Jean Luc Mélenchon: lecciones para la izquierda
Ayer en Francia tomó posesión el nuevo presidente François Hollande. Su ascensión es un elemento positivo en el ambiente enrarecido por la crisis en Europa. Ayer mismo en Berlín, Hollande insistió en renegociar el pacto fiscal. La canciller alemana le reviró que el crecimiento ya es uno de los objetivos del tratado fiscal consagrado a la austeridad. Es la forma que tiene la Merkel de promover las reformas estructurales y, en especial, la total flexibilidad en las relaciones laborales.


El campo de batalla está bien definido. Ojalá Hollande pueda entrar en él con decisión, pero no se puede confiar en ello. No hay que olvidar que el Partido Socialista francés siempre estuvo a favor de la globalización y de la integración europea al estilo neoliberal. Otros partidos socialistas en Europa han aplicado la receta de la austeridad en sus respectivos países.


La retórica de Hollande es sin duda un adelanto, pero la urgencia del corto plazo no debe esconder las exigencias de los cambios estructurales de largo alcance. Es aquí donde la agenda de Hollande tiene sus limitaciones más importantes y hasta inconsistencias. Después de todo, restablecer algo del estado de bienestar puede no ser posible bajo la estructura neoliberal que hoy hereda. Frente a los graves problemas que enfrentan Francia y Europa la trayectoria de Hollande en el PS anuncia más continuidad que transformaciones profundas.


Por eso lo más relevante de la contienda electoral en Francia estuvo en la participación de Jean Luc Mélenchon, el candidato del Frente de Izquierda. De su intervención en esas elecciones y de su trayectoria de lucha política se desprenden importantes lecciones para las contiendas electorales en las que participa la izquierda en todo el mundo.


Jean Luc Mélenchon (JLM) militó durante tres décadas en el ala izquierda del Partido Socialista francés. A diferencia de Hollande, Mélenchon se esforzó durante ese tiempo en hacer del PS un verdadero partido de izquierda, con un proyecto alternativo al neoliberalismo.


Frente a la crisis, la posición de Mélenchon es clara: ésta no es una crisis provocada por unos cuantos especuladores. Es la debacle del modelo neoliberal. La respuesta a través de la austeridad es algo más que un simple error técnico. Es cierto que su aplicación no dará buenos resultados en ningún caso. Pero Mélenchon va más lejos en el análisis: la austeridad es un arma para desmantelar el estado de bienestar, castigando prestaciones y servicios sociales, y es el preludio de la profundización de las reformas neoliberales, en especial, la reforma laboral.


La integración monetaria en Europa, Mélenchon lo tiene claro, se hizo sobre bases neoliberales. La consecuencia fue entregar las finanzas públicas a los mercados financieros. Esa, en una frase, es la tragedia de Europa. Antiguamente el Banco de Francia podía financiar al gobierno francés. Hoy eso está prohibido y el Banco Central Europeo presta a los bancos pero no a los estados. Esa es la ignominia en los tiempos del capital financiero. Es la época de sumisión que debe terminar si se quiere justicia social e igualdad. Al sector financiero hay que enfrentarlo, dice Mélenchon, no hablarle de rodillas para pedir limosna.


Mientras Hollande buscaba ubicar al PS en el centro para cortejar a una parte del electorado, Mélenchon proponía una política con una visión de largo plazo, colocando los temas de relevancia histórica en la mesa del debate nacional. Y es que en medio de la peor crisis del capitalismo en ocho decenios, y en el contexto de una hecatombe financiera y económica fabricada por la pesadilla neoliberal, Mélenchon rápidamente comprendió que es preciso ofrecer alternativas de largo aliento que se alejen de la subordinación al mundo de las finanzas. Sólo así se puede rescatar el diseño y control de la política macroeconómica no sólo para recuperar el crecimiento, sino para transitar hacia un mundo de justicia y responsabilidad ambiental.


Aunque Mélenchon sólo alcanzó 11 por ciento de los sufragios, colocó temas medulares en la agenda nacional y su influencia decisiva dejará una huella saludable por muchos años. La izquierda ha vuelto a renacer con su campaña audaz. No sólo influyó en las posiciones de Hollande, sobre todo en materia fiscal, sino que tuvo un efecto importante a través de su enfrentamiento sistemático con los planteamientos racistas y xenófobos de la extrema derecha. Su campaña ha sido una pesadilla para la rabiosa e ignorante señora Le Pen.


Se desprende de todo esto una enseñanza: la izquierda no puede jugar a ocupar el centro en la disputa electoral, aunque muchos piensen que eso permite ganar votos. La gran lección de Mélenchon es que colocar el apetito electoral por encima del trabajo político basado en principios y, en especial, en la justicia social, es un error de dimensiones históricas. El terreno de los principios y de la ética es el espacio en el que la izquierda tiene su casa. No se le debe abandonar nunca

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“No alcanza con ganarle a la derecha”

Acompañado de la gestualidad de sus manos, Nils Castro afirma que hoy dice realmente lo que piensa, sin tapujos. Ensayista y catedrático, Castro ejerció la diplomacia durante el gobierno del general Omar Torrijos. En esta entrevista, el ex funcionario desgrana la tesis principal del libro que vino a presentar a Buenos Aires, Las izquierdas latinoamericanas en tiempos de crear: los gobiernos progresistas necesitan volver a tener un proyecto estratégico común. Prologado por el ex canciller argentino Jorge Taiana y el ex asesor en política exterior de Lula da Silva, Marco Aureilo García, el libro ofrece una mirada crítica y a la vez esperanzada sobre los procesos de cambio que atraviesan varios países de la región.
 

–¿Cuáles son los desafíos para las izquierdas gobernantes de América latina?

–Son gobiernos progresistas que han surgido como resultado de distintos procesos nacionales, pero no comparten un proyecto común. Son expresiones de rechazo a las políticas neoliberales y su dedicación principal ha sido la de reparar los daños heredados de todo el largo período del tsunami neoliberal. No basta con reparar y recoger los escombros: es necesario volver a tener un proyecto estratégico a largo plazo. En los años sesenta y setenta, en distintas latitudes de Latinoamérica compartíamos un conjunto de objetivos que tenían puntos en común, si bien no produjeron los resultados esperados. En los ochenta se produjo la ofensiva neoconservadora de Reagan y Thatcher con la implantación masiva del neoliberalismo, tanto en lo económico como en lo político-ideológico, y se revirtieron esos proyectos. Al mismo tiempo, se desmoranaba el campo socialista. Observo una paradoja: en los tiempos en que el Che se alzó en Bolivia, los problemas de miseria, empleo y justicia social que padecíamos no eran tan graves como los que tuvimos acumulados en los noventa. En los noventa había más razones para alzarse que en los setenta, pero ya no había proyecto.
 

–¿Hay señales de que existe un proyecto integrador de la región?

–Sí, en sentido de solidaridad latinoamericana entre los gobiernos progresistas. No lo veo en el sentido de contar con un proyecto estratégico o revolucionario. Para que vayamos un poco más allá de ganar elecciones a la derecha, necesitamos volver a pensar teniendo como objetivo la transformación de la realidad social y nacional de nuestros pueblos. Tiene que ser un proyecto enraizado en nuestras propias realidades nacionales.
 

–Si no prosperó en los setenta, ¿por qué podría prosperar ahora?

–Antes recibíamos ideas de la Ilustración, del liberalismo radical, del socialismo europeo, del modelo chino. Esos modelos eran forasteros, no nacían de nuestra propia experiencia ni de nuestro proyecto. El proyecto debe nacer de nuestras aspiraciones y experiencias. Una de las mayores necesidades será tener un buen diálogo entre las distintas corrientes populares y de izquierda. Ningún sectarismo produce un modelo nuevo. Agregaría que hace falta incorporar gente nueva. Emergió otra generación de latinoamericanos y tenemos que hacer un debate más plural cambiando el lenguaje. La izquierda y la derecha son bien diferentes: la derecha administra lo que existe, asegura que continúe el modo actual de explotar a los pobres; en cambio, la izquierda propone algo que todavía no existe y por tanto el riesgo es mayor.
 

–¿Cómo imagina que debiera concretarse esa transformación?

–No me atrevo a anticiparlo, quiero ayudar a convocarlo. El proyecto tiene que ser democrático y lo más participativo posible y debe resolver las necesidades sociales principales –igual salud y educación para todos–, continuar resolviendo las urgencias sociales que el tsunami neoliberal dejó y a partir de ahí rediscutir el concepto mismo de democracia: qué tipo de democracia queremos.
 

–¿La punta de lanza es por ejemplo el modelo de socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez?

–Es una propuesta bastante nebulosa todavía. Ecuador da un ejemplo interesante de revolución ciudadana. En Bolivia hay una búsqueda de algo nuevo, con las complejidades de ese país. El otro tema es quiénes son responsables de construir este modelo nuevo. A veces se los acusa a los gobiernos progresistas de no estar educando a las masas para llegar a formas de revolución más radicales. No es una obligación del que gobierna. Es responsabilidad de los partidos y de los grupos políticos que critican a los gobiernos progresistas. Educar gente para crear una contrahegemonía es una misión de los partidos, movimientos sociales, sindicatos.
 

–¿Tiene algún ejemplo actual de movimiento social que destaque?

–El Movimiento de los Sin Tierra brasileño ilustra un camino posible, porque cumple su papel de organizador social y cultural.
 

–¿Y en Argentina?

–No conozco la situación lo suficiente. Yo creo que hay un debate más libre y animado en el que participan más actores sociales. Sucede en Argentina, como en México, que ya hay una intelectualidad aportando a la construcción de un proyecto y uno lo encuentra en las universidades y los medios electrónicos. Eso es bueno pero no suficiente. El debate se debe trasladar al interior de los partidos. Hay que hacer un nueva cultura política.
 

–A raíz del agotamiento del neoliberalismo, ¿ve positivo que en nuestros países se politizaran las nuevas generaciones?

–El fenómeno más notorio es la multitud de jóvenes que se sienten incómodos con el sistema pero que no buscan una solución en la actividad política. De repente aparecen movimientos de protesta como en Chile, pero si no hay una conducción política estos ciclos de protestas se pueden frustrar. Las revoluciones árabes, que aparecieron como promisorias, se han revertido, se generaron elementos contrarrevolucionarios. Hay que usarla como energía constructora. Rescato los movimientos de repudio a lo existente que tumbaron gobiernos y desembocaron en proyectos constituyentes para refundar países como en Venezuela, Ecuador, Bolivia. En otros lugares esos movimientos llegaron a ser impetuosos para poner en fuga a los gobiernos, como el caso de Argentina, para luego refluir hacia el sistema político tradicional. Aclaro que en este período más reciente –que no aborda mi libro– Argentina tuvo un éxito electoral tan grande que le da mucho más poder al Estado para reformar el país. En algunos sitios se realizaron elecciones sin cuestionar el sistema político como sucedió en Uruguay. La gente votó contra los que instrumentaron y defendieron el modelo neoliberal, pero al votar contra lo existente dentro del mismo sistema político produce gobiernos progresistas que no tienen mayoría parlamentaria, que gobiernan una minoría de municipios y gobernaciones, como es el caso de Brasil. Lula y Dilma no pudieron marchar a toda máquina.
 

–¿Cual sería la relación con Estados Unidos en ese proceso de cambio revolucionario?

