Una sociedad más higiénica pero más peligrosa

El sistema mundo en la pospandemia engendra riesgos para la sociedad y cada uno de sus miembros pero también para el establecimiento neoliberal.

 

Entrar por estos días, a mediados del otoño boreal y en pleno Oktoberfest, a una cervecería típica de Luxemburgo es una experiencia que permite tomar el pulso a la sociedad pospandémica. El restaurante bar Braurei está ubicado en la popular calle Rives de Clausen, en la capital de uno de los países más ricos del mundo gracias a sus laxas políticas fiscales que atraen grandes capitales, personales y corporativos. Opera en las instalaciones de una antigua cervecería que conserva, a la manera de un monumento posmoderno, alambiques, ductos, válvulas, poleas, instrumentos y maquinarias de la cervecería original fundada en el siglo 18. No es el sitio más elegante de esta sofisticada capital europea, pero sí un lugar favorito de la población internacional y multicultural que confluye en la ciudad. Luxemburgo está estratégicamente ubicada en el centro de Europa. Su área está a medio camino, comparativamente, entre los departamentos de Atlántico y Quindío. Desde su capital, las fronteras con Alemania, Francia y Bélgica están a no más de 50 kilómetros cada una.


Nos damos cuenta de que estamos en la sociedad de la pospandemia cuando nos recibe una amable pero igualmente firme mesera que, para atendernos y antes de hacernos seguir a la mesa, exige enseñarle el “pasaporte” europeo covid. El código QR que traemos de Colombia no es reconocido en Luxemburgo, un país que sigue prohibiendo la entrada de colombianos. Nos salva que provenimos de una estancia corta en España que ha permitido el ingreso a la Comunidad Europea. Ya dentro de la comunidad la movilidad es fácil. Enseñamos a la joven una prueba de antígenos realizada en Mallorca dos días antes de viajar. La joven mesera se relaja y nos permite seguir. 


Además de disfrutar de una cerveza Clausel de barril, no filtrada tipo «Gezwickelt» y disfrutar los platos típicos como los coditos de cerdo, el steak tartar y las salchichas vienesas con mostaza, me quedo con la inquietud. Pregunto a mi hijo, nuestro anfitrión y residente en el Gran Ducado, si el protocolo que acabamos de vivir es usual y nos confirma que sí, el gobierno lo exige y la mayoría de los restaurantes lo aplica a rajatabla. Sin embargo, en otras ciudades europeas visitadas, como Palma en España, Metz en Francia y Treveris en Alemania (la ciudad que vio nacer a Marx) la medida aún no se aplica.


A diferencia de nuestro país, la mascarilla ha dejado de usarse en Europa en sitios abiertos pero es exigida tan pronto se traspasa el umbral de un establecimiento cerrado. De resto, la pandemia, con sus restricciones y limitaciones, parece haber quedado en el pasado. Vivimos ahora la sociedad de la pospandemia; una sociedad radicalmente transformada en tres esferas: la de salubridad pública, la personal y económica y, por último, la geopolítica. Ignacio Ramonet en conferencia brindada el pasado 5 de octubre y disponible en YouTube (1) ha hecho una radiografía del sistema mundo en la pospandemia. Entre lo más grave –y que ha sido resaltado por muchos– una sociedad expuesta en la vulnerabilidad de los sistemas de salud pública debido al progresivo desmantelamiento y desinversión que sufrió este sector durante la ola de privatizaciones bajo las políticas neoliberales de volver rentables los servicios más esenciales.


El ser humano, en su angustia existencial, prefigurada en el siglo 19 por el movimiento romántico y exacerbada en el 20 con la verificación de lo absurdo de la existencia, descrita magistralmente por Kafka, Camus y Duras entre otros, vivió durante la pandemia el terror de verse aislado físicamente de sus seres queridos, incluso en casos in extremis. La casa de habitación pasó de ser un lugar usado esencialmente para dormir e iniciar o terminar el día, a un lugar de confinamiento total: trabajo, descanso, educación, alimentación, socialización, ejercicios y otras rutinas quedaron concentradas en los pocos metros cuadrados de la vivienda. La salud mental y emocional del individuo quedó impactada por la pandemia. Las crisis personales, de pareja y familiares ocasionada por los confinamientos parecen ser más devastadoras que el propio virus. El individuo, ya alienado por el asedio de las inteligencias artificiales de móviles, televisores, autos, cámaras y sistemas de seguimiento y vigilancia, ahora ha visto cercada aún más su autonomía para pensar, decidir y disponer de si mismo. La sociedad pospandémica emerge más desigual que antes; con una mayor concentración de riqueza en farmacéuticas, bancos, empresas de logística y tecnología; y del otro lado, países más pobres y vulnerables a la pandemia donde aún no llegan las primeras dosis, y que seguramente cerraran el año 2021, como Colombia, sin haber alcanzado la “inmunidad de rebaño”. Del otro lado, resaltan casos como el de Cuba que a la fecha ha logrado desarrollar al menos cinco vacunas propias contra el covid. Los pobres están cada vez más pobres, y además se ven obligados a efectuar los oficios más peligrosos como, por ejemplo, en hospitales donde enfermeros, auxiliares y paramédicos deben encargarse de disponer de residuos tóxicos y contaminantes y estar en contacto permanente con personas infectadas.


En la esfera geopolítica vivimos un mundo que se enfrenta a una nueva etapa de tensión política entre China y EE. UU. con una Europa fragmentada y desarticulada por el Brexit y el Aukus. En esta última alianza Francia ha quedado por fuera del círculo de poder en el Pacifico, un área de tradicional influencia francesa. Ramonet desglosa cómo el mundo de la pospandemia está marcado por una serie de fragilidades, vulnerabilidades, injusticias y desigualdades aun mayores que las de épocas prepandémicas. Su conclusión es categórica: vivimos hoy en una sociedad más peligrosa que la anterior.


Si algo positivo podemos rescatar de la pandemia es que vivimos en un mundo más aséptico. Los niveles de obsesión por lavarnos y desinfectarnos las manos y limpiar todas las superficies que tocamos alcanza visos a veces delirantes. Queda la tranquilidad que los servicios de aseo en restaurantes y lugares públicos, en general, hoy son más pulcros que antes de la pandemia. En el mismo sentido, la población vacunada es cada vez mayor, con lo cual parece controlarse la dispersión de las primeras cepas del virus. Al mismo tiempo el rebaño humano se deja conducir dócilmente para permitir nuevas dosis de vacunas. También es necesario admitir como positivo que hoy somos cada más conscientes del autocuidado y de la responsabilidad que tenemos con los demás para evitar su contagio.


Como contrapartida aparece una peligrosa fragilidad, cierta vulnerabilidad de la especie humana ante nuevas formas de ataque masivo. Ya no se trata de la amenaza atómica que aterrorizó a la humanidad desde 1945 hasta 1989, sino la de un ataque frontal pero invisible. Un virus que se cuela por entre las rendijas más imperceptibles de las fronteras, de los edificios, las casas y los cuerpos.


Al otro lado de este escenario, hay otras fuerzas “peligrosas” –al menos para el establecimiento– que también surgen con mucha actividad. Son las fuerzas emancipadoras de los de abajo. En realidad nunca han dejado de existir, están allí desde que se impuso la división de clases, la concentración y acumulación de capital, la desigualdad económica. Son las fuerzas que siempre han impulsado los grandes cambios sociales, pero que, según las circunstancias y condiciones, van cambiando de forma y modo de acción. En el siglo XXI, y durante la pandemia y ahora, en su aftermath surgen o se consolidan actores considerados como peligrosos para el neoliberalismo. Son los nuevos revolucionarios, los nuevos terroristas, los nuevos insurrectos, las nuevos inconformes que no renuncian a sus utopías de vivir, aquí y ahora, una sociedad mejor y más justa, o al menos distinta. Se trata de clases “peligrosas” que comienzan a construir un nuevo imaginario emancipador, al igual que lo hicieron en el pasado esclavos, artesanos, obreros, soldados, marinos, artistas. Estos revolucionarios trabajan sobre las nuevas realidades del siglo 21. A fines del siglo pasado Negri y Hardt los aglomeraban de manera gaseosa en lo que denominaron “la multitud” intentando alejarse del concepto de proletariado venido a menos después de la caída del muro de Berlín. 


Ahora esta multitud parece perfilarse de manera más precisa: juventudes que no ven futuro alguno y que no quieren repetir historias de vida de sus padres, jóvenes que tienen sueños opuestos a lo que movieron a generaciones anteriores con la quimera de “casa, carro y beca”, jóvenes sin nada que perder y mucho que experimentar. Hoy la experiencia sustituye, de lejos, el anhelo de tener; el desarraigo y la vida nómada comienza a ser una forma social cada vez más común; la anarquía comienza a encontrar nuevas formas de expresión cuando las generaciones rechazan el vértigo de la sociedad consumista que insiste en imponer sus formas de manera artificial, sintética, superflua. Jóvenes que se mueven por fuera de los sistemas bancarios, que navegan los blockchain y creen más en el bitcoin que en monedas tradicionales, jóvenes que rehúsan comprar ropa nueva y dejan de consumir alimentos ultraprocesados, jóvenes que rechazan plásticos de un solo uso, que reciclan de manera instintiva, que exigen saber de dónde provienen y de qué manera fueron cultivados y producidos los alimentos y bienes que consumen, y que están dispuestos a exigir a parlamentarios y gobernantes, bien sea en Colombia o ante el parlamento europeo, el respeto a los derechos de la naturaleza, de los animales y de los más vulnerables. Jóvenes que han encontrado nuevas formas de expresión y protesta, arriesgando su vida, integridad física y libertad como sucedió hace poco entre los miembros de las primeras líneas en las jornadas de protesta del paro nacional. Son “clases peligrosas” que encuentran nuevas formas asociativas para revitalizar los movimientos sociales y populares, que reinventan un nuevo lenguaje poético y metafórico para hacer frente a la prosa del discurso hegemónico del neoliberalismo. Se trata de combatir la “prosa de la circunstancia” como lo afirma Eiden-Offe en su reciente libro La poesía de la clase (2). Clases “peligrosas” que persiguen la poesía de la emancipación. Son actores de sus vidas en sus barrios, en las calles, en los muros, en sus cuerpos, en sus nuevas identidades de género, en sus expresiones de anticonsumo para descubrir su inconformidad con la sociedad que les ha tocado en suerte. Son nuevos actores que reivindican el derecho a la rabia y al odio –olvidada y rechazada por las fuerzas socialdemócratas, como decía Benjamin–; estas “clases peligrosas” no miran al pasado, solo hay un presente tan distópico como el de muchos mundos de la ciencia ficción. Es cuando la utopía y la distopía convergen a lo mismo.


