Viernes, 01 Octubre 2021 07:28

Libros prohibidos

Libros prohibidos

La historia de las novelas prohibidas en América Latina se remonta a los tiempos de la Inquisición, que anotaba en sus listas negras "libros de romance de historias vanas o de profanidad, como son de Amadís y otros de esta calidad, porque este es mal ejercicio para los indios, y cosa es que no es bien que se ocupen ni lean".

La mentira de las vidas fingidas y los embelecos eran perjudiciales para la fe y la recta conducta de los súbditos del reino. Y la mano de los aduaneros estaba presta a detener los libros llenos de embustes, suerte que corrieron tanto El Quijote como El Lazarillo de Tormes.

Sin embargo, prohibir leer ha sido siempre el mejor acicate para la curiosidad, que se convierte en un acto de desafío y, por tanto, de libertad. Los libros vedados burlaban la vigilancia escondidos en barriles de vino, y circulaban también copiados a mano. Y no sólo las novelas, sino los libros subversivos escritos por los pensadores de la Ilustración, a medida que se iban encendiendo los fuegos de los movimientos libertarios en América. Ya El Quijote no importaba tanto como La nueva Eloísa, de Rousseau.

Para las tiranías que empezaron a sucederse bajo el remedo de gobiernos republicanos, su enemigo más jurado pasaron a ser las imprentas, vistas como máquinas infernales, capaces de fabricar libros incendiarios contra el orden público, la moral y las buenas costumbres, o todo lo que se saliera de los límites del pensamiento oficial. Cerrar los países a las ideas era una pretensión de congelar el tiempo.

Pero, llegado el siglo XX, no todas las dictaduras tropicales fueron tan celosas de los libros. Al viejo Somoza le importaban más los periódicos que los libros, siempre de tiradas exiguas y publicados por cuenta de sus autores. Pero enviaba a sus militantes fanáticos, sus "camisas azules", que le rendían pleitesía como a un Mussolini tropical, a descalabrar a garrotazos las platinas de las imprentas de los diarios enemigos.

Su hijo Anastasio no le iba a la zaga. Mandó bombardear el diario La Prensa, pero su lista de libros prohibidos se reducía a aquellos que propagaran el marxismo; sus agentes aduaneros no eran, sin embargo, muy avisados, pues dejaban pasar sin siquiera examinar sus páginas La sagrada familia, de Marx y Engels, que creían de contenido religioso, o El capital mismo, que les parecía una alabanza del sistema, o inofensivo por demasiado ­voluminoso.

Cuando en 1970 la Editorial Universitaria Centroamericana (Educa) publicó en Costa Rica Sandino, de Neill Macaulay, un embarque de 5 mil ejemplares fue retenido en la aduana en Managua. El libro clásico de Gregorio Selser, Sandino, general de hombres libres, circulaba clandestino en el país, en copias mimeografiadas.

El libro de Macaulay fue llevado por el director de aduanas a Somoza para que tomara la decisión final. Lo vio apenas por encima, y se lo devolvió. "Esto no es conmigo", le dijo, "es con mi papá". Los 5 mil ejemplares se vendieron en menos de una semana, todo un récord.

Todo esto es para contar la historia de Tongolele no sabía bailar, mi novela prohibida en Nicaragua. La editorial Alfaguara envió el libro desde México. El proceso de desalmacenaje comenzó a volverse lento de pronto, bajo el pretexto de que faltaba uno u otro dato en el manifiesto de carga, hasta que el director de aduanas solicitó que se le presentara un compendio del contenido.

Una petición insólita, que sólo anunciaba que quedaría retenido para siempre. El primer libro prohibido en la historia contemporánea de Nicaragua. No sé si, igual que a Somoza, a la pareja que ahora retiene el poder, algún funcionario obsequioso les habrá llevado el libro para su revisión, y si alguno de ellos dos lo habrá leído. Eso quedará dentro del halo de misterio que siempre rodea a los libros que no pueden ni deben leerse.

Pero miles han leído en Nicaragua la versión electrónica de mi novela prohibida, que anda de pantalla en pantalla, el equivalente en el siglo XXI de los barriles de vino y de tocino para el contrabando de las ideas y las invenciones, y de las copias mimeografiadas de antaño.

En Malmö, Suecia, se ha abierto la Biblioteca de Libros Prohibidos Dawit Isaak, dedicada al escritor declarado traidor y preso sin juicio por largos años en Eritrea. Contiene desde Los versos satánicos, de Salman Rushdie, perseguido por el régimen teocrático de Irán, a los libros de Svetlana Alexievich, la premio Nobel perseguida por el dictador estalinista de Bielorrusia Alexsandr Grigórievich Lukashenko.

También existe en Tallin, capital de Estonia, el Museo de los Libros Prohibidos, creado para "preservar libros que han sido prohibidos, censurados o quemados y contar su historia al público".

Así que dos largos viajes esperan al inspector Morales y al cortejo de personajes de Tongolele no sabía bailar, en busca de su bien merecido lugar en los estantes de esas bibliotecas que representan el espíritu de la libertad.

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La poética de las memorias de guerra en Colombia

El testimonio poético de Alfredo Molano

Ve la luz el libro de Farouk Caballero Hernández Molano testimonial. Poética de las memorias de guerra en Colombia, un trabajo de investigación sobre la poética de Alfredo Molano y su mirada al interminable conflicto armado colombiano publicado por desde abajo y FES Comunicación.

El trabajo de Caballero es una reconstrucción de la elaboración estética literaria de Molano, de su poética de la memoria de las guerras del siglo XX en Colombia, a partir de unos relatos que dejan ver el sinsentido de una historia de violencia que marca a sangre y fuego la realidad colombiana en sus algo más de dos siglos de existencia como país.

Las novelas testimonio, o testimonios novelados, de Molano cumplen con la exigencia planteada por el autor cubano Miguel Barnet de que estas obras deben “proponerse un desentrañamiento de la realidad, tomando los hechos principales, los que más han afectado la sensibilidad de un pueblo y describiéndolos por boca de uno de sus protagonistas más idóneos”. En el libro de Caballero se recoge una selección precisa de las voces de algunas de las personas que protagonizan los textos de Molano: campesinos, indígenas, guerrilleros, bandoleros o paramilitares, sin distinción de sexo o procedencia social.

En las obras de Molano se narran de forma clara las oscuridades de un siglo de guerras en Colombia: “Las historias de la lucha de guerrillas y de los pueblos marginales (mineros, indígenas, proletarios, campesinos, etc.) adquieren especial resonancia en la literatura testimonial”, lo que le llevó, como escritor que amplificaba las otras voces a ser señalado “por parte de las élites, como francotiradores intelectuales y revoltosos (izquierdosos en el caso colombiano)”.

Farouk Caballero destaca que “depende de nosotros llevar su mensaje a nuevas audiencias fuera del ámbito estrictamente académico. Cumplir con esa tarea es ampliar el dialogo y aprovechar de mejor forma el archivo polifónico que Molano, durante toda su vida, construyó”.

El autor afirma que “La libertad de creación no puede comprenderse como indiferencia política” por lo que, al leer las narrativas testimoniales “el espectador del testimonio literario, el lector, modifica su pensamiento a propósito de la guerra y los protagonistas que intervienen en ella. Habrá quienes se solidaricen con la causa campesina, o con las ideas guerrilleras o con el accionar paramilitar. Habrá quienes no lo hagan, pero de lo que no cabe duda es que sus historias amplían el panorama histórico. Las perspectivas de interpretación no serán unívocas, podremos creerles o no, pero al sentir los personajes es imposible desconocer su existencia histórica y su aporte literario”.

La lectura de la “dimensión estética” de la obra de Molano que hace Caballero “configura una fuerte crítica política, social e histórica de la realidad inmediata, rasgo que el testimonio adquiere del realismo crítico”. Molano testimonial. Poética de las memorias de guerra en Colombia es un libro necesario para entender no sólo la poética testimonial de Alfredo Molano, sino la realidad colombiana de los últimos sesenta años. Una realidad ignorada, y negada en muchos casos, que es analizada por Caballero a partir de las voces de las y los testimoniantes transcritas por la crónica narrativa y sociológica de Alfredo Molano, un testigo oyente de todas las atrocidades que nos podamos imaginar y que no parecen afectar a una sociedad desmemoriada que no quiere aprender de su propia historia.

Un texto poético y testimonial de la política, la vida y la muerte en un país que necesita escuchar las voces de las y los de abajo para salvaguardar la memoria, la de todas y todos los colombianos.

Artículo publicado en Mundo Obrero

12 Sep 2021

Una reseña de este libro ha sido publicada en la edición Colombia del mes de septiembre, año XIX – número 214, de Le Monde Diplomatique.

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Viernes, 03 Septiembre 2021 08:18

Orwell, Kafka, Afganistán

Orwell, Kafka, Afganistán

El otro día –tras un buen rato de no seguir la prensa ni medios de allá– estaba mirando cómo los valientes soldados polacos instalaban en la frontera con Bielorrusia “en tiempo récord” 6 kilómetros de valla de alambre de cuchillas. Tres capas. Dos metros y medio de altura. El previamente instalado muro de 150 kilómetros de puro alambre de púas resultó supuestamente “demasiado débil”. ¿El propósito? Según el gobierno, “proteger a Polonia de la migración” y “de los terroristas de Irak y de Afganistán” (bit.ly/38A7ljn). O sea, refugiados civiles, buena parte mujeres y niños que huyen de sus países, reventados por las guerras neoimperiales.

El ministro de Defensa se congratulaba –y ensalzaba a sus tropas– como si hubiéramos (ahora sí) parado una blitzkrieg nazi o mandado de vuelta a la casa, con la cola entre las piernas, al ejército de Stalin.

¿Cuántos materiales televisivos recordaban que éramos los primeros en sumarse a la invasión de Irak (2003) –incluso a cargo de una de las zonas de ocupación allí– librada con base en mentiras orwellianas: armas de destrucción masiva (WMD), complicidad con Saddam en el 9/11, etcétera, unas, que le causarían envidia al propio Goebbels y harían parecer a Molotov un nene de pecho?

¿Cuántos reportajes, sin importar si era la tele estatal, llena de propaganda y medias verdades como en tiempos comunistas, o la privada de los “luchadores por la libertad (y el libre mercado)”, mencionaban, en conexión con la reciente debacle (bit.ly/3yyiiwv), que éramos igualmente los primeros a mandar las tropas a Afganistán (2001) a pedido de nuestro “compadre”, Bush Jr?

Pues... ninguno (de los que alcancé a ver).

Ningún link entre nuestra complicidad en reventar aquellos países y la “amenaza ante portas”, como si la imagen de los mismos soldados, ahora en la frontera con Bielorrusia, pero antes en las calles de Bagdad y Kabul, no fuese capaz de agitarle la memoria a nadie.

Tampoco ninguna reflexión acerca de las lecciones de la crisis de los refugiados (2015) desencadenada por otra guerra, en Siria –a esta, milagrosamente, ya nos negamos a ir–, pero en la cual Polonia, aún bajo otro gobierno (neo)liberal, estaba en la primera fila de crueldad y xenofobia que caracterizaron la respuesta de la Unión Europea (UE).

Ahora que un grupo de 32 refugiados está atrapado en una “tierra de nadie”entre Polonia y Bielorrusia –con otros muchos en la zona– “en una bizarra confrontación kafkiana entre ambos países” (bit.ly/3DqslHE), como reportó The Guardian: yo ya tuve que apagar la tele polaca..., en la cual Varsovia y Bruselas acusan a Lukashenko de “librarles una guerra híbrida” y “vengarse por las sanciones” queriendo “desestabilizar a la UE”, tampoco a nadie se le despertó la conciencia.

La noción de lo kafkiano fue acuñada en los 30 por Malcolm Lowry para denotar –tal como la entendemos generalmente– una “pesadilla burocrática” o situación que oscila desde lo absurdo al ridículo (véase: Michael Löwy, Franz Kafka, soñador insumiso, Taurus, México 2007, pp. 131-135). La palabra empezó a vivir su propia vida, hasta el punto que su (sobre)uso, hizo que se “erosionara” y empezara a perder el sentido (bit.ly/3DxOiVu); lo mismo pasó de hecho con el adjetivo “orwelliano” vaciado hasta cierto punto del sentido (bit.ly/3kDF699), que apunta tanto a la destrucción del pensamiento independiente, decepción, como a la propia “erosión del lenguaje” y que –dadas las tendencias autoritarias y/o posfascistas del actual gobierno polaco de extrema derecha–, quizás sería igualmente apropiado.

En fin.

Yo digo que si un grupo de 32 personas, independientemente de dónde venga y a dónde va, es capaz de –juzgando por la reacción de Varsovia y Bruselas–, “desestabilizar a la UE”, pues bueno, ya... El último apaga la luz.

Además, si hay alguien que ha estado desestabilizando por años y trabajando duro para reventar (desde dentro) la UE son los reaccionarios polacos en el poder – with a little help of Orbán– ignorando resoluciones de la Comisión Europea, atacando cortes, medios, buleando a mujeres, minorías y arrasando –muy en el espíritu de 1984– con la disidencia y todo lo que se oponía a su “sincronización”( gleichschaltung) católica y nacionalista (perdón por andar fifí, pero la inserción de bloques religiosos hasta en un canal de radio pública de música clásica fue la gota por la cual ya dije “basta” con los medios de allá...).

Son ellos más bien que por el bien de Europa –por si hay algo digno de salvar de ella... ¡sí, me acuerdo de usted, Zygmunt Bauman!– deberían ser acorralados por un alambre de cuchillas. Arrestados y expulsados.

Lo que pasa en la frontera polaco-bielorrusa no es kafkiano. Es vergonzoso e inhumano. O bueno, que sea kafkiano: al final el gran George Steiner también apuntaba a esta faceta de “inhumanidad” en su lectura de El proceso (Löwy, p. 131).

El mismo chantaje, “de abrir la llave con los refugiados”, Erdogan le está haciendo desde hace años a la UE. Pero como Turquía es miembro de la OTAN, pues bueno... Todo en familia. Lukashenko, verdaderamente despreciable, como enemigo, es perfecto. Y como los europeos, no sólo los gringos, acabaron de salir volando de Afganistán con la cola entre las piernas –junto con las últimas tropas polacas recibidas en estas semanas como “héroes” por aquel mismísimo ministro de Defensa (bit.ly/3jxrfC0)–, siempre se ocupan nuevos.

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Domingo, 22 Agosto 2021 06:00

El socialismo, una cultura

El socialismo, una cultura

El socialismo fue mucho más que una doctrina. Fue una cultura que desbordó a sus ideólogos, sus organizaciones y sus votantes, y que sigue alimentando estudios desde nuevas perspectivas historiográficas. La vasta obra de Madeleine Rebérioux, centrada en el caso francés, permite volver sobre el socialismo como un movimiento radicalmente diverso y plural.

Ni más ni menos que cualquier otra doctrina política, el socialismo no se deja encerrar en el perímetro de una definición simple y estable. Si bien constituye un capítulo obligado en cualquier historia de las ideas políticas, la doctrina socialista permanece más abierta que otras, probablemente porque su historia la ha puesto en una relación más estrecha con el movimiento social. En la gran cocina de las ideologías, el caldero socialista es el que más cuidados y atenciones reclama. Todavía desborda a sus fundadores, sus organizaciones, su electorado tradicional, las fuerzas sociales que se supone que representa.Por lo tanto, es un poco por comodidad que las páginas siguientes intentan presentar el socialismo como un «hecho de cultura», a raíz de la obra de Madeleine Rebérioux, a quien en primer lugar quieren rendir homenaje1. Se trata menos de diluir la noción o debilitar su consistencia dejando fuera todo lo que contribuya a su institucionalización social y política que de, por el contrario, enriquecer su paleta constitutiva. Hay de todo en el socialismo: ideas, modos de vida, elecciones estéticas, prácticas políticas, instituciones, pero también, simplemente, hombres y mujeres.

El socialismo como cultura política

¿Cultura? ¿Identidad? ¿Mentalidad?