–Hacer algo como lo hizo la Argentina con la estatización de YPF, como lo hicieron antes Evo Morales o Rafael Correa, no hubiera sido permitido por la hegemonía norteamericana en el continente en los ’60 y ’70. La emergencia de los procesos progresistas cambió la correlación de fuerza norte-sur en el continente. Una de las maneras es recuperar soberanía y también construir mecanismos de colaboración regional como Unasur y la Celac. Imponer en la OEA la derogación de la resolución que expulsó a Cuba tiene un valor simbólico extraordinario. También la situación de EE.UU. en el mundo ha cambiado. Razón para que aspiremos a más.


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Miércoles, 04 Abril 2012 07:08

El Salvador: ¿democracia Mexican way?

El Salvador: ¿democracia Mexican way?

En un territorio que cabe 93 veces en México (y con una población 17 veces inferior), El Salvador sufrió una guerra civil que dejó 80 mil muertos y más de un millón entre migrantes y refugiados (1975-91).
 

A diferencia de Cuba y Nicaragua, la lucha en El Salvador fue como la de España en la guerra civil: una guerra ideológica y política integral, en la que todas las clases presentaron batalla en todos los frentes sociales: en el religioso y el militar, en el económico, político y cultural.
 

Un dato que a discreción olvidan los analistas “independientes”: la gesta del FMLN fue algo más que un “foco” guerrillero, clonado de la llamada guerra fría. Porque esta guerra empezó mucho antes de las masacres de 1932, y retomó sus fueros en 1980, año de la constitución del FMLN y de la ultraderechista Alianza Republicana Nacionalista (Arena).
 

Se dice que los Acuerdos de Paz (México, enero 1992) fueron a consecuencia del “empate” militar entre las fuerzas insurgentes y el ejército gubernamental. Y con afanes políticamente correctos, se omite que el FMLN derrotó a uno de los ejércitos más grandes y armados del continente, estructurado, entrenado, asesorado y financiado por Estados Unidos.
 

Los acuerdos fueron en realidad otra vuelta de tuerca en los engranajes del despojo y la exclusión neoliberal. Con la venia de Washington, los gobiernos “democráticos” de Arena importaron las nuevas modalidades de la guerra contrainsurgente que en Colombia funcionaban a toda máquina, y que en México se aplican hoy contra el “crimen organizado” (?).
 

A 20 años de los acuerdos (y con un gobierno “de izquierda” en funciones desde marzo 2009), El Salvador registra más asesinatos que en el periodo de la guerra, en tanto 2 millones y medio de salvadoreños (40 por ciento de la población) residen en el exterior. Por esto, en las pasadas elecciones de medio periodo (legislativas y municipales) el pueblo salvadoreño emitió una suerte de “voto castigo” al FMLN.
 

¿Sabían los funcionarios del FMLN que iban a perder? El ex comandante guerrillero y hoy académico Dagoberto Gutiérrez responde en un artículo: “No, al contrario. Como funcionarios estaban absolutamente seguros de que la gente los iba a seguir, como si la gente les perteneciera. Fue el error. Saber lo que está pensando la gente es lo fundamental, clave, eso lo aprendimos en la guerra…

Añade: “Arena no esperaba ganar donde ganó, y el FMLN no esperaba perder donde perdió. Lo que ocurrió es el que el voto ha sido convertido en un instrumento administrativo vacío de poder. [...] La gente decidió utilizar el voto políticamente y no electoralmente, como castigo al FMLN, más que al gobierno. [...] No es la gente la que teme al FMLN, es el partido FMLN el que tiene miedo al pueblo. [...] La cúpula del FMLN no es de izquierda, es de derecha”.


Sin embargo, otros “analistas” se “maravillan”. Sergio Ramírez escribe: “Si uno mira desde Nicaragua a través de las aguas del golfo de Fonseca, la democracia en El Salvador está funcionando como debe ser”. El ex sandinista celebra las “reglas de la democracia, uno de cuyos supuestos esenciales es la alternabilidad, cumplidas al pie de la letra” (Allí no más, al otro lado, La Jornada, 31/3/12).
 

O sea, la posibilidad de que en 2014, frente a la inoperancia y oportunismo del FMLN, la ultraderecha retorne al poder para depositar flores en el monumento que la alcaldía de Antigua Cuscatlán levantó al fundador del partido, el multiasesino Roberto D’Aubuisson.
 

Tampoco podía faltar el otro inefable, Joaquín Villalobos, ex comandante del FMLN y asesor del gobierno de México (así como lo fue con el de Álvaro Uribe en Colombia). Eternamente inquieto por las cuentas pendientes con la justicia, el asesino del poeta nacional de El Salvador, Roque Dalton, cierra filas con la teóricos angloyanquis del “Estado fallido” y, abriendo el paraguas, escribe:
 

“Aunque resulte indiscutiblemente justo (sic) resolver estos agravios [NR: masacre de El Mozote, donde 900 campesinos, entre ellos 460 niños fueron asesinados durante la guerra], la pregunta es si estos países pueden darse el lujo de atender este tema sin volverse más inviables (sic). Incapaces de darse seguridad y justicia en el presente (sic), pretender que lidien con el pasado suena a broma” (“El peligro de una Somalia latinoamericana”, El País, 19/2/12).
 

Ni el maravillado Ramírez ni el asesino Villalobos (quienes en distintos tiempos, medios y cualquiera sea el asunto cumplen con el deber ser de condenar a Hugo Chávez) deberían andar tranquilos.
 

Con la venia del “compañero” presidente Mauricio Funes, el nuevo ministro de Justicia y Seguridad Pública, coronel David Mungía Payés, anunció que la FBI y la Fuerza de Tareas Antipandillas de Estados Unidos estarán a cargo del entrenamiento de la policía nacional para “combatir a las pandillas”. A más de ofrecer a Washington información personal, de los viajeros que transiten vía aérea por El Salvado
 

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“El pensamiento de la izquierda no puede ser estático”

¿Qué cambió a partir del intento de golpe de Estado contra el presidente Rafael Correa el 30 de septiembre de 2010?

–La amenaza está latente. Es una espada de Damocles que baila sobre la democracia. Lo que hicimos fue fortalecernos en la voluntad del pueblo ecuatoriano. Fueron tres los factores que impidieron el golpe: la respuesta de la gente, el comunicado de las fuerzas armadas respaldando a Correa y la reunión de los presidentes de América latina aquí, en Buenos Aires. Todo aquello confluyó. Quizá hay un cuarto factor: el secuestro del presidente evitó la caída. A partir de allí nos afianzamos en la radicalización el proceso, para erradicar la pobreza extrema y fortalecer las instituciones.
 

–El Informe Regional sobre Desarrollo Humano para América Latina y el Caribe (ONU) destacó el año pasado la alta desigualdad que había en Ecuador, ¿cuál es el desafío del gobierno de Correa en esa terreno?

–Alejar al pueblo de la pobreza es la mayor lucha de una izquierda renovada, nunca hay que olvidar, por el fragor del debate doctrinario, que la razón fundamental está allí: la miseria no puede existir junto a la ostentación. Hemos bajado diez por ciento la pobreza total en las comunidades indígenas. Esa es una cifra inmensa para nosotros. Son las comunidades más ultrajadas por todos los síntomas del racismo y de la explotación. Logramos un tema que es muy complejo: bajar de dos cifras el desempleo, cuando España tiene zonas en las que el nivel de desocupación llega al 40 por ciento y en Estados Unidos el 15 por ciento. Entonces la ciudadanización de la política está en la fuerza colectiva; de lo contrario seguirá habiendo un espíritu corporativo entre las élites de cada sociedad.
 

–¿Cómo interpreta que una potencia mundial como Estados Unidos no logre salir de la crisis económica?

–Es paradójico que el multimillonario Warren Buffet le pida a (Barack) Obama que le cobre más impuestos. El gobierno de (George) Bush exceptuó del pago de impuestos a los más ricos acentuando la contradicción. Ante esa alerta, hay una respuesta. No es una iniciativa del gobierno de Obama. Enhorabuena existen metáforas históricas como ésta. Aquí se necesita justicia, y la justicia no puede estar diversificando su voluntad: para unos sí, para otros no. Estados Unidos vive una crisis que nos quiere hacer pagar como la antigua: que los que no tenemos la culpa paguemos las crisis a los que las provocan. Afortunadamente, América latina tiene una posición absolutamente distinta. Bolivia, Ecuador y Perú, por sus políticas anticíclicas soportaron mejor la crisis de 2009, como lo señaló el Banco Mundial. Mientras que Perú tenía un gobierno de otra orientación ideológica.
 

–En el terreno comunicacional, ¿cómo define la relación entre el gobierno de Rafael Correa y los medios?

–Es muy compleja, hay que admitirlo. Hace poco, la Justicia ratificó la condena contra el diario El Universo (de Guayaquil), el director y el editorialista (Emilio Palacio) que causó esta crisis. Palacio está en Miami y se considera un exiliado, para nosotros es un prófugo porque la irresponsabilidad no puede acompañar el supuesto libre albedrío de la profesión periodística sin información veraz y verificada; sin responsabilidad ulterior no se puede hablar.
 

–¿No es excesivo que por la publicación de ese artículo deban ir a prisión o pagar una multa tan alta?

–El presidente Correa les dijo que tuvieron seis meses y que el tiempo de la caballerosidad ya pasó para publicar una disculpa. Correa planteó que con una disculpa se acababa todo, no había ni prisión ni multa. En el origen es una injuria que pretende llevar a Correa a una Corte internacional que lo juzgue por “ordenar disparar contra un hospital lleno de civiles”. El presidente pidió que se rectifique la información y el columnista Emilio Palacio no lo hizo. Fue una injuria vergonzosa.
 

–Se les aplicó una multa de 40 millones de dólares.

–Vean cómo reaccionan los directivos del medio: soterráneamente envían mensajes de que quieren disculparse; por arriba, vociferan. ¿Dónde está la doble moral, en nosotros o en ellos? Creo que aquello de que las noticias sean veraces y justificadas, que consta en la Constitución, debe ser parte de todos los días. No se pueden lanzar injurias sin que nadie sea responsable. Las víctimas de esos ultrajes son seres humanos.
 

–¿Qué avances hubo a partir de la sanción de la ley de medios?

–Esa es otra muestra de la inutilidad de tanto esfuerzo. Desde que se aprobó, van dos años que reposa la ley de Comunicación bajo los intereses supuestos de asambleístas que deciden si hay quórum o no. Hoy estamos en el camino final porque el 7 de mayo el pueblo aprobó en una consulta tener una ley de comunicación y aprobó temas esenciales como que la banca no puede financiar a los medios. La prensa es el gran combatiente porque la derecha no tiene voz.
 

–Visto desde el recambio que hubo en los gobiernos de la región desde comienzos de este siglo, ¿cuáles deberían ser los rasgos de la nueva izquierda?

–Hemos planteado algunas diferencias con lo que se conoció como socialismo real, que en realidad creo que era irreal, se lo conoció también como socialismo del Este. Y muchos articulistas, editorialistas, escritores hablaron del fracaso del comunismo, incluso, con un absoluto desconocimiento histórico. Ni las comunidades primitivas ni el cristianismo, y mucho menos los gobiernos a los que hice referencia, pueden ser llamados comunismo porque ése es un estado absolutamente avanzado de la sociedad al que ninguno ha llegado. Por otro lado, creo que la izquierda, para poder sintonizar con el siglo XXI y aproximarse a los grandes avances de la humanidad, debe entender que su pensamiento no puede ser estático, tiene que volver a la dialéctica, pero no la dialéctica que la adormeció por su mala interpretación.
 

