MÁS LEÍDOS 2021: ¿Primavera de la juventud?

Sólo gracias a aquellos
sin esperanza nos es dada
la esperanza.
Walter Benjamin

 

Alison Méndez salió de su casa del barrio El Uvo –situado en el norte de la ciudad de Popayán–, para dirigirse a la residencia de un amigo el 12 de mayo de este año. Interrumpió su andar por la sorpresa que le causó la violencia con la que eran reprimidos por la policía los manifestantes que protestaban en el marco del Paro Nacional. La joven de 17 años decidió, entonces, grabar la barbarie oficial, por lo que fue aprehendida por cuatro uniformados que de forma violenta la redujeron y trasladaron a la Unidad de Reacción Inmediata, de la que fue liberada luego de dos horas de retención. Al día siguiente, luego de publicar un mensaje en la red, en el que denunciaba que “me manosearon hasta el alma”, Alison decidió poner fin a sus días en un acto de auto-inmolación que denuncia un sistema totalitario en el que sus delitos fueron ser joven, mujer y buscar dejar testimonio de la ferocidad estatal.

Hace poco más de diez años Mohamed Bouazizi, un joven tunecino, titulado en informática, pero que debía ganarse la vida como vendedor de frutas en un puesto callejero, decidió prenderse fuego gritando: “¿Cómo esperan que me gane la vida?”, luego que fracasaran sus reclamos por el decomiso de su carreta de frutas. El sacrificio de Bouazizi dio lugar a las revueltas conocidas como “la primavera árabe”, que una década después parecen haberse ahogado en el olvido, sin cambios estructurales significativos. Alison y Mohamed, pese al tiempo y circunstancias que los separan son ejemplo de qué, para no pocxs jóvenes, auto-inmolarse parece la única salida dignificante que les deja esta fase del capitalismo en el que la juventud conforma el grueso de la “población sobrante” lo que, en consecuencia, parece condenarlos a ser abusados sin miramientos.

El estallido social iniciado en Colombia el 28 de abril de 2021, que los medios convencionales, como era de esperarse, no han llamado “la primavera colombiana”, pese a la similitud de su desarrollo con entornos en los que sí ha sido usado ese apelativo, ha tenido en personas jóvenes los más elevados niveles de protagonismo. Las llamadas primeras líneas y los diferentes puntos de concentración permanente denominados, genéricamente, “centros de resistencia” son sus creaciones, y llaman la atención no sólo por su novedad sino porque surgieron de forma espontánea en las barriadas, sin la centralidad de un movimiento político o gremial formalizado. En ese sentido, puede decirse que aparece un nuevo actor político de cuya permanencia y peso en la correlación de fuerzas al interior de la sociedad apenas puede especularse un poco. Pero, bueno, cuando hablamos de jóvenes, en realidad ¿de qué hablamos?


¿“La juventud no es más que una palabra”?


El sociólogo francés Pierre Bourdieu en su libro Sociología y cultura* sostiene que por lo menos debe hablarse de “dos juventudes”, basándose en las diferencias que existen entre, por ejemplo, dos personas de la misma edad, pero de las que una ya está vinculada sistemáticamente al mundo del trabajo mientras la otra pertenece al mundo estudiantil. Para Bordieu, lxs jóvenes obrerxs no serían tales en el sentido estricto del término pues funcional y culturalmente están insertos en un mundo de adultos, en correspondencia con ese carácter binario de la edad que acompañó a la humanidad durante milenios y en el que el paso de la niñez a la adultez no tenía estadios intermedios, y era reconocido y sancionado, incluso, de forma ceremonial. Bourdieu deduce de la generalización de la escolarización y su extensión hasta edades en las que biológicamente los individuos no pueden considerarse niños, la emergencia de un grupo social diferenciado que puede calificarse como juvenil, pues esa franja etaria fue convirtiéndose en transversal a las diferentes clases sociales. La juventud sería, según ese razonamiento, una especie de limbo social en el que la no presencia en lugares decisivos de la producción o circulación de bienes y servicios, hace de sus miembros individuos en el que ellos mismos están siendo “producidos” como futuros agentes, de diferentes condiciones, para el proceso social del mañana.

El sociólogo francés asigna a la brecha creciente entre los alcances de la escolarización y las realidades sociales vividas y por vivir, la razón de la anomía social que muchos perciben en los grupos de jóvenes, y principalmente entre los de las clases subordinadas. Naciones Unidas designó 1985 como el primer año dedicado a la juventud, argumentando la vulnerabilidad de las personas entre 14 y 25 años –con lo que definió por ese rango de edad a las personas que deben considerarse juveniles– a las incertidumbres de la economía, el desempleo, el hambre, la delincuencia, el racismo, la toxicomanía, entre otros peligros, reconociendo, que la marginalidad es un constructo cuya conformación tiene sus raíces en las diferencias y deficiencias de los espacios de la escolarización.

Según el estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), Tendencias mundiales del empleo para los jóvenes 2020: tecnología y el futuro del empleo, la población juvenil suma en el mundo 1.273 millones, de los que 429 millones son trabajadorxs (33,7% del total de la población), mientras que 68 millones son desempleadxs, es decir, que están buscando empleo activamente, y 41 millones son potencial fuerza de trabajo, por estar transitando de la etapa de entrenamiento hacía su primera solicitud de empleo, lo que significa que el 42 por ciento de jóvenes están directamente relacionados con el mercado laboral. De los 735 millones restantes, 509 millones (40%) son estudiantes, mientras que 226 millones (17,8%) pertenecen al grupo denominado ni-ni, ni estudian ni trabajan, cifra en sí misma escandalosa. Pero, lo más grave es que de los pertenecientes al mundo laboral, el 77% (330 millones) están en la informalidad, es decir, que al menos la mitad de la población juvenil está precarizada.

En Colombia, la población de jóvenes (entre 14 y 26 años) está estimada, según el Dane, en poco menos de 11 millones (22% del total, aproximadamente). En 2019 la población estudiantil y la involucrada en el mercado laboral sumaban, cada una, alrededor del 39 por ciento, mientras que el 22 restante correspondía a los que ni estudian ni trabajan. Pero, según esa institución, en el segundo trimestre de 2020 este último grupo subió hasta el 33 por ciento, en un hecho que pese a su gravedad no llamó ninguna atención. Como tampoco, qué en la población juvenil el 55 por ciento de las muertes por causas externas corresponde a homicidios o a secuelas de agresiones, mientras que el 11,1 por ciento lo sea por lesiones auto-infligidas (suicidio) o sus secuelas. Si son consideradas todas las causas de defunción, las provenientes de agresiones representan, en ese grupo de edad, el 40,1 por ciento, mientras que las provenientes de suicidios el 8 por ciento. No puede, considerarse, entonces, como una simple coincidencia anecdótica que el actual ministro de defensa, responsable directo de la cruenta represión de la protesta social, y quien luego de bombardear un campamento de jóvenes, los haya calificado de “máquinas de guerra”, haya sido, igualmnte, director del Instituto colombiano de Bienestar Familiar, institución teóricamente responsable del mejor estar de los menores de edad pues, como vemos en las cifras, la violencia es el ambiente regular que el sistema ha terminado construyendo como el hábitat social para nuestros menores. Si sumamos a lo anterior el 30 por ciento de desempleo juvenil, ¿debe extrañarnos la enérgica reacción mostrada por la juventud en el estallido social iniciado a finales del mes de abril?

Que los centros de resistencia fueran replicados de forma espontánea en Cali, Bogotá, Medellín, Popayán y Pasto, entre otras ciudades, tiene una ineludible explicación en las condiciones de violencia social y física, derivadas de todo tipo de carencias, que los grupos de jóvenes de las clases subalternas tienen que enfrentar en su vida diaria. Es pues la juventud urbana precarizada el nuevo sujeto político que emerge en el Paro Nacional del 2021, y al que los movimientos alternativos deben abrir el espacio que les corresponde si de verdad quieren potenciar un cambio real en la estructura social.


Interrogando el todo

Los estallidos juveniles, y su represión violenta, estuvieron circunscritos en la Colombia del pasado de forma casi exclusiva al mundo universitario. El 8 de junio de 1929, la policía dispara contra una manifestación de jóvenes universitarios que protestaban en Bogotá contra la corrupción dando muerte a Gonzalo Bravo Páez, estudiante de derecho, iniciándose así la larga lista de estudiantes sacrificados en las protestas. La conmemoración el 8 de junio de 1954 del asesinato de Bravo Páez fue reprimida violentamente por el régimen militar de Gustavo Rojas Pinilla muriendo, en los predios de la universidad el estudiante Uriel Gutiérrez, lo que desató la protesta masiva de sus compañeros al día siguiente, siendo respondida de forma aún más violenta por los uniformados con un saldo de 10 estudiantes muertos y 23 heridos. En la caída de la dictadura militar de Rojas Pinilla, durante el paro nacional dirigido por los partidos políticos tradicionales, fueron también jóvenes alumnos los sacrificados con un saldo de 10 muertos en el país. Fue ésta la última ocasión en la que los universitarios sacrificados fueron considerados héroes por el establecimiento, pues a partir de ese momento, el movimiento estudiantil cuestiona el sistema y entra a formar parte del enemigo interno.

Mayo de 1968 marca en el mundo la emergencia de la juventud universitaria como actor político, cuyo principal efecto será el impulso de en un cambio cultural que rompe muchos parámetros del comportamiento juvenil tanto en lo simbólico –el vestuario, por ejemplo–, como en las formas de relación entre los sexos, para citar tan sólo dos aspectos, que asumen formas de liberalidad antes proscritas. Sin embargo, la esperanza de un cambio en el sistema económico en los países occidentalizados no pudo ser concretado. En Colombia, el impacto de la marea estudiantil mundializada tardó un poco en tener efectos masivos y es a partir de 1971 cuando centrado en transformar la estructura de funcionamiento de las universidades el movimiento estudiantil alcanza movilizaciones importantes, que con altibajos ha continuado hasta nuestros días. Las cifras de los “estudiantes caídos”, nombre con el que son conocidos los muertos en las refriegas con los agentes del Estado, son difíciles de contabilizar, si bien los que han explorado el tema estiman que no menos de dos centenares de jóvenes universitarios han perdido la vida desde la década de los setenta del siglo pasado. La inconformidad aflora para este grupo social, en no poca medida, de cuestionamientos de la realidad surgidos desde la reflexión intelectual, y el espíritu contestatario, también en no poca medida, acaba con el ciclo académico, dando lugar a expresiones muy conocidas como: “quien no ha sido revolucionario en su juventud no tiene corazón, y quien lo sigue siendo de adulto no tiene cabeza”, que expresan esa temporalidad limitada de algunas rebeldías circunscritas tan sólo al tiempo estudiantil.

El paro nacional del 2021 ha significado una ruptura con esa tradición que limitaba la protesta juvenil a los campos universitarios pues fueron las barriadas los puntos de resistencia y confrontación. Lxs estudiantes estuvieron tan sólo como otrxs más, siendo una juventud acentuadamente precarizada la principal protagonista que en sus consignas transparenta la urgencia de superar unas condiciones sociales insoportables. Pierre Bordieu, en el texto citado anteriormente, al referirse al mundo del precariado anticipa que sí la explicación de la condición de marginalidad alcanza la dimensión política, eso conduce necesariamente a un cuestionamiento de todo el conjunto socio-cultural: “Para explicar su propio fracaso, para soportarlo, esta gente tiene que poner en tela de juicio todo el sistema, sin particularizar, el sistema escolar, y también la familia, de la que es cómplice, y todas las instituciones, identificando la escuela con el cuartel, el cuartel con la fábrica. Hay una especie de izquierdismo espontáneo que recuerda en más de un rasgo el discurso de los subproletarios”. Esa radicalidad del cuestionamiento tiene que ver con el hecho que la discriminación y los abusos que la acompañan atraviesan todo el espectro de las manifestaciones sociales cuando la marginalidad sobrepasa ciertos grados: el lenguaje, el vestuario y la estética exhibida son inferiorizados y la segregación, en no pocas ocasiones, asume formas violentas. La naturalización de la situación por los supremacistas de todo tipo incuba y justifica el apoyo de los poderes establecidos a los abusos, y, del lado de los segregados, ha sido el cimiento de la conformidad y la aceptación. Racionalizar las causas significa, por eso, interrogar y actuar sobre la totalidad.


Respuestas que desnudan

La reacción armada de las autodenominadas “gentes de bien” ha hecho visible un aspecto que el sentir común percibe pero no interioriza: el carácter violento y letal del control social que las élites han extendido por 200 años. Que los grupos del privilegio no deleguen, sino que directamente empuñen y disparen sus armas en compañía de uniformados, le mostró al país que el latifundismo armado de las zonas rurales, este sí ejercido de forma delegada, no fue una acción de algunos empresarios del campo desesperados, sino una alianza público-privada que mediante el terror ha ampliado sus propiedades y controla la población. La propuesta de una parlamentaria del partido de gobierno de legalizar la tenencia de armas sin apenas restricciones, es señal que las “gentes de bien” buscan también normalizar el paramilitarismo urbano.

Las camionetas blancas de alta gama y el aspecto de caballistas de quienes disparaban desde los lujosos vehículos, muestran el carácter integral y consumado del fenómeno paramilitar y de su asunción como política estandarizada para el mantenimiento del statu quo. Que en las redes sociales al barrio de Cali desde el que le dispararon a los manifestantes le haya sido cambiado su nombre oficial de Ciudad Jardín para ser rebautizado como Ciudad Bacrim, es un indicio qué en el imaginario colectivo hay una claridad mayor sobre el creciente peso y extensión de la economía ilegal de la cocaína en las diferentes dinámicas de la acumulación de capital, como también del hecho que un poder surgido de lógicas delincuenciales no sólo es ilegítimo sino peligroso para la integridad y la vida de los ciudadanos. El decomiso, en pleno suceso de las protestas, de una avioneta con una carga de 446 kilos de alcaloide de alta pureza, que había despegado de un aeropuerto oficial, perteneciente a “gentes de bien” que ocupan periódicamente los espacios de las llamadas revistas del corazón, y que a su vez son seguidores incondicionales de las políticas del jefe del partido de gobierno, fue un suceso mediático que no dejó dudas sobre la procedencia del paramilitarismo urbano que dispara contra los manifestantes, pues quienes pudieron ser identificados como pistoleros proceden del mismo grupo social de los involucrados en la narco-nave.

