Martes, 17 Mayo 2022 06:00

El triunfo del cinismo

Verona, escultura (Cortesía del autor)

La reelección de Emmanuel Macron confirma un duelo que una mayoría aplastante de electores esperaba evitar. Anuncia un nuevo quinquenio sin ímpetu y sin esperanza. El presidente saliente fue reelecto por defecto, cuando una mayoría de los franceses estima que su balance es malo (56%), que desde hace cinco años la situación del país se degradó (69%), que su programa es peligroso (51%) y que sirve sobre todo a los intereses de los privilegiados (72%) (1). Por lo tanto, es únicamente por rechazo a la extrema derecha que millones de electores de izquierda se han resignado a votar por un presidente contra el cual algunos ya están dispuestos a salir a la calle. Las ocasiones no les van a faltar: baja del poder adquisitivo, aumento de la edad de jubilación, inacción en cuanto al cambio climático, aumento de las tasas de interés, dispositivos punitivos contra los desempleados...

Hace cinco años, el semanario británico The Economist, cerca del éxtasis, presentaba al presidente francés en portada. Se lo veía caminando sobre el agua vestido con un traje tan reluciente como su sonrisa fanfarrona. Para una burguesía mundial golpeada por el estupor y el pavor generados por el Brexit y la irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca, la llegada a la escena internacional de Macron parecía una venganza. Esperaba que produjera un reflujo del “populismo” de la extrema derecha en Europa, a favor del liberalismo “progresista” y de la globalización. Ya no queda casi nada de esta ilusión. Junto con la crisis sanitaria y hospitalaria, las dificultades de abastecimiento energético y la guerra en Ucrania, los temas de la soberanía, del poder adquisitivo, de la reubicación de las actividades productivas y de la planificación ecológica ocupan un lugar creciente en el debate público. A tal punto que el pasado 10 de abril, al final del fallido quinquenio de Macron, la izquierda rupturista consolidó su influencia, y la extrema derecha nacionalista, que la política del presidente saliente pretendía contener, progresó significativamente. Sus tres candidatos sumaron un total del 32,3 por ciento de los votos emitidos en la primera vuelta (2), un resultado superior al del jefe de Estado (27,8%).

Dos semanas más tarde, en la segunda vuelta, Marine Le Pen juntó 2.600.000 votos más que en 2017, mientras que su rival victorioso obtuvo 2 millones de votos menos.


El “extremo centro”


El ex ministro de Economía de François Hollande logró no obstante hacerse reelegir conservando el apoyo de su electorado socialista, a pesar de una política que no lo fue en absoluto. Remató su obra seduciendo al electorado de derecha gracias a decisiones fiscales y sociales alineadas con sus expectativas. Podríamos aplaudir este talento. Desde que, bajo la V República, el Presidente es elegido por sufragio universal directo, cada segunda vuelta de la contienda electoral incluía un candidato de derecha o un candidato de izquierda, y la mayoría de las veces ambos a la vez, uno contra el otro. El pasado 10 de abril, la derrota de los socialistas y de la derecha pulverizó este escenario al borrar a sus dos protagonistas habituales: la derecha y los socialistas sumaron en total el 6,5 por ciento de los votos. En 2012, sumaban el 55,81por ciento...


El presidente francés se convirtió así en el elegido de la derecha “al mismo tiempo” que el de una izquierda burguesa que, desde François Mitterrand, el “giro del rigor” de 1983, el Tratado de Maastricht de 1992 y el Tratado Constitucional Europeo de 2005, se acostumbró (y conformó) a las políticas neoliberales. Más que admitir esta evidencia, Macron prefirió presentarse como el demiurgo de una “ideología” heteróclita cuya única utilidad discernible es que le permite actuar a su antojo. “El proyecto de extremo centro –pontificó la antevíspera de su reelección ante un puñado de periodistas afables– se basa en la unión de varias familias políticas, de la socialdemocracia, pasando por la ecología, el centro, y una derecha en parte bonapartista y en parte orleanista y pro europea” (3).


Tales acoples entre socialdemocracia y derecha orleanista, ecología europea y derecha bonapartista, no tienen ni consistencia teórica ni espesor histórico. A nivel sociológico, en cambio, definen el actual “bloque burgués”, el “partido del orden”, la “Francia de arriba”. La coalición de todos aquellos que se horrorizaron ante el movimiento de los chalecos amarillos, y cuya feroz represión tranquilizó. Este mismo público ovacionó a Macron durante su gran mitín parisino del pasado 2 de abril, cuando pregonó lo que luego se convirtió en uno de sus clips de campaña: “A pesar de las crisis, hemos mantenido nuestras promesas. Para poner fin a ese mal francés que era el desempleo en masa, había que arremeter contra los viejos tabúes del sistema fiscal, el derecho del trabajo, el seguro de desempleo”. Su gobierno también “arremetió contra el tabú” de las ayudas a la vivienda y el del impuesto sobre la fortuna.


Por lo tanto, no sorprende que en lugares tan acomodados y conservadores como Neuilly, el XVI Distrito de París o Versalles, el resultado del presidente saliente se haya duplicado en cinco años, y que haya aplastado a la candidata de la derecha oficial Valérie Pécresse (4). Tras la represión del movimiento obrero de junio de 1848, seguida por la de la Comuna de París en 1871, los monarquistas también perdieron su utilidad política, una vez que los republicanos demostraron a la burguesía que ellos también podían mostrarse implacables con la plebe. En suma, con Macron en el poder, la derecha se convirtió en dispensable, al igual que un Partido Socialista convertido hace mucho al social-liberalismo y a la globalización capitalista. Su destrucción común se asemeja a un esclarecimiento.


Detrás del “proyecto de extremo centro” se reúne un electorado conservador de jubilados acomodados y de mandos superiores, en una proporción que aumenta según la edad y el ingreso (5). Su influencia electoral está amplificada por una tasa de participación excepcional (88% para los de 60-69 años), mientras que la de los jóvenes y de los sectores populares, claramente más favorables a Jean-Luc Mélenchon o a Marine Le Pen, se derrumba (el 54% de los de 25-34 años participó este año en la primera vuelta, contra el 72% en el 2017).

 

 

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Publicado enInternacional
Eduardo Esparza, sin título (Cortesía del autor)

La prolongada jornada electoral por la presidencia del país prosigue en Colombia, ahora en su recta final. Los anuncios de todas las campañas inundan redes sociales, al igual que las emisiones y/o ediciones de los medios de comunicación tradicionales –radio, televisión, prensa escrita–, y copan el ambiente nacional con sus mensajes. No es para menos. Son ocho candidaturas, a pesar de que la atracción de la posible masa votante la concentran solo dos, y otro par de aspiraciones aparece con menor intensidad, inquietando a unos y otras con su posible alianza, necesaria para no terminar el 29 de mayo en el ocaso.


“Es el ejercicio efectivo y la reafirmación de la más vieja de las democracias del continente”, no dudarán en afirmar los epígonos del régimen político. ‘Democracia’ fincada en la formalidad del voto, en la concreción del derecho a elegir y ser elegido, pero puesta en el cadalso por múltiples factores, entre ellos por la imparable cascada de asesinatos de líderes sociales y comunitarios, así como de firmantes de la paz pactada entre Gobierno y Farc en 2016, como lo certifican numerosas instituciones del orden nacional e internacional, entre ellas la Defensoría del Pueblo, Human Rights y Naciones Unidas, entre otras (1).


La que vivimos es una realidad de violencia que cuestiona la esencia del propio régimen político colombiano, como lo aseveran los ciudadanos preguntados por el Dane para la Encuesta de Cultura Política que el Departamento de Estadísticas nacionales realiza desde 2007 y con su más reciente ejercicio en 2021, cuyo cruce arroja que “[…] siete de cada diez ciudadanos considera que en Colombia se violan de manera consuetudinaria y sistemática los Derechos Humanos”. (Ver Libardo Sarmiento, págs. 4-7).


El cadalso es todavía más empotrado por la negación del goce pleno de otro cúmulo de derechos, entre ellos trabajo, vivienda, seguridad social y educación, por solo mencionar algunos de los que su precaria concreción despierta más inconformidad y protestas en nuestra sociedad; una inconformidad manifiesta en las respuestas brindadas por las personas preguntadas en el sondeo referido, en que aquellos resaltan –con porcentajes entre el 29 y el 31,6– como derechos que cuentan con menor garantía de protección (ídem).

Vieja contradicción

¿Podrá la democracia ser real por su solo ejercicio político, formal, pero sin soporte real en lo económico y social? ¿Primará la superestructura sobre la base o el énfasis será a la inversa?

Este es un viejo interrogante, infaltable desde la Revolución Francesa, que en la disputa interna que la caracterizó y que la llevó, durante los periodos de revoluciones y contrarrevoluciones que la marcaron, a enfatizar según el grupo social que controlaba las riendas del poder, en la prioridad de lo económico o de lo político de carácter formal. Aspectos como la esclavitud, de su extinción o prolongación, por ejemplo, dividieron a quienes propendían por una democracia garante de las formalidades (en aquellos tiempos solo garantizada para quienes tenían ciertos patrimonios y eran varones) y quienes propugnaban por una libertad efectiva, inclusive en las colonias del Imperio.

El debate está presente una vez más en el momento de la conformación de las Naciones Unidas y la redacción de la Carta de Derechos Humanos que la misma expidió, contradicción que trazó una clara frontera entre quienes defendían –como prioridad para la materialización de la democracia– el derecho, por ejemplo, a elegir y ser elegido, la existencia de partidos políticos, la igualdad ante la ley, entre otros factores, y aquellos que sustentaban que la garantía previa y efectiva para que la participación fuera real y no formal, y la igualdad no solo brillara en el papel, sino que además fuera real en la cotidianidad, radica en la prioridad que se le conceda a la concreción de los derechos económicos. En otras palabras, la base económica es prerrequisito para que la superestructura política trascienda el papel y se torne músculo en cada ser humano.

Como puede deducirse y constatarse, en aquellos tiempos de división abierta y sin velo alguno entre capitalismo y socialismo, los voceros de la propiedad privada defendían la prioridad de la superestructura, y la efectiva garantía de lo económico y social, como precondición para la igualdad política, era defendida por los diplomáticos de la extinta URSS.

Es una contradicción que se extiende en el tiempo y alcanza ecos por estos días en el régimen chino, suponiendo que se trata de un país socialista, como propagandea su dirigencia. Según su Partido Comunista, “[…] la democracia se debe medir por la capacidad del sistema político para responder a las demandas mayoritarias de la sociedad, no por su nivel de participación formal” (2).

Esta pretensión va más allá de lo planteado y buscado por la URSS misma, ya que la dirigencia del PCCh “no quiere llevar el debate acerca de la idoneidad del sistema al terreno de lo democrático-formal, ni tampoco de vuelta a las contraposiciones del pasado siglo con la ‘democracia real’ de inspiración soviética, sino centrar la hipotética competencia en el arbitrio de una legitimidad posrevolucionaria, basada en la eficacia” (ídem). Y se enfatiza en que “lo más importante no es el proceso propiamente sino la capacidad de proveer resultados en función de la demanda social”.

En esta disparidad de criterios y líneas de gobierno, Colombia, como parte de los regímenes de tinte liberal, subraya en la forma sobre el contenido, lo que sobresale, en la encuesta del Dane acá retomada, en su batería de preguntas mayoritariamente orientadas por la forma. Una prioridad, y las respuestas brindadas por las personas encuestadas, que deja abierto el preocupante interrogante sobre cómo logró la dirigencia capitalista y global, con su particularidad colombiana, deslindar la democracia de los derechos económicos, como queda expuesto a continuación:

En 2021, el porcentaje de personas de 18 años y más, según lo que consideran debe existir para que un país sea democrático, coincide en dar prioridad (más del 70% de los encuestados) al derecho a elegir y ser elegido (81%), autoridades elegidas por voto popular (75,3%), representación igualitaria entre hombres y mujeres (75,2%), elecciones periódicas (73,8%) y mecanismos para que los ciudadanos participen en la gestión pública (73,1%). En menor medida, los ciudadanos sopesan la importancia del sistema judicial (69,7%), el equilibrio de poderes (69,4%), la existencia de partidos políticos o movimientos sociales (59,5%), el Congreso (58,1%) y la centralización del poder (44,2%) (ídem, Libardo Sarmiento).

Estamos ante todo un fenómeno de colonización ideológica, producto del cual el empobrecimiento, por ejemplo, termina asumido por un importante segmento de nuestra población como el producto de incapacidades personales, de falta de malicia, de ausencia de esfuerzo, de carencia de inteligencia, entre otros factores totalmente irreales. La responsabilidad del sistema, de la política económica y social priorizada por la clase social a cargo del gobierno desde dos siglos atrás, no aparece por parte alguna.

En esas condiciones, el reclamo por el incumplimiento de los derechos sociales y económicos, así como ambientales y culturales, queda al margen de las condiciones para garantizar la concreción de una efectiva democracia, no solo liberal sino igualmente social; una democracia delegativa pero además directa, participativa, radical, plebiscitaria, como deben ser las democracias del siglo XXI.

En el camino hacia la materialización de este reto, la participación y el poder decisivo de la gente –no solo de opinar y de elegir (delegar)– es fundamental, ya que el debate abierto entre todos los sectores sociales y clases es el componente que permitirá la construcción de consensos o al menos de mayorías, que no excluyan ni desconozcan los derechos de todas las personas que habitan este territorio, no solo de algunas de ellas.

De modo que un ejercicio de debate y perfilamiento de políticas públicas en todos los campos deberá llevar a que los gobiernos, y la cabeza de los mismos, no puedan hacer lo que se les antoje, debiendo seguir en todo momento los límites y las rutas que les marquen sus gobernados, y no solo el órgano legislativo o el judicial. Las democracias de nuevo tipo deben ser abiertas, con multitud de instancias deliberativas y de decisión, cruzando efectivamente los territorios y sus poblaciones.


Un ejercicio de la política cotidiana y del gobierno que debe alimentar en todo momento la politización de los gobernados para que no deleguen y sí abracen con todo su cuerpo el diseño y el perfilamiento de sus vidas. De así lograrse, la base y la superestructura andarán como un cuerpo, garantizando la participación directa de la totalidad social pero, asimismo, con prioridad, la satisfacción de las necesidades de todo orden del conjunto que somos, para concretar de tal modo la señalada eficracia que reclama la dirigencia china como expresión de la particularidad de su régimen político.

Un logro así, para ser extendido a Occidente y todas las sociedades que están marcadas por su herencia ideológica y política, debe ir mucho más allá, propiciando y garantizando el control de la cosa pública por parte del conjunto social, pues las sociedades no pueden quedar sometidas a las decisiones de una casta, a sus caprichos e intereses, disfrazados con múltiples caretas.

Sin duda, la innegable condición para hacer de la democracia un contenido real y no solo formal radica en la inclusión cada vez más decisiva de las mayorías, en cuyas manos –y como garantía para concretar muchos de sus derechos– también deben reposar los bienes estratégicos del país, como las infraestructuras de energía, agua, transporte, educación…, así como otros fundamentales, aunque no tengan tal rango. Así, nuestras sociedades no solo materializarían la prioridad de lo público sino que además darían un paso adelante, concretando lo común, soporte efectivo de lo que aquí se reclama.

Una dualidad histórica, un referente y un reto tales alcanzan prioridad en medio de la crisis de todo orden que marca al actual sistema político, desnudado en algunas de sus falencias –por ejemplo, por la crisis de salud pública (covid-19) que aún impacta a la humanidad como un todo–, y también desprovisto de sus ambigüedades y en sus manipulaciones ideológicas por la crisis interimperialista que hoy gana mayor realce en territorio ucraniano.

Una realidad así debiera propiciar que, en el debate político y electoral como coyuntura, este tipo de debates ganara prioridad, llevando de la mano la necesidad de superar viejas y vetustas formas de la política, superadas por la realidad de nuestras sociedades, tan complejas por la cantidad de seres vivos que las integran y el impostergable reto de garantizarles calidad y dignidad, en la diversidad de sus grupos sociales, así como por la multiplicidad de retos que deben encarar, como los recursos de todo orden a los cuales pueden acudir para enfrentarlos y superarlos.

Entre los recursos indispensables, en primerísimo orden, está el factor humano, sin cuyo compromiso consciente, total, es imposible superar las crisis que hoy enfrenta la humanidad, ni los atizados conflictos que agobian y polarizan a la sociedad colombiana, entre ellos el armado, con su ola creciente de asesinados y crisis de Derechos Humanos de todo tipo, posibles de encarar de manera radical y definitoria si los 50 millones de seres que habitamos esta parte del mundo nos asumimos como parte fundamental de la solución.

Estamos ante un debate trascendental y también ante un reto en el que –y en eso tienen razón los voceros chinos– la democracia no puede ser solo una, y su certificación no puede estar en manos de ninguno de los imperios o las potencias de segundo o tercer orden, sino que su concreción se debe dar a través de diversos énfasis, dependiendo estos de las particularidades de cada país. Pero en este jardín de muchas flores hay una que se debe abonar con todo celo, para que destaque por su belleza y aromas, y es la participación decisiva de los millones que somos. La democracia será real si la principal y última voz en todos los asuntos decisivos de una sociedad reposa en la movilización y participación activa de ese conjunto humano, producto de la cual, de sus debates y tensión de fuerzas, surgen mayorías que marcan ritmos y prioridades en el ejercicio del gobierno.

Una participación de tal naturaleza es deseable y posible, con todos los recursos y en pos de propiciar la realización plena de las necesidades de toda la población, de manera que la misma supere el reino de la necesidad y llegue al de la libertad, como ya lo plantearon en su momento los clásicos del marxismo. Es una realización, al unísono, de la solidaridad entre pueblos, de modo que ninguno, por lejano que lo veamos y por necesitado que esté, tenga que sucumbir ante la precariedad de recursos con que cuenta ni ante la indiferencia de sus semejantes, que es toda la humanidad, hermanada como especie y naturaleza.

