Marco Lara Kharl
Con treinta años de experiencia como periodista e investigador, Lara Klahr lanza críticas precisas y punzantes contra la lógica de repetición mediática y la empatía con el discurso del poder punitivo. Una entrevista en la que se publica todo lo que los intereses de los grandes medios no dicen sobre sí mismos.

–Los medios son determinantes para la construcción de un espacio público seguro o inseguro, porque pueden sobrevisibilizar a cierto tipo de actores violentos o criminales, pero también pueden visibilizar a personas inocentes, injustamente imputadas de delito y castigadas, que son juzgadas mediáticamente, y en ese sentido favorecen la impunidad. O invisibilizan actores impunes y son parte de la construcción de un espacio social inseguro. Hay indicadores recientes en México, sobre impunidad, que determinan que hay una impunidad del 99 por ciento, es decir, sólo el uno por ciento de los delitos se investiga y se castiga. La pregunta entonces es a quiénes estamos juzgando en el espacio mediático.

–¿Empatía con el discurso punitivo?
–Los medios y los periodistas tenemos, muchas veces, cierto nivel de empatía con el discurso autoritario de la seguridad pública.

–Entre el discurso de un preso o el de un jefe penitenciario, se le da validez al del penitenciario.
–Exacto. O por ejemplo cuando va a explicar un hecho de violencia criminal, se enfoca en la versión oficial y se olvida de las víctimas, porque para el periodista son irrelevantes. Lo relevante es la cuantificación de víctimas, que la responsabilidad sea atribuida oficialmente a alguien y uno se desentiende de todo lo demás. Esa es una parte, empatía. Otra es la dependencia económica. Los medios nos tienen a los periodistas con condiciones laborales leoninas. A un medio no le cuesta prácticamente nada mandar a un reportero mal pagado y maltratado a hacer una cobertura que luego comercializa en millones en un noticiero de televisión, machacando una noticia mil veces. Dependencia de la industria de las noticias, información barata, empatía de los periodistas y de la industria con visiones autoritarias de la seguridad pública y la Justicia penal, y también un atraso enorme en la formación profesional de los periodistas.

–Hay tendencia a acomodarse en el discurso que se recibe.
–Claro, porque es muy barato y es cómodo, no implica riesgos.

–¿Cómo se explica que el periodista que gana dos dólares por nota y que pareciera ser víctima de ese sistema, en lugar de arriesgar, sostenga ese enorme negocio que no lo participa al volverse cómodo?
–Porque es muy redituable.

–¿Para el periodista?
–Pues claro. Porque si para hacer una cobertura tienes que disponer de tiempo, dinero para poder desplazarte, de comunicación, de toda una infraestructura logística. Lo que te interesa es trabajar a destajo, maquila en serie. Si tú puedes mandas diez notas, hay periodistas que producen diez, quince notas y se conforman con que se publiquen dos. Las quince notas no se las pagaron, sólo le pagaron lo que se publicó. Mandan mucho y lo más alarmante es que se queda para que el editor los considere y les dé un buen lugar. Hay medios donde hay tarifarios. Si, por ejemplo, en el noticiero te dan 30 segundos una nota, tiene un precio. Si te lo anuncian en los encabezados al abrir el noticiero pagan un poco más. Si eres de un periódico y tu nota va a la primera plana te pagan un poco más que si lo ponen en interiores. Son tarifarios que van de dos a quince dólares.

–¿Pero puede romper ese sistema?
–Es muy difícil que lo rompa porque como decimos en México es el perro más flaco, al perro más flaco es al que más le cargan las pulgas. Los periodistas somos el perro más flaco en esa cadena. No significa que no tengamos nada que hacer. Tenemos que empoderarnos como gremio y profesionalizarnos y mejorar para transformar la relación de fuerzas. Pero no lo vamos a hacer solos, vamos a hacerlo con los ciudadanos, con otros actores que nos permitan equilibrar la balanza. Solos no podemos.

–El negocio de las grandes multimedias es achatar la capacidad crítica del público.
–Imagínate, eres un periodista muy experimentado, tienes muchísimos saberes para hacer una cobertura, hacer investigación. Muchas veces la industria prefiere a un estudiante de media carrera de la universidad que va a aspirar a ganar la cuarta parte que tú, que va a producir un contenido, que no va a reivindicar ningún tipo de derecho, que no va a poner peros.

–Pero eso baja la calidad de la producción.
–No importa. A la empresa le interesa la cantidad. Menos en esta época. Las redes sociales están exponiendo a la industria a una situación complicadísima. Ahora lo que se ha estudiado, autores especializados, sociólogos y analistas, dicen que en un mundo en el que millones de personas transmiten informaciones en la red sin vivir de esto como nosotros, el periodista qué futuro puede tener. También es cierto que las redes sociales, como tienen en muchos sentidos sus primicias, a veces son insostenibles pero a veces no lo son. Pero parece que cada vez es menos importante para las audiencias que sea cierto o no. Lo importante es que circule por las redes sociales. Eso es veneno para la profesión periodística, es veneno.

–No para la comunicación.
–No, porque afortunadamente las redes sociales han roto el monopolio de la información.

–¿Piensa que es grave o no?
–Es veneno para el periodista profesional.

–No, sacando el ropaje de periodista, pensándolo socialmente. ¿Es importante, es dañino para la sociedad que circule información que no se sabe si es verdadera o falsa?
–Bueno, no es bueno ni malo en un sentido estricto. Lo que dice Negroponte, el gran gurú de los medios digitales, es que la web no es solamente un mecanismo de distribución de información, la web es una ampliación del espacio público. En ese sentido, es un espacio humano de interacción.

–Igual que cuando circula por la calle...
–Exactamente. El único problema es su potencia. Si tienes un compañero de trabajo y lo difamas, se quedará en tu círculo. Pero acá se multiplica. En ese sentido el espacio público no hace más que reproducir y potenciar prácticas humanas que están en el espacio público físico. Es bueno o malo...

–Por ahora es...
–Claro. El gran interrogante es qué papel tiene en este asunto el periodismo profesional. ¿Tiene un lugar? Esa es la pregunta para hacer.

–¿Sólo arroja la pregunta o tiene una posición al respecto?
–Coincido en que el periodismo profesional del siglo XIX que es el que hacemos nosotros, el periodismo clásico va a desaparecer como lo conocemos y está siendo cada vez más una mezcla entre periodismo ciudadano, periodismo profesional patrocinado por actores ciudadanos como pasa en Estados Unidos con el Center For Public Integrity y otras organizaciones, que están haciendo periodismo, están haciendo investigación para vendérsela a los medios, o publicarla en sus propios medios, financiados por organizaciones de la sociedad civil. Yo creo que es parte del futuro. Porque veo a la industria transitando hacia una lógica de lo que se conoce como de contenidos agregados.

–¿A qué llama contenidos agregados?
–Esto de estar buscando en las redes sociales o en la web información atractiva de último momento y subirla rápido, antes que nadie. Para los contenidos agregados no se necesita un periodista. Parece que es el negocio de los medios industriales cada vez más, no producir contenidos propios.

–Replicadores...
–Exacto. Replicadores de información, no verificada pero muy llamativa...

–Pero esto como periodista profesional es un achatamiento brutal...
–Total, total. Es una devaluación del papel del periodista.

–Es una maquiladora, como la llaman ustedes.
–Claro. Sin embargo, qué otra opción tenemos si nosotros mismos estamos maquilando. Ahí hay una paradoja. Si tú no sabes más que maquilar, ¿cómo pretendes competir con una industria que te gana en emisión de información? Si publico una foto de una persona secuestrada por cualquier razón, ¿qué competencia me puede hacer un periodista si ni siquiera va a conseguir esa fotografía nunca? Los periodistas por eso tenemos que profesionalizarnos y constituir una posibilidad para el ciudadano. Cada vez somos menos una posibilidad para el ciudadano. Necesitamos acudir a las mejores prácticas del periodismo y estar asociados con la sociedad civil y en esa medida vamos a ser una oferta más en el espacio público y en el espacio digital. Afortunadamente ya no somos la única oferta. Los periodistas somos muy reacios a esa visión.

–Complica esa comodidad.
–Exacto. Estoy totalmente de acuerdo. Me encanta que haya redes sociales. Me gusta ver cómo agonizan medios autoritarios que aborrecí, de los que fui despedido, que me expoliaron como reportero, me encanta ver que están en dificultades financieras por estar anclados en el pasado.

–En su disertación en el seminario de ASD sobre seguridad democrática se refirió a la ética del periodista y a la autorregulación. Proyectó unas fotos tremendas, gente sin cabeza o cabezas sin gente, y mencionó el debate de si se debían publicar o no.
–Lo que trato de hacer es deslindarme de visiones moralistas. No llevan a nada porque cada uno tiene su propio esquema moral. Lo que trato es de enfocar el debate en que primero el periodismo tiene que estar hecho bajo referentes de legalidad y derechos. El periodismo debe considerar el respeto al debido proceso, el respeto a los derechos de personalidad y el respeto a la protección de datos personales, porque son derechos muy sensibles socialmente. Después, bueno, no bastan los códigos de ética. Se necesita operacionalizar, es decir, crear instrumentos de control del proceso dentro de los medios. Imagina que estás en una planta enlatadora de conservas. Entonces para poder entrar a la planta te dicen que necesitas ponerte unas botas, gorro, cubrirse, desinfectarse las manos, la cara y demás. Eso es un manual de higiene industrial para evitar la contaminación del producto. Bueno, si con los estándares que nosotros hacemos el periodismo hiciéramos esos enlatados, la sociedad se habría envenenado (risas). No hay estándares. No hay ningún lugar donde te digan no puedes usar estas palabras bajo ningún concepto, no puedes usar estas imágenes, cualquier imagen que sea denigrante para cualquier persona viva o muerta, no puede usarse.

–Existen, pero se violan.
–No existen como manuales, existen como códigos aspiracionales.

–¿Aspiracionales?
–Es como los diez mandamientos. No desearás a la mujer de tu prójimo, pues cómo haces eso (risas), no hay manera. Necesitas crear todo un proceso de ingeniería del periodista y de los procesos que siguen para que eso no ocurra. Se puede poner un cartel en la entrada de la planta enlatadora de conservas. Usted no contaminará el producto. Pues cómo hago para no contaminarlo. Perfecto, usted tiene que hacer uno, dos, tres, cuatro, cinco. Lo haces y no lo contaminas. Eso en periodismo no existe en los medios de nuestros países. Existe en otros países.

–¿Por qué?
–Creo que es una combinación. Es cultural. En Latinoamérica provenimos de tradiciones autoritarias donde los medios estaban vinculados con grupos de poder. Entonces nacían instrumentalizados. La sociedad cambió, se diversificó, el debate cambió, los derechos cambiaron, el enfoque sobre los derechos ciudadanos se amplió, y los medios y los periodistas nos quedamos en el siglo XIX. Los debates que hay en la calle no están dentro de los medios en tónica de derechos. Los debates pasan por el discurso mediático hacia fuera, se pueden ver hacia fuera, pero hacia dentro no se entiende de qué se está hablando.

–¿Está diciendo que los propios periodistas no saben de qué están hablando?
–No sabemos. Un periodista de Televisa en un taller me dijo: “Compañero, eso de los derechos humanos está superinteresante, ¿cómo se te ocurrió?” (risas). A mí me hubiera encantado decir que soy un periodista genial, pero por desgracia tuve que citar la Declaración Internacional de los Derechos Humanos.

–Cómo se rompe. Se puede formar periodistas, pero llegan al gran medio, se los ve en la pantalla y están haciendo todo lo contrario de lo que aprendieron.
–Eso en teoría se llama el modelo mental. Puedes estudiar leyes, ética, llegas a la fiscalía o a un empleo y reproduces exactamente los mismos vicios de corrupción. Hay que transformar el sistema de medios. Hay que enseñarle a la ciudadanía, porque nosotros estamos adentro, a que vea cómo funciona.

