En la imagen un registro de archivo de trabajadores informales en Colombia. EFE/Miguel Gutiérrez

En Colombia, junto con Brasil, también fue donde más cayó el empleo durante la pandemia. En el país los niveles de ingresos de más del 60 % de los hogares no muestran signos de recuperación

 

Después de Haití, Colombia es el segundo país con mayor tasa de desempleo Latinoamérica y, junto con Brasil, la nación donde más cayó el empleo durante la pandemia. Así lo dejó en evidencia el informe “Una recuperación desigual: las secuelas de COVID-19 en América Latina y el Caribe”, difundido el 29 de noviembre por el Banco Mundial (BM) y el PNUD.

El reporte, basado en encuestas telefónicas ahonda en aspectos como el mercado laboral, la seguridad alimentaria, las brechas de género, salud y educación, además del acceso a los servicios bancarios y digitales. El país preocupa en más de uno de ellos.

A nivel región el informe evidencia que cerca de la mitad de los hogares no ha podido recuperar el nivel de ingresos habitual antes de la pandemia, más allá del apoyo de los gobiernos para solventar la crisis. También evidenció un aumento de la informalidad laboral y cómo naciones como Colombia están quedadas en cuanto a la recuperación en este ítem.

Mientras en Latinoamérica el empleó cayó en 11 puntos porcentuales desde la emergencia sanitaria, “Colombia y Brasil exhiben las brechas más grandes en comparación con los niveles pre pandémicos, con la relación empleo-población de cada uno 17 puntos porcentuales más baja”, se lee en el documento. Preocupa, además, el caso ecuatoriano, donde el empleo cayó en un 14 %. En el componente de mercados laborales, los países que más se recuperaron fueron: Dominica, México, Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

El informe también muestra que:

“Después de Haití, un país afectado por más de una conmoción desde 2019, Colombia presenta la tasa más alta de pérdida de empleo, de 36 por ciento, con aproximadamente la mitad de los adultos en edad productiva habiendo abandonado la fuerza laboral”.

Las más afectadas en la región por la pérdida del empleo fueron las mujeres, con un 39 %, en comparación con los hombres, 18 %; quienes más padecieron, según los datos consolidados por el BM y el PNUD, fueron las madres de menores de cinco años.

A nivel de ingresos, el panorama de Colombia tampoco es muy alentador. En este país, al igual que en Bolivia, Paraguay, Ecuador, los niveles de ingresos de más del 60 % de los hogares aún no muestran signos de recuperación comparables a los niveles anteriores de la pandemia. La media, a nivel región, es del 50 %.

Respecto al acceso a servicios de salud, Haití, Ecuador y Colombia siguen “enfrentando limitaciones para brindar atención”, indica el documento. En el caso del vecino país, el 11 % de los hogares del país todavía no tiene acceso, aunque el panorama es más alentador si se tiene en cuenta que en 2020 llegó a ser del 50 %.

Otro aspecto en el que a Colombia no le está yendo bien es el acceso a servicios bancarios y digitales, en el que a nivel región los mayores obstáculos son los altos costos, los cortes de energía y la mala calidad de la conectividad para utilizar Internet. En el país, al igual que en Haití y en Perú, se comprobó la dificultad de acceso a la red por el elevado costo que ello implica.

30 de Noviembre de 2021

Publicado enEconomía
Integrantes de un colectivo feminista participan en una protesta en la Ciudad de México. 2 de noviembre de 2020Toya Sarno Jordan / Reuters

Informes de Naciones Unidas y la de CEPAL, en el marco del Día internacional contra la violencia de género, muestran que hubo más de 4.000 feminicidios en 2020 y que el hogar sigue siendo un lugar inseguro para ellas.

Los datos no son alentadores. La violencia machista sigue gozando de buena salud en América Latina y el Caribe, a pesar de que hoy hay más visibilidad del problema, presión de los colectivos feministas y mayor respuesta estatal, en comparación a los años anteriores.

El feminicidio, reconocido como la "forma más letal y extrema de la violencia de género", sigue afectando a más de 4.000 mujeres en la región, según los datos recopilados en 2020, aunque muestran una ligera disminución si se equiparan a las cifras registradas en 2019.

El más reciente informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), lanzado en el contexto del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, alerta sobre la necesidad de implementar políticas efectivas para erradicar los feminicidios y el resto de las violencias que padecen las mujeres y niñas, mientras que la ONU ya califica esta realidad como una "pandemia en la sombras". ¿Cuáles son los datos más alarmantes?

1. 4.091 feminicidios

De acuerdo al informe de la Cepal, en 2020 hubo un total de 4.091 feminicidios tipificados en 26 países de la región: 17 en América Latina y 9 en el Caribe. Sin embargo, el organismo destaca que uno de los problemas que tienen esos datos es que "no hay una metodología común para este delito".

Aunque hay una disminución de 10,6 % en la cifra de asesinatos de mujeres por razones de género, si se compara con 2019, cuando se produjeron 4.576 casos, los números demuestran que esa forma de violencia sigue afectando a miles de mujeres cada año. 

Honduras, con 4,7 casos por cada 100.000 mujeres, encabeza la lista de feminicidios en América Latina en 2020, seguido por República Dominicana (2,1) y El Salvador (2,1), aunque esas tres naciones reportaron una disminución de este delito con respecto al año anterior. Lo mismo ocurrió en Bolivia, Brasil, Colombia, Guatemala, Paraguay, Puerto Rico y Uruguay.

2. Mujeres entre 30 y 44 años: las principales víctimas

Los datos que maneja la Cepal revelan que las mujeres de entre 30 y 44 años conformaron el tramo de edad con mayores víctimas de feminicidio, al registrar 344 casos el año pasado.

Del mismo modo, las adolescentes y mujeres adultas jóvenes, entre los 15 y 29 años, integran el segundo rango etéreo con más víctimas, con 355 casos en 2020; mientras que al menos 40 niñas y menores de 15 fueron asesinadas por razones de género en ese mismo período.

3. 357 niños y niñas sin sus madres o cuidadoras

Además de la violencia letal contra las mujeres, el estudio de la Cepal también contempla a las otras víctimas de los feminicidios: los niños, adolescentes y otros dependientes que quedan sin el amparo de sus cuidadoras.

Según el conteo, al menos 357 niños, niñas y adolescentes padecieron las secuelas de esta violencia en estos países de América Latina: Argentina, Chile, Costa Rica, Panamá, Paraguay y Uruguay.

4. 11 % de mujeres víctimas de violencia sexual

En América Latina y el Caribe, al menos 11 % de las mujeres y adolescentes mayores de 15 años han sido víctimas de violencia sexual al menos una vez en sus vidas, lo que representa el doble del promedio mundial, detalla la Organización Mundial de la Salud (OMS).

5. 1 de cada 2 mujeres, víctimas de violencia durante la pandemia

El más reciente informe de ONU Mujeres, titulado 'Midiendo la pandemia en la sombra: violencia contra las mujeres durante el covid-19', detesta que al menos una de cada dos mujeres "habían experimentado alguna forma de violencia desde el inicio de la pandemia".

El estudio, realizado con base en encuestas de 13 países, detalla que las mujeres que denunciaron ser víctimas de estas violencias tenían "1,3 veces más probabilidades de presentar un aumento del estrés mental y emocional que las mujeres que no lo hicieron".

6. 1 de cada 4 mujeres se siente menos segura en su hogar

Los datos que maneja ONU Mujeres también evidenciaron que al menos una de cada cuatro mujeres dijo sentirse "menos segura" en su propio hogar y que los conflictos dentro de su propia casa se incrementaron desde el inicio de la pandemia de coronavirus.

El maltrato físico (21 %) fue una de las razones más esgrimidas por las mujeres, mientras que otras comunicaron haber sido víctimas de daños por parte de otros miembros de la familia (21 %). Un 19 % reportó que otras mujeres en su hogar sufrían malos tratos. 

7. 40% de las mujeres se sienten más inseguras en la calle

Además de la inseguridad en su propio lugar de residencia, el temor a la violencia en las calles es una constante para las mujeres, ya que al menos 40 % de las encuestadas afirmó que se sentía menos segura al pasear solas por la noche.

"Cerca de tres de cada cinco mujeres también piensan que el acoso sexual en espacios públicos ha empeorado durante la covid-19", precisa ONU Mujeres.

En esa línea, la directora ejecutiva de ese organismo, Sima Bahous, ha destacado que la violencia contra las mujeres "es una crisis mundial existente" que se expande a la par de otras coyunturas y conflictos, y que contribuye a que "vivan con sensación de peligro, incluso en sus propios hogares, vecindarios o comunidades".

Esa situación, ya preocupante en sí misma, se agravó durante la crisis sanitaria del covid-19 debido a las medidas de confinamientos y aislamiento social que se implementaron, dando paso "a una segunda pandemia de violencia en la sombra contra mujeres y niñas, ya que a menudo se encontraban confinadas junto con sus maltratadores".

Publicado: 25 nov 2021

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La revolución que hace que cuatro millones de trabajadores abandonen su puesto cada mes en EE UU

El alto número de bajas en la población activa altera el mercado laboral y provoca cuellos de botella en la contratación

 

Las entrevistas de salida son una tradición en EE UU, un género propio en la gestión de los recursos humanos. Las hacen las empresas a los trabajadores que se van voluntariamente, para saber qué fue mal y cuáles fueron los motivos que marchitaron las expectativas del empleado. A juzgar por la sangría de estadounidenses que dejan el mercado laboral desde que despegó la recuperación pospandémica, las conclusiones de esos interrogatorios resultan hoy más reveladoras que de costumbre. Un modo de entender por qué desde abril, cuando se registró el primer pico de salidas, en torno a cuatro millones de personas abandonan voluntariamente cada mes la población activa, ya que en muchos casos la baja no va acompañada, o al menos no inmediatamente, de búsqueda de empleo.

Uno de los factores que más se citan para explicarlo serían los ahorros acumulados gracias a la inyección de estímulos contra la pandemia del Gobierno federal, pero no es el único. El fenómeno es una madeja enmarañada, con hilos coyunturales y un meollo estructural. Los expertos lo han bautizado ―la movilidad existía, pero no a este ritmo― como la Gran Dimisión o la Gran Renuncia, con mayúsculas, no solo porque la letra capital se use para escribir los nombres en inglés, sino porque la tendencia está dinamitando la cultura del trabajo tradicional: el desempeño profesional como prioridad en la vida; la realización personal, proyectada solo en el oficio o la carrera. De ahí que algunos prefieran ampliar el foco y definir lo que sucede como la Gran Remodelación, una reformulación radical de la cultura del trabajo, o, incluso, como el Gran Agotamiento, porque muchas veces se trata de trabajadores quemados o pasados de vueltas por el sistema, con el acelerador de la pandemia.

Es el caso de Phyllis Curran O’Neill, de 67 años. “Trabajé desde julio de 2020 hasta septiembre de 2021 como recepcionista en un complejo de apartamentos para mayores en Nueva Jersey; a tiempo completo, por 12 dólares la hora. La compañía ofrecía seguro médico, seguro de vida y un plan limitado de pensiones, pero como tengo más de 65 años y me corresponde Medicare, prescindí del seguro médico. Medicare [cobertura pública para mayores] es mejor”, explica. En EE UU el seguro médico privado corre a cuenta de las empresas, de ahí que habitualmente contar con beneficios de ese tipo signifique cobrar menos sueldo neto, y a la inversa: más salario, menor protección.

