La nueva “neutralidad climática” y otras trampas

La crisis climática empeora todo el tiempo, con consecuencias catastróficas para muchas personas. Huracanes devastadores, grandes incendios e inundaciones, sequías, plagas de langosta, deslaves, aire, agua y mares contaminados. Todo empeorado por las políticas de gobiernos que eligen proteger a los más privilegiados, esos que además son los mayores causantes del cambio climático.

En medio de las crisis, los culpables del cambio climático, tanto empresas trasnacionales como super ricos avanzan con nuevas trampas para seguir emitiendo gases de efecto invernadero (GEI) pero hacer también negocios con las supuestas “soluciones”. Por ello, hay nuevos conceptos que útil entender para no caer en sus trampas. Ya existían mecanismos parecidos, pero al quedar al descubierto que solamente sirvieron para lucro de las empresas y como coartada para seguir con la devastación, muchos millonarios, sus gobiernos y ONGs que intentan limpiarles su imagen, han creado nuevos disfraces.

Neto no es cero

Las causas del cambio climático están claras y son conocidas: la gran mayoría se debe a sistemas capitalistas de producción y consumo industrial, basados en combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón). Los principales rubros que producen el calentamiento global son la producción de energía fósil, el sistema alimentario agroindustrial y la urbanización (construcción, transportes). Son muy pocos milmillonarios, en muy pocos países y muy pocas grandes empresas las que se han enriquecido brutalmente con este sistema. Según un reciente informe de Oxfam, el 10 por ciento más rico de la población mundial es responsable de la emisión de 52 por ciento de los gases de efecto invernadero (GEI).

La producción y consumo capitalista es insostenible desde el punto de vista ambiental, pero además brutalmente injusto. Según el científico Kevin Anderson, del Centro Tyndall para investigación del cambio climático (Reino Unido), si el 10 por ciento de la población más rica del mundo tuviera un nivel de vida como un ciudadano europeo medio (lo cual son muchos grados por arriba de la gran mayoría de la población mundial), bajaría 30 por ciento por año la emisión de GEI, con lo que se podría estabilizar el cambio climático, no seguir agregando más contaminación y ver cómo proceder con el exceso de gases que aún quedarían en la atmósfera.

Pero en lugar de que los gobiernos reconozcan que es urgente hacer reducciones reales de emisiones en su fuente y puntos de alto consumo, (que poco afectarían a la mayoría), en general se han sumando a las grandes empresas para promover lo que llaman “neutralidad climática”. Esto significa que mientras en alguna parte se “compensen” los gases emitidos, retirándolos de la atmósfera y supuestamente almacenándolos en alguna parte, se podría seguir emitiendo gases de efecto invernadero.

El Foro Económico Mundial (Foro de Davos) y muchas trasnacionales allí presentes, han renovado su propaganda en ese sentido, y declaran que serán “neutrales en carbono”, que llegarán a “cero emisiones netas”(incluso al absurdo de “emisiones negativas”) para el 2050 o antes. Esto quiere decir que abiertamente reconocen que seguirán contaminando y emitiendo GEI pero desplegarán medidas tecnológicas (geoingeniería) o lo que ahora llaman “soluciones basadas en la naturaleza” para supuestamente compensar el efecto.

Al observar los planes declarados de la industria de gas y petróleo queda claro que no piensan detener la extracción y quema de combustibles fósiles, sino aumentarlas exponencialmente en la próxima década, por lo que con esta sola industria se agota el llamado “presupuesto” de carbono que ONU fijó para no sobrepasar un aumento de temperatura media global de 1.5 grados hasta 2030.

Al discurso de “neutralidad climática” de empresas como BP, Exxon, Total, Repsol, se han sumando otras trasnacionales: desde agronegocios y supermercados que controlan la cadena alimentaria como Bayer, Nestlé, Danone, Unilever y Walmart hasta bancos como HSBC y grandes compañías de aviación. Todas las mega empresa digitales (que son las de mayor capitalización en el planeta) Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft (GAFAM), se sumaron entusiastamente a este discurso. Ninguna de éstas tiene nada de “virtual” en su huella ecológica y climática. Por el contrario, los millones de centros de almacenamiento y procesamiento de datos, transportes, dispositivos, etc, se estima representarán el 20 por ciento de la demanda de energía global para el año 2025.

Es un negocio redondo: las contaminadoras pueden seguir tal como están o hasta aumentar sus emisiones y alegar que son “climáticamente neutrales” o incluso que usan técnicas de geoingeniería que secuestran más carbono del que emiten y entonces lo llaman “emisiones negativas” -otro absurdo idiomático ya que una vez emitidas, nunca pueden ser “negativas”.

Todo esto va mas allá del hecho que las trasnsacionales le hayan dado otra vuelta al discurso para inventarse otro negocio. Está en juego la crisis climática y ambiental, con nuevos ataques a los territorios indígenas y campesinos. Con los mercados de carbono que ya existían, se comercializó varias veces toda la capacidad de la tierra para “secuestrar” carbono, porque lo tanto (aún si éste no fuera un concepto erróneo) ya no existe en realidad nada para comercializar. Esto es un pequeño detalle que no les importa a las empresas, pero han tenido que actualizar el discurso.

[Falsas] soluciones basadas en la naturaleza

Organizaciones, movimientos sociales y científicos críticos han demostrado que la restauración de los ecosistemas, junto y desde las comunidades indígenas y campesinas, de bosques, humedales, pastizales, junto a sistemas agroecológicos, descentralizados, diversos de producción agroalimentaria, son factores fundamentales para absorber en algunas décadas el exceso actual de gases de efecto invernadero. También para no emitir más, es decir, prevenir que se sigan emitiendo. Esta restauración de ecosistemas conlleva respetar e implementar los derechos integrales de las comunidades que interactúan con ellos. Para que esto sea duradero, es preciso que no se renueven o aumenten las emisiones de GEI, porque de lo contrario, ninguna medida será suficiente para detener la crisis climática.

Las empresas, grandes ONGs y muchos gobiernos han visto su oportunidad para cooptar este planteo, llamándolo “soluciones basadas en la naturaleza”. En esto engloban todas las falsas “soluciones” que usen cualquier tipo de recursos naturales. Por ejemplo, grandes plantaciones de monocultivos de árboles o cultivos transgénicos, “pagar” para cercar bosques y suelos para absorber carbono (al estilo de los servicios ambientales que desplazan de hecho a las comunidades, a veces ofreciendo unas migajas a cambio), avanzar sobre pantanos y humedales, que son grandes depósitos naturales de carbono. Bayer está en una cruzada para demostrar que los suelos absorben carbono, lo cual hacen, pero solamente si están en un equilibrio de décadas. El planteo de Bayer y otras de agronegocios es que se contabilice por zafra, tratando de obviar que el carbono solo se retiene en forma permanente en el suelo cuando no se usan químicos y fertilizantes sintéticos, y se trabaja para restablecer la vida microbiana de éste, etc.

Muchas empresas y gobiernos quieren incluir la plantación de grandes monocultivos de árboles u otros cultivos al paquete de “soluciones basadas en la naturaleza”, cuando en realidad devastan ecosistemas naturales e invaden territorios indígenas, campesinos y áreas de biodiversidad, con lo que en su ciclo de vida completo, las plantaciones emiten más GEI de los que dicen absorber.

Geoingeniería

Los multimillonarios, sobre todo los que provienen de Silicon Valley y del sector tecnológico, como Bill Gates, avanzan también en financiar y promover “soluciones” climáticas tecnológicas, como la geoingeniería. En el último año, varios super ricos están detrás de nuevas ONG relacionadas la clima, para financiar investigación y experimentos con geoingeniería. Todo esto en el contexto del discurso de “neutralidad climática” y “cero emisiones netas”, ya que serían los medios para compensar las emisiones de GEI de las industrias.

Entre las tecnologías propuestas más nombradas están las llamadas Bioenergía con Captura y Almacenamiento de Carbono y la Captura Directa de Aire. Ambas tecnologías implican un espectro de impactos negativos ambientales y sociales. La primera implica un gigantesco despliegue de monocultivos (y luego quemarlos para “bioenergía”), que requeriría una enorme superficie a nivel global, que competirá con la producción de alimentos y los territorios de comunidades. En el segundo caso, se trata de gigantescos extractores de aire, que captan carbono y lo separan del aire con solventes químicos -pero para hacerlos funcionar se requieren grandes cantidades de energía, por lo que en ambos casos, además de otros impactos, también empeorarán el cambio climático con el aumento de gases de efecto invernadero en el proceso. Empresas petroleras como Chevron, Oxxy y BP han invertido en este tipo de tecnologías, porque avizoran que además de proveerles una coartada “verde”, serán un gran negocio si los gobiernos aprueban estos sectores para derivar créditos de carbono.

Paralelamente, la nueva ONG Oceankind, financiada “por un supermillonario anónimo” de Silicon Valley, reunió a empresarios y científicos de Estados Unidos para avanzar formas de alterar a mega escala la química de los océanos, supuestamente para disminuir su acidificación y aumentar su capacidad de absorción de carbono.

Los millonarios no sólo pretenden avanzar las tecnologías para remover carbono en mar y tierra, también están financiando y promoviendo técnicas para “Manejo de la Radiación Solar” , es decir formas de reflejar los rayos del sol, construyendo por ejemplo, nubes volcánicas artificiales o “blanqueando” las nubes con agua salada. Este tipo de tecnologías son extraordinariamente peligrosas, porque de aplicarse a gran escala, provocarían cambios en los regímenes de lluvias y vientos en otras regiones. Aún así, los geoingenieros y gobiernos como el de Estados Unidos (también China, Rusia) promueven su investigación como una forma de “bajar la temperatura”. Como esto no afecta en nada la emisión de gases GEI, sería un jugoso negocio: se sigue calentando el planeta mientras venden técnicas para enfriarlo. Hasta hace poco, este grupo de tecnologías de geoingeniería estaba considerado ciencia ficción, pero en la búsqueda de nuevas coartadas y oportunidades de negocios con el clima, se han anunciado varios experimentos y nuevos proyectos, incluso financiamiento oficial de la administración Trump, que Biden piensa sostener.

Defender la Madre Tierra

Los movimientos globales por la justicia climática conocen estas propuestas de falsas “soluciones”, sea a través de estos nuevos conceptos o de los ya más viejos de mercados de carbono y propuestas de geoingeniería. A este discurso de la neutralidad climática, se suma el de “emergencia climática”, que si bien es un hecho real, los poderosos lo exageran y desvinculan de todas las otras crisis generadas por el capitalismo, para plantear que no hay tiempo de soluciones que tomen tiempo. Plantean que se necesita actuar inmediatamente, pero como no están dispuestos a reducir emisiones de GEI ni cuestionar el modo de vida del 10 por ciento más rico del planeta, todas y todos los demás tendríamos que soportar la geoingeniería y los nuevos asaltos a la naturaleza y las comunidades que significan las llamadas “soluciones basadas en la naturaleza”.

A contrapelo de este discurso enfermo, la campaña internacional ¡No Manipulen la Madre Tierra!, integrada por 41 organizaciones internacionales (entre ellas La Vía Campesina, la Red Indígena Ambiental, Amigos de la Tierra) y mas de 150 organizaciones nacionales, plantea que justamente por la emergencia climática, no tenemos tiempo para perder en falsas soluciones ni geoingeniería. Ya conocemos las soluciones verdaderas y seguiremos construyéndolas mientras denunciamos las continuas maniobras de los que han provocado la crisis climática.

23 noviembre 2020

Publicado enMedio Ambiente
México y Argentina reavivan debate de transgénicos en la región

La aprobación de un nuevo trigo transgénico en Argentina y un proyecto de decreto presidencial en México que habilita el uso de glifosato y de maíz transgénico generaron la reacción de científicos de la región latinoamericana ante la posibilidad de que se amplíe el uso de transgénicos en el continente.

En ambos países miles de científicos piden detener la tecnología y revertir autorizaciones, a la vez que llaman a mantener y ampliar las moratorias a los organismos genéticamente modificados (OGM) en los países que las tienen.

En Argentina, que destina millones de hectáreas al cultivo de transgénicos y este octubre aprobó el trigo HB4 resistente a sequía y al herbicida glufosinato de amonio, una carta de un grupo de científicos del Conicet y universidades generó la adhesión de miles y trascendió fronteras.En México “hay una tradición muy fuerte de resistencia campesina y social y de científicos que se pronunciaron tempranamente y lograron que no ingresara el maíz transgénico, pero la presión (por el cambio) es constante”: Alicia Massarini.

