Lunes, 27 Diciembre 2021 06:27

MÁS LEÍDO 2021: Conexión solitaria

MÁS LEÍDO 2021: Conexión solitaria

En un mundo en pandemia, la conectividad se nos presenta como una aliada, pero ¿qué sucede cuando ésta contribuye al ensimismamiento y desarticulación de las personas y de los movimientos sociales?

 

La aproximación de las hermanas Wachowski en su obra Matrix (1999) resultaba como una interesante analogía a conceptos como hegemonía y alienación, no obstante, se encontraba enmarcada en un futuro distópico y oscuro, el cual por más que desde lo conceptual resultase pertinente, no obedecía completamente a la realidad de aquel entonces. Hoy día, habiendo asistido a las más estrictas etapas del confinamiento y sus flexibilizaciones, todo parece reencausar su rumbo en la medida que más gente sea vacunada. Así parece, pero la sociedad del encierro aún no acaba, pues algunos sectores sociales encontraron en el confinamiento soluciones inesperadas que difícilmente abandonarán, aproximándose así a la sociedad propuesta en el filme ya mencionado: cada quien en su cápsula.

La crisis por coronavirus llegó al mundo en un momento de múltiples transformaciones y eventos coyunturales; el estallido de movimientos sociales a nivel mundial se erigió como una tendencia generalizada para finales de 2019 con colectivos estudiantiles y feministas copando las calles para exigirle respuestas a gobiernos que sistemáticamente desconocen derechos y obvian sus obligaciones. Chile, Francia, Hong Kong, Argentina y Colombia eran algunos de los lugares donde el activismo social no daba espera, en ciudades como Bogotá confluían varios sectores de la resistencia social los cuales parecían fortalecerse entre protestas.

En el caso colombiano el denominado Paro Nacional tuvo una merma en su movilización debido a las fiestas de fin de año, pero todo parecía indicar que las protestas retornarían en marzo de 2020, cosa que no pudo ser pues el covid-19 llegó para ser más tajante que cualquier guardia antimotines, más poderoso que carabineros o el Esmad; en cuestión de semanas las calles pasaron de estar atiborradas de protestantes enardecidos a quedar desiertas.

Junto con la cuarentena llegaron múltiples implicaciones, además de las medidas de autocuidado, el teletrabajo se instituyó como esquema dominante en el sector formal del empleo pues en su momento 98 por ciento de las empresas en Colombia optó por estas medidas, de las cuales el 76 por ciento le aseguraron a Acrip (Federación Colombiana de Gestión Humana) que seguirán empleando esta modalidad al menos dos días de la semana cuando las medidas de aislamiento sean levantadas, incluso entidades como el Banco de Bogotá aún no recurren siquiera a la alternancia en algunos de sus sectores de trabajo.

Es así como se empieza a construir un panorama donde es posible evidenciar que muchas empresas encontraron en el teletrabajo un método con menos responsabilidades para con sus empleados y con mayor rendimiento en la productividad por parte de los mismos. Según la firma NordVPN (proveedor de servicios de red privada virtual personal) la jornada laboral se incrementó en un 40 por ciento pues muchas barreras que antes establecía la presencialidad se ven diluidas en tiempos de teletrabajo, donde el espacio personal es invadido por tensiones que antes no existían en tal espacio. La metáfora del cable de la Matrix se hace latente en esta nueva realidad.


Ocio en casa

–Hay quien no tiene para pagar los juegos de vídeo, pero esa necesidad la puede llenar viendo a otro jugar en línea, expone Cristian Medina, joven bogotano que a raíz de la cuarentena optó por emprender como streamer de videojuegos, luego de no obtener respuesta buscando trabajo por medios convencionales. Su jornada es de casi ocho horas, cual horario laboral, pues debe preparar los equipos, gestionar sus redes y hacer auto pauta para posteriormente jugar hasta la saciedad mientras lee comentarios de usuarios en línea y recibe aportes voluntarios de aquellos que deseen apoyarlo.

Plataformas como Twitch, únicamente enfocada al stream de videojuegos en vivo, creció exponencialmente durante 2020 pues el numero de sus usuarios se incrementó en un 83 por ciento, además de que tuvo 17.000 millones de horas de contenido que fueron vistas por sus usuarios.

Entretenimiento ampliado. En el transcurso del 2020 Netflix alcanzó cifras históricas pues superó la barrera de los 200 millones de suscriptores. No hace falta decir que la pandemia le dio un “leve” empujón pues con la mayoría de las clases medias encerradas encontraron en el consumo de cine y de series una forma de descansar de sus sobrecogedoras rutinas en casa. Es la cotidianidad del encierro: en las mismas pantallas en las que se trabaja también se pasa tiempo de ocio, y sin necesidad de salir de casa o relacionarse con otras personas.

Se evidencia así como teletrabajo como entretenimiento vía streaming cumplen la misma función de mantener aisladas a un gran segmento social, bien sea teniéndolos ocupados con trabajo o entretenidos con series y videojuegos en línea. En su mayoría de clase media, esta gente tenderá a comprender su realidad sin ir más allá de las cuatro paredes que representan su hogar, interiorizando así discursos como el “quédate en casa”, que refuerzan conductas negativas hacía el otro y el vivir en comunidad. Un guiño más a una realidad hiper individualizada donde muchos cables interconectados son los que programan nuestra realidad.


Cuestión colectiva

¿Romperán el cable quienes quedaron a él sujetos? Difícil, por el lado del trabajo, posible con el entretenimiento, pero deberán pasar varios meses de “normalidad” para comprobar el resultado final: permanecer en el aislamiento y la individualización, protestando vía e-mail, o recuperar el ser gregario que nos caracteriza como humanidad.

Los gobiernos y los factores de poder en el mundo abogarán por un consumo cultural cada vez más intenso, ¿podrán estimular un actuar colectivo repontenciado los sectores alternos, uno que llene las expectativas acumuladas por millones en estos meses de encierro y que atraiga hacia la calle y la protesta postergada por la pandemia?

El pasado 8 de marzo los movimientos feministas mostraron que sí es posible el reencuentro y la acción colectiva, ¿qué sucederá con el resto? Docentes y estudiantes tendrán en algún momento que volver a las calles, ¿podran resistir una protesta prolongada, como la que parecía asomarse en noviembre de 2019? ¿Qué será de una dirigencia sindical que no ha regresado por sus puestos de labor?

Y en cuanto a la víbora que en forma de cable adopta la etiqueta de ‘teletrabajo’ o ‘entretenimiento en casa’, ¿qué papel jugarán las clases medias en la resistencia social cuando el plan de vacunación continúe avanzando? ¿Volverán a las calles abanderadas y jugando un rol protagónico como en noviembre del 2019? ¿O permanecerán esteriles y atrofiadas por las abolladuras de la pandemia? Solo el tiempo lo dirá, pero lo cierto es que el sofá de la sala se hizo cada vez más acogedor entre cuarentenas.

Afronta el activismo social retos mayúsculos, ligados a la comprensión de las nuevas tecnologías, a las novísimas formas de control social, a las renovadas formas el poder. No es solo deseo de oponerse y soñar con otra sociedad, hay que saber por dónde navegar para que el esfuerzo sea efectivo, no solo semántico. Hay que salir de Matrix.

Enlaces:
https://blog.acsendo.com/cifras-teletrabajo-en-colombia/#:~:text=Las%20cifras%20m%C3%A1s%20importantes%20del%20teletrabajo%20en%20Colombia,-Laura%20Albarrac%C3%ADn&text=Desde%20el%202012%20hasta%20el,del%20Teletrabajo%20en%20Empresas%20Colombianas’
https://www.xataka.com.mx/streaming/netflix-alcanza-cifras-historicas-2020-supero-barrera-200-mil-usuarios-razones-pandemia-the-crown
https://forbes.co/2020/12/10/red-forbes/que-dice-la-gente-del-teletrabajo-para-el-2021/

 

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Publicado enColombia
Edgar Antonio Villaseñor González, “Pandemia?”, https://www.flickr.com/photos/eantoniovg/3498774363/

A la memoria de Luis Ignacio Sandoval, intelectual honesto, comprometido profundamente con la paz, la democracia y la justicia social. Personas como tú, siempre le harán falta a nuestro país.

 

Hace dos años, cuando transcurría el mes de marzo, en Colombia se declaró oficialmente el primer caso de contagio por el coronavirus Sars-Cov-2 que produce la covid-19. Este fenómeno sanitario de nivel global, desencadenó una gran ola de miedo, producto, de un lado, de la capacidad de daño que se le atribuyó, pero también por la gran incertidumbre frente al mismo dado el desconocimiento de su contagiosidad y letalidad.

La alarma cundió, y el miedo también creció fruto de su exacerbación por los medios de comunicación, asuntos que llevó a tomar medidas tanto gubernamentales, como familiares e individuales, que generaron un cambio profundo en la dinámica de la vida social, cultural y económica.

Los efectos sin duda han sido dispares y la pandemia no se distribuyó “democráticamente” como se planteó a su inicio y como suele suceder con las enfermedades y su ampliación en forma de epidemias y pandemias. Como en la economía, y en la vida cotidiana en general, fueron los sectores más empobrecidos los más afectados en todos los órdenes.

Transcurridos estos dos años, vale la pena preguntarse como sociedad, como especie, por los aprendizajes y por los retos que pudo dejar una experiencia como esta, que nos impuso, durante un largo periodo, apartarnos de la forma “normal” en que habitamos el planeta.

No más el miedo para orientar las actuaciones

Un aspecto que guió el comportamiento de la gente fue el miedo: a contagiarse y morir, miedo a contagiarse e infectar a otros que terminaran muriendo. Asunto fuertemente estimulado por la gobernanza de la pandemia en cabeza de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y muy propagado por los medios de comunicación.

La reacción primaria, ante tal sentimiento, llevó a un aislamiento en muchos casos extremos: la gente se negó a entrar en contacto con otros seres humanos, incluso familiar. Reacción con situaciones angustiantes y dolorosas como la vivida por muchos trabajadores del sector salud que optaron por irse de sus casas por varios meses, aislándose de sus hijos, parejas, padres.

Reacción temerosa, estigmatizadora, que propició en diversidad de sectores el rechazo social, inculpación por posible contagio de los trabajadores de la salud, señalamiento ampliado incluso al transporte público. Actitud hipócrita pues mientras por un lado alababan la heroicidad de los miles que bregaban a diario con infectados por el covid-19, en el contacto directo fluia no la gratitud sino el rechazo.

El miedo es un mecanismo ampliamente utilizado para el control de la población. En lo político, lo conocemos muy bien en el país, lo han potenciado, de manera sistemática, por medio de actos violentos para crear un clima de inseguridad y de esta manera llevar al respaldo social a salidas de mano dura, de base fascista.

El aprendizaje desprendido de este particular, es reconocer muy bien cómo se utiliza el miedo como mecanismo de control y paralización de grupos poblacionales y de orientación de sus decisiones, predisposición que lleva a asumir posturas fuertemente individualistas que rompen lazos de reconocimiento humano y de solidaridad.

Sin desconocer el hecho que un fenómeno sanitario infeccioso que se extiende de manera amplia requiere en ciertos momentos de aislamientos, no puede admitirse quedar paralizados como sociedad por el miedo, perdiendo capacidad de respuestas de cuidado de base solidaria.

Todas las vidas deben importar

La pandemia de covid-19 volvió a mostrar que la salud y la enfermedad tienen una distribución profundamente desigual entre los grupos sociales, dependiendo de la condición económica que prima en ellos.

En Colombia la mayor tasa de infección por covid-19, y las muertes provocadas por ella, la sufrieron principalmente los sectores que padecen precariedad económica. Realidad que resalta al ver la distribución de la mortalidad por covid-19, y que según estadísticas del Dane, se agrupa en los estratos 1 y 2 con el 61,5 por ciento, mientras que en los estratos 6 y 5 solo alcanzó al 3,4 por ciento.

Una realidad, de exposición al virus que no es casual toda vez que quienes más se vieron impactados viven su cotidianidad obligados a salir, sin poder implementar adecuadamente las medidas de bioseguridad, quedando expuestos, en alto grado, al contagio. Si a esto se agregan los problemas de nutrición que tienen, las condiciones precarias de sus viviendas y las dificultades de acceso a los servicios de salud, queda integrado el cuadro de determinaciones que les impone la enfermedad y la muerte.

Es una realidad a la que también se suma el hecho que los impactos de orden socioeconómico producto de la pandemia los padecen en principal grado los sectores subalternos. Y su impacto no es menor: la pobreza creció en más del 10 por ciento, la capacidad adquisitiva de amplios grupos sociales disminuyó enormemente, el desempleo creció y muchas de las alternativas económicas de estos sectores a través de las micro y pequeñas empresas se quebraron, al no recibir ayuda económica del gobierno, contrario al tratamiento dado a la gran empresa.

El mecanismo de subsidio económico, utilizado desde hace varias décadas en el país, volvió a demostrar sus limitaciones para ayudar a que sus beneficiarios capoteen la pobreza. A pesar del clamor y la demanda social expresada con los trapos rojos ondeando en sus ventanas, y de la propuesta desde sectores académicos y sociales de implementar la renta básica universal, el gobierno no quebró su modelo económico ni social y hoy los empobrecidos de siempre lo están más, viviendo muchos de ellos en la miseria, padeciendo hambruma, tal como recientemente lo expresó la FAO, la agencia para la alimentación de la Naciones Unidas.

Entonces, el aprendizaje acá es hacer norma ética que todas las vidas importan, que no solo importan las vidas de los más pudientes, de quienes están en el poder o gozan de sus mieles de manera directa o indirecta, sino que cada ser humano debe ser protegido, cuidado, sanado.

La salud debe orientar la dinámica económica

A la luz del confinamiento general de la población, sin duda duda una decisión apresuada o sin valoración suficiente de los signos que iba arrojando la pandemia en sus primeros días de circulación y la mejor manera de contenerla, se propició una crisis del sistema económico en su conjunto.

Es claro. La producción quedó frenada, la circulación de mercancías reducida a un mínimo, el consumo también quedó alicaido, y con todo ello la acumulación de capital, eje central del sistema capitalista, entró en schok.

