Miércoles, 02 Diciembre 2020 05:22

¿Qué está pasando con el tiempo?

Mural (1943), de Jackson Pollock.  UNIVERSITY OF IOWA MUSEUM OF ART.

Cuando pase la pandemia, habrá que hacer una revolución no para cambiar la Constitución, el gobierno o la economía sino para restaurar la humanidad más elemental, para recuperar el cuerpo perdido

 

Para orientarse en el espacio hay que tener esquinas, torres, montes, estrellas.

Para orientarse en el tiempo necesitamos costumbres y acontecimientos.

El Tiempo visto desde fuera se llama tiempo, que es lo que medimos con los relojes pero también con las fiestas colectivas y los cambios de estación.

El Tiempo visto desde dentro se llama duración, esa pasta blanda atrapada entre nuestras costillas.

Necesitamos contemplar la duración desde el tiempo para no perdernos en ella. Entre el tiempo y la duración, como entre las valvas de un molusco, tiene que haber un pequeño resquicio abierto para que entre la vida. Ese pequeño resquicio es lo que llamamos Espacio.   

La pandemia ha cerrado las valvas del molusco. El Tiempo se ha cerrado sobre la Duración, coincidiendo con ella. Ahora bien, si el Tiempo se solapa con la Duración, entonces no cabe el espacio; y no caben, en consecuencia, los cuerpos. El tiempo-duración es, por eso, una papilla sin orillas, no un río –que va hacia la muerte– sino un mar espeso sin horizonte que contemplar a lo lejos ni ramas ni piedras a las que agarrarse. Donde es posible, por tanto, decir: “eso ocurrió mañana”, “eso ocurrirá ayer”, “eso está ocurriendo sine die”. Donde es posible perderse.

Un minuto dura más que un día porque el minuto hay que contarlo y el día, en cambio, se descuenta cuando ya ha pasado. Un día dura, en cualquier caso, más que un año.

El mejor resumen lo hizo mi hijo Juan el pasado mes de mayo para definir la temporalidad del confinamiento: “Qué lentos pasan los minutos, qué rápido pasa el tiempo”.

II

Si me lavo los dientes delante del espejo no puedo saber cuándo lo estoy haciendo porque lo hago todos los días. Ese gesto es un hábito y forma parte de mi organismo, no de mi agenda. No necesito preguntarme si también hoy llevo un corazón dentro del tórax o dos pies en el extremo de las piernas porque tengo el hábito de llevarlos siempre. El gesto de lavarse los dientes, como el de tener pies, se da por descontado y, en consecuencia, no me sirve para contar el tiempo. Ni me deja ningún recuerdo ni su repetición me facilita recordar otra cosa en los aledaños, por asociación o concomitancia. Me puedo preguntar con angustia si me he tomado o no la medicina o si he cerrado el gas, pero no si me he lavado los dientes, como tampoco me pregunto si he respirado esta mañana o –y esto es importante por lo que diré enseguida– si me he conectado hoy a internet. No puedo saber cuándo me estoy lavando los dientes porque siempre me estoy lavando los dientes. Siempre estoy conectado a internet. Por eso el hábito, sumergido en la duración, es lo contrario de la costumbre, que implica la idea de repetición en el tiempo. Los lunes y miércoles voy a clase de yoga; los viernes duermo en casa de Alfredo; los sábados ceno fuera; los domingos compro el periódico y hago arroz con leche. A las 8h pasa pensativo Kant por delante de la puerta de mi casa. En otoño se caen las hojas; en primavera estallan sin ruido las flores del campo. Las costumbres, humanas o naturales, son repeticiones en el tiempo que nos permiten orientarnos en él mediante desplazamientos hacia el pasado con la memoria y desplazamientos hacia el futuro con la voluntad. Es decir, que las costumbres se recuerdan y además se esperan o se temen. Recuerdo con nostalgia mis veranos de infancia en el pueblo. Temo la visita de mis padres los jueves. Espero con impaciencia el florecimiento de las jacarandás o mi cita de los viernes con Alfredo.

III

Orientarse en el tiempo significa, por tanto, inscribir el cuerpo fuera del organismo, en un espacio en el que los gestos cuentan. Los hábitos no ocurren en el espacio. Respiro, me lavo los dientes y me conecto a internet en cualquier sitio, en ninguna parte, en una duración intestinal sin aura ni mundo. Mi cuerpo sólo está en algún sitio cuando puedo relacionarlo con otros cuerpos y, por eso mismo, situarlo en el eje vertical del tiempo. Hay que entender bien esta cuestión. Tenemos eso que llamamos “presente” sólo porque mientras obramos recordamos lo que estamos haciendo; aquellos que –como en ciertos casos trágicos de amnesia patológica– han perdido hasta tal punto la memoria que borran sus experiencias en el acto mismo de vivirlas, no viven en realidad nada. Vivimos, pues, desde la memoria y lo que llamamos “presente” no es más que nuestro pasado más reciente: de ahí, por cierto, la sensación desasosegante, inseparable de la condición humana, de que nunca estamos completamente ahí cuando besamos a nuestra amada o en la felicidad de ver por primera vez los cerezos en flor o los canales de Venecia. Nunca estamos del todo ahí y gracias a esa trágica ausencia podemos orientarnos en el tiempo y, en definitiva, vivir algo, por poco que sea, aun de manera incompleta o insuficiente. No estar del todo ahí es nuestra forma de estar ahí: un beso olvidado no es un beso; un beso sólo recordado –porque mis labios, al unirse a los tuyos, ya están en el pasado– es el único beso al que tenemos acceso los humanos. Y no está del todo mal. 

IV

Podríamos pensar que, puesto que ese gesto es sólo duración, nos lavamos los dientes en el presente puro. No es eso. No hay “presente puro”. Nos los lavamos en la pura duración sin tiempo del organismo ciego, donde la conciencia no puede entrar, ni siquiera demasiado tarde. Nos besamos, en cambio, demasiado tarde; todo lo importante –todo lo que ocurre– ocurre demasiado tarde. Mientras nos besamos tenemos la sensación de que “acabamos de besarnos”, y el gusto del beso en la boca es ya un regusto: un recuerdo muy reciente en la punta de la lengua. Nunca es sincrónico. Y de poco sirve la atención. Mientras te beso, para estar completamente en tu boca, con ansias en amores inflamado, tratando de retener ese momento intenso de intimidad, puedo intentar recordarme a mí mismo: “presta atención: estás besando a Marta”. Pero ya –ay– estoy perdido: me lo estoy recordando. Ningún gerundio es presente; todos los gerundios son un “acaba de pasar”: todos los gerundios, sí, excepto “recordando”. Nunca estoy besando a Marta aquí y ahora; por muchos minutos que la bese sin tomar aliento, y por más que la siga y la siga besando, es algo que ya ha ocurrido mientras ocurre: una sucesión más o menos larga (ojalá sea larga) de “acabo-de besar-a-Marta”, “acabo-de-besar-a-Marta”, “acabo-de-besar-a-Marta”. Nunca “empezamos a”; siempre “acabamos de”. El presente es solo la ocasión o la condición de un recuerdo más o menos vivo y más o menos tranquilo. Como lo normal es estar siempre “acabando de”, sentimos enseguida el dolor de la “incompletud”: la nostalgia de ese minuto que se nos escurrió desde el principio, la insatisfacción de no haber besado a Marta lo bastante. Pero ese dolor es siempre mejor que la nada de lavarse los dientes.

V

Vivimos en el pasado, pero también hacia el futuro, poniéndonos sin descanso por delante de ese lugar donde vivimos recordando el presente. Eso quiere decir la palabra “proyecto”. Esperamos ciertas repeticiones y preparamos ciertos acontecimientos. Nuestro cuerpo está en algún sitio porque vamos hacia alguna parte, con las piernas o con la mente; porque avanzamos por el espacio hacia el futuro. Por el resquicio entre las dos valvas –digamos– llegamos a otro sitio y además al día siguiente. Si el espacio a veces parece insoportable se debe justamente a que es tiempo petrificado que hay que horadar a martillazos para alcanzar nuestra meta: para llegar hasta Marta tengo que atravesar el parque del Retiro; cuando acabo de recorrer la distancia que me separa de Ítaca soy otro hombre y es otro año. El presente ocurre en el pasado y anticipa un futuro del que nos separa no sólo una sucesión más o menos larga de horas que hay que enhebrar sino un prado, una plaza, toda la calle de Alcalá, que es larguísima. Cualquier amante separado de su amada es espontánea y dolorosamente einsteniano: concibe el espacio-tiempo como una unidad rocosa impenetrable, compuesta de granos eleáticos que ningún deseo, por intenso que sea, puede atravesar de un salto. El presente es el pasado más reciente, pero es también el primer obstáculo para llegar a tu casa o para que llegue el verano. Nunca llego a tu casa, nunca llega el verano, es verdad, porque una vez allí ya han pasado. Pero gracias a estas dos tensiones insatisfactorias, hacia atrás y hacia adelante, nos orientamos en el tiempo y no nos sumergimos completamente en la duración intestinal del hábito orgánico sin fronteras.

VI

Pues bien, que el tiempo y la duración, a causa de la pandemia, se hayan cerrado como las valvas de un molusco significa que nuestra vida entera se ha convertido en un hábito: algo que ocurre por debajo de la atención de nuestro cuerpo, en su interior biológico, sin memoria y sin esperanza. Ya no hay espacio entre el filo del tiempo y el filo de la duración por el que pueda caber ni siquiera el dolor de haberte ya besado, el dolor de no haberte besado todavía. Creo que a todos nos está pasando esto de sentirnos temporalmente desorientados; sabemos mal qué secuelas físicas y psicológicas nos dejará. Todo se ha convertido en un permanente “lavarse los dientes” en un día cualquiera. Si orientarse en el tiempo es vivir acciones ya terminadas o aún no comenzadas, nunca “acabamos de” lavarnos los dientes porque lavarse los dientes es una acción que no tiene ni principio ni fin. No deja ninguna memoria ni contiene ningún plan de futuro. No empieza. No acaba. Sencillamente no ocurre. Los últimos nueve meses han sido sin duda los más densos y los más cortos de nuestras vidas: han pasado de una sola vez, en un solo bloque, de un tirón. A finales de agosto, cuando volví a Túnez tras un confinamiento inesperado de seis meses en un pueblo de Castilla, a donde había ido a pasar diez días de vacaciones, lo expresaba así: “Han sido los diez días más cortos de mi vida: han durado seis meses”. Una vez acabe la pandemia, dentro de un año o de dos, no recordaremos nada, porque no habrán pasado un año o dos: habrá pasado una sola unidad de tiempo. Una “unidad de tiempo” no es tiempo: es duración cuajada como un queso, encerrada en una caja de cartón y abandonada sin abrir a nuestras espaldas. O como escribí en un brusco aforismo: “El tiempo es una larga raya de cocaína encima de la mesa. Dios se la esnifa de un solo golpe de nariz”.

VII

Esta coincidencia de las valvas del tiempo y de la duración se ha consumado además a través de las nuevas tecnologías, es decir, de ese confinamiento tecnológico en el que, de algún modo, vivíamos ya antes de la pandemia pero que la pandemia, imponiéndolo a modo de necesidad funcional, ha completado. El confinamiento nos ha liberado del cuerpo convirtiendo las costumbres en hábitos, pero nos ha liberado del cuerpo encerrándolo, simultáneamente, en la duración sin tiempo de la red. Buena parte de nuestra desorientación temporal, asociada a la falta de recuerdos y a la falta de proyectos, tiene que ver con esta comunicación sin cuerpos que del ocio se ha trasladado ahora también al trabajo. Alguien decía con ingeniosa perspicacia filosófica que una reunión de Zoom es como una sesión de espiritismo. Las clases on line, el teletrabajo, las conferencias en streaming nos colocan en un mundo virtualmente desaparecido del que han quedado en el aire, como la imagen del gato de Cheshire, algunas voces dispersas, algunos harapos acústicos. El que habla no habla desde Túnez; el que escucha no escucha desde Zamora. No sabemos dónde estamos ni si hay alguien escuchándonos al otro lado, porque no hay ningún lado; no sabemos si estamos hablando desde el pasado y todo lo que decimos es ya viejuno y reaccionario o si hablamos desde el futuro y estamos profetizando. Esta sensación de que nuestras palabras no están ancladas ni en un lugar ni en una fecha confiere a todos los discursos un aura fúnebre e inútil. No se puede cambiar un mundo que ya no existe. Lo más que podemos hacer en la red es cambiar de cepillo de dientes. 

