Martes, 08 Marzo 2022 17:02

#8M por justicia, igualdad y dignidad

#8M por justicia, igualdad y dignidad

Fechas que recuerdan inmensas e importantes luchas vividas en distintas épocas y países del mundo, pero que el capital, como sucede con todo lo que toca trata de cosificar, de ahí que para muchas y muchos este día se reduzca a compartir flores, dulces, para decir a una amiga o compañera: ¡felicitaciones!, para decorar las oficinas con bombas y flores, como si fuera un día de una fiesta cualquiera.

Poco se habla en estos espacios del origen del 8 de marzo, de la hucha de las mujeres, dejando en el olvido a aquellas 129 mártires, costureras industriales que murieron incineradas el 8 de marzo de 1908 al interior de la fábrica estadounidense Sirtwood Cotton, al ser “castigadas” por declararse en huelga y reivindicar un salario digno, reducción de la jornada laboral y la prohibición de utilizar mano de obra infantil como esclavos/as.


No solo se olvida esta situación puntual, también se deja de lado que por más rosas y golosinas que se regalen un día, la situación de las mujeres en la vida cotidiana (y a lo largo de la historia) sigue siendo amarga, dolorosa, insoportable, pues son víctimas del sistema patriarcal que las cosifica, subordina, hipersexualiza, maltrata, acosa, viola, asesina…


Grave situación de las mujeres en Colombia

Según el Observatorio Feminicidios Colombia, entre enero y diciembre de 2020 ocurrieron 630 asesinatos y en las mismas fechas de 2021 fueron 622. En enero de 2022 se registraron 55 feminicidios y la situación en lo recorrido del año va en aumento. Así mismo el informe: “La niñez no da espera 2022” - Niñez Ya confirma que entre enero y octubre 2020-2021 creció en 10 por ciento la cantidad de niñas entre 10 y 14 años que fueron violadas y obligadas a ser madres.


Según el Dane, en Colombia actualmente hay 23.312.832 mujeres, de las cuales 2.5 millones se auto reconocen como pertenecientes a alguna etnia y más de 1.5 millones son migrantes internas de largo plazo, con el agravante de que cerca de 4 millones de mujeres han sido victimizadas por el desplazamiento forzado interno en las últimas cinco décadas.


Una realidad con otras manfiestaciones: en el 2019 la tasa de desempleo según nivel educativo de postgrado, educación universitaria, técnico profesional y tecnología, secundaria y primaria, es mayor para las mujeres en todos los campos (ver tabla).

 

 

Curiosamente la participación de las mujeres en el mercado laboral aumentó más que la de los hombres en el periodo 2008-2019, pasando del 46,4 por ciento al 53,1. Todo un triunfo dirán algunos, pero la realidad de este incremento se da en condiciones más precarias y discriminatorias para las mujeres, con mayor informalidad y menores salarios como lo evidencian el Dane con sus estadísticas. La brecha salarial total entre hombres y mujeres con ocupación en 2019 es de 12,9 por ciento; las mujeres ocupadas sin hijos ganan 7 por ciento menos que los hombres ocupados sin hijos; las mujeres ocupadas casadas ganan 15,8 por ciento menos en el ingreso mensual que los hombres ocupados casados.


Adicional a esto, como lo muestra el Dane, en Colombia el 27,5 por ciento de las mujeres no cuenta con un sustento económico propio, proporción casi tres veces mayor que el 10,5 de los hombres que padecen igual realidad. Una diferencia agravada en el ámbito rural, donde la probabilidad de no contar con ingresos propios por parte de una mujer es cinco veces mayor a la de un hombre.


Pese a la oscuridad, una hoguera mantiene la esperanza


Ante todo este panorama de desigualdad e injusticia, los movimientos sociales de mujeres permanecen resistiendo, visibilizando las problemáticas que les aqueja, tejiendo redes de apoyo, hermanando luchas con otros cuerpos y diversidades sexuales y de género, organizándose para un mejor mañana. Es gracias a esto que lograron enormes triunfos como la reciente despenalización del aborto hasta 24 semanas en nuestro país, victoria que aporta en la lucha por la dignidad y la soberanía de sus cuerpos. Sin embargo, aún quedan muchas otras reivindicaciones por materializar como nos cuentan Lina y Martina, dos mujeres feministas populares:


“En materia de reivindicaciones nos queda nada más y nada menos que darle la vuelta a un sistema. Esto no es solo un tema de decisiones reproductivas, que aunque es mucho, pues le falta un montón en temas de anticoncepción y en general situaciones de salud para las mujeres. Así mismo hay otras cosas como la paridad salarial entre mujeres y hombres, el tema del cuidado en el hogar, la problematización del amor romántico y sus consecuencias emocionales, políticas y económicas, las maternidades pensadas desde otros lugares, derecho a la vivienda, entre otros. Todos estos derechos pensarlos en clave de género.


Así mismo están los temas de los espacios libres de violencias, pensarse ese boom de lo que ocurre últimamente en las universidades y afortunadamente en los colegios, donde se denuncian el acoso y las violaciones, entonces está el reto de garantizar en la calle como en los espacios íntimos (familia, escuela, universidad, trabajo) que sean libres de violencia. Nos queda muchísimo por andar y garantizarlo.


Pensando un poco en el ámbito escolar, con lo que tiene que ver con las niñas y las adolescentes nos queda el reto de garantizar una educación no sexista y feminista, que en la escuela misma pueda reflexionar y problematizar las situaciones que vivimos las mujeres, esto implica educar o fortalecer a esas personas que promueven los derechos sean docentes, rectores/as, orientadores/as, coordinaciones, las mismas familias, pues hay un bache grandísimo en términos culturales y de política educativa.

De igual manera está la eliminación de la cultura de la violación a las mujeres, esa que esta presente todo el tiempo en lo musical, en los contenidos que vemos, en la televisión, en la publicidad y demás, que naturaliza y normaliza estas situaciones. Sin duda serán las nuevas generaciones las que irán viendo y dándole forma a todos los retos que tenemos”.


Transitar hacia otro modelo de sociedad requiere una perspectiva intergeneracional y territorial, un proceso de desfeminizacion de la pobreza, de profundización de la participación social y política de las mujeres y por supuesto de su autonomía. Constructoras fundamentales de los procesos históricos de cambio, trabajadoras como hormigas generacionales, las mujeres profundizan sus raíces en la lucha por concretar y conquistar en algún punto de la historia humana la justicia, igualdad y dignidad.

Publicado enColombia
Francesca y Lorena, 9 y 10 de marzo 2018. Fotografía GHT

Si yo acabara de reencontrarme con la amiga que dejé al salir de la secundaria pública Alessandro Manzoni de Roma, si el reencuentro fuera muy emotivo –digamos entre un vuelo mío a Bolivia y uno suyo de Haití– y si ella me pidiese que le contara en una carta qué ha sido de mi vida durante los cuarenta años en que no nos vimos, probablemente le escribiría lo siguiente:

Como sabes, yo nunca he obedecido mandatos. En un principio fue una actuación involuntaria: recuerda cómo me molestaban los vestidos que me imponía mi madre, lo poco que cuidaba la bata de la escuela, el miedo ante mis padres que me paralizaba y, a la vez, me arrojaba a enfrentarlos, los primeros cigarros al salir de la escuela y los tragos de vino que nos echábamos a la sombra de un álamo cercano a la parada del bus, a las dos de la tarde, teniendo que hacerlo de prisa porque nos esperaban de vuelta en casa. Nos sentíamos rebeldes, tú venías de Calabria y yo de Sicilia, teníamos doce años y era 1968.

Quizás más que desobedecer yo no podía evitar ver y sentir lo que los demás fingían o pretendían que no existiera. Como cuando dije en voz alta durante una comida al muy rico amigo de mi tío que dejara de molestar a mi prima. Era más chica que yo y me sentía en deber de protegerla; el viejo la dejaba llorando cuando por las noches decía que iba a “despedirse de los niños” y le pasaba la mano bajo su pijama. Mi tía, la muy pendeja, fingió no haber oído, pero yo me fui a dormir al cuarto de mi prima y cada vez que el carcamán entraba, yo armaba un escándalo tan grande que al poco tiempo él dejó de “visitar a los niños”.

Por supuesto para la cultura de disimulación de las clases altas yo resultaba insoportable, una mujer incapaz de guardar la compostura. Sin embargo, a mis abuelos maternos yo les caía bien, en particular a la abuela Gilda. Ella había quedado huérfana de madre desde muy temprana edad y había sido educada por hombres, así que buscaba en todas las mujeres algo que le recordara quien era ella misma. Y era simpática, mi abuela Gilda. Decía que todo lo que yo hiciera estaba bien, siempre y cuando lo hiciera sonriendo. Para mi abuela la sonrisa manifestaba dos cosas: la propia felicidad, lo cual era importante, pero aún más importante era el agrado de hacer algo con, frente o por las otras personas. Decía que quien sonríe está demostrando que los otros seres humanos le importan.

Aunque es difícil sonreír ante las adversidades propias y las injusticias y las discriminaciones que la mayoría de las personas sufren en el mundo. Mucho antes de ver a los militares salvadoreños apuntar a la puerta de una iglesia donde el cura había refugiado a una entera comunidad rural, mucho antes de entender cómo las autoridades mexicanas manipulaban los derechos laborales de los trabajadores para convertirlos en dádivas de partido, cuando todavía vivía en Italia, me era difícil sonreír a los profesores que, entre bromas, pero en clases y frente a mis compañeros hombres, me daban a entender que estudiaba en balde, porque mi destino era casarme y tener hijos. Apretaba duro las mandíbulas cuando agregaban: “bonita como eres, no va a ser difícil… ”. Antes de encontrarme con otras mujeres tan desobedientes como yo, no creía posible decirles que se equivocaban, que su lógica, su ética y su estética eran pedantes definiciones de quien no abría los ojos a la realidad.

Gracias a ellos y a las reglas de mis familiares nunca me casé, viajé bajo cualquier pretexto, escribí lo que quise, armé diálogos con todas las mujeres rebeldes con las que me topé en la vida y tuve una hija. Sí, el nacimiento de mi hija está ligado a la historia de cómo me liberé en México, de cómo le dije al padre de mi hija que no quería casarme, que quería vivir con él mientras durara y cómo con mis amigas construimos un mundo –un micromundo quizá, pero mundo al fin– de muchas familias posibles. Todas estas cosas acontecieron después de que saliera de la Universidad de Roma con mi título de licenciada en filosofía cum laude. Estudié mucho porque también era una forma de desobedecer los mandatos de la cultura de mis maestros.

Llegué a vivir a México con un libro de cuentos recién publicado bajo el brazo, cuando acababa de cumplir 23 años. Las burocracias italiana y mexicana se cruzaron y no pude inscribirme en una maestría de inmediato: siempre faltaba algún papel. Así que empecé a hacer diversos trabajos, daba clases de lengua, traducía documentos al italiano y al francés, y me inscribí a unos cursos en una universidad privada, la Iberoamericana, de jesuitas. Yo que en Italia me cambiaba de acera para no pasar cerca de una monja o de un cura, porque según yo traían mala suerte, en México me di cuenta que había gente involucrada en la realidad a partir de sus creencias religiosas. Y que eran muy desobedientes con los mandatos de Roma. No me convirtieron, pero me abrieron la visión del mundo. Por lo demás, recibí buenas clases de historia y de arte mesoamericano, un curso de sociología latinoamericana y mis primeras lecciones de economía política.

Mientras llegaba el papelote con el título de filosofía, la revolución sandinista que acababa de triunfar en julio de 1979 llenaba todas mis ansias y fantasías. Así que un día tomé un camión –en mexicano, un autobús y no una máquina de carga– y me fui tres mil kilómetros más al sur.

En Nicaragua todo mundo sonreía, hasta los militares, que eran muchachitos y muchachitas de ojos negros, bellos como el sol, frívolos como un día de viento y dispuestos a hacer lo que fuera para ayudar en lo que fuera a cualquiera de sus connacionales. Los nicaragüenses tenían una forma especial de manifestar a una mujer que le gustaba. Le espetaban, en la cola del bus, en medio del campo, en la oficina o mientras bailaban apretadito, la frase que más excitaba mi rebelión contra el destino manifiesto de todas las mujeres: “Quiero tener un hijo con vos”. Una noche, bastante temprano para mis horarios italomexicanos –las fiestas iban de las 4 de la tarde a las 11 de la noche, luego todos a dormir–, durante los festejos por la finalización de una cosecha colectiva de hojas de tabaco, bailaba yo bien pegadita con un comandante guapísimo, heroico como Ares, por lo menos según él y sus acólitos. Estaba fascinada, por supuesto. Cuando al muy bruto se le salió que quería tener un hijo conmigo. Entonces, repentinamente liberada de todos los miedos a decir explícitamente lo que deseaba decir desde hacía años, empecé a debatir sobre la frase: que desde que existían los condones las relaciones sexuales no estaban necesariamente vinculadas a la reproducción, que las mujeres teníamos derecho al placer libres del riesgo de quedar embarazadas y, finalmente, que aprendiera a masturbarse. En todo eso, hasta la música se había callado y mujeres y hombres me miraban con pánico unos e interés las otras. La mañana después, se organizó el primer grupo de autoconciencia feminista de Matagalpa.

Con los años me di cuenta que la necesidad de explicitar las diferencias de todo modelo impuesto, las mujeres la tenemos inscrita en el cuerpo, que es un cuerpo histórico y un cuerpo materialmente simbólico. Las mujeres podemos controvertir una norma no cuestionada sobre cómo deben ser las mujeres y los hombres (lo cual implica relaciones económicas, arreglos políticos, la organización social del trabajo, el derecho a los afectos y cualquier otra cosa), porque sólo nosotras hemos vivido en cada situación de nuestras vidas las consecuencias de haber sido excluidas de la autoridad que avala las normas. Y esas consecuencias pueden ser tanto nefastas como muy liberadoras, porque nos permiten ver a la autoridad, a su poder desde fuera. En fin, en Nicaragua aprendí a contestar a los hombres que me espetaban que todos los machos han sido educados por su madre, que esa madre no los había educado, sino que les había transmitido sin posibilidad de cambiarlas las pautas de comportamiento que el sistema le había impuesto desde niña. La educación necesita de libertad de investigación y expresión, se basa en la creatividad, pero estas acciones elementales son las desautorizadas a las mujeres.