El carácter multidimensional del ideario juvenil contestatario, que va desde quienes asumen la defensa de la diversidad del género, pasando por las diferentes facetas del feminismo, el reclamo étnico, hasta los ecologistas, los animalistas y los especistas ha llevado el cuestionamiento del capital a dimensiones antes no consideradas o consideradas poco relevantes. Esta realidad, que no puede desconocer las asimetrías en las relaciones económicas inter-humanas, da a las perspectivas de las revueltas de lxs jóvenes unas metas más amplias que las contempladas hace medio siglo, llevando el desafío político quizá al grado más alto que debemos enfrentar, por lo menos en los últimos tiempos. Esto tiene su contracara en el hecho que la reacción que amenazan desencadenar movimientos regresivos como los diferentes grupos neo-nazis es igualmente desafiante por su carácter necrótico y su base económica delincuencial, y porque, desafortunadamente, también atrae a no pocos jóvenes, que ven en la diversidad incertidumbre y en el cuestionamiento de las actuales relaciones entre lo humano y lo no humano un salto al vacío.

En Colombia, las consecuencias de la instrucción de las fuerzas armadas en doctrinas de ese tipo, como es el caso de las superficiales tesis de la “revolución molecular disipada”, que no por elementales son menos peligrosas, han quedado demostradas con el cruento saldo dejado por la represión de la protesta social. La suscripción de la Carta de Madrid, el manifiesto de la ultraderecha iberoamericana, por un grupo de parlamentarios del partido de gobierno es otra señal que frente al “basta ya” de lxs jóvenes y a su negativa de ser meramente sobrevivientes en el limbo oscuro de los sin derechos, o de los derechos recortados, la respuesta que planteen las élites sea exacerbar aún más la violencia endémica usada por décadas. El desafío de una representación adecuada de la realidad y el diseño de un marco de acción que nos conduzca a una sociedad más amable y equitativa es, entonces, una tarea urgente para los que deseamos un mundo mejor.

* Pierre Bordieu, Sociología y cultura, Capítulo 10: “La ‘juventud’ no es más que una palabra”

 

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Publicado enColombia
Contagio radio, 19 de mayo de 2021 (Tomado vía Twitter)

Desde el 28 de abril, todos los días, múltiples y diversas movilizaciones de masas se han registrado en el territorio colombiano. A veces, dando lugar a enfrentamientos violentos con las fuerzas de policía, con el resultado de decenas de muertos y centenares de heridos y desaparecidos. Para algunos se trata fundamentalmente de una nueva manifestación de la juventud descontenta. Mirándolo más de cerca, sin embargo, se observa un estallido social mucho más complejo con implicaciones políticas más profundas, las cuales se tratan de ocultar precisamente con aquella mirada simplificadora.

 

Es ya un lugar común decir que las ocurridas durante este mes de mayo son movilizaciones de la juventud. No es tan exacto. Se constata en muchos casos una participación más rica y heterogénea. Sobre todo si se hace la diferencia entre las multitudinarias demostraciones convocadas por el Comité Nacional en las jornadas llamadas de Paro y las múltiples manifestaciones autoconvocadas cada día a lo largo y ancho del territorio. La protesta y el descontento, además, tienen otras expresiones diferentes a la toma de las calles. Pero puede aceptarse.


Otro lugar común, en cambio, es menos convincente. Es aquel que reduce la juventud a los estudiantes y confunde lo que podría ser un movimiento juvenil con un movimiento estudiantil. Y de allí deduce lo que deberían ser sus demandas; las propias, según se dice, de su naturaleza. Lo primero que se le ocurrió al presidente Duque, por ejemplo, fue ofrecer matrícula cero para los estratos 1, 2, y 3, inicialmente para el segundo semestre de este año y luego para todo el 2022. Como quien arroja un hueso, para entretener y calmar la jauría. Fue en vano. Se vio obligado a corregir y agregó tres ofertas más destinadas a los jóvenes en general: subsidios para la promoción del empleo joven, el emprendimiento rural juvenil y el crédito de vivienda (para jóvenes). También fue en vano. La calma no llegó.


No es solamente una confusión producida por la estúpida soberbia del mandatario. Se ha generalizado ya –desde el 21N de 2019– inundando los medios de comunicación y las conversaciones de los ciudadanos, hasta alcanzar la cúpula de los partidos y de la intelectualidad. Forma parte, hoy por hoy, del imaginario social. Pero si no es tan cierto, ¿cómo y por qué se fabricó?


Apenas obvio…


El protagonismo de la juventud en las protestas, en principio, no es más que el reflejo de su protagonismo creciente en la sociedad. Por razones que, para empezar, son puramente cuantitativas. Como se sabe, Colombia se encuentra en una fase bastante avanzada de la transición demográfica. En comparación con el censo de 2005, la población mayor de 65 años ha pasado de ser el 6.3 por ciento del total a representar el 9.1; en cambio, los de 14 años o menos que constituían el 30.7 por ciento en 2005, ahora sólo son el 22.6 (1). No se trata solamente de que la proporción de niños se haga cada vez menor, sino que, por un tiempo, la proporción de “jóvenes” va a ser cada vez mayor.


En efecto, el grupo de la, llamada por el Dane, juventud (entre 14 y 28 años) representaba en 2018 un 26.1 por ciento; participación superior, por cierto, no sólo a la del 2005 sino a la que se había proyectado para ese mismo año según el Censo anterior (2). Ahora bien, según las recientes proyecciones con base en el Censo 2018, se calcula que este grupo de población ascendería en 2021 a 12.666.317 jóvenes. La mayor proporción, sobre el total de población, se encuentra en departamentos de baja densidad que podríamos llamar periféricos, aunque algunos de la zona andina, mucho más poblados, cuentan con una proporción superior al promedio nacional, o sea que la magnitud es significativa también en números absolutos.


No es pues un fenómeno rural o semiurbano. Al contrario, la proporción viene en creciente en varias ciudades, incluida Bogotá. Lo mismo que la cantidad. La proyección mencionada nos dice que, en 2021, por ejemplo en Bogotá este grupo de edad ascendería a 1 943 906 jóvenes sobre un total de 7.834.167 habitantes. En Cali se calculan 531.369 y en Medellín, 636.440. Y esto sin contar los municipios de sus áreas metropolitanas. Es un fenómeno que acompaña el proceso de urbanización, el cual ha sido precipitado en Colombia por el violento desplazamiento. La gran concentración de jóvenes, que no ha dejado de acentuarse durante lo corrido de este siglo, se encuentra pues en las principales ciudades. O mejor, en sus áreas metropolitanas, pues, adicionalmente, es un rasgo característico de los procesos de conurbación.


Pero el protagonismo responde también, sencillamente, a que, en su inmensa mayoría, forman parte de la población subordinada y padecen igualmente sus miserias y las consecuencias de las políticas neoliberales; de esa población que hoy se encuentra en condiciones de extrema pobreza o que, estando acomodada anteriormente, ha visto disminuidos sus ingresos. Su edad no los excluye de tal condición; por el contrario, los convierte en sus representantes más visibles y activos. Al respecto cabe advertir, de una vez, que no se trata de “los estudiantes”. Si se toma el rango de edad entre 18 y 26 años, o sea, para 2021 un número estimado de 7.718.714, la verdad es que la cobertura de la educación superior no alcanza siquiera a la mitad. Es un poco difícil hacer el cálculo, dados los sorprendentes fenómenos de deserción de los últimos años, los cuales se acentuaron obviamente con la pandemia, pero bástenos saber que el sistema de información del Ministerio de Educación contabilizaba para el segundo semestre de 2019 un total de 2.396.250 estudiantes. Desde luego, la cobertura es mayor en las grandes ciudades (3).


Un indicador de la situación social y económica de los jóvenes es el nivel y evolución del desempleo. Obviamente, si alguien aparece en las estadísticas es porque ha estado buscando empleo activamente, es decir que no es estudiante o si lo es no tiene la posibilidad de dedicarse a ello de tiempo completo. Como se sabe, las tasas de desempleo son mucho mayores en la llamada “provincia”, es decir fuera de Bogotá y unas pocas grandes capitales; además, en la zona semiurbana o rural, habría que considerar los fenómenos de subempleo o desempleo disfrazado; sin embargo, en las ciudades la situación es también preocupante. En general, según el Dane, la tasa de desempleo de los jóvenes viene creciendo desde 2015 cuando estuvo alrededor de 16,2 por ciento, a enero-marzo de 2021 cuando alcanzó 23,9 porciento. –Con un significativo contraste: para las mujeres la tasa fue de 31,3 por ciento mientras que para los hombres fue de 18,5 por ciento–. Esto significa, en este año, un total de desocupados jóvenes de aproximadamente un millón seiscientos mil.


La particularidad de los jóvenes, dentro del conjunto del pueblo, y sobre la cual se ha escrito mucho últimamente, consiste en la dolorosa sensación que han denominado como “no futuro”, recordando la popular película colombiana. Varias son las respuestas presentadas frente a esta angustia y que pueden preverse hacia el futuro. Algunas deplorables, pero otras promisorias. En todas se percibe el abandono definitivo de la resignación. Al mismo tiempo se constata como la característica más protuberante de este periodo histórico la descomposición y explosividad urbanas. En cierta forma, el traslado de la conflictividad social de los espacios rurales a los urbanos. Desde luego, no se trata de la desaparición en aquellos sino de un relevo del protagonismo y de un cambio en su naturaleza. Descomposición y explosividad están estrechamente ligadas y el primer grupo poblacional arrastrado por esta mezcla en ascenso es la juventud. La cuestión del futuro introduce entonces un ingrediente enriquecedor. La misma juventud puede encontrar alguna forma de canalización, política o no pero claramente constructiva (4).


El “divino tesoro”


La categoría “Juventud” no se refiere, evidentemente, a un grupo etario. Más allá de la caracterización psicosocial y afectiva propia de la disciplina denominada sicología evolutiva, la sociología, desde hace mucho tiempo insiste en la connotación cultural que tiene, hasta el punto de no dudar en atribuirla, como construcción social, a la época moderna, particularmente en la segunda mitad del siglo XX. Tiene que ver, naturalmente, con la expansión del aparato educativo y la prolongación de la vida escolar. Un espacio vital se abre, entre la adolescencia y el mundo del trabajo. Un espacio que antiguamente no existía. Salvo en los vástagos de las familias de la nobleza, en donde podía contemplarse una etapa de “preparación” para las funciones de mando; por el contrario, el niño del campo o de las ciudades era vinculado rápidamente al trabajo. En las niñas cuyo destino, como se sabe, aun en la nobleza, era el matrimonio, es evidente la inexistencia de esta etapa.


Las investigaciones históricas y antropológicas lo corroboran. Aunque era ya tan reconocido como hecho evidente que ni siquiera merecía estudio, los acontecimientos del mayo del 68 le dieron un aliento adicional al tema en el discurso eurocéntrico. Puede recordarse el libro ya clásico de Margaret Mead “Cultura y compromiso” publicado en 1970 donde trata de explicar como una forma contemporánea de relación intergeneracional que denomina prefigurativa, el “desafío de la juventud”, como se decía entonces. A Touraine, por su parte, encontró en el movimiento estudiantil, que tenía enfrente, el punto de partida de su enfoque de los “nuevos movimientos sociales”.


No obstante, aun en la época moderna conservan pertinencia las diferencias de clase social. Como nos lo recuerda M. Sagrera: ¡Es que los pobres no pueden darse el lujo de ser jóvenes! (5). Por eso, en el imaginario social, fortalecido por las industrias culturales y los grandes medios de comunicación, la juventud no deja de asociarse con un grupo social, de ciertas edades claro está, pero también estudiantil, de clase media y urbano. Es decir, para el capitalismo, es considerada fundamentalmente como grupo de consumo, como nicho de mercado.


Otra cosa es que, al mismo tiempo, durante toda esta historia, este grupo, en todos los países, también haya sido movimiento social, particularmente combativo y radical, lleno de ideales alternativos y motor principal de las transformaciones en el campo cultural. Como parte del movimiento popular; a veces diferenciado, como dinámicos agrupamientos intelectuales o, más claramente como movimiento estudiantil (6), y otras veces incorporado en el seno de otros movimientos sociales, incluido, por supuesto, el de los trabajadores. He ahí un punto de partida adecuado para entender los cambios que se están presentando no sólo en Colombia sino en todo el mundo.


La dinámica de un levantamiento popular


La última razón por la cual la juventud ha resultado ser la protagonista es tan obvia que se pasa por alto. Lo que estamos viviendo en Colombia, con sus antecedentes en noviembre de 2019 y en septiembre del año pasado, es un levantamiento popular que ha cubierto todo el territorio nacional y se ha prolongado más de un mes. Muchas y diversas han sido sus expresiones, con motivaciones (¿objetivos?) que cambian de importancia, alternándose, y con actores sociales que entran y salen y se involucran en unas u otras formas de expresión. Como había ocurrido hace dos años, el punto de partida fue la convocatoria a un paro nacional cuyo objetivo, en cierta forma reiteración de las exigencias pendientes desde entonces, era la negociación de un “pliego de emergencia”.