El detonante de su salida fue el exceso de trabajo y, por ende, el estrés y el agotamiento emocional. “A medida que pasaban los meses, noté cómo aumentaban mis responsabilidades hasta el punto de que un día me vi tan sobrepasada que estallé y grité: ‘¡Quiero más dinero por hacer esto!’. Después del arrebato sentí que mi comportamiento había sido inaceptable y decidí que era hora de irme”, continúa. “De hecho, la dirección se ofreció a mantenerme en la reserva, pero me han llamado solo un día en los últimos dos meses para cubrir una baja”. Otra característica del sistema son las contadísimas bajas médicas de los empleados para no sufrir recortes en el sueldo.

Esta deserción masiva está ocasionando trastornos a los empresarios, que lidian con una creciente escasez de mano de obra, y comprometiendo la recuperación plena en sectores como el comercio o el transporte, hoy deficitarios funcionalmente: basta apreciar las colas interminables ante cajas cerradas en unos grandes almacenes, en hora punta. A finales de julio, había en EE UU 11 millones de puestos de trabajo vacantes. En septiembre los cesantes fueron más de 4,4 millones, una cifra ligeramente superior a la de agosto (4,3 millones), en una población de 331 millones de personas. Se trata del porcentaje más elevado de abandono desde que empezó a registrarse este tipo de absentismo laboral, hace dos décadas.

La escasez de mano de obra agrava el gripado del sistema a consecuencia del gran atasco global en las cadenas de producción y distribución. Casi un millón de los extrabajadores se desempeñaban en el sector del ocio y restauración, uno de los que se han recuperado a mayor velocidad. Otros 863.000 han salido de actividades relacionadas con el alojamiento y 706.000 ofrecían servicios profesionales. En total, a finales de septiembre había 10,4 millones de puestos de trabajo vacantes en el país, una cifra ligeramente inferior a la de agosto, pero aún extraordinariamente alta para los registros históricos. Es decir, aproximadamente 75 trabajadores desempleados por cada 100 vacantes, la proporción más baja de las últimas dos décadas.

Expertos y medios de comunicación hablan de una sacudida sísmica, de una reescritura del contrato social (ergo laboral) gracias a la cual el tradicional desequilibrio de fuerzas entre el empleador y el empleado se está nivelando paulatinamente a favor del segundo. El creciente empoderamiento del trabajador explicaría la movilización sindical que recorre el país, otro fenómeno que eclosionó con la pandemia. El trabajador se ve en posición de exigir, a veces por encima de la media. “Hemos rechazado a algunos que pedían 25 dólares por hora. ‘Por menos dinero me quedo en casa cobrando los cheques del Gobierno’, nos decían. No podemos pagar 25 dólares porque aún no hemos recuperado el volumen de negocio previo a la pandemia”, explicaba el jueves Davide, dueño de una trattoria en Manhattan.

La mayoría de los trabajadores que salen del mercado habían alcanzado un punto de no retorno: sus ocupaciones les imponían un peaje psicológico, y a veces incluso físico, que ya no parecen dispuestos a pagar. Peter Christophe Atwill, de 25 años, licenciado en Políticas y Económicas, ha dejado un trabajo con el que a priori soñaría cualquiera de sus coetáneos porque “no encajaba, no acababa de sentirme cómodo”. Hace dos semanas se fue de Bloomberg, donde fungía como gestor de una cuenta empresarial, “trabajaba con asesores fiscales y contables, ayudándoles en las declaraciones de impuestos a través de nuestras plataformas, para que puedan incrementar el valor de sus negocios gestionando mejor sus gastos”, explica por teléfono desde Washington. Pero no se encontraba a gusto y decidió emprender un nuevo rumbo profesional, “sabiendo que voy a ganar el 50% de lo que percibía en Bloomberg”.

Atwill quiere trabajar en servicios sociales, y en concreto en la acogida de inmigrantes, porque su familia llegó a este país como inmigrante. “Es algo que tengo muy presente, por eso creo que me llenará mucho más un trabajo al que le veo sentido, aunque cobre menos”, afirma. De momento va a tomarse un tiempo de respiro. “Soy optimista. Mis padres eran los más preocupados, mucho más que yo, pero han aceptado el cambio porque me ven feliz, y eso es lo único que les importa”, dice sobre su salto al vacío.

Según un reciente estudio publicado en Harvard Business Review, Atwill no pertenece al grupo de edad más representado en el fenómeno de la Gran Renuncia: los empleados entre 30 y 45 años, que han abandonado el mercado en más de un 20% entre 2020 y 2021. La movilidad entre los jóvenes, tradicionalmente alta, se ha reducido el último año por la incertidumbre económica, señala el informe. La suspensión a causa de la pandemia de cualquier expectativa de mejora o promoción en la franja de edad intermedia explicaría en parte esa mayor defección. Los sectores más afectados, según el estudio, son los más expuestos al burnout o agotamiento: el de la salud (3,6% de incremento) o el tecnológico (4,5%). Ambos experimentaron un alto nivel de demanda durante la pandemia.

Patricia Campos-Medina, directora del Instituto del Trabajador de la Universidad de Cornell, enumera algunos de los factores que explicarían el porqué de la sangría, entre ellos la insatisfacción. “Hemos vivido momentos de angustia económica y personal. Muchos evalúan los inconvenientes de regresar al trabajo sin garantías de protección y sin flexibilidad para cuidar de sus familias. Muchas mujeres deben ocuparse de sus hijos o sus mayores porque lo que ganarían trabajando fuera no bastaría para pagar a una persona, eso explica su salida del mercado. La Gran Renuncia existe entre los profesionales liberales, pero aún más entre las categorías peor pagadas; y ocurre de manera parecida entre los trabajadores sindicados, el 10% del total, y los que no lo están. Durante la pandemia hubo una reacción contra el abuso de las grandes corporaciones, que multiplicaron sus ingresos; muchos trabajadores vieron que estaban hipotecando sus vidas por salarios miserables. En parte ha sido una reacción a ese estado de cosas”.

El argumento de la pereza o la desincentivación por la inyección de estímulos del Gobierno ―cheques de 1.400 dólares, bonos extra por desempleo― no acaba de explicar, según la experta, el fenómeno. “Muchos decían que los beneficios públicos mantenían a la gente fuera del mercado laboral, pero los subsidios de desempleo por la pandemia expiraron en septiembre y la gente no está volviendo. Y no regresa porque los salarios no suben y porque no hay garantías de flexibilidad”.

Las reglas del juego que existían antes de la pandemia ya no valen. El sí a todo, o a cualquier oferta, ha dado paso, cuando menos, a las dudas. “Ha habido un cambio fundamental: existe una demanda de responsabilidad a las empresas (en protección, higiene o beneficios sociales) y también de políticas públicas que protejan al trabajador, eso ya se vio durante la pandemia”, concluye Campos-Medina, para quien la actual crisis hunde también sus raíces en la proliferación de empleos basura en los últimos veinte años, sobre todo “un incremento notorio de los contratos a tiempo parcial: con ellos las empresas se ahorran el pago de beneficios sociales como el seguro médico”.

La pandemia, pues, habría sido el catalizador de un nuevo tipo de trabajador, que apuesta por un mayor equilibrio entre la vida y el empleo y para el que la flexibilidad ―no solo la teóricamente inherente al teletrabajo para quienes puedan acogerse a esta modalidad― es un factor clave. “Aunque no utilizo el concepto Gran Agotamiento, refleja bien mi visión sobre lo que sucede. Creo que lo usaré en el futuro, o quizás la Gran Reevaluación”, explica por correo electrónico el sociólogo Mishal Khan, de la Universidad de Chicago. “Creo que el burnout [agotamiento] es una gran razón, pero hay otras. Veo este fenómeno como un referéndum colectivo sobre la crisis y los problemas del trabajo. La gente se ha hartado y busca alternativas a ser explotada, degradada o hacer ganar dinero a empresas que no dan lo suficiente a cambio. El acceso a los cuidados es otro gran problema, tanto el cuidado infantil como las formas asequibles de cuidar a los ancianos. Otras personas optan por iniciar sus propios negocios, incorporarse a la economía gig [trabajar por proyectos] o ven muy atractivo hacerse autónomos, ya que no tienen que trabajar para nadie. El hecho de que existan estas oportunidades puede haber dado a las personas la confianza para dejar sus trabajos”.

En la entrevista de salida de su último trabajo, a Irene San Segundo, periodista de 36 años de Nueva York, le costó encontrar motivos de queja que respaldaran su decisión. “Era el trabajo mejor pagado que he tenido, me trataban estupendamente…, no había una fuerza mayor, una enfermedad, nada. Pero el exceso de reuniones por Zoom durante la pandemia fue la razón que más me empujó a decidirme, porque llevaba una vida con el piloto automático: jornadas de 10 horas, siempre conectada…, la vida de la marmota. La covid aceleró la sensación del tiempo, es como si nos hubieran robado dos años. Ya me había planteado dejarlo antes de la pandemia, sin ahorros, pero la covid fue determinante para dar el paso”, explica, confiando en que el fenómeno de la Gran Renuncia “implique un cambio de prioridades”. “Por primera vez me he dado permiso para elegir, antes era solo tirar para adelante”. Como en otros muchos casos, las señales de alerta fueron evidentes: “No dormir, o tener que hacerlo con pastillas, ansiedad… incapacidad para desconectar o cogerme días libres porque sabía que el trabajo entonces no saldría, o reservar el domingo para sacar trabajo adelante”.

Un mes y medio después de dar el paso, tras hacer cuentas y con un colchón de ahorros, San Segundo se siente como si le hubiese “tocado la lotería”. Está mucho más implicada en un voluntariado con la tercera edad que antes realizaba a salto de mata; tiene una lista de actividades “de 9 a 5″ (el horario tradicional de oficina en EE UU), y ganas de escribir por placer, no por obligación. “Si me dieran a elegir tres deseos, tengo claro cuál sería el más valioso: el tiempo”. Un factor que tal vez figure en breve, con letras de molde, en el baremo de razones esgrimidas en las entrevistas de salida de cualquier trabajo.

Por María Antonia Sánchez-Vallejo

Nueva York - 20 nov 2021 - 21:48 COT

Publicado enEconomía
Martes, 16 Noviembre 2021 05:26

La (re)formación de la clase obrera

Ilustración: Nicolás Daniluk, Jacobinlat

´Cuando los especialistas en ciencias sociales se refieren al período 2019-2021, destacan tres signos de crisis sistémica profunda: en primer lugar, la incapacidad de la mayoría de los Estados para responder adecuadamente a la pandemia de COVID-19, ese gran revelador de las falencias sociales y gubernamentales. En segundo lugar, la aceptación de Estados Unidos del fracaso de la guerra en Afganistán, que dejó en claro que la «guerra contra el terrorismo» no logró revertir la pérdida de poder de Estados Unidos a nivel mundial. Por último, pero no menos importante, el tsunami de protestas sociales a nivel mundial, que empezó en 2010-2011 —como consecuencia de la crisis financiera de 2008— y no dejó de crecer hasta 2019.

