Desarrollan píldora anticonceptiva masculina; es 99% efectiva en ratones

Washington. Un equipo de científicos informó ayer haber desarrollado una píldora anticonceptiva masculina que demostró 99 por ciento de efectividad en ratones, sin efectos secundarios, y podría iniciar ensayos en humanos para fin de año.

Los hallazgos de este anticonceptivo serán presentados en la reunión de primavera de la Sociedad Química estadunidense y marcan un hito en la oferta de métodos de control natal y de responsabilidades para los hombres.

Desde que la píldora anticonceptiva para las mujeres fue aprobada en la década de 1960, los investigadores han estado interesados en el desarrollo de su equivalente masculino.

“Múltiples estudios muestran que los hombres están interesados en compartir la responsabilidad anticonceptiva con sus compañeras”, afirmó Abdullah Al Noman, graduado de la Universidad de Minnesota, a cargo de presentar esta investigación. Sin embargo, hasta ahora, entre los métodos efectivos para hombres disponibles sólo están los condones y la vasectomía, cirugía reversible, costosa y la cual no siempre tiene éxito.

La píldora femenina usa hormonas para alterar el ciclo menstrual y los esfuerzos históricos por desarrollar un equivalente masculino se han centrado en la hormona de la testosterona.

El problema con este enfoque, sin embargo, es que tiene efectos secundarios como aumento de peso, depresión e incremento de los niveles del colesterol conocido como lipoproteína de baja densidad (LDL), que aumenta los riesgos de enfermedades cardiacas.

La píldora femenina también tiene efectos secundarios, incluyendo riesgos de coagulación, pero frente a la posibilidad de quedar en embarazo en ausencia de un método anticonceptivo, el cálculo del riesgo difiere.

 

Receptor de ácido retinoico alpha

 

Para desarrollar un método no hormonal, Noman, quien trabaja en el laboratorio de la profesora Gunda Georg, se enfocó en una proteína llamada “receptor de ácido retinoico (RAR) alpha”.

Dentro del cuerpo, la vitamina A es procesada de diferentes formas, incluyendo el ácido retinoico, que tiene un importante papel en el crecimiento de las células, la formación del esperma y el desarrollo embrionario.

El ácido retinoico necesita interactuar con el RAR-alpha para estas funciones y los experimentos de laboratorio han demostrado que ratones sin el gen que crea ese receptor son estériles.

Para su trabajo, Noman y Georg desarrollaron un compuesto que bloquea la acción del RAR-alpha. Identificaron la mejor estructura molecular con la ayuda de un modelo computarizado.

El compuesto químico, conocido como YCT529, también fue diseñado para actuar específicamente con el RAR-alpha, y no con otros receptores relacionados como el RAR-beta y el RAR-gamma, con el fin de evitar al máximo los posibles efectos secundarios.

Siendo administrado de forma oral en ratones por cuatro semanas, el YCT529 redujo drásticamente su conteo de esperma y fue 99 por ciento efectivo en la prevención del embarazo sin efectos adversos observables.

Los ratones volvieron a ser fértiles entre cuatro y seis semanas después de interrumpir la toma del medicamento.

El equipo de científicos, que recibió fondos de Institutos Nacionales de Salud y de la Iniciativa para la Contracepción Masculina, trabaja con la compañía llamada YourChoice Therapeutics para iniciar ensayos en humanos en el tercer o cuarto trimestre de 2022.

“Soy optimista de que avanzaremos rápidamente”, señaló Gunda Georg, considerando un tiempo de llegada al mercado de unos cinco años o menos.

“No hay garantía de que funcionará, pero sería de verdad sorprendente si no viéramos un efecto también en humanos”, agregó la científica.

Jueves, 06 Enero 2022 06:37

Contra la cultura de la monogamia

Contra la cultura de la monogamia

Atreverse a poner en cuestión la monogamia significa acabar encerrada en un callejón sin salida donde las críticas relacionadas con tu supuesta frivolidad sexual se alternan con imágenes, ajenas y propias, de lo que podrían ser alternativas a la pareja convencional. ¿Cómo llamarlo, “pareja liberal” como en las películas yanquis de sobremesa? ¿“Poliamor”, como cuando tenías 18 años y tus amigas feministas algo mayores experimentaban en los pocos colectivos no mixtos que existían entonces? ¿Relación abierta? ¿Abierta a qué? ¿Significa eso que el vínculo es menos serio?

La centralidad que social y culturalmente damos a la pareja levanta a su alrededor un muro que nos impide insertarla en un entramado común con el resto de relaciones de nuestra vida. Esto sigue pasando a pesar de que la mayor parte de sus características tradicionales han dejado hace tiempo ya de ser imperativos sociales: del “para toda la vida” se ha pasado a la normalidad de las monogamias sucesivas (varios cambios de pareja a lo largo de la vida); cada vez más parejas heterosexuales optan por no tener hijos; muchas personas adultas deciden seguir viviendo de manera independiente en vez de mudarse juntas, etc. Se diría que nos hemos visto desprovistos de herramientas para diferenciar la relación de pareja del resto de nuestros vínculos de no ser por dos elementos clave: la exclusividad sexual (o apariencia de la misma) y una jerarquía relacional que secciona nuestros afectos y deposita en nuestra pareja una serie de expectativas que no son solo injustas sino, ante todo, imposibles de cumplir. Ya lo dijo Kollontai (¡hace un siglo!): es absolutamente irracional pretender que una única persona colme todas nuestras necesidades afectivas y sexuales.

Romper con esa jerarquía relacional impuesta, descentralizar el vínculo de pareja en favor de las demás relaciones de nuestra vida, nos permite comprender que cuestionar la monogamia no pasa solo por repensar nuestros vínculos sexoafectivos, sino también y sobre todo por problematizar el modo en que éstos se delimitan y estructuran de manera diferente al resto. O, dicho de otra forma: dar el paso del simple cuestionamiento de la monogamia como práctica a la crítica del conjunto del sistema monógamo, que diría Brigitte Vasallo. Una toma de postura contra la cultura de la monogamia.

Bellaterra acaba de publicar en castellano En defensa de Afrodita, una compilación de artículos publicada originalmente en catalán por Tigre de Paper, que contaba ya con una década de existencia. A pesar de ello, algunos de los textos que se recogen son de lo más interesante que se puede encontrar al respecto. El artículo central, “Desmontando la cultura de la monogamia”, logra tres cosas fundamentales: problematizar nuestro marco relacional al completo y no únicamente las relaciones de pareja, demostrar el modo en que la monogamia funciona como un sistema generador y legitimador de violencias, y desmontar algunos de los clichés más importantes de la norma monógama.

Na Pai, editor y autor principal del libro, conceptualiza políticamente la monogamia como un sistema de exclusión que jerarquiza y compartimenta nuestros afectos, que nos reprime sexualmente y que condiciona nuestras expectativas vitales. Resulta especialmente interesante el modo en que analiza los celos y las infidelidades, recalcando que la monogamia no se basa en una exclusividad sexual real sino en la expectativa de la misma, y que el poner los cuernos forma de hecho parte del propio sistema monógamo. La hipocresía de tolerar la ocultación, la autorrepresión y la vergüenza, pero escandalizarse ante el diálogo y la sinceridad mutua, salta así a la vista.

Muy buenos son, también, los apuntes acerca del no determinismo emocional (las emociones están construidas social e históricamente y pueden por tanto trabajarse) y la clasificación que establece para las relaciones en base a cuatro elementos principales: economía, afinidad, afecto y sexualidad. Rompiendo el estrecho marco de los vínculos de pareja, se trata de un esquema que puede resultar muy útil para pensar la forma en que están construidas las relaciones paterno/materno-filiares o las bases de posibilidad para la construcción de amistades sólidas.

El hecho de que la versión original de En defensa de Afrodita apareciera hace diez años explica posiblemente por qué algunos de los textos que se recogen parecen estar orientados de forma demasiado limitada hacia las subculturas activistas. Las discusiones en torno a la cultura de la monogamia distan mucho todavía de ser un tópico mainstream, pero es incuestionable que la publicación de Pensamiento monógamo, terror poliamoroso de Brigitte Vasallo en 2018 supuso un giro radical en la manera de abordar las no monogamias y una ampliación del marco del debate. El estallido feminista de los últimos años, con la importancia concedida a las amigas y a las redes afectivas y descentrando así nuestro motor emocional con respecto a la pareja, también ha contribuido a ello.

