Lunes, 20 Junio 2022 09:19

Zurcir con la totalidad que somos

Zurcir con la totalidad que somos

El mapa lo dice todo. La cartografía electoral que arroja el mapa de Colombia, producto de las elecciones del 29 de mayo es una nítida fotografía de la realidad social y política que padecemos: en el centro del país, con pocas extensiones sobre departamentos de los denominados periféricos, se congrega el país que votó por Rodolfo Hernández. Es casi un círculo ampliado de los departamentos que cuentan con mayor desarrollo económico y en los que habitan –si no lo hacen en Estados Unidos u otros países de sus ensueños– los sectores más pudientes de nuestra sociedad, una minoría que se ha beneficiado de las políticas de Estado que protegen, financian, apadrinan, acolitan, a quienes “crean la riqueza nacional”.

Bordeando este círculo, en forma de óvalo, con extensiones hacia el norte, el occidente, el sur y el oriente del país, en un porcentaje superior a favor del Pacto Histórico, y con apoyo mayoritario en los departamentos que más han padecido los efectos negativos de las políticas económicas y sociales de Estado que marcan nuestro ser nacional, los sectores marginados, una mayoría de connacionales que sufren la exclusión, el desconocimiento y los efectos, además, de la política militar que prevalece como recurso para resolver la conflictividad social.

En estas dos Colombias, con presencia significativa pero no detallada en su configuración por la cartografía electoral, habita otro país, constituido por más de una tercera parte de quienes están en edad de votar pero no lo hacen y cuyos motivos pueden ser diversos, como lo son los millones que allí están sumados. Aquellos no tienen confianza en la clase política, no los convoca el canto de un prometido cambio institucional que entona la izquierda, tienen rabia con el establecimiento, pues lo único que reciben del mismo es palo y promesas incumplidas; no se sienten recogidos en los programas que abanderan las campañas electorales… Tenemos, por tanto, no uno ni dos sino por lo menos tres países, cada uno motivado por circunstancias disímiles y opuestas entre sí.

La lógica política, económica, social, militar, en boga, indica que –de salir electo el candidato que promete ahondar las políticas neoliberales, achicando el Estado como principal empleador, por ejemplo– esto continuará, y la sociedad que resumimos no estará convocada a reencontrarse y permanecerá dividida entre polarizaciones y tensiones.

De salir elegida la candidatura que ofrece la superación de lo construido hasta hoy, en tanto en el eje de su programa está la inversión social acrecentada, mayores impuestos para los más pudientes, reconocimiento de grupos excluidos, y similares, encontrará sintonía y empezará a bordar un país para las mayorías pero no para la totalidad.

En su ejercicio de cambio, de ponerse en boga un amplio proyecto cultural y educativo, además de económico y no militar para contener la inconformidad social, alimentará energías para que muchas de las personas que no sienten sintonía alguna con el establecimiento se acerquen, al menos, para ver qué está pasando y “metan el dedo en la llaga” y así comprueben su veracidad.

Tenemos aquí un zurcido que empieza a unir pedazos de país. Tal vez el secreto para que eso permanezca y no se descosa al primer jalón sea hilar en Z, quizás en M. Las opciones son varias pero encontrar cuál es la que une con más fortaleza es labor de quienes estarán en los años que vienen como funcionarios de lo público.

Lo cierto es que esas puntadas tienen que pasar con su hilo por la concreción efectiva de una reforma agraria que sea integral, acompañada por una política de protección a la producción y el mercado nacionales, con una red para acercar los productos del campo a las barriadas, en clara disputa con las redes de mercadeo que ahora intentan monopolizar este sector de la economía del país. Es un esfuerzo en el cual se deberá citar y lograr la concurrencia de pequeños y medianos tenderos, como de micro, pequeños y medianos productores urbanos de bienes destinados al consumo diario, para que se asocien y faciliten este proceso y se beneficien del mismo –en calidad de trabajo, en precios favorables, en líneas de crédito para operativizar su labor, en proceso de capacitación, etcétera.

Aquel es un hilar que deberá cruzar y tensar el cumplimiento de los acuerdos de paz, a fin de crear así un ambiente regional para la participación y el liderazgo social sin correr riesgo de muerte; a la par de otras muchas hiladas que recojan, por ejemplo, la creación de una industria nacional con ejes en diversos segmentos estratégicos de una economía de punta y en sintonía con la revolución industrial en curso, pero también que haga sentir sus puntadas en la política educativa, garantizando el soñado anhelo de educación superior para toda aquella persona que lo anhele y cumpla con los mínimos académicos que exijan en uno u otro centro de estudios.

El recorrido de las agujas es mucho más amplio y diverso, pues el tamaño de lo aplazado en el país es mayúsculo para que se pueda hablar de reducción sustancial de la pobreza y eliminación de la miseria. ¿Qué decir de una política de paz para el diálogo y la apertura política con quienes estén dispuestos a aunar esfuerzos, de modo que el país viva una oportunidad de reencuentro? ¿Qué de una política ambiental en realidad consecuente con todo lo que implica no aportar al incremento del cambio climático? ¿Qué de una política urbana que vaya al fondo de la crisis que sobrelleva la ciudad del mercadeo y el consumo?

En ese zurcir con delicadeza, y con la alegría de quienes están construyendo una pieza por vestir engalanados, hay quienes desde un principio se sentirán excluidos, pero en esta ocasión no son los de siempre sino quienes desde décadas atrás no han dejado de beneficiarse de las políticas de Estado que priman en el país.

Con el solo hecho de cobrarles más impuestos, de llamarlos a pagar mejor a sus trabajadores y empleados, con el efecto de que el chorro de beneficios estatales dirigidos hacia ellos se corte o reduzca, estas y otras realidades los llevarán a conspirar contra el nuevo gobierno y atizar asimismo el descontento social, incrementado, seguramente, por la fuga de capitales que propicien, por el bloqueo de la agenda legislativa y –esto no es extraño– por el estímulo al ahondamiento del conflicto armado que hoy padece el país. El factor Estados Unidos calentando el ambiente político podrá estar en el trasfondo de algunas de esas reacciones.

Se podría decir, entonces, que en este punto, ante un cuero duro, la aguja se partirá y el país seguirá roto, tal vez en menos pedazos pero roto. La pregunta que corresponde hacerse a quienes diseñen las políticas de Estado, ojalá en diálogo dinámico con toda la sociedad, es: ¿Qué se debe hacer para neutralizar esta realidad de fractura, entre minorías y mayorías, entre ricos y pobres, entre quienes desean el cambio y quienes aspiran a prolongar al status quo?

La tarea no es sencilla de resolver pero, seguramente, revisando nuestro profundo ser nacional, sus valores y mejores tradiciones, así como las experiencias vividas en otras coordenadas, se encontrarán luces y material para reforzar las agujas y el hilo necesarios para reencontrar al país como una sola pieza. Con detalles, con bolsillos y ojales que significan clases e intereses dispares pero que integran una sola pieza que, bien tejida, debe ser cómoda en su uso, de manera que a la vuelta de algunas décadas la realidad de vida digna y democracia participativa, directa, radical, plebiscitaria, haya echado raíces en todo el territorio nacional y en lo más profundo de nuestro ser cultural. Tremendo reto. ¡Ojalá no se frustre nuestro destino posible! n atizar nuevas protestas sociales.

 

 

Para adquirir suscripción

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

 

Publicado enColombia
Domingo, 19 Junio 2022 06:28

Colombia en una disyuntiva

https://actualidad.rt.com/actualidad/431314-gustavo-petro-rodolfo-hernandez-pasan

Contiene este artículo reflexiones alrededor de la coyuntura electoral, a partir del análisis de algunos resultados de las elecciones a Congreso, con el propósito de establecer líneas de continuidad y tensión con la primera vuelta presidencial, y como referente para analizar lo que está en juego en la segunda vuelta.

El pasado 13 de marzo, en las elecciones al Congreso, y el 29 de mayo en la primera vuelta para la elección presidencial, presenciamos un cambio político electoral, notable, pero que no representa el fin de los partidos políticos tradicionales ni de sus prácticas políticas, ni tampoco es el fin de la derecha o el comienzo de un giro a la izquierda en el país. Una realidad, en pugna, fotografiada en el intento de fraude electoral sintetizado en la diferencia de más de un millón de votos entre el preconteo (el día de las elecciones) y el escrutinio, una cantidad de sufragios tal que niega que responde a errores puntuales.

Contrario a lo deseado, lo acontecido en estas dos votaciones parece más bien una reconfiguración del espectro en el que el centro político pierde apoyo, la extrema derecha –ante el fracaso de sus candidatos propios– se camufla detrás de un político regional que se presenta como antipolítico y antisistema, y gana cuerpo un proyecto político más cercano a la izquierda, debiendo aceptar alianzas incómodas para sumar votos pero que además enfrenta la tradicional guerra sucia electoral.
Elecciones a Congreso

Si se pueden establecer algunas características generales de los resultados electorales estas tienen que ver con los altos niveles de abstención. Las movilizaciones sociales de 2019 y 2021 se constituyeron en escenarios de repolitización de una ciudadanía popular encarnada en sectores como las juventudes, los grupos étnicos, las mujeres de sectores empobrecidas, las víctimas del conflicto armado y los sectores afines al proceso de paz, quienes de múltiples maneras manifestaron la necesidad de tomar el poder político y pasar de la resistencia en las calles a las curules del Congreso de modo que se reemplazara a los actores de la política tradicional.

Se esperaba entonces, con este antecedente, una masiva participación, pero la abstención una vez más fue cercana al 55 por ciento y los votos en blanco superaron el millón en el caso del Senado. Esto da cuenta de que persiste la incredulidad sobre los mecanismos de la democracia como vía para alcanzar los cambios estructurales que la movilización social reclamó. Quienes si acudieron a las urnas y escogieron permitieron la configuración del Senado que se presenta en la siguiente tabla:

xxSenado Nacional        
  Partido xx Votos xx % xx Escañosxx
  Pacto Histórico  2.800.730   17,3   20 
 Partido Conservador 2.223.061  14,1  15 
 Partido Liberal  2.100.083  13,3  14 
 Verde y CE 1.954.792 10,7  13 
 Cambio Radical  1.610.651  8,8  11 
 Partido de la U 1.508.031 8,4  10 
 Mira-Justas 578.195 3,1  4 
 Comunes      5 

En síntesis, las 17 fuerzas agregadas en el Pacto Histórico lograron 20 de las 105 curules disponibles lo que implica que es la coalición política más votada, pero que quedó bastante lejos de una mayoría que le permita actuar con independencia de otras fuerzas o, en otras palabras, que tendrá que buscar alianzas con otros movimientos que le permitan tener una actuación protagónica en la legislatura. En todo caso, es un Senado fragmentado en donde las negociaciones deberán ser permanentes, aunque su funcionamiento dependerá mucho de quien sea electo como Presidente ya que las relaciones entre Ejecutivo y Legislativo en Colombia están tradicionalmente marcadas por el intercambio de favores y prebendas que terminan por primar a la hora de conformar mayorías para la aprobación de iniciativas.

En el particular de la Cámara el comportamiento de la abstención y del voto en blanco fue prácticamente idéntica al Senado. Una diferencia importante está en el número de votos nulos que en este caso fue cercano a los 850 mil, lo que sin duda cuestiona acerca del diseño del tarjetón que puede inducir al error a los votantes. Los resultados pueden observarse de manera general en la siguiente tabla:

 

  Cámara de representantes   
xx Partido o movimientoxxEscaños xx
  Pacto Histórico  34 
  Partido Liberal  32 
  Partido Conservador  25 
  Centro Democrático  16 
  Cambio Radical  16 
  Partido de la U  15 
 Alianza Verde  11 
 Coalición Centro Esperanza  2 
 Liga de Gobernantes Anticorrupción  2 
 Alternativos (Alianza Verde-Polo Democrático Alternativo)  1 
 Coalición MIRA – Colombia Justa L.  1 
 Nuevo Liberalismo  1 
 Coalición CR-Colombia JL-MIRA  1 
 Coalición Conservador-Partido de la U  1 
 Coalición Conservador-Centro Demo.  1 
 Coalición Pacto Histórico-Alianza Verde  2 
 Coalición Liberal-Colombia JL  1 
 Coalición Partido de la U-Colombia JL  1 
 Juntos por Caldas  1 
 Fuerza Ciudadana  1 
 Colombia Renaciente  1 
 Gente en Movimiento  1 

 

La situación es la misma para el Pacto Histórico, que a pesar de ser la fuerza más votada y alcanzar 34 escaños de los 167 disponibles apenas tiene un peso del 20 por ciento por lo que de nuevo las alianzas serán necesarias para impulsar cualquier iniciativa.

Tanto en el caso de Senado como de Cámara hay que destacar que los tradicionales partidos Liberal y Conservador siguen siendo fuertes electoralmente entre los votantes que los situaron entre las fuerzas más votadas. Finalmente, cabe destacar que el gobernante partido Centro Democrático perdió la preponderancia que alcanzó en los comicios de 2018, producto de la pésima gestión de la presidencia de la República que, entre denuncias de masivas violaciones de derechos humanos, represión y atentados permanentes a la democracia, dilapidó el capital electoral acumulado por años alrededor de la imagen de Álvaro Uribe Vélez.

Cabe destacar que a pesar de los numerosos obstáculos que debió sortear se llevaron a cabo las elecciones de las Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz, que a partir de los Acuerdo de Paz de 2016 tienen como propósito garantizar la representación política de las víctimas en los territorios más afectados por la guerra en el país. Aunque las denuncias acerca de que no todas las personas que resultaron electas proceden de procesos organizativos o comunitarios de víctimas, no deja de ser una señal favorable para un país que funciona de espaldas a estos territorios.

Elecciones presidenciales: primera vuelta


Si hay una línea de continuidad entre las elecciones legislativas y la primera vuelta corresponde precisamente el descrédito de la autoridad electoral y el establecimiento de rápidas alianzas para intentar frenar el impulso del Pacto Histórico. El primer paso lo dio el Centro Democrático cuyo candidato Óscar Iván Zuluaga renunció muy rápido para adherir a Federico Gutiérrez, de la Coalición Equipo por Colombia, que resultó ganador de esa consulta y en principio pareció recibir el apoyo de los sectores de la derecha, sin embargo, la apuesta fue arriesgada y perdieron con una figura que no se posicionó frente a su electorado.

Quienes sí se posicionaron fueron Gustavo Petro y Rodolfo Hernández. El primero gracias a su aplastante victoria en la consulta interna, pero también por la acertada decisión de escoger como su fórmula presidencial a quien quedó en segundo lugar de dicha consulta, la lideresa Francia Márquez, que renovó los apoyos hacia esta candidatura y aseguró el soporte de múltiples sectores que vieron cómo el racismo estructural se expresó de formas violentas contra la candidata a vicepresidenta. Esta fórmula obtuvo, el pasado 29 de mayo 8.542.020 votos, que equivalen al 40,3 por ciento de la votación.

Por otro lado, Rodolfo Hernández quien en dos semanas dio vuelta a las encuestas y se ubicó en segundo lugar, mantuvo una campaña con un discurso antipolítico, con las banderas de la anticorrupción y antipartidos, pero que, sin embargo, termina siendo muy cercano a las ideas políticas de la derecha, lo que fue suficiente para obtener 5.965.531 votos, equivalentes al 28,17 por ciento de la votación. Con estos resultados no hubo un ganador con más del 50 por ciento que exige la norma, así que estos dos candidatos pasaron a segunda vuelta, con escena el 19 de junio.

Hasta el momento ha sido una campaña difícil para la fórmula Petro-Márquez. Al siguiente día de las elecciones los medios hegemónicos intentaron mostrar su victoria como una derrota e incluso algunos dieron por seguro ganador a Hernández. La guerra sucia, la construcción de escándalos y la generación de miedo hacia este proyecto político han marcado unas semanas convulsas en las que se disputan uno a uno los votos. Las encuestas, en constante empate técnico, dan cuenta del rigor de la disputa.

Como hace 4 años, candidatos perdedores como Sergio Fajardo, que se posiciona en el centro político, prefirió promover el voto en blanco, aunque después de que intentara acercamientos a Hernández lo que puede ser tomado como una confirmación de que el centro en realidad en el espectro ideológico es más cercano a la derecha, incluso a una peligrosa que defiende un proyecto político autoritario y personalista como el que encarna Hernández.

Cada día los anuncios de adhesiones parecen ratificar la hipótesis de un campo político dividido entre quienes privilegian a la fórmula que sustenta su candidatura en un programa político estructurado y quienes simplemente se ubican del otro lado, aunque todo dependa de una figura voluble y con poco conocimiento del país o sus realidades.