Interrogarse en estos términos por la naturaleza del socialismo es tanto más decisivo puesto que se trata de un momento de su historia (finales del siglo xix- principios del siglo xx) en el que se encuentra en una fase de emergencia institucional y de consolidación ideológica. Poco a poco, por caminos tan diversos como enfrentados, el socialismo se fue consolidando como una «cultura política» fluida, incluso más que como una doctrina bien pulida. ¿Socialismo? Una «forma de felicidad», escribió Madeleine Rebérioux después de decenas de años de investigación. En todo caso, esta es la representación más compartida por todos los activistas en el pasaje del siglo xix al xx. En un artículo de 1966 donde estudia las formas en que se formula el socialismo en el periódico publicado en 1905-1906 por Armand Girard, activista de un grupo socialista que él mismo creó en Cuisery, Saône-et-Loire, Rebérioux resumió en estos términos, que bien pueden pasar por la representación colectiva más extendida del socialismo durante estos años que apenas suceden a la política de unidad de la izquierda liderada por el presidente del Consejo de Ministros Émile Combes, un anticlerical mordaz y receloso del Ejército, siempre temido como «jesuita»: «Libre pensamiento militante, amor a la patria y antimilitarismo, odio a los nobles y holgazanes [da la lista: funcionarios, sacerdotes, oficiales] más que a los capitalistas; desconfianza en el parlamentarismo, pero aún mayor desconfianza hacia quienes utilizan el antiparlamentarismo con fines ‘reaccionarios’, confianza en la ciencia y el progreso, profunda solidaridad, gusto por la felicidad»2.

Rebérioux ha luchado una y otra vez con la definición imposible de un socialismo huidizo. El socialismo se presenta ante todo como un hecho de cultura; al menos así lo concebía un momento historiográfico marcado, en la década de 1970, por las alianzas ambivalentes entre historia y antropología, una creencia multidimensional, un comportamiento, un arte de vivir, una moral:

En la década de 1880, ¿qué era el socialismo? ¿Un intento de captar mediante el estudio el significado de la sociedad en que vivimos? ¿Un modo embrionario de estructuración y organización obrera? ¿La expectación apasionada y flambeante de la revolución que, formulada por algunos apóstoles y alimentada por grandes luchas, da contenido al espíritu de rebelión y enciende el corazón de los trabajadores? ¿Preparación educativa para la victoria del proletariado? Todo esto y mucho más3.

Se trata, pues, de un hecho de cultura. Hecho de mentalidad, en el mismo momento en que la historia de las mentalidades estaba en su apogeo, cuando los historiadores partían en busca de representaciones mentales colectivas. No es baladí ver a Rebérioux optar por el término, que ella sin dudarlo prefiere a doctrina, ideología o incluso idea.En la época de Jean Jaurès, sin embargo, se habla ciertamente de una «idea socialista»… Incluso cuando se trata de rastrear «tendencias hostiles al Estado en la sfio4», un tema de investigación que bien podría aparecer claramente relacionado con la historia de las ideas políticas, Rebérioux muestra un programa completamente diferente, más adecuado a su objeto: «Se trata menos de un análisis ideológico que se opone a las diversas corrientes que se reclaman del marxismo o del proudhonismo que de un esfuerzo por comprender la persistencia y las mutaciones de una mentalidad antiestatal dentro de la sfio y entre quienes la siguen5». Conserva el término «mentalidad» para designar lo que ella considera la summa divisio de los socialistas franceses durante la década de 1880, la división que opone a los «revolucionarios» y los «reformistas»: «De hecho, no es tanto una cuestión de doctrinas y de organización como de mentalidades colectivas cuyas diferencias se agudizan con la desocupación y las huelgas»6.

Rebérioux no renuncia en modo alguno a esta perspectiva cuando elige la escala biográfica. Cuando se trata de abordar la concepción jauresiana de nación, ella desea también dar cuenta de «una mentalidad»7. No se cansa de subrayar que el socialismo de Jaurès se nutrió tanto de la cultura del libro como de las experiencias políticas y los contactos humanos. Asimismo, pretende liberar la figura de Jaurès de un «jauresismo» partidista que ciñe al gran hombre del socialismo francés en un ropaje teórico demasiado estrecho: «Si contribuyó a establecer las formas políticas que definieron los estatutos votados en el Congreso del Globe, ha sido a través de su práctica», añade la autora8. La doctrina de Jaurès es ante todo producto de los alborotos de la historia. Es el resultado de constantes ajustes pragmáticos que obviamente sus adversarios consideran como otras tantas renuncias, abandonos, incluso traiciones. Tan persistente es la sospecha que nunca ha dejado de pesar en la historia del socialismo francés: su oportunismo tramposo.¿Hay otros términos que sean más adecuados para definir la elusiva doctrina? Algunos han encontrado una fortuna crítica en el distinguido círculo de las ciencias sociales. Identidad o cultura han respondido a múltiples usos, no siempre bien precisados. Rebérioux cede poco. Casi no habla de «cultura política»9. La noción está emparentada con «identidad» y a menudo solo reemplaza, sin mayor provecho heurístico, la noción actual de «familia política», antigua fórmula, algo polvorienta sin duda, pero que no está tan mal adaptada a las descripciones del socialismo propuestas por Rebérioux. Ella misma ha llegado a interrogarse, a raíz de Louis Dubreuilh, secretario general de la sfio, antes de 1914: «¿Debemos dar crédito a las confiadas palabras de Dubreuilh, para quien el partido es ‘una gran familia’ donde todos los miembros se consideran en cierta medida emparentados entre sí?»10.

En definitiva, sin retenerla realmente, Rebérioux no pierde del todo una analogía final que surge inevitablemente para cualquiera que conozca a Jaurès y su filosofía: la religión. «No hemos terminado de reflexionar sobre la relación entre socialismo y religión»11, escribió en la presentación de una obra inédita de Jaurès de 1891 donde expresa todo un impulso metafísico que recientemente encontró a varios comentaristas asombrados, en especial entre los filósofos que leyeron a Jaurès12. Sin embargo, esta nueva pista, un tanto iconoclasta, ha sido lamentablemente poco seguida.

República y nación

No podemos contentarnos con la observación que pone de relieve la naturaleza dúctil del socialismo francés. El pluralismo es ciertamente constitutivo de su historia13, incluso de manera casi paradojal a la luz de una odisea en la que chocan tantas capillas, una debilidad teórica que los socialistas mismos no se cansan de poner de relieve respecto de su comunidad de pertenencia. El «análisis teórico», señala Rebérioux, ha sido lamentablemente deficiente en el socialismo francés14.

¿No podemos caracterizar de alguna manera la idea socialista más allá de unos pocos rasgos de mentalidad o comportamiento? Para tratar de desentrañar la cuestión, es necesario distinguir los niveles de análisis (líderes, intelectuales, activistas, votantes) a los que se dirigen las investigaciones. Coincidamos con Rebérioux en que el socialismo del «hombre joven» –la expresión remite a Charles Péguy, pues este era su caso– no siempre se distingue fácilmente de otras tendencias políticas afines cuando se examinan situaciones políticas locales. Porque el socialismo –como hemos comprendido– es una respuesta política que surge de esas «racionalidades situadas» tan queridas por la historia de las ciencias. Los socialistas se inscriben políticamente en esas configuraciones singulares. Se ajustan y adaptan a unos trazos amplios definidos para otras escalas temporales y políticas, negociando los principios con la realidad del terreno en el que trabajan. En su contribución principal a la Histoire générale du socialisme, Rebérioux señala, por ejemplo, que durante las elecciones legislativas de 1893, el candidato socialista de Gard, Delon, en su profesión de fe define el socialismo como «el respeto por la libertad y la conciencia humana» y agrega «la reverencia ante el trabajo»; durante la campaña por las legislativas de 1898 en Burdeos, el socialista Jourde, por su parte, pretendía reclamarse «ante todo como parte de la gran familia republicana»15. Así como no siempre es fácil distinguir entre sectas socialistas rivales, a veces es difícil, si no imposible, trazar las fronteras que separan a un socialista de un radical16, en especial porque la parlamentarización del socialismo francés alentó una serie de reconciliaciones. Lo que con acierto se denominó «disciplina republicana» exige que, ante los «reaccionarios», el votante socialista, sin mala conciencia, ceda su voz al candidato radical si este se encuentra en la mejor posición.

Esta proximidad política está respaldada por un tronco común republicano. Tanto radicales como socialistas administran por igual la herencia republicana; es esta tradición la que inspira su acción. El primero sin reservas, el segundo con el deseo de corregir las desviaciones y superar su incompletud. Ahí reside, sin duda, una de las propiedades más reconocibles de la cultura política de los socialistas: la prolongación casi ad infinitum de los ideales republicanos gradualmente desarrollados desde la Revolución Francesa. Pocos son los que se desvían de esta base doctrinal, mínima pero no menos exigente. Además, es lo suficientemente evasiva como para que todos encuentren algo en ella: la debilidad del vínculo es una de las fuentes de su fuerza.

Un ejemplo permitirá resaltar algunas de las contradicciones y ambivalencias que pesaron sobre el socialismo francés y que explican muchos de los bloqueos y traspiés que han contribuido a trastocar su desarrollo teórico. Nos detenemos aquí en un panorama ideológico que prescinde de la evocación de adaptaciones locales y personales. Gracias a que había llegado al estudio de esta secuencia histórica del socialismo francés con el deseo de comprender mejor las relaciones que tenía con la nación, Rebérioux ha reflexionado mucho sobre esta cuestión. Lo hizo con especial cuidado en el caso de Jaurès, un análisis que sin duda no es válido para todos los socialistas, pero que se acerca a una línea media suficiente para definir un horizonte ideológico común. Esta comunidad de visión de la nación, esta «cultura política» compartida, si uno se conforma con esta noción un tanto incierta, arroja luz sobre los obstáculos que han surgido a la hora de construir una conciencia militante internacionalista o de afrontar los retos nacidos de un colonialismo que ningún socialista, o casi, cuestionaría en sus fundamentos. La denuncia de las brutalidades de las conquistas o los abusos sin escrúpulos de los colonizadores han servido durante mucho tiempo como medio para el análisis socialista y la crítica del colonialismo. Asimismo, la faceta patriótica de la herencia republicana podría de vez en cuando tomar los colores no del nacionalismo –que se había inclinado definitivamente a la derecha–, sino de un chovinismo más o menos discreto que la actitud de la mayoría de los socialistas durante la Primera Guerra Mundial confirmó y reforzó. Solo hay que seguir la historia de las tumultuosas relaciones entre los socialistas franceses y los socialistas alemanes para convencerse de ello. Tal como Rebérioux terminó lamentando, la indefinición teórica del socialismo francés se hizo sentir en el debate internacional sobre el imperialismo que se inició a principios del siglo xx y se intensificó en vísperas de las hostilidades: «El lugar de Francia es casi nulo. (…) ¿Qué les faltaba? ¿Formación económica? ¿Práctica del marxismo? ¿Voluntad revolucionaria? Ningún francés ha intentado presentar una teoría global del imperialismo»17.

Fuentes teóricas y la cuestión del legado: Marx, marxismo y marxistas

Dibujando los contornos de una problemática «cultura política» socialista, que ella nunca describe ni ausculta –debe enfatizarse– como un cuerpo de doctrina acabado, Rebérioux se dedicó a la revisión de autores reputados de haber dejado su marca en la cultura teórica de los socialistas franceses, tan diáfana como era. Una de sus primeras investigaciones la dedicó a Pierre-Joseph Proudhon18.

Además del caso bastante singular, desde cualquier punto de vista, de Jaurès, Rebérioux apenas se dedicó al estudio teórico de los escritos socialistas. Por otro lado, como ya he comentado, está lejos de explorar el pensamiento de Jaurès fuera de la política o la sociedad de su tiempo. Aquí, nuevamente, lo que ella escudriña es una «racionalidad situada». Por otro lado, se preguntó mucho por las modalidades de recepción de los escritos de Karl Marx entre los socialistas franceses. En la historia de la invención del marxismo francés, que se ha enriquecido con numerosas obras19, Rebérioux fue pionera tanto en la elección del objeto como en los métodos utilizados.

Es en relación con Jaurès como Rebérioux analiza la historia de la recepción francesa de Marx en los años posteriores a la muerte del filósofo. Vuelve a esto en su brillante capítulo de la Histoire générale du socialisme donde detalla los aspectos materiales (la edición de las obras de Marx20) e intelectuales (la traducción y el estado del conocimiento económico y filosófico en Francia y Alemania) de la transferencia de Marx a Francia, cuya dimensión familiar no debe descuidarse21. Después de hacer notar que Jaurès está «demasiado vivo, demasiado cerca de la acción» para apoyarse únicamente en otros autores, Rebérioux intenta, no obstante, el inventario de sus lecturas decisivas. Jamás hizo de Jaurès un marxista, ni un adepto a la doctrina, y mucho menos uno de esos apasionados del marxismo, tan intransigentes en la defensa de una filosofía reducida a unas cuantas fórmulas impactantes –para las que Marx era genial– como ignorantes de los grandes textos. Estos son los primeros marxistas a los que Marx, como sabemos, no estaba lejos de considerar unos necios. Cuando ingresó al socialismo a principios de la década de 1890, Jaurès era más versado en la obra de Marx, que había explorado en parte durante la preparación de su tesis dedicada a los orígenes del socialismo alemán, que sus epígonos guesdistas22

En la década de 1880, estos últimos aún le eran desconocidos, por fuera del excelente conocedor de Marx, Édouard Vaillant, cuyo nombre ya le era familiar al joven diputado oportunista en marcha hacia el socialismo.

Rebérioux sigue con gran minucia la historia de una lectura. Sigue las etapas de una apropiación, detecta las dificultades, identifica los obstáculos. Pone en evidencia los marcos de un descubrimiento intelectual, los consejos que lo orientan, los fondos de referencias literarias a los que se superpone:

¿Habría sido lo mismo si realmente hubiera leído a Marx o si, en Francia, los que se creían marxistas le hubieran dado las claves? Hipótesis... Fue con los ojos de Benoît Malon, en el mejor de los casos los de Lucien Herr, como estudió El capital. Fue con la «quintaesencia del socialismo» de Schoefflé y los folletos de propaganda, los «catecismos socialistas» escritos en 1883 por Guesde y Lafargue, como abordó el materialismo dialéctico. ¡No es de extrañar si, para distinguirlo del materialismo mecanicista, no vio otra solución que redescubrir la «conciencia» en los orígenes de la materia!23

En un importante artículo que se presenta como una contribución tanto a la historia de la recepción de Marx como a la del pensamiento de Jaurès, Rebérioux profundiza en este aspecto evidentemente decisivo de la historia cultural del socialismo francés. No decimos mucho argumentando que el marxismo es parte de su repertorio teórico. Todavía hay que saber qué es el marxismo, de qué está compuesto y cómo se forjó. Junto con un puñado de intelectuales, no tan numerosos, como Lucien Herr, Charles Andler, Gabriel Deville, Georges Sorel y Hubert Lagardelle, Jaurès fue uno de los mediadores franceses de las ideas de Marx. Sin duda, su conocimiento pasivo del alemán le dio acceso directo a los textos, aunque todo sugiere que tomó conocimiento de El capital en la traducción de Joseph Roy. Por otro lado, como señala Rebérioux, sus herramientas intelectuales, todas ellas integradas en las humanidades y en una tradición filosófica francesa tan alejada del hegelianismo como de las ciencias sociales, no pudieron animarlo a convertirse, en rigor, en un seguidor de las ideas de Marx. Tampoco tiene necesidad de Marx para descubrir la realidad de la lucha de clases, que reconoce directamente en el suelo de las minas, en Carmaux, o en la observación de los numerosos conflictos sociales que agitaron los años 1880 y 1890. También se ha mencionado a menudo el impacto que ejercieron en él las muertes de Fourmies, perpetradas por el Ejército el 1o de mayo de 1891. Esta forma de hacer historia y de describir la formación socialista de Jaurès le valió a Rebérioux, siempre marcada por una sensibilidad labroussiana, enfrentarse enérgicamente a Georges Lefranc, cuya obra Jaurès et le socialisme des intelectuals [Jaurès y el socialismo de los intelectuales]24 defendía la idea de que solo la frecuentación de los buenos espíritus del socialismo podía dar cuenta de la «conversión» de Jaurès a esa doctrina.

