implica formidables desafíos técnicos que el enfoque dominante centrado en el mercado no ha logrado superar. La expansión de las energías renovables tampoco ha sido capaz de crear las condiciones para reducir las emisiones de carbono en la industria, en el transporte y en otros sectores esenciales de la economía contemporánea. En el transporte predominan las asociaciones público-privadas (APP), pero este enfoque no ha frenado seriamente las emisiones relacionadas con este sector. En el sector de la construcción tampoco existe una estrategia viable –y mucho menos global– para la conservación de la energía a gran escala, en parte porque no existe un modelo empresarial viable para ganar dinero con la reducción del consumo de energía.

En resumen, el libre mercado, la privatización y el control del mercado de la energía por un grupo cada vez más reducido de empresas transnacionales han demostrado ser incapaces de llevar a cabo la transición energética que el mundo necesita con urgencia. Como ha sido demostrado en el marco de la respuesta mundial a la pandemia, abordar problemas globales complejos en plazos cortos exige la planificación y la coordinación de los gobiernos. Es necesario un cambio de paradigma para la propiedad y la gestión públicas del sector energético, incluyendo la democratización de las actuales empresas públicas de la energía.

La alternativa pública

El fracaso continuo y cada día más obvio de la política energética dominante para generar cambios a la velocidad y en la escala del cambio necesario para abordar la crisis climática debe ser reconocido como una verdadera emergencia política y reafirmar la urgente necesidad de un enfoque radicalmente diferente. Como alternativa a la perspectiva hegemónica basada en el lucro es preciso vigorizar la propiedad pública y democrática de los sistemas y recursos energéticos.

Además de ser menos costosa, la energía pública desmercantilizada facilita la transferencia de tecnologías y capacidades basadas en prioridades sociales antes que en beneficios privados. También permite la ampliación y optimización de los sistemas públicos de transporte, así como la implementación de programas de eficiencia y rendimiento energético en los edificios, además de habilitar más opciones para la descarbonización de la infraestructura industrial.

En síntesis, la alternativa pública significa la recuperación integral de la generación, transmisión, distribución y gestión de la energía. En contextos donde las políticas de privatización han sido más agresivas es necesario que las empresas de energía que han sido privatizadas vuelvan a ser de propiedad y control públicos. En otros contextos, donde la propiedad de las empresas ha permanecido en manos del Estado pero con una gestión orientada por los principios de la gobernanza corporativa de mercado, es necesaria la descorporativización o la desmercantilización de estas empresas, de modo que pasen a operar con una lógica de eficiencia social no restringida a las demandas neoliberales de rentabilidad puramente comercial, y estén orientadas por una concepción de la energía como un bien público y centradas en las necesidades sociales.

La alternativa pública significa la recuperación integral de la generación, transmisión, distribución y gestión de la energía

Desde esta perspectiva, el rol del Estado vuelve a ser esencial. En las últimas dos décadas, en muchos países del mundo (particularmente en Europa occidental) las cooperativas y otras experiencias de energía comunitaria se han expandido de forma significativa, generando nuevas esperanzas en torno a una transición energética a escala mundial anclada en proyectos descentralizados e iniciativas lideradas por la propia ciudadanía. Desafortunadamente, el optimismo inicial ha sido un tanto excesivo (Sweeney y Treat, 2020). En diversos países, los esfuerzos locales y de base comunitaria se han visto gravemente afectados por la supresión de las subvenciones y mecanismos de conexión a la red del tipo tarifas de alimentación (feed-in tariff). Este cambio ha provocado un fuerte descenso del número de nuevas iniciativas locales y dificultades para la supervivencia de las cooperativas en el nuevo mercado de la energía. Los proyectos comunitarios deben competir con los intereses del gran capital (incluidas las grandes empresas de energía eólica y fotovoltaica) tanto por apoyo político (subsidios) como por cuotas de mercado.

La revitalización de la propiedad pública debe ir acompañada de un claro cambio en la concepción de la energía como un bien público. Las empresas de energía que han sido privatizadas, corporativizadas o mercantilizadas no solo deben ser recuperadas, sino que también deben ser democratizadas y pasar a operar con otras modalidades de gestión. Asimismo, al igual que el proyecto neoliberal incluyó como un componente esencial la creación de nuevas agencias reguladoras (supuestamente independientes) para asegurar la competencia entre distintas empresas, la recuperación de la propiedad pública requerirá nuevas instituciones que garanticen que los servicios públicos recuperados funcionen de forma transparente, bajo control social y promoviendo la cooperación y la participación pública a distintos niveles.

La alternativa pública también significa la eliminación progresiva de los llamados mercados eléctricos competitivos

La alternativa pública también significa la eliminación progresiva de los llamados mercados eléctricos competitivos, tanto mayoristas como minoristas. En realidad, muchos Estados (sobre todo en el Sur global) han ignorado las directivas del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de los bancos regionales de desarrollo orientadas a la creación de mercados eléctricos, de la misma manera que han ignorado las instrucciones o presiones para establecer esquemas de comercio de emisiones. El desmantelamiento de los mercados eléctricos ofrece oportunidades para desmercantilizar la electricidad; también es necesario eliminar otras formas de privatización encubierta, como los llamados acuerdos de compra de energía (power purchase agreements, PPA), con contratos a dos o tres décadas con rentabilidad asegurada por el Estado y sin riesgo empresarial para los inversores privados.

La desmercantilización también abre nuevas posibilidades para un enfoque auténticamente integrado y bien planificado de la transición energética. La preocupación por la cuota de mercado ya no determinaría el comportamiento de las empresas de generación o distribución de la energía y, por tanto, evitaría o disminuiría las tensiones entre los prosumidores, las cooperativas de energía y las empresas estatales que se observan en la actualidad en diversos países del mundo. En el marco de un sistema público e integrado, en lugar de proporcionar oportunidades para que unas pocas empresas aumenten sus ganancias a expensas de la sociedad en su conjunto, la eficacia de la generación distribuida podría ser reevaluada sobre la base de criterios sociales y ecológicos y a largo plazo.

Una vez recuperadas y democratizadas, las empresas públicas de energía contarían con más capacidades (o menos restricciones) para ampliar sus operaciones de manera que puedan contribuir de manera más efectiva a la descarbonización no solo de la matriz energética, sino también del transporte, la industria, la agricultura y otros sectores que actualmente dependen de los combustibles fósiles.

Daniel Chavez es coordinador de Políticas Públicas del Transnational Institute, con sede en Ámsterdam. Sean Sweeney es coordinador de Trade Unions for Energy Democracy, con sede en la City University de Nueva York

Por Daniel Chavez, Sean Sweeney | 29/11/2021

 

Referencias

Global Energy Monitor (2021) “Boom and Bust 2021: Tracking the Global Coal Plant Pipeline”. San Francisco: Global Energy Monitor.

IEA (2019) Global Energy & CO2 Status Report. París: International Energy Agency (IEA).

IEA (2021) IEA (2019). Global Energy Review 2021. París: International Energy Agency (IEA).

IEA y CCFI (2021) Energy Investing: Exploring Risk and Return in the Capital Markets. París: International Energy Agency (IEA) y Centre for Climate Finance & Investment (CCFI).

IPCC (2021) Climate Change 2021: The Physical Science Basis. Contribution of Working Group I to the Sixth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge: Cambridge University Press.

IRENA (2021) World Energy Transitions Outlook: 1.5°C Pathway. Abu Dhabi: International Renewable Energy Agency (IRENA).

Simon, Frédéric (2018) “Bad news and ‘despair’: Global carbon emissions to hit new record in 2018, IEA says”. Euractive.com (18 de octubre): https://www.euractiv.com/section/climate-environment/news/bad-news-and-despair-global-carbon-emissions-to-hit-new-record-in-2018-iea-says/.

Sweeney, Seab y Treat, John (2020) The Rise and Fall of ‘Community Energy’ in Europe. Nueva York: Trade Unions for Energy Democracy (TUED).

World Bank (2020) State and Trends of Carbon Pricing 2020. Washington, DC: World Bank.

Fuente: https://vientosur.info/el-clima-la-energia-y-el-mito-de-la-transicion/

Publicado enMedio Ambiente
Domingo, 28 Noviembre 2021 11:31

La segunda oleada progresista latinoamericana

En Caracollo, partidarios del gobierno boliviano participaron en la Marcha por la Patria el martes pasado. Foto Ap

El mundo está atravesando una transición política-económica estructural. El viejo consenso globalista de libre mercado, austeridad fiscal y privatización que encandiló a la sociedad mundial durante 30 años, hoy se ve cansado y carece de optimismo ante el porvenir. La crisis económica de 2008, el largo estancamiento desde entonces, pero principalmente el lockdown de 2020 han erosionado el monopolio del horizonte predictivo colectivo que legitimó el neoliberalismo mundial. Hoy, otras narrativas políticas reclaman la expectativa social: flexibilización cuantitativa para emitir billetes sin límite; Green New Deal, proteccionismo para relanzar el empleo nacional, Estado fuerte, mayor déficit fiscal, más impuestos a las grandes fortunas, etc., son las nuevas ideas-fuerza que cada vez son más mencionadas por políticos, académicos, líderes sociales y la prensa del mundo entero. Se desvanecen las viejas certidumbres imaginadas que organizaron el mundo desde 1980, aunque tampoco hay nuevas que reclamen con éxito duradero el monopolio de la esperanza de futuro. Y mientras tanto, en esta irresolución de imaginar un mañana más allá de la catástrofe, la experiencia subjetiva de un tiempo suspendido carente de destino satisfactorio agobia el espíritu social.

América Latina se adelantó a estas búsquedas mundiales hace más de una década. Los cambios sociales y gubernamentales en Brasil, Venezuela, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, dieron cuerpo a esta "primera oleada" de gobiernos progresistas y de izquierda que se plantearon salir del neoliberalismo. Más allá de ciertas limitaciones y contradicciones, el progresismo latinoamericano apostó a unas reformas de primera generación que logró tasas de crecimiento económico entre 3 y 5 por ciento, superiores a las registradas en tiempos anteriores. Paralelamente, se redistribuyó de manera vigorosa la riqueza, lo que permitió sacar de la pobreza a 70 millones de latinoamericanos y de la extrema pobreza a 10 millones. La desigualdad cayó de 0.54 a 0.48, en la escala de Gini y se aplicó un incremento sostenido del salario y de los derechos sociales de los sectores más vulnerables de la población que inclinó la balanza del poder social en favor del trabajo. Algunos países procedieron a ampliar los bienes comunes de la sociedad mediante la nacionalización de sectores estratégicos de la economía y, como en el caso de Bolivia, se dio paso a la descolonización más radical de la historia, al lograr que los sectores indígena-populares se constituyan en el bloque de dirección del poder estatal.

Esta primera oleada progresista que amplió la democracia con la irrupción de lo popular en la toma de decisiones, se sostuvo sobre un flujo de grandes movilizaciones sociales, descrédito generalizado de las políticas neoliberales, emergencia de liderazgos carismáticos portadores de una mirada audaz del futuro y un estado de estupor de las viejas élites gobernantes.

La segunda oleada progresista

La primera oleada del progresismo latinoamericano comenzó a perder fuerza a mediados de la segunda década del siglo XXI, en gran parte, por cumplimiento de las reformas de primera generación aplicadas.

El progresismo cambió la tasa de participación del excedente económico en favor de las clases laboriosas y el Estado, pero no la estructura productiva de la economía. Esto inicialmente le permitió transformar la estructura social de los países mediante la notable ampliación de las "clases medias", ahora con mayoritaria presencia de familias provenientes de sectores populares e indígenas. Pero la masificación de "ingresos medios", la extendida profesionalización de primera generación, el acceso a servicios básicos y vivienda propia, etc., modificó no sólo las formas organizativas y comunicaciones de una parte del bloque popular, sino también su subjetividad aspiracional. Incorporar estas nuevas demandas y darle sostenibilidad económica en el marco programático de mayor igualdad social, requería modificar el modo de acumulación económica y las fuentes tributarias de retención estatal del excedente.

La incomprensión en el progresismo de su propia obra y la tardanza en plantarse los nuevos ejes de articulación entre el trabajo, el Estado y el capital, dieron paso desde 2015 a un regreso parcial del ya enmohecido programa neoliberal. Pero, inevitablemente, este tampoco duró mucho. No había novedad ni expansivo optimismo en la creencia religiosa en el mercado, sólo un revanchismo enfurecido de un "libre mercado" crepuscular que desempolvaba lo realizado en los años 90 del siglo XX: volver a privatizar, a desregular el salario y concentrar la riqueza.

Ello dio pie a la segunda oleada progresista que desde 2019 viene acumulando victorias electorales en México, Argentina, Bolivia, Perú y extraordinarias revueltas sociales en Chile y Colombia. Esto enmudeció esa suerte de teleología especulativa sobre el "fin del ciclo progresista". La presencia popular en la historia no se mueve por ciclos, sino por oleadas. Pero claro, la segunda oleada no es la repetición de la primera. Sus características son distintas y su duración también.

En primer lugar, estas nuevas victorias electorales no son fruto de grandes movilizaciones sociales catárticas que por su sola presencia habilitan un espacio cultural creativo y expansivo de expectativas transformadoras sobre las que puede navegar el decisionismo gubernamental. El nuevo progresismo resulta de una concurrencia electoral de defensa de derechos agraviados o conculcados por el neoliberalismo enfurecido, no de una voluntad colectiva de ampliarlos, por ahora. Es lo nacional-popular en su fase pasiva o descendente.

Es como si ahora los sectores populares depositaran en las iniciativas de gobierno el alcance de sus prerrogativas y dejaran, de momento, la acción colectiva como el gran constructor de reformas. Ciertamente, el "gran encierro" mundial de 2020 ha limitado las movilizaciones, pero curiosamente no para las fuerzas conservadoras o sectores populares allí donde no hay gobiernos progresistas, como Colombia, Chile y Brasil.