Las elecciones presidenciales del 29 de mayo debieran ser motivo, espacio y ocasión para politizar y encauzar a la sociedad hacia la ruta que analizamos. No hacerlo es perder una ocasión de oro, sujetando a millones de personas en viejos moldes de vida y referentes de democracia que niegan la realidad al priorizar la forma sobre el contenido.

 

1. https://www.hrw.org/es/news/2021/02/10/colombia-graves-deficiencias-en-la-proteccion-de-lideres-sociales
https://www.defensoria.gov.co/es/public/contenido/7399/Homicidios-de-l%C3%ADderes-sociales-y-defensores-de-DDHH.htm
https://news.un.org/es/story/2022/02/1504592.
2. Ríos, Xulio, “Eficracia”, la nueva marca política de la China de Xi Jinping”, https://www.desdeabajo.info/politica/item/45053-eficracia-la-nueva-marca-politica-de-la-china-de-xi-jinping.html.

 

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Gabriel Beltrán, Crisálida, escultura, acero, 97 x 40 x 31 cm. (Cortesía del autor)

¿Cuáles son algunos de los cambios, rupturas y tendencias que se registran en el siglo XXI respecto a la relación entre democracia, cultura política y participación ciudadana en Colombia? Una transformación sociopolítica fundamental de comprender en el contexto de la coyuntura electoral que registra en la actualidad el país.

Diversidad de cambios toman cuerpo en el tejido social colombiano, entre ellos los que reflejan el ambiente y la cultura política. La quiebra de un monopolio informativo unipresente y sesgado por décadas, de los principales referentes culturales que manipulan y adoctrinan a amplios segmentos sociales, así como de la política tal y como se vivió a lo largo de los siglos XIX y XX, ha llevado a que porcentajes no despreciables de la sociedad se interesen por la manera cómo se concreta el poder gubernamental, los sectores sociales que se benefician de ello, a la par que dejan a un lado tradiciones y creencias. Todo ello se deduce de la Encuesta de cultura política (ECP), la cual retomamos acá desde la primera realizada por el Dane en 2007 –a partir de 2011 es bianual– hasta la más reciente aplicada en 2021, cuyos resultados fueron publicados en abril de 2022.


Son cambios notables, producto de los cuales la ciudadanía en su conjunto gana consciencia y se torna crítica de la corrupción desbordante, del mal funcionamiento del sistema político y de la violación de los derechos humanos como estrategia de control social por parte de las clases dominantes. La inconformidad se expresa en la apatía respecto al fenómeno electoral, la desvalorización del voto como mecanismo clave del consenso en un régimen democrático y en la radicalización ideológica.


En resumen, democracia sí, pero no así. La alternativa política conduce a nuevos métodos y estrategias de lucha, formas de organización inéditas y a modelos no estructurados de participación democrática que trascienden los canales institucionales formales.


Democracia, cultura y factores que determinan la participación política


La ECP tiene como propósito generar información estadística estratégica con base en las percepciones y prácticas de los ciudadanos sobre su entorno político y social. La población objetivo son las personas de 18 años y más con ciudadanía colombiana y residencia habitual en el país.


La democracia es el sistema político que defiende el poder soberano del pueblo y su derecho a participar, decidir, elegir y controlar a sus gobernantes. De acuerdo con esta doctrina, si se implica a los ciudadanos en la vida pública y en los asuntos de la comunidad y del Estado, esta participación favorece la convivencia y la estabilidad del sistema político.


En cuanto a participación, cuatro factores la determinan: i) internos al individuo (psicológicos y cognitivos); ii) aquellos que determinan el status o fuerzas condicionantes del individuo (clase social, estrato socio-económico, sexo, edad, nivel educativo, religión, lugar de residencia y profesión u oficio); iii) los referidos al ambiente político (oportunidades u obstáculos que éste ofrece); iv) los concernientes con la cultura política del país (los modelos axiológicos y las creencias políticas en lo tocante al sistema, a los procesos y a los objetivos políticos).


El concepto de cultura se define como la forma de organización social y de tradiciones, usos y costumbres de una sociedad, considerado como un sistema estructurado orgánicamente. La política está relacionada con las actividades que rigen los asuntos públicos y con la participación y decisión ciudadana a través de su opinión, su voto o de cualquier otro modo, formal e informal.


Preferencia por la democracia, 
valoración del sistema y participación


Con base en los resultados de las ECP de los años 2007 a 2021, el porcentaje de personas de 18 años y más según la importancia que dispensan de vivir en un país democrático y su preferencia respecto a cualquier otra forma de gobierno, se observan las siguientes tendencias: i) tres de cada cuatro personas valoran el sistema democrático como muy importante; no obstante, entre 2019-2021 cae la apreciación positiva de 80,6 a 76,6 por ciento; ii) el nivel de indiferencia frente al régimen político aumenta de 7,9 por ciento expresado en 2008 a 14,5 en 2021; iii) quienes consideran que la democracia no es importante disminuyen de 12,1 por ciento en 2007 a 4,1 en 2019 y en 2021 aumentan a 6,1 (gráfico 1).

 

 


En 2021, el porcentaje de personas de 18 años y más, según lo que consideran debe existir para que un país sea democrático, coincide en dar prioridad (más del 70% de los encuestados) al derecho a elegir y ser elegido (81%), autoridades elegidas por voto popular (75,3%), representación igualitaria entre hombres y mujeres (75,2%), elecciones periódicas (73,8%) y mecanismos para que los ciudadanos participen en la gestión pública (73,1%). En menor medida, los ciudadanos sopesan la importancia del sistema judicial (69,7%), el equilibrio de poderes (69,4%), la existencia de partidos políticos o movimientos sociales (59,5%), el Congreso (58,1%) y la centralización del poder (44,2%).


La prioridad o valorización de este conjunto de factores registra una caída en el año 2021 respecto a la ECP de 2019 entre un mínimo de 7,1 puntos porcentuales (el derecho a elegir y ser elegido) y un máximo de 13,1 referente a la importancia del Congreso para la democracia (gráfico 2).


El porcentaje de personas de 18 años y más que están de acuerdo con algunas afirmaciones relacionadas con el respeto por los derechos y las garantías ciudadanas en el país expresan mayoritariamente su insatisfacción respecto a la naturaleza, funcionamiento y actuación del sistema político. Más de la mitad de la población de 18 y más años considera que en Colombia no se respetan los derechos ni las garantías ciudadanas (gráfico 3).

 

 


En los asuntos de participación política, control social a la gestión del Estado, garantías para manifestarse públicamente, la igualdad ante la ley, la libertad de opinión sobre lo que hace el gobierno y el acceso a la información pública es dónde la población estima que el estado viola los derechos ciudadanos: entre el 70 y el 80 por ciento de las personas encuestadas coinciden en señalar este grado de falencia en la manera de operar el sistema político. En los temas de libertad de expresión, libertad de organización política, garantía del derecho a la participación y el respeto al derecho de elegir y ser elegido hay más consenso sobre la existencia de garantías, pero no mayor al 45 por ciento de los consultados. Por edades, en la población comprendida entre 18 y 40 años es más alto el porcentaje de quienes afirman que en el país no hay respeto por los derechos y las garantías ciudadanas.


Asimismo, en las publicaciones históricas realizadas por el Dane de la ECP, 2007-2021, se observa una tendencia creciente de las personas a considerar que el nuestro no es un país democrático: 11,4 por ciento en 2007 y 19,1 en 2021 (gráfico 4). La mayoría de los consultados afirma que el país es medianamente democrático, aunque también en aumento: 52,9 por ciento en 2007 y 55,6 en 2021. Quienes consideran que Colombia es una sociedad democrática pierden relevancia en 10,4 puntos porcentuales entre 2007 (35,7%) y 2021 (25,3%).


En consecuencia, es evidente la significativa y creciente insatisfacción con la forma en que la democracia funciona en el país. Quienes expresan una alta insatisfacción aumentan de 34,1 por ciento en 2007 a 53,2 en 2021. En contraste, los satisfechos con el sistema político son una minoría en descenso: 17,7 por ciento en 2007 y 13,4 en 2021 (gráfico 5).

 


En la ECP de 2007, cuatro de cada cinco personas no confiaban en el sistema democrático electoral del país, total o parcialmente. En los quince años estudiados, aumentó el número de ciudadanos críticos de los procesos electivos tanto a nivel municipal como regional y nacional (gráfico 6). En el nivel municipal, en 2007 la mitad de la ciudadanía consideraba que el proceso de conteo de votos era fraudulento o no transparente; en 2015 el porcentaje escaló a 73,5 por ciento, después cae a 67 en 2019 y en 2021 aumenta a 70,7. Al considerar el país como un todo, el escepticismo sobre la verdad, confiabilidad y transparencia del sistema electoral es más alto: en 2007 el 75,6 de los ciudadanos consideraba que el proceso de conteo de votos no era transparente; en 2015 la visión negativa alcanzó el 87,1 y después baja a 78 por ciento en 2019 para volver a aumentar a 79,1 en 2021.

 


El escepticismo, anomía o crítica que genera el mal funcionamiento del sistema electoral y el señalamiento sobre las prácticas fraudulentas que caracterizan a la democracia colombiana conduce a la abstención a un significativo número de potenciales votantes. El promedio de abstención durante el período 1914-2022 es de 52 por ciento (gráfico 7). A esta cifra se suma el 8 por ciento del potencial electoral que por lo general vota en blanco, no marca los tarjetones o los tramita mal. En consecuencia, la decisión efectiva sobre los candidatos finalmente elegidos se reduce a tan sólo el 40 por ciento de ciudadanos y ciudadanas, en relación con el potencial electoral total.


A las personas que manifestaron no haber votado en las elecciones para alcaldes, gobernadores, asambleas departamentales, concejos municipales y juntas administradoras locales de octubre de 2019, la ECP del Dane de 2021 les preguntó sobre las razones por las cuales no sufragaron. Para el total nacional, el 37,2 por ciento de la población de 18 años y más afirmó que no votó en las elecciones locales por desinterés (gráfico 8). Otras de las razones de mayor prevalencia para ello fue “los políticos son corruptos” (32,9%), “falta de credibilidad en el proceso electoral” (27,2%), “le faltó inscribir la cédula” (26,7%), “los partidos o movimientos políticos no representan a los ciudadanos” (25,9%). Las razones expuestas presentan los porcentajes más altos en la región central (41,7%), seguido de la pacífica (41,5%) y Bogotá (40,6%).


En la ECP de 2021, entre el 50 y el 64,5 por ciento de la población de 18 años y más considera muy importante la elección de Presidente de la república (64,5%), las elecciones a la alcaldía y el Distrito (63,2%), gobernación (52,4%), concejo municipal (54,1%), juntas de acción comunal (53,6%) y Senado de la República (50,4%). No obstante, comparando con los resultados de la ECP de 2019, se registra una pérdida en la importancia que otorgan los ciudadanos a las diferentes elecciones, principalmente en lo referido a la Presidencia: -7,7 por ciento, Alcaldía municipal/Distrital: -6,4, Senado: -6,4 y Cámara de Representantes: -6 (gráfico 9).

 

 


En las democracias representativas se observa la transición de Estados liberales a un Estado de los partidos o movimientos políticos, como mediadores de la participación popular en el poder y como demiurgos de la voluntad del pueblo. Tendencia que ha dado lugar a la siguiente contradicción: por un lado, una ideología difusa sobre la participación popular en la vida del sistema político; por otro, unos procedimientos cada vez más oligárquicos en los vértices de las instituciones políticas y de poder (En Colombia una oligarquía lumpen ha venido controlando cada vez más las instancias estatales, en lo corrido del siglo XXI).


Las razones por las que las personas de 18 años y más, por sexo, se identifican con algún partido o movimiento político, son (gráfico 10): “comparte la ideología del partido o movimiento político” (hombres 76,9% y mujeres 74,4%), “confianza en sus dirigentes” (hombres 50,7% y mujeres 51,3%), “prestigio del partido o movimiento político” (hombres 42,6% y mujeres 42,8%), “la imagen que proyecta” (hombres 42,2% y mujeres 43,2%), “tradición familiar” (hombres 41,0% y mujeres 42,4%), “honestidad del partido o movimiento político” (hombres 37,7% y mujeres 36,2%) y “recibe algún beneficio a cambio” (hombres 6,2% y mujeres 7,4%).


En contraste, el porcentaje de personas de 18 años y más, que no se identifican con algún partido o movimiento político, por sexo, según razones, son (gráfico 11): “falta de credibilidad” (hombres 70,3% y mujeres 69,6%), “desinterés” (hombres 59,6% y mujeres 61,1%), “escándalos de corrupción” (hombres 56,3% y mujeres 56,3%), “promesas incumplidas” (hombres 55,3% y mujeres 56,0%), “persiguen intereses diferentes al bienestar de la comunidad” (hombres 49,9% y mujeres 49,6%), “la política se puede hacer por otras vías o mecanismos” (hombres 37,7% y mujeres 36,9%).

Corrupción y derechos humanos


La corrupción impone amenazas a la democracia, al crecimiento económico, la justicia y al estado de derecho. La percepción de corrupción resulta más significativa al momento de evaluar la satisfacción con la democracia y la confianza institucional; sin embargo no afecta la importancia que la ciudadanía en general dispensa de vivir en un país democrático y su preferencia respecto a cualquier otra forma de gobierno. La corrupción sistémica que caracteriza al régimen político colombiano destruye el vínculo de confianza entre ciudadanos y Estado, el fundamento psicológico y cultural en que se basa la legitimidad de la democracia.

En Colombia, para el total nacional en 2021, un 73,2 por ciento de las personas de 18 años y más percibió que el nivel de corrupción ha aumentado, para el 2019 este porcentaje se encontraba en un 64,9, con un incremento de 8,3 p.p. En 2021, un 22,8 por ciento de la población afirma que el nivel de corrupción ha permanecido igual y para el 1,4 que ha disminuido; para el 2019 estos porcentajes se encontraban en 28,4 y 3,7, respectivamente. En 2021, la percepción de corrupción por parte de la ciudadana es más alta en lo que corresponde al Congreso de la República (75,6%) y el gobierno nacional (71,0%); sin embargo, también califican como muy corruptos, en un rango de 53,6 a 66,2 por ciento, los siguientes grupos o actores: gobiernos departamental y municipal, rama judicial, órganos de control, gremios, empresas u organizaciones privadas (gráfico 12).


Los valores de libertad y respeto por los derechos humanos y el principio de celebrar elecciones periódicas y genuinas mediante el sufragio universal son elementos esenciales en la valoración de los colombianos sobre el sistema democrático. Al unísono consideran que la democracia proporciona el medio natural para la protección y la realización efectiva de los derechos humanos. En efecto, estos derechos aseguran la aplicación de las decisiones tomadas democráticamente y hacen, por lo tanto, que el régimen democrático tenga efectividad. Paradójicamente, durante el período 2007-2021, siete de cada diez ciudadanos considera que en Colombia se violan de manera consuetudinaria y sistemática los derechos humanos. Entre los años 2007 y 2015, el juicio crítico sobre la no garantía de los mismos descendió de 70,9 por ciento a 47,0; a partir de 2017 el dictamen negativo aumenta año a año volviendo a escalar a 69,5 por ciento en 2021 (gráfico 13).


En consecuencia, para el total nacional, menos de la mitad de las personas de 18 años y más piensa que en Colombia se protegen y garantizan los derechos humanos (gráfico 14). Por categorías, en 2021 los derechos a la recreación y la cultura son los que se juzga que cuentan con mayor garantía (43,2%), si bien registran un retroceso de 5,7 puntos porcentuales (p.p.) respecto a la valoración de 2019 (48,9%). La más baja consideración en la protección y garantía hace referencia a los derechos de las mujeres (26% en 2021 con una caída de 4,5 p.p. respecto a la medición de 2019), los derechos de las minorías étnicas y sociales (23,8% y disminución de 4 p.p.) y los derechos del campesinado (21,6% con una caída de 4 p.p.).


En el intermedio de esta valoración se ubican el otro conjunto de derechos, con porcentajes en 2021 entre 29 por ciento y 31,6 además de registrar caídas respecto a la ECP de 2019 entre 3,2 y 5,1 p.p., estos son: “la educación, la salud, la seguridad social, el trabajo y la vivienda”, “la vida, la libertad, la integridad y la seguridad”, “la libertad de expresión, conciencia, difusión y divulgación de información”. La desprotección y falta de garantías en el disfrute de los derechos es más crítica en las cabeceras municipales en comparación con la percepción que se tiene en los centros poblados y rural disperso.

Información, identidades y fuerzas políticas


Con relación a la posición ideológica de la población de 18 años y más, la ECP aplica la siguiente pregunta: “Las personas cuando piensan en política utilizan los términos izquierda y derecha. En una escala de 1 a 10, donde 1 significa izquierda y 10 significa derecha ¿dónde se ubicaría usted? (gráfico 15). En 2021, el 44,9 por ciento de las personas residentes en las cabeceras municipales y el 42,2 de la población de centros poblados y rural disperso, se ubicaron en la posición ideológica de centro. En la posición ideológica de derecha se ubicó el 18,0 por ciento de las personas de las cabeceras municipales y el 17,3 de la población de centros poblados y rural disperso. La posición ideológica de izquierda fue elegida por el 14,7% y 11,2% de la población de cabeceras y centros poblados-rural disperso, respectivamente.


