Hoja de coca sembrada en el municipio de Tibú, vereda Km 25 (Colombia). — Oriol Daviu

Las consecuencias de estos incumplimientos se ven traducidas en asesinatos y amenazas a defensores de los derechos humanos, en la proliferación de actores armados en los territorios abandonados por la exguerrilla y en un aumento de los cultivos de hoja de coca.

En el Catatumbo, las dinámicas de violencia responden a la presencia de actores armados, al ser fronterizo con Venezuela, conforma un corredor de la droga. Se trata de una región rica en recursos naturales (carbón, petróleo, coltán, esmeraldas, agua...), donde también destaca el monocultivo de palma africana y alberga el oleoducto Caño Limón-Coveñas.

En total, fueron 99.097 familias productoras de coca, de las más de 200.000, las que se inscribieron al PNIS en todo el país. "Muchas no llegaron a tiempo porque el registro cerró antes de que se pudieran apuntar", destaca Quintero. El incumplimiento a estas familias y la proliferación de los grupos armados vinculados al narcotráfico ha conllevado durante estos años un aumento de la coca en todo el país.

Según UNODC, la producción potencial de coca ha  aumentado en un 8% en 2020 en zonas donde múltiples actores compiten porcontrolar los territorios donde se cultiva la hoja de coca y se procesa la pasta básica. Así lo recalca también un informe de International Crisis Group , que menciona a otra de las guerrillas presentes, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), que "se ha expandido considerablemente", así como a las organizaciones herederas del paramilitarismo y disidencias de las FARC-EP.

En el Catatumbo están estos grupos y también tiene presencia un reducto de la guerrilla Ejército Popular de Liberación (EPL), desmovilizada en 1991. El informe de la UNODC destaca la influencia de cárteles mexicanos, como Sinaloa y Jalisco Nueva Generación, con incidencia directa sobre la siembra y la salida de la pasta básica hacia los mercados internacionales.

Asimismo advierte de que las comunidades no están seguras de cuáles son los grupos armados presentes. "Antes del Acuerdo sabíamos quiénes eran nuestros enemigos. Nos cuidábamos del Ejército, de los paramilitares que entraban asesinando, quemándonos nuestros caseríos y desplazando al campesinado. Hoy en día nos toca saber bien qué decimos, con quién discutimos y a quién le exigimos los respetos y los acuerdos comunitarios", explica Irene Ramírez, presidenta de la Asociación del Valle del Río Cimitarra (ACVC), organización que se encuentra en otra de las regiones afectadas por los cultivos de uso ilícito, el Magdalena Medio, al nororiente del país.

Desde la firma del acuerdo, han sido asesinadas más de 1.200 lideresas y líderes sociales y cerca de 300 exguerrilleros han sido asesinados, todos ellos  trabajaban en pro de los acuerdos de paz, muchos en lo relativo a la sustitución de cultivos. "Convencimos al campesinado para arrancar las matas y ahora el Gobierno no cumple, ¿cómo no vamos a recibir amenazas?", explica Dairo Alberto Vallejo, exguerrillero y coordinador del Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de Caño Indio en el Catatumbo, uno de las 24 zonas habilitadas para la reincorporación de las y los exguerrilleros.

"El Gobierno trata de resolver el problema del narcotráfico desde un enfoque de guerra y estigmatización del campesinado. Hasta Barak Obama dijo que no servía la guerra contra el narcotráfico. Y el Acuerdo de Paz habla sobre políticas de reconstrucción económica de los territorios, de soluciones para las familias y de políticas concertadas de sustitución", expresa Camilo González, presidente del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz).

La erradicación forzada y la persecución al campesinado

"Estamos luchando para que se cumpla el cuarto punto de los Acuerdos de la Habana. El campesinado tiene la voluntad de sustituir los cultivos de coca, pero con garantías, porque no es arrancar por arrancar y dejar a la gente aguantando hambre", afirma María Carvajal, lideresa de Ascamcat.

"Cuando conocimos los Acuerdos nos ilusionamos", reconoce Carvajal. "Pensamos que iba a ser un éxito, que de verdad el Gobierno quería sustituir la coca. Soñamos con las cooperativas y la comercialización de los productos. Por eso le explicamos a la comunidad que se acogiera a la sustitución voluntaria, que vivir de la coca nos traía problemas. Y si la gente hoy en día ha vuelto a sembrar coca es porque el Gobierno la ha obligado. Porque, ¿qué más hace? Si se siembra yuca, no da para vivir. Si se siembra cacao, no hay carreteras para sacar la producción".

Carvajal ha liderado, entre otros procesos, la sustitución voluntaria y ahora ve, no solo como el Gobierno no cumple, sino como desde 2019, y especialmente durante la pandemia de la covid-19, envía al Ejército para llevar a cabo operativos de erradicación forzada que crean enfrentamientos con la comunidad. En uno de estos enfrentamientos fue asesinado Alejandro Carvajal, su sobrino.

"A Alejando Carvajal le disparó un soldado cuando estabahablando por teléfono y también asesinaron a Emérito Buendía alegando que tenía un palo. Un palo contra un fusil", resalta Quintero, quien denunció durante su intervención como invitada de las XIX Jornadas de la Mesa Catalana por Colombia en Barcelona, que desde el 26 de octubre el Ejército ha llegado a varias veredas del municipio de Tibú para erradicar de manera forzada. "Cuando entran los operativos militares la comunidad, obviamente, reacciona exigiendo el cumplimiento del Acuerdo si quieren arrancar las plantas de coca, organizándose en asentamientos humanitarios para no dejar pasar a los soldados".

 Quintero cuenta cómo en uno de estos operativos la comunidad llamó a Ascamcat para que mediara en materia de derechos humanos con el Ejército, pero cuando Elizabeth Pabón, presidenta de Ascamcat y Jhunior Maldonado, líder de la organización, llegan al lugar el general al mando les acusa de secuestrar a 180 militares. "Ni siquiera las FARC-EP, cuando estaban alzadas en armas, logró retener a tantos militares con sus fusiles. Esta es una estrategia para desprestigiar a la organización y hacernos pagar por la firme defensa del Acuerdo de Paz", dice Quintero.

Además de las erradicaciones y las persecuciones, este año el Gobierno de Duque pretende reactivar la aspersión con glifosato, pese a la oposición de la ONU y que este herbicida fue prohibido en 2015. Como concluye Carvajal: "También nos asusta la fumigación con glifosato porque ya hemos vivido esa experiencia y eso envenena la tierra; no solamente la coca, sino todos los cultivos, las aguas, los animales, la fauna y los seres humanos".

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El congresista colombiano, cuando participó en el seminario internacional Los partidos y una nueva sociedad, con el tema Crisis del neoliberalismo, el 23 de octubre pasado.Foto José Antonio López

El legislador esboza el ambiente que floreció en su país a la sombra del tratado que puso fin a la guerra que duró casi medio siglo. Por ejemplo, con los paramilitares –expone– se busca no una negociación política, sino un diálogo para que acaten la ley

 

Se acerca el quinto aniversario de los Acuerdos de Paz en Colombia, pactos que el presidente Iván Duque y el entorno de Álvaro Uribe han intentado destruir, bloquear, desprestigiar. Y que, sin embargo –asegura el senador por el Polo Democrático Iván Cepeda– han tenido efectos políticos, culturales y sociales que permiten pensar, "por primera vez en la historia republicana del país, en la posibilidad del triunfo de una coalición de centroizquierda" en las elecciones de marzo de 2022.

Cepeda, quien forma parte del directorio del Pacto Histórico, una de las dos coaliciones que enfrentarán a conservadores y uribistas en los próximos comicios, describe en entrevista con este diario el nuevo ambiente que floreció en Colombia bajo la sombra del acuerdo que puso fin a la guerra que se prolongó casi medio siglo: un realineamiento de todas las fuerzas en favor o en contra de la paz; un clima de continuas movilizaciones y protestas sociales; un sistema de justicia transicional inédito que, pese a navegar a contracorriente, ha tenido grandes avances.