Si ponemos la mirada en el futuro, está claro que cualquier estrategia obrera y socialista deberá tener en cuenta el terreno en el que se despliegan las luchas, es decir, la inestabilidad hegemónica de Estados Unidos en el marco de una crisis capitalista mundial sin parangón luego de los años 1930. Como sucedió durante la primera mitad del siglo veinte, la crisis actual del capitalismo global adopta la forma de una enorme crisis de legitimidad: la consigna «socialismo o barbarie» vuelve a plantearse con urgencia.

La creación, destrucción y reconstrucción de la clase obrera mundial

¿Qué pueden hacer las movilizaciones clasistas para frenar el deslizamiento del presente hacia la «barbarie»? Hasta hace algunos años, la respuesta de los teóricos de la globalización, de izquierda y de derecha, era unánime: «No mucho». La tesis de la «carrera hacia el abismo» plantea que la globalización creó barreras insuperables para la movilización de la clase obrera. Desde los años 1980, los partidarios de esta perspectiva escribieron innumerables obituarios para la clase y el movimiento obreros, centrados en el debilitamiento y la destrucción de las clases obreras existentes, sobre todo —y esto es significativo— las ocupadas en la producción industrial de los países centrales. Pero ignoraron las formas en que el capitalismo —por medio de transformaciones recurrentes de la organización productiva mundial— crea nuevas clases obreras con nuevas fuentes de poder, padecimientos y reivindicaciones.

Este enfoque alternativo pone el eje en la creación y reconstrucción de las clases obreras, que responden a su vez a los costados creativos y destructivos del proceso de acumulación de capital. En efecto, la ola mundial de movilizaciones de los años 2010-2011 estuvo marcada por las protestas de nuevas clases en proceso de formación y clases existentes que luchaban para conservar los derechos conquistados en ciclos anteriores. El espectro abarcó huelgas de obreros industriales en China, huelgas ilegales en las minas de platino de Sudáfrica, jóvenes desempleados y subempleados que se lanzaron a ocupar las plazas en todo el mundo y protestas contra la austeridad que se extendieron desde África del Norte hasta los Estados Unidos. El proceso terminó siendo solo el preludio a un tsunami de protestas de clase que duró más de una década y estuvo compuesto tanto por huelgas obreras como por luchas callejeras.

Hay quienes piensan que la lección de los años 2010-2011 es que las luchas de clase se desplazaron desde los lugares de producción hacia las calles. Con todo, aunque no deberíamos menospreciar el significado de las «luchas callejeras», sería un grave error subestimar las huelgas en los lugares de trabajo, pues son las fuentes de poder que operan detrás de esos movimientos. Así, por ejemplo, aunque la historia estándar de los levantamientos egipcios de 2011 se centra en la ocupación de la plaza Tahrir, la verdad es que Mubarak renunció a su cargo solo cuando los obreros del canal de Suez —sitio fundamental para el comercio internacional y nacional— hicieron huelga.

Desde los años 1980, la adopción generalizada de la producción «Just in time» —la provisión de inputs se mantiene en niveles mínimos con la perspectiva de recortar costos distribuyéndolos «justo a tiempo»— incrementó la vulnerabilidad de las fábricas situadas más abajo en la cadena a las huelgas que se desarrollan en los sitios de los proveedores. Este es el caso aun si la fábrica que para está en la misma provincia, como sucedió, por ejemplo, cuando la huelga de una autopartista forzó a Honda a cerrar todas sus plantas de ensamblado en China.

La pandemia y el bloqueo del canal de Suez de marzo de 2020 dejaron en claro que las cadenas de suministro globales son vulnerables a múltiples formas de interrupción, entre ellas, las huelgas obreras. Hasta cierto punto, esto no es nada nuevo. En el siglo veinte, los trabajadores del transporte disponían de mucho poder en virtud de su localización estratégica en las cadenas de suministro globales y nacionales. De ahí el rol central que jugaron en el movimiento obrero en general. No cabe duda de que las cadenas de suministro globales serán distintas a mediados del siglo XXI —de hecho, la pandemia y las tensiones geopolíticas están forzando a reestructurarlas—, pero es muy probable que los trabajadores del transporte, los almacenes y la comunicación sigan teniendo poder (y tal vez cobren más relevancia), dada su localización estratégica en los procesos de acumulación de capital.

Del mismo modo, sería insensato descartar la importancia futura de las huelgas de los obreros industriales, pues la diseminación mundial de la producción a gran escala, puesta en marcha durante el siglo veinte, tuvo como consecuencia la formación de nuevas clases obreras y oleadas sucesivas de conflictos de clase. A comienzos del siglo veinte, cuando el epicentro de la producción industrial a gran escala se desplazó al continente asiático, también lo hizo la lucha obrera: se confirmó la tesis de que donde hay capital, hay conflicto.

Esa frase tiene un sentido geográfico, pues el capital, al ser relocalizado en busca de mano de obra dócil y barata, termina creando clases obreras y conflictos nuevos en sus lugares de destino. Pero también tiene un sentido intersectorial, pues a medida que el capital se desplaza a nuevos sectores de la economía, se crean nuevas clases obreras y emergen conflictos originales.

Una perspectiva obrera hegemónica

¿En qué sectores debemos centrarnos hoy? Sin duda, uno muy importante es la «industria de la educación» que, según la UNESCO, pasó de contar 8 millones de docentes a nivel mundial en 1950 a 62 millones en 2000, y creció otro 50% en 2019, hasta alcanzar un total de 94 millones de docentes. Más allá del crecimiento meteórico de los números, existen otros motivos para pensar que los docentes están jugando un rol fundamental en el movimiento obrero a nivel mundial, análogo al que jugaron los obreros de la industria textil en el siglo XIX y los obreros de las automotrices en el siglo XX.

La tendencia al conflicto obrero en la «industria de la educación» se convirtió en un dato incuestionable a fines del siglo XX, pero las movilizaciones de la última década marcaron un punto de inflexión. En Estados Unidos, este punto correspondió a la emergencia de la organización Caucus of Rank-and-File Educators (CORE) que, con amplio consenso social, dirigió a los docentes de Chicago a través de su exitosa huelga de 2012. El conflicto logró instalar la idea de que los docentes no solo luchaban por sus propios intereses, sino por los de los estudiantes y las familias. La huelga de Chicago fue seguida de una oleada nacional de paros y movilizaciones en todo el país, especialmente en los distritos escolares localizados en estados con una fuerte política antisindical.

En Chile, los docentes de las escuelas públicas que fueron a la huelga bajo dirección del Colegio de Profesores de Chile (CPC) —con apoyo de estudiantes, vecinos y otros trabajadores— jugaron un rol central en el ciclo de protestas nacionales que reivindicó el acceso universal a la educación y el abandono de la constitución neoliberal heredada de la época de Pinochet. Se observaron acciones similares en Costa Rica, Honduras y Colombia y, en Perú, el presidente de izquierda Pedro Castillo llegó al poder con apoyo del sindicato docente.

Esta nueva oleada de militancia docente responde a una serie de reclamos fundados en un claro proceso de proletarización, que incluye la intensificación del trabajo, el deterioro de las condiciones laborales y la pérdida de autonomía y control sobre el proceso de trabajo en las aulas. En parte, las huelgas docentes son exitosas debido a que sus reivindicaciones se complementan con un fuerte poder de negociación en sus lugares de trabajo. Es posible argumentar que la «industria de la educación» suministra los bienes de capital más importantes del siglo XXI, es decir, esos obreros educados que luego deben insertarse en una «economía de la información». A diferencia de la mayoría de las actividades manufactureras, es imposible presionar a los docentes mediante la amenaza de relocalizar la producción (más allá de los experimentos virtuales a partir de la pandemia, la enseñanza debe realizarse donde están los estudiantes). Del mismo modo, la «industria de la educación» parece resistir a la automatización (reemplazar a los docentes por robots no es algo que aparezca en el horizonte).

Además, los docentes ocupan un lugar estratégico en la división del trabajo social concebida en términos más amplios. Si los docentes hacen huelga, generan un efecto dominó que afecta toda la división social del trabajo: interrumpen la rutina de las familias y dificultan el trabajo de los padres. En ese sentido, el poder estratégico de los docentes, aunque en última instancia está fundado en su capacidad de interrumpir la economía, es bastante singular, pues depende especialmente de la centralidad que tiene su actividad en la sociedad. Sin embargo, a menos que este poder se ejerza en el marco de una perspectiva hegemónica más amplia, los docentes quedan expuestos a que el Estado y el capital los utilicen como chivos expiatorios y los sometan a la represión. En efecto, la crisis cada vez más grave del capitalismo conlleva también la ampliación y la profundización de las formas coercitivas del poder.

Como sea, las huelgas más grandes de la última década muestran que los docentes tienen el potencial de formular dicha perspectiva, es decir, de mostrar que sus luchas particulares implican la defensa de los intereses de toda la sociedad. Su propia labor hace que entren en contacto cotidiano con círculos mucho más amplios de la clase obrera, pues son testigos de todos los problemas que enfrentan los estudiantes y sus familias. Entonces, basta con que difundan la idea de que, aun si sus reivindicaciones buscan un beneficio que los afecta específicamente como docentes, también promueven los intereses de los estudiantes, sus familias, sus barrios y sus ciudades. Por supuesto, este potencial hegemónico, fundado en condiciones estructurales, debe realizarse a través de una agencia política que vincule las luchas particulares de los docentes —y de los trabajadores— con luchas más amplias por la dignidad humana y la supervivencia planetaria.

Solidaridad forever

La automatización que promueve la Inteligencia Artificial llevó a muchos intelectuales a sugerir que estaríamos llegando al «fin del trabajo» y que, en consecuencia, se terminarán los conflictos laborales. Con todo, la prescindencia completa del trabajo humano en los procesos de producción continúa siendo una fantasía esquiva, y no deberíamos subestimar la importancia que siguen teniendo las luchas obreras en los sitios de producción.

Sería un error también subestimar las movilizaciones callejeras. En efecto, es posible derivar el entrelazamiento esencial de estos dos sitios de lucha —el lugar de trabajo y la calle— a partir del Tomo I de El capital. Por un lado, llegando a la mitad —donde describe el conflicto ininterrumpido entre el capital y el trabajo por la duración, la intensidad y el ritmo de la actividad—, Marx se refiere a lo que sucede en la «oculta sede de la producción». Por otro lado, en el capítulo 25, Marx aclara que la lógica del desarrollo capitalista, no solo lleva a constantes luchas en los lugares de trabajo, sino también a conflictos más amplios a nivel social, pues la acumulación de capital avanza de la mano de la «acumulación de miseria», especialmente bajo la forma de la expansión de un ejército industrial de reserva de trabajadores desempleados, subempleados y precarios.

