Diez circunstancias que nos abocan a una nueva pandemia

 

 

23 mayo 2022

Que existan epidemias y pandemias no es nada nuevo. Basta un repaso a la historia de la humanidad para comprobar que la lucha de las personas contra las enfermedades infecciosas ha sido constante. La peste negra, el cólera, la tuberculosis, la gripe, el tifus o la viruela son tan solo algunos ejemplos de enfermedades que nos han dejado cicatrices imborrables.

Cada enfermedad requiere una actuación específica y la puesta en marcha de distintos mecanismos de prevención, respuesta y tratamiento. Por esta razón, es fundamental identificar los orígenes y los patrones de aparición de los patógenos.

En este sentido, alrededor del 60 % de las enfermedades infecciosas emergentes que se notifican a nivel mundial son zoonosis (que se transmiten entre animales y humanos). Las estimaciones apuntan que, en todo el mundo, cada año, alrededor de mil millones de personas enferman y millones mueren a consecuencia de eventos zoonóticos. Y de los más de 30 nuevos patógenos humanos detectados en las últimas décadas, el 75 % se han originado en animales.

La emergencia reciente de diversas enfermedades de origen zoonótico –la influenza aviar H5N1, la influenza aviar H7N9, el VIH, el Zika, el virus del Nilo Occidental, el síndrome respiratorio agudo severo (SARS), el síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS), la enfermedad por el virus Ébola o la covid-19 (SARS-CoV2)– han planteado serias amenazas para la salud humana y el desarrollo económico mundial.

En general son impredecibles, ya que muchas se originan en animales y son causadas por virus nuevos que solo son detectados una vez producido un brote. Sin embargo, hay al menos diez factores que ya sabemos a ciencia cierta que están vinculados a la aparición de una futura epidemia o pandemia. Los enumeramos.

  1. Guerras y hambrunas

Los daños causados por la guerra son muchos y complejos. La muerte, las lesiones y el desplazamiento son los más obvios. Pero la aparición de epidemias infecciosas también está estrechamente relacionada con los conflictos bélicos.

En el año 2006, se informó de brotes de cólera en 33 países africanos, y en el 88 % de los casos los informes procedían de países afectados por conflictos bélicos. En los últimos años, diferentes países de Oriente Medio y África han sufrido brotes infecciosos como efecto directo de la guerra, agravados por la escasez de alimentos y agua, el desplazamiento y los daños a la infraestructura y a los servicios de salud.

  1. Cambio de uso del suelo

El cambio en el uso de la tierra es una modificación en el ecosistema inducida por el ser humano. Estas alteraciones pueden afectar a la abundancia y distribución de la vida silvestre, y la hacen más susceptible a la infección por patógenos. Además, al crear oportunidades de contacto nuevas, facilitan la circulación de patógenos entre especies, lo que en última instancia conduce a la infección humana y a una mayor propagación de los patógenos.

  1. Deforestación

Con la deforestación y la fragmentación de los bosques favorecemos la extinción de especies especialistas en hábitats, permitiendo que prosperen las generalistas. Se ha comprobado que las especies de vida silvestre que son anfitrionas de patógenos, particularmente en el caso de murciélagos y otras especies de mamíferos como los roedores, son relativamente más abundantes en paisajes manipulados por el ser humano, como los ecosistemas agrícolas y las áreas urbanas, que en sitios adyacentes no perturbados.

El establecimiento de pastos, plantaciones o granjas de ganadería intensiva cerca de los márgenes del bosque también puede aumentar el flujo de patógenos de la vida silvestre a los humanos.

  1. Urbanización descontrolada y aumento poblacional

Los cambios demográficos en el tamaño y la densidad de la población a través de la urbanización afectan a la dinámica de las enfermedades infecciosas. Por ejemplo, la gripe tiende a exhibir brotes más persistentes en regiones urbanas más pobladas y densas.

  1. Cambio climático

El cambio climático aumenta el riesgo de transmisión viral entre especies. Muchas especies de virus son todavía desconocidas, pero es probable que tengan la capacidad de infectar a los humanos. Por suerte, en la actualidad la gran mayoría circula silenciosamente en los mamíferos salvajes. Sin embargo, el aumento de las temperaturas provocará migraciones masivas de animales que busquen condiciones ambientales más suaves, facilitando la aparición de puntos críticos de biodiversidad. Si llegan a áreas de alta densidad de población humana, principalmente en Asia y África, surgirán nuevas oportunidades para la propagación zoonótica al ser humano.

Predicciones recientes bajo escenarios de cambio climático apuntan que, para el año 2070, la transmisión de virus entre especies aumentará unas 4 000 veces.

  1. Globalización

La globalización ha facilitado la propagación de numerosos agentes infecciosos a todos los rincones del planeta. La transmisión de enfermedades infecciosas es el mejor ejemplo de la creciente porosidad de las fronteras. La globalización y el aumento de la conectividad aceleran la posible aparición de una pandemia por la movilización constante de los microorganismos a través del comercio y el transporte internacional.

  1. La caza, el comercio y el consumo de carne de animales silvestres

La transmisión de enfermedades zoonóticas puede ocurrir en cualquier punto de la cadena de suministro de carne de animales silvestres, desde la caza en el bosque hasta el punto de consumo. Los patógenos que se han propagado a los humanos a partir de la carne de animales silvestres son numerosos e incluyen entre otros el VIH, el virus del Ébola, el virus espumoso de los simios o el virus de la viruela del mono.

  1. Tráfico ilegal de especies y mercados de animales salvajes

Un ecosistema natural con un alto grado de riqueza de especies reduce la tasa de encuentro entre individuos susceptibles e infecciosos, disminuyendo la probabilidad de transmisión de un patógeno. Por el contrario, los mercados de animales vivos y los recintos dedicados a ocultar animales destinados al comercio ilegal son lugares donde especies animales de todo tipo son enjauladas y hacinadas.

En esas circunstancias no solo comparten el mismo espacio insalubre y antinatural, sino también los ectoparásitos y endoparásitos vectores de enfermedades. Los animales sangran, babean y se defecan y orinan unos sobre otros, lo que lleva al intercambio de microorganismos patógenos y parásitos, forzando interacciones entre especies que nunca deberían ocurrir.

  1. Evolución microbiana

Los microorganismos están en constante evolución en respuesta a las presiones de selección indirectas y directas en su entorno. Un claro ejemplo son los virus influenza tipo A, cuyo reservorio ancestral son las aves acuáticas, a partir de las cuales han conseguido infectar a otros tipos de animales.

Otro ejemplo evidente de la capacidad de los microorganismos para adaptarse rápidamente es el desarrollo mundial de muchos tipos de resistencia antimicrobiana en patógenos humanos comunes.

  1. Colapso del sistema de salud pública

En las últimas décadas, en numerosos países, ha acontecido una retirada paulatina del apoyo financiero a los sistemas de salud pública. Esta situación ha diezmado la infraestructura esencial y necesaria para hacer frente a brotes epidémicos sorpresivos. La rápida aparición reciente de nuevas amenazas de enfermedades infecciosas como la covid-19, unida al resurgimiento de afecciones antiguas como el sarampión o la tuberculosis, tiene implicaciones importantes para los sistemas de salud públicos mundiales.

Debemos ser conscientes de que la preparación contra posibles futuras epidemias y pandemias requiere de un estudio profundo y concienzudo de los potenciales factores que facilitan la emergencia de enfermedades infecciosas. El análisis sosegado y crítico permitirá diseñar futuras estrategias de previsión y prevención.

Fuente: https://theconversation.com/diez-circunstancias-que-nos-abocan-a-una-nueva-pandemia-182868

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La rana ladrona de Miles (Craugastor milesi) endémica de Honduras, que se creía extinta, fue redescubierta en 2008. Foto Tom Brown vía Europa Press

Es posible que no se hayan visto porque viven en sitios inhóspitos o de difícil acceso, pero otras podrían estar extintas, según estudio

 

La primera evaluación global de todas las especies de vertebrados terrestres no extintas ha identificado más de 500 especies "perdidas", las que nadie ha visto en más de 50 años.

Arne Mooers, profesor de biodiversidad de la Universidad Simon Fraser (USF, institución pública canadiense de investigación) y coautor del estudio, señaló que hay muchas posibilidades de que algunas de las especies no se encuentren porque viven en hábitats inhóspitos o de difícil acceso, pero otras podrían perderse para siempre.

"De hecho, descubrimos que había más de 500 animales que viven en la tierra que no se habían visto en más de 50 años. Eso es casi el doble de los que han sido declarados extintos desde el año 1500. Hay una gran cantidad por ahí que no sabemos si todavía existe".

Los científicos usaron un programa de computadora que revisó la base de datos del grupo para identificar las especies desaparecidas.

Los investigadores revisaron la información sobre 32 mil 802 animales de la lista roja de especies amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza e identificaron 562 perdidas. Sus hallazgos aparecen en la revista Animal Conservation.

Esa lista define la extinción como "cuando no hay duda razonable de que el último individuo de una especie ha muerto", lo que puede ser difícil de verificar. Según Mooers, clasifica a 75 de estas 562 especies perdidas como "posiblemente extintas".

Los investigadores señalan que la existencia de muchas especies con un estado de conservación incierto puede volverse cada vez más problemática a medida que empeora la crisis de extinción y desaparecen más de ellas.

Fecha de ausencia o la última vez que se vio

El criterio utilizado para enumerar una especie perdida fue la fecha de ausencia o la última vez que se vio, o cualquier relato de la primera vez que se recolectó y nombró al animal, precisó. "Hay muchos de estos indicios de que, de hecho, se perdió".

Una de las especies canadienses en esa situación es el zarapito esquimal, ave playera que anidaba en la parte más septentrional de la tundra y emigró hasta Argentina, indicó Mooers.

Se vieron algunos zarapitos esquimales en Texas en 1962 y otro recibió un disparo en Barbados en 1963, pero ese fue el último avistamiento confirmado, precisó.

"Es nuestra especie perdida más famosa y única, creo, y probablemente esté extinta. Es uno de los más tristes, creo", consideró, refiriéndose al pájaro canadiense.

Un total de 311 especies de vertebrados terrestres han sido declaradas extintas desde el año 1500, lo que significa que 80 por ciento más se consideran perdidas que las declaradas extintas.

Los reptiles lideran el camino con 257 consideradas perdidas, seguidas por 137 de anfibios, 130 de mamíferos y 38 de aves. La mayoría de estos animales fueron vistos por última vez en países megadiversos como Indonesia (69), México (33) y Brasil (29).

Aunque no sorprende, esta concentración es importante, según los investigadores. "El hecho de que la mayoría de estas especies perdidas se encuentren en países tropicales megadiversos es preocupante, dado que se espera que experimenten el mayor número de extinciones en las próximas décadas", según un comunicado de Tom Martin, autor principal del estudio e integrante del zoológico Paignton del Reino Unido.

Mooers, quien dirigió el estudio, agregó: “Si bien las estimaciones teóricas de las ‘tasas de extinción’ en curso son buenas, parece mejor buscar detenidamente las especies reales”.

Gareth Bennett, estudiante universitario de USF que realizó gran parte de la combinación de datos, añadió: "Esperamos que este simple estudio ayude a que estas especies perdidas sean foco de atención en futuras búsquedas".

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El científico David Riaño, durante la entrevista en su casa. Daniel Sánchez

A David Riaño le diagnosticaron este tipo de esclerosis en el otoño de 2009. “Es una sentencia de muerte. Básicamente, decirte que no te queda mucho tiempo”, afirma. Su historia lo refuta y, tras grabar el documental ‘7 lagos, 7 vidas’, su próximo proyecto es casarse. Con su silla de ruedas.

 

David Riaño tenía 33 años cuando en verano de 2008, durante sus vacaciones en España, empezó a notar que algo no iba bien. Se preocupó porque había desaparecido un músculo de la palma de su mano izquierda. Lo comentó con una amiga médica y ahí empezó todo. Mirando hacia atrás comprendió que los síntomas habían empezado antes. Jugando al fútbol había tenido un par de caídas. “Vas al choque y de repente sales disparado. La cabeza va a una velocidad diferente que el cuerpo. Es como una desconexión de la noche a la mañana entre la orden de la mente y los movimientos de los músculos”, recuerda. Aquel mismo verano empezaron las consultas. “En Estados Unidos [donde residía], fui al médico. Me dijeron que sí, que probablemente tenía ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), pero que había que descartar otra posibilidad, la neuropatía multifocal”. Esa enfermedad es autoinmune y con unas infusiones mensuales el enfermo puede recuperarse. “Estuve con esas infusiones un año y vieron que no mejoraba”. Le diagnosticaron como persona con ELA en otoño de 2009. “Es una sentencia de muerte. Básicamente, decirte que no te queda mucho tiempo”.

La conversación con David Riaño tiene lugar una mañana del mes de marzo de 2022. Nos recibe en su casa, en Alcalá de Henares. Lleva catorce años conviviendo con la enfermedad. Cuando le comunicaron que tenía ELA, vivía en Michigan (Estados Unidos) con su mujer y el hijo de esta. Riaño había logrado en 2007 una plaza de científico titular del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y acababa de convertirse en investigador principal de un proyecto de la NASA. “Era competitivo dentro de Estados Unidos y me gustaba lo que hacía”. Pero, poco a poco, a consecuencia de la enfermedad, notó que no podía seguir el ritmo. “Vas desapareciendo”. Recuerda aquella etapa como un proceso de aceptación de la enfermedad: “Una enfermedad de dos a cinco años de esperanza de vida. Hoy puedes andar, mañana no. Y hoy puedes hablar, mañana no. Entonces es difícil que la cabeza se ajuste a los cambios que suceden en tu cuerpo”.