El nuevo trigo fue desarrollado por investigadores del Conicet del equipo de Raquel Chan en la Universidad del Litoral (Santa Fe, Argentina) en conjunto con la empresa Bioceres. Según explicaron, tiene en promedio 20 por ciento más de rendimiento que el trigo convencional.

Pero la carta de los científicos que están en contra de este trigo señala que su autorización “remite a un modelo de agronegocios que se demostró nocivo en términos ambientales y sociales, (es) causa principal de la pérdida de biodiversidad, no resuelve los problemas de la alimentación y amenaza la salud de nuestro pueblo”.

“Fue una botella al mar, pero tuvimos cientos de firmas en pocas horas y ahora ya más de 1.400, con muchos colegas que la comparten con científicos de otros países y se hizo una versión en inglés; este es un tema regional, no local”, señaló vía telefónica Alicia Massarini, investigadora del Conicet y una de las redactoras del manifiesto.

Otra proclama contra el nuevo trigo, bautizada “¡Con nuestro pan, no!”, generó más de 5600 firmas y adhesiones de 150 entidades y organizaciones afines.

“Sistematizamos los motivos por los cuales oponerse (al trigo transgénico)”, dijo el ingeniero agrónomo Fernando Frank, de Acción por la biodiversidad, impulsor de esta misiva que señala que los transgénicos “promueven los monocultivos y degradan los ecosistemas y la soberanía alimentaria”.

La carta agrega que el herbicida al que es tolerante el trigo es más tóxico que el glifosato: “El glufosinato de amonio está ampliamente cuestionado y prohibido en muchos países por su alta toxicidad aguda y sus efectos teratogénicos (genera malformaciones), neurotóxicos (actúa sobre las neuronas) y genotóxicos (en la división celular)”.

Para Chan —que se dedica a estas investigaciones desde la década de 1990—, si bien el uso de agroquímicos puede ser peligroso, los productores no están obligados a aplicarlos y su uso debe ser reglamentado.

La experta dijo que este nuevo trigo requiere menos uso de agua e incluye un gen de girasol, otra planta ancestral. “No es un gen de rinoceronte o de sapo, que no sería problema tampoco, sino que es un gen de otra planta comestible”, agregó.

Del trigo al maíz

En México, en tanto, el glifosato no está regulado y la siembra de maíz transgénico está prohibida desde 2013 debido a un amparo y no por decreto presidencial, una medida susceptible de ser modificada con cada cambio de gobierno.

Pero el 23 de octubre, cuando se publicó en la web de la Comisión Nacional de Mejora Regulatoria un anteproyecto de decreto presidencial que, de aprobarse, continuaría el uso del glifosato y de maíces transgénicos, unos 350 académicos y miembros de organizaciones no gubernamentales firmaron un documento para que el presidente Andrés Manuel López Obrador cumpla con su promesa de campaña de que “no habrá maíz transgénico y que de manera progresiva se prohibirá el uso de glifosato hasta su eliminación total”.

Para Quetzalcoátl Orozco Ramírez, investigador del Instituto de Geografía de la Universidad Nacional Autónoma de México y unos de los firmantes de la carta, “es necesario que haya una definición clara de la posición del gobierno federal sobre estos temas y que se concreten en un decreto presidencial” que pueda —de manera paulatina— eliminar el uso del glifosato en los cultivos, comentó por videoconferencia.

Para Viridiana Lázaro, integrante de la Campaña Nacional Sin Maíz No Hay País y especialista de agricultura de Greenpeace México, el nuevo proyecto de decreto pide más investigaciones, cuando ya existen estudios que muestran que el glifosato es dañino para el ambiente y la salud.

“Esperamos que se dé de baja esta propuesta de decreto presidencial y en su lugar se publique uno de acuerdo con las declaraciones del presidente y que se prohíba inmediatamente el glifosato en las dependencias de gobierno (y) totalmente hacia 2024, y también se prohíba el maíz transgénico en todo el territorio nacional”, remarcó.

En México “hay una tradición muy fuerte de resistencia campesina y social y de científicos que se pronunciaron tempranamente y lograron que no ingresara el maíz transgénico, pero la presión (por el cambio) es constante”, dijo Massarini.

Para Francisco Trujillo Arriaga, director del Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria este proyecto no contradice la promesa del presidente sobre la prohibición del uso de glifosato en el país, sino que “busca que las decisiones que se tomen hacia la transición de no utilizar el glifosato en México con miras al 2024, tengan un sustento técnico y científico” y respete “los Derechos Humanos de todos los ciudadanos y sin afectar los tratados comerciales de los que México es parte”, dijo.

Víctor Manuel Toledo Mazur, quien fue titular de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales hasta septiembre de 2020 —y tenía una fuerte postura a favor de la prohibición del glifosato y la urgencia de contar con un decreto presidencial — señaló a SciDev.Net que México está dando “una gran batalla contra los plaguicidas y contra los transgénicos” porque sabe de “la gran tragedia que ocurre hoy en Sudamérica”.

Además de México y Argentina, en agosto, Cuba también fue escenario de polémica, cuando el gobierno nacional autorizó la investigación, producción, uso y comercio internacional de OGM.

En cambio, en Perú en estos días, el presidente Martín Vizcarra debía decidir si promulgar o no la aprobación que ya otorgó el Congreso nacional de prolongar por 15 años más (hasta 2035) una moratoria de 10 años que vencía en 2021 y que prohíbe el ingreso de OGM al país. Pero Vizcarra fue destituido por el Congreso el 9 de noviembre, antes de tomar la decisión.

Un sector de ecologistas, productores e indígenas quieren que el país siga libre de transgénicos, y otro grupo de investigadores se lamenta por la falta de debate sobre su conveniencia.

Ruta química

Mientras los gobiernos toman sus decisiones, los científicos intercambian datos regionales sobre los problemas que generan los cultivos transgénicos. En particular, el hecho de que el nuevo trigo argentino sea resistente al glufosinato de amonio es uno de los aspectos centrales a considerar por el relativo desconocimiento del químico, alegan algunos científicos y ONG ambientalistas.

De momento se sabe que es una variante del glifosato, el herbicida más conocido debido a que se usa desde la década de 1990 en Sudamérica para el cultivo de soja (soya).

“Son moléculas parecidas, que se comportan de manera similar en el ambiente; como está agotado el modelo de glifosato, el mercado busca esta variante”, dijo Damián Marino, investigador del Conicet y la Universidad de La Plata, y uno de los científicos que más ha estudiado las consecuencias de los agroquímicos, en el encuentro virtual, organizado por la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza en América Latina el 20 de octubre.

Por su parte, Rafael Lajmanovich, investigador del Conicet y profesor de ecotoxicología en la Universidad del Litoral, dijo que el tema de cómo actúa el glifosinato no es simple desde lo químico.

“No es que va a pasar sólo a los alimentos: una parte queda en el agua, otra en el aire y otra en el suelo. Por lo que vemos por ahora (el glifosinato) tiene mayor bioabsorción que el glifosato, de modo que el temor es que pase todo lo que pasa con el glifosato y algo más”, aseguró.

Por Daniela López, Martín de Ambrosio | 24/11/2020

Fuente: https://www.scidev.net/america-latina/agropecuaria/especial/mexico-y-argentina-reavivan-debate-de-transgenicos-en-la-region.html

Publicado enInternacional
Ríos atmosféricos, las autopistas aéreas que regulan el clima

Si existe un campo de estudio dentro de la dinámica atmosférica cuya notoriedad haya experimentado un crecimiento exponencial en las últimas décadas es, sin duda, el de los ríos atmosféricos (AR, por sus siglas en inglés).

El motivo quizás sea que los ríos atmosféricos juegan un papel destacado en un gran número de factores del clima, como el balance radiativo (energético) del planeta o su ciclo hidrológico. O quizás sea su creciente tendencia a ser nombrado en los boletines meteorológicos cuando, en compañía de una tormenta tropical o una ciclogénesis explosiva, traen en ocasiones más de 70 l/m² de precipitación en unas pocas horas.

¿Qué son los ríos atmosféricos?

Los ríos atmosféricos son regiones de la atmósfera cuyo contenido de humedad es muy superior al de las regiones colindantes. Suelen ser regiones muy alargadas y (relativamente) estrechas –miles de km de largo frente a unos cientos de km de ancho– y acompañan normalmente a los frentes fríos tan característicos de las latitudes medias.

Su naturaleza les permite funcionar como grandes autopistas que distribuyen la humedad –y con ello, energía en forma de calor latente– desde las húmedas y cálidas regiones subtropicales y tropicales hacia el resto del planeta.

Estas formaciones son, por tanto, esenciales para el mantenimiento de la buena salud de nuestro ciclo hidrológico, y un mecanismo indispensable del balance radiativo del planeta. Su forma alargada y la enorme cantidad de agua que transportan (superior al caudal del río Mississippi) han inspirado el característico y atrayente nombre de "ríos atmosféricos".

Su papel en las precipitaciones

Los ríos atmosféricos presentan una enorme variabiliad entre ellos. No hay dos iguales. La mayor parte son eventos de intensidad moderada, y son por tanto considerados como beneficiosos. Entre otras cosas, aportan una cantidad indispensable de humedad a la atmósfera de latitudes medias y continentales, que no podría recibirse de otra manera.

Otros ríos atmosféricos, sin embargo, son fenómenos extremos que pueden llevar asociadas precipitaciones superiores a los 100 l/m² en un solo día, teniendo un impacto económico y social negativo en las regiones que se ven afectadas por ellos.

A nivel global, se trata de fenómenos comunes. Suelen existir unos tres o cuatro simultáneamente por cada hemisferio, situados habitualmente sobre los grandes corredores oceánicos. Su temporada alta es el invierno correspondiente a cada hemisferio, cuando la atmósfera es menos húmeda, pero mucho más dinámica que la de la temporada estival.

Las costas occidentales de los grandes continentes, incluida la costa atlántica ibérica, son las regiones calientes de llegada de ríos atmosféricos. Los que llegan a España transportan un elevado porcentaje de lluvia desde el golfo de México. En invierno la península ibérica acostumbra a recibir 3 o 4 al mes.

Otra región activa del mundo hispanoparlante es la costa de Chile, donde los ríos atmosféricos del Pacífico suelen generar importantes precipitaciones en su interacción con la cordillera de los Andes.

¿Cómo serán los ríos atmosféricos del mañana?

La respuesta a la pregunta de como serán los ríos atmosféricos del mañana depende, como es lógico, de cómo sea la atmósfera en la que residan.

La mayor parte de los análisis prospectivos predicen una atmósfera más cálida, y con una dinámica diferente. En este contexto, se considera que los ríos atmosféricos irán tendiendo a ser más frecuentes, y también más intensos, aunque con grandes diferencias entre las diferentes regiones del planeta.

En un reciente estudio liderado por los profesores Luis Gimeno y Raquel Nieto de la Universidad de Vigo, y realizado en colaboración con la Universidad de Lisboa y la Universidad de Illinois, hemos analizado la variación el contenido de humedad durante las últimas décadas en las regiones estratégicas para el fenómeno. Esto nos sirve para realizar una proyección robusta y determinar como serán el día de mañana en un contexto de calentamiento global.

En el artículo, publicado en Nature Communications, se muestra que el contenido de humedad se ha incrementado –y por tanto, con mucha probabilidad, se incrementará– aproximadamente en un 7 % por cada grado centígrado de humedad que se calienta la parte inferior de la atmósfera.

Esta es una proporción bien conocida para los estudiosos de la termodinámica, pues es predicha por la ecuación de Clausius-Clapeyron, que determina la cantidad máxima de humedad que puede contener una celda de aire antes de llegar a la saturación.

Además, hemos demostrado que, de todas las regiones del planeta, la señal más clara a este respecto se observa precisamente en la región donde se origina la mayor parte de la humedad que llega a Europa en forma de ríos atmosféricos: el golfo de México.

Una atmósfera más cálida será una atmósfera más húmeda, y tenemos ahora motivos de peso para asumir que ese incremento de humedad se trasladará en una proporción similar a los ríos atmosféricos.

La cantidad de humedad que recibiremos en el futuro desde las regiones subtropicales será mayor, y también la probabilidad de precipitaciones extremas, poco convenientes para el correcto aprovechamiento del agua como recurso, y peligrosas.

El esfuerzo de la comunidad científica para procurar entender, predecir y adelantarse al clima del futuro es grande, y no sin motivo, pues del clima dependen una buena parte de los recursos que nos proporciona el planeta.