Jaurès conocía relativamente bien la obra de Marx, al menos la conocía mejor que muchos militantes que se proclamaban marxistas, especialmente en las filas guesdistas, pero no era marxista. Esto no dejó de tener algunas consecuencias políticas para un líder de talla internacional como él:

El medio marxista de la Segunda Internacional está dominado por los socialdemócratas de habla alemana. Jaurès no maneja su vocabulario, rara vez utiliza sus conceptos, o bien lo hace de manera descuidada, o incluso buscando equivalentes espiritualistas. Su lenguaje y su filosofía lo hicieron incomprensible para los marxistas de su tiempo, de cualquier tendencia que fueran. Ni ortodoxo, ni revisionista, ni radical. Inclasificable.25

Prácticas militantes

Variopinta, la cultura socialista, por lo tanto, se deja circunscribir mal bajo la forma de una simple ecuación doctrinal. ¿Hay más unidad en las prácticas militantes que resultan de ella? Varios estudios de Rebérioux han contribuido a enriquecer los estudios etnohistóricos de la historia de la cultura política de los socialistas. Algunos autores la habían precedido en este proceso, empezando por Maurice Dommanget, experto en prácticas militantes a las que Rebérioux prestó especial atención.

¿Existe el Partido Socialista?

A principios de los siglos xix y xx, el término «partido» no era tan claro como parece haberlo sido desde entonces. Son el siglo xx y la modernización del campo político, el desarrollo de experimentos democráticos como, a la inversa, el establecimiento de regímenes totalitarios, los que otorgan al partido político sus propiedades de aparato burocrático y de institución dedicada a la conquista o gestión del poder. Esta forma contemporánea de partido surgió paulatinamente en las filas socialistas durante las dos últimas décadas del siglo xix sin eliminar por completo otra forma partidista, más plástica, cercana a la red informal, donde se reúnen individuos que tienen el sentimiento de compartir convicciones morales y políticas. El socialismo en Francia se ha extendido desde hace mucho tiempo en una forma reticular en la que se disponen muchísimas microestructuras al margen de la política: sociedades de libre pensamiento, masonería, corporaciones, grupos de reflexión, etc. Rebérioux propone para el partido socialista en formación la siguiente definición: un conjunto formado por «una comunidad de personas que tienen un mismo ideal»26. Este «partido» es simplemente más parecido a un «campo» con fronteras cambiantes, un poco como el «Partido Republicano» del que los socialistas son, además, herederos directos. Este sentido también se encuentra en lo que se denomina «partido obrero» o «partido de los trabajadores»: ¿no es el Partido Socialista, además, el que reivindica una identidad de clase? Podemos comprender mejor el nombre que se dio a sí mismo por el primer partido socialista unificado, después del congreso «inmortal» de Marsella en 1879: Federación del Partido de los Trabajadores Socialistas de Francia (fptsf). Este partido es un encuentro apenas estructurado de todas las organizaciones obreras, políticas, corporativas, cooperativas y culturales, federadas en este vasto e informal fptsf.

Esta última forma, que podría calificarse de baja intensidad institucional, fue la que más favoreció el socialismo francés, a diferencia de la gran maquinaria alemana y, en menor medida, británica. Sin teorizar al respecto, y aunque, desde Robert Michels hasta Moisei Ostrogorski, las sociologías de los partidos habían florecido antes de la Primera Guerra Mundial, Rebérioux se esfuerza por describir y observar el funcionamiento de los partidos socialistas franceses desde la década de 1880 hasta la unidad de 1905.Echa luz así sobre una cultura partidista original. En repetidas ocasiones enfatiza que todos los partidos, incluidos los más estructurados, como los tres partidos guesdistas, el Partido Obrero, el Partido Obrero Francés y después el Partido Socialista de Francia, en realidad no eran muy centralizados, estaban sostenidos en una burocracia a menudo transparente y compuestos por un número muy reducido de activistas. Estamos muy lejos de los «batallones de aportantes» de la socialdemocracia alemana contra los que muchos socialistas franceses arremetieron no sin una dosis de envidia. La organización es tan desordenada que, durante la década de 1880, aun entre los guesdistas los congresos se reunieron de forma extremadamente esporádica.

Pasar por el examen del pensamiento de Jaurès para intentar comprender qué era el Partido Socialista antes de 1914 no es el camino menos relevante. Jaurès se cuenta entre quienes entienden que las nuevas coordenadas de la vida política democrática (parlamentarización y masificación) exigen a los socialistas dotarse de una organización lo más poderosa y unificada posible. La consecución de este objetivo, junto con la lucha contra la guerra, ocupa el centro de su reflexión y su acción27.

Propagandizar

«Antes de 1914, escribe Gilles Candar, ser socialista era ‘propagandizar’ y ‘organizar’»28. Como la idea republicana, la idea socialista tiene la propiedad de estar destinada a «descender» a las masas para expandirse29. Por lo tanto, la primera misión de los socialistas es el proselitismo. El desafío es tanto mayor cuanto que el sufragio universal masculino ha colocado la política bajo el dominio de la cultura de masas. Era necesario convencer por todos los medios; no era suficiente con la movilización de la razón ciudadana o la agitación de los intereses de clase. Activar los resortes emocionales es ahora una cuestión de acción política que ha dejado de ocupar solo a unos pocos círculos de elegidos.

Los socialistas han tomado nota de esta nueva situación definiendo todo un conjunto de prácticas simbólicas, cuyo abanico va desde la adopción de comportamientos privados ejemplares hasta un gesto militante compuesto por acciones destacables que incluyen el uso de objetos claramente reconocibles: banderas, insignias, canciones, vestimenta. Charles de Fitte sube los escalones de la catedral de Auch a caballo y Paule Minck llama a su primer hijo Lucifer-Blanqui-Vercingétorix. Esta intrusión de lo público en lo privado, de la política incluso en la más íntima de las vidas individuales, constituye un modo particular de relación con la política que fomenta la «vida socialista». Incluso después de la unidad de 1905, los guesdistas conservan una panoplia en la que se distingue el uso del sombrero de ala ancha y la inevitable corbata lavallière. Comportamientos de tribu que a veces conciernen a toda la familia socialista cuando se trata de encontrarse en una memoria compartida: la Revolución Francesa y, más aún, la Comuna.

Rebérioux hizo de la Comuna un «lugar de memoria» para el movimiento socialista, con la distancia crítica que, a su juicio, requería ese concepto. Es notorio el respeto que despierta la gran figura del veterano de la Comuna, Édouard Vaillant. Cuando entra en las salas de reuniones, todos se levantan. No cabe duda de que el estudio más completo de las prácticas militantes es el que se encargó de escrutar en la larga duración las rememoraciones primaverales de la izquierda frente al Muro de los Federados en el cementerio del Père-Lachaise de París. Esta práctica se fue imponiendo gradualmente a partir de la década de 1880, no sin tensiones entre los grupos conmemorativos que lucharon por la memoria de los mártires. El Partido Socialista Unificado hizo en 1905 de la «subida hasta el muro» [de los federados de la Comuna] una «iniciativa eficaz de estructuración»30, necesaria para la construcción de una conciencia partidista. La emoción compartida, cualesquiera sean su origen y pertenencia, une a los activistas de manera mucho más efectiva que las mociones del congreso. Por eso, sin duda, la sfio supervisa eficazmente la organización de este momento que se ha convertido en capital en la historia de los rituales socialistas y confía la responsabilidad al hombre del aparato, Pierre Renaudel. A partir de 1910, fue él quien fijó de antemano el plan de las manifestaciones, cuidando de colocar a «hombres de confianza» cada 100 metros.

Al mismo tiempo que aumenta su membresía, el Partido Socialista se profesionaliza. Sin embargo, no hay que exagerar sus capacidades de acción ni su organización antes de 1914. Aún estamos muy lejos de los aparatos que conocemos hoy, pero es poco discutible que una «curva de aprendizaje» permitió entonces a los socialistas afirmarse mejor sobre la escena militante. El fenómeno es particularmente observable en relación con las manifestaciones. Rebérioux lo demuestra en su estudio sobre las dos principales protestas que siguieron a la ejecución del anarquista español Francisco Ferrer. La primera, el 13 de octubre de 1909, día de la muerte de Ferrer, fue una manifestación muy violenta que terminó con la muerte de un policía. La segunda, el 17 de octubre, fue por el contrario muy tranquila, luego de negociaciones entre los funcionarios socialistas y la policía. A falta de todo derecho de manifestación, obstinadamente negado por la legislación republicana, nació clandestinamente un «derecho a manifestarse», complemento esencial del sufragio universal31.

La creación de responsables permanentes de propaganda es otro ejemplo que puede ilustrar este aumento gradual de la organización socialista y la profesionalización de las prácticas militantes después de 1905. A raíz de la unificación socialista, el Partido Socialista confió a tres de sus mejores oradores, Jules Guesde, Marcel Cachin y Pierre Renaudel, la tarea de difundir la buena nueva socialista por todo el país. La unificación en la parte superior debe encontrar su traducción en la base. Los tres delegados se pusieron a disposición de los secretarios federales para animar reuniones en los pueblos más pequeños, al final de las cuales se podía esperar la creación, más o menos duradera, de grupos socialistas. Esta labor de propaganda se reparte entre los diputados –a quienes suelen reservarse las grandes ciudades y aglomeraciones en las que estaba bien estructurado el partido– y los responsables permanentes a quienes se asigna, en palabras de Marcel Cachin, «la tarea de clarificación, educación y organización en pequeños pueblos y aldeas de provincias. Su tarea es el contacto directo con obreros, campesinos, artesanos y comerciantes hasta entonces ajenos a la influencia de las ideas socialistas»32.

El balance de la propaganda socialista, por muy elemental que fuere –fortalecer sin cesar la consistencia de grupos cuya existencia es a menudo muy frágil–, es menos sombrío de lo que a veces sugieren algunos delegados, agotados por una labor tan ingrata. Hay que mencionar también los esfuerzos por modernizar este tipo de prácticas militantes: en la década de 1910, el fonógrafo y el cine vinieron a enriquecer el equipamiento de ciertos activistas que ya estaban munidos de un legado de carteles o tarjetas postales, fuentes que ahora se están estudiando de cerca. Aquí y allá, también percibimos entre los militantes socialistas la conciencia de que «la política no lo es todo, que no puede darnos todo lo que tenemos»33, como comentó Armand Girard, el activista de Cuisery cuyo periódico estudió Rebérioux. Otras vías de «cambiar la vida» eran posibles, como se diría más adelante34. En torno del deporte o las actividades intelectuales se formó una vida asociativa que dio al socialismo francés un prestigio muy singular.

Un socialismo educativo

La educación está en el corazón de las cuestiones identitarias del socialismo francés. La cita de Cachin acaba de ilustrarlo: la propaganda socialista es, a los ojos de sus agentes, nada más y nada menos que una labor educativa. Politizar es educar. Charles Péguy –¡de nuevo él!– no se equivocó al plantear este ideal y al hablar de un «socialismo educativo», traicionado, según él, por la alineación impuesta por la lógica partidaria.

Rebérioux insistió mucho en esta dimensión propiamente cultural del socialismo francés, que también refleja su inserción en los horizontes republicanos. Para apreciar a pleno esta propiedad educativa del socialismo francés, es necesario alejarse del exclusivo perímetro partidista. Por supuesto, existen tales preocupaciones dentro del aparato. La sfio tiene una «librería» que publica y vende folletos pero, si hemos de creer a los diversos testimonios, siempre en número insuficiente. Una de las fórmulas más escuchadas en cada inicio de un congreso es la de su líder, Lucien Roland, que deplora constantemente las débiles ventas de la librería del partido, atestiguando, según él, las deficiencias doctrinarias de muchos militantes. La sfio tampoco apoya ningún proyecto editorial importante, a pesar de algunos intentos de publicar las obras completas de Marx, de las que Jean Longuet, su nieto, fue durante un tiempo el promotor.

Rompiendo con la tradición de las universidades populares, una Escuela Socialista fue fundada en 1909 por unos pocos estudiantes, patrocinados particularmente por el germanista Charles Andler, profesor de la Sorbona. Esta iniciativa, impulsada por el deseo de poner la ciencia al servicio de la política, fue un éxito. Pero el estallido de la guerra de 1914 le puso fin. Dos intentos anteriores, por otro lado, se extinguieron rápidamente: uno en 1899, a raíz del caso Dreyfus, una crisis que había alertado a los socialistas dreyfusistas de los peligros inherentes a la falta de educación; el otro en 1908, impulsado por los socialistas de la Federación del Sena.1909 es un buen año. La iniciativa de crear una nueva Escuela Socialista fue tomada por Jean Texcier, secretario del Grupo de Estudiantes Socialistas Revolucionarios, que contó con el concurso de hombres experimentados, científicos y académicos atraídos por el socialismo: además del ya nombrado Andler, Hubert Bourgin, Lucien Herr, Marcel Mauss, François Simiand. El Partido Socialista apoya la escuela, dejando plena libertad al equipo de dirección. El objetivo que se le asigna es sencillo y responde a la concepción del activismo político cercano a la enseñanza mutua: La Escuela Socialista es una cooperativa libre cuyo objetivo es ofrecer al socialismo francés un órgano de información científica. Se preocupa por unir a la juventud socialista intelectual y obrera en el estudio común del movimiento socialista en Francia y el extranjero y por darle, a través de una amplia información extendida a todos los campos de las ciencias sociales, el espíritu crítico necesario para el desarrollo continuo de la vida y de la doctrina del socialismo35.

Las Universidades Populares habían prefigurado la Escuela Socialista incluso antes de que el asunto Dreyfus les diera el impulso que conocemos. Diezmadas desde los años 1903-1904, fueron reemplazadas por la Escuela Socialista, que trató de reactivar su espíritu evitando hundirse en sus fallas, comenzando por sus deficiencias pedagógicas: la inadecuación de los programas y métodos de enseñanza a su audiencia principal, la clase trabajadora. Y sin embargo... ¿No dio Jaurès, ya en 1895, la bienvenida a una educación socialista que no debía reducirse a «una parafernalia de erudición o a una mezcolanza de fantasías que obstaculizarían la marcha del proletariado»? Por el contrario, la educación «verdaderamente socialista» debía confundirse «con la vida misma»: «Solo el socialismo puede hacer pensar a la gente; frente a un formalismo escolar que cesa a los 13 años cuando el niño entra al taller, son necesarios un hábito y una verdad»36.

Por tanto, es sobre todo en los márgenes donde es necesario situarse para captar lo más plenamente posible las prácticas vinculadas al «socialismo educativo». Se puede citar otro ejemplo, que dio lugar a la publicación de un importante artículo de Rebérioux. El guesdista Adéodat Compère-Morel, después de haberse forjado una sólida competencia en política agraria, decidió dotar al ps de una «nueva arma de propaganda»: la Encyclopédie socialiste. Rodeándose de varios autores, Charles Rappoport y Hubert Rouger entre los más prolíficos de los surgidos directamente de la familia guesdista, Compère-Morel logró publicar nueve volúmenes entre 1912 y 1914 (los últimos tres aparecieron después de la Primera Guerra Mundial), con el objetivo de abarcar el universo socialista en Francia y en el exterior: por la enciclopedia desfilan ideas, actores e instituciones.

Si bien la Encyclopédie socialiste no fue publicada por el ps sino por un sello editorial independiente, contribuyeron en ella grandes activistas como Jean Longuet, Paul Louis y Anatole Sixte-Quenin. La iniciativa también está tratando de responder a las preocupaciones expresadas repetidamente dentro del partido en materia de propaganda o, si se prefiere, ya que las dos palabras aún no se enfrentaban, de educación.

También es conocida por sus preo- cupaciones educativas la Librería Quillet, que se encarga del negocio editorial. Aristide Quillet, quien se afilió al ps en 1906 (y no lo abandonó hasta 1927), era el editor de L’homme et la terre de Élisée Reclus. Desde 1902 publica asimismo varias obras de tipo enciclopédico en las que se abordan simultáneamente la medicina, la higiene, la mecánica y la electricidad. En 1907, la Librería Quillet publicó la obra Mon professeur, que, en cinco copiosos volúmenes, se dirige a «los hijos del pueblo que carecían de capacidades escolares»37. Por lo tanto, es fácil ver que Quillet acogió con satisfacción el proyecto Compère-Morel, que estaba en línea con sus elecciones editoriales.

No cabe duda de que el socialismo francés constituye un fenómeno cultural a gran escala, nacido en los primeros años del siglo xix, que no puede confinarse a la superficie de una única organización política. Si bien los políticos y las instituciones se han apoderado de él, especialmente en las últimas dos décadas, durante mucho tiempo ha sido un asunto de intelectuales, de hombres y mujeres de la cultura. Lo era mucho más a principios del siglo xx. Pero fue especialmente en la década de 1930, observa Rebérioux, cuando durante un «breve momento», «entre el activismo y la cultura, tuvo lugar un matrimonio feliz»38.

