El escritor Abdulrazak Gurnah en agosto de 2017 en le Festival de Edimburgo.Simone Padovani (Getty Images)

Una nueva traducción de ‘Paraíso’, la cuarta novela del premio Nobel de 2021 en la que reconstruyó el crisol cultural de Tanzania a principios del siglo XX, inaugura el desembarco en las librerías del laureado, y apenas conocido, autor

 

Poco más de un mes después de recibir la llamada de la Academia Sueca para informarle de que le había sido concedido el premio Nobel de Literatura de 2021, el escritor tanzano Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, 1948) se conectaba el pasado lunes por videollamada desde Barbados. Aunque mantiene su residencia habitual en Reino Unido, en el condado de Kent, en cuya universidad se doctoró y dio clase durante cerca de tres décadas, viaja con frecuencia a las Antillas desde hace años, puesto que su esposa tiene familia allí.

Escueto y cortés, viste una camisa de hilo blanco y habla desde una habitación de madera pintada del mismo color que ofrece pocas pistas. Ya tiene listo el discurso de aceptación del Nobel, que no recogerá en Estocolmo sino en la Embajada de Suecia en Londres. La organización ha optado por mantener la precaución pandémica y dispersar las celebraciones según el país de residencia de los premiados. Gurnah despacha el asunto afirmando que sus palabras en la ceremonia “no darán grandes sorpresas” y sin querer adelantar las ideas o temas que abordará en esa clase magistral.

Autor de una decena de novelas, Gurnah no figuraba en las quinielas del Nobel. Según contó, recibió la llamada del comité sueco con genuina sorpresa, pero lo cierto es que su nombre ya había aparecido en la lista de nominados de dos de los galardones más reputados en lengua inglesa: el premio Booker y el Whitebread. Fue en 1994, gracias a su cuarto libro de ficción, Paraíso, que se reedita en diciembre en español con una nueva traducción en el sello Salamandra. “Fue la novela que me permitió llegar a muchos y nuevos lectores. El proceso de nominación del Booker en aquel momento no era tan largo como ahora, era algo más fresco y emocionante, o por lo menos lo fue para mí”, recuerda. Hacía tiempo que había dejado Tanzania, en 1968, cuando el sultanato de Zanzíbar fue violentamente derrocado, y se había formado en Reino Unido. Tras pasar un par de años dando clase en Nigeria, regresó a la Universidad de Kent, empezó a escribir novelas y ya nunca se marchó.

Había empezado esa novela mucho tiempo atrás y lo primero que había escrito fue precisamente la escena con la que se cierra la historia. “Así arrancó Paraíso, pero luego estuve escribiendo otras cosas, trabajando en otros asuntos. Aquello se quedó en mi cuaderno seis o siete años sin que hiciera nada con ello, aunque claramente lo tenía en la cabeza. Quería escribir sobre la Primera Guerra Mundial en el oeste de África. El tiempo pasaba y empecé a preguntarme cómo se llegó a ese momento en que los alemanes empezaron a reclutar soldados allí”, recuerda.

En un viaje en solitario bastante largo por varios países de la zona se impregnó del paisaje y de otros relatos que escuchó en aquellos lugares. Y así fue acercándose a “otra dimensión” sobre el lugar y su historia, sobre esa costa de Tanzania y el archipiélago de Zanzíbar. Todo aquello desembocó de forma tangencial en uno de los temas centrales del conjunto de la obra de Gurnah: el colonialismo. “El primer encuentro con los colonos europeos es otro de los asuntos sobre los que empecé a reflexionar. Vi a mi padre muy mayor poco antes de que muriera y pensé que él debía de ser un niño cuando eso ocurrió. Aquello me llevó a tratar de imaginar cómo eran las cosas antes de que se produjera ese encuentro, antes de que llegaran estos extraños y dijeran que ellos se ponían al frente de todo”, explica, y añade que con frecuencia su escritura va tomando forma a lo largo de mucho tiempo, y siguiendo distintos vericuetos de manera que el principio puede acabar siendo el final.

Esa extensa geografía de ideas acaba por permear en la trama y el terreno que recorre Paraíso. En la novela, el niño protagonista queda en manos de un rico mercader por las deudas de su padre y, tras pasar unos años trabajando en dos colmados, se suma a una gran expedición comercial, a una mítica caravana. Hay referencias a una montaña nevada, a un lago que logran cruzar en un solo día y a unas majestuosas cataratas, pero no hay nombres, ni mapas. “Escribí asumiendo que quien lo leyera conocería el terreno y reconocería el Kilimanjaro o el lago Tanganica. Y de hecho es posible ver la ruta que siguen, pero al no ponerle nombre se abre de alguna manera la posibilidad de que sea más mítico, y que lo narrado pueda suceder en otro lugar. El lector puede imaginar sin tener que estar sujeto a un sitio específico”, argumenta.

Sin duda, uno de los mapas más variados de cuantos describe en su novela Gurnah es el humano, con su rica descripción de la mezcla de personajes de religiones y razas distintas, desde árabes a sijs, que habitaban esa parte del mundo a principios del siglo XX y competían entre sí antes de la llegada de los poderes europeos. “Había distintas sociedades y culturas que estaban en contacto sin que hubiera una autoridad central o algo similar. Eran grupos que no creo que sea correcto llamar naciones. Entre ellos vivían en una negociación permanente, tanto cultural como lingüística. No había una cultura dominante”, afirma. “Esta gente eran mercaderes que comerciaban entre sí y se declaraban la guerra o lo que fuera”. La descripción del crisol de culturas que pueblan la novela de Gurnah escapa cualquier simplificación o idealización del pasado precolonial. La violencia y la crueldad asoman sin reparo y sin necesidad de que llegara el colonialismo europeo. “Las simplificaciones del pasado y del presente deben ser contestadas”, sostiene.

Aquellas personas hablaban distintas lenguas, aunque el protagonista, Yusuf, se hace entender en suajili, un idioma cuya génesis, explica Gurnah, es muy similar al criollo y que además es su lengua materna, aunque él siempre ha escrito sus libros en inglés. “En parte porque es un idioma que siempre se me dio bien, incluso en la escuela frente a otros compañeros. Pero quizá lo más determinante es que yo no pensaba en escribir hasta que llegué a Inglaterra, e incluso entonces tardé un tiempo en aceptar que eso era lo que quería hacer. Y a lo largo de ese periodo ya vivía en Reino Unido y estudiaba literatura y leía en inglés. Porque había muchas cosas malas, pero una de las mejores es cuánto había para leer, cuantos libros tenía a mi disposición en las bibliotecas”, expone. “La lectura y la escritura van juntas, siempre lo he pensado. Es un ingrediente tan fundamental para los escritores como las experiencias vitales, es lo que te da contexto y ofrece relieve al trabajo, lo que te permite entender el campo en el que te desarrollas. Así que cuando empecé la cuestión de en qué idioma hacerlo no se me pasó por la cabeza, lo hice en el mismo en el que leía”. ¿Ha cambiado su perspectiva sobre esto con el paso del tiempo? “Como les ocurre a los atletas, a veces uno no puede elegir la prueba en la que competir. Te puede gustar mucho el salto de altura, pero no ser tan bueno como en los maratones. Algo así ocurre con mi escritura, no fue del todo una elección. ¿Lo haría hoy de otra forma? No, porque me gusta escribir en inglés y disfruto haciéndolo”.

La literatura poscolonial ha sido su campo de investigación desde los años ochenta, y en su obra de ficción juega un papel central, tal y como destacó el jurado del Nobel. En Paraíso, un personaje habla de cómo se escribirá la historia y cómo los colonizadores les harán leer esa versión como si fuera “la palabra sagrada”. ¿Siente Gurnah que literatura poscolonial es un término adecuado? “Lo primero es que eso ni siquiera existía cuando yo estudiaba mi posgrado”, apunta. El estudio de las distintas literaturas se planteaba entonces desde un prisma geográfico y cada zona contaba con expertos que defendían su terreno. “¿Quién eres tú para hablar de literatura del Caribe o literatura africana? Esa era la actitud hasta que un grupo de teóricos del poscolonialismo como Edward Said, Gayatri Spivak y Homi K. Bhabha empezaron a aplicar ciertos modelos para identificar algunas experiencias comunes y lanzaron las primeras flechas. Fue eso lo que permitió agrupar a escritores de distintos lugares y alejarse de las autoridades regionales. No fue hasta mediados de la década de 1990 cuando empezamos a dar una asignatura de literatura poscolonial y ocurrió porque era algo útil, no el fin de todo”, relata. “Hoy la discusión sobre el término literatura poscolonial no me preocupa. Lo veo como una expresión provisional que nos permite juntar distintos textos para su estudio. Es útil en el plano académico, pero no creo que lo sea como fórmula para describir la literatura fuera de ese campo”, matiza, y prosigue diciendo que si alguien le describe como escritor poscolonial él estaría de acuerdo, aunque eso dice poco sobre la escritura en sí. “La escuela poscolonial no debe ser tirada por la borda porque vale para algunas cosas, especialmente para enseñar y escribir crítica. Pero esa utilidad no creo que le sirva al autor; es para quien estudia su obra, no para el creador. Cuando me preguntan si soy un escritor británico o africano o zanzibarí, pues no lo sé, soy todo eso, ¿pero eso sirve de algo? A los lectores les puede dar un poco de contexto, supongo, pero después hay que leer los libros para llegar al escritor”.

Sobre el éxito de la lectura poscolonial en el campo académico, Gurnah tiene una visión positiva por su enorme diversidad y alcance. “Los especialistas del siglo XVIII, los medievalistas o los estudiosos de la danza moderna están interesados en ello. Las mentes se han abierto con esta idea del colonialismo y sus consecuencias, algo que está relacionado con cualquier aspecto de la cultura, tanto europea como de los lugares colonizados. Esa conciencia ha surgido y ha aumentado la conexión con el mundo no europeo. Los estudios poscoloniales han puesto en cuestión cosas tan obvias como los mismos escritos sobre colonialismo. Y es una disciplina que va en muchas direcciones, que estudia relaciones que se remontan a muchos siglos atrás y que permite comprenderlas mejor”.

La coincidencia este año de varios escritores de origen africano en el palmarés de importantes galardones literarios (el Nobel, el Booker, el Goncourt, el Camões y el Neustadt) ha dado pie a que algunos se refieran a un fenómeno. ¿Cuál es su postura? “Han ganado no por ser de origen africano, sino porque su escritura lo merecía. Que estos premios hayan sido otorgados a esos escritores es bueno, el año pasado no fue así. No es que mundialmente se haya decidido que hay que galardonar a africanos, es la escritura la que ha sido premiada”, sostiene. Esa literatura ¿siempre ha estado ahí y hasta ahora no se le ha prestado atención? ¿Es esta una edad oro? “Hay muchos escritores a quienes no se les presta atención y hay muchos jóvenes, y algunos que no lo son tanto, que están destacando. Y habrá muchos más. Puede ser que haya un cierto tipo de corriente, pero no estoy seguro de que la concesión de los premios signifique que hay una conciencia por parte de los lectores… Insisto, es la escritura lo que se premia, no la percepción de los lectores, aunque eso tenga algo que ver. Lo que he leído sobre este asunto son titulares que sugieren que este es el año de África, y comprendo que los periodistas tienen que tratar de agrupar y resumir, pero esto lo que hace es disminuir el logro de cada uno de los escritores premiados. Y la historia se presenta como un fenómeno cultural más que literario”.

Gurnah cuenta que está trabajando en un nuevo libro y se despide amable y apresurado.