Hay por tanto, en algunos de los textos que componen el libro, planteamientos que en estos diez años han quedado superados. También encontramos discusiones que pueden ser de utilidad para gente que quiera trabajar sobre no monogamias, pero que no sirven para ampliar el debate ya que dan por hecho un sujeto lector homogéneo en sus entornos relacionales y en sus códigos culturales. La estimación del número de relaciones adecuado que Na Pai hace en algún momento y algunos textos, especialmente el de los códigos de clasificación y el dedicado al sexo colectivo, contribuyen a esta sensación. ¿Cómo hacer avanzar entonces el debate? ¿Cómo empujar hacia modelos relacionales más libres y sanos, donde poder desarrollarnos plenamente como individuos y ampliar nuestra satisfacción emocional y sexual? Partiendo de conversaciones con amigas y amantes (ay) y de bastantes lecturas previas y posteriores, y francamente estimulada por muchas de las ideas recogidas en En defensa de Afrodita, vayan por aquí algunas propuestas:

  1. Hay una ausencia importante en todo el libro de la problematización del factor tiempo. La única vez que se hace referencia al mismo de manera explícita, Na Pai lo resuelve con un “yo no veo la televisión” grosero y despreciativo, que indirectamente niega la existencia de un problema real de escasez de tiempo en las sociedades capitalistas contemporáneas. Cuidar bien los vínculos, sean del tipo que sean, requiere una cantidad ingente de tiempo. Muchas de las dificultades que tenemos para construir y conservar amistades sólidas y duraderas vienen de ahí: apenas sí podemos dedicarnos correctamente a una o dos personas. Todo cuestionamiento global de nuestro marco relacional debería partir de este hecho.
  2. Algunos capítulos pecan de despreciar u obviar la importancia de la responsabilidad afectiva –o, dicho de otro modo, parten de posiciones de un fuerte egoísmo emocional. Supongo que es una fase por la que todas hemos pasado: si racionalmente esto es justo, ¿por qué debería limitarme a la hora de llevarlo a cabo? Nuestras acciones tienen consecuencias, entre las que en ocasiones entra el dolor ajeno. Despreciar este dolor o pretender que no nos importe, solo porque su origen son una serie de prejuicios y tabúes instaurados socialmente, podrá ser beneficioso para nuestro placer inmediato pero no tiene ninguna otra consecuencia más allá de poder dañar a gente que apreciamos. El límite entre ceder al chantaje emocional y responsabilizarse de los efectos de nuestras acciones puede ser poroso, pero no por ello hay que dejar de vigilarlo.
  3. Los aprendizajes emocionales (y aún en mayor medida los desaprendizajes) son lentos y costosos, como bien se reconoce en múltiples ocasiones a lo largo del libro. Pasar de la comprensión y aceptación racional de un tema (en este caso, el sinsentido de la exclusividad sexual y de la jerarquización y compartimentación de nuestros vínculos) a su interiorización corporal es siempre un proceso largo. Sin reflexión y discusión al respecto no es posible el avance; tampoco sin experimentación práctica en nuestros afectos. Comprender la monogamia como un sistema, como un todo que condiciona nuestras vidas incluso y fundamentalmente fuera de la pareja, nos permite romper con la idea manida de que rechazarla consiste en ampliar nuestra vida sexual mientras mantenemos intacto el resto de nuestro esquema relacional. En ese sentido, es relevante el capítulo “Relaciones infinitas”: donde se explica que es a partir de una ruptura con la forma que debe adoptar la amistad para los hombres que el autor comienza a replantearse el conjunto de las relaciones de su vida.
  4. Desacralizar el papel del sexo, bajarlo del pedestal por el que le atribuimos la capacidad de definir y transformar la forma y el sentido de nuestras relaciones, nos debería permitir actuar de manera mucho más relajada en cuanto a su importancia dentro y fuera de la pareja. Muchos capítulos del libro insisten acertadamente en este hecho: nuestra sexualidad tiene un valor en sí misma y puede ligarse de múltiples maneras al plano afectivo. La presencia o ausencia de sexo no determina nada, y su práctica puede ser generadora de vínculos que no entren en competencia entre sí sino que se complementen y nos enriquezcan. Concederle al sexo la importancia que realmente tiene (como expresión de afecto y amor o como mutuo deseo de divertirse) no solo contribuiría a acabar con el estado de pobreza sexual en que vivimos, sino que es además una excelente herramienta para desdramatizar nuestros vínculos y comenzar a trabajar la inseguridad y los celos.

En defensa de Afrodita es un libro valiente, y lo fue sin duda mucho más hace diez años. “Desmontando la cultura de la monogamia” sigue siendo a día de hoy de las mejores cosas que hay sobre el tema, y algunos otros textos realizan también aportes extremadamente útiles para quienes observan con reticencia el debate sobre las no monogamias. Más allá de formulaciones concretas, dos ideas clave: que el amor no es un bien escaso que haya que racionar, sino que se multiplica ejerciéndolo; y que la comunicación y la plena disposición a escuchar y comprender, la no necesidad de ocultar, son ingredientes fundamentales para toda relación sana. Ninguno de estos factores tiene cabida en la cultura de la monogamia.

Artículo escrito por Julia Cámara

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Una mujer sujeta una pancarta durante en el 8-M de 2018 (Madrid).  Manolo Finish

Resulta complicado organizarse en un movimiento transversal que diga que también son luchas feministas la vivienda, los derechos laborales o civiles, los de los migrantes, los de las trabajadoras domésticas y sexuales...

Es evidente que no se puede hablar de feminismo en singular. Hoy más que nunca existe un movimiento diverso que está cruzado por disputas de clase, intereses divergentes y luchas por el poder. Una de las líneas de fractura más evidente es la que parte de quienes concebimos el feminismo como una herramienta fundamental para retar la actual configuración social injusta y el sistema económico –y que por tanto lo entendemos como parte de un proyecto de transformación más amplio–, y aquellas que piden igualdad dentro de lo existente: su 50% del infierno. Para algunas de estas liberales –o socialdemócratas– el feminismo puede llegar a ser un instrumento para un proyecto personal de ascenso social, justificar invasiones con el objetivo de “liberar a las mujeres” –como en Afganistán– o servir para el refuerzo del sistema penal –como la nueva Ley de Libertad Sexual que incluye una propuesta de criminalización de la prostitución–.

Durante la segunda ola –los 60, 70, parte de los 80– fue cuando se produjeron muchos de los debates y las aportaciones teóricas que todavía llegan al presente. En esos años se produjo un momento de fuerte agitación política y un despliegue extraordinariamente rico de diversos movimientos feministas que pusieron en el centro la cuestión sexual y retaron la división sexual del trabajo y el mandato de domesticidad. Una parte importante de esos feminismos asumió una retórica de liberación y se vinculó con los movimientos de protesta en marcha –aunque también cuestionaron el papel subordinado de las mujeres en ellos–. En esos años, por supuesto, también tuvo un papel relevante el feminismo liberal, el de la igualdad formal, con organizaciones como NOW en EE.UU., donde participó Betty Friedan que en su La mística de la feminidad había analizado los problemas de insatisfacción de las mujeres de clase media que no se conformaban ya con ser amas de casa.

Liberal o revolucionario, lo esencial de esos años es la producción de nuevas herramientas políticas. El feminismo abrió líneas de pensamiento novedosas que habían estado excluidas de la política porque habían sido conceptualizadas como pertenecientes al ámbito privado. Los grupos de autoconciencia significan eso: convertir el malestar en algo político porque a partir de lo que nos atraviesa podemos dar cuenta de áreas enteras de desigualdad –explotación– que estaban invisibilizadas. Por ejemplo la cuestión del cuerpo y la sexualidad, que se reivindicó como un ámbito de disfrute y autonomía para las mujeres a la vez que se pedían derechos reproductivos –y se cuestionaba la heterosexualidad y la monogamia obligatorias–. También se empezó a contestar la violencia en un momento en que en muchos lugares la violación dentro del matrimonio ni siquiera se consideraba delito. Precisamente fue a partir de la cuestión sexual que surgió todo un ámbito de producción teórica en Europa –sobre todo en Francia– y en EE.UU. En este último país, Sulamith Firestone y Kate Millet –entre otras– fundan la corriente radical que tuvo una extraordinaria influencia en todo el feminismo posterior. Para ellas, y reutilizando términos marxistas, las mujeres somos una clase y la sexualidad es núcleo fundamental de la opresión que sustenta las relaciones de dominio de los hombres sobre las mujeres. El patriarcado, en palabras de Millet, es la “política sexual de dominación de la mujer” y el principal eje de desigualdad. Desde entonces la cuestión sexual estaría en el centro de la producción teórica feminista.

