Lunes, 17 Enero 2022 05:37

De espectros y vencidos

De espectros y vencidos

 

Tres espectros se encontraron en Colombia en la conmemoración de los cinco años de la firma de los acuerdos de paz, a finales de 2021. Un primer espectro viene del pasado y llegó como un comentario reiterado de los ex combatientes de las FARC: "¿Y todos los que cayeron en esta guerra?¿Los muertos que dieron su vida para terminar en esto?". La primera vez que lo escuché fue con un ex guerrillero que recordó a su compañera asesinada en un bombardeo del que él se salvó por minutos. La última vez, en diciembre, como en forma de autorreproche, cómo se iba a justificar toda la sangre de sus camaradas que habían caído en combate ante esto.

Un segundo espectro llegó en forma de unas FARC acusadas de "esclavismo" por la justicia transicional, cuando la Sala de Reconocimiento de la Justicia Especial para la Paz concluyó que esta guerrilla había obligado a trabajos forzados a secuestrados y poblaciones que estaban en zonas donde operaban.

El tercer espectro llegó del futuro en forma de un laboratorio de guerra recreado por ejércitos contrainsurgentes conformados por ex combatientes desertores, entrenados por militares nacionales y extranjeros, ubicados estratégicamente en áreas de interés geopolítico, como Arauca, Cauca o Putumayo. En unas áreas sería el petróleo, en otras las economías de la cocaína, en una más proyectos económicos como los puertos privados en el Urabá colombiano. Nacidos como una escisión política a los acuerdos, posteriormente aprovechados como una fuerza paramilitar, éstos disputan no sólo con los insurgentes que quedan, sino con la población, aplastada en la mitad. En el futuro, más que nunca, se sentían como ejércitos invasores.

En el libro Melancolía de izquierda, de Enzo Traverso, transitamos de la utopía a la memoria. Vamos leyendo cómo, tras la última gran derrota encarnada en la caída del Muro de Berlín, parece haberse aplastado el horizonte de expectativa de la izquierda, por lo menos de la europea. Y surge, en este escenario, un nuevo sujeto histórico: la víctima. Ese maniquí despolitizado, amorfo, limpio de contradicciones, carente de agencia, objeto de inversión. Bajo esta sombra, se enterró la discusión antifascista, anticolonial, revolucionaria, arrodilladas ante el "deber de la memoria", advierte. Yo agrego que apareció el otro actor, "el terrorista".

El tema es que en un país como Colombia, donde el humanitarismo internacional ya es un rubro del PIB y la injerencia de Estados Unidos ha transformado la narrativa y el oficio de la guerra, la comprensión de la nuestra, como una pelea entre buenos y malos, es insuficiente.

Se ha discutido que lo que se negoció no fue tan radical como se creía, cómo lo que se negoció no se cumplió, cómo el país se rearma y sigue habiendo botas para la guerra, cómo la paz no importa en el debate electoral, lo que no fue, lo que no será. Urge alejarse de la nostalgia de la guerra perdida, sin sentido y cultivar un proyecto revolucionario en una era no revolucionaria –como dice Traverso–, o en este caso, en una transición adversa en la que la izquierda –la armada, la no armada o la desmovilizada–, vuelve a recibir tratamiento de "terrorista". Pensar en tiempos del pos-Muro de Berlín, en el que la búsqueda de una paz justa es revolucionaria y la agenda imperial es la guerra.

Aún hay guerra en los campos en Colombia y tres actores tienen responsabilidades diferentes. Una institucionalidad transicional que parece sembrar los cimientos de la siguiente confrontación al estrechar los espacios de comprensión del conflicto armado y volver al marketing del "terrorismo". Intentar aplastar y negar desobediencias siempre será una forma de alimentarlas.

En otra orilla, pienso en el relato de Walter Benjamin cuando rememora los disparos contra los relojes en las torres que hacen los revolucionarios de la Comuna de París. Los espectros del tiempo pasado, presente y futuro de una u otra forma requieren ser demolidos. La izquierda armada y no armada sabrá que eso no pasa con un disparo, sino con reconocer que el horizonte de la expectativa seguirán siendo las luchas. Y éstas no están representadas en la víctima abstracta y negociada, sino desde la intensidad del duelo concreto, el despertar de unos vencidos y vencidas emancipadas, invencibles.

Estefanía Ciro*

* Doctora en sociología, investigadora del Centro de Pensamiento de la Amazonia Colombiana AlaOrillaDelRío. Su libro más reciente es Levantados de la selva

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Foto: Colprensa

La Sala de Reconocimiento de Verdad de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) emitió el 29 de octubre un auto en el que hace varias modificaciones al macrocaso 01, que pasó de llamarse “toma de rehenes y otras privaciones graves de la libertad” a “toma de rehenes, graves privaciones de la libertad y otros crímenes concurrentes cometidos por las FARC-EP”.

Allí no solo modificó el nombre de este caso sino que añadió un delito por el que serán imputados varios exintegrantes de la guerrilla, la esclavitud que ejercieron sobre los secuestrados.

La Sala determinó que la desmovilizada Farc obligó a varios de sus secuestrados a realizar trabajos forzados a su favor durante su cautiverio. En el primero de los casos, la JEP consiguió el testimonio de dos víctimas del Bloque Sur que fueron castigadas por no pagar las sumas impuestas por la guerrilla, por lo que fueron privadas de la libertad y obligadas a trabajar forzadamente.

Una decisión que los comparecientes decidieron apelar al considerar que ya reconocieron ante el tribunal de paz que afectaron la dignidad de los secuestrados y que ahora se hable de esclavitud sería faltar a la verdad porque ellos no fueron una organización esclavista.

Pues ante ese recurso presentado por los excombatientes, la JEP, a través de un nuevo auto, decidió dejar en firme la imputación que hará por esclavitud en secuestrados.

Se trata del Auto 279 de 2021 en el que el tribunal de justicia transicional hace un análisis sobre lo presentado por la Procuraduría (que pidió a la JEP establecer la imposición de trabajos forzados por parte de las víctimas como un crimen de lesa humanidad de esclavitud), y de lo que sustentó la defensa de los exFarc.

“Los comparecientes que reconocieron los hechos y conductas determinados por la Sala de Reconocimiento, y su gravedad en cuanto crímenes no amnistiables, no están obligados a complementar su reconocimiento con un tipo penal específico para continuar en el procedimiento dialógico de reconocimiento”, detalló la JEP en esta nueva decisión.

Y aclaró que la Sala examinará si los trabajos forzados reconocidos por los comparecientes cumplen o no con los elementos del tipo del crimen de lesa humanidad de esclavitud una vez haya recibido las observaciones de estos a dicha calificación jurídica.

La JEP tiene varios testimonios de víctimas que dan cuenta de que sí hubo esclavitud dentro de las Farc. “Víctimas acreditadas describen que fueron obligadas a realizar trabajos forzados como pago por su libertad, al no contar con los recursos económicos exigidos por las FARCEP. Estos relatos parecen ser una modalidad solamente del suroccidente del país, y los reportes de las víctimas acreditadas coinciden en que sucedieron entre los años 2002-2003 en los municipios que limitan entre los departamentos de Nariño y Cauca”, se lee en el auto.

El tribunal de paz hace un salvamento y es que los comparecientes no tendrán que hacer presencia para complementar la información que tengan sobre esclavitud. “Así, por las razones anteriormente expuestas, la Sala revocará la decisión recurrida de requerir a los comparecientes complementar su reconocimiento con la calificación de crimen de lesa humanidad de esclavitud”, definió a Sala.

Agregó que con posterioridad, cuando corresponda, la Sala deberá presentar sus conclusiones sobre el reconocimiento en la respectiva resolución y deberá analizar si este reconocimiento cumple con los estándares constitucionales y legales.

Por estos casos de secuestro pero también de esclavitud, varios excomandantes de las Farc son responsables y deberán responder. Entre ellos están Rodrigo Londoño (Timochenko), como responsable de mando del crimen de lesa humanidad de esclavitud, cometido de manera concurrente con el de graves privaciones de la libertad por las unidades militares de las Farc. También relaciona a Jaime Alberto Parra conocido con el alias de El médico, Milton de Jesús Toncel Redondo conocido como Joaquín Gómez, Pablo Catatumbo y Pastor Alape.

24 de Diciembre de 2021

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Domingo, 19 Diciembre 2021 05:59

Carlsen igualó un récord de Capablanca

Magnus Carlsen. Foto: Cubaperiodistas.

El noruego Magnus Carlsen retuvo este viernes la corona mundial de ajedrez al imponerse, de forma espectacular, al ruso Ian Nepomniachtchi, en Dubai, Emiratos Árabes Unidos, al tiempo que igualó un récord de José Raúl Capablanca que se mantuvo intacto durante un siglo.

¿Qué récord es ese? Pues el de mayor número de victorias en duelos de este tipo sin la sombra de un revés. Capablanca derrotó a Lasker 4×0 con 10 tablas, en 1921 en La Habana, y Carlsen a Nepomniachtchi 4×0 con siete tablas. La cifra más alta de triunfos, en un match por el título, la tiene Alexander Aliojin con 11 frente a Effim Bogoljubow, en Berlín, 1929; pero, perdió cinco partidas y entabló nueve.

Carlsen es el monarca desde 2013 cuando destronó al indio Viswanathan Anand, y acaba de convertirse en pentacampeón mundial al igual que Mijail Botvinnik y Anand. Seis veces fue campeón Garri Kasparov, y siete Emanuel Lasker y Anatoli Karpov.

¿Quién tiene el récord de permanencia en el trono? Lasker, con cerca de 27 años entre 1894 y 1921, aunque entonces no estaba reglamentada la defensa del título dentro de períodos cortos como ahora. Le sigue Karpov con 17 años, aunque no consecutivos. En tanto Carlsen se acerca al decenio.

Fui testigo de esta anécdota

Durante la Olimpiada de Calviá (2004), una empleada le dijo a un chico a punto de entrar por la puerta de los jugadores: “Los niños, como el resto del público, entran por aquella puerta. Esta es para los ajedrecistas”.

Ella estaba lejos de sospechar que se dirigía así al primer tablero del fuerte equipo de Noruega, Magnus Carlsen, quien tenía 13 años y era en ese momento el Gran Maestro más joven del planeta.

Resulta que Magnus había olvidado su credencial y el asunto se resolvió luego de varios minutos, traductor mediante, para el asombro de la portera que se mostraba incrédula ante los argumentos sobre la identidad del joven.

18 diciembre 2021

(Tomado de Cubaperiodistas)

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Protesta contra el gobierno del presidente Iván Duque en Cali, Colombia, el pasado 3 de mayo. Foto Ap

"Hubo uso desproporcionado de fuerzas del orden y se cometieron violaciones a los derechos humanos" // La mayoría de los fallecidos eran jóvenes de entre 17 y 26 años

 

Bucaramanga. El reciente estallido social en Colombia dejó 46 muertos, informó la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en un reporte divulgado ayer.

Se trata de una cifra superior a los 29 casos que investigan las autoridades colombianas.

"Tenemos razones fundadas para sostener que en los casos de uso innecesario y/o desproporcionado de la fuerza se cometieron violaciones a los derechos humanos", aseveró Juliette de Rivero, representante de la alta comisionada.

La oficina recibió información sobre la muerte de 63 personas: de ese número verificaron que 46 fallecieron en las protestas –44 civiles y dos policías–, la mayoría por armas de fuego.

En 28 de estos casos, elementos de la fuerza pública serían los presuntos perpetradores, de acuerdo con el informe de la ONU. Se trata de una cifra mayor a la documentada por Human Rights Watch de 25 víctimas.

