No nos dejemos aplastar por la geopolítica

La geopolítica trata de pensamientos y modos de ver el mundo imperiales, al servicio de los estados más poderosos. Surgió de ese modo y sigue siéndolo, aunque algunos intelectuales se empeñan en una suerte de "geopolítica de izquierdas", o hasta "revolucionaria".

La geopolítica surge a comienzos del siglo XX entre geógrafos y estrategas militares del norte, que vinculan las realidades geográficas con las relaciones internacionales. El término apareció por primera vez en un libro del geógrafo sueco Rudolf Kjellén, titulado El Estado como forma de vida. El almirante estadunidense Alfred Mahan desarrolló la estrategia del dominio naval, mientras Nicholas Spykman delimitó las regiones de América Latina donde Estados Unidos debe mantener un control absoluto para garantizar su dominio global.

La geopolítica tuvo un gran desarrollo en la Alemania de principios del siglo XX, alcanzando gran difusión durante el nazismo. En América Latina, los militares de la dictadura brasileña (1964-85), como Golbery do Couto e Silva, se basaron en la geopolítica para defender la expansión de Brasil, para terminar de ocupar la Amazonia y convertirse en el hegemón regional.

No me interesa profundizar en esta disciplina, sino en sus consecuencias sobre los pueblos. Si la geopolítica trata de las relaciones entre estados, y en particular sobre el papel de los que buscan dominar el mundo, el gran ausente en este pensamiento son los pueblos, las multitudes oprimidas que ni siquiera son mencionadas en sus análisis.

Buena parte de quienes justifican la invasión rusa de Ucrania llenan páginas denunciando las atrocidades de Estados Unidos. Uno nos recuerda: "Estados Unidos realizó 48 intervenciones militares en la década de 1990 y se involucró en varias guerras sin fin, durante las dos primeras décadas del siglo XXI" (https://bit.ly/36hrNbt).

Agrega que en ese periodo, los estadunidenses "realizaron 24 intervenciones militares alrededor del mundo y 100 mil bombardeos aéreos, y sólo en 2016, durante el gobierno de Barack Obama, lanzaron 16 mil 171 bombas sobre siete países".

La lógica de estos análisis, dice algo así: el imperio A es terriblemente cruel y criminal; pero el imperio B es mucho menos dañino porque, evidentemente, sus crímenes son mucho menores. Como Estados Unidos es una máquina imperial que asesina cientos o decenas de miles cada año, ¿por qué levantar la voz contra quien mata apenas unos pocos miles, como Rusia?

Este es el modo de hacer política rastrero y calculador que no toma en cuenta el dolor humano, que considera que los pueblos son sólo números en las estadísticas de la muerte, o los considera apenas como carne de cañón, como números en una balanza que sólo mide beneficios empresariales y estatales.

Por el contrario, los de abajo ponemos en primer lugar a los pueblos, a las clases, colores de piel y sexualidades oprimidas. Nuestro punto de partida no son los estados, ni las fuerzas armadas, ni el capital. No ignoramos que existe un escenario global, naciones expansionistas e imperialistas. Pero analizamos ese escenario para decidir cómo actuar como movimientos y organizaciones de abajo.

En El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en 1916 durante la Primera Guerra Mundial, Lenin analizó el capitalismo monopolista como causa de la guerra. Pero no tomó partido por ningún bando y se esforzó por transformar la carnicería en revolución.

De ese modo trabajó Immanuel Wallerstein. Su teoría sobre el sistema-mundo pretende comprender y explicar cómo funcionan las relaciones políticas y económicas en un planeta globalizado, con el objetivo de impulsar la transformación social.

Se trata de herramientas útiles para los pueblos en movimiento. Porque la comprensión de cómo funciona el sistema, lejos de conducirnos a justificar alguna de las potencias en pugna, nos lleva a prever las consecuencias que tendrá sobre los de abajo.

El zapatismo nombra como "tormenta" el caos sistémico que estamos viviendo y además considera que es necesario comprender los cambios en el funcionamiento del capitalismo. Respecto de lo primero, la conclusión es que hay que prepararse para enfrentar situaciones extremas, que nunca hemos vivido. ¿Hemos pensado que pueden utilizarse armas atómicas en los próximos años?

Respecto de lo segundo, aunque los zapatistas no lo mencionan de forma explícita por lo que recuerdo, es evidente que el 1 por ciento más rico ha secuestrado los estados-nación, que no existen medios de comunicación, sino de intoxicación y que las democracias electorales son cuentos de hadas, cuando no excusas para perpetrar genocidios. En consecuencia, no se dejan enredar en la lógica estatal.

Estamos ante momentos dramáticos para la sobrevivencia de la humanidad. Debemos elevar la mirada y no dejarnos arrastrar en el lodazal geopolítico. Cuando la bruma es tan espesa que impide distinguir la luz de la sombra, confiemos en los principios éticos para seguir adelante.

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Las paradojas de las socialdemocracias nórdicas

La socialdemocracia gobierna hoy los cuatro países nórdicos –Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca–, luego de gobiernos conservadores y del crecimiento de las extremas derechas. No obstante, la masa de votos a los socialdemócratas no ha aumentado y han crecido partidos a su izquierda. Si sumamos el reciente triunfo del Partido Socialdemócrata de Alemania, se puede ver que la socialdemocracia es una fuerza debilitada, pero que todavía mantiene su vigencia.

El 14 de octubre de 2021 Noruega vio la llegada de un gobierno socialdemócrata tras ocho años de dominio de la derecha. Los cuatro países nórdicos –Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia– se encuentran así bajo la conducción de partidos del mismo signo político1. La «crisis de la socialdemocracia», tan debatida a escala internacional, es un fenómeno complejo. El ejemplo nórdico no anuncia la superación de una crisis histórica, sino que pone de relieve varios aspectos de su complejidad. 

En general, no fue por avances electorales que la socialdemocracia volvió al poder en estos países. En el caso de Noruega, el Partido Laborista (dna, por sus siglas en noruego) perdió en realidad 1,1% de los votos desde 2017, y con 26,3% obtuvo poco más de una cuarta parte de los sufragios. El Partido Socialdemócrata de Finlandia (sdp, por sus siglas en finlandés) sí logró un leve crecimiento en 2019, pero apenas llegó a 17,7% y quedó muy por debajo de sus resultados del siglo xx. En el caso danés, aunque la socialdemocracia tuvo un ligero retroceso en los comicios y pasó de 26,3% en 2015 a 25,9% en 2019, el porcentaje alcanzado terminó siendo suficiente para expulsar a la derecha y formar un nuevo gobierno. El Partido Socialdemócrata de Suecia (sap, por sus siglas en sueco) registró el peor resultado electoral de su historia desde la introducción del sufragio masculino cuasi universal en 1911 y cayó a 28,3%, luego del 31% de 2014. Sin embargo, después de largas negociaciones, los números conseguidos le permitieron mantener el cargo de primer ministro al que había accedido en 2014.

¿Por qué las elecciones generaron gobiernos liderados por socialdemócratas en los cuatro países nórdicos? Lo que ocurrió, básicamente, fue que el paisaje político se vio reconfigurado por la caída (o la exclusión de las coaliciones de gobierno, en el caso de Suecia) de los partidos xenófobos y por el significativo avance de las fuerzas situadas a la izquierda de la socialdemocracia. El Partido Popular Danés perdió prácticamente 60% del apoyo que había obtenido en 2015, en parte porque los socialdemócratas han abrazado su programa antiinmigratorio. En el campo de la extrema derecha, lo obtenido por el Partido del Progreso de Noruega se redujo casi un tercio con respecto a 2017. Los Verdaderos Finlandeses perdieron apenas 0,2% y los Demócratas de Suecia sumaron en 2018 4,8% más que en 2014, pero este ascenso no hizo más que reafirmar su exclusión por parte de dos de los cuatro partidos burgueses (como se los denomina en Suecia). En el campo político opuesto, hubo una mejora de los partidos de izquierda y de la Liga Verde finlandesa. Dinamarca y Noruega tienen ahora dos partidos ubicados a la izquierda de la socialdemocracia en sus parlamentos, que crecieron en conjunto 2,6% y 3,9%, respectivamente. A su vez, aumentó 2,3% el respaldo al Partido de la Izquierda de Suecia y 1% a la Alianza de la Izquierda de Finlandia. 

En resumen, las últimas elecciones parlamentarias permitieron a los partidos socialdemócratas llegar al gobierno en los países nórdicos porque su menor caudal de votos terminó siendo compensado por el crecimiento de fuerzas situadas a su izquierda y porque las combinaciones políticas de derecha quedaron debilitadas ante el retroceso de los principales partidos burgueses y el declive o exclusión de su crucial apoyo xenófobo. Cabe destacar que los socialdemócratas alemanes lograron acceder recientemente a la Cancillería en un contexto de similar ambigüedad. Aunque el Partido Socialdemócrata de Alemania (spd, por sus siglas en alemán) tuvo un crecimiento en los comicios de septiembre de 2021 (se despegó de su mínimo histórico de 20,5% en 2017 y alcanzó un 25,7%), este resultado estuvo 13 puntos porcentuales por debajo del respaldo que había obtenido cuando encabezó un gobierno por última vez (en 2002). Los porcentajes conseguidos por el spd en la votación de 2021 fueron incluso inferiores a los de 1898. La presencia de un canciller socialdemócrata no se debe tanto a la fortaleza del spd, sino más bien a una caída récord de la Unión Demócrata Cristiana (cdu) y a un máximo histórico de Los Verdes.

El conglomerado nórdico de política y clase

Los resultados paradójicos de estos comicios ponen de relieve la importancia del sistema electoral y de partidos políticos. Todos los países nórdicos tienen sistemas parlamentarios (no presidenciales). La única república es Finlandia (el resto son monarquías constitucionales), pero su presidente tiene funciones principalmente simbólicas. Las elecciones parlamentarias se realizan por representación proporcional por encima de un cierto umbral; el más alto es el de Suecia, con 4% del total de votos para acceder al Parlamento. El sistema en cuestión propicia una fragmentación multipartidaria. En la actualidad hay diez partidos representados en el Parlamento danés, nueve en los de Finlandia y Noruega, y ocho en el de Suecia. En Finlandia, el sdp se convirtió en la primera fuerza del país, con 17,7% de los votos, apenas algo más que el 17,5% reunido por el partido xenófobo de los Verdaderos Finlandeses. El sistema de partidos de las democracias proviene de la historia vinculada a la formación del Estado-nación, la estructura de clases del país, el perfil religioso de la población y las huellas dejadas por las experiencias contingentes fundamentales de la nación. 

El sistema de partidos de los países nórdicos constituye un conglomerado con características propias. En la sección incluida a continuación, examinaremos su configuración histórica, pero antes es necesario considerar los principales factores contingentes que han repercutido en las recientes elecciones de la región y en sus resultados gubernamentales. 

Entre esos factores, se destacan dos. Uno es la nueva fuerza política que aparece en la mayoría de los países europeos: los partidos xenófobos y antiinmigración. Estos partidos están presentes y son importantes en todos los países nórdicos. Las variantes más exitosas han resultado las de Dinamarca y Noruega, que en ambos casos crecieron hasta obtener más de 20% de los votos en un par de elecciones. Los xenófobos daneses han sido un apoyo crucial para los gobiernos liberales de derecha en las primeras dos décadas de este siglo xxi; los de Noruega y Finlandia, a su vez, integraron coaliciones oficialistas de derecha. Demócratas de Suecia ha sido rechazado hasta hace poco por sus pares burgueses tradicionales, lo que dificultó la formación de gobierno. A esta organización se le adjudica un carácter tóxico por dos razones: por un lado, las elites de Suecia tienen mucho menos temor a la inmigración que las de otros países nórdicos; además, la variante local se origina en movimientos neonazis y explícitamente racistas de fines de los años 80 y principios de los 90, mientras que las de los otros tres países proceden de un populismo derechista prexenófobo. Esto ahora está cambiando de cara a las elecciones de 2022, para las cuales los xenófobos suecos han sido acogidos en un nuevo bloque burgués. 

Sin necesidad de adentrarse demasiado en la historia, podemos decir que existe una raíz esencial para el actual sistema de partidos que proviene de la formación del Estado-nación: los Estados nórdicos son antiguos órdenes políticos de carácter periférico, que se remontan hasta la Edad Media y tienen poblaciones bastante homogéneas desde el punto de vista étnico. La Noruega posmedieval se convirtió en parte del reino de Dinamarca y luego, durante el siglo xix, fue forzada a ingresar en una unión dinástica con Suecia. Finlandia formó parte de Suecia hasta 1809, cuando fue conquistada por Rusia. Aunque estas experiencias dejaron sus lógicas marcas, no implicaron divisiones traumáticas. La heteronomía previa a 1800 era prenacionalista y la nueva administración del siglo xix en Finlandia y Noruega incluyó una autonomía constitucional y cultural. Los asuntos internos quedaron en manos de las elites locales. A pesar de que hubo algunas negociaciones tensas, tanto la independencia de Noruega como la de Finlandia fueron concedidas sin violencia por la monarquía sueca en 1905 y por la Unión Soviética en 1918, respectivamente. Es por todo ello que en las democracias nórdicas jamás se estableció ningún partido hegemónico imperial o nacionalista. Tampoco surgió ningún partido demócrata cristiano importante. Las iglesias estatales luteranas dejaron los asuntos relacionados con el derecho de familia y la educación en manos del Estado y nunca intentaron en realidad organizar a la clase obrera industrial. Las «iglesias libres» disidentes sí lo intentaron, pero no pudieron llegar muy lejos porque estaban demasiado fragmentadas entre sí. Hace 100 o 150 años se orientaban al liberalismo democrático y a menudo no estaban en contra de un creciente movimiento obrero con características autónomas. Privados en gran medida de activos aptos para la movilización popular, como el nacionalismo, la hostilidad étnica y la religión moderna y politizada, los partidos conservadores de los países nórdicos no lograron adquirir nunca un predominio político a través del sufragio universal. 

En particular, hay dos características en la estructura de clases de estas naciones que resultan muy pertinentes en este contexto. Una es la autonomía de los campesinos y agricultores, basada en el trabajo de su propia tierra y en una organización cultural, cooperativa y política. Los agricultores nórdicos han sido muchas veces conservadores pero sin filiación institucional, a partir de la percepción de sus propios intereses de clase y no por la influencia de sacerdotes o terratenientes. Esta autonomía de clase fue decisiva para el avance político de la socialdemocracia nórdica en la década de 1930. Tomando como eje una política de empleo y apoyo a los precios agrícolas en un trasfondo de crisis posliberal, se desarrollaron entonces coaliciones o acuerdos entre partidos socialdemócratas y agrarios. Así ocurrió en Dinamarca y Suecia en 1933, en Noruega en 1935 y en Finlandia en 1937. 

En comparación con la Europa occidental continental, la región nórdica se urbanizó e industrializó de manera tardía, rápida y exitosa. Las implicancias de clase de este proceso se reflejaron sobre todo en dos aspectos. Antes de que apareciera el movimiento obrero de inspiración marxista, había pocos rastros de una burguesía urbana moderna en el terreno social y político. El rápido desarrollo socioeconómico dio entonces fuerza y recursos al movimiento obrero, que adquirió una suerte de predominio político en los años 1930 y –más allá de algunas fisuras y retrocesos en las décadas de 1970 y 1980– lo mantuvo durante 50 o 60 años hasta la llegada del nuevo milenio.

Movilización y desmovilización de la clase obrera

El movimiento obrero nórdico creció con una fortaleza única bajo las premisas antes mencionadas. La socialdemocracia finlandesa fue el primer partido laborista europeo en ganar una mayoría parlamentaria (con 47% de los votos en 1916) y el segundo en el mundo, después de Australia (en 1910). Este éxito se debió en gran medida a su pronta llegada a los pequeños agricultores y trabajadores rurales. En Suecia, los partidos socialdemócrata, socialista y comunista obtuvieron en conjunto más de la mitad de los sufragios en 1932-1952, 1958-1970, 1982, 1985 y 1994, mientras que la socialdemocracia lo hizo por sí sola en 1940 y 1968; en Noruega, todas las elecciones celebradas desde 1945 hasta 1969 inclusive dieron como resultado una mayoría absoluta de los partidos laboristas. Los partidos obreros solo obtuvieron la mayoría de los votos en Dinamarca y Finlandia una vez, en 1966. Las mayorías obreras en los países nórdicos estuvieron siempre dominadas por la socialdemocracia, excepto en Finlandia. Las divisiones generadas a causa de la Revolución Rusa han obstaculizado desde entonces la adhesión a la socialdemocracia finlandesa, que debe compartir el voto de la clase trabajadora con un partido comunista fuerte. 

El voto de clase (medido por el simple índice de Alford como la diferencia entre el porcentaje de trabajadores manuales que votan por el laborismo y el porcentaje de clase media que opta por esa misma corriente, o por métodos estadísticos más sofisticados) ha sido extraordinariamente fuerte en los países nórdicos, mayor que en cualquier otro lugar de Europa, en Australia o en el mundo de las elecciones democráticas. Pese a la importante caída experimentada desde 1960 en Suecia y Noruega y desde 1970 en Dinamarca y Finlandia, el voto de clase sigue siendo menos débil que en otros países2. Pero en los comicios suecos de 2018, por primera vez al menos desde el avance ocurrido a comienzos de la década de 1930, solo una minoría de los trabajadores se inclinó por los partidos laboristas: un tercio por la socialdemocracia (lo que significó un retroceso respecto al 43% de 2014) y una décima parte por el Partido de la Izquierda. Alrededor del 30% habitual respaldó a los partidos burgueses tradicionales, mientras que 25% apoyó ahora a Demócratas de Suecia, la extrema derecha3

En las últimas décadas, los sindicatos se han debilitado y alejado mucho de los políticos socialdemócratas. No obstante, sus organizaciones se han sostenido claramente mejor que los partidos socialdemócratas. La mayoría de los trabajadores nórdicos siguen perteneciendo a asociaciones gremiales. Con niveles que van desde 50% en Noruega hasta 67% en Dinamarca, los cuatro países de la región son los más sindicalizados de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)4.

Cuatro tonos de rosa

Los cuatro gobiernos nórdicos actuales, liderados en todos los casos por socialdemócratas, se diferencian por sus antecedentes, limitaciones y ambiciones. Solo uno de ellos cuenta con mayoría parlamentaria: la coalición finlandesa, que está integrada por cinco partidos. En cuanto al color, el abanico abarca desde un tono más azulado que rosa, como en la continuidad gubernamental sueca, hasta el rojo escarlata del gabinete reformista noruego. En el medio están la coalición finlandesa y la minoría unipartidista danesa; ambas se acercan a la orientación noruega, aunque aparentemente existe algo más de proximidad en el caso danés que en el finlandés. 

