Jueves, 28 Abril 2016 14:30

¡Hola, soy chaquespeare!

¡Hola, soy chaquespeare!

¿Cuál es el papel de la Feria del Libro? ¿Cuál es el papel del escritor? La segunda pregunta tiene múltiples respuestas que implican la subjetividad de cada persona, aunque pueden reunirse afirmaciones como: “el escritor debe entretener”, “estimular nuestra imaginación”, “el escritor debe denunciar” o, incluso, todo lo anterior. En parte considero que el escritor debe ser sincero y crítico con la realidad que lo envuelve al momento de generar un texto de cualquier tipo; y aunque dejo de lado muchas respuestas que podrían dar respuesta a esa segunda pregunta hay una realidad: en Colombia no somos consumidores consientes y mucho menos de libros.

 

En un estudio realizado por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe –Cerlalc– tomaron a seis países de Latinoamérica, incluida Colombia, y concluyeron que el nuestro es el país donde menos se lee (el estudio se reflejó en la página web de Portafolio), confirmando otro estudio mostrado en eltiempo.com en el cual se afirma que la mitad de la gente que no lee (55,9%), evita este buen habito porque simplemente no les gusta o no les interesa; otras personas argumentan que no tienen tiempo y otras que prefieren las revistas a los libros, dejando claro que para no leer hay muchas excusas y poco agrado.


¿Debe entonces el escritor hacer más llamativa, más interesantes, sus narraciones para que más gente lo lea? La pregunta es insultante desde el punto de vista de un escritor joven y nuevo, pero desde el punto de vista de grandes maestros creo que la pregunta sería llevada a la hoguera o se dejaría marchitar en una esquina sombría ignorándola, pues no vale la pena contestarla. Con maestros como Lewis Carrol, Borges, Bioy Casares, Bécquer, Dickens, Hemingway, Doyle, ‘Gabo’, Rulfo, Nabokov, Kafka, Ortega y Gasset (que es una sola persona), Tolstoi, Twain, Bolaño y la lista continua... decir que la literatura no es entretenida solo muestra el bajo interés que se tiene por la palabra escrita. Las narraciones, los libros, largos o cortos, con o sin dibujitos son narraciones entretenidas. Incluso para los que no pueden concebir las narraciones sin su correspondiente dibujo se les podrían recomendar novelas gráficas y narraciones como carta a un rey de Tonke Dragt (que por cierto es de los Países Bajos el país invitado a esta feria) o El principito; y en cuanto a novelas gráficas Maus o V for Vendetta hablando de algunas populares e incluso unas menos populares como El fotógrafo o la obra de Joe Sacco que suelen, además de ser muy entretenidas, también muy interesantes porque abordan distintos temas de manera crítica.


Si es así, si hay tanta variedad, ¿por qué a la gente no le gusta leer? Como dije anteriormente hay un mundo de lecturas para que las personas puedan escoger, lecturas que van de la izquierda a la derecha, de la inmensidad de las nubes –pasando por el reino de los cielos– deteniéndose en la tierra y en las cosas más mundanas e inmundas (según gustos) y llegando al averno, para colarnos de alguna forma al infierno. Literatura que va desde la realidad más cruda hasta la inagotable fantasía y aun así la gente se alza diciendo que no tiene tiempo para la lectura o que prefiere las revistas a los libros (evidentemente Soho le gana la partida a Lost Girls). Pues bien, si este es un país de no lectores y de doctores falsos, ¿por qué se vendieron la totalidad de las entradas a la Feria del Libro en Bogotá el día que vino el youtuber Germán?


Teniendo en cuenta ese mar de libros, algunos muy valiosos y otros sin ningún valor en absoluto, no es de extrañar que un youtuber publique un libro (si no nos asombramos por el libro de poemas del Ilustre Roy Barrera llamado Que la paz sea contigo, y que es tan malo para el verso como el autor para la politica) pero sí debemos preguntarnos, ¿por qué la gente prefiere un libro de un youtuber al de un escritor? Este interrogante está evidentemente relacionado con la pregunta que abre este escrito, ¿cuál es el papel o la función de la Feria del Libro?


