Alrededor de 2.000 personas están en situación de calle en Uruguay / Foto: Leónidas Martínez

Un seminario realizado en Montevideo esta semana obligó a trazar un mapa de los sin techo en la región. Invisibles e ignorados por algunos gobiernos, perseguidos y asesinados por otros o, en el mejor de los casos, empoderados e involucrados en la toma de decisiones. Desde esas perspectivas tan distintas surgen políticas a imitar y repudiar.

En Colombia, a los habitantes de la calle los matan de madrugada, la mayoría de las veces, la policía. Según el Ministerio de Derechos Humanos de Brasil, en tres años hubo 2.700 violaciones a los derechos humanos contra “os moradores de rua”. Hasta no hace tanto, en Paraguay, los niños de la calle o “pirañitas” eran detenidos con autorización judicial por la policía, torturados y hasta desaparecidos. Los relatos surgen de militantes y técnicos que trabajan en los seis países que integran la Red Calle Latinoamericana –Costa Rica, Colombia, Brasil, Paraguay, Chile y Uruguay– reunidos el martes y miércoles en un seminario internacional.

Pedro Cabrera –doctor en sociología y uno de los consultores contratado por la red para evaluar las políticas públicas destinadas a esta población–, arrancó diciendo que los seis países son “enormemente distintos. Mientras que en Uruguay son poco más de 3 millones y las personas en situación de calle unas 2 mil, en Brasil son alrededor de 215 millones, y sin techo, no sabemos”. En Paraguay, por otra parte, “distinguir a personas en situación de calle de las decenas de miles que se encuentran viviendo bajo chapa de zinc y cartón es un ejercicio verdaderamente complicado, y cuando digo bajo chapa de zinc y cartón, hablo del centro de Asunción, enfrente al Congreso, acampando en la Plaza de Armas”.

En todos los países de la red, la Iglesia fue el primer actor que trabajó con esta población, “y en la década del 90 el Estado, gradualmente, empezó a asumir sus responsabilidades, sobre todo en las grandes ciudades, en general capitales”, cuenta el doctor en antropología, también consultor de la red, Santiago Bachiller. Y en los seis países los programas para personas en situación de calle partieron de los ministerios de Salud y sólo en algunos casos viraron hacia enfoques más estructurales a través de los ministerios de Desarrollo Social. Pero en todos los casos, y pese a que los ministerios de Salud sean de los más presentes, “los programas sanitarios, en general, y los de salud mental y de adicciones, en particular, brillan por su ausencia o son insuficientes”, plantea Bachiller.

 

TECHO Y TRABAJO

 

Sin embargo, los ministerios de Trabajo estuvieron directamente “ausentes en las reuniones que hicimos en los seis países; eso ya es muy sintomático de los problemas de interinstitucionalidad y de que ciertas dependencias no se terminan de hacer responsables de sus funciones”, señala Bachiller, algo que ocurre en cierta medida también con los ministerios de Vivienda.

“En el caso uruguayo, el Mides actúa en aislamiento y no logra que otras dependencias estatales asuman sus responsabilidades. Lo que se escucha en el Mides es que si se trata de un asunto de pobres, automáticamente se lo cargan a ellos”, plantea el antropólogo.

Para Natalia Pintado –encargada del equipo móvil de la División de Coordinación de Programas para Personas en Situación de Calle–, es “un retroceso” que tanto las diferentes instituciones del Estado como la sociedad vean al Mides como el único responsable de velar por los derechos de las personas en situación de calle. Pero además, a su equipo le preocupa que esa misma lógica se esté reproduciendo a la interna del ministerio. “El manto ‘calle’ impide que otros servicios actúen”, por ejemplo cuando alguien que está en situación de calle llega al ministerio y automáticamente es derivado al equipo móvil, “como si no pudieran hacer una consulta como cualquier otro ciudadano”.

Bachiller plantea que “está la idea de que el sujeto se desenganchó de la estructura social”, y sin embargo no hay una política de reinserción: “Se los toma como sujetos pasivos, pero la gente se gana la vida por sus propios medios. Empecemos por reconocer las estrategias de subsistencia cotidiana, porque si fuera por el Estado, se morirían. En el mejor de los casos hay un dispositivo que los saca temporalmente de la situación de calle, pero que no propone soluciones a una vida, en general, precaria”.

Más tarde, en diálogo con Brecha, Cabrera se preguntará y se responderá: “¿Por qué sale la gente de la calle? Porque consigue ingresos regulares. Pero si la red de atención no tiene claro cómo reconectarla con el mundo del trabajo, la gente se va a quedar ahí embolsada, en una especie de complejo burocrático-asistencial. No digo que sea lo que pasa en los países de la red, que están muy lejos de crear un aparato con centros, instituciones y recursos, porque en algunos lados directamente no hay nada”.

 

REPRESIÓN Y MOVILIZACIÓN

 

Si desde Colombia las organizaciones sociales denuncian que la policía ejecuta una operación “limpieza”, que no es otra cosa que una masacre con un saldo de 4.176 muertos en los últimos diez años (véase “Los ‘ñeros’ que faltan”), Costa Rica “ha sido el único sitio donde hemos tenido uniformados de la policía que trabajaban con personas en situación de calle y sabían cómo hacer un trabajo policial de corte mediador de conflictos”, plantea Cabrera.

Pero en Paraguay –“el país con menos políticas para gente en situación de calle”, dice Cabrera–, la represión estuvo dirigida incluso a los niños. Aunque la cosa haya empezado a cambiar en la última década, Jorge Luis Amarilla –funcionario del Ministerio de Niñez y Adolescencia de Paraguay– cuenta que “en 2008 la solución que tenía el Estado para los niños en situación de calle era la tortura: picana eléctrica, la cabeza en el inodoro, asfixia. Cuando empezamos a intervenir en las comisarías, la cosa empezó a mermar, pero en algunos casos nosotros fuimos también detenidos”.

De vuelta en Costa Rica, donde “la existencia de redes a nivel local es muy intensa y muy real”, este país aparece como ejemplo o excepción: “Entienden que la gente que hoy está en la gestión se va a ir y si se quiere que las políticas perduren, es necesario que se les dé lugar a los movimientos sociales”, alega Bachiller, algo similar a lo que ocurre en Brasil, donde existen organizaciones integradas por personas en situación de calle que presionan y promueven un enfoque de derechos, además de tener voz en la discusión pública sobre su propia realidad. En los términos de Samuel Rodrigues –del Movimento Nacional da População de Rua–, “nosotros tenemos una activa participación en este tipo de encuentros”, desliza, a diferencia de lo que ocurrió el martes y el miércoles dentro de las paredes del salón Rojo del Edificio Mercosur, frente a la rambla del Parque Rodó (véase recuadro “Con las personas, no para las personas”).

Para Cabrera es complicado pensar en la “experiencia de internacionalidad que supone una organización de varios países para poner este tema en la agenda política”, porque “la historia de cada país y los impactos más recientes a nivel económico, la demografía, el nivel social” dejaron una huella que marca una impronta. Sin embargo, también indica que “las vidas sin techo han sido históricamente vidas sin derechos. Y lo siguen siendo. Lo que hemos visto en los países de la red no es muy diferente a lo que se puede ver en Bruselas, Roma, Madrid o Nueva York”.

 

AUSENTES Y MIGRANTES

 

Argentina es uno de los grandes ausentes, dicen los consultores del proyecto. Bachiller –argentino–, aclara que su país “se negó a participar de la red”, y es además un ejemplo de los diferentes criterios que se usan para definir lo que se entiende por “situación de calle” y por lo tanto construir una cifra o establecer su dimensión: el conteo “les viene dando mil personas, más allá de las coyunturas. Ni siquiera incluyen a los que están en un refugio. La situación es tan absurda que aquellos que duermen en una parada de colectivo no son contabilizados” porque se interpreta que si hay un techo, no hay situación de calle. Mientras, “a las organizaciones sociales que realizan su propio conteo les da que hay más de 5 mil personas”, apunta el porteño.

Cuando varios de los académicos y militantes hacen énfasis en que la solución primera pasa por el acceso a la vivienda –por ejemplo Leonardo Moreno Núñez, de la Fundación para la Superación de la Pobreza, de Chile, plantea que el problema es que la vivienda es cada vez más un bien de cambio, una mercancía más, en lugar de un bien de uso–, Bachiller acota que en los años del kirchnerismo, en Argentina se construyeron más de 900 mil viviendas –“no hay precedentes en la historia de mi país de algo similar”–, y sin embargo el déficit habitacional se incrementó, al igual que los conflictos por el acceso a la tierra: “Ahí está la diferencia entre construir viviendas y construir ciudad. Hubo una política que pensó en construir viviendas sin regular el mercado de suelos, lo que generó mayor cantidad de desplazados”. En Paraguay “el peso del déficit habitacional es bestial”, sostiene Cabrera y agrega que esos campamentos informales que se han instalado en la plaza frente al Congreso son alimentados –entre tantos– por poblaciones indígenas que han huido de sus tierras desplazados por el avance del cultivo de soja.

Venezuela, el otro ausente, no sólo tiene algunos problemas en su propia casa, sino que también los tiene puertas afuera. En el mundo, los extranjeros en situación de calle suelen ser los más vulnerables de esta expresión de máxima vulneración, y en Colombia y el norte de Brasil la cantidad de venezolanos en calle es alarmante. “La capacidad de captación y de retirada de la calle de los dispositivos de albergues operan con mayor eficacia sobre los nacionales. Y cuando la gente que está en la calle habla una lengua extranjera, ahí sí que es complicado”, plantea Cabrera.

En Uruguay “no es que no haya, pero afortunadamente no tiene ese carácter masivo y no tenemos por qué lidiar todavía con ese reto”, considera este sociólogo, a lo que Bachiller agrega: “De los países que conforman la red, el que tiene mayor tasa de inmigración es Costa Rica, y ahí sí tienen un problema con los inmigrantes nicaragüenses. Las estadísticas todavía no muestran que en Uruguay tenga un impacto demasiado importante, pero que en este momento no tengan este problema no quiere decir que no lo vayan a tener”. Cuando Bachiller hizo la investigación de su tesis de doctorado –entre 2004 y 2008 en la plaza Ópera, de Madrid–, los inmigrantes en España no eran una porción significativa de la población de calle: ahora son más del 60 por ciento de los que están a la intemperie.

Lo cierto es que el fenómeno se viene arrimando. Durante su intervención, Natalia Pintado advierte que la población con la que trabajan en el equipo móvil del Mides también la integran “personas que escapan de redes de tráfico e inmigrantes recién llegados al país”, y que “últimamente esta es la mayor dificultad que estamos encontrando, porque no estamos preparados para atender las problemáticas que tiene una persona que recién llega al país”.

Si bien en el Mides no cuentan con datos sistematizados sobre la cantidad de inmigrantes en situación de calle y su nacionalidad, indican que se percibe su presencia en los refugios y que, como el tema de la migración en general, este es un fenómeno relativamente nuevo en Uruguay.

 

POR CASA

 

Si se compara a la población uruguaya que duerme a la intemperie con la que asiste a los refugios, la primera es más masculina, joven, lleva más tiempo en la calle, en mayor medida por problemas vinculares y adicciones, mientras que en los refugios la calle se dio como resultado de problemas de salud mental. A la intemperie se encuentran personas con menor cantidad de años de escolarización, pero que trabajan más y reciben más ayuda de los vecinos. A su vez, 47 por ciento son ex presos, frente a un 24 por ciento de los que asisten a los refugios.

Con base en una encuesta realizada a ex usuarios de los refugios del Mides –“algunos cientos que pudimos encontrar porque son muy difíciles de ubicar”, aclara Juan Pablo Labat, director de Evaluación y Monitoreo del Mides–, más del 75 por ciento se refiere a aspectos positivos, como el aumento de los ingresos, el logro de un subsidio de alquiler, la recomposición de vínculos, la finalización de un tratamiento de salud. La mayoría dice, sin embargo, que logró salir del refugio por su propia cuenta.

Según las consideraciones preliminares del estudio que dio a conocer Labat, la gran mayoría reside en una vivienda –aunque dos de cada tres lo hacen en la casa de alguien más–, pero un 10 por ciento se encuentra en un hospital, una cárcel, una iglesia o volvió a un refugio o a la calle. Los empleos a los que han accedido son en gran medida precarios: trabajan como vendedores ambulantes, cuidacoches o en mantenimiento y limpieza.

“Si empezamos a sumar, tenemos medio millón de personas que tienen algún tipo de riesgo de estar en situación de calle”, aunque “el más alto es para aquellos que egresan de cárceles, del Inisa y de instituciones psiquiátricas”, plantea Labat, y agrega: “Estamos planteando la desinstitucionalización –el cierre de los manicomios, por ejemplo–, pero vemos que la gente en la práctica se está reinstitucionalizando”, al apelar a un refugio.