Meses después, el calor de Nicaragua me derrotó. Era húmedo y duraba todo el año. No pude con él. No sabía que la “contra”, es decir las tropas contrarrevolucionarias financiadas por el gobierno de Reagan, según un programa de su jefe de la CÍA, George Bush padre, estaban por accionar, sembrando la muerte ahí donde antes crecía el tabaco y el café. A los comandantes de la contra, así como a Bin Laden por sus acciones terroristas contra los soviéticos en Afganistán, Reagan los llamaba “combatientes de la libertad”.

Volví a México. Escribí mi primera novela. Encontré editor. Me vinculé a la solidaridad con la lucha del pueblo salvadoreño para su liberación. Me acerqué, siempre desde una perspectiva muy independiente, a las feministas mexicanas e ingresé a un grupo de autoconciencia feminista con exiliadas chilenas, argentinas, uruguayas y guatemaltecas. De ahí fundamos un grupo de apoyo a las mujeres centroamericanas. También me enamoré de una poeta uruguaya, pero era demasiado intimista en sus expresiones y tenía novia. Yo necesitaba de la logorrea de la narrativa, estaba en un momento revolucionario y, para mis sentidos, México en esos años parecía una fiesta.

Por supuesto estaba muy equivocada. México tapaba la represión a los pueblos indígenas y campesinos, a los movimientos populares, a los sindicatos independientes, a las lesbianas, a los homosexuales y a las mujeres solas con una retórica fenomenal y su histórica solidaridad con los refugiados del mundo. Pero yo tenía 25 años y acababa de ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México donde estudiaba lo que quería y donde todas las estudiantes teníamos el derecho de decir, proponer lecturas, emprender análisis. Nunca había estudiado tan bien, ni con tanta pasión. Un maestro, Jorge Ruedas de la Serna, me dijo que estaba destinada a escribir en español y decidió enseñarme cómo hacerlo: durante un año, cada semana me dio un clásico de la literatura latinoamericana, desde María de Jorge Isaac hasta Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón de Albalucía Ángel. Cada semana debía yo llevarle mi reporte de lectura en tres hojas para que él lo corrigiera. Nunca le agradecí lo que hizo por mí. Sólo Marta Lamas, la feminista mexicana con la que más he debatido, porque tenemos algunas posiciones muy encontradas, hizo algo parecido conmigo: una tarde me explicó cuándo “aún” va acentuado y cuándo no. Y mi amigo Coquena, es decir a Rosario Galo Moya, y al enamorado traductor y poeta argentino Eduardo Molina y Vedia: con ellos y con el dibujante y cronista Luis de la Torre leíamos en voz alta los textos de narrativa que producíamos. Era una labor apasionante, a la que se sumó un gran número de mujeres y hombres jóvenes en el sótano de un club de ajedrez, El Alfil Negro. Un encuentro semanal que duró un lustro.

De esa forma tan colectiva el español se convirtió en mi lengua. La lengua en que me doy a entender, escribo, arrullo a mi hija, me sumo a redes de escritoras, les digo a mis amantes cuánto me gustan.

Terminé una maestría, publiqué una segunda y una tercera novela, me inscribí al doctorado. Siempre en Estudios Latinoamericanos, la matriz de la disciplina que en Estados Unidos adquiriría el nombre de Estudios Culturales, es decir estudios realmente interdisciplinarios, donde la filosofía tiene la posibilidad de pensar desde otros instrumentos conceptuales de acercamiento a la realidad para entablar un diálogo transformador. Tuve dos grandes maestros y una maestra: don Leopoldo Zea, con su sorprendente filosofía de la historia nacionalista-antiimperialista-latinoamericanista y algo existencialista; Horacio Cerutti, que sigue siendo mi referente intelectual más admirado; y la feminista Graciela Hierro, una filósofa de la ética utilitaria que propugnaba la superación de la discriminación de las mujeres para beneficio de la humanidad entera, cuya muerte todavía me ofende. La verdad es que los tres eran muy sonrientes; quizá de ahí su contundencia.

México me parecía una fiesta también porque por aquellos años inicié a escribir en Excélsior y a preparar una tesis sobre las transformaciones de la conducta femenina provocadas por la participación en la guerra en El Salvador. Al ir y venir de Centroamérica donde un asesino como el guatemalteco Ríos Montt pudo llevar a cabo un genocidio de más de 200 mil personas en ocho meses, y donde gobiernos y militares mataban civiles y militantes como si hacerlo fuera normal, llegar a Belice o volver a México era como alcanzar un oasis después de atravesar el desierto. Recuerdo el hambre, el miedo, la rabia, la voluntad de la gente que reporté durante esos años. Las maestras salvadoreñas me hablaban de sus estudiantes y de su voluntad de transformar la sociedad; las campesinas lencas de Honduras me relataban la historia de la represión militar en su país, donde las organizaciones ni siquiera podían levantar la cabeza porque sus dirigentes eran asesinados apenas se perfilaban; las madres de familia y las jovencitas cachiqueles y quichés de Guatemala me impresionaban porque podían narrar historias de masacres brutales de las que habían sido testigos o víctimas, con la mirada perdida de quien ya no puede llorar. Desde entonces empecé a reivindicarme mesoamericana, a sentir el territorio de la tortilla como mío, a preferir el debate con las trabajadoras de mi tierra a cualquier repetición académica.

Cuando durante la década de 1990 las guerrillas centroamericanas firmaron tratados de paz con los gobiernos de sus países, mi vida se volvió mucho más mexicana, urbana y relajada; empecé a deambular entre galerías y estudios de pintores y pintoras. Yo que no puedo dibujar ni una casita, puedo perderme tras el trazo de un brazo que se desplaza sobre el lienzo o escurre pigmentos sobre un piso. Horizontes trazados con una sola línea, en las síntesis pictóricas de Carlos Gutiérrez Angulo; la curva opacidad de un cuerpo recargado en su gesto, como la plasma en sus murales Patricia Quijano; el movimiento que se vuelve baile sobre el papel empapado de tinta china en los dibujos de Guillermo Scully; la cocina del color y las arenas para expresar una finalidad ecológica en las pesadas telas de Gabriela Arévalo: no hay pintora o pintor que en su quehacer no me haya enamorado.

Ni intento de diálogo entre pintura y literatura que no haya ensayado. Desde inventar cuentos para niñas y niños para acompañarlos de dibujos significativos, hasta recorrer biografías de la vida plástica de creadores telúricos como Carlos Gutiérrez Angulo. Yo renuncio a toda la música del mundo por un buen trazo, me quedo sorda con tal de poder seguir viendo cómo el significado del mundo se expresa en una mancha. Siempre he concebido un buen cuadro como un poema: una síntesis en cuyo equilibrio nada tiene derecho a sobrar.

De ahí a que el padre de mi hija fuera un pintor no hay sino un paso. Y la maternidad, cuestionada y rechazada durante el embarazo, se volvió un canto de alegría una vez que hube parido. Luego vinieron los viajes con mi hija, mi deseo de que conociera el mundo y sus contrastes brutales, acompañada de mí y de otras mujeres, amigas mías, tías suyas: la familia cuando no es una convención, es una red de afectos. Durante nueve años compartimos la casa con la poeta hondureña Melissa Cardoza quien le contaba a Helena unos cuentos siempre nuevos que la niña dibujaba sobre el pizarrón que le había regalado la tía Montse, es decir la editora beliceña Montserrat Casademunt, otra de las figuras entrañables de su infancia.

Las mujeres que usan la maternidad como excusa para no realizarse le hacen un gran daño a las otras mujeres, pues las empujan a rechazar una experiencia totalmente femenina, telúrica, vital, generosa, aunque no necesaria ni necesariamente deseada por todas, y a convertir la realización personal en un espacio de masculinización. Lo sé porque odié estar embarazada por el miedo que me provocaba la figura de la madre sin posibilidad de trascendencia. Desde mi infancia, yo había afirmado que no quería ser madre, que no lo sería nunca. Fue difícil luego explicarme por qué me quedé embarazada, por qué no aborté y cómo escogí un parto natural y amamantar a mi hija por año y medio. Por supuesto amamantar fue la elección más fácil: provoca el más intenso, orgásmico placer físico que he experimentado en mi vida.

Con Helena de año y medio nos fuimos a recorrer el arco de la Gran Chichimeca para que yo pudiera escribir La decisión del capitán, mi novela sobre Miguel Caldera, un personaje masculino con el que me identifiqué por sus fracasos: vivió en búsqueda de la paz y haciendo la guerra, desgarrado entre ser el hijo de un soldado castellano o de la madre chichimeca, un mestizo incapaz de elegir a un progenitor, pero en diálogo con sus hermanas, amigos y hermanos. Helena al año y medio cabalgaba mulas y burros sin cansarse jamás y si no había animal a su disposición, yo la cargaba en los hombros para andar cerros, hondonadas y zonas desérticas del Tunal Grande. Desde entonces viajar juntas nos encanta y lo que yo no percibo, ella me lo hace notar.

Luego vinieron Marcha seca, una novela ambientada en el mismo territorio 450 años después, la que he escrito con más angustia; y los cuentos de Verano con lluvia. Enseguida un gran vacío literario, una desolación de la palabra, la muerte de las ideas….

Melissa intentó consolarme; dos queridas amigas, Eli Bartra en México y Edda Gabiola en Guatemala, me exigieron largos artículos sobre la historia de las ideas feministas para impulsarme a volver a escribir; con la estrujante poesía del kosovar Xhevdet Bajraj volví a sentir la emoción de la lectura; pero, con todo, no volví a sentirme feliz. Ni siquiera cuando terminé un libro que considero muy importante, Ideas feministas latinoamericanas, que ha tenido dos ediciones en cinco países. No hay ensayo, por inteligente que sea, que provoque el placer exaltado de una buena ficción. La narrativa dice más que la filosofía.

Quizá para no sentirme derrotada, volví a un viejo amor: la enseñanza. Participé de la fundación de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México porque su rector pregonaba la enseñanza universitaria para todas y todos, sin exámenes de exclusión para quienes no tuvieran un nivel de conocimientos superior al que exige el estado al otorgar un certificado de terminación de escuela media superior. Una universidad que representaba un reto para sus maestras, el de una calidad que no se sustentara en competitividades, una universidad popular y no jerárquica. Durante la organización del programa de la carrera de Filosofía e Historia de las Ideas peleé la existencia de una materia indispensable: Filosofía Feminista. Más aún: filosofía feminista con perfil latinoamericano. Cuando los colegas me cuestionaron la existencia de una materia que “excluía el saber de los hombres”, no pude más y les espeté en la cara: “La suya, amigos míos, es una filosofía de la verga. En francés se dirá falologocentrismo, pero en México se llama filosofía de la verga”.

Ahora, después de nueve años de dar clases en la UACM, y con Helena convertida en una joven, las ganas de escribir están volviendo a mí, poco a poco, como la salud a una convaleciente. Busco espacios, tiempos vacíos en los que las fantasías puedan poblar una escena…

Por supuesto no estoy dispuesta a renunciar al diálogo con otras mujeres, sobre todo con las que viven cotidianamente el racismo de la hegemonía del pensamiento y las leyes de un occidente que se formó hace quinientos años con la invasión de las tierras de pueblos diversos por algunos países europeos. La tierra, la Madre Tierra de la mayoría de las naciones americanas, la portadora y dadora de vida, además, me parece tan brutalmente amenazada por la cultura hegemónica, que la narración -el acto de narrar, es decir de dar a conocer- se me hace cada día más urgida de contenido ecológico y agrícola. No sé dónde publicaré mis próximas novelas, ni siquiera dónde las escribiré, pero sus historias ya están en mí y las conforman muchas historias escuchadas.

Publicado también en: Francesca Gargallo, en Silvana Serafín, Emilia Perassi, Susanna Regazzoni y Luisa Campuzano (Coords.), Más allá del umbral: autoras hispanoamericanas y el oficio de la escritura, Ed. Renacimiento, Colección Iluminaciones n. 61, Sevilla, 231 pp., pp. 294-306. ISBN 978-84-8472-587-9.

Foto: Archivo Amecopress, cedidas por Traficantes de Sueños

Tomado del blog de Francesca Gargallo

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Francesca Gargallo Celentani: viajera, que le dió valor a los pasos de las mujeres y el encuentro sobre un mundo que les pertenece

La última vez que tuvimos la alegría de contar con ella entre nosotros fue en marzo de 2020, precisamente hace dos años. El motivo que la trajo por estar tierras fue su participación en el Foro Internacional “Repensar las bases teóricas para la reconstrucción de un ideario social con perspectiva postcapitalista”, finalmente postergado por la pandemia y el apresurado cierre de la ciudad y del país.

El ambiente de entonces era de expectativa y sorpresa, el virus avanzaba desde Asia y ella, llena de energía y voluntad inquebrantable, no dudó en viajar, con el riesgo de quedar encerrada lejos de su amada “casona”, su lugar de residencia en ciudad de México, siempre abierta a todas las personas que pasaran por allí y requirieran un espacio para el descanso, la conversación intensa y bien argumentada, el compartir de sueños, la recarga de energías, el café al gusto, y mucho más.

Aterrizó en Bogotá entonces con su inmensa y bella corporalidad, ojos brillantes de mirada fuerte y cautivadora, y aquella risa desbordada, contagiosa, al tiempo que abrazos a granel e ideas desbordadas que no ahorraba, que las compartía sin egoísmo ni pretensión alguna.

El cierre de la ciudad fue la confirmación de que el Foro quedaba postergado, y entonces empezó la angustia del regreso, de las imprecisiones de la empresa aérea para cumplir con los viajes que hasta días atrás estaban agendados. Hasta que por fin pudo partir hacia México, pero no vía directa como lo indicaba el pasaje comprado sino vía Panamá y de allí a Costa Rica, para por fin, luego de tres días de malos sueños en aeropuertos poder descansar de manera plácida en habitación cómoda, gozando de la compañía de su amada Helena, hija, amiga, cómplice de sueños y luchas.