Antes de contestar debemos tener en cuenta que hay una nueva era en que las redes sociales no sólo son un espacio para conectarnos y para dar nuestras opiniones sino también para volvernos más populares. La cajita estupidizadora llamada televisión, la cual le imponía sus contenidos a la tele-audiencia, ha dado un paso al costado en pro de las nuevas tecnología que ahora nos permiten, como usuarios, elegir que queremos ver, que queremos consumir, y seguimos prefiriendo entretenimiento estilo hamburguesa de Mc Donalds, a esas cosas desabridas y sin sabor que en verdad nos alimentan (seguimos eligiendo los dulces de la tienda a las sopas de mamá) y YouTube es una plataforma que muchos usamos –al igual que Facebook o Twitter– para entretenernos, comunicarnos, informarnos e incluso, como lo hace el youtuber, para ganar dinero y fama.


Ahora bien, la Feria del Libro no es tan solo un espacio cultural en donde podemos encontrar cosas como países invitados, los cuales nos enseñaran algo de su historia, de sus costumbres y su cultura; o espacios de discusión donde se promueven lectura y distintas formas de escritura como algo necesario para el desarrollo personal y social. No, por desgracia la Feria no es solo ese espacio cultural, la Feria también es un espacio de comercio en donde además de la lectura se promociona la industria editorial. Industria que promueve los libros bajo un enunciado mercantilista básico: ¡lo importante es vender!, muchas veces no interesa si hay o no un contenido de fondo en el libro, lo importante es que haya un comprador que desee tenerlo y ¿acaso se debe juzgar a un youtuber por querer escribir un libro y por querer venderlo? O ¿más bien se debería señalar a la industria editorial por vender lo que vende? Tal vez debamos señalar a esas grandes empresas por vender la basura que venden, sin embargo es momento de que el colombiano promedio se vea al ombligo (ese que en muchos casos cuelga por causa del sedentarismo y la ingesta inadecuada) y se percate de que muchas empresas venden ese tipo de productos porque esas personas que no leen están dispuestos a aceptarlos, porque no tienen una opinión crítica ni una educación para saber qué consumir.


Me parece que no es justo invalidar un texto de un youtuber solo porque este lo escribió, sin embargo yo haría dos precisiones: la primera es que la gente que lo compró no sabe de qué se trata el libro, aunque saben al menos que significa el nombre del libro Chupa el perro (y no se asombren pero así se llama y es uno de los libros más vendidos en esta edición de la Feria); y la segunda es que buscando en internet uno puede encontrarse con que el youtuber, por medio de un video, invita a comprar el libro y dice que es una mezcla entre libro y revista, muestra que en el interior del libro hay fotos del autor, lee los agradecimientos y básicamente afirma que solo sus seguidores lo podrán entender. También en un artículo del portal Shock dicen que “la intención [del autor] es dar respuesta a problemáticas sobre las confusiones de la adolescencia”. No sé qué tan capacitado esté el youtuber para dar respuestas a ese tipo de problemáticas, y no sé si la cantidad de personas que fueron a Corferias tenían ese tipo confusiones de adolescentes, supongo desde mi profunda ignorancia que muchas de las personas que conforman ese 55 por ciento acudieron a ver no al autor de un libro sino a su ídolo de YouTube. Y queda claro que fue gracias a la popularidad del youtuber que vendió, y en grandes cantidades, ese libro que en una traducción libre al inglés se llamaría Blowdog.


Como ven mi intención no es señalar al youtuber, sino a los fanáticos y a las editoriales. Es obvio que las editoriales vieron en la popularidad del youtuber una oportunidad de agrandar más sus arcas, y digo agrandar porque es la editorial Alfaragua la que decidió darle vida al libro y esto fue aprovechado tanto por ellos como por el autor, para cumplir con ese fin de vender y de ganar mucho dinero. Y es muy triste entender que hay gente que no lee porque no le gusta o que prefiere leer revistas o que simplemente no tiene tiempo para leer (porque siempre es preferible dormir en el bus que leer allí, y si no me creen pregúntenle al oftalmólogo o al optómetra) y es terrible imaginarse a mucha de esa gente (muchos de esos niños con padres que seguramente leerán menos que sus hijos) haciendo filas interminables para ir a ver a su ídolo de internet y para leer un libro que muy probablemente no entre a la historia como uno de los mejores y sí como uno de los más vendidos de la Filbo 2016.