–¿Qué es lo que ha interpretado mal?

–Ha hecho una reducción de la idea de tesis, antítesis y síntesis, e ignoró que probablemente la síntesis podía ser menos trascendente que la tesis. Es decir que no hay resultados de consecuencia lógica en las historias porque la historia no es matemática.
 

–¿Cómo concibe la historia?

–La historia tiene demandas situacionales, históricas y temporales que las corrientes revolucionarias deben observar en profundidad y entender que lo que se está construyendo se construye con el aval de la gente.
 

–¿Cuáles cree que son las nuevas demandas situacionales?

–Voy a citar un tema que aparecía permanentemente en los discursos: la dictadura del proletariado. Sin responsabilidad se la repetía en países donde no había fase industrial, no había obrero industrial que es el que puede estar capacitado para entender ese proceso. Creo que ahí había un error de concepto y de eco, en el sentido de generar una mímesis de lo que había ocurrido en algún sitio. Si las revoluciones no son exportables, mucho menos se pueden exportar demandas que son características identificadas con determinado tiempo, con determinada sociedad y ciudadanía. Precisamente ese último término nos lleva a proponer una radicalización en el proceso de ciudadanización de la política donde los ejes no estén determinados por cúpulas, sino que sea la ciudadanía la que marque el destino, independientemente de que su ejercicio no esté ligado al poder, porque no es posible que toda la ciudadanía sea parte del Ejecutivo o el Legislativo.
 

–¿Cómo concretarían, entonces, esa ciudadanización?

–A través de sus demandas. Es decir, someter los criterios de la teoría y la doctrina a su voluntad, no a la voluntad de quienes ejercen el liderazgo.
 

–¿Qué mecanismos propone para ello?

–Hacer referéndum cuántas veces sea necesario. Yo he vivido en Suiza, aunque no voy a pregonar sobre el Estado suizo, pero la Confederación Helvética y los cantones realizan referéndum todas las semanas para decidir, incluso, presupuestos. Hay municipios volcados a la votación popular. Si la infraestructura básica se necesita para hospitales, escuelas, carreteras es el pueblo el que lo debe decidir.
 

–¿A qué otros mecanismos puede recurrir la ciudadanía para profundizar el proceso de politización?

–¿Por qué no confía en la política? Porque se sintió usurpada, usada y usufructuada en tantas ocasiones en las que los políticos la visitaban para ofrecerles algo y no volver nunca más. Creo que esas falacias fueron destruyendo la fe y la confianza. Ahora, recuperarlas deben ser metas fundamentales.
 

–¿De qué forma?

–Logrando alternativas al ejercicio del gobierno en la voluntad política de autoorganizarse, superando las taras del clientelismo y el asistencialismo. Pero para ello es necesario que se garantice que una población que puede volver al espíritu humanista y solidario no sea usufructuada, que los primeros grandes beneficios de las sociedades contemporáneas sean para ellos.
 

–¿Por ejemplo?

–Yanacocha es uno de los ejemplos vivos de la administración del presidente Rafael Correa. Por decreto específico –y ahora por ley nacional–, los primeros beneficiarios de la explotación petrolera son las comunidades donde está el petróleo, mientras que durante cuarenta años se habían llevado el petróleo y habían dejado la basura. Por eso, la Constitución ecuatoriana es la primera en el universo que no es constitución de derecho, sino de derechos, fundamentalmente, derechos a la natura. Doy otro ejemplo: el parque nacional Yasuni tiene garantías, en una franja del mismo que es pequeña afortunadamente, hay una gran cantidad de petróleo dormido bajo suelo. Ese petróleo le pertenece al Estado ecuatoriano y al pueblo ecuatoriano y ha sido la protesta más radical en términos de no emisión de carbono hacia la atmósfera en dar un paso hacia una nueva generación, ya no de pozos petroleros sino de nuevas matrices petroleras.
 

–¿Cómo es la relación actual entre el gobierno y los indígenas?

–Hemos asumido de ambas partes ciertas incomprensiones. Tratamos de superar las relaciones de asistencialismo y clientelismo de la época neoliberal. Hay también una influencia ideológica a través de organizaciones no gubernamentales de impulsar tesis que supuestamente responderían a la ultraizquierda, pero que finalmente confluyen en la Asamblea Nacional con posiciones que representan a la derecha política de Ecuador. Nosotros estamos determinados a caminar con una nueva dirigencia, con las demandas reales de los pueblos originarios. Es decir, al pueblo indígena no le interesa cuántos asambleístas tiene sino cuántos pobres menos hay. Uno es un poder de empoderamiento, lo otro es la realidad. Se tienen que bajar los niveles de pobreza y de miseria con un trabajo fecundo.
 

–¿Qué efectos tiene en la percepción de la sociedad ecuatoriana las decisiones políticas de Rafael Correa?

–Uno de los problemas mayores es poder divulgar. La verdad no es patrimonio de nadie, pero en el ejercicio político decir la verdad es fundamental, incluso, no aparentando que se ha ganado cuando se pierde. Decir la verdad cuesta mucho y no lo digo ni en el sentido figurado ni en el económico.
 

–¿En qué sentido lo dice?

–Si al frente tenemos todos los días rancias actitudes de cierto sector de la prensa, que ataca todo lo que se haga como en muchos otros países de América latina, es difícil la comunicación. Una de las decisiones más avanzadas, aunque más complejas y polémicas, fue haber incautado las empresas de quienes estancaron al Estado nacional. A través de esos medios estancados hay una oportunidad de llegar a cierto sector de la población. Pero es también justo reconocer que no son los medios más grandes. Estos ejemplos generan una apreciación de con quién y para quién está este gobierno. El apoyo popular del 79,6 por ciento, surgido de una encuesta no realizada para el gobierno, confirman que (Correa) no se equivocó, que ése era el camino por donde caminar. Pero no se puede hacer política a través de las encuestas, las definiciones no se juegan allí.
 

–¿Dónde se juegan?

–En la ética y la moral, a través de las decisiones mayoritarias del pueblo, de lo que consideramos política soberana. Esa es otra forma de comunicación y creemos que es un paso difícil y complejo. Nosotros no somos políticos de carrera, no nos hemos graduado en organizar nada, venimos de otros ámbitos. Yo vengo de la literatura y de la música, siempre viviendo los temas políticos. El presidente Correa viene de organizaciones populares, de la academia, de las luchas universitarias, fue el primer vencedor en las elecciones de la Federación de Universidades Católicas hace 25 años.
 

–¿Cómo analiza la situación actual de la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur) en términos de integración regional?

–La muerte de Néstor fue un golpe muy duro porque, alrededor de su figura ecuménica, se invocaba una proyección mayor. Pero por dolorosa y dura que haya sido esa pérdida no puede frenar este proceso. Creo que el Banco del Sur, la Unasur y la Celac (Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe) son las grandes orientaciones actuales en la región. El Banco del Sur se encargará de crear esos fondos comunes e ir reemplazando al Banco Mundial y al Fondo Monetario, instituciones que explotaron a los pueblos. La Celac debe ser una entidad que otorgue una soberanía cualitativa y cuantitativa, que vaya desde México a Chile, formalizando la naturaleza de esta liberación en las compras de armas, la dependencia en la tecnología única. Creo que hacia allá hay un camino de diversificación y conducción responsable de la política internacional.

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En los años 50 hubo una disputa entre el nacionalismo y las izquierdas marxistas en relación al diseño de país; sin embargo las diferencias remitían menos a proyectos diferentes que a una radicalización mayor o menor del mismo proyecto: gran parte del debate se concentró en si indemnizar o no a los barones del estaño y, más en general, a la profundidad de la política nacionalizadora. Hoy parece repetirse esa dinámica, pero a decir verdad, no hay una fuerza social a la izquierda del gobierno. El socialismo en Bolivia es percibido como un avance hacia mayores niveles de estatización económica. Y a eso se reduce en gran parte la discusión acerca de si el gobierno cumplió o no con la agenda de octubre.

Las protestas de la COB alentaron algunos análisis acerca del retorno de las luchas obreras y populares, esta vez contra el gobierno de Evo Morales. Ciertas izquierdas creen que es posible una salida por izquierda al evismo, pero.. . ¿es posible? La respuesta parece depender de lo que se entienda por izquierda. Si las cosas vuelven a plantearse como un clivaje reforma/revolución creo que no y que esas luchas pueden ser más "destituyentes" que "constituyentes". La COB puede salir a las calles y reclamar con justeza aumentos de salarios, todos podemos criticar que el gobierno los acuse de hacer el juego a la derecha y que intente enfrentar a obreros con campesinos, pero todos sabemos también que la COB carece de una estrategia y de un proyecto político.

Por otro lado, el socialismo “cobista” -o el socialismo a secas- carece de una real base política social. Estas posiciones pueden dar letra a nuevos análisis sobre revoluciones eternamente traicionadas por direcciones reformistas, pequeñoburguesas, indigenistas, etc. pero jamás realizarán un análisis serio de las correlaciones de fuerzas políticas e ideológicas en la sociedad, ni acerca de los actores realmente existente y no los que imaginan los manuales y los dogmas. ¿Acaso hay un análisis del capitalismo boliviano actual? ¿Y de cómo los diferentes sectores, subalternos y dominantes, se articulan a él?

Una característica de nuestro marxismo es su anquilosamiento, su falta de diálogo con los marxismos más críticos y reflexivos y su repetición ad infinitum de una serie de eslóganes prefabricados. Todo ello a la (eterna) espera de que los sectores populares se desilusionen de Evo y den el ansiado paso hacia la Revolución. 

Tampoco las críticas provenientes el ala plurinacionalista -cuyo principal vocero es Raúl Prada- parecen ser capaces de atraer demasiado entusiasmo entre los subalternos. En primer lugar porque difícilmente alguien que apenas se ha formado en la pésima educación que ofrece la escuela pública en el campo y los barrios populares urbanos pueda entender los artículos que publica el ex viceministro de Planificación estratégica. Raúl Prada señala que “El bloque dominante nacionalista en el gobierno se ha convertido en el mayor obstáculo para el avance del proceso descolonizador y para la tarea de construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico [y] así también para la emancipación del proletariado nómada, plural, diverso, articulado a las formas del capitalismo periférico, que combina la explotación salvaje con la explotación ultramoderna del capitalismo de las empresas transnacionales (“Las formas del contraproceso”). 

Sin ninguna evidencia, el autor del artículo sigue asociando gasolinazo con nacionalismo, y nacionalismo con neoliberalismo... Subsume una enorme cantidad de problemas -y casi todo lo que no le gusta- en el término "nacionalismo" como si eso resolviera algo. Si en algún momento el socialismo soviético creía que el racismo, el patriarcalismo, la pobreza y los diversos "atrasos" eran cuestiones inherentes al capitalismo que desaparecerían progresivamente luego de su abolición (sin que nada de eso pasara), ahora la receta mágica es abolir el Estado-nación y desconectarnos del capitalismo mundial. Yo no se si eso nos acercará más a Suecia o a Haití y Somalia.

