Entrevista a Noam Chomsky: Qué futuro tiene la paz en el mundo

Los acontecimientos se suceden a un ritmo cada vez más acelerado. Ante una alarmante escalada de las tensiones en todo el mundo, nos dirigimos a nuestros pensadores y pensadoras más respetadas y conocidas para pedirles una evaluación honesta de la política exterior y militar de EE UU y que nos expliquen qué piensan y qué datos manejan en a actualidad. Sabemos que tienen algunas ideas para mejorar las perspectivas de paz.

Noam Chomsky no precisa ninguna presentación. Ha dedicado toda su vida a denunciar los abusos de poder y excesos del imperio estadounidense. A sus 92 años de edad, sigue implicándose activamente en el debate nacional. Por supuesto que nos sentimos honrados por el hecho de que se haya avenido a hablar con nosotros y compartir sus puntos de vista.

Las cuestiones planteadas en esta entrevista no son de naturaleza filosófica o abstracta. Se centran en las vicisitudes de la lucha por el poder a escala internacional que podemos contemplar en tiempo real. Abordan directamente el papel de EE UU en la escalada de tensiones y su capacidad para mitigarlas. Preguntamos también por la influencia que puede ejercer la ciudadanía común en las relaciones que tiene y tendrá EE UU con el resto del mundo.

Esto es lo que nos dijo Noam Chomsky.

El Bulletin of Atomic Scientists (BAS) ha puesto recientemente las manillas del reloj del fin del mundo en los 100 segundos antes de medianoche. La medianoche representa la guerra total, el probable holocausto nuclear. Nunca han estado tan cerca. ¿Estás de acuerdo con este funesto augurio?

Un augurio certero, por desgracia. Los analistas del BAS mencionan tres grandes amenazas crecientes: la guerra nuclear, la destrucción medioambiental y lo que algunas personas han llamado una infodemia, el fuerte declive del discurso racional, que es la única esperanza para afrontar las crisis existenciales.

Cada año de la presidencia de [Donald] Trump, el minutero se fue acercando a la medianoche. Hace dos años, los analistas dejaron los minutos y optaron por el segundero. Trump fue potenciando constantemente las tres amenazas. Vale la pena reflexionar sobre lo cerca que estuvo el mundo de una catástrofe indescriptible el pasado noviembre. Otros cuatro años de carrera de Trump hacia el abismo podría haber tenido consecuencias incalculables. Claro que sus acólitos no lo ven de esta manera, pero curiosamente cabe decir lo mismo de ciertos segmentos de la izquierda. De hecho, las letanías liberales sobre sus abusos también eluden en gran parte sus principales crímenes. Conviene tenerlo en cuenta cuando creemos que él mismo o algún clon suyo puede recuperar pronto las riendas del poder. También conviene tener en cuenta las advertencias de miles de científicos de que estamos acercándonos a puntos de no retorno en la destrucción ambiental. Podemos leer sobre todo esto en Aljazeera.

EE UU siempre se presenta como la principal fuerza del planeta que promueve la paz, la justicia, los derechos humanos, la igualdad racial, etc. Las encuestas nos indican que la mayoría de los demás países consideran en realidad que EE UU representa la mayor amenaza para la estabilidad. ¿Dónde piensas que está la verdad?

Incluso durante los años de Obama, los sondeos internacionales mostraron que la opinión mundial contemplaba a EE UU como la principal amenaza para la paz mundial, muy lejos de cualquier otro país. Esto no trascendió a la población estadounidense, aunque cualquiera podía acceder a estos datos a través de los medios extranjeros o de fuentes disidentes. Ocasionalmente de difunden ejemplos ilustrativos. Así, hubo alguna mención del reciente voto de Naciones Unidas por el que se condenaba las salvajes sanciones contra Cuba, que prácticamente constituyen un bloqueo: 180 contra 2 (EE UU e Israel). El New York Times descalificó el dato diciendo que los críticos de EE UU habían aprovechado para abrir la válvula de escape. Muy normal. Cuando aparecen artículos sobre lo desatinado que está el mundo, suele prevalecer la curiosidad por las enfermedades mentales que provocan esa incapacidad patológica de reconocer nuestra nobleza.

No hay nada nuevo con respecto a este posicionamiento. Es muy propio de las culturas imperiales. Incluso una figura tan extraordinaria como John Stuart Mill se extrañaba de que el mundo no entendiera que Gran Bretaña era una potencia angelical que se sacrificaba por el bien del mundo… en un momento en que su país estaba cometiendo uno de sus crímenes más horribles, como él sabía muy bien.

Una pregunta que nos lleva al dilema del huevo o la gallina: EE UU acusa a Rusia y a China de reforzar rápidamente su potencial militar y afirma que su propio posicionamiento y el incremento de su armamento son una respuesta a sus adversarios hostiles, Rusia y China. Tanto Rusia como China dicen que no hacen más que responder a la intimidación y las amenazas militares por parte de EE UU. ¿Qué opinas? ¿Tienen Rusia y China ambiciones imperiales o no hacen más que defenderse frente a lo que consideran un militarismo estadounidense cada vez más agresivo?

Pueden sernos útiles algunos datos básicos. De acuerdo con la principal organización de seguimiento internacional, el SIPRI, “el crecimiento del gasto [militar] total en 2020 estuvo muy influido por los patrones de gasto en EE UU y China. EE UU aumentó su gasto por tercer año consecutivo hasta alcanzar los 778.000 millones de dólares en 2020”, frente a China, que lo ha incrementado a 252.000 millones de dólares (y mucho menos si contemplamos el gasto per capita, claro). En cuarto lugar, detrás de India, viene Rusia: 61.700 millones.

EE UU es el único país que no se enfrenta a amenazas creíbles a su seguridad, aparte de las supuestas amenazas junto a las fronteras de sus adversarios, que están rodeados de misiles nucleares apostados en algunas de los 800 bases militares estadounidenses esparcidas por el mundo (China tiene una, en Yibuti). Ha habito intentos internacionales de evitar la militarización del espacio exterior, que constituiría una grave amenaza para la supervivencia. La iniciativa al respecto vino principalmente de China y Rusia, pero Washington la bloqueó durante muchos años.

El número de misiones de espionaje, vuelos de bombarderos nucleares y juegos de guerra cerca de las fronteras de Rusia ha aumentado enormemente a lo largo del año pasado. Lo mismo ha ocurrido en China. ¿Acaso todo esto no es más que un mero postureo geopolítico normal y corriente? ¿O se trata de una escalada peligrosa y de un nuevo rumbo ominoso del plan estratégico de EE UU? ¿Cuál es la justificación de lo que Rusia y China consideran provocaciones y actos agresivos, o incluso preparativos para una guerra?

Esto es muy peligroso. La planificación estratégica se ha reorientado para centrarse en la guerra con China y Rusia. Se han producido actos provocativos junto a sus fronteras, que ya están plagadas de armas ofensivas estadounidenses. China viola el derecho internacional en el mar de China Meridional, aunque EE UU, la única potencia marítima que no ha ratificado la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, no está legitimado para objetar. La respuesta correcta a las violaciones por parte de China no pasa por una peligrosa demostración de fuerza, sino por la diplomacia y la negociación, encabezadas por los países de la región afectados directamente. La mayor amenaza tiene que ver con Taiwán. También en este caso, una diplomacia sensata, en vez de provocaciones, puede evitar lo que sería un desastre.

En una democracia, la ciudadanía tiene, al menos en teoría, la posibilidad de influir en todos los asuntos políticos. Sin embargo, al final ninguna de las recientes campañas militares y guerras no declaradas parecen contar con el favor o apoyo popular. ¿Cuál es y cual debería ser el papel de la ciudadanía común a la hora de decidir la política exterior y las prioridades militares del país? ¿O habría que dejar estos asuntos en manos de los expertos?

De acuerdo con el artículo I de la Constitución [estadounidense], el Congreso es el único legitimado para declarar la guerra. Sin embargo, hace tiempo que esta disposición se encuentra en el fondo de la papelera, junto con las demás disposiciones molestas del documento que nos enseñan a reverenciar.

En una democracia plena, la ciudadanía debería tener la última palabra en los asuntos del Estado. No es nuestro caso. Y debería se una ciudadanía informada. No es nuestro caso. La primera guerra mundial es un ejemplo clásico. En 1916, [Woodrow] Wilson ganó las elecciones esgrimiendo el lema de “paz sin victoria”. Después lanzó una impresionante campaña de propaganda para inflamar a una población pacifista e infundirle el odio a todo lo alemán, acompañada de falsas noticias sobre atrocidades cometidas por los germanos, fabricadas por el Ministerio de Información británico; la visión orwelliana estaba viva y coleando mucho antes de Orwell. Fue todo un éxito. No fue el primer ejemplo, ni el último. La propaganda estatal sigue siendo sumamente eficaz, dondequiera que miremos, reforzada por los medios de comunicación leales y la clase intelectual.

Un ejemplo sorprendente, con importantes connotaciones, se ha conocido justo unas horas antes de que me sentara a escribir: “Más estadounidenses creen que Irán posee armas nucleares que los que piensan que las tiene Israel. Se sabe que Israel posee armas nucleares desde hace decenios (aunque no lo reconozca oficialmente) y no está demostrado que Irán las haya tenido jamás, pero la percepción del público estadounidense presume una realidad diferente: el 60,5 %, incluido el 70,6 % de los Republicanos y el 52,6 % de los Demócratas, dicen que Irán posee armas nucleares, frente al  51,7 % que dice que Israel las tiene, incluido el 51,7 % de los Republicanos y el 51,9 % de los Demócratas.”

Los logros de la propaganda incesante pueden ser pasmosos.

Una vez más, los medios ayudan de diversas maneras. Para citar un caso muy relevante, hace poco los editores del New York Times unieron virtualmente al mundo entero, incluido Irán, con el llamamiento a la creación de una zona libre de armas nucleares en Oriente Medio. Esto pondría fin a la supuesta amenaza del armamento nuclear iraní y reduciría radicalmente las graves tensiones regionales, que encierran un gran peligro. En la propuesta de los editores se omitió un detalle: Israel, la única potencia de la región que tiene armas nucleares. También se omitió el motivo por el que esta propuesta sumamente importante no se haya implementado: EE UU la bloquea, para asegurar que los copiosos armamentos israelíes no vayan a ser inspeccionados. De hecho, EE UU se niega a reconocer oficialmente que Israel cuenta con armas nucleares, pese a que no cabe ninguna duda de ello. Si lo hiciera, podría tener que aplicar la ley estadounidense y bloquear previsiblemente toda ayuda a Israel.

A la multitud no le conviene saber que sus vidas están amenazadas por mor de proteger las fechorías de Israel y la participación de EE UU en las mismas.

En relación con esto, a la ciudadanía y a la mayoría del Congreso se les oculta la verdad en relación con misiones especiales, operaciones cibernéticas, intervenciones para cambiar regímenes, todo ello realizado en nombre de la ciudadanía estadounidense. Los fondos que financian esta metástasis del mundo oscuro de sabotaje y terror en el resto del mundo también son un secreto. Actualmente se espía a fondo a ciudadanos y ciudadanas de EE UU, aquí mismo, en casa. ¿Cómo encaja cualquiera de estas cosas en “el país de los libres”? ¿Significa que aquello del gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no es más que una farsa?

Si dejamos que sea un timo. En el pasaje inicial de una de las primeras obras modernas importantes de ciencia política, un hombre sabio –David Hume– señaló que “el poder está en manos de los gobernados”. Siempre que opten por ejercerlo. Si se proponen tomar las riendas del Estados en sus propias manos dentro de una comunidad cooperativa, como pretendían la clase trabajadora y el campesinado de EE UU a finales del siglo XIX. Pero fueron aplastados por la violencia del Estado y del capital.

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15 septiembre 2021 |

 

Traducción: viento sur

Publicado enInternacional
Los cien años de una obra fundamental de Freud

El padre del psicoanálisis explicó en ese trabajo que toda psicología individual es también social porque el yo siempre tiene presente en sus pensamientos y acciones al otro. Osvaldo Delgado, Nora Merlin y Luis Sanfelippo debaten sobre su actualidad.

Sigmund Freud fue el hombre que puso en jaque el reinado de la razón como ordenadora del mundo que había impuesto la Modernidad, para plantear la idea de que los seres humanos no dominan todos sus actos de manera consciente. A esta premisa se la conoce como la tercera herida narcisista. Las dos primeras las constituyeron los descubrimientos de Copérnico y Charles Darwin. Uno por señalar que el hombre no era el centro del Universo. Y el otro por considerar que el ser humano es un animal más en la cadena del mundo natural. Si bien, a veces, se le cuestionó al padre del psicoanálisis que su teoría era individual, fue el propio Freud el que dejó claro en Psicología de las masas y análisis del yo que toda psicología individual es también social porque el yo siempre tiene presente en sus pensamientos y acciones al otro. Justamente en 2021, se cumplen 100 años de la publicación de este texto fundamental de la obra del gran psicoanalista austríaco, que significó una bisagra en varios aspectos. Entre ellos, el cruce entre psicoanálisis y política, justo cuando en Alemania comenzaba a ser protagonista Adolf Hitler con el surgimiento del Partido Nazi y cuando faltaban doce años para que el mayor asesino de la historia llegara al poder en tierra germana. Ahora bien: ¿Qué es una masa? ¿Cómo adquiere una influencia decisiva sobre el psiquismo individual del sujeto? Y a un siglo de que Freud estampara su pluma en el papel: ¿Cuál es la vigencia que tiene hoy en día un texto como Psicología de las masas y análisis del yo?

El legado

"Tiene una vigencia absoluta”, admite Osvaldo Delgado, referente ineludible del psicoanálisis en la Argentina y profesor titular de Psicoanálisis Freud de la Facultad de Psicología de la UBA, entre otros pergaminos. En Psicología de las masas, Freud dice que para conformar una masa no es imprescindible un líder. Que una idea negativa puede tener el mismo carácter aglutinante. “Por ejemplo, el odio”, expresa Delgado. “El odio puede tener un carácter unificador y constructor de toda una masa. Lo dice Freud, pero esto es hoy. La actualidad. El odio en esta época se ve en el resurgimiento de los partidos neonazis en nuestra Argentina, como los llamados 'libertarios', Milei, porque el odio tiene un carácter absolutamente punitivo”, subraya el doctor en Psicología. El odio, en términos de Aristóteles, a diferencia de otros sentimientos agresivos, es que el otro no exista. Esto lo dice Aristóteles en La Retórica. “Esto es de una importancia crucial en nuestra época”, explica Delgado. “En el capítulo XII Freud dice que el lazo amoroso tiene la misma estructura que el síntoma. Esto es muy importante porque el neoliberalismo triunfante odia la singularidad del sujeto. Por eso, la propensión totalitaria: el nazismo, el fascismo es el odio a lo singular. Lo singular no es el individualismo del neoliberalismo. Nada que ver lo singular con lo individual. Lo singular implica el respeto total y absoluto por lo propio de cada sujeto en su diferencia. Y el respeto y el amor por esa diferencia”, subraya el autor de Leyendo a Freud desde un diván lacaniano.

Otra prestigiosa psicoanalista, Nora Merlin, coincide con Delgado: "Tiene plena vigencia porque la masa es un modo totalitario de construir la vida o de construir lo común. Y la masa es el modo social paradigmático de esta expresión del discurso capitalista que es el neoliberalismo. La masa no es discursiva pero es un modo social caracterizado por la fascinación libidinal y por la producción de odio porque el odio va junto con la masa”. Merlin entiende que el odio es un modo que tiene la masa de tramitar las diferencias y que estamos en la época en que las corporaciones han tomado las formas de vida. “Pienso el neoliberalismo no sólo como un modelo económico sino como un dispositivo tanático, característico de la pulsión de muerte que va erosionando la vida en su conjunto. Entonces, las corporaciones mediáticas junto con las corporaciones de internet, de las tecnologías cibernéticas, las redes fueron ocupando el lugar del Ideal y desde ese lugar construyen la cultura de masas. Estimulan, alientan la cultura de masas. Entonces se obtiene un conjunto de individuos que están hipnotizados, que consumen, son odiadores seriales y se autoperciben libres y ciudadanos, cuando esta construcción de la masa nada tiene que ver con los principios democráticos. Es decir, no tiene que ver con la libertad, ni con la igualdad, ni con la fraternidad. Van en contra de la libertad porque no hay ninguna libertad en la masa. Hay obediencia inconsciente”, sostiene Merlin.

