EE.UU: Récord inflacionario y peligro de estanflación en la mayor economía del mundo

Con el nuevo récord inflacionario registrado por Estados Unidos, podría generarse una estanflación, definida como una mezcla de recesión económica, inflación elevada y creciente desempleo, afirmó hoy un analista.

Los precios al consumidor en la norteña nación reportaron en marzo su mayor aumento en 16 años y provocaron un avance de la inflación anual, informó el Departamento de Trabajo.

Ese indicador subió un 1,2 por ciento durante el tercer mes de 2022, marcado por la subida en los costos en los alimentos y la gasolina, que representó más de la mitad del incremento.

Sobre el tema el economista mexicano y experto en temas energéticos del Centro de Investigación y Docencia Económicas, Rodrigo Benedith recordó que hasta febrero, los precios al consumidor habían aumentado un 7,9 por ciento, también un máximo de 40 años, luego de un récord de cuatro décadas de 7,5 por ciento en enero.

Al respecto señaló que la alta inflación que experimenta actualmente Estados Unidos, su tasa de crecimiento negativa, así como los bonos del Tesoro que traen tendencia negativa son indicadores de que el país podría experimentar una crisis económica.

En una entrevista publicada por Sputnik, Bendith puntualizó que si bien hubo una recesión por la pandemia, a diferencia de ésta, la mayor economía mundial muestra una inflación elevada lo cual conllevaría a una estanflación.

Aclaró que la alta inflación estadounidense se compone de tres elementos básicos: el aumento en el precio de los alimentos, de la vivienda y de los combustibles, este último ligado a las sanciones económicas que Washington impuso a Moscú, específicamente en el sector energético.

Con esas penalidades está considerablemente reducida la importación de petróleo, gas y energía, procedentes de Rusia, precisó el experto.

La medida fue parcialmente aplicada, pues si Estados Unidos saca completamente del mercado al petróleo ruso, las consecuencias económicas podrían ser aún más catastróficas, explicó Benedith.

Si el bloqueo al crudo ruso se aplica como se hizo con Venezuela e Irán, el precio del barril podría elevarse a más de 200 dólares, y si se les ocurre sancionar el gas va a ser peor, sentenció el economista.

Entre las medidas de Washington contra Moscú también están la prohibición de nuevas inversiones en el sector energético de Rusia, y la financiación o habilitación de empresas extranjeras con negocios para producir energía en el país euroasiático.

Senador demócrata culpa a Biden por cifra récord de inflación en EEUU

El senador demócrata Joe Manchin culpó hoy a la administración de Joe Biden y a la Reserva Federal por el aumento de la inflación.

De acuerdo con la publicación The Hill, el anuncio ocurrió después de que los datos del Departamento de Trabajo revelaran que dicho parámetro aumentó un 8,5 por ciento en los últimos 12 meses, una cifra récord.

La Reserva Federal y la Administración no actuaron con la suficiente rapidez, y los datos de hoy son prueba de las consecuencias que se están sintiendo en todo el país, dijo Manchin en un comunicado.

En lugar de actuar con valentía, nuestros líderes electos y la Reserva Federal respondieron con medias tintas y fracasos retóricos, mientras buscaban a quien echarle la culpa. El pueblo estadounidense merece la verdad sobre la crisis y qué debe hacerse para controlarla, añadió.

Manchin calificó los datos como una historia escalofriante sobre cómo los impuestos están fuera de control, mientras los bolsillos de los estadounidenses se vacían en las compras de productos básicos y combustibles, y pago de impuestos.

Cifras oficiales muestran que los precios de los alimentos aumentaron un 8,8 por ciento en los últimos 12 meses y en uno por ciento solo en marzo, mientras que el valor de la gasolina creció en un 48 por ciento.

Para The Hill, los números son una mala noticia para los demócratas y Biden de cara a las elecciones de mitad de mandato de este otoño, ya que los republicanos se aprovechan de la inflación para abogar por un cambio de liderazgo.

La Casa Blanca culpa del aumento de los costes, especialmente de los precios de la gasolina y la energía, al presidente ruso Vladimir Putin por la crisis bélica en Europa del Este, pero algunos políticos estadounidenses opinan lo contrario.

Estos dramáticos aumentos de la inflación no han sido causados por Putin, sino son resultado de las malas decisiones del presidente y los demócratas que controlan el Congreso, comentó el senador Lindsey Graham (R. Carolina del Sur).

Si quieren que los precios bajen, los estadounidenses tendrán que cambiar de liderazgo, apuntó el principal republicano de la Comisión de Presupuestos del Senado.

12 abril 2022

(Información de Prensa Latina)

Publicado enEconomía
Franco 'Bifo' Berardi. Cedida por la editorial

El autor conversa con Franco Berardi ‘Bifo’ sobre la pandemia y la guerra. El escritor y filósofo italiano concluye que la única vacuna eficaz contra el

pánico es el pensamiento colectivo

¿Qué ha pasado con el deseo –íntimo y social– durante la pandemia? La mirada política tradicional de la izquierda, que relega todo lo relativo a la subjetividad al ámbito privado, no se hace la pregunta. Es entonces la extrema derecha quien canaliza los malestares que recorren hoy los cuerpos.

La pandemia ha provocado un fenómeno generalizado de apagón libidinal, una retirada del deseo de los lugares, los objetos, las actividades en las que estaba cargado. Esa retirada es ambivalente: por un lado, falta de ganas, abatimiento, depresión. Pero también fuga de la competitividad, de la búsqueda de éxito, del consumo. Esa ambivalencia atraviesa hechos como la “gran dimisión”, el éxodo de las grandes ciudades o lo que se oculta bajo la etiqueta mediática del “síndrome de la cabaña”.

No estamos ante movimientos políticos evidentes, como podía ser la fuga del trabajo alienado durante los años sesenta y setenta. ¿Seremos capaces de escuchar estos fenómenos impuros y ambivalentes? Es la apuesta del pensador italiano Franco Berardi (Bifo) en su último libro, El tercer inconsciente; la psicoesfera en la época viral (Caja negra editores).

Ello nos requiere un cambio de mirada: desplazarse desde los saberes dominantes de la sociología o la geopolítica hacia una psicopatología o psicopolítica, es decir, construir una nueva razón sensible capaz de sintonizar con las corrientes de deseo que atraviesan la sociedad.

Apocalipsis, pandemia y guerra

Bifo: Quería decir dos palabras sobre el libro y su contexto, para empezar. En septiembre de 2020, leí una declaración de la directora de la Agencia de Salud de Cánada que decía: “Skip kisses” (evitad los besos), “in any case you have sexual relations don´t forget to wear sanitary masks” (en el caso de tener relaciones sexuales, no olvidar usar la máscara sanitaria), “anyway in the present condition the best is going solo” (en las condiciones presentes lo mejor es ir solo), una expresión que nunca había escuchado antes.

Cuando leí estas palabras, me dí cuenta de que estaba aconteciendo una mutación que iba a afectar la vida social comunitaria a un nivel muy profundo, que va a modificar la percepción del cuerpo del otro, de la piel del otro, de los labios del otro; los labios no son sólo un lugar de acceso al placer, sino también donde el sentido, el significado, se produce y se comunica.

El viejo hippie que soy tuvo primero una reacción de preocupación y pesimismo. Pero después me dije: intentemos no juzgar, no sacar conclusiones apresuradas, sino vivir este proceso, este pasaje, lo que yo he vislumbrado como un umbral, un largo umbral de transformación, intentemos verlo como el pasaje hacia un terreno desconocido.

Durante los dos años de pandemia, mi actividad principal ha sido tratar de entender las mutaciones psíquicas, las mutaciones de la subjetividad social; sobre todo de la generación que está creciendo ahora, que está descubriendo el mundo, que está descubriendo el cuerpo del otro. En esta investigación me he sentido acompañado por un grupo que se reúne dos veces a la semana desde primeros de abril de 2020, el Grupo de Investigación Intercontinental sobre la Pandemia, un colectivo de amigos y amigas, la mayoría de ellos psiquiatras y psicoanalistas, pero también trabajadores sanitarios y psicoterapeutas.

He intentado responder a esta cuestión con la imagen del “tercer inconsciente”, la idea de que estamos entrando en la era del tercer inconsciente. Quien se ocupa seriamente de estas cosas puede reírse de mis palabras, porque el tercer inconsciente no significa nada. No hay un primer inconsciente, un segundo inconsciente, el inconsciente no tiene historia. Pero sí hay diferentes psicoesferas, campos de cruce entre lo social y la psique. Una primera psicoesfera es el inconsciente del que habla Freud, cuando dice que el inconsciente es efecto de una represión y que se manifiesta a través de un malestar de tipo neurótico. Una segunda psicoesfera sería el inconsciente neoliberal producto de la aceleración extrema del universo económico, social, lingüístico, comunicativo y, especialmente, el universo de los estímulos informativos y psíquicos. Ahí pasamos de la neurosis a la psicosis como manifestación privilegiada del malestar.

El libro se plantea si hay una tercera psicoesfera, el inconsciente de la pandemia. En estos años la aceleración se ha detenido y ha ocurrido una “psicodeflación”: una disminución de la energía de aceleración que ha caracterizado los últimos cuarenta años. ¿Cuáles serán los efectos de esta psicodeflación? Es la pregunta sobre la que indago en el libro.

Pero ahora, con permiso del editor, me parece que este libro nace ya viejo, porque hemos superado el umbral en una nueva dirección: la guerra. ¿Qué relación hay entre pandemia y guerra? Entiendo la guerra actual como una reacción agresiva a la psicodeflación pandémica, una respuesta a la depresión global.

Amador: Quería traer a colación, para empezar, un texto que leí recientemente de un autor que no frecuento mucho y es el pensador judío Emmanuel Lévinas. Es un artículo de 1946 donde reflexiona sobre la experiencia de los campos de concentración en los que estuvo internado durante la guerra. En un momento dice: “En los campos conocimos la expectativa del fin del mundo”. No se refiere al fin del mundo físico, sino al estallido de las categorías que organizan el sentido de nuestra experiencia del mundo. Y citando al profeta Isaías afirma: “Esperábamos, para después de la guerra, un cielo nuevo y una tierra desconocida”. Lo llama una “sensibilidad apocalíptica”. La palabra apocalipsis tiene dos sentidos: fin del mundo y desvelamiento o revelación. La sensibilidad apocalíptica es la sensación de que lo que hay no se sostiene más y es preciso “un cielo nuevo y una tierra desconocida”.

Pero lo sorprendente, dice Lévinas, es que después de la guerra volvió la normalidad, el mundo se rehizo como si nada. No sólo en la banalidad cotidiana, sino en la repetición de lo peor: en 1946 tiene lugar el progromo anti-judío de Kielce. Lévinas se pregunta entonces: “¿Todo fue vanidad?” (es el título del texto).

Y su respuesta es que no, que hay que trabajar para recoger los efectos del desvelamiento, para que no se desvanezcan y todo sea vanidad de vanidades. Es necesaria una “ingenuidad superior” para no dar por cancelada la experiencia y que los muertos engrosen simplemente la estadística. Es el trabajo de toda una vida registrar y pensar los efectos de revelación.

Este libro nace también de una sensibilidad apocalíptica. Bifo tiene visiones en el confinamiento de la pandemia. Ve el fin de un mundo, la posibilidad de otro. Es un libro lleno de signos de interrogación. ¿Será la crisis del coronavirus la ocasión perfecta para un perfeccionamiento del sistema o el punto de arranque de una deriva existencial, cultural, política?

El libro de Bifo es un libro ingenuo en el mejor de los sentidos posibles. Hemos visto a los pensadores más conocidos estos últimos años simplemente reconfirmando sus posiciones previas, sin dejarse interrogar por lo que pasaba. El caso de Giorgio Agamben es el más conocido, pero no el único. Los pensadores no se animan por lo general a esta ingenuidad de no saberlo todo de antemano.

La experiencia que hemos atravesado está aún por contar y pensar. No ha pasado ya porque, aunque no vuelva a haber ninguna mutación del virus, ha dejado marcas profundas en nuestros cuerpos. Marcas de terror, de distancia social, de obediencia, pero también de desvelamiento. Todo eso es lo que está pensando Bifo.

¿Cómo no va entonces a tener actualidad? No hay que ceder al tiempo de la coyuntura, hay que resistir a la vanidad de vanidades, registrar los destellos de revelación, y el libro de Bifo es una herramienta estupenda para ello. 

 ¿Geopolítica o psicopatología?

La primera cuestión que quería plantearte es una pregunta de método o de mirada. En un texto reciente sobre la guerra en Ucrania dices algo que me interesó mucho: “No necesitamos una geopolítica, sino una psicopatología o una psicopolítica”. No necesitamos tanto un pensamiento de las determinaciones macro que nos definen, determinaciones sociológicas, determinaciones políticas, determinaciones históricas, sino también un pensamiento, una sensibilidad, capaz de aprehender las fluctuaciones de deseo, los estados de ánimo, la producción de subjetividad. Otra manera de pensar. Entonces, la primera pregunta sería esta: ¿qué sería una mirada psicopolítica o psicopatológica?

Bifo: ¿Geopolítica o psicopatología? Por supuesto que la geopolítica tiene un papel para entender el mundo contemporáneo, pero el problema es que se limita a describir efectos de superficie. Tenemos que entender qué está pasando a un nivel mucho más profundo: el nivel de las inversiones de deseo, el nivel de la mutación psíquica frente a una aceleración caótica de los procesos sociales.

Para entender la genealogía del nazismo hitleriano hay que captar el sentimiento de humillación que se difundió en Alemania tras el Tratado de Versalles. El miedo y la depresión fueron compensados por una sobre-reacción agresiva. Hay una película de Ingmar Bergman llamada El huevo de la serpiente que narra justamente la genealogía del nazismo, desde el punto de vista de una situación psicótica cotidiana. Al comienzo de la película vemos una muchedumbre en blanco y negro que parece como adormecida, al final esta muchedumbre se transforma en una masa agresiva y lista para la guerra.

Creo que estamos en una situación de depresión epidémica similar. En Italia, entre los quince y los treinta años, hay una multiplicación de los suicidios. Hay una predisposición a la depresión de la que tenemos que hablar si queremos entender lo que pasa. No quiero decir que la guerra en Ucrania pueda ser reducida a un asunto de psicoanalistas. Pero la psique de los rusos, de los ucranianos, de todo el mundo, se encuentra hoy en una situación de depresión y de posible reacción guerrera compensatoria. La geopolítica no explica nada de esto.

El retorno de la Tierra

Amador: Me gustaría preguntarte sobre la distinción que haces entre Tierra y Mundo. El Mundo sería ese “objeto” que la política clásica creyó dominar desde descartes hasta Maquiavelo. Pero la Tierra es algo muy diferente, lo indomesticable. El virus sería una manifestación de la Tierra. ¿Lo podrías desarrollar?

Bifo: Tomo esa distinción de un pensador japonés que se llama Sabu Kosho. Sabu escribió un libro titulado Radiation and Revolution. Es el relato de la experiencia de un activista, y filósofo a la vez, que vivió la catástrofe de Fukushima trabajando entre las personas golpeadas por el tsunami. Sabu analiza la reacción después de un acontecimiento tan horroroso y destructivo. Somos en esos momentos, dice, como extraños en un planeta ajeno que no conocemos y donde intentamos sobrevivir.

Propone distinguir entre Mundo y Tierra. ¿Qué es el Mundo? Es el producto de nuestra actividad lingüística, política, económica, productiva, la evolución de la civilización y de lo que podríamos llamar cultura en un sentido filosófico, antropológico. El mundo se encuentra cada vez más desafiado por la Tierra, por el retorno de fuerzas que no podemos dominar: los incendios que destrozan áreas enormes del planeta, las aguas del océano y todo lo que conocemos como catástrofe ecológica, un proceso acelerado hoy por la guerra. Eso es la Tierra, la naturaleza que hoy retorna, incluyendo la naturaleza humana.

El neoliberalismo se afirma desde el principio como darwinismo social, según este pensamiento esencialmente falso, ideológico, de que en la naturaleza sólo sobrevive el más fuerte y hay que aceptar la economía como naturaleza donde los más fuertes ganan. Pero aquí hay una mistificación. Si nos definimos como humanos es porque ha habido una ruptura cultural que nos permite considerar la naturaleza como algo muy hermoso y amable, pero también violento y peligroso. Por eso hemos inventado cosas como el lenguaje, la solidaridad social o el Estado, que odiamos con razón pero que nace ante el problema de la naturaleza como peligro mortal.

La agresividad de la naturaleza volvió porque el neoliberalismo nos dijo que el más fuerte debe ganar. Y el más fuerte es el ganador neoliberal, el más fuerte es Vladimir Putin, la fuerza de los fuertes es la guerra.

Psicodeflación

Amador: Me recuerda todo lo que habla Isabelle Stengers sobre la “intrusión de Gaia”. Me gustaría pasar al tema del tercer inconsciente, el que provoca –¿acelera, radicaliza, manifiesta?– la crisis del coronavirus: un apagón libidinal en toda regla, la psicodeflación. ¿Qué nos puedes contar sobre ese tercer inconsciente? Aunque sea aún un territorio desconocido, magmático, en ebullición, ¿qué tendencias detectas? ¿Qué nos puedes compartir de ese trabajo junto a psicoanalistas y terapeutas que llevas desarrollando durante dos años?

