Sábado, 16 Abril 2022 06:14

El mundo es de los multimillonarios

El fundador de Amazon, Jeff Bezos, ha visto cómo se dispara su riqueza durante la pandemia de Covid-19.

La obscena riqueza de los multimillonarios del mundo no solo les permite un estilo de vida lleno de lujos, sino que les da el control de la economía de la que el resto de nosotros depende para vivir. Esa es la realidad del «mercado libre» del capitalismo.

El último informe de Oxfam sobre la desigualdad de la riqueza en el mundo dibuja un sombrío panorama de los cambios que se han producido en la economía mundial en el transcurso de la pandemia. Según la investigación de la organización benéfica, los diez hombres más ricos del mundo duplicaron su riqueza en el transcurso del año pasado, lo que significa que ganaron el equivalente a 1 300 millones de dólares al día.

Para poner esta cifra en contexto, considere estas ilustraciones de la diferencia entre un millón y un billón. Si usted contara los números hasta llegar a un millón, le llevaría 12 días; pero si contara los números hasta llegar a un billón, le llevaría 32 años. Si se gastara un millón de dólares en un año, habría que gastar aproximadamente 2 700 dólares al día; para gastar mil millones de dólares en un año, habría que gastar aproximadamente 2,7 millones de dólares al día.

Estos diez hombres son ahora tan ricos que, aunque perdieran el 99,999% de su riqueza, seguirían teniendo más que el 99% de las personas del planeta.

Estas cifras son tan grandes que son difíciles de comprender, incluso con ilustraciones. Pero es muy importante que intentemos comprender la magnitud de la desigualdad en la economía mundial en este momento. Porque la desigualdad de la riqueza no nos habla simplemente de las divergencias en el nivel de vida y las oportunidades vitales de las personas que se encuentran en diferentes tramos fiscales; nos habla de las diferencias de poder entre los ricos y el resto.

La riqueza de los multimillonarios no se limita a estar en cuentas bancarias acumulando intereses; existe en forma de activos, como acciones, propiedades y bonos. Muchos miembros de la derecha critican socarronamente el método de Oxfam para calcular la desigualdad de la riqueza, argumentando que no deberíamos pensar en la riqueza de Jeff Bezos como equivalente al valor de sus activos, porque si vendiera todos sus activos a la vez, su valor caería bruscamente.

Pero esta crítica no tiene sentido. El problema de la desigualdad entre los multimillonarios y todos los demás no es solo que puedan permitirse comprar más cosas que el resto; es que controlan los recursos de los que nosotros dependemos para sobrevivir.

Tomemos por ejemplo a Jeff Bezos, cuya riqueza existe principalmente en forma de acciones de Amazon. Cuando medimos la escala de la riqueza de Bezos, no solo miramos lo rico que es, sino también lo poderoso que es. El hecho de que Bezos controle personalmente alrededor del 10% de una de las empresas más grandes y valiosas del mundo significa que tiene una cantidad significativa de control sobre el funcionamiento de la economía.

Puede influir en los salarios que fija Amazon, lo que determina los ingresos de millones de personas en todo el mundo. Puede influir en las decisiones de inversión de la empresa, que no solo determinan el número de puestos de trabajo que se crearán en la economía, sino también el tipo de bienes, servicios y tecnologías que probablemente se desarrollarán en los próximos años. Puede contribuir a toda una serie de decisiones que tienen un enorme impacto en el resto de la sociedad, desde la huella medioambiental de la empresa hasta su responsabilidad fiscal total.

Lo mismo puede decirse de otros multimillonarios que controlan la mayor parte de los recursos del mundo. Los magnates de la propiedad fijan nuestros alquileres e influyen en los precios de la tierra y la propiedad en todo el mundo. Los financieros determinan el destino de las inversiones, lo que determina todo tipo de tendencias sociales, como el cambio tecnológico, la intensidad del carbono en la producción y la geografía de la producción. Y los magnates de los medios de comunicación contribuyen a dar forma a la propia información que recibimos para entender estas tendencias.

Las decisiones tomadas por este pequeño puñado de hombres tienen un enorme impacto en casi todos los ámbitos de nuestras vidas: desde nuestros salarios, hasta nuestros alquileres, pasando por la temperatura de nuestro planeta. Y sin embargo, ejercen esta extraordinaria cantidad de poder sin apenas rendir cuentas.

Nadie en su sano juicio diría que esta es una forma racional de organizar una economía. La mayoría de los economistas mainstream sostienen que personas como Jeff Bezos no tienen realmente tanto poder como creemos. Las decisiones de Amazon, argumentan, están totalmente determinadas por las tendencias más amplias del mercado. Bezos no toma las decisiones, sino el mercado.

Sin embargo, en un mundo caracterizado por niveles extremos de desigualdad, altos índices de concentración del mercado y la captura del Estado por parte de las empresas, este punto de vista es mucho más difícil de defender. Cuando 10 hombres pueden perder casi todo lo que tienen y seguir siendo más ricos que casi todos los demás en el planeta, es absurdo argumentar que no tienen el control porque el mercado lo tiene. Estos hombres son el mercado (literalmente, en el caso de Jeff Bezos).

Si Bezos decide que quiere perfeccionar los vuelos espaciales comerciales, así es como se utilizarán los escasos recursos de la humanidad en un futuro previsible; al igual que si Amazon decide recortar su masa salarial, los ingresos de los más desfavorecidos disminuirán mientras que los beneficios de los más ricos aumentarán.

La desigualdad no solo importa porque es injusta; la desigualdad importa porque la riqueza de los de arriba está supeditada a la pobreza de los de abajo. Oxfam subraya precisamente este punto en el informe de este año, argumentando que «la desigualdad extrema es una forma de violencia económica, en la que las políticas y las decisiones políticas que perpetúan la riqueza y el poder de unos pocos privilegiados tienen como resultado un daño directo para la gran mayoría de la gente común en todo el mundo y el propio planeta».

En ningún lugar ha quedado más claro que en las respuestas de los gobiernos y bancos centrales del Norte a la pandemia, que han inyectado miles de millones de dólares en los bolsillos de los ricos mientras dejaban a muchos de los más desfavorecidos a su suerte.

Así que la próxima vez que alguien te diga que Jeff Bezos se ha ganado su dinero y que debería poder gastarlo como quiera, recuérdale que no se lo ha ganado, sino que lo ha extraído del gobierno, del medio ambiente y de sus trabajadores.

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Cepal: con una cultura del privilegio, en AL la desigualdad conspira

No hay ningún país que haya logrado elevar su producto interno bruto (PIB) sin incrementar las emisiones de gases de efecto invernadero aseguró Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Al presentar El Trimestre Económico número 353, señaló que la región atraviesa una cultura del privilegio, en donde "la desigualdad conspira", además de ser injusta e ineficiente.

"La igualdad no solo se trata de titularidad de derechos, es necesario igualar para crecer y crecer para igualar", apuntó.

Destacó que existe una desigualdad en la distribución personal y funcional del ingreso y la riqueza, pues recordó que 104 personas en América Latina poseen el equivalente a 11 por ciento del PIB de riqueza, concentración que aumentó en la pandemia del covid-19.

"De todos los países del mundo ninguno ha sido capaz de crecer con descarbonización o con menor reducción de emisiones y, por tanto, después de la pandemia hemos sufrido la mayor contracción económica desde la posguerra."

Señaló que la heterogeneidad estructural "es la gran fábrica de la desigualdad; no hemos analizado a profundidad los mercados con los monopolios y los oligopolios que están en la frontera tecnológica y contribuyen al PIB, pero que no generan el empleo formal necesario, sólo uno muy precario".

Consideró que los países desarrollados tienen una "deuda histórica" y no pueden obligar a los que están en vías de desarrollo a no crecer, por lo que deben proporcionar las tecnologías y patentes para lograrlo.

José Valenzuela Feijóo, integrante del consejo directivo de la revista editada por el Fondo de Cultura Económica, señaló que el gran aporte de Cepal es atreverse a observar a América Latina con ojos propios, a conectar el dato de la coyuntura con el estructural.

El catedrático de la UAM-I hizo énfasis en la falta de inversión, herramienta masiva que consideró como la única que puede sacar a los pobres del sector informal y "la única manera de mejorar la distribución del ingreso".

"En el país la inversión pública es muy bajita, muy por debajo de la necesario para resolver los problemas y el gobierno privilegia el subsidio, me atrevería a hablar hasta de una limosna estatal, no se me confunda con un panista yo soy partidario de este gobierno", dijo.

Bárcena destacó que América Latina es la zona geográfica con el nivel más bajo de inversión, pues hasta 2021 era de 19.5 por ciento respecto al PIB, mientras el promedio en los países en vías de desarrollo es de 33.2 por ciento, por lo que apremió a trabajar en la inversión y aumentar la productividad.

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Martes, 08 Marzo 2022 06:30

Frágil recuperación de la economía

https://www.sela.org/es/prensa/notas-de-prensa/n/77340/recuperacioneconomica

El final y el comienzo de un nuevo año suelen ser la oportunidad para reflexionar sobre la situación de la economía y sus perspectivas inmediatas, acerquémonos a las de nuestro país.

El crecimiento del PIB no justifica el exagerado optimismo gubernamental

De acuerdo con la última información del Dane, el aumento del Producto Interno Bruto (PIB) entre el tercer trimestre del 2020 y el tercer trimestre del 2021 fue de 13,2 por ciento. Sin duda, es una tasa alta, pero no se debe interpretar con el optimismo del gobierno. El presidente Duque ha dicho que es un crecimiento sin precedentes en la historia del país. Es lógico que sea alto porque nunca, desde que se tienen estadísticas, la caída de la economía había sido tan intensa. En el segundo trimestre del 2020, el PIB cayó 15,8 por ciento.

Es evidente que después de una disminución tan profunda, el crecimiento posterior sea elevado. Ello no quiere decir que los actuales niveles del PIB correspondan a una situación boyante. Apenas se trata de un rebote posterior a una caída del producto sin precedentes. A pesar del repunte, la economía colombiana continúa siendo estructuralmente frágil.

La economía colombiana es estructuralmente frágil

Esta fragilidad tiene 5 expresiones: i) Dependencia excesiva del petróleo y del carbón. ii) Déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos. iii) Inflación causada por razones estructurales. iv) Déficit fiscal y mayor deuda pública. v) Aumento de la pobreza y la desigualdad.

i) Dependencia excesiva del petróleo y del carbón. A pesar de que Colombia firmó en Glasgow los acuerdos de la COP 26 sobre cambio climático, el Ministro de Minas acaba de anunciar una intensificación de la producción de petróleo y carbón. El alto precio que han adquirido en el mercado internacional es una tentación irresistible. Y en lugar de aprovechar esta bonanza para diseñar mecanismos que efectivamente permitan una disminución de la dependencia de las energías intensivas en carbono, el gobierno ha mostrado su decisión de mantener la actual estructura productiva.

Además de los daños ambientales, la economía extractiva genera poco empleo. La reducción sostenida de las tasas de desempleo exige que el país avance hacia un proceso de industrialización.

La serie histórica de las tasas de desempleo muestra que en diciembre de 2021 hubo una reducción importante, llegando a 11 por ciento, con 2,7 millones de personas desempleadas. Este nivel es bajo comparado con el punto más algo que se presentó en mayo de 2020, cuando el desempleo llegó a 21,4 por ciento, con 4,7 millones de desempleados.