Las radicales no solo hablaron de subordinación en el ámbito de la sexualidad sino que esta está estrechamente vinculada con la reproducción, por lo que hicieron importantes críticas a la maternidad y a la familia. Aunque esta línea será profundizada por el feminismo marxista o postmarxista. Autoras como Maria Rosa dalla Costa o Silvia Federici analizaron el trabajo de reproducción social –o de reproducción de la mano de obra– como un pilar de la organización capitalista donde se produce la apropiación del trabajo gratuito de las mujeres. Para ellas, el sexo era una parte de esta función más amplia de reproducción social pero no –como para las radicales– el lugar central del que surge toda la relación de subordinación. La violencia sexual se entiende como una manifestación más del patriarcado, como una herramienta que sirve para el sometimiento a esta estructura de dominación.

Feminismo cultural / feminismo marxista

Esas dos líneas de pensamiento llegan hasta hoy y se entremezclan de diversas maneras. Sin embargo, pensar que el origen de la desigualdad está centrado en la cuestión sexual o en la reproducción social, tiene consecuencias divergentes a la hora de hacer política. De hecho, la línea radical derivará en lo que algunas autoras llaman feminismo cultural, muy centrado en la violencia sexual pero también en luchar contra la pornografía y la prostitución. Hoy, buena parte de las que se reivindican como seguidoras de las radicales han derivado en un feminismo de carácter esencialista o identitario que les sirve para oponerse a los derechos de las personas trans o los derechos de las trabajadoras sexuales y que llega a cuestionar la revolución sexual como un logro “que solo sirve a los hombres”. En medio de este ambiente reaccionario, parece que nos toca reivindicar de nuevo la sexualidad como un ámbito de realización y de disfrute para las mujeres.

De la línea postmarxista, sin embargo, se extraen una serie de demandas que son específicamente anticapitalistas y que conectan con las líneas del feminismo histórico más apegadas a las luchas sociales y las cuestiones de clase. Una propuesta que en general ha pretendido recoger los cuestionamientos que los feminismos postcoloniales y negros hicieron del sujeto del feminismo dominado por los intereses y las preocupaciones de las mujeres de clase media occidentales. Para estos feminismos, el universalismo abstracto –“las mujeres son una clase”, “todas estamos igualmente oprimidas por la violencia sexual”– acaba escondiendo las diferencias sociales, raciales y de estatus entre las propias mujeres. El debate actual sobre el sujeto del feminismo, por tanto, no tiene que ver únicamente con lo trans, o lo queer, y si caben o no en el feminismo, sino con una discusión de más de cien años: qué demandas hay que priorizar –¿las sexuales?, ¿las de clase? ¿las anticapitalistas? y quién tiene la capacidad para enunciarlas o liderarlas. E incluso, yendo más allá, si tienen que existir feministas que hagan de mediadoras institucionales o queremos un movimiento más horizontal y democrático capaz de retar el actual estado de las cosas.

Dominación sexual y capitalismo

Sabemos que la violencia sexual tiene una función de sujección de las mujeres a los roles establecidos, pero un feminismo que pone en el centro únicamente esta cuestión –por muy importante que sea luchar contra todas sus manifestaciones– y se olvida de la desigualdad económica o del resto de violencias vinculadas a esta desigualdad jamás será un feminismo emancipador. Sobre todo si acaba legitimando un reforzamiento del sistema penal o el dar más poder a la policía sobre las mujeres –como hacen las demandas punitivistas del trabajo sexual–. Luchar contra la violencia sexual sin conectarla con el resto de violencias estructurales o policiales y pensar que el Estado va a protegernos es olvidarse de que para muchas mujeres, ya sean putas, trans o migrantes sin papeles, ese mismo Estado puede ser el principal origen de la violencia que sufren. El feminismo tiene la tarea de explicar cómo el género atraviesa las violencias institucionales, las que se derivan de ser pobres o de estar en prisión, aquellas vinculadas con la explotación de la naturaleza y el extractivismo o con la explotación neocolonial de los territorios. Un feminismo emancipador tiene el reto pues de enfrentar todas estas manifestaciones de la violencia en su declinación “de género” y también de relacionarlas con las luchas por las condiciones de vida, no son ámbitos separados.

Las cuestiones relacionadas con la sexualidad son capaces de interpelar a las mujeres de clase media que pueden imaginarse fácilmente en el papel de víctimas, también excitan todo tipo de pánicos morales y por tanto, movilizan ampliamente fuera y dentro del feminismo. El peligro de este amplio alcance de los terrores sexuales no es solo el de la tentación punitivista, sino también el de encerrar al movimiento en debates poco transformadores y que lo despotencian. (El terror invocado contra las mujeres trans porque pueden compartir baños o vestuarios es solo un síntoma de esto.) Más complicado resulta organizarse en un movimiento transversal que diga que además de la abolición del género y la violencia sexual también son luchas feministas: la lucha por el derecho a la vivienda, contra la precariedad y por los derechos laborales o civiles, contra la instrumentalización nacionalista e islamófoba del ideal de liberación de las mujeres, por los derechos de los migrantes, de las trabajadoras domésticas y sexuales o contra las prisiones. Si el feminismo no es capaz de hacer eso como movimiento, tendrá que infiltrarse y atravesar los otros movimientos en marcha que apuntan a estas cuestiones.

Abolir la violencia

De EE.UU. aprendemos sobre el método abolicionista que se ha desarrollado para luchar contra el sistema carcelario o la policía. El principio que lo impulsa no es el de reformar estos sistemas, sino el de cambiar la sociedad que los necesita. ¿Cómo sería entonces una sociedad donde no fuera necesaria la violencia machista? Como dice un editorial de la revista Invert Journal –traducido en Las degeneradas trans acaban con la familia–: “El verdadero abolicionismo de las manifestaciones violentas del género requiere la abolición de las condiciones que lo hacen necesario. No tanto la abolición de los marcadores de género en los pasaportes sino la abolición de un mundo en que las fronteras, las naciones y los pasaportes existen. No tanto la abolición de la violencia doméstica vista como un fenómeno inconexo, sino de una sociedad que requiere de la estructura familiar y la esfera doméstica. No tanto la abolición de la violencia homofóbica, del transfeminicido o la mutilación genital a les intersexuales, sino de todo el sistema de género que sustenta esas miserias. En tanto que el género está mediado por todas las demás formas sociales que abarcan la totalidad del modo de producción capitalista, su abolición no puede darse de forma independiente, sino que es una parte esencial del verdadero movimiento que abolirá el estado presente de todas las cosas”.


Una versión de este artículo fue publicada originalmente en catalán en la revista Nexe nº 47.

*Es periodista y doctora en Antropología. Es miembro de la Fundación de los Comunes.

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El cuerpo, una categoría política en disputa

El cuerpo gozante de Freud y el cuerpo hegemónico neoliberal

La urgente reconstrucción de los lazos sociales presenciales se convierte en una tarea ético-política principal, advierte la autora.

 

Freud revolucionó la cultura al descubrir, además del inconsciente, un nuevo cuerpo. Diferenciado del organismo biológico y sin coincidir con la anatomía, se trata de un cuerpo gozante que se erotiza, inhibe, sintomatiza y angustia. El saber sobre su sufrimiento no pertenece a los expertos, sino al inconsciente alojado y escuchado por un psicoanalista.

La experiencia del análisis constituye una posibilidad de subjetivar la verdad de un padecimiento singular, que se diferencia del que definen los manuales, las clasificaciones y etiquetas universales recortadas por los expertos y sus protocolos. El singular sufrimiento del cuerpo pone a trabajar al sujeto del inconsciente, que se va haciendo responsable de la propia sexualidad.