Durante el período 2008-2021 se registran cuatro momentos disruptivos en la posición ideológica de la ciudadanía colombiana: i) hasta 2013, cuatro de cada cinco personas no se identificaba con ninguna ideología o no tenía preferencias políticas; entre 2015-2021 esta posición cae a sólo una de cada cinco personas, esto es, la ciudadanía expresa una mayor educación, interés e identidad política; ii) las preferencia centristas representaban entre 5,5 y 8,2 por ciento hasta 2013, en los años siguientes concentran entre 38 y 45 por ciento de quienes sostienen a los partidos políticos de centro; no obstante, quienes profesan esta ideología política son, paradójicamente, los más pasivos y ajenos al proceso político; iii) durante los años 2008-2019 la preferencia por la ideología de derecha fue creciente hasta alcanzar el máximo de una de cada cuatro personas de 18 años y más; en 2021 registra un quiebre en la tendencia al registrarse la caída en las posiciones ideológicas de derecha en 7,6 p.p., esto es, concentran solo el 18 por ciento de las preferencias; iv) en 2008, la izquierda concentraba el 8,2 por ciento de las preferencias políticas, después el favoritismo cae a 4,2 en 2013; de 2015 a 2021 las posiciones ideológicas de izquierda vienen ganando partidarios hasta concentrar el 14,8 por ciento de las preferencias políticas. En la elección presidencial de 2018, segunda vuelta, después de alianzas y coaliciones, el candidato de izquierda obtuvo el 44 por ciento de los votos válidos, en blanco votó el 4 y el candidato de la derecha obtuvo el triunfo con el 52 (gráfico 7).

 

 


La conveniencia por enterarse de los temas políticos ha escalado en los valores, intereses y necesidades de la ciudadanía colombiana. Sin duda, el proceso de urbanización y los mayores niveles educativos alcanzados por el país durante las últimas tres décadas (la Constitución Política de 1991 marca un punto de divergencia positivo) explican este proceso de maduración política y las diferencias en la cualificación de la participación; las personas con un nivel educativo y cultural más elevado: i) son más conscientes de la influencia que las decisiones públicas tienen en sus intereses, ii) están más informadas políticamente, iii) tienen opiniones sobre más problemas políticos, iv) discuten más de política y con una serie más diversificada e informada de personas, v) se consideran capaces de influir en las decisiones de quien ocupa el poder, vi) tienen más desarrollado el sentido de los derechos y deberes constitucionales.


En el año 2019, de acuerdo con los resultados de la ECP del Dane, cerca de dos terceras partes de la población se informaban regularmente sobre la actualidad política del país; en 2021 el porcentaje desciende a 59,2. El interés por la política es más alto en los hombres respecto a las mujeres y el descenso registrado en la población que se informa entre 2019-2021 fue más pronunciado en las mujeres (gráfico 16).


Según el medio por el cual se informan de la actualidad política del país, entre las diferentes fuentes, la televisión, la radio y la conversación con otras personas desempeñan un papel preponderante; sin embargo el rol de las redes sociales (Facebook, twitter e Instagram) ocupa el segundo lugar y escala en preferencias de la ciudadanía. Entre 2019-2021, la influencia de la televisión cae de 92,5 por ciento a 89,6 y la radio de 60,2 a 53,5; en paralelo, las redes sociales aumentan el predominio informativo de 50,1 por ciento a 55,0 (gráfico 17).


Violencia, democracia y cultura política


Desde el siglo XX la guerra y la paz se mezclan, se confunden, afirma el filósofo francés Henri Lefebvre (“La violencia y el fin de la historia”, Ediciones Siglo XXI, 1973). En la historia colombiana, la violencia y la democracia se explican entre sí debido al sempiterno conflicto armado, la rígida y jerárquica estructura de desigualdad socio-económica, la exclusión de las mayorías populares, el uso de métodos de acumulación por desposesión, las prácticas de terrorismo de Estado y la represión de las manifestaciones ciudadanas como mecanismos de dominación y control social. La violencia transforma la cultura política y afecta los procesos democráticos. Ante la ausencia de respuestas sociales y políticas efectivas y democráticas a los elevados niveles de inseguridad, conflicto y violencia, muchos ciudadanos abandonan la participación social y política, aumenta la desconfianza en las instituciones y en los mecanismos legales, crecen las preferencias antidemocráticas y las opciones por caudillos autoritarios.


El destacado psicólogo canadiense Steven Pinker afirma que la cantidad de violencia en una sociedad se halla más estrechamente relacionada con la desigualdad social que con su pobreza (“Como funciona la mente”, Ediciones Destino, 2008). Colombia registra un problema estructural de concentración del ingreso y la riqueza; la medida de la desigualdad a través del coeficiente de concentración Gini es uno de los más altos a nivel mundial: 0,523 en 2021 (de acuerdo con Naciones Unidas, un coeficiente de Gini superior a 0,40 es alarmante, indica una realidad de polarización entre ricos y pobres, siendo caldo de cultivo para el antagonismo entre las distintas clases sociales). Además, las diferencias económicas y sociales aumentan la inestabilidad política y erosionan la confianza en los gobiernos, cada vez más influenciados por las clases adineradas.


El 2 de octubre de 2016, la sociedad colombiana tenía la posibilidad histórica de terminar, a través de un plebiscito, con una buena parte de la confrontación armada e iniciar la construcción de una paz duradera y sostenible. La renuncia generalizada a la violencia como forma de hacer política requería el compromiso de la sociedad. En esta consulta, la única pregunta a la cual deberían responder los colombianos con un Sí o un No era la siguiente: “¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una PAZ estable y duradera?”. La victoria, por un escaso margen, fue el No.


En la ECP de 2021 el Dane indagó a las personas de 18 años y más, según su satisfacción con el contenido del Acuerdo de Paz firmado entre el Gobierno y las Farc en 2016; el 43,2 por ciento de las personas expresaron que no se encuentran satisfechas, el 25,3 no se encuentran ni satisfechas ni insatisfechas, el 19,0 afirmaron estar muy satisfechas y el 12,5 no saben o no responden.


Cinco años después de firmado el acuerdo de Paz entre el gobierno y la insurgencia de las Farc, la ECP realizó la pregunta sobre el grado de satisfacción con la forma en que se está llevando a cabo la implementación del Acuerdo de Paz. El 57,6 por ciento de las personas de 18 años y más manifestaron que para “Nada” se encuentran satisfechas; el 21,3 por ciento de los encuestados dicen no estar ni satisfechos ni insatisfechos con el proceso seguido; tan solo el 8,3 está muy satisfecho con la forma en que se está llevando a cabo la implementación del Acuerdo de Paz; y, el 12,8 no saben o no responden. El nivel más alto de insatisfacción corresponde a la ciudadanía de Bogotá con 68,4 por ciento; y el nivel más alto de satisfacción corresponde a la región Caribe con 13, 5 por ciento (gráfico 18).


A la luz de los resultados arrojados en las elecciones al Congreso celebradas en marzo de 2022, parece que las tendencias de cambio de centro a izquierda, con un estancamiento o decaimiento de la derecha, se mantienen. Queda abierto el interrogante si ese resultado es una constante o no. El 29 de mayo la sociedad lo certificará.

 

* Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos Le Monde diplomatique, edición Colombia y desdeabajo.

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Federico Ríos Rojas, “Los días póstumos de una guerra sin final”, fotografía (Cortesía del autor)

Le corresponde a la ciudadanía, cada día más consciente de qué tipo de régimen no desea, hacer lo que está en sus manos y darle paso, por primera vez en dos siglos a un régimen alternativo que represente las voces de pueblos, comunidades y ciudadanos que saben que otro mundo es posible en el país.

En un estudio del historiador Arno J. Meyer titulado La persistencia del antiguo régimen: Europa y la Gran Guerra, publicado originalmente en 1981, el autor deconstruye una serie de creencias y afirmaciones que han predominado en la interpretación de lo relacionado en el siglo XX en ese continente.


Tres grandes premisas alientan su trabajo: primera, que la Gran Guerra (1914-1918) está conectada umbilicalmente con la Segunda Guerra (1939-1945); segunda, que la crisis que desató la Gran Guerra fue el resultado de la movilización de las fuerzas del Ancien Regime, es decir del régimen depuesto por la Revolución Francesa casi siglo y medio antes. A pesar de haber perdido impulso frente a los avances del capitalismo industrial, las fuerzas del Antiguo Régimen eran lo suficientemente vigorosas y poderosas como para resistir y desacelerar el curso de la historia. La guerra fue una expresión del declive y caída de ese Antiguo Régimen, hasta que, en 1917, todo lo que este representaba inició su derrumbe final. Con todo, a excepción de Rusia, esa persistencia sobrevivió y se extendió hasta 1945 en las formas de una crisis continental ampliada con regímenes fascistas y el rebrote de la guerra generalizada. La tercera premisa, y más fuerte de Mayer, es que el antiguo orden europeo era totalmente preindustrial y preburgués.


Es errado el enfoque de muchos historiadores, dice Mayer, de resaltar factores como el avance y la tecnología, el capitalismo industrial y global, la burguesía y la clase media, la sociedad supuestamente liberal y profesional y el modernismo cultural. Esos enfoques, critica Mayer, se han ocupado más en demostrar el advenimiento de la modernidad a través de las fuerzas de innovación y la emergencia de una nueva sociedad que en reconocer las fuerzas de inercia y resistencia que desaceleraron el ocaso del viejo orden. Existe una ambivalencia entre la importancia que dan unos y otros historiadores, continúa Mayer, de repudiar la idea de progreso, pero, aun así, siguen creyendo en ella.


Esta tendencia, de respetar y atenerse a la idea del progreso, y de profesar una fe tacita en él se articula con la intensa aversión al inmovilismo histórico y las fuerzas regresivas. De esa manera ha existido una predisposición de negar o demeritar o devaluar el aguante de las viejas fuerzas e ideas y de su astucia para asimilar, retardar, neutralizar y atenuar la modernización capitalista incluyendo los procesos de industrialización. El resultado de lo anterior es una visión parcial y equivocada de la Europa del siglo XIX y XX. Será necesario, invita Mayer, que los historiadores examinen no solo el drama que implicó el progreso y el cambio sino también la implacable tragedia de la perseverancia histórica de ese Antiguo Régimen y la dialéctica interacción entre las dos. Los historiadores de todas las vertientes ideológicas han rebajado la importancia de los intereses económicos preindustriales, de las elites preburguesas, de los sistemas predemocráticos de autoridad, de los lenguajes artísticos premodernos y de las mentalidades “arcaicas”.


Esto lo han conseguido al explicar estas manifestaciones como últimos rezagos, por no decir reliquias, que continuaron en sociedades que aceleradamente se remozaban en lo social y lo político. Han exagerado marcadamente, insiste Mayer, el declive de la importancia de la tierra, tanto de origen noble como campesino, la contracción de la manufactura tradicional y del comercio, los fortines provinciales, los artesanos, la derogación de las monarquías, el fin de la nobleza en cargos públicos y en las cámaras altas, el debilitamiento de las religiones organizadas y la atrofia de una cultura elevada. Los historiadores explican lo anterior como meros vestigios de un pasado moribundo, de un esfuerzo por usar o abusar esa vitalidad para diferir o entorpecer el avance ineludible del progreso del capitalismo industrial, de la nivelación social y del liberalismo político. Todo lo anterior conduce a Mayer a refutar estas teorías para defender la hipótesis contraria: que todos estos elementos “premodernos” no eran frágiles y decadentes remanentes de un pasado casi extinto sino la esencia misma de las sociedades civiles y políticas de toda esa época que existieron entre la Revolución Francesa y el final de la Segunda Guerra Mundial.


Lo que es perturbador, al hacer una lectura comparada de la obra de Mayer con la historiografía colombiana, es ver, de qué manera, nuestros historiadores han sobrevalorado el advenimiento de la modernidad en el país, dando como prueba de ellos la constitución del 86, el fin de la Guerra de los Mil días, el pago de la indemnización por la pérdida de Panamá, la agonía y fin de la hegemonía conservadora, la aparición de colegios y universidades no vinculados con la Iglesia, la incipiente industrialización por medio de textilerías y cervecerías, la fundación de la primera aerolínea en Sudamérica, el trazado de acueductos, alcantarillados y vías en las más grandes ciudades de la época, las campañas de higienización y salud pública, los debates “científicos en torno a qué hacer con la raza colombiana, supuestamente degenerada, la campaña por sustituir el consumo de chicha por cerveza, la aparición de los primeros sindicatos y las conquistas laborales, los conflictos sociales y huelgas, el surgimiento de una nueva novela de carácter social, el auge de la producción y exportación de café como principal fuente de divisas, la contratación de la Misión Kemmerer predecesora del Banco de la República, el descubrimiento del petróleo y la construcción de la primera refinería en Barrancabermeja, el trazado del primer oleoducto de allí hasta Cartagena, el intento de socializar el pensamiento liberal, con la llegada del partido liberal al poder y su proyecto de la “Revolución en Marcha de López Pumarejo, entre muchas señales de un modernismo que se había tratado en llegar pero que, finalmente, aparecía en nuestro país. Es notorio el esfuerzo de los historiadores colombianos para resaltar de qué manera el país se modernizó en lo económico, político y social desde finales del siglo XIX hasta la República liberal de los años treinta.


Todo lo anterior se ha dicho con el fin de resaltar el declive de un pensamiento y régimen de carácter regresivo –representado principalmente en la Hegemonía Conservadora de 1886 a 1930 pero que se anclaba desde mucho antes– que se agotaba en su ideología y práctica y que, a pesar de aferrarse a sus principales banderas políticas, económicas, sociales y religiosas, comenzaba a dar paso, lentamente, pero de manera clara, a la “modernidad” con la apertura social, económica, política, tecnológica e industrial que llevaría al país a lo que hoy día es. El aparente despertar de nuestro país a las realidades del mundo en el siglo XX, según estas interpretaciones, desconoce una realidad que hoy, un siglo después de la “danza de los millones” –la indemnización por el zarpazo a Panamá– que marcó, para muchos, el ingreso a la modernidad, no es ningún despertar, En realidad, el Régimen Antiguo continuó existiendo con todos sus vicios y excesos y, el país siguió adormecido.


El régimen que imperaba en Colombia antes de su “modernización” era, mutatis mutandis, similar al del Antiguo Régimen europeo: preburgués, precapitalista, casi esclavista y de servidumbre humana; esencialmente agrario, con énfasis en los latifundios, no industrializado, centrado en la posesión de la tierra como símbolo de riqueza, poder y control, enclavado en privilegios de familias oligárquicas que anteponían apellidos, herencias y hegemonías a cualquier otro tipo de movilidad social o económica, y además, un régimen altamente subordinado a los Estados Unidos.


Para continuar con la analogía a la tesis de Mayer, lo que se postula aquí en estas líneas, es que ese régimen, lejos de ceder su lugar a la “modernidad” y de amainar o decaer, se mantuvo y se mantiene hasta hoy, como un señorío ejercido por un porcentaje ínfimo de la sociedad, acaparando, explotando y malversando los recursos económicos, políticos, educativos y de producción del país; un régimen que persiste, atrincherado en sus privilegios y revestido de sus ideas reaccionarias, así se insista en hacerle creer al país, por historiadores, políticos e intelectuales, que la modernidad, con todas sus ventajas, cumple un siglo de haber tomado forma en Colombia.


En otras palabras, aquí existe, desde 1810, un régimen que no ha cedido su lugar a otro que traiga ideas, políticas o líderes que pongan en peligro la hegemonía de clase, la concentración de poder, el acaparamiento de la riqueza, de la tierra, el modelo económico capitalista, el control sobre los medios de comunicación, la educación de calidad como privilegio y no como derecho, la segregación y la discriminación social. Para ello, este régimen bicentenario, más allá de una fachada, primero bipartidista y luego pluripartidista, de una nueva constitución y de señales y guiños que no corresponden a una voluntad real de cambio, se ha apertrechado detrás de sus intereses de clase, y ha conseguido que, después de doscientos años de vida republicana, no haya existido un solo gobierno de clara vocación social o progresista, ni aún en los tres destellos más claros; las repúblicas liberales de 1863 y 1930 y la puerta abierta por la Constitución del 91. En estos tres momentos, las fuerzas liberales que accedieron al poder fueron incapaces o no consiguieron abrir al país a un régimen diferente al único que ha existido. Por ello la caracterología y semblanza del Antiguo Régimen se perpetúa y renueva en cada elección presidencial.


Es así como, a lo largo de dos siglos el país continúa dominado por un régimen que parece haberse detenido en el tiempo con una sólida capacidad de reacción al cambio, que niega la posibilidad de una nueva sociedad, que frena la emergencia de ideas que contrasten y diverjan de un pensamiento dominante.


Una constante en la cual no es posible ignorar la larga tradición de pensamiento conservador que ha recorrido e influido a los gobiernos y a la sociedad: desde los llamados ‘pre-conservadores’ como Bolívar, Nariño (dos ambiguas figuras que esbozaron ideas que después serán apropiadas por uno y otro bando político), Camilo Torres, J.M. Castillo y Rada, y después los fundadores del partido conservador, Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro, para después surgir Sergio Arboleda, José María Samper, Carlos Holguín, Miguel Antonio Caro, Carlos Martínez Silva, Marco Fidel Suárez, Rafael María Carrasquilla, Carlos E. Restrepo, Abel Carbonell, Aquilino Villegas, Félix Restrepo, S.J., José De la Vega, Laureano Gómez, Ospina Pérez Gonzalo Restrepo Jaramillo, Guillermo Salamanca, Silvio Villegas, José Camacho Carreño, Alzate Avendaño, Abel Naranjo Villegas, Raimundo Emiliano Román, Lucio Pabón, Álvaro Gómez Hurtado, Pastrana Borrero, José Galat, Alberto Dangond Uribe, Alfonso López Trujillo y Melo Guevara, todos ellos ideólogos, a través de sus escritos y publicaciones, del persistente Antiguo Régimen.


Es digno de realizar un análisis posterior y contrastar esta extensa lista, con la que corresponde a los ideólogos de ideas liberales y socialistas en Colombia. Muchos de estos, Camacho Roldán, José María Samper, Florentino González, Murillo Toro (que un día defendía la propiedad privada y al otro la atacaba) Rufino José Cuervo, Mosquera; López Pumarejo, Eduardo Santos, López Michelsen, eran representantes de las elites y familias que han cogobernado el país bajo el amplio manto del Antiguo Régimen. Solo figuras como Gaitán y hasta cierto punto Uribe Uribe, se salen del contubernio matizado apenas por colores y banderas políticas.