26 nov 2021 - 03:15 CET

Por, Andrea Aguilar

Es periodista cultural. Licenciada en Historia y Políticas por la Universidad de Kent, fue becada por el Graduate School of Journalism de la Universidad de Columbia en Nueva York. Su trabajo, con un foco especial en el mundo literario, también ha aparecido en revistas como The Paris Review o The Reading Room Journal.

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Sábado, 06 Marzo 2021 05:31

Ginzburg y la biblioteca fantasma

Ginzburg y la biblioteca fantasma

Entre los damnificados de los efectos del cierre de instituciones públicas impuesto por la ya larga cuarentena (que ya se trata de una anualena) causada por la pandemia, los historiadores han sido uno de los gremios más afectados. Digamos que ha limitado severamente el ejercicio de sus labores tradicionales (tal y como las conocíamos hasta hoy). Cientos o quizá miles de estudiantes e investigadores –no sólo historiadores– que requerían de bibliotecas y archivos para realizar sus pesquisas, han tenido que delimitar sus temas de trabajo o, en algún caso, cambiarlos, por el hecho de que no hay acceso a las fuentes de información.

La única salida ha sido buscar refugio en esa otra gran biblioteca surgida en la década de los 90 desde las entrañas del Internet y que se podría llamar la biblioteca virtual global. Virtual porque sólo ofrece copias o reproducciones de los documentos originales. Global porque permite consultar desde cualquier lugar acervos que se encuentran en cualquier lugar –léase: los más disímbolos paraderos del mundo.

Hace algunas semanas, Carlo Ginzburg ofreció una conferencia, auspiciada por la Biblioteca Nacional de México, sobre las visibles transformaciones que plantea para la lectura y la investigación esta nueva biblioteca que no está en ningún ligar –más que en nuestras pantallas– y en todos los lugares a la vez. Un lugar que identifica a un an-arkhe global. En principio, sólo sabemos de tres figuras que gozan de esta bizarra existencia: Dios, los fantasmas y la esfera de Pascal, dotada de un número infinito de centros. El término an-arkhe, cuya formalización debemos a Rainer Schürman, es más complejo y, en cierta manera, prolífico, al menos para estimar la situación que nos ha tomado por sorpresa.

En el mundo griego, el arkhe reunía a dos términos que la cultura romana acabó por separar: el archivo y la ley. Es decir, la ley escrita/inscrita en y por el arkhe. An-arkhe significa en principio "sin ley" o, más precisamente, un arkhe que perdió su ley. La biblioteca fantasma (virtual) supone un archivo sin ley. Cuando buscamos el significado de algún término, por ejemplo "Estado" (la institución política), aparecen en nuestra pantalla un sin fin de entradas como "estado del tiempo", "estado del arte". Ese catálogo contiene un ordenamiento oculto: el número de usuarios que acuden a buscarlo. Sin embargo, para una biblioteca ese ordenamiento es la expresión más flagrante del caos. Ya sea en una biblioteca privada o en una pública, un documento o libro que no está ordenado por el nombre del autor o la materia simplemente no existe. Se ha extraviado para siempre. Y éste es el síndrome o el mal que aqueja a la biblioteca fantasma: sus acervos crecen con mucho mayor rapidez que nuestra capacidad de reducir y ordenar su complejidad. En sicología sería un déjà vu invertido: lo que siempre aparece es la inquietud de lo inabarcable.

Ginzburg, quien ha sido un tenaz cazador furtivo de los secretos o los detritus que encierran los archivos históricos, ideó una salida para compensar este delirio. Durante siglos el historiador acudió al archivo para encontrar lo que buscaba de antemano. Primero postulaba un problema, después se lanzaba en búsqueda de documentos. En la biblioteca fantasma esta operación, esencialmente cartesiana, resulta inconcebible. En ella sólo existe una ínfima parte de las reservas que se hallan en rollos, pergaminos y papel en las bibliotecas que hoy están cerradas.

A cambio, sugiere Ginzburg, podemos sustituir este método cartesiano por otro que los pintores conocen desde Leonardo da Vinci. Picasso lo formuló de manera sucinta: "Yo no busco, encuentro". La imagen que pintaba no respondía a sus intenciones ni a sus deseos, sino que lo encontraba por azar. Ginzburg admite que durante décadas este "método" de los pintores simplemente lo irritaba. ¿Dónde quedaba entonces la formulación del problema, la reflexión historiográfica? ¿Qué pasaría con el mandato de pensar a partir de lo ya pensado?

La irritación parece que cedió cuando emprendió un experimento: "Conversaciones con Orión". Orión era el nombre del sistema de archivos digitales en la Universidad de California en la década de los 90. El experimento consistía en dejarse llevar por la anarquía de aquella biblioteca fantasma y sustituir la búsqueda deliberada por otra gran cualidad del cerebro humano: la curiosidad. Asociando libremente lo que el sistema cibernético le ofrecía. Así encontró correspondencias inimaginables en el método convencional: la relación entre la Ilustración y el racismo en el mundo de las Cafres; el origen de signos indescifrables hallados en una cruz del siglo XVI; las genealogías del Sabbat en las primeras Cábalas.

El hecho es que la biblioteca fantasma jamás va a sustituir a los acervos consolidados durante siglos por la fruición de preservar los textos y las imágenes que provienen del pasado. Pero el an-arkhe de esta biblioteca habrá de potenciar a límites inimaginables los usos de las bibliotecas tradicionales.

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Lunes, 01 Marzo 2021 05:18

Confesiones de un vicioso

Confesiones de un vicioso

En una conversación de días pasados con Elena Poniatowska, mediada por Antonio Ramos Revilla, director de la Casa del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León, hablamos del universo infinito de las lecturas, empezando por aquellas de la infancia que se recuerdan siempre con el gusto de la nostalgia.

Para Elena su primer libro, leído en francés, fue Heidi, la novela sobre la huerfanita de las montañas alpinas, de la escritora suiza Johanna Spyri, famosa en muchas lenguas a partir de su publicación en 1880, y que lo sigue siendo al punto de que ha pasado a convertirse en una historieta anime en Japón.

Yo recordé que había hallado el sentido de la aventura en los personajes de las historietas cómicas de identidad oculta, como El fantasma, creado por Lee Falk en 1936, "el duende que camina" sentado en el trono de la Calavera en una cueva en lo profundo de la selva, desde donde salía a vérselas con sórdidos malandrines.

Y decía también que la mejor manera de inducir a alguien a volverse un vicio­so de la lectura es colocarlo frente a una vitrina de libros prohibidos, encerrados bajo llave, pues sin duda se hará de una ganzúa para sacarlos y leerlos en ­clandestinidad.

Cuando terminaba la escuela primaria, tuve acceso a un cuaderno mecanografiado con pastas de papel manila y cosido con hilo como los folios judiciales, que amenazaba deshacerse de tan manoseado. Su dueño era un lejano primo por parte de mi madre, llamado Marcos Guerrero, de pelo y barba rizada y ojos de fiebre, como un personaje de D.H. Lawrence. Vivía solitario en una casa desastrada, sus gallos de pelea por única compañía.

Lo guardaba con celo en un cajón de pino, de esos de embalar jabón de lavar ropa, junto con libros tan dispares como El conde de Montecristo, Gog, de Giovanni Papini, o Flor de fango, de Vargas Vila, y sólo lo prestaba bajo juramento de secreto. De modo que mi lectura de ese cuaderno, que no tenía título ni autor, fue mi iniciación no sólo en el rito de la lectura, sino también en el de la ­sensualidad.

Trataba acerca de la condesa Gamiani, refinada en juegos sexuales no sólo con hombres de cualquier calaña, criados o nobles, y con otras mujeres, sino también con animales, principalmente perros de caza. Sólo muchos años después, en mis correrías por tantas librerías, volví a encontrarme con este libro que se llamaba, en verdad, Gamiani: dos noches de excesos, y descubrí que no había sido escrito por una mano anónima, sino por Alfred de Musset.

Esa sensualidad de las lecturas ha permanecido intacta en mí desde entonces, y se ha trasladado al cuerpo mismo de los libros. Siempre entro en ellos oliendo primero su perfume, y no dejo de recordar aquellos tomos en rústica de cuadernillos cerrados que era necesario romper con un abrecartas, una manera de ir penetrando poco a poco en los secretos de la lectura oculta en cada pliego sellado. Por eso es que desconfío tanto de esas horribles predicciones de un futuro en que esas caricias deberemos traspasarlas a las frías pantallas de cuarzo.

Pero también volvemos en la memoria a los libros que fueron herramientas para aprender a escribir. A Chejov regreso con toda confianza, como quien visita una casa a la que se puede entrar sin llamar porque sabemos que la puerta no tiene cerrojo, y lo imagino siempre sosteniendo sus quevedos de médico provinciano para examinar a las legiones de pequeños seres que se mueven por las páginas de sus cuentos, tan tristes de tan cómicos, y tan desvalidos.

Como O. Henry también, ahora tan olvidado, pero cuyos cuentos, que repasé tantas veces en un tomo de tapas rojas, siguen siendo para mí una lección de precisión matemática, como perfectos teoremas que se resuelven sin tropiezos; y lo imagino aburrido en su exilio del puerto de Trujillo en la costa del Caribe de Honduras, adonde había huido después de defraudar a un banco, y donde escribió su novela De coles y reyes, en la que inventó el término banana republic.

Y hay otros libros que tampoco se olvidan porque fueron puertas de entrada a otras lenguas. La perla, de John Steinbeck, el primero que leí en inglés, esforzándome en noches de desvelo con el diccionario Webster de bolsillo, durante aquel curso de verano en la escuela de idiomas de la Universidad de Kansas en 1966. Y la vez que recostado bajo un tilo en el Volkspark de Berlín en 1973, cerré el ejemplar de La metamorfosis y le dije triunfalmente a Tulita, mi mujer: "Ya puedo leer a Kafka en alemán".

Lecturas infinitas e infinitas esperan por más lecturas. Tengo más libros de los que alcanzaré a leer durante mi vida y, sin embargo, cada vez que entro en una librería me domina la avidez de quien no es dueño de uno solo. Todo vicio tiene su ingrato síndrome de abstinencia.

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Literatura y feminismo: una nueva cartografía latinoamericana

La intimidad y lo político en la «literatura escrita por mujeres» propone hacer visibles las zonas íntimas de algo compartido: las desigualdades y las violencias que atraviesan al género. Una breve cartografía sirve para mostrar una literatura que está lejos de ser nueva, pero que vive una renovación que acompaña cambios sustanciales en la sociedad.

 

La escritura no es ausencia sino puro significado: sentidos difíciles de vaciar. Hay algo de «poner el cuerpo» en la escritura. La experiencia de la palabra atraviesa esos cuerpos, el «poder decir» en la intimidad. En el principio es el silencio, aquello que no puede comunicarse. Después, es ese silencio el que se hace voz y se materializa, haciendo de lo íntimo algo público. Toda escritura está, a su vez, relacionada directamente a la lectura. En ese acto de leer también interviene el cuerpo: es el que se inquieta, el que se manifiesta, el que se constituye como un campo de batalla.

La escritura literaria tiene, entonces, una voz y un cuerpo. Pero además tiene género e ideología. En 1936, la escritora y ensayista argentina Victoria Ocampo pronunció la conferencia radiofónica «La mujer y su expresión». Se trataba de un discurso que se constituía como un llamado a las mujeres a expresarse, a hablar por sí mismas dejando atrás las «migajas de los monólogos de los hombres». En su alocución, Ocampo dice que en la escritura hay un dominio por conquistar. Y asegura que, cuando esto suceda –si es que se consigue–, la literatura mundial se enriquecerá. La escritura y lectura del discurso de Ocampo se inserta en una tradición literaria de lo que se denomina (todavía) «literatura escrita por mujeres». Desde la ficción y los distintos géneros literarios, las escritoras se ocuparon de referirse a diferentes temas íntimos y volverlos políticos.