Bifo: El tercer inconsciente se define con respecto a la inflación psíquica de la época neoliberal: una aceleración extrema del cuerpo y de la mente colectiva con el objetivo de un aumento continuo de la productividad, sobre todo de la productividad intelectual, del trabajo cognitivo, una exaltación de la energía como fuerza productiva y capacidad de dominio sobre la realidad. Evidentemente el virus rompe con esta carrera, con esta aceleración.

¿Qué es el virus? El virus es una concreción matérica invisible, un retorno de la materia que la abstracción del capitalismo financiero ha intentado olvidar, suprimir, cancelar. La materia vuelve y rompe la continuidad de las cadenas productivas, de las cadenas de distribución, provocando el great supply chain disruption que dicen los americanos, pero también de las cadenas afectivas.

El efecto de esta desaceleración o psicodeflación es un efecto que se presenta como depresivo desde el punto de vista psíquico, es la sensación de haber perdido algo. Hemos perdido, en primer lugar, la fuerza política de gobierno de la realidad. El virus es un caotizador universal, diría Félix Guattari, un productor masivo de caos. ¿Y qué es el caos? El caos no es una realidad acotada, sino una relación entre la mente humana y el ambiente, el ambiente físico, comunicativo, lingüístico. Hay caos cuando el cerebro no logra elaborar una realidad que se vuelve más rápida y compleja de lo que podemos procesar.

Pero cuando entramos en una dimensión caótica siempre hay estúpidos que dicen “guerra al caos”: guerra al virus, a las drogas, al terrorismo. ¿Y qué pasa entonces? El caos se multiplica por cien. El narco, las mafias, el terrorismo, las catástrofes. El caos se alimenta de la guerra. Guattari nos sugiere aprender a escuchar el caos, a escuchar la voz del caos, aprender un ritmo nuevo, porque eso es el caos, un ritmo nuevo. La psicodeflación ha sido una reacción sana, entre comillas, al caos. Ralentizamos, desaceleramos.

El mundo blanco, el mundo cristiano, lo que llamamos Occidente es muy extenso e incluye a Rusia. Rusia es Occidente desde un punto de vista cultural. La fuerza que mueve la historia y la cultura rusa es la misma fuerza que mueve a los EE.UU. y Europa: la fuerza de la dominación agresiva, la fuerza de la expansión, la fuerza del futuro. La palabra futuro es central para comprender lo que estoy intentando decir. Futuro significa expansión en el pensamiento occidental y el problema es que la expansión se agotó, hoy se ha vuelto imposible, solo podemos expandirnos a través de la masacre, en primer lugar de la naturaleza. El crecimiento económico, este mito total, central, del pensamiento económico, compartido por todos los políticos de derecha e izquierda, hoy significa sólo catástrofe, destrucción, muerte.

El futuro se acabó y estamos envejeciendo. El envejecimiento es un hecho absolutamente central en Occidente (también en China ciertamente). ¿Qué es el envejecimiento? Una pérdida de energía, de potencia, de futuro, obviamente. Pero el cerebro occidental no puede tolerar la idea del fin de la expansión. Nuestra civilización siempre ha reprimido el envejecimiento y la muerte como experiencia esencial de la vida humana, lo que en el libro llamo el “devenir nada”. Tenemos que hablar de este devenir nada si queremos salir de la locura de la guerra, de la destrucción total, de la bomba nuclear; porque los viejos prefieren llevarse el mundo entero con ellos al infierno antes que aceptar la muerte y el devenir nada.

¿Qué he aprendido de la experiencia del Grupo de Investigación Internacional sobre la pandemia? Una cosa esencial: contra el pánico solo hay una vacuna y esta vacuna es pensar juntos. Pensar y más aún pensar juntos tiene una potencialidad terapéutica y política enorme. Lo único que podemos hacer en este mundo en el que se confunde el Mundo con la Tierra, en el que no entendemos dónde estamos ni cómo sobrevivir, lo único que podemos hacer para escapar del pánico y la depresión es pensar juntos.

Amador: Qué difícil hacerlo cuando se prohibe el encuentro entre los cuerpos. Lo más duro de llevar en este tiempo ha sido para mí esta dificultad para inventar los modos de pensar juntos. El terror atomiza; y contra Descartes hay que decir que no hay un yo que piense sin un tú que responda. El campo del pensamiento crítico se ha estrechado muchísimo, cualquier duda con respecto al discurso oficial es inmediatamente tachada de delirio negacionista. Y ahora, en la situación de guerra, también impera esta especie de obligación de tomar posición en un tablero previo, de tener que escoger entre Putin o la idea occidental de libertad, que son fundamentalmente lo mismo, como has explicado.

Resignación contra la abstracción

Quería volver a la experiencia del primer confinamiento. Una experiencia ambivalente. Por un lado, el terror y la distancia social; por otro lado los aplausos, la solidaridad y la sensación de que lo que hay no se sostiene más. La consigna que circuló entonces, de balcón a balcón, fue que no había que volver a la normalidad porque la normalidad era el problema. En el silencio, en la ralentización, tuvimos destellos de otra vida posible.

Pero mi impresión es que no hemos sabido prolongar ese momento, abrir esa bifurcación. A la salida de ese primer confinamiento, nos quedamos sin voz. Hay un momento en el libro donde dices que si no emerge una nueva subjetividad, lo posible se pierde, se desvanece. Es vanidad de vanidades. Pero, ¿de qué tipo es esa nueva subjetividad? ¿Qué tipo de fuerza puede empujar un pasaje de umbral diferente, prolongar el acontecimiento, impedir que sus marcas se desvanezcan, abrir una bifurcación existencial, otra deriva civilizatoria?

Bifo: Para mí, el primer confinamiento fue una experiencia bastante alegre, pero para muchos jóvenes no lo fue para nada. Los medios atacaron a los jóvenes, les dijeron de todo, les descalificaron y criminalizaron por querer tomarse una cerveza. Pero eran los jóvenes los que pagaban el precio más alto por salvar a los viejos. Como abuelo se lo agradezco mucho, pero no puedo reprocharles que se tomen una cerveza.

De golpe el pensamiento de un cambio de paradigma social se diseminó. En Italia es evidente para todos que la catástrofe sanitaria ha sido sobre todo un efecto de la destrucción neoliberal del sistema sanitario público. Todos pensamos que íbamos a asistir a una vuelta a un keynesianismo, a un pensamiento social de la economía, pero no ha ocurrido así. La idea de que el capitalismo puede ser racional y humano es una ilusión. Lo que ha ocurrido es la radicalización del empobrecimiento y el enriquecimiento privado de los súper-ricos.

¿Por qué ha pasado esto? ¿Cómo podemos evitar las consecuencias catastróficas que ya se están desarrollando? Mi respuesta está contenida en la palabra psicodeflación, pero con una evolución lingüística muy interesante: la palabra “resignación”. Cuando pensé en ella por primera vez me pareció una blasfemia. Mi formación materialista y marxista se rebelaba contra ella. Pero luego leí en un periódico norteamericano la expresión great resignation” (gran dimisión). Como sabemos, cuatro millones y medio de norteamericanos decidieron no volver al trabajo después de la pandemia y lo mismo sucede en China, cada vez hay más personas jóvenes y no tan jóvenes que se preguntan: ¿por qué tengo que tengo que trabajar por un salario de mierda, en condiciones humillantes, inaceptables, idiotas?

La palabra resignation tiene dos sentidos. El primero es aceptar lo inaceptable. Pero el otro es dimitir, abandonar el campo social, el campo productivo, irse para siempre. Este segundo significado me hizo pensar en un tercero: re-signation, la resignificación. Hay que resignificar nuestra relación con la necesidad, con la naturaleza, con nuestras formas de vida cotidiana, resignificar la relación entre lo concreto, lo útil y la productividad.

La primera página de El Capital explica que el corazón del capitalismo es la abstracción, el capitalismo es un proceso de acumulación de valor abstracto, que significa ex-tracto, extraído, el valor que el capital extrae de la vida concreta, de las necesidades concretas, de las potencias concretas de la humanidad. El retorno de lo útil y lo concreto es lo que más me interesa hoy.

La muerte como condición de libertad

Amador: Una última pregunta. Hay una frase famosa de Spinoza que dice: “En nada piensa menos un hombre libre que en la muerte”. Sin embargo, tú dices que hoy, para recuperar la libertad, tenemos precisamente que amistarnos con la muerte, volver a pensarla y hacernos amigos del devenir nada.

Bifo: Puede que Spinoza se equivoque, ¿no? Un hombre libre no piensa en la muerte, bien, pero ¿acaso somos hombres libres? Y además, ¿qué significa libertad? La asociación entre libertad y potencia acaba en formas histéricas del pensamiento de la política.

La histeria de toda la modernidad es la identificación entre libertad y potencia, la idea de que la potencia se manifiesta en el interior de la dimensión de libertad y esta es ilimitada. Pues no, queridos míos, tienes la libertad de lanzarte desde el quinto piso pero te matas. No es verdad que la potencia se manifieste al interior de la libertad, sino al revés: la libertad se manifiesta al interior de la potencia y esta no es ilimitada. La muerte se plantea entonces como un problema que tiene una dimensión filosófica, psicoanalítica y política muy importante.

La modernidad blanca e imperialista ha rechazado el pensamiento de la muerte porque ha pensado la potencia en la dimensión de libertad ilimitada. Esta libertad ilimitada ha sido la máscara de la esclavización de la mayoría de la humanidad, la libertad neoliberal, la libertad norteamericana, la libertad de la constitución americana, una constitución escrita por negreros, por esclavistas. Cuando en la convención que escribió la declaración constitucional americana se planteó el problema de la esclavitud se decidió posponer la discusión. ¿Resultado? Hoy el neoliberalismo reproduce un efecto de esclavitud masiva y generalizada.

Ahora estamos al borde de la muerte de la civilización blanca. Eso nos parece un abismo espantoso y catastrófico, ¡pero no lo es! Porque la muerte es una experiencia de vida. Hay que pensar la muerte como límite, como condición de libertad, la libre muerte, la libertad de morir. Pero estamos fascinados por una pretensión histérica de ilimitación de nuestra potencia, romántica y fascista. Pensar la muerte, ironizar sobre ella, como hace Salman Rushdie en su última novela Quijote, es la única posibilidad de salir de la historia de Occidente, de la histeria asesina y suicida de Occidente, de la idea de la ilimitación de la potencia.

La base de este texto es la conversación que tuvo lugar entre Franco Berardi (Bifo) y Amador Fernández-Savater en La Maliciosa (Madrid) el 24 de marzo de 2022.

Amador Fernández-Savater 10/04/2022

Publicado enSociedad
China informa nuevo récord de casos de coronavirus y crece el descontento

La política de "covid cero" del Gobierno chino, que incluye cierres totales en ciudades y mayor represión, está generando malestar en centros como Shanghai. Mientras que millones están confinados en sus edificios y departamentos, los trabajadores industriales viven en sus fábricas para seguir produciendo, los repartidores de alimentos duermen en la calle y trabajan todo el día y el personal médico muere por exceso de trabajo.

 

El Gobierno chino anunció este lunes un nuevo récord de contagios por coronavirus, llegando a 27.595 en las últimas 24 horas. Se trata de una cifra sin precedentes desde que comenzó la pandemia.

Los expertos señalaron que a diferencia de la forma en que la pandemia se trata en otros países la variante "Ómicron no es una gripe", y por lo tanto descartaron relajar las restricciones que se toman en el país.

Esas restricciones, conocidas con el nombre de "covid cero" implican cierres de ciudades enteras, incluyendo las megalópolis como Shanghai con 27 millones de habitantes, y una política crecientemente represiva sobre la población, que incluye vigilancia extrema y amedrentamiento, a la vez que condiciones penosas de trabajo para los "esenciales" que mantienen la salud y los servicios básicos.

Así trabajan "los esenciales"

Como señala un informe del China Labour Bulletin mientras que millones están confinados en sus edificios y departamentos "Los trabajadores industriales viven en sus fábricas para seguir produciendo, los repartidores de alimentos duermen en la calle y trabajan todo el día y el personal médico muere por exceso de trabajo".

Cuenta el informe que en Shanghai, los trabajadores de la salud fueron llamados en medio de la noche y que trabajaron largas horas con equipo de protección insuficiente y sin descansos, administrando pruebas de PCR a la población. Por su parte los repartidores de entrega de alimentos se han enfrentado a decisiones difíciles: o encerrarse en sus casa y no tener ingresos o dormir en las calles para continuar trabajando. Se ha informado que estos trabajadores duermen en tiendas de campaña, debajo de puentes y en estaciones de autobuses, especialmente porque otras formas de refugio, como los cibercafés que se encontraban abiertos las 245 horas están cerrados por la pandemia.

En Shenzhen, uno de los centros industriales más importantes del país y que había sido confinado el mes pasado, los trabajadores industriales han sido encerrados en su lugar de trabajo, viviendo y durmiendo allí para que la producción no se detenga. Los informes señalan que duermen en los terrenos de la fábrica, ya sea en carpas o en camas improvisadas hechas con elementos que tienen a mano, como cajas de cartón.

Shenzhen, es la ciudad en la que se encuentra el gigante Foxconn, conocido por ser el mayor ensamblador mundial de los iPhone. Cuando el Gobierno anunció el confinamiento de la ciudad el mes pasado, Foxconn presentó un esquema de "ajustes" en sus líneas de producción para "minimizar el impacto del confinamiento de la ciudad" de 17 millones de habitantes.

Así, en lugar de realizar cuarentena como el resto de la ciudad, los cerca de 200.000 trabajadores de Foxconn en sus dos complejos de Shenzhen debieron someterse a pruebas de covid, junto con otras medidas destinadas a tratar de impedir que se contagien, pero no que dejen de trabajar, llegando al extremo de vivir directamente en la fábrica.

Récord de casos y malestar social

El protocolo de "cero Covid" impulsado por el Gobierno chino implicó desde el principio un aumento de las políticas represivas y liberticidas contra la población en general. Sin embargo, hasta el momento no habían tenido que lidiar con un aumento de contagios significativo en algunas de las principales ciudades como ocurrió en el último mes, y en medio de una situación económica compleja y de la que pensaban empezar a salir este año.

El pasado martes, las autoridades de la megalópolis de Shanghai prolongaron indefinidamente el confinamiento que habían decretado para frenar el alza de contagios con una campaña masiva de pruebas entre el 28 de marzo y el 5 de abril.

Este lunes, las autoridades anunciaron que empezarán a permitir gradualmente que los habitantes de las zonas con menos casos abandonen sus domicilios, aunque no estaba claro cuántas personas podrán salir de sus casas ni cuándo.

En las redes sociales chinas aparecieron algunos videos denunciando la situación que se vive. Tanto de los que se encuentran confinados bajo estricta vigilancia y sometidos a las arbitrariedades del Gobierno, como de los trabajadores esenciales, cada vez más, que trabajan y viven en condiciones denigrantes.

El Gobierno ahora enfrenta una situación inédita de contagios desde el inicio de la pandemia con un creciente malestar social que se puede convertir en una bomba de tiempo.

Por Redacción sección internacional

Lunes 11 de abril

Publicado enInternacional
Edgar Antonio Villaseñor González, “Pandemia?”, https://www.flickr.com/photos/eantoniovg/3498774363/

A la memoria de Luis Ignacio Sandoval, intelectual honesto, comprometido profundamente con la paz, la democracia y la justicia social. Personas como tú, siempre le harán falta a nuestro país.

 

Hace dos años, cuando transcurría el mes de marzo, en Colombia se declaró oficialmente el primer caso de contagio por el coronavirus Sars-Cov-2 que produce la covid-19. Este fenómeno sanitario de nivel global, desencadenó una gran ola de miedo, producto, de un lado, de la capacidad de daño que se le atribuyó, pero también por la gran incertidumbre frente al mismo dado el desconocimiento de su contagiosidad y letalidad.

La alarma cundió, y el miedo también creció fruto de su exacerbación por los medios de comunicación, asuntos que llevó a tomar medidas tanto gubernamentales, como familiares e individuales, que generaron un cambio profundo en la dinámica de la vida social, cultural y económica.

Los efectos sin duda han sido dispares y la pandemia no se distribuyó “democráticamente” como se planteó a su inicio y como suele suceder con las enfermedades y su ampliación en forma de epidemias y pandemias. Como en la economía, y en la vida cotidiana en general, fueron los sectores más empobrecidos los más afectados en todos los órdenes.

Transcurridos estos dos años, vale la pena preguntarse como sociedad, como especie, por los aprendizajes y por los retos que pudo dejar una experiencia como esta, que nos impuso, durante un largo periodo, apartarnos de la forma “normal” en que habitamos el planeta.

No más el miedo para orientar las actuaciones

Un aspecto que guió el comportamiento de la gente fue el miedo: a contagiarse y morir, miedo a contagiarse e infectar a otros que terminaran muriendo. Asunto fuertemente estimulado por la gobernanza de la pandemia en cabeza de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y muy propagado por los medios de comunicación.