Los meses siguientes, con pandemia, fueron de reflexión y escritura, pensando en nuevas novelas, realizaciones y sueños marchitos, primero por el ataque del covid-19 que redujo su energía de manera notable, y luego por el cáncer que invadió su humanidad. En un principio la idea era que el virus no la dejaba libre, pero la persistencia por semanas del malestar tocó revisar en laboratorio lo que estaba sucediendo, y el resultado no fue el mejor.

Desde entonces, cuando confirmaron que la razón del malestar no era el virus sino un cáncer, no desistió en vencer el agresivo enemigo. Fueron meses de luchas, de alzas y bajas, de operaciones de diversa índole, de tratamientos intensos, de dolores insoportables que le impedían concentrarse en la escritura, una de sus pasiones. Lucha apasionada, cuerpo a cuerpo, como la liderada a través del activismo y de las letras por la igualdad entre mujeres y hombres, lucha por el cambio social, profundo, cultural, no solo económico, lucha con diversidad de triunfos, acompañados de buenos y no tan buenos momentos y de las cuales queda los argumentos bien trazados en varios libros; escritura y acción que la llevó a acompañar diversidad de causas a lo largo de nuestra región, y mucho más allá. Ensayos teóricos que acompañaba, en otra orilla de su incansable producción con la literatura. Sus novelas dan testimonio de ella

Es de ella, de la italiana que muy joven partió hacia Nicaragua para acompañar la gesta sandinista, de quien hoy les compartimos la mala noticia de su deceso. Sabemos que todas y todos quienes la conocimos de manera directa la extrañaremos; pero también que quienes se acercaron a ella a través de sus investigaciones como de sus creaciones literarias la echaran de manos.

Faltan palabras y anécdotas para describirla, y la mejor manera de resumir su ser, sencillez, capacidad, vitalidad, está resumida en el semblante que de si misma escribió con motivo de uno de los tantos eventos en que acompañó a desdeabajo:

“Escritora, caminante, madre de Helena, partícipe de redes de amigas y amigos, Francesca Gargallo es una feminista autónoma que desde el encuentro con mujeres en diálogo ha intentado una acción para la buena vida para las mujeres en diversos lugares del mundo. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Roma “La Sapienza” y maestra y doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, se ocupa de historia de las ideas feministas y busca entender los elementos propios de cada cultura en la construcción del feminismo, entendido como una acción política del “entre mujeres” y las reacciones que despierta en la academia, el mundo político, la vida cotidiana. Enamorada de la plástica, busca entre las artistas una expresión del placer y la fuerza del ser mujeres; narradora, encuentra en sus personajes la posibilidad de proponer otros puntos de vista sobre la realidad que no sean misóginos; viajera, le da valor a los pasos de las mujeres y el encuentro sobre un mundo que les pertenece”.

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6 enero 2022 Simone Biles de EEUU aplaude durante la final del equipo femenino de gimnasia artística durante los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.- Loic Venance / AFP

El martes 27 de julio del recién despedido 2021, la más aclamada estrella olímpica de Estados Unidos dijo basta. Simone Biles, cuatro veces medalla de oro, pronunció ante el mundo las palabras "salud mental". Y todo cambió. "Tengo que concentrarme en mi salud mental", dijo para explicar por qué se retiraba de la competición. Empezamos este 2022 con algo que ha cambiado definitivamente. 

Esas palabras asestan un golpe de muerte a la idea del mejor, del mayor, del más fuerte, a la idea de la superioridad como triunfo. Las palabras de Biles abrieron una grieta en la forma en la que se estructura nuestra sociedad. Todo. El deporte, evidentemente, pero por encima de eso, la educación, el trabajo, las relaciones personales, la cultura, la descripción de lo que somos. De golpe, puso en evidencia que la Historia no pertenece a los ganadores. Más aún, puso en crisis la idea misma de qué es un ganador, una ganadora. 

Bajemos al colegio. Lo escolar se basa en las calificaciones. Las calificaciones son una construcción competitiva. Ahí están "la mejor" contra "la peor". Pero ¿quién es "la mejor"? De eso se trata. Vamos a lo bestia. La Historia se articula en el relato entre vencedores y vencidos. Pero ¿quién es el que vence? De eso se trata. "El más". El más fuerte, el más grande, el más alto, el más listo, el más blablablá. 

¿Y si ya no fuera así? Porque probablemente ya ha empezado a no ser así.

"Simplemente creo que la salud mental es más importante en los deportes en este momento. Tenemos que proteger nuestras mentes y nuestros cuerpos, y no solo salir y hacer lo que el mundo quiere que hagamos", dijo Biles. "Ya no confío tanto en mí misma", dijo. ¿Quién es mejor, la que gana o la que es capaz de, con 24 años, admitir en público que no confía tanto en sí misma? ¿Quién gana, la medalla de oro o quien enuncia las palabras "salud mental" y se las cuelga con una cinta que representa a todas las naciones? "Simplemente tienes que dar un paso atrás", enunció Biles. Puede subirse al podio quien lo hace dando un paso atrás. Eso es.

El 8 de marzo de 2018, varios millones de mujeres secundaron en España una huelga feminista que paró el país. Era una huelga por los derechos de las mujeres, contra la violencia machista, y además una huelga de cuidados y de consumo. Las mujeres del mundo entero se movilizaron y con el tiempo se ha visto que una idea en principio complementaria lo ha cambiado todo. Los cuidados. Para entender qué significa exactamente eso, bastan dos preguntas: 

Pregunta 1: ¿Cuánto ganan un corredor de Bolsa y una cuidadora de ancianos? 

Pregunta 2: ¿Qué es más importante para una sociedad, un corredor de Bolsa o una cuidadora de ancianos?

La respuesta es obvia. La cuidadora de ancianos es inmensamente más necesaria que el corredor de Bolsa. Cuidar de nuestros ancianos y ancianas, de nuestros menores, es inmensamente más importante que jugar a la Bolsa. Y ahora, busquen y comparen los sueldos. 

Sin embargo, la idea de cuidados no se quedó ahí donde la clavamos con una chincheta en el corcho de aquel 2018. En un par de años, los cuidados han empapado lo que somos y ya no solo tienen que ver con el ámbito asistencial, laboral o "doméstico". Se trata de cómo nos comportamos con nosotras mismas y entre nosotras. Ahí está la brecha, que es histórica e íntima. Es común. Al asumir y ensanchar la idea de cuidados, las mujeres hemos sacudido la jerarquía de los valores que ordenan nuestra sociedad. Hasta el punto de que una fuera de serie de una competición diga "Hasta aquí he llegado". 

El gesto de Simone Biles responde y es consecuencia de un cambio estructural, esencial e histórico, fruto del desarrollo del feminismo y de la posibilidad de difusión que dan las nuevas formas de comunicación. No por casualidad la base de su pequeña inmensa revolución se sustenta en la salud mental. Ah, los tabúes, los mundos prohibidos a los victoriosos, a los "superiores". Pero ese paso sucede al anterior: su denuncia de abusos sexuales por parte de Larry Nassar, el médico de la selección estadounidense de gimnasia artística. 

Todo paso sucede al anterior. Las mujeres lo sabemos bien. Pero de pronto se salta. Hay saltos que coronan el paso a paso. Por ejemplo, un triple doble en suelo. 

El 15 de enero de 2018, Simone Biles publicó en las redes sociales: "La mayoría de vosotros me conocéis como una chica feliz, graciosa y con energía. Pero últimamente me he sentido rota y cuanto más trato de apagar esa pequeña voz en mi cabeza, más alto me grita. Ya no tengo miedo de contar mi historia. Yo también soy una de las supervivientes que sufrió abusos sexuales por parte de Larry Nassar". Tenía 20 años y el movimiento #MeToo había estallado apenas tres meses atrás. "Durante muchos años me pregunté: ‘¿Fui muy inocente?, ¿fue mi culpa?’ Ahora ya sé la respuesta a esas preguntas. No. No fue mi culpa. Tras escuchar las valientes historias de mis amigas y otras supervivientes, sé que esta horrible experiencia no me define".

Un año después de estas declaraciones, en agosto de 2019, Biles se convirtió en la primera mujer que ejecutaba un triple doble salto en suelo.

Al denunciar a Nassar, la gimnasta se unió a un movimiento que acababa de arrancar y aún sigue tomando impulso. Al anunciar este pasado 2021, tres años después, su decisión de abandonar una competición para cuidarse, cambió las reglas de una manera que ni ella misma ni nadie ha alcanzado todavía a valorar. 

Este 2022 ya no somos las mismas. Todo ha cambiado definitivamente. El sempiterno baremo masculino que señala quién gana y quién pierde yace a sus propios pies como la muda de una piel sin recambio. La misma idea de ganar o perder huele a bragueta triste de tergal. Ya no gana el más fuerte, se acabó la competición. No es un asunto deportivo. Es académico. 

Hace ya demasiado tiempo que me ronda una cuestión. Cuando se denuncia que no hay mujeres en los premios nacionales de lo que sea, que no hay mujeres en los jurados, me pregunto: ¿por qué deberíamos interesarnos por eso? Ganar algo implica competir. Competir implica aceptar unas normas de rivalidad donde debe ganar el mejor. ¿Qué significa ser "el mejor"? A partir de ahora y para nosotras, significa atender a nuestra salud mental, denunciar aquello que nos agrede sin atender a las represalias, parar y mirarnos. 

Empezamos un año como nunca ha habido otro. Algo así como un triple doble en suelo, algo nunca visto.

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Jueves, 06 Enero 2022 06:37

Contra la cultura de la monogamia

Contra la cultura de la monogamia

Atreverse a poner en cuestión la monogamia significa acabar encerrada en un callejón sin salida donde las críticas relacionadas con tu supuesta frivolidad sexual se alternan con imágenes, ajenas y propias, de lo que podrían ser alternativas a la pareja convencional. ¿Cómo llamarlo, “pareja liberal” como en las películas yanquis de sobremesa? ¿“Poliamor”, como cuando tenías 18 años y tus amigas feministas algo mayores experimentaban en los pocos colectivos no mixtos que existían entonces? ¿Relación abierta? ¿Abierta a qué? ¿Significa eso que el vínculo es menos serio?

La centralidad que social y culturalmente damos a la pareja levanta a su alrededor un muro que nos impide insertarla en un entramado común con el resto de relaciones de nuestra vida. Esto sigue pasando a pesar de que la mayor parte de sus características tradicionales han dejado hace tiempo ya de ser imperativos sociales: del “para toda la vida” se ha pasado a la normalidad de las monogamias sucesivas (varios cambios de pareja a lo largo de la vida); cada vez más parejas heterosexuales optan por no tener hijos; muchas personas adultas deciden seguir viviendo de manera independiente en vez de mudarse juntas, etc. Se diría que nos hemos visto desprovistos de herramientas para diferenciar la relación de pareja del resto de nuestros vínculos de no ser por dos elementos clave: la exclusividad sexual (o apariencia de la misma) y una jerarquía relacional que secciona nuestros afectos y deposita en nuestra pareja una serie de expectativas que no son solo injustas sino, ante todo, imposibles de cumplir. Ya lo dijo Kollontai (¡hace un siglo!): es absolutamente irracional pretender que una única persona colme todas nuestras necesidades afectivas y sexuales.

Romper con esa jerarquía relacional impuesta, descentralizar el vínculo de pareja en favor de las demás relaciones de nuestra vida, nos permite comprender que cuestionar la monogamia no pasa solo por repensar nuestros vínculos sexoafectivos, sino también y sobre todo por problematizar el modo en que éstos se delimitan y estructuran de manera diferente al resto. O, dicho de otra forma: dar el paso del simple cuestionamiento de la monogamia como práctica a la crítica del conjunto del sistema monógamo, que diría Brigitte Vasallo. Una toma de postura contra la cultura de la monogamia.

Bellaterra acaba de publicar en castellano En defensa de Afrodita, una compilación de artículos publicada originalmente en catalán por Tigre de Paper, que contaba ya con una década de existencia. A pesar de ello, algunos de los textos que se recogen son de lo más interesante que se puede encontrar al respecto. El artículo central, “Desmontando la cultura de la monogamia”, logra tres cosas fundamentales: problematizar nuestro marco relacional al completo y no únicamente las relaciones de pareja, demostrar el modo en que la monogamia funciona como un sistema generador y legitimador de violencias, y desmontar algunos de los clichés más importantes de la norma monógama.

Na Pai, editor y autor principal del libro, conceptualiza políticamente la monogamia como un sistema de exclusión que jerarquiza y compartimenta nuestros afectos, que nos reprime sexualmente y que condiciona nuestras expectativas vitales. Resulta especialmente interesante el modo en que analiza los celos y las infidelidades, recalcando que la monogamia no se basa en una exclusividad sexual real sino en la expectativa de la misma, y que el poner los cuernos forma de hecho parte del propio sistema monógamo. La hipocresía de tolerar la ocultación, la autorrepresión y la vergüenza, pero escandalizarse ante el diálogo y la sinceridad mutua, salta así a la vista.

Muy buenos son, también, los apuntes acerca del no determinismo emocional (las emociones están construidas social e históricamente y pueden por tanto trabajarse) y la clasificación que establece para las relaciones en base a cuatro elementos principales: economía, afinidad, afecto y sexualidad. Rompiendo el estrecho marco de los vínculos de pareja, se trata de un esquema que puede resultar muy útil para pensar la forma en que están construidas las relaciones paterno/materno-filiares o las bases de posibilidad para la construcción de amistades sólidas.

El hecho de que la versión original de En defensa de Afrodita apareciera hace diez años explica posiblemente por qué algunos de los textos que se recogen parecen estar orientados de forma demasiado limitada hacia las subculturas activistas. Las discusiones en torno a la cultura de la monogamia distan mucho todavía de ser un tópico mainstream, pero es incuestionable que la publicación de Pensamiento monógamo, terror poliamoroso de Brigitte Vasallo en 2018 supuso un giro radical en la manera de abordar las no monogamias y una ampliación del marco del debate. El estallido feminista de los últimos años, con la importancia concedida a las amigas y a las redes afectivas y descentrando así nuestro motor emocional con respecto a la pareja, también ha contribuido a ello.