El problema de nuestros diversos discursos “revolucionarios” es que su radicalidad es una trampa: somos más radicales cuanto menos capaces somos de diseñar un programa de reformas consistentes. Frente a los intentos del gobierno de buscar deus ex machinas -posiblemente Garzón no nos ayude mucho a conseguir el mar- una corriente de izquierda podría proponer un “combo” de reformas consistentes. El derechista Piñera en Chile se propuso «Siete reformas estructurales», centradas en seguridad ciudadana, pobreza, modernización del Estado, medio ambiente, institucionalidad democrática, salud y educación. 

¿Qué tal si nos propusiéramos esas siete reformas desde posiciones progresistas en Bolivia? Quizás nos permitiría salir de las meras grandes palabras (socialismo, estado plurinacional...) y comenzar a dar más densidad al proceso de cambio. La crisis de narrativa del gobierno, que hoy se trata de llenar con el giro marítimo, tiene que ver en gran medida con la distancia entre el Proyecto y la vida cotidiana de las personas. Si algo reencauzará el proceso -como se pide por estos días- es acercar los “grandes relatos” a las “historias mínimas” que cada día se tejen en los barrios populares, los ayllus y las comunidades campesinas. Si la escritora italiana Paola Caridi hablaba de los “árabes invisibles” -aquellos que no apoyan al fundamentalismo ni encajan en los clichés de Bush- también hay muchos “indígenas invisibles” que no encajan en los nuevos clichés posmodernos. A esos deberá llegar también el cambio.

Por Pablo Stefanoni
Ideas/Página 7
 
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En las semanas posteriores a la renuncia forzosa del presidente Hosni Mubarak, el 11 de febrero, la coalición que dirigió la sublevación en la Plaza Tahrir ha actuado frecuente y vigorosamente para continuar la revolución egipcia.
Federaciones sindicales, movimientos estudiantiles, organizaciones femeninas y nuevos grupos juveniles islamistas de tendencia liberal han expulsado a los aliados de Mubarak de las redes de televisión y los periódicos, han cerrado los odiados ministerios de Seguridad del Estado y de policía, chan onfiscado expedientes policiales sobre disidentes, han provocado más renuncias en el gabinete y han iniciado acusaciones contra perpetradores de brutalidad policial, corrupción estatal e intolerancia religiosa.

Han establecido nuevos partidos políticos, han frustrado intentos de limitar los derechos de las mujeres, han expandido la federación sindical independiente con millones de miembros, han recuperado las administraciones de las universidades y han realizado las primeras elecciones verdaderamente libres de consejos universitarios, sindicatos profesionales y laborales en la historia moderna de Egipto.

Mubarak está arrestado en un hospital; sus hijos languidecen en la prisión Tora (“la Bastilla de El Cairo”) y los activos de una docena de oligarcas se han confiscado. Y, sin embargo, la mayor parte de la prensa occidental no parece tomar nota de estos logros políticos y luchas sociales.

En vez de eso, el New York Times y los comentaristas occidentales en Al Jazeera preguntan: “¿Pierde su primavera la ‘Primavera Árabe’? y “¿Podría ser robada la revolución de Egipto?”

Hillary Clinton advirtió de que la revolución podría terminar por ser un simple “espejismo en el desierto”. La prensa occidental hizo hincapié en los resultados del referendo del 19 de marzo –en el que un 77% de los votantes aprobó un conjunto de enmiendas constitucionales escritas apresuradamente– para concluir que se ha formado una alianza de la vieja guardia del ejército y de la Hermandad Musulmana para repeler la revolución popular.

Formuladas en gran parte en secreto por un comité de oficiales del ejército y un juez vinculado a la Hermandad Musulmana, esas enmiendas prepararon el terreno para las elecciones parlamentarias de septiembre y las presidenciales de noviembre. Pero no suspendieron el decreto de emergencia o limitaron el abrumador poder de la presidencia en la medida que esperaban los oponentes.

Es verdad que la Hermandad Musulmana y residuos del Partido Nacional Democrático (NDP) de Mubarak apoyaron las enmiendas, mientras organizaciones liberales, izquierdistas y cristianas presionaron contra ellas. Pero el resultado no puede interpretarse como una señal de que tres cuartos del pueblo egipcio tengan la intención de votar por partidos islamistas o que apoyen a elementos dentro del ejército que todavía están vinculados al régimen de Mubarak.

Sí a la democracia, sí a la unidad

Como dijo el escritor y organizador juvenil egipcio Amr Abdelrahman: “Algunos en el ejército malinterpretaron el voto del ‘sí’ en el referendo como un voto contra los manifestantes y por el ejército, en lugar de un voto que celebra a ambos grupos al mismo tiempo”.

En otras palabras, los egipcios estaban motivados a votar para favor de la democracia, a favor de un nuevo sistema político abierto y para agradecer al ejército por proteger a la gente contra la violencia.

Por cierto, poco después del referendo, la opinión pública se volvió fuerte y rápidamente contra el intento de alianza entre el ejército y la Hermandad Musulmana. Las protestas públicas aumentaron a niveles  que no se veían desde el 11 de febrero.

Decenas de miles de personas se manifestaron y realizaron sentadas en campus universitarios; miles de agricultores en el sur rural se alzaron para organizarse contra las tácticas represivas del consejo militar; e incluso la gente de Sharm el Sheikh –el balneario del Mar Rojo donde se encuentra la villa de exilio de Mubarak– salió a las calles a insistir en que el ejército haga que los antiguos dirigentes del régimen rindan cuentas por sus crímenes.

Hubo amplia evidencia de disenso interno dentro de las fuerzas armadas, e importantes dirigentes juveniles y liberales dentro de la Hermandad comenzaron a hablar de orientarse en nuevas direcciones. Esta crisis posterior al referendo volvió a abrir filones de conflicto, pero de buena manera, presionando al ejército para que se identifique a favor, no contra la juventud revolucionaria.

Eso se vio con mayor claridad el 8 de abril durante una inmensa protesta llamada Día de Limpieza, que unió a decenas de miles de mujeres, estudiantes y grupos religiosos en la Plaza Tahrir. Los manifestantes estaban enfurecidos porque el ejército había preparado una nueva ley draconiana que prohibía protestas y huelgas.

En lugar de levantar el estado de emergencia, el ejército parecía estar fortificándolo, y había señales de que trataba de echar marcha atrás en el procesamiento de Mubarak, su familia y sus ex ministros por corrupción, tortura y abuso del poder. Como dijo el 11 de abril el general Mohamed al Assar del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas: “Los funcionarios pueden ser investigados por crímenes financieros, pero los crímenes políticos y la corrupción no están penalizados por la actual ley egipcia, de modo que de esa forma no se puede acusar a los ex funcionarios”.

El poder al pueblo

Ignorando la prohibición del ejército de las protestas, los estudiantes universitarios marcharon desde Giza cruzando el puente sobre el Nilo, y convergieron con miembros de sindicatos y organizaciones de mujeres musulmanas en la Plaza Tahrir. En el corazón de la protesta, protegidos por la multitud, había jóvenes oficiales del ejército de uniforme – desertores.

Leyeron un manifiesto exigiendo el fin del decreto de emergencia y llamaron a los militares a colocarse más claramente de parte del pueblo. Los jóvenes oficiales criticaron la corrupción de las fuerzas armadas y llamaron a limpiarlas de cómplices de Mubarak, insistiendo especialmente en la exclusión de Mohamed Hussein Tantawi, ministro de defensa de Egipto y actual líder del consejo militar gobernante.

Esa noche, fuerzas de la policía militar y de la odiada Seguridad del Estado (supuestamente disuelta) reaccionaron rápida y brutalmente. Por lo menos dos civiles, según las informaciones, murieron por disparos. La mayoría de los jóvenes oficiales fueron perseguidos, arrestados y “desaparecidos”. Assar trató de justificar la represión diciendo: “Las fuerzas armadas son ahora la espina dorsal de la nación, y todo ataque en su contra es un intento de destruir la estructura de la nación”.

Pero el alba del día siguiente reveló un movimiento resuelto y atrevido por la democracia. Todas las fuerzas políticas, incluida la Hermandad Musulmana, se pronunciaron de modo solidario contra la represión militar.

La violencia nocturna en realidad había aumentado la fuerza y la confianza de los protagonistas de la revolución. El nuevo primer ministro, el paladín contra la corrupción Essam Sharaf, amenazó con renunciar y exigió una inmediata disculpa de los militares y justicia para las víctimas. Los dos principales candidatos a presidente, el secretario general de la Liga Árabe Amr Moussa, y el premio Nobel Mohamed ElBaradei, también criticaron severamente a los militares y exigieron urgentes cambios.

Al llegar el domingo siguiente, el ejército había liberado a todos los detenidos civiles sin acusarlos y prometió que se reformaría y moderaría. Oficiales más progresistas, como el general Sami Annan, tomaron posiciones de más influencia. Las fuerzas armadas estaban siendo transformadas por la revolución, desde adentro y desde afuera, y aunque la vieja guardia no cedía sin derramamiento de sangre, la institución mostraba señales de orientación hacia el cambio.

Revolucionarios uníos

Más importante aún, la crisis post referendo provocó la formación de la organización más interesante creada hasta ahora, el Congreso Nacional Egipcio, o “Congreso Egipcio para Defender la Revolución”, un grupo aglutinador compuesto por la Coalición Juvenil 25 de Enero, el Movimiento Laboral Nacional 6 de Abril (que representa ciudades industriales medianas), la Liga Juvenil Progresista (izquierdistas de todas partes de Egipto), la Plataforma Juvenil del Alto Egipto (organizaciones rurales del sur); partidos nuevos como el Partido de los Egipcios Libres (un partido antisectario apoyado por destacados egipcios cristianos), el Partido Democrático de Trabajadores, el Partido Karama, o Dignidad (nasseristas nacionalistas de izquierda); así como partidos establecidos, centristas de clase media, como Wafd y los Verdes.

Miles de delegados de estos grupos se reunieron el 7 de mayo en El Cairo en una reunión financiada por el acaudalado arquitecto y carismático visionario Mamdouh Hamza. Querían elegir un comité directivo para que sirviera como complemento civil al consejo militar, redactar un documento aclarando los objetivos restantes de la revolución, que Hamza describió como “visión futurista de un desarrollo basado en la justicia social”, y comenzar a forjar una lista común de candidatos para las elecciones parlamentarias de septiembre.

Hasta ahora, la Hermandad Musulmana se ha negado a unirse al Congreso. Durante su reunión de la Shura (consejo) del 30 de abril, la vieja guardia de la Hermandad logró colocar a uno de los suyos, Muhammad Mursi, como presidente del Partido de Libertad y Justicia, que se ha comprometido a obtener un 50% de los escaños en las próximas elecciones.

Al parecer la Hermandad ha ligado su suerte a un movimiento alternativo llamado Diálogo Nacional, formado en su mayor parte por egipcios ya mayores, incluidos altos miembros del consejo militar y veteranos del antiguo partido gobernante de Mubarak.

Las elecciones universitarias en todo Egipto en marzo tuvieron inmensos niveles de movilización y participación entre poblaciones estudiantiles usualmente apáticas. Lo más importante es que esas elecciones vigorosamente disputadas es que revelaron que está ocurriendo un cambio, de un momento en el que todas las energías apuntaban a Mubarak y su Estado policial a otro caracterizado por un amplio debate sobre qué formas de gobiernos y tipos de políticas sociales debieran regir el nuevo Egipto.

Las elecciones universitarias también estuvieron marcadas por una mezcla de entusiasmo sin precedentes y de pragmatismo radical, particularmente en cuanto al papel de la religión.