En el prólogo a la antología de cuentos Esas malditas mujeres (1998), Angélica Gorodischer afirma que quien sabe escribir puede hacerlo desde la conciencia de uno u otro género y «que las mujeres pensantes estamos aprendiendo (no es fácil, señora, créame) a escribir con conciencia de género». ¿A qué se refiere Gorodischer con «conciencia de género»? La respuesta es contundente: a que la escritura de mujeres fue mudándose a temas que rompieron con un esquematismo e hicieron de lo íntimo una narrativa de algo compartido. Así la «literatura escrita por mujeres» fue creando imágenes que cuestionaban ciertos modos de escritura y roles establecidos, que rompían modelos, y expandieron tópicos que, según el contexto, resultaron o resultan impensables.

Las autoras latinoamericanas jugaron un rol central en la dotación de significado a esa ausencia, en la superación de «lo incomunicable» por medio de la voz y la escritura, por medio de un cuerpo. «Poner el cuerpo» significa, aquí, pensar políticamente el campo literario, trastocando las representaciones creadas e instaladas sobre la imagen y el rol de la mujer en la literatura. Las autoras no solamente problematizaron el haber sido escritas desde el patriarcado, sino que, al mismo tiempo, se esforzaron por romper con los modelos «femeninos» que, por estar insertas en esa hegemonía, ellas mismas habían contribuido a crear. Ver sus propias contradicciones y cuestionarlas fue uno de sus principales objetivos literarios.

En la actualidad, la «literatura escrita por mujeres» ha aparecido con toda su potencia. No es casual que esto se produzca en paralelo al reverdecer de las luchas feministas y a la crítica de las violencias que el colectivo de mujeres proclama. Sin embargo, esta «literatura escrita por mujeres» no siempre es bienvenida. En los medios y las redes sociales, aparece casi siempre seguida de una palabra: «moda». A través de ella se pretende banalizar lo que no es, ni más ni menos, que un producto histórico determinado por luchas sociales y políticas.

Las narrativas desarrolladas por mujeres, hace buen tiempo, se han abierto paso mostrando diversas formas de intimidad. Desde la ficción, comenzó a desobedecerse el registro imperante. Se produjo una huida de la «zona de confort» y comenzó a hablarse de la familia y del ámbito doméstico, pero también del erotismo y de la maternidad, de la sexualidad y los femicidios, de la perspectiva política de las mujeres. Frente a temas y escrituras de este tipo, era lógico que naciera la controversia.

Cristina Peri Rossi, Mónica Ojeda, Cecilia Vicuña, Mary Grueso, Reina Roffé, Marosa Di Giorgio, Libertad Demitrópulos, Naty Menstrual, Pilar Quintana, Camila Sosa Villada son solo algunas de las voces que, desde hace años, forman parte de esa renovación de la literatura. Las temáticas se vincularon con una época, con un contexto y la necesidad de reflexionar sobre la intimidad y qué cuestiones de esa intimidad reproducen las desigualdades. El contexto de encierro y pandemia actual hace pensar en un tema de la literatura «escrita por mujeres» que se viene manifestando desde la ficción: el de la casa o el hogar como un lugar «no seguro». ¿Cómo trataron las escritoras la cuestión de lo doméstico y las violencias?

El ángel de la casa

Históricamente, la hegemonía cultural del patriarcado construyó a la mujer en torno a la figura del «ángel de la casa». Se trató de un modelo nacido en las clases medias, pero que se constituyó como parte de un imaginario social más amplio. Este modelo de mujer vinculado a lo doméstico se vio (y aún se ve) en una serie de mensajes, discursos e imágenes que, con su habitual proliferación, sostienen una posición «educativa» que fija a la mujer en un espacio determinado de la sociedad. Recluida al hogar y a la familia, la mujer podía aprender a estar con el marido y criar a los hijos y también puede preparar la cena, adecuar sus modos de vestir y pensamientos al estereotipo de la «mujer doméstica». Esta posición se hizo visible, durante la primera mitad del siglo XX, a través de los magazines, los manuales de conducta, los discursos periodísticos y las llamadas revistas «para ellas». En la actualidad, ese papel lo ocupan algunas redes sociales específicas, entre las cuales Instagram es la privilegiada. Una red social «amigable» para todo tipo de discurso -desde el feminista hasta el conservador-, pero en la que prevalece el discurso con «espíritu familiar y ameno». Así, en el contexto de pandemia, pueden verse famosas que sonríen mientras le pasan lavandina al piso con sus hijas e hijos. Es el modelo del «ama de casa feliz» que atraviesa a todas las clases y edades y que se sostiene como el complementario al arquetipo masculino y viril. El espacio de la casa opera como el instrumento del ideal social que construye la subjetividad femenina, que relega los cuerpos y la sexualidad recluyéndolos en la casa.

Sin embargo, al mismo tiempo, han aparecido espacios de resistencia que escapan al modelo que pretende «enseñar a la mujer a ser mujer». En el caso de los periódicos, por ejemplo, en la década de 1920 Alfonsina Storni subvirtió y reclamó repartir las tareas y los cuidados a través de sus artículos en La voz de la mujer. Julieta Lanteri y Elvira Rawson también reaccionaron contra los modelos establecidos de género por aquellos años (aunque no era tema central del reclamo feminista más preocupado por la igualdad de derechos políticos).

Es recién en la década de 1960 cuando el feminismo se centra en la cuestión de la subjetividad y los reclamos del reconocimiento del trabajo doméstico. En ese contexto, diversas voces dentro del feminismo asumen la idea de que el de «ama de casa» es el estereotipo que hegemoniza el modo de ser mujer y que, además, supone otros roles: el de esposa y madre. La teórica Betty Friedan es una de las pioneras en realizar esa afirmación que ha influido claramente en el pensamiento latinoamericano. Así, en los diversos países de la región, comienzan a aparecer quienes sostienen una perspectiva alternativa. María Elena Oddone, líder feminista argentina, escribe en la revista Persona en 1974: «El trabajo doméstico se compone de una serie de tareas (…) La producción, cuidado y educación de los hijos. La atención de las necesidades materiales, espirituales y sexuales del marido. La preparación de las comidas. El lavado de ropa y los objetos. La limpieza de la casa. Compras».

Acompañando las luchas políticas y las batallas teóricas del momento, la literatura comienza, entonces, a centrarse en el cuestionamiento de la figura del «ángel del hogar». Las tareas domésticas, la maternidad, el álbum de familia feliz empiezan a quebrarse a partir de voces que ponen en juego otras miradas. Desde 1970 a esta parte, las voces de Tununa Mercado, Angélica Gorodischer, Liliana Heker, Ana Lydia Vega, Lola Copacabana, Lina Meruane y Ariana Harwicz, entre otras, se constituyen como pilares para esa crítica en la literatura. Pero la operación es doble. Porque al mismo tiempo que realizan una crítica del patrón establecido, rompen otro. El que excluye (o las incluye, pero solo si asumen el patrón hegemónico) a las mujeres del mundo editorial. Estas mujeres ingresan en las casas de publicación, fundan revistas, amplían el mapa cultural. Así, aparecen mujeres como Rosario Castellanos que, con su libro Álbum de familia (1971), abre la generación del relato posmoderno mexicano. Los cuentos muestran, desde su «yo» interno, el encierro de la mujer recién casada que cocina para el marido. Uno de sus personajes, Edith, es la «esclava» hasta los domingos que después se conforma con ser una «dama de sociedad».

La ficción no queda desvinculada del el contexto político y social. Las intimidades son escritas, visibilizadas, cuestionadas, y la figura del «ángel del hogar» queda desarticulada. Sin embargo, surge un nuevo problema con otras formas de escritura fuera del campo literario. En su artículo «Feministas aguafiestas», Sara Ahmed afirma que las diferentes escrituras que repensaron la imagen de «el ángel del hogar», como esa forma de manifestar la infelicidad, tuvieron un resultado social contradictorio. Muchas mujeres realizaron una lectura de tipo lineal, según la cual leyendo o cuestionando los patrones establecidos encontrarían «guiones de felicidad». Sin embargo, el feminismo y las narrativas repiensan las tareas y las desigualdades económicas en función del género, pero sin constituirse como nuevas recetas para la felicidad ni estableciéndose como imposiciones. Traen a la superficie esas «ideas ocultas» bajo los signos públicos de felicidad. En este sentido, una de las reacciones contemporáneas que se manifiesta en las redes sociales es la de la reivindicación del hogar «como elección». Una elección que supone una forma de nostalgia hacia un «pasado mejor». La afirmación «soy una ama de casa feliz» se constituye, actualmente, como una nueva forma de rebelión. Nuevas escrituras evocan aquella fantasía de felicidad que el feminismo habría venido a arruinar.

Contar las violencias

El libro de cuentos Pelea de gallos (2018), de María Fernanda Ampuero, comienza con un epígrafe de Fabián Casas: «Todo lo que se pudre tiene forma de familia». Los cuentos se inscriben en el género de terror y son narrados desde la voz de niñas o adolescentes que, en muchos casos, sufren situaciones de violencia familiar y social. En Enero (1958), Sara Gallardo pone como protagonista a Nefer, una adolescente que es violada por un trabajador del pueblo y queda embarazada. El silencio, la familia y el «qué dirán» atraviesa la novela: «todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar». La violación y la maternidad no deseada harán que Nefer piense en morirse, abortar o en construir una vida feliz junto al hombre que ama. En Las primas (2006), Aurora Venturini critica la institución familiar. Unos años antes, Sabina Berman le pone voz a la protagonista del caso «Dora» de Freud en la obra de teatro Feliz nuevo siglo, Doktor Freud (2000). Por su parte, Susy Shock escribe, desde su voz de «artista trans» (como se define a sí misma), Crianzas (2016), libro que nace de un formato radial, con un glosario del activismo territorial y popular del colectivo disidente sexual. Allí piensa las violencias y las infancias diversas que evitan los binarismos de género y cuestiona el lugar de las niñas y los niños como deseo de los adultos.

Ninguno de los textos antes mencionados está aislado de su contexto de producción y muchos de ellos se ligan directamente a reclamos políticos desde la ficción. Otros, incluso los anticipan. ¿Cómo se representan las violencias? ¿Cómo intervinieron o intervienen las obras literarias? ¿Qué situaciones se visibilizan?

Retomemos a Sabina Berman. Feliz nuevo siglo, Doktor Freud (2000), obra de teatro que surge en el contexto de los femicidios en México, no solo propone una perspectiva teórica a partir de la obra del padre del psicoanálisis, sino que piensa un destino alternativo para Dora, quien parece vivir una liberación, pero que finalmente también resulta víctima de una violación.

El siglo XXI ha activado el impulso literario feminista a partir de la lucha contra la violencia de género y los femicidios. Chicas muertas (2014), de Selva Almada, y Cometierra (2019), de Dolores Reyes, ingresan en ese barro de la violencia contra las mujeres y narran desde esta perspectiva. Se trata de dos textos distintos. Uno más testimonial, en el estilo de la crónica periodística de «no ficción». El otro, ficcional. Ambas obras, sin embargo, postulan un espacio en donde las violencias sexistas son representadas y se unen a los reclamos del Ni Una Menos en toda la región. Los femicidios ocupan un lugar central y dan paso a lo político desde la voz y los cuerpos. De ahí la necesidad de la corporeidad en la escritura, la necesidad de que las intimidades no sean ese lugar de confort en donde aparecen formas de Estado que controlan lo íntimo y hacen oídos sordos a la violencia, a las denuncias, a los reclamos sociales.