¿Lo primero es la familia?

Se pueden inferir tres tipos de masas: la efímera, las masas artificiales o altamente organizadas (Iglesia, Ejército) y una masa más estable o duradera, como la familia o incluso los partidos políticos. ¿Cuál de esas tres masas está hoy en crisis? "Podría tener múltiples respuestas porque, por un lado, uno podría decir, a la manera en que están descriptas en el texto, que todas podrían estar en crisis”, entiende el destacado historiador y psicoanalista Luis Sanfelippo. Se entiende: la Iglesia Católica y los Ejércitos nacionales no tienen la misma cantidad de fieles ni el mismo poder de convocatoria que tenían al principio del siglo XX. “Sin embargo, al mismo tiempo vivimos en una época donde hay multiplicación de Iglesias --sostiene el analista--. Entonces, hay muchas Iglesias. Por ejemplo, la multiplicación de iglesias evangélicas. Pero no solamente: también podría pensarse para el mundo árabe o para problemas en relación al judaísmo. No hay una Iglesia, pero sigue habiendo muchas Iglesias que agrupan, convocan, inciden en la política, intentan regular la moral y las costumbres”.

Para Sanfelippo lo mismo se puede decir de los Ejércitos. “Vivimos en una sociedad que sigue siendo fuertemente belicista. Hay ejércitos o intentos de solucionar por medios bélicos los conflictos sociales. Y si no, pensemos en lo que está pasando en Brasil, o lo que podría ser el discurso de Donald Trump cuando fue presidente. Uno puede pensar que, en algún modo, la Iglesia, el Ejército, las naciones o las familias están en crisis, pero al mismo tiempo no terminan de desaparecer. Más bien parecen organizadas de otra manera, con mayor diversidad, pero no desaparecen del todo”.

Sanfelippo piensa que es interesante el caso de “la familia”: “No es que la familia está en peligro. En todo caso, está siendo cuestionada como modelo único la familia moderna (papá, mamá e hijos), pero sin embargo, muchos colectivos siguen reivindicando la familia como un derecho y como algo buscado. Los movimientos gay de los ‘60 y ‘70 no reivindicaban la familia. Pero ahora eso sigue siendo considerado como un derecho. Está bien que el Estado lo reconozca como un derecho a tener una familia, pero no deja de mostrar, en ese punto, que esas masas de la estructura familiar, por ejemplo, en un sentido están en crisis y, en otro sentido, siguen estando fuertes. Fuertes habiendo transformado bastante su forma pero no habiendo renunciado a ocupar un lugar central como modo de sociabilidad de la mayoría de los seres humanos", dice Sanfelippo.

Merlin no cree que esté en crisis la masa sino “todo lo contrario”. “Pienso que tiene plena vigencia”, dice sin dudar. “Freud aporta un dispositivo para pensar un modo de construir lo común. Es decir, él ve que hay instituciones organizadas como masa o que hay culturas organizadas como masa”. La autora de Mentir y colonizar. Obediencia inconsciente y subjetividad neoliberal apunta que, por un lado, hay una caída de la autoridad paterna. Entonces, es posible que esté en decadencia la familia tradicional, “pero Freud está hablando de otro tipo de padre porque el padre de la familia, la función paterna, no es el padre de la horda, que es el líder de la masa”, subraya. “Yo creo que la categoría masa es un gran aporte de Freud para la teoría política porque algunos confunden masa y pueblo. Y no es lo mismo porque la masa es un dispositivo libidinal, es un dispositivo que es igual al de la hipnosis. En cambio, el pueblo está basado en la construcción de la voluntad popular, es democrático o amplía la categoría de la democracia. La masa no”, afirma Merlin.

Las masas del siglo XXI

Si se tiene en cuenta que la primera masa, la efímera, es irascible, espontánea, breve, sigue a un líder carismático y se disuelve sin éste, ¿es posible observar algo de esto en los movimientos anticuarentena y antivacunas a nivel mundial y local? "Puede ser”, dice Sanfelippo. “Igual, respecto de estos movimientos da la sensación de que, a veces, no son tan espontáneos ni efímeros sino que, al mismo tiempo, son organizados, a veces, por medios de comunicación o por nuevas tecnologías como las redes sociales que terminan siendo un soporte de la posibilidad del lazo y de la organización social pero, a veces, no es sólo que funciona como soporte sino como guía que conduce el descontento social en determinadas dimensiones. Entonces, en un punto me parece que no eran tan desorganizados ni tan espontáneos”, subraya el analista.

Para Merlin “es muy aplicable el concepto”. “Primero, en la parte social es la industria cultural, pero además están estos movimientos que se llaman ‘libertarios’ y coinciden en que son antivacuna, antisistema y finalmente van en contra de la democracia. Yo pienso esto de las masas cualquiera sea la expresión. Siempre es el mismo dispositivo: es el líder y la fascinación vía la identificación a la idealización. Entonces, el dispositivo se mantiene, cambia el fenómeno, pero Freud despeja la estructura a diferencia de los que lo preexistieron, que analizaban e interpretaban conductas”. Es que Freud excedía lo conductual y decía: "No, a mí me interesa el dispositivo". Y eso se mantiene en cualquier modalidad o expresión de la masa. “Yo creo que la masa es una patología democrática porque hay una causa que tiene que quedar abierta en el sujeto y en lo social que el líder de masa ya sea el padre de la horda, las empresas o las corporaciones te marcan el camino. Son estructuras morales, ni siquiera políticas”, completa Merlin. Y aclara que “morales” en el sentido de que dicen "Esto está bien, esto está mal". “Nos dicen lo que tenemos que comprar, a dónde tenemos que ir, son como GPS: te van orientando el camino de la vida de cómo se debe ser feliz”, cuestiona Merlin.

El gobierno mediático de las almas

En los últimos tiempos --sobre todo-- la Argentina fue testigo de comportamientos grupales en pandemia que no se verían en los comportamientos individuales de cada uno de sus integrantes. “Los medios de comunicación (no todos sino la mayoría) tratan de colectivizar de un modo alienante produciendo un efecto de hipnosis y colocando la pasión oscura, el odio en el núcleo mismo de lo que se hace”, explica Delgado. “En nuestro país sucedió algo no hace mucho tiempo que fueron las manifestaciones por la llamada ‘libertad’. En verdad lo que encubrían era pura pulsión de muerte porque eran en plena pandemia sin barbijo. Y ahora uno escuchó en plena campaña criticar al gobierno por las decisiones sanitarias como si hubieran sido decisiones no sanitarias, como si no hubiera existido el virus, la pandemia, como si hubieran sido decisiones stalinistas para tener a la gente metida en la casa sin salir y para controlar”, analiza Delgado. “Hay una acusación hacia los gobiernos que aplicaron medidas de cuarentena como si se hubiera tratado de una operación stalinista, cuando eran prácticas sanitarias para que la gente no se muera. Lo que uno escucha hoy cotidianamente de los medios de comunicación de masas es esto todo el tiempo: la crítica a ‘los que nos hicieron perder la libertad durante todo el tiempo de pandemia’. El horror del virus que mata es velado y pasa ser el horror el encierro de la cuarentena", analiza Delgado.

En líneas similares, Merlin destaca que los medios de comunicación corporativos en todo el mundo --no sólo en la Argentina-- están arengando una conducta de odio o de antisistema pero en el peor de los sentidos: antivacuna, anticuarentena, antigobierno. “Finalmente, antidemocracia”, dice la psicoanalista, sin dudar. “Y veo un ascenso de una nueva forma del fascismo, pero la estructura es la misma. También termina siendo otra cultura de masas, pero esto está muy estimulado por las grandes corporaciones que no les gustan los límites, no les gustan los Estados, no les gustan los cuidados. Están las dos cosas. También hay que marcar que el coronavirus no sólo fue estimulando este ascenso de estas formas del fascismo. También el coronavirus fue una experiencia pedagógica para los pueblos o para las sociedades en donde empieza a aparecer el cuidado como una categoría central. El cuidado de la propia vida, de la vida del otro, del planeta, de las democracias. Hay una actitud que vino para quedarse respecto del cuidado que no es sólo del Estado hacia lo social sino que hay un cuidado horizontal que va surgiendo. En ese sentido, los feminismos tuvieron mucha importancia en esto. El cuidado era una demanda que venían trayendo los feminismos diciendo que por qué tienen que ser solamente las mujeres las cuidadoras”. Y Merlin reconoce que hay algunos Estados, como el argentino actual, que se hicieron cargo de ese cuidado y escucharon la demanda, ocuparon ese lugar, “cosa que a estos ‘libertarios’ que están surgiendo no les gusta nada”. Entonces, junto con este ascenso violento que está surgiendo de los grupos antivacuna, también están surgiendo movimientos que son democráticos, que son horizontales, se podría decir de amor a lo común.

Sanfelippo recuerda que, al principio de la pandemia, aparecían, por un lado, ciertas escenas que podían dar alguna ilusión de comunidad. Y de acompañamiento: la gente salía a aplaudir a los médicos y trataba de cumplir con las medidas. “Apareció una idea que me parece importante como horizonte ideal, aunque sea muy difícil de sostener, que es la del cuidado”, dice, en sintonía con Merlin. En simultáneo, también aparecían actitudes microfascistas porque donde se veía a alguien de un asentamiento sin sus necesidades básicas satisfechas y que tenía que salir a trabajar tratando de buscar basura para poder generar un ingreso, aparecían denuncias y señalamientos. O al médico que salía a trabajar lo escrachaban y querían que se le impidiera el ingreso al edificio. “O sea, cómo de repente, el terror no sólo disuelve las masas, a veces hace masa. El miedo al contagio, el miedo a que uno pueda terminar enfermo terminaba aglutinando a personas para hacer una masa con el fin de excluir, discriminar, denunciar, perseguir a aquel que podría ser un peligro potencial para el resto del colectivo. Y eso me parece un fenómeno de masa donde la masa toma la forma no del colectivo que cuida sino del movimiento fascista que persigue al distinto y lo considera un peligro", concluye Sanfelippo.   

Por Oscar Ranzani

16 de septiembre de 2021

       

Publicado enCultura
Noam Chomsky en imagen de archivo.

Nueva York. Han pasado 20 años desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Con casi 3 mil muertos, fue el ataque más letal de la historia en suelo estadunidense y produjo dramáticas ramificaciones para los asuntos mundiales, así como alarmantes impactos en la sociedad del país. Quiero empezar por pedirle una reflexión sobre la supuesta reforma de la política exterior estadunidense en tiempos de George W Bush, como parte de la reacción de su gobierno al ascenso de Bin Laden y el fenómeno yihadista. En primer lugar, ¿había algo nuevo en la Doctrina Bush, o fue simplemente una codificación de lo que ya habíamos visto en la década de 1990 en Irak, Bosnia y Kosovo? En segundo, ¿la invasión de Afganistán encabezada por EU y la OTAN se ajustó al derecho internacional? Y en tercero, ¿Estados Unidos estuvo alguna vez comprometido con la construcción de una nación en Afganistán?

La reacción inmediata de Washington al 11-S fue invadir Afganistán. El retiro de tropas de tierra de ese país se programó para coincidir (virtualmente) con el 20 aniversario de la invasión. Ha habido una avalancha de comentarios sobre el aniversario del 11-S y la terminación de la guerra en el terreno. Es muy esclarecedor y significativo. Revela cómo la clase política percibe el curso de los acontecimientos, y nos aporta un trasfondo útil para considerar las cuestiones sustanciales de la Doctrina Bush. También ofrece alguna indicación sobre lo que probablemente venga después.

De la mayor importancia en este momento histórico serán las reflexiones sobre “el decididor”, como a él gustaba nombrarse. Y, de hecho, hubo una entrevista con George W. Bush cuando el retiro llegó a la etapa final, en el Washington Post, en la sección Estilo.

El artículo y la entrevista nos presentan a un amable abuelo bobalicón disfrutando del chacoteo con sus hijos, admirando los retratos que ha pintado de los grandes hombres que conoció en sus días de gloria. Hubo un comentario pasajero sobre sus hazañas en Afganistán y el episodio siguiente en Irak:

“Puede que Bush haya empezado la guerra de Irak sobre excusas falsas, pero por lo menos no inspiró una insurrección que convirtió el Capitolio de Estados Unidos en una zona de combate. Por lo menos hizo esfuerzos por distanciarse de los racistas y xenófobos de su partido, en vez de cultivar su apoyo. Al menos no llegó al extremo de llamar ‘malignos’ a sus adversarios domésticos. ‘Parece el Babe Ruth de los presidentes cuando se le compara con Trump’, dijo en una entrevista el senador demócrata por Nevada y ex líder de la mayoría en el Senado Harry M. Reid, en un tiempo némesis de Bush. ‘Ahora recuerdo a Bush con cierto grado de nostalgia, con cierto afecto, cosa que nunca creí que llegaría a ocurrir’”.

Muy abajo en la lista, merecedora de apenas una alusión incidental, está la matanza de cientos de miles, muchos millones de refugiados, extensa destrucción, un régimen de espantosas torturas, incitación de conflictos étnicos que desgarraron toda la nación y, como legado directo, dos de los países más empobrecidos de la Tierra.

Primero lo primero. No habló mal de otros estadunidenses

La sola entrevista con Bush capta bien la esencia del torrente de comentarios. Lo que importa somos nosotros. Hay muchos lamentos sobre el costo de estas aventuras: el costo para nosotros, es decir, que “ha rebasado 8 billones de dólares, según nuevas estimaciones del proyecto Costo de la Guerra de la Universidad Brown”, junto con vidas estadunidenses perdidas y alteración de nuestra frágil sociedad.

La próxima vez debemos tener más cuidado al evaluar los costos, y hacerlo mejor.

También ha habido bien justificados lamentos sobre el destino de las mujeres bajo el dominio del Talibán. En ocasiones los lamentos sin duda son sinceros, aunque surge una pregunta natural: por qué no se expresaron hace 30 años, cuando los favoritos de Estados Unidos, armados y sostenidos con entusiasmo por Washington, aterraban a las jóvenes de Kabul que no llevaban la vestimenta apropiada, lanzándoles ácido a la cara y cometiendo otros abusos.

Los avances en cuanto a derechos de las mujeres en las ciudades controladas por Rusia a finales de la década de 1980, y las amenazas que enfrentaron de las fuerzas islamitas radicales movilizadas por la CIA, fueron reportados en ese tiempo por Rasil Basu, distinguida feminista internacional que era representante de la ONU en Afganistán en esos años.

Basu reporta: “durante la ocupación (rusa), de hecho, las mujeres dieron pasos enormes: el analfabetismo disminuyó de 98 a 75 por ciento, y se les reconocieron derechos iguales a los hombres en las leyes civiles y en la Constitución. No quiere decir que hubiera completa igualdad de géneros. En los lugares de trabajo y las familias prevalecían relaciones patriarcales injustas; las mujeres ocupaban trabajos de bajo nivel, relacionados con su sexo. Pero los pasos que dieron en educación y empleo fueron muy impresionantes”.

Basu propuso artículos sobre estos temas a los principales diarios estadunidenses, así como a la revista feminista Ms. Magazine. Ninguno los admitió. Sin embargo, pudo publicar su informe en Asia: Asian Age, 3/12/2001.