La biopolítica neoliberal rechaza el cuerpo del psicoanálisis y pretende administrar una construcción del cuerpo asociada al organismo biológico, al individuo, a la propiedad privada, a un yo limitado por la piel y la imagen. Esta concepción biopolítica de la vida y del cuerpo se impuso, ganó la hegemonía cultural, constituyendo uno de los mayores daños que produjo el neoliberalismo al colonizar la salud mental y la física.

El hegemónico cuerpo neoliberal pasó a ser un producto orgánico que no se escucha, que es mercancía valorizada por una ideología empresarial y colonialista. El dispositivo de poder estimula creencias tales como que el individuo es el dueño, el gestor de su vida y de su cuerpo, así como el poseedor de una libertad ilimitada.

La “modernidad” que traía el neoliberalismo terminó resultando un fraude reduccionista, que rechaza la imposibilidad y forcluye el cuerpo del psicoanálisis. El neoliberalismo triunfante nos retrotrae al cuerpo pre-freudiano: un organismo biológico definido por el registro imaginario y la anatomía. Los manuales, los “trastornos”, la medicalización de las angustias y la industria farmacéutica ganaron la batalla cultural.

Se presenta algo aún más inquietante que podemos definir como una mutación tecno-cultural, que requiere ser pensada a partir de la pandemia. Durante el necesario distanciamiento social llevado a cabo por el coronavirus, el cuerpo neoliberal se anudó a la virtualización de la vida, fenómeno que ya estaba en curso pero que la pandemia precipitó.

Hoy nos encontramos ante una subjetividad que se comunica cada vez más por máquinas con la sustracción o mortificación del cuerpo, tanto en sentido singular como social, y cada vez menos por el encuentro vivo de los cuerpos. Las experiencias como el amor y la sexualidad ya no se despliegan y perturban a través de los lazos sociales, sino que se configuran hacia pseudovínculos donde el goce de cada uno no está prohibido.

El espacio virtual, imprescindible en los tiempos que corren, de ningún modo reemplaza la potencia palpitante de los lazos presenciales. La virtualización de la vida inhibe la capacidad para detectar el sufrimiento, la piel o el olor del otro y la afectación mutua de los cuerpos, que constituye la condición fundamental del amor, la transferencia y la política.

Para la concepción neoliberal del cuerpo basada en las imágenes, el rendimiento y la mercantilización de todo, la mutación tecno-cultural de la vida no representa un problema, limitación o desvitalización, sino que es considerada como un progreso y una economía.

Por el contrario, para el psicoanálisis la materialidad del cuerpo, sus agujeros, pliegues y sensibilidad solo se vivifican ante la presencia de los otrxs. El cuerpo construido desde el Otro y con los otros consiste en una categoría social, un sistema de afecciones recíprocas, donde se juegan y contaminan las experiencias personales y las estructuras socio-políticas.

La subjetividad está hecha de mundo: lo personal no es una posesión privada, sino relacional. La presencia sustancial del objeto voz, “las voces de la calle”, el encuentro sensible con el otro, constituye una experiencia intransferible en tanto acontecimiento temporal.

El cuerpo que aportó el psicoanálisis, tanto singular como social, abusado por el neoliberalismo, desvitalizado y rechazado por la revolución tecnológica, agredido por los efectos de la pandemia, es una categoría política que perdió la batalla con el yo como cuerpo neoliberal, estando en proceso de desaparición hacia lo virtual.

Resulta imprescindible la restitución, revitalización y reparación del cuerpo pulsional, sexuado y mortal que descubrió el psicoanálisis. La urgente reconstrucción de los lazos sociales presenciales se convierte en una tarea ético-política principal.

4 de noviembre de 2021

Nora Merlin es psicoanalista y magister en Ciencias Políticas.

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Las campeonas durante la ceremonia de premiación del BMX femenino en los Juegos Olímpicos 2020. — José Méndez / EFE

Las deportistas luchan en Tokio 2020 por unos juegos sin sexismo y con la mirada puesta en la igualdad de género.

 

El movimiento feminista está creciendo continuamente, haciéndose más visible, incordiando a quienes no quieren un cambio en el patriarcado. Esta lucha se ha internacionalizado y extendido a todas las áreas de la sociedad, entre ellas el deporte, y por ende los Juegos Olímpicos.

Las mujeres en el deporte han hecho historia, desde la primera vez que pudieron participar en las Olimpiadas de 1900 celebradas en París, hasta la inclusión de deportistas en 1928 en disciplinas como atletismo, esgrima, natación y gimnasia. Después de 121 años desde la participación de las féminas, los Juegos Olímpicos de Tokio cuentan con una participación femenina del 49%, rozando la paridad. 

 "Cada país tiene unas discriminaciones diferentes, pero la igualdad es una premisa que se busca conseguir en el deporte" expone Mar Mas, presidenta de la Asociación para Mujeres en el Deporte Profesional (AMDP). "El Comité Olímpico está haciendo mucho esfuerzo en conseguir la igualdad: competiciones mixtas, abanderados paritarios, incluso se rechaza a los países que lleven un equipo masculino, por ejemplo de baloncesto, y no uno femenino".

La marea morada ha renacido en la era de las redes sociales; sumando apoyos bajo una misma consigna, unas pocas palabras que se convertían en las abanderadas de toda una batalla. Un lema para luchar contra las agresiones sexuales y el acoso como fue el #MeToo o un grito frente al Ministerio de Justicia cuando se puso en duda el testimonio de la víctima de la ‘Manada: Yo sí te creo. Esta ola feminista que ha aparecido en los últimos años se ve reflejada en los Juegos Olímpicos.

Si las deportistas se visten con una prenda larga es un problema, pero si es más corta de lo habitual también

Hay una necesidad creciente de abordar todas las desigualdades, de hacerlo de una forma tajante. Sin preguntar. Por eso las jugadoras de balonmano playa no tuvieron miedo ante las penalizaciones por llevar un pantalón que no las sexualizara, por eso las gimnastas alemanas vistieron un mono entero para evitar que su disciplina fuera vista desde la mirada depredadora del sexismo. Y si se visten con una prenda larga es un problema, pero si es más corta de lo habitual también, como la crítica de una jueza de los Juegos Olímpicos a Olivia Breen, campeona paralímpica de salto de longitud, por usar un pantalón "demasiado corto". Mas sentencia que el comité olímpico "debe seguir avanzando" porque si no las Olimpiadas terminarán siendo simplemente "una gran inversión a nivel infraestructuras y un evento comunicativo, si las mujeres no estamos en igualdad de condiciones".

Nuevas generaciones de deportistas

"Ahora las patinadoras se están atreviendo a lanzarse, antes no se les entrenaba, no se les motivaba a intentarlo"

Las deportistas más jóvenes, aquellas que están en la adolescencia o su veintena, han crecido con la insurgente oleada feminista, es por ello que luchan por la igualdad en el deporte. Lucía del Prado Montero, excampeona de España Novice en patinaje artístico, explica como últimamente multitud de mujeres están realizando saltos que solo hacían los hombres: "Al principio se pensaba que las mujeres no podían hacerlos porque no tenían suficiente fuerza". Es el caso de Alexandra Trusova, la primera mujer en hacer un cuádruple axel en competición. "Ahora todas las patinadoras se están atreviendo a lanzarse y hacerlo, antes no se les entrenaba para ello, no se les motivaba a intentarlo".

El patinaje artístico, al igual que la gimnasia rítmica son dos deportes muy feminizados y donde el sexismo permanece todavía. Marta González, entrenadora de rítmica, ha notado a lo largo de su carrera esta diferenciación entre mujeres y hombres compitiendo en su disciplina: "Cuando yo entré a hacer rítmica había un chico más mayor en el equipo, era buenísimo, le teníamos como referente" -explica la gimnasta- "al crecer y competir en el equipo conjunto contra otros chicos aparecieron los comentarios sexistas".

