La economista india expuso en Davos. Imagen: AFP

Gina Gopinath, subdirectora del FMI, advirtió que el conflicto entre Rusia y Ucrania impactó negativamente sobre el proceso de crecimiento económico mundial, que ahora muestra un panorama sombrío para los próximos dos años. Las expectativas no lucen muy alentadoras, señaló, porque han surgido "problemas graves a nivel global, como alteraciones en las cadenas de suministros o la alta inflación". 

Fue durante su exposición en el Foro Económico de Davos, Suiza, en un panel que la economista nacida en Calcuta (India) y formada profesionalmente en Estados Unidos, compartió con la profesora italiana Mariana Mazzucato. Gopinath apuntó también que "si bien los niveles de deuda de los gobiernos están aumentando en todo el mundo, con la carga de la deuda en los mercados emergentes aumentando rápidamente, hasta el momento no hay evidencia de una crisis sistémica, pero hay riesgos por delante". 

En cambio, la vicedirectora gerente del Fondo admitió que "las perspectivas para los precios de los alimentos son una gran preocupación". "La guerra en Ucrania ha sido un revés en el proceso de recuperación mundial. Tuvimos una fuerte rebaja en la tasa de crecimiento global y el mundo continúa enfrentando vientos en contra porque tenemos una crisis del costo de vida. Los precios de los productos básicos, entre ellos el combustible y los alimentos, están subiendo en todo el mundo", apuntó ante una audiencia compuesta por representantes de las más influyentes empresas y "think tanks" del mundo.

Las recientes adversidades en la economía global han llevado a algunos Estados a establecer diversos mecanismos, comentó, como el aumento de los tipos de interés, para contener la inflación luego de un periodo de bajas tasas y abundante liquidez para forzar la recuperación económica.

"La alta inflación está llevando a los bancos centrales a subir las tasas de interés, es lo que deben hacer, pero ello tendrá consecuencias para las finanzas y el comercio mundial", agregó Gopinath. A su vez, desechó la idea de la supresión de los aumentos salariales como una medida que pueda ser eficaz para controlar los aumentos de precios. 

Sin embargo, a pesar de mostrar un panorama sombrío para los próximos años por la convergencia de factores que impactan en la economía, la representante del organismo no descarta el crecimiento a mediano plazo. Mientras las economías avanzadas alcanzarían para 2024 el lugar  "adonde habrían estado en ausencia de pandemia", las economías emergentes y en desarrollo, "según nuestras estimaciones, estarían para entonces todavía un cinco por ciento por debajo del nivel que hubieran alcanzado, de no haber sido afectados por la pandemia".

Si bien las últimas proyecciones del FMI anticipan que la inflación eventualmente se desacelerará, Gopinath señaló que "esto puede llevar tiempo, incluso en los Estados Unidos". La funcionaria recomendó a los países "que no tomen medidas proteccionistas en respuesta a la guerra en Ucrania, diciendo que esto dañaría las perspectivas de crecimiento a largo plazo", en referencia a que varias naciones ya han restringido el comercio de alimentos, energía y otros productos básicos clave este año.

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Biden advirtió que EE.UU. defenderá a Taiwán si China invade la isla

Para Beijing, Washington "está jugando con fuego" con esas declaraciones

De visita en Japón, el presidente demócrata dio una conferencia conjunta con el primer ministro Fumio Kishida. Ambos abogaron por su "visión común de una región Indo-Pacífica libre y abierta" y acordaron vigilar la actividad naval china. 

El presidente estadounidense, Joe Biden, se comprometió este lunes a defender militarmente Taiwán si China intenta tomar por la fuerza el control de la isla autónoma, ante lo que las autoridades chinas advirtieron que el mandatario está "jugando con fuego".

Biden hizo esas declaraciones en Tokio durante una visita oficial a Japón, donde se reunió con el primer ministro Fumio Kishida. Previamente había visitado Corea del Sur.

Las autoridades estadounidenses califican a Japón y Corea del Sur como ejes de la ofensiva de Washington contra el creciente poderío comercial y militar de China, así como aliados en la alianza occidental para aislar a Rusia tras su agresión contra la vecina Ucrania.

En conferencia de prensa común, Biden y Kishida adoptaron un tono firme ante China y abogaron por su "visión común de (una región) Indo-Pacífica libre y abierta" y acordaron vigilar la actividad naval china en la zona donde Beijing tiene crecientes ambiciones.

Al preguntársele a Biden si Estados Unidos intervendría militarmente contra China en caso de que intentara tomar por la fuerza el control de Taiwán, el presidente respondió: "Es el compromiso que asumimos".

"Estamos de acuerdo con la política de una sola China, y hemos firmado por ella (...) pero la idea de que Taiwán deba ser tomada por la fuerza no es apropiada", agregó.

China considera a Taiwán como una provincia rebelde que debe ser integrada en el país, por la fuerza si fuera necesario.

Horas después, el gobierno chino replicó que Washington está "jugando con fuego" con ese tipo de declaraciones.

Estados Unidos está "usando la 'carta de Taiwán' para contener a China, y se quemará", dijo Zhu Fenglian, una portavoz de la Oficina de Asuntos de Taiwán del Consejo de Estado, a menudo descrito como el gabinete de China, citado por la agencia Xinhua.

Según esa fuente, Zhu "instó a Estados Unidos a dejar de hacer declaraciones o acciones" que violen los principios establecidos entre los dos países.

En este sentido, el secretario de Defensa estadounidense, Lloyd Austin, sostuvo que la "política de una sola China" de Washington hacia Taiwán "no ha cambiado".

"Nadie debería subestimar la firme determinación, la firme voluntad y capacidad del pueblo chino de defender la soberanía nacional y la integridad territorial", recalcó por su parte el portavoz del Ministerio chino de Relaciones Exteriores, Wang Wenbin.

Sobre la guerra en Ucrania

Biden también atacó al gobierno ruso, que "tiene que pagar un precio a largo plazo" por su "barbarie en Ucrania", aludiendo a las duras sanciones impuestas por Washington y sus aliados.

"No se trata solo de Ucrania. Si no se mantienen las sanciones en muchos aspectos, ¿qué señal enviaríamos a China sobre el costo de un intento de tomar de Taiwán por la fuerza?", se preguntó.

El martes, Biden buscará reforzar el liderazgo estadounidense en la región Asia Pacífico en una cumbre con los gobernantes de Australia, India y Japón, el grupo denominado "Quad".

Sin embargo, India ha destacado ahora por su negativa a condenar abiertamente la guerra en Ucrania o a reducir sus intercambios con Rusia. Biden se entrevistará el martes a solas con el primer ministro indio, Narendra Modi.

Nuevo Marco económico 

Durante su intensa jornada, el presidente estadounidense anunció además el lanzamiento de un nuevo marco económico para la región Asia-Pacífico que inicialmente tendrá 13 países miembros, incluyendo a India y Japón, pero sin China.

"Estados Unidos y Japón junto con otros 11 países lanzarán el Marco Económico Indo-Pacífico", dijo Biden sobre el mecanismo, que no será un acuerdo de libre comercio. Este marco prevé la integración en cuatro áreas clave: la economía digital, las cadenas de suministro, las energías verdes y la lucha contra la corrupción.

"Es un compromiso para trabajar con nuestros amigos cercanos y socios en la región, ante desafíos para garantizar la competitividad económica en el siglo XXI", agregó el presidente estadounidense, que dijo considerar el levantamiento de algunas barreras arancelarias para China.

Estados Unidos no tiene mayor interés en regresar a un acuerdo comercial vinculante con Asia luego de que el expresidente Donald Trump se retirara en 2017 de la Alianza Transpacífica.

Biden terminó su día con una cena con Kishida y la esposa del primer ministro en el jardín de un selecto restaurante de Tokio, donde comieron sushi y otras especialidades de la gastronomía tradicional japonesa.

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Lunes, 23 Mayo 2022 06:12

Precio de los alimentos

Precio de los alimentos

Todo indica que los precios de los alimentos en el mundo seguirán aumentando mientras la producción está afectada y su abasto continúa obstruido.

Los mercados están distorsionados en cuanto a la producción y la distribución y se necesitará aun un proceso de ajuste más bien largo para restaurar un cierto orden.

La situación abarca no sólo a los bienes primarios, sino también a los elaborados industrialmente. La producción agrícola y ganadera tiene sus propios tiempos y no puede esperarse un ajuste expedito y sin fricciones.

Aunque el índice de precios de los alimentos se redujo marginalmente en abril respecto de marzo, el cambio en las cotizaciones internacionales de una canasta de productos comercializados comúnmente siguió estando casi 30 por ciento por encima del registro de abril de 2021.

Según las cifras del Fondo Monetario Internacional sobre los productos primarios, la inflación en estos mercados se inició aun antes de la pandemia. Al comienzo de 2019 se registró en China una epidemia de peste porcina africana que devastó la piara de cerdos, que daba cuenta de casi la mitad del total del mundo. Con el confinamiento de 2020 se interrumpieron las cadenas de abasto, lo que repercutió en el alza de precios de los alimentos y los productos energéticos. Esto se complicó con la saturación de los principales puertos y los mayores costos de transporte.

Desde abril de 2020 a mayo de 2021 los costos internacionales al productor de los alimentos (cereales, comida y aceites vegetales) habían crecido 47 por ciento en términos reales.

El Banco Mundial constata que con la guerra en Ucrania se ha provocado un severo impacto adverso en las plazas de materias primas (los commodities), a causa de las condiciones de los flujos del comercio y los patrones de producción y de consumo.

Estiman que los precios se mantendrán en niveles históricamente altos hasta el final de 2024. Junto con el encarecimiento de los energéticos se han hecho escasos y han aumentado su valor los fertilizantes, como efecto de las sanciones impuestas en el marco dela guerra. Una expresión concreta del efecto del conflicto bélico en ciclo de bienes alimentarios es el bloqueo del puerto de Odesa, con lo cual se han parado las exportaciones de Ucrania, agravado con la disrupción de la producción agrícola en ese país.