El sistema mundo en tiempos poscovid, tanto en el primer nivel como en los menos desarrollados, se va enterando de cómo una pandemia ha cambiado, quizás para siempre, la forma de vivir en sociedad. Y en nuestro continente, duramente golpeado por la pandemia, los países tendrán que tomar decisiones urgentes, prudentes y valientes, que puedan dar la cara a los efectos de la pandemia, y a los cambios de la economía mundial. Según el FMI, los países de América Latina tuvieron una caída de producto del 7 por ciento frente a un 3.3 de la media mundial. Países como Brasil, México y Perú estuvieron entre los más altos en decesos por millón de habitantes, apenas por debajo de los Estados Unidos. El impacto en sectores como el turismo y el comercio ha sido mayúsculo, y en economías precarias, como la colombiana, el empleo informal ha sido del 60 por ciento. Latinoamérica es la región con mayor desigualdad del mundo y durante la pandemia se sumaron 22 millones más de nuevos pobres (3) .Todo ello, presenta una presión formidable para la recuperación de la región, en un mundo globalizado donde urgen las transformaciones energéticas, sociales y económicas; en donde el cambio climático no da espera y el impacto tecnológico erosiona cada día más la dignidad humana.

 

1 . “La sociedad y el sistema mundial postpandemia, con Ignacio Ramonet” en https://www.youtube.com/watch?v=ZrCmggN3Zyw
2. Eiden-Offe, Patrick, La poesía de la clase, anticapitalismo romántico e invención del proletariado, Katrakak, Iruñea, 2021.
3. Lucena Giraldo, Javier, “La década que lo cambiará todo: Iberoamérica tras la pandemia y más allá”, Revista de Occidente, octubre 2021, pp. 127-137.

*Escritor, integrante del consejo de redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

 

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Una sociedad más higiénica pero más peligrosa

El sistema mundo en la pospandemia engendra riesgos para la sociedad y cada uno de sus miembros pero también para el establecimiento neoliberal.

 

Entrar por estos días, a mediados del otoño boreal y en pleno Oktoberfest, a una cervecería típica de Luxemburgo es una experiencia que permite tomar el pulso a la sociedad pospandémica. El restaurante bar Braurei está ubicado en la popular calle Rives de Clausen, en la capital de uno de los países más ricos del mundo gracias a sus laxas políticas fiscales que atraen grandes capitales, personales y corporativos. Opera en las instalaciones de una antigua cervecería que conserva, a la manera de un monumento posmoderno, alambiques, ductos, válvulas, poleas, instrumentos y maquinarias de la cervecería original fundada en el siglo 18. No es el sitio más elegante de esta sofisticada capital europea, pero sí un lugar favorito de la población internacional y multicultural que confluye en la ciudad. Luxemburgo está estratégicamente ubicada en el centro de Europa. Su área está a medio camino, comparativamente, entre los departamentos de Atlántico y Quindío. Desde su capital, las fronteras con Alemania, Francia y Bélgica están a no más de 50 kilómetros cada una.


Nos damos cuenta de que estamos en la sociedad de la pospandemia cuando nos recibe una amable pero igualmente firme mesera que, para atendernos y antes de hacernos seguir a la mesa, exige enseñarle el “pasaporte” europeo covid. El código QR que traemos de Colombia no es reconocido en Luxemburgo, un país que sigue prohibiendo la entrada de colombianos. Nos salva que provenimos de una estancia corta en España que ha permitido el ingreso a la Comunidad Europea. Ya dentro de la comunidad la movilidad es fácil. Enseñamos a la joven una prueba de antígenos realizada en Mallorca dos días antes de viajar. La joven mesera se relaja y nos permite seguir. 


Además de disfrutar de una cerveza Clausel de barril, no filtrada tipo «Gezwickelt» y disfrutar los platos típicos como los coditos de cerdo, el steak tartar y las salchichas vienesas con mostaza, me quedo con la inquietud. Pregunto a mi hijo, nuestro anfitrión y residente en el Gran Ducado, si el protocolo que acabamos de vivir es usual y nos confirma que sí, el gobierno lo exige y la mayoría de los restaurantes lo aplica a rajatabla. Sin embargo, en otras ciudades europeas visitadas, como Palma en España, Metz en Francia y Treveris en Alemania (la ciudad que vio nacer a Marx) la medida aún no se aplica.


A diferencia de nuestro país, la mascarilla ha dejado de usarse en Europa en sitios abiertos pero es exigida tan pronto se traspasa el umbral de un establecimiento cerrado. De resto, la pandemia, con sus restricciones y limitaciones, parece haber quedado en el pasado. Vivimos ahora la sociedad de la pospandemia; una sociedad radicalmente transformada en tres esferas: la de salubridad pública, la personal y económica y, por último, la geopolítica. Ignacio Ramonet en conferencia brindada el pasado 5 de octubre y disponible en YouTube (1) ha hecho una radiografía del sistema mundo en la pospandemia. Entre lo más grave –y que ha sido resaltado por muchos– una sociedad expuesta en la vulnerabilidad de los sistemas de salud pública debido al progresivo desmantelamiento y desinversión que sufrió este sector durante la ola de privatizaciones bajo las políticas neoliberales de volver rentables los servicios más esenciales.


El ser humano, en su angustia existencial, prefigurada en el siglo 19 por el movimiento romántico y exacerbada en el 20 con la verificación de lo absurdo de la existencia, descrita magistralmente por Kafka, Camus y Duras entre otros, vivió durante la pandemia el terror de verse aislado físicamente de sus seres queridos, incluso en casos in extremis. La casa de habitación pasó de ser un lugar usado esencialmente para dormir e iniciar o terminar el día, a un lugar de confinamiento total: trabajo, descanso, educación, alimentación, socialización, ejercicios y otras rutinas quedaron concentradas en los pocos metros cuadrados de la vivienda. La salud mental y emocional del individuo quedó impactada por la pandemia. Las crisis personales, de pareja y familiares ocasionada por los confinamientos parecen ser más devastadoras que el propio virus. El individuo, ya alienado por el asedio de las inteligencias artificiales de móviles, televisores, autos, cámaras y sistemas de seguimiento y vigilancia, ahora ha visto cercada aún más su autonomía para pensar, decidir y disponer de si mismo. La sociedad pospandémica emerge más desigual que antes; con una mayor concentración de riqueza en farmacéuticas, bancos, empresas de logística y tecnología; y del otro lado, países más pobres y vulnerables a la pandemia donde aún no llegan las primeras dosis, y que seguramente cerraran el año 2021, como Colombia, sin haber alcanzado la “inmunidad de rebaño”. Del otro lado, resaltan casos como el de Cuba que a la fecha ha logrado desarrollar al menos cinco vacunas propias contra el covid. Los pobres están cada vez más pobres, y además se ven obligados a efectuar los oficios más peligrosos como, por ejemplo, en hospitales donde enfermeros, auxiliares y paramédicos deben encargarse de disponer de residuos tóxicos y contaminantes y estar en contacto permanente con personas infectadas.


En la esfera geopolítica vivimos un mundo que se enfrenta a una nueva etapa de tensión política entre China y EE. UU. con una Europa fragmentada y desarticulada por el Brexit y el Aukus. En esta última alianza Francia ha quedado por fuera del círculo de poder en el Pacifico, un área de tradicional influencia francesa. Ramonet desglosa cómo el mundo de la pospandemia está marcado por una serie de fragilidades, vulnerabilidades, injusticias y desigualdades aun mayores que las de épocas prepandémicas. Su conclusión es categórica: vivimos hoy en una sociedad más peligrosa que la anterior.


Si algo positivo podemos rescatar de la pandemia es que vivimos en un mundo más aséptico. Los niveles de obsesión por lavarnos y desinfectarnos las manos y limpiar todas las superficies que tocamos alcanza visos a veces delirantes. Queda la tranquilidad que los servicios de aseo en restaurantes y lugares públicos, en general, hoy son más pulcros que antes de la pandemia. En el mismo sentido, la población vacunada es cada vez mayor, con lo cual parece controlarse la dispersión de las primeras cepas del virus. Al mismo tiempo el rebaño humano se deja conducir dócilmente para permitir nuevas dosis de vacunas. También es necesario admitir como positivo que hoy somos cada más conscientes del autocuidado y de la responsabilidad que tenemos con los demás para evitar su contagio.


Como contrapartida aparece una peligrosa fragilidad, cierta vulnerabilidad de la especie humana ante nuevas formas de ataque masivo. Ya no se trata de la amenaza atómica que aterrorizó a la humanidad desde 1945 hasta 1989, sino la de un ataque frontal pero invisible. Un virus que se cuela por entre las rendijas más imperceptibles de las fronteras, de los edificios, las casas y los cuerpos.


Al otro lado de este escenario, hay otras fuerzas “peligrosas” –al menos para el establecimiento– que también surgen con mucha actividad. Son las fuerzas emancipadoras de los de abajo. En realidad nunca han dejado de existir, están allí desde que se impuso la división de clases, la concentración y acumulación de capital, la desigualdad económica. Son las fuerzas que siempre han impulsado los grandes cambios sociales, pero que, según las circunstancias y condiciones, van cambiando de forma y modo de acción. En el siglo XXI, y durante la pandemia y ahora, en su aftermath surgen o se consolidan actores considerados como peligrosos para el neoliberalismo. Son los nuevos revolucionarios, los nuevos terroristas, los nuevos insurrectos, las nuevos inconformes que no renuncian a sus utopías de vivir, aquí y ahora, una sociedad mejor y más justa, o al menos distinta. Se trata de clases “peligrosas” que comienzan a construir un nuevo imaginario emancipador, al igual que lo hicieron en el pasado esclavos, artesanos, obreros, soldados, marinos, artistas. Estos revolucionarios trabajan sobre las nuevas realidades del siglo 21. A fines del siglo pasado Negri y Hardt los aglomeraban de manera gaseosa en lo que denominaron “la multitud” intentando alejarse del concepto de proletariado venido a menos después de la caída del muro de Berlín. 


Ahora esta multitud parece perfilarse de manera más precisa: juventudes que no ven futuro alguno y que no quieren repetir historias de vida de sus padres, jóvenes que tienen sueños opuestos a lo que movieron a generaciones anteriores con la quimera de “casa, carro y beca”, jóvenes sin nada que perder y mucho que experimentar. Hoy la experiencia sustituye, de lejos, el anhelo de tener; el desarraigo y la vida nómada comienza a ser una forma social cada vez más común; la anarquía comienza a encontrar nuevas formas de expresión cuando las generaciones rechazan el vértigo de la sociedad consumista que insiste en imponer sus formas de manera artificial, sintética, superflua. Jóvenes que se mueven por fuera de los sistemas bancarios, que navegan los blockchain y creen más en el bitcoin que en monedas tradicionales, jóvenes que rehúsan comprar ropa nueva y dejan de consumir alimentos ultraprocesados, jóvenes que rechazan plásticos de un solo uso, que reciclan de manera instintiva, que exigen saber de dónde provienen y de qué manera fueron cultivados y producidos los alimentos y bienes que consumen, y que están dispuestos a exigir a parlamentarios y gobernantes, bien sea en Colombia o ante el parlamento europeo, el respeto a los derechos de la naturaleza, de los animales y de los más vulnerables. Jóvenes que han encontrado nuevas formas de expresión y protesta, arriesgando su vida, integridad física y libertad como sucedió hace poco entre los miembros de las primeras líneas en las jornadas de protesta del paro nacional. Son “clases peligrosas” que encuentran nuevas formas asociativas para revitalizar los movimientos sociales y populares, que reinventan un nuevo lenguaje poético y metafórico para hacer frente a la prosa del discurso hegemónico del neoliberalismo. Se trata de combatir la “prosa de la circunstancia” como lo afirma Eiden-Offe en su reciente libro La poesía de la clase (2). Clases “peligrosas” que persiguen la poesía de la emancipación. Son actores de sus vidas en sus barrios, en las calles, en los muros, en sus cuerpos, en sus nuevas identidades de género, en sus expresiones de anticonsumo para descubrir su inconformidad con la sociedad que les ha tocado en suerte. Son nuevos actores que reivindican el derecho a la rabia y al odio –olvidada y rechazada por las fuerzas socialdemócratas, como decía Benjamin–; estas “clases peligrosas” no miran al pasado, solo hay un presente tan distópico como el de muchos mundos de la ciencia ficción. Es cuando la utopía y la distopía convergen a lo mismo.