El camino hacia la igualdad

"Hemos tenido problemas con las mujeres que están en estado de lactancia, no han podido entrar en los Juegos con su bebé"

Sin embargo, pese a esos esfuerzos todavía queda una larga retahíla de problemas que solucionar como las políticas de conciliación en el deporte. "Hemos tenido problemas con las mujeres que están en estado de lactancia -denuncia Mas- no han podido entrar en los Juegos con su bebé". Al igual que la maternidad, existe una desigualdad mucho más visible: la salarial. La presidenta de la AMDP recuerda que el dinero público debe garantizar la no discriminación de la ciudadanía y en el deporte no se cumple con las mujeres: "Estados Unidos abrió una batalla muy fuerte en el fútbol con el equal play, equal pay (mismo juego, mismo salario) ¿Por qué si entreno lo mismo, me lesiono lo mismo, juego lo mismo, por qué voy a cobrar mucho menos? Hay una Ley de Igualdad del año 2007 en España que a nadie se le ocurre aplicar, les interesa seguir ganando ese dinero y no perder sus privilegios. Es una cuestión política que ningún partido ha abordado".

La clave para conseguir la igualdad en el deporte la tiene Mas: "Todo eso pasa por tener una independencia económica, un Estado que regule y proteja esos derechos, y sobre todo, una ciudadanía en la que confiar para que cuando salga un titular machista hacia las mujeres deportistas, se condene. Las mujeres debemos de tener la mitad de dinero, la mitad de tiempo, la mitad de las infraestructuras. La mitad de todo porque somos la mitad de la población; y la mitad de todo es nuestro".

madrid

01/08/2021 13:42

Sara Pardo García@pardosarag

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El mayor estudio de la historia no encuentra una relación determinante entre genes y comportamiento sexual

"No hay un único gen gay, sino más bien muchísimos genes que influyen", explica el genetista Brendan Zietsch

 “Yo soy gay y mi hermano no”, escucha a menudo el psicólogo Juan Ramón Ordoñana en sus entrevistas a los miembros del único registro de gemelos de España, una base de datos de 3.500 adultos murcianos. Los hermanos gemelos son un laboratorio viviente para intentar comprender la influencia de la genética en el comportamiento humano. La existencia de personas que comparten el 100% de sus genes y presentan diferentes comportamientos sexuales apunta a que la clave hay que buscarla en otros factores. Pero Ordoñana también oye la frase contraria: “Somos hermanos gemelos y los dos somos homosexuales”. Es uno de los misterios más fascinantes de la naturaleza humana.

Un equipo internacional de científicos presenta hoy el mayor estudio realizado hasta la fecha sobre la influencia de la genética en el comportamiento sexual. Han estudiado a casi 500.000 personas, 100 veces más que el mayor trabajo previo. “Nuestra investigación muestra que no hay un único gen gay, sino más bien muchísimos genes que influyen en la probabilidad de que una persona tenga parejas del mismo sexo”, explica el genetista Brendan Zietsch, director del Centro de Psicología y Evolución de la Universidad de Queensland, en Australia.

Los investigadores han empleado dos bases de datos: 410.000 personas de entre 40 y 70 años del Biobank de Reino Unido y otras 68.500 de los archivos de la empresa estadounidense 23andMe, con un promedio de edad de 51 años. Su primer análisis mostró que los parientes cercanos, primos como mínimo, tenían más probabilidades de presentar comportamientos sexuales similares. Mediante un complejo procedimiento estadístico, los autores calculan que una tercera parte de las diferencias observadas en el comportamiento sexual de estos familiares se pueden explicar por factores genéticos heredados.

El segundo análisis fue más allá. El manual de funcionamiento de una persona está escrito en 3.000 millones de letras en el núcleo de cada célula. El equipo de Zietsch ha buscado variantes genéticas mínimas —una sola letra— correlacionadas con comportamientos homosexuales. Según sus cálculos, el efecto sumado de todas estas pequeñas variaciones en la secuencia de ADN podría explicar entre el 8% y el 25% de las diferencias detectadas en el comportamiento sexual. La disparidad de estas cifras con el 33% del primer análisis podría deberse a que las tecnologías utilizadas no son lo suficientemente sofisticadas como para localizar todas las variantes genéticas.

El resto de las diferencias se debería a los llamados factores ambientales. “En este caso, la palabra ambiental solo significa que no son influencias genéticas. No tiene por qué ser nada relacionado con la educación o la cultura. Podrían ser efectos biológicos no genéticos o el ambiente prenatal en el útero. Nuestro estudio no arroja luz sobre estas influencias”, subraya Zietsch, que firma la investigación junto a genetistas, psicólogos, sociólogos y estadísticos de centros como la Universidad de Cambridge y el Instituto Broad del Instituto Tecnológico de Massachusetts y la Universidad de Harvard.

Los autores del estudio, que se publica este jueves en la revista Science, solo han identificado cinco variantes genéticas correlacionadas con el comportamiento homosexual, pero con una influencia mínima. Sumados sus efectos, explicarían menos del 1%. “Es básicamente imposible predecir la actividad sexual o la orientación de una persona por su genética”, zanja el estadístico Andrea Ganna, del Instituto Broad.

“No existe un gen de la homosexualidad ni de la heterosexualidad ni de la inteligencia. Son comportamientos muy complejos, probablemente vinculados a cientos o miles de variantes genéticas distribuidas por todo el genoma”, señala Ordoñana, un investigador de la Universidad de Murcia que no ha participado en este estudio. Los efectos combinados de esas miles de variantes genéticas hoy desconocidas sumarían esas influencias detectadas del 33% o del 8%-25%, dependiendo del tipo de análisis.

De las cinco variantes identificadas, dos son compartidas por hombres y mujeres, otras dos son masculinas y una es femenina. Su efecto individual es tan pequeño que solo se puede detectar en investigaciones con cientos de miles de ciudadanos. Por ejemplo, el 4% de las personas con una variante en la posición rs34730029 del genoma presentan un comportamiento homosexual, frente al 3,6% que no tienen esa variante. Para identificar más diferencias relevantes en el ADN habrá que estudiar a millones de personas.

Los investigadores también han encontrado “una correlación genética” entre el comportamiento homosexual y algunos rasgos de la personalidad, como el sentimiento de soledad, la apertura a nuevas experiencias y los hábitos de riesgo, como el tabaquismo y el consumo de marihuana. También han observado una correlación genética con algunos problemas de salud mental. En una escala del 0 al 1, en la que el cero significa que las influencias genéticas no se solapan en dos rasgos diferentes, la depresión llega al 0,44 en mujeres y al 0,33 en hombres, mientras que la esquizofrenia alcanza el 0,17 en mujeres y el 0,13 en hombres.

“Es importante subrayar que la causalidad no está clara. Una posibilidad es que el estigma asociado al comportamiento sexual con personas del mismo sexo cause o exacerbe problemas de salud mental”, recalca Zietsch. “Pero no tenemos suficientes datos para desenredar las diferentes opciones”, admite.

Los autores han intentado entender los mecanismos biológicos de las cinco variantes genéticas relacionadas con el comportamiento homosexual. Una de ellas está localizada en un tramo del ADN que alberga genes relacionados con el sentido del olfato, vinculado a la atracción sexual. Otra variante está asociada a la calvicie masculina y a un gen relevante en la formación de las gónadas, lo que “respalda la idea de que la regulación de las hormonas sexuales podría estar implicada en el desarrollo de un comportamiento sexual con personas del mismo sexo”, según los investigadores. “Las variantes genéticas heterosexuales son la otra cara de las no heterosexuales: en las mismas ubicaciones, pero simplemente con otras letras del código”, resume Zietsch.

El investigador Simon Heath, sin embargo, cree que “no hay una base científica potente” que vincule las variantes genéticas detectadas con los genes relacionados con el olfato y la calvicie. “Se basan en mirar a genes cercanos. Y siempre se puede construir una buena historia esté donde esté la variante genética”, afirma Heath, del Centro Nacional de Análisis Genómico, parte del Centro de Regulación Genómica de Barcelona.

A juicio de este experto, el nuevo estudio está “bien ejecutado”, pero presenta algunas limitaciones, como meter a una persona en la etiqueta de comportamiento homosexual simplemente por haber tenido una sola de estas experiencias en su vida. “Es una definición muy simple que esconde gran parte de la complejidad de la orientación sexual”, opina.

Además, señala Heath, hay otros elementos a tener en cuenta. Los 410.000 participantes de Reino Unido rellenaron un cuestionario general en el que el 4% de los hombres y el 2,8% de las mujeres afirmaron haber tenido al menos una relación sexual con una persona de su mismo sexo. En EE UU, esa pregunta era voluntaria y los que respondieron de manera positiva llegan al 19%, “lo que puede ser debido a que la que la gente con estilos de vida no convencionales esté más dispuesta a contestar”, hipotetiza Heath. “Esta diferencia en los conjuntos de datos dificulta la interpretación de los resultados”, sentencia.