Hay por tanto, en algunos de los textos que componen el libro, planteamientos que en estos diez años han quedado superados. También encontramos discusiones que pueden ser de utilidad para gente que quiera trabajar sobre no monogamias, pero que no sirven para ampliar el debate ya que dan por hecho un sujeto lector homogéneo en sus entornos relacionales y en sus códigos culturales. La estimación del número de relaciones adecuado que Na Pai hace en algún momento y algunos textos, especialmente el de los códigos de clasificación y el dedicado al sexo colectivo, contribuyen a esta sensación. ¿Cómo hacer avanzar entonces el debate? ¿Cómo empujar hacia modelos relacionales más libres y sanos, donde poder desarrollarnos plenamente como individuos y ampliar nuestra satisfacción emocional y sexual? Partiendo de conversaciones con amigas y amantes (ay) y de bastantes lecturas previas y posteriores, y francamente estimulada por muchas de las ideas recogidas en En defensa de Afrodita, vayan por aquí algunas propuestas:

  1. Hay una ausencia importante en todo el libro de la problematización del factor tiempo. La única vez que se hace referencia al mismo de manera explícita, Na Pai lo resuelve con un “yo no veo la televisión” grosero y despreciativo, que indirectamente niega la existencia de un problema real de escasez de tiempo en las sociedades capitalistas contemporáneas. Cuidar bien los vínculos, sean del tipo que sean, requiere una cantidad ingente de tiempo. Muchas de las dificultades que tenemos para construir y conservar amistades sólidas y duraderas vienen de ahí: apenas sí podemos dedicarnos correctamente a una o dos personas. Todo cuestionamiento global de nuestro marco relacional debería partir de este hecho.
  2. Algunos capítulos pecan de despreciar u obviar la importancia de la responsabilidad afectiva –o, dicho de otro modo, parten de posiciones de un fuerte egoísmo emocional. Supongo que es una fase por la que todas hemos pasado: si racionalmente esto es justo, ¿por qué debería limitarme a la hora de llevarlo a cabo? Nuestras acciones tienen consecuencias, entre las que en ocasiones entra el dolor ajeno. Despreciar este dolor o pretender que no nos importe, solo porque su origen son una serie de prejuicios y tabúes instaurados socialmente, podrá ser beneficioso para nuestro placer inmediato pero no tiene ninguna otra consecuencia más allá de poder dañar a gente que apreciamos. El límite entre ceder al chantaje emocional y responsabilizarse de los efectos de nuestras acciones puede ser poroso, pero no por ello hay que dejar de vigilarlo.
  3. Los aprendizajes emocionales (y aún en mayor medida los desaprendizajes) son lentos y costosos, como bien se reconoce en múltiples ocasiones a lo largo del libro. Pasar de la comprensión y aceptación racional de un tema (en este caso, el sinsentido de la exclusividad sexual y de la jerarquización y compartimentación de nuestros vínculos) a su interiorización corporal es siempre un proceso largo. Sin reflexión y discusión al respecto no es posible el avance; tampoco sin experimentación práctica en nuestros afectos. Comprender la monogamia como un sistema, como un todo que condiciona nuestras vidas incluso y fundamentalmente fuera de la pareja, nos permite romper con la idea manida de que rechazarla consiste en ampliar nuestra vida sexual mientras mantenemos intacto el resto de nuestro esquema relacional. En ese sentido, es relevante el capítulo “Relaciones infinitas”: donde se explica que es a partir de una ruptura con la forma que debe adoptar la amistad para los hombres que el autor comienza a replantearse el conjunto de las relaciones de su vida.
  4. Desacralizar el papel del sexo, bajarlo del pedestal por el que le atribuimos la capacidad de definir y transformar la forma y el sentido de nuestras relaciones, nos debería permitir actuar de manera mucho más relajada en cuanto a su importancia dentro y fuera de la pareja. Muchos capítulos del libro insisten acertadamente en este hecho: nuestra sexualidad tiene un valor en sí misma y puede ligarse de múltiples maneras al plano afectivo. La presencia o ausencia de sexo no determina nada, y su práctica puede ser generadora de vínculos que no entren en competencia entre sí sino que se complementen y nos enriquezcan. Concederle al sexo la importancia que realmente tiene (como expresión de afecto y amor o como mutuo deseo de divertirse) no solo contribuiría a acabar con el estado de pobreza sexual en que vivimos, sino que es además una excelente herramienta para desdramatizar nuestros vínculos y comenzar a trabajar la inseguridad y los celos.

En defensa de Afrodita es un libro valiente, y lo fue sin duda mucho más hace diez años. “Desmontando la cultura de la monogamia” sigue siendo a día de hoy de las mejores cosas que hay sobre el tema, y algunos otros textos realizan también aportes extremadamente útiles para quienes observan con reticencia el debate sobre las no monogamias. Más allá de formulaciones concretas, dos ideas clave: que el amor no es un bien escaso que haya que racionar, sino que se multiplica ejerciéndolo; y que la comunicación y la plena disposición a escuchar y comprender, la no necesidad de ocultar, son ingredientes fundamentales para toda relación sana. Ninguno de estos factores tiene cabida en la cultura de la monogamia.

Artículo escrito por Julia Cámara

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Una mujer sujeta una pancarta durante en el 8-M de 2018 (Madrid).  Manolo Finish

Resulta complicado organizarse en un movimiento transversal que diga que también son luchas feministas la vivienda, los derechos laborales o civiles, los de los migrantes, los de las trabajadoras domésticas y sexuales...

Es evidente que no se puede hablar de feminismo en singular. Hoy más que nunca existe un movimiento diverso que está cruzado por disputas de clase, intereses divergentes y luchas por el poder. Una de las líneas de fractura más evidente es la que parte de quienes concebimos el feminismo como una herramienta fundamental para retar la actual configuración social injusta y el sistema económico –y que por tanto lo entendemos como parte de un proyecto de transformación más amplio–, y aquellas que piden igualdad dentro de lo existente: su 50% del infierno. Para algunas de estas liberales –o socialdemócratas– el feminismo puede llegar a ser un instrumento para un proyecto personal de ascenso social, justificar invasiones con el objetivo de “liberar a las mujeres” –como en Afganistán– o servir para el refuerzo del sistema penal –como la nueva Ley de Libertad Sexual que incluye una propuesta de criminalización de la prostitución–.

Durante la segunda ola –los 60, 70, parte de los 80– fue cuando se produjeron muchos de los debates y las aportaciones teóricas que todavía llegan al presente. En esos años se produjo un momento de fuerte agitación política y un despliegue extraordinariamente rico de diversos movimientos feministas que pusieron en el centro la cuestión sexual y retaron la división sexual del trabajo y el mandato de domesticidad. Una parte importante de esos feminismos asumió una retórica de liberación y se vinculó con los movimientos de protesta en marcha –aunque también cuestionaron el papel subordinado de las mujeres en ellos–. En esos años, por supuesto, también tuvo un papel relevante el feminismo liberal, el de la igualdad formal, con organizaciones como NOW en EE.UU., donde participó Betty Friedan que en su La mística de la feminidad había analizado los problemas de insatisfacción de las mujeres de clase media que no se conformaban ya con ser amas de casa.

Liberal o revolucionario, lo esencial de esos años es la producción de nuevas herramientas políticas. El feminismo abrió líneas de pensamiento novedosas que habían estado excluidas de la política porque habían sido conceptualizadas como pertenecientes al ámbito privado. Los grupos de autoconciencia significan eso: convertir el malestar en algo político porque a partir de lo que nos atraviesa podemos dar cuenta de áreas enteras de desigualdad –explotación– que estaban invisibilizadas. Por ejemplo la cuestión del cuerpo y la sexualidad, que se reivindicó como un ámbito de disfrute y autonomía para las mujeres a la vez que se pedían derechos reproductivos –y se cuestionaba la heterosexualidad y la monogamia obligatorias–. También se empezó a contestar la violencia en un momento en que en muchos lugares la violación dentro del matrimonio ni siquiera se consideraba delito. Precisamente fue a partir de la cuestión sexual que surgió todo un ámbito de producción teórica en Europa –sobre todo en Francia– y en EE.UU. En este último país, Sulamith Firestone y Kate Millet –entre otras– fundan la corriente radical que tuvo una extraordinaria influencia en todo el feminismo posterior. Para ellas, y reutilizando términos marxistas, las mujeres somos una clase y la sexualidad es núcleo fundamental de la opresión que sustenta las relaciones de dominio de los hombres sobre las mujeres. El patriarcado, en palabras de Millet, es la “política sexual de dominación de la mujer” y el principal eje de desigualdad. Desde entonces la cuestión sexual estaría en el centro de la producción teórica feminista.

Las radicales no solo hablaron de subordinación en el ámbito de la sexualidad sino que esta está estrechamente vinculada con la reproducción, por lo que hicieron importantes críticas a la maternidad y a la familia. Aunque esta línea será profundizada por el feminismo marxista o postmarxista. Autoras como Maria Rosa dalla Costa o Silvia Federici analizaron el trabajo de reproducción social –o de reproducción de la mano de obra– como un pilar de la organización capitalista donde se produce la apropiación del trabajo gratuito de las mujeres. Para ellas, el sexo era una parte de esta función más amplia de reproducción social pero no –como para las radicales– el lugar central del que surge toda la relación de subordinación. La violencia sexual se entiende como una manifestación más del patriarcado, como una herramienta que sirve para el sometimiento a esta estructura de dominación.

Feminismo cultural / feminismo marxista

Esas dos líneas de pensamiento llegan hasta hoy y se entremezclan de diversas maneras. Sin embargo, pensar que el origen de la desigualdad está centrado en la cuestión sexual o en la reproducción social, tiene consecuencias divergentes a la hora de hacer política. De hecho, la línea radical derivará en lo que algunas autoras llaman feminismo cultural, muy centrado en la violencia sexual pero también en luchar contra la pornografía y la prostitución. Hoy, buena parte de las que se reivindican como seguidoras de las radicales han derivado en un feminismo de carácter esencialista o identitario que les sirve para oponerse a los derechos de las personas trans o los derechos de las trabajadoras sexuales y que llega a cuestionar la revolución sexual como un logro “que solo sirve a los hombres”. En medio de este ambiente reaccionario, parece que nos toca reivindicar de nuevo la sexualidad como un ámbito de realización y de disfrute para las mujeres.

De la línea postmarxista, sin embargo, se extraen una serie de demandas que son específicamente anticapitalistas y que conectan con las líneas del feminismo histórico más apegadas a las luchas sociales y las cuestiones de clase. Una propuesta que en general ha pretendido recoger los cuestionamientos que los feminismos postcoloniales y negros hicieron del sujeto del feminismo dominado por los intereses y las preocupaciones de las mujeres de clase media occidentales. Para estos feminismos, el universalismo abstracto –“las mujeres son una clase”, “todas estamos igualmente oprimidas por la violencia sexual”– acaba escondiendo las diferencias sociales, raciales y de estatus entre las propias mujeres. El debate actual sobre el sujeto del feminismo, por tanto, no tiene que ver únicamente con lo trans, o lo queer, y si caben o no en el feminismo, sino con una discusión de más de cien años: qué demandas hay que priorizar –¿las sexuales?, ¿las de clase? ¿las anticapitalistas? y quién tiene la capacidad para enunciarlas o liderarlas. E incluso, yendo más allá, si tienen que existir feministas que hagan de mediadoras institucionales o queremos un movimiento más horizontal y democrático capaz de retar el actual estado de las cosas.

Dominación sexual y capitalismo

Sabemos que la violencia sexual tiene una función de sujección de las mujeres a los roles establecidos, pero un feminismo que pone en el centro únicamente esta cuestión –por muy importante que sea luchar contra todas sus manifestaciones– y se olvida de la desigualdad económica o del resto de violencias vinculadas a esta desigualdad jamás será un feminismo emancipador. Sobre todo si acaba legitimando un reforzamiento del sistema penal o el dar más poder a la policía sobre las mujeres –como hacen las demandas punitivistas del trabajo sexual–. Luchar contra la violencia sexual sin conectarla con el resto de violencias estructurales o policiales y pensar que el Estado va a protegernos es olvidarse de que para muchas mujeres, ya sean putas, trans o migrantes sin papeles, ese mismo Estado puede ser el principal origen de la violencia que sufren. El feminismo tiene la tarea de explicar cómo el género atraviesa las violencias institucionales, las que se derivan de ser pobres o de estar en prisión, aquellas vinculadas con la explotación de la naturaleza y el extractivismo o con la explotación neocolonial de los territorios. Un feminismo emancipador tiene el reto pues de enfrentar todas estas manifestaciones de la violencia en su declinación “de género” y también de relacionarlas con las luchas por las condiciones de vida, no son ámbitos separados.

Las cuestiones relacionadas con la sexualidad son capaces de interpelar a las mujeres de clase media que pueden imaginarse fácilmente en el papel de víctimas, también excitan todo tipo de pánicos morales y por tanto, movilizan ampliamente fuera y dentro del feminismo. El peligro de este amplio alcance de los terrores sexuales no es solo el de la tentación punitivista, sino también el de encerrar al movimiento en debates poco transformadores y que lo despotencian. (El terror invocado contra las mujeres trans porque pueden compartir baños o vestuarios es solo un síntoma de esto.) Más complicado resulta organizarse en un movimiento transversal que diga que además de la abolición del género y la violencia sexual también son luchas feministas: la lucha por el derecho a la vivienda, contra la precariedad y por los derechos laborales o civiles, contra la instrumentalización nacionalista e islamófoba del ideal de liberación de las mujeres, por los derechos de los migrantes, de las trabajadoras domésticas y sexuales o contra las prisiones. Si el feminismo no es capaz de hacer eso como movimiento, tendrá que infiltrarse y atravesar los otros movimientos en marcha que apuntan a estas cuestiones.