El sistema mundo en tiempos poscovid, tanto en el primer nivel como en los menos desarrollados, se va enterando de cómo una pandemia ha cambiado, quizás para siempre, la forma de vivir en sociedad. Y en nuestro continente, duramente golpeado por la pandemia, los países tendrán que tomar decisiones urgentes, prudentes y valientes, que puedan dar la cara a los efectos de la pandemia, y a los cambios de la economía mundial. Según el FMI, los países de América Latina tuvieron una caída de producto del 7 por ciento frente a un 3.3 de la media mundial. Países como Brasil, México y Perú estuvieron entre los más altos en decesos por millón de habitantes, apenas por debajo de los Estados Unidos. El impacto en sectores como el turismo y el comercio ha sido mayúsculo, y en economías precarias, como la colombiana, el empleo informal ha sido del 60 por ciento. Latinoamérica es la región con mayor desigualdad del mundo y durante la pandemia se sumaron 22 millones más de nuevos pobres (3) .Todo ello, presenta una presión formidable para la recuperación de la región, en un mundo globalizado donde urgen las transformaciones energéticas, sociales y económicas; en donde el cambio climático no da espera y el impacto tecnológico erosiona cada día más la dignidad humana.

 

1 . “La sociedad y el sistema mundial postpandemia, con Ignacio Ramonet” en https://www.youtube.com/watch?v=ZrCmggN3Zyw
2. Eiden-Offe, Patrick, La poesía de la clase, anticapitalismo romántico e invención del proletariado, Katrakak, Iruñea, 2021.
3. Lucena Giraldo, Javier, “La década que lo cambiará todo: Iberoamérica tras la pandemia y más allá”, Revista de Occidente, octubre 2021, pp. 127-137.

*Escritor, integrante del consejo de redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

 

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El rechazo al empleo, en el centro de la crisis

La Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos publicó un dato en agosto que llama la atención: 4.3 millones de trabajadores dejaron sus empleos tan sólo en ese mes, representando casi 4 por ciento de la fuerza laboral (https://bit.ly/3w9QOhg). No se trata de trabajadores despedidos por su patrones, sino que abandonaron voluntariamente el empleo.

En ese país, desde abril, unos 20 millones de trabajadores abandonaron sus empleos y hubo un récord de jubilaciones, cuya cifra se duplicó frente a 2019 (https://pewrsr.ch/3CFpQ3w). “En 38 países de la OCDE, hay 20 millones menos de trabajadores activos que antes de la pandemia; 14 millones han abandonado el mercado laboral, ni trabajan ni buscan empleo. En comparación con 2019, hay 3 millones más de jóvenes entre los que no trabajan y no estudian” (https://bit.ly/3k2cTt8).

La construcción de viviendas ha caído a mínimos “no sólo por el aumento de los precios de los materiales y los retrasos en la entrega, sino por la falta de mano de obra” (https://bit.ly/3CJFn2g). En Reino Unido hay casi un millón de puestos de trabajo sin cubrir (https://bit.ly/3q0ZKoi). Según The Financial Times, se necesitan 400 mil camioneros en Europa para regularizar el transporte de carga.

Según el Nobel de Economía Paul Krugman, durante la pandemia los trabajadores realizaron un notable aprendizaje. El desorden de trabajo creado por la pandemia fue una experiencia en la que muchos “se dieron cuenta, en sus meses de inactividad forzosa, de cuánto odiaban sus antiguos trabajos” (https://bit.ly/3BKJjyE).

Desde las grandes luchas del movimiento obrero y sindical de la década de 1960, no se observaba un abandono tan masivo de los puestos de trabajo. Ahora se trata de un movimiento de base, sin dirección, pero contundente en el sentido de que muchos trabajadores rechazan la “esclavitud asalariada”, como definió Lenin el empleo.

Es cierto que luego de aquel momento luminoso para los trabajadores, el capitalismo fue capaz de recomponer la dominación, sobre nuevas bases como el toyotismo y la automatización del trabajo fabril, pero también expulsando camadas enteras de jóvenes del mercado laboral. Las nuevas tecnologías puestas al servicio de la acumulación de capital, precarizaron el empleo y provocaron una caída de los salarios, condiciones contra las que ahora se rebelan millones.

Creo que de este movimiento tenemos algunas cosas para aprender. Primero recordar, en línea con Silvia Federici y otras personas, que el trabajo asalariado no es el camino de la emancipación, como erróneamente hemos considerado por mucho tiempo, en particular quienes provenimos del campo marxista. Cada vez contamos con más y más emprendimientos capaces de crear puestos de trabajo por fuera del mercado capitalista, con pequeñas iniciativas tanto en la producción como en los servicios. Cientos de miles de personas realizan trabajos creados por colectivos autogestionados, donde controlan sus tiempos y modos de hacer, sin capataces ni patrones, con base en la ayuda mutua, la cooperación y el espíritu comunitario. Se dirá que son pocos y marginales, si se mira la gran producción del capital, pero se olvida que los movimientos antisistémicos siempre nacen en los márgenes, nunca en el centro.

La segunda es la importancia estratégica de esta forma de trabajo, cuando es colectiva. Los pueblos originarios, por ejemplo, muchos campesinos y habitantes de las periferias urbanas realizan trabajos no asalariados con los que consiguen vivir dignamente. ¿Existe alguna relación entre la notable capacidad de resistencia, de lucha y de transformación de los pueblos originarios, y el hecho de que trabajan comunitariamente?

En Brasil, por ejemplo, estos pueblos representan 1 por ciento de la población total, pero son el principal actor colectivo contra el cambio climático y la preservación de la vida, así como un sujeto colectivo capaz de interpelar al sistema con tal potencia como para que las clases dominantes lo consideren enemigo a derrotar.

La tercera, en este repaso, consiste en la escala, como nos enseña Fernand Braudel. El capitalismo es hijo de la gran escala; recién pudo desplegar sus alas con la conquista de América que abrió las compuertas del mercado global. En la pequeña escala, la comunidad, la aldea, el capitalismo puede, sólo puede, ser acotado y mantenido a raya.

La fábrica, con miles de trabajadores, y el campo, con miles de hectáreas de monocultivos, necesitan ser gestionados por “especialistas”, ya que las comunidades no pueden controlar la masividad. Esos personajes son los futuros burgueses una vez llegados al poder estatal. En todo caso, son un obstáculo para los cambios, como lo demuestran las luchas del siglo XX.

Estamos ante un recodo de la historia. Ante las brumas que nos rodean en la tormenta, sólo la ética y una lectura acertada de la historia y del presente, pueden alumbrar el camino de los pueblos.

Publicado enSociedad
Lunes, 01 Noviembre 2021 07:21

Urge un panel científico

Urge un panel científico

“El terreno seguro para enfrentar la pandemia es la ciencia, que exige debate de argumentos y personas calificadas, pero hay la intención fascistoide de que prevalezca una sola opinión. En la comunidad científica tanto del área biotecnológica como de estudios sobre inmunidad, microbiología, virología, de secuenciación, y cuantos por su formación puedan aportar datos duros, urge un panel de alto nivel para poner en claro que la ciencia no es propiedad de la OMS ni de los Gates y los Rockefeller ni de ninguna autoridad sanitaria, pues la ciencia no puede ser dogma ni permitir censuras de ninguna mafia, sino un panel de verdaderos científicos que aporten lo que pueda o no hacerse respecto de la plandemia”, expone Fernando Illescas, investigador científico y colaborador de La Jornada de Veracruz.

“Rand Paul, médico y senador por Kentucky, afirma que "una persona de 85 años tiene 10 mil probabilidades más de morir de Covid que un niño, por lo que no se puede tratar a ambos grupos igual; niños de 5 años llevados por maestros, usando cubrebocas en exteriores, no hay ciencia atrás de eso; o el doctor Fauci dispersando mentiras diciendo que tenemos que vacunar a los niños, o que no existe la inmunidad natural, no hay ciencia detrás de ello". Y añade Illescas: “Reiner Fuellmich, abogado alemán, en un panel de científicos como los doctores Michael Yeadon; Luc Montagnier, Nobel francés, y otros, expresó ‘que si se descartan los falsos positivos de PCR o detección de virus, el Covid tiene una morbilidad (cifra de quienes enferman por cada mil sanos) de 0.15 por ciento, lo que no es mayor riesgo que una gripe-neumonía común. De no ser por la falsedad de tales pruebas, no habría motivo para declarar pandemia’. Estamos ante una monumental orquestación de falsedades, de forma que la mayor parte de los supuestos muertos por Covid en realidad fallecieron de cualquiera de las llamadas comorbilidades o de neumonía, que en las estadísticas casi desaparecieron, pero la prueba y medidas anti-Covid fueron diseñadas para mentirnos. Por ello, la morbilidad general de la humanidad no tiene un aumento significativo, sólo el correspondiente al pánico, a medidas absurdas como cubrebocas y confinamientos, a la prohibición original contra antiinflamatorios y tratamientos tempranos como ivermectina, a las intubaciones y a lo que conlleva la quiebra económica de gran parte de la humanidad.”

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Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional.. Imagen: AFP

Documento del FMI con consejos para los países del G20

La titular del Fondo, Kristalina Georgieva, señaló que se necesita una acción conjunta para asegurar la recuperación. Además reclamó que el G20 debería liderar el intercambio de dosis de vacunas, ayudar financieramente a los países en desarrollo y comprometerse a alcanzar emisiones netas de carbono cero para mediados de siglo.

 

 “Los líderes mundiales deben tomar medidas audaces ahora para poner fin a la pandemia y crear un espacio para una economía más sostenible e inclusiva”. Así lo planteó la directora del FMI, Kristalina Georgieva, en la antesala de las reuniones del G20 celebradas en Roma. “Se necesita una acción conjunta para asegurar la recuperación y el G20 debería liderar el intercambio de dosis de vacunas, ayudar financieramente a los países en desarrollo y comprometerse a alcanzar emisiones netas de carbono cero para mediados de siglo”, consideró la titular del Fondo.