La reacción primaria, ante tal sentimiento, llevó a un aislamiento en muchos casos extremos: la gente se negó a entrar en contacto con otros seres humanos, incluso familiar. Reacción con situaciones angustiantes y dolorosas como la vivida por muchos trabajadores del sector salud que optaron por irse de sus casas por varios meses, aislándose de sus hijos, parejas, padres.

Reacción temerosa, estigmatizadora, que propició en diversidad de sectores el rechazo social, inculpación por posible contagio de los trabajadores de la salud, señalamiento ampliado incluso al transporte público. Actitud hipócrita pues mientras por un lado alababan la heroicidad de los miles que bregaban a diario con infectados por el covid-19, en el contacto directo fluia no la gratitud sino el rechazo.

El miedo es un mecanismo ampliamente utilizado para el control de la población. En lo político, lo conocemos muy bien en el país, lo han potenciado, de manera sistemática, por medio de actos violentos para crear un clima de inseguridad y de esta manera llevar al respaldo social a salidas de mano dura, de base fascista.

El aprendizaje desprendido de este particular, es reconocer muy bien cómo se utiliza el miedo como mecanismo de control y paralización de grupos poblacionales y de orientación de sus decisiones, predisposición que lleva a asumir posturas fuertemente individualistas que rompen lazos de reconocimiento humano y de solidaridad.

Sin desconocer el hecho que un fenómeno sanitario infeccioso que se extiende de manera amplia requiere en ciertos momentos de aislamientos, no puede admitirse quedar paralizados como sociedad por el miedo, perdiendo capacidad de respuestas de cuidado de base solidaria.

Todas las vidas deben importar

La pandemia de covid-19 volvió a mostrar que la salud y la enfermedad tienen una distribución profundamente desigual entre los grupos sociales, dependiendo de la condición económica que prima en ellos.

En Colombia la mayor tasa de infección por covid-19, y las muertes provocadas por ella, la sufrieron principalmente los sectores que padecen precariedad económica. Realidad que resalta al ver la distribución de la mortalidad por covid-19, y que según estadísticas del Dane, se agrupa en los estratos 1 y 2 con el 61,5 por ciento, mientras que en los estratos 6 y 5 solo alcanzó al 3,4 por ciento.

Una realidad, de exposición al virus que no es casual toda vez que quienes más se vieron impactados viven su cotidianidad obligados a salir, sin poder implementar adecuadamente las medidas de bioseguridad, quedando expuestos, en alto grado, al contagio. Si a esto se agregan los problemas de nutrición que tienen, las condiciones precarias de sus viviendas y las dificultades de acceso a los servicios de salud, queda integrado el cuadro de determinaciones que les impone la enfermedad y la muerte.

Es una realidad a la que también se suma el hecho que los impactos de orden socioeconómico producto de la pandemia los padecen en principal grado los sectores subalternos. Y su impacto no es menor: la pobreza creció en más del 10 por ciento, la capacidad adquisitiva de amplios grupos sociales disminuyó enormemente, el desempleo creció y muchas de las alternativas económicas de estos sectores a través de las micro y pequeñas empresas se quebraron, al no recibir ayuda económica del gobierno, contrario al tratamiento dado a la gran empresa.

El mecanismo de subsidio económico, utilizado desde hace varias décadas en el país, volvió a demostrar sus limitaciones para ayudar a que sus beneficiarios capoteen la pobreza. A pesar del clamor y la demanda social expresada con los trapos rojos ondeando en sus ventanas, y de la propuesta desde sectores académicos y sociales de implementar la renta básica universal, el gobierno no quebró su modelo económico ni social y hoy los empobrecidos de siempre lo están más, viviendo muchos de ellos en la miseria, padeciendo hambruma, tal como recientemente lo expresó la FAO, la agencia para la alimentación de la Naciones Unidas.

Entonces, el aprendizaje acá es hacer norma ética que todas las vidas importan, que no solo importan las vidas de los más pudientes, de quienes están en el poder o gozan de sus mieles de manera directa o indirecta, sino que cada ser humano debe ser protegido, cuidado, sanado.

La salud debe orientar la dinámica económica

A la luz del confinamiento general de la población, sin duda duda una decisión apresuada o sin valoración suficiente de los signos que iba arrojando la pandemia en sus primeros días de circulación y la mejor manera de contenerla, se propició una crisis del sistema económico en su conjunto.

Es claro. La producción quedó frenada, la circulación de mercancías reducida a un mínimo, el consumo también quedó alicaido, y con todo ello la acumulación de capital, eje central del sistema capitalista, entró en schok.

Alguién podría decir que la decisión fue altruista, sin embargo, tras percatarse los administradores de diversas piezas del andamiaje mundial de lo errado de su decisión evidenciaron que lo fundamental para ellos era la economía, no la salud ni la vida de las mayorías.


Esta paradoja se vio contradicha en el país, dado que cuando se presentó la peor dinámica epidemiológica de la pandemia, con el mayor número de casos de contagio y de muerte, el gobierno nacional tomó la decisión de abrir totalmente la dinámica económica.

En pleno pico epidemológico el gobierno impuso el retornó a la “normalidad” de la dinámica económica de mercado, esgrimiendo como sustento de tal giro el supueso de que la economía es esencial para la vida. Una visión que refuerza la lógica que por décadas ha primado en el país y el mundo, producto de la cual la economía, centrada en la acumulación de capital, subordina la salud y desprecia la vida.

A la luz de lo sucedidio y padecido por millones, debe quedar como aprendizaje que lo fundamental es el cuidado y protección de la vida, la cual debe orientar el curso de la dinámica económica; es decir, la economía al servicio de la vida y no la vida y la salud al servicio de la economía.


La salud pública debe orientar intervenciones integrales

El tiempo permite leer mejor lo sucedido. El manejo de la pandemia, desde el sector de la salud, se concentró en medidas clásicas de salud pública, utilizadas hace varios siglos en el control de las epidemias: aislamiento con cierre de territorios, higiene de manos, uso de mascarillas, distanciamiento físico, uso de medicamentos y vacunas.

Dos años después de iniciada esta pandemia, se evidencian los desaciertos de su manejo, con cifras muy altas de enfermos y de muertos. El manejo centrado en aislar no dio sus frutos y por el contrario sí trajo otros efectos deletéreos como el empobrecimiento de la gente, e impactos sobre la salud mental.

En estas circunstancias la pandemia reveló la gran debilidad del sistema de salud para enfrentar una crisis de salud de dimensiones especiales. Por ejemplo, desnudó su énfasis en la visión de atención hospitalaria y de gran complejidad, que está ligada a la visión de mercado profundizada con la Ley 100, dejando al margen la visión promocional y preventiva, así como la intervención territorial comunitaria, piezas claves para el desarrollo de una respuesta adecuada en el componente de salud pública.

A su vez, los agentes privados involucrados en el sistema de salud, mostraron su talante, reflejado en la desidia y despreocupación por el diagnóstico, tratamiento y seguimiento a las personas que desarrollaron covid-19.

De igual manera, la apuesta centrada en lo tecnológico para el enfrentamiento de la pandemia, colocando por largos meses todo el acento en habilitar unidades de cuidado intensivo (UCI) y luego en las vacunas, dos años después mostró su limitación, en tanto la pandemia no ha desaparecido como se pretendía y la vacuna, más que cumplir su labor de generación de inmunidad que es su razón de ser, quedó en el campo de disminuir el efecto deletéreo del virus, que no es cosa menor, pero a grandes costos financieros y también humamos por su capacidad de generar efectos adversos y por incorporar un nuevo elemento sociocultural de estigmatización hacia los no vacunados.

Acá el aprendizaje está en reconocer que el control de una epidemia-pandemia no es posible lograrlo solo con medidas de higiene individual, con aislamientos selectivos, con gran tecnología médica o con la vacunación. Se requieren medidas de salud amplias e integrales, que orientadas a mejorar la calidad de vida de toda la población, en especial las condiciones de saneamiento básico y de alimentación; establecer protecciones sociales universales; desarrollar un sistema de salud público de base territorial, que genere potentes procesos de promoción y prevención, de atención primaria y de solida vigilancia en salud; configurar una cultura de cuidado, conteniendo las posiciones altamente individualistas desarrolladas por el actual tipo de sociedad.


Un gran reto: miradas integradoras, que vean el todo no solo la parte

Entender esta pandemia con la enfermedad respiratoria generada por la propagación global de un nuevo tipo de coronavirus, se torna una explicación simplista e insuficiente, que no da pistas para enfrentar estos fenómenos epidémicos que cada vez se van haciendo más frecuentes en nuestro sistema mundo.

Una realidad propiciada y que tiene como causa de base, el tipo de relación establecido por la humanidad con la naturaleza, producto de las formas como se produce y consume de formas intensivas. En especial, las formas como estamos desplazando y entrando en interacción con especies animales, producto del avance de procesos agroindustriales y extractivos que depredan los bosques y las selvas y sacan de sus hábitats naturales a muchas especies, generando nuevas condiciones en ecosistemas para la replicación de vectores y microorganismos que entran con mayor facilitad en contacto con los seres humanos.

A su vez, las formas masivas como hoy se reproducen animales para el consumo humano, entre ellos cerdos, aves, reses y otras especies exóticas, reproducidas y alimenentadas en hacinamiento para engorde en procesos de tiempo cada vez más reducidos, propician y facilitan la incubación y transmición de virus entre ellas y su mutación, de fácil propagación a la especie humana vía consumo.

Por lo tanto, la pandemia coloca de nuevo el reto de mirar los problemas de forma profunda e integral, para ir a las causas últimas y poder tener capacidad de frenar próximas epidemias. Si no cambiamos de fondo las formas intensivas de producir y consumir impuestas por el capitalismo, y con ello generar una relación respetuosa y equilibrada con la naturaleza, nos veremos enfrentados a nuevas epidemias que podrán ser más devastadoras.

Oportunidad desaprovechada

Con la situación de la guerra en el territorio ucraniano, que abre las posibilidades a una guerra nuclear o ampliada en lo territorial, con armas tácticas de destrucción masiva, pero con efectos globales inmediatos, necesariamente surge la pregunta de si realmente aprendimos algo con la pandemia.

Y con sinsabor toca afirmar que aprendimos muy poco, que teníamos un gran afán de retornar a la “normalidad” para continuar produciendo y consumiendo, para seguir en el acelere angustioso de la vida que hoy tenemos, para seguir “salvándonos” individualmente y para continuar en la lógica del tener y no del ser, sin entender que esta “normalidad” es la que nos ha traído al abismo como especie.

Una realidad contradictoria que evidencia que como humanidad estamos ciegos y no logramos comprender la magnitud de fenómenos de alto impacto propiciados por modelos de desarrollo contra natura, como el cambio climático, las pandemias, las guerras nucleares, de ahí que actuamos en sentido contrario a la vida, a riesgo de extinguirnos, con la paradoja que la especie sapiens, al autodestruirse al acabar su hábitat, quedará registrada como la más estúpida de todas las que han pasado por el planeta Tierra.

Ojalá los rayos de solidaridad y de respeto por la naturaleza que también han brillado a lo largo de la pandemia, para cuidar la vida de forma integral, logren ganar espacio en medio de la sordera y estupidez del grueso de la humanidad, actitud potenciada en todos los planos por los agentes del capital, sustento y motor de la realidad que vivimos, y del siniestro futuro que se avecina, posible de evitar si sumamos imaginación, brazos, solidaridad, cooperación, y mucho más.

 

* Profesor Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Colombia.

Publicado enColombia
Víctor Hugo Ruíz, de la serie “Ponte la máscara” (Cortesía del autor)

En marzo, la humanidad cierra el segundo año de pandemia y comienza a recorrer el tercero. Los 24 meses vividos bajo el peso del covid-19, más el ahondamiento de diversidad de tendencias potenciadas por sus efectos, se constituyen en suceso excepcional para rememorar lo sucedido y tratar de visionar algo más allá de lo evidente. Recordemos y oteemos.


Confinamiento y pánico social


Marzo 2020. Son días de asombro y zozobra: desde sesenta días atrás llegan noticias de un virus que infecta con fuerte impacto la salud humana, llamado entre los cientistas como Sars-CoV-2 y causante del covid-19. Las cifras de infección que va generando por países son alarmantes, así como sus efectos. La propagación se da a ritmo de globalización. Las medidas tomadas para contenerlo, por ejemplo en países como China, su lugar de origen, causan asombro: metrópolis habitadas hasta por 20 millones de personas quedan desoladas cuando se obliga a su población al encierro. Nada se mueve. ¿Alguien había imaginado que algo parecido pudiera suceder? ¿Cómo logran tal nivel de obediencia, sometimiento y disciplinamiento? Los interrogantes son muchos y las respuestas de mano de los filósofos que aluden al creciente autoritarismo del régimen y el despliegue de modernas técnicas soportadas en inteligencia artificial empiezan a dar luces sobre el porqué y el cómo de ese disciplinamiento.


Las semanas pasan, es marzo y del virus en el país solo se conocen unos pocos casos desde el primer detectado, el día 6 de ese mes, con punto de ingreso por el aeropuerto El Dorado. No hay motivo para alarmarse pero, contra toda sensatez, el gobierno central, y en competencia de opinión pública la alcaldía de Bogotá para el caso de la ciudad capital, copiando a los asiáticos y “curándose en salud”, ordena/n el confinamiento, desde Presidencia de todo el país y desde la Alcaldía el de la población residente en la capital. La respuesta, como ya había ocurrido en el territorio de origen del virus, es asombrosa: sin chistar, el recogimiento hogareño es generalizado.


La orden se da sin tomar en consideración que entre nosotros ni el Estado central ni las alcaldías velan por la vida de la población; que acá cada individuo debe procurarse lo suyo a como dé lugar. Así lo demanda la ausencia de un Estado de Bienestar y con él las urgencias que deparan el desempleo, la informalidad laboral, la falta de techo, la precariedad del sistema de salud, las promesas de mejor vida que alientan las campañas electorales, y su incumplimiento por parte de quienes son votados y ocupan los puestos de decisión.


Pese a ello, pese a todo tipo de carencias, la población se encierra. Los motores de todo tipo de vehículos, que ahogan con su incesante rugir la calma de la naturaleza y los oídos de los humanos, se apagan. En las vacías calles, gatos y perros se retuercen sin afán alguno y aire emperezado, como lo presenciamos y gozamos en el día a día de varios y prolongados meses. Todo parece de película. Todo parece ficción, aunque es realidad.


El virus no llega pero la crisis económica y social sí estalla: en infinidad de sectores barriales, los más populosos de todas las ciudades en primera instancia, ante la inexistencia de los escasos ingresos diarios con que sobrellevan sus vidas sus pobladores, el hambre azota sus estómagos.


El Dane ya había radiografiado la pobrería generalizada que habita este país: pobre es quien percibe un ingreso diario de 11 mil pesos o menos, y vulnerable aquella persona cuyos ingresos están entre 11 mil y 22 mil pesos al día, ingresos que llevan a cifrar en 21 millones la cantidad de pobres que habitan el país, todos aquellos que subsisten con menos de 331 mil pesos al mes. Con un agravante: 2 millones 700 mil personas ganan menos de 145 mil al mes, de modo que viven en condición de pobreza extrema (1).


Como es apenas obvio, con tal nivel de ingresos no es posible ahorro alguno, y, ante unos pocos días sin los billetes requeridos –días que además se prolongaron por semanas e incluso meses–, miles de miles de hogares hacen agua, ahogados por la crisis económica. Los empobrecidos entonces caen en la miseria, y un amplio sector de la clase media que, según el Dane, percibe ingresos mensuales entre 653.781 y 3.520.360, resbalan hacia la pobreza. Tal situación trae como consecuencia que en 2020, con relación a 2019, el país registre en sus estadísticas, según ingresos laborales, 1.100.000 de nuevos empobrecidos (2).


La situación, luego de unos meses, toca fondo: emerge la crisis económica y social; también de salud pública tras el copamiento de las UCI por cientos de infectados y la incapacidad del sistema de salud para poner en marcha programas preventivos en los barrios. Las 51.397 personas que perdieron la vida a lo largo de 2020, producto de la infección, es una reflejo de ello; también, los 138.364 decesos reportados por tal causa entre 2020 y febrero 24 de 2022 (3).


La crisis exterioriza los efectos negativos de un sistema de salud que nada entre lo público y lo privado, aunque con poder decisivo de lo privado, quedando relegado lo público, que debiera ser lo fundamental. Todo queda así a la vista de quien quiera ver las profundas desigualdades, los hondos contrastes, la injusticia, que reinan en el país como expresiones de un poder al servicio de la minoría que impone sus intereses en la cosa pública.


No fueron casualidad, por tanto, las numerosas banderas rojas izadas en puertas y ventanas para denunciar que no había nada para comer, para sobrevivir; esas banderas denunciaban una vez más que por allí el Estado solo hace presencia en uniforme y blindaje de armas de fuego. Tampoco fue casualidad o terquedad de alguien que decenas y cientos de personas empezaran a verse merodeando por los barrios en apariencia de clase media, en procura de vender algo. Les urgía algún ingreso para sobrellevar la hambruna. Decenas de artistas, con su canto, hicieron parte de esa ‘fuga’ de lo no permitido, de manera que, antes que se flexibilizaran las normas de confinamiento, una parte de la sociedad ya las había puesto en práctica.