Abolir la violencia

De EE.UU. aprendemos sobre el método abolicionista que se ha desarrollado para luchar contra el sistema carcelario o la policía. El principio que lo impulsa no es el de reformar estos sistemas, sino el de cambiar la sociedad que los necesita. ¿Cómo sería entonces una sociedad donde no fuera necesaria la violencia machista? Como dice un editorial de la revista Invert Journal –traducido en Las degeneradas trans acaban con la familia–: “El verdadero abolicionismo de las manifestaciones violentas del género requiere la abolición de las condiciones que lo hacen necesario. No tanto la abolición de los marcadores de género en los pasaportes sino la abolición de un mundo en que las fronteras, las naciones y los pasaportes existen. No tanto la abolición de la violencia doméstica vista como un fenómeno inconexo, sino de una sociedad que requiere de la estructura familiar y la esfera doméstica. No tanto la abolición de la violencia homofóbica, del transfeminicido o la mutilación genital a les intersexuales, sino de todo el sistema de género que sustenta esas miserias. En tanto que el género está mediado por todas las demás formas sociales que abarcan la totalidad del modo de producción capitalista, su abolición no puede darse de forma independiente, sino que es una parte esencial del verdadero movimiento que abolirá el estado presente de todas las cosas”.


Una versión de este artículo fue publicada originalmente en catalán en la revista Nexe nº 47.

*Es periodista y doctora en Antropología. Es miembro de la Fundación de los Comunes.

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Perdida en las marchas guerrilleras: cruzada contra el olvido

Una escalera construida artesanalmente, varios kilómetros labrados con pala por manos guerrilleras, cada escalón recubierto por madera, palos gruesos rajados con hacha o de mediano diámetro, pero finos, demostrando las habilidades de ingeniería y la disciplina de trabajo dispuestos en la construcción de corredores estratégicos. Este en particular, lo empezaron en los años setenta, era el camino del Guayabero Alto y el Pato hacía el Duda, para recoger sal, que se le repartía a cada guerrillero en un frasquito al llegar a su destino.

La majestuosa e inclemente trocha se empezó a mejorar durante los diálogos de La Uribe, mientras la guerrillerada ubicada en Casa Verde se distribuía en grupos y diariamente construían, arreglaban y hacían mantenimiento. Por ahí transitaban a un sitio al que llamaban “ranchón”, donde sembraron colinos de plátanos, traídos a la espalda durante tres días. Aún hoy se recoge el fruto de ese trabajo.

Transitamos este camino paramuno, ubicado entre Cundinamarca, Meta y Huila, exhalando fuerte y agotados, un enero lluvioso de 2008. Le encontramos, a más de treinta años de su construcción. La madera que lo recubría estaba verde, húmeda, resbalosa. Cada paso era un reto, nos sentíamos en una prueba de obstáculos que parecía un laberinto infinito. Algunos tramos eran una piscina de lodo rodeada por barrancos. El esfuerzo físico no nos permitía adentrarnos bien en el recorrido histórico de este paraje. Ahora que lo pienso, ¿Cuántos pasos guerrilleros y militares habrán transitado esa ruta? ¿Cuántas muertes? ¿Cuántas risas? ¿Cuántas arrobas de remesa transportadas hacia los campamentos guerrilleros? ¿Cuántas parejas se comerían a besos en ese rastrojo?

Al igual que unas décadas atrás, las compañías guerrilleras movíamos carga entre los lugares llamados: Papamene, La Costillona, Calzones verdes, Caño Rojo, Pilones, Casa Cuña, Dispersos, Hueco Frío, La Herramienta, El Pueblito y La Caucha; allí miles de anécdotas, varias generaciones de guerrillerada batallando valientemente.

Esa marcha pareció eterna, las rodillas con un dolor profundo por el descenso con un peso grande sobre la espalda. Allí, entre el barro, nos encontramos con Juanita, enterrada hasta la cintura, intentando salir en medias porque las botas estaban completamente sumergidas. Nos juntamos cuatro personas para sacarla, primero a ella, y luego meter los brazos en ese lodazal y buscar las botas talla 34, y no solo rescatamos el calzado si no a nosotros mismos; agotados, embarrados hasta el alma, pero siempre dispuestos a sobrellevarlo todo en colectivo, para sobrepasar todas las situaciones cotidianas, que no eran actos heroicos, si no pura camaradería.

Esa placidez de saberse muy muy cansada, después de horas de marcha, bajo la lluvia, construir una caleta sencilla y poder quitarse el barro, el sudor, ponerse el uniforme seco (al cual le decíamos pijama), tomarse un tinto (por lo regular clarito y dulce) y acostarse con dolor en el cuerpo, con los hongos de los pies rascando despiadados, en un espacio de seis por cuatro metros, bajo la carpa camuflada, mientras afuera la tormenta producía un sonido relajante contra el techo… esa placidez no tiene igual, ni el mejor SPA puede compararse con el descanso después de ese tipo de agotamiento, quizá por dos razones: la moral revolucionaria y la plena libertad en la cual puede sumirnos la selva.

Lo implacable era levantarse. Recuerdo un amanecer ya por el Páramo del Huila, junto a la Mona Valentina. Habíamos llegado la noche anterior a las 21:00 y el frio nos acobardó para el baño, así que nos limpiamos el sudor con un ponchito y nos cambiamos la ropa. Dormimos en un sitio inclinado, sobre una roca, en una arrunchada que parecía la fundición de los cuerpos. Las dos éramos muy friolentas y cuando nos levantamos para el respectivo turno de guardia, padecimos inmensamente.

Al despertarnos con el “churuqueo” (sonido producido con la boca, que imita a un animal), nos abrazamos, y ella con tonito maternal me dijo: “Enana, usted recoge la casa (carpa), yo recojo el resto”. A mí me dieron ganas de llorar, cuando asomé la cabeza y entre la oscuridad, la neblina no dejaba ver nada; paso seguido, ponerse la ropa de marcha, mojada y embarrada.

En uno de esos trayectos sentíamos que los pulmones no nos daban más, subiendo una inmensa y empinada montaña que, desde abajo se nos presentaba como el mismísimo Everest. La guerrillerada subía lenta, algunas personas pasaban a las otras, cada tanto basculábamos, es decir, nos inclinábamos hacia adelante para que el equipo de campaña se moviera y relajara la espalda. Poco a poco se iba haciendo más pequeña la silueta de los que comenzaban a subir y de los que iban terminando. Esa dimensión del tamaño le representaba a cada quien su respectiva esperanza de llegar.

En medio de lo ‘mamada’ que iba, me parecieron muy simpáticas algunas cosas: durante todo el trayecto una pareja de ‘socios’ se acompañaba en el ascenso. Pretendiendo darle apoyo a su pareja, la muchacha le decía: “Vamos bebé, arriba tomaremos agüita de panela con queso... dale corazón, vida estamos juntos”, y así por más de dos horas. Casi sin poder respirar, yo llegué sonriéndome a contarle a un grupo de gente lo cursi que me parecía el asunto, pero ahora que lo reflexiono, considero que tener una compañera físicamente resistente y que jalonara al muchacho, desde la ternura y la fortaleza en esas circunstancias, era algo más que un privilegio.

En esa marcha, entre los últimos que llegaron estaba el difunto Esteban, quien subió la montaña deteniéndose cada cinco pasos, cansado. Las personas que cruzaban por su lado le decían jocosamente: “Vamos Esteban, por aquí es que se llega a la capital”. La razón era la intervención que había tenido en la Asamblea realizada unas semanas atrás, donde se paró y con total elocuencia grito: “Camaradas, no podemos retrasar más el Plan Estratégico, hay que retomar el corredor estratégico hacia Bogotá”. Tal vez su tono medio panfletario y muy seguro, que reafirmaba algo que evidentemente no era tan sencillo, sonó pretencioso. Lo cierto es que ese sentido del humor que caracterizaba las cotidianidades guerrilleras, era inclemente y a la vez sublime. Al final, todos subimos la bendita loma, al ritmo de cada persona, con las caras deformadas por el frío, en una hinchazón que nos mostraba muy cómicos.

Unos meses después y durante casi tres semanas, con la comisión a la cual yo pertenecía, marchamos con la Compañía “Ismael Ayala” del 53 Frente “José Antonio Anzoátegui”. Esa unidad tenía mucho reconocimiento por ser de ordenada, combativa y disciplinada.

Atravesamos un rucio (ecosistema llamado bosque secundario) en vía al área del 26 Frente “Hermógenez Masa”. Fue la primera vez que vi un soche o venado de páramo –criaturita tierna–, parado sobre una piedra enorme, en pendiente. Es posible que algunas personas lo hubieran visto como un delicioso bocado, pues en esos recorridos largos, de jornadas extensas de caminada diaria, la alimentación era limitada, y claro, con ese nivel de desgaste físico, una porción de frijoles con arroz (empedrado), congelados en una bolsa transparente era todo un manjar.

También observé fascinada, en servicio de guardia desde una alta montaña, soportando una brisa que atravesaba los huesos; a un oso. Estaba en el cerro de enfrente, pero con la miopía que padezco desde los 15 años, y a esa distancia, le apunté asustada, cuando detallé sus movimientos, me embelesé. Creo que jamás volveré a ver un oso corriendo, libre, altivo, compañero de lomas y de turno de guardia.

Colapsé hasta la desidia por un carro varado, otras tantas entre algoritmos inexistentes, tiempos inadaptables, pasiones imposibles, furias indomables y un padrote indeciso. Siempre me encontré, serena, melancólica y más fuerte. A mi lado una Juanita, una Victoria, una Gabriela, una Alexandra, una Ximena, en fin, una amiga.

Me he permitido retoñar entre relatos, en los recuerdos, en las narraciones del pasado, en nuestra historia. Me gusta recordar todo ello, hacer esfuerzos por tener en mente los detalles, los lugares, las fechas, los momentos. Mi memoria me lo permite, mi presente me lo exige, y con ello avivo la resistencia frente al olvido.

* Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca de mujeres que se atrevieron a tomar decisiones rebeldes: viajar, salir solas, levantarse en armas, romper vínculos… en fin, confrontar la vida que el patriarcado nos niega.
A las mujeres y niñas nos guardan en las casas dizque para cuidarnos, para resguardarnos del peligro, mientras a los varones les permiten explorar el mundo, ser ellos. Cuando las mujeres nos atrevemos a salir del espacio privado, liberamos nuestra potencia, y de paso, convidamos a otras con nuestra rebeldía.
Estas narrativas nos dejarán ver algo de ello. Están hiladas como un tritono disonante y subversivo, figura musical que se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la primera entrega de nuestro séptimo tritono.
Erika Rodríguez Gómez @unaconcubina

 

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Después de Argentina y México, ¿puede avanzar América Latina hacia la despenalización del aborto?

En América Latina, pensar en términos futboleros no suena tan descabellado. En este mundial por el aborto, el continente latinoamericano viene dando batalla.

 

El 28 de septiembre se reconoce como el Día Internacional por el Aborto Seguro, fecha que enmarca las actividades de campaña realizadas para visibilizar y fortalecer la lucha por la despenalización y legalización del aborto a lo largo y ancho del planeta. 

Podría decirse que es el día para parar la pelota y analizar el partido: dónde estamos, hacia dónde se va, quiénes se oponen a los avances. En América Latina, pensar en términos futboleros no suena tan descabellado. Ya lo dijo el escritor uruguayo Eduardo Galeano: “El fútbol es el espejo del mundo”. Y en este mundial por el aborto, el continente latinoamericano viene dando batalla, en una marcha y contramarcha constante, mezclando estrategias ofensivas y defensivas. De a una o en simultáneo. Pep Guardiola o José Mourinho, depende el momento. Con resultados dispares, en los que nos jugamos las vidas.

No es lineal el caminito y mucho menos se llega a una meta. Ni siquiera lograr la legalidad de la interrupción voluntaria de un embarazo puede entenderse como la ocasión de alzar la copa. Ahí comienza otro campeonato. Una nueva fase de lucha. Siempre alertas, porque los derechos de las mujeres y de las diversidades nunca se dan por adquiridos y “… debéis permanecer vigilantes…”, como adelantó Simone de Beauvoir.  

Venas abiertas

Según el Centro de Derechos Reproductivos (CRR, por su sigla en inglés), durante las últimas décadas se avanzó en la garantía del derecho de las mujeres al aborto con casi 50 países liberalizando sus legislaciones. En la actualidad, 970 millones de mujeres ─que representan el 59% de las mujeres en edad reproductiva─ viven en tierras que permiten ampliamente el aborto.

Parte de las reformas han sido graduales, con supuestos que lo autorizan en determinadas situaciones. Muchos otros cambios fueron totales transformaciones que revocaron las prohibiciones absolutas del aborto en favor de la autonomía reproductiva de las mujeres. En América latina el panorama es complicado: la mayoría de los países se reparten entre la prohibición sin excepciones y un abanico de causales.

Mariela Belski, directora ejecutiva de Amnistía Internacional Argentina, reflexiona sobre este mapa desigual y selectivo que presenta las Américas: “Dependiendo de las condiciones sociales, económicas y del lugar en donde le haya tocado nacer a una mujer tendrá mayores o menores oportunidades de ejercer sus derechos. Así y todo, Argentina y nuestra región impulsan la discusión mundial por los derechos sexuales y reproductivos. Sin embargo, en países que durante el siglo XX fueron vanguardia en la reforma de la legislación sobre aborto hoy las mujeres y niñas ven sus derechos en peligro. Tal es el caso de Texas, Estados Unidos, que aprobó una norma regresiva que prácticamente prohíbe el derecho al aborto. En conclusión, la fuerza del movimiento de mujeres de América latina ha demostrado su capacidad para generar cambios poderosos y estas embestidas contra derechos conquistados nos encienden una alarma para nunca dejar de pelear”.

México

México reúne 32 entidades federativas, cada una con sus propias legislaciones sobre aborto. Es decir, opera bajo un sistema federal que regula el aborto a nivel estatal, por ende la ley varía según el estado. 

La mayor parte de la población mexicana se asienta en territorios que solo permiten la interrupción del embarazo en casos de violación, y algunos agregan otros supuestos como el riesgo para la vida o la salud de la gestante o malformaciones fetales. 