Hacia la segunda vuelta

Es imposible hacer un vaticinio sobre los resultados de la segunda vuelta y, sin embargo es posible caracterizar el panorama que enfrentará quien resulte ganador. El balance de los últimos cuatro años es adverso: democracia aún más debilitada, concentración de poder en la figura presidencial del saliente Duque, toma de las instituciones por una élite cleptocrática que odia a quienes ven como inferiores, es decir, al país empobrecido, al país indígena, al país negro, al país que lucha por la paz y la justicia social. Además, un paramilitarismo fortalecido y presente en el territorio nacional con alianzas con trasnacionales criminales del narcotráfico que fortalecieron su filtración incluso en los altos mandos militares. El nuevo gobernante enfrentará una grave falta de legitimidad porque el país quedará dividido y la animadversión entre ganadores y perdedores se mantendrá.

Así mismo, enfrentamos un escalamiento del conflicto que revictimiza a las gentes en el Pacífico, el Caribe y en el sur del país: asesinatos selectivos, masacres, confinamientos, paros armados y desplazamientos forzados de nuevo nos llevarán a profundizar la crisis humanitaria que parece no tener fin. La crisis económica no entendida ni atendida por Duque y que ya llevó a millones a la pobreza seguirá avanzando dado que la crisis del capitalismo es global y, por ello, sus defensores atizan la guerra en Europa en un intento de detener su caída.

En un contexto de disputa y cambio, la derecha intentará realinearse y recuperar fuerzas en las elecciones locales de 2023 y por ello atacarán sin ninguna consideración a quien salga electo. Esta idea, sin embargo, no debe llevar al equívoco de creer que es igual quien resulte ganador en segunda vuelta. De ganar Hernández todas estas situaciones se verán magnificadas dado que hemos sido testigos de lo que pasa cuando alguien sin capacidad ni inteligencia llega a la presidencia: otros cuatro años como los del gobierno de Duque condena a millones de personas en Colombia a más hambre y más guerra. Rodolfo Hernández no es un cambio en ningún sentido, representa por el contrario la continuidad del proyecto de unas élites que apuestan por los títeres que pueden manejar a su antojo para materializar sus reformas aporofóbicas y guerreristas.

Esperanza

Votar por Gustavo Petro es intentar detener el espiral de muerte, es una cuestión de sobrevivencia. No porque sea un alquimista con la fórmula perfecta, o porque no vaya a tener una oposición feroz y sucia sino porque volver sobre el Acuerdo de paz, volver a plantear la necesidad de poner fin a la guerra, respaldar el llamado de verdad, justicia y reparación para las víctimas, hablar de derechos y libertades, poner en debate el modelo económico y tener a la cabeza del país dos personas conectados con lo que le sucede a la gente es fundamental para abrir espacios para un cambio sustantivo frente al elitismo de la tecnocracia que nos ha gobernado.

Hoy las diferentes encuestas muestran un empate técnico entre los candidatos. Muchas de estas encuestas contratadas para mostrar a Hernández como un candidato viable o serio, ante la indiferencia de muchos que prefieren quedarse en su peldaño de superioridad moral y buenas formas, porque al final tienen cómo librarse de los males del hambre y el miedo, pueden huir o simplemente quedarse en la comodidad de sus privilegios. Estamos, por tanto, ante cambios necesarios. Es por ello que puede decirse que en estas elecciones se juegan muchas cosas, pero tal vez las más importantes sean detener el bombardeo de campesinos inermes, la represión de la juventud que protesta, la desaparición y el asesinato de jóvenes para hacerlos pasar por caídos en combate. Aunque parezca un cliché, para muchas personas, en particular las que se encuentran en condiciones más vulnerables, estas serán unas elecciones de vida o muerte.

 

 

Para adquirir suscripción

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enColombia
Miércoles, 15 Junio 2022 14:42

Zurcir con la totalidad que somos

Zurcir con la totalidad que somos

El mapa lo dice todo. La cartografía electoral que arroja el mapa de Colombia, producto de las elecciones del 29 de mayo es una nítida fotografía de la realidad social y política que padecemos: en el centro del país, con pocas extensiones sobre departamentos de los denominados periféricos, se congrega el país que votó por Rodolfo Hernández. Es casi un círculo ampliado de los departamentos que cuentan con mayor desarrollo económico y en los que habitan –si no lo hacen en Estados Unidos u otros países de sus ensueños– los sectores más pudientes de nuestra sociedad, una minoría que se ha beneficiado de las políticas de Estado que protegen, financian, apadrinan, acolitan, a quienes “crean la riqueza nacional”.

Bordeando este círculo, en forma de óvalo, con extensiones hacia el norte, el occidente, el sur y el oriente del país, en un porcentaje superior a favor del Pacto Histórico, y con apoyo mayoritario en los departamentos que más han padecido los efectos negativos de las políticas económicas y sociales de Estado que marcan nuestro ser nacional, los sectores marginados, una mayoría de connacionales que sufren la exclusión, el desconocimiento y los efectos, además, de la política militar que prevalece como recurso para resolver la conflictividad social.

En estas dos Colombias, con presencia significativa pero no detallada en su configuración por la cartografía electoral, habita otro país, constituido por más de una tercera parte de quienes están en edad de votar pero no lo hacen y cuyos motivos pueden ser diversos, como lo son los millones que allí están sumados. Aquellos no tienen confianza en la clase política, no los convoca el canto de un prometido cambio institucional que entona la izquierda, tienen rabia con el establecimiento, pues lo único que reciben del mismo es palo y promesas incumplidas; no se sienten recogidos en los programas que abanderan las campañas electorales… Tenemos, por tanto, no uno ni dos sino por lo menos tres países, cada uno motivado por circunstancias disímiles y opuestas entre sí.

La lógica política, económica, social, militar, en boga, indica que –de salir electo el candidato que promete ahondar las políticas neoliberales, achicando el Estado como principal empleador, por ejemplo– esto continuará, y la sociedad que resumimos no estará convocada a reencontrarse y permanecerá dividida entre polarizaciones y tensiones.

De salir elegida la candidatura que ofrece la superación de lo construido hasta hoy, en tanto en el eje de su programa está la inversión social acrecentada, mayores impuestos para los más pudientes, reconocimiento de grupos excluidos, y similares, encontrará sintonía y empezará a bordar un país para las mayorías pero no para la totalidad.

En su ejercicio de cambio, de ponerse en boga un amplio proyecto cultural y educativo, además de económico y no militar para contener la inconformidad social, alimentará energías para que muchas de las personas que no sienten sintonía alguna con el establecimiento se acerquen, al menos, para ver qué está pasando y “metan el dedo en la llaga” y así comprueben su veracidad.

Tenemos aquí un zurcido que empieza a unir pedazos de país. Tal vez el secreto para que eso permanezca y no se descosa al primer jalón sea hilar en Z, quizás en M. Las opciones son varias pero encontrar cuál es la que une con más fortaleza es labor de quienes estarán en los años que vienen como funcionarios de lo público.

Lo cierto es que esas puntadas tienen que pasar con su hilo por la concreción efectiva de una reforma agraria que sea integral, acompañada por una política de protección a la producción y el mercado nacionales, con una red para acercar los productos del campo a las barriadas, en clara disputa con las redes de mercadeo que ahora intentan monopolizar este sector de la economía del país. Es un esfuerzo en el cual se deberá citar y lograr la concurrencia de pequeños y medianos tenderos, como de micro, pequeños y medianos productores urbanos de bienes destinados al consumo diario, para que se asocien y faciliten este proceso y se beneficien del mismo –en calidad de trabajo, en precios favorables, en líneas de crédito para operativizar su labor, en proceso de capacitación, etcétera.

Aquel es un hilar que deberá cruzar y tensar el cumplimiento de los acuerdos de paz, a fin de crear así un ambiente regional para la participación y el liderazgo social sin correr riesgo de muerte; a la par de otras muchas hiladas que recojan, por ejemplo, la creación de una industria nacional con ejes en diversos segmentos estratégicos de una economía de punta y en sintonía con la revolución industrial en curso, pero también que haga sentir sus puntadas en la política educativa, garantizando el soñado anhelo de educación superior para toda aquella persona que lo anhele y cumpla con los mínimos académicos que exijan en uno u otro centro de estudios.

El recorrido de las agujas es mucho más amplio y diverso, pues el tamaño de lo aplazado en el país es mayúsculo para que se pueda hablar de reducción sustancial de la pobreza y eliminación de la miseria. ¿Qué decir de una política de paz para el diálogo y la apertura política con quienes estén dispuestos a aunar esfuerzos, de modo que el país viva una oportunidad de reencuentro? ¿Qué de una política ambiental en realidad consecuente con todo lo que implica no aportar al incremento del cambio climático? ¿Qué de una política urbana que vaya al fondo de la crisis que sobrelleva la ciudad del mercadeo y el consumo?

En ese zurcir con delicadeza, y con la alegría de quienes están construyendo una pieza por vestir engalanados, hay quienes desde un principio se sentirán excluidos, pero en esta ocasión no son los de siempre sino quienes desde décadas atrás no han dejado de beneficiarse de las políticas de Estado que priman en el país.

Con el solo hecho de cobrarles más impuestos, de llamarlos a pagar mejor a sus trabajadores y empleados, con el efecto de que el chorro de beneficios estatales dirigidos hacia ellos se corte o reduzca, estas y otras realidades los llevarán a conspirar contra el nuevo gobierno y atizar asimismo el descontento social, incrementado, seguramente, por la fuga de capitales que propicien, por el bloqueo de la agenda legislativa y –esto no es extraño– por el estímulo al ahondamiento del conflicto armado que hoy padece el país. El factor Estados Unidos calentando el ambiente político podrá estar en el trasfondo de algunas de esas reacciones.

Se podría decir, entonces, que en este punto, ante un cuero duro, la aguja se partirá y el país seguirá roto, tal vez en menos pedazos pero roto. La pregunta que corresponde hacerse a quienes diseñen las políticas de Estado, ojalá en diálogo dinámico con toda la sociedad, es: ¿Qué se debe hacer para neutralizar esta realidad de fractura, entre minorías y mayorías, entre ricos y pobres, entre quienes desean el cambio y quienes aspiran a prolongar al status quo?

La tarea no es sencilla de resolver pero, seguramente, revisando nuestro profundo ser nacional, sus valores y mejores tradiciones, así como las experiencias vividas en otras coordenadas, se encontrarán luces y material para reforzar las agujas y el hilo necesarios para reencontrar al país como una sola pieza. Con detalles, con bolsillos y ojales que significan clases e intereses dispares pero que integran una sola pieza que, bien tejida, debe ser cómoda en su uso, de manera que a la vuelta de algunas décadas la realidad de vida digna y democracia participativa, directa, radical, plebiscitaria, haya echado raíces en todo el territorio nacional y en lo más profundo de nuestro ser cultural. Tremendo reto. ¡Ojalá no se frustre nuestro destino posible! n atizar nuevas protestas sociales.

 

 

Para adquirir suscripción

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

 

Publicado enEdición Nº292
Miércoles, 15 Junio 2022 14:26

Colombia en una disyuntiva

https://actualidad.rt.com/actualidad/431314-gustavo-petro-rodolfo-hernandez-pasan

Contiene este artículo reflexiones alrededor de la coyuntura electoral, a partir del análisis de algunos resultados de las elecciones a Congreso, con el propósito de establecer líneas de continuidad y tensión con la primera vuelta presidencial, y como referente para analizar lo que está en juego en la segunda vuelta.

El pasado 13 de marzo, en las elecciones al Congreso, y el 29 de mayo en la primera vuelta para la elección presidencial, presenciamos un cambio político electoral, notable, pero que no representa el fin de los partidos políticos tradicionales ni de sus prácticas políticas, ni tampoco es el fin de la derecha o el comienzo de un giro a la izquierda en el país. Una realidad, en pugna, fotografiada en el intento de fraude electoral sintetizado en la diferencia de más de un millón de votos entre el preconteo (el día de las elecciones) y el escrutinio, una cantidad de sufragios tal que niega que responde a errores puntuales.

Contrario a lo deseado, lo acontecido en estas dos votaciones parece más bien una reconfiguración del espectro en el que el centro político pierde apoyo, la extrema derecha –ante el fracaso de sus candidatos propios– se camufla detrás de un político regional que se presenta como antipolítico y antisistema, y gana cuerpo un proyecto político más cercano a la izquierda, debiendo aceptar alianzas incómodas para sumar votos pero que además enfrenta la tradicional guerra sucia electoral.
Elecciones a Congreso

Si se pueden establecer algunas características generales de los resultados electorales estas tienen que ver con los altos niveles de abstención. Las movilizaciones sociales de 2019 y 2021 se constituyeron en escenarios de repolitización de una ciudadanía popular encarnada en sectores como las juventudes, los grupos étnicos, las mujeres de sectores empobrecidas, las víctimas del conflicto armado y los sectores afines al proceso de paz, quienes de múltiples maneras manifestaron la necesidad de tomar el poder político y pasar de la resistencia en las calles a las curules del Congreso de modo que se reemplazara a los actores de la política tradicional.

Se esperaba entonces, con este antecedente, una masiva participación, pero la abstención una vez más fue cercana al 55 por ciento y los votos en blanco superaron el millón en el caso del Senado. Esto da cuenta de que persiste la incredulidad sobre los mecanismos de la democracia como vía para alcanzar los cambios estructurales que la movilización social reclamó. Quienes si acudieron a las urnas y escogieron permitieron la configuración del Senado que se presenta en la siguiente tabla:

xxSenado Nacional        
  Partido xx Votos xx % xx Escañosxx
  Pacto Histórico  2.800.730   17,3   20 
 Partido Conservador 2.223.061  14,1  15 
 Partido Liberal  2.100.083  13,3  14 
 Verde y CE 1.954.792 10,7  13 
 Cambio Radical  1.610.651  8,8  11 
 Partido de la U 1.508.031 8,4  10 
 Mira-Justas 578.195 3,1  4 
 Comunes      5 

En síntesis, las 17 fuerzas agregadas en el Pacto Histórico lograron 20 de las 105 curules disponibles lo que implica que es la coalición política más votada, pero que quedó bastante lejos de una mayoría que le permita actuar con independencia de otras fuerzas o, en otras palabras, que tendrá que buscar alianzas con otros movimientos que le permitan tener una actuación protagónica en la legislatura. En todo caso, es un Senado fragmentado en donde las negociaciones deberán ser permanentes, aunque su funcionamiento dependerá mucho de quien sea electo como Presidente ya que las relaciones entre Ejecutivo y Legislativo en Colombia están tradicionalmente marcadas por el intercambio de favores y prebendas que terminan por primar a la hora de conformar mayorías para la aprobación de iniciativas.

En el particular de la Cámara el comportamiento de la abstención y del voto en blanco fue prácticamente idéntica al Senado. Una diferencia importante está en el número de votos nulos que en este caso fue cercano a los 850 mil, lo que sin duda cuestiona acerca del diseño del tarjetón que puede inducir al error a los votantes. Los resultados pueden observarse de manera general en la siguiente tabla:

 

  Cámara de representantes   
xx Partido o movimientoxxEscaños xx
  Pacto Histórico  34 
  Partido Liberal  32 
  Partido Conservador  25 
  Centro Democrático  16 
  Cambio Radical  16 
  Partido de la U  15 
 Alianza Verde  11 
 Coalición Centro Esperanza  2 
 Liga de Gobernantes Anticorrupción  2 
 Alternativos (Alianza Verde-Polo Democrático Alternativo)  1 
 Coalición MIRA – Colombia Justa L.  1 
 Nuevo Liberalismo  1 
 Coalición CR-Colombia JL-MIRA  1 
 Coalición Conservador-Partido de la U  1 
 Coalición Conservador-Centro Demo.  1 
 Coalición Pacto Histórico-Alianza Verde  2 
 Coalición Liberal-Colombia JL  1 
 Coalición Partido de la U-Colombia JL  1 
 Juntos por Caldas  1 
 Fuerza Ciudadana  1 
 Colombia Renaciente  1 
 Gente en Movimiento  1 

 

La situación es la misma para el Pacto Histórico, que a pesar de ser la fuerza más votada y alcanzar 34 escaños de los 167 disponibles apenas tiene un peso del 20 por ciento por lo que de nuevo las alianzas serán necesarias para impulsar cualquier iniciativa.

Tanto en el caso de Senado como de Cámara hay que destacar que los tradicionales partidos Liberal y Conservador siguen siendo fuertes electoralmente entre los votantes que los situaron entre las fuerzas más votadas. Finalmente, cabe destacar que el gobernante partido Centro Democrático perdió la preponderancia que alcanzó en los comicios de 2018, producto de la pésima gestión de la presidencia de la República que, entre denuncias de masivas violaciones de derechos humanos, represión y atentados permanentes a la democracia, dilapidó el capital electoral acumulado por años alrededor de la imagen de Álvaro Uribe Vélez.

