Domingo, 28 Noviembre 2021 05:35

Paranoia y nuevas ultraderechas

Paranoia y nuevas ultraderechas

En las distintas lecturas de Nietzsche y Heidegger que anticipan, después de la denominada muerte de Dios, el nihilismo actual, se puede apreciar una de las claves del llamado neoliberalismo contemporáneo. Nihilismo en este caso es que los valores fundantes de la modernidad (verdad, democracia, igualdad, justicia, etcétera) han perdido sus referencias y su sentido. Se han tornado intercambiables, multiplicando su significación hasta lograr un vaciamiento de su sentido original. No se trata de que no haya valores, sino de que ninguno valga por sí mismo nada.

La muerte de Dios implica la desaparición de la verdad y su suplantación por las habladurías y la incesante avidez de novedades que, aunque tomen la apariencia de "valores", pueden ser absolutamente contradictorios según los intereses en juego y sin que ello tenga alguna consecuencia. Se puede defender a ultranza la Libertad y a su vez la moral tradicional y la misoginia más rancia; se puede defender la Patria frente a los extranjeros y a la vez realizar todas las maniobras para vender la soberanía al capital financiero. 

Esta anticipación profética de Nietzsche y Heidegger puede ser vinculada a los estudios freudolacanianos sobre las psicosis paranoica. Es más, a mi juicio, permiten una lectura más profunda del nihilismo acontecido. 

Según Lacan, en la personalidad paranoica existe una certeza previa a cualquier verdad e inmune a cualquier demostración argumental: el Otro, el que maneja los hilos, nos engaña, juega con nosotros como si fuéramos marionetas, nos quiere arrebatar un tesoro sagrado que está en nuestro interior y por tanto se debe fundar un nuevo orden que vuelva a poner las cosas en su sitio.

En el nihilismo de la paranoia hay una increencia constitutiva en el Otro, al que se le otorga de un modo imaginario un poder omnímodo. Este Otro "engañador" puede ser figurado y representado por el comunismo, Venezuela, los extranjeros, las vacunas, el populismo, líderes o mujeres de gran personalidad política, etcétera. De este modo, los puntos de anclaje que sostenían a la verdad y su fragilidad inherente son sustituidos por certezas resentidas. 

Como anticipó Nietzsche, en la corriente actual del mundo existe un gran caudal social de odio. Y de pulsión de muerte, tal como supo dilucidar Freud. El siglo XXI demuestra que no hay neurosis social y sí psicosis social. 

Las certezas delirantes del negacionismo que vuelven a poner al Occidente central en el abismo constituyen un testimonio logrado de esta cuestión. Más allá de las distintas hibridaciones que configuran a la agenda de las ultraderechas actuales, el elemento común que encontramos en las mismas, es que la Democracia es un escondite para los intrusos del mal que responden a un Otro sin reglas, y que por tanto hay que destruir.

Es el verdadero éxito de la operación paranoica, legitimar su odio desmedido y obsceno con imputaciones y denuncias permanentes a un supuesto Otro sin Ley.

Dicho de otro modo, en la paranoia hay una inversión especular, su odio querellante es la respuesta hostil a un Otro que nos amenaza. Un Otro inventado por la propia estructura paranoica. Por ello las Memorias de un psicópata de Daniel Paul Schreber leídas por Freud, pudieron ser pensadas como una prefiguración de la ideología del nacionalsocialismo.

A su vez, como ya lo demuestra la pandemia, los polos negacionistas de clara vocación paranoica constituyen una nueva superficie de inscripción para el devenir ultraderechista.

28 de noviembre de 2021

Publicado enCultura
Jueves, 25 Noviembre 2021 05:42

Desilusión y decepción: afectos del cuerpo

Desilusión y decepción: afectos del cuerpo

La desilusión es parte de nuestra vida afectiva desde el comienzo de los tiempos. Winnicott arma una teoría acerca de la ilusión-desilusión y ubica allí que la madre, así como ilusiona al niño con el objeto, deberá también desilusionarlo de forma gradual. ¿Por qué es necesario desilusionarse? La desilusión no es lo mismo que la decepción. La desilusión es del campo de la fantasía, en cambio en la decepción hay una certeza en juego, algo que es verdad y se rompe. Si el bebe, según Winnicott, se desilusiona es porque previamente pudo crear esa ilusión psíquica de que el objeto externo era interno. Lacan lo dirá de este modo: “Se trata de que la madre enseñe progresivamente al niño a experimentar las frustraciones y, al mismo tiempo, a percibir, en forma de cierta tensión inaugural, la diferencia que hay entre la realidad y la ilusión. Esta diferencia sólo puede instalarse por la vía de una desilusión, cuando, de vez en cuando, la realidad no coincide con la alucinación surgida del deseo”. (Lacan, 2011, p. 36).

Tal como dice Moliner (2007) desilusión y decepción no son lo mismo. El que tiene una ilusión sabe, aunque sea un saber no sabido, que es posible que esa ilusión no se concrete, que sea poco probable, no se juega allí el factor sorpresa. En cambio, la decepción es una verdad que queda desmontada, se rompe, era algo y de repente no lo es, era certeza y no había posibilidad alguna de que no lo fuera, por eso toma el carácter de una sorpresa. Entonces cuando se trata de una creencia que no se basa en la realidad objetiva sino en lo fantaseado por la realidad psíquica, hablaremos de ilusión. Dirá Freud que la desilusión estará basada en la destrucción de una ilusión y que son necesarias para la vida anímica: “Las ilusiones se nos recomiendan porque ahorran sentimientos de displacer y, en lugar de estos, nos permiten gozar de satisfacciones. Entonces, tenemos que aceptar sin queja que alguna vez choquen con un fragmento de la realidad y se hagan pedazos”. (Freud, 2008, p. 282).

Al nombrar las ilusiones Freud dice también que estas nos permiten gozar de satisfacciones.

¿De qué gozamos cuando nos ilusionamos? En el mundo de las ilusiones tenemos todo el campo de la fantasía, el tema es que la fantasía no es un campo universal, hay que particularizarla para cada quien pero no deja de ser realidad psíquica (no realidad objetiva). El aparato psíquico se va alimentando de ilusiones para sostener a Otro completo, un “mundo ideal”, un mundo donde como por arte de magia entre dos personas se van a entender, a comunicar y el amor funcionaría a la perfección. Come y come de ese alimento que le damos, y luego cuando llega el momento de la desilusión, se queda sin morfi. Todo parece desvanecimiento, se potencia la contracara de la fantasía de completud: la incompletud total. Nos deja en un estado de impotencia pues nos ha quitado la comida y hasta el hambre.

Ubiquemos algo más, la ilusión si bien es parte de nuestra realidad psíquica, no puede ponerse al servicio de nuestra vida anímica por entero, porque de esa manera no habrá qué la detenga. Es parte de una posición infantil para la vida adulta vivir de ilusiones, alimentarse en el mundo ideal y creer que desde allí (desde mi estado fantaseado) puedo vivir en un “mundo feliz”, en “una pareja ideal”, “una familia divina”, etc. La neurosis se encargará siempre de hacernos estrolar con que estas premisas chocan de lleno con lo que podemos y no podemos poner en acto. Solo el sujeto interpelado por esto, advertido de su posición, podrá encontrar algún sendero que contenga algunas lucecitas para caminar tras sus deseos, no ilusorios, sino también aquellos que contienen algo de lo real.

25 de noviembre de 2021

Florencia González es psicoanalista. Docente UBA. Investigadora UBACyT.

Publicado enSociedad
. Imagen: Verónica Bellomo

La investigadora, bióloga y doctora en Educación analiza la escuela pospandemia

Los valores de la escuela que visibilizó la pandemia. Resolver la brecha digital para una educación equitativa y repensar los métodos de enseñanza para convocar y motivar a los alumnos. Desafíos y estrategias para redescubrir lo que funciona y reconstruir lo que no.

 

“Innovar en educación es mirar lo que hacemos cotidianamente como docentes, directivos o autoridades educativas con ojos nuevos, tratando de mirar qué es lo que vale la pena conservar y en qué queremos hacer algo distinto”, dice Melina Furman. Su último libro, Enseñar distinto: Guía para innovar sin perderse en el camino (Siglo XXI, 2021), propone nuevas herramientas y estrategias para lograr clases más atractivas, que interesen a los alumnos del siglo XXI y enseñen a pensar.

Melina Furman es bióloga por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y máster y doctora en Educación por la Universidad de Columbia, Estados Unidos. Es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y profesora de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés (Udesa). Es autora de Guía para criar hijos curiosos: ideas para encender la chispa del aprendizaje en casa(Siglo XXI, 2018) y Ciencias naturales: aprender a investigar en la escuela(Novedades Educativas, 2001), entre otros.

En diálogo con Página/12, Furman comparte los desafíos, las oportunidades y los “tesoros” educativos que salieron a la luz con la pandemia, señala la necesidad de rever contenidos y metodologías de enseñanza y aprendizaje y enfatiza la necesidad de llenar la escuela de preguntas que permitan pensar, razonar y argumentar.

--¿Qué aprendizajes deja la crisis de la covid-19 en el campo de la educación?

--La pandemia nos hizo dar cuenta del valor de la escuela como espacio. No solo como espacio que ordena la vida en sociedad, sino también como espacio que contiene, que hace que esas horas por día los chicos, las chicas, los adolescentes, estén con el foco puesto en aprender, en ser niños, en vivir su vida fuera de casa, en aprender a estar en comunidad con otros distintos, todo eso que es tan irreemplazable de la presencialidad. Para muchas familias tener escuela remota fue la “no escuela”, porque tenían un montón de dificultades de conexión para poder seguir el vínculo con la escuela. Socialmente había una mirada muy crítica hacia la escuela. Hagamos un experimento social de quitar la escuela de la escena, la escuela física, y veamos qué pasa. Pareciera que alguien nos hubiera hecho una jugarreta. ¿Qué pasa cuando los chicos no pueden ir por varios meses a la escuela? Pasan un montón de cosas y las vimos el año pasado. La escuela garantiza ese espacio de estar con pares con el foco puesto en aprender. Más allá de que hay muchas cosas que cambiar en el modo en que la escuela enseña, uno de los grandes tesoros de la pandemia fue habernos dado cuenta de su valor como espacio; en muchos casos, también, del enorme trabajo que hacen los docentes y lo difícil que es ser un buen docente.