En Suecia hubo cambio de gobierno en 2014, cuando una alianza de cuatro partidos burgueses fue desplazada después de ocho años en el poder. La alianza estaba encabezada por los conservadores tradicionales, el Partido Moderado, quienes imitaron directamente a Tony Blair en su adaptación a las políticas de Margaret Thatcher. El partido fue rebautizado como Los Nuevos Moderados y protegió a la población con empleo, lo que incluyó un total respeto por los derechos sindicales y la defensa contra la Unión Europea. Al mismo tiempo, impuso medidas de austeridad sobre la gente que dependía de los beneficios del Estado y promovió una política agresiva dirigida a la privatización y mercantilización de la educación y otros servicios públicos. Respecto a la inmigración, el gobierno fue abierto y acogedor. 

El cambio de gobierno de 2014 no fue el resultado de un giro significativo a la izquierda. Los tres partidos ubicados en el espacio de centroizquierda con presencia parlamentaria registraron en realidad una variación nula en los votos: el crecimiento alcanzado por los socialdemócratas y el Partido de la Izquierda en conjunto (0,4%) terminó compensado con el retroceso de los Verdes (-0,4%). Sin embargo, hubo un nuevo partido de izquierda, Iniciativa Feminista, que con 3,1% no logró entrar al Parlamento. Obtuvieron un triunfo los xenófobos Demócratas de Suecia, que incrementaron sus votos en 7,3%, sobre todo a expensas de los partidos tradicionales de derecha. La centroderecha y la centroizquierda acordaron entonces que la fuerza con más apoyo formaría gobierno sin tener en cuenta a la extrema derecha. Los socialdemócratas pudieron configurar así una coalición de minorías con los Verdes, dejando al Partido de la Izquierda excluido de las funciones, pero no de las negociaciones sobre asuntos sociales. Si bien el gobierno resultante consiguió restablecer algunos beneficios sociales, todos los intentos por refrenar la mayor absorción corporativa de servicios sociales financiados con impuestos se vieron detenidos en el Parlamento por la oposición conjunta de los burgueses y los xenófobos. Durante la crisis europea de refugiados en 2015, el gobierno socialdemócrata mantuvo la política de puertas abiertas impulsada por la administración previa; al principio lo hizo con un amplio respaldo público, aunque pronto se multiplicaron las opiniones críticas, particularmente entre la clase trabajadora. 

Las elecciones de 2018 arrojaron un resultado similar al de 2014: ni la derecha tradicional ni la centroizquierda obtuvieron la mayoría, y Demócratas de Suecia volvió a convertirse en el eje con más fuerza que nunca y un incremento de 4,7% en sus votos. Pero esta vez la centroizquierda se debilitó por el retroceso de la socialdemocracia, que con una caída de 2,3% llegó a su mínimo histórico. Aun así, los tres partidos de la centroizquierda reunieron 144 escaños contra 143 de la derecha tradicional (en 2014 el balance era de 159 a 141, sobre un total de 349). Dos de los partidos burgueses habían roto el acuerdo de 2014 dirigido a ignorar a los xenófobos, pero otros dos seguían aferrados a él. Tras cuatro meses de negociaciones se alcanzó un nuevo acuerdo entre los partidos Socialdemócrata, Verde, del Centro y Liberal, que facilitó una continuidad de la coalición socialdemócrata-verde. 

El Partido del Centro, que tuvo su origen como Liga de los Agricultores (aliada crucial de los socialdemócratas en las décadas de 1930 y 1950) y mutó en el más neoliberal de toda Suecia, consiguió lo que buscaba: el denominado Acuerdo de Enero con sus 73 puntos. En su introducción se declaraba explícitamente que, según el Acuerdo, el Partido de la Izquierda no tendría ninguna influencia sobre la orientación política del país durante el siguiente periodo parlamentario. Sin embargo, para llegar a asumir el poder, el gobierno dependía de los votos de ese partido. Después de algunas conversaciones para limar asperezas con Stefan Löfven, el líder socialdemócrata, la dirigencia izquierdista se tragó la afrenta más allá de sus fuertes advertencias frente a dos de los 73 puntos: la flexibilización de la ley de protección del empleo y la abolición del control sobre los alquileres. 

Los 73 puntos incluían, entre otras cosas, una reducción de impuestos para las capas de ingresos más altos, un esquema general de bajas impositivas y aumento del apoyo a las empresas, un recorte drástico a la bolsa pública de trabajo y su reemplazo por «actores independientes», junto con una mayor facilidad para que los empleadores puedan despedir. Tampoco se intentaría poner un límite a las ganancias de los particulares en los servicios sociales ni en la educación, y se fortalecerían los derechos de propiedad privada sobre bosques y costas. En términos socioeconómicos, se trataba de un programa más neoliberal que el de los ocho años de alianza burguesa transcurridos entre 2006 y 2014. Lo único de tinte progresista fueron algunas medidas ambientalistas y una mayor cantidad de días de licencia paga para los progenitores empleados que vivieran con niños. 

En junio de este año, el Partido de la Izquierda retiró su apoyo como consecuencia de la introducción de alquileres a precios de mercado, y el gobierno cayó. Pero la reforma también cayó y el gobierno retornó. Su manejo de la pandemia consistió en secundar a la autoridad sanitaria encargada de decidir las políticas del área, de manera menos contundente y exitosa que la gestión del covid-19 de los otros gobiernos nórdicos, pero con mejores resultados que el resto de Europa. Quizás los deslucidos gobiernos de Löfven hayan logrado algo potencialmente importante: el electorado del Partido del Centro ha cambiado, o más bien ha sido (en parte) intercambiado. Tras la dimisión de Löfven como líder socialdemócrata y por ende como primer ministro, su sucesora –la ex-ministra de Finanzas Magdalena Andersson– debió obtener la confianza parlamentaria. Según encuestas realizadas entre votantes del Partido del Centro, una gran mayoría prefiere ahora a la candidata socialdemócrata por sobre su rival del Partido Moderado. Esto podría significar el comienzo de una larga orientación hacia la centroizquierda, aunque de cara al futuro inmediato la dirigencia de la agrupación centrista se ha atrincherado en posiciones de un liberalismo económico acérrimo. 

Los protagonistas en la historia noruega también son el socialdemócrata Partido Laborista y el Partido de Centro, aunque uno de los actores y el contexto son muy diferentes. La agrupación mencionada en segundo término se formó, al igual que en Suecia, como Partido de los Agricultores, pero permanece mucho más arraigada al mundo rural en un país menos urbanizado. Noruega mantiene un nivel de servicios públicos rurales que ha sido abandonado en Suecia. El Partido de Centro noruego no ha sido cooptado por el liberalismo de una clase media urbanizada y, junto con el Partido de la Izquierda Socialista, jugó un papel clave en la exitosa resistencia contra los planes de adhesión a la ue impulsados por socialdemócratas y conservadores. 

El contexto de la reciente formación de gobierno en Noruega fue una clara derrota del Partido Conservador y su principal socio en la coalición (hasta 2020), el xenófobo y neoliberal Partido del Progreso. Juntos perdieron 8,3% de los votos, después de haber gobernado durante ocho años unidos a dos aliados de derecha más pequeños. Los vencedores electorales fueron el Partido de Centro y dos agrupaciones situadas a la izquierda de la socialdemocracia, que a su vez tuvo un retroceso. La primera opción de los socialdemócratas era un gobierno mayoritario del Partido Laborista (26% de los votos), Centro (13,5%) e Izquierda Socialista (6%). Pero esta última fuerza, insatisfecha con la propuesta, se retiró de las negociaciones. El Laborista y el Partido de Centro procedieron entonces a formar una coalición de minorías, tolerada por la Izquierda Socialista y el Partido Rojo (2,4%), que sumó 89 de los 169 escaños. 

La plataforma de gobierno es un llamado explícito a una reforma: «Las elecciones de 2021 definían qué tipo de sociedad es la que queremos. Los resultados arrojaron una mayoría histórica en favor de una dirección nueva y más justa para el país. (...) Tras ocho años en los que aumentaron las diferencias y la centralización, el gobierno trasladará el poder a la gente común en todas las áreas de la sociedad». Se promete defender y promover el Estado de Bienestar de manera vigorosa. «No se comercializarán las prestaciones sociales fundamentales, y el nuevo gobierno reducirá significativamente el alcance de los actores comerciales en el área del bienestar. (...) El gobierno apuntará a reducir el uso de mecanismos del mercado en todos los ámbitos del Estado de Bienestar. (...) Es necesario limitar la actual lógica del mercado, la gestión por objetivos y la privatización de los servicios de salud». Cabe destacar que, de todos modos, estas últimas tendencias están menos difundidas que en Suecia, donde los socialdemócratas incluso se han visto forzados a profundizarlas para permanecer en el poder5

El límite al reformismo noruego, algo típico en la mayoría de los reformismos, está dado por la estructura económica de poder. En la Noruega contemporánea, el núcleo de esa estructura es el sector (mayormente público) del gas y del petróleo. Dos semanas antes de la Conferencia de Glasgow sobre cambio climático, la plataforma de gobierno declaraba lo siguiente: «Se desarrollará la industria petrolera noruega, no se la desmantelará. (...) Se seguirán dando permisos para realizar exploraciones de petróleo y de gas en nuevas áreas»6. Esa es una de las principales razones por las cuales la Izquierda Socialista no se unió al gobierno. 

Mientras la política parlamentaria contemporánea de los tres países escandinavos suele describirse en términos de dos bloques compuestos por la izquierda y la derecha (aunque en la práctica eso no se ve con tanta frecuencia ni con tanta claridad), la situación partidaria en Finlandia es de una promiscuidad general, en la que cualquier alianza es posible. De hecho, en una ocasión los socialdemócratas y los conservadores gobernaron juntos. En otra, al igual que en Noruega, el partido xenófobo (los Verdaderos Finlandeses) ha sido incluido en el gobierno. Esta despolarización es un fenómeno de las últimas décadas. Anteriormente, en comparación con los demás países nórdicos, Finlandia mostraba grietas mucho más profundas, que se remontaban a la sangrienta guerra civil de 1918 entre los trabajadores y campesinos «rojos» y los burgueses y propietarios agrícolas «blancos». Después de la división entre comunistas y socialdemócratas, estos últimos nunca lograron convertirse en un partido dominante con 40%-45% de los votos, como en los otros países nórdicos; debieron conformarse con ser la primera minoría con 25%, y luego decayeron. 

Sin embargo, bien puede decirse que la actual coalición conducida por la socialdemocracia es un gobierno de centroizquierda, sobre todo con Sanna Marin, la primera ministra designada en segundo término7. En el bloque están incluidos el sdp (17,7% de los votos); el Partido del Centro, líder del anterior gobierno luego golpeado en las urnas (13,8%, con una caída de 7,3%); la Liga Verde (11,5%); la Alianza de la Izquierda (8,2%); y el Partido Popular Sueco de Finlandia (4,5%), que representa a la pequeña pero políticamente hábil minoría de habla sueca y es un integrante casi permanente de cualquier coalición. 

En 2019 el gobierno de coalición, liderado por el Partido del Centro y acompañado por el conservadurismo tradicional de Coalición Nacional y la derecha xenófoba de los Verdaderos Finlandeses como coprotagonistas, convocó a elecciones anticipadas. El Parlamento había rechazado su principal propuesta, vinculada a una reorganización del sistema de salud. Tenía dos ingredientes fundamentales: un traslado administrativo desde municipalidades hacia nuevas regiones y el apoyo a la intervención de agentes comerciales, impulsado por el Partido de Coalición Nacional. La salida de los Verdaderos Finlandeses y de Coalición Nacional inclinó la balanza gubernamental hacia la izquierda. La nueva coalición logró que su variante de reforma sanitaria fuera aprobada por el Parlamento en junio de 2021. Incluía a las nuevas regiones con responsabilidad sobre las prestaciones de salud y mostraba una clara orientación igualitaria y pública. «El objetivo central de la reforma será reducir las desigualdades en salud y bienestar», decía la declaración gubernamental, que luego agregaba: «El sector público será el principal proveedor de los servicios (...) el sector privado y el tercer sector actuarán como proveedores complementarios». 

A diferencia de lo ocurrido en Noruega, la declaración gubernamental del nuevo gabinete finlandés no contiene ningún quiebre explícito con el pasado, sino que destaca el compromiso de proteger y desarrollar el Estado de Bienestar. «Nuestro objetivo es transformar Finlandia de manera tal que para 2030 sea sostenible desde el punto de vista social, económico y ecológico. En un Estado de Bienestar nórdico es la economía la que está al servicio de la población, no al revés». También hay una promesa igualitaria. «Finlandia será un país más justo y equitativo (...). Se reducirán las desigualdades en salud, bienestar e ingresos, y habrá una mayor inclusión social». Se señala asimismo: «Más gente se enfrenta ahora al riesgo de pobreza y exclusión. El gobierno actuará con determinación para reducir la pobreza y la exclusión, especialmente entre los jubilados y las familias con niños». La «Finlandia justa, igualitaria e inclusiva» es uno de los siete «temas estratégicos» de la coalición, que mencionan en primer lugar una «Finlandia con neutralidad en carbono, que proteja la biodiversidad»8. Al igual que los gobiernos de Dinamarca y Noruega, el gabinete finlandés mostró una reacción rápida y vigorosa frente a los efectos del covid-19. El apoyo a la socialdemocracia pegó un salto temporal hacia el verano de 2020; registró un aumento de casi 6% en relación con el resultado electoral, para luego volver al nivel inicial. La intervención más dramática del gobierno se produjo a comienzos de 2020, cuando el virus parecía propagarse más allá de la capital. Se convocó entonces al Ejército para que aislara la región metropolitana del resto del país. 

La inmigración y la xenofobia se han convertido en grandes problemas en todos los países nórdicos y han generado nuevos partidos de extrema derecha de magnitud considerable en todos ellos. Estas agrupaciones se incorporaron al ámbito de la política tradicional de manera más temprana y profunda en Dinamarca que en el resto de la región. En ese país, la legislación reciente incluye normas migratorias cada vez más restrictivas, políticas de asimilación forzosa y para destruir la concentración en «guetos» de los inmigrantes y su descendencia, así como castigos especiales y más severos para los delitos cometidos por quienes viven en esas zonas. Entre los exponentes tradicionales, el Partido Liberal se puso a la vanguardia de esta tendencia y gobernó Dinamarca durante la primera década del siglo xxi con el apoyo del xenófobo Partido Popular Danés. El mayor perjudicado por esta alianza liberal-xenófoba fue la socialdemocracia, enfrentada a una extrema derecha posicionada como alternativa en favor del Estado de Bienestar, pero solo para los nativos. Los socialdemócratas se adaptaron gradualmente al nuevo clima cultural, pero nunca lo suficiente. 

La política electoral danesa tiene una particular volatilidad debido a la cantidad de partidos que superan el bajo umbral (2% de los votos) y cuentan con representación parlamentaria. A pesar de un nuevo retroceso socialdemócrata (esta vez, pequeño) y de un ligero crecimiento del Partido Liberal para transformarse en la primera minoría, el dominio de la coalición de derecha se quebró en 2011 como consecuencia de un gran avance del Partido Social Liberal9 y del desastre sufrido por los conservadores. La coalición de centroizquierda resultante luego fue depuesta en 2015 pese a la significativa mejora de los socialdemócratas (que se convirtieron en el partido más votado) y al derrumbe de los liberales. El gran vencedor fue el xenófobo Partido Popular Danés, mientras que los dos socios de la coalición socialdemócrata sufrieron una dura caída. La coalición liberal de derecha regresó entonces al poder. En 2019 la ruleta se detuvo nuevamente en el color rojo. En comparación con las cifras previas, los socialdemócratas descendieron un poco y el Partido Liberal creció. Pero el Partido Popular Danés prácticamente colapsó y un partido liberal más pequeño también perdió votos, situación a la que se contrapuso el avance del Partido Social Liberal y de los dos partidos ubicados a la izquierda de la socialdemocracia. 

Tras la debacle de 2015 dimitió la líder de los socialdemócratas Helle Thorning-Schmidt, apodada «Gucci Helle» –elegante personaje de la Tercera Vía, que apuntaba a hacer de Dinamarca un «Estado de competencia»– y su sucesora marcó otro rumbo. Mette Frederiksen venía del ala izquierda del partido y el nuevo rumbo tenía dos aspectos principales: uno era el retorno a la socialdemocracia del Estado de Bienestar y la Primera Vía; el otro era el compromiso de una política antiinmigración dura. Funcionó en términos del rompecabezas parlamentario. Los votos perdidos por el Partido Popular Danés se distribuyeron de manera variada y fueron a parar a partidos xenófobos desperdigados, a los liberales y también a los socialdemócratas, que captaron una gran parte. De todos modos, estos últimos no obtuvieron un crecimiento neto, ya que dejaron ir votos hacia la izquierda y hacia sectores más cosmopolitas de los social-liberales. 

La mejor manera de gestionar las dos caras del nuevo rumbo era a través de un gobierno minoritario unipartidista que buscara apoyo en las fuerzas de derecha para las políticas migratorias y en la izquierda para las políticas sociales. Frederiksen propuso ese objetivo en su campaña electoral, por lo cual después no hubo negociaciones de coalición. Sin embargo, para ser primera ministra tuvo que obtener el respaldo de la izquierda y de los social-liberales, lo que dio lugar a una declaración conjunta titulada «Dirección justa para Dinamarca». En ella se afirma que las elecciones de 2019 le han dado a Dinamarca «una oportunidad histórica para establecer una nueva dirección política»10. La declaración es un catálogo bastante concreto de objetivos en materia de políticas, sin propuestas de reformas o proyectos trascendentes. Se trata de una socialdemocracia claramente correctiva. Las ambiciones son modestas, se resumen en la frase «Fortaleceremos nuevamente nuestro bienestar». Entre los requisitos básicos para la política económica del gobierno, se señala la necesidad de que «no aumenten las brechas económicas en la sociedad, que no se reduzcan los impuestos en los sectores más altos y que no se deteriore la red de seguridad social». Se promete un fondo para la mejora del bienestar (welfare lift) equivalente a más de 1.000 millones de dólares para 2025. «El dinero ha de invertirse en el crecimiento de los niños, en educación y en una mejor capacitación para combatir la pobreza, reducir la desigualdad y asegurar un buen marco de condiciones a las empresas danesas». La política climática es más ambiciosa y plantea objetivos vinculantes. También hay una sección sobre inmigración y sobre Dinamarca en el mundo, en la cual se suaviza la estridente retórica nativista utilizada por Frederiksen en su campaña. 