El socialismo como cultura

Los intelectuales y el socialismo

Tomamos nota: el socialismo es más que un movimiento político y no puede reducirse a la expresión de los intereses de la clase obrera. Es toda una cultura, y su esfera de influencia es amplia. Ha integrado a las elites culturales desde principios del siglo xix. En el momento histórico en el que se centró en particular el trabajo de Rebérioux, la cuestión de quienes comenzamos a llamar simplemente «intelectuales»39 deviene primordial.

El socialismo educativo se ha basado sobre todo en la entrada de los intelectuales en el socialismo. El caso de Péguy, cuya adhesión al socialismo fue efímera, está lejos de ser un hecho aislado. El movimiento de las Universidades Populares (aunque dos tercios de estas instituciones se fundaron a petición de las Bolsas del Trabajo) atrajo a miles de intelectuales. ¿Qué estaban haciendo allí? «Difundiendo su conocimiento», señala Rebérioux, esperaban hacer retroceder los impulsos de la barbarie racista y de burdo nacionalismo cuya presencia reconocieron entre quienes querían «colgar a Zola» y matar a «todos los judíos»40.

Sin embargo, este primer gran compromiso de los intelectuales no benefició al movimiento socialista, como se sostiene a veces con demasiada rapidez. Las grandes figuras intelectuales del socialismo francés, desde Lucien Herr hasta Charles Andler41, incluidos Georges Sorel o Bracke-Desrousseaux42 y algunos otros, le habían jurado lealtad antes de que estallara el caso Dreyfus. Después del affaire, los intelectuales apenas siguieron a Jaurès en el Partido Socialista Unificado. Este último, que podría haber pasado por su mentor, a veces incluso se convierte en un indeseable (¡ver Péguy!), un traidor, que aliena su libertad de pensamiento y la independencia de su juicio a la disciplina partidaria. Indudablemente, hubo en este comportamiento una excesiva indolencia, ya que el naciente sfio, como hemos visto, no se parece en nada al Partido Comunista, que condujo a sus intelectuales bajo su batuta. Pero la reglamentación, por offenbachiana43 que fuera, era vista como una amenaza por los intelectuales celosos de una libertad que acababa de demostrar su fuerza durante los acontecimientos dreyfusianos.

¿Cómo entender entonces qué es en estos años (e incluso después) un intelectual socialista? ¿Es una fórmula realmente adecuada? ¿Cómo clasificar a Jaurès en esta configuración sociocultural propia del socialismo francés? En el conjunto del socialismo europeo, bajo el peso creciente de las profesiones intelectuales dentro del movimiento socialista, fueron los escritores quienes desde el interior de sus filas comenzaron a interrogarse sobre el significado de esta penetración. ¿Debemos temerla, alentarla, controlarla? ¿Qué lugar y qué papel asignaríamos a estas «nuevas capas» del socialismo, cuya naturaleza de clase no era entonces un problema? ¿Acaso no eran solo el vector de las aspiraciones de los trabajadores? Embarazosa y peligrosa contradicción...En Francia, hubo muchos artículos y obras destinados a abordar la cuestión: Georges Sorel, Paul Lafargue, Hubert Lagardelle, Édouard Berth, Charles Péguy fueron sin duda quienes más hablaron sobre ella, en el cambio de siglo y a raíz del caso Dreyfus. En Alemania, Karl Kaustky fue el autor de una reflexión sobre el papel de la intelligentsia publicada en Die Neue Zeit, que resonó en toda Europa. En Italia, Antonio Gramsci esbozó su teoría del intelectual orgánico y en Gran Bretaña la Sociedad Fabiana también hechizó a los intelectuales44. En este contexto, llama la atención que Jaurès aportara poco a un debate que sin duda consideraba periférico. Como sostiene en uno de sus artículos más citados, el futuro del socialismo descansa en la idea de que el proletariado es la «verdadera clase intelectual», es decir, la única capaz de trazar los contornos de un futuro histórico. Por lo demás, si no se le pueden negar a Jaurès cualidades intelectuales eminentes y envidiables –también podría ponerse a Georges Clemenceau en un nivel similar–, es claro que su práctica social pertenece mucho más al repertorio de la acción política, a la cual confiere una innegable profundidad reflexiva, que al universo de escritores, artistas, profesores o académicos.

El vasto mundo de las revistas

Sabemos hasta qué punto las revistas estructuran el mundo intelectual. Su poder creciente es perfectamente contemporáneo al proceso de empoderamiento que dio origen a los «intelectuales». Por tanto, no es indiferente mencionar que, a pesar de las raras colaboraciones ocasionales en algunas publicaciones periódicas, Jaurès no es –a contrapelo de varios «intelectuales» socialistas– un hombre de revistas. Por otro lado, es un periodista consumado45.

Acompañando el vivo desarrollo de los estudios sobre intelectuales, los historiadores y los sociólogos han ido acumulando conocimiento y análisis sobre el particular mundo de las revistas, tan particular que podría ser considerado, por el lado de la sociología de Pierre Bourdieu, como un «campo»46. El concepto no deja de tener relevancia si permite resaltar el sistema relacional real que las publicaciones periódicas establecen entre sí: jerarquías simbólicas, concursos, alianzas, nacimientos y desapariciones animan el dispositivo en su conjunto. La esfera socialista obedece a las mismas reglas. El «campo de las revistas socialistas» se organiza en torno de algunos polos cuya historia Rebérioux fue la primera en esbozar.

Los intelectuales han llevado al movimiento socialista una práctica nacida sobre todo en los márgenes de la literatura de vanguardia, donde los jóvenes escritores se reúnen en torno de un pequeño periódico para hacerse oír y promover obras e ideas. El género se ha extendido al mundo de la ciencia. En la década de 1890, las ciencias sociales en proceso de afirmación o la filosofía en plena resistencia no dejaron de recurrir a las revistas: Revue Historique, Revue Philosophique, Revue de Métaphysique et de Morale, etc., y ayudaron a organizar disciplinas o, dentro de ellas, corrientes de pensamiento, incluso «escuelas».

Lo mismo sucedió dentro del movimiento socialista. Existía una circulación entre las revistas del mundo erudito y las revistas socialistas, que gozaban de un alto grado de independencia política. Ninguna está adscripta a una organización. Solo muestran ambiciones intelectuales y teóricas, lo que les ofrece un gran margen de maniobra y explica por qué a menudo son de alta calidad. El caso de Georges Sorel basta para demostrar que se puede escribir al mismo tiempo en la Revue de Métaphysique et de Morale, de la que es colaborador habitual, y contribuir en las revistas socialistas. El caso Dreyfus facilitó las transferencias entre estos medios tan compenetrados entre sí.

En la década de 1890, asistimos al surgimiento de varias revistas, más o menos afines al «marxismo», es decir al estudio crítico de los escritos de Marx, lanzadas por jóvenes intelectuales urgidos por convertir el socialismo en una doctrina articulada, algo que, según ellos, faltaba por completo. L’Ère Nouvelle lanzada por Georges Diamandy, La Jeunesse Socialiste fundada en Toulouse por Hubert Lagardelle, luego Le Devenir Social y LeMouvement Socialiste, ilustran esta brillante generación.El compromiso de los intelectuales con el dreyfusismo le da a esta práctica un segundo impulso. Además de Le Mouvement Socialiste, fundada por varios jóvenes intelectuales socialistas e intelectuales dreyfussards como Jean Longuet y Hubert Lagardelle, se fundaron otras publicaciones periódicas que dejaron una huella perdurable en la historia intelectual del socialismo, si no en la propia historia intelectual: Pages Libres de Charles Guyesse o Les Cahiers de la Quinzaine de Charles Péguy constituyeron polos estructurantes en el campo de las revistas dreyfusianas.Finalmente, merece ser destacada una tercera ola. Se puede ver en la década de 1910 en torno de una pequeña revista provincial, L’Effort, creada en Poitiers por un joven profesor de historia, Jean-Richard Bloch. El fundador, que aspiraba a hacer de su pequeño periódico un punto focal para la renovación de la cultura socialista, atrajo a una pequeña falange de escritores y artistas deseosos de promover el «arte revolucionario». En torno a L’Effort, que se ha convertido en L’Effort Libre, se configura toda una red de publicaciones periódicas del mismo tipo que mantienen un proyecto político y estético similar entre ellas: Les Horizons, Les Cahiers d’Aujourd’hui, Les Feuilles de Mai, Les Cahiers du Centre, etc.47

Estas tres oleadas de creación esconden la presencia de revistas más singulares, pero igualmente interesantes para la historia del socialismo. Se ubican en otro espacio ideológico del socialismo francés. La primera, la «anciana dama del socialismo», como le gusta llamarla a Rebérioux, es la Revue Socialiste, sobre la que volvió en varias ocasiones, especialmente en un largo artículo de los Cahiers Georges Sorel. Fue creada en 1880 para desaparecer poco después como una suerte de «aborto espontáneo»48, de modo que realmente nació en 1885 y permaneció viva, a pesar de los periodos de somnolencia, hasta la Gran Guerra. Benoît Malon49 es inicialmente el verdadero hombre orquesta, al mismo tiempo director, gerente y secretario editorial, poniendo todas sus fuerzas al servicio de «la Idea». Fue sucedido por Georges Renard, Gustave Rouanet y Eugène Fournière, antes de que en enero de 1910 Albert Thomas asumiera el cargo de editor en jefe, hecho a su medida. Thomas aporta sangre fresca a la revista. Fusionó su propia revista, la Revue Syndicaliste, creada en 1905 pero en estado vegetativo, con la Revue Socialiste. A este primer trasplante, suma un segundo movilizando parte de su red. Compuesto por muchos de los mejores egresados de la École Normale Supérieure, imbuidos de la sociología de Émile Durkheim, este medio activo de intelectuales socialistas se había dado a conocer a través del lanzamiento de una serie de pequeños folletos, los Cahiers du Socialiste. Este Grupo de Estudios Socialistas –tal era el nombre del cenáculo dirigido por un joven etnólogo, Robert Hertz– buscaba respuestas a los grandes interrogantes planteados por el socialismo en el gabinete secreto de las ciencias sociales. La Revue Socialiste se convirtió así en el centro de elaboración de un socialismo reformista y gradualista modernizado.

Opciones culturales

En el seno de estas revistas (a decir verdad, especialmente de la Revue Socialiste y la pléyade de revistas político-literarias de los años 1910 conocidas como «vitalistas») suele haber secciones críticas dedicadas al «movimiento literario y artístico», y también de forma más episódica, en las columnas de los periódicos socialistas. En particular en L’Humanité, sobre todo después de su paso a seis páginas en 1913, se expresa lo que en ningún otro caso podría reconocerse como una «línea cultural» monolítica. Se hacen elecciones, a menudo coherentes, a veces sorprendentes, que se combinan vagamente en una teoría estética indecisa, el arte social, en el que la moral y la filosofía se superponen.

Basta volver, una vez más, al diario que lleva Armand Girard para apreciar el importante lugar que ocupa la cultura, en sentido estricto, en el trabajo de emancipación en que están comprometidos los activistas:

Es necesario que nosotros, los socialistas, que creemos tener un ideal humano más elevado que otros, sepamos disfrutar y hacer disfrutar de todo lo que es bueno y es bello, las artes, el deporte, la literatura, todo aquello que hace a la felicidad de los hombres. Cuando tengamos una habitación bien amueblada, cuando tengamos una biblioteca compuesta por las obras de nuestros mejores autores socialistas. Cuando algún músico haya creado una sinfonía, algún poeta haya aportado un poco de literatura y otros prueben sus lápices, sus pinceles o sus cinceles, o traigan un poco de su ciencia, ese día nuestro grupo será indispensable, necesario para los jóvenes que quieran vivir y aprender, será fuente de buena educación, de bello espíritu, de enorme saber. Aquí vivirá la verdadera fraternidad, que crecerá con libertad e igualdad.

Hacemos un llamado a todos los republicanos, artistas, músicos o poetas, para que difundan sus talentos, sus conocimientos, su espíritu, entre sus hermanos de ideal. Seguimos llamando a todos aquellos que tienen libros y folletos para que los compartan con nosotros y los hagan circular en el grupo.

También recibiremos donaciones artísticas, pinturas, imágenes, colecciones, documentos viejos, monedas antiguas, etc. Cualquier cosa que pueda interesar y divertir.50

Para captar una conciencia militante es necesario, pues, estudiar la cultura que los socialistas intentaron inculcar en sus contemporáneos. Esa cultura era sobre todo literaria, aunque también las bellas artes fueron objeto de la crítica, a veces incluso el cine, en particular en las columnas de L’Humanité durante los meses que precedieron a la Primera Guerra Mundial. Rebérioux, por su parte, se dedicó especialmente a las relaciones que los socialistas tuvieron con la crítica literaria, dejando a otros extender estas primeras vías a las artes visuales o sonoras. Abordar la «crítica socialista», si tuvo alguna coherencia en Francia en el cambio de siglo, debería permitir identificar los aspectos eruditos de la cultura socialista, en todo caso aquellos que quisieron promover los militantes responsables de esta tarea. Sin duda, se puede considerar que los militantes socialistas se dedicaron entonces a forjar una cultura popular que complementó los conocimientos y los gustos heredados de la experiencia escolar. Su mediación fue una educación que transmitió tanto como transformó un patrimonio heredado.

¿Qué podemos extraer de esta observación? Información evidentemente contradictoria, ya que es imposible forjar una cultura socialista ex post. Por otro lado, es posible destacar algunas tendencias importantes. Rebérioux señala sobre todo que entre los socialistas el escritor se «define en primer lugar como alguien que da a conocer la vida social»51. La buena literatura es la que tiene sus raíces en un buen contenido: pintar primero a los pobres y a los que sufren. Sin embargo, se experimenta cierta dificultad para identificar entre los socialistas una contracultura capaz de anunciar un mundo completamente nuevo. Aparte del famoso caso de Paul Lafargue, cuando ataca el mito de Hugo en La légende de Victor Hugo, escrito con motivo de la muerte del gran poeta nacional en 1885, o cuando acusa a los filósofos del siglo xviii y a sus «rameras metafísicas», son esta herencia y algunas otras las que, a ojos de Lafargue y de varios dirigentes guesdistas, componían la arquitectura para el vuelco de una «cultura burguesa», la que reivindicaban la mayoría de los intelectuales y activistas socialistas: Émile Zola y todo el naturalismo, Léon Tolstoi, Upton Sinclair… Jaurès, de formación muy clásica, no es una excepción: Puvis de Chavannes es uno de sus pintores favoritos. En vísperas de la guerra, el escritor «de genio» que descubre es Alain, no Proust o Apollinaire, que le eran completamente desconocidos.

Las vanguardias políticas que indiscutiblemente constituyen los socialistas y los republicanos avanzados difícilmente se encuentran con las vanguardias estéticas. Los socialistas franceses no mostraron la atención que les prestaban sus camaradas alemanes, rusos o rumanos a las formas de su modernidad. En el Congreso de Gotha en 1896, los socialdemócratas alemanes abrieron un debate sobre la orientación «naturalista» dada al semanario ilustrado del partido Die Neue Welt52. Nada parecido aconteció en ninguno de los congresos socialistas franceses. Como se lamenta la crítica Camille Mauclair, entonces cercana a los socialistas, hay que admitir «el distanciamiento y la desconfianza que algunos socialistas muestran hacia el arte contemporáneo»53. Sin duda, el socialismo francés estaba más preocupado por conquistar votantes que por la doctrina o la estética. Las excepciones son tanto más sobresalientes: mientras Marcel Cachin, salido de las filas guesdistas, mostraba una sensibilidad política particularmente cerrada a las innovaciones estéticas, siempre sospechosas de ser nada más que fantasías burguesas que de ninguna manera resolverían las contradicciones e injusticias del capitalismo, a las que solo el advenimiento del socialismo podría remediar, Marcel Sembat tenía, como Cachin, muchos amigos entre los pintores postimpresionistas, de los que fue uno de los más eficaces defensores54.

Por lo tanto, nada separa realmente a los intelectuales socialistas de principios de siglo, en el mismo momento en que la cultura europea se aceleraba, de sus colegas y amigos republicanos: «Los formó la misma escuela, la misma cultura clásica, el mismo gusto por el pensamiento ordenado de una narrativa bien construida, la misma desconfianza hacia las distorsiones de la gramática y las tinieblas del lenguaje donde algunos ven una de las fuentes del oscurantismo religioso»55. No sorprenderá entonces que la vanguardia estética, ávida de revolucionar el mundo, rehuya las filas socialistas para refugiarse en el cálido y acogedor invernadero del anarquismo. El arte para el anarquismo, las ciencias sociales para el socialismo, tal es la distribución de los roles culturales repartidos entre las dos grandes vanguardias políticas revolucionarias de la Belle Époque.