El panorama ha mejorado. Actualmente, con respecto al peor momento de la pandemia, han encontrado empleo 2 millones de personas. Estos avances son importantes pero insuficientes. Primero, porque todavía el número de desempleados sigue siendo muy alto. Y, segundo, porque la mitad del empleo es informal y de baja calidad.

 

 

Para fortalecer el empleo se requiere una estrategia de largo plazo que supere la dependencia de la minería y de los hidrocarburos. La Misión de Empleo del gobierno, coordinada por Santiago Levy, dejó de lado estas reflexiones de carácter estructural, y volvió a insistir en el enfoque equivocado que le atribuye el desempleo a los costos salariales. El empleo no crece, como dice la Misión, porque se reduzcan los costos laborales, sino porque aumenta el consumo.

ii) Déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Este déficit no se está cerrando. El país continúa importando más de lo que exporta. Los tratados de libre comercio han llevado a una apertura hacia dentro. Ni siquiera cuando los precios del petróleo y del carbón han estado altos, se ha logrado cerrar la brecha de la balanza de pagos.

iii) Inflación causada por factores estructurales. El aumento de los precios que se ha observados durante los últimos meses no se explica por el aumento de la cantidad de dinero, sino por factores estructurales, como la masiva importación de alimentos básicos, que oscila alrededor de 15 millones de toneladas anuales. Al terminar el 2021 la inflación de alimentos fue significativa (17,23%). Más alta que la inflación general del 5,62 por ciento. El aumento del salario mínimo que fue del 10 por ciento ya fue contrarrestado por el aumento de los precios de los alimentos.

Si el principal factor que incide en la inflación es el costo de los alimentos, la modernización de la agricultura es el mejor camino para luchar contra el alza de precios. Es inadecuada la estrategia del Banco de la República, que ha puesto todo el énfasis en el incremento de la tasa de interés. La transformación de la agricultura tiene que pasar por un cambio en la estructura productiva, comenzando con la lucha contra la concentración de la tierra.

 

 

iv) Déficit fiscal y mayor deuda pública. Para combatir el déficit fiscal no se puede pensar en una reducción del gasto, sino que es necesario avanzar hacia una reforma tributaria estructural y progresiva, de tal manera que los ricos paguen una tarifa del impuestos a la renta que sea creciente en función de sus ingresos. Las últimas reformas tributarias en lugar de disminuir la concentración de la riqueza la han aumentado. Se debe tener en cuenta, además, que en todos los países del mundo aumentó el gasto público, y el 90 por ciento de los gobiernos no está cumpliendo con las llamadas reglas fiscales. El mayor gasto es indispensable para recuperar las economías. El gobierno colombiano ha sido tímido y el gasto público continúa siendo muy bajo comparado con los estándares internacionales.

v) Aumento de la pobreza y la desigualdad. El combate a la pobreza exige que haya empleo de calidad, y que la política fiscal, entendida como la combinación de los impuestos y de los subsidios, favorezca a las personas más vulnerables. Las condiciones de vida de la población se deterioraron con la pandemia, así que se requiere el liderazgo del Estado. Y es conveniente insistir que el mecanismo tributario es el más apropiado para reducir la desigualdad. En otras palabras, los ricos tienen que pagar impuestos.

7 de febrero de 2022
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Martes, 22 Febrero 2022 18:06

Frágil recuperación de la economía

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El final y el comienzo de un nuevo año suelen ser la oportunidad para reflexionar sobre la situación de la economía y sus perspectivas inmediatas, acerquémonos a las de nuestro país.

El crecimiento del PIB no justifica el exagerado optimismo gubernamental

De acuerdo con la última información del Dane, el aumento del Producto Interno Bruto (PIB) entre el tercer trimestre del 2020 y el tercer trimestre del 2021 fue de 13,2 por ciento. Sin duda, es una tasa alta, pero no se debe interpretar con el optimismo del gobierno. El presidente Duque ha dicho que es un crecimiento sin precedentes en la historia del país. Es lógico que sea alto porque nunca, desde que se tienen estadísticas, la caída de la economía había sido tan intensa. En el segundo trimestre del 2020, el PIB cayó 15,8 por ciento.

Es evidente que después de una disminución tan profunda, el crecimiento posterior sea elevado. Ello no quiere decir que los actuales niveles del PIB correspondan a una situación boyante. Apenas se trata de un rebote posterior a una caída del producto sin precedentes. A pesar del repunte, la economía colombiana continúa siendo estructuralmente frágil.

La economía colombiana es estructuralmente frágil

Esta fragilidad tiene 5 expresiones: i) Dependencia excesiva del petróleo y del carbón. ii) Déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos. iii) Inflación causada por razones estructurales. iv) Déficit fiscal y mayor deuda pública. v) Aumento de la pobreza y la desigualdad.

i) Dependencia excesiva del petróleo y del carbón. A pesar de que Colombia firmó en Glasgow los acuerdos de la COP 26 sobre cambio climático, el Ministro de Minas acaba de anunciar una intensificación de la producción de petróleo y carbón. El alto precio que han adquirido en el mercado internacional es una tentación irresistible. Y en lugar de aprovechar esta bonanza para diseñar mecanismos que efectivamente permitan una disminución de la dependencia de las energías intensivas en carbono, el gobierno ha mostrado su decisión de mantener la actual estructura productiva.

Además de los daños ambientales, la economía extractiva genera poco empleo. La reducción sostenida de las tasas de desempleo exige que el país avance hacia un proceso de industrialización.

La serie histórica de las tasas de desempleo muestra que en diciembre de 2021 hubo una reducción importante, llegando a 11 por ciento, con 2,7 millones de personas desempleadas. Este nivel es bajo comparado con el punto más algo que se presentó en mayo de 2020, cuando el desempleo llegó a 21,4 por ciento, con 4,7 millones de desempleados.

El panorama ha mejorado. Actualmente, con respecto al peor momento de la pandemia, han encontrado empleo 2 millones de personas. Estos avances son importantes pero insuficientes. Primero, porque todavía el número de desempleados sigue siendo muy alto. Y, segundo, porque la mitad del empleo es informal y de baja calidad.

 

 

Para fortalecer el empleo se requiere una estrategia de largo plazo que supere la dependencia de la minería y de los hidrocarburos. La Misión de Empleo del gobierno, coordinada por Santiago Levy, dejó de lado estas reflexiones de carácter estructural, y volvió a insistir en el enfoque equivocado que le atribuye el desempleo a los costos salariales. El empleo no crece, como dice la Misión, porque se reduzcan los costos laborales, sino porque aumenta el consumo.

ii) Déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Este déficit no se está cerrando. El país continúa importando más de lo que exporta. Los tratados de libre comercio han llevado a una apertura hacia dentro. Ni siquiera cuando los precios del petróleo y del carbón han estado altos, se ha logrado cerrar la brecha de la balanza de pagos.

iii) Inflación causada por factores estructurales. El aumento de los precios que se ha observados durante los últimos meses no se explica por el aumento de la cantidad de dinero, sino por factores estructurales, como la masiva importación de alimentos básicos, que oscila alrededor de 15 millones de toneladas anuales. Al terminar el 2021 la inflación de alimentos fue significativa (17,23%). Más alta que la inflación general del 5,62 por ciento. El aumento del salario mínimo que fue del 10 por ciento ya fue contrarrestado por el aumento de los precios de los alimentos.

Si el principal factor que incide en la inflación es el costo de los alimentos, la modernización de la agricultura es el mejor camino para luchar contra el alza de precios. Es inadecuada la estrategia del Banco de la República, que ha puesto todo el énfasis en el incremento de la tasa de interés. La transformación de la agricultura tiene que pasar por un cambio en la estructura productiva, comenzando con la lucha contra la concentración de la tierra.

 

 

iv) Déficit fiscal y mayor deuda pública. Para combatir el déficit fiscal no se puede pensar en una reducción del gasto, sino que es necesario avanzar hacia una reforma tributaria estructural y progresiva, de tal manera que los ricos paguen una tarifa del impuestos a la renta que sea creciente en función de sus ingresos. Las últimas reformas tributarias en lugar de disminuir la concentración de la riqueza la han aumentado. Se debe tener en cuenta, además, que en todos los países del mundo aumentó el gasto público, y el 90 por ciento de los gobiernos no está cumpliendo con las llamadas reglas fiscales. El mayor gasto es indispensable para recuperar las economías. El gobierno colombiano ha sido tímido y el gasto público continúa siendo muy bajo comparado con los estándares internacionales.

v) Aumento de la pobreza y la desigualdad. El combate a la pobreza exige que haya empleo de calidad, y que la política fiscal, entendida como la combinación de los impuestos y de los subsidios, favorezca a las personas más vulnerables. Las condiciones de vida de la población se deterioraron con la pandemia, así que se requiere el liderazgo del Estado. Y es conveniente insistir que el mecanismo tributario es el más apropiado para reducir la desigualdad. En otras palabras, los ricos tienen que pagar impuestos.

7 de febrero de 2022
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Publicado enEdición Nº288
Lunes, 21 Febrero 2022 06:43

Prosperidad exclusiva

Prosperidad exclusiva

La riqueza de los 10 hombres más acaudalados del mundo se duplicó durante la pandemia, entre ellos los estadunidenses Elon Musk (en imagen de archivo), Jeff Bezos, Bill Gates, Mark Zuckerberg y Warren Buffett, reportó Oxfam. Su riqueza colectiva pasó de 700 mil millones a 1.5 billones de dólares (cifra superior al PIB anual de México). Foto Ap

“Compra cuando hay sangre en las calles” es un dicho de Wall Street con el cual una fuente de La Jornada en uno de los bancos más grandes del sector nos explica la reciente baja en la Bolsa de Valores que se atribuye a "preocupaciones" por una posible guerra en Ucrania.

¿Pues no que las guerras son buen negocio? Explica que en el camino hacia un conflicto armado los mercados financieros tienden a "preocuparse", causando una baja, pero al estallar una guerra, eso suele llevar a una alza en los valores bursátiles; por eso el dicho. Según algunos, la cita se atribuye al barón Rothschild en el siglo XVIII, quien hizo una fortuna durante el pánico de la Batalla de Waterloo contra Napoleón. La cita entera, según otros, fue "compra cuando hay sangre en las calles, incluso si esa sangre es tuya".

Para unos pocos, guerras, pandemias, crisis sociales y económicas y cambios de gobierno por elecciones dentro de las reglas del sistema no sólo no interrumpen su gran juego de negocios, sino que ofrecen aún más oportunidades para lucrar. No es que todos los mega-rricos estén de acuerdo en todo, pero sí hay un consenso en lo más fundamental que viene desde los orígenes de este país. James Madison, como suele recordar Chomsky, estableció durante la Convención Constitucional de Estados Unidos que la responsabilidad primordial del nuevo gobierno era "proteger la minoría de la opulencia contra la mayoría". Madison, una década despues, asombrado por la avaricia y abuso de esos ricos, se arrepintió un poco, denunciando que se comportaban como "los instrumentos y tiranos del gobierno". Eso, según Chomsky, es tan actual hoy día como lo fue entonces.