El simple hecho de que los acuerdos se mantengan, luego del asesinato más de 300 ex guerrilleros y líderes sociales, "es un triunfo del pueblo colombiano", que lo sostiene "a pesar de todo". Y ese "a pesar de todo" significa que de enero a septiembre de 2021 se registran al menos 50 masacres, centenares de asesinatos de defensores del ambiente y los derechos humanos. "Lo que el gobierno llama paz con legalidad son palabras huecas."

Lo que propone para las elecciones del año próximo: apuntalar un proceso de paz que ponga en marcha procesos que incluyan al Ejército de Liberación Nacional (ELN), a grupos del paramilitarismo que sobreviven y a sectores del narcotráfico. "No a través de una negociación política, por supuesto, sino de procesos de sometimiento pacífico a la ley."

(El Pacto Histórico es una amplia alianza de fuerzas de izquierda que van desde Colombia Humana, del ex alcalde de Bogotá Gustavo Petro, hasta el partido de las ex FARC, pasando por Polo Democrático, Unión Patriótica y otros. Coalición de la Esperanza agrupa a liberales, verdes y fuerzas de centro, e incluye a figuras como Ingrid Betancourt.)

Lo que falta: paramilitares y narcotráfico

–En la ecuación para ampliar los efectos de los Acuerdos de Paz incluye al paramilitarismo. ¿Cómo?

–En el discurso de Uribe, este proceso de los acuerdos paz ha sido como entregarles el poder a los ex guerrilleros. Pero lo cierto es que Uribe, en su momento, quiso entregar literalmente el país a los paramilitares. De ello resultó que hubo entre 30 y 40 por ciento de los congresistas elegidos por los paramilitares. Y que terminó con 70 de ellos en las cárceles. Si se logró juzgar por sus crímenes a los paramilitares fue por los movimientos de víctimas, jueces y fiscales honestos, los periodistas valientes, que promovieron el examen de la verdad y que logramos parar la paramilitarización de Colombia.

–¿Y cuál es el proceso que se propone con ellos?

–No una negociación política, sino un diálogo para que acaten la ley. Si dejan las armas, dejan el negocio y contribuyen a reparar a las víctimas, obviamente el procedimiento judicial tiene que ser benigno.

–Sobre el tema de la configuración política ¿Cómo va el proceso con las ex FARC?

–El balance es variopinto. [El partido] Comunes es el resultado político del acuerdo de paz. Su incorporación ha tenido problemas y retrocesos, no sólo por los ataques, sino por la propia lógica después de 50 años de guerra. Pero la realidad es que están en el Congreso y las otras fuerzas políticas, incluso la extrema derecha, han tenido que acatar.

–El acuerdo de paz colom­biano no se pactó sobre amnistías ni a guerrilleros ni a represores del Estado. ¿Cómo va ese proceso de justicia transicional?

–Es un sistema de justicia inédito. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) es un tribunal con una comisión de la verdad y una unidad de búsqueda de personas desaparecidas, fruto de un acuerdo entre adversarios que vienen de una guerra muy larga.

“Se le ha querido mostrar como un tribunal sin garras y ni dientes y no es así. En sus salas se están procesando siete macrocasos. Están siendo juzgadas 13 mil personas ligadas a los crímenes de guerra que se cometieron durante el conflicto armado, en su mayoría guerrilleros, pero también 2 mil 500 militares y civiles.

“Ya hay resultados muy importanes. Por ejemplo, el juicio contra los jefes de las FARC por secuestro ha permitido documentar hasta 20 mil casos, algo que no había podido ser establecido. Los ex guerrilleros han hecho una petición pública de perdón a las víctimas y lo que sigue es la sanción.

“Hay otro auto que se sigue contra el ejército por los falsos positivos. Son 6 mil 402 personas, en su mayoría jóvenes que fueron prácticamente secuestrados por el ejército, ejecutados, vestidos con uniformes de la guerrilla y sus cadáveres presentados como bajas terroristas. Además se ha documentado que los cementerios en las zonas de conflicto fueron utilizados para esconder en fosas comunes los cuerpos de víctimas. La unidad de búsqueda ha desenterrado e identificado a centenares de personas. Yo mismo, con mi equipo, investigué seis de esos cementerios con más de dos mil casos.

“La comisión de la verdad es el tercer elemento de este sistema y se apresta a presentar su informe, al menos 10 mil testimonios de víctimas del conflicto armado.

“Cuando terminen su trabajo vamos a tener, yo no diría que toda la verdad, pero sí avances supremamente importantes. Por eso es una mentira impúdica lo que dicen Uribe y Duque de que los acuerdos de paz crearon un sistema de impunidad. Es exactamente lo contrario.

“Uribe teme a la JEP. Cuando se termine este proceso se revelará lo que ocurrió durante su gobierno con los falsos positivos, algo monstuoso. Por eso ha emprendido una batalla feroz contra los magistrados y la Corte Suprema de Justicia.

“Por otra parte, su pupilo, Duque, ha conducido un gobierno desastroso. Todas las políticas que ha querido poner en marcha han recibido un rotundo rechazo popular. Como su intento de gravar los alimentos básicos en un país con 40 por ciento de pobreza y 15 por ciento de desempleo.

"Esto desató un ciclo de protestas sociales que sigue hasta ahora. Y a ello respondió con una violencia inusitada, echando mano del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad), que ya es sinónimo de violación a los derechos humanos, que ha dejado sin ojos, muertos o asesinados a decenas de jóvenes."

–Muy importante también hacer el balance de lo que ha significado el movimiento por los derechos humanos en Colombia.

–En pocas palabras: sin el movimiento de los derechos humanos en Colombia muchas comunidades habrían desaparecido, muchas más personas habrían muerto. El movimiento ha sido un cinturón de protección y contención para muchas poblaciones y ha develado el rostro criminal del poder político y del conflicto armado en Colombia.

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Raúl Arias las ilustraciones del Cuaderno sobre Tecnoética del número 109 de TELOS

La política que podemos calificar de contemporánea, consolidó una tradición a propósito de la experiencia de la revolución. Hubo un momento en el que ocuparse de la revolución era pensar en dirigentes políticos de izquierda y en el que mencionar a la derecha era pensar en un proyecto político fuertemente jerarquizado y sin imaginación para promover transformaciones en la sociedad.

Esta tradición político-cultural alcanzó su modo pleno de existencia a principios del siglo XX. La revolución que liquidó el imperio zarista fue el arquetipo de esa tradición. Octubre de 1917 se reconoció como un acontecimiento histórico universal, el cierre de un proceso, pero también como un nuevo punto de partida, una aurora para la política de derecha.

En los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, la revolución también se asumió como proyecto político por la derecha. La idea de una revolución conservadora se convirtió en algo posible y el fascismo y el nacionalsocialismo la volvieron realidad. La revolución conservadora tuvo filósofos eminentes como Heidegger y políticos tenebrosos como Hitler y Mussolini, y teóricos de la política como Karl Schmidt, quien redefinió la política como la capacidad de distinguir entre el amigo y el enemigo. Y la guerra como la quinta esencia de la experiencia política: “Es en la guerra donde se contiene el meollo de las cosas. El tipo de la guerra total determina el tipo y la estructura de la totalidad del Estado. Y la guerra total deriva su sentido del enemigo total”.

La Segunda Guerra Mundial fue el escenario en el que el vínculo entre guerra total y revolución tanto de derecha como de izquierda quedó disuelto. El horror de esa confrontación (y especialmente de su rúbrica norteamericana en Hiroshima y Nagasaki) colocó la idea de la revolución y la guerra total en el congelador. La expectativa de una guerra nuclear aplazó cualquier aventura bélica total y mantuvo suspendida durante casi cuatro décadas las iniciativas tendientes a desencadenar revoluciones planetarias de derecha o de izquierda.