En este sentido, la historia del capitalismo se caracteriza, no solo por el proceso cíclico de destrucción creativa en el punto de la producción, sino también por la tendencia de largo plazo a destruir los modos de vida existentes a un ritmo más veloz del que define la creación de otros nuevos. Esto conlleva la necesidad de conceptualizar tres tipos de conflictos obreros: 1) las protestas de las clases obreras en proceso de formación; 2) las protestas de las clases obreras existentes que están siendo destruidas y 3) las protestas de esos trabajadores que el capital ignora y excluye, es decir, los miembros de la clase obrera que, aunque dependen exclusivamente de ello para sobrevivir, es probable que nunca logren vender su fuerza de trabajo.

Los tres tipos de conflictos obreros son manifestaciones distintas de un proceso de desarrollo capitalista único. Los tres son visibles en las luchas actuales. El destino de cada uno está íntimamente entrelazado con el de los otros. Una estrategia socialista debe abarcarlos a todos. En efecto, la perspectiva estratégica de Marx y Engels —articulada en el Manifiesto del Partido Comunista y en otras obras—, convocaba a los sindicatos a organizar a estos tres segmentos de la clase obrera mundial en un proyecto común.

No hace falta decir que se trata de una tarea inmensa. Pero además, sin dejar del todo de pecar de cierto optimismo, Marx asumía que estos tres tipos de trabajadores —los que son incorporados como asalariados durante las últimas fases de expansión material, los que son expulsados durante la última ronda de reestructuraciones y los que son excedentes desde el punto de vista del capital— habitaban los mismos hogares y barrios obreros. Vivían juntos y luchaban juntos.

En otros términos, las distinciones al interior de la clase obrera —entre trabajadores empleados y desempleados, activos y en reserva, capaces de imponer pérdidas costosas al capital y capaces solo de manifestarse en las calles— no se solapaban con diferencias de ciudadanía, raza, etnicidad o género. Entonces, los trabajadores que encarnaban cualquiera de esos tres tipos conformaban una sola clase obrera con mismo poder y las mismas demandas, y con la capacidad de generar una perspectiva poscapitalista sobre la emancipación de la clase en su conjunto.

Sin embargo, en términos históricos, el capitalismo se desarrolló junto al colonialismo, al racismo y al patriarcado, es decir, dividió a la clase obrera en función de su condición y limó sus capacidades para generar una visión común de la emancipación. En períodos de grandes crisis capitalistas, como la que estamos viviendo, estas divisiones tienden a endurecerse. El capitalismo en crisis empodera directa e indirectamente a los «monstruos» del «interregnum» gramsciano (movimientos neofascistas, racistas, patriarcales, antinmigrantes y xenófobos). Entonces se despliegan formas coercitivas de control social y militarismo contra un movimiento socialista que es a la vez «demasiado fuerte» como para ser ignorado (por el capital) y «demasiado débil» (hasta ahora) como para salvar a la humanidad de una larga época de caos sistémico.

Con todo, también asistimos a un recrudecimiento de las luchas obreras sin precedente a nivel histórico en cuanto a su escala y a su alcance. Si bien la magnitud del desafío que plantea la crisis del capitalismo global para la humanidad tampoco tiene antecedentes, estos nuevos movimientos están construyendo puentes y, en algunos casos, son capaces de solidarizar a los protagonistas de los tres segmentos de la clase obrera a los que nos referimos. Es en estas luchas —y a través de ellas— que surgirá un proyecto emancipatorio capaz de guiarnos fuera de este capitalismo destructivo, hacia un mundo donde la dignidad humana valga más que las ganancias.

Publicado en Jacobinlat 08/11/2021 Accesible a través de Correspondencia de prensa 13/11/2021

Por Beverly J Silver, profesora de sociología, directora del Arrighi Center for Global Studies de la Universidad Johns Hopkins y autora de Fuerzas de trabajo (Akal, 2005).

Publicado enSociedad
Edwin, sin título (Cortesía del autor)

“Da la impresión de que hay alguien ahí afuera creando trabajos
sin sentido sólo para mantenernos ocupados”.
David Graeber

 

El gobernador del Estado de Massachusetts, Charlie Baker, y el primer ministro de la Gran Bretaña, Boris Johnson, tuvieron que recurrir a la movilización de militares con algún tipo de experiencia en la conducción de vehículos pesados, para intentar solucionar el repentino déficit de conductores de esta clase de automotores. En Massachusetts, la situación crítica está centrada en el déficit de personal para el manejo de buses escolares, y en Gran Bretaña para la conducción de tracto-camiones. La escasez de oferta de trabajadores para este último sector está detrás de la explicación de la llamada “disrupción en la cadena de suministros” que en Londres afectó la distribución de combustible hasta casi paralizar la ciudad. La amenaza de que las fiestas de navidad tengan que celebrarse con los estantes de los comercios minoristas semivacíos, tanto en Europa como en Estados Unidos, tiene una alta probabilidad de convertirse en realidad.


Las explicaciones convencionales, en el caso inglés, apuntan al Brexit, sin embargo, las cifras que maneja la prensa de ese país estima en 90 mil el número de conductores faltantes, de los que 20 mil regresaron a sus países de origen luego de la ruptura con la UE, mientras que 50 mil fueron nativos que abandonaron el trabajo durante la pandemia ya sea porque optaron por la jubilación o buscaron cambiar de profesión. En Estados Unidos, las explicaciones apuntan a los cierres de las escuelas de conducción, o el aumento de los controles sobre el consumo de alcohol y alucinógenos. Sin embargo, la limitación de esas justificaciones queda en evidencia cuando es reconocido que Europa tiene un déficit de 400 mil conductores –según el estudio del grupo de investigación Transport Intelligence, ampliamente citado por la prensa–, siendo Polonia el país más afectado con un déficit de 120 mil, mientras que en Alemania hacen falta alrededor de 50 mil, y en Francia una cifra un poco menor pero que supera los 40 mil. El deterioro generalizado del salario, acentuado por las políticas ultraliberales, y la imposición de actividades extras como la responsabilidad del cargue y descargue son argumentos más estructurales, pero aún dejan sin explicación hechos como que el promedio de edad de los conductores supera los 50 años y poco menos del cinco por ciento tenga menos de 25 años.

El problema no es solamente del transporte pesado, pues el sector de restaurantes y comidas rápidas padece, en los países dominantes, análoga escasez, que no ha podido ser contrarrestada pese a ofertas significativas de reajustes salariales, que en el caso de Macdonald’s, por ejemplo, llevó a la multinacional a ofrecer hasta 15 dólares por hora para las actividades menos calificadas –para ciertas ocupaciones más complejas hasta 21 dólares–, cuando el promedio actual apenas ronda 11 dólares. En abril de 2021 cuatro millones de trabajadores renunciaron a su empleo en EU, siendo la cifra más alta de abandonos voluntarios desde el año 2000, lo que representa alrededor del tres por ciento del total de la fuerza laboral y acabó confirmando la existencia de un fenómeno de retiros masivos que Anthony Klotz, investigador de la Universidad de Texas A&M, denominó en 2019 “la Gran Renuncia”.

El abierto rechazo al mundo del trabajo, regido por el capital, es un síntoma del malestar que aqueja a la clase trabajadora y sobre el que la pandemia ha arrojado un haz de luz que ha iluminado rincones sórdidos como el alejamiento de la familia al que obligan la rutina de los turnos invariables y absorbentes, o la inanidad de los tiempos de desplazamiento que roban vida sin remuneración alguna. La disciplina que el capital aplica al trabajador está menos relacionada con la eficiencia que con la búsqueda de amaestrar el comportamiento y a través de la repetición continuada de procesos inducir la negación de la iniciativa y la voluntad individual, naturalizando la subordinación total. Esta realidad, planteada por la teoría, ha quedado en evidencia por el parón brusco de la economía y las alteraciones que las formas del trabajo han sufrido en la actual crisis sanitaria, abriéndose una brecha en la aceptación de las rutinas que los colectivos sociales quedan en la obligación de ampliar para comenzar a desmontar el monótono ritmo puesto a la producción y la circulación de productos que la arista disciplinaria del capital ha convertido en el cimiento de su dominación.

El trabajo como enemigo de la vida

En el prólogo de su libro Adiós al proletariado, André Gorz llamaba la atención acerca de que “Los términos «trabajo» y «empleo» se han hecho intercambiables: el trabajo no es algo que se hace sino algo que se tiene. Se dice «buscar trabajo» o «crear trabajo» en lugar de «buscar empleo», «crear empleos»”, y, más adelante, “Se puede tener un «buen» trabajo en la industria de armamento y un «mal» trabajo en un centro asistencial” (1). Este pensador francés, de origen austriaco, fue quizá uno de los primeros en dirigir sus observaciones al divorcio que el capitalismo establece entre la actividad laboral diaria y el conocimiento del fin último que ésta tiene en el conjunto de fases que conducen a la realización de un producto determinado. El carácter heterónomo que asume la actividad del trabajador lo enajena completamente del fin de sus movimientos y hace de él un verdadero autómata cuyo único propósito es la remuneración.


Ese carácter totalmente abstracto del “trabajo” y su condición unidimensionalmente utilitaria, hace de la manipulación, en el sentido de manejo con segunda intención, el valor más importante de la modernidad (2). La condición de mercancía que la fuerza de trabajo tiene en el capitalismo termina adquiriendo las mismas singularidades de los productos salidos del conjunto de sus manos. La obsolescencia programada y la desvalorización resultante de la tecnología que caracterizan a las mercancías en la etapa del post-industrialismo, terminan trasladándose a su hacedor en forma de “actualización permanente” y “flexibilidad”. La disponibilidad a un traslado permanente y la capacidad de “reinventarse”, como dicen los disimuladores de la incertidumbre inducida, son las cualidades que exigen a los sobrevivientes de un mundo laboral en el que la apariencia juega un papel central. “Saber venderse”, es una de las expresiones más comunes de quienes instruyen a los desempleados en técnicas que les amplíen la posibilidad de ganarse una ocupación, y que ilustra más que nada la estrategia de la impostura como condición del empleo en la actualidad. La disponibilidad total del tiempo al servicio del capital queda ampliada cuando en la esfera del consumo la búsqueda de los productos está atravesada por las actividades del llamado marketing que puede involucrar contestar encuestas o escuchar largos discursos sobre supuestos beneficios como condición, por ejemplo, de menores precios, enajenando a las personas del espacio de la afectividad y de su relación no mercantil con los “otros”. Las nueve horas diarias que pasa un camionero en las carreteras y las dos o tres semanas que permanece apartado de su familia cuando hace viajes a largas distancias son tan sólo una pequeña muestra de trabajo que niega la vida, pues aún quienes no tienen que desplazarse como parte de su actividad son igualmente móviles, ya sea en sus traslados diarios o en su condición de parias de un sistema volátil que los acoge tan rápido como los desecha.


En mayo de este año, la Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo, revelaron en su revista Environment International qué en 2016, año del estudio, 1,9 millones de trabajadores perdieron la vida por causas directamente relacionadas con su actividad laboral. De esas muertes, cerca de 750 mil fueron provocadas por ataques al corazón o derrames cerebrales producto de excesivas jornadas de trabajo –iguales o superiores a 55 horas semanales–, lo que vino a significar que entre el año 2000 y el 2016 hubo un aumento de 29% de muertes por esas jornadas abusivas. En ese período, las incapacidades por igual motivo representaron una pérdida de 23,3 millones de años de vida mostrándose, además, que el número de personas que trabajan en exceso ha ido en aumento en lo corrido del siglo XXI, revirtiéndose la tendencia a la disminución que tuvo lugar durante la segunda mitad del siglo XX.