VIII

Por lo demás, este cierre del tiempo sobre la duración constituye la metáfora más precisa de un capitalismo sin exterior de cuya decadencia tomamos conciencia precisamente cuando nos obstruye todas las fugas. Primero –digamos– se apoderó del tiempo y su resquicio, el espacio; ahora, a través de las tecnologías, se infiltra en la duración. Entre sus valvas, los bárbaros internos –pandemias, catástrofes climáticas– giran sin salida, sustituyendo o sumándose al “terrorismo” como función de la gobernanza global y sus medidas de excepción.

IX

Desorientados en el tiempo, confinados en las tecnologías de la comunicación, se impone una vida de hábitos, completamente animal, que no deja recuerdos y no genera proyectos, privada de costumbres y de acontecimientos; y en la que lo único que podemos hacer es dejarnos durar en la velocidad de las redes. El problema es que los humanos nos habituamos a todo y hay muchos intereses materiales y políticos en mantenernos tecnológicamente confinados para siempre; es decir, desenganchados, desinteresados del mundo. Escribo estas líneas preocupado por esta desorientación temporal que muchos compartimos (una especie de alzheimer social) tras escuchar con horror las bienintencionadas declaraciones del secretario de Estado para el Empleo, Joaquín Pérez Rey, quien ha sabido ver muy bien el carácter “disruptivo” de este “cambio cultural”: “Es necesario empezar a entender que la productividad está desligada de la presencialidad”, dice. Y añade, consciente de que el confinamiento es muy anterior a la pandemia: “Ese elemento hay que romperlo; en cierta medida está ya muy roto y hay que profundizar en él”. Pérez Rey, que hace de la necesidad virtud, ve aquí la posibilidad “de liberar tiempo”, una fórmula “de encomendar tiempo a otros usos, incluso con finalidades distintas a las que habitualmente ordenan el tiempo”. Da mucho miedo: esa ruptura entre productividad y presencialidad, que deja el espacio fuera de la esfera del trabajo, entrega para siempre el tiempo a la duración, que desbordará –está desbordando ya– los moldes del empleo para anegar el conjunto de la vida, incluso la más íntima, y consumar la sustitución de los cuerpos por funciones orgánicas. En el mundo seguirá habiendo algunos cuerpos rotos, algunos árboles quemados, mientras nosotros nos lavamos los dientes en internet.

X

Así que, cuando pase la pandemia, habrá que hacer una revolución no para cambiar la constitución, el gobierno o la economía sino para restaurar la humanidad más elemental: para salir de casa, compartir el espacio, dar un beso, elaborar un recuerdo; para volver al tiempo. Para recuperar, en definitiva, el cuerpo perdido.

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Viernes, 20 Noviembre 2020 06:22

La séptima función del lenguaje

La séptima función del lenguaje

Para Roman Jakobson, uno de los representantes de la lingüística moderna, el lenguaje es un sistema funcional caracterizado por la intencionalidad comunicativa de los hablantes. De tal manera que se puede pasar de manifestar sentimientos a tratar de influenciar o convencer a otros, de transmitir una información a expresar un mensaje de manera bella. Las funciones del lenguaje son seis, pero en nuestro país tal vez se haya descubierto la séptima.

Desde finales de la Guerra de los Mil Días (1899–1902) la oratoria se volvería un recurso para deshumanizar a los vencidos. Ateos, masones, asesinos, apátridas, traidores; son solo algunos de los adjetivos utilizados contra líderes liberales como Rafael Uribe Uribe, que a la postre sería asesinado y cuya alma es condenada públicamente al infierno por el clero de la época.

De los luchadores sociales y trabajadores de las tres primeras décadas del siglo pasado, gente muy rebelde los llama Renán Vega Cantor, se afirmó que eran infiltrados del bolchevismo internacional, propagadores de doctrinas malsanas que estaban contra la sana religión y la moral católica. Se satanizaron sus fiestas (el Primero de Mayo) y se sancionó su cultura como vulgar y contraria al progreso. Al final la Masacre de las Bananeras (1928) fue el culmen de una retórica oficial contra cualquier reivindicación social.

El Bogotazo (1948) estuvo precedido de hechos de violencia en todo el territorio nacional. Mujeres y niños asesinados, cadáveres mutilados y expuestos para el terror de la población, pueblos donde alguno era degollado por no ir a la misa el domingo o por escuchar los discursos de Jorge Eliecer Gaitán en la radio. En esta ocasión la palabra también precedía a la masacre. Se tildaba a los liberales de ateos, asesinos de niños, incendiarios de iglesias. En Antioquia un obispo instaba a la turba a matar a cambio de la entrada directa al cielo, y en Armero –Tolima– un sacerdote clamaba por la cabeza de Gaitán.

En los años sesenta, tras repartir el país entre liberales y conservadores, los campesinos se alzan ante la injusticia de un Estado que los ignora a su suerte. Crean zonas donde, de manera independiente, podrán realizar sus proyectos comunitarios de solidaridad y dignidad. Solo son familias que huyen del hambre y la pobreza impuesta desde arriba por gamonales políticos y delfines. En el Congreso de la República y los medios hegemónicos se vuelven a escuchar las voces de la muerte. Los campesinos no serían más que una plaga levantisca en contra de los legítimos dueños de la tierra, aceptar las “repúblicas Independientes” es permitir la fragmentación de la unidad nacional, la única forma de conservar la paz es con la guerra… el bombardeo a Marquetalia viene precedido de una oleada de odio que justifica la matanza.

Guerrillero, mamerto, rojo, zurdo, izquierdoso, ateo, comunista, agitador. La jerga contra todo el que quiera un cambio social era variada y respondía a una moda continental venida de las dictaduras del Cono Sur y sus aliados en la Escuela de las Américas de Panamá. Los manuales de contrainsurgencia aconsejaban buscar sediciosos en las universidades, asociaciones campesinas, Comunidades Eclesiales de Base, en los llamdos “barrios de invasión" o leyendo en el transporte público. Ellos (todos) eran el enemigo a vencer, para mantener la civilización cristiana occidental…para mantener los privilegios de unos cuantos. A las desapariciones y las sesiones de tortura siguieron las fosas comunes. Los que se perdían en la noche y la niebla ahora no podían ser nombrados, habían perdido incluso su entidad.

Así mataron al cura Camilo, a los estudiantes, a los obreros. Así mataron a la gente de la Unión Patriótica. Al comandante Pizarro que entre sonrisas de esperanza nos daba su palabra para un país en paz…los mataron para no seguirlos nombrando.

Hoy la derecha envalentonada ha normalizado el lenguaje que deshumaniza, que niega al otro, que lo mata antes de que las balas atraviesen su cuerpo. “Te doy en la cara marica”, “terroristas”, “mamertos que todo lo quieren regalado”, “castrochavistas”, “te quitás esa camiseta o te pelamos”. O simplemente “sapo”, “vendido”…”gonorrea”. Nos hemos acostumbrado a leerlo en las redes sociales, lo escuchamos sin asombro en la voz de egregios periodistas y “editorialistas” en la radio. Lo vemos en los noticieros y telenovelas que hacen apología a una cultura de la muerte y el delito.

La séptima función del lenguaje es la deshumanización. Ese poder absoluto que resta dignidad al adversario antes de torturarlo, de asesinarlo, de hacerlo un enemigo público. La palabra creadora ha desaparecido para dar paso a una nueva lengua venida de los confines del odio y la perversidad.

Para Theodor W. Adorno “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” pues la lengua ha perdido su conexión con lo más íntimo de lo humano. Los campos de concentración, esas fábricas de la muerte donde la racionalidad se convierte en una pesadilla, fueron también un cementerio de palabras y de voces. Las víctimas ya habían muerto antes de pasar el amplio portón donde los esperaba el olvido.

“Judío”, “Traidor”, “Enemigo del Estado”, “Homosexual”, “Gitano” …las palabras se convierten en etiquetas para los hombres, después en categorías para delitos y por último en el color de una estrella cosida a un raído uniforme que el prisionero utilizará para trabajar hasta morir…después el horno y la ceniza…la oscuridad y el silencio. El inicio de todo holocausto es la palabra.

Es nuestro deber recuperar la palabra creadora. Caminar con los otros para construir, humanizar y pensar. Esto solo es posible cuando hacemos de nuestro contacto con el mundo una experiencia sentipensante, donde el Otro es mi reflejo y se dignifica a través del don del lenguaje.                 

Es aquí donde la comunicación alternativa y popular asume su función frente a los hombres y mujeres que todos los días luchan, viven y mueren por la utopía posible de una sociedad mejor. La palabra que humaniza, que crea y devuelve la dignidad a los Condenados de la Tierra.

Colectivo Alebrijes

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Martes, 17 Noviembre 2020 05:40

¿Para qué sirve un escritor?

¿Para qué sirve un escritor?

Palabras inaugurales en la XVI Feria Internacional del Libro de Venezuela

 

1

Siempre me he preguntado, al igual que todo el mundo, para qué sirve un escritor. La primera respuesta que  se nos ocurre es obvia: para nada. En otros sitios los literatos motorizan industrias editoriales que ensucian mucho papel y mueven mucho dinero. En un país donde los índices de lectores subieron abruptamente y posiblemente se desplomaron tras el bloqueo, vuelve el escritor a ser fantasma sin aplicación, salvo el arribismo político o el malabarismo burocrático. Esta respuesta es falsa, pero me siento cómodo con ella. Sostener que un ser humano debe servir para algo es  mercantilismo ajeno a la Utopía, donde el Ser se justificará por el prodigio de su propia existencia y sus creaciones. Instalarse en un oficio sin escalafón ni tabla de remuneraciones es conquistar  de manera soberbia una parcela del Reino de la Libertad: del vivir sin deberle a nadie excusas ni plusvalía. Vale decir, la aristocracia sin siervos ni esclavos a la que acceden sólo creadores e indigentes.

2

Me corrijo: el escritor sí sirve para algo, o más bien para todo. Los  seres vivientes acceden a la condición de animales sociales al desarrollar el lenguaje. Abejas, hormigas y delfines disponen de complejos medios de comunicación. El de los seres humanos es el que más depende de la capacidad de invención. De creerle a Noam Chomsky, las estructuras profundas de nuestro lenguaje serían fijas e innatas, pero a partir de ellas hemos desarrollado millares de idiomas y culturas distintas. El escritor  organiza, fija, potencia y preserva las palabras, primero en el mecanismo mudable de la memoria, luego en la trama de los signos preservados en piedra, arcilla, nudos, papel o pulsos electromagnéticos. La palabra dicha es local y fugaz, sin más alcance que la voz y el recuerdo. La reducida a  signos en la escritura aspira a perdurable. Gracias a ella disfrutamos de inagotable  acceso a todo lo dicho desde el comienzo de los tiempos y el confín de las distancias.

3

Sin lenguaje sería  imposible coordinar  conductas humanas; sin escritura, hacer  esta coordinación perdurable. Las palabras no son la realidad, pero erigen  modelos modificables de ella. Las más poderosas  nombran objetos intangibles. Tribu, Aldea, Ciudad, Nación, Religión, República, Estado, son palabras. El escritor incesantemente construye y destruye  la concepción del mundo. Alrededor de textos como la Biblia, las Analectas, la Odisea, el Popol Vuh, el Corán,  El Príncipe o El Quijote terminan de decantarse los idiomas que a su vez definirán naciones. La escritura  fija la realidad fluyente del idioma y mediante él  estabiliza el sistema compartido de valores que llamamos Nación. Cada escritor desarrolla un estilo y cada comunidad una civilización, especie de intangible frontera del cuerpo político. Hay Naciones cuya cultura perdura milenios después de destruido su Estado, y Estados aniquilados porque dejaron morir su cultura. 