La funcionaria afirmó que las bases para la recuperación mundial siguen siendo sólidas, debido al efecto combinado de las vacunas y las medidas de política económica extraordinarias y sincronizadas. Sin embargo, alertó que la salida de la crisis se ve pausada especialmente por nuevas variantes de virus, sus consecuencias económicas y las interrupciones de la cadena de suministro.

 “El FMI recientemente redujo su pronóstico de crecimiento global al 5,9 por ciento para este año. Las perspectivas son muy inciertas y dominan los riesgos a la baja. Los niveles de inflación y deuda están aumentando en muchas economías”, mencionó. Agregó que “la diferencia en el rebote económico de los países es cada vez más persistente, ya que demasiados países en desarrollo carecen de vacunas y de recursos para respaldar en un esquema de mediano plazo su recuperación”.

Gerogieva con este diagnóstico planteó que el Fondo preparó un nuevo informe en el marco de las reuniones del G20 que exige acciones concretas a todas las economías. “Por ejemplo, la política monetaria debería poder contemplar aumentos transitorios de la inflación, pero al mismo tiempo estar preparada para actuar con rapidez si los riesgos de suba de las expectativas de inflación se vuelven tangibles”, dijo.

Consideró además que será una tarea de los países “calibrar cuidadosamente las políticas monetarias y fiscales, junto con marcos sólidos a mediano plazo, con el objetivo de aumentar el margen para el gasto en atención médica y personas vulnerables. Estas calibraciones pueden ofrecer beneficios rápidos hasta 2022”.

Brechas financieras y de vacunas

La titular del Fondo planteó la importancia de poner fin a la pandemia cerrando las brechas financieras y compartiendo dosis de vacunas. “La pandemia sigue siendo el mayor riesgo para la salud económica y su impacto se ve agravado por el acceso desigual a las vacunas y las grandes disparidades en la potencia fiscal”, afirmó.

Dijo que es imprescindible alcanzar los objetivos propuestos por el FMI, el Banco Mundial, la OMS y la OMC, que implican vacunar al menos al 40 por ciento de personas en todos los países para fines de 2021 y al 70 por ciento para mediados de 2022. Indicó que 75 naciones posiblemente no lleguen a cumplir este objetivo. Por eso el informe del FMI estimó que las economías del G20 deberían asistir con 20 mil millones de dólares en subsidios para suministros médicos y vacunas en los países pobres.

Planteó por su parte la necesidad que los países del G20 colaboren con las economías en desarrollo a hacer frente a las tensiones financieras. “La pandemia provocó un aumento en la pobreza y el hambre, elevando a más de 800 millones el número de personas desnutridas en 2020. En esta situación precaria, no se debe pedir a las naciones vulnerables que elijan entre pagar a los acreedores y brindar atención médica y salvavidas por una pandemia”.

Georgieva precisó que “los países con posiciones externas sólidas para que proporcionen voluntariamente parte de sus DEG asignados a nuestro Fideicomiso para el Crecimiento y la Reducción de la Pobreza, aumentando nuestra capacidad para otorgar préstamos sin interés a los países de bajos ingresos”.

Cerró mencionando que algunos de los países más pobres del mundo se han beneficiado de la suspensión temporal de los pagos de la deuda soberana a los acreedores oficiales, iniciada por el G20. “Ahora debemos acelerar la implementación del Marco Común del G20 para la resolución de la deuda”.

28 de octubre de 2021

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Brasil: una comisión del Senado aprobó el informe que acusa a Jair Bolsonaro de crímenes contra la humanidad

La comisión parlamentaria acusadora había investigado la gestión del gobierno frente a la pandemia de covid-19

El documento, producto de seis meses de investigación, fue aprobado por mayoría entre los once miembros de la comisión y será remitido a la Fiscalía, la Corte Suprema y la Corte de la Haya.

 

Con siete votos a favor y cuatro en contra, los senadores que integran la comisión que investigó la gestión del gobierno brasileño frente a la covid-19 aprobaron el informe final que acusa al presidente Jair Bolsonaro de "crímenes contra la humanidad". El documento, resultado de seis meses de investigaciones, será ahora remitido a la Fiscalía, la Corte Suprema y hasta la Corte Penal Internacional de La Haya, quienes deberán evaluar si aceptan las denuncias e instauran los procesos correspondientes. Durante una tensa audiencia en el Senado, el mandatario llegó a ser calificado como un "serial killer" (asesino serial).

Además de imputarle crímenes contra la humanidad, el documento acusa al líder de ultraderecha de otros ocho gravísimos delitos y denuncia por diversas irregularidades a otras 77 personas, entre quienes se encuentran los tres hijos del mandatario y algunos de sus principales ministros y exministros. Incluso fueron denunciadas dos empresas. En el caso de Bolsonaro, los otros cargos son epidemia con resultado de muerte, infracción de medidas sanitarias, charlatanería médica, incitación al delito, atentados contra la dignidad del cargo, prevaricato, falsificación de documentos y uso irregular de dinero público. La comisión también había acusado a Bolsonaro de genocidio de pueblos originarios pero el cargo fue retirado antes de la votación del pleno del Senado.

Las acusaciones abarcan desde la imposición en la salud pública de remedios sin eficacia comprobada contra la covid-19 que conformaron un llamado "tratamiento precoz" basado en la dudosa cloroquina, hasta serias sospechas de corrupción en la negociación de vacunas. También se acusa a Bolsonaro de difundir "masiva información falsa" sobre las vacunas, lo cual se vio reforzado con unas polémicas declaraciones dadas por Bolsonaro el jueves pasado, cuando insinuó que quienes se inmunicen contra el coronavirus corren riesgo de contraer sida.

Serial killer

La responsabilidad de la pandemia "es de mucha gente, hay muchos acusados, pero es principalmente del presidente, ese serial killer que tiene obsesión por la muerte", declaró el senador Renan Calheiros a la prensa antes del inicio de la sesión. El informe, que incluye testimonios conmovedores y revelaciones impactantes como el uso de pacientes como "cobayas humanas" para probar medicamentos ineficaces contra el coronavirus o el "deliberado atraso en la compra de vacunas", será enviado a diferentes órganos que pueden proseguir las investigaciones y formular cargos.

Junto a Bolsonaro también fueron denunciados sus tres hijos: el senador Flavio Bolsonaro, el diputado Eduardo Bolsonaro y el concejal Carlos Bolsonaro. Además se presentaron cargos contra el actual ministro de Salud, Marcelo Queiroga, y su predecesor, el general Eduardo Pazuello.

La defensa del clan Bolsonaro

El hijo del presidente, el senador Flavio Bolsonaro, dijo que el informe del Senado es jurídicamente débil. "La intención de algunos senadores de la comisión investigadora es causar el máximo desgaste al presidente", aseguró. Su padre viajó al amazónico estado de Roraima para visitar a refugiados venezolanos que viven en Brasil y alertó sobre "el peligro del comunismo". A la misma hora de la sesión de la comisión, Bolsonaro participó de una misa en un templo evangélico.

Durante la audiencia de este martes, el senador oficialista Luiz Carlos Heinze realizó una defensa a ultranza de la prescripción de la hidroxicloroquina a pacientes con coronavirus fundamentada en "cientos" de estudios científicos"Le preparé un regalo, senador", le avisó Calheiros a Heinze al anunciar que era, hasta ese momento de la tarde, el imputado número 81. Heinze fue acusado de divulgar "informaciones falsas" sobre la covid-19. Luego de una rápida votación, los senadores de la comisión decidieron eliminar el nombre del parlamentario de la lista de imputados. 

En otro tramo de la sesión, el senador Eduardo Braga solicitó la inclusión del gobernador de Amazonas, Wilson Lima, y del exsecretario de Salud de ese estado, Marcellus Campelo. En un comunicado, Lima sostuvo que la sugerencia de imputar su nombre "tiene plena motivación político-electoral de cara a las elecciones de 2022". Lima fue acusado por posibles fraudes en el manejo de la pandemia en su estado, que fue centro del horror mundial en enero, cuando los pacientes se morían en sus camas por falta de oxígeno

La cúpula y los médicos de la prepaga Prevent Senior de San Pablo también fueron imputados ante la justicia común por haber realizado "experimentos" con pacientes con remedios como cloroquina, defendida por Bolsonaro y la ultraderecha como forma de generar una inmunidad de rebaño sin necesidad de una cuarentena.

Es la primera vez que el Congreso brasileño acusa a un presidente de delitos contra la humanidad. Bolsonaro será acusado pero los cargos chocarán contra el fiscal general Augusto Aras, un aliado del presidente que ha cajoneado varias de las acusaciones. Su oficina dijo en las últimas horas que el informe será revisado cuidadosamente tan pronto como se reciba.

En sus conclusiones, el informe recoge la decisión de crear, en la sede del propio Senado, un memorial en recuerdo de los fallecidos por coronavirus en Brasil. El último minuto de la comisión parlamentaria, luego de cerca de cien horas de audiencias, fue de silencio en memoria a las víctimas. 

27 de octubre de 2021

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Viernes, 08 Octubre 2021 05:50

Superar el capitalismo

Foto: Getty Images

Cada día aparecen más muestras que indican cómo la pandemia está revalorizando las políticas públicas, especialmente las dedicadas a la salud. Un ejemplo reciente ha sido la victoria electoral de los laboristas noruegos, un cambio que fortalece a los socialdemócratas, que en los países escandinavos ya gobiernan en Suecia y Dinamarca y en coalición en Finlandia. Los votantes rechazan las crecientes desigualdades generadas por un capitalismo desenfrenado que ha debilitado los sistemas de bienestar.

Los ciudadanos son conscientes de la vinculación entre las desigualdades y la salud. Una relación explícitamente señalada por el profesor Joan Benach, en La salud es política, (Icaria) al afirmar: “la razón de fondo de la pandemia hay que encontrarla en el capitalismo” por la “alteración global de ecosistemas asociada a la crisis climática”.

Las nefastas consecuencias de una economía dominada por un reducido número de compañías las vemos en el mercado eléctrico. En lo que va de año la factura de la luz ha aumentado más del 40% para los usuarios. Es un encarecimiento especialmente preocupante para las clases trabajadoras y las actividades intensivas en el uso de electricidad. La deficiente regulación ha permitido una financiarización de la producción y la comercialización de la electricidad que ha convertido estas actividades en una importante fuente de beneficios injustificados para especuladores.

Resulta inquietante la reacción de los lobbies empresariales contra las medidas del Gobierno, destinadas a regular un mercado eléctrico mal diseñado que provoca precios desorbitados y agrava las desigualdades.

Desregulación excesiva

En el mundo académico crecen las voces que censuran el aumento de las desigualdades causadas por un mercado desregulado que conduce a una concentración de riqueza. Paul Krugman, premio Nobel de Economía, sostiene: “la concentración extrema de ingresos es incompatible con la democracia”.  

Crecen las críticas a la excesiva concentración de la riqueza. La ecología, el feminismo y los cuidados pasan a primer plano

Resulta significativa la conversión experimentada por economistas como Thomas Piketty. “En la década de 1990”, explica en Viva el socialismo, (Deusto), “fui más liberal que socialista y no soportaba a los que se negaban decididamente a ver que la economía de mercado y la propiedad privada eran parte de la solución”.  Y “hete aquí  que, en 2020, el hipercapitalismo ha ido demasiado lejos. Ahora estoy convencido de que hay que pensar en la superación del capitalismo”. El economista francés apuesta para después de la pandemia por “una nueva forma de socialismo, participativo y descentralizado, federal y democrático, ecológico, mestizo y feminista”.