--¿Qué otros “tesoros” educativos visibilizó la pandemia?

--Muchos hablaban de las alianzas con las familias como un gran tesoro, como pares haciendo equipo, y de la posibilidad de la escuela de haberse reinventado. Eso atravesó a quienes daban clases en jardín de infantes hasta quienes daban en la universidad. Hay que buscarle la vuelta para enseñar a distancia. Fue difícil y lo sigue siendo. Fue frustrante muchas veces, pero implicó ensayar nuevas maneras de hacer las cosas que antes los docentes no habían tenido que probar. Ahí aparece algo valioso. Surgieron formas más interesantes de evaluar los aprendizajes. ¿Cómo hago para que el alumno me demuestre lo que aprendió más allá de la prueba escrita? Esto inspiró mucho potencial creativo. En ocasiones esto quedó librado a la voluntad y posibilidades de cada docente. En general, hubo escuelas que tuvieron propuestas más institucionales donde toda la escuela trabajaba de una misma manera. Pero si uno mira el sistema educativo como un todo, vemos que hubo chispas de creatividad y de innovación pedagógica. En paralelo, también vemos la situación de muchos chicos que quedaron más a la deriva.

--Que no volvieron o incluso que la escuela no supo cómo traerlos de vuelta...

--Sin ninguna duda, las secuelas y las consecuencias de la pandemia en educación son graves. Entre otras cuestiones, hay que resolver la brecha digital para una educación equitativa. Si uno mira los datos a nivel sistémico, hay muchos chicos y chicas que no volvieron a la escuela, no sólo en Argentina. Eso es una consecuencia tremenda. Más allá de que hayamos encontrado creatividad pedagógica y que hayan aparecido cosas interesantes, el balance de la pandemia es negativo. Sobre todo porque ya teníamos indicadores educativos muy serios desde antes, con mucho abandono escolar, muy bajos niveles de aprendizaje donde los chicos salían de la escuela, incluso los que lograban egresar, aprendiendo menos de lo que uno desearía, menos de lo esperado. Todo eso se amplificó.

--En términos de contenidos y metodologías, ¿qué sería innovar en educación?

--Innovación es algo que se puso de moda y parece que hay que llenar la escuela de tecnología, tirar las paredes abajo y pintarlas de colores. Yo uso la palabra innovación pero entendida distinto: es mirar lo que hacemos cotidianamente como docentes, directivos o autoridades educativas con ojos nuevos, tratando de ver qué es lo que vale la pena conservar --y acá vuelvo a la idea de habernos dado cuenta de todo lo que sí tenía la escuela--  y en qué queremos hacer algo distinto. Qué problemas queremos resolver y cómo vamos a ir buscándole la vuelta para que esto se solucione. En este caso, uno de los problemas grandes que dejó la escuela remota, este año de escuela híbrida, alternada, es la ampliación de la cantidad de chicos y chicas que no volvieron, sobre todo en secundaria. Hay muchas cosas por hacer, que se están haciendo, pero que hay que redoblar los esfuerzos.

--¿Qué cambios habría que implementar en la escuela de hoy para que el aprendizaje y la escuela generen una motivación mayor?

--Una de las cosas que me quita el sueño es el tema del diagnóstico y conocer cuáles son los efectos de una enseñanza que no motiva, que no genera disfrute por el aprendizaje, que no genera comprensión, donde los alumnos se van acostumbrando a no entender, a repetir sin entender y a pensar que aprender es eso. Esto es grave porque los chicos pasan mucho tiempo en la escuela, son muchos años de la vida, esos años de mayor efervescencia y potencial. En muchos casos los vamos acostumbrando a que aprender no es algo para ellos, los vamos expulsando de cierto mundo del conocimiento, del mundo de la cultura. En ocasiones, eso tiene que ver con no lograr darle vida a ese conocimiento para hacerlo apasionante, no lograr encontrar cuáles son las grandes preguntas, los dilemas, los modos de pensar de esa disciplina. A veces ese modo, menos interesante, más árido, apaga esa potencial chispa que podría haberse encendido. Con las ciencias exactas, naturales, que son las que yo más investigo, pasa un montón. La motivación es clave para el aprendizaje. Y reconectar con el propio entusiasmo es fundamental para motivar a los alumnos.

--¿De qué manera repercute y condiciona a futuro una mala experiencia en las etapas del aprendizaje?

--El otro día un colega me decía: “Yo toda la vida me saqué un 10 en física y nunca entendí nada”. Obviamente no estudió física porque no encontró lo apasionante que tiene la física. Pocos estudiantes en Argentina eligen carreras en ciencia y tecnología, que tienen por otra parte muy buena salida laboral, mucha demanda y que son clave para generar una economía del conocimiento. Estamos tirándonos un tiro en el pie de algún modo.

--¿Qué habría que hacer?

--Hay muchas cosas para pensar, desde muchos planos distintos. La primera es la formación docente. Hablo de la formación docente inicial, el trayecto hacia ser docente, y la continua, cuando ya son docentes en ejercicio. Parte del asunto es poder seguir formándose como docentes durante toda la vida como profesional. En la formación docente, muchas veces el modo en que los docentes aprenden no es coherente con el modo en que uno querría que enseñen luego. Si un docente en la formación está escuchando y tomando nota pero después va a tener que enseñar a armar debates, juegos o actividades donde los estudiantes sean protagonistas, es casi mágico que pueda suceder. Hay formadores docentes que están haciendo cosas hermosas pero todavía no sucede de manera masiva. Una de las cosas que más sabemos de la investigación es que si uno no hace que los alumnos tengan un ratito para reflexionar, para darse cuenta de lo que aprendieron -la educación que se llama metacognición, ese aprendizaje no se termina de afianzar. Si uno no tiene buenas herramientas para la evaluación, una evaluación formativa o auténtica, donde voy a proponer situaciones de la vida real, donde van a tener que poner en juego lo que aprendieron más allá de decirlo en lápiz y papel, si no me formo en eso, ni en el profesorado ni en la formación continua, es imposible poder hacerlo. Hay mucho que tiene que ver con esa formación. Diría que ahí está una de las claves más grandes.

--¿Qué otra cuestión resulta fundamental para mejorar el nivel educativo en Argentina?

--Otra cuestión importante tiene que ver con las condiciones de trabajo de los docentes. Cuánto tiempo tienen los docentes en las escuelas --tiempo pago me refiero--, para trabajar con colegas, con profesionales del aprendizaje, que son la base de la transformación educativa. El cambio tiene que partir de la escuela como unidad de cambio, con reuniones de equipo donde se pueda mirar para adentro, planificar en conjunto, probar cosas nuevas y evaluar qué pasó, mirar los trabajos de los chicos. Las condiciones del trabajo docente, sobre todo en secundaria, hacen muy difícil poder innovar. En nivel inicial y primaria es distinto, hay más tiempo, hay más terreno de oportunidad para seguir transformando la enseñanza. De hecho en nivel inicial los docentes hacen cosas muy interesantes. Una de las cosas que hago en las formaciones docentes es juntar docentes de distintos niveles, de jardín de infantes, primaria y secundaria. Lo que tienen para enseñar los docentes de inicial a otros docentes es un montón. Hay algo de la mirada más puesta en el conocimiento integrado, en lo lúdico, en lo participativo, que es moneda corriente en el nivel inicial y que se va perdiendo muy rápido en los otros niveles.

--¿Qué rol adjudica a la tecnología en el ámbito de la educación? ¿Cuánto de la inmediatez que propone va en detrimento de los tiempos que necesita el aprendizaje?

--Las tecnologías digitales son grandes recursos para potenciar la enseñanza siempre y cuando uno como docente sepa para qué las va a usar. Entonces la primera pregunta es qué quiero que mis alumnos aprendan. Después yo como docente voy a echar mano, con ese fin, a todos los recursos que tenga disponibles. Lo importante es saber que la tecnología no te va a resolver ningún problema, quien tira del carro tiene que ser la pedagogía. Ahí hay muchos recursos que son superinteresantes. El valor está en usar las tecnologías a propósito de los objetivos de mi enseñanza, y en la pandemia ni hablar. Parte del valor es que estamos en una cultura atravesada profundamente por lo digital y eso es parte de lo que queremos que se lleven de la escuela.

--¿Qué le parece que él/la docente comparta contenidos personales con sus alumnos?

--La escuela tiene una especie de competencia desleal respecto del mundo exterior, donde todo pasa muy rápido. En este sentido, la escuela tiene que ser ese espacio para poner pausa y enseñar a pensar. Es un momento histórico donde la escuela la tiene difícil porque tiene que lograr conectar a los alumnos con el mundo del conocimiento más allá de lo rápido y de lo inmediato que es lo que tienen todo el tiempo afuera. Entonces el esfuerzo de que ese conocimiento tenga sentido es más urgente que nunca. Los chicos de otras generaciones teníamos más paciencia y más tolerancia a la frustración. Esa inmediatez le presenta a la escuela un desafío mayor al que tenía. Hay que seguir logrando que la escuela sea lo más interesante posible, enamorar a los estudiantes de eso que tenemos para enseñarles. Me encanta cuando los docentes usan las tecnologías de las redes sociales para trabajar con los alumnos; me parece superútil. Ahora, que los docentes abran sus perfiles personales a los estudiantes no hace falta. Porque la relación docente-alumno puede ser muy cercana pero es asimétrica, no somos amigos de los estudiantes.

