Fuentes: Rebelión [Imagen: HispanTV]

“…No se olviden

De la rosa de la rosa

De la rosa de Hiroshima

La rosa hereditaria

La rosa radioactiva

Estúpida e inválida

La rosa con cirrosis

La anti-rosa atómica

Sin color sin perfume

Sin rosa sin nada”.

(Vinícius de Moraes)

Hace pocos meses del 76° aniversario del bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, por parte de EEUU, las perspectivas del uso de armas nucleares siguen siendo tan peligrosas como en cualquier otro momento desde el apogeo de la Guerra Fría, como lo ha señalado la propia Secretaria General Adjunta y Alta Representante para Asuntos de Desarme de la ONU, Izumi Nakamitsu.

La argumentación central para la defensa del mantenimiento de armas nucleares, muchas veces, es la posibilidad de “disuasión”. Sin embargo, la legitimidad de esa estratégia queda tenuemente sostenida bajo la confianza de que los Estados actúan con base en correlaciones honestas en un mundo cada vez más transfigurado a consecuencia de las fake news. 

De este modo, la posibilidad de aniquilamiento de otras naciones o del propio planeta puede originarse de una operación de falsa bandera o, incluso, de una acción criminal de secuestro de informaciones y manipulación del sistema. Sobre esta última conjetura, recordemos el “terrorismo nuclear” perpetrado por Israel contra Irán, el semestre pasado,   divulgado por la propia radio pública de Israel (Kan) como siendo un ciberataque de autoría del Mossad.

El referido acto terrorista generó un corte de energía eléctrica en la planta de enriquecimiento de uranio del país persa, causando el cierre de instalaciones enteras de esta industria nuclear, que tiene fines pacíficos, ubicada en un país signatario del Tratado de No-Proliferación de Armas Nucleares (TNP) y que es vigilado por inspectores de las Naciones Unidas, al contrario del atacante. Israel, además de nunca haber firmado el TNP, es poseedor de un arsenal nuclear no declarado y sin el monitoreo de ningún organismo internacional. 

Este año, fotos satelitales analizadas por The Associated Press (AP), revelaron el mayor proyecto de instalación nuclear israelí, en décadas. En las cercanías del Centro de Investigación Nuclear Shimon Peres, fue detectada una instalación con varios laboratorios subterráneos que actúan en la obtención de plutonio destinado al programa de bombas nucleares israelíes, como lo ha denunciado la AP. 

Todo eso, bajo el control estricto solamente del país que más ha boicoteado y saboteado los acuerdos internacionales de promoción de la paz, además de impulsar sistemáticas masacres al pueblo palestino y ser complice directa o indirectamente de persecusiones y asesinatos políticos en otras partes del mundo, y como que por milagros más asombrosos que los del antiguo testamento, caen en el total olvido, y consecuente impunidad. 

Asimismo, Israel cuenta con EEUU como su principal aliado, el único país que ha lanzado bombas atómicas contra otras naciones, y que ha abandonado el Tratado de Cielos Abiertos, el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio, y el Acuerdo con Irán, que han sido estratégicos para el control del armamento nuclear. 

Hace poco fue realizada, en Escocia, la Conferencia de Glasgow y las repercusiones de la ruptura del Tratado de París, por parte del gobierno de Trump, siguen evidenciadas pese a que el actual presidente Biden se pronunció favorable al acuerdo climático. Muchos analistas se refirieron a la cumbre como vaciada de densidad política y de acciones multilaterales unificadas.

Aunque innumerables veces este vínculo es subestimado o a propósito invisibilizado, hay una relación intrínseca entre la crisis climática y la militarización, sobretodo cuando hablamos de armas nucleares y el impacto humano y ecológico que ellas implican; no sólo cuando son disparadas contra otros pueblos, pero también en su proceso de elaboración, ensayos, bien como los desechos de residuos tóxicos que expelen. Todo eso, sin hablar del enorme desvío de recursos económicos que son destinados a esa industria de destrucción masiva en detrimento de inversión en la calidad de vida de los diversos seres y ecosistemas del planeta. 

La organización internacional Pax Christi, ha dicho con razón que “las armas nucleares y el cambio climático son dos de las mayores amenazas que enfrenta el mundo” y que “el cambio climático amenaza a todas las vidas y responder a él implica desviar las prioridades y los recursos de las fuerzas armadas y la guerra, hacia una paz justa y sostenible”.

Por otro lado, hay una confusión retórica muy, convenientemente, difundida principalmente por las potencias nucleares, y esta se refiere a la seguridad climática en una asociación alevosa con seguridad militarizada, como lo ha señalado en distintas ocasiones el Transnational Institute (TNI). 

En nombre del estatus de superpotencia que las armas nucleares confieren en el tablero mundial, representantes de esos Estados abogan una interpretación militarista donde la amenaza climática queda arbitrariamente designada conforme a las actividades humanas que puedan herir los privilegios de su establishment y no propiamente el tejido comunitario-ambiental. 

No por casualidad, una estratega del Departamento de Defensa de Estados Unidos, citado por el TNI, refiere, sobre la seguridad climática, que se puede prever “una era de conflicto persistente… un entorno de seguridad mucho más ambiguo e impredecible que el que se enfrentó durante la Guerra Fría”. 

A partir de esas inquietudes y llevando en consideración que, en el año 2022, se realizará la primera reunión del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares, el cual todos los Estados debieran firmar, y la Conferencia de Revisión de las partes del Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares (TNP), hace falta un mayor compromiso multilateral en poner estos temas en la arena del debate público, y quitarle esa aureola oscurantista de que su contenido debe estar restringido a los pasillos de determinadas cumbres o departamentos de defensa. 

Mientras no nos posicionarnos, organizaciones delincuentes, anacrónicas y belicosas como la OTAN, seguirán disputando, literalmente con todas sus armas, ese espacio que dice respecto a toda la humanidad. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha dicho que la seguridad y el clima son «dos caras de la misma moneda». Ya es bien conocido cuanto cuesta caro la moneda de esta Alianza, el cambio siempre resulta en enormes pérdidas de vidas humanas y depredación territorial. 

Esa opacidad de datos y discusiones acerca de la industria del armamento nuclear y su modus operandi, a la espalda de la opinión pública, favorece su impacto exponencial en el cambio climático. Cuanto más nos movilizamos, aunque con acciones que representan un grano de mostaza frente a un “little boy” (nombre de la bomba atómica lanzada contra Hiroshima), más demostramos nuestra opción por la primavera de la coexistencia pacífica entre los pueblos. Y, en esa primavera, ninguna anti-rosa atómica será bienvenida.

Por Olga Pinheiro | 01/12/2021

Olga Pinheiro es parte de la Revista El Derecho de Vivir en Paz

Publicado enMedio Ambiente
Padecen hambre 59.7 millones de personas en AL, alerta la ONU

Crítica situación en términos de seguridad alimentaria en la zona

 

El hambre en América Latina y el Caribe está en su punto más alto desde 2000, después de un aumento de 30 por ciento reigistrado entre 2019 y 2020 en el número de personas que enfrentan inseguridad alimentaria, lo que representa 13.8 millones de habitantes, alertaron ayer varias agencias de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

En un nuevo informe, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, la Organización Panamericana de la Salud, el Programa Mundial de Alimentos y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia muestran cómo "en sólo un año el número de personas que viven con hambre ha crecido en 13.8 millones", para un total de 59.7 millones de personas.

El panorama regional de seguridad alimentaria y nutricional 2021 apunta a que la prevalencia del hambre en el área se ubica actualmente en 9.1 por ciento, la más alta de los últimos 15 años.

Esto se traduce en que cuatro de cada 10 personas en la zona –267 millones– experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave en 2020 –60 millones más que en 2019–, lo que significa un aumento de 9 por ciento, el más pronunciado en relación con otras regiones del mundo. Además, en Sudamérica, la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave aumentó 20.5 por ciento entre 2014 y 2020, mientras en Mesoamérica hubo un aumento de 7.3 puntos durante el mismo periodo.

No obstante, señalan las agencias, la inseguridad alimentaria grave, es decir, personas que se han quedado sin alimentos o han pasado un día o más sin comer, alcanzó 14 por ciento en 2020, lo que supone un total de 92.8 millones, un fuerte incremento en comparación con 2014, cuando afectaba a 47.6 millones.

Dentro de este panorama de inseguridad alimentaria, por otro lado, no se han visto afectados de igual forma hombres y mujeres, ya que en 2020, 41.8 por ciento de las mujeres de la región experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave, en comparación con 32.2 por ciento de los varones. Esta disparidad incluso ha ido en aumento en los últimos seis años.

"Debemos decirlo fuerte y claro: América Latina y el Caribe enfrentan una situación crítica en términos de seguridad alimentaria. Ha habido un aumento de casi 79 por ciento en la cantidad de personas con hambre entre 2014 y 2020", denunció el representante regional de la FAO, Julio Berdegué, quien indicó que si bien la pandemia ha agravado la situación "el hambre ha ido en aumento desde 2014".

Sobrepeso y obesidad

Otra de las grandes preocupaciones en América Latina sigue siendo el sobrepeso y la obesidad. El informe advierte que se está perdiendo la batalla contra otras formas de malnutrición: 106 millones de personas, lo que supone que uno de cada cuatro adultos, padecen obesidad. Entre 2000 y 2016 se notificó un aumento de 9.5 por ciento en el Caribe, 8.2 en Mesoamérica y 7.2 en América del Sur.

El sobrepeso infantil también ha ido en aumento desde hace 20 años; hasta 2020 se reportó que 3.9 millones de niños y niñas –7.5 por ciento de ellos menores de cinco años– tenían sobrepeso, casi 2 por ciento por arriba del promedio mundial.

En este contexto, América del Sur muestra la mayor prevalencia de sobrepeso en niños y niñas, con 8.2 por ciento, seguida por el Caribe con 6.6 y Mesoamérica con 6.3.

"En América Latina y el Caribe, el Covid-19 ha empeorado una crisis de malnutrición prexistente. Con los servicios interrumpidos y los medios de vida devastados, las familias tienen más dificultades para poner alimentos saludables en la mesa, lo que deja a muchos menores con hambre y a otros con sobrepeso", lamentó el director regional de Unicef para América Latina y el Caribe, Jean Gough.

Esta situación ha llevado a la ONU a pedir "acciones urgentes" para detener el aumento del hambre, la inseguridad alimentaria y la malnutrición, por lo que ha llamado a los países de la región a "tomar medidas para transformar sus sistemas agroalimentarios y hacerlos más eficientes, resilientes, inclusivos y sostenibles".

