“Venezuela podría convertirse en la Siria de América Latina”

La clave del actual conflicto en Venezuela no es tanto de carácter social como geopolítica, dado que se trata de un país pleno de riquezas y emplazado en una posición estratégica (un país bisagra entre dos subcontinentes), en un planeta en el que a escala global miden fuerzas Estados Unidos y China. Después de 60 años de conflicto en Colombia, “creo que se está configurando una guerra interna en Venezuela, de manera que puede convertirse en la Siria de América Latina; esto llevaría a una profunda desestabilización del continente”, sostiene el periodista e investigador uruguayo Raúl Zibechi. Colaborador en medios como La Jornada de México o Brecha de Uruguay, desde hace tres décadas ha recorrido América Latina trabajando con los movimientos sociales. Coordinación Baladre de luchas contra la precariedad e Iniciativas sociales Zambra han publicado libros de Zibechi como “Latiendo resistencia. Mundo nuevo y guerras de despojo” (2016), “Descolonizar la rebeldía” (2014) y “Brasil potencia: entre la integración regional y un nuevo imperialismo” (2013). En el primero de los títulos resalta la función esencial de la masacre: “Ayer y hoy constituye el principal modo de disciplinamiento de los de abajo en América Latina”.


-En artículos y libros te has mostrado muy crítico con los gobiernos progresistas y de izquierda en América Latina. Ante las embestidas de la oposición de extrema derecha venezolana, con el apoyo de las elites mundiales, ¿crees que los movimientos populares han de tomar partido en esta coyuntura?


Toman partido y es necesario que lo hagan porque son la llave de los cambios posibles y deseables. Sin los movimientos, o sea la gente común organizada para promover o impedir cambios, nada de lo que sucedió en América Latina en las tres o cuatro últimas décadas sería igual. La camada de gobiernos progresistas y de izquierdas que surgieron desde 1999, son producto indirecto de estos movimientos. Indirecto porque no tenían ese objetivo específico, no se propusieron llevar a tal o cual persona o partido al gobierno, aunque en muchos casos los apoyaron, incluso antes de que fueran gobierno.


El asunto es que no hay unanimidad, ni puede haberla, en cuanto a la valoración de estos gobiernos ni en relación a la actitud hacia ellos. Hay movimientos que apoyan al progresismo y otros que se oponen, y unos cuantos tienen posiciones intermedias y oscilantes según las coyunturas. Lo que no resulta adecuado es quitarle legitimidad cuando toman caminos que no se comparten. Se trata de explicar las razones por las cuales hacen lo que hacen, en vez de sentenciar que se convirtieron en agentes del imperio o cosas similares, que recuerdan el período estalinista cuando todo opositor era tachado de “agente del enemigo”.


-¿Consideras que cabe una “tercera vía”?


El término “tercera vía” no me gusta. Pero entiendo que te refieres a un camino propio de los movimientos, que no necesariamente pase por la estrategia estatal o partidaria. Creo que ese sería el camino a explorar, algo que en los últimos años hemos denominado autonomía. Que pasa por diseñar estrategias propias que, en determinado momento, pueden establecer lazos con algunos partidos o con el Estado, pero que en su conjunto no se subordinan a ninguno.


Sin embargo, una estrategia de este tipo no es sencilla porque supone la constitución de sujetos colectivos sólidos, bien plantados en el escenario político y, sobre todo, capaces de crear y sostener una cultura política propia. Esto es muy excepcional en todo el mundo, y en América Latina lo encuentro en muy pocos movimientos, en particular en el zapatismo y en los sin tierra de Brasil, aunque ambos transitan caminos diferentes. Una estrategia propia sólo puede construirse pensando en la larga duración, para no quedar entrampados en coyunturas políticas o electorales que suelen des-potenciar las capacidades de los movimientos.


-En un reciente artículo publicado en La Jornada, afirmabas que la pugna estratégica entre Estados Unidos y China estaba fracturando América Latina. ¿Qué posición ocupa Venezuela?


En ese artículo recojo un análisis de dos economistas latinoamericanos, que tienen la enorme virtud de darle densidad material a los conflictos en la región, rehuyendo las consabidas letanías ideológicas. El punto de partida es que hay una fractura entre Sudamérica, volcada hacia China, y Centroamérica y el Caribe, volcados hacia Estados Unidos. Para llegar a esa conclusión aportan datos sobre comercio exterior y endeudamiento, y establecen que el epicentro de la fractura es Venezuela.


-¿En qué consiste el conflicto que mencionas?


El eje del conflicto es geopolítico más que social, aunque este tiene su importancia. En todo el mundo hay una pugna entre la potencia decadente y la potencia emergente, o sea Estados Unidos y China. En realidad, la geopolítica explica algunas cosas y es una “ciencia” de carácter imperial, antipática y detestable, pero ayuda a posicionarse si uno rehúye la tentación de creer que las alternativas al imperialismo yanqui son los chinos o los rusos. Se trata de potencias que disputan hegemonías y no de fuerzas emancipatorias, como creen algunos analistas de izquierda. Son opresoras, no liberadoras. Lo que está sucediendo, y esto puede ser positivo, es que la pelea entre potencias puede, sólo puede, abrir espacios a las luchas de los abajos. No más, ni menos.


-¿Cómo se concreta este razonamiento en el caso de Venezuela?


En base a este escenario, lo que veo en Venezuela es un país rebosante de riquezas, de hidrocarburos y minerales, y una geografía que mira hacia el Caribe desde Sudamérica. Es un país bisagra entre dos subcontinentes, al igual que Colombia. Por eso son espacios estratégicos, donde las líneas de fricción entre imperios se convierten en fallas tectónicas en las que emergen los conflictos.


Lo que resulta aleccionador, es que apenas termina la guerra en Colombia, una guerra de seis décadas, se abre la posibilidad de guerra en Venezuela. Creo que se está configurando una guerra interna más que una invasión, aunque los paramilitares parecen estar operando desde Colombia. Venezuela puede convertirse en la Siria de América Latina, lo que llevaría a una profunda y sistémica desestabilización de todo el continente. Una tormenta, en el lenguaje zapatista.


-Tras recordar su acompañamiento crítico a la Revolución Bolivariana, el sociólogo Boaventura de Sousa Santos afirma que las conquistas sociales de los últimos veinte años “son indiscutibles”. ¿Qué le responderías?


Hay que precisar qué se entiende por conquistas sociales. Si se trata de la reducción de la pobreza y el aumento del consumo, estaría de acuerdo. Sin embargo, yo no las llamaría de ese modo, ya que no estamos ante cambios estructurales, como la reforma agraria o la urbana, sino ante la mejora de indicadores puntuales o coyunturales.
En los países con gobiernos progresistas y de izquierda hubo políticas sociales, inspiradas en las políticas del Banco Mundial pero más extensas, que aliviaron la situación de los sectores más pobres y los incluyeron en el consumo. En algunos países parece haberse avanzado en relación a la desigualdad, pero no en todos como lo muestran los estudios en Brasil y Uruguay que analizan los ingresos del 1% durante los gobiernos del PT y el Frente Amplio. Ahí la desigualdad siguió creciendo.


-No hubo cambios...


Lo que no hubo son cambios estructurales. Las vendedoras ambulantes y de los mercados, los recogedores informales de basura, esas mayorías pobres que son el 60% de nuestro continente, tienen ahora ingresos mayores, pero siguen ocupando los mismos lugares en la estructura social, cultural y productiva. Eso se relaciona con la hegemonía de la acumulación por despojo, que se ha agravado en la última década, que desindustrializa o impide la industrialización.


En cada país esto se manifiesta de modos diferentes. En Brasil hubo un avance del agronegocio y un retroceso de la industria. En Venezuela se profundizó el rentismo petrolero. Lo más grave es que se difundió una ideología que hace creer que el mundo deseable se basa en el reparto y no en el trabajo. Esto abre las puertas a la corrupción, que es inherente a la acumulación por despojo.


Por el contrario, creo que estamos en un período de transición muy similar al que vivimos durante nuestras independencias, en la primera mitad del siglo XIX. Fue la lucha, a muerte, entre una clase dominante peninsular (los llamados godos) y una clase emergente de criollos. Una clase en decadencia y otra ascendente que necesitaba el poder estatal para consolidar su riqueza, que era producto de la apropiación violenta de la tierra. Ambos sectores, y muy en particular los criollos, apelaron al pueblo (indios, negros, mestizos y blancos pobres) para inclinar la balanza a su favor, pero en cuanto vencieron les dieron la espalda. La opresión bajo las repúblicas fue incluso más violenta que con las monarquías.


-¿Cómo valoras la derrota electoral del gobierno de Cristina Kirchner, en Argentina, y la “caída” de Dilma Rousseff en Brasil? ¿Supone una involución o la apertura de un periodo con nuevas oportunidades?


Siento que son manifestaciones de lo que llamamos como fin de ciclo. Algo se terminó, más allá de que haya gobiernos de un color o de otro. Lo que llegó a su fin, fue un tipo de gobernabilidad tejida en base a los elevados precios de las exportaciones y una paz social lubricada con alzas sostenidas de salarios y prestaciones sociales, posibles precisamente por esos precios altos del petróleo, el gas, los minerales y la soja.


El fin del ciclo supone el triunfo de las derechas en el corto plazo, pero sobre todo un período de ingobernabilidad en el cual nadie, ni siquiera los progresistas, tienen posibilidades de gobernar en calma. Las clases medias se han hecho muy conservadoras y aprendieron a luchar en las calles. Los sectores populares despiertan de la siesta progresista y se disponen a retomar las calles para defender lo que consideran sus derechos. En tanto, la economía sigue su caída libre en un clima de confusión política.


-¿Qué escenario se otea en la región más allá del análisis cortoplacista?


Si levantamos la mirada hacia el mediano plazo, podemos ver que se abre un nuevo período para los movimientos, con la posibilidad de zafar de la tutela que significaron la izquierda y el progresismo. Eso puede permitir que algunos movimientos hagan una opción por un proyecto propio, aunque creo que la mayoría seguirán prisioneros de la vieja cultura política que coloca a los caudillos en un lugar central y el acceso al Estado como clave de bóveda de los cambios.


No soy muy optimista respecto a que seamos capaces de mirar más lejos que los períodos electorales, aunque unos cuantos movimientos de mujeres y de jóvenes, que son los más activos en este momento, parecen querer rehuir esa perspectiva.


-¿Qué movimientos sociales regidos por los principios de la asamblea, la autonomía y la autogestión observas actualmente con mayor pujanza en el continente?


Los movimientos de carácter comunitario, aunque no existan comunidades formales. Tengo gran confianza en el zapatismo, pero también en franjas del movimiento mapuche, en movimientos locales urbanos en Ciudad de México y en el estado de Lara (Venezuela), donde se registran experiencias notables que congregan decenas de miles de personas.


En todo caso, creo que los movimientos indígenas siguen siendo los más avanzados, aunque en los últimos años ganaron fuerza los movimientos negros en Brasil y Colombia, donde los jóvenes y las mujeres viven bajo una constante persecución policial y estatal.


-¿Qué podría aprender, a tu juicio, la izquierda occidental del zapatismo?


Ética. El zapatismo es una inmensa escuela de ética. Se despegaron de la agenda estatal-partidaria, abandonando los focos de atención mediáticos, al precio de hundirse durante meses en el silencio y la falta de noticias sobre lo que hacen. Pero eso les ha permitido crear una agenda propia, que es uno de los rasgos mayores de su autonomía.
En cierto momento se preguntaron qué tipo de militante nacería de la opción de no tomar el poder estatal, o sea de no pelear por cargos, puestos y remuneraciones dentro del sistema. El resultado es esa nueva generación de jóvenes de las comunidades que luchan con múltiples armas, incluyendo la música, la danza, el teatro y los conocimientos científicos. La clave en este punto es la creación, que simboliza la creación de un mundo nuevo.


Entre los siete principios zapatistas figura “bajar y no subir”, lo que es un rasgo básico de una nueva cultura política que va a contrapelo de la vieja cultura de nuestras izquierdas que busca ventajas, incluso individuales, dentro del sistema y del Estado.


-Has propuesto una mirada diferente sobre el “narcotráfico”, más allá de la de desaforados criminales que asesinan a diestro y siniestro. Podría aplicarse a países como México o Guatemala. ¿En qué consiste?


Intento responderme la pregunta de qué función cumple el narcotráfico. Porque si es exitoso, si avanza de forma exponencial en nuestras sociedades, no puede ser sólo porque resulta económicamente exitoso. Es evidente que cumple también funciones sociales y culturales. La segunda pregunta sería: qué sucedería con los jóvenes de los sectores populares, que son sus principales adherentes y víctimas, si no existiera el narco.


Observando las realidades micro en barrios de nuestro continente, creo que el narco es hoy el control social en la zona del no-ser, por usar conceptos que provienen de Fanon. Recordemos que Deleuze plantea que las sociedades disciplinarias dieron paso a las sociedades de control, o sea pasamos del encierro al control a cielo abierto. En su análisis el principal modo de control es el endeudamiento, algo que funciona en las zonas del ser (donde la humanidad de los seres es respetada), pero en las zonas del no-ser (donde la dominación se ejerce por la violencia) no hay capacidad de endeudarse. Ahí la masacre, los paramilitares, el narco y los feminicidios aparecen como modos de control de los sectores no integrables.


Por el reverso, podemos preguntarnos qué sucedería con los jóvenes y las jóvenes si no existieran esos modos de control/represión/genocidio. Sin duda se levantarían contra un sistema que los condena a la marginación y les cierra todo futuro. Estarían en el mismo lugar que estuvimos las generaciones de los 60 y 70, peleando aún a riesgo de perder la vida para poner fin al sistema capitalista.


Creo que sobre este asunto debemos investigar y trabajar seriamente.


-En mayo de 2017 Lenín Moreno sustituyó a Rafael Correa en la presidencia de Ecuador, después que éste ocupara durante una década la presidencia. ¿Consideras que pude producirse algún tipo de viraje?


Ya se produjo. Moreno tomó distancias de Correa y en el horizonte se puede ver una crisis que afectará de lleno al gabinete y al partido que sostiene al gobierno, Alianza País. Moreno tiene un estilo bien diferente al de Correa, me refiero a lo personal, al carácter, ya que busca conciliar con los movimientos y no confrontarlos, por eso le cedió a la CONAIE la sede que le corresponde. Pero también tiende a conciliar con los empresarios y la derecha, de modo que su gobierno aunque más tolerante es a su vez más moderado, en una situación de crisis económica aguda y de déficit que hereda del gobierno anterior.


-Por otro lado, en países como Argentina se ha discutido mucho sobre la figura del Periodista “militante” y si es coherente con los principios de rigor, búsqueda de la verdad y contraste de las fuentes. ¿Te consideras un periodista e investigador “militante”? ¿Qué opinas de esta polémica y la que enfrenta a periodistas con comunicadores populares?
Me siento militante, tanto periodista como investigador militante. Pero lo hago partiendo de un hecho básico: no es un título o un lugar que avale un sentimiento de superioridad, moral o intelectual, sino como mera exigencia ética, de rigor y de compromiso.


El rigor se relaciona con decir la verdad en todo momento, aunque sea incómoda. Lo que no quiere decir que uno no se equivoque. Todo el tiempo nos equivocamos y hay que tener el valor de reconocerlo.


En cuanto al compromiso, desde que viví en Perú en los 80, durante la guerra de Sendero Luminoso, me ilumina una frase de Emil Cioran: “Uno debe ponerse del lado de los oprimidos en cualquier circunstancia, incluso cuando están equivocados, sin perder de vista, no obstante, que están hechos del mismo barro que sus opresores”.
Es difícil admitir que unos y otros estamos amasados con el mismo barro, pero es el modo de abrirnos a un sentimiento de compasión, que pone un límite a la intransigencia del revolucionario que, muy a menudo, cree que los que están dispuestos a dar su vida por una causa son seres especiales, como sostuvo Stalin.

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Domingo, 30 Julio 2017 06:04

La otra izquierda venezolana

La otra izquierda venezolana

Durante años la lucha política en Venezuela se ha presentado como confrontación entre un gobierno de izquierda –antes presidido por Hugo Chávez, luego por Nicolás Maduro– y una oposición de derecha. Siempre hubo otras izquierdas venezolanas, y ahora emergen también figuras y grupos izquierdistas que fueron seguidores de Chávez pero rechazan a Maduro. Estos sectores, donde proliferan tanto las críticas hacia el gobierno como hacia la opositora MUD, buscan destacarse en medio de la polarización que sacude al país.