La socialdemocracia nórdica ha venido sufriendo una merma en su caudal electoral, con una caída de 30%-40% respecto a los resultados de las décadas de 1950-1960. No obstante, aún ocupa una posición central en los sistemas partidarios nacionales. Pese a todo su éxito anterior, no ha suprimido la oposición a su izquierda. Con el tiempo, esta última se ha convertido en una socialdemocracia más de izquierda, especialmente tras la desaparición del comunismo, pero su importancia ahora crece a partir del retroceso socialdemócrata. Por el momento, los partidos de izquierda –hay dos en Dinamarca y Noruega, uno en Finlandia y uno en Suecia– son más fuertes en Dinamarca. En las últimas elecciones parlamentarias, la relación entre la socialdemocracia y la izquierda fue de 2 a 1. En los comicios municipales de noviembre de 2021, el más radical de los dos partidos daneses de izquierda, la Lista de Unidad de la Alianza Roji-Verde, obtuvo 24,6% de los votos y puso fin a un siglo de dominio electoral socialdemócrata en Copenhague, que se derrumbó hasta 17,3%.

Conclusión: perspectivas de la socialdemocracia

La presencia de gobiernos (liderados por) socialdemócratas en los cuatro países nórdicos no indica hoy una nueva tendencia política, ni siquiera si se considera que una coalición alemana del mismo signo ha asumido sus funciones durante el proceso de escritura de este artículo. La volatilidad electoral y las eventuales secuelas derivadas de sistemas partidarios móviles y fragmentados generan incertidumbre respecto a las perspectivas de la socialdemocracia en la región. En principio, su actual posición gobernante significa dos cosas: por un lado, confirma y ratifica el final de la hegemonía del neoliberalismo, desplazado por su evidente incapacidad para enfrentar la pandemia. Lo hicieron las fuerzas conservadoras con un cambio de rumbo, el Congreso de Estados Unidos, la Comisión de la ue y los tories británicos. Ahora se lo sigue haciendo para proteger los Estados de Bienestar más desarrollados. En segundo lugar, las recientes elecciones celebradas en el norte de Europa demuestran que la socialdemocracia es una fuerza debilitada pero que todavía tiene vigencia. Se encuentra en una crisis, pero esta crisis no es terminal. 

El desencadenamiento de la crisis climática y el consecuente llamamiento a una profunda transformación social ofrecen una oportunidad para que la socialdemocracia desarrolle un programa integral de reformas. El ala progresista de los demócratas lo ha hecho en eeuu con su Nuevo Pacto Verde (Green New Deal), hoy devaluado por el ala derecha del partido. Por desgracia, no ha surgido esa ambición en los movimientos socialdemócratas del norte de Europa. No existe una visión socioecológica amplia en las declaraciones gubernamentales de los países nórdicos, ni en el programa electoral o el acuerdo de coalición del spd. Mientras se destaca el objetivo de alcanzar la neutralidad en carbono para 2045, la política climática hace hincapié en la competitividad nacional, la creación de empleo y el liderazgo internacional. La declaración del gobierno danés de 2019 lo sintetiza: «El mercado mundial de la transición hacia una economía verde está creciendo (...). Para las empresas danesas es una oportunidad única, que será aprovechada». En su discurso de asunción, la nueva líder socialdemócrata y primera ministra sueca Magdalena Andersson saludó «el comienzo de una revolución industrial verde en Suecia». En Alemania, el reciente acuerdo de coalición entre socialdemócratas, verdes y liberales tiene la misma perspectiva: «Vemos el camino hacia un mundo neutral en co2 como una gran oportunidad para la posición industrial de Alemania». 

Al parecer, los socialdemócratas del norte de Europa se ven a sí mismos sobreviviendo cómodamente como si fueran administradores de un capitalismo verde en enclaves privilegiados, mientras el mundo –según la ciencia del clima– se torna cada vez más hostil. Sin embargo, las perspectivas inciertas denotan que quizás no sea esa la última palabra de la socialdemocracia europea.

Nota: traducción del inglés de Mariano Grynszpan.

1.

En realidad, hay cinco países nórdicos soberanos. El quinto es Islandia, pero ha sido excluido del presente análisis porque tiene una población de apenas 370.000 habitantes y un sistema específico de partidos con una socialdemocracia débil; hoy el país es gobernado por una peculiar coalición de izquierda y derecha liderada por la primera ministra Katrín Jakobsdóttir, perteneciente al Movimiento de Izquierda-Verde.

  • 2.

Paul Nieuwbeerta: The Democratic Class Struggle in Twenty Countries, 1945-1990, Nimega, Ámsterdam, 1995, tabla 2.5; Amory Gethin, Clara Martinez-Toledano y Thomas Piketty (dirs.): Clivages politiques et inégalités sociales. Une étude de 50 démocraties, EHESS/Gallimard/Seuil, París, 2021, p. 46 y cap. 4.

  • 3.

Datos obtenidos a partir de sondeos en los centros electorales.

  • 4.

OCDE: Trade Union dataset, disponible en https://stats.oecd.org/. El promedio de la OCDE es de 16%. En realidad, hay un país más sindicalizado que estos cuatro casos: Islandia, que también es un país nórdico, aparece en el primer lugar con una tasa de 92%.

  • 5.

Ya antes de los consabidos 73 puntos incluidos en el Acuerdo de Enero de 2019, el Estado de Bienestar se había visto más socavado por las privatizaciones y la mercantilización en Suecia que en el resto de los países nórdicos. Ver Mats Hallenberg: «Den privatiserade välfärdsstaten» [El Estado de Bienestar privatizado] en Erik Bodensten et al. (eds.): Nordens historiker [Historiadores de los países nórdicos], Universidad de Lund, Departamento de Historia, Lund, 2018.

  • 6.

Las citas textuales han sido extraídas de la Plataforma de Hurdal, denominada así por la localidad y el hotel donde se forjó el programa y disponible en www.regjeringen.no.

  • 7.

Antti Rinne, líder del Partido Socialdemócrata desde 2014, había sido designado primer ministro tras las elecciones de 2019, pero se vio obligado a renunciar después de un conflicto con los trabajadores del servicio postal que desencadenó grandes huelgas de solidaridad con un amplio apoyo social.

  • 8.

Todas las citas textuales han sido extraídas del programa oficial de gobierno de la primera ministra Marin, «Osallistava ja osaava Suomi. Sosiaalisesti, taloudellisesti ja ekologisesti kestävä yhteiskunta» [Finlandia inclusiva y competente: social, económica y ecológicamente sostenible], 2019, disponible en https://valtioneuvosto.fi.

  • 9.

El nombre oficial del partido es Izquierda Radical, pero no refiere a la izquierda clásica sino que se trata de una antigua escisión del Partido Liberal, denominado a su vez Venstre («Izquierda» en danés).

  • 10.

Citas textuales extraídas de la edición de www.alltinget.dk/misc.

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“La izquierda peruana va a cargar con los pasivos del gobierno de Pedro Castillo”

Entrevista a Fernando Tuesta Soldevilla, sociólogo y politólogo

Con un 60% de desaprobación ciudadana y denuncias de “falta de transparencia” en su proceder, el gobierno de Pedro Castillo está cada vez más bajo la mira. En una entrevista con el Dipló, el sociólogo Fernando Tuesta Soldevilla analiza la realidad peruana y el recorrido de Castillo hasta el momento.

Fernando Tuesta Soldevilla es uno de los mejores observadores de la política peruana. Su experiencia académica lo respalda: es doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, magíster y licenciado en sociología por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), además de haber realizado estudios de doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Heidelberg. Sus reconocimientos profesionales no son menores: fue, entre 2000 y 2004, jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE); entre 2005 y 2011 desempeñó el cargo de director en el Instituto de Opinión Pública de la PUCP y en 2019 fue presidente de la Comisión de Alto Nivel para la Reforma Política.

Con ese bagaje, Tuesta analiza los seis primeros meses de gobierno del izquierdista Pedro Castillo, quien derrotó el año pasado a la derechista Keiko Fujimori en una elección presidencial muy polarizada. “Creo que, de alguna manera, se confirmó que el Presidente no tiene conocimiento sobre muchas materias y le falta preparación”, dice Tuesta a el Dipló como reflexión inicial a lo observado en los últimos días a raíz de las entrevistas concedidas por Castillo a tres medios de comunicación. La última, para la cadena CNN en Español, ha generado, sin duda, mayor repercusión para los peruanos. Actualmente, Castillo tiene 60% de desaprobación ciudadana.

Rodrigo Chillitupa Tantas: ¿Los seis meses del gobierno de Pedro Castillo se han caracterizado por el caos, el desorden y la falta de transparencia?

Fernando Tuesta Soldevilla: Sí, totalmente. Era esperable la improvisación del presidente Castillo. Es una persona que no estaba preparada para hacer una campaña electoral y, quizá, apuntaba tan solo a superar la valla electoral que conservaba la inscripción de su partido. Hemos visto una falta total de transparencia, que alimenta zonas grises y pone en un segundo plano las exigencias que se le debe pedir a una persona con un cargo como el suyo.

—¿Recuerda algún periodo presidencial tan desgastante en su etapa inicial?

—Ninguno. Lo cierto es que Castillo ha tenido una oposición recalcitrante al inicio, pero eso no ha sido lo único.

—En parte, la crisis que atraviesa Castillo es por su falta de definición. No se sabe qué rumbo desea llevar. Gobernar con la izquierda, posicionarse al centro o ser pragmático. ¿Esto puede generarle problemas para su gestión?

—Castillo es un efecto, en la medida en que su candidatura presidencial provocó que la gente se identifique con él, al punto de llevarlo a la presidencia. Recordemos que, entre la primera y segunda vuelta, le sacó una ventaja enorme a Keiko Fujimori. Y terminó con una diferencia de tan solo 40 mil votos en el balotaje final. Lo que quiero decir con esto es que se llegó a esa situación por los errores de Castillo. Y se trasladó a una presidencia donde hay improvisación, falta de transparencia y desorden para guiarse en grupos de referencia que le permitan elegir bien a sus funcionarios. Lo primero que hizo al asumir su cargo fue repartir cargos a sus allegados. Es un Presidente minimalista.

—Y tampoco ha logrado aterrizar sus planes de gobierno.

—No tiene idea cómo hacerlo. Cuenta con las ideas genéricas de la izquierda peruana, como la Asamblea Constituyente, y otras suyas, como la disolución de la Defensoría del Pueblo y el Tribunal Constitucional, pero carece de formación política. Diría yo que el presidente Castillo también tiene un problema de cultura general. Él es producto, lamentablemente, de la mala educación pública que hay en el Perú. El Presidente es maestro y, a veces, uno se pregunta cómo enseñaba a sus niños en su escuela. No tiene capacidad de síntesis y, cuando le preguntas sobre algo, no te responde porque se va por las ramas.

—Si el Presidente cuenta con serias limitaciones, ¿debería rodearse de tecnócratas?

—Castillo es un hombre, con todas las limitaciones que hemos visto, que se posicionó en la izquierda desde el primer momento. Pero, a la vez, es también pragmático porque carece de un pensamiento ideológico. Creo que él no se separará de su partido, Perú Libre, porque teme que lo vaquen.

—Precisamente, sobre el sostén político que debería tener Castillo, también hay disputas dentro de su partido y riñas con otras organizaciones de la izquierda peruana. ¿Este panorama también podría pasarle factura a su régimen?

—Bueno, lo primero es que en Perú no hay una coalición de izquierdas. Perú Libre no quiere saber nada con Juntos por el Perú, aliado del presidente. Hay una disputa entre Vladimir Cerrón y Verónika Mendoza por los cargos dentro del gobierno. Ya vimos que los cuadros de Perú Libre salieron del ejecutivo. Y el Frente Amplio, partido de izquierda también aliado de Castillo, no tiene bancada en el Congreso. Entonces, vemos que la izquierda va tener que cargar, ahora y más adelante, con los pasivos de Castillo.

—¿La administración de Castillo determinará el futuro político de la izquierda peruana?

—Totalmente. Por el momento, lidera un gobierno de izquierda y los resultados son malos. Esto les va a pasar factura. Así como sucedió con Sendero Luminoso, que enterró por años a la izquierda, también podría suceder con el Gobierno de Castillo.

—¿Cuánto ha afectado para la gobernabilidad de este régimen el factor Vladimir Cerrón, líder del partido de gobierno Perú Libre?

—De hecho, el gabinete de Guido Bellido, un hombre de confianza de Cerrón, fue más un costo que beneficio para el presidente Castillo. No aportó absolutamente nada y se perdió bastante tiempo para el gobierno.

—¿Por qué posibilidades podría optar Castillo para encaminar el rumbo perdido?

—No le veo muchas opciones. Creo que el acuerdo de Castillo con Cerrón y Perú Libre se mantendrá. Mientras tanto, en el trabajo con el Congreso, las bancadas de derecha seguirán recalcitrantes frente a su gestión. Lo que debería hacer es tender puentes con los partidos que no están en los extremos –como Acción Popular, Alianza para el Progreso, Partido Morado y Somos Perú– para sacar adelante sus propuestas.

—¿A quién podría favorecer un hipotético fracaso de la gestión de Castillo? ¿A una opción de extrema derecha?

—De hecho, observamos que la extrema derecha está muy bien identificada en Fuerza Popular, Avanza País y Renovación Popular, opositores al gobierno de Castillo. En octubre [cuando se realizarán las elecciones municipales y regionales] habrá que tener cuidado, porque todavía no hay un compuesto definido de este bloque.

—¿En qué aspecto, más allá de los caminos legales, debería discutirse el tema de la Asamblea Constituyente?

—La Asamblea Constituyente se ha convertido en la bandera de la izquierda. Para ellos, todos los problemas se van a resolver con una nueva Constitución. Para empezar, tenemos 13 constituciones en la historia que han nacido por intermedio de las Asambleas Constituyentes que, a su vez, canalizaron crisis mayores dentro del país. Entonces, no hay ninguna Constitución que haya nacido en época democrática, sino que fueron producto de las crisis. No creo que, si se convocan a elecciones para la Asamblea Constituyente, salgan congresistas llenos de virtudes y valores para trabajar en una nueva Constitución.

Por Rodrigo Chillitupa Tantas | 14/02/2022

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Joe Fenton. Ilustraciones monocromáticas en estado puro

Claramente en contra del sentimiento de Marx, que aborrecía a los Estados y aspiraba –quizá ingenuamente– a su extinción, la mayoría absoluta de sus herederos de facto, instalaron esa institución en el centro de sus sueños emancipatorios. De forma acrítica, la política de izquierda centrada en los Estados ignora que nunca han sido palancas para la transformación de las sociedades. Peor aún, las rebeldías se estrellaron una y otra vez contra sus muros, y el poder estatal consiguió, como señala Abdullah Öcalan, “pervertir al revolucionario más fiel”.

El dirigente kurdo, encarcelado y aislado por el Estado turco, hace balance de las luchas revolucionarias en el tiempo largo: “Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”. Es posible que muchas personas no se sientan sorprendidas por dicho aserto, pero debemos recordar que sigue siendo habitual considerar al Estado como el centro neurálgico de la emancipación.

Lo más curioso es que atravesamos una crisis civilizatoria, además de la crisis sistémica y ambiental evidentes, pero aún así se continúa confiando en el Estado, a pesar de formar parte de esas crisis. Me viene la imagen del Titanic. Cuando está naufragando, cuando ya es imposible evitar que se precipite hasta el fondo del mar, ¿qué sentido tiene ponerse a debatir cuál sería el mejor capitán para sustituir al responsable del desastre? La nave se escora peligrosamente y, sin embargo, la orquesta sigue haciendo sonar sus instrumentos, y lo que es peor, buena parte de la audiencia continúa escuchándola en vez de correr hacia los botes salvavidas.

¿Esperan algo extranatural? La verdad es que la inercia es una fuerza tan potente como demoledora, porque nos lleva a repetir la misma acción, una y otra vez, aunque nos haya llevado al fracaso en todas las ocasiones. ¿Por qué razón habríamos de tener éxito con recetas que ya probaron su invalidez?

Quiero abordar en las líneas que siguen, que la acción política estadocéntrica no conduce a ningún resultado positivo, desde tres miradas: la de la colonialidad del poder inspirada por Aníbal Quijano; la de los fracasos históricos; y el problema que representa la debilidad de una cultura política alternativa.
¿Refundar los Estados-nación?

En sus trabajos sobre la colonialidad del poder, Aníbal Quijano nos alerta que los Estados latinoamericanos fueron creados de modo muy diferente a los europeos. Mientras aquellos fueron, en la mayoría de los países, formados luego de la democratización relativa de las estructuras de poder, en este continente fueron una imposición sobre una sociedad cuyas mayorías sufrían opresión colonial: “El proceso de independencia de los Estados en América Latina sin la descolonización de la sociedad no pudo ser, no fue, un proceso hacia el desarrollo de Estados-nación modernos, sino una rearticulación de la colonialidad del poder sobre nuevas bases institucionales”1.

De ese modo, los nuevos Estados sirvieron a las minorías blancas propietarias de la tierra y la riqueza, en una relación social de carácter neocolonial que se impone sobre y contra las mayorías. Esta es la malformación congénita de los Estados latinoamericanos, que en el actual período de extractivismo/acumulación por despojo resulta cada vez más evidente.

Pero Quijano nos ofrece algunas pistas adicionales sobre el papel del Estado-nación en el pensamiento crítico, sin olvidar que se trata de una institución creada por el capitalismo y que juega un papel determinante en este sistema. “El lugar del capitalismo mundial fue ocupado por el Estado-nación y las relaciones entre Estados-nación, no sólo como unidad de análisis sino como el único enfoque válido de conocimiento sobre el capitalismo; no sólo en el liberalismo sino también en el llamado materialismo histórico, la más difundida y la más eurocéntrica de las vertientes derivadas de la heterogénea herencia de Marx”2.

En este punto, y a riesgo de ser un tanto tajante, creo que la herencia eurocéntrica ha llevado al pensamiento crítico a colocar al Estado-nación en el foco del análisis y de las soluciones a los problemas; por el contrario, los pueblos originarios y negros siguen apostando (incluso sorteando el control de sus dirigentes) por las comunidades y palenques como imaginario emancipatorio central.

Por lo anterior, debemos concluir que el Estado realmente existente es una pieza neocolonial, funcional a la acumulación por despojo, al modelo extractivo, a las locomotoras minero-energéticas y las grandes obras de infraestructura. Lo que resulta curioso es que exista toda una corriente política que, reconociendo la matriz colonial de nuestros Estados, apuesta a su “refundación”, como si fuera una herramienta que tanto vale para una cosa como para la contraria.