Como en su caso la enfermedad le ha dado más tiempo, Riaño cree que ha tenido la oportunidad de aceptarla. “Ya estoy curado de la ELA”, afirma. Y esta convicción la desarrolla con detalle: “Sigo haciendo lo mismo que hacía antes de la ELA. He vuelto a participar en proyectos de investigación, reinventándome. Ahora igual más dirigidos a resaltar la importancia de la inclusión y aporte de personas con diversidad funcional en la ciencia, no ya solo como científicos, sino también como ciudadanos. He vuelto a bañarme en lagos. No renuncio a jugar al fútbol algún día con mis amigos, cuando tenga una silla un poquito más rápida. Voy a seguir haciendo las mismas cosas que antes. Lo que me hace falta es usar la cabeza para, de una manera diagonal, hacer lo mismo que hacía antes, pero con ayuda o reinventándome”.

Riaño cree que asumir la enfermedad fue incluso más difícil para su familia. De aquellos años en Michigan recuerda cómo estuvo trabajando de asistente de un equipo de fútbol, recuerda la terapia psicológica y “una montaña rusa de cuestiones muy difíciles”.

En 2011 el hijo de su mujer falleció en un accidente de tráfico. Tenía 18 años. “Era una mezcla entre mi hijo y mi amigo. Yo era el que me encargaba de llevarle al colegio, de todo lo que conllevaba la logística con él. Era un tipo muy alegre, con un gran corazón. Claro, para mí es difícil, pero para una madre.... Eso nunca se supera”. Y en algún momento, en esa montaña excesiva, su relación de pareja se fue deteriorando. “Creo que lo que nos pasó es que no nos ayudábamos. No sumábamos el uno al otro. Entonces cada uno tiene que seguir su vida. Yo en Estados Unidos estaba porque estaba ella. No podía mantener una vida independiente”. En 2018 se divorciaron y Riaño regresó a España. Llevaba quince años en Estados Unidos. “Siempre es mucho más difícil que la ida porque no te queda nada por idealizar”, señala.

Nos situamos en septiembre de 2018. Volver significa regresar a la casa de sus padres. Pero Riaño tiene un proyecto que en esa fecha se convierte en una realidad: grabar un documental que cuente su viaje para bañarse en lagos de Europa. El baño es un momento de libertad: su cuerpo se mueve ligero. El resultado se estrenó en 2021 en el Festival de Cine de Málaga. Se titula 7 lagos, 7 vidas. Lo dirigió Víctor Escribano y lo produjo José Luis López-Linares. Cuenta el viaje en furgoneta, el baño en los lagos, las relaciones entre Riaño y quienes le acompañan en la aventura, las dificultades que afronta, las incomprensiones, los momentos de plenitud. “Era una ilusión que tenía y una manera de buscar una excusa para seguir vivo y no darle muchas vueltas a seguir pensando en la enfermedad”.

Junto a Riaño, uno de los protagonistas del documental es uno de sus asistentes, Serigne Mbacke Ndiaye, un joven senegalés que, en ocasiones, parece el único capaz de seguir el ritmo y las necesidades que el viaje y el propio Riaño plantean. El documental muestra la relación entre ambos, los aprendizajes compartidos. Riaño, que se refiere siempre a Mbacke como el Capi —de capitán—, es consciente de que tiene a su lado a alguien que nunca le falla: “La historia del Capi es más interesante que la mía… Todos estos años hasta que consigue su documentación y consigue volver a Senegal, a ver a sus hijos. Su hija pequeña tenía once meses cuando él se vino a vivir a España”. Pero Riaño también sabe que su relación con quien siempre está ahí, con quien le ayuda en todo momento, se mueve en un equilibrio difícil. “Yo estoy muy contento con el Capi y le quiero un montón, pero entiendo que en algún momento de su vida le va a tocar tomar otro rumbo, porque no puedes estar anulándote como persona toda la vida. Tener un ayudante que tenga la capacidad de sufrimiento del Capi, la empatía, el anularse a uno mismo para tus necesidades… está muy bien, pero también es importante tratar de buscar un equilibrio y es muy difícil poder encontrar ese equilibrio”.

El día en que tiene lugar la entrevista, el Capi se encuentra en Senegal. Cuando él se vino a vivir a España su hija menor tenía once meses y acaba de cumplir trece años. Durante la jornada de la entrevista, acompaña a Riaño su ayudante, una mujer sonriente, de movimientos precisos. Es ella quien le ayuda a caminar unos pasos, quien sigue sus indicaciones para encender y apagar la cámara que Riaño lleva instalada en su silla, quien cuida cada detalle. Es ella quien nos acompaña en un paseo por Alcalá de Henares, en el que podemos apreciar los obstáculos que afronta una persona con ELA al tratar de moverse en silla de ruedas por la ciudad.

En el documental y en su vida diaria, Riaño se rebela contra las barreras: “Lo que más me afecta son las barreras mentales de la gente que toma las decisiones y de la gente con la que tengo que relacionarme. Las leyes están ahí, y el problema es que no se aplican y la gente no entiende cómo se tienen que aplicar”. Pone varios ejemplos: un escalón que consideran parte del patrimonio, un coche mal aparcado que le impide acceder a su furgoneta, una piscina de nado en la que le dicen que no puede entrar porque es demasiado lento. Señala que los edificios son seres vivos, que han de cambiar para ser accesibles. Y subraya la incomprensión que encuentra: “Es imposible que la gente entienda, porque no van en silla de ruedas. Somos otro animal. Entonces se buscan excusas para excluirte en vez de encontrar soluciones para quedar incluidos. Y ese es el problema que nadie entiende. Y, cuando reclamas y peleas por tus derechos, al final quedas excluido e incluso criminalizado. Es doloroso porque existen razones de peso para quedar incluidos: artículo 14 de la Constitución Española, la Convención Internacional de los Derechos de las Personas con Discapacidad del año 2006…”.

Durante el paseo por las calles de Alcalá de Henares, Riaño se detiene para agradecer al propietario de una tienda de fotos y marcos que haya instalado una rampa en su establecimiento. También le paran a él para preguntarle cuándo se podrá ver el documental en Alcalá. Y Riaño agradece la pregunta y explica que muy pronto. 7 lagos, 7 vidas está teniendo un recorrido intenso, con proyecciones acompañadas de debates.

Regresamos a la casa y, durante la comida, nos acompañan además su padre, su hermana y su cuñado. Todo resulta esmerado y cálido. Nos adentramos en una conversación sobre viñedos y viajes por hacer. Si algo queda claro después de un día con David Riaño es que su vida está llena de proyectos y que no piensa detenerse por muchos impedimentos que encuentre.

Tras el estreno del documental en junio de 2021, siguió viajando. “7 lagos, 7 vidas expandió los límites de lo que creíamos que era posible. Y eso es muy potente. Estoy haciendo cosas que nunca pensaba que iba a hacer. Cuando estaba en Estados Unidos fui de San Diego a Detroit en avión, hablo de hace cuatro años, y aquello me pareció el límite, mi límite. Y ahora estamos haciendo cosas increíbles. Acabo de estar en Japón”. En el último trimestre de 2021, gracias a una beca de la Japan Society for Promotion of Science y el apoyo del CSIC, pudo estudiar en Japón cómo evoluciona la humedad de la vegetación en el contexto de los incendios forestales y el cambio climático. Su investigación, que sigue en marcha, analiza el impacto de los incendios a partir de imágenes de satélite, datos meteorológicos y proyecciones de modelos climáticos a futuro.

En enero de este año, Riaño viajó al Festival de Palm Springs, en California, donde se presentaba 7 lagos, 7 vidas. La crisis del coronavirus provocó la suspensión de las proyecciones del festival, pero aun así el protagonista del documental mantuvo su viaje y 7 lagos, 7 vidas fue galardonada con una mención especial en la categoría de cine iberoamericano.

Su próximo proyecto es casarse. “Me caso”, dice. Y sabe que provoca el interés y la sorpresa de su interlocutor. Luego entra en detalles: “Me caso con mi silla de ruedas. Va a ser una historia que quiero grabar”. Explica entonces que piensa ir al registro civil con la factura de la silla y que quiere seguir todos los trámites y ritos que acompañan a una boda. Quiere hablar así del derecho a la vida de las personas con discapacidad, del derecho a una vida digna y del derecho al amor. Confía en poder celebrar la boda este año y en que, en el viaje posterior, cuando quieran separarle de su silla al entrar en un avión, pueda explicar —y grabar— que se acaba de casar con su silla, que no tienen derecho a separarle de ella. “Se va a liar”, pronostica.

También tiene proyectos para el próximo verano: viajar a Cabo Norte, en Noruega. Quería ir a Vladivostok e iniciar la vuelta al mundo, pero reconoce que ahora resulta complicado. Y tal vez el año que viene —“si se abren un poco las fronteras”, matiza— intentará ir a Senegal por carretera para conocer la tierra del Capi.

Dice que no es ningún héroe, que todos los días son muy duros. “Somos personas a las que nos hace falta apoyo social y que se cumpla la ley para poder seguir vivos”, argumenta. Quisiera que las personas con ELA pudieran, si lo desean, continuar siendo lo que eran antes de tener ELA. “A mí me gustaría eso: seguir investigando, seguir bañándome hasta el último día en un lago, seguir estando con mis amigos. Cuando queden para jugar un partido de fútbol, ir con ellos con una silla un poquito más rápida. Seguir siendo yo”.

Marcos Obregón: “La locura nos revela nuestra fragilidad. La dificultad que tenemos para aceptar la vulnerabilidad”

¿Qué hacemos con el sufrimiento en la sociedad del malestar? En ‘Contra el diagnóstico. Desmontando la enfermedad mental’, Marcos Obregón aborda esta cuestión central, alertando ante el diagnóstico como forma de atajar debates más profundos, convirtiendo el sufrimiento psíquico en una identidad.

 

Hablo con Marcos Obregón (1973, Barcelona), con motivo de la reciente publicación de Contra el diagnóstico. Desmontando la enfermedad mental (Editorial Rosamerón, 2022) en momentos en los que acaba de anunciarse su segunda edición. Marcos Obregón es licenciado en filología hispánica, ha trabajado como editor y durante los últimos años ha sido, entre otras muchas cosas, presidente de la asociación Sociocultural Radio Nikosia.

Actualmente, se encuentra cursando el posgrado de Salud Mental Colectiva de la URV. Después de conocernos en persona, gracias a ese lugar físico y emocional de dignidad colectiva y encuentro que es Nikosia, no nos queda otra opción que citarnos a distancia. Él en Galicia, yo en Barcelona, Skype de por medio, acordamos reunirnos para charlar durante unas horas sobre un libro que, sin embargo, responde a inquietudes imposibles de contener en estas páginas. ¿Ha alcanzado, por fin, el tabú de la llamada salud psíquica o mental la plaza pública, o se trata de una moda pasajera? Por el momento, no podemos responder con firmeza.

Contra el diagnóstico no es un libro de autoayuda, ni un manifiesto del desencanto. No hay condenas o salvaciones ante las que su autor responda buscando itinerarios simplistas. De principio a fin, se trata de un texto cuya voz es colectiva, a pesar de que su tono es el de un ser humano de carne y hueso. No permitir que el diagnóstico se convierta en una identidad, podría ser una de sus intenciones. Recobrar la dignidad que intenta arrebatar el mundo hegemónico de la psiquiatría, podría ser otro. Marcos reconoce que, en algunos momentos, el diagnóstico puede resultar en una tranquilidad momentánea, en un espejismo, pero la pregunta sobre qué es eso del sufrimiento psíquico no será resuelta. De hecho, el miedo a la llamada locura vertebra gran parte de la gestión del sufrimiento en el marco cultural en el que vivimos.

Hablas del diagnóstico en salud mental como una identidad que termina por patologizar la propia vida.
Me refiero a una vida atravesada por un diagnóstico que te señala. Una identidad enferma. ¿Cómo un diagnóstico puede convertirse en una identidad? La idea de desmontar la enfermedad mental, que es la otra parte del título del libro, no es tanto desmontar lo que ocurre, el síntoma del malestar marca que algo está pasando. No quiero negar eso. Pero el problema con la salud mental es que existe una dictadura basada en lo que debe ser un comportamiento normal. Pero ya sabes, qué es normal, y qué no es normal está dictado por una cultura particular. Y salirse de esa esfera cultural es peligroso, así que uno finge la normalidad. Eso es lo que hacemos, todos los días. La salud mental y el silencio están muy relacionadas. Todos los malestares están sancionados y los asociamos a la falta de productividad o a una verdad que nos incomoda. La locura nos está hablando del deseo sin filtro, que es explicado magníficamente por el psiquiatra Fernando Colina. Me alegro cuando un paciente comienza a mentirme, dice él, porque se da cuenta de que vivir sin ese filtro puede resultar en un gran sufrimiento. Vivimos con esa máscara constante para evitar el riesgo de ser excluidos.

¿Qué es, por ejemplo, un esquizofrénico? Un diagnóstico socialmente asociado al peligro, a la incomodidad. Pero nosotros queremos que las cosas están bien controladas. La locura te coloca en el lugar del otro. Inquieta. El diagnóstico te obliga a despejar la presunción de culpabilidad asociada a algo que se supone que te describe. Y digo que se supone porque no es así. Al mismo tiempo, el diagnóstico genera una imagen social. Por eso, no creo que haya tanto miedo a la locura en sí, sino a las consecuencias sociales de la llamada locura. ¿Qué hacemos como sociedad con la locura? La escondemos en psiquiátricos cuyo funcionamiento es en muchas ocasiones carcelario. Se dice que, por el bien de la persona diagnosticada, ocultamos su sufrimiento con pastillas. Escondemos el malestar. Repito, hay algo incómodo en la locura que nos dice qué tipo de sociedad somos. La locura nos revela nuestra fragilidad. La dificultad que tenemos para aceptar la vulnerabilidad.

Eso choca con una cultura que busca desesperadamente una idea de la perfección inmaculada. Y esa idea desemboca al final en descartar a quien sobra. El diagnóstico enmascara la realidad del miedo por medio de certezas intentando despejar la duda de qué es eso que nos pasa. Pero lo cierto es que a mi alrededor sigo viendo malestar. Mucha gente, para enfrentar ese malestar, lee autoayuda, busca un coach. El propio concepto de autoayuda rebela la perversión del individualismo feroz en el que vivimos, sometidos a mucha exigencia y con muy poco tiempo. Y no conectamos con esa fragilidad. ¿Cómo vamos a conectar con ella? Pues yo te digo, no cualquier vida es válida. Una vida sin sentido, anestesiada, no es válida. La vida tiene que valer la pena.