Podemos aprender más sobre cómo los afganos en Kabul perciben los últimos tres años de la ocupación rusa y, lo que vino después, de otra fuente experta, Rodric Braithwaite, embajador británico en Moscú de 1988 a 1992 y entonces presidente del Comité Conjunto de Inteligencia, también autor de la obra académica más importante sobre los soviéticos en Afganistán.

Braithwaite visitó Kabul en 2008 y reportó sus hallazgos en el Financial Times de Londres: “en Afganistán hoy en día, se crean nuevos mitos, en los que la política occidental actual sale mal librada. En una visita reciente hablé con periodistas afganos, ex muyahidines, profesionales, personas que trabajan para la ‘coalición’… que naturalmente apoyan sus afirmaciones de que ha traído paz y reconstrucción. Expresan desprecio por el presidente Hamid Karzai (impuesto por Estados Unidos), a quien comparan con Shah Shujah, el títere británico instalado durante la primera guerra afgana. La mayoría prefería a Mohammad Najibullah, el último presidente comunista, quien intentó reconciliar a la nación dentro de un Estado islámico y fue masacrado por el Talibán en 1996: en las calles se venden devedés de sus discursos. Se afirma que las cosas iban mejor con los soviéticos: Kabul era una ciudad segura, las mujeres tenían empleo, los soviéticos construyeron fábricas, caminos, escuelas y hospitales, combatían con valentía en el terreno como verdaderos guerreros, en vez de matar mujeres y niños desde el aire. Ni siquiera los talibanes eran tan malos: eran buenos musulmanes, mantenían el orden y respetaban a las mujeres a su manera. Puede que esos mitos no reflejen la realidad histórica, pero sí dan cuenta de un profundo desencanto con la ‘coalición’ y sus políticas”.

Las políticas de la “coalición” fueron reveladas en la nota del corresponsal del New York Times Tim Weiner sobre la CIA. El objetivo era “matar soldados soviéticos”, declaró el jefe de estación de la agencia en Islamabad, dejando en claro que “la misión no era liberar Afganistán”.

Su entendimiento de las políticas que se le ordenó ejecutar está en total sintonía con los alardes de Zbigniew Brzezinski, consejero nacional de Seguridad del presidente James Carter, con respecto a su decisión de apoyar a los yihadistas radicales en 1979 para atraer a los rusos a Afganistán, y su placer sobre el resultado después de que cientos de miles de afganos murieron y gran parte del país fue devastada: “¿Qué es más importante en la historia mundial? ¿El Talibán o el colapso del imperio soviético? ¿Algunos musulmanes agitados o la liberación de Europa central y el fin de la guerra fría?”.

Observadores informados reconocieron pronto que los invasores rusos estaban ansiosos de retirarse sin dilación. El estudio de los archivos rusos realizado por el historiador David Gibbs resuelve cualquier duda al respecto. Pero era mucho más útil para Washington lanzar ardientes proclamas acerca de los terribles propósitos expansionistas de Rusia, que obligaban a Estados Unidos, para defenderse, a expandir, en gran medida, su propio dominio en la región, por medio de la violencia si era necesario (la Doctrina Carter, precursora de la Doctrina Bush).

El retiro de los rusos dejó un gobierno relativamente popular encabezado por Najibullah, con un ejército funcional que fue capaz de sostenerse durante varios años, hasta que los islamitas radicales apoyados por Estados Unidos tomaron el poder e instituyeron un reinado de terror tan extremo, que los talibanes fueron bien recibidos cuando invadieron e impusieron su propio régimen de mano dura. Se mantuvieron en términos aceptables con Washington hasta el 11-S.

Volviendo al presente, en verdad debemos preocuparnos por el destino de las mujeres y con el retorno del Talibán al poder. Para quienes tienen un interés sincero por diseñar políticas que puedan beneficiarlos, no viene mal un poco de memoria histórica.

El Talibán ha prometido no albergar terroristas, pero ¿cómo creerles, advierten comentaristas, cuando esta promesa viene aparejada con la escandalosa afirmación de su vocero Zabihullah Mujahid de que “no hay pruebas” de que Bin Laden fuera responsable de los ataques del 11-S?

Hay un problema con el ridículo general que ha causado esta chocante afirmación. Lo que Mujahid dijo en verdad fue preciso y mucho más digno de atención. En sus palabras, “cuando Osama Bin Laden se volvió importante para Estados Unidos, estaba en Afganistán. Aunque no había prueba de que estuviera involucrado” en el 11-S.

Veamos. En junio de 2002, ocho meses después del 11-S, el entonces director de la FBI, Robert Mueller, hizo su presentación más extensa a los medios nacionales acerca de los resultados de lo que probablemente fue la investigación más intensiva de la historia. En sus palabras, los “investigadores creen en la idea de que los ataques del 11 de septiembre al World Trade Center y el Pentágono vinieron de los líderes de Al Qaeda en Afganistán”, aunque el plan y el financiamiento en apariencia apuntaban hacia Alemania y Emiratos Árabes Unidos. “Creemos que las mentes maestras estaban en Afganistán, muy arriba, en la dirigencia de Al Qaeda”.

Lo que afloró en junio de 2002 no podía saberse ocho meses antes, cuando Estados Unidos invadió. El indignante comentario de Mujahid era preciso. El ridículo es otro ejemplo de amnesia conveniente. Teniendo en mente el comentario de Mujahid, junto con la confirmación de Mueller, podemos avanzar hacia el entendimiento de la Doctrina Bush.

Para hacerlo, podríamos escuchar las voces afganas. Una de las más respetadas era la de Abdul Haq, la principal figura en la resistencia afgana al Talibán y ex líder de la resistencia muyahidín apoyada por Estados Unidos a la invasión rusa. Unas semanas después de la invasión estadunidense, tuvo una entrevista con el académico Anatol Lieven, especialista en Asia.

Abdul Haq condenó con amargura la invasión estadunidense, la cual, reconoció, causó la muerte de muchos afganos y minó los esfuerzos que se hacían desde adentro para derrocar al Talibán. Afirmó: “Estados Unidos trata de mostrar su fuerza, apuntarse una victoria y espantar a todo el mundo. No le importa el sufrimiento de los afganos ni cuánta gente perderemos”.

Abdul Haq no estaba sólo en esta opinión. Una reunión de mil líderes tribales, en octubre de ese año, exigió de manera unánime poner fin al bombardeo, el cual, declararon, apuntaba a “gente inocente”.

Todo se hizo público en su momento, todo fue ignorado por considerarlo irrelevante, todo quedó en el olvido. Las opiniones de los afganos no nos interesan cuando invadimos y ocupamos su país.

La percepción de la resistencia afgana al Talibán no estaba lejos de la postura del presidente Bush y su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Ambos desecharon iniciativas del Talibán de enviar a Bin Laden para ser juzgado en el extranjero, pese a la negativa de Washington de presentar evidencia (con la que no contaba). Al final, rechazaron las ofertas de rendición del Talibán. Como dijo el entonces presidente, “cuando dije que nada de negociaciones, era nada de negociaciones” (NYT, 15/10/2001). “No negociamos rendiciones”, añadió Rumsfeld. Vamos a mostrar nuestra fuerza y a espantar a todo el mundo.

El pronunciamiento imperial en ese tiempo era que quienes albergan terroristas eran tan culpables como los terroristas mismos. La perturbadora audacia de esa proclamación pasó casi inadvertida. No vinos acompañada de un llamado a bombardear Washington, como obviamente implicaba. Incluso haciendo a un lado a los terroristas de clase mundial ubicados en altos cargos, Estados Unidos alberga y es cómplice de terroristas al menudeo que cometen actos tales como volar aviones comerciales cubanos y dar muerte a muchas personas, como parte de la guerra terrorista estadunidense contra Cuba.

Muy aparte de ese escándalo, vale la pena señalar lo indecible: Estados Unidos no tenía acusaciones contra el Talibán. Ninguna, ni antes del 11-S ni después. Antes del 11-S, Washington no pidió la extradición de Bin Laden, y estaba en términos bastante buenos con el Talibán. Después del 11-S demandó la extradición (sin el menor intento de aportar la evidencia requerida) y, cuando el Talibán accedió, Washington rechazó las ofertas: “no negociamos rendiciones”. La invasión no fue sólo una violación del derecho internacional, preocupación tan marginal para Washington como la resistencia afgana al Talibán, sino que tampoco tenía un pretexto creíble sobre ninguna base. Pura criminalidad.

Además, hoy existe amplia evidencia que muestra que Afganistán y Al Qaeda no eran de mucho interés para el triunvirato Bush-Cheney-Rumsfeld, el cual tenía la mira puesta en una presa mucho mayor que Afganistán. Irak sería el primer paso, después la región entera.

Esa es la Doctrina Bush. Dominar la región, dominar el mundo, mostrar nuestra fuerza para que el mundo sepa que “lo que decimos va”, como lo expresó Bush.

Nada revela con más claridad los valores reinantes que la forma en que se llevó a cabo el retiro de tropas. La población afgana apenas si entró en consideración. Los “decididores” imperiales no se molestaron en preguntar qué podrían querer los habitantes de las zonas rurales de esta sociedad abrumadoramente rural, donde el Talibán vive y de donde obtiene su apoyo, quizás a regañadientes, como la mejor de las malas opciones. Antes un movimiento pastún, el “nuevo Talibán” evidentemente tiene una base mucho más amplia. Esto se reveló en forma dramática con el rápido colapso de sus antiguos enemigos, el cruel señor de la guerra Abdul Rashid Dostum, junto con Ismail Khan, lo que llevó a otros grupos étnicos a la red del Talibán.

También hay fuerzas de paz afganas a las que no habría que desechar sumariamente. ¿Qué querría la población afgana si se le diera a escoger? ¿Tal vez hubiera llegado a ajustes locales si se le hubiera dado tiempo antes de un retiro precipitado? Cualesquier posibilidades que pudieron existir, no parecen haberse considerado.

Como era de preverse, el más profundo desprecio por los afganos fue alcanzado por Trump. En su acuerdo unilateral de retiro con el Talibán, en febrero de 2020, ni siquiera se molestó en consultar con el gobierno afgano oficial.

Trump programó el retiro para el principio de la temporada de combates de verano, lo que redujo la esperanza de algún tipo de preparativos. Biden mejoró un poco los términos, pero no lo suficiente para prevenir la debacle que se anticipaba. Luego vino la reacción predecible de la cada vez más desvergonzada dirigencia republicana. Apenas lograron retirar de su página web sus efusivos tributos al “histórico acuerdo de paz de Trump” a tiempo para denunciar a Biden y llamar a procesarlo judicialmente por promover una versión mejorada de la ignominiosa traición de Trump.

Entre tanto, los afganos son dejados de lado una vez más

Volviendo a la cuestión original, tal vez la Doctrina Bush se formuló en términos más crudos de lo usual, pero no es nueva. La invasión violó el derecho internacional (y el artículo VI de la Constitución de Estados Unidos), pero el equipo legal de Bush había decidido que esa sensiblería era “pintoresca” y “obsoleta”, una vez más sin más novedad que su descarado desafío. En cuanto a “construir una nación”, una forma de medir el compromiso con este objetivo es preguntar qué porción de los billones de dólares gastados se destinó a la población afgana, y qué porción al sistema militar estadunidense y sus mercenarios (“contratistas”), junto con la cloaca de corrupción en Kabul y los señores de la guerra que Estados Unidos colocó en el poder.

Al principio me referí al 11-S-2001, no sólo al 11-S. Hay buena razón. El que llamamos 11-S fue el segundo 11-S. El primer 11-S fue mucho más destructivo y brutal según cualquier medida razonable: 11-S-1973. Para ver por qué, consideremos los equivalentes per cápita, la medida correcta. Supongamos que en el 11-S-2001 hubieran muerto 30 mil personas, que 500 mil hubieran sufrido crueles torturas, el gobierno hubiera sido derrocado y se hubiera instalado una brutal dictadura. Eso hubiera sido peor que lo que llamamos 11-S.

Eso ocurrió. No lo ha deplorado el gobierno estadunidense, ni el capital privado, ni las instituciones financieras internacionales que Estados Unidos controla en gran parte, ni las figuras más importantes del “libertarismo”. Más bien fue exaltado y obtuvo enorme respaldo. Los perpetradores, como Henry Kissinger, han recibido grandes honores. Supongo que Bin Laden es alabado entre los yihadistas.

Todos deben reconocer que me refiero a Chile, el 11-S-1973

Otro tema que podría inspirar reflexión es la noción de las “guerras eternas”, que al final se ha puesto a descansar con el retiro de Afganistán. Desde la perspectiva de las víctimas, ¿cuándo empezaron las guerras eternas? Para Estados Unidos, comenzaron en 1783. Cuando el yugo británico fue retirado, la nueva nación fue libre para invadir el “país indígena”, de atacar a las naciones originarias con campañas de matanzas, terror, limpieza étnica, violación de tratados, todo en escala masiva, mientras se adueñaba de la mitad de México y luego de gran parte del mundo. Una visión a más largo plazo remonta nuestras guerras eternas a 1492, como afirma el historiador Walter Hixson.

Desde el punto de vista de las víctimas, la historia se ve diferente que desde el que tienen el arma máxima y sus descendientes.

–Sabiendo que el régimen de Saddam Hussein nada tuvo que ver con los ataques terroristas del 11-S, no poseía armas de destrucción masiva y, por consiguiente, no representaba una amenaza a Estados Unidos, ¿por qué Bush invadió Irak, lo que dejó cientos de miles de iraquíes muertos y pudo haber costado más de 3 billones de dólares?

–El 11-S proporcionó la ocasión para la invasión de Irak que, a diferencia de Afganistán, es un verdadero premio: un Estado petrolero en el corazón mismo de la principal región productora de petróleo en el mundo. Mientras las Torres Gemelas aún humeaban, Rumsfeld decía a su equipo que era tiempo de “ir en masa… barrer con todo, esté relacionado o no”, incluyendo Irak. Pronto los objetivos se volvieron mucho más expansivos. Bush y socios dejaron muy en claro que Bin Laden era caza menor, de poco interés.

El equipo legal de Bush determinó que la Carta de Naciones Unidas, que explícitamente prohíbe las guerras preventivas, en realidad las autoriza, con lo cual formalizó lo que desde hacía mucho era doctrina operativa. La razón oficial de la guerra fue la “simple cuestión” de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. Cuando el asunto recibió la respuesta equivocada, la razón de la agresión cambió de inmediato a “promover la democracia”, un transparente cuento de hadas que fue deglutido con entusiasmo por las clases educadas.

–¿Cuáles fueron las verdaderas razones para enfrentar Muammar Kadafi en Libia, líder de un “Estado rufián” que desde hacía mucho tiempo había dejado de serlo?

–La intervención en Libia fue iniciada por Francia, en parte en reacción a la postura humanitaria de algunos intelectuales franceses, supongo que en cierta medida (no tenemos mucha evidencia) para apoyar el esfuerzo francés de sostener su dominio imperial en el África francófona. Gran Bretaña se unió. Luego Obama y Clinton las secundaron, “liderando desde atrás”, como se supone que dijo un funcionario de la Casa Blanca. Cuando las fuerzas de Kadafi convergían en Bengazi, hubo fuertes gritos de que se avecinaba un genocidio, lo cual condujo a una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que imponía una zona de exclusión aérea y llamaba a negociaciones. En mi opinión fue razonable; había preocupaciones legítimas. La Unión Africana propuso un cese del fuego con negociaciones sobre reformas con los rebeldes de Bengazi. Kadafi lo aceptó, los rebeldes se negaron.

En ese punto, la coalición Francia-GB-EU decidió violar la resolución del Consejo de Seguridad que habían promovido y se convirtieron, de hecho, en la fuerza aérea de los rebeldes. Eso permitió a éstos avanzar en el terreno y, finalmente capturar y asesinar con sadismo a Kadafi. A Hillary Clinton le pareció muy divertido, y en tono de broma dijo a los medios: “fuimos, vimos, murió”.