El trabajo, esa actividad que le permite a los humanos interaccionar con la naturaleza, transformarla y adaptarla para su proceso de subsistencia, si bien sigue teniendo ese sentido, en alguna medida, cuando miramos el proceso globalmente, es absolutamente irracional para los trabajadores directos. A nivel global, los excesos de residuos de todo tipo, así como el agotamiento de los recursos no renovables y la saturación de los ciclos de los distintos elementos, que el ambientalismo ha denunciado desde hace medio siglo, empiezan a mostrar que el proceso de trabajo puede generar la subsistencia de la especie en el presente, pero qué en el mediano y largo plazo, bajo las condiciones actuales, es una actividad auto-destructiva.


La mecanización y el consumismo están haciendo de la re-creación periódica del ser humano, que no otra cosa son el trabajo y la producción, un proceso suicida. La auto-cosificación a la que ha llegado la humanidad en un mundo de aparatos, hace de los individuos seres cada vez más ajenos de sí mismos e impotentes, limitados al mundo de la particularidad que los enajena del poder decisorio de lo político. “El individuo se mueve en un sistema de instalaciones y mecanismos, de los que el mismo se ocupa y es ocupado por ellos, pero habiendo perdido hace tiempo la conciencia de que este mundo es una creación humana […]. El manipulador no tiene ante sus ojos la obra entera, sino sólo una parte de ella, abstractamente, separada del todo, que no permite una visión de la obra en su conjunto. El todo se manifiesta al manipulador como algo ya hecho, y la génesis sólo existe para él en detalles, que de por sí son irracionales” (3). Pretender, por tanto, dar pasos correctores sin mirar el todo, es caer en la manipulación y en el ser manipulados, pues el reclamo sobre la parte sin la visión de ese todo no es más que espejismo consolador.


La irracionalidad del mundo del trabajo

En el capítulo X de su obra clásica Teoría general de la ocupación, el Interés y el dinero, John Maynard Keynes mostraba, laudatoriamente, el grado de irracionalidad que el trabajo ya tenía en el primer tercio del siglo XX, y cómo trabajar por trabajar, así el fin último careciera de sentido, era un principio del capital industrializado que en esa fase ya había perdido cualquier lógica de conveniencia social: “Si la tesorería se pusiera a llenar botellas viejas con billetes de banco, las enterrara a profundidad conveniente en minas de carbón abandonadas, que luego se cubrieran con escombros de la ciudad, y dejara a la iniciativa privada, de conformidad con los bien experimentados principios del laissez-faire, el cuidado de desenterrar nuevamente los billetes (naturalmente obteniendo el derecho de hacerlo por medio de concesiones sobre el suelo donde se encuentran) no se necesitaría que hubiera más desocupación y, con ayuda de las repercusiones, el ingreso real de la comunidad y también su riqueza de capital probablemente rebasarían en buena medida su nivel actual. Claro está que sería más sensato construir casas o algo semejante; pero si existen dificultades políticas y prácticas para realizarlo, el procedimiento anterior sería mejor que no hacer nada” (4).


El sinsentido de lo expresado por Keynes, en el que los prismas que transforman lo absurdo en algo conveniente –según los principios de la óptica del capital–, son la “iniciativa privada”, la “conformidad con los bien experimentados principios del laissez-faire” y la sacrosanta propiedad privada –representada en la frase con las “concesiones”–, son la única base de una creciente rama de ocupaciones cuya utilidad social parece quedar limitada tan sólo a “ocupar” personas. David Graeber, el malogrado antropólogo anarquista estadounidense, bautizó a estas ocupaciones “trabajos de mierda” y los categorizó en “lacayos”, “esbirros”, “parcheadores”, “marca-casillas” y “supervisores” (5), asociando los dos primeros a los oficios de servicios personales o cercanos a estos que existen solamente para satisfacer el ego de alguien que busca considerarse importante. Sobre los parcheadores, cuyo nombre toma de quienes corrigen los errores de programación en computación, considera que buena parte de los oficios actuales consiste tan sólo en corregir cosas que desde su misma producción era claro que iban a fallar y que en lugar de que el diseño inicial sea ajustado es producido con defectos para crear una industria de “correcciones”. Los marca-casillas los conforman la multitud de llenadores de formularios que surgen de la compulsión de “evaluar” y justificar lo hecho, establecido en normas surgidas de la impostura de aparentar rigor. Los supervisores surgen de la escala delegativa que ha dado en llamarse liderazgo de laissez-faire, y que consiste en descargar la responsabilidad en un subordinado que a su vez la descarga en otro. Quizá la imagen de una sociedad de la sospecha en la que existen vigilantes que vigilan al vigilante y que a su vez son vigilados por otros vigilantes, da una idea más clara de lo que Graeber quería definir como trabajos de mierda.


En el mundo financiero la creación de derivados y reaseguros, que en un sentido lato no son más que apuestas sobre el valor futuro de un activo, muestran ese carácter especulativo de imagen refleja reproducida en cadena, que crea igualmente ocupaciones repetidas especularmente como el de vendedor de seguros que vende seguros de los seguros. La discusión de la economía política sobre trabajo productivo e improductivo, centrada en el tipo de labor que sí crea nuevos valores parece superada, y no porque la improductividad de muchas ocupaciones no esté a la orden del día, sino porque ante la proliferación de actividades cuyo resultado no tiene destinatarios que obtengan beneficios de algún tipo –salvo la del capitalista que la gestiona–, la discusión debe trasladarse a la utilidad o inutilidad de lo realizado cotidianamente.


Regresar a la vida

En la etapa de mayores restricciones de la actual pandemia, fue necesario distinguir entre las actividades imprescindibles y las que no lo eran. Esto señala realmente una verdadera jerarquía de las necesidades y revela también la inutilidad de mucho de lo actuado cotidianamente. El rescate del tiempo para sí es quizá una de las sensaciones y necesidades que emergen de forma acentuada en los más jóvenes y que la Gran Renuncia evidencia con el rechazo a los oficios más asfixiantes pese a las alzas salariales ofrecidas. Que el mismo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, cuando los periodistas le preguntaban qué opinaba acerca de que los empresarios no encontraban trabajadores, bajando la voz contestara “pagadles más”, significa un reconocimiento a que aún si nos limitamos a la remuneración, las condiciones de los trabajadores en el último medio siglo han sido envilecidas.


Pero, como hemos visto, el problema va a más, trabajos como el de conductores de vehículos de carga para largas distancias son rechazados de plano por las nuevas generaciones, independientemente de cuánto sea la remuneración, por lo que su eliminación o reducción al máximo debe ser exigida. El cuestionamiento de los intercambios a largas distancias, que además son parte importante de la quema de combustibles y por tanto del daño ambiental, pasa por un rescate de los autoabastecimientos locales y las autonomías regionales. No se trata de mirar la parte, como ya fue dicho, sino de mirar el todo. Lo mismo sucede con las comidas rápidas y en general con la Macdonalización de la sociedad, como denomina el sociólogo estadounidense George Ritzer a la industrialización del consumo, pues regresar a la alimentación como un hecho lúdico y socio-afectivo sólo es posible con un rescate de ese tiempo para sí.


Y es que la disputa por el tiempo, que pasa por la redistribución del trabajo, la eliminación de las producciones inútiles y el fin del consumismo, debe aparecer en primer plano en los reflexiones teóricas y políticas, porque el tiempo del capital no es el tiempo de la vida. El historiador inglés E.P. Thompson, lo explicaba claramente: “Los que son contratados experimentan una diferencia entre el tiempo de sus patronos y su «propio» tiempo. Y el patrón debe utilizar el tiempo de su mano de obra y ver que no se malgaste: no es el quehacer el que domina sino el valor del tiempo al ser reducido a dinero. El tiempo se convierte en moneda: no pasa sino que se gasta” (6). Qué el tiempo deje de ser “oro”, entonces, es parte del desafío, como también lo son rescatar el quehacer y la conveniencia de todos, para que sean integrados a los principios de un reencuentro con la vida. Qué el rechazo al «buen» trabajo en la industria de armamento y la aceptación del «mal» trabajo en un centro asistencial, anuncien nuevos tiempos, y que la total ausencia de oferta de trabajadores en sectores como los que producen agro-tóxicos, por citar un solo ejemplo, empiecen a ser norma, es una esperanza que debemos abonar. La “huelga” involuntaria de camioneros ha mostrado que el capital, más allá de sus automatismos, sigue dependiendo de la fuerza de trabajo y que los procesos de producción y circulación pueden ser detenidos totalmente si la clase trabajadora así lo decide. Tan sólo falta querer mirar el todo.

1. André Gorz, Adiós al proletariado [más allá del socialismo], El Viejo Topo, p. 9.
2. “El trabajo se ha dividido en miles de operaciones independientes, y cada operación tiene su propio operario, su propio órgano ejecutivo, tanto en la producción como en las correspondientes operaciones burocráticas. El manipulador no tiene ante sus ojos la obra entera, sino sólo una parte de ella, abstractamente separada del todo, que no permite la visión de la obra en su conjunto. El todo se manifiesta al manipulador como algo ya hecho, y la génesis sólo existe para él en los detalles, que de por sí son irracionales.” Karel Kosik, Dialéctica de lo concreto, Grijalbo, p. 86 .
3. Karel Kosik, op. cit., p. 86.
4. J. M. Keynes, Teoría General de la Ocupación el Interés y el Dinero, F.CE., Capítulo 10 , numeral VI, p. 121.
5. David Graeber, Trabajos de mierda, una teoría, Ariel, 2019.
6. E.P Thompson, Costumbres en común (capítulo 6 “Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial), Crítica, p. 403.

* Economista, integrante del Consejo de Redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia

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Edwin, sin título (Cortesía del autor)

“Da la impresión de que hay alguien ahí afuera creando trabajos
sin sentido sólo para mantenernos ocupados”.
David Graeber

 

El gobernador del Estado de Massachusetts, Charlie Baker, y el primer ministro de la Gran Bretaña, Boris Johnson, tuvieron que recurrir a la movilización de militares con algún tipo de experiencia en la conducción de vehículos pesados, para intentar solucionar el repentino déficit de conductores de esta clase de automotores. En Massachusetts, la situación crítica está centrada en el déficit de personal para el manejo de buses escolares, y en Gran Bretaña para la conducción de tracto-camiones. La escasez de oferta de trabajadores para este último sector está detrás de la explicación de la llamada “disrupción en la cadena de suministros” que en Londres afectó la distribución de combustible hasta casi paralizar la ciudad. La amenaza de que las fiestas de navidad tengan que celebrarse con los estantes de los comercios minoristas semivacíos, tanto en Europa como en Estados Unidos, tiene una alta probabilidad de convertirse en realidad.


