Relectura 2020. La novela 1984: Más que profecía actualidad en Colombia

El tiempo pasa y nos marca de diversas maneras con sus acontecimientos, unos más fuertes, otros no tanto. De unos y otros escritos en desdeabajo en su debido momento. Hoy, en época de balances, los retomamos y les invitamos a su relectura.

 

Destrucción de la memoria

Es como entrar a un cuarto de miedos y que nos dejen allí confinados para siempre; un cuarto de torturas, dolor, sufrimiento individual y colectivo, hasta que el cerebro lo acepte y el cuerpo se acostumbre y diga, con sincera convicción: “amo al gran+hermano”. Así es el mundo de la novela 1984 de George Orwel, pero también, de alguna forma, el de estas dos décadas del siglo XXI.

Con sus “dos minutos de odio”, programados sistemática y perversamente contra un opositor –en el caso de la novela contra el traidor y desertor judío Emmanuel Goldstein, a quien el Partido y el Gran Hermano consideran “enemigo del pueblo”, por lo cual se establece cada día un show para vociferar y odiar al disidente–; con las “telepantallas” de vídeo vigilancia masiva que registran la ciudad, los puestos de trabajo y hasta donde se habita; con sus “policías del pensamiento” que observan, castigan y condenan cualquier desviación del orden y de las instituciones; con la intimidad convertida en una vitrina colectiva, como lo es ahora gracias a las redes digitales donde las paredes son de cristal y el aparente bunker está expuesto a todos y a todo, así viven sus habitantes “y la costumbre acaba de convertir esto en un instinto, ya que se da por sentado que escuchaban hasta el último sonido que hacías” (Orwel, 2019, p. 23).

Junto a todo esto, también nos encontramos en la novela con la estrategia de la culpabilidad. Es al desertor Goldstein al que le cargan la culpa de todos los males sociales: “todos los crímenes subsiguientes contra el Partido, todas las tradiciones, los actos de sabotaje, las herejías y las desviaciones emanaban directamente de sus enseñanzas” (p. 33). La policía del pensamiento espía al opositor, es en sí una policía política a la que, también en Colombia nos hemos acostumbrado a tener entre nosotros, gracias a las chuzadas ilegales de teléfonos de los críticos del gobierno. Ni se diga cómo la furia y el repudio sale a flote en la novela al ver en las pantallas al enemigo del Gran Hermano: “un espantoso éxtasis de temor y afán de venganza, unos deseos de asesinar, torturar y aplastar caras con un mazo parecía recorrer a todo el mundo como una corriente eléctrica, y lo convertían a uno, incluso en contra de su voluntad, en un loco furioso” (p. 35).

Inventa un enemigo y podrás gobernar sin mayores inconvenientes, parece sintetizar este párrafo. Podríamos argumentar que estas situaciones son también muy manifiestas en la estructura política de la Colombia actual. Así, los tres eslóganes del “Ministerio de la Verdad”: la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza, parecen pertenecer a nuestra actual situación gubernamental. Son tres máximas que en cualquier Estado de Derecho democrático resultarían escandalosas, dictatoriales, pero en el llamado “Estado de opinión” que se ha ido imponiendo entre nosotros, poseen una lógica mortal, una bárbara racionalidad neofascista. Miedo, asesinato, odio, venganza, agresividad, violencia, segregación, exclusión, racismo, todos ellos están contenidos en esos tres eslóganes siniestros, que parecen firmados por el mismo partido que actualmente nos gobierna.


“La guerra es la paz”, es como decir: volver trizas los acuerdos de paz. “La ignorancia es la fuerza”: sería montar una educación mediocre, antipopular y acrítica. Peor aún, modificar la memoria histórica. En la novela leemos cómo el Partido modifica, según su conveniencia, los datos y hechos históricos. Esta es una de las reflexiones que Winston Smith, el protagonista, se hace: “si el Partido podía echar mano al pasado y decir de éste o aquel acontecimiento: ‘nunca ocurrió’, era mucho más aterrador que la mera tortura y la muerte”. Y continúa: “y si todos aceptaban la mentira impuesta por el Partido –si todos los archivos contaban la misma mentira–, la mentira pasaba a la historia y se convertía en verdad” (p. 58). El parecido es aterrador con las intenciones políticas neoconservadoras de funcionarios defensores del gobierno y directores de centros de memoria histórica, de archivos nacionales, bibliotecas públicas que tratan de modificar hasta donde se pueda nuestra historia, construir mentiras destruyendo sus certezas.

Las verdades históricas se esfuman o se ocultan: negar el conflicto armado en Colombia, los falsos positivos, la horrorosa parapolítica, las chuzadas, la corrupción, las verdaderas estadísticas económicas del desempleo y de la pobreza, etc.; lo que se convierte no solo en una omisión simple sino en un crimen histórico. Igual que en la novela todo se difumina “en un mundo de sombras en que incluso la fecha de los años se había vuelto poco confiable” (p. 66), de idéntica forma como lo hacen las falsas noticias (fake news) masificadas y globalizadas, creadas con terrible cinismo.

1984 entonces se vuelve actualidad por la invención de realidades a través de alterar y modificar la misma realidad; por la creación y aceptación de las falacias y perpetuidad de la mentira como forma de actuar.