Después el país se colapsó en un caos total, con un número creciente de matanzas y otras atrocidades. También condujo a un flujo de yihadistas y armas hacia otras partes de África, donde agitaron desastres importantes. La intervención se extendió hacia Rusia y Turquía, y a las dictaduras árabes, sosteniendo a grupos en pugna. Todo el episodio ha sido una catástrofe para Libia y gran parte de África occidental. No se han registrado declaraciones de Clinton, hasta donde sé, acerca de si también esto le parece divertido.

Libia era un productor importante de petróleo. Es difícil dudar que eso fuera un factor en las diversas intervenciones, pero, a falta de documentos internos, poco se puede decir con confianza.

–Dos preguntas relacionadas entre sí: primera, ¿cree usted que la fallida guerra al terror producirá nuevas lecciones para los futuros encargados de las decisiones de política exterior en Estados Unidos? Y segunda: ¿este fracaso revela algo acerca de la supremacía estadunidense en los asuntos mundiales?

–El fracaso es a los ojos del espectador. Recordemos primero que Bush II no declaró la Guerra Global al Terror (GGT). Él la volvió a declarar. Fueron Reagan y su secretario de Estado, George Schultz, quienes llegaron al poder declarando la guerra, una campaña para destruir “el flagelo maligno del terrorismo”, en particular el terrorismo internacional apoyado por Estados, una “plaga propagada por depravados enemigos de la civilización misma (en un) retorno a la barbarie en la edad moderna”.

La GGT se transformó pronto en una enorme guerra terrorista dirigida o apoyada por Washington, concentrada en Centroamérica, pero que se extendió a Medio Oriente, África y Asia. La GGT condujo incluso a un juicio de la Corte Penal Internacional que condenó al gobierno de Reagan por el “uso ilegal de la fuerza” –es decir, terrorismo internacional– y ordenó a Estados Unidos pagar sustanciales reparaciones por sus crímenes.

Por supuesto, Estados Unidos desechó todo esto y aceleró el “uso ilegal de la fuerza”. Fue muy apropiado, explicaron los editores del New York Times. La Corte Mundial era un “foro hostil”, como lo probaba el hecho de que condenara a Estados Unidos, que no tenía culpa alguna. Unos años antes había sido un modelo de probidad, cuando se alineó con Estados Unidos en un caso contra Irán.

Luego Estados Unidos vetó una resolución del Consejo de Seguridad que llamaba a todos los estados a observar el derecho internacional sin mencionar a nadie, aunque estaba clara la intención.

Pero declaramos solemnemente que los Estados que albergan terroristas son tan culpables como los terroristas mismos. Así pues, la invasión de Afganistán fue correcta y justa, aunque mal concebida

y demasiado costosa. Para nosotros. ¿Fue un fracaso para los objetivos imperiales estadunidenses? En algunos casos, sí. La renovación de la GGT por Bush no ha tenido un éxito similar. Cuando Estados Unidos invadió Afganistán, la base del terrorismo radical islámico estaba confinada en su mayor parte a un rincón de Afganistán. Ahora está en todo el mundo. La devastación de gran parte de Asia central y Medio Oriente no ha incrementado el poder estadunidense.

Dudo que haya tenido mucho impacto en la supremacía global del país, que sigue siendo abrumadora. En la dimensión militar, Estados Unidos está solo. Su gasto militar empequeñece a los rivales: 778 mil millones de dólares en 2020, en comparación con 252 mil millones de China y 62 mil millones de Rusia. También su fuerza militar es la más avanzada tecnológicamente. La seguridad del país no tiene rival. Las supuestas amenazas están en las fronteras de enemigos, que están rodeadas de misiles nucleares en algunas de las 800 bases militares estadunidenses en el mundo.

El poder también tiene dimensiones económicas. En el apogeo del poderío estadunidense después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos poseía quizá 40 por ciento de la riqueza global, preponderancia que ha declinado inevitablemente. Pero, como ha observado el economista Sean Starrs, en el mundo de la globalización neoliberal, las cuentas nacionales no son la única medida del poder económico. Su investigación muestra que las trasnacionales basadas en Estados Unidos controlan unasombroso 50 por ciento de la riqueza global y son las primeras (a veces las segundas) en casi todos los sectores.

Otra dimensión es el “poder suave”. En esto la nación ha decaído, desde mucho antes de los duros golpes de Trump a la reputación nacional. Incluso con Clinton, destacados científicos políticos reconocían que la mayor parte del mundo consideraba a Estados Unidos el “primer Estado rufián” “la amenaza externa más grande a sus sociedades” (Samuel Huntington y Robert Jervis, respectivamente). En los años de Obama, encuestas internacionales encontraron que se consideraba a este país la mayor amenaza a la paz mundial, sin ningún contendiente siquiera cercano.

Los líderes estadunidenses pueden continuar saboteando a la nación, si lo desean, pero su enorme poder y ventajas sin paralelo hacen de ello una dura tarea, incluso para la bola de demolición de Trump.

–¿Podría comentar sobre el impacto de la guerra al terror sobre la democracia y los derechos humanos dentro del país?

–El tema ha sido bien cubierto, así que no se requiere comentar mucho. Otra ilustración acaba de aparecer en la Reseña de la Semana del New York Times, el elocuente testimonio de un valeroso agente de la FBI que estaba tan desilusionado de su tarea de “destruir personas” (musulmanas) en la “guerra al terror”, que decidió filtrar documentos que exhibían los crímenes e ir a prisión. Esa suerte aguarda a quienes exponen crímenes del Estado, no a los perpetradores, que son respetados y queridos, como el abuelo bobalicón.

Por supuesto, ha habido un serio ataque a las libertades civiles y los derechos humanos, en algunos casos extremadamente indecible, como en Guantánamo, donde los prisioneros torturados aún languidecen después de muchos años sin cargos o porque la tortura fue tan espantosa que los jueces se niegan a permitirles ir a juicio. Por ahora se concede que “los peores de los peores”, como se les llamó, eran en su mayoría testigos inocentes.

Dentro del país, se ha establecido el marco de un Estado vigilante, dotado de un poder absolutamente ilegítimo. Las víctimas, como siempre, son los más vulnerables, pero otros podrían reflexionar sobre la famosa proclama del pastor Martin Niemöller sobre el régimen nazi.

Traducción: Jorge Anaya.

Publicado originalmente en Truthout y ofrecido a La Jornada por el autor

Publicado enInternacional
Fabio Mejía Botero, Tras las columnas, fotografía (Cortesía del autor)

“Este fallo es de importancia trascendental para las víctimas en Colombia, porque el Tribunal, quienes lo conforman y sus sentencias, tienen reconocimiento a nivel mundial. A través de los testimonios directos de nosotras las víctimas, se evidencian las practicas sistemáticas de represión utilizadas por el Estado desde sus fuerzas militares, organismos de seguridad en connivencia con grupos paramilitares, en la continuidad de mecanismos atroces: desaparición forzada, tortura, masacres como las de Mapiripán, Puerto Alvira, El Planchón de Oriente, San Carlos de Guaroa, Masacre de Mesetas (en el Meta), ejecuciones extrajudiciales, la eliminación de expresiones alternativas, movimientos campesinos (Sintragrim, en el exilio), movimientos políticos como la Unión Nacional de Oposición –UNO–, el Frente Democrático –FD–, la Unión Patriótica –UP–, el Partido Comunista Colombiano. Dirigentes hombres y mujeres, seres amados, que fueron eliminados físicamente, desplazados forzadamente, despojados de su patrimonio y desarraigados de su territorio e identidad”.


Así resume y enfatiza Vilma Gutiérrez Méndez, vocera del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado –Movice–, capítulo Meta, la importancia de que el Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP) haya sesionado en marzo pasado en Colombia, cuyo fallo, aunque simbólico marca pautas fundamentales en la lucha contra la impunidad y la valoración de las víctimas de crimenes de Estado. Esta mujer encarna, precisamente, en la memoria viva de su proyecto de vida, la materialización de las prácticas genocidas y silenciadoras utilizadas por el Estado:


El Tribunal

Como escenario de justicia popular, desde su concepción, el TPP se convirtió en un espacio jurídico esencial que sin tener un carácter vinculante, posiciona la responsabilidad de los gobiernos por su participación en graves crímenes contra los pueblos, tanto por acción como por omisión.


El fallo de la sesión 48° del TPP, llevada a cabo en Colombia, trae consideraciones esenciales como reconocer que en este país ha existido un genocidio continuado, sostenido en el tiempo y orientado al exterminio de grupos específicos de carácter étnico, político o social, que no tienen cabida en la concepción del modelo de Estado-Nación.


Como se menciona en la sentencia, han orientado la acción de las fuerzas del Estado y de los grupos paramilitares hacia el reordenamiento social a través del terror, intentando eliminar percepciones de identidad, formas de militancia, estructuras de sentido, modos de organización, tradiciones, entre otras, que se reconozcan contrarias al establecimiento; las víctimas de crímenes de Estado son actores protagónicas al encarnar esta persecución y al recibir todo el impacto de esta violencia sociopolítica individual y colectiva.


Las doctrinas militares y estrategias de seguridad basadas en la existencia de un enemigo interno*, como menciona la sentencia, contraponen la distinción básica del derecho internacional humanitario, pero además dan cuenta de un Estado que modela como opositor, opositora u objeto de exterminio, a quien cuestione, proteste o genere resistencias al modelo político hegemónico, las clases dominantes o la estructura de desigualdad que predomina.

El significado del fallo para las víctimas de crímenes de Estado

Menguar la capacidad organizativa de individuos y colectivos que se contraponen al modelo hegemónico del establecimiento y debilitar su voluntad política y capacidad transformadora quebrantando su tejido social, a través del “castigo ejemplarizante” y del sostenimiento del terror en el tiempo, son algunos de los objetivos que encarna el genocidio político y que el fallo argumenta de manera juiciosa.

Por eso son precisamente las víctimas de crímenes de Estado a quienes la sentencia del TPP más reivindica, otorgando veracidad, dignidad y completa legitimidad a lo que históricamente han denunciado: que en Colombia el Estado construyó un sistema sofisticado de exterminio y terror dirigido hacia los grupos sociales, políticos, culturales, que interpelan su modelo inequitativo de sociedad.

Enunciar que el fallo del TPP tiene prevalencia simbólica al evidenciar que no tiene carácter vinculante, no va en desmedro de la fuerza restauradora y reparadora que la sentencia tiene para las víctimas. No es un hecho menor que esta misma potencia del fallo posibilite restaurar la memoria histórica construida desde el relato hegemónico y negacionista, permitiendo que emerjan las narrativas silenciadas de las víctimas de crímenes de Estado.


En ese sentido, la sentencia del fallo tiene efectos reparadores porque moviliza una memoria colectiva que le exige a la sociedad y al Estado colombiano que se nombre a las personas olvidadas. Trae a la remembranza la lucha de quienes fueron estigmatizados, señalados, asesinados, torturados, desaparecidos y constreñidos al desvanecimiento de su accionar político, sólo por el hecho de disentir e interpelar al Estado.

Memoria de dolor, de resistencia y de superación


A Vilma Gutiérrez, en el año 1984, en plena gestación de la UP en la ciudad de Villavicencio, los paramilitares le asesinaron a su compañero y padre de sus hijos, por pertenecer a una organización gremial de izquierda, ser militante del Partido Comunista Colombiano y candidato a la Asamblea del Departamento del Meta por el FD.


Vilma, como víctima del genocidio de la UP, es una voz autorizada para evidenciar la lucha histórica de las víctimas de crímenes de Estado, por visibilizar no sólo la existencia del genocidio político como práctica de terror sistemática y continuada sino, además, por denunciar cómo este sistema de exterminio se orienta hacia la eliminación invidividual y colectiva de proyectos políticos identificados por el Estado como ‘enemigos’. Por eso Vilma argumenta que: aunque la sentencia del Tribunal es de opinión y no penal, sus recomendaciones son una ruta para emprender procesos investigativos, de juzgamiento y condenatorios en otros escenarios internacionales como la Corte Penal Internacional. Posibilita que las comunidades puedan decidir autónomamente sus propios modelos de justicia y no los ordinarios articulados históricamente al establecimiento gubernamental y que perpetúan la impunidad.


Enfatizando en que el punto cinco (5) del Acuerdo de Paz, que posiciona la centralidad de las víctimas y que para su favorecimiento se crea el Sistema Integral para la Paz, Vilma menciona que el fallo además: “nos servirá para la participación activa y de incidencia de las víctimas en el Sivjrnr. En la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad –CEV–, para el reconocimiento de esas causas estructurales (modelo de desarrollo económico, doctrina de seguridad nacional, construcción del enemigo interno, desmonte de estructuras paramilitares, reconocimiento de responsabilidades por acción u omisión del Estado y de otros actores), que permitan una transformación real de costumbres políticas, económicas y sociales. En la Jurisdicción Especial para la Paz –JEP– es necesaria la participación e incidencia de las víctimas como un derecho a la justicia, donde se investigue, procese y se condene a los responsables permitiendo que exista una reparación integral que satisfaga la necesidad de sanar y de emprender caminos de convivencia y reconciliación. Por eso las víctimas seguimos firmes en defender y exigir al Estado y gobierno colombiano, la implementación de los Acuerdos pactados en noviembre de 2016, especialmente aquellos integrados en el Sistema Integral para la Paz”.


La historia de Vilma es el reflejo de la lucha continuada de las víctimas de crímenes de Estado por visibilizar la responsabilidad del Estado en la materialización de la violencia sociopolítica y la violencia continuada. Por lo que este fallo responde a la lucha contra la impunidad, desde la creación de un lugar para la enunciación, la escucha, la visibilización y la sanción simbólica. Esto es, propiciar escenarios de autorreflexión crítica de nuestra historia, orientados hacia el desmonte de la narrativa negacionista y la dignificación de las víctimas.

El fallo como herramienta pedagógica

En el marco de ese objetivo de desmonte de la narrativa negacionista del Estado colombiano sobre el genocidio político continuado y sostenido en el tiempo, el fallo del TPP se convierte para las víctimas en una herramienta pedagógica de cara a la sociedad colombiana para visibilizar los horrores de la violencia, pero también para aportar en la construcción de una narrativa de las memorias silenciadas.


La deconstrucción de los tejidos de las violencias y el aporte a la consolidación de procesos narrativos de liberación es una posibilidad pedagógica y reparadora que tiene el fallo y que permitirá difundir la verdad y hacer de ella un bien público para la sociedad colombiana.

Esta sentencia, por tanto, se convierte en una herramienta para nuestros pueblos, en una oportunidad de visibilizar los relatos de la atrocidad de la violencia estatal del pasado y del presente, apuntando a que realmente exista justicia y garantías de no repetición para las víctimas y para el país entero.

 

* Tribunal Permanente de los Pueblos. Sesión sobre Genocidio político, impunidad y los crímenes contra la paz en Colombia. Bucaramanga, Bogotá y Medellín, 25-27 de marzo de 2021, p. 111.

 

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Fabio Mejía Botero, Tras las columnas, fotografía (Cortesía del autor)

“Este fallo es de importancia trascendental para las víctimas en Colombia, porque el Tribunal, quienes lo conforman y sus sentencias, tienen reconocimiento a nivel mundial. A través de los testimonios directos de nosotras las víctimas, se evidencian las practicas sistemáticas de represión utilizadas por el Estado desde sus fuerzas militares, organismos de seguridad en connivencia con grupos paramilitares, en la continuidad de mecanismos atroces: desaparición forzada, tortura, masacres como las de Mapiripán, Puerto Alvira, El Planchón de Oriente, San Carlos de Guaroa, Masacre de Mesetas (en el Meta), ejecuciones extrajudiciales, la eliminación de expresiones alternativas, movimientos campesinos (Sintragrim, en el exilio), movimientos políticos como la Unión Nacional de Oposición –UNO–, el Frente Democrático –FD–, la Unión Patriótica –UP–, el Partido Comunista Colombiano. Dirigentes hombres y mujeres, seres amados, que fueron eliminados físicamente, desplazados forzadamente, despojados de su patrimonio y desarraigados de su territorio e identidad”.