En su firme determinación, este régimen, ha apelado a la fuerza del Estado, al control de los medios de producción, a requintar el modelo económico, a las alianzas ventajosas, a la corrupción y al exterminio sistemático de todo tipo de oposición política o social para persistir en el tiempo.


Esto es evidente en hechos como:

1) La prevalencia de la religión y la Iglesia en el poder, en la política, en la educación, y en las decisiones de todo tipo que impactan a la sociedad; matrimonio, aborto, identidad sexual, etcétera. Es significativo que sectores religiosamente contrarios como el catolicismo y el protestantismo, encuentren hoy convergencias en el poder.
2) La presencia de elites agrarias, ganaderas y económicas en el poder que impiden tanto la aprobación y materialización de una reforma agraria en el país que redistribuya de manera equitativa la tierra (el principal problema histórico y la mayor fuente de enriquecimiento de las elites), como la necesario y justa tributación progresiva, a la par de la eliminación de exoneraciones y privilegios de todo tipo.
3) El paramilitarismo de Estado que silencia y elimina todo tipo de disenso político.
4) La injerencia política y militar de los Estados Unidos, manifiesta de múltiples y recurrentes procederes, entre ellos: perpetuar el régimen capitalista, conseguir la subordinación del nuestro a las directrices del gobierno norteamericano, asegurar la presencia de tropas y bases norteamericanas, firmar TLCs desventajosos para el país, supeditar a certificaciones la asistencia, el crédito o la ayuda de cualquier tipo, etcétera.
5) La impecable capitalización de los errores de diverso tipo cometidos por las guerrillas para intentar acceder al poder por las armas y calificar cualquier intento de cambio como “terrorista” o “criminal”.
7) El debilitamiento de todo tipo de oposición a través de la cooptación y la corrupción
8) La interposición de barreras constitucionales, legales y económicas para permitir un cambio de modelo económico, social y político.
9) El falso mensaje de la existencia de una democracia legítima que supuestamente representa los diversos intereses de los colombianos.
10) El asesinato selectivo de los líderes contrarios a los fundamentos del Antiguo Régimen con mayor opción de acceder al gobierno, así como de miles de militantes de los partidos de izquierda, como ocurrió con la Unión Patriótica.
11) El debilitamiento de las organizaciones sindicales por intimidación, cooptación u otras estrategias; el desestímulo al sindicalismo de industria.
12) El control de los medios de comunicación por fuerzas económicas y elites para desviar la opinión pública de los verdaderos problemas del país. El descrédito, ahogo y aislamiento económico a los medios independientes.
13) La manipulación de la opinión publica para hacer creer que hay que evitar la “cubanización” o “venezuelización” del país como sinónimo de catástrofe.
14) El reparto de una inmensa burocracia entre partidos políticos representativos de las élites, administrada por expresidentes y gamonales que exigen, en el repartijo y usurpación de lo público, sus respectivas cuotas políticas.
15) Un oligopolio donde las nuevas generaciones de familias tradicionales son las que heredan candidaturas, puestos políticos, poder y privilegios.
16) El persistente ataque a la clase media, pilar de una sociedad burguesa, que se diluye en la pobreza mientras las elites se enriquecen más. Desigualdad al límite de la misma pervivencia de millones de empobrecidos, claro signo de la persistencia del “antiguo régimen”.
17) El saboteo para no honrar los acuerdos de paz concertados con exgrupos guerrilleros o de dar cabida y juego político a los excombatientes.
18) El amilanamiento, a través de la censura, la autocensura o la intimidación, de una oposición ideológica fuerte para generar una conciencia social de cambio profundo en el país.

Este país, pintado aún con técnicas paisajistas, adormecido por el alcanfor de formas políticas y económicas vetustas, se apresta a elegir presidente en elecciones por realizase en primera vuelta al final de mayo, y segunda a mediados de junio. Le corresponde a la ciudadanía colombiana, que cada día es más consciente de qué tipo de régimen no quiere padecer más (eso se vio claro durante las jornadas de protesta del pasado paro nacional), y hacer lo que está en sus manos para darle paso, por primera vez en dos siglos, a un régimen alternativo que represente, no a las elites tradicionales, sino a las voces de pueblos, comunidades y ciudadanos que saben que otro mundo es posible en el país.

 

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“El testigo”. Memorias del conflicto armado colombiano en el lente y la voz de Jesús Abad Colorado (1991-2018), fotografía (Cortesía desdeabajo)

En la actual campaña electoral colombiana, la expectativa de un cambio histórico es muy grande. Una frustración sería una verdadera catástrofe. Pero, más allá de los cálculos numéricos, lo apropiado sería reflexionar sobre las reales condiciones para su concreción. Una meditación sobre los antecedentes históricos, como la que sigue, bien puede contribuir a tal valoración.

 

Con el asesinato en 1948 del líder Jorge Eliécer Gaitán, Colombia perdió una posibilidad de tener, al igual que buena parte de los países de América Latina, un gobierno Nacional-Popular. La referencia es naturalmente al conocido fenómeno político que se desarrolló entre 1930 y 1960 aproximadamente, y cuyos principales ejemplos son Argentina con Juan Domingo Perón (1946-1955), Brasil con Getúlio Vargas (1937-45; 51-54) y México con Lázaro Cárdenas (1934-40) (1).


Es cierto que, años después, Rojas Pinilla, en el último tramo de su gobierno de facto, trató de encontrar una fuente de inspiración en Perón, pero fue un pálido remedo, como también lo fue la creación de su partido, la Anapo, eco lejano del “justicialismo”, y la tentativa de hacer de su hija María Eugenia una copia de Eva. Aun así, la oligarquía colombiana, mediante un fraude, en 1970 bloqueó su regreso al gobierno por la vía electoral. Luego, como si fuera un juego de sombras, el Movimiento 19 de abril, M-19, en sus inicios también fue un remedo del grupo “Montoneros” (2). Pero comenzaba ya otra época en Suramérica, las dictaduras militares, no sólo ahogaban en sangre cualquier asomo de resistencia popular sino que marcaban el fin de un modelo económico y social y el inicio de la era neoliberal.


La excepción colombiana es un hecho que puede calificarse de ventaja o de desventaja. Para quienes defienden lo primero significa que el país se ahorró un periodo de autoritarismo, recordando que, por ejemplo Perón tuvo que ser derrocado, lo cual refuerza la idea de nuestra imperecedera estabilidad democrática, la “más antigua de Latinoamérica”. Para los otros, lo que muestra es la precariedad de nuestra experiencia en un modelo de capitalismo industrialista relativamente independiente y con intervención social del Estado. Y lo más importante: se perdió, independientemente de la valoración de las experiencias, una posibilidad de ingreso de los sectores populares, como sujeto, a la esfera de la política. En cambio, arrastramos todavía una historia de implacable violencia que no necesitamos ahora volver a describir.


¿Puede encontrarse una regla?


Hablar de América Latina (y el Caribe) como una unidad con identidad propia no deja de ser, en cierta forma, un mero recurso retórico. Son evidentes las disparidades políticas y económicas entre los países, en la composición étnica y en la cultura. Es más, puede, y debe, ponerse en duda la homogeneidad de las naciones pese a la solidez de los Estados. La discusión es antigua: desde los albores de la independencia de los viejos colonialismos europeos. Desde luego, vista desde afuera, la identidad adquiere un poco más de sentido; especialmente frente al enfoque geopolítico de los Estados Unidos que siempre han impuesto la noción alternativa de “panamericanismo” (3). Y existe, sin lugar a dudas, una historia compartida, en el lugar semiperiférico que le ha correspondido a este subcontinente dentro del proceso de acumulación mundial capitalista. Hay algunos rasgos comunes. Uno de ellos tiene que ver con estas formas de Estado que hemos llamado Nacional-Populares, o con los procesos fallidos conducentes a ellos.


Como se dijo, la referencia es a los tres países mencionados que, por cierto, son los más grandes desde el punto de vista económico. Pero deben mencionarse también casos importantes como el de Bolivia con Paz Estenssoro (1952-56) y Guatemala con Jacobo Árbenz (1954), o el posterior de Perú con Velasco Alvarado (1968-1975). Aunque con reservas, suele mencionarse también a Ecuador con el sui generis Velasco Ibarra, especialmente en su segundo mandato (1944-47). Incluso en Cuba es claro que la caracterización le cabe tanto al movimiento encabezado por Fidel Castro como al gobierno revolucionario en su primera etapa. En otros países se registran movimientos análogos durante el periodo señalado, los cuales fracasaron en su intento y no dieron lugar a transformaciones del Estado.


Poner el acento en el populismo como movimiento lleva sin embargo a no pocos errores, el menor de los cuales es el anacronismo. Es lo que vemos en las miradas más recientes. El tema ha vuelto a tomar fuerza por lo menos en dos momentos: los años noventa, cuando, con la llamada “transición a la democracia”, los neoliberales (como los citados anteriormente) se propusieron llamar la atención sobre la amenaza del “neopopulismo”, y en los comienzos del siglo XXI a propósito de los gobiernos “progresistas” latinoamericanos, también como amenaza pero a veces como ilusión. Al respecto vale la pena citar el ensayo de Flavia Freidenberg (4). Estos enfoques conducen a confusiones y malentendidos. Por ejemplo, incluye todos los movimientos de carácter popular que adquirieron resonancia en el ámbito social o político. Como el Apra en Perú o el auge del movimiento obrero de los años veinte, particularmente en el Cono Sur, o la revolución mexicana, para no mencionar los numerosos que se encuentran en Europa o Estados Unidos. Y lo que es peor, al concentrarse en la particular relación caudillo-masas, incluyen el fascismo y el nazismo, lo cual gusta enormemente al “centrismo” que así puede hablar de populismos de izquierda y de derecha, ambos “igualmente malos”.


Es por estas razones que resulta preferible volver sobre la hipótesis sugerida. Se trata de una forma de Estado, correspondiente a un período histórico en Latinoamérica, que marca el fin del “Estado oligárquico” y el modelo primario-exportador y, por tanto el ingreso definitivo a la modernidad bajo el modelo de industrialización por sustitución de importaciones. De ahí el énfasis en lo nacional.


Es claro que este modelo arranca merced al colapso producido en la economía mundial por la recesión que siguió a la crisis de 1929 y luego por la Segunda Guerra Mundial, pero necesitaba, para arraigarse, de políticas proactivas y por tanto de un patrón de intervencionismo estatal que, a su vez, suponía incrementar el margen de maniobra respecto de las élites. De ahí el peso y protagonismo de las fuerzas militares. Es por esta transitoria autonomía de la política y del Estado que algunos caracterizan el populismo como una suerte de “bonapartismo” hecho posible por el vacío de poder que dejaba el derrumbe del Estado oligárquico. Mejor sería postular una reestructuración de los bloques de poder que llevaría posteriormente a la conquista de la hegemonía por parte de las burguesías industriales en ese momento en proceso de formación (5).


Lo así argumentado obliga a realizar alguna consideración sobre las clases sociales. Parece desprenderse de allí que el populismo implica no sólo el fortalecimiento del movimiento obrero, o más exactamente de los nuevos sectores populares urbanos, sino el establecimiento de algún tipo de alianza, por lo menos implícita, con la burguesía industrial en ascenso. Una alternativa frente a esta problemática es la representada por el que tal vez es el más conocido teórico sobre el tema, especialmente dado el impacto académico y político que ha tenido en España (“Podemos”), es decir, E. Laclau (6).


En coherencia con su enfoque, según el cual los grupos y movimientos sociales son puramente contingentes, invierte el orden de la determinación y considera que es el populismo como fenómeno el que construye las identidades políticas. De este modo, en el límite, llega a la conclusión que el populismo es la definición misma del espacio de la política. De cualquier manera, aparte de las discusiones sobre la configuración de las subjetividades sociales, es claro que la figura de la burguesía industrial como potencialidad, su naturaleza y capacidad, es fundamental para explicarse tanto el surgimiento y la solidez como la finalización de los Estados Nacional-Populares. Probablemente es su precariedad la que explica la ausencia del modelo en países como Colombia.


¿Y la excepción que la confirma?


No se debe subestimar, pero tampoco exagerar, la importancia de la aludida forma de Estado. El cambio de modelo a partir del intervencionismo se dio de todas maneras, en todas partes, con mayor o menor eficacia, en un proceso de transición más o menos largo, todo lo cual se expresa claramente en el grado de industrialización conseguido. Los elementos del “programa” se presentan de diferentes maneras de acuerdo con los antecedentes. La presencia del Estado arranca con el fortalecimiento de la educación y la salud públicas y la nacionalización de los servicios públicos domiciliarios, pero sobre todo con la fuerte inversión estatal en infraestructura y transporte, y con la nacionalización de los recursos naturales. En Colombia, suele identificarse la colocación de las primeras bases de este modelo en la segunda mitad de los años treinta, durante el gobierno de López Pumarejo, pero muchas de ellas son posteriores, durante la hegemonía conservadora o después.


La dimensión social es la que presenta la mayor diferenciación y depende también de los antecedentes, particularmente en el desarrollo del derecho laboral, incluida la seguridad social. En Colombia es una historia lenta de avances y retrocesos –dentro del mismo periodo liberal–, pero fue bajo un gobierno conservador cuando se expidieron los códigos procesal y sustantivo del trabajo y se creó el Instituto de Seguros Sociales. Desde luego, la cara social más visible de los populismos son los programas de asistencia social, incluidos los de vivienda. En Colombia, nunca han faltado, pero es lo que más se recuerda de la dictadura de Rojas Pinilla, confirmando su intento de parecerse a Perón.


No obstante hay un aspecto que dejan de lado la mayoría de los estudiosos del populismo, precisamente por concentrarse en el fenómeno novedoso de las masas urbanas, resultado de la migración desde el campo: la reforma agraria. Los casos son obviamente diversos. En unos ni siquiera se consideró, como en Argentina, y en otros no era prioritaria, como en México, donde se venía justamente de una revolución, pero hubo algunos, como en Bolivia, más adelante en Perú y naturalmente en Cuba, donde fue fundamental. Por lo demás, fue el vacío más protuberante de la experiencia brasilera. Tiene que ver seguramente con las modalidades de inserción en el mercado mundial, según la importancia de la exportación de materias primas agropecuarias.


Es un aspecto clave para la interpretación de la excepcionalidad colombiana. Junto a la economía cafetera, parcelaria en buena parte, que ha dado lugar a una amplia capa de campesinado de mentalidad conservadora, así como a una fracción importante de la burguesía agraria, encontramos una enorme porción del territorio en forma de latifundio que no ha dejado de ampliarse, dando lugar a una oligarquía inescrupulosa y violenta, una y otra vez renovada. Fue este factor el que impidió, en su momento, una recomposición del bloque de poder en un sentido progresista mediado por una forma de Estado Nacional-Popular; la cuestión agraria no podía ser accesoria sino el supuesto ineludible de cualquier proyecto desarrollista.


El cuarto de hora 
de los gobiernos progresistas


Como se señaló, los gobiernos que en Suramérica se sucedieron después del triunfo de Chávez en Venezuela fueron calificados de “izquierda” y motivaron las advertencias de los economistas y politólogos neoliberales. Pero lo que era terror en éstos, era nostalgia en los líderes de esa izquierda. No siempre de manera consciente. El único caso, por demás patético, ha sido el de Argentina. En el lado opuesto, el que más terminó pareciéndose a Perón fue, sin darse cuenta ni reconocerlo, Chávez, claro está en cuanto movimiento y forma de gobierno ya que en materia económica nunca pudo superar el simple modelo primario exportador.


He ahí la clave para la interpretación de los gobiernos progresistas, que nunca fueron una nueva forma de Estado pese a los intentos bolivianos. En términos económicos parecieron retornar precisamente al modelo superado por los Estados Nacional-Populares. La única diferencia se encuentra, como es lógico, en la propuesta de Brasil que lo enmarca en un proyecto expansionista de potencia emergente. Sin embargo, en la medida en que retomaron el intervencionismo del Estado, sí constituyeron un cambio, pero respecto al modelo neoliberal inmediatamente precedente (7).


La nostalgia no implicó, pues, repetición, pero sí constituyó un relato y una idea fuerza de gran poder. En efecto, en tiempos de globalización, en contra de la cual se venía levantando una globalización alternativa de las luchas populares, había crecido el intercambio de ideas y paradigmas en las filas críticas, académicas y políticas. Como lo mostró, en sus diferentes ediciones el Foro Social Mundial, poco a poco fueron conquistando el predominio, en contra del pensamiento único de culto al mercado, las ideas de la socialdemocracia europea cuyos derrotados militantes visitaban repetidamente Latinoamérica. La lectura que hacían de los nuevos gobiernos, teñida del culto al “buen salvaje”, no era más que la pura evocación del “Estado de Bienestar” perdido. La crisis estalló cuando se puso de presente la incompatibilidad entre las ideas indigenistas y ecologistas, y la defensa de un modelo “extractivista” del que aparentemente dependía la política social.


La experiencia, de todas maneras, ha sido aleccionadora. Lo necesario no es la repetición sino la construcción de algo nuevo. Algo de ello se vivió en el pasado. La propuesta Nacional-Popular era declaradamente pro-capitalista, su catastrófico final no fue más que la revelación de los límites del capitalismo. Es por eso que las ideas de revolución y de socialismo, en aquel entonces, se presentaron en principio, siguiendo el ejemplo de Cuba, como una decepción frente a las promesas desarrollistas encarnadas no solamente en esa propuesta sino en las elaboraciones de la Cepal, incluyendo sus versiones de izquierda. Hoy en día no sólo se ha manifestado la crisis operativa del capitalismo sino su caducidad como orden civilizatorio, poniendo en duda hasta la idea de desarrollo y de progreso. Nuevas tareas se ponen al orden del día. Está en juego incluso la supervivencia de la humanidad.