La Ciudad de México, sin embargo, legalizó en 2007 el aborto a pedido con un límite de gestación de 12 semanas; y entre 2019 y 2021 se sumaron Oaxaca, Hidalgo y Veracruz.

“Estamos muy contentas de que los cambios en los tres estados hayan sido tan rápidos. Lo que estamos buscando es que la implementación sea igual de rápida como fue en la capital. Tenemos el aprendizaje de esa ciudad para poder implementar y mejorar. Además, hay muchas colectivas capacitándose para acompañar abortos con medicamentos y así responder un poco a los vacíos que deja el Estado. El hecho de que no sea legal en todo México no quiere decir obviamente que no haya acceso a través de iniciativas feministas”, valora Sofía Garduño Huerta, a cargo de la coordinación del Fondo de Aborto para la Justicia Social MARIA (Mujeres, Aborto, Reproducción, Información y Acompañamiento), quien resalta el coletazo que generó la novísima aprobación del aborto en Argentina. 

Para Garduño Huerta, “el movimiento de la marea verde argentina dio un impulso muy grande para la movilización social mexicana”. “Hizo, sobretodo, que se pusiera el tema otra vez sobre la mesa, que se incorporaran más jóvenes al movimiento y personas de distintos ámbitos como actrices, cantantes e influencers. Visibilizó las colectivas al interior de la República y fuera de la capital. Vino a renovar las estrategias y a inyectar energía y alegría al movimiento feminista”.

Hace unos días, la Suprema Corte de Justicia de la Nación en México declaró inconstitucional criminalizar el aborto de manera absoluta por parte de mujeres y personas gestantes en el estado de Coahuila, sentando un precedente judicial histórico. 

Garduño Huerta explica la magnitud del fallo: “Se han dado tres discusiones con fallos muy importantes: por un lado, la Suprema Corte ha dicho que criminalizar a las mujeres y personas con capacidad de gestar que deciden abortar de manera voluntaria es inconstitucional. De esta manera básicamente le está diciendo a todas las entidades del país (y no solo a Coahuila) que revisen sus códigos penales, y lo que esperamos son nuevas reformas para despenalizar en los estados que nos hacen falta. Otra cosa que ha dicho la Suprema Corte es que la protección de la vida desde el momento de la concepción ─tal como la entienden los grupos conservadores─ también es inconstitucional”.

Así, explica, se hace un reconocimiento a la vida pero no puede estar por encima de los planes de vida y derechos de las mujeres. Además, ha habido discusiones sobre la objeción de consciencia, en las que se resguarda este derecho del personal de salud a la vez que establece muy claramente que la objeción de consciencia no puede ser institucional: “En este sentido obliga al Estado a tener proveedores de salud que atiendan a quien lo necesite. Estas últimas discusiones son de muy avanzada al poner en el centro la libertad y autonomía reproductiva de las mujeres y de las personas con capacidad de gestar”.

Cuba

Cuba fue el primer país de América latina y el Caribe en despenalizar el aborto. En 1961 la práctica salió de la clandestinidad y en 1965 se creó la base legal para que pudiera realizarse en el marco del Sistema Nacional de Salud sobre cuatro principios básicos: es la persona gestante quien decide, la práctica debe llevarse a cabo en una institución hospitalaria, por personal experto y de forma totalmente gratuita. 

Desde hace casi 60 años, entonces, las cubanas acceden a su derecho a interrumpir un embarazo siempre que sea en un marco institucional y dentro de las primeras 12 semanas de gestación. Más allá de este plazo se siguen criterios médicos.

Aun antes de la Revolución, igualmente, la interrupción del embarazo podía enmarcarse en causales. A partir de 1936 el aborto fue legal en Cuba para salvar la vida de la mujer o evitar un daño a su salud, en caso de violación, o si existía la posibilidad de transmitir al feto alguna enfermedad grave.

“Es importante que exista el derecho desde 1936. La Revolución del 59 heredó esa conquista. Pero a pesar de ser legal no existe una ley constitucionalizada, como en Argentina. Y eso no es bueno, porque aunque una mujer cisgénero pueda decidir no continuar con un embarazo tiene obligatoriamente que pasar por el sistema de salud”. Así se explica la periodista y ecuménica Yuliet Teresa Villares Parejo desde Morón, municipio de la provincia cubana de Ciego de Ávila.

Según Villares Parejo, en Cuba existe un método menos invasivo de interrupción que es la regulación menstrual, que se hace en una institución sanitaria. “Los altos números sobre esta práctica que ha informado el Ministerio de Salud dan cuenta de un nivel de educación sexual integral muy bajo en nuestro país. Este es uno de los debates que nos estamos dando en el movimiento feminista: la necesidad de un programa que se imparta en la educación cubana, porque obviamente a nuestras adolescentes y a nuestros jóvenes les falta información. Por otro lado, hay una escasez muy grande de anticonceptivos. Claro que es un derecho el aborto, pero las formas anticonceptivas tienen que existir en el sistema nacional de farmacia porque en el imaginario de muchas mujeres cubanas el aborto es la última opción”.

Para Villares Parejo tampoco es un dato menor que se trate de un proceso de gran impronta burocrática: “Sabemos que abortar es seguro, es legal, pero es muy moroso. Para que una mujer rural llegue al hospital provincial… la demora, el burocratismo es muy fuerte. La morosidad en una persona que quiere abortar, teniendo en cuenta que se le puede pasar el tiempo, es complejo. Ese es otro de los desafíos que tiene la salud pública de Cuba, con el Estado como eje gobernante de todo el proceso”. 

El Salvador

El Salvador tiene una de las leyes antiaborto más estrictas, con una prohibición de la práctica en todas las circunstancias. 

La historia de Manuela ─una mujer joven, analfabeta, de la zona rural salvadoreña ─ es un ejemplo de las sistemáticas violaciones a los derechos humanos que ocurren en este país. Manuela llegó al hospital público con una emergencia obstétrica, pero el personal de salud la denunció alegando que había abortado por ser infiel. El centro de salud se convirtió así en una antesala del juicio: Manuela fue perseguida y condenada a 30 años de cárcel. Varios meses después le diagnosticaron cáncer linfático, enfermedad que pudo haber causado la pérdida del embarazo. Falleció en prisión. Tenía dos hijos. 

“La situación de penalización absoluta del aborto ha generado que entre 1998 y 2019, 181 mujeres sean procesadas injustamente por abortos o emergencias obstétricas. Las consecuencias de esta ley, además, hacen cómplice al Estado salvadoreño de la violencia sexual y los embarazos impuestos que enfrentan niñas y mujeres”. Sara García es activista feminista de El Salvador y defensora de derechos humanos y cree que en la actualidad se están viviendo retrocesos democráticos impulsados por el presidente Nayib Bukele, que ha aumentado presencial militar y ha acumulado más poder desdibujando la separación de poderes de Estado. “Encima, la nueva Asamblea Legislativa conformada mayoritariamente por diputadas y diputados del partido de gobierno ha archivado la propuesta que habíamos colocado para despenalizar el aborto, sin diálogo ni debate”, indica.

Nicaragua

En Nicaragua la interrupción del embarazo también está penalizada bajo cualquier supuesto. El 16 de noviembre de 2007, el Código Penal explicitó la pena de uno a tres años de prisión a “quien provoque aborto con el consentimiento de la mujer (…) Si se trata de un profesional médico o sanitario, la pena principal simultáneamente contendrá la inhabilitación especial de dos a cinco años para ejercer la medicina u oficio sanitario”. Y penas de uno a dos años de prisión a “la mujer que intencionalmente cause su propio aborto o consienta que otra persona se lo practique”. Se castiga, incluso, el aborto terapéutico ─aquel que se realiza cuando la vida de la persona gestante o el feto corren peligro─, y no importan las edades ni las situaciones de abuso sexual.

Maryorit Guevara es periodista feminista y directora de La Lupa, el único medio crítico con perspectiva de género en Nicaragua: “Daniel Ortega y Rosario Murillo lograron con acuerdos que se reformara la ley para penalizar el aborto, permitido en algunas circunstancias por más de 100 años en el país. Este pacto político favoreció al Frente Sandinista de Liberación Nacional para poder retornar al poder y congraciarse con la Iglesia. Sin embargo, vale mencionar que no tenemos casos, como en otros países de Centroamérica, de mujeres que hayan sido procesadas y condenadas por este supuesto delito”, dice esta periodista, que aclara que esto no significa que no se practiquen abortos, “sino que hay una gran clandestinidad en clínicas que no cuentan con las condiciones necesarias, y son situaciones que terminan atentando contra las vidas de las mujeres”.

Guevara pone el foco en otra de las consecuencias más dolorosas de los 14 años de penalización absoluta del aborto en Nicaragua: “La afectación más visible es el embarazo impuesto en niñas y adolescentes. Hasta 2020, al menos 1600 niñas menores de 14 años fueron obligadas a convertirse en madres. Sin tener acceso a justicia a pesar de haber sufrido vejaciones. Esta es una de las mayores denuncias que se ha hecho desde el movimiento de mujeres organizadas nicaragüenses”.

Chile

La ley 21030 del año 2017 reguló la despenalización de la interrupción del embarazo en Chile bajo tres causales: si la mujer se encuentra en riesgo vital, si el embrión o feto padece una patología congénita adquirida o genética incompatible con la vida extrauterina independiente, o si el embarazo fuera resultado de una violación ─siempre que no hayan transcurrido más de 12 semanas de gestación─. 

Izani Bruch, Obispa de la Iglesia Evangélica Luterana en Chile, señala los pasos dados cerca de la cordillera: “La ley de las tres causales no contempla las realidades de todas las mujeres, pero se perciben muchas resistencias desde sectores de la derecha, de parte de iglesias evangélicas, de la iglesia católica y de los movimientos pro-vida para generar cambios. Sin embargo, en el último debate presidencial, tres de los cinco candidatos en campaña plantearon estar de acuerdo con impulsar la ley de aborto legal, seguro y gratuito que demandan las mujeres y los feminismos chilenos”.

Cabe recordar que el estallido social que movilizó a Chile en octubre de 2019 abrió un proceso constituyente histórico que se orientó a la elaboración de una nueva Constitución. Por primera vez, entonces, existe la posibilidad de incorporar al catálogo de derechos fundamentales la salud, la salud sexual y reproductiva, y los derechos sexuales y reproductivos.

Uruguay

La ley 18.987 aprobó en 2012 la legalización del aborto en Uruguay hasta las 12 semanas de gestación, y los datos oficiales cuentan que son 75 mil las mujeres que en ocho años de servicios pasaron sus abortos por el sistema de salud.

Pero aunque fue punta de lanza en América del Sur, la norma uruguaya no sacó al aborto del Código Penal; y mantuvo como punibles a las mujeres que aborten o a quienes las ayuden a abortar por fuera de las condiciones definidas por la ley. Es decir: fuera de las 12 semanas de gestación, fuera de los servicios de salud y a las migrantes con menos de un año de residencia. Hasta las 14 semanas se permite interrumpir un embarazo solo en casos de violación, y sin plazo cuando hay riesgo de vida de la mujer o malformación fetal incompatible con la vida.

“Esa no era la ley que queríamos ni que habíamos peleado como movimiento feminista, porque es restrictiva y extremadamente tutelante. Establece una serie de condiciones para llegar al aborto legal que son una falta de respeto a la capacidad ética de las mujeres de tomar nuestras propias decisiones. La ley uruguaya lo que hace es poner bajo control médico el cerciorarse que la mujer esté decidiendo por un aborto de manera informada y responsable, y la intencionalidad es que desista de abortar. Esto es grave en términos feministas y es un dolor enorme para nosotras”. 

Quien comparte el pesar es Lilian Abracinskas, activista feminista y directora de Mujer Y Salud (MYSU), una organización para la promoción y defensa de la salud y los derechos sexuales y reproductivos en Uruguay.

“A los seis meses, sin embargo, tuvimos que salir a defender esa ley que se había conseguido porque los opositores ─que hoy gobiernan el país─ constituyeron una Coordinadora Por la Vida para derogar la norma llamando a una consulta ciudadana. Esta consulta ciudadana necesitaba el 25% de adhesión para habilitar un plebiscito derogatorio. Solo obtuvieron el 9%, y esto fue el gran éxito que tuvimos como movimiento social en términos de apoyo democrático a la lucha que habíamos llevado”.

Luis Lacalle Pou asumió en 2019 como presidente de Uruguay por el Partido Nacionalista. Previamente, como diputado, no apoyó ninguna de las leyes de la agenda de derechos: aborto legal, matrimonio igualitario, regulación del cannabis, ley de jornada laboral del peón rural, ley para empleadas domésticas, ni la ley integral para personas trans. Y en campaña declaró que su gobierno seguiría una agenda “pro-vida”.

Así analiza Abracinskas el recorrido reciente: “Como movimiento feminista debemos estar alertas siempre. Saber que nada de lo que se consigue termina estando grabado a piedra. Por eso creo que entre las cosas que hicimos bien estuvo mantener la movilización social en torno al aborto. Que la gran movilización que hubo en Uruguay para conseguir la ley no se desvinculara. Porque conseguir la ley no es el final del camino sino entrar en una nueva fase, que requiere apropiarse del logro, garantizar los servicios, mantener exigibilidad ciudadana para que lo que se comprometió se cumpla y tratar de generar las condiciones para avanzar sobre lo logrado”.

Argentina

El 30 de diciembre de 2020 se sancionó en Argentina la ley 27.610 que regula el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo (IVE) y a la atención postaborto. El 24 de enero de 2021 entró en vigencia en todo el territorio. La ley establece una mixtura de plazos y causales y concede el derecho de personas con capacidad de gestar a interrumpir voluntariamente su embarazo hasta la semana 14 ─inclusive─ del proceso gestacional. Este derecho coexiste con un sistema de causales que indica que, independientemente de la edad gestacional, la persona gestante puede interrumpir el embarazo si fuera resultado de una violación o si estuviera en peligro su vida o su salud (ILE).