¿Qué podemos concluir de estos pocos comentarios históricos? Si se está de acuerdo con la idea de que el socialismo no es reductible en modo alguno al estado de una fórmula única, ni siquiera al de la expresión uniforme de una sola clase, se arroja una piedra al estanque de quienes hoy intentan reducirlo a esas coordenadas. No puede impulsarse un movimiento histórico deteniéndose en los límites de un programa, ni siquiera uno marcado por una gran experiencia. Pero sería igual de vano limitar su alcance únicamente a la expresión de la indignación social, por legítima que esta sea. El socialismo tuvo un alcance mayor y su pluralismo radical debe ser asumido por quienes pretenden ser sus herederos. Dar voz a una cultura socialista no es un desafío sencillo. Comienza con un correcto inventario de su pasado, que apartará a los verdaderos reconstructores de las imitaciones serviles y sin futuro, así como de la ignorancia más ruinosa.

Nota: la versión original de este artículo en francés fue publicada por la Fundación Jean Jaurès con el título Le socialisme, une culture, 2009. Traducción y notas: Horacio Tarcus.

 

  • 1.

Madeleine Rebérioux (1920-2005) fue en su juventud una militante de la Resistencia francesa que sobrevivió al campo de concentración de Buchenwald. Después de la Liberación sobresalió como historiadora especializada en la Tercera República francesa, con especial foco en la tradición socialista. Fue presidenta de la Liga por los Derechos del Hombre [N. del T.].

  • 2.
  1. Rebérioux: «Un groupe de paysans socialistes de Saône-et-Loire à l’heure de l’unité (1905-1906). Le Journal du groupe d’études sociales de Cuisery» en Le Mouvement Social, 7-9/1966, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, Belin, París, 1999, p. 24.
  • 3.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914» en Jacques Droz (ed.): Histoire générale du socialisme, PUF, París, 1974, p. 136. [Hay traducción en español: Historia general del socialismo, Destino, Barcelona, 8 vols., 1984-1986].
  • 4.

Sección Francesa de la Internacional Obrera, como se denominó el Partido Socialista hasta 1969 [N. del T.].

  • 5.
  1. Rebérioux: «Les tendances hostiles à l’État dans la sfio (1905-1914)» en Le Mouvement Social, 10-12/1968, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 39 (énfasis mío).
  • 6.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 155
  • 7.
  1. Rebérioux: «Jaurès et la nation» en Actes du Colloque Jaurès et la Nation, Association des Publications de la Faculté des Lettres et Sciences Humaines de Toulouse, Toulouse, 1965.
  • 8.
  1. Rebérioux: «La conception du parti chez Jaurès» en Jaurès et la classe ouvrière, Editions Ouvrières, París, 1981, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 410.
  • 9.

Michel Winock: «La culture politique des socialistes» en Serge Berstein (dir.): Les cultures politiques en France, Seuil, París, 1999.

  • 10.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 207.
  • 11.
  1. Rebérioux: «Socialisme et religion: un inédit de Jaurès (1891)» en Annales ESC, 11-12/1961, cit. en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 287.
  • 12.

Vincent Peillon: Jean Jaurès et la religion du socialisme, Grasset, París, 2000.

  • 13.

Es el punto de vista adoptado por Jean-Jacques Becker y Gilles Candar en la obra que han dirigido: Histoire des gauches en France, La Découverte, París, 2004, 2 vols.

  • 14.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 228.
  • 15.

Ibíd., p. 173.

  • 16.

El radicalismo es una corriente política que tuvo especial peso en Francia entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, caracterizada por sostener los principios republicanos, humanistas, laicistas y anticlericales. Otras corrientes radicales se expresaron en Gran Bretaña, Italia, España y en algunos países latinoamericanos como Chile, Argentina y Colombia [N. del T.].

  • 17.

Ibíd., p. 228.

  • 18.
  1. Rebérioux: Proudhon et l’Europe. Les idées de Proudhon en politique étrangère, Domat-Montchrestien, París, 1945.
  • 19.

Entre una profusa bibliografía científica, cabe destacar, además de las numerosas obras del fallecido Jacques Grandjonc y a la espera de la tesis de Jacqueline Cahen, las siguientes: Daniel Lindenberg: Le marxisme introuvable, Calmann-Lévy, París, 1975; Thierry Paquot: Les faiseurs de nuages. Essai sur la genèse des marxismes français, Le Sycomore, París, 1980; Robert Stuart: Marxism at Work: Ideology, Class and French Socialism during the Third Republic, Cambridge UP, Cambridge, 1992. Para la última generación de trabajos, v. Emmanuel Jousse: ¿Reviser le marxisme? De Édouard Bernstein à Albert Thomas, 1896-1914, L’Harmattan, París, 2007.

  • 20.

Bert Andreas: Le Manifeste communiste de Marx et Engels. Histoire et bibliographie, Feltrinelli, Milán, 1963.

  • 21.

Gilles Candar: Jean Longuet. Un internationaliste à l’épreuve de l’histoire, Presses Universitaires de Rennes, Rennes, 2007.

  • 22.

Jaurés redactó su tesis Les origines du socialisme allemand en 1892, mientras era profesor en Toulouse. Hay edición en español: Los orígenes del socialismo alemán, Ediciones de Cultura Popular, Barcelona, 1967. Los «guesdistas» constituían la corriente «colectivista» del socialismo francés liderada por Jules Guesde, con escasa asimilación del marxismo teórico [N. del T.].

  • 23.
  1. Rebérioux: «Socialisme et religion: un inédit de Jaurès (1891)», cit.
  • 24.

Aubier, París, 1968. V. la respuesta de Rebérioux en el Bulletin de la Société d’Études Jaurésiennes, 1970.

  • 25.
  1. Rebérioux: «Jaurès et le marxisme» en Histoire du marxisme contemporain, t. 3, Union Générale d'Éditions, París, 1977, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p. 390-391.
  • 26.
  1. Rebérioux: «Le socialisme français de 1871 à 1914», cit., p. 151.
  • 27.
  1. Rebérioux: «La conception du parti chez Jaurès», cit.
  • 28.
  1. Candar: Jean Longuet, cit., p. 89.
  • 29.

Maurice Agulhon: La République au village. Les populations du Var de la Révolution à la IIe République, Seuil, París, 1979.

  • 30.
  1. Rebérioux: «Le Mur des Fédérés. Rouge, ‘sang craché’» en Pierre Nora (dir.): Les lieux de mémoire 1: La République, Gallimard, París, 1984, p. 367.
  • 31.
  1. Rebérioux: «Manifester pour Ferrer» en L’affaire Ferrer, Centre National et Musée Jean Jaurès, Castres, 1991, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit.; Olivier Fillieule y Danielle Tartakowsky: La manifestation, Presses de Sciences Po, París, 2008. [Hay edición en español: La manifestación. Cuando la acción colectiva toma las calles, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2015].
  • 32.

Institut de Recherches Marxistes, Archives Marcel Cachin, caja 8, carpeta 1: «Notas autobiográficas de Marcel Cachin», cit. en G. Candar y Ch. Prochasson: «Un militant socialiste: Marcel Cachin», introducción a M. Cachin: Carnets 1906-1916 1, CNRS Éditions, París, 1993, p. 16; G. Candar y Ch. Prochasson: «Le socialisme à la conquête des terroirs» en Le Mouvement Social, 7-9/1992.

  • 33.
  1. Rebérioux: «Un groupe de paysans socialistes de Saône-et-Loire à l’heure de l’unité (1905-1906)», cit., p. 35.
  • 34.

En 1977 un himno del PS se titularía «Cambiar la vida». V. una versión en <www.youtube.com watch?v="witedhxlxpu"> [N. del T.].

  • 35.

Archives de l’École Socialiste, comunicación de Madeleine Rebérioux, cit. en Ch. Prochasson: Les intellectuels, le socialisme et la guerre. 1900-1938, Seuil, París, 1993, p. 64.

  • 36.
  1. Jaurès, prefacio a Benoît Malon: La morale sociale. Morale socialiste et politique réformiste, Le Bord de l’Eau, París, 2007, pp. 386-387.
  • 37.

Citado por M. Rebérioux en «Guesdisme et culture politique. Recherches sur L’Encyclopédie socialiste de Compère-Morel» en Mélanges d’histoire sociale offerts à Jean Maitron, Éditions Ouvrières, París, 1976, reproducido en M. Rebérioux: Parcours engagés dans la France contemporaine, cit., p.79.

  • 38.
  1. Rebérioux: «Culture et militantisme» en Le Mouvement Social No 91, 4-6/1975.
  • 39.

Christophe Charle: Naissance des «intellectuels». 1880-1900, París, Minuit, 1990. [Hay edición en español: El nacimiento de los «intelectuales», Nueva Visión, Buenos Aires, 2009].

  • 40.

Christophe Charle, prefacio a Lucien Mercier: Les Universités Populaires. 1899-1914. Éducation populaire et mouvement ouvrier au début du siècle, Éditions Ouvrières, París, 1986.

  • 41.

Daniel Lindenberg y Pierre-André Meyer: Lucien Herr. Le socialisme et son destin, Calmann-Lévy, París, 1977.

  • 42.

Ch. Prochasson: Les intellectuels et le socialisme, Plon, París, 1997.

  • 43.

Paródica, trivial. Referencia a Jacques Offenbach, compositor francés, creador de la opereta [N. del T.].

  • 44.

Shlomo Sand: «Le marxisme et les intellectuels vers 1900» en M. Rebérioux y G. Candar (dirs.): Jaurès et les intellectuels, Éditions de l’Atelier, París, 1994.

  • 45.

Ch. Prochasson: «Jaurès et les revues» en M. Rebérioux y G. Candar (dirs.): Jaurès et les intellectuels, cit.

  • 46.

Anna Boschetti: Sartre et Les Temps Modernes, Minuit, París, 1985. [Hay edición en español: Sartre y Les Temps Modernes. Una empresa intelectual, Nueva Visión, Buenos Aires, 1990].

  • 47.

Ch. Prochasson: «L’Effort libre de Jean-Richard Bloch (1910-1914)» en Cahiers Georges Sorel No 5, 1987.

  • 48.
  1. Rebérioux: «La Revue socialiste» en Cahiers Georges Sorel No 5, 1987, p. 15.
  • 49.
  1. Steven Vincent: Between Marxism and Anarchism: Benoît Malon and French Reformist Socialism, University of California Press, Berkeley-Los Angeles, 1992. V. tb. B. Malon: La morale sociale. Morale socialiste et politique réformiste (textes choisis), Le Bord de l’Eau, París, 2007.
  • 50.

Cit. en M. Rebérioux: «Un groupe de paysans socialistes de Saône-et-Loire à l’heure de l’unité (1905-1906)», cit., p. 34.

  • 51.
  1. Rebérioux: «Critique littéraire et socialisme au tournant du siècle» en Le Mouvement Social No 59, 4-6/1967, p. 19.
  • 52.
  1. Rebérioux: «Avant-garde esthétique et avant-garde politique. Le socialisme français entre 1880 et 1914» en AAVV: Esthétique et marxisme, 10/18, París, 1974, p. 24.
  • 53.

Ibíd., p. 25.

  • 54.
  1. Sembat: Les cahiers noirs. Journal, 1905-1922, Viviane Hamy, París, 2007.
  • 55.
  1. Rebérioux: «Avant-garde esthétique et avant-garde politique», cit., p. 30.
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Jueves, 19 Agosto 2021 05:14

Galeano, a secas

Galeano, a secas

“Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura”. Eugéne Ionesco La memoria no me da para recordar con exactitud cuándo leí por primera vez Las venas abiertas de América Latina (1), provocadoramente descritas por Eduardo Germán María Hughes Galeano. Debió ser a poco de su publicación, a inicios de los años setenta. […]

Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura”. Eugéne Ionesco

La memoria no me da para recordar con exactitud cuándo leí por primera vez Las venas abiertas de América Latina (1), provocadoramente descritas por Eduardo Germán María Hughes Galeano. Debió ser a poco de su publicación, a inicios de los años setenta. Vivía en Alemania. Y en la misma época, a más del texto del uruguayo, llegaron a mis manos otros dos libros, escritos por un colombiano y un peruano: Cien años de soledad y La ciudad y los perros. Mientras intentaba aprender ese endiablado idioma, el alemán, procuraba mantener canales de sintonía con el mundo de donde venía, esa Nuestra América que no deja de sangrar…

Desde entonces la lectura de los libros de esos tres escritores latinoamericanos fue una constante. Sería largo e incluso en extremo complejo tratar de explicar cómo el segundo y el tercero de los autores mencionados, han influido en mi vida, desde la literatura. En lo que si soy categórico, Eduardo Galeano, con sus venas y sus múltiples textos, caracterizados por la frontalidad y claridad, se convirtió en un referente, casi obligado. Hasta ahora.

No me considero un conocedor de su obra. A lo largo de los años debo haber citado varios pasajes de sus escritos y haberlos utilizado como epígrafes en algunos textos míos, pero definitivamente no soy un especialista en el tema. Su influencia, sin embargo, ha sido tal, que hasta le plagié abiertamente.

Se acercaba el Mundial de Fútbol de Italia, en 1990, cuando Galeano hizo pública una de sus pasiones, que la comparto a plenitud. “Hasta el papa de Roma ha suspendido sus viajes por un mes -afirmó categóricamente-. Por un mes, mientras dure el Mundial de Italia, estaré yo también cerrado por fútbol, al igual que muchos otros millones de simples mortales”. Y consecuente como era, él puso en la puerta de su casa un letrero: “Cerrado por mundial”. Ese gesto me despertó aún una mayor simpatía.

Desde 1962, cuando, en mi país natal, por primera vez pudimos escuchar las narraciones radiales del mundial, en esa ocasión en Chile, he procurado religiosamente sintonizarme a tiempo completo con este ritual que convoca a millones de personas alrededor de una pelota, redonda como la Tierra. Tanto que, en la puerta de mi oficina de FLACSO, llegué a poner un letrero igual al de Galeano en su casa. Y no solo eso, consciente -como Galeano- de que hay prioridades en la vida, mi afición por los mundiales generó varias tensiones con quien llegaría a ser presidente de mi país, pues, como era obvio, él no podía contar conmigo durante la campaña del 2006 en los momentos en que se transmitían los partidos desde Alemania… lo que llegaría a provocar algunas rabietas de alguien que resultó ser tan poco tolerante.

Eso sí, lo que en todos esos años no me habría podido figurar es cómo Galeano llegaría a desempeñar un papel determinante en un proceso histórico que me toco presidir. Este es un dato más que anecdótico.

En un contexto de discusiones -complejas, duras y conflictivas-, en pleno proceso constituyente, con el apoyo de Galeano, conseguimos cristalizar los Derechos de la Naturaleza.

En Montecristi, un pequeño pueblo en la costa ecuatoriana, se elaboró y aprobó la última Constitución de este pequeño país andino. Desde 1830, la vigésima primera. Un récord indiscutible, pero no encomiable. Esa Constitución será recordada en el mundo entre otros temas destacables por la aprobación de los Derechos de la Naturaleza, es decir asumir a la Pacha Mama como sujeto de derechos. Fue un paso trascendental, a momentos impensable y por cierto inaceptable para muchos. Se repitió la historia. La emancipación de los esclavos o la extensión de los derechos a los afroamericanos, a las mujeres y a los niños y niñas fueron rechazadas en su tiempo por ser consideradas como un absurdo.

El derecho de tener derechos ha exigido siempre un esfuerzo político para cambiar aquellas normas que negaban esos derechos. Y eso sucedió con los Derechos de la Naturaleza, que desde entonces se expanden más y más por el mundo.

La coyuntura del momento constituyente, la intensidad del debate y el compromiso de un grupo de asambleístas, junto a las luchas ecologistas y en especial la incorporación de visiones y vivencias desde el mundo indígena, en donde la Pacha Mama es parte consustancial de sus vidas, permitieron que finalmente se aceptara esta iniciativa.

Esto es medular tener presente: las raíces de los Derechos de la Naturaleza tienen una larga historia y, aunque parezcan invisibles para ciertas lecturas prejuicidas o simplemente superficiales, están profundamente enraizadas en el mundo de los pueblos originarios. El tronco y las ramas de este gran árbol de mestizaje intercultural -en un debate intensamente vivido en Montecristi- se enriquecen con injertos no indígenas. Así, aunque los indígenas no tienen un concepto de Naturaleza como el que existe en “occidente”, su aporte es clave. Ellos comprenden perfectamente que la Pacha Mama es su Madre, no una mera metáfora (2).