Así resume y enfatiza Vilma Gutiérrez Méndez, vocera del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado –Movice–, capítulo Meta, la importancia de que el Tribunal Permanente de los Pueblos (TPP) haya sesionado en marzo pasado en Colombia, cuyo fallo, aunque simbólico marca pautas fundamentales en la lucha contra la impunidad y la valoración de las víctimas de crimenes de Estado. Esta mujer encarna, precisamente, en la memoria viva de su proyecto de vida, la materialización de las prácticas genocidas y silenciadoras utilizadas por el Estado:


El Tribunal

Como escenario de justicia popular, desde su concepción, el TPP se convirtió en un espacio jurídico esencial que sin tener un carácter vinculante, posiciona la responsabilidad de los gobiernos por su participación en graves crímenes contra los pueblos, tanto por acción como por omisión.


El fallo de la sesión 48° del TPP, llevada a cabo en Colombia, trae consideraciones esenciales como reconocer que en este país ha existido un genocidio continuado, sostenido en el tiempo y orientado al exterminio de grupos específicos de carácter étnico, político o social, que no tienen cabida en la concepción del modelo de Estado-Nación.


Como se menciona en la sentencia, han orientado la acción de las fuerzas del Estado y de los grupos paramilitares hacia el reordenamiento social a través del terror, intentando eliminar percepciones de identidad, formas de militancia, estructuras de sentido, modos de organización, tradiciones, entre otras, que se reconozcan contrarias al establecimiento; las víctimas de crímenes de Estado son actores protagónicas al encarnar esta persecución y al recibir todo el impacto de esta violencia sociopolítica individual y colectiva.


Las doctrinas militares y estrategias de seguridad basadas en la existencia de un enemigo interno*, como menciona la sentencia, contraponen la distinción básica del derecho internacional humanitario, pero además dan cuenta de un Estado que modela como opositor, opositora u objeto de exterminio, a quien cuestione, proteste o genere resistencias al modelo político hegemónico, las clases dominantes o la estructura de desigualdad que predomina.

El significado del fallo para las víctimas de crímenes de Estado

Menguar la capacidad organizativa de individuos y colectivos que se contraponen al modelo hegemónico del establecimiento y debilitar su voluntad política y capacidad transformadora quebrantando su tejido social, a través del “castigo ejemplarizante” y del sostenimiento del terror en el tiempo, son algunos de los objetivos que encarna el genocidio político y que el fallo argumenta de manera juiciosa.

Por eso son precisamente las víctimas de crímenes de Estado a quienes la sentencia del TPP más reivindica, otorgando veracidad, dignidad y completa legitimidad a lo que históricamente han denunciado: que en Colombia el Estado construyó un sistema sofisticado de exterminio y terror dirigido hacia los grupos sociales, políticos, culturales, que interpelan su modelo inequitativo de sociedad.

Enunciar que el fallo del TPP tiene prevalencia simbólica al evidenciar que no tiene carácter vinculante, no va en desmedro de la fuerza restauradora y reparadora que la sentencia tiene para las víctimas. No es un hecho menor que esta misma potencia del fallo posibilite restaurar la memoria histórica construida desde el relato hegemónico y negacionista, permitiendo que emerjan las narrativas silenciadas de las víctimas de crímenes de Estado.


En ese sentido, la sentencia del fallo tiene efectos reparadores porque moviliza una memoria colectiva que le exige a la sociedad y al Estado colombiano que se nombre a las personas olvidadas. Trae a la remembranza la lucha de quienes fueron estigmatizados, señalados, asesinados, torturados, desaparecidos y constreñidos al desvanecimiento de su accionar político, sólo por el hecho de disentir e interpelar al Estado.

Memoria de dolor, de resistencia y de superación


A Vilma Gutiérrez, en el año 1984, en plena gestación de la UP en la ciudad de Villavicencio, los paramilitares le asesinaron a su compañero y padre de sus hijos, por pertenecer a una organización gremial de izquierda, ser militante del Partido Comunista Colombiano y candidato a la Asamblea del Departamento del Meta por el FD.


Vilma, como víctima del genocidio de la UP, es una voz autorizada para evidenciar la lucha histórica de las víctimas de crímenes de Estado, por visibilizar no sólo la existencia del genocidio político como práctica de terror sistemática y continuada sino, además, por denunciar cómo este sistema de exterminio se orienta hacia la eliminación invidividual y colectiva de proyectos políticos identificados por el Estado como ‘enemigos’. Por eso Vilma argumenta que: aunque la sentencia del Tribunal es de opinión y no penal, sus recomendaciones son una ruta para emprender procesos investigativos, de juzgamiento y condenatorios en otros escenarios internacionales como la Corte Penal Internacional. Posibilita que las comunidades puedan decidir autónomamente sus propios modelos de justicia y no los ordinarios articulados históricamente al establecimiento gubernamental y que perpetúan la impunidad.


Enfatizando en que el punto cinco (5) del Acuerdo de Paz, que posiciona la centralidad de las víctimas y que para su favorecimiento se crea el Sistema Integral para la Paz, Vilma menciona que el fallo además: “nos servirá para la participación activa y de incidencia de las víctimas en el Sivjrnr. En la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad –CEV–, para el reconocimiento de esas causas estructurales (modelo de desarrollo económico, doctrina de seguridad nacional, construcción del enemigo interno, desmonte de estructuras paramilitares, reconocimiento de responsabilidades por acción u omisión del Estado y de otros actores), que permitan una transformación real de costumbres políticas, económicas y sociales. En la Jurisdicción Especial para la Paz –JEP– es necesaria la participación e incidencia de las víctimas como un derecho a la justicia, donde se investigue, procese y se condene a los responsables permitiendo que exista una reparación integral que satisfaga la necesidad de sanar y de emprender caminos de convivencia y reconciliación. Por eso las víctimas seguimos firmes en defender y exigir al Estado y gobierno colombiano, la implementación de los Acuerdos pactados en noviembre de 2016, especialmente aquellos integrados en el Sistema Integral para la Paz”.


La historia de Vilma es el reflejo de la lucha continuada de las víctimas de crímenes de Estado por visibilizar la responsabilidad del Estado en la materialización de la violencia sociopolítica y la violencia continuada. Por lo que este fallo responde a la lucha contra la impunidad, desde la creación de un lugar para la enunciación, la escucha, la visibilización y la sanción simbólica. Esto es, propiciar escenarios de autorreflexión crítica de nuestra historia, orientados hacia el desmonte de la narrativa negacionista y la dignificación de las víctimas.

El fallo como herramienta pedagógica

En el marco de ese objetivo de desmonte de la narrativa negacionista del Estado colombiano sobre el genocidio político continuado y sostenido en el tiempo, el fallo del TPP se convierte para las víctimas en una herramienta pedagógica de cara a la sociedad colombiana para visibilizar los horrores de la violencia, pero también para aportar en la construcción de una narrativa de las memorias silenciadas.


La deconstrucción de los tejidos de las violencias y el aporte a la consolidación de procesos narrativos de liberación es una posibilidad pedagógica y reparadora que tiene el fallo y que permitirá difundir la verdad y hacer de ella un bien público para la sociedad colombiana.

Esta sentencia, por tanto, se convierte en una herramienta para nuestros pueblos, en una oportunidad de visibilizar los relatos de la atrocidad de la violencia estatal del pasado y del presente, apuntando a que realmente exista justicia y garantías de no repetición para las víctimas y para el país entero.

 

* Tribunal Permanente de los Pueblos. Sesión sobre Genocidio político, impunidad y los crímenes contra la paz en Colombia. Bucaramanga, Bogotá y Medellín, 25-27 de marzo de 2021, p. 111.

 

 

 

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La poética de las memorias de guerra en Colombia

El testimonio poético de Alfredo Molano

Ve la luz el libro de Farouk Caballero Hernández Molano testimonial. Poética de las memorias de guerra en Colombia, un trabajo de investigación sobre la poética de Alfredo Molano y su mirada al interminable conflicto armado colombiano publicado por desde abajo y FES Comunicación.

El trabajo de Caballero es una reconstrucción de la elaboración estética literaria de Molano, de su poética de la memoria de las guerras del siglo XX en Colombia, a partir de unos relatos que dejan ver el sinsentido de una historia de violencia que marca a sangre y fuego la realidad colombiana en sus algo más de dos siglos de existencia como país.

Las novelas testimonio, o testimonios novelados, de Molano cumplen con la exigencia planteada por el autor cubano Miguel Barnet de que estas obras deben “proponerse un desentrañamiento de la realidad, tomando los hechos principales, los que más han afectado la sensibilidad de un pueblo y describiéndolos por boca de uno de sus protagonistas más idóneos”. En el libro de Caballero se recoge una selección precisa de las voces de algunas de las personas que protagonizan los textos de Molano: campesinos, indígenas, guerrilleros, bandoleros o paramilitares, sin distinción de sexo o procedencia social.

En las obras de Molano se narran de forma clara las oscuridades de un siglo de guerras en Colombia: “Las historias de la lucha de guerrillas y de los pueblos marginales (mineros, indígenas, proletarios, campesinos, etc.) adquieren especial resonancia en la literatura testimonial”, lo que le llevó, como escritor que amplificaba las otras voces a ser señalado “por parte de las élites, como francotiradores intelectuales y revoltosos (izquierdosos en el caso colombiano)”.

Farouk Caballero destaca que “depende de nosotros llevar su mensaje a nuevas audiencias fuera del ámbito estrictamente académico. Cumplir con esa tarea es ampliar el dialogo y aprovechar de mejor forma el archivo polifónico que Molano, durante toda su vida, construyó”.

El autor afirma que “La libertad de creación no puede comprenderse como indiferencia política” por lo que, al leer las narrativas testimoniales “el espectador del testimonio literario, el lector, modifica su pensamiento a propósito de la guerra y los protagonistas que intervienen en ella. Habrá quienes se solidaricen con la causa campesina, o con las ideas guerrilleras o con el accionar paramilitar. Habrá quienes no lo hagan, pero de lo que no cabe duda es que sus historias amplían el panorama histórico. Las perspectivas de interpretación no serán unívocas, podremos creerles o no, pero al sentir los personajes es imposible desconocer su existencia histórica y su aporte literario”.

La lectura de la “dimensión estética” de la obra de Molano que hace Caballero “configura una fuerte crítica política, social e histórica de la realidad inmediata, rasgo que el testimonio adquiere del realismo crítico”. Molano testimonial. Poética de las memorias de guerra en Colombia es un libro necesario para entender no sólo la poética testimonial de Alfredo Molano, sino la realidad colombiana de los últimos sesenta años. Una realidad ignorada, y negada en muchos casos, que es analizada por Caballero a partir de las voces de las y los testimoniantes transcritas por la crónica narrativa y sociológica de Alfredo Molano, un testigo oyente de todas las atrocidades que nos podamos imaginar y que no parecen afectar a una sociedad desmemoriada que no quiere aprender de su propia historia.

Un texto poético y testimonial de la política, la vida y la muerte en un país que necesita escuchar las voces de las y los de abajo para salvaguardar la memoria, la de todas y todos los colombianos.

Artículo publicado en Mundo Obrero

12 Sep 2021

Una reseña de este libro ha sido publicada en la edición Colombia del mes de septiembre, año XIX – número 214, de Le Monde Diplomatique.

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Chile: ¿del 11 de septiembre al fin del neoliberalismo?

Después del golpe de Estado contra el socialista Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973, Chile se convirtió en el laboratorio del neoliberalismo. Ahora, el país intenta liberarse de ese legado y avanzar hacia un nuevo tipo de Estado de Bienestar.

El golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 arrojó a Chile a la larga y brutal dictadura de Augusto Pinochet, quien implementó reformas neoliberales profundas y de largo alcance. Luego de esta traumática experiencia, el país transitó a la democracia en 1989. Los sucesivos gobiernos democráticos optaron por un enfoque de reformas graduales que, si bien ayudaron a garantizar el crecimiento económico, no tocaron los pilares del neoliberalismo implementado por Pinochet.

Hasta hace muy poco tiempo, este enfoque se consideraba un éxito, y era reivindicado como un modelo, tanto a escala latinoamericana como global. Sin embargo, a pesar de la impresionante disminución de las tasas de pobreza desde la transición a la democracia y de más de tres décadas de estabilidad política, el país ha entrado ahora en una era marcada por conflictos sociales y tensiones económicas.

A fines de 2019, manifestaciones masivas y graves disturbios se extendieron por todo el país. Miles de personas salieron a las calles a protestar contra las diferentes formas de desigualdad imperantes y el modelo neoliberal que caracteriza al país. Ante la magnitud de la presión social, la clase política acordó realizar un referéndum, en el que la ciudadanía tiene la potestad para decidir si llegó la hora de cambiar la Constitución y así intentar una refundación del sistema institucional.

El proceso constituyente

El referéndum constitucional tuvo lugar en octubre de 2020 y su resultado fue una verdadera bofetada para la elite: casi 80% del electorado votó a favor del cambio de la Carta Magna. A mediados de mayo pasado, la ciudadanía acudió nuevamente a las urnas para escoger a los representantes de la asamblea encargados de redactar la nueva Constitución. El resultado de esta elección representó otra derrota para el establishment: las fuerzas políticas tradicionales –tanto de izquierda como de derecha– fueron castigadas, mientras que la mayoría de los candidatos que recibieron importantes donaciones de campaña no fueron seleccionados. Para asombro de académicos y analistas, los principales ganadores de esta elección crucial fueron no solo nuevas fuerzas de izquierda, sino que también, y sobre todo, los candidatos independientes con una agenda progresista. Chile está entrando ahora en territorio inexplorado. El proceso constitucional ya está en marcha y para fines del próximo año se realizará un referéndum, en el cual la Constitución recién redactada será aprobada o rechazada por la población.

La ciudadanía contra las elites

¿Cómo llegó el país considerado como un modelo de estabilidad a encontrarse hoy en esta situación de alta incertidumbre?

Por un lado, la propia modernización económica que ha experimentado el país en las últimas décadas allanó el camino para el surgimiento de una ciudadanía progresista, la cual demanda transformaciones estructurales del modelo de desarrollo existente. El impulso proviene en gran medida de nuevas generaciones que se definen como liberales en temas culturales y, a su vez, aspiran a la construcción de un Estado de Bienestar de corte socialdemócrata. Por otro lado, dado que las elites han permanecido ciegas ante ese proceso de transformación de la sociedad, cada vez tienen más problemas para comprender y adaptarse al nuevo escenario. En los últimos años han salido a luz pública escándalos de diverso tipo: casos de corrupción que afectan a la elite política, situaciones de flagrante colusión que manchan la reputación del empresariado y casos de pederastia en la Iglesia Católica.

En consecuencia, Chile es un caso emblemático de desconexión entre el establishment y la ciudadanía. Mientras el primero es visto como un actor ilegitimo por gran parte de la población, la segunda ha sido capaz de organizarse colectivamente y presionar para demandar la construcción de un nuevo contrato social. La crisis de la democracia chilena se explica, entonces, por la conformación de un establishment que no ha sabido cómo –y en parte no ha querido– responder a las demandas de la ciudadanía. Esto es particularmente válido para un empresariado que opera con una lógica de capitalismo rentista y sigue pensando que las políticas neoliberales son el único camino posible para alcanzar el desarrollo. La aprobación masiva del plebiscito constitucional y la derrota de las fuerzas políticas tradicionales en la Asamblea Constituyente, demuestran que gran parte del electorado está dispuesto a apostar por nuevos rostros y exige una transformación de la elite del país. Visto así, no es descabellado pensar que Chile está experimentando un proceso de renovación de la democracia. La presión de la sociedad civil y el poder de los votantes estaría llevando a la gradual conformación de una nueva clase política, la cual podría terminar generando una mejor conexión con la ciudadanía.