Cabe destacar que a pesar de los numerosos obstáculos que debió sortear se llevaron a cabo las elecciones de las Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz, que a partir de los Acuerdo de Paz de 2016 tienen como propósito garantizar la representación política de las víctimas en los territorios más afectados por la guerra en el país. Aunque las denuncias acerca de que no todas las personas que resultaron electas proceden de procesos organizativos o comunitarios de víctimas, no deja de ser una señal favorable para un país que funciona de espaldas a estos territorios.

Elecciones presidenciales: primera vuelta


Si hay una línea de continuidad entre las elecciones legislativas y la primera vuelta corresponde precisamente el descrédito de la autoridad electoral y el establecimiento de rápidas alianzas para intentar frenar el impulso del Pacto Histórico. El primer paso lo dio el Centro Democrático cuyo candidato Óscar Iván Zuluaga renunció muy rápido para adherir a Federico Gutiérrez, de la Coalición Equipo por Colombia, que resultó ganador de esa consulta y en principio pareció recibir el apoyo de los sectores de la derecha, sin embargo, la apuesta fue arriesgada y perdieron con una figura que no se posicionó frente a su electorado.

Quienes sí se posicionaron fueron Gustavo Petro y Rodolfo Hernández. El primero gracias a su aplastante victoria en la consulta interna, pero también por la acertada decisión de escoger como su fórmula presidencial a quien quedó en segundo lugar de dicha consulta, la lideresa Francia Márquez, que renovó los apoyos hacia esta candidatura y aseguró el soporte de múltiples sectores que vieron cómo el racismo estructural se expresó de formas violentas contra la candidata a vicepresidenta. Esta fórmula obtuvo, el pasado 29 de mayo 8.542.020 votos, que equivalen al 40,3 por ciento de la votación.

Por otro lado, Rodolfo Hernández quien en dos semanas dio vuelta a las encuestas y se ubicó en segundo lugar, mantuvo una campaña con un discurso antipolítico, con las banderas de la anticorrupción y antipartidos, pero que, sin embargo, termina siendo muy cercano a las ideas políticas de la derecha, lo que fue suficiente para obtener 5.965.531 votos, equivalentes al 28,17 por ciento de la votación. Con estos resultados no hubo un ganador con más del 50 por ciento que exige la norma, así que estos dos candidatos pasaron a segunda vuelta, con escena el 19 de junio.

Hasta el momento ha sido una campaña difícil para la fórmula Petro-Márquez. Al siguiente día de las elecciones los medios hegemónicos intentaron mostrar su victoria como una derrota e incluso algunos dieron por seguro ganador a Hernández. La guerra sucia, la construcción de escándalos y la generación de miedo hacia este proyecto político han marcado unas semanas convulsas en las que se disputan uno a uno los votos. Las encuestas, en constante empate técnico, dan cuenta del rigor de la disputa.

Como hace 4 años, candidatos perdedores como Sergio Fajardo, que se posiciona en el centro político, prefirió promover el voto en blanco, aunque después de que intentara acercamientos a Hernández lo que puede ser tomado como una confirmación de que el centro en realidad en el espectro ideológico es más cercano a la derecha, incluso a una peligrosa que defiende un proyecto político autoritario y personalista como el que encarna Hernández.

Cada día los anuncios de adhesiones parecen ratificar la hipótesis de un campo político dividido entre quienes privilegian a la fórmula que sustenta su candidatura en un programa político estructurado y quienes simplemente se ubican del otro lado, aunque todo dependa de una figura voluble y con poco conocimiento del país o sus realidades.


Hacia la segunda vuelta

Es imposible hacer un vaticinio sobre los resultados de la segunda vuelta y, sin embargo es posible caracterizar el panorama que enfrentará quien resulte ganador. El balance de los últimos cuatro años es adverso: democracia aún más debilitada, concentración de poder en la figura presidencial del saliente Duque, toma de las instituciones por una élite cleptocrática que odia a quienes ven como inferiores, es decir, al país empobrecido, al país indígena, al país negro, al país que lucha por la paz y la justicia social. Además, un paramilitarismo fortalecido y presente en el territorio nacional con alianzas con trasnacionales criminales del narcotráfico que fortalecieron su filtración incluso en los altos mandos militares. El nuevo gobernante enfrentará una grave falta de legitimidad porque el país quedará dividido y la animadversión entre ganadores y perdedores se mantendrá.

Así mismo, enfrentamos un escalamiento del conflicto que revictimiza a las gentes en el Pacífico, el Caribe y en el sur del país: asesinatos selectivos, masacres, confinamientos, paros armados y desplazamientos forzados de nuevo nos llevarán a profundizar la crisis humanitaria que parece no tener fin. La crisis económica no entendida ni atendida por Duque y que ya llevó a millones a la pobreza seguirá avanzando dado que la crisis del capitalismo es global y, por ello, sus defensores atizan la guerra en Europa en un intento de detener su caída.

En un contexto de disputa y cambio, la derecha intentará realinearse y recuperar fuerzas en las elecciones locales de 2023 y por ello atacarán sin ninguna consideración a quien salga electo. Esta idea, sin embargo, no debe llevar al equívoco de creer que es igual quien resulte ganador en segunda vuelta. De ganar Hernández todas estas situaciones se verán magnificadas dado que hemos sido testigos de lo que pasa cuando alguien sin capacidad ni inteligencia llega a la presidencia: otros cuatro años como los del gobierno de Duque condena a millones de personas en Colombia a más hambre y más guerra. Rodolfo Hernández no es un cambio en ningún sentido, representa por el contrario la continuidad del proyecto de unas élites que apuestan por los títeres que pueden manejar a su antojo para materializar sus reformas aporofóbicas y guerreristas.

Esperanza

Votar por Gustavo Petro es intentar detener el espiral de muerte, es una cuestión de sobrevivencia. No porque sea un alquimista con la fórmula perfecta, o porque no vaya a tener una oposición feroz y sucia sino porque volver sobre el Acuerdo de paz, volver a plantear la necesidad de poner fin a la guerra, respaldar el llamado de verdad, justicia y reparación para las víctimas, hablar de derechos y libertades, poner en debate el modelo económico y tener a la cabeza del país dos personas conectados con lo que le sucede a la gente es fundamental para abrir espacios para un cambio sustantivo frente al elitismo de la tecnocracia que nos ha gobernado.

Hoy las diferentes encuestas muestran un empate técnico entre los candidatos. Muchas de estas encuestas contratadas para mostrar a Hernández como un candidato viable o serio, ante la indiferencia de muchos que prefieren quedarse en su peldaño de superioridad moral y buenas formas, porque al final tienen cómo librarse de los males del hambre y el miedo, pueden huir o simplemente quedarse en la comodidad de sus privilegios. Estamos, por tanto, ante cambios necesarios. Es por ello que puede decirse que en estas elecciones se juegan muchas cosas, pero tal vez las más importantes sean detener el bombardeo de campesinos inermes, la represión de la juventud que protesta, la desaparición y el asesinato de jóvenes para hacerlos pasar por caídos en combate. Aunque parezca un cliché, para muchas personas, en particular las que se encuentran en condiciones más vulnerables, estas serán unas elecciones de vida o muerte.

 

 

Para adquirir suscripción

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enEdición Nº292
Jorge2mg, Protestas en Colombia, 22 de mayo de 2021, https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Portal_de_la_resistencia.jpg

 Dos años de (mal) gobierno de ‘centro’ en Bogotá

El contexto político de los últimos dos años en Colombia estuvo marcado por la protesta y la movilización social. 2019 cerró con el paro del 21 de noviembre (21-N) y su famosa consigna: “¡A parar para avanzar, viva el paro nacional!”; un grito que se retomó en el paro del 28 de abril (28-A) y que resonó en las distintas protestas que hubo en el país durante la pandemia. Durante este periodo, además, hubo una serie de innovaciones en las formas de protestar y un aumento de los manifestantes, lo que planteó nuevos retos al gobierno nacional y a los gobiernos municipales, cuya respuesta predominante fue la represión.

En el caso de Bogotá se observó una mayor recurrencia a la protesta social como mecanismo para la reivindicación de derechos y la participación política que, por supuesto, solo puede entenderse conociendo los antecedentes nacionales de la última década.


2010-2019: algunos hitos antes del Paro Nacional

El pico álgido de protesta y movilización social de 2019-2021 no se puede entender de manera aislada en Bogotá ni en el resto del país. Hace parte de un ciclo más amplio, con antecedentes en 2011, coincidiendo con el proceso de negociación de paz entre el gobierno y las Farc. Este proceso creó oportunidades para que diferentes sectores visibilizaran conflictos sociales de larga data e hicieran un llamado sobre la necesidad de tramitarlos, en la medida en que se percibía al gobierno nacional como más propenso a responder a las voces disidentes y menos proclive a usar la fuerza frente a los reclamos de actores políticos no armados.

Este ciclo se inauguró en 2011 con el paro de los transportadores de carga y con las movilizaciones de estudiantes universitarios en contra de la reforma a la Ley 30 de Educación superior. Las movilizaciones estudiantiles se dieron en distintas ciudades y se prolongaron hasta 2012 en un proceso en el que se creó la Mesa Amplia Nacional de Educación-Mane. Se logró bloquear el proyecto de reforma de ley y se convocaron distintas manifestaciones y concentraciones, como la “gran toma de Bogotá” el 10 de noviembre de 2011, en las que primó el uso de repertorios novedosos como los besatones y los performances artísticos.


El segundo gran momento de este ciclo ocurrió en 2013, cuando distintas organizaciones campesinas de la Región Andina se movilizaron buscando una renegociación de los términos del tratado de libre comercio entre Colombia y Estados Unidos. Su éxito, sin embargo, radicó en lograr que el gobierno las reconociera como interlocutoras válidas, se reabriera la discusión sobre el libre comercio y sus efectos negativos, y en la construcción de lazos de solidaridad con los habitantes de las ciudades, especialmente de Bogotá.

El tercer momento fue en 2016, con las movilizaciones por el acuerdo de paz, como respuesta a los resultados del plebiscito del 2 de octubre. Distintas organizaciones sociales realizaron marchas masivas a favor del acuerdo de paz y ejercicios de pedagogía para difundir información veraz sobre el mismo. Su meta era mostrar que amplios sectores de la sociedad sí respaldaban el proceso de negociación, el acuerdo alcanzado y su futura implementación. La participación fue masiva y se extendió a sectores sociales que nunca se habían movilizado, contribuyendo a cambiar su percepción sobre la legitimidad de la protesta social como mecanismo de participación política.

Un cuarto momento llegó con las manifestaciones estudiantiles y de defensores de derechos humanos que se dieron entre 2018 y 2019. Los estudiantes de universidades públicas iniciaron protestas por la defensa de la educación pública, a las que se sumaron sus pares de universidades privadas de manera solidaria y con reclamos propios asociados al endeudamiento con el Icetex. Una de estas convergencias se dio en Bogotá el 25 de septiembre de 2021 entre estudiantes de las Universidades Distrital y Javeriana, quienes bloquearon la carrera 7 y recibieron una respuesta represiva del Esmad, incluidos los gases lacrimógenos que también afectaron a algunos pacientes del Hospital San Ignacio.

La defensa del acuerdo de paz y de los derechos humanos volvió a ocupar un lugar central en la agenda pública: denuncias por parte de organizaciones y movimientos sociales sobre amenazas y asesinatos de líderes sociales y excombatientes de las Farc. Se convocó una gran marcha por la defensa de los líderes sociales el 26 de julio de 2019, que tuvo como epicentro Bogotá y contó con una participación masiva de ciudadanos organizados y no organizados.

Con estos antecedentes era de esperarse que el Paro Nacional del 21 de noviembre de 2019 contara con una buena acogida: demandas sociales insatisfechas, exclusiones políticas y sociales crecientes, profundización de las desigualdades económicas, violaciones a los DD.HH. y trabas constantes para la implementación del acuerdo de paz. Sin embargo, no dejó de sorprender el número de manifestantes que marcharon desde el Parque Nacional hasta la Plaza de Bolívar, ni los cambios que se dieron en los repertorios de protesta en Bogotá y otros municipios del país.

¡A parar para avanzar: viva el paro nacional! El grito que empezó en 2019

El 21-N se prolongó hasta mediados de diciembre de 2019 y reunió ciudadanos alrededor de distintas demandas, como la exigencia de la implementación del acuerdo de paz, el respeto a los DD.HH, la defensa de líderes sociales y excombatientes, defensa del medio ambiente y los derechos de las mujeres y de las comunidades Lgbti+, entre otros. El 23 de noviembre, además, esa agenda se amplió e incorporó de manera más explícita el rechazo a la brutalidad policial después de que Dylan Cruz, un estudiante de último año de bachillerato, muriera en Bogotá como consecuencia de un disparo propiciado por un agente del Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía Nacional –Esmad. Este caso revivió en la memoria colectiva experiencias pasadas como las muertes de Nicolás Neira, en la marcha del 1 de Mayo de 2005, y de Diego Felipe Becerra el 19 de agosto de 2011, mientras pintaba un graffiti en la Avenida Boyacá con calle 116.

En el caso específico de Bogotá, el 21-N inauguró una serie de cambios en la forma de protestar. En primer lugar, en los centros tradicionales de protesta que se desplazaron del Parque Nacional y la Plaza de Bolívar a otros lugares de la ciudad como la Plazoleta de los Héroes, el Parque de los Hippies y los portales de Transmilenio de las localidades de Kennedy y Usme. De igual forma, las plazas más pequeñas de los barrios cobraron relevancia al empezar a albergar acciones como las ollas comunitarias, las velatones, asambleas barriales y performances artísticos, principalmente en las localidades de Bosa, Engativá, Kennedy, Suba, y Usme. Los cacerolazos, muy populares en diferentes países de América Latina, aparecieron por primera vez en Colombia en el Paro del 21-N, jugando un papel central en la construcción primaria de solidaridad entre vecinos.

Si bien estas marchas decayeron a inicios de 2020, eso no significó que la organización social se desvaneciera. El inicio de las medidas de emergencia por la pandemia del covid-19 crearon dificultades para la movilización social, pero al mismo tiempo tuvieron efectos negativos que motivaron movilizaciones en el país demandando medidas de protección económica, acceso a servicios de salud, reconocimiento de la identidad de género no binaria, y garantías para la reactivación de restaurantes, bares y otro tipo de comercios. Esas solidaridades desencadenadas durante 2019, así como la indignación por el asesinato de Dylan Cruz, serían fundamentales para la reactivación de la movilización en Bogotá en 2020 en el gobierno de Claudia López.

La masacre del 9 y 10 de septiembre


Las primeras protestas visibles de 2020 fueron organizadas por algunos vendedores ambulantes y personas de la comunidad Lgbti+, en oposición a ciertas medidas de la administración distrital durante la pandemia (mención aparte merecen los hechos acontecidos en la Cárcel Modelo de Bogotá el 21 de marzo de 2020). Sin embargo, ninguna alcanzó la magnitud de lo acontecido el 9 y 10 de septiembre cuando estalló una gran protesta en Bogotá para repudiar el asesinato de Javier Ordoñez, residente del barrio Villa Luz, localidad de Engativá. Su muerte se produjo después de que fuera golpeado sin límite alguno por dos patrulleros de policía tras ser detenido por incumplir con el toque de queda impuesto por la administración distrital. La comunidad del barrio organizó una velatón pacífica cerca del CAI donde ocurrieron los hechos y los agentes a cargo respondieron con el despliegue de la fuerza armada en contra de los manifestantes. Esto generó muestras de solidaridad en otros lugares de la ciudad, animadas por la indignación frente al hecho y por la propia experiencia de maltrato a manos de la Policía que muchos ciudadanos, especialmente de clase obrera, experimentan en su vida cotidiana. La represión policial fue de tal magnitud que los hechos han quedado registrados como “La Masacre de Bogotá del 9 y 10 de septiembre”.

De acuerdo con el Informe final para el esclarecimiento de los hechos ocurridos los días 9 y 10 de septiembre de 2020, 14 personas fallecieron, 75 resultaron lesionadas por armas de fuego y 138 fueron detenidas (73 fueron puestas en libertad debido a irregularidades en la captura). Los detenidos fueron sometidos a tratos crueles, hubo privación de atención médica, detenciones masivas, violencia basada en género y violación de la presunción de inocencia, entre otros abusos. Se documentó el uso ilícito de la fuerza por parte de la Policía en acciones como el uso indiscriminado de armas de fuego, las detenciones arbitrarias y el empleo de la violencia física o psicológica contra detenidos. Esta situación, de acuerdo con el mismo informe, se vio facilitada por la falta de órdenes claras y jerárquicas, poca disponibilidad de Esmad en los puntos de mayores concentraciones y la orden del retiro de los gestores de convivencia por parte de la Alcaldía Mayor, entre otras; todas acciones en las que el gobierno de la ciudad tiene una gran responsabilidad política, por decir lo menos.