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Jueves, 17 Enero 2019 06:21

El amor de antes, el amor de ahora

El amor de antes, el amor de ahora

Por qué la idea del poliamor despierta tanta curiosidad y fascinación, se pregunta la autora. ¿Será tal vez que la fantasía de estar con un tercero está siempre latente o porque sabemos que es imposible prometer un amor eterno?, arriesga. El amor virtual y el poliamor, desde la mirada psicoanalítica.


Desde hace ya algún tiempo, asistimos a una nueva modalidad en la comunicación: nadie está exento de leer un diario, mandar un Whatsapp o subir un post a una red social, pero hasta hace poco no podíamos imaginar la posibilidad de establecer un vínculo de pareja también por esta vía.


En estos tiempos de arrasadora virtualidad, parece irrumpir un modo muy particular de amor, un amor a distancia. Evitar el encuentro con el otro sexo, pero sobre todo protegerse del sufrimiento que la experiencia amorosa pueda ocasionar: amar a resguardo, dejando que el amor quede alojado en el plano del ideal en vez de salir al encuentro de lo que efectiva y sorpresivamente allí se produzca: ¿será éste el amor platónico de la posmodernidad?


Llegué a saber de la existencia del amor virtual gracias al trabajo con pacientes púberes y adolescentes.


Recuerdo un relato de S: “Me puse de novia por chat, lo conozco del otro colegio pero no lo veo, solo nos hablamos por acá, asi estoy más tranquila, no quiero complicarme, ¿para qué?”


Creo que es fundamental poder escuchar este “para qué”, pues señala el nudo de la cuestión: como si el amor se tratara de algo funcional o utilitario y no causal: no es lo mismo “amar porque”, a “amar para”, aquí el eje se desplaza.


En la actualidad el amor virtual sucede y esto tiene su lógica: no hay espacio, ni tiempo, ni objeto que quiera resignarse, ¿será este síntoma de época un facilitador de una nueva idea del amor: un amor “simple” y “sin complicaciones”?


En este nuevo tiempo donde prima la autosuficiencia y la prescindibilidad, cabría preguntarse si necesitamos del amor de “un-otro”.


Lo que resulta evidente es que el amor romántico, apasionado y exclusivo ha dejado su lugar a una modalidad novedosa: el amor libre, inclusivo y múltiple.


Si evocamos al mito de Aristófanes podremos acercarnos a una idea del amor que remite a la teoría de la “media naranja”: el amor como un modo de ser completado, acabado por el otro, que tendría aquello que a nosotros nos falta, por tanto solo nos resta encontrar quien sea su portador.


Lacan plantea una posición crítica respecto a esta idea proponiendo que no existe tal complemento y afirmando además que la relación sexual, el encuentro con el otro, es de por sí imposible (tanto en lo sexual como en lo discursivo): no hay sino encuentro fallido, mal-entendido. Por lo tanto, siempre buscaremos para no encontrar o lo que encontramos no será nunca lo que buscamos.


Donde más claramente se cristaliza esta contemporánea noción del amor es en el actualmente mediáticamente conocido “poliamor”, expresión que verifica que la idea originaria del amor ha empezado a caer en desuso.


Hasta hace no mucho tiempo, el contacto cuerpo a cuerpo, el poder pasar el tiempo juntos era como “tocar el cielo con las manos”, aquello a lo que toda pareja aspiraba con ansias. De hecho, las más apasionantes historias de amor (como Romeo y Julieta, por ejemplo), mostraban justamente esta tragedia: la imposibilidad de encontrarse les resultaba tan tortuoso que en eso se les iba la vida. Hoy, claramente, esto no sería un problema, ya que la ausencia del encuentro físico no es un impedimento para el amor. Verse o no verse resulta anecdótico, lo importante, sí, es poder nombrar el vínculo, definir qué somos; una vez determinado el rol, lo demás pasa a un segundo plano. Por lo tanto, podríamos pensar que la relación hoy no se construye día a día, encuentro tras encuentro sino que se pacta: “somos novios” y al parecer eso basta: la palabra es acto.


Tradicionalmente la idea del amor era entendida como un estar dispuesto a dar todo por el otro. En el amor romántico, amar lo era todo en la vida de un sujeto, se soñaba con llegar a encontrar el amor de la vida, creyéndose que esa persona existía y por tanto ese encuentro era posible. El amor tradicional era más aristofánico que lacaniano.


No surgen dudas al afirmar que amar es elegir, por lo tanto, resulta crucial rescatar el valor de apuesta en relación al amor y que por lo tanto dicha elección conlleva, inexorablemente, una pérdida. Amar es, por decirlo de un modo deleuziano, un acontecimiento: marca un antes y un después en la vida de un sujeto. ¿Cuántas veces nos encontramos diciendo que nunca volveremos a ser el que fuimos, al haber atravesado una experiencia amorosa?


Sucede que este punto nodal que define al amor como una decisión con su consecuente renuncia, en el poliamor parece no ponerse en juego. Entonces ¿será necesario redefinir el concepto de amor a la luz de estos tiempos que corren?


¿Podemos validar la existencia del amor diversificado o será el poliamor un oxímoron?


En principio, parecería desprenderse del concepto de “polivínculo” la idea de que aquí no hay renuncia: el amor múltiple puede habilitar a plantear que aquí nada se pierde, sería una versión del amor que nos recuerda que a diferencia de lo que sucedía en otros tiempos ahora no habría lugar a lo imposible.


Entonces tal vez el poliamor podría definirse como un modo de amar contemporáneo o tal vez como una excepción del amor o cabría la posibilidad de pensarlo como un semblante (entendiendo por semblante aquello que juega a ser pero que en esencia no es).


De todas formas, si bien el poliamor se instala con más fuerza actualmente, no se podrá afirmar que es realmente novedoso: Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre vivieron una larga y apasionada historia de amor libre (un modo más antiguo de nombrar lo mismo).


Algo más de 50 años juntos en una establecida y acordada pareja abierta que, según los relatos de cada uno de ellos, no hubiera podido funcionar de otra forma.
Una de las cuestiones en las que habría que poner el acento está sustentado en la idea de que no es necesario tener que elegir, allí se cede algo invaluable: la libertad. Por lo tanto ¿se podría hablar de un acto de amor frente a la elección de una no elección, o de lo que se tratará allí será más bien, de la inhibición del acto? La no aceptación de que algo siempre se pierde, esto es la asunción de que, ante la castración, no hay escapatoria posible.


Se podrá argumentar que en el poliamor también hay algo que se termina perdiendo indefectiblemente (si elijo A y B pierdo C) pero en definitiva lo que se pierde allí no sería más que su valor narcisista. La contracara de ello será lidiar con la responsabilidad de la incondicionalidad y el consecuente sentimiento de culpa que adviene frente a un posible conflicto o un eventual fracaso. En este sentido, la idea del polivínculo podrá ser entendido como un bálsamo, ya que trae aparejado un importante efecto de alivio. Ahora bien, ¿será que una relación abierta es menos exigida y por ello menos conflictiva? Por otro lado, si la prohibición genera el deseo, si la falta nos ubica como deseantes, ¿no podrá ser el poliamor el causante del aplastamiento del deseo? Todo esto está aún por verse.


Sea como fuere, creo que hay algo en el amor de antes y en el amor actual que se mantiene intacto, y es el punto en el que todo amor representa una ficción, es el que uno se inventa. Como dice Charly García, “un amor real es como dormir y estar despierto”.


Por lo tanto, de lo que se tratará es de decidir si se quiere ficcionar o no, a sabiendas de que aunque se esté con otro, aunque por momentos ambos estén inmersos en esa especie de “locura a dúo”, esa invención es necesariamente singular.


La pregunta necesaria es por qué la idea del poliamor despierta tanta curiosidad y fascinación, ¿será tal vez que la fantasía de estar con un tercero está siempre latente o porque en definitiva sabemos de la imposibilidad de prometer un amor que sea eterno? Acaso esta nueva modalidad de amor nos alivia, nos aligera aunque no por ello nos garantice nada.
Nunca hemos faltado tanto a la verdad como en nombre del amor, otorgando a la mentira cierta función protectora.