Alguién podría decir que la decisión fue altruista, sin embargo, tras percatarse los administradores de diversas piezas del andamiaje mundial de lo errado de su decisión evidenciaron que lo fundamental para ellos era la economía, no la salud ni la vida de las mayorías.


Esta paradoja se vio contradicha en el país, dado que cuando se presentó la peor dinámica epidemiológica de la pandemia, con el mayor número de casos de contagio y de muerte, el gobierno nacional tomó la decisión de abrir totalmente la dinámica económica.

En pleno pico epidemológico el gobierno impuso el retornó a la “normalidad” de la dinámica económica de mercado, esgrimiendo como sustento de tal giro el supueso de que la economía es esencial para la vida. Una visión que refuerza la lógica que por décadas ha primado en el país y el mundo, producto de la cual la economía, centrada en la acumulación de capital, subordina la salud y desprecia la vida.

A la luz de lo sucedidio y padecido por millones, debe quedar como aprendizaje que lo fundamental es el cuidado y protección de la vida, la cual debe orientar el curso de la dinámica económica; es decir, la economía al servicio de la vida y no la vida y la salud al servicio de la economía.


La salud pública debe orientar intervenciones integrales

El tiempo permite leer mejor lo sucedido. El manejo de la pandemia, desde el sector de la salud, se concentró en medidas clásicas de salud pública, utilizadas hace varios siglos en el control de las epidemias: aislamiento con cierre de territorios, higiene de manos, uso de mascarillas, distanciamiento físico, uso de medicamentos y vacunas.

Dos años después de iniciada esta pandemia, se evidencian los desaciertos de su manejo, con cifras muy altas de enfermos y de muertos. El manejo centrado en aislar no dio sus frutos y por el contrario sí trajo otros efectos deletéreos como el empobrecimiento de la gente, e impactos sobre la salud mental.

En estas circunstancias la pandemia reveló la gran debilidad del sistema de salud para enfrentar una crisis de salud de dimensiones especiales. Por ejemplo, desnudó su énfasis en la visión de atención hospitalaria y de gran complejidad, que está ligada a la visión de mercado profundizada con la Ley 100, dejando al margen la visión promocional y preventiva, así como la intervención territorial comunitaria, piezas claves para el desarrollo de una respuesta adecuada en el componente de salud pública.

A su vez, los agentes privados involucrados en el sistema de salud, mostraron su talante, reflejado en la desidia y despreocupación por el diagnóstico, tratamiento y seguimiento a las personas que desarrollaron covid-19.

De igual manera, la apuesta centrada en lo tecnológico para el enfrentamiento de la pandemia, colocando por largos meses todo el acento en habilitar unidades de cuidado intensivo (UCI) y luego en las vacunas, dos años después mostró su limitación, en tanto la pandemia no ha desaparecido como se pretendía y la vacuna, más que cumplir su labor de generación de inmunidad que es su razón de ser, quedó en el campo de disminuir el efecto deletéreo del virus, que no es cosa menor, pero a grandes costos financieros y también humamos por su capacidad de generar efectos adversos y por incorporar un nuevo elemento sociocultural de estigmatización hacia los no vacunados.

Acá el aprendizaje está en reconocer que el control de una epidemia-pandemia no es posible lograrlo solo con medidas de higiene individual, con aislamientos selectivos, con gran tecnología médica o con la vacunación. Se requieren medidas de salud amplias e integrales, que orientadas a mejorar la calidad de vida de toda la población, en especial las condiciones de saneamiento básico y de alimentación; establecer protecciones sociales universales; desarrollar un sistema de salud público de base territorial, que genere potentes procesos de promoción y prevención, de atención primaria y de solida vigilancia en salud; configurar una cultura de cuidado, conteniendo las posiciones altamente individualistas desarrolladas por el actual tipo de sociedad.


Un gran reto: miradas integradoras, que vean el todo no solo la parte

Entender esta pandemia con la enfermedad respiratoria generada por la propagación global de un nuevo tipo de coronavirus, se torna una explicación simplista e insuficiente, que no da pistas para enfrentar estos fenómenos epidémicos que cada vez se van haciendo más frecuentes en nuestro sistema mundo.

Una realidad propiciada y que tiene como causa de base, el tipo de relación establecido por la humanidad con la naturaleza, producto de las formas como se produce y consume de formas intensivas. En especial, las formas como estamos desplazando y entrando en interacción con especies animales, producto del avance de procesos agroindustriales y extractivos que depredan los bosques y las selvas y sacan de sus hábitats naturales a muchas especies, generando nuevas condiciones en ecosistemas para la replicación de vectores y microorganismos que entran con mayor facilitad en contacto con los seres humanos.

A su vez, las formas masivas como hoy se reproducen animales para el consumo humano, entre ellos cerdos, aves, reses y otras especies exóticas, reproducidas y alimenentadas en hacinamiento para engorde en procesos de tiempo cada vez más reducidos, propician y facilitan la incubación y transmición de virus entre ellas y su mutación, de fácil propagación a la especie humana vía consumo.

Por lo tanto, la pandemia coloca de nuevo el reto de mirar los problemas de forma profunda e integral, para ir a las causas últimas y poder tener capacidad de frenar próximas epidemias. Si no cambiamos de fondo las formas intensivas de producir y consumir impuestas por el capitalismo, y con ello generar una relación respetuosa y equilibrada con la naturaleza, nos veremos enfrentados a nuevas epidemias que podrán ser más devastadoras.

Oportunidad desaprovechada

Con la situación de la guerra en el territorio ucraniano, que abre las posibilidades a una guerra nuclear o ampliada en lo territorial, con armas tácticas de destrucción masiva, pero con efectos globales inmediatos, necesariamente surge la pregunta de si realmente aprendimos algo con la pandemia.

Y con sinsabor toca afirmar que aprendimos muy poco, que teníamos un gran afán de retornar a la “normalidad” para continuar produciendo y consumiendo, para seguir en el acelere angustioso de la vida que hoy tenemos, para seguir “salvándonos” individualmente y para continuar en la lógica del tener y no del ser, sin entender que esta “normalidad” es la que nos ha traído al abismo como especie.

Una realidad contradictoria que evidencia que como humanidad estamos ciegos y no logramos comprender la magnitud de fenómenos de alto impacto propiciados por modelos de desarrollo contra natura, como el cambio climático, las pandemias, las guerras nucleares, de ahí que actuamos en sentido contrario a la vida, a riesgo de extinguirnos, con la paradoja que la especie sapiens, al autodestruirse al acabar su hábitat, quedará registrada como la más estúpida de todas las que han pasado por el planeta Tierra.

Ojalá los rayos de solidaridad y de respeto por la naturaleza que también han brillado a lo largo de la pandemia, para cuidar la vida de forma integral, logren ganar espacio en medio de la sordera y estupidez del grueso de la humanidad, actitud potenciada en todos los planos por los agentes del capital, sustento y motor de la realidad que vivimos, y del siniestro futuro que se avecina, posible de evitar si sumamos imaginación, brazos, solidaridad, cooperación, y mucho más.

 

* Profesor Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Colombia.

Publicado enEdición Nº289
Miércoles, 22 Diciembre 2021 09:48

El regreso de la Peste Pansindemia y normalidad

El regreso de la Peste Pansindemia y normalidad

La pandemia se inscribe en un horizonte de normalidad que ya había transitado por cinco novedades históricas: descorporización, globalización, desdemocratización, precolapso ecológico y confinamiento tecnológico. Pero mientras que otras «plagas», como las guerras, nos resultan familiares –e inclusive alimentan la creatividad y la épica–, el covid-19 es mucho menos familiar, y ya no recordamos las viejas pestes, mientras que la imposibilidad de construir un relato común nos deja políticamente inermes.

Todo lo irracional es normal


Formulemos un presupuesto de partida: al contrario de lo que pretendía la metafísica de Hegel, no todo lo real es racional ni todo lo racional es real. Esto, en cualquier caso, no representa un problema. Lo que sí es un problema es el hecho de que, por inercias radicalmente antropológicas, antes de toda manipulación y de toda intervención política, lo real comparece siempre ante nuestros ojos como normal. Por «real» entiendo aquí «lo que ocurre», «lo que acaece», «lo que aparece en el mundo». Todo lo que ocurre –incluso lo que juzgamos irracional– es normal, se inscribe desde el principio –o casi– en lo que Walter Benjamin llamaba «aura de la costumbre». Es normal que un avión vuele y normal también que tenga un accidente; es normal la democracia y normal el golpe de Estado; es normal que el agua salga del grifo y normal tener que ir a buscarla con un cubo a diez kilómetros de casa. La implacable normalidad de los acontecimientos tiene tres efectos políticamente inquietantes. El primero es que la actividad de pensar, por muy humana que se nos antoje, constituye una excepción antropológica: lo normal no invita a ser pensado y, por lo tanto, vivir y pensar son dos dimensiones paralelas que raramente se cruzan. En este sentido, digamos de pasada, la dificultad de Adolf Eichmann para «pensar», fuente de su rutinaria criminalidad, según la caracterización de Hannah Arendt, se debía a que el régimen nazi y el exterminio de judíos le parecían, precisamente, «normales». De esta primera consecuencia se deriva otra muy evidente, y es que ni defendemos la normalidad ni nos defendemos de ella, por lo que lo normal es que las clases medias –que son las clases que proporcionan la media antropológica de nuestras sociedades– no defiendan, por ejemplo, la democracia mientras se mantiene en pie, ni se defiendan de la dictadura cuando esta la echa por tierra. No se está en el mundo, no importa qué forma tenga ni cuán hostil o favorable se nos presente, por una decisión, sino «por costumbre». En cuanto a la tercera consecuencia, en fin, tiene que ver con la dificultad para imaginar un destino común en términos de Humanidad, algo que siempre fue difícil, pero que en el actual «realismo capitalista» (Mark Fisher) se parece ya a una clausura de la imaginación; más allá de nuestra casa, nuestra familia, nuestra tierra, está Twitter, pero no el «género humano», instancia abstracta que no podemos sentir amenazada. Lo normal, por tanto, es no pensar, no defenderse y no imaginar; en condiciones capitalistas la normalidad se vuelve, por añadidura, no solo más normal que nunca, sino asimismo más peligrosa e interactiva. En condiciones capitalistas, no se puede ya «ser normal» –digamos– sin contribuir más o menos a derretir el Ártico.


Esta implacable normalidad de los acontecimientos humanos explica en parte la rápida normalización en nuestras vidas de la pandemia de covid-19 y de las medidas tomadas contra ella (mascarilla, distancia de seguridad, confinamiento, etc.). Al mismo tiempo y paradójicamente, el hecho de que se haya producido en un marco neoliberal global ha determinado ese realísimo efecto sorpresa que sacudió por un momento la gelatina de nuestra cotidianidad. Cuando hablo de «nuestra» me refiero a esa «clase media global» que comparte un imaginario cultural, tecnológico y mercantil. Lo que quiero decir es que la pandemia, al derribar o al menos debilitar ese marco, ha debilitado también la normalidad, inscribiendo sus amenazas, por primera vez, en «el aura de la novedad», que es siempre la del descubrimiento traumático de lo realmente real. Antes de normalizar la pandemia y las medidas tomadas contra ella, por un minuto –por un segundo– quedamos desprotegidos y sentimos la tentación de pensar, defendernos e imaginar otro mundo. La normalidad capitalista, como veremos, no contemplaba, ni estructural ni subjetivamente, este tipo de amenazas. No contemplaba –más radicalmente– la posibilidad de que el «eslabón débil» de la cadena fuera el cuerpo mismo. El segundo presupuesto de partida, indisociable del primero, es el siguiente: así como el trueno de la tormenta en medio de la noche nos recuerda la antigüedad del mundo, la pandemia nos recuerda la antigüedad de las sociedades humanas. Pero nos la recuerda en condiciones nuevas. Así que se impone una pregunta: ¿qué hay de antiguo y qué hay de nuevo en esta situación?


¿Qué hay de antiguo?

Si algo nos ha sorprendido de la pandemia es precisamente el retorno de esa «cosa» tan antigua que, como la historia misma, creíamos haber dejado atrás: la Peste. Desde el Neolítico, con la generalización de la guerra y la domesticación animal, las sociedades humanas han sido regularmente volteadas por epidemias infecciosas, resultado y umbral de transformaciones epocales. Pensemos en las más conocidas: la de Atenas durante la Guerra del Peloponeso; la que azotó, en el siglo v, el imperio de Justiniano; la Peste Negra que en torno de 1300 mató a 80% de la población europea; la de Milán en 1630 y la de Londres en 1665; la llamada gripe española que acabó con la vida de 50 millones de personas en todo el mundo tras la Primera Guerra Mundial; o pensemos, según el elocuente título de la obra de Jared Diamond (Armas, gérmenes y acero, 1997) en la devastación que los castellanos llevaron a América en forma de bacterias y virus desconocidos para los indígenas. Así que, con la pandemia de covid-19, retorna la historia misma y con ella, ciertos atavismos defensivos reveladores de una continuidad histórica y social que también habíamos olvidado.


¿Qué hay de antiguo? En primer lugar, la comparecencia del cuerpo como amenaza; es decir, esta idea terrible de que nuestros cuerpos y los de los otros son peligrosos en sí mismos, que se dan y reciben la muerte –o al menos el dolor y el mal– mediante los gestos más sencillos. En definitiva, la experiencia empírica del contagio, que inscribe la desconfianza en el hecho elemental de la existencia; y que es, por lo tanto, el contrapunto de ese rasgo de confianza elemental que, a través también del cuerpo, reproduce la vida misma: la maternidad. Resulta interesante señalar que esta experiencia del cuerpo como amenaza (la idea negativa del «contagio», que deja de ser simple «contacto», según su raíz etimológica, para devenir «contacto mortal») señala uno de esos rarísimos casos en que las creencias populares, en el campo nosológico, han sido más sabias y atinadas que las tesis de la medicina. Los atenienses, durante la famosa peste de Atenas de 430 a.C., descrita por Tucídides y Lucrecio, ya intuían que los cuerpos eran vectores de difusión de la enfermedad. Sin embargo, Hipócrates hablaba de «miasmas» y Lucrecio del «aire» como causa de la infección. Mientras intuitivamente se tomaban medidas muy parecidas a las de hoy, la medicina siguió ignorando el concepto de contagio o menospreciando su valor, y ello hasta mediados del siglo xvi, cuando Girolamo Fracastoro escribió su libro Del contagio, oponiéndose a la tradición científica de su época, que siguió en todo caso vigente mucho tiempo más. En 1665, durante la peste de Londres, aún estaba en discusión. Todos improvisaban medidas, a veces muy crueles, como si la peste fuera contagiosa, pero los médicos insistían en atribuir la difusión del mal al «ambiente». Solo entre 1782 y 1880 se estableció definitivamente la teoría de los gérmenes. A partir de ese momento, frente a las epidemias, un inédito enlace nupcial entre Estado y ciencia impuso la práctica del llamado «cordón sanitario», trasladado luego, de manera peligrosa, a la vida política para definir espacios de exterioridad antagónica con los que, como con los virus, no se puede dialogar ni negociar.