Creo que las experiencias reales y concretas de refundación han fracasado. No alcanza con poner una bandera o un nombre a una institución para que se modifiquen sus prácticas. Colocar el nombre “plurinacional” al lado de Estado, o izar la bandera histórica quechua llamada whipala al lado de la nacional, son gestos positivos e importantes, pero están muy lejos de modificar la institucionalidad.
Una historia de fracasos

A los fracasos de las revoluciones (rusa, china, vietnamita, y un largo etcétera), se suman las derrotas en los intentos de cambiar la realidad por parte de los progresismos y las izquierdas electorales.

Sobre lo sucedido con las revoluciones, sería necesario un análisis de largo aliento para explicar cómo desde el poder estatal no se ha hecho más que reproducir las jerarquías heredadas y crear otras nuevas. El control del aparato estatal ha permitido a quienes gestionan esa maquinaria, tomar decisiones y ocupar un lugar que les permite reproducirse como capa social, hasta convertirse con el paso del tiempo en una nueva clase social nacida en el seno del Estado.

Los detallados y completos trabajos de Charles Bettelheim (“Las luchas de clases en la URSS”), entre muchos otros estudios, echan luz sobre las condiciones para el nacimiento de una burguesía (o una nueva clase dominante) luego del triunfo de la revolución. Los partidarios de Mao Zedong, y el propio fundador de la China socialista, dedicaron estudios para explicar cómo en el seno del Partido/Estado fue surgiendo una camada con intereses propios separados de los obreros y campesinos. Sector que muy pronto se hizo con el poder absoluto, hasta el día de hoy, aunque se proclamen marxistas y comunistas.

En su trabajo “El estado de derecho como tiranía”, el boliviano Luis Tapia, focalizado en el análisis de la “refundación” del Estado a través de la plurinacionalidad, sostiene que la nueva Constitución reconoce formas de autogobierno a nivel municipal y autonomías indígenas locales, pero “reserva para la organización del poder ejecutivo y el resto del Estado los principios del derecho positivo moderno, sobre todo en sus versiones liberales”3.

En los hechos, la reconstrucción del Estado-nación a través de la “representación monopólica del pueblo” por un partido, el MAS, fue acotando y ahogando la posibilidad de que despegara el proyecto constitucional del Estado Plurinacional. Al controlar a la sociedad civil, se impide el despliegue de la acción colectiva autónoma, que es precisamente lo que busca cualquier Estado que pretende reproducirse separado y por encima del cuerpo social.
No se trata sólo de resistir

Uno de los grandes escollos que enfrenta la lucha emancipatoria, consiste en la debilidad e incluso inexistencia, de un imaginario anticapitalista radical y de una cultura política anti-estatista o no estadocéntrica. A mi modo de ver, esto se relaciona con la potencia del imaginario estatal en las izquierdas y en el pensamiento crítico, pero también con la colonización de nuestros imaginarios por la lógica eurocéntrica que nos lleva a pensar en términos de naciones: se piensa en hacer la revolución en Colombia o en Ecuador o en Argentina, y todo lo que no incluya a un país entero, con sus artificiales fronteras heredadas de la Colonia, suele invalidarse.

Semejante forma de razonar la he escuchado cuando se menciona la experiencia mapuche o zapatista, incluso de los pueblos originarios del Cauca, ya que se les reclaman “soluciones” o propuestas para todo un país.

Es evidente que cuando se imaginan cambios a esa escala, no puede haber otra alternativa que depositar las esperanzas en el gobierno de la nación. Por más que se haya demostrado hasta el cansancio el fracaso de tales opciones.

Pero hay una segunda cuestión que se relaciona con las herencias coloniales y patriarcales. Resulta muy difícil imaginar que los palenques o las comunidades puedan ser el centro de una política anti-capitalista. Espacios por ahora minoritarios (pero ya no marginales), donde prácticas como el trueque y los trabajos comunitarios (minga o tequio) modelan la vida cotidiana y donde nacen, o pueden nacer, formas de hacer política no caudillistas ni patriarcales que, lejos de reproducir el sistema, le ponen palos en la rueda.

***

Para terminar, un dato que puede convencer a los más fervorosos partidarios del Estado: éste ha sido copado por el 1 por ciento más rico. Se lo apropiaron como el mejor camino para blindar sus privilegios, de modo que las principales instituciones (como la justicia y las fuerzas armadas), les obedecen porque ataron su futuro al de los privilegiados. Pero este es otro debate, urgente y dramático.

 

1 Aníbal Quijano, Cuestiones y horizontes, Clasco, Buenos Aires, 2014, p. 820.
2 Ibíd., p. 288.
3 Luis Tapia, El estado de derecho como tiranía, Cides-Umsa, La Paz, 2011, p. 197.

 


 

“La toma del Estado termina por “pervertir al revolucionario más fiel”, Abdullah Öcalan*

 

Los tiempos densos e intensos, cuando la vida de las personas y de los pueblos está en juego, son como relámpagos que iluminan lo que ocultan las sombras de la noche. Las grandes calamidades colectivas ponen a prueba lo aprendido y empujan a innovar, como único camino posible para sortear el desastre. Se trata de puntos de quiebre en la historia, momentos de máxima tensión en los cuales podemos, además, conocer todo aquello que en los períodos de calma permanece sumergido en la grisura de la vida cotidiana.


Fernand Braudel escribió: “Mucho más significativo aún que las estructuras profundas de la vida son sus puntos de ruptura, su brusco y lento deterioro bajo el efecto de presiones contradictorias”1. Estaba convencido que el naufragio es el momento más importante, porque permite comprender las causas que hundieron el modelo construido, visualizar los errores en el diseño que sólo se pueden observar en esos momentos de viraje que denominamos crisis o tempestades. Tenemos el privilegio, doloroso por cierto, de estar viviendo la quiebra del tiempo lineal y progresivo, que nos permite abrirnos a otros tiempos, imprevisibles, inciertos pero seguramente fructíferos porque, para quienes anhelamos un mundo nuevo, no hay nada peor que los tiempos previsibles de la linealidad institucional burocrática.


Los pueblos y los seres humanos colocados en callejones sin aparente salida, a merced de situaciones que no controlan, deben aguzar el ingenio para fugar del campo alambrado, vigilado por guardias implacables. En esas tremendas circunstancias, su vida depende de que comprendan el tejido profundo de las opresiones, ya que en las circunstancias extremas los gestores del sistema dejan de lado los formalismos y los discursos prolijos, para mostrarlo como lo que realmente es: una maquinaria de exterminio. Los campos de la muerte ocupan, así, el lugar del ágora, y la mano amenazante se desentiende del discurso integrador que habla de ciudadanía. En suma, la opresión y los opresores se liberan de sus máscaras y todo lo que nos oprime empieza a brillar con su terrible color de muerte.


¿Acaso Gramsci no escribió los más agudos análisis de la época en la prisión donde lo tenían aislado los fascistas? Auguste Blanqui, el revolucionario socialista francés apodado “L’enfermé” (El encerrado) por las numerosas y extensas estadías en prisión, escribió en ellas algunas de sus más memorables obras. En ambos casos, las asombrosas visiones de los prisioneros nos alumbran hasta hoy, tanto por la clarividencia de los escritos como por la energía rebelde que se palpa en ellos.


El cuerpo encerrado y aislado de Abdullah Öcalan es una metáfora mayor de las vicisitudes que atraviesa el pueblo kurdo, sitiado entre guerras imperialistas y extremismos islámicos, desgajado entre estados-nación que le entorpecen ser pueblo. Sin embargo, Öcalan ha sido capaz de escribir una de las obras más luminosas que conocemos en este oscuro y complejo período de la historia. Tan luminosa como la notable resistencia de su pueblo, acorralado en las montañas turcas y en la estrecha franja del norte de Siria, donde además de resistir está creando un mundo nuevo, en medio de una guerra de exterminio librada por las principales potencias regionales y globales.


Este libro de Abdullah Öcalan, “Manifiesto por una civilización democrática. Tomo II”, lleva por subtítulo “La Civilización Capitalista. La era de los dioses sin máscaras y los reyes desnudos”. Sobre su particular metodología quisiera sugerir dos cuestiones. La primera es su empeño en contextualizar el objeto de análisis en una amplia perspectiva histórica, lo que lo lleva a realizar una vasta reconstrucción y un relato de larga duración sobre cada materia que aborda. De ese modo, el lector no tiene forma de perderse.


La segunda es que se nos brinda una visión del mundo centrada en Oriente Medio, el lugar donde el pueblo kurdo protagoniza su gesta histórica. Este aspecto me parece central. El lugar desde el que se emite un discurso, un análisis, desde donde se elabora una teoría, debe estar localizado en algún lugar, salvo para el pensamiento eurocéntrico que tiene vocación de convertir la visión propia en verdad universal. Una historia que parte de los pueblos que habitaron la Mesopotamia, no puede sino enriquecer la historia de todos los pueblos, ya que sus particularidades suman a lo universal, como ya nos alertó medio siglo atrás Aimé Cesáire, quien se negaba tanto a perderse por “segregación amurallada en lo particular” como a disolverse “en lo universal”. Su opción era por “un universal depositario de todo lo particular”, como finaliza su carta a Maurice Thorez en 1956 (2).


A renglón seguido, quisiera destacar cuatro aspectos del pensamiento de Öcalán presentes en este libro. El primero tiene que ver con la crítica al economicismo, omnipresente en el marxismo y en todas las tendencias del pensamiento crítico. Opone a quienes consideran “el nacimiento del capitalismo como resultado natural del desarrollo económico” (desde Marx a Lenin), una concepción que lo considera resultado del poder militar y político, y usurpador de valores sociales, entre los que destaca “la mujer-madre por el hombre-fuerte y el grupo de bandidos y ladrones que le acompañan” (p. 27).


El análisis es realmente profundo y esclarecedor. “En las guerras coloniales –escribe el prisionero de Imrali– donde se realizó la acumulación originaria, no hubo reglas económicas” (28). La violencia fue la fuerza motriz de la acumulación de capital, y sigue siéndolo. En este punto, como en otros decisivos, se apoya en el historiador Fernand Braudel, que en su opinión supera a Marx en cuanto a la comprensión de la sociedad capitalista.


Tiende puentes con las cosmovisiones de nuestros pueblos originarios de América Latina, al considerar que la “cultura del regalo” (para los latinoamericanos el “don”, de donar), impide la concentración de riquezas y funciona como modo de redistribución, afinado y refinado por los pueblos andinos quechua y aymara, en lo que Öcalan define como “la verdadera economía humana” (p. 30).

En contra del modo de pensar de quienes nos hemos formado en Marx, sostiene que buena parte de los análisis de los especialistas en economía son apenas narraciones mitológicas que sientan las bases de una nueva religión: “La economía política es la teoría más falsificadora y depredadora del intelecto ficcional, creada para encubrir el carácter especulativo del capitalismo” (32). ¡Qué refrescantes resultan estas reflexiones!


Coincide con Braudel en que el capitalismo es la negación del mercado por la regulación de precios de los monopolios, que impiden la concurrencia de los productores. Continuando con su caminar a contramano, rechaza que el triunfo del capitalismo haya tenido nada de revolucionario y, en este punto, coincide con el análisis de Immanuel Wallerstein cuando asegura que el capitalismo no ha sido un progreso frente a los demás sistemas históricos. Por eso sostiene que lo verdaderamente revolucionario no es cuando el trabajador lucha por sus derechos contra el patrón, sino que “se resista a ser proletario, que lucha contra el desempleo tanto como contra el status de trabajador porque esa lucha sería socialmente más significativa y ética” (36). Recupera así la tradición más radical y anticapitalista del pensamiento crítico, tan olvidada en nuestros días.


En contra del pensamiento común y de Marx, sostiene que la fuerza del mundo rural y de la economía rural fue lo que impidió que el capitalismo se convirtiera, durante el período greco-romano, en el sistema social dominante. Son coerciones extraeconómicas, unas desde arriba y desde afuera, las aves de rapiña con las que Braudel identifica a las fuerzas capitalistas; desde adentro y desde abajo las que se oponen a que los gavilanes (“el hombre fuerte y astuto”, una frase que bien podría haber utilizado Pierre Clastres) se apropien del gallinero.


En segundo lugar, el libro destruye uno tras otro preconceptos falsos, como aquel que identifica al capitalismo con la producción o el crecimiento, siendo que el capitalista sólo se especializa en hacer buen uso de la fuerza del dinero (p. 62). Se trata de un monopolio de poder que se impone desde fuera a la economía, como sostiene en un capítulo fundamental titulado “El capitalismo es poder, no economía”. Usan la economía, pero son otra cosa, concentración de fuerza, armada y no armada, capaz de confiscar la plusvalía, los excedentes que produce la sociedad.


La crítica a El Capital de Marx es demoledora, pero sobre todo es muy valiente, muestra el tipo de valor de un pueblo/prisionero que sólo tienen sus cadenas para perder, porque ya perdieron la libertad y la muerte les pisa los talones. En esa situación extrema, casi al borde del abismo, Öcalan nos brinda una estupenda crítica del modernismo capitalista que atraviesa la principal obra del socialismo científico. “El Capital funciona como un nuevo tótem que ya no es útil para los trabajadores”. Y relaciona esa conclusión, “al error de intentar delimitar al terreno de la economía, cuando el capitalismo no es economía, y a considerar económicos aspectos básicos que no lo son” (99).


La obra de Marx es tributaria, según Öcalan, de “una ofuscación mental ´ilustrada´”, de cuño positivista y economicista, visión del mundo a la que responsabiliza por el fracaso de siglo y medio de luchas por la libertad y por una sociedad democrática.


Destaca la urgencia de estudiar las formas de Estado, sobre todo el Estado-nación, sin hacerse la más mínima ilusión sobre esta institución a la que define como “un monopolio en base al excedente y a la plusvalía sustraída a la sociedad a través de un sistema monopolista” (106). Este Estado-nación es, en tercer lugar, la forma de poder propia de la civilización capitalista. Y, véase, que dice “civilización”, y no capitalismo a secas, porque es algo integral, que funciona como “un río principal” que bebe en las primeras formaciones sumeria y egipcia, llega a la madurez en el mundo grecorromano, el cristianismo y el islam; “mientras que la civilización europea sería una época de descomposición y caos” (143).


En una mirada muy profunda sobre las sociedades, sostiene que la llamada lucha de clases no es el motor de la historia, sino que los conflictos verdaderos suceden entre conjuntos sociales, a los que denomina “la sociedad estatal y las sociedades democráticas”. En su profunda vocación anti-estatista, rechaza el concepto de hegemonía como instrumento analítico y propuesta de quienes pretenden cambiar el mundo. “La hegemonía significa poder y el poder no puede materializarse sin dominio, que no puede existir sin el uso de la fuerza” (144).


No obstante, no confunde Estado con poder. Sostiene que el poder es una tradición, la más antigua, que tiene especial tendencia a la concentración. El Estado, por su parte, es algo más concreto pero de mayor duración, que “se formó en base a un sistema jerárquico sobre la domesticación de la mujer, con la servidumbre y la esclavitud”. “El poder contiene al Estado pero es mucho más que el Estado”, escribe Öcalan.


Pero la toma de ese Estado termina por “pervertir al revolucionario más fiel” (174). Concluye asegurando que “ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”, lo cual es algo estructural, por decirlo de algún modo, que no depende de que Stalin o cualquier otro sean mejores o peores personas, como nos quieren hacer creer los reformistas y hasta los revolucionarios estatistas.


Por último, Öcalan sostiene que el capitalismo lleva a la crisis total de la civilización (171). Este punto me parece central. Hablar de crisis de civilización, de la civilización moderna occidental capitalista es, por un lado, mucho más fuerte y abarcativo que mentar la crisis de la economía o del capitalismo para adentrarnos en el fin de algo que las incluye y supera a la vez. Por otro, nos permite visualizar la profundidad de los cambios en curso. Una civilización entra en crisis cuando ya no tiene los recursos (materiales y simbólicos) para resolver los problemas que ella misma ha creado. Por eso estamos en el umbral de un mundo nuevo.


Sólo resta decir que sería necesario que los militantes de todo el mundo se familiaricen con la obra de Abdullah Öcalan y con la resistencia del pueblo kurdo. Es una de las tareas más urgentes ya que, junto a los zapatistas de Chiapas, encarnan lo mejor de la acción emancipatoria y del pensamiento crítico de este período. Dejarnos iluminar por su sabiduría no puede sino enriquecer nuestras luchas.

 

* Prólogo escrito por Raúl Zibechi al libro, “Manifiesto por una civilización democrática. Tomo II”, y que lleva por subtítulo “La Civilización Capitalista. La era de los dioses sin máscaras y los reyes desnudos”. Publicado en el 2017
1 Escritos sobre Historia, FCE. México, 1991, p. 64.
2 En Discurso sobre el colonialismo, Akal, 2006, p. 84.

 

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Publicado enColombia
Joe Fenton. Ilustraciones monocromáticas en estado puro

Claramente en contra del sentimiento de Marx, que aborrecía a los Estados y aspiraba –quizá ingenuamente– a su extinción, la mayoría absoluta de sus herederos de facto, instalaron esa institución en el centro de sus sueños emancipatorios. De forma acrítica, la política de izquierda centrada en los Estados ignora que nunca han sido palancas para la transformación de las sociedades. Peor aún, las rebeldías se estrellaron una y otra vez contra sus muros, y el poder estatal consiguió, como señala Abdullah Öcalan, “pervertir al revolucionario más fiel”.

El dirigente kurdo, encarcelado y aislado por el Estado turco, hace balance de las luchas revolucionarias en el tiempo largo: “Ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”. Es posible que muchas personas no se sientan sorprendidas por dicho aserto, pero debemos recordar que sigue siendo habitual considerar al Estado como el centro neurálgico de la emancipación.

Lo más curioso es que atravesamos una crisis civilizatoria, además de la crisis sistémica y ambiental evidentes, pero aún así se continúa confiando en el Estado, a pesar de formar parte de esas crisis. Me viene la imagen del Titanic. Cuando está naufragando, cuando ya es imposible evitar que se precipite hasta el fondo del mar, ¿qué sentido tiene ponerse a debatir cuál sería el mejor capitán para sustituir al responsable del desastre? La nave se escora peligrosamente y, sin embargo, la orquesta sigue haciendo sonar sus instrumentos, y lo que es peor, buena parte de la audiencia continúa escuchándola en vez de correr hacia los botes salvavidas.

¿Esperan algo extranatural? La verdad es que la inercia es una fuerza tan potente como demoledora, porque nos lleva a repetir la misma acción, una y otra vez, aunque nos haya llevado al fracaso en todas las ocasiones. ¿Por qué razón habríamos de tener éxito con recetas que ya probaron su invalidez?

Quiero abordar en las líneas que siguen, que la acción política estadocéntrica no conduce a ningún resultado positivo, desde tres miradas: la de la colonialidad del poder inspirada por Aníbal Quijano; la de los fracasos históricos; y el problema que representa la debilidad de una cultura política alternativa.
¿Refundar los Estados-nación?