 

Una nueva izquierda intenta configurarse en Venezuela, distante de la oficialista que gobierna con el presidente Nicolás Maduro y a la vez de la oposición que se ha adueñado de las calles durante cuatro meses de protestas que han dejado un centenar de muertos y más de 2 mil heridos. Coin¬cide, sin embargo, con las demandas opositoras de rechazar la asamblea constituyente convocada por el mandatario para este 30 de julio y en la defensa estricta de la Constitución de 1999, a la que considera un legado fundamental del fallecido Hugo Chávez.


“Son grupos que se están configurando, que tienen un gran potencial para canalizar el descontento del pueblo chavista y de gente con inclinaciones de izquierda fuera de la Mesa de Unidad Democrática (Mud, la coalición opositora), pero todavía no tienen una conducción política clara, no tienen aún representatividad de un gran sector del país”, apuntó a Brecha uno de sus articuladores, el politólogo Nicmer Evans.


Chávez, comandante de paracaidistas cuando encabezó una fallida rebelión militar en 1992, fue apoyado por formaciones de izquierda para ganar la elección presidencial de diciembre de 1998, y con ellas condujo un gobierno de centroizquierda, recordó Evans, y desde 2005 comenzó a proclamarse socialista. En 2007 transformó su Movimiento Quinta República (Mvr) en el Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), cuyo presidente es Maduro y el cual tiene como “número dos” al capitán retirado Diosdado Cabello.
CREDENCIALES.


El chavismo y el Psuv ganaron credenciales de izquierda, a pesar de que no surgieron de clásicas luchas de masas, al emplear el Estado venezolano, con la renta petrolera que fue particularmente jugosa entre 2003 y 2012, para atender necesidades de los sectores más pobres, sobre todo aumentando su capacidad de consumo y visibilizando sus necesidades y aspiraciones, según reconocieron referentes del pensamiento progresista en Venezuela, como el político Teodoro Petkoff, tenaz crítico de Chávez, o el académico Edgardo Lander, respetada voz en el Foro Social Mundial.


Chávez le dio un nombre: “Socialismo del siglo XXI”. Heinz Dieterich, sociólogo alemán radicado en México –y quien ya rompió con Maduro– le dio forma teórica a la propuesta.
El chavismo, cuya batuta el propio comandante traspasó a Maduro poco antes de morir en 2013, inauguró la ola de triunfos y gobiernos de izquierda o centroizquierda que en la primera década del presente siglo se instalaron en Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Paraguay, El Salvador e incluso pequeños países del Caribe anglohablante. Se acabó la soledad del socialismo cubano en el hemisferio y Venezuela tejió con Cuba una estrecha alianza política y económica guiada por lo que Chávez llamó una “relación de padre a hijo” entre el líder Fidel Castro y su émulo venezolano. Florecieron las tesis del Foro de San Pablo, las reuniones de partidos de izquierda, y se desplegaron banderas latinoamericanistas y antimperialistas. Para la izquierda internacional Venezuela quedó como una plaza fuerte.


TRADICIONES Y TRAICIONES.


Según Evans, quien durante cuatro años codirigió el grupo chavista crítico Marea Socialista, el reconocimiento de la izquierda internacional al gobierno de Maduro obedece a que “en sus relaciones internacionales esos movimientos están más atados a tradiciones y discursos que a realidades concretas (...). Siguen viendo a Maduro como efectivo heredero de Chávez, pero organizaciones y foros de izquierda ya comienzan a revisar su apreciación de Venezuela, por ejemplo en el tema de los derechos humanos”.
Según el jurista Freddy Gutiérrez, quien fue abogado y compañero político de Chávez, “Maduro se distanció de Chávez y de quienes creemos en un pueblo movilizado. No tiene aciertos en materia social, económica ni política”, comentó a Brecha. “El suyo es un gobierno plutócrata, traficante y nepótico. Buena parte de los altos funcionarios del Estado han cambiado el servicio público por la avidez de obtener dinero, vehículos, yates e inmuebles en el país y en el exterior. Corre la noticia de un ministro cuya familia se hizo de 42 millones de dólares, obtenidos en negociaciones con la empresa brasileña Odebrecht, depositados en bancos suizos. Es un botón de muestra”, aseguró.
Para Gutiérrez “resulta inadmisible que se pueda calificar como socialista a un gobierno que promueva y ejecute leyes y prácticas extractivistas, lesionando a comunidades indígenas, aguas de mares, lagos y ríos, fauna, y en definitiva a la Amazonia y al planeta. El gobierno está mutilando 112 mil quilómetros cuadrados, un espacio mayor que el de Bulgaria o Cuba, en un proyecto al que llama Arco Minero del Orinoco”.


Gutiérrez forma parte de la Plataforma por la Defensa de la Constitución, que reúne a colaboradores de Chávez como ministros, académicos o militares y ha roto con Maduro. Desde hace un año y medio la Plataforma ha criticado la política económica del gobierno, en particular el esquema cambiario –un dólar al cambio oficial puede costar diez bolívares o 2.700, según lo disponga el Ejecutivo, y en el mercado negro pasa de 8 mil–; las concesiones mineras a trasnacionales al sur del Orinoco; el bloqueo en 2016 de un referendo revocatorio del mandato presidencial, contemplado en la carta magna; y, recientemente, la convocatoria presidencial a una asamblea constituyente. En sus declaraciones se insiste en que Maduro “ha traicionado el legado de Chávez”.


VIEJA IZQUIERDA.


Para leer el mapa de la izquierda en Venezuela cabe remontarse a sus orígenes, en los años treinta del siglo pasado, con dos corrientes, como en tantos otros países: la comunista y la socialdemócrata. El Partido Comunista (Pcv) y Acción Democrática (AD) lucharon contra gobiernos militares, y entre ellos por el favor de las masas obreras, campesinas y estudiantiles. En los años sesenta una escisión de AD, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Mir), abrazó junto al Pcv la lucha armada contra gobiernos de los socialcristianos mayoritarios AD y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei). En los setenta regresaron a la lucha legal y de masas, ya con fuerzas muy menguadas, junto al Movimiento al Socialismo (Mas), una escisión del Pcv que puso proa hacia la socialdemocracia.


Pequeños focos escindidos del Pcv (grupo Ruptura) y del Mir (Bandera Roja y Liga Socialista) mantuvieron por algunos años la actividad armada y una línea insurreccional. Otro grupo, Causa Radical, fue a trabajar en sindicatos de industrias básicas. En Ruptura estuvo Adán Chávez, hermano de Hugo y ahora un cuadro del Psuv, quien animó al joven oficial Hugo Chávez para que lentamente construyese una logia clandestina en el Ejército. En esos grupos militó también el entonces joven Nicolás Maduro. En la “Venezuela saudita”, ahíta de petrodólares, reinaba el bipartidismo AD-Copei, y los grupos de izquierda se desmoronaron. Sólo el Mas, que se fusionó con los restos del Mir, consiguió arañar algunos escaños en el parlamento.


En 1989, ya acabada la bonanza, se produjo el “Caracazo”, un estallido social contra el recetario del Fondo Monetario Internacional que dejó centenares de muertos. Por primera vez hubo elección directa de gobernadores regionales y alcaldes. Algunas posiciones fueron alcanzadas por el Mas y Causa Radical. La conflictividad social avanzó y se produjo la rebelión de Chávez contra el presidente Carlos Andrés Pérez (AD) en 1992. En libertad desde 1994, Chávez se dedicó a la política y en 1997 comenzó a buscar el poder por la vía electoral. A su Mvr llegó un buen número de ex miembros de Ruptura y Liga Socialista, junto a oficiales retirados tras el alzamiento de 1992. Para la elección de 1998 se le sumaron el Pcv, el Mas, fracturado, y una división de Causa Radical, bautizada Patria Para Todos (Ppt).


En los primeros años del gobierno de Chávez se alejaron de su causa el disminuido Mas y luego algunas de sus escisiones, en tanto el Ppt se repartía en pequeños trozos a favor y en contra del ex comandante. Bandera Roja nunca lo apoyó. Los viejos grupos y siglas desaparecieron, excepto el pequeño Pcv. En la acera de enfrente, AD y Copei se achicaron y aparecieron nuevas formaciones de centro y centroderecha, que por años lucieron como enanos frente al gigante chavismo y su maquinaria electoral, el Psuv.
De manera que la izquierda tradicional se reparte entre viejos ex militantes de la insurrección reunidos en el Psuv, pequeños partidos satélites y grupos de “colectivos” que a veces hacen de fuerza de choque contra manifestaciones opositoras, del lado del oficialismo; y, del lado opositor, grupos también pequeños que, con viejos o nuevos nombres, mantienen alguna fuerza en ciertas provincias, o con cuadros que se sumaron a los nuevos partidos. Si se les reconoce a todos la condición de izquierdistas tradicionales no es posible trazar una línea divisoria nítida entre partidarios del gobierno y de la oposición. Izquierdistas hay en una y otra acera.


LA NOVEDAD.


Lo nuevo está representado por los chavistas que han roto con el gobierno. La mayoría se afirma de izquierda y acusa a Maduro del desmoronamiento de la economía y del capital político que le dejó su antecesor como presidente y líder del proceso bolivariano. Un grupo que paulatinamente elevó el tono de su crítica fue Marea Socialista, formado por algunos activistas nucleados desde la página web Aporrea. No tienen mayor implantación, pero son una referencia porque su portal ha sido, por más de una década, plataforma para la expresión y discusión en el mundo chavista.


El segundo grupo disidente surgió de ex ministros de Chávez –con lauros académicos y credenciales de servicio al proceso bolivariano– que cuestionan, en su área y globalmente, el desempeño de Maduro y sus colaboradores. Los nombres más reconocidos son los de Héctor Navarro (Educación), Jorge Giordani (Planificación), Víctor Álvarez, Oly Millán y Gustavo Márquez (Economía y Comercio) y Ana Elisa Osorio (Ambiente), junto a destacados intelectuales, como Gutiérrez, Lander y el antropólogo Esteban Emilio Mosonyi.


Una tercera disidencia la representan generales retirados del Ejército que ocuparon altos cargos, fueron compañeros de Chávez y son críticos de Maduro. Su influencia sobre los militares activos, poca en apariencia, es una incógnita. Destacan tres, con rango de mayores generales (tres estrellas): Clíver Alcalá, ex comandante del sureste fronterizo con Brasil y Guyana, Alexis López, ex secretario del Consejo de Defensa de la Nación, y Miguel Rodríguez Torres, ex jefe de la policía política con Chávez, ex ministro del Interior con Maduro, y quien ha creado un pequeño partido, Desafío de Todos. Si bien se reclaman chavistas, no se proclaman socialistas ni militantes de izquierda.


Finalmente, aparece la figura de la fiscal general de la república, Luisa Ortega Díaz, que desde su cargo ha desafiado al gobierno y al Poder Judicial cuestionando la “ruptura del orden constitucional” por parte del Tribunal Supremo, abiertamente opuesta a la asamblea constituyente convocada por Maduro y respetuosa de la legalidad de la Asamblea Nacional, el parlamento donde la oposición es mayoría. Ortega (58), casada con el diputado Germán Ferrer, guerrillero en los años sesenta, fue en su juventud simpatizante del grupo Ruptura. Ha recibido muestras de simpatía y adhesión dentro y fuera del chavismo, y ya se la ve como referente del “chavismo democrático”.


Se trata, en síntesis, de corrientes con potencial para cristalizar en un movimiento que reivindique el legado de Chávez al tiempo que se distancian de Maduro, a futuro quizás conformen un chavismo posmadurista, si logran explotar organizadamente esa veta.

CHAVISMO CRÍTICO.


A las puertas de la elección de la asamblea constituyente convocada por Maduro, grupos y figuras reunidos como “chavismo crítico” presentaron un documento conjunto llamando “al pueblo a ejercer su derecho a no asistir” a la consulta oficialista. El documento rechaza la represión de las protestas populares, reclama la liberación de quienes están presos por participar en ellas –hubo 4 mil detenidos, de los cuales 440 quedaron tras las rejas desde el pasado abril– y reivindica “el pleno ejercicio de la pluralidad”. Además pide “crear un país en conjunto, con mecanismos de paz y diálogo, apegados a lo que establece la Constitución” que el pueblo sancionó mediante referendo en 1999.
Los firmantes, un arco que va desde Marea Socialista hasta Desafío de Todos, se comprometieron a “la recuperación del funcionamiento democrático y constitucional del país”, de las condiciones de vida del pueblo y “al rescate de lo mejor de nuestra revolución” mediante “la superación de los graves errores y desviaciones de quienes pretenden fungir como su dirección política”.


Condenaron “los acuerdos económicos lesivos para la nación y su soberanía que viene impulsando el gobierno de Nicolás Maduro con compañías trasnacionales (...) así como las negociaciones del patrimonio público nacional con ‘fondos buitre’”. Evans y Gutiérrez señalaron asimismo a Brecha sus críticas a la bienvenida dada a 150 empresas extranjeras interesadas en la explotación de la vasta región minera al sur del Orinoco, bajo un régimen al margen de las leyes para el resto del país, o en “zonas económicas especiales” cuya administración se ha confiado a mandos de las fuerzas armadas. También critican el pago puntual y sin auditoría de la deuda externa, que seca las reservas internacionales mientras el país sufre por la falta de divisas para importar insumos, alimentos y medicinas.


El documento rechaza tanto “la constituyente autoritaria de Maduro” como el “gobierno de unidad nacional” que ha propuesto construir la oposición parlamentaria Mesa de Unidad Democrática, que contendría “ingredientes para un escenario de escalamiento del intervencionismo extranjero y de una guerra civil, que se viene gestando por la irresponsabilidad de las cúpulas del Psuv y de la Mud”.


Finalmente, el chavismo crítico se declaró dispuesto a “trabajar por el encuentro, diálogo, reagrupamiento y reorientación política del chavismo de base, crítico, democrático y descontento, molesto con el rumbo y políticas del gobierno, que en nuestro concepto son ajenas al legado de Chávez, a la Constitución que nos dimos junto a él, a la democracia participativa y protagónica, a los valores éticos y al conjunto de los principios inspiradores de la revolución bolivariana”. “Nos opondremos y combatiremos cualquier proyecto de signo conservador y de ajuste neoliberal”, sentenció.


Hasta ahora el chavismo crítico se ha expresado a través de declaraciones y pequeñas reu-niones en ambientes cerrados. Es una incógnita si al salir al descampado de las luchas callejeras, electorales o sindicales podrá recoger una buena parte de los masivos respaldos que en sus mejores tiempos seguían por doquier a Hugo Chávez.
Constituyente en puertas


La asamblea nacional constituyente convocada por el presidente Nicolás Maduro debe elegirse este domingo 30 de julio. El gobierno decidió que constará de 545 asambleístas, de los cuales 364 se elegirán por votación territorial: uno por cada uno de los 335 municipios del país, dos en el caso de los municipios capitales de los estados y siete por la capital nacional, Caracas. Otros 173 serán elegidos por sectores sociales: 79 por los trabajadores, 28 por los pensionados, 24 por los consejos comunales, 24 por los estudiantes, ocho por campesinos y pescadores, cinco por personas con discapacidad y cinco por empresarios. Los restantes ocho se escogerán en asambleas de las comunidades indígenas ubicadas principalmente en zonas boscosas y de frontera.


Para la elección territorial se empleará el padrón del Consejo Nacional Electoral, y para escoger a los representantes sectoriales se usarán listados elaborados por los ministerios que administran las áreas respectivas.


La inscripción de candidaturas, la campaña y el mecanismo de elección individual y por listas se establecieron a gran velocidad desde que el pasado mayo el presidente hizo la convocatoria.


La oposición política, principalmente la coalición Mesa de Unidad Democrática (Mud), el parlamento opositor y diversas organizaciones sociales (varias federaciones sindicales, colegios profesionales, cámaras empresariales, grupos religiosos y universitarios, organizaciones no gubernamentales) decidieron no participar, llamaron al boicot de la elección y alimentaron con esa consigna las protestas callejeras de estos meses.


En cambio participan el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv), grupos políticos afines y los movimientos sociales (de pobladores, trabajadores, estudiantiles, de género y comités de abastecimiento) que respaldan al Ejecutivo.


Por lo tanto, todo indica que la constituyente estará del lado del gobierno.


La tarea que la carta magna vigente asigna a una asamblea constituyente es redactar una nueva Constitución, sin que pueda oponérsele ninguno de los poderes constituidos. La convocatoria no le ha fijado plazo límite para sus trabajos y la asamblea constituyente se instalará en el capitolio local, donde funciona la actual Asamblea Nacional, electa en 2015 y de mayoría opositora.


La propuesta central de Maduro es que la constituyente “establezca la paz en el país” e incorpore a la Constitución de 1999 un capítulo dedicado a la juventud y otro para darle rango constitucional a las “misiones”, como bautizó el fallecido líder Hugo Chávez los programas de salud, vivienda, alimentación y educación que desarrolló entre 2003 y 2013.
Maduro y dos señalados aspirantes a presidir la constituyente, la primera dama Cilia Flores y el vicepresidente del Psuv, Diosdado Cabello, han declarado que esa asamblea no sólo redactará una nueva Constitución sino que, adelantando “actos constituyentes”, reordenará la vida política e institucional del país.