En otros 10 casos la oficina de la ONU concluyó que los presuntos responsables fueron elementos no estatales en ciudades como Bogotá, Cali y Pereira. Además, manifestó su "preocupación" porque las autoridades no tomaron medidas para prevenir ataques armados de civiles contra los manifestantes.

La oficina en Colombia de la ONU pidió al gobierno investigar todas las muertes y no sólo las 29 que tiene a su cargo la Fiscalía por considerar que ocurrieron en el contexto de las protestas.

El Paro Nacional, como se denominó en Colombia a las manifestaciones que comenzaron el 28 de abril en contra de una reforma fiscal, se prolongó por tres meses pese a que el gobierno cedió y no aumentó los impuestos de inmediato. Esta movilización derivó en un reclamo generalizado por mejores condiciones de vida, sobre todo para los más jóvenes que exigían oportunidades y equidad, así como una reforma a la policía por las múltiples denuncias de uso excesivo de la fuerza.

Hubo protestas en todo el país y la mayoría fueron pacíficas. Sin embargo, en varios puntos se bloquearon vías que impidieron el libre tránsito de personas, alimentos e insumos médicos. Más de 3 mil civiles y policías resultaron heridos.

La mayoría de las víctimas fatales, concluyó la oficina, eran jóvenes de entre 17 y 26 años, vivían en barrios pobres y eran hijos de campesinos, indígenas, afrodescendientes o desplazados por la violencia.

Durante las protestas se reportaron 60 víctimas de violencia sexual. La oficina manifestó que en 16 casos los policías habrían sido responsables.

El informe también resaltó el diálogo entre las autoridades y los manifestantes para llegar a acuerdos, así como el compromiso del presidente Iván Duque de tener cero tolerancia a los abusos de la fuerza pública.

La oficina de la ONU recomendó al gobierno colombiano aplicar "los estándares internacionales relacionados con el derecho de reunión pacífica", reparar a todas las víctimas y reforzar las investigaciones y sanciones.

Tras los cuestionamientos, el gobierno ha implementado una serie de reformas en la policía que incluye crear la Dirección de Derechos Humanos.

El informe basó su información en 600 entrevistas a víctimas y testigos, 500 reuniones con funcionarios, más de 370 con organizaciones de la sociedad civil, análisis forenses de los videos y misiones de verificación directa durante las protestas.

La víspera la oficina de la ONU llamó la atención sobre el uso desproporcionado de la fuerza de la policía que habría causado la muerte de 11 manifestantes entre los días 9 y 10 de septiembre de 2020 en Bogotá y Soacha, de acuerdo con un informe independiente que la ONU apoyó con asesoría técnica.

Horas después, en una ceremonia de ascensos en las fuerzas militares, el general Jorge Luis Vargas, director de la Policía Nacional, aseguró: "no hemos dado la orden para que se cometa ningún delito. La policía no ha masacrado a nadie, no hemos dado esa orden".

En el mismo acto, el presidente Duque sostuvo: "prejuzgar y asumir comportamientos que no tienen el agotamiento de todos los principios del debido proceso es, en sí mismo, un ataque a la institución".

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¿Quién extraña el comunismo? Rusia a 30 años de la disolución de la Unión Soviética

El colapso de la Unión Soviética en 1991 tuvo un impacto inmediato en el sistema mundial. En el propio territorio ruso, produjo importantes dislocaciones en todas las esferas de la vida social, que fueron siendo superadas, lentamente, a lo largo de las tres últimas décadas. El sistema Putin viene reescribiendo la historia con una visión que busca conectar los momentos gloriosos prerrevolucionarios con los soviéticos.

El impacto que generó la disolución de la Unión Soviética en 1991 se hizo sentir de manera notable e inmediata en todas las esferas del sistema mundial. Entre otras cuestiones, no solo confirmó el fin de la Guerra Fría, sino que además reconfiguró el mapa de los movimientos sociales. El campo de las ciencias sociales y las humanidades también absorbió ese impacto y lo tradujo de manera veloz. Para un historiador de la talla de Eric Hobsbawm, por ejemplo, la caída de la urss supuso el fin del siglo xx1. Para otros autores, más arriesgados, directamente significó el fin de la Historia2. Más allá de los efectos que generó en la reconfiguración del mundo actual o en el ámbito de la reflexión historiográfica y filosófica, el final del país de los soviets tuvo consecuencias mucho más concretas y significativas para la propia sociedad rusa. Si para los pocos miembros de la vieja dirigencia comunista que decidieron el destino fatal del país modelado por la Revolución de 1917 significó un reposicionamiento como nueva elite capitalista, para muchos de los ciudadanos de a pie trajo la pérdida de una relativa estabilidad y la caída en la pobreza. En términos más generales, la disolución de la urss marcó para todos ellos el fin de un proyecto común compartido; de un mundo que –a pesar de sus múltiples falencias– era conocido y familiar para todos los que lo habían habitado. Una suerte de catástrofe apocalíptica, de «fin del mundo», cuyo efecto más notorio habría sido la incapacidad de imaginar el futuro. Pero, como apunta Alejandro Galliano, ese futuro llegó inexorablemente y, «después del fin del mundo, el mundo siguió existiendo»3. Por lo tanto, quienes comenzaron a vivir en la Rusia postsoviética tuvieron que pensar un futuro para el después de ese fin del mundo, especialmente para dos cuestiones tan sensibles como fundamentales: la reconstrucción de una identidad nacional dañada y la reconfiguración de las fuerzas de una izquierda desprestigiada. Si, como sostiene Bruno Groppo, la desaparición de la urss provocó «una gran crisis identitaria que, desde los años 90, la sociedad rusa se ha esforzado en superar con el objeto de reconstruir una identidad aceptable»4, la desacreditación del proyecto comunista que también produjo el colapso generó una crisis y una desorientación política de ese espacio que las fuerzas anticapitalistas de Rusia todavía están tratando de vencer, en el marco de un fuerte control del Estado nacional y de un recrudecimiento del neoconservadurismo global.

A la búsqueda de Rusia

Luego de haber participado en el ejército que venció a Napoleón, Piotr Chaadáyev pasó una larga temporada en Europa. Al regresar al Imperio ruso, e impactado por lo que había experimentado en el continente, escribió ocho Cartas filosóficas que circularon por los salones literarios de Moscú. En la primera de ellas se preguntó, no sin cierta angustia, sobre los rasgos que definían a Rusia y sobre el lugar que parecía ocupar en el mundo5. Su respuesta fue terminante: su país era atrasado y no había realizado ningún aporte a la civilización. Tal sentencia le valió la acusación de «insano» por parte del zarismo, pero dio origen al famoso debate que hacia la década de 1840 mantuvieron eslavófilos y occidentalistas respecto del destino nacional, que resultaría seminal para orientar las miradas del futuro. Esa disputa intelectual sería reciclada varias veces a lo largo de casi dos siglos cada vez que Rusia se enfrentara a una situación de crisis de identidad. La disolución de la urss en 1991 pareció reactualizar esas ansiedades y preocupaciones, en una sociedad que se quedó sin su país y en un país que perdió su lugar de superpotencia mundial en cuestión de días. 

Las respuestas ensayadas por Boris Yeltsin, el primer presidente de la Rusia postsoviética, fueron erráticas y estuvieron a tono con la implementación de la doctrina del shock y del neoliberalismo «salvaje»6. Mientras el nuevo gobierno capitalista conformado por los viejos comunistas privatizaba a precios irrisorios los bienes del Estado, desregulaba la economía y se abría a los mercados financieros internacionales, su discurso apuntó a descalificar todo aquello que remitiera a una economía centralizada y a la intervención estatal. Mientras millones de personas se empobrecían, la economía se desindustrializaba y el país perdía su estatus de potencia, el aporte de la nueva elite rusa para refundar una identidad nacional que reemplazara a la soviética solo agregó confusión y desencanto, cuando no una ambigua revalorización del pasado imperial. En ese contexto de desconcierto, no tardaron en surgir voces que comenzaron a añorar el hasta no hacía mucho repudiado pasado soviético. 

La llegada a la Presidencia de Vladímir Putin en 2000 no supuso un corte radical respecto de su antecesor. Por el contrario, sus políticas continuaron la senda impuesta por el neoliberalismo7, aunque favorecidas –durante la primera década– por los ingresos generados por las exportaciones de gas y petróleo. Sin embargo, cuando la economía comenzó a desplomarse por la caída de los precios internacionales de esos commodities y por la crisis financiera de 2008, el ex-agente de la kgb comenzó desarrollar un discurso que apuntó a paliar esos efectos y a reconstruir el lazo social mediante el refuerzo de la identidad nacional y, vinculado con esto, el intento de reposicionar a Rusia como una potencia mundial o, al menos, como un actor que no debía soslayarse en la toma de decisiones global. El problema de la identidad nacional comenzaba a resolverse desde el Estado y con una fuerte impronta conservadora y geopolítica.

Uno de los pilares sobre los que se intentó sostener esta estrategia fue, precisamente, la idea de que Rusia debe tener un Estado fuerte, ya que resulta fundamental no solo para el desarrollo y el bienestar del país sino también para su reposicionamiento a escala global8. Como complemento de esta posición –aunque a tono con una tendencia que se experimentaba mundialmente–, se desarrolló una visión conservadora del mundo y de la sociedad, manifestada en la homofobia y la xenofobia crecientes en el discurso público y en el refuerzo de los roles de género tradicionales, esto último en una alianza cada vez más estrecha con la Iglesia ortodoxa. Leyes que sancionan la «propaganda de relaciones no tradicionales» (el eufemismo elegido para referirse a la homosexualidad) son la consecuencia más visible de ello9. Al mismo tiempo, y en relación con lo anterior, desde el gobierno se difundió un discurso antioccidental en general y antiestadounidense en particular, que apuntaba tanto a resaltar el rol de Rusia como guardiana de valores tradicionales universales que un decadente Occidente había olvidado o pervertido –como lo demostraría allí la ampliación de derechos del colectivo lgtbi–, como también a poner freno a las constantes amenazas de avance por parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (otan) sobre el espacio postsoviético. La anexión de Crimea en 2014 fue, tal vez, la consecuencia más drástica de este último diagnóstico10

El ámbito donde más se puso de manifiesto esta tendencia fue un espacio tan sensible como la Historia, donde desde el Estado se combinaron dosis similares de propaganda y control. Respecto de lo primero, gracias a la acción de la Sociedad Histórica Militar Rusa (de la que forman parte el actual ministro de Defensa Serguéi Shoigú y el ex-ministro de Cultura, Vladímir Medinsky), desde 2012 han venido descubriéndose monumentos por todo el país que buscan resaltar a figuras centrales del pasado ruso, como por ejemplo la estatua de casi 20 metros de altura del príncipe Vladímir –responsable de la conversión de Rusia al cristianismo– inaugurada en 2016 frente a una de las puertas del Kremlin de Moscú, o la más polémica de Mijaíl Kalashnikov –el inventor del afamado fusil– descubierta en 2017 en el centro de la capital. 