Rechazo de los conservadores de derecha

Cuando grupos puritanos salafistas y estudiantes simpatizantes de facciones de la conservadora Hermandad Musulmana entraron a los campus y trataron de reavivar las antiguas guerras culturales (distribuyendo panfletos y pintarrajeando grafiti sobre los “males” de la cerveza, de la prostitución y de la democracia liberal), fueron considerados como acosadores aburridos de los nuevos espacios políticos de Egipto.

Como dijo Kholoud Saber, una joven dirigente de la Asociación por la Libertad de Pensamiento y Expresión de la Universidad de El Cairo: “Los estudiantes que se identificaron como salafistas y Hermanos derechistas que trataron de difundir propaganda sobre la perversión religiosa y causar problemas con mujeres y cristianos fueron vistos como nada más que agentes del antiguo régimen, sospechosos de estar vinculados a la antigua SS (Seguridad del Estado)”.

Saber dijo que su presencia “solo aumentó el apoyo para los candidatos más progresistas y favorables a la solución de problemas”.

El rechazo a los propagandistas salafistas, sin embargo, no significa que se haya rechazado toda la retórica religiosa. Al contrario, las organizaciones juveniles se basaron en el discurso religioso y en nociones de deber público para llamar la atención sobre problemas como el alojamiento estudiantil, transporte público, la crisis de desempleo de graduados, las tasas universitarias y la demanda de despido de administradores corruptos y de que se mantuviera fuera de los campus a la vigilancia policial y militar.

Consignas utilizadas por las candidatas de las Hermanas Musulmanas en la Universidad de El Cairo podrán sonar como seculares a los occidentales: “Cámbiate tú y luego cambia a Egipto” y “Mantente positiva y vota”, pero los egipcios reconocen en esas palabras un reflejo de las nociones islámicas de compromiso moral, auto-transformación ética y el deber de participar en la comunidad.

Invocando de esa manera el cambio y la participación en lugar del tradicionalismo y la doctrina, los grupos de estudiantes progresistas religiosos ayudaron a derrotar una cultura de apatía en los campus. Un treinta por ciento de los sitios en los consejos estudiantiles en todo el país fueron obtenidos por candidatos vinculados a la Hermandad Musulmana, entre ellos jóvenes hombres y mujeres de las tendencias más liberales.

Mozn Hassan, dirigente juvenil y directora de la Nazra para Estudios Feministas en El Cairo, informó que “aunque la mayoría de los estudiantes en esta primera elección libre de consejos universitarios todavía no estaba organizada en partidos distinguibles, la mayoría de los candidatos que tenían algún vínculo con el NDP… fueron rechazados en las urnas, y candidatos independientes asociados con organizaciones o temas liberales obtuvieron la mayoría de los puestos en los consejos, incluso en Alejandría que es frecuentemente considerada como un bastión de la política religiosa”.

Seif Edeen al Bendari, de la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de la Universidad de El Cairo, quien fue elegido al puesto de vicepresidente para asuntos sociales y medioambientales, no habló con alegría y entusiasmo de algún tema ideológico especial sino del cambio entre sus compañeros: “Los estudiantes son ahora activos, ambiciosos, elocuentes cuando hablan de política y se involucran en la mejora del sistema. La gente quiere ser consciente de sus derechos y hacerlos valer. Es posible que a veces sientan ira o miedo, pero no son pesimistas. Ahora son dueños de su país e insisten en que ellos serán los que decidan quién gobierne Egipto.”

¡Abajo lo viejo, viva lo nuevo!

Este tipo de espíritu democrático también permea los sindicatos profesionales de Egipto, que entre febrero y abril derrocaron a sus dirigentes del antiguo régimen. En otros países, los sindicatos profesionales pueden ser organizaciones conservadoras que protegen a los privilegiados; pero en Egipto tienden a operar más como los sindicatos del sector público de Wisconsin, como vigilantes protectores de la clase media.

Como señaló Mozn Hassan: “Las elecciones de marzo en el sindicato de los médicos, en las que expulsaron a la vieja guardia de los Hermanos Musulmanes así como a dirigentes vinculados a Mubarak y en las que mujeres obtuvieron algunos puestos dirigentes, representaron el fin de una era en la cual los profesionales se orientaban hacia el conservadurismo social”.

El sindicato de médicos también votó para entregar 3.000 libras egipcias (500 dólares) a la familia de cada persona muerta en las manifestaciones de la Plaza Tahrir. En el mismo período, la Corte Suprema Constitucional declaró inconstitucionales los intentos del Estado de congelar las elecciones sindicales; el sindicato de periodistas derribó a su dirigente del tiempo del antiguo régimen y se movilizó para terminar con el control estatal y con la corrupción en la televisión y la prensa; y el sindicato de abogados envió a su dirigente vinculado a Mubarak a tomar “vacaciones permanentes” y organizó nuevas elecciones.

El Estado también fue obligado a aprobar la formación de un nuevo sindicato independiente para jubilados del sector público.

Esa gigantesca organización, que representa a más de 8,5 millones de personas y controla más de 435.000 millones de libras egipcias (73.000 millones de dólares) en fondos de pensión, se convirtió de inmediato en un inmenso protagonista en la política revolucionaria. Además, otros sindicatos profesionales se reunieron a fines de febrero para formar una coalición unificada, el Movimiento 9 de marzo, para movilizar a otros 8 millones de profesionales.

Mientras avanzaban las clases medias, la clase trabajadora tampoco perdía velocidad.

Al Masry al Youm, un periódico en árabe, publicó un estudio sobre las huelgas que ocurren en un típico día de trabajo a mitad de semana a lo largo del Nilo en pequeñas localidades e instalaciones industriales: 350 distribuidores de gas butano protestaron contra el Ministerio de Solidaridad Social en la ciudad de Takhla; 1.200 empleados bancarios en huelga, exigiendo mejores salarios en Gharbiya; 350 trabajadores de una fábrica de patatas fritas en huelga en Monufiya; 100 estudiantes de enfermería realizan una sentada para ocupar el sindicato médico en Beheira; 1.500 aldeanos en Mahsama protestan contra la decisión del concejo municipal de cerrar una panadería subvencionada; trabajadores en una fábrica de hilados y tejidos en huelga en Assiut; treinta maestros bloquean el ministerio de educación en Alejandría para demandar titularidad; y 200 empleados de hacienda ocupan la oficina del perceptor de impuestos en El Cairo pidiendo mejores salarios y prestaciones.

Las organizaciones religiosas del país también han sido estremecidas por tumultos, disenso y reforma. En ninguna parte es más obvio que en la propia Hermandad Musulmana.

El 26 de marzo, Sameh al Barqy y Mohamed Effan, dirigentes de movimientos juveniles cada vez más elocuentes dentro de la Hermandad Musulmana, auspiciaron una conferencia a la que asistieron cientos de influyentes dirigentes de movimientos juveniles. La reunión enfureció a la vieja guardia que controla el Buró de Orientación de la organización, ya que los jóvenes insisten en lograr democracia dentro de la organización y en restricciones del poder de cualquiera de más de 65 años. Además, Barqy declaró que “la condición marginada de las mujeres en el grupo ya no es aceptable”.

La hora de la juventud, las mujeres, las minorías

Los jóvenes demandaron que cualquier partido apoyado por la Hermandad Musulmana imponga cuotas para asegurar la participación de grandes cantidades de mujeres, cristianos y otros no musulmanes. De hecho, los dirigentes juveniles anunciaron que rechazarán el Partido de la Libertad y la Justicia, recientemente creado por la vieja guardia, si no implementa esas reformas – y se unirían a otros partidos centristas y de izquierda, como Nahda [“Partido del Renacimiento”], un grupo nacionalista liberal-progresista similar a los modernistas islamistas en Turquía y Túnez; al-Wasat [“El Centro”], un partido centrista multicultural, multiconfesional, basado en la fe; o al nuevo Partido Socialdemócrata, compuesto de izquierdistas y de organizaciones sindicales independientes.

Mientras tanto, las hermanas de la Hermandad Musulmana, jóvenes mujeres que estuvieron a la vanguardia en la organización en las universidades y en los levantamientos de la Plaza Tahrir, siguieron expandiendo su influencia entre grupos estudiantiles y sindicales, especialmente durante las elecciones universitarias de abril. Su atractivo popular se basa en una mezcla de mensajes anticonsumistas y antielitistas, combinados con demandas de redistribución de los recursos sociales, económicos, de la vivienda, y educacionales.

El cambio también se ha extendido a las organizaciones sufís, salafistas y cristianas de Egipto. El sufismo representa una amplia categoría de prácticas islámicas culturales, sociales y espirituales. También se basa en tradiciones locales y sincréticas, incluyendo formas de misticismo, la veneración de los santos, meditación, salmodiar y celebración colectiva. Cofradías sufís, o turuq, proveen una serie de servicios en pequeñas localidades y áreas urbanas pobres.

Identificado con las prácticas “vulgares” de las clases populares de Egipto y con la “impureza” de influencias culturales mixtas, el sufismo fue objeto de represión y cooptación agresiva en el Estado de Mubarak. El Estado se hacía cargo de nombrar a sus principales jeques (eruditos religiosos) y murshids (guías), prohibía ciertas prácticas religiosas y controlaba o anulaba rituales y celebraciones (moulids) con gran participación de clase trabajadora.

En la era post Mubarak, esas elites han tratado desesperadamente de aferrarse al poder.

El 25 de marzo, el dirigente nombrado por el Estado, Mohamed al Shahawi, jefe del Consejo Sufi Internacional, y Mohamed Alaa Abul Azayem, fundador del nuevo Partido Tahrir de tendencia sufí, se reunieron con el dirigente nombrado por el Estado, Gran Jeque doctor Ahmed al Tayeb de la Universidad al Azhar de El Cairo.

El trío hizo un compromiso organizativo con la estabilidad del Estado y se dedicó a preparar un programa religioso común para las próximas elecciones. Pero su reunión solo sacó a la luz la medida en la que se han separado de las masas de sufís en las pequeñas ciudades y vecindarios de chabolas, quienes a menudo están en las primeras líneas en las protestas y huelgas.

Sufís marchan contra el extremismo salafista

La base sufí no está interesada en reafirmar la estabilidad del Estado o de los programas sociales conservadores de los dirigentes de la vieja guardia nombrados por el régimen de Mubarak. El 29 de marzo, varios cientos de discípulos sufís organizaron una marcha desde la Mezquita Hussein, cerca de al Azhar en El Cairo, hacia la Plaza Tahrir.

Varias docenas de miembros de la muy abusada comunidad chií y su líder, Mohamed al Derini, se unieron a la manifestación. Demandaban que el ejército proteja a los sufís contra ataques salafistas y demoliciones de santuarios. Pero dirigentes sufís nombrados por el Estado detuvieron la marcha, reflejando las crecientes divisiones internas entre la gente común y la dirigencia vinculada al régimen.

Sin inmutarse, miles de sufís marcharon el 15 de abril de la mezquita de al Sayyid Ahmad al Badawi a la plaza principal en la ciudad de Tanta para protestar contra la creciente actividad de organizaciones derechistas salafistas.