“No deberían producirse desinstitucionalizaciones sin saber el destino de las personas, sí que se garantice que el que sale, sale a algún sitio razonablemente digno”, plantea Cabrera. Y Bachiller advierte que “ustedes pueden llegar a tener un problema grave a futuro con toda esta lógica de desmanicomialización, porque a priori es una política progresista, pero si no es acompañada con recursos específicos, va a aumentar la población de calle, y al haber personas con problemas de salud mental, la intervención va a ser mucho más compleja y escandalosamente mediática”.

“Es importante que seamos honestos y asumamos que hay personas que van a requerir del apoyo de por vida del Estado… o de alguien”, y sin embargo, “muchas veces pensamos las políticas como transitorias”, plantea Pintado. Además, concluye que el hecho de que no se haya logrado trabajar con otros ministerios, desde otros enfoques, generó la saturación de los refugios, o dicho de otro modo, una falta de espacio para todos los que acuden al servicio. Eso, a su vez, derivó en el “desarrollo de argumentos meritocráticos” para asignar un cupo, y que los que no pueden sostener un proceso pierdan su lugar: “Aparece la idea de que no hicieron un buen uso y de alguna forma terminamos castigándolos. Por eso hoy dije que intentamos trabajar desde una perspectiva de derechos, porque si bien logramos facilitar el acceso de la población a muchas prestaciones, a veces también terminamos revulnerando”.

Pintado cree que “se necesita generar otro tipo de oferta además del centro nocturno y pensar qué pasa con las personas durante el día”. Comprender que “si bien reivindicamos el trabajo sobre el vínculo, eso tiene su límite. Es necesario también mejorar la distribución del gasto” y asegurar aspectos que tienen que ver con “la materialidad”, como lo es una vivienda.

 


Brasil y sus movimientos sociales

 

Con las personas, no para las personas

 

La experiencia de Brasil está marcada por colectivos sociales que luchan para que los habitantes de la calle participen directamente en los procesos que los involucran. Es decir, una mirada de las políticas públicas desde un enfoque de derechos. “Hay que invitarlos a conversar y garantir que esas personas intervengan como controladores de la política pública, no como objetos de esa política”, resumió a Brecha Samuel Rodrigues, en representación del Movimento Nacional da População de Rua. Así es como en ese país las personas en situación de calle y los clasificadores participan de comités y reuniones periódicas como observadores, sugieren estrategias y proponen instrumentos desde sus experiencias personales. También encabezan movilizaciones de calle con otras poblaciones vulnerables como las prostitutas o los sin tierra. A algunos, la militancia les ha permitido ser contratados en proyectos sociales, abriéndoles el camino al mundo del trabajo y a la superación del estigma de vagabundos o mendigos que les ha dejado la rua.

Desde el Movimento Nacional da População de Rua se definen a sí mismos como una forma de organización de hombres y mujeres en situación de calle, con un fuerte trabajo de voluntarios, todos comprometidos con la lucha por una sociedad justa e igualitaria. Y entre sus tantas banderas, priorizan un aspecto importante: contribuir a la construcción de una cultura que entienda la vivienda como la principal puerta de salida de la calle.

“Las personas pudieron superar su situación cuando de hecho tuvieron una vivienda”, coincidió a su turno María Cristina Bove, de la Pastoral Nacional do Povo da Rua. Este colectivo social brasileño trabaja por la emancipación y el empoderamiento de la población de calle desde las ideas de la teología de la liberación, mezcladas con la pedagogía del oprimido del brasileño Paulo Freire. Persiguen una transformación social estructural, “no desde una visión de la caridad o la misericordia, sino entendiendo la vida de la gente de la calle y los clasificadores como actores sociales”.

Como movimiento han ido más allá de su eslogan “Chega de omissão! Queremos habitação!”, y han realizado acciones concretas, sobre todo en la ciudad de Belo Horizonte. Han trabajado mano a mano con los grupos de personas que viven bajo los numerosos viaductos que tiene la capital y los han acompañado durante los desalojos: “Concretamente en 11 lugares pudimos ayudarlos a que se organizaran durante el proceso y conseguimos vivienda para todos ellos”. También han construido dos bloques de viviendas y están atentos a los terrenos baldíos o los inmuebles ociosos, lo que les permitió, entre otras cosas, conseguir un edificio de 17 pisos –con 160 apartamentos– luego de 13 años de espera. “Hoy están todos en sus casas”, resumió Bove ante los presentes, no sin antes recordar otra de las principales consignas de su colectivo social: “Nadie está en la calle porque quiere”.

 


 

Violencia institucional y muerte en Colombia

 

Los “ñeros” que faltan

 

Los homicidios de habitantes de la calle fueron 4.176, cometidos en Colombia entre los años 2007 y 2017, según una investigación de la Ong Temblores titulada Los nunca nadie. La cifra –obtenida a partir del registro de la policía nacional y la fiscalía de ese país–, muestra un crecimiento de los homicidios al borde de la masacre y sólo en el último año se contabilizaron 582 casos. El 80 por ciento de las muertes ocurrieron en la vía pública durante los días domingo y sábado, sobre todo por la madrugada. La ciudad más violenta es Bogotá, con 1.175 homicidios del total de muertes. “Cuando se dedican a hacer limpieza, más de un loco se desaparece”, opina Ernesto, uno de los cientos de testimonios recogidos en la calle por los investigadores de Temblores.

“Uno de los grandes perpetradores de los homicidios es la policía”, sentenció en Montevideo el abogado e integrante de la Ong Alejandro Lanz, y agregó: “forma parte de una violencia sistemática y selectiva: creemos que a los habitantes de calle los matan por ser habitantes de calle”. Dedicados a tres áreas –“sexo, drogas y paz”–, Temblores trabaja por el reconocimiento de los habitantes de la calle, pero también de la población Lgtbi, trabajadoras sexuales, usuarios de drogas, víctimas de violencia policial y personas privadas de libertad.

Pero antes de la investigación Los nunca nadie estuvo el informe Destapando la olla. En mayo de 2016, más de 3 mil agentes de la fuerza pública intervinieron la zona del Bronx y expulsaron a toda la población que vivía allí. Conocida como “la olla” más grande de Bogotá, se construyó luego de haber hecho un desalojo similar en otro famoso vecindario llamado El Cartucho. “El operativo fue ordenado por la alcaldía de Enrique Peñalosa”, el actual alcalde de Bogotá, dijo Lanz, el mismo que en agosto de 2016 pronunciara las felices palabras: “Tampoco hay que hacerle fácil la vida a los habitantes de calle”.

Los desalojados del Bronx fueron a parar a la salida de un enorme caño de la ciudad, en donde en agosto de ese año se presentó una crisis humanitaria: las compuertas se abrieron y unas 500 personas fueron arrastradas por el repentino caudal de agua, de nuevo durante la madrugada. Desde Temblores siguieron el proceso, lo documentaron y a partir de testimonios de los sin techo reafirmaron que la apertura de las compuertas fue una acción premeditada por las autoridades del distrito. “No lo hemos podido probar, pero todavía estamos pidiéndole al Estado que investigue el proceso”. Han realizado varios pedidos de acceso de información al gobierno, pero aún continúan sin respuestas.

Aunque desde la Ong denuncien incansablemente las violencias institucionales más comunes hacia los habitantes de la calle (ataques a la vida y la integridad física, indocumentación, violencia psicológica), y hasta tengan a algunos policías identificados (dos de los más peligrosos son el Cara de Papa y el Topo Gigio), el nivel de acceso a la justicia por parte de los ciudadanos en situación de calle es muy bajo y no denuncian la violencia policial por miedo a las represalias. Las amenazas son básicamente dos: la primera es llevarlos a la Unidad Permanente de Justicia (Upj), una suerte de centro transitorio donde la policía está habilitada para conducir a los habitantes que se encuentran en “alto grado de exaltación”, parámetro ambiguo que se convierte en una excusa perfecta para llevar allí a usuarios de drogas, trabajadoras sexuales y habitantes de calle, relata Lanz. La segunda amenaza es “cargarlos” con drogas, para luego inculparlos y detenerlos.

“Nosotros no podemos acusar directamente al Estado de la comisión de estos crímenes que están sucediendo porque no tenemos las pruebas necesarias, no hay procesos de denuncias efectivos y acceso a la justicia. Pero sí podemos responsabilizar políticamente a los discursos que ha traído esta alcaldía (la de Peñalosa) y que ha sido nefasta para los habitantes de calle”, dijo Lanz el miércoles en el edificio Mercosur.

Estas no son sólo cifras, dijo el joven abogado, son historias de violencia, de discriminación y de negación sistemática de derechos que merecen ser contadas para hacer memoria, “una memoria que desde las calles ha transformado a la sociedad colombiana en guerra”. “Sólo a través de esta memoria y la resistencia colectiva lograremos que algún día ningún ciudadano sea registrado como un ‘nunca nadie’, que cada historia de violencia sea denunciada, que quienes matan a los ciudadanos habitantes de calle no queden impunes y que a los ‘ñeros’ se les reconozca su dignidad. Sólo así lograremos que ser habitantes de calle no sea una sentencia de muerte”, concluyó.

 


 

Niños de la calle y drogas

 

Pantalón cortito

 

A partir de los años 2012 y 2013 se comenzó a ver menos niños en las calles de Montevideo, en gran parte por el impacto de las políticas universales y focalizadas sobre esa población, resumió Marcelo Rossal, antropólogo de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación durante el seminario de Red Calle.

“Comenzaron a estar más cuidados, incluso por sus propias familias”, opinó Rossal. Hubo un cambio, agregó el antropólogo, y las madres que antes pedían en las calles con sus hijos, ahora ya no querían ser vistas: “Evidentemente había un sentir de que cierto apoyo del Estado podía empañarse si las veían. Era algo malo hacer pedir en la calle a sus niños o pedir ellas mismas”. Antes, en 2010, “los niños apenas podían caminar y ya estaban pidiendo monedas para sustentar a sus familias”, explicó el autor del libro De calles, trancas y botones (2011), que junto al también antropólogo Ricardo Fraiman recogieron muchas de esas trayectorias.

Por otro lado, observaron que los mismos niños que habían iniciado la vida en la calle a los 8 o 9 años, los encontraron de nuevo ya con 14 o 15 años, y con “una vida más consolidada” en la ciudad. Utilizaban de manera pragmática los programas de calle y los instrumentos que instituciones como el Inau les ofrecían, también el vínculo con los educadores para acercarse a la institución; “los tomaron como forma de reducir sus propios daños, de rescatarse, para sobrellevar la violencia del Estado o de particulares, muchas veces las ganas de bañarse, el hambre o el querer dejar de consumir ciertas sustancias”. También comenzaron a aparecer otras instituciones evangélicas como Remar o Beraca, que “si bien se podían ver como que los explotaban, eran un ámbito de refugio, literal y simbólico”, “estaban protegidos del castigo posible que les pudieran dar agentes del sistema penal o por deudas en el mercado de la pasta base”.

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Los Ángeles es la segunda ciudad de Estados Unidos, por detrás de Nueva York, con mayor población de personas sin techo. Foto: Reuters

Parecen estar por todas partes. Personas de todas las edades, durmiendo sobre cartones o directamente en el piso. Son gente sin un hogar que se congrega bajo puentes o en parques, con sus pertenencias en bolsas de plástico como símbolo de sus vidas en movimiento.

 

Muchos llegaron a las calles recientemente, víctimas de la prosperidad que ha transformado en los últimos años muchas ciudades de la costa oeste de Estados Unidos.

 

Mientras las autoridades intentan responder a esta creciente crisis, algunos dicen que lo más probable es que la situación empeore.

 

El periodista de la BBC Hugo Bachega visitó la vibrante ciudad de Portland, la más grande de Oregón, en el noroeste de Estados Unidos.

 

“Es la Ciudad de las Rosas, de clima agradable, rica cultura y pensamiento progresista”, cuenta Bachega. “También es un núcleo de innovación, parte de lo que se llama el Silicon Forest, (en contraposición con Silicon Valley), y los nuevos residentes se trasladaron aquí en los años posteriores a la crisis atraídos por las empresas de alta tecnología y sus trabajos bien remunerados”.

 

“Pero la bonanza no llegó a todos”, añade el periodista.


Escasez de vivienda

 

Lo sucedido en Portland es una historia que se repite en varias ciudades de Estados Unidos, entre las que destacan Nueva York, Los Ángeles y San Francisco.

 

La floreciente demanda en una zona con escasez de viviendas enseguida hizo subir el costo de vida y aquellos que financieramente estaban en el límite perdieron la capacidad que una vez tuvieron para permitirse un lugar donde vivir.

 

Muchos fueron rescatados por familiares y amigos o programas gubernamentales y organizaciones de ayuda. Otros, sin embargo, terminaron en la calle. Los más afortunados encontraron sitio en albergues públicos. No pocos están ahora en tiendas de campaña y vehículos en las calles.