Existe un vínculo entre la literatura y su tiempo. Un vínculo que se produce en forma de subversión. La intimidad y lo político en la «literatura escrita por mujeres» propone hacer visibles esas zonas íntimas de algo compartido.

Aquella voz que anunciaba Victoria Ocampo, que exhortaba a hablar a las mujeres, se pronuncia en la literatura desde la contrariedad de las experiencias en el mundo patriarcal. Estas narrativas proponen una transformación de los lugares, la manifestación de una disconformidad, una manera de ser «aguafiestas», como diría Sara Ahmed. La «literatura escrita por mujeres» visibiliza la carga simbólica que se les da a las intimidades, trae a la superficie las desigualdades y violencias. De ahí la necesidad de narrarlas como un espacio no apacible.

Las nuevas narrativas entroncan con un nuevo espíritu de resistencia que se hace visible en los diversos Encuentros Plurinacionales de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans y en las movilizaciones de Ni Una Menos, que proliferan en toda la región. No solo se hacen cargo de este espíritu: forman parte de él. Se unen a las experiencias de intimidad compartidas, a formas de escritura en las calles en las que el cuerpo es el campo de batalla. Las narrativas y las luchas feministas forman una unidad. Ambas se inscriben en transformaciones en el modo de hacer política y en la reflexión de una utopía posible.

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Lunes, 07 Septiembre 2020 06:06

Fahrenheit 451

Fahrenheit 451

Resulta un ejercicio apasionante releer Fahrenheit 451 en esta época de pandemia, de tragedia sin límites.

El pasado 22 de agosto se cumplieron cien años del nacimiento en Waukegan, Illinois, Estados Unidos, del gran escritor Ray Bradbury. Su obra, sin embargo, mantiene una frescura excepcional. Y es que imagina el futuro a través de una agudísima y demoledora mirada crítica sobre el modelo yanqui de entonces y del presente.

Publicó en 1953 una novela reveladora, Fahrenheit 451, que desafía el macartismo y el aparato represivo del sistema con una denuncia del reinado de la estupidez y de la persecución y censura de la inteligencia, de la memoria, del legado humanista de la cultura occidental, de todo aquello que el fascismo considera herético.

El título de la novela alude a la temperatura que se requiere para quemar el papel. En el Estados Unidos de Fah-renheit 451, los libros están prohibidos. Según el discurso oficial, son objetos nocivos, maléficos; inoculan pensamientos confusos e inquietantes en la gente; obstaculizan su acceso a la felicidad; le ofrecen el caos frente a las "certezas" de una cotidianidad aletargada.

Todo el que oculte una biblioteca personal o unos pocos volúmenes viola la ley y debe ser denunciado. Tras la delación, se movilizan los "bomberos", que no usan chorros de agua, sino de fuego, y reducen a cenizas cada libro que encuentran ante los ojos horrorizados de sus propietarios.

Veinte años antes de la publicación de Fahrenheit 451, en 1933, el líder estudiantil nazi Herbert Gutjahr encabezó junto a Goebbels la llamada "Acción contra el espíritu antialemán". Más de 20 mil libros fueron quemados en la Opernplatz de Berlín. Gutjahr vociferó: "Entrego al fuego todo lo que simbolice al espíritu no alemán". Actos y discursos similares tuvieron lugar en todo el país.

Veinte años después de la aparición de la novela de Bradbury, en 1973, se produjo la más divulgada quema de libros en el Chile de Pinochet, en las Torres de San Borja, en Santiago. El Canal 13 de televisión cubrió el evento monstruoso. Varios analistas han explicado que estaba condenado a la hoguera todo volumen cuyo título contuviera la palabra "rojo" en cualquier variante. Incluso fueron quemados por las hordas libros que hablaban de la corriente artística del cubismo, ya que los inquisidores consideraban que se referían a Cuba.

Montag, el protagonista de Fahrenheit 451, es un "bombero" que acude con sus compañeros a una casa denunciada. Empapan de gasolina los libros y su entorno y exigen a la dueña (una anciana llorosa) que salga a la calle para ponerse a salvo del incendio. Pero la anciana, sorpresivamente, usa un fósforo y arde, ella también, en la llamarada.

Aquel acto suicida conmueve a Montag y lo lleva a cuestionarse el sentido de su profesión y de su vida toda. ¿Qué inexplicable valor tienen los libros que pueden arrastrar a una persona a decidir incinerarse con ellos? Y empieza a entender que los libros son más que papel y letras alineadas. Poco a poco los ve como síntesis de la memoria personal y colectiva, como reservorios de pensamiento y espiritualidad en un paisaje vacío, poblado por el parloteo de gente sin nada que decirse y una televisión omnipresente diseñada para idiotizar a los espectadores.

"La televisión te dice lo que tienes que pensar, una y otra vez, todo el tiempo", le dice a Montag un viejo profesor de literatura que perdió su empleo casi un siglo atrás. "Toda la cultura está deshecha, nuestra civilización está destrozándose", añade.

En el prefacio de la redición de 1993, Bradbury da claves más para entender a cabalidad el mensaje: “No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no sabe, que no aprende…”. Esta afirmación tiene una actualidad escalofriante.

La industria cultural hegemónica ha logrado que haya cada vez menos lectores y personas interesadas en sobrepasar los ámbitos superficiales y frívolos y entender a fondo las realidades, los procesos, la vida. Ese desmontaje de la inteligencia, que ha ido creciendo vertiginosamente, ya era evidente para Bradbury en 1953.

En el universo de Fahrenheit 451, el tiempo libre debe dedicarse al juego, al placer, al divertimento pueril. La cultura ha perdido su médula. La educación ha terminado basándose en el más mediocre y plano pragmatismo. Se desmantelaron los estudios de las humanidades. Los clásicos son resúmenes. La palabra "intelectual" se convirtió en insulto. Los votantes escogen al candidato por su imagen, sin importarles su programa –en caso de que tengan uno.

Resulta un ejercicio apasionante releer Fahrenheit 451 en esta época de pandemia, de tragedia sin límites para las mayorías y enriquecimiento impúdico de las élites, de violencia policial desbordada y revueltas antirracistas, del grotesco reality show de las elecciones en Estados Unidos, de manipulación obscena de las conciencias.

"Toda la cultura está deshecha, nuestra civilización está destrozándose".

Por Abel Prieto Jiménez, presidente de Casa de las Américas, Cuba.

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Sábado, 27 Junio 2020 06:47

Los últimos nueve segundos

Los últimos nueve segundos

La nueva normalidad es la entrada a un laberinto. Las multinacionales de internet determinan un porvenir político en el que la aceleración se impone a la reflexión. Las redes sociales construyen ese presente continuo en el que las emociones prevalecen y dificultan la organización colectiva. 

 

El autor de este artículo se levantará el sábado 27 de junio poco después de las nueve de la mañana. Antes de desayunar mirará por primera vez cómo está funcionando su texto. Primero, en la red social Twitter; casi inmediatamente después, en las estadísticas de Google. A lo largo del día, con alguna variación, hará el mismo recorrido unas 50 veces. Si, como es previsible, el artículo no despega en las redes sociales, al final del día se extenderá sobre el autor cierta decepción. Una comezón que sabe irracional y que tiene un trastorno asociado. Se llama atazagorafobia. Lo explica Bruno Patino en La civilización de la memoria de pez (Alianza, 2020). Es el miedo a ser olvidado por sus pares, algo que no ocurre solo en el contexto de las redes sociales pero que se ha visto multiplicado por la absoluta dependencia de los medios de comunicación y sus trabajadores respecto a ellas.

Este trastorno se ha convertido en compañero de viaje de periodistas y comunicadores, pero no solo. Afecta a los usuarios de las redes, populares, poderosos o anónimos. “Como una sombra, el atazagorafóbico consulta su teléfono con la esperanza de obtener un corazón, un like, un retuit, una mención que pueda desmentir su convencimiento de ser un individuo de segunda categoría que merece el olvido en el que le ha sumido su grupo”, explica Patino. 

El listón está bajo. Todo lo que sea acaparar la atención de la audiencia durante más de nueve segundos supera la capacidad de concentración de los cientos de miles de personas que pasan los días con el móvil pegado a la palma de sus manos. Pasados esos nueve segundos, el cerebro se desengancha. Las manos, a sus órdenes, buscan otro estímulo, otra notificación, otra aplicación.

Lo importante, como es evidente, no es si el autor encuentra satisfacción, un fav o un retuit más de los que esperaba. Eso apenas cuenta para esta historia. Este artículo es solo un pretexto para hablar de la dependencia de la dopamina que genera el enganche digital y cómo eso funciona a escala colectiva y se extiende y determina todas las ramas de la política, el periodismo y la sociedad. Lo fundamental es que no es una excepción sino que es algo perfectamente consecuente con el tiempo que nos ha tocado vivir. Es antes que nada un negocio. Ni siquiera la adicción a las estadísticas o los favs es una rareza, sino que está determinada por el diseño de unas aplicaciones que, como recuerda la periodista Marta Peirano, han sido diseñadas con la misma estructura de estímulos y recompensas que las máquinas tragaperras.

Los hábitos del autor son la introducción para explicar por qué las teorías desquiciadas de Miguel Bosé son un acontecimiento, mientras que las estadísticas sobre costes laborales del Instituto Nacional de Estadística no le importan a nadie. En menos de tres clics de Youtube podemos pasar del directo del pleno del Congreso a las teorías más bizarras sobre el origen extraterrestre del virus sars-covd2. La verdad es irrelevante en la competición permanente en la que vivimos, que, por el contrario, tiende a favorecer lo exagerado, lo hiperbólico o lo más extremo. “Cuanto menos sabemos más afirmamos, y cuanto más afirmamos más visibles somos en la estructura asimétrica de las redes sociales”, concluye Patino. 

Un hombre derrotado

Donald Trump recorre la pista de aterrizaje de la Casa Blanca tras un mitin fallido en la ciudad estadounidense de Tulsa. Trump recorre esos metros despeinado, deshecho el nudo de la corbata. Es el joker o bufón que ha influido decisivamente en la política en la era de las redes sociales. En su escala megalómana parece encarnar el mismo sentimiento de haber sido abandonado por sus pares que atenaza a un usuario cualquiera de Facebook o Instagram. Esta misma semana, Twitter ha decidido sancionar como noticias falsas algunos de los tuits del presidente de Estados Unidos. 


Se sabe, por el escándalo de Cambridge Analytica en las elecciones de EE UU y el referéndum del Brexit, que las técnicas de pastoreo digital y manipulación son hoy determinantes para determinar el signo de una votación. Las redes sociales son el vehículo principal del llamado “relato” necesario para dominar la comunicación política. La adhesión ha sustituido al compromiso, la emoción a la coherencia. 

A partir de los fragmentos sueltos en las redes sociales, mejor cuanto más chocantes, se obtiene la atención de una audiencia de miles de millones de personas. No es necesario organizar un programa político, solo surfear una tras otra la ola de lo popular, lo llamativo, lo ostentoso. Los medios de comunicación convencionales solo siguen esa inercia fragmentada, en una carrera desquiciada por generar clics, por captar a una audiencia de memoria frágil, compuesta, en un porcentaje significativo, por bots. Los “zascas” son infinitamente más rentables que los reportajes.

Nuestros relatos

Hace cuatro meses, este iba a ser un año como cualquier otro. Las redes sociales nos enseñarían zapatos, abrigos y nuevos ordenadores porque nos conocen y nos leen (o, mejor dicho, nos perfilan). Y porque con ello ganan mucho dinero. En términos generales, la sociedad se iba a mover bajo el viejo relato de un nuevo Gobierno: reducir la desigualdad, reducir en mayor medida la pobreza infantil. Bajo los fuegos artificiales de la comunicación política, el ala tecnocrática del Gobierno se había propuesto que no se modificara la estructura de poder y de rentas. Había una promesa tácita de dejar la búsqueda de la justicia social “para más adelante”, algo que equivale a nunca.