La participación que se logre entre los 19,8 millones de inscritos en el padrón electoral se considera clave para el éxito y legitimidad de la nueva asamblea. Bajo la lluvia de protestas dentro del país y de parte de la comunidad internacional, la posibilidad de que se suspenda su elección gravita con fuerza en esta semana previa al 30 de julio.

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Corrupción endémica en AL amenaza con hundir avances: Noam Chomsky

A la izquierda latinoamericana le falta liderazgo, afirma el filósofo estadunidense

Los gobiernos progresistas no supieron descartar las demandas del mercado internacional

 

Montevideo.

El académico y activista estadunidense Noam Chomsky advirtió este lunes en Montevideo, Uruguay, que la corrupción endémica en América Latina amenaza con hundir y revertir los avances logrados por los gobiernos progresistas en años recientes.

Durante una conferencia que ofreció en la sede del gobierno municipal de la capital uruguaya, Chomsky destacó los esfuerzos de algunos gobiernos para enfrentar la situación que vivía la región, la cual, en su opinión, era "desastrosa".

Puso de ejemplo los intentos por tomar distancia del Fondo Monetario Internacional y las medidas para reducir la pobreza, aumentar las oportunidades de educación y mejorar los derechos civiles.

"Desafortunadamente (ese proceso) fue acompañado por fallas importantes que amenazan con hundir y revertir las ganancias obtenidas", indicó ante un auditorio compuesto por dirigentes políticos, representantes sindicales, estudiantes e integrantes de organizaciones sociales y vecinales.

Respecto de las causas de esa situación que ha vivido y aún enfrenta América Latina, el filósofo estadunidense señaló que uno de los problemas para que ello ocurriera ha sido "la falta de capacidad y liderazgo de la izquierda para evitar los niveles de corrupción endémica".

Otro conflicto, según Noam Chomsky, ha sido que los gobiernos progresistas no supieron o no pudieron enfrentar la tentación de acceder a las demandas del mercado internacional, principalmente de China.

"América Latina ha mantenido, también bajo los gobiernos de izquierda, la política de exportación de productos primarios. Esto era una tentación que tendrían que haber resistido. Se produjo a través del crecimiento de China y su apetito por materias primas", aseveró.

Según el académico, "satisfacer esas demandas chinas llevó a América Latina a potenciar la soya y el hierro y a importar productos chinos a precios muy bajos, lo que afectó a la industria local. Eso, desafortunadamente, continúa. A veces hasta se exageró bajo los gobiernos de izquierda de este siglo".

Para Chomsky, quien fue ampliamente elogiado y aplaudido durante su exposición de casi dos horas, todos estos "son problemas que se pueden superar", aunque en su conferencia sobre temas planetarios vaticinó oscuros nubarrones para el futuro de la humanidad.

El ex presidente de Uruguay José Mujica y Chomsky se reunieron el pasado fin de semana en Montevideo para protagonizar un documental rodado por una productora mexicana.

"La idea fue unir al sabio del norte con el sabio del sur", explicó un vocero de la productora al Canal 10 de la televisión uruguaya, sin ofrecer detalles del proyecto cinematográfico.

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Lunes, 05 Junio 2017 07:00

Izquierda sin referentes

Izquierda sin referentes

El presidente de derecha en Brasil está sumido en un gigantesco escándalo, pero gran parte de la izquierda duda en sumarse al Partido de los Trabajadores en las calles para exigir el “Fuera Temer”. El principal partido de izquierda del país sumaría cada vez más votos por descarte, tanto entre la clase media como en la favela, frente a la falta de movimientos alternativos suficientemente sólidos.

 

La respuesta es unánime: “Falta de referentes”. Y la pregunta es la gran cuestión que se ha puesto sobre la mesa en las últimas semanas: “¿Por qué la izquierda no toma las calles ante la mayor crisis política del país?”. Brasil nunca fue conocido por sus grandes manifestaciones, rebeliones o revoluciones. Su historia cuenta con algunas de ellas –la conspiración minera (conocida, en portugués, como inconfidência mineira), la guerra de Canudos, la revuelta de la vacuna, entre otras–, que fueron rápidamente apagadas, y olvidadas todavía más rápido.

 

Desde los años setenta vienen a la memoria las luchas sindicales de la periferia industrial paulista lideradas por el sindicalista Luiz Inácio Lula da Silva; a principios de los ochenta (1983-1984) el movimiento por las Diretas Já; en los noventa la gran caminata del Movimiento Sin Tierra (Mst) y sus reivindicaciones por la reforma agraria, y ya con el inicio del siglo XXI surgieron políticas todavía revolucionarias como la de los presupuestos participativos de Porto Alegre, como respuesta a una globalización que amenazaba con engullir todas las diferencias.

 

La victoria de Lula da Silva en 2003 y la década larga de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) también supusieron un freno de los movimientos populares. Casi 13 años en los que la izquierda dejó a un lado sus reivindicaciones para dar una oportunidad al primer gobierno que los representaba. Pero llegó un momento en que esa “representación” se quebró. La identificación entre el PT y la “izquierda”–en el amplio sentido de ese término– se rompió.

 

Para algunos expertos el símbolo de ese quiebre fueron las manifestaciones de junio de 2013 que surgieron como protesta por el aumento del boleto del ómnibus y luego pasaron a exigir educación, sanidad y servicios públicos de calidad al entonces gobierno de Dilma Rousseff.

 

UN FENÓMENO NUEVO

 

Profesores como el filósofo Pablo Ortellado, de la Universidad de San Pablo (Usp), o la socióloga Ángela Alonso, también de la Usp, continúan analizando el fenómeno de 2013 porque se incorporó un nuevo tipo de público a las movilizaciones: “Salieron a la calle miles de personas que no estaban vinculadas a ningún partido político, se manifestaron para exigir derechos y denunciar que no se sentían representados por ninguna sigla. Fue algo único en el país”, señalaba en una entrevista en Carta Capital Ortellado, quien también reconoce que tanto los movimientos de izquierdas como los conservadores intentaron cooptar a los manifestantes que espontáneamente habían decidido gritar “basta”.

 

Para Alonso durante esa época se vieron tres movimientos: dentro de la izquierda, uno más vertical y vinculado a los sindicatos y al PT, y otro menor, horizontal y autonomista; el tercer campo sería según la socióloga el novedoso: “Un grupo de manifestantes independientes atraídos por las redes sociales, sin coordinación ni experiencia política, más expresivo que propositivo, que levantó la bandera nacional y anticorrupción”, escribía en un artículo en Folha de São Paulo.

 

SIMBIOSIS

 

El segundo gobierno de Rousseff (2014-2016), en el que la mandataria aceptó pactar con la oposición y dar un giro a la derecha para salvarse de las amenazas de impeachment que llegaron nada más ganar las elecciones, amplió más la distancia entre el PT y su electorado. Las manifestaciones a favor del proceso de destitución fueron mucho más multitudinarias que las en contra. Entre la izquierda había unanimidad al entender este juicio político como “un golpe”, pero no la había para salir a la calle.

 

La llegada de Michel Temer y el retorno a un neoliberalismo más salvaje con las retrógradas reformas laborales, los cortes del gasto público y las privatizaciones han dado un nuevo impulso a los movimientos sociales cercanos al PT. El Frente Brasil Popular (que agrupa más de 30 asociaciones), el Frente Brasil Sin Miedo (que agrupa otras 70) y la Central Única de los Trabajadores (Cut), el sindicato petista, han creado una oposición sólida, pero sus seguidores son ellos mismos y sus manifestaciones no son mayoritarias.

 

Por un lado, la relación simbiótica entre estos movimientos y el PT ha provocado que gran parte de la izquierda brasileña no quiera salir con ellos a defender sus banderas. Por otro, tampoco surgen movimientos de izquierda alternativos y consistentes para frenar al gobierno de Temer, especialmente en un momento en el que la presión de las calles sería clave para forzar una destitución de un mandatario acosado desde todos lados por escándalos de corrupción.

 

BANDERAS

 

Desde que el pasado 16 de mayo se dieron a conocer unas grabaciones en las que el presidente brasileño autorizaba la compra del silencio del ex líder de la Cámara de los Diputados, Eduardo Cunha, la vida de Michel Temer ha sido un infierno. Por primera vez es investigado por el Tribunal Superior de Justicia por organización criminal, obstrucción a la justicia y corrupción pasiva, y su gobierno, que pende de un hilo, está manejado por sus aliados del Legislativo.

 

Pocas horas después de que la cadena Globo pusiera en conocimiento el escándalo, cientos de paulistas salieron a la calle para exigir el cese del mandatario. Pero los ánimos pronto se apagaron. En 15 días se produjeron dos grandes manifestaciones en todo el país en las que sólo se vio las banderas rojas de la Cut y del PT. La única protesta multitudinaria fue en Brasilia cuando sindicatos de amplio espectro (no sólo de la izquierda) mandaron ómnibus de todo el país para llevar a los trabajadores a la capital.

 

El domingo pasado hubo otra convocatoria nacional por el “Fuera Temer” y las “Elecciones directas ya”, y en la mayoría de las ciudades la acogida se mantuvo pequeña. Pero en Rio de Janeiro fue diferente. La rambla de Copacabana estaba completamente abarrotada. Los movimientos sociales hablaban de 150 mil personas, y la policía bajaba apenas a 100 mil.

 

La manifestación fue convocada por los movimientos afines al PT, pero tuvo el apoyo crucial de personalidades del mundo de la cultura. Músicos como Caetano Veloso, Criolo o Mano Brown dieron un concierto con vistas al mar para animar a los manifestantes. Entre las banderas rojas del PT también se veían las del arcoíris del colectivo Lgtb, o las del club deportivo del Flamengo. Pero las que más llamaron la atención fueron las banderas del país, las “verde amarelas” de toda la vida, que desde hace un par de años se asocian a los grupos de derecha.

 

SIN MÁS REMEDIO

 

Ese domingo la avenida Atlántica optó por cambiar los símbolos. Si hace un año ese era el espacio que usaban los conservadores para pedir el impeachment de Rousseff, ahora los gritos de “Fuera Temer” se entonaban con la fuerza de las mayorías. Paulo Benites, comerciante de 48 años, se manifestaba por primera vez: “La situación actual es insostenible, los que acusaban de corrupción a Dilma son todavía peores. Nos roban delante de nuestras narices y encima nos quitan derechos. No soy muy de salir a la calle, pero esta vez ha sido inevitable”, dijo a Brecha. Para el ingeniero Giuri Gonçalves es esencial llevar a cabo elecciones directas: “No podemos permitir que si sale Temer, sea el Congreso más corrupto y retrógrado de la historia el que escoja a un nuevo presidente. El poder tiene que volver al pueblo”.

 

Al preguntar por qué candidato votarían en unas directas el nombre de Lula es el más repetido, aunque muchos insistan en matizar: “No hay otra opción, tiene que ser él porque es el único que puede frenar las reformas laborales y de jubilación”, comentó a Brecha Maria Araujo, profesora de primaria. El arquitecto Carlos Pereira fue más duro: “Votaría por Lula porque las otras posibilidades son nefastas, pero el PT me ha decepcionado, ha robado tanto como ellos, la diferencia es que al menos se preocupan por los trabajadores”.

 

En San Pablo la clase media de izquierda no termina de salir a la calle. “Muchas decepciones”, argumenta Marco Lopes, de 54 años, empresario y antiguo militante del PT: “No puedo dejar de pensar que perdimos una década en la que se podían haber hecho cambios estructurales como una reforma agraria, política y de los medios de comunicación. Muchos sueños quedaron en nada”. Asegura que todavía vota y seguirá votando al PT porque es la única opción “cercana a la izquierda que puede ganar”, pero dice que no puede salir a la calle.

 

A la psicoanalista Mira Toledo le sucede lo mismo: “Ya no tenemos referentes de izquierda en este país, es un fenómeno mundial, nos hemos quedado huérfanos”. A sus 47 años dice haber salido a la calle innúmeras veces, pero alega que ahora sus revoluciones “son pequeñas” y quedan más “entre amigos, con el vecino, con el vendedor del barrio”. También votaría al PT de nuevo y reconoce que eso mismo es lo que provoca que no haya una nueva izquierda: “La figura de Lula es abrumadora, puede con todo y no ha dejado que salga nadie que la supere. Es difícil para los más jóvenes abrirse un hueco y crear una izquierda diferente”.

 

EN LA FAVELA

 

Si la clase media de izquierda vive decepcionada, las clases más humildes poco piensan en el PT: “Asociar al Partido de los Trabajadores con la favela es algo completamente irracional. En las favelas se ha votado a Lula porque viene de donde viene, pero el PT nunca pisa nuestros barrios, no sabe lo que necesitamos y lo que nos sucede”, comentó a Brecha Christian Santos, uno de los líderes juveniles de la favela de Vila Prudente, la más antigua de San Pablo.

 

En este sentido la antropóloga Rosana Pinheiro Machado insiste en que la izquierda institucional “está muy alejada de la realidad de las periferias”. Esta profesora se mostró especialmente dura con los resultados de una investigación de la Fundación Perseu Abramo (ligada al PT) que señalaba que las periferias brasileñas eran “muy conservadoras” y volcadas al consumo: “En un momento de crisis como el que vivimos meterse con los valores de las periferias me parece contraproducente socialmente y electoralmente. Lo que necesita la izquierda es ir a los barrios, escuchar a la gente y anotar sus demandas. Muchas veces los derechos que son tan importantes para la izquierda no lo son tanto para las personas que están sistemáticamente fuera del mercado laboral”, criticaba, en Carta Capital, Pinheiro Machado.

 

En la misma línea se mantiene la socióloga Esther Solano: “Los más pobres no salen a la calle contra Temer porque la crisis política apenas la entienden. Hablar de indirectas, del Supremo, del Tribunal Superior Electoral son términos que no dominan. A ellos les llega que los políticos son corruptos y no sienten que sus vidas cambien con uno u otro presidente porque la izquierda no se preocupa por acercarse a ellos y explicarles, ese papel hace años que lo cumplen las iglesias”.

 

Los movimientos alternativos que se destacan en el país son autónomos e independientes. Los “secundarias” –jóvenes de las escuelas secundarias– y sus ocupaciones, el movimiento Lgtb o algunos movimientos ecologistas se enfrentan al petismo clásico en un primer diálogo que está por comenzar. Pero para la reconquista de las calles todavía parece que queda mucho.

 


Especulaciones sobre el Brasil pos Temer

 

Meandros de un terremoto político


Mário Augusto Jakobskind


Desde Rio de Janeiro


El presidente de Brasil, Michel Temer, sufrió otro grave revés el martes 30. El juez Edson Fachin, del Supremo Tribunal Federal (Stf), autorizó a la Policía Federal a interrogarlo por escrito, en la investigación abierta en su contra por corrupción y obstrucción a la justicia, por lo cual es la primera vez en la historia brasileña que un presidente es convocado a declarar ante esa entidad policial.


Cada día se suma un nuevo capítulo a las secuelas del terremoto político que desataron las conversaciones grabadas por los hermanos Batista, propietarios de la empresa cárnica Jbs, en las que el presidente presuntamente autorizaría sobornos.


La semana pasada circuló información sobre un acuerdo político que resultaría en la salida de Temer de la presidencia, pero el mandatario se ha negado rotundamente a renunciar. Brasil atraviesa un período de gran turbulencia y a los analistas políticos les es cada vez más difícil hacer proyecciones. El mismo gobierno de Temer también enfrenta dificultades. Luego de anunciar al público la intervención del Ejército en las calles de Brasilia por decreto presidencial, con el pretexto de “restablecer el orden y la seguridad” en la capital, el ministro de Defensa, Raul Jungman, tuvo que retractarse al día siguiente, luego de recibir una ola de críticas. La revocación del decreto muestra que el presidente no sabe cómo enfrentar una situación que le es cada vez más adversa.


Se acerca también el 6 de junio, fecha en que el Tribunal Supremo Electoral (Tse) juzgará al presidente en el caso del supuesto uso de dinero negro en la campaña electoral de la fórmula Rousseff-Temer en 2014.


Políticos y empresarios que apoyan las reformas neoliberales del gobierno actual examinan la designación de un sustituto al presidente, pero a través de elecciones indirectas en el Congreso, mientras que sectores de la oposición ya han presentado una propuesta de enmienda constitucional para llamar a elecciones presidenciales anticipadas. Reunidos en el Senado federal, legisladores y representantes del Partido Socialista Brasileño (Psb), Partido de los Trabajadores (PT), Partido Democrático Laborista (Pdt), Partido Comunista de Brasil (PC), Partido Socialismo y Libertad (Psol) y el partido Rede crearon el martes 30 el Frente Parlamentario Mixto por las “Directas ya”. Los líderes de dichos partidos alentaron a la sociedad civil a salir a las calles a luchar por las elecciones anticipadas.