Los salafistas se consideran puritanos, que purgan al Islam de toda violación de la ortodoxia y que restauran el orden divino de la sociedad colocando a la gente en el lugar que le corresponde. Los salafistas han incorporado recientemente a ciertas facciones militares delincuentes, como ser la “Unidad 777” de operaciones especiales, estableciendo su propia milicia y trabajan para influenciar a la opinión estudiantil y juvenil.

Fueron responsables del aumento de los ataques contra cristianos coptos, sobre todo en Alejandría.

Desde luego, los salafistas consideran que los disidentes de género y sexuales y los liberales son apóstatas. Pero dirigen un grado especial de ira contra los propios musulmanes, atacando santuarios sufís como centros de vulgaridad y de desviación religiosa y demonizando a las mujeres trabajadoras como prostitutas.

Pero los salafistas en Egipto, a diferencia de Pakistán, no amenazan con ganar en elecciones o controlar territorio. En su lugar solo parece que impulsan el sentimiento público hacia la izquierda y lejos de la política de “guerra cultural” religiosa, ya que sindicatos, estudiantes y religiosos progresistas se unen en su oposición al puritanismo y la violencia salafista.

Ascenso de la izquierda

En los días revolucionarios en Egipto, parece que el grado de éxito de una organización religiosa contemporánea es directamente proporcional no con su insistencia en la pureza, sino en su generación de una comunidad inclusiva que pueda canalizar las energías de las organizaciones estudiantiles, sindicales y de trabajadores.

Los buenos resultados de liberales e izquierdistas (tanto seculares como religiosos) en las elecciones universitarias y sindicales y las polémicas transformaciones dirigidas por los jóvenes dentro de las fuerzas armadas y dentro de organizaciones islamistas sugieren que si los partidos políticos posteriores a la revolución, o el propio régimen militar, reivindican la doctrina religiosa como centro de la nación Estado egipcia, parecerán anacrónicos y, a fin de cuentas, insostenibles.

En lugar de abandonar la esperanza y descartar la revolución como capturada por Hermanos Musulmanes conservadores y oficiales envejecidos del ejército, los jóvenes de Egipto siguen generando nuevas plataformas de política social y organizando estrategias.

Durante este proceso están reinventando nociones de seguridad y nación, fe y progresivismo, y creando nuevos marcos para la democracia del Siglo XXI – no solo para Egipto, no solo para Medio Oriente, sino tal vez para el mundo.

Por Paul Amar*
Al-Jazeera

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens 


*Paul Amar es profesor asociado de Estudios Globales & Internacionales en la Universidad de California, Santa Barbara. Sus libros incluyen: Cairo Cosmopolitan; The New Racial Missions of Policing; Global South to the Rescue; y el próximo Security Archipelago: Human-Security States, Sexuality Politics and the End of Neoliberalism. 
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El poder es infligir sufrimiento y humillaciones.
El poder es destruir es espíritu humano en pedazos
Que se juntan después bajo nuevas formas que se escoge.
Empiece Usted a ver que clase de mundo estamos creando?
Un mundo de temor, miedo, traición, tormento. Un mundo
De aplastadores y aplastados, un mundo que a medida que se afine
Se volverá cada vez más despiadado. El progreso de nuestro mundo será
El progreso hacia sufrimientos. Nuestra civilización está fundada sobre el odio;
No habrá otras emociones que el temor, la rabia, el triunfo y la humillación.
Destruiremos el resto
.
O´Brien. Miembro de la dirección del partido gobernante en 1984 de George Orwell

Tendremos un gobierno mundial. Guste esto o no. La única cuestión será a de saber si éste será constituido por conquista o por consentimiento.
Paul Warburg. Financista miembro de C.F.R.

A pesar de sus constantes y estridentes acusaciones libremercadistas en contra de la planificación económica, las élites del capitalismo mundial han demostrado hasta la saciedad que saben planificar muy bien y que dirigen con mano de hierro el destino de sus gobiernos, empresas e intereses.

Se ha convertido en un lugar común, dentro y fuera de los círculos intelectuales de izquierda, hacer aparecer al sistema capitalista como una nave fuera de control y a los poderosos grupos ubicados en las cabinas de mando como una especie de club de estúpidos y avarientos maníacos obsesionados con exprimir hasta el último centavo que circula en esa nave próxima a hundirse. Creo que la realidad es mucho más lúgubre y atemorizante que esto.

El sistema capitalista ha sido controlado y dirigido en los últimos 200 años por un minúsculo y cerrado grupo oligárquico a nivel mundial: Rockefeller, Vanderbilt, Harriman, Rothschild, Carnegie, Mellon, Morgan, Warburg, Arnault, Windsor, Thyssen, Walton, Blomberg, Agnelli, Davinson, Pillsbury. Estos grupos han promovido matrimonios entre sus descendientes como forma de concentrar y mantener el poder. Los intereses de estos grupos oligárquicos no sólo han sobrevivido a guerras y crisis económicas mundiales sino que las han aprovechado (algunos dicen que las han promovido) para fortalecerse.

La actual crisis del sistema capitalista tiene características especiales; posee como una de sus principales variables el rápido agotamiento del material del que ha dependido el modelo productivista-crecentista-consumista que, hasta hoy, lo ha caracterizado, esto es, el petróleo. La crisis a la que se enfrenta nuestro actual modelo civilizatorio es la crisis del modelo de alto consumo energético producido por la explotación y quema de combustibles fósiles. Es por ello que en los últimos años hemos visto (y aun veremos) guerras de tipo colonial (Irak, Libia, Sudán) por controlar los últimos reductos de yacimientos de hidrocarburos en el mundo.

El verdadero pánico  en los mercados financieros mundiales lo ha desatado las muy silenciadas noticias sobre la disminución de las reservas mundiales de petróleo y la certeza de que hace ya más de una década se traspasó el cenit mundial de la producción petrolera, esto es, el momento en que la cantidad de reservas probadas y probables alcanzaron su punto máximo (peack oil) y comenzaron a disminuir. Cuanto menos petróleo haya en el mundo menos crecimiento económico habrá y menores serán las posibilidades de que el capital especulativo (el 90% del dinero que circula diariamente en el mundo) se transforme en  riqueza real o física.

Como una estrategia de desinformación estas elites del capitalismo mundial han esparcido por el mundo (a través de sus todopoderosas cadenas de información) la idea de que la crisis los ha sorprendido, paralizado y sobrepasado; que frente a lo que se asoma como el fin del modelo civilizatorio basado en el hiperconsumo de combustibles fósiles la oligarquía mundial se encuentra a la deriva y sin proyectos estratégicos  orientados a mantener y acrecentar su poder y hegemonía en el mundo. Creo que esta visión peca de ingenua, simplista y ahistórica.

Para adentrarnos en el análisis de lo que podría ser un plan de dominio planetario en una sociedad post-hidrocarburos hay que comenzar por recordar que en los centros de estudio y pensamiento (think thanks) del capitalismo mundial  nunca se ha dejado de estudiar a Marx; incluso en los triunfalistas años 90 de plena hegemonía neoliberal y fin de la historia, las tesis del sabio de Tréveris eran de obligatorio estudio en dichos centros. Ahora bien, sabiendo esto, uno debe preguntarse:

¿Podrían los ideólogos, economistas y geoestrategas del capitalismo mundial ignorar el carácter cíclico y estructural de las crisis del sistema, por lo demás tan bien explicadas por Marx en sus escritos?

¿Sus analistas financieros podían ignorar las pavorosas consecuencias para la economía mundial que la desenfrenada emisión de dinero inorgánico por parte de la Reserva Federal de los EEUU iba a causar?

¿Podían acaso ignorar el inexorable estallido de la burbuja financiera-especulativa que esta emisión de dinero inorgánico iba a producir?

¿Algún estudioso de la ciencia económica medianamente bien informado podía dejar de prever la crisis de la zona euro producida por meter en el mismo carril monetario de alta velocidad de las economías francesa y alemana a países como Irlanda, Grecia, Portugal o las naciones de Europa del este?

¿Ignoran estas élites el acelerado agotamiento mundial de recursos naturales y la exponencial explosión demográfica de los países pobres del sur del mundo?

¿Acaso no fue el Club de Roma (Centro de pensamiento de estas élites) quien encargó al Instituto Tecnológico de Massachusetts y a los Meadows en una época tan temprana como la década de 1970 el pionero estudio sobre los límites del crecimiento en nuestro modelo social?

¡Acaso sus grandes corporaciones petroleras y sus organismos de energía internacionales ignoran que el cenit mundial del petróleo se sobrepasó hace ya más de una década?

Obviamente que las respuestas a todas estas interrogantes es un rotundo no!!, entonces:

¡Habría que creer que las actuales crisis en sus vertientes energética, financiera, ecológica y alimentaria ha tomado a la oligarquía mundial desprevenida y por sorpresa? Yo no puedo ni siquiera manejar como hipótesis una respuesta afirmativa.

Creo que estas élites y sus analistas si visualizaron con claridad y precisión los actuales (y venideros) escenarios de crisis, y han preparado sus respuestas a los mismos. Estas élites son neomalthusianas. Creen firmemente en que la supervivencia de la civilización, y quizás hasta de la propia especie humana, pasa por una drástica reducción de su número en la tierra. Darwinianamente se ven a sí mismos como el grupo más apto, el mejor adaptado y fuerte, el más evolucionado en la lucha por la preeminencia y dominio de la sociedad humana, por lo que no tienen ningún tipo de objeción de conciencia para eliminar a quienes consideran inferiores. Les desvela y preocupa el aumento de la “gente de color” a lo largo y ancho del mundo. Ven a los chinos como sus verdaderos y más formidables enemigos para las próximas décadas, por ello, la tesis del choque de civilizaciones de Huntington está más dirigida contra el mundo confusiano chino que contra el mundo árabe-musulmán.

Sólo necesitan a una parte de la actual población mundial para utilizarla como mano de obra y servicio de sus necesidades. Estiman que los recursos de la tierra no son suficientes para permitir que todos sus habitantes tengan libre acceso a ellos, por lo que este acceso debe ser limitado y restringido.

Para estas élites el control de la natalidad de las masas empobrecidas del sur del mundo tiene carácter estratégico y de seguridad mundial. Estudian planes de acción y estrategias que permitan la rápida y progresiva eliminación de lo que ellos consideran población sobrante; para ello, es válido el desarrollo de guerras, desastres climáticos (sistema Haarp), hambrunas, desarrollo en sus laboratorios de ingeniería genética de nuevas formas virales que produzcan epidemias (sida, ébola, gripe aviar, gripe porcina, nuevas cepas de enfermedades de transmisión sexual que generen esterilidad), introducción de elementos esterilizantes en alimentos y fármacos.

La industria cultural de estas élites ha jugado un importante papel preparando a la humanidad para aceptar las tesis que esta oligarquía mundial ha diseñado: las películas catastrofistas de trasfondo ético-ambiental han ido haciendo un nicho en la psiquis colectiva de la población mundial con el mensaje de que los causantes de todos los males de la tierra somos los humanos, “todos los humanos”, “toda” la especie humana, sin distinción, sin culpables directos,, por lo tanto, controlar, limitar o reducir el número de individuos de nuestra especie es bueno, es ecológicamente necesario.

Estas élites suscriben totalmente la tesis de que para mantener el actual ritmo de consumo y desecho harían falta varios planetas tierra, lo que es obviamente imposible, por lo que, como tampoco están dispuestos a compartir o reducir su riqueza y poder, ni a prescindir del sistema que les garantiza estos, su solución lógica es reducir, de una forma u otra, un porcentaje importante de la actual población mundial: los menos aptos, los más atrasados, los prescindibles; la misma lógica de los nazis en el tercer reich.