En Colombia, sin embargo, la denominación de Paro Nacional no se refiere, como en otros países, a una declaratoria de huelga general, pese a ser convocado por organizaciones sindicales. Es una jornada de protesta de un día cuya fuerza se demuestra en la amplitud y calidad de las movilizaciones, principalmente urbanas, y sólo a partir de ellas podría esperarse una parálisis de la actividad económica. Pero, nuevamente, las razones de la protesta –y de la rabia– fueron tan poderosas que la dinámica social se desbordó; continuó en los días siguientes, haciendo de la toma de las calles –y de las carreteras– un ejercicio permanente de protesta. Con un salto cualitativo. A diferencia de las ocasiones anteriores, se encontró en los llamados “bloqueos”, que son operaciones de destacamentos, una forma apropiada de lucha. En los países del Cono Sur se les llama “cortes de vías”; hace veinte años, en Argentina, por las características descritas, se habló del movimiento de los “piqueteros”. Una forma de lucha que, dada la certeza de que se prolongaría en el tiempo, dio a la protesta las características de resistencia. Pues bien, en estas circunstancias, en este tipo de lucha, es evidente que son los jóvenes quienes tienen las mejores condiciones para encarnar la vanguardia.


Dos rasgos fundamentales, a tono con lo dicho anteriormente, deben subrayarse. El primero tiene que ver con la ruptura de las fronteras entre el estudiante y el trabajador. Es cierto que en lo más fuerte y persistente de las manifestaciones predomina la juventud; pero, contrariamente a lo que repiten los medios y se vuelve como una inercia del pensamiento en los adultos que miran, no es ya la “clásica” movilización de los “estudiantes universitarios”, sino una categoría nueva de “trabajadores-estudiantes” no sólo porque muchos son en sí mismos ambas cosas, o son jóvenes desempleados, sino porque así se sienten todos.


Ello remite al segundo rasgo. También en contradicción con las “inercias del pensamiento”, no es cierto que el énfasis de la rabia y las exigencias de estos jóvenes esté puesto en la Educación Superior y sus problemas (aunque, claro, también han estado entre sus demandas), en realidad se preocupan por su futuro; al igual que toda la multitud, denuncian la amenaza de la reforma tributaria y todo el conjunto de reformas y políticas que, como se sabe, tiene que ver con las condiciones sociales de la población, en general. Para sorpresa de muchos observadores, en su necedad, esto sería un asunto “sindical”.


La incomprensión acerca de la dinámica de este levantamiento no se detiene ahí. Como queda sugerido en lo antes dicho, entre los analistas de todas las clases, hay una suerte de obsesión por precisar “los objetivos”. Obsesión que no permite entender la dinámica y la complejidad de la explosión social. En efecto, una palabra que hemos usado repetidamente es “rabia”; habría que añadirle desilusión y escepticismo, pero sobre todo asco. Y seguramente odio, aunque ya no sea de buen recibo en estos tiempos de paz, amor y reconciliación Más que objetivos lo que hay son blancos. Uno de ellos, por supuesto, es el Esmad. Resulta insulso entonces agregar que se busca una reforma de la Policía. Y sobra decirlo: el principal objeto del odio es Duque (y su mentor). Tampoco viene al caso interpretar que se busca su renuncia.


Estos son los sentimientos que constituyen la sustancia del levantamiento. Son secundarios los objetivos. Y aunque los jóvenes, por sus características, probablemente sean los más proclives a expresarlo así, también existen en los demás sectores populares. Desde luego, como esta dinámica social suele describir un ciclo, no faltarán las buenas almas que finalmente logren convencer a los jóvenes para que precisen y cuantifiquen sus objetivos a negociar.


La funcionalidad de los piropos envenenados

Como se decía al principio, la reducción del levantamiento popular a una explosión juvenil, y de lo juvenil a lo estudiantil, termina siendo una operación bastante conveniente para las alturas del poder y particularmente para el Gobierno. Para empezar, permite concentrar y simplificar los objetivos, después de retirada la reforma tributaria, en lo educativo. Por otra parte, significa trazar la línea divisoria en lo generacional, escamoteando lo social y económico. El gobierno escoge así los interlocutores válidos. Como si fuera poco, en ello parece contar con la ventaja de poder mostrar no pocos funcionarios “jóvenes”: entre otros, un Ministro de Vivienda de 36 años, el recién nombrado Consejero de Paz con 32 años y la joya de la corona, una ministra afrocolombiana de 31 años, originaria de una de las regiones más azotadas por la pobreza y la violencia. El propio presidente apenas pasa los 42 años. En cambio, la absoluta mayoría del Comité Nacional de Paro ya supera los sesenta años. Nadie podría decir entonces que el régimen político en Colombia es “adultocéntrico”. Finalmente, logra que el conjunto de la población quede excluido del conflicto. Dadas las enormes exigencias de la lucha, poco a poco tiende a volverse cierto que es un “problema de los jóvenes”. El tiempo corre a favor del Gobierno.


Esto ha sido manejado eficazmente en el plano simbólico. Hemos dicho que el protagonismo de la juventud forma parte ya del imaginario colectivo. Pero es reforzado una y otra vez por políticos y analistas. Y no siempre con una carga negativa o de condena; al contrario, suele estar revestido de elogios. Los adultos que, atenazados por la angustia de la pérdida del “divino tesoro”, saludan la nueva generación que ¡logrará lo que ellos no pudieron! Hasta el extremo de lo grotesco. Hace unos días se convocó en Bogotá a una demostración que dio en denominarse la “cuchimarcha” (7). Aparte de la autodesvalorización que representaba para los adultos mayores que la convocaban, lo más grave era su autoexclusión, la declaración abierta de que no se sentían involucrados en la protesta, en el enfrentamiento. El objetivo de la marcha era un llamado a la “solidaridad con ellos”, con los jóvenes.


La lógica que van imponiendo, en este orden de ideas, y contra la cual valdría la pena reaccionar, es la proliferación de los “mediadores”. Gentes y organizaciones, que se colocan “por encima del bien y del mal”, condenan la violencia “venga de donde viniere” y por tanto se sienten con autoridad para “ayudar a que los jóvenes y el gobierno comiencen a dialogar”. Entre tanto, las razones de la protesta y la rabia continúan vigentes. Aunque el natural proceso de desgaste ya va debilitando la fuerza social, no puede descartarse un renacer inmediato con más fuerza. Pero hay algo más importante: los procesos organizativos y de articulación que se han dado en los diversos puntos de resistencia anuncian, desde ya, hacia el próximo futuro, un nuevo salto cualitativo.

 

1. Ver: www.dane.gov.co /index.php/estadisticas-por-tema/demografia-y-poblacion/censo-nacional-de-poblacion-y-vivenda-2018
2. Ibídem. El Dane presenta también un grupo cuya clasificación sorprende, el de “educación superior” (entre 18 y 26 años) cuya participación igualmente creciente habría llegado en 2018 a 16.0 por ciento.
3. ESTADÍSTICAS - SNIES - Ministerio de Educación Nacionalhttps://snies.mineducacion.gov.co
4. Algunas de estas reflexiones y de las que siguen fueron presentadas y desarrolladas en un Informe de Consultoría (interno y por tanto no publicado) para la organización Internacional “Terre des hommes” en agosto de 2019.
5. Sagrera, M., El Edadismo. Editorial Fundamentos, Madrid, 1992
6. Esta última forma fue la característica de la segunda mitad del siglo XX. En 1971, en Colombia, frente a las tesis que consideraban el conjunto de los estudiantes como una fracción de clase (pequeñoburguesa) o una categoría social, decíamos que su identidad social provenía justamente de su ser en movimiento, fuera del cual sólo existía una dispersión de individuos heterogéneos. Sin desconocer, claro, que un esfuerzo organizativo podía convertirlos, a partir de ciertos intereses comunes, en una especie de gremio.
7. En Colombia, tal vez desde los años setenta del siglo pasado, se acostumbra llamar cuchos y cuchas a los viejos y viejas. Generalmente en un tono de burla. Por ejemplo, a la mujer de edad que, a juicio de los machos jóvenes, se viste y comporta como una muchacha, se le llama “cuchibarbie”.

 

*Economista. Integrante del Consejo de redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia

 

 

 

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Fotografía: Ariel Arango, Cali 2021.

Lo que estamos presenciando desde el pasado 28 de abril –28A– es un acontecimiento histórico que marcará los años venideros en Colombia. Aunque la coyuntura es nacional, es innegable que en la ciudad de Cali se presentó un levantamiento juvenil popular urbano nunca antes vivido en el país y que no tiene punto de comparación con otros referentes de lucha social, como el recordado 14 de septiembre de 1977, toda vez que en esta ocasión se trata de actores de nuevo tipo como es el caso de la juventud popular excluida y sin posibilidades de futuro.

Un suceso de nuevo tipo que es el resultado de una realidad nacional variopinta:

1. El paro nacional convocado el 21 de noviembre de 2019 –21N–.
2. El levantamiento de odio contra la Policía Nacional desatado en septiembre de 2020 tras el asesinato del abogado Javier Ordoñez.
3. Los diversos paros y jornadas de movilización concretadas por estudiantes universitarios a lo largo de los últimos diez años.
4. Los paros agrarios vividos en el país en la pasada década.
5. El covid-19 y el ahondamiento de la crisis económica en el país, con sus secuelas multiplicadoras de quiebras de pequeños y medianos empresarios, desempleo y hambre, resumido de alguna manera en la colgada de trapos. rojos en barriadas populares del país.
6. La inconformidad con la estrategia económica y social implementada por el gobierno nacional para enfrentar la crisis pandémica que no se sintió en la calidad de vida de millones de hogares.
7. La transformación de Cali de ciudad industrial en ciudad de servicios y, con ello, el cierre de puestos de trabajo y el deterioro de condiciones de vida de miles de familias.
8. El hastío social con el nivel de desigualdad reinante en el país, con la infuncionalidad de la buracracia estatal, con el autoritarismo y violencia encontrada, así como con un gobierno que no oculta que es de ricos y para ricos.

Todo esto también está anclado a las luchas que desde el 2019 se presentan en diversos países de nuestra región y el mundo, entre ellas destacan:

1. Chile, con una prolongada protesta social de varios meses que llevarían a elecciones constituyentes, cuyos elegidos deberán darle trámite a una nueva Constitución y enterrar, por fin, el legado de la dictadura.
2. Ecuador, y el levantamiento indígena y popular de octubre de 2019 en contra del paquetazo neoliberal de Lenin Moreno.
3. Bolivia, y el rechazo de su sociedad al golpe de Estado y en defensa de la democracia.
4. Francia, y la constancia de los Chalecos Amarillos en su denuncia y confrontación de las políticas neoliberales, concretadas en la privatización de los bienes comunes.
5. Hong Kong con la lucha de los jóvenes universitarios en contra del autoritarismo chino.
6. Estados Unidos, y la lucha de los afrodescendientes en contra de la brutalidad policial y el racismo, resistencia desatada por el asesinato de George Floyd.

Un cúmulo de antecedentes y referentes de lucha, formas de actuar y defender los derechos de todas y todos que evidencia que la sociedad empieza a tener aprendizajes de acción, superación y denuncia de lo que acontece en sus realidades a partir del manejo del internet y las redes sociales. Y con ello, que estas sociedades ganan en politización, así ello no se traduzca en el entierro de las formaciones políticas tradicionales.

De esta manera, y como producto de todo ello, tenemos ante nuestros ojos claras evidencias de la crisis que sobrelleva la democracia realmente existente, formal y no integral, y con ella de la fase de acumulación capitalista abierta 40 años atrás.

Pero también tenemos, contrario a lo anterior, expresiones de otra democracia, directa y participativa, radical y plebiscitaria, materializada en los bloqueos extendidos a lo largo y ancho del país, alrededor de los cuales la comunidad participante delibera y decide qué y cómo hacer, tanto para sostenerlos como para interpelar al gobierno, aprobando para ello agendas reivindicativas, unas mínimas otras más amplias.

Expresión de otra democracia que sí es posible, extendido incluso hasta la concreción de asambleas populares de ciudad y regiones, como sucede en Pasto y en Nariño, pero también en asambleas territoriales como ocurre por otras muchas ciudades y municipios.

Es así como tenemos ante los ojos del país la conjunción de dos dinámicas, cruzadas y fortalecidas entre sí, aunque ello no sea el producto de una meta pretendida: por un lado, la acción desprendida desde el Comité Nacional de Paro (CNP) y concretada en la citación a la protesta en fecha concreta –28A–, así como las posteriores convocatorias, también en fechas concretas, de una cascada de días de parálisis y lucha.

Al mismo tiempo, el potente levantamiento juvenil/popular, traducido en acciones de control territorial, estimulados para su prolongación en agendas reivindicativas con demandas tanto nacionales como regionales y locales.

Pero también tenemos, aunque no es tan notable al ojo ciudadano pues no ha estado realzado por confrontaciones duras con la policía ni el ejército, la movilización y bloqueos materializadas por variedad de comunidades y pueblos originarios, cada uno con su agenda particular, aunque en algunos casos sintiéndose parte de las organizaciones que integran el CNP, aunque en otras no sea así. Infinidad de bloqueos que terminaron por hacer del tejido vial nacional un extenso laberinto.

Entre estos bloqueos, también destacan los concretados por el gremio de camioneros, los cuales aprovecharon la ocasión para presionar por lo suyo, en lo cual tampoco existió una sola agenda, producto de la atomización gremial que los caracteriza.

Una variedad de expresiones sociales que dejan en claro la inexistencia de un único y potente referente nacional organizativo y el tránsito hacia un amplio y variopinto movimiento social que deberá resolver en los meses y años por venir las formas políticas que asumirá o profundizará.

Ahora, la prolongación de la jornada de paro citada en primera instancia para el 28A y alargada más allá de todo cálculo, permite concluir que la sociedad aprendió a luchar y ya entiende que una convocatoria a movilizaciones debe ir más de un día para tener algún verdadero efecto.
Sucursal de la resistencia

Vivimos el surgimiento de un nuevo actor político y social popular en Cali y posiblemente el Valle del Cauca. Desde el 28A inició un momento nunca visto en la ciudad, con la concreción de cerca de 25 puntos de resistencia a lo largo y ancho de la ciudad, de los cuales han logrado sostenerse alrededor de 20.

En estos puntos la cohesión social construida implica la juntanza de vecinos y vecinas, artistas, deportistas, estudiantes, desempleados, liderazgos comunitarios y sociales, integrantes de pandillas, “barras bravas”, entre otros, que comparten ollas comunitarias para la alimentación, agendas de programación de eventos culturales y deportivos. Así mismo, están quienes bregan por construir centros de salud populares, materializado en las brigadas constituidas para atender a quienes son heridos en medio de las refriegas con la mal llamada “fuerza pública”.