Entre ese complejo collage de fenómenos que constituirán el clima del mañana, parecen jugar un papel destacado los ríos atmosféricos a los que podemos atribuir, sin miedo a equivocarnos, una buena parte del agua que llega a nuestras casas, cultivos, embalses y ríos.

Por:

Jorge Eiras Barca 

Investigador postdoctoral en Física de la Atmósfera, Universidade de Vigo

Iago Algarra Cajide

Investigador Postdoctoral en Física de la Atmósfera, Universidade de Vigo

Sábado, 07 Noviembre 2020 05:51

Billonarios y geoingeniería

Billonarios y geoingeniería

Los billonarios globales invierten ahora en geoingeniería: tecnologías para manipular el clima. Es lógico, pero muy preocupante. Las propuestas de geoingeniería son aún teóricas y especulativas, pero funcionan como excusa para la inacción climática y como coartada para aumentar la extracción y uso de combustibles fósiles, alegando que el caos climático se puede "manejar" con estas riesgosas tecnologías.

 

Bill Gates, fundador de Microsoft, fue el primero del club de superricos que invirtió fondos para investigar y desarrollar estas tecnología (https://tinyurl.com/y48824ak). Varios otros provienen de Silicon Valley, el área de California sede de las empresas tecnológicas. Algunos son discretos, otros se mantienen en el anonimato, financiando ONGs o empresas de responsabilidad limitada donde sus nombres no aparecen.

 

Al parecer, los millonarios planean avanzar –y luego imponer– estas peligrosas recetas tecnológicas sin consultar a nadie, sin supervisión ni regulación independiente y pasando por arriba de las decisiones precautorias de la comunidad internacional. Es una forma habitual de actuar de los titanes tecnológicos, como resumió Mark Zuckerberg al inicio de Facebook: "moverse rápido y romper cosas". La geoingeniería tiene dos direcciones tecnológicas: remover carbono de la atmósfera (una vez emitido) y bloquear/reflejar parte de los rayos del sol, para bajar la temperatura. En ningún caso contempla cambiar las causas del cambio climático, sino que después de haber "roto las cosas", propone recetas tecnológicas que abren nuevos negocios.

 

En octubre de 2020 el grupo SilverLining, con sede en California, anunció que financiará con 3 millones de dólares la investigación en tecnologías de "manejo de la radiación solar", como blanquear nubes marinas o bloquear los rayos del sol con nubes volcánicas artificiales y otras propuestas que si se hacen a gran escala tendrán fuertes impactos negativos, como sequías y disrupción de lluvias. En 2010, entonces como empresa, SilverLining intentó hacer experimentos de blanqueo de nubes en las costas de California sobre miles de kilómetros cuadrados, pero luego de que los medios revelaran que el proyecto tenía fondos de Bill Gates, el proyecto se suspendió (https://tinyurl.com/y4eoy9kg). Kelly Wanser, entonces directora de la empresa, reapareció después en un "Proyecto de blanqueo de nubes marinas" de la Universidad de Washington y afirmó que sólo eran un grupo de científicos que no tenían fondos para experimentos. Ahora se presentan como una ONG. Wanser continúa como directora y anuncia que apoyará a varios de esos científicos y a otros conocidos promotores de la geoingeniería. Esta vez financiada por los millonarios e inversores de riesgo Matt Cohler, antes alto ejecutivo de Facebook; Bill Trenchard, inversor en Uber y otras plataformas como LiveOps, comprada por Microsoft; la gestora Lowercarbon Capital, del inversionista Chris Sacca, antes ejecutivo de Google e inversor en Twitter, Instagram, Uber y otras; el Fondo de Innovación Pritzker, una de las 10 familias más ricas de Estados Unidos según Forbes; y el LAD Climate Fund, del que no da referencias, pero podría estar vinculado a grandes ONG conservacionistas. Chris Sacca explica en una entrevista, que en Lowercarbon Capital, no ven problema en recibir fondos de empresas como Exxon y Chevron (https://tinyurl.com/y3p35s5j)

 

En septiembre 2020, la revista New Scientist reveló que otro grupo de promotores de la geoingeniería marina se reunieron en California. Técnicos, abogados y consultores fueron convocados por Oceankind, otra nueva organización de un multimillonario "anónimo", para discutir como avanzar la "alcalinización del océano", un método para cambiar artificialmente la química de los mares. Según informa New Scientist, el primer director de Oceankind, Evan Rapoport, era un alto ejecutivo de Google, luego contratado por "una familia rica de Silicon Valley" para el cargo (https://tinyurl.com/y27qpnmf).

 

La acidificación de los mares es un grave problema global que se debe principalmente al exceso de dióxido de carbono que absorben los oceános, lo que causa que moluscos, crustáceos y otros organismos no puedan formar sus caparazones y afecta también a los arrecifes de coral. Para prevenirla se debe controlar la contaminación (de petróleo, desechos, escurrimientos agrícolas) y reducir drásticamente las emisiones de carbono. En lugar de ir a las causas, la propuesta en este caso es alcalinizar el océano con roca molida, lo que implica un aumento exponencial de minería, con la secuela de problemas ambientales y sociales que conlleva. Se estima que ocuparía 5 mil millones de toneladas de roca molida anuales, el doble de la roca que usa toda la industria cementera a nivel global. Aún si funcionara para alcalinizar el oceáno, esta industria y las flotas de barcos para diseminarla, aumentarán la emisión de gases y el cambio climático.

 

Por los altos riesgos y efectos colaterales que conlleva, la geoingeniería está bajo moratoria en el Convenio de Diversidad Biológica de ONU. Los billonarios y sus gigantes tecnológicas tienen una enorme huella ambiental y encarnan la parte del león en la injusticia social y climática global. No podemos permitir que además controlen el termostato global.

 

* Investigadora del Grupo ETC

 

En la imagen se muestra a A68a, que se desprendió en 2017; aún es una sola pieza, pese a las enormes fracturas que se observan.Foto Ap

El fenómeno pone en riesgo la fauna y la flora // Dificultará a focas y pingüinos llevar el alimento a sus crías, alertan

 

El iceberg más grande del mundo, conocido como A68a y que abarca 4 mil 200 kilómetros cuadrados de hielo flotante, amenaza la isla de Georgia del Sur.

De cuatro veces el tamaño de la Ciudad de México avanza por el océano Antártico despertando temores de que pondrá en peligro la fauna y flora locales.

La Agencia de Estudios Antárticos de Gran Bretaña expresó su temor el miércoles de que chocara con la isla, impidiéndole el paso a animales que buscan presas para alimentarse y que se reproducen en la costa.

Un ecologista que trabaja para esa agencia, Geraint Tarling, explicó que en esta época del año las focas y los pingüinos cuidan allí a sus crías. Para esos animales, es crucial la distancia que tienen que recorrer para encontrar sustento.

"Tiene implicaciones masivas sobre dónde los depredadores terrestres podrían alimentarse", explicó Tarling. "Cuando se habla de pingüinos y focas durante el periodo que es realmente crucial para ellos, durante la cría de cachorros y polluelos, la distancia real que tienen que viajar para encontrar comida (pescado y krill) realmente importa. Si tienen que hacerlo un gran desvío, significa que no van a volver con sus crías a tiempo para evitar que se mueran de hambre". El iceberg ha flotado rumbo al norte desde que se escindió de la capa de hielo en julio de 2017, informó la agencia.

Todas las criaturas que viven en el fondo del mar serían aplastadas por A68a al llegar a tierra, una perturbación que tardaría mucho tiempo en revertirse.

"Los ecosistemas pueden recuperarse y lo harán, por supuesto, pero existe el peligro de que si el iceberg se atasca, podría permanecer allí 10 años", señaló a la BBC Tarling. "Eso marcaría una gran diferencia, no sólo para la biodiversidad de Georgia del Sur, sino también para su economía".

Miles de millones de toneladas

La isla, territorio británico de ultramar, es una especie de cementerio de los gigantescos pedazos de hielo de la Antártida. A68a ha recorrido el llamado "callejón de los iceberg" desde que se desprendió.

Este iceberg pesa cientos de miles de millones de toneladas, pero su relativa delgadez (una profundidad sumergida de quizá 200 metros o menos) significa que tiene el potencial de desplazarse antes de quedar atrapado en el fondo marino.

Aunque las imágenes de satélite sugieren que A68a está en un camino directo hacia Georgia del Sur, aún podría escapar de la captura. Todo es posible, afirmó Peter Fretwell, especialista en mapeo y teledetección de la agencia británica.

"Las corrientes deberían tomarlo en lo que parece un extraño bucle alrededor del extremo sur de Georgia del Sur, antes de girarlo a lo largo del borde de la plataforma continental y retroceder hacia el noroeste. Pero es muy difícil decir con precisión qué sucederá", declaró a BBC News.

"A68a es espectacular", sostuvo su colega Andrew Fleming. “La idea de que todavía está en una sola pieza es realmente notable, en particular debido a las enormes fracturas que se ven atravesando en las imágenes del radar. Esperaba que se hubiera roto a esta altura.

"Si gira alrededor de Georgia del Sur y se dirige hacia el norte, debería comenzar a romperse. Llegará muy rápidamente a aguas más cálidas y la acción de las olas empezará a eliminarlo", concluyó.

Sábado, 31 Octubre 2020 06:02

Ecosocialismo y/o decrecimiento

Ecosocialismo y/o decrecimiento

 ecosocialismo y el movimiento por el decrecimiento figuran entre las corrientes más importantes de la izquierda ecologista. Los ecosocialistas admiten que es necesario cierto grado de decrecimiento de la producción y el consumo a fin de evitar el colapso medioambiental. No obstante, mantienen una actitud crítica hacia las teorías del decrecimiento porque: a) el concepto de decrecimiento es insuficiente para definir un programa alternativo; b) no aclara si el decrecimiento puede lograrse en el marco del capitalismo o no; c) no distingue entre actividades que es preciso reducir y las que hace falta desarrollar.

Es importante tener en cuenta que la corriente decrecentista, que es particularmente influyente en Francia, no es homogénea: inspirada por críticos de la sociedad de consumo –Henri Lefebvre, Guy Debord, Jean Baudrillard– y del sistema técnico –Jacques Ellul–, comprende diferentes perspectivas políticas. Existen por lo menos dos polos que son bastante distantes, por no decir opuestos: por un lado, críticos de la cultura occidental tentados por el relativismo cultural (Serge Latouche) y, por otro, ecologistas de izquierda universalistas (Vincent Cheynet, Paul Ariés).

Serge Latouche, conocido en todo el mundo, es uno de los teóricos del decrecimiento franceses más controvertidos. Claro que algunos de sus argumentos son legítimos: desmitificación del desarrollo sostenible, crítica de la religión del crecimiento y el progreso, llamamiento a una revolución cultural. Sin embargo, su rechazo global del humanismo occidental, de la Ilustración y de la democracia representativa, así como su alabanza sin remilgos de la Edad de Piedra, son elementos claramente criticables. Pero esto no es todo. Su crítica de las propuestas de desarrollo ecosocialistas para países del Sur Global –más agua limpia, escuelas y hospitales– por considerarlas “etnocéntricas”, “oocidentalizantes” y “destructivas de los modos de vida locales”, es bastante insufrible. Sin olvidar que su argumento de que no hace falta hablar del capitalismo, puesto que esta crítica “ya ha sido realizada, y bien, por Marx”, no es serio: es como decir que no hace falta denunciar la destrucción productivista del planeta porque esto ya se ha hecho, y bien, por André Gorz (o Rachel Carson).

Más cerca de la izquierda se halla la corriente universalista, representada en Francia por el periódico La Décroissance, por mucho que se pueda criticar el republicanismo francés de algunos de sus teóricos (Vincent Cheynet, Paul Ariès). A diferencia del primero, este segundo polo del movimiento decrecentista tiene muchos puntos de convergencia –a pesar de las polémicas ocasionales– con los movimientos por la justicia global (ATTAC), los ecosocialistas y los partidos de la izquierda radical: ampliación de la gratuidad [bienes, servicios o instalaciones que se ofrecen gratuitamente], la preponderancia del valor de uso sobre el valor de cambio, la reducción de la jornada de trabajo, la lucha contra las desigualdades sociales, el desarrollo de actividades no mercantiles, la reorganización de la producción de acuerdo con las necesidades sociales y la protección del medio ambiente.