--En agosto pasado se hizo viral el caso de una docente de La Matanza que discutía sobre política con un alumno durante una de sus clases. ¿Cuál es su postura frente a lo sucedido?

--El video me generó desazón y angustia por el nivel de maltrato y violencia que había en el aula, más allá del contenido de lo que estaban hablando y si la profesora le dio su postura personal política o no. Por suerte es un caso excepcional, no es algo que suceda en las escuelas secundarias. Hay profesores más autoritarios o más difíciles que otros pero en general no es eso lo que sucede en las aulas. Sí hay mucho que cambiar en los métodos de enseñanza pero creo que este caso fue un caso particular, anómalo. Después, cuánto uno puede traer su postura personal en cuanto a cuestiones políticas, me parece que uno como docente es un funcionario del Estado donde tiene que tratar de ser, sobre todo en cuestiones partidarias, lo más neutral posible porque les quiere enseñar a los alumnos a pensar. Bajar línea no es enseñar a pensar. Uno tiene que enseñar a evaluar distintas posturas y cuáles son los argumentos detrás. Ese es justamente el rol de un educador.

--Entre los métodos que menciona habla del aprendizaje basado en proyectos. ¿En qué consiste?

--El aprendizaje basado en proyectos nace con John Dewey, que es un gran referente de lo que se llamó la “educación progresista”, un movimiento de escuela nueva a principios del siglo XX que buscaba darle un rol más protagónico y vivencial a los estudiantes. Este enfoque se puso más en boga en los últimos años en muchas partes el mundo justamente por la nueva búsqueda de sentido que se le pide a la escuela, que conecte con el proyecto de vida de los estudiantes y los ponga en un lugar más de hacedores y menos de consumidores de información acabada. Cuando los alumnos trabajan de este modo el compromiso con la tarea y la relación con el conocimiento cambian radicalmente.

--¿Cómo se enseña para la diversidad?

--Es un enfoque pedagógico que tiene muchos años también. Algunos lo llaman “enseñar en aulas heterogéneas''. De lo que se trata es de garantizar lo común, que haya una base común de lo que quiero que aprendan, pero también de diversificar las puertas de entrada al aprendizaje. Tiene una base en una teoría pedagógica que es la de las inteligencias múltiples, del psicólogo de la Universidad de Harvard Howard Gardner. Se asienta en esta idea de ofrecer distintas puertas de entrada al conocimiento, diversificar las estrategias con las que uno presenta un tema a lo largo de una serie de clases y también de dar la opción a los alumnos, en algún momento, de elegir qué y cómo van a aprender. Como docente yo marco la cancha, armo la propuesta, pero doy espacio para poder tomar decisiones. Eso es algo que uno tiene que ir formando desde la infancia. 

22 de noviembre de 2021  

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Jueves, 11 Noviembre 2021 05:28

La angustia del retorno a la presencialidad

La angustia del retorno a la presencialidad

El regreso a la vida en sociedad

El trabajo de desarticular el acostumbramiento y la comodidad de la virtualidad. La tarea del analista.

La pandemia suscitada por el Sars Cov-2 instaló a gran parte del planeta en el encierro y el aislamiento con sus secuelas de depresión, insomnio, angustia y otros males anímicos. La hora impone extraer algún aprendizaje de la durísima experiencia causada por este virus que hoy insinúa, vacunación masiva mediante, aminorar el daño hasta ahora infligido. Por lo pronto, vale preguntarse si nuestros cuerpos son los mismos que poseíamos antes de la pandemia. Con probabilidad, la distancia respecto del semejante, las horas de encierro, la prolongada postura sedente, la protección del tapabocas ante la mirada del Otro, la influencia del mundo digital, cierta estereotipia en los gestos y la repetición de circuitos de movimiento limitados nos han influido lo suficiente como para experimentar cierta alarma ante el desafío que insinúa el encuentro de los cuerpos en otros ámbitos diferentes al hogareño.

Es aquí donde se insinúa un cruce por demás decisivo: nos referimos a la articulación entre cuerpo y tiempo, la cual arroja la pregunta por la cuestión del movimiento, no sólo el efectivo desplazamiento motriz sino en lo que hace a su faz subjetiva. Al respecto basta recalar en la organización témporo-espacial que el mundo digital impone con su contraste entre el vértigo de la “comunicación” digital y la pasmosa quietud de los cuerpos frente a los artefactos del ciberespacio.

De esta manera se hace oportuno traer una instancia clínica de eminente relevancia en el corpus teórico freudiano: la inhibición, ese "asunto de cuerpo"[1] , tal como lo aborda Lacan durante el dictado de su seminario “RSI” y al que le brinda un pormenorizado abordaje durante el seminario no por nada dedicado a La Angustia, cuando señala “que si Fulano tiene el calambre del escritor es porque erotiza la función de su mano”[2]. Es decir: es el interés psíquico alojado en el cuerpo el que produce la inhibición. No por nada, tras destacar que “de lo que se trata es de la detención del movimiento” se pregunta: “¿Significa esto que la palabra 'inhibición' deba sugerirnos tan sólo detención?” [3]. En otros términos: lejos de remitirse a una detención en el desplazamiento motriz, la inhibición bien puede producir escándalos en la vía pública o encerrar al sujeto entre las cuatro paredes de su casa.

Lo cierto es que, como si fuere necesario probar el carácter contradictorio que distingue a la condición humana, una vez más se hace evidente que las personas solemos acostumbrarnos al sufrimiento para así disimular los inquietantes enigmas que impone la existencia, a saber: ¿en qué soy responsable del momento que atraviesa mi entorno social ? ¿cuál es mi deseo? ¿cuál es mi actitud ante el amor? y otras cruciales preguntas de similar calibre y tenor.

En muchísimos casos la pandemia instituyó una suerte de intervalo en que todos esos acuciantes interrogantes de alguna u otra manera se vieron eximidos de ser respondidos. Había que cuidarse y punto. ¿Para qué preocuparme sobre qué voy a hacer con mi vida si la hora sólo me exige sobrevivir? La consigna era no arriesgar. Así, de alguna manera nos vimos exceptuados de salir a buscar nuestro horizonte y asumir las responsabilidades que como sociedad compartimos. El porcentaje de ausencias en las Paso lo demuestra. La pandemia cubrió todo el monitor, no se hablaba de otra cosa.

En otros términos, si es cierto que todo lo personal es político, la desestimación por hacerse cargo de la insatisfacción sexual en virtud de que: “¿Para qué preocuparme porque no consigo pareja si no está permitido el contacto?” o “¿para qué preguntarme qué hago con este partenaire si hoy por hoy tengo poca chance de conseguir algo mejor?” termina redundando en un desinterés por la suerte de la comunidad a la que sin embargo pertenecemos.

De esta forma hemos estado eximidos de responsabilidad frente a nuestra existencia, lo cual de ninguna manera supone quedar exceptuados de resentimiento o frustración por el encierro, aunque sí ampararnos en nuestra condición de víctimas y aún más, punto clave y decisivo de nuestra condición de seres hablantes que vale destacar: gozar ante el sufrimiento. No por nada, un aviso de la televisión belga retrata la angustia de los adultos en su vuelta al trabajo presencial. Lo divertido es que el video muestra a los niños llevando de la mano a sus padres en su “primer día” de trabajo. Síndrome de la cueva llamó un psiquiatra a este padecimiento cuyo origen no es otro que el rasgo conservador y narcisista de la pulsión que Freud bien supo detectar.

Desde ya, la fobia social cuadra perfectamente en este panorama que estamos trazando, pero lejos está de cubrir el campo de la experiencia humana ante la pandemia. De una u otra manera todes hemos transitado una suerte de alivio malsano ante la suspensión de los deberes más elementales que impone nuestra condición de seres de relación, dotados con un cuerpo que exige y al mismo tiempo teme el contacto.

El consultorio es testigo de la angustia por esta presencialidad en ciernes : “no sé si voy a poder” es la frase que resume como pocas las ansiedades que sobrevienen ante las diversas variantes del efectivo encuentro de los cuerpos. Sea el trabajo: “ Me hacen ir a la oficina y otra vez a ver este tipo que no lo aguanto”; la familia: “otra vez a discutir qué hacemos con las vacaciones o en las fiestas”; o el estudio: “ ¿ir a la facultad? ...con lo bien que estaba con la camarita”; testimonian este oscuro costado de la nueva normalidad, cualquiera sea la forma y la manera en que ésta finalmente adopte. Ni qué hablar de las quejas por el tiempo insumido en transporte, reuniones presenciales o, incluso, el riesgo que supone todo encuentro con un nuevo partenaire a cambio del engañoso confort que presta la masturbación.

De allí que si es cierto, como decía Freud, que “el motor más directo de la terapia es el padecer del paciente y el deseo, que ahí se engendra, de sanar”[4], la intervención de proponer el retorno a las sesiones presenciales por parte del analista puede constituir, según los casos, un efectivo recurso para que la angustia, en lugar de paralizar, motorice el trabajo psíquico necesario para salir de la inhibición y así cortar una inercia tan inconducente como nefasta.

 

11 de noviembre de 2021

Por Sergio Zabalza es psicoanalista. Doctor en Psicología de la Universidad de Buenos Aires.

Referencias:

[1] Jacques Lacan, El Seminario: Libro 22, “ RSI”, clase del 10 de diciembre de 1974. Inédito.

[2] Jacques Lacan (1962-1963) , El Seminario: Libro 10, “ La Angustia”, Buenos Aires, Paidós, 2006, pp. 341-342.

[3] Jacques Lacan, op. cit, p. 18.

[4] Sigmund Freud; “Sobre la iniciación del tratamiento”, en Obras Completas, A. E: tomo XII, p. 143. 

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Miércoles, 10 Noviembre 2021 05:13

Foucault nunca está en paz

Foucault nunca está en paz

Los temas más importantes abordados por Michel Foucault dejaron de estar en los márgenes para convertirse en los principales problemas de la vida política. El pensador francés es disputado por izquierda y por derecha. Pero, ¿cuáles fueron sus enseñanzas?