Pero, ¿qué tiene que ver el uruguayo mencionado en estas líneas en este proceso?

La historia es sencilla y curiosa. Luego de que Galeano conoció lo que se discutía la posibilidad de que se declare constitucionalmente que la Naturaleza es sujeto de derechos, preparó un artículo vibrante, denominado “La Naturaleza no es muda” (3).

La emoción de recibir su espaldarazo fue grande. No era para menos. El era, desde las venas, pasando por fantasmas y crónicas, abrazos y espejos, un gran referente para nosotros. Pero él, quien rompió lanzas por la vida desde siempre, dudó en difundir su escrito. Tanto que casi a renglón seguido de habernos enviado su artículo mostró su preocupación al decir, en un correo electrónico, que “prefiero esperar, para evitar que el artículo tenga vida efímera. Los hechos, a veces imprevisibles, podrían desautorizarlo como expresión de deseos, de poco serviría”.

Insistimos. Hasta vencer sus temores. Galeano publicó su artículo en el Semanario Brecha, el 18 de abril del 2008, en Montevideo. Una copia del mismo fue distribuida entre los y las constituyentes por disposición del presidente de la Asamblea Constituyente para la sesión número 40 del pleno de la Asamblea, celebrada el 29 de abril de 2008. No se si Galeano alguna vez se enteró que su artículo fue tan influyente. Lo cierto es que con su pluma consolidaría una posición que no parecía muy prometedora al inicio de la Asamblea. El nos animó en el empeño. Concretamos este paso constitucional único en el mundo. Su texto fue citado en el pleno. Rafael Esteves, asambleista constituyente, un personaje proveniente de filas populistas, en una intervención memorable, leyó trozos del artículo de Galeano.

Así, su reclamo -cual si Galeano habría sido asambleísta constituyente en Montecristi- fue clave:

Suena raro, ¿no? Esto de que la Naturaleza tenga derechos… Una locura. ¡Como si la naturaleza fuera persona! En cambio, suena de lo más normal que las grandes empresas de Estados Unidos disfruten de derechos humanos. En 1886, la Suprema Corte de Estados Unidos, modelo de la justicia universal, extendió los derechos humanos a las corporaciones privadas. La ley les reconoció los mismos derechos que a las personas, derecho a la vida, a la libre expresión, a la privacidad y a todo lo demás, como si las empresas respiraran. Más de ciento veinte años han pasado y así sigue siendo. A nadie le llama la atención.”

Este argumento caló hondo. Comprender que las corporaciones tengan amplios derechos como personas jurídicas y la Naturaleza no, impactó. Paulatinamente cobró sentido hablar de la Naturaleza como sujeto de derechos. Y Galeano, con su mensaje, cuya lectura recomiendo, apuntaló la conclusión expuesta al inicio de su breve y a la vez decisivo texto:

la Naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora de que nosotros, sus hijos, no sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás hasta Dios escuche la llamada que suena desde este país andino -Ecuador-, y agregue el undécimo mandamiento que se le había olvidado en las instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí: ‘Amarás a la Naturaleza, de la que formas parte’”.

La Asamblea Constituyente y luego el pueblo ecuatoriano, que aprobó masivamente la nueva Constitución en un referéndum el 28 de septiembre del mismo año, escucharon a la Naturaleza. Y sin duda, Galeano contribuyó a consolidar el derecho a la existencia de los seres humanos, que de eso se tratan también los Derechos de la Naturaleza.

Siendo tema de otras reflexiones, lo que nos debe quedar claro es que, en realidad, quien nos da el derecho a la existencia es la Madre Tierra. Y que los humanos no solo necesitamos derechos para nuestra convivencia, sino también para relacionarnos con nuestra Madre Tierra. Así, nos debe quedar claro que justicia social y justicia ecológica van de la mano, y que los Derechos Humanos se complementan con los Derechos de la Naturaleza, es decir con ese undécimo mandamiento planteado por Galeano.

Pasaron los años y me encontré personalmente con él, por primera y última vez (de lo que recuerdo). El había ido a Barcelona a recibir un Premio Internacional de Periodismo por su entusiasmo futbolero, otorgado por la Fundación FC Barcelona y el Colegio de Periodistas catalán. Y a los dos nos convocó a la Plaza de Cataluña la pasión por la indignación. Estuve tentado a acercarme y agradecerle, pero no fue posible. El se encontraba rodeado de indignados; corría el mes de mayo del 2011.

Un par de años más adelante, Galeano, el autor de ese gran libro que caló tan hondo en las venas de muchas generaciones, en un gesto de profunda honestidad, poco antes de morir, diría que “no sería capaz de leerlo de nuevo, pues caería desmayado. (…) Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital”. Pero complementó ese crudo reconocimiento diciendo que “no me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada”.

Puede que esa prosa esté superada, pero no así el contenido de su mensaje. Bastaría con citar apenas una corta frase para comprender la actualidad de su libro: “La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en la necesaria desigualdad de las partes que lo forman, y esa desigualdad asume magnitudes cada vez más dramáticas”.

Tanto que hoy, como hace 50 años, los pueblos de esta sangrante América Latina siguen protestando ante tanto atropello, resistiendo ante tanto extractivismo y soñando porque algún día se cierren las venas abiertas de sus sociedades y de su Naturaleza.

Notas

  1. Disponible en http://www.unefa.edu.ve/CMS/administrador/vistas/archivos/las-venas-abiertas-de-america-latina.pdf
  2. Reconociendo que el impulso fundamental para constitucionalizar a la Naturaleza como sujeto de derechos, proviene del mundo de los pueblos originarios, es conveniente tener presente otros aportes, como el de otro uruguayo, también Eduardo, Eduardo Gudynas, uno de los mayores estudiosos de la materia. Al respecto se puede consultar el texto del autor de estas líneas (2019); “Construcción constituyente de los Derechos de la Naturaleza – Repasando una historia con mucho futuro”, en el libro de varios autores y varias autoras: La Naturaleza como sujeto de derechos en el constitucionalismo democrático, Universidad Andina Simón Bolívar, Quito. Disponible en https://uninomadasur.net/?p=2159
  3. Disponible en https://es.slideshare.net/ecuadordemocratico/la-naturaleza-no-es-muda-por-eduardo-galeano

Por Alberto Acosta | 19/08/2021

Alberto Acosta es un economista ecuatoriano; fue Presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador 2007, ministro, candidato presidencial y docente universitario.

Publicado en Palabra Salvaje el 3 de agosto de 2021.

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Martes, 17 Agosto 2021 05:43

La lágrima fácil

La lágrima fácil

Una entrevista reciente, en la que el ensayista mexicano Ilan Stavans habla con gran perspicacia del melodrama y la literatura, me pone frente a un tema fascinante. Sus afirmaciones son provocadoras. Por ejemplo, la de que novelas de García Márquez y Vargas Llosa no son otra cosa que telenovelas literarias.

Los libretistas de las telenovelas, y de las radionovelas antes, aprendieron las reglas del género en ejemplos clásicos inamovibles, que van desde La Odisea, a las novelas de Dickens. Hay en la trama dramática de los culebrones tradicionales, capaz de sostenerse a lo largo de 300 capítulos, que toman meses en emitirse, reglas que son básicas: los obstáculos constantes que impiden la felicidad, y el suspenso al final de cada capítulo para que nadie abandone la trama.

La tarea del héroe no es posible, lo explica bien Joseph Campbell, sin los obstáculos, que forman la esencia de la aventura. Ulises, tras 10 años de guerra en Troya, sólo quiere volver con buen viento a su vida doméstica en Ítaca. Si su viaje de regreso hubiera sido feliz, no habría nada que contar; la saga está compuesta de interrupciones, y esa es la aventura.

Algo impide siempre la dicha de los protagonistas. Esta regla no la descuida el prolífico Félix B. Caignet en El derecho de nacer, especie de gran matriz del género: a don Rafael del Junco, dueño del secreto capaz de resolver la trama, le da un derrame cerebral y pierde el habla. Mientras esté mudo, no habrá desenlace.

Dickens es el gran maestro del suspenso al final de cada entrega, y así se alimenta el deseo de seguir, para saber en qué va a terminar todo, aunque ese término esté lejano, al cerrarse el último capítulo impredecible.

Como las telenovelas, los libros de Dickens se publicaban por entregas. La gente se agolpaba en los muelles de Nueva York para esperar el barco en que llegaba la revista con el nuevo capítulo de La pequeña Dorritt. Y los lectores querían saber si la niña Nell Trent, la heroína de La tienda de antigüedades, sobreviviría a su enfermedad.

La agonía de Nell se prolonga en función de la necesidad de la novela. Morirá o no según al autor convenga; mientras ese momento llega, las cartas de los lectores llueven en la redacción de la revista pidiendo a Dickens que salve a la protagonista. Pero, tras meditarlo en paseos solitarios por las orillas del Támesis, sentencia que debe morir. Decide en función del poder de vida o muerte que tiene sobre sus personajes.

Los personajes pasan a ser de carne y hueso en las mentes. Cuando en Nicaragua se transmitió por Radio Mundial El derecho de nacer, y al final Albertico Limonta e Isabel del Río se casan, en la emisora se recibieron numerosos regalos de boda.

Hay una tercera regla del melodrama: la carga lacrimógena. Y también lo hallamos en Dickens. No hay quien no derrame lágrimas por la suerte de todos esos seres, sobre todo niños, empujados a la miseria y el desamparo por la sociedad industrial, y la narración es conducida, a través de sus trampas, para provocar el llanto. La telenovela potencia este recurso y busca que quienes se sientan frente al televisor se ahoguen en un mar de lágrimas.

Cien años de soledad no tiene, de verdad, como cree Stavans, nada de telenovela. Me intriga lo que harán los guionistas ahora que el libro se convertirá en una serie de Netflix, para dar a esa narración que siempre se está mordiendo la cola porque vuelve sobre sí misma, las reglas necesarias de intriga y suspenso, y de aventura siempre interrumpida, de un capítulo a otro.

En cuanto a El amor en los tiempos del cólera, a la que también cita, es más bien la parodia deliberada de un melodrama, un amor entre viejos, narrado con sabia sutileza, y una carga mágica de palabras convertidas en imágenes. Florentino Ariza y Fermina Daza se salen del molde clásico del melodrama, donde los amores sufren interrupciones, pero nunca hasta la anticlimática llegada de la vejez. Ya la novela fracasó en el cine, en manos de Mike Newell, a pesar de su reparto de lujo.

Tampoco La tía Julia y el escribidor es un melodrama. Los amores entre un sobrino y una tía que lo dobla en edad se salen de los márgenes de lo que una telenovela requiere. Y la novela es una burla a las radionovelas, con personajes que llaman a la risa más que al llanto, como el famoso libretista Pedro Camacho.

No creo, en fin, que el melodrama, como tendencia a exhibir las emociones hasta el llanto, sea asunto del ADN latinoamericano, como Stavans afirma. La soap opera es una vieja industria en Estados Unidos, y ahora los culebrones turcos están invadiendo las pantallas, doblados al español. Todos somos, de un modo u otro, de lágrima fácil.

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Sábado, 19 Junio 2021 05:58

El juez y el indio

El juez y el indio

Quienes lo hayan leído seguramente se alegrarán de recordarlo, porque hay pocos lectores que pasaron por Manuel Scorza y que lograron después sacárselo del corazón. Los personajes de la saga de La guerra silenciosa --repartida en cinco novelas-- siguen adheridos al espíritu profundo de América Latina, y eso es lo que uno le agradecerá siempre a Scorza: que nos haya dejado entrar y sentirnos involucrados en las protestas campesinas de las sierras peruanas contra la Pasco Corporation en los años ´60.

Scorza se había criado allí, porque su asma decidió a sus padres a irse de Lima, y a instalarse en Huancayo. Cuando comenzaron las protestas él ya había pasado por el mismo Liceo Militar que Vargas Llosa, ya había cursado Filosofía en la Universidad de San Marcos, ya había comenzado su militancia clandestina en el naciente APRA, que cuando viró a la derecha sufrió gran merma de afiliados, entre ellos Scorza, que escribió el documento de renuncia al partido que comandaba Haya de la Torre. El documento quedó allí para la historia. Se llama GoodBy, Míster Haya.

El primer libro de la saga que Scorza escribió un poco en Lima y otro en París fue Redoble por Rancas. Había cubierto las revueltas para un diario de Lima y para sí mismo, para un ensayo que tenía en mente. Pero cuando después el desenlace sangriento y su propio involucramiento emocional le hicieron sentir que cualquier ensayo por bueno que fuera iba a ser incapaz de transmitir la verdad de las protestas y la estatura de esos héroes cholos del Perú profundo, recurrió a la narrativa.

Ahora Pedro Castillo y el Perú invisible vuelve a pelear por sus derechos, porque el Perú racista y corrupto que se agazapa tras Keiko Fujimori quiere invalidarles sus actas electorales: es un país que convivió con una mayoría indígena y mestiza cientos de años, y cuya elite es como Vargas Llosa: todos renunciarían a su nacionalidad de ser confrontados como lo fue el agitador de la ultraderecha liberal, auspiciadora de golpes de Estado y amparadora de delincuentes de toda laya: están convencidos de que ellos son el Perú, y que el electorado de Castillo hace fraude simplemente porque gana: nunca dejaron de verlos y tratarlos como seres inferiores.

Por la misma esquina de la plaza de Yanahuanca por donde, andando los tiempos, emergería la guardia de Asalto para fundar el segundo Centenario de Chinche, un húmedo septiembre, el atardecer exhaló un traje negro. El traje, de seis botones, lucía un chaleco surcado por la leontina de oro de un Longiness auténtico. Como todos los atardeceres de los últimos treinta años, el traje descendió a la plaza para iniciar los sesenta minutos de su imperturbable paseo.

Es el primer párrafo de Redoble... Ese traje que exhaló el atardecer es el juez Montenegro. Scorza hace girar la presentación de esa comunidad de Yahahuanca oponiéndola en valores, espíritu, ética, a la de un juez corrupto como casi todos, que eran amigos de los alcaldes y parientes de los coroneles y de los diputados o gobernadores. Así sigue siendo el mundo blanco, aunque el traje negro con el que Scorza inviste y recorta al juez, que será así nombrado siempre, corre la connotación de “negro” de la piel de los cholos a la conducta de Montenegro, descripta en ese primer capítulo en una parábola perfecta.

Esa misma tarde al traje negro se le cae un sol del bolsillo, una moneda. Y en el pueblo corre como un reguero la noticia, porque quién sabe qué podría pasarle a quien tocara o peor, que se apropiara del sol del traje negro. Mucha gente había muerto por menos. Todo el pueblo se pone en alerta para que nadie mueva el sol de su lugar: era un pequeño relieve en una vereda de la plaza central.

Pero pronto surge el orgullo. Ya no era por temor, sino por dignidad, que Yahahuanca se había vuelto obsesiva con no tocar lo ajeno. Vienen de otros pueblos a ver el sol del traje negro, que se había vuelto una enorme atracción. Y los yanahuaqueños se desvivían por hacer custodia día y noche para a nadie lo tocara, porque en Yahahuanca no se robaba.

Pasó un año y el único que no estaba al tanto de cómo había cambiado la vida en el pueblo era el traje negro. Nunca se dio cuenta de que se le había caído un sol del bolsillo. Pero un día caminando por la plaza, 365 días después de haberlo perdido, los ojos del traje negro dieron con la moneda tirada en el piso. Se agachó, vio la moneda, miró para ambos lados y como creyó que no había nadie, sencillamente lo embolsó y siguió su camino.

Así son las cosas. A esos pueblos serranos de indígenas persistentes en sus modos de vida y sus creencias, hace cientos de años los blancos les vienen robando todo. Porque creen que tienen derecho, como el traje negro al que no se le ocurrió que ese sol podría tener un dueño, cuando todo el pueblo hacía un año que se turnaba para evitar que alguien se lo robara.

Scorza decía que la oligarquía peruana se había condenado a sí misma a vivir una vida a medias, al haber esclavizado a los pueblos indígenas. El negacionismo hoy explica fenómenos nuevos pero explica también fenómenos históricos.