Si la llamada locura es un tabú cultural, ¿qué crees que da más miedo, el sufrimiento en sí, o el juicio social derivado?
Si tuviéramos una buena gestión del malestar, probablemente, el juicio no importaría demasiado. Por eso, para mí, es mucho más grave el juicio. Uno al malestar termina por habituarse. Pero hay que tener en cuenta que, querámoslo o no, somos vínculo. El libro es un grito de reconocimiento ante esa realidad. Porque lo que duele es no poder vincular ese malestar, o que quede, como si fuese una vergüenza, en el ámbito de la familia y que se convierta en algo enfermizo, en un secreto. Duele sentirse excluido y sentirse como alguien incómodo para los demás. Nadie se atreve a desnudarse porque teme quedar fuera, no formar parte, ser señalado. No obstante, en el libro he intentado no quedarme en el simple vómito personal, sino en explorar qué hay de humano y común en el sufrimiento psíquico, más allá de cómo nos hemos construido cada uno de nosotros, más allá de nuestras particularidades, sin pasar por encima de que cómo cada uno se construye también es importante.

Hay algunas ideas-fuerza que van fijándose a lo largo de la lectura de Contra el diagnóstico. Desmontando la enfermedad mental. Una de ellas es que quien se rompe lleva mucho tiempo resistiendo y luchando por encontrar las maneras de resistir. Quien se rompe es un superviviente. Nadie se rompe de repente ni en solitario. Es decir, quien se rompe es quien resiste y lo que se rompe es siempre colectivo.
Es así. Y fíjate, donde hay más reticencia a la hora de recibir el libro es en las familias. Eso es una gran contradicción. Una de las cuestiones fundamentales del texto tiene que ver con el impacto que el sufrimiento genera a tu alrededor, en los amigos, en las parejas, en las familias, en los conocidos. Eso que dices sobre la rotura es completamente cierto. Por eso hay que respetar el síntoma, que dice que te estás defendiendo con uñas y dientes, que te estás agarrando a la vida frente al derrumbe. El síntoma dice que quiero seguir vinculado con lo que está pasando. Hay algo muy profundo ahí, que debe ser cuidado, no silenciado. Cómo abordas todo esto nos da una imagen de la sociedad de la que formamos parte. Vamos a omitirlo, a taparlo. Si el suicidio, por ejemplo, es el fracaso del sistema de salud mental, ¿cómo puedes creer que, atando a una persona, quitándole toda la dignidad, hipermedicándola, vas a evitar algo? Pues en esas estamos.

¿Qué hacemos con el síntoma? Como decíamos antes, no hay reflexión, ni hay tiempo. ¿Sirve de algo atajar un malestar con someter a la persona a una pérdida total de dignidad? Con tal de que no moleste, de que no se vea el síntoma, que nos habla de nuestra humanidad, eso es lo que normalmente se hace. Pero esas señales son parte de nosotros, nos ayudan a poder canalizar muchas violencias del día a día. Yo, que me he visto obligado a parar, porque me han obligado, puedo asegurar que si hay tanto miedo a que la locura llegue, es porque esta sociedad no es la sociedad del bienestar, sino la sociedad del malestar. Una sociedad que nos atenaza con ese neoliberalismo salvaje, que constantemente nos amenaza con dejarnos fuera.

Y es precisamente en el seno de ese modelo social en el que cobra sentido la construcción de esa forma de psiquiatría, no como forma de saber colectivo, sino como forma de poder.
Efectivamente. No hay radiografías, ni hay nada que determine de forma científicamente objetiva ningún tipo de trastorno. Partamos de ahí. Así que, que un psiquiatra que no ve absolutamente nada más allá de lo que tú le puedas contar, tenga el poder de decidir sobre una vida, es terrible. Eres bipolar, te sacamos fuera, te damos una pensión. Con toda la perversión que ello conlleva. Si trabajas, te la quitamos. Que esas personas tengan tanto poder para decidir sobre algo que no ven es mucho más grave de lo que podemos imaginar. Me sabe mal decirlo, pero lo único que hace un buen psiquiatra es drogarte o encerrarte. ¿Qué tipo de medicina es esta?

Lo he dicho antes, no hay ninguna prueba que pueda demostrar que lo que dicen que existe, en términos de enfermedad mental, existe. Existe en tanto que síntomas. Te digo más, yo creo que hay médicos que están incómodos con ese poder. Imagínate decirle a alguien: vas a estar dos meses sin poder salir de un hospital. No hemos reflexionado lo suficiente sobre lo que significa un ingreso psiquiátrico. No se puede actuar a espaldas de la persona que sufre. Lo que nos recupera es la confianza. Tener fe conjunta, poder pensar que esa persona está ahí para apoyarme. La traición no ha funcionado, no funciona ni funcionará nunca. Además, será muy difícil recuperarse, ya que has comprobado en tus propias carnes que no te puedes sostener en otro, por lo que puedes acabar ahogado.

Quería preguntarte algo sobre el rol de la familia. Comentabas que las familias tienen un poco de miedo al título del libro. ¿Por qué? ¿Qué es lo que falla?
Las palabras, como decíamos, dan alivio y también exculpan. La idea del diagnóstico exculpa. Porque la culpa, que también va apareciendo de diferentes formas a lo largo de libro, responde a la idea profunda de que una rotura interior produce una sensación muy dura en el entorno. Una idea incluso intolerable. Lo que intentaba en el texto, en cambio, es expresar que no hay culpa en sentido estricto. La culpa no está en la familia, está en un modelo que va más allá de la familia. La familia, de hecho, está a menudo muy perdida. La cuestión es que cuando enfrentas una situación de sufrimiento agudo te ofrecen pocas salidas. En teoría, puedes estar con los mejores profesionales, pero lo que realmente vale es que te puedan ver más allá de ese diagnóstico. Esa idea de que una madre haya fallado, un hermano, es muy duro. Por eso es importante remarcar que, no es que hallamos fallado como familias, estamos fallando como sociedad cuando hay personas que no encuentran alternativa, ¿comprendes? Y si pretendes que, atando a esa persona, vas a evitar algo, algo muy grave está fallando. La pregunta es ¿dónde están los espacios habitables donde alguien pueda recomponerse?

Recomponer lo que se ha roto. En tu libro hay esperanza y vitalidad. Sostener y no salvar. Escuchar y no juzgar. Si lo que se rompe es colectivo, el enfrentar esa rotura debe serlo, más allá del ámbito familiar. Ahí están los vínculos, de nuevo.
Por eso no necesitamos héroes. Parece que son momentos de heroicidades. Eso es escapar de la propia responsabilidad. Te vamos a curar, te vamos a salvar. No hace falta que me salves, solo hace falta que veas a un ser humano frente a ti. Lo que nos salva, si tuviéramos que hablar de salvación, es estar ahí, juntos. Y es cierto que ese trabajo lo ha hecho fundamentalmente la familia, pero eso no es justo, porque dejas de existir, te conviertes en una extensión de los miedos de tu familia, de sus historias, y nada más. Eso no es sano. En muchos casos, en la mayoría de hecho, las familias están solas. Lo que necesitamos es menos épica y más inclinarse hacia el otro a través de los gestos. Qué es lo que pasa, por ejemplo, cuando llegas al hospital y te das cuenta de que el psiquiatra no te está viendo. No quiero que me salves, quiero que me des la mano, y que mi malestar sea abrazado, no escondido, no dormido ni rechazado. Creo que cualquier persona puede conectarse con eso perfectamente. Porque el mero hecho de existir y saberse finito produce angustia. 1

La locura nos habla de eso que se escapa de nuestro control, de eso que no acabamos de comprender. Y la forma en la que, como sociedad, la enfrentamos nos habla de nosotros, de quienes somos, y de un mundo que lamentablemente no acepta la diferencia. ¿Qué tipo de mundo estamos construyendo, especialmente aquí, en Occidente? Tenemos que seguir preguntándonos sobre ello. Porque creo que, sin aceptar idea de la complejidad, que es mucho más resbaladiza, aparecen los juicios sumarios. Y la verdad es que, en el fondo, no podemos explicarnos a nosotros mismos tan fácilmente. Hay que dejarnos llevar por la curiosidad. Eso también pasa por dejar de patologizar todo lo que se hace. Con o sin diagnóstico. Habitualmente, cuando te diagnostican, todo lo que haces ya es por terapia. Todo. Eso te roba el gozo, el deseo y la propia vida.

Para terminar, también insinúas que lo contrario a esconder el sufrimiento es todo menos morbosidad.
Eso es muy importante. Para mí, lo vital es cómo coser esa cicatriz que dejó la herida y asegurarse de que quede visible, porque me recuerda el camino que he hecho y lo que soy. No esconder, no avergonzarse. Porque eso es lo que me ha llevado a la soledad. Si tienes claro que eres frágil, que eres vulnerable, y que cuando estás sólo eres más débil, no olvidas que puedes volver a caerte. Y eso no es hurgar con morbo en el sufrimiento, sino abordarlo con dignidad. No sólo me refiero a la salud mental. Es algo que nos interpela a todos. Al final de todos los cambios está la muerte.

Muchas gracias, Marcos.
A ti.

20 may 2022

Varios aves en la laguna de Navaseca, a 3 de febrero de 2022, en Daimiel, Ciudad Real, Castilla-La Mancha. — Patricia Galiana / Europa Press

Un estudio realizado por científicos del Smithsonian Envioronmental Reseach Center (SERC) ha simulado cómo los humedales se comportarían en un clima del año 2100.

 

Un estudio realizado por científicos del Smithsonian Envioronmental Reseach Center (SERC) ha alertado sobre la conservación de los humedales, muy necesarios para luchar contra la crisis climática, y que corren el riesgo de desaparecer por todo el mundo debido a la subida de nivel del mar

Durante décadas, los científicos tuvieron la esperanza de que el aumento de las concentraciones de CO2 también pudiera estimular el secuestro de carbono y el crecimiento adicional de las plantas, contrarrestando así la aceleración de la subida relativa del nivel del mar, pero este "útil efecto secundario" está dejando de existir.

Simular el clima del año 2100

El estudio realizado por investigadores del SERC ha simulado cómo los humedales se comportarían en un clima del año 2100, gracias a un centro ubicado en la costa occidental de Maryland, EEUU. Para este estudio se basaron en un experimento que comenzó en 1987 y que actualmente es el experimento de campo más largo del mundo sobre el impacto del aumento del CO2 en las plantas.

Desde 15 cámaras abiertas, los científicos aumentaron las concentraciones de CO2, duplicando aproximadamente los niveles de CO2 atmosférico de 1987. Los investigadores se centraron en el grupo de plantas conocidas como C3, que responden fuertemente al CO2, y que corresponde al 85% total de especies de plantas en la Tierra.

En las dos primeras décadas del estudio, el crecimiento de las plantas en las cámaras con mayor CO2 fue mayor. En la superficie, estas plantas crecieron una media del 25% más que las plantas de las cámaras no tratadas. Bajo tierra, este efecto fue aún mayor, el CO2 elevado provocó un 35% más de crecimiento en las raíces.

Preocupación por parte de los científicos

Los investigadores han señalado que este crecimiento de las raíces es preocupante para la supervivencia de los humedales, ya que éstas ayudan a los humedales a formar el suelo y a mantener los cimientos creciendo hacia arriba incluso cuando los mares siguen subiendo.

Desde 2005, este efecto sobre las raíces ha ido desapareciendo. En los últimos 14 años de datos del estudio no ha habido un gran diferencia en el crecimiento de las plantas entre las cámaras de alto CO2 y las normales. El equipo de científicos ha dado varias explicaciones a este descenso: las precipitaciones, la temperatura, la salinidad del agua durante la temporada de crecimiento o la presencia de nutrientes críticos en el suelo, como el nitrógeno.

Pero solo la subida del nivel del mar ha mostrado una relación con el crecimiento de las plantas. Desde que el nivel del mar en el humedal subió 15 centímetros por encima de donde comenzó en 1987, los beneficios del aumento del CO2 desaparecieron.

El estudio también señala que es posible que algunos humedales puedan "escapar" del ahogo por esta subida. Si los humedales no pueden elevarse más construyendo suelo, que migren hacia también el interior es otra posibilidad, pero eso únicamente puede ocurrir si tienen suficiente espacio. Para muchas comunidades la posibilidad de que los humedales se trasladen hacia el interior supondría un cambio en la forma de utilizar y valorar la tierra.

madrid

18/05/2022 21:55

Público

Publicado enMedio Ambiente
Martes, 17 Mayo 2022 05:49

Barro

Fósil de oviraptosaurio. Fossil Wiki

Al mundo hay que dejarle algo de barro en el suelo (algo de barrio) y no rascárselo nunca del todo si queremos que siga siendo habitable

Leí hace poco la noticia de un gran descubrimiento efectuado en 2016 cerca de Ghanzou, en China: el de un dinosaurio emplumado que habría muerto hace 70 millones de años tratando de escapar del barro. “Uno de los fósiles más hermosos y tristes que he visto”, dice el geólogo Steve Brusatte, pues murió derribado sobre la frente, bípedo entrampado, con el cuello estirado y las alas desplegadas. Pertenecía a la familia de los oviraptorosaurios y esta nueva parentela fue bautizada con el nombre mixto de tongtianlong limosus o, lo que es lo mismo, “dragón fangoso camino del cielo”. Era una especie, si se quiere, pasajera entre el reptil y el pájaro, transitoria aún entre la tierra y el aire. La ciencia no se puede permitir estas sinécdoques abusivas que reducen millones de años a un instante y el destino evolutivo de una especie a la suerte de un individuo, pero la desgracia de este bicho maravilloso proporciona a los filósofos una imagen poderosísima de fracaso ejemplar. Yo lo veo así: un reptil que, a punto de convertirse en pájaro, descubre de pronto sus alas, intenta emprender el vuelo y queda atrapado en el barro mientras sacude con impotencia, una y otra vez, entusiasmado primero, furioso después, desesperado al fin, cada vez más despacio, sus muñones emplumados.