De repente, parece que todo el mundo tiene algo para decir sobre Michel Foucault. Y no necesariamente cosas buenas. Después de haber disfrutado de un recorrido de décadas durante el cual sirvió como referencia multiuso en las humanidades y en las ciencias sociales, el filósofo francés está siendo reconsiderado tanto por la derecha como por la izquierda.

Como era de esperarse, durante mucho tiempo la derecha acusó a Foucault de consentir una variedad de patologías de la izquierda. Algunos conservadores incluso hicieron de él un chivo expiatorio de males que van desde el nihilismo ocioso hasta el totalitarismo woke. Sin embargo, en algunas zonas de la derecha está surgiendo una nueva y extraña estima por Foucault. Los conservadores han coqueteado con la idea de que la hostilidad de Foucault hacia la política confesional podría convertirlo en un escudo útil contra los «guerreros de la justicia social». Esta conjetura se vio reforzada durante la pandemia de covid-19, cuando la crítica de Foucault a la «biopolítica» –su término para referirse a la significación política que han cobrado las cuestiones médicas y de salud pública en los tiempos modernos– proporcionó un arma útil para atacar la lealtad progresista a la ciencia.

En paralelo al mayor prestigio que Foucault fue ganando en el ámbito de la derecha, en la izquierda su imagen su fue debilitando. Hace una década, la atención de la izquierda se centraba en si las elaboraciones de Foucault sobre el neoliberalismo en la década de 1970 sugerían que sus compromisos filosóficos armonizaban con la emergente ideología del libre mercado: hostil al Estado, opuesta al poder disciplinario y tolerante con comportamientos que antes se consideraban inmorales. (Recientemente, el centro de la crítica de la izquierda, al igual que el de su contraparte conservadora, se ha desplazado a la política cultural. En ese marco, los teóricos sociales Mitchell Dean y Daniel Zamora sostienen que la politización de Foucault del individualismo inspiró las excentricidades confesionales de la «cultura woke», que busca superar los males de la sociedad haciendo de la reforma de uno mismo el horizonte último del proyecto. Al mismo tiempo, el prestigio de Foucault resultó erosionado tras las recientes afirmaciones de que habría pagado a menores de edad por sexo mientras vivía en Túnez durante la década de 1960. Estas acusaciones han hecho que se preste más atención a los pasajes de sus escritos en los que, al igual que otros pensadores radicales de su época, cuestionaba la necesidad de una edad legal de consentimiento sexual.

¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué Foucault parece ahora un contemporáneo, casi 40 años después de su muerte? ¿Por qué los partidarios de la izquierda se vuelven contra él? ¿Y por qué algunos conservadores lo adoptan?

En primer lugar, el debate actual sobre las implicancias políticas del pensamiento de Foucault es sintomático de nuestra política trastocada, en la que los populistas se presentan como radicales contraculturales. En segundo lugar, nuestro discurso público más ambicioso se basa cada vez más en ideas que solían estar confinadas a la academia o a pequeños círculos intelectuales. Esto es especialmente cierto en el caso de las ideas progresistas –el «privilegio blanco», la teoría de género, la teoría crítica de la raza–, pero también en el de la derecha, como se observa en la creciente familiaridad de los jóvenes conservadores con los cánones del pensamiento nacionalista e incluso fascista. A medida que la cultura académica se filtra en el debate político, no es de extrañar que un pensador de la talla de Foucault sea arrojado a la mezcla.

En tercer lugar, y lo que es más importante, los primeros años del siglo XXI se han vuelto foucaultianos. Pensemos en los temas que Foucault ayudó a introducir como objetos de reflexión filosófica: la enfermedad mental, la salud pública, las identidades de género y transgénero, la normalización y la anormalidad, la vigilancia, el individualismo. Estos temas, confinados anteriormente en los márgenes del pensamiento político, se volvieron grandes preocupaciones con una importante repercusión en la vida cotidiana, en el mundo occidental y fuera de él.

El problema es que se ha vuelto demasiado fácil confundir el objeto de estudio foucaultiano con el pensamiento de Foucault. En los debates que lo invocan, a menudo se pasan por alto las fuentes más profundas de su filosofía. En consecuencia, Foucault parece a la vez ultracontemporáneo y –utilizando un término de su filósofo preferido, Friedrich Nietzsche– curiosamente «intempestivo» (es decir, fuera de moda o inportuno).

La reputación de Foucault está revestida de una gruesa capa de interpretaciones polémicas y apropiaciones partidistas. Hace un siglo, las teorías de Karl Marx se encontraron en una situación similar, ya que su interpretación se convirtió en motivo de controversia en el floreciente movimiento socialista. Tras la revolución bolchevique, el filósofo húngaro Georg Lukács se sintió obligado a preguntar: «¿Qué es el marxismo ortodoxo?». Por extraño que parezca, una pregunta similar podría hacerse respecto de Foucault. ¿Qué es el foucaultismo ortodoxo? ¿Qué es lo que Foucault ha enseñado realmente?

Foucault fue un pensador proteico cuyos intereses cambiaron con frecuencia a lo largo de sus 30 años de carrera. Aunque sostuvo diversas opiniones, no debemos olvidar que, en el fondo, era un filósofo, no un historiador (a pesar del carácter histórico de su pensamiento) ni un ideólogo o un comentarista político.

Aristóteles comenzó su Metafísica con la siguiente afirmación: «Todos los hombres desean por naturaleza saber». En primer lugar, Foucault intentó explorar esta afirmación, no como una verdad autoevidente, sino como una idea que debe resultar extraña y sorprendente. No le interesa investigar el problema tradicional de la epistemología («¿Qué es el conocimiento?») sino una cuestión cultural: «¿Por qué valoramos el conocimiento?». En su ensayo «Sobre verdad y mentira en sentido extramoral», Nietzsche escribió: «En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la ‘Historia Universal’: pero, a fin de cuentas, solo un minuto». Estas palabras captan el espíritu –si no el tono– de la búsqueda de Foucault. ¿Por qué nuestra sed de conocimiento abarca tantas actividades humanas? ¿Cómo sería vivir sin ser poseído por la voluntad de saber?

El origen de los interrogantes de Foucault se halla en su temprano compromiso con lo que se conoce como el idealismo alemán. Comenzando con Immanuel Kant a fines del siglo XVIII, los pensadores de esta tradición hicieron hincapié en el modo en que la conciencia da forma al mundo. Kant afirmaba que si uno puede ver un paisaje es porque su conciencia tiene una concepción del espacio y el tiempo, y también de categorías lógicas como la unidad y la pluralidad. Los idealistas posteriores, entre los que destaca G.W.F. Hegel, batallaron con la relación entre el «sujeto» (es decir, la conciencia) y los «objetos» (la realidad exterior). Mientras que algunos idealistas de otras escuelas filosóficas hacían afirmaciones extravagantes sobre la subjetividad, reduciendo la realidad objetiva a productos de la imaginación del ser, la preocupación principal de los idealistas alemanes era comprender qué hace que los objetos sean accesibles a la conciencia, cómo podemos conocer nuestro mundo.

El idealismo alemán proporcionó a Foucault su vocabulario filosófico básico. Su originalidad radica en la transposición del marco del idealismo alemán a las problemáticas históricas y culturales. En Historia de la locura en la época clásica, Foucault demostró que la enfermedad mental surgió como objeto solo a partir del desarrollo de una forma de subjetividad enraizada en la ciencia empírica. En El nacimiento de la clínica, examinó el tipo de sujeto necesario para el surgimiento de la medicina moderna, en concreto, uno capaz de entender la enfermedad como algo inmanente a los cuerpos mortales. Según Foucault, tanto el sujeto como los objetos –la conciencia y la realidad externa– están determinados por la historia. Aunque a menudo se pensó que era un relativista, nunca afirmó que la verdad variara de una perspectiva a otra. Sostenía que lo que cuenta como verdad cambia con el tiempo, aunque en un momento dado esta pueda asumir un carácter fijo e inexpugnable. A su manera idiosincrásica, Foucault fue el último idealista alemán.

Foucault también suscribió un relato histórico distinto en el que el advenimiento de lo que él llamaba «humanismo» (o, en términos más técnicos, antropología filosófica) fue el punto de inflexión decisivo de la historia moderna, y no estuvo exento de problemas. Una lectura superficial de Foucault lleva a muchos a concluir que, a través de este relato, el pensador francés denunciaba las falsas pretensiones de universalidad enarboladas en nombre de la humanidad (por ejemplo, la forma en que la «humanidad» incorpora supuestos etnocéntricos o de género) o sugería que el humanismo era un discurso falsamente emancipador que incorporaba astutamente formas perniciosas de poder. Quizás Foucault estaba de acuerdo con estas afirmaciones, pero no eran las razones de su antihumanismo filosófico. En sus libros de la década de 1960, los escritos de Foucault siempre comienzan con paradigmas arraigados en una cosmovisión esencialmente religiosa (en la Edad Media, por ejemplo, o en el Renacimiento) y culminan con una perspectiva científica moderna, en la que el conocimiento queda confinado en los límites del entendimiento humano. Contrarios a la idea de que Foucault es un pensador de «discontinuidades» (idea que el propio Foucault fomentó como para cubrir sus huellas), estos relatos históricos son a menudo patentemente teleológicos. De hecho, siguen el esquema histórico popularizado por Auguste Comte, el apóstol decimonónico del positivismo: se empieza con el conocimiento teológico (la realidad como creación de Dios), se pasa a la metafísica (en la que la realidad está ligada a un mundo intangible de entidades racionales), y finalmente se llega al conocimiento positivo o científico (la realidad como hechos captados por la mente humana). Para esta representación, Foucault aprovechó las ideas de Martin Heidegger, concretamente su afirmación de que el conocimiento científico está supeditado a una concepción de los seres humanos como «sujetos» cuyas capacidades de comprensión son esencialmente finitas. Una criatura limitada (en lugar de un creador infinito) solo puede captar el mundo como sujeto, es decir, como una conciencia con horizontes necesariamente delimitados.