La idea de superar el capitalismo se extiende. La economista Lourdes Beneria ofrece su propia vía. En una luminosa conferencia titulada Los cuidados, el envejecimiento y la economía pospandémica, pronunciada en el Ayuntamiento de Barcelona con ocasión de la Diada de Catalunya, Beneria destacó la profunda transformación que ha sufrido el capitalismo. La catedrática emérita de la Universidad de Cornell (EE UU) explicó que el concepto de hombre económico que se enseña en las facultades de economía ha quedado anacrónico: “El hombre económico de Adam Smith era el pequeño emprendedor individualista que maximiza sus beneficios a través  de la mano invisible del mercado libre y competitivo” y que con este comportamiento contribuye automáticamente al crecimiento económico y a maximizar la riqueza de las naciones. Para Beneria, la economía ya no funciona así. Ahora, “los grandes protagonistas que dirigen la dinámica de las economías son las grandes empresas, los monopolios y oligopolios de la economía global, que imponen sus condiciones en lugar del mercado libre”. 

En su opinión, la pandemia nos ha hecho ver nuestra vulnerabilidad colectiva y nuestra interdependencia, no solo con todos los humanos y países, sino con el mismo plantea. Su alternativa al capitalismo es “un modelo de la mujer solidaria y el hombre solidario que puede representar una nueva generación de derechos humanos colectivos —el de la fraternidad, después de la libertad y la igualdad— que defienden los intereses de la paz, del patrimonio común de la humanidad y del medio ambiente”. Y en este nuevo paradigma, los cuidados —el trabajo no remunerado que se realiza en los hogares, de atención a niños, mayores y enfermos que realizan principalmente las mujeres— son decisivos. 

Se trata de una nueva sociedad que precisará el apoyo de instancias supranacionales, en nuestro caso de la Unión Europea.

08/10/2021

Andreu Missé. Director fundador y editorialista de Alternativas Económicas.

FuenteAlternativas económicas

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 Un joven en un centro comunal de salud mental de Perú. — UNICEF

La organización de las Naciones Unidas para la Infancia hace un llamamiento para invertir en la protección de la salud mental de los más jóvenes. En el mundo, denuncia, sólo se destina el 2% del presupuesto de salud en ellos.

 

El Fondo de Naciones Unidad para la Infancia (UNICEF) ha exigido hoy a los gobiernos del mundo que incrementen los esfuerzos para proteger la salud mental de los más jóvenes. Denuncia que uno de cada siete adolescentes del mundo con edades comprendidas entre los 10 y los 19 años (el 13%) padecen un trastorno mental diagnosticado y que el suicidio es ya la quinta causa de muerte entre este grupo de edad, al que recurren anualmente casi 46.000 jóvenes. Sin embargo, los gobiernos del mundo dedican de media a la salud mental tan sólo un 2% de sus presupuestos de salud. 

El problema no es nuevo, pero la pandemia por la covid lo ha exacerbado y profundizado y ha puesto en primera línea la necesidad de atender la salud mental. Así lo desvela el Informe Estado mundial de la Infancia 2021, titulado En mi mente: promover, proteger y cuidar la salud mental de los niños mi mente, hacho público por UNICEF en la madrugada de este martes a nivel mundial. Es la primera vez que el estudio más importante y extenso que realiza las Naciones Unidad sobre la infancia se dedica en exclusiva al problema de la salud mental como la depresión, la ansiedad y el resto de dolencias que aquejan tanto a los más jóvenes como a sus cuidadores. 

Las consecuencias de la pandemia tienen un gran alcance, pero son solo la punta del iceberg. Incluso antes de la pandemia ya había demasiados niños y niñas abrumados por el peso de una serie de problemas de salud mental a los que no se había prestado atención. Los gobiernos están invirtiendo muy poco para atender estas necesidades esenciales. No se está dando suficiente importancia a la relación entre la salud mental y las consecuencias que se producen más adelante en la vida", afirma la directora ejecutiva de UNICEF, Henrietta Fore.

Se trata de un iceberg que se ha estado pasando por algo durante demasiado tiempo y a menos que se tomen medidas seguirá generando resultados desastrosos para los niños y las sociedades mucho después de que la pandemia haya terminado, resalta el informe.

Según el estudio, la ansiedad y la depresión representan alrededor del 40% de estos trastornos de salud mental diagnosticados. Los demás incluyen el trastorno por déficit de atención/hiperactividad, el trastorno de la conducta, la discapacidad intelectual, el trastorno bipolar, los trastornos alimentarios, el autismo, la esquizofrenia y un grupo de trastornos de la personalidad.

Desigualdades y recursos escasos

Si bien se trata de un problema global y que la escasez de recursos es generalizada, la investigación hace hincapié en las grandes desigualdades que existen a lo largo y ancho del planeta. En algunos de los países más pobres del mundo, los gobiernos destinan menos de dos céntimos al año por persona al tratamiento de la salud mental. Pero incluso en aquellos de ingresos medianos altos, el gasto anual es inferior a 3 dólares por persona. "Todas estas cifras son demasiado exiguas para tratar las enfermedades de salud mental de los niños, los adolescentes y los cuidadores, especialmente en el caso de quienes se enfrentan a problemas más graves de salud mental", afirma.

El informe también resalta la falta de medios y especialistas par tratar los problemas de salud mental. El número de psiquiatras especializados en el tratamiento de niños y adolescentes es inferior al 0,1 por 100.000 en todos los países, excepto en los de ingresos altos, donde la cifra era de 5,5 por 100.000.

Pero si el coste sobre la vida humana es incalculable, el que económico que supone no dedicar esfuerzos  es muy alto, el coste económico por no prestar atención a la salud mental también importante. Según el estudio, el coste económico que pagamos por este descuido es alto: alrededor de 340.200 millones de dólares al año, según los cálculos que realizaron para este informe David McDaid y Sara Evans-Lacko, del Departamento de Políticas de Salud de la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres. "Se trata de una pérdida de 340.200 millones de dólares en potencial humano que podría destinarse a las economías de los países". 

Salud mental y pandemia

La pandemia se ha cobrado un alto precio. Según los primeros resultados de una encuesta internacional realizada por UNICEF y Gallup entre niños y adultos de 21 países  y cuyos datos adelanta el estudio de UICEF, una media de uno de cada cinco jóvenes de entre 15 y 24 años encuestados afirmó que a menudo se siente deprimido o tiene poco interés en realizar algún tipo de actividad.

En España, los resultados de la encuesta desvelan que el 58,3% de los jóvenes de entre 15 y 24 años reconocen sentirse preocupados, nerviosos o ansiosos "a menudo" y el 36,1% "a veces". Además, el 11,5% de dichos jóvenes asegura que están deprimidos o tienen poco interés en hacer cosas "a menudo" y el 68,2% "a veces".

En vista de estos datos, el presidente de UNICEF España, Gustavo Suárez Pertierra, ha pedido que "se apruebe cuanto antes la Estrategia de Salud Mental, y que tenga muy en cuenta a la infancia. "Es necesario que se cree un grupo permanente de infancia y salud mental que concrete la implementación de esa estrategia abordando las principales cuestiones que afectan a la salud
mental y el bienestar emocional de los niños, niñas y adolescentes. Además, deben aumentar los recursos especializados y los canales a través de los cuales puedan ser escuchados", ha añadido.

A nivel global UNICEF a los gobiernos romper el silencio que rodea a los problemas de salud mental, afrontando el estigma, promoviendo una mejor comprensión de la salud mental y tomando en serio las experiencias de los niños, las niñas y los jóvenes.

También exige que realicen una inversión urgente en la salud mental de los niños y adolescentes "en todos los sectores, no sólo en el de la salud". Aboga por llevar a cabo intervenciones que han demostrado su eficacia en ámbitos como la salud, la educación y la protección social, entre ellas los programas de crianza y los programas integrales en la escuela. Y pide que las sociedades rompan el silencio que rodea a la salud mental, aborden el estigma, promuevan la comprensión y se tomen en serio las experiencias de los niños y los jóvenes.

"La salud mental forma una parte integral de la salud física; no podemos permitirnos seguir considerándola de otra manera", ha afirmado Henrietta Fore. Y añadió que "hemos observado que, durante demasiado tiempo, tanto en los países ricos como en los pobres, no se han hecho los esfuerzos suficientes para comprender esta cuestión e invertir en ella, a pesar de que desempeña un papel fundamental para el potencial de todos los niños. Esto tiene que cambiar".

05/10/2021 07:23

 

Publicado enSociedad
Fotografía: calvox&periche, https://www.flickr.com/photos/calvox_periche/51181278224/

“Estos niños viven, pues, en lo virtual. Las ciencias cognitivas muestran que el uso de la red, la lectura o la escritura de mensajes con los pulgares, la consulta de Wikipedia o Facebook no estimulan las mismas neuronas ni las mismas zonas corticales que el uso del libro, de la tiza o del cuaderno. Pueden manipular varias informaciones a la vez. No conocen ni integran, ni sintetizan como nosotros, sus ascendientes”.

Ya no tienen la misma cabeza.
Michel Serrés (1).

 

Esta es una buena cita para arrancar este texto con el tema: “El maestro de hoy, entre la presencialidad y la virtualidad”. Sirven las afirmaciones de Serrés para colocar de forma rápida el marco general al tema al cual nos ha abocado la pandemia/sindemia (2) para la educación. En ese sentido, mi tesis es que el tema propuesto es solo una arista de las muchas que han colocado a la educación, a la escuela y a las diversas formas de la actuación humana en este momento de la historia de la humanidad.

En esta perspectiva, la educación y la escuela ya estaban en una profunda crisis antes de la sindemia. Lo único que hizo ésta fue agregarle nuevos elementos a su caracterización y que, desde mi visión, es un mundo que vivía tres grandes transformaciones y ahora se le agrega una cuarta, que también modifica el escenario en forma sustancial. Ellas serían:

Un cambio epocal que, a decir de Charpak, premio Nobel de física, representa una “mutación” no vista desde el neolítico, la revolución de la agricultura y el lenguaje oral (3).

El paso entre la tercera y la cuarta revolución industrial, la cual tiene 50 años de su transición entre ellas, cuando entre la primera y la segunda necesitamos 200 años para su desarrollo, visibilizando la velocidad de los cambios de este tiempo (4).

El surgimiento de un capitalismo cognitivo, el cual realiza sus grandes acumulaciones en el conocimiento y la ciencia convertidos en fuerza productiva, diferenciando entre los países centrales y los de la periferia, y una centralidad del trabajo humano, lo cual constituye su singularidad (5).

En medio de esas transformaciones aparece la sindemia y produce unos cuestionamientos más profundos al modelo civilizatorio construido por occidente y la modernidad (6).