Pero mientras fue perdiendo vigor el concepto y la práctica de la guerra total y la revolución, se volvió permanente y planetaria otro tipo de revolución: la tecnológica-científica. Las premisas administrativas, tecnológicas y teóricas que la primera bomba atómica evidenciaron, se convirtieron en núcleo catalizador de una revolución que trastornó todos los modos de pensar e imaginar dominantes en las actividades creativas propias de las comunidades científicas. En esas condiciones, aunque hubo revoluciones y guerras de izquierda como de derecha, estas se dieron siempre en escenarios locales. Tanto los Estados Unidos como la desaparecida URSS, usaban esas revoluciones y guerras locales para dirimir las crisis políticas y económicas en sus zonas de influencia. Esto cambió radicalmente entre los diciembres de 1989 y de 1991.

En el trascurso de esos meses el sistema del llamado socialismo real y la URSS, se vino estrepitosa y pacíficamente al suelo gracias a una serie de revoluciones locales sin guerra. Esta doble experiencia de revolución pacífica: la que dio al traste con la Unión Soviética y el llamado campo socialista, y la científico-tecnológica, crea premisas culturales decisivas para plantear la tarea de pasar de la guerra a las vías de la paz y superar la idea de la violencia como partera de la historia.

Estas nuevas premisas son especialmente evidentes en el caso de las revoluciones científicas y tecnológicas. Ninguna de estas revoluciones es el resultado de una guerra a muerte entre quienes están comprometidos en la empresa. En el esfuerzo por alcanzar una revolución en el conocimiento o en el diseño de un innovador dispositivo tecnológico, hay pasiones e injusticias de todo tipo pero lo dominante es el espíritu de cooperación. El éxito de una empresa científico-tecnológica es imposible si sus integrantes operan con la lógica de la eliminación de quienes manifiestan su desacuerdo. Hoy se puede formular la tesis de la posibilidad de realizar revoluciones pacíficas, tecno-científicas, para superar situaciones de crisis de orden planetario.

En el periodo de la llamada Guerra Fría, las revoluciones y las guerras locales estuvieron asociadas a grandes crisis económicas. En el caso de la que echó abajo el llamado sistema socialista mundial y a la URSS, el punto de partida fue una gran crisis cultural y psicológica. La actual crisis planetaria desencadenada por el Covid-19 es del mismo tipo. La ausencia de una cultura del cuidado de la Tierra y de todas las especies que la habitan, y el precario desarrollo de políticas públicas de salud orientadas por las ciencias de la vida, está en la base de la actual pandemia.

Cuando colapsó el experimento de la URSS se puso al orden del día la retórica del fin de la historia, ahora está emergiendo la intuición de la necesidad de asumir conscientemente la experiencia de un cambio de época.

También está la propuesta de la élite global que se reúne anualmente en Davos de un Gran Reinicio (Reset) del capitalismo. Es evidente que el futuro será distinto según la propuesta que se vuelva dominante. El compromiso con las vías de la paz y las revoluciones tecno-científicas permitirá avanzar en la solución de los problemas asociados al cambio de época. No así la propuesta del reinicio de un capitalismo cuyo carácter depredador amenaza la existencia misma de la vida en la Tierra y alienta posiciones racistas y xenófobas como las asumidas por Trump y sus seguidores en Estados Unidos y grupúsculos Nazis en la Unión Europea.

 

 

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Publicado enEdición Nº284
Raúl Arias las ilustraciones del Cuaderno sobre Tecnoética del número 109 de TELOS

La política que podemos calificar de contemporánea, consolidó una tradición a propósito de la experiencia de la revolución. Hubo un momento en el que ocuparse de la revolución era pensar en dirigentes políticos de izquierda y en el que mencionar a la derecha era pensar en un proyecto político fuertemente jerarquizado y sin imaginación para promover transformaciones en la sociedad.

Esta tradición político-cultural alcanzó su modo pleno de existencia a principios del siglo XX. La revolución que liquidó el imperio zarista fue el arquetipo de esa tradición. Octubre de 1917 se reconoció como un acontecimiento histórico universal, el cierre de un proceso, pero también como un nuevo punto de partida, una aurora para la política de derecha.

En los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, la revolución también se asumió como proyecto político por la derecha. La idea de una revolución conservadora se convirtió en algo posible y el fascismo y el nacionalsocialismo la volvieron realidad. La revolución conservadora tuvo filósofos eminentes como Heidegger y políticos tenebrosos como Hitler y Mussolini, y teóricos de la política como Karl Schmidt, quien redefinió la política como la capacidad de distinguir entre el amigo y el enemigo. Y la guerra como la quinta esencia de la experiencia política: “Es en la guerra donde se contiene el meollo de las cosas. El tipo de la guerra total determina el tipo y la estructura de la totalidad del Estado. Y la guerra total deriva su sentido del enemigo total”.

La Segunda Guerra Mundial fue el escenario en el que el vínculo entre guerra total y revolución tanto de derecha como de izquierda quedó disuelto. El horror de esa confrontación (y especialmente de su rúbrica norteamericana en Hiroshima y Nagasaki) colocó la idea de la revolución y la guerra total en el congelador. La expectativa de una guerra nuclear aplazó cualquier aventura bélica total y mantuvo suspendida durante casi cuatro décadas las iniciativas tendientes a desencadenar revoluciones planetarias de derecha o de izquierda.

Pero mientras fue perdiendo vigor el concepto y la práctica de la guerra total y la revolución, se volvió permanente y planetaria otro tipo de revolución: la tecnológica-científica. Las premisas administrativas, tecnológicas y teóricas que la primera bomba atómica evidenciaron, se convirtieron en núcleo catalizador de una revolución que trastornó todos los modos de pensar e imaginar dominantes en las actividades creativas propias de las comunidades científicas. En esas condiciones, aunque hubo revoluciones y guerras de izquierda como de derecha, estas se dieron siempre en escenarios locales. Tanto los Estados Unidos como la desaparecida URSS, usaban esas revoluciones y guerras locales para dirimir las crisis políticas y económicas en sus zonas de influencia. Esto cambió radicalmente entre los diciembres de 1989 y de 1991.

En el trascurso de esos meses el sistema del llamado socialismo real y la URSS, se vino estrepitosa y pacíficamente al suelo gracias a una serie de revoluciones locales sin guerra. Esta doble experiencia de revolución pacífica: la que dio al traste con la Unión Soviética y el llamado campo socialista, y la científico-tecnológica, crea premisas culturales decisivas para plantear la tarea de pasar de la guerra a las vías de la paz y superar la idea de la violencia como partera de la historia.

Estas nuevas premisas son especialmente evidentes en el caso de las revoluciones científicas y tecnológicas. Ninguna de estas revoluciones es el resultado de una guerra a muerte entre quienes están comprometidos en la empresa. En el esfuerzo por alcanzar una revolución en el conocimiento o en el diseño de un innovador dispositivo tecnológico, hay pasiones e injusticias de todo tipo pero lo dominante es el espíritu de cooperación. El éxito de una empresa científico-tecnológica es imposible si sus integrantes operan con la lógica de la eliminación de quienes manifiestan su desacuerdo. Hoy se puede formular la tesis de la posibilidad de realizar revoluciones pacíficas, tecno-científicas, para superar situaciones de crisis de orden planetario.

En el periodo de la llamada Guerra Fría, las revoluciones y las guerras locales estuvieron asociadas a grandes crisis económicas. En el caso de la que echó abajo el llamado sistema socialista mundial y a la URSS, el punto de partida fue una gran crisis cultural y psicológica. La actual crisis planetaria desencadenada por el Covid-19 es del mismo tipo. La ausencia de una cultura del cuidado de la Tierra y de todas las especies que la habitan, y el precario desarrollo de políticas públicas de salud orientadas por las ciencias de la vida, está en la base de la actual pandemia.

Cuando colapsó el experimento de la URSS se puso al orden del día la retórica del fin de la historia, ahora está emergiendo la intuición de la necesidad de asumir conscientemente la experiencia de un cambio de época.