En sus trabajos sobre la colonialidad del poder, Aníbal Quijano nos alerta que los Estados latinoamericanos fueron creados de modo muy diferente a los europeos. Mientras aquellos fueron, en la mayoría de los países, formados luego de la democratización relativa de las estructuras de poder, en este continente fueron una imposición sobre una sociedad cuyas mayorías sufrían opresión colonial: “El proceso de independencia de los Estados en América Latina sin la descolonización de la sociedad no pudo ser, no fue, un proceso hacia el desarrollo de Estados-nación modernos, sino una rearticulación de la colonialidad del poder sobre nuevas bases institucionales”1.

De ese modo, los nuevos Estados sirvieron a las minorías blancas propietarias de la tierra y la riqueza, en una relación social de carácter neocolonial que se impone sobre y contra las mayorías. Esta es la malformación congénita de los Estados latinoamericanos, que en el actual período de extractivismo/acumulación por despojo resulta cada vez más evidente.

Pero Quijano nos ofrece algunas pistas adicionales sobre el papel del Estado-nación en el pensamiento crítico, sin olvidar que se trata de una institución creada por el capitalismo y que juega un papel determinante en este sistema. “El lugar del capitalismo mundial fue ocupado por el Estado-nación y las relaciones entre Estados-nación, no sólo como unidad de análisis sino como el único enfoque válido de conocimiento sobre el capitalismo; no sólo en el liberalismo sino también en el llamado materialismo histórico, la más difundida y la más eurocéntrica de las vertientes derivadas de la heterogénea herencia de Marx”2.

En este punto, y a riesgo de ser un tanto tajante, creo que la herencia eurocéntrica ha llevado al pensamiento crítico a colocar al Estado-nación en el foco del análisis y de las soluciones a los problemas; por el contrario, los pueblos originarios y negros siguen apostando (incluso sorteando el control de sus dirigentes) por las comunidades y palenques como imaginario emancipatorio central.

Por lo anterior, debemos concluir que el Estado realmente existente es una pieza neocolonial, funcional a la acumulación por despojo, al modelo extractivo, a las locomotoras minero-energéticas y las grandes obras de infraestructura. Lo que resulta curioso es que exista toda una corriente política que, reconociendo la matriz colonial de nuestros Estados, apuesta a su “refundación”, como si fuera una herramienta que tanto vale para una cosa como para la contraria.

Creo que las experiencias reales y concretas de refundación han fracasado. No alcanza con poner una bandera o un nombre a una institución para que se modifiquen sus prácticas. Colocar el nombre “plurinacional” al lado de Estado, o izar la bandera histórica quechua llamada whipala al lado de la nacional, son gestos positivos e importantes, pero están muy lejos de modificar la institucionalidad.
Una historia de fracasos

A los fracasos de las revoluciones (rusa, china, vietnamita, y un largo etcétera), se suman las derrotas en los intentos de cambiar la realidad por parte de los progresismos y las izquierdas electorales.

Sobre lo sucedido con las revoluciones, sería necesario un análisis de largo aliento para explicar cómo desde el poder estatal no se ha hecho más que reproducir las jerarquías heredadas y crear otras nuevas. El control del aparato estatal ha permitido a quienes gestionan esa maquinaria, tomar decisiones y ocupar un lugar que les permite reproducirse como capa social, hasta convertirse con el paso del tiempo en una nueva clase social nacida en el seno del Estado.

Los detallados y completos trabajos de Charles Bettelheim (“Las luchas de clases en la URSS”), entre muchos otros estudios, echan luz sobre las condiciones para el nacimiento de una burguesía (o una nueva clase dominante) luego del triunfo de la revolución. Los partidarios de Mao Zedong, y el propio fundador de la China socialista, dedicaron estudios para explicar cómo en el seno del Partido/Estado fue surgiendo una camada con intereses propios separados de los obreros y campesinos. Sector que muy pronto se hizo con el poder absoluto, hasta el día de hoy, aunque se proclamen marxistas y comunistas.

En su trabajo “El estado de derecho como tiranía”, el boliviano Luis Tapia, focalizado en el análisis de la “refundación” del Estado a través de la plurinacionalidad, sostiene que la nueva Constitución reconoce formas de autogobierno a nivel municipal y autonomías indígenas locales, pero “reserva para la organización del poder ejecutivo y el resto del Estado los principios del derecho positivo moderno, sobre todo en sus versiones liberales”3.

En los hechos, la reconstrucción del Estado-nación a través de la “representación monopólica del pueblo” por un partido, el MAS, fue acotando y ahogando la posibilidad de que despegara el proyecto constitucional del Estado Plurinacional. Al controlar a la sociedad civil, se impide el despliegue de la acción colectiva autónoma, que es precisamente lo que busca cualquier Estado que pretende reproducirse separado y por encima del cuerpo social.
No se trata sólo de resistir

Uno de los grandes escollos que enfrenta la lucha emancipatoria, consiste en la debilidad e incluso inexistencia, de un imaginario anticapitalista radical y de una cultura política anti-estatista o no estadocéntrica. A mi modo de ver, esto se relaciona con la potencia del imaginario estatal en las izquierdas y en el pensamiento crítico, pero también con la colonización de nuestros imaginarios por la lógica eurocéntrica que nos lleva a pensar en términos de naciones: se piensa en hacer la revolución en Colombia o en Ecuador o en Argentina, y todo lo que no incluya a un país entero, con sus artificiales fronteras heredadas de la Colonia, suele invalidarse.

Semejante forma de razonar la he escuchado cuando se menciona la experiencia mapuche o zapatista, incluso de los pueblos originarios del Cauca, ya que se les reclaman “soluciones” o propuestas para todo un país.

Es evidente que cuando se imaginan cambios a esa escala, no puede haber otra alternativa que depositar las esperanzas en el gobierno de la nación. Por más que se haya demostrado hasta el cansancio el fracaso de tales opciones.

Pero hay una segunda cuestión que se relaciona con las herencias coloniales y patriarcales. Resulta muy difícil imaginar que los palenques o las comunidades puedan ser el centro de una política anti-capitalista. Espacios por ahora minoritarios (pero ya no marginales), donde prácticas como el trueque y los trabajos comunitarios (minga o tequio) modelan la vida cotidiana y donde nacen, o pueden nacer, formas de hacer política no caudillistas ni patriarcales que, lejos de reproducir el sistema, le ponen palos en la rueda.

***

Para terminar, un dato que puede convencer a los más fervorosos partidarios del Estado: éste ha sido copado por el 1 por ciento más rico. Se lo apropiaron como el mejor camino para blindar sus privilegios, de modo que las principales instituciones (como la justicia y las fuerzas armadas), les obedecen porque ataron su futuro al de los privilegiados. Pero este es otro debate, urgente y dramático.

 

1 Aníbal Quijano, Cuestiones y horizontes, Clasco, Buenos Aires, 2014, p. 820.
2 Ibíd., p. 288.
3 Luis Tapia, El estado de derecho como tiranía, Cides-Umsa, La Paz, 2011, p. 197.

 


 

“La toma del Estado termina por “pervertir al revolucionario más fiel”, Abdullah Öcalan*

 

Los tiempos densos e intensos, cuando la vida de las personas y de los pueblos está en juego, son como relámpagos que iluminan lo que ocultan las sombras de la noche. Las grandes calamidades colectivas ponen a prueba lo aprendido y empujan a innovar, como único camino posible para sortear el desastre. Se trata de puntos de quiebre en la historia, momentos de máxima tensión en los cuales podemos, además, conocer todo aquello que en los períodos de calma permanece sumergido en la grisura de la vida cotidiana.


Fernand Braudel escribió: “Mucho más significativo aún que las estructuras profundas de la vida son sus puntos de ruptura, su brusco y lento deterioro bajo el efecto de presiones contradictorias”1. Estaba convencido que el naufragio es el momento más importante, porque permite comprender las causas que hundieron el modelo construido, visualizar los errores en el diseño que sólo se pueden observar en esos momentos de viraje que denominamos crisis o tempestades. Tenemos el privilegio, doloroso por cierto, de estar viviendo la quiebra del tiempo lineal y progresivo, que nos permite abrirnos a otros tiempos, imprevisibles, inciertos pero seguramente fructíferos porque, para quienes anhelamos un mundo nuevo, no hay nada peor que los tiempos previsibles de la linealidad institucional burocrática.


Los pueblos y los seres humanos colocados en callejones sin aparente salida, a merced de situaciones que no controlan, deben aguzar el ingenio para fugar del campo alambrado, vigilado por guardias implacables. En esas tremendas circunstancias, su vida depende de que comprendan el tejido profundo de las opresiones, ya que en las circunstancias extremas los gestores del sistema dejan de lado los formalismos y los discursos prolijos, para mostrarlo como lo que realmente es: una maquinaria de exterminio. Los campos de la muerte ocupan, así, el lugar del ágora, y la mano amenazante se desentiende del discurso integrador que habla de ciudadanía. En suma, la opresión y los opresores se liberan de sus máscaras y todo lo que nos oprime empieza a brillar con su terrible color de muerte.


¿Acaso Gramsci no escribió los más agudos análisis de la época en la prisión donde lo tenían aislado los fascistas? Auguste Blanqui, el revolucionario socialista francés apodado “L’enfermé” (El encerrado) por las numerosas y extensas estadías en prisión, escribió en ellas algunas de sus más memorables obras. En ambos casos, las asombrosas visiones de los prisioneros nos alumbran hasta hoy, tanto por la clarividencia de los escritos como por la energía rebelde que se palpa en ellos.


El cuerpo encerrado y aislado de Abdullah Öcalan es una metáfora mayor de las vicisitudes que atraviesa el pueblo kurdo, sitiado entre guerras imperialistas y extremismos islámicos, desgajado entre estados-nación que le entorpecen ser pueblo. Sin embargo, Öcalan ha sido capaz de escribir una de las obras más luminosas que conocemos en este oscuro y complejo período de la historia. Tan luminosa como la notable resistencia de su pueblo, acorralado en las montañas turcas y en la estrecha franja del norte de Siria, donde además de resistir está creando un mundo nuevo, en medio de una guerra de exterminio librada por las principales potencias regionales y globales.


Este libro de Abdullah Öcalan, “Manifiesto por una civilización democrática. Tomo II”, lleva por subtítulo “La Civilización Capitalista. La era de los dioses sin máscaras y los reyes desnudos”. Sobre su particular metodología quisiera sugerir dos cuestiones. La primera es su empeño en contextualizar el objeto de análisis en una amplia perspectiva histórica, lo que lo lleva a realizar una vasta reconstrucción y un relato de larga duración sobre cada materia que aborda. De ese modo, el lector no tiene forma de perderse.


La segunda es que se nos brinda una visión del mundo centrada en Oriente Medio, el lugar donde el pueblo kurdo protagoniza su gesta histórica. Este aspecto me parece central. El lugar desde el que se emite un discurso, un análisis, desde donde se elabora una teoría, debe estar localizado en algún lugar, salvo para el pensamiento eurocéntrico que tiene vocación de convertir la visión propia en verdad universal. Una historia que parte de los pueblos que habitaron la Mesopotamia, no puede sino enriquecer la historia de todos los pueblos, ya que sus particularidades suman a lo universal, como ya nos alertó medio siglo atrás Aimé Cesáire, quien se negaba tanto a perderse por “segregación amurallada en lo particular” como a disolverse “en lo universal”. Su opción era por “un universal depositario de todo lo particular”, como finaliza su carta a Maurice Thorez en 1956 (2).


A renglón seguido, quisiera destacar cuatro aspectos del pensamiento de Öcalán presentes en este libro. El primero tiene que ver con la crítica al economicismo, omnipresente en el marxismo y en todas las tendencias del pensamiento crítico. Opone a quienes consideran “el nacimiento del capitalismo como resultado natural del desarrollo económico” (desde Marx a Lenin), una concepción que lo considera resultado del poder militar y político, y usurpador de valores sociales, entre los que destaca “la mujer-madre por el hombre-fuerte y el grupo de bandidos y ladrones que le acompañan” (p. 27).


El análisis es realmente profundo y esclarecedor. “En las guerras coloniales –escribe el prisionero de Imrali– donde se realizó la acumulación originaria, no hubo reglas económicas” (28). La violencia fue la fuerza motriz de la acumulación de capital, y sigue siéndolo. En este punto, como en otros decisivos, se apoya en el historiador Fernand Braudel, que en su opinión supera a Marx en cuanto a la comprensión de la sociedad capitalista.


Tiende puentes con las cosmovisiones de nuestros pueblos originarios de América Latina, al considerar que la “cultura del regalo” (para los latinoamericanos el “don”, de donar), impide la concentración de riquezas y funciona como modo de redistribución, afinado y refinado por los pueblos andinos quechua y aymara, en lo que Öcalan define como “la verdadera economía humana” (p. 30).

En contra del modo de pensar de quienes nos hemos formado en Marx, sostiene que buena parte de los análisis de los especialistas en economía son apenas narraciones mitológicas que sientan las bases de una nueva religión: “La economía política es la teoría más falsificadora y depredadora del intelecto ficcional, creada para encubrir el carácter especulativo del capitalismo” (32). ¡Qué refrescantes resultan estas reflexiones!


Coincide con Braudel en que el capitalismo es la negación del mercado por la regulación de precios de los monopolios, que impiden la concurrencia de los productores. Continuando con su caminar a contramano, rechaza que el triunfo del capitalismo haya tenido nada de revolucionario y, en este punto, coincide con el análisis de Immanuel Wallerstein cuando asegura que el capitalismo no ha sido un progreso frente a los demás sistemas históricos. Por eso sostiene que lo verdaderamente revolucionario no es cuando el trabajador lucha por sus derechos contra el patrón, sino que “se resista a ser proletario, que lucha contra el desempleo tanto como contra el status de trabajador porque esa lucha sería socialmente más significativa y ética” (36). Recupera así la tradición más radical y anticapitalista del pensamiento crítico, tan olvidada en nuestros días.


En contra del pensamiento común y de Marx, sostiene que la fuerza del mundo rural y de la economía rural fue lo que impidió que el capitalismo se convirtiera, durante el período greco-romano, en el sistema social dominante. Son coerciones extraeconómicas, unas desde arriba y desde afuera, las aves de rapiña con las que Braudel identifica a las fuerzas capitalistas; desde adentro y desde abajo las que se oponen a que los gavilanes (“el hombre fuerte y astuto”, una frase que bien podría haber utilizado Pierre Clastres) se apropien del gallinero.


En segundo lugar, el libro destruye uno tras otro preconceptos falsos, como aquel que identifica al capitalismo con la producción o el crecimiento, siendo que el capitalista sólo se especializa en hacer buen uso de la fuerza del dinero (p. 62). Se trata de un monopolio de poder que se impone desde fuera a la economía, como sostiene en un capítulo fundamental titulado “El capitalismo es poder, no economía”. Usan la economía, pero son otra cosa, concentración de fuerza, armada y no armada, capaz de confiscar la plusvalía, los excedentes que produce la sociedad.


La crítica a El Capital de Marx es demoledora, pero sobre todo es muy valiente, muestra el tipo de valor de un pueblo/prisionero que sólo tienen sus cadenas para perder, porque ya perdieron la libertad y la muerte les pisa los talones. En esa situación extrema, casi al borde del abismo, Öcalan nos brinda una estupenda crítica del modernismo capitalista que atraviesa la principal obra del socialismo científico. “El Capital funciona como un nuevo tótem que ya no es útil para los trabajadores”. Y relaciona esa conclusión, “al error de intentar delimitar al terreno de la economía, cuando el capitalismo no es economía, y a considerar económicos aspectos básicos que no lo son” (99).


La obra de Marx es tributaria, según Öcalan, de “una ofuscación mental ´ilustrada´”, de cuño positivista y economicista, visión del mundo a la que responsabiliza por el fracaso de siglo y medio de luchas por la libertad y por una sociedad democrática.


Destaca la urgencia de estudiar las formas de Estado, sobre todo el Estado-nación, sin hacerse la más mínima ilusión sobre esta institución a la que define como “un monopolio en base al excedente y a la plusvalía sustraída a la sociedad a través de un sistema monopolista” (106). Este Estado-nación es, en tercer lugar, la forma de poder propia de la civilización capitalista. Y, véase, que dice “civilización”, y no capitalismo a secas, porque es algo integral, que funciona como “un río principal” que bebe en las primeras formaciones sumeria y egipcia, llega a la madurez en el mundo grecorromano, el cristianismo y el islam; “mientras que la civilización europea sería una época de descomposición y caos” (143).


En una mirada muy profunda sobre las sociedades, sostiene que la llamada lucha de clases no es el motor de la historia, sino que los conflictos verdaderos suceden entre conjuntos sociales, a los que denomina “la sociedad estatal y las sociedades democráticas”. En su profunda vocación anti-estatista, rechaza el concepto de hegemonía como instrumento analítico y propuesta de quienes pretenden cambiar el mundo. “La hegemonía significa poder y el poder no puede materializarse sin dominio, que no puede existir sin el uso de la fuerza” (144).


No obstante, no confunde Estado con poder. Sostiene que el poder es una tradición, la más antigua, que tiene especial tendencia a la concentración. El Estado, por su parte, es algo más concreto pero de mayor duración, que “se formó en base a un sistema jerárquico sobre la domesticación de la mujer, con la servidumbre y la esclavitud”. “El poder contiene al Estado pero es mucho más que el Estado”, escribe Öcalan.


Pero la toma de ese Estado termina por “pervertir al revolucionario más fiel” (174). Concluye asegurando que “ciento cincuenta años de heroica lucha se asfixiaron y volatilizaron en el torbellino del poder”, lo cual es algo estructural, por decirlo de algún modo, que no depende de que Stalin o cualquier otro sean mejores o peores personas, como nos quieren hacer creer los reformistas y hasta los revolucionarios estatistas.


Por último, Öcalan sostiene que el capitalismo lleva a la crisis total de la civilización (171). Este punto me parece central. Hablar de crisis de civilización, de la civilización moderna occidental capitalista es, por un lado, mucho más fuerte y abarcativo que mentar la crisis de la economía o del capitalismo para adentrarnos en el fin de algo que las incluye y supera a la vez. Por otro, nos permite visualizar la profundidad de los cambios en curso. Una civilización entra en crisis cuando ya no tiene los recursos (materiales y simbólicos) para resolver los problemas que ella misma ha creado. Por eso estamos en el umbral de un mundo nuevo.


Sólo resta decir que sería necesario que los militantes de todo el mundo se familiaricen con la obra de Abdullah Öcalan y con la resistencia del pueblo kurdo. Es una de las tareas más urgentes ya que, junto a los zapatistas de Chiapas, encarnan lo mejor de la acción emancipatoria y del pensamiento crítico de este período. Dejarnos iluminar por su sabiduría no puede sino enriquecer nuestras luchas.