En 2006, Warren Buffett, entre los 10 hombres más ricos del país, causó un terremoto cuando se atrevió a expresar una verdad al comentar al New York Times: "claro que sí hay una guerra de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo esa guerra, y la estamos ganando".

Todo indica que no sólo están ganando esa guerra, sino que también están ganando más lana que nunca.

La riqueza de los 10 hombres más ricos del mundo se duplicó durante la pandemia, entre ellos los estadunidenses Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates, Larry Ellison, Mark Zuckerberg y Buffett, reportó Oxfam. Su riqueza colectiva se elevó de 700 mil millones de dólares a $1.5 billones de dólares (cifra superior al PIB anual de México).

Para ganar 1.5 billones de dólares, uno tendría que ganar un millón de dólares al día por 1.5 millones de días, o sea, 4 mil años.

En Estados Unidos, la riqueza combinada de los poco más de 700 multimillonarios se incrementó más de 70 por ciento durante la pandemia (entre marzo de 2020 y octubre de 2021) par ascender a más de 5 billones de dólares, según un análisis del Institute for Policy Studies (https://inequality.org/facts/wealth-inequality/).

No sorprende que la ciudad de Rotterdam esté dispuesta a desmantelar un puente histórico para permitir que pase un nuevo superyate de Jeff Bezos, o que esa industria tuvo su mejor año en 2021, o que Rolls-Royce reportó ventas sin precedente en su existencia de 117 años, incluyendo modelos que cuestan de 300 mil a 455 mil dólares.

“Hay muy, pero muy buenas noticias para la clase multimillonaria: hoy, ustedes son dueños de más ingreso y riqueza, en porcentaje, que en cualquier momento en la historia de Estados Unidos. ¡Felicidades! Como resultado de un traslado masivo de riqueza de la clase trabajadora al 1 por ciento más rico a lo largo de los últimos 50 años, el 1 por ciento más rico ahora tiene más riqueza que el 92 por ciento de la población… Tal vez el momento está llegando cuando deberíamos de… felicitar a la clase multimillonaria por llevar a este país hacia la forma oligárquica de sociedad que tanto han deseado”, declaró Bernie Sanders ante el pleno del Senado la semana pasada.

Algunos de estos datos sobre los más ricos y sus vidas de ultralujo provocan pensar, bromeó Stephen Colbert, en algo así como "construyamos una guillotina".

Joel Grey/Lisa Minnelli. Money (de Cabaret). https://www.youtube.com/watch?v=PIAXG_QcQNU&t=165s

O’Jays. For the love of Money. https://www.youtube.com/watch?v=GXE_n2q08Yw

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Morris Pearl, presidente de Millonarios Patrióticos.

"Cóbrennos más, háganlo ya"

El planteo, hecho ante el Foro de Davos, se basa en la observación del crecimiento de las desigualdades con la pandemia y el consiguiente aumento de las grandes riquezas. Es un argumento ético pero también de preservación del sistema.

"In tax we trust". Haciendo un juego de palabras con la insignia que llevan impresos los dólares estadounidenses - in god we trust o en dios creemos-, un grupo de alrededor de 100 milmillonarios reinstaló el debate para que se les cobren más impuestos. Fue a través de una carta abierta que publicaron en el marco del Foro Económico Mundial Davos 2022, espacio que recibió fuertes críticas por generar debates desde escritorios que luego no se traducen en acciones concretas.

"La confianza -en la política, en la sociedad, en los demás- no se construye en pequeñas habitaciones a las que sólo pueden acceder los más ricos y poderosos. No está construido por viajeros espaciales multimillonarios que hacen una fortuna con una pandemia pero no pagan casi nada en impuestos y proporcionan salarios bajos a sus trabajadores", apunta el escrito impulsado por el grupo Millonarios Patrióticos, en una directa referencia a algunos de los hombres más ricos del mundo, como Elon Musk y Jeff Bezzos, que participan de la carrera espacial y hasta viajan ellos mismos al cosmos, mientras pagan cada vez menos impuestos. 

Millonarios Patrióticos, por José Pablo Feinmann

"Como millonarios, sabemos que el sistema fiscal actual no es justo. La mayoría de nosotros puede decir que, si bien el mundo ha pasado por una inmensa cantidad de sufrimiento en los últimos dos años, en realidad hemos visto aumentar nuestra riqueza durante la pandemia; sin embargo, pocos, si es que alguno de nosotros, puede decir honestamente que pagamos nuestra parte justa en impuestos", continúa el escrito que apunta al sistema fiscal internacional que "ha sido diseñado deliberadamente para enriquecer aun más a los ricos". 

En este contexto, este grupo de millonarios realiza un pedido poco habitual a los gobiernos del mundo: "Cóbrennos impuestos a los ricos y háganlo ahora". La organización se dio a conocer en 2010 en rechazo a la baja de impuestos a los más ricos durante la administración del ex presidente de los Estados Unidos George W. Bush. Se reconocen como gente que tuvo éxito en el sistema capitalista y  quieren salvar al capitalismo de sus propios excesos. Sus demandas giran en general sobre el incremento del impuesto del patrimonio, una revisión de los agujeros fiscales por los cuales se evaden legalmente impuestos, e incluso aumentos del salario mínimo.

Quiénes son los Millonarios Patrióticos

El grupo es liderado por Morris Pearl, un ex ejecutivo de Blackrock. Entre los firmantes, además de Pearl, figuran Abigail y Tim Disney, nietos y herederos del cofundador de la compañía, Roy Disney, y una lista de empresarios, algunos políticos, inversores y filántropos no sólo de EE.UU sino también de Inglaterra, Canadá, Alemania, Austria, Dinamarca y Groenlandia.

En respuesta a esta carta, un vocero del Foro indicó a Reuters que uno de los principios de la organización es el pago de una cuota justa de impuestos y que "un impuesto sobre la riqueza como el que existe en Suiza, donde tiene su sede la organización, podría ser un buen modelo para su desarrollo en otros lugares".

El debate sobre un impuesto a las grandes fortunas

El debate de gravar las grandes riquezas se impuso firmemente durante la crisis de la pandemia, que agravó y visibilizó las desigualdades entre ricos y pobres de todo el mundo. Durante el 2021 se avanzó en una propuesta similar durante el encuentro de ministros de Economía del G20. Con el objetivo de mitigar las guaridas fiscales se propuso implementar un impuesto mundial global del 15 por ciento a las multinacionales. 

El acuerdo contaba con el apoyo de la mayoría de los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)  y se empezaría a cobrar a partir de 2023. Argentina acompañó esta propuesta a pesar de proponer elevar el guarismo por encima de 15. El ministro de Economía Martín Guzmán sugirió entre un 21 y un 25 por ciento. 

La pandemia agudizó la desigualdad

La carta se publicó horas después de la presentación del informe “Las desigualdades matan”  que asegura que entre marzo del 2020 y noviembre de 2021 los diez hombres más ricos del mundo duplicaron su fortuna pasando de 700.000 millones de dólares a 1,5 billones de dólares, a un ritmo de 15.000 dólares por segundo o 1.300 millones de dólares por día. Mientras tanto, más de 160 millones de personas en todo el mundo bajaron al nivel de pobreza respecto al período anterior a la pandemia. Es decir, disponen de menos de 5,5 dólares por día. 

De acuerdo a un estudio hecho por Millonarios Patrióticos junto con Oxfam y otras organizaciones sin ánimo de lucro, un impuesto progresivo sobre la riqueza que comenzara en el 2 por ciento para los que tuvieran más de 5 millones de dólares y aumentara hasta el 5 por ciento  para los multimillonarios, podría recaudar u$s 2,52 billones, cifra que alcanzaría para sacar a 2300 millones de personas de la pobreza y garantizar la asistencia sanitaria y la protección social de los individuos que viven en los países con menores ingresos.

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Viernes, 07 Enero 2022 07:05

Mundo Musk

Elon Musk en la ceremonia de entrega de los premios Axel Springer, en Berlín, en diciembre de 2020 AFP, BRITTA PEDERSEN

Convertidos en el nuevo modelo mediático a imitar por la humanidad, los multimillonarios de la industria tecnológica se presentan como emprendedores resueltos a salvar la civilización. Es más bien lo contrario.

 

En 2021 la brecha entre ricos y pobres llegó a un nivel desconocido desde comienzos del siglo XX. Un informe macro del Laboratorio sobre la Desigualdad Global publicado en diciembre muestra que hoy el 10 por ciento más poderoso de la población mundial concentra el 76 por ciento de la riqueza, mientras que la mitad más pobre, solo el 2 por ciento. En América Latina, la diferencia es aún más pronunciada: el 10 por ciento más rico acapara el 77 por ciento de la riqueza, mientras que el 50 por ciento más pobre, apenas el 1 por ciento.

En la punta baja, el año pasado otros 100 millones de terrícolas cayeron en la extrema pobreza, ese territorio hacinado en el que se nada en la nada. En la punta alta, los hiperhipermillonarios –ese puñado– aumentaron su riqueza en un 14 por ciento. «Observamos un mundo todavía más polarizado, en el que el covid ha amplificado el fenómeno del ascenso de los multimillonarios y ha dejado más pobreza», dijo a comienzos del mes pasado a El País de Madrid Lucas Chancel, cabeza del grupo coordinador de los más de 100 investigadores que trabajaron para el informe. No es el virus, sino el sistema, aclaró luego el economista francés.

La tendencia a la aceleración de las desigualdades arrancó en los años ochenta y de ahí en adelante se ha mantenido, salvo frenos puntuales aquí y allá, que no han alterado el panorama sustancialmente. Desde los noventa (ya en un mundo homogéneamente capitalistizado), esos que ahora llaman –en inglés– zillionaires, los astronómicamente millonarios, un 0,0001 por ciento de la población mundial, aumentaron su riqueza en un promedio anual del 8,1 por ciento; los un poquito menos ricos, el 0,001 por ciento, en un 5,9, y el 0,01 por ciento del escalón siguiente, en un 5 por ciento. Una norma: a mayor riqueza, mayor ganancia.

«Lo que cabe esperar es que siga siendo así», dice Thomas Piketty, otro integrante del equipo coordinador del Informe sobre la Desigualdad Global 2022. El documento apunta que la desigualdad se acentuará no solo entre individuos, sino también entre los recursos del sector público y los del sector privado: «Los gobiernos son hoy mucho más pobres que hace 40 años. Es una tendencia secular que observamos: el sector público se empobrece y el privado se enriquece». La pandemia (el manejo de la pandemia, el contexto en el que transcurre la pandemia) aportará su cuota para hacer más hondo el foso, con Estados más endeudados y ricos aún más enriquecidos e intocados.

La revista Forbes estimó que el patrimonio líquido sumado de las 500 personas más ricas (que en 2021 se incrementó en 1 billón de dólares) es hoy mayor que el producto bruto interno individual de todos los países del planeta, con excepción de Estados Unidos y China, y dejó entrever, como Piketty, que todo hace prever que la distancia aumentará.