Hoy por hoy, tanto las redes sociales, como todos los medios, alimentan tal condición, lo cual nutre a la vez a una sociedad edificada desde el engaño como su razón de ser. Desde esta lógica, los datos, dígase por ejemplo, los del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), se modifican igual que en la telepantalla de 1984, con estadísticas increíbles. Bajo estas condiciones, el pueblo ignorante, e ignorado por las élites, tal como se plasma en la novela, no es deseable que tenga formación política, lo único que se les pide es un “primitivo patriotismo” (p. 102).

Un adoctrinamiento exquisito

La historia de amor entre Julia y Winston Smith teje y organiza la trama para retratar los resultados, acciones y efectos de un régimen totalitario absolutista. Se ha dicho que es una novela futurista, una utopía negativa (Umberto Eco), una distopía. Sin embargo, no lo es plenamente. Sus visiones futuristas se han vuelto presentes, más aún, ahoristas, inmediatas, urgentes, aplicables, visibles. Muchas de sus “ficciones” son hoy realidades políticas, por lo que el libro ha adquirido demasiada fama no tanto por sus profecías, sino por su actualidad, o al menos por el afán y el deseo de los Estados y los gobiernos de ultraderecha actuales de llevar a cabo dichos procesos, hacer de la sociedad más que un panóptico un sinóptico, donde todos se vigilen mutuamente y no solo unos pocos a muchos, y nos convirtamos en redes de informantes, una extensión de la “Policía del Pensamiento”.

Tal es el nuevo panóptico de vigilancia y control actual. No existe lugar, ni público ni privado, que no quede espiado. De allí la paranoia en red y la esquizofrenia masiva. La vigilancia adquiere carácter represivo, pero aceptada voluntariamente. Es la servidumbre aplaudida y deseada por muchos. La vigilancia, real y virtual, agrada, incluso se exige, se pide que exista. Ser operarios vigilados asegura un simulado éxito, ser noticia vendible, ciudadano publicitado, consumidor-consumido.

En las sociedades confesionales tecno-mediadas y tecno-administradas, como en 1984 y las actuales, el mito de lo íntimo-personal termina diluido, imponiéndose el canon de lo íntimo-espectacular. A lo privado se le reprocha por guardar ciertos secretos. A lo público se le aplaude y se le premia, le garantizan publicidad, la palmadita en el hombro y alguna que otra opción de falsa fama. Estamos, pues, ante un nuevo panóptico o pos-panóptico electrónico, sintetizado en el autocontrol, la autocensura, la autovigilancia activa y deseada por los subordinados. El vigilado se vigila a sí mismo, es un auto-panóptico en red y masivo. Quedar por fuera de la esfera de nuestro superior inmediato –ya sea virtual o telefónicamente– se vive como un acto de irresponsabilidad moral. Es el panóptico interno funcionando día y noche. Desaparecen de esta forma los controles tradicionales y aparecen los autocontroles funcionales. Panópticos individuales, cargados, llevados en la tecno-cotidianidad controlada: el celular, el iPhone, Twitter, Facebook, google y todos los dispositivos mediáticos. Ciudadanos usuarios controlados por un panopticismo social masificado. He aquí una red de informantes: cada uno convertido en un vigía; cada uno es un instrumento del poder que hace cumplir la norma y que denuncia al que la transgrede. Sueño de las ultraderechas que ha sido logrado, como lo es también la destrucción de las libertades individuales, del lenguaje, de la memoria, del deseo sexual y la represión al propio cuerpo, tal como ocurre en la novela.

En los últimos capítulos, Julia y Winston Smith son descubiertos y tomados prisioneros. Todo su amor, su condición rebelde, su pasión y convicción subversiva contra el Partido y el Gran Hermano se verán destruidos a través de la tortura, los golpes, el dolor, la rendición, la culpabilidad, el ultraje a su dignidad. Humillarles y destruir su capacidad de argumentación y racionamiento es el objetivo de las torturas. Lograr la lealtad al Partido y al Gran Hermano. Obligado a confesar delitos que no había cometido, la dignidad de Winston queda pisoteada hasta sentir vergüenza de sí mismo. Doblegarlo hasta hacerle perder la memoria, cambiarle sus recuerdos, sus pulsiones y pasiones, “resetearlo” sería la palabra actual y volverlo a “formatear” con las verdades que dicta el Partido: “lo que el Partido diga que es cierto, es cierto. Es imposible ver la realidad si no es a los ojos del Partido. Eso es lo que tienes que volver a aprender Winston”, le dice O’Brien, su torturador. A eso le llaman “recobrar la cordura”, autodestruirse para volver a creer, a tener fe, confiar en el Supremo. De tal manera que claudica y se convierte.

Esta no es más que una patética imagen de lo que desean lograr todos los autoritarismos, despotismos, totalitarismos y las simuladas democracias. Tratan de “curar” y “cambiar” al descarriado y que se vuelva crédulo del déspota; de otra manera será “esfumado” para siempre. Convertir al hereje, he allí el propósito; reformarlo, que no se resista, que acepte con fervor, con plena obediencia y credibilidad, sin dudar, sin preguntarse el por qué, tal es el objetivo, el cual lo llevan a cabo las religiones, los fundamentalismos, los medios de comunicación oficiales y las telepantallas digitales globales. Estos últimos, van construyendo un adoctrinamiento exquisito y una servidumbre mediática de forma sutil, sin necesidad de la tortura física. Es un mecanismo casi invisible, de coacción, de censura y control, que provoca un dolor dulce, sin el rechazo ni la repugnancia del ciudadano. Éste, la mayoría de las veces, entra a las reglas del juego que el régimen instaura a través de manipulaciones publicitarias y propagandísticas. Con gratitud y satisfacción, las instituciones del poder observan cómo los ciudadanos aceptan conformes, y en consenso, las reglamentaciones impuestas deliciosamente.