Vale la pena agregar aquí el impactante monumento de Aleksandr Nevsky –el príncipe que expulsó a la Orden Teutona en el siglo xiii– inaugurado hace pocos meses en Samolva, un pueblo ubicado en la frontera con Estonia. El lugar elegido para emplazar la estatua no es inocente y su mensaje es claro: hasta allí llega la posible influencia de la otan. Pero también han visto la luz series de televisión en el centenario de la Revolución de Octubre, como Peregrinación por los caminos del dolor o Trotsky –ambas financiadas por el Ministerio de Cultura–, que presentaban la revolución como un momento de caos y desunión entre hermanos y que prevenían a los televidentes respecto de las consecuencias de una eventual revuelta social. Tal vez la máxima expresión de esta tendencia haya sido la exhibición Rusia, mi historia, inaugurada en Moscú en 2013 y replicada desde 2017 en varias ciudades del interior. En la muestra, conviven eventos del pasado monárquico y soviético, que son presentados a través de modernos recursos tecnológicos y audiovisuales unidos por la idea de que Rusia solo prosperó cuando contó con un Estado poderoso y unido, fuera prerrevolucionario o soviético11. Dentro de este relato histórico, quedan estigmatizados momentos centrales de la historia rusa, como la Época de los Disturbios o la propia Revolución de 1917, ya que encarnarían el caos social y la dispersión institucional. 

Respecto de la segunda cuestión, la situación es todavía más compleja, ya que fue escalando desde el control de los contenidos de los libros de Historia por parte del Estado desde 2015 hasta la creación en julio de este año de una Comisión Interministerial para la Interpretación de la Historia –conformada por historiadores, pero también por miembros de las agencias de seguridad–, que habilita al gobierno a enviar representantes a encuentros académicos y de otra índole en donde la historia esté involucrada12. El refuerzo del control historiográfico apunta sobre todo a evitar cualquier tipo de revisionismo que ponga en duda el rol jugado por la urss en la derrota del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, acontecimiento que hoy ocupa un lugar central en la reconstrucción de la identidad nacional rusa13

Dentro de esta estrategia identitaria que apunta a legitimar el estado actual de cosas de una economía capitalista y un gobierno conservador, el pasado comunista podía significar un problema. La solución encontrada por el Estado fue relativamente sencilla: la era soviética es considerada como parte de la larga historia rusa y, por lo tanto, debe tenerse en cuenta como un periodo más. Sin embargo, su inclusión es selectiva: en la narrativa oficial se prefiere destacar todos aquellos elementos que realzan sus logros, como el desarrollo industrial, la derrota del nazismo y la carrera espacial y, por el contrario, minimizar aquellas instancias que supusieron una expansión de la autonomía social o una amenaza a la continuidad política estatal, como el propio evento revolucionario y la Guerra Civil o el periodo de la perestroika. De hecho, el nombre elegido para bautizar la vacuna contra el covid-19 fue Sputnik v, que remite al satélite artificial producido por la urss en 1957 y que fue el primero en ser lanzado al espacio en la historia de la humanidad.

Izquierdistas de Rusia, ¡únanse!

El fracaso de la experiencia soviética colocó sobre la izquierda una pesada mochila de la cual todavía no puede desprenderse, tanto a escala global como dentro de la propia Rusia. Términos como «comunismo» o «izquierda» quedaron desprestigiados en el discurso público no solo por la disolución de la urss sino, sobre todo, por su asociación con un pasado que no remitía tanto a los viajes espaciales o a la eliminación del analfabetismo como al gulag y el terror estalinista. Por otra parte, el giro neoconservador que tomó el gobierno de Putin desde 2012 –a tono con lo que sucedía en otras partes del mundo– y su fuerte componente represivo –que supone la persecución de medios independientes, la condena de la protesta social y el encierro de dirigentes opositores, entre otras drásticas acciones– dificultan de manera notable la militancia de izquierda y cualquier tipo de alternativas que apunten hacia una democratización política o una igualdad social. A su vez, y como apunta el historiador Simon Pirani, la ausencia de una tradición de acción colectiva por parte de los trabajadores y las trabajadoras –legado también de las formas de organización de la militancia soviéticas– dificultó la coordinación de las luchas durante los primeros años de la Rusia postsoviética14.

El Partido Comunista de la Federación Rusa podría haber asumido esas tareas y convertirse en una alternativa de izquierda. Sin embargo, y a pesar de enfrentar las políticas neoliberales de Yeltsin y de denunciar el empobrecimiento de la población, a lo largo de estos casi 30 años fue virando hacia posiciones más cercanas a la derecha que a la izquierda, lo cual contribuyó a dispersar no solo al electorado joven sino también a muchos de sus militantes15. Sus marchas y manifestaciones supieron combinar banderas rojas y estandartes con el martillo y la hoz junto con retratos de Stalin e íconos de la Iglesia ortodoxa rusa, lo cual lo hizo partícipe del movimiento rojipardo, que en la Rusia de la década de 1990 solía agrupar a quienes combinaban posicionamientos nacionalistas con izquierdistas, como el Partido Nacional Bolchevique liderado por Eduard Limónov16. Por otra parte, sus principales dirigentes suelen mantener posiciones homofóbicas y xenófobas, y si bien en la teoría se presenta como un partido opositor a Rusia Unida, el partido de Putin, muchas veces en la práctica suele funcionar como una suerte de aliado informal.

El mantenimiento de los ideales –y las prácticas– de una izquierda democrática quedó entonces relegado a unos escasos movimientos de socialistas, trotskistas, anarquistas y redes de una nueva izquierda que se mantuvieron dispersos y sin una coordinación nacional. Por su parte, la recomposición del movimiento obrero y de un sindicalismo más combativo se fue abriendo paso muy lentamente y con éxitos relativos, aunque aislados, como en la huelga de la planta de Ford de Vsévolozhsk en 2007 y el corte de ruta en Pikalevo, en la región de Leningrado, en 200917. En los últimos años, fueron surgiendo otras formas de autoorganización como el piquete solitario, práctica que consiste en que una sola persona se manifieste con alguna pancarta en un lugar significativo con el fin de evadir las múltiples restricciones que existen para realizar marchas y manifestaciones masivas. También surgieron proyectos como Ovd-Info, una organización independiente fundada en 2011 cuyo objetivo es monitorear los casos de abusos de autoridad y detenciones por motivos políticos y proveer asistencia jurídica18. Todas estas experiencias han tenido que enfrentar, sin embargo, severos condicionantes políticos y legales que hacen muy difícil el activismo independiente. 

Sin embargo, desde 2012, el estado de cosas comenzó a cambiar, sobre todo luego de las protestas que se produjeron en ese año contra la reelección de Putin y de las masivas marchas que, a principios de 2020, se organizaron en todo el país para manifestarse en contra de la detención del líder opositor Alexéi Navalny. El Partido Comunista no pudo quedar ajeno. A pesar de cierta inercia registrada en su dirección y del acompañamiento pasivo de algunas iniciativas del gobierno, ha votado en contra de la reforma que elevaba la edad jubilatoria en 2018 y de las enmiendas a la Constitución aprobadas en este año que habilitan la reelección del presidente. Como sostienen Ilya Matveev e Ilya Budraitskis, esto permitió ampliar su base electoral con votantes más entusiasmados con esa energía opositora real que con su mixtura ideológica de nacionalismo, estalinismo y democracia social, y obligó al partido a reorientar su retórica y concentrarla más en la democracia y la justicia social19. Algunos dirigentes importantes, como Valery Rashkin –diputado de la Duma y jefe del partido en Moscú–, incluso comenzaron a tender puentes y a colaborar con agrupaciones de izquierda que son críticas del partido20. Esto, sumado a la emergencia de una joven generación de militantes –como Nikolai Bondarenko, de 35 años, dirigente comunista en Sarátov y uno de los videobloggers políticos más populares–, colaboró en la conformación de una alternativa democrática real de cara a las elecciones legislativas de 2021. Para ello, las listas llegaron a incluir a candidatos provenientes de otras corrientes políticas más radicales y que no estaban necesariamente afiliados al Partido Comunista. 

El caso de Mijaíl Lobanov es ilustrativo en ese sentido. Lobanov tiene 37 años y es matemático y profesor en la Universidad Lomonósov de Moscú, una de las más prestigiosas del país. Se autodefine como socialista democrático y reconoce como fuente de inspiración, entre otros dirigentes, a Jeremy Corbyn y Bernie Sanders. A lo largo de su carrera, ha venido teniendo una destacada participación tanto en el sindicalismo universitario como en el activismo urbano. A pesar de no estar afiliado, el Partido Comunista aprobó su participación en las elecciones bajo su lista. Su lema de campaña fue «Un futuro para todos y no para los privilegiados», y como candidato dejó de lado las discusiones binarias y abstractas propuestas por el gobierno y la oposición funcional y, por el contrario, se ocupó de recorrer el distrito por el que se presentaba –el ókrug administrativo occidental de Moscú– y de armar encuentros cara a cara con sus habitantes para exponer las iniciativas y los eventuales proyectos que presentaría en la Cámara Baja del Parlamento ruso, vinculados sobre todo a los problemas locales urbanos de los habitantes de la capital21

Los resultados iniciales de las boletas de papel dieron como ganador a Lobanov, quien enfrentaba a Evgeny Popov, un destacado presentador televisivo que contaba con toda la maquinaria electoral y propagandística de Rusia Unida detrás. Sin embargo, cuando llegaron –con un sospechoso retraso– los votos electrónicos, la contienda se definió a favor del candidato oficialista, como sucedió prácticamente en toda la capital rusa22. Las denuncias por fraude no se hicieron esperar y, a pesar de las protestas convocadas por los participantes afectados para cancelar la elección, el gobierno no mostró ninguna voluntad por revisar el resultado final. Por el contrario, apenas una semana después reforzó su veta autoritaria e incluyó a varias organizaciones independientes, como la ya mencionada ovd-Info, dentro del registro de «agente extranjero» –lo cual dificulta enormemente su funcionamiento, además del estigma social– y detuvo con acusaciones insólitas a diversos activistas, como el destacado intelectual y militante de izquierda Boris Kagarlitsky. Más allá de esto, las elecciones vinieron a mostrar no solo un mayor descontento con el elenco gobernante sino, sobre todo, un creciente apoyo al Partido Comunista, que es hoy el partido de la oposición legal con mayor caudal de votos –cercano a 20%– y que, gracias a la presión de las bases, parece radicalizar lentamente su discurso y su accionar para volver a colocarse como una alternativa real de izquierda. Si el gobierno solo atina a reforzar su carácter nacionalista, conservador y dictatorial con el fin de reconstituir el lazo social, acallar a la oposición y disimular su incapacidad de hacer frente a la crisis económica y social que ya lleva varios años –y que se reforzó con la pandemia–, las fuerzas de izquierda parecen reacomodarse y unificar sus luchas en pos de la reconstrucción de un país –y un mundo– mejor. A 30 años de la disolución de la urss, la nueva Rusia se debate entre la reactualización dosificada de un pasado soviético e imperial encarnado en el Estado y el diseño creativo de un futuro imaginado para todos y no solo para unos pocos. La lucha es desigual, pero su resolución todavía está abierta.

  • 1.

Eric Hobsbawm: Historia del siglo XX [1998], Crítica, Buenos Aires, 2001, pp. 7 y 13. 

  • 2.

Por ejemplo, Francis Fukuyama: El fin de la Historia y el último hombre, Planeta, Barcelona, 1992.

  • 3.
  1. Galliano: ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? Breve manual de las ideas de izquierda para pensar el futuro, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2020, p. 164.
  • 4.
  1. Groppo: «Los problemas no resueltos de la memoria rusa» en Nueva Sociedad No 253, 9-10/2014, p. 90, disponible en www.nuso.org. 
  • 5.
  1. Chaadáyev: «Cartas filosóficas dirigida a una dama» en Olga Novikova: Rusia y Occidente, Tecnos, Madrid, 1997.  
  • 6.