 

“Incluso aunque la economía esté más fuerte que nunca”, declaró el alcalde de Portland, Ted Wheeler, del Partido Demócrata, “la desigualdad está creciendo a un ritmo alarmante y los beneficios de una economía en crecimiento se concentran cada vez en menos manos”.

 

Muchos expertos creen que es “una bomba de tiempo” en las calles estadounidenses que les puede explotar a las autoridades, ya que el problema va en aumento.

 

“Tenemos más desigualdad en todo Estados Unidos y esto indudablemente tiene un impacto en la gente”.

 

El número de personas sin casa ha aumentado en otras prósperas ciudades de la costa oeste de EE.UU. que suelen ser lugares de destino para trabajadores jóvenes con alto nivel educativo, como San Francisco y Seattle, donde la culpa se le han echado también a los precios en alza y los desahucios.

 

Las cifras exactas son siempre difíciles de establecer pero 553.742 personas estaban sin hogar en una misma noche en todo Estados Unidos en 2017, según informó el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano. Fue la primera subida en siete años. No obstante, la cifra para todo EE.UU. sigue siendo un 13% inferior a 2010, gracias al descenso que se ha producido en 30 estados del país.

 

Esta caída fue eclipsada por las altas subidas en el resto del país, con California, Oregón y Washington entre los peores estados.

 

Los Ángeles, donde la situación se describe año tras años como sin precedentes, tiene más de 50.000 personas sin hogar, solo por detrás de Nueva York, que tiene unas 75.000.

 

Joseph Gordon, un hombre transgénero conocido como Tequila, vive en un campamento para personas sin casa, llamado Hazelnut Grove y fundado en 2015, cuando Portland declaró por primera vez el estado de emergencia por la crisis de los sin techo.

 

“Da mucho miedo. La gente con la que me cruzo proviene de todos los lados de la vida. Y la población sin casa no hace más que crecer”, le dijo a la BBC este hombre de 37 años.

 

“Estando en la calle lidias con todo tipo de situaciones, como tener que relajarte conviviendo con ratas. También empiezas a apreciar el agua corriente o el hecho de poder ir al baño siempre que quieras”, cuenta Tequila.

 

La gente suele pensar que es mexicano por el color de su piel y su apodo.

 

Los ancianos y las minorías se ven afectadas por este problema de forma desproporcionada, según un estudio de la Universidad Estatal de Portland, que augura que la tecnología puede tener como consecuencia el recorte de miles de empleos de sueldos bajos, probablemente empeorando las cosas.
Hartos de los vecinos

 

La presencia de los sin hogar en Portland y otras ciudades estadounidenses con el mismo problema es más visible que nunca.

 

Los residentes están cada vez más frustrados por el olor de orina, heces humanas y objetos abandonados que se amontonan en espacios públicos, a veces en sus propias escaleras.

 

En algunos sitios, cunde la sensación de que es una batalla que se está perdiendo. Pero esta es una crisis que se está fraguando desde hace tiempo.

 

Los recortes del gobierno federal en los programas de vivienda asequible y en instalaciones para salud mental en las últimas décadas, hicieron que muchas personas acabaran en la calle en Estados Unidos, según señalan autoridades y proveedores de servicios, mientras que los gobiernos locales son incapaces de llenar el vacío.


Devastador informe de Naciones Unidas

 

El académico australiano Philip Alston, relator especial de Naciones Unidas para la pobreza extrema y los derechos humanos, viajó por todo Estados Unidos durante dos semanas en diciembre del año pasado.

 

Su misión incluyó visitas a Los Ángeles y San Francisco.

 

En su brutal informe, Alston declaró que “el sueño americano” se está convirtiendo rápidamente para muchos en “la ilusión americana”. El gobierno del presidente Donald Trump criticó duramente sus hallazgos.

 

El futuro, advirtió Alston en una entrevista, no parece alentador.

 

“Las políticas del actual gobierno federal se centran en recortar, al máximo posible, los subsidios para vivienda, y creo que lo peor está por llegar”.


Otros países ricos se han debido enfrentar también el problema de los sin casa, en tiempos en que los más vulnerables sufren la carga de las políticas de austeridad, los precios en alza y el desempleo. Pero en la mayor parte de Europa, por ejemplo, todavía hay una “red robusta del sistema de bienestar” para ayudar a quienes están en riesgo, dijo Alston.

 

“En esencia, si estás en Europa tienes acceso a una atención sanitaria básica y rehabilitación psicológica y física. Esto contrasta fuertemente con Estados Unidos”.

 

De vuelta en Hazelnut Grove, Tequila, quien encontró un trabajo a tiempo parcial, pide donaciones para papel higiénico, bolsas de basura y champú.

 

Está recopilando documentos para apuntarse a un programa local de vivienda asequible, pero no espera trasladarse pronto del campamento.

 

“Una gran población de personas sin hogar no es algo bueno, especialmente cuando vives en el país más rico del mundo”, le dice Tequila al reportero de la BBC Hugo Bachega.

 

“Hay muy poca esperanza. Es una situación extrema”.

Portland es otra ciudad de la costa oeste de Estados Unidos cuyas calles se han llenado de personas sin hogar. Foto: BBC

Portland es otra ciudad de la costa oeste de Estados Unidos cuyas calles se han llenado de personas sin hogar. Foto: BBC
 
El número de personas sin casa ha aumentado en ciudades de la costa oeste de EE.UU., que suelen ser lugares de destino para trabajadores jóvenes con alto nivel educativo. Foto: BBC
 
La cantidad total de personas sin casa en todo Estados Unidos ha disminuido en los últimos años pero, como contraste, en algunas ciudades del país se ha disparado de forma alarmante. Foto: BBC
 
 
Tequila es un hombre transgénero de 37 años que vive en un campamento para personas sin casa en Portland. Foto: BBC
 

Hazelnut Grove, una comunidad autogestionada de pequeñas estructuras de madera, tiene más de una docena de residentes. Foto: BBC

La elevada población de personas sin casa contrasta con el nivel de riqueza en Estados Unidos. Foto: Reuters

 
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Viernes, 23 Febrero 2018 06:36

Miseria y desigualdad en Colombia

Miseria y desigualdad en Colombia

Como el segundo país más desigual de América Latina aparece Colombia, donde el hambre y la miseria junto a los altos índices de criminalidad y difícil acceso a la educación y a la salud son hechos cotidianos para el grueso de su población.


Pese a ser Colombia uno de los principales aliados de Estados Unidos en la región, el dinero que le entrega la Casa Blanca va destinado al sector militar y no a resolver las necesidades de millones de ciudadanos pobres.


A Colombia las últimas administraciones norteamericanas y en especial la actual presidida por el magnate Donald Trump le han asignado la tarea de ser el principal actor contra la República Bolivariana de Venezuela, porque funcionaría como base logística y de agresión armada contra Caracas que ha decidido defender su independencia y se ha negado a instaurar un sistema neoliberal como exige Washington para la región.


Recordemos que en suelo colombiano están establecidas siete bases norteamericanas que cuentan con gran poder militar ubicadas en Apiay, Malambo, Cartagena, Palenguero, Tulemaida, Larandida y Bahía Málaga.


Después del recorrido realizado por el secretario de Estado norteamericano, Red Tillerson por México, Perú, Argentina, Colombia y Jamaica con el manifiesto propósito de incrementar las presiones económico-financieras contra Venezuela, el presidente colombiano Juan Manuel Santos inició conversaciones con el FMI, el BID y el BM para que cuando Caracas cambie o sea derrocado su gobierno, se apruebe un plan de rescate por 60 000 millones de dólares.


Esa información la ofreció el ministro de Hacienda colombiano, Mauricio Cárdenas quien agregó que a su país le gustaría tener un papel más destacado en Venezuela en caso de que se dé un cambio de gobierno tal como afirmó Tillerson en Austin, Texas antes de comenzar su periplo por América Latina.


Paradójicamente, los mismos organismos financieros con los cuales Santos quiere lograr una supuesta ayuda para Venezuela, confirman que Colombia vive una situación delicada, por ser una de las naciones más desiguales del mundo y la segunda de Latinoamérica.


Esto se debe a que el 20 % de los ingresos del país están concentrados en el 1 % de la población mientras la mitad de esas entradas la recibe solo el 10 %.
La política de expulsión de campesinos y de poblaciones indígenas bajo amenazas y asesinatos ha provocado que el 1 % de las familias ricas y empresas transnacionales sean dueñas del 81 % del territorio nacional.


Un informe presentado en la 62 sesión del Comité del Pacto de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, DES, de las Naciones Unidas, denuncia que de los 43 millones de personas en el país, 22 millones sobreviven en condiciones de pobreza


El documento asevera que el despojo generado por los desplazamientos permitió que entre 1980 a 2016 más de 7.4 millones de hectáreas cambiaran de dueños, lo cual profundizó el modelo de propiedad de tierra desigual.


Una de las denuncias más importantes es que a partir del 2002 hay un incremento en el otorgamiento de títulos mineros e hidrocarburos que se elevan a 4.9 millones de hectáreas a cambio de favores a funcionarios estatales, que ha provocado el quebrantamiento de grupos indígenas y graves afectaciones medioambientales. Privatizaciones indiscriminadas bajo el régimen neoliberal.


El Fondo de Naciones Unidas para la Educación y la Infancia (UNICEF) reveló que uno de cada diez niños sufre desnutrición crónica en ese país andino, mientras el Instituto Nacional de Salud advirtió que cada semana mueren al menos cinco menores a causa de la desnutrición.


Desde enero hasta de noviembre de 2016, en la Guajira fallecieron 66 niños por hambre, pertenecientes al pueblo indígena Wayúu. En la última década, en Colombia han muerto aproximadamente 2 000 niños y niñas por este mismo motivo.


Al igual que todos los gobiernos que aplican al pie de la letra las más estrictas leyes neoliberales, los ricos en Colombia pagan menos impuestos.
En cuanto a los empleos, el 64 % de los colombianos lo hacen en la informalidad, el 18 % bajo relaciones laborales ilegales, mientras que el 89 % de los asalariados rurales carece de protección social. Además, el 47.1 % de los trabajadores ganan menos del salario mínimo legal.


Las privatizaciones se extendieron por todos los sectores: bancario, empresas inmobiliarias, servicios de agua, alcantarillado, educación, salud, seguros, minería.
Con la entrada en vigor el 15 de mayo de 2012 del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos, se aceleró la fuga de capitales, la destrucción ambiental; aumentó la privatización de servicios esenciales como educación, agua, electricidad y salud; se incrementó la desigualdad y el trabajo precario; se redujo la producción alimentaria con la entrada de mercancías subsidiadas procedentes de Estados Unidos, y sobre todo, se perdió la soberanía económica y política de la nación.
A todas estas desventajas sociales y económicas, se suma una violencia histórica que ni con la firma de los acuerdos de La Habana se han podido resolver ya que continúan los asesinatos a líderes sociales, desplazamientos forzados, hechos violentos, incumplimiento de acuerdos con sindicatos y falta de garantías para las protestas pacíficas.


Aunque el presidente Santos, con toda la maquinaria de los medios de comunicación occidentales que lo apoyan, trate de que ocurra un cambio de sistema en la República Bolivariana cuyo gobierno ha beneficiado a la mayoría menos favorecida de Venezuela, los datos que ofrece Colombia son la antítesis de lo que los pueblos latinoamericanos desean: atención educacional, salud, bienestar social y paz.


Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.

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Pobreza en Estados Unidos. Foto: The Guardian

En el corazón de la misión especial de Philip Alston, Relator de la ONU para la Pobreza, hubo una pregunta: ¿pueden los estadounidenses disfrutar de los derechos humanos fundamentales si no pueden cumplir con los estándares básicos de vida? Alston, quiere saber por qué 41 millones de estadounidenses viven en la pobreza. The Guardian se unió a él en una misión especial de dos semanas en el corazón oscuro de la nación más rica del mundo


El Relator de Naciones Unidas sobre extrema pobreza y derechos humanos se embarcó en una gira de costa a costa por los Estados Unidos para hacer que la nación más rica del mundo -y su presidente-, respondan por las dificultades que soportan los ciudadanos más vulnerables de Estados Unidos.


La gira hizo paradas en cuatro estados, así como en Washington DC y el territorio estadounidense de Puerto Rico. Se enfocó en varias de las barreras sociales y económicas que hacen que el sueño estadounidense sea simplemente una quimera para millones: desde la indigencia en California hasta la discriminación racial en el sur profundo, el abandono acumulado en Puerto Rico y el declive de los empleos industriales en Virginia Occidental.
Con 41 millones de estadounidenses oficialmente en la pobreza según la Oficina del Censo de los EE. UU. (otras estimaciones ponen esa cifra mucho más alta), uno de los objetivos de la misión de la ONU será demostrar que ningún país, por muy rico que sea, es inmune al sufrimiento humano inducido por la creciente desigualdad.