Muy antigua es también la búsqueda de chivos expiatorios como forma de racionalizar la amenaza del contagio. Frente a la insoportable idea de la contingencia, los humanos hemos preferido siempre la «mala voluntad», que tiene la ventaja de introducir un orden o un plan en el despliegue de la adversidad y de reconocer nuestra existencia individual como algo más que un alboroto de átomos: como objeto concreto de –dirá un personaje de Benito Pérez Galdós con ocasión de la epidemia de cólera de 1834– un «mal querer». No olvidemos, en todo caso, que originalmente «epidémico» se utilizaba para referirse a aquel que residía en un lugar del que no era nativo; «epidémico» era, en efecto, el cuerpo extranjero, lo que quizás explica que el furor popular atribuyera a menudo estos «malos quereres» a la presencia de un extraño o forastero, o de quienes, como los judíos, eran tratados como tales. Todas las calamidades, en fin, reclaman un «farmacós» –causa y remedio– en el que localizar la fuente del mal y cuya eliminación garantiza la salvación. Cada sociedad, en cada época y territorio, ha buscado uno a la medida de sus conflictos propios. En Atenas se eligió a los espartanos, que habrían envenenado el agua; en 1347, por supuesto, a los judíos; en 1834 se señaló en Madrid a los frailes, pero en Filipinas a los ingleses y en Francia a la policía. Las historias locales explican la orientación de la cólera popular y del sacrificio reparador. En todos los casos, los pobres y los campesinos, extramuros de la ciudad, aparecen, si no como responsables primeros, sí como vehículos privilegiados de contagio. En estas crisis, las mujeres, al contrario, parecen rehabilitarse momentáneamente como sanadoras, de manera que se acude en busca de salvación a la «bruja», a quien en tiempos normales se perseguía. Salvo en España, donde la derecha acusó a las feministas de haber propagado el covid-19 durante la celebración del 8 de marzo de 2020.Muy antigua también es, por fin, la esperanza de que la crisis sirva para la regeneración individual y social: es la pandemia como kairos u oportunidad en orden a una transformación radical del universo, a una renormalización, en otro raíl, de la experiencia común. Fijémonos, por ejemplo, en esta reflexión de Daniel Defoe, a finales del siglo xvii, en su famoso Diario del año de la peste:


los hombres, si supiesen que su muerte está cerca, rápidamente se reconciliarían. Es nuestra seguridad en la vida lo que nos induce a rechazar lejos de nosotros tales cosas, y a ella hay que atribuir las disensiones, los rencores obstinados, los prejuicios, la falta de caridad y la falta de unión cristiana. Otro año más de peste pondría fin a todos los desacuerdos. La visión de una muerte próxima, o de un mal que lleva en sí la amenaza de muerte, libraría a nuestro humor de los malos gérmenes, borraría las animosidades que existen entre nosotros y nos llevaría a ver las cosas con otros ojos.


Si no somos solidarios ni empáticos, si reñimos y guerreamos es, pues, porque nos sentimos protegidos de todo mal; y es el descubrimiento repentino de la fragilidad lo que nos revela la humanidad común y renueva nuestros vínculos con el otro; y ello hasta el punto de que –se nos ocurre– bastaría que la peste prolongase sus hachazos un año más para que una nueva sociedad, más justa y caritativa, surgiese de sus cenizas. Como sabemos, estas tres «antigüedades» han estado presentes en la pandemia de covid-19: retornó el contagio a una sociedad –como veremos– dominada por la comunicación, que es su contrario; se buscaron chivos expiatorios acordes con la época, unos más clásicos –así los chinos o los inmigrantes, ese exterior que antaño representaban los campesinos– y otros más estructurales, relacionados con el poder de estructuras abstractas difíciles de asir y, por eso mismo, muy amenazadoras; y se activó, asociada a la epifanía de la Muerte y la Fragilidad, una esperanza casi religiosa en una alternativa cultural, si no económica, al neoliberalismo y su erosión de los vínculos antropológicos. En algunos países occidentales –como los de la Unión Europea o los Estados Unidos de Joe Biden– se tomaron algunas medidas orientadas a proteger a las clases medias, pero los límites de esta esperanza se revelaron del modo más áspero y realista en la negativa de las grandes potencias a liberar las patentes de las vacunas o sencillamente a desarrollar sus propias vacunas. La pandemia obligaba a remiendos muchas veces electoralistas, pero ofrecía más que nada un nuevo kairos empresarial, sobre todo a los Big Pharma.


La pansindemia

Estas antigüedades, sin embargo, refractaban en unas condiciones históricas completamente nuevas, en nada parecidas a las de la gripe española de 1918. La pandemia, en efecto, se inscribía en un horizonte de normalidad presidido por cinco novedades históricas: descorporización, globalización, desdemocratización, precolapso ecológico y confinamiento tecnológico. Diremos algo brevemente de todas ellas, no sin antes recordar que todas estas novedades, reunidas a modo de gavilla o enjambre inextricable, permiten describir la crisis sanitaria en un marco más amplio y, si se quiere, holístico: lo que Richard Horton, siguiendo a Merryll Singer, llamó en octubre de 2020, en un artículo publicado en The Lancet, «sindemia», para describir no el fenómeno estrictamente médico de la comorbilidad, sino el entrelazamiento propio de esta civilización –desigualdad económica, discriminación cultural, explotación industrial de la naturaleza, concentración urbana– en el que había cobrado vida el virus y que aseguraba su difusión, al mismo tiempo que las condiciones sociales de su nacimiento e incidencia. El médico y epidemiólogo italiano Ernesto Burgio se atreve a ir más allá para calificar la crisis actual de «pansindemia», la primera de la historia, de la que no se podrá salir, obviamente, mediante soluciones médicas milagrosas y puntuales (como las vacunas). Contra las ilusiones de una ciencia mercantilizada que habría generado la certeza de terapias personalizadas infalibles, Burgio recupera los conceptos de biocenosis y patocenosis para recordar que, del mismo modo que la naturaleza se reproduce en equilibrio dinámico, también existe un equilibrio en el ámbito biomédico entre las diversas enfermedades, de manera –digamos– que no se puede eliminar una sin introducir otra o sin que, alterado el equilibrio, se abra una nueva brecha nosológica en nuestra relación con la naturaleza. O por decirlo de otra manera: no se puede superar un límite natural sin encoger las perspectivas de supervivencia de la especie; no se puede mejorar la vida cotidiana sin empeorar las condiciones antropológicas de la humanidad; no se puede alargar la vida sin quitarle dignidad. Hace cuatro décadas, el teólogo y sociólogo Iván Illich forjó el concepto de iatrogenia para referirse a las enfermedades producidas por la institución médica o, mejor dicho, por el proceso creciente de medicalización de nuestras sociedades. No se trata de decir que es la medicina, cuyos progresos son indudables, la que produce las enfermedades –como en la denuncia hilarante de Molière–, sino de recordar que una medicina ancilar del capitalismo no solo seleccionará interesadamente sus campos de investigación, sino que contribuirá a opacar el lecho pansindémico en el que se ve obligada a intervenir, generando de paso la ilusión de que una pastilla o una vacuna permiten dejar atrás todas las crisis, subjetivas o colectivas. Como bien aclara Horton al final del mencionado artículo de The Lancet:


La crisis económica que avanza hacia nosotros no se resolverá con un fármaco ni con una vacuna. Se necesita nada menos que un avivamiento nacional. Acercarse al covid-19 como una sindemia invitará a una visión más amplia, que abarque la educación, el empleo, la vivienda, la alimentación y el medio ambiente. Ver el covid-19 solo como una pandemia excluye un prospecto tan amplio pero necesario.


¿Qué hay de nuevo?


Si aceptamos, pues, que la difusión del covid-19 constituye una sindemia y, aún más, una pansindemia, es necesario analizar la normalidad compleja en la que surgió; es decir, todas esas «novedades» que constituían la normalidad de nuestra vida antes de la pandemia. Esto obliga, de entrada, a tratar la emergencia y difusión del virus como un problema económico, sí, pero también como un problema de «civilización», y ello a partir de dos constataciones: la fragilidad común dentro de un sistema que nos había prometido la inmortalidad individual y la dificultad para resolver la contradicción movimiento/inmovilidad. En un libro de 1995, Las reglas del caos, me ocupaba yo de la oposición contagio/comunicación en el marco de una sociedad –la capitalista consumista– que caracterizaba entonces como de «cuarentena estructural», asociando este rubro a la ilusoria emancipación del cuerpo que ha acompañado la sustitución del valor de uso por el valor de cambio y que se ha reflejado en técnicas higiénicas, deportivas, publicitarias, quirúrgicas, orientadas todas ellas a separar, si se quiere, los cuerpos de la vida; o los cuerpos de la propiocepción. El verdadero problema de cualquier poder hegemónico ha sido siempre el de decidir quién se mueve y quién no; la decisión, pues, sobre la movilidad de los cuerpos. Ahora bien, esta decisión implica, más allá, la de decidir quién tiene cuerpo y quién no, pues el que se mueve –y tanto más cuanto más aumenta la velocidad– parece tener menos cuerpo que el que no se mueve. Toda condena a prisión es una condena a estar aprisionado en el propio cuerpo. El capitalismo, en definitiva, ha tenido que resolver el dilema movilidad/inmovilidad en un marco de dependencia respecto de algunos cuerpos cuya importancia nuclear había que negar y de otros cuya descorporización era la condición misma de la obtención de beneficios. Quiero decir que el capitalismo es un sistema que exige desde sus entrañas movilidad, velocidad y aumento de los intercambios, distribución universal de mercancías, globalización y financiarización de la economía. Al mismo tiempo, es un sistema que se basa, material y subjetivamente, en el concepto de seguridad. Esta paradoja el capitalismo la ha resuelto médica y tecnológicamente. Ha ido sustituyendo el «contagio» –el con-tacto– por la comunicación –el comparto de información– en un orden de cuarentena estructural en el que las mercancías circulan sin usarse y los cuerpos se cruzan sin tocarse. Esta solución, obviamente, sanciona y reproduce una desigualdad de partida. Bajo el capitalismo altamente tecnologizado y consumista, quienes se mueven y, por tanto, carecen de cuerpo son los turistas, los consumidores, los usuarios de las redes y, ahora, los trabajadores telemáticos; los que no se mueven y, en consecuencia, están atrapados en su cuerpo son los muertos, los ancianos, los enfermos, los migrantes, los refugiados y, por supuesto, los terroristas, con su sempiterna bomba atada al pecho. Frente a la inmovilidad sagrada del mikado japonés, hierático en su trono, cuyo cuerpo enfático se reverenciaba, en las sociedades capitalistas el cuerpo solo puede aparecer como negativo y amenazador, despreciado y peligroso: obstáculo para la velocidad y para la salud. Mientras la cuarentena estructural funcionaba, las urbes occidentales vivían con placer su ausencia de cuerpo recurriendo a vallas, muros y celdas donde encerraban los cuerpos fuera de su vista. Ahora bien, la explosión –pues así se vivió, pese a las mil advertencias previas– de la pandemia nos reinstaló brutalmente a todos en el cuerpo, en este cuerpo extranjero y negativo, concebido como amenaza amenazada: amenaza para los otros y para el capitalismo, el cual depende de ellos, y amenazado por los otros y por el capitalismo, que pretende negar de nuevo su presencia o, al menos, hacer una nueva selección. Esta nueva selección –quién tiene cuerpo y quién no– tiene que ver ahora con la tecnología, a través de la cual –a la espera del colapso– se refuerzan las desigualdades: durante la pandemia, quienes trabajaban con sus cuerpos estaban literalmente expuestos a morir, mientras que quienes trabajaban telemáticamente tenían muchas más posibilidades de conservar la vida. Sea como fuere, la pandemia llega ya a un mundo, como digo, de cuarentena estructural, en el que las nuevas tecnologías habían resuelto el dilema movilidad/inmovilidad a través del confinamiento tecnológico. Antes de ser confinados en casa por la pandemia, estábamos confinados ya en nuestras tablets, nuestros iphones y nuestras redes: nuestros cuerpos podían coger el metro, barrer la oficina o reunirse en el bar –e incluso viajar a Australia– mientras permanecían inmóviles en sus pantallas. Este confinamiento tecnológico, agravado durante la pandemia, no tiene vuelta atrás; o no la tiene en los planes de los gestores chapuceros del capitalismo, que siguen pensando en un retorno a la normalidad con algunos parches económicos, médicos y tecnológicos. Durante la pandemia, la «proletarización del ocio» de la que hablaba Bernard Stiegler se ha extendido tanto como la «telematización del trabajo». Los cuerpos, tras su fulgurante y prometedora reaparición, han quedado de nuevo reprimidos o, más radicalmente, forcluidos.


Inseparable de esta forclusión mercantil y tecnológica de los cuerpos, el mundo de antes de la pandemia vivía en una situación de precolapso ecológico como consecuencia, entre otros factores, de la presión industrial sobre la naturaleza, inseparable a su vez de la emergencia de nuevos virus. Como bien explica Rob Wallace en su ya clásico Grandes granjas, grandes gripes (2016), el capitalismo ha convertido la naturaleza misma en un laboratorio, de manera que, más allá de teorías de la conspiración, puede decirse que, de algún modo, el covid-19 ha sido fabricado por el ser humano, pero dentro de los cuerpos de las gallinas y los cerdos. Ninguna vacuna aplicada a los humanos puede resolver este problema.