Por Europa Press

Publicado enSociedad
En la imagen un registro de archivo de trabajadores informales en Colombia. EFE/Miguel Gutiérrez

En Colombia, junto con Brasil, también fue donde más cayó el empleo durante la pandemia. En el país los niveles de ingresos de más del 60 % de los hogares no muestran signos de recuperación

 

Después de Haití, Colombia es el segundo país con mayor tasa de desempleo Latinoamérica y, junto con Brasil, la nación donde más cayó el empleo durante la pandemia. Así lo dejó en evidencia el informe “Una recuperación desigual: las secuelas de COVID-19 en América Latina y el Caribe”, difundido el 29 de noviembre por el Banco Mundial (BM) y el PNUD.

El reporte, basado en encuestas telefónicas ahonda en aspectos como el mercado laboral, la seguridad alimentaria, las brechas de género, salud y educación, además del acceso a los servicios bancarios y digitales. El país preocupa en más de uno de ellos.

A nivel región el informe evidencia que cerca de la mitad de los hogares no ha podido recuperar el nivel de ingresos habitual antes de la pandemia, más allá del apoyo de los gobiernos para solventar la crisis. También evidenció un aumento de la informalidad laboral y cómo naciones como Colombia están quedadas en cuanto a la recuperación en este ítem.

Mientras en Latinoamérica el empleó cayó en 11 puntos porcentuales desde la emergencia sanitaria, “Colombia y Brasil exhiben las brechas más grandes en comparación con los niveles pre pandémicos, con la relación empleo-población de cada uno 17 puntos porcentuales más baja”, se lee en el documento. Preocupa, además, el caso ecuatoriano, donde el empleo cayó en un 14 %. En el componente de mercados laborales, los países que más se recuperaron fueron: Dominica, México, Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

El informe también muestra que:

“Después de Haití, un país afectado por más de una conmoción desde 2019, Colombia presenta la tasa más alta de pérdida de empleo, de 36 por ciento, con aproximadamente la mitad de los adultos en edad productiva habiendo abandonado la fuerza laboral”.

Las más afectadas en la región por la pérdida del empleo fueron las mujeres, con un 39 %, en comparación con los hombres, 18 %; quienes más padecieron, según los datos consolidados por el BM y el PNUD, fueron las madres de menores de cinco años.

A nivel de ingresos, el panorama de Colombia tampoco es muy alentador. En este país, al igual que en Bolivia, Paraguay, Ecuador, los niveles de ingresos de más del 60 % de los hogares aún no muestran signos de recuperación comparables a los niveles anteriores de la pandemia. La media, a nivel región, es del 50 %.

Respecto al acceso a servicios de salud, Haití, Ecuador y Colombia siguen “enfrentando limitaciones para brindar atención”, indica el documento. En el caso del vecino país, el 11 % de los hogares del país todavía no tiene acceso, aunque el panorama es más alentador si se tiene en cuenta que en 2020 llegó a ser del 50 %.

Otro aspecto en el que a Colombia no le está yendo bien es el acceso a servicios bancarios y digitales, en el que a nivel región los mayores obstáculos son los altos costos, los cortes de energía y la mala calidad de la conectividad para utilizar Internet. En el país, al igual que en Haití y en Perú, se comprobó la dificultad de acceso a la red por el elevado costo que ello implica.

30 de Noviembre de 2021

Publicado enEconomía
Domingo, 28 Noviembre 2021 11:31

La segunda oleada progresista latinoamericana

En Caracollo, partidarios del gobierno boliviano participaron en la Marcha por la Patria el martes pasado. Foto Ap

El mundo está atravesando una transición política-económica estructural. El viejo consenso globalista de libre mercado, austeridad fiscal y privatización que encandiló a la sociedad mundial durante 30 años, hoy se ve cansado y carece de optimismo ante el porvenir. La crisis económica de 2008, el largo estancamiento desde entonces, pero principalmente el lockdown de 2020 han erosionado el monopolio del horizonte predictivo colectivo que legitimó el neoliberalismo mundial. Hoy, otras narrativas políticas reclaman la expectativa social: flexibilización cuantitativa para emitir billetes sin límite; Green New Deal, proteccionismo para relanzar el empleo nacional, Estado fuerte, mayor déficit fiscal, más impuestos a las grandes fortunas, etc., son las nuevas ideas-fuerza que cada vez son más mencionadas por políticos, académicos, líderes sociales y la prensa del mundo entero. Se desvanecen las viejas certidumbres imaginadas que organizaron el mundo desde 1980, aunque tampoco hay nuevas que reclamen con éxito duradero el monopolio de la esperanza de futuro. Y mientras tanto, en esta irresolución de imaginar un mañana más allá de la catástrofe, la experiencia subjetiva de un tiempo suspendido carente de destino satisfactorio agobia el espíritu social.

América Latina se adelantó a estas búsquedas mundiales hace más de una década. Los cambios sociales y gubernamentales en Brasil, Venezuela, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Nicaragua, dieron cuerpo a esta "primera oleada" de gobiernos progresistas y de izquierda que se plantearon salir del neoliberalismo. Más allá de ciertas limitaciones y contradicciones, el progresismo latinoamericano apostó a unas reformas de primera generación que logró tasas de crecimiento económico entre 3 y 5 por ciento, superiores a las registradas en tiempos anteriores. Paralelamente, se redistribuyó de manera vigorosa la riqueza, lo que permitió sacar de la pobreza a 70 millones de latinoamericanos y de la extrema pobreza a 10 millones. La desigualdad cayó de 0.54 a 0.48, en la escala de Gini y se aplicó un incremento sostenido del salario y de los derechos sociales de los sectores más vulnerables de la población que inclinó la balanza del poder social en favor del trabajo. Algunos países procedieron a ampliar los bienes comunes de la sociedad mediante la nacionalización de sectores estratégicos de la economía y, como en el caso de Bolivia, se dio paso a la descolonización más radical de la historia, al lograr que los sectores indígena-populares se constituyan en el bloque de dirección del poder estatal.

Esta primera oleada progresista que amplió la democracia con la irrupción de lo popular en la toma de decisiones, se sostuvo sobre un flujo de grandes movilizaciones sociales, descrédito generalizado de las políticas neoliberales, emergencia de liderazgos carismáticos portadores de una mirada audaz del futuro y un estado de estupor de las viejas élites gobernantes.

La segunda oleada progresista

La primera oleada del progresismo latinoamericano comenzó a perder fuerza a mediados de la segunda década del siglo XXI, en gran parte, por cumplimiento de las reformas de primera generación aplicadas.

El progresismo cambió la tasa de participación del excedente económico en favor de las clases laboriosas y el Estado, pero no la estructura productiva de la economía. Esto inicialmente le permitió transformar la estructura social de los países mediante la notable ampliación de las "clases medias", ahora con mayoritaria presencia de familias provenientes de sectores populares e indígenas. Pero la masificación de "ingresos medios", la extendida profesionalización de primera generación, el acceso a servicios básicos y vivienda propia, etc., modificó no sólo las formas organizativas y comunicaciones de una parte del bloque popular, sino también su subjetividad aspiracional. Incorporar estas nuevas demandas y darle sostenibilidad económica en el marco programático de mayor igualdad social, requería modificar el modo de acumulación económica y las fuentes tributarias de retención estatal del excedente.

La incomprensión en el progresismo de su propia obra y la tardanza en plantarse los nuevos ejes de articulación entre el trabajo, el Estado y el capital, dieron paso desde 2015 a un regreso parcial del ya enmohecido programa neoliberal. Pero, inevitablemente, este tampoco duró mucho. No había novedad ni expansivo optimismo en la creencia religiosa en el mercado, sólo un revanchismo enfurecido de un "libre mercado" crepuscular que desempolvaba lo realizado en los años 90 del siglo XX: volver a privatizar, a desregular el salario y concentrar la riqueza.

Ello dio pie a la segunda oleada progresista que desde 2019 viene acumulando victorias electorales en México, Argentina, Bolivia, Perú y extraordinarias revueltas sociales en Chile y Colombia. Esto enmudeció esa suerte de teleología especulativa sobre el "fin del ciclo progresista". La presencia popular en la historia no se mueve por ciclos, sino por oleadas. Pero claro, la segunda oleada no es la repetición de la primera. Sus características son distintas y su duración también.

En primer lugar, estas nuevas victorias electorales no son fruto de grandes movilizaciones sociales catárticas que por su sola presencia habilitan un espacio cultural creativo y expansivo de expectativas transformadoras sobre las que puede navegar el decisionismo gubernamental. El nuevo progresismo resulta de una concurrencia electoral de defensa de derechos agraviados o conculcados por el neoliberalismo enfurecido, no de una voluntad colectiva de ampliarlos, por ahora. Es lo nacional-popular en su fase pasiva o descendente.

Es como si ahora los sectores populares depositaran en las iniciativas de gobierno el alcance de sus prerrogativas y dejaran, de momento, la acción colectiva como el gran constructor de reformas. Ciertamente, el "gran encierro" mundial de 2020 ha limitado las movilizaciones, pero curiosamente no para las fuerzas conservadoras o sectores populares allí donde no hay gobiernos progresistas, como Colombia, Chile y Brasil.

Una segunda característica del nuevo progresismo es que llega al gobierno encabezado por liderazgos administrativos que se han propuesto gestionar de mejor forma en favor de los sectores populares, las vigentes instituciones del Estado o aquellas heredadas de la primera oleada; por tanto, no vienen a crear unas nuevas. Dicho de otra manera, no son liderazgos carismáticos, como en el primer progresismo que fue dirigido por presidentes que fomentaron una relación efervescente, emotiva con sus electores y disruptivas con el viejo orden. Sin embargo, la ausencia de "relación carismática" de los nuevos líderes no es un defecto sino una cualidad del actual tiempo progresista, pues fue por esa virtud que fueron elegidos por sus agrupaciones políticas para postularse al gobierno y, también, por lo que lograron obtener la victoria electoral. En términos weberianos, es la manera específica en que se rutiniza el carisma, aunque la contraparte de ello será que ya no puedan monopolizar la representación de lo nacional-popular.

En tercer lugar, el nuevo progresismo forma ya parte del sistema de partidos de gobierno, en cuyo interior lucha por ser dirigente. Por tanto, no busca desplazar el viejo sistema político y construir uno nuevo como en la primera época, lo que entonces le permitió objetivamente enarbolar las banderas del cambio y de la transgresión por exterioridad al "sistema tradicional". Lo que ahora se proponen es estabilizarlo preservando su predominancia, lo que los lleva a una práctica moderada y agonista de la política.

En cuarto lugar, la nueva oleada progresista tiene al frente a unos opositores políticos cada vez más escorados hacia la extrema derecha. Las derechas políticas han superado la derrota moral y política de la primera oleada progresista y, aprendiendo de sus errores, ocupan las calles, las redes y levantan banderas de cambio.