Estas cuatro transformaciones concurren hoy para construir un escenario que pudiéramos caracterizar con un aforismo de Confucio: “la crisis es un instante entre dos claridades”. Y nosotros, los humanos de este tiempo de cualquier concepción política, teórica e ideológica, nos encontramos en ese “instante” en el cual son resignificadas y replanteadas muchas de las instituciones, imaginarios culturales, sistemas de mediaciones, soportes de la acción humana que habían constituido la sociedad en el sentido que nos señala Serrés en la cita introductoria, aporta indicios de un mundo que va a tener que ser reinventado en sus múltiples lugares desde la acción humana cotidiana hasta los grandes procesos productivos, pasando por sus instituciones y, desde luego, esos fundamentos nuevos exigen ser comprendidos y analizados como la base de cualquier acción en estos tiempos.

La educación y la escuela interpelados


Esos cambios epocales y el nuevo proyecto de control y poder han requerido transformar la educación y la escuela en el marco de la tercera revolución industrial (microelectrónica) que se desarrollaba con la construcción de una hegemonía cultural orientada por un mundo bipolar USA-URSS, que a nivel de educación impulsaba el paradigma curricular. Para el mundo que estaba bajo la influencia norteamericana se propició a finales de los años 70 una reforma curricular que, en el caso de Colombia, se respondió por parte de los grupos críticos y del sindicato nacional magisterial Fecode, constituyendo el movimiento pedagógico nacional, que incidirá en la política por su participación en la Constitución del 91, de la que hicieron parte los profesores Abel Rodríguez y Germán Toro, expresidentes de Fecode. De igual manera, la incidencia en la Ley general de educación (115 de 1994).

En ese período y al inicio de la cuarta revolución industrial (2008-2010), en los centros de poder del capitalismo y su proyecto de globalización –agenciado desde los organismos multilaterales: Banco Mundial, Ocde y en nuestros países el Banco Interamericano de Desarrollo, centrados en la homogeneización de la educación a nivel mundial– se impone la visión de la comisión de calidad de Estados Unidos, que busca dar respuesta al informe Una nación en riesgo (7) y a partir de allí se fijan los mínimos educativos para formar al ciudadano trabajador de este tiempo (Stem –acrónimo de Science, Technology, Engineering, Mathematics), que lleva a una ola de nuevas leyes de educación.

Este modelo orientará la idea de “aseguramiento de la calidad” de la educación desde las competencias y las pruebas estandarizadas mundiales organizadas por la Ocde (Pisa) y las correspondientes en cada país, pruebas “SABER” para nuestro caso. En ese intento de construir un sistema homogéneo para la educación, aparece la sindemia del coronavirus agregándole nuevos elementos a una sociedad y una escuela que ya vivían una profunda crisis.


La crisis es un instante entre dos claridades (8)


Para ser más claro, el “instante” del aforismo de Confucio se nos presenta cuando la sindemia obliga a que cerca de 1.500 millones de niños, niñas y jóvenes en el mundo deban recluirse en sus casas, de donde habían salido hace 200 años, para ir a una escuela que les prometía la formación que la familia no les podía dispensar. Ahora regresaban para que allí se cumplieran las tareas de una escuela que caminaba a pasos de tortuga para alcanzar los requerimientos que le exigían los criterios de calidad de un capitalismo cognitivo construido sobre otras bases. Es decir, esa escuela, en muchos casos señalada como “ineficiente”, “desactualizada”, debía atender a sus comunidades en condiciones extraordinarias.

De 169 millones de estudiantes latinoamericanos, 12 millones colombianos, se fueron a sus casas a intentar realizar las actividades que llevaban a cabo en los centros físicos y presenciales, y allí se encontraron que la desigualdad crónica del continente también lo era de la herramienta mediadora que ahora les plantean con nombres de digitalidad, virtualidad y muchos otros. Lo que otros expertos habían promovido como “educación en casa”, “enseñanza remota” y “educación a distancia” tenía serios problemas para ser llevado a cabo en solo uno de los factores, la infraestructura. En el mundo, la mitad de los chicos no contaban con la red ni con las herramientas. En América Latina (AL) el 37.5 por ciento no tenía acceso a internet. En nuestro país, el estudio de la Universidad Javeriana de diciembre de 2019 mostró que solo el 36.4 por ciento estarían en condiciones de hacerlo. Y un estudio reciente del BID mostró que en AL el retraso en conectividad se daba entre el 40 y el 50 por ciento (9), y que para superarlos requerían invertir 68.506 millones de dólares, y en nuestro país USD 5.809 millones. Como corolario, revisando el índice Gini de digitalidad en nuestro país, resulta que este es más desigual que el económico.

Además nos encontramos que el otro componente fundamental en este proceso, el humano, no estaba preparado para esa transición. Nuestros chicos, interpretados a través de teorías norteamericanas como “nativos digitales” (10), ahora, no solo ante el reto abierto por esta coyuntura, y a las deficiencias en infraestructura se suma que los más avezados eran solo nativos de redes sociales, consumidores de éstas por los lugares más pobres de información y juegos que, por lo cual, si íbamos a realizar algún trabajo con ellos, también había que incluir en la agenda una “desintoxicación” de la virtualidad.

A esto se sumaba que la formación en las nuevas tecnologías había sido muy pobre en la formación de maestras y maestros que fueron a la universidad en ese tránsito entre tercera y cuarta revolución industrial, y que quienes la habían recibido, contaban con una formación instrumental (ferretería) con alfabetización virtual para uso de estos en los contenidos tradicionales, que muy pocas veces daban cuenta de los sistemas inteligentes que permiten el funcionamiento de los aparatos: algoritmos, big data, pensamiento computacional, etcétera, para no hablar de la dificultad de colocar esas herramientas como constructoras de un nuevo sistema cultural mediado por lenguajes y reorganizadora de formas de conciencia, relaciones sociales, mediaciones educativas y dinámicas de socialización.

De igual manera, el llevar esa escuela en crisis a la casa quedó al desnudo la pobre propuesta de la escuela en aspectos no académicos para resolver pruebas y entonces apareció con mucha fuerza que el cuidado, el autocuidado, el tiempo interior, los asuntos afectivos y emocionales habían ido perdiendo espacio en nuestras niñas, niños y jóvenes, tanto en la escuela como en la universidad, ya que el tiempo laboral para obtener los mínimos vitales consumían el tiempo de padres y madres del continente, donde también el 36 por cieneto son hogares monoparentales, dependiendo del sector y los estratos sociales, llevando desventaja los grupos más vulnerables.


Ser maestro y maestra en tiempos de sindemia

El oficio se transformó sustancialmente y sus actores hicieron adecuaciones sobre la marcha para que esa escuela funcionara en casa, contando con las condiciones mínimas, y allí tuvieron que adecuar sus equipos, repotenciarlos, adquirir nuevos programas informáticos, todo ello sin presupuesto oficial. Y como pasa en el día a día de las instituciones educativas, algunos trasladaron los currículos oficiales presenciales a los sistemas del nuevo espacio en el cual debían trabajar. Otros buscaron los temas y los ampliaron a través de videos y enlaces de las plataformas y las nubes, y de algunos de los consorcios tecnológicos transnacionales.

También tomaron cuerpo algunas innovaciones en las dinámicas del aprendizaje; en zonas donde era imposible acudir a medios tecnológicos se apeló a radios comunitarias, guías enviadas a través de correos humanos a centros despoblados y rurales. En muchos casos, la imposibilidad de cubrirlos generó también grupos que quedaron desconectados de las actividades escolares en casa, emergiendo la vulnerabilidad que, como siempre, penaliza a los más empobrecidos. Allí las chicas y los chicos asumieron parte de las tareas del trabajo familiar, tanto en lo doméstico como en lo productivo.

De igual manera emergieron problemáticas asociadas a la cultura social de las comunidades, que se hacen más fuertes en los hogares en donde el maltrato toma múltiples formas, así como el abuso y las relaciones entre menores de edad que, en muchos casos, han generado un aumento en los embarazos adolescentes, situaciones que han producido una presión emocional, con sus consecuencias de estrés y agotamiento, sumado a infecciones del virus. No pueden dejarse de mencionar muchas maestras y maestros que aumentaron una jornada a las ya existentes, al tener que hacer el acompañamiento a las actividades escolares de sus hijas e hijos.

Lo más interesante de este tránsito es que esa escuela remota, virtual, o como se le llame, aparecía en la agenda de las grandes transnacionales de la tecnología como una resultante de la cuarta revolución industrial y con especificidad de la inteligencia artificial incorporada en los procesos del trabajo, la salud y la educación, lo que habría llevado a Kurzweil (11) (jefe de ingenieros de Google) y algunos CEOs del Valle de Silicón a prever que entre el 2005 y el 2030 una quinta revolución industrial centrada en la inteligencia artificial nos colocaría mayoritariamente en el teletrabajo, la teleeducación y la telesalud. Por eso, algunas corrientes críticas señalan que la pandemia aceleró un proceso que tiende a convertirse como de manera “natural” por el capitalismo cognitivo para la reorganización del trabajo en la sociedad.


La presencialidad es necesaria

“El experimento para ver cómo aprenden los niños con la educación remota” a que había aludido Erick Smith, asesor del senado norteamericano para inteligencia artificial y CEO y accionista de Alphabet, de la empresa Google, comienza a tener fisuras y mostró cómo el fin de la escuela de 200 años basada en la presencialidad no estaba agotado, y algunos de sus componentes eran fundamentales, y que se abría un modelo de educación “híbrido”, “multimodal”.

Una realidad que generó el debate sobre cómo garantizar ese regreso, lo que propició una discusión más compleja, ya que no era la disputa entre lo presencial y lo virtual sino que de nuevo aparecía la inexistencia de una educación neutra, toda vez que la misma está atravesada por los intereses de las personas que la hacen u orientan, y ello constituye la subjetividad y la ética de la acción humana. Ahora, en las condiciones de sindemia y el cómo garantizar el regreso con bioseguridad, aparecieron las aristas de un debate que tiene como fundamento los derechos entrecruzados en esta decisión: a la vida, a la salud, a la educación y los derechos preferentes de los niños.

Un debate que sirvió para que las viejas posiciones volvieran sobre los antiguos argumentos. Escuchamos a personas que ocuparon altos cargos en el Ministerio de Educación plantear que el problema era Fecode, y éstos respondieron que los problemas eran estructurales respecto a la infraestructura y la bioseguridad. También escuchamos a intelectuales y periodistas señalando la importancia de la presencialidad por sus aspectos socioemocionales. Otros señalábamos que volver a la vieja escuela sin modificaciones ni replanteamientos, para validar pruebas internacionales, era un salto al vacío.

Lo curioso es que todos y todas, desde diferentes lugares, coincidíamos en la importancia de la presencialidad, lo cual coloca en el centro del debate el tipo de mediaciones pedagógicas que entregan presencialidad y virtualidad, y la manera cómo ayudan a formar un ser humano integral en estos tiempos de cuarta revolución industrial, desde estos países del sur. Esta situación va a requerir de mucha autonomía en el actor de formación para nuevos liderazgos educativos y pedagógicos que entreguen resultados con los proyectos educativos institucionales pertinentes para formar ciudadanas y ciudadanos del mundo e hijos e hijas de la aldea.