Los Angeles, California, 5 de diciembre de 2017

 


Estamos en Los Ángeles, en el corazón de una de las ciudades más ricas de América, y el General Dogon, vestido de negro, es nuestro guía turístico. Junto a él pasea otro hombre alto, de pelo gris y elegantemente vestido con jeans y chaqueta. El profesor Philip Alston es un académico australiano con un título formal: Relator Especial de las Naciones Unidas sobre la extrema pobreza y los derechos humanos.
El general Dogon, un veterano de estas calles de Skid Row, avanza a grandes zancadas, pasando por encima de una rata muerta sin hacer ningún comentario y bordeando un cuerpo envuelto en una gastada manta naranja que yace en la acera.


Los dos hombres continúan cuadra tras cuadra de tiendas desvencijadas y refugios de lona improvisados. Hombres y mujeres se reúnen fuera de las estructuras, en cuclillas o durmiendo, algunos en grupos, la mayoría solos como extras en una película distópica de bajo presupuesto.


Llegamos a una intersección, que es cuando el general Dogon se detiene y le presenta a su invitado la opción. Señala hacia el final de la calle, donde los relucientes rascacielos del centro de Los Ángeles se alzan en una promesa de riquezas divinas.


El Paraiso.


Luego gira hacia la derecha, revelando el tatuaje de “poder negro” en su cuello, y lleva nuestra mirada de nuevo al estallido de Skid Row en el centro del centro de LA. De esa manera se encuentran 50 bloques de humillación humana concentrada. Una pesadilla a simple vista, en la ciudad de los sueños.


Alston gira a la derecha.


Entonces comienza un viaje de dos semanas en el lado oscuro del Sueño Americano. El centro de atención del relator de la ONU, un árbitro independiente de los estándares de derechos humanos en todo el mundo, ha caído en esta ocasión en los EE. UU., culminando el viernes con el lanzamiento de su informe inicial en Washington.

 

 
Philip Alston, Relator de la ONU, en las calles de Los Angeles. Foto: Dan Tuffs para The Guardian


Su misión de investigación en la nación más rica que el mundo haya conocido le ha llevado a investigar la tragedia en su núcleo: los 41 millones de personas que oficialmente viven en la pobreza.


De ellos, nueve millones tienen cero ingresos en efectivo: no reciben un centavo en sustento.


El viaje épico de Alston lo ha llevado de costa a costa, la privación a la privación. Comenzando en Los Ángeles y San Francisco, recorriendo el sur profundo, viajando a la mancha colonial de Puerto Rico y luego de vuelta al devastado país carbonífero de Virginia Occidental, ha explorado el daño colateral de la dependencia de los Estados Unidos de la empresa privada con exclusión del público ayuda.


The Guardian tuvo un acceso sin precedentes al enviado de la ONU, lo siguió mientras cruzaba el país, asistiendo a todas sus paradas principales y siendo testigo de la pobreza extrema que está investigando de primera mano.
Piense en ello como tiempo de amortización. Como dijo el propio relator especial de las Naciones Unidas: “Washington tiene mucho interés en señalar los fallos de la pobreza y los derechos humanos en otros países. Esta vez estoy en los Estados Unidos “.

La gira llega en un momento crítico para Estados Unidos y el mundo. Comenzó el día en que los republicanos en el Senado de los EE. UU. votaron a favor de amplios recortes de impuestos que ofrecerán una bonanza para los superdotados a la vez que aumentan los impuestos a muchas familias de bajos ingresos. Los cambios exacerbarán la desigualdad de riqueza que ya es la más extrema en cualquier nación industrializada, con tres hombres, Bill Gates, Jeff Bezos y Warren Buffet, que poseen tanto como la mitad de todo el pueblo estadounidense.

A los pocos días de la visita de la ONU, los líderes republicanos dieron un gran paso adelante. Anunciaron planes para recortar programas sociales claves en lo que equivale a un ataque contra el estado de bienestar ya de por sí raído.

“¡Buscar! Miren esos bancos, las grúas, los condominios de lujo que suben “, exclamó el general Dogon, que era un homeless en Skid Row y ahora trabaja como activista local con Lacan. “Aquí abajo, no hay nada”. Ves las tiendas una detrás de la otra, no hay lugar para que la gente vaya “.

 

David Busch es un hombre sin casa en Venice Beach, Los Angeles. Foto: Dan Tuffs para The Guardian

 

California fue un punto de partida adecuado para la visita de la ONU. Es un ejemplo de la gran riqueza generada en el boom tecnológico del 0,001%, y el aumento resultante en los costos de la vivienda que ha disparado la indigencia. Los Ángeles, la ciudad, por mucho, con la población más grande de habitantes de las calles en el país, está lidiando con cifras de crisis que aumentaron un 25% el año pasado a 55,000.
Ressy Finley, de 41 años, estaba ocupada esterilizando el balde blanco que usa para bañarse en su tienda en la que ha vivido durante más de una década. Ella mantiene su sala de estar, una masa de colchones y mantas gastadas y algunas posesiones variopintas, lo más limpio que puede en una batalla perdida contra ratas y cucarachas. Ella también soporta olas de chinches, y tiene grandes verdugones en su hombro para probarlo.
Ella no recibe ingresos formales, y lo que gana reciclando botellas y latas no es suficiente para pagar el alquiler promedio de $ 1,400 al mes por una habitación pequeña de una habitación. Un amigo le trae su comida cada dos días, el resto del tiempo depende de misiones cercanas.

Lloró dos veces en el curso de nuestra breve conversación, una vez cuando recordó cómo los trabajadores sociales le quitaron a su hijo pequeño de sus brazos debido a su adicción a las drogas (ahora tiene 14 años, nunca lo volvió a ver). La segunda vez fue cuando aludió al abuso sexual que la puso como una niña en el camino hacia las drogas y la falta de vivienda.

Teniendo en cuenta todo eso, es notable lo positivo que queda Finley. ¿Qué piensa ella del Sueño Americano, la idea de que todos puedan hacerlo si se esfuerzan lo suficiente? Ella responde al instante: “Sé que voy a lograrlo”.

¿Una mujer de 41 años que vive en la acera en Skid Row va a llegar?

“Claro que lo haré, siempre que conserve la fe”.

¿Qué significa “hacerlo” para ella?


“Quiero ser escritor, poeta, emprendedor, terapeuta”.

 

Ressi Finley, quien vive en una carpa en la 6th street en Los Angeles. Foto: Dan Tuffs para The Guardian

 

Robert Chambers ocupa el siguiente pedazo de acera junto a Finley’s. Ha creado un área alrededor de su tienda de paletas de madera, lo que pasaría en Skid Row como una casa jardín.

Tiene un letrero que dice “Homeless Writers Coalition”, el nombre de un grupo que dirige para dar dignidad a las personas sin hogar contra lo que él llama los aspectos “animalísticos” de sus vidas. Él se refiere a la falta de baños públicos que obliga a las personas a hacer sus necesidades en las calles.

 

Las autoridades de Los Angeles han prometido brindar más acceso a los baños, un tema crítico dado el brote mortal de hepatitis A que comenzó en San Diego y se está extendiendo en la costa oeste, cobrándose 21 vidas principalmente por falta de saneamiento en campamentos de personas sin hogar. Por la noche, los parques y servicios locales están cerrados específicamente para mantener alejados a los desamparados.

 


Skid Row ha utilizado nueve baños por la noche para 1.800 personas que van a la calle. Esa es una proporción muy inferior a la exigida por la ONU en sus campamentos para los refugiados sirios.

“De hecho, es inhumano, y, al final, adquirirás la psicología animal”, dijo Chambers.

Él ha estado viviendo en las calles por casi un año, tras haber violado sus términos de libertad condicional por posesión de drogas y, a su vez, ser expulsado de su apartamento de bajo costo. No hay ayuda para él ahora, dijo, no hay cuestión de “hacerlo”.

“¿La red de seguridad? Tiene demasiados agujeros para mí “.

De todas las personas que se cruzaron con el Relator de la ONU, Chambers fue el más desdeñoso del sueño americano. “La gente no se da cuenta, nunca mejora, no hay recuperación para personas como nosotros”. Tengo 67 años, tengo una enfermedad del corazón, no debería estar aquí. Puede que no sea mucho más tiempo “.

Eso fue una gran cantidad de mal karma para absorber en el primer día, y se estremeció incluso a un estudioso experimentado de dificultades como Alston. Como relator especial de la ONU, ha informado sobre la extrema pobreza y su impacto en los derechos humanos en Arabia Saudita y China, entre otros lugares. ¿Pero Skid Row?

“Me sentía bastante deprimido”, le dijo a The Guardian más tarde. “El interminable redoble de historias de terror. En cierto punto, uno se pregunta qué puede hacer alguien al respecto, y mucho menos a mí “.

Y luego tomó un vuelo hasta San Francisco, al distrito de Tenderloin, donde se congregan personas sin hogar, y entró a la iglesia de San Bonifacio.

Lo que vio allí fue un analgésico para su alma.

 

Continuará....

(Tomado de The Guardian / Traducción de Cubadebate)

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La capital de la miseria de Estados Unidos, fuera de control

La cifra de personas sin hogar aumenta por primera vez en siete años al dispararse la situación de emergencia en Los Ángeles.

 

“Nunca lo he visto tan mal”. El que dice esto mientras camina por la calle Seis del centro de Los Ángeles, California, lo ha visto todo en miseria. Es el agente Deon Joseph, con dos décadas de experiencia patrullando en la comisaría Central de la ciudad, situada en medio de la mayor concentración de personas sin hogar al aire libre de Estados Unidos, el barrio conocido como Skid Row.

 

Las cifras oficiales dan la razón al agente Joseph. Al menos en el tiempo que él lleva en el barrio, nunca ha estado tan mal. La situación de los sin techo en Los Ángeles, que las autoridades locales ya habían calificado de “emergencia”, se ha vuelto una cuestión nacional al revelarse este mes las últimas cifras del fenómeno en Estados Unidos. El número de personas sin hogar ha aumentado un 1% en el país, el primer aumento en siete años.

 

El aumento espectacular en el condado de Los Ángeles, con un 23% más de sin techo en un año hasta las casi 58.000 personas, explica por sí mismo las cifras nacionales. Si no fuera por la región de Los Ángeles, la población sin techo habría bajado un 1,5%. Las cifras han aumentado en toda la Costa Oeste. De las siete zonas urbanas con más personas sin techo, cinco están en el Pacífico (Los Ángeles, Seattle, San Diego, San José y San Francisco).

 

En Estados Unidos hay 553.000 personas sin hogar según el último censo del Departamento de Vivienda, publicado a principios de diciembre. Es el 0,17% de la población, un porcentaje superior a México (0,04%), pero inferior a Canadá (0,44%), Reino Unido (0,25%) o Suecia (0,36%), según las últimas cifras recopiladas por la OCDE. Uno de cada cinco vive en Nueva York o en Los Ángeles. En números absolutos, la ciudad de Nueva York es la que más sin techo tiene de EE UU, con más de 76.000. La diferencia es que en Nueva York, el 90% tiene donde pasar la noche. Tres de cada cuatro personas sin hogar en Los Ángeles no tienen cama en ningún albergue o solución temporal.


Además, la diferencia en el clima (la temperatura máxima en Nueva York esta semana ha sido -5 grados y en Los Ángeles, 26) hace que el fenómeno esté al aire libre, en aceras por toda la ciudad. Y en Skid Row es donde ese teatro de la miseria norteamericana muestra su cara más cruda. En las 50 manzanas de Skid Row se concentra la mitad de los sin techo de la ciudad de Los Ángeles. El detective Harry Bosch, de las novelas policiacas de Michael Connelly, lo define así: “Cruzas una calle y estás en Calcuta”. Tal cual.

 

El agente Deon Joseph patrulla a pie por la calzada de la calle Seis porque no se pueden usar las aceras. Son una amalgama de tiendas de campaña, basura, chatarra en la que viven miles de personas. A ratos, el olor es nauseabundo. Algunos se le acercan a saludar o a contarle sus problemas. Joseph cuenta que esta gente se ha convertido en víctimas de las bandas, que cobran por el sitio en las aceras, en dinero (hasta 200 dólares al mes) o en servicios, desde el tráfico de drogas hasta la prostitución. En algunas de estas tiendas de campaña, explica, han encontrado armas. El trapicheo está casi a la vista. Las violaciones son habituales. Coches de alta gama están aparcados junto a personas inconscientes en la acera a las que todo el mundo ignora. El crimen en la zona “está fuera de control”, asegura Joseph, atraído por el tráfico de drogas. El agente es muy crítico con lo que considera “política de no inmiscuirse” de las autoridades.


En una esquina encontramos a Jennifer de León. Prácticamente sin dentadura, explica que tiene 40 años y lleva viviendo en esta esquina desde 2009 en una tienda que empezó siendo pequeña pero ahora ocupa unos seis metros cuadrados. Sus padres viven en Desert Hot Springs, a dos horas de aquí. No se habla con ellos. Vive de una pensión de la Seguridad Social desde los 18 años que hoy asciende a 997 dólares, y sin embargo sigue en la calle. Simplemente es su vida. Acabó aquí después de engancharse al crack y a la metanfetamina. Se ducha en el albergue más cercano. Si no tiene que ir, hace sus necesidades en un cubo y las tira a la calle.