Pero otra vez resurge la vieja discusión. Nadie confía ya en un “derrumbe”, los tiempos de la lucha social no son los de un abrir y cerrar de ojos, y si bien no se trata tampoco de un avance lineal sino de una acumulación discontinua y plural, es preciso contemplar momentos de transición.


A propósito de los Estados Nacional Populares, y jugando un poco a los anacronismos, pudiera decirse que en América Latina ya no habrá una segunda oportunidad sobre la Tierra. Pero el caso de Colombia es distinto: ¡se trata de su primera oportunidad!

 

1. Puede entenderse, o bien como movimiento o partido, o bien como tipo de gobierno o forma de Estado. Aquí se utiliza en la segunda acepción. La denominación Nacional-Popular fue introducida por G. Germani, a principios de los años sesenta, a cambio de la más conocida, “Populismo”, dado que ésta tenía, desde una mirada elitista y conservadora, una connotación peyorativa. Germani, G. Política y sociedad en una época de transición, de la sociedad tradicional a la sociedad de masas. Paidós, Buenos Aires, 1962. Hoy, en tiempos de neoliberalismo, a todo lo que signifique políticas sociales e intervención del Estado se le llama populismo y se asocia con demagogia, ya no principalmente en “defensa de la democracia” sino en nombre de la “ciencia económica”. Dos de sus más connotados teóricos dieron la pauta: “el “populismo económico” es un enfoque de la economía que destaca el crecimiento y la redistribución del ingreso y menosprecia los riesgos de la inflación y del financiamiento deficitario, las restricciones externas y la reacción de los agentes económicos ante las políticas agresivas ajenas al mercado” . Ver Dornbusch, R. y Edwards, S. Macroeconomía del Populismo en la América Latina. Fondo de Cultura Económica. México, 1992, pág. 11
2. Seguramente por obvio, suele olvidarse que el M-19 nació, a instancias de la siguiente elección presidencial en 1974 (en la que participaba María Eugenia), como una reacción escéptica del anapismo frente al camino electoral. Es cierto que la insurgencia armada rural llevaba ya una década en el país y con varias organizaciones, pero la novedad no se limitaba a su carácter urbano sino a un cambio de enfoque en la línea de masas. Pese a que, además de los propiamente anapistas, muchos de sus fundadores provenían de la izquierda, incluso armada, se afirmaba que, en Colombia, la verdadera corriente popular antioligárquica se encontraba en el anapismo y era sobre éste como podía avanzar una perspectiva revolucionaria. “Con el pueblo, con las armas, con María Eugenia, ¡Al poder!” fue su primera consigna.
3. Ver Moncayo S., Héctor-León, Ni lo uno ni lo otro-integración y desarrollo. Plataforma de Derechos humanos, democracia y desarrollo, Bogotá, 2006
4. Freidenberg, F. La tentación populista: una vía al poder en América Latina. Madrid, Editorial Síntesis, 2006.
5. Desde otro punto de vista, el Estado Nacional-Popular podría considerarse como el equivalente del “Estado Bienestar” o “providencia” que la escuela “regulacionista” atribuye a la etapa “fordista” del régimen de acumulación capitalista en el centro; algunos se refieren, siguiendo esa lógica, al “fordismo periférico”. En todo caso, por sus limitados alcances, se trataría de una forma apenas similar, “periférica”.
6. Laclau, E., La razón populista, FCE, México, 2006
7. Ver Stolowicz, B., “El misterio del posneoliberalismo”, Tomo II, Estrategia para América Latina. Vol 2. Ilsa, Bogotá, 2016

*Economista Integrante del Consejo de Redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

 

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Domingo, 15 Mayo 2022 13:23

El triunfo del cinismo

Verona, escultura (Cortesía del autor)

La reelección de Emmanuel Macron confirma un duelo que una mayoría aplastante de electores esperaba evitar. Anuncia un nuevo quinquenio sin ímpetu y sin esperanza. El presidente saliente fue reelecto por defecto, cuando una mayoría de los franceses estima que su balance es malo (56%), que desde hace cinco años la situación del país se degradó (69%), que su programa es peligroso (51%) y que sirve sobre todo a los intereses de los privilegiados (72%) (1). Por lo tanto, es únicamente por rechazo a la extrema derecha que millones de electores de izquierda se han resignado a votar por un presidente contra el cual algunos ya están dispuestos a salir a la calle. Las ocasiones no les van a faltar: baja del poder adquisitivo, aumento de la edad de jubilación, inacción en cuanto al cambio climático, aumento de las tasas de interés, dispositivos punitivos contra los desempleados...

Hace cinco años, el semanario británico The Economist, cerca del éxtasis, presentaba al presidente francés en portada. Se lo veía caminando sobre el agua vestido con un traje tan reluciente como su sonrisa fanfarrona. Para una burguesía mundial golpeada por el estupor y el pavor generados por el Brexit y la irrupción de Donald Trump en la Casa Blanca, la llegada a la escena internacional de Macron parecía una venganza. Esperaba que produjera un reflujo del “populismo” de la extrema derecha en Europa, a favor del liberalismo “progresista” y de la globalización. Ya no queda casi nada de esta ilusión. Junto con la crisis sanitaria y hospitalaria, las dificultades de abastecimiento energético y la guerra en Ucrania, los temas de la soberanía, del poder adquisitivo, de la reubicación de las actividades productivas y de la planificación ecológica ocupan un lugar creciente en el debate público. A tal punto que el pasado 10 de abril, al final del fallido quinquenio de Macron, la izquierda rupturista consolidó su influencia, y la extrema derecha nacionalista, que la política del presidente saliente pretendía contener, progresó significativamente. Sus tres candidatos sumaron un total del 32,3 por ciento de los votos emitidos en la primera vuelta (2), un resultado superior al del jefe de Estado (27,8%).

Dos semanas más tarde, en la segunda vuelta, Marine Le Pen juntó 2.600.000 votos más que en 2017, mientras que su rival victorioso obtuvo 2 millones de votos menos.


El “extremo centro”


El ex ministro de Economía de François Hollande logró no obstante hacerse reelegir conservando el apoyo de su electorado socialista, a pesar de una política que no lo fue en absoluto. Remató su obra seduciendo al electorado de derecha gracias a decisiones fiscales y sociales alineadas con sus expectativas. Podríamos aplaudir este talento. Desde que, bajo la V República, el Presidente es elegido por sufragio universal directo, cada segunda vuelta de la contienda electoral incluía un candidato de derecha o un candidato de izquierda, y la mayoría de las veces ambos a la vez, uno contra el otro. El pasado 10 de abril, la derrota de los socialistas y de la derecha pulverizó este escenario al borrar a sus dos protagonistas habituales: la derecha y los socialistas sumaron en total el 6,5 por ciento de los votos. En 2012, sumaban el 55,81por ciento...


El presidente francés se convirtió así en el elegido de la derecha “al mismo tiempo” que el de una izquierda burguesa que, desde François Mitterrand, el “giro del rigor” de 1983, el Tratado de Maastricht de 1992 y el Tratado Constitucional Europeo de 2005, se acostumbró (y conformó) a las políticas neoliberales. Más que admitir esta evidencia, Macron prefirió presentarse como el demiurgo de una “ideología” heteróclita cuya única utilidad discernible es que le permite actuar a su antojo. “El proyecto de extremo centro –pontificó la antevíspera de su reelección ante un puñado de periodistas afables– se basa en la unión de varias familias políticas, de la socialdemocracia, pasando por la ecología, el centro, y una derecha en parte bonapartista y en parte orleanista y pro europea” (3).


Tales acoples entre socialdemocracia y derecha orleanista, ecología europea y derecha bonapartista, no tienen ni consistencia teórica ni espesor histórico. A nivel sociológico, en cambio, definen el actual “bloque burgués”, el “partido del orden”, la “Francia de arriba”. La coalición de todos aquellos que se horrorizaron ante el movimiento de los chalecos amarillos, y cuya feroz represión tranquilizó. Este mismo público ovacionó a Macron durante su gran mitín parisino del pasado 2 de abril, cuando pregonó lo que luego se convirtió en uno de sus clips de campaña: “A pesar de las crisis, hemos mantenido nuestras promesas. Para poner fin a ese mal francés que era el desempleo en masa, había que arremeter contra los viejos tabúes del sistema fiscal, el derecho del trabajo, el seguro de desempleo”. Su gobierno también “arremetió contra el tabú” de las ayudas a la vivienda y el del impuesto sobre la fortuna.


Por lo tanto, no sorprende que en lugares tan acomodados y conservadores como Neuilly, el XVI Distrito de París o Versalles, el resultado del presidente saliente se haya duplicado en cinco años, y que haya aplastado a la candidata de la derecha oficial Valérie Pécresse (4). Tras la represión del movimiento obrero de junio de 1848, seguida por la de la Comuna de París en 1871, los monarquistas también perdieron su utilidad política, una vez que los republicanos demostraron a la burguesía que ellos también podían mostrarse implacables con la plebe. En suma, con Macron en el poder, la derecha se convirtió en dispensable, al igual que un Partido Socialista convertido hace mucho al social-liberalismo y a la globalización capitalista. Su destrucción común se asemeja a un esclarecimiento.


Detrás del “proyecto de extremo centro” se reúne un electorado conservador de jubilados acomodados y de mandos superiores, en una proporción que aumenta según la edad y el ingreso (5). Su influencia electoral está amplificada por una tasa de participación excepcional (88% para los de 60-69 años), mientras que la de los jóvenes y de los sectores populares, claramente más favorables a Jean-Luc Mélenchon o a Marine Le Pen, se derrumba (el 54% de los de 25-34 años participó este año en la primera vuelta, contra el 72% en el 2017).

 

 

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Byung-Chul Han.. Imagen: EFE

Planteos del filósofo coreano en su último libro, "Infocracia"

El autor de La sociedad del cansancio expone en su nuevo trabajo el modo en que el "régimen de la información" ha sustituido al "régimen disciplinario". Han señala que la gran hazaña de la infocracia es haber inducido en sus consumidores/productores una falsa percepción de libertad. Y concluye: "El intento de combatir la infodemia con la verdad está condenado al fracaso. Es resistente a la verdad".

 

Byung-Chul Han es un portador sano del cuadro social y comunicacional que expone su obra: sus libros son breves, de consumo rápido, transparentes. Cada uno de ellos propone apenas un puñado de conceptos, fácilmente reductibles a una frase-slogan que fluye a través de las redes sociales y sirve de "comodín" para reforzar opiniones de diversa índole. Su gran aporte al pensamiento de las últimas décadas seguramente haya sido su análisis del individuo autoexplotado, nuevo sujeto histórico del capitalismo. Pero más allá de esta idea-fuerza, el principal mérito del filósofo coreano es haber captado la "atmósfera" de esta época para después traducirla a textos en los que un ciudadano común con cierta sensibilidad -política, cultural, gremial- se siente reflejado. 

En su último libro, Infocracia, recientemente publicado por el sello Taurus, Han indaga en el modo en que el "régimen de la información" ha sustituido al "régimen disciplinario". De la explotación de cuerpos y energías tan bien analizada en su momento por Michel Foucault se ha pasado a la explotación de los datos. Hoy la señal de detentación de poder no está vinculada con la posesión de los medios de producción sino con el acceso a la información, que se utiliza para la vigilancia psicopolítica y el pronóstico del comportamiento individual.

En su exposición genealógica, Han describe la declinación de aquel modelo de sociedad diseccionado por el autor de Vigilar y castigar, y encuentra puentes con otros autores del siglo XX como Hannah Arendt, de quien rescata ciertos enfoques sobre el totalitarismo. Han dice que hoy estamos sometidos a un totalitarismo de nuevo cuño. El vector no es el relato ideológico sino la operación algorítmica que lo sostiene. 

El filósofo rodea los temas que ya había expuesto en otros trabajos (la compulsión hacia el "rendimiento" que describió en La sociedad del cansancio; la aparición de un habitante voluntario del panóptico digital, plasmado en La sociedad de la transparencia; el acomodamiento al imperativo del "like" como analgésico del presente tratado en La sociedad paliativa ) y pone el foco en el cambio estructural de la esfera pública, atravesada por la indignación digital, que debilita lo que alguna vez entendimos como democracia. 

Han sostiene que en esta sociedad marcada por el dataísmo, lo que se produce es una "crisis de la verdad". Escribe: "este nuevo nihilismo no supone que la mentira se haga pasar por verdad o que la verdad sea difamada como mentira. Más bien socava la distinción entre verdad y mentira". Donald Trump, un político que funciona como si fuera él mismo un algoritmo y solo se guía por las reacciones del público expresadas en las redes sociales, no es, en ese sentido, el clásico mentiroso que tergiversa deliberadamente las cosas. "Más bien es indiferente a la verdad de los hechos", señala el filósofo. Esta indiferenciación, sigue Han, supone un riesgo mayor para la verdad que el instaurado por el mentiroso.

El pensador coreano diferencia los tiempos actuales de aquellos no tan lejanos en que dominaba la televisión. Define a la TV como un "reino de apariencias", pero no como "fábrica de fake news". Señala que la telecracia "degradaba las campañas electorales hasta convertirlas en guerras de escenificaciones mediáticas. El discurso era sustituido por un show para el público". En la infocracia, por el contrario, las disputas políticas no degeneran en un espectáculo sino en una "guerra de información".

Porque también las noticias falsas son, ante todo, información. Y se sabe que "la información corre más que la verdad". Por eso, concluye con el pesimismo que le es característico: "El intento de combatir la infodemia con la verdad está, pues, condenado al fracaso. Es resistente a la verdad".

Define la situación actual con una frase-slogan de esas que tanto le gustan al autor de No-cosas: "La verdad se desintegra en polvo informativo arrastrado por el viento digital". 

Pero, ¿cómo es esta víctima arrastrada por el viento digital? ¿Cómo se comporta? "El sujeto del régimen de la información no es dócil ni obediente. Más bien se cree libre, auténtico y creativo. Se produce y se realiza a sí mismo". Este sujeto --que en el actual sistema también se realiza como objeto- es simultáneamente víctima y victimario. En ambos casos el arma utilizada es el smart phone. 

A través de esta herramienta los medios digitales han puesto fin a la era del hombre-masa. "El habitante del mundo digitalizado ya no es ese 'nadie'. Más bien es alguien con un perfil, mientras que en la era de las masas solo los delincuentes tenían un perfil. El régimen de la información se apodera de los individuos mediante la elaboración de perfiles de comportamiento".

La gran hazaña de la infocracia es haber inducido en sus consumidores/productores una falsa percepción de libertad. La paradoja es que "las personas están atrapadas en la información. Ellas mismas se colocan los grilletes al comunicar y producir información. La prisión digital es transparente". Es precisamente esa sensación de libertad la que asegura la dominación. Actualiza, por último, el mito platónico: "Hoy vivimos presos en una caverna digital aunque creamos que estamos en libertad".

Una revolución en los comportamientos que excluye toda posibilidad de revolución política. Dice Han: "En la prisión digital como zona de bienestar inteligente no hay resistencia al régimen imperante. El like excluye toda revolución".

En tiempos de microtargeting electoral se produce, de todos modos, un fenómeno paradojal: la tribalización de la red. Intereses segmentados que se expresan a través de discursos previamente diseñados y que van erosionando lo que Jürgen Habermas había definido teóricamente como "acción comunicativa". "La comunicación digital como comunicación sin comunidad destruye la política basada en escuchar", escribe Han, quien destaca que en el viejo proceso discursivo los argumentos podían "mejorarse", en tanto ahora, guiados por operaciones algorítmicas, apenas se "optimizan" en función del resultado que se busca. 

Es la derecha la que más capitaliza este fenómeno de tribalización de la red, asegura el filósofo, porque en esa franja es mayor la demanda de "identidad del mundo vital". En una sociedad desintegrada en "irreconciliables identidades sin alteridad", la representación, que por definición genera una distancia, se ve sustituida por la participación directa. "La democracia digital en tiempo real es una democracia presencial", que pasa por alto su ámbito natural de representación: el espacio público. Así se llega a una "dictadura tribalista de opinión e identidad". 

El sujeto autoexplotado de la sociedad del cansancio, el habitante voluntario de la sociedad transparente, el individuo que se entrega a la sociedad paliativa, también se somete, concluye Han, a la fórmula del régimen de la información: "nos comunicamos hasta morir". 

Publicado enSociedad
¿Hacia dónde está mutando la derecha?

La derecha contemporánea ha heredado de la era neoliberal dos impulsos aparentemente contradictorios: la política antidemocrática y una ética personal libertaria. Wendy Brown, autora de En las ruinas del neoliberalismo, lo explica en esta entrevista.

 

Gran parte de su trabajo reciente se ha centrado en analizar el neoliberalismo como una forma específica de razón normativa y gobierno, un resultado de la modernidad capitalista que no puede reducirse a ella. ¿Qué cree usted que ha cambiado en el orden neoliberal desde que publicó Undoing the Demos? Las crisis sociales, ecológicas y políticas que vivimos actualmente ¿han dejado más claro qué elementos de la vida social se han integrado plenamente a la lógica del neoliberalismo y qué elementos no?

Sabemos que el neoliberalismo tiene que ver con el desmantelamiento del Estado social, la desregulación, la privatización, los impuestos regresivos y la sospecha hacia los bienes públicos, en favor de emprendimientos empresariales, privatizados y con fines de lucro. Sin embargo, hay otras dos cosas que quiero mencionar.

Foucault, entre otros, nos enseñó a pensar en el neoliberalismo como algo que excede un conjunto de políticas, más bien como una forma de razón gobernante. Con eso se refería a una forma de razón que moldea nuestra conducta en todas las dimensiones de la vida, desde la educación hasta la atención de la salud, cómo pensamos el ocio, el retiro o la mera supervivencia. Por ejemplo, ¿entendemos la educación como un bien orientado a construir democracia o como una inversión que hace un individuo para mejorar su capital humano? Al concebir el neoliberalismo como una forma de razón gobernante, podemos entender cómo orienta a los individuos como sujetos que invierten en ellos mismos.