El barro que retuvo al dinosaurio es, en realidad, la sustancia primordial, donde se mezclan la tierra y el agua. En el acto I, escena 1ª, del Antonio y Cleopatra de Shakespeare, el amante romano justifica de esta manera sus besos: “Los reinos son de arcilla. Nuestro barro fangoso nutre por igual a hombres y bestias. Todo el sentido de la vida está en hacer esto”. Así lo recordaba yo de memoria. La traducción de Luis Astrana Marín, es verdad, dice “nobleza” y no “sentido” y “tierra fangosa” en lugar de “barro fangoso”, versión más ceñida al original inglés (donde se lee “our dungy earth”, de “dung”, el estiércol que abona nuestros cultivos). Da igual. Este campo semántico, rico en sinónimos y aledaños, es apretado y recogido como un moño. Tenemos el barro, el cieno, el fango, el lodo, el limo. Todas estas palabras son densas y marrones, y se citan y se reclaman mutuamente, pero no son del todo equivalentes. A cada una de ellas se le ha adherido un matiz singular que va más allá de la materia y que convoca distintas sinestesias morales y sentidos figurados. El adjetivo “fangoso”, por ejemplo, es una redundancia de “barro”, como ocurre en la traducción castellana de Shakespeare, pero como sustantivo adquiere enseguida una acepción espiritual: el “fango”, en efecto, es sucio y ensucia; son las almas, y no los dinosaurios, los que quedan atrapados en él: “máquina del fango”, expresión forjada por Umberto Eco, alude a la difamación premeditada cuyo objetivo es mancillar el prestigio o el honor de un rival político. De fango en nuestro país sabemos mucho. El cieno es más ligero, el lodo más viscoso, el limo sobre todo resbaladizo. Es interesante señalar, dicho sea de paso, que de forma un poco tortuosa la palabra y la idea del “olvido” proceden, en efecto, del limus latino: lo que se vuelve denso y oscuro, lo que se desliza fuera de la memoria. Olvidar es resbalar sin asidero en el vacío. Conviene pensar también desde aquí el destino del dinosaurio alado.

Todas las lenguas, obviamente, poseen el concepto de “barro”, del que hablaremos enseguida, pero nuestra palabra “barro” es harto extraña, procedente quizás del acervo hispánico prerromano, como lo atestigua el hecho de que solo exista en castellano y en portugués (aunque en esta última lengua con el significado más específico de “arcilla”). En todo caso, y como se trata aquí de producir imágenes y no saberes académicos, a uno le vienen ganas, muchas ganas, contra todo fundamento filológico, de asociar “barro” y “barrio”, vocablo cuya etimología árabe remite a la noción de “extramuros”: a lo que está fuera (barr) de la ciudad, donde sin duda los más pobres, los menos protegidos, los que viven a la intemperie, no solo están más expuestos a los efectos de la lluvia sino que permanecen también más en contacto con la tierra común. Fuera de las murallas está, por así decirlo, la verdad del ser humano.

Pues es esto: si “barro” es la palabra más común es porque designa la sustancia común. Al contrario que “fango” o “lodo” o “limo”, que se separan un poco de la tierra para discurrir en paralelo en el plano simbólico, al barro le ocurre como al pan: es su materia misma la que opera como símbolo universal: son las únicas materias –pan y barro– que constituyen en sí mismas símbolos, de manera que no admiten ninguna escisión metafísica –o marxista– entre ser y apariencia, entre realidad y ficción, entre materia y espíritu. Reclamar pan es reclamar la cultura entera; nombrar el barro es nombrar la humanidad completa. Por eso, el único sentido metafórico que autoriza el barro tiene que ver con la fragilidad o caducidad de las cosas. Shakespeare, que era un genio y un genio plebeyo, acierta a exponer esta unidad en versos muy banales en defensa de un beso: los “reinos” más soberbios acaban por sucumbir y deshacerse en esa materia primordial que alimenta a todas las criaturas –de la que están hechas todas las criaturas. Todos estamos compuestos del barro del que nos nutrimos y que seguiremos nutriendo, generación tras generación, hasta el final: hasta el maldito petróleo acumulado bajo nuestros pies. La sola cosa que nos distingue de un guijarro, de un insecto, de un helecho, son nuestros besos: el amor único y fugaz que se repite, como un repiqueteo hambriento, sobre los cuerpos.

De la dificultad de simbolizar el barro, salvo como universalidad material, da buena cuenta la terrorífica facilidad con que simbolizamos, por contraste, la palabra “sangre”. La sangre, en efecto, nos separa: la sangre azul, la sangre aria, la sangre de nuestra estirpe. Son los fluidos del cuerpo, que pueden verterse, los que –sangre, semen, leche– han configurado siempre los imaginarios excluyentes de la especificidad étnica, los delirios narcisistas de la pureza y la contaminación racial. Su opuesto es el barro: no se puede hacer, no, ningún discurso racista con el barro. El barro es absolutamente material; es la idea de materia; la materia común en la que florece al final –despliegue y arruga– el juncal de las ideas. En el Génesis bíblico, lo sabemos, hay dos versiones de la creación. En una el dios es logos y materializa las criaturas pronunciando sus nombres; en la otra las hace con sus propias manos. No las forja como un herrero ni las talla como un carpintero; las moldea como un alfarero. Decía la gran escritora estadounidense Ursula K. Le Guin que el primer y mayor invento humano no fue ni la espada ni la rueda: fue la cesta, copiada del regazo y del útero femeninos. Fue también la vasija, aurora de la civilización, donde comprendemos por primera vez la diferencia entre dentro y fuera, que es asimismo la diferencia entre significante y significado: un recipiente que retiene el agua fugitiva, necesaria para la vida, y cuyo exterior se puede pintar y decorar. La alfarería es la técnica cultural más antigua del mundo; los primeros objetos de cerámica, encontrados en Japón, se remontan a hace doce mil años. En el Génesis se conjugan, pues, las dos actividades creativas por excelencia del ser humano, aquellas de las que el hombre mismo es creación: la lengua y el barro.

Fijaos bien: una prueba irrefutable de la primordialidad del barro es la siguiente: los niños no juegan con “fango” ni con “cieno” ni con “lodo”; juegan con “barro”, que es –dice el pedagogo Francesco Tonucci– “el príncipe de los juguetes” o, lo que es lo mismo, el primero y más insuperable de los juguetes. Podemos pensar en los niños como en dioses que dan forma a la materia, sin más propósito ni más diseño que el capricho de sus manos, mediante las cuales afirman la materialidad misma de nuestro mundo. Y podemos también –los que así lo quieran– reconciliarnos con un dios que, en lugar de imitar a un guerrero o a un ingeniero, habría imitado a un niño en la playa o en el arenal: que se habría dejado tentar por el placer de descubrir el barro y, a partir de él, la diferencia entre dentro y fuera, entre lo que nos puede ser necesario para la vida y lo que podemos adornar: el júbilo elemental de lo cóncavo y lo convexo, de la dureza que se desmenuza entre los dedos, de la viscosidad que se solidifica bajo el sol. La irresponsabilidad de un niño siempre tiene más sentido que el sentido premeditado de un forjador de espadas. Por lo demás, para aquellos a los que no les baste el placer, porque lo miden todo en términos de utilidad, recordaré aquí, de pasada, que recientes investigaciones médicas han descubierto en el barro una bacteria benéfica (mycobacterium vaccae), de manera que jugar con nuestra común “tierra fangosa” no sólo fortalece el sistema inmunitario sino que reduce las tensiones y el estrés.

Así que el barro es –como deja bien claro Marco Antonio reclamando la boca de Cleopatra– la frágil materia común con la que juegan los niños. “Cañas pensantes”, decía Pascal de los humanos; “barro pensativo”, corregía César Vallejo. El ser humano, con su conciencia mortal, es solo una de sus metonimias, la más destructiva y desdichada. “Con bordada, sutil y blanda ropa / el barro humano diligente tapa”, sentencia un famoso soneto de Torres Villaroel. Por más que hablemos, por más que pensemos, por más que nos cubramos de “vanos adornos y atavíos”, seguimos siendo el barro que pisamos. Ahora bien, no olvidemos esta imagen decisiva: mediante la alfarería, el barro que pisamos sube hasta nuestras manos. Pasa –es decir– de la tierra a la mente, de la universalidad sin límites a la individualidad concreta e irreemplazable, y ello sin cambiar nunca de sustancia. Somos este barro pensativo llamado Alberto o Clara, pintado al nacer como una vasija griega, con un lunar por fuera del pecho y un pequeño dolor por dentro; somos continuidad, pues, y diferencia. Es importante. Preparando hace poco una conferencia, reparaba en el hecho de que, durante la última cena, Cristo no dijo: “Tomad y comed, esta es mi carne”. Dijo: “Tomad y comed, este es mi cuerpo”. Dijo “somá” en griego y no “sarkx”. Entre la carne y el cuerpo hay el mismo trayecto que entre el barro y la vasija. De suburbana carne común, no lo olvidemos, están hechos los cuerpos individuales. Pero ese es precisamente el motivo de que nos desazone tanto la diferencia entre un carnívoro y un caníbal: los carnívoros comen “carne”, los caníbales comen “cuerpos”. Cristo es un cuerpo y por eso es al mismo tiempo barro y vasija. En el guijarro, en el insecto, en el helecho, nos alimentamos de “carne”, y eso no es “pecado”; a Clara y Alberto, en cambio, solo podemos comérnoslos a besos. Todo el escándalo de un Dios “encarnado” –reducido a sustancia común– es el de que no sea directamente materia indiferenciada sino materia particular organizada y se ofrezca como alimento –como carne– con un nombre propio, una nariz judía y una barba de diez días. Comerse a Cristo, que es dios y es ternera, es más grave que comerse una ternera; es mucho más grave, desde luego, que comerse a un dios. Todos nuestros conflictos, teológicos y humanos, y todos nuestros placeres difíciles, proceden de la imposibilidad de separar el cuerpo de la carne y, más abajo, la carne de la sangre. En el amor somos un poco caníbales; en la empatía somos un poco racistas. La “eucaristía” es la acción de gracias de un cuerpo que duda todo el rato entre el logos y el barro.

El cuerpo es penumbra porque contiene barro. Su fragilidad es indisociable de su opacidad: el velo de unos órganos que laten, respiran y nos sostienen por debajo de nuestra conciencia y el de un lenguaje lastrado de gravilla inevitable. Es el momento de ponerse un poco cursi. Hay que luchar, pero no vencer. El ejemplo del dinosaurio alado es corregido por el de las mariposas, que solo vuelan porque tienen polvo en las alas: limpiárselas con un paño demasiado higiénico es lo mismo que matarlas. También al mundo, sí, hay que dejarle algo de barro en el suelo (algo de barrio); y no rascárselo nunca del todo si queremos que siga siendo habitable. Un hospital, es cierto, debe estar limpio, pero nuestra casa común, al contrario de lo que pensaba Leopardi, no es y no debe ser un hospital. Un hospital más limpio no nos parece limpio: nos parece más hospital. Puede ser necesario para curarse –sin contar con la iatrogenia bacteriana– pero no para contarse cuentos, amarse despacio y lamerse las heridas.

A veces somos fango vil, y es imperativo no complacerse en él; a veces somos limo fecundo y resbaladizo; somos siempre el barro en el que encalló el dinosaurio alado. La imagen de ese pobre tongtianlong limosus, desaparecido hace setenta millones de años (que no son nada, unos pocos menos que los veinte del tango), anticipa quizás el final de otra especie que, elevada sin alas lejos del suelo, está a punto de olvidar hoy la materia común, el barro nutricio, el barrio abierto, tu cuerpo cálido y vivo, moldeado en la penumbra, que quiero comerme de nuevo a besos.

O de recordarlo, con los muñones emplumados, como un oviraptorosaurio cualquiera bajo el aguacero, solo en el último minuto y de manera trágica e irrevocable.

15/05/2022

Publicado enSociedad
Lucha contra un incendio atribuido a los efectos del cambio climático, el miércoles en Laguna Niguel, California.Foto Ap

Esta semana, la Organización Meteorológica Mundial advirtió que el mundo tiene una probabilidad de 50 por ciento de tener un calentamiento de 1.5 grados por encima de los niveles preindustriales en los próximos cinco años. Incluso quienes suelen ver el vaso medio lleno tienden a estar de acuerdo en que los esfuerzos realizados hasta ahora por los gobiernos nacionales para combatir la crisis del clima, aunque significativos en algunos aspectos, no son suficientes. De hecho, la economía global continúa dependiendo exclusivamente de los combustibles fósiles, los cuales aún suministran 80 por ciento de la oferta energética.

Las advertencias sobre una catástrofe climática incluidas en los segmentos segundo y tercero de la más reciente revisión del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (PICC) de Naciones Unidas, emitidos el 28 de febrero y 4 de abril de 2022, respectivamente, fueron pasadas por alto enteramente entre la guerra de Ucrania y el incremento de los costos de la energía. En Estados Unidos, la respuesta del gobierno de Biden a los precios crecientes del gas fue renovar la perforación por petróleo y gas en tierras federales y anunciar "la mayor liberación a la fecha de las reservas estratégicas de petróleo". El resto del mundo también ha respondido con ideas cortoplacistas a las consecuencias de la guerra en Ucrania.

En esta entrevista, el renombrado académico y activista Noam Chomsky examina las consecuencias de este pensamiento cortoplacista entre las tensiones militares en aumento.

J. Polychroniou (CJP): Noam, la guerra en Ucrania está causando sufrimientos humanos inimaginables, pero también tiene consecuencias económicas globales y es una noticia terrible para la lucha contra el calentamiento global. De hecho, como resultado de los crecientes costos de la energía y las preocupaciones por la seguridad energética, los esfuerzos de descarbonización han pasado a un segundo plano. En Estados Unidos, el gobierno de Biden ha adoptado el lema republicano "perfora, nene, perfora", Europa está empeñada en construir nuevos gasoductos e instalaciones de importación, y China planea elevar la capacidad de producción de carbón. ¿Puede usted comentar sobre las implicaciones de estos desafortunados sucesos y explicar por qué el pensamiento cortoplacista sigue prevaleciendo entre los líderes mundiales, aun en un momento en que la humanidad podría estar al borde de una amenaza a nuestra existencia?