Estos que están en las calles en varios países en los que el neoliberalismo les quiso dar su toque se gracia, eran lo más genuino, lo más intenso de América Latina. Aquí las luchas se libran y se pierden muy seguido, pero no se abandonan. En las novelas de Scorza eso sucede porque los vivos reciben instrucciones de sus muertos.

La figura del juez, el amigo o pariente del diputado o del gobernador, sigue siendo el traje negro, que condena a su antojo a los indios que osan reclamar cualquier especie de igualdad. Scorza decía que el Perú blanco se parecía a esa tortura china que consistía en hacerle cargar a un hombre vivo un hombre muerto, hasta que enloquecía.

Hay un tipo de locura supremacista en toda esta región. Nunca dejó de haberla. Y hablo de quienes --Mauricio Macri y el desquiciado Iván Duque incluidos, firmantes de una carta “contra la corrupción” a favor de Keiko Fujimori, o sea a favor del golpe-- siguen viendo al indio o a la india como poco más que objetos descartables que se pueden matar o encerrar sin ningún problema de conciencia. Hablo además del TOF de Jujuy, que condenó a Milagro Sala a 3 años y medio por los huevos que le mancharon el traje negro al gobernador Morales en 2009. La condena llegó en 2021 y cinco días antes de las elecciones. Locura supremacista y corrupción insoportable.

19 de junio

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Martes, 08 Junio 2021 05:39

Maneras de la inmortalidad

Maneras de la inmortalidad

Jorge Luis Borges, siendo maestro de tantas cosas, lo fue de los textos falsos presentados como verdaderos, y hoy en día su posteridad parece ser perseguida por lo apócrifo, si tomamos en cuenta los numerosos escritos, en poesía y en prosa, y aun los textos de autoayuda, que le son atribuidos en las redes sociales. Una manifestación muy palpable de su inmortalidad literaria.

En 1963, el escritor salvadoreño Álvaro Menén Desleal ganó un segundo lugar en el Certamen Nacional de Cultura con su libro Cuentos breves y maravillosos, título que recordaba demasiado el de Cuentos breves y extraordinarios, de Borges, aparecido 10 años atrás. Pero eso no fue todo. Cuando el libro se publicó, traía a manera de prólogo una carta con la firma de Borges, que comenzaba: “Mi querido amigo: Al conocer sus Cuentos breves y maravillosos, pienso que no fue meramente accidental que Kafka escribiera La muralla china: se repite en usted la nota de lo que con Bioy Casares llamamos las antiguas y generosas fuentes orientales. Se repite y se prueba mi idea de que el número de fábulas o de metáforas de que es capaz la imaginación de los hombres es limitado…limitado o no, lo cierto es que usted prueba a su vez que ese número no está en manera alguna agotado”.

Sobraron entonces en Centroamérica las acusaciones de plagio de los cuentos, y las de falsificación de la carta de presentación. Pero nadie reparó en la nota con que, en la última página, el autor completaba su ar­did: “Querido maestro Borges: Mi vanidad y mi nostalgia –me digo con sus palabras– han armado una escena imposible. De pronto despierto de un sueño y tengo su carta en las manos, como la flor de Coleridge”.

En 1999, cuando se celebró el centenario del nacimiento de Borges, se organizó en Buenos Aires un seminario al que concurrimos escritores y académicos. Allí me encontré, después de décadas sin vernos, a Álvaro, quien llegaba desde El Salvador. Cuando tomó la palabra, hizo una detallada confesión acerca del prólogo apócrifo, a manera de un renovado homenaje a Borges y a sus formas de inventar, donde la distancia entre los documentos reales y los ficticios no existe.

En uno de los descansos de las sesiones, me dijo que algo iba siempre a inquietarlo hasta la muerte, y es que ya nunca alcanzaría a saber si Borges se habría enterado del affaire centroamericano alrededor del prólogo, y si alguna vez habría llegado a tener entre sus manos sus Cuentos breves y maravillosos. Lo más probable, me dijo, abatido, es que no. Murió menos de un año después en San Salvador.

Y ya no pudo enterarse de que Borges sí supo del affaire, y que leyó sus cuentos. Así consta en Borges, el libro publicado en 2006 que reúne las entradas de los diarios de Adolfo Bioy Casares donde éste reseña las conversaciones con su amigo por cerca de 60 años. Es un impresionante volumen de mil 663 páginas, preparado por Daniel Martino, y que, aunque parezca mentira, uno puedo leerse de una sola sentada, sin dormir ni comer, si se es lo suficientemente vicioso.

En la entrada correspondiente al miércoles 11 de septiembre de 1963, cuenta Bioy que Borges le dice: "tengo que consultarte sobre algo" …; y “trae un libro Cuentos breves y maravillosos, de un tal Menén Desleal, y una carta, de otra persona, guatemalteca, según creo, que le ha enviado el libro”. Luego ambos hablan de la carta elogiosa que sirve de prólogo, y Borges expresa el temor de que su madre, doña Leonor Acevedo, su constante y terrible ángel tutelar, sin consultárselo, la hubiera escrito y enviado; pero descartan la posibilidad, porque la señora nunca escribe tan largo, ni hubiera imitado el estilo de Borges. Leen algunos de los cuentos, y uno, Los cerdos, les parece muy gracioso.

Borges, cuenta Bioy, no sabe qué hacer. Considera que el autor del libro es más inteligente que quien lo denuncia, pero que alguna razón tiene el denunciante… los generosos elogios que prodiga a sus propios cuentos, invalidan su carácter de obra desinteresada. Bioy lo contradice: "no podés ponerte contra un pobre individuo bastante inteligente, que no tiene libertad ni posibilidad de escribir sino como imagina que vos escribís...". Entonces, Borges, sin dar más importancia al asunto, termina elogiando el libro, y aun la carta apócrifa.

Por fin Borges contesta ese mismo mes al denunciante, que es el escritor guatemalteco Alfonso Orantes, y le dice: “Ya que el volumen consta de una serie de juegos sobre la vigilia y los sueños, queda la posibilidad de que mi carta sea uno de tales juegos y travesuras…”

Dice "mi carta". Y con eso pasa a ser auténtica. Y aparece incluida en El círculo secreto, el libro que contiene los prólogos y notas escritos por Borges (Emecé, Buenos Aires, 2003). Más auténtica aún.

Borges nunca escribió esa carta, pero ahora la ha escrito. Es su carta.

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La nueva novela de Ishiguro se adentra en el mundo de la técnica CRISPR, que permite alterar el código genético a voluntad. Para el autor, abre una peligrosa vía a la mejora de la especie humana. «Debemos despertar», dice.

El poder de los robots, la manipulación genética, algoritmos que generan sentimientos… El Premio Nobel de Literatura Kazuo Ishiguro describe en su nueva novela un futuro perturbador. Pero sobre todo indaga sobre una constante de su obra: qué nos hace humanos. Hablamos con él.

Cuando se le concedió el Premio Nobel de Literatura de 2017 a Kazuo Ishiguro, apenas hubo voces discrepantes, algo bastante excepcional. A pesar de contar con una obra relativamente exigua, no había duda de que el por entonces escritor de 63 años se merecía el principal galardón del mundo literario. Su libro más conocido, Los restos del día (1989), es la historia de un mayordomo en la Inglaterra de los años inmediatamente anteriores y posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su obra más destacada es Nunca me abandones (2005), donde tres niños clones crecen en un internado para ser usados como fuente de repuestos humanos.

En Klara y el Sol (Anagrama), Ishiguro vuelve a reflexionar sobre lo que nos puede aguardar en un futuro no muy lejano y su posible significado moral y ético. Su primera novela desde la concesión del Nobel se desarrolla en un mundo de grandes avances científicos y enormes desigualdades sociales. La protagonista y voz narradora, Klara, es una inteligencia artificial, un robot au pair que tiene como tarea cuidar a un adolescente llamado Josie.

XLSemanal. Su novela está ambientada en un futuro en el que la mayoría de los niños han sido optimizados genéticamente. ¿’Elevaría’ usted a su hija, como llama usted en el libro a esa mejora?

Kazuo Ishiguro. En el mundo que describo hay una enorme presión sobre los padres para que mejoren a sus hijos, para que los hagan más inteligentes y más sanos. Llegados a este punto, creo que es obligatorio hablar sobre la CRISPR/Cas.

… Abreviatura de una técnica que permite eliminar o intercambiar fragmentos del código genético a voluntad y con total precisión. También se la conoce como ‘tijeras genéticas’.

K.I. Es una tecnología que puede proteger a nuestros hijos de enfermedades hereditarias graves, así como de otras como el sida o el cáncer. Y no es descabellado pensar que algún día la usemos también para optimizarlos intelectualmente. Me sorprende que no haya mucha más gente hablando sobre este tema. Deberíamos decidir si realmente queremos usar este método y de qué manera queremos hacerlo

Las descubridoras de la técnica CRISPR/Cas, Jennifer Doudna y Emmanuelle Charpentier, ganaron el Premio Nobel el año pasado.

K.I. Y las dos llevan mucho tiempo pidiendo de forma clara y rotunda que se desarrolle una normativa internacional y se adopte una moratoria en todo el mundo para evitar que se emplee en la genética humana. Sin embargo, este tipo de cuestiones solo aparecen en publicaciones especializadas. Por desgracia, no hay un debate público.

¿Cree que la técnica CRISPR/Cas cambiará nuestro mundo radicalmente…?

K.I. Sí. En las democracias liberales vivimos con la idea de que todos los seres humanos son iguales. Pero ¿qué ocurriría si pudiéramos hacer que unos seres humanos fuesen mejores que otros? A diferencia de lo que ocurre en los sistemas de castas o en el apartheid, aquí partimos de la meritocracia, todos los que alcanzan algún logro reciben una recompensa por ello. Sin embargo, la meritocracia puede ser cruel si creamos una clase de personas más inteligentes, útiles y sanas que las demás. El sistema dejaría de funcionar.

En 2018, el investigador chino He Jiankui saltó a los titulares por usar la técnica CRISPR en embriones humanos.

K.I. Anunció que había modificado el ADN de una pareja de gemelas para que quedaran protegidas de contagiarse con el VIH de su padre. A grandes rasgos abrió el camino hacia un futuro en el que seremos capaces de vencer un buen número de enfermedades. He Jiankui pensaba que se haría famoso, que ganaría el Nobel. Estaba orgulloso de su logro, pero acabó en arresto domiciliario y luego condenado a tres años de cárcel por prácticas médicas ilegales, por emplear de forma precipitada técnicas de ingeniería genética en la medicina humana. Su caso prueba la confusión que reina en la sociedad.

Buena parte de la investigación en estos campos se está desarrollando en California. ¿Cree que en Silicon Valley hay preocupación por los riesgos que implican estas técnicas?

K.I. No conozco personalmente a ningún empresario de Silicon Valley, pero sospecho que la gran mayoría prefiere mantener sus trabajos en secreto. Lo que no quieren para nada es ni regulaciones ni supervisión estatal; de hecho, algunos de ellos pretenden establecer sus sedes en altamar, es decir, fuera de todo control y de toda jurisdicción. Me parece algo muy inquietante.

En su novela describe un mundo en el que los robots son tan habituales como las cafeteras eléctricas. A los jóvenes se les adjudica un amigo artificial como compañero. Estos acompañantes son seres inteligentes que incluso tienen sentimientos.

K.I. La investigación en inteligencia artificial ha avanzado enormemente desde que empecé a trabajar en el libro. En 2016, el programa informático AlphaGo ganó 4 a 1 al campeón del mundo de Go, el surcoreano Lee Sedol. El programa lo desarrolló DeepMind, una filial de Google especializada en inteligencia artificial.

Durante mucho tiempo se pensó que este juego de mesa asiático, el Go, era demasiado complejo para los ordenadores porque, a diferencia de lo que ocurre en el ajedrez, no hay un número tan limitado de movimientos posibles para cada jugada.

K.I. El Go sirve como indicador del estadio en el que se encuentra la investigación en inteligencia artificial. Hasta aquel momento, nadie había creído que un programa pudiese ganar al Go a un ser humano, entre otros motivos porque es un juego en el que la intuición tiene un papel destacado. Lo más interesante es que los expertos eran incapaces de seguir la forma de jugar de AlphaGo, no le veían el sentido, los comentaristas incluso se reían, decían que algunos de los movimientos eran absurdos, que aquello era una broma publicitaria. Hoy, dos de los movimientos que realizó AlphaGo son legendarios porque, analizados a posteriori, se ha visto que fueron decisivos. Eso quiere decir que no solo estamos ante una inteligencia artificial que es intelectualmente superior, sino que, además, piensa de una forma completamente diferente a la nuestra.

AlphaZero, el sucesor de AlphaGo, era aún más inteligente.

K.I. Sí, en 2017 jugó 100 partidas contra el mejor programa de ajedrez del mundo, el Stockfish 8, y no perdió ni una sola. Y con unas pocas horas de entrenamiento ya fue capaz de ganar 60 de 100 partidas a AlphaGo. AlphaZero renuncia a la experiencia humana, aprende de los aciertos y errores que comete jugando contra sí mismo. DeepMind ha presentado este diciembre un algoritmo llamado AlphaFold 2.0, se dice que podría usarse para resolver el problema del plegamiento de las proteínas. No entiendo nada de la materia, pero hay gente que está hablando ya de la mayor revolución científica del siglo. Del primer Premio Nobel para una inteligencia artificial.

¿Algún día habrá programas inteligentes que escriban las novelas por nosotros?

K.I. Eso mismo se lo pregunto yo a todos los expertos con los que hablo. Y su respuesta es que sí, aunque probablemente será una literatura de un tipo que todavía no conocemos. Puede que en el fondo no sea algo tan sorprendente, tampoco yo estoy muy seguro de cuáles son los componentes con los que se construye un libro. Pero ¿qué pasaría si una máquina consiguiera escribir una novela que nos conmoviese hasta las lágrimas?

Sería terrible.

K.I. Si llegara a pasar, me preocuparía sobre todo por la sociedad. Significaría que un algoritmo entendería nuestros sentimientos y emociones, y sabría cómo manipularlos y controlarlos. Me pondría muy muy nervioso si una inteligencia artificial consiguiera generar emociones concretas de forma premeditada, específica. Usar esa habilidad con fines políticos podría resultar muy eficaz.

Una cuestión central en su novela es si existe el corazón en sentido metafórico.

K.I. Mi protagonista, Klara, no pertenece a la familia humana y tiene que plantearse preguntas como ¿por qué se aman las personas? ¿Qué es lo que amamos de los demás? ¿Es su apariencia exterior o lo que hay en el interior? ¿Y de verdad hay algo en el interior? Si la respuesta es ‘no’ y en el fondo solo somos máquinas y nuestras emociones, una especie de pienso empalagoso que nos permite funcionar, ¿sigue teniendo sentido decir ‘te quiero’? ¿O en realidad no es más que un vestigio de tiempos primitivos en los que todavía creíamos en el alma?

Unas preguntas muy positivas todas ellas, la verdad…

K.I. Pues aquí van un par más: ¿de verdad somos individuos únicos o solo lo somos de una forma superficial? ¿Nuestros actos son únicamente la suma de procesos bioquímicos? Es posible que algún algoritmo pueda llegar a la conclusión de que las personas somos sustituibles… y de que nuestra sociedad no tiene por qué basarse necesariamente en los derechos humanos. Quizá avances científicos como la inteligencia artificial acaben cuestionando algunas de las cosas que hoy damos por sentadas.

¿Se siente preocupado por la democracia?

K.I. Hay sistemas políticos que no comparten nuestros valores, pero que funcionan muy bien en el plano económico. Por otro lado, en los últimos años no nos hemos comportado de una forma muy loable que digamos. Más bien hemos dado muestra de que podemos generar caos y división y de que tampoco somos especialmente buenos a la hora de cuidar del prójimo. Me preocupa la generación de mi hija Naomi, que tiene 28 años, y de mis futuros nietos. ¿Podrán disfrutar de una vida libre de temores, podrán disfrutar de libertad y bienestar? ¿O solo de la libertad de quejarse?

¿Cree usted que esta conversación que estamos manteniendo por Zoom está siendo grabada y controlada?

K.I. Pues es muy posible. Los modelos de negocio son diferentes, han cambiado desde los tiempos en los que las llamadas internacionales te costaban una fortuna. Ahora salen gratis, incluso podemos vernos mientras hablamos. Pero la factura que pagamos por este servicio, obviamente, se esconde en otro sitio. ¿Facilitando datos para el reconocimiento facial quizá o para la investigación de las emociones?