Hacia una agenda de transición

Coherente con estas reflexiones, creo que existen unas tareas urgentes e inaplazables:

- Convertir la educación en un asunto de toda la sociedad, sacarla de ser solo para expertos y los actores de la misma.
- Recuperar los asuntos del Estado social de derecho, integrados en la Constitución del 91, en la que educación, salud, saneamiento básico y agua potable, con su respectiva financiación, fueron despojados por el acto legislativo 01 del 2002.
- Urge trabajar la perspectiva crítica de la pertinencia educativa con todos los actores de educación desde sus seis preguntas: ¿por qué educación y escuela en estos tiempos? ¿Para qué? ¿En dónde? ¿A quiénes? ¿Cuál? ¿Cómo?
- Resalta en su necesidad una educación para un ser humano integral, basada en sus capacidades y habilidades, en la que las competencias son subsidiarias de éstas.
- Convertir cada centro educativo e institución en una comunidad de práctica, aprendizaje, saber, conocimiento e investigación orientada a la innovación.
- Construir una formación integral que realice una alfabetización integrada de lo digital y de lo virtual, que la saque del uso instrumental, y que logre diferenciar entre tecnologías blandas y duras.
- Reconstruir los sentidos de lo público, reconociendo esa nueva gobernanza global del capitalismo cognitivo a través de las plataformas de las corporaciones tecnológicas, lo cual exige una actualización de la Ley general de educación.
- Reconstruir ejercicios de desaprendizaje que les permita repensar las prácticas y las teorías de la educación presencial y virtual.
- Reconocer las prácticas existentes que impulsan maestras y maestros desde los territorios como fundamento de las nuevas transformaciones.
- Iniciar conversaciones sobre el giro copernicano necesario en la formación de maestras y maestros para estos tiempos.

Permítanme terminar con una cita del pedagogo latinoamericano, referencia mundial, en la celebración de los 100 años de su natalicio:

Para mí es imposible conocer despreciando la intuición, los sentimientos, los sueños, los deseos, es mi cuerpo entero el que socialmente conoce. No puedo, en nombre de la exactitud y el rigor, negar mi cuerpo, mis sentimientos, mis pensamientos. Sé bien que conocer no es adivinar, pero conocer también pasa por adivinar. Lo que no tengo derecho a hacer si soy riguroso, serio, es quedar satisfecho con mi intuición. Debo someter el objeto de ella al filtro riguroso que merece, pero jamás despreciarlo, para mí la intuición forma parte del hacer y del pensar críticamente lo que se hace […] el desinterés por los sentimientos, como desvirtuadores de la investigación y de sus hallazgos, el miedo o la intuición, la negación categórica de la intuición y de la pasión, la creencia en los tecnicismos, todo esto termina por llevarnos al convencimiento de que cuanto más neutros seamos en nuestra acción, tanto más objetivos y eficaces, seremos: más exactos, más científicos Paulo Freire (12).

 

1 Michel Serrés, Pulgarcita, México, Fondo de Cultura Económica, 2014, p. 21.
2 Este término, desarrollado por Merrill Singer, se refiere a un momento en el cual dos o más enfermedades se entretejen haciendo un daño mayor que la suma de las dos. En este caso, la otra es la crisis social de la humanidad.
3 Charpak y Omnés, Sed sabios convertíos en profetas, Barcelona, Anagrama, 2005, pp. 15-16.
4 Mejía, M. R., Educación(es), escuela(s) y pedagogía(s) en la cuarta revolución industrial desde Nuestra América, Bogotá, Ediciones Desde Abajo, 2020.
5 Boutang, Y., Le capitalisme cognitif. La nouvelle grande transformation, París, Editions Amsterdam, 2014.
6 Santos B., La cruel pedagogía del virus, Buenos Aires, Clacso, 2020.
7 Departamento de Educación de Estados Unidos, A nation at risk. The imperative for educational reform, 1983.
8 Confucio.
9 BID, Índice de desarrollo de banda ancha, Washington, DC. 2021.
10 Prensky M., Teaching digital natives: partnering for real learning, California, Sage, 2010.
11 Kurzweil R., Cómo crear una mente, Berlín, Lola Books, 2013.
12 Freire Paulo, Educación en la ciudad, México, Siglo XXI editores, 1977, pp. 128-129.

*Planeta Paz, Expedición Pedagógica Nacional.

 

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Publicado enColombia
Fotografía: calvox&periche, https://www.flickr.com/photos/calvox_periche/51181278224/

“Estos niños viven, pues, en lo virtual. Las ciencias cognitivas muestran que el uso de la red, la lectura o la escritura de mensajes con los pulgares, la consulta de Wikipedia o Facebook no estimulan las mismas neuronas ni las mismas zonas corticales que el uso del libro, de la tiza o del cuaderno. Pueden manipular varias informaciones a la vez. No conocen ni integran, ni sintetizan como nosotros, sus ascendientes”.

Ya no tienen la misma cabeza.
Michel Serrés (1).

 

Esta es una buena cita para arrancar este texto con el tema: “El maestro de hoy, entre la presencialidad y la virtualidad”. Sirven las afirmaciones de Serrés para colocar de forma rápida el marco general al tema al cual nos ha abocado la pandemia/sindemia (2) para la educación. En ese sentido, mi tesis es que el tema propuesto es solo una arista de las muchas que han colocado a la educación, a la escuela y a las diversas formas de la actuación humana en este momento de la historia de la humanidad.

En esta perspectiva, la educación y la escuela ya estaban en una profunda crisis antes de la sindemia. Lo único que hizo ésta fue agregarle nuevos elementos a su caracterización y que, desde mi visión, es un mundo que vivía tres grandes transformaciones y ahora se le agrega una cuarta, que también modifica el escenario en forma sustancial. Ellas serían:

Un cambio epocal que, a decir de Charpak, premio Nobel de física, representa una “mutación” no vista desde el neolítico, la revolución de la agricultura y el lenguaje oral (3).

El paso entre la tercera y la cuarta revolución industrial, la cual tiene 50 años de su transición entre ellas, cuando entre la primera y la segunda necesitamos 200 años para su desarrollo, visibilizando la velocidad de los cambios de este tiempo (4).

El surgimiento de un capitalismo cognitivo, el cual realiza sus grandes acumulaciones en el conocimiento y la ciencia convertidos en fuerza productiva, diferenciando entre los países centrales y los de la periferia, y una centralidad del trabajo humano, lo cual constituye su singularidad (5).

En medio de esas transformaciones aparece la sindemia y produce unos cuestionamientos más profundos al modelo civilizatorio construido por occidente y la modernidad (6).

Estas cuatro transformaciones concurren hoy para construir un escenario que pudiéramos caracterizar con un aforismo de Confucio: “la crisis es un instante entre dos claridades”. Y nosotros, los humanos de este tiempo de cualquier concepción política, teórica e ideológica, nos encontramos en ese “instante” en el cual son resignificadas y replanteadas muchas de las instituciones, imaginarios culturales, sistemas de mediaciones, soportes de la acción humana que habían constituido la sociedad en el sentido que nos señala Serrés en la cita introductoria, aporta indicios de un mundo que va a tener que ser reinventado en sus múltiples lugares desde la acción humana cotidiana hasta los grandes procesos productivos, pasando por sus instituciones y, desde luego, esos fundamentos nuevos exigen ser comprendidos y analizados como la base de cualquier acción en estos tiempos.

La educación y la escuela interpelados


Esos cambios epocales y el nuevo proyecto de control y poder han requerido transformar la educación y la escuela en el marco de la tercera revolución industrial (microelectrónica) que se desarrollaba con la construcción de una hegemonía cultural orientada por un mundo bipolar USA-URSS, que a nivel de educación impulsaba el paradigma curricular. Para el mundo que estaba bajo la influencia norteamericana se propició a finales de los años 70 una reforma curricular que, en el caso de Colombia, se respondió por parte de los grupos críticos y del sindicato nacional magisterial Fecode, constituyendo el movimiento pedagógico nacional, que incidirá en la política por su participación en la Constitución del 91, de la que hicieron parte los profesores Abel Rodríguez y Germán Toro, expresidentes de Fecode. De igual manera, la incidencia en la Ley general de educación (115 de 1994).

En ese período y al inicio de la cuarta revolución industrial (2008-2010), en los centros de poder del capitalismo y su proyecto de globalización –agenciado desde los organismos multilaterales: Banco Mundial, Ocde y en nuestros países el Banco Interamericano de Desarrollo, centrados en la homogeneización de la educación a nivel mundial– se impone la visión de la comisión de calidad de Estados Unidos, que busca dar respuesta al informe Una nación en riesgo (7) y a partir de allí se fijan los mínimos educativos para formar al ciudadano trabajador de este tiempo (Stem –acrónimo de Science, Technology, Engineering, Mathematics), que lleva a una ola de nuevas leyes de educación.

Este modelo orientará la idea de “aseguramiento de la calidad” de la educación desde las competencias y las pruebas estandarizadas mundiales organizadas por la Ocde (Pisa) y las correspondientes en cada país, pruebas “SABER” para nuestro caso. En ese intento de construir un sistema homogéneo para la educación, aparece la sindemia del coronavirus agregándole nuevos elementos a una sociedad y una escuela que ya vivían una profunda crisis.


La crisis es un instante entre dos claridades (8)


Para ser más claro, el “instante” del aforismo de Confucio se nos presenta cuando la sindemia obliga a que cerca de 1.500 millones de niños, niñas y jóvenes en el mundo deban recluirse en sus casas, de donde habían salido hace 200 años, para ir a una escuela que les prometía la formación que la familia no les podía dispensar. Ahora regresaban para que allí se cumplieran las tareas de una escuela que caminaba a pasos de tortuga para alcanzar los requerimientos que le exigían los criterios de calidad de un capitalismo cognitivo construido sobre otras bases. Es decir, esa escuela, en muchos casos señalada como “ineficiente”, “desactualizada”, debía atender a sus comunidades en condiciones extraordinarias.

De 169 millones de estudiantes latinoamericanos, 12 millones colombianos, se fueron a sus casas a intentar realizar las actividades que llevaban a cabo en los centros físicos y presenciales, y allí se encontraron que la desigualdad crónica del continente también lo era de la herramienta mediadora que ahora les plantean con nombres de digitalidad, virtualidad y muchos otros. Lo que otros expertos habían promovido como “educación en casa”, “enseñanza remota” y “educación a distancia” tenía serios problemas para ser llevado a cabo en solo uno de los factores, la infraestructura. En el mundo, la mitad de los chicos no contaban con la red ni con las herramientas. En América Latina (AL) el 37.5 por ciento no tenía acceso a internet. En nuestro país, el estudio de la Universidad Javeriana de diciembre de 2019 mostró que solo el 36.4 por ciento estarían en condiciones de hacerlo. Y un estudio reciente del BID mostró que en AL el retraso en conectividad se daba entre el 40 y el 50 por ciento (9), y que para superarlos requerían invertir 68.506 millones de dólares, y en nuestro país USD 5.809 millones. Como corolario, revisando el índice Gini de digitalidad en nuestro país, resulta que este es más desigual que el económico.