Lo que intrigaba a Foucault era que esta aparente humildad epistemológica subyacía a una enorme expansión de la autoridad cultural del conocimiento: nunca fue tan importante el conocimiento como cuando los seres humanos lamentaron sus límites intelectuales inherentes. Y así, las experiencias que antes se creían fuera del ámbito del conocimiento se convirtieron en objetos de conocimiento científico: fenómenos contaminados por la finitud humana en lugar de atributos de un universo trascendente. La locura se convirtió en enfermedad mental, la muerte impulsó la expansión del conocimiento médico, el lenguaje se entendió como una red navegable solo para la criatura que la había tejido. El fatídico proyecto de basar el conocimiento en la finitud humana ha prolongado, paradójicamente, ese momento «más mendaz» de la historia del mundo mucho más allá de su minuto asignado.

Foucault quería romper la adicción cultural al conocimiento. Este objetivo sobresale más claramente en su historia de la sexualidad. Aunque creía que la sexualidad es una construcción social, su idea más fundamental era que la sexualidad moderna había hecho un «pacto fáustico» con la verdad. Lo que más nos gusta del sexo es entenderlo: hablar del deseo, analizarlo, diseccionarlo, explorarlo. La afirmación de Foucault de que Occidente abrazó una «ciencia sexual», mientras que Oriente cultivó un «arte erótico», expresa –a pesar de su craso orientalismo, y tal vez a causa de él– su más profunda preocupación por lo que sería experimentar el sexo sin verlo como indicador de algún secreto elusivo sobre nosotros mismos. Esta es la base de su declaración programática de que deberíamos volver a familiarizarnos con «los cuerpos y los placeres». El sexo, especuló Foucault, podría convertirse en un ámbito de experiencia emancipado de la voluntad de saber.

Sus pronunciamientos sobre la política siguieron una línea similar. A menudo se lo asocia con una evaluación sombría de la sociedad moderna, en la que el poder, lejos de limitarse al Estado y a la economía, se difunde a través de una red de instituciones disciplinarias: escuelas, hospitales, servicios sociales, asilos y prisiones, entre otros. Muchos están familiarizados con la afirmación de Foucault de que la autoridad que ejercen estas instituciones se deriva de sus pretensiones de conocimiento especializado, que él denominó sucintamente «poder-saber». Pero, para Foucault, este argumento era solo una parte de un marco más amplio. Insistió sin cesar en que, aunque el poder es una fuerza omnipresente en nuestras vidas colectivas, siempre se manifiesta en luchas concretas. Quería que viéramos prácticas como el disciplinamiento militar de los cuerpos o la relación entre terapeutas y pacientes como algo parecido a combates cuerpo a cuerpo, más que al control orwelliano del pensamiento. El poder siempre implica un esfuerzo por controlar la conducta de alguien: encontrar el punto de apoyo adecuado, identificar las vulnerabilidades, crear incentivos para el cumplimiento.

Foucault no era neoliberal, pero creía que el neoliberalismo planteaba cuestiones importantes. En concreto, se preguntaba por la capacidad de los Estados de Bienestar para tomar decisiones totalmente racionales en materia de salud sobre millones de personas. En una entrevista de 1983, reflexionaba: «Tomemos el ejemplo de la diálisis: ¿cuántos enfermos son puestos en diálisis, a cuántos otros se les niega el acceso? Imagínese lo que ocurriría si se expusieran los motivos detrás de estas decisiones, lo que daría lugar a una especie de desigualdad de trato. Saldrían a la luz decisiones escandalosas». Lo que Foucault quiere decir no es que la ciencia sea verdadera ni falsa (o simplemente «construida»), sino que las invocaciones a la ciencia rara vez resolverán las disputas políticas, porque incluso cuestiones tan aparentemente basadas en la ciencia como la salud pública están de hecho repletas de supuestos e intereses no científicos.

Si bien para Foucault el poder y el conocimiento siempre estuvieron entrelazados, también sostenía que había que desintelectualizar el poder. Esta es una de las muchas razones por las que era escéptico del marxismo. En lugar de cuestionar la pretensión del marxismo de ser una ciencia, Foucault argumentaba que el problema del marxismo era querer ser una ciencia. Su argumento no era que el conocimiento no tuviera cabida en las luchas políticas, sino que la política siempre se vincula irreductiblemente con el poder, y es preferible reconocer francamente este hecho a creer que el conocimiento nos limpia de algún modo la mancha del poder.

A pesar del cinismo que a menudo se asocia a este punto de vista, me sorprende que no se lo considere un exceso de optimismo: para Foucault, el corolario necesario de la afirmación de que todas las relaciones están saturadas de poder es que a su vez todas son, en principio, reversibles. Tal como proponía Hegel, no existen las relaciones entre amo y esclavo en las que los amos, por el simple hecho de dominar a sus esclavos, no pongan en riesgo su autoridad. Además, las conclusiones de Foucault sobre el poder encajan con sus ideas sobre el sexo: del mismo modo que los cuerpos y los placeres deben evitar ser utilizados para realizar interminables análisis sobre la sexualidad, en política debemos perseguir las luchas abiertas por el poder como alternativa al poder-saber.

Si alguna vez le hubieran preguntado a Foucault sin rodeos si era relativista, quizás habría respondido: «Tan solo si fuera posible superar la voluntad de verdad». Foucault nos invita a ver la verdad no como la estructura de la realidad, sino como un artefacto cultural, algo que fabrican los humanos. Esto no significa que la verdad no exista: la ciencia revela las leyes del universo físico; la estadística identifica patrones en grandes números; el arte puede presentar una imagen del mundo o expresar emociones interiores. De hecho, el problema de Foucault con la verdad es precisamente que esta existe, y existe de un modo muy intenso. Aunque la reciente publicación de Foucault Confesiones de la carne (cuarto y último volumen de la Historia de la sexualidad) se puede leer como una condena de las prácticas confesionales, también muestra que la confesión se extendió entre los primeros ascetas cristianos porque era emocionante. La verdad no solo nos la imponen las relaciones de poder, también nos parece excitante.

Paul Veyne, amigo de Foucault, comentó una vez que, mientras que a Heidegger le interesaba la base ontológica de la verdad y a Ludwig Wittgenstein el significado de la verdad, la pregunta de Foucault era por qué la verdad es tan falsa. Sin duda, esto se refiere al reconocimiento de Foucault de que la verdad está contaminada por el poder y sus criterios cambian con el tiempo. Pero lo que está en juego en esta afirmación es todavía más importante. Foucault exige que nos cuestionemos el valor que asignamos a la verdad: incluso si esta nos permite llevar la vida que deseamos.

Esto nos devuelve al presente. En muchos sentidos, todos somos foucaultianos en la actualidad, por el modo en que pensamos sobre el género, la normalización, la psiquiatría, el confinamiento, la vigilancia. Pero rara vez ha estado la política tan intoxicada de verdad como hoy, en ambos lados del espectro político. Por muy ofensivo que resulte para las sensibilidades liberales, las teorías conspirativas de la derecha, como QAnon y Stop the Steal [Detengan el robo], participan en una política de la verdad. Esto no significa que sus afirmaciones sean plausibles, sino que sus aspiraciones de eficacia se basan en «estar en lo cierto». (Este pasaje, de alguna manera, es la esencia de la crítica foucaultiana). En una línea más académica, Jordan Peterson también sitúa la verdad en el centro del debate político cuando acusa a los «guerreros de la justicia social» –inspirados por lo que él llama absurdamente el «posmodernismo» foucaultiano– de ignorar la ruda justicia de las jerarquías naturales identificadas por la ciencia evolutiva.

Esta voluntad de verdad no se limita en absoluto a la derecha. Si en la izquierda aspiramos a una comprensión más amplia de la salud mental, si valoramos las identidades transgénero y si promovemos instituciones que abrazan la heterogeneidad, es generalmente porque nos parecen verdaderas, justificadas en lo que sabemos. Incluso la metáfora que está en la base del término «woke» (despierto/consciente) está impregnada de nociones de verdad: una pizca de cristianismo de «nuevo nacimiento» mezclada con un reconocimiento ilustrado del mundo tal como es. La concepción de la historia defendida por muchos en la izquierda en los últimos años no busca simplemente explorar relatos alternativos, sino conseguir que el pasado estadounidense –y la esclavitud, sobre todo– sea el «correcto». «Creer en la ciencia», el mantra liberal de la pandemia, también se basa en la opinión de que la verdad debería poder resolver los desacuerdos políticos claves de una vez por todas. Resulta sorprendente que la izquierda contemporánea recurra a casi todas las formas de verdad –cristiana, ilustrada, científica– sobre las que Foucault lanzó su mirada crítica.

Sin embargo, en la medida en que se pueda siquiera especular sobre estas cosas, imagino que Foucault habría apoyado iniciativas como el Proyecto 1619 –una iniciativa de The New York Times en 2019 que se proponía «replantear la historia del país colocando las consecuencias de la esclavitud y las contribuciones de los afroestadounidenses en el centro mismo del relato histórico nacional de Estados Unidos»-  y las habría considerado alineadas con sus genealogías del poder, por no hablar de su política de liberación. Era, como es comúnmente reconocido, muy consciente de cómo las narrativas históricas a menudo excluyen a determinados individuos y reconocía el poder de narrar la historia desde el punto de vista de los grupos marginados.

Pero el proyecto más profundo de Foucault de destetarnos de nuestra adicción a la verdad es tan ajeno a nuestro presente como lo fue a su propia época. «Decir la verdad al poder», una idea que parece más relevante que nunca, parece tener un aire agradablemente foucaultiano. De hecho, la lección de Foucault es más precisa (aunque algo tautológica) como «combatir el poder con el poder». Como saben los activistas sindicales y comunitarios, el conocimiento solo llega hasta cierto punto: la tarea de la organización consiste en enfrentarse al poder allí donde se manifiesta, como el lugar de trabajo o las normativas de vivienda, y limitar sus efectos mediante el aprovechamiento estratégico de la fuerza colectiva. Como observó una vez el criptofoucaultiano Saul Alinsky, «nadie puede negociar sin el poder de obligar a negociar». Si la política es fundamentalmente una cuestión de poder, ¿qué plusvalía obtenemos al pretender también tener razón?