Nace en este marco un nuevo actor; las primeras líneas, posicionado como un actor legítimo del conjunto de la sociedad. Ellos y ellas van tejiendo mecanismos de comunicación y coordinación a nivel local, pero con el paso de los días comienzan a verse propuestas de articulación nacional. Solo el paso de los meses dirá si logran articularse y la prolongación que alcancen como formas, por ejemplo, de guardia ciudadana o similares.

Por su parte la reacción del establecimiento para contener el estallido social en la hoy denominada “sucursal de la resistencia”, expresión nítida del autoritarismo que lo marca, connota un tratamiento de guerra en este caso con la mezcla de varias de sus estructuras armadas: policía, ejército y paramilitares. Su actuar lo determinaba cada escenario, pero lo bestial de sus prácticas permitió recordar las formas más brutales de represión vividas, por ejemplo, en países como Haití en tiempo de Papa Doc y sus fuerzas paramilitares, los terribles Tonton Macoutes, con los cuales pudo extender su reinado por décadas.

Como equipo desdeabajo entregamos a la ciudadanía caleña y al cojunto de expresiones sociales en todo el país, la presente edición, con carácter de especial, producto del trabajo periodístico sobre el terreno. Esperamos la misma se traduzca en un aporte colectivo para comprender el momento que vivimos y brindar luces para el futuro cercano que nos reta.

 

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Biblioteca Popular La Dignidad,antes CAI Loma de la Cruz.

En La Loma de La Dignidad, en el centro de Cali, convergen distintos procesos, recién organizados por la comunidad en el marco del Paro Nacional que desde el 28A alcanza eco en Colombia. Aunque las personas tienen temor ante el riesgo de ser asesinados o desaparecidos, su motivación y organización está proyectada para largo aliento.

 

Resignificar espacios de poder en medio de las recientes movilizaciones en Colombia ha sido una de las expresiones espontáneas de los y las manifestantes. Tomas culturales y artísticas que durante los más de 50 días que suma el llamado a paro iniciado el 28A toman forma y con mayor fuerza.

En particular, en la ciudad de Cali ya se han resignificado 4 distintos Comandos de Atención Inmediata (CAI), así: el situado en el Barrio Metropolitano del Norte, ahora Biblioteca Popular Nicolás Guerrero, el de Puerto Rellena, renombrado como Biblioteca Popular Marcelo Agredo, el ubicado en el Paso del Comercio conocido por quienes habitan el sector como La biblio-huerta del Aguante, y el correspondiente a la Loma de la Cruz llamado Biblioteca Popular de La Dignidad. Y también está la Biblioteca Móvil Mil Caras de la Literatura - Punto de Resistencia Meléndez.

La Biblioteca Popular La Dignidad fue la primera que resignificó un espacio de poder en Cali. El espacio donde está ubicad es el mismo donde antes funcionaba el CAI de La Loma, y el cual fue tomado luego de dos días de duros enfrentamientos acaecidos entre los días 28 y 29 de abril.

 

Biblioteca Popular La Dignidad, una re-significación de espacios de poder

 

El 1 de Mayo, con el deseo de compartir saberes y disposiciones, llegó Jonathan Valencia con demás integrantes del Colectivo La Dignidad, limpiaron y barrieron el lugar y empezaron a colocar libros. El colectivo está integrado por 14 personas entre hombres y mujeres, que espontáneamente fueron llegando y se fueron quedando. La mayoría tienen formación humanística.

“Creemos que esa re-significación artística y cultural que se le ha dado a un espacio de poder es digno. Digno en el momento en el que estamos tratando de visibilizar los cuerpos, que somos las personas, que integran el Colectivo La Dignidad pronunciándose políticamente ante un aparato represor y cuerpos de poder, como los policías y militares. Cuerpos de poder que nos han intimidado persiguiendo a algunxs compañerxs”, contó Jonathan, uno de los voceros de la Biblioteca Popular La Dignidad e integrante del equipo dinamizador del paro de La Loma de La Dignidad.

En La Loma de La Dignidad convergen distintos procesos como poesía al viento, danza, el mercado comunitario, la primera línea y el cabildo abierto. Además, desde la primera semana de mayo en La Dignidad se reúnen una vez por semana y delegan las tareas de las varias comisiones: insumos, agenda cultural, biblioteca, gobernanza, punto violeta, ambiental y comunicaciones. El equipo desdeabajo con el apoyo periodístico de Sebastián N. entabló una entrevista con Jonathan en torno al proceso de la Biblioteca Popular y esto fue lo que nos contó:

desdeabajo (da): ¿Por qué el nombre de Biblioteca Popular La Dignidad?
Jonathan Valencia (JV): Ese nombre no lo dimos nosotros, tiene una relación muy cercana al inicio del Paro Nacional del 28 de abril. Se empezó a re-significar los espacios. Ya no se llama Loma de La Cruz sino Loma de La Dignidad. Entonces, como el concepto ya estaba la Biblioteca se llamó igual para darle consecutividad. Lo mismo pasó con la zona Paso del Comercio que ahora es Paso del Aguante, o el Puente de los Mil Días ahora conocido como el Puente de las Mil Luchas, o Puerto Rellena se resignificó como Puerto Resistencia y así.

da: ¿Qué ha dicho la comunidad?
JV: La comunidad no se ha pronunciado.Este CAI tiene la particularidad de ser un punto de atención turístico. Entonces, un sector de la comunidad siempre ha querido la biblioteca y otro sector tiene una relación simbólica con la presencia del CAI y la sensación de seguridad. Realizamos una Asamblea Popular el día 11 de mayo a las 5 de la tarde, en la que intervino la comunidad, la Secretaría de Cultura, la Sub-Secretaría de Artes y la Red de Bibliotecas Públicas y el consenso general que arrojó la misma fue que quieren tanto la biblioteca como el CAI.

da: ¿Cuál ha sido la respuesta de la Policía después de la toma del CAI y la apertura de la biblioteca popular?
JV: La Policía no se ha pronunciado al respecto. Nos ha intimidado. El viernes 14 de mayo vinieron 8 policías, sin identificación en sus chalecos o placas de las motos, y nos tomaron fotos y vídeos. No se ha establecido con la Policía ningún diálogo. Con los militares sí tuvimos un encuentro el 2 de mayo. Llegamos y estaban en la Biblioteca Popular con armas y explosivos. Les dijimos que íbamos a entrar y no nos dejaron. Sin embargo, colocamos los libros afuera del CAI y convivimos con ellos toda una tarde.

da: ¿Qué actividades desarrollan en la Biblioteca?
JV: Hacemos recitales de poesía, circo, talleres de dibujo para infantes o lecturas con la primera línea. Como las bibliotecas públicas están cerradas, promotores de lectura han venido a realizar eventos. Hemos creado un Comité Pedagógico, articulado con el Comité del Paro de La Loma, espacio a partir del cual hemos logrado entablar conversación con la comunidad, sin condicionar a que estén de acuerdo con el proceso, para invitarlos a participar en la Asamblea Popular que se realiza todos los sábados en la rotonda de la Loma de La Dignidad y conversar sobre quiénes somos, cuáles han sido los aciertos y desaciertos del proceso.

da: ¿Hasta cuándo creen que esta situación dure?
JV: Esto lo respondo como miembro del Comité del Paro de La Loma, y es que no sabemos. No sabemos hasta cuándo va el bloqueo, ni sabemos hasta cuándo va el decreto que expidió el Alcalde Jorge Iván Ospina con la Unión de Resistencias de Cali. No sabemos a quiénes de los que estamos acá nos van a desaparecer o matar. Nada de eso está claro, ni tampoco para las otras compañeras y compañeros de las demás bibliotecas con quiénes hemos creado la Unión de Bibliotecas de la Resistencia Caleña. En ese sentido estamos pensado en actividades colectivas a corto plazo, sin embargo tanto el Comité del Paro de La Loma como la Biblioteca Popular la Dignidad son de largo aliento, sin importar que el Paro Nacional siga o termine. Creo que es muy importante proyectarse para las próximas elecciones, para que todo este proceso tenga una calada en el incremento de la conciencia política de las personas.

da: Cuéntenos más de esta Unión de Bibliotecas de la Resistencia Caleña
JV: Estas no son actividades aisladas, sino que es un movimiento artístico y cultural que sin articularse en un principio todas las bibliotecas, nos hemos dado cuenta que la espontaneidad ha llevado a reconsiderar las bibliotecas como un espacio pre-dilecto para la democratización del conocimiento. Una ciudad como Cali, golpeada por tanta desigualdad, los sectores populares están en un alto nivel de inasistencia escolar, y creemos que a través de estas bibliotecas se puede impactar positivamente en la asistencia, para bien.

En los primeros días de funcionamiento de la Biblioteca Popular la Dignidad nos percatamos que estábamos pensando muy individual, y tocaba darle tuerca al asunto a un sentido más colectivo, por lo cual buscamos y entablamos conversación con las demás bibliotecas y así creamos la Unión. Entonces, así después nos saquen a todas las bibliotecas de los CAI, la Unión de Bibliotecas de la Resistencia Caleña seguirá actuando. Yo siento, puede ser uno de los caminos, que a largo plazo se terminará concretando una co-acción con la institucionalidad, porque la Red de Bibliotecas Públicas de Cali, a diferencia de la de Medellín o Bogotá, nació fruto de procesos de bibliotecas comunitarias y populares que luego se convirtieron en bibliotecas públicas.

 

Integrantes Colectivo Mal-Hablar, Universidad Pa’l Barrio y Biblioteca Popular la Dignidad
 


Universidad Pa’l Barrio y Colectivo Mal-Hablar

Al terminar la entrevista, al frente de la Biblioteca empezó un evento de Universidad Pa’l Barrio, un proyecto en alianza con colectivos y profesores de distintas universidades que llevan las clases a las calles. Karen Sofía Camacho, estudiante de la Universidad del Valle, contó que este proceso tiene como intención aportar con actividades pedagógicas y académicas a la movilización social en el marco del Paro Nacional en los distintos puntos de resistencia en Cali. “Nos articulamos con los voceros de cada punto y con las bibliotecas populares. Creemos que como ciudadanos y academia podemos tener un papel protagónico en la construcción de un país. Y estamos aprovechando el despertar de la conciencia colectiva. La idea es también trascender después de la coyuntura que estamos viviendo”, puntualizó Karen.

Al instante empezó una mesa de escucha del Colectivo Mal-Hablar, un evento articulado con Universidad Pa’l Barrio. Con el ejercicio de escucha colectiva se trata de que las personas reaccionen creativamente a ello e identifiquen dónde se aloja corporalmente su escucha y también reflexionen sobre las preguntas que les genera el Paro Nacional.

Andrea Martínez, una de sus integrantes, contó que la idea del colectivo es romper los significados de los conceptos que se utilizan en el cotidiano del Paro Nacional. El colectivo escoge una palabra que les parece pertinente y recogen las definiciones que sobre la misma les da la gente.La idea es hablar con todo tipo de personas: infantes, personas de acuerdo y en desacuerdo con la movilización. Y después, procesar esta información, ponerle música, y a circular.

“Nos sucede con frecuencia que hablamos mucho y casi no nos escuchamos. Reconocer la diferencia es muy importante para la transformación que queremos en Colombia. Hasta el momento nuestras series de palabras han sido: paro, vándalo y desaparecidos. Palabras que empiezan a habitar en nuestra cotidianidad, no tradicionalmente sino reformuladas por la gente” concluyó Andrea.

Diversas personas participaron de esta mesa de escucha. Ciclistas de paso, artesanas, estudiantes y adultos mayores. Una vendedora informal, que no sabía escribir, le pidió el favor a una mujer que le escribiera una carta para la primera línea. Amarraron una cuerda de un poste a un tubo anclado en el suelo, y colgaron las cartas. “Que Dios los proteja y ojalá todo cambie para una Colombia mejor”,terminabadiciendo la carta de la señora.

* Texto y fotografías.

 

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MÁS LEÍDOS 2021: A propósito de las protestas sociales en Colombia. Autoorganización y acción colectiva

La crisis no se debe a las debilidades o torpezas de Iván Duque; tampoco a las propuestas de algún ministro, por colocar dos referencias que no son las únicas. La crisis es en realidad el resultado de un sistema de gobierno y de una historia de indolencia y falta de compromiso con el pueblo colombiano. La historia marca un derrotero por vida digna y democracia real que es necesario asumir como reto por lograr entre todas y todos.

 

Soprendente. Por varios días la noticia en el mundo dejó de ser la pandemia o los temas y problemas relacionados con las vacunas. Por la violencia estatal desatada, el tema alcanzó a ser el de las protestas en Colombia, con un número, hasta la fecha, de varias decenas de muertos, varias centenas de desaparecidos, numerosos casos de violaciones y la violencia sin límites del paramilitarismo aunado a las fuerzas de seguridad oficiales. La comunidad internacional está tan escandalizada como la propia sociedad civil en el país. Literalmente, el famoso episodio de “La noche de los lápices” –el dramático episodio que tuvo lugar durante la última dictadura argentina en la noche del 16 de septiembre de 1976 y sobre el cuál Héctor Olivera dirige la extraordinaria y escandalosa película con el mismo nombre–; pues bien, lo acontecido en Colombia es infinitamente peor que lo vivido con la dictadura, en Argentina.

La historia es una ciencia políticamente incorrecta. Pues bien, digámoslo sin ambages: de todas las élites de América Latina, de lejos, la más sanguinaria, la más violenta y asesina ha sido la colombiana, ya desde el siglo XIX hasta el presente*. Incluso sin haber vivido dictaduras a la manera de Chile, Brasil, Uruguay o Argentina, por ejemplo; incluso a pesar de no haber vivido las guerras de Guatemala y El Salvador; y además, asimismo de las masacres perpetradas en el Zócalo de México en 1968, no hay absolutamente ninguna élite nacional que haya sido tan violenta como la colombiana. Veamos.