Una segunda característica del nuevo progresismo es que llega al gobierno encabezado por liderazgos administrativos que se han propuesto gestionar de mejor forma en favor de los sectores populares, las vigentes instituciones del Estado o aquellas heredadas de la primera oleada; por tanto, no vienen a crear unas nuevas. Dicho de otra manera, no son liderazgos carismáticos, como en el primer progresismo que fue dirigido por presidentes que fomentaron una relación efervescente, emotiva con sus electores y disruptivas con el viejo orden. Sin embargo, la ausencia de "relación carismática" de los nuevos líderes no es un defecto sino una cualidad del actual tiempo progresista, pues fue por esa virtud que fueron elegidos por sus agrupaciones políticas para postularse al gobierno y, también, por lo que lograron obtener la victoria electoral. En términos weberianos, es la manera específica en que se rutiniza el carisma, aunque la contraparte de ello será que ya no puedan monopolizar la representación de lo nacional-popular.

En tercer lugar, el nuevo progresismo forma ya parte del sistema de partidos de gobierno, en cuyo interior lucha por ser dirigente. Por tanto, no busca desplazar el viejo sistema político y construir uno nuevo como en la primera época, lo que entonces le permitió objetivamente enarbolar las banderas del cambio y de la transgresión por exterioridad al "sistema tradicional". Lo que ahora se proponen es estabilizarlo preservando su predominancia, lo que los lleva a una práctica moderada y agonista de la política.

En cuarto lugar, la nueva oleada progresista tiene al frente a unos opositores políticos cada vez más escorados hacia la extrema derecha. Las derechas políticas han superado la derrota moral y política de la primera oleada progresista y, aprendiendo de sus errores, ocupan las calles, las redes y levantan banderas de cambio.

Han cobrado fuerza social mediante implosiones discursivas reguladas que las ha llevado a enroscarse en discursos antiindígena, antifeminista, antiigualitarista y anti-Estado. Abandonando la pretensión de valores universales, se han refugiado en trincheras o cruzadas ideológicas. Ya no ofrecen un horizonte cargado de optimismo y persuasión, sino de revancha contra los igualados y exclusión de quienes se considera son los culpables del desquiciamiento del viejo orden moral del mundo: los "populistas igualados", los "indígenas y cholos con poder", las mujeres "soliviantadas", los migrantes pobres, los comunistas redivivos…

Esta actual radicalización de las derechas neoliberales no es un acto de opción discursiva, sino de representación política de un notable giro cultural en las clases medias tradicionales, con efecto en sectores populares. De una tolerancia y hasta simpatía hacia la igualdad hace 15 años atrás, la opinión pública construida en torno a las clases medias tradicionales ha ido girando hacia posiciones cada vez más intolerantes y antidemocráticas ancladas en el miedo. Las fronteras de lo decible públicamente han mutado y el soterrado desprecio por lo popular de años atrás ha sido sustituido por un desembozado racismo y anti-igualitarismo convertidos en valores públicos.

La melancolía por un antiguo orden social abandonado y el miedo a perder grandes o pequeños privilegios de clase o de casta ante la avalancha plebeya han arrojado a estas clases medias a abrazar salvacionismos político-religiosos que prometen restablecer la autoridad patriarcal en la familia, la inmutabilidad de las jerarquías de estirpe en la sociedad y el mando de la propiedad privada en la economía ante un mundo incierto que ha extraviado su destino. Es un tiempo de politización reaccionaria, fascistoide, de sectores tradicionales de la clase media

Y finalmente, en quinto lugar, el nuevo progresismo afronta no sólo las consecuencias sociales del "gran encierro" planetario que 2020 desplomó la economía mundial sino, en medio de ello, el agotamiento de las reformas progresistas de primera generación.

Esto conlleva una situación paradojal de unos liderazgos progresistas para una gestión de rutina en tiempos de crisis económicas, médicas y sociales extraordinarias.

Pero, además, globalmente se está en momentos de horizontes minimalistas o estancados: ni el neoliberalismo en su versión autoritaria logra superar sus contradicciones para irradiarse nuevamente ni los diversos progresismos logran consolidarse hegemónicamente. Esto hace prever un tiempo caótico de victorias y derrotas temporales de cada una de estas u otras opciones.

Sin embargo, la sociedad no puede vivir indefinidamente en la indefinición de horizontes predictivos duraderos. Más pronto que tarde, de una u otra manera, las sociedades apostarán por una salida, la que sea. Y para que el porvenir no sea el desastre o un oscurantismo planetario con clases medias rezando por "orden" a la puerta de los cuarteles como en Bolivia, el progresismo debe apostar a producir un nuevo programa de reformas de segunda generación que, articuladas en torno a la ampliación de la igualdad y la democratización de la riqueza, propugne una nueva matriz productiva para el crecimiento y bienestar económicos.

Pero, además, con ello, ayudar a impulsar un nuevo momento histórico de reforma moral e intelectual de lo nacional-popular, de hegemonía cultural y movilización colectiva, hoy ausentes, sin los cuales es imposible imaginar triunfos políticos duraderos.

Por Álvaro Garcia Linera. Fragmentos del discurso pronunciado en la Universidad Nacional de La Rioja, Argentina, al recibir el nombramiento de doctor honoris causa, el 5 de noviembre pasado.

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David Harvey, durante el rodaje del documental Qué hacer, en 2017.

Ha pasado más de siglo y medio desde que Karl Marx publicara el primer volumen de El capital. Es una obra enorme e intimidante que muchos lectores podrían sentirse tentados de pasar por alto; el erudito radical David Harvey cree que no deberían hacerlo.

Harvey lleva décadas impartiendo clases sobre El capital. Sus populares cursos sobre los tres volúmenes del libro están disponibles de forma gratuita en la red y los han visitado millones de personas de todo el mundo. El último libro de Harvey, Marx, El capital y la locura de la razón económica, es una guía más breve de los tres volúmenes. En él se ocupa de la irracionalidad inherente a un sistema capitalista cuyo funcionamiento se supone que es todo lo contrario.

Harvey habló con Daniel Denvir para el podcast The Dig, de Jacobin Radio, acerca del libro, las energías a un tiempo creativas y destructivas del capital, el cambio climático y de por qué sigue mereciendo la pena luchar con El Capital

Lleva bastante tiempo impartiendo clases sobre El capital. Describa brevemente los tres volúmenes.

Marx entra mucho en los detalles y a veces es difícil hacerse una idea exacta del concepto general que aborda El capital. Pero en realidad es sencillo. Los capitalistas empiezan el día con cierta cantidad de dinero, llevan ese dinero al mercado y compran algunas mercancías como medios de producción y mano de obra, y las ponen a trabajar en un proceso laboral que produce una nueva mercancía. Esa nueva mercancía se vende por dinero más un beneficio. Después, ese beneficio se redistribuye de varias maneras, en forma de rentas e intereses, y circula de nuevo hacia ese dinero, que inicia el ciclo de producción nuevamente.

Es un proceso de circulación. Y los tres volúmenes de El capital tratan diferentes aspectos de dicho proceso. El primero se ocupa de la producción. El segundo trata de la circulación y lo que llamamos “realización”: la forma en que la mercancía se convierte de nuevo en dinero. Y el tercero se ocupa de la distribución: cuánto dinero va al propietario, cuánto al financiero y cuánto al comerciante antes de que todo se dé la vuelta y regrese al proceso de circulación.

Eso es lo que trato de enseñar de modo que la gente entienda las relaciones entre los tres volúmenes de El capital y no se pierda totalmente en un volumen o en partes de ellos.

En ciertos aspectos difiere de otros estudiosos de Marx. Una diferencia importante es que presta mucha atención a los volúmenes dos y tres, mientras que a muchos especialistas de Marx les interesa principalmente el primer volumen. ¿Por qué?

Son importantes porque lo dice Marx. En el volumen uno básicamente dice: “En el volumen uno me ocupo de esto, en el volumen dos me ocupo de aquello y en el volumen tres me ocupo de lo de más allá”. Está claro que en la mente de Marx existía la idea de la totalidad de la circulación del capital. Su plan era dividirlo en estas tres partes en tres volúmenes. De modo que sigo lo que Marx dice que hace. Ahora bien, el problema, por supuesto, es que los volúmenes dos y tres nunca se completaron, y no son tan satisfactorios como el volumen uno.

El otro problema es que el volumen uno es una obra maestra literaria, mientras que los volúmenes dos y tres son más técnicos y más difíciles de seguir. De modo que puedo entender por qué, si la gente quiere leer a Marx con cierta alegría y placer, se quede con el volumen uno. Pero lo que quiero decir es: “No, si verdaderamente quieres entender su concepto del capital, no puedes quedarte con que se trata de una simple cuestión de producción. Se trata de circulación. Se trata de llevarlo al mercado y venderlo, después se trata de distribuir las ganancias”.

Uno de los motivos de su importancia es que lo necesitamos para comprender esta dinámica de expansión constante que alienta el capitalismo, lo que usted llama un “mal infinito”, citando a Hegel. Explique qué es ese “mal infinito”.

La idea del “mal infinito” aparece en el volumen uno. El sistema tiene que expandirse porque todo consiste en ganar dinero, en generar lo que Marx llamó una “plusvalía”, y la plusvalía luego se reinvierte en la creación de más plusvalía. De modo que el capital se basa en un crecimiento constante.

Y lo que hace es lo siguiente: si creces un 3 % al año constantemente, llegas a un punto en que la cantidad de crecimiento necesario es absolutamente enorme. En la época de Marx hay mucho espacio en el mundo para expandirse, mientras que en estos momentos estamos hablando de una tasa de crecimiento compuesto del 3 % en todo que está acaeciendo en China, el sur de Asia y América Latina. Y surge el problema: ¿hacia dónde te vas a expandir? Ese es el mal infinito que se está gestando.

En el volumen tres, Marx dice que tal vez la única forma en que puede expandirse es mediante la expansión monetaria. Porque con el dinero no hay límite. Si hablamos de usar cemento o algo así, hay un límite físico de la cantidad que se puede producir. Pero con el dinero, simplemente se pueden agregar ceros a la oferta monetaria global.

Si nos fijamos en lo que hicimos después de la crisis de 2008, agregamos ceros a la oferta monetaria mediante algo llamado “flexibilización cuantitativa”. Ese dinero regresó después a los mercados de valores y después a las burbujas de activos, especialmente en los mercados inmobiliarios. Ahora tenemos una situación extraña en la que, en cada área metropolitana del mundo que he visitado, hay un gran auge de la construcción y de los precios de los activos inmobiliarios –todo lo cual está siendo impulsado por el hecho de que se está generando dinero que no sabe a dónde ir, excepto a la especulación y al valor de los activos–.

Tiene formación de geógrafo y para usted la explicación que ofrece Marx sobre el capitalismo es fundamentalmente la de lidiar con problemas de espacio y tiempo. El dinero y el crédito son formas de resolver estos problemas. Explique por qué estos dos ejes de espacio y tiempo son tan críticos.

Por ejemplo, el tipo de interés consiste en un descuento en el futuro. Y pedir prestado consiste en hipotecar el futuro. La deuda es hipotecar la producción futura. De este modo, el futuro está hipotecado porque tenemos que pagar nuestras deudas. Pregúntele a cualquier estudiante que deba 200.000 dólares: su futuro está hipotecado porque tiene que pagar esa deuda. Esa hipoteca sobre el futuro es una parte esencial de lo que trata El capital.

El tema del espacio tiene cabida porque a medida que comienzas a expandirte, siempre existe la posibilidad de que si no puedes expandirte en un espacio determinado, cojas tu capital y te vayas a otro espacio. Por ejemplo, en el siglo XIX, Gran Bretaña estaba produciendo una gran cantidad de capital excedente por lo que una gran parte fluía hacia América del Norte, otra a través de América Latina y otra hacia Sudáfrica. De modo que en esto hay un factor geográfico.

La expansión del sistema consiste en conseguir lo que yo llamo “soluciones espaciales”. Tienes un problema: tienes un exceso de capital. ¿Qué vas a hacer al respecto? Bueno, tienes una solución espacial, lo cual significa que sales y construyes algo en otro lugar del mundo. En un continente “inestable” como Norteamérica en el siglo XIX hay una enorme cantidad de lugares en los que se puede expandir. Pero ahora Norteamérica está bastante cubierta.

La reorganización espacial no consiste simplemente en  expandirse. También consiste en reconstruir. Logramos la desindustrialización de Estados Unidos y Europa, y después la reconfiguración de una zona a través de la remodelación urbana, de modo que las fábricas de algodón en Massachusetts se convierten en bloques de apartamentos.

En estos momentos nos estamos quedando sin espacio y tiempo. Ese es uno de los grandes problemas del capitalismo contemporáneo.

Ha hablado de un futuro que está siendo hipotecado. Ese término se ajusta muy bien a las deudas sobre las viviendas, obviamente.

Por eso creo que el término “hipotecar” es muy interesante. Millones de personas perdieron sus casas con la crisis. Se les hipotecó el futuro. Pero al mismo tiempo, la economía del endeudamiento no ha desaparecido. Se podía pensar que después de 2007-2008 habría una pausa en la creación de deuda. Pero, en realidad, lo que se ve es un enorme aumento de la deuda .

El capitalismo contemporáneo nos carga cada vez con más deuda. Eso debería preocuparnos a todos. ¿Cómo se amortizará? ¿Y con qué medios? ¿Y vamos a acabar con más y más creación de dinero, que después no tiene adónde ir excepto a la especulación y el valor de los activos?

Ahí es cuando empezamos a construir para que las personas inviertan, no para que las personas vivan. Una de las cosas más asombrosas de la China contemporánea, por ejemplo, es que se han construido ciudades enteras que aún no se han habitado. Sin embargo, la gente las ha comprado porque es una buena inversión.

Es precisamente ese tema del crédito lo que le llevó a tomar prestada una frase de Jacques Derrida: “La locura de la razón económica”. Coloquialmente se apela a la locura y la demencia para estigmatizar o atribuir un carácter patológico a las personas con enfermedades mentales. Pero lo que nos muestra Marx, y lo que nos muestra su libro, es que lo realmente demencial es el sistema.

La mejor forma de medirlo es observar lo que sucede en una crisis. El capital provoca crisis periódicamente. Una de las características de una crisis es que hay un excedente de mano de obra –personas desempleadas que no saben cómo subsistir–  al tiempo que excedentes de capital que no parecen encontrar un lugar donde colocarse para obtener una rentabilidad adecuada. Tienes estos dos excedentes uno al lado del otro en una situación en la que la necesidad social es crónica.

Necesitamos juntar capital y trabajo para efectivamente crear algo. Pero no se puede hacer porque lo que se quiere crear no es rentable, y si no es rentable, el capital no lo hace. Se pone en huelga. De modo que terminamos con capital excedente y mano de obra excedente, uno al lado de la otra. Es el colmo de la irracionalidad.