Han cobrado fuerza social mediante implosiones discursivas reguladas que las ha llevado a enroscarse en discursos antiindígena, antifeminista, antiigualitarista y anti-Estado. Abandonando la pretensión de valores universales, se han refugiado en trincheras o cruzadas ideológicas. Ya no ofrecen un horizonte cargado de optimismo y persuasión, sino de revancha contra los igualados y exclusión de quienes se considera son los culpables del desquiciamiento del viejo orden moral del mundo: los "populistas igualados", los "indígenas y cholos con poder", las mujeres "soliviantadas", los migrantes pobres, los comunistas redivivos…

Esta actual radicalización de las derechas neoliberales no es un acto de opción discursiva, sino de representación política de un notable giro cultural en las clases medias tradicionales, con efecto en sectores populares. De una tolerancia y hasta simpatía hacia la igualdad hace 15 años atrás, la opinión pública construida en torno a las clases medias tradicionales ha ido girando hacia posiciones cada vez más intolerantes y antidemocráticas ancladas en el miedo. Las fronteras de lo decible públicamente han mutado y el soterrado desprecio por lo popular de años atrás ha sido sustituido por un desembozado racismo y anti-igualitarismo convertidos en valores públicos.

La melancolía por un antiguo orden social abandonado y el miedo a perder grandes o pequeños privilegios de clase o de casta ante la avalancha plebeya han arrojado a estas clases medias a abrazar salvacionismos político-religiosos que prometen restablecer la autoridad patriarcal en la familia, la inmutabilidad de las jerarquías de estirpe en la sociedad y el mando de la propiedad privada en la economía ante un mundo incierto que ha extraviado su destino. Es un tiempo de politización reaccionaria, fascistoide, de sectores tradicionales de la clase media

Y finalmente, en quinto lugar, el nuevo progresismo afronta no sólo las consecuencias sociales del "gran encierro" planetario que 2020 desplomó la economía mundial sino, en medio de ello, el agotamiento de las reformas progresistas de primera generación.

Esto conlleva una situación paradojal de unos liderazgos progresistas para una gestión de rutina en tiempos de crisis económicas, médicas y sociales extraordinarias.

Pero, además, globalmente se está en momentos de horizontes minimalistas o estancados: ni el neoliberalismo en su versión autoritaria logra superar sus contradicciones para irradiarse nuevamente ni los diversos progresismos logran consolidarse hegemónicamente. Esto hace prever un tiempo caótico de victorias y derrotas temporales de cada una de estas u otras opciones.

Sin embargo, la sociedad no puede vivir indefinidamente en la indefinición de horizontes predictivos duraderos. Más pronto que tarde, de una u otra manera, las sociedades apostarán por una salida, la que sea. Y para que el porvenir no sea el desastre o un oscurantismo planetario con clases medias rezando por "orden" a la puerta de los cuarteles como en Bolivia, el progresismo debe apostar a producir un nuevo programa de reformas de segunda generación que, articuladas en torno a la ampliación de la igualdad y la democratización de la riqueza, propugne una nueva matriz productiva para el crecimiento y bienestar económicos.

Pero, además, con ello, ayudar a impulsar un nuevo momento histórico de reforma moral e intelectual de lo nacional-popular, de hegemonía cultural y movilización colectiva, hoy ausentes, sin los cuales es imposible imaginar triunfos políticos duraderos.

Por Álvaro Garcia Linera. Fragmentos del discurso pronunciado en la Universidad Nacional de La Rioja, Argentina, al recibir el nombramiento de doctor honoris causa, el 5 de noviembre pasado.

Publicado enInternacional
Domingo, 28 Noviembre 2021 05:42

El modelo de desarrollo chino está en crisis

 Un residente camina entre los edificios de apartamentos de la promoción inmobiliaria y turística Life in Venice de Evergrande en Qidong, provincia de Jiangsu, China. (Qilai Shen / Bloomberg vía Getty Images)

China vivió un largo período de crecimiento económico vinculado a la inversión inmobiliaria. Ese modelo está fracasando.

Está a la venta nuestro cuarto número, “¿Adiós al proletariado?”. La suscripción a la revista también te garantiza el acceso a material exclusivo en la página.

La crisis que atraviesa la inmobiliaria china Evergrande tiene a la empresa en boca de todo el mundo. Los acreedores, inversores, contratistas, clientes y empleados de Evergrande, tanto dentro como fuera de China, están ansiosos por saber si el gobierno decidirá finalmente que la empresa es demasiado importante como para dejarla caer. De confirmarse el colapso de Evegrande, las repercusiones sobre el sistema financiero y la cadena de suministros de la construcción son impredecibles. Se sabe que el gobierno central de Pekín advirtió a los gobiernos locales que deben prepararse para los posibles efectos sociales y políticos de la crisis. 

Pero aun si la intervención del gobierno rescatara a Evergrande, el Estado chino enfrentaría nuevos dilemas. Evergrande es solo una de las muchas empresas inmobiliarias que enfrentan un posible default. La caída del precio de las viviendas en China está haciendo que la crisis se propague a otras inmobiliarias, como Kaisa. La Reserva Federal de Estados Unidos advirtió que es probable que la crisis china afecte la economía mundial.  

La crisis de Evergrande y del enorme sector inmobiliario del país es una manifestación de la crisis del modelo de desarrollo chino. Los límites del modelo son perceptibles en la multiplicación de las ciudades fantasma: se estima que los departamentos vacíos en China bastarían para alojar a toda la población de Francia, Alemania, Italia, el Reino Unido o Canadá. ¿Cómo pudo ese modelo sostener un crecimiento tan veloz durante tanto tiempo y por qué fracasó recién ahora? Para comprender la crisis actual, debemos comprender el vínculo entre la propiedad —y la inversión fija en general— y las otras partes de la economía mundial y china.

El fin del «China Boom»

Desde mediados de los años 1990 hasta 2008, el sector exportador de China logró plantearse como un motor de dinamismo y rentabilidad. Alimentado por la demanda global y dominado por empresas privadas y extranjeras, el sector exportador acumuló una cantidad descomunal de divisas, fundamento monetario de una generosa expansión del crédito por parte del sistema financiero controlado por el PCCh. El crecimiento de las reservas permitió que los bancos estatales chinos expandieran la liquidez de su moneda local sin las fugas de capitales ni los riesgos devaluatorios típicos de los experimentos de expansión de otros países en vías de desarrollo. La mayor parte de los nuevos créditos terminaron en manos de empresas con buenos contactos, que tendieron a invertir en activos fijos como infraestructura, bienes raíces, plantas siderúrgicas y plantas de carbón. 

Como dijo una vez Keynes, dos vías que hacen el mismo camino no son dos veces mejores que una. Una buena parte de esa inversión fija financiada con deuda fue infructuosa y redundante. Desde fines de los años 1990, los dirigentes del PCCh hicieron sonar la alarma del endeudamiento y de la sobrecapacidad. Una de las soluciones propuestas fue la liberalización financiera: si se habilitara la circulación de la liquidez en busca de tasas de interés más elevadas, las empresas ineficientes perderían el acceso al crédito que las mantenía a flote. Pero otras facciones de la élite del partido-Estado percibían a estos sectores infructuosos como potenciales vacas lecheras y cuasi feudos. La reforma nunca cobró impulso. 

El primer golpe al crecimiento chino fundado en las exportaciones llegó con la crisis financiera de 2008-2009. En respuesta al colapso de la demanda global, el gobierno chino implementó una política de estímulo monetario tan agresiva como exitosa. Todavía impulsada por la enorme ola de inversiones en activos fijos financiados con deuda, la economía salió con fuerza de la crisis. Pero con el motor de la exportación detenido, la expansión redoblada del crédito bancario-estatal para la inversión no fue equivalente a la expansión de divisas. El resultado fue una enorme burbuja de deuda. Entre 2008 y 2017, las deudas pendientes de China pasaron de representar el 148% del PIB a representar más del 250%. La pandemia de 2020 conllevó un nuevo aluvión de préstamos, que —según una estimación— empujó la proporción deuda-PIB por encima del 330%. Siguiendo una huella conocida, la mayor parte de esa deuda terminó en la financiación de nuevos departamentos, plantas de carbón, plantas siderúrgicas y proyectos de infraestructura. Con pocas personas capaces de consumir los productos, las nuevas inversiones solo generaron una sobrecapacidad infructuosa. Como muestra el Gráfico 1, después del rebote de 2009-2010, la rentabilidad de las empresas siguió cayendo en términos generales, tanto en el sector privado como en el estatal.

La caída de las ganancias sumó un nuevo problema a la sobrecapacidad financiada con deuda, pues las ganancias brindan el flujo de dinero que las empresas necesitan para pagar sus deudas y reembolsar a sus prestamistas. En China, el rendimiento decreciente de los activos creó una bomba de tiempo financiera: ¿Qué pasaría si empezaran los defaults? Los gestores económicos del PCCh no tenían espalda para implementar más políticas de estímulo a la inversión financiadas con deuda. Mientras tanto, el crecimiento del sector exportador todavía seguía por debajo de los niveles previos a 2008. En busca de un nuevo régimen de expansión, Pekín llamó a dejar atrás las inversiones fijas y a apuntalar el consumo doméstico privado. Efectivamente, el volumen de consumo privado creció a gran velocidad luego del ingreso del país a la OMC en 2001, pero nunca tomó ritmo suficiente como para alcanzar la expansión de la inversión (ver el Gráfico 2). El crecimiento insuficiente del consumo fue resultado de la creciente desigualdad. A lo largo del boom de las exportaciones, el ingreso promedio de las familias creció a un ritmo mucho más lento que la economía en general. Esto implica que la mayor parte de los nuevos ingresos generados por la economía terminó en manos del gobierno y de otras empresas, no en salarios y remuneraciones que pusieran dinero en los bolsillos de los empleados. En vez de incrementar el consumo, el plusvalor fue reinvertido en más inversión y más sobrecapacidad.

Incluso antes de 2008, circulaban muchas propuestas que apuntaban a un nuevo equilibrio. El aumento del consumo hubiera implicado nuevas fuentes de demanda final, capaces de absorber la sobrecapacidad y garantizar el incremento de las ventas de las empresas. Con todo, la distribución del ingreso necesaria para equilibrar la economía mediante el impulso del consumo privado es fácil de enunciar pero difícil de implementar, sobre todo cuando se tiene en cuenta el monopolio de poder de la élite del partido-Estado. 

Estos complejos problemas moldearon la siguiente etapa de la trayectoria china. En 2015-2016, la debacle financiera y la fuga de capitales forzaron una fuerte devaluación de la moneda. En 2016 el gobierno logró estabilizar la economía, pero solo a costa de un renovado control de capitales. El sistema bancario también inyectó nuevas rondas de crédito con el fin de mantener la rueda en movimiento. Un signo de la enorme fragilidad financiera del país fue que muchos de los préstamos se usaron para refinanciar la deuda existente y no para financiar nuevas inversiones o consumo. 