Colombia: una olla de presión

La crisis emerge a raíz de la propuesta de una nefasta Reforma Tributaria por parte de Iván Duque. Digamos entonces: a fin de entender las protestas, la acción colectiva y todas sus derivaciones desde levantamientos hasta revoluciones, no son inicialmente las ideas las que mueven a los pueblos y a la historia: es el hambre, el sufrimiento, las penurias y las necesidades el motor de la protesta social en toda la línea de la palabra. Ayer, en la Colonia y los levantamientos de Los Comuneros, y hoy con ese engendro que es la Dian. (Entre paréntesis, con acierto, los movimientos sociales y políticos han puesto como causante de la crisis al grupo Aval, pero hace falta incluir a la Dian: una institución más que cuestionable en la historia reciente del país).

La crisis ya se venía cocinando mucho antes de la pandemia. Los ritmos de la historia se tejen con sutileza a través de los tiempos y siempre en la vida cotidiana.

Lo verdaderamente significativo es que el motor de las protestas sociales son los jóvenes. Al fin y al cabo, Colombia es un país demográficamente joven. Pues bien, el significado del fenómeno es elemental: los jóvenes no ven futuro en las actuales condiciones políticas, sociales y económicas. Y ante la ausencia de futuro lo natural es levantarse para abrir espacios, para construirlo y echar abajo todas las condiciones que lo impiden.


Colombia es el único país en América Latina, a excepción de Chile como resultado de la dictadura de Pinochet, en el que el 70 por ciento de la educación –colegios y universidades– es privada. Y la universidad pública, a su vez, se ha privatizado sutilmente. No hay educación. Adicionalmente, el sistema de seguridad social, independientemente de que se pertenezca al régimen subsidiado o al régimen contributivo, es 100 por ciento privado. Ese fue el resultado de la Ley 100 promovida e implementada por Álvaro Uribe. La pandemia puso en evidencia no la crisis de un virus, ni tampoco la necesidad de las vacunas, sino la crisis estructural del sistema de seguridad social.

Adicionalmente, las oportunidades de trabajo disminuyen. Durante el casi año y media de pandemia la pobreza se acerca al 50 por ciento de la población: un escándalo social, pero un drama humano.

Y mientras tanto, las estructuras y las causas de la violencia no desaparecen y por el contrario se fortalecen. El asesinato selectivo de líderes sociales, de excombatientes de las Farc, de ambientalistas y líderes de Ongs, queda en la impunidad y aumenta con el tiempo. Ni el Estado, ni el gobierno hacen nada real al respecto. En una palabra, se trata de la matanza sistemática y estratégica de jóvenes. El diagnóstico de la crisis se puede y debe ampliar sin dificultad. Hasta que la olla de presión explotó.


La acción precede a la organización

Siempre, en la historia, es la acción la que antecede a la organización; nunca al revés. La organización emerge al calor de las acciones, las cuales son esencialmente espontáneas y autoorganizadas. Así las cosas, la primera enseñanza fundamental de las protestas en estos días es que la acción colectiva ni pidió permiso, ni fue el resultado de partidos políticos –por ejemplo, Colombia Humana o el Polo Democrático–, como tampoco de sindicatos (CGT, CTC y otros) u organizaciones estudiantiles (la Mesa Estudiantil). Estas formas de organización fueron desbordadas y, desde luego, lo mejor que pudieron hacer fue interpretar correctamente el momento y adaptarse a él. Es lo que ha acontecido recientemente.

Sin embargo, al mismo tiempo, como resultados de dinámicas autoorganizativas –esto es, literalmente, de abajo hacia arriba–, emergen medios alternativos de comunicación, canales alternativos de participación, en fin, asambleas populares en barrios, veredas, en el campo y en la ciudad como jamás había sucedido en mucho tiempo en la historia del país. Esta es una historia en proceso, y lo mejor de la misma habrá de venir en el futuro inmediato y a largo plazo.

Mientras tanto, es evidente el descrédito de la gran prensa; con nombre propio, Rcn, Caracol, Semana, El tiempo, El País, y otros más, nacionales o regionales. Las gentes ya han aprendido a desconfiar de los medios, canales y estructuras tradicionales del poder. El mayor temor de la Institutionalidad consiste justamente en esto: en que los pueblos y las sociedades aprendan, y entonces cambien sus formas de acción y sus estilos de vida.


La más importante lección de las protestas sociales actualmente

 

De lejos, el más importante aprendizaje de los procesos en marcha que deberán seguir siendo objeto, entre otros, de sociólogos y politólogos, de comunicadores y antropólogos, de psicólogos e historiadores, por ejemplo, es el hecho de que la gente ha perdido el miedo.

Tradicionalmente, el país estuvo manejado por tácticas y estrategias de miedo: miedo a las guerrillas, miedo a los comunistas, miedo a los sindicalistas, miedo a la pobreza, miedo al desempleo, miedo a la soledad y al desamor, incluso miedo al miedo, por ejemplo. Pues bien, el pueblo colombiano ha perdido el miedo, ya sabe que no tiene nada qué perder y sí todo por ganar. Nos encontramos, sin grandilocuencias, en una bisagra de la historia. Sólo que la historia de mide en densidades temporales que si bien anidan en la cotidianeidad la desbordan ampliamente.

Un pueblo que pierde el miedo sólo puede esperar la libertad. Ningún estudio al respecto es tan ilustrativo como la Ética de Spinoza; específicamente el tránsito del libro IV al Libro V. Un texto de obligada referencia para todos los amantes de la libertad. Spinoza, quien por libre fue recusado por católicos, judíos y protestantes a la vez. Hay que decir cosas muy importantes para ganarse odios semejantes. Spinoza jamás cedió, fue un espíritu libre, como muy pocos.


***

La crisis no se debe a las debilidades o torpezas de Iván Duque; tampoco a las propuestas de algún ministro; ciertamente, no es el resultado de los desmanes del Esmad y toda la ideología fascista que los soporta; tampoco es el resultado del uribismo y las acciones, desde el Congreso, del Centro Democrático y los partidos de gobierno. Afirmar algo semejante es olvidar que la política como las economía, las finanzas como los asuntos militares. se manejan sistemática y estratégicamente. La crisis es en realidad el resultado de un sistema de gobierno y de una historia de indolencia y falta de compromiso con el pueblo colombiano. Así las cosas, lo que emerge ante la mirada sensible no es únicamente el cambio del Congreso en las elecciones del 2022 y el cambio de gobierno. El tema de fondo es un cambio en la historia. Pero la historia nace y se alimenta de la vida cotidiana. Esa que el sistema imperante siempre desconoció y negó. La historia es el ámbito macro de la vida cotidiana, que es, en realidad, el mundo de la vida; el único mundo existente y posible.

* Al respecto, basta con una mirada a la amplia bibliografía sobre la historia de América Latina, incluyendo los estudios de los “violentólogos”. Una referencia reciente al respecto es: González Ibarra, J. de D., Maldonado, C. E., La complejidad y su entorno. Experiencias de México y Colombia, Morelos: Ed. Colegio de Morelos, 2021.

 

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Portal de las Américas, 13 de mayo 2021 (Vía Twitter)

A grito limpio en contra de la reforma tributaria arrancó el paro el 28A. Asombroso, quienes entonaron el rechazo y llenaron las calles y plazas en su mayoría eran jóvenes que, ciertamente no pagan impuestos, o lo hacen en menor medida. Pero con su enérgico y convincente rechazo, que obligó al establecimiento a enterrar el proyecto radicado en el Congreso, quedó claro que sienten en carne propia la crisis económica que sobrecoge a la mayoría de los hogares colombianos.

Un potente rechazo que rompe la brecha espontáneamente creada entre generaciones. Un suceso que muchos padres de familia celebraron a través de entrevistas que circularon por redes, en los que comentaban con alegría y admiración la convicción con que la nueva generación de activistas dio vida a este paro, marcando con un triunfo su incursión antigubernamental.

Con idéntica energía, cientos de ellos empujaron rejas de almacenes de cadena en procura de alimentos, pero también dieron cuenta de oficinas de entidades privadas en las que ven y sintetizan el poder del capital que tanto daño causa a quienes viven al debe.

Vitalidad que trató de ser contenida a punta de bala, gases tóxicos, bombas de estruendo, garrote, y otras armas, es decir a punta de terror. Con inquina fueron perseguidos por las calles por la mal llamada “fuerza pública”, y sobre el piso fueron quedando cuerpos de alegres e indefensos retoños de vida. En Cali los asesinados se cuentan por decenas, pero también recibieron sobre sus cuerpos la acción de “la cara amable del Estado” en ciudades como Ibagué, Pereira, Bogotá y otras.

Pese al terror liberado desde las sacrosantas instituciones de la democracia formal, no renunciaron a continuar entonando exigencias, reclamos de vida digna, y en ello sus sueños de educación universitaria, de trabajo estable bien pago, denunciando el concubinato Estado-paramilitarismo, exigiendo el desmonte del Esmad, así como los privilegios de casta, de todo lo cual están hartos.

De esta manera, la renuncia al proyecto de reforma tributaria para contener ese inmenso alzamiento juvenil/popular que identifica en el de Iván Duque un gobierno de ricos y para ricos, sometido a un detestado personaje que la juventud siente e identifica con los peores males que padece el país, llega no por el peso y acción de actores sociales tradicionales sino como fruto de la masiva presencia de una nueva generación en las calles. Es así como, cual caja de pándora, la agenda de reivindicaciones queda abierta, planteándole también un reto a las llamadas organizaciones alternativas y de izquierda: asumir como propias todas estas demandas y contribuir para que más temprano que tarde sean una realidad. Y para que así sea, todas ellas deberían ser reivindicadas como prioritarias dentro de la agenda de negociación que se emprenda con el gobierno.


Voy por lo mío

“Yo siento que la gente sale a mercar, es que aquí hay mucha pobreza”. Así respondió un alcalde de un municipio de Cundinamarca a la pregunta de un periodista sobre el por qué de los saqueos a supermercados, en hechos ocurridos los días 29 y 30 de abril en el marco del paro nacional.

Una realidad vivida no solo en este municipio, sino en otros muchos, en los cuales con furia liberada miles de personas se volcaron a la calle a protestar en contra de las alzas en impuestos que traería la anunciada reforma tributaria, así como a rebuscar lo suyo, con afán individualista, sin esperar a que una posible reivindicación económica colectiva llegue como resultado final de la negociación del pliego de exigencias (llamado de emergencia) entregado al gobierno en el 2019 y precisado en sus prioridades en el 2021.

Es un proceder que resalta lo profundo de la crisis económica que afecta a la sociedad colombiana, pero también la insuficiencia de las medidas de “rescate” implementadas por el gobierno nacional y por las alcaldías para enfrentar la crisis de diverso orden potenciadas por la pandemia del covid-19,

Una reacción de furia que denota, asimismo, la desconfianza en cualquier promesa gubernamental, pero también la ausencia de una alternativa política y social que logre encausar la furia popular, ante lo cual lo que prevalece son las soluciones por cuenta propia.


Rabia con causa

Una detonación de inconformidades, de memorias colectivas, que en casos como el anotado pretende beneficios particulares, pero en otros demuestra sin duda alguna que el llamado pueblo porta en su memoria rabias acumuladas.
Desde el primer día de paro, su energía fue descargada contra todo aquello que representa al (mal)gobierno, todo aquello que le recuerda las injusticias y penurias cotidianas que no lo desamparan, pero también todo aquello que trae a su mente lo peor de los ricos, los mismos que hacen un negocio del empobrecimiento de millones.

Todo esto es palpable cuando se revisa el tipo de edificaciones atacadas, así como de otra infraestructura afectada por la acción de lo que desde arriba denominan “vandalismo” (a propósito, ¿existirá mayor vandalismo que el desplegado por los poderosos del país, que a su paso han dejado un país devastado y a millones padeciendo sus consecuencias?).

En efecto, cada día y en la medida que el alzamiento social progresaba, las municipalidades reportaban los efectos del proceder social: atacadas, destruidas o deterioradas unidades del transporte público, así como las estaciones dispuestas para abordarlo –paradoja, pero que es privado o funciona como si fuera un negocio–; atacados, incendiados o deteriorados peajes, así como CAI. Otros edificios y canales para la operación de algunas empresas también quedaron en el ojo de la furia común.

Un resumen parcial de esta acción indica que las gentes no están de acuerdo con la existencia ni con las tarifas que deben pagar por peaje, es decir, no comparten la privatización de las autopistas pues saben que en ello hay un inmenso negocio que ellas terminan pagando. Sienten que son objeto de robo cotidiano.


La información brindada por departamentos como Antioquia, Cundinamarca, Cesar, Atlántico, Valle del Cauca, Caldas y otros dan como resultado que fueron dañados 28 peajes e incinerados 11 (ver infografía con listado, parcial pág. 10).

En unidades de transporte público los incinerados suman (26), deteriorados parcialmente o afectados en menor medida –pintados– un total de 92. Un sistema que dicen es público pero que las gentes no lo sienten así, como tampoco están satisfechas con el servicio que prestan ni las tarifas que tienen que pagar por usarlo. En realidad, la demanda es que el servicio de verdad sea público y funcione como tal, no como negocio, sea privado, estatal o municipal.

 

 

Por su parte, el total de Cai afectados alcanza en Bogotá a las 16 instalaciones. En otras ciudades la cifra no es clara.

Las edificaciones públicas atacadas son varias –entre alcaldías y otras instalaciones–, pero no existe un dato consolidado sobre este tópico.

Lo mismo ocurre con el núcleo de la acumulación capitalista, el sistema financiero, resumido en los bancos y cajeros automáticos, blancos de la rabia colectiva, pero sin el reporte de sus propietarios de cuántos fueron atacados a lo largo y ancho del país.

Más allá de las cifras exactas, lo importante de este proceder de jóvenes y adultos, es que con su actuar indican que no están conformes con el funcionamiento del gobierno, que anhelan otro tipo de gobierno y de sociedad, y que tienen claro que los gobernantes y apropiadores de lo público, como de los pocos ahorros hogareños, son los causantes de los pesares que viven cada día sus familias.