Se nos enseña que el sistema económico capitalista es sumamente racional. Pero no lo es. De hecho, genera increíbles sinrazones.

Recientemente, usted escribió en Jacobin que Marx rompió con los socialistas moralistas como Proudhon, Fourier, Saint-Simon y Robert Owen. ¿Quiénes eran estos socialistas y por qué y cómo se apartó Marx de ellos?

En las primeras etapas del desarrollo capitalista hubo problemas obvios de condiciones de trabajo. Personas razonables, incluidos los profesionales y la burguesía, comenzaron a mirar esto con horror. Se desarrolló una especie de repugnancia moral contra el industrialismo. Muchos de los primeros socialistas eran moralistas, en el buen sentido del término, y expresaron su indignación afirmando que podemos construir una sociedad alternativa basada en el bienestar comunitario y la solidaridad social y cuestiones de ese tipo.

Marx examinó la situación y dijo que, en realidad, el problema con el capital no es que sea inmoral. El problema con el capital es que es casi amoral. Tratar de confrontarlo con la razón moral nunca va a llegar muy lejos porque el sistema se genera y se reproduce a sí mismo. Tenemos que lidiar con esa autorreproducción del sistema.

Marx adoptó una visión mucho más científica del capital y dijo: ahora necesitamos reemplazar todo el sistema. No se trata solo de arreglar las fábricas, tenemos que lidiar con el capital.

¿Ha visto El joven Karl Marx?

He visto la película y la obra de teatro. Marx es un personaje de su tiempo y creo que es interesante mirarlo desde esa perspectiva.

Pero lo que quiero decir es que hay que fijarse en cómo, con su fuerza motriz, nos aprisiona a todos en deudas –seguimos en una sociedad que se mueve por la acumulación de capital. Marx elaboró un razonamiento partiendo de las particularidades de su tiempo, habló de la dinámica de la acumulación de capital y señaló su carácter contradictorio–. Marx decía que debemos ir más allá de la protesta moral. Se trata de describir un proceso sistemático con el que debemos lidiar y cuya dinámica debemos comprender. Porque, de lo contrario, la gente intenta crear algún tipo de reforma moral, y entonces es el capital quien se apropia de la reforma moral.

Es verdaderamente fantástico que tengamos Internet, algo que en un principio todo el mundo pensó que sería una gran tecnología liberadora que conferiría gran libertad a los seres humanos. Y fíjate lo que ha pasado. Está dominada por unos cuantos monopolios que recopilan nuestros datos y se los entregan a todo tipo de personajes sórdidos que los utilizan con fines políticos.

Algo que comenzó como una verdadera tecnología liberadora de repente se convierte en un vehículo de represión y opresión. Si se pregunta: “¿cómo ha ocurrido?”, se responde que ha sido causa de algunas personas malvadas o, como Marx, que el carácter sistémico del capital siempre hace eso.

No existe una idea buena y moral que el capital no pueda apropiarse y convertir en algo horrendo. Casi todos los modelos utópicos que han aparecido en el horizonte durante los últimos cien años se han convertido en una distopía por la dinámica capitalista. Eso es lo que apunta Marx, que dice: “Tienes que lidiar con ese proceso. Si no lo haces, no crearás un mundo alternativo que pueda ofrecer libertad a todos los seres humanos”.

Hablemos de las contradicciones de ese proceso. Marx fue un feroz crítico del capitalismo, pero también fue un admirador de su capacidad de destrucción creativa. Pensaba, por ejemplo, que el capitalismo era una gran mejora con respecto al feudalismo. ¿Cómo deberíamos considerar esa capacidad destructiva en la actualidad? Gran parte de lo que destruye el capitalismo es bastante obvio. Por otro lado, debemos tener en cuenta el aumento de los ingresos en lugares como China e India y ese gigantesco proceso de construcción de infraestructuras que se está dando en países como aquellos. ¿Cómo aborda usted estos procesos contradictorios?

Tienes razón al mencionar esto porque Marx no es un mero crítico del capitalismo, también admira algunas de las cosas que construye el capitalismo. Para Marx esa es la mayor contradicción de todas.

El capital ha desarrollado la capacidad, desde el punto de vista tecnológico y organizativo, de crear un mundo mucho mejor. Pero lo hace a través de relaciones sociales de dominación en lugar de emancipación. Esa es la contradicción principal. Y Marx insiste: “¿Por qué no usamos toda esta capacidad tecnológica y organizativa para crear un mundo liberador, en lugar de uno que consista en la dominación?”

Una contradicción relacionada con esta es el modo en que los marxistas debían de considerar el debate actual en torno a la globalización, que se ha vuelto más confuso y confuso que nunca. ¿Cómo cree que la izquierda debería contemplar el debate sobre el proteccionismo de Trump de forma que difiera del dedo acusador de los economistas convencionales?

En realidad Marx aprobaba la globalización. En el Manifiesto Comunista hay un pasaje maravilloso que trata de ello. Lo ve como potencialmente emancipatorio. Pero, nuevamente, la pregunta es por qué no se aprovechan esas posibilidades emancipadoras. ¿Por qué se utilizan como medio de dominación de una clase sobre otra? Sí, es cierto que algunas personas en el mundo han mejorado sus ingresos, pero ocho hombres poseen misma riqueza que aproximadamente el 50 % de la población mundial.

Marx dice que tenemos que hacer algo al respecto. Pero, al hacerlo, no hay que ponerse nostálgicos y decir: “Queremos volver al feudalismo” o “queremos vivir de la tierra”. Tenemos que pensar en un futuro progresista que emplee todas las tecnologías que tenemos, pero con un propósito social en lugar de aumentar la riqueza y el poder que cada vez se concentran en menos manos.

Que es la razón por la que Marx rompió con sus contemporáneos socialistas románticos. En cuanto a lo que las teorías económicas liberales y los economistas convencionales pasan por alto sobre todo esto, usted cita un pasaje de Marx: “Cada motivo que ellos” –los economistas– “exponen  contra la crisis es una contradicción exorcizada y, por lo tanto, una contradicción real, que puede provocar una crisis. El deseo de convencerse de la inexistencia de contradicciones es al mismo tiempo la expresión de un deseo piadoso de que las contradicciones, que están realmente presentes, no existan”. ¿Qué se propone hacer la economía dominante? ¿Y qué omiten u ocultan en el proceso?

Odian las contradicciones. No encaja con su visión del mundo. A los economistas les encanta afrontar lo que llaman problemas, y los problemas tienen solución. Las contradicciones no. Permanecen contigo todo el tiempo y, por tanto, tienes que gestionarlas.

Se intensifican en lo que Marx llamó “contradicciones absolutas”. ¿Cómo afrontan los economistas el hecho de que en las crisis de las décadas de 1930 o 1970 o en la más reciente el capital excedente y la mano de obra excedente se encuentren uno junto a la otra y nadie parezca tener la menor idea de cómo volver a unirlos para que puedan trabajar con fines socialmente productivos?

Keynes intentó hacer algo al respecto. Pero, por lo general, los economistas no tienen idea de cómo lidiar con estas contradicciones mientras que Marx sostiene que esa contradicción está en la esencia de la acumulación de capital. Y esa contradicción provoca periódicamente esas crisis que se cobran vidas y crean miseria.

Es necesario abordar ese tipo de fenómenos. Y la economía no tiene una buena forma de plantearlos.

En cuanto a esa contradicción, en su libro especifica que “el capital excedente y la mano de obra excedente coexisten sin que aparentemente haya forma de volver a unirlos”. Después de la crisis reciente, ¿cómo se reencontraron esos dos elementos –el capital excedente y la mano de obra excedente–,  y el modo en lo hicieron ha derivado en una nueva forma de capitalismo, distinta de la que prevalecía antes de la crisis? ¿Seguimos viviendo bajo el neoliberalismo o ha echado raíces algo nuevo?

La respuesta a la crisis de 2007-2008 fue, en la mayor parte del mundo –excepto China–, redoblar la apuesta hacia una política de austeridad neoliberal. Lo cual empeoró las cosas. Desde entonces hemos sufrido más recortes. No ha funcionado muy bien. El desempleo ha ido bajando lentamente en Estados Unidos, pero por supuesto se ha disparado en lugares como Brasil y Argentina.

Y el crecimiento de los salarios es bastante lento.

Sí, los salarios no se han movido. Después está lo que ha estado haciendo la administración de Trump. En primer lugar, ha seguido algunas políticas muy neoliberales. El presupuesto que aprobaron hace casi un año es un documento puramente neoliberal. Básicamente beneficia a los tenedores de bonos y a los propietarios de capital, y el resto ha quedado al margen. Y lo otro que ha pasado es la desregulación, que tanto gusta a los neoliberales. La administración Trump ha redoblado la desregulación: del medio ambiente, las leyes laborales y todo lo demás. Así que en realidad se han duplicado las soluciones neoliberales.

El argumento neoliberal tuvo mucha legitimidad en las décadas de 1980 y 1990 como algo que, de alguna manera, era liberador. Pero ya nadie se lo cree. Todo el mundo se da cuenta de que es una estafa en la que los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres.

Sin embargo, estamos empezando a ver el posible surgimiento de un proteccionismo-autarquía etnonacionalista, que es un modelo diferente. Y no encaja muy bien con los ideales neoliberales. Podríamos dirigirnos hacia algo mucho menos agradable que el neoliberalismo, la división del mundo en facciones guerreras y proteccionistas que luchan entre sí por el comercio y todo lo demás.

El argumento de alguien como Steve Bannon es que debemos proteger a los trabajadores estadounidenses de la competencia en el mercado laboral limitando la inmigración. En lugar de culpar al capital, culpa a los inmigrantes. El segundo argumento es sostener que también podemos obtener apoyo de esa población mediante la imposición de aranceles y culpando a la competencia china.

En efecto, tienes una política de derecha que está ganando mucho apoyo por ser antiinmigrante y antideslocalización. Pero el hecho es que el mayor problema de los trabajos no es la deslocalización, sino el cambio tecnológico. Alrededor del 60 o 70 % del desempleo que se generó a partir de la década de 1980 se debió al cambio tecnológico. Quizás el 20 o el 30 % se debió a la deslocalización.

Pero la derecha ahora tiene una política. Esa política no solo se está dando en Estados Unidos, se da en Hungría, India, hasta cierto punto en Rusia. La política autoritaria y etnonacionalista está comenzando a dividir el mundo capitalista en facciones en guerra. Sabemos lo que sucedió con ese tipo de cosas en la década de 1930, algo que debería preocuparnos mucho a todos. No es una respuesta al dilema del capital. En la medida en que el etnonacionalismo conquiste al neoliberalismo, nos espera un mundo aún más feo del que ya hemos vivido.

Estas contradicciones son importantes dentro de la coalición conservadora que gobierna en Estados Unidos, pero creo que es un error que la gente las vea como nuevas. Han estado latentes durante mucho tiempo.

Ah, sí. Por ejemplo, en Gran Bretaña, a finales de la década de 1960, un discurso de Enoch Powell hablaba de “ríos de sangre” si continuábamos con aquellas políticas de inmigración. El fervor antiinmigrante existe desde hace mucho tiempo.

Pero durante las décadas de 1980 y 1990 se las arreglaron para mantenerlo en secreto porque había suficiente dinamismo en la economía capitalista global para que la gente dijera: “Este régimen de comercio abierto y libre, y unas políticas de inmigración razonablemente benignas funcionan”. Desde entonces ha avanzado mucho en la otra dirección.

Ha mencionado el enorme poder de la automatización. ¿Qué dice Marx sobre la automatización y qué opina usted de ella? ¿Está realmente cerca el final del trabajo?

Vine a Estados Unidos en 1969 y fui a Baltimore. Allí había una enorme fábrica de hierro y acero que empleaba a unas treinta y siete mil personas. En 1990, la acería seguía produciendo la misma cantidad de acero, pero empleaba a unas cinco mil personas. Ahora el trabajo en acero prácticamente ha desaparecido. La cuestión es que en la manufactura, la automatización eliminó los empleos en masa por todas partes, muy rápido. La izquierda pasó mucho tiempo tratando de defender esos empleos y luchó desde la retaguardia contra la automatización.

Fue una estrategia incorrecta por dos razones. La automatización venía de todos modos y era un caso perdido. En segundo lugar, no veo por qué la izquierda debería oponerse absolutamente a la automatización. La postura de Marx, en la medida en que tuviera alguna, sería que deberíamos hacer uso de esta inteligencia artificial y automatización, pero de modo que aliviara la carga de trabajo.

La izquierda debería estar trabajando por una política que diga: “Damos la bienvenida a la inteligencia artificial y la automatización, pero para que nos proporcionen mucho más tiempo libre”. Uno de los grandes puntos que sugiere Marx es que el tiempo libre es una de las cosas más emancipadoras que podemos tener. Suya es esta bonita frase: el reino de la libertad comienza cuando se deja atrás el reino de la necesidad. Imagínese un mundo en el que se pudieran cubrir las necesidades. Trabajar uno o dos días a la semana, y el resto del tiempo es tiempo libre.

Ahora bien, disfrutamos de todas las innovaciones que ahorran trabajo en el proceso laboral y también en el hogar. Pero si se le pregunta a la gente si tiene más tiempo libre del que tenía antes, la respuesta es: “No, tengo menos tiempo libre”. Hay que organizar todo esto de modo que tengamos todo el tiempo libre posible, de forma que un miércoles a las cinco en punto puedas ir a hacer lo que quieras. Este es el tipo de sociedad imaginada que Marx tiene en mente. Y es una idea obvia.

Lo que nos detiene es que todo eso se utilice para apuntalar las ganancias de Google y Amazon. Hasta que no nos ocupemos de las relaciones sociales y de las relaciones de clase que hay detrás de todo esto, no podremos utilizar esos fantásticos dispositivos y oportunidades de modo que beneficien a todo el mundo.

¿Qué opina de los programas de renta básica universal?

En Silicon Valley quieren una renta básica universal para que la gente tenga suficiente dinero para pagar Netflix, eso es todo. ¿Qué mundo es ese? Hablamos de una distopía. La renta básica universal es una cosa, el problema es Silicon Valley y toda esa gente que está acaparando los medios de comunicación y entretenimiento.