Muchos teóricos del decrecimiento parecen creer que la única alternativa al productivismo pasa por detener todo crecimiento, o sustituirlo por un crecimiento negativo, es decir, mermar drásticamente el excesivo nivel de consumo por parte de la población reduciendo a la mitad el gasto energético, renunciando a las viviendas unifamiliares, a la calefacción central, a las lavadoras, etc. Puesto que estas medidas de austeridad draconiana y otras similares pueden resultar bastante impopulares, algunas de ellas –incluido un autor tan importante como Hans Jonas, en su El principio de responsabilidad– juegan con la idea de una “especie de dictadura ecológica”.

Frente a esta visión pesimista, los socialistas optimistas creen que el progreso técnico y el uso de fuentes de energía renovables permitirán un crecimiento ilimitado y una sociedad de la abundancia, en la que cada persona pueda recibir según sus necesidades.

Creo que estas dos escuelas comparten una concepción puramente cuantitativa del crecimiento –positivo o negativo–, o del desarrollo de las fuerzas productivas. Hay una tercera posición, que me parece más apropiada: una transformación cualitativa del desarrollo. Esto supone poner fin al monstruoso despilfarro de recursos, propio del capitalismo, basado en la producción a gran escala de productos inútiles y/o dañinos: la industria de armamentos es un buen ejemplo, pero gran parte de los bienes producidos en el capitalismo, con su obsolescencia intrínseca, no tienen otra utilidad que generar beneficios para las grandes empresas.

El problema no es el consumo excesivo en abstracto, sino el tipo de consumo que prevalece, basado como está en la adquisición ostentativa, los desperdicios masivos, la alienación mercantil, la acumulación obsesiva de bienes y la compra compulsiva de supuestas novedades impuestas por la moda. Una sociedad de nuevo tipo orientaría la producción a la satisfacción de las verdaderas necesidades, empezando por las que podrían calificarse de bíblicas –agua, alimentos, ropa, viviendas–, pero incluyendo asimismo los servicios básicos: salud, educación, transporte, cultura.

¿Cómo distinguir lo auténtico de las necesidades artificiales, ficticias (creadas artificialmente) e improvisadas? Estas últimas se inducen a través de la manipulación mental, es decir, la publicidad. El sistema publicitario ha invadido todas las esferas de la vida humana en las sociedades capitalistas modernas: no solo los alimentos y la ropa, sino también el deporte, la cultura, la religión y la política se configuran de conformidad con sus reglas. Ha invadido nuestras calles, buzones, pantallas de televisión, periódicos y paisajes de una manera permanente, agresiva e insidiosa, y contribuye decisivamente a la creación de hábitos de consumo ostentativo y compulsivo. Además, malgasta cantidades enormes de petróleo, electricidad, tiempo de trabajo, papel, productos químicos y otras materias primas –todo ello pagado por los consumidores– en un sector productivo que no solo es inútil desde un punto de vista humano, sino que está directamente en contradicción con las necesidades sociales reales.

Mientras que la publicidad es una dimensión indispensable de la economía de mercado capitalista, no tendría razón de ser en una sociedad de transición al socialismo, donde sería reemplazada por la información sobre bienes y servicios facilitada por asociaciones de consumo. El criterio para diferenciar una necesidad genuina de otra artificial es su persistencia tras la supresión de la publicidad (¡Coca-Cola!). Por supuesto, durante algunos años persistirían los viejos hábitos de consumo, y nadie tiene derecho a decir a la gente cuáles son sus necesidades. El cambio de los patrones de consumo es un proceso histórico, así como un reto educacional.

Algunas mercancías, como el automóvil individual, plantean problemas más complejos. Los vehículos privados constituyen un estorbo público, matan y mutilan a cientos de miles de personas todos los años en el mundo entero, contaminan la atmósfera en las grandes ciudades con consecuencias funestas para la salud de niñas y niños y de las personas mayores y contribuyen significativamente al cambio climático. Sin embargo, responden a una necesidad real al transportar a las personas a su lugar de trabajo, a su casa o a sus espacios de ocio. Experiencias locales en algunas ciudades europeas que tienen administraciones con sensibilidad ecológica demuestran que es posible limitar progresivamente, con la aprobación de la mayoría de la población, la proporción de vehículos individuales en circulación a favor de los autobuses y tranvías.

En un proceso de transición al ecosocialismo, donde el transporte público, de superficie o subterráneo, se extendería ampliamente y sería gratuito para las usuarias y usuarios, y donde peatones y ciclistas contarían con calzadas protegidas, el coche particular desempeñaría un papel mucho menos importante que en la sociedad burguesa, en la que se ha convertido en una mercancía fetiche, promovida por una publicidad insistente y agresiva, en un símbolo de prestigio y un signo de identidad. En EE UU, el permiso de conducir constituye el documento de identidad reconocido y el centro de la vida personal, social o erótica. Será mucho más fácil, en la transición a una nueva sociedad, reducir drásticamente el transporte de mercancías por carretera –causante de terribles accidentes y altos niveles de contaminación– y sustituirlo por el ferrocarril, o por lo que en Francia se llama ferroutage (camiones transportados por trenes de una ciudad a otra): tan solo la lógica absurda de la competitividad capitalista explica el peligroso crecimiento del transporte por carretera.

Sí, responderán los pesimistas, pero las personas tienen aspiraciones y deseos infinitos, que hay que controlar, comprobar, contener y, si es preciso, reprimir, y puede que esto requiera ciertas limitaciones de la democracia. Ahora bien, el ecosocialismo se basa en una apuesta, que ya fue la de Marx: el predominio, en una sociedad sin clases y liberada de la alienación capitalista, del ser sobre el tener, es decir, del tiempo libre para la realización personal mediante actividades culturales, deportivas, lúdicas, científicas, eróticas, artísticas y políticas, por encima del deseo de posesión infinita de productos.

La compra compulsiva bien inducida por el fetichismo de las mercancías inherente al sistema capitalista, por la ideología dominante y por la publicidad: nada demuestra que forme parte de una eterna naturaleza humana, como pretende que creamos el discurso reaccionario. Ya lo señaló Ernest Mandel: “La continua acumulación de más y más bienes (con menguante utilidad marginal) no constituye de ningún modo un rasgo universal o siquiera predominante del comportamiento humano. El desarrollo de talentos e inclinaciones como un fin en sí mismas; la protección de la salud y de la vida; el cuidado de niños y niñas; el desarrollo de relaciones sociales enriquecedoras… todas estas se convierten en motivaciones importantes una vez se han satisfecho las necesidades materiales básicas.”

Esto no significa que no vayan a surgir conflictos, especialmente durante el proceso de transición, entre las exigencias de la protección medioambiental y las necesidades sociales, entre los imperativos ecológicos y la necesidad de desarrollar las infraestructuras básicas, particularmente en los países pobres, entre los hábitos de consumo populares y la escasez de recursos. Estas contradicciones son inevitables: resolverlas será la misión de la planificación democrática, con una perspectiva ecosocialista, liberada de los imperativos del capital y de la generación de beneficios, mediante un debate pluralista y abierto previo a la toma de decisiones por la propia sociedad. Esta democracia de base y participativa es la única manera, no de evitar equivocaciones, sino de permitir la autocorrección colectiva por parte de la sociedad de sus propios errores.

¿Cuáles podrían ser las relaciones entre el ecosocialismo y el movimiento decrecentista? ¿Puede haber una alianza, a pesar de los desacuerdos, en torno a objetivos comunes? En un libro publicado hace algunos años, La décroissance est-elle souhaitable? (¿Es deseable el decrecimiento?), el ecologista francés Stéphane Lavignotte propone dicha alianza. Reconoce que existen muchas cuestiones controvertidas entre ambos puntos de vista. ¿Habría que destacar las relaciones entre clases sociales y la lucha contra las desigualdades o bien la denuncia del crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas? ¿Qué es más importante, las iniciativas individuales, las experiencias locales, la sencillez voluntaria, o bien el cambio del aparato productivo y la megamáquina capitalista?

Lavignotte se niega a escoger y propone asociar estas dos prácticas complementarias. El reto consiste, afirma, en combinar la lucha por el interés de clase ecológico de la mayoría, es decir, de quienes no poseen capital, con la política de minorías activas a favor de una transformación cultural radical. En otras palabras, establecer, sin ocultar los desacuerdos inevitables, un “compromiso político” de quienes han comprendido que la supervivencia de la vida en el planeta, y de la humanidad en particular, está en contradicción con el capitalismo y el productivismo y buscan por tanto la manera de salir de este sistema destructivo e inhumano.

Como ecosocialista y miembro de la Cuarta Internacional, comparto este punto de vista. La confluencia de todas las variantes de la ecología anticapitalista constituye un importante paso en el cumplimiento de la tarea urgente y necesaria de detener la dinámica suicida de la civilización actual, antes de que sea demasiado tarde…

Por Michael Lowy

30 OCTUBRE 2020 | 

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Vista aérea de la deforestación de la Amazonia — Rickey Roger / REUTERS

A través de préstamos y garantías, las cincuenta principales entidades del planeta financiaron combustibles fósiles, deforestación de bosques o minería.

 

2,6 billones de dólares americanos. Esta es la cifra total que los cincuenta principales bancos del mundo destinaron en 2019 a sectores económicos que contribuyen a la pérdida de biodiversidad, una cantidad que supera el Productor Interior Bruto de Canadá en ese mismo año. Así lo evidencia el informe Bankrolling Extinction que alerta de cómo las entidades financieras contribuyen a la destrucción del planeta a través de prestamos y garantías.

El 32% de los préstamos bancarios está relacionado con la construcción de infraestructuras, el 25% con la minería, el 20% con la extracción de combustibles fósiles y el 10% con la producción agrícola y ganadera de carácter intensivo. Este último, pese a ser el que menos dinero recibe, es considerado el sector que mayor impacto tiene en la biodiversidad global.

Así, el 66% del total de los prestamos van dirigidos a actividades que generan directamente una pérdida de biodiversidad, como la pesca o la minería, y el 34% van destinados a compañías que destruyen el planeta de manera indirecta y crean un aumento de la demanda de materias primas (es el caso de la construcción).

Tres de los diez bancos que más contribuyen a la destrucción del planeta tienen sus sedes centrales en EEUU, Bank of America, Citigroup y JP Morgan Chase. Junto con Mizuho Financial, Mitsubishi Financial y Sumitomo Mitsui Banking Corporation BNP Paribas, HSBC y Barclays, suman el 26% de todas los prestamos nocivos para el medio ambiente.

La publicación destaca que ninguno de los 50 bancos investigados ha puesto en marcha planes de monitorización de sus actividades económicas para evaluar cómo inciden sus prestamos en la pérdida de biodiversidad. Este sería, según el informe, el primer paso para revertir la balanza y detener los procesos económicos que sean dañinos para los ecosistemas.

En ese sentido, el informe reclama a las entidades que reduzcan "radicalmente" su impacto en la naturaleza y dejen de financiar e invertir en combustibles fósiles, pesca intensiva y actividades que conlleven la deforestación de los bosques. Para ello, los Gobiernos deben "dejar de proteger" a los bancos y obligarles a reescribir una nueva normativa financiera que les responsabilice de los daños que causan sus préstamos. 

Desde el Banco Santander, principal entidad española que aparece en el informe, explican que en el último año incrementaron sus compromisos para avanzar en políticas verdes, con una financiación de 19.000 millones de euros para economía sostenible, que prevén incrementar en los próximos años. Según sus compromisos, en los próximos años descenderán de manera progresiva el número de prestamos a actividades contaminantes y se incrementará la financiación de proyectos que impulsen la denominada transición ecológica.

MADRID

30/10/2020 11:03 ACTUALIZADO: 30/10/2020 11:22

Por ALEJANDRO TENA

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Un iceberg que flota en McMurdo Sound en la Antártida.Foto Afp

Al reducirse, se expone mayor cantidad del agua más oscura del océano que absorbe la energía, según reciente investigación

 

La pérdida de grandes masas de hielo puede contribuir al calentamiento que precisamente está causando este fenómeno y riesgos mayores.

Un nuevo estudio cuantifica esta retroalimentación, explorando escenarios a largo plazo, según publican en la revista Nature Communications.

Si el hielo marino de verano del Ártico se derritiera completamente, escenario que es probable que se haga realidad al menos temporalmente en este siglo con las actuales emisiones de gases de efecto invernadero por la quema de combustibles fósiles, podría de forma eventual agregar aproximadamente 0.2 grados Celsius al calentamiento global.

Sin embargo, no se suma a las proyecciones del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) sobre el calentamiento futuro, pues éstas ya tienen en cuenta los mecanismos pertinentes. Aun así, los científicos podrían ahora separar los efectos de la pérdida de hielo de otros y cuantificarlos.