Los hechos, sin embargo, han interrumpido ese ritmo de mecedora. Ya no ha sido posible hablar de confianza y estabilidad sino que el concepto clave es la reconstrucción. Parece una ocurrencia hablar de reconstrucción cuando aún no ha terminado el primer golpe del coronavirus, en medio del temor al rebrote y ante una situación en la que el Gobierno ha asumido los salarios de un 13% de la fuerza de trabajo, pero ese empeño de situar un marco de reconstrucción es más bien una obligación en los tiempos de la memoria de pez. Es la promesa de un futuro menos incierto de lo que realmente es, de un futuro en el que no seremos adictos a la novedad y al shock. La promesa de estabilidad remite a ese otro tiempo en el que, teóricamente, las estadísticas de gasto sanitario tenían más importancia, y más espacio en el debate público, que las chifladuras de Miguel Bosé. 

Porque, paradójicamente, a medida que nos introducimos por nuestro propio pie en el mundo acelerado, a medida que nos dejamos caer en los brazos de los algoritmos, aumenta la necesidad de pertenencia y de pausa. Esa tendencia fue entendida por Dominic Cummings, el ideólogo de la campaña del Brexit. El lema que consiguió imponer en 2016 fue “recuperar el control”. La realidad es que, cuatro años después, Reino Unido está descontrolado. Todo parece posible en un país que ha vivido bajo el mandato delirante de que nada cambie al mismo tiempo que la sociedad pasa a estar dominada por la economía de la atención, por Google, Amazon y Facebook. Por la sentimentalización radical de la política y la supresión de su capacidad para proporcionar formas de organización colectiva. 

La situación actual, marcada por el covid-19 y por la crisis climática impide un regreso al tiempo en el que todo era “normal”. La distancia social, además ha exacerbado la tendencia a la creación de burbujas y al individualismo promovido por las multinacionales de Silicon Valley. La propia idea de la “nueva normalidad” nos hace adentrarnos en un laberinto que, en buena medida, está diseñado por los algoritmos que, al mismo tiempo, controlan la información y la intoxicación informativa. Retirarles esa potestad para intervenir sobre nuestras vidas debe ser una prioridad. También gravar sus beneficios en relación al valor que obtienen de nuestros datos. Es imprescindible, por último, organizarse fuera de esas burbujas, aprovechando las facilidades que da internet pero sin la servidumbre de hacer más grande las burbujas dentro de las redes sociales.

Como muestra el caso extremo de Trump, estos ya no trabajan para sí mismos, ni trabajan para sus votantes, sino que están metidos en la misma rueda en la que estamos todos, generando valor para los grandes monopolios de la atención. Poderosos y mierdecillas, moviéndonos cada vez más rápido para permanecer exactamente en un mismo punto. Sin posibilidad de avanzar.

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Una mujer camina con mascarilla por una calle de Wuham, principal foco del coronavirus en China, el pasado 31 de enero. GETTY IMAGES

Yan Lianke, uno de los grandes de la literatura china actual y censurado en su país, dirigió a sus estudiantes de la Universidad de Hong Kong este mensaje en el que advierte de la necesidad de no olvidar esta crisis y de escribir sobre ella

Queridos alumnos:

Hoy damos nuestra primera clase virtual del posgrado de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong. Permitidme, antes de comenzar con la lección, decir unas palabras que nada tienen que ver con ella.

Cuando de niño cometía el mismo error una y otra vez, mis padres me llamaban a su lado y me preguntaban, apuntándome a la frente con el dedo extendido:

“¡¿Es que no tienes memoria?!”.

Cuando era incapaz de recordar la lección de lengua tras repetidas lecturas, el profesor me hacía ponerme en pie en medio del aula y me preguntaba delante de todos:

“¡¿Es que no tienes memoria?!.

La capacidad de recordar es la tierra de cultivo en la que nace y crece el recuerdo. Memoria y recuerdo constituyen elementos fundamentales que nos distinguen de los animales y las plantas, así como la primera condición de nuestro crecimiento y nuestra madurez. Son, a menudo, más importantes que comer, vestir o respirar, pues su pérdida puede conllevar el olvido de las herramientas y los modos que nos permiten alimentarnos y labrar la tierra; puede provocar que un día nos levantemos en mitad de la noche y no recordemos dónde habíamos dejado la ropa, o inducirnos a creer que el emperador se ve mucho mejor desnudo. ¿Por qué hablo hoy de esto? Por el nuevo coronavirus, esa tragedia que recorre el país y el mundo entero, aún sin controlar de verdad y cuyos contagios están lejos de acabar, a pesar de que en estos momentos en que todavía tenemos muy presentes las pérdidas de familias rotas y el llanto en Wuhan, Hubei y muchas otras ciudades, provincias y regiones de todo el país, oímos y vemos cómo a nuestro alrededor comienzan a prepararse fanfarrias de celebración y voces de júbilo ante una mejora de los datos de la epidemia.

Los sollozos no han cesado y los cuerpos no están aún fríos cuando ya comienzan a alzarse cantos triunfales, de sabiduría y grandeza.

Todavía no hemos llegado a saber cuántas muertes se han producido en realidad desde que el nuevo coronavirus entrara poco a poco en nuestras vidas, cuántas han ocurrido en los hospitales y cuántas más fuera de ellos. No ha dado tiempo a investigarlo; también es posible que siga siendo un misterio para siempre, aun cuando las investigaciones concluyan, pasado un tiempo. Quedará una reminiscencia sin pruebas, un relato confuso sobre la vida y la muerte que dejaremos a quienes vengan después de nosotros. Ciertamente, cuando esta epidemia quede atrás, no hemos de parecernos a la tía Xianglin, que a diario se lamentaba: “Sabía que los animales salvajes bajaban del monte a la aldea cuando nevaba y no encontraban qué llevarse a la boca, pero no tenía ni idea de que también pudieran venir en primavera”. De un mismo modo, hemos de evitar convertirnos en seres como A Q, que, aun siendo golpeado, humillado y llevado a las puertas de la muerte, se vanagloriaba de ser un héroe y un triunfador.

¿Por qué siempre se suceden el dolor y la tragedia —individuales, familiares, sociales, generacionales o nacionales— en nuestras vidas, en nuestra historia y nuestra realidad? ¿Cómo es posible que los infortunios y sufrimientos de la historia y de los tiempos siempre se sirvan y se nutran de la muerte y las vidas de miles de personas anónimas? Entre los muchos factores que desconocemos, que no preguntamos ni cuestionamos porque no está permitido hacerlo, se encuentra también el hecho de que somos personas —anónimas, insignificantes— sin capacidad de recordar. Nuestras memorias individuales han sido programadas, suplantadas y eliminadas. Siempre son otros los que deciden qué debe ser recordado y qué olvidado; cuándo es tiempo de silencio y cuándo de algarabía. La memoria individual se ha convertido en una herramienta de los tiempos; la memoria colectiva o nacional, en el olvido o asignación de recuerdos de la gente. Deteneos un instante a pensarlo. Dejemos a un lado la historia y el pasado lejano que se narra en libros cuyas portada e ISBN han cambiado, y rememoremos únicamente lo ocurrido en los últimos 20 años. Los desastres que han vivido y recuerdan jóvenes como vosotros, nacidos en la década de los ochenta o de los noventa, ¿son fruto de la mano del hombre, como el sida, el SARS o este Covid-19, o catástrofes naturales como los terremotos de Tangshan y Wenchuan, ante los que difícilmente podemos hacer nada? ¿Por qué se equipara el factor humano en unos y en otros? Tanto es así en lo que se refiere a la propagación y el azote de las epidemias del SARS —ocurrida hace 17 años— y el actual Covid-19 que parecerían obra de un mismo director, empeñado una vez más en poner en escena la fatalidad. Nosotros, en tanto que personas insignificantes, carecemos de toda capacidad de indagar en la identidad de ese director. Tampoco dominamos el conocimiento técnico necesario para recomponer la idea, los conceptos y el trabajo de su guionista. Así pues, ante este nuevo remake de la muerte, podemos al menos preguntarnos: ¿dónde ha ido a parar nuestro recuerdo de aquel drama anterior?

¿Quién nos ha borrado y arrebatado la memoria?

La persona sin memoria es, en esencia, como la tierra de un campo o un camino; los zapatos deciden dónde pisar y son las hendiduras de sus suelas las que tienen la última palabra.

La persona sin memoria es, en esencia, como el madero sin vida; serán el serrucho y el hacha los que determinen su forma futura.

Para aquellos que, como nosotros, encuentran el sentido de la vida en su amor por la escritura y sobreviven gracias a la palabra escrita —como es el caso de los estudiantes de posgrado que siguen esta clase a través de la Red y de los escritores que cursan o han cursado el Máster de Escritura Creativa de la Universidad Renmin de China—, ¿qué sentido tendría la escritura si renunciamos al recuerdo y a la memoria que brotan de nuestra sangre y de nuestras vidas? ¿Cuál sería su valor? ¿Qué podría esperar esta sociedad de sus escritores? ¿Qué diferencia habría entre una marioneta, cuyos hilos controlan otros, y vuestra escritura incansable, un esfuerzo tenaz y una obra prolífica? Si los periodistas no describen lo que ven ni los escritores relatan aquello que recuerdan y han vivido; si quienes tienen la posición y capacidad de emitir juicios en la opinión pública lo hacen siempre empleando las expresiones puras que dicta el país, ¿quién podrá venir a decirnos en qué consiste la vida humana, nuestra realidad, nuestra verdad y nuestra existencia individuales en este mundo?

Paraos a pensar en qué estaríamos oyendo y viendo en estos momentos de no tener en Wuhan a una escritora como Fang Fang, poniendo por escrito sus recuerdos y experiencias, ni a los otros miles de personas que, como ella, nos hacen llegar a través de sus teléfonos móviles el sonido del llanto y los gritos de auxilio.

En la colosal corriente de los tiempos, la memoria individual se ha considerado siempre como la espuma superficial, las salpicaduras y el ruido de las olas que esos mismos tiempos se han encargado de eliminar, desechar o apartar a un lado, silenciándolos, privándolos de una voz, como si nunca hubieran existido. Como consecuencia de esto, a medida que el tiempo fluye y va quedando atrás, sobreviene un olvido inmenso. La carne pierde el alma. Y cuando todo recobra la calma, ese minúsculo sustento de una verdad que podría remover el mundo deja también de existir. La historia se convierte así en una leyenda, un olvido y una ficción sin base ni fundamentos. Desde esta perspectiva, es sumamente importante que desarrollemos nuestra capacidad de recordar y retener memorias inmutables e imborrables, la verdad y las pruebas últimas de un discurso veraz. Apelo en especial a los estudiantes de este curso de escritura: hemos de ser ante todo personas que a lo largo de toda nuestra existencia nos apoyemos en el recuerdo para escribir, buscar la verdad y vivir. ¿Podrá seguir existiendo una certeza individual e histórica el día que ni tan solo nosotros contemos ya con esa triste verdad y esos pobres recuerdos?

Lo cierto es que tenemos memoria y recuerdos, y aun cuando carezcamos de la capacidad de cambiar el mundo y la realidad, podemos al menos, ante una verdad centralizada y programada, musitar para nuestros adentros: “¡Las cosas no son así!”. De este modo, al menos, cuando se produzca de verdad el punto de inflexión de esta epidemia, seremos capaces de oír y recordar los lamentos y el llanto que nos llegan de personas, familias y periferias en medio del estruendo y la algarabía de celebración victoriosa.