El estancamiento del sector manufacturero —revelado por Purchasing Manager Index (PMI), uno de los índices más importantes del sector— ilustra bien el impasse de la economía china. En el PMI, un valor por encima de 50 indica expansión y uno por debajo de 50 contracción. En el Gráfico 3 (abajo) el eje de la derecha muestra que, durante una década, el PMI rondó el 50 (nivel de estancamiento). El eje de la izquierda muestra el volumen de nuevos préstamos. Si comparamos los datos de nuevos préstamos con los del índice manufacturero, comprobamos la efectividad decreciente del estímulo crediticio. Desde el rebote de 2009-2010, el mero mantenimiento de la actividad económica conlleva inyecciones de dinero más grandes. Mientras que las olas de crédito, recurrentes y cada vez más cuantiosas, hacen crecer la deuda sin contribuir al dinamismo económico, las empresas se convierten en zombis adictos a los préstamos. 

Dos capitales

Desde fines de los años 1990, el problema de la sobrecapacidad financiada con deuda recibió distintas soluciones, entre ellas la liberalización de los mercados financieros y el incremento del consumo privado. Pero durante la última década de estancamiento, un nuevo tipo de equilibrio terminó definiendo la economía política china: «el Estado avanza, el sector privado retrocede» (guojin mintui). Aunque la idea suele plantearse en términos de distintas ideologías partidarias o estilos de dirección individual, la presión ejercida por el Estado sobre el sector privado y sobre las empresas extranjeras refleja condiciones económicas más generales. En un ambiente de bajo crecimiento, las empresas vinculadas al Estado crecen a costa de otros sectores. Su alianzas con los dirigentes del partido garantizan su capacidad de desarrollar la estrategia propuesta.

La capacidad de maniobra del sector estatal descansa sobre la singular forma de propiedad china, específicamente sobre el hecho de que el Estado sigue siendo el terrateniente universal. Durante los años 1950, el PCCh abolió la propiedad privada y sentó las bases del partido-Estado, representante autodesignado del pueblo y dueño único de toda la propiedad. A pesar de las importantes reformas económicas implementadas a partir de 1978, el partido-Estado nunca modificó la propiedad estatal del suelo ni su estatuto de forma privilegiada de la propiedad. El Estado promovió el desarrollo de una economía privada garantizando a los emprendedores individuales derechos de uso de los bienes raíces por tiempo limitado. Es decir que el uso tiene fecha de caducidad y el Estado conserva el poder de establecer los términos de una renovación o de cancelar el contrato en cualquier momento. Así comenzó la reforma de mercado de fines de los años 1970, cuando el Estado instituyó el sistema fundado en la responsabilidad del usuario (arrendó derechos de uso a las familias campesinas sin perder la propiedad de la tierra). A mediados de los años 1980, las ciudades empezaron a implementar una mercantilización similar del derecho de uso del suelo bajo propiedad estatal, que comenzó con la reforma de Shanghái. Estas reformas, que culminaron en los años 1990, generaron las condiciones de desarrollo de las inmobiliarias del tipo Evergrande sin subvertir la propiedad estatal del suelo. 

Además de la propiedad de la tierra, Pekín nunca abandonó el carácter dominante de las empresas estatales en los sectores clave. La reforma de las empresas estatales de los años 1990 no fue exactamente una «privatización». Muchos gigantes estatales fueron reestructurados siguiendo el modelo de las empresas transnacionales de Occidente, orientadas hacia la generación de ganancias, y abandonaron casi todas sus funciones sociales, como la provisión de vivienda y salud para sus empleados. Pero muchas de las empresas más grandes permanecieron bajo control del gobierno central o de los gobiernos locales a través de la propiedad estatal directa o de la participación estatal mayoritaria en los paquetes accionarios de las empresas públicas. La cantidad de empresas chinas que figuraban en el listado de Global Fortune 500 pasó de 10 en el año 2000 a 124 en 2020. De esas 124 empresas, 91 son empresas estatales. Los activos industriales totales del Estado duplican los activos privados y ocupan un rol predominante en sectores como finanzas, energía, automóviles, telecomunicaciones y minería. 

Por lo tanto, durante el largo boom de las exportaciones, la economía política china fue impulsada por el intercambio en un mercado orientado hacia la generación de ganancias y fundado en los derechos temporarios sobre la propiedad otorgados por el Estado a ciertos individuos y emprendedores. Con el tiempo, muchos inversores empezaron a pensar que la propiedad estatal era una formalidad y suponían que la renovación del derecho de uso sería rutinaria y ritual. Mientras la economía china se mantuvo en ascenso, con altas tasas de rendimiento, los empresarios no tuvieron ningún problema en conservar su riqueza y su propiedad en China y la preocupación sobre la seguridad de sus finanzas no surcó sus cabezas. Pero cuando las tasas de crecimiento empezaron a caer, los inversores volvieron a prestar atención a la naturaleza transitoria de su propiedad, determinada por la vigencia del Artículo 6 de la Constitución china («el Estado ratifica el sistema económico básico en el que la propiedad pública es dominante») y del Artículo 7 («la propiedad estatal […] es la fuerza principal de la economía nacional. El Estado garantiza la consolidación y el crecimiento de la economía estatal».

La presión sobre los negocios privados y extranjeros se hizo evidente a partir de 2008. Cuando la recesión mundial congeló el crecimiento económico, Hun Jintao promulgó una nueva ley antimonopolios, aplicada mucho más enfáticamente en el caso de las empresas privadas y extranjeras que en el caso de las empresas estatales. No cabe duda de que, durante el conflicto entre las distintas élites nacionales, la etiqueta «anticorrupción» sirvió para purgar del partido a muchos individuos que poseían empresas. Pero rara vez la ley antimonopolios puso en cuestión a las empresas estatales, aun cuando el sector alberga monopolios fundamentales, como el de las telecomunicaciones y la energía. A la inversa, la campaña anticorrupción normalizó la confiscación de la riqueza individual. La combinación de la inseguridad de los individuos más ricos y emprendedores, la caída de la rentabilidad en una economía que se ralentiza y las expectativas de una fuerte devaluación del renminbi desató la ola de fuga de capitales que culminó con el alboroto financiero del verano de 2015, al que nos referimos antes. Aunque el reforzamiento del control de capitales contuvo la fuga, las empresas y los individuos ricos de China renovaron sus deseos de sacar su riqueza del país y llevarla a jurisdicciones que protegieran mejor la propiedad privada. 

Cuando Xi Jinping llegó al poder en 2012, muchos analistas supusieron que el mandatario embarcaría al país en un proceso de liberalización económica. Durante las primeras etapas del reinado de Xi, los medios estatales promovieron el mensaje con un debate sobre la desregulación financiera y la «reforma del costado de la oferta», que, como dijo el New York Times en 2016, «suena menos a Marx y a Mao que a Reagan y a Thatcher». Pero las expectativas de que Xi fuera un hombre promercado del estilo de Deng Xiaoping no tardaron en evaporarse. La fuerza de los grupos de interés mejor establecidos en el partido-Estado dejó poco margen a Xi como para que hiciera otra cosa más que apoyar la continuidad de la expansión de las empresas de propiedad estatal o vinculadas al estado a expensas de las empresas privadas y extranjeras. 

Aunque el giro estatista es previo a Xi, el mandatario propició una aceleración significativa del proceso. Este año Xi presentó el programa «prosperidad común». La consigna fue de la mano de medidas severas contra las empresas privadas. Entre esas medidas represivas, cabe mencionar el bloqueo de última hora de una oferta pública de venta (IPO) en el extranjero de Ant Group (el brazo fintech de Alibaba); la imposición de una pesada multa antimonopolio sobre Alibaba; las fuertes restricciones sobre la capacidad de las empresas tecnológicas de recolectar datos y proveer servicios; la prohibición de las tutorías escolares con fines de lucro y la habilitación para que las empresas estatales pasen a hacerse cargo de ciertos activos fundamentales de las empresas tecnológicas privadas. 

Evergrande y el futuro del capitalismo chino

En 2016, una editorial estatal de Pekín empezó a vender una versión en chino simplificado de mi libro The China Boom. En esa edición, la expresión «capitalismo en China» fue traducida sistemáticamente como «socialismo de mercado con características chinas». Es la autodescripción oficial estricta del sistema de partido-Estado chino, cuyas publicaciones oficiales nunca utilizan los términos «capitalismo» ni «capitalismo chino» para caracterizar el sistema económico del país. Algunos intelectuales de izquierda occidentales, como David Harvey, empezaron a especular con que Xi estaría conduciendo a China de vuelta al camino socialista abandonado luego de la muerte de Mao. La idea de un giro maoísta anticapitalista también está presente en publicaciones como The Wall Street Journal y The Washington Post

Por más extendida que esté, la idea de que China está apartándose del capitalismo es inadecuada. Después de cuatro décadas de reformas, la economía china todavía no alcanzó el modelo capitalista neoliberal bosquejado (y defendido) por la literatura sobre las «transiciones de mercado». Pero el sistema chino —definido por la mercantilización plena de los medios de vida, el predominio del imperativo de las ganancias en todas las actividades económicas, la propiedad estatal del suelo, que se suma a la protección débil de todas las otras formas de propiedad privada, y el carácter predominante de las empresas estatales— probablemente responde mejor a la categoría de capitalismo de Estado o capitalismo de partido-Estado. La Rusia de Putin brinda a Xi un ejemplo de régimen autocrático capaz de soportar las recesiones económicas después de haber bloqueado, contenido o exterminado a todos los oligarcas con bases de poder independientes. Pekín quiere restringir la acumulación de capital privado para dejar más espacio a la acumulación de capital estatal. El proyecto también implica castigar la resistencia de base contra la acumulación, como demuestra la reciente detención de activistas sindicales, investigadores especializados en derechos laborales e intelectuales marxistas. 

Junto al comercio electrónico y las redes sociales, el sector inmobiliario es una de las áreas de influencia más importantes del capital privado. ¿Qué consecuencias tendrá el pánico generado por Evergrande en la transformación de este sector esencial, que genera cerca del 25% del producto chino y sostiene una burbuja de activos cuyo valor cuadruplica el PIB del país? Tal vez sea una oportunidad para que el partido-Estado chino fortalezca la promoción del sector estatal contra sus rivales. La crisis de Evergrande se desató cuando el Estado intentó castigar a las inmobiliarias mediante la restricción del acceso al crédito de los bancos estatales. Se suponía que estas medidas forzarían el desapalancamiento de las empresas endeudadas. Algunos medios dicen que el gobierno chino está evaluando la posibilidad de disolver y reestructurar Evergrande como un conjunto de empresas estatales. En ese caso, la crisis de Evergrande terminaría siendo una oportunidad para que el partido nacionalizara una de las empresas inmobiliarias más grandes de la economía nacional, reafirmando la propiedad estatal sobre el suelo. Esta tendencia es consistente con el reciente ataque del Estado a las empresas privadas más grandes, que podría terminar con la decisión de convertirlas en empresas bajo propiedad o control estatal. Si disolviera empresas como Evergrande, el Estado sería capaz de separar las actividades más rentables (como la unidad que gestiona las viviendas existentes) y poner fin a todas las operaciones insalvables. Pero aun en el caso de que el Estado decidiera nacionalizar los activos, estos terminarían en manos de desarrollistas estatales que siguen trabajando con fines de lucro.