Esta interpretación positiva del proceso de transformación en curso depende de varios factores. Y dos son particularmente relevantes. En primer lugar, aun cuando a través de los próximos procesos electorales es esperable que se vaya generando un cambio importante a nivel de la elite política, no es del todo claro que las elites culturales y económicas estén dispuestas a dar paso a nuevos actores que sintonizan de mejor manera con la sociedad. Sin una renovación del empresariado y del mundo de la cultura seguirá existiendo una importante brecha entre elite y ciudadanía. En segundo lugar, a fines de este año se llevarán a cabo elecciones presidenciales y parlamentarias, en un contexto en el que prima una fuerte fragmentación del espacio político. Debido a ello, es prácticamente imposible que quien gane la presidencia tenga una mayoría en el Congreso. Las encuestas muestran cierta ventaja para las fuerzas progresistas, pero no es del todo claro que éstas logren establecer alianzas que permitan dar gobernabilidad.

Hacia un nuevo modelo de bienestar

La salida de la crisis actual y la potencial renovación de la democracia chilena depende sobre todo de la capacidad de las elites para transformarse y dar vida a acuerdos con el objetivo de encausar las reformas demandas por la ciudadanía. La sociedad chilena se ha manifestado con fuerza, exigiendo el tránsito hacia un Estado de Bienestar propio de la socialdemocracia, el respeto del medio ambiente y un avance sustantivo en materia de igualdad de género. ¿Estarán las elites a la altura de este desafío? En gran medida, esta pregunta determinará hasta qué punto la democracia en Chile saldrá más fortalecida de este proceso y si se convertirá en un modelo de cómo, a través de procesos democráticos, se puede avanzar en políticas que pongan límites al papel del mercado y que sean capaces de reconstruir los contratos sociales rotos.

Si bien es cierto que el desenlace de la situación de Chile es incierto, no cabe duda de que el resultado final tendrá un impacto importante en América Latina y el mundo progresista. Así como el 11 de septiembre de 1973 marcó un punto de inflexión a nivel latinoamericano y para el mundo de izquierda, la potencial renovación de la democracia chilena trazará una hoja de ruta que puede ser imitada por otros actores. La pandemia de covid-19 ha exacerbado los problemas de desigualdad y pobreza, de modo que los países de América Latina necesitan reconstruir el pacto social para lograr avanzar hacia políticas sociales de corte universal. Chile podría allanar un camino que pase por la movilización social, las reformas institucionales y, sobre todo, un nuevo pacto entre elites para generar gobernabilidad.

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Viernes, 10 Septiembre 2021 05:54

El optimismo abollado

La silueta de un bombero contrasta con la montaña de escombros del World Trade Center, 13 de setiembre de 2001 AFP, JIM WATSON

Estados Unidos, 20 años después

Los avionazos de Al Qaeda acentuaron en su momento la pérdida de fe de los estadounidenses en su mito nacional y sus instituciones. El país del «sí se puede» recorre ahora la senda de la tribalización, la inseguridad y el revisionismo.

 

Menos de un mes después de los ataques de Al Qaeda, Estados Unidos inició la invasión de Afganistán y, tres semanas más tarde, la Cámara de Representantes aprobó con 357 votos a favor y 66 en contra, y el Senado ratificó con 98 votos a favor y uno en contra, la llamada Ley Patriota. La norma unificó en el recién creado Departamento de Seguridad Nacional 16 agencias policiales y servicios de inteligencia.

El montaje rápido y la aplicación severa de la nueva legislación llevaron a una ampliación inaudita del Estado policíaco, detenciones y allanamientos sin orden judicial, captura prolongada de sospechosos –en su mayoría por la razón principal de ser musulmanes– y la expansión de las intervenciones de llamadas telefónicas y comunicaciones digitales. El país se pobló de cámaras de vigilancia y se multiplicaron las redes de identificación facial, y a todo ello la mayoría de los estadounidenses se resignó en aras de impedir otros ataques terroristas.

Una investigación independiente de los antecedentes de los ataques de Al Qaeda mostró la falta de coordinación entre los servicios de inteligencia y las fallas auténticas o fingidas de quienes pudieron haber impedido la conspiración. Para la ciudadanía, el gobierno, que debió haber protegido a la nación, resultó incompetente, y en la duda germinaron teorías varias que incluyeron la sospecha de que los poderes detrás del trono manipularon los ataques.

La abdicación de las otrora tan elogiadas libertades civiles no impidió protestas multitudinarias cuando el gobierno de George W. Bush puso al país en marcha hacia la guerra en Irak. Una acción militar que no respondió a ningún ataque y que el Congreso autorizó con la oposición de una sola legisladora. La guerra en Irak, que sacó del centro de la atención mediática el conflicto afgano, trajo a la luz realidades sombrías: la mentira de las armas de destrucción masiva; el gran negocio que hizo la firma Halliburton, de la que el vicepresidente Dick Cheney había sido presidente, con un contrato sin licitación para la provisión de servicios a las Fuerzas Armadas en zonas de guerra; las fotografías de iraquíes torturados en Abu Ghraib, y los informes sobre prisiones clandestinas donde la CIA usó «métodos de interrogación realzados», que enchastraron la autopercepción de un Estados Unidos justiciero.

En 2005, la devastación en Luisiana causada por el huracán Katrina acentuó la decepción ciudadana cuando miles de habitantes de Nueva Orleans –qué raro: la mayoría de ellos de barrios pobres– quedaron en los techos de sus casas rogando auxilio o hacinados entre montañas de basura en el Centro de Convenciones, en medio de la inacción del gobierno federal. En 2008, el país se sumió en la mayor crisis financiera y recesión económica causada por las especulaciones financieras de instituciones a las que pronto el Congreso y el gobierno socorrieron con billones de dólares. Los millones de estadounidenses que perdieron su vivienda y sus ahorros poca atención recibieron en el salvamento del capitalismo.

En 2020, la pandemia de la covid-19 y la torpeza del presidente Donald Trump se combinaron para intensificar la sensación general de que el país ha perdido la brújula y apenas manotea el timón. Una encuesta de Gallup del mes pasado indica que apenas el 23 por ciento de los estadounidenses cree que la nación tiene la proa en buen rumbo.

EL PATRIOTISMO Y SUS MITOS

El patriotismo es la religión laica que reemplazó los credos más tradicionales, sobre la base de que nacer en cierto territorio, delimitado artificialmente, haría que uno tuviera en común con sus pares mucho más que con los humanos al otro lado de la frontera. Todos los países tienen el suyo. En Estados Unidos, un país joven, uno de los artículos de fe fundamentales para el patriotismo local es el concepto de crisol de razas.

A excepción de los 6,79 millones de nativos norteamericanos, que hoy representan el 2,09 por ciento de la población, el resto de los habitantes tiene ancestros venidos o traídos a la fuerza de otras tierras desde el siglo XV en adelante. Hoy, de los 332 millones de estadounidenses, más de 48 millones son inmigrantes. Para hacer una nación de esta humanidad multiétnica, con lenguajes, religiones, antecedentes y ambiciones diversas, se precisan mitos fundacionales: George Washington, héroe de una generación de genios que redactó una Constitución singular en su grandeza, para un país de tolerancia religiosa y libertades individuales; luchadores sociales que enfrentaron las injusticias y ampliaron la participación ciudadana, desde los derechos civiles de los negros hasta el voto de las mujeres; un sistema político que, con su división de poderes, equilibrio dinámico entre el gobierno federal y los estados, elecciones regulares y sucesión ordenada de partidos y presidentes en el poder, hace de esta —se insiste— una nación excepcional, sin par en el mundo ni en la historia. (Otro componente del mito ha sido que Estados Unidos nunca ha entrado en guerra alguna como agresor y solo lo ha hecho en respuesta a ataques desde el exterior.)

Este patriotismo por nacimiento o adquisición ha permitido la asimilación de oleadas de inmigrantes, quienes bregan tras el «sueño americano» en la búsqueda de lo que el preámbulo constitucional describe como «una unión más perfecta». Y esas oleadas de migrantes por siglo y medio han demostrado que el experimento único pero imitable que es Estados Unidos inspira a millones a cruzar océanos y atravesar desiertos en éxodos cuya meta está aquí, y no en otras partes.

LAS TRIBUS

En las últimas décadas, el mito fundacional perdió lustre. Los ataques de 2001 y la obsesión por la seguridad nacional actuaron como catalizadores de un proceso más largo de fragmentación de la identidad nacional. Azuzados día y noche por «comentaristas» de televisión y radio –unos dizque conservadores, los otros autocalificados como progresistas– los estadounidenses han ido separándose en identidades parciales. Más y más, en lugar de considerarse primero y por sobre todo estadounidenses, se ven a sí mismos como parte de grupos con diferencias irreconciliables. Blancos, negros, latinos, asiáticos, generación X, Y o Z, proaborto y contra el aborto, con educación universitaria o sin ella, y más identidades o preferencias sexuales que las franjas del arcoíris.

Desde 2001 ha habido decenas de matanzas a balazos, desde las que dejan decenas de muertos y heridos hasta las que ocurren por todas partes, pero solo dejan menos de cuatro víctimas fatales por incidente. Y, a pesar de ello, como sociedad, el país no encuentra un consenso que encare el problema. Durante las últimas dos décadas han ido en aumento los desastres naturales, como los huracanes, las inundaciones y los incendios forestales, pero en Estados Unidos se soslayó la mera discusión del cambio climático, considerado como un cuco creado por los enemigos del capitalismo.

El sistema político bipartidista, que funcionó por siglo y medio, tiene cada vez menos capacidad para manejar los procesos centrífugos de la nación. La elección en 2008 de Barack Obama, primer mulato después de 43 presidentes blancos, dio la impresión de que Estados Unidos superaba de a poco el racismo y se encaminaba hacia una sociedad diversa con la mira en el futuro. La realidad estuvo muy lejos de eso y mostró, además, que los dos partidos, el Demócrata y el Republicano, son más bien dos alianzas de múltiples grupos en un proceso electoral que fuerza a los ciudadanos a elegir entre apenas dos opciones. Todo intento de un tercer partido ha fracasado por más de un siglo, y millones de ciudadanos votan a disgusto por un candidato solo porque el otro les parece peor.

El surgimiento del Tea Party como reacción a la elección de Obama evidenció el desencanto de un sector importante del electorado con ese sistema, que con una exhibición de atuendos del siglo XVIII y banderas anticuadas contribuyó a otro fenómeno peculiar de este período: la nación que por décadas fuera señera en invenciones, creatividad, descubrimientos y tecnologías, orientada al futuro y optimista en la sucesión de generaciones, se ha volcado al pasado. Los progresistas, a pesar de su etiqueta, han hecho algo parecido. Se ha multiplicado la producción de documentales, estudios universitarios, programas de televisión y libros que miran al pasado y sacan a luz todos los males del exterminio de los indios, la esclavitud, la segregación racial, los linchamientos, la opresión de las minorías.

En el imaginario nacional, el impacto inmediato de los avionazos del 11 de setiembre de 2001 fue espectacular y penoso pero, a la vez, pasajero. En pocas semanas el país retornó a su funcionamiento económico y en pocos años un rascacielos asombroso se erigió al costado del hueco dejado por las torres del World Trade Center. Los efectos de más largo plazo en la sociedad estadounidense han sido la desunión, la xenofobia, la intolerancia y la pérdida de vista del mito fundacional.

Por Jorge A. Bañalesdesde Washington 
10 septiembre, 2021

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El asesinato de Javier Ordoñez y 13 pobladores más. Los días 9 y 10 de septiembre de 2020 quedarán en la memoria nacional*

"Se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo". Abraham Lincoln.

Los días 9 y 10 de septiembre de 2020 quedarán en la memoria nacional como fechas trágicas pero también de apertura esperanzadora de una vitalidad social vestida de indignación, templanza, solidaridad, emancipación.

Aquellos corresponden a dos días vestidos de duelo y de vida en los que, una vez más, la inexistente democracia colombiana salió a flote tal cual es, sin apariencias ni disfraces. El 9, la coraza protectora del poder[1] asesina a Javier Ordóñez, saciando toda su vileza en el cuerpo de la víctima hasta reventarlo a golpes, patadas y descargas de pistola taser, homicidio así comprobado por el informe forense a cargo de Medicina Legal[2].

La noticia de un asesinado a manos de la policía ahora no pasa inadvertida y, como debía ser, suscitó indignación y asco. Se da entonces una fuerte reacción por la violación del derecho a la vida y también, quizá por las circunstancias de injusticia acumuladas a lo largo de seis meses de promesas y pocas realizaciones de parte de los gobiernos nacional, departamentales y municipales; quizá por la memoria de dolor acumulada de otras tantas actuaciones violatorias de los Derechos Humanos por el cuerpo policial, la mayoría de ellas negadas o dilatadas por la impunidad; pero quizá con aporte igualmente de las condiciones de desempleo y falta de estudio que afectan a decenas de miles de jóvenes, justo los movilizados en rechazo de lo sucedido y quienes en forma espontánea rodearon los Centros de Atención Inmediata (CAI), tanto en Bogotá como en Soacha.

La acción sorprendió a los agentes cuyos mandos seguramente recibían, sin guardar silencio, los reportes provenientes de cada uno de esos centros de operación y abuso La protesta gana tamaño y voces dolidas por lo sucedido increpan a los uniformados por su proceder autoritario, por el irrespeto a la vida. El reclamo contenía en su fuerza iracunda miles de denuncias de los despropósitos cotidianos de un cuerpo armado erigido en dios y señor, sufridos en carne propia por jóvenes y no tanto, y por hombres y mujeres. ¡Rabia contenida que explota con la fuerza eruptiva del volcán!

Pero sin comprender esa rabia ni tratar de encauzarla en debida forma, y sí como mensaje para romper solidaridades y atemorizar a los presentes como a otros que pretendieran sumarse a la protesta, la Policía desata una bacanal de muerte y dolor traducida en 13 manifestantes asesinados, en su totalidad jóvenes, más decenas de heridos a bala, más otros tantos a golpes y gases. La rabia se multiplica. Reportes en tiempo real muestran a quienes supuestamente velan por la vida de todos y por el bien común, disparando sin piedad alguna contra las personas que les inquieren, así como contra quienes por una u otra razón cruzan en esos momentos los territorios alterados[3].

El proceder oficial desnuda la apariencia y viste con su traje real a la Policía, cuerpo militarizado, instruido bajo la doctrina de ‘seguridad nacional’, que visualiza como enemigo a quien reclama respeto y justicia, sin ver en el mismo al ciudadano en ejercicio de sus deberes y en defensa de sus derechos. Se manifiesta así una mentalidad de ejército de ocupación, el de esta policía, acostumbrada a golpear, arrastrar, insultar, amenazar, disparar a quien desatienda sus peligrosas y desmedidas órdenes. Se trata de una unidad policivo-militar autoprotegida por un fuerte espíritu de cuerpo, revestido de impunidad, evidencia de lo cual quedan varios homicidios, todos ellos de jóvenes e incluso menores de edad, como se ve:

1) Nicolás Neira (1º de mayo de 2005), producto de un disparo de munición recalzada que le impactó la parte posterior del cráneo, acción encubierta –por orientación de sus mandos– por quienes acompañaban al sindicado, al decir que la muerte era consecuencia de un supuesto golpe del occiso contra un bolardo. Luego de 15 años, y tras múltiples demoras y componendas, incluso con presión de la Fiscalía para firmar un preacuerdo al que se oponía la familia de Nicolás, y anulado por la Corte Constitucional, la justicia aún no falla en este asesinato.

2) Óscar Leonardo Salas (8 de marzo de 2006), quien perdió la vida por un ataque en grupo de parte de efectivos del Esmad, cuya investigación está perdida en los recovecos del maleable sistema judicial colombiano.