También está la propuesta de la élite global que se reúne anualmente en Davos de un Gran Reinicio (Reset) del capitalismo. Es evidente que el futuro será distinto según la propuesta que se vuelva dominante. El compromiso con las vías de la paz y las revoluciones tecno-científicas permitirá avanzar en la solución de los problemas asociados al cambio de época. No así la propuesta del reinicio de un capitalismo cuyo carácter depredador amenaza la existencia misma de la vida en la Tierra y alienta posiciones racistas y xenófobas como las asumidas por Trump y sus seguidores en Estados Unidos y grupúsculos Nazis en la Unión Europea.

 

 

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Viernes, 24 Septiembre 2021 15:36

Historias sin contar sobre violencia y paz

Historias sin contar sobre violencia y paz

En días pasados fui invitado a un taller sobre “Intervención en miedo y duelo” organizado por el Programa de Desarrollo y Paz del Cesar en Pueblo Bello, a 56 km de la ciudad de Valledupar. Durante la visita, conocí algunas personas de la región que me contaron sus testimonios de luchas y conquistas en contextos de violencia. Sus relatos me llevaron a reflexionar sobre lo poco o nada que sabemos de la vida en los territorios más apartados del país ni de sus experiencias en torno a la paz y el conflicto militar, porque las noticias rápidas de la televisión o los titulares del periódico no se pueden comparar con las historias contadas por las mismas personas. .

La imagen que tenía de Valledupar se limitaba a las evocaciones nostálgicas que hacía mi mamá sobre los años que vivió allí en su juventud. Había ido solo una vez hace muchos años a un encuentro de un movimiento juvenil. Recuerdo el ambiente vallenatero, un resbalón en las piedras del río Guatapurí y la gran cantidad de árboles en todas las calles. Las vivencias que me contaron los locales cambiaron mi impresión sobre la ciudad y elevaron mi asombro sobre los alcances inimaginables del conflicto armado.

En el taller reflexionamos sobre la connotación del miedo y del duelo; de lo frágil y delicado que son estos procesos en la piel de quienes han vivido el conflicto desde adentro porque les tocó una suerte peor que nacer en Colombia: la de nacer en zonas abandonadas por el Estado, donde se está a merced de guerrilleros, paracos, narcotraficantes, políticos y empresarios corruptos y mafiosos que han propiciado desplazamientos forzados, desapariciones, secuestros, tortura y muchas formas de violencia.


En Pueblo Bello conocí a una familia de indígenas arhuacos, a los que visitamos después del taller. En el patio de su casa nos hablaron del hombre moderno y su distracción en cosas sin importancia; y del maestro pájaro que canta todos los días sobre la rama de un árbol y así nos enseña a vivir, porque es libre y es feliz cantando y saltando de rama en rama, sin preocuparse por tener o acumular. Simplemente es.

En la reunión, uno de ellos me explicó que el conocimiento de los arhuacos y su arraigo cultural los ha ayudado a sobrevivir después del genocidio de la colonización, la marginación estatal y los múltiples exterminios que la violencia ha infringido a los pueblos originarios en Colombia. De no conservar sus creencias, sus prácticas y su cosmología sin duda habrían desaparecido hace cientos de años y junto con ellos, un conocimiento ancestral y una espiritualidad profundamente conectada con la tierra, tan relevante y urgente para la conservación natural.

Hubiera querido grabar esa conversación aunque lo más importante era aprovechar el encuentro, como un regalo que llega sin anunciarse para atesorarlo en la memoria y el corazón. Al día siguiente por la mañana, un mamo nos compartió su reflexión en un lugar sagrado, dentro del patio de su casa. Allí nos invitó a depositar nuestras preocupaciones y deseos en un pedacito de algodón de lana de ovejo que enrollamos con los dedos para que él las ofreciera en un pagamento a la Madre Tierra. También nos dio un puñadito de hojas de coca para usarla como “jabón espiritual” en el río y luego echarlas al agua antes de irnos. Hermoso.

El mamo, con sus palabras sencillas. nos explicó lo que yo intenté decir en una tesis de casi 100 hojas. Sus historias y reflexiones se articulan en ese proyecto de decolonizar la paz, es decir, de construirla desde los territorios y las características de las luchas de las comunidades. Conocer cómo se vive, se piensa y lo que se hace por fuera del orden establecido, a través de formas subalternas de subsistencia es abrir una puerta a otros mundos posibles y desconocidos, a pesar de existir desde mucho antes del mundo que conocemos.

Es necesario acercarse a otros saberes a partir de lo que cuentan quienes han tejido las historias y procesos de paz al interior de las comunidades y en los territorios apartados. Esto nos puede ayudar a ampliar nuestra comprensión sobre los fenómenos que han marcado el rumbo del país y cuestionar la retórica oficial del gobierno y de los medios comprometidos con sus intereses, que promocionan la paz como un tema de seguridad y exaltan la labor de la fuerza armada como garante de la paz y la tranquilidad.

Ese libreto no se detiene en lo que sintieron, por ejemplo, aquellas familias en la Serranía del Perijá cuando huyeron de sus casas repentinamente dejando todo porque ese día llegaron los paracos a su vereda, quemaron sus casas y asesinaron a su gente. Ahora sabemos por qué hay personas que se acostumbraron a vivir en la zozobra permanente, tanto como para cambiar sus hábitos alimenticios y comer solo plátano verde cocido, porque era lo más rápido de preparar por si les tocaba emprender la huida en cualquier momento.

Estas historias de dolor y tragedia permiten dimensionar los efectos del conflicto. Lo que pesa saberse entre las más de 8 millones de víctimas, como las que tuvieron que huir en una carrera a muerte por las trochas de la Sierra porque los venían persiguiendo, obligados a abandonar a sus padres en el camino para que no retrasaran al resto de la familia, previo ingenio para ocultarlos vivos, enterrándolos pero que pudieran respirar de algún modo.

No conocemos muchas historias de paz distintas a las que cuentan los dirigentes políticos, esos que anuncian una Paz definitiva y en mayúscula, como dice William Ospina, con la promesa de desmovilizar a grupos insurgentes, bandoleros, guerrilleros, paramilitares para generalmente atribuirles la responsabilidad de todo lo ocurrido. Pero la Paz nunca llega, afirma, porque lo que nunca se construye es la paz con la ciudadanía pacífica que lleva vidas enteras esperando una economía incluyente y una cultura que dignifique … que “nos den lo que ya tuvimos y que ahora dicen que es imposible” dice.

Los procesos de paz tejidos por la gente en sus territorios, en cambio, tienen una resonancia más espectacular y urge darlos a conocer. Algunos de ellos, como el colectivo artísticos y de danza creado por hijos e hijas de excombatientes y víctimas en un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (Etcr), como estrategia para romper los discursos de odio y de venganza; el proyecto de cultivo y producción de café en la Serranía del Perijá de campesinos desplazados por paramilitares que han retornado a sus hogares. Estos son solo dos casos en los que ha sido posible cambiar la historia de violencia y muerte en Colombia por medio de la acción y el empoderamiento de las comunidades.

Un conocimiento a fondo del país no tiene que ver con portar una bandera y ponerse a discutir con quienes la exhiben al revés en señal de repudio al orden corrupto que nos gobierna. Más bien, es la escucha atenta de las historias que la gente ha vivido en las regiones apartadas impregnadas de sabiduría ancestral, históricamente desechada por la hegemonía del pensamiento occidental. La diversidad de culturas, lenguas y tradiciones, aunque algunos se avergüencen de las raíces originarias e insistan en criminalizar a la minga indígena y excluirla de la sociedad, han dado respuestas sostenibles al problema.

De mi visita a Valledupar me queda lo que escuché y aprendí de un arhuaco de la sierra orgulloso de su identidad y guardián de su pueblo; de un joven hijo de ex guerrilleros desmovilizados que cree en el impacto social de su trabajo y sus proyectos; de un líder comunitario que defiende la gobernanza como modelo de desarrollo económico y social; y de un ejecutivo comprometido con la paz de la región aún arriesgando su propia seguridad.