En la Cámara de Diputados ya hay nueve pedidos de impeachment al presidente, pero Temer cuenta con la ayuda de su aliado Rodrigo Maia, presidente de la Cámara para que no prosperen.


Mientras tanto, los abogados de Temer intentan ganar tiempo y solicitan aplazar el juicio del 6 de junio. Y en el Stf, los abogados del presidente han conseguido que las grabaciones entregadas por los propietarios de Jbs sean sometidas a pericias, con lo cual han conseguido prolongar por al menos 30 días esa investigación que podría resultar en la pérdida de su mandato.


Temer también nombró un nuevo ministro de Justicia, Torquato Jardim, quien ha dicho que no tiene sentido que Temer sea investigado por el Stf. El nuevo ministro es un crítico de las operaciones anticorrupción de la Policía Federal (como la Lava Jato, que ahora investiga al propio presidente). En su nuevo puesto, Jardim estará ahora a cargo de la supervisión de la Policía Federal.


Si Temer es apartado del cargo o renuncia, y no se aprueba la enmienda constitucional para llamar a elecciones anticipadas, la Constitución prevé que el presidente de la Cámara de Diputados asuma la presidencia durante 30 días. Rodrigo Maia es un candidato a sustituto apreciado por los mercados, quienes esperan de él que se lleven adelante las impopulares reformas sociales del gobierno Temer. Pero el presidente de la Cámara es acusado en tres casos de corrupción, aunque todavía no ha sido imputado formalmente, lo cual lo podría excluir como presidente interino. El año pasado, el Stf comenzó a examinar un caso que cuestiona que personas demandadas puedan ser presidente y existe un consenso en este sentido.


Tras una reunión en San Pablo de Temer con el ex presidente Fernando Henrique Cardoso y el actual presidente del Partido de la Social Democracia Brasileña (Psdb), el senador Tasso Jereissati, se especula que ya habría entregado el mandato a ese partido, derrotado en elecciones desde 2002.


Otra figura que es presentado como un posible sucesor de Temer es el ministro de Hacienda, Henrique Meirelles, quien aunque ha sobrevivido a las 41 acusaciones de corrupción hechas por los hermanos Joesley y Wesley Batista, de Jbs, hacia Temer y varios otros políticos, tiene estrechos lazos con la empresa que sobornó a amplios sectores de la política brasileña. Desde 2012 y hasta que fue nombrado ministro, Meirelles fue presidente del consejo directivo del conglomerado J&F, la holding de Jbs... El nombre de Meirelles además es mencionado en las famosas conversaciones grabadas.


También se manejan en la lista de posibles sustitutos de Temer por elecciones indirectas nombres como el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, Jereissati, el ex ministro y ex juez Nelson Jobim o la actual presidenta del Stf, Carmen Lucia.

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El presidente electo de Francia, Emmanuel Macron.

 

Basta ver la espectacular subida de las Bolsas para entender con claridad lo que significa políticamente la victoria de Macron: otra batalla ganada más de los poderosos del sistema vendida como regeneración y renovación

 

Los analistas no paran de insistir en el vuelco del panorama político francés, con el desplome de los partidos tradicionales. Es una verdad a medias porque el nuevo presidente, Emmanuel Macron, es un representante neto del poder económico y empresarial francés y de las políticas neoliberales europeas. Todos sus supuestos méritos revolucionarios son meras patinas estudiadas y explotadas para promover su imagen novedosa y moderna: joven, culto (titulado en Filosofía con una tesis sobre Hegel), sensible al arte (sus seis años de piano), romántico y fiel al amor (casado desde hace diez años con la profesora que conoció con 17, y 24 años más mayor).

Si se estudia la trayectoria de Macron se confirma que simplemente es un cachorro de las finanzas y las élites políticas tradicionales. Estudió en los jesuitas y con 16 años se trasladó a París y se formó en Sciences-Po (Instituto de Estudios Políticos de París), una fundación privada considerada grand établissement, un reconocimiento atribuido a algunos centros de enseñanza superior de prestigio. Posteriormente se forma en la Escuela Nacional de Administración (ENA), el granero de las élites políticas francesas. Una gran mayoría de los antiguos alumnos de la ENA controlan la vida política y económica en Francia, por lo que es criticada por su papel en la selección y reproducción de las élites y de la burocracia francesa.

Con solo 33 años, fue socio de la banca Rothschild. Allí Macron se hizo rico en poco tiempo, entró en Rothschild en 2008 y como directivo de esta banca fue encargado de uno de los mayores acuerdos del año: la OPA de Nestlé a una filial de Pfizer, lo cual le permitió convertirse en millonario. La transacción tuvo un valor de nueve mil millones de dólares.

En realidad Macron, como Joseph Fouché durante la revolución francesa y el periodo napoleónico, nunca tuvo partido. Su primera actividad política destacada tuvo lugar en 2008 como ponente de una comisión de expertos sobre el crecimiento económico, encargada por Nicolas Sarkozy y animada por el antiguo consejero socialista Jacques Attali. Esta comisión Attali permitió a Macron codearse con grandes empresarios, como el propietario de la compañía de seguros Axa, Claude Bébéar; el presidente de Nestlé, Peter Brabeck; o el gestor de fondos de inversiones Serge Weinberg. De hecho, este último fue quien lo promocionó como gerente asociado del Banco Rothschild en Francia.

Apoyó la candidatura de François Hollande en las primarias de 2011. En mayo de 2012 se convirtió en secretario general adjunto del Elíseo, cuya función es aconsejar al presidente de la República sobre cuestiones económicas. Macron reivindica una postura liberal. A él le achacan el giro que dio el Gobierno de Hollande en favor de las empresas.

Hollande le nombra ministro de Economía en agosto de 2014, lo que es considerado como una clarificación ideológica, al alejarse de la izquierda y adoptar ideas de derecha. Diseñó la controvertida política económica del presidente François Hollande hasta junio de 2014, que no tuvo nada de socialista provocando la impopularidad de Hollande por abandonar todas sus promesas progresistas. En sus dos años en el Elíseo, fue el encargado de mantener el nexo del presidente con los grandes patronos. También quien tuvo que calmar a las grandes fortunas, a las que Hollande quiso gravar con un 75% de impuestos pero que acabó con unas millonarias rebajas en impuestos y cotizaciones sociales de las empresas. En la campaña electoral Macron fue acusado de haber gestionado durante su Gobierno casos de empresas con las que había tratado anteriormente cuando fue banquero de negocios.

Cuando observa el hundimiento del presidente al que le diseñó la política económica, le abandona como ministro y crea un movimiento político, ¡En Marcha!, que coincide con sus iniciales y con el que alcanza la presidencia. "La honestidad me obliga deciros que ya no soy socialista", dijo. Como si lo hubiese sido en sus decisiones políticas como ministro.

Para entonces ya Emmanuel Macron llevaba un tiempo poniendo en marcha –nunca mejor dicho– toda su maquinaria de seducción y contactos. El periodista Enric González revelaba que "durante sus últimos ocho meses en el cargo, entre enero y agosto de 2016, Macron gastó 120.000 euros en cenas celebradas en su apartamento privado, un ático acristalado ante el Sena encima del complejo ministerial de Bercy. Haciendo una división simple, salen 500 euros por noche. Los funcionarios de la oficina presupuestaria estaban asombrados. Comprobando facturas descubrieron que algunas noches había dos cenas, una detrás de otra. El movimiento de invitados y cocineros era frenético. Por el ático de Bercy pasó todo el que representaba algo en la política, las finanzas, la empresa, la comunicación y el espectáculo. Fue una gigantesca operación de seducción de la que surgió la red de apoyos que está a punto de llevarle a la presidencia de la República".

El resultado es un candidato que despierta simpatía entre buena parte de los dirigentes del Cac40 (el Ibex35 de la bolsa de París). Le apoyan grandes empresarios próximos al socialismo francés, como Pierre Bergé (copropietario del diario Le Monde), y también una parte de la patronal tradicionalmente vinculada a la derecha, como el propietario del grupo de lujo Louis Vuitton (Bernard Arnault) o Vincent Bolloré (presidente de los grupos Canal + y Vivendi). Igualmente le respaldan los dirigentes de las nuevas compañías tecnológicas francesas y ha recibido el apoyo del fundador de la compañía de videojuegos Atari y empresario en el sector de la robótica, Bruno Bonnell; y del fundador de la web de citas Meetic, Marc Simoncini.

Macron aspira, de hecho, a presentarse "como el candidato del nuevo capitalismo francés, de un patronato más moderno y favorable a la globalización". El periodista Enric Bonet señala que el equipo de campaña de Macron lo componen dirigentes de multinacionales francesas. Uno de los encargados de elaborar su programa en materia de seguridad y defensa es Didier Casas, el director general adjunto de la compañía de telefonía móvil Bouygues. Mediapart revelaba que en el núcleo duro de ¡En Marcha! se encontraban jóvenes del entorno del que fue director gerente del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss Kahn. Dos agencias de comunicación trabajan habitualmente por el movimiento Little Wing y Jésus & Gabriel. Como se ve, todo "muy revolucionario".

Al más puro estilo postrealidad de Donald Trump, a la semana de crear su movimiento, Emmanuel Macron dijo que ya contaba con 13.000 miembros, "uno cada 30 segundos". El semanario Le Canard Enchaîné se encargó después de aclarar que lo que Macron llamaba miembros eran sencillamente los clics que había recibido su página.

En cuanto a las finanzas de ¡En Marcha! el encargado de la colecta de fondos de campaña fue Christian Dargnat, exdirigente del banco BNP Paribas, y Françoise Holder, cofundadora de la famosa cadena de panaderías Paul y exresponsable nacional del Medef (Movimiento de Empresas de Francia) es la delegada nacional. Según reveló el periodista Mathieu Magnaudeix, encargado de seguir la campaña de Emmanuel Macron en Mediapart, a principios de marzo, el movimiento disponía de ocho millones de euros obtenidos gracias sus 30.000 donantes privados. Aunque la mayoría de los simpatizantes dieron 50 euros, hubo más de 160 donantes que contribuyeron con más de 5.000 euros.

Los responsables de ¡En Marcha! reunieron una parte significativa de sus fondos a través de fiestas privadas muy chic en las que piden donaciones a los invitados. "En sólo una de estas cenas que se celebró en París pocos días antes de Navidad, ganaron más de 100.000 euros", afirma Magnaudeix. Estos actos no sólo se han organizado en territorio francés, sino también en Londres, Nueva York e, incluso, hubo una fiesta en el acomodado distrito bruselense de Uccle, donde reside la mayoría de los expatriados fiscales franceses. "Dargnat ha hecho constantes viajes a Londres para recaudar fondos y Macron participó en tres actos privados durante un desplazamiento que hizo a la capital británica a finales de febrero", recuerda el periodista de Mediapart. A través de un préstamo bancario de 8 millones de euros más las donaciones privadas, Macron "ha prácticamente alcanzado los 21 millones, el presupuesto máximo de un candidato a las presidenciales". Gracias a sus contactos con las élites políticas y económicas, el joven "candidato alternativo" ha puesto en marcha toda una máquina electoral.

En cuanto a las propuestas políticas de Macron, nada diferente a la línea neoliberal dominante: aboga por más flexibilidad laboral, aumentar la jornada de trabajo, no excluye retrasar la edad de jubilación y, como la mayoría de candidatos de derecha, propone una revisión del Código de Trabajo (reforma laboral). Mélenchon había pedido a Macron que renunciase a su reforma laboral para atraer a los siete millones de votantes de la izquierda. Macron, sin embargo, se opuso. Con esas propuestas era comprensible que muchos obreros pensasen que no tenían nada que perder con Marine Le Pen.

Basta ver la espectacular subida de las Bolsas para entender con claridad lo que significa políticamente la victoria de Macron: otra batalla ganada más de los poderosos del sistema vendida como regeneración y renovación.

Como señaló Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique, "el éxito de Macron se debe más a las circunstancias que a sus propios méritos. Porque una serie de acontecimientos imprevistos fueron eliminando a sus principales rivales potenciales. Los candidatos socialistas y conservadores estaban hundido por la corrupción. ¿Qué adversarios le quedaban a Macron? Esencialmente dos: Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. Ni el poder financiero, ni el poder empresarial, ni el poder mediático podían aceptar, por distintas razones, a ninguno de estos dos candidatos. Por eso, a partir del pasado mes de febrero, todo el formidable peso de los poderes fácticos se puso al servicio de Emmanuel Macron. En particular, los medios de comunicación dominantes –que en Francia están en manos de un puñado de oligarcas multimillonarios– se lanzaron en una frenética campaña en favor del líder de En Marche! Aportándole además un soporte financiero considerable. De tal modo que Macron, orador bastante mediocre y con un programa aún más confuso, fue imponiéndose en las encuestas como el probable vencedor".

Lo cínico de Macron es que, después de haber sido banquero y ministro, contar con el apoyo de las grandes empresas y finanzas que le han proporcionado el máximo presupuesto para su campaña, se presentó a las elecciones afirmando abanderar "el desafío es romper con un sistema que no supo responder a los problemas de Francia desde hace más de 30 años".

Pero en el fondo, Emmanuel Macron es más de lo mismo: un hombre de diseño al gusto del marketing que ha estado en el lugar adecuado en el momento justo. Y su propuesta, en pocas palabras, como diría el conde de Lampedusa: cambiarlo todo para que nada cambie.

 

 


 

EL GANADOR DEL BALLOTTAGE Y SU RIVAL LE PEN ARRANCAN OTRA CAMPAÑA TRAS LAS PRESIDENCIALES FRANCESAS

 

Con Macron electo, la próxima batalla es la legislativa

 

 

La derecha y los socialistas reman contracorriente para superar sus fracturas, y la izquierda insumisa pone condiciones.

 

 

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El electo presidente Macron participa junto a Hollande de un homenaje a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial.
(Imagen: EFE)

 

Por: Eduardo Febbro


Página12 En Francia

 

Desde París

 

Desde el presidente electo, Emmanuel Macron, pasando por la extrema derecha del Frente Nacional, Los Republicanos (derecha), la izquierda radical unida bajo las banderas de Jean-Luc Mélenchon o los mareados socialistas, la clase política se puso en orden de batalla en busca de un peso legislativo en las próximas elecciones del 11 y el 18 de junio. De ello depende la gobernabilidad de los cinco años venideros así como los términos en que se plasmará, en la Asamblea, la recomposición del sistema político tras el terremoto cuyos primeros efectos empezaron a sentirse antes de la campaña electoral que terminó con la victoria de Emmanuel Macron por un resultado más sólido del que anticiparon las encuestas de opinión: 66,10% contra 33,90% para Marine Le Pen.

Macron y la extrema derecha cuentan con la dinámica de las presidenciales como punto de apoyo mientras que la derecha y los socialistas reman a contracorriente para superar sus fracturas y la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon rehúsa pactar alianzas con los socialistas si estos no se suman a su movimiento. Los resultados del domingo tienen, de hecho, tres terrenos: el del voto a favor de Macron, el de la extrema derecha y el de la Francia del Ni Ni que votó en blanco o se abstuvo porque no se sentía interpretada por ninguna de las dos ofertas en juego. Si se suman los votos abstencionistas, los blancos o los inválidos se llaga a un 34% del cuerpo electoral. La configuración legislativa es, por el momento, la incógnita más lejana. La más cercana circula con insistencia obsesiva: ¿Quién será el próximo primer ministro?. Macron sembró algunas pistas cuando dijo que la personalidad elegida “será alguien con experiencia en el campo político, con competencias para dirigir una mayoría parlamentaria y animar un grupo gubernamental que se verá profundamente renovado”. Poco y mucho. Otro dato esencial lo aportó el Secretario General del movimiento macronista ¡En Marche ! y diputado socialista, Richard Ferrand, quien precisó que no se “excluye” nombrar a un jefe de Gabinete proveniente de la derecha. El primer ministro tendrá una misión inicial capital en el naciente mandato: dirigir la orquesta hasta las legislativas y modelar una mayoría presidencial que le permita gobernar. La inclusión de un dirigente de la derecha puede ser o una decisión o simplemente una consecuencia de la consulta legislativa. Si Macron no obtiene la mayoría y gana la derecha habrá, de facto, un gobierno de cohabitación donde el conservador François Baroin podría estar al frente del cargo.