–Respecto de esto de decidir publicar o no tal o cual foto, y entonces surge la de aquella niña de Vietnam que escapa llorando y desnuda después de que los soldados yanquis quemaron su aldea y mataron a su familia. ¿Tampoco debería publicarse?
–Depende de muchos criterios. ¿Es una foto denigrante?

–Bueno, pero ahí tenemos una evaluación moral...
–En parte, pero eso decídelo tú como medio. No digo que no se publique, pero no dejes que lo decidan afuera. Podríamos dedicar horas a ese debate y probablemente unos diríamos sí y otros diríamos no. Estandarízalo. Que siga una lógica institucional, un criterio. Que valga siempre, no cuando sea tu hija ya no vale. Otra cosa que yo cuestiono es el alejamiento emocional de los periodistas respecto del dolor de los demás. Pon en un manual que no tienes ningún problema en publicar una cabeza desmembrada. Pero el día que aparezca la cabeza de tu hija, publícala, porque si no estarás faltando a la ética, y estarás traicionando a tu audiencia. Yo hago unos talleres donde les pido a los periodistas fotos de los seres que más quieren. Les pido autorización para manipularlas y las monto en cadáveres, en cabezas desmembradas. ¡Y no les gusta nada! Les digo: “Tú me dijiste la vez pasada para justificar que a ti te pedían un rostro, pues aquí está el rostro, es el de tu madre, ¿te gusta?”. “No, bueno, pero eso es una exageración.” No es una exageración, compañero.
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El poder es infligir sufrimiento y humillaciones.
El poder es destruir es espíritu humano en pedazos
Que se juntan después bajo nuevas formas que se escoge.
Empiece Usted a ver que clase de mundo estamos creando?
Un mundo de temor, miedo, traición, tormento. Un mundo
De aplastadores y aplastados, un mundo que a medida que se afine
Se volverá cada vez más despiadado. El progreso de nuestro mundo será
El progreso hacia sufrimientos. Nuestra civilización está fundada sobre el odio;
No habrá otras emociones que el temor, la rabia, el triunfo y la humillación.
Destruiremos el resto
.
O´Brien. Miembro de la dirección del partido gobernante en 1984 de George Orwell

Tendremos un gobierno mundial. Guste esto o no. La única cuestión será a de saber si éste será constituido por conquista o por consentimiento.
Paul Warburg. Financista miembro de C.F.R.

A pesar de sus constantes y estridentes acusaciones libremercadistas en contra de la planificación económica, las élites del capitalismo mundial han demostrado hasta la saciedad que saben planificar muy bien y que dirigen con mano de hierro el destino de sus gobiernos, empresas e intereses.

Se ha convertido en un lugar común, dentro y fuera de los círculos intelectuales de izquierda, hacer aparecer al sistema capitalista como una nave fuera de control y a los poderosos grupos ubicados en las cabinas de mando como una especie de club de estúpidos y avarientos maníacos obsesionados con exprimir hasta el último centavo que circula en esa nave próxima a hundirse. Creo que la realidad es mucho más lúgubre y atemorizante que esto.

El sistema capitalista ha sido controlado y dirigido en los últimos 200 años por un minúsculo y cerrado grupo oligárquico a nivel mundial: Rockefeller, Vanderbilt, Harriman, Rothschild, Carnegie, Mellon, Morgan, Warburg, Arnault, Windsor, Thyssen, Walton, Blomberg, Agnelli, Davinson, Pillsbury. Estos grupos han promovido matrimonios entre sus descendientes como forma de concentrar y mantener el poder. Los intereses de estos grupos oligárquicos no sólo han sobrevivido a guerras y crisis económicas mundiales sino que las han aprovechado (algunos dicen que las han promovido) para fortalecerse.

La actual crisis del sistema capitalista tiene características especiales; posee como una de sus principales variables el rápido agotamiento del material del que ha dependido el modelo productivista-crecentista-consumista que, hasta hoy, lo ha caracterizado, esto es, el petróleo. La crisis a la que se enfrenta nuestro actual modelo civilizatorio es la crisis del modelo de alto consumo energético producido por la explotación y quema de combustibles fósiles. Es por ello que en los últimos años hemos visto (y aun veremos) guerras de tipo colonial (Irak, Libia, Sudán) por controlar los últimos reductos de yacimientos de hidrocarburos en el mundo.

El verdadero pánico  en los mercados financieros mundiales lo ha desatado las muy silenciadas noticias sobre la disminución de las reservas mundiales de petróleo y la certeza de que hace ya más de una década se traspasó el cenit mundial de la producción petrolera, esto es, el momento en que la cantidad de reservas probadas y probables alcanzaron su punto máximo (peack oil) y comenzaron a disminuir. Cuanto menos petróleo haya en el mundo menos crecimiento económico habrá y menores serán las posibilidades de que el capital especulativo (el 90% del dinero que circula diariamente en el mundo) se transforme en  riqueza real o física.

Como una estrategia de desinformación estas elites del capitalismo mundial han esparcido por el mundo (a través de sus todopoderosas cadenas de información) la idea de que la crisis los ha sorprendido, paralizado y sobrepasado; que frente a lo que se asoma como el fin del modelo civilizatorio basado en el hiperconsumo de combustibles fósiles la oligarquía mundial se encuentra a la deriva y sin proyectos estratégicos  orientados a mantener y acrecentar su poder y hegemonía en el mundo. Creo que esta visión peca de ingenua, simplista y ahistórica.

Para adentrarnos en el análisis de lo que podría ser un plan de dominio planetario en una sociedad post-hidrocarburos hay que comenzar por recordar que en los centros de estudio y pensamiento (think thanks) del capitalismo mundial  nunca se ha dejado de estudiar a Marx; incluso en los triunfalistas años 90 de plena hegemonía neoliberal y fin de la historia, las tesis del sabio de Tréveris eran de obligatorio estudio en dichos centros. Ahora bien, sabiendo esto, uno debe preguntarse:

¿Podrían los ideólogos, economistas y geoestrategas del capitalismo mundial ignorar el carácter cíclico y estructural de las crisis del sistema, por lo demás tan bien explicadas por Marx en sus escritos?

¿Sus analistas financieros podían ignorar las pavorosas consecuencias para la economía mundial que la desenfrenada emisión de dinero inorgánico por parte de la Reserva Federal de los EEUU iba a causar?

¿Podían acaso ignorar el inexorable estallido de la burbuja financiera-especulativa que esta emisión de dinero inorgánico iba a producir?

¿Algún estudioso de la ciencia económica medianamente bien informado podía dejar de prever la crisis de la zona euro producida por meter en el mismo carril monetario de alta velocidad de las economías francesa y alemana a países como Irlanda, Grecia, Portugal o las naciones de Europa del este?

¿Ignoran estas élites el acelerado agotamiento mundial de recursos naturales y la exponencial explosión demográfica de los países pobres del sur del mundo?

¿Acaso no fue el Club de Roma (Centro de pensamiento de estas élites) quien encargó al Instituto Tecnológico de Massachusetts y a los Meadows en una época tan temprana como la década de 1970 el pionero estudio sobre los límites del crecimiento en nuestro modelo social?

¡Acaso sus grandes corporaciones petroleras y sus organismos de energía internacionales ignoran que el cenit mundial del petróleo se sobrepasó hace ya más de una década?

Obviamente que las respuestas a todas estas interrogantes es un rotundo no!!, entonces:

¡Habría que creer que las actuales crisis en sus vertientes energética, financiera, ecológica y alimentaria ha tomado a la oligarquía mundial desprevenida y por sorpresa? Yo no puedo ni siquiera manejar como hipótesis una respuesta afirmativa.

Creo que estas élites y sus analistas si visualizaron con claridad y precisión los actuales (y venideros) escenarios de crisis, y han preparado sus respuestas a los mismos. Estas élites son neomalthusianas. Creen firmemente en que la supervivencia de la civilización, y quizás hasta de la propia especie humana, pasa por una drástica reducción de su número en la tierra. Darwinianamente se ven a sí mismos como el grupo más apto, el mejor adaptado y fuerte, el más evolucionado en la lucha por la preeminencia y dominio de la sociedad humana, por lo que no tienen ningún tipo de objeción de conciencia para eliminar a quienes consideran inferiores. Les desvela y preocupa el aumento de la “gente de color” a lo largo y ancho del mundo. Ven a los chinos como sus verdaderos y más formidables enemigos para las próximas décadas, por ello, la tesis del choque de civilizaciones de Huntington está más dirigida contra el mundo confusiano chino que contra el mundo árabe-musulmán.

Sólo necesitan a una parte de la actual población mundial para utilizarla como mano de obra y servicio de sus necesidades. Estiman que los recursos de la tierra no son suficientes para permitir que todos sus habitantes tengan libre acceso a ellos, por lo que este acceso debe ser limitado y restringido.

Para estas élites el control de la natalidad de las masas empobrecidas del sur del mundo tiene carácter estratégico y de seguridad mundial. Estudian planes de acción y estrategias que permitan la rápida y progresiva eliminación de lo que ellos consideran población sobrante; para ello, es válido el desarrollo de guerras, desastres climáticos (sistema Haarp), hambrunas, desarrollo en sus laboratorios de ingeniería genética de nuevas formas virales que produzcan epidemias (sida, ébola, gripe aviar, gripe porcina, nuevas cepas de enfermedades de transmisión sexual que generen esterilidad), introducción de elementos esterilizantes en alimentos y fármacos.

La industria cultural de estas élites ha jugado un importante papel preparando a la humanidad para aceptar las tesis que esta oligarquía mundial ha diseñado: las películas catastrofistas de trasfondo ético-ambiental han ido haciendo un nicho en la psiquis colectiva de la población mundial con el mensaje de que los causantes de todos los males de la tierra somos los humanos, “todos los humanos”, “toda” la especie humana, sin distinción, sin culpables directos,, por lo tanto, controlar, limitar o reducir el número de individuos de nuestra especie es bueno, es ecológicamente necesario.

Estas élites suscriben totalmente la tesis de que para mantener el actual ritmo de consumo y desecho harían falta varios planetas tierra, lo que es obviamente imposible, por lo que, como tampoco están dispuestos a compartir o reducir su riqueza y poder, ni a prescindir del sistema que les garantiza estos, su solución lógica es reducir, de una forma u otra, un porcentaje importante de la actual población mundial: los menos aptos, los más atrasados, los prescindibles; la misma lógica de los nazis en el tercer reich.

Para esta oligarquía cualquier proyecto político que intente o proclame incluir política, económica y socialmente a las masas, o que declare querer distribuir equitativa e igualitariamente los limitados recursos del planeta actúa en forma irresponsable e irracional, es una amenaza a la supervivencia de la sociedad humana y de la vida misma sobre el planeta, en consecuencia, hay que combatirlo con todas las armas disponibles.

Esta plutocracia mundial tiene la capacidad militar, tecnológica, científica y financiera para imponer al resto del mundo un nuevo modelo de organización social y económico con ellos, o sus operadores políticos (ONU, FMI, G8, OMC, AMI, OTAN) a la cabeza. A su vez las élites de los países emergentes al parecer han entendido y aceptado como válida, o por lo menos temporalmente inevitable, esta situación y es por ello que hemos visto en la última guerra de saqueo colonial en contra de Libia, a países como China y Rusia abstenerse de ejercer su derecho al veto en contra de ella.

Sin menospreciar el papel que contra esta conspiración oligárquica mundial pueden desempeñar los estados nacionales gobernados por movimientos populares o revolucionarios como son los casos de Cuba, Venezuela o Bolivia, creo que la verdadera capacidad de resistencia en contra de estos planes ha de venir de movimientos contrasistema y contraculturales como los zapatistas en el sur de México, el movimiento de los sin tierra en el Brasil, los grupos musulmanes de resistencia en el mundo árabe, el movimiento decrecentista y los movimientos indígenas en el área andina.