Dominar sin que el dominado se dé cuenta de ello. A este despotismo se le asume con cierta despreocupación, se le tolera por ignorancia u omisión. La manipulación se hace evidente. Es cuando una complicidad con el poder, en silencio o pública, surge entre la mayoría de los ciudadanos. Un aplauso eufórico y embriagante a los déspotas se deja escuchar. Claro, el masivo consumo de hiperinformación oficialista, con su indigestión telemática y saturación de noticias, nutre este delicioso despotismo. “Transformar” al sujeto, como también a toda la ciudadanía.

Sin memoria, sin historia, sin razón crítica, sin emoción creativa, parece una radiografía de la perversidad política de última hora, de la demagogia del poder como salvador del pueblo. La idea es que el individuo se adapte, y más aún acepte, su situación de humillación. Cuando este ose rebelarse se le culpabilizará de su propia degradación y hundimiento. Sin embargo, con obedecer no es suficiente. Debe amar al Supremo, al déspota. Este amor adictivo al poder es el que se narra al final la novela. Como en una devoción religiosa, Winston le manifiesta adoración al Gran Hermano cuando ve su rostro en la tele pantalla: “alzó la vista hacia el rostro gigantesco. Cuarenta años había tardado en entender la sonrisa que se ocultaba tras el bigote negro. ¡Qué malentendido tan cruel e innecesario! ¡Qué exilio tan obcecado se había impuesto a sí mismo de aquel pecho amoroso! Dos lágrimas perfumadas de ginebra le rodaron por la nariz. Pero todo había acabado bien, la lucha había concluido. Se había vencido a sí mismo. Amaba al hermano mayor” (p. 363).

Escrita en 1948, más que una premonición es una realidad en parte cumplida y en parte deseada. Es una novela no tanto para el futuro sino del presente, con sus dispositivos de poder a escala global, tanto del mercado como de los medios masivos telemáticos y digitales. Todo esto ya es posible y ha sido aplicado. 1984 se vuelve realidad, historia, mundial y local, como en Colombia, donde se hacen evidentes estos procesos autoritarios.

 

Referencia:
Orwell, George, 2019. 1984. Bogotá: Lumen.

* Poeta y ensayista colombiano.

 

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https://youtu.be/43Ddh1UOo7w • 36’03’’

 

 

 

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La novela 1984: Más que profecía actualidad en Colombia

Destrucción de la memoria

Es como entrar a un cuarto de miedos y que nos dejen allí confinados para siempre; un cuarto de torturas, dolor, sufrimiento individual y colectivo, hasta que el cerebro lo acepte y el cuerpo se acostumbre y diga, con sincera convicción: “amo al gran+hermano”. Así es el mundo de la novela 1984 de George Orwel, pero también, de alguna forma, el de estas dos décadas del siglo XXI.

Con sus “dos minutos de odio”, programados sistemática y perversamente contra un opositor –en el caso de la novela contra el traidor y desertor judío Emmanuel Goldstein, a quien el Partido y el Gran Hermano consideran “enemigo del pueblo”, por lo cual se establece cada día un show para vociferar y odiar al disidente–; con las “telepantallas” de vídeo vigilancia masiva que registran la ciudad, los puestos de trabajo y hasta donde se habita; con sus “policías del pensamiento” que observan, castigan y condenan cualquier desviación del orden y de las instituciones; con la intimidad convertida en una vitrina colectiva, como lo es ahora gracias a las redes digitales donde las paredes son de cristal y el aparente bunker está expuesto a todos y a todo, así viven sus habitantes “y la costumbre acaba de convertir esto en un instinto, ya que se da por sentado que escuchaban hasta el último sonido que hacías” (Orwel, 2019, p. 23).

Junto a todo esto, también nos encontramos en la novela con la estrategia de la culpabilidad. Es al desertor Goldstein al que le cargan la culpa de todos los males sociales: “todos los crímenes subsiguientes contra el Partido, todas las tradiciones, los actos de sabotaje, las herejías y las desviaciones emanaban directamente de sus enseñanzas” (p. 33). La policía del pensamiento espía al opositor, es en sí una policía política a la que, también en Colombia nos hemos acostumbrado a tener entre nosotros, gracias a las chuzadas ilegales de teléfonos de los críticos del gobierno. Ni se diga cómo la furia y el repudio sale a flote en la novela al ver en las pantallas al enemigo del Gran Hermano: “un espantoso éxtasis de temor y afán de venganza, unos deseos de asesinar, torturar y aplastar caras con un mazo parecía recorrer a todo el mundo como una corriente eléctrica, y lo convertían a uno, incluso en contra de su voluntad, en un loco furioso” (p. 35).

Inventa un enemigo y podrás gobernar sin mayores inconvenientes, parece sintetizar este párrafo. Podríamos argumentar que estas situaciones son también muy manifiestas en la estructura política de la Colombia actual. Así, los tres eslóganes del “Ministerio de la Verdad”: la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza, parecen pertenecer a nuestra actual situación gubernamental. Son tres máximas que en cualquier Estado de Derecho democrático resultarían escandalosas, dictatoriales, pero en el llamado “Estado de opinión” que se ha ido imponiendo entre nosotros, poseen una lógica mortal, una bárbara racionalidad neofascista. Miedo, asesinato, odio, venganza, agresividad, violencia, segregación, exclusión, racismo, todos ellos están contenidos en esos tres eslóganes siniestros, que parecen firmados por el mismo partido que actualmente nos gobierna.