Estas personas con mucho para contar y compartir nos ayudan a descubrir la verdadera cara de este país, sin maquillajes ni imaginerías patrióticas y románticas como los que repiten e insisten en que este es un país feliz y en paz, mientras reprimen con la mayor brutalidad cualquier intento de rebeldía y de emancipación. No sé cuántas historias de paz y reconciliación deben haber por ahí pero me gustaría escucharlas todas y contárselas al mundo para ayudar a transformar la narrativa que define a Colombia por dentro y fuera. Dejar por sentado que en este país de violencias desgarradoras pero también de resiliencias, resistencias y re-existencias no todo está dicho.

 

 

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Publicado enEdición Nº284
Viernes, 24 Septiembre 2021 15:12

Historias sin contar sobre violencia y paz

Historias sin contar sobre violencia y paz

En días pasados fui invitado a un taller sobre “Intervención en miedo y duelo” organizado por el Programa de Desarrollo y Paz del Cesar en Pueblo Bello, a 56 km de la ciudad de Valledupar. Durante la visita, conocí algunas personas de la región que me contaron sus testimonios de luchas y conquistas en contextos de violencia. Sus relatos me llevaron a reflexionar sobre lo poco o nada que sabemos de la vida en los territorios más apartados del país ni de sus experiencias en torno a la paz y el conflicto militar, porque las noticias rápidas de la televisión o los titulares del periódico no se pueden comparar con las historias contadas por las mismas personas. .

La imagen que tenía de Valledupar se limitaba a las evocaciones nostálgicas que hacía mi mamá sobre los años que vivió allí en su juventud. Había ido solo una vez hace muchos años a un encuentro de un movimiento juvenil. Recuerdo el ambiente vallenatero, un resbalón en las piedras del río Guatapurí y la gran cantidad de árboles en todas las calles. Las vivencias que me contaron los locales cambiaron mi impresión sobre la ciudad y elevaron mi asombro sobre los alcances inimaginables del conflicto armado.

En el taller reflexionamos sobre la connotación del miedo y del duelo; de lo frágil y delicado que son estos procesos en la piel de quienes han vivido el conflicto desde adentro porque les tocó una suerte peor que nacer en Colombia: la de nacer en zonas abandonadas por el Estado, donde se está a merced de guerrilleros, paracos, narcotraficantes, políticos y empresarios corruptos y mafiosos que han propiciado desplazamientos forzados, desapariciones, secuestros, tortura y muchas formas de violencia.


En Pueblo Bello conocí a una familia de indígenas arhuacos, a los que visitamos después del taller. En el patio de su casa nos hablaron del hombre moderno y su distracción en cosas sin importancia; y del maestro pájaro que canta todos los días sobre la rama de un árbol y así nos enseña a vivir, porque es libre y es feliz cantando y saltando de rama en rama, sin preocuparse por tener o acumular. Simplemente es.

En la reunión, uno de ellos me explicó que el conocimiento de los arhuacos y su arraigo cultural los ha ayudado a sobrevivir después del genocidio de la colonización, la marginación estatal y los múltiples exterminios que la violencia ha infringido a los pueblos originarios en Colombia. De no conservar sus creencias, sus prácticas y su cosmología sin duda habrían desaparecido hace cientos de años y junto con ellos, un conocimiento ancestral y una espiritualidad profundamente conectada con la tierra, tan relevante y urgente para la conservación natural.

Hubiera querido grabar esa conversación aunque lo más importante era aprovechar el encuentro, como un regalo que llega sin anunciarse para atesorarlo en la memoria y el corazón. Al día siguiente por la mañana, un mamo nos compartió su reflexión en un lugar sagrado, dentro del patio de su casa. Allí nos invitó a depositar nuestras preocupaciones y deseos en un pedacito de algodón de lana de ovejo que enrollamos con los dedos para que él las ofreciera en un pagamento a la Madre Tierra. También nos dio un puñadito de hojas de coca para usarla como “jabón espiritual” en el río y luego echarlas al agua antes de irnos. Hermoso.

El mamo, con sus palabras sencillas. nos explicó lo que yo intenté decir en una tesis de casi 100 hojas. Sus historias y reflexiones se articulan en ese proyecto de decolonizar la paz, es decir, de construirla desde los territorios y las características de las luchas de las comunidades. Conocer cómo se vive, se piensa y lo que se hace por fuera del orden establecido, a través de formas subalternas de subsistencia es abrir una puerta a otros mundos posibles y desconocidos, a pesar de existir desde mucho antes del mundo que conocemos.

Es necesario acercarse a otros saberes a partir de lo que cuentan quienes han tejido las historias y procesos de paz al interior de las comunidades y en los territorios apartados. Esto nos puede ayudar a ampliar nuestra comprensión sobre los fenómenos que han marcado el rumbo del país y cuestionar la retórica oficial del gobierno y de los medios comprometidos con sus intereses, que promocionan la paz como un tema de seguridad y exaltan la labor de la fuerza armada como garante de la paz y la tranquilidad.

Ese libreto no se detiene en lo que sintieron, por ejemplo, aquellas familias en la Serranía del Perijá cuando huyeron de sus casas repentinamente dejando todo porque ese día llegaron los paracos a su vereda, quemaron sus casas y asesinaron a su gente. Ahora sabemos por qué hay personas que se acostumbraron a vivir en la zozobra permanente, tanto como para cambiar sus hábitos alimenticios y comer solo plátano verde cocido, porque era lo más rápido de preparar por si les tocaba emprender la huida en cualquier momento.

Estas historias de dolor y tragedia permiten dimensionar los efectos del conflicto. Lo que pesa saberse entre las más de 8 millones de víctimas, como las que tuvieron que huir en una carrera a muerte por las trochas de la Sierra porque los venían persiguiendo, obligados a abandonar a sus padres en el camino para que no retrasaran al resto de la familia, previo ingenio para ocultarlos vivos, enterrándolos pero que pudieran respirar de algún modo.

No conocemos muchas historias de paz distintas a las que cuentan los dirigentes políticos, esos que anuncian una Paz definitiva y en mayúscula, como dice William Ospina, con la promesa de desmovilizar a grupos insurgentes, bandoleros, guerrilleros, paramilitares para generalmente atribuirles la responsabilidad de todo lo ocurrido. Pero la Paz nunca llega, afirma, porque lo que nunca se construye es la paz con la ciudadanía pacífica que lleva vidas enteras esperando una economía incluyente y una cultura que dignifique … que “nos den lo que ya tuvimos y que ahora dicen que es imposible” dice.

Los procesos de paz tejidos por la gente en sus territorios, en cambio, tienen una resonancia más espectacular y urge darlos a conocer. Algunos de ellos, como el colectivo artísticos y de danza creado por hijos e hijas de excombatientes y víctimas en un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (Etcr), como estrategia para romper los discursos de odio y de venganza; el proyecto de cultivo y producción de café en la Serranía del Perijá de campesinos desplazados por paramilitares que han retornado a sus hogares. Estos son solo dos casos en los que ha sido posible cambiar la historia de violencia y muerte en Colombia por medio de la acción y el empoderamiento de las comunidades.

Un conocimiento a fondo del país no tiene que ver con portar una bandera y ponerse a discutir con quienes la exhiben al revés en señal de repudio al orden corrupto que nos gobierna. Más bien, es la escucha atenta de las historias que la gente ha vivido en las regiones apartadas impregnadas de sabiduría ancestral, históricamente desechada por la hegemonía del pensamiento occidental. La diversidad de culturas, lenguas y tradiciones, aunque algunos se avergüencen de las raíces originarias e insistan en criminalizar a la minga indígena y excluirla de la sociedad, han dado respuestas sostenibles al problema.

De mi visita a Valledupar me queda lo que escuché y aprendí de un arhuaco de la sierra orgulloso de su identidad y guardián de su pueblo; de un joven hijo de ex guerrilleros desmovilizados que cree en el impacto social de su trabajo y sus proyectos; de un líder comunitario que defiende la gobernanza como modelo de desarrollo económico y social; y de un ejecutivo comprometido con la paz de la región aún arriesgando su propia seguridad.