Como sucedió en momentos previos de la crisis, Pekín está haciendo algunos gestos que apuntan a la necesidad de encontrar un nuevo modelo de desarrollo. Bajo la rúbrica «prosperidad común» y el llamamiento a la redistribución de la riqueza, Xi vinculó el ataque contra el sector privado a la necesidad de solucionar la desigualdad y hasta de incrementar el consumo doméstico. Hasta ahora, existe poca evidencia de que una nueva ronda de redistribución implicará algo más que el desplazamiento de recursos y poder del sector privado hacia las empresas estatales, menos rentables pero igualmente orientadas hacia la generación de ganancias. Aquellos que esperan que Xi reviva el socialismo —un sistema político y económico en el que la vida de las personas está por encima de las ganancias, las inversiones y el crecimiento— están condenados a la decepción.

* Publicado originalmente en inglés en Phenomenal World (12/11/2021) *

Publicado enInternacional
Lunes, 22 Noviembre 2021 06:15

Noticiero en blues

El reverendo Jesse Jackson (al centro), marchó el fin de semana con cientos de personas en Federal Plaza, Chicago, en protesta por la absolución de Kyle Rittenhouse, de 18 años, en Kenosha, Wisconsin. El liberado mató a dos personas e hirió a otra durante una manifestación contra la brutalidad policial el año pasado.Foto Ap

El blues no sólo lamenta qué tan mal está la cosa, sino que a la vez es un grito rebelde, un carcajeo ante lo peor, rehusando, con ritmo y furia, que eso logre derrotarnos.

Reportar la última semana es como el inicio de una canción de blues:. “le dicen el lunes tormentoso, pero el martes está igual de mal, y, Dios, el miércoles es aún peor…”

Aquí sólo algunos acontecimientos, entre tantos:

Un joven blanco fue absuelto por un jurado de asesinar a dos manifestantesantirracistas blancos y herir a un tercero con un rifle de alto poder AR-15 adquirido de manera ilegal, aceptando así que fue un acto de "autodefensa". El veredicto fue festejado por ultraconservadores –entre ellos fanáticos cristianos y neonazis– en todo el país y varios legisladores derechistas le ofrecieron chamba al acusado, mientras para otros envió un mensaje escalofriante, como comentó un observador: "esto abre la temporada de cacería contra manifestantes progresistas".

Más de 100 mil estadunidenses murieron de sobredosis de drogas entre abril de 2020 y y abril de 2021, cifra anual sin precedente.

Republicanos en varios estados están forjando un sistema de manipular elecciones para asegurar mantener su poder, suprimir el voto opositor y hasta anular elecciones con resultados no aceptables (para ellos).

En el aeropuerto de Atlanta cundió el pánico después de la descarga accidental de una pistola; en el estado de Georgia hay una ley conocida como "armas en todas partes" que permiten portar armas cargadas en cualquier lugar, incluyendo aeropuertos.

Más estadunidenses dicen que no desean tener hijos, contribuyendo al desplome de la tasa de natalidad que acompañó a la pandemia, y entre los nuevos factores está el temor ante el cambio climático y sus consecuencias para el futuro inmediato; o sea, para los niños.

Bueno, y los ricos también tienen quejas: aparentemente hay una escasez de yates, mansiones, relojes y aviones privados de lujo entre el sector conocido como individuos de “valor neto ultraelevado (con más de 50 millones de dólares), segmento que fue el más beneficiado durante la pandemia.

Pero durante esos mismos días también hubo noticias que marcan triunfos de justicia, dignidad y resistencia; la otra parte del blues.

La cámara baja aprobó la mayor inversión en programas de bienestar social y apoyo a los más necesitados en más de medio siglo, después de promulgarse la mayor inversión en infraestructura en décadas; todo marcando intentos por sepultar el neoliberalismo (aunque su destino final ahora está en manos del Senado).

Y gracias a años de organización y lucha de migrantes y sus defensores dentro de ese paquete legislativo, la cámara baja adoptó la mayor iniciativa de reforma migratoria en 35 años (https://www.jornada.com.mx/2021/11/ 20/mundo/023n2mun]).

Y gracias también a la lucha incesante de ambientalistas, indígenas y jóvenes, en esa misma iniciativa se incluye la mayor inversión pública en frenar el cambio climático en la historia del país.

La ola de acciones laborales que llegó a su máximo nivel en octubre con más de 22 mil trabajadores estallando en huelga, continúa con miles de trabajadores de Kellogg, más de 3 mil estudiantes que laboran como trabajadores académicos en la Universidad de Columbia, a trabajadores siderúrgicos y mineros en varios puntos del país en huelga y otros incluyendo periodistas agremiados en una sección del New York Times autorizando huelgas, mientras otros han concluido en triunfos como el de los más de 10 mil trabajadores de John Deere, y los 30 mil trabajadores de salud en California (mapa de huelgas actuales: https://www.google.com/maps/d/viewer?mid=1hE1nDR-Ff_sVgOS67IteJSxGZlvqIP3k&ll= 34.35833140861114%2C-102.63857702467465&z=4).

Fue aniversario, el 19 de noviembre de 2015, de la ejecución del organizador anarco-sindicalista Joe Hill por autoridades estadunidenses, quien pidió a sus camaradas: "no pierdan el tiempo en luto, organicen".

T-Bone Walker. Stormy Monday. https://www.youtube.com/watch?v=VAPDJheC0Jk

Tom Morello/Grandson. Hold the line. https://www.youtube.com/watch?v=61gHyyGZyXU

Paul Robeson canta a mineros ingleses https://twitter.com/i/status/1115582378980839426

Publicado enInternacional
. Imagen: Verónica Bellomo

La investigadora, bióloga y doctora en Educación analiza la escuela pospandemia

Los valores de la escuela que visibilizó la pandemia. Resolver la brecha digital para una educación equitativa y repensar los métodos de enseñanza para convocar y motivar a los alumnos. Desafíos y estrategias para redescubrir lo que funciona y reconstruir lo que no.

 

“Innovar en educación es mirar lo que hacemos cotidianamente como docentes, directivos o autoridades educativas con ojos nuevos, tratando de mirar qué es lo que vale la pena conservar y en qué queremos hacer algo distinto”, dice Melina Furman. Su último libro, Enseñar distinto: Guía para innovar sin perderse en el camino (Siglo XXI, 2021), propone nuevas herramientas y estrategias para lograr clases más atractivas, que interesen a los alumnos del siglo XXI y enseñen a pensar.

Melina Furman es bióloga por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y máster y doctora en Educación por la Universidad de Columbia, Estados Unidos. Es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y profesora de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés (Udesa). Es autora de Guía para criar hijos curiosos: ideas para encender la chispa del aprendizaje en casa(Siglo XXI, 2018) y Ciencias naturales: aprender a investigar en la escuela(Novedades Educativas, 2001), entre otros.

En diálogo con Página/12, Furman comparte los desafíos, las oportunidades y los “tesoros” educativos que salieron a la luz con la pandemia, señala la necesidad de rever contenidos y metodologías de enseñanza y aprendizaje y enfatiza la necesidad de llenar la escuela de preguntas que permitan pensar, razonar y argumentar.

--¿Qué aprendizajes deja la crisis de la covid-19 en el campo de la educación?

--La pandemia nos hizo dar cuenta del valor de la escuela como espacio. No solo como espacio que ordena la vida en sociedad, sino también como espacio que contiene, que hace que esas horas por día los chicos, las chicas, los adolescentes, estén con el foco puesto en aprender, en ser niños, en vivir su vida fuera de casa, en aprender a estar en comunidad con otros distintos, todo eso que es tan irreemplazable de la presencialidad. Para muchas familias tener escuela remota fue la “no escuela”, porque tenían un montón de dificultades de conexión para poder seguir el vínculo con la escuela. Socialmente había una mirada muy crítica hacia la escuela. Hagamos un experimento social de quitar la escuela de la escena, la escuela física, y veamos qué pasa. Pareciera que alguien nos hubiera hecho una jugarreta. ¿Qué pasa cuando los chicos no pueden ir por varios meses a la escuela? Pasan un montón de cosas y las vimos el año pasado. La escuela garantiza ese espacio de estar con pares con el foco puesto en aprender. Más allá de que hay muchas cosas que cambiar en el modo en que la escuela enseña, uno de los grandes tesoros de la pandemia fue habernos dado cuenta de su valor como espacio; en muchos casos, también, del enorme trabajo que hacen los docentes y lo difícil que es ser un buen docente.

--¿Qué otros “tesoros” educativos visibilizó la pandemia?

--Muchos hablaban de las alianzas con las familias como un gran tesoro, como pares haciendo equipo, y de la posibilidad de la escuela de haberse reinventado. Eso atravesó a quienes daban clases en jardín de infantes hasta quienes daban en la universidad. Hay que buscarle la vuelta para enseñar a distancia. Fue difícil y lo sigue siendo. Fue frustrante muchas veces, pero implicó ensayar nuevas maneras de hacer las cosas que antes los docentes no habían tenido que probar. Ahí aparece algo valioso. Surgieron formas más interesantes de evaluar los aprendizajes. ¿Cómo hago para que el alumno me demuestre lo que aprendió más allá de la prueba escrita? Esto inspiró mucho potencial creativo. En ocasiones esto quedó librado a la voluntad y posibilidades de cada docente. En general, hubo escuelas que tuvieron propuestas más institucionales donde toda la escuela trabajaba de una misma manera. Pero si uno mira el sistema educativo como un todo, vemos que hubo chispas de creatividad y de innovación pedagógica. En paralelo, también vemos la situación de muchos chicos que quedaron más a la deriva.

--Que no volvieron o incluso que la escuela no supo cómo traerlos de vuelta...

--Sin ninguna duda, las secuelas y las consecuencias de la pandemia en educación son graves. Entre otras cuestiones, hay que resolver la brecha digital para una educación equitativa. Si uno mira los datos a nivel sistémico, hay muchos chicos y chicas que no volvieron a la escuela, no sólo en Argentina. Eso es una consecuencia tremenda. Más allá de que hayamos encontrado creatividad pedagógica y que hayan aparecido cosas interesantes, el balance de la pandemia es negativo. Sobre todo porque ya teníamos indicadores educativos muy serios desde antes, con mucho abandono escolar, muy bajos niveles de aprendizaje donde los chicos salían de la escuela, incluso los que lograban egresar, aprendiendo menos de lo que uno desearía, menos de lo esperado. Todo eso se amplificó.