 

Midnight Mission es uno de los albergues más antiguos de Skid Row, fundado en 1914. “En la crisis del 29 servíamos un millón de comidas al año”, explica Joey Weinert, coordinador de los voluntarios del albergue. Aquí se viene a comer, pero también a pasar la noche y, si la persona consigue estabilizarse, Midnight Mission provee una solución habitacional temporal que le permita reconstruir su vida. “Si se pide ayuda, la hay”, asegura Weinert. Todos los habitantes de las aceras de Skid Row pueden comer tres veces al día, conseguir ropa limpia y acceso a higiene personal. “Es como la Meca de los sin techo. Aquí están todos los servicios”.


Las causas del aumento de sin techo son diversas y profundas. Weinert cita el aumento en el consumo de drogas, los efectos a largo plazo de la crisis económica y también la crisis de vivienda que sufre el condado de Los Ángeles, donde el aumento de los precios está erosionando rápidamente la clase media. Esta es la razón más admitida por las autoridades locales, en todas las ciudades de la Costa Oeste. También asegura que vienen personas sin techo de otros lugares, sabiendo que aquí se puede llevar esta vida. “Si estás en la calle en Chicago en esta época del año y te ofrecen un billete de autobús a California, te vas”.

 

La situación lleva dos años creciendo fuera del centro de la ciudad. Las tiendas de campaña aparecen de la noche a la mañana en todo Los Ángeles. La situación es tan evidente que este año los votantes han aprobado en referéndum dos veces subirse los impuestos para recaudar un total de 4.700 millones de dólares en 10 años para construir al menos 15.000 plazas en residencias permanentes para gente sin techo y los servicios que necesitan. La semana pasada, el alcalde inauguró la primera de esas obras.

 

Weinert no cree que echar dinero sobre el problema sea la solución. “Si le das un piso a un adicto al crack, sus amigos se van a meter allí y lo que has hecho es montar un piso franco de venta de crack”. No se puede resolver la situación de una persona que está en la calle sin resolver antes las razones por las que está en la calle, explica, especialmente la adicción y los problemas mentales. “Nuestro país no se ocupa de los pobres y los débiles”.

 


 

“EL SUEÑO AMERICANO SE ESTÁ CONVIRTIENDO RÁPIDAMENTE EN EL ESPEJISMO AMERICANO”


Estados Unidos, uno de los países más ricos del mundo y la “tierra de la oportunidad”, se está convirtiendo en el campeón de la desigualdad. Esta es la frase con la que comienza el comunicado del pasado 15 de diciembre de Phillip Alston, el relator especial de Naciones Unidas para la extrema pobreza. Alston acabó en Skid Row, Los Ángeles, un viaje de dos semanas por California, Alabama, Georgia, West Virginia, Washington DC y Puerto Rico para observar el estado de la pobreza en el país más rico del mundo. Su conclusión es que “el sueño americano se está convirtiendo rápidamente en el espejismo americano”.

 

El relator cita las cifras del censo, según las cuales 40 millones de estadounidenses viven en la pobreza y de ellos 18,5 millones en extrema pobreza. Alston se mete en política y pasa a continuación a criticar los posibles efectos de la reforma fiscal de Donald Trump sobre los más pobres. Dice que el plan “va a desgarrar partes cruciales de una red de seguridad que ya estaba llena de agujeros”.

 

En el problema de los sin techo, en concreto, Alston considera que las cifras oficiales son inferiores a las reales. El relator critica la “criminalización” de la pobreza por los arrestos por delitos menores de personas que viven en la calle. Alston publicó una versión preliminar de su informe hace una semana. La versión definitiva se publicará en abril.

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A. Latina debe modificar sistema económico

La secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Cepal, Alicia Bárcena, instó a repensar el modelo económico e implementar un nuevo paradigma que contribuya a poner fin a las desigualdades económicas, sociales y ambientales y avanzar hacia el desarrollo sostenible.


La alta funcionaria de las Naciones Unidas participó en el evento de alto nivel “Fracturas en la globalización y sus implicancias para las economías emergentes”, realizado en Ciudad de México en el marco del decimoctavo Congreso Mundial de la Asociación Económica Internacional, IEA, organizado en conjunto con el Centro Mexicano de Investigación y Docencia Económicas, CIDE.


Durante su intervención en el primer panel, titulado “Repensar las finanzas globales - Perspectivas de las economías emergentes”, Alicia Bárcena afirmó que “el capitalismo y la hiperglobalización nos han llevado a problemas sociales, políticos y ambientales que no son sostenibles, por lo que debemos repensarnos como sociedad en términos de consumo y producción”.


Precisó que Latinoamérica requiere una política industrial y de diversificación productiva seria con miras a un mayor crecimiento y desarrollo.
En su análisis, la máxima representante de la Cepal llamó a la construcción de un nuevo pacto social que logre terminar con la creciente brecha entre ricos y pobres. Recordó que la brecha está llegando a nuevos extremos y citó las cifras de Credit Suisse que reveló recientemente que el 1% más rico ha acumulado más riqueza que el resto del mundo.

Mundo desigual


“Mientras tanto, la riqueza de la mitad inferior de la humanidad ha caído en los últimos seis años. Esta es sólo la última evidencia de que hoy vivimos en un mundo con niveles de desigualdad que tal vez no hemos visto durante más de un siglo”, alertó Alicia Bárcena.


Agregó que, según Forbes, sólo 8 individuos concentran la riqueza equivalente a la mitad más pobre de la humanidad y precisó que, entre estos multimillonarios, 6 están vinculados con industrias de tecnologías de la información y la comunicación (TIC).


Recordó que el manejo macroeconómico y las políticas industriales, de innovación y tecnológicas son cruciales para resolver los problemas sociales y advirtió que la heterogeneidad de las estructuras productivas entre los países se ve acentuada por la presente revolución tecnológica de la economía digital.


Asimismo afirmó que la globalización es cada vez más cuestionada, principalmente en los países desarrollados, lo que ha provocado un aumento de los nacionalismos, la oposición a nuevos acuerdos comerciales, resistencia a la inmigración y el surgimiento de movimientos contra la globalización.


Ante este escenario, la cooperación internacional es la llave para avanzar en la regulación de los mercados, administrar las tensiones, reducir las desigualdades y consolidar un sistema internacional abierto que proteja los bienes públicos y la prosperidad compartida e inclusiva.


Finalmente, Bárcena llamó a transitar hacia un multilateralismo abierto, mecanismo imprescindible para encarar las tensiones económicas, sociales y ambientales provocadas por la incierta coyuntura internacional.


El decimoctavo Congreso Mundial de la Asociación Internacional Económica (IEA) sobre Globalización, crecimiento y sostenibilidad, fue inaugurado por Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, quien abordó la dinámica de la desigualdad.


En el primer panel, junto a Alicia Bárcena, participaron Mario Blejer, de la London School of Economics; Anne Krueger, de la Johns Hopkins University, SAIS; Guillermo Ortiz, de BTG Pactual y Andrés Velasco, de la Columbia University.

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Domingo, 02 Abril 2017 08:40

Motavita me mira

Motavita me mira

Motavita me mira. Su cabello castaño es iluminado por la luz de las cuatro de la tarde que entra por el ventanal del salón. Motativa me mira y sonríe, ocultando entre sus manos ásperas y con sus dedos amoratados, de uñas mutiladas, su boca. Tiene trece años, pero sus manos parecen las de una anciana de setenta. Sus manos evocan las de mi abuela, como si me hablaran de sus padecimientos, de las toneladas de ropa que restregaron sus nudillos. Pero Motativa sólo tiene trece años, además su sonrisa, la que oculta entre sus dedos, conserva una extraña expresión, pues encubre algo: un secreto o una historia que pronto develo.

 

Supongo que la razón de la textura de la piel de Motativa –y cabría decir que la del resto de sus compañeros–, reseca como el tronco de un árbol añoso o como la cáscara de una fruta expuesta durante mucho tiempo al sol, invadida por manchas blancas, rugosa como una flor de fuertes filamentos y enrojecida, es porque desde pequeños aquellos niños han sido expuestos al sol, porque de las calles sin asfaltar se levantan polvaredas llenas de orín de perro y gato, porque el agua que han recibido durante años no es potable, porque no utilizan cremas protectoras con filtros UV, ni nada por el estilo, y en el caso de Motavita porque desde los ocho años se ha encargado de los oficios de su casa y del cuidado de su madre invidente.

 

Motivita me mira, hace silencio y aparece de nuevo esa extraña expresión en su rostro cuando contrae los pliegues de la comisura de su boca. Con sus dedos deformes acomoda un mechón de pelo que ha caído sobre su frente y luego pega su mirada al ventanal, donde observamos al sol alejarse y en su reemplazo una oscura nube se aposta sobre el colegio. Primero cae una lluvia fina, casi transparente, que de un momento a otro se precipita con más fuerza hasta que el aguacero arrecia.

 

No hace falta hablar del frío que se repliega como un ejército por aquella zona y que cala profundamente en los huesos, pues es un barrio ubicado al suroriente de Bogotá, sobre una falda de la montaña, donde miles de campesinos, durante las décadas de los sesentas y setentas, víctimas de la violencia bipartidista y de la innegable, pobreza llegaron y establecieron sus casuchas e intentaron forjar una vida. El barrio se llama Juan Rey, uno de los sectores más peligrosos y pobres de la ciudad. La mayoría de sus habitantes son obreros asalariados que subsisten con menos de un salario mínimo, mujeres que laboran como empleadas domésticas y deben atravesar cada día un gran tramo de la ciudad y hombres que se ganan la vida como vendedores ambulantes y del transporte público; además, la sobrepoblación por casa, ya que cada una de las familias cuenta con más de tres hijos. Es por esto, que los hombres al llegar a la juventud y al no soportar la pobreza y la falta de oportunidades, deciden empezar a consumir drogas y alistarse en bandas criminales; y las mujeres quedan rápidamente embarazadas como una solución para escapar del malestar de sus hogares. Sin embargo, y a pesar de la pobreza, el sector es hermoso, colindado por una amplia montaña de tono verde oscuro, valles extensos donde se detienen las aves de la tarde que en las noches emigran hacia el páramo o los llanos orientales, miradores que enseñan el sur, el occidente y el centro de Bogotá como si fuera una fotografía en picada y el viento que desciende puro y rígido.

 

 

De un extremo a otra

 

Cada miércoles debo salir de casa con más de dos horas de antelación para llegar a tiempo hasta el colegio ubicado en este barrio. El Transmilenio se desliza sobre el pavimento cuarteado hasta arribar al portal del Veinte de Julio y allí trasbordo a un alimentador con nombre Tihuaque, palabra muisca que significa águila, y que es un barrio que conecta las localidades de San Cristóbal y de Usme y que hace unos años era la salida para Villavicencio desde la capital. Luego de ascender, alrededor de cincuenta minutos por la vieja carretera al Llano el bus se detiene en la falda de una montaña. Al costado izquierdo se levanta otro barrio de casas empinadas, la mayoría de una sola planta, de techados de láminas de zinc y con fachadas de ladrillo burdo. Al costado izquierdo desciende la falda de la montaña y se levanta el barrio Juan Rey, atiborrado de casas a medio construir, con ventanales de plástico y puertas de metales corroídos. A dos cuadras se encuentra el colegio, una mega construcción de ladrillo naranja y amplias ventanas. Allí estudia Motavita y cada ocho días asiste a las sesiones de creación literaria. La primera vez que fui le pregunté por qué asistía y qué quería aprender y simplemente levantó sus hombros y sonrió. Quizás son cuatro horas en que no debe estar pendiente de su mamá, de su sobrina, de su casa que se viene abajo y de los problemas de sus hermanos.

 

 

Estamos en descanso y sus compañeros, niños desde los ocho a los catorce años, juegan en el patio del colegio bajo la lluvia. Motativa ha querido quedarse en el salón, hablando conmigo. Le pregunto por su familia y me cuenta que vive con su mamá, que tiene cincuenta y cinco años, con su hermana de dieciséis y su sobrina de tres. Le preguntó por su padre y luego de suspirar y de mirar al piso me cuenta. Cuando tenía ocho años Motavita que lo expresa con solemnidad como si fuera una anciana, su papá dejó ciega a su mamá tras una golpiza. Él tomaba mucho y siempre llegaba borracho a pegarnos. Un día, mi papá llegó muy borracho y empezó a pegarle a mi mamá. Primero con la correa y después le dio patadas y puños. Mi mamá siempre nos escondía a mi hermana y a mí para que mi papá no nos pegara, por eso cuando escuchamos que había pasado el escándalo y salimos, encontramos a mi mamá en la cocina, desmayada sobre un charco de sangre. Nos tocó pedirle el favor a unos vecinos que nos ayudara a cargar a mi mamá hasta el hospital. Ahí la dejó ciega.