3) Diego Felipe Becerra (19 de agosto de 2011), asesinado por un agente de la policía en servicio por estar pintando un grafiti. La investigación judicial fue bloqueada con varios montajes y en repetidas ocasiones por el ya referido espíritu de cuerpo policial, a fin de desvirtuar el motivo del crimen, así como la propia investigación, hasta permitirle al inculpado salir de la cárcel un día antes del final del juicio para que se fugara. Al día siguiente fue condenado a 38 años de prisión.

4) Andrés Camilo Ortiz Jiménez (15 de junio de 2018) Con fallo condenatorio del inculpado, el asesinato se produce porque Andrés Camilo trataba de colarse en el servicio de Transmilenio, en la estación Calle 142. La decisión judicial condenatoria a 10 años de prisión –en casa por cárcel– no satisfizo a la familia.

5) Dilan Cruz (25 de noviembre de 2019, herido el sábado 23 en la calle 19 de Bogotá), El asesinato resulta de un disparo de recalzada –¡otra!– por parte del Esmad y amplía la letanía de homicidios a manos de un cuerpo policial de choque cuyo proceder está lejos de proteger la vida y sí claramente configurado para contener, desordenar y dispersar la protesta social, no importa el precio que ello conlleve. La paquidermia judicial parece favorecerlo.

Otros homicidios, como los cometidos por unidades policiales contra indígenas en medio del proceso social denominado “Liberación de la Madre Tierra”, con un registro de decenas de heridos de diversa gravedad, también permanecen en el limbo.

Pero toda barbarie tiene su límite. La encarnada por uno de los cuerpos de protección del poder realmente existente en Colombia lo encontró en la magnitud de su propia violencia y muerte que produjo al verse cercado por la protesta ciudadana, reacción que no parece espontánea y sí responder a un dispositivo B o de emergencia, al que pueden acudir los agentes cuando se sienten sitiados, como ocurrió durante los días 9 y 10 de septiembre.

La cantidad de muertes, así como de lesionados por el accionar de sus armas, en esta ocasión fue imposible de ocultar por la solidaridad de cuerpo, más aún con el surgir de interrogantes desde el establecimiento mismo por la forma de proceder, llegando hasta exigir su reforma inmediata. Pero, pese a la demencial violación de Derechos Humanos protagonizada, todo indica que el poder está decidido a que el costo sea mínimo en términos de efectivos juzgados y condenados, mensaje así enviado por el Presidente, que el 16 de septiembre acudió a varios CAI a felicitar a la unidades policiales. Asimismo, la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez hizo lo propio en otros puntos, expresando sin rubor: “Nuestra gratitud, apoyo y cariño por la tarea que hacen ustedes en la Policía. Queremos recomendarles permanentemente hacer su tarea: protección a los ciudadanos, siempre con el máximo cumplimiento de la ley, respetando y velando por los derechos de cada colombiano, sabiendo que es una tarea difícil, abnegada y sacrificada".

De igual manera, y como parte de este mismo despliegue de solidaridad de cuerpo, la senadora María Fernanda Cabal, del Centro Democrático, partido al que pertenece el Presidente, acudió al CAI del barrio Cedritos –sector donde tres jóvenes fueron asesinados en las jornadas comentadas– a llevar igual mensaje. El rechazo comunitario impidió la impunidad de su acto.

El proceder censurado por la sociedad en estas jornadas se rubrica con la simultaneidad en el envío de mensajes de complacencia con lo actuado por parte de sus alfiles y peones, protectores del poder, actuación similar a la que lideró la ministra de Justicia al saludar la actuación de la guardia penitenciaria en la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá en marzo de 2020 y que culminó con 23 internos asesinados[4]. En ambos casos, estamos una vez más ante la evidencia del autoritarismo y el militarismo que impregnan a la institucionalidad colombiana, soporte de su modelo de control y dominio social, y parte de los diques que bloquean la emergencia de la democracia que requiere el país para cerrar una historia de dos siglos de régimen presidencialista, centralista, militarista, autoritario y policivo.

De esta manera, con violencia y muerte como recurso eterno del poder para atemorizar y prolongar su dominio, iniciamos la mal llamada “nueva normalidad”, real continuidad de las constantes que caracterizan a los detentadores del poder y su forma de gobernar en el país, donde imperan los gobiernos de los ricos y para ellos. El enfrentamiento a la pandemia desplegó sus primeras medidas a la par de la masacre al interior de la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá. En ambas ocasiones, la muerte sobrepuesta a la vida; en ambas ocasiones, la irreal democracia existente en Colombia exteriorizando sin apariencia alguna su real fisonomía, protegida por un inmenso poder y un dispositivo militar que pisotean sin cesar los derechos de las mayorías de Colombia.

Es la actual una constante de muertes, concentración de la propiedad y de la riqueza en general, del poder y de todas sus mieles, a través de una histórica, ampliada e inocultable brecha social que impera en el transcurso de más de dos siglos de la historia nacional, realidad que permite reclamar, con la voz de los ausentes y con la acción de quienes aún izan la bandera de la dignidad de la humanidad: Democracia que no has de ejercer, déjala ser.

*Este escrito corresponde al Posfacio del libro "Democracia que no has de ejercer, déjala ser", que Ediciones Desde Abajo publicará en el mes de octubre 2021.


Represión y asesinatos

 

En aquella jornada de solidaridad, resistencia y protesta ciudadana cayeron bajo la acción violenta policiva protectora del poder las siguientes personas, todas ellas jóvenes y con edades entre los 17 años y máximo 30.

Barrio Verbenal

Camilo Hernández

Jaider Fonseca

Andrés Rodríguez

 

Localidad de Suba

Germán Smith Puentes

Julieth Ramírez

Freddy Alexander Mahecha

 

 Localidad de Kennedy

Julián Mauricio González

 

Localidad de Ciudad Bolívar

Eidier Jesús Arias

 

Municipio de Soahca

Marcela Zúñiga

Gabriel Estrada Espinoza

Cristhián Andrés Hurtado,

Lorwuan Estiwen Mendoza

 

Crimenes aleves, a mansalva, sobre pesonas desarmadas. Asesinatos con impunidad total, a pesar que en su momento el general de la policía Gustavo Moreno, encargado del mando general de la institución en ese momento, aseguró que 35 agentes habían reconocido haber accionado sus armas de dotación contra los manifestantes.

Por la tortura y asesinato de Javbier Ordoñez fue condenado uno de los patrulleros del CAI donde fue brutalmente violenetado, se trata de Juan Camilo Lloera, condenado a 20 años de edad.

La impunidad perdura, y la solidaridad de cuerpo se expresa una vez más, como en otros muchos crímenes a cargo de uniformados.

 

[1] “La policía, brazo protector del poder”, periódico Desde Abajo Nº 272, septiembre 18-octubre 18, 2020, p. 4.

[2] “Javier Ordoñez murió por múltiples traumas contundentes producidos por terceros”, https://bit.ly/34IM1Gf.

[3]https://bit.ly/2FhDJMO.

[4] Periódico Desde Abajo, marzo 23/2020, Colombia. ¿La justicia es ciega?, op. cit.

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Miércoles, 08 Septiembre 2021 06:37

Si todo es facismo, ¿qué es el fascismo?

Si todo es facismo, ¿qué es el fascismo?

Hay quienes le dicen fascista a Donald Trump y quienes definen como fascistas a grupos musulmanes radicales. ¿Qué define hoy la palabra fascismo? ¿Es útil para la izquierda utilizarla como un comodín analítico?

A comienzos de la década de 1930, Antonio Gramsci se lamentaba en sus escritos redactados en prisión de que Europa hubiese caído en lo que denominó «cesarismo». La agitación social en todo el continente había fortalecido a autócratas ambiciosos que, como Julio César, se jactaban de representar la voluntad popular de su nación mientras destruían sus instituciones democráticas. Si bien el concepto se acuñó en el siglo XIX para describir a figuras como Napoleón III, muchos pensaron que caracterizaba acertadamente las nacientes dictaduras del periodo de entreguerras. Gramsci lo invocaba para analizar el Estado fascista de Benito Mussolini y el periodista Jay Franklin lo amplió para caracterizar los regímenes de Hitler y Stalin. El término «cesarismo», sin embargo, también despertó controversias, y otros pensadores lo descartaron por considerarlo inadecuado. El filósofo político Karl Loewenstein, por ejemplo, creía que las analogías con la época romana ocultaban la ambición sin precedentes de los nuevos regímenes de rehacer la naturaleza humana. Solo un término novedoso, como «totalitarismo», podría realmente caracterizar su terrorismo extremo, la utilización de nuevas tecnologías y el deseo de colonizar las mentes de los ciudadanos. Esta última posición finalmente salió victoriosa y la etiqueta totalitaria proliferó en discursos y publicaciones. Aunque el término «cesarismo» siguió circulando en ámbitos académicos durante las décadas de 1940 y 1950, «totalitarismo» se convirtió en el término básico para describir los peligros de la política moderna.

En retrospectiva, el aspecto más notable del debate no fue si los males de la época eran mejor descriptos con los términos «cesarismo» o «totalitarismo». Tanto Gramsci como Loewenstein tenían razón en algo: si bien los dictadores de entreguerras construyeron sobre modelos históricos anteriores, rompieron con ellos. Pero el desacuerdo en la terminología es digno de atención porque echa luz sobre las ansiedades, las esperanzas y las autoconcepciones de la época. Nos ayuda a comprender cómo los pensadores del pasado entendieron su lugar en la historia, cómo buscaron articular lo que era familiar y lo que era extraño, y cómo se esforzaron en desarrollar una respuesta a las aterradoras realidades de la época. Sus innumerables libros y ensayos no fueron un ejercicio pedante de precisión histórica, sino un esfuerzo por definir las características de las dictaduras modernas con la esperanza de frenar su propagación.

En los últimos años, la polémica sobre la analogía fascista ha sido también acalorada. En una avalancha de libros y ensayos, los académicos han debatido sin cesar si nos enfrentamos al renacimiento de la violenta ideología de Mussolini y Hitler o somos testigos de una bestia profundamente diferente para la que se necesita una nueva terminología. Y a pesar de que la derecha radical ha florecido en continentes y países, esta disputa teórica se ha mantenido con mayor intensidad en Estados Unidos. Desde su imposición de restricciones xenófobas a los viajes en 2017 hasta su incitación a la violencia contra el Congreso en 2021, el gobierno de Donald Trump convirtió este asunto en un tema de interés permanente.

Una vez superados los años de Trump, el debate sobre el fascismo está perdiendo algo de su urgencia. Quizás esto signifique que ahora pueda ofrecer nuevas ideas sobre el pensamiento político contemporáneo. En lugar de polemizar sobre el uso contemporáneo del término «fascismo», podemos preguntarnos por qué fue tan importante hacerlo. ¿Qué estaba en juego en la búsqueda de la definición correcta?

Después de todo, no había grandes diferencias políticas entre muchos de quienes participaban en este debate. Todos condenaban el racismo, el sexismo y la plutocracia de la derecha al tiempo que deseaban políticas igualitarias audaces. Incluso se hacían eco unos de otros en sus razonamientos para establecer comparaciones históricas con el fascismo: para exponer los males que han plagado durante mucho tiempo a la democracia liberal, especialmente en Estados Unidos. La mayor diferencia entre las dos posturas no era tanto su mirada de los temas de la época, sino el modo en que encaraban la polémica y su valor tanto para la exploración intelectual como para la movilización política. El choque de definiciones también era un desacuerdo sobre el papel del lenguaje y la historia en la configuración de las agendas políticas.

Condenar a los adversarios tildándolos de fascistas ha sido durante mucho tiempo parte de nuestro discurso político, pero la última década fue testigo de un aumento en la popularidad del término. Los críticos invocaban cada vez más el fascismo para fustigar la xenofobia, la aceptación de la violencia y el sexismo de la derecha radical en todo el mundo. Tal fue el caso de Francia, por ejemplo, donde el ultraderechista Frente Nacional (rebautizado como Agrupación Nacional en 2018) aprovechó el descontento de los votantes para convertirse en la segunda fuerza política más grande del país. Incluso después de que su líder, Marine Le Pen, buscara romper los vínculos históricos del partido con simpatizantes nazis (incluso expulsó a su propio padre, Jean-Marie, por su notorio negacionismo del Holocausto), el racismo y las excentricidades de sus seguidores contra las «elites cosmopolitas» llevaron a académicos como Ugo Palheta a calificarlo de «fascismo con otro nombre». El triunfo de Narendra Modi en la India y el de Jair Bolsonaro en Brasil generaron la misma retórica ansiosa. La etiqueta «fascista» parecía capturar la desviación de una agenda conservadora estándar por parte de estas figuras: su ataque total a la igualdad legal, los medios independientes y el pluralismo político.

Quizás menos esperada fue la creciente popularidad del término en Estados Unidos. En la era Trump se convirtió no solo en parte del discurso político popular (figuras que van desde Madeleine Albright hasta Alexandria Ocasio-Cortez lo usaron), sino en una categoría de análisis académico. El racismo y el sexismo de Trump claramente tenían sus raíces en la política estadounidense reciente, pero muchos también vieron una desviación alarmante en su estilo grosero, en sus amenazas abiertas de castigar a los opositores políticos («¡enciérrenla!») y en sus mentiras incesantes. ¿Podría el fascismo estar avanzando en el país que alguna vez lo derrotó?

El «sí» más rotundo a esta pregunta provino del historiador Timothy Snyder, quien en una serie de publicaciones comparó la administración de Trump con la máquina de propaganda nazi. Ambos regímenes, escribió en Sobre la tiranía: veinte lecciones que aprender del siglo XX (2017), buscaron aislar psicológicamente a los opositores y convertirlos en ovejas sumisas, un primer paso hacia la destrucción total de las instituciones democráticas. Una comparación menos cruda, aunque no menos urgente, apareció en Cómo funciona el fascismo (2020), del filósofo Jason Stanley, que utilizó la etiqueta fascista para describir un amplio conjunto de movimientos políticos, desde el terrorismo contra la población negra posterior a la Reconstrucción en el sur de Estados Unidos, siguiendo por la Alemania nazi, hasta el partido Bharatiya Janata en la India actual. En esta narración, los republicanos de la era Trump fueron sencillamente el último partido en combinar la nostalgia por un pasado mítico, ataques a intelectuales y universidades, insistencia en jerarquías de etnia y género, y una fijación con el «orden». Para Stanley, las diferentes encarnaciones del fascismo a lo largo del tiempo y el espacio demostraron su capacidad para expandirse incluso en sociedades con fuertes instituciones liberales. En lugar de destruirlas directamente, como sucedió en Alemania, los movimientos fascistas pueden inyectar su veneno en la vida pública existente, debilitando las culturas democráticas desde adentro.

Si bien Stanley insistía en que el fascismo es un fenómeno mundial, la mayoría de quienes vieron en él una útil herramienta de análisis se centraron en los ejemplos de Italia y Alemania. Esto no se debió en general a que encontraran en Trump una versión actualizada de Mussolini o Hitler, sino a que las comparaciones con los años de entreguerras sacaron a la luz vulnerabilidades claves en la sociedad estadounidense contemporánea. La economista Raphaële Chappe y el sociólogo Ajay Singh Chaudhary vincularon la economía estadounidense con el sistema monopólico y oligárquico del Tercer Reich. Argumentaron que el éxito de Trump, como antes el de Hitler, fue posible gracias a la desintegración de los mecanismos regulatorios y al reemplazo de las instituciones estatales en funcionamiento por una alianza corrupta entre líderes empresariales y burócratas estatales. En Strongmen: Mussolini to the Present [traducido como Hombres fuertes: de Mussolini a Trump] (2020), la historiadora Ruth Ben-Ghiat comparó el repertorio de manifestaciones multitudinarias, masculinidad inflada y ataques a la prensa del líder fascista italiano con los de Trump, revelando cuán desgastados están en nuestros tiempos los lazos cívicos y la confianza en la autoridad. Quizás el esfuerzo más original en la utilización de la década de 1930 para explicar la presencia hipnótica de Trump lo haya hecho el historiador Peter Gordon, quien afirmó que Trump cumplía una función que Theodor Adorno atribuía a Mussolini y Hitler: proporcionar a las masas una fantasía de transgresión (mediante una retórica violenta y un espectáculo sin pausa), al tiempo que mantiene las jerarquías opresivas de la sociedad capitalista-burguesa.