En otros sectores de la ciudad, los sin nada, los ‘leprosos’ de nuestra época, despreciados por unos y otros, cientos, miles que viven de la solidaridad de tenderos y panaderos que les brindan un mendrugo de pan o algo más que está por vencer, y que recogen otro tanto para suplir sus necesidades rebuscando entre canecas, ante el cierre de muchos de estos establecimientos se encuentran con que no tienen donde esperar una mano solidaria, pero también con que los desperdicios de los hogares ahora son menos frecuentes. Para colmo, pese a no tener techo ni lugar fijo de residencia, la Policía pretende que aquellos no deambulen y les reclaman por no estar confinados en sus casas. El reclamo, el esquematismo con que funciona la institucionalidad, produce hilaridad.


Es así como la sociedad quedó, de cuerpo entero, sin eufemismos, ante una realidad que dejaba ver sin tapujo alguno la inoperancia, la incapacidad y la inviabilidad histórica del actual sistema social. ¿Asombro? Pese a ello, las mayorías permanecen encerradas, exteriorizando algo visto en otras coordenadas y otras épocas: que el miedo a la muerte tiene más fuerza y es más potente que la negación de los derechos humanos más elementales.


Las variantes


Por aquellos meses, si en algún momento el temor a la muerte recayó, la aparición de cepas o variantes del virus, y la difusión de sus mortales impactos, con cientos de ataúdes amontonados en Italia y otros países, se encargaron de repotenciarlo.


En mayo de 2020, cuando el covid-19 aún estaba fresco y el temor era evidente a lo amplio, ancho y largo del país, empezaron a llegar noticias de su mutación, en lo que posteriormente fue conocido como variante beta, que había tomado su nueva forma en Sudáfrica. Para septiembre, las noticias llegaban desde Inglaterra, donde la nueva cepa fue bautizada como alfa. Y cada cepa era difundida en su existencia con un poder de infección más mortal que la anterior. Se pensaba y se decía en uno y otro lugar: ¿Qué hacer ante el invisible “enemigo”? El temor no bajaba la guardia. La crisis económica golpeaba con más fuerza, pero el encierro proseguía. En algunas ciudades, los pobladores de sectores populares empezaron a recibir minimercados enviados por las alcaldías, insuficientes en composición y cantidad, dejando a cientos, a miles de familias, por fuera del subsidio.


No pasaron cuatro meses más cuando la nueva variante, conocida luego como delta, tomó cuerpo en India. El suceso refrendaba con toda nitidez que el virus evolucionaba, y que conocerlo con toda propiedad, y con ello afrontarlo con toda capacidad, tomaría más tiempo del predecible. Y su transformación prosiguió, asumiendo en Brasil el nombre de gamma. A finales de 2021 llegaba desde África la variante ómicron, extendida por doquier a comienzos de 2022, con potencia disminuida, lo que permitió que el temor a la infección prácticamente se disolviera. La endemia se ve en el horizonte. ¿Cuántas otras formas adquirirá el virus?


Parálisis de la producción mundial


El confinamiento ordenado en las cuatro coordenadas de nuestro planeta impone otra realidad, no imaginada por algún pensador: la parálisis de la maquinaria capitalista. En un sistema cuyo vector fundamental es la producción incesante de mercancías, junto con su circulación, su mercadeo y su consumo, el músculo productivo reduce su ritmo hasta apagarse en variedad de sectores. Y al apagarse no hay crecimiento del PIB y sí decrecimiento. Meses después se conocerá el porcentaje de la contracción, que en algunos países superó el –10 y más por ciento. En Colombia fue de –6,8 por ciento en comparación con 2019.


Se trataba de un golpe inmenso sobre el cuerpo social de los más pobres y débiles en su economía, y que lleva a la creciente de un mayor desempleo que alcanzó al finalizar el 2020 el 15,9 por ciento y que, para las 13 principales ciudades del país fue hasta del 18,2 por ciento. A la par, se cierran 500 mil micro y pequeñas empresas. De este modo, el confinamiento de la población y la contracción que propicia llevan al debate que se prolongará por meses: ¿Qué priorizar, la economía o la vida?


El interrogante estimula intensos debates; los gobiernos titubean frente a qué hacer; en algunos países se empieza a autorizar ciertas flexibilidades; más allá de quienes atienden la salud, el transporte y otras áreas estratégicas, ahora dan luz verde para que salgan a laborar obreros y operarios de otros sectores; el teletrabajo mantiene el dominio, así como la educación virtual. Así, sin necesidad de palabras, la economía se fue imponiendo: había vencido la lógica del capital. Al mismo tiempo, había quedado nítido ante la vista de miles de millones algo que siempre se ha dicho pero pocas veces se reconoce: el ser humano es el factor fundamental para la producción. El capitalista es algo adyacente, innecesario, si de socialización se trata, si de lo público con sentido común y colectivo se trata.


Las vacunas


El avance del virus, popularizado como covid-19, trata de ser resuelto por el sistema sin reparar en causas estructurales ni pretender resolverlas. Para su monocromática visión del mundo, de la naturaleza, de la vida, solo hay una opción ante la crisis: inocular miles de millones de cuerpos humanos con un biológico de laboratorio, los mismos millones que son abordados como “ratones de laboratorio” que facilitarán ubicar fortalezas y debilidades de las investigaciones en curso.


Animados por la inmensa suma que su producción generaría, y validos de avances logrados producto de investigaciones de décadas sobre el VIH, así como de nuevas tecnologías surgidas a la luz de la cuarta revolución industrial en curso, multinacionales de la farmacia se afanan por descubrir y producir en serie el bendito remedio para aniquilar el virus. Toma forma así uno de los más grandes experimentos de escala global conocidos por la humanidad (4).


Validos de la diplomacia, acuerdan en primera instancia, con los gobiernos de los países con mayor poder de compra y pago, las condiciones para surtirlos de un biológico que aún no es vacuna en el sentido estricto del termino y autorizado para su utilización bajo normas de emergencia, dejando en claro, como primera condición, que no los pueden demandar si su aplicación genera efectos no previstos. Y los gobiernos también se lavan las manos al hacer firmar a quien accede a la inyección su consentimiento, producto del pleno conocimiento del proceso al cual se somete.


El negocio es millonario. Ni el rey Midas había sido capaz de producir y generar tanto ‘oro’ en tan poco tiempo: en cuestión de meses, las arcas de los emporios propietarios de licencias y vacunas se llenaron de inmensas ganancias: “Pfizer, BioNTech, Moderna, AstraZeneca y Johnson & Johnson prevén cerrar 2021 con 65.600 millones de euros facturados por sus inyecciones contra la covid-19, más del doble de todo el sector de las vacunas antes de la pandemia. Estas farmacéuticas han vendido al menos 5.850 millones de dosis en un año de oro en el que han experimentado crecimientos de vértigo” (5). Se estimaba que su producción de vacunas al finalizar 2021 alcanzaría 12 mil millones de dosis. 90.469.304 son las dosis hasta ahora recibidas por Colombia, entre compradas y donadas (6).


El negocio, mirado en detalle, ofrece otros datos relevantes: “La farmacéutica norteamericana Pfizer acumula un retorno anual del 46,33% y la empresa de biotecnología alemana BioNTEch un 170,43% (Nasdaq). Pfizer, con una previsión de 32.000 millones facturados en 2021 por su vacuna Comirnaty (un 44,17% de sus números totales), es la compañía que más inyecciones habrá distribuido este año, 3.000 millones, junto a BioNTech, que prevé facturar entre 14.000 y 15.000 millones. La biotech Moderna, con un retorno del 75,40% en el Nasdaq, prevé ingresar entre 13.000 y 14.000 millones por su inyección, de la que ha distribuido 800 millones y ha multiplicado sus ingresos totales por 65 en comparación con 2020” (7). Este oro en líquido hace imposible liberar las patentes de producción, la propiedad intelectual sobre estos productos, como lo reclamaban una y otra vez, en su afán por quedar bien ante su población, varios gobiernos, así como diversidad de almas caritativas.


En Colombia el primer lote de vacunas, 50 mil de Pfizer y BioNtech, llegó el lunes 15 de febrero de 2020, y la meta anunciada por el Gobierno era inmunizar 35,7 millones de personas, el 70 por ciento del total de la población, y así ganar la inmunidad de rebaño frente al coronavirus. La meta se sobrepasó en varias de sus más populosas ciudades: por ejemplo, Bogotá asegura que el 93 por ciento de su población cuenta con al menos una dosis de alguno de los biológicos adquiridos por el país, pero de la inmunidad colectiva ya nada se dice.


La recepción de las vacunas, con presidente anfitrión en el aeropuerto El Dorado, fue traducido en acto de orgullo patrio, con desfile de carros de bomberos y el ruido de sirenas, pero con la diferencia de que en lo alto de los vehículos no iba una reina de belleza ni un equipo de fútbol, ni ciclista alguno, sino los embalajes en los que reposaban cientos de miles del salvador remedio. El país –sus millones de habitantes– podía recuperar la esperanza. Es espectáculo vivido es digno de esta época de interfaces en la que cada acto es traducido en suceso mediático.


La derrota de la humanidad


La vacuna, la ‘salvación’, tapó con residuos biológicos y químicos las causas estructurales que permitieron la incubación del virus en el cuerpo de los humanos. Por fuera del necesario debate que debiera haber tomado forma en todos y cada uno de los países que integran el Sistema Mundo Capitalista, afanados por retornar a la ‘normalidad’, quedaron las preguntas sobre un modelo de producción que genera muerte, que contamina hasta llevar a la especie al límite de su propia existencia, que expande la agroindustria sin límite alguno, que deforesta y arrincona cada vez más especies, acabando con muchas de ellas, que tiñe las aguas de los ríos con residuos de todo tipo, además de cubrir el planeta con plástico, que acaba con la riqueza genética producida por la naturaleza en sus millones de años de evolución, que en las ciudades concentra conglomerados cada vez más inmensos de seres sometidos a un ritmo de vida que no repara en la dignidad ni en la felicidad.


Ese que era el debate a que invitaba esta crisis, y que debiera haber sido insuflado por la izquierda en un nivel mundial, quedará en la memoria de la humanidad como la oportunidad perdida para que nuestra especie se mirara en el espejo de sus realizaciones y desastres, dibujando el camino y los recursos necesarios para transitar hacia otro modelo social, posible y necesario. Contrariamente a ello, la izquierda, en evidencia de la crisis que la ahoga, de su falta de imaginación, de su complacencia con parchar el sistema allí donde sea posible, pero no de someterlo a operación de corazón y cerebro abiertos, se acomodó en el reclamo por la liberación del derecho de propiedad intelectual para producir la vacuna. Y quienes administran países o ciudades a nombre de un deseable cambio social, repitieron sin cuestionamiento alguno los mantras pronunciados por la Organización Mundial de la Salud y otras instituciones multilaterales. Nada que cuestionar, nada en qué diferenciarse, ninguna acción o política de salud para mostrar el camino por recorrer de parte de las sociedades, a fin de vivir de manera diferente de como hoy lo hacen. La derrota es evidente.


Otros, que proclaman su supuesto socialismo, en vez de cuestionar abiertamente el camino recorrido para producir lo que hoy tienen, con métodos y formas de ser y hacer capitalistas, desplegaron todo un arsenal de tecnologías y un inmenso poder coercitivo para obligar a sus gobernados a recorrer el camino que la dirigencia del país considera necesario para no perder el ritmo de su constante crecimiento económico.


Tras su mandato, perfilaron técnicas de premios y sanciones (créditos sociales) por aceptar o desobedecer los mandatos oficiales, y con ellos acceder o quedar excluido de derechos elementales, a la par de poner en funciones nuevos recursos de inteligencia artificial con capacidad para reconocer de inmediato la identidad de una persona, cruzarla con su temperatura corporal, los sitios visitados, los consumos realizados, etcétera, tras lo cual disponer si puede o no estar en la calle o viajar a sitio alguno. Un control social, de última generación, impuesto a espaldas del necesario debate público que debiera surtirse sobre las transformaciones a que esta expuesto el cuerpo social.


Todo ello se logra, claro está, con desinformación, encubriendo los verdaderos propósitos y los trasfondos que ocultan los actos del poder, una constante que brilla a lo largo de estos dos años de pandemia en los que los anuncios oficiales un día dicen una cosa y al otro se desdicen, sin por ello dar explicación pública alguna. Es así como, a pesar de la realidad, se anuncia la producción de vacunas sin los protocolos para serlo; se asegura que inmunizan a pesar de las evidencias que lo desdicen para, finalmente, y tras llamar a la sociedad a aplicarse no una sino dos, tres y más dosis del ‘milagroso’ remedio, reconocer que ciertamente no inmuniza pero sí reduce el riesgo de muerte por la infección. Un alcance igual que el ofrecido por otros remedios, “no científicos”, desconocidos, rechazados por las multinacionales y desprestigiados como solución alternativa y viable por los gobiernos, prohibidos en ocasiones para su venta. Tal es el caso del Dióxido de cloro, una de las opciones a que apelaron miles de miles en esta parte del mundo, recurso con el cual enfrentaron con éxito el contagio y sus efectos más fuertes, entre ellos la reducción del oxígeno en la sangre y su coagulación.


La desinformación y la manipulación llevaron al extremo de imponer en infinidad de países un carné o pase covid, como si fuera cierto que las personas vacunadas ni se contagian ni contagian, como evidencia de una supuesta salud a prueba de virus, cuando cada día la misma realidad, con vacunados reinfectados –incluso con tres dosis– se encargaba de desmentir el mandato oficial. Pero en lo que sí lograron avanzar con este proceder, y con la complacencia de millones al seguir este juego –una especie de crédito social como está instituido en China– fue la de avanzar en la creación de sociedades de “buenos” y “malos”, sociedades segmentadas y polarizadas entre quienes están con el gobierno y quienes lo contradicen o cuestionan, sociedades apartheid.


¿Qué viene ahora?


Las tendencias son complejas pero, empezando por lo antes relacionado, hay que llamar la atención sobre un hecho: avanzamos a zancadas hacia sociedades cada vez más polarizadas, divididas entre “buenos” y “malos”, un recurso del poder, un mecanismo para gobernar con manga ancha en tiempos de inestabilidad y caos general, como es la nota predominante hoy, a partir de la división social y con ello del debilitamiento del tejido social. Aíslan, satanizan y criminalizan a los opositores de las ‘verdades’ del establecimiento y concretan con ello las comunidades ‘apartadas’.


Aquel es un recurso que se profundizará con técnicas cada vez más finas de control social, concretadas por medio del despliegue de variedad de instrumentos que funcionan a partir de inteligencia artificial, algo que todos sabemos sobre su existencia y su utilización por los organismos de control y de inteligencia, pero que la rutina nos lleva a aceptar como algo ‘natural’. Al final, lo que hoy es autoritario y violador de los derechos humanos más básicos, como la intimidad, la libertad y similares, termina siendo algo anhelado y justificado por muchos como recurso óptimo para perseguir al criminal, así este termine siendo él mismo cuando rechaza una medida oficial, por injusta que sea. Es un mecanismo que será ahondado, mucho más, o de manera más rápida, si el virus gana potencia y se manifiesta con nuevas cepas de alto contagio y efectos, o si aparecen y globalizan nuevos virus.


En este proceso están implícitos muchos recursos de espionaje y control social cada vez más evidentes en calles, edificaciones, transporte público y otros muchos espacios, toda vez que las sociedades tenderán a mayores niveles de polarización, producto del aumento de la desigualdad social a la que asistimos, y que imposibilitan una gobernabilidad democrática ‘normal’. Sabemos que se recurre a sociedades policivas, militarizadas, de civil. No es posible la estabilidad de los gobiernos con tanta desigualdad. Los alzamientos sociales serán periódicos y presentes en todo el mundo.


Continuamos, por tanto, el camino hacia una ingobernanza, ahondada por el debilitamiento del hegemón hasta hoy imperante y la disputa cada vez más abierta que le presenta su contradictor asiático, disputa en medio de la cual las técnicas y los recursos violentos para el control y el sometimiento social estarán a la orden del día.


En esta disputa, vuelven la división y el alinderamiento del mundo por bloques, y conservar o ganar poder y amplitud entre cada uno de estos implicará el estallido de conflictos armados parciales o locales en los cuales se irá definiendo, poco a poco, el potencial real de cada uno de estos juegos geopolíticos. En medio de ello, estarán la crisis real o la reconstitución del actual modelo de acumulación; una dinámica ahondada o fortalecida por el poder de las multinacionales, con la ampliación de un nuevo orden jurídico internacional en el cual estas megaempresas tienen mucho más poder que muchos Estado-nación que hoy se adentran también hacia una transformación y una reconformación aún incierta.


Con todo lo descrito, se ve un devenir en medio del cual la resistencia y las opciones que opongan y levanten los de abajo serán determinantes. Son tiempos para la imaginación y la transformación, en medio de los cuales todo es posible. La pasividad y la aceptación conformista del discurso oficial es la peor de las formas de solución.