 

Desde ese momento no volvió a ver a su padre y su mamá, que antes trabajaba como empleada doméstica, debió quedarse en la casa. Su hermana, que en ese entonces tenía sólo once años, se retiró de estudiar y buscó empleo. Motavita me cuenta que su hermana empezó trabajando en una panadería en un barrio interior de la loma, pero una noche, cuando llegaba a casa con el pago de la semana en la cartera y con una bolsa de pan, unos drogadictos que salían de una olla, como le llaman ellos a las casas donde se vende y se consume la marihuana y el bazuco, la abordaron, la robaron y la golpearon. Su hermana estuvo incapacitada dos semanas y al regresar a la panadería ya le habían conseguido un reemplazo, así perdió su primer empleo. Luego trabajó en una cocina como ayudante, lavaba la loza, picaba los ingredientes de los alimentos y ayudaba en las mesas. Allí conoció a un conductor de servicio público, diez años mayor que ella, y quedó embarazada a los trece. El joven les ayudó y respondió por su hijo durante dos años, luego desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Le pregunto por la familia o procedencia del joven y Motavita me dice: él venía de Boyacá y vivía aquí, solo, en Bogotá. Un día mi hermana se quedó esperándolo por la noche y no llegó, luego en la mañana y tampoco, así que se fue a buscarlo donde vivía y le dijeron que él había salido el día anterior a trabajar y no había regresado. La dejaron entrar al cuatro que tenía arrendado y todo estaba en orden, no faltaba nada y no se había llevado un solo chiro. Mi hermana piensa que lo mataron y lo echaron por la loma para que se lo comieran los chulos.

 

Por eso, la hermana de Motavita debe salir a trabajar todas las madrugadas para conseguir el alimento de su hermana, de su hija y de su madre y los doscientos cincuenta mil pesos que vale el arriendo de la casucha donde viven, y por eso a Motavita le toca ocuparse de los oficios de la casa: barrer, cocinar, bañar y dar de comer a su sobrina y a su mamá y lavar la ropa. Le pregunto por sus hermanos y me responde: Profe, no me lo va a creer. Me cuenta entonces que tiene dos hermanos. El menor de ellos, cansado de la vida de violencia que había en su casa, cayó en las drogas desde los catorce años y vive en la calle, como un indigente. Me cuenta también, que a su hermano le prohibieron el ingreso a la casa ya que en repetidas ocasiones ha robado el televisor, la grabadora y el dinero que encuentre para consumir drogas, hasta un día se robó la leche de la niña, me dice sonriendo. También ha entrado dos veces a la cárcel por hurto y lesiones personales, pues hace parte de la pandilla del barrio Juan Rey, enemiga acérrima de la pandilla del barrio Tihuaque.

 

La historia de mi otro hermano es peor, me dice. Al fondo la lluvia se ha detenido y Motavita me dice que debe ir al baño. Observo sus medias blancas, relucientes al igual que los puños y cuello de su camisa. Sin embargo, su saco se encuentra agujereado y su falda manchada con tinta de lapicero. Ahora soy yo quien pega la mirada al ventanal. Un sol frío, pálido, proyecta visos lechosos sobre las nubes que empiezan a oscurecerse. Pienso en todo lo que me ha contado Motavita y siento tristeza, en algún momento dudo de su historia, ¿cómo es posible que sobre una misma persona recaigan tantas tragedias? Pero recuerdo que nos encontramos en Colombia, en Bogotá, donde todas esas desgracias son el sustento de miles y miles de familias olvidadas y arrojadas a la miseria.

 

 

Motavita regresa, se ha mojado el cabello y limpiándose las manos con la falda me sonríe. ¿Quiere que le cuente el resto de la historia, Profe? Le digo que sí y prosigue. Cuando su padre dejó ciega a su madre, su hermano mayor, el mayor de los cuatro, se encontraba prestando el servicio militar en el ejército. Quería volverse soldado profesional, pero al enterarse de lo que había hecho su papá regresó a la ciudad. Motativa me cuenta que su hermano estuvo buscando a su papá por más de tres meses, abandonando sus aspiraciones de convertirse en un soldado profesional, hasta que una tarde de sábado lo vio. Su padre se encontraba en una tienda, en uno de los barrios adjuntos a Juan Rey, bebiendo con su tío. Su hermano, le hizo el reclamo y por supuesto, el padre le respondió. Cuenta Motavita que le contaron, que primero se fueron a las manos, su hermano llevaba la ventaja sobre su padre por lo que intervino su tío, quien sacó un cuchillo, así que su hermano para defenderse también se armó y lo apuñaleó dos veces en el pecho y lo mató. Cuenta Motavita mirando hacia el cielo ya encapotado, que su padre corrió a socorrer a su tío y que su hermano entró a la tienda, pidió una cerveza y esperó a que llegara la ambulancia y la policía. Llegó primero la policía y lo llevó a la cárcel. Su tío murió, su padre anda campante conformando una nueva familia y su hermano cumple una condena de veinte años en La Picota.

 

Motavita se sienta en su silla y terminamos la clase, luego caminamos juntos hasta la vieja carretera al Llano, donde debo tomar el alimentador que me llevará hasta el portal del Veinte de Julio. Cuando estamos sobre la carretera se detiene, estira su mano y con su dedo índice señala su casa, mire, Profe, esa es mi casa. Una casa pequeña, reclinada sobre la montaña o quizás recostada como si estuviera harta de sostener tanta miseria y tristeza, el techo es de zinc y sobresalen algunas láminas de madera. La fachada de color blanco y verde se encuentra cuarteada, una de las ventanas está tapada con un plástico y un perro duerme frente a la puerta. Nos despedimos de mano y la veo caminar lentamente, con sus trece años calle abajo y mientras su silueta se empequeñece, también lo hace mi corazón ya cansado.

 

Publicado enColombia
Sábado, 25 Marzo 2017 11:14

Motavita me mira

Motavita me mira

Motavita me mira. Su cabello castaño es iluminado por la luz de las cuatro de la tarde que entra por el ventanal del salón. Motativa me mira y sonríe, ocultando entre sus manos ásperas y con sus dedos amoratados, de uñas mutiladas, su boca. Tiene trece años, pero sus manos parecen las de una anciana de setenta. Sus manos evocan las de mi abuela, como si me hablaran de sus padecimientos, de las toneladas de ropa que restregaron sus nudillos. Pero Motativa sólo tiene trece años, además su sonrisa, la que oculta entre sus dedos, conserva una extraña expresión, pues encubre algo: un secreto o una historia que pronto develo.

 

Supongo que la razón de la textura de la piel de Motativa –y cabría decir que la del resto de sus compañeros–, reseca como el tronco de un árbol añoso o como la cáscara de una fruta expuesta durante mucho tiempo al sol, invadida por manchas blancas, rugosa como una flor de fuertes filamentos y enrojecida, es porque desde pequeños aquellos niños han sido expuestos al sol, porque de las calles sin asfaltar se levantan polvaredas llenas de orín de perro y gato, porque el agua que han recibido durante años no es potable, porque no utilizan cremas protectoras con filtros UV, ni nada por el estilo, y en el caso de Motavita porque desde los ocho años se ha encargado de los oficios de su casa y del cuidado de su madre invidente.

 

Motivita me mira, hace silencio y aparece de nuevo esa extraña expresión en su rostro cuando contrae los pliegues de la comisura de su boca. Con sus dedos deformes acomoda un mechón de pelo que ha caído sobre su frente y luego pega su mirada al ventanal, donde observamos al sol alejarse y en su reemplazo una oscura nube se aposta sobre el colegio. Primero cae una lluvia fina, casi transparente, que de un momento a otro se precipita con más fuerza hasta que el aguacero arrecia.

 

No hace falta hablar del frío que se repliega como un ejército por aquella zona y que cala profundamente en los huesos, pues es un barrio ubicado al suroriente de Bogotá, sobre una falda de la montaña, donde miles de campesinos, durante las décadas de los sesentas y setentas, víctimas de la violencia bipartidista y de la innegable, pobreza llegaron y establecieron sus casuchas e intentaron forjar una vida. El barrio se llama Juan Rey, uno de los sectores más peligrosos y pobres de la ciudad. La mayoría de sus habitantes son obreros asalariados que subsisten con menos de un salario mínimo, mujeres que laboran como empleadas domésticas y deben atravesar cada día un gran tramo de la ciudad y hombres que se ganan la vida como vendedores ambulantes y del transporte público; además, la sobrepoblación por casa, ya que cada una de las familias cuenta con más de tres hijos. Es por esto, que los hombres al llegar a la juventud y al no soportar la pobreza y la falta de oportunidades, deciden empezar a consumir drogas y alistarse en bandas criminales; y las mujeres quedan rápidamente embarazadas como una solución para escapar del malestar de sus hogares. Sin embargo, y a pesar de la pobreza, el sector es hermoso, colindado por una amplia montaña de tono verde oscuro, valles extensos donde se detienen las aves de la tarde que en las noches emigran hacia el páramo o los llanos orientales, miradores que enseñan el sur, el occidente y el centro de Bogotá como si fuera una fotografía en picada y el viento que desciende puro y rígido.

 

 

De un extremo a otra

 

Cada miércoles debo salir de casa con más de dos horas de antelación para llegar a tiempo hasta el colegio ubicado en este barrio. El Transmilenio se desliza sobre el pavimento cuarteado hasta arribar al portal del Veinte de Julio y allí trasbordo a un alimentador con nombre Tihuaque, palabra muisca que significa águila, y que es un barrio que conecta las localidades de San Cristóbal y de Usme y que hace unos años era la salida para Villavicencio desde la capital. Luego de ascender, alrededor de cincuenta minutos por la vieja carretera al Llano el bus se detiene en la falda de una montaña. Al costado izquierdo se levanta otro barrio de casas empinadas, la mayoría de una sola planta, de techados de láminas de zinc y con fachadas de ladrillo burdo. Al costado izquierdo desciende la falda de la montaña y se levanta el barrio Juan Rey, atiborrado de casas a medio construir, con ventanales de plástico y puertas de metales corroídos. A dos cuadras se encuentra el colegio, una mega construcción de ladrillo naranja y amplias ventanas. Allí estudia Motavita y cada ocho días asiste a las sesiones de creación literaria. La primera vez que fui le pregunté por qué asistía y qué quería aprender y simplemente levantó sus hombros y sonrió. Quizás son cuatro horas en que no debe estar pendiente de su mamá, de su sobrina, de su casa que se viene abajo y de los problemas de sus hermanos.

 

 

Estamos en descanso y sus compañeros, niños desde los ocho a los catorce años, juegan en el patio del colegio bajo la lluvia. Motativa ha querido quedarse en el salón, hablando conmigo. Le pregunto por su familia y me cuenta que vive con su mamá, que tiene cincuenta y cinco años, con su hermana de dieciséis y su sobrina de tres. Le preguntó por su padre y luego de suspirar y de mirar al piso me cuenta. Cuando tenía ocho años Motavita que lo expresa con solemnidad como si fuera una anciana, su papá dejó ciega a su mamá tras una golpiza. Él tomaba mucho y siempre llegaba borracho a pegarnos. Un día, mi papá llegó muy borracho y empezó a pegarle a mi mamá. Primero con la correa y después le dio patadas y puños. Mi mamá siempre nos escondía a mi hermana y a mí para que mi papá no nos pegara, por eso cuando escuchamos que había pasado el escándalo y salimos, encontramos a mi mamá en la cocina, desmayada sobre un charco de sangre. Nos tocó pedirle el favor a unos vecinos que nos ayudara a cargar a mi mamá hasta el hospital. Ahí la dejó ciega.

 

Desde ese momento no volvió a ver a su padre y su mamá, que antes trabajaba como empleada doméstica, debió quedarse en la casa. Su hermana, que en ese entonces tenía sólo once años, se retiró de estudiar y buscó empleo. Motavita me cuenta que su hermana empezó trabajando en una panadería en un barrio interior de la loma, pero una noche, cuando llegaba a casa con el pago de la semana en la cartera y con una bolsa de pan, unos drogadictos que salían de una olla, como le llaman ellos a las casas donde se vende y se consume la marihuana y el bazuco, la abordaron, la robaron y la golpearon. Su hermana estuvo incapacitada dos semanas y al regresar a la panadería ya le habían conseguido un reemplazo, así perdió su primer empleo. Luego trabajó en una cocina como ayudante, lavaba la loza, picaba los ingredientes de los alimentos y ayudaba en las mesas. Allí conoció a un conductor de servicio público, diez años mayor que ella, y quedó embarazada a los trece. El joven les ayudó y respondió por su hijo durante dos años, luego desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. Le pregunto por la familia o procedencia del joven y Motavita me dice: él venía de Boyacá y vivía aquí, solo, en Bogotá. Un día mi hermana se quedó esperándolo por la noche y no llegó, luego en la mañana y tampoco, así que se fue a buscarlo donde vivía y le dijeron que él había salido el día anterior a trabajar y no había regresado. La dejaron entrar al cuatro que tenía arrendado y todo estaba en orden, no faltaba nada y no se había llevado un solo chiro. Mi hermana piensa que lo mataron y lo echaron por la loma para que se lo comieran los chulos.