La memoria no puede transformar el mundo, pero sí dotarnos de una verdad interior.

La memoria individual no puede devenir en una fuerza que cambie la realidad, pero sí ayudarnos al menos a interrogarnos ante la mentira. Como poco, si algún día se produjera un nuevo Gran Salto Adelante y volvieran los tiempos de la fundición masiva de acero, sabremos que no es posible extraer hierro de la arena ni producir miles de libras de cereal a partir de una única parcela; prevalecerán los saberes conocidos sobre las fabricaciones conscientes y los milagros que presumen de sacar alimento de la nada. Y como poco, si vuelve a acaecer otra década catastrófica como la de aquella revolución, podremos garantizar que no enviaremos a nuestros padres a la cárcel ni al cadalso.

Queridos alumnos, somos estudiantes de letras y es posible que a lo largo de toda nuestra vida dependamos de la palabra, la verdad y el recuerdo para relacionarnos. Hemos de hablar desde la memoria. Si no expresamos nuestros miles de recuerdos individuales, la memoria colectiva, estatal y nacional siempre ocultará y modificará, por razones históricas, nuestra memoria individual. En estos momentos en los que el Covid-19 aún no ha coagulado en forma de recuerdos, comenzamos a escuchar a nuestro alrededor alabanzas y celebraciones a bombo y platillo. Es por esto por lo que espero que todos vosotros, todos quienes hemos atravesado por esta epidemia, logremos conservar la memoria cuando todo termine.

Espero que, en un futuro previsible y no muy lejano, cuando este país comience a anunciar a los cuatro vientos con toda fanfarria y épica su victoria en la guerra contra la epidemia, no nos convirtamos en esos escritores que entonan cantos vacíos, sino únicamente en personas honestas y con memoria. Deseo que, cuando se ponga en escena la gran representación, no seamos los actores que recitan sobre las tablas, ni la comparsa que acompaña a la función; en su lugar, espero que permanezcamos alejados del escenario como personas débiles e impotentes que contemplan el espectáculo en silencio con ojos llorosos. Si nuestro talento, valor y determinación no nos convierten en escritores como Fang Fang, que nuestra sombra ni nuestra voz se encuentren al menos entre quienes la envidian y se mofan de ella. Cuando al cabo regrese la tranquilidad y no podamos, en medio de cantos de sirena, lanzar en voz alta nuestras dudas sobre la aparición y propagación de este coronavirus, los susurros servirán como muestra de consciencia y valentía. Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie, pero guardar silencio y olvidar son barbaries aún más terribles.

Si no podemos actuar como el médico Li Wenliang que dio la voz de alarma, seamos al menos aquellos que escuchan la llamada de alarma.

Si no podemos alzar la voz, susurremos; si no podemos susurrar, guardemos silencio y conservemos la memoria y los recuerdos. Que cuando lleguen los cantos —a punto de producirse— por la que ha venido a llamarse una victoria bélica contra la aparición, azote y propagación de este Covid-19, permanezcamos a un lado en silencio, con nuestra tumba interior. Que nuestra memoria sea indeleble, para que podamos algún día transmitirla a las generaciones venideras.

Yan Lianke, autor de Los besos de Lenin (Automática), dirigió este mensaje a sus estudiantes de la Universidad de Hong Kong al comienzo de su primera clase virtual el 21 de febrero. Traducción de Belén Cuadra Mora.

Por Yan Lianke

20 MAR 2020 - 15:24 COT

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Biblioteca digital a escala global. Una disposición de la UNESCO

Ante la emergencia por el avance del coronavirus a nivel mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) adoptó una serie de medidas destinadas a dimensionar el impacto en las áreas de su competencia. Además de convocar a funcionarios de 73 países para debatir las diversas alternativas de enseñanza a distancia, se puso a disposición la Biblioteca Digital Mundial en la página web oficial, desde donde se podrá acceder a un gran cúmulo de artículos históricos para leer durante la cuarentena. La biblioteca reúne una amplia gama de recursos culturales y educativos, tales como mapas, textos, fotos, grabaciones y películas de todos los tiempos. Desde la cuenta oficial de la UNESCO en Twitter se informó: “Como millones de personas deben quedarse en casa, compartamos la cultura y las ideas. ¿Conoces la Biblioteca Digital Mundial? Tienes acceso gratuito a manuscritos, libros, fotografías… Aprovecha y descubre los tesoros culturales del mundo”. Disponible en  https://www.wdl.org/es/

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Un servicio público en peligro de extinción

La gratuidad de la información en Internet generó recortes en las redacciones, un empeoramiento de la calidad de la prensa y una concentración de los medios en manos de conglomerados. ¿Cómo han enfrentado esta tendencia la prensa y los estados en diferentes lugares del mundo?

 

No hay cómo negarlo: los medios de comunicación tradicionales en general están en crisis. Aquí y acullá, en países con poca o mucha tradición de lectura de periódicos, cierran diarios, revistas, semanarios todos los días. La cosa no es de ahora, precisamente, pero desde la aparición y sobre todo la consolidación de Internet y su galaxia se ha acentuado exponencialmente. Los medios audiovisuales, verdugos tradicionales de la prensa escrita, no salen tampoco indemnes y aparecen ellos también en el pelotón de víctimas del avance de ese monstruo cibernético imperial sobre el que se vuelcan todas las miradas acusadoras. Desde la crisis de 2008, es decir hace diez años, el ritmo de desaparición de publicaciones no paró de acelerarse. Un informe publicado por el periodista francoespañol Ignacio Ramonet (Le Monde Diplomatique, 4-X-09) da cuenta de que en menos de un año –entre 2008 y 2009– y sólo en Estados Unidos desaparecieron 120 medios, algunos de alcance nacional, y se perdieron 21 mil empleos en el sector. En Europa el terremoto fue similar: diarios tradicionales debieron o bien cerrar por completo, o pasar a editarse sólo en Internet, o restringir su oferta hasta el punto de perder parte de su identidad (el Washington Post dejando de editar su suplemento literario Bookworld, por ejemplo), además de destruir un tendal de puestos de trabajo. En España, de acuerdo a datos publicados a comienzos del año pasado por la Asociación de Editores de Diarios (Aede), entre 2008 y 2015 los cotidianos redujeron un 43 por ciento de sus plantillas (prnoticias.com, 3-I-17). En América Latina, la Federación Latinoamericana de Periodistas dio cuenta en 2016 de la pérdida de decenas de miles de puestos de trabajo en la región desde mediados de la década de los noventa. La sangría no ha cesado.


***


La crisis de la prensa no es producto de una caída de su audiencia.


La penetración de los medios, por el contrario, se ha multiplicado. Sólo que los lectores están migrando desde las versiones impresas hacia las digitales. Al Guardian británico, por ejemplo, lo leen actualmente alrededor de 36 millones de personas por mes en todo el mundo a través de Internet, pero el venerable diario liberal vende menos de 300 mil copias por día; la versión digital del New York Times tiene 22 veces más lectores que la tradicional en papel; la del Times de Londres casi otro tanto; y algo similar sucede con el madrileño El País de Madrid, el francés Le Monde, el italiano La Repubblica. Sólo por hablar de los grandes medios “internacionales”. El fenómeno se repite, por supuesto, por estos lares: a menor difusión de las ediciones pagas, mucho más audiencia de las ediciones inmateriales.


Todos han ido apostando a “estar en Internet” para disminuir las pérdidas o simplemente no desaparecer. El País español, por ejemplo, cerró a fines del año pasado su imprenta en Madrid, pero destina fondos cada vez mayores a sus ediciones digitales, una de ellas para la América hispánica y otra en portugués, para el mercado brasileño. El Times o el Guardian británicos están realizando apuestas similares en el mundo anglófono. Entre abrir la canilla por completo y cerrarla a cal y canto, las fórmulas varían. A veces algunos medios prueban todas las opciones, a golpes de ensayo y error: van de ofrecer versiones digitales totalmente “abiertas”, idénticas o casi idénticas a las impresas, a partir de la premisa de que a mayor penetración y mayor audiencia mayor volumen de publicidad, hasta –una vez constatado el fracaso económico de esa variante– cobrar por todo lo que llega en unos y ceros. Otros –o los mismos– combinan, cobrando a partir de cierto número de artículos “bajados” y dejando “abiertos” otros. La preocupación principal de los medios impresos con versiones digitales es que éstas no terminen fagocitando a las primeras. Todavía no se ha encontrado la fórmula.


Uno de los problemas es que los ingresos de las versiones digitales de los medios escritos no han crecido en la misma proporción que su “lectorado”: sus consumidores las ojean por lo general gratuitamente o a través de “agregadores” de contenidos como Google, o de proveedores de servicios, que se han convertido en los grandes captadores de la publicidad y son denunciados como vampiros cibernéticos o parásitos que lucran con la producción de terceros. Datos sobre el mercado publicitario elaborados por la empresa Price Waterhouse Coopers (Pwc) indican que en 2017 el 27 por ciento de lo invertido en publicidad en todo el planeta fue a Internet, el 24 por ciento a la televisión abierta y apenas el 10 por ciento a publicaciones en papel. En 2010, es decir, sólo siete años antes, la tajada mayor de la torta publicitaria (26 por ciento) se la llevaban los canales abiertos, el 19 por ciento los diarios y otras publicaciones y sólo el 16 por ciento la red de redes informática (revistawacho.com, “Todos contra Facebook”, 2-V-18). Lo peor para los medios que tienen versiones digitales es que las fabulosas masas de dinero que se vuelcan cada vez más en Internet no van a ellos sino a Google o Facebook. El año pasado, en Estados Unidos, el mayor mercado publicitario del planeta, el 73 por ciento de lo invertido en publicidad en Internet fue a parar a esos dos gigantes, señala el documento de Pwc. Peor, peor aún: los anunciantes pagan por publicitar en Internet mucho, pero mucho menos que lo que pagan en medios en papel.


Google y Facebook se han ido convirtiendo cada vez más en “decidores” en el mercado informativo. “Como los grandes derivadores de tráfico a los portales de los medios son Google y Facebook cada decisión que ellos toman nos termina afectando”, dice la nota de Wacho. Su autor, Tomas Vio, destaca las dificultades que tienen los medios para hacerse valer frente a estos “parásitos”. “En 2014 el gobierno español incorporó un artículo a la ley de propiedad intelectual que establecía que Google y el resto de los buscadores estaban obligados a pagarle un monto fijo a cada medio por cada link que apareciera en ellos. Esto, que se pensó como una solución a la falta de ingresos por publicidad que tenían los medios, terminó hundiéndolos todavía más. En respuesta Google eliminó en España Google News y sacó cualquier link de un medio español en sus búsquedas en otros países. Esto afectó a todos los medios españoles, principalmente a los más chicos que vieron como las visitas a sus sitios cayeron un 16 por ciento. En poco tiempo los mismos medios que habían presionado para que se modificara la ley, reclamaron para que el gobierno diera marcha atrás. Casos parecidos pasaron en otras partes de Europa y siempre tuvieron a Google como el ganador.”


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Es como el perro que se muerde la cola, sugiere Ignacio Ramonet. Desesperados por su desplome y por encontrar una vía de salida, los medios de prensa tradicionales, hijos de la era industrial y de un modelo de circulación de la información ya obsoleto, al tiempo que invierten más y más dinero en tecnología, estiran como chicle y precarizan a sus cada vez más escasos periodistas para que escriban, filmen, fotografíen y se repartan entre los distintos soportes, y rebajan contenidos para adaptarse a los nuevos modos de consumo. La calidad de la oferta está entre lo primero que decae. “Hoy la información tiene como objetivo mercantil llegar al más amplio número de personas. Se llega bajando el nivel y bajando el costo, es decir, regalando una información que puedan leer hasta aquellas personas que apenas saben deletrear. El comercio de la información no consiste en vender información a la gente; consiste en vender gente a los anunciantes”, apunta el periodista hispanofrancés.