1. Equipo Desde Abajo, “Tres golpes”, periódico desdeabajo Nº 288, febrero 20-marzo 20-2022, p. 4.
2. Garay, Luis Jorge y Espitia Jorge Enrique, “Proteger al capital o priorizar la democratización sustantiva de la sociedad, periódico Desde Abajo Nº 288, febrero 20-marzo 20, 2022, p. 12.
3. https://www.ins.gov.co/Noticias/paginas/coronavirus.aspx; www.aa.com.tr.
4. Maldonado, Carlos Eduardo, “Los dos más grandes experimentos de escala global en la historia de la humanidad”, periódico desdeabajo Nº 288, febrero 20-marzo 20, 2022, p. 10-11.
5. Jordi Pueyo Busquets, “Las farmacéuticas cierran un año de oro con 65.000 millones en ventas ante el reto de la ómicron”, El País, 19 dic 2021.
6. es.wikipedia.org, Vacunación contra el covid-19 en Colombia.
7. ídem.

 

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El neoliberalismo autoritario y sus nuevas caras

“La desigualdad no solo es inevitable, sino que es necesaria para el progreso de la sociedad”

Ricardo Salinas, una de las diez personas más ricas de América Latina 

 

Frankenstein, zombi, mutante, 3.0, estos son algunos de los términos utilizados para caracterizar la evolución del neoliberalismo desde el periodo abierto en 2008 y luego durante la crisis pandémica. Con todo, más allá de las variantes que han podido aparecer, en todas ellas predominan unos rasgos cada vez más autoritarios y abiertamente defensores de una concepción individualista radical de la libertad que, sin embargo, ya estaban en sus mismos orígenes. 

En efecto, como se recuerda en diferentes trabajos, como en el de Chamayou (2020) y en artículos de este Plural, los principales referentes originales del neoliberalismo y del ordoliberalismo –como Hayek y Röpke– ya expresaron, bajo la influencia de Carl Schmitt, una creciente desconfianza frente al pluralismo democrático y al incipiente Estado social existentes bajo la República de Weimar. Fue a partir de 1938 y, sobre todo, tras la Segunda Guerra Mundial cuando fueron desarrollando su ideario como alternativa en defensa de la libertad… de mercado frente al keynesianismo fordista del bienestar entonces en ascenso en el centro del sistema-mundo. Frente a lo que consideraban una amenaza colectivista que a su vez sirviera de referencia a los nuevos Estados surgidos de los procesos de descolonización en marcha, su objetivo fue diseñar un proyecto internacionalista de un nuevo orden de mercado global que fuera imponiéndose por encima de las constituciones estatales. Esto no implicaba prescindir de los Estados-nación, sino todo lo contrario, ya que, como bien resume Quinn Slobodian (2021: 176): “Para salvaguardar la constitución económica del mundo haría falta un Estado fuerte, que fuese inmune a las presiones de la influencia democrática”. 

Ese fue el empeño de la corriente que Slobodian denomina ordoglobalismo y que en el marco europeo irá confluyendo con el ordoliberalismo germánico, dando este mayor centralidad al Estado en la puesta en pie de las políticas conocidas como neoliberales. Para quienes promovieron ese proyecto, cuya benevolencia con la Sudáfrica del apartheid y con el Chile de Pinochet es bien conocida, la prioridad que se fue imponiendo fue frenar la “sobrecarga de demandas” ante la que alertaba el famoso informe de la Comisión Trilateral publicado en 1975, en medio ya de un cambio de ciclo del capitalismo.

Será en ese contexto, en tanto que contrarrevolución preventiva tras la revuelta global del 68, cuando el neoliberalismo se irá asentando como mucho más que una política económica para llegar a convertirse en la nueva razón del mundo capitalista. A partir de entonces, podríamos convenir con William Davies (2016) en que va atravesando distintas fases: la primera fue la combativa, que iría de 1979 a 1989; la segunda, la normativa, de 1989 a 2008, y la tercera, la punitiva, abierta en 2008. Sin embargo, antes ya se habían producido los primeros experimentos con las dictaduras latinoamericanas de Chile, Argentina y Brasil, mostrando así la falta de escrúpulo moral alguno para combinar formas abiertamente antidemocráticas con un individualismo propietario como sinónimo de libertad.  

Esa beligerancia del neoliberalismo dio un salto adelante a partir de las victorias electorales de Margaret Thatcher y Ronald Reagan durante los años 80, en plena segunda guerra fría con la URSS. Fue entonces cuando Stuart Hall subrayó la dimensión político-ideológica del thatcherismo como populismo autoritario[01]. Se proponía así subrayar que se trataba de un proyecto dispuesto a luchar no solo en el plano económico, sino también en el de la construcción de un nuevo liderazgo capaz de lograr un cambio de mentalidad política y cultural entre las clases subalternas [02]. No es casualidad que la famosa frase de la ex primera ministra “No hay tal cosa como la sociedad. Lo que existe son hombres y mujeres individuales…, y sus familias”, se haya convertido en una sentencia recurrente de las variantes de neoliberalismo que la han seguido, reflejando todas ellas una convergencia entre neoliberalismo depredador, conservadurismo heteropatriarcal e individualismo radical que no ha dejado de extenderse desde entonces. Ese fue el sentido del carácter combativo que adquirió durante este periodo en su lucha por la hegemonía para entrar luego, tras la caída del bloque soviético y el nuevo salto adelante hacia la globalización capitalista, en la fase normativa, en cuyo marco se produce la progresiva incorporación de China. 

Es en esa nueva fase cuando la llamada tercera vía (con Mitterrand, Felipe González, Blair, Schroeder como principales promotores) viene a confirmar la pujanza del neoliberalismo y su verdadero triunfo como nuevo sentido común global. El proceso de integración europea también debe ser analizado en ese marco de consenso entre la derecha y la izquierda sistémicas en su propósito común de caminar hacia una constitución económica ordoliberal. Esta tuvo en el nuevo europeísmo del Acta Única de 1986 su palanca de lanzamiento para ir plasmándose luego en el Tratado de Maastricht y el Tratado de Lisboa, tras el fracaso del intento inicial de legitimar una Constitución europea que pretendía convertir en ley fundamental sus postulados neoliberales.

Guerra de clase, guerras culturales y nostalgia restauradora

Ese triunfalismo neoliberal llega, sin embargo, a su fin cuando estalla la crisis financiera global de 2008 y, con ella, la inauguración de la fase punitiva, entendida esta no tanto en su forma directamente represiva sino, sobre todo, en la de violencia financiera, teniendo en la crisis griega su manifestación más extrema mediante la imposición del credo neoliberal en contra de la decisión democrática del pueblo griego, expresada a través de un referéndum. La deudocracia pasaba así a estar por encima de la democracia, imponiéndose en las constituciones estatales (como ocurre en el caso español en septiembre de 2011) y tratando así de despolitizar la economía. Mientras tanto, el discurso de ganadores y perdedores se aplica no solo a los Estados, sino también a los individuos…, y a sus familias, haciendo recaer además en las mujeres más tareas de reproducción social.

Es a partir de entonces cuando la terapia de choque neoliberal se va extendiendo al centro del sistema-mundo, después de haberse impuesto en su periferia y en los nuevos capitalismos del Este, ahora criticados como iliberales. Un autoritarismo austeritario que, derrotado ya el movimiento obrero y desarticulado el social-liberalismo, no por ello deja de encontrar nuevas amenazas a su estrategia del shock, destinada a sentar las bases de un nuevo régimen de acumulación. En ese camino irá combinando la guerra de clase con las mal llamadas guerras culturales[03], dirigiéndolas contra los sectores más vulnerabilizados de la población, en particular contra la población de origen no occidental y especialmente la musulmana, asociándola al viejo discurso supremacista del choque de civilizaciones, resucitado tras el 11S de 2001. 

Unas guerras culturales que, como bien ha subrayado Rasmussen, “deben ser comprendidas como síntomas de una mayor culturalización de la lucha económica y social” (Rasmussen, 2018: 683), creando así el caldo de cultivo para el ascenso del posfascismo. El trasfondo de ese crecimiento es el conjunto de efectos sociales derivados de una crisis económica prolongada que han permitido a esa extrema derecha explotar su habilidad para convertir la desafección ante el sistema político y social de sectores de la ciudadanía –sobre todo, perdedores de la globalización, con un peso destacado de un sector de clase media imbuido ahora del miedo a su declive– en un resentimiento colectivo que encuentra en la nostalgia restauradora del viejo Estado protector de los nativos un imaginario alternativo.

Es así cómo en muchos países se ha ido conformando un nuevo bloque interclasista hegemonizado por determinadas fracciones burguesas que se presentan ajenas al establishment dominante. El trumpismo sería su más clara y ascendente manifestación [04] y referencia a escala global, como estamos viendo en India, Brasil, Filipinas, El Salvador o… en el Estado español. Es en el seno de ese bloque donde las nuevas derechas radicales, si bien con distintas variantes en función de las especificidades nacionales y de las correlaciones de fuerzas respectivas, adquieren un peso político y electoral creciente. Se produce así una convergencia que aspira a construir una alternativa de recambio ante la crisis de la democracia liberal y la erosión de las bases sociales de los viejos partidos de la derecha y de la izquierda progresista.

La nueva huida adelante en medio de la crisis pandémica

La irrupción de la crisis pandémica a partir de 2020 ha venido a marcar una nueva fase de crisis de la globalización neoliberal para dar nuevos pasos, sobre todo en los viejos Estados imperialistas, hacia una confluencia cada vez mayor entre las derechas tradicionales y las nuevas derechas radicales. Una convergencia que está conduciendo a la adaptación de sus discursos al nuevo escenario de inseguridad y miedo al futuro, aumentados por esta crisis, mediante el refuerzo de los nacionalismos de Estado y la radicalización en torno a ejes de conflicto que han ido pasando a primer plano. Así ocurre con el conflicto entre salud y economía, entre libertad y solidaridad y apoyo mutuo, entre la lucha consecuente contra la crisis climática y la tendencia a volver al business as usual del capitalismo fosilista, entre la banalización del fascismo y el colonialismo y la reivindicación del antifascismo y el anticolonialismo, sin olvidar los nuevos negacionismos en auge.

Quizás lo más novedoso esté siendo el retorno al centro de la agenda de un discurso sobre la libertad por parte de esas derechas que, en sus versiones más extremas, no hace más que actualizar viejas máximas del anarcocapitalismo, como las predicadas por Robert Nozick (1974) –según el cual la libertad económica y de modo de vida era un valor que el Estado tenía que preservar por encima de los demás–; o las del paleolibertarismo de Murray Rothbard que ha recordado Pablo Stefanoni (2021: 117-125) y recoge Luisa Martín Rojo en este Plural. Una idea de libertad que aparece ahora abiertamente enfrentada a la de igualdad, incluso frente a cualquier intento moderadamente reformista de redistribución de la riqueza o de reforma fiscal progresiva, precisamente en unos tiempos en los que las desigualdades de todo tipo no han dejado de aumentar por todas partes, como no dejan de corroborar informes recientes, como el de Oxfam y, en el caso español, el de FOESSA. 

Sin embargo, como se explica en los artículos de este Plural, ahora esa idea de libertad aparece asociada al derecho al negocio, al enriquecimiento y al expolio, a divertirse, a la soberanía del consumidor, así como a la defensa de la objeción de conciencia individual frente a derechos civiles conquistados a lo largo de las pasadas décadas por diferentes movimientos sociales. Empero, no olvidemos que detrás de esto está, como bien resumen Benquet y Bourgeron (2020: 120), un nuevo libertarianismo financiero que “defiende un punto de vista ético sobre la libertad sin consideración alguna sobre sus efectos en el bien común (…). La libertad de acumular se convierte ella sola en su propia justificación”. 

Con todo, es importante subrayar que este libertarianismo no pretende prescindir del Estado, ya que pese a su retórica antiestatal necesita del mismo para garantizar la puesta en pie de su proyecto. Por eso parece adecuado caracterizarlo como expresión de la aspiración a un “Estado antiEstado” (Toscano, 2021): este tendría como tarea combinar la defensa de los intereses de fracciones burguesas significativas, especialmente los del capital fósil y del sector más especulativo del capital financiero, con guerras culturales desde la sociedad civil, las redes sociales y comunicativas y sectores del aparato estatal –especialmente el judicial con su lawfare– que permitan atraer a capas medias y populares nativas a su proyecto. 

Unas vías de persuasión y conquista ideológica que, a su vez, se apoyan en la extensión e intensificación de distintas formas de control social (junto con el capitalismo de vigilancia de los nueve gigantes tecnológicos) y coercitivo en nombre del orden y la seguridad, frente a la amenaza de revueltas populares que recorre el planeta. Procediendo así, en suma, a acelerar el tránsito del Estado de derecho al Estado penal contra los nuevos enemigos, principalmente las personas pobres no occidentales, con su peor expresión en la práctica creciente de la necropolítica migratoria por unos Estados cada vez más amurallados (Brown, 2015; Mellino, 2021).

En resumen, en la actualidad nos encontramos ante la radicalización de las derechas tradicionales en la mayor parte de los países, reflejando así la influencia que en ellas ejercen las que en el número 166 de esta revista definíamos como “Las nuevas derechas radicales”, con artículos de Judith Carreras, Martín Mosquera, Ugo Palheta, Enzo Traverso y Miguel Urbán, que siguen siendo de lectura muy recomendable. En este nuevo Plural hemos querido prolongar, ampliar y actualizar esos análisis con vistas a poder afrontar mejor los retos que se plantean en esta nueva fase:

Manuel Garí nos recuerda “la pertinaz pulsión autoritaria del neoliberalismo” y su “talón de Aquiles desde que se convirtió en política gubernamental”: la crisis de rentabilidad que le persigue y no logra superar. Subraya también la centralidad de las finanzas en la reproducción de un capitalismo neoliberal que necesita a su vez de más y no menos Estado, con mayor razón cuando aquel ha entrado una fase de “regulación caótica”, como ya la definió Michel Husson, y sin hoja de ruta estratégica común. 

Christian Laval considera que el periodo actual se caracteriza por la tendencia hacia “una nueva guerra civil mundial” que en realidad es una “guerra contra la igualdad en nombre de la libertad”..., de la competencia y del mercado. Constata, con ejemplos como el de Macron, que el extremo centro está asumiendo los discursos y las políticas de la extrema derecha, y alerta ante la creciente confluencia que se está dando entre el neoliberalismo y el populismo nacionalista más autoritario. A continuación, en otro breve texto, pronostica una pérdida de credibilidad del imaginario neoliberal tras la crisis pandémica para reivindicar la centralidad que está teniendo la defensa de los servicios públicos y, en particular, de la salud pública como bienes públicos, no estatales.

Miguel Urbán aborda la evolución de lo que se ha denominado convencionalmente iliberalismo en Hungría y Polonia. Para el autor, los regímenes vigentes en esos países representarían la “fase superior del neoliberalismo”, ya que están llevando al extremo su deriva autoritaria tanto en el plano económico como en el social o cultural. Una tendencia que no es ajena a los efectos negativos del ordoliberalismo de la UE y a la consiguiente frustración popular de las expectativas que generaron las llamadas “revoluciones rectificadoras”.

Luisa Martín Rojo nos ofrece un análisis del discurso de la presidenta de la Comunidad de Madrid dentro de su proyecto de construir una nueva hegemonía en su lucha por mantenerse en el poder. Para ello se centra especialmente en la crítica del uso repetido de la palabra libertad, resignificada como defensa de derechos individuales y de mercado, así como del autocuidado, funcionales ambos a su propósito claro de continuar avanzando en sus “políticas de desmantelamiento del Estado del bienestar”. 

Finalmente, Laura Camargo presta atención a la influencia creciente del trumpismo discursivo dentro del Partido Popular y especialmente en su líder, Pablo Casado. Su evolución reciente viene a confirmar que “una amalgama de neoliberalismo autoritario (…) se está convirtiendo en forma dominante del modelo neoliberal y que en ella encuentran especial acomodo las estrategias de comunicación del trumpismo discursivo”. 

Una tesis que creemos que ha quedado suficientemente demostrada en este Plural y que nos exige ser capaces de contrarrestar la ofensiva de ese neoliberalismo autoritario con discursos y estrategias rupturistas, no subalternas de las versiones progresistas y, sobre todo, mediante la construcción de solidaridades a través de las luchas. Recuperando así la vieja idea antiesclavista y republicana de libertad, entendida como derecho a una vida digna frente a toda forma de despotismo e inserta, como nos propone Luisa Martín Rojo, dentro de la tríada revolucionaria clásica en torno a un horizonte ecosocialista, radicalmente democrático, feminista y antirracista. 

3 marzo 2022 | VientoSur nº 180

Referencias

Benquet, Marlène y Bourgeron, Théo (2020) La finance autoritaire. Vers la fin du nélibéralisme. París: Raisons d’agir.

Brown, Wendy (2015) Estados amurallados, soberanía en declive. Barcelona: Herder.

Chamayou, Grégoire (2020) “1932, Naissance du libéralisme autoritaire”, en Carl Schmitt y Herman Heller, Du libéralisme autoritaire, París: La Découverte. Versión reducida en castellano en https://vientosur.info/sobre-el-liberalismo-autoritario

Davies, William (2016) “Neoliberalismo 3.0”, New Left Review, 101, pp. 129-143.

Hall, Stuart (1985) “Authoritarian Populism: A Reply to Jessop et al.”, New Left Review, 151, pp. 115-124.