Esos 0.2 grados Celsius son sustanciales, dado que la temperatura media global es alrededor de un grado más alto que en la época preindustrial, y los gobiernos del mundo acordaron detener el aumento muy por debajo de los 2 grados.

"Si las masas de hielo global se reducen, cambia la cantidad de luz solar que golpea la superficie de la Tierra. La disminución de la capa de hielo en el Ártico expone mayor cantidad del agua más oscura del océano, que absorbe más energía", señaló Nico Wunderling, del Instituto de Postdam para la Investigación del Impacto Climático y autor principal del estudio.

Retroalimentación de albedo

"Esto se conoce como retroalimentación de albedo. Es como usar ropa blanca o negra en verano: si se lleva oscura, te calientas más fácilmente", explicó. Otros factores son, por ejemplo, el aumento de vapor de agua en la atmósfera debido al calentamiento si se derrite más hielo. El aire más cálido puede contener más vapor de agua y el vapor de agua aumenta el efecto invernadero.

Los mecanismos básicos son bien conocidos desde hace mucho tiempo, pero los científicos pudieron calcular realmente la cantidad total de calentamiento que puede desencadenarse por la pérdida global de hielo.

"Esto no es un riesgo a corto plazo. Las masas de hielo de la Tierra son enormes, lo que las hace muy importantes para el sistema terrestre en su conjunto, pero también significa que su respuesta al cambio climático antropogénico, en especial el de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida, se desarrolla en escalas de tiempo más largas. Sin embargo, incluso si algunas de las modificaciones pueden tardar cientos o miles de años en manifestarse, es posible que las desencadenemos en un par de décadas", sostuvo Ricarda Winkelmann, quien dirige el grupo de investigación.

Los científicos hicieron simulaciones exhaustivas por ordenador. Los efectos no siempre son sencillos; por ejemplo, si una cubierta de hielo masiva en la tierra se está reduciendo, todavía puede haber nieve, que aún refleja la luz del Sol, como lo hizo el hielo.

Por eso, si los glaciares de las montañas y el hielo de Groenlandia y de la Antártida Occidental desaparecieran, el calentamiento adicional causado de forma directa por la pérdida de hielo sería probablemente sólo de 0.2 grados más que los 0.2 debidos al derretimiento del hielo marino en el verano ártico.

"Sin embargo, cada décimo de grado de calentamiento cuenta para nuestro clima. Prevenir los bucles de retroalimentación del sistema de la Tierra, o círculos viciosos, es por tanto más urgente que nunca", destacó Winkelmann.

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John Bellamy Foster

ENTREVISTA A JOHN BELLAMY FOSTER

 

John Bellamy Foster (Seattle, 1953) me escribe antes de salir de Eugene, en Oregón: “Tuvimos que evacuar y tenemos un largo camino por delante. Pero intentaré enviarte la entrevista por la mañana”. Los incendios masivos en la costa oeste de Estados Unidos habían disparado el índice de calidad del aire (ICA) hasta valores de 450, sobre un máximo de 500; situación extremadamente peligrosa para la salud. 40.000 personas habían dejado sus casas y otro medio millón esperaba para huir si la amenaza crecía. “Así es el mundo del cambio climático”, sentencia Foster. Profesor de sociología en la Universidad de Oregón y editor de la emblemática revista Monthly Review, hace veinte años revolucionó el ecosocialismo marxista con La ecología de Marx 1/Su libro, junto a Marx and Nature de Paul Burkett, abrió el marxismo a una segunda ola de crítica ecosocialista que enfrentó todo tipo de paradigmas enquistados sobre el propio Marx, para elaborar un método y un programa que impactaron con fuerza en todo el panorama ecologista, como continúan haciéndolo hoy.

El gran desarrollo del ecologismo marxista en años recientes –que ha puesto de manifiesto cómo, a pesar de escribir en el siglo XIX, Marx resulta fundamental para reflexionar sobre la degradación ecológica– es en parte producto de aquel cambio protagonizado por Foster y otros autores vinculados a Monthly Review. Su corriente, que vino a denominarse la escuela de la fractura metabólica, por la noción central que Foster rescató del tomo 3 de El Capital, ha desarrollado todo tipo de líneas de investigación ecológico-materialistas en las ciencias sociales y naturales: desde el imperialismo o el estudio de la explotación de los océanos a la segregación social o la epidemiología (sobre este tema, véase Grandes granjas, grandes gripes, de Rob Wallace, de próxima publicación en castellano).

Lamentablemente, la extensa y muy destacada contribución de Foster y su corriente aún no ha sido lo suficientemente traducida a nuestro idioma. Obras tan importantes para explorar cuestiones centrales al ecosocialismo como, por poner solo dos ejemplos, The Ecological Rift (2010) o The Robbery of Nature (2020) –el primero de Foster, Brett Clark y Richard York; el segundo de Foster y Clark–, aún esperan su oportunidad para ser mejor descubiertas en nuestro contexto. Con motivo de la publicación de su último libro, The Return of Nature, una genealogía monumental de grandes pensadores ecosocialistas que le ha llevado veinte años completar, Foster nos habla del camino que recorrieron estos, desde la muerte de Marx hasta la eclosión del ecologismo en los 60 y 70, así como de la relación de su nuevo libro con La ecología de Marx y con los debates más destacados del ecologismo marxista actual. Sus reflexiones sirven así para repensar el significado de este legado ante la necesidad urgente de un proyecto que trascienda las condiciones que amenazan hoy la existencia en el planeta.

Alejandro Pedregal: En La ecología de Marx rebatiste algunas conjeturas sobre la relación entre Marx y la ecología muy establecidas, tanto dentro como fuera del marxismo, como que el pensamiento ecológico era algo marginal en Marx; que sus pocas ideas ecológicas se encontraban en su obra temprana; que mantenía puntos de vista prometeicos sobre el progreso; que veía en la tecnología y el desarrollo de las fuerzas productivas la solución a las contradicciones de la sociedad con la naturaleza, y que no mostró un interés científico genuino por los efectos de las intervenciones antropogénicas sobre el medio ambiente. Tu trabajo, junto a otros, refutó estos supuestos y modificó muchos paradigmas asociados a ellos. ¿Crees que estas ideas persisten en los debates actuales?

John Bellamy Foster: En los círculos socialistas y ecológicos de habla inglesa, y creo que en la mayor parte del mundo, estas primeras críticas a Marx sobre ecología están hoy refutadas. Están completamente contradichas por la muy poderosa crítica ecológica del propio Marx, que ha sido fundamental para el desarrollo del ecosocialismo y, cada vez más, para todo enfoque científico-social sobre las rupturas ecológicas generadas por el capitalismo. Esto es particularmente evidente en la influencia creciente y generalizada de la teoría de la fractura metabólica de Marx, cuya comprensión sigue expandiéndose, y que se ha aplicado a casi todos nuestros problemas ecológicos actuales. Fuera del mundo de habla inglesa, uno todavía encuentra ocasionalmente algunos de esos conceptos erróneos porque las obras más importantes hasta ahora han sido en inglés y gran parte de ellas aún no se ha traducido. Pero creo que podemos tratar esas críticas anteriores casi universalmente como inválidas, no solo por mi trabajo, sino también por el de Paul Burkett en Marx and Nature, Kohei Saito en Karl Marx’s Ecosocialism 2/y muchos otros. Casi nadie es tan simplista hoy para ver a Marx como un pensador prometeico, que promovía la industrialización por encima de todo. Existe una comprensión generalizada de cómo la ciencia y la concepción materialista de la naturaleza entraron en su pensamiento, reforzada por la publicación de algunos de sus cuadernos de extractos científicos y ecológicos en el proyecto Marx-Engels Gesamtausgabe (MEGA). Por tanto, no creo que la opinión de que el análisis ecológico de Marx sea algo marginal tenga mucha credibilidad, y esa idea está retrocediendo en todo el mundo (mientras el marxismo ecológico es cada vez más relevante). La única forma en que pudiera verse así sería adoptando una definición extremadamente estrecha y contraproducente de la ecología. Además, en ciencia a menudo son las percepciones más marginales de un pensador las que resultan más revolucionarias y avanzadas.

¿Por qué tantos autores estaban convencidos de que Marx ignoró la ecología? Creo que la respuesta más directa es que la mayoría de socialistas simplemente hicieron la vista gorda al análisis ecológico en Marx. Todo el mundo leía las mismas cosas de forma prescrita, saltándose lo que entonces se consideraba secundario. Otros problemas se debían a la traducción. En la traducción inglesa de El Capital, el uso Stoffwechsel o metabolismo por Marx se tradujo como intercambio material, lo que obstaculizaba más que ayudaba a su comprensión. Pero también había razones más profundas, que pasaban por alto lo que Marx entendía por el propio materialismo, y que abarcaba no solo la concepción materialista de la historia, sino también la concepción materialista de la naturaleza.

Lo importante de la crítica ecológica de Marx es que está unida a su crítica político-económica del capitalismo; de hecho, una no tiene sentido sin la otra. La crítica del valor de cambio bajo el capitalismo no tiene sentido fuera del valor de uso, relacionada con las condiciones naturales y materiales. La concepción materialista de la historia no tiene sentido al margen de la concepción materialista de la naturaleza. La alienación del trabajo no puede entenderse sin la alienación de la naturaleza. La explotación de la naturaleza se basa en la expropiación por parte del capital de los obsequios gratuitos de la naturaleza. La propia definición de Marx de los seres humanos como seres automediadores de la naturaleza, como explicó István Mészáros en La teoría de la alienación en Marx, se basa en una concepción del proceso de trabajo como metabolismo entre seres humanos y naturaleza. La ciencia como medio para mejorar la explotación del trabajo no puede separarse de la ciencia como dominio de la naturaleza. La noción de metabolismo social de Marx no puede separarse de la cuestión de la fractura metabólica. Y así sucesivamente. En Marx estas cosas no estaban separadas unas de otras, sino que fueron los pensadores de izquierda posteriores, que generalmente ignoraron las cuestiones ecológicas, o que emplearon perspectivas idealistas, mecanicistas o dualistas, quienes lo hicieron, y así despojaron a la crítica de la economía política de su base material real.

  1. P.: A propósito del prometeísmo, en tu obra mostraste cómo las reflexiones de Marx sobre Prometeo debían leerse en relación con su propia investigación académica sobre Epicuro (y con Lucrecio) y repensarse vinculadas al conocimiento secular de la Ilustración, más que como defensa ciega del progreso. No obstante, el uso dominante del término prometeico sigue siendo muy común, también en la literatura marxista, lo que da pie a que ciertas tendencias aceleracionistas y tecno-fetichistas reivindiquen a Marx. ¿Debería disputarse esta noción de forma más efectiva, al menos en relación con Marx y su materialismo?
  2. B. F.:Este es un tema muy complejo. Marx elogiaba a Prometeo y admiraba el Prometeo encadenadode Esquilo, que releía con frecuencia. En su tesis doctoral comparó Epicuro con Prometeo, y el propio Marx fue caricaturizado como Prometeo por la supresión de la Rheinische Zeitung [Gaceta Renana]; imagen que aparece en el volumen 1 de las Obras completas de Marx y Engels. Por tanto, fue común que algunos críticos, dentro y fuera del marxismo, caracterizaran a Marx como prometeico, en particular para sugerir que veía al productivismo extremo como el objetivo principal de la sociedad. Al no tener prueba de que Marx antepusiera la industrialización a las relaciones sociales (y ecológicas), sus críticos emplearon el término prometeico para exponer su punto de vista sin evidencia alguna, aprovechando esta asociación común.

Sin embargo, esto era una gran distorsión. En el mito griego, el titán Prometeo desafió a Zeus al entregar el fuego a la humanidad. El fuego, por supuesto, tiene dos cualidades: una es la luz y la otra es la energía o el poder. En la interpretación del mito en Lucrecio, Epicuro era tratado como el portador de la luz o el conocimiento en el sentido de Prometeo, y fue de esta idea que Voltaire tomó la noción de Ilustración3/. Es en este mismo sentido que Marx elogió a Epicuro como Prometeo, celebrándolo como la figura ilustrada de la antigüedad. Además, las referencias de Marx al Prometeo encadenado siempre enfatizaron al protagonista como revolucionario, en desafío a los dioses olímpicos.