 

* Prólogo escrito por Raúl Zibechi al libro, “Manifiesto por una civilización democrática. Tomo II”, y que lleva por subtítulo “La Civilización Capitalista. La era de los dioses sin máscaras y los reyes desnudos”. Publicado en el 2017
1 Escritos sobre Historia, FCE. México, 1991, p. 64.
2 En Discurso sobre el colonialismo, Akal, 2006, p. 84.

 

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Publicado enEdición Nº287
Chile: malos tiempos para la ética política

En Chile la ilusión de estar viviendo un proceso constituyente radical, de transformación democrática se desvanece. Las macroelecciones dejan un resultado poco esperanzador. Dentro de un mes, el posible triunfo de la extrema derecha pinochetista es un mal presagio. Pero no podemos dejar pasar el nuevo mapa que se dibuja tras las elecciones parlamentarias. La derecha controla ambas cámaras. El pacto de transición (1988-90), entre las fuerzas armadas y los representantes políticos que le dieron vida, llega a su fin. El parlamento, ya en crisis, tiene nuevos actores y hay que reinventar alianzas y pactos. Si hablamos de la derecha, la coalición hegemónica Chile Podemos Más cohabitará con una derecha neofascista, cuya presencia ha dejado de ser marginal. Se trata del Frente Social Cristiano, encarnado en la figura de José Antonio Kast, y formado por el Partido Republicano y el Partido Conservador Cristiano. En este contexto, UDI, RN y Evópoli, con 59 diputados, seguirán siendo la principal fuerza parlamentaria, pero deberán pactar a su derecha con el Frente Social Cristiano. Sus 15 diputados serán necesarios para articular mayorías. El chantaje será el arma política para mantener atada en corto a la derecha que negoció la transición, y según Katz abandonó sus postulados para plegarse a los designios de la izquierda marxista. Asistiremos, con seguridad, a un discurso más beligerante y anticomunista. Pero no ha sido este el único desprendimiento en la derecha, el Partido por la Gente, con seis diputados, creado ad hoc y legalizado en julio de 2021, inaugura su andadura. Para ello candidateó a Franco Parisi, economista conocido por sus programas de radio y televisión, adulador de la economía de mercado, quien ha fijado su residencia en Estados Unidos, sin participar en los debates. Cuesta creer que 891 mil 566 chilenos le otorgasen su voto, convirtiendo a Parisi en el tercer candidato más votado, por delante de Sebastián Sichel, de Chile Vamos. Sus motivos para "pedir asilo", según sus declaraciones, se deben al proceso judicial que le condena a pagar una millonaria deuda de pensión alimentaria a sus hijos.

Por el otro lado, los partidos que han configurado la Concertación, hoy Nuevo Pacto Social, acaban haciendo aguas. Aunque se mantiene la alianza entre socialistas, democratacristianos, Partido Radical y Partido por la Democracia, sus resultados no han sido mejores que Apruebo Dignidad, donde se agrupan el Frente Amplio, el Partido Comunista, Comunes y Verdes. Ambas coaliciones han obtenido igual número de escaños: 37. La novedad es la juventud de sus diputados. La vieja generación de líderes y dirigentes ha sido desbancada, lo cual supone un cambio que acabará repercutiendo en los discursos, los comportamientos y actitudes a la hora de enfrentar los pactos, lo cual no necesariamente debe traducirse en un ideario más a la izquierda, anticapitalista y contra el neoliberalismo.

Así, en segunda vuelta, a pesar de en­tender que el triunfo de Kast, el 19 de diciembre, sería la confirmación de la peor de las opciones posibles, el probable triunfo de Gabriel Boric, dejaría un presidente debilitado. La derecha, con mayoría en ambas cámaras, podrá desarrollar una política de cortapisa, retrotrayendo el país a los años más oscuros del pinochetismo político y, de paso, convertirse en un dique a la Convención Constituyente, aislando a sus convencionales situados a la izquierda y decididos a cambiar el modelo. En esta tarea contaría con la colaboración de una parte importante de los independientes, socialdemócratas y democristianos de los partidos que firmaron el 15 de noviembre de 2019 el pacto de la traición.

Si dentro de un mes, votar a Gabriel Boric se piensa como freno a José Antonio Kast, sus opciones están en buscar alianzas con la socialdemocracia y la democracia cristiana, en otros términos, con la vieja Concertación, y atraerse los votos del progresista Marco Enrique Ominami (7.61 por ciento) y de Unión Patriótica, Eduardo Artés (1.47), secretario general del Partido Comunista Chileno (Acción Proletaria). Sin olvidar la necesidad de movilización social. Los índices de abstención se elevan a 52 por ciento. De los 15 millones 30 mil 973 ciudadanos con derecho a voto, lo ejercieron 7 millones 93 mil 303. En pocas palabras, uno de cada dos chilenos se abstuvo. La despolitización, la corrupción, el descrédito de los partidos, la pérdida de confianza en las instituciones públicas, la falta de una opción ilusionante en la izquierda, un proyecto real, por encima de discursos grandilocuentes, genera desafección y desinterés. Ahí está otro triunfo cultural del neoliberalismo chileno, relegar la política a un espacio emocional de marketing electoral, desligándola de su sentido ético de construcción de dignidad y ciudadanía plena.

En definitiva, la disyuntiva en Gabriel Boric y Jose Antonio Kast pierde relevancia si entra en la ecuación la nueva composición parlamentaria, sin por ello restarle importancia. No son lo mismo. Pero la realidad es tozuda. Boric, si quiere recuperar terreno, deberá buscar la confianza de los sectores medios, los empresarios, las trasnacionales y los organismos internacionales, lo cual le conduce a posicionarse en favor de la economía de mercado, los tratados de libre comercio y suavizar su rechazo al neoliberalismo. Entre la espada y la pared, si triunfa, su gobierno dará tumbos entre el desencanto y la frustración. José Antonio Kast es el candidato de la derecha, todas las derechas, y harán lo posible para suavizar el discurso xenófobo, racista y violento, maquillando sus declaraciones. Si lo consiguen, tendrán mucho ganado. El Chile real dista mucho de aquel imaginado hace apenas un año con el proceso constituyente. La tendencia es a reconstituir el proceso neoliberal bajo nuevas formas y para ello, da lo mismo ocho que 80.

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Perú: la justicia electoral confirmó el triunfo de Pedro Castillo

Asumirá el 28 de julio, pese a las maniobras dilatorias del fujimorismo

Por sus falsas denuncias de fraude electoral buscando anular mesas de votación en las zonas rurales donde Castillo ganó con amplitud, la fiscalía le ha iniciado a Fujimori una investigación por presuntos delitos contra el derecho al sufragio y falsa declaración.

a justicia electoral terminó de revisar y rechazó, por falta de sustento, todos los reclamos de la derechista Keiko Fujimori para anular votos del profesor Pedro Castillo, con lo que pretendía arrebatarle la victoria al candidato de la izquierda. De esta manera, después de una larga espera de más de un mes, quedó confirmado que el maestro rural y sindicalista que viene de una las zonas andinas más pobres del país será proclamado en esto días como presidente electo. Asumirá el cargo el 28 de julio. La derecha ha respondido con violencia en las calles y con una última maniobra para demorar la proclamación de Castillo, pero que no podrá impedirla.

Rechazadas todas sus demandas, el viernes los abogados fujimoristas presentaron nuevas apelaciones sobre un grupo de actas, alegando esta vez supuestos errores de conteo. El número total de votos de esas actas apeladas es significativamente menor a la ventaja de más de 44 mil votos que Castillo le sacó a Fujimori, con lo que cualquiera sea el destino de esas apelaciones, que los expertos estiman muy probablemente también sean rechazadas, no cambiará el resultado de las elecciones.

Por sus falsas denuncias de fraude electoral buscando anular mesas de votación en las zonas rurales donde Castillo ganó con amplitud, la fiscalía le ha iniciado a Fujimori una investigación por los presuntos delitos contra el derecho al sufragio y falsa declaración. Con todo consumado, la derecha aglutinada alrededor de la actual jefa del clan Fujimori juega ahora la carta de deslegitimar al próximo gobierno y boicotear su gestión. Si no pueden evitar que asuma como presidente, intentarán sacarlo del poder. Desde la victoria de Castillo la derecha ha venido promoviendo un golpe para anular las elecciones. Confirmada en la última instancia electoral la victoria de la izquierda, el fujimorismo y sus aliados han pasado de la violencia verbal a la violencia en las calles.

Esta semana, enfurecidos fujimoristas, armados con palos, intentaron llegar a Palacio de Gobierno, en el centro de Lima, gritando insultos contra el presidente Francisco Sagasti, repitiendo las acusaciones lanzadas por Keiko contra el jefe de Estado acusándolo de haber tomado partido por Castillo. Las evidencias, sin embargo, demuestran la neutralidad del gobierno. La turba fujimorista descargó su furia contra los negocios de las calles cercanas. Un fotógrafo del diario La República, uno de los pocos medios que no han respaldado las pretensiones de la derecha de desconocer el triunfo de Castillo, fue arrojado al piso y golpeado por varios sujetos. En su frustración y desbocada ira, los fujimoristas la emprendieron contra todos, incluyendo periodistas de medios que han venido apoyando el falso discurso del fraude. Una reportera de televisión y su camarógrafo fueron rodeados, insultados y amenazados. Otra reportera fue atacada por la espalda por una mujer, que le cubrió la cabeza con una bandera y comenzó a jalonearla. La turba rodeó el automóvil del ministro de Salud, Oscar Ugarte, que iba a una reunión del Consejo de Ministros, y comenzó a zarandearlo y golpearlo con palos. Lo mismo le ocurrió a la ministra de Vivienda, Solange Fernández. Pasaron unos quince minutos hasta que la policía disolvió a los agresores y los ministros pudieran reanudar la macha para llegar a Palacio de Gobierno.

El grupo que desató la violencia se hace llamar “La Resistencia” y desde hace años ha venido actuando como fuerza de choque del fujimorismo. Ahora se han rebautizado como “La Insurgencia”. En el pasado han atacado al fiscal que ha investigado a Keiko y la ha acusado por lavado de dinero y organización criminal, y a periodistas críticos del fujimorismo. A los de “La Resistencia” les gusta tomarse fotos haciendo el saludo nazi. En los actos de violencia de esta semana algunos llevaban chalecos con el lema fascista “Dios, Patria, Familia” escrito en la espalda.

Keiko Fujimori pretendió desmarcarse de la violencia desatada por sus seguidores con un tuit en el que rechazó esas acciones, pero su larga relación con ese grupo extremista es inocultable. Sus discursos llamando a sus seguidores a movilizarse contra un supuesto fraude electoral que es inexistente y para “enfrentar el comunismo” han creado las condiciones para el estallido de esta violencia. Otro personaje cercano a las cabezas de este grupo violento, el excandidato presidencial de ultraderecha Rafael López Aliaga, conocido como “Porky”, ahora aliado de Keiko, incentiva permanentemente la violencia. “Muerte a Castillo”, “muerte al comunismo”, “comunistas malditos lárguense de aquí”, son algunas de las amenazas que el fascista López Aliaga vocifera en cada manifestación pública en respaldo a Keiko.

Lo ocurrido esta semana es el mayor estallido de violencia desde las elecciones y la negativa de la derecha a aceptar su derrota y sus llamados contra la legalidad democrática, pero no el único. Anteriormente, los extremistas de “La Resistencia” atacaron con palos a un grupo de simpatizantes de Castillo que hacían una vigía pacífica frente al local del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) esperando la proclamación del presidente electo. Seguidores fujimoristas se han manifestado en repetidas ocasiones frente a los domicilios de los magistrados del JNE y del jefe de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), la encargada del conteo de votos, gritando amenazas si no favorecían los intereses fujimoristas. En las calles se han visto marchas con símbolos fascistas lanzando gritos de muerte contra todos los que no estén alineados con ellos. Son pequeñas, pero muy agresivas.

 En redes sociales abundan los mensajes racistas contra Castillo y sus electores, entre los que son mayoría los habitantes de las zonas rurales y sectores populares. “Lo que ha sucedido marca un quiebre. Respetamos las manifestaciones pacíficas, pero lo sucedido se pasa de la raya. No lo permitiremos”, señaló el presidente Sagasti, refiriéndose a los últimos actos de violencia.

De otro lado, este sábado miles volvieron a movilizarse pacíficamente por las calles de Lima y de otras ciudades en respaldo a Castillo. Exigen su pronta proclamación como presidente electo, que se había anunciado para esta semana, pero que últimas maniobras dilatorias ha retrasado unos días.     

17 de julio de 2021 

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Guillermo Lasso y el laberinto de las izquierdas ecuatorianas

Con Guillermo Lasso, un banquero cercano al Opus Dei, la derecha ecuatoriana llega al gobierno tras su victoria electoral del 11 de abril. La izquierda y la centroizquierda tienen una clara mayoría en la Asamblea Nacional, pero sus fuerzas se encuentran enfrentadas y lejos de poder construir un bloque común.

 

Las elecciones presidenciales de 2021 en Ecuador dieron el primer triunfo electoral a la derecha en más de dos décadas. Pese a que el de Lenín Moreno fue un gobierno escorado a la derecha, el hecho de que las fuerzas verdaderamente representativas de ese espectro ideológico –como el Movimiento Creando Oportunidades (CREO) y el Partido Social Cristiano (PSC)– hayan obtenido el triunfo electoral marca un hito en la política ecuatoriana y expresa un nuevo contexto histórico al que los espacios de izquierda y progresistas deben prestar atención.

En su tercer intento electoral, el banquero Guillermo Lasso logró imponerse por casi cinco puntos sobre el correísta Andrés Arauz. A pesar del escrutinio final, tanto los resultados presidenciales de primera vuelta como la composición de la Asamblea Nacional revelan que la configuración del tablero político es bastante más compleja que lo que indica la mera elección del binomio Lasso-Borrero. Esto da un peso significativo a las izquierdas en la oposición al futuro gobierno, de perfil neoliberal, tanto dentro como fuera de los juegos políticos partidarios.

Ecuador vive un contexto difícil: el aumento de la pobreza, el desempleo agudizado en medio de la crisis sanitaria y la muy deficiente gestión del gobierno saliente son las señas de este tiempo. Diversos informes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) ubican a Ecuador como uno de los países en América donde más aumentó la pobreza extrema en medio de la pandemia. 

Los principales actores partidarios de la izquierda son hoy el Movimiento Revolución Ciudadana, liderado por el ex-presidente Rafael Correa, y el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik, el brazo político de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie). Aunque ambos espacios sostienen coincidencias en su oposición al neoliberalismo, han sufrido históricos desencuentros que es necesario relevar para comprender la situación de la izquierda institucional ecuatoriana. Por fuera de ellos, sin embargo, también hay una importante vitalidad: la que otorgan los movimientos sociales. Estos serán, en el actual contexto, decisivos para el devenir de la izquierda. Su cercanía o no a estas dos organizaciones político-partidarias dependerá en buena medida de cómo se sigan decantando sus distancias o cercanías con el gobierno que hoy comienza sus funciones.

El triunfo de Moreno –como candidato del correísmo– en las elecciones presidenciales de 2017 por menos de tres puntos sobre Lasso supuso para la fuerza gobernante fundada por Rafael Correa la superación de una fase de declive. En aquel contexto, el triunfo dejaba en suspenso la necesaria autocrítica sobre el déficit de política en la gestión, en la medida en que su base de sustento se distanciaba cada vez más de organizaciones y movimientos sociales. Sin embargo, el triunfo fue de cortísimo aliento. Moreno optó por gobernar con un plan agresivamente neoliberal, acompañarse de actores empresariales, de la banca y las corporaciones mediáticas, y contar con el soporte de CREO y PSC en el Poder Legislativo, a la vez que generaba la implosión del movimiento político Alianza PAIS con el que había accedido a la Presidencia.

La primera expresión de oposición al gobierno de Moreno nacía de la fractura de su propia fuerza política. El bloque de legisladores de la Revolución Ciudadana (30 de 74 asambleístas electos) se mantuvo en la línea del plan de gobierno votado en 2017 y constituyó una pieza fundamental de configuración de discurso y acción política contra el ajuste: votó orgánica y sostenidamente contra las iniciativas legislativas de apoyo al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), e incluso por fuera de los medios tradicionales, no dejó de batallar y argumentar para fortalecer a la oposición al gobierno de Moreno. No es posible hablar de la vigencia y resistencia del correísmo sin su acción. Esta fuerza (sin personería jurídica) se desempeñó en condiciones de constante persecución y proscripción, toda vez que sus varios intentos de formación de movimientos políticos fueron bloqueados con argumentos poco sólidos desde el Consejo Nacional Electoral (CNE). En este marco, el bloque de legisladores de la Revolución Ciudadana ejerció oposición prácticamente en solitario hasta el último semestre de 2019.

El movimiento Pachakuitk ocupó, en cambio, un lugar diferente en la oposición a Moreno. Gracias a la dinámica de diálogo convocado por el gobierno y la coincidencia en el anticorreísmo, tanto la Conaie como Pachakutik se mantuvieron inicialmente cerca del gobierno. De hecho, una de las escenas inaugurales y altamente simbólicas de la ruptura entre Correa y Moreno sucedió cuando el presidente anunció en acto público que restituía el comodato del terreno de la sede de la Conaie, que Correa había suspendido en 2015, esta vez por 100 años. Correa calificó el anuncio como un desaire y un acto de deslealtad de Moreno, quien arrancaba un capítulo de diálogo con el movimiento indígena ecuatoriano. Integrantes de este movimiento ocuparían un cargo ministerial como la Secretaría del Agua y una consejería en una institución con altísima incidencia como el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS), órgano que nombra a las principales autoridades de control.

La gestación de la ruptura entre Pachakutik y el gobierno de Moreno llegaría a mediados de 2019 con la movilización nacional que tuvo su combustible definitivo en el decreto 883, que eliminaba el subsidio a los combustibles. Esta movilización, que fue masiva y diversa, fue reprimida ferozmente por el gobierno, con un saldo de 11 muertos, 1.340 heridos y 1.230 detenidos (75% de ellos liberados por no cumplir los requisitos legales para ser apresados). A los diversos informes que exhibieron la violencia y las arbitrariedades, se sumaron los del movimiento indígena, el bloque de la Revolución Ciudadana y la Comisión Especial para la Verdad y la Justicia, que reportaron judicializaciones, encarcelamientos ilegales, violaciones sexuales y exiliados.