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Elon Musk es el zillionaire más en boga. En 2021, el dueño de la fábrica de vehículos eléctricos Tesla y de la compañía aeroespacial Spacex, y fundador de la plataforma de pagos Paypal se convirtió no solo en el hombre más rico del planeta, sino en el primero en la historia en haber acumulado una fortuna superior a los 300.000 millones de dólares. Forbes la calculó en 308.000 millones en noviembre del año pasado. Otras fuentes la reducen a 270.000 millones. Qué más da. Del puñado de magnates que componen lo que el Instituto de Estudios Políticos (IPS) de Estados Unidos llama la docena oligárquica, Musk fue quien más se benefició con la pandemia. De acuerdo a Forbes, hizo el grueso de su fortuna entre enero de 2020 y fines de octubre de 2021. Antes de comienzos de 2020 no figuraba ni siquiera en el top 10 de los más ricos, el pobre.

Entre la docena de oligarcas identificados por el IPS están, por supuesto, los principales ejecutivos de las GAFAM (las megaempresas del sector tecnológico: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft). Desfilan por allí Jeff Bezos, el propietario de Amazon y Starlink, a quien Musk desplazó del lugar de más rico del mundo en la escala de milmillonarios; Mark Zuckerberg, el patrón de Facebook; Bill Gates, el fundador de Microsoft, y varios altos ejecutivos de Google. También se alinean los herederos del gigante de la distribución Walmart y el bueno de Warren Buffett, aquel gurú de Wall Street que pidió que, por favor, el fisco de Estados Unidos le cobrara impuestos más o menos a la altura de sus ganancias, porque pagaba menos que su secretaria, el mismo que hace unos años dijo: «La lucha de clases existe y la estamos ganando los ricos». Solo entre marzo y agosto de 2020, de acuerdo al IPS, los 12 habían acrecentado globalmente sus ganancias en un 40 por ciento.

Las cifras dadas por Forbes son particularmente alucinantes. A noviembre del año pasado, los 20 mayores magnates yanquis reunían una riqueza de 5,3 billones de dólares. A alguien en Europa se le dio por calcular que cualquiera de estos milmillonarios gana en un año más o menos lo mismo que lo que ganan, sumadas, varias decenas de miles de trabajadores europeos de ingresos medios a lo largo de toda su vida (Bezos como unos 50 mil trabajadores, Musk como unos 80 mil).

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En diciembre, Time eligió a Musk como personaje del año. «Guste o no, hoy estamos en el mundo de Musk», dijo Edward Felsenthal, editor de la revista estadounidense. «Este tímido sudafricano con síndrome de Asperger, que escapó de una infancia brutal y superó una tragedia personal, que hace solo unos pocos años era objeto de continuas burlas y tratado como un estafador loco al borde de la quiebra, ahora somete a los gobiernos y a la industria a la fuerza de su ambición. […] Con un movimiento de su dedo, el mercado de valores se dispara o se desmaya y un ejército de devotos está pendiente de cada una de sus palabras» en Twitter, añadió, donde lo siguen casi 70 millones de personas. A Time le fascina este «genio» y «payaso» que fabrica autos eléctricos, que los vende como una de las soluciones al cambio climático y que, al mismo tiempo, promueve el turismo espacial y se propone llevar a Marte, de aquí a 2050, a 1 millón de personas en naves de Spacex para ir colonizando el planeta rojo e ir preparando un futuro humano posterrícola, por si a Gea le quede poco tiempo.

En 2016, en un congreso internacional de astronáutica, Musk dijo: «No hay para la humanidad más que dos caminos: o bien permanece aferrada a la Tierra para siempre y llegará el momento en que un acontecimiento causará su extinción, o bien apuesta a una civilización multiplanetaria». Tiempo después fue más taxativo aún: «Es esencial para la supervivencia de la humanidad fundar una sociedad centrada en el viaje espacial». Time cree que Musk sabe vender como nadie lo que hasta hace poco parecía una quimera y que, sobre todo, sabe hacer que muchísimos lo tomen a él como modelo de lo que hay que ser.

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En 2021, cuatro hiperricos viajaron al espacio sideral a bordo de una nave de Spacex, la empresa de Musk, quien no fue de la partida. Algunos de sus competidores sí volaron en naves de sus propias empresas. El primero fue el zillionaire británico Richard Branson, dueño de Virgin Galactic, que invirtió 1.000 millones de dólares para darse el gustito de decir: «Oh, my God!» al contemplar la Tierra desde una altura de 85 quilómetros y dar el puntapié inicial de un programa comercial de turismo espacial que ya está completito: Virgin asegura que le han reservado 600 boletos. Cada uno vale entre 200 mil y 250 mil dólares.

A Branson le siguió Bezos: el hombre se embarcó a bordo de una nave de Blue Origin en julio y tres meses después invitó a dar un paseíto al actor Wiliam Shatner, el capitán Kirk, de Viaje a las estrellas, su héroe de infancia. Los héroes de Musk eran personajes de El Señor de los Anillos y la Serie de la Fundación. «Me hacían sentir el deber de salvar el mundo», le contó en 2009 a la revista The New Yorker, cuando recién estaba probando el Roadster, el primer auto eléctrico de Tesla, pero ya era un rico y megalómano empresario que, a falta de un imperio mediático propio, tenía un habilísimo manejo de Twitter y despuntaba como nuevo gurú del sector tecnológico, cosa en la que se convirtió tras la muerte de Steve Jobs. «De niño soñaba con ser quien soy: alguien que está por fuera de cualquier conflicto social y pone todo su talento, todo su esfuerzo, al servicio de los demás. A mí lo que más me interesa es que la Tierra siga existiendo, pero tengo el deber, también, de proponer alternativas», le dijo el año pasado a un canal de televisión nórdico.

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«Lo sideralmente extraño de esta historia es cómo los milmillonarios han logrado imponer la idea de que de ellos –los superricos, más ricos que cualquier Estado, más poderosos que cualquier organización internacional– depende nada menos que la supervivencia del planeta; la idea de que son ellos, y solo ellos, quienes tienen el dinero, el talento y el poder necesarios para rescatarnos y evitar el apocalipsis», se sorprendía, en noviembre, en Glasgow –donde se estaba desarrollando la COP 26, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático–, un directivo de la confederación internacional Oxfam. «Más extraño aún es que hayan logrado desligarse de cualquier responsabilidad sobre el estado actual del mundo, cuando no hay que ser demasiado agudo para darse cuenta de que ellos son una parte fundamental del problema, no de la solución», decía.

Hoy «los ultrarricos están de moda», constataba, a su vez, el 24 de diciembre, el diario Il Manifesto. Y, evocando también la conferencia de Glasgow, recordaba que allí, en sus corredores, en sus ambulatorios, quienes más se hacían notar no eran los ministros de medioambiente ni los militantes sociales, sino los Bezos, los Musk, los Gates y los representantes de la Financial Alliance for Net Zero, un conglomerado de 400 y pico de bancos, fondos de inversión y grandes empresas (entre ellos, Black Rock, Goldman Sachs, Moody’s, Bloomberg) que se proponen desarrollar fabulosos proyectos verdes que poco y nada ayudarán a cumplir su supuesto objetivo. «Después de Glasgow, a mediados de noviembre, Thomas Friedman, editorialista de The New York Times, ganador de tres Pulitzer, escribió en ese diario una larga nota que se podría resumir así: “Necesitamos un poco menos de Greta Thunberg (la joven ecologista sueca) y un poco más de Elon Musk. La buena noticia es que eso es lo que está sucediendo”», apuntaba la publicación italiana.

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Las imposturas de los zillionaires son tan astronómicas como sus fortunas. Los megaplanes de reforestación de Bezos y los automóviles eléctricos de Musk no son más que engañapichangas. Carísimos engañapichangas a los que ellos destinan una parte ínfima de sus ingresos que parece fabulosa y en los que se embarcan los Estados que no pretenden encarar transformaciones de fondo.

Hace un par de años, Amazon anunció varios compromisos climáticos, según los cuales para 2040 habrá llegado al «equilibrio ecológico», pero falseó a tal punto su propia huella de carbono –la que dejan los aviones que transportan sus mercaderías, que cada vez son más y cada vez vuelan más; la que deja la mayor parte de los productos que comercializa, como artículos electrónicos y textiles– que cualquiera de las cifras que anuncia son mentirosas, dice una investigación conjunta de Amigos de la Tierra, el sindicato Solidaires y la asociación ATTAC publicada en Francia (Mediapart, 26-XII-21). Un solo vuelo al espacio de Blue Origin emitió en 11 minutos tantos gases de efecto invernadero como los que emite en toda su vida una de las 1.000 millones de personas más pobres del planeta.

También son espejitos de colores los megaplanes de reforestación que financia el dueño de Amazon. Emmanuel Macron recibió a Bezos a besos en Glasgow el 1 de diciembre, luego de que el zillionaire anunciara que «donará» 1.000 millones de dólares para la Gran Muralla Verde que se proyecta en África, que el presidente francés promueve. «Resolver el problema que supone la emisión de gases de efecto invernadero plantando árboles es simplemente un espejismo», dice el documento de Amigos de la Tierra, Solidaires y ATTAC.

Mismo espejismo con Musk y sus autos eléctricos. En su página web, Tesla asegura que su razón de ser es «acelerar la transición mundial hacia una energía sostenible», eléctrica o solar. Bienvenidos sean los planes para abandonar las energías fósiles, pero la visión de Musk, dice Laura Villadiego en La Marea Climática, «se basa en los mismos principios que crearon el problema: un mundo de sobreconsumo, que deja las opciones sostenibles a los que más abusan de ellas, los ricos». «Y eso hace que pierdan todo su sentido. El propio Musk es parte de ese modo de vida», añade. De acuerdo a The Washington Post, solo en 2018 el magnate recorrió unos 250 mil quilómetros en avión, incluidos sus viajes entre una punta y otra de Los Ángeles para evitar los embotellamientos.

En cuanto a los autos de Tesla, que se están vendiendo como pan entre los consumidores ricos y riquitos, sus baterías requieren toneladas de litio, cuya extracción tiene costos ambientales y sociales enormes. Por ejemplo, dejar sin agua a las comunidades que pueblan las zonas áridas en que se ubican las salinas donde se halla el metal. En América Latina están en Chile, Bolivia y Argentina. En el desierto de Atacama (Chile tiene el 40 por ciento de las reservas de lo que hoy se llama oro blanco) el agua, ya naturalmente escasa, lo es aún más debido a la extracción de litio.

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En nada les interesa a estos superricos el bien común, su altruismo es de pacotilla, sugería, en una nota publicada en 2018 en varios medios, el profesor de cultura virtual estadounidense Douglas Rushkoff: «Ellos se están preparando para un futuro digital que tiene mucho menos que ver con hacer del mundo un lugar mejor que con trascender la condición humana y aislarse de un peligro muy real y presente de cambio climático, migraciones masivas, pandemias globales y agotamiento de recursos. Para ellos, el futuro de la tecnología consiste realmente en una sola cosa: escapar».