Estas personas con mucho para contar y compartir nos ayudan a descubrir la verdadera cara de este país, sin maquillajes ni imaginerías patrióticas y románticas como los que repiten e insisten en que este es un país feliz y en paz, mientras reprimen con la mayor brutalidad cualquier intento de rebeldía y de emancipación. No sé cuántas historias de paz y reconciliación deben haber por ahí pero me gustaría escucharlas todas y contárselas al mundo para ayudar a transformar la narrativa que define a Colombia por dentro y fuera. Dejar por sentado que en este país de violencias desgarradoras pero también de resiliencias, resistencias y re-existencias no todo está dicho.

 

 

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Paro nacional 12 de mayo. Fútbol sin paz

Como si en Colombia no estuviese pasando absolutamente nada, como sino estuviese en curso una inmensa protesta social, el día 12 de mayo se jugaron dos partidos de la Copa Libertadores, uno en Barranquilla y otro en la ciudad de Pereira, donde Atlético Nacional hizo las veces de local. En pleno día de paro nacional, prolongación de las jornadas de protesta concitadas desde el 28A y que han dejado una estela de muerte y dolor.


A pesar de esa realidad, a pesar del duelo que cubre a decenas de familias, a pesar de la manipulación gubernamental, a pesar de los reclamos de la comunidad internacional, la Conmebol y las autoridades del fútbol colombiano no tuvieron ni el más mínimo pudor y pusieron a rodar el balón.


Pero no pensaban como ellos sectores del activismo social que, atentos a semejante desvergüenza hicieron sentar su protesta tanto en los alrededores de los hoteles donde se alojaron los equipos de fútbol como en las cercanías de los escenarios deportivos, bien en Pereira como en Barranquilla.


Pero allí también se hizo presente el Esmad, represión en mano, disparando su guerra química sin recato, con lo cual, los gases obligaron a detener por momentos la pelota: los trabajadores de la número 5 se ahogaban, incluso Marcelo Gallardo, director técnico del River Plate que enfrentaba al Junior.


Atlético Nacional, que no pudo hacer de local en su ciudad por las cifras de la pandemia, pero sí en Pereira, enfrentó al histórico Club Nacional de Uruguay, equipo que se negó a jugar a toda costa hasta que la Conmebol intervino para obligarlos a cumplir con el compromiso, no obstante, el partido se retrasó y el pitazo que largaba la pelota solo sonó a las 9:00 de la noche.


Aún queda algo de dignidad entre los deportistas. De mala gana el capitán de la escuadra charrúa Gonzalo Bergessio increpó al árbitro central del juego a la hora de realizarse el sorteo de cancha y saque, el cual pretendía que estos ignorarán lo que estaba pasando en las calles y tratarán de llevar a cabo un buen partido. ¿Es posible jugar a la pelota e ignorar lo que sucede en la calle, parecía ser la preocupación de Bergessio, capitán de la escuadra visitante.


Una realidad de la cual se puede sustraer que el árbitro, con mensaje expreso que le llega desde arriba, trata de calmar los ánimos antes de iniciar el juego pues era público que los jugadores orientales no estaban dispuestos a salir a la cancha, pero el poder de la multinacional del fútbol sudamericano, como en este caso lo es la Conmebol, pueden más, desconociendo la voluntad de los propios actores materiales del deporte como lo son los futbolistas, quienes no solo son intérpretes de ideas tácticas, sino seres humanos y trabajadores deportivos de alto rendimiento.


“No podemos abstraernos de la realidad”, fue la sentencia del laureado entrenador de River Plate, Marcelo Gallardo quien se refirió en rueda de prensa a que más allá del resultado futbolístico, el partido se llevó a cabo en condiciones totalmente anormales, sugiriendo así que no debió realizarse.


Por su parte Diego Latorre, comentarista argentino para ESPN y exfutbolista, comentó: “Es irrespetuoso hablar de fútbol cuando pasan cosas graves, cosas que importan de verdad”.


Declaraciones que no pasaron desapercibidas pues las palabras del periodista deportivo fueron tendencia en twitter para dejar aún más en evidencia a la división mayor del fútbol profesional colombiano y a la Conmebol, unidas para asegurar sus negocios. Unidad que aún está pendiente entre los trabajadores del fútbol, para de esa manera hacer sentir sus opiniones e intereses, pues permitir este tipo de hechos tan solo opaca al deporte y genera una falsa sensación de que las cosas operan con normalidad.


Un bochorno internacional del cual el periodismo deportivo colombiano fue cómplice, pues mientras la prensa argentina condenaba estos hechos y hacía referencia a la situación de alzamiento social en Colombia, los programas de fútbol locales continuaron como si nada estuviera sucediendo, como si todo fuera normalidad; con pequeñas salvedades pues algunos programas dedicaron el arranque de sus emisiones para aludir a la coyuntura social, pero no más, algo superficial y a la ligera, una actuación marcada por conveniencia o por censura, pero que a fin de cuentas los hace cómplices de algo que hoy puede catalogarse como vergüenza internacional, pero que perfectamente pudo ser un desastre pues cosas peores pudieron haber ocurrido, tanto a las delegaciones locales como internacionales.


Tenemos como suma una demostración más de que en Colombia el valor de la vida es relativo, pues los intereses económicos de empresarios privados pueden más que la compleja situación que vive el país.

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El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, durante una conferencia de prensa en septiembre pasado, en San Salvador.JOSE CABEZAS / Reuters

El mandatario canceló la conmemoración de los acuerdos liderados con éxito por la ONU y que pusieron fin a una guerra civil que dejó más de 75.000 muertos en el país centroamericano

 

Organizaciones de derechos humanos, víctimas de guerra, grupos opositores, intelectuales y exguerrilleros se han pronunciado contra la reciente embestida del presidente salvadoreño Nayib Bukele contra los acuerdos de paz que hace 29 años y liderados por Naciones Unidas pusieron fin a la cruenta guerra civil que dejó más de 75.000 muertos en El Salvador, pero que para el controvertido mandatario son una “farsa”, un “negocio” de élites y un “pacto entre corruptos”. El viernes, un grupo de organizaciones sociales y de víctimas del enfrentamiento armado exigieron a Bukele que respete los acuerdos y mantenga el compromiso del Gobierno a favor de los derechos humanos, mientras que un centenar de académicos salvadoreños y extranjeros hicieron pública una carta en la que rechazan las declaraciones del presidente y piden respeto por la verdad y la memoria histórica.

La indignación creció en el país centroamericano el 16 de enero, cuando por segundo año consecutivo el mandatario rechazó conmemorar la firma de los acuerdos de paz, pero también ordenó a golpe de decreto anunciado por Twitter que esa fecha se convierte en un día para recordar a las víctimas del conflicto. “De ahora en adelante, por decreto presidencial, el 16 de enero será el “Día de las Víctimas del Conflicto Armado”, escribió Bukele en la red social, su medio favorito para comunicar sus decisiones presidenciales. “Dejaremos de conmemorar a los que ordenaron sus muertes y empezaremos a conmemorar a quienes sí deben ser conmemorados”, insistió.

Para Bukele “la firma de los acuerdos de paz no representó ninguna mejora para la población en sus derechos más básicos”, sino que se tradujo en “el inicio de una etapa de mayor corrupción y exclusión social y el enriquecimiento de manera fraudulenta de los mismos sectores firmantes de los acuerdos”, en referencia a los integrantes del Gobierno de la época y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que sellaron los llamados Acuerdos de Paz de Chapultepec en 1992. Ese pacto permitió poner fin a una de las más cruentas guerras que sufrió América, con episodios terribles como la masacre de El Mozote de 1981 cuando soldados del Batallón Atlácatl del Ejército salvadoreño —muchos formados en la Escuela de las Américas— asesinaron a al menos 986 personas (552 niños y 434 adultos, entre ellos 12 mujeres embarazadas; todos campesinos) en una operación que tenía como objetivo arrasar con la guerrilla izquierdista.