Noam Chomsky (NCh): “La última pregunta no es nueva. En una forma o en otra, ha surgido a lo largo de la historia.

“Recordemos un caso que se ha estudiado a fondo: ¿por qué los líderes políticos fueron a la guerra en 1914, con absoluta confianza en su propia rectitud? ¿Y por qué los más prominentes intelectuales en todos los países en guerra se alinearon con apasionado entusiasmo en apoyo de su propio Estado… fuera de un puñado de disidentes, los más destacados de los cuales fueron encarcelados (Bertrand Russell, Eugene Debs, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht)? No era una crisis terminal, pero era grave.

“Este modelo se remonta en el tiempo. Y continúa con poco cambio después del 6 de agosto de 1945, cuando nos enteramos de que la inteligencia humana se había elevado al nivel en el que pronto sería capaz de exterminarlo todo.

“Si observamos de cerca el modelo, en el curso de los años, una conclusión me parece surgir con claridad: lo que impulsa la política no es la seguridad, al menos no la seguridad de la población, la cual es, cuando mucho, una preocupación marginal. Lo mismo puede decirse de las amenazas a la existencia. Tenemos que buscar en otro lado.

“Un buen punto de partida, creo, es lo que me parece el principio mejor establecido de la teoría de las relaciones internacionales: la observación de Adam Smith de que los ‘Amos de la Humanidad’ –en su tiempo los comerciantes y fabricantes de Inglaterra– son ‘los principales arquitectos de la política del Estado’. Utilizan su poder para asegurar que sus intereses ‘sean atendidos de la manera más peculiar’, por ‘dolorosos’ que fueran sus efectos sobre otros, entre ellos el pueblo de Inglaterra, pero con más brutalidad las víctimas de la ‘salvaje injusticia de los europeos’. El objetivo particular de Smith era el salvajismo británico en India, entonces en sus primeras etapas, pero ya bastante terrible.

“Nada cambia mucho cuando la crisis se vuelva existencial. Los intereses de corto plazo prevalecen. La lógica es clara en los sistemas competitivos, como en los mercados no regulados. Quienes no participan en el juego son excluidos con rapidez. La competencia entre los ‘principales arquitectos de la política’ en el sistema estatal tiene propiedades un tanto similares, pero debemos tener en mente que la seguridad de la población está lejos de ser un principio rector, como la historia muestra con claridad.

“Usted tiene razón en cuanto al horrible impacto de la criminal invasión rusa de Ucrania. La discusión en Estados Unidos y Europa se centra en el sufrimiento de Ucrania, lo cual es razonable, mientras aplaude también nuestra política de acelerar la miseria, lo cual no es tan razonable. Volveré sobre ello.

“Veamos sólo un ejemplo, la peor crisis humana, de acuerdo con Naciones Unidas: Yemen. Más de 2 millones de niños enfrentan una hambruna inminente, según informa el Programa Mundial de Alimentos. Casi 100 por ciento de sus cereales son importados, "de los cuales Rusia y Ucrania aportan la mayor cantidad de trigo y derivados (42 por ciento)", además de harina rexportada y trigo procesado para la misma región.

“La crisis va mucho más allá. Intentemos ser honestos al respecto: la perpetuación de la guerra es, en términos simples, un programa de asesinato en masa sobre buena parte del Sur global.

“Esa es la menor parte. En periódicos supuestamente serios se analiza cómo Estados Unidos podría ganar una guerra nuclear con Rusia. Tales análisis lindan en una locura criminal. Y, por desgracia, las políticas de Estados Unidos y la OTAN proporcionan muchos posibles escenarios para una rápida terminación de la sociedad humana. Para mencionar sólo una, Putin hasta ahora se ha abstenido de atacar las líneas de suministro de armas pesadas a Ucrania. No sería gran sorpresa si eso terminara, lo cual llevaría a Rusia y la OTAN a un conflicto frontal, con un camino fácil hacia una intensificación que bien podría conducir a un rápido adiós.

“Más probable, de hecho muy probable, es una muerte más lenta por medio del envenenamiento del planeta. El informe más reciente del PICC dejó en claro que, para que haya alguna esperanza de un mundo habitable, debemos dejar de usar combustibles fósiles ahora mismo, y avanzar con firmeza hasta su pronta eliminación. Como usted señala, el efecto de la guerra actual es poner fin a las de por sí limitadas iniciativas existentes, y de hecho revertirlas y acelerar la carrera hacia el suicidio.

“Naturalmente, reina gran jolgorio en las oficinas ejecutivas de los consorcios dedicados a destruir la vida humana en la Tierra. Ahora no sólo están libres de restricciones y de las quejas de molestos ambientalistas, sino que se les elogia por salvar a la civilización que ahora reciben estímulos para destruir aún más rápidamente. Ahora se les anima a desperdiciar recursos escasos que se necesitan con desesperación para propósitos humanos y constructivos. Y, al igual que sus socios en la destrucción masiva, las corporaciones de combustibles fósiles, absorben recursos de los contribuyentes.

“¿Qué podría ser mejor o, desde una perspectiva diferente, más insensato? Haríamos bien en recordar las palabras del ex presidente Dwight D. Eisenhower en su discurso de la "Cruz de hierro" de 1953:

“‘Cada arma que se fabrica, cada guerra que se emprende, cada cohete que se dispara significa, en último sentido, un robo a quienes padecen hambre y no son alimentados, quienes padecen frío y no son vestidos. Este mundo en armas no sólo gasta dinero: gasta el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos, las esperanzas de sus niños. El costo de un bombardero pesado moderno es éste: una moderna escuela de ladrillos en más de 30 ciudades. Es dos plantas eléctricas, cada una capaz de atender a una población de 60 mil personas. Es dos hospitales excelentes, plenamente equipados. Es unos 80 kilómetros de pavimento de concreto. Pagamos por un solo avión caza con medio millón de bushels de trigo. Pagamos por un solo destructor con nuevas casas que podrían albergar a más de 8 mil personas… Ésta no es una forma de vida, en ningún sentido verdadero. Bajo la nube de la amenaza de guerra, la humanidad pende de una cruz de hierro’.

“Estas palabras no podrían ser más apropiadas hoy.

“Volvamos a la razón por la que los ‘líderes mundiales’ persisten en este curso insensato. Primero, veamos si podemos ver si alguno de ellos merece ese apelativo, excepto por ironía.

“Si los hubiera, estarían dedicados a poner fin al conflicto en la única forma posible: mediante la diplomacia y la capacidad política. Las líneas generales de un acuerdo político se han entendido desde hace mucho tiempo. Las hemos examinado antes y también hemos documentado la dedicación de Estados Unidos (con la OTAN a remolque) a socavar la posibilidad de un acuerdo diplomático, de manera bastante abierta y con orgullo. No debería haber necesidad de revisar de nuevo ese registro funesto.

“Un dicho común es que el ‘loco Vlad’ está tan demente, y tan inmerso en sueños guajiros de reconstruir un imperio y tal vez conquistar el mundo, que no tiene caso ni siquiera escuchar lo que dicen los rusos… es decir, si uno puede evadir la censura estadunidense y encontrar algunos fragmentos en la televisión estatal de India o en la prensa de Medio Oriente. Y sin duda no hay necesidad de considerar un involucramiento diplomático con semejante criatura. Por tanto, no exploremos siquiera la única posibilidad de poner fin al horror y continuemos aumentándolo, sean cuales fueren las consecuencias para Ucrania y para el mundo. Los líderes occidentales, y gran parte de la clase política, están ahora consumidos por dos ideas principales: la primera es que la fuerza militar rusa es tan abrumadora que pronto podría tratar de conquistar Europa occidental, o incluso más allá. Por tanto, tenemos que ‘combatir a Rusia allá’ (con cuerpos ucranios), de modo que ‘no tengamos que combatir a Rusia aquí’ en Washington, según nos advierte Adam Schmitt, del Partido Demócrata, presidente del Comité Selecto Permanente sobre Inteligencia de la Cámara de Representantes.

“La segunda es que la fuerza militar rusa ha sido exhibida como un tigre de papel, tan incompetente y frágil, y tan mal conducida, que no puede conquistar ciudades ubicadas a unos kilómetros de su frontera, defendida en gran parte por un ejército de ciudadanos.

“Esta última idea es objeto de mucho alarde. La primera inspira terror en nuestros corazones. Orwell definió el ‘pensardoble’ como la capacidad de tener en mente dos ideas contradictorias y creer en ambas, locura sólo imaginable en estados ultratotalitarios.

“Si adoptamos la primera idea, debemos armarnos hasta los dientes para protegernos de los planes demoniacos del tigre de papel, aun cuando el gasto militar ruso es una fracción del de la OTAN, incluso sin contar a Estados Unidos. Quienes sufren pérdida de memoria estarían felices de saber que Alemania por fin ha recibido el mensaje, y pronto podría superar a Rusia en gasto militar. Ahora Putin tiene que pensarlo dos veces antes de conquistar Europa occidental.

“Para repetir una obviedad, la guerra en Ucrania puede terminar con un acuerdo diplomático, ya sea con rapidez o en una agonía prolongada. La diplomacia, por definición, es un asunto de toma y daca. Cada lado debe aceptarla. De ahí se sigue que, en un acuerdo diplomático, a Putin se le debe ofrecer alguna puerta de escape.

“O aceptamos la primera opción o la rechazamos: al menos en eso no hay discusión. Si la rechazamos, elegimos la segunda opción. Puesto que ésta es la preferencia casi universal en el discurso occidental, y sigue siendo la política estadunidense, consideremos lo que implica.

“La respuesta es directa: la decisión de rechazar la diplomacia significa que nos involucraremos en un experimento para ver si el perro rabioso irracional se escabullirá silenciosamente, en derrota total, o si empleará los medios con los que sin duda cuenta para destruir a Ucrania y poner el escenario para una guerra terminal.

“Y, mientras realizamos este grotesco experimento con las vidas de los ucranios, nos aseguraremos de que millones mueran de hambre por la crisis alimentaria, jugaremos con la posibilidad de la guerra nuclear, y correremos con entusiasmo hacia la destrucción del ambiente que sostiene la vida. Por supuesto, es concebible que Putin sencillamente se rinda, y que se abstenga de usar las fuerzas bajo su mando. Y tal vez podamos reírnos simplemente de las perspectivas de recurrir a las armas nucleares. Es concebible, pero ¿qué clase de persona estaría dispuesta a jugarse esa apuesta?

“La respuesta es: los líderes occidentales, de modo bastante explícito, junto con la clase política. Eso ha sido obvio durante años, incluso se ha expresado de manera oficial. Y para asegurarse de que todos entendamos, la posición fue reiterada con fuerza en abril pasado, en la primera reunión mensual del ‘grupo de contacto’, que incluye a la OTAN y a los países asociados. La reunión no se realizó en la sede de la OTAN en Bruselas, Bélgica; más bien, se derribaron todas las simulaciones y se llevó a cabo en la Base Ramstein de la fuerza aérea estadunidense en Alemania, técnicamente territorio alemán, pero que en el mundo real pertenece a Estados Unidos.

“El secretario de la Defensa Lloyd Austin abrió la reunión declarando: ‘Ucrania cree sin duda que puede ganar, y así lo creemos todos los aquí presentes’. Por tanto, los dignatarios reunidos no deberían titubear en enviar armamento avanzado a Ucrania y persistir en los otros programas que, anunció con orgullo, llevarán de hecho a Ucrania al sistema de la OTAN. En su sabiduría, los dignatarios asistentes y su líder garantizan que Putin no reaccionará en las formas en que todos sabemos que puede hacerlo.

“La historia de la planeación militar durante muchos años, de hecho siglos, indica que ‘todos los aquí presentes’ tienen en efecto esas notables creencias. Sea que las tengan o no, sin duda están dispuestos a llevar a cabo el experimento con las vidas de los ucranios y el futuro de la vida en la Tierra.

“Puesto que se nos asegura con tanta autoridad que Rusia observará de manera pasiva todo esto sin reaccionar, podemos dar otros pasos para ‘integrar de facto a Ucrania a la OTAN’, de acuerdo con los objetivos del ministerio ucranio de defensa, estableciendo ‘plena compatibilidad del ejército ucranio con los de los países de la OTAN’, y garantizando que no pueda alcanzarse un acuerdo diplomático con ningún gobierno ruso, a menos que de algún modo se convierta a Rusia en satélite estadunidense.

“La actual política estadunidense prevé una guerra prolongada para ‘debilitar a Rusia’ y asegurar su derrota total. Esta política es muy similar al modelo afgano de la década de 1980, que, de hecho, ahora es postulado explícitamente en los altos círculos, por ejemplo por la ex secretaria Hillary Clinton. Puesto que es cercana a la política actual del país, incluso un modelo funcional, vale la pena observar lo que en realidad ocurrió en Afganistán en la década de 1980, cuando Rusia lo invadió. Por fortuna, hoy tenemos un recuento detallado y autorizado hecho por Diego Cordovez, quien dirigió los exitosos programas de la ONU que pusieron fin a la guerra, y por el distinguido periodista y académico Selig Harrison, quien tenía extensa experiencia en la región. Ambos autores ya fallecieron.

“El análisis Cordovez-Harrison derriba por completo la versión recibida. Los autores demuestran que la guerra fue concluida por una cuidadosa diplomacia dirigida por la ONU, no por la fuerza militar. La política estadunidense de movilizar y financiar a los islamitas más radicales para combatir a los rusos significó, concluye el análisis, ‘combatir hasta el último afgano’, en una guerra subrogada para debilitar a la Unión Soviética. ‘Estados Unidos hizo todo lo posible por evitar que la ONU participara’, es decir, para evitar los cuidadosos esfuerzos diplomáticos que acabaron con la guerra.