En algún momento la renta básica universal podría incluirse en la agenda, pero no es una de mis máximas prioridades políticas. De hecho, hay aspectos que tienen unos riesgos muy negativos, tal y como sugiere el modelo de Silicon Valley.

¿Cree que el cambio climático pone límites claros a la expansión permanente que requiere el capitalismo o el capitalismo podrá capear la crisis climática intacto, en detrimento de los demás?

El capital podría capear la crisis del cambio climático. De hecho, si nos fijamos en los desastres climáticos, el capital puede convertir esto en lo que Naomi Klein llama “capitalismo de desastres”. Hay un desastre, y bueno, hay que reconstruir. Eso ofrece muchas oportunidades al capital para recuperarse de los desastres climáticos de manera rentable.

Desde el punto de vista humanitario creo que no saldremos nada bien de esto. Pero el capital es diferente. El capital puede salir bien parado de estas cosas y mientras sea rentable, lo harán.

Hablemos de resistencia. Usted escribe que la producción y el consumo son dos facetas centrales del capitalismo y que “las luchas sociales y políticas contra el poder del capital, dentro de la totalidad de la circulación del capital, toman diferentes formas y exigen diferentes tipos de alianzas estratégicas si quieren tener éxito”. ¿Cómo deberíamos plantearnos la relación entre las luchas laborales, por una parte, y las luchas contra el estado –contra el encarcelamiento masivo, contra los desalojos de los terratenientes o los préstamos abusivos–  por la otra?

Una de las virtudes de considerar el capital como una totalidad y pensar en todos los aspectos de la circulación del capital es que se identifican diferentes escenarios de lucha. Por ejemplo, la cuestión medioambiental. Marx habla de la relación metabólica con la naturaleza. Por lo tanto, las luchas por la relación con la naturaleza se vuelven políticamente significativas. En este momento muchas personas que están preocupadas por el tema ambiental dirán: “Podemos lidiar con esto sin afrontar la acumulación de capital”.

Me opongo a eso. En algún momento tendremos que lidiar con la acumulación de capital, que es un crecimiento de aproximadamente el 3 % eternamente, como un claro problema ambiental. No va a haber una solución al problema ambiental sin afrontar la acumulación de capital.

También hay otros aspectos. El capital se ha centrado durante mucho tiempo en la creación de nuevos intereses, necesidades y deseos. Consiste en la creación de consumismo. Acabo de regresar de China y en los tres o cuatro años que llevo viajando a China he notado el enorme aumento del consumismo. Esto es lo que el Banco Mundial y el FMI aconsejaban a los chinos hace veinte años diciendo: “Estáis ahorrando demasiado y no consumís suficiente”. Así que ahora los chinos se han comprometido a hacerlo iniciando una verdadera sociedad de consumo, pero eso significa que los intereses, necesidades y deseos de la gente están siendo transformados. Hace veinte años en China lo que querías, necesitabas y deseabas era una bicicleta y ahora necesitas un automóvil.

Hay varias formas de hacerlo. Los publicistas tienen un papel fundamental, pero aún más importante es la creación de estilos de vida completamente nuevos. Por ejemplo, una de las formas en que el capital solventó el problema, en 1945 en Estados Unidos, fue a través del desarrollo de barrios residenciales, que es la creación de un estilo de vida completamente nuevo. De hecho, lo que vemos es la creación de estilos de vida que no se eligen.

Todos tenemos teléfonos móviles. Es la creación de un estilo de vida, y ese estilo de vida no es algo en lo que se elija entrar o salir individualmente; tengo que tener un móvil, aunque no sé cómo funciona ese maldito cacharro.

No es que en el pasado alguien deseara, quisiera o necesitara un teléfono móvil. Nació por una razón en particular, y el capital encontró una forma de organizar un estilo de vida a su alrededor. Ahora estamos atrapados en ese estilo de vida, y eso es todo. Como el proceso de desarrollo de barrios residenciales que he mencionado antes. ¿Qué se necesita en los barrios residenciales? Se necesita una cortadora de césped. Si hubieras sido listo, en 1945 te habrías metido en la producción de cortadoras de césped porque todo el mundo tenía que tener una cortadora de césped para cortar el césped.

Ahora bien, hay revueltas en contra de ciertas cosas que están ocurriendo. La gente empieza a decir: “Oye, queremos hacer algo diferente”. Encuentro pequeñas comunidades por todas partes, en zonas urbanas y también en zonas rurales, donde la gente está tratando de establecer un estilo de vida diferente. Las que más me interesan son aquellas que utilizan las nuevas tecnologías, como el móvil e internet, para crear un estilo de vida alternativo con formas de relaciones sociales distintas a las características de las corporaciones con estructuras jerárquicas de poder que encontramos en nuestra vida diaria.

Luchar por un estilo de vida es bastante diferente a luchar por los salarios o las condiciones laborales en una fábrica. Sin embargo, desde una perspectiva global, existe una relación entre estas diferentes luchas. Me interesa que la gente vea cómo las luchas por el medio ambiente, por la creación de nuevos intereses, necesidades y deseos y el consumismo están relacionadas con las formas de producción. Si se unen todas estas cosas, se obtiene una imagen global de lo que es una sociedad capitalista y de los diferentes tipos de insatisfacciones y alienaciones que existen en los diferentes componentes de la circulación del capital que Marx identifica.

¿Cómo ve la relación entre las luchas contra el racismo y estas luchas contra la producción y el consumo?

Según el lugar del mundo del que hablemos estas preguntas son fundamentales. Aquí en Estados Unidos es un problema muy importante. No te encuentras con el mismo problema si observas lo que está sucediendo en China. Pero aquí las relaciones sociales siempre están afectadas por cuestiones de género, raza, religión, etnia y cosas por el estilo.

Por lo tanto, no se puede tratar la cuestión de la creación de estilos de vida o la producción de intereses, necesidades y deseos sin abordar la cuestión de qué sucede en los mercados de vivienda racializados y cómo la cuestión racial se utiliza de diversas formas. Por ejemplo, cuando me mudé por primera vez a Baltimore, una de las cosas que estaba sucediendo era el blockbusting: el uso, por parte de la industria inmobiliaria, de disparidades raciales para forzar la fuga de blancos y capitalizar la alta rotación en el mercado de la vivienda como una forma de obtener ventajas económicas.

Las cuestiones de género que surgen en torno a cuestiones de reproducción social también son primordiales en una sociedad capitalista independientemente del lugar donde te encuentres. Estos problemas están integrados en la acumulación de capital.

Cuando hablo de esto a menudo me meto en problemas porque parece que la acumulación de capital es más importante que estos otros aspectos. La respuesta es que no, no es eso. Pero los antirracistas tienen que lidiar con la forma en que la acumulación de capital interfiere en la política antirracista. Y la relación entre este proceso de acumulación y la perpetuación de las distinciones raciales.

Aquí, en Estados Unidos, tenemos todo un conjunto de preguntas de este tipo, que son primordiales. Pero, de nuevo, ¿pueden manejarse sin llegar a abordar la forma en que la acumulación de capital está fomentando y perpetuando algunas de estas diferencias? La respuesta a eso, para mí, es no. No creo que eso sea posible. Hasta cierto punto los antirracistas también tienen que ser anticapitalistas si quieren llegar a la verdadera raíz de muchos de los problemas.

Es famoso por su trabajo académico, pero quizás se le conozca más como profesor de la obra de Marx. ¿Por qué cree que es importante que la gente de izquierdas fuera del mundo académico se involucre en el trabajo de Marx?

Cuando estás involucrado en acción política y activismo generalmente tienes un objetivo muy específico. Por ejemplo, el envenenamiento por pintura con plomo en el centro de la ciudad. Te estás organizando para ver qué hacer con el hecho de que el 20 % de los niños del centro de la ciudad de Baltimore sufran envenenamiento por pintura con plomo. Estás involucrado en una batalla legal y en peleas con los lobbies de los propietarios y con todo tipo de oponentes. La mayoría de la gente que conozco que está involucrada en activismos de ese tipo están tan absortas en los detalles de lo que están haciendo que a menudo se olvidan de dónde se encuentran en el cuadro general, de las luchas de una ciudad y mucho menos del mundo.

A menudo te das cuenta de que la gente necesita ayuda del exterior. Ese asunto de la pintura con plomo es mucho más fácil de manejar si las personas involucradas pertenecen al sistema educativo, que ven niños en las escuelas con problemas de envenenamiento por pintura con plomo. Empiezas a construir alianzas. Y cuantas más alianzas construyas, más poderosa será tu acción.

Trato de no sermonear a la gente sobre lo que debería pensar, sino de crear un marco de pensamiento para que la gente vea dónde se encuentra en el conjunto de las relaciones complicadas que conforman la sociedad contemporánea. De este modo, la gente puede formar alianzas en torno a los temas que les preocupa y, al mismo tiempo, movilizar sus propios recursos para ayudar a otras personas en sus alianzas.

Me gusta construir alianzas. Para construir alianzas debes tener una imagen de conjunto de lo que es una sociedad capitalista. En la medida en que consigas algo de eso estudiando a Marx, creo que es útil.

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Daniel Denvir (Jacobin) 20/11/2021

Traducción de Paloma Farré

Esta entrevista se publicó originalmente en Jacobin.

Publicado enSociedad
Lunes, 15 Noviembre 2021 06:11

COP26: una vez más, ¡los fósiles mandan!

COP26: una vez más, ¡los fósiles mandan!

El fiasco de la cumbre de Glasgow

 

 [La cumbre del clima de la ONU -COP26- ha concluido hoy día 13 un acuerdo que se presenta al público como determinante para lograr limitar el calentamiento de la tierra en 1,5°C. Una afirmación que no se tiene en pie. Como botón de muestra, el titular de El Pais: "La cumbre del clima se cierra con un mensaje descafeinado contra el carbón y los combustibles fósiles". A falta de una valoración más completa del acuerdo definitivo, hoy publicamos estas dos valoraciones de urgencia de Daniel Tanuro y João Camargo]

¡Una vez más, los fósiles mandan!

Daniel Tanuro!

Evolución del proyecto de declaración final:

1ª versión: la COP "pide a las partes que aceleren la eliminación del carbón y el fin de las subvenciones a los combustibles fósiles

2ª versión: la COP "pide a las partes que aceleren el despliegue, el desarrollo y la difusión de tecnologías y la adopción de políticas para la transición a sistemas energéticos con bajas emisiones de carbono, entre otras cosas aumentando la cuota de generación de energía limpia y acelerando la eliminación de la generación de energía con carbón sin subvenciones, así como la eliminación de las subvenciones ineficientes a los combustibles fósiles"

Para decirlo claramente:

1- Lo que importa son las tecnologías verdes, no la salida de los combustibles fósiles, ni siquiera del carbón solamente;

2- El capitalismo puede seguir explotando las minas de carbón, e incluso abrir otras nuevas, siempre que las centrales eléctricas de carbón estén equipadas para capturar y almacenar el CO2 (CAC) o para utilizarlo en otros procesos industriales (UCC);

Nota: En esta frase no se especifica ni el plazo, ni la proporción de CO2 que se almacenará o utilizará, ni la permanencia del almacenamiento (la cuestión de las fugas) o del uso (¡una central eléctrica de carbón cuyo CO2 se utilizaría en la producción de refrescos cumple las condiciones establecidas en esta sección del texto!)

3- El colmo es el adjetivo ineficiente añadido para describir las subvenciones a los combustibles fósiles. ¿"ineficiente" desde qué punto de vista social y ecológico?

Dado que todo el enfoque es neoliberal hasta la médula, en la medida en que las finanzas están estructuralmente integradas en la elaboración de políticas climáticas (a través de Mark Carney, enviado especial de la ONU para la financiación del clima, ex gobernador del Banco de Inglaterra y arquitecto de Gfanz, la alianza financiera mundial para el cero [carbono]neto), plantear la pregunta es responderla.

Una subvención eficaz es una subvención a los capitalistas. Una subvención social es ineficaz, ya que no crea plusvalía. La subvención pública del gasóleo para la calefacción, tal como existe en Bélgica, por ejemplo, es bastante "''ineficaz'', ¿no?

¡Estamos esperando la versión final, que traerá más sorpresas y terminará de hacer caer las máscaras!

Basta de blablabla, ¡sólo la lucha pagará!

12/11/2021

https://www.facebook.com/hashtag/blahblahblah

Traducción: viento sur

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La COP ha muerto, ¡viva el movimiento!

João Camargo

La Conferencia de las Partes (COP) es una organización que vela por los planes del capitalismo mundial para la intensificación de la explotación. Para el movimiento por la justicia climática tiene que estar muerta, pues nuestra presencia en ella legitima un proceso que se dirige tanto contra nosotras y nosotros como contra el planeta.

Esta COP ha sido tan decepcionante como cualquiera de las anteriores. La inclusión de las palabras combustibles fósiles en la declaración final parece ser el único avance con respecto al pasado. Carece de sentido. Lo que es sumamente significativo es que las dos próximas COP tendrán lugar en Egipto y en los Emiratos Árabes Unidos. Esto implica nada más que una cosa para el movimiento por la justicia climática: no hay ficción posible que pueda hacernos creer que la COP es un proceso de alguna manera diferente de la Organización Mundial del Comercio y del G20. La COP es una organización que vela por los planes del capitalismo mundial para la intensificación de la explotación. Para el movimiento por la justicia climática tiene que estar muerta, pues nuestra presencia en ella legitima un proceso que se dirige tanto contra nosotras y nosotros como contra el planeta; por eso, el Acuerdo de Glasgow se formuló en 2020.

Hay algunos detalles crueles. La elección de Sharm-el-Sheik, un recóndito destino turístico en Egipto, para la celebración de la COP-27 es el escupitajo definitivo sobre la tumba de las gentes revolucionarias que 2011 tomaron la plaza Tahrir, derrocaron a Hosni Mubarak y más tarde fueron ahogadas en su propia sangre a manos de la dictadura militar del general Sisi. El lugar de entierro de la Primavera árabe, una ola revolucionaria alimentada por el cambio climático, la sequía, la falta de cosechas, el aumento de los precios de los alimentos causado por la escasez y la competencia de los biocombustibles, ha sido concebido, propuesto y finalmente aceptado para albergar la COP-27. Casi todo el mundo está gobernado por gobiernos reaccionarios que contemplan el cambio climático bajo uno o dos prismas: cómo puedo ayudar a las empresas privadas a ganar dinero con esto y/o cómo puedo conseguir que esto no perjudique a las empresas privadas. Hay gobiernos que no están en esta situación, pero su poder dentro de las salas es casi tan nimio como el de los y las activistas y las ONG.