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Mientras preparan el escape, son seres bien de este mundo, bien de su clase. Y así actúan: oponiéndose a pagar impuestos, porque a los ricos hay que incentivarlos para que sigan creando riqueza y empleo (Bezos reclamó que le descontaran de sus impuestos lo que gasta en colegios privados para la educación de sus hijos); exigiendo a sus empleados que trabajen más por menos, porque el mundo está en crisis y se necesita el esfuerzo de todos («Nunca vi que nadie transformara nada trabajando solamente ocho horas diarias», declaró hace no tanto Musk, para quien una semana laboral de 80 horas sería lo normal); considerando a los trabajadores de sus empresas «eslabones reemplazables de una cadena», según dijo un gerente de Amazon en medio de su enésima campaña de desprestigio contra quienes pretendían formar un sindicato en la empresa (y no lo lograron), y viendo los puestos de trabajo que destruyen (por un empleo creado por Amazon, desaparecen 2,2 en el sector del comercio de cercanía) como meros daños colaterales.

Meros daños colaterales deben también haberle resultado a Bezos las ocho muertes en el almacén de Amazon que se desplomó en Kentucky por un tornado en diciembre. La pareja de uno de los fallecidos contó que a los trabajadores les impedían salir del local a pesar de las alertas, porque estaban embalando a todo trapo para la zafra de Navidad. «Amazon no nos deja irnos», tuiteó este empleado, Larry Virden. En los enormes depósitos de la empresa de Bezos en Estados Unidos, los trabajadores deben atravesar enormes corredores para llegar a un baño. Como por lo general el tiempo no les da, deben usar pañales. En las plantas de Musk saben que si no se dejan sobreexplotar o si reclaman, pueden perder el empleo. «La gente que normalmente me conoce se lleva una buena impresión de mí. Si no los he despedido», le dijo una vez el megarrico a The New Yorker.

En 2019, Martín Capparós escribía en una columna («El modelo Bezos») que décadas atrás pensaba, ingenuo él, que los sindicatos de izquierda argentinos «debían llevar a sus trabajadores a Punta del Este para que, al ver esas mansiones, esos coches, esas siliconas, esos precios, los obreros se llenaran de sacrosanta indignación de clase y reaccionaran». Alguien le contestó que «quizás el resultado sería que muchos insistirían en admirar y desear esos sitios, esas vidas». El periodista concluía: «Para eso sirven los Bezos de este mundo: te ofrecen la ilusión de que podés ser así. Lo malo no es siquiera que no es cierto; lo peor es que te convencen de que eso es lo que vale la pena querer, que esa es la meta. El negocio es redondo: si muchos quieren ser como ellos, ellos podrán seguir siendo como ellos sin parar». Curiosa forma de síndrome de Estocolmo, decía. Un síndrome que por aquí opera a full cuando, pongamos, nos dicen que a los malla oro –incluso a nuestros chiquitos malla oro– hay que dejarlos pedalear tranquilos, porque según les vaya a ellos nos irá a nosotros. Y lo creemos.

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Dane reveló que el 76,6 % de los colombianos no tiene posibilidades de ahorrar parte de sus ingresos

Así mismo, el 77,0 % dijo que tenía menores posibilidades de que él o ella, o alguno de los integrantes del hogar, realizará compras de muebles, televisor, lavadora u otros aparatos electrónicos

Este jueves 23 de diciembre el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) publicó la Encuesta Pulso Social de noviembre, en donde mide la percepción de bienestar de los colombianos.


Una de las revelaciones más interesantes que encontró el Dane tiene que ver con la posibilidad de ahorro, pues en las 23 ciudades y áreas metropolitanas, el 76,6 % de los y las jefes de hogar y sus cónyuges manifestó que no tenía posibilidades de ahorrar parte de sus ingresos y el 8,7 % dijo que no tenía ingresos.


Al preguntar por la situación económica del país en noviembre de 2021, el 49,8 % confirmó que era peor con respecto a la vivida en el mismo mes del año anterior; para el 11,6 % era mucho peor. De la misma forma, el 34,7 % manifestó que dicha situación será igual dentro de doce meses y el 24,8 % afirmó que será peor.


Por otra parte, el 65,8% de los y las jefes de hogar en las 23 ciudades y áreas metropolitanas sostuvo que en noviembre de 2021 no tenía mayores posibilidades de comprar ropa, zapatos, alimentos, etc., en comparación con la situación económica de hace 12 meses; el 28,5 % tenía las mismas posibilidades y el 5,6% sí tenías mayores posibilidades de realizar estas compras.


Así mismo, el 77,0 % dijo que tenía menores posibilidades de que él o ella, o alguno de los integrantes del hogar, realizará compras de muebles, televisor, lavadora u otros aparatos electrónicos; el 21,6 % confirmó que tenía iguales posibilidades que un año atrás y el 1,4 % sostuvo que tenía mayores posibilidades de hacer este tipo de compras.


El 86,4% de las personas encuestadas sostuvo que en noviembre de 2021 alguno de los miembros del hogar no tendrá dinero disponible en los próximos 12 meses para salir de vacaciones.


Confianza del consumidor


El Dane también reveló que el Indicador de Confianza del Consumidor en las 23 ciudades fue 37,6, lo que representa un descenso de 0,9 puntos frente al registrado en octubre de ese mismo año. Por sexo, este indicador fue 38,4 para los hombres y 37,1 para las mujeres. Al desagregarse por ciudad, se debe utilizar el trimestre septiembre-noviembre de 2021 y el promedio para las 23 ciudades del Indicador de Confianza del Consumidor –ICC es de 37,9. Cúcuta y su área metropolitana tiene el porcentaje más alto del ICC con 47,0 y Popayán el más bajo con el 32,7.

Mercado laboral


Frente a la pregunta, ¿en qué actividad ocupó la mayor parte del tiempo la semana pasada (los últimos siete días)? el 52,0 % de los encuestados contestaron que estaban trabajando y el 36,2 % en oficios del hogar.


A su vez, el 89,9 % de los jefes de hogar manifestaron que durante la última semana no estaban trabajando remotamente desde su casa (teletrabajo, trabajo en casa, modalidad virtual de trabajo), mientras que el 30,9% que trabajó remotamente durante la semana pasada lo hizo 41 horas o más.


Por su parte, el 58,51 % de los que contestaron las pregunta indicaron que después de la pandemia no les gustaría

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Una mujer sujeta una pancarta durante en el 8-M de 2018 (Madrid).  Manolo Finish

Resulta complicado organizarse en un movimiento transversal que diga que también son luchas feministas la vivienda, los derechos laborales o civiles, los de los migrantes, los de las trabajadoras domésticas y sexuales...

Es evidente que no se puede hablar de feminismo en singular. Hoy más que nunca existe un movimiento diverso que está cruzado por disputas de clase, intereses divergentes y luchas por el poder. Una de las líneas de fractura más evidente es la que parte de quienes concebimos el feminismo como una herramienta fundamental para retar la actual configuración social injusta y el sistema económico –y que por tanto lo entendemos como parte de un proyecto de transformación más amplio–, y aquellas que piden igualdad dentro de lo existente: su 50% del infierno. Para algunas de estas liberales –o socialdemócratas– el feminismo puede llegar a ser un instrumento para un proyecto personal de ascenso social, justificar invasiones con el objetivo de “liberar a las mujeres” –como en Afganistán– o servir para el refuerzo del sistema penal –como la nueva Ley de Libertad Sexual que incluye una propuesta de criminalización de la prostitución–.

Durante la segunda ola –los 60, 70, parte de los 80– fue cuando se produjeron muchos de los debates y las aportaciones teóricas que todavía llegan al presente. En esos años se produjo un momento de fuerte agitación política y un despliegue extraordinariamente rico de diversos movimientos feministas que pusieron en el centro la cuestión sexual y retaron la división sexual del trabajo y el mandato de domesticidad. Una parte importante de esos feminismos asumió una retórica de liberación y se vinculó con los movimientos de protesta en marcha –aunque también cuestionaron el papel subordinado de las mujeres en ellos–. En esos años, por supuesto, también tuvo un papel relevante el feminismo liberal, el de la igualdad formal, con organizaciones como NOW en EE.UU., donde participó Betty Friedan que en su La mística de la feminidad había analizado los problemas de insatisfacción de las mujeres de clase media que no se conformaban ya con ser amas de casa.

Liberal o revolucionario, lo esencial de esos años es la producción de nuevas herramientas políticas. El feminismo abrió líneas de pensamiento novedosas que habían estado excluidas de la política porque habían sido conceptualizadas como pertenecientes al ámbito privado. Los grupos de autoconciencia significan eso: convertir el malestar en algo político porque a partir de lo que nos atraviesa podemos dar cuenta de áreas enteras de desigualdad –explotación– que estaban invisibilizadas. Por ejemplo la cuestión del cuerpo y la sexualidad, que se reivindicó como un ámbito de disfrute y autonomía para las mujeres a la vez que se pedían derechos reproductivos –y se cuestionaba la heterosexualidad y la monogamia obligatorias–. También se empezó a contestar la violencia en un momento en que en muchos lugares la violación dentro del matrimonio ni siquiera se consideraba delito. Precisamente fue a partir de la cuestión sexual que surgió todo un ámbito de producción teórica en Europa –sobre todo en Francia– y en EE.UU. En este último país, Sulamith Firestone y Kate Millet –entre otras– fundan la corriente radical que tuvo una extraordinaria influencia en todo el feminismo posterior. Para ellas, y reutilizando términos marxistas, las mujeres somos una clase y la sexualidad es núcleo fundamental de la opresión que sustenta las relaciones de dominio de los hombres sobre las mujeres. El patriarcado, en palabras de Millet, es la “política sexual de dominación de la mujer” y el principal eje de desigualdad. Desde entonces la cuestión sexual estaría en el centro de la producción teórica feminista.

Las radicales no solo hablaron de subordinación en el ámbito de la sexualidad sino que esta está estrechamente vinculada con la reproducción, por lo que hicieron importantes críticas a la maternidad y a la familia. Aunque esta línea será profundizada por el feminismo marxista o postmarxista. Autoras como Maria Rosa dalla Costa o Silvia Federici analizaron el trabajo de reproducción social –o de reproducción de la mano de obra– como un pilar de la organización capitalista donde se produce la apropiación del trabajo gratuito de las mujeres. Para ellas, el sexo era una parte de esta función más amplia de reproducción social pero no –como para las radicales– el lugar central del que surge toda la relación de subordinación. La violencia sexual se entiende como una manifestación más del patriarcado, como una herramienta que sirve para el sometimiento a esta estructura de dominación.

Feminismo cultural / feminismo marxista

Esas dos líneas de pensamiento llegan hasta hoy y se entremezclan de diversas maneras. Sin embargo, pensar que el origen de la desigualdad está centrado en la cuestión sexual o en la reproducción social, tiene consecuencias divergentes a la hora de hacer política. De hecho, la línea radical derivará en lo que algunas autoras llaman feminismo cultural, muy centrado en la violencia sexual pero también en luchar contra la pornografía y la prostitución. Hoy, buena parte de las que se reivindican como seguidoras de las radicales han derivado en un feminismo de carácter esencialista o identitario que les sirve para oponerse a los derechos de las personas trans o los derechos de las trabajadoras sexuales y que llega a cuestionar la revolución sexual como un logro “que solo sirve a los hombres”. En medio de este ambiente reaccionario, parece que nos toca reivindicar de nuevo la sexualidad como un ámbito de realización y de disfrute para las mujeres.