Estas preguntas son tan difíciles de plantear hoy como en cualquier otro momento. Y así, mientras seguimos discutiendo sobre un Foucault semificcionalizado, el verdadero filósofo sigue siendo más intempestivo que nunca.

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí. Traducción: Rodrigo Sebastián

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Jari Schroderus, https://www.flickr.com/photos/shadows_and_light/

Cuando se suplican las migajas que puede arrojarle el poder estatal se claudica la función que le corresponde en la sociedad.

 

De niño venía de vacaciones a la helada Bogotá a casa de mi abuela paterna, una anciana rezandera que tenía en una esquina de su habitación un altar adornado con imágenes de santos y veladoras peligrosamente encendidas. El piso era de madera y la habitación rezumaba un vaho asfixiante aumentado por la abundancia de colchas y cortinas y ruanas y ropa sobre las sillas y la cama. En mis ingenuos ocho años, ajeno a tanto vapor celestial pero lleno de curiosidad, pregunté a la venerable señora, encorvada y arrugadas sus manos y rostro: “Abuelita, quiero ir a cielo, deseo conocerlo y estar allí, ver cómo es”. Ella guardó silencio y dijo, momentos después, sin mirarme y mientras encendía de nuevo una veladora. “Para ir al cielo, primero hay que morirse”. Protesté, supliqué: “Pero no quiero morir todavía”. “Entonces no puedes conocer al cielo aún”. Y quedó murmurando una letanía en latín indescifrable para mí. Al cabo de unos minutos volvió a decir algo, que desde entonces siempre retumba en mis oídos: “No se puede tener lo mejor de dos mundos a la vez.”

Volví a recordar esa sentencia hace unos días cuando un colega me buscó afanosamente con el fin de suscribir una carta de protesta y solidaridad con algunos escritores que se sintieron ignorados al no haber recibido invitación a un evento internacional. “Debemos unirnos frente a este abuso, No es posible que sólo inviten a los amigos del gobierno y que dejen a algunos de sus críticos por fuera”, decía la misiva. “Eso es coartar la libertad de expresión” concluía la carta. Me negué a hacerlo. Durante los siguientes días las redes sociales y columnas de opinión se poblaron de voces indignadas de un sector de la intelectualidad nacional. Además, la polémica fue sazonada por declaraciones del embajador colombiano que intentó justificar la decisión del gobierno según si los escritores están a favor, son neutros y o están en contra del gobierno. Los que viajaron fueron, finalmente, los “neutros” y los progobiernistas.

Lo anterior es una página más del anecdotario de la cultura nacional. Sin embargo, la cuestión que permanece abierta es sobre la posición de los intelectuales en el seno de la estructura social. Es un asunto abordado una y otra vez desde cuando Zola lanzó el célebre J’accuse... ! Aun mucho antes, la historia de los intelectuales incómodos para los gobiernos es antigua. Sócrates fue obligado a beber la cicuta por ser una influencia nefasta para la ciudad, en especial, para los jóvenes. El filósofo, fiel a sus principios, prefirió la ponzoña antes de retractarse o tomar el camino del exilio.

A pocos el tema les ha sido extraño. Gramsci, Hobsbawm, Foucault, Blanchot, Chomsky, Eagleton, Anderson, LeGoff, Maldonado, Baumann, Said, entre muchos, han abordado este tema en diversos trabajos Durante buena parte del siglo pasado la discusión giró en torno a si los intelectuales son integrantes de una clase social en sí misma como afirma Benda, o al parecer de Gramsci, estos pertenecen a un grupo social aún más amplio, o como afirma Mannheim, estos trascienden la noción de clase social. Ahora bien, esta misión oscila entre dos extremos. De un lado, los que abogan por un intelectual independiente, que se dedica a producir conocimiento, en principio objetivo, y del otro extremo, aquellos que propenden por un intelectual con compromiso político y en defensa de los sectores más vulnerables de la sociedad.

Más allá de esa discusión, lo cierto es que a los intelectuales siempre se les atribuye un fin, una misión específica en la sociedad, así los límites de la función sean autoimpuestos por ellos mismos, como afirma Baumann. La función no deja de admitir ángulos y perspectivas. Hoy día, el debate original ha perdido fuerza a medida que nuestro mundo se ha vuelto multicultural, complejo, multifocal. La clase social ha dejado de ser una variable discreta. Hoy parece más importante el lugar y el medio de enunciación; así, los canales de comunicación, la academia y las agencias estatales sirven más para encausar la actividad del intelectual en la sociedad del siglo 21.

En años recientes se ha visto en el país, casos como el de la revista Semana, donde escritores, columnistas, caricaturistas se han retirado, por cuenta propia o no, de los medios de comunicación donde escribían debido a presiones de los grupos económicos que controlan la gran prensa. Basta la llamada de un presidente, de un accionista de peso, de un poder influyente para que uno o varios intelectuales abandonen su tribuna. Sus voces gozan de perifoneo siempre y cuando no pisen los callos de quienes los sustentan. Por lo mismo, parece un contrasentido tratar de ejercer unas voz crítica desde un lugar adscrito a una potencia económica, política o social. Aún peor sucede cuando el intelectual acepta la autocensura o la limitación de su independencia por mandato de quien le permite mantener su voz, pero con sordina. Caso de este tipo es el del caricaturista Matador, de El Tiempo, que durante la campaña presidencial anterior, siempre mostró al candidato de derecha (y hoy presidente) como un cerdito sujetado por un lazo de la mano de su jefe, el expresidente Uribe. Bastó que la elección se decidiera para que Matador dejara de mostrar al nuevo presidente de esa manera, seguramente por indicación de los dueños del periódico. Desde entonces, de la original y mordaz figura porcina solo quedan los orificios nasales resaltados. El resto desapareció.

Por lo anterior, el asunto parece no dar pie a confusiones. El intelectual goza de su influencia en la proporción que mantiene su autonomía, su agudeza y sobre todo, su conciencia crítica por fuera de cualquier institucionalidad. Pretender defender un pensamiento crítico desde el interior de una institución que hace parte del sistema hegemónico parece, o bien un contrasentido o, en el mejor de los casos, el borde del abismo de saber que en cualquier momento puede ser silenciado, persuasivamente o a la fuerza. En la misma línea, todo intento de crear una cultura “oficial” a través de instituciones, subvenciones o políticas gubernamentales está condenada al fracaso. Todo gobierno, por más democrático que sea, tiende a suprimir las voces de oposición, y a la vez, busca imponer su particular concepción de lo que debe ser la cultura, la memoria o el pensamiento imperante.
Los intelectuales de izquierda aprendieron esta lección con sangre en la boca, cuando no con la vida, durante el estalinismo. Algunos que vivían extramuros, como en Europa, rompieron sus carnés de afiliación al Partido y terminaron abandonando sus filas. Otros, como Sartre, se vieron en dificultades para defender la ortodoxia y no hacerse los ciegos ante los abusos del totalitarismo soviético y de los países de la cortina de hierro. En la derecha, los intelectuales que pertenecen a la academia o a instituciones dominadas por grupos ecónomos no suelen ser más amplificadores del capital y su ideología. Hay casos insólitos, claro está, como el de Noah Chomsky quien durante décadas logro mantener su pensamiento crítico desde el interior de uno de los bastiones intelectuales del capital, la universidad de MIT. Algunos dicen que se lo permitieron precisamente para justificar su vocación democrática, pero a costa de una estrecha vigilancia y seguimiento.

La prueba de fuego para cualquier intelectual es llegar a vivir y ser parte del tipo de sociedad por la que ha propendido durante años, desde la oposición al régimen imperante. No es infrecuente que esto suceda. Verse de la noche a la mañana, tras un triunfo electoral o revolucionario, en el seno de un gobierno por el que ha postulado sus ideas e inclinaciones. ¿Qué hacer? Es fácil pasar de critico a mandarín, de opositor a oficialista, de asediante a áulico, de radical libre a electrón en órbita del poder. Cuando no es por la vía de la cooptación, es por la absorción orgánica la forma como el poder asimila a los intelectuales incómodos a sus propósitos. Lo difícil es mantener siempre la vocación crítica, la agudeza de observación, la inquebrantable vocación de afirmar lo embarazoso para los gobernantes, lo inconveniente para algunos, lo prohibido o silenciado por el poder.

Por lo anterior, al intelectual no parece quedarle otro lugar que el construido con su independencia. Se trata de defender su locus de enunciación, su postura crítica más allá de cualquier tipo de gobierno que haya atacado o defendido. La vocación profunda de este es la autonomía, la crítica, el pensar libremente sin compromisos o cortapisas, y esto es solo posible desde el extrañamiento de los círculos de poder. De igual forma, la prensa libre, aquella que adopta otra posición para pensar, leer, escribir no acepta subvenciones ni se pliega a afiliaciones que la limiten o condicionen.

Desde esta perspectiva un intento de debate como el que se dio hace unas semanas en torno a los escritores que se sintieron excluidos de una feria del libro internacional es innecesario y superficial. Cuando el intelectual se viste de pordiosero para suplicar las migajas que le puede arrojar el poder estatal, en la forma, por dar un ejemplo, de un viaje al exterior, está claudicando la función que le corresponde. Y cuando este, al igual que el niño que no comprende la línea que separa una vida de la otra, y quiere estar en el cielo y a la vez seguir vivo, cae en el infantilismo mental. No vale la pena sacarlo de ese egocentrismo en que lo sume el sentirse “ignorado” por las esferas del poder.