--En términos de contenidos y metodologías, ¿qué sería innovar en educación?

--Innovación es algo que se puso de moda y parece que hay que llenar la escuela de tecnología, tirar las paredes abajo y pintarlas de colores. Yo uso la palabra innovación pero entendida distinto: es mirar lo que hacemos cotidianamente como docentes, directivos o autoridades educativas con ojos nuevos, tratando de ver qué es lo que vale la pena conservar --y acá vuelvo a la idea de habernos dado cuenta de todo lo que sí tenía la escuela--  y en qué queremos hacer algo distinto. Qué problemas queremos resolver y cómo vamos a ir buscándole la vuelta para que esto se solucione. En este caso, uno de los problemas grandes que dejó la escuela remota, este año de escuela híbrida, alternada, es la ampliación de la cantidad de chicos y chicas que no volvieron, sobre todo en secundaria. Hay muchas cosas por hacer, que se están haciendo, pero que hay que redoblar los esfuerzos.

--¿Qué cambios habría que implementar en la escuela de hoy para que el aprendizaje y la escuela generen una motivación mayor?

--Una de las cosas que me quita el sueño es el tema del diagnóstico y conocer cuáles son los efectos de una enseñanza que no motiva, que no genera disfrute por el aprendizaje, que no genera comprensión, donde los alumnos se van acostumbrando a no entender, a repetir sin entender y a pensar que aprender es eso. Esto es grave porque los chicos pasan mucho tiempo en la escuela, son muchos años de la vida, esos años de mayor efervescencia y potencial. En muchos casos los vamos acostumbrando a que aprender no es algo para ellos, los vamos expulsando de cierto mundo del conocimiento, del mundo de la cultura. En ocasiones, eso tiene que ver con no lograr darle vida a ese conocimiento para hacerlo apasionante, no lograr encontrar cuáles son las grandes preguntas, los dilemas, los modos de pensar de esa disciplina. A veces ese modo, menos interesante, más árido, apaga esa potencial chispa que podría haberse encendido. Con las ciencias exactas, naturales, que son las que yo más investigo, pasa un montón. La motivación es clave para el aprendizaje. Y reconectar con el propio entusiasmo es fundamental para motivar a los alumnos.

--¿De qué manera repercute y condiciona a futuro una mala experiencia en las etapas del aprendizaje?

--El otro día un colega me decía: “Yo toda la vida me saqué un 10 en física y nunca entendí nada”. Obviamente no estudió física porque no encontró lo apasionante que tiene la física. Pocos estudiantes en Argentina eligen carreras en ciencia y tecnología, que tienen por otra parte muy buena salida laboral, mucha demanda y que son clave para generar una economía del conocimiento. Estamos tirándonos un tiro en el pie de algún modo.

--¿Qué habría que hacer?

--Hay muchas cosas para pensar, desde muchos planos distintos. La primera es la formación docente. Hablo de la formación docente inicial, el trayecto hacia ser docente, y la continua, cuando ya son docentes en ejercicio. Parte del asunto es poder seguir formándose como docentes durante toda la vida como profesional. En la formación docente, muchas veces el modo en que los docentes aprenden no es coherente con el modo en que uno querría que enseñen luego. Si un docente en la formación está escuchando y tomando nota pero después va a tener que enseñar a armar debates, juegos o actividades donde los estudiantes sean protagonistas, es casi mágico que pueda suceder. Hay formadores docentes que están haciendo cosas hermosas pero todavía no sucede de manera masiva. Una de las cosas que más sabemos de la investigación es que si uno no hace que los alumnos tengan un ratito para reflexionar, para darse cuenta de lo que aprendieron -la educación que se llama metacognición, ese aprendizaje no se termina de afianzar. Si uno no tiene buenas herramientas para la evaluación, una evaluación formativa o auténtica, donde voy a proponer situaciones de la vida real, donde van a tener que poner en juego lo que aprendieron más allá de decirlo en lápiz y papel, si no me formo en eso, ni en el profesorado ni en la formación continua, es imposible poder hacerlo. Hay mucho que tiene que ver con esa formación. Diría que ahí está una de las claves más grandes.

--¿Qué otra cuestión resulta fundamental para mejorar el nivel educativo en Argentina?

--Otra cuestión importante tiene que ver con las condiciones de trabajo de los docentes. Cuánto tiempo tienen los docentes en las escuelas --tiempo pago me refiero--, para trabajar con colegas, con profesionales del aprendizaje, que son la base de la transformación educativa. El cambio tiene que partir de la escuela como unidad de cambio, con reuniones de equipo donde se pueda mirar para adentro, planificar en conjunto, probar cosas nuevas y evaluar qué pasó, mirar los trabajos de los chicos. Las condiciones del trabajo docente, sobre todo en secundaria, hacen muy difícil poder innovar. En nivel inicial y primaria es distinto, hay más tiempo, hay más terreno de oportunidad para seguir transformando la enseñanza. De hecho en nivel inicial los docentes hacen cosas muy interesantes. Una de las cosas que hago en las formaciones docentes es juntar docentes de distintos niveles, de jardín de infantes, primaria y secundaria. Lo que tienen para enseñar los docentes de inicial a otros docentes es un montón. Hay algo de la mirada más puesta en el conocimiento integrado, en lo lúdico, en lo participativo, que es moneda corriente en el nivel inicial y que se va perdiendo muy rápido en los otros niveles.

--¿Qué rol adjudica a la tecnología en el ámbito de la educación? ¿Cuánto de la inmediatez que propone va en detrimento de los tiempos que necesita el aprendizaje?

--Las tecnologías digitales son grandes recursos para potenciar la enseñanza siempre y cuando uno como docente sepa para qué las va a usar. Entonces la primera pregunta es qué quiero que mis alumnos aprendan. Después yo como docente voy a echar mano, con ese fin, a todos los recursos que tenga disponibles. Lo importante es saber que la tecnología no te va a resolver ningún problema, quien tira del carro tiene que ser la pedagogía. Ahí hay muchos recursos que son superinteresantes. El valor está en usar las tecnologías a propósito de los objetivos de mi enseñanza, y en la pandemia ni hablar. Parte del valor es que estamos en una cultura atravesada profundamente por lo digital y eso es parte de lo que queremos que se lleven de la escuela.

--¿Qué le parece que él/la docente comparta contenidos personales con sus alumnos?

--La escuela tiene una especie de competencia desleal respecto del mundo exterior, donde todo pasa muy rápido. En este sentido, la escuela tiene que ser ese espacio para poner pausa y enseñar a pensar. Es un momento histórico donde la escuela la tiene difícil porque tiene que lograr conectar a los alumnos con el mundo del conocimiento más allá de lo rápido y de lo inmediato que es lo que tienen todo el tiempo afuera. Entonces el esfuerzo de que ese conocimiento tenga sentido es más urgente que nunca. Los chicos de otras generaciones teníamos más paciencia y más tolerancia a la frustración. Esa inmediatez le presenta a la escuela un desafío mayor al que tenía. Hay que seguir logrando que la escuela sea lo más interesante posible, enamorar a los estudiantes de eso que tenemos para enseñarles. Me encanta cuando los docentes usan las tecnologías de las redes sociales para trabajar con los alumnos; me parece superútil. Ahora, que los docentes abran sus perfiles personales a los estudiantes no hace falta. Porque la relación docente-alumno puede ser muy cercana pero es asimétrica, no somos amigos de los estudiantes.

--En agosto pasado se hizo viral el caso de una docente de La Matanza que discutía sobre política con un alumno durante una de sus clases. ¿Cuál es su postura frente a lo sucedido?

--El video me generó desazón y angustia por el nivel de maltrato y violencia que había en el aula, más allá del contenido de lo que estaban hablando y si la profesora le dio su postura personal política o no. Por suerte es un caso excepcional, no es algo que suceda en las escuelas secundarias. Hay profesores más autoritarios o más difíciles que otros pero en general no es eso lo que sucede en las aulas. Sí hay mucho que cambiar en los métodos de enseñanza pero creo que este caso fue un caso particular, anómalo. Después, cuánto uno puede traer su postura personal en cuanto a cuestiones políticas, me parece que uno como docente es un funcionario del Estado donde tiene que tratar de ser, sobre todo en cuestiones partidarias, lo más neutral posible porque les quiere enseñar a los alumnos a pensar. Bajar línea no es enseñar a pensar. Uno tiene que enseñar a evaluar distintas posturas y cuáles son los argumentos detrás. Ese es justamente el rol de un educador.

--Entre los métodos que menciona habla del aprendizaje basado en proyectos. ¿En qué consiste?

--El aprendizaje basado en proyectos nace con John Dewey, que es un gran referente de lo que se llamó la “educación progresista”, un movimiento de escuela nueva a principios del siglo XX que buscaba darle un rol más protagónico y vivencial a los estudiantes. Este enfoque se puso más en boga en los últimos años en muchas partes el mundo justamente por la nueva búsqueda de sentido que se le pide a la escuela, que conecte con el proyecto de vida de los estudiantes y los ponga en un lugar más de hacedores y menos de consumidores de información acabada. Cuando los alumnos trabajan de este modo el compromiso con la tarea y la relación con el conocimiento cambian radicalmente.

--¿Cómo se enseña para la diversidad?

--Es un enfoque pedagógico que tiene muchos años también. Algunos lo llaman “enseñar en aulas heterogéneas''. De lo que se trata es de garantizar lo común, que haya una base común de lo que quiero que aprendan, pero también de diversificar las puertas de entrada al aprendizaje. Tiene una base en una teoría pedagógica que es la de las inteligencias múltiples, del psicólogo de la Universidad de Harvard Howard Gardner. Se asienta en esta idea de ofrecer distintas puertas de entrada al conocimiento, diversificar las estrategias con las que uno presenta un tema a lo largo de una serie de clases y también de dar la opción a los alumnos, en algún momento, de elegir qué y cómo van a aprender. Como docente yo marco la cancha, armo la propuesta, pero doy espacio para poder tomar decisiones. Eso es algo que uno tiene que ir formando desde la infancia. 

22 de noviembre de 2021  

Publicado enSociedad
La revolución que hace que cuatro millones de trabajadores abandonen su puesto cada mes en EE UU

El alto número de bajas en la población activa altera el mercado laboral y provoca cuellos de botella en la contratación

 

Las entrevistas de salida son una tradición en EE UU, un género propio en la gestión de los recursos humanos. Las hacen las empresas a los trabajadores que se van voluntariamente, para saber qué fue mal y cuáles fueron los motivos que marchitaron las expectativas del empleado. A juzgar por la sangría de estadounidenses que dejan el mercado laboral desde que despegó la recuperación pospandémica, las conclusiones de esos interrogatorios resultan hoy más reveladoras que de costumbre. Un modo de entender por qué desde abril, cuando se registró el primer pico de salidas, en torno a cuatro millones de personas abandonan voluntariamente cada mes la población activa, ya que en muchos casos la baja no va acompañada, o al menos no inmediatamente, de búsqueda de empleo.