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El diagnóstico de la Aede para España podría extenderse a cualquier otro país de cualquier continente: la acción conjugada de la reducción de la publicidad y de la difusión de ejemplares pagos y una fallida migración a Internet han llevado a la prensa escrita a un estado de cuestionamiento existencial del que aún no sale. Los vaticinios sobre “la muerte inminente de la prensa diaria” no son de ahora, pero es relativamente reciente que se hayan convertido en lugar común, en certeza incuestionable. Los han formulado analistas externos al sector o gente del riñón mismo de la prensa. Ramonet citó en su nota de 2009 a Michael Wolf, de la consultora especializada Newser, que previó en enero de aquel año en el Washington Post que en Estados Unidos sólo subsistirían a corto plazo 20 por ciento de las publicaciones en papel, y al magnate australiano británico Rupert Murdoch, mandamás del grupo multimedia News Corporation, para quien la década que está ahora acabando quedaría marcada también como la de la extinción de la prensa diaria.

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La creciente concentración es otro de los fenómenos mayores en el sector. En los años ochenta y noventa era sobre todo endógena: se manifestaba en la creación de grandes grupos multimedia, que abarcaban publicaciones de todo tipo y pelaje, radios, canales abiertos y de cable, medios digitales. Pero también estas grandes corporaciones (Hearst Corporation, News Corp y otras) zozobran: pierden dinero, recortan los medios de los que son propietarios a tijeretazos. Ahora es común que los periódicos formen parte de grandes corporaciones industriales que los usan como pañuelos desechables en estrategias globales de poder.


En Francia, “todos los grandes medios pertenecen a cuatro o cinco empresas que nada tienen que ver con la información; se dedican a la fabricación y venta de armas, a la telefonía o a negocios por Internet”, dijo Ramonet en una entrevista publicada en el dominical argentino Perfil hace siete años (11-IX-11) que nada ha perdido de actualidad. “Un grupo que vende armas posee la radio más importante y el periódico del fin de semana más importante (Le Journal du Dimanche), mientras un constructor de autopistas tiene el canal de televisión más importante con el informativo de mayor audiencia.”


Un estudio sobre “Pluralidad informativa y libertad de prensa” realizado por el European Centre for Press and Media Freedom y la Plataforma en Defensa de la Libertad de Información, difundido en enero pasado, consignó el fenomenal nivel de concentración en este sector en Europa: en 15 países de la región, cuatro grupos son propietarios del 80 por ciento de los medios (público.es, 29-I-18).


Para el “ecosistema informativo” de la región, se comentó en un seminario madrileño en que el informe fue presentado, “ello supone una gigantesca pérdida de diversidad, y para la democracia un peligro mayúsculo, al estar la información en manos de unos pocos actores privados en tiempos, además, en que, producto de su propia crisis, los medios están perdiendo calidad”.
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Profesor en la Escuela de Ciencias Sociales de Manchester, en Inglaterra, Peter Humphreys realizó unos años atrás una investigación comparada sobre las ayudas a la prensa en Europa.1 El trabajo, publicado en 2008, cuando la debacle no había llegado a las dimensiones actuales, demuestra cómo desde hace décadas la mayoría de los países del continente han desarrollado políticas “para promover la diversidad de la prensa, por lo general mediante normas contra la concentración de medios y/o mediante subvenciones”. En Estados Unidos, “la patria del liberalismo económico”, las ayudas a la prensa remontan a los inicios de la república y eran concebidas como “un subsidio público para la democracia”, señala Humphreys. Este “fundamento democrático sigue siendo el argumento más sólido para el apoyo económico público a los medios de comunicación de masas hasta la actualidad”.


Las subvenciones o las ayudas han variado según los tiempos y las orientaciones políticas. “Se ha facilitado ‘ayuda de emergencia’ temporal a publicaciones en dificultades financieras. Se han destinado subvenciones a periódicos ‘minoritarios’ (…). Se han concedido subvenciones para la modernización (introducción de nuevas tecnologías, recapacitación, etcétera) y en ciertos casos se han dirigido hacia funciones periodísticas concretas, como el periodismo de investigación”, escribe el investigador. Desde los primeros años de la década de 1970, cuando despuntó la crisis de la prensa escrita, no ha habido país de Europa occidental que no haya establecido alguna modalidad de asistencia al sector. Todos implementaron tipos de Iva preferentes, la mayoría adoptó tarifas postales, de comunicaciones y de transporte diferenciadas (en algunos casos incluso para los desplazamientos de los periodistas), y han sido habituales las desgravaciones fiscales por inversiones. En esa clase de ayudas indirectas los países han sido unánimes.

Los de tradición liberal como los anglosajones se quedaron en la facilitación de un “ambiente favorable para todos los medios”, para “no distorsionar el mercado” ni generar mecanismos de dependencia de los medios respecto a los gobiernos, según resumió en 1977 un informe de la británica Comisión McGregor, que excluyó cualquier tipo de subvención directa a los medios. Países de tradición estatista como Francia (“el primero en introducir un complejo sistema de subvenciones, directas e indirectas”) o de “corporativismo democrático” como los nórdicos establecieron en cambio ayudas “orientadas” de diverso calibre, y sistemas de regulaciones que incluían cierto nivel de discriminación “positiva”. El sistema francés se instauró poco después de la Segunda Guerra Mundial, “con el objetivo declarado de fomentar el pluralismo entre las cabeceras de periódicos y estimular el acceso de los lectores a diferentes fuentes de periódicos”, apunta Humphreys citando The Media in France, un estudio del profesor de ciencia política británico Raymond Kuhn publicado en 1995. Desde entonces se ha ido adaptando y, por momentos, amplificando. Hacia fines de 2014, escribió en diciembre de ese año en Le Monde Diplomatique el periodista Pierre Rimbert, los subsidios a la prensa representaban un 19 por ciento del volumen anual de negocios de los periódicos de información política y general de Francia. En promedio, el Estado francés destinaba entonces 1.600 millones de euros por año al conjunto del sector. “La persistencia de estas ayudas públicas masivas pero pasivas expresa el reconocimiento implícito de que (…) al igual que la educación o la salud, una información de calidad no podría florecer bajo las reglas de la oferta y la demanda”, apuntaba Rimbert. El periodista criticaba de todas maneras la forma en que esas ayudas eran implementadas. “Desviado del interés general hacia los conglomerados comerciales, el modelo” francés ha demostrado no sólo su ineficacia, al ser incapaz de resolver la crisis de los medios, sino también su injusticia, señalaba. Titulada “Proyecto para una prensa libre”, la nota de Rimbert proponía un modelo radicalmente diferente de financiación de la prensa destinado a “producir una información de calidad por fuera de la ley del mercado y de las presiones del poder político”.


Humphreys destaca por su lado las bondades de los mecanismos de ayuda a la prensa implementados en Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria, Holanda (véase recuadro). Se trata, precisamente, de los países que más subvenciones han destinado al sector, con el fin de “preservar un importante grado de pluralismo político frente a una creciente concentración de los medios de comunicación”. El británico cita un trabajo de los investigadores Daniel Hallin y Paolo Mancini (Comparing Media Systems: Three Models of Media and Politics) para la Universidad de Cambridge según el cual en los países nórdicos “los medios eran más respetuosos con las elites políticas antes de la aplicación de estos sistemas de subvenciones que después. (…) El aumento del profesionalismo crítico en el periodismo de la Europa septentrional se produjo en el período en que las subvenciones eran más elevadas”.


En Holanda y Bélgica se han instaurado mecanismos estatales de apoyo al periodismo de investigación. El caso del Fondo Pascal Decroos de la región flamenca belga, creado en 1998, es particularmente llamativo. Humphreys cita el texto, subido a su página web, con el que los promotores de esta iniciativa la fundamentaron: “los medios están bajo presión. La economía de mercado determina cada vez más qué se considera noticia y qué no. El resultado de esta tendencia es que apenas queda espacio para un periodismo en profundidad y con amplitud de miras. A pesar de disponer del talento periodístico y de existir un genuino interés público, el periodismo especializado y de investigación rara vez se practica en Flandes. El principal obstáculo parece ser siempre la financiación de tales proyectos”. El gobierno flamenco aporta dinero a este fondo, que cuenta con unos 250 miembros, en su mayor parte surgidos de los medios, y un Consejo Asesor de “notables”.


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“Aunque se han esgrimido diversos argumentos para cuestionar la eficacia o la conveniencia de las subvenciones a la prensa”, escribía Humphreys en los párrafos finales de su trabajo, “el hecho es que un importante número de países europeos occidentales parece estar comprometido con el mantenimiento de sus sistemas de apoyo y ha sido evidente un cierto grado de innovación en sus sistemas de subvenciones. A los fundamentos iniciales de carácter democrático pluralista y económico a favor de la intervención se ha añadido el fundamento de la racionalización industrial (…) y un fundamento de proyectos de investigación periodística. (…) La convergencia digital ha producido una apremiante necesidad de replanteamiento de las políticas intervencionistas de manera que en el futuro la financiación pública de la comunicación de ‘servicio público’ dependerá cada vez más de la función, en lugar de ser específica de una determinada tecnología. Para la prensa, ya sea impresa o digital, esto podría implicar un mayor apoyo –nunca menos– para funciones periodísticas concretas de ‘servicio público’ amenazadas por la creciente comercialización y competencia entre los distintos medios”.


1. “Subvenciones a la prensa en Europa. Una visión histórica”, Revista Telos, abril-junio de 2008.



Para asegurar una pluralidad


La opción de los pequeños países


Noruega, Dinamarca, Suecia, Finlandia, Austria y Holanda tienen en común que son pequeños, tienen poco peso económico y diplomático a nivel internacional y, por lo tanto, sus mercados mediáticos son limitados al propio país. La prensa en estos países no puede pretender emular un modelo como los de The Guardian o El País que tienen un millonario lectorado en la web fuera de sus fronteras nacionales, que les permite vender grandes cantidades de avisos en Internet; para leer un diario holandés hay que saber hablar ese idioma, y la actualidad de un pequeño país como Dinamarca, sólo interesa a los propios daneses. La pluralidad de la prensa no se puede asegurar en mercados tan pequeños. Por eso, en Suecia, un país de sólo 9 millones de habitantes, es gracias a una subvención pública que circulan casi 100 revistas de corte cultural y político de las más variadas orientaciones ideológicas.


Florencia Rovira Torres

Publicado enCultura
“Hace 55 años atiendo este punto en esta misma esquina”

La vida no siempre es lo que deseamos, por más que luchamos. Así lo recuerda Olga Zambrano, vendedora en un punto callejero ubicado en el centro de Bogotá, a donde llegó obligada por la necesidad de ella y de los suyos, de sobrevivir. Ya son más de 55 años de ese estar sobre el cemento, aguantando todo tipo de inclemencias. Aquí su historia.

 

“Es admirable ver la resistencia que tiene una persona con deseos de vivir y salir adelante, creo que hasta mis últimos instantes estaré aquí al frente de mi negocio impulsando la lectura, intentando cada día que los capitalinos accedan a una lectura de libre albedrío, pues les ofrezco prensa tradicional, amarillista, deportiva y también alternativa”.

 

Mientras nos cuenta parte de su vida, quien así habla atiende con amabilidad en su punto de venta a quien llega en búsqueda de un periódico, un cigarrillo o un dulce. “Olga Zambrano Molano es mi nombre –nos dice–, procedo del Huila, y hace 55 años atiendo este punto en esta misma esquina del centro de Bogotá”.