El mundo anterior al covid-19, en fin, era un mundo caracterizado por la desdemocratización. Digo desdemocratización porque los regímenes autoritarios son tan antiguos como el hierro y el trigo. Lo que sí era nuevo era la precaria y desigual democratización del planeta, cuya normalidad, como hecho o como aspiración, aceptaron las clases medias globales entre 1945 y 2011. Como sabemos, hemos asistido a distintos modelos de gestión de la pandemia –el biopolítico chino, el neoliberal de Donald Trump o Jair Bolsonaro, el socialdemócrata de la ue–, pero en un contexto global de clara radicalización social negativa; es decir, de desconfianza creciente en las instituciones y de desplazamiento del voto conservador hacia la ultraderecha. La crisis de la pandemia y las medidas tomadas contra ella han hecho aceptables, por un lado, recortes de derechos civiles en nombre de la salud; por otro lado, han agravado el desprestigio institucional, frente al cual las alternativas rebeldes han adoptado formas inesperadas: desde el negacionismo y el movimiento antivacunas hasta el terraplanismo, esta paradójica rebeldía antisistema no se puede despachar con desprecio o como un simple refugio oportunista del neofascismo. Más allá de un análisis sociológico que la longitud de este artículo no permite, es indudable que la democracia no sale reforzada de la pandemia y sí, en cambio, expresiones de rebelión colindantes con el empirismo protofascista y la superstición conspiracionista, a las que, de algún modo, da la razón la gestión institucional –médica, política y económica– de la crisis. De cómo se combinan políticamente en la pansindemia todos estos factores da buena medida, por ejemplo, el asalto el pasado 10 de octubre a la Confederación General Italiana del Trabajo (cgil, por sus siglas en italiano) por parte de neonazis que participaban en Roma en una manifestación ideológicamente transversal contra el pasaporte sanitario impuesto por las autoridades a los trabajadores italianos.


Gestión de la pansindemia

Hace unos meses, acababa un artículo sobre la investigación y distribución de las vacunas (un invento objetivamente beneficioso) recordando que si el capitalismo es una pansindemia va a seguir produciendo sin parar virus y pandemias; y va a seguir produciendo, también sin parar, vacunas y medicamentos. Pero una pansindemia no se soluciona suministrando pastillas a sus responsables y sus víctimas. La diferencia entre una crisis y un colapso –como se refleja, por ejemplo, en la Biblia– es que el colapso se presenta en forma de «plagas» encadenadas; la nosocenosis y la iatrogenia aceleran los desajustes en un circuito cerrado: en estos dos últimos años hemos visto, en lo anecdótico, cómo un solo barco, el Ever Given, obstruía el canal de Suez y paralizaba el comercio mundial, recordándonos –como la pandemia– nuestro anclaje terrestre o, si se quiere, nuestra dependencia del espacio; y asistimos ahora, en un tono más trágico, a una crisis energética sin precedentes, con escasez de petróleo, de gas, de plásticos, de los llamados «minerales raros» de los que dependen los microchips o semiconductores en los que se sostiene la economía mundial. El covid-19 es solo un síntoma de una pansindemia a la que le estallan de pronto todas las costuras. Ahora bien, el problema es justamente que el colapso llega a un mundo sin «exterior»: si la humanidad puede ser destruida y el individuo entero, con su tiempo de ocio, ha sido interiorizado en el sistema, no hay «afuera» al que huir. Nos encontramos –lo he dicho otras veces– ante una crisis histórica sin precedentes, caracterizada por la imposibilidad de los bárbaros, que tantas veces han asegurado la renovación trágica del mundo. Nuestros bárbaros son hoy las pandemias, las catástrofes climáticas, los accidentes, que ni son ni tienen «sujeto». Estas «plagas» de apariencia autónoma hacen muy difícil localizar un responsable, lo que facilita las teorías de la conspiración, que sirven de manera lenitiva para convertir en relato comprensible una estructura inasible. Y hacen muy difícil construir un sujeto de intervención política, es decir, un relato de combate colectivo. La pansindemia no es una guerra. Estábamos familiarizados con las guerras; y las guerras permitían la intervención, incluso la épica. La pansindemia es mucho menos familiar que una guerra y no permite ningún tipo de intervención activa, individual o común, en el nivel de la ciudadanía. Esta imposibilidad de construir un relato común, ni siquiera parcial, nos deja completamente inermes en términos políticos. Así que gestionar un horizonte de epidemias y catástrofes climáticas –de «plagas» bíblicas– va a ser mucho más complicado que gestionar un horizonte de terrorismo planetario, aunque la epidemia y la catástrofe están reemplazando al terrorismo (igual que el islamismo sustituyó al comunismo) como pretexto e instrumento de gobernanza iliberal. Ese es el mundo que nos espera, salvo que la imaginación de una naturaleza sin humanidad lleve al convencimiento de que la normalidad es la víspera del colapso, un horizonte no lejano que –excepto a los cuatro libertarios megalómanos que están convencidos de poder huir a Marte– no conviene tampoco a nuestras clases dirigentes. Que, en todo caso, siguen empeñadas en parchear la normalidad.

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Necropolítica: dejar morir a la gente y la naturaleza para mantener viva la economía

La situación social, económica, política y medioambiental de América Latina es «dramática». Así se refiere a la situación actual Eduardo Gudynas, que durante más de tres décadas ha seguido los problemas del desarrollo, el medio ambiente y los movimientos sociales en la región. «Hay más de 22 millones de pobres, lo que eleva la pobreza total en América Latina a 210 millones de personas. Se han perdido al menos 43 millones de empleos, ha aumentado la informalidad, ha vuelto la inseguridad alimentaria en varios países, más de 160 millones de estudiantes han sufrido interrupciones en sus clases y la atención sanitaria, en lugar de mejorar, ha empeorado. Estos y otros problemas están interconectados», afirma.

Eduardo Gudynas es investigador del Centro Latinoamericano de Ecología Social – CLAES. Fue el primer latinoamericano en recibir la Cátedra Arne Naess de Justicia Global y Medio Ambiente de la Universidad de Oslo (Noruega). Recientemente se ha incorporado a la Comisión para la Transformación de la Economía del Club de Roma. Sus últimos libros son sobre el extractivismo y los derechos de la naturaleza, publicados en Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú. En inglés, su obra más reciente es «Extractivisms» (Fernwoord, 2021).

– ¿Cuáles son los principales aspectos de las crisis vividas en los países latinoamericanos?

Es necesario entender que estamos inmersos en múltiples crisis. La insistencia en que sólo sufrimos de Covid-19 se utiliza para minimizar otras crisis igualmente graves. Los problemas de la sanidad pública han agravado las dificultades que ya estaban presentes desde años anteriores. Hay dificultades económicas, desempleo y aumento de la pobreza. Ninguno de estos problemas comenzó con la pandemia. Esto explica a su vez que estas crisis afectan a todas las dimensiones sociales, económicas, políticas y medioambientales, y que sus componentes están interconectados. No se pueden tratar por separado.

La situación es dramática: más de 22 millones de personas viven en la pobreza, lo que eleva la pobreza total en América Latina a 210 millones de personas. Se han perdido al menos 43 millones de empleos, ha aumentado la informalidad, ha vuelto la inseguridad alimentaria en varios países, más de 160 millones de estudiantes han sufrido interrupciones en sus clases y la atención sanitaria, en lugar de mejorar, ha empeorado. Estos y otros problemas están interconectados.

– ¿Cuáles son las principales expresiones de este conjunto de crisis?

Hay algunos análisis que consideran la situación actual como una etapa o expresión de la «crisis del capitalismo». Estos planteamientos son a veces muy simplistas porque no entienden que el capitalismo, en cualquiera de sus versiones, implica «crisis». Por tanto, el hecho de que existan estas crisis no significa que el capitalismo esté amenazado, ni que vaya a colapsar mañana. Por el contrario, el capitalismo se reproduce aprovechando las crisis y, en algunos aspectos, esto sirve para reforzar sus versiones más primitivas. Lo que está en marcha en América Latina y en otras regiones son brutales transferencias de excedentes que se captan como dinero, mientras que al mismo tiempo se derivan otras como externalidades de todo tipo, sanitarias, sociales, económicas y culturales.

– Usted propuso la idea de la necropolítica para abordar esta situación. ¿Por qué esta idea nos ayuda a entender estas situaciones?

La pandemia aceleró un cambio más profundo en las formas de entender la política. Los grupos políticos y los Estados aprovecharon la pandemia para reforzar los mecanismos de vigilancia, control y disciplina. Utilizaron la crisis sanitaria para justificar estos altos niveles de pobreza y desempleo. A su vez, argumentando que necesitan salir de la pandemia de la crisis económica, aplican medidas de protección a las empresas e inversores que hasta hace poco eran injustificables.

La necropolítica surge bajo esta condición. Se trata de dejar morir a las personas y a la naturaleza para mantener viva la economía. Todos estamos más controlados y vigilados, la pobreza ha aumentado, cientos de miles de personas han muerto por Covid y el medio ambiente se ha destruido aún más. Pero de alguna manera esto ha sido aceptado por los políticos y gran parte de la sociedad.

Es en este cambio donde el concepto de necropolítica pone su énfasis. Se está produciendo un cambio en la esencia de la forma de entender la política, lo que hace que se acepten y naturalicen todas estas crisis. Hay miedo entre varios sectores de la ciudadanía, una creciente resignación entre otros, y hay quienes exigen aún más control, más facilidades para las corporaciones, más destrucción ecológica.

La idea de la necropolítica también indica que lo que consideran aceptable o inaceptable en las políticas públicas está cambiando, en sus demandas a los gobiernos y en relación con lo que creen que sería vergonzoso tolerar. En el pasado también hubo crisis económicas, pobreza y violencia, pero al mismo tiempo hubo grupos de partidos políticos que consideraron esto inaceptable y buscaron alternativas, y todo esto fue alimentado por fuertes movilizaciones ciudadanas. El debate político estuvo presente en las diferentes formas de defender la vida, de intentar superar estas crisis.

Por el contrario, en la necropolítica hay un fatalismo en dejar morir a las personas y a la Naturaleza, aunque estén obsesionados por mantener vivas las economías. Parece que no nos damos cuenta de que al menos 1,5 millones de latinoamericanos han muerto a causa de la pandemia. Es una cifra asombrosa. Es una ola de muertes que en otros tiempos habría hecho caer a gobiernos y presidentes, pero que no ocurrió, echando la culpa, una y otra vez, al Covid-19. El virus se ha convertido en una excusa para reforzar la necropolítica.

– Algunos componentes de esta necropolítica, como la pobreza y la violencia, están presentes en América Latina desde hace mucho tiempo.

Correcto. La violencia es un problema muy grave, no sólo hoy, sino que se arrastra desde la época colonial. Muchas de sus expresiones conocidas se han reforzado con la pandemia. Por ejemplo, la violencia del Estado al imponer medidas de cuarentena y confinamiento apelando a la policía y al ejército. La escala de todo esto era inmensa. Por ejemplo, estimamos que al menos 300 millones de latinoamericanos experimentaron alguna forma de confinamiento. También se han fortalecido los grupos ilegales, como los que se dedican a la extracción de oro o a los cultivos para las redes de narcotráfico, que controlan los territorios mediante la violencia.

La condición necropolítica se apoya en esta difusión de la violencia. Sin embargo, la necropolítica no se refiere a la violencia en actos concretos, como en el caso de los grupos armados en Colombia o las maras centroamericanas. No es una política que ordene la ejecución de personas. Sin embargo, es una política que permite que mueran, ya sea por Covid-19, o por estos grupos armados o por la criminalidad tradicional, y se resigna a ello. Es la inacción. Es una aceptación resignada. Como si asumiera que se han agotado todas las alternativas para resolver el drama de la violencia.

La vieja política presentaba discursos y medidas para intentar solucionarlo, independientemente de que pudiéramos estar o no de acuerdo con esas propuestas. Estas cuestiones fueron objeto de debate político y amplios sectores de la ciudadanía exigieron soluciones, porque no podían tolerar y estaban indignados por los asesinatos. Sin embargo, tras la pandemia, se produce una transformación en la moral pública: esto ya no genera tanta indignación, ya no produce vergüenza ni angustia, y se acepta cada vez más. Este es el triunfo de la necropolítica.

Así, la necropolítica es el resultado de una ruptura en el campo de la moral. Esto se debe a que la opresión opera ahora en este nivel más profundo y es capaz de anular otras opciones morales. Antes, las condiciones morales consideraban inaceptable que la gente muriera, las muertes generaban angustia e indignación. Durante años, todo esto se ha ido erosionando, pero con la pandemia el proceso se ha acelerado y empeorado. La opresión ha dado un paso más, actuando ahora en este campo antes que las ideologías políticas, para modificar los mandatos morales que alimentan todas las principales corrientes políticas.

– ¿Qué valoración hace de las negociaciones de la convención sobre el cambio climático que acaban de terminar en Glasgow?

Muchos líderes ofrecieron discursos y promesas radicales para hacer frente al cambio climático. Por ejemplo, Iván Duque, de Colombia, prometió la neutralidad en las emisiones netas de carbono para 2050, y el gobierno de Jair Bolsonaro firmó un acuerdo para detener la deforestación. Pero sus prácticas concretas, dentro de cada país, están lejos de cumplir estas promesas; al contrario, empeoran las emisiones de gases de efecto invernadero. Así es como Duque promueve la exploración de petróleo y gas mediante el fracking y defiende la minería del carbón, y en Brasil se acaba de confirmar un aumento del 22% de la deforestación en la Amazonia, alcanzando el nivel más alto en 15 años.