La fase que se inicia es incierta, para todos. La derecha flota sobre sus divergencias tanto más hondas cuanto que la candidatura presidencial de François Fillon y su insistencia en mantenerla pese a su inculpación por la justicia quebrantó a los conservadores cuya corriente, hoy, carece de una figura fuerte, de un jefe, para federarla. Entre quienes están dispuestos a unirse naturalmente al macronismo, los elementos más radicales que apuestan por una victoria en las legislativas para imponer una cohabitación, la derecha está empañada. Un diputado confió al diario Libération la radiografía interna de la derecha:”por más que nos agitemos para todas partes, no tenemos el control de la situación. Estamos suspendidos a las decisiones de Macron”. Los socialistas se encuentran en una disposición más crítica porque sus posibilidadeselectorales se han reducido al extremo (6,5% en la primera vuelta de la elección presidencial). El fenómeno Macron los ha dejado huérfanos de electores y dirigentes, incluso de varios históricos. La derecha socialista,los socialliberales, están con Macron, otro sector cierra filas detrás del candidato que representó al PS en las presidenciales tras ganar las primarias, Benoît Hamon (izquierda del PS opuesta a toda alianza con el presidente Macron)y un tercero, los legitimistas, quiere guardar las llaves del templo. Allí entra Jean-Luc Mélenchon y sus 7 millones de votos en la primera vuelta, el triple que el Partido Socialista. Mélenchon aspira a recuperar esa extraordinaria ola presidencial y convertirse en la primera fuerza en la Asamblea Nacional e, incluso, estar en condiciones de imponer un gobierno de cohabitación con la izquierda radical. Mélenchon sólo acepta aliarse con el PS si sus candidatos compiten con los colores de Francia Insumisa, condición que los socialistas rechazan al igual que los comunistas y los ecologistas. Una vez más, la izquierda sale dispersada. La ultraderecha, en cambio, si bien Marine Le Pen no llegó al batacazo del 40%, corre detrás de los mismos objetivos: recuperar el empuje presidencial y traducirlo en la Asamblea Nacional para ser “el primer polo de oposición” al poder presidencial. Detrás de estas luchas internas hay otra. Los Republicanos y la izquierda, la socialista y la radical, anhelan validar la persistencia de esa visión Izquierda / Derecha que la narrativa de Macron trató de borrar. De ello dependen la respectivas identidades de los dos ejes que se alternaron el poder político en Francia.

El frente social dio ayer su primer aviso. Varios manifestaciones tuvieron lugar en París como señal de advertencia dirigida hacia el presidente electo y sus proyectos de corte liberal, entre ellos la reforma de la ley del trabajo. La sociedad se prepara y los partidos políticos sufren hoy del terremoto que significó la inesperada irrupción del macronismo y su capacidad a absorber corrientes antagónicas en torno a la figura de Emmanuel Macron.Lo único que está firme es la victoria de Macron, el arraigo electoral de la ultraderecha y el hecho de que la mayoría del voto presidencial no fue a favor del presidente electo sino contra Marine Le Pen. Lo demás es, en Francia, un laboratorio que explora los arcanos de una nueva disciplina.

 

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Sábado, 06 Mayo 2017 07:13

El chantaje liberal

El chantaje liberal

 

El título del comentario de Hadley Freeman en The Guardian, la voz británica de la izquierda liberal anti-Assange-pro-Hillary, lo dice todo:

“Le Pen es un revisionista de extrema derecha del Holocausto. Macron no lo es. ¿Una elección difícil? “Previsiblemente, el texto propiamente dicho comienza con: “¿Ser un inversor banquero es lo mismo que ser un revisionista del Holocausto? ¿El neoliberalismo es igual al neofascismo?”, y descarta burlonamente incluso el apoyo condicional de la izquierda para el voto de Macron en segunda ronda, la postura de: “Lo votaría a Macron - MUY a regañadientes”. Este es el chantaje liberal en su peor estado: Uno debiera apoyar incondicionalmente a Macron, no importa que Macron sea un centrista neoliberal, solo que esté en contra de Le Pen ... es la vieja historia de Hillary contra Trump: ante la amenaza fascista, todos deberíamos reunirnos alrededor de su bandera (y convenientemente olvidar cómo su campaña maniobró brutalmente para sacar de carrera a Sanders y así contribuyó a perder la elección general).

¿No podemos al menos plantear la cuestión? Sí, Macron es proeuropeo - pero, ¿qué tipo de Europa personifica? ¡La misma Europa, cuyo fracaso alimenta al populismo de Le Pen, la anónima Europa al servicio del neoliberalismo! Éste es el quid de la cuestión: sí, le Pen es una amenaza, pero si ponemos todo nuestro apoyo detrás de Macron, ¿no nos quedamos atrapados en una especie de círculo y combatimos el efecto apoyando su causa? Esto trae a la mente un laxante de chocolate disponible en los Estados Unidos. Se publicita con el paradójico precepto: “¿Estás constipado? ¡Come más de este chocolate!”- en otras palabras, comer lo que causa el estreñimiento para curarse. En este sentido, Macron es el candidato laxante de chocolate, ofreciéndonos como cura lo mismo que causó la enfermedad.

Nuestros medios de comunicación presentan a los dos concursantes de la segunda ronda como si presentaran dos visiones radicalmente opuestas de Francia: el centrista independiente versus el racista de extrema derecha - sí, pero ¿ofrecen una opción real? Le Pen ofrece una versión feminizada / suavizada del brutal populismo antiinmigrante (de su padre), y Macron ofrece el neoliberalismo con rostro humano, con su imagen también suavemente feminizada (ver el papel materno que su esposa juega en los medios de comunicación).

Así que el padre está descartado y la feminidad está en boga - pero, nuevamente, ¿qué tipo de feminidad? Como señaló Alain Badiou, en el universo ideológico de hoy los hombres son adolescentes lúdicos, ilegales, mientras que las mujeres aparecen como duras, maduras, serias, legales y punitivas. Las mujeres no son llamadas hoy por la ideología gobernante a ser subordinadas, son llamadas - solicitadas, esperadas - para ser juezas, administradoras, ministras, CEOs, maestras, policías y soldados. Una escena paradigmática que ocurre cotidianamente en nuestras instituciones de seguridad es la de un maestro / juez / psicólogo femenino cuidando a un inmaduro y joven delincuente ... Una nueva figura de la feminidad está surgiendo: un competidor agente del poder frío, seductor y manipulador, que atestigua a la paradoja de que “bajo las condiciones que fija el capitalismo las mujeres pueden hacerlo mejor que los hombres” (Badiou).

Esto, por supuesto, de ninguna manera convierte a las mujeres en sospechosas de ser agentes del capitalismo; simplemente señala que el capitalismo contemporáneo inventó su propia imagen ideal de mujer que representa el poder administrativo frío pero con un rostro humano.

Ambos candidatos se presentan como anti-sistema, Le Pen de una manera obviamente populista y Macron de una manera mucho más interesante: es un foráneo de los partidos políticos existentes, pero, precisamente como tal, defiende el sistema, en su indiferencia ante las elecciones políticas establecidas. A diferencia de Le Pen, que representa la pasión política adecuada, el antagonismo de Nosotros contra Ellos (de los inmigrantes a las élites financieras no patrióticas), Macron representa una tolerancia apolítica que abarca todo.

A menudo oímos la afirmación de que la política de Le Pen obtiene su fuerza del miedo (el temor a los inmigrantes, a las instituciones financieras internacionales anónimas...), pero ¿no es lo mismo para Macron? Terminó primero porque los votantes temían a Le Pen, y el círculo está por lo tanto cerrado, no hay una visión positiva de ninguno de los dos candidatos, ambos son candidatos del temor.

Lo que verdaderamente está en juego en este voto se aclara si lo ubicamos en su contexto histórico más amplio. En Europa occidental y oriental, hay signos de una reorganización a largo plazo del espacio político. Hasta hace poco, el espacio político estaba dominado por dos partidos principales que dirigían todo el cuerpo electoral, un partido de centro derecha (demócrata-cristiano, liberal-conservador, del pueblo ...) y un partido de centro-izquierda , (Socialdemócrata ...), con partidos más pequeños dirigiéndose a un electorado estrecho (ecologistas, neofascistas,etc.)

Ahora, hay un partido que está surgiendo progresivamente que representa al capitalismo global como tal, generalmente con relativa tolerancia hacia el aborto, los derechos de los homosexuales, las minorías religiosas y étnicas, etc; y lo que se opone a este partido es un partido populista anti-inmigrante que, en sus márgenes, va acompañado de grupos neofascistas o directamente racistas.

El caso ejemplar es Polonia: después de la desaparición de los ex comunistas, los principales partidos son el partido liberal centrista “anti-ideológico” del ex primer ministro Donald Tusk y el partido conservador cristiano de los hermanos Kaczynski. Los intereses del Centro Radical hoy son: ¿cuál de los dos principales partidos, conservadores o liberales, tendrá éxito en presentarse como encarnando la no-política post-ideológica contra el otro partido descartado como “todavía atrapado en viejos espectros ideológicos”? A principios de los 90, los conservadores eran mejores en eso; más adelante, fueron los izquierdistas liberales quienes parecían estar ganando ventaja, y Macron es la última figura de un radical de centro puro.

Hemos alcanzado así el punto más bajo de nuestras vidas políticas: una pseudo-elección si es que alguna vez hubo una. Sí, la victoria de Le Pen traería peligrosas posibilidades. Pero lo que más temo es la asunción que seguirá la victoria triunfal de Macron: suspiros de alivio de todas partes, gracias a Dios el peligro se mantuvo a raya, Europa y nuestra democracia están salvadas, así podemos volver a nuestro sueño capitalista liberal de nuevo ... La perspectiva triste que nos espera es la de un futuro en el que, cada cuatro años, entraremos en pánico, asustados por alguna forma de “peligro neofascista”, y de esta manera chantajeados para emitir nuestro voto por el “civilizado” candidato en elecciones sin sentido que carecen de una visión positiva ...

Es por eso que los liberales en pánico que nos dicen que ahora debemos abstenerse de toda crítica de Macron están profundamente equivocados: ahora es el momento de sacar a relucir su complicidad con el sistema en crisis, después de su victoria será demasiado tarde, la tarea perderá su urgencia en la ola de auto-satisfacción. En la situación desesperada en que nos encontramos, enfrentados a una falsa elección, deberíamos reunir el coraje y simplemente abstenernos de votar. Abstenerse y empezar a pensar.

El lugar común “basta de actuar, hablemos” es profundamente engañoso - ahora, debemos decir precisamente lo contrario: basta de presión para hacer algo, empecemos a hablar en serio, es decir, a pensar! Y con esto quiero decir que también debemos dejar atrás la autocomplacencia izquierdista radical de repetir sin cesar que las opciones que se nos ofrecen en el espacio político son falsas y que sólo una izquierda radical renovada puede salvarnos ... sí, en cierto modo, pero ¿por qué, entonces, esta izquierda no surge?

¿Qué visión tiene la izquierda para ofrecer que sería lo suficientemente fuerte como para movilizar a la gente? No debemos olvidar nunca que la causa última del acto que estamos atrapados en el círculo vicioso de Le Pen y Macron es la desaparición de la alternativa izquierdista viable.

 

* Filósofo y crítico cultural. Sus últimos libros son Antígona y Por qué ellos no saben lo que hacen, ambos publicados en Ediciones Akal.

 

Traducción: Celita Doyhambéhère.

 

 

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Implementando el Acuerdo de Paz: borrador de proyecto de Ley

 

Como parte de la implementación de Acuerdo de Paz, está circulando un borrador de un proyecto de ley sobre el Ordenamiento Social de la Propiedad y Tierras Rurales. Un grupo de congresistas y organizaciones sociales ha enviado una carta a la Comisión de Seguimiento expresando su preocupación y rechazo a varias partes del borrador. Según los firmantes “varios de sus contenidos particulares, desconocen abiertamente la Constitución Política de 1991, la jurisprudencia de la Corte Constitucional e incluso el propio contenido del Acuerdo Paz de La Habana suscrito entre el Gobierno Nacional y Las FARC EP en noviembre de 2016.”(1)

Sin lugar a dudas hay partes del borrador que son inconstitucionales, y también tienen razón sobre la jurisprudencia de la Corte Constitucional, pues es cierto que la legislación que afecta a las comunidades étnicas requiere un proceso de consulta previa y hay una larga lista de fallos sobre asuntos agrarios. Donde se equivocan los congresistas es cuando hablan del Acuerdo de Paz. Pues las contradicciones que ellos señalan no son ciertas.

 

El Modelo Agrario y los Baldíos

 

Apelan primero a puntos generales del Acuerdo de Paz antes de proceder a mirar las propuestas concretas de la ley. Citan una parte del Acuerdo de Paz que afirma que:

 

"una verdadera transformación estructural del campo requiere adoptar medidas para promover el uso adecuado de la tierra de acuerdo con su vocación y estimular la formalización, restitución y distribución equitativa de la misma, garantizando el acceso progresivo a la propiedad rural de quienes habitan el campo y en particular a las mujeres rurales y la población más vulnerable, regularizando y democratizando la propiedad y promoviendo la desconcentración de la tierra, en cumplimiento de su función social."

 

Además citan partes del Acuerdo que hablan de la erradicación de pobreza etc. Esos son como los preámbulos de las constituciones, son aspiraciones. Hay varias partes del borrador de ley que son más técnicas y los congresistas aciertan de nuevo. Es cierto que la ley pretende hacerlo mucho más fácil entregar los baldíos a empresas extranjeras para proyectos supuestamente de “utilidad pública e interés social (como las empresas mineras o petroleras).” Además introduce un nuevo concepto, una nueva figura jurídica Unidad de Producción Rural, que puede permitir la acumulación de baldíos de la nación en manos distintas a los campesinos. Como dicen los firmantes de la carta.

 

“Además, abre la posibilidad para que con la tenencia de las UPA puedan acumularse grandes extensiones de tierra para fines empresariales u otros, lo cual, en la práctica reducirá la superficie disponible destinada para el campesinado y para la producción alimentaria.”

 

De nuevo aciertan, aunque ellos mismos reconocen que la entrega de baldíos a empresas nacionales y extranjeras no es algo nuevo. De hecho, a lo largo del proceso de paz el Estado colombiano siguió con su política de ignorar la legislación vigente, la Constitución Política y la jurisprudencia. Los firmantes dicen que:

 

“...es de suma gravedad, porque tal y como lo ha denunciado La Contraloría General de la República, en sus diversos informes, se han evidenciado casos de acumulación irregular de baldíos en la altillanura colombiana, en los cuales estaban involucradas importantes empresas y personas naturales (nombres como el de Luis Carlos Sarmiento Angulo, Pablo Valencia Iragorri, Cargill, Riopaila, entre otros). Es inaceptable que el Estado en lugar de profundizar en las herramientas legales para lograr la recuperación de esas tierras y la anulación de esas negociaciones fraudulentas, pretenda legalizarlas y sanearlas.”

 

No puede decirlo mejor. El Estado tiene una práctica nefasta de entregar las tierras a empresas nacionales y extranjeras, y no obstante las declaraciones hechas por varias ONG y organizaciones sociales (entre ellas firmantes de la carta) el Estado no tiene la más mínima intención de transformar el campo colombiano a favor del campesinado. Empero, esto no se debe sólo a una falta de voluntad de su parte, sino el Acuerdo de Paz tampoco lo obliga, como creen los firmantes. Según ellos la ley “Profundiza el modelo que da prevalencia a la agroindustria a través de figuras como las Zidres.” Pero eso no es contrario al Acuerdo de Paz, lo cual reconoce la legalidad y legitimidad de ese modelo. Como afirma la versión definitiva del Acuerdo de Paz en la página 12 se enumeran una serie de nada más y nada menos que principios, entre los cuales se encuentra la siguiente perla:

 

Desarrollo integral del campo: el desarrollo integral del campo depende de un adecuado balance entre las diferentes formas de producción existentes – agricultura familiar, agroindustria, turismo, agricultura comercial de escala-; de la competitividad y de la necesidad de promover y fomentar la inversión en el campo con visión empresarial y fines productivos como condición para su desarrollo; y de la promoción y fomento, en condiciones de equidad, de encadenamientos de la pequeña producción rural con otros modelos de producción, que podrán ser verticales u horizontales y en diferente escala. En todo caso se apoyará y protegerá la economía campesina, familiar y comunitaria procurando su desarrollo y fortalecimiento.” (Énfasis fuera del original)

 

¿Se lo explicamos con plastilina? El Acuerdo contempla la agroindustria, agricultura de escala y la competitividad. Aquí el gobierno no es quien miente, quien miente son los que dijeron que el Acuerdo era distinto a lo que parece escrito en blanco y negro. Los firmantes si aciertan cuando dicen que eso es regresivo para el campo colombiano, pero ellos mismos pidieron el voto a favor de ese acuerdo e hicieron campaña a favor del Acuerdo. Sí, la derecha colombiana pudo introducir algunos cambios en el Acuerdo, como el que citamos arriba, pero los congresistas firmantes votaron a favor de dicho acuerdo con los cambios.