Es relevante destacar siempre el significado de la geografía en las condiciones económicas. Los precios del trigo se han elevado en un orden de 60 por ciento en este año. Se estima que hasta 250 millones personas podrían estar ya en el umbral de la hambruna por lo inaccesible de su comida base.

El proceso de formación de los precios, clave en el funcionamiento de los mercados, está desquiciado. No será un asunto sencillo restablecer las condiciones de la generación de alimentos, tampoco las de su flujo en las rutas internacionales y, con ello, los patrones de consumo. La guerra no es sólo y principalmente una cuestión localizada en Ucrania, por ahora.

Sus repercusiones son globales y hoy no se advierte que sus efectos adversos vayan a atenuarse. Las repercusiones económicas y sociales de las condiciones existentes y de cualquier restauración de una cierta normalidad en la producción, el abasto y los precios de alimentos y energéticos no es, como es bien sabido, equitativo.

La cuestión abarca la estructura de la competencia, las ganancias (rentas) de los sectores y las empresas oligopólicas tienden a crecer, mientras se castiga la capacidad de compra de los salarios y los ingresos fijos. Hay aun conflictos adicionales que no pueden ser desplazados de una discusión amplia y extremadamente necesaria sobre las condiciones económicas y sociales y tiene que ver con los efectos del cambio climático.

Las elevadas temperaturas, que ocurren además a destiempo; la combinación de sequías en unas partes e inundaciones en otras, los efectos de los deshielos, la bárbara deforestación (de la Amazonia, por ejemplo) son sabidos; aparecen a diario en los medios y son motivo de recurrentes reportes científicos.

Pero la inercia política, los grandes intereses económicos creados, la forma distorsionada de la acumulación con la que se generan ganancias, pero no necesariamente valor, postergan acciones decisivas de contención y reversión.

La esperanza, representada por la diosa griega Elpis, la que quedó hasta el final en la caja de Pandora, no puede sustentar ninguna posición razonable con respecto al riesgo medioambiental y sus consecuencias.

La relación con la producción de alimentos, sus precios y el acceso de la población al consumo es muy estrecha.

Un verdadero pesimista

sabe que ya es muy

tarde para serlo.

La Anomalía

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FMI: cunden por  todo el mundo las  protestas sociales

Las protestas sociales han aumentado en el mundo a los niveles más altos desde el inicio de la pandemia. La gente vuelve a las calles y existe el riesgo de que avancen los disturbios a medida que ceden los confinamientos y crece el impacto por el encarecimiento de alimentos y energéticos, considera el Fondo Monetario Internacional (FMI).

El organismo reconoce que se registra un incremento en manifestaciones de descontento popular, incluso en países donde no son usuales. "Hay manifestaciones antigubernamentales grandes y de larga duración en economías avanzadas, donde los disturbios son relativamente raros, como Canadá y Nueva Zelanda", ejemplifica.

El organismo financiero realiza un indicador con base en el menciones descontento ciudadano en 130 países y se encuentra en su techo desde el comienzo de la crisis sanitaria por covid, pero por debajo de 2019, cuando una ola de protestas comenzó en Chile y se extendió a otros puntos de América Latina en octubre y noviembre, y fueron simultáneas a algunas manifestaciones en Argelia, Irán, Irak y Líbano.

Las exigencias desde la calles se redujeron con la llegada de la pandemia, pero se registraron algunas relacionadas con el clamor de justicia racial en Estados Unidos, por conflictos interétnicos en Etiopía y antigubernamentales en Brasil, Líbano y Bielorrusia. También las hubo en Canadá, Nueva Zelanda, Austria y los Países Bajos, así como en Kazajistán y Chad.

En esa coyuntura global se ejecutó un golpe de Estado en Burkina Faso, protestas regionales en Tayikistán, así como una crisis constitucional en Sudán.

"Aunque, por ahora, el malestar social sigue siendo bajo en relación con los niveles previos a la pandemia, el levantamiento de las restricciones sanitarias y la continua reducción del poder adquisitivo de las mayorías significa que las protestas aún pueden aumentar e imponer costos económicos significativos para el manejo gubernamental de las economías", alarma la entidad global.

Reitera que la inflación implicaría mayores protestas. "Aunque los disturbios son excepcionalmente difíciles de predecir y sus causas económicas son complejas, los aumentos pronunciados de los precios de los alimentos y el combustible, en el pasado se han asociado con protestas más frecuentes".

"Cualquier aumento en el malestar social podría representar un riesgo para la recuperación de la economía mundial, dado que la incertidumbre impacta en el consumo y la producción."

Según un estudio del organismo mundial, 18 meses después de disturbios sociales de mediano o largo plazo, el producto interno bruto local o regional suele ser alrededor de 1 punto porcentual más bajo de lo que hubiera sido.

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Llama EU a prepararse para nuevas formas de combate

Washington. El general del ejército estadunidense, Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, llamó este sábado a la nueva generación de soldados del ejército a prepararse para pelear guerras futuras que pudieran parecerse muy poco a las confrontaciones armadas de hoy.

Milley pintó un panorama sombrío de un mundo que se vuelve más inestable, con grandes potencias determinadas en cambiar el orden global. Dijo a los cadetes que se graduaban de la Academia Militar West Point que ellos tendrán la responsabilidad de asegurarse de que Estados Unidos esté listo.

"El mundo al que ingresan tiene las características para un conflicto internacional significativo entre grandes potencias y esa posibilidad está aumentando, no decreciendo", expuso Milley a los cadetes.

“Cualquier ventaja que nosotros, Estados Unidos, disfrutamos militarmente en los pasados 70 años se está reduciendo rápidamente y el país será –de hecho, está siendo–retado en todos los dominios de la guerra, el espacio, el mar, el aire y, por supuesto, en tierra”.

Advirtió que Washington ya no detenta más la superioridad mundial indiscutida. En lugar de ello, está a prueba en Europa por la agresión rusa, en Asia por el espectacular crecimiento económico y militar de China y las amenazas nuclear y de misiles de Corea del Norte, y en Medio Oriente y África por la inestabilidad causada por terroristas”.

Trazando paralelos con lo que funcionarios militares ven en la invasión rusa de Ucrania, Milley señaló que la guerra del futuro será altamente compleja, con enemigos elusivos y una confrontación urbana que requiere armamento preciso de largo alcance y nuevas tecnologías.

Estados Unidos ha estado enviando nuevos drones de alta tecnología y armamento diverso a las fuerzas armadas ucranias, en algunos casos equipo que está apenas en fases iniciales de prototipo.

Armas como los Switchblade, unos pequeños aviones teledirigidos lanzados desde el hombro, son usados contra los rusos, aunque están en proceso de evolución, proveen no sólo de capacidad de reconocimiento, sino también de ataque, al disponer de una carga explosiva en su fuselaje.

Al cambiar la guerra en Ucrania, de la infructuosa batalla rusa para tomar Kiev a una urbana para tomar ciudades en la región oriental del Donbás, también ha cambiado el tipo de armamento necesario.

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Fotografía cedida por la Casa Blanca donde aparece el presidente de Estados Unidos, Joe Biden (d), mientras habla con su homólogo chino, Xi Jinping (en pantalla), durante una reunión virtual hoy, desde su oficina en Washington (EEUU). Biden advirtió este

La invasión de Ucrania ha hecho colisionar las placas tectónicas de la globalización y ha hecho emerger la posibilidad de que surjan dos bloques comerciales antagónicos, liderados por EEUU y China. Con retraimiento productivo, elevada inflación y menos flujos comerciales. Todo ello, extirpará de la economía global un valor similar al del PIB español.

 

El planeta no gana para sustos. Después del septenio dorado del cambio de siglo, una sucesión de acontecimientos concatenados, a raíz de la quiebra de Lehman Brothers -en septiembre de 2008-, ha dejado maltrechas las costuras geopolíticas y socio-económicas, hasta el punto de que el nuevo orden mundial que ha irrumpido de la globalización, el traje con el que se confeccionó el final de la Guerra Fría, sigue todavía sin hilvanarse. El tsunami financiero, con crisis de deuda, rescates a naciones de rentas altas europeas, unos drásticos cambios regulatorios para delimitar banca comercial y de inversión, ajustes fiscales draconianos que lograron suministrar las píldoras monetarias sin hacer descarrilar los presupuestos y, en general, unas autoridades monetarias con mayores dosis de atrevimiento que sus colegas políticos, dio paso, tras una década de altas dosis de sufrimiento social, a un bienio maldito.

La Gran Pandemia, con la plaga de la covid-19 sin resolver mientras irrumpe otra guerra más en Europa, ha dado paso a la Era de la Escasez, un nuevo estatus, complejo, en el que la demanda y la oferta de bienes y servicios se desvirtúan y en la que ha entrado como un elefante en una cacharrería el viejo fantasma de la inflación.

El razonamiento no resulta baladí. Entre otras razones, porque la economía no acostumbra a dar puntada sin hilo. Sino que, más bien, viene cargado de evidencias y de sutilezas. Así, al menos lo pone de manifiesto un diagnóstico del panel de economistas de Bloomberg, donde se advierte, tras comprobar el resultado de una métrica predictiva a partir del análisis de los factores que se han sucedido entre las dos grandes inestabilidades del actual siglo -la de 2008 y la de 2020- que la economía global va a perder 1,6 billones de dólares, un tamaño similar, aunque algo inferior, al PIB español, del peso acumulado durante los años de abundancia.

No sólo por efecto de la epidemia o las secuelas de la guerra de Ucrania; también por las subidas arancelarias de los años que antecedieron al coronavirus más famoso de la historia y al retroceso de los parámetros de eficiencia logística que, al menos en los últimos cuatro ejercicios, han ido generando disrupciones en las cadenas de valor y cuellos de botella comerciales. Si bien ha sido en el último año cuando han arreciado con mayor virulencia. Es como si con el encallamiento en el Canal de Suez del Ever Given, el super-mercante de bandera japonesa, en marzo de 2021, que tuvo paralizadas las rutas de navegación durante varias semanas, aunque fuera liberado en seis días, hubiera empezado todo. Toda una metáfora de que la globalización de los mercados estaba en un punto crítico de su evolución. Porque gran parte del receso productivo mundial se achaca al descenso de los flujos comerciales.