Cuántas veces hemos escuchado frases como: “nunca querré a nadie como a vos”, “te amo desde el día en que te conocí”, “sin vos me muero”. Ninguna de ellas puede ser contrastada pero a su vez sabemos de su insustentabilidad. ¿Cómo saber si amaremos por siempre, cómo medir el amor, cómo suponer la inminencia de la muerte frente a su ausencia?
El amor nos confronta con el hecho de que, como en toda ficción, llegará el momento del desenlace y el desencanto que podrá anunciar el final definitivo o tal vez no, que podrá llevar a una resignificación del amor, o no.


Y esto compete tanto al amor de antes como al amor de ahora, porque amar, para que siga siendo un acto y no devenga un simulacro, implica inevitablemente el atravesamiento de conflictos; si ello no ocurre en vez de amor, tal vez estemos hablando de otra cosa.


Q Psicoanalista.

 

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Domingo, 30 Diciembre 2018 09:53

El clítoris ese gran desconocido

El clítoris ese gran desconocido

Este nuevo espacio nace para hablar de la sexualidad sin tapujos, como algo natural e inherente a la existencia misma en el mundo. Cada miércoles compartiremos un consejo sexual para disfrutar, estudiar, conocer y experimentar tanto individualmente como con otras personas.


La iniciativa nace como proyecto conjunto entre el periódico desdeabajo y las integrantes del colectivo Vente como Eres, quienes en medio de las dificultades que tienen las mujeres y los hombres que no encajan en los modelos dominantes, así como las personas LGBTI, decidieron crear un espacio para hablar de sexualidad, de juguetes o de pornografía.


Esperamos que esta propuesta no quede únicamente entre nosotras/os, sino que motive a todas aquellas personas, colectivos u organizaciones que les interesa hablar de estos temas, y que quieran aconsejar a la sociedad sobre prácticas sexuales, educación sexual, material pedagógico para comprender, estudiar o experimentar la sexualidad, etcétera. Si desea participar de este espacio, si desea hacer una publicación, no dude en escribirnos a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

 

El clítoris ese gran desconocido


Por Colectivo Vente como Eres


El clítoris es mucho más que un botoncito mágico. Se trata de un pequeño órgano conformado por tejidos eréctiles y miles de terminaciones nerviosas, cuyo único objetivo es el placer. "El clítoris ese gran desconocido" es un documental que explora los descubrimientos, la desaparición y reaparición del clítoris en la ciencia. Aunque fue "descubierto" en el siglo XVI, todavía es muy poco lo que sabemos de este órgano. Recomendamos este documental para reconocer nuestro cuerpo, explorarlo y disfrutarlo más allá de los malestares y enfermedades que padecemos. El clítoris es el único órgano que provoca orgasmos y es posible estimularlo desde fuera (la puntita visible encima de los labios) o desde dentro de la vagina.

 


https://www.youtube.com/watch?v=Bd6JCdjC-VE

 

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Jueves, 27 Diciembre 2018 07:07

Eyacular: venirse a chorros

Eyacular: venirse a chorros

La idea de venirse a chorros se ha vuelto un fetiche cada vez más presente en círculos feministas, pero también en la estética porno y en los consejos de sexualidad de las revistas. Sin embargo, hay tendencias que sostienen que no es posible una eyaculación femenina. ¿Mito o realidad? ¿Alguna vez ha experimentado una eyaculación o sabe cómo producirla?

 

Si le preguntamos a Wikipedia qué es la eyaculación femenina, nos dirá que es un asunto controversial. La literatura científica emite dudas de la probabilidad fisiológica que posibilita la eyaculación y argumentará que sin completa certeza no se puede hablar de un patrón, aunque algunas mujeres dicen eyacular y, en efecto, expulsan grandes cantidades de líquido durante el acto sexual, el cual tiene componentes que están presentes también en la orina, por lo que hay cierta correlación, que puede llevar a la duda y, sobre todo, a tener un momento incómodo durante el acto sexual.

 

Para hablar de eyaculación femenina debemos adentrarnos en los terrenos desconocidos de nuestra propia anatomía, en primer lugar porque suele decirse que la eyaculación ocurre durante el orgasmo de una mujer, lo que no es cierto. Tanto hombres como mujeres pueden vivir estos dos fenómenos simultáneos –más común en los hombres–, pero también en momentos distintos.

 

 

¿De dónde proviene la eyaculación?

 

El orgasmo femenino es provocado por el clítoris, un órgano más grande de lo que se piensa, pues además de la cabecita visible arriba de los orificios vaginales y de la uretra tiene dos patas con tejidos eréctiles (ver imagen). El clítoris tiene erecciones cuando esta excitado, es decir se hincha, se hinchan los labios y toda la zona. Puede estimularse este órgano tocando la parte visible, directa o indirectamente, pero también desde las paredes de la vagina, especialmente desde la parte superior, dos centímetros hacia dentro, como empujando hacia el hueso púbico. Ahí, en ese tejido rugoso se encuentra lo que llaman próstata femenina, glándulas de skene o punto G, dependiendo en dónde se indague. Estas glándulas son las que producen el fluido que se eyacula.

 

¿Cómo se eyacula?

 

Todas somos distintas, pero hay mecanismos que ayudan. Una vez excitada –después de unos orgasmos, por ejemplo– se sigue estimulando la punta del clítoris y puede presionarse la próstata; se siente hinchada y rugosa, y cuando nos dan ganas de orinar, en vez de contraer los músculos para detener el fluido, se expulsa. Puede necesitarse mucha práctica, y hacerlo fuera de la cama donde nos da miedo hacer reguero (ver imagen paso a paso para masturbarse).

 

¿Qué se eyacula?

 

Estudios tuvieron que reconocer el fenómeno, pero siguen insistiendo en que a veces, o más bien, la mayoría de los casos, es orina, aunque ya se sabe que contiene –como el esperma masculina– alta concentración de antígeno prostático específico, fosfato ácido prostático, fosfatasa ácida específica de próstata y glucosa. Intentan separar la verdadera eyaculación que sería de poca cantidad con el “squirting” –el chorro– que sería mezclado o totalmente hecho de orina, según las versiones.

 

Sin embargo, lo más contundente son los numerosos testimonios de su sabor dulce, su textura y su olor que dejan claro a quienes nos conocemos que no es orina. El fluido puede tener aspecto mucoso, de color claro, lechoso o amarillento, o puede ser tan claro como el agua. Esto depende de varios factores, como la cantidad de líquido eyaculado, el momento del ciclo menstrual o los diferentes tipos de excitación.

 

¿Y nadie nos dice nada?

 

Algunas mujeres eyaculamos porque queremos, pero para otras ha sido un fenómeno incontrolable. Muchas mujeres sufren al pensar que se están orinando, incluso hay médicos que sugieren la ablación del clítoris como remedio a lo que llaman incontinencia. Diana T. es una de estas mujeres que tras descubrir en el 2005 que aquel liquido no era orina, escribió un libro donde cuenta ese largo camino de descubrimiento “coño potens”, en España, y “Putcha Potens”, en América Latina. Otras, antes de ella, se dedicaron desde los márgenes de la sociedad a difundir esa maravilla, como lo ha hecho en sus películas porno-educativas Nina Hartley.

 

La eyaculación femenina es un aspecto más para explorar dentro de la sexualidad y los placeres femeninos, querer hacerlo, poder hacerlo o no, son posibilidades abiertas, no debe ser visto como una obligación o como tabú. Vamos conociéndonos para que nuestros cuerpos disfruten la sexualidad de la manera más plena y placentera posible.

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Miércoles, 05 Septiembre 2018 09:43

Erotizar el consentimiento

Erotizar el consentimiento

Si dices: “oye, ¿te gustaría tomar una taza de té?” y te responde: “¡oh, sí, por supuesto, me encantaría tomar una taza de té, gracias”, entonces sabes que aceptó la taza de té. Pero, si no quieren té, y esta es la parte importante, no hagas que se lo tomen.

 

Si dices: “¿Te gustaría una taza de té?” y te responden: “Mmm, no sabría decirte.” Entonces, puedes preparar el té sin saber si se lo van a tomar. Pero, si no quieren, y esta es la parte importante, no hagas que se lo tomen. Solo porque lo preparaste no tienes derecho a obligar a nadie a que se lo tome.