Hay quienes consideramos a la Feria un lugar en donde deben ir buenos escritores con buenos libros, un lugar donde la cultura prime sobre el comercio, y no recibimos un amable despertar por parte de un muchacho que gracias a su popularidad en las redes movió a sus fanáticos y les vendió lo que les vendió (como algún periodista lo afirmo). Contrario a eso, la gente que se preocupa por leer y que va a la Feria para encontrar libros a precios bajos o algún libro que no ha podido encontrar en las librerías o en las bibliotecas; libros que los entretengan o los hagan reflexionar, pudo darse cuenta de dos cosas: 1-. que los libros que se ofertan en ese lugar también pueden encontrarse en las librerías locales y al mismo precio, es decir que es muy difícil encontrar en la Feria algún tipo de descuento o de promoción por el que valga la pena pagar la entrada y, 2-. la verdad es que, contrario a lo que dijo el periodista, recibimos un amargo despertar en donde nos hemos dado cuenta de que las personas de este país no saben que le meten a sus cuerpos y compran lo que compran porque está de moda.


Realidad de apuño que bofetea a muchos y muchas, precisamente cuando se cumplen 4 siglos de conmemoración de Shakespeare y de Cervantes (quienes murieron, según calendario gregoriano, en 1616). Y en Colombia se prefiere leer a un youtuber que a estos grandes autores. Posiblemente para que a estos dos grandes los tuvieran en cuenta en un buen horario y en un buen lugar de la Feria les hubiese tocado anunciarse por Facebook, Twitter y hacer unos cuantos videos en YouTube, y aun así nada es seguro, porque un canal en YouTube llamado Hola, soy Shakespeare (que seguramente muchos leerían como chaquespeare) y otro canal llamado Hola, soy Cervantes (un mocho que si no hace de doña Cleofe no tendría mucha gracia en este país) nunca serán tan populares como el del youtuber German.

 

Por John Rodríguez
Filósofo UNAL

Publicado enColombia
Jueves, 28 Abril 2016 14:03

Novela, historia, memoria y ficción

 

                   

      

           

 

 

 

 

Lunes, 25 Abril 2016 15:04

La guerra de los mil olvidos

La guerra de los mil olvidos

Más de cien mil muertos en una guerra que duró cerca de cuatro años. Madres sin hijos, huérfanos, viudas, hermanos sin hermanos, tierras sin hombres, frutos cayendo podridos sobre una tierra infértil luego de tanta sangre derramada, pueblos inhóspitos donde arreció el olvido como un temporal, destierro, hambre y pobreza. Campesinos, indígenas y pobres quienes más perecieron en batalla. Y ¿a costa de quién murieron tantas personas, tantos colombianos? A costa del odio intrincado entre políticos de dos bandos que querían el poder a como diera lugar. Uno de ellos: retenedores del poderío a partir del fraude, la fuerza y la religión; el otro: librepensadores que deseaban romper con la cadena que ataba al país a la pobreza e ignorancia.

Este triste fragmento de la historia colombiana ha sido llamado La Guerra de los mil días, aunque por su época se conoció como la Guerra de Uribe, haciendo referencia al General liberal Rafael Uribe Uribe quien defendió a sus huestes con su propia sangre, especialmente en el enfrentamiento que tuvo lugar sobre el río Peralonso donde el General atravesó los maderos desvencijados del puente y de la mano del capitán Zuleta y otros diez temerarios soldados, logró tomar posesión de las trincheras en las que se encontraba apostado el ejército gobiernista que no tuvo oportunidad de reaccionar al observar el heroísmo de sus enemigos.

Lo más extraño es que este acontecimiento ocurrido hace ya más de un siglo, parece una copia demasiado antigua y olvidada de los atropellos a los que se ven sometidos hoy día muchos de los campesinos y pobres de nuestro país. Y al leer sobre dichos eventos catastróficos, como la relatada en la batalla de Palonegro donde se enfrentaron cerca de veinticinco mil combatientes y murieron algo más de quince mil (por supuesto la gran mayoría pobres sin esperanzas) queda absolutamente claro que Colombia ha viajado por una carretera en ruinas donde siempre se ha tropezado con las mismas dos piedras, una de ellas representada en la avaricia de los políticos de todos los tiempos que desean a como dé lugar retener el poder y como “buenos” políticos son cobardes que envían a sus seguidores a matar y a morir en los campos de batalla para que defiendan una serie de ideas ególatras y narcisas; y la otra piedra es el desconocimiento que tenemos los colombianos de nuestra historia, ignorancia que nos arroja al abismo del odio por el otro que es distinto y a elegir a los mismos para que nos dirijan y para que sigan endilgando sus rencores.