De la línea postmarxista, sin embargo, se extraen una serie de demandas que son específicamente anticapitalistas y que conectan con las líneas del feminismo histórico más apegadas a las luchas sociales y las cuestiones de clase. Una propuesta que en general ha pretendido recoger los cuestionamientos que los feminismos postcoloniales y negros hicieron del sujeto del feminismo dominado por los intereses y las preocupaciones de las mujeres de clase media occidentales. Para estos feminismos, el universalismo abstracto –“las mujeres son una clase”, “todas estamos igualmente oprimidas por la violencia sexual”– acaba escondiendo las diferencias sociales, raciales y de estatus entre las propias mujeres. El debate actual sobre el sujeto del feminismo, por tanto, no tiene que ver únicamente con lo trans, o lo queer, y si caben o no en el feminismo, sino con una discusión de más de cien años: qué demandas hay que priorizar –¿las sexuales?, ¿las de clase? ¿las anticapitalistas? y quién tiene la capacidad para enunciarlas o liderarlas. E incluso, yendo más allá, si tienen que existir feministas que hagan de mediadoras institucionales o queremos un movimiento más horizontal y democrático capaz de retar el actual estado de las cosas.

Dominación sexual y capitalismo

Sabemos que la violencia sexual tiene una función de sujección de las mujeres a los roles establecidos, pero un feminismo que pone en el centro únicamente esta cuestión –por muy importante que sea luchar contra todas sus manifestaciones– y se olvida de la desigualdad económica o del resto de violencias vinculadas a esta desigualdad jamás será un feminismo emancipador. Sobre todo si acaba legitimando un reforzamiento del sistema penal o el dar más poder a la policía sobre las mujeres –como hacen las demandas punitivistas del trabajo sexual–. Luchar contra la violencia sexual sin conectarla con el resto de violencias estructurales o policiales y pensar que el Estado va a protegernos es olvidarse de que para muchas mujeres, ya sean putas, trans o migrantes sin papeles, ese mismo Estado puede ser el principal origen de la violencia que sufren. El feminismo tiene la tarea de explicar cómo el género atraviesa las violencias institucionales, las que se derivan de ser pobres o de estar en prisión, aquellas vinculadas con la explotación de la naturaleza y el extractivismo o con la explotación neocolonial de los territorios. Un feminismo emancipador tiene el reto pues de enfrentar todas estas manifestaciones de la violencia en su declinación “de género” y también de relacionarlas con las luchas por las condiciones de vida, no son ámbitos separados.

Las cuestiones relacionadas con la sexualidad son capaces de interpelar a las mujeres de clase media que pueden imaginarse fácilmente en el papel de víctimas, también excitan todo tipo de pánicos morales y por tanto, movilizan ampliamente fuera y dentro del feminismo. El peligro de este amplio alcance de los terrores sexuales no es solo el de la tentación punitivista, sino también el de encerrar al movimiento en debates poco transformadores y que lo despotencian. (El terror invocado contra las mujeres trans porque pueden compartir baños o vestuarios es solo un síntoma de esto.) Más complicado resulta organizarse en un movimiento transversal que diga que además de la abolición del género y la violencia sexual también son luchas feministas: la lucha por el derecho a la vivienda, contra la precariedad y por los derechos laborales o civiles, contra la instrumentalización nacionalista e islamófoba del ideal de liberación de las mujeres, por los derechos de los migrantes, de las trabajadoras domésticas y sexuales o contra las prisiones. Si el feminismo no es capaz de hacer eso como movimiento, tendrá que infiltrarse y atravesar los otros movimientos en marcha que apuntan a estas cuestiones.

Abolir la violencia

De EE.UU. aprendemos sobre el método abolicionista que se ha desarrollado para luchar contra el sistema carcelario o la policía. El principio que lo impulsa no es el de reformar estos sistemas, sino el de cambiar la sociedad que los necesita. ¿Cómo sería entonces una sociedad donde no fuera necesaria la violencia machista? Como dice un editorial de la revista Invert Journal –traducido en Las degeneradas trans acaban con la familia–: “El verdadero abolicionismo de las manifestaciones violentas del género requiere la abolición de las condiciones que lo hacen necesario. No tanto la abolición de los marcadores de género en los pasaportes sino la abolición de un mundo en que las fronteras, las naciones y los pasaportes existen. No tanto la abolición de la violencia doméstica vista como un fenómeno inconexo, sino de una sociedad que requiere de la estructura familiar y la esfera doméstica. No tanto la abolición de la violencia homofóbica, del transfeminicido o la mutilación genital a les intersexuales, sino de todo el sistema de género que sustenta esas miserias. En tanto que el género está mediado por todas las demás formas sociales que abarcan la totalidad del modo de producción capitalista, su abolición no puede darse de forma independiente, sino que es una parte esencial del verdadero movimiento que abolirá el estado presente de todas las cosas”.


Una versión de este artículo fue publicada originalmente en catalán en la revista Nexe nº 47.

*Es periodista y doctora en Antropología. Es miembro de la Fundación de los Comunes.

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Jueves, 26 Agosto 2021 05:49

El capital es la verdad neoliberal

El capital es la verdad neoliberal

Fe y progreso en la democracia de los desiguales

 

Tras la conmoción del Covid retorna la música del «business as usual» en una normalidad tan aparente que para diferenciarla de la anterior se le llama eufemísticamente «nueva normalidad». Nueva, pese a que persiste el desorden climático, el crecimiento de las desigualdades sociales, la expansión de los niveles de endeudamiento, la automatización del trabajo, el impulso de la Inteligencia Artificial, y el avance del capitalismo cognitivo, además del ritmo de agotamiento de las fuentes de energía, etc. Es decir; la nueva normalidad es la persistencia de la anormalidad habitual.

Así pues, la nueva normalidad se sostiene tanto sobre la fe tecnológica, como sobre el dopaje monetario de los mercados a los dos lados del Atlántico. Dopaje que recibe el pomposo nombre de fondos «next generation» en la Unión Europea y el gran «Plan de Recuperación» de Biden en EE.UU. En ambos casos el sostenimiento del sistema privado –más allá del clásico neoliberal de la competitividad y de la libertad de mercado sin intervención estatal–, se fundamenta en la financiación pública de las grandes corporaciones y en el mantenimiento de la rentabilidad óptima del capital inversor. Si bien parece contradictorio, lo cierto es que en el mundo real no hay alternativa.

El delirio neoliberal

Si usted es de los que piensan que el neoliberalismo es la fase más avanzada del capitalismo, no se asuste; es normal, pues se trata es una afirmación que muchos pueden compartir sin entrar en más detalle. La anormalidad surge justo en el intento de definir en qué consiste cada cosa. Algunos expertos en la materia piensan que el capitalismo tiene que ver con el mundo bipolar organizado bajo la tensión capital–patrimonio, mientras que otros especialistas, más filantrópicos, son de la opinión de que el neoliberalismo tiene que ver con la lógica que justifica la acumulación de capital en el mundo capitalista.

Sea como fuere existe también la idea extendida de que el neoliberalismo constituye una doctrina de política económica fundamentada en la excelencia de la competitividad por encima de ideas caducas como la igualdad, la justicia basada en la equidad, o la solidaridad. Así, entre los más académicos el neoliberalismo se define, más bien, como una forma de pensamiento pragmático incongruente, de núcleo egocéntrico, que resurge en las primeras décadas del siglo XX en la Europa de entreguerras como revisión del fracasado «laissez faire» del liberalismo del siglo XIX. Revisión que se efectúa frente al avance de los distintos colectivos que revindicaban una democracia de voto universal, la extensión de los derechos y un empoderamiento de los trabajadores.

Desde entonces el neoliberalismo presenta diferentes variantes y capas históricas hasta convertirse en un concepto poliédrico difícil de concretar. Desde una perspectiva histórica el neoliberalismo recibe un primer impulso importante en la Alemania autoritaria de principios del siglo XX bajo el dueto del jurista Hans Kelsen y su influyente doctrina del «positivismo jurídico», y el más reaccionario Carl Schmitt y su doctrina jurídica del «derecho amigo» «el concepto de lo político». Las ideas de ambos no solo sobrevivieron la segunda guerra mundial, sino que fueron modulando con éxito gran parte del pensamiento político y jurídico occidental desde la posguerra hasta nuestros días. No obstante, si el primer impulso tiene alma alemana, el segundo se genera en los Estados Unidos de los años 60 y 70 del siglo XX como proyecto ideológico y económico promovido por el capitalismo corporativo norteamericano que se siente amenazado (1). Consecuentemente el neoliberalismo puede describirse como un pensamiento pragmático que funde dos almas del convulso siglo XX; la alemana y la norteamericana.

El liberalismo del orden, el positivismo jurídico y la libertad de la desigualdad

Bajo la impronta del espíritu alemán –y antes del denominado «Coloquio Walter Lippmann» en 1938 y de la constitución de la Sociedad Mont Pelerín en 1947–, el núcleo económico del ideario neoliberal se empieza a cocer en la Escuela de Friburgo, en la Alemania de los años 30 del siglo XX. El conjunto de ideas se agrupó entonces bajo la denominación de «ordoliberalismo»; o lo que es lo mismo; «liberalismo del orden». Un «orden» que se distingue por detestar la democracia al considerarse incompatible con las dinámicas del mercado y la libre expansión del capitalismo.

Pronto se vio que el «liberalismo del orden» no es posible sin el positivismo jurídico que desecha el concepto de justicia social basado en la equidad para sustituirlo por el más funcional de una sociedad regulada por reglas. De esta forma se hace desaparecer del debate político y académico la lógica de los equilibrios armónicos en un conjunto social integrador, en favor del principio de competitividad entre individuos y de la libertad de mercado. Aquí no hay reparto equitativo porque no se reconoce la riqueza común, y las ganancias son solo atributo del capital.

Ni siquiera el planeta es patrimonio común de la humanidad, y el ejemplo más delirante de esta paradójica realidad lo constituye la explotación de los combustibles fósiles en la doble vertiente de su extracción del subsuelo, como en la vertiente de su enorme responsabilidad destructora del bien común que constituye el medioambiente. Ni el Derecho tiene una concepción ecológica o medioambiental, ni ninguna contabilidad capitalista repercute en su cuenta de resultados las consecuencias negativas de su producción en el medio ambiente físico y social. Sólo China acaba de limitar el desarrollo de su potente industria de videojuegos bajo el convencimiento de que «ninguna industria puede desarrollarse de forma que destruya una generación». (2)

En el capitalismo, la realidad se reduce a lo que se conoce como la economía de goteo que establece, de facto, la estructura jerárquica de la sociedad capitalista. La riqueza pierde entonces su carácter de capital social que solo puede generarse de manera colectiva para transferirse como derecho privado en forma de patrimonio y capital. Napoleón no solo dilapidó el sueño revolucionario de «Liberté, Égalité, Fraternité» con el art. 544 de su código de 1804 por el que establecía la propiedad privada como derecho absoluto natural, sino que también facilitó la lógica ordoliberal alemana de una «libertad» fundamentada en la desigualdad.

Una idea que se desarrolla con fuerza en la segunda mitad del siglo XX bajo la impronta pragmática del espíritu corporativo norteamericano en respuesta tanto al avance del keynesianismo en la Europa de la posguerra, como en contra del despertar de los movimientos sociales con la oleada de huelgas y reivindicaciones de las décadas de los años 60 y 70. No obstante David Harvey (3) destaca, en este sentido, el gran papel decisivo que, en la promoción global de las ideas neoliberales, desempeñan los grandes capitales corporativos que no solo financian las campañas electorales de los políticos norteamericanos, sino que también marcan la agenda política y legislativa del país más influyente del planeta desde la perspectiva económica y militar.