Uno de los factores que más se citan para explicarlo serían los ahorros acumulados gracias a la inyección de estímulos contra la pandemia del Gobierno federal, pero no es el único. El fenómeno es una madeja enmarañada, con hilos coyunturales y un meollo estructural. Los expertos lo han bautizado ―la movilidad existía, pero no a este ritmo― como la Gran Dimisión o la Gran Renuncia, con mayúsculas, no solo porque la letra capital se use para escribir los nombres en inglés, sino porque la tendencia está dinamitando la cultura del trabajo tradicional: el desempeño profesional como prioridad en la vida; la realización personal, proyectada solo en el oficio o la carrera. De ahí que algunos prefieran ampliar el foco y definir lo que sucede como la Gran Remodelación, una reformulación radical de la cultura del trabajo, o, incluso, como el Gran Agotamiento, porque muchas veces se trata de trabajadores quemados o pasados de vueltas por el sistema, con el acelerador de la pandemia.

Es el caso de Phyllis Curran O’Neill, de 67 años. “Trabajé desde julio de 2020 hasta septiembre de 2021 como recepcionista en un complejo de apartamentos para mayores en Nueva Jersey; a tiempo completo, por 12 dólares la hora. La compañía ofrecía seguro médico, seguro de vida y un plan limitado de pensiones, pero como tengo más de 65 años y me corresponde Medicare, prescindí del seguro médico. Medicare [cobertura pública para mayores] es mejor”, explica. En EE UU el seguro médico privado corre a cuenta de las empresas, de ahí que habitualmente contar con beneficios de ese tipo signifique cobrar menos sueldo neto, y a la inversa: más salario, menor protección.

El detonante de su salida fue el exceso de trabajo y, por ende, el estrés y el agotamiento emocional. “A medida que pasaban los meses, noté cómo aumentaban mis responsabilidades hasta el punto de que un día me vi tan sobrepasada que estallé y grité: ‘¡Quiero más dinero por hacer esto!’. Después del arrebato sentí que mi comportamiento había sido inaceptable y decidí que era hora de irme”, continúa. “De hecho, la dirección se ofreció a mantenerme en la reserva, pero me han llamado solo un día en los últimos dos meses para cubrir una baja”. Otra característica del sistema son las contadísimas bajas médicas de los empleados para no sufrir recortes en el sueldo.

Esta deserción masiva está ocasionando trastornos a los empresarios, que lidian con una creciente escasez de mano de obra, y comprometiendo la recuperación plena en sectores como el comercio o el transporte, hoy deficitarios funcionalmente: basta apreciar las colas interminables ante cajas cerradas en unos grandes almacenes, en hora punta. A finales de julio, había en EE UU 11 millones de puestos de trabajo vacantes. En septiembre los cesantes fueron más de 4,4 millones, una cifra ligeramente superior a la de agosto (4,3 millones), en una población de 331 millones de personas. Se trata del porcentaje más elevado de abandono desde que empezó a registrarse este tipo de absentismo laboral, hace dos décadas.

La escasez de mano de obra agrava el gripado del sistema a consecuencia del gran atasco global en las cadenas de producción y distribución. Casi un millón de los extrabajadores se desempeñaban en el sector del ocio y restauración, uno de los que se han recuperado a mayor velocidad. Otros 863.000 han salido de actividades relacionadas con el alojamiento y 706.000 ofrecían servicios profesionales. En total, a finales de septiembre había 10,4 millones de puestos de trabajo vacantes en el país, una cifra ligeramente inferior a la de agosto, pero aún extraordinariamente alta para los registros históricos. Es decir, aproximadamente 75 trabajadores desempleados por cada 100 vacantes, la proporción más baja de las últimas dos décadas.

Expertos y medios de comunicación hablan de una sacudida sísmica, de una reescritura del contrato social (ergo laboral) gracias a la cual el tradicional desequilibrio de fuerzas entre el empleador y el empleado se está nivelando paulatinamente a favor del segundo. El creciente empoderamiento del trabajador explicaría la movilización sindical que recorre el país, otro fenómeno que eclosionó con la pandemia. El trabajador se ve en posición de exigir, a veces por encima de la media. “Hemos rechazado a algunos que pedían 25 dólares por hora. ‘Por menos dinero me quedo en casa cobrando los cheques del Gobierno’, nos decían. No podemos pagar 25 dólares porque aún no hemos recuperado el volumen de negocio previo a la pandemia”, explicaba el jueves Davide, dueño de una trattoria en Manhattan.

La mayoría de los trabajadores que salen del mercado habían alcanzado un punto de no retorno: sus ocupaciones les imponían un peaje psicológico, y a veces incluso físico, que ya no parecen dispuestos a pagar. Peter Christophe Atwill, de 25 años, licenciado en Políticas y Económicas, ha dejado un trabajo con el que a priori soñaría cualquiera de sus coetáneos porque “no encajaba, no acababa de sentirme cómodo”. Hace dos semanas se fue de Bloomberg, donde fungía como gestor de una cuenta empresarial, “trabajaba con asesores fiscales y contables, ayudándoles en las declaraciones de impuestos a través de nuestras plataformas, para que puedan incrementar el valor de sus negocios gestionando mejor sus gastos”, explica por teléfono desde Washington. Pero no se encontraba a gusto y decidió emprender un nuevo rumbo profesional, “sabiendo que voy a ganar el 50% de lo que percibía en Bloomberg”.

Atwill quiere trabajar en servicios sociales, y en concreto en la acogida de inmigrantes, porque su familia llegó a este país como inmigrante. “Es algo que tengo muy presente, por eso creo que me llenará mucho más un trabajo al que le veo sentido, aunque cobre menos”, afirma. De momento va a tomarse un tiempo de respiro. “Soy optimista. Mis padres eran los más preocupados, mucho más que yo, pero han aceptado el cambio porque me ven feliz, y eso es lo único que les importa”, dice sobre su salto al vacío.

Según un reciente estudio publicado en Harvard Business Review, Atwill no pertenece al grupo de edad más representado en el fenómeno de la Gran Renuncia: los empleados entre 30 y 45 años, que han abandonado el mercado en más de un 20% entre 2020 y 2021. La movilidad entre los jóvenes, tradicionalmente alta, se ha reducido el último año por la incertidumbre económica, señala el informe. La suspensión a causa de la pandemia de cualquier expectativa de mejora o promoción en la franja de edad intermedia explicaría en parte esa mayor defección. Los sectores más afectados, según el estudio, son los más expuestos al burnout o agotamiento: el de la salud (3,6% de incremento) o el tecnológico (4,5%). Ambos experimentaron un alto nivel de demanda durante la pandemia.

Patricia Campos-Medina, directora del Instituto del Trabajador de la Universidad de Cornell, enumera algunos de los factores que explicarían el porqué de la sangría, entre ellos la insatisfacción. “Hemos vivido momentos de angustia económica y personal. Muchos evalúan los inconvenientes de regresar al trabajo sin garantías de protección y sin flexibilidad para cuidar de sus familias. Muchas mujeres deben ocuparse de sus hijos o sus mayores porque lo que ganarían trabajando fuera no bastaría para pagar a una persona, eso explica su salida del mercado. La Gran Renuncia existe entre los profesionales liberales, pero aún más entre las categorías peor pagadas; y ocurre de manera parecida entre los trabajadores sindicados, el 10% del total, y los que no lo están. Durante la pandemia hubo una reacción contra el abuso de las grandes corporaciones, que multiplicaron sus ingresos; muchos trabajadores vieron que estaban hipotecando sus vidas por salarios miserables. En parte ha sido una reacción a ese estado de cosas”.

El argumento de la pereza o la desincentivación por la inyección de estímulos del Gobierno ―cheques de 1.400 dólares, bonos extra por desempleo― no acaba de explicar, según la experta, el fenómeno. “Muchos decían que los beneficios públicos mantenían a la gente fuera del mercado laboral, pero los subsidios de desempleo por la pandemia expiraron en septiembre y la gente no está volviendo. Y no regresa porque los salarios no suben y porque no hay garantías de flexibilidad”.

Las reglas del juego que existían antes de la pandemia ya no valen. El sí a todo, o a cualquier oferta, ha dado paso, cuando menos, a las dudas. “Ha habido un cambio fundamental: existe una demanda de responsabilidad a las empresas (en protección, higiene o beneficios sociales) y también de políticas públicas que protejan al trabajador, eso ya se vio durante la pandemia”, concluye Campos-Medina, para quien la actual crisis hunde también sus raíces en la proliferación de empleos basura en los últimos veinte años, sobre todo “un incremento notorio de los contratos a tiempo parcial: con ellos las empresas se ahorran el pago de beneficios sociales como el seguro médico”.

La pandemia, pues, habría sido el catalizador de un nuevo tipo de trabajador, que apuesta por un mayor equilibrio entre la vida y el empleo y para el que la flexibilidad ―no solo la teóricamente inherente al teletrabajo para quienes puedan acogerse a esta modalidad― es un factor clave. “Aunque no utilizo el concepto Gran Agotamiento, refleja bien mi visión sobre lo que sucede. Creo que lo usaré en el futuro, o quizás la Gran Reevaluación”, explica por correo electrónico el sociólogo Mishal Khan, de la Universidad de Chicago. “Creo que el burnout [agotamiento] es una gran razón, pero hay otras. Veo este fenómeno como un referéndum colectivo sobre la crisis y los problemas del trabajo. La gente se ha hartado y busca alternativas a ser explotada, degradada o hacer ganar dinero a empresas que no dan lo suficiente a cambio. El acceso a los cuidados es otro gran problema, tanto el cuidado infantil como las formas asequibles de cuidar a los ancianos. Otras personas optan por iniciar sus propios negocios, incorporarse a la economía gig [trabajar por proyectos] o ven muy atractivo hacerse autónomos, ya que no tienen que trabajar para nadie. El hecho de que existan estas oportunidades puede haber dado a las personas la confianza para dejar sus trabajos”.

En la entrevista de salida de su último trabajo, a Irene San Segundo, periodista de 36 años de Nueva York, le costó encontrar motivos de queja que respaldaran su decisión. “Era el trabajo mejor pagado que he tenido, me trataban estupendamente…, no había una fuerza mayor, una enfermedad, nada. Pero el exceso de reuniones por Zoom durante la pandemia fue la razón que más me empujó a decidirme, porque llevaba una vida con el piloto automático: jornadas de 10 horas, siempre conectada…, la vida de la marmota. La covid aceleró la sensación del tiempo, es como si nos hubieran robado dos años. Ya me había planteado dejarlo antes de la pandemia, sin ahorros, pero la covid fue determinante para dar el paso”, explica, confiando en que el fenómeno de la Gran Renuncia “implique un cambio de prioridades”. “Por primera vez me he dado permiso para elegir, antes era solo tirar para adelante”. Como en otros muchos casos, las señales de alerta fueron evidentes: “No dormir, o tener que hacerlo con pastillas, ansiedad… incapacidad para desconectar o cogerme días libres porque sabía que el trabajo entonces no saldría, o reservar el domingo para sacar trabajo adelante”.