4

La naturaleza  se nos hace inteligible a través del lenguaje. Organizamos  vocablos mediante gramáticas cuyas construcciones llamamos filosofías, con las cuales  explicamos el mundo. El universo es sólo  caos de sensaciones hasta que lo ordenamos con el mito, la Historia y las matemáticas. No hay escritor más preciso que quien  traza números, a pesar de que su cosmos está poblado de criaturas insensatas: el cero, el infinito, los números irracionales. No olvidemos al que apunta sonidos y nos interna en orbes musicales  al parecer desprovistos de otro sentido que el de cautivarnos. Pintores y escultores  articulan imágenes y formas, ingenieros y arquitectos palabras  sólidas. Todo lo real fue escritura; pasado su tiempo devendrá Historia.

5

Cuenta Maquiavelo que luego de pasar el día discutiendo con jornaleros y pastores, se encerraba en su biblioteca para conversar con los grandes hombres del pasado. La filosofía no ha encontrado mejor manera de definir el Ser que considerarlo una hilación de ideas, vale decir, de palabras. Seguir el monólogo interior de James Joyce es temporariamente convertirse en él. Mediante la lectura disponemos de mil vidas; mediante la escritura, de la ilusión de ubicuidad e inmortalidad. Sólo muere el escritor cuando ya no es leído; sólo deja de serlo cuando evade su Verdad. Nace muerta la palabra que  expresa adulación o  moda. La venalidad no expresa más que el precio que la compra.

 6

Toda opresión es legitimada por cadenas verbales. Su fin llega cuando son resignificadas las  palabras de sus murallas conceptuales.  Toda Revolución es disparada por la prédica de una Vanguardia Ilustrada. La Revolución Francesa, la Independencia, la Bolchevique, la China, la Descolonización, la Cubana, la Sandinista, la Boliviana,  fueron movimientos explosivos detonados por  mechas de conceptos. El bolivarianismo es  intento de plasmar lo mejor del nacionalismo, el antiimperialismo, el integracionismo, el socialismo del  proyecto de la izquierda de los años sesenta. En vano desdijeron de este último algunos de sus autores. Lo dicho en vida sobrevive a quien muere en espíritu. 

7

Sobre la tierra se baten  a muerte el discurso de la Alienación y el del Reino de la Libertad. Algoritmos de  dividendos deciden hecatombes. Mentes artificiales enuncian palabras digitales que asfixian la esperanza y proscriben el futuro. Cada vocablo que tecleamos es registrado por mecanismos espías y cribado por análisis de contenido.  La información se concentra en un número cada vez menor de softwares. Todo lo que digamos puede ser digitalizado en  contra nuestra. Más de un millar de idiomas hablamos los humanos: las máquinas los han traducido a  uno solo. Mientras construimos el mundo con conceptos los ordenadores lo reducen a data. Debemos aprender idiomas inhumanos que sólo conocen el uno y el cero para defender nuestra patria, que es el infinito. Una vez más, es preciso inventar el lenguaje que nombre la vida. La palabra es nuestra memoria y nuestro consuelo. Nuestro anhelo de arribar al mundo donde, como anticiparon Carlos Gardel y Alfredo Lepera, no habrá más penas, ni olvido.

Por Luis Britto García | 17/11/2020

Fuente: http://luisbrittogarcia.blogspot.com/2020/11/para-que-sirve-un-escritor.html

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Jueves, 12 Noviembre 2020 06:11

Memoria del Caribe

Memoria del Caribe

Cuando hablamos de identidad deberíamos empezar por buscarla en la diversidad. El Caribe, tan diverso y múltiple, es un universo complejo que se forma a través de los siglos con base en una mezcla de etnias de muy distinta procedencia, y de muy diversas culturas y lenguas, y que engloba variados territorios geográficos, continentales e insulares, distantes entre sí, pero que comparten elementos culturales fundamentales.

La cultura se vuelve un elemento crucial a la hora de hablar de diversidad, y al tratar de representar bajo un denominador común todo este conglomerado asombroso, y tan deslumbrante, que llamamos Caribe, y que desborda, en primer lugar, la llamada lógica geográfica.

Podemos describir un círculo que comprende toda la costa del Golfo de México, desde Florida hasta Yucatán y la costa maya, que baja por la cornisa de Centroamérica, hasta la costa de Colombia, Venezuela y las Guyanas, y de allí por ese mar mediterráneo nuestro que comprende las Antillas mayores y menores, islas a sotavento y barlovento, y marca la frontera hacia el Atlántico.

El Misisipi de Mark Twain y William Faulkner es un río del Caribe, como Nueva Orleans y todo el Dixieland del jazz es el Caribe, y el Orinoco de Rómulo Gallegos, y el Magdalena de Gabriel García Márquez son ríos del Caribe. Y la isla de Trinidad de V.S. Naipul es una isla del Caribe, como Santa Lucía de Derek Walcott, y su mar de Homero, y la Martinica de Aimé Césaire, y Guadalupe de Saint John Perse.

Pero el Caribe es también la costa del Pacífico de Centroamérica, tierras de selvas y volcanes de Rubén Darío y Miguel Ángel Asturias, y es Guayaquil, ya muy adentro, hacia el sur, de ese mismo océano Pacífico, y lo es también Salvador, Bahía, en el litoral atlántico brasileño, territorio de Jorge Amado.

Una diversidad de razas y de pueblos. Una gran olla en la lumbre, una gran cocina de lenguas y música y religiones y ritos. Los pueblos que ya estaban desde antes de la llegada de los conquistadores, zainos, arahuacos, caribes, mayas, nahuas, chibchas. Y españoles peninsulares de la Conquista, y los que siguieron llegando después, oleada tras oleada, y los colonos portugueses, los italianos pobres del sur, los judíos sefarditas y los de Europa oriental, los árabes de Siria y Líbano y los palestinos del imperio otomano, y los chinos de Cantón escondidos en los barcos en barriles de tocinos salados, los hindúes de Bombay, los holandeses luteranos, los corsarios franceses.

Y, sobre todo, y éste es un elemento común que suele obviarse, o rebajarse, los negros esclavos de África. Por todo el Caribe se multiplicó la población negra y mulata. Y fueron ellos quienes junto con los mestizos pelearon las guerras de independencia, y se diluyeron bajo los distintos disfraces del blanqueo, que fue un proceso ideológico de ocultamiento de identidad.

Pero la herencia africana es infaltable e inocultable. Sólo para mencionar la música, sin la que el Caribe no existiría como lo conocemos: del danzón a la guaracha, al merengue, la bachata, los porros, al mambo, las distintas variedades de la salsa; y más allá, hasta el sur del continente, el candombe, y la milonga y el tango, que tienen la imperdible marca africana.

Y el Caribe es también el territorio donde se han incubado las mejores ideas redentoras y los sueños más perversos, y se han fraguado proyectos de poder que podemos ver reflejados en la literatura, que los copia de la realidad de la historia.

Dónde si no habría de aparecer un personaje como Henri Christophe, al que encontramos en las páginas de El reino de este mundo, la novela de Alejo Carpentier. Era cocinero de una fonda en Haití, y llegaría a coronarse rey. E hizo construir en la cumbre del Gorro del Obispo la ciudadela de La Ferrière , cada bloque de piedra subido a lomo de sus súbditos esclavos, el antiguo esclavo dueño de esclavos.

Henri Christophe piensa en la opresión como esclavo, e imagina el poder como caudillo. Imagina con delirio. Y el delirio ha-bría de repetirse a partir de entonces a lo largo de la historia. Con otros nombres, y otros disfraces.

La novela del dictador tiene su cuna en el Caribe, de El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, a El recurso del método, de Alejo Carpentier, a El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, a La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Es la geografía del caudillo, que en uno y otro país llega al poder para no irse más, llena las cárceles de presos políticos, agrega títulos sin fin a su nombre, e impone el terror, la adulación y el silencio.

Porque el Caribe es también un territorio de sueños perdidos, y de extrañas convivencias. Un mundo rural, antiguo, anacrónico, que pretende ser moderno y que fracasa siempre bajo el peso del caudillo enlutado. Y la terca persistencia de aquel mundo viejo, al que nunca termina de comerse la polilla, produce el asombro en la literatura.

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Elecciones en Estados Unidos: "pueblo de brutos"

"Si pierden el camino de la libertad, miren hacia el Sur"

 

"La condición de un pueblo embrutecido es peor que la condición de un pueblo de brutos ". 257 años separan esta frase escrita en 1763 por el filosofo francés y creador de la Enciclopedia Denis Diderot de este final de 2020. Lo que está ocurriendo en Estados Unidos en este momento respira en cada palabra de esa frase. Un pueblo embrutecido elige a un déspota y regala su libertad. La brevedad lapidaria de Diderot retrata magistralmente, más allá de los tiempos, la involución dramática de una sociedad y de una cultura que representó lo más avanzado de la modernidad democrática, muy por encima del cínico almidón europeo. 

Donald Trump boicotea su propio país con la misma filosofía con la que los esbirros de Washington boicotearon nuestras democracias durante un largo periodo del Siglo XX. Sus sicarios se llamaron Pinochet, Videla, Duarte, Bordaberry o Stroessner y diseminaron en los años 70 un tendal de horrores que la memoria colectiva guarda como actos de barbarie encubiertos por la impunidad y la fuerza. De Siglo a Siglo, de Pinochet y Videla a Donald Trump, se derrumba una ficción alimentada por el imperio y surge, potente e íntegra, una fuerza que dio vuelta la historia y puso al Sur de América en el camino de su resurrección soberana y al exportador de crímenes ante los mismos extremos que el expandió. La víctima de esos crímenes tiene las manos en las riendas de su destino. Chile, con el plebiscito para la reforma de la Constitución, se sacó de encima la herencia del autoritarismo, de la violación de la ley y la contaminación de las instituciones con la que Trump ha gobernado e intenta seguir en el poder. La historia vuelve a ser nuestra y respira en el Sur.

Los procesos son simultáneos: Chile se libera y nos libera en lo real y lo simbólico de ese pasado de sicariato, de una Constitución diseñada en Washington, mientras Estados Unidos ingresa en el túnel del tiempo del que Chile acaba de salir: el imperio que exportó muertes, torturas y dictaduras se fabricó un autócrata mentiroso y corrupto que pisoteó todas las leyes y dejará un legado mucho más arraigado de lo que se sospecha: el trumpismo no se acaba con Donald Trump sino que recién empieza. 

En 2020, Donald Trump le agregó 5 millones de votos (68 millones) a los que había obtenido en 2016. Instituciones vaciadas o corrompidas, un Partido Republicano aliado a lo más nefasto que haya existido y orientado hacia la confrontación y la trampa, servicios secretos y organismos de seguridad en el fango y una Corte Suprema cautiva del trumpismo se han instalado por unas cuántas décadas en el corazón de esa democracia degradada. Mientras Chile despedía el legado de la dictadura-cultura que Washington exportó, Estados Unidos entraba de lleno en la era del autoritarismo mesiánico. El renacido espectro de Augusto Pinochet se mudó al Capitolio y allí permanecerá por un tiempo. En el discurso que pronunció cuando prestó juramento (27 de enero de 2017), Trump saludó a aquellos norteamericanos que habían votado por él “para formar un movimiento histórico como el mundo jamás ha visto hasta el momento”. Y allí está, lejos, muy lejos de la “majestad de la democracia norteamericana” con la que el ex presidente Georges Bush saludó la victoria de Bill Clinton en las elecciones de 1993. 

La “majestad” es un trapo pisoteado por un demente en quien millones de votantes siguen viendo un Mesías. Trump es más que Trump: es el interciso a través del cual se ve el derrumbe moral de una sociedad que se cansó de fabricar en el cine héroes morales para terminar eligiendo al actor más acabado de la inmoralidad. El sueño americano se transmutó en pesadilla planetaria. En el abismo entre uno y otro, del sueño a la pesadilla, no sólo cae la puerilidad del mito. En esa caída también se desnuda nuestra mansa y constante rendición a los pies de un modelo cultural, financiero y tecnológico que ha hipnotizado a todo el planeta. Los años durante los cuales, en América Latina y en Europa, se exploraban y realizaban intentos de estéticas soberanas en muchos campos culturales se esfumaron o reciclaron en una dependencia cultural y tecnológica que no tiene precedentes en la historia humana. Jamás hubo tantos millones de seres humanos, oriundos de culturas y geografías tan diferentes como distantes, usando o mirando embobados los productos confeccionados por un mismo imperio. 