Las explicaciones convencionales, en el caso inglés, apuntan al Brexit, sin embargo, las cifras que maneja la prensa de ese país estima en 90 mil el número de conductores faltantes, de los que 20 mil regresaron a sus países de origen luego de la ruptura con la UE, mientras que 50 mil fueron nativos que abandonaron el trabajo durante la pandemia ya sea porque optaron por la jubilación o buscaron cambiar de profesión. En Estados Unidos, las explicaciones apuntan a los cierres de las escuelas de conducción, o el aumento de los controles sobre el consumo de alcohol y alucinógenos. Sin embargo, la limitación de esas justificaciones queda en evidencia cuando es reconocido que Europa tiene un déficit de 400 mil conductores –según el estudio del grupo de investigación Transport Intelligence, ampliamente citado por la prensa–, siendo Polonia el país más afectado con un déficit de 120 mil, mientras que en Alemania hacen falta alrededor de 50 mil, y en Francia una cifra un poco menor pero que supera los 40 mil. El deterioro generalizado del salario, acentuado por las políticas ultraliberales, y la imposición de actividades extras como la responsabilidad del cargue y descargue son argumentos más estructurales, pero aún dejan sin explicación hechos como que el promedio de edad de los conductores supera los 50 años y poco menos del cinco por ciento tenga menos de 25 años.

El problema no es solamente del transporte pesado, pues el sector de restaurantes y comidas rápidas padece, en los países dominantes, análoga escasez, que no ha podido ser contrarrestada pese a ofertas significativas de reajustes salariales, que en el caso de Macdonald’s, por ejemplo, llevó a la multinacional a ofrecer hasta 15 dólares por hora para las actividades menos calificadas –para ciertas ocupaciones más complejas hasta 21 dólares–, cuando el promedio actual apenas ronda 11 dólares. En abril de 2021 cuatro millones de trabajadores renunciaron a su empleo en EU, siendo la cifra más alta de abandonos voluntarios desde el año 2000, lo que representa alrededor del tres por ciento del total de la fuerza laboral y acabó confirmando la existencia de un fenómeno de retiros masivos que Anthony Klotz, investigador de la Universidad de Texas A&M, denominó en 2019 “la Gran Renuncia”.

El abierto rechazo al mundo del trabajo, regido por el capital, es un síntoma del malestar que aqueja a la clase trabajadora y sobre el que la pandemia ha arrojado un haz de luz que ha iluminado rincones sórdidos como el alejamiento de la familia al que obligan la rutina de los turnos invariables y absorbentes, o la inanidad de los tiempos de desplazamiento que roban vida sin remuneración alguna. La disciplina que el capital aplica al trabajador está menos relacionada con la eficiencia que con la búsqueda de amaestrar el comportamiento y a través de la repetición continuada de procesos inducir la negación de la iniciativa y la voluntad individual, naturalizando la subordinación total. Esta realidad, planteada por la teoría, ha quedado en evidencia por el parón brusco de la economía y las alteraciones que las formas del trabajo han sufrido en la actual crisis sanitaria, abriéndose una brecha en la aceptación de las rutinas que los colectivos sociales quedan en la obligación de ampliar para comenzar a desmontar el monótono ritmo puesto a la producción y la circulación de productos que la arista disciplinaria del capital ha convertido en el cimiento de su dominación.

El trabajo como enemigo de la vida

En el prólogo de su libro Adiós al proletariado, André Gorz llamaba la atención acerca de que “Los términos «trabajo» y «empleo» se han hecho intercambiables: el trabajo no es algo que se hace sino algo que se tiene. Se dice «buscar trabajo» o «crear trabajo» en lugar de «buscar empleo», «crear empleos»”, y, más adelante, “Se puede tener un «buen» trabajo en la industria de armamento y un «mal» trabajo en un centro asistencial” (1). Este pensador francés, de origen austriaco, fue quizá uno de los primeros en dirigir sus observaciones al divorcio que el capitalismo establece entre la actividad laboral diaria y el conocimiento del fin último que ésta tiene en el conjunto de fases que conducen a la realización de un producto determinado. El carácter heterónomo que asume la actividad del trabajador lo enajena completamente del fin de sus movimientos y hace de él un verdadero autómata cuyo único propósito es la remuneración.


Ese carácter totalmente abstracto del “trabajo” y su condición unidimensionalmente utilitaria, hace de la manipulación, en el sentido de manejo con segunda intención, el valor más importante de la modernidad (2). La condición de mercancía que la fuerza de trabajo tiene en el capitalismo termina adquiriendo las mismas singularidades de los productos salidos del conjunto de sus manos. La obsolescencia programada y la desvalorización resultante de la tecnología que caracterizan a las mercancías en la etapa del post-industrialismo, terminan trasladándose a su hacedor en forma de “actualización permanente” y “flexibilidad”. La disponibilidad a un traslado permanente y la capacidad de “reinventarse”, como dicen los disimuladores de la incertidumbre inducida, son las cualidades que exigen a los sobrevivientes de un mundo laboral en el que la apariencia juega un papel central. “Saber venderse”, es una de las expresiones más comunes de quienes instruyen a los desempleados en técnicas que les amplíen la posibilidad de ganarse una ocupación, y que ilustra más que nada la estrategia de la impostura como condición del empleo en la actualidad. La disponibilidad total del tiempo al servicio del capital queda ampliada cuando en la esfera del consumo la búsqueda de los productos está atravesada por las actividades del llamado marketing que puede involucrar contestar encuestas o escuchar largos discursos sobre supuestos beneficios como condición, por ejemplo, de menores precios, enajenando a las personas del espacio de la afectividad y de su relación no mercantil con los “otros”. Las nueve horas diarias que pasa un camionero en las carreteras y las dos o tres semanas que permanece apartado de su familia cuando hace viajes a largas distancias son tan sólo una pequeña muestra de trabajo que niega la vida, pues aún quienes no tienen que desplazarse como parte de su actividad son igualmente móviles, ya sea en sus traslados diarios o en su condición de parias de un sistema volátil que los acoge tan rápido como los desecha.


En mayo de este año, la Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo, revelaron en su revista Environment International qué en 2016, año del estudio, 1,9 millones de trabajadores perdieron la vida por causas directamente relacionadas con su actividad laboral. De esas muertes, cerca de 750 mil fueron provocadas por ataques al corazón o derrames cerebrales producto de excesivas jornadas de trabajo –iguales o superiores a 55 horas semanales–, lo que vino a significar que entre el año 2000 y el 2016 hubo un aumento de 29% de muertes por esas jornadas abusivas. En ese período, las incapacidades por igual motivo representaron una pérdida de 23,3 millones de años de vida mostrándose, además, que el número de personas que trabajan en exceso ha ido en aumento en lo corrido del siglo XXI, revirtiéndose la tendencia a la disminución que tuvo lugar durante la segunda mitad del siglo XX.


El trabajo, esa actividad que le permite a los humanos interaccionar con la naturaleza, transformarla y adaptarla para su proceso de subsistencia, si bien sigue teniendo ese sentido, en alguna medida, cuando miramos el proceso globalmente, es absolutamente irracional para los trabajadores directos. A nivel global, los excesos de residuos de todo tipo, así como el agotamiento de los recursos no renovables y la saturación de los ciclos de los distintos elementos, que el ambientalismo ha denunciado desde hace medio siglo, empiezan a mostrar que el proceso de trabajo puede generar la subsistencia de la especie en el presente, pero qué en el mediano y largo plazo, bajo las condiciones actuales, es una actividad auto-destructiva.


La mecanización y el consumismo están haciendo de la re-creación periódica del ser humano, que no otra cosa son el trabajo y la producción, un proceso suicida. La auto-cosificación a la que ha llegado la humanidad en un mundo de aparatos, hace de los individuos seres cada vez más ajenos de sí mismos e impotentes, limitados al mundo de la particularidad que los enajena del poder decisorio de lo político. “El individuo se mueve en un sistema de instalaciones y mecanismos, de los que el mismo se ocupa y es ocupado por ellos, pero habiendo perdido hace tiempo la conciencia de que este mundo es una creación humana […]. El manipulador no tiene ante sus ojos la obra entera, sino sólo una parte de ella, abstractamente, separada del todo, que no permite una visión de la obra en su conjunto. El todo se manifiesta al manipulador como algo ya hecho, y la génesis sólo existe para él en detalles, que de por sí son irracionales” (3). Pretender, por tanto, dar pasos correctores sin mirar el todo, es caer en la manipulación y en el ser manipulados, pues el reclamo sobre la parte sin la visión de ese todo no es más que espejismo consolador.


La irracionalidad del mundo del trabajo

En el capítulo X de su obra clásica Teoría general de la ocupación, el Interés y el dinero, John Maynard Keynes mostraba, laudatoriamente, el grado de irracionalidad que el trabajo ya tenía en el primer tercio del siglo XX, y cómo trabajar por trabajar, así el fin último careciera de sentido, era un principio del capital industrializado que en esa fase ya había perdido cualquier lógica de conveniencia social: “Si la tesorería se pusiera a llenar botellas viejas con billetes de banco, las enterrara a profundidad conveniente en minas de carbón abandonadas, que luego se cubrieran con escombros de la ciudad, y dejara a la iniciativa privada, de conformidad con los bien experimentados principios del laissez-faire, el cuidado de desenterrar nuevamente los billetes (naturalmente obteniendo el derecho de hacerlo por medio de concesiones sobre el suelo donde se encuentran) no se necesitaría que hubiera más desocupación y, con ayuda de las repercusiones, el ingreso real de la comunidad y también su riqueza de capital probablemente rebasarían en buena medida su nivel actual. Claro está que sería más sensato construir casas o algo semejante; pero si existen dificultades políticas y prácticas para realizarlo, el procedimiento anterior sería mejor que no hacer nada” (4).


El sinsentido de lo expresado por Keynes, en el que los prismas que transforman lo absurdo en algo conveniente –según los principios de la óptica del capital–, son la “iniciativa privada”, la “conformidad con los bien experimentados principios del laissez-faire” y la sacrosanta propiedad privada –representada en la frase con las “concesiones”–, son la única base de una creciente rama de ocupaciones cuya utilidad social parece quedar limitada tan sólo a “ocupar” personas. David Graeber, el malogrado antropólogo anarquista estadounidense, bautizó a estas ocupaciones “trabajos de mierda” y los categorizó en “lacayos”, “esbirros”, “parcheadores”, “marca-casillas” y “supervisores” (5), asociando los dos primeros a los oficios de servicios personales o cercanos a estos que existen solamente para satisfacer el ego de alguien que busca considerarse importante. Sobre los parcheadores, cuyo nombre toma de quienes corrigen los errores de programación en computación, considera que buena parte de los oficios actuales consiste tan sólo en corregir cosas que desde su misma producción era claro que iban a fallar y que en lugar de que el diseño inicial sea ajustado es producido con defectos para crear una industria de “correcciones”. Los marca-casillas los conforman la multitud de llenadores de formularios que surgen de la compulsión de “evaluar” y justificar lo hecho, establecido en normas surgidas de la impostura de aparentar rigor. Los supervisores surgen de la escala delegativa que ha dado en llamarse liderazgo de laissez-faire, y que consiste en descargar la responsabilidad en un subordinado que a su vez la descarga en otro. Quizá la imagen de una sociedad de la sospecha en la que existen vigilantes que vigilan al vigilante y que a su vez son vigilados por otros vigilantes, da una idea más clara de lo que Graeber quería definir como trabajos de mierda.