La democracia de los desiguales y el derecho amigo

Así pues, la denominada «democracia liberal» conforma hoy el oxímoron de «la democracia de los desiguales» donde la equidad se reduce a puro formalismo y la armonía social es un sueño irracional. Sin embargo, en la democracia liberal las reglas son la clave del sistema capitalista pues, a duras penas, responden al interés común, sino que, mediante el mecanismo de las mayorías, el poder legislativo sigue, en lo fundamental, la lógica de los intereses de las élites en una sutil variante del «derecho amigo».

Se trata del secreto, a voces, mejor guardado del siglo XX, pese a que la jurisprudencia del derecho positivo está plagada de numerosos ejemplos de esta praxis en todas las ramas del derecho –tanto en España como en el resto de países occidentales–, solo varía la intensidad y la forma. Un positivismo que con la globalización ha transferido, de facto, el poder legislativo nacional a la soberanía de los grandes fondos de inversión internacionales mediante la dinámica de los numerosos tratados internacionales que aseguran los intereses globalizados de las grandes corporaciones económicas (4). No obstante, el ejemplo más lacerante de esta realidad es la modificación exprés en 2011 del art. 135 de la Constitución Española para proteger los intereses de la banca alemana y europea.

En todo occidente los grandes inversores no solo controlan la economía, sino también el orden jurídico. O lo que es lo mismo; la soberanía del inversor corporativo triunfa sobre la soberanía nacional. Consecuentemente, la justicia «positiva», fundamentada en reglas, está también urbanizada con gran diversidad de lagunas y ambigüedades, a la vez que embellecida con leyes placebo y otras bromas togadas. Con el neoliberalismo la justicia asume la función del cancerbero encargado de asegurar el estatus quo del capitalismo como único orden social posible, o lo que es lo mismo; sin alternativa. No en vano; «El derecho no es un simple complemento, como consideran algunos, sino el núcleo mismo de la riqueza» (5). Consecuentemente no es, pues, la economía; es el derecho lo que conforma el núcleo eficiente de la doctrina neoliberal. Si bien «resulta cuando menos paradójico que, siendo el capital la piedra angular de nuestro sistema, desconocemos las características más básicas que permiten y promueven tal acumulación de riqueza y de desigualdad» (6).

El laboratorio neoliberal de la Unión Europea para sostén del capital

Es por esta razón que en el marco de la denominada «guerra fría» entre capitalismo y comunismo, el ideario liberal asume el estandarte de guerra ideológica contra toda clase de valores colectivos, cobrándose su primera víctima en la socialdemocracia europea. Así, pues, la lógica neoliberal se imbrica en instituciones y gobiernos como un credo antikeynesiano; o lo que es lo mismo; una doctrina favorable a las restricciones tanto a la acción del Estado –a la que tildan de intervencionismo–, como al alcance de la democracia mediante la austeridad en el gasto público; o ajuste presupuestario. Y todo en favor del orden competitivo del mercado y la protección de la sociedad de los empresarios (7). En la misma línea, un reciente libro de Thomas Biebricher publicado por la Universidad norteamericana de Stanford señala a la Unión Europea como el laboratorio más avanzado de las formas políticas neoliberales. (8)

Sin embargo, Biebricher en su libro sobre «Teoría Política del Neoliberalismo» señala «la sorprendente incapacidad del pensamiento neoliberal para teorizar una política de reforma neoliberal, al menos no sin violar los mismos supuestos que subyacen a sus propios análisis y críticas de las deficiencias de la política democrática» (9).Biebricher resalta aquí la paradoja general de que el neoliberalismo, si bien carece de relato coherente, muestra una extraordinaria eficacia en la implantación de sus ideas urbi et orbe.

Quizás la virtud principal de esa eficacia desarrollada en los últimos decenios del siglo XX sea la de haber transformado el clásico eslogan de Margaret Thatcher «There is no alternative» (No hay Alternativa), en materia de fe en el siglo XXI. Fe que deviene incomprensible a la luz de las crisis económicas, por cuanto éstas muestran diáfanamente la incongruencia de que, lejos de ser antiestatales, los neoliberales ven el Estado como el instrumento de garantía para la defensa a ultranza del orden capitalista; y no tienen reparo alguno en el desarrollo de generosas políticas monetarias para sostén del capital financiero y accionarial cada vez que el sistema capitalista colapsa. No importa la enorme masa de damnificados y perdedores que, en proporciones desconcertantes, causan las crisis. Lo realmente paradójico es que es entonces cuando los intereses del capital se elevan públicamente a interés general, transformando la deuda privada en deuda pública, para que las élites sigan haciendo caja con la bendición de los Bancos Centrales. Ciertamente ¡No hay alternativa!… ¡¡¡para el capital!!!

El socialismo neoliberal de la realidad compartida

Quizás una explicación a este fenómeno social de subordinación masiva a la doctrina neoliberal se encuentre en el hecho de que frente al empuje neoliberal en la crisis del petróleo del año 1973 –que puso fin al periodo conocido como «los treinta gloriosos», 1945–1973, o «el boom de la posguerra»–, la socialdemocracia no supo defender, con eficacia, ni las ideas keynesianas, ni los equilibrios básicos de un Estado democrático del bienestar. Así mientras Thatcher arrasaba en Inglaterra a los sindicatos del carbón declarando ilegal la huelga de 1984 (10), las socialdemocracias escandinavas balbuceaban tímidamente con la democracia económica incorporando a los representantes de los trabajadores en los consejos de administración de las empresas.

No obstante, el intento no tuvo mayor impacto toda vez que el laborismo inglés terminó sucumbiendo a las principales tesis económicas del neoliberalismo thatcheriano; –competitividad y libre mercado–, integrándolas en la conocida como «tercera vía» de Tony Blair (11). Sin embargo, no deja de sorprender que laboristas y socialdemócratas europeos terminaran aceptando no solo el postulado thatcheriano de que «la sociedad no existe», sino que además se sumaran pasivamente al programa neoliberal de cambiar el concepto mismo de vida social borrando toda idea de lo común. Incluso desde el punto de vista jurídico hay constitucionalistas que ven hoy la esfera social como una «realidad compartida» entre individuos.

Esa pasividad de la izquierda europea en la tolerancia de la denominada «democracia liberal» –la creación maestra del fundamentalismo neoliberal del siglo XXI–, hay que conectarla directamente tanto con las facultades de derecho, como con los propios órganos parlamentarios legislativos. Así, la idea de un individualismo mecanicista –sin más vínculos reconocidos jurídicamente que los transaccionales (contratos) y patrimoniales (propiedades)–, es la piedra angular del neoliberalismo que penetra instituciones, gobiernos y partidos como pauta evidente de sentido común.

En ningún momento la izquierda occidental –europea, norteamericana, o latinoamericana–, ha criticado a fondo los postulados del positivismo jurídico, ni planteado revisión alguna de sus fundamentos en orden a formular un ordenamiento jurídico neutral, alejado de la peregrina visión de la sociedad como un taller mecánico propiedad de la élite. Un ordenamiento, en definitiva, regido más por un principio de equidad integradora que reconozca la amplia gama de vínculos que rigen la vida en común, y se fundamente, también, en el equilibrio armónico del conjunto social vinculado (12). Y todo sin darle prioridad alguna a la protección de los intereses en juego en la competencia entre desiguales. Consecuentemente, sin poner fin al positivismo jurídico es imposible siquiera modificar el capitalismo. ¡¡¡No hay alternativa!!!… ni para la sociedad humana, ni para el planeta. (13)

La toxicidad letal del derecho positivo de la desigualdad y la nueva tribu de jíbaros

No importa cuantas alarmas estén ya activadas, ni cuantos informes haya sobre amenazas de catástrofes sociales o naturales. Ni siquiera importa el descubrimiento de una energía limpia y gratuita. Si nuestro Derecho sigue defendiendo el imperio de la desigualdad y la primacía de la propiedad privada sobre el interés general, la lógica capitalista acabará irremediablemente con el planeta.

La ficción histórica de la separación de poderes mantiene vigoroso el juego trilero de la política en el que izquierdas y derechas se alternan en un profesionalismo de élites del cambio para que todo siga igual. La lógica del mercantilismo liberal lejos de palidecer se refuerza constantemente pese a que la estructura institucional, y su sistema de gobernanza, carecen de rumbo y empiezan a mostrar signos preocupantes de deterioro consecuencia de muchos factores. Entre estos factores destaca su cambio de sentido, una burocratización irracional, una eficacia fluctuante y grandes bolsas de inoperatividad frente a las graves crisis económicas sanitarias y medioambientales.

En este ambiente tóxico, el lenguaje político desvanece su certeza en una niebla espesa de jeroglíficos sintagmáticos y algoritmos retóricos convertida en el gran teatro de las tragicomedias trileras de conveniencia. En el reparto de papeles, los medios de comunicación asumen la función de amplíar y mantener densa la niebla como parte fundamental de su negocio convirtiendo las noticias en una dimensión más del entretenimiento donde el reduccionismo de la realidad acompaña a la jibarización de sus seguidores.

La IDA de Madrid y el Júpiter de Francia; il faut s’adapter

En este orden de cosas se impone la idea de que los derechos sindicales, la justicia social, los impuestos progresivos, los servicios públicos, etc. son delirios colectivistas que constituyen rigideces del mercado y que, por tanto, deben limitarse y preferiblemente eliminarse. Madrid es un ejemplo extremo de este discurso que en Francia se abre paso bajo la idea de Macron de modernizar y liberalizar el país pese a que las fuertes protestas callejeras de los chalecos amarillos y otros colectivos se oponen continuamente a la ideología de la competitividad y el libre mercado.

Júpiter, como Macron gusta llamarse a sí mismo, rompió con la izquierda reformista francesa cuando bajó considerablemente los impuestos a los accionistas e inversores, al mismo tiempo que reducía los derechos sociales, bajaba las ayudas a la vivienda y recortaba las pensiones. Pero Macron, al igual que Thatcher, combate también a los movimientos sindicales bajo la convicción de que el capital es la única verdad real, y toda alternativa al neoliberalismo la define como «populismo». Llegados a este punto, la pregunta vuelve al centro del debate¿cómo es posible que poblaciones, asombrosamente mayoritarias, asuman su subordinación a unas élites tan sorprendentemente minoritarias?

Una respuesta obvia es que a diferencia del «pueblo», las élites detentan el control histórico de los poderes legislativo y coercitivo; policía y ejército. Sin embargo, durante los últimos 50 años el éxito del neoliberalismo como corriente de pensamiento se ha visto reforzado por la aceptación generalizada de su lógica por gran parte del mundo, a excepción de unos pocos países, entre los que destaca China. En todo caso, la globalización de esta doctrina se ha efectuado sobre la transferencia de las ideas de Darwin al campo de la economía competitiva, mezclando las ideas de progreso y evolución social con el realismo del capital inversor. Así, el capitalista empresario, rico, es considerado como el «Big Man» con capacidad para crear empresa, dar trabajo y pagar salarios.