Mellino, Miguel (2021) Gobernar la crisis de los refugiados. Madrid: Traficantes de Sueños.

Nozick, Robert (1974) Anarquía, Estado y utopía. Madrid: Siglo XXI.

Rasmussen, Mikkel Bolt (2018) “Postfascism, or the Cultural Logic of Late Capitalism”, Third Text, 32: 5-6, pp. 681-688.

Slobodian, Quinn (2021) Globalistas. Madrid: Capitán Swing.

Stefanoni, Pablo (2021) ¿La rebeldía se volvió de derecha? Madrid: Siglo XXI.

Toscano, Alberto (2021) “Editorial Perspective: Fascist, Freedom and the Anti-State State”, Historical Materialism, 29, 4, 3-21.

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Ansiedad, miedo y hambrunas le impiden a millones vivir dignamente, sostiene el informe del organismo para el desarrollo. . Imagen: AFP

El organismo promueve redefinir la idea de progreso

"A pesar de los avances de desarrollo acumulados durante años, la sensación de seguridad de la población se encuentra por debajo del mínimo en casi todos los países, incluidos los más ricos", sostuvo el PNUD. El índice de desarrollo humano medido por el organismo se hundió en 2019-2020, coincidiendo con la irrupción de la Covid-19.

La unidad de medida del éxito de un país suele ser su Producto Bruto Interno (PBI). Sin embargo, un estudio publicado por el Programa de la ONU para el Desarrollo (PNUD) señaló que seis de cada siete personas aseguraron sentirse inseguras por su situación de vida durante 2021, año que de acuerdo a los registros fue el de mayor PBI mundial de la historia. "El progreso en el desarrollo a nivel mundial no genera automáticamente una mayor sensación de seguridad", reconoció el PNUD y solicitó redefinir la idea de "progreso".  

"A pesar de los avances de desarrollo acumulados durante años, la sensación de seguridad de la población se encuentra por debajo del mínimo en casi todos los países, incluidos los más ricos", sostuvo el PNUD y resaltó que no tiene que ver con los niveles de riqueza --Estados Unidos y China reúnen el 42% del PBI mundial-- ya que aún en los países "de los niveles más elevados de buena salud, riqueza y educación muestran mayor grado de ansiedad incluso que hace diez años".

Esperanza de vida

El estudio agrega que, tras la pandemia de Covid-19, la esperanza de vida ha caído a nivel mundial por segundo año consecutivo y advierte que los cambios de temperatura por el cambio climático podrían causar la muerte de 40 millones de personas de aquí al final del siglo. 

La Covid-19, el cambio climático, la hambruna, las tecnologías digitales, las desigualdades, la capacidad de los sistemas de salud ante nuevos retos, además de los conflictos armados --que afectan a unos 1.200 millones de personas-- han seguido generando ansiedad, miedo y penurias que le impiden a millones vivir dignamente, sostiene el informe del organismo para el desarrollo. 

Por eso, el PNUD asegura que la sensación de inseguridad entre la población es cada vez mayor a pesar del avance del desarrollo y llamó a "promover la solidaridad y reorientar los esfuerzos en el ámbito del desarrollo".

Los níveles de "inseguridad" son medidos por el organismo de la ONU a partir del Índice de Desarrollo Humano, que mantuvo una mejora desde que comenzó a elaborarse en 1994, hasta que se hundió en 2019-2020 coincidiendo con la irrupción de la Covid-19.

"Hay que redefinir el verdadero significado de progreso"

Aunque en 2021 experimentó una recuperación, el PNUD calcula que en dos años el índice perdió las mejoras logradas en cinco años, entre 2014 y 2019.

"A pesar de que el mundo disfruta de una riqueza sin precedentes, la mayoría de las personas sienten preocupación por el futuro, sentimientos que probablemente se han visto exacerbados por la pandemia", dijo el administrador del PNUD, Achim Steiner.

Además, el organismo insistió en que existe una estrecha relación entre la pérdida de confianza y los sentimientos de inseguridad. "Las personas con una mayor sensación de inseguridad humana tienen tres veces menos probabilidades de tener confianza en los demás", lo que afecta a las relaciones diarias de convivencia.

Para Steiner, la solución pasa por "prestar atención a las señales que emiten las sociedades que sufren un estrés inmenso y redefinir el verdadero significado de progreso". En este sentido, insta a un modelo de desarrollo que se levante sobre la protección y la restauración del planeta, con nuevas "oportunidades sostenibles" para todos.

El PNUD sostiene que los agentes del cambio deberían promover la solidaridad, el empoderamiento y la protección en todos los ámbitos y evitar que la mejora de un aspecto implique el empeoramiento de otro.

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Martes, 08 Febrero 2022 05:20

El retorno del pasado como relámpago

En opinión del historiador italiano Enzo Traverso, lo que hizo el COVID-19 en realidad fue acelerar procesos que ya estaban activos: desveló o aclaró tendencias estructurales. (Foto: Freddy Davies / La Directa)

 

Una entrevista con Enzo Traverso

Extraer las lecciones del pasado es el oficio del historiador. Comprender el pasado, construir un discurso crítico sobre el pasado y entonces extraer las lecciones. Pero, una vez dicho esto, todos los problemas quedan abiertos.

La idea de que extrayendo lecciones del pasado los seres humanos pueden mejorarse es una abstracción propia de una concepción acumulativa y lineal de la historia. Según Enzo Traverso, en algunas circunstancias históricas el pasado se hace activo, se torna vivo. Es en esos momentos que aquellas «lecciones del pasado», aquella memoria colectiva, puede ser activada a través de la acción conjunta.

El historiador Enzo Traverso se ha consolidado como una de las voces más destacadas de la escena marxista contemporánea. Tuvimos la oportunidad de dialogar con él sobre las concepciones de la historia, el rol de los intelectuales hoy, el nacionalismo y acerca de cómo cree que pasará a la historia la pandemia que atravesamos.

MM

Me interesa su valoración acerca de la idea de la comprensión del presente a partir de algunas claves del pasado, ¿diría que la historia puede funcionar como un puente para la interpretación y la transformación del presente?

ET

Yo diría que extraer las lecciones del pasado es el oficio del historiador. 

Comprender el pasado, construir un discurso crítico sobre el pasado y entonces extraer las lecciones del pasado. Pero, una vez dicho esto, todos los problemas quedan abiertos. Las lecciones del pasado pueden entenderse de diferentes maneras. Por eso, las representaciones y las interpretaciones del pasado cambian en cada época. Y entonces la pregunta me recuerda el aforismo muy conocido: historia magistra vitae (maestra de la vida). 

Dejando a Cicerón de lado, no se trata de extraer del pasado un conjunto de reglas morales, aplicables todas las historias por igual, de la misma forma hoy como en la historia del mundo antiguo. Pero digamos que hay una equivocación, que empezó con la Ilustración, y gira en torno a la idea de que extrayendo las lecciones del pasado los seres humanos pueden mejorarse. Esto es una abstracción propia de una concepción lineal de la historia; una historia siempre acumulativa que desemboca en la idea de progreso. Por supuesto, no es en este sentido que yo digo que se pueden sacar las lecciones de la historia. Sería muy fácil decir que la historia es la negación misma de ese aforismo.

De otra manera, habría que preguntarse seriamente cómo es posible que, después de los fascismos del siglo XX, de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto, experimentemos hoy un nuevo ascenso de las derechas radicales y los fascismos en buena parte del mundo. O yo, que soy italiano, podría preguntarme cómo puede ser que Italia, que fue un país de emigración, un país de migrantes, hoy—que es un país de inmigración— sea tan xenófobo. Eso, siguiendo el aforismo anterior, significaría que no se han extraído las «lecciones del pasado» y que los italianos olvidaron su historia. Lo mismo podría decirse de los judíos, que fueron una minoría oprimida y perseguida por siglos, pero cuya historia desemboca en el Estado de Israel, un Estado opresor. Y así los ejemplos podrían seguir. Lo importante, en todo caso, es que esta idea de «sacar lecciones del pasado» es una ilusión.

Yo no creo en una concepción acumulativa y lineal de la historia. Creo en lo que Walter Benjamin llamaba la reaparición, la reactivación o el retorno del pasado como relámpago: en algunas circunstancias históricas, el pasado se hace activo, se torna vivo. Esos son los momentos en los que aquellas lecciones del pasado, aquella memoria colectiva, puede ser activada a través de la acción conjunta. Eso significa tomar en cuenta todos los límites del papel del historiador y de la conciencia histórica.

MM

A propósito de su libro Qué fue de los intelectuales (Siglo XXI, 2014), quisiera preguntarle cuál cree que es la situación de los intelectuales hoy. Said y Gramsci, entre otros, han aportado definiciones al respecto. ¿En qué medida continúan vigentes, dada la aparición y hegemonía de los medios masivos de comunicación, las redes sociales, internet, etc.? 

ET

Ese libro es una conversación acerca de la historia de los intelectuales. Intento reflexionar sobre el modo en que una parábola histórica llegó a su fin. El siglo XX, como el siglo de los intelectuales, se acabó. El concepto de intelectual aparece al final del siglo XIX en Francia, con el affaire Dreyfus; después hay un conjunto de grandes figuras —Pasolini en Italia, Sartre en Francia, Chomsky en Estados Unidos— que encarnan este mundo en el cual los intelectuales juegan un papel fundamental de crítica del poder. Y esta es la idea de intelectual que Said plantea en su pequeño ensayo, interesante, porque es bastante nostálgico. Allí escribe que los intelectuales jugaron este papel en la historia y que necesitamos de intelectuales que puedan jugar en el mundo de hoy un papel similar. Es la función que él se otorgó así mismo, con respecto a Palestina, por ejemplo.

Esta figura del intelectual apareció en un mundo dominado por la cultura escrita, la cultura de la palabra, del libro, del texto impreso. Una época en la cual los intelectuales, no digo que tenían el monopolio de la escritura, pero, al principio, casi. Tenían una «autoridad moral intelectual», tal como lo define Bauman, como los legisladores. Esta figura apareció en una época en la que ellos monopolizaban el debate político. Su papel cambió mucho con la reificación del espacio público.

Eso se ve hoy, por ejemplo, en Black Lives Matter, el gran movimiento que ha sacudido Estados Unidos (y que ha tenido impacto mundial, ya que movimientos antirracistas similares aparecieron en otros países y continentes). Muchos intelectuales sostuvieron ese movimiento, pero se habló muy poco de ellos. Porque en el mundo de hoy, la intervención en soporte de Black Lives Matter de un deportista, de un actor o de un rockstar, tiene un impacto mucho más fuerte. Un intelectual puede escribir un artículo en New York Times al respecto, y el impacto es limitado. En cambio, cuando un deportista publica un video con más de 10 millones de followers, recorre el mundo. Los medios de difusión cambiaron el pensamiento radicalmente y eso modifica el papel del intelectual, eso es evidente.

MM

También se podría mencionar el cine como uno de los medios que más moldean la imaginación histórica…

ET

El cine tiene un papel fundamental para la construcción de una representación del pasado de cara a las grandes masas. A veces, incluso, de maneras que no son reconocidas o debidamente notadas, aun entre los mismos historiadores. Nuestra representación del pasado es visual, mediatizada por el cine y la televisión. En todo el mundo, en Indonesia, por caso, si hablas del holocausto, la gente visualiza el campo de Auschwitz y la rampa que llega al mismo. Ese es el poder del cine: tengo un amigo investigador que forjó el concepto de «cinematic power», el poder cinemático como instrumento de control de la manera de pensar y del inconsciente. 

Esto está vinculado —y este punto de vista lo comparto— con aquello que Regis Debray sintetizó como «el advenimiento de la videosfera», relacionado también a la declinación del papel de los intelectuales. Los intelectuales tenían un rol crucial; destaca la figura de Sartre en tiempos de grafósfera, en el mundo dominado por la cultura escrita. Pero después aparece la videoera: un mundo dominado por las imágenes. Estas moldean, también, nuestras representaciones del pasado. 

Ahora bien, la era de la videosfera fue de muy corta duración, porque ya ingresamos en algo distinto, la digitósfera, el mundo de las redes sociales e internet. Ya no es Hollywood quien construye nuestras representaciones. Esto es algo que los historiadores pocas veces toman en cuenta de manera suficiente. Yo intento hacerlo introduciendo una dimensión de historia visual en mis últimos libros, procurando mostrar cómo ciertos conceptos son indisociables de ciertas imágenes, la palabra de su representación más extendida. Por ejemplo, en mi último libro sobre la melancolía de la izquierda, trato de mostrar la existencia de una iconografía que expresa muy bien una visión teleológica de la historia. Esa iconografía dominó la cultura del socialismo y del comunismo durante largo tiempo.

Para mi estos aspectos son cruciales, porque hasta ahora los historiadores pensaron las imágenes de manera instrumental. Como en los trabajos sobre la propaganda fascista, donde las imágenes son solamente utilizadas para mostrar el modo en que la propaganda manipula. Yo creo que las imágenes son fuentes en el sentido más integral de la palabra: fuentes con las cuales los historiadores deben trabajar, fuentes que deben ponerse en diálogo con otras fuentes más tradicionales, como archivos, producciones textuales, etc. Conectados con las imágenes, los textos pueden adquirir nuevos significados.

MM

¿Qué piensa de los debates acerca de la concepción de la propia disciplina histórica? ¿Cómo se relacionan con la historia que consumen las masas? Pienso, por ejemplo, en el Historikerstreit en la Alemania de los años 80.

ET

Creo que tu pregunta permite reflexionar sobre la relación entre la dinámica propia de la investigación histórica: la trayectoria historiográfica, por un lado, y el uso público de la historia, por otro. Las discusiones de los historiadores en Alemania durante la década de los 80 sobre el Holocausto, fue un gran debate que trascendió largamente las fronteras del campo historiográfico. Fue un debate nacional que se desarrolló en los diarios, en los medios de comunicación, fue un debate de la sociedad civil en su conjunto. Algunos resultados logrados por el conocimiento y la investigación hecha por los historiadores se transformaron en conciencia compartida, en conciencia histórica.

El historikerstreit no es solamente una etapa en la historia de la historiografía alemana; es un momento fundamental en la historia de la relación de Alemania con su propio pasado, en el surgimiento de una nueva conciencia histórica en cuyo centro se encuentra el Holocausto. No es posible hoy, para un joven alemán que tiene veinte años, pensar la historia de Alemania sin otorgar una posición central al Holocausto. Ello es consecuencia del historikerstreit. Como ese, podríamos dar muchos otros ejemplos.

Vos, que trabajás sobre Palestina: lo que se denomina —entre comillas— el «revisionismo histórico» en Palestina, que es una dinámica historiográfica. Vemos historiadores que ponen en cuestión el relato tradicional de la guerra de 1948. Ese debate genera consecuencias sobre la manera en la cual la sociedad israelí en su conjunto piensa su propio pasado. Es un momento en el que la narración tradicional sionista de la redención es mucho más problematizada. Una guerra de liberación o una guerra de ocupación, o las dos al mismo tiempo, o una guerra que es concebida y  actuada como una guerra de liberación y que se transforma en una guerra de expulsión y de ocupación de territorios y creación de un Estado, que es un Estado de opresión. 

Todo ese conjunto de debates sobre el uso público del pasado tienen una relación muy fuerte con la historiografía en el sentido de que, por un lado, se nutren del trabajo de los historiadores y, por otro, afectan el trabajo de los historiadores. Porque después del historikerstreit no se puede escribir más la historia del Holocausto cómo se hacía antes; tampoco se puede escribir la historia de Israel sin tomar en cuenta el debate revisionista, etcétera. Lo mismo se puede decir con respecto al colonialismo, la Guerra de Argelia… podríamos dar varios ejemplos de lo mismo. 

Los historiadores debemos ser conscientes del hecho de que trabajamos para dar respuestas a interrogantes de conocimiento que son sociales. Si yo puedo escribir libros sobre un tema y publicarlos, es porque hay un público que quiere conocer y reflexionar sobre el pasado. Entonces, existe una dialéctica entre la investigación y las trayectorias de la memoria en el espacio público que es fundamental. Si no somos conscientes de eso, nos equivocamos. No es casualidad si nos otorgan una beca para trabajar sobre este tema y no sobre otro. Hay que decirlo a los estudiantes, porque muchas veces para ellos es vital, para hacer una investigación, para lograr una beca. Tienen que saber existe hoy toda una política de instituciones, de centros de poder, una relación entre el mundo académico y el económico y político que irradia y que estructura como un tejido también el campo historiográfico.

MM

¿Podría comentar un poco la tesis que plantea en El final de la modernidad judía, sobre la mutación de la judeidad que tiene lugar entre Trotsky y Kissinger? ¿Dónde sitúaría a Herzl en ese esquema? ¿Y cómo fue que la judeofobia se constituyó en eje articulador para los nacionalismos europeos?

ET

Ese libro fue muy controvertido: defendido por un conjunto de investigadores y activistas y muy criticado por otros. Me estigmatizaron como antisemita en Estados Unidos, en Francia y en varios países europeos. Para evitar toda equivocación, yo no digo que el antisemitismo desapareció, sino que todavía existe mediante ataques de terroristas y otras formas de hostilidad, las cuales sin dudas hay que combatir. 