Lecciones extendidas. Por ejemplo, atacan, rechazan y castigan a la policía por sus arbitrariedades cotidianas, por la violencia con que proceden cuando salen de patrullaje y requieren a uno u otro por cualquier motivo. Proceder extendido a los agiotistas bancarios, chupadores de su sangre, de su esfuerzo diario para sacar adelante a sus familias.

Como puede verificarse, son reacciones juveniles y populares que se repiten una y otra vez cuando de protestas sociales se trata. Si así es, ¿por qué no toman nota del mismo aquella clase y funcionarios para quienes va dirigido el simbólico mensaje?

Para ser consecuentes con ello, para recoger el reiterado mensaje, ya es hora de citar por parte de las alcaldías cabildos abiertos para discutir y definir con sus poblaciones qué hacer con el transporte público, qué con los peajes, qué con la Policía, qué con la administración pública, qué con los impuestos. Si de democracia directa y participativa se trata, acá tienen un reto. Lo otro es seguir administrando lo público de espalda a las mayorías.


El pacificador

El alzamiento juvenil y popular alcanzó en Cali una escala hasta ahora no conocida. La ciudad fue tomada en sus barriadas populares por quienes las habitan, en especial en sus sectores más icónicos, bien por el cúmulo de marginados que las pueblan, bien por la difundida inseguridad de la que siempre hacen eco los medios de comunicación y el mismo gobierno (como estrategia de multiplicar el miedo y ahondar el control social), bien por sus historias de construcción o de resistencias armadas que allí tomaron cuerpo en otras épocas, etcétera.

Es en esta ciudad que se desata, en la jornada de apertura del paro, una acción contra el sistema de transporte conocido como MIO, la que claramente responde a un proceder no espontáneo pero que sí recoge el sentir popular. Y luego de ello múltiples protestas alcanzan a romper el desenvolvimiento cotidiano de la urbe. Su territorio queda fracturado por decenas de bloqueos para su movilidad, de la cual depende la reproducción del capital.

La respuesta que llega desde el alto gobierno es la militarización. La ciudad pasa al control del general Zapateiro, y su alcalde queda mudo ante el trago más amargo que hasta ahora haya tenido que tragar en su devenir político: ver cómo la violencia del “monopolio de las armas” se extiende por los territorios populares, dejando a su paso una estela de muerte y dolor: al 10 de mayo, según Indepaz, 28 asesinados; decenas de heridos por arma de fuego y los impactos de otras armas y 160 desaparecidos. El terror copó las barriadas bajo la repetida consigna: “a la culebra hay que descabezarla”. Sin duda, la lectura que el alto mando del ejército realizó de lo allí vivido, así como la burocracia de la Casa de Nariño, les indicó que detrás del alzamiento social estaba la guerrilla. En esta, como en otras ocasiones, la ideología es mala consejera.

Una masacre que desnuda la esencia de la oligarquía colombiana y ante la cual, como evidencia de rechazo y oposición ante el terrorismo de Estado desatado, debió renunciar su alcalde. Sin duda, el pueblo rechazaría su renuncia y lo refrendaría en su puesto, además con mando real sobre la policía. Incomprensible su silencio, su falta de comunicación con el pueblo caleño, silencio que le pesará en el futuro, cercano y lejano.

Lo sucedido en la capital del Valle, el proceder del mando militar y el silencio, pasividad, descontrol por parte del simbólico poder civil, dejan ante nuestros ojos una lección de poder real: el civil solo rige en tiempos de normalidad, con los límites que le marcan el gobierno central y el capital local e internacional, pero en épocas de anormalidad el civil es un estorbo, dando paso a los golpes de mano, más conocidos como golpes de Estado, en el caso vivido en Cali golpe de alcaldía. Realidad ya vivida a principios de este siglo en el amplio territorio de la Costa Atlántica donde las Fuerzas Armadas desplegaron planes especiales de guerra para erradicar a las Farc y bajo cuyo control quedó todo el ordenamiento territorial. Allí, sus alcaldes eran menos que un cero a la izquierda, y quienes realmente administraban eran los mandos militares.


“Gústenos o no, hay que rodear al gobierno”

Salvar a las instituciones, este fue el mensaje enviado a través de redes sociales por un empresario durante los primeros días de mayo. El mensaje recogía dos realidades: 1. Que la desatada ofensiva del santismo contra el gobierno Duque, para golpear a través de éste a su mentor, debía terminar –acción que alcanzó eco a través de algunos medios de comunicación que de manera abierta alentaron el alzamiento juvenil y social; 2. Que la economía estaba llevando al país a sus límites, y debían aprobar el actuar violento del Estado, si así era necesario, para “poner orden”.

Y la respuesta del establecimiento no demoró en llegar: acordaron bajarle la intensidad a la confrontación, silenciar las críticas y llamar a quienes protestaban a recapacitar pues “tienen derecho a la protesta, pero no a bloquear…”.

Como parte de ello, por todos los medios de comunicación empezó una repetición de llamados a desbloquear el país. Varias ciudades estaban en riesgo de desabastecimiento de gasolina, los precios de los productos más demandados en la canasta familiar estaban disparados, los empresarios avícolas reportaban la muerte por falta de alimento de miles de pollitos, otros miles fueron regalados; la leche se perdía en las haciendas; varias cosechas también quedaban en nada. Y las exportaciones, paralizadas, con el puerto de Buenaventura sin poder recibir ni despachar más mercaderías.


Es en este momento, ante tal realidad, que el paro pierde algunos aliados. El eco mediático mete miedo, presiona para que los bloqueos terminen –dejando en el aire un clima de que quien no desbloqueé bien merecido se tiene el proceder de los militares y de la policía, es decir, legitiman la represión que vendría.

El gobierno, por su parte, consciente de que el alzamiento no responde a ningún plan centralizado por organización alguna, y que en realidad está alimentado por decenas de intereses y reivindicaciones particulares acumuladas desde tiempo atrás, entabla negociaciones con unos y con otros, alentando la atomización organizativa y social, el primero de ellos con los camioneros que tenían cerradas importantes carreteras del país; luego son atendidos campesinos con distintas reivindicaciones, pueblos indígenas asentados en diferentes coordenadas territoriales, alcanzando acuerdos parciales que trascienden en aperturas de otras autopistas. Negociaciones que aún siguen en curso, con epicentro sobre el sur del país, en especial Cauca y Nariño, donde campesinos, comunidades afro y pueblos indígenas nasa, pastos y otros levantan banderas que van mucho más allá de reivindicaciones puntuales.

La preocupación empresarial y gubernamental por su economía no les brinda tranquilidad. Las cuentas proyectadas en los ministerios tienen grises sombras sobre la anunciada (el deseo puede con todo) y acelerada recuperación económica que llegaría a finales del 2021. Según sus datos las pérdidas económicas arrojadas por el paro suman 6 billones de pesos, y cada día de bloqueo las incrementa en 400 mil millones. Esos mismos son los que los convencen que el paro iba mucho más allá de las ciudades capitales y que el país estaba roto por todos sus costados producto del despliegue de fuerza por varios sectores sociales, no siempre ni en todos los casos coordinados y con iguales propósitos.

Es un afán de negociar, asumiendo a cada sector en paro por separado, que les arroja algún fruto, el primero de ellos bajarle la intensidad a la contradicción –y conspiración– intraclase; el segundo, lograr el desbloqueo de algunas autopistas y el rodar de camiones; el tercero, a partir del eco mediático al paro sin bloqueo, permear distintos sectores sociales para que rechacen el paro, dejando abierta la posibilidad de mano –más– dura contra quienes persistan con el cierre de autopistas y vías en general.

Y al tiempo que así actúan, la negociación con el comité del paro se encamina en medio de la misma ambivalencia o dilaciones que son características del establecimiento: que sí, pero no; que las demandas son tantas que de satisfacerlas arruinarían al país; que para negociar no pueden existir bloqueos, etcétera.

Una dilación que juega con el factor tiempo, confiados en que una mayor suma de días crea más presiones sobre quienes impulsan el paro; concentrando fuerza y represión sobre sectores cada vez más específicos. Las persecuciones, amenazas, señalamientos y en general guerra psicológica gana más espacio, colocando en su centro a la juventud, en especial a la universitaria, con varios de sus centros de estudio ahora en paro.

Las presiones no son pocas. El amplio espectro social inicial del paro se achica, y sigue ausente un liderazgo que logre recoger la dispersa protesta que se mantiene en diversas ciudades, con bloqueos internos o con incremento de la protesta en horas nocturnas.

En esas circunstancias, con la mesa de negociación nacional en plena tensión de fuerzas para definir sus condiciones y mecánica, corresponde evitar que el paro entre en languidez y saber recoger los triunfos hasta ahora logrados, así como algunos otros que puedan venir de la negociación, para lo cual le corresponde a quienes tienen la vocería del Comité Nacional identificar dos o tres propósitos que sean de amplio interés social, por ejemplo tarifas de servicios públicos, renta básica transitoria, plan de empleo de emergencia para por lo menos dos millones de jóvenes, es decir, reivindicaciones con las cuales y para las cuales las mayorías estén dispuestas no solo a apoyar de palabra sino de hecho.

En ese proceso, y conscientes que la negociación no dará frutos de un día para otro, debe proyectarse y prepararse: 1) cerrar el paro con una movilización/celebración. La juventud y los sectores populares la merecen, pero además la merece el cambio de proceder político que debe caracterizar a amplios sectores del campo alternativo, acostumbrados al fracaso, al esfuerzo y no a la celebración. 2) Hacerles un homenaje a todas las víctimas del terror oficial, tanto con la movilización como con un monumento por levantar en Cali, para cuyo diseño debe convocarse por medio de un concurso que financien los sindicatos del orden nacional, en unión con algunas Ongs que tienen acceso a importantes recursos económicos. 3) En esa movilización, convocar a todo el país a la concreción de un gran diálogo nacional popular (Ver “Hacia un real, amplio y democrático diálogo nacional” pág. 2), con sesiones en todo territorio o sitio de trabajo donde se encuentre, por lo menos, media docena de personas dispuestas al intercambio de ideas y diseño de propuestas. Deliberación e intercambio de ideas que puede entrelazarse con procesos vecinos, dándole cuerpo a una red de redes, que puede ampliarse o reducirse a conveniencia de quienes la integren.

Para ir depurando estas discusiones y propuestas, a los tres o cuatro meses de su funcionamiento debería realizarse una o dos asambleas por ciudad, y a los 6 una de todo el país, en la cual se armonice todo lo discutido y se entregue a la nación el borrador del plan por una Colombia al margen de la muerte y de cara a la vida, en dignidad. Una Colombia convencida de que otra democracia sí es posible.
¡Salud! Hay que celebrar el triunfo del alzamiento juvenil/popular, y darle continuidad al paro a través del enraizamiento territorial, base humana, política, cultural y organizativa para enfrentar nuevas jornadas de lucha en el futuro próximo. Un reto irrenunciable para concretar otras muchas demandas resumidas en el pliego de emergencia.

 

 

 


 

Los corazones en la buena
(para Lucas Villa Vásquez y los demás asesinados en las calles del país)

En la calle no se baila
ni se juega.
En la calle se trabaja
se produce
se transita

¡¡¡¡Con balazos le dijeron!!!!
No te subas a los buses
No invoques con alegría el vocablo de justicia.
No se desafía el infinito
desplazándote en las barandas de los puentes
como un pájaro.

No se canta,
ni se grita en las calles,
no se bendice al otro,
ni se abraza,
y mucho menos
se le dice “en los corazones en la buena”.

Quizá, siempre mamá,
al verlos salir a las calles:
eufóricos, valientes, coloridos e indignados,
con ganas de comerse a besos,
presiente el disgusto que envenena
las voluntades de los malos.

Alberto Antonio Berón Ospina (escritor)

 

 

 

 

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Publicado enColombia
. Imagen: Verónica Bellomo

La investigadora, bióloga y doctora en Educación analiza la escuela pospandemia

Los valores de la escuela que visibilizó la pandemia. Resolver la brecha digital para una educación equitativa y repensar los métodos de enseñanza para convocar y motivar a los alumnos. Desafíos y estrategias para redescubrir lo que funciona y reconstruir lo que no.

 

“Innovar en educación es mirar lo que hacemos cotidianamente como docentes, directivos o autoridades educativas con ojos nuevos, tratando de mirar qué es lo que vale la pena conservar y en qué queremos hacer algo distinto”, dice Melina Furman. Su último libro, Enseñar distinto: Guía para innovar sin perderse en el camino (Siglo XXI, 2021), propone nuevas herramientas y estrategias para lograr clases más atractivas, que interesen a los alumnos del siglo XXI y enseñen a pensar.

Melina Furman es bióloga por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y máster y doctora en Educación por la Universidad de Columbia, Estados Unidos. Es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y profesora de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés (Udesa). Es autora de Guía para criar hijos curiosos: ideas para encender la chispa del aprendizaje en casa(Siglo XXI, 2018) y Ciencias naturales: aprender a investigar en la escuela(Novedades Educativas, 2001), entre otros.

En diálogo con Página/12, Furman comparte los desafíos, las oportunidades y los “tesoros” educativos que salieron a la luz con la pandemia, señala la necesidad de rever contenidos y metodologías de enseñanza y aprendizaje y enfatiza la necesidad de llenar la escuela de preguntas que permitan pensar, razonar y argumentar.

--¿Qué aprendizajes deja la crisis de la covid-19 en el campo de la educación?