“La guerra es la paz”, es como decir: volver trizas los acuerdos de paz. “La ignorancia es la fuerza”: sería montar una educación mediocre, antipopular y acrítica. Peor aún, modificar la memoria histórica. En la novela leemos cómo el Partido modifica, según su conveniencia, los datos y hechos históricos. Esta es una de las reflexiones que Winston Smith, el protagonista, se hace: “si el Partido podía echar mano al pasado y decir de éste o aquel acontecimiento: ‘nunca ocurrió’, era mucho más aterrador que la mera tortura y la muerte”. Y continúa: “y si todos aceptaban la mentira impuesta por el Partido –si todos los archivos contaban la misma mentira–, la mentira pasaba a la historia y se convertía en verdad” (p. 58). El parecido es aterrador con las intenciones políticas neoconservadoras de funcionarios defensores del gobierno y directores de centros de memoria histórica, de archivos nacionales, bibliotecas públicas que tratan de modificar hasta donde se pueda nuestra historia, construir mentiras destruyendo sus certezas.

Las verdades históricas se esfuman o se ocultan: negar el conflicto armado en Colombia, los falsos positivos, la horrorosa parapolítica, las chuzadas, la corrupción, las verdaderas estadísticas económicas del desempleo y de la pobreza, etc.; lo que se convierte no solo en una omisión simple sino en un crimen histórico. Igual que en la novela todo se difumina “en un mundo de sombras en que incluso la fecha de los años se había vuelto poco confiable” (p. 66), de idéntica forma como lo hacen las falsas noticias (fake news) masificadas y globalizadas, creadas con terrible cinismo.

1984 entonces se vuelve actualidad por la invención de realidades a través de alterar y modificar la misma realidad; por la creación y aceptación de las falacias y perpetuidad de la mentira como forma de actuar.

Hoy por hoy, tanto las redes sociales, como todos los medios, alimentan tal condición, lo cual nutre a la vez a una sociedad edificada desde el engaño como su razón de ser. Desde esta lógica, los datos, dígase por ejemplo, los del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane), se modifican igual que en la telepantalla de 1984, con estadísticas increíbles. Bajo estas condiciones, el pueblo ignorante, e ignorado por las élites, tal como se plasma en la novela, no es deseable que tenga formación política, lo único que se les pide es un “primitivo patriotismo” (p. 102).

Un adoctrinamiento exquisito

La historia de amor entre Julia y Winston Smith teje y organiza la trama para retratar los resultados, acciones y efectos de un régimen totalitario absolutista. Se ha dicho que es una novela futurista, una utopía negativa (Umberto Eco), una distopía. Sin embargo, no lo es plenamente. Sus visiones futuristas se han vuelto presentes, más aún, ahoristas, inmediatas, urgentes, aplicables, visibles. Muchas de sus “ficciones” son hoy realidades políticas, por lo que el libro ha adquirido demasiada fama no tanto por sus profecías, sino por su actualidad, o al menos por el afán y el deseo de los Estados y los gobiernos de ultraderecha actuales de llevar a cabo dichos procesos, hacer de la sociedad más que un panóptico un sinóptico, donde todos se vigilen mutuamente y no solo unos pocos a muchos, y nos convirtamos en redes de informantes, una extensión de la “Policía del Pensamiento”.

Tal es el nuevo panóptico de vigilancia y control actual. No existe lugar, ni público ni privado, que no quede espiado. De allí la paranoia en red y la esquizofrenia masiva. La vigilancia adquiere carácter represivo, pero aceptada voluntariamente. Es la servidumbre aplaudida y deseada por muchos. La vigilancia, real y virtual, agrada, incluso se exige, se pide que exista. Ser operarios vigilados asegura un simulado éxito, ser noticia vendible, ciudadano publicitado, consumidor-consumido.

En las sociedades confesionales tecno-mediadas y tecno-administradas, como en 1984 y las actuales, el mito de lo íntimo-personal termina diluido, imponiéndose el canon de lo íntimo-espectacular. A lo privado se le reprocha por guardar ciertos secretos. A lo público se le aplaude y se le premia, le garantizan publicidad, la palmadita en el hombro y alguna que otra opción de falsa fama. Estamos, pues, ante un nuevo panóptico o pos-panóptico electrónico, sintetizado en el autocontrol, la autocensura, la autovigilancia activa y deseada por los subordinados. El vigilado se vigila a sí mismo, es un auto-panóptico en red y masivo. Quedar por fuera de la esfera de nuestro superior inmediato –ya sea virtual o telefónicamente– se vive como un acto de irresponsabilidad moral. Es el panóptico interno funcionando día y noche. Desaparecen de esta forma los controles tradicionales y aparecen los autocontroles funcionales. Panópticos individuales, cargados, llevados en la tecno-cotidianidad controlada: el celular, el iPhone, Twitter, Facebook, google y todos los dispositivos mediáticos. Ciudadanos usuarios controlados por un panopticismo social masificado. He aquí una red de informantes: cada uno convertido en un vigía; cada uno es un instrumento del poder que hace cumplir la norma y que denuncia al que la transgrede. Sueño de las ultraderechas que ha sido logrado, como lo es también la destrucción de las libertades individuales, del lenguaje, de la memoria, del deseo sexual y la represión al propio cuerpo, tal como ocurre en la novela.