Pelear contra esta oligarquía desde las tradicionales estructuras del estado burgués es otorgarle todas las ventajas y jugar con su lógica y reglas de juego, y así, creo que es imposible, no se diga vencer, incluso sobrevivir.

Los escenarios de países y sociedades convulsas, con estallidos sociales y guerras civiles forman parte de los planes de esta oligarquía mundial. La ingobernabilidad en algunos países (México, Irak, Sudán, Costa de Marfil, Libia) permitirá la secesión y control de ricos territorios por parte de estos centros de poder mundiales permitirá a su vez la destrucción de redes sociales que podrían permitir una resistencia organizada en contra de los saqueos.

El fortalecimiento del cuerpo social de nuestros pueblos, el asumir y profundizar la lucha por superar al capitalismo como cultura cotidiana, con su bárbara y esterilizante lógica cosificadora y mercantil es, a la vez, reto y esperanza para toda la humanidad.

- Joel Sangronis Padrón  es profesor de la Universidad Nacional Experimental Rafael Maria Baralt (UNERMB), Venezuela.  Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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Sábado, 19 Febrero 2011 09:06

El difícil paso del tecnozoico al ecozoico

Las grandes crisis conllevan grandes decisiones. Hay decisiones que significan vida o muerte para ciertas sociedades, instituciones o personas. La situación actual es la de un enfermo al cual el médico le dice: O controla usted sus altas tasas de colesterol y su presión o tendrá que enfrentarse a lo peor. Usted elige.

La humanidad como un todo tiene fiebre y está enferma; debe decidir: o continuar con su ritmo alucinado de producción y consumo, garantizando siempre el crecimiento del PIB nacional y mundial, ritmo altamente hostil a la vida, o enfrentarse dentro de poco a las reacciones del sistema-Tierra que ya ha dado claras señales de estrés global. No tememos un cataclismo nuclear, no imposible pero sí improbable, que significaría el fin de la especie humana. Recelamos, eso sí, como muchos científicos advierten, de un cambio repentino, abrupto y drástico del clima que diezmaría rápidamente muchísimas especies y pondría en grave peligro nuestra civilización.

Esto no es una fantasía siniestra. El informe del IPPC de 2001 indicaba ya esta eventualidad. El informe de la U.S. National Academy of Sciences de 2002 afirmaba «que recientes evidencias científicas apuntan hacia la presencia de un acelerado y vasto cambio climático; el nuevo paradigma de un cambio abrupto en el sistema climático está bien establecido por la investigación hace ya diez años, sin embargo este conocimiento está poco difundido y es escasamente tomado en cuenta por los analistas sociales». Richard Alley, presidente del U.S. National Academy of Sciences Committee on Abrupt Climate Change comprobó con su grupo que, al salir de la última glaciación, hace 11 mil años, el clima de la Tierra subió 9 grados en solo 10 años (datos tomados de R.W.Miller, Global Climate Disruption and Social Justice, N.Y 2010). Si eso sucediera con nosotros tendríamos que enfrentarnos a una hecatombe ambiental y social de consecuencias dramáticas.

¿Que es lo que está en juego con la cuestión climática? Están en juego dos prácticas con relación a la Tierra y a sus recursos limitados, que fundan dos eras de nuestra historia: la tecnozoica y la ecozoica.

En la tecnozoica se utiliza un potente instrumento, inventado en los últimos siglos, la tecnociencia, con la cual se explotan de forma sistemática y cada vez con más rapidez todos los recursos, especialmente en beneficio de las minorías mundiales, dejando al margen a gran parte de la humanidad. Prácticamente toda la Tierra ha sido ocupada y explotada. Ha quedado saturada de toxinas, elementos químicos y gases de efecto invernadero hasta el punto de perder su capacidad de metabolizarlos. El síntoma más claro de esta incapacidad suya es la fiebre que se ha hecho presente en el Planeta.

En la ecozoica se considera a la Tierra dentro del proceso evolutivo. Desde hace más de 13,7 mil millones de años el universo existe y está en expansión, empujado por la insondable energía de fondo y por las cuatro interacciones que sostienen y alimentan cada cosa. Es un proceso unitario, diverso y complejo que produjo las grandes estrellas rojas, las galaxias, nuestro Sol, los planetas y nuestra Tierra. Generó también las primeras células vivas, los organismos multicelulares, la proliferación de la fauna y de la flora, la autoconciencia humana por la cual nos sentimos parte del Todo y responsables del Planeta. Todo este proceso envuelve a la Tierra hasta el momento actual. Respetado en su dinámica, permite a la Tierra mantener su vitalidad y su equilibrio.

El futuro se juega entre quienes están comprometidos con la era tecnozoica con los riesgos que encierra y quienes, asumiendo la ecozoica, luchan para mantener los ritmos de la Tierra, producen y consumen dentro de sus límites y ponen su interés principal en perpetuarse y en el bienestar humano y de la comunidad terrestre.

Si no damos este paso difícilmente escaparemos del abismo que espera delante de nosotros.

- Leonardo Boff es teólogo y filósosfo
Fuente: http://servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=423
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Miércoles, 09 Diciembre 2009 09:29

Copenhague: las resistencias del capital

El capital sólo puede existir como fracciones privadas de valorización. Son las empresas: centros de acumulación enfrascadas en una lucha constante para aumentar el valor de su núcleo de capital. El cambio técnico es uno de los instrumentos más importantes de esa competencia intercapitalista. Por eso el capitalismo genera continuamente innovaciones técnicas.

Éste es un rasgo que resaltan tanto los aduladores del capital como sus críticos. Y de ahí muchos concluyen que el capitalismo está dotado de una gran capacidad de adaptación a los cambios que se producen a su alrededor.

Pero el capitalismo también está lastrado por inercias profundas que frenan su capacidad de cambio. La razón es que una vez que se han realizado las inversiones asociadas a una trayectoria tecnológica, el capital tiene que amortizarlas y resiste los cambios con la misma tenacidad con la que antes empujaba las transformaciones. Por eso los funcionarios de las empresas transnacionales, que llevan la lógica del capital hasta en las venas, resistirán con todas sus fuerzas cualquier amenaza a su base de poder. La flexibilidad de la economía capitalista tiene límites poderosos.

Por ejemplo, hay algo que no ha cambiado en la trayectoria tecnológica del capitalismo en los últimos 200 años. El proceso de acumulación ha estado cristalizado sobre una plataforma energética de combustibles fósiles. Desde los albores de la revolución industrial la base material del capitalismo, a escala global, depende de una manera u otra de la extracción y utilización de combustibles fósiles. Este perfil energético terminó por alterar la composición química de la atmósfera en estos dos últimos siglos.

Hoy sabemos con certeza que esto constituye la peor amenaza para la especie humana. La única manera de enfrentar estos cambios en la atmósfera implica transformaciones profundas en la estructura material que sostiene la acumulación capitalista. El capitalismo resistirá esos cambios, porque los costos asociados se presentan como insoportables a los funcionarios del capital. La conferencia de Copenhague sobre cambio climático es la prueba.

En esta importante conferencia la solución planteada desde los centros de poder descansa en dos vertientes que son funcionales a la acumulación privada. La primera es el mercado de carbono, una falsa solución que acabará por imponerse en la declaración final de Copenhague. En este esquema, miles de empresas recibirán gratuitamente cuotas permitidas de emisiones de gases invernadero. Podrán vender el excedente no utilizado en un mercado especial, supuestamente creando los incentivos para la gran transformación de la base energética. Es un premio para los contaminadores históricos, no un instrumento eficaz para reducir y estabilizar las emisiones de gases invernadero.

La segunda vertiente es el esquema de financiamiento para que los países pobres puedan reducir sus emisiones y adaptarse a los efectos del cambio climático. La Agencia Internacional de Energía calcula las necesidades de los países que no son miembros de la OCDE en 197 mil millones de dólares (mmdd) de inversiones para reducir las emisiones de carbono para el año 2020. Si, como se propone por los países ricos, esos recursos son manejados por el Banco Mundial, ya nos podemos despedir de cualquier cosa que se parezca al desarrollo sustentable.

Obama piensa que los países ricos pueden llegar a un acuerdo sobre la cifra de 10 mmdd anuales en Copenhague. Pero también ha señalado que a largo plazo la mayor parte de los recursos deben provenir del sector privado. Para ello, la Casa Blanca y el Banco Mundial insisten en que los países pobres deben ofrecer incentivos para las inversiones que podrían reducir las emisiones de carbono. Ya sabemos cuáles son esos incentivos: apertura, privatización, desregulación. Es decir, hay que perpetuar el modelo neoliberal para asegurar una solución al cambio climático.

Así se cierra el círculo. Por un lado se exigirá a los países pobres mantener "incentivos" para atraer inversiones extranjeras necesarias que supuestamente reducirán las emisiones de gases invernadero. No importa que el modelo neoliberal sea un insulto social y ambiental. Por el otro lado, se va a "garantizar" que tengan acceso a un buen mercado internacional de bonos de carbono con el fin de canalizar más recursos para reducir las emisiones de carbono. No importa que el mercado de carbono sea un gran fracaso anunciado.

El capital y sus centros de poder prefieren llevar a la ruina al mundo entero, antes que sacrificar sus fuentes de privilegios. Las grandes corporaciones cuya capacidad productiva descansa en los combustibles fósiles van a oponer feroz resistencia a todo lo que suene a cambio. Poco importa que la perspectiva de procesos de cambio climático descontrolados constituya la peor amenaza para la humanidad y la biósfera. El capital, en su delirio de acumulación sin fin, está dispuesto a sacrificarlo todo. Si las organizaciones sociales no ejercen la presión suficiente, la conferencia de Copenhague será un espacio para profundizar la destrucción ambiental y la explotación social.

Alejandro Nadal. http://nadal.com.mx


"¿De qué sirve un acuerdo que destruye el mundo?"


El portavoz de los países en desarrollo, el sudanés Lumumba Stanislaus Kaw Di Aping, ha arremetido contra el borrador del Acuerdo de Copenhague preparado por la presidencia danesa. "El primer ministro danés está desesperado pero no debería confundir su carrera política con un acuerdo a cualquier precio. Debe haber un punto intermedio entre la voluntad de los países ricos y los pobres", ha señalado el portavoz del G77 más China, que representa a los países en desarrollo. Éstos denuncian que el borrador está diseñado por y para los países ricos y acusan a Dinamarca de ponerse del lado de los países desarrollados en vez de buscar puntos de acuerdo entre los bloques: "Los países desarrollados tienen una responsabilidad histórica por haber dañado la atmósfera durante los últimos 200 años".

Aun así, Di Aping ha negado que se vaya a producir un boicoteo a las negociaciones como el que llevaron a cabo los países africanos en la reunión previa en Barcelona: "Esperamos que el sentido común y la sabiduría triunfen. Sabemos que entre los líderes de los países desarrollados habrá gente concienciada de este reto y que los ciudadanos de los países desarrollados preguntarán a sus líderes: ¿De qué vale un acuerdo que servirá para destruir el mundo? ¿Para qué sirve? ¿Cuáles son las implicaciones políticas y de seguridad para este siglo?".

El embajador sudanés, con su tono pausado para enfatizar las ideas, ha criticado hasta el objetivo de limitar el calentamiento a dos grados respecto a la era preindustrial: "Los dos grados centígrados es devastador para África. Déjenme que lea la siguiente frase del cuarto informe del IPCC: 'Las cuatro regiones de África y en todas las temporadas la temperatura aumentará entre tres y cuatro grados, aproximadamente 1,5 veces la respuesta global a la temperatura. Con dos grados eliges que África tiene que aceptar una subida de 3,5 grados. Además no hay base científica para los dos grados centígrados".

El secretario de la Convención de Naciones Unidas para el Cambio Climático, Yvo de Boer, ha restado importancia al borrador y ha sostenido que "es algo que no existe" y que "no ha estado sobre la mesa de manera formal". De Boer ha asegurado en una breve comparecencia ante la prensa que "un grupo de países considera que ese borrador no está equilibrado. La gente lo ve como un documento que no quiere que sea la base de la negociación".