Obviamente, durante la Ilustración Prometeo no se veía como un mito de la energía o la producción. Walt Sheasby, con quien trabajé al comienzo de Capitalism, Nature, Socialism mientras yo editaba Organization and Environment, escribió un artículo extraordinario para esta revista en 1999, demostrando que hasta el siglo XIX la noción prometeica era utilizada principalmente en ese sentido ilustrado. No estoy seguro cuándo cambió el uso, pero con Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley y Filosofía de la miseria de Proudhon, lo prometeico pasó a simbolizar la revolución industrial, viéndose a Prometeo como sinónimo de energía mecánica. Es interesante que Marx desafiara el prometeísmo mecanicista de Proudhon, atacando todas esas nociones en Miseria de la filosofía. Pero el mito de Prometeo se reificó como historia de industrialización, algo que los antiguos griegos nunca podrían haber imaginado, y la identificación de Marx con Prometeo se convirtió, por tanto, en una forma de criticarle por motivos ecológicos. Curiosamente, en Leszek Kolakowski, Anthony Giddens, Ted Benton y Joel Kovel esa acusación fue dirigida exclusivamente contra Marx y no contra ningún otro pensador, lo que apunta al carácter ideológico de tal acusación.

Lo más próximo a que Marx fuera prometeico (como glorificación de la industrialización) sería su panegírico a la burguesía en la primera parte del Manifiesto comunista, pero aquello era solo un preludio de su crítica a la propia burguesía, y páginas más adelante introducía todas las contradicciones del orden burgués: el aprendiz de brujo, las condiciones ecológicas (ciudad y campo), los ciclos económicos y, por supuesto, el proletariado como sepulturero del capitalismo. No hay ningún sitio donde promueva la industrialización como objetivo en sí mismo en oposición al desarrollo humano libre y sostenible. Explicar todo esto, sin embargo, lleva tiempo y, aunque he mencionado todos estos puntos en varias ocasiones, por lo general es suficiente con mostrar que Marx no fue en absoluto un pensador prometeico, si nos referimos a la adoración a la industria, la tecnología y al productivismo, o a la creencia en un enfoque mecanicista del medio ambiente.

  1. P.:Veinte años después de La ecología de Marx, el abundante trabajo de la escuela de la fractura metabólica ha transformado los debates sobre marxismo y ecología. ¿Cuáles son las continuidades y los cambios entre aquel contexto y el actual?
  2. B. F.:Hay diferentes líneas de debate. En parte se debe a la gran cantidad de investigación sobre la fractura metabólica como forma de entender la actual crisis ecológica planetaria, y a cómo construir un movimiento ecosocialista revolucionario en respuesta a ella. Básicamente, lo que ha cambiado es el espectacular auge de la propia ecología marxista, que ilumina tantas áreas diferentes, no solo en las ciencias sociales, sino también en las naturales. Por ejemplo, Mauricio Betancourt acaba de publicar un maravilloso estudio, “The Effect of Cuban Agroecology in Mitigating the Metabolic Rift”. Stefano Longo, Rebecca Clausen y Brett Clark aplicaron el método de Marx a la fractura oceánica en The Tragedy of the Commodity. Hannah Holleman lo utilizó para explorar los efectos dust bowls 4/pasados y presentes en Dust Bowls of Empire. Un número considerable de trabajos han utilizado la fractura metabólica para comprender el problema del cambio climático, incluido nuestro The Ecological Rift, que escribí con Brett Clark y Richard York, y Facing the Anthropocene de Ian Angus. Estas obras, junto a otras de Andreas Malm, Eamonn Slater, Del Weston, Michael Friedman, Brian Napoletano y un número creciente de académicos y activistas, pueden verse desde esta perspectiva. Una organización importante en esa línea es la Global Ecosocialist Network, donde John Molyneux tiene un papel destacado, junto a System Change, Not Climate Change! en EE UU. El trabajo de Naomi Klein se ha basado en el concepto de fractura metabólica, y también ha jugado un papel en el Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (MST) en Brasil y en los debates sobre la civilización ecológica en China.

Otra línea ha explorado las relaciones entre la ecología marxista, la teoría de la reproducción social feminista marxista y los nuevos análisis del capitalismo racial. Estas tres perspectivas se han basado en el concepto de expropiación de Marx como parte integral de su crítica, yendo más allá de la explotación. Estas conexiones nos motivaron a Brett Clark y a mí a escribir nuestro The Robbery of Nature, sobre la relación entre el robo y la fractura; es decir, la expropiación de la tierra, los valores de uso y los cuerpos humanos, y su relación con la fractura metabólica. Un área importante es el ámbito del imperialismo ecológico y el intercambio ecológico desigual en el que he trabajado con Brett Clark y Hannah Holleman.

Han surgido algunas críticas nuevas, dirigidas a la teoría de la fractura metabólica, planteando que es más dualista que dialéctica. Esto es algo erróneo, porque para Marx el metabolismo social entre la humanidad y la naturaleza (extrahumana), a través del proceso de trabajo y producción, es por definición la mediación de naturaleza y sociedad. En el caso del capitalismo, esto se manifiesta como una mediación alienada en forma de fractura metabólica. Este enfoque, centrado en el trabajo/metabolismo como mediación dialéctica de la totalidad, no podría ser más opuesto al dualismo. Otros han dicho que si el marxismo clásico hubiera abordado las cuestiones ecológicas, habría aparecido en análisis socialistas posteriores a Marx, pero no lo hizo. Esa posición también está equivocada. De hecho, eso es lo que abordo en The Return of Nature, con la intención expresa de explorar la dialéctica entre continuidad y cambio en la ecología socialista y materialista durante el siglo posterior a las muertes de Darwin y Marx, en 1882 y 1883 respectivamente.

  1. P.:Efectivamente, en La ecología de Marxte centrabas en el desarrollo del materialismo de Marx en correlación con el de la teoría de la evolución de Darwin y Alfred Russell Wallace, para terminar con la muerte de los dos primeros. Ahora partes de este punto para hacer una genealogía intelectual de pensadores ecosocialistas fundamentales, hasta la aparición del movimiento ecologista en los años 60 y 70. Durante mucho tiempo, algunas de estas historias no recibieron suficiente atención. ¿Por qué llevó tanto tiempo recuperarlas? ¿Cómo nos ayuda el redescubrimiento de estos vínculos a comprender de forma diferente el surgimiento del movimiento ecologista?
  2. B. F.:The Return of Nature es una continuación del método de La ecología de Marx. Esto se puede ver al comparar el epílogo del libro anterior con el argumento del último. La ecología de Marx, aparte de su epílogo, termina con la muerte de Darwin y Marx. The Return of Naturecomienza con sus funerales y con la única persona que estuvo presente en ambos: E. Ray Lankester, el gran zoólogo británico, protegido de Darwin y Thomas Huxley y amigo cercano de Marx. No se centra solo en el desarrollo de ideas marxistas, sino en los socialistas y materialistas que desarrollaron lo que hoy llamamos ecología como una forma crítica de análisis. Y podemos ver cómo estas ideas se transmitieron de una manera genealógico-histórica.

Como toda historiografía marxista, esta es una historia de orígenes y de la dialéctica entre continuidad y cambio. Presenta una genealogía en gran parte ininterrumpida, aunque de forma compleja, desde Darwin y Marx hasta la explosión de la ecología en los años 60. Parte de mi argumento es que la tradición socialista en Gran Bretaña, desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX, fue crucial en eso. No solo fue este el principal período de desarrollo del socialismo británico, sino que el trabajo más creativo en las ciencias fue producto de una especie de síntesis de Darwin y Marx a lo largo de las líneas ecológico-evolutivas. Los científicos marxistas británicos estaban estrechamente relacionados con los pensadores marxistas revolucionarios de la fase temprana y más dinámica de la ecología soviética, pero a diferencia de estos, los británicos sobrevivieron y desarrollaron sus ideas, marcando el comienzo de perspectivas socioecológicas y científicas fundamentalmente nuevas.

Desde el principio, una crítica común a La ecología de Marx fue que incluso si Marx hubiera desarrollado una poderosa crítica ecológica, esta no se había completado en el pensamiento socialista posterior. Había dos respuestas a esto. La primera estaba en la afirmación de Rosa Luxemburg de que la ciencia de Marx había ido mucho más allá del movimiento inmediato y los problemas de la época, por lo que, a medida que surgieran nuevos desafíos, se encontrarían nuevas respuestas en su legado científico. Y es cierto que la percepción de Marx de la crisis ecológica del capitalismo, basada en las tendencias de su tiempo, estaba muy por delante de su desarrollo histórico; lo que hace a su análisis aún más valioso, no menos. Pero la otra respuesta era que la presunción de que no hubo un análisis ecológico socialista era falsa: de hecho, la ecología, como campo crítico, fue en gran parte creación de los socialistas. Ya había intentado explicar esto en el epílogo de La ecología de Marx, pero se necesitaba mucho más. El desafío estaba en destapar la historia de la ecología socialista y materialista en el siglo posterior a Marx. Pero esta era una empresa enorme, ya que no había literatura secundaria, excepto, en cierto sentido, el maravilloso Marxism and the Philosophy of Science de Helena Sheehan.

Comencé la investigación para The Return of Nature en el año 2000, cuando se publicó La ecología de Marx. La idea siempre fue explorar más a fondo las cuestiones del epílogo, centrándome en el contexto británico. Pero cuando comencé este trabajo, asumí el cargo de coeditor (y, con el tiempo, editor único) de Monthly Review, y eso naturalmente me devolvió a la economía política, que gobernó mi trabajo durante años. Además, cuando escribí sobre ecología en estos años tuve que lidiar ante todo con la crisis que venía, así que solo pude trabajar en un proyecto tan intensivo cuando la presión era baja, durante breves vacaciones en la docencia, por ejemplo. El trabajo avanzó lentamente. Nunca lo hubiera terminado sin el estímulo de algunos amigos (particularmente John Mage), y por el hecho de que el problema ecológico creció tanto que para Monthly Review la crítica ecológica acabó siendo tan importante como la de la economía política, lo que hacía más necesario que nunca un sistemático enfoque histórico.

Sin embargo, la razón principal por la que el libro tardó tanto fue porque estas historias no se conocían y requerían una enorme investigación archivística y cantidad de fuentes desconocidas; obras que nadie había leído desde hacía más de medio siglo. El papel de J. B. S. Haldane, Joseph Needham, J. D. Bernal, Hyman Levy y Lancelot Hogben en el desarrollo del pensamiento ecológico, a pesar de la relevancia que alcanzaron en su día, fue ignorado después; en parte debido a las luchas intestinas dentro del propio marxismo. También fueron olvidados los grandes clasicistas de izquierda como Benjamin Farrington, George Thomson y Jack Lindsay. Así, captar el vasto alcance de los análisis, colocados en el contexto histórico adecuado, tomó tiempo. Pero los vínculos históricos definitivamente estaban ahí. La historia lleva al final a Barry Commoner y Rachel Carson, y también a Stephen Jay Gould, Richard Levins y Richard Lewontin, Steven y Hilary Rose, Lindsay y E. P. Thompson, que se convirtió en el principal activista antinuclear de Gran Bretaña. La respuesta más sucinta a cómo esta historia puede ayudarnos en las luchas de hoy, quizás la encontremos en Quentin Skinner, a quien cito, que dijo que el único propósito de tales historias es demostrar “cómo nuestra sociedad impone limitaciones a nuestra imaginación”, y que “todos somos marxistas en este sentido”.

  1. P.:La ecología de Marxmencionaba cómo tu propia interiorización del legado de György Lukács (y Antonio Gramsci) te había impedido utilizar el método dialéctico para el ámbito de la naturaleza. Señalabas cómo esta debilidad común al marxismo occidental en parte había abandonado el campo de la naturaleza y la filosofía de la ciencia al dominio de variantes positivistas y mecanicistas. Sin embargo, The Return of Nature comienza precisamente cuestionando algunos supuestos sobre Lukács, centrales para el alejamiento del marxismo occidental de la dialéctica de la naturaleza. ¿Qué condiciones retrasaron tanto los hallazgos de esta importancia? ¿Cuáles fueron los principales efectos que estas conjeturas tuvieron en el marxismo, particularmente en relación con la ecología?
  2. B. F.:Quizás pueda explicar esto a través de mi propio desarrollo intelectual. Cuando era estudiante, estudié extensamente a Kant, Hegel, Schopenhauer, Marx, Engels, Lenin y Weber, así como a Marcuse, Mészáros, Ernst Cassier, H. Stuart Hughes y Arnold Hauser. Así, cuando llegué al posgrado, tenía una buena idea general de los límites entre kantismo y neokantismo, o hegelianismo y marxismo. Me sorprendió descubrir, en cursos sobre teoría crítica, que la primera proposición que se enseñaba era que la dialéctica no se aplicaba a la naturaleza, de acuerdo principalmente a una nota al pie en Historia y conciencia de clasede Lukács, donde criticaba a Engels por la dialéctica de la naturaleza. Solo rechazando esta, se argumentaba, podría definirse la dialéctica en términos del sujeto-objeto idéntico del proceso histórico. Por supuesto, el propio Lukács, como señalaría más tarde, nunca abandonó totalmente la idea de dialéctica meramente objetiva o dialéctica de la naturaleza, a la que se había referido en otra parte de Historia y conciencia de clase. De hecho, en su prefacio al libro de 1967, Lukács, siguiendo a Marx, insistió en una mediación dialéctica, como metabolismo, entre naturaleza y sociedad por medio del trabajo; en ese sentido, en una dialéctica de la concepción de naturaleza. El mismo argumento aparecía en Conversaciones con Lukács.