Ya entre febrero y abril de 2021 Bogotá fue escenario de nuevas protestas; esta vez, los dueños de bares y restaurantes se movilizaron para expresar su rechazo a los constantes cambios en las directrices de la Alcaldía sobre apertura y cierre de los establecimientos. Estas protestas fueron fuertemente reprimidas por la Policía en enfrentamientos que dejaron varios heridos, como Gareth Sella, el joven que perdió un ojo a causa de un disparo de un agente del Esmad, con lo que se ratifica el constante y desproporcionado uso de la fuerza, y poca voluntad política para erradicarla..

El 28 de abril: más protesta y represión


Con ese telón de fondo, las centrales obreras convocaron el paro del 28-A para exigir al gobierno nacional el retiro del proyecto de reforma tributaria del exministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, en trámite en el Congreso de la República. A este llamado se sumaron cientos de miles de personas en distintas ciudades del país, como Barranquilla, Bogotá, Cali, Medellín, Ibagué, Pereira y Popayán, que mantuvieron las manifestaciones hasta el mes de junio, pese a que el gobierno retiró el proyecto de reforma una semana después del inicio de las manifestaciones.

La respuesta del gobierno nacional, al igual que la de los gobiernos distritales y municipales, se concentró en el uso desmedido de la fuerza policial para desincentivar las protestas. Así, de acuerdo con el Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, entre el 28 de abril y el 4 de junio de 2021 se produjeron algunas cifras de horror: 58 asesinados; 1.113 personas lesionadas, especialmente en Bogotá, Cali, Yumbo, Neiva, Medellín, Pasto y Popayán; 783 reportes de personas no ubicadas, de acuerdo con datos de la Defensoría del Pueblo, de las cuales la Fiscalía localizó a 335; y, 113 hechos de violencia basada en género, de los cuales 112 fueron ocasionados por la Fuerza Pública.

Pese a ello, la innovación en la movilización social se mantuvo y los jóvenes fueron protagonistas en distintas ciudades, especialmente en Bogotá. Las Primeras Líneas, que ya habían aparecido en el paro del 21-N con el objetivo de evitar la disolución de las manifestaciones por parte de la Policía, se hicieron mucho más visibles como actores políticos. También aparecieron otras Primeras Líneas como la jurídica, la de salud y la de las mamás, para defender a los manifestantes de las detenciones arbitrarias y atender a los heridos en los casos de uso excesivo de la fuerza por parte de los “agentes del orden”.

Integrantes de las barras futboleras de Santa Fe, Millonarios, Nacional y América también convergieron en Bogotá, donde las rivalidades se superaron durante las manifestaciones; muchos de estos jóvenes hicieron parte de las primeras líneas, pero también llevaron a cabo sus propias protestas, como aquellas de rechazo a la organización de la Copa América en el país. Esta organización fue muy importante para reconocer el trabajo político y social que muchas barras han llevado a cabo en distintos barrios populares de la ciudad, mostrando que su participación política va más allá de los temas relacionados con el fútbol y la violencia.

En ese mismo sentido, jóvenes de distintos barrios convergieron en El Portal Resistencia y el Portal de Usme para mantener la protesta social y dar visibilidad a demandas de acceso a la educación, el empleo y la participación política. Estos dos portales, que se convirtieron en símbolos de la protesta social, fueron también un blanco de la represión policial que tendió a concentrarse en barrios populares de la ciudad, opacando otras posibilidades de interacción entre manifestantes y autoridades, como el diálogo, la negociación y el aprendizaje.

La sociedad cambió y el gobierno no entendió

Este rápido recorrido por la protesta social en Bogotá muestra que la sociedad ha cambiado; se perdió el miedo a protestar y se entendió que así también se participa y se logran cambios. Sin embargo, el gobierno nacional, en manos del Centro Democrático, y el gobierno distrital, en manos del Partido Verde, parecen negarse a entenderlo. La sociedad colombiana ha madurado políticamente, se muestra con capacidad para levantar su voz y exige una interacción más simétrica con el poder establecido a la hora de buscar cambios sociales; el gobierno, al contrario, niega ese cambio y asume una respuesta represiva que no solo impide el diálogo sino que busca desconocer la capacidad de agencia de los ciudadanos.

En esta nueva fase no solo es necesario pensar en los conflictos sociales que subyacen a la protesta, sino también en el proceso de ampliación de participación política que se está dando a través de esta. La diversificación de los repertorios de movilización ha facilitado el aumento de participantes en protestas, marchas, cacerolazos, concentraciones y otras formas de expresión de solidaridad; los ciudadanos movilizados están empezando a converger en movimientos y organizaciones sociales que se conforman alrededor de temas diversos como los DD.HH, la defensa del medio ambiente, el acceso a la educación, el empleo o los derechos de las mujeres y las comunidades Lgbti+. Es hora de que los gobiernos nacional y distrital empiecen a escuchar que la represión de 2019-2021 solo ha conducido a profundizar los conflictos sociales y está lejos de desincentivar la movilización social.

* Profesora del Departamento de Relaciones Internacionales. Pontificia Universidad Javeriana
** Santiago Garcés, “Masacres en Bogotá: Elementos históricos y coyunturales para su comprensión”. Revista 100 días vistos, Cinep.

 

Artículos relacionados

¿Bogotá cuidadora? Lo que va del discurso a la práctica de un gobierno feminista
Angélica Bernal Olarte

La protesta social en Bogotá: entre la represión y la solidaridad
Carolina Cepeda Másmela

El modelo de ciudad peñalosista y el gobierno de las elites tradicionales
Shameel Thahir

El pueblo se defiende, no se estigmatiza, ¡carajo!
Maria Teresa Pinto Ocampo*

Las contradicciones políticas del ‘centro’
Andrés Felipe Parra Ayala

Una falsa expectativa: campaña vs. realidad*
Equipo de Trabajo de la UN

 

Para adquirir suscripción

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enColombia
Jorge2mg, Protestas en Colombia, 22 de mayo de 2021, https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Portal_de_la_resistencia.jpg

 Dos años de (mal) gobierno de ‘centro’ en Bogotá

El contexto político de los últimos dos años en Colombia estuvo marcado por la protesta y la movilización social. 2019 cerró con el paro del 21 de noviembre (21-N) y su famosa consigna: “¡A parar para avanzar, viva el paro nacional!”; un grito que se retomó en el paro del 28 de abril (28-A) y que resonó en las distintas protestas que hubo en el país durante la pandemia. Durante este periodo, además, hubo una serie de innovaciones en las formas de protestar y un aumento de los manifestantes, lo que planteó nuevos retos al gobierno nacional y a los gobiernos municipales, cuya respuesta predominante fue la represión.

En el caso de Bogotá se observó una mayor recurrencia a la protesta social como mecanismo para la reivindicación de derechos y la participación política que, por supuesto, solo puede entenderse conociendo los antecedentes nacionales de la última década.


2010-2019: algunos hitos antes del Paro Nacional

El pico álgido de protesta y movilización social de 2019-2021 no se puede entender de manera aislada en Bogotá ni en el resto del país. Hace parte de un ciclo más amplio, con antecedentes en 2011, coincidiendo con el proceso de negociación de paz entre el gobierno y las Farc. Este proceso creó oportunidades para que diferentes sectores visibilizaran conflictos sociales de larga data e hicieran un llamado sobre la necesidad de tramitarlos, en la medida en que se percibía al gobierno nacional como más propenso a responder a las voces disidentes y menos proclive a usar la fuerza frente a los reclamos de actores políticos no armados.

Este ciclo se inauguró en 2011 con el paro de los transportadores de carga y con las movilizaciones de estudiantes universitarios en contra de la reforma a la Ley 30 de Educación superior. Las movilizaciones estudiantiles se dieron en distintas ciudades y se prolongaron hasta 2012 en un proceso en el que se creó la Mesa Amplia Nacional de Educación-Mane. Se logró bloquear el proyecto de reforma de ley y se convocaron distintas manifestaciones y concentraciones, como la “gran toma de Bogotá” el 10 de noviembre de 2011, en las que primó el uso de repertorios novedosos como los besatones y los performances artísticos.


El segundo gran momento de este ciclo ocurrió en 2013, cuando distintas organizaciones campesinas de la Región Andina se movilizaron buscando una renegociación de los términos del tratado de libre comercio entre Colombia y Estados Unidos. Su éxito, sin embargo, radicó en lograr que el gobierno las reconociera como interlocutoras válidas, se reabriera la discusión sobre el libre comercio y sus efectos negativos, y en la construcción de lazos de solidaridad con los habitantes de las ciudades, especialmente de Bogotá.

El tercer momento fue en 2016, con las movilizaciones por el acuerdo de paz, como respuesta a los resultados del plebiscito del 2 de octubre. Distintas organizaciones sociales realizaron marchas masivas a favor del acuerdo de paz y ejercicios de pedagogía para difundir información veraz sobre el mismo. Su meta era mostrar que amplios sectores de la sociedad sí respaldaban el proceso de negociación, el acuerdo alcanzado y su futura implementación. La participación fue masiva y se extendió a sectores sociales que nunca se habían movilizado, contribuyendo a cambiar su percepción sobre la legitimidad de la protesta social como mecanismo de participación política.

Un cuarto momento llegó con las manifestaciones estudiantiles y de defensores de derechos humanos que se dieron entre 2018 y 2019. Los estudiantes de universidades públicas iniciaron protestas por la defensa de la educación pública, a las que se sumaron sus pares de universidades privadas de manera solidaria y con reclamos propios asociados al endeudamiento con el Icetex. Una de estas convergencias se dio en Bogotá el 25 de septiembre de 2021 entre estudiantes de las Universidades Distrital y Javeriana, quienes bloquearon la carrera 7 y recibieron una respuesta represiva del Esmad, incluidos los gases lacrimógenos que también afectaron a algunos pacientes del Hospital San Ignacio.

La defensa del acuerdo de paz y de los derechos humanos volvió a ocupar un lugar central en la agenda pública: denuncias por parte de organizaciones y movimientos sociales sobre amenazas y asesinatos de líderes sociales y excombatientes de las Farc. Se convocó una gran marcha por la defensa de los líderes sociales el 26 de julio de 2019, que tuvo como epicentro Bogotá y contó con una participación masiva de ciudadanos organizados y no organizados.

Con estos antecedentes era de esperarse que el Paro Nacional del 21 de noviembre de 2019 contara con una buena acogida: demandas sociales insatisfechas, exclusiones políticas y sociales crecientes, profundización de las desigualdades económicas, violaciones a los DD.HH. y trabas constantes para la implementación del acuerdo de paz. Sin embargo, no dejó de sorprender el número de manifestantes que marcharon desde el Parque Nacional hasta la Plaza de Bolívar, ni los cambios que se dieron en los repertorios de protesta en Bogotá y otros municipios del país.

¡A parar para avanzar: viva el paro nacional! El grito que empezó en 2019

El 21-N se prolongó hasta mediados de diciembre de 2019 y reunió ciudadanos alrededor de distintas demandas, como la exigencia de la implementación del acuerdo de paz, el respeto a los DD.HH, la defensa de líderes sociales y excombatientes, defensa del medio ambiente y los derechos de las mujeres y de las comunidades Lgbti+, entre otros. El 23 de noviembre, además, esa agenda se amplió e incorporó de manera más explícita el rechazo a la brutalidad policial después de que Dylan Cruz, un estudiante de último año de bachillerato, muriera en Bogotá como consecuencia de un disparo propiciado por un agente del Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía Nacional –Esmad. Este caso revivió en la memoria colectiva experiencias pasadas como las muertes de Nicolás Neira, en la marcha del 1 de Mayo de 2005, y de Diego Felipe Becerra el 19 de agosto de 2011, mientras pintaba un graffiti en la Avenida Boyacá con calle 116.

En el caso específico de Bogotá, el 21-N inauguró una serie de cambios en la forma de protestar. En primer lugar, en los centros tradicionales de protesta que se desplazaron del Parque Nacional y la Plaza de Bolívar a otros lugares de la ciudad como la Plazoleta de los Héroes, el Parque de los Hippies y los portales de Transmilenio de las localidades de Kennedy y Usme. De igual forma, las plazas más pequeñas de los barrios cobraron relevancia al empezar a albergar acciones como las ollas comunitarias, las velatones, asambleas barriales y performances artísticos, principalmente en las localidades de Bosa, Engativá, Kennedy, Suba, y Usme. Los cacerolazos, muy populares en diferentes países de América Latina, aparecieron por primera vez en Colombia en el Paro del 21-N, jugando un papel central en la construcción primaria de solidaridad entre vecinos.

Si bien estas marchas decayeron a inicios de 2020, eso no significó que la organización social se desvaneciera. El inicio de las medidas de emergencia por la pandemia del covid-19 crearon dificultades para la movilización social, pero al mismo tiempo tuvieron efectos negativos que motivaron movilizaciones en el país demandando medidas de protección económica, acceso a servicios de salud, reconocimiento de la identidad de género no binaria, y garantías para la reactivación de restaurantes, bares y otro tipo de comercios. Esas solidaridades desencadenadas durante 2019, así como la indignación por el asesinato de Dylan Cruz, serían fundamentales para la reactivación de la movilización en Bogotá en 2020 en el gobierno de Claudia López.

La masacre del 9 y 10 de septiembre


Las primeras protestas visibles de 2020 fueron organizadas por algunos vendedores ambulantes y personas de la comunidad Lgbti+, en oposición a ciertas medidas de la administración distrital durante la pandemia (mención aparte merecen los hechos acontecidos en la Cárcel Modelo de Bogotá el 21 de marzo de 2020). Sin embargo, ninguna alcanzó la magnitud de lo acontecido el 9 y 10 de septiembre cuando estalló una gran protesta en Bogotá para repudiar el asesinato de Javier Ordoñez, residente del barrio Villa Luz, localidad de Engativá. Su muerte se produjo después de que fuera golpeado sin límite alguno por dos patrulleros de policía tras ser detenido por incumplir con el toque de queda impuesto por la administración distrital. La comunidad del barrio organizó una velatón pacífica cerca del CAI donde ocurrieron los hechos y los agentes a cargo respondieron con el despliegue de la fuerza armada en contra de los manifestantes. Esto generó muestras de solidaridad en otros lugares de la ciudad, animadas por la indignación frente al hecho y por la propia experiencia de maltrato a manos de la Policía que muchos ciudadanos, especialmente de clase obrera, experimentan en su vida cotidiana. La represión policial fue de tal magnitud que los hechos han quedado registrados como “La Masacre de Bogotá del 9 y 10 de septiembre”.

De acuerdo con el Informe final para el esclarecimiento de los hechos ocurridos los días 9 y 10 de septiembre de 2020, 14 personas fallecieron, 75 resultaron lesionadas por armas de fuego y 138 fueron detenidas (73 fueron puestas en libertad debido a irregularidades en la captura). Los detenidos fueron sometidos a tratos crueles, hubo privación de atención médica, detenciones masivas, violencia basada en género y violación de la presunción de inocencia, entre otros abusos. Se documentó el uso ilícito de la fuerza por parte de la Policía en acciones como el uso indiscriminado de armas de fuego, las detenciones arbitrarias y el empleo de la violencia física o psicológica contra detenidos. Esta situación, de acuerdo con el mismo informe, se vio facilitada por la falta de órdenes claras y jerárquicas, poca disponibilidad de Esmad en los puntos de mayores concentraciones y la orden del retiro de los gestores de convivencia por parte de la Alcaldía Mayor, entre otras; todas acciones en las que el gobierno de la ciudad tiene una gran responsabilidad política, por decir lo menos.

Ya entre febrero y abril de 2021 Bogotá fue escenario de nuevas protestas; esta vez, los dueños de bares y restaurantes se movilizaron para expresar su rechazo a los constantes cambios en las directrices de la Alcaldía sobre apertura y cierre de los establecimientos. Estas protestas fueron fuertemente reprimidas por la Policía en enfrentamientos que dejaron varios heridos, como Gareth Sella, el joven que perdió un ojo a causa de un disparo de un agente del Esmad, con lo que se ratifica el constante y desproporcionado uso de la fuerza, y poca voluntad política para erradicarla..

El 28 de abril: más protesta y represión


Con ese telón de fondo, las centrales obreras convocaron el paro del 28-A para exigir al gobierno nacional el retiro del proyecto de reforma tributaria del exministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, en trámite en el Congreso de la República. A este llamado se sumaron cientos de miles de personas en distintas ciudades del país, como Barranquilla, Bogotá, Cali, Medellín, Ibagué, Pereira y Popayán, que mantuvieron las manifestaciones hasta el mes de junio, pese a que el gobierno retiró el proyecto de reforma una semana después del inicio de las manifestaciones.