 

Su narración nos parece de ficción, pues es difícil imaginar que una persona sobrelleve su vida en un mismo punto de la ciudad, afrontando todo tipo de adversidades, dedicada a un solo oficio: vendedora. Pero así es, y su vida es testimonio de ello:

 

“Soy la hija menor de seis hermanos; llegué a Bogotá desde muy niña con el propósito de trabajar debido al fallecimiento de mi madre, mi padre se quedó allí a cargo de mis hermanos. Viajé a Bogotá a cargo de una señora particular que me brindó alojamiento durante tres años en su casa ubicada en el barrio Chapinero, exactamente en la calle 51 con carrera 4”.

 

“Tres años donde tuve alguna comodidad, pero llegó el día en que tuve que salir a responder por mi existencia. A los nueve años empecé mi vida laboral como voceadora de periódicos, buscando una nueva esperanza, y aunque no comprendía muchas cosas que la vida me depararía, emprendí mi negocio y eso me entusiasmaba. En ese tiempo no molestaban con la ley ni los Códigos de infancia, así que me vine a vivir al centro a una habitación cerca al hotel Hilton; subsistía de la venta de periódicos y revistas, también me ayudaba con la venta de cigarrillos; creo que he vendido todos los periódicos que se han publicado en Colombia, siempre aquí, en la carrera Séptima con Calle 23, un lugar clave en el centro bogotano”.


Mientras esto nos va contando, Olga no desatiende su negocio de cuatro metros, donde amontona productos y cuelga exhibidores para mostrar distintas publicaciones, donde en un carrito de supermercado metálico improvisa una chaza para las golosinas; todo un arte de sacarle espacio a la estrechez. Algunos peatones la saludan al paso, no es para menos, ella es parte fundamental del centro capitalino, sin ella la esquina que la recibe cada amanecer y la despide cada anochecer no sería la misma.

 

Una vez saludado el peatón que con sus largos y continuos pasos denota afán, esta mujer persistente e incansable, continúa narrándonos una parte de su vida. “Esté lugar ha sido muy importante para mi –nos dice, al tiempo que su mirada reafirma lo dicho– pues aquí he pasado mi vida; mi horario de trabajo ha sido desde muy temprano, desde las 6:00 am hasta las 9:00 pm; gracias a Dios no he tenido experiencias nefastas con el tema de seguridad, en la calle uno se apoya muchísimo y entre todos nos cuidamos, aunque, obviamente, no hay que descuidarse. Como ustedes saben, cada día trae sus afanes, carreras y novedades, y ante ellas uno actúa; es importante no dejarse llevar por la rutina, no acomodarse ni confiarse, así actúo yo, aunque dicen que los huilenses somos perezosos, poco creativos, pero yo creo lo contrario, y he demostrado que soy una mujer emprendedora, luchadora, incansable”.

 

Ya son más de 60 años los que acumula Olga, protegido su cuerpo contra el frío por su contextura gruesa; el color trigueño de su piel, el largo cabello que aún conserva el negro sin cana alguna, su sencillez y ternura, recuerda que además de mujer es madre. Sin duda ella nos muestra en su propio ser el prototipo de la mayoría de connacionales, que sin trabajo fijo y por contrato, tienen que rebuscarse por cuenta propia, hasta el final de sus días, pues no están integrados a una seguridad social que les garantice pensión ni nada semejante.

 

Dura realidad, la misma que obliga a no “arrugarse” ante el devenir diario, como lo manifiesta Olga con cada gesto suyo, que a pesar de los años no pierde agilidad, ahora se agacha para tomar una revista, para enseguida dar un paso largo en procura de atender un nuevo cliente. Su disposición parece estar intacta, aunque, como ella dice, ya los años se sienten.

 

Ahora nos mira como preguntando si deseamos que continúe narrándonos su vida, y nosotras asentamos también con la mirada, entonces retoma el hilo de sus palabras:

 

Enamoramiento y un poco más

 

“A los 28 años decido organizar mi vida sentimental, tuve una convivencia de siete años con Genaro Rivera, un viajero, vocalista y profesional. Él quiso que viajáramos para otro país a forjar una nueva vida, pero me negué todo el tiempo. Quizás mis miedos, mis dudas, mi falta de experiencia, temor a abandonar el oficio que siempre he tenido; los cambios no son fáciles y eso no permitió que yo lo hiciera, así que eso generó una ruptura en nuestra relación de la cual quedó mi único hijo, Ronald Andrés; tuve muchos enredos y preferí un final, así que la relación terminó, él no siguió respondiendo por el hijo y me convertí en una madre soltera, llevando a cuestas una historia de vida, con momentos de alegría, tristeza y grandes batallas de lucha incansable. Mi hijo, que es muy colaborador, que siempre ha permanecido a mi lado y que ha estado también al frente de este negocio, él creció en esta esquina conmigo, hoy en día tiene 29 años y es un guerrero, inteligente y convencido de que podemos alcanzar lo que deseemos, no logró terminar todos sus estudios por el tema económico”.

 

“Y mi vida prosiguió, en ese momento con más exigencias, porque imagínese, tenía que alimentar otra boca, además de atender todas las necesidades y curiosidades de un niño, pero me fui dando maña para salir adelante; tal vez con esa necesidad me aferré mucho más a esta esquina, vendiendo con más energía. Aquí me han sucedido cosas buenas y malas: he presenciado un sinnúmero de marchas que por aquí han cruzado, las que he aprovechado para ofrecer los periódicos pues cuando pasan me voy con ellas hasta la Plaza de Bolívar. Es una estrategia de venta, en ese recorrido he vendió muchos ejemplares de los distintos periódicos que he ofertado en mi vida de voceadora, muchos de ellos ya no los publican. Siempre he vendido El Tiempo, pero también promuevo la venta de periódicos alternativos como desdeabajo, la Voz, Periferia, El socialista, Revolución obrera y otros más que no recuerdo en este instante”.
No olvidaré…

 

Parece que por la mente de Olga pasara una parte de la vida de los movimientos sociales, pero también una parte de la resistencia de los excluidos, sin duda ella los identifica como tales porque es parte de los mismos, así se limite a vender sus publicaciones.

 

“Algo que sí transformó mi vida –nos dice– ocurrió en el 2006: estando aquí en plena labor, sobre las 10:00 am, voy a realizar el cambio de un billete de $50.000 –un cliente llegó a comprar varios periódicos– fue cuando salí corriendo para donde don Higinio de la cigarrería que era quien me hacia el favor de cambiarme billetes. y en plena esquina oriental de la Carrera Séptima con Calle 23, aquí al frente casi de mi puesto, tropecé perdiendo el equilibrio y siendo recibida por un bolardo que aun permanece ahí, el golpe fue muy fuerte, tanto que se me desprendió la parte derecha del hombro afectando el brazo, y la retina del ojo derecho. El golpe fue duro, me llevaron al Cami de La Perseverancia y la atención fue muy demorada y complicada, solo contaba con el Sisben y a donde me remitieron la solicitud era de bastante plata, con la que yo no contaba, pues 25.000.000 millones ¡de dónde!, eso hizo que el procedimiento se demorara y como a los ocho o nueve meses me operaron, y finalmente perdí mi vista.

 

Como todo lo de los pobres, me mandaron de un sitio para otro: me prestaron atención médica en el Suroriente, de allí me enviaron al Santa Clara y después me remitieron al hospital del Tunal, tras de iniciar un tema de demanda y tutela y presión para que me brindaran la necesaria atención de salud. En este tema de la demanda conté con el acompañamiento de Fernando Chaparro, un magnifico señor con estudios de Derecho y con experiencia en temas de salud, él fue un gran colaborador y asesor, fue quien me orientó con el tema de la tutela y todos los trámites legales que se hicieron. Luego de operada ni siquiera pude guardar mi incapacidad, no tenia como subsistir, solo pude tomar descanso 14 días y la situación no permitió más, soy madre soltera… Aun tengo secuelas del accidente, ocasionalmente sufro de fuertes dolores de cabeza y en el brazo derecho”.


La vida es dura

 

“Como les he mencionado, llevo 55 años aquí ubicada con prensa, inicié a los nueve años en venta, pero ya en el reconocimiento de este puesto desde mis 14, con ires y venires, entregando mucho tiempo a la venta; en un tiempo, no debo negarlo, esto fue muy rentable, se vendía bastante, se acreditó el puesto y fue creciendo la clientela. También fui aclarando dudas y entendiendo la realidad de mi país; tengo una tendencia idealista de libertad, prefiero ideales de la izquierda por mi experiencia en lo que tengo de vida, por eso es que promuevo tanto la prensa alternativa, ver el otro lado de la noticia; llevo 20 años distribuyendo el periódico desdeabajo y 15 años el Le Monde diplomatique.

 

Como usted sabe la vida tiene sus sinsabores, y en mi caso no han sido pocos.El tiempo fue transcurriendo y mi padre, ya mayor y con el cansancio de tantas cosas de la vida, se vino para Bogotá a vivir con nosotros, se fue deteriorando y hace nueve años falleció.

 

Con los años, también, la situación cada vez se fue tornando más difícil, la tecnología nos fue arrebatando a estos lectores y compradores frecuentes de la prensa, ya el internet se robó la atención y se volvió prioridad, las ventas fueron decayendo, cada día más devoluciones, algunos periódicos fueron descontinuados, clientes mayores van desapareciendo y se bajan del tren de la vida, y mi situación económica se va complicando: el arriendo no da espera, aquí en el centro el valor mensual de $ 800.000, dinero casi imposible de recaudar, las ventas cada día menores y sacando mis cuentas el ingreso mensual actual es de $ 200.000, a veces llevo $ 8.000 del diario, además de esto debo alimentarme y cubrir deudas de los distribuidores, menos mal aquí el respaldo de El Tiempo que paga un impuesto y la ganancia de los periódicos Le Monde diplomatique y desdeabajo que es la más alta, claro está hay que tener en cuenta que son mensuarios así que debo tener paciencia para cada llegada y su recaudo; además me ayudo con mi hijo que ahora tiene una pequeña chaza de golosinas, la preocupación constante y el estrés, aumentadas pues las finanzas jamás alcanzaron para adquirir una vivienda propia y pues teníamos que buscar una nueva alternativa de alojamiento, así que tocó recurrir a unos familiares radicados en Bogotá, también con grandes necesidades pero con un corazón de solidaridad familiar, ellos están ubicados en el sur de la ciudad, en la localidad de Usme zona rural el Uval, donde vivo actualmente, sitio al que llamo jocosamente la montaña, donde hace mucho frío y donde se pierden los ruidos y el estrés capitalino, donde cada amanecer es una nueva experiencia, ambiente helado, con un viento que golpea fuerte e impulsa a volver a vender.

 

Cada amanecer hay que sobreponerse al frío. Hoy en día mi horario ha cambiado por tema de agotamiento y medio de transporte, ahora estoy llegando a mi punto de venta a las 8:00 am, mi hijo llega después del medio día a colaborarme y nos vamos sobre las 9:00 pm; la jornada no termina pronto pues en la noche se continúa con labores de hogar, desde la cocina, el aseo lavado de ropas, entre otros quehaceres, así que termino acostándome sobre la 1:00 am”.

 

La voz de Olga se mantiene firme, su mirada también, la misma que nos parece interrogar por si tenemos más preguntas. Nosotras nos miramos, y sentimos que con lo dicho por esta mujer que de niña llegó a una ciudad donde tuvo que abrirse contra todo tipo de injusticias, es suficiente. Sin duda, como ella mismo lo expresó, estará en la esquina de la Carrera 7 con Calle 23 “[…] hasta mis últimos instantes estaré aquí al frente de mi negocio impulsando la lectura […]”.

Publicado enEdición Nº244
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