“La política estadunidense retrasó la retirada rusa que se había considerado desde poco después de la invasión, la cual, mostraron los autores, tenía objetivos limitados, sin parecido alguno con los espantosos objetivos de conquista mundial que conjuraba la propaganda estadunidense. ‘Claramente la invasión soviética no era el primer paso en un plan maestro expansionista de un liderazgo unido’, escribió Harrison, confirmando las conclusiones del historiador David Gibbs, basado en archivos soviéticos revelados.

“El principal directivo de la CIA en Islamabad, quien encabezó en persona las operaciones, expresó con sencillez el objetivo principal: la idea era matar soldados rusos; dar a Rusia su Vietnam, como proclamaron altos funcionarios estadunidenses, revelando la colosal incapacidad de entender nada sobre Indochina que fue la marca de la política estadunidense a lo largo de décadas de matanzas y destrucción.

“Cordovez y Harrison escribieron que el gobierno estadunidense ‘estuvo dividido desde el principio entre los desangradores, que querían que las fuerzas soviéticas permanecieran atascadas en Afganistán y de ese modo vengarse por Vietnam, y los negociadores, que querían forzar su retirada mediante una combinación de diplomacia y presión militar’. Es una distinción que aparece muy a menudo. Los desangradores por lo regular ganan y causan inmenso daño. Para ‘el que decide’, para tomar la definición que George W. Bush hacía de sí mismo, es más seguro verse rudo que blando.

“Afganistán es un buen ejemplo. En el gobierno de James Carter, el secretario de Estado Cyrus Vance era un negociador, quien sugería acuerdos de largo plazo que casi sin duda habría evitado, o por lo menos reducido en gran medida, lo que tenía el propósito de ser una intervención limitada. El consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski era el desangrador, empeñado en la venganza por Vietnam, cualquier cosa que eso significara en esa visión confusa del mundo, y matar rusos, algo que entendía muy bien y disfrutaba.

“Brzezinski prevaleció. Convenció a Carter de enviar armas a la oposición que buscaba derrocar al gobierno pro ruso, anticipando que los rusos serían arrastrados a un lodazal semejante a Vietnam. Cuando eso ocurrió, apenas podía ocultar su regocijo.

“Cuando, tiempo después, se le preguntó si sentía remordimientos, la pregunta le pareció ridícula. Su éxito en atraer a Rusia a la trampa afgana, afirmó, fue la causa del colapso del imperio soviético y del fin de la guerra fría, lo cual, en gran medida, es un absurdo. Y a quién le importa si dañó a ‘algunos musulmanes agitados’, como el millón de cadáveres, haciendo a un lado incidentes como la devastación de Afganistán y el surgimiento del islam radical.

“Hoy se maneja públicamente la analogía afgana y, lo que es más importante, se lleva a la práctica en la política.

“La distinción entre desangradores y negociadores no es nada nueva en los círculos de la política exterior. Un ejemplo famoso de los primeros días de la guerra fría es el conflicto entre George Kennan (negociador) y Paul Nitze (desangrador), ganado por este último, lo cual sentó las bases para muchos años de brutalidad y casi destrucción. Cordovez y Harrison respaldaron explícitamente el enfoque de Kennan, con abundante evidencia.

Un ejemplo cercano a Vance-Brze­zinski es el conflicto entre el secretario de Estado William Rogers (negociador) y el consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger (desangrador) sobre la política hacia Medio Oriente en los años de Richard Nixon. Rogers propuso soluciones diplomáticas razonables al conflicto entre Israel y los árabes. Kissinger, cuya ignorancia sobre la región era monumental, insistió en la confrontación, y ello llevó a la guerra de 1973, que Israel ganó por escaso margen con una seria amenaza de guerra nuclear.

“Estos conflictos son permanentes, casi. Hoy sólo quedan desangradores en los puestos altos. Han llegado al extremo de promulgar una Ley de Préstamos y Arrendamientos para Ucrania, aprobada casi por unanimidad. La terminología evoca la memoria del enorme programa de préstamos y arrendamientos que metió a Estados Unidos en la guerra europea (como se pretendía) y vinculó los conflictos en Europa y Asia en una Guerra Mundial (lo que no se pretendía). ‘El programa de Préstamos y Arrendamientos unió las luchas separadas en Europa y Asia para crear, hacia finales de 1941, lo que con propiedad llamamos la Segunda Guerra Mundial’, escribe el historiador Adam Tooze. ¿Es esto lo que queremos en las actuales circunstancias, muy diferentes?

“Si lo es, como parece, por lo menos reflexionemos en lo que implica. Es lo bastante importante para repetirlo.

“Implica que rechazamos de entrada las iniciativas diplomáticas que en realidad pusieron fin a la invasión rusa de Afganistán, pese a los esfuerzos estadunidenses por impedirlo. Por tanto, nos embarcamos en un experimento para ver si la integración de Ucrania en la OTAN, la derrota total de Rusia en Ucrania y otros movimientos posteriores para ‘debilitar a Rusia’ serán observados de manera pasiva por los líderes rusos, o si recurrirán a medios de violencia que sin duda poseen para devastar a Ucrania y poner el escenario para una posible guerra general. Entre tanto, al extender el conflicto en vez de tratar de ponerle fin, imponemos severos costos a los ucranios, empujamos a millones de personas a morir de hambre, lanzamos al planeta ardiente aún con más rapidez hacia la sexta extinción en masa, y –si tenemos suerte– escapamos a la guerra terminal.

“No hay problema, nos dicen el gobierno y la clase política. El experimento no conlleva riesgo porque sin duda los líderes rusos aceptarán todo esto con ecuanimidad, y pasarán sin chistar al cenicero de la historia. En cuanto al ‘daño colateral’, pueden unirse a las filas de los ‘musulmanes agitados’ de Brzezinski. Para tomar prestada la frase que Madeleine Albright hizo famosa: ‘Es una elección difícil, pero el precio… pensamos que el precio vale la pena’.

"Por lo menos, tengamos la honestidad de reconocer lo que hacemos, con ojos abiertos."

CJP: Las emisiones globales se elevaron a un nivel sin precedente en 2021, de modo que el mundo regresó a un enfoque de "normalidad" una vez que lo peor de la pandemia de covid-19 se aquietó… por ahora. ¿Qué tan arraigada está la conducta humana? ¿Somos capaces de tener deberes morales hacia la gente del futuro?

NCh: “Es una pregunta profunda, la más importante que podemos contemplar. La respuesta es desconocida. Podría ser útil reflexionar en ella en un contexto más amplio.

“Consideremos la famosa paradoja de Enrico Fermi: en palabras simples, ¿dónde están? Fermi, distinguido astrofísico, sabía que había un enorme número de planetas a distancia de un contacto potencial que reúnen las condiciones para sostener la vida y una inteligencia superior. Pero ni con la búsqueda más asidua podemos encontrar rastros de su existencia. Entonces, ¿dónde están?

“Una respuesta que se ha propuesto con seriedad, y que no puede desecharse, es que la inteligencia superior se ha desarrollado en innumerables ocasiones, pero ha resultado ser letal: descubrió los medios para la autoaniquilación, pero no desarrolló la capacidad moral para evitarla.

“Tal vez ése es incluso un rasgo inherente a lo que llamamos ‘inteligencia superior’.

“Ahora estamos comprometidos en un experimento para determinar si este sombrío principio se sostiene con respecto a los humanos modernos, llegados a la Tierra en fecha bastante reciente, hace unos 200 mil o 300 mil años, un parpadeo en el tiempo evolutivo. No queda mucho tiempo para encontrar la respuesta o, con más precisión, para decidir la respuesta, como lo haremos, de una forma u otra. Eso es inevitable. O actuaremos para mostrar que nuestra capacidad moral llega al punto de controlar nuestra capacidad técnica de destruir, o no.

“Un observador extraterrestre, si lo hubiera, habría concluido por desgracia que la franja es demasiado inmensa para evitar el suicidio de la especie, y con él, la sexta extinción en masa. Pero podría estar equivocado. Esa decisión está en nuestras manos.

“Existe una forma aproximada de medir la franja entre la capacidad de destruir y la capacidad de contener el deseo de morir: el Reloj del Día del Juicio del Boletín de Científicos Atómicos. La distancia de las manecillas a la medianoche se puede considerar una indicación de esa franja. En 1953, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética hicieron estallar armas termodinámicas, el minutero se fijó en dos minutos para la medianoche, que es donde el reloj está ahora. No volvió a llegar a ese punto hasta el periodo de Donald Trump en la presidencia. En su último año, los analistas abandonaron los minutos y pasaron a los segundos: 100 segundos para la medianoche, donde el reloj está ahora. El próximo enero volverán a fijar la hora. No es difícil argumentar que el segundero se adelantará más hacia la medianoche.

“La sombría pregunta surgió con brillante claridad el 6 de agosto de 1945. Ese día aportó dos lecciones: 1) la inteligencia humana, en su gloria, se acercaba a la capacidad de destruirlo todo, logro que se alcanzó en 1953; y 2) la capacidad moral humana iba muy rezagada. A pocos les importaba eso, como las personas de mi edad recordarán muy bien. Al observar el pavoroso experimento en el que con tanto entusiasmo estamos metidos ahora, y lo que implica, es difícil ver alguna mejoría, por decirlo en términos escuetos.

“Eso no responde la pregunta. Conocemos muy poco para responderla. Sólo podemos observar de cerca el único caso de "inteligencia superior" que conocemos, e inquirir lo que sugiere con respecto a la respuesta.

Lo que es más importante: podemos actuar para decidir la respuesta. Está en nuestro poder lograr la respuesta que queremos, pero no hay tiempo que perder.

*Publicado originalmente en Truthout.

Traducción: Jorge Anaya

Publicado enSociedad
Lunes, 16 Mayo 2022 05:32

Ecologismo y revolución

Ecologismo y revolución

Los llamados “problemas ambientales” han ganado en los últimos años una amplia audiencia. Las diversas “cumbres” entre los gobiernos de los Estados más poderosos del planeta, reunidos para alcanzar acuerdos en vistas de reducir la emanación de gases tóxicos de origen industrial –principales responsables del “calentamiento global” que amenaza con alterar los parámetros de la vida sobre la tierra– han recibido amplia atención. Y los fracasos estrepitosos de estas “cumbres” han abierto un sombrío signo de interrogación sobre nuestro futuro colectivo, si no confirmado algunos de los más oscuros presagios.

¿Qué hay en juego aquí?

Hay quienes piensan que estamos destruyendo la Tierra, cometiendo un “terricidio”. Aunque como imagen puede ser efectiva y efectista, la idea de un terricidio no resiste un análisis crítico. El planeta como tal seguirá allí, hagamos los humanos las barbaridades que hagamos. Y en cuanto a la vida sobre la Tierra, aunque el antropoceno genere extinciones masivas, fenómenos semejantes ya han sucedido en el pasado. De hecho, el 99,9 % de las especies que alguna vez habitaron el planeta se han extinguido. Aunque simbólicamente puede hacernos sentir muy altruistas creer que estamos salvando no solo a nuestra especie, sino a todas las demás, y que hemos dejado atrás concepciones “especistas”, lo cierto es que, hasta donde sabemos, solo nuestra especie es capaz concebir la idea del especismo o el anti especismo. Si no queremos echarnos en brazos del irracionalismo, conviene tener en cuenta que la atmósfera en que habitamos y que hace posible “nuestra” vida, ha sido el resultado de emanaciones tóxicas de especies ya extintas que, precisamente, se extinguieron por modificar la atmósfera en que ellas vivían, haciendo con ello posible que prosperaran otras especies, entre ellas la nuestra. Por consiguiente, sería prudente y sensato hacer a un lado la idea –en el fondo profundamente religiosa– de que debemos ser los salvadores de la “vida en la tierra”, y asumir más modestamente que lo que está a nuestro alcance, como mucho, es prolongar el tiempo en que las condiciones climáticas permitan nuestra vida en este planeta.

Y precisamente, hay quienes creen que lo que se juega es ni más ni menos que la supervivencia de nuestra especie. ¿Exagerados? ¿Alarmistas? Puede ser. Pero en cualquier caso no deberíamos olvidar que son innumerables las especies que alguna vez poblaron nuestro planeta para extinguirse luego. Entre ellas los formidables dinosaurios. La única diferencia entre ellos y nosotros sería que los “dinos” no fueron responsables de los cambios ambientales que provocaron su extinción, mientras nosotros sí seríamos plenamente responsables de las alteraciones que comienzan a poner en riesgo nuestra supervivencia. Sin embargo, incluso las previsiones más catastróficamente colapsistas no parecen suponer que nuestra especie se extinguirá por un aumento de dos o tres grados de la temperatura promedio: se producirán desastres sociales y millones de personas morirían, pero de eso a la extinción hay aún un largo trecho.

Otros investigadores e investigadoras piensan que no está en riesgo la continuidad de nuestra especie, pero sí nuestra actual forma de vida: si no cambiamos a tiempo, nuestra civilización podría sufrir una catástrofe de enorme magnitud, repitiendo a escala gigantesca una experiencia semejante a la de muchas otras sociedades que vieron colapsar sus sistemas socioeconómicos en medio de dramáticos descensos demográficos, cruentos enfrentamientos y crisis mayúsculas. El colapso en este sentido no implicaría la “extinción”, sino quizá un descenso demográfico de gran envergadura, la desaparición o reducción de muchos bienes y servicios ampliamente generalizados, cierta “degradación” cultural y –casi con seguridad– un mundo social más violento e inseguro.

Hay también, claro, entusiastas de las soluciones tecnológicas: no importa qué tan graves sean los problemas, la ciencia y la tecnología siempre hallarán una solución. ¿Se agotan los hidrocarburos? No importa, otras fuentes de energía los reemplazarán. ¿La contaminación destruye el medio ambiente? Tranquilidad, nuestros biólogos crearán bacterias que se “coman” al petróleo derramado, nuestras mentes ingenieriles inventarán formas seguras y eficientes de procesar la basura, la industria genética desarrollará modificaciones que nos permitan adaptarnos a ambientes hostiles. Y así sucesivamente.

Por último, no faltan los “negacionistas”: quienes creen que no hay ningún problema ecológico realmente preocupante, que el cambio climático es un invento, que los combustibles fósiles no se acabarán, etc., etc.