La respuesta del gobierno nacional, al igual que la de los gobiernos distritales y municipales, se concentró en el uso desmedido de la fuerza policial para desincentivar las protestas. Así, de acuerdo con el Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, entre el 28 de abril y el 4 de junio de 2021 se produjeron algunas cifras de horror: 58 asesinados; 1.113 personas lesionadas, especialmente en Bogotá, Cali, Yumbo, Neiva, Medellín, Pasto y Popayán; 783 reportes de personas no ubicadas, de acuerdo con datos de la Defensoría del Pueblo, de las cuales la Fiscalía localizó a 335; y, 113 hechos de violencia basada en género, de los cuales 112 fueron ocasionados por la Fuerza Pública.

Pese a ello, la innovación en la movilización social se mantuvo y los jóvenes fueron protagonistas en distintas ciudades, especialmente en Bogotá. Las Primeras Líneas, que ya habían aparecido en el paro del 21-N con el objetivo de evitar la disolución de las manifestaciones por parte de la Policía, se hicieron mucho más visibles como actores políticos. También aparecieron otras Primeras Líneas como la jurídica, la de salud y la de las mamás, para defender a los manifestantes de las detenciones arbitrarias y atender a los heridos en los casos de uso excesivo de la fuerza por parte de los “agentes del orden”.

Integrantes de las barras futboleras de Santa Fe, Millonarios, Nacional y América también convergieron en Bogotá, donde las rivalidades se superaron durante las manifestaciones; muchos de estos jóvenes hicieron parte de las primeras líneas, pero también llevaron a cabo sus propias protestas, como aquellas de rechazo a la organización de la Copa América en el país. Esta organización fue muy importante para reconocer el trabajo político y social que muchas barras han llevado a cabo en distintos barrios populares de la ciudad, mostrando que su participación política va más allá de los temas relacionados con el fútbol y la violencia.

En ese mismo sentido, jóvenes de distintos barrios convergieron en El Portal Resistencia y el Portal de Usme para mantener la protesta social y dar visibilidad a demandas de acceso a la educación, el empleo y la participación política. Estos dos portales, que se convirtieron en símbolos de la protesta social, fueron también un blanco de la represión policial que tendió a concentrarse en barrios populares de la ciudad, opacando otras posibilidades de interacción entre manifestantes y autoridades, como el diálogo, la negociación y el aprendizaje.

La sociedad cambió y el gobierno no entendió

Este rápido recorrido por la protesta social en Bogotá muestra que la sociedad ha cambiado; se perdió el miedo a protestar y se entendió que así también se participa y se logran cambios. Sin embargo, el gobierno nacional, en manos del Centro Democrático, y el gobierno distrital, en manos del Partido Verde, parecen negarse a entenderlo. La sociedad colombiana ha madurado políticamente, se muestra con capacidad para levantar su voz y exige una interacción más simétrica con el poder establecido a la hora de buscar cambios sociales; el gobierno, al contrario, niega ese cambio y asume una respuesta represiva que no solo impide el diálogo sino que busca desconocer la capacidad de agencia de los ciudadanos.

En esta nueva fase no solo es necesario pensar en los conflictos sociales que subyacen a la protesta, sino también en el proceso de ampliación de participación política que se está dando a través de esta. La diversificación de los repertorios de movilización ha facilitado el aumento de participantes en protestas, marchas, cacerolazos, concentraciones y otras formas de expresión de solidaridad; los ciudadanos movilizados están empezando a converger en movimientos y organizaciones sociales que se conforman alrededor de temas diversos como los DD.HH, la defensa del medio ambiente, el acceso a la educación, el empleo o los derechos de las mujeres y las comunidades Lgbti+. Es hora de que los gobiernos nacional y distrital empiecen a escuchar que la represión de 2019-2021 solo ha conducido a profundizar los conflictos sociales y está lejos de desincentivar la movilización social.

* Profesora del Departamento de Relaciones Internacionales. Pontificia Universidad Javeriana
** Santiago Garcés, “Masacres en Bogotá: Elementos históricos y coyunturales para su comprensión”. Revista 100 días vistos, Cinep.

 

Artículos relacionados

¿Bogotá cuidadora? Lo que va del discurso a la práctica de un gobierno feminista
Angélica Bernal Olarte

La protesta social en Bogotá: entre la represión y la solidaridad
Carolina Cepeda Másmela

El modelo de ciudad peñalosista y el gobierno de las elites tradicionales
Shameel Thahir

El pueblo se defiende, no se estigmatiza, ¡carajo!
Maria Teresa Pinto Ocampo*

Las contradicciones políticas del ‘centro’
Andrés Felipe Parra Ayala

Una falsa expectativa: campaña vs. realidad*
Equipo de Trabajo de la UN

 

Para adquirir suscripción

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enEdición Nº287
Según Nancy Fraser, enfrentamos a varias crisis a la vez: en la economía, en la reproducción social, en el medio ambiente y en la política. Sin una intervención drástica, podemos acabar con un «capitalismo caníbal».(Foto: Malte Jäger/ Philosophie).

Jacobin América Latina conversa con la destacada teórica norteamericana Nancy Fraser sobre la crisis ecológica, la estrategia socialista y mucho, mucho más…

Durante décadas, la teórica estadounidense Nancy Fraser ha aportado a la izquierda algunas de sus ideas más potentes. Por momentos, estas ideas son de corte claramente políticas, como cuando Fraser reclama que el feminismo corte sus vínculos con la élite económica y adopte una política de clase que pueda atacar la opresión desde sus raíces. En otras ocasiones, son conceptos poderosamente teóricos, como cuando Fraser analiza la interacción entre el capitalismo y las «condiciones de fondo» de las que depende el capitalismo y que no puede subordinar completamente.

En sus últimos trabajos, Fraser aboga por una síntesis entre lo práctico y lo teórico, con el fin de evitar el desastre que se avecina y que ella denomina, en su próximo libro, «capitalismo caníbal»: la perspectiva de que el capitalismo, al invadir todas las esferas de la vida, pueda destruir sus condiciones de supervivencia y, lo que es más importante, las nuestras.

Martín Mosquera de Jacobin América Latina habló con Fraser sobre los escenarios futuros que se vislumbran en el horizonte si no actuamos decisivamente para socavar el poder del capital y sobre los retos que implica construir un frente común de lucha política.
 

 
Martín Mosquera.- Tus trabajos más recientes desarrollan un «concepto ampliado de capitalismo». Se trata de cuestionar la definición tradicional que se concentra de manera estrecha en el capitalismo como sistema económico, ¿es así?
 
Nancy Fraser.- Efectivamente, la concepción ampliada del capitalismo es un intento de abandonar las interpretaciones inadecuadas y burdas de cierto marxismo que piensa en términos de base y superestructura, es decir, que afirma que el fundamento real de la sociedad es el sistema económico y que todo lo demás es una superestructura. En ese modelo, la causalidad fluye de manera unidireccional desde la base económica hacia la superestructura jurídico-política. En cambio, si hablamos de la relación entre el subsistema económico de la sociedad capitalista y las condiciones de posibilidad que constituyen su trasfondo necesario, la imagen de la base y la superestructura se complica. Afirmar que algo es una condición necesaria de la economía implica que las actividades que hacen al funcionamiento del sistema económico capitalista —la producción de mercancías, la posibilidad de venderlas para obtener ganancias y acumular capital, la compra de la fuerza de trabajo y su utilización— no pueden desarrollarse a menos que otros elementos, que a veces se piensa que están fuera de la economía, se encuentren en su debido lugar.

En este sentido, por ejemplo, son necesarias las relaciones de parentesco que organizan los nacimientos, el cuidado, la socialización y la educación de las nuevas generaciones, que reponen la fuerza de los trabajadores adultos que deben alimentarse, bañarse, vestirse y descansar para poder retornar a sus trabajos al día siguiente. Creo que este es un argumento que los lectores de Jacobin conocen bien y que fue desarrollado en detalle por las feministas que trabajan en el marco de esa variante del feminismo marxista que se denomina Teoría de la Reproducción Social. Si tomamos el ejemplo de la reproducción social, percibimos inmediatamente que, de no realizarse adecuadamente esta condición de fondo, se estropea la producción. Esto implica que las posibilidades de acumular capital por medio del sistema económico están limitadas por algunos rasgos de las relaciones de parentesco, como las tasas de nacimiento o las tasas de mortalidad. Por lo tanto, las condiciones de fondo tienen consecuencias importantes sobre todo el proceso. De esta manera, podemos construir una imagen más compleja de la causalidad. 

Podríamos decir algo similar de las condiciones de fondo denominadas «naturales» o «ecológicas»: la producción capitalista y la acumulación de capital suponen que todas las cosas materiales que necesita el sistema están disponibles sin reservas y desde siempre en la naturaleza, que basta con elaborarlas en el proceso de producción. Pero las materias primas, las fuentes de energía y la posibilidad de eliminar los residuos —todas condiciones de fondo indispensables— no son necesariamente ilimitadas. Al mismo tiempo, está claro que las fallas en los ecosistemas esenciales (por ejemplo, el agotamiento de las fuentes de energía o la contaminación excesiva) también pueden estropear las industrias. El Covid-19 que, al menos en un nivel, es resultado de una disfunción ecológica, nos brinda en este momento un ejemplo particularmente interesante de todo esto. Se trata de un derrame zoonótico, es decir, de la transmisión de un virus que, a través de algunas especies intermedias —probablemente los pangolines—, pasa de los murciélagos a los seres humanos y hace que todo el sistema económico se contraiga y cierre por la fuerza. En este sentido, podemos decir que el Covid-19 es un excelente ejemplo de una causalidad que avanza en la dirección contraria a la del esquema de la base y la superestructura. 
 
MM.- Quisiera saber algo más sobre el lugar que ocupa el subsistema económico en tu teoría. En tus términos, el capitalismo no es un sistema económico autónomo porque depende de «condiciones de fondo» que, en algún sentido, son parcialmente externas. Surgió el ejemplo de la naturaleza. Pero aun si todas estas esferas son relativamente autónomas, son «condiciones de fondo» del subsistema económico, el «primer plano» del capitalismo. ¿No continua siendo el subsistema económico, en tu enfoque, el elemento predominante, para decirlo de algún modo, «en última instancia»?
 
NF.- Sí, efectivamente hay algo específico en la economía que le otorga un vigor causal particular, una fuerza real y una gran importancia: el imperativo de acumular y expandirse. Sabemos que la economía capitalista no se trata de individuos que ganan dinero y luego se tiran a descansar y a consumir lo que compraron en hogares lujosos. El capitalismo conlleva el imperativo de la reinversión continua, que genera cada vez más plusvalor, más ganancias y más capital. En las sociedades capitalistas, se trata de una fuerza realmente dinámica que históricamente dispuso del poder causal para torcer —en mayor o en menor medida— ciertas condiciones externas a voluntad del capital. No es un poder absoluto. Siempre corre el riesgo de retroceder frente a lo que recién mencionaste, de forma adecuada, como «esferas relativamente autónomas»: la naturaleza tiene sus propios tiempos y obedece a un tipo de reproducción que, a la larga, cae por fuera del control capitalista.

De todas formas, la dinámica capitalista es una compulsión bruta y ciega que está fuertemente anclada en el sistema y es mucho más poderosa que la voluntad de los seres humanos individuales que personifican al capital, lo poseen y realizan su voluntad. El impulso es tan poderoso que, en algunos casos, es capaz de modificar las condiciones de fondo. Aunque probablemente siempre encontrará un límite. Lo que intento decir es que Marx y la mayoría de los marxistas tienen razón cuando insisten en el poder y en la fuerza transformadora que conlleva la dinámica de la acumulación. Aun así, no creo que esto necesariamente se traduzca a la imagen causal de la base y la superestructura. Existen toda clase de presiones porque las denominadas «condiciones de fondo» tienen una gramática de reproducción propia y valores normativos que influencian las decisiones de la gente.
 
MM.- Me gustaría centrarme ahora en tu concepto de «luchas de frontera». Se trata de las luchas por definir los límites entre la economía y la sociedad, la producción y la reproducción, etc., es decir, entre el «primer plano» y sus «condiciones de fondo». En algún punto, parecería que estas luchas de frontera son sinónimos de la lucha de clases. Al abordar las luchas sociales de esta forma, ¿no existe el riesgo de extraviar la especificidad de la lucha de clases? Si volvemos a leer tu respuesta a Butler en la New Left Review, podríamos preguntarnos si la Nancy Fraser de 2021 corrige a la Nancy Fraser de 1998. Te cito:

Butler pretende llegar a la conclusión de que las luchas de liberación sexual son económicas, pero esta conclusión se vuelve tautológica. Si las luchas en torno a la sexualidad son económicas por definición, entonces no son económicas en el mismo sentido en el que lo son las luchas en torno a la tasa de explotación. Llamar «económicas» a ambos tipos de lucha supone arriesgarse a hacer colapsar las diferencias, generando la falsa impresión de que entran en sinergia de manera automática y anulando nuestra capacidad de plantear y responder a cuestiones políticas complicadas, pero acuciantes, relativas a cómo hacerlas entrar en sinergia aunque, de hecho, sean divergentes o estén en conflicto.
 
NF.- En realidad, no. Creo que descubrí que podía expresar mejor lo que quería decir sirviéndome de otra terminología. Pienso que existen dos estrategias. Históricamente, al menos en el marxismo tradicional y en los principales movimientos obreros y socialistas, hubo una tendencia a pensar las luchas de clase en un sentido estrecho, como luchas en el campo de la producción que se desarrollan a partir de disputas por la tasa y la distribución del plusvalor que se extrae a los trabajadores asalariados por medio de la explotación en las fábricas. Y luego sí, por supuesto, se supone que esas luchas deben expandirse más allá de las puertas de la fábrica, desarrollar una dimensión política y asumir otras reivindicaciones más lejanas. Pero sigo pensando que, en general, esta imagen de la lucha de clases como algo esencialmente relacionado con el trabajo asalariado en entornos industriales es una imagen muy poderosa.

Esa imagen ha llevado a mucha gente a intentar argumentar contra lo que Mouffe y Laclau llaman «esencialismo de clase». Estas personas argumentan que las luchas de clases no son las únicas que existen en las sociedades capitalistas y que no tienen la potestad absoluta para definir qué es una reivindicación justa o qué sería una sociedad justa. No tienen el monopolio sobre los nombres de la opresión y la injusticia. Y, de hecho, a lo largo de la historia, las sociedades capitalistas han sido espacios en los que se desarrollaron luchas enormes alrededor de la esclavitud y el trabajo forzado, el género y múltiples ejes de opresión y dominación. Entonces, una estrategia consiste en decir: «Bien, las luchas de clases son esta cosa específica y, por lo tanto, debemos reconocer las luchas que no son luchas de clases, que son otra cosa».

Sin embargo, desde otra perspectiva, podríamos decir que el problema es la definición estrecha de lo que es una lucha de clases. Si analizamos la cuestión de una manera más sofisticada y con más detalle (y creo que esto es lo que quise decir cuando discutí con Butler) podemos afirmar que las otras también son luchas de clases, pero en un sentido diferente. Esto nos lleva de vuelta al inicio de nuestra conversación, cuando hacías referencia a mi idea de un concepto ampliado del capitalismo. En la medida en que el capitalismo no es solo una economía, la clase no se define únicamente en el campo de la producción. Si comprendemos al capitalismo como una realidad que abarca todas estas condiciones de fondo, necesarias para que funcionen los sitios especializados en los que se acumula plusvalor a costa de la explotación del trabajo asalariado, comprendemos también que la reproducción social es un componente esencial del sistema y de la forma en la que sus partes encastran unas con otras. Si decimos lo mismo sobre la naturaleza, sobre los bienes públicos y las capacidades regulatorias, sobre las formas legales que consideramos políticas, si todo esto también es esencial, entonces podría darse el caso de que las luchas que se generan alrededor de estas realidades también sean luchas anticapitalistas, o al menos luchas en torno a componentes esenciales del sistema capitalista. También podemos decir que, si logran conjugarse de forma adecuada —y no siempre sucede así— estas luchas pueden ser comprendidas como luchas de clases.

A lo largo de la historia, las luchas alrededor de la reproducción social formaron parte de la lucha de clases. Esto es lo que está detrás de la poderosa reivindicación de un salario familiar defendida por el movimiento obrero. Se trata a la vez de una lucha por las condiciones de trabajo —en términos literales— y una lucha por las condiciones de la reproducción social y las actividades del hogar. Resultó ser una solución que no siempre favoreció a las mujeres ni a esas porciones de la clase trabajadora a las que no se consideraba idóneas para un salario familiar. Pero podemos percibir que rápidamente, dependiendo de cómo hablemos sobre la lucha clases, las cosas pueden volverse muy complicadas.