La dependencia mental con respecto a Estados Unidos ha sido una abdicación global. Ni siquiera el imperio ha podido controlar sus propias invenciones. Ha acumulado una fuerza imperial tan destructora que ya no tiene armas para protegerse a sí mismo. Una vez más, Facebook, Twitter o YouTube fueron incapaces de frenar o gestionar el flujo de informaciones falsas generado por las elecciones en Estados Unidos y el posterior diluvio de aberraciones difundidas por Donald Trump y sus partidarios. En inglés --únicamente en inglés-- Twitter colgó una advertencia sobre los dudosos mensajes de Trump, pero no evitó su propagación. En cuanto a Facebook, la totalidad de los mensajes mentirosos del mandatario denunciando supuestos “fraudes masivos” están en acceso libre. En español o en francés no hay freno alguno: los repetidores conspiracionistas los traducen y los retwittean con plena holgura. Así aparecieron en español mensajes vistos por millones de personas que hablaban de fraudes en Arizona o denunciaban la presencia imaginaria de milicias de ultra izquierda desplegándose en el territorio norteamericano. Ni hablar de YouTube y sus canales alternativos. 

Las mal llamadas redes sociales han vuelto a probar que son Armas de embrutecimiento masivo (AEM). De esa subcultura surgió Qanon. Este grupo de extrema derecha radical, adepto a la violencia, híper trumpista, antisemita, islamofóbico, anti latino y anti afroamericano funciona mediante mensajes encriptados propagados en la red y cree que existe un Estado profundo manejado por una elite de pedófilos que conspira contra quien es, para ellos, el salvador del mundo, Donald Trump. Ese delirio violento presentó 20 candidatos y uno de ellos ingresó hace unos días a la Cámara baja: la hoy senadora Marjorie Greene (Georgia). Es rubia, racista, pro Qanon, armada hasta los dientes, promotora de una campaña bélica contra los “pedosatánicos” del supuesto “Deep State” y los socialistas. El FBI considera a Qanon como una amenaza terrorista con “capacidades de motivar a extremistas nacionales a llevar a cabo actividades criminales y violentas”. El más perfecto y expandido útil tecnológico engendró un monstruo que se come su propia democracia.

A los verdaderos demócratas de Occidente les vendría muy bien mirar hacia nuestro Sur para reinventarse. Hemos resistido dictaduras asesinas, a las desapariciones, las torturas, al terrorismo de Estado, a las privatizaciones, al colonialismo interior, a los evangelistas liberales, a la expoliación de nuestros recursos naturales, a la deslealtad de nuestras burguesías, a la manipulación de las instituciones, a la corrupción, la impunidad, el subdesarrollo, la desigualdad como filosofía política y a la guerra permanente que, desde el inicio, Estados Unidos le declaró a América Latina. Siempre han estado en guerra contra nosotros. No ha habido presidente norteamericano que no nos haya legado una dictadura. Obama nos dejó el golpe de Estado en Honduras (Manuel Zelaya) y Trump y la OEA la mascarada patética del golpe en Bolivia contra Evo Morales. 

Hemos mirado a los ojos y respirado el aliento de la barbarie durante décadas. Nunca dejamos de ser el sueño colectivo de libertad con la que se forjaron nuestras historias americanas. ¡Qué enorme y sórdida paradoja ! Hoy le toca a la primera potencia mundial y a la democracia piloto luchar por su propia libertad. Y los demás imperios coloniales de Europa están sacudido e invadidos por una extrema derecha violenta y xenófoba que corroe todo lo que roza. La Argentina le está diciendo al mundo mucho más de lo que la confrontación interna y la basura mediática permite escuchar. Bolivia regresó a los tiempos modernos democráticos después de una pausa en el Siglo XIX y Chile desterró los suspiros moribundos de una infamia institucional. Los medios globales miran el Brasil de Bolsonaro, pero la epifanía somos nosotros. Late en ese triángulo mágico del Sur acechado y violentado que ha sabido restaurar y creer en lo que Occidente no cree más. El autoritarismo galopante que se extiende en Occidente contrasta con la lenta pero firme conquista de nuestras libertades. 

El Siglo de las Luces que preside el nacimiento de la democracia occidental se dejó envolver por el sigilo de las sombras. ¿Quién nos hubiese dicho que un fantoche grosero convertiría la Casa Blanca en el Castillo sombrío de una autocracia naciente? El trumpismo nos revela mucho de nosotros porque enfoca, en su fatal contradicción, nuestra potencia emancipadora, los horrores que padecimos por la libertad y la forma irrenunciable en que la fuimos consolidando. También nos demuestra la futilidad de la dependencia y el costo que aún acarrea. 

Hoy es el Sur quien puede ayudar, con las manos abiertas y la memoria sin rencores, al pueblo estadounidense a liberarse. Tenemos mucha experiencia en autócratas formados en Washington. Sabemos, mejor que ellos, cómo salir vivos y libres de la sumisión. No hemos levantado una Escuela de las Américas para capacitar dictadores como lo hizo Estados Unidos, sino desarrollado una práctica democrática con identidad nueva.

Empieza ya un viaje al revés. El Sur le puede transmitir al Norte la ética de la emancipación y la libertad que ese mismo Norte tantas y tantas veces interceptó para su conveniencia. Pueden contar con nosotros. Tal vez, nuestras debilidades e imperfecciones institucionales no nos legitimen ante Occidente. Pero somos hoy un halo de luz. Las sombras que proyecta el imperio iluminan nuestra propia grandeza colectiva, nuestro hondo pasado de violencia importada y nuestra resurrección soberana. Pueblo norteamericano, nuestras fosas comunes, nuestros vuelos de la muerte, nuestros desaparecidos, nuestros hijos robados, nuestros escuadrones de la muerte, nuestros pueblos originarios despojados, nuestras democracias vendidas son parte de la guerra encubierta que las sucesivas administraciones norteamericanas fueron implementando con los lacayos nacionales. Hemos vencido esas vicisitudes sangrientas. En la Argentina hemos hecho justicia y condenado a los criminales contra la humanidad. Tenemos mucha sabiduría acumulada para compartir. Si pierden el camino de la libertad, miren hacia el Sur.

Por Eduardo Febbro

Desde París.

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Las dos almas de América Entrevista a Patrick Iber

¿Representa realmente Donald Trump a sectores de clase trabajadora? ¿Qué pasó con el voto latino y afroaestadounidense? ¿Cuánto pesó la adscripción religiosa? ¿Cómo queda posicionada el ala izquierda del Partido Demócrata en un futuro gobierno de Joe Biden?

 

Para quienes esperaban una «ola azul», las elecciones estadounidenses dejaron un sabor amargo, aunque las proyecciones acercan a Joe Biden a la Casa Blanca. Si este resultado fue por la fortaleza de Donald Trump o por la debilidad demócrata será motivo de numerosos análisis. En esta entrevista, Patrick Iber, historiador y profesor de la Universidad de Wisconsin, analiza los resultados y las perspectivas que se abren. Es además autor de Neither Peace nor Freedom: The Cultural Cold War in Latin America [Ni paz ni libertad: La Guerra Fría cultural en América Latina] (Harvard up, Cambridge, 2015), escribe en Dissent y New Republic y fue asesor en la campaña de Bernie Sanders para las primarias.

Al menos por lo que sabemos hasta ahora, las encuestas no acertaron con el resultado electoral que anticipaba una holgada victoria de Joe Biden. ¿Qué es lo que pasó? ¿Por qué hubo momentos en los que se creyó incluso que Trump podía ganar?

Más que una jornada electoral hemos vivido una suerte de temporada de elecciones. Evidentemente hay una fecha de las elecciones, pero en Estados Unidos cada estado tiene la responsabilidad de organizarlas en su territorio. Es decir, no tenemos un sistema federal para organizar las elecciones. Y además, cada Estado tiene distintas reglas. En general, hay tres maneras de votar: por correo, en persona de manera anticipada o el día de las elecciones. Lo que hemos visto es que muchos demócratas han votado con anticipación o por correo, mientras que muchos más republicanos votaron el 3 de noviembre.

Realmente es difícil saber qué sucedió con las encuestas, excepto afirmar que algo similar sucedió en 2016. En aquel contexto, las encuestas daban ventaja a Hillary Clinton y las cosas resultaron muy diferentes. Un fenómeno que se ha hecho evidente es que muchas personas no dicen que votarán por Donald Trump. Sin embargo, hay que dividir la problemática de las encuestas entre lo estatal y lo nacional. En el ámbito nacional, más o menos acertaron. Sin embargo, el problema principal residió en el nivel estatal. En Wisconsin, en el estado en el que vivo, diversas encuestas daban una ventaja de entre 8 y 10 puntos de diferencia en favor de Biden, pero acabará ganando por aproximadamente 20.000 votos, es decir, por menos de un punto.

Esos momentos en los que veía que existía la posibilidad de un triunfo de Trump –o más bien que Biden iba perdiendo– la situación no era, en realidad, la que se percibía. En algunos estados, como Wisconsin o Michigan, no se pueden comenzar a contar los votos emitidos por correo hasta después de terminar el conteo de los emitidos personalmente. Por lo tanto, lo que se veía en los primeros resultados era el voto emitido el mismo día de la elección. Luego, con el conteo del voto emitido por correo, se verificó un aumento significativo del voto demócrata. Esto hace que la acusación de fraude de Trump esté completamente alejada de la realidad. Lo que se verifica, en realidad, es que el voto se desarrolló sin irregularidades en todo el país.

Algunos han escrito sobre la posibilidad de que el Partido Republicano se transforme en un partido conservador con base en la clase trabajadora, incluso más mutirracial que como lo conocíamos, sobre todo proyectando la sociología del voto de Florida, donde al final de impuso Trump.

Se ha hablado mucho del voto latino, especialmente en Florida, donde Trump en efecto ganó el Estado con el apoyo de buena parte de la comunidad latina. Yo quiero insistir en que sin saber los resultados finales es difícil construir un panorama global y completo. El voto latino en Estados Unidos incluye muchas comunidades y estas son distintas entre sí. Hay diferencias entre el voto de origen cubano de Florida y el de origen mexicano de Arizona. En este sentido, fue una sorpresa para muchos el triunfo de Biden en este último estado, considerado bastante conservador durante muchos años. El voto latino sindicalizado en Nevada, por ejemplo, también ha sido muy importante para la victoria de Biden en ese estado. Hay algo de mitología en la idea de que el trumpismo se ha convertido en un espacio multiétnico de clase trabajadora. Pero sí hay que decir que Trump ha tenido cierto grado de apoyo (entre 30% y 35%) en el voto latino y también en el voto asiático. El voto afroaestadounidense, en cambio, sigue siendo mayoritariamente demócrata (alrededor del 90%).

Lo que se evidencia especialmente en el estado de Florida es que el discurso articulado por Trump de que Biden es o bien un socialista o bien un aliado/rehén de los socialistas, ha tenido un impacto bastante fuerte. Hemos visto también la movilización de mensajes a través de Facebook y WhatsApp con fake news en ese mismo sentido. Lo que queda claro es que el discurso antisocialista importante en la base de Trump. Aunque durante los últimos años se ha hablado del racismo como parte del apoyo a Trump –y esto es cierto–, no se trata del único factor explicativo. El Partido Demócrata sigue teniendo ventaja en lo que en Estados Unidos llamamos «minorías» en términos raciales y culturales, pero también sigue teniendo ventaja entre la clase trabajadora. Aun así, se ha percibido que algo ha cambiado en los últimos años: que el nivel de educación influye como un factor importante. Una persona bastante acomodada con educación superior universitaria es mucho más probable que se incline por los demócratas. Esto no es algo que sucediera de este modo en el pasado. Es muy fácil simplificar y afirmar que el Partido Demócrata es un partido de las elites, mientras que el Partido Republicano es un partido blanco de clase trabajadora. La realidad es mucho más compleja y esas categorizaciones no siempre se verifican. En algunos casos, sucede todo lo contrario. Pero hay que indagar más en estas transformaciones.