La puntilla la ha dado la pinza geopolítica que conforman la crisis sanitaria de la covid-19 y sus confinamientos sociales y el conflicto bélico de Ucrania y sus sanciones económico-financieras. Desde entonces, las cadenas productivas y de suministro han aumentado sus niveles de fricción y colisión hasta hacer descarrilar el tren de las relaciones comerciales. Sin descartar, porque los analistas le otorgan una probabilidad cada vez más alta, que se traslade al mercado de capitales.

En Bloomberg Economics proclaman la Era de la Escasez, con una marcha atrás del proceso de globalización, que dirige al planeta hacia posiciones menos productivas y más pobres a medio y largo plazo. Con un retroceso de los ritmos comerciales hasta tasas desconocidas desde el año que antecedió al ingreso de China en la OMC, en 2001. Y lo que es peor: con una inflación mucho más elevada y volátil. Con los inversores perdiendo posiciones patrimoniales en activos y bonos por este episodio, cuya primera señal nítida es la estanflación, pero que emite otra doble alarma de suma preocupación: las materias primas han disparado sus precios por el cierre del grifo de la abundancia mientras las acciones de las empresas de la industria militar catapultan su valor por las tenciones geopolíticas.

"La fragmentación ha llegado para quedarse", reconoce Robert Koopman, economista jefe de la OMC que, sin embargo, dice esperar "una reorganización de la globalización" que, en cualquiera de los supuestos, traerá consigo una factura adicional: "no seremos capaces de usar bajos costes ni gastos marginales de producción de manera tan extensiva como hasta ahora".

Tres décadas de bonanza de la globalización

La economía global ha mostrado su habilidad para producir bienes, generar servicios y relanzar inversiones con precios controlados. No en vano, la espiral inflacionista actual es la más virulenta en 40 años. Achacable también a los miles de trabajadores de China y el antiguo bloque soviético que se incorporan al mercado laboral global, mientras caían barreras comerciales y las redes de la logística se volvían hiper-eficientes. Pero la sobreabundancia creada por estos factores ya se puso en tela de juicio con las guerras arancelarias desatadas por la Administración Trump; muy en especial, contra China, empezó a ver las orejas al lobo con los confinamientos por la covid-19 y la hibernación de las economías y ha saltado por los aires con la contracción de la oferta de suministro de las materias primas, la cadencia de las cadenas de valor y la alteración logístico-comercial desatada tras las represalias occidentales contra Rusia, que ha ocasionado inflaciones más prolongadas que las inicialmente transitorias previstas por los bancos centrales.

Son tres de los motivos que los expertos de Bloomberg ven con claridad a la hora de precisar la fractura que se está produciendo en la globalización: tarifas bilaterales entre EEUU y China que pasaron del 3% de promedio en los bienes de intercambio comercial al 15% al término del mandato de Donald Trump; los efectos de la restrictiva política de covid-cero que persiste en varias de las principales capitales de China y que han interrumpido cientos de miles de millones de dólares en exportaciones tanto de compañías del gigante asiático como de Apple o Tesla por el riesgo logístico y las disrupciones productivas. Y unas sanciones que se convierten en nuevas barreras comerciales. En 1983, los flujos de exportaciones e importaciones sujetos a algún tipo de prohibición supusieron el 0,3% del PIB global; en 2019, se ha quintuplicado con creces y, tras la invasión de Ucrania, no sólo se ha incrementado de forma exponencial, sino que ha propiciado vetos colaterales como el de India a vender trigo al exterior.

Pero no son las únicas fallas que se han quebrado. Porque el decoupling o desacoplamiento de bloques, entre el occidental y con ribete democrático, y el capitaneado por China y secundado por Rusia, más visibles desde la invasión de Ucrania, también ilustran los riesgos de esta ruptura del orden económico global. Más allá -enfatizan los autores del análisis- de la "maniquea batalla entre el bien y el mal o de separación de campos rivales por un nuevo telón de acero". A su juicio resulta más patente que 6 billones de dólares en productos, el equivalente al 7% del PIB mundial, se mueven entre ambas latitudes y que, en su simulación, con una tarifa promedio del 25% en todos ellos, más los costes asociados de los diferentes tipos de interés entre EEUU y China, más las sanciones y prohibiciones exportadoras, arrojarían una caída del 20% del comercio mundial.

Sin necesidad de que ocurra un decoupling, como el que existía antes de la adhesión de Pekín en la OMC; es decir, en los años 90. Y dejaría a largo plazo un mundo un 3,5% más pobre que si los flujos comerciales se estabilizaran como en la actualidad o un 15% menos rico que si surgiera un escenario de fortalecimiento de las relaciones económicas, al levantarse un 7% de los obstáculos adicionales en caso de que se consumase el desacoplamiento. Eso sí, sin contar con la incertidumbre de hacia qué bloque iría masivamente el comercio de naciones emergentes como India, Sudáfrica, Indonesia e, incluso, México.

El informe también apunta a una divergencia de índole ideológico-cultura: la defensa del sistema democrático. En alusión a que el autoritarismo -con sello de nacional-populismo recién llegados al poder o fruto de regímenes autócratas históricos- ha aumentado su músculo internacional y ha pasado de representar territorios con el 20% del PIB global, en 1983, en la época de Ronald Reagan, cuando el presidente republicano hablaba del "imperio del diablo", al 34% en 2022 que revela algún estudio sobre libertad democrática. Y, de seguir su estela, China superará a Europa y EEUU como primera potencia económica internacional.

Mientras la guerra de Ucrania revela que la rivalidad de bloques también se aprecia en el orden político, con China en apoyo a la causa invasora de Vladimir Putin y el Kremlin respaldando toda reivindicación del régimen de Xi Jinping sobre Taiwán; con India comprando petróleo y armas a Moscú y numerosas democracias asiáticas y latinoamericanas emitiendo señales de tener poca predisposición a seguir la campaña de presión económica y financiera de EEUU y Europa contra Rusia.

Voces económicas que alertan del cambio de orden global

Personalidades como el catedrático de la Universidad de Harvard, Kenneth Rogoff, advirtieron en 2003, cuando aún ejercía como economista jefe del FMI, que la globalización estaba entonces "inmersa en una época de fuerte dinamismo y baja inflación", pero que "la experiencia sugiere que no pocos factores, entre los que destacan los conflictos geoestratégicos, políticos o de orden económico-financiero, podrían revertir el proceso y ponerle su epitafio". De igual manera que Larry Summers, secretario del Tesoro con Bill Clinton, que venía proclamando el entierro de la inflación, ha cambiado de opinión y ahora alerta que la escalada de precios, que ha reaparecido tras cuatro décadas sin apenas atisbo, asegura ahora que es el principal riesgo de recesión sobre la economía estadounidense y global.

Otro Lawrence, Fink, CEO del poderoso BlackRock -el mayor fondo de inversión del planeta con más de 10 billones de dólares en carteras de capital-, avisa de que la guerra de Ucrania "puede poner punto final a la globalización", después de dos años de epidemia en los que se ha visto la desconexión entre naciones, compañías y personas". A todos ellos se unen diagnósticos como el del estratega jefe de Goldman Sachs, Jeff Currie, para quien el alza de los precios energéticos obedece a una batalla planteada por las firmas de combustibles fósiles que se resisten a perder la influencia sobre los ciclos de negocios, que llevan manejando un siglo, para frenar los avances hacia las emisiones netas cero de CO2 y el impulso a las fuentes renovables.

En este contexto, Christophe Donay, director global de asignación de activos de Pictet WM, cree que existen "varios efectos previsibles" en el orden económico actual. En primer término, una mayor predisposición hacia el intervencionismo estatal por las "persistentes tensiones" sobre la sostenibilidad de la deuda, lo que requerirá más presión fiscal y nuevos impuestos y, en segundo lugar, que, si el mundo supera el reto de restaurar la globalización, se inaugurará una fase "con intensa inflación estructura".

Este retorno al Gran Gobierno, como denomina a este fenómeno, es fruto de un sistema capitalista que ha creado en el último medio siglo cuatro externalidades negativas: cambio climático, una deficiente atención sanitaria, una creciente ineficiencia en sus sistemas educativos públicos, e inmensas desigualdades en el reparto de renta y riqueza. Desde 1980 hay más divergencia entre crecimiento económico real y deuda. "Antes de 2008, la ratio de deuda total (hogares, empresas y gobierno) sobre PIB era 140% y ahora por encima de 350%", recuerda Donay que augura que, en los próximos diez años, las rentabilidades reales pueden ser negativas en bonos soberanos y relativamente bajas en variable cotizada

 

23/05/2022 07:52

Por Diego Herranz

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Lunes, 23 Mayo 2022 05:52

¿Se está cayendo el sistema?

Protesta estudiantil realizada la semana pasada en Nueva York contra la posible anulación de la ley que garantiza el derecho al aborto en Estados Unidos. Cuando las mayorías desean derecho a la salud (incluida la interrupción del embarazo), educación, vivienda, salarios dignos, respeto a las libertades civiles y una reforma migratoria, y la cúpula sencillamente no cumple, o no responde, difícilmente se puede hablar de que en un país existe un sistema democrático.Foto Afp

 Cuando el país más poderoso y rico del mundo, con la economía más grande y las fuerzas militares más potentes, anuncia que enfrenta una grave emergencia en la que el comandante en jefe invoca la Ley de Producción de Defensa (que otorga poderes de emergencia para obligar la fabricación de productos esenciales) y anuncia la Operación Vuela Fórmula con el fin de usar aviones federales para obtener productos en el extranjero, uno supone que es un problema existencial. Pero cuando resulta que todo esto es porque de repente hay una carencia de fórmula para bebés, es señal de que algo anda muy mal.