Pienso que en términos intelectuales, la mejor solución es redefinir la clase y la lucha de clases de una manera más amplia. Pero, al mismo tiempo, debemos tener mucho cuidado a la hora de precisar lo que significa que estas luchas sean luchas de clases. Lo digo teniendo en mente una cuestión en particular: ¿cuál es la mejor manera de promover el tipo de alianzas amplias que necesitamos para enfrentar a los enormes poderes, profundamente arraigados, contra los que debemos luchar y a los que debemos desarmar? A primera vista, afirmar que se trata de luchas de clases parece abrir el campo de lo posible: estamos todos juntos y enfrentamos el mismo enemigo. Todos somos parte del mismo proyecto. Por otro lado, hay gente que suele interpretar este tipo de lenguaje en términos de disputa: «Tratan de hegemonizar nuestra lucha y niegan su especificidad».

Si adoptamos una concepción ampliada del capitalismo y, por lo tanto, de la lucha de clases y de las luchas anticapitalistas, tenemos la obligación de definir con mucha precisión los motivos por los que estas luchas no armonizan inmediatamente. Pero esa es una tarea que compete a la política y, en efecto, una tarea difícil.

Por cierto, para explicar las luchas de frontera, suelo referirme a la perspectiva de Karl Polanyi. Sin utilizar el término, Polanyi estaba muy interesado en las luchas de frontera entre lo que denominaba el mercado autorregulado —podríamos decir, simplemente, la economía— y la sociedad. Este enfoque también enfrenta múltiples problemas sobre los cuales no voy a explayarme en este caso, pero lo interesante y fructífero es la idea de que la lucha no se desarrolla simplemente alrededor de la distribución del plusvalor. Se desarrolla más bien en torno a aquellos elementos que definirán la gramática de la vida. En una comunidad determinada, ¿se le dará carta blanca al capital o no? Esto suscita preguntas muy profundas sobre el poder y sobre quienes disponen del poder para moldear la gramática de la vida de una sociedad. Todas estas son cuestiones que, en las sociedades capitalistas, se eliminan subrepticiamente de la agenda política y se le delegan sin nuestro consentimiento al capital y a quienes se encargan de la acumulación de capital.

Hablar de las luchas de fronteras en este sentido nos acerca a la pregunta que planteas. No es solo una cuestión de distribución, sino de la gramática de la vida social. La clase tiende a hacernos pensar que se trata de «quién gana cuánto» y esto no es del todo adecuado. Lo que digo también suena un poco populista. La noción de luchas de fronteras nos indica que hay un problema fundamental a la hora de trazar la línea que separa a la sociedad de la naturaleza, y esto nos lleva de nuevo al coronavirus y al derrame zoonótico. Estas cuestiones se volvieron ineludibles en la actualidad y creo que la situación actual debería bastar para dejar atrás cualquier tipo de ingenuidad al respecto.

No es solo que las luchas de frontera sean una alternativa a las luchas de clases. Es que las luchas de clases a veces toman la forma de luchas de frontera y las luchas de frontera —cuando son bien conducidas— a veces toman la forma de luchas de clases.

Se plantean problemas muy serios cuando se piensa en la relación entre el trabajo remunerado —que asumo que existirá, de alguna manera, en una sociedad socialista— y las otras actividades que realizamos en nuestras comunidades, las relaciones familiares, la crianza de los niños, etc. Estos problemas no desaparecerán y son precisamente a los que me refiero cuando hablo de luchas de frontera. Es probable que, en el momento en que nos involucramos en estas luchas, los intereses no estén del todo claros. Como socialista democrática, asumo que en una sociedad socialista deberá haber algún tipo de mercado. No creo que podamos seguir hablando de economías planificadas. Pero los problemas se plantean cuando nos preguntamos cuáles son las fronteras legítimas en el marco de las cuales deben funcionar los mercados o qué cosas es legítimo comprar y vender. Pienso que hablar de luchas de frontera implica asumir que debemos disputar todo esto en las sociedades capitalistas. No es solo que las luchas de frontera sean una alternativa a las luchas de clases. Es que las luchas de clases a veces toman la forma de luchas de frontera y las luchas de frontera —cuando son bien conducidas— a veces toman la forma de luchas de clases.
 
MM.- En tu conversación con Rahel Jaeggi rechazaste la idea de un capitalismo «posracista» o «postsexista», pero en «¿Es el capitalismo necesariamente racista?», tu conclusión es que tal vez nos dirigimos hacia una forma de acumulación capitalista en la que se diluirá «la base estructural del racismo», porque ya no se separará tajantemente la expropiación (que fundamentaba la opresión racista) de la explotación. ¿Podríamos decir lo mismo de la reproducción social y el patriarcado?

No planteo esta cuestión para embarcarnos en «experimentos mentales» sobre una eventual forma del capitalismo «indiferente al género», sino más bien para evaluar el significado y el estatus de los avances del movimiento feminista. Empujados por las luchas feministas, ¿asistimos a una despatriarcalización parcial del capitalismo?
 
NF.- Personalmente, evito usar el término patriarcado porque tiene un sentido técnico que remite al dominio de hombres mayores y a una idea de dependencia que incluye tanto a hombres como a mujeres. Prefiero hablar de las formas específicamente capitalistas de dominación masculina. Y creo que estas formas de dominación remiten a algo que —hasta donde alcanza mi entendimiento— es específico de las sociedades capitalistas en tanto se oponen a las sociedades precapitalistas. Lo que es específico en las sociedades capitalistas es la diferenciación aguda entre la producción de mercancías, que se apoya en el trabajo asalariado y en la acumulación de capital, y la reproducción social, que se apoya en gran medida en el trabajo no asalariado de la familia y de ciertos miembros de las comunidades, especialmente las mujeres. Creo que la separación de estas dos funciones esenciales de la sociedad en función del género es específica del capitalismo, y si hay un eje estructural de las formas de dominación masculina, es ese.

Ahora bien, diría que no es posible superar completamente la dominación masculina sin modificar esa separación. Debemos imaginarnos de una forma completamente nueva la relación entre la producción y la reproducción, una forma que haga que sean mucho más porosas la una a la otra. Lo cierto es que estas esferas no pueden diferenciarse de manera categórica, tanto en términos de su relación con la acumulación de capital como en términos de las formas en las que se relacionan con el género. Es como el cambio climático y la idea de que en realidad la descarbonización es imposible. No se puede construir una sociedad sustentable sin descarbonizar. No se puede tener una sociedad realmente justa en términos de género sin meterse con esa división. En algún sentido, se trata de argumentos paralelos. Y agregaría que allí donde la raza está en juego, es imposible alcanzar la justicia racial sin meterse con la distinción entre explotación y expropiación, trabajo libre y trabajo injusto o forzado, que creo que es el fundamento de la cuestión racial.

Los movimientos feministas que, a falta de una palabra más adecuada, podemos definir como anticapitalistas, se encuentran entre la espada y la pared. Es necesario luchar contra el feminismo liberal y contra los sectores que defienden la «familia tradicional» a la vez.

Pero también agregaría lo que Hester Eisenstein denomina «relaciones peligrosas» entre el feminismo —o las formas del feminismo burgués liberal— y el capitalismo, que tiene que ver con el hecho de que muchas fuerzas que promueven el capitalismo también quieren desmontar estas relaciones tradicionales de género, estas jerarquías tradicionales que pueden representar en sí mismas obstáculos a la mercantilización, la capitalización y la financierización de las cosas a gran escala. Si no percibimos esto, seguiremos imaginando al capitalismo como un sistema conservador, aristocrático y paternalista. Este es también el motivo por el cual existe una extraña hostilidad entre las élites liberales (que incluyen a la feministas liberales, Wall Street, Hollywood, Silicon Valley y todos los sitios en los que existe un capitalismo neoliberal progresista) y las comunidades evangélicas y aquellos sectores de lo que podríamos denominar el «mundo de Donald Trump», que están a favor de la familia tradicional. 

Tenemos ahora una nueva jueza en la Corte Suprema de los Estados Unidos que representa esto a la perfección. Es la antítesis de Hillary Clinton. Estas dos figuras icónicas representan la oposición entre el feminismo liberal de Wall Street y los valores de la familia tradicional. Frente a esta situación, los movimientos feministas que, a falta de una palabra más adecuada, podemos definir como anticapitalistas, se encuentran entre la espada y la pared. Es necesario luchar contra ambos a la vez.
 
MM.- Como mencionaste, la crisis del Covid-19 es un ejemplo impresionante de cómo las externalidades interactúan con el capitalismo de manera compleja y pueden conducir al tipo de crisis capitalistas que defines como «multidimensionales». En otra parte también afirmaste que, al menos desde 2008, la etapa actual de capitalismo financiarizado y neoliberal atraviesa una crisis —tal vez terminal— que podría implicar eventualmente el desplazamiento hacia una forma diferente de acumulación capitalista. ¿Qué se puede decir de la crisis actual?
 
NF.- Me gustaría señalar algunos elementos en la forma en que planteas la pregunta. Uno es que debemos distinguir entre crisis sectoriales y crisis generales. Una crisis sectorial implica que, en un régimen capitalista de acumulación o en una fase de desarrollo capitalista, un área importante empieza a ser disfuncional, enfrenta algún obstáculo insuperable, desestabiliza el sistema, etc. Solemos pensar las crisis económicas de esta manera. Los historiadores pueden brindar ejemplos de estas crisis en una esfera o sector de la sociedad, en este caso, la economía.

No es lo mismo que una crisis general de todo el orden social. Los historiadores también utilizan este concepto de crisis general: una suerte de sobredeterminación de obstáculos y disfuncionalidades. De hecho, creo que esto es lo que estamos viviendo en este momento. Es verdad que vivimos formas periódicas de crisis económica, como la de 2007-2008, que estuvo a punto de convertirse en un colapso financiero, aunque al parecer nuestros gobernantes encontraron la forma de resolver el problema. Pero pienso que ahora podemos comprender que este impulso hacia la financierización es una bomba de tiempo que está siempre a punto de explotar y que, en este sentido, la crisis no se resolvió.

Al mismo tiempo, tenemos el problema del calentamiento global y una crisis ecológica muy grave, tal vez catastrófica, que se estuvo gestando durante mucho tiempo y que ahora se volvió evidente. Cada vez más sectores de la población mundial, incluso aquellos que lograron mantenerse relativamente aislados de los efectos más nocivos, están empezando a comprender la magnitud de la crisis. También tenemos una crisis de la reproducción social, es decir, de todas aquellas actividades esenciales vinculadas al nacimiento y el cuidado de los seres humanos, que no siempre están directamente mercantilizadas: educación, salud, trabajo doméstico, trabajo de cuidados, etc. Este sector también está en crisis. Es muy interesante observar el activismo que se genera en torno a estos sectores, que en algunos casos albergan más actividad sindical que ciertas áreas de la industria.

Hasta aquí tenemos una crisis de la reproducción social y una crisis ecológica. Pero creo que también atravesamos una grave crisis política. Y la elección de Joe Biden en los Estados Unidos está lejos de ser una solución. Se trata en parte de una crisis de gobierno, con lo cual me refiero a que incluso los países más poderosos, como Estados Unidos, carecen en este momento de la capacidad de gestión para resolver los problemas que enfrentan. El poder corporativo los supera. Son incapaces de lidiar con una cuestión como el cambio climático, que no es susceptible de ser contenida en los límites de una frontera jurisdiccional. La crisis de gobierno se está desarrollando a nivel estructural.

Sin embargo, también hay una crisis de hegemonía en el sentido gramsciano, un abandono generalizado de la «normalidad» política. La gente se aleja de los partidos políticos tradicionales y de las élites asociados con (y habría que añadir: deslegitimados o mancillados por) las políticas neoliberales. Todos estos elementos se suman y resultan en una crisis general. Una buena metáfora para pensar la crisis es la metástasis: es posible forzar a un cáncer que surge en un lugar determinado a retroceder, pero luego puede irrumpir en otro lugar. En nuestro caso, puede tratarse tanto de un lugar geográfico como de uno sectorial. Pienso que esta crisis se está volviendo palpable y evidente para mucha gente. Sin embargo, esto no significa que nos estemos acercando a algún punto de colapso total o resolución revolucionaria que nos llevará a tomar el Palacio de Invierno o algo por el estilo. Desafortunadamente, las crisis pueden desarrollarse durante mucho tiempo.

Esta crisis se está volviendo palpable para mucha gente. Sin embargo, esto no significa que nos estemos acercando a algún punto de colapso total o resolución revolucionaria. Desafortunadamente, las crisis pueden desarrollarse durante mucho tiempo.

El hecho de que esta crisis sea particularmente aguda, multidimensional, sobredeterminada o metastásica no significa que podamos saber cuál será el resultado del juego ni cuándo se terminará. En la historia del capitalismo hubo crisis generales que se desarrollaron durante décadas. Podríamos decir que todo el siglo XX, hasta la derrota del fascismo y el final de la Segunda Guerra Mundial, fue solo el despliegue de la crisis general del capitalismo colonial liberal o de laissez faire. Tal vez quede un largo camino por andar.
 

MM.- Las previsiones son siempre difíciles, sobre todo ante grandes eventos todavía en desarrollo. Sin embargo, quisiera insistir: ¿se perciben tendencias hacia un nuevo modo de acumulación o, para ponerlo en tus términos, hacia una redefinición de «las fronteras» que dieron forma a la fase actual del capitalismo?
 
NF.- Diré algo sobre los escenarios posibles, pero quiero destacar que no son predicciones. En primer lugar, podemos imaginar que la crisis actual es lo que la Escuela de Binghamton denomina una «crisis de desarrollo», es decir, que no se trata de una crisis de época. Una crisis de desarrollo implica que lo que entra en crisis es un régimen específico de acumulación, una forma específica de organizar la naturaleza, la economía, la producción, la reproducción, la relación entre el Estado y el mercado, etc. Hay momentos en la historia del capitalismo en los que un régimen establecido y profundamente arraigado entra en crisis. Y la crisis se resuelve eventualmente mediante la restructuración del sistema: una nueva manera —en el marco del capitalismo— de organizar la producción y la reproducción.

Podríamos pensar en la socialdemocracia o en el New Deal, en el caso de Estados Unidos, como formas de reorganizar la relación entre la producción y la reproducción. Los Estados asumieron una responsabilidad mucho más explícita a la hora de garantizar cierto equilibrio social y se comprometieron en la financiación o en la organización de algunos trabajos de cuidado sociales y reproductivos. En teoría, podemos imaginar una analogía ecológica en la actualidad: las organizaciones intergubernamentales probablemente podrían asumir la responsabilidad de internalizar estas externalidades, en el sentido de someterlas a la gestión y la regulación para prevenir que se salgan de control, por decirlo de alguna forma, o evitar que se vuelvan en su contra. Una crisis que termina así no es una crisis del capitalismo en sí mismo, es decir, una crisis ética en la que el capitalismo mismo cede el paso a una forma de organización social no capitalista o poscapitalista. Habrá sido, en cambio, una crisis de desarrollo intrínseca al capitalismo, que hace que el capitalismo entre en una nueva fase de desarrollo.

Así sucedió a lo largo de toda la historia del capitalismo. Podríamos decir que nos sorprendieron su creatividad y su ingenio, su capacidad para encontrar nuevas maneras de reformarse a sí mismo. Estoy haciendo un juicio antropomórfico que en realidad debería evitar, porque son siempre actores sociales los que promueven estos proyectos de reforma y restructuración. Pero la idea de la crisis de desarrollo es esta: luego de un largo andar en la crisis —durante el cual se despliegan muchas luchas hegemónicas para conformar nuevos bloques históricos— se presenta una alternativa y gana suficiente apoyo. El resultado es una nueva forma de capitalismo. Esto es lo que intentó hacer la socialdemocracia a nivel del Estado nación: garantizar algunas de las condiciones de fondo para que el capital se mantuviera en funcionamiento y salvaguardar la dinámica de la acumulación como eje impulsor mientras gestionaba algunas cosas en los márgenes. Es como Ulises que se ata al mástil para impedirse a sí mismo destruir sus propias condiciones de posibilidad.

Digo esto porque hay otra alternativa, que implicaría un punto de inflexión de tal magnitud que no seríamos capaces de resolver la crisis por medio de una nueva forma de capitalismo. Por ejemplo, es probable que el calentamiento global represente algo más que los límites de un régimen específico. Tal vez el calentamiento global le plantee un límite al capitalismo en sí mismo. Por supuesto, no lo sabemos, o al menos yo no creo poder decidir si esto es así o no, porque la historia de la creatividad del capitalismo siempre me da que pensar. Si resulta que se trata de una crisis ética del capitalismo en tanto tal, entonces existen distintas posibilidades. Algunas deseables, como por ejemplo alguna forma de socialismo democrático mundial. De nuevo, es muy difícil describir exactamente cómo sería, pero de alguna manera desmontaría la dinámica de la acumulación, la ley del valor, etc. Y luego, en el otro extremo del espectro, tenemos toda una serie de resultados poscapitalistas o no capitalistas realmente terribles: escenarios dominados por caudillos militares autárquicos, guerras permanentes, regresión social o algún tipo de régimen mundial autoritario. Hay también, supongo, otra posibilidad, que es que la crisis no se resuelva, que simplemente se desarrolle una lenta canibalización de la sociedad humana, una especie de lento retroceso que nos devuelva a la mera lucha por la supervivencia.