También los firmantes se quejan de los artículos del borrador de proyecto de ley que intentan vincular el campesinado al gran capital y los proyectos agro-exportadores. Según los firmantes el borrador

 

“...limita sus [las comunidades] posibilidades para la definición del modelo productivo y económico que permita la construcción de paz con justicia social, atándola a lineamientos y criterios técnicos en cabeza de la Agencia Nacional de Tierras, la Unidad de Planificaci6n Rural Agropecuaria y la Agencia de Desarrollo Rural, que priorizan el establecimiento de alianzas y encadenamientos entre la pequeña y gran producción, el uso eficiente del suelo rural, la innovación tecnológica, asistencia técnica, crédito, riego y comercialización que favorecen un modelo de producción empresarial agroindustrial a gran escala.”

 

Tienen razón, el borrador de ley, sí hace eso y obliga a los campesinos a asociarse con empresas grandes. Respecto a eso, hay dos puntos. Primero eso ha sido la política del Estado desde hace tiempo, algo que trataremos ahora, pero segundo es una parte explícita del Acuerdo de Paz. Otra vez nos falta la plastilina. En la página 33, punto 1.3.3.6 el acuerdo dice claramente que:

 

Asociatividad: el Gobierno fomentará y promoverá la asociatividad, encadenamientos y alianzas productivas entre pequeños, medianos y grandes productores así como con procesadores, comercializadores y exportadores con el fin de garantizar una producción a escala y competitiva e insertada en cadenas de valor agregado que contribuyan a mejorar las condiciones de vida de los habitantes del campo en general y en particular de los pequeños productores. Para ello brindará asistencia técnica, jurídica y económica (crédito o financiamiento) a los pequeños productores con el fin de garantizar proyectos de economía familiar y asociativos, equilibrados y sostenibles.” (Énfasis fuera del original)

 

¿Acaso queda alguna duda? No. Pero es más, como señalamos esta idea no es nueva, y no nos sorprenderá saber el papel que han jugado las ONG y varios personajes de la izquierda en eso.

 

 

Las Alianzas Productivas

 

Esta propuesta que resulta tan repugnante para los firmantes es política oficial del Estado desde hace mucho rato con el apoyo de los EE.UU., la Unión Europea, las ONG y el silencio de la izquierda.

La idea de unir el campesinado en proyectos comunes con la agroindustria no es ni colombiana, ni nada nueva. Pero en el caso colombiano, toma fuerza en los noventa con el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio. El PDPMM se fundó en 1995 como iniciativa de Ecopetrol y la Unión Sindical Obrera. En 1998 recibe un crédito de innovación y aprendizaje del Banco Mundial, pero realmente la suerte del PDPMM y su ideólogo el cura Francisco de Roux cambia radicalmente con el Plan Colombia. Reciben apoyo del Plan Colombia para fomentar las Alianzas Estratégicas donde los campesinos forman una alianza con el gran capital para producir Palma Africana, Cacao y luego Caucho. Este modelo transfiere los costos de producción de las empresas grandes a los campesinos. En ese momento, De Roux recibió el apoyo político de grandes ONGs como las que se agrupan en OIDHACO (Oxfam, Christian Aid, Trócaire, Caritas Francia y Mundubat [Paz y Tercer Mundo en ese entonces] entre otros). Además la coordinación de ONG de derechos humanos como la Coordinación Colombia Europa EE.UU, guardaron silencio. No querían criticarlo ni a él ni a su modelo. De hecho, este nefasto personaje es invitado a dar conferencias por organizaciones de la izquierda, reparten sus artículos y hablan de él en tonos venerados.

Luego vino el ministro de agricultura, Felipe Arias, en el gobierno de Uribe Vélez quién adoptó el modelo promovido por De Roux y lo hizo propio. En su Apuesta Exportadora detalló no sólo los cultivos a promover sino las regiones prioritarias para cada cultivo y en eso coincidió con la Unión Europea y sus Laboratorios de Paz, que también promovieron ese modelo agro-exportador que vincula el campesinado al gran capital y lo implementaron en varias regiones del país. Las ONG no sólo guardaron silencio ante las maniobras del imperialismo europeo, o como ellas dicen el buen imperialismo que no echa bala en Colombia, sino organizaciones sociales como el CRIC y el CIMA manejaron el Laboratorio de Paz de Cauca, promoviendo el modelo tanto criticado por los firmantes de la carta, y sembrando los cultivos señalados por Felipe Arias, como espárrago, brócoli, hortalizas etc.

En 2011, la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras fortaleció ese modelo, obligando a los campesinos a sembrar agro-exportables si querían créditos para las tierras devueltas a ellos. No es nuevo el modelo, lo que sí es nuevo, es que los firmantes de la carta lo criticaran. Pero si quieren criticar a la Asociatividad del Acuerdo de Paz y del borrador de Ley, tendrán que explicar a los campesinos porque eso es malo, y porque no dijeron nada hace 17 años cuando De Roux implementaba el mismo modelo con los fondos del Plan Colombia y porque no dijeron nada cuando los europeos promovieron lo mismo. Es una respuesta que merece el campesinado, pues son actores políticos no son carne de cañón en peleas políticas de las ONG y los políticos colombianos. Tómensen su tiempo, pero una respuesta sería bienvenida.

 

 

Debilidad de Acuerdo

 

El Acuerdo de Paz es muy débil, cuando no abiertamente reaccionario en materia agrícola, no puede servir como la base ni el referente para la oposición a las políticas agrarias del Estado, pues como se explicó, el Acuerdo incluye muchos de esos elementos. Pero el Acuerdo tiene una gran debilidad política que pocos quieren reconocer. Las Alianzas Estratégicas, la entrega de baldíos, el fomento de la agro-industria, el robo de tierras etc., todo eso comenzó mucho antes de iniciar el proceso de negociación entre las FARC y el Estado y siguió y se intensificó a lo largo de los cuatros años de negociaciones. Ni las FARC, ni ninguno de los firmantes fueron capaces de poner sobre la mesa los temas denunciados en la carta. No quiere decir eso, que ellos nunca se pronunciaron sobre los baldíos, por ejemplo, pues sí lo hicieron todos los congresistas, pero no lo hicieron en el marco de su apoyo al proceso de paz. El Acuerdo de Paz, iba a transformar el campo colombiano, decían, pero no exigían públicamente lo que ahora piden en la carta.

Es más cuando la ONU y la Universidad Nacional organizaron el Foro Agrario, como parte del proceso, lo presidió y lo cerró Francisco de Roux. En su discurso de cierre, De Roux dijo a los campesinos y los empresarios presentes (el foro contaba con la participación de la SAC y Fedepalma entre otros) que iba a llevar sus propuestas a La Habana pero también la propuesta de lo que él llamaba los cultivos tropicales permanentes, es decir, palma, caucho, cacao. Los firmantes de la carta que asistieron a ese foro nunca dijeron nada sobre los comentarios de cierre del cura De Roux.

Las FARC no fueron capaces de incluir ni una sola palabra contra ese modelo agrario. El Acuerdo no tiene nada que decir sobre el modelo ni el sometimiento de los campesinos a los proyectos agroindustriales. Tampoco tiene mucho que decir sobre los baldíos (la palabra ocurre apenas tres veces en un documento de 310 páginas). Mientras las ONG y los “intelectuales de izquierda” nos exigían un apoyo total y ciego al Acuerdo de Paz, los empresarios siguieron con el despojo y la preparación del borrador del proyecto de ley.

Las críticas de los firmantes son bienvenidas, pero si insisten en tomar el Acuerdo de Paz como referente, no serán más que papel mojado. La oposición a las políticas agrarias del Estado deben estar por fuera del Acuerdo y donde siempre se ha hecho, las calles, carreteras y campos del país y sin la mediación ni las buenas intenciones de los que en nombre de la paz, sacrificarían a los campesinos. Queda por ver cuántos de los firmantes siguen con sus críticas una vez que las FARC y/o el gobierno invoquen la estabilidad y futuro del Acuerdo de Paz. La próxima vez, hagan el favor de leer el Acuerdo de Paz antes de decirnos lo que es contrario a dicho documento.

 

(*) Contactos: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Referencias:

(1) Los firmantes son: Senador Iván Cepeda, Senador Alberto Castilla, Representante Alirio Uribe, Representante Ángela María Robledo, Representante Víctor Correa y de organizaciones sociales Fensuagro, Coordinación Étnica Nacional de Paz- Cenpaz, Comisión Colombiana de Paz, Grupo Género en la Paz, CINEP/Programa de Paz, Grupo Semillas, Corporación Jurídica Yira Castro.

 

Fuente: http://www.elsalmon.co/2017/04/implementando-el-acuerdo-de-paz.html#more

 

 

 

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El “aparato” en París: el agente de la CIA y presidente del Congreso para la Libertad Cultural Michael Josselson (centro) en un almuerzo de trabajo con John Clinton Hunt y Melvin Lasky (dcha.)

 

Se suele asumir que los intelectuales tienen poco o ningún poder político. Subidos en su privilegiada torre de marfil, desconectados del mundo real, enredados en debates académicos sin sentido sobre minucias, o flotando en las nubes abstrusas de la teoría de altos vuelos, se suele retratar a los intelectuales como separados de la realidad política e incapaces de tener cualquier impacto significativo sobre ella. Pero la Agencia Central de Inteligencia (CIA) piensa de otra forma.

De hecho, el organismo responsable de planificar golpes de Estado, cometer asesinatos y manipular clandestinamente a gobiernos extranjeros no solo cree en el poder de la teoría, sino que asignó importantes recursos para mantener un grupo de agentes secretos dedicados a estudiar a fondo lo que algunos consideran la teoría más recóndita e intricada jamás producida. Un documento de investigación escrito en 1985 y que recientemente ha sido desclasificado y publicado con ligeras adaptaciones, haciendo uso de la Ley de Libertad de Expresión, revela que la CIA dispuso de agentes dedicados a estudiar las complejas e influyentes teorías asociadas a los autores franceses Michel Foucault, Jacques Lacan y Roland Barthes.

La imagen de unos espías estadounidenses reuniéndose con asiduidad en cafés parisinos para estudiar y comparar notas sobre los popes de la intelectualidad francesa puede chocar a quienes asumen que este grupo de intelectuales eran lumbreras cuya sobrenatural sofisticación no podría caer en una trampa tan vulgar, o que, por el contrario, no eran sino charlatanes de retórica incomprensible con poco o ningún impacto en el mundo real. Sin embargo, no sorprenderá a quienes están familiarizados con la prolongada y continua utilización de recursos de la CIA en la guerra cultural global, incluyendo el respaldo a sus formas más vanguardistas, lo que ha quedado bien documentado gracias a investigadores como Frances Stonor Saunders, Giles Scott-Smith y Hugh Wilford (yo he realizado mi propia contribución con el libro Radical History & the Politics os Art).

Thomas W. Braden, antiguo supervisor de las actividades culturales de la CIA, explicaba el poder de la guerra cultural de la agencia en un relato sincero y bien informado publicado en 1967: “Recuerdo el inmenso placer que sentí cuando la Orquesta Sinfónica de Boston [que contaba con el respaldo de la CIA] ganó más elogios para EE.UU. en París de los que pudieran haber ganado John Foster Dulles [i] o Dwight D. Eisenhower con cien discursos”. No se trataba, de ninguna manera, de una operación liminal o sin importancia. De hecho, como sostenía acertadamente Wilford, el Congreso para la Libertad Cultural con sede en París, que posteriormente resultó ser una organización tapadera de la CIA en tiempos de la Guerra Fría, fue uno de los principales patrocinadores de la historia mundial y prestó apoyo a una increíble gama de actividades artísticas e intelectuales. Contaba con oficinas en 35 países, publicó docenas de prestigiosas revistas, participaba en la industria editorial, organizó conferencias y exposiciones artísticas de alto nivel, coordinaba actuaciones y conciertos y proporcionó generosa financiación a diversos premios y becas culturales, así como a organizaciones encubiertas como la Fundación Farfield.

La agencia de inteligencia consideraba que la cultura y la creación teórica eran armas cruciales del arsenal global dirigido a perpetuar los intereses estadounidenses en todo el mundo. El documento de investigación de 1985 recién publicado, titulado “Francia: la deserción de los intelectuales de izquierda”, examina –indudablemente con el fin de manipularla– a la intelectualidad francesa y el papel fundamental que desempeñaba en la configuración de las tendencias que generan la línea política. El informe, a la vez que sugería que en la historia de la intelectualidad francesa existía un equilibrio ideológico relativo entre la izquierda y la derecha, destaca el monopolio de la izquierda en la era inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial –al que, como sabemos, se oponía de modo furibundo la CIA– a causa del papel fundamental que jugaron los comunistas en la resistencia al fascismo y que, en último término, permitió ganar la guerra. Aunque la derecha estaba enormemente desacreditada a causa de su contribución directa a los campos de exterminio nazis, así como su agenda xenófoba, anti-igualitaria y fascista (según las propias palabras de la CIA), los agentes secretos anónimos que escribieron el borrador del informe resumen con palpable regocijo el retorno de la derecha a partir de los inicios de la década de los setenta.

Más concretamente, los guerreros culturales clandestinos aplauden lo que consideran un movimiento doble que contribuyó a que los intelectuales apartaran a Estados Unidos del centro de sus críticas y las dirigieran a la Unión Soviética. Por parte de la izquierda se produjo una desafección gradual hacia el estalinismo y el marxismo, una progresiva retirada de los intelectuales radicales del debate público y un alejamiento teórico del socialismo y del partido socialista. Más hacia la derecha, los oportunistas ideológicos a los que se denominaba Nuevos Filósofos y los intelectuales de la Nueva Derecha lanzaron una campaña mediática descarada de difamación contra el marxismo.

Mientras otros tentáculos de la organización de espionaje de alcance mundial se dedicaban a derribar gobiernos elegidos democráticamente, a proporcionar servicios de inteligencia y financiación a dictadores fascistas y a apoyar escuadrones de la muerte de extrema derecha, el escuadrón parisino de la CIA recogía información sobre el giro hacia la derecha que estaba teniendo lugar en el mundo y que beneficiaba directamente a la política exterior de EE.UU. Los intelectuales simpatizantes de la izquierda de la posguerra fueron abiertamente críticos con el imperialismo estadounidense. La influencia en los medios de comunicación que ejercía la crítica marxista sin pelos en la lengua de Jean Paul Sartre y su notable papel –como fundador de Libération– a la hora de revelar la identidad del responsable de la CIA en París y de docenas de agentes encubiertos fue seguida de cerca por la Agencia y considerada un grave problema.

Por el contrario, el ambiente antisoviético y antimarxista de la emergente era neoliberal sirvió para desviar el escrutinio público y proporcionó una excelente excusa para las guerras sucias de la CIA, al “dificultar en extremo cualquier oposición significativa de las élites intelectuales a las políticas estadounidenses en América Central, por ejemplo”. Greg Grandin, uno de los más destacados historiadores de Latinoamérica, resumió perfectamente esta situación en su libro The Last Colonial Massacre (La última masacre colonial):

“Aparte de realizar intervenciones notoriamente desastrosas y letales en Guatemala en 1954, República Dominicana en 1965, Chile en 1973 y El Salvador y Nicaragua en los ochenta, Estados Unidos ha prestado apoyo financiero, material y moral silencioso y continuo a estados terroristas asesinos y contrainsurgentes [...] Pero la enormidad de los crímenes de Stalin aseguraba que dichas historias sórdidas, por muy convincentes, rigurosas o condenatorias que fueran, no interfirieran en la fundación de una visión del mundo comprometida con el papel ejemplar de Estados Unidos en la defensa de lo que ahora conocemos como democracia”.

Este es el contexto en el que los mandarines enmascarados elogian y apoyan la incesante crítica que una nueva generación de pensadores antimarxistas como Bernard-Henri Levy, André Glucksmann y Jean-François Revel desencadena contra “la última camarilla de eruditos comunistas” (compuesta, según los agentes anónimos, por Sartre, Barthes, Lacan y Louis Althuser). Dada la inclinación izquierdista de aquellos antimarxistas en su juventud, constituyen el modelo perfecto para construir las narrativas falaces que fusionan una pretendida evolución política personal con el avance continuo del tiempo, como si la vida individual y la historia fueran simplemente una cuestión de “evolución” y de reconocer que la transformación social igualitaria es algo del el pasado, personal e histórico. Este derrotismo condescendiente y omnisciente no solo sirve para desacreditar nuevos movimientos, particularmente aquellos liderados por los jóvenes, sino que también caracteriza de forma errónea los éxitos relativos de la represión contrarrevolucionaria como progreso natural de historia.