Brasil, junto con países como Argentina y Uruguay, ha firmado incluso un compromiso para reducir las emisiones de metano, que es un potente gas de efecto invernadero que se origina, por ejemplo, en la agricultura y la ganadería. Si realmente actuaran así, golpearían a la poderosa agroindustria de esos países. Pero firmaron ese acuerdo en Glasgow porque no impone medidas para garantizar su cumplimiento. Son sólo declaraciones de intenciones que sirven para la publicidad y para calmar las demandas de los ciudadanos, pero no garantizan una reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Todos los gobiernos son responsables. Es cierto que algunos son más responsables que otros, pero en este momento, todos tienen algunas responsabilidades. Por otro lado, los países industrializados evitan asumirlas en todos sus aspectos, especialmente en la ayuda financiera. Pero al mismo tiempo, muchas naciones del Sur aprovechan su baja proporción de emisiones de gases de efecto invernadero para seguir contaminando y continuar exportando combustibles fósiles, como es el caso de Colombia, Bolivia y Venezuela. O utilizan la excusa de la necesidad de desarrollarse para ser aún más contaminantes, como India y México.

Así llegamos al documento final firmado por todos los gobiernos, el Pacto de Glasgow, en el que reconocen que el objetivo debe ser reducir las emisiones de CO2 en un 45% para 2030, y a cero para 2050. Pero en el mismo pacto, unos párrafos después, confiesan que las acciones de los gobiernos no conducen a estas reducciones, sino que actúan en sentido contrario, aumentando los gases de efecto invernadero en un 13,7% para 2030.

Esto hace que el documento firmado en Glasgow sea llamativo porque es una confesión escrita de su fracaso. Y no pasa nada. No hay ningún cataclismo político, ningún ministro de medio ambiente ha dimitido. Gran parte de la prensa internacional ni siquiera entiende el contenido de este pacto, y hay organizaciones que incluso lo han apoyado. Esto es necropolítica. El Pacto de Glasgow muestra claramente que la naturaleza y las personas pueden morir.

– ¿La situación política de los distintos países permite afrontar esta crisis? Por ejemplo, los cambios de gobierno en Ecuador y Perú, o las recientes elecciones legislativas en Argentina y presidenciales en Chile, ¿ofrecen oportunidades o son retrocesos?

Por un lado, hay muchos cambios en marcha, pero por otro lado hay que tener cuidado en el análisis para no caer en simplificaciones. En Ecuador, el banquero Guillermo Lasso ganó la presidencia, aplicando un programa muy conservador. Sin embargo, sigue activo el progresismo, que tiene similitudes con la agenda política del «lulismo» en Brasil y que en Ecuador se inspira en Rafael Correa. Pero al mismo tiempo, hay una renovación de la izquierda que busca dejar atrás las limitaciones progresistas y explora una plataforma comunitaria, territorial, ambientalista, feminista e indígena, liderada por Yaku Pérez. –

Se dice que Perú ha girado hacia lo que algunos llaman progresismo o izquierda, tras la victoria del profesor Pedro Castillo. Pero, de hecho, el progresismo retrocedió mucho, ya que el partido Nuevo Perú, liderado por Verónika Mendoza, perdió buena parte de sus votantes. La renovación del ala izquierda del Frente Amplio, con Marco Arana, se redujo aún más. Perú Libre, el partido que llevó a Castillo como candidato presidencial, defiende un programa dogmático del siglo pasado, ideológicamente anterior al progresismo, e incluso se ha distanciado del gobierno.

Por lo tanto, se puede ver que los sectores conservadores mantienen una presencia y un poder en estos países. Esto alimenta la necropolítica y, a medida que se extiende, refuerza aún más el conservadurismo.

Algo similar ocurrió con la renovación legislativa argentina, donde el progresismo que corresponde al actual presidente Alberto Fernández y a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner ha retrocedido. Los partidos clásicos de izquierda han aumentado su presencia, pero los sectores conservadores vinculados a la anterior presidencia de Mauricio Macri han aumentado aún más. No sólo eso, también ha surgido una extrema derecha, similar a la bolsonarista, que ha ganado votos para entrar en el congreso.

El miedo ante la extrema derecha es aún más evidente en las elecciones de Chile. El candidato de extrema derecha, José Antonio Kast, obtuvo la mayoría en la primera vuelta para presidente. Pero lo más alarmante es que la derecha controlará la mitad del Senado y, en la práctica, también la Cámara de Diputados.

Este resultado sorprendió a muchos, porque desde el estallido social de finales de 2019, todo indicaba un giro a la izquierda. Además, en la elección de los miembros de la Convención Constituyente, el progresismo obtuvo una buena votación, pero aún más esperanzadora fue la elección de muchos miembros que representaban una renovación de la izquierda más allá del progresismo. Entre ellos se encontraban reconocidos activistas territoriales, indígenas, ecologistas y feministas. El segundo puesto en la carrera presidencial fue para el candidato de centro-izquierda, Gabriel Boric, procedente del progresismo. Se genera una situación muy tensa, ya que nadie quiere un presidente de extrema derecha, pero al mismo tiempo Boric representa un progresismo que la renovación de la izquierda desea dejar atrás.

En resumen, se puede decir que estamos viendo diferentes tensiones entre al menos tres perspectivas. Hay corrientes de derecha, que pueden ser más moderadas, como en Uruguay, o extremistas, como Bolsonaro y Kast. Ahí se alimenta la necropolítica. Los progresistas gobiernan en Argentina y Bolivia, pero su actuación es aún más criticada, sin avanzar en una renovación de ideas, como ocurriría también en Perú y Chile.

En la dimensión política, siguen atascados con el caudillismo, en la dimensión económica, con el extractivismo, y todavía hay obstáculos, según el caso, con demandas como las feministas, indigenistas y ambientales.

Por lo tanto, no son antídotos eficaces contra la necropolítica.

Por último, se mantienen los intentos de renovar una izquierda plural decolonial y, por tanto, intercultural, ecologista y, de esta manera, postextractivista, feminista y democrática. Son alternativas que trascienden el progresismo, que se enfrentan a la necropolítica, y su avance más reciente se ha producido en Ecuador y Chile, pero ha retrocedido en Perú y es marginal en países como Brasil y Argentina.

– En la última entrevista que nos concedió, dijo que las «alternativas» para América Latina «van más allá del desarrollo capitalista, y para ello contamos con la inspiración del Buen Vivir». En la práctica, ¿qué significa eso en tiempos de necropolítica?

En concreto, el punto en común de estas renovaciones de la izquierda es que tienen componentes que se corresponden con el Buen Vivir. Son de izquierdas porque defienden, por ejemplo, la justicia social y rechazan las aventuras de la derecha y la extrema derecha. Pero también reconocen las limitaciones de progresismos como los de Lula da Silva, con su «nuevo desarrollo». De este modo, el Buen Vivir y otras propuestas similares son alternativas al desarrollo en todas sus variedades. Aparecen de vez en cuando, y el ejemplo más llamativo se da en la Convención Constituyente de Chile. Allí, la comisión de medio ambiente se llama incluso «derechos de la naturaleza y modelo económico». Esto deja claro que apuntan a los derechos de la Naturaleza, que es un componente crucial del Buen Vivir y que, a su vez, corresponde a un cambio en la forma de entender el valor y, por tanto, la asociación con los modelos económicos.

Por lo tanto, no se trata de una discusión filosófica, sino de una izquierda que quiere repensar todas las estrategias económicas desde otros puntos de partida. Los componentes pueden ser muy concretos, como nuevos procedimientos de evaluación de costes y beneficios, herramientas para hacer valoraciones explícitas que no sean utilitarias, otra organización del gasto estatal e incluso propuestas alternativas de integración entre países.

Estos son los antídotos contra la necropolítica. Necesitamos una reconstrucción de la política que proteja la vida, que considere inaceptable que las personas mueran y también la Naturaleza. Este es precisamente el mandato de la Buena Vida. Y, por así decirlo, una política de la vida que parte de la valoración de la vida, no sólo por su utilidad, sino también por su belleza, sus historias e incluso por sus propiedades intrínsecas. Este aprecio alimenta el compromiso moral de defenderla. La política de la vida en la Buena Vida está en la forma en que la practicamos.

Entrevista por Patricia Fachin y Wagner Fernandez de Azevedo, traducida por CEPAT, al portugués, publicada en Revista IHU (Unisinos), 1 diciembre 2021 –  aquí…

Traducción del original en portugués al español por  Correspondencia de Prensa, y publicado en su sitio el 2 diciembre 2021,  aquí…

13 diciembre 2021

Publicado originalmente en Acción y Reacción

Publicado enMedio Ambiente
El hambre aumenta en el mundo y los niños pagan el precio más alto

Un efecto de la pandemia según la ONU

La pandemia ha aumentado notablemente el hambre en el mundo, mucho más que en las décadas precedentes, especialmente en los niños que están pagando el precio más alto. De acuerdo al reciente Estado de la Seguridad Alimentaria y Nutricional 2021 realizado por varios organismos de Naciones Unidas - UNICEF (Fondo de Naciones Unidas para la Infancia), FAO (Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), FIDA (Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola), OMS (Organización Mundial de la Salud) y PAM (Programa Mundial de Alimentos) -, en 2020 unos 811 millones de personas, la décima parte de la población mundial, padecieron subalimentación. Las mujeres sufrieron en este período una tasa de inseguridad alimentaria del 10% más alta que los hombres, frente al 6% de 2019.

Son Asia y África las regiones más afectadas pero también América Latina. En Asia las personas desnutridas en 2020 fueron 418 millones (57 millones más que en 2019), 282 millones en África (46 millones más que en 2019) y casi 60 millones en América Latina (14 millones más que en 2019), especialmente en países como Haití, Guatemala, Honduras, El Salvador y Venezuela. Pero también se verificó un aumento de casos de subalimentación en varios países de Europa, entre ellos Italia.

Los niños pagan el precio más alto

La covid está amenazando los progresos que se habían logrado en relación a los niños a nivel de pobreza, salud, educación, nutrición, protección y bienestar mental. “A dos años de la pandemia, el impacto continúa a agravarse, aumentando la pobreza, radicalizando las desigualdades y amenazando los derechos de los niños en un modo jamás visto”, dijo el estudio de Unicef que calificó a esta situación como la peor que se haya verificado en los 75 años de existencia de Unicef. Se trata en particular de unos 60 millones de niños que se encuentran en familias con un nivel económico inferior respecto a antes de la pandemia.

Pero los datos alarmantes no terminan aquí. Otro elemento que agrava la situación de los niños es que se ha aumentado el trabajo de menores en un 8,4% llegando a 160 millones de niños en los últimos 4 años. Y, hasta fines de 2022, otros 9 millones arriesgan ser obligados al trabajar a causa de la pobreza aumentada por la pandemia, dice Unicef.

Sobre la situación de pobreza que viven los niños del mundo influyen también otros dos factores que preocupan notablemente a los organismos de Naciones Unidas: las guerras y conflictos y el cambio climático. A nivel global, 426 millones de niños - casi uno de cada cinco - viven en zonas en las que los conflictos son cada vez más graves y recaen pesantemente sobre los civiles, buena parte en África pero no sólo allí. Por otra parte, casi mil millones de niños – casi la mitad de la población infantil del mundo – sufren los efectos del cambio climático que aumenta el hambre en general al difundir la desertificación y otros efectos que arruinan la agricultura y la sobrevivencia. Y muchas familias deciden cambiar de residencia o de país a causa de esto, generando también inseguridad en todos sus miembros.

“En una época de pandemia global, de conflictos crecientes y ante el empeoramiento del cambio climático, hoy más que nunca es fundamental buscar soluciones concentradas en los niños. Mientras trabajamos con gobiernos, donadores y otras organizaciones para diseñar un programa para los próximos 75 años, debemos tener presente a los niños en primer lugar para las inversiones y al último para los recortes que se hagan”, dijo la directora de Unicef Internacional Henrietta Fore.

En Italia

Al parecer en América del Norte y Europa, las dos regiones con las más bajas tasas de inseguridad alimentaria en general, la pandemia aumentó también el número de casos de subalimentados. Según la Oficina del Censo de Estados Unidos, sobre 330 millones de habitantes, unos 37,2 millones estaban en situación de pobreza en 2020, lo que significó un aumento de 3,3 millones respecto al año anterior.

En Italia, los últimos datos del instituto de estadísticas ISTAT revelaron que sobre casi 60 millones de habitantes, más de 5,6 millones de personas viven en condiciones de “pobreza absoluta”, es decir no están en condiciones de conseguir necesario para su sobrevivencia como alimentos y bienes y servicios (ropa, medicinas, libros para la escuela, etc). De estos 5,6 millones, 1.127.000 son jóvenes de 18 a 34 años. Miles de niños y adolescentes que pertenecen a estas familias en dificultad, tienen al menos la suerte de poder gozar de un almuerzo en las escuela a las que asisten.

El aumento de los pobres en Italia fue denunciado por organizaciones de solidaridad internacional como la muy respetada organización católica Comunidad de San Egidio. Según el presidente de San Egidio, Marco Impagliazzo, “Los nuevos pobres de covid son familias con niños y dinero insuficiente como para satisfacer las necesidades elementales. Se trata de unos dos millones de familias, de las cuales 1,3 millones de personas son niños menores de edad”, dijo Impagliazzo agregando que muchos de estas familias han perdido el trabajo o han pasado de una situación de trabajo precario a condiciones super precarias, a lo que se agrega el aumento de los precios de los alimentos.

En América Latina

Unos 59,7 millones de latinoamericanos y caribeños sufrieron hambre en 2020, 13,8 millones más que el año precedente, según el informe de las agencias de Naciones Unidas sobre la seguridad alimentaria. El estudio también precisó que un 41% de la población en general se encuentra en inseguridad alimentaria mientras aumenta el sobrepeso y la obesidad de forma alarmante. Buena parte de este aumento tiene que ver con el impacto de la pandemia de COVID-19, que redujo los ingresos de millones de personas en la región. Sin embargo, ésta no es la única razón, ya que las cifras de hambre en la región llevan seis años consecutivos de crecimiento.

Los datos muestran que entre 2019 y 2020, en América Central 19 millones de personas sufrieron hambre. En el Caribe lo padecieron siete millones de personas, y en América del Sur 33,7 millones de personas. Pero Sudamérica fue la región donde más creció la inseguridad alimentaria: un 20,5% entre 2014 y 2020. Las mujeres latinoamericanas por otra parte, como en el resto del mundo, en 2020 sufrieron más que los hombres la inseguridad alimentaria moderada o grave: el 41,8% fueron mujeres, el 32,2 hombres.