Sin embargo, debo reconocer que al inicio de las lecturas sobre la Guerra de los Mil Días me sentí fascinado intentando imaginar cómo el desgobierno obligó a los más pobres y a los campesinos a pelear en su ejército; cómo los insurrectos liberales pelearon con armas exhumadas de las guerras pasadas y hasta con palos y piedras; cómo las mujeres y los niños siempre estaban en medio del fuego cruzado recogiendo las cápsulas de las balas para venderlas luego; cómo las batallas se dieron de forma desorganizada pues los rebeldes no hacían caso a sus comandantes y los soldados del ejército gobiernista debían ir amarrados y en fila para luchar; cómo los políticos en Bogotá se regodeaban en sus salones y muertos de la risa mientras los demás se mataban en el campo; cómo la valentía de sus combatientes (claro ejemplo del general Rafael Uribe Uribe en la batalla de Peralonso) y de algunos soldados rayaba con el desapego a la vida y cómo la sevicia inimaginable, la valentía o la estupidez fueron características principales en batallas como la de Palonegro.

Muchos de esos acontecimientos me marcaron y me hicieron reflexionar a propósito de la situación actual del país que en nada se diferencia con la de esa época, pero aquella batalla de Palonegro, ya citada, fue la que más me desconcertó y la que determinó la coartada para que me decidiera a escribir la novela Rifles bajo la lluvia, editada bajo el sello Desde Abajo.

En libros como La guerra de los mil días de Aída Martínez Carreño, La guerra de los mil días de Jorge Villegas y José Yunis, Memorias de la guerra de los mil días de Lucas Caballero, en la biografía El general Uribe de Rafael Serrano Camargo, Historia militar de Colombia de Jorge Martínez Landínez (en el cual hay unas reproducciones bellísimas de los croquis de batalla de algunos generales gobiernistas) y en Palonegro de Henrique Arboleda Cortés, se da cuenta de los horrores que se vivieron en dicha batalla que inició el día 11 de mayo de 1900 hasta el día 25 del mismo mes en proximidades a las casas de Palonegro (donde actualmente queda ubicado el aeropuerto de Bucaramanga), por el camino de los Chorizos que se bifurcaba en otros cuatro caminos: Los Chorizos al norte, la mesa de los Puyanas al occidente, Lebrija al sudoeste y el Boquerón al sur, donde quedaron diseminados los cuerpos de los combatientes como amapolas cadavéricas.

Lo más extraño de esta batalla fueron los pormenores de los que me fui enterando entretanto avanzaba en mis lecturas. Al inicio los dos ejércitos se enfrentaron fieros por el control de la zona y el aniquilamiento del enemigo, pero con el paso de los días, de las noches insomnes y debido a las altas temperaturas registradas en dicha geografía, los ejércitos se fueron mermando, las fuerzas iban desapareciendo y el espanto acumulando. Los miles de soldados caídos en batalla no eran recogidos para darles sepultura y los olores fétidos que emanaban desesperaron a los sobrevivientes que dicen duraron meses circundando la zona, hedores que por lo demás jamás pudieron olvidar. El miedo había entrado en los huesos de las tropas a lo que los generales debían suministrar aguardiente mezclado con pólvora para que se envalentonaran. Y era ya tanto el plomo que se habían dado que los últimos días de la guerra los soldados no podían ver más allá de cinco metros de sus narices porque las implosiones de la pólvora no se los permitía, además por el cansancio ya ningún soldado sabía a qué bando pertenecía, no recordaban si estaban vivos en medio de un infierno o si ya estaban muertos y de eso se trataba la expurga de sus pecados; pero lo que sí sabían con certeza era que todos habían perdido. Esto quiere decir que los únicos que se enorgullecieron con esta catástrofe fueron los generales que registraron la batalla desde las cimas de las montañas y daban órdenes y los políticos en el país, que se jactaban de la fuerza de sus tropas.