Un mes y medio después de dar el paso, tras hacer cuentas y con un colchón de ahorros, San Segundo se siente como si le hubiese “tocado la lotería”. Está mucho más implicada en un voluntariado con la tercera edad que antes realizaba a salto de mata; tiene una lista de actividades “de 9 a 5″ (el horario tradicional de oficina en EE UU), y ganas de escribir por placer, no por obligación. “Si me dieran a elegir tres deseos, tengo claro cuál sería el más valioso: el tiempo”. Un factor que tal vez figure en breve, con letras de molde, en el baremo de razones esgrimidas en las entrevistas de salida de cualquier trabajo.

Por María Antonia Sánchez-Vallejo

Nueva York - 20 nov 2021 - 21:48 COT

Publicado enEconomía
Sábado, 20 Noviembre 2021 06:24

Los (supuestos) límites del capitalismo

Los (supuestos) límites del capitalismo

Durante mucho tiempo una parte de los marxistas aseguraron que el capitalismo tiene límites estructurales y económicos, fincados en leyes que harían inevitable su (auto) destrucción.

Esas leyes son inmanentes al sistema y se relacionan con aspectos centrales del funcionamiento de la economía, como la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, analizada por Marx en El capital.

Esta tesis dio pie a que algunos intelectuales hablaran del derrumbe del sistema, siempre como consecuencia de sus propias contradicciones.

Más recientemente, no pocos pensadores sostienen que el capitalismo tiene límites ambientales que lo llevarían a destruirse o por lo menos a cambiar sus aspectos más depredadores, cuando en realidad lo que tiene límites es la propia vida en el planeta y, muy en particular, la de la mitad pobre y humillada de su población.

Hoy sabemos que el capitalismo no tiene límites. Ni siquiera las revoluciones han podido erradicar este sistema ya que, una y otra vez, en el seno de las sociedades posrevolucionarias se expanden relaciones sociales capitalistas y desde dentro del Estado resurge la clase burguesa encargada de hacerlas prosperar.

La expropiación de los medios de producción y de cambio fue, y seguirá siendo, un paso central para destruir el sistema, pero, a más de un siglo de la revolución rusa, sabemos que es insuficiente, si no existe un control comunitario de esos medios y del poder político encargado de gestionarlos.

También sabemos que la acción colectiva organizada (lucha de clases, de géneros y de colores de piel, contra las opresiones y los opresores) es decisiva para destruir el sistema, pero esta formulación también resulta parcial e insuficiente, aunque verdadera.

La actualización del pensamiento sobre el fin del capitalismo, no puede sino ir de la mano de las resistencias y construcciones de los pueblos, de modo muy particular de zapatistas y kurdos de Rojava, de los pueblos originarios de diversos territorios de nuestra América, pero también de los pueblos negros y campesinos, y en algunos casos de lo que hacemos en las periferias urbanas.

Algunos puntos parecen centrales para superar este desafío.

El primero es que el capitalismo es un sistema global, que abarca todo el planeta y debe expandirse permanentemente para no colapsar. Como nos enseña Fernand Braudel, la escala fue importante en la implantación del capitalismo, de ahí la importancia de la conquista de América, ya que le permitió, a un sistema embrionario, desplegar sus alas.

Las luchas y resistencias locales son importantes, pueden incluso doblegar al capitalismo a esa escala, pero para acabar con el sistema es imprescindible la alianza/coordinación con movimientos en todos los continentes. De ahí la tremenda importancia de la Gira por la Vida que estos días realiza el EZLN en Europa.

El segundo es que no se destruye el sistema de una vez para siempre, como debatimos durante el seminario El pensamiento crítico frente a la Hidra capitalista, en mayo de 2015. Pero aquí hay un aspecto que nos desafía profundamente: sólo la lucha constante y permanente, puede asfixiar el capitalismo. No se lo corta de un tajo, como las cabezas de la Hidra, sino de otro modo.

En rigor, debemos decir que no sabemos exactamente cómo terminar con el capitalismo, porque nunca se ha logrado. Pero vamos intuyendo que las condiciones para su continuidad y/o resurgimiento deben acotarse, someterse a control estricto, no por un partido o un Estado, sino por las comunidades y pueblos organizados.

El tercer punto es que no se puede derrotar el capitalismo si a la vez no se construye otro mundo, otras relaciones sociales. Ese mundo otro o nuevo, no es un lugar de llegada, sino un modo de vivir que en su cotidianidad impide la continuidad del capitalismo. Las formas de vida, las relaciones sociales, los espacios que seamos capaces de crear, deben existir de tal modo que estén en lucha permanente contra el capitalismo.

El cuarto es que, mientras exista Estado, habrá chance de que el capitalismo vuelva a expandirse. En contra de lo que pregona cierto pensamiento, digamos progresista o de izquierda, el Estado no es una herramienta neutra. Los poderes de abajo, que son poderes no estatales y autónomos, nacen y existen para evitar que se expandan las relaciones capitalistas. Son, por tanto, poderes por y para la lucha anticapitalista.

Finalmente, el mundo nuevo posterior al capitalismo no es un lugar de llegada, no es un paraíso donde se practica el buen vivir, sino un espacio de lucha en el que, probablemente, los pueblos, las mujeres, las disidencias y las personas de abajo en general, estaremos en mejores condiciones para seguir construyendo mundos diversos y heterogéneos.

Creo que si dejamos de luchar y de construir lo nuevo, el capitalismo renace, incluso en el mundo otro. El relato del Viejo Antonio que dice que la lucha es como un círculo, que empieza un día pero nunca termina, tiene enorme actualidad.

20/11/2021

Publicado enPolítica
El canciller de Nicaragua, Denis Moncada (al centro), en Managua, tras anunciar este viernes la salida de Nicaragua de la OEA.STR (AFP)

El régimen desconoce al organismo americano, al que acusa de mantener “actitudes injerencistas” contra el Gobierno que lidera el sandinista

 

Tras el rechazo de las elecciones presidenciales de Nicaragua por la mayoría de países de América, el presidente Daniel Ortega ha decidido retirar a su país de la Organización de Estados Americanos (OEA), a la que ha acusado de mantener “actitudes injerencistas” contra su régimen. El canciller nicaragüense, Denis Moncada, ha informado este viernes en Managua que el Gobierno ha comenzado su salida del organismo americano “instruido por el presidente constitucional de Nicaragua, comandante Daniel Ortega Saavedra”, en la que es una respuesta a los señalamientos de ilegitimidad democrática de los resultados de las presidenciales.

El régimen ha explicado que la salida de la OEA se da bajo el amparo del artículo 67 de la Convención de Viena, que establece el procedimiento oficial a seguir cuando un país decide retirarse de un tratado internacional que ha ratificado. “Me dirijo a usted para notificarle oficialmente nuestra indeclinable decisión de denunciar la Carta de la Organización de los Estados Americanos, conforme a su artículo 143, que da inicio al retiro definitivo y renuncia de Nicaragua a esta organización”, afirma el régimen en la carta enviada al secretario general de la OEA, Luis Almagro, y que ha leído el canciller Moncada.

Con la denuncia de la carta del organismo, el régimen de Ortega inicia un proceso de dos años para hacer oficial su salida. “Transcurridos dos años a partir de la fecha en que la Secretaría General reciba una notificación de denuncia, la presente Carta cesará en sus efectos respecto del Estado denunciante, y este quedará desligado de la Organización después de haber cumplido con las obligaciones emanadas de la presente Carta”, según lo establecido en el artículo 143 de la Carta Constitutiva de la OEA.

Ortega ha tomado esta decisión después de que la Asamblea General de la OEA, que se realizó la semana pasada en Guatemala, votara una resolución en la que rechazaba los resultados de las elecciones presidenciales del 7 de noviembre, considerados una “farsa” por la oposición. Esas votaciones se dieron con los siete aspirantes de la oposición encarcelados por el régimen, una fuerte represión contra las voces críticas y sin condiciones mínimas que garantizaran la legitimidad del proceso. La resolución de la OEA fue aprobada por 25 países, siete se abstuvieron —entre ellos México— y la delegación de Nicaragua votó en contra. Además de rechazar los resultados de la votación, el documento aprobado obliga a la secretaría general hacer un análisis de la situación política de Nicaragua de cara a analizar la aplicación de la Carta Democrática, que incluye la expulsión del país al considerar que no cumple con los requisitos democráticos establecidos en ese documento.

“La Organización de Estados Americanos ha sido diseñada como foro político diplomático que nació por influencia de Estados Unidos como instrumento de injerencia e intervención, y su actuar en contra de Nicaragua de esta organización que funciona permanentemente en Washington tiene como misión facilitar la hegemonía de Estados Unidos con su intervencionismo sobre los países de América Latina y el Caribe. Lo que para Nicaragua es inaceptable, lo rechazamos y lo condenamos”, denuncia el régimen de Managua en la carta enviada a Almagro.

La salida de Nicaragua de la OEA puede tener fuertes consecuencias económicas para un país que necesita del flujo de divisas que llegan a través de préstamos de organismos multilaterales ligados a esa organización, explica Tiziano Breda, analista para Centroamérica del Crisis Group, un organismo centrado en la resolución de conflictos. “Tendrá menos capacidad de acceder a recursos internacionales de mecanismos interamericanos como es el Banco Interamericano para el Desarrollo (BID). Estos tendrán tendrían mayores reservas en proveerle recursos a un Gobierno que ha sido expulsado por sus violaciones del organismo regional más importante”, explica Breda.

La decisión del Gobierno nicaragüense ha generado reacciones, principalmente de Estados Unidos, cuyo presidente, Joe Biden, ha denunciado lo que considera una “dictadura” parecida a la de la dinastía somocista que gobernó el país durante 47 años. “Nos gustaría que Nicaragua regrese a la comunidad interamericana, (pero) siempre respaldando los valores y los principios a los cuales todos nos inscribimos, que son el respeto del desarrollo democrático”, ha dicho a EFE Juan González, encargado de Latinoamérica y el Caribe de la Casa Blanca. “Eso es lo fundamental, no es de izquierda o derecha, es democracia, es lo único en que nosotros insistimos como región”, ha afirmado González.

Por Carlos Salinas Maldonado

Redactor de la edición América del diario EL PAÍS. Durante once años se encargó de la cobertura de Nicaragua, desde Managua. Ahora, en la redacción de Ciudad de México, cubre la actualidad de Centroamérica y temas de educación y medio ambiente

Publicado enInternacional
Página 1 de 252