Para esta oligarquía cualquier proyecto político que intente o proclame incluir política, económica y socialmente a las masas, o que declare querer distribuir equitativa e igualitariamente los limitados recursos del planeta actúa en forma irresponsable e irracional, es una amenaza a la supervivencia de la sociedad humana y de la vida misma sobre el planeta, en consecuencia, hay que combatirlo con todas las armas disponibles.

Esta plutocracia mundial tiene la capacidad militar, tecnológica, científica y financiera para imponer al resto del mundo un nuevo modelo de organización social y económico con ellos, o sus operadores políticos (ONU, FMI, G8, OMC, AMI, OTAN) a la cabeza. A su vez las élites de los países emergentes al parecer han entendido y aceptado como válida, o por lo menos temporalmente inevitable, esta situación y es por ello que hemos visto en la última guerra de saqueo colonial en contra de Libia, a países como China y Rusia abstenerse de ejercer su derecho al veto en contra de ella.

Sin menospreciar el papel que contra esta conspiración oligárquica mundial pueden desempeñar los estados nacionales gobernados por movimientos populares o revolucionarios como son los casos de Cuba, Venezuela o Bolivia, creo que la verdadera capacidad de resistencia en contra de estos planes ha de venir de movimientos contrasistema y contraculturales como los zapatistas en el sur de México, el movimiento de los sin tierra en el Brasil, los grupos musulmanes de resistencia en el mundo árabe, el movimiento decrecentista y los movimientos indígenas en el área andina.

Pelear contra esta oligarquía desde las tradicionales estructuras del estado burgués es otorgarle todas las ventajas y jugar con su lógica y reglas de juego, y así, creo que es imposible, no se diga vencer, incluso sobrevivir.

Los escenarios de países y sociedades convulsas, con estallidos sociales y guerras civiles forman parte de los planes de esta oligarquía mundial. La ingobernabilidad en algunos países (México, Irak, Sudán, Costa de Marfil, Libia) permitirá la secesión y control de ricos territorios por parte de estos centros de poder mundiales permitirá a su vez la destrucción de redes sociales que podrían permitir una resistencia organizada en contra de los saqueos.

El fortalecimiento del cuerpo social de nuestros pueblos, el asumir y profundizar la lucha por superar al capitalismo como cultura cotidiana, con su bárbara y esterilizante lógica cosificadora y mercantil es, a la vez, reto y esperanza para toda la humanidad.

- Joel Sangronis Padrón  es profesor de la Universidad Nacional Experimental Rafael Maria Baralt (UNERMB), Venezuela.  Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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Sábado, 26 Marzo 2011 07:06

La izquierda del capitalismo

No cabe duda, la obligación de adjetivar las conductas de los partidos socialdemócratas y progresistas como pertenecientes a la izquierda trae consigo ejercicios teórico-ideológicos propios de un malabarismo intelectual. Es común hablar de la existencia de una izquierda institucional, sobre todo cuando nos referimos a organizaciones políticas cuyas bases doctrinales no cuestionan el capitalismo, factor suficiente para negarles el calificativo de izquierdas. No debemos olvidar que la socialdemocracia y los llamados reformistas no compartían las premisas del capitalismo. La estrategia cuestionada era la forma de enfrentarlo, la transición al socialismo. El dilema se expresaba dualmente: reforma o revolución. Ahora, el problema es otro. Quienes se autodefinen pertenecientes a la izquierda institucional comparten y aceptan las reglas del juego de la economía de mercado. El hacerlo trae consigo consecuencias inmediatas. Su decisión conlleva avalar el proceso de concentración y centralización del capital como mecanismo para la creación de riqueza. Por consiguiente, dentro de sus programas desaparece la crítica de fondo a las relaciones sociales de explotación sobre las cuales, el capitalismo, construye y ejerce el poder político. Los militantes de esta nueva izquierda institucional, parecen sentirse cómodos navegando en las aguas del capital. Eso sí, para justificar el abandono de la lucha anticapitalista, la izquierda institucional y la socialdemocracia utilizan argumentos maniqueos y pedestres. Su lógica consiste en negar la lucha de clases y la división social del trabajo basada en la propiedad privada de los medios de producción. De su lenguaje han desaparecido, por arte de magia, los capitalistas y con ello la dualidad explotados-explotadores. Asumen, sin cuestionar, una visión del mundo donde el imperialismo y los intereses depredadores de las trasnacionales se esfuman en pro de la ideología de la globalización. Sin explicación coherente enfatizan el sentido armónico de la globalización, promoviendo una gestión de la crisis con rostro humano. Según ellos, todos somos responsables y debemos compartir costos. Así sugieren un pacto estratégico entre trabajadores y empresarios, considerándolos parte de un mismo equipo con las mismas metas. De esta manera, nadie quedaría excluido de los beneficios de un trabajo solidario. Ni ganadores ni perdedores. Si actuamos con tino, nadie se verá perjudicado. Es el dilema del prisionero extrapolado ante las relaciones sociales de explotación. Si se coopera se consiguen los objetivos, todos obtienen beneficios. Los trabajadores mantienen su empleo, aunque sea en peores condiciones, y los empresarios, ya nunca más capitalistas, verán aumentar sus ganancias y con ello invertirán, incrementándose el producto interno bruto. Un verdadero pacto de caballeros. Puestos en esta lógica, el quid del capitalismo cambia de eje, no se encontraría en las relaciones de explotación. Su sitio se ubicaría, a partir de ahora, en la fuerza autorregulada de la economía de mercado para satisfacer las necesidades de los consumidores.

Para la nueva izquierda institucional y la socialdemocracia, el capitalismo debe redefinirse como un sistema político destinado a generalizar los beneficios de la economía de mercado. Con ello, lo importante es consumir, no importa qué, cómo y cuándo. Se trata de garantizar el acceso al mercado y formar parte de un ejército de consumidores diferenciados por la calidad y la cantidad de los productos que adquiere. Unos comerán angulas, caviar, beberán champagne, conducirán Lambordinis, Mercedes Benz , irán de vacaciones en yates y viajarán en primera clase; otros, en cambio, deberán conformarse con sucedáneos, imaginarse unas vacaciones virtuales, utilizar el transporte público, consumir gaseosas o tomar agua no contaminada, en el mejor de los casos. Pero tampoco se olvidan de los menos agraciados, quienes sobreviven con menos de un dólar al día o simplemente no tienen ni eso. Para este sector social les aplican el criterio de políticas para pobres. Podrán comer, tendrán un trabajo precario, y se verán avocados a la miseria, la exclusión y la marginalidad. Pero siempre tendrán una opción de salir adelante, en sí son capital humano y ese es su máximo activo. El mercado está siempre atento para recibirlos con las manos abiertas.

En otro orden de cosas, la izquierda institucional traslada el debate de la ciudadanía plena y la centralidad de la política a la esfera de la eficiencia y la racionalidad económica para lograr un mejor funcionamiento del mercado. No tienen empacho en señalar que están actuando en beneficio de todos y en favor del progreso de la humanidad. Muy a su pesar, sólo les queda constatar la pérdida de los derechos laborales, sindicales y políticos en beneficio de la comunidad del mercado. Cómplices del secuestro de la democracia, se manifiestan en pro de los tratados de libre mercado, las trasnacionales y los grandes capitalistas. Asimilados a los postulados del capitalismo se han transformados en sus cancerberos. Adoptan la función del policía bueno. Mientras critican las maneras políticas de la derecha neoliberal y conservadora, ellos encarnan, dicen, el bien común y la moral pública. Pero ambos son la cara y cruz de una misma moneda y comparten un mismo objeto, doblegar la voluntad de las clases populares. Para ellos no hay alternativa al sistema, es mejor someterse y vivir de acuerdo a las leyes del mercado. Luchar contra el capitalismo es un suicidio, porque éste siempre gana.

No hay por donde equivocarse, gracias a la izquierda institucional y la socialdemocracia, el capitalismo se reinventa y queda absuelto de ser un orden de violencia, deshumanizante, asentado en la desigualdad, la explotación y la injusticia social. Por consiguiente, es mejor llamar las cosas por su nombre y quitarle la máscara a esta nueva izquierda y sus aliados socialdemócratas. Es más apropiado llamarla izquierda del capitalismo, concepto apegado a sus prácticas y claudicaciones estratégicas de lucha anticapitalista. Por este motivo, démosle la bienvenida, poniendo al descubierto sus espurios intereses que consisten en mantener inalteradas las estructuras de explotación inherentes al modo de producción capitalista.

Por Marcos Roitman Rosenmann
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Un clamor resuena en todo el mundo. Todos queremos libertad, todos soñamos con la democracia. Que nos la den, que la hagamos, que la apoyen y, sobre todo, que luchemos por tenerla.

Pero, ¿con quién vamos a luchar, al lado y al amparo de quién queremos luchar? ¿Con quién contamos y queremos contar?

Obviamente no queremos apoyarnos en quienes entrenan a sus soldados para que al grito de libertad invadan, destrocen y saqueen pueblos enteros, y sin piedad alguna causen daños horripilantes a mujeres, niñas y niños, jóvenes y viejos, con el supuesto de que están luchando contra quienes merecieron su inmenso apoyo en armas, dinero, negocios, publicidad y diplomacia durante años y años.

No queremos apoyarnos en quienes han atacado por todos los medios a su alcance, incluidos los bloqueos, los intentos de magnicidio, las plagas, los golpes de Estado, las invasiones militares y paramilitares, las falsas y crueles guerras contra un narcotráfico que les sirve como gigantesco negocio para lavar el dinero de los criminales en sus bancos y quedarse con la mayor parte; que les sirve para prestar dinero con altos intereses a los gobiernos aliados que son sus clientes en la compra de armas de mediano y alto poder, iguales o inferiores a las que también les venden a los narcotraficantes; que les sirve para mediatizar la ira del pueblo empobrecido por sus políticas privatizadoras y especuladoras y para embarcar a los jóvenes de ésta América en falsas luchas de mafias que les hacen perder –con su identidad y sus vínculos sociales y familiares–, el sentido de la vida y el sentido de la lucha, y con que pierden a su propia juventud, a la joven América que protestara en Chicago contra la guerra en Vietnam y se manifestara a favor de los afro-americanos y de los habitantes y movimientos sociales del Tercer Mundo de los que el Che Guevara fue su icono y que hoy constituyen el principal mercado de narcóticos del mundo, con que se destrozan y los destrozan. No queremos apoyarnos en la lucha por la libertad con el ejército que defendió durante años al Mubarak que el imperialismo también apoyó, ni en los aviones de la OTAN que durante años han estado destruyendo a Irak y Afganistán. No queremos coincidir con quienes han declarado una guerra total contra el pueblo y gobierno de Cuba, con quienes han hecho todo lo posible por dividir y enfrentar al pueblo y gobierno de Venezuela, con quienes apoyaron y apoyan la secesión y desestabilización de la República de Bolivia.