Cuando se revela que la esposa de Clarence Thomas, uno de los nueve integrantes de la Suprema Corte, participó directamente en los esfuerzos para fomentar un golpe de Estado e intentar anular el voto presidencial, y su marido pretende que puede ser "imparcial" al evaluar casos relacionados al proceso electoral, es otra señal de que algo está muy mal.

Que los multimillonarios ejercen su enorme poder financiero para definir elecciones, y sus gastos millonarios en campañas electorales son oficialmente consideradas como "libertad de expresión", fue calificado por el ex presidente Jimmy Carter, desde hace siete años, como un Estados Unidos convertido en "una oligarquía con soborno político ilimitado", y las cosas se han deteriorado desde entonces. El ex secretario del Trabajo y profesor de políticas públicas en la Universidad de California Robert Reich afirmó recientemente que Estados Unidos se presenta como el faro de la democracia en contraste con las autocracias de China y Rusia, "pero la democracia estadunidense está en peligro de sucumbir al mismo tipo de economías oligárquicas y nacionalismo racista que prospera en ambos esos poderes".

A la vez, mientras el presidente y su secretario de Estado y los líderes legislativos insisten en que son los guardianes del derecho internacional y como jueces supranacionales advierten que los responsables de cometer crímenes de guerra serán obligados a rendir cuentas, el subconsciente de la cúpula política estadunidense los traiciona en maneras que hubieran divertido a Freud. El miércoles pasado el ex presidente George W. Bush, en un discurso en su centro presidencial en Dallas, declaró que "fue la decisión de un hombre lanzar una invasión totalmente injustificada y brutal a Irak", y de inmediato corrigió, y dijo que se estaba refiriendo a Putin y su invasión a Ucrania pero, con risitas, después dijo, casi susurrando, “Irak también, de todas maneras…” antes de continuar. Su ex secretaria de Estado Condoleezza Rice ya había afirmado en una entrevista a finales de febrero, en referencia a Rusia, que la invasión de una nación soberana es un crimen de guerra, sin titubear ni corregir, mostrando su increíble incapacidad, como el resto de la cúpula estadunidense, de reconocer su hipocresía.

Cuando una invitación de la Casa Blanca a mandatarios en América Latina y el Caribe ya no obliga a todos a presentarse en la fiesta para la foto hemisférica con el estadunidense al centro, algo ha cambiado en su patio trasero (aunque diga muy amablemente que ya lo considera como jardín al frente de su mansión), otra señal aún no percibida por ellos de que no les va bien.

Cuando las mayorías desean derechos a la salud (incluido el aborto), educación, vivienda, salarios dignos, respeto a las libertades civiles y una reforma migratoria, y la cúpula sencillamente no cumple, o no responde, ¿eso se puede llamar un sistema democrático?

Vale preguntar ante todo esto si tal vez Estados Unidos no debería ser invitado a la próxima Cumbre de las Américas hasta que resuelva sus tendencias autocráticas, logre garantizar el sufragio efectivo y hacer que los responsables de minar derechos y libertades civiles y de cometer crímenes de guerra sean enjuiciados y rindan cuentas tanto a su propio pueblo como a la comunidad internacional.

Hay muchas señales de que a Estados Unidos se le está cayendo el sistema.

Stevie Wonder, Blowin’ in the Wind. https://www.youtube.com/watch?v=y8q1I9f1l4U

Rising Appalachia. Resilient. https://www.youtube.com/watch?v=tx17RvPMaQ8

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Sede de la OTAN en Bruselas, a 16 de abril de 2022. — ZHENG HUANSONG / XINHUA NEWS / CONTACTOPHOTO / Europa Press

 

Los dos países del norte de Europa reconocen que su petición de ingreso en la Alianza Atlántica está motivada por la invasión de Ucrania por Rusia. Pero, es un desacierto identificar la apuesta de la primera por entrar en la OTAN con la de los dos países bálticos.

 

La eventual adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN pondrá de manifiesto la incapacidad de Rusia, ni siquiera con el uso de la fuerza, para detener el acercamiento de la Alianza Atlántica a sus fronteras. Pero también esa futura incorporación dejará claro otro asunto. Pese a todo lo que sucede en Ucrania, pese a todas las amenazas que se puedan sentir en territorio europeo, la defensa regional en Europa queda en manos de la OTAN y por tanto al albedrío del líder absoluto en esta organización, Estados Unidos.

La guerra de Ucrania muestra, así, el triunfo de la OTAN, pero también la ralentización de la defensa regional europea. Ciertamente, los países de la Unión Europea se han comprometido a aumentar su presupuesto militar hasta un 2% de su PIB. Pero este incremento no redundará en beneficio del tantas veces retrasado proyecto europeo de defensa, sino que, de momento, acabará fortaleciendo las huestes europeas en el seno de la OTAN y aliviando la contribución principal a la Alianza por Estados Unidos, líder indiscutible de este pacto militar.

De hecho, ha sido el presidente estadounidense, Joe Biden, como cabeza de facto de la OTAN, el primero en recibir con júbilo a los mandatarios finlandés y sueco tras la decisión de sus respectivas administraciones de solicitar su integración en la OTAN, paso que los dos países del norte de Europa reconocen que está motivado por la invasión de Ucrania por Rusia.

Biden recibió el jueves en la Casa Blanca a la primera ministra de Suecia, Magdalena Andersson, y al presidente finlandés, Sauli Niinistö. El presidente estadounidense exhibió la futura incorporación de los dos países a la Alianza Atlántica como un triunfo de la organización. La OTAN "es más necesaria que nunca" y muestra así su eficacia, aseveró. "Finlandia y Suecia harán más fuerte a la OTAN", insistió Biden, que subrayó también cómo ambos países cumplen con creces los requisitos de Bruselas para que esa adhesión se produzca cuanto antes. Si no hubiera obstáculos, ese periodo de espera durará entre seis meses a un año.

Sin embargo, esos obstáculos existen. La aceptación de nuevos socios requiere la unanimidad de los treinta miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y ya al menos uno de ellos, Turquía, ha señalado que no ve con buenos ojos ese paso. El Gobierno de Ankara acusa a los de Helsinki y Estocolmo de acoger y amparar a miembros del PKK, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán. Estos milicianos y otros de origen kurdo son considerados como terroristas en Turquía por su apuesta por la independencia del Kurdistán y por los métodos armados con los que sustentan sus reclamaciones. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, podría presionar más sobre sus aliados de la OTAN y especialmente sobre Estados Unidos para lograr algunas concesiones en este sentido y también para que se levanten a Turquía diversas sanciones que pesan sobre este país por la adquisición de material militar ruso.

Esa es la cuestión más candente en este futuro proceso de ampliación de la OTAN, porque Turquía es, en la Alianza Atlántica. el Estado más cercano a Rusia, con una confluencia de intereses geopolíticos y económicos en Transcaucasia y el Asia Central ex soviético. El difícil equilibrio en torno al Mar Negro, donde Rusia y Turquía tienen las costas más extensas, es otra cuestión delicada para la Administración Erdogan, que no está dispuesta a que el ambiente bélico al norte de esa cuenca marina acabe de alguna u otra forma afectando a la península de Anatolia.

Otro elemento de preocupación en este proceso de adhesión finesa y sueca a la OTAN aparece en el enclave ruso de Kaliningrado, rodeado por territorio de Lituania y Polonia. La propaganda de la OTAN reduce el valor de ese territorio a un arsenal, un polvorín cercado también por el norte si Suecia entra en la Alianza. Sin embargo, esta antigua región alemana, llamada antaño Königsberg e incorporada a la Unión Soviética como botín de guerra al terminar la segunda contienda mundial, ha sido durante décadas un motor de crecimiento industrial en Rusia y un modelo de la cooperación con Alemania, gracias a las factorías que este país dispone en ese territorio, especialmente de la industria del automóvil.

Pero si aún así se considera solo su importancia geoestratégica, Kaliningrado, más que un bastión rodeado por países de la OTAN y sobre el que Polonia tiene puestos sus ojos, es en realidad una espina clavada muy profundamente en territorio de la Alianza. Una cabeza de puente hacia Occidente que esperemos que nunca pueda se utilizada como tal.

La incorporación de Suecia y Finlandia a la OTAN encabezará el programa de la Cumbre que la Alianza celebrará en Madrid los próximos 29 y 30 de junio. Aunque el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha invitado al presidente ucraniano, Vladimir Zelenski, a asistir a la Cumbre, no parece que el entusiasmo de Ucrania vaya a ser el mismo que el de Suecia y Finlandia. A pesar de la insistencia estadounidense para que Ucrania se incorporara también a la OTAN, la guerra ha dado al traste con esta posibilidad. Salvo que el conflicto dé un giro inesperado, Ucrania tiene un problema insalvable para los estándares de Bruselas a la hora de admitir un nuevo socio: la existencia de conflictos armados o secesionistas latentes en su territorio, en este caso, en el Donbás y en Crimea. Sin contar, claro está, con toda la porción oriental de Ucrania conquistada por Rusia desde que comenzó la invasión el pasado 24 de febrero.

La invasión se lanzó con las premisas del Kremlin de que Ucrania no debía incorporarse a la OTAN, pues ello habría acercado la Alianza Atlántica a la frontera sur de Rusia, la zona estratégica más sensible de este país. Moscú se sintió amenazada y desató esta guerra brutal. Al menos éste es uno de los argumentos del Kremlin. Otro era que el ejército ucraniano estaba a punto de lanzar una ofensiva contra el Donbás, la región del este de Ucrania que se separó de facto en 2014, con una guerra de secesión respaldada por Moscú.