 

Por eso, la hermana de Motavita debe salir a trabajar todas las madrugadas para conseguir el alimento de su hermana, de su hija y de su madre y los doscientos cincuenta mil pesos que vale el arriendo de la casucha donde viven, y por eso a Motavita le toca ocuparse de los oficios de la casa: barrer, cocinar, bañar y dar de comer a su sobrina y a su mamá y lavar la ropa. Le pregunto por sus hermanos y me responde: Profe, no me lo va a creer. Me cuenta entonces que tiene dos hermanos. El menor de ellos, cansado de la vida de violencia que había en su casa, cayó en las drogas desde los catorce años y vive en la calle, como un indigente. Me cuenta también, que a su hermano le prohibieron el ingreso a la casa ya que en repetidas ocasiones ha robado el televisor, la grabadora y el dinero que encuentre para consumir drogas, hasta un día se robó la leche de la niña, me dice sonriendo. También ha entrado dos veces a la cárcel por hurto y lesiones personales, pues hace parte de la pandilla del barrio Juan Rey, enemiga acérrima de la pandilla del barrio Tihuaque.

 

La historia de mi otro hermano es peor, me dice. Al fondo la lluvia se ha detenido y Motavita me dice que debe ir al baño. Observo sus medias blancas, relucientes al igual que los puños y cuello de su camisa. Sin embargo, su saco se encuentra agujereado y su falda manchada con tinta de lapicero. Ahora soy yo quien pega la mirada al ventanal. Un sol frío, pálido, proyecta visos lechosos sobre las nubes que empiezan a oscurecerse. Pienso en todo lo que me ha contado Motavita y siento tristeza, en algún momento dudo de su historia, ¿cómo es posible que sobre una misma persona recaigan tantas tragedias? Pero recuerdo que nos encontramos en Colombia, en Bogotá, donde todas esas desgracias son el sustento de miles y miles de familias olvidadas y arrojadas a la miseria.

 

 

Motavita regresa, se ha mojado el cabello y limpiándose las manos con la falda me sonríe. ¿Quiere que le cuente el resto de la historia, Profe? Le digo que sí y prosigue. Cuando su padre dejó ciega a su madre, su hermano mayor, el mayor de los cuatro, se encontraba prestando el servicio militar en el ejército. Quería volverse soldado profesional, pero al enterarse de lo que había hecho su papá regresó a la ciudad. Motativa me cuenta que su hermano estuvo buscando a su papá por más de tres meses, abandonando sus aspiraciones de convertirse en un soldado profesional, hasta que una tarde de sábado lo vio. Su padre se encontraba en una tienda, en uno de los barrios adjuntos a Juan Rey, bebiendo con su tío. Su hermano, le hizo el reclamo y por supuesto, el padre le respondió. Cuenta Motavita que le contaron, que primero se fueron a las manos, su hermano llevaba la ventaja sobre su padre por lo que intervino su tío, quien sacó un cuchillo, así que su hermano para defenderse también se armó y lo apuñaleó dos veces en el pecho y lo mató. Cuenta Motavita mirando hacia el cielo ya encapotado, que su padre corrió a socorrer a su tío y que su hermano entró a la tienda, pidió una cerveza y esperó a que llegara la ambulancia y la policía. Llegó primero la policía y lo llevó a la cárcel. Su tío murió, su padre anda campante conformando una nueva familia y su hermano cumple una condena de veinte años en La Picota.

 

Motavita se sienta en su silla y terminamos la clase, luego caminamos juntos hasta la vieja carretera al Llano, donde debo tomar el alimentador que me llevará hasta el portal del Veinte de Julio. Cuando estamos sobre la carretera se detiene, estira su mano y con su dedo índice señala su casa, mire, Profe, esa es mi casa. Una casa pequeña, reclinada sobre la montaña o quizás recostada como si estuviera harta de sostener tanta miseria y tristeza, el techo es de zinc y sobresalen algunas láminas de madera. La fachada de color blanco y verde se encuentra cuarteada, una de las ventanas está tapada con un plástico y un perro duerme frente a la puerta. Nos despedimos de mano y la veo caminar lentamente, con sus trece años calle abajo y mientras su silueta se empequeñece, también lo hace mi corazón ya cansado.

 

Publicado enEdición Nº233
Viernes, 22 Enero 2016 06:51

"El modelo económico ha fracasado"

"El modelo económico ha fracasado"

Sesenta y dos multimillonarios son tan ricos como la mitad del mundo, según el informe de Oxfam. El consejero Maslennikov sostiene que la desigualdad demuestra el fracaso del modelo y exhorta a los países a redefinir el sistema fiscal.


El informe de la organización internacional Oxfam sobre la desigualdad en el mundo, "An economy for the 1%" (una economía para el 1%), difundido esta semana, muestra que las 62 personas más ricas del mundo –53 de ellas hombres, con los estadounidenses Bill Gates y Warren Buffet y el mexicano Carlos Slim a la cabeza– detentan en conjunto la misma riqueza que 3600 millones de pobres del mundo. Esto equivale a decir que poseen la riqueza de casi la mitad de la población mundial que hoy suma poco más de 7300 millones. Las cifras son espeluznantes si se agrega además que esta brecha está creciendo más rápido de lo que la misma Oxfam había predicho hace un año y que las mujeres están desproporcionadamente afectadas por esta desigualdad. Oxfam –cuyo nombre deriva de Oxford, Inglaterra, donde fue fundada en 1942, y de famine que en inglés significa hambre o hambruna– es una confederación de 17 organizaciones no gubernamentales que trabaja en 94 países para encontrar soluciones a la pobreza. Mikhail Maslennikov es un matemático y econometrista que trabaja en Oxfam Italia como policy advisor (consejero político) sobre temas de desigualdad económica y justicia fiscal.


–Según el informe de Oxfam 62 multimillonarios tienen la misma riqueza que casi la mitad del mundo. ¿Cómo se ha llegado a esta conclusión?


–Hemos analizado la distribución del rédito a escala global. La desigualdad es un síntoma de gran malestar social y por otra parte ahora se está transformando en un argumento llevado adelante por organizaciones económicas internacionales como el FMI, Ocde (Organización para la Cooperación y el desarrollo Económico), Banco Mundial. Porque si las desigualdades económicas no fueran tan extremas como ahora, se habría favorecido el crecimiento económico interno en distintas regiones del mundo. En Italia, por ejemplo, se estima que la pérdida del PIB (Producto Bruto Interno) del 8 por ciento en estos años se debió también a las desigualdades económicas. Por eso hay un gran interés en las organizaciones internacionales por la reducción de las desigualdades económicas, para favorecer así un crecimiento duradero y sostenible.


–Y los gobiernos, ¿qué rol han cumplido en todo esto?


–Los gobiernos en general han subestimado el fenómeno y en cierto sentido lo han favorecido con ciertas decisiones a nivel de política pública. Oxfam se ha concentrado en los efectos producidos por las políticas fiscales, especialmente en los sistemas fiscales nacionales que no son lo suficientemente progresivos (más se gana, más se paga). En muchos países

–un caso llamativo es Estados Unidos– en los últimos 30 años las alícuotas fiscales para los réditos más altos han sido llevadas al mínimo. Esto ha permitido la concentración del rédito en los sectores más altos de la población que pagaron menos tasas al estado. Un ejemplo de poca progresividad en materia fiscal es Italia, donde la alícuota que paga al estado una persona que gana 80.000 euros al año y otra que gana 8 millones, es la misma.


–Usted mencionó también los salarios...


–Para analizar la desigualdad hemos visto también el rédito del trabajo en los últimos 25 o 30 años, hemos analizado el rédito global debido al rédito del trabajo. Y concluimos que sobre la amplia desigualdad económica inciden también las variaciones retributivas. Entre los que ocupan cargos de directivos y los empleados medios la brecha se ha ampliado con el pasar de los años. En el informe hemos analizado casos significativos de grandes compañías estadounidenses. Hay datos de varios países, como Estados Unidos, India o Reino Unido, pero no todas las compañías tienen obligación de publicar los salarios de los grandes managers. En otros países no están obligados a hacerlos públicos. En los países que se pudo ver, la diferencia se está acentuando.


–¿Otros factores que han influido en agrandar la brecha entre ricos y pobres?


–Han influido también las políticas económicas de los últimos 30 años. Ha habido una reducción de las inversiones en los servicios públicos esenciales en general. La de- sigualdad económica para nosotros es también una demostración de que este modelo económico ha fracasado. Cuanto más poder económico se tiene, más riqueza se posee y más se pueden condicionar las decisiones en materia de política económica de parte de los gobiernos.


–¿Cuál ha sido el rol del dinero enviado a los llamados paraísos fiscales?


–Cuando la concentración de la riqueza llega a la cúspide de la pirámide, se trata de conservarla. Una de las formas para hacerlo es defender los privilegios fiscales o bien esconder esa riqueza en algún paraíso fiscal. Algunos economistas y Oxfam han estimado que unos 7600 billones de dólares están escondidos en los paraísos fiscales. Si sobre esta riqueza se pagaran los impuestos, los introitos fiscales para los gobiernos serían de unos 190 mil millones por año. Además los paraísos fiscales son el punto de llegada de las ganancias transferidas por las grandes multinacionales pero también por individuos, fuera de las jurisdicciones fiscales de los países donde realmente hacen su actividad. El ejemplo es el reporte 2012 de grandes compañías estadounidenses que han declarado réditos en las islas Bermudas –un paraíso fiscal– por 80.000 millones de euros, que es el 3,3 por ciento de sus réditos globales. Pero esa cifra no refleja la real presencia económica de esas compañías en las Bermudas donde tienen apenas el 0,3 por ciento de sus ventas globales y el 0,01 por ciento del costo laboral global.


–En estos días se hace el tradicional Foro de Davos, en Suiza, que concentra a políticos, economistas y empresarios de todo el mundo. ¿Qué planteará Oxfam allí?


–Queremos hacer un llamado a las elites y a los gobiernos, lanzando una petición por una mayor justicia fiscal, y queremos también recordar a las elites el nivel de desigualdad en el que vivimos y la responsabilidad que ellos tienen. Oxfam ha demostrado que de las 200 compañías analizadas –entre las que están incluidas las 120 más grandes del mundo y unos 100 socios estratégicos del Forum–, 9 de cada 10 están presentes en los paraísos fiscales. No se pretende demonizar con esto las compañías, pero queremos decir que el dinero enviado a los paraísos fiscales exacerba la desigualdad. O sea, habrá un llamado de atención sobre los niveles insostenibles de la desigualdad y por otra parte se apuntará el dedo de forma provocadora contra la evasión fiscal de las corporaciones que estén presentes en Davos.


–¿Según usted qué debería hacer cada país para tratar de disminuir las diferencias entre ricos y pobres?


–Como prioridad creo que sería necesaria una redefinición del sistema fiscal para que sea más progresivo y un análisis del impacto de ese nuevo sistema sobre los niveles de desigualdad. También mayores inversiones en servicios públicos esenciales como educación y salud, y políticas de apoyo al trabajo. Y a nivel internacional, los gobiernos deberían contribuir a una reforma de la fiscalidad internacional, poniendo fin a los paraísos fiscales.

Publicado enEconomía
La ruta de la miseria hacia Estados Unidos

Son las diez de la mañana de un viernes en Tecun Uman, la frontera entre Guatemala y Ciudad Hidalgo, en Chiapas. El calor es extremadamente húmedo y cuatro jóvenes de Nicaragua y Honduras lavan sus ropas a la orilla del río Suchiate. Los caminos de tierra y algo de vegetación dominan el paisaje de este lado de la frontera, sobre el que se asientan pequeños negocios artesanales bajo las carpas. Un tráfico constante de balsas sirve como medio de transporte para cruzar a México de forma ilegal. Apenas 400 metros a la izquierda se encuentra el puente con la garita oficial, pero ninguna patrulla impide el traslado por agua, que es precario para el usuario y duro para el que la lleva. Otoniel rema de pie una de las balsas construidas con seis tablas de madera de tres metros de largo y otras cuatro atravesadas sobre dos grandes cámaras de tractor. Tiene tres hijos adolescentes y trabaja en el río de sol a sol. "Está dura la pasada, preferimos luchar acá, por lo menos sacamos para los frijolitos", dice cuando se le pregunta si nunca trató de subir a Estados Unidos. Por diez quetzales guatemaltecos o su equivalente, 20 pesos, completa el trayecto de un lado a otro en unos diez minutos.