V., por ejemplo, Naomi Klein: La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, Paidós, Barcelona, 2007.

  • 7.

Ver Ilya Matveev: «Rusia, Inc» en Open Democracy, edición digital, 16/03/2016.

  • 8.

Ver Ilyá Budraitskis: Mir katory postroil Huntington i v kotorom zhiviom vse my, Izdatelstvo knhizhnovo magazina «Tsiolkovsky», Moscú, 2020.

  • 9.

Ver Dan Healey: Russian Homophobia from Stalin to Sochi, Bloomsbury, Londres, 2018. 10. Ver Agnia Grigas: Beyond Crimea: The New Russian Empire, Yale UP, New Haven, 2016, pp. 27-28. 

  • 10.

Ver Marlene Laruelle: «Commemorating 1917 in Russia: Ambivalent State History Policy and the Church’s Conquest of the History Market» en Europe-Asia Studies vol. 71 No 2, 2019.

  • 11.

Ver Marlene Laruelle: «Commemorating 1917 in Russia: Ambivalent State History Policy and the Church’s Conquest of the History Market» en Europe-Asia Studies vol. 71 No 2, 2019.

  • 12.

Un antecedente podría ser la Comisión Presidencial contra la Falsificación de la Historia en contra de los Intereses de Rusia, que existió entre 2009 y 2012. El decreto presidencial puede consultarse aquí: <http://publication.pravo.gov.ru/document/view/0001202107300042?index=0&rangesize=1">http://publication.pravo.gov.r...

  • 13.

Ver Elizabeth Wood: «Performing Memory and its Limits: Vladimir Putin and the Celebration of World War II in Russia» en David L. Hoffman: The Memory of the Second World War in Soviet and Post-Soviet Russia, Routledge, Nueva York, 2021. 

  • 14.
  1. Pirani: Change in Putin’s Russia: Power, Money, and People, Pluto Press, Nueva York, 2010.
  • 15.

 Ibíd., p. 151.

  • 16.

Uno de los máximos dirigentes del Partido, Gennady Ziuganov, sostuvo en 2006 que el famoso Discurso Secreto de Nikita Jrushchov que denunciaba el terror estalinista había provocado más daños que beneficios, y en 2008 escribió una biografía bastante positiva sobre la figura de Stalin. Ver S. Pirani: ob. cit., p. 153

  • 17.

Tony Wood: Russia Without Putin. Money, Power and the Myths of the New Cold War, Verso, Nueva York, 2028.

  • 18.

Su sitio web es <https://ovdinfo.org/">https://ovdinfo.org/>

  • 19.
  1. Matveev e I. Budratiskis: «Kremlin in Decline?» en New Left Review, edición digital, 29/9/2021.
  • 20.

 Ver Radhika Desai y Boris Kagarlitsky: «Putin, Navalny, and the Left: The Coming Political Crisis in Rusia» en The Real News Network, 16/4/2021.

  • 21.

Las referencias fueron tomadas de la entrevista realizada por Dmitry Sidorov: «Mijaíl Lobanov: ‘Nuzhny razgovory i peregovory’» en Open Democracy, 24/8/2021. [Hay versión en inglés: «A De[1]mocratic Socialist Running for Russian Parliament. What Could Go Wrong?» en Open Democracy, 1/9/2021].

  • 22.

Se puede consultar el mapa que contrasta los resultados antes y después de la suma de los votos electrónicos en «Jrónika zaplarinovannoy krashchi» en Rabkor, 27/9/2021, <http://rabkor.ru/columns/">http://rabkor.ru/columns/editorial-columns/2021/09/27/chronicle_of_a_planned_theft/>

Publicado enInternacional
Patricio Guzmán

En los años 70 filmó una de las obras más altas del campo documental: La batalla de Chile. Los temas de su inmensa filmografía siempre fueron su país, la memoria histórica y política y las figuras de Allende y Pinochet. Pero en los últimos tiempos sorprendió con una serie de trabajos de ensayo sobre temas más "abstractos". La notable película que abrirá este lunes la 9° edición del Festival Independiente del Documental en Buenos Aires propone una impensada ligazón entre lo geológico y lo político.

 

En 1973 el chileno Patricio Guzmán filmó lo que quedaría en la historia como una de las obras más altas del campo documental. De cuatro horas y media de duración, Guzmán escandió La batalla de Chile en tres partes, estrenadas entre 1975 y 1979. Partes de una serie y a la vez autosuficientes, esos tres films narraban lo que va de la utopía representada por el gobierno de la Unión Popular a la campaña destituyente de los “momios” y, finalmente, su consecuencia: el golpe de 11 de setiembre. De allí en más Guzmán (Santiago de Chile, 1941) confirmó que se trataba de un nombre mayor del documental, dedicando sus films posteriores a ciertos temas obsesionantes (Chile, la memoria obstinada, de 1997, tal vez sea su título emblemático por excelencia): su país, la memoria histórica y política y las figuras de Allende y Pinochet, encarnaciones del Chile que ansía cambiar y el que está dispuesto a impedir todo cambio, por los medios que sean.

Una década atrás, la obra de Guzmán dio un salto inesperado con una nueva obra maestra, Nostalgia de la luz. Allí el realizador de El caso Pinochet (2001) halló, en el desierto de Atacama, dos realidades que no podrían parecer más disímiles: un sitio en el que la luz es tan transparente que permite observar las estrellas como ningún otro rincón del planeta, y, aquí abajo, tumbas clandestinas de gente asesinada por la dictadura. Practicando la magia de un malabarista lírico, Guzmán halla el hilo de plata que las une. Tal como saben los astrólogos, los huesos humanos están hechos de la misma clase de polvillo que constituye las estrellas. Poética hasta el sobrecogimiento, política hasta la obstinación, Nostalgia de la luz es un film-ensayo, ligado por las aparentemente infinitas reflexiones y asociaciones que el propio Guzmán va haciendo en off.

La impensada ligazón entre lo geológico y político dio pie a Guzmán para completar una trilogía que se continuó en El botón de nácar (2015, Oso de Plata al Mejor Guion en la Berlinale) y más recientemente La cordillera de los sueños (2019, Premio Golden Eye en Cannes). Esta última es la película que abrirá este lunes y, de forma presencial, la novena edición del Festival Independiente del Documental en Buenos Aires (ver nota al pie y recuadro).

-Siendo el director de un mítico tríptico político, La batalla de Chile, y habiéndote dedicado durante treinta años a filmar prioritariamente documentales políticos, causa sorpresa el viraje hacia una serie de films de ensayo sobre temas si se quiere más abstractos, a los que asociás de un modo singular con la historia y la política chilenas. ¿Qué produjo ese viraje?

-Hay muchas clases de cine documental. Una de ellas es la introspección por parte del realizador sobre hechos que están sucediendo. Lo específico de un país, por ejemplo. Esa clase de documental requiere otro tipo de elementos de lenguaje. Nostalgia de la luz está llena de recuerdos personales, de metáforas y de estampas que nos conducen a otros planos de realidad. Es muy agradable el cine de metáforas, me agrada tanto como el documental directo, de aquello que está pasando aquí y ahora, como puede haber sido La batalla de Chile o el documental que estoy filmando en Chile en este momento. El directo es más restrictivo que otras clases de documentales, porque para hacerlo tiene que haber una situación en movimiento y tú filmando delante. Si eso no se produce no hay acción.

¿La batalla de Chile fue pensada como tríptico? ¿Tus tres películas más recientes también?

-La batalla de Chile es una sola película. Tuvimos que dividirla en tres partes porque si no se hacía complicado exhibirla, por su duración. Nostalgia de la luz, El botón de nácar y La cordillera de los sueños son tres miradas sobre tres zonas del país. El norte, el sur y el este de Chile.

-Las tres películas de esta serie hablan de realidades inconmensurables. Parecería que una sola película, o tres, no podrían dar cuenta de algo tan desmesurado. Sin embargo vos lográs lo aparentemente imposible. ¿Cómo te planteaste bajar estas cuestiones “a tierra”?

-Empiezo por una descripción bien concreta. Nostalgia de la luz empieza con la descripción de la cordillera, el desierto, de los observatorios. En El botón de nácar se describe el sur, las islas, el mar, el viento. En La cordillera de los sueños, las personas que viven al pie de las laderas. En las tres hay un deseo de observar y mostrar lo que uno está descubriendo. Eso las pone al mismo nivel que el espectador.

-Cuando te planteaste Nostalgia de la luz, ¿qué vino primero? ¿El desierto, la luz, los observatorios o los cuerpos de los desaparecidos?

-Lo primero fueron los observatorios. Yo quería hacer una película sobre astronomía, ya desde antes. La primera vez que me lo planteé fue cuando estaba rodando El caso Pinochet. Hubiera querido ir al norte y filmar el desierto y los observatorios. Eso siempre me llamó mucho la atención. Incluso escribí un guion, lo dejé en un segundo plano y cuando filmé Nostalgia de la luz tuve en cuenta algunas de sus escenas.

-¿El botón de nácar y La cordillera de los sueños devinieron de Nostalgia de la luz, o ya de entrada sabías que querías filmar también el Pacífico y la cordillera?

-Después de Nostalgia de la luz pensé que había que continuar. Sobre todo con el mar, con los miles de personas que los militares arrojaron al mar. Indagar, hacer investigación, hablar con algún piloto de avión que hubiera lanzado los cuerpos. Buscar testigos. Eso hice. De paso hablé también del exterminio de los indios que vivían en el sur de Chile. En el siglo XIX, los estancieros establecidos allí mandaron a poner en prisión a todos los indios de la zona, y los desterraron a una cárcel que había en una isla. Allí muchos de ellos murieron. Las dos historias de desapariciones forzadas de personas sucedieron en el mismo lugar, era necesario documentar ambas.

-¿Creés que el hecho de vivir lejos de Chile te permite pensar en tu país en perspectiva?

-Sin duda, cuando te alejas del tema adquieres una perspectiva diferente. A veces es peligroso, porque te alejas demasiado y tu mensaje se diluye. Hay que tener cuidado con eso. Mantener la perspectiva significa mantener un plano amplio, para tratar el tema con una libertad total. A mí me gusta mucho estar lejos de Chile, aunque esa distancia es imaginaria, porque al estar en contacto con las noticias, y por lo tanto con todo lo que ocurre y lo que ocurrió, vivo en Chile. A la vez también puedo abrir y cerrar el diafragma de la distancia, de acuerdo a mi sensibilidad.

-El trabajo fotográfico de las tres películas es de una calidad asombrosa. Cada plano es preciso, dura lo que la música del relato impone. ¿Trabajaste con alguna clase de storyboard? ¿Cuánto tiempo le dedicaste a la elaboración y concreción de cada plano?

-En el cine documental es difícil trabajar con storyboard, porque todo va cambiando todo el tiempo, nunca se corresponde con lo que uno pueda haber imaginado. Se puede trabajar con algunos parrafitos, algunos papelitos, algunas ideas de lo que quieres hacer. Tal vez haya documentalistas que trabajen con storyboard, yo soy incapaz. Cuando salgo al terreno con la cámara en la mano, o tengo cerca al camarógrafo, avanzamos juntos por un corredor nuevo e imprevisible. En el cine documental la improvisación es muy alta. Y peligrosa. Pero así es el documental. Siempre.

-Los textos en off son de un lirismo poco frecuente en el documental. Supongo que los habrás escritos previamente. ¿Te llevó tiempo pulirlos?