Ahora, sin tener aprendidas las lecciones sobre las posibles y temidas "respuestas asimétricas" rusas, la OTAN da los pasos para expandirse de nuevo hasta las fronteras de Rusia y rodear algunos de los puertos rusos más importantes en el mar Báltico y el Ártico. La pregunta en Estocolmo y Helsinki ha sido la siguiente: Si Rusia ha invadido un país como Ucrania de 44 millones de habitantes, que tenía un poderoso ejército formado en parte en la ex Unión Soviética y armado por Estados Unidos desde su independencia en 1991 ¿qué le impediría a Moscú tomar Suecia y Finlandia?

Esta premisa, sin embargo, contiene varios errores de apreciación. El primero es pensar en Rusia como un estado sin estrategia, llevado únicamente por una necesidad de expansión más propia de países decimonónicos. El segundo error reside en el desconocimiento de los perjuicios económicos y de seguridad insoportables que supondría para Rusia la invasión de alguno de sus vecinos escandinavos.

El tercer error aparece al ignorar la doctrina básica de seguridad de Rusia, en concreto su necesidad de tener territorios de contención neutrales, entre el territorio ruso y los territorios más amenazadores de sus contrincantes. Esta doctrina se remonta a los siglos XVIII y XIX, con ejemplos como Polonia y Afganistán. Así, Moscú considera a Ucrania como un país que, o bien queda bajo la batuta rusa, o bien se constituye en un territorio neutral entre la OTAN y Rusia.

En este sentido, es un desacierto identificar la apuesta de Ucrania por entrar en la OTAN con la de Finlandia y Suecia. La eventual entrada de aquel país siempre fue considerada por Moscú como un paso inaceptable, un casus belli advertido una y otra vez por Rusia antes de la invasión sin que se le hiciera caso alguno ni en Washington ni en Bruselas. La incorporación de Suecia y Finlandia plantea muchos desafíos de orden estratégico y militar para Rusia, pero en ningún caso una "amenaza existencial", como siempre dejó el Kremlin claro que ocurría con Ucrania.

Pese a los titulares aparecidos en la prensa occidental estos días, la entrada de Suecia y Finlandia en la Alianza Atlántica no acorrala más a Rusia, ni siquiera por el potencial que los dos nuevos ejércitos proporcionarán a la fuerza militar de la OTAN. Lo que hace esta adhesión es reducir los cortafuegos que, entre los dos bloques, suponen los territorios neutrales. Y más inquietante: convierte a las armas nucleares tácticas en un elemento de contención más real y factible de ser utilizado por una Rusia que ve relegado aún más su protagonismo global, aunque de momento no considere como una "amenaza para su existencia" la nueva aproximación de la OTAN a sus fronteras

madrid

20/05/2022 21:21

Por Juan Antonio Sanz

Publicado enInternacional
Venezuela: el gobierno y la oposición anunciaron la reactivación del diálogo

La negociación entre las partes empezó en México en agosto de 2021 y quedó en suspenso dos meses después, en señal de protesta por la extradición a Estados Unidos de Alex Saab, acusado de ser el testaferro de Maduro.

Venezuela anunció el inicio de las negociaciones para retomar las mesas de diálogo entre el oficialismo y la oposición, luego de que se conociera la decisión de Estados Unidos de levantar algunas sanciones económicas a ese país. México, país anfitrión de las reuniones entre ambas partes, saludó la intención de reactivar el diálogo que el oficialismo había dejado en suspenso en señal de protesta por la extradición a Estados Unidos de Alex Saab, acusado de lavado de dinero y de ser testaferro del presidente Nicolás Maduro. Esta novedad se conoce en medio de las tensiones por la IX Cumbre de las Américas, de la que el presidente Joe Biden será anfitrión en junio en Los Ángeles, y que México y otros países de la región amenazaron con boicotear si hay países excluidos.

"Este proceso no debió haber sido suspendido"

"La delegación de la Plataforma Unitaria para la negociación entre venezolanos informa a los venezolanos y a la comunidad internacional que ha dado inicio a conversaciones formales con nuestra contraparte, con fines de lograr su pronta reactivación", dijo la coalición opositora en un comunicado. Las nuevas conversaciones incluirán encuentros y discusiones que tendrán como objetivo "precisar y acordar los elementos necesarios para el pronto reinicio de este proceso de negociación, que no debió haber sido suspendido". .

"Reiteramos nuestra total disposición para construir de manera urgente un gran acuerdo político que permita lograr la recuperación de Venezuela a través de la reinstitucionalización democrática del país, la celebración de elecciones libres, justas y transparentes y la restitución de los derechos fundamentales para todos los venezolanos", advirtió la oposición en el texto difundido en Twitter. La negociación entre las partes empezó en agosto de 2021 y quedó en suspenso dos meses después, por decisión del oficialismo, en rechazo la extradición a Estados Unidos de Alex Saab, presunto testaferro de Maduro que se encontraba preso en Cabo Verde.

Sobre ese tema el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, recordó que "Saab, secuestrado desde hace 704 días, es miembro pleno de la delegación de Venezuela y es nuestro delegado ante la mesa social que estamos discutiendo", por lo que Venezuela "ha exigido, exige y exigirá su participación en cualquiera de las iniciativas de trabajo que eventualmente se acuerden". Por su parte Marcelo Ebrard, canciller de México, calificó como "muy positivo el anuncio de la reanudación del diálogo" y agregó que su país está "dispuesto y listo para recibirles y contribuir a que sean todo un éxito".

Estados Unidos afloja levemente la presión

Este martes, un alto funcionario anunció que Estados Unidos aliviará las sanciones contra el país sudamericano, una de las condiciones del gobierno de Maduro para el avance del diálogo con la oposición. La administración de Joe Biden dijo que el "alivio de sanciones" se refiere sobre todo a una "licencia limitada" otorgada a la estadounidense Chevron en el contexto del embargo al crudo venezolano, que Washington aplica a Caracas desde 2019 con la esperanza de forzar la salida de Maduro.

La exención "autoriza a Chevron a negociar los términos de las posibles actividades futuras en Venezuela" pero "no permite cerrar ningún nuevo acuerdo con (la petrolera estatal venezolana) PDVSA", explicó a periodistas el alto funcionario estadounidense. La vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, celebró la medida aunque insistió en que "Venezuela aspira a que estas decisiones inicien el camino para el levantamiento absoluto de las sanciones ilícitas que afectan a todo nuestro pueblo".

El responsable estadounidense, que habló bajo condición de anonimato, dijo que próximamente se anunciaría "otra medida", pero aseguró que ninguna acción conllevará "un aumento de ingresos para el régimen". Según versiones de la prensa, Estados Unidos eliminaría de su lista de personas sancionadas a Carlos Erik Malpica Flores, un sobrino de la primera dama de Venezuela y exfuncionario de alto rango de PDVSA. Pero el funcionario estadounidense negó el martes que las medidas anunciadas tengan relación con "los precios del petróleo".

Maduro recibió a principios de marzo a tres enviados de Washington, en el primer contacto de alto nivel entre los gobiernos de los dos países en varios años. Varios analistas especularon entonces con que Washington precisaba encontrar proveedores alternativos para el petróleo que importaba de Rusia y que decidió dejar de comprar tras la invasión de este país a Ucrania, y que Venezuela podía ser uno de ellos.

A la vez, señalaron que Caracas precisaba reemplazar a Rusia, ahora aislada del sistema internacional de transacciones financieras, como su casi exclusivo proveedor de acceso a divisas. Sin embargo, pocos días después la Casa Blanca aclaró que "por ahora" no estaba pensando en comprar crudo a Venezuela y Maduro no modificó su posición de apoyo a Rusia, uno de sus principales aliados internacionales, en el contexto del ataque a Ucrania.

Cumbre y tensiones internas

En cualquier caso, la decisión estadounidense sobre Venezuela se conoció un día después de que Washington levantara una serie de restricciones a Cuba, facilitando procedimientos de inmigración, transferencias de dinero y vuelos a la isla. Mientras tanto, persisten las tensiones por la Cumbre de las Américas que se celebrará el próximo mes en Los Ángeles.

En ese contexto el canciller de Venezuela, Carlos Faría, saludó y agradeció este miércoles "la postura valiente" del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien aboga por una Cumbre de las Américas "sin exclusiones" ante la decisión de Estados Unidos de no invitar al país caribeño, además de Cuba y Nicaragua.

López Obrador anunció, durante su tradicional conferencia matutina, que pedirá a funcionarios estadounidenses vinculados a la organización de la cumbre que Washington "inicie una nueva política" en la región sin "hegemonía, injerencismo ni imposiciones". En ese sentido el mandatario mexicano manifestó: "Le tengo confianza al presidente Biden, creo que él podría dar este paso y hacer atrás toda esa política anacrónica, injusta, de subordinación, de falta de respeto a la independencia, a la soberanía de los pueblos".

El mexicano fue el primer presidente en rechazar la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua de la cumbre. También cuestionaron esta decisión la mandataria de Honduras, Xiomara Castro, y el boliviano Luis Arce, miembros de la Comunidad del Caribe (CARICOM), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

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Jueves, 19 Mayo 2022 05:42

Inflación, la coartada perfecta

Inflación, la coartada perfecta

“Los datos son negocios. Los datos son políticos. Y eso es particularmente pertinente en el caso de la inflación, porque las inflaciones son polémicas. Generan ganadores y perdedores. Por eso nos preocupamos por la inflación. Las cifras de inflación no son meramente descriptivas. Forman parte de la economía política del proceso que describen” (Adam Tooze)

“Voy detrás de los niños todo el día apagando la luz y después de los dos facturones que llegaron en invierno, en marzo dije que no podíamos poner la calefacción. Hubo días de mucho frío, pero no la encendimos y le ponía al pequeño el pijama, el ‘body’ y el polar en casa porque es que si no, no llegábamos a la primavera. Nos ha roto el invierno”. La angustiosa declaración corresponde a Estefanía, una joven trabajadora con dos hijos cuya pareja está en paro.