Incluso teóricos no tan opuestos al marxismo como estos intelectuales reaccionarios contribuyeron de modo significativo a la atmósfera de desencanto hacia el igualitarismo transformador, al alejamiento de la movilización social y al “cuestionamiento crítico” desprovisto de puntos de vista radicales. Esto es crucial para comprender la estrategia general de la CIA en sus amplias y poderosas iniciativas para desmantelar a la izquierda cultural en Europa y otros lugares. Reconociendo la dificultad de abolirla por completo, la organización de espionaje más poderosa del mundo ha pretendido apartar la cultura de izquierdas de las políticas decididamente anticapitalistas y transformadoras y redirigirla hacia posiciones reformistas de centro-izquierda, menos abiertamente críticas con la política interna y la política exterior de Estados Unidos. En realidad, tal y como ha demostrado minuciosamente Saunders, la Agencia continuó las políticas del Congreso liderado por McCarthy en la posguerra con el fin de apoyar y promover de manera directa aquellos proyectos que desviaban a productores y consumidores de la izquierda decididamente igualitaria. Amputando y desacreditando a esta última, aspiraba también a fragmentar a la izquierda en general, dejando lo que quedaba del centro-izquierda con un mínimo poder y apoyo público (y a la vez potencialmente desacreditada a causa de su complicidad con la política del poder de las derechas, un tema que continúa extendiéndose como una plaga por los partidos institucionalizados de la izquierda).

Es en este contexto donde debemos situar la afición de la agencia de inteligencia por las narrativas de conversión y su profundo aprecio por los “marxistas reformados”, un leitmotiv transversal al informe de investigación sobre los teóricos franceses. “A la hora de socavar el marxismo –escriben los agentes infiltrados– son aún más eficaces aquellos intelectuales convencidos, dispuestos a aplicar la teoría marxista en las ciencias sociales, pero que acaban por rechazar toda la tradición marxista”. Citan en particular la enorme contribución realizada por la Escuela de los Annales, de historiografía y estructuralismo –especialmente Claude Lévi-Strauss y Foucault– a la “demolición crítica de la influencia marxista en las ciencias sociales”. Foucault, a quien se refieren como “el pensador francés más profundo e influyente”, es especialmente aplaudido por su elogio de los intelectuales de la Nueva Derecha, cuando recuerda a los filósofos que “la teoría social racionalista de la Ilustración y la era Revolucionaria del siglo XVIII ha tenido consecuencias sangrientas”. Aunque sería un error echar por tierra las políticas o los efectos políticos de cualquiera basándose en una sola posición o resultado, el izquierdismo antirrevolucionario de Foucault y su perpetuación del chantaje del Gulag –es decir, la afirmación de que los movimientos expansivos radicales que pretenden una profunda transformación social y cultural solo resucitan la más peligrosa de las tradiciones– están perfectamente en línea con las estrategias generales de guerra psicológica de la agencia de espionaje.

La interpretación que realiza la CIA de la obra teórica francesa debería servirnos para reconsiderar la apariencia chic que ha acompañado gran parte de su recepción por el mundo anglófono. Según una concepción estatista de la historia progresiva (que por lo general permanece ciega a su teleología implícita), la obra de figuras como Foucault, Derrida y otros teóricos franceses de vanguardia suele asociarse intuitivamente a una crítica profunda y sofisticada que presumiblemente va más allá de cualquier relación con el socialismo, el marxismo o las tradiciones anarquistas. No cabe duda y es preciso resaltar que el modo en que el mundo anglófono acogió la obra de los teóricos franceses, como acertadamente ha señalado John McCumber, tuvo importantes implicaciones políticas como polo de resistencia a la falsa neutralidad política, las tecnicidades cautelosas de la lógica y el lenguaje, o al conformismo ideológico puro activo en las tradiciones de la filosofía anglo-americana apoyada por [el senador] McCarthy. No obstante, las prácticas teóricas de aquellas figuras que dieron la espalda a lo que Cornelius Castoriadis denominó la tradición de la crítica radical –la resistencia anticapitalista y antiimperialista– ciertamente contribuyeron al alejamiento ideológico de la política transformadora. Según la propia agencia de espionaje, los teóricos posmarxistas franceses contribuyeron directamente al programa cultural de la CIA destinado a persuadir a la izquierda de inclinarse hacia la derecha, al tiempo que desacreditaban el antiimperialismo y el anticapitalismo, creando así un entorno intelectual en el cual sus proyectos imperialistas pudieran medrar sin ser estorbados por un escrutinio crítico serio por parte de la intelectualidad.

Como sabemos gracias a las investigaciones realizadas sobre los programas de guerra psicológica de la CIA, la organización no solo ha vigilado e intentado coaccionar a los individuos, sino que siempre ha intentado comprender y transformar las instituciones de producción y distribución cultural. De hecho, su estudio sobre los teóricos franceses señala el papel estructural que desempeñan las universidades, las editoriales y los medios de comunicación en la formación y consolidación de un ethos político colectivo. En las descripciones que, como el resto del documento, deberían invitarnos a pensar críticamente sobre la actual situación académica del mundo anglófono y otros lugares, los autores del informe destacan cómo la precarización del trabajo académico contribuye al aniquilamiento del izquierdismo radical. Si los izquierdistas convencidos no podemos asegurarnos los medios materiales para desarrollar nuestro trabajo, o si se nos obliga más o menos sutilmente a ser conformistas para conseguir empleo, publicar nuestros escritos o tener un público, las condiciones estructurales que permitan la existencia de una comunidad izquierdista resuelta se ven debilitadas. Otra de las herramientas utilizadas para conseguir este fin es la profesionalización de la educación superior, que pretende transformar a las personas en eslabones tecnocientíficos integrados en el aparato capitalista, más que en ciudadanos autónomos con herramientas solventes para la crítica social. Los mandarines teóricos de la CIA alaban, por tanto, las iniciativas del gobierno francés por “presionar a los estudiantes para que se decidan por estudios técnicos y empresariales”. También señalan las contribuciones realizadas por las grandes casas editoriales como Grasset, los medios de comunicación de masas y la moda de la cultura americana para lograr una plataforma postsocialista y antigualitaria.

¿Qué lecciones podemos extraer de este informe, especialmente en el contexto político en que nos encontramos, con su ataque continuo a la intelectualidad crítica?

En primer lugar, el informe debería servirnos para recordar convincentemente que si alguien supone que los intelectuales no tienen ningún poder y que nuestras orientaciones políticas carecen de importancia, la organización que se ha convertido en uno de los agentes más poderosos del mundo contemporáneo no lo ve así. La Agencia Central de Inteligencia, como su nombre irónicamente sugiere, cree en el poder de la inteligencia y de la teoría, algo que deberíamos tomarnos muy seriamente. Al presuponer erróneamente que el trabajo intelectual sirve de poco o de nada en el “mundo real”, no solo malinterpretamos las implicaciones prácticas del trabajo teórico, sino que corremos el riesgo de hacer la vista gorda ante proyectos políticos de los que fácilmente podemos convertirnos en embajadores culturales involuntarios. Aunque es verdad que el Estado-nación y el aparato cultural francés proporcionan a los intelectuales una plataforma pública mucho más significativa que muchos otros países, la obsesión de la CIA por cartografiar y manipular la producción teórica y cultural en otros lugares debería servirnos a todos como llamada de atención.

En segundo lugar, en la actualidad los agentes del poder están particularmente interesados en cultivar una intelectualidad cuya visión crítica esté atenuada o destruida por las instituciones que los patrocinan basadas en intereses empresariales y tecnocientíficos, que equipare las políticas de izquierda-derecha con lo “anticientífico”, que relacione la ciencia con una pretendida –pero falsa– neutralidad política, que promueva los medios de comunicación que saturan las ondas hertzianas con cháchara conformista, aísle a los izquierdistas convencidos de las principales instituciones académicas y de los focos mediáticos y desacredite cualquier llamamiento al igualitarismo radical y a la transformación ecológica. Idealmente, intentan nutrir una cultura intelectual que, si es de izquierdas, esté neutralizada, inmovilizada, apática y se muestre satisfecha con apretones de manos derrotistas o con la crítica pasiva a la izquierda radical movilizada. Esa es una de las razones por las que podemos considerar a la oposición intelectual al izquierdismo radical, que predomina en el mundo académico estadounidense, una postura política peligrosa: ¿acaso no es cómplice directa de la agenda imperialista de la CIA en todo el mundo?

En tercer lugar, para contrarrestar este ataque institucional a la cultura del izquierdismo resolutivo, resulta imperativo resistir la precarización y profesionalización de la educación. Similar importancia tiene la creación de esferas públicas que posibiliten un debate realmente crítico y proporcionen una amplia plataforma para aquellos que reconocen que otro mundo no solo es posible, sino necesario. También necesitamos unirnos para contribuir a la creación o el mayor desarrollo de medios de comunicación alternativos, diferentes modelos de educación, instituciones alternativas y colectivos radicales. Es vital promover precisamente aquello que los combatientes culturales encubiertos pretenden destruir: una cultura de izquierdismo radical con un marco institucional de apoyo, un amplio respaldo público, una influencia mediática prevalente y un amplio poder de movilización.

Por último, los intelectuales del mundo deberíamos unirnos para reconocer y aprovechar nuestro poder con el fin de hacer todo lo posible para desarrollar una crítica sistémica y radical que sea tan igualitaria y ecológica como anticapitalista y antiimperialista.

Las posturas que uno defiende en el aula o públicamente son importantes para establecer los términos del debate y marcar el campo de posibilidades políticas. En oposición directa a la estrategia cultural de fragmentación y polarización de la agencia de espionaje, mediante la cual ha pretendido amputar y aislar a la izquierda antiimperialista y anticapitalista, deberíamos, a la vez que nos oponemos a las posiciones reformistas, federarnos y movilizarnos, reconociendo la importancia de trabajar juntos –toda la izquierda, como Keeanga-Yamahtta nos ha recordado recientemente– para cultivar una intelectualidad verdaderamente crítica.

En lugar de pregonar o lamentar la impotencia de los intelectuales, deberíamos utilizar la aptitud para decir la verdad a los poderosos, trabajando juntos y movilizando nuestra capacidad de crear colectivamente las instituciones necesarias para un mundo de izquierdismo cultural. Porque solo en un mundo así, y en las cámaras de resonancia de inteligencia crítica que provoque, será posible que las verdades expresadas sean realmente escuchadas y se produzca el cambio de las estructuras de poder.


Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

 


Nota:


[1] Secretario de Estado con el presidente Eisenhower entre 1953 y 1959.
(Tomado del Blog Cultura y Resistencia)

 

 

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Documento de una de las resoluciones políticas del PSOE.

 

Cuando el espectro del comunismo ya no recorre Europa y la sombra de la socialdemocracia no tiene densidad para hacerse notar, es momento de plantear una democracia inclusiva desde el conocimiento, la moral, el compromiso y la acción política



Más allá de retóricas y proclamas vacías, lo cierto es que la izquierda no acaba de reencontrarse a sí misma en un mundo en el que han cambiado las coordenadas en que nos movíamos. Hablamos de mundo globalizado, de mercado mundial, de capitalismo financiero, de Estados impotentes, de redes sociales, de relaciones interculturales, de guerras asimétricas, de amenazas transfronterizas... Y la izquierda, ésa que ha pasado a ser calificada de "tradicional", ya en versión socialdemócrata, ya en versión comunista, es la que se había movido en el esquema de un mundo bipolar, de mercado nacional, de Estados fuertes, de estructuras estables, de clases sociales identificadas, de fronteras claramente delineadas... Ese mundo ya no existe. El mundo de ahora, distinto en virtud de la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, del nuevo capitalismo erigido sobre ellas, y de los fuertes cambios en las realidades sociales, políticas y culturales, ofrece una realidad que reclama un nuevo paradigma. Es el paradigma ausenteque la izquierda aún no ha llegado a elaborar.

¿Será posible hallar un nuevo paradigma, que pudiera ser, por ejemplo, marco idóneo para una propuesta socialista puesta al día? ¿Qué pasó con las banderas rojas? Parecería que a la izquierda también vendría a cuadrarle el dicho del Manifiesto Comunista de que "todo lo sólido se desvanece en el aire". Cuando el espectro del comunismo ya no recorre Europa y la sombra de la socialdemocracia no tiene densidad para hacerse notar, es momento de repensar qué ha sido de la izquierda y ver qué puede ser. Si la izquierda queda sumida en titubeos respecto a su crisis de identidad, falta de proyecto, carencia de programa o pérdida de su base social –todo ello relacionado con la oligarquización de las estructuras partidarias, con muchos dirigentes polarizados en torno a su carrera política--, será la derecha la que siga con su hegemonía desde la ideología neoliberal y sus complementos neoconservadores.

 

Política frente a una globalización económica antipolítica


En el contexto de un mundo globalizado, la izquierda que perdió el hilo es la izquierda a la que le ha ocurrido tal cosa por no haberse enfrentado al problema de fondo, que no es otro que el hecho de que la política como tal se vea engullida por el "gran mercado del mundo" --dicho en términos calderonianos-- al que nos ha llevado el proceso de globalización. La gran paradoja es que esa crisis de lo político es a su vez resultado de un determinado proyecto político. Es verdad que el mundo globalizado en el que estamos es el mundo configurado sobre todo como gran mercado capitalista, con el capitalismo financiero como dominante, pero de tal manera que esa misma configuración se ha visto impulsada por el proyecto neoliberal. Éste ha sido el proyecto puesto en marcha inicialmente por los Friedman y Hayek desde mediados del pasado siglo, para reconfigurar el mundo a la medida de las exigencias del nuevo capitalismo, el cual, con la exaltación del mercado y la denostación del Estado, se aseguraba un clima en contra de toda regulación política de la economía y a favor del Estado mínimopreconizado por el norteamericano Nozick. Con su economicismo a ultranza, con su visión antropológica individualista, con una concepción de las relaciones sociales en términos de mitificada competitividad, con una valoración negativa del Estado como depredador de las riquezas de los ciudadanos, con una mentalidad tan refractaria a lo público como encandilada por lo privado, el neoliberalismo no ha dejado de actuar como proyecto político encaminado a disolver la política, o incluso a erigir en lugar de ésta una antipolítica resultante de la distorsión de la política al cercenar las condiciones que hacen que ésta sea posible.

Fue ante la hegemonía neoliberal como la socialdemocracia sucumbió ideológicamente, dejándose llevar a su terreno por la Tercera Vía de Tony Blair, con la pretensión de situarse "más allá de la izquierda y la derecha", según Giddens. Era el viaje al centro que una y otra vez emprenden los partidos socialdemócratas, sin evaluar cómo dejan atrás señas de identidad y elementos programáticos. Tony Judt ya dijo sobre tal deriva del laborismo británico que algo fue mal.

Con un neoliberalismo fortalecido como ideología dominante y una socialdemocracia en retirada, el capitalismo de la era de la globalización ha encontrado las circunstancias adecuadas para su expansión irrestricta. El debilitamiento de lo político comportado por tales circunstancias ha supuesto la reducción de los Estados a un papel subalterno, así como el despliegue avasallador de un capitalismo capaz de afirmar su fuerza incluso a través de esos "poderes salvajes" denunciados por Luigi Ferrajoli. ¿Qué queda, entonces, de la política? Es imperiosa la necesidad de acometer su reconstrucción democrática, ubicándola en las nuevas coordenadas que brinda un mundo muy distinto del de épocas anteriores.


Convocatoria sin demagogia para un "pueblo" sin populismo


Sabido es que en estos momentos de cuestionamiento de los esquemas políticos tradicionales, de agotamiento de modelos de organización heredados del pasado, es frecuente que a nuevas formaciones en el panorama político se les aplique el rótulo de populismocon intención de descalificar lo nuevo. No hay sino que considerar con cierta ironía que quienes no se han privado de caer en comportamientos populistas a base de discursos demagógicos, ahora acusen tan a la ligera a otros de lo que ellos han practicado. Pero de todas formas, atentos hay que estar para que no se verifiquen los riesgos de lo que en serio se pueda considerar populismo. Es importante atender a cómo se utiliza, de forma explícita o de maneras implícitas, la categoría "pueblo" que se halla al fondo de proyectos de reconstrucción política que intentan dejar atrás las referencias del pasado apelando a nuevos protagonismos políticos.

Lejos de concepciones etnicistas, si toca a la izquierda apelar al pueblo es para promover la constitución de un sujeto político capaz de configurar frente al poder una mayoría en torno a reivindicaciones colectivas, convocando sobre todo a quienes, estando en la periferia del sistema político, pueden removerlo para hacerlo efectivamente inclusivo, también respecto a la población inmigrante. Lo subraya el filósofo Jacques Rancière: la democracia es el sistema que se define por la inclusión de quienes protagonizan el acto político de constituirse como pueblo al expresar su disenso y reivindicar sus derechos, de forma que el principio de igualdad opere contra asimetrías excluyentes.