-El texto es muy complejo de hacer, lleva mucho tiempo. Empieza con un boceto muy primario, que yo leo ante un micrófono, en la sala de montaje, a medida que pasan las imágenes. Poco a poco el texto se vuelve más sutil, se vuelve indirecto. Va adquiriendo estilo. Eso demora mucho, es muy trabajoso de hacer. La imagen me resulta mucho más fácil que el texto. Pero es fundamental. Sin texto las películas no avanzarían, no entrarían en una etapa de reflexión. Hay veces que el texto es tan importante como la imagen.

-En los tres casos el tono de tu voz en off es inconfundible. Pausada, fraseada con una cadencia determinada y constante, llena de “aire” entre una palabra y otra. ¿Pensaste mucho en el relato como “personaje”?

-Es muy importante cómo se dice el texto, y quién lo dice. En el caso mío llegué a la conclusión de que mi voz era mejor que las otras. O mejor dicho: con mi voz yo podía señalar mejor lo que quería decir. Cuando trabajas con la voz de otro, sea un actor o un locutor, tienes que hablar mucho con él, ensayar lo que quieres que él haga. Yo lo que tengo es una “crítica” propia, que es mi mujer, que trabaja conmigo como productora. Cuando leo los textos en el estudio me va señalando los que no le gustan, cuando yo pierdo la naturalidad o hago una dicción muy forzada, o me voy por las ramas. Creo que sin ella, o alguna otra persona que te dirija, no se puede hacer. Tiene que haber un director detrás del sonido. El ingeniero de sonido también tiene una gran importancia, te va marcando lo que oyó en la grabación y tú tal vez has olvidado.

-La cordillerade los sueños tiene más testimonios de terceros que las dos previas. Se podría decir que es algo menos poética, más “a tierra”. ¿Así la pensaste? ¿Puede verse en ella una suerte de “retorno a la política”, aunque nunca la hayas abandonado?

-El problema con la cordillera de los Andes es que es un muro enorme, gigantesco. Para entrar en ella habría que tener un helicóptero y bajar a una distancia mínima, recorrer las cadenas… Habría que tener también drones, para hacerlos entrar dentro de los desniveles de las montañas, que son inmensas. Es algo que puede hacerse, pero yo no contaba con esos medios. Si los hubiera tenido lo habría hecho, y la película sería totalmente distinta. Estaría mucho más centrada en los motivos por los cuales esas montañas se elevaron hasta 7 mil metros del suelo. Cuándo ocurrió, en qué cataclismo se produjo, hasta qué punto eso se mueve por los volcanes, los terremotos que siempre hay en Chile. Todo eso me resulta apasionante. Pero era imposible. Había que tener una fortuna para hacerlo. Por eso me dije “Vamos a mostrar la cordillera, pero vamos a mostrar también a la gente que vive frente a ella”. Por eso hicimos la película.

-En las tres películas de la serie abordás lo inmenso desde tu yo, y en una toma impresionante de La cordillerade los sueños se ve la casa de tu infancia, destruida. Aunque la casa después se reconstruya, las tres películas tienen un tono melancólico. ¿Qué creés que perdiste o se perdió?

-Los documentales son siempre películas del pasado. Cuentas tu vida, tu infancia, qué es lo que te ocurrió. Es un diálogo entre el entrevistado y la persona que hace la película, pero el tono depende del estado de ánimo de cada realizador. En mi caso es verdad que siempre estoy atento al aspecto nostálgico de mi vida previa.

-En las tres registrás la pérdida de la memoria histórica en Chile. ¿Esa pérdida se inicia con el golpe de Pinochet, o el golpe de Pinochet es reflejo de otra clase de memoria en la historia chilena? Una memoria de derecha, conservadora, reaccionaria.

-Hablar del pasado es cosa de escritores, filósofos, algunos políticos. Pero la gente del común no lo hace. El país se desarrolla en presente y no todo el mundo va a estar hablando de la biografía nacional. Lo que hay en Chile es un enorme olvido de lo que significó Salvador Allende. La pérdida de memoria en Chile está centrada, hoy, en Salvador Allende. Después de Allende se trató de cerrar, ocultar, echar por la ventana, tergiversar, olvidarse de un personaje extraordinario. Hasta el punto de que hasta hoy mismo no se habla de él. Se recuerdan sus canciones, su música, algunos discursos. Pero no se han hecho novelas o ensayos sobre su figura, su proyecto. Durante 40 años el país vivió dando tumbos, tratando de olvidar lo que no se puede olvidar, sin saber dónde naciste, qué pasó en tu infancia o en tu juventud. Esto es terrible. Es como vivir arrastrando una piedra que no sabes cuánto pesa. La de Salvador Allende fue una de las dos fundaciones que tuvo Chile, un momento en el que el pueblo tomó la palabra.

-En tu obra nunca dejó de estar presente la sombra aún viva de Pinochet. ¿Creés que la rebelión de la juventud en 2019 y el nuevo ascenso de la izquierda representan el verdadero primer paso de un “No” de la sociedad chilena a lo que Pinochet encarnó?

-Es un primer paso estupendo. Pero en verdad no es el primero. Ha habido otras revueltas en Chile –la del Presidente Balmaceda, la de Allende-- en las que el país ha estado a punto de soltarse y producir una revolución importantísima en América Latina. Ahora se presenta una nueva oportunidad de cambiar la realidad, de avanzar hacia el futuro con el pasado en la mano.

13 de diciembre de 2021. 

Publicado enCultura
La Toma del Palacio de Justicia, en Bogotá. Operación Antonio Nariño fue un asalto perpetrado el miércoles 6 de noviembre de 1985 por un comando de guerrilleros del Movimiento 19 de abril (M-19) Archivo Colprensa.

La Comisión de la Verdad presentó un documento histórico que elaboró junto Forensic Architecture sobre lo que pasó con las personas que lograron salir con vida del Palacio de Justicia

 

La Comisión de la Verdad reveló, este 10 de diciembre, detalles inéditos de lo que pasó el 6 de noviembre de 1985, cuando la guerrilla del M-19 irrumpió en el Palacio de Justicia de Bogotá, tomando como rehenes a funcionarios estatales y miembros de la Corte Suprema de Colombia. La toma generó una respuesta por parte de la fuerza pública con un contraataque que duró dos días. Casi 100 personas murieron y el edificio quedó reducido a cenizas.

Esta investigación minuciosa se enfocó no tanto en lo que sucedió dentro del Palacio de Justicia entre la guerrilla y el Ejército, sino lo que pasó con las personas que salieron con vida del edificio pero luego desparecieron o fueron presentadas como víctimas.

El informe, que contempla videos en 3D y reconstrucción minuto a minuto de lo que pasó ese día en el centro de Bogotá, revela cómo los trabajadores de la cafetería, estudiantes, visitantes, guerrilleros y magistrados que fueron clasificados como ‘especiales’ o ‘sospechosos’ fueron detenidos, llevados a diferentes instalaciones militares de la ciudad, torturados, ejecutados y, en algunos casos, desaparecidos por la por las Fuerzas Armadas.

“Se cuestiona las afirmaciones del Ejército de que las personas que desaparecieron después del asedio murieron en tiroteos durante el asalto de las fuerzas de seguridad al edificio (...) Este supuesto caos sirvió como historia de portada del Estado durante décadas, enmascarando las responsabilidades de los militares por las desapariciones”, detalló Forensic Architecture.

En un primer video se evidencia como salen cuatro grupos de personas del palacio en diferentes momentos y hacen esa reconstrucción con videos de la época y testimonios.

El primer grupo era de visitantes del Palacio de Justicia que fueron torturados en instalaciones militares pero sobrevivieron; el segundo grupo que salió eran los conductores de los magistrados que los militares rescataron del estacionamiento en la mañana del 7 de noviembre, detenidos en el Cantón Norte y sobrevivieron; en el tercer grupo salieron civiles que pasaron por un control de seguridad, clasificados como rehenes y algunos de ellos hallados sin vida; el último grupo que salió del edificio fue el de visitantes y empleados de la cafetería, ninguno sobrevivió.

El informe reveló que la Casa del Florero fue usada como centro de interrogatorios donde los militares separaban a los sobrevivientes y luego los llevaban a instalaciones militares donde los torturaban y ejecutaban.

Testimonios, videos y grabaciones de audio se conjugan en una reconstrucción digital de tres sitios clave donde ocurrió el crimen de desaparición forzada: Plaza de Bolívar, Casa del Florero y Cantón Norte. “Nuestro análisis de las imágenes del asedio revela la forma en que las fuerzas de seguridad se llevaron los rehenes que los militares afirmaron que murieron en la toma de posesión. También identifica posibles agentes encubiertos que supervisan las desapariciones, así como el uso de ambulancias y personal médico en los delitos”, sostuvo el informe.

La investigación mapea por primera vez el uso interconectado de las instalaciones militares en Bogotá y su papel en las desapariciones, haciendo que la logística de la desaparición forzada sea legible mientras los investigadores seguían a las víctimas entre múltiples sitios e instalaciones militares alrededor de Bogotá.

Siguiendo el camino de los detenidos hasta la base militar del Cantón Norte, ubicada en el norte de Bogotá, donde tenía su sede el operativo contrainsurgente, identificaron que allí los rescatados del palacio fueron interrogados, torturados, y ejecutados en algunos casos.

La Comisión de la Verdad presentó este informe en compañía de familiares de las víctimas del Palacio de Justicia. “Las víctimas merecemos justicia, merecemos no ser invisibilizadas ni criminalizadas. Invitamos a que respeten a las víctimas porque ustedes no saben nuestro dolor”, aseguró Débora Anaya, hija de una desaparecida del edificio.

Mientras que Francisco De Roux, presidente de la Comisión de la Verdad, aseguró: “Estamos ante una obra que se ha trabajado con pasión, con una fuerza especial que nos permite meternos dentro de los eventos que acontecieron; estamos ante realidades que no hemos comprendido en su hondura”.

11 de Diciembre de 2021

Publicado enColombia
Un grupo de 21 soldados del Ejército colombiano reconoce el asesinato de al menos 247 &quot;falsos positivos&quot;

La Jurisdicción Especial para la paz confirmó que en el caso también está involucrado un civil.

Veintiún miembros del Ejército colombiano y un civil admitieron su responsabilidad en el asesinato extrajudicial de al menos 247 personas, que fueron presentadas falsamente como bajas en combate, confirmó este viernes un comunicado de la Justicia Especial para la Paz (JEP).

Estas ejecuciones sumarias perpetradas por el Ejército, también llamadas "falsos positivos", habrían ocurrido en las zonas de El Catatumbo, donde fueron asesinadas 120 personas, y en la Costa Caribe, lugar en el que se contabilizan al menos 127 víctimas mortales.

Según la JEP, este año han sido imputados 25 miembros del Ejército y un civil por los delitos de homicidio en persona protegida y desaparición forzada, que constituyen delitos de lesa humanidad. De acuerdo a esa jurisdicción, que fue establecida tras los acuerdos de paz entre el Gobierno y las extintas FARC, esos crímenes "no hubieran ocurrido sin la política institucional del Ejército de conteo de cuerpos".

Esa política de Estado también incluyó incentivos y presiones de los comandantes sobre sus subordinados para obtener "muertos en combate". De acuerdo a la justicia tradicional, tras la imputación, "22 de los 26 comparecientes reconocieron verdad y responsabilidad por los crímenes".

El comunicado oficial de la JEP destaca que el oficial de más alto rango en reconocer su responsabilidad por los hechos es el brigadier general Paulino Coronado Gámez, quien comandaba la Brigada 30. De acuerdo a su testimonio, mostró su "absoluta disposición para contribuir en el esclarecimiento de la verdad".