Pero el neoliberalismo también rehace el Estado y la sociedad. Una de sus características cruciales como forma de razón es su idea del Estado como facilitador o sustentador de la economía. El neoliberalismo a menudo es entendido como antiestatista, pero a lo que se opone es al Estado regulador. El Estado es usado todo el tiempo para apuntalar o crear mercados en determinados campos. Eso está perfectamente legitimado en un orden de cosas neoliberal. Pero es más un Estado desdemocratizado que un Estado representativo, un Estado donde la igualdad política entre los ciudadanos se organiza en instituciones y prácticas a través de las cuales nos gobernamos. El Estado es un administrador de la vida económica y de lo que solemos llamar en la actualidad vida biopolítica.

El neoliberalismo, como en la célebre formulación de Margaret Thatcher (parafraseando a Hayek), busca desintegrar la noción de sociedad o de lo social. La famosa frase de Thatcher es: «No existe como tal la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales y hay familias». En otras palabras, somos reducidos a unidades individuales no ligadas ni conectadas socialmente, ya sea en términos de ser responsables ante los asociados o de enfrentar los poderes de la sociedad (ya sean los poderes del capital, la raza, el género y la sexualidad). Solo hay individuos, y nuestra libertad radica en poder hacer lo que queramos como individuos.

Hay dos cosas importantes para decir aquí sobre los cambios más recientes. Uno es el surgimiento de formaciones y regímenes de extrema derecha, asociados con personajes como Donald Trump, Recep Tayyip Erdoğan, Narendra Modi, Viktor Orbán y Jair Bolsonaro. También vemos esas formaciones en movilizaciones y partidos políticos tanto en el Norte como en el Sur globales, incluso donde no han alcanzado el estatus de regímenes gobernantes. Estas formaciones populistas y nacionalistas son interpretadas a menudo como una reacción frente al neoliberalismo porque se oponen a la globalización y al libre comercio y defienden el etnonacionalismo. Se presentan como oponentes al ideal imaginado por el neoliberalismo: el flujo absolutamente libre de bienes, mano de obra y capital en todo el mundo.

Quiero impugnar esa idea. William Callison y Quinn Slobodian han afirmado con acierto que es un terrible error ver estos regímenes de derecha como abiertamente antineoliberales, como opuestos a una forma de lo que ellos llaman «neoliberalismo mutante». En En las ruinas del neoliberalismo sostengo que es necesario comprender la fuerza antidemocrática de estos regímenes de derecha. Como movilizaciones políticas, nacen en gran medida de la racionalidad neoliberal. Lo que los distingue del fascismo clásico es que son autoritarios en lo político y libertarios en lo cívico y lo personal.

Califico esto como una forma de liberalismo autoritario, que para muchas personas es una contradicción en términos. Sin embargo, creo que debemos verlos como una forma de liberalismo antidemocrático que valora las libertades y los derechos individuales casi ilimitados, ya sea el derecho a rechazar obligaciones sanitarias, el derecho a comprar cualquier tipo de objeto que se desee, independientemente de cómo deprede la Tierra, o el derecho a decir lo que uno quiera sin importar cuán violento y dañino pueda ser. Esa herencia libertaria nos viene del neoliberalismo. Estos regímenes de derecha tienen una fe absoluta en el capitalismo y un antisocialismo feroz, y suscriben un estatismo autoritario heredado del ataque neoliberal a la soberanía popular y al Estado democrático representativo.

Obviamente, la pandemia desafió las premisas de lo que deben ser «el Estado» y «la economía» en un orden neoliberal. Se apeló a los Estados de todas partes, ya fueran de derecha o izquierda, para que respondieran a la pandemia, hicieran testeos sanitarios, proveyeran vacunas, etc. Ni los antivacunas se oponen radicalmente al suministro por parte del Estado. La pandemia forjó una mezcla de torpes desafíos al neoliberalismo. Pero no creo en absoluto que haya acabado con el neoliberalismo.

Por otro lado, tenemos el surgimiento de movimientos sociales de izquierda que se oponen muy explícitamente a la privatización y despolitización neoliberal. Por ejemplo, en las elecciones más recientes en Chile, Gabriel Boric presentó un programa antineoliberal y un referéndum de 2020 estableció la necesidad de una nueva Constitución consagrada a borrar el legado neoliberal de la era de Pinochet.

En En las ruinas del neoliberalismo, usted caracteriza el neoliberalismo como facilitador de la creación tanto de un poder estatal antidemocrático desde arriba como de una cultura política antidemocrática desde abajo. ¿Cómo se potencian entre sí estos dos procesos y qué contradicciones existen entre ellos? Pareciera que a estos nuevos movimientos de derecha les parece bien desplegar el poder estatal con fines represivos, siempre y cuando su poder no se dirija hacia personas como ellos, los miembros de la comunidad política y social supuestamente auténtica, sino hacia el otro interno.

Yo diría que es un error considerar al neoliberalismo responsable de todo lo que asociamos con la derecha. Un análisis totalizador que sugiera que el neoliberalismo está en la base de todos los problemas sociales no nos ayudará a pensar nuestros dilemas actuales, desde el cambio climático hasta la política exterior de Estados Unidos, el ascenso de China, el continuo apoyo estadounidense a la ocupación de Palestina, etc.

Pero también es un error no entender la estructura o el marco neoliberal de una serie de posturas de derecha de la actualidad, o excluir por completo el neoliberalismo de nuestra idea de que, por ejemplo, en Estados Unidos está bien hacer redadas contra los inmigrantes, usar la brutalidad policial contra quienes no son blancos, usar la fuerza del Estado en todo tipo de formas para limpiar ciudades y barrios, y regular los cuerpos de las mujeres. El interrogante es cómo este rasgo antidemocrático del neoliberalismo, tanto en el plano del Estado como del ciudadano, condiciona la estructura y la energía de la derecha.

Me parece bastante significativo que, en la actualidad, cuando el periodismo habla de ciudadanía y votación, la mayoría de las veces use el lenguaje del electorado en lugar del de la ciudadanía. Es un lenguaje de votantes que deben ser organizados, administrados, dirigidos, manipulados, creados y orientados, en lugar de educados. Creo que la deseducación de la democracia en este momento crucial es fundamental para entender cómo se produce la desintegración de la sociedad. Una vez que la educación abandona la tarea de crear una democracia educada y se transforma en una inversión individual para tener un ingreso de dinero y un futuro, se empieza a perder la capacidad de educar a los ciudadanos para la ciudadanía. En su lugar, se produce la capacidad del poder –poder económico, poder político, poder tecnológico, poder financiero– para manipular, administrar y organizar a aquellos que son considerados incapaces de ser ciudadanos. Actuamos como si el voto –el derecho a votar y la legalidad– fuera lo que constituye la ciudadanía. Lo que hace valiosa a la ciudadanía en un orden democrático es que sea lo suficientemente reflexiva, deliberativa y educada como para poder decidir con otros quiénes debemos estar juntos y qué debemos hacer.

Debo agregar que hoy hablamos de neoliberalismo y financiarización sin desarticularlos. Está cada vez más claro que, aun cuando el neoliberalismo fuera rotundamente rechazado por naciones enteras o partes del mundo, no solo como política económica sino como una forma de gobierno de la razón, todavía estaríamos lidiando con las bestias que ha desatado, entre las que se encuentran la desregulación del dinero y los bancos. La financiarización es tanto un orden dominante como una forma de razón neoliberal, y que no fue anticipada por Hayek ni por ninguno de los arquitectos neoliberales de la Sociedad Mont Pelerin. Pero es algo que nuestra época puede ver claramente. The Asset Economy [La economía de activos], de Lisa Adkins, Melinda Cooper y Martijn Konings, ofrece la mejor discusión sobre este asunto. Es el mejor libro de introducción al tema de cómo el capital financiero está estructurando la política, la desigualdad y el porvenir para todo el mundo.

¿Qué tan exitosa ha sido la derecha en asegurarse un espacio autónomo a partir de la lógica neoliberal predominante? ¿Sigue fundada en la misma racionalidad social del neoliberalismo, aunque en un registro diferente?

Cuando hablamos de la derecha y la izquierda hoy, es extremadamente importante para nosotros ver que ambas están en total desorden. Puede parecer que la derecha tiene un proyecto coherente porque lo está haciendo terriblemente bien. Nosotros, en la izquierda, preguntamos: con una base demográfica que se reduce y esos idiotas en sus márgenes, ¿cómo ha tenido tanto éxito en las palancas del poder: poder económico, poder social, poder político? No puede ser solo la Iglesia evangélica, porque eso no nos ayuda a explicar otros casos, como la derecha musulmana o la derecha hindú, es decir, el ascenso de la derecha más allá de Estados Unidos. Y no puede ser solo el neoliberalismo, porque el neoliberalismo se ha resquebrajado de muchas maneras: la crisis financiera, la pandemia y las continuas recesiones han resaltado la necesidad obvia del Estado.

Es importante ver que no solo la derecha no es coherente, sino que existe una increíble fluctuación entre la inversión en canales globales de poder, especialmente el poder financiero, y el nacionalismo apasionado. Trump, como empresario de bienes raíces que convirtió deuda y quiebra en riqueza, trató de construir un nacionalismo a partir del capital financiero. Entonces, ¿dónde se sitúa la derecha en relación con la globalización y la financiarización? Está tratando de avanzar en el proyecto de reafirmar los intereses nacionales y jugar fuerte por esos intereses. Al mismo tiempo, las mejores mentes de la derecha están tratando de mantenerse al tanto de las formas en que funcionan las finanzas y otras fuerzas internacionales y transnacionales. No se hacen ilusiones de poder volver a meter al genio de la globalización en la lámpara. El racismo, el etnonacionalismo acérrimo, es una manera de movilizar una base, pero los plutócratas de la derecha se mueven entre un reavivamiento nacionalista de la política de poder en el escenario mundial y un ajuste de cuentas con Davos como el futuro.

En su ensayo “We Are All Democrats Now” [“Ahora somos todos demócratas”], señaló que uno de los efectos del neoliberalismo ha sido la cooptación y disolución del lenguaje de la democracia; ahora es un significante que puede ser usado para una cantidad de proyectos políticos incompatibles. ¿Cómo han afectado las condiciones de la emergencia pandémica y climática sus pensamientos sobre este tema? ¿Puede ser recuperada la «democracia» –o, para el caso, términos relacionados como soberanía popular, socialismo o comunismo– para un proyecto político emancipador, o estamos en el punto en que el legado de estos términos se ha agotado y necesitamos un nuevo vocabulario político?

Si renunciamos a la democracia, renunciamos a la aspiración a la democracia, la aspiración a gobernarnos a nosotros mismos. Democracia siempre significa posibilidad de que el pueblo se gobierne a sí mismo (incluso si sus diversas formas dificultan esa posibilidad), en lugar de ser gobernado por otro, ya sea a través del colonialismo, la tiranía, el despotismo o la dominación. Tampoco es lo mismo que ser gobernados por lo que soñaron los neoliberales: las fuerzas del mercado y la moral tradicional, esos «órdenes espontáneos» que tienen sus propias jerarquías y formas de dominación, pero que, según Hayek, nos dan libertad porque el Estado no nos obliga a estar de acuerdo con ellas.

Por lo tanto, soy reticente a renunciar al lenguaje o a la lucha por la democracia, pero no soy tan fetichista como para pensar que tiene que ser la palabra operativa. En muchos lugares del mundo, democracia equivale a hipocresía del imperialismo del Norte global, racismo, explotación y varios tipos de saqueo. Entiendo por qué la gente más joven la acoge con resignación. Y no tengo apego a lo que convencionalmente hemos llamado democracia constitucional o liberal: la he criticado durante mucho tiempo. Pero sí creo que vale la pena aferrarse y seguir luchando por la aspiración a que las personas se gobiernen a sí mismas.

Hay muchas preguntas difíciles: ¿qué nivel?, ¿qué lugar? ¿Cómo puede operar la democracia en un mundo globalizado? El experimento de la Unión Europea muestra el sinsentido de llamar democrático a ese foro transnacional: no lo es. Incluso a escala de Estado-nación, las limitaciones son enormes.

La democracia funciona mejor en pequeños órdenes de cercanía. Nos damos cuenta cuando nos sentamos en una habitación, ya sea un aula, un lugar de trabajo o una cooperativa colectiva, y decidimos juntos cómo tomaremos decisiones y cómo viviremos respetándolas. Esa fue la concepción de Rousseau. ¿Se puede ampliar ese orden de cosas de alguna manera modesta o conectarlo con otras formas democráticas? ¿Podemos tener muchas cápsulas democráticas conectadas entre sí que nos permitan un control honesto de las condiciones, los términos y principios, y las reglas que nos damos a nosotros mismos y al mismo tiempo lidiar con un mundo verdaderamente globalizado?

Esto es extraordinariamente importante para hacer frente a la crisis climática. Leviatán climático, de Geoff Mann y Joel Wainwright, intenta exponer diversos dilemas para reflexionar sobre la democracia en el contexto del cambio climático. Las probabilidades de que exista una respuesta democrática para ellos son bastante bajas. Pero algunas de las respuestas a la crisis climática más interesantes y prometedoras están ocurriendo en el nivel local. Sí, necesitamos estándares transnacionales y acuerdos serios para detener las emisiones de carbono, dejar los combustibles fósiles en el subsuelo y pensar en fuentes de energía renovables a las que podamos recurrir de modo que no haya un nuevo saqueo del Sur global. Pero también necesitamos formas de vida sostenibles en las que la gente pueda participar con alegría y entusiasmo, sin odios reaccionarios. Los nuevos modelos para este tipo de cosas son los lugares más pequeños, como Costa Rica, o partes de Montana o California, o lugares del Caribe, que luchan por proteger sus ecosistemas. No quiero que digamos que la democracia es incompatible con los estándares transnacionales exigibles para las emisiones. Pero la mayor parte de la tarea que tenemos por delante en la crisis climática va más allá.

Usted ha mostrado su profunda preocupación por la teoría y la política feministas en prácticamente toda su obra. ¿Cómo ve su relación con la teoría feminista ahora? ¿Cuál es el futuro de la política y el activismo feministas, particularmente dada la capacidad de los Estados y las corporaciones para cooptar el lenguaje feminista y los marcadores de identidad hacia fines neoliberales, y el carácter diverso y heterogéneo de las luchas feministas?

Ninguno de estos dilemas –la diversidad e incluso quizás el antagonismo entre las distintas luchas feministas, y la susceptibilidad a ser cooptado– es nuevo para el feminismo. Los peligros de la cooptación y la dificultad para generar un movimiento feminista «unificado» ya fueron discutidos interminablemente por las primeras feministas de la segunda ola. Desde el derecho a la educación de las niñas y la liberación de la violencia sexual hasta la renovada lucha en este país por el derecho a controlar nuestra vida reproductiva, todas pueden existir en sus respectivas realidades locales sin tener que estar integradas en un movimiento feminista unificado. Habrá antagonismos, como los hay hoy, entre ciertas luchas feministas y cierto afán queer y trans por repensar o renombrar lo que algunas de esas luchas feministas deberían estar haciendo o deberían enfatizar. Eso es parte de la política de izquierda.

Espero que no tengamos que reinventar la rueda cada vez que nos enfrentemos a este tipo de dificultades, pero también he terminado por aceptar que probablemente terminemos haciéndolo. Ahora entiendo mejor que cuando tenía 20 años por qué la vieja izquierda estaba tan irritada con la nueva izquierda. Pensábamos que estábamos haciendo una forma de política emancipadora, igualitaria, socialista democrática, feminista, ecológica. Los de la vieja izquierda pensaban que ya la habían hecho ellos, y nosotros creíamos que eran un montón de viejos leninistas, estalinistas y patriarcas blancos. Era un error; había más cosas allí, y nosotros estábamos reinventando la rueda. Pero eso es parte de lo que hacen los movimientos sociales.

Creo que lo que está pasando ahora mismo con el género y la sexualidad en los movimientos sociales es apasionante. La mayoría de los actuales movimientos feministas, desde #MeToo hasta las luchas en Afganistán y Turquía y, en realidad, en todo el mundo, pertenece a una generación más joven. Tenemos probablemente la mayor movilización feminista en la historia del mundo en los países latinoamericanos con el movimiento Ni Una Menos y todos sus derivados, que obviamente están peleando consigo mismos y pasando por luchas internas. Esas luchas pueden demoler esta ola, pero sigue siendo algo que, en parte a través de las redes sociales, ha generado acciones y movilizaciones similares en todo el mundo y ha logrado unir causas como los derechos reproductivos, la liberación de la violencia sexual y los derechos LGBTQ, con una agenda antineoliberal y socialista. Probablemente no vaya a tener éxito mañana, pero es una movilización feminista de izquierda no menor.

Su punto sobre las diferencias generacionales también es relevante para el renacimiento de la izquierda estadounidense durante la última década, que se produjo como consecuencia de una pérdida de conocimiento institucional, político y organizativo. Hemos perdido mucho conocimiento teórico y práctico desde el declive de la nueva izquierda, a fines de la década de 1970, hasta la primera década del siglo XXI. A medida que se deshacían los movimientos y las organizaciones, esa pérdida de memoria institucional creó también una brecha generacional.

Esa pérdida tuvo pros y contras. La desventaja es que cuando usted tiene entre 20 y 30 años, por lo general no sabe tanto como debería sobre cómo funcionan el mundo y los movimientos sociales. Noté eso en Occupy Wall Street. La gente no podía creer que se evaporara después de haber sido considerada como una fuerza revolucionaria que iba a transformar el mundo. Las personas experimentadas estaban menos sorprendidas porque habían visto cómo funcionan los movimientos espontáneos no institucionalizados, y tenían formas de explicar esa evaporación que no apelaban a la cooptación, el duro invierno o el agotamiento producido por demasiadas reuniones deliberativas. Por otro lado, hay una gran energía, creatividad e inventiva en las generaciones que están creando movimientos sociales, desde el Movement for Black Lives hasta los movimientos indígenas y feministas, Extinction Rebellion y, por supuesto, los Socialistas Democráticos de Estados Unidos. Hay una explosión de energía y determinación política de la izquierda. Y se debe, en parte, a que muchas personas de entre 20 y 30 años no ven un futuro económico o ecológico. Para ellas solo queda luchar por un mundo diferente. La única forma de terminar con esa desesperación es a través de la actividad política.