Según las agencias de las Naciones Unidas, que hicieron varias propuestas a los gobiernos, es necesario que cada país tome medidas inmediatas para detener el aumento del hambre, de la inseguridad alimentaria y de la malnutrición en todas sus formas. Y para esto los gobiernos deben actuar rápidamente transformando sus sistemas agroalimentarios, haciéndolos más eficientes, inclusivos y sostenibles, y así poder proporcionar dietas saludables para todos.

14 de diciembre de 2021

Publicado enInternacional
Sábado, 11 Diciembre 2021 05:50

Ventana al virus: las formas que no vemos

Ventana al virus: las formas que no vemos

¿Quién escribirá la novela de la pandemia?, se pregunta el autor en este ensayo en el que recorre los meses de confinamiento, espera y virus a través de una cantidad de imágenes tomadas de la literatura universal y de sus propias vivencias. Finalmente, como él mismo dice, el género humano no sobrevive en silencio; lo primero que hacemos al sortear un cataclismo es comentarlo. 

Nunca sabremos en qué momento la palabra pasó al arte. De pronto, en torno de una fogata, se concibieron historias. Una de ellas conservó el nombre de Odisea. Su tema no ha sido superado. ¿Hay mayor angustia que la dificultad de volver a casa? Salir al mundo ayuda a entender el peso del retorno; el destino mejora con los esfuerzos para obtenerlo; por ello, en su poema «Ítaca», Constantino Cavafis pide «que el camino sea largo».

La crisis del coronavirus nos replegó a las habitaciones en las que no siempre queremos estar y adquirió la condición de una Odisea inmóvil. Sin mediación alguna, el punto de partida se transformó en punto de llegada. Estábamos donde teníamos que estar, pero eso representaba un tránsito hacia ninguna parte. Ya en el siglo xvii, Pascal había advertido que la tragedia de un hombre comienza cuando no puede estar solo en su cuarto. Nadie había hecho planes para el encierro, y no es fácil que una nación gregaria como la mexicana, donde lo importante ocurre en compañía, acepte que la ayuda consiste en ocultarse. El aislamiento, sinónimo del purgatorio, se transformó en mérito ciudadano.

Un título de Samanta Schweblin adquirió nuevo significado: Distancia de rescate. La escritora argentina se refiere a la proximidad necesaria para salvar a alguien. En la pandemia, la distancia útil fue el alejamiento. En ese ámbito, empezamos a buscar ventanas. Nos asomamos de otro modo a la calle, subimos a las azoteas y vimos el horizonte rayado por antenas de televisión. Esta actividad se complementó con otra para ganar profundidad de campo. Tiempo de pantallas encendidas. Algunos volvimos a un objeto que se abre al modo de una puerta, el libro en papel. Kafka soñaba con ser un chino que vuelve a casa. En esta variante, Ulises es un extraño que regresa a un sitio común. Si Kafka hubiera sido chino, seguramente habría imaginado a un checo que vuelve a casa. Varados en nuestro cuarto, concebimos otros cuartos. A partir de marzo de 2020, el horizonte fueron las paredes. Sin pasar por los predicamentos del rey griego, asumíamos la difícil tarea de regresar.

Leer, abrir ventanas

En 1348 Italia fue devastada por la peste negra. Testigo de la tragedia, Boccaccio señaló que el contagio había golpeado «distintas partes del Oriente, donde hizo perecer a muchísimos habitantes», y se extendió hasta llegar a Florencia, la desdichada ciudad donde él vivía:

Contra ella fracasaron todos los esfuerzos de la previsión humana; ni los oficiales encargados de sanear la ciudad, ni la prohibición de que se permitiera la entrada a ningún apestado, ni las más prudentes precauciones, así como tampoco las más humildes plegarias dirigidas todos los días a Dios por las personas piadosas, fuera en las procesiones organizadas a tal fin o de otra manera cualquiera, pudieron impedir que en los primeros días del año comenzara a hacer los mayores daños.

Boccaccio tenía entonces 35 años. Escritor autodidacta, dominaba la versificación sin ser un auténtico poeta; además, no podía compararse con las inimitables figuras de su siglo: Dante y Petrarca. La mayor parte del tiempo se le iba en conquistas amorosas. Hijo natural, fue enviado por su padre a Nápoles para que no incomodara a su madrastra. Acaso por ello, siguió la ruta de otros célebres donjuanes, buscando en un sinfín de mujeres a la que nunca conoció. Al ver cadáveres en las calles y cerdos que morían por lamer sus vendas, decidió ser fiel a su época. Repudió las rimas eruditas, tuvo urgencia de ser comprendido y acudió a la forma más alta de la expresión vulgar: la prosa. En 1353 concluyó el Decamerón.

La trama se ubica en Florencia durante la peste. Siete mujeres, que oscilan entre los 18 y los 28 años, se reúnen en la iglesia de Santa María Novella. Llevan luto por la pérdida de sus familiares. Una de ellas propone que en vez de sumirse en el dolor o en vanos placeres, recuperen el gusto por la vida en un refugio campestre. Tres jóvenes entran a la iglesia y las chicas los invitan a la más productiva tertulia de la literatura. Durante diez días los convidados cuentan cien historias sobre el triunfo del deseo. El macabro entorno es refutado por tramas de lúbrica comicidad, donde nadie se arrepiente y donde el pecado es una forma del ingenio. Frailes, marqueses, abadesas, presbíteros y mujeres casadas buscan una atrevida felicidad erótica. En una era de cuerpos enfermos, Boccaccio exalta el organismo. No le importa que una boca estornude; le importa que bese. Los personajes pertenecen a una sociedad hipócrita en la que para ser sincero hay que hacer trampa. De acuerdo con Salvador Novo, «pretenden imponer una conciencia moral fundada en la improcedencia de las inhibiciones». Hijo ilegítimo, Boccaccio quiso normalizar estigmas. Novo advirtió su «deseo latente de hacer reconocer a todo el mundo la pureza del adulterio, del que fue producto lato, e instaurar el amor libre como prueba de que su presencia en el mundo no era espuria».

En su condición de católico practicante, Boccaccio conoció a la primera de sus musas en la iglesia (también Petrarca vio a Laura ante un altar). Al concluir el Decamerón, hizo algo que sus personajes jamás harían: se arrepintió y pidió consejo al poeta admirado. Petrarca lo instó a publicar los cuentos, aunque años después diría que se trataba de «un libro juvenil, escrito en prosa para uso del pueblo». A diferencia de Dante, Boccaccio hace que el Infierno y el Paraíso estén en la tierra. Juzga que la epidemia pueda ser una maldición divina, pero revela la condición humana en ausencia de Dios. En 1348, diez personajes se reunieron en un jardín de Italia. Al mediodía buscaban la sombra para contar historias: cada palabra alargaba la vida. Esa inspirada reclusión daría otro nombre a los tiempos de la peste: Renacimiento.

Biopolítica

Cuando un Estado entra en crisis, se multiplican las metáforas bélicas, límite y derrota de la imaginación social. En 2020, varios gobiernos cedieron a la tentación de referirse al covid-19 en términos militares, recurso inútil, pues el frente era ilocalizable, el enemigo avanzaba sin ser visto y la defensa consistía en evitar el acontecimiento. Esa narrativa vacía dominaba al grueso de la población. Los sucesos pasaban en islas alejadas: los hospitales. ¿Es posible contar una «épica de la inacción»? El personal sanitario y los infectados vivían un drama concreto mientras la inmensa mayoría respiraba en puntos suspensivos.

Los gobiernos normalizan el estado de excepción apelando al bien común. El filósofo Paul B. Preciado distinguió dos métodos de combate a la epidemia: el aislamiento físico (Francia, Italia, España) y las pruebas para distinguir contagiados (Corea del Sur, Taiwán, Singapur). Ambas estrategias obligaban a recordar el término de «biopolítica» usado por Michel Foucault para señalar que el objetivo último del poder es el cuerpo. La moderna supervisión biopolítica anuncia la llegada de ciudadanos inmateriales, progresivamente desprovistos de la capacidad de elegir e interactuar con los demás. De acuerdo con Preciado, en la pandemia, el ciudadano

no intercambia bienes físicos ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua. No habla en directo, deja un mensaje de voz. No se reúne ni se colectiviza. Es radicalmente individuo. No tiene rostro, tiene máscara. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie indefinida de mediaciones semio-técnicas, una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la máscara de la dirección de correo electrónico, la máscara de la cuenta Facebook, la máscara de Instagram. No es un agente físico, sino un consumidor digital, un teleproductor, es un código, un píxel, una cuenta bancaria, una puerta con un nombre, un domicilio al que Amazon puede enviar sus pedidos.

Toda epidemia describe el país donde ocurre. En México la principal peste es el hambre. De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), cuatro de cada diez mexicanos viven en la pobreza. Para ellos, las posibilidades de morir por no salir a la calle superan a las de sobrevivir por quedarse en casa. Además, nuestro espacio doméstico es una zona de alto riesgo. En The Washington Post, Laura Castellanos abordó la «dimensión oculta» de la pandemia. Del 28 de febrero al 13 de abril de 2020, cien mujeres murieron por coronavirus y 367 por violencia de género; hubo 40.910 llamadas de emergencia al número 911 (la mayor cantidad desde 2016), y se abrieron 33.645 carpetas de investigación: 23,3 denuncias por hora. Un problema estructural se agudizó con el encierro. Por otra parte, también aumentó la disposición a denunciar. El imprescindible hashtag #QuédateEnCasa parecía reclamar otro igualmente urgente: #¿ConQuién?

El coronavirus mostró un mundo interconectado pero desunido. Preciado señala que «comunidad» comparte una partícula etimológica con «inmunidad»: munus, tributo. La comunidad comparte los tributos; la inmunidad prescinde de ellos. El cuerpo social solo será inmune en comunidad. La paradoja del otro: nuestra salud depende de aliviar su malestar. La biopolítica responde, en última instancia, a un criterio económico. En 2021, la vacunación nos convirtió en portadores de marcas. Del mismo modo en que Coca-Cola se vende en una cadena de cines y Pepsi en otra, Pfizer permite circular por ciertos países y Sputnik por otros. Recibí la primera vacuna y mi esposa la segunda. El mundo nos ofrecía rutas diferentes. Mientras el cuerpo se mercantiliza, los gobiernos anuncian recortes a la cultura en nombre de la economía. Y, sin embargo, el tedio del encierro confirmó que la cultura es un remedio ancestral: desde hace siglos, el esfuerzo de lavar la ropa se supera cantando.

Churchill aseguraba que Gran Bretaña ganó la guerra por no cerrar los teatros. Un pueblo que representa Hamlet durante los bombardeos no puede ser vencido. La contradictoria y carismática figura del legendario bulldog inglés no dejará de inspirar películas y series de televisión. Su afición a la pintura y la literatura fue vista como una extravagancia similar a su ingesta de puros y whisky, y tuvo repercusiones imprevistas (el nombre de la banda de jazz-rock Blood Sweat and Tears [Sangre, Sudor y Lágrimas] surgió del más inflamado de sus discursos y la Academia sueca perfeccionó su lista de errores al concederle el Premio Nobel de Literatura). Más allá de las circunstancias de su vida, conviene rescatar una de sus convicciones: la política carece de sentido al margen del arte. En una carta al ministro de Cultura de España, el director de teatro Lluís Pasqual recordó una frase de Churchill: «Si sacrificamos nuestra cultura… ¿alguien me puede explicar para qué hacemos la guerra?».

En tiempos en que nadie es capaz de una tribuna parlamentaria con el ánimo de Churchill, por no decir con su retórica, el confinamiento se superó con la imaginación ciudadana. Para salir del presidio mental, se compartieron tuits, poemas, canciones, llamadas telefónicas, sesiones en Zoom, sueños y series de televisión. Los artistas regalaron en línea obras de teatro, películas, libros, conciertos. La especie resistió gracias a formas de representación de la realidad eliminadas de los presupuestos públicos como una parte prescindible de la realidad.

En un capítulo de Los hermanos Karamázov, «El gran inquisidor», Dostoyevski reflexiona sobre el eterno dilema de las prioridades humanas. Iván, el hermano intelectual, cuenta una parábola a Aliosha, el hermano religioso. En el siglo xvi, un viejo inquisidor sevillano encuentra a Cristo y lo arresta porque su regreso pone en entredicho a una Iglesia que se ha apartado de su prédica. El anciano explica al mesías el peor de sus errores. Cuando oyó la voz de Dios en el desierto, pudo haber pedido cualquier cosa. El Padre Eterno le ofreció pan para alimentar a la humanidad entera; eso le hubiera conferido un poder incontestable. La respuesta de Jesús fue desconcertante: «No solo de pan vive el hombre». ¿A qué se refería? Rehusó ser el proveedor de la gente, su autoridad asistencial, y promovió la libertad aun a riesgo de que se usara en su contra. Ya en la cruz, no pidió un milagro para subir al cielo escoltado por los ángeles. La fe no puede ser impuesta con un truco; debe ser atributo del albedrío.

Los milagros y el reparto del pan son coacciones. Iván presenta la historia como un fracaso del cristianismo (un sacrificio inútil en nombre de la decisión individual); Aliosha lo entiende como un triunfo de la fe sin ataduras. Entre ambos, media otra figura: Dostoyevski sugiere que el pan y la libertad son inseparables. Imaginar que el trigo puede ser horneado y compartirlo son actos culturales. Ponerle precio es otra cosa. En 1929, escribió Federico García Lorca: «No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos claman a gritos». La mitad de nuestra existencia es imaginaria: el pan sabe mejor en libertad.

La civilización comenzó en torno de una fogata. Los gobiernos olvidan que eso sirvió para tres cosas imprescindibles: calentar las manos, preparar comida y contar historias.

La espera

El problema de disponer de mucho tiempo es que no llega el momento de aprovecharlo. Antes de la pandemia, buscábamos ratos que importaban por contraste, arrebatados a la tiranía del horario. El confinamiento cambió las nociones de descanso y día hábil. Siempre estábamos ahí. El trabajo a distancia nos volvió personas disponibles.