Rafael Méndez| Copenhague (Enviado especial) 09/12/2009, El País
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Lunes, 02 Noviembre 2009 11:55

Una nueva igualdad después de la crisis

“Siglo breve”, o XX, fue un período marcado por un conflicto religioso entre ideologías laicas. Por razones más históricas que lógicas, fue dominado por la contraposición de dos modelos económicos –e incluso dos modelos excluyentes entre sí–: el “Socialismo”, identificados con economías centralmente planificadas de tipo soviético, y el “Capitalismo”, que cubría todo el resto.

 Esa contraposición, aparentemente fundamental, entre un sistema que ambiciona sacar del medio del camino a las empresas privadas interesadas en las ganancias (el mercado, por ejemplo) y uno que pretendía liberar al mercado de toda restricción oficial o de otro tipo, nunca fue realista. Todas las economías modernas deben combinar público y privado de varios modos y en varios grados, y de hecho hacen eso. Ambas tentativas de vivir a la altura de esa lógica totalmente binaria, de esas definiciones de “capitalismo” y “socialismo”, fallaron. Las economías de tipo soviético y las organizaciones y gestiones estatales no sobrevivieron a los años ´80. El “fundamentalismo de mercado” anglo-norteamericano quebró en 2008, en el momento de su apogeo. El siglo XXI tendrá que reconsiderar, por lo tanto, sus propios problemas en términos mucho más realistas.

¿Cómo influyó todo eso sobre los países que en el pasado eran devotos del modelo “socialista”? Bajo el socialismo, se encontraron con la imposibilidad de reformar sus sistemas administrativos de planeamiento estatal, incluso cuando sus técnicos y sus economistas fueran plenamente conscientes de sus principales carencias. Los sistemas –no competitivos a nivel internacional– fueron capaces de sobrevivir hasta que quedaron completamente aislados del resto de la economía mundial.

Ese aislamiento, por lo tanto, no pudo ser mantenido en el tiempo, y cuando el socialismo fue abandonado –sea inmediatamente de la caída de los regímenes políticos como en Europa Oriental, sea por el propio régimen, como en China o en Vietnam– sin ningún preaviso, ellos se encontraron inmersos en aquello que para muchos parecía ser la única alternativa disponible: el capitalismo globalizado, en su forma entonces predominante de capitalismo de libre mercado.

Las consecuencias directas en Europa fueron catastróficas. Los países de la ex Unión Soviética todavía no han superado sus repercusiones. China, para su suerte, escogió un modelo capitalista diferente al del neoliberalismo anglo-norteamericano, prefiriendo el modelo mucho más dirigista de las “economías tigres” o de asalto de Asia oriental, pero abrió el camino para su “gigantesco salto hacia adelante” con muy poca preocupación y consideración por las implicaciones sociales y humanas.

Ese período está casi a nuestras espaldas, así como el del predominio global del liberalismo económico extremo de matriz anglonorteamericana, incluso cuando no sepamos cuales cambios implicará la crisis mundial en curso –la más grave desde los años 30- cuando los impresionantes acontecimientos de los últimos dos años consiguieran superarse. Una cosa, en efecto, es desde ya muy clara: está en curso una alternancia de enormes proporciones de las viejas economías del Atlántico Norte al Sur del planeta y principalmente al Asia oriental.

En estas circunstancias, los ex Estados soviéticos (incluyendo aquellos todavía gobernados por partidos comunistas) están teniendo que enfrentar problemas y perspectivas muy diferentes. Excluyendo de entrada las divergencias de alineamiento político, diré solamente que la mayor parte de ellos continúan relativamente frágiles. En Europa, algunos están asimilando el modelo social capitalista de Europa occidental, aunque tengan una renta media per cápita considerablemente inferior. En la Unión Europea, también es probable prever el surgimiento de una doble economía. Rusia, recuperada en cierta medida de la catástrofe de los años 90, está casi reducida a un país exportador, poderoso pero vulnerable, de productos primarios y de energías y fue hasta ahora incapaz de reconstruir una base económica mejor equilibrada.

Las reacciones contras los excesos de la era neoliberal llevaron a un retorno, parcial, a formas de capitalismo estatal acompañadas por una especie de regresión a algunos aspectos de la herencia soviética. Claramente, la simple “imitación de Occidente” dejó de ser una opción posible. Ese fenómeno todavía es más evidente en China, que desenvolvió con considerable éxito un capitalismo poscomunista propio, a tal punto que, en el futuro, puede también ocurrir que los historiadores puedan ver en ese país el verdadero salvador de la economía capitalista mundial en la crisis en la que nos encontramos actualmente. En síntesis, no es más posible creer en una única forma global de capitalismo o de poscapitalismo.

En todo caso, delinear la economía del mañana es tal vez la parte menos relevante de nuestras preocupaciones futuras. La diferencia crucial entre los sistemas económicos no reside en su estructura, sino más bien en sus prioridades sociales y morales, y éstas deberían ilustrar dos de sus aspectos de fundamental importancia a ese propósito.

Lo primero es que el fin del comunismo comportó la desaparición repentina de valores, hábitos y prácticas sociales que habían marcado la vida de generaciones enteras, no sólo en los regímenes comunistas en sentido estricto, sino también los del pasado pre comunista que, bajo esos regímenes, en buena parte se habían protegido. Debemos reconocer cuán profundos y graves fueron el shock y la desgracia en términos humanos que fueron padecidos como consecuencia de ese brusco e inesperado terremoto social. Inevitablemente, serán necesarias varias décadas antes de que las sociedades poscomunistas encuentren en la nueva era una estabilidad en su modus vivendi, y algunas consecuencias de esa desagregación social, de la corrupción, de la criminalidad institucionalizada podrían exigir todavía mucho más tiempo para ser derrotadas.
 
 

El segundo aspecto es que tanto la política occidental del neoliberalismo, como las políticas poscomunistas que ella inspiró, subordinaron propositivamente el bienestar y la justicia social a la tiranía del Producto Interior Bruto (PIB): el mayor crecimiento económico posible, deliberadamente inequitativo. Haciendo esto, ellos minaron –y en los ex países comunistas hasta destruyeron– los sistemas de asistencia social, de bienestar, los valores y las finalidades de los servicios públicos. Todo ello no constituye una premisa de la cual partir, sea para el “capitalismo europeo con rostro humano” de las décadas posteriores a 1945, sea para satisfactorios sistemas mixtos poscomunistas.

El objetivo de una economía no es el beneficio, sino el bienestar de toda la población. El crecimiento económico no es un fin, sino un medio para dar vida a las sociedades buenas, humanas y justas. No importa como llamamos a los regímenes que buscan esa finalidad. Importa únicamente cómo y con qué prioridades podremos combinar las potencialidades del sector público y del sector privado en nuestras economías mixtas. Esa es la prioridad política más importarte del siglo XXI.

Eric Hobsbawm es el decano de la historiografía marxista británica. Uno de sus últimos libros es un volumen de memorias autobiográficas: Años interesantes, Barcelona, Critica, 2003.

Traducción para www.sinpermiso.info : Carlos Abel Suárez

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2872

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Señalé hace varios días algunas ideas de Obama, que indican su papel dentro de un sistema que es la negación de todo principio justo.

Hay quienes se rasgan las vestiduras si se expresa cualquier opinión crítica sobre el importante personaje, aunque se haga con decencia y respeto. Esto va acompañado siempre de sutiles y no sutiles dardos de quienes poseen los medios para divulgarlos y los transforman en componentes del terror mediático que imponen a los pueblos para sostener lo insostenible.

Cualquier crítica mía es calificada sin excepción de arremetida, acusación y otros sustantivos similares, que reflejan desconsideración y descortesía con la persona a la que van dirigidas.
Es preciso en ésta ocasión hacer algunas preguntas que el nuevo presidente de Estados Unidos debería responder, entre las muchas que pueden formularse.

Por ejemplo, las siguientes:

¿Renuncia o no a la prerrogativa como Presidente de Estados Unidos, de los que con muy pocas excepciones ejercieron por el mismo cargo, como un derecho per sé, la facultad de ordenar el asesinato de un adversario político extranjero que suele ser siempre el de un país subdesarrollado?
¿Acaso alguno de sus variados colaboradores le han informado alguna vez de las tenebrosas acciones que los presidentes, desde Eisenhower y los que lo sustituyeron, llevaron a cabo los años 1960, 61, 62, 63, 64, 65, 66 y 67 contra Cuba, incluida la invasión mercenaria de Girón, campañas de terror, introducción de abundantes armas y explosivos en nuestro territorio y otras acciones parecidas?
No pretendo culpar al Presidente actual de Estados Unidos Barack Obama, por hechos que sus antecesores presidenciales llevaron a cabo cuando él no había nacido o era solo un niño de 6 años nacido en Hawai, de padre kenyano, musulmán y negro y madre norteamericana, blanca y cristiana. Eso, por el contrario, constituye en la sociedad de Estados Unidos, un mérito excepcional, que soy el primero en reconocerle.

¿Conoce el Presidente Obama que nuestro país, durante décadas completas fue víctima de la introducción de virus y bacterias portadoras de enfermedades y plagas que afectaban personas, animales y plantas, algunas de las cuales, como el Dengue Hemorrágico, se convirtieron posteriormente en azotes que costaron la vida a miles de niños en América Latina y también plagas que afectan la economía de los pueblos del Caribe y el resto del continente, como daños colaterales que no han podido ser eliminados?

¿Conocía que en estas acciones de terror y daño económico participaron varios países políticamente subordinados, de América Latina, hoy abochornados con el daño que hicieron?

¿Por qué se impone a nuestro pueblo, único caso en el mundo, una desorganizante Ley de Ajuste Cubano que engendra el tráfico humano y hechos que han costado la vida de personas, fundamentalmente mujeres y niños?

¿Era justo aplicar a nuestro pueblo un bloqueo económico que ha durado casi 50 años?

¿Era correcta la arbitrariedad de exigir al mundo el carácter extraterritorial de ese bloqueo económico que solo puede generar hambre y escasez a cualquier pueblo?

Estados Unidos no puede satisfacer sus necesidades vitales sin la extracción de enormes recursos minerales de gran número de países que se ven limitados a la exportación de los mismos en muchos casos sin procesos intermedios de refinación, actividad que en general, si conviene a los intereses del imperio, son comercializados por grandes empresas transnacionales de capitales yankis.

¿Renunciará ese país a tales privilegios?

¿Es acaso compatible tal medida con el sistema capitalista desarrollado?

Cuando el señor Obama promete invertir considerables sumas para autoabastecerse de petróleo, a pesar de constituir hoy su país el mayor mercado del mundo, ¿qué harán aquellos cuyos ingresos fundamentales provienen de la exportación de esa energía, muchos de ellos sin otra fuente importante de ingresos?

Cuando la competencia y la lucha por los mercados y fuentes de empleos vuelva a desatarse después de cada crisis entre los que mejor y más eficientemente monopolicen las tecnologías con sofisticados medios de producción, ¿qué posibilidades quedan a los países no desarrollados que sueñan con industrializarse?

Por eficientes que sean los nuevos vehículos que la industria automotriz alcance, ¿serán acaso esos procedimientos los que la ecología demanda para proteger a la Humanidad del deterioro creciente del clima?

¿Podrá la filosofía ciega del mercado sustituir lo que solo la racionalidad podría promover?
Obama promete imprimir cantidades enormes de dinero en la búsqueda de tecnologías que multipliquen la producción energética, sin la cual las sociedades modernas se paralizan.

Entre las fuentes de energías que promete desarrollar aceleradamente incluye las plantas nucleares que cuentan ya con un número elevado de oponentes, por los grandes riesgos de accidentes con efectos desastrosos para la vida, la atmósfera y la alimentación humana. Es absolutamente imposible garantizar que algunos de tales accidentes no tenga lugar.

Sin necesidad alguna de esos desastres accidentales la industria moderna ha contaminado con sus emanaciones tóxicas a todos los mares del planeta.