Y esta batalla también la perdió el general Uribe Uribe, el amigo del gran poeta Silva; el General a quien el expresidente Caro engañó otorgándole un salvoconducto de paz pero que de igual forma ordenó apresarlo en la Costa Atlántica, en el río Magdalena, en cercanías de Mompox; General que vio morir a su padre al final de dicha travesía tras rescatarlo de la cárcel; el mismo General errante que debió huir en cientos de ocasiones para librarse de la muerte, abandonando a su esposa Tulia y a sus hijos; aquel fatídico General que no ganó una sola guerra y que inmortalizó Gabriel García Márquez con el nombre del coronel Aureliano Buendía; el triste y bizarro General que tuvo la valentía de cruzar el puente del río Peralonso a pesar de que en la otra orilla lo estaba esperando apostado el ejército enemigo siendo tal su demostración de valor que los hizo recular y retirar; el General poeta que envalentonaba a sus seguidores a partir de su discurso lleno de flores y de balas. Pero para la historia viva de nuestro país no queda nada de esto, tampoco la valentía de los miles de soldados que pelearon por conducción ajena e intereses personales de los mismos todopoderosos de siempre, en aquella guerra que se llamó de los Mil Días pero que para nuestra historia reciente debiera llamarse La guerra de los Mil Olvidos.

De esta forma, el eterno retorno de nuestra historia ha causado el enriquecimiento del poderoso y el debilitamiento del menos favorecido, es por esto que me aterra cuando cientos o miles de colombianos piden aniquilar por medio de las armas al enemigo sin llegar a imaginar que ya hartos están nuestros campos de tanta barbarie. Así que, la guerra que se dio en 1899 y la que se da hoy, es de todos los tiempos, es un relato que se repite y que pareciera, lo lleváramos asido a nuestro ser para seguir reproduciéndolo sin ser advertido.

 

Libro relacionado

Rifles bajo la lluvia

Ediciones desdeabajo, abril 2016

Publicado enEdición Nº223
Lunes, 25 Abril 2016 15:02

Franskentein, el moderno Prometeo

Franskentein, el moderno Prometeo

Doscientos años después de ser escrita (1816), Frankenstein, el moderno Prometeo, la obra de Mary Shelley, sigue en la galería de las inmortales de la imaginería popular.

De ella han dicho que es gótica, que representa el inicio de la ciencia ficción, fundadora de la literatura fantástica y de horror, o también no apta para niños. Una obra sobre la cual han realizado análisis psicológicos, psiquiátricos, psicoanalíticos, socio-lingüísticos, metafóricos.

 

Progenitores

 

Mary Shelley, era hija de dos intelectuales de la época: su madre, la siempre recordada Mary Wollstencraft, quien en su libro “La vindicación de los derechos de los hombres”, polemizo con Burke sobre los derechos sociales, mujer activa recordada como una de las primeras feministas, autora del primer libro sobre el tema: la “Vindicación de la mujer”. Su padre fue el escritor y filósofo anarquista William Godwin, autor de “ Investigación acerca de la justicia política”. Tal vez fue una hija no deseada, la madre murió después del parto y el padre nunca la quiso. Ella siempre llevó el apellido de su madre, no el de su padre, pero la obra se la dedicó al padre.

 

El origen de la obra

 

Cuando Mary tenía diecinueve años viajó por Europa con su pareja, el poeta Percey Shelley; en realidad huyó de la casa de su padre para casarse, lo que no sucedió sino años más tarde, viaje apresurado y presionado por su novio, que ya estaba casado, y expulsado de Oxford por ateo. En su periplo hicieron una parada en Ginebra, en específico en la Villa Diodati, a orillas del lago Ginebra; la razón fue que Claire Clarmon, hermanastra de Mary, había quedado embarazada tras un fugaz romance con el poeta Lord Byron. La visita era para dirimir el asunto. Byron llegó con su médico personal el Dr. John Polidori. Era una reunión de románticos.

Los cinco personajes tuvieron que pasar varias noches oscuras y tormentosas encerrados, discutiendo sobre ciencia y ocultismo y leyendo una colección de cuentos alemanes sobre fantasmas. Una de las discusiones giró en torno a la muerte y la vida, de si era posible que un ser humano fuese capaz de crear vida de manera artificial, debate que puso el poeta Shelley, aficionado a la alquimia e interesado en el conocimiento primordial, al que el doctor Polidori respondió con los últimos avances de la ciencia sobre el galvanismo, o la importancia del magnetismo en los seres vivos.

En medio de la discusión el poeta Byron propuso una apuesta: escribir un texto de horror mientras estaban de visita, a lo que los cinco respondieron con sus respectivos textos. Es muy probable que los contertulios no se imaginaran que ese ejercicio literario los llevaría a crear el género fantástico en la literatura.