El anuncio de que los Emiratos Árabes Unidos, un Estado petrolero gobernado por una familia real cleptócrata, será la siguiente sede, constituye la notificación final que ha recibido el movimiento por la justicia climática: se acabaron los simulacros de negociación, influencia o rendición de cuentas. Hasta las protestas simbólicas surgidas desde dentro de las COP y en las cumbres alternativas son prescindibles. No hace falta convencer al movimiento de que la táctica de influir en las autoridades y ejercer fuertes presiones institucionales ayuda a avanzar; si la experiencia histórica no ha sido suficiente, ahora nos lo han hecho saber. Glasgow ha sido la última COP.

A pesar de que el movimiento por la justicia climática tiene el recuerdo de la COP como un momento de encuentro, esto ya es historia. No habrá punto de encuentro en Sharm-el-Sheik, no habrá protestas, no acudirá la sociedad civil, salvo los probables títeres que puedan llevar los militares para llenar el escenario. En los EAU, las mujeres tendrán que inclinar la cabeza ante un Estado socialmente medieval, creado sobre la misma materia que ha creado el cambio climático, un Estado que pretende ampliar la producción de energías fósiles. La parte social de la COP es historia.

Y esto es un alivio. El movimiento por la justicia climática ha de dejar de hablar sobre la agenda capitalista ante el cambio climático, dejar de hablar de las falsas soluciones de todas las COP, todo lo habido desde 1992. No tenemos tiempo para elaborar narrativas opuestas a los mercados de carbono, a los impuestos sobre el carbono, al cero neto de emisiones, a las compensaciones: ¿no vimos durante todo ese tiempo que todo eso no significaba otra cosa que abrir nuevas fronteras de explotación, nuevas rondas de mercantilización y colonialismo? Todo esto ha estado ocurriendo en el momento mismo en que el clima se colapsa y lo único que funciona es lo único que ellos siempre han rechazado: prescindir de todos los combustibles fósiles. Ahora han tomado esta decisión por nosotras y nosotros. Las actividades de la COP eran un agujero negro para el movimiento y ahora nos han vetado el acceso.

Debimos habernos dado cuenta en Copenhague, cuando alguien se pavoneó de que el movimiento estaba muerto y de que estábamos bailando al son de ellos. Debimos habernos dado cuenta definitivamente el año pasado, cuando se pospuso la COP. Debemos darnos cuenta este año con el nuevo aplazamiento práctico, que es todo lo que la COP ofrecerá jamás: más tarde, más tarde, más tarde y en el próximo futuro, lo sentimos. El proceso de aplazamiento pretendía crear y ha creado conformidad. Todo esto ya es historia. Su agenda y su calendario ya no podrán ser ni serán más los nuestros. El movimiento por la justicia climática hemos de crear nuestra propia agenda y nuestros propios planes. Como movimiento, hemos de debatir sobre nuestro poder y nuestro programa, en vez de discutir sobre los planes oficiales de la COP y de cada gobierno. Nos hemos quitado de encima el ancla pesada que nos impedía ser el movimiento que de hecho acabará con el sistema capitalista.

12/11/2021

https://www.commondreams.org/views/2021/11/12/cop-dead-long-live-movement

Traducción: viento sur

Publicado enMedio Ambiente
Diez escenarios que alimentan los riesgos de un estancamiento de la economía

El ciclo poscovid aún navega con viento en popa hacia una restauración de la prosperidad previa a la epidemia. Pero la travesía se aleja de las aguas tranquilas y se adentra en diez latitudes de turbulencias que podrían tensar más los precios y aminorar el ritmo de la actividad.

 La coyuntura internacional empieza a vislumbrar amenazas económicas, políticas, empresariales e industriales, en el comercio y en las inversiones, que podrían crear fuertes turbulencias sobre el recién iniciado despegue del ciclo de negocios poscovid.

Así lo refleja un reciente informe de Economist Intelligence Unit (EIU) en el que, sin llegar a poner en tela de juicio el dinamismo de la actividad global, calcula un aumento del 4,1% en 2022, advierten del diferencial de prosperidad, según las latitudes y las naciones del planeta, y de hasta diez factores de riesgo que podrían encender de nuevo la mecha de la inflación y de la ralentización.

O, dicho de otro modo: un decálogo de escenarios que, de consumarse, harían despertar de nuevo el fantasma de la estanflación, al que han invocado no pocos inversores desde el inicio del otoño.

  1. Deterioro de las relaciones EEUU-China.

Pese al anuncio de cooperación en el combate sobre el cambio climático de las dos economías más contaminantes del planeta revelado por sus dos mandatarios Joe Biden y Xi Jingping, en la misma COP26 de Glasgow, las opciones de que el alto voltaje en la rivalidad por la hegemonía geoestratégica mundial cree dos bloques económicos antagónicos y con distintas velocidades de vigor y riqueza, son cada vez mayores. Washington trata de ganar a su causa a sus tradicionales aliados occidentales. Con presiones para restringir flujos comerciales, tecnológicos, financieros y de inversión, así como un elenco de sanciones en ciertos mercados y compañías para que elijan su terreno de juego. Con evidencias palpables ya en el orden tecnológico, con la carrera del 5G como trasfondo, pero con repercusiones directas en las estrategias industriales y de consumo de múltiples sectores y empresas. Una bifurcación global generaría dos modelos de cadenas de valor con estándares digitales diferentes; además de provocar más incertidumbre comercial e inversora. La reciente escalada militar, con nuevas armas de destrucción masiva más modernas y eficientes, ha intensificado el pulso que se focaliza en Asia, donde EEUU ha redoblado su apoyo a Taiwán y reforzado sus bases en Japón y Corea del Sur.

  1. Un súbito e inesperado encarecimiento del dinero.

Dirigido desde la Reserva Federal para evitar un crash bursátil. Una eventualidad que también preocupa al poderoso Departamento de Estabilidad Financiera del FMI, que alerta de un probable desplome de los activos financieros e inmobiliarios en caso de una precipitada maniobra de encarecimiento de los tipos de interés por parte de la Fed ante la subida de un IPC, el estadounidense, que ha escalado al 6,2% en octubre. En plenos mensajes de exuberancia irracional de los mercados. Muchos de cuyos inversores no se creen el itinerario prudente de su autoridad monetaria, que relega hasta 2023 un incremento del precio del dinero. Para los expertos de EIU “si la política de la Fed no lograra su cometido de poner a raya la inflación a medio plazo, gana enteros la apuesta por un toque alcista de los tipos a mediados de 2022”. Y la ratio precio-ganancias de Wall Street está por encima de las jornadas que antecedieron al Crash de 1929 y al tsunami de 2008. El final de la etapa de tipos próximos a cero iniciaría un ajuste en los mercados, la caída del valor de múltiples empresas, la contracción del consumo y la inversión y, muy probablemente, la interrupción de la recuperación de EEUU y un hipotético retorno a la recesión.

  1. Desplome del mercado inmobiliario chino.

La quiebra de Evergrande, pese a haber reparado parte de sus vencimientos de deuda más inmediatos, mantiene sin resolver un lastre de 300.000 millones de dólares, que revelan una elevada exposición en otras muchas compañías y un estado de shock en el sector inmobiliario chino. Los riesgos de contagio al sistema financiero son nítidos. Y las señales de suspensiones de pagos en este mercado surgen por doquier. Pekín está tratando de evitar la sobreexposición de los bancos y las amenazas de quiebra de las familias. Con ayudas e inyecciones de liquidez que podrían frenar el dinamismo del segundo PIB del planeta muy por debajo del 6% en los próximos años. La crisis energética y el cuello de botella sobre el suministro de la Gran Factoría mundial podría debilitar tanto la demanda exterior de los bienes y servicios made in China que no sería descartable la aparición de números rojos en su actividad.

  1. El endurecimiento de las condiciones financieras pasa factura a los mercados emergentes

 Las subidas de tipos de las potencias industrializadas encarecerían de inmediato las condiciones crediticias en los mercados internacionales y, por ende, a que los bancos centrales de economías emergentes como Brasil, México, Rusia, Sri Lanka o Ucrania tuvieran que mover ficha urgente y elevar también el precio de su dinero. Con el consiguiente agravamiento de sus servicios de pago de deudas soberanas, la aceleración agresiva de sus políticas de consolidación presupuestaria o la escalada de sus primas de riesgo. Todo ello, generaría vulnerabilidades añadidas: desde caída de los flujos de inversión internacional hasta dificultades de colocación de emisiones de bonos. Y pérdida de valor de sus monedas; muy en especial e inicialmente, el peso argentino y la lira de Turquía.

  1. Nuevas variantes de la covid-19 que pongan a prueba la resistencia de las vacunas

 El éxito de las campañas de inoculación en los países de rentas altas no debe hacer caer en el olvido los riesgos de variantes más agresivas que escapen a la protección de las actuales dosis preventivas o que estropeen las previsiones económicas. Sobre todo si, como ocurre, las vacunaciones en el mundo en desarrollo continúan sin propagarse.

  1. Expansión de las protestas sociales

La prolongación de las desigualdades y de la capacidad y la calidad de vida que se ha agudizado durante la Gran Pandemia, podría engendrar drásticas tensiones en las sociedades civiles occidentales y propiciar movimientos populistas que alienten gobiernos autoritarios. A los que se unen otros focos de alta conflictividad, política y social, como los que acontecen en Oriente Próximo, África o América Latina. Latitudes con amenaza elevada en las calles. Y otros que podrían llegar a entrar de nuevo en recesión. La aversión al riesgo del circuito inversor haría detonar con mayor virulencia aún los estallidos sociales en demanda de mayores salarios, puestos de trabajo, mejora de condiciones laborales y ayudas frente a la crisis energética o la subida del precio de los alimentos.

  1. Irrupción de conflictos geopolítico como el de Taiwán

 En máximo riesgo de conflicto bélico entre EEUU y China desde que, a finales de 2020, se haya elevado la presencia militar de Pekín en el Estrecho de Taiwán y la retórica reivindicativa y nacionalista instaurada por el presidente Jinping. Con la inmediata involucración de Washington en defensa de su gran aliado en la zona. Acusaciones de violación del espacio aéreo de la isla a Pekín de por medio. Y una cada vez mayor influencia en este espinoso asunto de Australia o Japón. Con efectos colaterales sobre cadenas productivas manufactureras asiáticas. En especial, sobre los ya debilitados flujos de comercio de la industria de componentes y semiconductores.

  1. Deterioro de los lazos entre Europa y China

Tras la imposición de sanciones europeas, desde marzo, contra China por conculcación de derechos humanos en Xinjiang y la inmediata réplica de Pekín contra una decena de ciudadanos europeos y cuatro ONG’s que han enrarecido el clima diplomático. También tensionado por la incursión de China como amenaza geoestratégica en el último análisis de Política Exterior de la UE. Aunque Europa todavía mantiene su independencia operativa frente a China, las presiones de la Casa Blanca sobre Taiwán, el 5G o las acusaciones de control económico-financiero del comercio y el valor cambiario del rinminbi podría generar una crisis inversora de alta intensidad y vulnerabilidades en el suministro de bienes y servicios mutuos. Con el consiguiente hundimiento de la actividad.

  1. Sequías severas

Con amenazas de hambrunas. Y ruptura del mercado alimenticio. Porque los episodios de desastres naturales son cada vez menos puntuales; ocurren de manera más sincronizada y durante periodos más prolongados de tiempo. La intensidad de las sequías en los territorios africanos, olas de calor en Canadá o EEUU fuera del invierno, incendios en California, Grecia, Portugal o España y alteraciones climatológicas extremas -lluvias persistentes y sequías- en países como Brasil, han elevado los riesgos de cortes de agua e interrupciones de productos y de materias primas del sector de la alimentación y, con ellos, las posibilidades de retroceso del PIB global. Además de incrementar el número de cosechas sin opción de recolección. Por alguna inclemencia meteorológica. Motivo que ya ha hecho repuntar el sentimiento de pesimismo en los indicadores globales sobre consumo, expectativas económicas y comportamiento de precios.

  1. Escenario de ciberguerra entre estados con daños en infraestructuras estratégicas

 Como consecuencia de ello, los gastos militares para identificar a los ciberdelincuentes podrían crear una escalada belicista que se combine con aspectos geopolíticos, de Estados, y de competencia, entre empresas. Y a un boom del negocio del software que garantice los controles sobre redes de infraestructuras, cuando las disrupciones económicas y empresariales siguen en boga y crece en sentimiento de incertidumbre inversora.

Miquel Puig: "La izquierda debe recuperar el concepto de Estado nación para defender los sueldos de las clases populares"

 

14/11/2021 21:43 Actualizado: 15/11/2021 07:56

David Rodríguez@Daroib

El economista Miquel Puig publica Els salaris de la ira (La Campana), donde explica por qué los salarios reales acumulan décadas de estancamiento. El actual concejal de ERC en el Ayuntamiento de Barcelona también aborda cuestiones como una izquierda desorientada, el desarrollo tecnológico, la globalización o el efecto de la inmigración en los salarios.

Cogiendo como préstamo el título de la obra de John Steinbeck, el clásico Las uvas de la ira, a quien menciona en una de las dedicatorias de Els salaris de la ira (La Campana), Miquel Puig confiesa que lo ha escrito para reflexionar sobre una idea sencilla y complicada a la vez: ¿Por qué los salarios están estancados desde hace cuatro décadas? Seguidor de las teorías liberales, admite que el libro actúa en cierta forma como una actualización de algunos axiomas económicos en los que llegó a creer, como el que vincula los salarios a la productividad, que, al menos, ahora quiere poner en duda.

Doctor en Economía, después de enseñar sobre esta materia en el ámbito universitario, ha sido director general de Industria en la Generalitat de Catalunya, director general de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals (CCMA) y ejecutivo en empresas del sector privado. Actualmente, es concejal por ERC en el Ayuntamiento de Barcelona. Una izquierda desorientada, el desarrollo tecnológico, la globalización o el efecto de la inmigración en los salarios son problemas que aborda en Els salarios de la ira. Aunque reconoce que no tiene soluciones para resolverlos, acusa a cierto espectro de la clase política de no querer afrontarlos, dejando la puerta abierta a la aparición de los populismos.