Para eso hay que mirar los diferentes territorios…

Antes de las elecciones se hablaba mucho de esa posibilidad de que Trump conquistase un porcentaje más alto del voto afroestadounidense, especialmente entre los varones. También se afirmaba lo mismo en relación al voto latino. Lo que se sostenía es que su machismo podía producir cierto tipo de atracción en esas comunidades. Yo no me atrevería a plantear algo firme sobre esta materia porque los resultados finales nos permitirán hacer un desglose para verificar qué ha sucedido y qué no ha sucedido. Sin embargo, es posible hacer algunas conjeturas. Trump no parece haber ganado mucho en torno al voto afroestadounidense, aunque entre las múltiples comunidades latinas sí parece haber tenido ciertos avances, en algunos estados y en algunos sectores. Entre los cubanos y los venezolanos que viven en Florida el mensaje antisocialista es fuerte y penetra en parte de esas comunidades. Sin embargo, el voto puertorriqueño es muy fuerte a favor de Biden, tal como lo han sido el voto haitiano y el voto mexicano. Algo similar sucede con el voto dominicano en Nueva York.

Fuera de Florida, una de las sorpresas ha sido el Valle del Río Grande, en la frontera entre Texas y México. Tradicionalmente esta ha sido una de las zonas más pobres del país y ha tendido a votar a los demócratas. Allí Biden perdió bastante apoyo. En el condado de Zapata, por ejemplo, Clinton había ganado por 30 puntos y Biden perdió. Esa es una sorpresa y muchos están pensando en lo que significa esa merma de votos en un lugar que tiene sus particularidades: se trata de una zona fronteriza en la que buena parte del empleo se genera por lo que podríamos llamar el «complejo fronterizo-industrial». Los mensajes antiinmigrantes tienen cierto eco entre esas comunidades, incluso entre los latinos. Aunque a veces parezca difícil de entender, no es imposible encontrar latinos que abogan por una política de restricción con respecto a la inmigración, sosteniendo que mientras ellos han llegado al país de modo correcto y legal, los otros también deberían hacer lo mismo si pretenden ingresar. En ese sentido, hay que afirmar que se habla mucho sobre el racismo entre la comunidad blanca, dado que esta es la forma racista con mayor impacto político. Sin embargo, se habla menos del racismo contra los afros entre algunos latinos o algunos asiáticos, así como del racismo antilatino de algunos miembros de la comunidad afroestadounidense. Ese tipo de situaciones, aunque no son dominantes, existen.

¿Cómo juega la religión en todo esto? A menudo se piensa en ella de manera un tanto simplista

El discurso progresista en Estados Unidos, que comparto (no me molesta ser identificado como socialista democrático), ha insistido en que el problema fundamental de Trump está constituido por el racismo y la misoginia. Eso no es en absoluto falso. Pero también hay muchos ciudadanos y ciudadanas que no se consideran racistas (y en muchos casos no son blancos) que apoyan a Trump. Parte de esto se vincula con el fuerte apoyo que ha tenido por parte de la comunidad evangélica. Muchos de ellos no comparten su personalidad ni su forma de ser, pero defienden, por ejemplo, su oposición al derecho al aborto. En Estados Unidos el derecho al aborto es el resultado de una decisión tomada por la Corte Suprema en 1973.

Ahora, con una mayoría conservadora, podrían argumentar que esa decisión fue incorrecta y dejar que decida cada estado en lugar de mantener una legislación de carácter federal. Esto es percibido como un logro para parte de esa comunidad, dado que considera que se trata de un punto innegociable. Al igual que el nombramiento de jueces conservadores, no solo en la Corte Suprema. Sin embargo, esas posiciones son sostenidas por personas que no necesariamente se consideran racistas ni participan del supremacismo blanco. Lo mismo sucede con las opiniones sobre los derechos de la población LGTBI, que han sido fuertes ejes de debate por parte del progresismo. Estas cuestiones deben ser tenidas en cuenta, también considerando que parte de la población latina en Estados Unidos tiene estas adscripciones religiosas.

Al mismo tiempo, no podemos hacer generalizaciones sobre el voto religioso. Una de las grandes mitologías que se han construido es la de que el Partido Demócrata es antirreligioso, algo que es estrictamente falso. Biden mismo es un católico devoto y practicante, mientras que Trump no parece ser nada de eso. Trump, tres veces divorciado, no representa los valores defendidos por buena parte de las comunidades cristianas que articulan sus puntos de vista al menos parcialmente como una defensa de los valores y de la familia tradicional. Como ser humano, Biden representa mejor que Trump esos valores.

En ese sentido, cabe mencionar que el voto católico siempre ha estado dividido casi en partes iguales entre demócratas y republicanos. Asuntos como el aborto favorecen el voto a los republicanos, mientras que el discurso sobre la justicia social los acerca a los demócratas. Lo cierto es que, comparado con otros países con niveles más o menos similares de riqueza, Estados Unidos es un país mucho más religioso. Dado que no contamos con una Iglesia privilegiada y establecida del Estado, tenemos una diversidad de prácticas religiosas muy amplia. Y muchos de ellos tienen un compromiso con la justicia social, algo que favorece al Partido Demócrata. Históricamente, personajes como el pastor Martin Luther King han sido clave en este sentido. Al día de hoy, muchas iglesias afroestadounidenses siguen apoyando al Partido Demócrata. Y allí está, entre muchos otros, el caso del Reverendo William Barber II en Carolina del Norte.

Hay que evitar la idea de que el Partido Demócrata es un partido secular, mientras que el Partido Republicano es el partido de los religiosos. Eso no es así. Pero sin embargo se debe prestar atención al factor religioso, porque en muchos casos ha incidido, como comentaba recién respecto al llamado voto evangélico.

¿Cómo queda el sector socialista democrático con estos resultados?

Yo provengo de ese sector y, en tal sentido, apoyé e incluso trabajé para la campaña de Bernie Sanders. Tras su derrota en las primarias, Sanders dio todo su apoyo a Biden para sacar a Trump y, en la mayoría de los casos, los votantes que preferían a Sanders o a Elizabeth Warren apostaron por Biden sin ningún tipo de problema. Yendo a los socialistas democráticos, hemos visto la reelección de Alexandria Ocasio-Cortez por amplio margen y la llegada de algunas otras figuras como Jamaal Bowman. Esto supone la posibilidad de que miembros de Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, por sus siglas en inglés) ocupen posiciones que anteriormente estaban ocupadas por miembros de alas mucho más moderadas del Partido Demócrata.

Durante la campaña, la acusación de Trump de que Biden era un socialista llevó al candidato demócrata a responder que había sido justamente él quien había vencido a Sanders en la primaria. Esto le permitía distanciarse de la acusación, pero generaba una cierta incomodidad para el sector de izquierda del partido. Por un lado, entendían que era una forma de defensa de Biden, pero, por otro lado, no daba total cuenta del giro progresista del partido.

No obstante, hay dos o tres consideraciones que deben ser tenidas en cuenta. Todo indica que Biden terminará siendo electo y que mejoró respecto a la elección de Hillary Clinton en 2016. En varios estados, los márgenes son estrechos, pero en el nivel nacional es una victoria definitiva. Sin embargo, muchos de sus seguidores anticipaban una victoria más contundente de la que realmente se está produciendo. En ese sentido, había cierta esperanza de controlar el Senado, algo que parece que no sucederá (dependerá, probablemente, de una segunda vuelta en Georgia en enero). Por ende, enfrentaremos el riesgo de un gobierno dividido, con el Senado en manos de los republicanos y el Congreso y la Casa Blanca en manos de los demócratas. Esto deja a la izquierda en un problema. Los miembros de primer rango del gabinete de Biden deben ser aprobados por el Senado y Mitch McConnell, líder de los republicanos en la Cámara Alta, ya ha advertido que no aceptará a progresistas. La posibilidad que tenía Biden de colocar en esos puestos a miembros de la izquierda del Partido Demócrata (un sector que ha crecido considerablemente) puede quedar trunca. Y si el Partido Demócrata solo representa a una parte de sus seguidores, se deja afuera a una izquierda que ofreció su apoyo a Biden para sacar a Trump de la Casa Blanca. Esto todavía no ha sucedido aún, pero es una posibilidad cierta. Hay que aclarar, sin embargo, que esto solo es válido para los ministros del gabinete, pero no para los administradores designados por esos ministros. Ellos sí pueden escoger a personas que provengan del ala izquierda del Partido Demócrata sin necesitar la aprobación del Senado.

Muchos votantes de la izquierda demócrata esperaban que, en caso de conquistar el Senado, se pudiera además cambiar varias tradiciones políticas (como el «filibusterismo») y hacer reformas políticas pendientes. Si bien esas posibilidades no existen por el momento, hay que aclarar que la posibilidad a tensionar a Biden por izquierda no ha desaparecido. Los resultados de las primarias demócratas indicaron que Sanders –y la posición política del socialismo democrático– cuentan con un apoyo de entre el 30 y el 35% del partido. Esto le otorga una fuerza significativa a estas posiciones. Tras el fin de la campaña, Biden realizó una serie de encuentros y armó comisiones para la unidad del Partido Demócrata. Esas comisiones tenían a tres integrantes designados por Sanders y a cinco designados por Biden, lo que reflejaba las tendencias partidarias. Esas comisiones publicaron planes políticos estratégicos para ocho áreas, entre las que se destacaban el cambio climático y la política migratoria, entre otras. El resultado reflejó un compromiso entre las distintas tendencias del partido.

Especialmente con la temática del cambio climático, se evidenció que era posible influenciar a Biden y empujarlo hacia una posición más progresista y escorada hacia la izquierda. Si bien durante los debates Biden rechazaba el llamado Green New Deal, presentaba un plan alternativo que es bastante agresivo para enfrentar los problemas climáticos. En tal sentido, creo que los grupos organizados de izquierda tienen cierta esperanza en la posibilidad de influir en la presidencia de Biden. La complicación, claro, es, tal como mencionaba, el Senado. Es decir, se trata de una complicación institucional desarrollada desde fuera del Partido Demócrata.

Resulta interesante que en Florida, mientras ganó Trump, los electores votaron por amplia mayoría, en referéndum, un asalario mínimo que deberá llegar tendencialmente a 15 dólares la hora, lo que hasta hace poco era una consigna limitada a la izquierda, ¿cómo se entiende eso?

Hace relativamente poco, Fox News –una de las principales cadenas televisivas de la derecha– realizó una encuesta entre sus espectadores. El resultado fue algo sorprendente. La mayoría apoyaba la intervención estatal en salud y defendían la posibilidad de un salario mínimo. Estos dos temas han sido sistemáticamente atacados por la derecha y, de hecho, constituyen parte de la agenda de la izquierda. En tal sentido, la pregunta que debemos hacernos es por qué si hay apoyo para ese tipo de políticas, tantos ciudadanos deciden, igualmente, no votar a los demócratas que las impulsan. Carezco de una respuesta clara, pero es probable que sean reactivos a otras cuestiones propias de los demócratas. En particular, a ciertos discursos progresistas sobre otras esferas. Es claro que hay un «temor al socialismo» en ciertos grupos en el país, pero también hay un sector bastante extendido al que podríamos calificar como poseedor de «sentimientos antiprogresistas».

Estos sentimientos son realmente una fuerza en la política y hacen que la oposición, por ejemplo, a las políticas de diversidad, pesen más que las coincidencias con respecto al rol del Estado en ciertas materias. Eso puede llevarlos a votar a Trump. Yo creo que si Trump hubiese sido un poco más inteligente, habría impulsado un programa más populista en términos económicos. Pero hay que subrayar que el Partido Republicano no es un populista en términos económicos, sino neoliberal. Es probable que Trump habría podido torcer por lo menos parte de ese rumbo. En ese caso, podría haber sido antiprogresista en términos culturales (manteniendo su oposición a lo que llama la «cultura liberal») pero populista en términos de una defensa más real de la clase trabajadora. Sin embargo, no lo hizo, y aún así, pudo expandir su base político. El Partido Demócrata va a tener una oportunidad para demostrar que su gobierno puede beneficiar a la mayoría de la población. Pero el trumpismo, con o sin Trump, seguirá vigente. Esa es una de las cosas decepcionantes de esta elección. Hemos sacado un líder con tendencias autoritarias, lo cual no es poco, pero las tendencias autoritarias en el sistema de gobierno, y en la población, siguen presentando una amenaza.