En los diálogos televisados entre el gobierno nacional y los dirigentes indigenas quedó en evidencia su inconformidad por el incumplimiento de acuerdos en el marco del diálogo nacional, pero sobre todo quedó sentada la voluntad de defender no solamente sus intereses sino los de las grandes mayorías. Esto se pondría de manifiesto cuando el Parlamento Plurinacional de los Pueblos, así como diversas organizaciones y colectivos sociales, elaboraron un plan de gobierno alternativo para Ecuador con el nombre «Minga por la vida». Los gestos y acciones hacían pensar en la posibilidad de amplias confluencias entre el movimiento indígena y el correísmo. Sin embargo, precisamente el momento posterior a octubre se constituyó en el primer aviso de que, incluso en el marco de la profundización del ajuste y de la vocación autoritaria gubernamental, las tensiones, desconfianzas y falta de reconocimiento mutuo entre el movimiento indígena, el correísmo y otras expresiones de izquierda seguirían siendo más fuertes que las coincidencias. La configuración de un bloque unido parecía imposible.

Por su parte, la derecha mostró una unidad más sólida, no solo blindando al gobierno en su guion para tratar a movilizados como el «enemigo interno», sino incluso exacerbando el tratamiento racista e invocando a ejércitos patrióticos de defensa de la propiedad y «la ciudad». Tanto el PSC como CREO mostraron su rostro de derecha radical durante y después de las jornadas de movilización. La pandemia les permitió incluso recuperar y profundizar aún más las medidas contra las que el pueblo había salido a las calles y sufrido semejante represión, como la liberalización del precio de los combustibles, la legislación en favor de la clase empresarial y el pago anticipado de deuda (en contraste con el recorte a lo largo de su gestión en el sector de la salud). El desprecio por la vida quedaría además demostrado en la gestión de la crisis sanitaria, provocando un exceso de mortalidad tal que ubica a Ecuador como el segundo a escala mundial en este indicador.

En consonancia con las dinámicas del ciclo político, las elecciones presidenciales vieron llegar una histórica alianza de derechas que llevaba a Lasso como candidato a presidente. Pachakutik y la coalición correísta Unión por la Esperanza (UNES) se mostraban, por el contrario, distantes.

La selección del candidato de Pachakutik no estuvo exenta de tensiones. La decisión de que el candidato fuera finalmente Yaku Pérez no parecía consecuente con las dinámicas y liderazgos gestados en las movilizaciones de octubre. Entre ellos se destacaban dos actores: Leónidas Iza y Jaime Vargas. Ambos parecían capaces de representar los intereses populares y dar un giro al modelo de gobierno. De hecho, en las mediciones de intención de voto para la Presidencia de los primeros meses de 2020 los dos dirigentes se ubicaban casi a la par de Correa y Jaime Nebot (líder social cristiano). Los dirigentes del Movimiento Indígena y Campesino de Cotopaxi (MICC) y la Conaie denunciaron procesos poco democráticos en la designación de Pérez como candidato a la Presidencia. La dinámica del partido se imponía a la del movimiento. Según el criterio de un analista cercano a Pachakutik, se habría privilegiado el desempeño electoral en el territorio.

Las tensiones entre el movimiento y su brazo político fueron puestas entre paréntesis y el trabajo orgánico en el territorio quedó en evidencia con la histórica votación obtenida por Pérez en la primera vuelta (19,39%, el mejor resultado del partido en una elección presidencial), con apenas 32.000 votos menos que Lasso, y la obtención del segundo bloque en la Asamblea Nacional (26 legisladores). Su candidatura quedaba reforzada, además, por el apoyo de 80% de los votantes contra las actividades mineras en el páramo en el referéndum organizado en la ciudad de Cuenca.

El CNE tuvo un manejo poco prolijo tanto en la transmisión de resultados de conteo rápido el día de las elecciones como en el tratamiento de impugnaciones del resultado. Procuró un diálogo televisado entre Lasso y Pérez con el acompañamiento de la misión de observación de la Organización de Estados Americanos (OEA). En el debate, los dos candidatos coincidieron en su retórica anticorreísta y dejaron sentado que, por el bien de la democracia, llegaban a un acuerdo sobre las condiciones de revisión de actas. El acuerdo se rompió pocos días después, y la proclamación de resultados se hizo en medio de denuncias de fraude por parte del movimiento indígena y Pachakutik. 

El correísmo, articulado en UNES, vivió hasta último momento intentos de descalificación de su binomio. Con gran vocación de resistencia pero casi ninguna de ampliación hacia otros sectores, llegó con un candidato que, si bien era desconocido y no tenía mayor trayectoria política, procedía de la matriz de la Revolución Ciudadana. Andrés Arauz, un joven tecnócrata, llevó adelante una campaña afincada en la retórica de los años de gobierno anteriores y en la fuerza del líder. Los resultados de la primera vuelta dejaron ver a una fuerza electoral vigente, no solo por la ventaja de 13 puntos respecto al segundo, sino también por haber obtenido el primer bloque de legisladores (49 escaños). Pero para competir en la segunda vuelta, Arauz debía ampliar su base de apoyo y renovar su discurso.

En el balotaje, sin embargo, se recreó el distanciamiento con otras fuerzas políticas y el anticorreísmo se convirtió en la razón para que actores progresistas no se sumaran ni pidieran el voto por el binomio Arauz-Rabascall. UNES logró el apoyo de algunas organizaciones sociales, de dirigencias de nacionalidades amazónicas e incluso de Jaime Vargas, presidente de la Conaie. Sin embargo, este apoyo llegó en un momento de fuertes fricciones internas y no supuso, en estricto rigor, el apoyo de la organización.

Para la segunda vuelta, Pachakutik y la Conaie llamaron al «voto nulo ideológico» con la consigna «Ni Lasso, ni Nebot, ni Correa», tal como reza el cierre del plan de gobierno alternativo «Minga por la vida». El 11 de abril, 16% de la población votó por esta consigna. Se trata del porcentaje más abultado de voto nulo registrado en elecciones presidenciales de segunda vuelta. Un resultado que, según algunos análisis, habría favorecido el triunfo de Lasso.

Luego de los resultados finales, Arauz manifestó –como ya lo había hecho en varios momentos de la campaña previa a la segunda vuelta– la necesidad de construir una «nueva mayoría», un «bloque histórico» con el «progresismo, la plurinacionalidad, la socialdemocracia». Aludía no solamente a Pachakutik, sino también a Izquierda Democrática (ID), un partido de larga data que ocupó la Presidencia a finales de la década de 1980 y que reapareció en escena con un candidato outsider –el empresario Xavier Hervas–, un discurso con énfasis en la economía del emprendimiento y guiños a las demandas de derechos de las organizaciones de mujeres y de la comunidad LGBTI. Con 18 asambleístas, tras lograr el cuarto lugar en las presidenciales (16% de votación), ID se convirtió en un actor a tomar en cuenta, aunque sus propuestas y su discurso no dejan señales muy nítidas de que se trate de una fuerza con la cual la izquierda pueda sumar.

El discurso de cierre de Arauz contrastó fuertemente con el de Correa, quien expresó la necesidad de «dar gobernabilidad» al presidente entrante y, sobre todo, promovió un acuerdo (del que se empiezan a conocer detalles en estos días) con el bloque de derecha –CREO y PSC– para la elección de principales autoridades de la Asamblea Nacional. Además de la necesidad de darle salida a la crisis del país, se habría dejado sobre la mesa el pedido de conformación de una «comisión de la verdad» para revisar los procesos judiciales que han afectado a varios cuadros políticos de la Revolución Ciudadana. La decisión y conducción de tales acuerdos bajo el liderazgo del ex-presidente Correa dejaría entrever claramente un lugar de segundo orden del candidato y hasta ahora presidente del movimiento Arauz, así como de sus líneas de discurso respecto al comienzo de la reconstrucción del poder popular, la autocrítica o la renovación de la política.

De parte de Pachakutik, se envió una oferta similar, «de gobernabilidad democrática» al nuevo gobierno. Con ello, las dos fuerzas más importantes de la izquierda, lejos de constituir un bloque común, optaron por posicionar discursos y acciones políticas ofreciendo, en competencia, gobernabilidad a Lasso. De esta forma, los actores que cogobernaron con Moreno para la implementación de políticas combatidas en octubre de 2019, aquellos que lo legitimaran y acompañaron su discurso de signar a las dirigencias del movimiento indígena y la Revolución Ciudadana como incendiarios y golpistas, se volvieron ahora apetecidos socios.

El primer intento de lograr la Presidencia de la Asamblea veía confluir a PSC, CREO y el correísmo, pero el partido gobernante a última hora falló a su palabra. La elección la ganaría, así, Guadalupe Llori, de Pachakutik, con los votos de CREO e ID. Se trata de una mujer amazónica que sufrió la prisión durante el gobierno   , bajo acusaciones de terrorismo y sabotaje.

Fruto de este resultado y acuerdo del que quedarían fuera, tanto Nebot como Correa han afirmado que el de Lasso es un mal inicio y, sobre todo, lo han acusado de no tener palabra. Antes del inicio del gobierno ya se ha roto también la alianza entre PSC y CREO. Está claro que el presidente tendrá que lidiar con la dura retórica de ambos líderes nacionales. Pero el juego político fundamental ahora no está en ello. Pachakutik, además de la Presidencia de la Asamblea, tiene tal capacidad de incidencia que cuenta –junto con ID– con mayoría en el Consejo de Administración Legislativa (CAL), órgano fundamental, pues tiene como funciones y atribuciones la planificación de las actividades de la Asamblea, la tramitación de reformas constitucionales, la calificación de los proyectos de ley y las solicitudes de indulto y amnistía. Además, el partido indígena preside la Comisión de Régimen Económico que tiene la atribución de tramitar reformas tributarias que resultarán necesarias para la gestión de las finanzas del gobierno en el marco del acuerdo con el FMI. Pachakutik es un actor con suficiente poder para resistir el ajuste, si esa es su voluntad política.

La configuración de este escenario y el del protagonismo de los movimientos sociales en la potencial oposición al gobierno a escala nacional tendrá un elemento fundamental en las próximas elecciones en la Conaie, donde entrará nuevamente en cuestión el protagonismo de Leónidas Iza. Yaku Pérez, quien según se anticipaba desde antes de las elecciones de abril podría disputar también la presidencia de la organización, se ha separado de Pachakutik por los acuerdos de este con el partido de Lasso, advirtiendo que hubo fraude en la primera vuelta, reivindicando ser una «tercera vía» y aclarando que no se retira de las organizaciones del movimiento (Conaie y la Confederación de Pueblos de la Nacionalidad Kichwa del Ecuador), pero sí de la política electoral. Su discurso en esta renuncia, ya fuera de la contienda, tuvo líneas más claras de oposición a la «derecha neoliberal» que las esbozadas en su campaña.

Si frente al gobierno de Moreno fueron fundamentales el correísmo en el Legislativo y el movimiento indígena en las movilizaciones, se abre entonces el interrogante sobre cuál será la capacidad de incidencia de la Revolución Ciudadana en el juego legislativo, con escasa presencia en la directiva y en las presidencias de comisiones claves, y cuál será el lugar de la Conaie para irradiar línea discursiva, ahora que su brazo político ha acordado con CREO para hacerse del poder en la Asamblea y tener los espacios más relevantes en ella.

Si todo lo transitado y actuado hasta ahora por los actores partidarios de izquierda ha sido para procurar gobernabilidad en nombre de las profundas crisis que vive el país, ¿cuáles serán los repertorios y qué peso tendrá el clivaje correísmo/anticorreísmo a la hora de confluir para defender y profundizar la democracia, que ha sido gravemente lesionada durante el gobierno que termina?

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Miércoles, 05 Mayo 2021 06:37

Frankenstein revisitado

Frankenstein revisitado

 Con angustia, el paciente expresa: "Busco a la mujer ideal". Acuciosa, la terapeuta inquiere: "¿La real le da miedo?"

Ahora bien. ¿Cambiaría la pregunta si el paciente angustiado dijera que anda buscando la "sociedad ideal"? De mi lado, creo que si el paciente fuese mujer, ambas inquietudes hubieran tenido otra formulación. Porque de lo que llevo aprendido, los devaneos masculinos raramente han sido de su interés. Moraleja (tentativa): la mujer, el hombre y la sociedad "ideales", nunca existieron.

Obviamente, sería pueril concluir que luchar por ideales es un error. A no ser, claro, que los anhelos de cambiar la realidad naufraguen en meras declaraciones ideológicas.

La noción moderna de ideología empezó a tomar forma durante la Gran Revolución (1789-99). Desde entonces, con disímiles connotaciones, gravita en la política, la economía, la sociedad y la cultura, usándose para señalar emociones, conciencia, intereses, proyectos, ilusiones, programas políticos… siga usted.

Implícita y sugestivamente, el vocablo ideología aparece con los primeros indicios de una sicología social: “Todo lo síquico tiene su origen en la sensio (sensibilidad, percepción)”, apunta el filósofo inglés Thomas Hobbes en Sobre el hombre (1658). Una sicología social que los protagonistas de la Gran Revolución encendieron al rojo vivo.

Con ligereza binaria, se ha dicho que los términos izquierda y derecha provienen de la ubicación de los asambleístas franceses con respecto al centro del presídium. A la izquierda, "los de abajo" (jacobinos); a la derecha, "los de arriba" (girondinos).

No obstante, en su biografía Fouché, el genio tenebroso (1929), Stefan Zweig señala que en las bancas de arriba estaban "los de abajo" (o jacobinos: Danton, Marat, Robespierre), y en las de abajo "los de arriba" (o girondinos: Brissot, Condorcet, Roland).

Mientras que "afuera", faltaba más, estaban los sans coulottes (sin calzones). Es decir, la plebe que tomó La Bastilla y derrocó a la monarquía, para luego ser tropa en los ejércitos de la revolución y, con Napoleón, eficaces verdugos de los pueblos de Europa.

La Gran Revolución quedó consagrada en los magníficos óleos "ideales" de David. Y en los "reales" de Goya, o en la novela Los dioses tienen sed (Anatole France, 1912), devorando a sus hijos. O hijas. Entre ellas, Olympia de Gougés (1748-93), autora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791), quien para escándalo de "los de abajo" y "de arriba" decía que el matrimonio era "la tumba de la confianza y el amor".

Vertientes ideológicas de la cultura y la filosofía política occidental, que con Lord Byron y el Che alcanzaron cotas máximas de expresión. El poeta tenía una goleta llamada Bolívar, admiraba al general José Antonio Páez (1790-1873) y estuvo a punto de enrolarse en la guerra de independencia de Venezuela. Bueno, murió en la de Grecia, aunque de sepsis (1824). Y en México, el Che se incorporó a la lucha victoriosa de Cuba, peleó sin suerte en el Congo colonial y murió asesinado por la CIA, tras ser abandonado por los comunistas bolivianos (1967).

¿A partir de cuándo buena parte de los pensadores y luchadores sociales de América Latina le dieron las espaldas a nuestra historia, y emulando liberales y conservadores empezaron a razonar con matrices ideológicas eurocéntricas que se pretenden universales?

Pero ahí siguen y ahí están: pendientes del pensador de moda europeo, y remachando sus ideas bajo las formas del colonialismo ideológico y la dependencia intelectual.

Junto con Manuela Sáenz y Eva Perón (a las que ya dediqué breves ensayos), siempre regreso con Mary Shelley. Una mujer que recurrió a la imaginación, para dar cuenta de la realidad. ¿Acaso Frankenstein (1818) no es una metáfora del delirio masculino cuando se olvida que "ciencia sin conciencia es ruina del alma"?

La Gran Revolución abrió de par en par las puertas del romanticismo y el idealismo modernos. Y con Frankenstein, Mary Shelley dio cuenta de los errores y horrores de las ideologías que subestiman (o de plano pierden) la brújula política.

El invaluable legado de la Gran Revolución, mujeres como Olympia de Gougés y personajes como el poeta Lord Byron y el Che, muestran con claridad que ideología y política son dedo y uña, o están predestinadas a naufragar cuando se aventuran en el mar de los sargazos.

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¿Izquierda democrática o liberalismo de la Guerra Fría?

Si la izquierda tiene alguna esperanza de alcanzar sus objetivos, debe desafiar el legado intelectual del liberalismo de la Guerra Fría y crear un nuevo marco basado en ideales genuinamente democráticos e igualitarios.  

 

Si la guerra es la fuerza que nos da sentido, como escribió Chris Hedges en su famoso libro, ¿qué propósito queda en pie cuando se ha ganado la batalla final? Esta pregunta incomodó a muchos intelectuales estadounidenses al finalizar la Guerra Fría, cuando Estados Unidos asumía una posición geopolítica sin contrincantes a su altura.

Para aquellos que permanecieron demasiado tiempo en las trincheras ideológicas, era imposible dejar esa cuestión atrás. Escépticos de la idea de que los desafíos enfrentados por Estados Unidos podían resolverse mediante ajustes tecnocráticos, les costaba creer que ahora el país estaría a salvo. Durante tres décadas, estos personajes han estado preparados para hacer sonar la campana ante la aparición de nuevos enemigos en el horizonte. Esta postura belicosa es un significativo legado del liberalismo de la Guerra Fría, un posicionamiento político sobre el que aún existen disputas interpretativas, aunque las condiciones históricas que lo originaron sean claras.

Antes de la Primera Guerra Mundial, ser liberal significaba generalmente defender valores universales y el racionalismo. Los liberales tenían una perspectiva optimista sobre la naturaleza humana y creían en el progreso histórico. Pero el ascenso de los regímenes fascistas y la movilización de fuerzas militares mundiales requeridas para acabar con el nazismo le asestaron un golpe a esta visión. Como secuela de la Segunda Guerra Mundial, surgieron nuevas amenazas con la Unión Soviética de Stalin, la China de Mao y luego la Cuba de Castro. Si el liberalismo tenía alguna chance de sobrevivir, tendría que volverse más agresivo en su defensa de la libertad en contra del espectro del totalitarismo comunista. Para los intelectuales de la Guerra Fría, tanto fuera como dentro de la academia, la democracia liberal no estaba destinada a triunfar. Era frágil y necesitaba una defensa constante.

Intelectuales y decisores políticos como W.W. Rostow, John Kenneth Galbraith y Isaiah Berlin creían que la seguridad de los pueblos dependía de la predisposición del gobierno estadounidense a proyectar ideales democráticos –y exhibir su poderío militar– en el extranjero. Historiador y seguidor de John F. Kennedy, Arthur M. Schlesinger Jr. escribió en 1950 que los estadounidenses debían aceptar «la necesidad de asumir amplias e indefinidas responsabilidades e intervenciones en el exterior» como resultado de la «nueva posición histórica de Estados Unidos como potencia en el mundo libre».