¿Por qué los salarios no han subido en los últimos 40 años?

El libro pretende analizar por qué los sueldos no han subido en este período y qué consecuencias políticas tiene este hecho. No se han subido por varios factores. Uno de ellos es la tecnología que, a corto plazo, tiene siempre un efecto de presión sobre los salarios. Otro elemento es la globalización, que implica trasladar fuera la producción y que acaba destruyendo puestos de trabajo. Y el último es la inmigración. La combinación de estos componentes ha hecho que una parte importante de la población haya visto cómo su puesto de trabajo ha desaparecido o sus condiciones se han deteriorado.

En relación con la inmigración afirma que existe cierto sentimentalismo que defiende que ésta no tiene impacto sobre los salarios. ¿Qué significa?

Ante todo, lo hago para sacar a la extrema derecha de la ecuación y el debate sobre la inmigración. Simplemente intento reflejar un hecho objetivo, basado en datos, que si nos empeñamos en taparlo, lo que hacemos es alimentar el discurso de la extrema derecha. Ante todo, hay que reconocer esta realidad. Es un problema que tiene la izquierda y no sólo con la inmigración. Políticamente, la izquierda se ha desmarcado de la idea del Estado nación, asociándola a la burguesía o al capitalismo. Se ha encontrado con la contradicción entre el ideal internacionalista y la realidad, que muestra que los acuerdos sobre los impuestos a la renta, la consecución del Estado del Bienestar o la protección del mercado laboral a través de un Salario Mínimo Interprofesional (SMI) sólo se consiguen con el Estado nación. Esta paradoja se ha acentuado con la globalización, puesto que desde hace 40 años, las fronteras son más porosas, permitiendo que entren productos y personas. La pérdida de potencia de esta estructura está deteriorando la posición de los de abajo.

La izquierda debe recuperar el concepto de Estado nación para defender de nuevo los sueldos de las clases populares. Más concretamente con los inmigrantes, es cierto que debemos hacer todo lo posible para regularizar, integrar y formar a las personas que ya están con nosotros, pero al mismo tiempo debemos regular las entradas porque es un factor que desequilibra nuestras sociedades.

¿Esto no supondría una vuelta al proteccionismo económico, similar al que implantó Donald Trump en EEUU?

Creo que en ciertos momentos no hay más remedio. Es cierto que la unificación europea actual trata de construir un Estado nación mayor, integrando países ricos como Suecia u otros extremadamente pobres como Bulgaria, pero hoy por hoy, sólo nos queda reconocer que el Estado nación es lo que puede proteger a los trabajadores.

Da la sensación como si el libro tuviera cierto cariz biográfico sobre su propio desencanto de las recetas que propugna el modelo económico liberal.

Una parte pequeña del libro sí tiene un componente biográfico, ya que hago referencias a cosas que he ido descubriendo a lo largo de mi vida. Aprendí cosas en la universidad, algunas me las creí y creo que compartir esta experiencia es positivo, ya que ahora, en muchos sitios se están enseñando las mismas teorías y algunas deben matizarse. Una parte del interés que puede tener Els salaris de la ira es que el mundo no es cómo se explica en los libros de texto de las facultades de economía.

¿Qué colectivo sería actualmente el equivalente a los campesinos desplazados de 'Las uvas de la ira'?

Creo que el título condensa muy bien la intención del libro, que es la de reflejar la situación de congelación de los salarios durante cuatro décadas y por otra parte, su impacto sobre la democracia, que se traduce en que una parte importante de la población está enfurecida contra el sistema. En la obra intento vincular dos conceptos nucleares, como son la larga congelación salarial y la gran disparidad salarial con la salud de la democracia. Precisamente quienes más cuestionan la democracia son los más perjudicados por la congelación salarial. Serían quienes reciban los salarios de la ira. El libro también puede entenderse como un grito para que la izquierda reaccione y reanude su tradición que es proteger al trabajador. Una de las tesis que reivindico es que las izquierdas se han centrado demasiado en proteger los derechos civiles, que es algo positivo, pero dejando a un lado los de los trabajadores humildes.

Otra de las tesis del libro es que los salarios descienden porque hay demasiados trabajadores. ¿Cómo lo gestionamos entonces?

Es una afirmación de sentido común que el mainstream intenta negar. Si los salarios no han subido es porque los trabajadores no han escaseado lo suficiente. A partir de ahí, debemos recordar que la Constitución española reconoce el derecho al pleno empleo. Por eso, debemos exigir a los poderes públicos que garanticen este pleno empleo. Es inadmisible que España se haya instalado en una situación permanente de desempleo. En el debate entre una Renta Garantizada y un Salario Garantizado, yo opto por aplicar la segunda opción con el salario mínimo. Los gobiernos deben asegurar trabajo para todos con el Salario Mínimo Interprofesional (SMI). La posibilidad de una Renta Básica Universal (RBU) como medida me parece un mal menor pero una mala idea. En este punto estoy de acuerdo con Karl Marx cuando decía que el trabajo dignifica. El ciudadano tiene derecho a recibir un ingreso y poder ganárselo si queremos construir sociedades estables políticamente.

En algunos momentos parece inspirarse en 'La Teoría de las Desigualdades' del economista francés Thomas Piketty.

A Piketty debemos agradecerle que haya puesto sobre la mesa dos temas importantes: las desigualdades salariales y una cantidad ingente de información, desde el siglo XVIII, sobre patrimonio y rentas. Dicho esto, desde mi punto de vista se equivoca en dos puntos. Primero, por dar demasiada importancia al 0,1% de la población que representa al colectivo más rico de la sociedad. La segunda es que propone que, grabándolo a impuestos, se soluciona en parte el tema de las desigualdades. Esta receta creo que se tambalea un poco. Él achaca a los impuestos que pagaban los más ricos el hecho de que la situación económica mejorara entre 1945 y 1975. Según mi visión, esto se produjo porque los trabajadores eran un bien escaso.

Ahora parece que estamos en el momento contrario, puesto que la tecnología reduce esta necesidad de trabajadores

La tecnología es un motor que va liberando mano de obra y reduce la cifra de trabajadores. Todas las revoluciones digitales destruyen trabajos para una generación y los crean para sus hijos. Pero, por otra parte, también ha servido como factor para estabilizar a la sociedad mediante la reducción de las horas de trabajo y el hecho de que el Estado haya ganado peso. Mi teoría es que para compensar la digitalización y la robotización que se está instalando, el sector público tendrá que seguir creciendo. Hasta 1975, momento en que dejan de crecer los salarios, el sector público había aumentado. Ahora tiene el reto de crear nuevos servicios vinculados a la atención a las personas, cuidados o tercer sector. La sociedad tiene unas necesidades ilimitadas y seguramente el avance de la tecnología debe comportar un nuevo crecimiento de la Administración. Es una decisión política en la que debemos elegir si queremos más parados o nuevos funcionarios. Debemos volver a las raíces de la socialdemocracia, que significa recuperar el Estado para proteger a los trabajadores.

Desde su posición como concejal del Ayuntamiento de Barcelona, ¿Qué puede hacer un gobierno municipal para mejorar esta situación?

Un caso paradigmático en Barcelona es el del turismo, que se ha basado en una fórmula que ha apostado por los bajos salarios. Desde el Ayuntamiento de Barcelona se pueden dar pasos modestos, pero necesarios y correctos. Un ejemplo es la aprobación, a iniciativa de ERC, de un recargo en la tasa turística. La idea que se extrae es que el turismo no debe ser barato porque si lo es no podemos pagar buenos salarios. La gran amenaza sobre los salarios es el turismo asequible. Debemos retroceder en algunos aspectos y tratar de hacer cumplir algunos principios básicos como que los sueldos de los trabajadores del sector turístico respeten al menos lo que establece el convenio colectivo.

14/11/2021 21:42 Actualizado: 15/11/2021 07:54

Publicado enEconomía
Boris Johnson, en el discurso inaugural de la COP26.

La presidencia de la COP26 intenta sacar adelante un consenso para la aprobación de un texto que ha vuelto a ser descafeinado en la última versión entregada hoy, 12 de noviembre.

 

12 nov 2021 17:53

Escepticismo en la penúltima jornada de la COP26 de Glasgow. Pese a que la presidencia de la cumbre sigue tratando de que haya un acuerdo final, la principal noticia es que sigue sin haber acuerdo. El borrador entregado este mediodía por la presidencia de Alok Sharma no ha resuelto las dudas ni dentro ni fuera de la cumbre oficial.

Aunque se trata de pequeños matices, la revisión que el último borrador ha hecho sobre el texto anterior ha seguido rebajando el contenido de la propuesta de conclusiones. Del llamamiento a la “eliminación progresiva de la energía del carbón y de los subsidios ineficientes para los combustibles fósiles”, que suponía un hito en cuanto es la primera vez que se mencionaba esta posibilidad en las 26 cumbre sobre cambio climático, ha sido sustituida por una mención más vaga en un párrafo genérico sobre tecnología, obviando las advertencias científicas de que el 80% de los combustibles fósiles deben permanecer bajo el subsuelo para conseguir el objetivo marcado en la Cumbre de París, señalan desde Ecologistas en Acción. 

Irene Rubiera, delegada de esta organización en la COP26, cree que esta rebaja del texto permite que los responsables de la situación actual sigan funcionando como hasta ahora. La presión de países productores de petróleo como Arabia Saudí y Rusia ha sido fundamental para esta rebaja del contenido sobre el borrador anterior.

Oficialmente, la cumbre tendría que haber llegado a un consenso hoy a las 18h. El texto final debe ser aprobado por los 200 delegados de los países en Glasgow, pero el redactado, las correcciones y los añadidos se están produciendo a lo largo de toda la tarde.

La Alianza por la Solidaridad-ActionAid se suma a una lectura crítica del último borrador antes de la hora límite. Esta plataforma destaca como “inadmisible” que los cien mil millones de dólares del llamado Fondo Verde para el Clima que en 2020 debían ser destinados a la mitigación y adaptación al cambio climático, no sólo no se hayan conseguido en la fecha prevista, “sino que se aplazan”. Las organizaciones ecologistas exigen que se ponga fecha de inicio a un Fondo Verde para el Clima que fue aprobado en 2009 pero que aun no se ha puesto en marcha.

Tampoco hay garantías, y también se presiona para que entre en el texto final, para el avance de los Fondos para las pérdidas y los daños, destinados a cubrir los efectos inmediatos de los fenómenos asociados al cambio climático, tales como las sequías o las tormentas DANA.

Sí está previsto que el texto actualice el mantra de la reducción necesaria de 2ºC de aumento de la temperatura a 1,5 grados para mitigar los efectos del calentamiento global. Ecologistas en Acción subraya que la posición oficial de la cumbre debe incluir una revisión de los compromisos de reducción, adaptación y financiación de cada país que se produzca al menos cada cinco años para conseguir ese objetivo de que la temperatura de la tierra “solo” suba 1,5 grados en el corto plazo.

 El propio borrador especifica que el compromiso internacional de reducción de emisiones de dióxido de carbono dista mucho del objetivo de que en 2030 se hayan reducido un 45% las emisiones respecto al año de referencia de 2010. Un informe de la plataforma científica Climate Action Tracker ha detallado que, con los objetivos marcados en Glasgow, las emisiones globales de efecto invernadero en 2030 seguirán siendo aproximadamente el doble de lo necesario para conseguir el límite de 1,5º.

Como en otras ocasiones, las organizaciones sociales y ecologistas temen que la COP26 solo sea útil para lanzar de nuevo una patada a seguir hacia siguientes cumbres y no adquirir compromisos vinculantes. 

Publicado enMedio Ambiente
Criptomonedas: solo especulación que acelera el desastre climático

Las llamadas criptomonedas se están convirtiendo en una de las expresiones más fieles de la lógica y la ética que dominan el capitalismo de nuestros días.

El número de todas las que existen en el mundo es ya impresionante. A última hora del 10 de este mes de noviembre la web coinmarketcap.com registraba 13.969. Veinticuatro horas más tarde, ya registraba 14.055, 86 más.

El valor de todas ellas en los mercados tampoco para de crecer. En ese mismo periodo de un día, ha pasado de 2,79 billones de dólares a 2,84 billones, según los datos de la misma web. Y hace justo un año el valor total era de 440.000 millones, lo que quiere decir que en estos últimos doce meses se ha multiplicado por 6,4.

Pero si es grande el número y el valor de las criptomonedas que se han creado y circulan por todo el mundo, mayor aún es la confusión que existe sobre su auténtica naturaleza.

Dicho de la forma más elemental posible, las criptomonedas son anotaciones digitales obtenidas por diferentes procedimientos, todos los cuales se basan en la utilización de cifras o códigos muy complejos para crearlas y controlar su circulación de modo descentralizado.

Se dice que esas anotaciones digitales son dinero, lo mismo que lo es la anotación que los bancos hacen en las cuentas de sus clientes, y por eso se denominan criptomonedas. Pero esta es una idea errónea porque no es verdad que las criptomonedas estén desempeñando las funciones que siempre desempeña cualquier cosa que sea utilizada como dinero: ser medio de pago de aceptación generalizada, unidad de cuenta y depósito de valor.

El dinero es cualquier cosa que es generalizadamente aceptada como medio de pago, para saldar las deudas. Y, al contrario, se puede decir que no es dinero lo que no haya sido aceptado generalizadamente para esa función.

Si yo le debo a mi vecina 500 euros, puedo saldarle la deuda con una moneda del reinado de Isabel II de mi propiedad que para ella tenga el valor de esos 500 euros. Sin embargo, aunque haya saldado una deuda con ella, esa moneda no se puede considerar como dinero si no es aceptada como tal por todas las personas. Ahora bien, si al día siguiente el Estado declarase que esas antiguas monedas de Isabel II pasan a ser de curso legal, es decir, de obligada aceptación para saldar deudas, la moneda que le di a mi vecina sería ya dinero. Por tanto, para que algo se convierta en dinero no basta que alguien lo acepte como pago de una deuda. Es necesario que la aceptación sea generalizada, bien por imposición del Estado o por decisión colectiva (eso es lo que ocurría en los campos de concentración, donde se aceptaban cigarrillos como medio de pago, convirtiéndose así en dinero en ese espacio).