Además de admitir los crímenes, los involucrados ampliaron sus versiones de los hechos, expresaron su "compromiso con la JEP, pidieron perdón y manifestaron su voluntad de reconocer la verdad", detalló la jurisdicción de paz. Uno de los puntos clave es que algunos militares aportaron nuevas pruebas que serán usadas por la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas para las investigaciones correspondientes.

Para la magistratura, el reconocimiento de estos crímenes por parte de sus autores "es un elemento esencial del Sistema Integral para la Paz y, en particular, de la JEP, en tanto materializa 'el sistema de incentivos condicionados' en el que se funda este sistema de justicia transicional".

¿Y ahora qué?

Después de este proceso, se ha puesto en marcha el mecanismo para preparar la audiencia de reconocimiento de los hechos y sus responsables.

En los próximos cuatro meses, la JEP ha instruido cuatro tareas: acciones pedagógicas sobre el caso de los "falsos positivos", en el Norte de Santander y la Costa Caribe; las valoraciones de las víctimas frente al reconocimiento de responsabilidad de los autores de los crímenes; los encuentros privados entre los comparecientes y las víctimas; y la preparación del "camino restaurativo" y reparador para quienes padecieron el horror de esta política de Estado.

"El objetivo es que en estos encuentros entre víctimas y responsables se explore avanzar en el restablecimiento de los tejidos sociales que los crímenes graves y masivos rompieron", apunta la magistratura.

A principios de este año, la JEP determinó que, de acuerdo con una exhaustiva investigación, entre 2002 y 2008 hubo 6.402 personas asesinadas por agentes del Estado y presentadas como "bajas en combate", una cifra que supera ampliamente la presentada en un informe de la Fiscalía General de la Nación en julio de 2018, en la que contabilizaba 2.248 víctimas de "falsos positivos" en Colombia y en un período más largo, entre 1988 y 2014.

10 dic 2021

Publicado enColombia
Sábado, 11 Diciembre 2021 05:50

Ventana al virus: las formas que no vemos

Ventana al virus: las formas que no vemos

¿Quién escribirá la novela de la pandemia?, se pregunta el autor en este ensayo en el que recorre los meses de confinamiento, espera y virus a través de una cantidad de imágenes tomadas de la literatura universal y de sus propias vivencias. Finalmente, como él mismo dice, el género humano no sobrevive en silencio; lo primero que hacemos al sortear un cataclismo es comentarlo. 

Nunca sabremos en qué momento la palabra pasó al arte. De pronto, en torno de una fogata, se concibieron historias. Una de ellas conservó el nombre de Odisea. Su tema no ha sido superado. ¿Hay mayor angustia que la dificultad de volver a casa? Salir al mundo ayuda a entender el peso del retorno; el destino mejora con los esfuerzos para obtenerlo; por ello, en su poema «Ítaca», Constantino Cavafis pide «que el camino sea largo».

La crisis del coronavirus nos replegó a las habitaciones en las que no siempre queremos estar y adquirió la condición de una Odisea inmóvil. Sin mediación alguna, el punto de partida se transformó en punto de llegada. Estábamos donde teníamos que estar, pero eso representaba un tránsito hacia ninguna parte. Ya en el siglo xvii, Pascal había advertido que la tragedia de un hombre comienza cuando no puede estar solo en su cuarto. Nadie había hecho planes para el encierro, y no es fácil que una nación gregaria como la mexicana, donde lo importante ocurre en compañía, acepte que la ayuda consiste en ocultarse. El aislamiento, sinónimo del purgatorio, se transformó en mérito ciudadano.

Un título de Samanta Schweblin adquirió nuevo significado: Distancia de rescate. La escritora argentina se refiere a la proximidad necesaria para salvar a alguien. En la pandemia, la distancia útil fue el alejamiento. En ese ámbito, empezamos a buscar ventanas. Nos asomamos de otro modo a la calle, subimos a las azoteas y vimos el horizonte rayado por antenas de televisión. Esta actividad se complementó con otra para ganar profundidad de campo. Tiempo de pantallas encendidas. Algunos volvimos a un objeto que se abre al modo de una puerta, el libro en papel. Kafka soñaba con ser un chino que vuelve a casa. En esta variante, Ulises es un extraño que regresa a un sitio común. Si Kafka hubiera sido chino, seguramente habría imaginado a un checo que vuelve a casa. Varados en nuestro cuarto, concebimos otros cuartos. A partir de marzo de 2020, el horizonte fueron las paredes. Sin pasar por los predicamentos del rey griego, asumíamos la difícil tarea de regresar.

Leer, abrir ventanas

En 1348 Italia fue devastada por la peste negra. Testigo de la tragedia, Boccaccio señaló que el contagio había golpeado «distintas partes del Oriente, donde hizo perecer a muchísimos habitantes», y se extendió hasta llegar a Florencia, la desdichada ciudad donde él vivía:

Contra ella fracasaron todos los esfuerzos de la previsión humana; ni los oficiales encargados de sanear la ciudad, ni la prohibición de que se permitiera la entrada a ningún apestado, ni las más prudentes precauciones, así como tampoco las más humildes plegarias dirigidas todos los días a Dios por las personas piadosas, fuera en las procesiones organizadas a tal fin o de otra manera cualquiera, pudieron impedir que en los primeros días del año comenzara a hacer los mayores daños.

Boccaccio tenía entonces 35 años. Escritor autodidacta, dominaba la versificación sin ser un auténtico poeta; además, no podía compararse con las inimitables figuras de su siglo: Dante y Petrarca. La mayor parte del tiempo se le iba en conquistas amorosas. Hijo natural, fue enviado por su padre a Nápoles para que no incomodara a su madrastra. Acaso por ello, siguió la ruta de otros célebres donjuanes, buscando en un sinfín de mujeres a la que nunca conoció. Al ver cadáveres en las calles y cerdos que morían por lamer sus vendas, decidió ser fiel a su época. Repudió las rimas eruditas, tuvo urgencia de ser comprendido y acudió a la forma más alta de la expresión vulgar: la prosa. En 1353 concluyó el Decamerón.

La trama se ubica en Florencia durante la peste. Siete mujeres, que oscilan entre los 18 y los 28 años, se reúnen en la iglesia de Santa María Novella. Llevan luto por la pérdida de sus familiares. Una de ellas propone que en vez de sumirse en el dolor o en vanos placeres, recuperen el gusto por la vida en un refugio campestre. Tres jóvenes entran a la iglesia y las chicas los invitan a la más productiva tertulia de la literatura. Durante diez días los convidados cuentan cien historias sobre el triunfo del deseo. El macabro entorno es refutado por tramas de lúbrica comicidad, donde nadie se arrepiente y donde el pecado es una forma del ingenio. Frailes, marqueses, abadesas, presbíteros y mujeres casadas buscan una atrevida felicidad erótica. En una era de cuerpos enfermos, Boccaccio exalta el organismo. No le importa que una boca estornude; le importa que bese. Los personajes pertenecen a una sociedad hipócrita en la que para ser sincero hay que hacer trampa. De acuerdo con Salvador Novo, «pretenden imponer una conciencia moral fundada en la improcedencia de las inhibiciones». Hijo ilegítimo, Boccaccio quiso normalizar estigmas. Novo advirtió su «deseo latente de hacer reconocer a todo el mundo la pureza del adulterio, del que fue producto lato, e instaurar el amor libre como prueba de que su presencia en el mundo no era espuria».

En su condición de católico practicante, Boccaccio conoció a la primera de sus musas en la iglesia (también Petrarca vio a Laura ante un altar). Al concluir el Decamerón, hizo algo que sus personajes jamás harían: se arrepintió y pidió consejo al poeta admirado. Petrarca lo instó a publicar los cuentos, aunque años después diría que se trataba de «un libro juvenil, escrito en prosa para uso del pueblo». A diferencia de Dante, Boccaccio hace que el Infierno y el Paraíso estén en la tierra. Juzga que la epidemia pueda ser una maldición divina, pero revela la condición humana en ausencia de Dios. En 1348, diez personajes se reunieron en un jardín de Italia. Al mediodía buscaban la sombra para contar historias: cada palabra alargaba la vida. Esa inspirada reclusión daría otro nombre a los tiempos de la peste: Renacimiento.

Biopolítica

Cuando un Estado entra en crisis, se multiplican las metáforas bélicas, límite y derrota de la imaginación social. En 2020, varios gobiernos cedieron a la tentación de referirse al covid-19 en términos militares, recurso inútil, pues el frente era ilocalizable, el enemigo avanzaba sin ser visto y la defensa consistía en evitar el acontecimiento. Esa narrativa vacía dominaba al grueso de la población. Los sucesos pasaban en islas alejadas: los hospitales. ¿Es posible contar una «épica de la inacción»? El personal sanitario y los infectados vivían un drama concreto mientras la inmensa mayoría respiraba en puntos suspensivos.

Los gobiernos normalizan el estado de excepción apelando al bien común. El filósofo Paul B. Preciado distinguió dos métodos de combate a la epidemia: el aislamiento físico (Francia, Italia, España) y las pruebas para distinguir contagiados (Corea del Sur, Taiwán, Singapur). Ambas estrategias obligaban a recordar el término de «biopolítica» usado por Michel Foucault para señalar que el objetivo último del poder es el cuerpo. La moderna supervisión biopolítica anuncia la llegada de ciudadanos inmateriales, progresivamente desprovistos de la capacidad de elegir e interactuar con los demás. De acuerdo con Preciado, en la pandemia, el ciudadano

no intercambia bienes físicos ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua. No habla en directo, deja un mensaje de voz. No se reúne ni se colectiviza. Es radicalmente individuo. No tiene rostro, tiene máscara. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie indefinida de mediaciones semio-técnicas, una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la máscara de la dirección de correo electrónico, la máscara de la cuenta Facebook, la máscara de Instagram. No es un agente físico, sino un consumidor digital, un teleproductor, es un código, un píxel, una cuenta bancaria, una puerta con un nombre, un domicilio al que Amazon puede enviar sus pedidos.

Toda epidemia describe el país donde ocurre. En México la principal peste es el hambre. De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), cuatro de cada diez mexicanos viven en la pobreza. Para ellos, las posibilidades de morir por no salir a la calle superan a las de sobrevivir por quedarse en casa. Además, nuestro espacio doméstico es una zona de alto riesgo. En The Washington Post, Laura Castellanos abordó la «dimensión oculta» de la pandemia. Del 28 de febrero al 13 de abril de 2020, cien mujeres murieron por coronavirus y 367 por violencia de género; hubo 40.910 llamadas de emergencia al número 911 (la mayor cantidad desde 2016), y se abrieron 33.645 carpetas de investigación: 23,3 denuncias por hora. Un problema estructural se agudizó con el encierro. Por otra parte, también aumentó la disposición a denunciar. El imprescindible hashtag #QuédateEnCasa parecía reclamar otro igualmente urgente: #¿ConQuién?

El coronavirus mostró un mundo interconectado pero desunido. Preciado señala que «comunidad» comparte una partícula etimológica con «inmunidad»: munus, tributo. La comunidad comparte los tributos; la inmunidad prescinde de ellos. El cuerpo social solo será inmune en comunidad. La paradoja del otro: nuestra salud depende de aliviar su malestar. La biopolítica responde, en última instancia, a un criterio económico. En 2021, la vacunación nos convirtió en portadores de marcas. Del mismo modo en que Coca-Cola se vende en una cadena de cines y Pepsi en otra, Pfizer permite circular por ciertos países y Sputnik por otros. Recibí la primera vacuna y mi esposa la segunda. El mundo nos ofrecía rutas diferentes. Mientras el cuerpo se mercantiliza, los gobiernos anuncian recortes a la cultura en nombre de la economía. Y, sin embargo, el tedio del encierro confirmó que la cultura es un remedio ancestral: desde hace siglos, el esfuerzo de lavar la ropa se supera cantando.