*Escritor, integrante del consejo de redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

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Lunes, 01 Noviembre 2021 07:10

Qué susto

La celebración de Día de Muertos se infiltra cada vez más en Estados Unidos. En Los Ángeles, California,el sábado el festejo incluyó la tradicional Danza Chicomecóatl.Foto Afp

Es Halloween y el susto está por todas partes.

Este país desde sus orígenes se ha definido en gran medida en torno al temor ante "lo otro", sus políticos han justificado guerras, invasiones, intervenciones, tortura, genocidios de indígenas, esclavitud, discriminacion y un fervor armamentista sin igual hasta hoy día. Casi todo organizado en torno a una constante "amenaza" que casi siempre proviene del exterior. El enemigo, como en casi todos los países, es "demonizado" –la amenaza mexicana, la "amarilla", la "roja" (primero indígenas, después comunismo)– y así nutriendo más guerras, olas antimigrantes, xenofobia y una percepción del crimen vinculado a minorías y a los "otros" (con ello se ha llegado a ser el país más encarcelado del mundo).

El país más poderoso de la historia es aparentemente el país más asustado del mundo.

Por eso Estados Unidos necesita el presupuesto militar más masivo del planeta (más grande que el total combinado de los próximos 11 países con mayor gasto militar), el temor siempre ha sido entre las mejores armas de los políticos para justificar y mantener su poder y las guerras casi constantes a lo largo de la historia de este país.

Pero este Halloween, los principales demonios y monstruos, "enemigos" y otros que amenazan a este país ya no provienen de "afuera", no son extranjeros, ni extraterrestres, ni están disfrazados de otras cosas, sino que son estadunidenses. Según el consenso de las agencias de inteligencia y de seguridad interna y de una amplia gama de analistas políticos, la mayor amenaza a Estados Unidos hoy día proviene de extremistas blancos y sus promotores, entre ellos el ex presidente Donald Trump y sus aliados. "Cuando visitaba Estados Unidos en los 60 y 70, tenía que firmar una declaración de que no tenía la intención de derrocar al gobierno estadunidense por la fuerza. Nunca me di cuenta que ésta sólo se aplicaba a los extranjeros", tuiteó recientemente el gran cómico inglés John Cleese, integrante de Monty Python.

Las investigaciones en curso sobre el atentado de golpe de Estado del 6 de enero continúan revelando una red cada vez mayor de complicidades entre agrupaciones extremistas de derecha y legisladores federales y asesores republicanos. El Washington Post, en una amplia investigación, concluye que ese día sólo fue una parte del "asalto por el presidente Donald Trump sobre la democracia estadunidense" que impulsó desde meses antes y que esa "insurrección no fue un acto espontáneo ni un evento aislado. Fue una batalla sobre una guerra más amplia en torno a la verdad y sobre el futuro de la democracia estadunidense" (https://www.washingtonpost.com/politics/interactive/2021/jan-6-insurrection-capitol/).

Hace una semana una gama extraordinaria de prominentes escritores, académicos y analistas conservadores tradicionales, centristas y liberales publicaron una Carta Abierta en Defensa de la Democracia deplorando el asalto por fuerzas trumpistas al proceso político-electoral. “Instamos a todos los ciudadanos responsables a quienes les importa la democracia –funcionarios públicos, periodistas, educadores, activistas, sociedad en general– a hacer de la defensa de la democracia una prioridad. Ahora es el momento para que líderes de todos tipo… se presenten a ofrecer su apoyo a la República”, escribieron.

Durante los años de Trump y ahora con el Partido Republicano subordinado a su proyecto neofascista, voces desde Noam Chomsky hasta las de ex generales –en sí algo inusitado– han repetido que el experimento democrático estadunidense está más amenazado hoy que nunca desde la Guerra Civil, algo que podría tener graves consecuencias internacionales.

Mientras el Halloween desafortunadamente ha contaminado a México desde hace años, el Día de Muertos está infiltrando cada vez más a Estados Unidos. Tal vez eso abre la posibilidad de convocar a los grandes defensores de este pueblo de migrantes –con cempasúchil y copal y tal vez un poco de whisky también– a acompañar la lucha para rescatar sus principios democráticos y para dejar de asustarse y, con ello, asustar a todos a su alrededor.

Harry Belafonte. Zombie Jamboree. https://open.spotify.com/track/1WC367oL0q70xpMlGuy90b?si=d65cce3040c44968

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Las causas internas de la inevitable caída de EEUU

Siempre se supo que los grandes imperios derrapan por razones culturales y políticas internas, mucho antes de ser atacados por fuerzas exteriores que terminan sepultando su dominación. Así sucedió en la historia y así está sucediendo ahora con la decadencia de EEUU.

Dos artículos recientes avalan esta afirmación. El analista de Asia Times, Spengler (seudónimo de David Goldman) titula su columna "La corrupción imperial de las élites estadounidenses se compara con la Guerra del Opio". La profesora de psicología en la Universidad Estatal de San Diego, Jean Twenge, tituló su análisis en The Atlantic, ya en 2017, "¿Los teléfonos inteligentes han destruido una generación?".

Según la profesora, en su país los adolescentes "están al borde de una crisis de salud mental", no tienen opción de una vida sin iPads o iPhones y pasan la mayor parte del día solos en sus habitaciones pegados a los teléfonos.

Está investigando las diferencias generacionales durante 25 años y llega a conclusiones dramáticas. En comparación con los llamados Millenials, Twenge dice: "Las experiencias que tienen todos los días son radicalmente diferentes a las de la generación que llegó a la mayoría de edad unos años antes que ellos".

La generación posterior a la crisis de 2008 es la primera que fue formada por los teléfonos inteligentes. "La llegada del teléfono inteligente ha cambiado radicalmente todos los aspectos de la vida de los adolescentes, desde la naturaleza de sus interacciones sociales hasta su salud mental".

Aunque encuentra aspectos positivos, cree que psicológicamente son más vulnerables ya que "las tasas de depresión y suicidio en adolescentes se han disparado desde 2011". Agrega que el auge del teléfono inteligente y las redes sociales ha provocado "un terremoto de una magnitud que no habíamos visto en mucho tiempo", y que "están teniendo efectos profundos en sus vidas y los están haciendo muy infelices".

Duermen menos, socializan poco, son más susceptibles a las enfermedades, al aumento de peso y la presión arterial alta, y sobre todo tienen escaso o nulo compromiso. Es evidente que una sociedad anclada en estos comportamientos tiene poco futuro, por lo cual China decidió desatar una "guerra contra los videojuegos", imponiendo serias restricciones a los menores ya que los considera "el opio de la mente".

En la misma dirección, Spengler sostiene que "China se encuentra hoy con respecto a los Estados Unidos como lo estaban los Estados Unidos y Alemania con respecto a Gran Bretaña a fines del siglo XIX".

Recuerda que fue Inglaterra quien descubrió la bombilla eléctrica, pero que no pudo comercializarla por "la corrupción del imperio". "Los mejores y más brillantes de Gran Bretaña se dedicaron al servicio colonial, y amasaron fortunas con la venta de textiles británicos a la India, opio indio a China y té y sedas chinas a Occidente".

Mientras estadounidenses y alemanes construyeron fábricas a principios del siglo XX, los británicos se dedicaron a ganar fortunas con métodos que define como "corruptos", razón del declive de la isla.

Algo similar está sucediendo ahora, cuando la riqueza de EEUU se concentra en una ínfima minoría y generaciones enteras de jóvenes "se alimentan de una cultura de hedonismo despreocupado que valora la autoexpresión individual como una cuestión de dogma religioso al tiempo que impone una conformidad viciosa".

Según Spengler, Internet no es una burbuja y tiende a crecer casi ilimitadamente, pero la compara con el consumo de opio en los siglos XIX y XX, una droga social. "Lo que cautiva a los verdaderos creyentes de Internet es la descarga ilimitada de entretenimiento barato y lascivo: pornografía, música popular, chismes, coqueteos, juegos de rol de fantasía y, por supuesto, compras".

El problema es que Internet es la gran impulsora de los mercados globales, mientras destruye la cohesión social y genera una falsa impresión de crecimiento económico: mientras las economías están paralizadas las bolsas siguen cotizando al alza.

Las imágenes de estas descripciones nos remiten, casi naturalmente, a la decadencia del imperio romano, que al verse carcomido por dentro fue presa fácil de las invasiones "bárbaras".

A mi modo de ver, una de las razones de fondo de la decadencia de EEUU como potencia imperial, es la crisis interna: sanitaria, de confianza en las instituciones, en particular de los jóvenes de color hacia la policía, y la difusión de una cultura tan individualista que sólo piensa en la inmediatez.

Un trabajo sobre el flujo de jóvenes hacia el Ejército concluye: "El 71% de los jóvenes estadounidenses entre 17 y 24 años no son elegibles para servir en el ejército, es decir, 24 millones de los 34 millones de personas de ese grupo de edad". Esto hace que la seguridad nacional esté en cuestión.

Las causas principales de esta situación son, según el informe de almirantes y generales retirados, "la educación inadecuada, la criminalidad y la obesidad". En detalle, del total de jóvenes que no pueden servir en las fuerzas armadas, el 32% es por razones de salud, el 27% por escasas aptitudes físicas, el 25% por no haber finalizado la secundaria y el 10% por presentar una historia criminal.

Parece evidente que una sociedad que ya presentaba estos rasgos hace ya varios años, ahora se ve doblemente acuciada por la brutal insensibilidad de las elites y por la enorme difusión de redes sociales y videojuegos que hacen que una parte creciente de los jóvenes prefieran no salir de casa para sobrevivir como sonámbulos frente a la pantalla.

Todo esto sucede justo cuando China está en camino de sobrepasar a EEUU en los rubros decisivos, desde la computación cuántica y la inteligencia artificial hasta la capacidad militar que, no olvidarlo, depende más de la entereza de los seres humanos que de las máquinas.