Quiero volver a destacar que no estoy haciendo ninguna predicción. Pero creo que sería más justo decir, en los horizontes del presente, que los dos escenarios más alentadores giran en torno a un Green New Deal a nivel mundial en el marco del capitalismo o a alguna forma de socialismo democrático que vaya más allá del capitalismo. Tampoco estoy segura de si puede existir un Green New Deal a nivel mundial en el marco del capitalismo. Es probable que no sea posible alcanzar la reducción de carbono necesaria en los límites del capitalismo. En tal caso, esta alternativa no existiría en absoluto. Luego viene la solución del socialismo democrático a nivel mundial, que es aquella a favor de la cual me posiciono, al menos en teoría. Estos son los dos escenarios por los que considero que vale la pena luchar y que deberíamos intentar generar. Y es posible que un Green New Deal a nivel mundial, aun si no es sustentable en el largo plazo, sirva como una especie de programa transicional (como solían decir los trotskistas) que nos guie hacia el socialismo democrático.

Los dos escenarios por los que considero que vale la pena luchar son un Green New Deal a nivel mundial en el marco del capitalismo o alguna forma de socialismo democrático que vaya más allá del capitalismo.

Por supuesto, nadie puede saber lo que sucederá, porque en realidad depende de las acciones de la gente. En este sentido, lo que intento hacer con mi obra es aclarar la magnitud, la dinámica y la naturaleza de la crisis en sus múltiples dimensiones. Mi objetivo final es brindar una especie de mapa para la gente que está comprometida o que está pensando en comprometerse con alguna forma de activismo político. Esta gente tiene toda una serie de preocupaciones y de intereses que resultan apremiantes. Pero estos intereses son parciales por definición, y lo que quiero hacer es ayudar a que la gente perciba en dónde encajan en el mapa general de esta crisis y brindar una imagen de la situación de las fuerzas sociales, de forma tal que todas estas preocupaciones e intereses particulares puedan ser movilizados para producir una mejor solución a la crisis.
 
MM.- Tu descripción se asemeja a una estrategia populista: la idea de que la sociedad está compuesta de intereses o demandas parciales y que el desafío es hacer que estos intereses diversos se fusionen en un agente político coherente. En ocasiones anteriores también hablaste favorablemente del populismo de izquierda. Sin embargo, los acontecimientos recientes parecen mostrar experiencias fallidas del populismo de izquierda, mientras que su variante de derecha parece exhibir un historial más exitoso. ¿Qué balance se puede extraer de esto?
 
NF.- Empecé a pensar seriamente en el populismo luego de Occupy Wall Street. Me sorprendió mucho este lenguaje del 99% y el 1%. Desde mi punto de vista, este es el lenguaje del populismo por antonomasia. Tal vez carezca de la precisión y del rigor del análisis de clase, pero es inmediatamente comprensible y poderoso. Evoca una respuesta afectiva. Me sorprendió mucho la velocidad con la que se comprendía este discurso, fue un momento de genialidad retórica de quienes lo inventaron. Al menos en el contexto de Estados Unidos, este lenguaje se popularizó con Bernie Sanders, que empezó a usar una palabra muy potente: «rigged» [arreglado, amañado], como cuando se dice que la economía está arreglada, que las elecciones están arregladas, que el sistema arreglado, etc. Trump tomó este lenguaje de Bernie Sanders y le dio un giro propio.

De nuevo, estoy pensando en Estados Unidos, aunque creo que lo que digo también es pertinente en otros países. En la época de Occupy Wall Street empecé a pensar en la cultura política estadounidense y en el período previo del activismo, que estuvo fuertemente centrado en lo que se denomina «políticas identitarias». El hecho de que la gente estuviese hablando de repente del 99% contra el 1% me hizo pensar que existía, al menos en potencia, una enorme fuerza de izquierda en Estados Unidos. Me pareció que este discurso lograba llegar a mucha gente que sentía, tal vez sin darse cuenta, que necesitaba un análisis capaz de explicar de las conexiones y de armar una gran fuerza capaz de superar la fragmentación que tanto había debilitado a la izquierda. También me di cuenta de que podía distinguir el populismo de izquierda del populismo de derecha.

Básicamente, mi idea es que ambos brindan una especie de mapa que define quiénes están arriba y quiénes abajo, quiénes pisan las cabezas de quiénes. En el caso del populismo de izquierda, tal como muestra el 99% contra el 1%, se afirma que existe una oligarquía elitista o un pequeño grupo de gente que parasita a todo el resto. Entonces la idea es intentar movilizar a todo el mundo en contra de ese pequeño grupo. El populismo de derecha no tiene esta estructura dual. Tiene una estructura tripartita. Hay una élite parasitaria y luego una clase baja parasitaria que «nos roba lo que es nuestro». En el populismo de derecha, al «pueblo» lo conforman quienes están atrapados en el medio. Por lo tanto, el populismo de derecha se alza contra el 1% pero también contra los inmigrantes, contra la gente de color, contra las minorías sexuales, etc. Es un cuadro muy diferente, un mapa muy diferente. Pienso que es importante enfatizar que el populismo de izquierda tiene una estructura distinta.

Una segunda diferencia es que el populismo de derecha define al enemigo en términos concretos, identitarios o sustantivos. Por lo tanto, cuando definen a quienes están arriba, siempre se trata de una conspiración internacional judía o, si están abajo, de inmigrantes sucios o negros vagos, etc. Son distinciones identitarias concretas que definen una categoría de persona —el enemigo— en términos de sus características culturales o sustantivas. En contraste, el populismo de izquierda como mucho define las características del enemigo, es decir, no define a nadie en términos de su cultura, su identidad ni nada concreto, sino en términos de la función que ocupa en el sistema. Cuando se dice «Wall Street», por ejemplo, comprendo que históricamente la frase puede desplazarse hacia los banqueros judíos. Es verdad que no hay una barrera absoluta entre los dos populismos. Pero desde mi punto de vista, la identificación del mundo de las finanzas con «el sistema» es correcta. Hoy existe una forma de capitalismo en la cual las finanzas juegan un rol muy importante, muy distinto del que jugaban en otras formas de capitalismo anteriores.

Luego hay que pensar si el populismo de izquierda así definido funciona como una especie de formación transicional capaz de conquistar victorias. Y no solo victorias. La cuestión es también saber si, en el curso de la lucha, este mismo populismo de izquierda puede enseñarles a las personas cosas nuevas, si puede ayudarlas a comprender el sistema y explicar lo que significa afirmar que el sistema esté arreglado. Arreglado, en el sentido del populismo de izquierda, no significa como dice Trump que alguna gente está hackeando las máquinas para votar y moviendo datos de una columna a otra. Como marxistas, sin importar la tendencia a la que pertenezcamos, deberíamos ser capaces de darle contenido a la afirmación y explicar qué significa que el sistema esté arreglado para funcionar en contra de los trabajadores. Tal vez las formaciones populistas de izquierda sean capaces de brindar una puerta de acceso a la lucha política que, a medida que se desarrolle, logre refinar el discurso y aclarar qué es el sistema y qué es lo que se necesita para cambiarlo.

Ahora bien, una vez dicho esto, acuerdo perfectamente contigo en que el historial del populismo de izquierda hasta el momento, si se lo compara con el de derecha, no es tan impactante, en el sentido de que el populismo de derecha tuvo mucho más éxito a la hora de ganar y sostener el apoyo de un gran número de personas. Pero añadiría que, en este caso, una parte del problema es el descrédito que afecta a la socialdemocracia en todo el mundo, es decir, el descrédito de los partidos socialdemócratas, muchos de los cuales se autodenominan socialistas. Hubo gente, que no provenía de la derecha dura, que tuvo una enorme responsabilidad en la institución del neoliberalismo: los Clinton en Estados Unidos, Blair en Gran Bretaña y Schröder en Alemania. Lo que intentaron hacer estas formas de populismo de izquierda es ocupar una parte del espacio que solía pertenecerle a los partidos socialdemócratas, y lo hicieron utilizando un lenguaje diferente. Obviamente, existen puntos en los que la política socialdemócrata y el populismo de izquierda se superponen: si analizamos en detalle a Bernie Sanders, por ejemplo, sería difícil negar que es un socialdemócrata. Se trata de una ética distinta, de otra retórica.

El populismo de izquierda afirma que existe una oligarquía elitista que parasita a todo el resto. El populismo de derecha no tiene esta estructura dual, sino una tripartita. Hay una élite parasitaria y luego una clase baja parasitaria que «nos roba lo que es nuestro».

En cualquier caso, no veo otra estrategia viable. Debemos disputar a los sectores que en este momento apoyan al populismo de derecha. Por supuesto, me refiero a aquellos que no pasaron de la raya, porque ciertamente hay algunos que son irrecuperables. Sea como sea, no podemos partir de que perdimos a las grandes mayorías contra la política de derecha. Si esto es así, entonces el juego está terminado. Debemos empezar por asumir que es posible recuperar a una porción significativa de los votantes de Trump en Estados Unidos, o de los de Bolsonaro en Brasil. Porque sabemos que no siempre fue así: mucha gente votó a Lula o a Dilma, del mismo modo en que alrededor de 8 millones de personas votaron por Obama. Creo que lo que hace el populismo de izquierda es reconocer, validar y defender los reclamos legítimos de las personas y brindarles, al mismo tiempo, una interpretación diferente de cuál es el problema: quién es exactamente el que está manipulando qué cosa, por qué el eje puesto en el desprecio a las clases bajas lleva a un callejón sin salida, por qué jamás será posible crear una coalición lo suficientemente grande como para derrotar a las fuerzas reales del capital global y de las finanzas mientras la clase trabajadora esté dividida, etc. En otras palabras, creo que en este punto nuestra única esperanza es un populismo de izquierda que sea capaz de evolucionar hacia algún tipo de movimiento socialista.

 

Nancy Fraser es una filosofa política, intelectual y feminista estadounidense. Es profesora de filosofía en The New School en Nueva York. Es ampliamente conocida por sus críticas y contribuciones teóricas en el ámbito de la filosofía política, especialmente es cuestiones de política de la identidad, sobre justicia social y teoría feminista. 

Martín Mosquera es editor principal de Jacobin América Latina.

Traducción: Valentín Huarte

 

Publicado enInternacional
Sábado, 25 Diciembre 2021 07:06

MÁS LEÍDO 2021: 10 compromisos

MÁS LEÍDO 2021: 10 compromisos

Existen en la actualidad tres grandes iniciativas ciudadanas para transformar nuestra sociedad. La primera, derivada del Acuerdo de La Habana entre la antigua guerrilla de las Farc y el Estado colombiano. La segunda, presentada por la Misión de Sabios en noviembre del 2019. La tercera iniciativa está contenida en el pliego reivindicatorio presentado por los organizadores del paro del 21 de noviembre de 2019. Esas iniciativas pueden diferenciarse en 10 compromisos, resumidos en este artículo.

 

I. Cuidar el agua
La misión de sabios en su informe detalla acciones e instituciones que deben asumir la responsabilidad de planear, hacerle seguimiento y evaluación a las acciones y operaciones que implican cuidar el agua. Es posible afirmar que se trata de una síntesis de iniciativas elaboradas por una conciencia ecológica en consolidación en los últimos cincuenta años.

 

II. Defender los bosques
Intimamente ligado con el primero, está sintetizado en la necesidad de una reforma rural integral y un nuevo ordenamiento territorial.

 

III. Preservar la biodiversidad
La misión de sabios presentó un conjunto de iniciativas para garantizar esa preservación. Es significativo para este compromiso que el Papa Francisco haya establecido en la encíclica Laudato Sí, un vínculo entre los valores religiosos y la preservación de la biodiversidad del planeta Tierra al que llamó nuestra casa común.

 

IV. La salud humana
La comunidad médica logró una Ley Estatutaria donde la salud queda establecida como un derecho que el Estado debe garantizar. Esto significa cambios radicales en las políticas públicas dominantes hasta hoy.

 

V. La educación.
El derecho a la educación está establecido en la Constitución y la comunidad magisterial organizada en Fecode y su movimiento pedagógico han precisado cuáles son las condiciones adecuadas para la formación de la niñez, la infancia y la primera juventud. Hoy es un consenso que la formación universitaria es una condición universal de la experiencia adulta. Ahora se trata de transformar en política pública ese consenso.

 

VI. La renta básica
La experiencia de la pandemia ha permitido avanzar en el reconocimiento de una renta básica a toda persona que trabaje. Los recursos digitales ahora a la mano han permitido su implementación hoy todavía parcial.

 

VII.La vivienda digna
La experiencia de los Planes de Ordenamiento Territorial en todos los municipios, ha permitido precisar el sinsentido de familias sin acceso a una vivienda digna, servicios de agua, alcantarillado e internet adecuados.

 

VIII. Defensa de la paz
Superar la violencia en la sociedad tanto en sus especificidades locales como en las globales es hoy una posibilidad para el conjunto de la humanidad. Las culturas religiosas que giran todas alrededor del mandato “no matarás a tu prójimo” crean las condiciones afectivas para la realización de este derecho humano fundamental. Esta actividad implica dos compromisos afectivos:

 

IX. El cultivo de la amistad
Es consecuencia del anterior compromiso y tiene en la Encíclica del papa Francisco “Todos Hermanos” su síntesis expositiva.

 

X. El cultivo de la fraternidad
Este último compromiso clausura este decálogo y es la consecuencia del reconocimiento de la historia común de la familia humana con todas sus viscisitudes.

 

 

Para suscripción:

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

 

 

Publicado enColombia
Vivienda social en Bogotá, una deuda creciente

¿Cómo se plantea la provisión de vivienda social en la propuesta de revisión general del POT de Bogotá, así como del modelo económico que ha condicionado la oferta, la demanda y las rentas del suelo, que hacen parte de la problemática? Estos son los interrogantes abordados en este artículo, para darle espacio a unas recomendaciones ante el escenario analizado.

La problemática de la vivienda, su déficit cuantitativo y cualitativo, es inmenso y tiende a profundizarse producto del mayor empobrecimiento que afecta, como consecuencia colateral de la pandemia en curso, a miles de hogares. Según el Dane, solo en Bogotá, existe un déficit de más de 770.000 viviendas de interés prioritario VIP y vivienda de interés social VIS, una realidad que tiende a su agudización producto de una propuesta de revisión general del POT que apalanca los intereses inmobiliarios y de construcción que reinan en esta urbe.

Es una realidad que a su vez niega el goce de lo establecido en el Artículo 51 de la Constitución Política (CP), que establece el derecho a vivienda digna, derecho en la práctica condicionado y determinado por realidades como las dinámicas del mercado, la renta y el valor del suelo urbano, que condicionan el acceso a las unidades.


Vivienda: entre el interés social y el prioritario

Los topes de precios establecidos para VIP (90 Smlv) y VIS (150 Smlv) así como las áreas y su sostenibilidad respecto a la vivienda no VIS, han condicionado la calidad en materiales, así como su ubicación, dejando a los constructores y promotores la oferta de metros cuadrados, al igual que las formas en que se habita. Así pues, la oferta inmobiliaria se ajusta a los máximos topes de precios, reduciendo áreas y calidad en materiales constructivos, debido a la necesidad de maximización de las ganancias, promoviendo la masificación de unidades habitacionales que desconocen las particularidades de los habitantes, lo que tiene repercusiones en la sostenibilidad en el tiempo y en su patrimonio,

De otra parte, se encuentra la problemática de que las VIS no tiene un enfoque diferencial, por cuanto dichos topes máximos evitan que las familias con verdaderas necesidades económicas accedan a este tipo de viviendas, por lo que resulta fundamental que se regulen tanto las áreas mínimas para las VIS y VIP, como los estándares de calidad del hábitat, entendido éste como la interacción entre el medio ocupado, su entorno próximo y la colectividad para la sostenibilidad. Necesidad de regulación mucho mayor pues los intereses de los constructores los lleva a reducir aún más los metros cuadrados de las viviendas, señalando que es imposible mantenerlos por la escasez del suelo y por los costos que implica construir en zonas centrales.

También, puede observarse en el presupuesto que se asigna al programa de hábitat y vivienda popular en el POT, el cual tiene una asignación de 1,34 por ciento, por lo que el déficit cuantitativo de vivienda para vivienda social no se pretende subsanar a partir del mercado formal, ni de las unidades con menores montos en su ubicación, ni con la mixtura en la ocupación de la ciudad, lo que trae como consecuencia la ampliación de las brechas socio-espaciales que tienen lugar no sólo en las unidades habitacionales, sino en las condiciones de movilidad y servicios.