¿Es correcto prometer la conciliación de tan contradictorios y antagónicos intereses sin transgredir la ética?

Para complacer a los sindicatos que lo apoyaron en la campaña, la Cámara de Representantes de Estados Unidos, dominada por los demócratas, lanzó la consigna “compre productos estadounidenses”, extremadamente proteccionista, que echa por tierra un principio fundamental de la Organización Mundial de Comercio, ya que todas las naciones del mundo, grandes o pequeñas, basan sus sueños de desarrollo en el intercambio de bienes y servicios, para lo cual, sin embargo solo las más grandes y de rica naturaleza tienen el privilegio de sobrevivir.

Los republicanos en Estados Unidos, golpeados por el descrédito al que los condujo el disparatado gobierno de Bush, ni cortos ni perezosos le han salido al paso a las complacencias de Obama con sus aliados sindicales. Así se despilfarra el crédito que los votantes otorgaron al nuevo Presidente de Estados Unidos.

Como viejo político y luchador, no cometo ningún pecado al exponer modestamente estas ideas.
Podrían formularse todos los días preguntas sin fáciles respuestas a medida que se publican cientos de noticias procedentes de las esferas políticas, científicas y tecnológicas que llegan a cualquier país.

4 de febrero de 2009
5 y 14 p.m. 
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El invierno tiene en vilo a muchas poblaciones en todo el país.
Las causas son muchas, como la marginación y la pobreza que obligan a
infinidad de familias a ‘instalarse’ en zonas de alto riesgo.
Pero también se inundan zonas de ganadería extensiva, terrenos que eran
públicos y ahora de grandes haciendas; también, de viviendas levantadas por
debajo de las cotas de los ríos. ¿Quién avaló tales procederes?
El invierno es fuerte pero también el afán de lucro de quienes imponen
su interés individual, sin ver lo público. Y ahora los funcionarios culpan a los ríos.
Sin duda, hay un modelo de acumulación que no repara en la naturaleza,
con un modelo que sólo mira el aquí y el ahora.
Ante nosotros están los resultados.
Preocupa que se insista en el modelo y sus formas.
Así se concluye por las medidas para ‘remediar’ los males,
en los que las comunidades no están pero sí los agentes privados
(ver Gustavo Wilches Chaux). Son medidas pensadas para asegurar
acumulación y beneficios para los de siempre, pero asimismo con la
persistencia en privatizar los servicios públicos, afectando
a las comunidades (ver Rafael Colmenares).
Como el peor ciego es aquel que no quiere ver, en el Plan Nacional de Desarrollo
se quiere dar al traste con los acueductos comunitarios, experiencia con la que muchas comunidades aseguran a bajo costo un recurso esencial para la vida (ver Bibiana Salazar Restrepo). La lección está en la trilogía de este informe: hay que replantear el modelo de acumulación y retomar la senda de privilegiar lo colectivo sobre lo particular, lo común sobre el interés de lucro, el largo plazo sobre el inmediatismo.


Dicen que el término viene de la física y que hace referencia a la capacidad de un resorte para regresar a su forma inicial luego de que ha sido estirado: “En términos simples –dice Wikipedia– es la capacidad de memoria de un material para recuperarse de una deformación, producto de una presión externa”.

Lo encontré por primera vez, hace 30 o 40 años, en los textos de ese pionero y maestro de la ecología llamado Eugene Odum, quien hablaba de “estabilidad de resistencia” para referirse a la “capacidad de un ecosistema ante las perturbaciones y conservar su estructura y función intactas” y de “estabilidad de resiliencia o elasticidad” respecto de la “capacidad de un ecosistema para recuperarse luego de haber sido sujeto a una perturbación”.

Luego, cuando me topé en la vida con eso que hoy se conoce como “gestión del riesgo”, me dí cuenta de que, en últimas, el objetivo de esa “interdisciplina aplicada” es fortalecer la capacidad de resistencia y la capacidad de resiliencia de un territorio expuesto a un conjunto de amenazas y riesgos, y, en consecuencia, a la posibilidad de sufrir un desastre; o de un territorio que ya ha sido afectado por un desastre y que necesita recuperarse de manera oportuna y adecuada.



Desde entonces, esos conceptos han guiado mi actividad profesional y mi proyecto de vida, pero hoy los entiendo y los expreso de manera más gráfica: Resistencia es la capacidad de la araña y de la telaraña para aguantar sin mayores traumatismos los efectos de un “balonazo”. Y resiliencia es la capacidad de la araña para volver a tejer la telaraña luego de haber sido afectada por un “balonazo”.

El “balonazo” está constituido por los efectos de la materialización de una amenaza, de origen natural como un terremoto, el fenómeno del El Niño o La Niña, o un huracán; o de origen humano, como el conflicto armado, una crisis financiera o un TLC para el cual el territorio no se encuentre preparado.

Cada vez estoy más convencido de que los dos conceptos –el de resistencia y el de resiliencia– finalmente son sinónimos, y de que, después del “balonazo”, un sistema vivo y por ende complejo (el organismo humano, el sistema araña-telaraña o el territorio resultado de las interacciones entre dinámicas naturales y culturales) no vuelve al estado original, como si no hubiera sucedido nada, sino que nace de nuevo, ojalá en mejores condiciones para aguantar y recuperarse de los efectos de los mismos o nuevos “balonazos”.

Pero, sobre todo, estoy convencido de que la resistencia-resiliencia de un sistema depende primordialmente de la autonomía y la fortaleza de los elementos que lo conforman: en el caso del territorio, de los ecosistemas y las comunidades y sus instituciones; en el caso de la telaraña, de la capacidad de la araña para tejer y volver a tejer su propia red.

Resulta usual que, cuando una comunidad (o, más exactamente, un territorio) está siendo afectada por un desastre (decir “por los efectos de un desastre” sería redundante, porque esos efectos son el desastre), acuda en su ayuda un conjunto muy grande de actores externos –gubernamentales unos, no gubernamentales otros–, dotados todos, sin duda alguna, de la mejor voluntad.

Pero también es usual que el apoyo externo se centre en la reconstrucción de la telaraña, mas no en el fortalecimiento de la araña para que ella misma, a su propio ritmo y con sus propias prioridades, pueda volver a tejer su propia telaraña. Se piensa que como la araña ha quedado golpeada por el desastre, se puede poner en un frasco para que observe resignada y agradecida mientras los actores externos le tejen una nueva telaraña, la cual, se asegura y le aseguran, va a quedar ‘mejor’ que la que existía antes de sufrir el desastre.



No existen, por supuesto, política o plan de reconstrucción que no afirmen que se basan en la participación de la comunidad o que no declaren que tendrán en cuenta los derechos y las particularidades de la población afectada, incluyendo, como es obligatorio, el respeto a la cultura y la perspectiva de género.

Sin embargo, en la práctica, a las arañas se les asigna el papel de espectadoras pasivas de lo que deciden y hacen los de afuera, y la ‘participación’ se limita a que la comunidad local aporte su mano de obra para las actividades que no requieren calificación.

En el caso del desastre invernal que hoy afecta a Colombia, adquiere especial importancia la participación real de las comunidades y la prioridad de que sus estrategias ancestrales de vida constituyan el eje de la recuperación. En el Caribe y otras zonas del país, las comunidades tienen claro cómo enfrentar los retos de la adaptación (al cambio climático, a la vida cotidiana), y el papel del Estado debe ser remover los obstáculos que hoy impiden que esas estrategias resulten totalmente eficaces.



Veamos un ejemplo concreto de cómo se aplica una concepción del mundo, de la sociedad y de los desastres y su gestión, que termina por debilitar la resiliencia de un territorio y de los actores sociales que lo conforman.

Con base en la Emergencia Ecológica declarada por el gobierno nacional con motivo del desastre que está azotando al país, se expidió el Decreto 4819 de 2010, mediante el cual se crea el Fondo de Adaptación, que ya fue declarado exequible por la Corte Constitucional.
Dice la norma:

Artículo 1°. Creación del Fondo. Créase el Fondo de Adaptación, cuyo objeto será la recuperación, construcción y reconstrucción de las zonas afectadas por el fenómeno de “La Niña”, con personería jurídica, autonomía presupuestal y financiera, adscrita al Ministerio de Hacienda y Crédito Público.

Este Fondo tendrá como finalidad la identificación, estructuración y gestión de proyectos, ejecución de procesos contractuales, disposición y transferencia de recursos para la recuperación, construcción y reconstrucción de la infraestructura de transporte, de telecomunicaciones, de ambiente, de agricultura, de servicios públicos, de vivienda, de educación, de salud, de acueductos y alcantarillados, humedales, zonas inundables estratégicas, rehabilitación económica de sectores agrícolas, ganaderos y pecuarios, afectados por la ola invernal y demás acciones que se requieran con ocasión del fenómeno de “La Niña”, así como para impedir definitivamente la prolongación de sus efectos, tendientes a la mitigación y prevención de riesgos y a la protección en lo sucesivo, de la población de las amenazas económicas, sociales y ambientales que están sucediendo.



O sea que es claramente ese Fondo el encargado de tejer la telaraña, sin que hasta ahora aparezca por ninguna parte la araña. ¿Quiénes son, entonces, ese Fondo y quienes toman las decisiones en él? Lo define el artículo 2°:
 
Artículo 2°. Estructura. La Dirección y Administración del Fondo estará a cargo de un Consejo Directivo, el cual estará integrado de la siguiente manera:

1. Un representante designado por el Presidente de la República, quien lo presidirá.
2. El Ministro del Interior y de Justicia o su delegado.
3. El Ministro de Hacienda y Crédito Público o su delegado.
4. Un Ministro designado por el Presidente de la República en atención a los proyectos o asuntos puestos a consideración del Consejo.
5. El Director del Departamento Administrativo de la Presidencia de la República o su delegado.
6. El Director del Departamento Nacional de Planeación o su delegado.
7. Cinco (5) miembros del sector privado designados por el Presidente de la República.

Es decir, un representante del Presidente de la República, cinco funcionarios con rango ministerial y cinco miembros del sector privado. O, en lenguaje más común, cinco empresarios. No aparece por ninguna parte la araña afectada por el desastre: ni las autoridades regionales y municipales y mucho menos las comunidades y sus organizaciones.

Se puede pensar que cuando el decreto habla de “sector privado” está haciendo referencia a todo aquello que no es estatal. Serían sector privado, entonces, el maromero del semáforo y la madre cabeza de la familia desplazada que ocupa una zona de alto riesgo. Muchos autores definen el sector privado como “aquella parte de la economía que busca el ánimo de lucro en su actividad”.

De hecho, el decreto se encarga de aclarar que, para efectos de esta norma, una cosa es el “sector privado” y otra son “la sociedad civil”, las “organizaciones no gubernamentales” y los “organismos multilaterales”.
Dice así:

Parágrafo 2°. El Consejo Directivo podrá crear los Comités sectoriales que se requieran en los cuales podrán tener presencia representantes del sector privado, de la sociedad civil, de organizaciones no gubernamentales u organismos multilaterales.

Estos comités sectoriales le otorgan por primera vez la posibilidad a la araña de sacar la cabeza del frasco y opinar, suponiendo, claro, que por “sociedad civil” se entiendan las comunidades afectadas. Su presencia en esos comités no es obligatoria sino un “podrá” que queda al arbitrio del Consejo Directivo.

Y aunque sean convidados allí, opinar no es lo mismo que decidir. No les corresponde esa función a los comités sectoriales sino al Consejo Directivo del Fondo, como claramente lo especifica el decreto cuando le asigna las responsabilidades al mismo.

Es decir, que aquí se materializa también esa conjugación común del verbo participar: “Yo participo, tú participas… ellos deciden”.

En opinión de quien esto escribe, el Decreto 4819 de 2010 es inconstitucional porque va en contravía del artículo 1° de la Constitución Nacional que establece que “Colombia es un Estado Social de Derecho, organizado en forma de República unitaria […] democrática, participativa y pluralista…”.