El doctor Polidori escribió el primer tema que se conoce sobre vampiros, titulado Vampiro, y lo mismo hizo Byron pero sin éxito, mientras Mary escribió un cuento de horror llamado Frankenstein, después de una noche en que se soñó con una criatura anormal y creada por fuera de las leyes conocidas de la ciencia.

 

¿Quién fue Frankenstein?

 

El relato cuenta la historia de un estudiante de medicina, Víctor Frankenstein, en la universidad de Ingolstadt quien estaba obsesionado por conocer los secretos del cielo y la tierra y desentrañar el misterio del alma humana. Para ello crea un cuerpo a partir de la unión de varias partes de cadáveres diseccionados. El experimento tiene su culmen en el momento en que Víctor infunde una chispa de vida al monstruo por medio de la electricidad, cuerpo que mide 2,44 metros de alto. Pero en realidad Víctor intentó darle al monstruo parte de su vitalidad y al fallar usó la electricidad. Víctor se asusta y huye del laboratorio, El monstruo huye y es despreciado por la gente, lo que le despierta odio y venganza. Se encuentran después y el monstruo le cuenta como aprendió a hablar viendo a una familia, a pensar y reflexionar, comprende que necesita una compañera y le pide a Víctor que la cree igual que hizo con él. Víctor trabaja en la creación de la mujer monstruo pero se arrepiente y la destruye, a lo que la criatura se venga matando a los más cercanos amigos de su creador. Muere primero Víctor y el monstruo se supone preparó una pira para prenderse fuego y morir alejado del mundo que lo desprecio.

 

Origen del nombre

 

El titulo completo es Frankenstein o el moderno Prometeo. La llaman Prometeo por referencia al Prometeo de Esquilo, el mito griego del dador del fuego a los humanos, el creador del hombre a partir de la arcilla. Para la caracterización del monstruo Mary también tomño como referencia el Satán del “Paraíso perdido” de John Milton.

En la novela no le dan al monstruo el nombre de Frankenstein, lo nombran como la “criatura”, “ser demoniaco” “engendro”, “horrendo huésped”, corresponde a la cultura popular haberlo bautizado como Frankenstein, pues al final de cuentas era el hijo artificial de Víctor Frankenstein.

Se considera que el personaje Víctor hace referencia a un científico que tuvo existencia real, Andrew Crosse, quien experimentó con cadáveres y electricidad y aseguró revivir perros, y que lo hizo con humanos a partir de lo que llamó “electro-cristalización” de materia inanimada. Fue catalogado de anticientífico, demoniaco, sus propiedades fueron exorcizadas, así como sus equipos y hasta su mismo ser; la presión de la época lo llevó a que sufriera una parálisis; al morir fueron quemados sus archivos, laboratorio y propiedades, así que sus descubrimientos sobre crear vida quedaron ocultos. Los Shelley lo conocieron y asistieron a sus conferencias.
Algunos historiadores hacen referencia a la similitud del nombre de la novela de Mary Shelley con el apellido del científico alemán Von Frankenau, el fundador de la Palingenésica o ciencia de los sucesivos renacimientos a partir de cenizas de plantas y animales, en la que cultivaban microorganismos por medio de los cuales se supone creaban vida. Otros dicen que el nombre hace referencia a una población hoy localizada en Polonia, o que se refirió al castillo donde el alquimista Johan Dippel se dice hizo experimentos con cuerpos humanos y que Mary conoció.

Algunos sostienen que la elección de la universidad Bávara de Ingolstadt se refiere a que en esa población fue fundada la sociedad secreta los Iluminati, de la que su esposo Percey era miembro.

 

Ciencia y ocultismo

 

El padre de Mary era aficionado a las ciencias ocultas, en especial conocía los escritos de Paracelso y sus experimentos sobre el Homúnculos, un ser diminuto creado en una vasija de cristal, a partir de la sangre mezclada con otros elementos; también fue lector de Alberto Magno, el alquimista. También estuvo al tanto de los avances de la ciencia moderna. Percey Shelley era aficionado a la alquimia y conocedor de los avances de la física y la química. La biblioteca de Víctor Frankenstein era la misma del papá de Mary. En sus diarios Mary relata como su recorrido por Europa tuvo que ver con investigar sobre la ciencia moderna y buscar a las organizaciones secretas ocultistas que proponían una concepción del mundo diferente a la ciencia oficial.