Es más, debemos denunciar el hecho de que las potencias imperialistas encabezadas por Estados Unidos y la OTAN están aplicando la vieja táctica de mediatizar los movimientos emancipadores del pueblo para poner a sus ejércitos serviles como liberadores del pueblo que durante años y años han contribuido a oprimirlos. ¿Podemos olvidar esta vieja trampa que se ha aplicado contra nuestros pueblos desde hace más de un siglo y medio y que hoy está al orden del día en los nuevos golpes legales de estado, y en las nuevas luchas por la libertad y la democracia de un imperialismo que cada vez más oprime y despoja a nuestros pueblos y que sólo apoya a los gobiernos que le hacen crecientes concesiones a sus empresas extractivas y depredadoras?

Aclaremos de una vez por todas que nosotros queremos una libertad y una democracia de las que el imperialismo es su principal enemigo aunque quiera nuevamente jugar con los equívocos para decir que lucha por lo mismo que nosotros ¡Mentira! Nosotros queremos una democracia en que el pueblo gobierne y en que los gobernantes le sirvan al pueblo, gobiernen con el pueblo y se reintegren al pueblo cuando termine su mandato. Nosotros queremos una democracia en que se creen espacios de diálogo, debate y consenso a lo largo y lo ancho de toda la nación, con respeto a las distintas religiones, ideologías, culturas, razas, sexos, edades. Nosotros queremos una libertad de pensar, de estudiar, de decidir, en la que deje de estar sujeta al hambre y la miseria la inmensa mayoría de la población humana en beneficio de 200 multimillonarios que juntos tienen el ingreso nacional de Alemania y por separado el de muchos países del sur del mundo. ¿Es esa la democracia que ellos quieren? ¿Es esa la libertad que dicen defender? Por supuesto que no… Pero hay algo más que ellos no quieren, la justicia. Nosotros queremos la justicia a la persona humana; pero miremos donde están los mentados derechos del hombre por los que ellos dicen haber luchado. Nosotros estamos por la justicia social, y miremos cómo han impuesto sus políticas privatizadoras, desnacionalizadoras y desreguladoras que han acabado con los derechos de las naciones, de los pueblos y los trabajadores. Es más nosotros queremos que la justicia social la hagan los pueblos, que los pueblos gobiernen en uso de la democracia y que los pueblos y sus integrantes hagan justicia personal, hagan justicia familiar, social, laboral, política, cultural, económica, y que la justicia social sea propia del hacer y quehacer de los pueblos y no de señorones dizque generosos o dizque humanitarios y a esa justicia social que los pueblos ejerzan en uso real de la democracia le llamamos socialismo del siglo XXI, pues no concebimos el socialismo sin el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, y menos el socialismo sin la libertad. ¿Y ellos? Y los supuestos y oportunistas aliados del pueblo de Libia que están bombardeando al pueblo de Libia, ¿quieren esa libertad, esa democracia y esa justicia que nosotros queremos? Por supuesto que no. Pero son unos notables farsantes que confunden y engañan con ideales fingidos.

Por nuestra parte tenemos que aclarar no sólo lo que queremos sino cómo pensamos realizarlo y hasta qué punto, en medio de las diferencias que se dan entre quienes luchamos bien que mal por la emancipación humana, y que luchamos en distintos países y condiciones…; hasta qué punto en medio de nuestras diferencias podemos encontrar algunas políticas coincidentes que nos ayuden a respetar las distintas posiciones que tenemos a reserva de que la evolución de las luchas vaya unificando criterios y experiencias. A ese respecto lo primero es no exigir que todos tengan la misma posición que uno tiene. Lo segundo, es dar las razones por las que en un momento y situación dados uno toma la posición que otros no comparten. Lo tercero es ver si las razones de una toma de posición se confirman o disconfirman por la experiencia.

Señalemos como punto de partida una política global del imperialismo neoconservador y neoliberal. Desde el grito de la Tatcher afirmando que ¡no hay alternativa! los complejos empresariales-militares que dominan el mundo han aplicado la política de "lo no negociable" a las medidas de desnacionalización, privatización y desregulación por las que han empobrecido sistemáticamente a todos los pueblos del mundo, incluso a los metropolitanos. Esa política de "lo no negociable" está vinculada a la destrucción de los derechos políticos, laborales y sociales que implicaban una distribución del producto global y del producto nacional, menos desigual e injusta que la actualmente existente en que las naciones pobres son más pobres que hace 30 años, y los ciudadanos y trabajadores pobres y depauperados han crecido de una manera dramática.

La política de "lo no negociable" ha acabado con la capacidad de los partidos políticos y las organizaciones sociales y laborales para protestar, presionar y negociar para el cumplimiento de derechos y prestaciones sociales: ha liquidado en los hechos los derechos de la Carta Magna de cada país y de la Carta de Naciones Unidas en derechos humanos y en derechos de no intervención y libre autodeterminación de los pueblos. La política de "lo no negociable" ha hecho de la violación del derecho la práctica del derecho. Y esto ocurre con la práctica del derecho internacional, público, social, laboral, o civil. Lo más frecuente es usar el derecho para criminalizar a las víctimas del sistema y en usarlo al arbitrio de jefes y patrones.

Al mismo tiempo y en vez de reconocer los derechos políticos y sociales que tantos gastos implicaban se han generalizado las políticas de cooptación y corrupción de funcionarios públicos, de partidos políticos y gobiernos enteros para que apliquen las medidas neoliberales contra lo ofrecido en los idearios de partidos y candidatos. El desprestigio de la democracia electoral y parlamentaria es así tan grande como el de la inmensa mayoría de los partidos de "izquierda", e incluye a los candidatos socialdemócratas, socialistas, comunistas, nacionalistas, desarrollistas que teniendo nombres distintos hacen políticas neoliberales iguales… con el cinismo y la furia de quienes sólo luchan por tener "puestos de elección popular"

A tan lastimosa situación de un mundo que parece haber acabado con la posibilidad de las luchas legales efectivas, se añade el inmenso desastre de la restauración del capitalismo en el bloque soviético, China y Vietnam donde los antiguos comunistas reniegan de sus antiguos héroes o los invocan diciendo que están actualizando y modernizando su pensamiento, y que sólo los "conservadores" se oponen a su "avanzado" pensamiento.

Para luchar debemos recordar estos y otros grandes tropiezos y ver cómo se están superando entre líderes y masas, dando creciente atención a las palabras de consecuencia, a las conductas coherentes, a los líderes que igualan con la vida el pensamiento, como el comandante en jefe Fidel Castro.

Tenemos que destacar el programa de paz mundial del gobierno venezolano y la nueva lucha bolivariana que libra por el socialismo del siglo XXI, buscando resolver las contradicciones que enfrenta con la organización y concientización creciente del pueblo en un proyecto que no repita la historia pasada de las revoluciones nacionales y sociales que se volvieron populistas y acabaron reintegrándose al sistema neocolonial, hoy neoliberal.

Tenemos que destacar la lucha por el "vivir bien" del pueblo y el gobierno de Bolivia pues se trata de un programa que hablando de Bolivia habla del mundo.

A otro nivel, el de los gobiernos que mandan obedeciendo a las comunidades, aparece un programa que es también de alcance universal, y riquísimo en metas y medios como el movimiento zapatista de los pueblos mayas que luchan y construyen otro mundo posible en el sureste mexicano.

Al mismo tiempo necesitamos tenderle la mano a otros gobiernos progresistas que entre contradicciones están apoyando una política de paz y de respeto a las naciones y los pueblos, y si no los apoyamos en todo, apoyémoslos en lo que sean luchas por la libertad, la justicia, la democracia, la paz, y hagámosles ver que una condición evidente para el triunfo, radica en que sus gobiernos y sus políticas sean gobiernos y políticas de "todo el pueblo" y que, sobre ese principio político, indeclinable si no quiere uno perder, enfrenten los acosos de las oligarquías, del capital monopólico y el imperialismo con medidas que tiendan a profundizar la democracia y la economía de "todo el pueblo".

En cualquier caso procuremos que nuestras diferencias internas se resuelvan en formas que no nos tribalicen y nos hagan nuevas víctimas de la vieja política colonialista que aprovecha las luchas internas para las intervenciones externas, colonizadoras y recolonizadotas.

La responsabilidad que en América Latina tenemos es inmensa pues el Nuevo Mundo saldrá del Nuevo Mundo que ya muestra su grandeza, enriquecida por todos los proyectos de emancipación humana.

Pablo González Casanova
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El Ejército israelí, a través de su cuerpo de Inteligencia Militar, espía a grupos y organizaciones internacionales de izquierda cuyas actividades, considera Israel, deslegitiman su existencia como Estado.

Fuentes del Gobierno y del Ejército israelíes dijeron al diario Haaretz que hace varios meses Inteligencia Militar creó un departamento especial que se dedica a seguir las actividades de grupos de izquierdas y que coordina estrechamente su trabajo con los distintos ministerios del gobierno.

Parte de su trabajo es seguir los pasos a ONG que, por ejemplo, organizan flotillas para romper el bloqueo a Gaza, pero el vago mandato del departamento preocupa hasta a funcionarios en el Ministerio israelí de Asuntos Exteriores, según el diario.

"Ni siquiera nosotros sabemos definir exactamente lo que es un acto de deslegitimación", responde un funcionario de Exteriores al preguntarse qué es lo que el nuevo departamento puede aportar a los esfuerzos diplomáticos israelíes.

Según esta fuente, Israel debería preguntarse primero si "las flotillas a Gaza son deslegitimación, si la crítica a los asentamientos son deslegitimación", porque "no está claro en qué la participación de Inteligencia Militar puede aportar algo".

Para el cuerpo de Inteligencia Militar, uno de los más importantes del Ejército y que se encarga de hacer las valoraciones estratégicas en la región, el seguimiento de estos grupos refleja la evolución en el mundo actual y los retos de seguridad que afronta Israel.

"El enemigo cambia, como así también la naturaleza de la lucha, y nosotros trabajamos para incrementar la actividad en este campo", explica al Haaretz un oficial de ese cuerpo. "El trabajo en este área se lleva a cabo sobre la base de una clara distinción entre la crítica legítima al Estado de Israel por un lado, y los esfuerzos para perjudicar y socavar su derecho a la existencia por el otro", agrega el oficial.

Otro campo de actividad del nuevo departamento es hacer un seguimiento de ONG occidentales que alientan al boicot contra Israel, a la imposición de sanciones, o al procesamiento de oficiales y políticos israelíes por supuestos crímenes de guerra. También verificarán si existe relación entre estas ONG y grupos terroristas islamistas e internacionales.

El Ejército israelí decidió la creación del nuevo departamento tras el polémico asalto a la Flotilla de la Libertad en mayo de 2010, en el que nueves activistas turcos murieron por fuego de soldados israelíes cuando se dirigían a Gaza con ayuda humanitaria.

El fracaso militar y diplomático del asalto, cree el Ejército, se podría haber evitado si los organismos de inteligencia y espionaje hubieran proporcionado información relevante sobre la naturaleza de los activistas que había abordo del Mavi Marmara, el buque insignia de la flotilla y donde se produjo el principal enfrentamiento.

El seguimiento de grupos extranjeros coincide con una nueva ley en Israel que será votada mañana martes, para impedir que ONG locales puedan recibir financiación pública si contribuyen a "deslegitimar al Estado como judío y democrático". La polémica ley, que será votada en segunda y tercera lectura, y contempla también la imposición de multas, es una iniciativa de la derecha nacionalista para frustrar las actividades de grupos israelíes de izquierda que defienden los derechos humanos o denuncian el comportamiento del ejército en los territorios ocupados.

EFE JERUSALÉN 21/03/2011 11:20 Actualizado: 21/03/2011 11:41
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