Además nos encontramos que el otro componente fundamental en este proceso, el humano, no estaba preparado para esa transición. Nuestros chicos, interpretados a través de teorías norteamericanas como “nativos digitales” (10), ahora, no solo ante el reto abierto por esta coyuntura, y a las deficiencias en infraestructura se suma que los más avezados eran solo nativos de redes sociales, consumidores de éstas por los lugares más pobres de información y juegos que, por lo cual, si íbamos a realizar algún trabajo con ellos, también había que incluir en la agenda una “desintoxicación” de la virtualidad.

A esto se sumaba que la formación en las nuevas tecnologías había sido muy pobre en la formación de maestras y maestros que fueron a la universidad en ese tránsito entre tercera y cuarta revolución industrial, y que quienes la habían recibido, contaban con una formación instrumental (ferretería) con alfabetización virtual para uso de estos en los contenidos tradicionales, que muy pocas veces daban cuenta de los sistemas inteligentes que permiten el funcionamiento de los aparatos: algoritmos, big data, pensamiento computacional, etcétera, para no hablar de la dificultad de colocar esas herramientas como constructoras de un nuevo sistema cultural mediado por lenguajes y reorganizadora de formas de conciencia, relaciones sociales, mediaciones educativas y dinámicas de socialización.

De igual manera, el llevar esa escuela en crisis a la casa quedó al desnudo la pobre propuesta de la escuela en aspectos no académicos para resolver pruebas y entonces apareció con mucha fuerza que el cuidado, el autocuidado, el tiempo interior, los asuntos afectivos y emocionales habían ido perdiendo espacio en nuestras niñas, niños y jóvenes, tanto en la escuela como en la universidad, ya que el tiempo laboral para obtener los mínimos vitales consumían el tiempo de padres y madres del continente, donde también el 36 por cieneto son hogares monoparentales, dependiendo del sector y los estratos sociales, llevando desventaja los grupos más vulnerables.


Ser maestro y maestra en tiempos de sindemia

El oficio se transformó sustancialmente y sus actores hicieron adecuaciones sobre la marcha para que esa escuela funcionara en casa, contando con las condiciones mínimas, y allí tuvieron que adecuar sus equipos, repotenciarlos, adquirir nuevos programas informáticos, todo ello sin presupuesto oficial. Y como pasa en el día a día de las instituciones educativas, algunos trasladaron los currículos oficiales presenciales a los sistemas del nuevo espacio en el cual debían trabajar. Otros buscaron los temas y los ampliaron a través de videos y enlaces de las plataformas y las nubes, y de algunos de los consorcios tecnológicos transnacionales.

También tomaron cuerpo algunas innovaciones en las dinámicas del aprendizaje; en zonas donde era imposible acudir a medios tecnológicos se apeló a radios comunitarias, guías enviadas a través de correos humanos a centros despoblados y rurales. En muchos casos, la imposibilidad de cubrirlos generó también grupos que quedaron desconectados de las actividades escolares en casa, emergiendo la vulnerabilidad que, como siempre, penaliza a los más empobrecidos. Allí las chicas y los chicos asumieron parte de las tareas del trabajo familiar, tanto en lo doméstico como en lo productivo.

De igual manera emergieron problemáticas asociadas a la cultura social de las comunidades, que se hacen más fuertes en los hogares en donde el maltrato toma múltiples formas, así como el abuso y las relaciones entre menores de edad que, en muchos casos, han generado un aumento en los embarazos adolescentes, situaciones que han producido una presión emocional, con sus consecuencias de estrés y agotamiento, sumado a infecciones del virus. No pueden dejarse de mencionar muchas maestras y maestros que aumentaron una jornada a las ya existentes, al tener que hacer el acompañamiento a las actividades escolares de sus hijas e hijos.

Lo más interesante de este tránsito es que esa escuela remota, virtual, o como se le llame, aparecía en la agenda de las grandes transnacionales de la tecnología como una resultante de la cuarta revolución industrial y con especificidad de la inteligencia artificial incorporada en los procesos del trabajo, la salud y la educación, lo que habría llevado a Kurzweil (11) (jefe de ingenieros de Google) y algunos CEOs del Valle de Silicón a prever que entre el 2005 y el 2030 una quinta revolución industrial centrada en la inteligencia artificial nos colocaría mayoritariamente en el teletrabajo, la teleeducación y la telesalud. Por eso, algunas corrientes críticas señalan que la pandemia aceleró un proceso que tiende a convertirse como de manera “natural” por el capitalismo cognitivo para la reorganización del trabajo en la sociedad.


La presencialidad es necesaria

“El experimento para ver cómo aprenden los niños con la educación remota” a que había aludido Erick Smith, asesor del senado norteamericano para inteligencia artificial y CEO y accionista de Alphabet, de la empresa Google, comienza a tener fisuras y mostró cómo el fin de la escuela de 200 años basada en la presencialidad no estaba agotado, y algunos de sus componentes eran fundamentales, y que se abría un modelo de educación “híbrido”, “multimodal”.

Una realidad que generó el debate sobre cómo garantizar ese regreso, lo que propició una discusión más compleja, ya que no era la disputa entre lo presencial y lo virtual sino que de nuevo aparecía la inexistencia de una educación neutra, toda vez que la misma está atravesada por los intereses de las personas que la hacen u orientan, y ello constituye la subjetividad y la ética de la acción humana. Ahora, en las condiciones de sindemia y el cómo garantizar el regreso con bioseguridad, aparecieron las aristas de un debate que tiene como fundamento los derechos entrecruzados en esta decisión: a la vida, a la salud, a la educación y los derechos preferentes de los niños.

Un debate que sirvió para que las viejas posiciones volvieran sobre los antiguos argumentos. Escuchamos a personas que ocuparon altos cargos en el Ministerio de Educación plantear que el problema era Fecode, y éstos respondieron que los problemas eran estructurales respecto a la infraestructura y la bioseguridad. También escuchamos a intelectuales y periodistas señalando la importancia de la presencialidad por sus aspectos socioemocionales. Otros señalábamos que volver a la vieja escuela sin modificaciones ni replanteamientos, para validar pruebas internacionales, era un salto al vacío.

Lo curioso es que todos y todas, desde diferentes lugares, coincidíamos en la importancia de la presencialidad, lo cual coloca en el centro del debate el tipo de mediaciones pedagógicas que entregan presencialidad y virtualidad, y la manera cómo ayudan a formar un ser humano integral en estos tiempos de cuarta revolución industrial, desde estos países del sur. Esta situación va a requerir de mucha autonomía en el actor de formación para nuevos liderazgos educativos y pedagógicos que entreguen resultados con los proyectos educativos institucionales pertinentes para formar ciudadanas y ciudadanos del mundo e hijos e hijas de la aldea.


Hacia una agenda de transición

Coherente con estas reflexiones, creo que existen unas tareas urgentes e inaplazables:

- Convertir la educación en un asunto de toda la sociedad, sacarla de ser solo para expertos y los actores de la misma.
- Recuperar los asuntos del Estado social de derecho, integrados en la Constitución del 91, en la que educación, salud, saneamiento básico y agua potable, con su respectiva financiación, fueron despojados por el acto legislativo 01 del 2002.
- Urge trabajar la perspectiva crítica de la pertinencia educativa con todos los actores de educación desde sus seis preguntas: ¿por qué educación y escuela en estos tiempos? ¿Para qué? ¿En dónde? ¿A quiénes? ¿Cuál? ¿Cómo?
- Resalta en su necesidad una educación para un ser humano integral, basada en sus capacidades y habilidades, en la que las competencias son subsidiarias de éstas.
- Convertir cada centro educativo e institución en una comunidad de práctica, aprendizaje, saber, conocimiento e investigación orientada a la innovación.
- Construir una formación integral que realice una alfabetización integrada de lo digital y de lo virtual, que la saque del uso instrumental, y que logre diferenciar entre tecnologías blandas y duras.
- Reconstruir los sentidos de lo público, reconociendo esa nueva gobernanza global del capitalismo cognitivo a través de las plataformas de las corporaciones tecnológicas, lo cual exige una actualización de la Ley general de educación.
- Reconstruir ejercicios de desaprendizaje que les permita repensar las prácticas y las teorías de la educación presencial y virtual.
- Reconocer las prácticas existentes que impulsan maestras y maestros desde los territorios como fundamento de las nuevas transformaciones.
- Iniciar conversaciones sobre el giro copernicano necesario en la formación de maestras y maestros para estos tiempos.

Permítanme terminar con una cita del pedagogo latinoamericano, referencia mundial, en la celebración de los 100 años de su natalicio:

Para mí es imposible conocer despreciando la intuición, los sentimientos, los sueños, los deseos, es mi cuerpo entero el que socialmente conoce. No puedo, en nombre de la exactitud y el rigor, negar mi cuerpo, mis sentimientos, mis pensamientos. Sé bien que conocer no es adivinar, pero conocer también pasa por adivinar. Lo que no tengo derecho a hacer si soy riguroso, serio, es quedar satisfecho con mi intuición. Debo someter el objeto de ella al filtro riguroso que merece, pero jamás despreciarlo, para mí la intuición forma parte del hacer y del pensar críticamente lo que se hace […] el desinterés por los sentimientos, como desvirtuadores de la investigación y de sus hallazgos, el miedo o la intuición, la negación categórica de la intuición y de la pasión, la creencia en los tecnicismos, todo esto termina por llevarnos al convencimiento de que cuanto más neutros seamos en nuestra acción, tanto más objetivos y eficaces, seremos: más exactos, más científicos Paulo Freire (12).

 

1 Michel Serrés, Pulgarcita, México, Fondo de Cultura Económica, 2014, p. 21.
2 Este término, desarrollado por Merrill Singer, se refiere a un momento en el cual dos o más enfermedades se entretejen haciendo un daño mayor que la suma de las dos. En este caso, la otra es la crisis social de la humanidad.
3 Charpak y Omnés, Sed sabios convertíos en profetas, Barcelona, Anagrama, 2005, pp. 15-16.
4 Mejía, M. R., Educación(es), escuela(s) y pedagogía(s) en la cuarta revolución industrial desde Nuestra América, Bogotá, Ediciones Desde Abajo, 2020.
5 Boutang, Y., Le capitalisme cognitif. La nouvelle grande transformation, París, Editions Amsterdam, 2014.
6 Santos B., La cruel pedagogía del virus, Buenos Aires, Clacso, 2020.
7 Departamento de Educación de Estados Unidos, A nation at risk. The imperative for educational reform, 1983.
8 Confucio.
9 BID, Índice de desarrollo de banda ancha, Washington, DC. 2021.
10 Prensky M., Teaching digital natives: partnering for real learning, California, Sage, 2010.
11 Kurzweil R., Cómo crear una mente, Berlín, Lola Books, 2013.
12 Freire Paulo, Educación en la ciudad, México, Siglo XXI editores, 1977, pp. 128-129.

*Planeta Paz, Expedición Pedagógica Nacional.

 

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Publicado enEdición Nº284