Fue precisamente en El Mozote donde Bukele expresó sus mayores críticas a los acuerdos de paz a finales de diciembre, en un acto público en el que participaron víctimas de aquella matanza. El presidente dijo que la guerra fue una farsa, así como el pacto auspiciado por la ONU. “¡Ay, está mancillando los Acuerdos de Paz. Sí, los mancillo porque fueron una farsa, una negociación entre dos cúpulas o ¿qué beneficios le trajo al pueblo salvadoreño?”, cuestionó. Bukele ya había desatado una crisis política en El Salvador al impedir que se desbloquearan los archivos militares relacionados con la matanza de El Mozote, después de desobedecer una orden judicial emitida por un juez para inspeccionar los archivos como parte del proceso judicial que pretende esclarecer lo sucedido en esa pobre comunidad salvadoreña.

Tras las críticas de Bukele, agrupaciones de derechos humanos y de víctimas del conflicto han protestado en San Salvador. El viernes, representantes de varias organizaciones sociales leyeron un comunicado en el que exigen al mandatario cumplir con las “responsabilidades” en materia de derechos humanos que dejaron los acuerdos de paz. “Existen responsabilidades fundamentales que el mandatario debe cumplir, fundamentalmente dejar de proteger a victimarios, como sucedió en la negativa de cumplir la orden judicial de acceso a los archivos militares en el caso El Mozote”, dijo David Ortiz, integrante de la Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (Fespad). Además, 107 historiadores, académicos y personalidades de El Salvador y otros países hicieron pública una carta en la que rechazan “enfáticamente” las declaraciones de Bukele. “Nos preocupa que en su calidad de presidente trate con ligereza temas tan importantes”, critican y hacen un llamado a respetar la verdad y la memoria histórica. El documento, publicado por el medio digital El Faro, lleva la firma de personalidades que participaron en el proceso de pacificación que concluyó con la rúbrica del pacto en el castillo de Chapultepec, en Ciudad de México.

También han criticado a Bukele exintegrantes de las guerrillas, como Ana Guadalupe Martínez, quien representó en los acuerdos al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), uno de los grupos cercanos al FMLN. “Prácticamente pocas familias de este país han de haber quedado sin ser tocadas, lesionadas o partícipes de esa confrontación tan larga. Por ello, no solo fue sorpresa, sino que me causó dolor, porque el presidente no tiene empatía para los cientos de miles de salvadoreños víctimas, no solo con los que fallecieron, también con los que todavía estamos vivos. Y obviamente me pareció no solo irresponsable, sino totalmente fuera de lo que podía ser la mentalidad de un jefe de Estado. Yo, dije: ‘Bueno, esa declaración retrata exactamente lo que es él, humo. No tiene nada en la cabeza”, dijo la exguerrillera en declaraciones a la cadena Focos TV.

Amanda Castro, hija de víctimas de guerra, dice que Bukele mantiene una “línea negacionista” que atenta contra la memoria histórica de El Salvador. “Es muy grave, son narrativas malintencionadas y perversas que parten de una profunda ignorancia”, afirma Castro a EL PAÍS por entrevista telefónica. “El presidente aprovecha esta fecha [la conmemoración de los acuerdos] para negar la historia. Aunque existan desafíos, no podemos negar los avances que hubo en relación con los acuerdos, porque de ellos surge una institucionalidad en el país, se crea la Procuraduría de Derechos Humanos y se supedita las fuerzas armadas a los poderes civiles”, agrega. Para Castro, el presidente salvadoreño demuestra “claros signos autoritarios y dictatoriales”, que ponen en riesgo los derechos humanos en El Salvador. “Con sus declaraciones negacionistas, burlescas, el presidente coloca otra vez al país en bandos al país, cuando los acuerdos de paz son logros de toda la sociedad salvadoreña, más allá de partidos políticos. Hay que defender esos acuerdos, que hoy las declaraciones de Bukele ponen en peligro”, concluye la también activista.

Por Carlos Salinas Maldonado

México - 25 ene 2021 - 22:59 UTC

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Mohammed bin Salman, príncipe de Arabia Saudí, y Sheikh Tamim bin Hamad al-Thani, el emir de Qatar, reunidos durante la cumbre. — Reuters

Esta semana, después de tres años de bloqueo, Qatar y la coalición árabe rival han firmado la reconciliación en Arabia Saudí. Todavía es pronto para saber las consecuencias que tendrá esa escenificación, debido a sus intereses dispares. Frente a la moderación de Qatar, se encuentra el extremismo de la coalición árabe espoleada por Israel.

 

Es probablemente el efecto Joe Biden el que está detrás de la reciente normalización de relaciones entre los países del Golfo y Egipto, por un lado, y Qatar por el otro, después de más de tres años de bloqueo de este país, una normalización que ha llegado solo unos días antes de que el ganador de las elecciones americanas acceda a la Casa Blanca el próximo 20 de enero.

Está claro que la victoria de Biden no ha sentado nada bien a países como los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Bahrein o Egipto, pero al ver las orejas del lobo no les ha quedado más remedio que dar ese paso, y eso pese a haberse puesto al cobijo de Israel, otro país donde está costando asumir las inciertas consecuencias del recuento de votos en EEUU.

La ruptura de relaciones de los países mencionados con Qatar fue un disparate. La prueba es que los países moderados del Golfo, Kuwait y Omán, no la secundaron. Al final, las duras sanciones impuestas por la coalición no han conseguido los objetivos que se marcaron los príncipes Mohammad bin Zayed y Mohammad bin Salman.

La coalición exigía el fin de las emisiones del canal de televisión Al Jazeera que emite desde Doha, el desmantelamiento de la base militar que Turquía tiene en Qatar, la persecución de los Hermanos Musulmanes y el enfriamiento de relaciones entre Qatar e Irán. En resumen, el bloqueo ha sido un fracaso que al final emiratíes y saudíes han tenido que comerse con patatas.

Al Jazeera, especialmente en el canal árabe, es una emisora moderna y de una calidad excepcional que ocupa el primer lugar del podio en cuanto a difusión en Oriente Próximo. Cansados de emisoras anquilosadas y reaccionarias que se limitan a reproducir las ideas de los gobernantes, la población de la región concede más credibilidad a Al Jazeera que a todos los demás medios juntos.

Los regímenes de la zona hace años que quieren cerrarla, y este fue uno de los motivos centrales del boicot a Qatar. Sin embargo, en el acuerdo de normalización que se alcanzó esta semana en Arabia Saudí, cuyo texto no se ha hecho público pero puede deducirse de las declaraciones de los interesados, no se hace ninguna mención a Al Jazeera, por lo que es de desear y esperar que la cadena siga informando como hasta ahora.

En cuanto a la base militar turca, se debe señalar que Qatar también alberga la principal base americana en la región, y pese a ello mantiene unas excelentes relaciones con Teherán. Junto con Qatar, los turcos son los principales defensores del islam político, una ideología que ha sido proscrita en los Emiratos y Arabia Saudí como "terrorista".

Después del acuerdo de reconciliación, Qatar ha dicho que la vuelta a la normalidad con la coalición hasta ahora enemiga, no va a repercutir en sus relaciones con Turquía e Irán. La coalición ha tenido que tragarse este otro sapo y ahora espera con inquietud lo que decida la administración Biden respecto al programa nuclear iraní.

El acuerdo nuclear, que fue negociado arduamente por el presidente Barak Obama y firmado en 2015, fue cancelado por Donald Trump unos años después siguiendo instrucciones de Israel. La ruptura del acuerdo no ha logrado ninguno de los objetivos declarados, al contrario, ha llevado más tensión a Oriente Próximo, de manera que solo ha beneficiado a Israel y a sus recientes aliados árabes, cuya política de confrontación se ha puesto incondicionalmente al servicio de Israel.

Cabe preguntarse qué repercusiones tendrá la firma de la reconciliación. El tiempo dirá si cuaja o no, algo que todavía es pronto para ver. Una indicación de que podría ser una falsa reconciliación o una reconciliación puramente táctica puede verse en el hecho de que varios mandatarios árabes no acudieron a su firma en Arabia Saudí.