Los liberales de la Guerra Fría depositaron su fe en los militares y dependieron del presupuesto destinado a ellos para obtener beneficios sociales –empleo, crecimiento económico y compromiso cívico– ante la ausencia de un Estado de Bienestar más amplio. La lucha contra el comunismo en el exterior también dio visibilidad al problema de la desigualdad racial interna. Como sostuvo el secretario de Estado Dean Acheson en 1947, «la discriminación hacia los grupos minoritarios en el país tiene un efecto adverso en nuestras relaciones con otros países». El realismo político llevó a los liberales a tomar medidas para combatir el racismo, como el reconocimiento de los derechos civiles de los afroestadounidenses, el impulso al fortalecimiento de los sindicatos y la promoción del pleno empleo mediante los mecanismos del Estado de seguridad nacional.

Para competir con los soviéticos, los liberales de la Guerra Fría concibieron un proyecto de financiación masiva de la educación universitaria con apoyo federal, para que los estadounidenses de clase media y trabajadora asistieran a la universidad con el fin de incrementar la mano de obra calificada. También apoyaron el servicio militar obligatorio para todos los ciudadanos varones. Una población bien formada y educada, comprometida con la defensa de Dios y de la patria era el único medio para preservar la república estadounidense.

Tres décadas después de la caída de la Unión Soviética, muchos de los principios intelectuales del liberalismo de la Guerra Fría continúan entre nosotros. Figuras públicas e intelectuales, desde Francis Fukuyama y Steven Pinker hasta George Packer y Mark Lilla, siguen escribiendo sobre la fortaleza psicológica necesaria para confrontar a los enemigos de la democracia. Esta ideología cobró nueva vida en la era Trump y cambió para amoldarse a las ansiedades públicas sobre el futuro de la democracia. Si bien no se oponen a la democracia social o al Estado de Bienestar, los nuevos liberales de la Guerra Fría no defienden los derechos sociales y económicos con el mismo celo que sus predecesores y prefieren enfocarse en acontecimientos que suponen una amenaza a su visión del mundo.

Estas figuras tuvieron un primer resurgimiento después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, pero cuajaron como un bloque ideológico más coherente después de las elecciones de 2016. Los une su oposición a las «políticas de la identidad»; el temor de que las democracias liberales se encuentren a la defensiva, enfrentando la arremetida de gobiernos autoritarios, especialmente en Rusia y China; y la preocupación por una población apática y desinformada que confía en la circulación desregulada de desinformación en las redes sociales.

A pesar de su fortaleza moral, los académicos, los intelectuales públicos y los expertos de estos círculos demostraron estar mal preparados para hacer frente a los desafíos de una pandemia global exacerbada por la austeridad neoliberal, el racismo antinegro y la desigualdad extrema. El liberalismo de la Guerra Fría se convirtió hoy en una ideología zombi. Sus políticas se reducen a estar preparados: el deseo de inculcar una urgencia bélica en el cuerpo político, exigiendo sacrificio sin solidaridad e introspección individual como camino hacia la libertad. Mientras tanto, considera que proyectos como el acceso universal a la salud, el Green New Deal (Nuevo Pacto Verde) y la educación universitaria gratuita son una distracción innecesaria de la promoción de la democracia en el país y en el exterior.

Si la izquierda tiene alguna esperanza de alcanzar sus objetivos, debe desafiar el legado intelectual del liberalismo de la Guerra Fría y crear un nuevo marco basado en ideales genuinamente democráticos e igualitarios.  

La universidad de la Guerra Fría

El Estado de seguridad nacional proporcionó una base material y un contexto intelectual para la actitud vigilante del liberalismo de la Guerra Fría. El sector militar y las universidades estadounidenses se acercaron durante la Segunda Guerra Mundial, aunque fue el ingreso de Estados Unidos a la Guerra de Corea en 1950 lo que precipitó una relación institucional casi permanente. Los fondos del Departamento de Defensa ingresaron en universidades como el Instituto de Tecnología de Massachussetts (MIT) y la Universidad de Stanford para el desarrollo de productos militares de alta tecnología. El gasto del Pentágono financió la expansión de la educación superior y mejoró los salarios de los profesores. Además, la Ley de Educación para la Defensa Nacional de 1958 proporcionó préstamos estudiantiles a bajo interés para mejorar «la calidad y cantidad de mano de obra requerida para satisfacer las necesidades de defensa nacional de Estados Unidos» hasta bien entrada la década de 1970.

La universidad de la Guerra Fría ayudó a engendrar, usando la frase de Galbraith, una «sociedad acomodada» dependiente del vínculo entre producción intelectual y seguridad nacional. Llevó la educación superior a las masas, sobre todo a través de la G.I. Bill (Ley del Soldado) de 1944. También estableció conexiones intelectuales que aún hoy continúan resonando. El desarrollo de programas de area studies, enfocados en regiones geográficas específicas, creó, por ejemplo, una clara vía para que la academia estadounidense ingresara en los círculos de diseño de políticas del Departamento de Estado y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), al tiempo que consagró perspectivas orientalistas sobre la raza y la política exterior. En términos más generales, muchos de los humanistas académicos más importantes e influyentes de la época –historiadores como Schlesinger y Richard Hofstadter, o filósofos como Reinhold Niebuhr, Sidney Hook y Hannah Arendt– estaban comprometidos con un consenso liberal que ponía el acento en los aspectos comunes compartidos por todos los ciudadanos democráticos, especialmente en Estados Unidos. Combinada con el Temor Rojo (Red Scare), que purgó cientos de profesores de izquierda en la década de 1950, la universidad de la Guerra Fría produjo un entorno intelectual conformista.

Ese consenso se convirtió en blanco de críticas en los años 60 y 70. La Nueva Izquierda cuestionó tanto las conexiones institucionales de la universidad con el Estado de seguridad así como la cultura del conformismo que reflejaba. Los pensadores de la Escuela de Fráncfort, como Herbert Marcuse y Theodor Adorno, junto con sus colegas estadounidenses como C. Wright Mills, ofrecieron una crítica de nuevo cuño en torno de la militarización de la universidad y su lugar en lo que Mills denominó la «elite del poder». La reacción negativa a la Nueva Izquierda tuvo como consecuencia una contrarrevolución en las ideas; muchos liberales de la Guerra Fría se reconvirtieron en intelectuales neoconservadores temerosos de que el radicalismo estudiantil significara un nuevo relativismo moral –un desprecio por la religión, el individualismo liberal y una sociedad sustentada en un orden discernible–. Como sostuvo Irving Kristol en un ensayo de 1973: «El enemigo del capitalismo liberal hoy en día no es tanto el socialismo como el nihilismo».

El fin de la Guerra Fría hizo poco por apaciguar a los defensores del orden liberal. Ahora advertían que el posmodernismo se estaba extendiendo como una epidemia por los campus del país, dejando a las impresionables mentes jóvenes confundidas y sin norte. Como sostuvo el historiador Tony Judt en su libro de 1992 Pasadoimperfecto: «La deconstrucción, la posmodernidad, el posestructuralismo y su progenie prosperan, por inverosímil que sea, de Londres a Los Ángeles». A Judt también le molestaba la persistente fascinación de la academia estadounidense con el marxismo francés. El intelectual francés al que más admiraba era el liberal Raymond Aron: el principal opositor a la escena marxista francesa y un conocido crítico del movimiento de protestas estudiantiles y huelgas obreras del Mayo francés.

Fukuyama se hizo eco de estas críticas, calificando de «puras sandeces» los dichos de los académicos que apoyaban «una especie de relativismo nietzscheano que postulaba que no existe la verdad (…) y aun así estaban comprometidos con una agenda esencialmente marxista». Lilla escribió ensayos en el que advertía sobre las mentes posmodernas insensatas de Jacques Derrida, Michel Foucault y Martin Heidegger. El neoconservador Roger Kimball culpó al posmodernismo de corromper la educación superior en su polémico Tenured Radicals de 1990.

Estas críticas se basaban en la creencia de la Guerra Fría de que las instituciones de educación superior de elite tenían la responsabilidad intelectual de impartir las virtudes de la ciudadanía estadounidense y los valores del consenso.

Combatir el mal después del 11 de septiembre

La preocupación por el posmodernismo se vio rápidamente eclipsada por los atentados del 11 de septiembre de 2001. Los académicos y especialistas apelaron a la sabiduría del liberalismo de la Guerra Fría para derrotar al enemigo encarnado en el islam radical. Decepcionados de que algunas figuras de la izquierda liberal hubieran adoptado una postura antibélica, libros destacados, como The Good Fight: Why Liberals—and Only Liberals—Can Win the War on Terror and Make America Great Again (2006), de Peter Beinart, abogaban por la rehabilitación de los ideales del siglo XX (los liberales, y solo los liberales, pueden ganar la guerra contra el terrorismo y hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande, proclamaba el título del libro). Para Beinart, Cold Warriors como Galbraith, Schlesinger y George F. Kennan mostraron de qué modo los liberales podían combinar un estridente anticomunismo con un compromiso con las oportunidades económicas.

En respuesta a los críticos que argumentaban que su proyecto no se diferenciaba del neoconservadurismo de la administración Bush, Beinart escribió que los liberales, a diferencia de los conservadores, sabían que Estados Unidos podía ser corrompido por el poder. Los liberales «buscan los límites que los imperios rechazan», saben que «la democracia es algo que perseguimos más que algo que encarnamos» y «la promovemos no simplemente exhortando a los demás, sino luchando contra el mal en nosotros mismos». En relación con esto último, Beinart tenía en mente al teólogo protestante Reinhold Niebuhr, también favorito de Barack Obama.

En 2007 Obama le dijo a David Brooks que a él lo había inspirado «la idea convincente de Niebuhr de que existe un terrible mal en el mundo, dolor y adversidad. Y debemos ser humildes y modestos en nuestra creencia de que podemos eliminar esas cosas. Pero no debemos usar eso para justificar el cinismo y la inacción». Los asesores en seguridad nacional de Obama describieron su política exterior como «pragmatismo por encima de la ideología». En la práctica, eso significó a menudo una política exterior con más continuidades que rupturas con la guerra contra el terrorismo de Bush.

Trump, el agente subversivo

La era Obama –con sus llamamientos al consenso moral, la proyección algo contenida del poder estadounidense y su limitada adhesión al reformismo en materia de política social– fue una época de relativa satisfacción para los liberales de los últimos tiempos de la Guerra Fría. La elección de Donald Trump, por el contrario, trajo consigo renovados llamamientos a la defensa urgente de la democracia liberal. Los intelectuales liberales pidieron una posición no partidaria de resistencia a las medidas del gobierno de Trump tanto en el ámbito nacional como en el internacional. El flagrante nativismo y la xenofobia que Trump representaba y aprovechaba fueron comparados con el ascenso del fascismo; las comparaciones entre Trump y Hitler abundaron entre los analistas políticos. Y las conexiones de Trump con Rusia, junto con la intromisión de Moscú en las elecciones de 2016 a favor de su campaña, suscitaron la preocupación de que el presidente fuera un agente subversivo a las órdenes de Vladímir Putin, dispuesto a poner en jaque la democracia ya sea por chantaje ruso o por interés financiero personal.

La narrativa poselectoral de que Trump era tanto un fascista como el candidato torpe de Manchuria (una referencia a la novela de Richard Condon, llevada al cine) reflejaba el legado del liberalismo de la Guerra Fría. Trump comenzó a ser asociado con ambas formas de totalitarismo –el comunismo soviético y el nazismo– convirtiéndose en una especie de amenaza contradictoria. La destitución de Trump era por ello esencial para defender los intereses de la seguridad nacional; su presidencia significaba un peligro de gran alcance para la democracia estadounidense en términos globales.

Varios académicos presentaron a Trump como una amenaza a la seguridad nacional. En su libro de la extensión de un panfleto, Sobre latiranía, Timothy Snyder ofreció lecciones aforísticas de la historia del siglo XX –«defiende las instituciones»; «establece contacto visual y habla poco»– diseñadas para blindar a los estadounidenses contra un esfuerzo inminente por establecer las condiciones para el control autoritario. Politólogos como Yascha Mounk y Larry Diamond situaron la vigilancia individual en el centro de la política, al tiempo que restaron prioridad a la política de masas y la justicia social. Mounk denunció la amenaza del populismo contra la democracia liberal, tanto en la derecha como en la izquierda. Los populistas de izquierda «no se consideran a sí mismos autoritarios», pero a Mounk le preocupa que a los izquierdistas les resulte «muy tentador abolir instituciones independientes como los tribunales, suprimir las voces críticas en la prensa y concentrar cada vez más poder en sus propias manos».

Para muchos liberales, la oposición a Trump se convirtió en un deber cívico que requería poner el país por encima de los partidos. Rehuyeron a la división en favor de la unidad, sin importar los antecedentes políticos de cada uno antes de 2016. En este contexto surgió una renovada crítica de la política de la identidad. En su libro The Once and Future Liberal, Lilla arremetió contra los liberales y la izquierda por abrazar «el movimiento de la política de la identidad, por perder el sentido de lo que compartimos como ciudadanos y lo que nos une como nación». Fukuyama siguió el mismo camino, argumentando que la política de la identidad refleja una «necesidad de reconocimiento» que no logra responder por y trabajar en favor de «un entendimiento universal de la dignidad humana». Académicos como Lilla y Fukuyama relanzaron críticas de larga data sobre el posmodernismo y las dirigieron a la política de igualdad de género, racial y sexual en la era Trump. El «deconstruccionismo» y el «pluralismo cultural», para usar los términos de Lilla, rebasaron la virtud cívica y las nociones corrientes de libertad. En primer lugar, la política de la identidad habría llevado a los votantes blancos a votar por Trump y habría cerrado la posibilidad de un movimiento capaz de restaurar la democracia que este corrompió. Sin embargo, en lugar de procurar una política de resistencia, sus críticas dieron pábulo a los defensores del trumpismo, culpando a la oposición de izquierda por su ascenso.

China y la «Nueva Guerra Fría»

El temor al populismo de izquierda y al trumpismo patrocinado por Rusia coincidió con la preocupación por un renovado conflicto con China. Muchos advirtieron sobre una «segunda» o «nueva» Guerra Fría, citando el crecimiento económico de China en las últimas dos décadas, su poderío naval en el Mar de la China Meridional y planes de desarrollo económico como la Iniciativa de la Franja y la Ruta en el Sur global como prueba de la competencia entre grandes potencias. Los nuevos Cold Warriors también expresaron su preocupación por el régimen de gobierno de Xi Jinping y su capacidad para exportar un «modelo autoritario» que rivalizaría y acabaría eclipsando la promoción estadounidense del capitalismo global basado en el liberalismo y la democracia.

Mientras que los conservadores ven una potencial amenaza de China principalmente en términos geopolíticos, los liberales de la Guerra Fría apelan a los derechos humanos para defender una postura agresiva. Argumentan que el historial bien documentado de abusos de derechos humanos en China, en concreto, el trato que reciben los musulmanes uigures –que incluye tortura, esterilización forzada e internamiento en la provincia de Xinjiang– exige una intervención. El año pasado, en un artículo de The Guardian, el historiador británico Timothy Garton Ash bregó por una idea de seguridad nacional proyectada a través de la promoción de los derechos en el país y en el exterior. Garton Ash sostuvo que «el liderazgo del Partido Comunista chino bajo Xi Jinping» auguraba «un largo recorrido» de conflictos por delante.

Al igual que los Cold Warriors de antaño, los halcones en relación a China consideran que Estados Unidos no solo debe renovar su política exterior, sino también reorganizar su política interior y su economía política para hacer frente a la amenaza. El país entero debe estar en pie de guerra. Para vencer a China, sostiene Garton Ash, se necesitarán «todos los conocimientos que podamos obtener sobre la historia, la cultura y la política china y asiática en general». Así como ocurrió durante la Guerra Fría, la seguridad nacional proporciona las bases para el proyecto de ampliación de una educación superior asequible que alcance a más estadounidenses. Pero en una época en que la academia ha sido vaciada por recortes presupuestarios, no deberíamos esperar que la universidad de la Nueva Guerra Fría amplíe los horizontes educativos de la clase trabajadora estadounidense. La batalla con China sobre quién aportará el conocimiento para impulsar la hegemonía en los campos de la ciencia y la tecnología probablemente profundizará la desigualdad educativa que ha crecido con el ascenso de la «elite meritocrática» en la era neoliberal.  

Si se produce un refuerzo para competir con China, podemos esperar que las elites de la seguridad nacional se entrecrucen con los críticos de la política de la identidad, muchos de cuyos profesionales trabajan en áreas consideradas ajenas a los intereses nacionales.

El fin de una era

El liberalismo de la Guerra Fría, argumenta el historiador Samuel Moyn, coloca el temor al colapso de la libertad en el centro del pensamiento político. Fuerzas hostiles en el exterior, como el islam, Rusia y China, sumadas a enemigos internos como el posmodernismo, la política de la identidad y el populismo, buscarían socavar los valores democráticos liberales. Para repeler estas amenazas, los liberales de hoy prefieren el Estado de seguridad a cualquier compromiso de las instituciones con la redistribución económica, y la formación efectiva de las futuras elites en las universidades más prestigiosas del país a un programa de educación pública inclusiva. Rechazan la propuesta de la izquierda de avanzar sobre las causas subyacentes de la desigualdad e inseguridad que producen condiciones políticas desestabilizadoras. En lugar de un plan económico, el liberalismo de la nueva Guerra Fría ofrece consignas vacías, como «confíen en los expertos». Pero si hay algo que la victoria de Trump demostró es hasta qué punto quedó atrás la visión de la Guerra Fría sobre la pericia tecnocrática. Hay muchos que ya no están dispuestos a confiar en una elite educada.

A su vez, los liberales de la Guerra Fría desconfían de las masas. Ven no solo a los votantes de Trump, sino también las masivas manifestaciones y movimientos en contra de la supremacía blanca y la desigualdad económica, como señales de que el populismo está poniendo en aprietos a la democracia. La furia por el «antiliberalismo» de las protestas de Black Lives Matter, por la resistencia de los activistas de participar del toma y daca en las pujas de prestigio entre la elite, se consolida como la base del esfuerzo para mantener vivo y pujante el statu quo neoliberal.

Llegó el momento de reflexionar. Hoy, pensar de manera innovadora sobre educación, economía y política requiere de una ruptura con las preocupaciones que guiaron al liberalismo de la Guerra Fría. Las generaciones más jóvenes sin una memoria viva de la Guerra Fría heredaron las guerras perpetuas del país y su constante tendencia a priorizar el capitalismo por sobre una democracia genuina. Existen señales esperanzadoras de que están listos para superar la política del miedo y la ansiedad a través de la reestructuración de las instituciones estadounidenses para priorizar la protección social por sobre el Estado de seguridad, el rechazo de las guerras sin fin y el desarrollo de un proyecto igualitario que brinde mayor igualdad económica e inclusión política. No hay razones para permanecer atado a la lógica de una era que ya terminó.

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad y Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí. Traducción: Rodrigo Sebastián

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