Churchill aseguraba que Gran Bretaña ganó la guerra por no cerrar los teatros. Un pueblo que representa Hamlet durante los bombardeos no puede ser vencido. La contradictoria y carismática figura del legendario bulldog inglés no dejará de inspirar películas y series de televisión. Su afición a la pintura y la literatura fue vista como una extravagancia similar a su ingesta de puros y whisky, y tuvo repercusiones imprevistas (el nombre de la banda de jazz-rock Blood Sweat and Tears [Sangre, Sudor y Lágrimas] surgió del más inflamado de sus discursos y la Academia sueca perfeccionó su lista de errores al concederle el Premio Nobel de Literatura). Más allá de las circunstancias de su vida, conviene rescatar una de sus convicciones: la política carece de sentido al margen del arte. En una carta al ministro de Cultura de España, el director de teatro Lluís Pasqual recordó una frase de Churchill: «Si sacrificamos nuestra cultura… ¿alguien me puede explicar para qué hacemos la guerra?».

En tiempos en que nadie es capaz de una tribuna parlamentaria con el ánimo de Churchill, por no decir con su retórica, el confinamiento se superó con la imaginación ciudadana. Para salir del presidio mental, se compartieron tuits, poemas, canciones, llamadas telefónicas, sesiones en Zoom, sueños y series de televisión. Los artistas regalaron en línea obras de teatro, películas, libros, conciertos. La especie resistió gracias a formas de representación de la realidad eliminadas de los presupuestos públicos como una parte prescindible de la realidad.

En un capítulo de Los hermanos Karamázov, «El gran inquisidor», Dostoyevski reflexiona sobre el eterno dilema de las prioridades humanas. Iván, el hermano intelectual, cuenta una parábola a Aliosha, el hermano religioso. En el siglo xvi, un viejo inquisidor sevillano encuentra a Cristo y lo arresta porque su regreso pone en entredicho a una Iglesia que se ha apartado de su prédica. El anciano explica al mesías el peor de sus errores. Cuando oyó la voz de Dios en el desierto, pudo haber pedido cualquier cosa. El Padre Eterno le ofreció pan para alimentar a la humanidad entera; eso le hubiera conferido un poder incontestable. La respuesta de Jesús fue desconcertante: «No solo de pan vive el hombre». ¿A qué se refería? Rehusó ser el proveedor de la gente, su autoridad asistencial, y promovió la libertad aun a riesgo de que se usara en su contra. Ya en la cruz, no pidió un milagro para subir al cielo escoltado por los ángeles. La fe no puede ser impuesta con un truco; debe ser atributo del albedrío.

Los milagros y el reparto del pan son coacciones. Iván presenta la historia como un fracaso del cristianismo (un sacrificio inútil en nombre de la decisión individual); Aliosha lo entiende como un triunfo de la fe sin ataduras. Entre ambos, media otra figura: Dostoyevski sugiere que el pan y la libertad son inseparables. Imaginar que el trigo puede ser horneado y compartirlo son actos culturales. Ponerle precio es otra cosa. En 1929, escribió Federico García Lorca: «No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos claman a gritos». La mitad de nuestra existencia es imaginaria: el pan sabe mejor en libertad.

La civilización comenzó en torno de una fogata. Los gobiernos olvidan que eso sirvió para tres cosas imprescindibles: calentar las manos, preparar comida y contar historias.

La espera

El problema de disponer de mucho tiempo es que no llega el momento de aprovecharlo. Antes de la pandemia, buscábamos ratos que importaban por contraste, arrebatados a la tiranía del horario. El confinamiento cambió las nociones de descanso y día hábil. Siempre estábamos ahí. El trabajo a distancia nos volvió personas disponibles.

Los presos conocen este drama. En su espléndida antología de textos de Ricardo Garibay, Josefina Estrada incluye la crónica «Cárcel». Después del movimiento estudiantil de 1968, el escritor visita a presos políticos en el «Palacio Negro» de Lecumberri que soportan la reclusión con estoicismo y han convertido sus celdas en cubículos de trabajo. Garibay no conocía a Heberto Castillo, pero sintió que continuaban un diálogo de viejos amigos. Dueño de una sonrisa «fácil», «impensada», el anfitrión había renunciado a sus brillantes desempeños como ingeniero y maestro universitario, y se disponía a fundar un nuevo partido político, deseoso de complicarse la vida. Ante esta figura de entusiasmo crónico, Garibay hizo la pregunta decisiva: «¿Qué es lo peor, ingeniero?». El anfitrión dio una cátedra sobre la ingeniería del tiempo:

Lo peor es la relación entre trabajo y tiempo. Se rompe, ¿comprende? Me explico: «afuera» uno se hace de un método, horas diarias, precisas, donde se va acumulando el material, el trabajo: libros, notas, clases, viajes, investigaciones; el tiempo sirve para eso. Aquí el tiempo sirve para esperar, esperar una audiencia determinada, una visita, una noticia, un rumor, una sentencia: eso da y quita sentido al tiempo de la cárcel, porque la espera paraliza, anula los métodos, corrompe los programas. Hay que luchar con todas las fuerzas, vivir como si no se esperara, y no siempre se puede.

Las palabras de Heberto Castillo resumen el predicamento de vivir entre paréntesis, aguardando una noticia, un rumor que acabe con la pausa. Martín Caparrós escribió con ironía que la tierra volvió a ser plana: solo la vemos en la pantalla. También recordó la renovada pertinencia de la dedicatoria de Zama, novela de Antonio di Benedetto: «A las víctimas de la espera». Fiel a su estética, ese libro aguardó a sus lectores durante años. La historia se ubica en el siglo xviii. Un funcionario de la Corona española es enviado a una lejana frontera rural y anhela ser trasladado a Buenos Aires. No hace otra cosa que esperar: «Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera, y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí. Siempre se espera más».

En 1956, cuando apareció la novela, el destino de Diego de Zama fue visto como el de un existencialista del siglo xviii. Condenado a la posposición, no tiene recompensa cierta, pero mantiene el resistente ejercicio de aguardar. Su desilusionada entereza no es la de un desencantado, sino la de alguien que persiste.

La historia cultural de la paciencia tiene antecedentes que dependen más de la lectura que de la escritura. Quien se adentra en un libro es, necesariamente, un esperanzado. El infinito acervo de la Biblia ofrece anécdotas que los exégetas convierten en parábolas. Erri De Luca, poeta italiano, activista ecológico, montañista y traductor del hebreo, ha dedicado un hermoso libro a un pasaje del Génesis: Vita di Noè/Nòah. Sus reflexiones aprovechan los recursos detectivescos de las etimologías, comenzando por el nombre del protagonista, Nòah, que en hebreo antiguo remite al verbo «reposar». Horrorizado ante la violencia y la corrupción de los seres humanos, Dios no solo elige a un hombre justo para reiniciar la especie humana, sino a alguien que sabe esperar. Las cosmogonías ofrecen estadísticas desaforadas. De acuerdo con el relato bíblico, Noé vive 950 años. Se podría decir que a alguien de tan garantizada longevidad no le queda más remedio que ser paciente, pero no hay que minimizar las pruebas que enfrentó.

El diluvio es el arrepentimiento de Yahvé ante su creación inicial. Noé recibe instrucciones precisas para construir la embarcación (sin popa, con tres pisos, etc.). De Luca destaca un detalle esencial: la nave carece de timón, «está hecha para flotar, no para navegar». A bordo, no hay mayor recurso náutico que la fe.

El marino accidental se embarca con su esposa, sus tres hijos y sus parejas, y con ejemplares macho y hembra de todos los animales. Durante 40 días y 40 noches llueve sin cesar. Durante esa cuarentena primordial los demás seres vivos son aniquilados. Después del diluvio, el viento sopla de otro modo. Durante 150 días las aguas bajan de nivel. Al mes décimo, las cumbres de los montes vuelven a ser vistas. Pasan otros 40 días y Noé suelta un cuervo que revolotea en torno del barco. Siete días después suelta una paloma que no encuentra dónde posarse y regresa al navío. Noé se comporta como un relojero místico: no conduce la nave, mide el paso de los días. «Se atiene al intervalo temporal de la creación; sabe que está ante el segundo nacimiento del mundo», escribe De Luca.

Noé aguarda otra semana para volver a enviar la paloma, que ahora regresa con una rama de olivo, señal de que la tierra está cerca. Todo parece resuelto, pero el protagonista decide esperar una semana más. Esos últimos siete días confirman su naturaleza. El poeta italiano Paolo Vachino observa que vuelve a la vida «no a través del excitado desenfreno de la supervivencia, sino con la serenidad del hombre en cuyo nombre está inscrito el reposo».

Ya en tierra, Noé sigue atento a la cronología: planta una viña, reloj vegetal. La siembra, la cosecha, la fermentación y el añejamiento son los nuevos plazos de su espera. Hace vino para beber el tiempo. Hombre al fin, se emborracha y sus hijos lo encuentran desnudo. Antes de salir de escena maldice a los herederos de su estirpe. Noé aceptó la difícil espera que le fue impuesta. Lo más importante fue que se asignó a sí mismo una semana adicional para aquilatar la nueva vida desde el reposo: «deja que el mundo respire siete días más, ahorrándole la presencia de las mujeres y los hombres», comenta Vachino. Años después, en su viñedo, descubrirá la maravilla y el peligro de ser dueño del tiempo.En el siglo xviii, Lichtenberg consideró, con irrenunciable optimismo, que toda felicidad comienza con su anticipación (esperarla es parte de la dicha) y en el xx, los personajes de Beckett entendieron en Esperando a Godot que la existencia es una broma donde se aguarda lo que no llega. La pandemia obligó a repasar los contradictorios trabajos de Cronos. El virus no podía ser visto, carecía de lugar, pero marcaba el tiempo. Las ventanas, las páginas y las pantallas perdieron su condición de sitios y se convirtieron en transcursos, alternos devenires, hechos de otros minutos, otras horas.

El trompetista

En marzo de 2020, el cielo provocó declaraciones de un enclave tecnológico que a menudo se consulta con fines esotéricos: la nasa. Para paliar el encierro, la gente salía al balcón con deseos de amplitud. Sin embargo, el pacífico afán de ver nubes deparó una sorpresa. Allá arriba sonaba una trompeta. Como no estábamos para bromas, el ruido parecía anunciar el fin del mundo.

La educación católica ofrece un condensado de malas noticias. Entre las truculencias de esa pedagogía, destacan el Apocalipsis y los siete ángeles trompetistas que prometen calamidades. Ante el rumor en las alturas, numerosas personas consultaron inútilmente al Vaticano y tuvieron que pedir una segunda opinión a la nasa. La institución aeronáutica explicó que el ruido no se debía a seres sobrenaturales. El cielo confirmaba lo que siempre ha sido: un instrumento de viento. El aire caliente había chocado con el frío, produciendo un «cielomoto», lo cual sucede con frecuencia pero es opacado por los motores que vibran en las ciudades. Gracias al silencio, nos acordamos de los ángeles.

El invento de la trompeta se remonta al año 1500 a.C. y se atribuye a un faraón cuyo nombre anticipaba cómo debía sonar: Tut. Durante milenios, sirvió para hacer llamadas de larga distancia. Sus notas limitadas y su timbre poderoso se prestaban para dar órdenes inconfundibles. Ningún otro instrumento ha sido tan informativo.