Sin embargo, como usted dice, hubo un periodo en las décadas de 1980 y 1990 que se perdió, lo que hace que parezca que la era de la digitalización ha estado aquí desde siempre, como si fuera el suelo que pisamos y el aire que respiramos. Sabemos que no va a desaparecer, pero esta forma de ser humanos juntos es muy novedosa y no nos permite ver otras formas en que los humanos podríamos vivir, trabajar y cuidarnos. Haber perdido esas décadas anteriores le ha hecho algo perverso al pensamiento político contemporáneo.

La educación superior ha sido una de las instituciones más afectadas por la neoliberalización de la vida social. Si hace una evaluación en retrospectiva, ¿cuánto de su punto de vista en Undoing the Demos se basó en su experiencia en la educación superior? ¿Cree que la actual movilización de estudiantes de posgrado y docentes no titulares para ser reconocidos como trabajadores académicos esté acaso haciendo de la universidad un lugar de lucha social contra la racionalidad neoliberal?

Mi pensamiento sobre el neoliberalismo se ha visto muy afectado al observar la neoliberalización casi total de una gran universidad pública, a saber, la Universidad de California en Berkeley, y el sistema de la Universidad de California en su conjunto. El sistema de educación superior de la Universidad de California fue algo increíble. Nos llegó a través del llamado Plan Maestro de principios de la década de 1960, que iba a ofrecer una educación absolutamente gratuita a todos los estudiantes de secundaria del estado que la quisieran. Iba a hacerlo a través de un plan en tres niveles de universidades comunitarias, universidades estatales y la Universidad de California. Podías moverte con fluidez entre ellos. E iba a ser una infraestructura totalmente pública, pagada por los contribuyentes de California.

Funcionó brillantemente, hasta que el neoliberalismo comenzó a desmantelarlo. Precarizó la fuerza laboral, tanto de docentes, catedráticos y estudiantes de posgrado, por un lado, como de todos los demás trabajadores de la universidad, que perdieron puestos seguros con todos los beneficios, ya que esos trabajos fueron subcontratados y hechos de tiempo parcial. La desinversión pública reemplazó la inversión, el costo de matriculación de los estudiantes subió y subió, y eso cambió la orientación de los estudiantes a la educación. Se convirtieron en consumidores y luego en inversores. Lo que esperaban e imaginaban que era la educación también se transformó: de convertirse en una persona con habilidades más diversificadas a ganar más dinero (y estar dispuesta a endeudarse para ello). Temas como negocios, economía, ingeniería y otros campos CTIM se volvieron más deseables, mientras que las humanidades, las artes y el resto fueron trivializadas. Todos conocemos la historia, pero yo viví esos años: enseñé en la Universidad de California en Santa Cruz durante la década de 1990, y en Berkeley en las décadas de 2000 y 2010. Había una indiferencia general ante este fenómeno por parte de la mayoría de los docentes, a pesar de que quienes participábamos en la asociación de protosindicatos de docentes estábamos constantemente tratando de alertar a la gente de este fenómeno. Las personas empezaron a preocuparse cada vez más por su propio estatus, puntaje y remuneración. Mi perspectiva se vio afectada al presenciar cómo nos dominaba el lenguaje neoliberal y cómo la desinversión delegaba la responsabilidad de sobrevivir a los departamentos.

También agregaré un detalle personal, y es que provengo de un entorno de clase media baja del centro de California. Mis padres estaban divorciados y eran incapaces de negociar entre sí. Si la educación no hubiera sido gratuita cuando fui a la universidad, yo no habría podido concurrir y tener acceso a la universidad y a la vocación que, por fortuna, tengo. He sido muy consciente, a lo largo de mi carrera docente en la Universidad de California, de la diferencia entre la educación esencialmente gratuita a la que tuve acceso en la década de 1970 y la extremadamente costosa, sobrepoblada y degradada educación actual.

Aun así, la universidad es un lugar de lucha social. Es realmente importante que luchemos por salarios y condiciones para aquellos que están en la parte inferior de la jerarquía y para proteger lo que queda de las universidades públicas, incluso en un momento en el que están, en su mayoría, totalmente privatizadas. Pero también creo que es muy importante pensar en lo que podría ser la universidad en términos de educación para la democracia, y eso no siempre significa remitirse a enseñar lo que uno quiere o le interesa, o lo innovador. Es hora de que la izquierda se una al centro para pensar cuál es el lugar de las universidades en el trabajo de educar para el futuro, y no solo a través de la especialización y en los campos CTIM, ni solo a través de la protección de campos bajo coerción, como los lenguajes especiales y la poesía. Todo eso es importante, pero tenemos que tomar en cuenta lo que realmente creemos que los estudiantes universitarios necesitan saber, y cómo podemos tomar un lugar en la mesa para dar forma a los umbrales curriculares y de especialización para ese proyecto, más que limitarnos a estar a la defensiva sobre nuestra libertad académica, nuestra libertad de expresión y nuestro derecho a impartir las clases que queramos impartir. Tenemos que ver la degradación de la educación superior como un problema nuestro.

Dados los desafíos que enfrentamos, como ciudadanos, sociedades y especies, ¿cuál debería ser la misión y el propósito de la teoría crítica? ¿Cómo podría dar forma a las luchas sociales actuales y cómo esas mismas luchas pueden permanecer abiertas a aprender de sus ideas?

La teoría crítica, tal como la entiendo, es cualquier trabajo teórico que no considera las relaciones de poder existentes –social, económico, político, psicológico– como dadas, sino que las entiende como contingentes, históricas y maleables. Tiene como tarea diagnosticar los peligros y los daños de esos poderes, y describir las posibilidades inmanentes a estos poderes que podrían llevarnos a otro lugar.

Es muy tentador en los círculos de teoría crítica, y yo misma me incluyo, hablar entre nosotros. Hemos leído más o menos los mismos libros, tenemos los mismos fundamentos y nos guiamos por las mismas estrellas. Es tentador, como lo es en todos los nichos académicos, permanecer dentro de ese orden lingüístico y disciplinario, pero es muy importante para nosotros salir de él. Necesitamos hacer esto para poder pensar mejor en lo que los estudiantes, aquellos para quienes escribiríamos y enseñaríamos, podrían necesitar aprender o saber para tener un efecto en este mundo.

También es importante no quedarse dentro de nuestros pequeños círculos porque la mayoría de las tradiciones de teoría política que hemos heredado, incluida la teoría crítica, contiene en su seno el masculinismo, la cuestión blanca, el colonialismo y, sobre todo, el antropocentrismo, que nos han llevado a nuestros dilemas actuales con el racismo, con la crisis planetaria, con la democracia y con el género, que sigue siendo siempre una consideración secundaria. Necesitamos tener encuentros profundos con las obras y los movimientos que presionan contra estas cosas para desprendernos nosotros mismos de esas tradiciones.

La teoría crítica es una órbita de la academia que resiste el positivismo predominante en la academia, pero quiero que sea una órbita que no patrulle sus fronteras, que permanezca porosa y se aleje de su centro todo el tiempo y aprenda de otros tipos de conversaciones.

Fuente: Dissent

Traducción: Carlos Díaz Rocca

Publicado enPolítica
John P. McCormick, autor de obras como Machiavellian Democracy, sostiene que Nicolás Maquiavelo debe ser entendido como un precursor del actual populismo de izquierdas.(Nickniko / Wikimedia Commons)

UNA ENTREVISTA CON JOHN P. MCCORMICK

Durante siglos, los detractores de Niccolò Machiavelli lo han presentado como el padre fundador del cinismo político. Pero el pensador italiano fue en realidad un idealista republicano cuyo apoyo al gobierno popular puede inspirar las luchas contra las oligarquías de hoy.

 

Casi cinco siglos después de su muerte, el filósofo italiano Nicolás Maquiavelo sigue siendo una de las figuras más influyentes de la historia del pensamiento político. El autor de El Príncipe probablemente se asombraría de ser objeto de libros sobre habilidades de liderazgo dirigidos a directores generales de empresas o de que, en Los Soprano, Paulie Walnuts se refiriera a él erróneamente como «Príncipe Matchabelli».

La visión errónea de Maquiavelo como el padre fundador del cinismo político —o incluso del «mal» político— es casi tan antigua como el propio hombre. Pero John P. McCormick, autor de obras influyentes como Machiavellian Democracy, sostiene que el pensador florentino se entiende mejor como precursor del actual populismo de izquierdas. Lejos de estar desfasados, algunos de los argumentos de Maquiavelo siguen adelantándose a nuestro tiempo. Un enfoque verdaderamente «maquiavélico» de la política puede ayudar a fortalecer la democracia popular.

GP

Probablemente no exista universidad en la que no se enseñen las obras de Maquiavelo, o al menos El Príncipe. Sin embargo, las investigaciones sobre su figura y pensamiento son bastante excepcionales. Usted ha publicado dos libros sobre Maquiavelo y, por lo que sé, está preparando un tercero. ¿Por qué Maquiavelo? ¿Cómo lo descubrió por primera vez?

JM

Por supuesto, me encontré con El Príncipe en la universidad, pero durante los estudios de posgrado en la Universidad de Chicago, en 1992, tuve la suerte de asistir a dos seminarios dedicados íntegramente a los Discursos de Maquiavelo. Esas clases desencadenaron mi fascinación por Maquiavelo para toda la vida. Aunque empecé mi carrera académica trabajando en la línea de la «teoría crítica» de la Escuela de Frankfurt, la orientación de mi trabajo volvió a centrarse en Maquiavelo en la década de 2000.

GP

¿Qué motivó esta reorientación?

JM

Supongo que fue el aumento de la desigualdad y el aventurerismo militar bajo la administración de George W. Bush y Dick Cheney en Estados Unidos. Después de todo, Maquiavelo me había enseñado que los ciudadanos de las antiguas repúblicas castigaban a las élites mucho más severamente por la corrupción y la traición que nosotros en las democracias liberales contemporáneas. Cualquiera que lea a Maquiavelo con seriedad verá que los ciudadanos democráticos modernos dejan que las élites se salgan con la suya precisamente con el tipo de comportamiento que él pensaba que debía ser castigado con severidad.

GP

Usted no es solo un especialista en Maquiavelo. Ha publicado extensamente también sobre el pensamiento de la República de Weimar. Se podría decir que le atraen las crisis políticas más agudas.

JM

Ciertamente no lo planeé así, pero el tema general de mi carrera académica se ha convertido en «repúblicas democráticas en crisis». Llevo más de dos décadas investigando la perpetua susceptibilidad de la democracia a la corrupción plutocrática y oligárquica, corrupción que a menudo desemboca en golpes de Estado autoritarios. He explorado la situación extremadamente precaria de la libertad cívica y el gobierno popular en contextos históricos tan variados como la Florencia renacentista, la Alemania de Weimar, los Estados Unidos contemporáneos y los Estados miembros de la Unión Europea (UE).
 

GP

Todavía hoy, mucha gente piensa que Maquiavelo fue un maestro del mal. Los estudiosos —o al menos la mayoría de ellos— han intentado corregir esta idea errónea centrándose en su lealtad a la tradición republicana de Roma y en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Sin embargo, su lectura es diferente. Porque tu Maquiavelo no es solo un pensador republicano: es un pensador republicano pro popular, hostil a las degeneraciones oligárquicas de los Estados libres.

JM

Aunque Maquiavelo nunca utilizó la palabra «democracia», y aunque expresó serias (pero no incondicionales) reservas sobre la democracia ateniense, he defendido que Maquiavelo es, de hecho, el primer «teórico democrático» de la historia del pensamiento político occidental. Maquiavelo borra la distinción clásica entre aristócratas y oligarcas, acusando a las élites socioeconómicas de ser siempre agentes de opresión sobre la gente común.

 

Además, Maquiavelo ensancha los pocos momentos del pensamiento político tradicional en los que los autores conceden a regañadientes que el pueblo llano puede ejercer ocasionalmente un buen juicio político, y procede a construir una novedosa teoría democrática sobre esa base. Incluso hoy en día, los famosos estudiosos se fijan en los pocos casos en los que Maquiavelo representa al pueblo tomando malas decisiones e ignoran por completo las decisiones mucho más calamitosas que él demuestra que tomaron las élites (concretamente los senados aristocráticos) en las repúblicas espartana, romana, veneciana y cartaginesa.

GP

Curiosamente, en Italia, Maquiavelo se asocia a menudo con lamentaciones sobre las glorias italianas del pasado. En su libro, por el contrario, usted demuestra claramente cómo su pensamiento ofrece ideas frescas para corregir el impulso oligárquico de las democracias occidentales.

JM

Maquiavelo fue un esperanzador visionario sobre el futuro de Italia que se inspiró en un vibrante pasado mediterráneo. No se dedicó a la nostalgia trágica. Se inspiró en la forma en que los antiguos toscanos, siracusanos, espartanos y aqueos resistieron valientemente y durante mucho tiempo la dominación de hegemonías imperiales como Macedonia, Cartago y Roma. Maquiavelo creía firmemente que un retorno al antiguo orden doméstico y militar permitiría a los italianos modernos rechazar a los hegemones contemporáneos como Francia, España y el emperador alemán.

Después de todo, los hegemones modernos, en su opinión, no eran más que tigres de papel comparados con sus homólogos antiguos. Si las ciudades italianas rearmaran a sus ciudadanos comunes —tanto militar como cívicamente—, podrían superar la dominación extranjera y la opresión interna de los clérigos y los optimates (los que apoyaban el gobierno oligárquico en la República romana tardía). Quizás fue demasiado optimista sobre el futuro. Es posible que Maquiavelo subestimara la obstinación con la que las élites de su época se resistirían a las reformas que él propugnaba: el restablecimiento de los tribunos plebeyos, de las grandes asambleas populares y de las amplias milicias ciudadanas que, en su opinión, habían garantizado las libertades de los pueblos y repúblicas antiguos.

GP

Se le ha acusado de ser un populista o un partidario del populismo. ¿Cuál es la diferencia entre un teórico político pro popular y uno populista, ahora y en la época de Maquiavelo?

JM

Efectivamente, soy partidario del populismo, del populismo de izquierdas. La diferencia entre el populismo de izquierdas y el de derechas es sencilla. El populismo progresista es un movimiento chauvinista mayoritario que desafía las ventajas injustas de las que disfruta una élite minoritaria, rica y poderosa. El populismo de derechas, por el contrario, es un movimiento chauvinista mayoritario que desafía los privilegios imaginarios de los que disfrutan los inmigrantes vulnerables o las minorías religiosas y étnicas. Creo que los escritos de Maquiavelo anticipan el populismo de izquierdas porque anima a los plebeyos a desafiar a las élites y exigirles una cuota de poder económico y político cada vez mayor.

Maquiavelo demuestra de forma bastante convincente que los gobiernos populares son el objetivo constante de (aunque no utilizó el término) «vastas conspiraciones de la derecha», en todo lugar y en todo momento. Desde esta perspectiva, la corrupción sistémica generada por la plutocracia es simplemente una amenaza constante y existencial para cualquier sistema de gobierno cívico que no sea ya una oligarquía desnuda. La única manera de detener o hacer retroceder esta corrupción es que la gente común se movilice y utilice cualquier influencia que tenga —servicio militar o fuerza de trabajo, por ejemplo— para extraer concesiones de las élites que preferirían expandirse antes que renunciar a su desproporcionada autoridad.

Por supuesto, las repúblicas antiguas que Maquiavelo analizó nunca tuvieron que lidiar con el «populismo de derechas». Las élites socioeconómicas de esas repúblicas podían invocar el patriotismo o la «anti tiranía» para frustrar las demandas reformistas del demos o de la plebe; es decir, podían priorizar la necesidad de la guerra contra enemigos extranjeros hostiles o invocar el peligro de que los líderes populistas acumularan poder real mientras defendían la situación de las clases bajas.

El senado romano ejerció con maestría ambas estrategias, desviando con frecuencia a los plebeyos del tumulto en casa a la guerra en el exterior, y a menudo saliéndose con la suya al matar a campeones populares, desde Marco Manlio Capitolino a los hermanos Graco, como «aspirantes a tiranos». Pero tales oligarcas nunca pudieron movilizar plenamente a grandes segmentos del pueblo llano en un movimiento sostenido contra las reformas populares y los reformadores populares. Al final, tuvieron que recurrir a la represión violenta para conseguirlo, como ejemplifica la tiranía de Sula.

Por otra parte, los populistas de derecha contemporáneos tienen un arma poderosa que esgrimir tanto contra los partidos de centroizquierda como contra los movimientos populares: la acusación de deslealtad o traición nacional. Dado que los demócratas y socialistas modernos están motivados por los principios universalistas de la Ilustración, son perpetuamente susceptibles de ser acusados de no estar realmente dedicados al bienestar de «la gente» dentro de sus propios países. Se les acusa con demasiada facilidad de preocuparse en última instancia por la «humanidad» (por la gente de todo el mundo) o por las minorías subalternas nacionales. De ahí la eficacia de los populistas de derecha para desprestigiar a los políticos de centroizquierda y a los populistas de izquierda por igual como «globalistas» traicioneros o como adherentes antimayoritarios de la «política de identidad».

GP

¿Cuál es su actitud hacia el marxismo? Está claro que su enfoque de Maquiavelo es diferente al de los pensadores políticos marxistas.