Valeria Isla, Directora Nacional de Salud Sexual y Reproductiva del Ministerio de Salud, destaca la amalgama feminista de la región: “En América latina hay una marea verde muy grande, y nuestra ley ha generado un impacto altamente positivo. Tenemos muchos intercambios con distintos países de la región para favorecer la ampliación de derechos a partir de la experiencia argentina. Sobre todo porque nosotras logramos llegar a sancionar la ley con mucho apoyo de la red feminista latinoamericana”.

La Dirección Nacional de Salud Sexual y Reproductiva (DNSSR) es responsable de la implementación efectiva de la ley en Argentina, en conjunto con las direcciones y programas provinciales de salud sexual y reproductiva de las 24 jurisdicciones. Con ese fin, las estrategias en estos ocho meses giraron alrededor de fortalecer la capacidad de resolución sanitaria, remover barreras, capacitar al personal de salud y proveer de insumos.

Algunos números que refleja el Informe de Implementación de la Ley 27.610 con fecha junio de 2021 son 22 intervenciones del equipo legal de la DNSSR por problemas relacionados con el acceso a IVE-ILE y con el acceso a anticoncepción durante la pandemia; 12.010 llamados durante el primer cuatrimestre de 2021 a la línea telefónica gratuita que brinda información a la población o 15.445 tratamientos de misoprostol distribuidos en el primer semestre 2021. 

Pero el trecho es largo y “en la cancha se ven los pingos” dice el dicho. Por eso, desde distintos espacios feministas festejan lo logrado mientras machacan con lo que falta.

Julieta Bazán es médica generalista e integrante de la Red de Profesionales por el Derecho a Decidir: “Celebramos la ley que nos da un piso para seguir exigiendo que se cumplan las acciones necesarias para su implementación. Porque notamos que muchas provincias generan discursos contradictorios que dificultan el acceso al derecho y a información segura. Es una ley nacional y se necesita que todos los efectores tengan los medios para garantizarla. Asimismo notamos mucha heterogeneidad: en las ciudades más grandes hubo un aumento de la demanda y de tratamientos pero que son insuficientes. Las personas que recurrían a intervenciones clandestinas se animan hoy a acercarse al sistema de salud, pero no estamos pudiendo dar abasto con las respuestas. Faltan recursos, tanto en equipos de salud capacitados como en tratamientos”.

De punta a punta, América latina batalla contra el perejil. También contra las perchas, las agujas de tejer, las varas de mimbre y el yuyerío que, desde que el mundo es mundo, las mujeres usan para inducir abortos. Porque las mujeres siempre abortaron. Pero algunas, muchas, todavía mueren con sus cuerpos invadidos de precariedad clandestina

Por Mariana Fernández Camacho

28 sep 2021

Publicado enInternacional
Lunes, 02 Agosto 2021 09:29

Perdida en la enfermedad pandémica

Perdida en la enfermedad pandémica

Covid es el virus,

el capitalismo la pandemia y la organización

es la respuesta.

Lo grita el mundo.

Lloro. Por todo y por nada. En la cama boca abajo, en la ducha acurrucada, en los marcos de las puertas y frente al espejo. Yo lloro a lo grande, con quejido, con fuerza abdominal, con mocos, incluso, lloré con un chorro de sangre saliendo por mi nariz, cuando acribillaron a bala a la Minga Indígena en Cali e hirieron a Daniela. 

Siendo una llorona completa, no había tenido nunca miedo de llorar. No es que me guste llorar delante de la gente, y me he arrepentido de mostrar mis bellas lágrimas ante seres poco empáticos, egocéntricos y arrogantes, pero esa incomodidad no se parece ni de cerca al miedo. El temor que sentía al acto de llorar, pasando quizá el cuarto día con el covid-19 en mi cuerpo, me congelaba el alma. 

Quería llorar porque me dolían las caderas y las piernas y nada me quitaba ese terrible dolor, y quería llorar porque estaba sola, y también llorar por no poder llorar. Sentía miedo de no poder respirar si lloraba, miedo de que se me liberara la congestión terrible que se afincó en algún lugar de mi cabeza y eso fuera un mal síntoma, o al menos un mal precedente para la recuperación de una gripa que no tiene nada que ver con la gripa “normal”, porque dura un montón y te manda a la cama diciéndote que ya no eres más dueña de tu cuerpo. Es como un bicho inteligente que aparece y desaparece cuando se le da la gana, que te da tregua en las mañanas, pero te golpea en las noches, cuando todo se pone en calma. 

El Taita Víctor sabe decir que en la noche no hay silencio, porque en su lengua no hay cómo traducir lo que en Occidente es la ausencia de sonido, y pues no, algo siempre esta sonando. Y en la calma, cuando llega la noche, la enfermedad encuentra su momento para revelarse con más fuerza, para decirte ¿Me recuerdas?, soy yo la demonia que viene a mostrarte qué se siente estar viva y muerta al tiempo. 

Así he entendido la enfermedad hasta ahora, como una maestra. Si bien una nunca quiere estar enferma, al cuerpo le hace falta mostrar lo que tiene; sus fortalezas, sus defensas y su vulnerabilidad, Pero, ¿qué tenía que enseñarme el covid-19?

Hasta el momento he tenido una confianza excesiva en mi cuerpo. No acostumbro a tomar fármacos de ninguna índole; ni antibióticos, ni analgésicos, ni antidepresivos, y no como animales. Me considero más o menos saludable, pero después de un año y medio de vivir una vida al revés, el ejercicio desapareció y las rutinas se esfumaron. Con el paro nacional, me olvidé de que estamos en medio de un virus pandémico, me relajé, me descuidé y me puse en ‘bandeja de plata’ para que un bicho que va muy orondo, determinando a quiénes pesca, en efecto nos pescara. 

Tengo una teoría sobre cómo y por qué me contagié, que casa perfecta con la idea de este virus como un artefacto químico y espiritual que nos reveló el colapso del capitalismo como lo conocemos y nos puso en una guerra entre la vida y la muerte, pues tuve un bajón emocional el 18 de junio. Un ataque de pánico que me hizo acostar sobre la tierra para respirar y repetirme frenéticamente que todo estaría bien; así no tuviera casa, así no tuviera plantas, así tuviera un montón de cosas innecesarias, así estuvieran matando gente en los barrios en una larga noche que no cesa, y así el mundo no parara de decirme que por favor parara. 

Mi cuerpo y mi corazón quedaron listos para cualquier cosa inmunda que quisiera apoderarse de ellos. Ocho días después sentí el inicio de una “gripita”, y me eché flores por creer que como siempre, no me había tumbado, sino que se sentía suave y pasaría al otro día. Pero esas jactancias se vinieron abajo cuando cuatro días después me sentí extremadamente ajena en mi propio cuerpo. 

El cerebro estaba tensionado, como un motor a media marcha, completamente bloqueado. La piel hipersensible. Los oídos, raros. La frente, inaguantable. No había tos, no había fiebre. Solo frio. Ganas de llorar, miedo a llorar. Miedo a morirme por darme cuenta de que respirar es un gran privilegio. ¿Qué no intuía esto antes?

La posibilidad de morir siempre me ha rondado la cabeza, pero morirme cuando yo quiera, así que fue inevitable no culparme por pensar en todo lo que podría pasarme si mi cuerpo no respondía, si mi arrogante juventud se veía burlada por este habitante extraño, este otro poseyéndome desde el cerebro, que podía arrancarme la capacidad de decidir, de seguir gestionándome la vida y la muerte. 

Todo el covid es una congestión-contención. Congestión en la nariz, congestión en el pecho, contención de los olores, contención en los gustos. Como un detenimiento, una pausa de miles de microsegundos en el que el mundo para, hacia adentro. Como la tierra misma moviéndose espasmódicamente en este mundo tan desencantado para decirte: ¡Piensa!  Pero, ¿cómo si no encuentro las ideas?

Es también contención de los gobiernos, contención de los recursos, de la información, de la democracia y las libertades. Contención para ver a los otres, contención de tocar a los otres. Construcción de la frontera. Erguimiento de tu cuerpo como un nuevo límite, y por decisión ajena. 

Así lo describió Paul Preciado; tu cuerpo individual como nuevo territorio de una agresiva política de frontera. Todo lo que la humanidad occidental ha ensayado para configurar una biopolítica del poder, ahora adentro de tu cuerpo. Ya lo había experimentado visitando a mis amigas al otro lado de la puerta, dejando cariños y hierbas, pero no había dimensionado la asfixia de la frontera en mi propia nariz y de un aire que respiré únicamente yo por casi quince días, queriendo estar en las calles con las compas para, paradójicamente, derribar fronteras. 

Entonces, la guerra que nos declaró esta enfermedad es energética, orgánica y por ello también es química. Es entre cuerpos, aparatos, entidades y cosas, y el espíritu de todas esas cosas y de todas nosotras, que seguimos resistiendo desde el cuerpo colectivo. 

Yo (el triunfo del biopoder en ese vocablo), tenía que aprender a pedir ayuda. Tenía que activar la cadena de afectos, que es grandísima, llena de fueguitos y colores, cada quien con su propia vibra, pero cada uno y una en su propia presencia… y estar presente yo (de nuevo), así, enferma, demandando cuidado y sintiéndome “carga” porque una voz ancestral me dice que hay que ser productiva, incluso, produciendo la resistencia. Pero no, está bien parar, que pare esta locomotora y que entendamos los ritmos de la vida, en comunidad, en juntanza. 

Gracias a todos y todas las que me cuidaron. 

*Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca de la experimentación de la enfermedad de la Covid-19. 

A las mujeres se nos ha endilgado la responsabilidad del cuidado y se nos ha remitido al escenario doméstico como jaula, para proveer afectos, comida, medicina y todo lo necesario para la supervivencia de otres y de nosotras mismas. Allí también hemos construido resistencias, saberes, brujerías. ¿Cómo aparecen estas herramientas cuando somos nosotras las que nos enfermamos?

Estas narrativas nos dejarán ver algo de ello. Están hiladas como un tritono disonante y subversivo, figura musical que se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la primera entrega de nuestro sexto tritono. 

 

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Publicado enEdición Nº282
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Arrinconada en mi propia casa, malquerida. Así viví el confinamiento desde más o menos julio de 2020. Hoy, huida del que era un territorio compartido -“lugar de realización del amor”, como sé que lo están haciendo muchas mujeres, construyo un hogar que me genera tranquilidad en medio de la “nueva normalidad”, esta realidad que para muchas trabajadoras como yo, implica el tele-reunionismo y los cuidados domésticos al tiempo, la incertidumbre por la supervivencia y la necesidad sentida de la solidaridad y el apañe de las personas que nos rodean, y eso en una situación de privilegio, en la que conservo mi empleo y la mayoría de mis relaciones sociales y familiares, pero con el conocimiento pleno de que esta crisis civilizatoria se ha llevado por delante a muchas, y que me duelen mujeres en todo el cuerpo. 

Quiero gritar hasta el hastío que hoy debería estar escribiendo sobre otra cosa, pero me tocó así, me tocó el cuerpo y el alma, y como Alice Munro tituló su hermoso libro, al final: “todo queda en casa”, y yo haré que todo se quede en este escrito, porque es la forma que encontré para resolver las violencias que viví; yo, la feminista académica, activista y acompañante de otras mujeres, la que repitió muchas veces en entrevistas radiales y noticieros nocturnos que la casa es el lugar más inseguro para nosotras, sin haberlo entendido del todo en mi cuerpo. Hoy, puedo decir que comprendí la geografía de la violencia emocional y psicológica en cada rincón de un lugar que tuve que deconstruir sola, protegiendo hasta la última planta, con mi capacidad para gestionar la vida, mientras el andamiaje de significados sobre el amor compañero, la complicidad, el territorio, la justicia, la libertad, y hasta la revolución se me vino abajo. Ahora, imagínense eso en pleno confinamiento. 

Lo vivido me trajo al corazón las tensiones de saberse una mujer heterosexual de izquierda, rebelde, que se junta con otros de izquierda, otros rebeldes, y encuentra la incoherencia. Si bien todos y todas somos incoherentes, hoy, con los feminismos y el desafío que plantea para los movimientos sociales la reflexión sobre la organización social del cuidado en todas sus dimensiones, los hombres y las mujeres no podemos seguir relacionándonos como siempre. Por eso quiero decir en voz alta lo que a muchas nos atraviesa la garganta: ¿Qué pasa cuando es un defensor de derechos humanos el que te defrauda? ¿Qué exigimos de hombres cuyo horizonte resultó ser la despatriarcalización de la vida? ¿Cómo andamos negociando las mujeres rebeldes, con los varones que como nosotras quieren cambiar el mundo? ¿De verdad estamos cambiando el mundo?

Esas preguntas me parecen hoy más que urgentes y necesarias. Nadie que se precie de luchar desde la izquierda como su lugar político, o de pertenecer a una organización social, puede pasar por alto, ni el feminismo, o al menos la prevención y gestión de las violencias contra las mujeres, ni la democratización, desfamiliarización y desmercantilización de los cuidados. Y esas tres palabras tan rimbombantes también pasan por la dimensión más compleja y retadora: la erótico-afectiva, la cama, el sexo, el deseo y el amor “romántico”. 

Comenzaré diciendo que son los hombres los que están perdidos en ese simbólico vetusto del amor, no nosotras. Y voy a permitirme todas las generalizaciones y voy a hablar de “los hombres”, porque creo que he escuchado y he visto suficientes dramas propiciados por ellos, y porque este escrito también es un reclamo: quiero profundamente que los hombres dejen de hacer daño. 

Yo sí creo que los varones tienen la capacidad de enloquecerla a una, me basta con haber escuchado a muchas mujeres, por muchos años, en sus relatos pormenorizados de cada conversación con un manipulador, que las tildó de locas, en lugar de mirarlas a los ojos y tener una conversación honesta con ellas. Me basta y me entristece, porque experimenté yo misma el gaslighting (1), en medio de conversaciones circulares con un ser gélido que ponía en mi toda la culpa, que me oía, pero no me escuchaba, me miraba, pero no me reconocía. Me amó, seguramente, pero su noción de amor no implicaba la igualdad ni la justicia. 

Mi expareja ocultó información que me hubiera ahorrado ansiedad y dolor. Cuando por fin pudo ser “honesto”, pretendía una relación asimétrica en la que sus necesidades siempre estuvieran cubiertas, en su tiempo, a su modo, y que yo me acomodara para proveer cuidado sin chistar ni media. 