Fue así como interioricé hasta cierto punto, a nivel práctico, la noción del marxismo occidental de que la dialéctica solo era aplicable al ámbito histórico y no a las ciencias naturales, que se entregaron así al mecanicismo o el positivismo. Llegué a ver la dialéctica histórica de acuerdo al principio de Giambattista Vico, según el cual podemos entender la historia porque la hemos hecho, como fomentó E. P. Thompson. Pero a un nivel más profundo esto no me resultaba satisfactorio, porque los seres humanos no hacen la historia solos, sino junto al metabolismo universal de la naturaleza del que la sociedad emerge como parte. Pero mis intereses en los años 80 se centraron principalmente en la economía política e historia, donde esos problemas rara vez surgían.

Fue cuando volví a la cuestión de la ecología a finales de los 80 y en los 90 que este asunto se volvió inevitable. La dialéctica de la naturaleza solo podría dejarse de lado sobre bases idealistas o materialistas mecanicistas. Sin embargo, dada la complejidad del tema, en La ecología de Marx evité conscientemente, en su mayor parte, cualquier consideración explícita y detallada de la dialéctica de la naturaleza en relación con Marx (que entonces no estaba preparado para abordar), aunque el concepto de metabolismo social de Marx me llevaba en esa dirección. Así, en el epílogo me limité a señalar la referencia de Marx al “método dialéctico” como la forma de abordar el “libre movimiento de la materia”, y cómo esto era parte de la herencia de Epicuro y otros materialistas anteriores, mediada por Hegel. Como enfoque epistemológico, indiqué que esto podía defenderse como equivalente heurístico al papel de la teleología para la cognición humana en Kant. Pero evité en su mayor parte la cuestión ontológica más amplia, de una dialéctica meramente objetiva como apareció en Engels (y en Lukács), y su relación con Marx.

No abordé la dialéctica de la naturaleza en detalle hasta 2008, en un capítulo para un libro editado por Bertell Ollman y Tony Smith, luego incluido en The Ecological Rift. Aún estaba atrapado en el problema de Lukács, aunque entendía que para el Lukács tardío el metabolismo de Marx ofrecía un amplio camino para salir del dilema epistemológico-ontológico (mientras otro camino, sostuve, estaba en lo que Marx llamó la “dialéctica de la certeza sensible”, representada por el materialismo de Epicuro, Bacon y Feuerbach, e incorporada en sus primeros trabajos). Sin embargo, aunque fuera un paso adelante, mi enfoque no era el adecuado en varios sentidos. Como luego entendí, en parte la dificultad radicaba en las limitaciones filosóficas (al tiempo de un alcance científico mucho más amplio) de una dialéctica materialista, que nunca podría ser un sistema circular cerrado, como en la filosofía idealista de Hegel, o totalizador que consistiera exclusivamente en relaciones internas y mónadas sin ventanas al exterior. La dialéctica de Marx era abierta, igual que el propio mundo físico.

La cuestión de la dialéctica de la naturaleza sería central en The Return of Nature, así como lo sería el Lukács tardío, en particular el de El joven Hegel Ontología del ser social. Fue clave el tratamiento por Lukács de las determinaciones de la reflexión de Hegel, que me ayudó a comprender la forma en que el naturalismo dialéctico de Engels se había inspirado en gran medida en la “Doctrina de la esencia” de la Ciencia de la lógica. Otro elemento vital en La ecología de Marx fue el realismo crítico de Roy Bhaskar, especialmente su Dialectic: The Pulse of Freedom. Pero en el corazón de The Return of Nature estaba el examen detenido de la Dialéctica de la naturaleza de Engels (así como de los escritos filosóficos de Lenin), que tenía una profundidad incalculable. Esto me permitió trazar la influencia de Engels sobre pensadores posteriores –sobre todo, Needham, Christopher Caudwell y Lindsay–. Además, William Morris en las artes y Haldane, Bernal, Hogben y Levy en las ciencias ofrecieron una variedad de poderosas ideas sobre la ecología dialéctica y materialista.

  1. P.:Lukács advirtió también cómo la división del trabajo alienado en el capitalismo servía para incrementar la división disciplinaria del conocimiento, de acuerdo a las necesidades de especialización funcional del capital. Como filosofía de la praxis, el marxismo se propone como un proyecto totalizador, entre otras cosas, para recomponer las muy variadas fracturas que el capitalismo ha expandido o impuesto: naturaleza y sociedad, pero también ciencia y arte. Un tema central de tu nuevo libro es la existencia de enfoques paralelos de ecología y socialismo en la ciencia y el arte. ¿Cómo contribuyeron estos vínculos al pensamiento ecosocialista materialista? ¿Cómo pueden ayudar a repensar esta interacción en relación con la ecología y la crisis ecosocial?
  2. B. F.:Al escribir The Return of Nature, la declaración de Morris en Noticias de ninguna partede que había dos formas insuperables de conocimiento, las ciencias y las artes, estuvo constantemente en mi mente. Todos los pensadores marxistas preocupados por la ecología cruzaron esos límites de diversas maneras, por lo que cualquier relato genealógico-histórico debía examinar sus desarrollos paralelos. Evidentemente, el análisis de la ecología como ciencia y su relación con la dialéctica de la naturaleza evolucionó principalmente a través de la corriente científica. Pero era difícil aislar esto de la estética socialista.

Así, Lankester era amigo de Morris y los prerrafaelistas. Hogben tomó de Morris la principal inspiración para su socialismo. Morris concebía que todo trabajo no alienado contiene arte, noción que sacó de John Ruskin, pero a la que añadió profundidad a través de Marx. Morris también reprodujo, independiente de Marx, la noción del carácter social de todo arte. Caudwell captó brillantemente tanto las vertientes estéticas como científicas de la crítica ecológica general. Su estética se valió del concepto de mimesis de Aristóteles y la tradición clásica británica radical de los ritualistas de Cambridge, representada por Jane Harrison, que luego unió a la dialéctica materialista. El poderoso enfoque de Caudwell llevó a los extraordinarios análisis de Thomson sobre los orígenes de la poesía y el drama. Todo este desarrollo estético-ecológico de la izquierda culminó con Lindsay, quien, debido a su enorme variedad de estudios clásicos, literarios, filosóficos y científicos, acabó por reunir nociones sobre la dialéctica de la naturaleza, basándose tanto en la estética como en la ciencia. No es casualidad que Lukács, Mészáros y Thompson tuvieran en tan alta estima a Lindsay, cuya obra no es lo suficientemente valorada, tal vez porque navegar por sus 170 volúmenes sea demasiado abrumador.

  1. P.:Engels es un personaje clave en tu libro. Durante mucho tiempo, en ciertos marxismos, Engels fue acusado de vulgarizar el pensamiento de Marx, pero tú señalas la relevancia y complejidad del materialismo dialéctico de Engels para una crítica social y ecológica del capitalismo. Aunque se reconoce cada vez más, persiste cierto desdén hacia Engels y hacia los vínculos de su obra con Marx. ¿Por qué sucede esto? ¿Cuáles son los aspectos esenciales que conocemos hoy para rebatir esas posiciones desde el pensamiento ecológico marxista?
  2. B. F.: Recuerdo escuchar a David McLellan en 1974, poco después de escribir su biografía sobre Marx, y quedarme desconcertado por su extraordinaria diatriba contra Engels. Esta fue mi introducción real a los ataques contra Engels que de múltiples formas definieron al marxismo occidental durante la Guerra Fría y se han trasladado a la era posterior. Todo esto, obviamente, no era tanto sobre Engels como sobre los dos marxismos, como lo llamó Alvin Gouldner. El marxismo occidental, y en gran medida el mundo académico, reclamaron a Marx como propio, como un pensador urbano, pero en su mayor parte rechazó a Engels por ser demasiado crudo, adjudicándole el papel de saboteador que había creado el marxismo, que no tenía nada que ver con Marx. Engels era responsable del economicismo, el determinismo, el cientificismo y las perspectivas filosóficas y políticas vulgares de la Segunda Internacional y, más allá, hasta Stalin. Quizá no debería sorprendernos, por tanto, que si bien podemos encontrar cientos y miles de libros y artículos que mencionan Dialéctica de la naturaleza, apenas se puede aprender nada de ellos, porque o tratan al libro de manera doctrinaria (como hacía parte del antiguo marxismo oficial) o, en el caso del marxismo occidental, simplemente se citan algunas líneas de él (o, a veces, del Anti-Dühring) para establecer su vulgarización del marxismo.

En términos de ecología marxista, Engels es esencial. Por brillante que sea el análisis de Marx, no podemos ignorar las vastas contribuciones de Engels a la epidemiología de clase en La situación de la clase obrera en Inglaterra, a la crítica de la conquista de la naturaleza o a la comprensión del desarrollo evolutivo humano. Su apropiación crítica de Darwin en el Anti-Dühring fue fundamental para el desarrollo de la ecología evolutiva. El materialismo emergentista de Dialéctica de la naturaleza es clave para una visión científica crítica del mundo.

  1. P.:Monthly Reviewsiempre ha mostrado gran sensibilidad hacia las luchas revolucionarias del Tercer Mundo. La teoría del imperialismo de Lenin junto a la del capital monopolista de Paul Sweezy y Paul Baran, la teoría de la dependencia (en Ruy Mauro Marini o Samir Amin, entre otros) y su diálogo con el análisis de sistemas-mundo, o los aportes de István Mészáros, entre muchas otras influencias, han sido esenciales para la elaboración de vuestra crítica ecosocialista. Sin embargo, el vínculo entre ecología e imperialismo a menudo se ha subestimado en otras corrientes marxistas y ecologistas. Incluso algunos consideran el imperialismo como una categoría obsoleta para lidiar con el capitalismo global. ¿A qué se debe que esta separación entre geopolítica y ecología siga siendo tan fuerte en ciertos sectores de la izquierda? ¿Es posible un enfoque diferente de estos asuntos?
  2. B. F.:La mayor parte de mi generación atraída por el marxismo en EE UU, impactada por la guerra de Vietnam y el golpe en Chile, llegamos a él por oposición al imperialismo. Fue en parte por eso que siempre me atrajo Monthly Review, ya que desde su nacimiento en 1949 fue una fuente importante de crítica del imperialismo, incluyendo a la teoría de la dependencia y el análisis de sistemas-mundo. Los escritos de Harry Magdoff en La era del imperialismo Imperialism: From the Colonial Age to the Presentson fundamentales para nosotros, así como los de Paul Baran, Paul Sweezy, Oliver Cox, Che Guevara, André Gunder Frank, Walter Rodney, Samir Amin, Immanuel Wallerstein y muchos otros. El hecho de que la perspectiva más revolucionaria en EE UU haya venido históricamente del movimiento negro, siempre más internacionalista y antiimperialista, ha sido crucial para definir a la izquierda radical estadounidense. Con todo, siempre ha habido importantes figuras socialdemócratas, como Michael Harrington, en paz con el imperialismo estadounidense. Hoy algunos representantes del nuevo socialismo democrático hacen a menudo la vista gorda ante las implacables intervenciones de Washington en el exterior.