JM

Hay que reconocer que soy muy duro con los posmarxistas europeos en la nueva introducción a Machiavellian Democracy. Soy bastante impaciente por la medida en que autores como Louis Althusser, Claude Lefort, Étienne Balibar y autores italianos más recientes influenciados por ellos ignoran, minimizan o descartan el papel de las instituciones en el pensamiento político de Maquiavelo. Reconstruyen los escritos de Maquiavelo de forma que el pueblo se limita a impugnar el funcionamiento de las instituciones, es decir, las maquinaciones de un «Estado» monolíticamente concebido.

Pero la concepción de Maquiavelo del governo popolare es precisamente eso: el pueblo participando en el gobierno a través del funcionamiento de instituciones como los tribunos romanos de la plebe (las asambleas en las que el pueblo propone y discute, afirma o rechaza las leyes) y los juicios públicos, en los que el pueblo sirve como juez último de los ciudadanos acusados de delitos políticos. Los posmarxistas temen que el pueblo se ensucie las manos de forma moralmente dudosa al participar en el «gobierno» o que el pueblo sea cooptado en el funcionamiento del «Estado» al participar en su funcionamiento. Pero Maquiavelo insiste en que las reformas exigidas por el pueblo a través del tumulto deben ser instanciadas en «leyes», cuya adjudicación sigue supervisando, incluso mandando, el pueblo (y no un partido privilegiado).

Maquiavelo no quería simplemente que el pueblo, a través de manifestaciones públicas, protestara contra el poder de la oligarquía manifestado por «el Estado» desde el exterior. También quería que impugnaran perpetuamente el poder de la oligarquía desde dentro del funcionamiento del Estado. Solo ensuciándose las manos a través de la práctica política ejercida fuera y dentro de las instituciones podrían combatir eficazmente la oligarquía y ejercer el autogobierno. Aterrados por los ejemplos de la Rusia estalinista y de la China comunista, los intérpretes posmarxistas de Maquiavelo sistemáticamente compensan en exceso, reduciendo la democracia al antigobierno, es decir, al anarquismo.

GP

¿Y cuál es su actitud hacia Karl Marx en general? ¿Qué parte de su pensamiento es más vital para nosotros, en su opinión?

JM

Por supuesto, venero enormemente los escritos de Marx. La lectura de Crítica de la filosofía del derecho de Hegel en la universidad me cambió la vida. Aunque desde entonces lo he abandonado como ideal emancipador, el hecho de que Marx articulara la economía británica, la política francesa y la filosofía alemana me inspiró durante décadas. Sin embargo, la ausencia de una visión política constructiva en Marx acabó resultando muy frustrante: Marx fue un crítico magistral de la política reaccionaria en obras como La guerra civil en Francia y El 18º brumario de Luis Bonaparte, pero su falta de especificidad respecto a la política del socialismo fue decepcionante.

Al principio me dirigí al joven Jürgen Habermas, más hegeliano, como alternativa, pero finalmente su intento de llenar la laguna política de Marx resultó ser demasiado liberal para mi gusto… de ahí mi paso a Maquiavelo. Sin embargo, hoy en día se está llevando a cabo una importante labor de recuperación de los recursos políticos de Marx: Bruno Leipold sobre el republicanismo de Marx, Steven Klein sobre los linajes marxianos para la socialdemocracia, Will Levine sobre los kantianos marxianos y el trabajo de Camila Vergara sobre la tradición del institucionalismo radical, que se remonta a Rosa Luxemburgo.

GP

El otro autor sobre el que ha publicado extensamente es otro pensador antiliberal, esta vez del lado derecho del espectro político: Carl Schmitt. ¿Qué podemos aprender de él?

JM

Schmitt fue, por supuesto, el maestro en denunciar el universalismo de la izquierda política para promover una derecha política supuestamente más auténtica y «democrática» en la República de Weimar. Recientemente, he llegado a ver la carrera de Schmitt como un emblema del papel casi constante desempeñado por la centroderecha en los intentos de usurpación o el éxito de las democracias liberales. Schmitt fue uno de los primeros partidarios de la República de Weimar, pero en menos de una década justificó y participó en su derrocamiento.
 

Muchas democracias modernas siguen precisamente esta trayectoria: las democracias se establecen con un apoyo bastante entusiasta por parte de los partidos de centroderecha pero, una vez en el poder, estos partidos tienden a moverse más a la derecha, eligiendo alinearse con los partidos de extrema derecha para mantener el poder inconstitucionalmente, en lugar de comprometerse formando gobiernos de coalición con los partidos de centroizquierda. Los políticos de centroderecha siempre piensan que pueden controlar a la extrema derecha, pero pronto descubren que tienen un tigre por la cola. Esto fue cierto en Weimar, y ciertamente es una realidad también en los Estados Unidos hoy en día. Las democracias modernas son derrocadas casi exclusivamente desde la derecha, no desde la izquierda.

GP

Existen, por lo general, dos maneras de juzgar la política italiana desde el extranjero. Algunos comentaristas presentan a Italia como una tierra exótica y misteriosa, donde la política sigue reglas enigmáticas. Columnistas más sabios y mejor informados han observado que la política italiana tiende a anticipar la tendencia occidental, generalmente en sus peores aspectos. Benito Mussolini fue Juan el Bautista para Adolf Hitler, al igual que Silvio Berlusconi para Donald Trump. ¿Cuál es su opinión? ¿Y cuánto sigue usted la política italiana?

JM

Suscribo firmemente esta última línea de pensamiento. La política italiana es siempre el «canario en la mina de carbón» de la política occidental. Cuando viví en Italia, a mediados de los años noventa, los paralelismos entre el ascenso de Berlusconi y lo que ocurría con Newt Gingrich y Pat Buchanan eran muy claros, pero pocos en Estados Unidos querían considerar a estos últimos como protofascistas. Hay un enorme vacío en el vocabulario político estadounidense cuando se trata de la palabra fascista: en el discurso público está permitido llamar fascista a Barack Obama, ¡pero no a Trump! Sin embargo, en Italia durante esos años, cada conversación de almuerzo y cena se dedicaba a ubicar dónde se encontraba Berlusconi en el continuo fascista, y cuánto más lejos en una dirección fascista podría llegar.

GP

La parálisis política contemporánea en los Estados Unidos tiene claramente mucho que ver con la crisis del movimiento socialista. Los oligarcas disfrutan de una situación muy favorable ahora que la «izquierda neoliberal» hace avanzar sus intereses no menos que la derecha. Para los ricos es una situación en la que todos ganan: sea cual sea el resultado de las elecciones, se beneficiarán de un gobierno amigo. ¿Cómo podemos arreglar esto?

JM

Así es precisamente como intento explicar la política estadounidense a mi madre: cuando ganan los republicanos, los ricos se hacen más ricos; cuando ganan los demócratas, los ricos siguen siendo ricos. Debido al sistema bipartidista de Estados Unidos, la redistribución económica y la regulación siempre han sido objetivos políticos problemáticos (aunque incluso bajo republicanos como Dwight Eisenhower y Richard Nixon, la América posterior a la Segunda Guerra Mundial era como un Shangri-la socialdemócrata en comparación con la actual).

En Europa, las cosas son más difíciles de explicar. Supongo que la existencia de partidos comunistas creíbles en Europa Occidental durante la Guerra Fría indujo a los partidos de centroderecha a comprometerse con los de centroizquierda de forma que se fomentara una relativa igualdad económica. Ahora, los partidos conservadores son libres de dedicarse a la obstrucción total cuando están fuera del poder. Por supuesto, tienes razón en que los partidos socialdemócratas merecen su parte de culpa. A través de las políticas neoliberales, han participado en el vaciamiento de las bases sociales de la política progresista.

GP

¿Qué opina de la experiencia de los gilets jaunes (chalecos amarillos) en Francia?

JM

Una grata excepción a la regla. Fue ciertamente refrescante ver surgir en una gran democracia un movimiento social más o menos de base que protestaba contra la austeridad. Y es un gran alivio que dicho movimiento no haya adoptado la forma patológica asociada al populismo de derechas; espero que las acusaciones de antisemitismo sean meras calumnias lanzadas contra ellos por los enemigos conservadores del movimiento. Los gilets jaunes son la oposición enérgica y articulada a la austeridad que los políticos centristas como Emmanuel Macron merecían. Dijeron «¡Basta!» a las políticas financieras y económicas que trasladan injustamente la carga de mantener una sociedad moderna sana de los ricos a la gente media.

Estoy harto de que centristas como Macron, e incluso Angela Merkel, hagan reverencias y acepten ramos de flores por rescatar la Ilustración, la civilización y la decencia humana derrotando electoralmente a la derecha xenófoba y luego pivoten para satisfacer las preferencias políticas de los intereses financieros que directa o indirectamente respaldan sus propias campañas, en lugar de los ciudadanos de clase media y trabajadora que realmente votaron por ellos. Se felicitan por haber matado al dragón populista de la derecha y luego promulgan políticas que siguen alimentándolo.

Las políticas de austeridad de Merkel aseguraron que la extrema derecha siga teniendo un electorado en el sur de Europa, y las políticas neoliberales de Macron aseguran que la tentación de Marine Le Pen siga siendo viable en Francia. Los gilets jaunes demuestran que hay una tercera vía viable entre la austeridad neoliberal y el populismo de derechas.

GP

Después de Polonia, Hungría y Turquía, ¿qué Estado europeo cree que es ahora más vulnerable al populismo de derechas?

JM

No creo que Alemania sea «el próximo», pero hay que vigilar de cerca a AfD (Alternative für Deutschland, Alternativa para Alemania) y hacer todos los esfuerzos, nacionales, europeos e internacionales, para que el movimiento sea pequeño. Los costes para Alemania, los Estados miembros de la UE, Europa en su conjunto y la propia democracia serían devastadores si un movimiento de extrema derecha se hiciera más fuerte allí.

GP

Como estudiante de la Alemania de Weimar, ¿ve algún paralelismo con el colapso de la República de Weimar en los Estados Unidos de hoy?

JM

Mucha gente comparó la insurrección del Capitolio del 6 de enero con el incendio del Reichstag que los nazis aprovecharon para consolidar el poder. Yo lo comparo más con los asesinatos de los ministros de Weimar Walther Rathenau y Matthias Erzberger por parte de extremistas de derecha a principios de la década de 1920. Estos asesinatos hicieron que un diputado alemán enfurecido exclamara en el Reichstag: «¡No hay duda de que el enemigo está en la derecha!».

La insurrección del Capitolio, al igual que estos asesinatos, debería obligar a todos los ciudadanos dedicados a la democracia constitucional a repudiar y reprimir el extremismo de extrema derecha. La advertencia no fue escuchada en Weimar, y dudo que lo sea en Estados Unidos. El comportamiento cobarde de la gran mayoría de los políticos republicanos durante y después del segundo juicio de destitución de Trump no es una buena señal en ese sentido.

Notas

 

Por Gabriele Pedullà[1]

Notas

1

Profesor de literatura italiana en la Universidad de Roma Tre. Entre sus obras destacan Machiavelli in Tumult (2018) e In Broad Daylight: Movies and Spectators After the Cinema (2012).

 

JOHN P. MCCORMICK. Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Chicago. Es autor de libros como Reading Machiavelli (2018), Machiavellian Democracy (2011), Weber, Habermas and the Transformations of the European State (2006) y Carl Schmitt's Critique of Liberalism (1997).

Publicado enPolítica
28 de abril 2021, tomado de twitter.

Endiosar, no. Demonizar, tampoco. La campaña electoral en curso, con logros como los alcanzados por el Pacto Histórico en la elección de congresistas, ha despertado gran euforia y convicción entre los partidarios de esta coalición política que riñe con el fanatismo, lo cual no es bueno.

Es un estado de ánimo aupado por los triunfos que alcanzaron las fuerzas sociales con el alzamiento popular que conmovió al país al final del primer semestre del 2021. Pero también contribuyen a ello los triunfos electorales de reciente suceso, Honduras y Perú entre aquellos, y con anterioridad Argentina. Además, en Brasil, sociedad llamada a las urnas en octubre próximo, el triunfo 3.0 de Lula ya se da por hecho.

La convicción es sana, pues multiplica energías, estimula acción constante, transmite seguridad; pero el fanatismo, que parece ser el carácter que se registra en gran cantidad de los activos del Pacto, no es lo mejor, pues lleva a quienes están marcados por ese signo a perder la ponderación y –algo muy importante– la disposición a la crítica y la autocrítica.

Y son precisamente la una y la otra lo que brilla por su ausencia, a tal punto que, ante cualquier análisis que invita a revisar cifras, sucesos y tendencias con cuidado, muchas de estas personas se previenen, se cierran y reaccionan con un lapidario: “esa es una crítica de derecha”, “Usted no quiere que el Pacto triunfe”. Esto, en el mejor de los casos, pues en otros más extremos todo queda personalizado: “Es que usted odia a Petro” o “Usted está contra Petro”.

Nada más perjudicial para un anhelado cambio histórico que esta personalización de procesos políticos, sin contexto y sin dinámica social colectiva. El giro de los sucesos es tal que, a esta altura del partido, como se dice de manera coloquial, el candidato está alcanzando aureola.

Con el altar como referente, la dinámica social –que debiera suscitar la campaña electoral–, en vez de politizar de manera sana, lo que está haciendo es deformar el sentido de los procesos sociales y malformar políticamente a una camada de nuevos activistas. Esta tendencia, de consolidarse, terminará por desdecir del supuesto proceso de cambio que se quiere para el país –anticapitalista ya no se puede decir, tanto por ser ‘políticamente incorrecto’ como por el perfil del Pacto mismo.

Esta realidad, de la necesaria lectura histórica con que se deben blindar las luchas sociales, tiende al idealismo (donde prima el deseo, no necesariamente la realidad) y por ella la lectura de escenarios que debiera estar siempre presente en la mente de todo activista con sentido integral de la política, ante la imposición de un solo espacio –el triunfo arrasador– pierde todo piso.

Así, con orejeras, se pierde el entorno y no hay contexto. La valoración de una posible derrota, ¡ni la mencione! Lógicamente, ello impide identificar los factores que podrían contribuir a tal resultado, lo cual, como consecuencia lógica, obstruye el necesario proceso correctivo que parte de identificar los factores que inclinan la balanza en sentido no deseado, y, al detallar los correctivos, implementar las acciones que lleven a recuperar el equilibro e, incluo, que la balanza se incline en el sentido pretendido.

Es el devenir de la política. Al enfocarse en la capacidad y la potencialidad de una persona, oculta una de las lecciones fundamentales de la historia, aquella que recuerda que los cambios, las revoluciones, las gestas de todo tipo, así como la propia dinámica de la vida, dependen y son realizados por los pueblos. Los líderes, los “héroes” –para las gestas históricas–, cuentan, dinamizan, marcan tendencias, potencian, pero no son lo determinante, que sí lo son los miles, los cientos de personas e incluso millones, cuando toman conciencia de la necesidad y la posibilidad de una vida diferente, de un modelo social ‘otro’, con el cual la tortilla dé vuelta.

Y al perder de vista esta importante lección, se dejan de implementar actividades indispensables para evitar que las mayorías queden como simples espectadoras de un proceso que, finalmente, hacen depender de quien ahora parece no tener tacha alguna y sí disposición y capacidades para concretar hasta lo inimaginable.

Están por fuera de este proceso, por tanto, actividades de educación, de formación, de socialización de los retos por encarar en caso de triunfo electoral, pero también aquellas por realizar en caso de derrota. No proceder así, valga anotarlo, es tender bases para que el deseado cambio profundo que requiere nuestra sociedad quede postergado, arrinconado por un triunfo electoral que se puede leer como parte de un proceso por el cambio pero que ni necesariamente lo garantiza ni lo materializa. Proceder así, sometidos a una dinámica liberal, en que prima la forma sobre el contenido, es abrirles las puertas al culto a la norma, a la democracia formal, sin el propósito de concretar la democracia integral, radical, directa, plebiscitaria, con rupturas en lo económico –si de verdad se propende por la justicia y la igualdad social–, para la cual lo indispensable es la insurgencia social, con poder decisivo.


Un ejercicio formativo, de acción colectiva, en el cual se debiera enfatizar en que el triunfo electoral no significa acceder a/y controlar el poder sino una instancia del mismo –el Ejecutivo–, el Legislativo será contrario y también el judicial. Otros factores, como el Estado, en su más amplia expresión y su administración por una nómina de más de un millón de funcionarios, en su inmensa mayoría, será una rémora que en todo momento obstaculizará hasta la más pequeña medida en procura de cambio. Mucho más lo estará otro poder, el económico. ¿Y qué decir del militar?

Así las cosas, al acceder a una parte del poder, queda abierta la lucha por ir erosionando los otros, y esa disputa es colectiva y cotidiana, es cultural, depende de la presión que ejerzan las mayorías en toda instancia, exigiendo cambio, demandando un gobierno de puertas abiertas. Una acción tal trasciende a una persona, por capaz que sea. Las exigencias deben estar presentes, y con mayor ímpetu, si se trata del gobierno que una inmensa proporción de votantes no dudará en llamar del pueblo.

Pero, además de exigir transformaciones, esos inmensos conglomerados también tienen el reto de fundir las bases de otra economía, de otra educación, de otra salud, de otros modelos de agricultura, de otra política, de otras formas de poder, etcétera. Y es tarea de quienes están en los distintos niveles del gobierno estimular esta autonomía, así como contribuir para que la autogestión popular tienda barreras para impedir que el neoliberalismo prosiga campante.

Estamos, por tanto, ante el reto de una coyuntura que puede abrir puertas para un cambio, que implica mucho más que votos, mucho más que virtudes en quien aparece como referente del mismo. Se deben empujar esas puertas para darle forma a una democracia mucho más allá de lo formal. Les corresponde esa inmensa tarea a quienes fungen como líderes, estimulando la autonomía de los más amplios sectores sociales, entregando todo lo necesario para que en todos los planos les den forma a procesos autogestionarios, de manera que no queden expectantes ante los brazos del gobierno y del Estado, que con seguridad comprimen y no liberan..

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