Estas necesidades ni siquiera fueron tan particulares, pero no pudieron esconderse más en medio de la cuarentena; coquetear o estar con otras mujeres, sosteniendo su vínculo “principal” conmigo, su pareja; la que habitaba su casa. Incluso, estuve dispuesta a repensarnos la relación en ese sentido, porque claro, no soy ni una mala feminista ni una mala moderna, pero cuando indiqué lo que yo esperaba de una relación abierta, o de una poliamorosa, o lo que fuera que deconstruyera los dos años de un acuerdo monogámico en el que “nos” habíamos sentido cómodos, o por lo menos en el que yo estaba completamente comprometida, ahí sí la libertad no sonaba tan atractiva.   

Y en realidad, la relación siempre fue abierta, solo que yo no lo sabía. Lo que yo esperaba era hacer exactamente lo mismo sin dañar ni utilizar a otres; trasgredir, pero trasgredir de verdad, más allá de la heteronorma, más allá de las jerarquías y el ejercicio de poderes, desenfocar mi atención, hasta ahora dirigida a mi excompañero, porque así lo había decidido, y entonces sí, estar con otres en igualdad de condiciones, pero esto generó mucho miedo en el ego masculino y me retuvo arbitrariamente en una relación que ya me quedaba muy pequeña. Me sostuve porque me interesaba negociar, cuidar, cultivar el compañerismo en una casa compartida, y porque amaba obviamente. 

Vivir con alguien no es solamente arrejuntarse, vivir con alguien no es solamente recibir y salir y abrir la puerta para largarse sin explicar, sin respetar las expectativas de la otra en nombre de la libertad ¿Cuál libertad? ¿La neoliberal? 

Esta libertad le permitió a mi expareja poner su palabra en acuerdos de cuidado, y construir una imagen privada y pública de él mismo así: “del hombre de palabra”, mientras mantenía contacto sexual virtual por fuera de nuestros acuerdos relacionales, compartiendo incluso material pornográfico (2). 

En mi caso, me rompió el alma que las necesidades patriarcales y burguesas de mi excompañero en medio de esta pandemia pudieran más que la solidaridad. El nivel de incoherencia que aun no comprendo, al escuchar a mi expareja quejarse y quejarse en demasía, cuando la gente se ha estado muriendo, quejarse y quejarse por no poder tenerlo todo y todo al tiempo, para saciar sus necesidades sexuales y afectivas, en un mundo que se está acabando porque justamente muy pocos tienen todo y entre más tienen más quieren. ¿Acaso la redistribución aquí no aplica? ¿Querer tenerlo todo no es como muy capitalista? 

 

 

Los hombres “libertarios” se preocupan por no ser propiedad de otro, pero terminan objetivando a las otras, a todos los cuerpos y almas que consumen y coleccionan, mientras pasan por encima de sus propios principios revolucionarios. Son de boca para afuera anticapitalistas, pero acumulan réditos por cada mujer que van clasificando: con la que solo quieren acostarse (así la ilusionen con acciones de afecto confusas para lograrlo, en vez de pedirlo directamente); con la que solo se acuestan, pero también amiguean (porque al final no solamente quieren sexo, si no atención y cuidado pero sin tener que darlo de vuelta); a la que amiguean e ilusionan, pero jamás se acostarían con ella (porque, nuevamente, solo quieren atención y afecto); la que aman, dejaron ir pero no quieren soltar (porque no quieren perder su atención y afecto); la que no aman pero pueden presentar en sus círculos sociales (o sea les luce bien públicamente y pueden mostrar para subir sus niveles de atención… y afecto); de la que extraen conocimiento para presumir ante otras mujeres (y lograr atención y reconocimiento), y así… cada hombre tiene su propia matemática de las relaciones que establecen con las mujeres, y reciben de todas algo de lo cual se aprovechan, y ahí estamos las mujeres dispuestas, porque el patriarcado nos puso más difícil eso de poner límites, y de ponernos en el centro. 

No es que las mujeres seamos las buenas, pero estoy convencida de que las desproporciones de género afectan diferencialmente nuestras relaciones románticas, y de múltiples maneras, si no, ¿Por qué tantos textos de Coral Herrera? 

Yo por mi parte quería todo, no merezco menos, no merezco un amor a medias, un amor mediocre o insulso, un amor infame e irresponsable. No después de tantas mujeres malqueridas en silencio, no después de las ancestras que me dieron la palabra y la voluntad de decidir por mí misma. 

Como feminista, no hubiera podido permitir que un hombre jerarquizara de esa manera sus afectos, así me pusiera a mí en el lugar de la primera; “la elegida”. Muchas mujeres ya se comieron este cuento: “yo no soy la otra”, “yo no soy el plato de segunda mesa”, o, por otro lado, se conformaron con serlo, se sintieron cómodas con ser “la amante”, “la querida”, incluso; “la eterna mejor amiga”, y esto no les generó ninguna pregunta, aunque los dolores nos los generara a todas porque a los hombres les encanta ser el centro de las disputas. 

Para mí, ninguna mujer está para ser amada en la clandestinidad ni para ser escondida, ese fue el cuentazo que nos metió el patriarcado al romantizar los amantazgos en favor de los varones, y es el que han usado ellos para no hacerse cargo ni ser responsables afectivamente, porque “no somos nada”, o tu estas aceptando las reglas de este juego en el que -yo hombre- siempre salgo ganando. 

Y esto no significa que la monogamia sea natural o un modelo de relación perfecta, porque que aburrimiento, significa que, si hoy las mujeres proponemos o acordamos formas no hegemónicas de amar, no es para vivir con las mismas opresiones. La infidelidad la padecieron nuestras madres, como para ahora nosotras dejarnos engañar con cuentos tan baratos, o aceptar juegos amorosos donde de entrada vamos perdiendo. 

No he leído juiciosamente sobre el poliamor, porque mi interés teórico ha estado en otros lugares del feminismo, y porque tengo un preconcepto que me hace pensar que las formas del amor libre surgieron de mujeres feministas tan impresionantes como Alexandra Kollontai, que desde principios del siglo XX ya había desmitificado el amor romántico y se había figurado unas formas socialistas de amar, revolucionarias por lo demás, y que luego con el lesbofeminismo y las apuestas por amarnos cuidadosamente entre mujeres, se hizo realidad la ruptura de la monogamia y la heteronorma, algo que aprovecharon y se robaron los varones, principalmente los “machiprogres”, para profundizar sus privilegios en el terreno romántico, para usar nuestros anhelos de libertad en nuestra contra. 

Entonces mi preconcepto es que, mientras no derribemos el patriarcado, no habrá relaciones de justicia e igualdad, incluso en apuestas tan interesantes como las de la anarquía relacional, por todo el trabajo que sugiere y por todas las opresiones invisibles que no hacen más que aumentar el sistema de privilegios para los varones. Sistema que las mismas mujeres ayudamos a solidificar cuando estamos dispuestas a amarlos y a brindarles cuidado a costa de nosotras mismas. 

En el harem físico y virtual que sostenía mi expareja, hubo varias mujeres que reclamaron su atención, que lo esperaban, que le respondían cuando aparecía, que estaban prestas a aplaudirlo, a resolverle sus problemas o a brindarle ellas su atención a cambio de poco o nada. Mujeres educadas por el patriarcado también, que establecieron relaciones de dependencia afectiva y política, y para quienes estratégicamente, el lugar de la carencia emocional les implicaba atención de vuelta. No olvidemos que toda relación de poder es una relación en doble vía, y que siempre hay un mínimo, un mínimo en nuestra capacidad de agencia. 

Pero yo no soy quién para juzgar a las mujeres, solo puedo pegar un alarido para que ojalá siempre intercambiemos en igualdad y recibamos de lo que entreguemos. Que las mujeres sabemos cuidar, y lo mínimo es que nos cuiden sea cual sea el lugar que ocupemos, y que ese lugar lo hayamos decidido, sin pasar por encima de otra mujer o de la mujer que nos habita, más si somos mujeres de izquierda. 

Hoy se habla mucho de revisarse y abandonar los privilegios, en su momento lo llamamos traicionar el patriarcado, pero no conozco el primer hombre que se traicione a sí mismo, pues eso implicaría traicionar a sus hermanos, a sus amigos y fundamentalmente a su padre. 

Sea este un padre ausente, un padre amoroso, un padre abusador o el que sea, el patriarcado se reproduce solito en los privilegios que los hombres se pasan los unos a los otros, como la corona que los hombres blancos y ricos de la edad media les pasaban a sus vástagos. Nosotras, por nuestro lado, sí hemos traicionado la mujer que vimos en el espejo de nuestras abuelas, madres o tías, y hoy tomamos decisiones que nos alejan de la sumisión, o al menos nos incomodamos ante la desigualdad en el terreno afectivo, ¿Pero ustedes? ¿Para cuándo van a dejar de aplazar la transformación de sus privilegios?

Se lamentan y pretenden construir una nueva masculinidad, para al final de cuentas retornar a lo mismo; sus abuelos, sus padres, sus tíos, todos los varones de la historia y todos sus ancestros hablando y ejerciendo sus poderes a través de ustedes. 

Estoy convencida de que las mujeres vamos por lo menos 50 años adelante, y con desesperanza afirmo que no han sido educados los varones que se relacionen con nosotras como sus iguales. Nuestro amor está allí para ser entregado a hombres que no existen, y ustedes solo están dispuestos a amar a mujeres que dejaron de existir hace rato. 

La infamia en la incoherencia duele muchísimo, con el adendum de un momento como el de esta pandemia, en el que la solidaridad, “la ternura de los pueblos” es una necesidad apremiante, y para mí en ese momento, en la casa, entre compañeros. 

Me duele la admiración, el reconocimiento que entregué al hombre íntegro, a ese “hombre nuevo” defensor de la vida, porque me sentía orgullosa, sentía mi yoeidad expandida en amor al universo. Un nosotros que se fracturó con la violencia. 

¿Cómo a un hombre que cuida el territorio le cuesta cultivar el suyo propio? ¿Cómo un hombre defensor de la justicia no puede decir la verdad y reparar? ¿Por qué le cuesta tanto ser honesto? ¿Cómo puede ser tan injusto y utilitarista con los que dice amar? 

Fui tildada de conservadora, pero no hay nada más conservador y reaccionario que pasarse por la faja los acuerdos, o mentir para “no venderse”. Mi excompañero me mintió desde el principio, cuando a pesar de no tener establecida una relación, prefirió no “venderse” conmigo para tenerme, así, como un objeto. A mí me ocultó información para impedir que decidiera, mientras rechazó a otras mujeres cuando ya había obtenido suficiente de ellas. 

Aún hoy me cuesta creer que el hombre que amé con admiración hiciera cosas que son demasiado deshonestas, pero demasiado ridículas como para que las haya escondido y las haya dejado en ese mundo clandestino y de secretos que disfruta. Los daños fueron hechos, pasaron en el mundo de la realidad; yo lo sé, él lo sabe, y aunque no mirándome a los ojos porque definitivamente no pudo hacerlo, de los suyos para adentro se repetirá que es un traidor, y en la izquierda, en la revolución, está muy feo traicionar a la compañera.  

*Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca del “amor romántico”. Son muchas las palabras, las ideas, los dolores que nos atraviesan cuando la palabra amor, sobre todo el tradicional y heteronormado aparece, estos relatos son apenas la manifestación catártica de lo que sentimos las mujeres y hoy nos atrevemos a colectivizar. Son escritos subjetivos, potentes, hablan de experiencias individuales en la que quizá alguna lectora se encuentre. La experiencia del desamor es y será distinta para todas, aunque lo claro en este momento en el que las potencias feministas ya no se pueden obviar, es que no tenemos por qué sufrir, que estamos para ser felices y amadas en libertad y justicia. por eso reivindicamos la escritura y desde los feminismos aplaudimos a las mujeres que se relatan a sí mismas.

En ese orden, estas narrativas están hiladas como un tritono disonante y subversivo. Esa figura musical se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la segunda entrega de nuestro quinto tritono. 

** Esta versión online del escrito fue corregida en el párrafo 11, en la cual se retiró una expresión equivocada, se reorganizó la información teórica en la nota al pie N. 2, se agregó una referencia para ilustrar mejor el punto y se retiró un párrafo que sobraba después de la reorganización del texto. También fue modificada una expresión en el párrafo 21 para ilustrar mejor el punto. 

*** Feminista, activista y defensora de derechos humanos. IG @unaconcubina 

 

1. Se trata de una forma de manipulación machista que consiste en negar la realidad, ocultar información o brindar información falsa con el objetivo de hacer dudar a la víctima de sí misma, y que se traduce en el común: “estás loca”, “no sé cómo funciona tu cabeza” (algo que en particular me dijeron a mí), “estas exagerando”, entre otras, que llevan generalmente a otras formas de abuso emocional: “ya no quiero más esta conversación”, “contigo no se puede hablar”, “no voy a decir nada más al respecto”, o dejar las conversación a medias, irse, negar la palabra, castigar con el silencio y otras. 

2.  La cuestión de las violencias trasciende “la casa”. Como las feministas latinoamericanas lo hicieron ver hace más de 30 años, están relacionadas con la matriz patriarcal que, por ejemplo, educó a los varones en el porno tradicional, en el cual conquistan mujeres sumisas, mujeres que se entregan, que nunca dicen “no” pero tampoco “si”, y ellos, sin pedir permiso, sin interlocutar, van accediendo al territorio que consideran digno de su conquista. Al respecto, se puede ver el documental Girls Wanted disponible online, y hacer un análisis de cómo la pornografía ha construido unos simbólicos de las mujeres en la opresión y sumisión, y una cultura del acoso y la violación, validada y naturalizada socialmente. También, se pueden buscar proyectos feministas pornográficos o porno de autora, para disfrutar del arte sexual sin caer en el machismo o el falocentrismo, aquí hay una primera aproximación: https://malvestida.com/2018/01/donde-ver-pornografia-feminista-alternativa-a-youporn-pornhub/  

 

 

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Publicado enEdición Nº279
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