En el mundo financiero la creación de derivados y reaseguros, que en un sentido lato no son más que apuestas sobre el valor futuro de un activo, muestran ese carácter especulativo de imagen refleja reproducida en cadena, que crea igualmente ocupaciones repetidas especularmente como el de vendedor de seguros que vende seguros de los seguros. La discusión de la economía política sobre trabajo productivo e improductivo, centrada en el tipo de labor que sí crea nuevos valores parece superada, y no porque la improductividad de muchas ocupaciones no esté a la orden del día, sino porque ante la proliferación de actividades cuyo resultado no tiene destinatarios que obtengan beneficios de algún tipo –salvo la del capitalista que la gestiona–, la discusión debe trasladarse a la utilidad o inutilidad de lo realizado cotidianamente.


Regresar a la vida

En la etapa de mayores restricciones de la actual pandemia, fue necesario distinguir entre las actividades imprescindibles y las que no lo eran. Esto señala realmente una verdadera jerarquía de las necesidades y revela también la inutilidad de mucho de lo actuado cotidianamente. El rescate del tiempo para sí es quizá una de las sensaciones y necesidades que emergen de forma acentuada en los más jóvenes y que la Gran Renuncia evidencia con el rechazo a los oficios más asfixiantes pese a las alzas salariales ofrecidas. Que el mismo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, cuando los periodistas le preguntaban qué opinaba acerca de que los empresarios no encontraban trabajadores, bajando la voz contestara “pagadles más”, significa un reconocimiento a que aún si nos limitamos a la remuneración, las condiciones de los trabajadores en el último medio siglo han sido envilecidas.


Pero, como hemos visto, el problema va a más, trabajos como el de conductores de vehículos de carga para largas distancias son rechazados de plano por las nuevas generaciones, independientemente de cuánto sea la remuneración, por lo que su eliminación o reducción al máximo debe ser exigida. El cuestionamiento de los intercambios a largas distancias, que además son parte importante de la quema de combustibles y por tanto del daño ambiental, pasa por un rescate de los autoabastecimientos locales y las autonomías regionales. No se trata de mirar la parte, como ya fue dicho, sino de mirar el todo. Lo mismo sucede con las comidas rápidas y en general con la Macdonalización de la sociedad, como denomina el sociólogo estadounidense George Ritzer a la industrialización del consumo, pues regresar a la alimentación como un hecho lúdico y socio-afectivo sólo es posible con un rescate de ese tiempo para sí.


Y es que la disputa por el tiempo, que pasa por la redistribución del trabajo, la eliminación de las producciones inútiles y el fin del consumismo, debe aparecer en primer plano en los reflexiones teóricas y políticas, porque el tiempo del capital no es el tiempo de la vida. El historiador inglés E.P. Thompson, lo explicaba claramente: “Los que son contratados experimentan una diferencia entre el tiempo de sus patronos y su «propio» tiempo. Y el patrón debe utilizar el tiempo de su mano de obra y ver que no se malgaste: no es el quehacer el que domina sino el valor del tiempo al ser reducido a dinero. El tiempo se convierte en moneda: no pasa sino que se gasta” (6). Qué el tiempo deje de ser “oro”, entonces, es parte del desafío, como también lo son rescatar el quehacer y la conveniencia de todos, para que sean integrados a los principios de un reencuentro con la vida. Qué el rechazo al «buen» trabajo en la industria de armamento y la aceptación del «mal» trabajo en un centro asistencial, anuncien nuevos tiempos, y que la total ausencia de oferta de trabajadores en sectores como los que producen agro-tóxicos, por citar un solo ejemplo, empiecen a ser norma, es una esperanza que debemos abonar. La “huelga” involuntaria de camioneros ha mostrado que el capital, más allá de sus automatismos, sigue dependiendo de la fuerza de trabajo y que los procesos de producción y circulación pueden ser detenidos totalmente si la clase trabajadora así lo decide. Tan sólo falta querer mirar el todo.

1. André Gorz, Adiós al proletariado [más allá del socialismo], El Viejo Topo, p. 9.
2. “El trabajo se ha dividido en miles de operaciones independientes, y cada operación tiene su propio operario, su propio órgano ejecutivo, tanto en la producción como en las correspondientes operaciones burocráticas. El manipulador no tiene ante sus ojos la obra entera, sino sólo una parte de ella, abstractamente separada del todo, que no permite la visión de la obra en su conjunto. El todo se manifiesta al manipulador como algo ya hecho, y la génesis sólo existe para él en los detalles, que de por sí son irracionales.” Karel Kosik, Dialéctica de lo concreto, Grijalbo, p. 86 .
3. Karel Kosik, op. cit., p. 86.
4. J. M. Keynes, Teoría General de la Ocupación el Interés y el Dinero, F.CE., Capítulo 10 , numeral VI, p. 121.
5. David Graeber, Trabajos de mierda, una teoría, Ariel, 2019.
6. E.P Thompson, Costumbres en común (capítulo 6 “Tiempo, disciplina de trabajo y capitalismo industrial), Crítica, p. 403.

* Economista, integrante del Consejo de Redacción Le Monde diplomatique, edición Colombia

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Portugal prohibió a los jefes contactar a sus empleados fuera del horario laboral

Equilibrio entre el trabajo y la vida privada

La vida en pandemia trajo nuevas costumbres y, sin dudas, una de las más notorias fue la tendencia a la modalidad remota de trabajo. En ese sentido, los empleados a distancia de Portugal podrían tener un equilibrio más saludable entre su vida laboral y personal gracias a la nueva legislación laboral aprobada por el Parlamento. Es que, según la nueva normativa, los empresarios podrían ser sancionados por contactar con los trabajadores fuera del horario de oficina. 

La nueva ley fue sancionada luego de detectar cómo, en la virtualidad, los horarios de trabajo y carga laboral se extendían hasta horas indefinidas del día. Esta nueva regla se exenderá a todos los trabajadores, no sólo a los que teletrabajan. 

De acuerdo a la normativa solo se permiten excepciones por razones de "causa mayor", limitadas a situaciones realmente imprevistas o urgentes. Eso sí, las modificaciones de la legislación laboral portuguesa tendrán límites: no se aplicarán a las empresas con menos de diez empleados.

Por su parte, según informaron las crónicas locales, la nueva normativa también exigen que los empleadores paguen al personal por los gastos relacionados con el trabajo incurridos mientras trabaja en casa, como los costos de electricidad o Internet. A su vez, los trabajadores con hijos pequeños tendrán derecho a trabajar desde el hogar sin tener que acordarlo previamente con sus empleadores, hasta que el niño cumpla ocho años.

Sin embargo, los diputados portugueses rechazaron una propuesta para incluir el llamado "derecho a la desconexión", es decir, el derecho legal a apagar los mensajes y dispositivos relacionados con el trabajo fuera del horario de oficina.

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Jueves, 11 Noviembre 2021 05:28

La angustia del retorno a la presencialidad

La angustia del retorno a la presencialidad

El regreso a la vida en sociedad

El trabajo de desarticular el acostumbramiento y la comodidad de la virtualidad. La tarea del analista.

La pandemia suscitada por el Sars Cov-2 instaló a gran parte del planeta en el encierro y el aislamiento con sus secuelas de depresión, insomnio, angustia y otros males anímicos. La hora impone extraer algún aprendizaje de la durísima experiencia causada por este virus que hoy insinúa, vacunación masiva mediante, aminorar el daño hasta ahora infligido. Por lo pronto, vale preguntarse si nuestros cuerpos son los mismos que poseíamos antes de la pandemia. Con probabilidad, la distancia respecto del semejante, las horas de encierro, la prolongada postura sedente, la protección del tapabocas ante la mirada del Otro, la influencia del mundo digital, cierta estereotipia en los gestos y la repetición de circuitos de movimiento limitados nos han influido lo suficiente como para experimentar cierta alarma ante el desafío que insinúa el encuentro de los cuerpos en otros ámbitos diferentes al hogareño.

Es aquí donde se insinúa un cruce por demás decisivo: nos referimos a la articulación entre cuerpo y tiempo, la cual arroja la pregunta por la cuestión del movimiento, no sólo el efectivo desplazamiento motriz sino en lo que hace a su faz subjetiva. Al respecto basta recalar en la organización témporo-espacial que el mundo digital impone con su contraste entre el vértigo de la “comunicación” digital y la pasmosa quietud de los cuerpos frente a los artefactos del ciberespacio.

De esta manera se hace oportuno traer una instancia clínica de eminente relevancia en el corpus teórico freudiano: la inhibición, ese "asunto de cuerpo"[1] , tal como lo aborda Lacan durante el dictado de su seminario “RSI” y al que le brinda un pormenorizado abordaje durante el seminario no por nada dedicado a La Angustia, cuando señala “que si Fulano tiene el calambre del escritor es porque erotiza la función de su mano”[2]. Es decir: es el interés psíquico alojado en el cuerpo el que produce la inhibición. No por nada, tras destacar que “de lo que se trata es de la detención del movimiento” se pregunta: “¿Significa esto que la palabra 'inhibición' deba sugerirnos tan sólo detención?” [3]. En otros términos: lejos de remitirse a una detención en el desplazamiento motriz, la inhibición bien puede producir escándalos en la vía pública o encerrar al sujeto entre las cuatro paredes de su casa.

Lo cierto es que, como si fuere necesario probar el carácter contradictorio que distingue a la condición humana, una vez más se hace evidente que las personas solemos acostumbrarnos al sufrimiento para así disimular los inquietantes enigmas que impone la existencia, a saber: ¿en qué soy responsable del momento que atraviesa mi entorno social ? ¿cuál es mi deseo? ¿cuál es mi actitud ante el amor? y otras cruciales preguntas de similar calibre y tenor.

En muchísimos casos la pandemia instituyó una suerte de intervalo en que todos esos acuciantes interrogantes de alguna u otra manera se vieron eximidos de ser respondidos. Había que cuidarse y punto. ¿Para qué preocuparme sobre qué voy a hacer con mi vida si la hora sólo me exige sobrevivir? La consigna era no arriesgar. Así, de alguna manera nos vimos exceptuados de salir a buscar nuestro horizonte y asumir las responsabilidades que como sociedad compartimos. El porcentaje de ausencias en las Paso lo demuestra. La pandemia cubrió todo el monitor, no se hablaba de otra cosa.

En otros términos, si es cierto que todo lo personal es político, la desestimación por hacerse cargo de la insatisfacción sexual en virtud de que: “¿Para qué preocuparme porque no consigo pareja si no está permitido el contacto?” o “¿para qué preguntarme qué hago con este partenaire si hoy por hoy tengo poca chance de conseguir algo mejor?” termina redundando en un desinterés por la suerte de la comunidad a la que sin embargo pertenecemos.

De esta forma hemos estado eximidos de responsabilidad frente a nuestra existencia, lo cual de ninguna manera supone quedar exceptuados de resentimiento o frustración por el encierro, aunque sí ampararnos en nuestra condición de víctimas y aún más, punto clave y decisivo de nuestra condición de seres hablantes que vale destacar: gozar ante el sufrimiento. No por nada, un aviso de la televisión belga retrata la angustia de los adultos en su vuelta al trabajo presencial. Lo divertido es que el video muestra a los niños llevando de la mano a sus padres en su “primer día” de trabajo. Síndrome de la cueva llamó un psiquiatra a este padecimiento cuyo origen no es otro que el rasgo conservador y narcisista de la pulsión que Freud bien supo detectar.