Es importante lo que Judith Butler señala tras recordar que "el pueblo se halla dividido según líneas de clase": es necesario tener en cuenta que "el objetivo final de la política no es simplemente levantarse todos juntos para dar un nuevo significado al 'pueblo', aunque a veces sea un gesto importante para lograr un cambio democrático radical". Movilizado el pueblo para dicho cambio la clave es que se constituya en demos, conjunto de ciudadanas y ciudadanos dispuestos a reivindicar y ejercer sus derechos.

La ciudadanía es así sujeto "demo-crático" que desde su pluralidad exige igualdad, reubicándose por ello en el eje izquierda-derecha, justo para acabar con la distancia entre "arriba" y "abajo. Conjugar la pluralidad, superando toda pretensión de monopolio, es camino para evitar resbalones populistas, por una parte, o caídas en la irrelevancia política, por otra.

 

Pistas para reconstruir la izquierda


¿Será posible, en medio de las crisis en que estamos inmersos, reencontrar los rasgos que perfilen de nuevo la identidad de una izquierda atenta a los hechos a la vez que con capacidad de alternativa? Cabe hallar algunas pistas en torno a estos puntos:

--La izquierda es un lugar epistémico, es decir, un lugar desde el que desplegar una visión crítica de la realidad social y, tras el conocimiento crítico, erigir alternativas frente a lo criticado: encubrimientos ideológicos, prácticas de dominio, realidades injustas, amenazas medioambientales...

--La izquierda es un punto de vista moral, que por otra parte nunca se ha de pretender acaparar, desde el cual se asume el compromiso de una opción ética, políticamente mediada, por los objetivos de justicia, de libertad, de igualdad que es necesario promover para conseguir una sociedad a la altura de la dignidad humana.

--La izquierda es voluntad de compromiso, capaz de articularse en formas de participación política y organización democrática como vías imprescindibles para la transformación social necesaria, alentando el protagonismo de ciudadanas y ciudadanos que desde sus más diversas condiciones –mujeres y hombres, trabajadores, jóvenes y mayores-- se involucran en sus propios procesos de emancipación y de reconstrucción solidaria de la realidad social.

--La izquierda es una posición política, identificable como contrapuesta a las posiciones de las derechas, desde la cual sostener proyectos y programas encaminados a ser alternativa a las políticas neoliberales y conservadoras.

--La izquierda es acción transformadora, convirtiendo la rebeldía en capacidad de cambio teniendo a la vista, frente a lo existente, el horizonte de lo aún no logrado que se puede conseguir, activando la esperanza desde un imprescindible bagaje de memoria histórica.

Si todos estos ingredientes se conjugan tomando en serio lo que ha de ser una democracia inclusiva, haciendo propio el feminismo, replanteando modelos ecológicos de desarrollo, recusando las mitificaciones engañosas, acentuando las exigencias de laicidad, recuperando la conciencia republicana y relanzando lo que puede ser un proyecto socialista reformulado para el mundo globalizado en el que estamos..., podemos reconstruir el perfil de una izquierda identificable. De ella habrá que decir que se trata de una izquierda que ha de ser reconocible en sus diversos rostros y voces. Nadie tiene el monopolio de la izquierda, pues nadie tiene ni la patente ni la exclusiva de lo que sea esa izquierda que, al fin y al cabo, se verá definida por sus prácticas. En política, se es lo que se hace.

 

Autor

 

José Antonio Pérez Tapias @japtapias

Es miembro del Comité Federal del PSOE y profesor decano de Filosofía en la Universidad de Granada. Es autor de Invitación al federalismo. España y las razones para un Estado plurinacional. (Madrid, Trotta, 2013)

 

 

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Educación popular y formación política: enseñanzas de Marx

 

Si bien puede parecer redundante o conocido, es importante recuperar cómo la larga tradición del marxismo revolucionario supo tener a lo formativo y a la educación popular como algo central en su derrotero militante. En especial porque aunque suene paradójico, en coyunturas adversas como la que vivimos en América Latina, o en momentos donde la movilización popular nos encuentra de manera constante en las calles, los procesos de formación, de análisis y estudio, de lectura e investigación de la propia realidad que se pretende transformar, se resienten o bien ostentan -salvo contadas excepciones- un lugar residual al interior de las organizaciones de izquierda. A contrapelo, y en sintonía con los planteamientos de buena parte del marxismo crítico, es precisamente en contextos como el actual donde más urgentes resultan este tipo de apuestas pedagógico-políticas.

Consideramos un ejercicio imprescindible revisitar desde este ángulo las propias biografías e itinerarios de quienes constituyeron una referencia fundamental en la conformación del marxismo revolucionario, comenzando por el propio Karl Marx (1818-1883). En general predomina -a nuestro modo de ver, no casualmente- una visión de Marx como un genio solitario, dedicado casi exclusivamente a escribir libros y artículos detrás de un escritorio, sumergido cual ratón de biblioteca en la sala de lectura del Museo Británico durante años para elaborar El Capital. Sin embargo, se omite que desde su juventud hasta los últimos momentos de su vida, siempre produjo, intervino y reflexionó en diálogo constante con la realidad y las luchas que lo estimulaban a pensar y actuar como militante revolucionario, por lo que podemos definirlo como un verdadero intelectual orgánico de las clases populares.

Desde sus primeros artículos periodísticos de denuncia de las condiciones de miseria y explotación que padecían los campesinos de Mosela, pasando por el enorme aprendizaje político que resulta de sus diversos encuentros e intercambios en buena parte del continente con organizaciones clandestinas, sindicatos y asociaciones de exiliados, hasta la elaboración de sus incendiarios documentos y comunicados políticos al calor de la revolución de 1848 (entre los que se destaca el Manifiesto Comunista, escrito a pedido de la Liga en la que participaba junto con Engels, y cuyo antecedente había sido el Comité de Correspondencia Comunista), puede decirse que su formación estuvo signada por el vínculo estrecho con -y el aprendizaje a partir de la experiencia vital de- las organizaciones y movimientos en lucha en toda Europa.

Sería infructuoso reseñar en detalle su abultada producción teórico-política, pero vale la pena recordar algunos de sus principales materiales y momentos de intervención, para dar cuenta de la importancia que siempre tuvo el estudio y la formación para Marx. No podemos dejar de mencionar las Tesis sobre Feuerbach, temprano borrador de 1845 cuya extensión es inversamente proporcional a su densidad filosófica y política, en la medida en que condensa en unos pocos párrafos una caracterización profundamente revolucionaria respecto del conocimiento de la realidad, y postula como criterio de verdad a la praxis, la cual presupone una unidad indisoluble entre reflexión y acción, así como el papel activo y dinámico que tienen los sujetos tanto en la comprensión como -sobre todo- en la transformación del mundo. A su vez, textos pedagógicos y de amplia difusión popular bajo el formato de folletos, como Trabajo asalariado y capital o Salario, precio y ganancia, son en realidad conferencias que fueron pensadas para el esclarecimiento teórico y la batalla política, en el seno de las organizaciones de base de trabajadores y activistas que el propio Marx frecuentaba. Su obsesión por lograr que la clase obrera pudiese acceder a los sucesivos tomos de El Capital a través de su desdoblamiento en fascículos sueltos divulgados a precios populares -tal como deja traslucir en más de una carta intercambiada con Engels y con su editor- tiene la misma vocación formativa.

Asimismo, dentro de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), una de las propuestas que supo impulsar fue la de una investigación “de la situación de la clase obrera en todos los países, llevada a cabo por la clase obrera misma”, donde uno de los puntos más relevantes era la educación del proletariado en términos mentales, físicos y tecnológicos, es decir, desde una perspectiva integral.Sumamente entusiasmado por concretar esta propuesta redactada en 1866 (no casualmente, escasos meses antes de que salga a la calle la primera parte de El Capital), Marx expresará que “al iniciar tan gran obra, los obreros mostrarán que son capaces de tomar sus destinos en sus propias manos”. En efecto, poco tiempo atrás, en ocasión del nacimiento de la Asociación Internacional de los Trabajadores, ya había escrito en su Manifiesto Inaugural que “la clase obrera posee un elemento de triunfo: el número. Pero el número no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber”.

No está de más recordar que otro texto imperecedero de Marx, publicado luego bajo el título de La guerra civil en Francia, fue en rigor un documento político redactado por él a pedido del Consejo General de la AIT (de hecho, sus integrantes fueron quienes firmaron como “autores” colectivos la primera edición de este material), con el propósito de brindar una lectura desde el punto de vista de la clase trabajadora, acerca de los sucesos ocurridos en París durante la instauración de la Comuna entre marzo y mayo de 1871, a tal punto que las diversas ediciones en inglés y en otras lenguas -por lo general como folleto- fueron vendidas entre los obreros a precios reducidos y se agotaron rápidamente. Es interesante destacar que el interrogante teórico-practico que obsesionó a Marx durante casi dos décadas (¿con qué sustituir al Estado burgués tras la conquista y destrucción del poder político a través de una revolución?), no pudo ser respondido por él en términos intelectuales o eruditos, sino que fueron las y los desposeídos parisinos que osaron “tomar el cielo por asalto”, quienes resolvieron este enigma y le enseñaron a Marx -a partir de su experiencia colectiva y sin receta alguna- la forma política “al fin descubierta” que debía asumir el autogobierno popular luego de la desarticulación del poder estatal y capitalista.

Ya en su última década de vida, además de insistir en la necesidad de entender y analizar a las sociedades a partir del principio epistemológico de la totalidad (que implica concebir al capitalismo como un sistema, no disociando por tanto, salvo en términos estrictamente analíticos, las diferentes y complementarias relaciones de opresión, dominio y resistencia que lo constituyen como tal), Marx confrontará con aquellas corrientes que, como la liderada por Lasalle en Alemania, pregonaban la posibilidad de construir el socialismo de manera gradualista y desde el Estado. Conocido como “Crítica al Programa de Gotha”, este manuscrito póstumo redactado en 1875 cuestiona de manera radical los núcleos principales de un programa político que, elaborado en el marco de la unificación de las dos principales organizaciones obreras alemanas, se encontraba en las antípodas de su concepción revolucionaria. Frente a la sugerencia de los lasalleanos de subsumir toda propuesta de trabajo cooperativo y de educación popular a la lógica estatal, Marx responderá indignado: “Eso de ‘educación popular a cargo del Estado’ es absolutamente inadmisible. ¡Una cosa es determinar, por medio de una ley general, los recursos de las escuelas públicas, las condiciones de capacidad del personal docente, las materias de enseñanza, etc., velar por el cumplimiento de estas prescripciones legales mediante inspectores del Estado (...) y otra cosa, completamente distinta, es nombrar al Estado educador del pueblo! (...) es, por el contrario, el Estado el que debe recibir del pueblo una educación muy severa”.

Unos años más tarde, retomará con mayor fuerza aquella vocación por la formación, el estudio y la investigación militante, a través del diseño y la difusión de una “encuesta obrera”, que tenía por propósito el indagar en la situación de explotación que padecía la clase trabajadora europea, pero también conocer sus condiciones de vida y reproducción más allá de la fábrica, así como sus formas organizativas y sus repertorios de lucha. Elaborada en 1880 para que sean los propios trabajadores quienes la implementen en sus ámbitos laborales, llegó a contemplar más de 100 preguntas, la mayoría de las cuales eran interrogantes “generadores”, que buscaban fomentar, a partir de su lectura y el debate colectivo que disparaban, un proceso de desnaturalización y cuestionamiento de la situación padecida, en paralelo a la autoconsciencia por parte de los obreros mismos, de su potencialidad como clase revolucionaria y con intereses antagónicos a los de la burguesía.

Este viejo Marx se encargará incluso de fustigar, junto con Engels, a la dirigencia socialdemócrata alemana que por aquel entonces ya dejaba traslucir su tendencia a la burocratización y comenzaba a denostar la capacidad de las y los trabajadores de liberarse del yugo capitalista sin tutela alguna. En una extensa y premonitoria carta, denunciarán a quienes consideran que “la clase obrera es incapaz de conquistar por sí misma su propia emancipación” y consideran que “para lograrla debe ponerse bajo la dirección del burgueses ‘cultos y pudientes’, los únicos que poseen el ‘tiempo y las oportunidades’ para informarse de lo que es bueno para los obreros”. A contrapelo de esta concepción paternalista y vertical, dirán: “Cuando se constituyó la Internacional, formulamos expresamente el grito de combate: el emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. Por ello no podemos colaborar con personas que dicen que los obreros son demasiado incultos para emanciparse por su cuenta y que deben ser libertados de arriba por los burgueses y pequeños burgueses filántropos”

El 14 de marzo de 1883 su vida se apagará definitivamente. A partir de ese momento, las querellas e interpretaciones en torno a su legado y herencia serán una constante en el seno de las izquierdas (e incluso por fuera de ellas). Quizás previéndolo, el viejo Marx supo responder de manera irónica: “lo único que sé es que no soy marxista”. Sabias palabras éstas frente a quienes pretendían hacer de su pensamiento y su praxis revolucionaria un nuevo dogma al margen de todo tiempo y espacio.

Por ello lo fundamental es no vislumbrar a Marx ni al sin fin de grandes revolucionarios/as (desde Lenin y Gramsci a Rosa Luxemburgo, de Mariátegui y Amilcar Cabral al Che Guevara) como iluminados/as y sabelotodos/as que esclarecieron y guiaron a organizaciones y pueblos “ignorantes”, carentes de conciencia por sí mismos/as y meros/as ejecutantes de una estrategia que les era incorporada “desde afuera”. Si bien en todos los casos tuvieron un papel destacado en sus respectivos procesos revolucionarios, vale la pena recordar una de las tesis sobre Feuerbach escrita precisamente por el joven Marx, que criticaba aquellas lecturas unidireccionales que olvidan que “el educador a su vez debe ser educado”. De ahí que quizás sea más equilibrado afirmar que fue la praxis colectiva y el devenir histórico-político dentro del cual se situaron con creatividad y audacia en tanto aprendices-sistematizadores/as (o educadores-educandos), lo que les permitió destacarse como dirigentes e intelectuales revolucionarios/as a cada uno/a de ellos/as en los proyectos donde intervinieron.

A pesar de la indudable centralidad que han tenido estos/as referentes del marxismo en impulsar y sostener iniciativas de producción de conocimiento, investigación militante y educación popular liberadora, resulta imprescindible resituar -comenzando por el propio Marx- tanto sus liderazgos como los aportes teórico-prácticos que han generado, en el marco de procesos y sujetos de carácter colectivo, así como en función de una constelación de luchas e iniciativas emancipatorias, que constituyeron las verdaderas escuelas en la que se forjaron como intelectuales orgánicos de los pueblos.

El estancamiento del pensamiento crítico y la dogmatización han sido un peligro constante en los diferentes proyectos revolucionarios encarados por las fuerzas de izquierda, y hoy cobra nuevos bríos como tendencia en la actual coyuntura que vivimos. Acudir nuevamente a autores, corrientes, matrices de análisis e itinerarios de trastocamiento del orden social y político, que en algún contexto u época diferente quizás prosperaron o resultaron viables para caracterizar y transformar otra realidad, se torna una tentación difícil de escamotear y nos ahorra el ejercicio de pensar y actuar con cabeza propia, a partir del estudio riguroso y situado del propio territorio y desde el tiempo histórico que pretendemos revolucionar.

Como es sabido, la historia no se repite salvo como tragedia o como farsa. Por ello, frente al seductor recetario de manuales y esquemas abstractos en estos momentos sombríos donde prima el desconcierto y el desarme teórico, el planteo de Mariátegui de no calcar ni copiar constituye un faro estratégico, desde ya sin que esta consigna implique partir de cero, pero sí cepillando a contrapelo y asumiendo la necesaria actualización y revitalización crítica de los aportes de Marx.

Ludovico Silva, uno de los intelectuales venezolanos más potentes para formarnos de manera des-manualizada, solía decir que “si los loros fueran marxistas, serían marxistas ortodoxos”. Por cierto, es sobre la base del análisis concreto de nuestra realidad específica -en la que finalmente actuamos e intervenimos a diario- que podemos traducir y (re)elaborar conceptos e ideas, así como construir una estrategia revolucionaria acorde a los desafíos que nos depara nuestro presente. No se trata, en suma, de “aplicar” esquemas o categorías prefabricadas, ni de concebir a la obra de Marx como un sistema acabado o un conjunto de verdades irrefutables, sino de recrear sus presupuestos y basamentos, a partir de su confrontación con la cada vez más compleja realidad en la que estamos inmersos. Pero a no dudarlo: Marx tiene todavía mucho que enseñarnos como “maestro de vida”.

 

 

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