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Jill Lepore, en Cambridge, Estados Unidos

La historiadora y profesora de la Universidad de Harvard acaba de publicar el libro 'If Then' sobre la primera empresa que revolucionó el mundo de los datos electorales para las campañas y los medios en Estados Unidos

 

Las clases que da en la Universidad de Harvard la historiadora Jill Lepore son una de las experiencias más vivas e intensas del campus. La disección de la democracia de Estados Unidos, la historia del Derecho y la investigación de las pequeñas historias dentro del arco político y social de varios siglos ayudan a comprender tanto los detalles de la vida y las ideas de 1700 como el estado actual del país.

Lepore da clases, publica libros con un ritmo admirable -nueve en los últimos 10 años- y es colaboradora permanente del New Yorker. Uno de sus secretos es que no tiene cuentas en redes sociales y dedica todo su tiempo laboral a enseñar, investigar y escribir. En 2018 publicó These Truths, un repaso de la democracia de Estados Unidos desde su fundación hasta la elección de Trump con el hilo conductor de las verdades, las mentiras y los mitos construidos a lo largo de la historia. 

Ahora acaba de publicar If Then, sobre la empresa de datos "que inventó el futuro". Una compañía llamada Simulmatics y fundada en 1959 empezó a venderles a los políticos y a los medios lo que llamaban "The People Machine" ("La máquina del pueblo"), para introducir datos sobre los votantes o consumidores y predecir su comportamiento. Se atribuyeron parte del mérito de la victoria de John F. Kennedy en 1960 y llegaron a abrir oficina en Saigón para asesorar sobre los pasos adecuados en la guerra de Vietnam. Para Lepore, es el precedente de las plataformas que hoy dominan nuestros datos y nuestras vidas. 

¿Por qué quería contar ahora la historia de Simulmatics?

Me topé con la historia en los archivos y me pareció relevante para lo que está pasando hoy. 

La empresa no acabó bien. ¿Puede ser un aviso a navegantes para la actualidad?

No creo que se pueda extraer una lección de la historia de esta empresa. Fracasó por todo tipo de razones que son bastante específicas de la década de los 60: no tenían suficientes datos para hacer el tipo de modelo que querían; el coste del tiempo de computación era entonces prohibitivamente alto. 

En el libro subraya en particular lo mal que se portaban estos hombres con sus parejas. ¿Por qué?

Históricamente, mucho de lo que se escribe sobre la innovación disruptiva tiene un tono celebratorio y triunfalista, alimentado por la utopía tecnológica. Mucho de ello es para autojustificarse. Yo escribo sobre este mundo desde fuera. Muchos de los supuestos que aceptamos sobre el mundo, sobre el comportamiento humano, me llaman la atención como profundamente misóginos. No tenía previsto estudiar a fondo los asuntos domésticos de estos hombres, pero no hacía más que encontrarme con evidencias de esto y pensé que era importante contarlo. 

Escribe sobre cómo periódicos y televisiones abrazaron la tecnología para predecir resultados y categorizar votantes (me encantó la historia de las luces que proyectaba el 'New York Times' hasta los años 50 para anunciar los resultados). Algunos expertos sugieren ahora que las predicciones electorales ayudaron a Trump en 2016. ¿La obsesión por las encuestas y las predicciones dañó el proceso democrático?

Es una pregunta muy interesante. Y a mí también me encantaron las luces del Times. Esta obsesión data de un pasado bastante distante. Lo que fue raro sobre 2016 es cuánta gente pareció creer en encuestas que se estaban convirtiendo en cada vez menos fiables, como escribí en 2015. 

¿Hasta qué punto cree que Trump es el resultado de esa era de automatización y polarización que describe en el libro?

Oh, creo que Trump es sobre todo el resultado del sufrimiento económico que pasa la gente que votó por él.

Más allá de si pierde o gana, ¿es Trump un accidente o un síntoma del estado del país?

Ésta es una gran, gran pregunta, pero creo que la respuesta es diferente si pierde. Si pierde, será visto como una aberración. Si gana, será visto como la nueva dirección en la que está ahora el país. 

¿Su presidencia es el principio o el final de un ciclo para la democracia de Estados Unidos?

La mayoría de lo que consideramos el "Trumpismo" en realidad precede a Trump. A él le encanta la atención, quiere que todo sea sobre él, pero, al final, no es así. Quienes creen que lo que Trump representa terminará cuando él ya no sea presidente simplemente se equivocan, por desgracia. 

¿Ya está trabajando en su nuevo libro?

Oh, no. Ahora estoy haciendo una pausa. Como historiadora, necesito encontrarle el sentido a estos últimos cuatro años, tal vez para un nuevo capítulo de mi libro These Truths. Pero, por lo demás, estoy sólo leyendo, leyendo y leyendo. 

30 de octubre de 2020 22:13h

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Domingo, 01 Noviembre 2020 06:32

Especismo: 50 años después

Especismo: 50 años después

Richard Ryder, psicólogo clínico británico, es conocido por acuñar el concepto de especismo. Según ha relatado él mismo, sus inspiraciones fueron, por un lado, las luchas que durante los años sesenta se libraban contra el sexismo, el clasismo y el racismo, y por otro, su propia experiencia como psicólogo clínico en torno a la experimentación animal. Ryder no entendía por qué las luchas de los años sesenta no habían considerado a los animales no humanos, ni a los prejuicios que recaían sobre ellos, y al tiempo tampoco podía comprender la tolerancia frente al dolor, el miedo y la angustia –sentimientos no menores a los que podría percibir cualquier humano– en el contexto de la experimentación animal. A continuación, presentamos la traducción al español del primer texto en el que aparece el concepto de especismo, seguido de un comentario titulado “Especismo: 50 años después”. Se trata de un folleto escrito por Ryder en 1970 y que circuló inicialmente por la Universidad de Oxford. Lamentablemente el folleto no tuvo ninguna respuesta la primera vez que fue lanzado; sin embargo, la segunda circuló con la imagen de un chimpancé infectado experimentalmente con sífilis, obteniendo respuesta por parte de Peter Singer, quien cinco años más tarde popularizaría el término especismo a través de su famoso libro Liberación Animal.

 

ESPECISMO

(1970)

Por Richard Ryder

Traducción y comentario de Iván Darío Ávila Gaitán

Desde Darwin, los científicos concuerdan en que no hay una diferencia esencial, “mágica”, entre los humanos y otros animales, biológicamente hablando. ¿Por qué marcamos entonces una distinción moral casi total? Si todos los organismos se encuentran en un continuum físico, también deberíamos establecer un mismo continuum moral.

La palabra “especie”, como la palabra “raza”, no es definible con precisión. Los leones y los tigres pueden entrecruzarse. Bajo condiciones especiales de laboratorio pronto podrá ser posible aparear un gorila con un profesor de biología -¿la peluda descendencia será criada en una cuna o en una jaula?-.

Se acostumbra describir al Hombre de Neandertal como una especie separada de nosotros mismos, una especie particularmente equipada para la superviviencia en la Era del Hielo. Ahora la mayoría de arqueólogos creen que esta criatura no humana practicaba rituales de entierro y poseía un cerebro tan grande como el nuestro. Supongan que, una vez capturado, el Abominable Hombre de las Nieves sea el último sobreviviente de la especie Neandertal, ¿le daríamos un asiento en las Naciones Unidas o le implantaríamos electrodos en su cerebro sobre-humano?

Uso estos hipotéticos pero posibles ejemplos para llamar la atención sobre nuestra posición moral actual respecto a los experimentos con animales.

Cerca de cinco millones de animales de laboratorio, cada vez muchos más de ellos primates como nosotros, son asesinados anualmente solo en el Reino Unido, y los números están creciendo y saliéndose de control (solo hay 12 inspectores).

Aparte del derecho a vivir, un claro criterio moral es el sufrimiento, el sufrimiento por ser apresado, por sentir miedo y aburrimiento, así como dolor físico.

Si asumimos que el sufrimiento es una función del sistema nervioso, entonces es ilógico argumentar que los otros animales no sufren como nosotros -es precisamente debido a que los animales poseen sistemas nerviosos similares al nuestro que son ampliamente estudiados-.

Los únicos argumentos a favor de experimentos hechos con animales son: 1) que el avance del conocimiento justifica todos los males -¿los justifica?-; 2) que los posibles beneficios para nuestra propia especie justifican el maltrato de los demás. Este puede ser un argumento poderoso cuando es aplicado a experimentos cuyas posibilidades de contribuir a la medicina aplicada son grandes, pero incluso esto es solo “especismo”, y como tal es un mero argumento egoísta, emocional, antes que uno basado en la razón.

Si creemos que es incorrecto infligir dolor a los animales humanos inocentes, entonces es de lo más lógico, filogenéticamente hablando, extender también a los animales no humanos nuestra preocupación en torno a los derechos fundamentales.


ESPECISMO: 50 AÑOS DESPUÉS

Por Iván Darío Ávila Gaitán

Aunque el folleto elaborado por Richard Ryder no contiene una definición precisa de especismo, de él podemos aprender varias cosas que continúan siendo de marcada actualidad. En primer lugar, que el movimiento abolicionista de liberación animal, y por lo tanto las diversas prácticas veganas y antiespecistas, emergen en un contexto turbulento, es decir, parcialmente inspirados por luchas feministas, antirracistas, obreras y contra el Capital en general, etc. Hoy, cuando ciertos activistas perciben las posturas “interseccionales” como una amenaza para la “pureza” y extensión del movimiento, no podemos olvidar que este ha sido impulsado por una efervescencia social que lo constituye y rebasa, aunque no lo explique completamente ni lo agote. El movimiento abolicionista de liberación animal necesita exponerse al contacto con otras luchas, al tiempo que esas otras luchas deben incorporar una dimensión antiespecista si quieren mantenerse vivas. Así lo reconocía implícitamente el propio Ryder ya en 1970.

Para que las fuerzas no pierdan su vigor es preciso que no se asuman como identidades autorreferentes, sino como heterogéneos entramados de prácticas abiertas a la controversia y a la disputa. Antonio Negri ha apuntado que tal vez sea un vicio de la tradición occidental, de raigambre judeo-cristiana, pensar erradamente que las transformaciones y la fuerza se desprenden de la pureza y la ciega unicidad. Así como el Dios-Uno, en su pureza, es capaz de crear y alterar la realidad, se suele pensar que un movimiento efectivo es el que se encuentra absolutamente alineado ideológicamente (“puro”) y es capaz de purgarse de las amenazas internas y externas. No obstante, el grueso de la historia del siglo XX no solo demuestra la poca eficacia de dicha asunción, sino sus incontrovertibles peligros.

 

En segundo lugar, el folleto de Ryder resalta la especificidad moderna del especismo. Como psicólogo clínico, Ryder se percata del rostro “oculto” del Progreso y la Razón, y por lo tanto de los Otros del Hombre moderno. En la experimentación animal resulta evidente que, como diría Walter Benjamin, el Ángel de la Historia ha dejado estruendosas ruinas tras su paso, ruinas claramente habitadas por mujeres, disidentes sexuales, poblaciones racializadas y pauperizadas, dementes, niños y, por supuesto, por los animales no humanos y la naturaleza en general. No es necesario leer a Foucault o a Adorno y Horkheimer para constatar las vetas destructivas de la modernidad dominante, según la cual el perfeccionamiento y bienestar de unos cuantos requiere el sacrificio continuo de millones, empezando por el sacrificio de todo lo supuestamente animal que habita en los candidatos a seres humanos stricto sensu. Esto lo ilustran, asimismo, la obra de Giorgio Agamben y el Informe para una Academia de Kafka. De este modo, cuestionar las dinámicas especistas hoy pasa por comprender la crítica a las nociones de Razón, Progreso y Humanidad enaltecidas por la modernidad occidental, así como la artificialidad de la especie, artificialidad intuida por el propio Ryder también en su folleto de 1970 cuando apuntaba: “La palabra ‘especie’, como la palabra ‘raza’, no es definible con precisión”.