El caso más notorio es el del príncipe emiratí Mohammad bin Zayed, cuya ausencia no pasó desapercibida. Bin Zayed es el principal agente desestabilizador en la región, solo por detrás de Israel, y anda metido en prácticamente todos los saraos militares de la zona y del norte de África, bien directamente o bien por medio de intermediarios que no hacen asco a sus abundantes dólares.

Uno de los pecados originales de Qatar, que nunca se le perdonó, fue precisamente salirse de la coalición árabe que participó en la guerra de Yemen dirigida por el emiratí Bin Zayed y el saudí Bin Salman, un conflicto terrible que ha causado grandes calamidades y al que la nueva administración Biden debería poner punto y final cuanto antes.

Son muchas las cuestiones que quedan en suspenso para creer que el abrazo que esta semana se dieron los mandatarios de Arabia Saudí y Qatar sea realmente sincero y no falso, y que el bloqueo de tres años que ha sufrido Qatar a partir de 2017 vaya a terminar solo porque los aviones qataríes puedan sobrevolar el cielo de Arabia Saudí y los Emiratos.

En 2017 los cálculos de Riad y Abu Dabi eran que muy pronto Qatar se pondría de rodillas y volvería sumiso a la coalición, algo que nunca ocurrió. La economía qatarí sufrió, pero resistió con valor las presiones y el bloqueo, y esto ha sido una nueva lección para Riad y Abu Dabi en el sentido de que todo el dinero del mundo, las armas occidentales más sofisticadas y el amparo de Israel no siempre bastan para que se cumplan los planes de uno.

 10/01/2021 12:25 Actualizado: 10/01/2021 12:27

Por EUGENIO GARCÍA GASCÓN

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Miércoles, 16 Diciembre 2020 05:44

Festival de cine colombiano

Los films se podrán ver de forma gratuita a través de la plataforma Indyon.tv

Con una programación atravesada por el contexto social y político

Se verán 40 cortos y largometrajes que "ponen en tensión y debate las miradas oficiales, hegemónicas y conservadoras en Colombia”, dicen sus organizadores.

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Reuniendo un conjunto de películas que ponen en cuestión los imaginarios implantados a partir del choque cultural que en América produjo la conquista, la tercera edición del Festival Internacional de Cine Colombiano en Buenos Aires (FICCBA) funciona como una potente clausura para la temporada de festivales 2020. Realizado de forma gratuita a través de la plataforma Indyon.tv, su programación ofrece, hasta el próximo domingo 20 de diciembre, una serie de recorridos que se proponen contrarrestar las jerarquías racializantes, sexuales, de clase, lingüísticas, religiosas y económicas preestablecidas por una modernidad que lleva cinco siglos arraigada en territorio americano. Nucleadas bajo la consigna general “Narrativas desde el territorio”, estos recorridos organizan la selección oficial en cinco ejes temáticos.

 “El FICCBA tiene como propósito contribuir con el desarrollo de la cultura y las industrias cinematográficas colombiana y argentina, así como promover su difusión en Latinoamérica a través del fomento de la coproducción cinematográfica entre los países, la formación de audiencias y el apoyo a cineastas emergentes”, resume Daniel Saldarriaga, director artístico y productor del festival. Todo eso queda expresado en un trabajo curatorial que reúne más de 40 títulos, repartidos en tres secciones: Competencia Colombiana, Competencia Argentina y una sección no competitiva. En ellas, los largometrajes compiten en pie de igualdad con los medios y cortometrajes.

Saldarriaga explica que, al ser un festival de cine colombiano, “la programación está atravesada por el contexto social y político” de ese país, cuya historia reciente está signada por la violencia política. “En los últimos años ha sido evidente la crisis del proceso de paz”, expresa el director artístico, “en la medida en que el gobierno actual busca atacar los acuerdos, negando el conflicto desde el Centro Nacional de Memoria Histórica y el uso de un discurso de doble moral”. El programador revela que “la deslegitimación del acuerdo de paz, la negación del conflicto armado o de la responsabilidad del Estado en el mismo, sumada a la falta de la implementación de los acuerdos y la poca o nula presencia estatal en las regiones, lleva a que la disputa por el territorio, atravesada además por el narcotráfico”. Un escenario que genera, dice, “una nueva oleada de violencia donde se atacan y asesinan a ex combatientes y líderes sociales, se fortalezcan las bandas paramilitares y otras guerrillas, generando como resultado un éxodo, el aumento de masacres y el desplazamiento de las comunidades afro, campesinas e Indígenas”.

Para Saldarriaga la programación del FICCBA nace “de la necesidad de buscar voces que desde el territorio den cuenta de esas problemáticas desde una visión autoral”, a través de películas que “pongan en tensión y debate esas miradas oficiales, hegemónicas y conservadoras en Colombia”. Películas que, insiste, “ayudan a pensar en todo este fenómeno político y social, y a seguir indagando en nuestro laberinto de la violencia y sus distintos matices”. “Desde la representación el cine tiene el potencial de crear, de transformar imaginarios”, comenta el director artístico del FICCBA. “El poder de narrar la forma en que los individuos se vinculan a sus territorios, las problemáticas que viven dentro de ellos y el contexto que les envuelve. El cine es una herramienta de la memoria que aúna múltiples visiones sobre hechos específicos de la historia, que no deben ser olvidados, porque nos marcan como país y cultura”, sostiene.

Por esos caminos avanzan los 25 títulos de la Competencia Colombiana, divididos en los cinco ejes temáticos citados con anterioridad. El primer conjunto se concentra en la ausencia y las intervenciones fallidas del Estado. El mismo está integrado por La última marcha (Ivo Aichenbaum y Jhon Martínez); El renacer del Carare (Andrés Jurado); Bicentenario (Pablo Álvarez Mesa); Jílble (Laura Huertas Millán, ‘24); Vorágine 31 (varios directores); Telepatina (Carlos Armando Castillo); y Suspensión (Simón Uribe).

El segundo grupo aborda la violencia política que surge del intento de dominar los territorios. Ahí se exhiben las películas Las razones del lobo (Marta Hincapié Uribe); Las fauces (Mauricio Maldonado); La mirada desnuda (Santiago Giraldo Arboleda); Todo es culpa de la sal (María C. Pérez González); Umbral (Gloria Gómez Ceballos); El remanso (Sebastián Valencia Muñoz); y Mundomalo (Andrés Acevedo Zuleta).

En el tercer grupo se cuestionan las pertinencias establecidas de forma arbitraria por las fronteras. El mismo está conformado por las películas Cartucho (Andrés Cháves); Vida de un rey (Rodrigo Dimaté) y Los fantasmas del Caribe (Felipe Monroy). A la grilla se suman El susurro del jaguar (Thais Guisasola) y La libertad (Laura Huertas Millán), que exponen las diferentes luchas de resistencia llevadas adelante desde los cuerpos.

Por fin, el viernes traerá las últimas seis películas, cuyas narrativas surgen de trabajos colectivo o comunitario que desafían las formas jerárquicas de hacer cine y de estar en el mundo. Se trata de Ushui, la luna y el trueno (Rafael Mojica Gil); Sueños de utsu (Ana Jaramillo Beltrán); Lumbalú (Jorge Pérez); El libertario (Eugenio Gómez Borrero); Quién los mató (Jhonny Hendrix Hinestroza); y A mitad del camino (Germán Arango y Paula Medina).

Llama la atención la insistencia con que dentro de la programación reaparecen temas como la violencia política, la acción de los movimientos sociales y el campesinado, el lugar que ocupa la tradición ancestral, la ecología o las luchas que llevan adelante el feminismo y los colectivos LGBT+. “Esas temáticas son recurrentes porque, lastimosamente, son historias que en el país no dejan de repetirse”, se lamenta Saldarriaga. Pero considera que la gran diferencia se da en el abordaje que hay frente a ellos, ya que ninguna de las películas programadas expresa “un punto de vista exotizante”, sino que hablan de estas problemáticas desde sus lugares, “precisamente para no banalizar esto que nos atraviesa”.

Para ver la programación completa y la grilla diaria del FICCBA 2020, consultar en ficcba.com/ficcba-2020

Publicado enColombia
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