 

Si te responde: “no quiero, gracias”, ni siquiera prepares la taza de té. No lo hagas. No hagas que se lo tome. Tampoco te enojes con la persona si rechaza el té. Simplemente no lo quieren, ¿vale?

 

También puede pasar que te digan: “sí, por favor, eres muy amable”, y cuando esté en la mesa ya no quieran el té. Seguro que es molesto después del esfuerzo empleado en preparar el té, pero aun así no está obligado a tomarlo. Las personas cambian de opinión desde que hierve el agua, agregas el té, la leche y lo sirves. Querían. Ahora no. Está bien que las personas cambien de opinión. Aun así, no tienes derecho a obligarles a que se lo tomen.

 

Si se desmayan, no les prepares té. No quieren té. No pueden responder, están inconscientes. Bien, tal vez estaban conscientes cuando quisieron el té, pero mientras lo preparabas se desmayaron. Deja el té. Asegúrate de que la persona está bien. Y una vez más, no hagas que se tomen el té. Te dijeron que sí en ese momento, pero una persona inconsciente no quiere tomar té.

 

Imagina que la persona quiere té, lo toma, pero se desmaya antes de terminarlo. No le des más. Deja el té y asegúrate de que está bien. Porque la persona que está inconsciente no quiere té. Tenlo por aseguro.

 

Si alguien aceptó tomar té en tu casa el sábado pasado, no quiere decir que lo quiera todo el tiempo. Tampoco quieren que le visites de forma sorpresiva para tomar el té diciéndole: “pero sí querías té la semana pasada.” Mucho menos quieren despertar porque les estás dando de tomar té, diciéndole: “pero si querías té anoche”.

 

Si puedes entender lo ridículo que es forzar a alguien a que tome té cuando no lo quiere, y ser capaz de entender cuando la gente no quiere té… entonces, por qué es tan difícil entenderlo cuando se trata de tener sexo. Ya sea preparar té o tener sexo, el consentimiento lo es todo. (1)

 

Al comparar una propuesta de compartir té o cualquier otra cosa con tener sexo, se hace evidente la extraña concepción que solemos tener del sexo. Recordemos que el sexo se ha convertido en la norma jurídica como “deber conyugal” y si la jurisprudencia condena hoy el abuso sexual en las parejas, la línea del abuso termina siendo delgada.

 

Des-educarse

 

Nos educaron pensando que el acto sexual, en general entendido como coito (penetración del pene en la vagina), es prueba del amor, lo que ha podido llevar incluso a querer tener sexo para sentirse amados o amadas más que por gusto sexual. Cuántas veces una persona ha accedido a tener relaciones o prácticas sexuales, sin desearlas; porque tocaba o se pensaba que era lo que tenía que hacer para satisfacer a la otra persona. Al pensarlo, parece obvio que la falta de entusiasmo, de deseo o de voluntad clara de la otra persona debería quitarnos las ganas. Sin embargo, erotizar el consentimiento es un proceso que supone una toma de conciencia.

 

Preguntémonos, ¿cómo nos puede excitar una situación confusa en la que no se sabe si la otra persona está bien? Aunque hasta diga que sí o si dudamos que al día siguiente no se arrepienta. Todas estas situaciones fuera del consentimiento explícito y entusiasta deberían despertar nuestras alarmas.

 

Insistir, cuando la otra persona dijo que no, es otro de estos curiosos aprendizajes que debemos cuestionar. ¿Cómo puede ser que al tener a una persona que nos gusta o que amamos a nuestro lado, pero que en ese momento expresa la ausencia de deseo, sin tener que inventar excusas o explicitar motivos, nos invada una frustración tan grande que nos lleve a hacer sentir culpables la otra persona? ¿Por qué algunas personas sienten la necesidad de pedir disculpas por no tener ganas de sexo? ¿Por qué no imaginar un mundo en el cual la ausencia de deseo de la otra persona, automáticamente baje el nuestro?

 

Si salimos con ganas de comer hamburguesa con nuestra pareja, que prefiere ir a comer postre, lógicamente buscaremos un antojo común y no culparemos a nadie por querer comer hamburguesa o postre.

 

El consentimiento se valida y se puede revocar en cualquier momento. Tal vez bailamos delicioso, nos fuimos juntos a casa, nos besamos, nos acariciamos, pero una de las personas prefiere finalmente dormir, ¿por qué no nos podemos alegrar del delicioso baile, de las deliciosas caricias, y en cambio la frustración de una expectativa no cumplida nos trasnocha?

 

El mito de la agresión

 

Solemos imaginar la agresión sexual, incluso la violación, como un hecho perpetrado por seres malvados en callejones oscuros. Sin embargo, se estima que 75 por ciento de las agresiones sexuales son cometidas por un ser cercano con quien había algún grado de confianza. Y en muchos casos el agresor no expresa la intención de hacer un daño, ni reconoce haber cometido un abuso.

 

“Dijo que no, pero su cuerpo dijo que sí”, “se lo buscó”, “qué hacía vestida así”, “por qué vino a la casa entonces” son algunos ejemplos de frases que justifican las agresiones y que escuchamos a menudo. Si los sociópatas, que cometen agresiones conscientemente existen, no constituyen la mayoría de los agresores, un muchacho angustiado, un hombre demasiado seguro de sí mismo, o centrado en sí mismo pueden fácilmente convertirse en agresor, sin darse ni cuenta, legitimado por una educación sentimental que menos precia el consentimiento.

 

En los recientes casos de denuncia, que llevaron a la campaña en redes #YoTambién, se abrieron discusiones interesantes. Algunos comentaristas no entendían cómo algunas mujeres pueden seguir en contacto con su violador y denunciarlo años después. Sencillamente porque ellas también habían interiorizado su culpa y se demoraron años en entender que lo que sucedió fue una agresión.

 

Todas las personas nos podemos convertir en un agresor, ignorar ese hecho puede tener desastrosas consecuencias para nuestras potenciales víctimas y para nosotras mismas. Lo que define la agresión no es nuestra intención, sino la percepción de quien la vive. Por lo tanto, si no queremos agredir a las personas debemos tener plena seguridad del consentimiento libre e informado continuo de las personas.

 

Preguntar no debería dañar nada

 

Muchas veces podemos pensar que no hay que hablar en el sexo, que eso rompe el encanto. Sin embargo, con palabras o gestos podemos guiar a las personas con quienes exploramos nuestros cuerpos, para garantizar que todo lo que sucede sea agradable.

 

Si no nos gusta hablar mucho, podemos guiar, por ejemplo, una mano tímida hacia donde queramos ser tocadas, levemente dejando la opción a esta mano de cambiar de ruta, si por ahí no iba. Podemos susurrar, muéstrame, guíame, y hacer de esa exploración un momento de intimidad y de confianza.

 

Y podemos ir perdiéndole el miedo a la palabra. Una pregunta abierta, tipo: ¿qué quieres? puede obligar a pensar demasiado, pero propuestas claras que pueden responderse con un sí o un no, siempre sirven. Preguntar: ¿te gusta más aquí o acá, más rápido, más lento? Y dejar claro que siempre se puede parar, no decir nada más, sin que esto sea un problema o deba ser explicado. Nos puede sorprender escucharlo, pero más que reprocharlo se puede agradecer la sinceridad y el cuidado.

 

Por eso, se trata de escuchar el cuerpo, al nuestro y al del otro hablar. Y cuando tengamos dudas, preguntar. Es mejor reírse de una frase torpe que vivir experiencias no deseadas, que por ello mismo dejarán consecuencias en nuestras vidas y relaciones.

 

Y recordar algo clave: “No es No”, “No sé, es No”, “Hoy no, es No”, “Ahorita no, es No”, “Estás borracha, es No”, cualquier cosa que no es un sí entusiasta y erótico es No. Sí es sólo sí cuando el No siempre es posible (2).

 

1 Texto del video “Analogía entre abuso sexual y taza de té”, en: https://www.youtube.com/watch?v=FSleY0yTrM4
2 Puede visitar la sección “Desde Abajo, la otra posición para el placer” para conocer algunos consejos sexuales en www.desdeabajo.info

 

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