Por supuesto, nada de esto es nuevo. El conflicto sobre el imperialismo dentro de la izquierda se puede encontrar desde los inicios del movimiento socialista en Inglaterra. H. M. Hyndman, fundador de la Federación Socialdemócrata, y George Bernard Shaw, uno de los principales fabianos, apoyaron al Imperio británico y el socialimperialismo. Del otro lado estaban figuras asociadas con la Liga Socialista, como Eleanor Marx, Morris y Engels, todos antiimperialistas. El imperialismo fue la cuestión más divisiva para el movimiento socialista europeo en la Primera Guerra Mundial, como se relata en El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin. En la Nueva Izquierda en Gran Bretaña, desde los años 60, el imperialismo fue una gran fuente de disputa. Aquellos identificados con la Primera Nueva Izquierda, como E. P. Thompson, Ralph Miliband y Raymond Williams, eran fuertemente antiimperialistas, mientras que la Segunda Nueva Izquierda, asociada a la New Left Review, o veían el imperialismo como una fuerza progresista de la historia, como Bill Warren, o tendían a restarle importancia. El resultado, en especial con la ideología de la globalización en este siglo, fue un declive dramático en los estudios del imperialismo (acompañado por crecientes estudios culturales de colonialismo y poscolonialismo) en Gran Bretaña y EE UU. La consecuencia lógica de esto es que alguien tan influyente en la academia de izquierda como David Harvey declare, como hizo recientemente, que el imperialismo se ha “revertido”, con Occidente ahora en el lado perdedor.

Esto nos lleva al muy débil desempeño de la izquierda en el desarrollo de una teoría del imperialismo ecológico o del intercambio ecológico desigual; producto del fracaso sistemático para explorar la despiadada expropiación capitalista de los recursos y la ecología en casi todo el mundo. Se trata del valor de uso, no solo del valor de cambio. Así, por ejemplo, las hambrunas en la India bajo el dominio colonial británico tuvieron que ver con cómo los británicos alteraron por la fuerza el régimen alimentario en la India, modificando los valores de uso, las relaciones metabólicas y la infraestructura hidrológica esencial para la supervivencia humana, al tiempo que drenaban el excedente del país. Aunque este proceso de expropiación ecológica ha sido entendido durante mucho tiempo por la izquierda en la India y en gran parte del resto del Sur Global, todavía no es enteramente comprendido por los marxistas en el Norte Global. Una excepción es el excelente Los holocaustos de la era victoriana tardía de Mike Davis. De manera similar, la expropiación masiva de guano en Perú –que incluyó la importación de trabajadores chinos en condiciones “peores que la esclavitud”– para fertilizar el suelo europeo, que había sido despojado de sus nutrientes, tendría todo tipo de efectos negativos a largo plazo en el Perú. Todo esto está ligado a lo que Eduardo Galeano llamó Las venas abiertas de América Latina.

La ecología y el imperialismo siempre han estado íntimamente relacionados y se entrelazan cada vez más. El informe Ecological Threat Register 2020 del Instituto para la Economía y la Paz indica que hasta 1.200 millones de personas podrían ser desplazadas, como refugiados climáticos, para 2050. En tales condiciones, el imperialismo ya no puede ser analizado al margen de la destrucción ecológica planetaria a la que ha llevado. Esto fue lo que Brett Clark y yo buscamos transmitir en The Robbery of Nature, y que junto a Hannah Holleman explicamos en “Imperialism in the Anthropocene”. En ese artículo concluimos que “no puede haber revolución ecológica frente a la actual crisis existencial a menos que sea antiimperialista, extrayendo su poder de la gran masa de la humanidad que sufre. (…) Los pobres heredarán la tierra o no quedará tierra para heredar”.

  1. P.:Como hemos visto, el interés por el ecosocialismo de Marx ha crecido mucho en las últimas décadas. Pero esto va más allá de su contexto histórico particular. ¿Por qué es importante para el pensamiento ecológico actual volver a las ideas de Marx? ¿Y cuáles son los principales desafíos para el pensamiento ecológico marxista hoy?
  2. B. F.:La ecología de Marx es un punto de partida, no un punto final. En el pensamiento de Marx encontramos los fundamentos de la crítica de la economía política, y también una crítica de las depredaciones ecológicas del capitalismo. Esto no era algo accidental, ya que Marx presentaba el proceso de trabajo de forma dialéctica, como la mediación entre naturaleza y sociedad. En Marx, el capitalismo, al alienar el proceso de trabajo, aliena también el metabolismo entre humanidad y naturaleza generando así una fractura metabólica. Marx llevó esto a sus conclusiones lógicas, argumentando que nadie es dueño de la tierra, sino que la gente simplemente tiene la responsabilidad de cuidarla y si es posible mejorar sus condiciones para las generaciones futuras, como si fueran cabezas de familia. Definió el socialismo como la regulación racional del metabolismo entre humanidad y naturaleza, con el fin de conservar la mayor cantidad posible de energía y promover el desarrollo humano pleno. No hay nada en la teoría verde convencional o incluso de izquierda, aunque el capitalismo sea cuestionado en parte, que tenga esta unidad entre crítica ecológica y económica, o una síntesis histórica tan completa. Por tanto, ante nuestra emergencia planetaria, el ecosocialismo ha acabado por descansar inevitablemente en la concepción fundacional de Marx. El movimiento ecologista, para que tenga alguna importancia, tiene que ser ecosocialista. Pero nuestra tarea no es entretenernos en el pasado, sino unir todo esto para enfrentar los desafíos de nuestro tiempo. Marx sirve para mostrar la unidad esencial de nuestras contradicciones político-económicas y ecológicas, y su fundamento en el orden social y ecológico alienado actual. Esto nos ayuda a desenmascarar las contradicciones del presente. Para llevar a cabo el cambio necesario debemos tener en cuenta cómo el pasado informa al presente y nos permite visualizar la acción revolucionaria necesaria.

El propósito del pensamiento ecológico marxista, además de comprender nuestras actuales contradicciones sociales y ecológicas, es trascenderlas. Dado que la humanidad se enfrenta a mayores peligros que nunca antes, dentro de un tren desbocado que se dirige al acantilado, esta debe ser nuestra principal preocupación. Hacer frente a la emergencia planetaria significa que debemos ser más revolucionarios que nunca, y no tener miedo a plantear la cuestión de alterar la sociedad (“de arriba abajo”, como decía Marx), partiendo de donde estamos. El enfoque fragmentado y reformista de la mayor parte del ambientalismo, que pone su fe en el mercado y la tecnología mientras se reconcilia con gran parte del sistema imperante, no va a funcionar; ni siquiera a corto plazo. Disponemos de más de un siglo de crítica socialista de las contradicciones ecológicas del capitalismo, con su enorme poder teórico, que apunta a una filosofía de la praxis diferente. En nuestro creciente reconocimiento de que no hay más remedio que dejar la casa en llamas del capitalismo, necesitamos una comprensión teórica más profunda de la posibilidad humana, social y ecológica de libertad como necesidad, como ofrece el marxismo ecológico. Como dijo Doris Lessing en su El cuaderno dorado, “el marxismo ve las cosas como una totalidad, relacionadas las unas con las otras”. Esta es la capacidad revolucionaria que más necesitamos hoy.

Alejandro Pedregal es escritor, cineasta y profesor en la Universidad Aalto, Finlandia. Su libro más reciente es Evelia: testimonio de Guerrero (Akal/Foca, 2019)

27 OCTUBRE 2020 

Notas

1/ Foster, John Bellamy (2004) La ecología de Marx. Marxismo y naturaleza. Barcelona: El Viejo Topo.

2/ De próxima publicación en castellano por Bellaterra y en catalán por Tigre de Paper.

3/ Los términos Lumière en francés y Enlightenment en inglés, que se refieren a la Ilustración, se pueden traducir como iluminación o esclarecimiento, además de significar luz en el caso del francés.

4/ Literalmente cuencos de polvo, en referencia a uno de los mayores desastres ecológicos del siglo XX.

Publicado enMedio Ambiente
Sábado, 10 Octubre 2020 06:15

Premio Nobel a la guerra genética

Premio Nobel a la guerra genética

No deja de tener cierta ironía que el premio Nobel de química de 2020 –nombrado así por Alfred Nobel, el inventor de la dinamita y una de las mayores fábricas de armas del globo– se haya otorgado a las investigadoras que encontraron una forma de ingeniería genética –CRISPR-Cas9–, cuyas aplicaciones podrían causar un efecto tan explosivo en la naturaleza y la gente, que hasta se le ha llamado bomba genética (https://tinyurl.com/y2rsr5on).

CRISPR en sí no es una invención, es una forma natural de las bacterias para reconocer virus. Las galardonadas J. Doudna y E. Charpentier publicaron en 2012 la forma de replicar esa construcción sintéticamente y agregarle un sistema asociado (Cas9), que permite reconocer un sitio específico en los organismos donde se introduce y allí cortar las hebras del ADN. De esa forma se pueden silenciar genes o introducir nuevo material genético, o sea, transgénicos.

Parecía ser una forma más rápida y aparentemente más exacta que otras de ingeniería genética anteriores, que no tienen control del sitio donde se inserta material genético foráneo. Pero en poco tiempo se demostró que CRISPR tampoco es exacta. Aunque puede llegar a un sitio determinado en el genoma –lo cual da una falsa imagen de precisión– también altera otros sitios del mismo, con el potencial de producir una multitud de "efectos fuera de blanco", borrar o reacomodar largas secuencias fuera del sitio objetivo, provocando cambios que pueden causar daños y enfermedades graves.

En 2018, un estudio del Karolinska Institutet (que otorga el premio Nobel de Medicina) mostró que la manipulación de células humanas con CRISPR puede causar cáncer (E. González, https://tinyurl.com/yyj4umsx). Otros estudios científicos han mostrado una serie de impactos dañinos del uso de CRISPR en animales, vegetales y células humanas, al punto de que Georges Church, pionero de biotecnología de la Universidad de Harvard, en 2019 llamó a CRISPR "un hacha desafilada", cuyo uso es "vandalismo genómico" (https://tinyurl.com/vanda-geno).

No obstante, desde su puesta en circulación en 2012 –y pese a la agria disputa de patentes que surgió poco después con otro equipo estadunidense que reivindica también haber sido el inventor–, la tecnología se ha licenciado y aplicado a gran cantidad de experimentos con células humanas, en humanos (experimento ilegal en China con mujeres embarazadas, al menos una de las cuales dio a luz gemelas), animales y plantas. Doudna y Charpentier han ganado millones con la tecnología y han creado o están vinculadas a diversas empresas.

En 2016, un informe de la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos clasificó CRISPR y la edición genética como "armas de destrucción masiva" (https://tinyurl.com/crispr-armas). El gobierno asignó 65 millones de dólares a la agencia de investigaciones de la defensa de Estados Unidos (DARPA) para el proyecto Safe Genes, con el propósito de desarrollar bioarmas supuestamente para defenderse de las bioarmas que otros podrían crear con CRISPR (https://tinyurl.com/yc5s7oed).

En realidad es para desarrollar las bioarmas de las que supuestamente se tendrían que defender. En ese contexto financian proyectos de investigación en varios países para el desarrollo de "impulsores genéticos", una aplicación de CRISPR para cambiar las leyes de la herencia y lograr que los genes manipulados sean autorreplicantes y dominantes en una especie, por ejemplo, para que sólo nazcan machos, lo cual extinguiría la especie. La Fundación Bill y Melinda Gates financia el desarrollo de la misma tecnología, aunque no lo llama bioarmas, sino proyectos de salud. La ONU intentó establecer una moratoria a esta peligrosa aplicación, pero el dinero de Gates lo saboteó (https://tinyurl.com/y3jzz8oe).

La propia Jennifer Doudna ha manifestado que CRISPR tiene usos tremendamente peligrosos, incluso refiere que tiene una pesadilla en la que Hitler le pide la fórmula de CRISPR (https://tinyurl.com/y62hfmcu). Tanto los proyectos financiados por DARPA y la Fundación Gates, como los experimentos con humanos, transgreden fronteras éticas, ecológicas y políticas de enorme trascendencia, cuyo desarrollo no se debe permitir.

Aún más inmediata es la presión de las trasnacionales para liberar comercialmente la llamada edición genética (son transgénicos) en plantas y animales para la industria agropecuaria. La industria de transgénicos ha hecho una engañosa campaña para hacer creer que los productos de tecnologías como CRISPR no necesitan pasar por evaluaciones de bioseguridad o al menos deberían ser más laxas que las existentes. Lo han logrado en Estados Unidos, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay, Honduras, Guatemala y Costa Rica, países lacayos de los agronegocios transgénicos y de Estados Unidos, en varios casos aprovechando las restricciones por la pandemia. La Unión Europea, gracias a las protestas y demanda de Vía Campesina y otros, se opuso a estos cambios.

CRISPR y todas las formas de edición genética introducen nuevos riesgos al ambiente y la salud, por lo que las normativas de bioseguridad, al contrario de lo que sostiene la industria, son altamente insuficientes. Estas nuevas formas de manipulación de nuestro ambiente y alimentos no se deben permitir.

Por Silvia Ribeiro. Investigadora del Grupo ETC