Por primera vez en cuatro décadas, la inflación desbocada se ha convertido en los últimos meses en una de las preocupaciones dominantes en todos los ámbitos de la sociedad, afectando duramente a las capas más empobrecidas. La angustia de Estefanía no es ni mucho menos un hecho puntual. Según el propio BCE, el presunto guardián de la estabilidad de precios, la situación es grave, especialmente para las clases populares: “La alta inflación actual perjudica especialmente a los hogares con rentas más bajas porque los artículos con tasas de inflación muy altas, como la energía y los alimentos, constituyen una parte comparativamente grande de la cesta de consumo”.

El súbito encarecimiento del coste de la vida dificulta enormemente la subsistencia cotidiana de millones de personas en una economía global “pospandémica” aquejada de niveles inéditos de desigualdad y de tasas de pobreza impactantes. Una situación que puede devenir explosiva -una de las causas del inicio de la Primavera Árabe de 2011 en Túnez y Egipto fue la brusca elevación de los precios de los alimentos- en el depauperado y expoliado Tercer Mundo:

“El índice mundial de precios de los alimentos se encuentra en el nivel más alto jamás registrado. Golpea a los pueblos que viven en Oriente Medio y el Norte de África, una región que importa más trigo que ninguna otra. Incluso con las subvenciones del gobierno, los habitantes de Egipto, Túnez, Siria, Argelia y Marruecos gastan entre el 35% y el 55% de sus ingresos en alimentos”

Sin embargo, desde los cenáculos del poder se trata de transmitir una imagen de calma tensa: el discurso oficial afirma que se trata de un brote agudo pero transitorio, producto de una “tormenta perfecta” provocada por la “conjunción astral” de varios shocks exógenos, intensos pero fugaces: el súbito volcado al consumo de la demanda embalsada durante la parálisis pandémica (la tasa de ahorro de los hogares españoles se redujo en un 13% en el cuarto trimestre de 2021); la intensa dislocación de las cadenas de suministros generada por los recurrentes cuellos de botella en los flujos comerciales globales y la enorme convulsión en los suministros energéticos, minerales y alimentarios sobrevenida a raíz de la guerra en Ucrania. Ninguna conexión por tanto, según el relato dominante, entre la inflación disparada y la devastación ambiental o el agotamiento acelerado de los pilares energético-materiales de nuestra sociedad depredadora, ni tampoco con las graves falencias estructurales que afectan a la espasmódica reproducción de capital desde hace décadas. Se trata únicamente de un sobresalto, grave pero accidental, en el “imparable” retorno a la senda de crecimiento tras el shock pandémico. Los “cisnes negros” de la guerra y la pandemia serían los únicos culpables de la brusca aceleración de la inflación de precios y de los peligros que se ciernen sobre la ansiada “vuelta a la normalidad”: agudo empobrecimiento de la población, con el consiguiente riesgo de recesión debido a la contracción del consumo; endurecimiento de la política monetaria y subida inminente de los tipos de interés, incrementando el riesgo de un súbito colapso de la colosal montaña de la deuda global; pánico de los ahorradores y rentistas, que asisten impotentes a la depreciación de sus “capitalitos”, y el resto de jinetes del Apocalipsis que desencadena la “bestia” inflacionaria (”el peor de los males que puede aquejar a una sociedad”, Milton Friedman dixit).

Mientras tanto, los gestores de la fábrica de dinero -la cúspide del poder global, coronada por la Reserva Federal y su billete verde- contienen la respiración atribulados ante una coyuntura que genera la peor de las pesadillas a los celosos “guardianes de la estabilidad de precios”: el espectro de la inflación desbocada acechando por el horizonte. El desconcierto y los vaivenes son continuos y las nerviosas invocaciones a la transitoriedad y excepcionalidad del momento de las prudentes “palomas” se alternan con los amenazadores augurios de los “halcones”, partidarios de endurecer drásticamente la política monetaria, en una pugna simulada que no logra ocultar la incapacidad del discurso dominante de dar cuenta del inusitado fenómeno.

Michael Roberts describe la desorientación de la ortodoxia: “La teoría económica dominante está ‘desconcertada’. De hecho, el miembro de la junta del BCE Benoit Coeure comentó recientemente: ‘La teoría económica está luchando con la teoría de la inflación. Los agregados monetarios y el monetarismo han sido abandonados y con razón. Las explicaciones de holgura doméstica (la curva de Phillips) han sido atacadas pero todavía sobreviven mal que bien’. Y Janet Yellen, ex presidenta de la Reserva Federal de EEUU comentó: ‘Nuestro marco para comprender la dinámica de la inflación podría estar ‘mal definido’ de manera fundamental’”. Un botón de muestra del grado de sofisticación esotérica de la cruzada antiinflacionaria de los money makers lo representa el hecho de que la teoría dominante está basada principalmente en las evanescentes “expectativas de inflación”, es decir, en hipótesis especulativas sobre el comportamiento futuro de los agentes. Como resumía Ben Bernanke, gobernador de la FED en plena vorágine del cataclismo de 2008: «un prerrequisito esencial para controlar la inflación es controlar las expectativas de inflación». Estamos sin duda en buenas manos.

Tampoco es ajena a tamaño desconcierto la manifiesta impotencia de las herramientas habituales antiinflacionarias de la banca central -restricción de liquidez al sistema financiero y elevación brusca de los tipos de interés- ante la convulsa coyuntura actual. Con los precios de los alimentos y de la energía disparados por el shock de oferta agudizado por la guerra en Ucrania -al que no es en absoluto ajeno el peak everything de energía y materiales que se agrava vertiginosamente a medida que el capitalismo desbocado choca con los límites biofísicos del planeta- los cancerberos del capital financiero se debaten entre Escila y Caribdis: obedecer inmediatamente su sagrado mandato antiinflacionario, retirando la política monetaria expansiva implantada masivamente tras el shock pandémico, con el riesgo de provocar una aguda recesión -la política monetaria es totalmente ineficaz ante los shocks de oferta, incluso tiende a agravarlos al destruir miles de empresas zombis endeudadas hasta las cejas reduciendo la oferta de productos y servicios e incrementando los precios-, o esperar impávidos a que se calmen las aguas, apelando a la transitoriedad del fenómeno, sin tomar medidas demasiado drásticas para no truncar la ansiada recuperación mientras los índices de precios escalan a niveles intolerables. Como mandan los cánones, el capo di tutti capi de Wall Street ya ha marcado el camino a seguir emprendiendo con decisión el endurecimiento de la política monetaria. Su lacayo de Frankfort, siempre más premioso e indeciso, no tardará en seguir la misma senda. Recordemos que el único mandato del Banco Central Europeo es un objetivo de inflación alrededor de un 2% y la cifra mágica ha sido largamente desbordada en los últimos meses: actualmente se halla en un impactante 7,5%, récord histórico desde el inicio de la circulación de la moneda única en 2002, desbordando una vez más los sistemáticamente fallidos pronósticos de los gurús de la criatura de Frankfort.

Ante esta situación de emergencia permanente en la que se halla el capitalismo espasmódico y el cúmulo de confusionismo imperante, se agolpan los interrogantes:¿cuáles son las causas reales del desbocado aumento de los precios que presenciamos actualmente? ¿Se trata de un brote agudo pero breve o estamos ante un cambio de paradigma en relación con la época de inflación contenida de las últimas décadas? ¿Cuáles serían, en definitiva, las razones de fondo que subyacen a la proclamación de la “estabilidad de precios” como primer mandamiento de las políticas neoliberales y como objetivo prioritario de la política monetaria de la banca central moderna?

La coartada perfecta

«La inflación es una enfermedad, una peligrosa y a veces fatal enfermedad que, si no es controlada a tiempo, puede destrozar una sociedad» (Milton Friedman)

«La inflación es como un ladrón en la noche» (William Mcchesney Martin, gobernador de la Reserva Federal)

No existe concepto más neurálgico en el núcleo de la ideología económica dominante en el último medio siglo que el de la omnipresente lucha contra la inflación. El “ladrón en la noche” deviene el hilo conductor que recorre todos los estratos de la ortodoxia teórica y del discurso político y mediático de los, como le gustaba decir a Marx, «espadachines a sueldo» del capital.

En el capítulo titulado «¿Cómo curar la inflación?» de su exitosa serie televisiva «Libre para elegir», el gurú neoliberal Milton Friedman se recrea, apareciendo repetidas veces con la impresora de billetes en la cámara acorazada de la Reserva Federal, en la idea del dinero como stock, que se vuelca irresponsablemente a la economía por el gobierno despilfarrador provocando inflación –«el peor de los males»– y miseria rampantes. Recordemos asimismo la célebre metáfora de Marshall, uno de los padres fundadores de la ortodoxia económica, que representa la esencia de la superchería dominante acerca del dinero-lubricante, con funciones meramente circulatorias de facilitador de los intercambios: «Una máquina no puede funcionar a menos que se engrase, de lo que un novicio pudiera inferir que cuanto más aceite se ponga mejor funcionará, pero, en realidad, si se pone más aceite del necesario la máquina quedará obstruida».

A partir de esta concepción mitológica del dinero como mero lubricante de los intercambios -en realidad, el 95% del dinero circulante es deuda creada del puro aire por la banca privada para la financiación de la acumulación y de las colosales burbujas de activos-, la “teología” económica edifica un monumental corpus teórico en aras de legitimar la embestida furibunda contra el Welfare State y las condiciones de vida de la clase trabajadora del último medio siglo. El monetarismo de Friedman -”una maldición terrible, un conjuro de espíritus malvados”, en la horrorizada descripción de Nicholas Kaldor- es la pseudoteoría que sirve de legitimación al encarnizamiento terapéutico neoliberal y la cruzada inflacionaria deviene la coartada perfecta para aplicar manu militari las políticas impopulares necesarias para restablecer la tasa de ganancia del capital en los países centrales tras la crisis de los años 70. El golpe contra las finanzas públicas y la consumación del “austericidio” son los daños colaterales de la aplicación de los mandamientos supremos de la gobernanza neoliberal: la banca central “independiente” -que deja a los estados «soberanos» postrados a los pies de los caballos de los despiadados mercados financieros-; los ajustes fondomonetaristas, que aplicaron el torniquete de la deuda externa y el fórceps de la apertura de capitales a través del llamado Consenso de Washington contra los infortunados pueblos del Tercer Mundo, y, last but not least, la destrucción de los sindicatos de clase y de las organizaciones antagonistas del movimiento obrero fordista, en aras de exacerbar la sobreexplotación y la precarización laborales, imperiosamente necesarias para el abaratamiento de la fuerza de trabajo que exigía la pertinaz crisis de rentabilidad del capital.