Además de esta dificultad se suma que la búsqueda de recursos se prioriza sobre la movilidad en ciudad. Por ejemplo, la incumplida promesa de campaña de no privatizar empresas públicas hoy olvidada ante la confirmación de venta del 10 por ciento de las acciones del Grupo de Energía de Bogotá para destinarla a la construcción del metro en su segunda línea.

Así pues, el mercado inmobiliario, sumado a la falta de respuesta de la administración pública para regular las condiciones de las unidades habitacionales, ha conllevado a que se ocupen suelos no aptos para la vivienda urbana, promoviendo así mayores riesgos, no sólo en la tenencia insegura del predio, sino asociados a fenómenos naturales como remoción en masa y las inundaciones, como ha sucedido en los barrios cercanos a los cerros orientales y las inundaciones cercanas a las rondas de quebradas.

Por lo anterior, es fundamental que se precisen instrumentos que mejoren las condiciones de vida de quienes habitan las zonas ocupadas por asentamientos informales. En Bogotá, sin embargo, para el sector hábitat se proyecta un 5,99 por ciento del presupuesto que la administración distrital propone en la Revisión general del POT, que incluye el programa de mejoramiento integral del hábitat, el cual deberá también ser regulado, pues puede convertirse en una forma de legalización de asentamientos informales y de ampliación del perímetro urbano, en contra de una forma de planeación adoptada por la ciudad, de densificación y zonificación como estrategias de organización territorial.


Realidad que se relaciona con el propósito de mantener un modelo de cuidad consolidado y compacto, con mejores soportes urbanos, a partir de la generación de nuevas viviendas, las que, de acuerdo al Proyecto de revisión General del POT se construirán por la vía de la renovación urbana, planteando que se busca el mejoramiento de las condiciones urbanísticas y la calidad de vida de la población. Sin embargo, y sin desechar que así lo hagan, es indispensable regular el mercado, ajustándolo a las nuevas condiciones, con el fin de generar soluciones integrales, lo que puede precisarse desde la gobernanza abierta, lo que implica mayores espacios de intermediación, en función a los intereses y objetivos de cada uno de los actores, por lo que puede ampliarse la visión sobre las necesidades, no sólo en términos cuantitativos de las unidades habitacionales, sino en cuanto a su función social en el espacio y en las colectividades que se organizan en la ciudad.

Esta forma de gobernanza deberá redundar en estimular que los promotores inmobiliarios produzcan VIP y VIS con un enfoque poblacional y económico, así como destinar espacios en la ciudad para VIS y VIP que permitan la integración y mixtura, evitando la intensa zonificación que ha marcado la planificación. Por lo que es vital revisar el POT a la luz de la dignificación de la vida de los habitantes y de sus actividades, para responder a las necesidades reales de los ciudadanos. Por ello, el hábitat debe ser considerado un factor protagónico en la manera cómo se conciba el desarrollo territorial, mientras que los actores privados y ofertantes del mercado inmobiliario deben ajustarse a responder a las dinámicas sociales y económicas de quienes son damnificados del déficit cuantitativo de vivienda.

 

Artículos relacionados

La revisión de los planes ordenamiento territorial: procesos que no avanzan
Gloria Esperanza Narváez Tafur

¿Son eficientes los instrumentos de gestión y financiación?
Daniel Murcia Pabón

Retos de los movimientos sociales ante el problema urbano
Héctor Jair, Paloma Merchán y Mauricio Duarte

(Re)pensar el ordenamiento territorial desde una perspectiva feminista y de género
Gabriela Pedraza Sierra

¿Y el derecho a la ciudad del Territorio Sur?
Edgar Andrés Cuesta

La Estructura Ecológica Principal como soporte del ordenamiento del territorio
Ana María Peñuela Narváez

El derecho al saneamiento básico como derecho a la ciudad
Medardo Galindo Hernández

Región Metropolitana Bogotá-Cundinamarca: Observaciones frente al POT y la Ley Orgánica
Sergio Alexei Torres Bolívar

Para adquirir suscripción

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enEdición Nº286
Davide Costanzo, , https://www.flickr.com/photos/badswan/50653753261/

La vivencia de la actual pandemia ha sido una experiencia excepcional. Y su enfrentamiento evidenció muchas dinámicas sociales que, por cotidianas, habían dejado de ser visibles o, por lo menos, quedaban ocultas bajo el manto de la aparente normalidad. Por ejemplo, la desgarradora desigualdad social existente en nuestras sociedades, los voraces intereses comerciales presentes en el ámbito de la salud, los estremecedores desequilibrios regionales en un planeta ambientalmente amenazado, las profundas tensiones geopolíticas en un contexto de cambio de la hegemonía mundial, la impactante diversidad de la acción comunitaria, la enorme capacidad de colaboración científica entre grupos de investigación, y el despliegue de complejas redes de solidaridad en los espacios locales, por sólo mencionar algunas.

Entre estas dinámicas, sobresalen aquellas asociadas al impresionante desarrollo científico-técnico que, por demás, nos ha permitido conocer, en muy poco tiempo, las intimidades de un inédito agente viral; describir el comportamiento clínico y epidemiológico de una nueva enfermedad y hacer uso de un recurso terapéutico eficaz, como las vacunas, ante la acción devastadora de la pandemia.

Por supuesto, aún es mucho lo que se desconoce, pero cabe recordar que hacia finales del año 2019, cuando aparecieron los primeros brotes de esa desconocida neumonía que afectó a la población china, en la ciudad de Wuhan, no se tenía la menor idea de lo que eso representaba ni de la envergadura que adquiriría. En pocas semanas se logró aislar el virus y secuenciar el código genético; en algunos meses se logró darle un nombre a la enfermedad y describir, con moderada precisión, su cuadro clínico y su comportamiento epidemiológico; y en un poco más de un año ya estaba en curso un proceso masivo de vacunación que, paulatinamente, adquirió el rango de campaña mundial, aunque la inequidad ha sido una de sus características.

Actualmente los procesos de vacunación son un hecho y si bien, como era esperable, han suscitado gran discusión y alguna que otra polémica, en general se considera que son un gran avance para afrontar la pandemia. Como ha sido ampliamente difundido por los medios de comunicación, y las redes sociales, son varias las vacunas desarrolladas y, hoy en día, al menos seis de ellas se están usando ampliamente en las campañas masivas.

Si bien el desarrollo de las vacunas se ha llevado a cabo a una velocidad sorprendente, simplificando o sobreponiendo fases en la investigación, los estudios emprendidos han contado con un muy importante acumulado de saber, y con potentes plataformas tecnológicas que, en la mayoría de los casos, ya habían sido usadas previamente. Pero, claro, también existen algunas vacunas cuya tecnología es nueva (1).


Por eso la inquietud frente a la seguridad y eficacia de las vacunas contra covid-19 ha estado muy presente y ha sido un asunto ampliamente debatido. En general, los estudios efectuados han mostrado unos porcentajes de eficacia altos y una muy buena seguridad, pero el asunto está bajo el escrutinio de la farmacovigilancia actual, dado que la aplicación de dosis de vacunas a millones de personas conlleva un terreno de observación diferente al que se pudo tener en los análisis previos.

Los datos frente a la aplicación de dosis de vacunas son impactantes, así como preocupantes son los datos comparativos entre regiones y países. Según los registros de Our World in Data, publicación en línea de la Universidad de Oxford, para finales de julio del presente año se habían aplicado 4.18 mil millones de dosis de vacunas lo cual ha permitido que el 28 por ciento de la población mundial haya recibido al menos una dosis, y el 14 por ciento haya recibido el esquema completo de vacunación (que, para la mayoría de las vacunas, incluye dos dosis) (2).

Sin embargo, la misma fuente permite observar que sólo el 1 por ciento de las personas en países de bajos ingresos han recibido al menos una dosis y que si bien en Canadá la proporción de personas completamente vacunadas es de 59 por ciento y en el Reino Unido es de 56, en otros países como Mozambique, Nigeria y Sudan este porcentaje no llega al 1 por ciento. En Colombia se estima que esta proporción está en el 23 por ciento.

Ante ello, los llamados para agilizar los procesos de vacunación y superar las barreras existentes han sido constantes. Y uno de los temas más candentes reposa en la propuesta para el retiro o postergación de los derechos de patente de las vacunas, aunque no ha sido posible doblegar los férreos intereses mercantiles de las empresas biotecnológicas (3). De ahí que la lentitud en el proceso de vacunación y su inequidad se hayan tornado preocupaciones permanentes (4).

Pero si bien existen estas inquietudes, y algunas otras referidas al tiempo de protección de las vacunas y la capacidad de enfrentar las rápidas mutaciones del virus, el acuerdo mayoritario entre expertos es que la vacunación es fundamental, debe ser continuada y acelerada. Y si bien se espera que ella minimice la propagación del contagio, lo cual ayudará a que se detenga la pandemia, por ahora puede afirmarse que la vacunación disminuye las consecuencias más graves de la enfermedad y, por tanto, disminuye la mortalidad debida a el covid-19. Así lo plantea la Organización Mundial de la Salud (OMS) (5).

Al mismo tiempo, las recomendaciones para prevenir la enfermedad insisten en que hay que mantener algunas otras medidas de bioseguridad como el distanciamiento físico, el uso de mascarillas, el lavado de manos y la ventilación de espacios cerrados, e intensificar los procesos de seguimiento de casos y aislamiento selectivo. Sobre todo de cara a la presencia de nuevas variantes del virus Sars-Cov-2, algunas de ellas más contagiosas que las versiones previas del virus (6). Por ello se empieza a comprender que la vacunación es esencial pero no es suficiente (sobre todo si no tiene un despliegue realmente universal) y se requiere cambiar la estrategia de mitigación que tienen muchos países, incluida Colombia, por otra estrategia más contundente (7).

Esto es muy importante y realza la importancia de no limitar la acción en salud pública a la aplicación masiva de las vacunas. Pero existe, adicionalmente, otro argumento potente que refuerza esta idea de la insuficiencia de la vacunación, y tiene que ver con el reconocimiento del entramado de causas que participan en la génesis de la pandemia.


La acción sobre las causas socioambientales de la pandemia


Si bien el Sars-Cov-2 actúa como agente causal de la enfermedad covid-19, en una mirada más amplia frente a la génesis de la pandemia este sólo es un aspecto que hace referencia a las causas próximas de la enfermedad. Existe otro conjunto de causas, de índole más remota, que actúan en el origen de la pandemia y configuran las llamadas «causas socioambientales» de la misma (8). Cabe recordar que la actual pandemia se da en un contexto caracterizado por la emergencia de epidemias previas, algunas de ellas también pandemias, que han inquietado a las autoridades sanitarias alrededor del mundo.

Desde los años 80 del siglo XX, la humanidad ha experimentado el temor producido por, al menos, otras dos pandemias y algunas epidemias más, algunas de ellas también debidas a la acción de coronavirus. Aquí cabe tener presente las pandemias de VIH-Sida e influenza A(H1N1), así como las epidemias de Ébola, influenza aviar A(H5N1), Sars y Mers. Estas dos últimas causadas por virus de la familia Coronaviridae y de la subfamilia Orthocoronavirinae (9).

El análisis agrupado de estas epidemias, a la que se suma el covid-19, muestra un panorama de agitación epidemiológica que lleva a pensar en que las condiciones de vida actuales favorecen el desarrollo de las epidemias y el incremento de la virulencia de los agentes patógenos. Y dado que las aquí mencionadas son enfermedades zoonóticas, esto es, enfermedades que se transmiten de animales a humanos, el panorama también hace pensar en que las condiciones en que los humanos nos relacionamos con los animales permiten explicar más ampliamente las causas de estas epidemias.

 

 

Y esto es aplicable, por lo pronto, al covid-19, aunque el asunto del origen de la propagación del virus Sars-Cov-2 sigue estando en debate. Si bien desde un comienzo se planteó que lo más probable era que el origen estuviera relacionado con la transmisión natural del virus desde animales (murciélagos, pangolines o alguna otra especie) a humanos, más recientemente se ha fortalecido la hipótesis del accidente de laboratorio (10). La discusión entre los defensores de las dos hipótesis está lejos de dirimirse aunque la opinión mayoritaria de los expertos, y de la propia OMS, es que es poco probable que haya ocurrido ese accidente (11).

Sea como sea, el vínculo estrecho entre animales y humanos y las formas en que nos relacionamos con ellos sigue siendo crucial para entender el comportamiento de las recientes epidemias, incluida la actual. Por ello, podemos afirmar que las epidemias no son un simple fenómeno natural que relaciona un agente patógeno (en este caso, un virus) con una especie biológica susceptible. Claro que dicha relación está presente, pero el asunto va más allá, toda vez que las epidemias mencionadas se vinculan, de manera íntima, con amplios procesos sociales.

Por eso se ha señalado con cierta insistencia, por parte de voces críticas (12), que las formas de producción actual aceleran la evolución de la virulencia de los patógenos y su posterior transmisión, dado que aglomeran en espacios reducidos varias especies biológicas, estimulan el uso de monocultivos genéticos, colocan en situación de gran estrés inmunológico a los animales, facilitan la infección recurrente, proporcionan un suministro continuo de animales susceptibles y posibilitan que los virus salten la barrera entre especies. Adicionalmente, entran en juego factores importantes como la hipermovilidad de los agentes comerciales, la rapidez de los sistemas de transporte, la masificación de las urbes y la enorme desigualdad social existente.

Si esto es así, y en la actual pandemia operan estas causas socioambientales, el manejo de la pandemia debe involucrar muchas más acciones que la aplicación de la vacuna. Por más importancia que tengan los procesos de vacunación, y es indudable que la tienen, estos resultan insuficientes para afectar las causas más estructurales de la pandemia. Y su acción también es limitada para afrontar las interacciones que se establecen entre epidemias presentes de manera simultánea, aspecto que ha sido resaltado bajo la noción de sindemia (13).

Así que un manejo integral de la pandemia debe pensar en la acción combinada de diversas actividades y dinámicas. De tal manera que los procesos de vacunación deben complementarse con el mantenimiento de otras medidas de bioseguridad, el fortalecimiento de los sistemas de vigilancia epidemiológica (y farmacovigilancia), la reorganización de los sistemas asistenciales, el fortalecimiento de las redes de solidaridad comunitaria, la garantía del soporte social necesario para mantener las medidas de bioseguridad, el compromiso para enfrentar los mecanismos que producen inequidad sanitaria y el cambio en los procesos agroalimentarios y en las formas como nos relacionamos con los animales en los diferentes ecosistemas. Todo un reto que apunta a superar la crisis civilizatoria que nos aqueja.

 

1 https://www.bbc.com/mundo/noticias-55027519;https://es.statista.com/estadisticas/1207705/covid-19-vacunas-en-uso-en-el-mundo-por-numero-de-paises/
2 https://ourworldindata.org/covid-vaccinations
3 https://www.bbc.com/mundo/noticias-56433141;https://blogs.publico.es/vicenc-navarro/2021/06/14/para-resolver-la-pandemia-hay-que-ir-mas-alla-que-la-eliminacion-de-las-patentes/
4 http://unperiodico.unal.edu.co/pages/blog/detail/inequidad-y-demora-grandes-motivos-de-preocupacion-en-la-vacunacion-contra-covid-19/;http://unperiodico.unal.edu.co/pages/blog/detail/la-permanente-preocupacion-frente-a-la-vacunacion-contra-el-covid-19/
5 https://www.who.int/es/news/item/11-06-2021-statement-for-healthcare-professionals-how-covid-19-vaccines-are-regulated-for-safety-and-effectiveness
6 https://www.bbc.com/mundo/noticias-57527964
https://www.thelancet.com/action/showPdf?pii=S0140-6736%2821%2900978-8
7 https://revistas.udea.edu.co/index.php/fnsp/article/view/342049
8 https://www.bbc.com/mundo/noticias-51843449;
9 https://www.bbc.com/mundo/noticias-51962135
10 https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-57277406;https://thebulletin.org/2021/05/the-origin-of-covid-did-people-or-nature-open-pandoras-box-at-wuhan/
11 https://www.nytimes.com/es/2021/03/30/espanol/china-origen-coronavirus-OMS.html;https://www.bbc.com/mundo/noticias-56580748
12 https://www.laizquierdadiario.com/El-COVID-19-y-los-circuitos-del-capital#nh29
13 http://unperiodico.unal.edu.co/pages/blog/detail/una-sindemia-es-mejor-o-peor-que-una-pandemia/


* Profesor asociado. Departamento de Salud Pública. Facultad de Medicina. Universidad Nacional de Colombia|

 

Para adquirir suscripción

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=suscri

Publicado enEdición Nº283
Página 1 de 9