El artículo 13 de la Constitución, por su parte, establece la igualdad de todas las personas ante la ley y determina que “el Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva, y adoptará medidas a favor de grupos discriminados o marginados”.

Con todo respeto por la Corte Constitucional, me parece que se le pasó por alto el pequeño detalle de que ese decreto viola la esencia misma de lo que la Constitución consagró como parte de la esencia del país.

Más allá de todas las cualidades sociales y profesionales que seguramente posean las cinco personas que el señor Presidente de la república haya designado (o que designe) para representar al sector privado en el Consejo Directivo del Fondo de Adaptación (personalmente no sé quiénes serán), no pueden considerarse representantes de las miles de familias afectadas por el desastre invernal, ni más allá de lo formal tienen verdadera legitimidad para tomar las decisiones que definan el futuro de esas miles de familias y de los territorios de los cuales forman parte.

A un sector limitado de la sociedad se le está otorgando la facultad de tomar decisiones que van a afectar a muchos más sectores, que están quedando expresamente excluidos de la posibilidad de decidir sobre su propio futuro.

Aparentemente, les puede quedar muy bien reconstruida la telaraña, pero, sin una participación activa, real y decisoria de la araña, los territorios que hoy están afectados por el desastre no van a ser más resilientes frente a nuevas y seguramente mayores amenazas.

Cualquier proceso de recuperación pos-desastre tiene, esencialmente, el reto de fortalecer a los actores sociales locales, de hacer más sostenibles sus interacciones con el territorio y de cualificar su capacidad de interlocución con otros actores. ¿Cómo se puede lograr eso si de entrada se los priva del poder de decisión y, si se quiere, de la posibilidad de equivocación?

Estos son los sujetos sociales que se suelen considerar “carentes de músculo” por algunos sectores decisorios de la economía y de la sociedad.

No hay duda. Por el mero hecho de haber sido afectadas por un desastre, las comunidades y sus autoridades locales no quedan discapacitadas para pensar, para decidir ni para actuar; ni carecen de “músculo” ni tienen por qué endosarles su futuro a otros actores y sectores económicos y sociales.

Mayo 8 de 2011
Publicado enEdición 169
La alta concentración de lluvias que despidió el 2010 no sólo dejó un alto número de damnificados sino que además les permitió a los comentaristas de la prensa convencional ‘descubrir’ la naturaleza. Llovieron (que valga la reiteración) ‘indignados’, ‘sentidos’ y ‘condolidos’ comentarios sobre la imprevisión, la corrupción o la impotencia que hacía de la ‘furia’ de los eventos naturales una causa adicional de nuestras tragedias.

Quienes se pretenden más agudos, sin embargo, llamaron a la compostura y criticaron que se achacara a fallas humanas los fuertes efectos que sobre la población, en especial la más pobre, tuvo el fenómeno invernal. “Son supercherías”, escribieron molestos; “vivimos en un país con una geografía difícil” (cualquier cosa que eso pueda significar), “casi imposible”, naturalizando algo que parece inevitable en el sentir de estos personajes: que habitantes como los del barrio La Gabriela, en Bello, deben seguir muriendo aplastados porque nuestra geografía “es casi imposible”*.


Pues bien, lo que se quiere olvidar es que la forma de ocupación del territorio no es un fenómeno inevitable o inexplicable, y que la marginación de amplias capas de la población se materializa en la ocupación de las llamadas “tierras marginales”: las de peor condición para su usufructo, como vivienda o para el uso productivo. En otras palabras, la segregación socioeconómica se manifiesta en segregación espacial, y, así parezca un contrasentido, tal segregación acaba sirviéndole al capital en su mecanismo de acumulación y valorización de activos, por lo cual los economistas ortodoxos terminan entendiendo el fenómeno como natural e inexorable.

Tugurios y rentas de penuria

La existencia de vivienda infranormal no es un suceso nuevo en el capitalismo. De hecho, pensadores como el geógrafo Edward Soja señalan cómo Manchester, la primera ciudad propiamente industrial, inaugura su paso a la modernidad viendo crecer, paralelamente a la construcción de grandes fábricas, amplias concentraciones de vivienda pauperizada. La existencia de un contingente laboral de ‘reserva’, que les sirve de colchón a las variaciones estacionales de la demanda de fuerza de trabajo, crea la necesidad de un ejército de desempleados que se ven obligados a vivir literalmente en el margen del sistema socio-espacial.

No debe extrañar, entonces, que el último informe de la Organización de las Naciones Unidas sobre hábitat, “Estado de las ciudades del mundo 2010-2011”, esté dedicado a la segregación urbana, y que en él se muestre con alarma que los habitantes de los tugurios en el orbe alcanzan la no despreciable cifra oficial de 827 millones (cifra seguramente subvaluada si se tiene en cuenta que mil millones de personas viven en la miseria, y que es difícil aceptar que se está en la miseria y no se vive en un tugurio). Se pronostica que en 2020 esa cifra puede llegar a 889 millones. (Recuadro 1).

Si tenemos en cuenta que el total de la población urbana del mundo se estima en 3.500 millones, el porcentaje de urbanitas que reside en tugurios es cercano al 24 por ciento, lo que de paso indica que la informalidad no es expresión de ‘desvío’ alguno del capitalismo sino una de sus manifestaciones estructurales de hoy. Ya no se trata tan solo de una estrategia de disciplinamiento de la fuerza de trabajo; es asimismo una de las formas de su movilidad. La precarización del trabajo va de la mano con la precarización de la habitabilidad, así como de la obligación del trabajador de buscar siempre y en todo momento los resquicios más pequeños donde crear espacios de valorización. Las esquinas de los semáforos, las entradas de los barrios formales (o sus espacios públicos), los pasillos de los centros comerciales, las salidas de las fábricas y las oficinas, y la propia habitación han dejado de ser simples lugares de tránsito o de descanso para convertirse en sitios donde el trabajador informal sirve de intermediario de mercancías, de oferente de sus creaciones o incluso de su propio cuerpo, para cubrir necesidades de quienes están mejor que él y cuya satisfacción trasciende al sector formal.

De allí que su ubicación cada vez más marginal termine valorizando espacios que por su condición no eran valorizables. Que se vea obligado a ubicarse en zonas inundables o sujetas a remoción en masa (deslizamientos) permite que algunos propietarios de esas tierras se enriquezcan: además, al darles valor a tierras que no debían tenerlo, termina favoreciendo el aumento de los precios de referencia de las tierras que sí son urbanizables (aumento de la renta absoluta urbana, en el lenguaje de la economía política). De tal suerte que, si se creara catastralmente la categoría de espacio construido no urbanizable, pudiéramos de inmediato dimensionar el fenómeno del enriquecimiento derivado paradójicamente de la existencia de personas en condiciones de penuria.

A los estudiantes primerizos de economía les enseñan que existe una categoría de mercancías que la economía convencional denomina “bienes inferiores”, y que se definen como aquellos cuya demanda aumenta cuando el ingreso de los consumidores disminuye. Pues bien, en el caso de la vivienda urbana vale la pena preguntarse por los usufructuarios de tal situación. Es decir, los empresarios ligados al proceso de creación de zonas tuguriales, que no son los mismos habitantes, como nos lo quiere hacer creer la lógica ortodoxa, pues, salvo en los contados casos de invasiones, existe un mercado de tierras marginales que por sus condiciones físicas no son urbanizables y terminan construidas. Igualmente, los materiales de construcción son también mercancías, tal como los escasos y precarios servicios que allí se prestan y de los que, por lógica consecuencia, muchos empresarios derivan ganancias.
 
Cuando a los habitantes de La Gabriela se les quería culpabilizar de su propia tragedia, acusándolos de invasores de tierras, quienes pudieron sobrevivir esgrimieron sus títulos de propiedad, remarcando que su espacio de habitación no era producto de fuerzas “externas al mercado”. De allí que el problema se debe analizar como resultado de la mercantilización de algo que no puede ser una mercancía, las condiciones de “habitabilidad básica”, que hoy se reconocen como derecho humano. El problema no es, entonces, “geografía difícil” ni que seamos un país con ocupación y economía “de ladera”, pues, incluso hoy visitamos construcciones monumentales de nuestros antepasados, asentadas en cerros de difícil topografía, y que han soportado innumerables movimientos sísmicos y los “peores” inviernos de la historia, sin que muestren signos de debilidad. El problema es de una sociedad discriminante que hace de esa discriminación una palanca más de la acumulación de capital.

El autor norteamericano Mike Davis, en su libro Planeta de ciudades de miseria, llama la atención sobre el fenómeno de las megalópolis del Tercer Mundo que crecen en buena medida por expansión tugurial. El caso, sin embargo, es más grave en unos países que en otros. Las ciudades de Colombia, por ejemplo, son, después de las de Sudáfrica y Brasil, las más desiguales del planeta según el último informe de ONU-Hábitat. Y además muestran los incrementos más significativos en el coeficiente de Gini, pues esa medida de desigualdad de los ingresos aumentó 24 por ciento en Bogotá entre 1999 y 2005, el 10 en Cali y el 4 en Medellín. Si la situación se mide por el Índice de Oportunidades Humanas (IOH), Colombia ocupa el sexto puesto entre 10 naciones suramericanas (ver el recuadro 2), superando tan solo a Bolivia, Paraguay, Perú y Brasil. Pero si se mira en forma desagregada el cuadro, vemos que en cuanto a las oportunidades educativas el puesto que ocupa el país es el penúltimo, lo que da poca esperanza de que se pueda reversar, bajo las condiciones políticas actuales, la situación de desigualdad de nuestra sociedad.

Desplazamiento ambiental e infraestructura rezagada

Al hecho de tener el dudoso honor de ser uno de los países punteros en población desplazada por el conflicto armado, Colombia entró a sumarse a la lista de países con alto número de desplazados ambientales. Si bien se estiman en cerca de dos millones 200 mil los afectados por el invierno, todavía no se ha calculado cuántos de éstos se convertirán en desarraigados. Porque, en el caso rural como en el caso urbano, no son en sí las manifestaciones extremas de los fenómenos naturales las causas de las tragedias sino las circunstancias particulares que envuelven la ocupación y el uso del espacio. Las zonas de desborde de los cuerpos de agua, así como ciertas áreas inundables periódicamente, han sido utilizadas siempre por los seres humanos. Los humedales temporales les han permitido a las llamadas “culturas anfibias” utilizar estos espacios para la pesca y alternativamente como tierras de labranza, sin detrimento del ecosistema ni del patrimonio acumulado de la comunidad. Otra cosa es que se pretenda permanecer, incluso en los períodos húmedos, ocupando espacios que ya sabemos se van a inundar.

Los procesos de desecación de cuerpos de agua, así como la ocupación forzada de áreas de desborde de los ríos, no son situaciones accidentales sino que obedecen a toda una política de conquista para la ampliación de las tierras arables (o construibles), que mediante el recurso de las canalizaciones se busca transformar en suelo. Ese recurso, que puede justificarse en ciertos casos, tiene un límite que al parecer estamos superando. Hoy, ante la periodicidad de las inundaciones, en varios países desarrollados ya se propone reversar el proceso de canalizaciones y reordenar la ocupación del espacio, teniendo en cuenta las máximas cotas históricas de desborde. Y no son propuestas de pachamamistas supersticiosos sino de planificadores que empiezan a ver con angustia las reiteraciones de las ‘reconstrucciones’.

Tampoco se trata de una compulsión moral quejarse por los daños en la infraestructura vial, pues ¿acaso no se lleva más de un siglo estudiando la mecánica de suelos y la forma de estabilizar los taludes? Que la red vial haya quedado prácticamente colapsada no es independiente del atraso de la misma, pues no es una tendencia al negativismo lo que obliga a afirmar que el país es el más rezagado en infraestructura vial en Latinoamérica. La apertura económica, que ya completó 20 años, prometió modernizar la nación y supuestamente hacer expedito el ingreso y la exportación de mercancías, para lo cual se consideraba necesario actualizar la red vial y la infraestructura portuaria, de lo que hoy no tenemos la más pequeña muestra. Que no existe una política de ordenamiento territorial (no nos referimos a buenas intenciones escritas) debe reconocerse, como también que el espacio se disputa en forma primitiva y se ocupa con criterios segregacionistas que cada vez arrinconan más a los grupos subordinados, poniéndolos literalmente al borde del precipicio.