Las criptomonedas que se han creado hasta la fecha no son dinero por la sencilla razón de que su aceptación no es generalizada para saldar deudas y, además, porque eso no ocurre debido a otras circunstancias quizá todavía más relevantes.

Hoy día, la inmensa mayoría de la gente o de las empresas que necesitan disponer de medios de pago para intervenir en los intercambios normales y corrientes de la vida económica no aceptaría como pago un axie infinity, un quant, un ardor o un prometeus, por poner algunos ejemplos. Sencillamente, porque saben que no es seguro que otras personas o empresas acepten esas criptomonedas como pago en otro momento o intercambio; entre otras cosas, porque no sabrían ni a qué se refieren esos términos.

La segunda razón de por qué las criptomonedas actuales no se pueden considerar dinero es todavía más decisiva: no se usan como medio de pago generalizado sencillamente porque no conviene usarlas para ello. Su valor es tan volátil, incierto e inseguro que resultan materialmente inútiles como dinero. Nadie en su sano juicio utilizaría hoy para pagar sus deudas una "moneda" que mañana puede tener mucho más valor, ni sabiendo que es posible que, en unas horas, puede perder gran parte de él. Nadie firmaría hoy un contrato suscrito en alguna de esas criptomonedas porque sería como hacerlo a precio indeterminado.

Sea lo que sea que se utilice como medio de pago, para que pueda cumplir esa función debe tener un valor con cierta estabilidad.

La realidad es que el precio de las criptomonedas es muy volátil y esto también impide que puedan desempeñar la otras dos funciones del dinero que he mencionado antes, la de depósito de valor y unidad de cuenta. Usar cualquier de ellas para esto último sería como establecer como unidad de medida un metro de extensión variable que cada vez que se usara tuviese una longitud diferente.

Además, hay que tener en cuenta que la oferta de criptomonedas es fija (de bitcoin se emitirán 21 millones de unidades y ya se han creado 18,6 millones) y, su precio, además, fácilmente manipulable por pocos poseedores (a finales de 2020 los 100 mayores poseedores de bitcoins disponían del 13% de los que circulan). Eso hace que no se pueda garantizar ni su disponibilidad en un momento dado, ni su estabilidad, ni su posible utilización para corregir los desequilibrios de la economía, como puede hacer y es necesario que haga la política monetaria.

Por último, el procedimiento tecnológico y algorítmico que ha de seguirse para producirlas y controlar su circulación hace que sea prácticamente imposible que alcancen la capacidad que sería necesaria para hacer frente a las transacciones que se realizan en la economía mundial.

El sistema de funcionamiento del bitcoin, por ejemplo, impide que pueda llevar a cabo más de 7 transacciones por segundo, lo que supone un máximo de 220 millones al año. Una cifra ínfima comparada con los 700.000 millones de pagos digitales que se efectúan en el sistema financiero global anualmente. O con las 65.000 operaciones por segundo que puede realizar VISA.

Las criptomonedas son hoy día registros digitales de los que solo conviene o interesa disponer para obtener beneficios gracias a las variaciones de su precio, es decir, para especular con ellas. Pero no porque convenga utilizarlos como medios de pago habituales o unidades de cuenta, es decir, no porque sean dinero.

Esta es la primera razón por la que dije al principio que las criptomonedas se han convertido en una de las expresiones más fieles de la naturaleza del capitalismo de nuestros días, basado preferentemente en la obtención de ganancias a través de la especulación financiera y no del desarrollo de la actividad productiva que crea bienes y servicios para satisfacer nuestras necesidades.

Las criptomonedas no sirven hoy día nada más que para especular con ellas, para ganar dinero comprándolas y vendiéndolas sin realizar ninguna de las actividades productivas que satisfacen necesidades humanas.

Es posible que dentro de un tiempo alguna de las criptomonedas actualmente existentes se haya ganado la confianza de los sujetos económicos, que se utilice generalizadamente porque su valor se haya estabilizado y que las limitaciones técnicas actuales que he señalado hayan desaparecido. No niego que, entonces, pudieran ser consideradas como dinero. Aunque, en todo caso y si llegaran a serlo, sería a costa de un gasto de energía tan desorbitado que cuesta mucho creer que fuese posible asumirlo.

Es así porque la creación y control de todas estas criptomonedas necesita que haya miles de ordenadores dedicados a realizar continuamente operaciones muy complejas que requieren mucha electricidad y ser renovados, como media, en unos 18 meses. Los datos que lo demuestran producen escalofrío.

Se estima que la huella anual de carbono que genera la producción de bitcoin (más o menos la mitad del valor de todas las criptomonedas) equivale a la de un país como Chile; su consumo de electricidad anual (116,7 TWh, según el Indice de Cambridge) está entre el de Países Bajos (111 TWh) y el de Argentina (121,1 TWh) y es la mitad del que realiza España (233 TWh); y los residuos electrónicos que genera equivalen a los producidos por Países Bajos.

La ineficiencia de las criptomonedas y el despilfarro que conllevan se perciben todavía más claramente si se considera el gasto de energía que lleva consigo realizar una sola transacción con el bitcoin: produce una huella de carbono equivalente a la de 2 millones de transacciones con tarjetas VISA y requiere la misma cantidad de electricidad que 1,2 millones de esas transacciones. Y el desecho de material electrónico que lleva consigo una sola transacción de bitcoin es el mismo que producen 1,69 iPhones de últimaa generación o 0,56 iPads (datos aquí)

Hasta ahora y según el cálculo que realiza la Universidad de Cambridge, el 61% de la energía que consume la producción y control de las criptomonedas procede de energías no renovables es decir, de las más costosas y contaminantes.

Es cierto que hay un acuerdo internacional para lograr en 2025 que el 100% de la energía que consuman sea renovable, pero se trata de una previsión que ni es realista ni positiva. No es realista porque las energías renovables son de provisión normalmente intermitente mientras que las criptomonedas necesitan un suministro constante. Y, por otra parte, es inevitable que su demanda de electricidad siga creciendo exponencialmente para poder suministrar criptomonedas (de 2015 a marzo de 2021, el consumo de energía de Bitcoin aumentó casi 62 veces). Por tanto, aunque toda esa nueva demanda procediera de energías renovables, lo cierto es que supondría un gasto en producción de energía despilfarrador, sobre todo, si se tiene en cuenta que solo sirve para multiplicar la especulación que debilita la actividad económica productiva y destroza los incentivos que puede hacer que los sujetos se dediquen a crear empleo y riqueza.

En resumen, las criptomonedas solo son una pieza más del "gran casino" financiero, como lo llamaba el gran economista liberal francés Maurice Allais, en que se ha convertido el capitalismo de nuestros días.

Son pura especulación financiera, despilfarro que impulsa el incremento de la deuda y destruye la economía productiva y unas de las principales responsables del desastre climático de nuestros días. Además de servir, para colmo, como una una vía por la que pueden transitar los grandes criminales del planeta para ocultar su dinero y sacar mucha más rentabilidad de lo que roban.

En los años sesenta, viendo venir el desastre que iba a provocar la especulación financiera que se abría paso, James Tobin propuso "echar arena en las ruedas de las finanzas internacionales" para, al menos, frenarla. No se le hizo caso y hemos pagado las consecuencias: casi seis décadas de menos actividad económica, más desempleo, más deuda y crisis económicas y financieras recurrentes. Si no se quiere seguir por ese camino, se debería desinflar cuanto antes la burbuja financiera de las criptomonedas y evitar el gigantesco daño ambiental que están provocando.

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Jueves, 11 Noviembre 2021 06:00

Notas sobre Brasil y el mundo

Notas sobre Brasil y el mundo

Vivimos en un periodo de "cambios de época" en todo el mundo, como resultado de la crisis estructural del modo de producción capitalista. Esto genera inestabilidad e inseguridades y reajustes en la correlación de fuerzas de clase y en la geopolítica de países y gobiernos.

Tres son los pilares de esta inestablidad: la profunda crisis del capitalismo; cambios estructurales en el mundo del trabajo y la producción y distribución, y la disputa por la hegemonía económica, política y de ideas en el mundo entre Estados Unidos y China.

En palabras de Marcio Porch­mann, este cambio tiene tres puntos centrales. El primero es la transferencia del polo dinámico del oeste al este (que incluye a Eurasia: China, India, Rusia e Indonesia, como grandes economías y naciones de alto índice poblacional).

El segundo es la entrada en la era digital: desconectarse del plan material, que incluye el remplazo del dólar como moneda internacional por otra unidad internacional digital o internacional que ya no estaría controlada por Estados Unidos.

El tercero es la reconfiguración del mundo laboral, entre trabajo de producción y trabajo de reproducción. Esto generará formas de organización y lucha de la clase trabajadora, y el surgimiento de un contingente de huérfanos o desheredados productivos.

China se está convirtiendo en una potencia económica, científica (tecnológica) y militar, que inaugura una nueva era civilizatoria. En ella, se busca cambiar la relación entre la humanidad y la naturaleza bajo la guía de una civilización ecológica y equilibrada, a fin de salvar el planeta. Promover el desarrollo sostenible de una manera amigable con el ambiente. Asumir los intereses de los pueblos como principal y máxima prioridad para promover la equidad y la justicia social entre todos los pueblos. Y organizar una nueva gobernanza mundial más justa y razonable, basada en la multipolaridad de todos los pueblos.

La crisis que vivimos es la del modo de producción capitalista. Su paradoja es que, cuanto mayor es el desarrollo capitalista, mayor es la crisis, porque la riqueza se concentra cada vez más en los bancos y las empresas trasnacionales, que son incapaces de producir los bienes que necesita la población. Y su explotación de la naturaleza está poniendo en riesgo la vida del planeta. Será una crisis de mediano a largo plazo: tres o cuatro décadas.

El campo popular padece la debilidad de las condiciones subjetivas (ideológicas y organizativas) de la clase obrera. Su capacidad de lucha, su proyecto y legitimidad en la sociedad, se quedan cortas ante la necesidad de enfrentar un periodo tan complejo.

Un papel fundamental en la lucha popular es la cuestión ambiental y contra el imperio estadunidense y sus empresas imperialistas.

Hoy, son los procesos electorales los que hegemonizan el proceso de cambio. Pero no debemos olvidar que nunca ha habido un cambio social sin luchas de masas.

En Brasil, las movilizaciones de junio de 2013 crearon condiciones ideológicas y un ambiente interno promovido por los medios burgueses en el país para la ofensiva de la derecha. El golpe de Estado de 2016 sumó a cinco fuerzas: los partidos burgués y anti-PT (Partido de los Trabajadores); los intereses del gran capital (nacional y extranjero); la política ultraneoliberal de privatización de los recursos naturales, privatización del Estado y los servicios públicos, reformas laborales y sociales; la aristocracia burocrática que controla el aparato estatal en favor del capital: Poder Judicial, Ministerio Público, Policía Federal; medios de comunicación burgueses y el aparato militar subordinado al imperialismo estadunidense.

La elección de Bolsonaro fue sólo una consecuencia de los movimientos de la burguesía anterior, que lo eligió para garantizar evitar el regreso de la izquierda y el PT. Su mandato, su carácter neofascista, la corrupción de la familia y su locura revelada en la política pro-Covid, deshizo la cohesión de la unidad de la burguesía.

Avanza la perspectiva de que en 2022 haya una lucha electoral justa. La disputa electoral se polarizará entre Lula y Bolsonaro. Aunque Bolsonaro está en declive, no se puede subestimar la fuerza de la maquinaria gubernamental.

La burguesía parece dividida, porque aún no ha logrado hacer viable electoralmente la "tercera vía". En ese escenario, trabaja con las siguientes alternativas: mantener a Bolsonaro hasta 2022, siempre y cuando se quede quieto y cumpla solo el programa del capital; o aceptar a Lula, pero negociar para limitar el programa de cambio.

Simultáneamente, continuará alimentando la "tercera vía" para ver si con su poder económico y maquinarias electorales estatales la puede hacer viable. Mientras, las instituciones del Estado buscan controlar a Bolsonaro, mantenerlo en el cabestro... pero no lo sacarán del gobierno.

En contraste, los trabajadores se mantienen a la defensiva y sus representaciones organizativas tradicionales son incapaces de movilizar a los más afectados (67 millones). Por ahora, hay una ausencia de luchas de masas que, sin embargo, pueden precipitarse durante 2022.

Por Joao Pedros Stedile. Movimiento Sin Tierra, Brasil. ­Dirigente de la Asamblea ­Internacional de los Pueblos (AIP)

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La inflación ha muerto, larga vida a la inflación

La devaluación del dinero ha sido presentada como la peor enfermedad de la economía de mercado. Pero, en esta década, el miedo a la inflación parece un residuo de los años de dominio neoliberal.

 

Las fuertes sacudidas de los precios a nivel global desde que comenzó la reactivación económica escalonada en la inmensa mayoría de los países de Europa, Asia y América, no dejan lugar a dudas: vuelve nada menos que la inflación. La inflación fue la bête noîre del neoliberalismo ascendente de los años ochenta y, a la vez, a lomos del caballo de la inflación fue como ese mismo neoliberalismo noqueó definitivamente a los gobiernos keynesianos que fueron objetivo primordial de su ofensiva. Cosa que no quita que le llevase muchísimos más años noquear a los estados keynesianos que esos mismos gobiernos construyeron durante los años de la posguerra mundial. 

En la ortodoxia liberal la inflación es la peor enfermedad que puede aquejar a la economía de mercado: la devaluación del dinero. Y con ella, algo mucho más importante: la devaluación de las posiciones de poder de los propietarios de dinero. La inflación plantea una contradicción siempre a las aspiraciones de construcción del homo economicus individualista, autosuficiente y racional del liberalismo porque implica aclarar de una vez por todas la confusión entre la buena y la mala moneda, posibilidad de confusión que aterraba al liberalismo del siglo XIX. Para esta tarea es indispensable la existencia de un Banco Central con poderes de Estado que determina cuánta moneda es buena y cuánta mala. El patrón oro fue la herramienta institucional que el liberalismo británico antiguo utilizó durante tres siglos para naturalizar esta vinculación entre la escala de las riquezas y el poder de las clases propietarias de dinero. 