Para comprender la obsesión inflacionaria es por tanto imprescindible leer el “subconsciente” al discurso dominante para percibir que no se trata en absoluto de un mero expediente técnico, cuya manipulación en manos de expertos es necesaria para restablecer los equilibrios económicos alterados, sino de la envoltura tecnocrática del ejercicio del poder de clase del capital en su época crepuscular. La continua invocación del miedo a la bestia inflacionaria ha sido, en definitiva, la coartada perfecta del modelo vigente, la excusa ideal para destruir la función redistributiva del Estado y para otorgar sustrato pseudocientífico al sacrosanto mandamiento de las políticas de austeridad y de la agresión antiobrera. Como en la fábula de «Pedro y el lobo», la continua apelación al espectro inflacionario -durante décadas, los oráculos de la banca central han errado sistemáticamente en sus intentos de alcanzar su sagrado “objetivo de inflación”- ha servido de coartada a la aplicación del encarnizamiento terapéutico neoliberal, pero cuando el “ladrón en la noche” ha hecho realmente acto de presencia con estrépito, los cancerberos de la estabilidad de precios estaban totalmente desprevenidos.

Moreno describe la agenda oculta del culto al tótem inflacionario:

«El control de la inflación ha sido la trampa del modelo económico vigente. Y, como muestra de ello, basta revisar los datos de la distribución del ingreso en todos los países que han seguido la norma: en todos se ha ampliado la brecha entre ricos y pobres, con la omnipresente coartada del cuidado de los precios».

Así pues, para comprender cabalmente el marco histórico-político en el que se desarrolla la cruzada inflacionaria es necesario abandonar las supercherías del discurso del capital y ampliar el foco para iluminar los procesos reales que propulsan la desigualdad y el empobrecimiento rampantes de las clases populares. ¿Realmente representa el brote inflacionario en curso el factor clave para explicar el deterioro del poder adquisitivo de las clases populares o existen otros ámbitos ocultos donde se desarrolla desde hace décadas la expropiación imparable de los medios de subsistencia de los que dependen únicamente de la venta de su fuerza de trabajo? O, dicho de otro modo, ¿qué es lo que ocultan y cuáles son las consecuencias reales de las políticas neoliberales aplicadas por la dirigencia capitalista con la coartada de la cruzada inflacionaria?

Las inflaciones ocultas

«Se trata de vendarnos los ojos y de suscitar el temor a la inflación para justificar el mantenimiento del “ejército de reserva”, arguyendo que se intenta evitar que los salarios inicien una espiral “salarios-precios”. Curiosamente, nunca se oye hablar de una “espiral renta-precios” ni de una “espiral intereses-precios”, aunque esos costos también se deben tener muy en cuenta al fijar los precios» (William Vickrey)

Toda la “matraca” de la cruzada inflacionaria que presenciamos actualmente oculta en realidad las causas profundas de la espiral alcista de los precios de los productos básicos que sufre la clase trabajadora mientras mantiene al mismo tiempo en la penumbra los ámbitos donde realmente se desarrolla de forma más aguda desde hace décadas el deterioro de las condiciones de vida de las clases populares y la propulsión de la desigualdad social.

Hay dos graves omisiones que revelan la inconsistencia de las explicaciones ortodoxas de la inflación y de las políticas aplicadas para combatirla, desvelando asimismo su función meramente ideológica de cobertura pseudoteórica de las agresiones antiobreras de las políticas neoliberales: el papel neurálgico de la tasa de ganancia y las inflaciones «ocultas».

En primer lugar, se oculta sistemáticamente el papel clave de la tasa de beneficio -y con ella, del conflicto esencial del capitalismo entre comprador y vendedor de fuerza de trabajo- en la fijación de precios, más aun en los mercados oligopólicos que dominan los sectores productores de bienes y servicios básicos- v.gr. el aberrante sistema de fijación del precio de la electricidad en España, que ha provocado su desbocada escalada reciente-. A lo anterior se suman el papel de amplificador que tiene en la fijación del precio mundial de los alimentos y de las fuentes de energía el casino financiero y la creciente financiarización de los beneficios de las grandes multinacionales: «La baja rentabilidad en los sectores productivos de la mayoría de las economías ha estimulado el giro de las ganancias y la acumulación de efectivo de las empresas a la especulación financiera. El principal método utilizado por las empresas para invertir en este capital ficticio ha sido recomprar sus propias acciones». Las apuestas especulativas realizadas en los mercados de futuros y de commodities de Chicago y Londres, propulsadas por la inundación de liquidez de la política monetaria expansiva de los bancos centrales, disparan los precios de los bienes de los que depende la subsistencia de los parias de la tierra. Las abultadas cuentas de resultados de las grandes corporaciones, enfocadas en el reparto de suculentos dividendos y en el “retorno al accionista”, y las dimensiones mastodónticas del capital ficticio especulativo que fagocita aceleradamente la riqueza global son por tanto los culpables principales de la escalada de precios que amenaza con imposibilitar la subsistencia cotidiana de millones de desheredados de los frutos del bienestar capitalista.

Roberts estima en cerca de la mitad -otras estimaciones incluso la superan- el peso del ascenso desorbitado de los beneficios empresariales tras la pandemia en el brusco incremento de la inflación que aqueja a la economía imperial: “Justo antes de la pandemia, en 2019, las corporaciones estadounidenses no financieras obtuvieron alrededor de un billón de dólares al año en beneficios, más o menos. Esta cantidad se había mantenido constante desde 2012. Pero en 2021, estas mismas empresas ganaron alrededor de 1,73 billones de dólares al año. Esto significa que el aumento de los beneficios de las empresas estadounidenses representa el 44% del aumento inflacionario de los costes. Sólo los beneficios de las empresas están contribuyendo a una tasa de inflación del 3% en todos los bienes y servicios en EEUU”. Estos precios acrecentados están por lo tanto asociados a la urgencia por recomponer la pérdida de rentabilidad acaecida durante la fulminante pero breve recesión provocada por la pandemia. Como resume Michel Husson: “La inflación resulta principalmente de la voluntad de las empresas de enderezar su tasa de beneficio si ella es inferior al nivel que desean».

Estamos ante el “elefante en la habitación” del discurso tecnocrático de la ideología dominante: la inflación no es un mero resultado aséptico de la interacción de factores objetivos -demanda de los consumidores, costes de producción, cantidad de dinero en circulación, etc.- sino la expresión palmaria del conflicto insoluble por la apropiación del excedente económico entre el trabajo y el capital. Y no parece necesario aclarar quién se lleva el gato al agua: la clave de la comprensión de la inflación y de las políticas para combatirla reside, en definitiva, en preguntarse quién está en condiciones de establecer precios -fijando por tanto el margen del que surge la rentabilidad del capital- en el capitalismo realmente existente. Estamos ante la pregunta “maldita” para la ortodoxia de la teoría económica burguesa. Astarita describe el núcleo de la ocultación: “todo está orientado para que un estudiante se reciba de economista sin haberse preguntado jamás de dónde y cómo surge la ganancia del capital. En última instancia, se trata de la ‘pregunta maldita’ para la economía política burguesa. Y al arte de este ocultamiento, se le llamará ciencia económica”.

La historia reciente demuestra fehacientemente lo anterior: la ardua y precaria recuperación de la tasa de ganancia tras la crisis de los años 70 se logró a través de la inflación de precios y de la agresión antiobrera perpetrada a lo largo del primer embate de las políticas neoliberales. La derrota absoluta de la clase trabajadora en los años 80 permitió que las tasas de ganancia aumentaran y que la inflación en los países centrales disminuyera en los años siguientes: “La caída de la inflación en las últimas décadas tuvo como telón de fondo una fuerte ofensiva del capital sobre la clase obrera y los movimientos populares (…) Esto es, incrementar el disciplinamiento del trabajo a la lógica del mercado y el capital, en respuesta a la crisis de sobreproducción y rentabilidad de los 1970. La reacción monetarista fue su expresión”.

Nicholas Kaldor desvela la agenda oculta tras la cruzada inflacionaria de los años setenta: «La subida de tipos de interés y los recortes brutales de gasto habían derrotado a la inflación reduciendo la demanda. Era pues la contracción en la producción y el empleo lo que había derrotado a la inflación. El control de la oferta monetaria y la lucha contra la inflación no eran más que unas convenientes cortinas de humo que daban una coartada ideológica para medidas tan antisociales».

Destacar el papel clave del conflicto de clases esencial al sistema de la mercancía en la fijación de precios proporciona asimismo la explicación del «misterio» de la ausencia absoluta de inflación tras la debacle financiera de 2008, cuando la tasa de beneficio se recuperó con la misma rapidez que actualmente y los bancos centrales insuflaron colosales manguerazos de liquidez a un sistema financiero exánime: la sobreexplotación laboral y el austericidio, que caracterizaron el embate del capital tras la crisis subprime, deprimieron el nivel salarial y engordaron el “ejército de reserva” sin necesidad de subir los precios. Josh Bivens aclara el agudo contraste entre los dos shocks:

“En recuperaciones anteriores, el crecimiento de la demanda interna fue lento y el desempleo fue elevado en las primeras fases de la recuperación. Esto llevó a las empresas a desesperarse por obtener más clientes, pero también les dio la ventaja en la negociación con empleados potenciales, lo que condujo a un crecimiento moderado de los precios y a la contención de los salarios. Esta vez, la pandemia disparó la demanda en los sectores duraderos y el empleo se recuperó rápidamente, pero el cuello de botella para satisfacer esta demanda en el lado de la oferta no fue en gran medida la mano de obra . En cambio, fue la capacidad de envío y otras carencias no laborales. Las empresas que tenían oferta disponible cuando se produjo el aumento de la demanda provocado por la pandemia tenían un enorme poder de fijación de precios frente a sus clientes”.