Los movimientos alternativos, no obstante, parecen ajenos a los conflictos espaciales que cada vez son más agudos. La tierra urbana y la rural nunca han sido objeto de una verdadera reforma que la haga siquiera funcional a la modernización. Es hora de que desde la izquierda se entienda que el derecho a un orden espacial inclusivo es parte central del reclamo y referente de las luchas más agudas por venir. Un urbanismo que asegure habitabilidad básica para todos y una estructuración de la tenencia del suelo rural que garantice la seguridad alimentaria sostenible son asuntos sobre los que urgen pronunciamientos sentidos y contundentes.

*     Ver, por ejemplo, la columna de Alejandro Gaviria y la respuesta de William Ospina en el diario El Espectador, domingo 19 de diciembre de 2010, entre lo mucho que sobre el tema se escribió en los diferentes medios.
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Lunes, 24 Enero 2011 19:41

¡Incapaz!

“Artículo 2. Son fines esenciales del Estado: servir a la comunidad, promover la prosperidad general y garantizar la efectividad de los principios, derechos y deberes consagrados en la Constitución; facilitar la participación de todos en las decisiones que los afectan y en la vida económica, política, administrativa y cultural de la Nación; defender la independencia nacional, mantener la integridad territorial y asegurar la convivencia pacífica y la vigencia de un orden justo.

“Las autoridades de la República están instituidas para proteger a todas las personas residentes en Colombia, en su vida, honra, bienes, creencias, y demás derechos y libertades, y para asegurar el cumplimiento de los deberes sociales del Estado y de los particulares” (Constitución Nacional de Colombia).

Sistema económico-político incapaz. Si algo salió a flote al finalizar el año, con el invierno que azotó buena parte del país, en especial con la ruptura del canal del Dique y las inundaciones que cubrieron varios municipios aledaños al mismo, es la incapacidad de la dirigencia que ha monopolizado el Estado colombiano durante los 200 años de vida republicana.

Gobierno incapaz porque todo lo sucedido era previsible: el fenómeno de La Niña, el aumento del caudal en los principales ríos del país y su desbordamiento (sucede cada año), el deslizamiento de terrenos, el deterioro y la destrucción de carreteras, el incremento en los precios de los productos agrarios, etcétera.

Incapaz porque –al ver desatado el fenómeno en toda su magnitud–, no procedió con toda energía para atender a los cientos de miles de afectados, redefiniendo destinaciones presupuestales (más allá de las pequeñeces ordenadas en los decretos de emergencia) y la prioridad en el trabajo de la burocracia estatal. Contrario a esto, que pudiera evidenciar grandeza y humanismo en quienes dirigen el país, tomó el camino del lamento y la mendicidad, organizando colectas nacionales e internacionales, y al mismo tiempo guardando silencio ante las posibles responsabilidades que recaen sobre ministros y otros funcionarios que tienen que ver con la catástrofe: Medio Ambiente, Agricultura, Vías, gobiernos departamentales y otros.

Hay que fijar la vista atrás y ver pasmados a los funcionarios ante la magnitud del desastre. Sin saber qué hacer, clamando ante sus mandatarios, el gobierno de los Estados Unidos, en procura de ayuda para resolver un problema que con toda seguridad era posible asumir desde la ingeniería nacional. No se puede olvidar que la llamada Escuela de Minas de la Universidad Nacional en Medellín ha formado miles de ingenieros, y que su experiencia resume sabiduría y capacidad para acometer las obras requeridas. Pero no. Como reconociendo que han desmantelado lo mejor de lo que era público, que han entregado a manos privadas aspectos sustanciales de los servicios esenciales para toda comunidad, feriando infraestructura y logística, lo primero que hacen es mirar al Norte, como un mal, como un complejo que nunca podrán superar. Todo ello refleja claramente dependencia económica, política, ideológica, y ahora mano de obra.

El comportamiento del funcionariado fue inferior a las circunstancias, y raquítica la capacidad de mando. La crisis fue y sigue siendo asumida como si no hubiera antecedentes económicos, políticos, industriales, agrarios, con décadas de historia, que la propiciaron y que explican lo que está sucediendo, antecedentes de los cuales hay que dar cuenta para corregir y evitar que tragedias de esta magnitud vuelvan a enlutar a la sociedad colombiana. Contrario a este proceder, se continúa descargando en “designios divinos” o en la “fuerza de la naturaleza” la responsabilidad de lo sucedido.

Aquellos jerarcas de la burocracia oficial denotan incapacidad, insensibilidad y negación para el aprendizaje, lo cual impide que los gobernantes reaccionen con prontitud, y por ello miles de habitantes de los municipios afectados terminaron durmiendo al borde de la carretera, tratando de solucionar entre ellos mismos su problemática, y no pocos tuvieron que hacinarse en escuelas, sin adecuación para alojamiento por varias semanas. Tal incapacidad no sólo genera un tratamiento indigno con los damnificados sino además la multiplicación de los efectos negativos de la ola invernal, al trastornar el desarrollo del ciclo lectivo de miles de niños y jóvenes de las zonas anegadas.

La muestra se complementa con inoperancia, ineptitud y desprecio por la educación de los sectores marginados, el llamado de la ‘primera dama’ (la esposa del Presidente) a que los estudiantes de los colegios privados donen 20 mil pesos para sufragar los costos de los útiles escolares de los afectados por el invierno, como nuevos elementos que señalan el panorama de un Estado mendicante que se manifestó desde el comienzo de la actual crisis invernal.

Los días pasaron y la zozobra ganó espacio entre todas las comunidades afectadas. Con protuberante retraso se hizo presente una política de atención, tanto en alimentos como en albergue; pero con mayor retraso, si es que la aprueba, se contará con una política (fundada en un profundo sentido humano) que responda por el problema habitacional aquí multiplicado, por el territorio, por la producción de alimentos, por empleo y salarios, por la salud, por el manejo de cuencas y microcuencas, por la tierra, etcétera.

Y aquí, en todos y cada uno de estos aspectos, radica el reto de esta dirigencia que concentra su energía y su conocimiento en los negocios propios o de terceros afines. El invierno desatado y los desastres propiciados por aguas fuera de cauce muestran a las claras que aspectos esenciales de la vida no estén bien pensados, proyectados y atendidos en nuestro país. Por ejemplo, con el tema de las inundaciones de pueblos enteros, así como con la destrucción de Gramalote y la manera como ha sido atendida la tragedia, queda claro que temas como tierra y vivienda tienen que ser asumidos con otra lógica y otras pretensiones.

Al ver inundados los municipios de la Costa Atlántica, al pasar –por más de 40 días– cientos de casas bajo el agua, lo que se puede suponer es que muchas de ellas, cuando bajen las aguas, quedarán inhabitables. No es raro encontrar allí casas de barro, bahareque, caña y elementos similares, los cuales no resisten una inundación de estas proporciones.

Pero tal presión y el paso del tiempo tampoco los resiste de manera adecuada una casa edificada en material. Una vez desalojado el vital líquido, se deben levantar estudios casa por casa, para revisar cimientos, columnas, vigas, etcétera, y evitar así efectos secundarios sobre las familias residentes. Estos estudios se harán en pocos días con inmensas dificultades. Si se sopesa este aspecto, junto con el hecho de la ubicación de los municipios, se puede considerar que es mejor opción la reubicación parcial o total, posibilidad que no es considerada precisamente por el factor tierra (concentrada en pocas manos) y por la negativa del Estado a garantizar un elemento esencial para todo ser humano: un hábitat adecuado, y dentro de éste una habitación digna.

Se dirá que los habitantes damnificados no quieren dejar sus pueblos. Y el argumento es válido, mucho más si se tiene en cuenta que en Colombia la casa –para la familia que logra hacerse a una– es fruto de los ahorros de una y hasta de varias generaciones. Por tanto, no es procedente abandonar el patrimonio familiar sin opciones reales y aceptables.

Ahora bien: si el Estado ofrece un territorio más seguro y garantiza la construcción de municipios que respondan a las necesidades de la gente, con seguridad se alcanzarán acuerdos con todos los afectados. Claro que esto implica y demanda expropiar por beneficio general muchas y extensas propiedades de los latifundistas de la Costa Atlántica y de otras regiones del país, y ahí ya se despiertan contradicciones que el establecimiento no quisiera desatar. Precisamente la tierra es uno de los aspectos cruciales que resurgen en esta crisis y que muestran insoslayablemente la necesidad de una reforma agraria que permita hacer del suelo un bien accesible y fundamental para quienes lo trabajan, pero además un bien público general que pudiera ser redestinado en el momento de ser necesario. Y este es justamente uno de esos momentos.

En todo caso, mientras se hace una u otra cosa, el Estado tiene que censar a los afectados, y, en tanto que por su incapacidad se han perdido medios habitacionales, tierras donde muchos ciudadanos laboraban, semovientes, fami y microempresas (que funcionan muchas veces al interior de las casas de habitación), las entidades responsables tienen que proceder a cancelar todo lo perdido y reponer lo deteriorado, así como cubrir los salarios dejados de percibir durante el tiempo que dure la tragedia. En estos casos se debe exigir también la diligencia que se exhibe cuando los afectados son los grandes productores, tal como sucedió con el fenómeno de la revaluación y la consecuente ‘generosidad’ del programa Agro Ingreso Seguro.

Entonces no resulta suficiente, como indica el decreto expedido el 6 de enero de 2011 y que trata del “empleo de emergencia”, garantizarlo para los próximos seis meses. No. Ante todo, es obligatorio cancelar las jornadas no laboradas por los habitantes de estas poblaciones, cubrir los gastos en que éstos hayan incurrido para sobrevivir, propender por la integridad de las familias, prevenir su desintegración, atender su salud y velar por el saneamiento de los territorios anegados por aguas contaminadas por los desechos de todo el país.

Se requieren municipios nuevos, reubicados, reconstruidos. Para así proceder, hay que contar con la gente, escuchar, diseñar con ellos sus casas, respetar tradiciones, usos y costumbres, y por ningún motivo pensar en eso que llaman “casas de interés social”, inhabitables e insalubres. Si se piensa con la altura que la tragedia demanda, se deben concebir y aplicar unos diseños integradores, levantar infraestructura y aplicar mecanismos que permitan crear espacios de producción colectiva, así como propiciar la asociación de sus pobladores para una mejor convivencia.

Abordar esta experiencia pudiera constituirse en un ejercicio piloto para atender en los próximos meses y años a cientos de poblaciones o barrios de muchos municipios, levantados bajo la presión de la supervivencia y los efectos del latifundio urbano y rural. Todo ello hubiera de permitir que en el mediano plazo la sociedad colombiana no tenga que vivir con el fantasma de nuevas tragedias.

A la par, hay que transformar los modelos agrícolas y del llamado ‘desarrollo’ que han propiciado el arrasamiento de bosques, lo cual ha desatado una feroz deforestación que hace que la tierra se deslice y que mueran incontables nacimientos de agua. Enfrentar, en fin, esta realidad, implica igualmente preocuparse por las cuencas y microcuencas fluviales y protegerlas, devolviéndoles a los ríos sus zonas de desagüe.

Son éstas unas reflexiones y proyecciones que también deben hacer los movimientos sociales, diseñando el país necesario, el país que se desea. Aprovechar la próxima discusión que abrirá el gobierno de turno sobre la Ley de Ordenamiento Territorial para poner en juego la visión que tenemos sobre el tema, denunciando y evitando la aprobación de una legislación que asegure primordialmente los intereses de terratenientes nacionales y extranjeros (no olvidemos la política de acaparamiento de tierras de las multinacionales y de los países más ricos, con carencias de espacio, y que está siendo impulsada por el Banco Mundial), en contravía de una estructuración de la tenencia que favorezca la democracia y la seguridad alimentaria.