--La pandemia nos hizo dar cuenta del valor de la escuela como espacio. No solo como espacio que ordena la vida en sociedad, sino también como espacio que contiene, que hace que esas horas por día los chicos, las chicas, los adolescentes, estén con el foco puesto en aprender, en ser niños, en vivir su vida fuera de casa, en aprender a estar en comunidad con otros distintos, todo eso que es tan irreemplazable de la presencialidad. Para muchas familias tener escuela remota fue la “no escuela”, porque tenían un montón de dificultades de conexión para poder seguir el vínculo con la escuela. Socialmente había una mirada muy crítica hacia la escuela. Hagamos un experimento social de quitar la escuela de la escena, la escuela física, y veamos qué pasa. Pareciera que alguien nos hubiera hecho una jugarreta. ¿Qué pasa cuando los chicos no pueden ir por varios meses a la escuela? Pasan un montón de cosas y las vimos el año pasado. La escuela garantiza ese espacio de estar con pares con el foco puesto en aprender. Más allá de que hay muchas cosas que cambiar en el modo en que la escuela enseña, uno de los grandes tesoros de la pandemia fue habernos dado cuenta de su valor como espacio; en muchos casos, también, del enorme trabajo que hacen los docentes y lo difícil que es ser un buen docente.

--¿Qué otros “tesoros” educativos visibilizó la pandemia?

--Muchos hablaban de las alianzas con las familias como un gran tesoro, como pares haciendo equipo, y de la posibilidad de la escuela de haberse reinventado. Eso atravesó a quienes daban clases en jardín de infantes hasta quienes daban en la universidad. Hay que buscarle la vuelta para enseñar a distancia. Fue difícil y lo sigue siendo. Fue frustrante muchas veces, pero implicó ensayar nuevas maneras de hacer las cosas que antes los docentes no habían tenido que probar. Ahí aparece algo valioso. Surgieron formas más interesantes de evaluar los aprendizajes. ¿Cómo hago para que el alumno me demuestre lo que aprendió más allá de la prueba escrita? Esto inspiró mucho potencial creativo. En ocasiones esto quedó librado a la voluntad y posibilidades de cada docente. En general, hubo escuelas que tuvieron propuestas más institucionales donde toda la escuela trabajaba de una misma manera. Pero si uno mira el sistema educativo como un todo, vemos que hubo chispas de creatividad y de innovación pedagógica. En paralelo, también vemos la situación de muchos chicos que quedaron más a la deriva.

--Que no volvieron o incluso que la escuela no supo cómo traerlos de vuelta...

--Sin ninguna duda, las secuelas y las consecuencias de la pandemia en educación son graves. Entre otras cuestiones, hay que resolver la brecha digital para una educación equitativa. Si uno mira los datos a nivel sistémico, hay muchos chicos y chicas que no volvieron a la escuela, no sólo en Argentina. Eso es una consecuencia tremenda. Más allá de que hayamos encontrado creatividad pedagógica y que hayan aparecido cosas interesantes, el balance de la pandemia es negativo. Sobre todo porque ya teníamos indicadores educativos muy serios desde antes, con mucho abandono escolar, muy bajos niveles de aprendizaje donde los chicos salían de la escuela, incluso los que lograban egresar, aprendiendo menos de lo que uno desearía, menos de lo esperado. Todo eso se amplificó.

--En términos de contenidos y metodologías, ¿qué sería innovar en educación?

--Innovación es algo que se puso de moda y parece que hay que llenar la escuela de tecnología, tirar las paredes abajo y pintarlas de colores. Yo uso la palabra innovación pero entendida distinto: es mirar lo que hacemos cotidianamente como docentes, directivos o autoridades educativas con ojos nuevos, tratando de ver qué es lo que vale la pena conservar --y acá vuelvo a la idea de habernos dado cuenta de todo lo que sí tenía la escuela--  y en qué queremos hacer algo distinto. Qué problemas queremos resolver y cómo vamos a ir buscándole la vuelta para que esto se solucione. En este caso, uno de los problemas grandes que dejó la escuela remota, este año de escuela híbrida, alternada, es la ampliación de la cantidad de chicos y chicas que no volvieron, sobre todo en secundaria. Hay muchas cosas por hacer, que se están haciendo, pero que hay que redoblar los esfuerzos.

--¿Qué cambios habría que implementar en la escuela de hoy para que el aprendizaje y la escuela generen una motivación mayor?

--Una de las cosas que me quita el sueño es el tema del diagnóstico y conocer cuáles son los efectos de una enseñanza que no motiva, que no genera disfrute por el aprendizaje, que no genera comprensión, donde los alumnos se van acostumbrando a no entender, a repetir sin entender y a pensar que aprender es eso. Esto es grave porque los chicos pasan mucho tiempo en la escuela, son muchos años de la vida, esos años de mayor efervescencia y potencial. En muchos casos los vamos acostumbrando a que aprender no es algo para ellos, los vamos expulsando de cierto mundo del conocimiento, del mundo de la cultura. En ocasiones, eso tiene que ver con no lograr darle vida a ese conocimiento para hacerlo apasionante, no lograr encontrar cuáles son las grandes preguntas, los dilemas, los modos de pensar de esa disciplina. A veces ese modo, menos interesante, más árido, apaga esa potencial chispa que podría haberse encendido. Con las ciencias exactas, naturales, que son las que yo más investigo, pasa un montón. La motivación es clave para el aprendizaje. Y reconectar con el propio entusiasmo es fundamental para motivar a los alumnos.

--¿De qué manera repercute y condiciona a futuro una mala experiencia en las etapas del aprendizaje?

--El otro día un colega me decía: “Yo toda la vida me saqué un 10 en física y nunca entendí nada”. Obviamente no estudió física porque no encontró lo apasionante que tiene la física. Pocos estudiantes en Argentina eligen carreras en ciencia y tecnología, que tienen por otra parte muy buena salida laboral, mucha demanda y que son clave para generar una economía del conocimiento. Estamos tirándonos un tiro en el pie de algún modo.

--¿Qué habría que hacer?

--Hay muchas cosas para pensar, desde muchos planos distintos. La primera es la formación docente. Hablo de la formación docente inicial, el trayecto hacia ser docente, y la continua, cuando ya son docentes en ejercicio. Parte del asunto es poder seguir formándose como docentes durante toda la vida como profesional. En la formación docente, muchas veces el modo en que los docentes aprenden no es coherente con el modo en que uno querría que enseñen luego. Si un docente en la formación está escuchando y tomando nota pero después va a tener que enseñar a armar debates, juegos o actividades donde los estudiantes sean protagonistas, es casi mágico que pueda suceder. Hay formadores docentes que están haciendo cosas hermosas pero todavía no sucede de manera masiva. Una de las cosas que más sabemos de la investigación es que si uno no hace que los alumnos tengan un ratito para reflexionar, para darse cuenta de lo que aprendieron -la educación que se llama metacognición, ese aprendizaje no se termina de afianzar. Si uno no tiene buenas herramientas para la evaluación, una evaluación formativa o auténtica, donde voy a proponer situaciones de la vida real, donde van a tener que poner en juego lo que aprendieron más allá de decirlo en lápiz y papel, si no me formo en eso, ni en el profesorado ni en la formación continua, es imposible poder hacerlo. Hay mucho que tiene que ver con esa formación. Diría que ahí está una de las claves más grandes.

--¿Qué otra cuestión resulta fundamental para mejorar el nivel educativo en Argentina?

--Otra cuestión importante tiene que ver con las condiciones de trabajo de los docentes. Cuánto tiempo tienen los docentes en las escuelas --tiempo pago me refiero--, para trabajar con colegas, con profesionales del aprendizaje, que son la base de la transformación educativa. El cambio tiene que partir de la escuela como unidad de cambio, con reuniones de equipo donde se pueda mirar para adentro, planificar en conjunto, probar cosas nuevas y evaluar qué pasó, mirar los trabajos de los chicos. Las condiciones del trabajo docente, sobre todo en secundaria, hacen muy difícil poder innovar. En nivel inicial y primaria es distinto, hay más tiempo, hay más terreno de oportunidad para seguir transformando la enseñanza. De hecho en nivel inicial los docentes hacen cosas muy interesantes. Una de las cosas que hago en las formaciones docentes es juntar docentes de distintos niveles, de jardín de infantes, primaria y secundaria. Lo que tienen para enseñar los docentes de inicial a otros docentes es un montón. Hay algo de la mirada más puesta en el conocimiento integrado, en lo lúdico, en lo participativo, que es moneda corriente en el nivel inicial y que se va perdiendo muy rápido en los otros niveles.

--¿Qué rol adjudica a la tecnología en el ámbito de la educación? ¿Cuánto de la inmediatez que propone va en detrimento de los tiempos que necesita el aprendizaje?

--Las tecnologías digitales son grandes recursos para potenciar la enseñanza siempre y cuando uno como docente sepa para qué las va a usar. Entonces la primera pregunta es qué quiero que mis alumnos aprendan. Después yo como docente voy a echar mano, con ese fin, a todos los recursos que tenga disponibles. Lo importante es saber que la tecnología no te va a resolver ningún problema, quien tira del carro tiene que ser la pedagogía. Ahí hay muchos recursos que son superinteresantes. El valor está en usar las tecnologías a propósito de los objetivos de mi enseñanza, y en la pandemia ni hablar. Parte del valor es que estamos en una cultura atravesada profundamente por lo digital y eso es parte de lo que queremos que se lleven de la escuela.

--¿Qué le parece que él/la docente comparta contenidos personales con sus alumnos?

--La escuela tiene una especie de competencia desleal respecto del mundo exterior, donde todo pasa muy rápido. En este sentido, la escuela tiene que ser ese espacio para poner pausa y enseñar a pensar. Es un momento histórico donde la escuela la tiene difícil porque tiene que lograr conectar a los alumnos con el mundo del conocimiento más allá de lo rápido y de lo inmediato que es lo que tienen todo el tiempo afuera. Entonces el esfuerzo de que ese conocimiento tenga sentido es más urgente que nunca. Los chicos de otras generaciones teníamos más paciencia y más tolerancia a la frustración. Esa inmediatez le presenta a la escuela un desafío mayor al que tenía. Hay que seguir logrando que la escuela sea lo más interesante posible, enamorar a los estudiantes de eso que tenemos para enseñarles. Me encanta cuando los docentes usan las tecnologías de las redes sociales para trabajar con los alumnos; me parece superútil. Ahora, que los docentes abran sus perfiles personales a los estudiantes no hace falta. Porque la relación docente-alumno puede ser muy cercana pero es asimétrica, no somos amigos de los estudiantes.

--En agosto pasado se hizo viral el caso de una docente de La Matanza que discutía sobre política con un alumno durante una de sus clases. ¿Cuál es su postura frente a lo sucedido?

--El video me generó desazón y angustia por el nivel de maltrato y violencia que había en el aula, más allá del contenido de lo que estaban hablando y si la profesora le dio su postura personal política o no. Por suerte es un caso excepcional, no es algo que suceda en las escuelas secundarias. Hay profesores más autoritarios o más difíciles que otros pero en general no es eso lo que sucede en las aulas. Sí hay mucho que cambiar en los métodos de enseñanza pero creo que este caso fue un caso particular, anómalo. Después, cuánto uno puede traer su postura personal en cuanto a cuestiones políticas, me parece que uno como docente es un funcionario del Estado donde tiene que tratar de ser, sobre todo en cuestiones partidarias, lo más neutral posible porque les quiere enseñar a los alumnos a pensar. Bajar línea no es enseñar a pensar. Uno tiene que enseñar a evaluar distintas posturas y cuáles son los argumentos detrás. Ese es justamente el rol de un educador.

--Entre los métodos que menciona habla del aprendizaje basado en proyectos. ¿En qué consiste?

--El aprendizaje basado en proyectos nace con John Dewey, que es un gran referente de lo que se llamó la “educación progresista”, un movimiento de escuela nueva a principios del siglo XX que buscaba darle un rol más protagónico y vivencial a los estudiantes. Este enfoque se puso más en boga en los últimos años en muchas partes el mundo justamente por la nueva búsqueda de sentido que se le pide a la escuela, que conecte con el proyecto de vida de los estudiantes y los ponga en un lugar más de hacedores y menos de consumidores de información acabada. Cuando los alumnos trabajan de este modo el compromiso con la tarea y la relación con el conocimiento cambian radicalmente.

--¿Cómo se enseña para la diversidad?

--Es un enfoque pedagógico que tiene muchos años también. Algunos lo llaman “enseñar en aulas heterogéneas''. De lo que se trata es de garantizar lo común, que haya una base común de lo que quiero que aprendan, pero también de diversificar las puertas de entrada al aprendizaje. Tiene una base en una teoría pedagógica que es la de las inteligencias múltiples, del psicólogo de la Universidad de Harvard Howard Gardner. Se asienta en esta idea de ofrecer distintas puertas de entrada al conocimiento, diversificar las estrategias con las que uno presenta un tema a lo largo de una serie de clases y también de dar la opción a los alumnos, en algún momento, de elegir qué y cómo van a aprender. Como docente yo marco la cancha, armo la propuesta, pero doy espacio para poder tomar decisiones. Eso es algo que uno tiene que ir formando desde la infancia. 

22 de noviembre de 2021  

Publicado enSociedad
Martes, 09 Noviembre 2021 05:25

Gracias

Pequeños partidarios de la joven ambientalista sueca Greta Thunberg gritan mientras ésta subía al podio para hablar durante una manifestación en Glasgow, Escocia, ciudad sede de la cumbre del clima COP26.Foto Ap

“La generosidad real hacia el futuro reside en dar todo al presente”, escribió Albert Camus.

Por ello, habría que dar las gracias al magnífico coro de jóvenes de todas las esquinas del mundo que se juntaron para expresar su amor a esta tierra y con ello para todos nosotros, al marchar por las calles de Glasgow y varias otras ciudades para denunciar el "bla bla bla" de casi toda la cúpula política y económica mundial y por su invitación a rescatar nuestro futuro colectivo.

Las palabras, gritos, coros, baile y canto de jóvenes de África, Asia, América Latina, América del Norte, Australia, Medio Oriente, en alianza con representantes indígenas, en la llamada COP26 en Glasgow son lo único que ofrece esperanza después de una semana de discursos de mandatarios y de las delegaciones oficiales de la mayoría de los países del mundo (todo reportado con excelencia en estas páginas por nuestro corresponsal Armando G. Tejeda).