En resumen, mientras que tras el colapso de Lehman Brothers la rápida recuperación de la tasa de ganancia del capital se realizó a través del mecanismo clásico del aumento de la tasa de explotación, actualmente se ha producido principalmente mediante la inflación de precios en un entorno de fuerte aceleración de una economía global espasmódica.

La configuración descrita agudiza hasta extremos inauditos las contradicciones de la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado. La propulsión de los niveles de desigualdad y de pobreza provocada por el torniquete de las políticas neoliberales genera una, potencialmente autodestructiva, contradicción en la capacidad de reproducción ampliada del capitalismo neoliberal: ¿Cómo puede mantenerse la tasa de ganancia del capital ante la intensa depresión del consumo de las masas que podrían provocar los lacerantes niveles de desigualdad y el empobrecimiento de amplias capas de la población? La respuesta es la clave de bóveda de la política del capital en el último medio siglo: la deuda “a muerte” y la inflación de activos -las inflaciones ocultas- son los ámbitos donde se extrae la parte del león de la ganancia del capital que mantiene la maquinaria depredadora en funcionamiento.

Tras el colapso de 2008, la maltrecha tasa de ganancia de las grandes corporaciones, financieras y no financieras, no se ha restablecido a través de la inflación de precios, como en la primera fase neoliberal de los años 70, sino a través de la inflación de activos y de la expansión descontrolada de la deuda y del castillo de naipes del casino financiero global. Sobreexplotación laboral y deuda «a muerte», por un lado, y capital ficticio desbocado, por el otro, representan por tanto las dos caras de la moneda de la aberrante matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado.

Roberts describe la estrecha conexión entre la inundación de liquidez en el casino financiero con el dinero fresco del rescate realizado por los bancos centrales tras la debacle de 2008 -la taumatúrgica QE, que significó el salvamento del sistema financiero global- y la agudización de la desposesión rentista de las clases populares mediante el incremento astronómico del precio de los activos financiero-inmobiliarios:

“Pero las tasas de inflación no aumentaron cuando los bancos centrales inyectaron trillones en el sistema bancario para evitar un colapso durante la crisis financiera mundial de 2008-9 o durante la pandemia de COVID. Todo ese crédito monetario procedente de la ‘flexibilización cuantitativa’ acabó siendo una financiación a coste casi nulo para la especulación financiera e inmobiliaria. La inflación tuvo lugar en los mercados de valores y de la vivienda, no en las tiendas”.

Tal configuración patológica del capitalismo actual desmiente de raíz el mito esparcido por doquier por los «espadachines a sueldo» del capital de que la inflación de precios es la mayor pesadilla de la banca y de los tiburones de las finanzas globales al deprimir los tipos de interés reales -la banca, como prestatario, sufriría graves pérdidas al depreciarse el valor del dinero de los préstamos con tipos de interés reales negativos, tras descontar la inflación desbocada al tipo nominal-.

Lo anterior es sin embargo una falacia que oculta los ámbitos reales donde se desarrolla el negocio cautivo y enormemente lucrativo de la fábrica de dinero en manos privadas. La rentabilidad de la banca -como demuestran las mareantes cifras de beneficios que obtiene sistemáticamente- no depende principalmente del diferencial de tipos de interés entre préstamos y depósitos sino de su papel neurálgico en el casino financiero global. Lapavitsas destaca el punto esencial de la transformación de la banca en un actor especulativo, el detonante del crack de 2008: «La banca tradicional contrasta con la banca titulizada, en tanto que la primera consiste en el negocio de hacer préstamos y contraer deudas y su principal fuente de financiación son los depósitos a la vista garantizados; mientras que la segunda consiste en el negocio de la colocación y reventa de los préstamos y su principal fuente de financiación son los acuerdos de recompra. Mientras que un pánico bancario tradicional equivale a una retirada masiva de depósitos, un pánico bancario de un banco titulizado equivale a la retirada masiva de acuerdos de recompra (repos)».

Las privatizaciones de servicios esenciales (agua, gas, electricidad, telecomunicaciones), características del masivo proceso de expropiación de los «comunes», financiado y promovido activamente por la banca privada, han representado asimismo otra enorme punción de la riqueza social, destinada a engrosar las cuentas de resultados de los oligopolios energéticos y de la gran banca: el incremento exponencial de los precios energéticos que presenciamos actualmente dispara los suculentos beneficios de la banca privada, accionista mayoritario de los mismos.

Y por si lo anterior fuera poco, el negocio bancario actual está garantizado por las políticas -totalmente ajenas al sacrosanto libre mercado competitivo- de salvamento permanente a cargo del banco central, el prestamista de última instancia, el mamporrero del sistema financiero privado, y por el privilegio exorbitante del monopolio de la financiación de los estados, fuente de pingües beneficios y pilar maestro de la completa amputación de la soberanía nacional. La fábrica de dinero privada no tiene por tanto que preocuparse demasiado por los bruscos vaivenes inflacionarios: su privilegiada posición, en la cúspide del gran capital corporativo, y su abultada cuenta de resultados están a buen recaudo.

La configuración anterior, profundamente rentista y parasitaria, de la matriz de rentabilidad del capitalismo realmente existente tiene un inicuo efecto en los ámbitos reales donde se desarrolla de forma cada vez más aguda la expropiación y el empobrecimiento de las clases trabajadoras: las inflaciones ocultas.

El desproporcionado crecimiento de los precios de los activos inmobiliarios -piedra miliar, a pesar de los desastres recientes, del modelo productivo de la piel de toro- no se refleja en absoluto en el índice de precios al consumo, al considerarse la vivienda, en las estadísticas de la contabilidad nacional, un bien de inversión: la acusada revalorización del mercado en los últimos años no sólo no es preocupante para los guardianes de la estabilidad de precios, sino que, bien al contrario, es una señal de la buena marcha de la economía a través del «efecto riqueza» que genera en el patrimonio de sus propietarios, que representan la mayoría silenciosa que sustenta el bloque dominante en el sistema partitocrático vigente. Sin embargo, los abultados intereses de las hipotecas sí son gasto puro, aunque no estén incluidos tampoco en el IPC al no ser etiquetados como gastos de consumo sino financieros. Marx se refería a esta extracción de rentas financiero-inmobiliarias como una explotación secundaria: “Trátase de una explotación secundaria, que discurre a la sombra de la explotación primaria, o sea, la que se realiza directamente en el mismo proceso de producción”. Para más inri, el gasto en alquiler (un 2,5% en la cesta de la compra que sirve de base para el cálculo del IPC) está enormemente infravalorado al ser abrumadoramente mayoritario –un 80% del total– en España el parque de vivienda en propiedad. La subida del 40% del alquiler en las grandes ciudades españolas en el último lustro, que afecta agudamente a la subsistencia cotidiana de las capas más humildes de la clase trabajadora, sólo se refleja de forma mínima en el IPC. Por lo tanto, el principal ámbito de desposesión y expropiación financiera de las clases populares resulta totalmente ignorado por los «guerreros de la inflación». No se trata obviamente de un hecho casual: no se ve lo que no se quiere mirar.

En palabras de Michael Hudson, «se trata de convertir a la economía toda en una enorme colección de puestos de peaje», a mayor gloria de la profusa provisión de rentas encauzada hacia los que «se enriquecen mientras duermen». Las crecientes cargas financieras derivadas de las astronómicas deudas pública y privada representan asimismo un ámbito oculto de expropiación de riqueza real de las clases populares a través de los precios inflados de los bienes y servicios, debido a los abultados flujos de intereses sufragados por los productores. Una máquina de succión que potencia las elevadísimas cotas que alcanza actualmente la desigualdad social: se estima que únicamente el decil superior de las escalas de renta y de riqueza patrimonial percibe ingresos netos de intereses y demás rentas financieras, mientras que el 90% restante son pagadores netos –incluso los que no tienen ningún producto financiero ni crédito bancario-. La inflación de rentas inmobiliarias, los masivos costes financieros sufragados y la privatización absoluta de todos los ámbitos decisivos para la subsistencia cotidiana de las clases populares han sido desde hace medio siglo los mecanismos de extracción de riqueza de abajo hacia arriba que han desembocado en el actual panorama de desigualdad y pobreza rampantes. Todo ello, ni que decir tiene, con la entusiasta bendición de los aguerridos guerreros contra la inflación.

Así pues, más allá del omnipresente debate acerca de si el brote inflacionario actual es temporal o duradero, o incluso de si estamos en la antesala de un periodo de deflación por la reducción del consumo y la depresión inducida que desencadenará el brusco giro de la política monetaria de la fábrica de dinero, lo realmente relevante es que la matriz de rentabilidad del capitalismo desquiciado seguirá extrayendo caudalosos flujos de la expropiación financiera y rentista de las clases populares a través de las inflaciones ocultas y de la sobreexplotación laboral, absorbiendo a borbotones la escasa porción de la riqueza social recibida por quienes se ganan el pan con el sudor de su frente. Por lo tanto, resulta perentorio disipar las cortinas de humo de los espadachines a sueldo del capital, cuyas cínicas apelaciones a la excepcionalidad de los agudos conflictos actuales y su ilusoria confianza en la posibilidad de la ansiada vuelta a la normalidad, no son más que cantos de sirena que pretenden ocultar el hecho desnudo de que sólo la superación de este modo de organización de la vida humana depredador y suicida permitirá la consecución de un orden social racional en un planeta habitable.

Blog del autor: https://trampantojosyembelecos.wordpress.com/2022/05/15/inflacion-la-coartada-perfecta/

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