Esto y mucho más constituye el reto comprometedor del presente, para asegurar un futuro menos inquietante. Estos y otros muchos son los retos que una oligarquía incapaz no está en disposición de atender.

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Miércoles, 24 Marzo 2010 17:49

SUCRE: instrumento para la integración

El objetivo de estas líneas es presentar en forma general qué es el Sistema Único de Compensación Regional de Pagos (SUCRE), cuáles son sus funciones y cómo se comportará desde el año 2010. Para ello, es importante hacer una breve presentación del tema, así como exponer algunos antecedentes históricos de los sistemas de pagos regionales de facilitación del comercio.
  
Desde hace unos 60 años, la moneda predominante en las transacciones internacionales es el dólar estadounidense, función ejercida en el siglo XIX por la libra inglesa. Si por un lado la moneda del país hegemónico tiene gran aceptación en los demás países, por otro las monedas nacionales de los demás países tienen poca o ninguna aceptación fuera de sus fronteras. Es decir, hoy los países necesitan buscar maneras de obtener dólares.

La historia económica de los países latinoamericanos demuestra que prácticamente todos han sufrido o sufren una dificultad crónica para lograr la cantidad suficiente de divisas para cerrar sus cuentas internacionales. Necesitan exportar cada día más, contraer préstamos internacionales o atraer capitales foráneos –mediante la enajenación de los factores productivos nacionales o de la elevada remuneración de las actividades especulativas. A ese problema crónico de ausencia o insuficiencia de divisas en los países periféricos se denominó restricción o vulnerabilidad externa. Ese es uno de los principales problemas del subdesarrollo.
 

Antecedentes del SUCRE

 
En la crisis de los años 30, frente a la extrema dificultad para conseguir divisas, Hjalmar Schacht, entonces ministro de Economía y Finanzas de Alemania, presentó un sistema pionero de comercio compensado para posibilitar que los países incrementaran sus intercambios sin tener que utilizar sólo la moneda de referencia internacional. Vale la pena investigar respecto al primer sistema monetario regional creado en Europa, en 1950, la Unión Europea de Pagos (UEP), convenio de créditos fundamental en la construcción de la Unión Europea. Asimismo, la Cepal (Comisión Económica para América Latina) propuso la creación de un sistema regional de pagos compensados.
 
A mediados de los 60, los países miembros de la Asociación Latinoamericana para la Integración (Aladi) crearon un mecanismo para el comercio intrarregional, utilizando menos dólares. Amén de facilitar el comercio, la iniciativa sirvió para disminuir la dependencia de cada país ante la moneda internacional. Así, en el marco de Aladi fue creado en 1966 el Convenio de Pagos y Créditos Recíprocos (CCR). Participaron de esa iniciativa los bancos centrales de 12 países: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Pero sólo en 1982, por la crisis de la deuda externa y el empeoramiento de los problemas de restricción externa de los países periféricos, ganó fuerza el Convenio Aladi. El instrumento se volvió efectivamente rápido, seguro y barato, cumpliendo su función de facilitar los pagos del intercambio comercial en la región.
 
¿Cómo ha funcionado el Convenio Aladi hasta hoy? Los bancos centrales de los países firmantes asumen el compromiso de aceptar débitos provenientes de operaciones de importación y exportación en el ámbito de Aladi. Los débitos y los créditos de todos los países son compensados multilateralmente cada cuatrimestre, en el último día útil de abril, agosto y diciembre de cada año, de modo que son transferidos en dólares sólo los saldos resultantes. Es decir, ese instrumento permite la compensación de pagos de las exportaciones e importaciones entre los países, disminuyendo la necesidad de recurrir a dólares para transacciones internacionales y alivianando sus problemas de restricción externa. El mecanismo tiene el objetivo de reducir los flujos internacionales de dólares y preservar las reservas internacionales de los países miembros. En momentos de crisis, en los cuales se intensificó el problema de la falta de divisas, el Convenio Aladi ha representado una importante solución para los países. Muchos gobiernos imponían como obligatorio el uso del Convenio en su comercio intrarregional, lo que estimula el aumento de su utilización hasta fines de los 80. Durante algunos años, cerca del 90 por ciento del valor de todas las importaciones intrarregionales se realizaron mediante el Convenio Aladi. Eso significa que el dólar como tal se ha utilizado para realizar el pago de apenas un 10 por ciento de esas importaciones.
 
Evidentemente, ese mecanismo no le convenía a Estados Unidos, que veían una pérdida acelerada del poder de señoreaje del dólar. su reacción se dio clara y contundentemente en el Acuerdo de Basilea, en 1988. El Fondo Monetario Internacional (FMI), organismo controlado por el gobierno estadounidense, pasó a desestimular el Convenio. En Brasil, el gobierno de Fernando Henrique Cardoso fue de los primeros en restringir su utilización. No tardó mucho para que Argentina y otros países hicieran lo mismo. Sin las principales economías de la región, el mecanismo perdió fuerza y prácticamente desapareció: en 2003, sólo el 1,5 por ciento de las importaciones intrarregionales fueron realizadas a través del Convenio Aladi.
 
Además de las restricciones, las prohibiciones o los desestímulos de los organismos financieros internacionales, parece evidente que por general los países únicamente piensan en iniciativas de ese tipo cuando hay extrema dificultad para obtener divisas. De otro lado, mientras haya recursos disponibles, se verifica que muchas veces se prefiere recibir los pagos en cash que cargar deudas ajenas durante cuatro meses –sobre todo en el caso de los países que consiguen elevados superávits en el comercio regional.
 
En 2003, el presidente Lula da Silva, de Brasil, retiró las restricciones al Convenio Aladi. Desde 2004, Venezuela intensificó como ningún otro país la utilización del instrumento. A partir de entonces se nota una reactivación del mecanismo: en 2008 representó casi un 9,0 por ciento de las importaciones intrarregionales. Pese a mejorar, el Convenio sigue subutilizado, además de no contemplar casi ningún país de América Central y el Caribe.
 

El SUCRE y su funcionamiento

 
En las primeras semanas de 2010, los países que integran la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba) concretaron las discusiones para poner en marcha el SUCRE. El mecanismo tiene el mismo nombre de la antigua moneda ecuatoriana, sustituida por el dólar a fines de los 90. Además, hace referencia al libertador Antonio José de Sucre, quién tuvo destacada participación en las guerras de independencia contra el imperio español.
 
El SUCRE es una unidad monetaria para el comercio entre los miembros del bloque y no una moneda como tal. No circulará y sólo se utilizará por los bancos centrales como forma de contabilizar ese intercambio. Su valor fue definido en 1,25 dólares, aunque pudiera haber sido definido en 7,42. En otras palabras, el dólar sigue siendo la referencia. Quizá con el tiempo se pueda sustituir el papel de la moneda estadounidense por una canasta de monedas o ciertos bienes de referencia, por ejemplo el petróleo.
 
Para conformar ese sistema en el marco del Alba, los gobiernos de Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela crearon un Consejo Monetario Regional para administrar tres estructuras: la moneda virtual SUCRE, la Cámara de Compensación de Pagos entre los bancos centrales y un Fondo de Reservas y Convergencia Comercial. Además de los bancos centrales, el Banco del Alba también participará activamente en el proceso. Antigua y Barbudas, Dominica, Honduras, y San Vicente y Granadinas aún realizan gestiones para ingresar en el sistema.
 
El funcionamiento del SUCRE será sencillo. Veamos el ejemplo de una transacción:
  1. Exportador boliviano e importador venezolano se ponen de acuerdo, determinando el precio de un producto X en dólares;
  2. El importador venezolano va a un banco comercial en Venezuela y cancela en bolívares el monto correspondiente al producto X;
  3. El banco comercial venezolano le entrega los bolívares al Banco Central de Venezuela (BCV), quién los convierte en la cantidad equivalente de SUCREs;
  4. A través de la Cámara de Compensación de Pagos, el BCV le ‘paga al Banco Central de Bolivia en SUCREs;
  5. El Banco Central de Bolivia le transfiere a un banco comercial boliviano el monto correspondiente en bolivianos (de ese modo se cierra el ciclo de la operación, todavía sin la necesidad de gastar ni un solo dólar);
  6. De seis en seis meses se hace un balance de las compras y las ventas de cada país dentro de la Cámara de Compensación, de tal manera que sólo la diferencia es pagada en dólares.
 
A continuación se presenta una demostración gráfica de cómo se presenta el funcionamiento de la Cámara de Compensación de Pagos.
 
 


Conclusiones

 
Al facilitar el comercio regional sin obligación de utilizar dólares, el SUCRE tendrá un papel de estimulador del comercio entre los países del Alba, hoy muy limitado. Según el Banco de Comercio Exterior de Venezuela (Bancoex), en 2008 el país importó cerca de 45,1 mil millones de dólares. De eso, más de 11,8 mil millones (26% del total) fueron de Estados Unidos. Un 15 de Colombia; un 9 de Brasil y lo mismo de China. O sea, un 60 de las compras venezolanas provienen de cuatro países. Sumados, Argentina (2,4%), Bolivia (0,9%), Ecuador (1,2%), Paraguay (0,3%), Perú (2%) y Uruguay (0,5%) alcanzan el 7,3 por ciento. Cuba representa el 0,1 del total de las compras venezolanas; República Dominicana el 0,04 y Nicaragua el 0,03. Las participaciones de Antigua y Barbuda, Dominica, y San Vicente y Granadinas son menores.
 
Los números demuestran que Venezuela gasta relativamente pocos dólares en sus compras desde los países del Alba. Por otro lado, si se observan las compras de los países del Alba desde Venezuela, la realidad es distinta. Es decir, sin duda el SUCRE como alternativa ante el dólar tendrá un impacto mucho mayor para los demás países del Alba que para Venezuela. Ese es el compromiso que la principal economía del Alba tiene que asumir. El gran esfuerzo debe dirigirse a la complementación de las cadenas productivas y la intensificación del comercio intrabloque.
 
Además, es claro que el éxito del SUCRE depende en especial del equilibrio comercial entre los países del Alba. Porque el instrumento tiene muy poca utilidad en el caso de grandes desequilibrios en las balanzas de importación-exportación. Es decir, cuanto más elevados los montos comercializados y cuanto mayor la complementariedad, más útil será el SUCRE. Igualmente importante es el Fondo de Reservas y Convergencia Comercial de los países del Alba. En el caso del Mercosur, también hay un Fondo para la Convergencia Estructural.
 
El gran desafío es crear simetrías e impulsar procesos convergentes, coordinados y complementarios de desarrollo económico, orientando hacia la región la producción, el financiamiento y el avance tecnológico. En ese sentido, todas las recientes iniciativas, que incluyen el Banco del Alba, están entrelazadas.
 
El SUCRE no es un fin sino un medio que garantiza mayores recursos financieros y menos volatilidad externa dentro del Alba. Cada dólar economizado en el comercio internacional intrarregional se podrá asignar a proyectos de industrialización, modernización productiva, complementación económica, mejora de la calidad de vida de las poblaciones y obras de infraestructura para la integración física.
 
En febrero de 2010 empezaron las transacciones. En la primera operación comercial con el SUCRE, Venezuela exportó 360 toneladas de arroz a Cuba. A la vez, Bolivia anunció la compra de cemento asfáltico venezolano, mientras Venezuela importará de ese país madera, alimentos, textiles y artesanía. Está abierto el camino. Ahora se trata de profundizar los estudios, los trabajos y el compromiso de los países con el largo proceso de integración regional a favor de los pueblos.
 
* Miembro del equipo del Portal alba, economista y alumno de maestría en Economía Política Internacional en la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ). El autor agradece los comentarios de Raphael Padula y Luiz Fernando Sanná Pinto.
Publicado enEdición 155