Vincular la derecha radical estadounidense de la actualidad con el momento histórico más oscuro de Europa resultó controvertido. Trump y sus compinches compartían algunas similitudes con los fascistas, afirmaban varios analistas, pero no eran más profundas que su superposición ideológica con los monárquicos; finalmente, las diferencias eran mucho más importantes. Victoria de Grazia, entre los principales historiadores del fascismo italiano, señaló una profunda divergencia: mientras que el fascismo de entreguerras nació en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y siempre se definió como un proyecto de movilización imperial, la derecha estadounidense estaba liderada por un desertor del servicio militar que pedía reducir los interminables conflictos militares del país. El historiador Helmut Walser Smith insistió de manera similar en TheWashington Post en que la violencia tiene una función totalmente diferente para los nacionalistas en el pasado y en el presente. Los nazis utilizaron la violencia de la turba y la policía secreta para aplastar rápidamente todo el sistema político y legal de Alemania, mientras que el gobierno de Trump, a pesar de las exageradas amenazas del presidente, dejó en pie las instituciones del país. Y su crueldad hacia los inmigrantes, las minorías sexuales y otros grupos no fue radicalmente diferente de la de sus predecesores. Otros agregaron que las analogías ocultan a los grupos sociales característicos de los que se nutrían los fascistas y el Partido Republicano. Los agentes más entusiastas del fascismo fueron los jóvenes empobrecidos, las principales víctimas de la economía moderna, mientras que la columna vertebral de la derecha contemporánea son los propietarios de cierta edad, que están tratando de proteger sus privilegios. Como señaló la politóloga Sheri Berman al referirse a Vox, las turbulencias sociales no son todas iguales, y lo que debilitó a las democracias en los años de entreguerras no fue lo que las erosionó en estos años.

A pesar de su intensidad, la característica más llamativa del debate era la superposición conceptual y retórica entre las dos partes. El filósofo Alberto Toscano, por ejemplo, insistió en el valor del término al señalar que los pensadores afroestadounidenses etiquetan históricamente de fascista el racista sistema carcelario de su país. Cuando Angela Davis acusó a Estados Unidos de ser fascista, explicó Toscano, esclareció correctamente lo superficial que era la noción del genio democrático de Estados Unidos. Peter Gordon, en una vehemente defensa de la analogía fascista, insistió de manera similar en que quienes se oponían a ella «solo han invertido la idea del excepcionalismo estadounidense». Su rechazo a ver similitudes entre el país y los regímenes contra los que alguna vez luchó fue «un truco útil» que absolvió a Estados Unidos de sus constantes injusticias. Sin embargo, aquellos que eran escépticos con respecto al valor de la etiqueta actúan con la misma lógica. Advertían que etiquetar a Trump como fascista era similar a culpar de su victoria a los robots de internet rusos: lo pintaba como una imposición o aberración extranjera, desviando la atención de sus profundas raíces estadounidenses. Este fue el principal reclamo presentado por el historiador Samuel Moyn, quien lamentaba que «anormalizar a Trump oculta que es estadounidense por antonomasia, la expresión de síndromes perdurables y autóctonos». Esto distrajo a los estadounidenses de explorar «cómo construimos a Trump a lo largo de décadas» y cómo su ascenso estuvo condicionado por la «larga historia de asesinatos, sometimiento y terror» del país, más recientemente en forma de encarcelamiento masivo e interminables guerras en el extranjero.

Lo mismo ocurrió con las advertencias contra la autocomplacencia. Stanley atribuyó a la etiqueta «fascista» un poder movilizador único. Como lo expresó en un artículo en coautoría con otros dos historiadores en The New Republic, si los partidarios de la democracia reconocen la «posibilidad de que estemos en presencia de un régimen fascista en ciernes», es más probable que abandonen su inacción e indaguen en las causas de la debilidad de la democracia. Gordon adoptó un tono más agudo y fustigó la negativa a llamar fascista a Trump al considerar que evidenciaba un desinterés elitista por el destino de la democracia. Fue «un juego de privilegio», se burló, «los que quemarían toda la casa no son los que sentirán las llamas». Los escépticos respondieron que era la propia etiqueta fascista la que favorecía el letargo acrítico. Era políticamente inútil, como sugirió el historiador David Bell, ya que, para la mayoría de los votantes, sonaba como una hipérbole histérica que socavaba el mensaje de quienes la usaban. También hizo que pareciera que derrotar a Trump era suficiente, en lugar de reconocer las políticas que hicieron a Trump y de las que fueron responsables tanto los conservadores como los liberales. Moyn remarcó que las comparaciones con Hitler implicaban que la crueldad y la violencia de Estados Unidos antes del ascenso de Trump eran «de alguna manera menos dignas de alarma y oprobio».

Las posturas de los comentaristas en este debate no se correspondían con una división política entre centro e izquierda; en ambos bandos se encontraban escritores de diferentes tendencias políticas. A pesar de la advertencia de Moyn de que la función principal de la etiqueta fascista era reafirmar el centrismo y reprimir alternativas más progresistas (culpando a sus partidarios de sabotear la tarea inmediata de derrotar a Trump), la realidad era mucho más complicada. Algunos de los defensores más vehementes de la analogía fascista, como Stanley, incluían súplicas a favor de reformas progresistas audaces, desde el fortalecimiento de los sindicatos y el fin del encarcelamiento masivo hasta la lucha contra el militarismo, mientras que comentaristas más centristas, como Jan-Werner Müller, rechazaban el epíteto. Y casi todos estaban de acuerdo en que superar el desagradable desafío de la derecha requeriría reformas ambiciosas para abordar las crecientes desigualdades que atraviesan las divisiones de género, económicas, raciales y religiosas.

Si quienes se oponían a Trump tenían tanto en común, ¿por qué una discusión tan persistente?

Los defensores de la analogía «cesarista» en las décadas de entreguerras argumentaron que daba claridad al análisis. Pero también insistieron en su valor polémico. Al invocar el fantasma del tirano romano (en ese momento, un punto de referencia fundacional en la imaginación política del Atlántico Norte), esperaban fomentar el malestar y desatar la ira. Como la mayoría de las obras del género polémico, su propósito no era abrir los ojos de los partidarios de la autocracia a su supuesta locura, sino enfurecer a los ya persuadidos y profundizar las líneas de falla existentes. Irónicamente, esta fue también una de las causas del declive final del término «cesarismo»: después de las atrocidades masivas del siglo XX, las polémicas evocaciones a Stalin y Hitler tenían un atractivo más visceral que las referencias a Julio César.

Los escritores polémicos de los últimos dos siglos a menudo lanzaron ataques contra nuevos movimientos, ideologías o regímenes utilizando precedentes históricos familiares. Los católicos del siglo XIX, por ejemplo, fustigaron la difusión de nuevas ideas e instituciones liberales, a menudo caracterizadas como el renacimiento de la Reforma Protestante. En El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea (1887), uno de los ensayos polémicos más populares y traducidos de la época, Jaime Balmes sostiene que el ataque de Lutero al papel mediador de la Iglesia demolió el respeto de los europeos por la autoridad, lo que llevó directamente a la Revolución Francesa y a todos los trastornos políticos posteriores. Un siglo más tarde, cuando los escritores liberales comenzaron su campaña contra el comunismo, a menudo lo comparaban con el catolicismo, que durante mucho tiempo había sido su enemigo: decían que no era únicamente un sistema económico alternativo, sino un sistema de valores que lo abarcaba todo y que requería una sumisión total, no solo del cuerpo sino también de la mente. Como dijo Arthur M. Schlesinger en El centro vital en 1949, ambos sistemas hacen que sus seguidores sean «tan dependientes emocionalmente de la disciplina» que carecen de capacidad para pensar de manera independiente.

El fascismo también formó parte de la polémica movilizadora. Y aunque este hecho se mencionó pocas veces en los debates posteriores a 2016, uno de sus usos más importantes como analogía histórica no fue la campaña contra la extrema derecha, sino contra los musulmanes. En la primera década del siglo XXI, periodistas y pensadores advirtieron sobre el renacimiento del fascismo entre los grupos musulmanes radicales, un fenómeno que denominaron «islamofascismo». Christopher Hitchens, Norman Podhoretz y otros reflexionaron que los seguidores de Osama bin Laden encarnaban el fanatismo ciego de los nazis, la glorificación de la violencia, el odio al feminismo y la oposición a las «libertades occidentales». Estas afirmaciones hicieron florecer no solo consignas triviales sino también una producción académica considerable. Jeffrey Herf, un destacado historiador del pensamiento y la propaganda nazi, advirtió en The American Interest en 2009 que el antisemitismo y el odio a la Ilustración del «islam radical» lo convertían en una «variante de la política ideológica totalitaria». Para Herf, como para la mayoría de los que utilizaron el epíteto, la analogía histórica dejó en claro por qué Al Qaeda y organizaciones similares no deben ser entendidas como grupos marginales cuyo terrorismo era una expresión de debilidad. Más bien, eran una amenaza existencial para la democracia y, como tales, tuvieron que ser bombardeadas preventivamente hasta ser olvidadas.

Los defensores de la analogía fascista en los últimos años, se han basado así en una larga tradición. Esto no se debe a que compartan ninguna de las agendas políticas o intelectuales de sus predecesores (no lo hacen), sino a su fe común en el uso de la historia como herramienta de movilización. Y el fascismo, creían, capturaba nuestro presente con mucha más fuerza que el autoritarismo o el etnonacionalismo debido a su lugar único en la memoria histórica de nuestra sociedad. La mejor articulación de esta lógica apareció en Cómo funciona el fascismo, de Stanley, que finaliza con una declaración sobre el potencial del término para desbaratar la normalización del mal. Ya sea a través de sus acciones o de su apatía letárgica, los líderes nacionalistas han hecho de los tiroteos en masa, el encarcelamiento masivo o la persecución contra los inmigrantes un hecho recurrente de la vida y han tenido como objetivo adormecer a su oposición para que se someta. Reconocer estas políticas como parte del repertorio fascista podría recordarnos su naturaleza verdaderamente horrible. «La acusación de fascismo siempre parecerá extrema», señaló Stanley, pero esto se debe solo a que «cambian continuamente las reglas de juego para el uso legítimo de la terminología ‘extrema’».

A pesar de su popularidad, esta tradición retórica siempre ha encontrado a algunos escépticos. Incluso a quienes simpatizaban con la agenda de los polemistas a veces les preocupaba que el precio de una movilización exitosa pudiera alienar a los aliados políticos y distraer la atención del necesario autoexamen. En el siglo XIX, por ejemplo, el teólogo católico Ignaz von Döllinger amonestó a quienes, como Balmes, culpaban de los males del mundo al protestantismo acechante. Si los adversarios de la Iglesia vieran la luz y volvieran a su redil, proclamó en un importante discurso de 1871, «el limitado espíritu polémico debe dar paso a uno de compromiso y reconciliación», en el que los católicos destacaran sus similitudes con otros grupos. La misma lógica sustentaba el escepticismo del pensador suizo Emil Brunner sobre la retórica de algunos anticomunistas durante la Guerra Fría. Si bien no sentía mucha simpatía por el comunismo, advirtió que las denuncias combativas impedían un compromiso potencial, que era el único camino para salir de las persecuciones anticristianas. Y después de 2001, incluso algunos belicistas como el historiador conservador Niall Ferguson se quejaban de que la etiqueta de «islamofascista» era profundamente engañosa. La analogía con la Segunda Guerra Mundial, se mofaba, «se está utilizando de manera mendaz» para desestimar objeciones legítimas a la guerra contra el terrorismo como «conciliadoras» y tuvo un efecto infantilizador en el discurso público.

La actual vacilación de los escépticos, entonces, no es un sustituto de otros desacuerdos, sino una expresión de su juicio sobre la utilidad del término: dudan de que realmente fomente la movilización y la autorreflexión que prometen sus defensores. Un ejemplo revelador es la objeción de Moyn a la analogía. «Si dices que está cerca el fin del mundo», escribió, «o bien el mundo confirmará tristemente tus profecías o bien dirás que tu advertencia lo salvó». Pero más importante ha sido la impotencia política de la analogía. Puede haber logrado aportes financieros de donantes liberales, pero difícilmente consiguió el apoyo de la derecha o ayudó a construir nuevas coaliciones. «Lo que hemos aprendido», concluyó Moyn, «es que nuestras analogías políticas no funcionan como esperábamos». El teólogo Adam Kotsko adoptó una postura similar en la Bias Magazine (un órgano de la izquierda cristiana) cuando advirtió que hablar de fascismo era lo contrario a un examen de conciencia. Los demócratas, escribió, lo usaron para no asumir su propia responsabilidad por el desastre económico que hizo posible el ascenso de Trump.

Las elecciones son una herramienta imperfecta para medir el valor de la retórica política, y las de noviembre de 2020 no fueron la excepción. A años de advertencias constantes sobre una inminente tiranía les siguió la rara derrota de un presidente en funciones. Nadie sabe si ambos hechos estuvieron relacionados ni cómo: las encuestas a boca de urna no ofrecen el «miedo al fascismo» como opción para marcar las principales preocupaciones de los votantes. Además, los resultados fueron tan ambiguos que no se prestan a conclusiones claras. Los demócratas ganaron tanto la Casa Blanca como el Congreso con márgenes penosamente estrechos y no pudieron sosegar la sostenida radicalización del Partido Republicano. De este modo, los acontecimientos han hecho poco para resolver el debate sobre el fascismo. Algunos, como el periodista del New York Magazine Eric Levitz, afirmaron que el triunfo de Joe Biden reivindicaba a quienes usaban el epíteto. No solo ayudaron a convencer a CNN y otros medios de comunicación de que adoptaran una postura severa contra Trump (Stanley aparece frecuentemente opinando en los medios), sino que lo hicieron mientras presionaban a la izquierda del Partido Demócrata en cuestiones económicas. De manera análoga, los escépticos tampoco cambiaron de opinión. El politólogo Corey Robin dijo después de las elecciones que el magro resultado de Trump en comparación con otros republicanos lo exponía como débil e ineficaz, «casi todo lo contrario del fascismo».

Pero si hay una lección por aprender de las últimas elecciones, posiblemente sea que nombrar correctamente a nuestros oponentes más radicales no es la clave del triunfo político. Tanto durante como después de su campaña, Biden evitó persistentemente hablar de su adversario. Las raras ocasiones en que lo hizo, como cuando comentó que Trump era «una aberración» o «uno de los presidentes más racistas que hemos tenido», fueron las excepciones que confirmaron la regla; siguió enfocado en políticas específicas. De manera similar, la retórica de Biden no abundó en analogías históricas. A diferencia de su predecesor, cuyos lemas «Make America Great Again» y «America First» eran claras referencias a movimientos históricos nativistas y racistas, Biden apenas invocó el pasado. Su discurso inaugural es un ejemplo revelador: recorrió la Guerra Civil, la Gran Depresión, las dos guerras mundiales y el 11 de septiembre en media oración, mencionándolos como testimonios de la capacidad de recuperación de la nación antes de centrarse en los temas de la unidad y la reconciliación. Los comentaristas progresistas dedican poco tiempo a reflexionar sobre una retórica tan insulsa e insípida como parece ser. Quizás nombrar correctamente al enemigo no sea tan importante para la movilización de la izquierda como sugería el debate sobre el fascismo.

 

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí.Traducción: Carlos Díaz Rocca

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