En los últimos capítulos, Julia y Winston Smith son descubiertos y tomados prisioneros. Todo su amor, su condición rebelde, su pasión y convicción subversiva contra el Partido y el Gran Hermano se verán destruidos a través de la tortura, los golpes, el dolor, la rendición, la culpabilidad, el ultraje a su dignidad. Humillarles y destruir su capacidad de argumentación y racionamiento es el objetivo de las torturas. Lograr la lealtad al Partido y al Gran Hermano. Obligado a confesar delitos que no había cometido, la dignidad de Winston queda pisoteada hasta sentir vergüenza de sí mismo. Doblegarlo hasta hacerle perder la memoria, cambiarle sus recuerdos, sus pulsiones y pasiones, “resetearlo” sería la palabra actual y volverlo a “formatear” con las verdades que dicta el Partido: “lo que el Partido diga que es cierto, es cierto. Es imposible ver la realidad si no es a los ojos del Partido. Eso es lo que tienes que volver a aprender Winston”, le dice O’Brien, su torturador. A eso le llaman “recobrar la cordura”, autodestruirse para volver a creer, a tener fe, confiar en el Supremo. De tal manera que claudica y se convierte.

Esta no es más que una patética imagen de lo que desean lograr todos los autoritarismos, despotismos, totalitarismos y las simuladas democracias. Tratan de “curar” y “cambiar” al descarriado y que se vuelva crédulo del déspota; de otra manera será “esfumado” para siempre. Convertir al hereje, he allí el propósito; reformarlo, que no se resista, que acepte con fervor, con plena obediencia y credibilidad, sin dudar, sin preguntarse el por qué, tal es el objetivo, el cual lo llevan a cabo las religiones, los fundamentalismos, los medios de comunicación oficiales y las telepantallas digitales globales. Estos últimos, van construyendo un adoctrinamiento exquisito y una servidumbre mediática de forma sutil, sin necesidad de la tortura física. Es un mecanismo casi invisible, de coacción, de censura y control, que provoca un dolor dulce, sin el rechazo ni la repugnancia del ciudadano. Éste, la mayoría de las veces, entra a las reglas del juego que el régimen instaura a través de manipulaciones publicitarias y propagandísticas. Con gratitud y satisfacción, las instituciones del poder observan cómo los ciudadanos aceptan conformes, y en consenso, las reglamentaciones impuestas deliciosamente.

Dominar sin que el dominado se dé cuenta de ello. A este despotismo se le asume con cierta despreocupación, se le tolera por ignorancia u omisión. La manipulación se hace evidente. Es cuando una complicidad con el poder, en silencio o pública, surge entre la mayoría de los ciudadanos. Un aplauso eufórico y embriagante a los déspotas se deja escuchar. Claro, el masivo consumo de hiperinformación oficialista, con su indigestión telemática y saturación de noticias, nutre este delicioso despotismo. “Transformar” al sujeto, como también a toda la ciudadanía.

Sin memoria, sin historia, sin razón crítica, sin emoción creativa, parece una radiografía de la perversidad política de última hora, de la demagogia del poder como salvador del pueblo. La idea es que el individuo se adapte, y más aún acepte, su situación de humillación. Cuando este ose rebelarse se le culpabilizará de su propia degradación y hundimiento. Sin embargo, con obedecer no es suficiente. Debe amar al Supremo, al déspota. Este amor adictivo al poder es el que se narra al final la novela. Como en una devoción religiosa, Winston le manifiesta adoración al Gran Hermano cuando ve su rostro en la tele pantalla: “alzó la vista hacia el rostro gigantesco. Cuarenta años había tardado en entender la sonrisa que se ocultaba tras el bigote negro. ¡Qué malentendido tan cruel e innecesario! ¡Qué exilio tan obcecado se había impuesto a sí mismo de aquel pecho amoroso! Dos lágrimas perfumadas de ginebra le rodaron por la nariz. Pero todo había acabado bien, la lucha había concluido. Se había vencido a sí mismo. Amaba al hermano mayor” (p. 363).

Escrita en 1948, más que una premonición es una realidad en parte cumplida y en parte deseada. Es una novela no tanto para el futuro sino del presente, con sus dispositivos de poder a escala global, tanto del mercado como de los medios masivos telemáticos y digitales. Todo esto ya es posible y ha sido aplicado. 1984 se vuelve realidad, historia, mundial y local, como en Colombia, donde se hacen evidentes estos procesos autoritarios.

 

Referencia:
Orwell, George, 2019. 1984. Bogotá: Lumen.

* Poeta y ensayista colombiano.

 

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Publicado enEdición Nº269
'Parlamento de las plantas', de la paisajista francesa Céline Baumann.

Niños que se organizan contra la explotación infantil o aplicaciones que convierten viviendas en espacio público comercializando el uso temporal del baño. Creadores y arquitectos re-imaginan la metrópolis en la exposición 'Doce fábulas urbanas'

Los artistas son los primeros en ver el futuro. En la exposición Doce fábulas urbanas –Matadero de Madrid hasta el 19 de julio–12 arquitectos, paisajistas y artistas exponen cómo el mundo digital moldea los espacios urbanos o cómo la alimentación modifica a un tiempo nuestros cuerpos y nuestras ciudades.