Los cuatro muchachos que buscan tomar un baño en el Suchiate quieren cruzar esta noche, pero no tienen dinero, se lo robaron, dicen, así que lo harán nadando. En la otra orilla, dos compuertas vierten los desagües de Ciudad Hidalgo al río. El agua está turbia y desprende un hedor nauseabundo.


Que el Instituto Nacional de Migración (INM) los descubra y los deporte es uno de los principales temores para quienes deciden cruzar de forma ilegal. Tan solo en 2013, 82.269 migrantes fueron detenidos por las autoridades en México. De ellos, 75.704 salieron expulsados. La mayoría llegaba de Honduras, Guatemala y El Salvador. Desde hace años, el país funciona como filtro para evitar que lleguen a Estados Unidos. La ley permite a los centroamericanos transitar libremente por México con pasaporte, pero nunca establecerse. Caso aparte merecen los niños y adolescentes. Tan solo del 17 al 24 de marzo de este año, el INM rescató a 370 menores de edad. De ellos, 163 habían sido abandonados por presuntos traficantes de personas. Hace unos días, el presidente Obama se refirió al cruce de niños sin papeles hacia Estados Unidos como un "asunto humanitario urgente". Según cifras de su Gobierno, desde comienzos de año han sido detenidos 60.000 menores, una cifra muy alta comparada con el año anterior: 24.668 en 12 meses. El viaje comienza en Centroamérica.


El pueblo de Comitán, con 141.000 habitantes en la cabecera municipal, se encuentra a cinco horas en coche de Talismán (Tapachula), otra de las fronteras de Chiapas con Guatemala. El DIF (Sistema gubernamental para el Desarrollo Integral de la Familia) posee cuatro albergues en el Estado para acoger a niños migrantes que han sido detenidos en su tránsito por México.


Carolina Colin es la responsable del área de psicología. En su despacho los dibujos de los niños llenan la pared. Desde que abrieron, en abril de 2013, han recibido 50 casos. La mitad eran guatemaltecos, el 30% hondureños y un 20% de El Salvador". Los menores de hasta doce años permanecen en la institución mientras se resuelve su trámite migratorio, casi siempre tres o cuatro días. El "INM nos los deja y a ellos se los entregamos de nuevo. Todos viajan para reunirse con sus padres en EE UU". Los pequeños van siempre acompañados de un coyote [la persona que los cruza] y el precio desde Honduras puede ser de unos 8.500 dólares. "En el caso de las niñas, el adulto es una mujer, porque resulta menos llamativo. Siempre huyen en el momento en que migración los detecta".


Esta semana el albergue se encuentra casi vacío. Anita y Melissa, de tres y dos años, son las únicas huéspedes. La habitación donde duermen está revuelta y hay dos barbies tiradas sobre los sofás. Son guatemaltecas y llegaron a Comitán hace más de un mes. No saben hablar español, pero les gusta colgarse de las mesas y sonríen vergonzosas ante la presencia de extraños. Su caso es complicado. Las encontraron en el mercado de abastos cuando la madre de una de ellas las estaba venidendo. "¿Cuánto pedía por ellas?", "10.000 pesos" (unos 769 dólares).
Entre los 13 y los 17 años son las organizaciones civiles las que se hacen cargo de los menores. Uriel González, director de la casa IMCA en Tijuana, al noroeste del país, lleva más de veinte años trabajando con ellos. La mayor parte de los chicos que se hospedan en la residencia son mexicanos ("muchos de Michoacán y Guerrero") dice. Les dan cama, alimento y un lugar seguro mientras el INM busca a sus familiares.


Guadalupe tiene 17 años y la mirada ausente. En dos horas regresa a casa, en Chiapas, al sur de México. Salió con una de sus ocho hermanas hace cinco meses en autobús porque su padre ya no quería que siguiese estudiando. El viaje duró cuatro días. Su novio, que está en Estados Unidos, las contactó con un coyote que les dio residencia. "Le pagábamos todo, hasta para alcohol. Eran 2.000 pesos (154 dólares) cada semana. Nos maltrataba", dice. Intentaron pasar tres veces a Estados Unidos, las dos primeras por el cerro, que son varios días caminando entre la maleza, sin agua ni comida. "Mi hermana quedó atrapada en la barda, nos hicimos daño. Si cruzábamos, pagaríamos al coyote 5.000 dólares, pero las dos veces nos agarraron". La tercera lo intentaron por La Línea, donde están las garitas oficiales. Más caro. Su hermana sí cruzó pero a ella la detuvieron durante varios días.


"En Baja California no tenemos la misma situación de violencia, inseguridad y secuestros que en la frontera este. Reynosa, Nuevo Laredo y Matamoros son las zonas más duras de cruce y sin embargo, las más usadas porque resultan menos caras y hasta allí llega el sistema ferroviario de carga", explica Uriel González.


Israel, de 33 años, fue uno de los miles de migrantes que tomó el tren. Él salió de El Salvador el 17 de febrero de este año huyendo de la muerte. En agosto de 2013 un excompañero de trabajo al que acababan de despedir se le echó encima con el coche, "por envidia", dice, lo aplastó contra una pared y estuvo en coma varios días. "Me salió la sangre por los oídos y un lateral de la cabeza quedó hundido". Hoy todavía tiene secuelas de la parálisis, que lo tuvo en el hospital más de un mes. Israel trabajaba como guardia de seguridad para una señora importante, que le pagó cuatro meses de alquiler. "El 15 de febrero llegaron por mí cuatro personas armadas en un vehículo y empezaron a disparar. El copiloto era el mismo que había intentado matarme antes". Esquivó las balas y decidió escapar, dejando a una esposa y cuatro hijos.


"En la frontera de México los judiciales me quitaron el maletín, 160 dólares y los zapatos, así que tuve que caminar descalzo. En el monte me lastimé los pies y empecé a desangrarme. Até una de las dos camisetas que llevaba puestas a las plantas y continué hasta que una señora nos prestó ayuda en Tapachula".


"Nuestra población es en un 90% hombres, un 8% mujeres y un 2% niños. El 80% viene de Honduras", explican en el albergue de Huehuetoca, una localidad que se ubica a ambos lados de la vía del tren en el Estado de México, a una hora y media del Distrito Federal, en el centro del país. Cada vez más, cuentan los responsables de esta casa regentada por la Iglesia, los migrantes optan por tomar nuevas rutas y viajar en medios de transporte alternativos al tren. "El autobús es una de las opciones más utilizadas. Algunos sortean los retenes y se bajan antes. Otros se hacen los dormidos para evitar que las autoridades les pidan documentos".


Israel tomó primero una combi a Tonalá (a 220 kilómetros de Tapachula) y de ahí otra a Arriaga (aún Chiapas). Después pensó que el tren era su única opción. "Al que no pague túmbenlo. Ahí llevas la [pistola] 38, con seis cartuchos dentro y otros 12 de repuesto. A la mujer que no quiera pagar, cógetela, cabrón y luego también la tiras". Las frases anteriores se las oyó decir a un hombre que llaman el señor de la línea, en Tierra Blanca, un municipio de la zona central de Veracruz. "Es güero [rubio], fornido, alto, cuentan que hondureño pero habla mezclado. Es el jefe de la organización y dirige un equipo de 30 personas. No son de los zetas pero tienen comunicación entre ellos. Se encarga de cobrar la renta, llega, da órdenes y se retira", dice. "Anda con un perrito vuelta y vuelta, controlando la gente que hay. No tiene mucha cara de malo pero yo escuché lo que decía y me dio miedo". Israel llevaba 300 pesos enrollados en el dobladillo del pantalón. Uno de los controladores conocía su ciudad de origen y lo dejó pasar sin pagar. "Cuando se subían al tren yo me enrollaba como una bola y cerraba los ojos. Si uno se les queda mirando, te matan". Hoy espera en la Casa del Migrante de Huehuetoca a que el Gobierno le conceda una visa humanitaria para poder establecerse en el país.


"Desde que abrimos hace 21 meses hemos hecho el trámite con ocho personas, pero solo una fue migrantes no siempre tienen a su disposición los papeles que piden para probar la veracidad de su historia. La visa se da si la vida del solicitante corre peligro en el país de origen".
Israel presenció tres violaciones y una decena de asesinatos en diez días de viaje. Cuando traza su relato habla de los zetas, pero no solo: "Los que cuidan el tren, les dicen garroteros". En México nueve compañías privadas operan por las vías del país como transporte de carga.

Generalmente los migrantes viajan en la parte superior del vagón. Antes de llegar a Orizaba (Veracruz) hay unos túneles. "Allí aparecieron los vigilantes. Nos pidieron a todos que bajásemos. Venían dos chamacas de 20 y 17 años. A ellas les dijeron que se quedasen. Los siete hombres que llegaron pasaron por las dos".


En agosto de 2010, 72 ciudadanos centroamericanos fueron asesinados en Tamaulipas a manos del crimen organizado. En abril de 2011, las autoridades hallaron 196 cadáveres en fosas comunes en la localidad de San Fernando. La mayoría eran migrantes que murieron a golpes. Cada año una caravana de madres del Movimiento Migrante Mesoamericano busca a hijos desaparecidos en su tránsito por México. Solo un reducido grupo de sacerdotes y defensores de los derechos humanos ha alzado la voz para denunciar las atrocidades a las que son sometidos.
"Que no me regresen"

Hace semanas que Israel no habla con su familia. No sabe si están bien, pero sí que deben tres meses de renta. La vivienda cuesta 60 dólares. Un pasaporte 30. "Mucho", asegura. La medicina que necesita su hijo pequeño con hidrocefalia vale otro tanto. Cuando trabajaba de vigilante ganaba 150 la quincena. "Nos alcanzaba para vivir los seis", explica, "pero ahora no tienen recursos". Sus familiares también son pobres y tienen sus propios hijos. "No pueden ayudarnos", dice.


Mientras espera a que el Gobierno le conceda su visa humanitaria piensa en si su esposa continuará viva. "Tengo fe en Dios. Lo que yo más quiero es que no me envíen de vuelta. Yo hago lo que sea, trabajo donde me digan, pero que no me regresen a mi país. Eso sería lo peor de todo. Lo peor".


Los coyotes


Un taxi se detiene junto a la valla metálica que separa los dos países en la costa de Tijuana. "Yo puedo contarles, pero ustedes no graban, ni dicen mi nombre". El conductor trabajó como coyote un tiempo. "Estuve menos de un año, pero durante ese tiempo dejé el resto de negocios, porque ganaba mucho más con el brinco. Era dinero fácil, en menos de una hora ya traía 300 dólares. Ahora llega a los 12.000. Hay quien pasa con documentos falsos o en lancha". La carretera desde las playas al centro de Tijuana transcurre un buen rato paralelo a la barda. Un muro alto, visible, que hoy pareciera infranqueable. "Antes había una parte de la barda más baja, con un árbol muy cerca, uno lo trepaba y eso facilitaba el salto. Del otro lado caminábamos 20 minutos agachados entre matorrales hasta un Mc Donalds. Allí me pagaban, los dejaba y ellos iban con el siguiente [coyote] que tenían apalabrado para subir hasta San Diego o Santa Ana. Yo me regresaba a veces por La Línea porque entonces no pedían documento", explica.


"¿Por qué lo dejó?", "Me agarraron en 1994 y estuve seis años y cien días en la cárcel. La misma gente que pasaba me delató. Con los años los polleros llegaron a pagar cuotas a la judicial para que los dejaran trabajar a gusto, pero se fueron yendo al bote, unos están de aquel lado y otros en México. Se fue deshaciendo el grupo. Está más difícil últimamente".

Tras el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, los controles en la frontera se endurecieron y existe más vigilancia.
Pedro masca sábila y la escupe. "Cura cualquier infección", dice, y cuenta que es ingeniero agrónomo y que trabajó como inspector de la Secretaría de Agricultura en el puerto de Manzanillo, en Colima, hace más de 20 años. Él tiene 58 y su hijo cuenta que es alcohólico. En las últimas dos décadas se dedicó a pasar personas a Estados Unidos, pero lo dejó en 2012. "Al principio en una semana podías llevar a 15 o 20 y lo hacías en grupo, les dabas alojamiento, comida, ahora eso es casi imposible. Ya no es negocio". A Pedro lo invitó un amigo a trabajar en esto. Pedía permiso y se venía. Al final dejó su empleo y se trasladó a Tijuana porque ser pollero [coyote] salía más rentable. Primero se encargaba de conseguir clientes y se los daba a otros, que los pasaban. "El que gana bien es el que salta. Antes había dinero para comprar a gente, la gente que se dedica a buscar clientes. A estos le dabas 25-30 dólares. Ahorita no es segura la pasada. Sí entran, pero de 100, uno o dos". Pedro no esconde que ganó mucho dinero, pero explica que concebía su trabajo como una labor noble: "Ayudaba a la gente a cumplir su sueño. Nunca me aproveché de nadie y eso que llevé a muchas mujeres, pero las respetaba. A muchas las violan".

P.Ch.

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