Pero tal vez lo más notable es que el mensaje de los jóvenes activistas de los países del sur no sólo ha sido escuchado por sus contrapartes del norte, sino que ya fue integrado a la narrativa común de que esta crisis existencial del cambio climático es resultado del modelo económico neocolonialista que fomenta la desigualdad, la explotación, el colonialismo y "la muerte de la naturaleza". O sea, ofrecen un análisis sistemico y hasta antimperialista; algo más sofisticado que lo que se atreven a declarar las cúpulas mundiales.

Nadie puede pretender que no están enterados de las consecuencias mortales del continuo uso de los hidrocarburos. Tampoco pueden negar que Estados Unidos es el líder acumulativo en emisiones de los contaminantes que nutren el calentamiento global, y que junto con los otros países industrializados debe asumir el costo para cualquier transición ecológica necesaria en las naciones del sur. Pero muchos políticos demuestran su gran talento al reconocer todo eso y, a la vez, rehusar aceptar responsabilidad mientras emiten sus grandes proclamaciones aparentemente pensando que están convenciendo a su público.

Ante ello, sólo se puede concluir que los niños y jóvenes en la calles de Glasgow y otras ciudades que rechazan todo ese "bla bla bla" son los verdaderos adultos en este debate, y los que están demostrando, como afirmó Greta Thunberg, "cómo se ve el liderazgo real" ante esta crisis.

Con razón políticos de todo tipo buscan descalificar a estos jóvenes –"no saben de lo que están hablando"– y hasta se burlan de ellos. Generan sospechas de que son unos inocentes manipulados por adultos malévolos afirmando que "no se mueven solos". Nada tan lamentable y en esencia reaccionario ver y escuchar a progresistas en varios países sumarse a estos argumentos.

"¿Por qué debo estar en la escuela si ustedes me han robado el futuro?", preguntan jóvenes en sus pancartas, y en respuesta a aquellos "adultos" que les dicen que deberían de estar en la escuela y no en las calles y dejar estos problema para los expertos y los políticos.

El consenso científico claro y contundente es que proceder con la explotación y uso de los hidrocarburos, continuar con las mismas industrias extractivas, con los modelos agroindustriales llevan al suicidio colectivo de la humanidad y otros seres vivientes. Punto.

Casi todo ciudadano medio consciente en el mundo ya lo sabe, y cada día los medios y los periodistas (entre los cuales soy cómplice) reportan cada vez más historias de desastres naturales, y nuevos informes e investigaciones que no sólo comprueban que las cosas están muy mal, sino que pronostican que las cosas serán cada vez peor. ¿Qué hacer ante el diluvio de tanta noticia literalmente fatal?

Pues, mínimo, dar las gracias a los jóvenes, y, aún mejor, aceptar su generosa invitación para cambiar el curso de esta historia. Dar las gracias por lo mejor y lo más noble que puede hacer la juventud: rechazar el curso actual de esta historia al invitarnos a un futuro diferente.

Leonard Cohen (a cinco años de su fallecimiento). Everybody Knows. https://www.youtube.com/watch?v=xu8u9ZbCJgQ

Leonard Cohen. Ain’t no cure for love. https://www.youtube.com/watch?v=F24VqlFBvrU

Publicado enMedio Ambiente
Jueves, 02 Septiembre 2021 06:01

La guerra de China contra los videojuegos

La guerra de China contra los videojuegos

Conocemos el doble rasero de Occidente en su relación con las naciones que no están bajo su esfera de influencia. Y sabemos bien cómo se utilizan causas nobles, para volcarlas en contera de sus adversarios o enemigos, como sucede con las mujeres afganas oprimidas por el movimiento talibán —proscrito en Rusia por terrorismo—

Ahora surgen quienes se rasgan por la decisión del Gobierno de China de limitar a los menores el uso de videojuegos en línea, decisión que acaba de tomar el Gobierno de Xi Jinping. Sin embargo, en Estados Unidos esta práctica ha sido común entre la elite del 1% más rico.

"Los hijos de Steve Jobs (Apple), Bill Gates (Microsoft) o Sergey Brin (Google) no han sido niños con barra libre de tecnología en sus casas pese a sus padres y las empresas que han llegado a dirigir. Lo mismo ocurre con muchos otros hijos o sobrinos de grandes CEOs de empresas tecnológicas que incluso apuestan para la educación por colegios donde la tecnología no tiene cabida ni en su mínima expresión", explica Xataca, portal especializado en informaciónsobre tecnologías digitales e informática.

Steve Jobs, por ejemplo, defendía que sus hijos practicaran la lectura, en particular de la historia, o bien actividades que no implican el uso directo de tecnología. Bill Gates no dejó a sus hijos usar el teléfono móvil hasta los 14 años, aunque en la casa se usaban habitualmente por los adultos.

Para los CEO de empresas tecnológicas, evidentemente los más conocedores de los problemas vinculados al uso abusivo de ellas, el principal motivo para limitar el acceso de sus hijos, los seres más queridos por cualquierpersona, consiste en que "la tecnología usada de forma compulsiva acaba con la creatividad y limita las relaciones sociales".

Ahora es el Gobierno chino el que decidió poner límites a lo que considera "el opio de la mente", limitando a tres horas por semana el uso de videojuegos online a menores de 18 años —viernes, sábados y domingos, de 20.00 a 21.00 horas—. Xi argumentó además que la tendencia al consumo abusivo de videojuegos es "peligrosa para la economía del país"

En China existían ya restricciones que limitan las partidas entre varios jugadores por internet a una hora y media al día para menores, además de que los juegos de las tres grandes compañías occidentales —Sony, Nintendo y Microsoft— están regulados. Las nuevas restricciones afectan a grandes empresas chinas como Tencent.

Según un informe de El Economista, en EEUU se está detectando "un aumento en el número de jóvenes que abandonan el mercado laboral u optan por empleos a tiempo parcial para tener más horas para jugar", riesgo aún mayor en China donde "dominan los juegos multijugador online, mucho más complejos, atractivos y absorbentes que un juego para un solo jugador de consola".

Desde tiempo atrás China está en una campaña para regular sus monopolios, entre ellos los digitales, para "prevenir la expansión irracional de capitales" y "abordar el crecimiento salvaje" del sector tecnológico.

El Partido Comunista debe "guiar y supervisar a las empresas" y poner en marcha "regulaciones efectivas y normas precisas" con el objetivo de "servir a los intereses generales del desarrollo económico", según las declaraciones oficiales.

En los hechos, se colocaron multas al gigante del comercio electrónico Alibaba por casi 3.000 millones de dólares, la mayor multa antimonopolio en la historia del país; se puso la lupa en compañías como Meituan y Didi, similares a Uber, arguyendo riesgos para la seguridad de los datos de los usuarios, y llegaron a bloquear los planes de Tencent para fusionar las plataformas de retransmisión de videojuegos Huya y Douyu para "evitar una situación de monopolio".

El director del Observatorio de la Política China, Xulio Ríos, acepta que la política de Xi se propone controlar la seguridad de los datos al comportamiento monopolístico, asegurar la estabilidad financiera del país, "pero también el control político o ideológico" que en su opinión "no puede faltar".

Estima que buena parte de estas medidas son adecuadas para controlar "los abusos de poder y corruptelas de los multimillonarios y sus empresas privadas o semiprivadas que acaparan el mercado y se adueñan de los datos de los usuarios de sus productos".

Pero Ríos asegura que quienes desde Occidente critican a China, fracasaron en sus objetivos de "meter en cintura a estas empresas que abusan de su posición dominante en el mercado", como es el caso de Google, Amazon, Facebook o Amazon a las que ni EEUU ni la Unión Europea consiguieron que cumplan sus obligaciones fiscales. "Una vez más, Beijing exhibe la eficiencia de su gobernanza en este aspecto", concluye Ríos, con cierta ironía.

En noviembre de 2020, cuando el brazo financiero de Alibaba, el grupo Ant de Jack Ma, planeó la mayor salida a bolsa de la historia, el Gobierno de Xi intervino para impedirlo, porque busca construir una economía y un sector empresarial preparado para la contienda geopolítica en curso, "aunque ello exija articular una menor dependencia del capital internacional y la acumulación de capacidades internas tanto en el orden energético como industrial".

En mi opinión, los dirigentes chinos han comprendido que en las próximas décadas la competencia geopolítica con EEUU no hará sino agudizarse, con amenazas de guerras y de agresiones de todo tipo, desde las armadas hasta las económicas y financieras. El punto fuerte de Washington era la superioridad militar, ahora seriamente acotada por el crecimiento cuantitativo y cualitativo de las fuerzas armadas chinas.

Pero existe otro punto fuerte en Occidente, que Ríos describe como "los riesgos sistémicos" en el sistema bancario y financiero de China y que tanto EEUU como la UE pueden aprovechar para debilitar al Dragón. En suma se trata de un respuesta a los crecientes riesgos geopolíticos que enfrenta.

Es cierto que las regulaciones estatales fuertes pueden afectar las opciones y libertades de sus ciudadanos, como también advierte Ríos. Sin embargo, las regulaciones existen incluso en Occidente que siempre discursea sobre las libertades. Actitudes como las de Jobs y Gates no son cuestionadas, pero cuando un país no occidental busca algún tipo de regulación, comienzan los sermones "democráticos".

La historia del siglo XX, por no ir más lejos, nos enseña que en los períodos de agudas disputas geopolíticas, las libertades personales suelen ser acotadas, cuando no eliminadas, en todos los países que participan en la contienda.

Publicado enCultura
Lunes, 16 Agosto 2021 06:28

Paredes que comunican

Portada, contraportada y solapa del libro

El libro Paredes que comunican. Las pintadas como expresión ciudadana ha sido publicado en Colombia por la editorial Desde Abajo con el auspicio de FES Comunicación.

 

El texto ha tenido su lanzamiento oficial el viernes 6 de agosto en el parque Bicentenario en una típica tarde bogotana, con ese cielo que siempre nos sorprende y pasa de azul intenso a gris bucólico, amenazada por la persistente lluvia garciamarquiana y en la que, además, la ciudad cumplía el 483 aniversario de su fundación.

También ha sido presentado el lunes 9 en “La valija de fuego”, una particular y emergente librería-café-editorial que quiere ser un espacio para la tertulia con los libros como alimento esencial.

Las expresiones ciudadanas a través de las pintadas

El volumen se conforma alrededor de esas manifestaciones plasmadas en los muros que recogen las otras narraciones, las que están al margen de la historia oficial, y en el que han participado tanto artistas que las realizan como quienes se dedican a documentarlas y pensarlas.

Coordinado y editado por Iñaki Chaves y publicado por FES Comunicación y ediciones desde abajo, el libro reúne reflexiones en torno a todas esas expresiones englobadas bajo el término pintadas y que comprende los grafitis, los esténciles, las pegatinas y demás técnicas para decir públicamente en las paredes los sentires de personas y colectivos que no se sienten representadas en otros medios.

Un grupo de unas cuarenta personas, entre las que se encontraban algunas de las participantes en el libro como Omar Rincón, Andrés Gaitán, Keshava, Johanna Ramírez, Carlos Novoa o DJLu / Juegasiempre, estuvieron presentes en un evento en el que se invitó a los asistentes a que plasmaran su pintada en los paneles blancos de cartón corrugado instalados al efecto y cuyos resultados, junto a una imagen seleccionada de cada uno de los capítulos del libro, quedarán expuestos en la galería del túnel de san Diego de la capital colombiana.

El libro no pretende ocupar y derribar paredes, sino hacer que los textos y dibujos de esos mismos muros queden reflejados para gritar con ellos, para que tengan, además de en las bibliotecas, un lugar en el imaginario y un espacio en la memoria que nos permita recordar que las paredes comunican, que la comunicación, igual que la belleza, está en las calles y en las gentes que las viven y las pintan.

En unos tiempos en los que, desde el pasado 28 de abril, numerosos colectivos de la sociedad colombiana se han tomado las calles y las paredes para expresar su descontento con sus gobernantes y el sistema político que los rige, presentar un libro que aborda una parte de esas expresiones plasmadas en los muros es una tarea que complementa las múltiples actividades que están demandando libertad, derechos y justicia social para una mayoría de población que se siente excluida.

Se trata de poner en valor las pintadas, su papel como mecanismo de participación política en el espacio público y a las gentes que las practican y que las piensan como parte de una ciudadanía comprometida y activa. Ciudadanía cívica y no vandálica, política y no violenta, artística y crítica.

Tal como está escrito en la presentación “Las pintadas y sus artistas forman parte de la representación de la comunicación ciudadana en el teatro del mundo. Ese escenario del que todas y todos formamos parte y en el que debemos actuar y ser protagonistas de las necesarias transformaciones de la sociedad con nuestras narraciones y expresiones. En este caso pintando los muros para que hablen”.

Alguien que se dedicaba a pintar era Diego Felipe Becerra, un joven estudiante y grafitero de 16 años que fue asesinado por un policía y de cuya muerte se cumplen diez años en este mes. Conocido como Trípido, sus armas eran los aerosoles con los que pintaba los muros de su ciudad. Como dijera Norman Mailer “En un acto criminal siempre hay arte, pero los grafiteros están en el extremo opuesto de los criminales porque viven todas las fases del crimen para cometer un acto artístico”.

Se hace necesario reivindicar a todas las personas que se dedican, por afición, por amor al arte o para demandar justicia, a llenar de color los grises muros con sus pintadas de ilusiones, quejas, sueños, inconformidades o esperanzas.

Las pintadas son la manera de referenciarse ante la sociedad de personas y colectivos muchas veces ignorados, excluidos o señalados. Expresiones que forman parte de la representación de la comunicación ciudadana en ese escenario del mundo del que todas y todos formamos parte y en el que debemos actuar y ser protagonistas de las necesarias transformaciones de la sociedad con nuestras narraciones.

Paredes que comunican es un libro dedicado a “la memoria de todas las personas que a lo largo de la historia se han jugado la vida por expresarse libremente por cualquier medio y soporte en el espacio público”.

Publicado en Mundo Obrero el 13 de agosto de 2021

 

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