La comisaria de este rosario de proyectos – que son observaciones más que propuestas concretas– es la salvadoreña afincada en Barcelona Ethel Baraona, que toma prestada una iniciativa que el grupo de arquitectos Superstudio publicó en 1971. Entonces, los italianos idearon 12 cuentos para reparar los desastres urbanos con tanta utopía como pragmatismo. Y hoy, en un momento que tan estrechamente reproduce reivindicaciones de aquellos años como la defensa del medioambiente o el anticonsumismo, Baraona demuestra que la antigua contracultura se ha convertido en la cultura institucionalizada: la que se muestra en los museos.

La protesta es ahora contra el adormecimiento de la población. Por eso esta muestra intenta conectar disciplinas dejando claro que la ciudad contemporánea escapa a la arquitectura y al urbanismo y, por lo tanto, no la pueden pensar solo arquitectos o especuladores. El mundo de la libertad digital –que también es control–, o la urgencia de romper la oposición entre naturaleza y urbe son claves para rescatar a la vez ciudades y ciudadanos.

Democracia verde

Desde esa amplitud mental, la comisaria solicitó recetas urgentes para la ciudad del futuro. Por eso la búsqueda puede antojarse formalmente utópica pero es radicalmente posibilista. Los que observan y proponen son colectivos con una mirada poco frecuente. Y el resultado es un viaje imaginativo pero no imaginario. Tiene que ver con la realidad pero se antoja como ciencia ficción. Y contiene tanto estudios sociológicos como estudios de mercado. El recorrido constata cuestiones que pueden resultar increíbles –como que el territorio doméstico es cada vez menos privado– y que proponen vías de solución inesperadas –como aprender de la capacidad de adaptación de las plantas–.

Son las aplicaciones móviles –que alquilan baños para un solo uso en el interior de los pisos– las que amenazan la privacidad del hogar o amplían su economía de subsistencia. Así, la Casa difusa de MAIO Architects -pensada para la Royal Academy de Londres- investiga cómo las tecnologías digitales –los servicios de intercambio de bienes o la economía colaborativa–transforman nuestro entorno cotidiano. Y la paisajista Céline Baumann habla del principio de cuidado y asistencia mutua que regula las relaciones en el mundo vegetal, donde entre las plantas abundan especies capaces de cambiar de género para subsistir. La francesa denuncia el uso de la vegetación para lavar la cara de errores urbanísticos e injusticias económicas y propone un Parlamento de las plantas capaz de encontrar consensos. Sería, bromea, "la primera democracia verde del mundo".

Así, ¿es esto una muestra de arte o de arquitectura? Lo primero que uno debe plantearse es si esa distinción importa. Si es necesario delimitar las disciplinas cuando las ciudades propuestas no se traducen aquí en una forma concreta sino en soluciones plurales para problemas reales provenientes del mundo biológico, económico, social o tecnológico. Marcuse escribió que era imposible que el hombre transformase la naturaleza sin que esa transformación lo afectase.

Los arquitectos, historiadores y diseñadores del colectivo Assamble ayudaron a los vecinos del barrio de Granvy, en Liverpool, a recuperar sus jardines traseros o a reparar sus tuberías. Para ellos la arquitectura tiene más que ver con lidiar con los problemas feos que con construir lo bonito. El premio Turner de 2015, un galardón concedido a las obras más inesperadas del arte contemporáneo, les dio la razón. En Madrid, La voz de los niños –una colección de vídeos de chavales jugando solos– protesta contra la sobre-regulación de los espacios para juego infantil –vallados y diseñados a partir del miedo a las denuncias–. También investiga la apropiación que hacen los jóvenes del espacio público partiendo de los juegos y culminando en acciones de protesta como las movilizaciones estudiantiles contra la posesión de armas en Estados Unidos Fridays for Future o el Movimiento nacional de niños, niñas y adolescentes trabajadores de Perú, en el que los menores reivindican sus derechos como niños y como trabajadores.

La muestra concluye con la intervención del Canadian Centre for Architecture Nuestra vida feliz en la que su director, Francesco Garutti, advierte de que nuestros sentimientos y deseos se han convertido en datos estadísticos y de cómo la venta de esos datos a los gobiernos genera los índices que terminan por diseñar las ciudades. Ese mercado de afectos y deseos alimenta un aparato político que vela más por nuestro conformismo y pasividad que por nuestro bienestar. Desde la periferia y lo invisible se están definiendo nuestras metróplois. Doce artistas nos ayudan a verlo.

Por Anatxu Zabalbeascoa

Madrid 24 FEB 2020 - 15:36 COT

Publicado enSociedad
Transplantes de cabeza a la vuelta de la esquina

El científico italiano Sergio Canavero en una entrevista publicada por el semanario ‘Oggi’ expresó que  el trasplante de cabeza en hombres es técnicamente posible y dentro de un par de años podría ser una realidad .
 

Según el científico, que trabaja en el proyecto HEAVEN/GEMINI, cuyo objetivo es unir una cabeza a un cuerpo diferente al original, los obstáculos técnicos ya han sido superados gracias a la ingeniería celular.Según el experto, la clave de la operación pasa por la realización de un corte mínimamente traumático de la médula espinal practicado con un cuchillo extrafino en condiciones de hipotermia profunda para proteger las estructuras cerebrales.La clave del éxito reside en la posibilidad teórica de fundir las prolongaciones nerviosas en una “cuerda” mediante el uso de fusógenos o selladores de la membrana.


 
El investigador afirma que los candidatos a someterse a tal operación podrían ser individuos que hayan perdido la vida al sufrir un trauma craneal, sin lesiones sustanciales en otros órganos.
 