Desde ya, la fobia social cuadra perfectamente en este panorama que estamos trazando, pero lejos está de cubrir el campo de la experiencia humana ante la pandemia. De una u otra manera todes hemos transitado una suerte de alivio malsano ante la suspensión de los deberes más elementales que impone nuestra condición de seres de relación, dotados con un cuerpo que exige y al mismo tiempo teme el contacto.

El consultorio es testigo de la angustia por esta presencialidad en ciernes : “no sé si voy a poder” es la frase que resume como pocas las ansiedades que sobrevienen ante las diversas variantes del efectivo encuentro de los cuerpos. Sea el trabajo: “ Me hacen ir a la oficina y otra vez a ver este tipo que no lo aguanto”; la familia: “otra vez a discutir qué hacemos con las vacaciones o en las fiestas”; o el estudio: “ ¿ir a la facultad? ...con lo bien que estaba con la camarita”; testimonian este oscuro costado de la nueva normalidad, cualquiera sea la forma y la manera en que ésta finalmente adopte. Ni qué hablar de las quejas por el tiempo insumido en transporte, reuniones presenciales o, incluso, el riesgo que supone todo encuentro con un nuevo partenaire a cambio del engañoso confort que presta la masturbación.

De allí que si es cierto, como decía Freud, que “el motor más directo de la terapia es el padecer del paciente y el deseo, que ahí se engendra, de sanar”[4], la intervención de proponer el retorno a las sesiones presenciales por parte del analista puede constituir, según los casos, un efectivo recurso para que la angustia, en lugar de paralizar, motorice el trabajo psíquico necesario para salir de la inhibición y así cortar una inercia tan inconducente como nefasta.

 

11 de noviembre de 2021

Por Sergio Zabalza es psicoanalista. Doctor en Psicología de la Universidad de Buenos Aires.

Referencias:

[1] Jacques Lacan, El Seminario: Libro 22, “ RSI”, clase del 10 de diciembre de 1974. Inédito.

[2] Jacques Lacan (1962-1963) , El Seminario: Libro 10, “ La Angustia”, Buenos Aires, Paidós, 2006, pp. 341-342.

[3] Jacques Lacan, op. cit, p. 18.

[4] Sigmund Freud; “Sobre la iniciación del tratamiento”, en Obras Completas, A. E: tomo XII, p. 143. 

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El rechazo al empleo, en el centro de la crisis

La Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos publicó un dato en agosto que llama la atención: 4.3 millones de trabajadores dejaron sus empleos tan sólo en ese mes, representando casi 4 por ciento de la fuerza laboral (https://bit.ly/3w9QOhg). No se trata de trabajadores despedidos por su patrones, sino que abandonaron voluntariamente el empleo.

En ese país, desde abril, unos 20 millones de trabajadores abandonaron sus empleos y hubo un récord de jubilaciones, cuya cifra se duplicó frente a 2019 (https://pewrsr.ch/3CFpQ3w). “En 38 países de la OCDE, hay 20 millones menos de trabajadores activos que antes de la pandemia; 14 millones han abandonado el mercado laboral, ni trabajan ni buscan empleo. En comparación con 2019, hay 3 millones más de jóvenes entre los que no trabajan y no estudian” (https://bit.ly/3k2cTt8).

La construcción de viviendas ha caído a mínimos “no sólo por el aumento de los precios de los materiales y los retrasos en la entrega, sino por la falta de mano de obra” (https://bit.ly/3CJFn2g). En Reino Unido hay casi un millón de puestos de trabajo sin cubrir (https://bit.ly/3q0ZKoi). Según The Financial Times, se necesitan 400 mil camioneros en Europa para regularizar el transporte de carga.

Según el Nobel de Economía Paul Krugman, durante la pandemia los trabajadores realizaron un notable aprendizaje. El desorden de trabajo creado por la pandemia fue una experiencia en la que muchos “se dieron cuenta, en sus meses de inactividad forzosa, de cuánto odiaban sus antiguos trabajos” (https://bit.ly/3BKJjyE).

Desde las grandes luchas del movimiento obrero y sindical de la década de 1960, no se observaba un abandono tan masivo de los puestos de trabajo. Ahora se trata de un movimiento de base, sin dirección, pero contundente en el sentido de que muchos trabajadores rechazan la “esclavitud asalariada”, como definió Lenin el empleo.

Es cierto que luego de aquel momento luminoso para los trabajadores, el capitalismo fue capaz de recomponer la dominación, sobre nuevas bases como el toyotismo y la automatización del trabajo fabril, pero también expulsando camadas enteras de jóvenes del mercado laboral. Las nuevas tecnologías puestas al servicio de la acumulación de capital, precarizaron el empleo y provocaron una caída de los salarios, condiciones contra las que ahora se rebelan millones.

Creo que de este movimiento tenemos algunas cosas para aprender. Primero recordar, en línea con Silvia Federici y otras personas, que el trabajo asalariado no es el camino de la emancipación, como erróneamente hemos considerado por mucho tiempo, en particular quienes provenimos del campo marxista. Cada vez contamos con más y más emprendimientos capaces de crear puestos de trabajo por fuera del mercado capitalista, con pequeñas iniciativas tanto en la producción como en los servicios. Cientos de miles de personas realizan trabajos creados por colectivos autogestionados, donde controlan sus tiempos y modos de hacer, sin capataces ni patrones, con base en la ayuda mutua, la cooperación y el espíritu comunitario. Se dirá que son pocos y marginales, si se mira la gran producción del capital, pero se olvida que los movimientos antisistémicos siempre nacen en los márgenes, nunca en el centro.

La segunda es la importancia estratégica de esta forma de trabajo, cuando es colectiva. Los pueblos originarios, por ejemplo, muchos campesinos y habitantes de las periferias urbanas realizan trabajos no asalariados con los que consiguen vivir dignamente. ¿Existe alguna relación entre la notable capacidad de resistencia, de lucha y de transformación de los pueblos originarios, y el hecho de que trabajan comunitariamente?

En Brasil, por ejemplo, estos pueblos representan 1 por ciento de la población total, pero son el principal actor colectivo contra el cambio climático y la preservación de la vida, así como un sujeto colectivo capaz de interpelar al sistema con tal potencia como para que las clases dominantes lo consideren enemigo a derrotar.

La tercera, en este repaso, consiste en la escala, como nos enseña Fernand Braudel. El capitalismo es hijo de la gran escala; recién pudo desplegar sus alas con la conquista de América que abrió las compuertas del mercado global. En la pequeña escala, la comunidad, la aldea, el capitalismo puede, sólo puede, ser acotado y mantenido a raya.

La fábrica, con miles de trabajadores, y el campo, con miles de hectáreas de monocultivos, necesitan ser gestionados por “especialistas”, ya que las comunidades no pueden controlar la masividad. Esos personajes son los futuros burgueses una vez llegados al poder estatal. En todo caso, son un obstáculo para los cambios, como lo demuestran las luchas del siglo XX.

Estamos ante un recodo de la historia. Ante las brumas que nos rodean en la tormenta, sólo la ética y una lectura acertada de la historia y del presente, pueden alumbrar el camino de los pueblos.

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Sábado, 30 Octubre 2021 04:59

Home office

Home office

Durante la pandemia surgieron costumbres y usos totalmente nuevos y recrudecieron otros que ya eran conocidos y habituales, por ejemplo, el teletrabajo.

Para los y las oficinistas que acostumbraban llevarse trabajo a casa y para aquellos que tipeaban desde la rutina, para quienes el teletrabajo era su ocupación diaria, la pandemia solo incrementó la habitualidad.

Pero para múltiples mujeres cuyo quehacer requería viajar hasta su ocupación y debieron quedarse en casa para realizar su trabajo como un trabajo doméstico, el teletrabajo constituyó una novedad inquietante. Había que entregar las hojas tipeadas en medio del alboroto provocado por los hijos que no concurrían a la escuela y la novedad se sumó al compañero en la casa y los temores que la pandemia y las estadísticas habían introducido en el hogar.

La Comisión Interamericana de Mujeres (CIM), en colaboración con la Secretaría Técnica de la conferencia Interamericana de Ministros de Trabajo, del Departamento de Desarrollo Humano, Educación y Empleo (DHDEE) de la Secretaría Ejecutiva para el Desarrollo Integral de la OEA,  financiados por el Programa Laboral del Ministerio de Trabajo de Canadá, advirtieron que el trabajo de las mujeres se había potenciado. De manera que el 26 de mayo de 2021 realizaron el Segundo Diálogo entre Ministerios de Trabajo de la OEA colocando como tema central el teletrabajo que realizan las mujeres y la corresponsabilidad en los cuidados.

En 2020, la Comisión Interamericana de Mujeres ”había evidenciado cómo las mujeres que se mantuvieron en el sector laboral formal con el ‘home office’  se debaten entre su empleo, el cuidado infantil, la educación en el hogar, el cuidado de personas mayores y el trabajo doméstico”.

Los organismos internacionales dieron la voz de alarma liderados por la Comisión Internacional de Mujeres y por eso se buscó intercambiar experiencias entre los Estados sobre cómo lograr que el trabajo desde la casa no continuase profundizando las brechas existentes entre mujeres y hombres en el mercado de trabajo y al interior de los hogares y, por el contrario,  contribuya a alcanzar corresponsabilidad de los cuidados y a promover la igualdad de género en la región.

Es interesante advertir cómo la aparición de un nuevo hábito como forma de cultura se transforma automáticamente en un novedoso sometimiento al patriarcado para las mujeres. Porque son innumerables las mujeres que continúan con el home office ahora que la pandemia ha cedido y los hijos e hijas han retornado a la escuela, pero mamá en casa debe supervisar los deberes y aun ir a buscar a los chicos a la escuela “total ya que mamá está en casa...” Por ese mismo motivo tiene que encargarse de conseguir el número de teléfono y llamar al médico de la suegra para pedir un turno.

Ocuparse de la cena y llamar por teléfono a los proveedores de los supermercados es otro de los trabajos domésticos que se suman al tipeado cotidiano.

Es evidente que las culturas patriarcales como la nuestra rápidamente adhieren a los hábitos que someten a las mujeres. El trabajo doméstico le ha sido asignado a las mujeres como una obligación enlazada a su ADN, por lo cual no puede prescindir del mismo como mandato patriarcal; entonces ahora el home office se enlazó con la entrega a horario, con las escobas y las obligaciones educativas que reclaman los hijos.

Los comentarios cotidianos afirman que ahora los hombres “colaboran” más que antes en el trabajo doméstico; quizás sea cierto. Pero para que las Cosas de la Vida se emparejen un poco más, han tenido que intervenir los organismos internacionales.

A pesar de lo cual, el home office como un producto de la modernidad tardía ocupa las horas de trabajo de innumerables mujeres que deben multiplicarse para cumplir con lo que de ellas se espera, atadas al trabajo doméstico.

30 de octubre de 2021

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