Los presos conocen este drama. En su espléndida antología de textos de Ricardo Garibay, Josefina Estrada incluye la crónica «Cárcel». Después del movimiento estudiantil de 1968, el escritor visita a presos políticos en el «Palacio Negro» de Lecumberri que soportan la reclusión con estoicismo y han convertido sus celdas en cubículos de trabajo. Garibay no conocía a Heberto Castillo, pero sintió que continuaban un diálogo de viejos amigos. Dueño de una sonrisa «fácil», «impensada», el anfitrión había renunciado a sus brillantes desempeños como ingeniero y maestro universitario, y se disponía a fundar un nuevo partido político, deseoso de complicarse la vida. Ante esta figura de entusiasmo crónico, Garibay hizo la pregunta decisiva: «¿Qué es lo peor, ingeniero?». El anfitrión dio una cátedra sobre la ingeniería del tiempo:

Lo peor es la relación entre trabajo y tiempo. Se rompe, ¿comprende? Me explico: «afuera» uno se hace de un método, horas diarias, precisas, donde se va acumulando el material, el trabajo: libros, notas, clases, viajes, investigaciones; el tiempo sirve para eso. Aquí el tiempo sirve para esperar, esperar una audiencia determinada, una visita, una noticia, un rumor, una sentencia: eso da y quita sentido al tiempo de la cárcel, porque la espera paraliza, anula los métodos, corrompe los programas. Hay que luchar con todas las fuerzas, vivir como si no se esperara, y no siempre se puede.

Las palabras de Heberto Castillo resumen el predicamento de vivir entre paréntesis, aguardando una noticia, un rumor que acabe con la pausa. Martín Caparrós escribió con ironía que la tierra volvió a ser plana: solo la vemos en la pantalla. También recordó la renovada pertinencia de la dedicatoria de Zama, novela de Antonio di Benedetto: «A las víctimas de la espera». Fiel a su estética, ese libro aguardó a sus lectores durante años. La historia se ubica en el siglo xviii. Un funcionario de la Corona española es enviado a una lejana frontera rural y anhela ser trasladado a Buenos Aires. No hace otra cosa que esperar: «Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera, y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí. Siempre se espera más».

En 1956, cuando apareció la novela, el destino de Diego de Zama fue visto como el de un existencialista del siglo xviii. Condenado a la posposición, no tiene recompensa cierta, pero mantiene el resistente ejercicio de aguardar. Su desilusionada entereza no es la de un desencantado, sino la de alguien que persiste.

La historia cultural de la paciencia tiene antecedentes que dependen más de la lectura que de la escritura. Quien se adentra en un libro es, necesariamente, un esperanzado. El infinito acervo de la Biblia ofrece anécdotas que los exégetas convierten en parábolas. Erri De Luca, poeta italiano, activista ecológico, montañista y traductor del hebreo, ha dedicado un hermoso libro a un pasaje del Génesis: Vita di Noè/Nòah. Sus reflexiones aprovechan los recursos detectivescos de las etimologías, comenzando por el nombre del protagonista, Nòah, que en hebreo antiguo remite al verbo «reposar». Horrorizado ante la violencia y la corrupción de los seres humanos, Dios no solo elige a un hombre justo para reiniciar la especie humana, sino a alguien que sabe esperar. Las cosmogonías ofrecen estadísticas desaforadas. De acuerdo con el relato bíblico, Noé vive 950 años. Se podría decir que a alguien de tan garantizada longevidad no le queda más remedio que ser paciente, pero no hay que minimizar las pruebas que enfrentó.

El diluvio es el arrepentimiento de Yahvé ante su creación inicial. Noé recibe instrucciones precisas para construir la embarcación (sin popa, con tres pisos, etc.). De Luca destaca un detalle esencial: la nave carece de timón, «está hecha para flotar, no para navegar». A bordo, no hay mayor recurso náutico que la fe.

El marino accidental se embarca con su esposa, sus tres hijos y sus parejas, y con ejemplares macho y hembra de todos los animales. Durante 40 días y 40 noches llueve sin cesar. Durante esa cuarentena primordial los demás seres vivos son aniquilados. Después del diluvio, el viento sopla de otro modo. Durante 150 días las aguas bajan de nivel. Al mes décimo, las cumbres de los montes vuelven a ser vistas. Pasan otros 40 días y Noé suelta un cuervo que revolotea en torno del barco. Siete días después suelta una paloma que no encuentra dónde posarse y regresa al navío. Noé se comporta como un relojero místico: no conduce la nave, mide el paso de los días. «Se atiene al intervalo temporal de la creación; sabe que está ante el segundo nacimiento del mundo», escribe De Luca.

Noé aguarda otra semana para volver a enviar la paloma, que ahora regresa con una rama de olivo, señal de que la tierra está cerca. Todo parece resuelto, pero el protagonista decide esperar una semana más. Esos últimos siete días confirman su naturaleza. El poeta italiano Paolo Vachino observa que vuelve a la vida «no a través del excitado desenfreno de la supervivencia, sino con la serenidad del hombre en cuyo nombre está inscrito el reposo».

Ya en tierra, Noé sigue atento a la cronología: planta una viña, reloj vegetal. La siembra, la cosecha, la fermentación y el añejamiento son los nuevos plazos de su espera. Hace vino para beber el tiempo. Hombre al fin, se emborracha y sus hijos lo encuentran desnudo. Antes de salir de escena maldice a los herederos de su estirpe. Noé aceptó la difícil espera que le fue impuesta. Lo más importante fue que se asignó a sí mismo una semana adicional para aquilatar la nueva vida desde el reposo: «deja que el mundo respire siete días más, ahorrándole la presencia de las mujeres y los hombres», comenta Vachino. Años después, en su viñedo, descubrirá la maravilla y el peligro de ser dueño del tiempo.En el siglo xviii, Lichtenberg consideró, con irrenunciable optimismo, que toda felicidad comienza con su anticipación (esperarla es parte de la dicha) y en el xx, los personajes de Beckett entendieron en Esperando a Godot que la existencia es una broma donde se aguarda lo que no llega. La pandemia obligó a repasar los contradictorios trabajos de Cronos. El virus no podía ser visto, carecía de lugar, pero marcaba el tiempo. Las ventanas, las páginas y las pantallas perdieron su condición de sitios y se convirtieron en transcursos, alternos devenires, hechos de otros minutos, otras horas.

El trompetista

En marzo de 2020, el cielo provocó declaraciones de un enclave tecnológico que a menudo se consulta con fines esotéricos: la nasa. Para paliar el encierro, la gente salía al balcón con deseos de amplitud. Sin embargo, el pacífico afán de ver nubes deparó una sorpresa. Allá arriba sonaba una trompeta. Como no estábamos para bromas, el ruido parecía anunciar el fin del mundo.

La educación católica ofrece un condensado de malas noticias. Entre las truculencias de esa pedagogía, destacan el Apocalipsis y los siete ángeles trompetistas que prometen calamidades. Ante el rumor en las alturas, numerosas personas consultaron inútilmente al Vaticano y tuvieron que pedir una segunda opinión a la nasa. La institución aeronáutica explicó que el ruido no se debía a seres sobrenaturales. El cielo confirmaba lo que siempre ha sido: un instrumento de viento. El aire caliente había chocado con el frío, produciendo un «cielomoto», lo cual sucede con frecuencia pero es opacado por los motores que vibran en las ciudades. Gracias al silencio, nos acordamos de los ángeles.

El invento de la trompeta se remonta al año 1500 a.C. y se atribuye a un faraón cuyo nombre anticipaba cómo debía sonar: Tut. Durante milenios, sirvió para hacer llamadas de larga distancia. Sus notas limitadas y su timbre poderoso se prestaban para dar órdenes inconfundibles. Ningún otro instrumento ha sido tan informativo.

En las bandas de guerra, el corneta toca música, pero su principal misión es impartir instrucciones para despertar a la tropa, izar una bandera o lanzar una carga de caballería. En el elenco bíblico, el arcángel Gabriel ocupa un cargo semejante, sirviéndose de su trompeta para despertar almas dormidas. Desde que los siete sacerdotes elegidos por Josué soplaron cuernos de carnero para derribar las murallas de Jericó, se espera que las trompetas produzcan sacudidas. Algunas ocurrieron en el jazz gracias a Louis Armstrong, Miles Davis y otros virtuosos que reventaron sus labios en favor de los pulmones. Igor Stravinski y Olivier Messiaen compusieron para la trompeta y mi generación se emocionó con las fanfarrias de Carlos Jiménez Mabarak que anunciaban la entrega de medallas en la Olimpiada de México 68. Aun así, el trompetista goza de rara reputación. Dispone de una herramienta que ha liberado tribus, ganado batallas y prometido el cielo, y al mismo tiempo carece de la sofisticada aura del clarinetista. García Márquez escribió la crónica de un muchacho que se atrevió a decirles a sus padres que deseaba ganarse la vida soplando: «Ahora nacía un descastado. Una especie de Caín parroquial que pretendía deshonrar los ídolos familiares con el estridente cobre de una trompeta».

México encontró el modo de emplear trompetas en el mariachi, que empezó como música de cuerdas y luego se convirtió en el estruendo que altera cualquier reunión. Su repertorio incluye «El niño perdido», pieza en la que el trompetista debe alejarse de sus compañeros. Corre el rumor de que algunos músicos no vuelven al grupo y vagan por las ciudades como arcángeles fugados. Uno de ellos llegó a mi calle. En dos años, sus notas destempladas no han dejado de sonar. Una y otra vez, toca «Historia de un amor». Mientras la epidemia se cierne sobre México la melodía dice: «Ya no estás más a mi lado, corazón / En el alma solo tengo soledad…». Es la historia de un amor como no habrá otro igual. «Ay que vida tan oscura / Sin tu amor no viviré», clama la trompeta, que se inventó en el Egipto de las plagas y se afianzó en un país donde la supervivencia depende del corazón.

La mermelada del profeta

Así como la metafísica no tiene sentido sin la física, los perfumes incluyen ingredientes apestosos. El inasible Miguel de Nostradamus nació en 1503, en Provenza. Un acontecimiento definió su sino: la peste. Ante un mago de tal calibre hay más conjeturas que certezas. Alberto Savinio procuró interpretarlo sin acudir al ocultismo. Hermano de Giorgio de Chirico, Savinio fue escritor, músico, comediógrafo y pintor. Artista minoritario, casi secreto, apreciaba la erudición de los iniciados. No es casual que se interesara en el «Doctor Nuestraseñora».Nacido en el seno de una familia de ascendencia judía e italiana, Nostradamus se aficionó desde niño a las preguntas sin respuesta. En su juventud practicó la astrología y la astronomía, entonces inseparables. Concibió ideas sobre la redondez de la Tierra hasta que su padre le advirtió que eso podía llevarlo a la hoguera. Aceptó que la Tierra era plana y profesó la fe católica. Estudió Medicina en Montpellier, donde los estudiantes podían desalojar a los vecinos ruidosos que impedían leer. En las clases de Anatomía conoció una superficie más interesante que el cielo: la piel de las mujeres. Casto hasta el prejuicio, idealizó la epidermis femenina y preparó sublimados para protegerla. «La iridiscente gama de los maquillajes nace de sus manos», escribe Savinio: «como un arco iris capturado y puesto al servicio de la cosmética. Su cráneo es el lecho del Instituto de Belleza. ¿Qué sería de Elizabeth Arden, de Helena Rubinstein, del mismísimo gran Antoine, sin las enseñanzas de Miguel de Nostradamus?».

Su habilidad para la farmacopea lo llevó a confeccionar mermeladas y gelatinas para que la fragancia de los frutos tonificara el cuerpo. El gran cambio llegó con un flagelo que era representado como una «bestia selvática», una criatura con alas de murciélago que sostenía una antorcha de la que salía humo amarillo. La peste se había apoderado de Europa. No se trataba de un nuevo adversario; entre el año 1000 y 1400 se habían registrado 32 epidemias de ese tipo. Nostradamus se interesó tanto en el mal que decidió seguirlo a las ciudades donde actuaba con cruel capricho. Quienes no morían eran víctimas de otro virus: el frenesí erótico. Los médicos usaban la «escafandra de la peste», con lentes protectores y esponjas en la nariz. Además masticaban ajo. Autor de un Tratado de los afeites, Nostradamus concibió otro remedio, una receta aromática con clavel, aloe, cañas doradas y rosas recogidas antes del rocío. De acuerdo con la leyenda, quienes tomaron ese específico sobrevivieron al mal. La fama del doctor aumentó en forma desmedida. Fue agasajado en banquetes hasta que conoció la más paralizante de las amenazas: la Felicidad, encarnada en una mujer que respondía a sus sueños de cosmetólogo. El misántropo que hacía el bien se encontró ante la posibilidad de disfrutar la vida sin tener que solucionarla. Había ayudado a erradicar la peste, tenía celebridad, amor y fortuna. Pronto llegarían dos hijos hermosos. ¿Qué hace alguien que lo tiene todo pero no deja de pensar? La parte diurna del doctor cedió espacio a su parte nocturna. El taller de las compotas se convirtió en el santuario de un mago.

Abrumado por la dicha, comenzó a tener «crisis de clarividencia». Vio a un joven fraile en la calle y se arrodilló, llamándolo «Santidad». Tiempo después, ese religioso sería Sixto v. A partir de entonces, se convirtió en profeta. Su mujer y sus hijos murieron sin que él pudiera hacer nada al respecto. «¿Era para este resultado, oh Felicidad, para lo que insististe tanto en ofrecerle tus gracias?», se pregunta Savinio. Nostradamus dejó numerosas profecías para el futuro, la mayoría terribles, ninguna tan enigmática como su vida. Antes de la peste, ofrecía ungüentos, remedios y sabores; sorteó con entereza la epidemia, pero no pudo con el adversario secreto de una mente inquieta: la Felicidad. Rebelde ante la enfermedad, fue vencido por la plenitud. Una enseñanza amarga, digna del contradictorio profeta que preparaba mermeladas.