Mis reflexiones surgieron de una constatación: el desplazamiento del mundo judío en el siglo XX, de la revolución al imperialismo. Dibujo este paisaje con dos figuras emblemáticas que son, por un lado, Trotsky, el judío errante de la revolución internacional, perseguido, exiliado durante toda su vida, cosmopolita, que se desplaza por países y continentes y encarna esa idea de la revolución mundial… Y por otro lado Kissinger, como el estratega y teórico del imperialismo. Esas dos figuras emblemáticas sintetizan un cambio que se produjo en el mundo judío a lo largo del siglo XX. Mientras tanto, transcurrieron la Segunda Guerra Mundial y el nacimiento posterior del Estado de Israel. Después de dicho conflicto y del holocausto, el antisemitismo no digo que desapareció, sino que declinó en todos los países en los que había estado muy presente, muy arraigado en las culturas, en las ideologías. 

No se puede pensar la historia del nacionalismo europeo en el siglo XX sin otorgar un lugar central al antisemitismo como elemento que estructura la visión del mundo nacionalista. En el paisaje contemporáneo que se grafica después de esa contienda bélica, el conservadurismo, las ideas conservadoras y neoconservadoras, sus estrategias y el personal político de los movimientos de derecha no son más antisemitas. O, mejor dicho, no tienen más al antisemitismo como rasgo dominante. Desde este punto, Herzl, fundador del sionismo, es un precursor. En cierto modo es precursor de Kissinger: piensa en el proyecto de un Estado judío en Palestina como algo que se puede lograr con el apoyo de las grandes potencias imperiales. 

Todo esto no significa que todos los judíos eran revolucionarios o que todos los judíos se hayan convertido en reaccionarios. Eso es una simplificación ridícula, por supuesto. Existe una tradición de pensamiento crítico muy arraigada en las culturas judías, que hace que todavía haya un montón de judíos en los movimientos de izquierda, de extrema izquierda, en la elaboración de una crítica de las formas de dominación… y eso es algo muy sencillo de comprobar. Las condiciones históricas hasta la Segunda Guerra Mundial otorgaban a los judíos esa posición —digamos— «privilegiada» en la crítica del poder. Tras la guerra, esas condiciones no existen más. Luego de la creación del Estado de Israel verificamos cómo una relación simbiótica y orgánica se establece entre una capa intelectual y los centros del poder. Analizar ese proceso es muy interesante.

Lo que me golpeó de las críticas es detectar una especie de incapacidad o de ceguera… El no querer ver lo que es absolutamente evidente. Yo intenté establecer una genealogía intelectual. No es solamente Kissinger, es Herzl, es el punto de salida de todo un recorrido intelectual. Hay un conjunto de pensadores, de Leo Strauss a Karl Popper, a Raymond Aaron y otros, que protagonizan ese cambio. Lo innegable es que para un intelectual judío, ser conservador, ideólogo del imperialismo o nacionalista era algo objetivamente muy difícil en Europa hasta la Segunda Guerra Mundial, y es algo muy fácil después.

¿Por qué? Porque hubo una explosión del pensamiento crítico, de la creatividad intelectual, estética, literaria en el mundo judío a principios del siglo XX debido a la presencia —combinada— de un conjunto de condiciones históricas. Ser judío significaba tener este papel crítico, estar fuera del poder, fuera de las instituciones, ser un outsider. Pero, después de la Segunda Guerra, esa ya no es la situación de los judíos en Francia, en el Reino Unido o en Estados Unidos.

MM

Me quedó una cuestión pendiente de lo que mencionó antes, acerca del rol de los intelectuales hoy. Quisiera saber su opinión sobre el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS).

ET

Bueno, eso es todo otro tema. Yo creo que las campañas de boicot, en particular la de los productos que llegan desde las colonias en los territorios palestinos, sufre de un hándicap fundamental vinculado a la pregnancia de la memoria colectiva. Lo observo muy claro en Alemania, por ejemplo, donde este fenómeno tomó formas patológicas: hay movimientos de la izquierda radical que son hipersionistas y que defienden la bomba atómica israelí. Porque Alemania tiene que expiar sus culpas: Alemania no puede criticar a Israel porque es la responsable del Holocausto. Eso demuestra cómo la memoria puede afectar los posicionamientos políticos.

Conozco mucha gente para la que participar en una manifestación para el boicot de productos israelíes es algo simplemente imposible emocionalmente, porque es demasiado pregnante en su conciencia y en su memoria el recuerdo de las manifestaciones de boicot de las tiendas judías de uno de los rasgos fundamentales del antisemitismo. Vivimos en un mundo en el cual la memoria del Holocausto ocupa este papel central como paradigma de las violencias y de la opresión. Así, para otorgar el reconocimiento de un genocidio, de una persecución o de una masacre hay que compararla al Holocausto. Siguiendo esta lógica, esa sería la única manera de reconocer la magnitud de la masacre en cuestión, el debate sobre el Holocausto marca el contexto. 

Eso explica por qué en la década de los sesenta había muchos intelectuales en Estados Unidos de origen europeo que llegaron como exilados, fueron acogidos y entendían que no podían aceptar participar en manifestaciones en contra la guerra de Vietnam, en las que se quemaba la bandera estadounidense. Esto a veces es difícil de entender. Pensemos en una persona chilena: hace poco se abrieron los archivos y se conoce el rol de Estados Unidos en el golpe de Pinochet en Chile; en ese caso, quemar una bandera norteamericana es mucho más fácil de lo que fue para los exiliados en Estados Unidos de los 60. ¿Qué quiero decir con esto? Que no todos pudieron actuar como Marcuse. Y eso es algo a tomar en cuenta cuando se observan las controversias alrededor de la campaña para el boicot de los productos. 

Porque tienen que enfrentarse con la memoria del Holocausto, que en muchos casos es instrumentalizada, que es utilizada como un arma en contra de los derechos palestinos, ese es el contexto. No creo que eso sea algo permanente, desde la comparación entre la ocupación de los territorios palestinos y Sudáfrica es aún más legítima en la opinión internacional, digamos que veo un cambio. Sin embargo,  en la manera de formular una reivindicación política, un eslogan, hay que valorar esas precauciones. Las campañas para el boicot en México, en Alemania, en Francia y en Nueva York no son lo mismo, hay que pensarlas según el contexto.

MM

En sintonía con algunas cuestiones que fueron surgiendo a lo largo de la charla, no puedo dejar de preguntarle respecto del nacionalismo, que es una cuestión que atraviesa la historia del siglo XX y también ahora el siglo XXI.

ET

Es un punto muy importante. Yo no soy historiador del nacionalismo, por lo que tengo muchas más preguntas que respuestas a ese respecto. Pero creo que el nacionalismo de hoy presenta rasgos diferentes con respecto a los nacionalismos del pasado. Uno de los cambios más significativos que intenté destacar y analizar en mis trabajos es la transición del antisemitismo a la islamofobia como elemento estructurante del nacionalismo en el mundo occidental. La islamofobia en Asia toma rasgos diferentes que se podrían analizar. Hay cambios significativos y, al mismo tiempo, elementos de continuidad. 

Dejando de lado las formulaciones más ingenuas que podían aparecer, por ejemplo, incluso en los escritos de Marx del siglo XIX, o de Auguste Comte, que dice que la edad del industrialismo (como él la denomina), es una edad donde los odios nacionales desaparecen… Otro ejemplo es el de la posguerra, los años del boom, cuando existía la idea de que el nacionalismo era una herencia de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, que la enfermedad explotó con la Segunda Guerra Mundial y después caminaríamos hacia un mundo en el que el nacionalismo es un recuerdo del pasado. Todo ello fue una ilusión, porque sabemos muy bien que, con el final de la Guerra Fría, en un mundo nuevo, con un orden internacional distinto y con la globalización, con la puesta en cuestión de las soberanías nacionales, la incapacidad de controlar las dinámicas económicas del neoliberalismo, una de las reacciones más importantes es la de cierto retorno nacionalista, una vuelta muy conservadora al nacionalismo: xenófoba, radical, reactiva. Es expresión del miedo frente al mundo global.

Entonces hay continuidad y también transformación, porque si analizamos los movimientos nacionalistas de hoy, son muy distintos a los del pasado, a pesar de que también son racistas, y que pueden retomar algunos slogans. Pero no hay que equivocarse: existen diferencias fundamentales, desde mi punto de vista, que es importante esclarecer; ya que, de otra manera, confundiríamos la manera de luchar. 

Hubo un tiempo, en los años 30, por ejemplo, en que el nacionalismo fue la opción de las capas dominantes en muchos países. ¿Estamos en una situación análoga hoy? La pregunta sigue abierta. Las elecciones en Estados Unidos mostraron que no. Hay una tendencia general que indica que, después de Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, la masiva ascensión de movimientos de extrema derecha en Europa, lo que ocurre en India con Modi, en otros países de Asia… En la actualidad no se puede decir que el nacionalismo, las nuevas derechas, los posfascismos se alimentan y extraen su fuerza del rechazo al neoliberalismo y la globalización. Y esas dos son opciones de las élites, de las clases dominantes a nivel global. Me refiero a las multinacionales de todo el mundo occidental y también de países del Sur, de la Unión Europea como institución, de Wall Street y del Pentágono. Sabemos que Trump quiso bombardear Irán y el Pentágono lo bloqueó. No es todavía la opción, y esa es una diferencia.

En la primera mitad del siglo XX, el internacionalismo predominaba en el movimiento obrero y el nacionalismo prevalecía en el campo burgués del capitalismo. Actualmente, las clases dominantes del capitalismo son muy globales, muy posnacionales, no son nacionalistas. Pueden volverse nacionalistas por razones utilitarias, instrumentales. Si hay una crisis que pone en cuestión sus intereses, pueden muy bien adoptar la opción del nacionalismo y del fascismo también. Pero no es la situación de este momento.

MM

¿Cómo piensa que el eurocentrismo y el occidentecentrismo inciden en las interpretaciones y resignificaciones de las revoluciones del siglo XX?

ET

Es una buena pregunta, porque yo creo que la cuestión del eurocentrismo hay que replantearla y repensarla desde el presente. Es decir, existe una vieja crítica al eurocentrismo que, por supuesto, es fundamental, pero que es un poco obsoleta hoy. Vivimos en un mundo en el que Europa dejó de ser el centro desde hace un siglo, desde la Primera Guerra Mundial. Después de las descolonizaciones y de la Segunda Guerra Mundial, se sucedieron ya varias generaciones en un mundo donde Europa es marginal.

Para un chino —hoy y desde hace tiempo— Europa ya no es la referencia central en su representación; y esto es extensible a muchos de otros países y continentes. En el campo historiográfico hay una herencia del eurocentrismo, que se convirtió en occidentecentrismo, que aún moldea una manera de pensar, acercarse e interpretar el pasado. También moldeó los instrumentos metodológicos con los cuales se lo investiga. Lo que hoy se denomina «multiculturalismo» es una manera de entender que las dicotomías establecidas por una visión eurocéntrica del mundo («Europa y el mundo colonial» o «Europa y fuera») no existen más.

Si vamos a un campus en cualquier universidad de Estados Unidos, nos encontraremos con investigadores y estudiantes que llegan de todo el mundo. Si vamos a una multinacional de la Silicon Valley, nos encontraremos todo un conjunto de informáticos que llegan de Pakistán, de India, de África… En ese sentido, la noción de eurocentrismo es muy obsoleta. Pero, al mismo tiempo, sigue siendo una noción que moldea la forma de pensar de los historiadores, aunque muchas veces de forma inconsciente. Porque el eurocentrismo ha devenido casi en un insulto. Pero, bueno, si leemos un poquito las obras que salieron en las últimas décadas, nos encontramos con que hay visiones eurocéntricas y occidentecéntricas muy acentuadas. Me parece que debemos repensar este concepto.

Ahora bien, con respecto a las evoluciones, el centro de tu pregunta, citaré un libro de Michel Rolph Trouillot sobre la revolución en Haití: Silencing the Past (silenciando el pasado). Explica cómo durante un siglo y medio la revolución de Haití fue olvidada y suprimida, casi en el sentido psicoanalítico de la palabra. Porque la revolución de Haití era unthinkable, impensable, no se podía pensar con las categorías de pensamiento del mundo occidental y de Europa en particular. Durante más de un siglo se escribieron libros sobre la historia de las revoluciones en los que la Revolución de Haití no existe, y esto también en la historiografía marxista. 

En el gran libro de Eric Hobsbawm sobre las revoluciones de principios de los años 60, las revoluciones son la francesa, la del 48, la rusa y la china, pero la haitiana no está. Otro ejemplo de esto es el controvertido ensayo de Hanna Arendt de la misma época (1963). La revolución de Haití es una revolución de esclavos que termina con la esclavitud y logra la independencia. Es un acontecimiento histórico fundamental para comprender todo el recorrido de las revoluciones de los siglos XIX y XX, las independencias en América Latina y sus guerras de liberación, así como las revoluciones anticoloniales del siglo XX. Eso indica muy claramente cómo la visión eurocéntrica del mundo es un prisma deformante.

Pensar las revoluciones hoy, en la época de la globalización, significa poner en cuestión muchas jerarquías —conceptuales también— que hemos heredado del pasado. La contradicción es esa: un mundo global que no es más eurocéntrico desde hace tiempo y un mundo intelectual que todavía es moldeado por esas categorías heredadas del pasado.

MM

Me gustaría que profundice una afirmación que hizo hace algún tiempo: «sobre el carácter problemático del occidentecentrismo (…) ¿Es legítimo considerar 1789 o 1914 como grandes inflexiones o virajes en la historia, por ejemplo, de África?». La carrera de Historia, tal como se enseña en América Latina, tiene ese semblante.

ET

Sí, el caso de Argentina es emblemático desde ese punto de vista: se estudia más el pasado europeo que el precolonial, propio del continente; se estudia la historia del feudalismo como la etapa que precede al capitalismo que la historia de Latinoamérica. Lo que he volcado al respecto en algunos de mis trabajos es casi banal: desde una visión africana, los grandes cortes históricos cambian. El Congreso de Berlín, por ejemplo, que define las fronteras de África, es mucho más relevante que 1848 o 1914. Y esa es la razón por la cual algunas «historias del siglo XIX» que salieron recientemente (pienso en Christopher Bayly o en Jürgen Osterhammel, quien teoriza sobre la historia global) se posicionan desde perspectivas distintas, múltiples. Debemos pensar el siglo XIX como un siglo policéntrico, con fronteras cronológicas inestables, que fluyen y varían.

La «historia global» hace que, de manera indirecta, la Primera Guerra Mundial sea un corte también para África. Porque es después de la gran guerra que Alemania perdió sus colonias en África —la Mittelafrika, como la llamaban los alemanes en la época—; eso radicalizó el nacionalismo Alemán hacia el pangermanismo y la colonización de Europa del Este. La transición de la Mittelafrika a la Mitteleuropa en la visión nazi es la consecuencia del impacto global de la Gran Guerra. Por lo tanto, no creo que los viejos criterios de periodización sean simplemente insignificantes. Lo que creo es que hay que repensarlos en un marco global: cuestionarlos, modificarlos e inscribirlos en contextos más amplios.

MM

Para terminar, le quiero preguntar qué piensa de la coyuntura actual, de los últimos dos años, con la pandemia. Como historiador, ¿cree que la crisis del COVID-19 es comparable a otros momentos bisagra en la historia, como pueden ser 1914, 1917, 1989?

ET

Si el momento actual se trata de un cambio histórico estará más claro en veinte años, no es algo que se pueda establecer hoy. Seguramente Europa no comprendió en 1922, cuando Mussolini fue nombrado jefe del gobierno, que empezaba un nuevo ciclo. 

La pandemia que afecta a todo el mundo con consecuencias económicas, con cambios antropológicos en la manera de vivir, de trabajar, que afectan jerarquías sociales y trastocan las desigualdades de nuestra sociedad, será recordada durante mucho tiempo, sin dudas. En términos de la crisis ecológica, por caso, una de las cuestiones fundamentales del siglo XXI, no percibo que la pandemia trastoque el paisaje. Podría pensarse como una etapa de suspensión. Nos han mostrado fotos aéreas del planeta y pudimos ver cómo desapareció la polución en Beijing cuando se reduce el consumo energético, o cómo el aire en el planeta mejora sin un tráfico aéreo de millones de viajeros todos los días.

Otro ejemplo: el proceso y las formas de trabajo. Algunos manifiestan que en 2020, con la pandemia, marca un cambio comparable a la transición del fordismo y posfordismo. Un tercio de la oficinas en Nueva York no serán reabiertas, porque ahora la gente puede trabajar desde su casa y eso limita mucho los gastos de las empresas. Esos son cambios que modifican nuestras experiencias. Trabajar desde casa implica formas de socialización diferentes, implica horarios y ritmos de trabajo diferentes, todo eso es cierto. Pero es demasiado temprano para decir que se trata de un cambio antropológico irreversible.

Mi impresión es que lo que hizo el COVID-19 en realidad fue acelerar procesos que ya estaban activos: desveló o aclaró tendencias estructurales. Por lo tanto, no veo un cambio radical, histórico, causado por la pandemia. Pero es una impresión, y por supuesto me puedo equivocar.