Cabría decir, además, que estos diferentes enfoques no encajan de manera fácil ni mecánica con perspectivas ideológicas, con clases sociales o con grupos identitarios. Hay una derecha “negacionista”, pero hay otra derecha fanáticamente ecologista. Hay burgueses completamente indiferentes a la cuestión ecológica, pero hay innumerables corporaciones capitalistas eco-friendly. Hay obreros y campesinos que militan el ecologismo, y otros a los que les resulta completamente indiferente. Sin embargo, aunque la problemática ecológica sea socialmente transversal, ello no significa, en modo alguno, que sea ideológicamente neutral o carente de contenidos de clase. Lo que sucede, más bien, es que el sentido ideológico o de clase del ecologismo no lo determina el reconocimiento del problema, sino las maneras de abordarlo. Pero como la problemática ecológica es tan polivalente, abarca tantas cuestiones sumamente diversas aunque relacionadas, no se observan en la realidad, ni es dable esperar que se observe en el futuro, alineamientos ideológicos o sociales simples, automáticos o evidentes. Grupos y clases semejantes se escinden y se seguirán escindiendo ante esta problemática.

Panorámica

A grandes rasgos, los principales problemas ecológicos contemporáneos podemos dividirlos en varios grupos: cambio climático, contaminación, desertificación, agotamiento de recursos y pérdida de sustentabilidad.

El cambio climático entraña el aumento de la temperatura promedio, junto a otros desequilibrios ambientales de gran envergadura. Aunque huracanes e inundaciones ha habido siempre, en las últimas décadas se ha registrado un aumento de la cantidad y de la magnitud promedio de unos y otras. El aumento de la temperatura promedio de la Tierra en relación a los parámetros del mundo pre-industrial tendrá consecuencias muy importantes: habrá territorios sumergidos bajo las aguas, los desiertos aumentarán, muchas especies perderán su hábitat natural, etc. Para los seres humanos, un mundo más cálido presentará grandes desafíos. De hecho, ya está implicando el desplazamiento masivo de poblaciones e incluso ya ha habido guerras cuya causa fundamental es el cambio climático.

La contaminación alcanza en algunos países niveles alarmantes. Y es sumamente preocupante a escala global. Partículas de plástico pueden ser halladas en los lugares más remotos del océano. La polución ambiental es una de las cinco principales causas de mortalidad. Los desechos humanos son una de las principales causas de pérdida de bio-diversidad (la otra es la expansión de la frontera agrícola). Los efectos de la contaminación son tan grandes que ya el agua potable es un recurso escaso y valioso: las guerras por el agua quizá reemplacen a las viejas guerras por el petróleo.

El proceso de desertificación tiene dimensiones mundiales: cada día miles de hectáreas de selvas tropicales son taladas para ampliar la frontera agrícola-ganadera, lo que en general conlleva, a los pocos años, la conversión de antiguos ambientes selváticos en verdaderos desiertos (ya ni siquiera aptos para la agricultura o la ganadería por las que se desmontó la selva originaria). Una de las consecuencias más graves de la desertificación, amén de su impacto en el cambio climático, es la reducción a largo plazo de las áreas cultivables. Un típico mecanismo de “pan para hoy, hambre mañana”. O mejor: “grandes negocios para los capitalistas hoy, hambre para el pueblo trabajador mañana”.

El agotamiento de los recursos es ya una realidad palmaria, antes que una posibilidad más o menos lejana. El desarrollo de la megaminería a cielo abierto se relaciona directamente con el agotamiento de las grandes concentraciones de minerales de socavón. Ahora sólo quedan minerales diseminados, para cuya extracción se requiere la destrucción de montañas, el empleo de sustancias contaminantes y la utilización de millones de toneladas de agua sustraída a otros usos, como el consumo humano o el regadío. Por otra parte, es ya evidente la imposibilidad de extender los niveles de consumo de los países industrializados al conjunto del planeta: sencillamente, los recursos disponibles no son suficientes. No hay ninguna duda de que la humanidad experimentará (de hecho ya se ha iniciado) una “transición energética”: el interrogante es quiénes se beneficiarán y quiénes se perjudicarán, y cuán consciente, voluntaria y ordenada, o bien involuntaria y caótica, será la misma.

Para concluir, es hoy en día notoria la falta de sustentabilidad (es decir, de capacidad para reproducirse a largo plazo) de buena parte de las principales actividades económicas contemporáneas. La expansión de nuestras sociedades industriales se consigue devastando áreas naturales (lo que acarrea desastres ambientales), agotando recursos no-renovables (como el petróleo, el carbón o el gas), y generando contaminación y cambios climáticos. La suma de todos estos problemas determina que la economía global contemporánea no sea sustentable: no se puede seguir así de aquí a unas pocas décadas. Esta es una de las razones fundamentales por las que muchos intelectuales consideran que estamos atravesando una verdadera “crisis civilizatoria”.

Una doble paradoja

Aunque estudios serios y reflexiones profundas de carácter ecologista pueden ser hallados en las décadas de los ‘60 y ‘50 (e incluso antes), no sería hasta principios de los ‘70 que la problemática ecológica, la sustentabilidad y los límites del desarrollo cobraran estado público y cierta resonancia política. Pero, podríamos decir, hasta los últimos años del siglo XX se trataba de preocupaciones de minorías sociales y políticas. Su fuerte presencia entre las clases medias y medias/altas de algunos países centrales (un ejemplo claro es el partido verde alemán), facilitó que el movimiento obrero y la izquierda política mayoritaria vieran en el ecologismo una lujosa moda de países ricos. Aunque en esta mirada había mucho de ceguera (y ha habido valiosas experiencias de ecologismo popular, como el representado por Chico Méndez en Brasil), tras la misma se ocultan problemas reales: ¿deben los países pobres renunciar a su propia industrialización en honor a la ecología? ¿Es sensato reclamar a la población asalariada una austeridad ecológicamente motivada en un mundo tan obscenamente desigual?

Como sea, no sería hasta los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI que la problemática ecológica fuera vista como un asunto de primera magnitud y atrajera la atención de amplias mayorías en muchos países. De hecho, tras largas décadas de displicencia, hablar pero no hacer, hacer menos de lo acordado y todo tipo de hipocresías, parece evidente que buena parte de las autoridades políticas y de los sectores más concentrados de la clase capitalista han empezado a impulsar al ecologismo a un lugar central, adoptando enfoques catastrofistas y demandando medidas drásticas y urgentes. Y efectivamente: el horno no está para bollos. Acciones radicales y con carácter urgente parecen ineludibles. Cuanto más demoremos en introducir cambios sustanciales, mayores serán los costos sociales e incluso demográficos (se morirá gente, sí). Sin embargo, por preocupante que sea la situación, sería un error perder la calma: ello nos impedirá pensar críticamente y nos arrojará fácilmente en brazos de supuestas soluciones que no son tales, y que incluso podrían agravar la situación.

Aplastados los experimentos auto-denominados socialistas, domesticados los movimientos obreros, instalada la idea de “no hay alternativa”, el capitalismo parecía haber controlado su principal contradicción: el antagonismo capital/trabajo. Sin embargo, y paralelamente, el antagonismo capital/naturaleza se volvía más inmanejable y devastador que nunca. Un sistema económico cuya estructura profunda impulsa y requiere crecimiento económico permanente es insostenible en un planeta finito: ya se ha topado ante claros límites ecológicos. La “cuestión ecológica”, pues, se ha convertido en una de las impugnaciones fundamentales al capitalismo y ha introducido una dimensión agonística a la política contemporánea. Sin embargo, como es obvio, hoy nos enfrentamos a una situación en la que “parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, a la vez que se escuchan más y más voces que claman que nuestra salvación depende de actuar ya mismo, aquí y ahora. La suma de ambas cosas arroja el resultado de que las medidas drásticas para enfrentar la transición energética y los desafíos del cambio climático son concebidas con independencia del derrocamiento de la clase dominante y la transformación de las relaciones de producción. Se pueden imaginar las medidas más extremas y dispares para enfrentar el cambio climático o la crisis energética: proyectos de “geo-ingeniería”, canje de deuda por naturaleza, cuotas de contaminación, desarrollo de energías alternativas, políticas de decrecimiento, incluso la colonización de otros planetas. Lo único que parece impensable es acabar con el capitalismo.

Hay pues, un ecologismo del capital (Al Gore podría ser un exponente típico), y no faltan las versiones de eco-fascismo: gente que ama a los animales pero desprecia a las que considera otras “razas” humanas, intentos de control autoritario de la natalidad en pos de un equilibrio con la naturaleza, propuestas abiertas o solapadas de dejar a los pobres en la pobreza para no aumentar la huella de carbono, etc. Pero también ecologistas sin conexiones materiales o ideológicas con el capital, e incluso muchas corrientes eco-socialistas, puesto que en general asumen implícita o explícitamente que la transformación revolucionaria del sistema no está a la orden del día, en los hechos acaban muchas veces “ofreciendo” soluciones a los gestores capitalistas, o estableciendo demandas a esos mismos gestores sin aspirar a derrocarlos, desconectando, en fin, las problemáticas ecológicas de la lucha por cambiar el sistema. En el límite, se llega a postular la transformación social como un norte, una idea regulativa, un telón de fondo, pero en la práctica todo se lo hace dentro del sistema y sin vinculación con ninguna estrategia y organización revolucionaria. No faltan razones para esta deriva: debilidad del movimiento obrero, tradicional ceguera de muchas fuerzas de izquierda ante la problemática ecológica, marginalidad de las fuerzas revolucionarias, etc. Pero, por comprensible que esto sea, colabora en la reproducción de las pautas políticas del capitalismo posmoderno: proliferación de demandas parciales (identitarias a ser posible) que no se articulan nunca en un proyecto anti-sistémico. Desconexión, individualismo y particularidad para las masas: el que totaliza y universaliza es el capital.

Diagnóstico: la raíz del problema

Cuando pensadores de la talla de Immanuel Wallerstein sostienen que estamos inmersos en una “crisis civilizatoria” lo que nos están diciendo es que nuestra actual civilización capitalista industrial no es sustentable a largo plazo, e incluso a plazo medio (digamos, unos cuarenta o cincuenta años). Y los problemas ecológicos y ambientales ocupan un lugar central en este diagnóstico: así como vamos no es posible continuar. ¿Pero cuál es el origen de estos problemas? Fundamentalmente un sistema económico-social movido por el lucro privado como principio. La sed de ganancias ha impulsado enormes progresos técnicos, pero su costo ha sido altísimo, no solo para la naturaleza sino también para las personas. Varios siglos de desarrollo capitalista no han atenuado sino más bien acrecentado la desigualdad social, con el agravante de que la esperanza que el desarrollo industrial generara las bases materiales para una sociedad de la abundancia (ya fuera dentro de los marcos del capitalismo o en una sociedad socialista que le habría de suceder) son hoy ilusorias: la escasez de recursos y la crisis ecológica han dado por tierra con estas ilusiones. Nos enfrentamos, pues, ante una dura realidad. Sin embargo ni la sed de ganancias, ni la búsqueda de beneficios privados, ni la innovación tecnológica despreocupada de sus efectos a mediano/largo plazo o de sus consecuencias sociales son el resultado de que nos guiemos por valores equivocados o adoptemos erradas opciones individuales. La idea de que todo podría arreglarse cambiando los “valores” o la conducta individual es obviamente seductora: parece al alcance de cualquiera y se basa en la presunción de que las cosas ocurren de acuerdo a lo que las personas hacen. Pero por seductora que pueda resultar esta manera de pensar, la misma es claramente equivocada. El consumismo capitalista no es resultado de decisiones individuales en el plano del consumo: es consecuencia de un productivismo a nivel macro-social. Desde luego, cada persona puede decidir consumir menos o consumir de manera diferente (por ejemplo alimentos orgánicos), pero esto tendrá un efecto muy limitado, en tanto y en cuanto el sistema requiera una producción aumentada y la publicidad constituya un bombardeo mediático: sólo una minoría podrá escapar. Por otra parte, el productivismo propio del capitalismo no hunde sus raíces, por mucho que lo parezca, en las decisiones individuales de los capitalistas. En realidad, es la estructura misma de las relaciones capitalistas de producción –y su carácter competitivo– la que determina el resultado: los capitalistas que no sean capaces de seguir el tren de las innovaciones más lucrativas desaparecerán de la escena. No es necesario que la mayoría de quienes poseen o administran los capitales sean innovadores compulsivos: basta que una pequeña minoría desarrolle innovaciones para forzar al resto a adaptarse o perecer. Marx tenía muy claro que aunque él no “pintara de rosa a los capitalistas”, la dinámica del sistema no se hallaba determinada por cuán buenos o malos, sensibles o insensibles fueran cada uno de ellos como persona. De allí la necesidad de transformar la estructura misma de las relaciones de producción.

Ahora bien, si el crecimiento económico es una consecuencia ineludible de la economía capitalista (en cuyo marco además el crecimiento lento o el no crecimiento redundan en males sociales como el desempleo) y si el crecimiento infinito es imposible en un planeta finito, parece indiscutible que hay que abolir el capitalismo. Sobre todo, como es el caso, cuando ya está claro que el consumo de recursos y de energías de la actual civilización del capital demanda los recursos de casi dos planetas Tierra (pero sólo tenemos uno), y ello en medio de una pobreza atroz, y en crecimiento. Que no podemos seguir consumiendo los recursos y la energía que consumimos es algo claro. Pero no menos claro es que ese consumo es increíblemente desigual. A quienes hablen de austeridad invocando razones ecológicas habrá que responderles, como proponía Manuel Sacristán hace ya varias décadas: austeridad, desde luego, pero primero igualdad.

¿Capitalismo eco-friendly?