Lamentablemente, el movimiento abolicionista de liberación animal ha permanecido atado a la episteme moderna, lo cual es comprensible parcialmente en los albores del movimiento, pero no 50 años después. Luego de que Ryder publicara su folleto, el filósofo australiano Peter Singer, quien con seguridad lo leyó, definió el concepto en su Liberación Animal de 1975 como “Discriminación con base en la especie” y “Prejuicio o actitud favorable a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de otras”. Asimismo, continuando con la tradición ryderiana de la relación entre luchas, alude a la necesidad de la “liberación animal” en continuidad con los para ese entonces existentes “movimiento de liberación de las mujeres”, “movimiento de liberación homosexual”, etc. Bajo la estela de Singer, sabiéndolo o sin saberlo, muchas y muchos activistas han adoptado la definición sintética de especismo como “discriminación basada en la especie”.

En la actualidad, el filósofo español Oscar Horta suele distinguir entre especismo y especismo antropocéntrico. El especismo antropocéntrico consiste en la discriminación negativa de un individuo por no pertenecer a la especie humana, mientras que el especismo, en general, es discriminación con base en la especie. Por ejemplo, cuando se privilegia a un perro respecto a una gallina por el mero hecho de que el perro es perro y no gallina habría especismo, mas no especismo antropocéntrico. Sin embargo, el mismo Horta puntualiza que las diversas formas de especismo suelen ser especismo antropocéntrico extendido, pues si se privilegia al perro es porque este se halla más cerca del ser humano, por lo que, en última instancia, es al ser humano al que se está privilegiando.

Ahora bien, de la historia que va de Ryder a Horta podemos colegir que el especismo se ha conceptualizado como un prejuicio o actitud (cuestión que ya se hallaba en el folleto elaborado por Ryder), y que su crítica: 1) ha implicado poner en el centro el problema del sufrimiento y por lo tanto se transita de una ética antropocéntrica a una sensocéntrica (elemento también en estado larvario en el folleto de Ryder, lo cual remite a autores clásicos de la filosofía anglosajona como Bentham); 2) se percibe, fundamentalmente, como un asunto moral, aunque basado en la biología (el continuum filogenético del cual habla Ryder en su folleto) y con consecuencias jurídico-políticas (los derechos que reivindica Ryder al final); 4) tiene un marcado énfasis en los individuos, herencia de la tradición liberal (Horta, por ejemplo, distingue entre la especie como criterio de discriminación y el individuo como entidad realmente discriminada); y 5) es una crítica que apela a la racionalidad y a la reflexión moral racional, no a las emociones (los argumentos especistas son meros argumentos emocionales, egoístas, antes que basados en la razón, decía Ryder al casi concluir su folleto).

Hoy, 50 años después del folleto de Ryder, y en sintonía con la crisis de la modernidad dominante tras la rebelión de las y los Otros del Hombre (mujeres, poblaciones racializadas y pauperizadas, niños, animales, etc.), el especismo y su crítica no pueden conservar las características mencionadas. En lugar de comprenderlo como mera actitud discriminatoria o prejuicio es necesario asumirlo como un complejo orden tecnobiofísicosocial, es decir, todo un conjunto de relaciones históricas que re/producen sistemáticamente la dominación animal y que se basan en la dicotomía jerárquica humano/animal. Este orden se compone de dispositivos como los bioterios (los mismos denunciados por Ryder y que producen los llamados “animales de laboratorio”), los zoológicos y museos (que producen los llamados “animales salvajes”) y las granjas tecnificadas junto con los mataderos (que producen y sacrifican los llamados “animales domésticos”). Se trata de un orden complejo de escala global, que privilegia a quienes se acercan al Hombre moderno en tanto ideal normativo y que funciona a través de discursos zootécnicos, biológicos, veterinarios, nutricionales, de marketing, etc. El especismo, así comprendido, es indisociable de otros órdenes como el (hetero)patriarcado, el racismo estructural o la colonialidad, el capitalismo, etc.

Urge entender, como ha venido sucediendo en el campo de los estudios críticos animales, la artificialidad histórica, pero no por ello menos real o eficaz, de nociones como “especie”, “raza”, “sexo”, etc. Solo así es posible advertir los complejos mecanismos a través de los cuales unas vidas son sacrificadas en aras del bienestar y perfeccionamiento de otras. El movimiento abolicionista de liberación animal tiene, pues, un compromiso con todos los desechos vivientes de la modernidad y de la tradición occidental, es decir, con los animales no humanos, pero también con los humanos animalizados y la naturaleza misma, “dejada atrás” en la marcha interminable de la Razón y el Progreso. Por último, el énfasis individualista de la tradición occidental le debe dar paso a la necesidad de construir mundos transespecie: el antiespecismo será ecológico y colectivo o no será. Tampoco podemos refugiarnos en la Razón oponiéndola a la emoción, tenemos el reto, por el contrario, de concebir una razón siempre afectiva y corporizada. Como bien lo puso de manifiesto Nietzsche en el siglo XIX, y la teoría feminista durante los siglos XX y XXI, esos que dicen pensar sin el cuerpo lo hacen, más bien, contra el cuerpo y siempre desde el cuerpo. Hoy, día mundial del veganismo y a 50 años del folleto Especismo, apremia comprender las prácticas veganas como prácticas heterogéneas y multisituadas, orientadas a constituir formas de vida o territorios existenciales compuestos por humanos y no humanos y, ante todo, capaces de abolir el especismo en tanto orden tecnobiofísicosocial de escala global que re/produce sistemáticamente la dominación animal.               

Noviembre 1 de 2020

Publicado enSociedad
Jueves, 29 Octubre 2020 05:27

Psicoanálisis y sistema

Psicoanálisis y sistema

La organización de las relaciones entre el sujeto y sus allegados

 

Como psicoanalistas, con los elementos a los cuales podemos/logramos acceder, buscamos construir un sistema. Para dar cuenta de este sistema, debemos acudir al lenguaje, puesto que el lenguaje determina el grado de organización del sistema construido.

Desde el psicoanálisis, entendemos que el grado de organización de un sistema puede expresarse en palabras y, a la vez, construir conjunciones significativas entre letras, palabras, demás funciones del lenguaje y números que, también, dejan constancia de la importancia de los términos matemáticos en la organización del sistema.

De esta forma, el grado de organización de un sistema es proporcional a la medida de información que brinda, mientras que el grado de desorganización de un sistema es proporcional a la medida de su entropía. De tal modo, el significado que nos proporciona un sistema depende de su grado de organización/desorganización.

Si esta concepción la aplicamos al estudio de los trastornos psíquicos, nos encontramos con que las perturbaciones psicológicas expresan los grados de desorganización/organización de las relaciones entre el sujeto en cuestión y sus allegados.

Pensemos un caso: para este individuo la mañana era una perturbación. No había modo de reemplazar esa molestia por otra cosa. Al inicio, era una leve molestia, pero con el tiempo se fue transformando de una perturbación en un trastorno y empezó a ser difícil de soportar. La consecuencia: disminuir o abandonar la cantidad de comida y el desinterés por su calidad, ya que le daba lo mismo “alimentarse”. Lo que era una simple perturbación se ha convertido en un “síntoma/trastorno alimenticio”.

Como manifestamos, este síntoma/trastorno expresaba problemas existentes entre el sujeto en cuestión y sus allegados, con los cuales componía un sistema. Se trataba de un sujeto que había conformado una personalidad definida dentro del sistema en el cual estaba incluido. Este individuo se instituía en un elemento sujeto/sujetado a esta organización sistémica que definía de forma precisa las relaciones materiales y simbólicas entre los elementos que la constituían. No obstante, sin saberlo, aquel individuo rechazaba “alimentarse”, “ser alimentado” y/o ser materia de la organización del sistema.

Por Juan Carlos Nocetti, psicoanalista.

Publicado enCultura
 Slavoj Zizek, en el salón del libro de Leipzig (2015).

El filósofo y psicoanalista esloveno Slavoj Zizek ha sido uno de los protagonistas del debate intelectual en un mundo enfrentado a grandes cambios. Referente para buena parte de la izquierda, a principios de año afirmó que el coronavirus sería “un golpe letal para el capitalismo” y una oportunidad para reinventar la sociedad (la respuesta antagónica del filósofo Byung Chul Han, quien dijo “Zizek se equivoca, nada de eso sucederá”). No sólo ha estado atento a la pandemia, sino también a los estallidos sociales alrededor del mundo, a los que entiende como “dolores de parto” de una sociedad ya agotada en sus propias contradicciones: “Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente hay quienes no lo saben”.

En esta entrevista explica por qué las crisis sociales de hoy tienen resonancias globales. Además, reflexiona sobre el problema de la violencia, el pensamiento y la política del siglo XXI.

En distintas partes del mundo han ocurrido estallidos sociales, se han dicho muchas cosas al respecto, pero hay algo muy concreto y que coincide en varios de ellos, y es que la palabra que surge espontáneamente es “dignidad”. ¿Cómo lee eso?

Creo que este punto es crucial. A pesar de la pobreza, el hambre y la violencia, a pesar de la explotación económica, las protestas que estallan ahora en Chile, Turquía, Bielorrusia o Francia, evocan regularmente la dignidad. Recuerdo haber hablado con mis amigos en Estambul que me dijeron que, también allí, su lema principal era la dignidad: incluso más que la libertad política y las cuestiones económicas, no podían soportar cómo el régimen de Erdogan los humillaba tratándolos como idiotas. Creo que la dignidad es la respuesta popular al cinismo abierto de los que están en el poder. Como señaló Peter Sloterdijk hace casi medio siglo, la fórmula de la ideología actual no es “no saben lo que están haciendo” sino: “saben lo que están haciendo, y no obstante, lo siguen haciendo”. 

Ha dicho que la crisis chilena tiene relevancia universal…

Chile se encuentra en una situación específica, pero creo que esta misma especificidad hace que sea más universal que otras: marca el paso de un tipo a otro de protesta. Luchar contra la dictadura de Pinochet era la lucha por la democracia contra un régimen abiertamente autoritario; ahora se cuestionan los límites mismos de la democracia liberal capitalista. 

¿Se cuestiona la forma de la democracia de las sociedades liberales? 

Las protestas que están sacudiendo al mundo en los últimos años oscilan claramente entre dos tipos. Por un lado, tenemos las protestas de recuperación, que cuentan con el apoyo de los medios liberales occidentales: Hong Kong, Bielorrusia. Por otro lado, tenemos protestas mucho más preocupantes que reaccionan a los límites del proyecto liberal-democrático en sí: “chalecos amarillos”, Black Lives Matter, Extinction Rebellion en el propio Occidente desarrollado. La relación entre los dos se asemeja a la conocida paradoja de Aquiles y la tortuga. En una carrera, Aquiles le permite a la tortuga una ventaja, y cada vez que Aquiles llega a algún lugar donde ha estado la tortuga, todavía le queda algo de distancia antes de que pueda alcanzarla. Pero si dejamos que Aquiles corra 200 metros, y en la misma unidad de tiempo, la tortuga cubrirá sólo 4 metros, ésta será dejada muy atrás por Aquiles. Entonces, la conclusión que se impone es: Aquiles nunca puede alcanzar a la tortuga, pero puede pasarla fácilmente. Ahora reemplacemos a Aquiles por “fuerzas del levantamiento democrático”, y la tortuga por el ideal del “capitalismo liberal-democrático”: pronto nos damos cuenta de que la mayoría de los países no pueden acercarse demasiado a este ideal, y que su fracaso para alcanzarlo expresa debilidades del propio sistema capitalista global. Todo lo que estos países pueden hacer es la arriesgada maniobra de ir más allá de este sistema, que, por supuesto, conlleva sus propios peligros. Además, nos vemos obligados a darnos cuenta de que, mientras los manifestantes a favor de la democracia se esfuerzan por ponerse al día con el Occidente liberal-capitalista, hay signos claros de que, en la economía y la política, el propio Occidente desarrollado está entrando en un poscapitalismo, una era posliberal, por supuesto, distópica.

¿Es decir, le parece que la crisis tiene que ver con que las democracias liberales se han topado con su propia contradicción?

Yanis Varoufakis señaló una señal clave de lo que vendrá: la reacción de las bolsas de valores. Cuando se anunció la mayor recesión en Reino Unido y Estados Unidos, el mercado de valores registró un récord. Aunque parte de esto puede explicarse por hechos simples (la mayoría de los máximos del mercado de valores pertenecen a unas pocas empresas que prosperan ahora, desde Google hasta Tesla), lo que vemos es una disociación entre la circulación y especulación financiera con la producción y las ganancias. La verdadera elección es entonces: ¿en qué tipo de poscapitalismo nos encontraremos?