La novela del virus

Después de dos años de pandemia una pregunta se reitera: ¿quién escribirá la novela de esta época? El género humano no sobrevive en silencio; lo primero que hacemos al sortear un cataclismo es comentarlo. La pregunta sobre la novela del virus se plantea como una urgencia. Todas las épocas tienen ansiedad de presente y piden testimonios. Sin embargo, los testigos más singulares suelen estar en los márgenes, registran los hechos con la distancia de quienes los ven en forma única y tardan en dar respuesta. Lo más importante en la vida de un escritor ocurre antes de los 12 años. La infancia es el laboratorio de la escritura. Los novelistas de la pandemia serán quienes dejaron de ver a sus amigos y recibieron lecciones en una pantalla. Desconocemos sus sentimientos y seguramente ellos no han podido formularlos. Pero los largos meses de vida negada, sin respirar el olor del pasto, sin sentir en los dedos la pegajosa sorpresa de un dulce desconocido, sin padecer la angustia del escarnio o la repentina complicidad de una mirada en el salón de clases, ya gravitan en quienes contarán el porvenir. Por suerte, para todo hay un ejemplo histórico. En 1665, Londres sucumbió a la peste. La mejor crónica de ese tiempo sería escrita por alguien que entonces tenía cinco años. No fue mucho lo que pudo recordar, pero algunas cosas se le grabaron con la retentiva que solo ocurre en la infancia, cuando todas las oportunidades son únicas. El nombre del testigo era Daniel Defoe, y su principal desafío, conseguir golosinas. No es casual que atesorara un detalle en la tienda donde le compraban caramelos: en el mostrador, las monedas se desinfectaban con vinagre. El olfato es un poderoso auxiliar de la memoria. A partir de entonces, todas las ensaladas harían que Defoe recordara el año de la peste.

Denle a un genio de cinco años una moneda que huele a vinagre; denle una vida desesperada y suficiente tiempo y surgirá una obra maestra. En 1722 Daniel Defoe publicó Diario del año de la peste. A mediados de 2021, las monedas comenzaron a escasear en Estados Unidos porque la gente dejó de usarlas para prevenir contagios. Ahora contamos con el gel antibacterial que no existía en tiempos de Defoe, pero también con transacciones digitales que evitan todo contacto. ¿Qué recuerdos traerán esas monedas fugitivas? Los mejores temas literarios suelen venir de una pérdida. La gran novela de la pandemia será escrita por una niña o un niño capaz de recordar lo que ahora le hace falta, alguien que hoy no entiende nada, está harto, dispone de sensaciones que no sabe acomodar. Esas carencias alimentarán los días futuros en que superará todo lo que se dijo en el lejano año de 2021.

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Jueves, 09 Diciembre 2021 05:36

La ONU rechaza la vacunación obligatoria

Una enfermera sostiene un vial de la vacuna Pfizer/BioNTech en Londres, el 5 de diciembre de 2021. — Dinendra Haria / EUROPA PRESS

La alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, ha mantenido que no se puede administrar una vacuna a la fuerza "bajo ninguna circunstancia".

 

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) rechaza la vacunación obligatoria en un momento en el que varios países se plantean imponerla para frenar el avance de la covid. Alemania ya anunció que impondrá la vacunación obligatoria a partir de febrero y Nueva York obligará a los trabajadores de empresas privadas a estar vacunados frente a la covid.

Este martes, la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, ha mantenido que no se puede administrar una vacuna a la fuerza "bajo ninguna circunstancia".

"Los mandatos de las vacunas deben cumplir con los principios de legalidad, necesidad, proporcionalidad y no discriminación. Deben estar previstos por la ley, con las garantías procesales adecuadas, incluido el derecho a solicitar una exención y el derecho a apelar cualquier forma de sanción ante una autoridad imparcial e independiente", ha afirmado Bachelet.

Además, ha apuntado en la necesidad de que la vacuna sea accesible y asequible para la población. "A menos que todas las personas tengan acceso a las vacunas, los requisitos de inmunización no serán compatibles con los derechos humanos", ha añadido.

Bachelet también ha querido incidir en la importancia de que las vacunas lleguen a los países pobres, ante el aumento de casos relacionado por la nueva variante Ómicron. "Ninguno de nosotros está a salvo hasta que todos estemos a salvo. La falta de acceso y distribución universal y equitativa de vacunas en este momento está prolongando la pandemia. Esta pandemia es una gran crisis mundial y requiere una respuesta mundial unida", puntualizó.

08/12/2021 20:37

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Padecen hambre 59.7 millones de personas en AL, alerta la ONU

Crítica situación en términos de seguridad alimentaria en la zona

 

El hambre en América Latina y el Caribe está en su punto más alto desde 2000, después de un aumento de 30 por ciento reigistrado entre 2019 y 2020 en el número de personas que enfrentan inseguridad alimentaria, lo que representa 13.8 millones de habitantes, alertaron ayer varias agencias de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

En un nuevo informe, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, la Organización Panamericana de la Salud, el Programa Mundial de Alimentos y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia muestran cómo "en sólo un año el número de personas que viven con hambre ha crecido en 13.8 millones", para un total de 59.7 millones de personas.

El panorama regional de seguridad alimentaria y nutricional 2021 apunta a que la prevalencia del hambre en el área se ubica actualmente en 9.1 por ciento, la más alta de los últimos 15 años.

Esto se traduce en que cuatro de cada 10 personas en la zona –267 millones– experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave en 2020 –60 millones más que en 2019–, lo que significa un aumento de 9 por ciento, el más pronunciado en relación con otras regiones del mundo. Además, en Sudamérica, la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave aumentó 20.5 por ciento entre 2014 y 2020, mientras en Mesoamérica hubo un aumento de 7.3 puntos durante el mismo periodo.

No obstante, señalan las agencias, la inseguridad alimentaria grave, es decir, personas que se han quedado sin alimentos o han pasado un día o más sin comer, alcanzó 14 por ciento en 2020, lo que supone un total de 92.8 millones, un fuerte incremento en comparación con 2014, cuando afectaba a 47.6 millones.

Dentro de este panorama de inseguridad alimentaria, por otro lado, no se han visto afectados de igual forma hombres y mujeres, ya que en 2020, 41.8 por ciento de las mujeres de la región experimentaron inseguridad alimentaria moderada o grave, en comparación con 32.2 por ciento de los varones. Esta disparidad incluso ha ido en aumento en los últimos seis años.

"Debemos decirlo fuerte y claro: América Latina y el Caribe enfrentan una situación crítica en términos de seguridad alimentaria. Ha habido un aumento de casi 79 por ciento en la cantidad de personas con hambre entre 2014 y 2020", denunció el representante regional de la FAO, Julio Berdegué, quien indicó que si bien la pandemia ha agravado la situación "el hambre ha ido en aumento desde 2014".

Sobrepeso y obesidad

Otra de las grandes preocupaciones en América Latina sigue siendo el sobrepeso y la obesidad. El informe advierte que se está perdiendo la batalla contra otras formas de malnutrición: 106 millones de personas, lo que supone que uno de cada cuatro adultos, padecen obesidad. Entre 2000 y 2016 se notificó un aumento de 9.5 por ciento en el Caribe, 8.2 en Mesoamérica y 7.2 en América del Sur.

El sobrepeso infantil también ha ido en aumento desde hace 20 años; hasta 2020 se reportó que 3.9 millones de niños y niñas –7.5 por ciento de ellos menores de cinco años– tenían sobrepeso, casi 2 por ciento por arriba del promedio mundial.

En este contexto, América del Sur muestra la mayor prevalencia de sobrepeso en niños y niñas, con 8.2 por ciento, seguida por el Caribe con 6.6 y Mesoamérica con 6.3.

"En América Latina y el Caribe, el Covid-19 ha empeorado una crisis de malnutrición prexistente. Con los servicios interrumpidos y los medios de vida devastados, las familias tienen más dificultades para poner alimentos saludables en la mesa, lo que deja a muchos menores con hambre y a otros con sobrepeso", lamentó el director regional de Unicef para América Latina y el Caribe, Jean Gough.

Esta situación ha llevado a la ONU a pedir "acciones urgentes" para detener el aumento del hambre, la inseguridad alimentaria y la malnutrición, por lo que ha llamado a los países de la región a "tomar medidas para transformar sus sistemas agroalimentarios y hacerlos más eficientes, resilientes, inclusivos y sostenibles".

Por Europa Press

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En la imagen un registro de archivo de trabajadores informales en Colombia. EFE/Miguel Gutiérrez

En Colombia, junto con Brasil, también fue donde más cayó el empleo durante la pandemia. En el país los niveles de ingresos de más del 60 % de los hogares no muestran signos de recuperación

 

Después de Haití, Colombia es el segundo país con mayor tasa de desempleo Latinoamérica y, junto con Brasil, la nación donde más cayó el empleo durante la pandemia. Así lo dejó en evidencia el informe “Una recuperación desigual: las secuelas de COVID-19 en América Latina y el Caribe”, difundido el 29 de noviembre por el Banco Mundial (BM) y el PNUD.

El reporte, basado en encuestas telefónicas ahonda en aspectos como el mercado laboral, la seguridad alimentaria, las brechas de género, salud y educación, además del acceso a los servicios bancarios y digitales. El país preocupa en más de uno de ellos.

A nivel región el informe evidencia que cerca de la mitad de los hogares no ha podido recuperar el nivel de ingresos habitual antes de la pandemia, más allá del apoyo de los gobiernos para solventar la crisis. También evidenció un aumento de la informalidad laboral y cómo naciones como Colombia están quedadas en cuanto a la recuperación en este ítem.

Mientras en Latinoamérica el empleó cayó en 11 puntos porcentuales desde la emergencia sanitaria, “Colombia y Brasil exhiben las brechas más grandes en comparación con los niveles pre pandémicos, con la relación empleo-población de cada uno 17 puntos porcentuales más baja”, se lee en el documento. Preocupa, además, el caso ecuatoriano, donde el empleo cayó en un 14 %. En el componente de mercados laborales, los países que más se recuperaron fueron: Dominica, México, Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

El informe también muestra que:

“Después de Haití, un país afectado por más de una conmoción desde 2019, Colombia presenta la tasa más alta de pérdida de empleo, de 36 por ciento, con aproximadamente la mitad de los adultos en edad productiva habiendo abandonado la fuerza laboral”.

Las más afectadas en la región por la pérdida del empleo fueron las mujeres, con un 39 %, en comparación con los hombres, 18 %; quienes más padecieron, según los datos consolidados por el BM y el PNUD, fueron las madres de menores de cinco años.

A nivel de ingresos, el panorama de Colombia tampoco es muy alentador. En este país, al igual que en Bolivia, Paraguay, Ecuador, los niveles de ingresos de más del 60 % de los hogares aún no muestran signos de recuperación comparables a los niveles anteriores de la pandemia. La media, a nivel región, es del 50 %.

Respecto al acceso a servicios de salud, Haití, Ecuador y Colombia siguen “enfrentando limitaciones para brindar atención”, indica el documento. En el caso del vecino país, el 11 % de los hogares del país todavía no tiene acceso, aunque el panorama es más alentador si se tiene en cuenta que en 2020 llegó a ser del 50 %.

Otro aspecto en el que a Colombia no le está yendo bien es el acceso a servicios bancarios y digitales, en el que a nivel región los mayores obstáculos son los altos costos, los cortes de energía y la mala calidad de la conectividad para utilizar Internet. En el país, al igual que en Haití y en Perú, se comprobó la dificultad de acceso a la red por el elevado costo que ello implica.

30 de Noviembre de 2021

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Hasta junio de 2021 la mitad de los hogares en América Latina no habían recuperado el nivel de ingresos que tenían en el primer trimestre del año pasado. Foto María Luisa Severiano/ Archivo

Debido a la falta de dinero, uno de cada cuatro hogares en la región ha pasado hambre en los últimos 30 días. El problema se agravó en los países con mayores niveles de desigualdad y pobreza, documentaron el Banco Mundial (BM) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Los organismos detallaron que, previo al coronavirus, 12 por ciento de los hogares en América Latina se habían quedado sin comida al menos un mes. En casi un año y medio de crisis, esta proporción escaló a 24 por ciento. Se acompaña de menores ingresos de la población y un deterioro en las condiciones de trabajo.

En Haití, antes de que todo lo dominara una crisis mundial por la Covid-19, 50 por ciento de la población ya había reportado la falta de alimentos por no contar con dinero para adquirirlos, para junio reciente alcanzó 65 por ciento. En México también se duplicó la inseguridad alimentaria, pasó de afectar a una de cada diez viviendas a dos de cada diez.

De acuerdo con las encuestas telefónicas de alta frecuencia levantadas por el BM y el PNUD, hasta junio de 2021 la mitad de los hogares en América Latina no habían recuperado el nivel de ingresos que tenían en el primer trimestre del año pasado, esto pese a recibir transferencias gubernamentales.

Además, una de cada cuatro personas que perdieron su empleo con el inicio de la crisis, no lo había recuperado. De hecho, la ocupación en América Latina descendió de 76 por ciento a 62 por ciento. Se suma el avance de la informalidad, de 48 por ciento a 53 por ciento, y la disminución, de 43 a 37 por ciento, en las horas promedio de trabajo a la semana.

El BM y el PNUD reiteran uno de los diagnósticos más difundidos sobre la pandemia: la crisis se recargó en los que ya eran vulnerables económicamente, en las mujeres (especialmente las madres), en los trabajadores jóvenes y en aquellos con menores niveles educativos o de capacitación.

Pero entre todos los determinantes sociales, uno de los que más peso han detenido es el género. Los organismos muestran que la probabilidad de que las mujeres hayan dejado de trabajar es dos veces superior a la de los hombres, si son madres aumenta esta tendencia y lo hace otro poco si sus hijos son menores a cinco años.

Los datos muestran que 38 por ciento de las mujeres perdieron el trabajo con la pandemia, el doble que 17 por ciento de los hombres. Entre la población con hijos menores de cinco años, 40 por ciento de ellas salieron de sus empleos y no los han recuperado, frente 12 por ciento de los varones que en teoría tienen una responsabilidad igual.

En general, durante la pandemia, el cuidado en casa y el trabajo doméstico no remunerados aumentaron más entre las mujeres que entre los hombres, exhiben el BM y el PNUD; lo cual alcanza al trabajo doméstico, el cuidado infantil, de personas mayores o enfermas y la asistencia educativa.

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