Desde que en 1818 se publicó la famosa novela de Mary Shelley ‘Frankestein’, sobre la creación de un monstruo a partir de restos de cadáveres, el trasplante de cabeza quedó reducido al ámbito de la ciencia ficción. Al menos hasta 1970, cuando el neurocirujano de EE.UU., Robert Joseph White, (1926-2010) llevó  a cabo el trasplante de la cabeza de un mono en el cuerpo de otro en un Centro Médico en Cleveland, Ohio.


 
Desafortunadamente, la tecnología para reparar la médula espinal cortada no estaba aún disponible, por lo que el mono no pudo recuperar la movilidad. El experimento fue tachado de grotesco por muchos de sus colegas, ya que White sólo había logrado conectar la cabeza en el sistema circulatorio y no el nervioso del receptor.

 

1 julio 2013


 
(Con información de Russia Today)

Publicado enInternacional
Lunes, 11 Enero 2010 08:09

“Avatar”, cine y ciencia

El cine devela el lapsus de la sociedad, se adelanta a la narración derivada de los hechos que permiten a los cientistas sociales “armar” los procesos a posteriori. La literatura y el cine han dado buenos ejemplos de ello y, en los últimos tiempos, los films de ciencia ficción vuelven a corroborarlo imaginando mundos que nos conmueven por las altas probabilidades de que lleguen a convertirse en reales en un futuro no lejano. Las violencias y las muertes de un mundo desquiciado en un 2028 donde prima la infertilidad humana de Children of men, de Alfonso Cuarón, nos sorprendió en 2006 y ahora llega Avatar.

Se trata de una película de ciencia ficción de James Cameron que se desarrolla en 2154 en Pandora, una luna del planeta Polythemis con una atmósfera tóxica para los humanos y habitado por el pueblo Na’vi con una asombrosa conexión con la biodiversidad que los rodea. Pero llega el hombre, que dejó atrás un planeta devastado, portando la voracidad de una corporación minera acompañada por las bases militares para doblegar a la población, y por un grupo de científicos dispuestos a generar el conocimiento sobre el lugar para facilitar las necesidades de la empresa.

Los humanos estiman que los nativos radicados en las cercanías de un árbol sagrado asentado sobre una inmensa veta de un valioso mineral –en términos del capitalismo de los hombres de la Tierra—, el “unobtainium”, deben ser doblegados para lograr las extracciones. Los científicos han creado genéticamente a los avatares, una especie nueva que combina la memoria y capacidades de los humanos (aprendizaje, por ejemplo) con los cuerpos de los nativos Na’vi. Los planes operativos son varios: hacerse amigos y persuadirlos de la entrega, hacer participar científicos (¿convenios mediante?) y al protagonista, un ex marine lisiado, confundiéndolos entre ellos o simplemente devastarlos crudamente, terminar con ellos, con la biodiversidad y obtener los minerales. Por supuesto, algo sucede que cambia estos planes y no es lo que contaré aquí. Lo interesante es la situación que construye el millonario film: una corporación económica haciendo uso de las fuerzas militares y de una tecnociencia para lograr sus finalidades lucrativas. Cualquier parecido con la realidad actual de nuestros mundos es pura coincidencia.

No somos Na’vi, formamos parte de diversos pueblos latinoamericanos, poblaciones con fuertes conexiones con sus territorios defendiéndolos de este avance del poder económico amparado por los poderes políticos, las bases militares del poder mundial y la complicidad de las tecnociencias locales. Es Andalgalá, que está amenazada como pueblo porque tienen minerales debajo de sus casas, es Bagua del Perú amazónico, que resistió en niveles impensables en 2009, es Centroamérica hoy, es esta nueva prepotencia devastadora pero también las resistencias que circulan por doquier.

Una reflexión sobre el papel de la ciencia en el film de James Cameron que interesa para nuestros propios debates: la ciencia es una actividad producida por hombres/mujeres que el director ubica con alguna saludable distancia del poder militar; si bien estaban allí en función del poder económico y militar, uno de ellos, una mujer (no es un detalle menor pues en el plano militar ocurre algo semejante) que logró establecer lazos con la población nativa pues también es avatar, comprende los nuevos sentidos, códigos sociales y culturales de una población más densa, rica y respetuosa de la que ella proviene y termina con el protagonista en las territorialidades marcadas por la resistencia.

Podríamos criticar a Cameron porque cae en la tentación de convertir en héroe al avatar masculino –por repetir esa necesidad de terminar siendo ombligo del planeta propio y de los otros aunque sea un personaje apenas con pasado humano—, pero también podemos leerlo en clave de formación de identidades: las identidades no son fijas, se forman en las acciones colectivas, en esos momentos en que se decide si el sitio que corresponde es el de la devastación, saqueo y violencia o es el de la posibilidad de formar parte de un mundo otro, respetuoso de la biodiversidad y de las poblaciones. Es la aporía que atraviesa actualmente al sistema científico pero básicamente es el drama que cruza este presente y que muchos rechazan comprender por complicidad, negación o ignorancia.