Precisamente Arendt escribe, a propósito de las protestas estudiantiles de principio de los 70, que los estallidos violentos son los dolores de parto de una sociedad que ya se encontraba en transición. 

Arendt dice esto en su polémica contra Mao, quien dijo que “el poder surge del cañón de un arma”. Arendt califica esto como una convicción “completamente no marxista” y afirma que, para Marx, los estallidos violentos son como “los dolores de parto que preceden, pero por supuesto que no causan, el nacimiento orgánico del evento”. Básicamente estoy de acuerdo con ella, pero agregaría dos cosas. Primero, recuerda la clásica escena de dibujos animados de un gato que simplemente continúa caminando por el borde del precipicio, ignorando que ya no tiene tierra bajo sus pies; se cae solo cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que está colgando en el abismo. Nuestra vieja sociedad ya está muerta, simplemente no lo saben y tenemos que recordárselo, hacer que miren hacia abajo y vean el abismo bajo sus pies, pero ¿cómo? No creo que sea posible hacer ver, a los que están en el poder, que “ya están muertos”: en nuestro universo cínico, en cierto sentido ya lo saben, pero siguen como de costumbre. Así es cómo funciona la ideología en nuestra era cínica: no tenemos que creer en ella. Nadie se toma en serio la democracia o la justicia, todos somos conscientes de su corrupción, pero la practicamos, demostramos nuestra fe en ellas, porque suponemos que funcionan aunque no creemos en ellas. Lo que esto significa en nuestro caso es que nunca se producirá un traspaso del poder “democrático” plenamente pacífico sin los “dolores de parto” de la violencia: siempre habrá momentos de tensión en los que se suspendan las reglas del diálogo democrático y los cambios.

La violencia en las protestas es justamente lo que genera un problema para la izquierda, que tiene un pie en la calle y otro en la política institucional. No logran tomar posición.

Por lo que entiendo de la situación, creo que en este momento el foco debería estar en el “Apruebo”, que es un procedimiento institucional de votación. El objetivo no es asustar a la “mayoría silenciosa”, sino conseguir que el mayor número posible de ellos esté de nuestro lado. La violencia de nuestro lado debe ser estrictamente reactiva (autodefensa) para que se vea que claramente es el otro lado el que está perdiendo los nervios y actúa con violencia. Hay que evitar que surja el cliché de que hay extremistas violentos en ambos lados. Los que están en el poder provocaron la crisis y la inestabilidad, mientras que “Apruebo” está a favor de la paz y la estabilidad ciudadana. La violencia que preferiría es la violencia pasiva de abstenerse y boicotear, de NO hacer cosas donde se espera que uno haga algo. Como escribí al final de mi libro sobre la violencia, a veces lo más auténticamente violento es no hacer nada.

¿Hay algo que cambiarías, casi diez años después, de su libro Sobre la violencia?

Tal vez solo cambiaría algunos pequeños acentos. Insistiría más en la diferencia entre una violencia física o mental necesaria para reproducir el sistema y una “violencia” dirigida contra el sistema pero que puede respetar plenamente todas nuestras libertades y reglas democráticas. En este sentido, por loco que parezca, Gandhi era más violento que Hitler. Hitler no “tenía las pelotas” para cambiar las cosas. Todas sus acciones fueron fundamentalmente reacciones: actuó para que nada cambiara realmente; actuó para evitar la amenaza comunista. Su objetivo de eliminar a los judíos fue, en última instancia, un acto de desplazamiento en el que evitó al enemigo real: el núcleo de las propias relaciones sociales capitalistas. Gandhi, en cambio, hizo un movimiento que se esforzó efectivamente por interrumpir el funcionamiento básico del estado colonial británico respetando todas las reglas democráticas. La violencia directa es, por lo tanto, por regla general una reacción a la amenaza de un cambio. Cuando un sistema está en crisis, comienza a romper sus propias reglas. 

En El coraje de la desesperanza, decía que había que abrazar completamente la desesperanza. Esos días triunfaba Trump y aparecían en el mundo las derechas nacionalistas. Hoy, ¿tiene esperanza?

Sigo apegándome a esa fórmula de Agamben. Por “desesperanza” no me refiero a un tipo de pesimismo de “no hay salida”, solo me refiero a que no podemos imaginar un verdadero cambio dentro de las coordenadas básicas del orden existente, en el sentido de “radicalicemos nuestra democracia”. El camino hacia el verdadero cambio se abre solo cuando perdemos la esperanza en un cambio dentro del sistema. Si esto parece demasiado “radical”, recuerda que hoy, nuestro capitalismo ya se está transformando en algo nuevo, en un nuevo tipo de régimen opresivo. 

¿Es esa “desesperanza” táctica lo que le llevó a afirmar en las elecciones pasadas en Estados Unidos que era menos malo que ganara Trump que Clinton? ¿Qué piensas sobre las próximas elecciones?

Mi argumento fue que Trump es peor que Hilary Clinton, y ese era mi punto: esperaba que, como reacción a su gobierno, la izquierda en los Estados Unidos se constituyera como una fuerza política independiente. Esto sí sucedió con el surgimiento de los llamados socialistas demócratas dentro del Partido Demócrata, pero creo que hoy, con la pandemia, lo que está en juego es simplemente nuestra supervivencia, por lo que aconsejo a mis amigos de Estados Unidos que voten por Biden. Paradójicamente, la tarea de la izquierda es ahora, como señaló Alexandria Ocasio-Cortez, salvar nuestra democracia “burguesa”, cuando el centro liberal es demasiado débil e indeciso para hacerlo. ¡Qué vergüenza! Ahora tenemos que pelear incluso sus batallas.

Ha sido muy crítico con la culturalización de la política, también con las militancias anti-representación. ¿Cómo piensa la política del siglo XXI? 

El siglo XXI comenzó con los atentados del 11 de septiembre que marcan el fin de la visión de Fukuyama: ahora sabemos que el sueño de una expansión universal del capitalismo liberal-democrático ha terminado. Pero estoy dispuesto a dar un paso más aquí. Lo que hoy debería volverse problemático es precisamente un rasgo que Marx, Lenin y sus oponentes anarquistas tenían en común: destrozar los aparatos estatales existentes y reemplazarlos con algún tipo de autoorganización transparente de la sociedad que excluya la alienación y la re-presentación política. Por el contrario, pienso que hay que finalmente abandonar el mito de la inocencia perdida de la “Comuna de París”, como si los comunistas fueran comunistas antes del terror comunista “totalitario” del siglo XX, como si en la “Comuna” un sueño se hiciera realidad incluso si la gente efectivamente comiera ratas ¿Qué pasaría si, en contraste con la gran obsesión por superar la alienación de las instituciones estatales y lograr una sociedad auto-transparente, nuestra tarea hoy fuera, casi la opuesta? Es decir, promulgar una “buena alienación” ¿Qué pasa si necesitamos un conjunto de instituciones “alienadas”? Que, precisamente como “alienadas”, sustentan el espacio de nuestra libertad, de la misma manera que podemos pensar y hablar libremente solo a través del lenguaje, que no es sino una sustancia no transparente de nuestra vida mental. 

Pero da la impresión de que la idea de que no somos transparentes a nosotros mismos es poco popular, más bien son tiempos de extrema confianza en la voluntad y el “yo”. Supongo que esa es la parte en que incorpora el psicoanálisis y a Hegel en sus análisis.

Hago esto en un movimiento crítico contra el marxismo tradicional que también se basa en el progreso histórico general que conduciría al comunismo. Entonces los comunistas pueden así permitirse confiar en la Historia, actuar de acuerdo con sus leyes y saber lo que hacen. Pero creo que deberíamos darle la vuelta a la fórmula propuesta por Robert Brandom, el gran hegeliano liberal de hoy: “el espíritu de confianza”. ¿No es el rasgo más profundo de un verdadero enfoque hegeliano un espíritu de desconfianza? Es decir, el axioma básico de Hegel no es la premisa teleológica de que, por terrible que sea un evento, al final resultará ser un momento subordinado que contribuirá a la armonía general; su axioma es que no importa lo bien planificada y pensada que sea una idea o un proyecto, de alguna manera saldrá mal: la comunidad orgánica griega de una polis se convierte en una guerra fraterna, la fidelidad medieval basada en el honor se convierte en un halago vacío, el revolucionario luchar por la libertad universal se convierte en terror. El punto de Hegel no es que este mal giro de las cosas, podría haberse evitado, sino que tenemos que aceptar que no hay un camino directo hacia la libertad concreta, la “reconciliación” reside solo en el hecho de que nos resignamos a la amenaza permanente de destrucción que es una condición positiva de nuestra libertad. 

Eso mismo se puede decir acerca de otros temas que se planifican. Por ejemplo, en el campo sexual: incluso cuando se intenta liberar, sigue siendo complicado. 

La epidemia de la covid acaba de concluir el proceso de digitalización progresiva de nuestras vidas: las estadísticas muestran que los adolescentes de hoy dedican mucho menos tiempo a explorar la sexualidad que a explorar la web y las drogas. Incluso si se involucran en el sexo, ¿no es hacerlo en el ciberespacio (con toda la pornografía hardcore que se ofrece) mucho más fácil? Pero deberíamos dar un paso más aquí: ¿y si nunca hubiera habido un sexo completamente “real” sin un suplemento virtual o fantasioso? La masturbación se entiende normalmente como “hacértelo a ti mismo mientras imaginas a una pareja o parejas”, pero ¿y si el sexo es siempre, hasta cierto punto, masturbación con una pareja real? A esto agregaría la lección del psicoanálisis: algo está constitutivamente podrido en el estado de sexo, la sexualidad humana está en sí misma pervertida, expuesta a la mezcla de realidad y fantasía. Incluso cuando estoy solo con mi pareja, mi interacción (sexual) con él / ella está inextricablemente entrelazada con mis fantasías, es decir, utilizo la carne y el cuerpo de mi pareja como apoyo para realizar y representar mis fantasías. No podemos reducir esta brecha entre la realidad corporal de mi pareja y el universo de las fantasías a una distorsión abierta por el patriarcado y la dominación o explotación social; la brecha está aquí desde el principio. Es por esta misma razón que, como parte de la relación sexual, uno le pedirá al otro que siga hablando, generalmente narrando algo “sucio”, incluso cuando tenga en sus manos la “cosa en sí”. 

¿Es feminista?

Sí lo soy. A lo que me opongo es solo a cierto tipo de teoría de género que ve la diferencia sexual como una construcción social impuesta por el orden patriarcal opresivo, sobre una sexualidad fluida previa. Más bien pienso la diferencia sexual desde Lacan, que no es binaria en el sentido de una oposición simbólica fija: es una diferencia “imposible”, una brecha traumática que diferentes identidades sexuales intentan ofuscar. Otro problema adicional que veo con el feminismo contemporáneo en los países occidentales desarrollados es que, como ha demostrado Nancy Fraser, la forma predominante del feminismo estadounidense fue básicamente cooptada por la política neoliberal: debería haber más mujeres en posiciones de poder, pero la estructura de poder en sí no debería cambiar; debemos ayudar a los pobres, pero debemos seguir siendo ricos; no se debe abusar de una posición de poder en una universidad para obtener favores sexuales de aquellos que están subordinados a nosotros, pero el poder que no se sexualiza está bien.

A propósito de la hegemonía que va tomando la racionalidad de la técnica, y que, como decía Heidegger, la ciencia no piensa en consecuencias, ¿qué exigencia tiene el pensamiento en el tiempo que nos toca? 

Lo que se necesita es simplemente un pensamiento filosófico verdadero, un pensamiento que reflexione sobre los presupuestos e implicaciones de lo que estamos haciendo. Por ejemplo, Musk y otras figuras corporativas están anunciando la posibilidad de “Neuralink”, la conexión digital directa entre nuestras mentes que hará que el lenguaje sea obsoleto; la pregunta que debemos plantear aquí es cómo afectará este cambio en lo que significa “ser humano”. Tendremos que aprender a plantear cuestiones tan básicas. Creo que está llegando una nueva era de la filosofía. 

Por Constanza Michelson 26/10/2020

Publicado enCultura