Usted se crio en una época relativamente libre de preocupaciones.

K.I. Sí, desde que tengo uso de razón parecía que todo iba evolucionando en la dirección correcta. Nos quejábamos de esto o de aquello, pero pensábamos que las cosas siempre iban a ir a mejor. El movimiento feminista, los movimientos contra el racismo y la homofobia eran buena prueba de ello. Pero ahora, cuando pienso en el brexit y en lo que ha ocurrido estos últimos años en Estados Unidos, tengo la sospecha de que había mucho de autocomplacencia. Cuando era joven, todos hablábamos de la ONU con respeto y confianza; hoy es objeto de burlas.

¿Sigue creyendo en el amor?

K.I. ¡Absolutamente! Un día, tendría unos 15 años, vi en televisión una charla entre la escritora Edna O’Brien y el cantante Charles Aznavour. Hablaron sobre qué era más doloroso, si estar enamorado o dejar de ser amado. Los dos pensaban lo mismo: estar enamorado. Me pareció una idea fascinante y la apunté para que no se me olvidara.

¿Y qué piensa hoy?

K.I. Anhelar el amor y no tenerlo, eso es lo peor. Pero me temo que no soy el más indicado para responder esa pregunta. Mi mayor dicha es poder compartir desde 1980 una relación muy feliz con Lorna, mi mujer. Cuando la gente habla de amor y de historias románticas, normalmente se refieren a la época en la que se conocieron y en la que se enamoraron. Y eso solo es el prólogo a la prehistoria de la relación. Es ahí donde empieza la verdadera historia.

¿Prolongaría su vida 100 años si fuese posible?

K.I. No quiero ser una novela breve, pero tampoco una de 1000 páginas. Prefiero ser una novela de 300 páginas entretenidas y de calidad. ¡Y con un final feliz!

Privadísimo

  • Ishiguro nació en Nagasaki en 1954, pero cuando tenía 5 años se trasladó a Inglaterra con sus padres. Su madre sobrevivió al ataque de la bomba atómica en 1945.
  • Su padre era científico, un oceanógrafo al que el Gobierno británico ofreció un trabajo, y la familia ya nunca volvió a Japón.
  • Cuando era pequeño, quería ser músico y empezó a estudiar piano, pero a los 12 años lo dejó. Más tarde ejerció como cantautor y sus grandes ídolos son Leonard Cohen y Bob Dylan.
  • Dos de sus novelas han sido llevadas acine. Lo que queda del día (con Anthony Hopkins y Emma Thompson) y Nunca me abandones (con Carey Mulligan y Keira Knightley).
  • Su mujer, Lorna, con la que está casado desde 1986, es trabajadora social y de ella dice que es su mayor crítica.

Por Dirk Van Verseendal/ Fotografía: Jonas Holthaus

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Charles Baudelaire, el poeta que pudo ver la belleza en el horror

Este viernes se cumplen 200 años de su nacimiento

El escritor francés, que transformó radicalmente la poesía con Las flores del mal, preservó hasta el final el derecho a ser contradictorio. Políticamente reaccionario, en su obra se atrevió a explorar lo profundo y lo inhóspito. Con ese "desorden de los sentidos" fue precursor de simbolistas, parnasianos, modernistas y de la vanguardia latinoamericana. 

 

El huérfano “maldito” murió a los 46 años en los brazos de su madre. Charles Baudelaire, el poeta francés que pudo ver la belleza en el horror y transformó radicalmente la poesía con Las flores del mal, preservó hasta el final el derecho a ser contradictorio. En el errático catálogo de incorrecciones, tanto ayer como hoy, se le puede adosar, con más o menos ligereza, las etiquetas de misógino, racista, obsceno, adicto, prostibulario, inmoral, reaccionario, antisemita... ¿Quién da más en esta subasta? A doscientos años de su nacimiento, nada se marchita en este poeta precursor de simbolistas, parnasianos, modernistas y de la vanguardia latinoamericana. Se atrevió a explorar lo profundo y lo inhóspito, lo miserable y cautivador de una manera que cambió para siempre la forma de mirar. Como ningún otro poeta abrió los ojos al abismo de nuestro tiempo.

Un siglo antes de que el peruano César Vallejo escribiera el poema “Los heraldos negros”, Baudelaire --que nació en París, el 9 de abril de 1821-- supo que hay golpes en la vida tan fuertes como la muerte de su padre Joseph-François Baudelaire en 1827, cuando tenía apenas cinco años. Su madre se volvió a casar con el coronel Jacques Aupick. Baudelaire siempre odió a su padrastro. Ese odio fue tan intenso que hay una versión que sustenta que la participación del joven poeta en la revolución de 1848, donde se lo vio armado en las barricadas del barrio latino, fue por el odio a su padrastro, quien como militar representaba la viva imagen de la burguesía conservadora de París. Uno de sus biógrafos, Mario Campaña, en Baudelaire, juegos sin triunfos plantea que la experiencia de la Segunda República en Francia fue un factor fundamental en la evolución de Baudelaire, que pasó del apoyo y participación a la desilusión terminal.

“El período revolucionario o más bien su pérfido desenlace (…) dejó en Baudelaire una amargura irremediable que el poeta rumió de muchos modos durante el resto de su vida –plantea Campaña-. Esas tristes enseñanzas se convertirán con el tiempo en la punta de lanza que abrirá el camino de su nuevo pensamiento político y social pues al final del período republicano él aprende que ni los obreros ni el pueblo merecen una soberanía que no supieron defender con la República”. No sólo con las armas se involucró el poeta. Junto a su amigo Charles Toubin y el crítico de arte Champfleury fundaron el efímero periódico revolucionario LeSalut Public, nombre que alude al Comité de la Salud Pública de la Revolución Francesa creado por Robespierre, personaje por que el Baudelaire sentía una especie de respeto reverencial.

El hombre agotado

Baudelaire admiraba a Marat, leía y traducía a Edgar Allan Poe, frecuentaba círculos socialistas y periódicos de vanguardia, asistía a reuniones políticas, dirigía cartas a Proudhon y se inscribía en la Sociedad Republicana del socialista libertario Auguste Blanqui. Pero Luis Napoleón, el presidente de la Segunda República, dio un golpe de Estado, que fue convalidado mediante un plebiscito por el que se proclamó la instauración del Segundo Imperio. El capitalismo transformaba la fisonomía de Francia y principalmente de París, que devino gran metrópoli. El poeta se sentió más paria que nunca de esta revolución industrial inexorable y dirigió sus críticas hacia la “religión” del progreso. En sus Diarios íntimos, publicados póstumamente, escribió: “Perdido en este mundo vil, atropellado por la multitud, soy como un hombre agotado, cuyo ojo no ve hacia atrás, en los profundos años, más que desengaño y amargura, y, hacia adelante, más que una tempestad sin nada nuevo, sin enseñanzas ni dolor”.

El poeta francés fue definido como “el Dante de una época decadente, un Dante ateo y moderno, un Dante que vino después de Voltaire, en un tiempo que no tendrá nunca un Santo Tomás” por Barbey d’Aurevilly. Baudelaire es el flâneur, el paseante, el hombre culto que observa los cambios, un nostálgico que es testigo de cómo el arte tradicional no puede competir con la nueva modernidad de las ciudades. Conocía los bajos fondos parisinos como la palma de su mano. Recorría los prostíbulos como quien pasea de un cuarto a otro en una casa amplia y se encontraba con sus amigos Théophile Gautier y Gérard de Nerval en el club de fumadores de hachís. Su experimentación con las drogas está condensada en los ensayos de Los paraísos artificiales(1860). También publicó poesía en prosa, El spleen de París (1862).

Hacía casi una década que corregía los poemas que había empezado a escribir en 1840; se jugaba la vida en busca de la palabra perfecta de la que sería la gran obra de su vida. Las flores del mal, publicada en junio de 1857, es el libro que funda el poema en prosa. En uno de los borradores de un prefacio de esa primera edición, el poeta declaraba que había querido “extraer la belleza del mal”. Baudelaire es el último que apaga la luz del romanticismo y encarna el nacimiento del modernismo. Para T.S. Eliot fue “el primer ejemplo de poesía moderno en todas las lenguas”. De Baudelaire nacen Rimbaud y Verlaine, pero además Mallarmé, Apollinaire y el mismo Eliot. Las autoridades del segundo Imperio pronto detectaron el poder subversivo de su poesía. El destino de su obra se definió en la justicia.

En el juicio por transgredir la moral el procurador Ernest Pinard dijo: “Su principio consiste en pintarlo todo, en ponerlo todo al desnudo. Baudelaire escudriñará la naturaleza humana en sus pliegues más íntimos, utilizando, para hacerla visible, tonos vigorosos y penetrantes, exagerando sobre todo en su lado repugnante, aumentándola desmesuradamente, con el fin de crear la impresión y la sensación en el lector”. El tribunal condenó al poeta francés con una multa de trescientos francos, una cifra exorbitante para alguien que sobrevivía a duras penas, y ordenó la supresión de seis de los poemas del volumen: “Las joyas”, “El Leteo”, “A la que es demasiado alegre”, “Mujeres condenadas”, “Lesbos” y “Las metamorfosis del vampiro”.

Hoy se habla de “cultura de la cancelación”, pero en el siglo XIX no se cancelaba directamente al artista, sino que era enjuiciado por el contenido de su obra, como pasó con Las flores del mal y Madame Bovary. ¿Se podría pensar a Baudelaire como el primer poeta moderno cancelado? “Es muy buena la pregunta porque permite un contrapunto interesante con el presente”, dice la doctora en Letras Magdalena Cámpora, investigadora del Conicet. “En realidad el juicio a Baudelaire asentó su prestigio entre sus pares: hacia adentro, y en los años posteriores, la condena por ultraje a la moral pública legitimó a Baudelaire como maestro; son Las Flores impresas en papel biblia en Huysmans, ‘Baudelaire rey de los poetas un verdadero dios’ para Rimbaud. Sí fue castigado en términos económicos y sociales, y con mucho sufrimiento personal –recuerda Cámpora-. La condena penal de 1857 se funda en dos circunstancias. La primera es la creencia muy fuerte, por parte del Ministerio público, en el poder disolvente de la poesía, en su potencia: en esto, los censores de Napoleón III eran buenos lectores y la poesía ocupaba un lugar en la esfera pública que hoy ya no ocupa. Además había una colusión entre discurso crítico y discurso legal de efectos duraderos (la casación de la condena a Las Flores se da recién en 1949). La segunda circunstancia es la asimilación monolítica entre autor y obra, que va en dos sentidos: la idea según la cual una obra que inquieta indica una falla, una corrupción en el autor, y su reverso: las fallas de un autor en la vida real invalidarían su obra, la corromperían, se reflejarían en ella. A Flaubert, en febrero, el fiscal Pinard le reprocha que a su narrador no se le entiende qué piensa del adulterio de Emma Bovary (y tiene razón, no se entiende: es uno de los efectos geniales del discurso indirecto libre), y que eso pone en duda la moralidad del novelista. Y a Baudelaire, en agosto, ese mismo fiscal le dice que es un pobre enfermo de nervios frágiles, y que esa fragilidad explica los desbordes ‘criminales’ de sus poemas. Esa es una de las limitaciones de la asimilación entre autor y obra: en los dos casos, la condena ignora la mediación estética de la forma”.

Desorden de los sentidos

El poeta y traductor Jorge Fondebrider –que en 2014 tradujo, prologó y anotó una edición de Madame Bovary- advierte que tanto la novela de Flaubert como Las flores el mal, ambas publicadas en 1857, aparecieron durante el gobierno de Napoleón III, “un emperador burgués que gobernó para la burguesía, clase que hasta el día de hoy sabe de dinero, pero no de arte, al que entonces se asimilaba a la idea de entretenimiento (el vaudeville, las operetas, la pintura decorativa, los folletines livianos)”. “Baudelaire no ofreció nada de esto. Más bien, buscó demostrar que aquello despreciado por los burgueses era susceptible de ser artístico, aunque no entretuviera –aclara Fondebrider-. Tuvo la mala suerte de no tener los contactos sociales que tuvo Flaubert y de carecer del dinero necesario para pagarse un buen abogado. Flaubert fue absuelto. Baudelaire, condenado y su obra censurada por obscena”.

Para Cámpora la recepción de Baudelaire en la Argentina es sintomática de los modos de circulación de la alta cultura. “Sus libros se traducen tarde al castellano (en 1905, desde Madrid: Eduardo Marquina, Las Flores del mal; Eusebio Heras, El spleen de París) y además está marcado por el azufre de la condena por ultraje a la moral pública en 1857 –precisa la investigadora-. A Baudelaire en principio lo leen en la Argentina quienes pueden elegir qué leer, y quienes saben francés y pueden obtener esos libros extranjeros, porque los compran en París o en las librerías del centro. Victoria Ocampo cuenta cómo leía a Poe en versión de Baudelaire (a la luz de una vela que me obligaban a apagar en el momento menos oportuno (…) un olor de alfalfa y de trébol entraba por la ventana’). En la vereda de enfrente Silvio Astier roba Las flores en traducción de Marquina de una biblioteca escolar, mientras Arlt hace suyo aquel ‘socrático demonio, que recitaba continuamente a mis oídos, las desoladoras estrofas de sus Flores del mal’. La democratización viene con los modernistas, que traducen parcialmente a Baudelaire en el fin de siglo y al hacerlo su maestro y guía lo arrastran en su popularidad: en los años veinte y treinta, Las Flores del mal aparecen masivamente, como Azul, en la colección Los Poetas de Claridad y en Tor. Luego vienen la traducción de Nydia Lamarque, que es interesante por el diálogo con la generación romántica de 1940; la de Ulyses Petit de Murat, en prosa; la de Américo Cristófalo, en un verso libre que actualiza un tono, quizás una violencia, que nos quedan más cerca”.

Fondebrider compara dos escritores cruciales del siglo XIX. “Flaubert creó la novela contemporánea y Baudelaire, la poesía. Sobre esto último hay que considerar que fue quien introdujo el célebre ‘desorden de los sentidos’ y la ciudad moderna, con su hipotética fealdad respecto del mundo natural, como nuevo modelo de belleza. En todo el mundo, y también en la Argentina, esos dos aspectos fueron las guías de lectura de esa poesía. Dado que la poesía escrita en el país fue francófona desde Lugones en adelante (Lunario sentimental, inspirado en Jules Laforgue), Baudelaire ejerció una gran influencia en muchos poetas: en algunos, propiciando la figura del ‘poeta maldito’; en otros --y creo que ahí está su influencia más fecunda--, la idea de la ciudad y lo que en ella ocurre como ámbito de la poesía. Eso se puede leer, por ejemplo, en Raúl González Tuñón, en Horacio Rega Molina, en Nicolás Olivari, pero la lista es muy larga. Creo que quien mejor lo tradujo en nuestro país fue Raúl Gustavo Aguirre”.

Américo Cristófalo, decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, tradujo Las flores del mal para la editorial Colihue, que la publicó en una edición bilingüe en 2006. “La figura del poeta que aparece en Las flores del mal es la del poeta que pierde la aureola y tiene una fuertísima penetración cómica, por ejemplo en el poema ‘El albatros’. El poeta pasa a ser un personaje que de volar muy alto cae repentinamente en la cubierta de un barco y es objeto de burla generalizada de todos los tripulantes. La imagen del poeta no es la del que sobrevuela los cielos de la palabra y de la verdad poética, sino que está caído. Esa imagen de comicidad caída del poeta tiene alguna presencia muy nítida en las construcciones de la comicidad de Leónidas Lamborghini”, propone Cristófalo. “Yo me acerqué con una hipótesis de traducción: poner en cuestión la vinculación de Baudelaire con la tradición poética del modernismo. En esa tradición el poeta sigue ocupando un lugar grandioso y me parece que esa no es una buena estrategia de lectura de Las flores del mal porque los poemas avanzan en un sentido prosaico, sobre todo si uno atiende a la fuerza que tiene el encabalgamiento de los versos de los poemas, que van conduciendo de uno a otro, como si no pudieran leerse como versos de sentido autónomo; el verso deja de constituir una unidad para pasar a ser una continuidad con lo que sigue. Los poemas hay que leerlos como piezas de prosa en su horizontalidad continua. Eso me llevó a traducir en verso libre, sin rima, sin un metro definido, y con el subrayado de prestar atención a la sintaxis del sentido”. El gran profanador -el poeta que produjo "un estremecimiento nuevo"- envejece cada vez mejor.

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