El neoliberalismo norteamericano ascendente de los años setenta y ochenta, mucho más pragmático, conquistó las instituciones transnacionales procedentes del orden de Bretton Woods y desde ahí, fue conquistando, uno tras otro, los bancos centrales de los Estados nación, siempre en nombre de la lucha contra la inflación. No desenterraron el patrón oro mitificado por el liberalismo del siglo XIX sino que pusieron al dólar, y al petróleo, en su lugar. El poder político norteamericano sobre el mundo, y muy especialmente, su control sobre el combustible fósil, eran la garantía última de estabilidad financiera y monetaria en el mundo capitalista posterior a 1973. Hoy, el mega significante económico por excelencia, la inflación, vuelve a un capitalismo en el que ya no mandan unilateralmente ni Estados Unidos, ni el petróleo. 

La inflación reina pero no gobierna

Por acumulación histórica, la reaparición de la inflación como frame económico global debería dar una ventaja casi absoluta a la ortodoxia política neoliberal para recuperar su posición dominante tras dos años de extensión de algo así como un nuevo sentido común económico-político al que podríamos llamar provisionalmente neokeynesianismo pandémico. Todas y cada una de las instituciones económicas creadas durante el periodo neoliberal llevan la lucha contra la inflación inscrita en su ADN. El Banco Central Europeo y el euro fueron los experimentos mayores del régimen neoliberal de control de la inflación. Se puede decir, sin mucho exagerar, que el euro está construido sobre el control de la inflación de la eurozona a unos niveles de crecimiento anual nunca superiores al 2% del PIB continental.

Sin embargo, en este momento, es casi imposible pensar en una intervención como el tour de force de Jean Claude Trichet en 2008. En plena crisis financiera global, el entonces presidente del BCE, subió repentinamente un punto los tipos provocando una cadena de efectos aumentados de la crisis financiera. La subida de tipos europea puso punto y final repentino a la inmensa burbuja inmobiliaria española, abrió una profundísima crisis del sistema financiero español y, en el medio plazo ha supuesto, el asentamiento casi permanente desde entonces de la crisis en la Eurozona y, por extensión, en toda la Unión Europea. Una crisis europea que primero fue productiva, luego financiera, después monetaria, siempre social y ecológica y ahora ya, directamente existencial. 

El Banco Central Europeo se enfrentaba entonces a una inflación del 4% fundamentalmente provocada por un pico espectacular de los precios del petróleo y las materias primas generada en los mercados de futuros, uno de los refugios de emergencia más lucrativos de unos capitales en estampida tras la evaporación repentina del mercado de las hipotecas subprime. En octubre de 2021, la inflación en la Eurozona ha llegado al 4,1% provocada por un pico espectacular en los precios del gas y las materias primas generado en los mercados de futuros de nuevo desorbitados ante la llegada masas crecientes de capitales financieros en estampida en busca de nichos de rentabilidad. A partir de esta semejanza, no pequeña, todo son diferencias entre una situación y la otra, y muy posiblemente, muy diferentes van a ser los acontecimientos que sigan a la instalación de la inflación como ítem económico-cultural en la esfera política europea.

Una de esas palabras

Si no existe tal cosa como un debate económico “puro” en general, menos aún en el caso del que posiblemente es, aún hoy, el término técnico de la ciencia económica con mayor carga histórica y política: la inflación. Hay que recordar que el expediente utilizado para borrar del mapa la lucha de clases en Europa a lo largo de toda la década de los setenta fue el control de precios, especificado claramente en un mandato férreo de control salarial que, en un momento de pleno empleo, tan sólo podían imponer los sindicatos a sus propios afiliados. Algo que uno tras otro, los sindicatos europeos terminaron por hacer, no sin que se librara una guerra social total en varios frentes internos y externos antes que se venían arrastrando desde el 68.


La baza decisiva del capital en aquella derrota por capítulos que sufrió la clase obrera industrial a lo largo de dos décadas fue utilizar el espacio transnacional para desvincular tanto los capitales productivos como los capitales financieros de los estados nación. El capital fue migrando hacia Asia, muy especialmente hacia China, en busca de menores costes laborales, ambientales y fiscales, blindado por todo un entramado jurídico-institucional que fomentaba la huida bajo una retórica de libre mercado, defensa de los derechos de propiedad y lucha contra la inflación.

En esas nuevas condiciones de movilidad incrementada del capital, los Estados nación europeos tomaron literalmente los restos de las luchas de clases europeas a su cargo en forma una nueva forma de concertación social en que se pactaron las condiciones de posibilidad del trabajo asalariado dentro de los límites intraspasables de las políticas antinflacionistas. Lo cual significaba de hecho renunciar no ya a un horizonte socialista sino a un horizonte simplemente de pleno empleo, el abc del keynesianismo.

La situación de jibarización y ultracongelación del proceso productivo en Europa ha tenido como consecuencia de la utilización generalizada de los ERTE. Con distintos nombres —kurzarbeit, furlough—, el ERTE ha sido la máxima aportación del modelo de negociación colectiva no inflacionista de inspiración alemana que se ha extendido en Europa. Pensados para absorber shocks temporales manteniendo los empleos en las estructuras empresariales existentes, los ERTE se han utilizado de forma generalizada durante un año y medio en las cuatro mayores economías de la Eurozona: Alemania, Francia, Italia y España. Además de en el Reino Unido, donde han alcanzado su máxima extensión. 

China reestructura Europa

Esta suspensión masiva de la producción ha sido aprovechada sin ningún tipo de miramiento por parte del gobierno de Xi Jinping, que no ha tenido más que seguir avanzando por las líneas de enfrentamiento endurecido con Estados Unidos marcadas en las guerras comerciales del periodo anterior a la pandemia. El ascenso de China en la jerarquía tecnológica y de diseño de la producción, incluyendo su sonora apuesta por el capitalismo verde, ha barrido con las escasas ventajas productivas rentables que quedaban en Europa, y ha dejado a Estados Unidos “únicamente” el dominio del dinero, del dólar. El otro gran pilar del poder de EEUU, el petróleo, sin embargo, ha quedado tocado de muerte en su rol hegemónico. Aunque todavía sea un mercado de importancia central, es evidente como, por el momento, está completamente subordinado a los mercados de gas natural. Mercados que sustentan una estructura de poder diferente, aunque emparentada, con la del petróleo.

Ese sonido estruendoso que generan los precios creciendo a velocidades supersónicas, el sonido de los cuellos de botella en la distribución, es el sonido que produce el Partido Comunista de China al dictar las nuevas condiciones de rentabilidad, y, esto es novedoso, también de cualificación, que van a marcar cuáles serán las empresas manufactureras y energéticas grandes, pequeñas y medianas, que queden en Europa. Los mismos mecanismos que utilizó el capital europeo para dejar herida de muerte a la clase obrera industrial de los años setenta, fundamentalmente la deslocalización, se han desarrollado tanto que también han herido de muerte a uno de sus padres: el capital industrial europeo. 

Como era de esperar estas nuevas condiciones de rentabilidad en los sectores industriales y energéticos con toda su afectación a los sectores logísticos y de distribución, las absorben los Estados europeos mediante su traslado inmediato a la fuerza de trabajo en forma de aniquilación definitiva del régimen salarial privado y el avance a doble velocidad hacia un mercado laboral pulverizado y basado en las percepciones intermitentes de rentas salariales, más cercano a la informalidad generalizada de las megapólis del sur global que del New Deal de Roosevelt. 

Milton Friedman tiene los ojos tristes

Jean Claude Trichet actuaba en nombre de un Banco Central que representaba  a una Europa que aún apostaba con confianza en el casino financiero global, confianza sostenida en parte por el poder político de la Francia poscolonial pero, sobre todo, por el poder económico indiscutido de la manufactura de exportación alemana. Hoy, la eurozona ha absorbido la contradicción central de la economía alemana, el mantenimiento de un gigantesco aparato industrial de exportación basado en el combustible fósil, modelo que hunde sus raíces en el inveterado antinflacionismo alemán, es directamente antagónico con los objetivos de la transición energética y el Green New Deal con los que Europa pretende recuperar sus posiciones de ventaja competitiva en el mundo. Vaciada progresivamente de sus funciones de mando sobre el proceso productivo capitalista global, Europa empieza a parecer un parque temático del welfare state que se arriesga a tener que declarar la quiebra si no le favorecen las decisiones estratégicas que tomen otros actores mejor situados en el nuevo orden financiero y productivo. 

El vaciado de funciones productivas capitalistas al que China ha sometido a Europa, y en menor medida a Estados Unidos, ha dejado un panorama de niveles de endeudamiento público completamente inédito, y en general, una vida económica en nuestras sociedades en la que las distintas formas de monetización de los títulos de propiedad, como los intereses financieros sobre la deuda o las rentas del suelo, le han quitado definitivamente la centralidad al salario como instrumento de la economía monetaria popular. 

Si el liberalismo se pudo reinventar como neoliberalismo fue en buena parte a que Milton Friedman y la escuela monetarista dio carpetazo a la nostalgia por el patrón oro perdido y diseño el programa más simple posible para gobernar un banco central: subir los tipos de interés cuando sube la inflación y bajarlos cuando baja. La economía para la que dio esta sencilla receta Friedman, el agitador político neoliberal por excelencia era aún una en la que la deuda era una figura restringida al comercio entre estados nación y a las relaciones entre las grandes empresas y los grandes bancos. Subir los tipos de interés era una maniobra rutinaria de aserción de la jerarquía y el poder del dinero sobre el proceso productivo capitalista. Y, obviamente, de los países exportadores de capital sobre los países importadores de capital. 

El mundo post globalización neoliberal está definido por la deuda de una manera muchísimo más capilar y determinante que por los salarios, una subida brusca de tipos de interés en Estados Unidos o la Eurozona, ajustaría aún las ya de por sí recargadas tuercas de la acumulación por desposesión tanto en su versión social como ecológica a través de los mecanismos políticos del Estado. Esta vez las evidencias apuntan a que Milton Friedman no va a ganar la batalla monetaria, la separación fundamental entre quienes perciben rentas de la propiedad de algún tipo —la inmobiliaria es la más habitual— y quienes no las perciben y dependen plenamente de un trabajo asalariado que simplemente ya no existe, se ha vuelto demasiado evidente como para envolver el dominio del rentista en unos cuantos tecnicismos folklóricos heredados del siglo XX sobre el daño mortal que supone, siempre y en todo lugar, la inflación.

Por Isidro López

Es miembro de la Fundación de los Comunes. 

11 nov 2021 05:57

Publicado enEconomía
Martes, 09 Noviembre 2021 05:03

El colapso y la estupidez humana

El colapso y la estupidez humana

“Dos cosas son infinitas:

la estupidez humana y el universo;

y no estoy seguro de lo segundo”. Albert Einstein

 

“El turismo volcánico desborda La Palma: autobuses llenos y atasco en la carretera”, titulaba El País en su edición del 1 de noviembre. Agrega que las autoridades de la isla pusieron transporte gratuito para que los turistas llegaran al mirador más concurrido y que las colas para subir al autobús duran más de una hora.

Viajeros de todo el Estado Español y de Europa llegan en masa para contemplar la destrucción y el colapso en las vidas de miles de personas que han visto sus viviendas y cultivos sucumbir bajo el río de lava que todo lo devora, desde que comenzó la erupción el 19 de setiembre.

Hoteles, taxistas y líneas aéreas hacen su negocio, embolsan recursos que los turistas despilfarran para no perderse la imagen de un volcán en plena erupción, desastre que sigue siendo estetizado por los grandes medios sin reparar en la destrucción que deja a su paso.

Las voces disidentes casi no se escuchan, aunque vienen creciendo de forma paulatina. Una entrevista a Paula, pobladora de La Palma, por Radio Pimienta, una de las escasas voces críticas, pone las cosas en su lugar. Enfatiza en la incertidumbre y el estrés de la mayoría de la población que está comenzando a autoorganizarse. “De las seis mil personas evacuadas, menos de cien están en el albergue que dispuso el gobierno, y el resto en casas de vecinos y familiares solidarios” (https://bit.ly/3o7MdZb).

En varios espacios manos solidarias organizan la entrega de ropa, porque los que huyeron de sus casas lo dejaron todo. Desde arriba, las cosas se ven siempre de otro modo. Las personas que estaban pagando su vivienda al banco deben seguir pagando aunque la vivienda se la haya tragado la lava ardiente. Aún en el colapso, el capital financiero sigue haciendo sus negocios, sin inmutarse.

El Estado se limita a entregarles una pequeña indemnización que no les alcanza para construir otra vivienda.

“El énfasis en el turismo quiere remachar nuestra dependencia”, dice Paula, “ya que no se cansan de decir que la isla es segura, ninguneando el dolor y nuestra vulnerabilidad”. Según el gobierno, la masa de lava ocupa apenas el 10 por ciento de la isla, pero no toman en cuenta que afecta a toda la población, unas 85 mil personas, la mitad de las cuales se dedica a la agricultura platanera, seriamente afectada por la enorme cantidad de ceniza que se deposita en todos los rincones.

Los vecinos se están organizando por barrios con base en el apoyo mutuo, explican desde Radio Pimienta, creando plataformas para asistir a las familias que perdieron todo, intentando superar el clima de “desconfianza, miedo e incertidumbre”.

Pero también se esfuerzan por superar la “tutela extrema” del Estado, que según Paula se empeña en controlar los movimientos de la población, regulando el acceso a ciertos espacios: cuando los desplazados quieren limpiar las casas de ceniza, deben hacerlo “acompañados” por efectivos de la Guardia Civil que no sólo los vigilan sino que controlan el tiempo que demoran en la limpieza.

Son tiempos de aprendizajes. ¿Qué hacer ante el colapso? ¿En quiénes podemos confiar cuando todo lo que tenemos alrededor se hunde? ¿Cómo zafar del control del Estado, de la policía y del capital que buscan aprovechar el colapso para apuntalar el capitalismo?

Hay varias acciones que parecen urgentes. Nada podemos hacer si no estamos organizados, si no hemos construido antes del colapso relaciones fuertes entre personas afines, comunitarias y cooperativas. Debemos crear medios de comunicación propios, más para inter-comunicarnos que para denunciar, sobre todo durante el colapso.

Debemos construir autonomía, pero antes de eso tenemos que acordar qué entendemos por autonomía. En tiempos de colapso, no se valen autonomías sólo declarativas; deben ser integrales, abarcar la salud, la economía, el agua, la educación y todo aquello que hace a la vida. Porque la vida está en peligro y nadie más que nosotros y nosotras vamos a poder defenderla y reproducirla.

8 noviembre 2021

Publicado enSociedad
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