Pero si el capital es la verdad, los flujos de capital son la realidad. Esta es, al menos una de las tesis que desarrolla Barbara Stiegler (14) en su ensayo publicado en 2019 «Il faut s’adapter» (Es necesario adaptarse) (15). Stiegler enfrenta la vieja tesis de Walter Lippmann sobre un modelo psudodarwiniano que marca la dirección de la evolución social en la sociedad del mercado y la competencia. Según Lippmann el imaginario de la masa de individuos se encuentra anquilosado en la vieja sociedad estática que gravita en torno a ideas como la igualdad, la justicia social o el control de los excesos. Se trata de un imaginario atrasado e inadecuado porque ignora «los flujos»; ignoran la realidad. Razón por la que la democracia obstaculiza el progreso y debe ser sustituida por la regla de los expertos. El razonamiento podría parecer sensato en el siglo XX, si no se tiene en cuenta el hecho de que son los expertos los que han llevado al planeta a la comprometida situación del siglo XXI.

El determinismo evolutivo y la dictadura de la adaptabilidad

No obstante, la idea de progreso está todavía impregnada en el imaginario occidental de un determinismo evolutivo en la secuencia de más riqueza, más especialización, más tecnología, más división del trabajo, más globalización y una vida humana totalmente absorbida por la dinámica del mercado y la competencia. Ni siquiera la pandemia del Covid, o las amenazas del cambio climático tienen fuerza suficiente para frenar la inercia de este determinismo evolutivo neoliberal de crecimiento perpetuo.

En su libro Stiegler denuncia lo que denomina «la dictadura de la adaptabilidad» a este determinismo evolutivo ya que el principal problema del neoliberalismo es la exigencia de adaptación pragmática de los individuos a los nuevos entornos resultantes de los cambios industriales y tecnológicos generados por la dinámica del mercado y su desarrollo tecnológico. La autora defiende la tesis de que el modelo neoliberal fundamentado en «reglas del juego» (16) que organizan las interacciones de los individuos, requiere algo más que el control legislativo a los efectos de conseguir una verdadera «acción social» (17) neoliberal en la línea evolutiva de producir individuos plenamente adaptados al juego de la competitividad en los mercados. O lo que es lo mismo; individuos eficazmente formados y con el máximo grado de productividad. El problema serio es que el progreso de la desigualdad es cada vez más excluyente generando preocupantes cifras de individuos plenamente inadaptables.

El ensayo de Stiegler trasciende el análisis de las originarias ideas de Lippmann y del pragmático John Dewey en el entorno de principios del siglo XX para mostrar en la segunda década del siglo XXI que el proyecto neoliberal es plenamente intervencionista más allá del mero ordenamiento jurídico, pues reorienta y estructura los entornos sociales e institucionales a los efectos de generar las individualidades adecuadas a cada momento tecnológico para la generación de beneficios. O lo que es lo mismo: ¡¡¡sin negocio no hay nada; solo el abismo del vacío!!!

El capital es la verdad… constitucional.

El Estado se convierte así en el principal instrumento neoliberal capaz de reorientar las instituciones en la dirección necesaria. Su aprovechamiento varía según las características internas de cada Estado. Si bien es fácil observar que todos los sistemas públicos de formación están reorientados en la dirección de la capacitación laboral. Los sistema públicos sanitarios se conciben como empresas de servicios bajo lógica mercantil antikeynesiana, la producción de vacunas Covid es solo un ejemplo. La justicia se concibe como un sistema bunkerizado (soberano), en sus aspectos más relevantes, para servicio y protección del estatus quo. El sistema militar, también; tan solo hay que mirar las cuentas de resultados de todas las guerras desde Vietnam hasta Afganistan, así como los presupuestos astronómicos de los ministerios de defensa. Y así sucesivamente con todas las instituciones del Estado. No deviene, pues, irracional pensar que; ¡¡¡El capital es la verdad!!!

Tan verdad que ya se habla en las facultades de derecho españolas de la «Constitución económica» separada de la «Constitución política». Reaparece ahora la vieja idea del ordoliberalismo alemán que veía la necesidad de separar el orden político del orden económico. En la Constitución Española de 1978, algunos juristas acostumbran a extraer los artículos que afectan al Derecho Mercantil para agruparlos bajo la denominación de «Constitución económica». Otros la amplían añadiendo aquellos que afectan al trabajo y al consumo. En cualquier caso el Tribunal Constitucional reconoce en sentencia de 1982 el concepto de Constitución Económica ligado al Título VII de la Constitución de 1978, (18) donde en su art. 128.1 se afirma algo tan eufemísticamente lírico como que; «toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general.» Precepto tan cierto como inútil si como «interés general» se entiende el interés del capitalOtra cosa muy distinta es si el «interés general» cambia de criterio.

En cualquier caso un reciente artículo de mayo 2021 (19) va más allá del criterio de independencia de los Bancos Centrales y defiende «la desvinculación conceptual de las Constituciones económica y política, lo que implica aceptar una separación funcional entre el mercado y la política.»  Seguidamente Daniela Dobre, investigadora predoctoral de la Universidad de Granada, afirma que; «Alcanzar un equilibrio entre el principio democrático y el mercado libre representa uno de los retos más importantes del Derecho constitucional en la actualidad.» (20) Equilibrio que la autora fija claramente en el resumen inicial señalando «…dos posibles funciones de la Constitución económica, definidas como efectos de la regulación jurídica: la función constitutiva (reconocimiento del mercado como herramienta de protección de la libertad económica en sentido estricto) y la función potenciadora (garantía de la libertad económica sustantiva y su armonización con el resto de vertientes de la libertad humana).»

Llegados a este punto, la pregunta vuelve al centro del debate¿cómo es posible que poblaciones, asombrosamente mayoritarias, asuman su subordinación a unas élites tan sorprendentemente minoritarias? O lo que es lo mismo; ¿Estamos ya tan adaptados al neoliberalismo que somos las propias masas de subordinados los que en realidad sostenemos las élites minoritarias?

Por Francisco Muñoz Gutiérrez | 26/08/2021

 

Notas:

(1).- Ver; https://www.jacobinmag.com/2016/07/david-harvey-neoliberalism-capitalism-labor-crisis-resistance/ Ver también: David Harvey, Breve historia del neoliberalismo. Akal, 2007.

(2).- Ver; https://www.xataka.com/empresas-y-economia/a-china-nadie-se-le-sube-a-chepa-asi-como-estan-parando-pies-a-sus-gigantes-tecnologia-distracciones?utm_source=recommended&utm_medium=DAILYNEWSLETTER&utm_content=recommended6&utm_campaign=20_Aug_2021+Xataka

(3).- Ver; https://www.jacobinmag.com/2016/07/david-harvey-neoliberalism-capitalism-labor-crisis-resistance/

(4).- «La ofensiva contra la democracia representativa se culmina con la apuesta por una justicia privatizada en defensa de la constitución económica global. Esta nueva legalidad, además de alterar el procedimiento de toma de decisiones, precisa también de un sistema judicial ad hoc, de parte. De esta manera, al igual que los acuerdos bilaterales firmados en las últimas décadas, ahora todos los tratados de nueva generación incorporan un capítulo o hacen explícita referencia a la protección de las inversiones. Se aboga así por implantar a escala global una serie de tribunales privados de arbitraje, con mayor capacidad jurídica que la propia justicia pública.» Fernández, Gonzalo (2018) Mercado o democracia. Los tratados comerciales en el capitalismo del siglo XXI, Barcelona: Icaria. Pág. 108

(5).- Las palabras son de Katharina Pistor, profesora de derecho de la Universidad de Columbia y directora del Center on Global Legal Transformation de la misma institución, autora del libro The Code of Capital (Princeton University Press, 2019). La cita está extraída de la entrevista realizada por Hernán Garcés publicada el 19 de sep. 2019: https://www.eldiario.es/alternativaseconomicas/concentracion-riqueza-aumento-desigualdad-derecho_132_1351846.html

(6) ibid.

(7).- Ver https://www.jacobinmag.com/2016/06/keynes-roosevelt-fdr-depression-inflation-imf-world-bank/

En todo caso, no hay que perder de vista que la idea de «Estado mínimo» neoliberal se basa en una visión instrumentalista del Estado, fundamentada en un poder judicial y un poder coercitivo –policía y ejército–, cuya función principal es la protección y defensa de los intereses del capital, mientras que la función de gobierno e instituciones se limita a una función de agencia encargada de las labores de gestión diaria de las necesidades del mercado.

(8).- Thomas Biebricher, The political theory of neoliberalism. Stanford University Press, 2018

(9).- T. Biebricher, The political theory of neoliberalism, p. 31.

(10).- Ver Selina Todd, El pueblo. Auge y declive de la clase obrera (1910-2010) (Akal, Madrid, 2018).

(11).- https://www.sinpermiso.info/textos/el-pueblode-selina-todd-un-libro-de-historia-para-pensar-hoy-la-clase-obrera

(12).- La idea kantiana de que «la libertad de cada uno sea compatible con la de los demás» fundamenta no solo la doctrina positivista de Hans Kelsen, sino también la de John Rawls en su libro de 1993 «El liberalismo político». Rawls traduce la idea kantiana de compatibilidad en derechos básicos iguales para todos, fijando la idea de equidad en el formalismo abstracto de la «igualdad de oportunidades» para justificar a continuación las desigualdades mediante lo que denomina «principio de la diferencia», que no es otra cosa que la ilusión moral de la economía de goteo. Es decir: que un mayor beneficio privado resulta justo a condición de que también se beneficien con la ganancia aquellos que obtienen menos. Sin embargo, inversión y fiscalidad no resuelven el problema fundamental del capitalismo en su intento de conciliar libertad e igualdad en un contexto democrático. Así, la creciente desigualdad inherente al desarrollo del capitalismo bajo el impulso de las tecnologías, expulsa cada vez más personas del sistema que dejan de ser sujetos libres, y dueños de su propia vida, para convertirse en objetos de carga sin vínculo alguno con la sociedad. Incluso urbanísticamente los excluidos tienden a compartir  realidad en las ciudades con otros excluidos en zonas muy determinadas, a los efectos centrífugos de que no pueden compartir realidad con los «incluidos». Y solo a los efectos de supervivencia hay excluidos que pueden percibir, como derecho, un subsidio limitado, nunca un vínculo de integración. Otros subsisten de la caridad contingente.

(13).- Ver; https://www.eldiario.es/theguardian/Atrevete-dar-muerto-capitalismo-mate_0_892411706.html

(14).-https://fr.wikipedia.org/wiki/Barbara_Stiegler#S’adapter,_un_credo_n%C3%A9olib%C3%A9ral

(15).- Barbara Stiegler, «Il faut s’adapter». Sur un nouvel impératif politique, Paris, Gallimard, coll. «NRF Essais», 2019.

(16).- Ibid, pág. 209.

(17).- Ibid, pág. 230.

(18).- Ver; https://app.congreso.es/consti/constitucion/indice/titulos/articulos.jsp?ini=128&tipo=2

(19).- Ver http://www.revistasmarcialpons.es/revistaderechopublico/article/view/573/580

(20).- Ibid, apartado 4. Conclusiones.

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