Sobre el entrevistador:

Martín Marinelli es doctor en Ciencias Sociales y Humanas y profesor de Historia en la Universidad Nacional de Luján (Argentina). Es uno de los coordinadores del Grupo Especial Revista Al-Zeytun / CLACSO «Palestina y América Latina» por el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (Universidad de Buenos Aires).

Raquel Rolnik es arquitecta y urbanista brasileña con más de cuarenta años trabajando como activista por los derechos humanos en la participación de políticas de planeamiento, urbanismo y el problema de la vivienda.

Publicado enCultura
Unos 50 mil camioneros canadienses, integrantes del convoy de la libertad, rechazan las medidas restrictivas por el covid-19. En la imagen, la policía permite el paso a uno de los manifestantes en Toronto, capital de la provincia de Ontario.Foto Afp

La revuelta de 50 mil camioneros propietarios en Canadá –miembro de la OTAN, del Comando Norte/NORAD y del geoeconómico T-MEC– tiene ya fuerte impacto en su frontera con Estados Unidos. Se escenifica una feroz colisión entre, por un lado, el connotado comentarista de Fox News, Tucker Carlson (TC), el expresidente Donald Trump, el hoy hombre más rico del mundo, Elon Musk (https://bit.ly/34jcNIX), y el primer ministro de Hungría, Viktor Orban y, por otro lado, los epígonos del megaespeculador israelí-húngaro-anglo-estadunidense George Soros.

Trump sentenció que apoya "en toda la ruta (sic) a los grandes camioneros canadienses (Daily Mail, 30/1/22)", mientras el primer Justin Trudeau, de 50 años, abandonó la capital Ottawa con su familia a un lugar desconocido bajo el pretexto de haber contraído covid-19.

En el "convoy de la libertad" brilló el eslogan "Hacer a Canadá grande de nuevo". En contrapunto al wokenismo, que le ha valido a Canadá su apodo de wokestán, surgió lo inesperado: un "convoy de la libertad" de 50 mil camioneros que protestan contra las medidas restrictivas del covid-19, las cuales han sitiado a Ottawa y a su Parlamento, además de poner en jaque al primer Trudeau en Canadá: paradójicamente, país pacifista "doméstico" y simultáneamente bélico foráneo como miembro de la OTAN, donde azuza y atiza la confrontación en Ucrania contra Rusia.

El fondo financiero creado para subvencionar a los contestatarios camioneros, GoFundMe, ha alcanzado 10 millones de dólares (https://bit.ly/35FOtRW), cuyo origen procede en su mayoría de agrupaciones trumpianas de Estados Unidos que los financian generosamente.

Elon Musk apoyó sin tapujos a los camioneros que formaron un impactante convoy de 3 mil 218 kilómetros desde Vancouver (British Columbia), en la costa del Pacífico, hasta la capital Ottawa (Ontario). Musk sentenció por tuit que "los camioneros canadienses gobiernan", mientras el atribulado primer Justin Trudeau los despreció como "racistas" y de "minoría marginal" (https://bit.ly/3GtHqbC).

La asombrosa revuelta alcanzó al primer ministro de Hungría, Viktor Orban, y hasta a Rusia, cuando el conductor estelar de Fox News, TC, desnudó el "control secreto" (sic) de George Soros sobre Hungría y sus multimedia globalistas (https://fxn.ws/3AXqUjh).

TC fustigó a Soros de socavar y ser el enemigo de la "civilización occidental" cuando entrevistó al primer húngaro Viktor Orban –que, por cierto, se acaba de reunir con el zar Vlady Putin en el Kremlin para desactivar el contencioso de Ucrania–, quien exhibió las tendencias globalistas de Soros, personaje que "condensa el símbolo de todo aquello que odian los húngaros". La mendaz estatal CBC difundió en forma bizarra y sin nula evidencia la peregrina "teoría de conspiración" con "actores rusos" (sic) que se encuentran detrás de la revuelta (Daily Mail, 2/2/22). No comment!

Los ardientes camioneros en pleno invierno son propietarios de sus camiones y ya desde el 15 de enero habían sido conminados a ser vacunados para poder atravesar la frontera de la provincia de Alberta, Canadá, con Estados Unidos.

La situación política se le ha complicado a Trudeau cuando el opositor Partido Conservador le exhorta a encontrar una "solución política" e iniciar el diálogo. La postura del Partido Conservador arrojó debajo del autobús a su pusilánime líder Erin O’Toole, quien fue sustituido por la más aguerrida parlamentaria Candice Bergen (CB, https://tgam.ca/3GqXxXt). CB exultó en la Cámara de los Comunes que los contestatarios camioneros son "apasionados, patriotas y pacíficos", (sic) por lo que "merecen ser escuchados y merecen respeto". CB urgió a Trudeau, cercano a Soros, a reunirse con los camioneros, ya que era su responsabilidad "aportar alguna solución".

El primer atribulado Trudeau no sabe arreglar un relativo asunto menor en Canadá –que se le salió de las manos y nunca debió haber llegado a la situación presente–, y ahora busca participar en forma absurda con la OTAN y el megaespeculador globalista George Soros en una guerra nuclear contra Rusia (https://bit.ly/3opDUJt).

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Fuentes: CADTM [Imagen: «David Malpass y Kristalina Georgieva» por World Bank Photo Collection está bajo licencia CC BY-NC-ND 2.0

En enero de 2022 el Banco Mundial advirtió que los países “en desarrollo” se quedarán aún más rezagados con respecto al mundo rico al tener dificultades para recuperarse del impacto económico de la pandemia debido a la propagación de las variantes del coronavirus y su capacidad limitada para implementar medidas de reactivación. En los nuevos pronósticos económicos publicados el martes 11 de enero de 2022, el Banco Mundial dice que espera que la economía mundial experimente una recuperación a dos velocidades en 2022, lo que impulsará una desigualdad cada vez mayor. Mientras que, según el Banco Mundial, la producción de los países ricos volverá a su nivel previo a la pandemia en 2023, la de los países “en desarrollo” se mantendrá en promedio un 4% por debajo de su nivel previo a la pandemia. Según el Banco, la débil recuperación tras el impacto del coronavirus será particularmente severa en los países más vulnerables; para el próximo año, la producción en «países frágiles y afectados por conflictos y pequeños Estados insulares seguirá siendo un 7,5-8,5% más baja» que su nivel previo a la pandemia.

David Malpass, presidente del Banco Mundial, ha declarado que había una brecha entre las tasas de crecimiento de los países ricos y pobres. Ha declarado también que mientras el ingreso per cápita aumentó un 5% el año pasado en las economías avanzadas, aumentó solo un 0,5% en los países de bajos ingresos, dijo. “Vamos en la dirección opuesta a lo deseable para un buen desarrollo”. «Tenemos ante nosotros un gran problema que podría durar años».

David Malpass, presidente del Banco Mundial, ha declarado que había una brecha entre las tasas de crecimiento de los países ricos y pobres

Ayhan Kose, jefe de la unidad de pronóstico económico del banco, ha declarado que los países en desarrollo enfrentan «una plétora de riesgos» que aumentan la probabilidad de un aterrizaje brutal, en particular la aparición de nuevas variantes, el aumento de la inflación, las tensiones en los mercados financieros con el aumento de las tasas de interés y las catástrofes relacionadas con el clima. Ha pedido una acción más agresiva de la comunidad mundial en los temas de las vacunas, la deuda y el cambio climático.

Según Kose, las economías emergentes y en desarrollo no han podido brindar una respuesta fiscal y monetaria a la pandemia tan grande como la implementada en las economías avanzadas y varias de ellas ya se han visto obligadas a retirar sus medidas de estímulo aumentando las tasas de interés para hacer frente a un aumento de la inflación. “Han hecho todo lo posible, pero lo que han hecho está lejos de lo que las economías avanzadas han podido hacer”, subrayó. Y agregó: “Esta es una pandemia de desigualdades que tendrá consecuencias sobre varias generaciones”.

Según Kose, jefe de la unidad de pronóstico económico del banco: Pretendemos que podemos superar la pandemia sin vacunar a grandes poblaciones en todo el mundo. Esto no es cierto

En particular, abogó en favor de una acción más ambiciosa para proteger del virus a las economías en desarrollo. “En el caso de las vacunas, el problema está muy claro y no abordarlo tiene consecuencias”, dijo. “Pretendemos que podemos superar la pandemia sin vacunar a grandes poblaciones en todo el mundo. Esto no es cierto”.

La advertencia del Banco Mundial se hace eco de llamamientos similares de otras instituciones mundiales. Rebeca Grynspan, Secretaria General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), ha declarado que la distribución de vacunas en todo el mundo había sido «deficiente e irracional», con economías avanzadas llegando a acuerdos de suministro de 3 mil millones de dosis de vacuna más de lo que necesitaban para sus propias poblaciones, casi lo suficiente para proporcionar dos dosis para toda la población de África. En su opinión, “el coste de la pandemia está creciendo más allá de todo lo que hemos visto antes, y no solo en términos de deuda y la salud de millones de ciudadanos”. Agregó que la propagación de nuevas variantes “ya está afectando la recuperación y erosionando la legitimidad de los gobiernos y las instituciones democráticas en todas partes…”. Si no encontramos la voluntad política y el espacio de negociación, desgraciadamente la realidad nos llevará a muy malos resultados” [1].

Rebeca Grynspan, Secretaria General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), ha declarado que la distribución de vacunas en todo el mundo había sido «deficiente e irracional»

En 2021, Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, advirtió que el mundo «enfrentaba una agravación de la recuperación a dos velocidades», debido a las diferencias en la disponibilidad de vacunas, las tasas de infección y la capacidad variable de los países para brindar apoyo político. Calificó a esta situación de “un momento crítico que requiere una acción urgente por parte del G20 y las y los responsables políticos”.

Las advertencias emitidas por el Banco Mundial y el FMI están bien fundadas, pero la autocrítica está totalmente ausente. Además, estas dos instituciones no cambian un ápice su política concreta: siguen recomendando la continuación de las políticas neoliberales, que son precisamente las que han llevado al desastre actual.

El final de 2021 y el comienzo de 2022 están marcados por aumentos muy fuertes en los precios de la energía. Esto ha comenzado a provocar disturbios como el de Kazajistán en enero de 2022. Frente al aumento de los precios de los alimentos básicos y los combustibles impuestos por los programas de ajuste estructural y apoyados por el FMI y el Banco Mundial, las poblaciones se enfrentan a enormes dificultades para calentar sus hogares en los lugares donde es necesario o para cocinar, hervir el agua y hacerla potable.

Los gobiernos y las principales instituciones multilaterales como el Banco Mundial, el FMI y los bancos regionales de desarrollo han utilizado el pago de la deuda pública para generalizar políticas que han dañado los sistemas de salud pública. Esto los ha hecho mucho más vulnerables a pandemias como la del coronavirus.

Frente al aumento de los precios de los alimentos básicos y los combustibles impuestos por los programas de ajuste estructural y apoyados por el FMI y el Banco Mundial, las poblaciones se enfrentan a enormes dificultades para calentar sus hogares en los lugares donde es necesario o para cocinar, hervir el agua y hacerla potable

Incluso antes del estallido de la epidemia de Covid-19, estas políticas ya habían producido enormes pérdidas en vidas humanas y, en los cuatro rincones del planeta, las y los trabajadores de la salud habían organizado protestas.

Si se quisiera tener los medios para luchar contra el coronavirus e incluso mejorar la salud y las condiciones de vida de la gente, habría que adoptar medidas de emergencia.

La suspensión inmediata del pago de la deuda y, mejor aún, su cancelación deberían haber sido una prioridad.

Sin embargo, ni el Banco Mundial ni el FMI han cancelado deudas desde el inicio de la pandemia del coronavirus. Estas dos instituciones han multiplicado declaraciones que pretendían dar la impresión de que estaban tomando medidas muy fuertes. Es completamente falso. El mecanismo de suspensión del servicio de la deuda puesto en marcha por el FMI, el Banco Mundial y el G20 en abril de 2020 se parece como dos gotas de agua al mecanismo puesto en marcha tras el tsunami que azotó India, Sri Lanka, Bangladesh e Indonesia en diciembre de 2004. En lugar de la cancelación, los acreedores públicos no hacen sino aplazar los vencimientos. Hay que subrayar que los acreedores privados no están obligados a hacer ningún esfuerzo. En cuanto al FMI, no pone fin al reembolso, ni siquiera lo suspende. Ha creado un fondo especial que es alimentado por los países ricos y del que el FMI extrae para reembolsarse.

Peor aún, desde marzo de 2020, el FMI ha extendido acuerdos de préstamo que implican la continuación de las medidas neoliberales y de austeridad.

El mecanismo de suspensión del servicio de la deuda puesto en marcha por el FMI, el Banco Mundial y el G20 en abril de 2020 se parece como dos gotas de agua al mecanismo puesto en marcha tras el tsunami que azotó India, Sri Lanka, Bangladesh e Indonesia en diciembre de 2004

En cuanto al Banco Mundial, entre marzo de 2020 y abril de 2021, recibió más reembolsos de países «en desarrollo» de lo que proporcionó como financiación ya sea en forma de subvenciones o préstamos.

En 2021, ante la crisis internacional y la pandemia, el CADTM internacional estuvo presente en la iniciativa del Manifiesto «¡Acabemos con el sistema privado de patentes!» que tuvo un importante eco internacional: Lista de las primeras 360 firmas de personas que apoyan el Manifiesto ¡Acabemos con el sistema privado de patentes! #FREECOVIDPATENTS. Más de 250 organizaciones también son firmantes a nivel internacional.

Para luchar contra las crecientes desigualdades y hacer frente a la pandemia del coronavirus, la red internacional CADTM y los firmantes del manifiesto impulsado por el CADTM estamos a favor de:

  1. La suspensión de patentes privadas sobre todas las tecnologías, conocimientos, tratamientos y vacunas relacionadas con el Covid-19;
  2. La eliminación de los secretos comerciales y la publicación de información sobre los costes de producción y las inversiones públicas utilizadas, de forma clara y accesible para toda la población;
  3. Transparencia y control público en todas las etapas del desarrollo de vacunas;
  4. Acceso universal, abierto y gratuito a la vacunación y el tratamiento;
  5. La expropiación y socialización bajo control ciudadano de la industria farmacéutica privada como base de un sistema de salud público y universal que promueva la producción de tratamientos y medicamentos genéricos;
  6. El aumento de las inversiones y los presupuestos públicos destinados a las políticas públicas de salud y atención local, incluyendo un aumento en las contrataciones, salarios y una mejora en las condiciones laborales del personal de estos sectores;
  7. La introducción de impuestos sobre la riqueza (patrimonio e ingresos del 1% más rico) para financiar la lucha contra la pandemia y asegurar una salida socialmente justa y ecológicamente sostenible de las diversas crisis del capitalismo mundial;
  8. La suspensión del pago de las deudas mientras dure la pandemia y la cancelación de las deudas ilegítimas y de las contraídas para financiar la lucha contra el virus.

La movilización ciudadana es la piedra angular fundamental de los cambios que pretende impulsar el CADTM

En todas partes del planeta el “sistema deuda” acentúa las desigualdades. Si los contextos son diferentes, el mecanismo es similar en el Norte y en el Sur: los Estados sobreendeudados son estrangulados por pagos insostenibles y puestos bajo el control de los acreedores. Las soluciones impuestas en el Sur y en el Norte son idénticas: planes de ajuste estructural allá, políticas de austeridad aquí, privatizaciones, esclavización sistemática de la naturaleza y medidas antisociales por todas partes.

Para que los pueblos puedan liberarse de la tutela de los acreedores, el CADTM preconiza la cancelación de todas las deudas identificadas como ilegítimas, ilegales, insostenibles u odiosas sobre la base de la realización de auditorías capaces de esclarecer su origen e identificar la parte que no debe ser pagada. porque no ha beneficiado a la población. La movilización ciudadana es la piedra angular fundamental de los cambios que pretende impulsar el CADTM. Una de sus estrategias para alimentarla consiste en fortalecer a las organizaciones miembros de su red internacional a la vez que desarrolla sus sinergias con redes que trabajan sobre la deuda y sus colaboraciones con otros movimientos sociales para que integren el tema de la deuda y la reivindicación de su cancelación en su agenda política. Hay que señalar que a ojos del CADTM, la cancelación de todas las deudas ilegítimas no es un fin en sí mismo. Es en mayor medida un medio, una condición necesaria pero no suficiente para la construcción de un mundo que permita la consagración universal de los derechos humanos fundamentales, la emancipación social y el respeto por la naturaleza.

Nota:

[1] Citas del artículo del Financial Times del 11 de enero de 2022, ““Two-speed pandemic recovery will worsen inequality, World Bank warns Economic impact on developing countries will leave them further behind rich nations/La recuperación pandémica a dos velocidades empeorará la desigualdad, advierte el Banco Mundial El impacto económico en los países en desarrollo los dejará aún más atrás de las naciones ricas”.

Por Eric Toussaint | 05/02/2022

Traducido por Alberto Nadal Fernández

Fuente: http://www.cadtm.org/El-Banco-Mundial-y-el-FMI-reconocen-que-se-amplia-la-brecha-entre-el-Norte-y-el

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