No puede sorprender, por lo tanto, que los sucesivos gobernantes que ocupan la Casa Blanca, pero sobre todo el Deep State, estén al borde de la histeria cuando se trata de planificar un futuro que, saben, no será el de sus sueños.

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Foto: "Duoyishu Terraces" de Ryan Tian

Ver el mundo desde arriba es una experiencia metamórfica. Un árbol sin hojas se convierte en una telaraña, un circo se transforma en una caja de dulces, mientras que un campo de cosecha se simplifica en cortes de lino y oro.

Rara vez tenemos la oportunidad de cambiar nuestra perspectiva, pero en el nuevo libro Above the World, destacados fotógrafos aéreos nos invitan a hacer precisamente eso. Las imágenes espectaculares, todas tomadas con cámaras de drones DJI, son una deliciosa fiesta de color, textura y una belleza natural excepcional.

Capturar tanto lo abstracto como lo fáctico es otro atractivo para los fanáticos de los drones. “Lo que encuentro realmente divertido es comparar tomas aéreas de objetos hechos por el hombre con objetos naturales”, dice el fotógrafo y camarógrafo Michael Shainblum, un especialista en time-lapse.

Te dejamos las mejores fotografías capturadas en dron y elegidas por Above the World 2021.

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Jueves, 21 Octubre 2021 05:11

El cuasifascismo podría triunfar en EEUU

Vista de los asaltantes al Capitolio, en Washington, en enero de 2021. REUTERS/Shannon Stapleton

Existe una percepción bastante generalizada en España, incluso en algunos círculos del PSOE gobernante, de que el peligro del renacimiento de la ultraderecha a nivel mundial se está exagerando por parte de algunas voces de izquierda, pues creen que en realidad estas fuerzas de ultraderecha (con mucha semejanza con las ultraderechas de antaño), están siendo derrotadas y van de capa caída. Así vemos como la que fue vicepresidenta Primera del primer gobierno de coalición de izquierdas, la señora Carmen Calvo, afirmó en un momento del debate en el programa El Ágora de la hora 2 de la SER, como prueba de tal percepción de la realidad, que el presidente Trump había sido derrotado en las últimas elecciones en EEUU, insinuando que su futuro era uno de descenso en lugar de recuperación y ascenso.

El trumpismo no está desapareciendo; antes al contrario, está creciendo

Creo conocer bien EEUU y me temo que la señora Calvo está equivocada. Es posible e incluso probable que el Partido Republicano, hoy controlado en su totalidad por Trump, recupere el control del Congreso y del Senado en 2022 y que gane las elecciones presidenciales del 2024. Las razones de esta percepción son múltiples, y las he ido elaborando en varios artículos, ya publicados en este rotativo.

Uno es el enorme desprestigio del establishment político-mediático liberal, identificado con el Partido Demócrata, que desde los años setenta con el presidente Carter y continuando con los presidentes Clinton y Obama, ha estado aplicando políticas liberales (iniciadas por Carter y expandidas por Reagan y los presidentes republicanos Bush, padre e hijo), que han beneficiado sistemáticamente las rentas del capital sobre las rentas del trabajo (como consecuencia de estas políticas liberales, los directivos de las 350 empresas más importantes de los EEUU, que ganaban en el año 1978, el inicio del período liberal, 1,7 millones de dólares al año, 33 veces más que el salario promedio del trabajador 51.200 dólares, pasaron a ganar, en el año 2019,  21,3 millones, 365 veces más que los últimos, 58.200 dólares). El abandono de las políticas redistributivas del Partido Demócrata, iniciadas por el presidente Roosevelt con el New Deal, fueron  sustituidas por el Partido Demócrata con políticas de identidad, favoreciendo la integración de los sectores discriminados, como las minorías negras y latinas (sobre todo la negra) y las mujeres dentro de la estructura de poder, medidas que, por muy loables que tales intervenciones fueran, beneficiaron a grupos minoritarios (de clase media alta, profesionales con educación superior), que pasaron a integrarse en las direcciones de las instituciones predominantemente públicas (y muy en particular, en los aparatos federales) sin que ello implicara un mayor beneficio de la gran mayoría de las minorías y de las mujeres pertenecientes a las clases populares. El hecho de que el presidente Obama fuera negro tuvo una enorme importancia simbólica, pero sus políticas liberales no beneficiaron a las clases populares, a las cuales pertenecían la gran mayoría de las minorías y también de las mujeres.

De ahí la gran capacidad de movilización de Trump en 2006, en un momento en que la clase trabajadora (la mayoría blanca) y otros sectores vulnerables dentro de las clases populares estaban sufriendo las consecuencias de las políticas neoliberales de liberalización económica, lideradas por los gobiernos del Partido Demócrata anteriores. Trump se presentó como la voz del antiestablishment liberal y globalizador frente al Partido Demócrata (supuesta causa de todos sus males) que lideraba un gobierno federal, al que se le presentaba cautivado por minorías y mujeres universitarias de clase media alta. Su mensaje, caracterizado por un nacionalismo extremo, retrógrado, añorando un pasado idealizado, de carácter imperial, basado en una superioridad racial, machista y cultural, defendiendo la civilización cristiana,  (convirtiendo al "Estado y a la Ley en instrumentos para asegurarse que se siga la voluntad de Dios en la sociedad" como  subrayó la juez Amy Coney Barrett, nombrada miembro del Tribunal Supremo en EEUU por el presidente Trump), así como a la "patria-nación" frente a sus enemigos (que incluye a todo aquel que no comulgue con su credo) fue muy movilizador.  El lector español recordará esta ideología como dominante durante la dictadura fascista en España.

La recuperación del New Deal como respuesta del Partido Demócrata al Trumpismo

La concienciación de este problema, y el coste que le ha significado al Partido Demócrata estar identificado con el liberalismo globalizador, explica que la dirección del gobierno Biden esté respondiendo a marchas forzadas con la recuperación del New Deal. El mayor obstáculo no es que no tenga el apoyo popular para hacer tales reformas, (que sí lo tiene), sino que no tiene los números en el Congreso que le permitan aprobar tal ambicioso proyecto (ver V. Navarro El fin del neoliberalismo y la búsqueda de alternativas, publicado el 14 octubre 2021 en Público). Necesitan 50 votos en el Senado y el Partido Demócrata solo tiene 48 votos que apoyen el New Deal de Biden, puesto que dos demócratas no lo están apoyando y son representantes (y portavoces) de intereses económicos que quedarían afectados por la aprobación de tales propuestas y que se oponen al New Deal: uno es el senador Joe Menchin, del Partido Demócrata del Estado de Virginia, financiado por la industria del carbón, y la otra senadora del Estado de Arizona, también del Partido Demócrata, Krysten Sinema, financiada por la industria farmacéutica que se opone a la regulación de precios de las medicinas, propuesta que hace Biden en su  New Deal.

¿Es EEUU una democracia?

Sí, pero muy limitada. Vayamos por partes. En primer lugar, el presidente de EEUU no es elegido directamente por la población. En realidad, en todas las elecciones desde el año 2000, los candidatos del Partido Demócrata a la presidencia de Estados Unidos han obtenido más votos que los candidatos republicanos (excepto Bush, hijo) y sin embargo los presidentes han sido, la mayoría, republicanos (durante el período 2000-2020, la mayoría de los votos fueron al candidato demócrata, excepto Bush, y sin embargo, los republicanos gobernaron más años, 12, que los demócratas, 8). Y ello se debe al hecho de que quien elige al presidente de EEUU es el Colegio Electoral, que sistemáticamente favorece a los estados rurales sobre los industriales y urbanos.

Lo mismo ocurre en cuanto a la composición del Senado, cámara enormemente poderosa, pues aprueba el presupuesto del estado federal, los nombramientos propuestos por el presidente, e incluso los miembros de la Corte Suprema. Cada estado tiene el mismo número de senadores: dos. California, estado en general demócrata, tiene cuarenta millones de habitantes, y tiene el mismo número de senadores, dos, que Wyoming, con medio millón de habitantes predominantemente en zonas rurales y predominantemente republicanos. Y, aquí también, sistemáticamente los demócratas consiguen más votos que los republicanos en las elecciones al Senado, y es más que probable que ello ocurra en el año 2022. Uno de los analistas electorales con mayor credibilidad, David Shore (New York Times, 10 de octubre de 2021) dice que en 2022 los demócratas podrían ganar, consiguiendo más del 51% del voto del Senado y, en cambio, conseguir solo 43 senadores, convirtiéndose en irrelevantes.

¿Quién tendrá mayor capacidad de movilización?

En este escenario, el futuro podría ser muy preocupante, pues, la única alternativa es que el Partido Demócrata consiguiera una gran movilización capaz de neutralizar la enorme desventaja que el sistema electoral supone para tal partido. Y aun cuando ello se consiguió en 2020, no es seguro que se consiga en 2022, pues es poco probable que las propuestas New Deal sean aprobadas por tal partido, contribuyendo con ello al desencanto popular.  Es importante subrayar que el desencanto es muy notable y muy en particular entre la clase trabajadora, incluyendo la negra, la latina y todas las clases populares sin educación secundaria, lo cual puede contribuir a una gran desmovilización de las clases populares, de lo cual, Trump se beneficiaría. La pérdida de control del Senado y del Congreso en el 2022 por parte de los demócratas, la victoria de las presidenciales por parte de los republicanos liderados por Trump, significaría un cambio de enormes consecuencias internacionales, además de nacionales, que debieran ser motivo de reflexión y reacción por parte de las fuerzas progresistas a nivel mundial. De la misma manera que el fascismo y el nazismo fueron resultado de la Gran Depresión, causada por las políticas liberales aplicadas en aquel entonces, sus herederos actuales han sido consecuencia de la crisis económica provocada por el liberalismo económico, iniciado en los años 70 y 80, que ha afectado muy negativamente el bienestar y calidad de vida de las clases populares, que la pandemia mundial ha puesto en evidencia.

octubre 21, 2021

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