En las bandas de guerra, el corneta toca música, pero su principal misión es impartir instrucciones para despertar a la tropa, izar una bandera o lanzar una carga de caballería. En el elenco bíblico, el arcángel Gabriel ocupa un cargo semejante, sirviéndose de su trompeta para despertar almas dormidas. Desde que los siete sacerdotes elegidos por Josué soplaron cuernos de carnero para derribar las murallas de Jericó, se espera que las trompetas produzcan sacudidas. Algunas ocurrieron en el jazz gracias a Louis Armstrong, Miles Davis y otros virtuosos que reventaron sus labios en favor de los pulmones. Igor Stravinski y Olivier Messiaen compusieron para la trompeta y mi generación se emocionó con las fanfarrias de Carlos Jiménez Mabarak que anunciaban la entrega de medallas en la Olimpiada de México 68. Aun así, el trompetista goza de rara reputación. Dispone de una herramienta que ha liberado tribus, ganado batallas y prometido el cielo, y al mismo tiempo carece de la sofisticada aura del clarinetista. García Márquez escribió la crónica de un muchacho que se atrevió a decirles a sus padres que deseaba ganarse la vida soplando: «Ahora nacía un descastado. Una especie de Caín parroquial que pretendía deshonrar los ídolos familiares con el estridente cobre de una trompeta».

México encontró el modo de emplear trompetas en el mariachi, que empezó como música de cuerdas y luego se convirtió en el estruendo que altera cualquier reunión. Su repertorio incluye «El niño perdido», pieza en la que el trompetista debe alejarse de sus compañeros. Corre el rumor de que algunos músicos no vuelven al grupo y vagan por las ciudades como arcángeles fugados. Uno de ellos llegó a mi calle. En dos años, sus notas destempladas no han dejado de sonar. Una y otra vez, toca «Historia de un amor». Mientras la epidemia se cierne sobre México la melodía dice: «Ya no estás más a mi lado, corazón / En el alma solo tengo soledad…». Es la historia de un amor como no habrá otro igual. «Ay que vida tan oscura / Sin tu amor no viviré», clama la trompeta, que se inventó en el Egipto de las plagas y se afianzó en un país donde la supervivencia depende del corazón.

La mermelada del profeta

Así como la metafísica no tiene sentido sin la física, los perfumes incluyen ingredientes apestosos. El inasible Miguel de Nostradamus nació en 1503, en Provenza. Un acontecimiento definió su sino: la peste. Ante un mago de tal calibre hay más conjeturas que certezas. Alberto Savinio procuró interpretarlo sin acudir al ocultismo. Hermano de Giorgio de Chirico, Savinio fue escritor, músico, comediógrafo y pintor. Artista minoritario, casi secreto, apreciaba la erudición de los iniciados. No es casual que se interesara en el «Doctor Nuestraseñora».Nacido en el seno de una familia de ascendencia judía e italiana, Nostradamus se aficionó desde niño a las preguntas sin respuesta. En su juventud practicó la astrología y la astronomía, entonces inseparables. Concibió ideas sobre la redondez de la Tierra hasta que su padre le advirtió que eso podía llevarlo a la hoguera. Aceptó que la Tierra era plana y profesó la fe católica. Estudió Medicina en Montpellier, donde los estudiantes podían desalojar a los vecinos ruidosos que impedían leer. En las clases de Anatomía conoció una superficie más interesante que el cielo: la piel de las mujeres. Casto hasta el prejuicio, idealizó la epidermis femenina y preparó sublimados para protegerla. «La iridiscente gama de los maquillajes nace de sus manos», escribe Savinio: «como un arco iris capturado y puesto al servicio de la cosmética. Su cráneo es el lecho del Instituto de Belleza. ¿Qué sería de Elizabeth Arden, de Helena Rubinstein, del mismísimo gran Antoine, sin las enseñanzas de Miguel de Nostradamus?».

Su habilidad para la farmacopea lo llevó a confeccionar mermeladas y gelatinas para que la fragancia de los frutos tonificara el cuerpo. El gran cambio llegó con un flagelo que era representado como una «bestia selvática», una criatura con alas de murciélago que sostenía una antorcha de la que salía humo amarillo. La peste se había apoderado de Europa. No se trataba de un nuevo adversario; entre el año 1000 y 1400 se habían registrado 32 epidemias de ese tipo. Nostradamus se interesó tanto en el mal que decidió seguirlo a las ciudades donde actuaba con cruel capricho. Quienes no morían eran víctimas de otro virus: el frenesí erótico. Los médicos usaban la «escafandra de la peste», con lentes protectores y esponjas en la nariz. Además masticaban ajo. Autor de un Tratado de los afeites, Nostradamus concibió otro remedio, una receta aromática con clavel, aloe, cañas doradas y rosas recogidas antes del rocío. De acuerdo con la leyenda, quienes tomaron ese específico sobrevivieron al mal. La fama del doctor aumentó en forma desmedida. Fue agasajado en banquetes hasta que conoció la más paralizante de las amenazas: la Felicidad, encarnada en una mujer que respondía a sus sueños de cosmetólogo. El misántropo que hacía el bien se encontró ante la posibilidad de disfrutar la vida sin tener que solucionarla. Había ayudado a erradicar la peste, tenía celebridad, amor y fortuna. Pronto llegarían dos hijos hermosos. ¿Qué hace alguien que lo tiene todo pero no deja de pensar? La parte diurna del doctor cedió espacio a su parte nocturna. El taller de las compotas se convirtió en el santuario de un mago.

Abrumado por la dicha, comenzó a tener «crisis de clarividencia». Vio a un joven fraile en la calle y se arrodilló, llamándolo «Santidad». Tiempo después, ese religioso sería Sixto v. A partir de entonces, se convirtió en profeta. Su mujer y sus hijos murieron sin que él pudiera hacer nada al respecto. «¿Era para este resultado, oh Felicidad, para lo que insististe tanto en ofrecerle tus gracias?», se pregunta Savinio. Nostradamus dejó numerosas profecías para el futuro, la mayoría terribles, ninguna tan enigmática como su vida. Antes de la peste, ofrecía ungüentos, remedios y sabores; sorteó con entereza la epidemia, pero no pudo con el adversario secreto de una mente inquieta: la Felicidad. Rebelde ante la enfermedad, fue vencido por la plenitud. Una enseñanza amarga, digna del contradictorio profeta que preparaba mermeladas.

La novela del virus

Después de dos años de pandemia una pregunta se reitera: ¿quién escribirá la novela de esta época? El género humano no sobrevive en silencio; lo primero que hacemos al sortear un cataclismo es comentarlo. La pregunta sobre la novela del virus se plantea como una urgencia. Todas las épocas tienen ansiedad de presente y piden testimonios. Sin embargo, los testigos más singulares suelen estar en los márgenes, registran los hechos con la distancia de quienes los ven en forma única y tardan en dar respuesta. Lo más importante en la vida de un escritor ocurre antes de los 12 años. La infancia es el laboratorio de la escritura. Los novelistas de la pandemia serán quienes dejaron de ver a sus amigos y recibieron lecciones en una pantalla. Desconocemos sus sentimientos y seguramente ellos no han podido formularlos. Pero los largos meses de vida negada, sin respirar el olor del pasto, sin sentir en los dedos la pegajosa sorpresa de un dulce desconocido, sin padecer la angustia del escarnio o la repentina complicidad de una mirada en el salón de clases, ya gravitan en quienes contarán el porvenir. Por suerte, para todo hay un ejemplo histórico. En 1665, Londres sucumbió a la peste. La mejor crónica de ese tiempo sería escrita por alguien que entonces tenía cinco años. No fue mucho lo que pudo recordar, pero algunas cosas se le grabaron con la retentiva que solo ocurre en la infancia, cuando todas las oportunidades son únicas. El nombre del testigo era Daniel Defoe, y su principal desafío, conseguir golosinas. No es casual que atesorara un detalle en la tienda donde le compraban caramelos: en el mostrador, las monedas se desinfectaban con vinagre. El olfato es un poderoso auxiliar de la memoria. A partir de entonces, todas las ensaladas harían que Defoe recordara el año de la peste.

Denle a un genio de cinco años una moneda que huele a vinagre; denle una vida desesperada y suficiente tiempo y surgirá una obra maestra. En 1722 Daniel Defoe publicó Diario del año de la peste. A mediados de 2021, las monedas comenzaron a escasear en Estados Unidos porque la gente dejó de usarlas para prevenir contagios. Ahora contamos con el gel antibacterial que no existía en tiempos de Defoe, pero también con transacciones digitales que evitan todo contacto. ¿Qué recuerdos traerán esas monedas fugitivas? Los mejores temas literarios suelen venir de una pérdida. La gran novela de la pandemia será escrita por una niña o un niño capaz de recordar lo que ahora le hace falta, alguien que hoy no entiende nada, está harto, dispone de sensaciones que no sabe acomodar. Esas carencias alimentarán los días futuros en que superará todo lo que se dijo en el lejano año de 2021.

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Colombia cierra 2021 con al menos 130 líderes sociales asesinados

Este año se registraron más de 400 amenazas, 21 atentados y 10 desplazamientos forzados, según la Defensoría. Foto: Colprensa

La Defensoría del Pueblo de Colombia informó este jueves que durante 2021 han sido asesinados unos 130 líderes sociales y defensores de los derechos humanos, aunque otros instituciones manejan números superiores. El defensor del pueblo, Carlos Camargo, dijo en una declaración oficial que la cifra es menor a la de 2020, cuando se reportaron 182 casos.

La violencia en el país no cesó tras la firma del acuerdo de paz entre el gobierno y las extintas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que entregaron las armas tras cinco décadas de conflicto interno.

Camargo repudió cada muerte “por el impacto que tiene sobre las comunidades” y destacó que ocurren “principalmente por el accionar criminal de los grupos armados ilegales”.

La Defensoría señaló que el 75% de los homicidios de líderes sociales se concentra en ocho departamentos: Antioquia, Cauca, Valle del Cauca, Chocó, Putumayo, Norte de Santander, Nariño y Caquetá.

Según el organismo, los más atacados son los líderes comunales, indígenas, campesinos y sindicales.

El caso más reciente fue el de Cristina Isabel Cantillo, líder de la comunidad LGBTIQ+ y mujer trans, quien sobrevivió a dos atentados y contaba con un esquema de seguridad asignado por el Estado. Sin embargo, fue asesinada este martes por hombres armados en Santa Marta, al norte del país.

El peligro sobre quienes defienden derechos en Colombia es permanente, señaló la Defensoría del Pueblo, que cuenta con un sistema de alerta temprana que evalúa las situaciones de riesgo y advierte a las autoridades.

Según el informe del organismo, este año se registraron más de 400 amenazas, 21 atentados y 10 desplazamientos forzados.

Abencio Caicedo Caicedo y Edinson Valencia García, líderes de las comunidades afrocolombianas, fueron reportados como desaparecidos hace dos semanas en Buenaventura, al oeste del país. El jueves, el Sistema Integral para la Paz, creado tras la firma del acuerdo, hizo un llamado urgente para que sus vidas sean respetadas.

Las cifras sobre asesinatos de líderes sociales en Colombia varían, en dependencia de la fuente.

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha recibido información sobre 158 asesinatos de líderes sociales, de los cuales 53 han sido verificados, entre enero y septiembre.

Entretanto, el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz, una organización no gubernamental, reportó 162 asesinatos durante 2021.

9 diciembre 2021

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