Pretender que las economías capitalistas adopten una fisonomía ecológica parece fantasioso. Los actuales discursos y propaganda “ecológicos” de muchas empresas multinacionales no son más que eso: discursos y propaganda. La realidad es bien distinta. En el fondo el capitalismo es anti-ecológico por naturaleza. Su móvil es la ganancia y su objeto el beneficio, no el cuidado del medioambiente. Su primer y más sostenido impulso es ecológicamente destructivo. Después pueden venir correctivos legales o tecnológicos… pero siempre después. La dinámica es bien clara: el capitalismo genera primero desastres ambientales y sociales, después busca solucionarlos… y, casi siempre, con poco éxito. Sería excesivo, empero, concluir que el capitalismo es absolutamente incapaz de afrontar los problemas ecológicos. Aunque no parece ésta la opción más factible, no se la debería descartar. ¿Pero cuál sería el precio de un “capitalismo ecológico”? No es difícil imaginarlo. En el mejor de los casos se trataría de una sociedad aún más desigual que las actualmente conocidas; con un empleo más asiduo y a mayor escala del poder militar por parte de las potencias para garantizarse el acceso a recursos crecientemente escasos e impedir el uso de estos recursos por los países y las clases pobres, en nombre de la austeridad ecológica; acentuación de los aspectos predatorios de la explotación laboral humana (ya lo vemos en fenómenos como la “uberización”); clases altas viviendo en la opulencia en fortalezas cibernéticas rodeadas de bolsones de pobres a los que se inculca una moral de resignación y se los mantiene pasivos con la fórmula que con todo descaro ofrece Yuval Harari: una combinación de drogas y videojuegos. En el peor de los casos sería una suerte de guerra de todos contra todos. Como fuere, parece indiscutible que, en un marco capitalista, la escasez de recursos y los problemas ambientales llevarán a una mayor desigualdad de los ingresos y a una creciente inequidad en el pago de los costos ambientales. Ante nuestros ojos ya se perfila la división del mundo entre los incluidos y los excluidos en la sociedad de consumo.

La alternativa más razonable, por consiguiente, es imaginar lo que hoy por hoy parece vedado: un radical cambio societario. Una sociedad industrial sustentable (y es imposible, sin una catástrofe humana, salirnos del mundo industrial) debería ser no-capitalista. Pero esto nos coloca ante la necesidad de asumir que se impone no solo un cambio en las relaciones económicas, sino también una transformación sustancial de nuestros valores y de nuestra forma de vida. No podremos avanzar más allá del capitalismo si nuestra vida está orientada por la lógica consumista. Una sociedad industrial sustentable sólo parece posible si la planificación económica va acompañada de un ethos igualitario, una perspectiva anti-consumista, responsabilidad con las generaciones futuras y mesura en el empleo y desarrollo de nuestras capacidades: no todo lo que podemos hacer debemos hacerlo.

Necesitamos, pues, reemplazar la vana búsqueda de la felicidad por medio del consumo por una moral de la auto-realización personal y colectiva. Alterar nuestros valores para que el ser sea más importante que el tener. Pero por importantes que sean los cambios en la conducta individual –hay que insistir en esto– son insuficientes si no se entrelazan con transformaciones de la estructura social. Hay que apuntar, pues, hacia alguna forma de eco-socialismo. Esto no significa, desde luego, ninguna nostalgia por las formas autoritarias (y productivistas) de los socialismos conocidos en la pasada centuria. Entraña, más bien, un compromiso con los principios fundamentales (a veces olvidados) de la tradición socialista: abolición de las clases, igualdad, libertad y planificación social.

A como están las cosas, cambios fundamentales en nuestra forma de vida se tornan imperiosos. Sin embargo, y aunque suene paradójico, para calibrar con sensatez la situación y orientarnos en un mundo cada vez más complejo y crecientemente caótico será necesario, a la vez, radicalidad y mesura. Radicalidad es ir a la raíz. La raíz de la situación ecológicamente desastrosa en que nos hallamos es el desarrollo capitalista: cualquiera sea la variable que observemos (el consumo de energía, la contaminación ambiental, el aumento de las temperaturas, el crecimiento demográfico, el agotamiento de recursos, etc.), todas ellas se disparan desde que el capitalismo advino al mundo y, sobre todo, desde la revolución industrial que este sistema desencadenó. El capital abrió una verdadera caja de Pandora, que será necesario cerrar. Pero no parece posible ni deseable buscar cerrarla sin destruir al capitalismo. Pero también necesitamos mesura: mesura en el consumo, mesura en el desarrollo tecnológico (con mucha atención a las consecuencias no deseadas del mismo), mesura en el análisis de la situación, mesura a la hora de imaginar soluciones a problemas complejos.

El comprensible anhelo de hallar soluciones inmediatas y aparentemente simples a problemas urgentes y complejos (como todos los relacionados con la crisis energética y ecológica) corre el riesgo de favorecer medidas intuitivamente convincentes pero contraproducentes. Y peor aún, un abordaje histérico de estos problemas le allana el camino a las respuestas del capital, cuyos agentes, en nombre de la urgencia, no dudan ni dudarán en aplicar medidas drásticas, en tanto y en cuanto no afecten las ganancias de las corporaciones capitalistas (aun cuando puedan sacrificar a sectores enteros de la propia burguesía).

Lo dramático de la situación requiere acciones de gran envergadura y con cierta urgencia. De ello no hay duda. Pero no se trata de cualquier acción. Y habrá que desconfiar de todas las propuestas emanadas de la clase dominante y de sus administradores estatales. Y lo esencial, ninguna política ecologista puede tener mucha credibilidad en tanto y en cuanto no se proponga el derrocamiento de la clase capitalista. A quienes piensen que puesto que no parece posible en ningún futuro cercano tal derrocamiento, lo único sensato es introducir las medidas necesarias en pos de la transición energética y la disminución de la huella de carbono, se les dirá que si una revolución es imposible, los cambios ecológicos necesarios, dentro del capitalismo, son tanto o más imposibles, o bien tendrán características cuyas consecuencias serán tanto o más nefastas.

Un ecologismo sensato y con sensibilidad humana (hay ecologistas con poca sensibilidad humana, más preocupados por las ballenas que por los hambrientos) debe, pues, asumir un horizonte socialista. Pero con ello no basta: una perspectiva eco-socialista en la que el socialismo es visto como algo lejano para un futuro no menos lejano devendrá casi ineludiblemente en furgón de cola de las propuestas (más o menos hipócritas) de la ecología del capital. Para evitar esta deriva –tan fácil de transitar como inocua en sus resultados– se debe asumir de hecho (y no solo de derecho) una perspectiva revolucionaria que apunte al derrocamiento del sistema del capital en un futuro lo más cercano posible. Un ecologismo intransigente demanda un anti-capitalismo no menos intransigente. Pero, simétricamente, todo socialismo creíble debe colocar a la cuestión ecológica en un lugar verdaderamente central. Ningún sectarismo de una u otra parte es recomendable. Sólo la fusión de los caminos ecologista y socialista dará una oportunidad a la humanidad de vivir un futuro que no sea un infierno.

Publicado enMedio Ambiente
Probar si podía ser usado con el fin de sembrar alimentos para futuros exploradores de la Luna, el objetivo, señalan expertos de Florida

Cabo Cañaveral. Por primera vez, científicos cultivaron plantas en suelo lunar recolectado por astronautas de la NASA.

Los científicos no tenían idea de si algo brotaría en el duro suelo lunar y querían ver si podía ser usado para cultivar alimentos para la próxima generación de exploradores. Los resultados los sorprendieron.

"Las plantas brotan en suelo lunar. En serio", señaló Robert Ferl, del Instituto de Ciencias de Agricultura y Alimentos de la Universidad de Florida. Junto a sus colegas plantaron una Arabidopsis thaliana en suelo lunar traído a la Tierra por los astronautas del Apollo 11, Neil Armstrong y Buzz Aldrin y por otros caminantes en el satélite. Todas las semillas germinaron.

Lo malo es que después de la primera semana, la rugosidad y otras propiedades del suelo lunar afectaron tanto a las plantas que éstas crecieron más lentamente que las sembradas en suelo de la Luna falso. La mayoría de los vegetales lunares se estancaron.

Los resultados fueron publicados ayer en la revista Communications Biology.

Mientras más fue expuesto el suelo a la graduación cósmica y el viento solar en la Luna, peor les fue a las plantas. Las muestras del Apollo 11 –expuestas por unos 2 mil millones más de años a los elementos debido a la edad de la superficie del Mar de la Tranquilidad– fueron las menos propicias para el crecimiento, de acuerdo con los científicos.

"Es un gran paso saber que se pueden cultivar plantas", sostuvo Simon Gilroy, biólogo de vegetales espaciales en la Universidad de Wisconsin-Madison, quien no participó en el estudio. "El próximo paso real es hacerlo en la superficie de la Luna".

Fragmentos de cristal

El suelo lunar está lleno de fragmentos de cristal diminutos causados por impactos de micrometeoritos. Una solución podría ser usar lugares geológicamente más jóvenes en la Luna, como flujos de lava, para excavar a fin de sembrar. El ambiente también tendría que ser modificado, alterando la mezcla de nutrientes o ajustando la luz artificial.

Solamente 382 kilogramos de rocas y suelo lunares fueron traídos de regreso por seis tripulaciones de las naves Apollo. Algunas de las muestras iniciales de polvo lunar fueron espolvoreadas sobre plantas bajo cuarentena con los astronautas en Houston tras regresar del satélite.

La mayor parte de las muestras permanecieron encerradas, lo que forzó a los científicos a experimentar con suelo simulado hecho a partir de ceniza volcánica en la Tierra. La NASA, finalmente, proporcionó 12 gramos de suelo lunar a los estudiosos de la Universidad de Florida a inicios de 2021 y el esperado cultivo ocurrió en mayo de ese año en un laboratorio.

La NASA explicó que el momento para un experimento así finalmente era adecuado, con la agencia que planea enviar a astronautas a la Luna de nuevo en unos pocos años.

La situación ideal sería que futuros astronautas aprovecharan el suelo local para plantar en invernaderos, en lugar de tener que utilizar un sistema hidropónico –basado sólo en agua–, indicaron los científicos.

"El hecho de que algo retoñó significa que tenemos ya un buen punto de partida y ahora la cuestión es cómo optimizamos y mejoramos", destacó Sharmila Bhattacharya, científica del programa de la NASA para biología espacial.

Los especialistas de Florida esperan reciclar su suelo lunar este año, plantando más Arabidopsis thaliana antes de posiblemente pasar a otra vegetación.

Colombia fue el primer país de Latinoamérica en despenalizar la eutanasia. Imagen de archivo. EFE/Martin Divisek/

La decisión del alto tribunal fue tomada teniendo en cuenta que este mecanismo no califica como delito y que, por el contrario, está amparado por la Constitución Política

 

La Corte Constitucional, a través de un fallo histórico debido a la discusión suscitada en diferentes sectores sociales y políticos, legalizó el Suicidio Médicamente Asistido como procedimiento permitido en Colombia para tener una muerte digna.

La decisión fue tomada teniendo en cuenta una ponencia presentada por el magistrado Antonio José Lizarazo que registró una votación de seis votos a favor y tres en contra. Al togado lo acompañaron en su tesis, Diana Fajardo, Natalia Ángel, Gloria Ortiz y Alejandro Linares, quienes a través del fallo, sacaron del Código Penal una prohibición que pesaba sobre los médicos al momento de asistir a personas con el deseo de morir dignamente

Cabe señalar que esta determinación de la Corte se produjo tras el estudio de una demanda presentada por los ciudadanos Camila Jaramillo Salazar y Lucas Correa Montoya, ambos miembros del Laboratorio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales -DescLAB-, contra el inciso segundo del artículo 107 del Código Penal, el cual castiga la inducción al suicidio otorgando penas carcelarias de entre 16 y 36 meses a quienes guíen a una persona hacia el suicidio con el fin de terminar con intenso sufrimiento producto de enfermedades graves o incurables.

Ante esto, el alto tribunal ratificó que el hecho de asistir a un paciente que desea morir dignamente no se configura como un delito y que, por el contrario, es un proceso amparado por la Constitución en las condiciones ya mencionadas.

Asimismo, la demanda precisaba que penalizar el suicidio médicamente asistido vulnera el derecho a morir con dignidad, así como el libre desarrollo de la personalidad por impedir el acceso a una ayuda médica para poner fin a la vida del paciente bajo consenso.

La demanda señala que, “Algunas personas pueden preferir la eutanasia, unas veces porque no pueden causar su propia muerte y otras veces porque no quieren. En otros casos, las personas prefieren poner ellas mismas fin a sus vidas (suicidio médicamente asistido) y al hacerlo buscan tener la ayuda necesaria para lograrlo de forma segura, acompañada y protegida”, añadiendo que la legalización del SMA lo vuelve un acto transparente y seguro.

¿Qué diferencia hay entre el Suicidio Médicamente Asistido y la eutanasia?

Básicamente, mientras que en el primer mecanismo el paciente se autoadministra el medicamento para causar la muerte, en la eutanasia, el médico es quien facilita el deceso. En ese sentido, los demandantes promovieron varias iniciativas indicando que, así como la eutanasia se puede ejecutar bajo determinados parámetros, para el suicidio médicamente asistido deben cumplirse las mismas normas.

Vale resaltar, además, que durante el estudio de la demanda el ministro de Salud Fernando Ruiz, dijo que, en Colombia, “la inclusión de otra opción de muerte médicamente asistida en el país, requiere una discusión a profundidad, cuya competencia recae en el Legislador”.

El jefe de la cartera de la salud añadió en su momento que el Congreso debe abordar este tema “con un desarrollo por vía estatutaria, en especial, teniendo en cuenta la complejidad que supondría la inclusión del SMA como proceso asistencial en el Sistema General de Seguridad Social en Salud”. Misma conclusión tuvo la Procuraduría.

Para el Ministerio Público, el SMA no es una alternativa desconocida; sin embargo, es el legislativo el que debe reconocerlo como válido, pero teniendo en cuenta la decisión tomada este miércoles por la Corte, Colombia se convierte en el primer país de América Latina en despenalizar el suicidio asistido y la eutanasia.

En el mundo, los países que tienen ambos procedimientos reglamentados son Suiza, Canadá, Luxemburgo, España, los estados de Western Australia y Victoria, en Australia y Suiza, así como también Países Bajos y Luxemburgo.

11 de Mayo de 2022

Publicado enColombia
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