Por Norma Giarracca, socióloga, investigadora del Instituto Gino Germani (UBA).
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Miércoles, 18 Febrero 2009 17:17

Futurismo, un siglo a toda velocidad

A finales del año 1908 Marinetti, uno de los principales protagonistas del vanguardismo europeo, es arrojado por su coche a una zanja llena de agua tras un rocambolesco viraje para evitar a dos ciclistas. Será el primer accidente moderno que dará lugar a una narrativa mítica, la de los orígenes; cerrar una etapa de forma violenta, como ocurrirá casi medio siglo después con James Dean primero y el pintor abstraccionista Jackson Pollock después, ambos fallecidos en un choque de automóvil, muertos a manos de la velocidad, incapaces de soportar los anticuados esquemas de los cincuenta, ávidos de comenzar de cero incluso a costa de la propia vida.

También Marinetti va a perder la vida en su accidente, o por lo menos la vida que conoce hasta aquella tarde. Como si de un bautismo laico se tratara -cuenta la leyenda que más circula- reemerge de la zanja futurista. No está mal el nombre acuñado para la ocasión, pues no hay pasado ni hay ancestros: sólo el futuro por delante.

Se pone a la tarea sin perder ni un momento, porque el futuro va muy deprisa, y apenas unos meses después está concluido el texto que aparece en Figaro hace ahora 100 años, el 20 de febrero de 1909. Es un escrito programático en el que no caben dudas respecto a lo que se espera del porvenir y con ese Primer manifiesto del futurismo se inaugura mucho más que el amor a la velocidad. Con él se da el pistoletazo de salida para la vanguardia como va a entenderse y a organizarse a partir de entonces: una actitud renovadora en el terreno artístico y, sobre todo, existencial. Hay que ser sobre todo modernos, como dijeran los poetas franceses de finales del XIX.

Modernidad radical

Y Marinetti se propone serlo desde sus orígenes decadentistas que apenas un año después, en 1910, le llevan a escribir -casi a destiempo- una novela indescriptible, Mafarka el futurista, paroxismo de desenfreno colonial africano pese a dedicarse el protagonista, en ese colmo de las paradojas que acarrea el movimiento, a "la construcción de pájaros mecánicos".

Porque si la modernidad propuesta desde el manifiesto no puede ser más radical, tampoco puede ser más contradictoria. Son internacionales y son nacionalistas, revolucionarios sin intereses sociales; quieren cantar al peligro, exigen poetas ardorosos y rebeldes, glorifican la guerra -higiene del mundo-; son antifeministas y aspiran a quemar los museos, las bibliotecas y "las academias de todo tipo" en un mundo que deberá estar gobernado por la velocidad y en el cual "un automóvil de carreras que ruge es más bello que la Victoria de Samotracia".

La polémica está servida por el poeta y animador cultural Marinetti, que sabe promocionar su producto como nadie y a la manera más contemporánea, se diría, recurriendo con frecuencia al escándalo, como ocurre en las famosas seratas futuristas, veladas con mucho de actuación teatral -con insultos y provocaciones al público incluidos- y en las cuales se halla el origen del cabaret dadá y hasta de los happenings. Con un mejor manejo de los medios que habilidad intelectual, como ocurre con tantos animadores hoy, Marinetti logra promocionar el movimiento dentro y fuera de Italia hasta convertirse en referente de lo moderno en círculos tan variopintos, políticamente hablando, como Revista de Occidente y los círculos ramonianos de Madrid; la revista Actual de los estridentistas mexicanos, comprometida con la revolución rusa; o Martín Fierro de Borges en Buenos Aires, donde se parafrasea a Marinetti al escribir que "un Hispano-Suiza es una obra de arte más bella que una silla Luis XV".

Sin embargo, pese a la diversidad de facciones que el movimiento fue capaz de atraer, suele verse demasiado próximo a las posiciones mussolinianas, en parte debido a las lecturas de Walter Benjamin sobre el totalitarismo y las asociaciones con los futuristas.

Parte de razón no falta en las críticas hacia su militarismo y su peligrosa esencia nacionalista, aunque visto con la distancia del tiempo y tras las lecturas que Fluxus hizo del movimiento en la década de los sesenta, a partir de los experimentos musicales de Russolo y su Arte de los ruidos parece claro que las relaciones con el fascismo italiano no fueron tan armoniosas como se ha tratado de enfatizar. La constante revisión de posiciones del grupo, que les hizo también ser feministas y antifeministas a un tiempo, hace que resulte complejo establecer las auténticas y perdurables filiaciones ideológicas de los futuristas.

Así, hoy día el Futurismo tiende a leerse como un soplo de arte fresco, al menos en lo que a las propuestas artísticas se refiere. Si personajes como Boccioni o Balla trataron de mostrar el movimiento en la escultura, el cine y la foto de Bragaglia y sus sobreimpresiones dinámicas -la ilusión óptica de atrapar el movimiento mientras ocurre- se enraízan con la famosa obra de Duchamp Desnudo bajando una escalera, que convulsionaría la escena de los primeros años diez. No sólo. Es posible que todas y cada una de las provocaciones de la vanguardia, su fascinación por convertir el arte en la vida y la vida en el arte, por romper las fronteras entre ambos, deban volver la mirada hacia las primeras performances marinettianas.

 

Por eso, tratar de encontrar la herencia futurista en la actualidad no parece de ninguna manera desatinada. Los planteamientos de los futuristas siguen vivos tanto en nuestra pasión de hoy por la técnica como en la crítica cultural a los museos, si bien, más mediocres que ellos, no terminamos de quemarlos.

Dejando a un lado las radicalidades vanguardistas, está claro que el Futurismo nos enseñó algunas cosas esenciales de la modernidad: a vivir deprisa, por ejemplo, pues como dijo Lacan, la realidad no nos espera.

ESTRELLA DE DIEGO 18/02/2009

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