Mary Shelley era conocedora de las teorías de Luis Galván sobre el magnetismo animal, las teorías sobre la resurrección de humanos y animales por medio de la electricidad, los experimentos de Erasmo Darwin sobre resurrecciones de animales, y conoció los debates sobre los robos de cadáveres para experimentos. Leyó a Goethe, Milton y Plutarco, a Cornelio Agripa, Giordano Bruno y al Conde de Volney, los mismos que leyó su personaje Víctor Frankenstein antes de ingresar a la universidad.

El tiempo en que ella vive es considerada como la gran época de las investigaciones sobre el sueño, el ensueño, el inconsciente, el conocimiento intuitivo, como opuesto al positivista, y de conocer la religión pagana. Fue la época donde la sangre, el sexo y la electricidad estuvieron en el centro de la discusión. Y al mismo tiempo la lucha por las reivindicaciones sociales y políticas favorables a las mayorías.

No olvidemos que el siglo XVII fue el de las posesiones, el XVIII el del racionalismo y el XIX el de la la mezcla de ciencia moderna, magia, y religión, no en vano se crearon en ese siglo tres clásicos del horror: Frankenstein de Mary Shelley, 1816, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, 1886, y Drácula de Bran Stocker, 1897.

Publicado enEdición Nº223
Domingo, 24 Abril 2016 06:40

Una vida quijotesca

Una vida quijotesca

Le bautizaron en octubre de 1547 en Alcalá de Henares, sin que haya constancia del día de su nacimiento.


Navegó el Mediterráneo y saboreó las hieles de las cárceles otomanas.


Caminó la Mancha y disfrutó de las mieles de las aventuras en la piel de su personaje más universal.

Murió en Madrid, empobrecido y sin ser todo lo reconocido en vida que hubiera merecido.


Tal día como hoy de hace cuatrocientos años se iba de este mundo, tras una vida quijotesca, uno de los padres de la literatura en lengua castellana. Moría Miguel de Cervantes Saavedra, el “manco de Lepanto”.


Nos dejaba la compañía de su alter ego, Alonso Quijano, uno de “sus hijos literarios”, que fueron y son muchos. Pero, sobre todo, nos regalaba la herencia del antihéroe de las novelas de caballerías, del hombre que luchaba contra lo que fuera con tal de defender lo que creía justo y salvaguardar la honra y el buen nombre de su amada.


Acompañado de la conciencia y la sensatez en la figura de su fiel escudero, don Quijote de la Mancha ha significado y significa la honradez y la defensa de las causas perdidas, la locura más cuerda y la cordura más loca.


Por eso eran, tanto Cervantes como Quijote, demócratas de izquierdas, tal como alguna vez lo señaló Germán Arciniegas. Porque se apartaban de lo que dictaban la razón y el juicio (definición de “izquierdear”).


No sabemos si Cervantes fue quijotesco o Quijote cervantino. O si ambos son la misma cosa y juntos nos han dado razones y motivos para quitarnos, a través de sus aventuras, las anteojeras y así poder ver el mundo con otra mirada. La de la inocencia y el deseo, la de la justicia y la equidad, vistiéndolas de locuras pasajeras para poderlas salvar de quienes no nos permiten soñar.

Envuelto todo ello en deseos de libertad y rebeldía, las que les daban fuerzas y argumentos para enfrentar gigantes, huestes malignas o malvados caballeros.


Frente a ellos, pero siempre a su lado, la sensatez de Sancho Panza que, pese a conocer la enferma y dura realidad, permite que luchemos por la sana e ilusionante utopía.


Decía Erasmo, otro artista de la locura, que “Nada hay más necio que hablar en serio de lo que es pura necedad, ni nada más divertido que hablar en broma de aquello que no se sospecharía que lo fuera”. Tal vez por eso Cervantes nos habla, entre bromas y aventuras alocadas, de las verdades de su tiempo cuestionando el statu quo y poniendo en solfa las artimañas de los poderes de entonces que no se alejan mucho de los de ahora: la economía, el Estado y la iglesia. A los que habría que añadir los medios y su eduentretenimiento.


En estos días de recuerdos del autor y de su personaje, se están llevando a cabo multitud de actos para celebrarlos a ambos, y al resto de protagonistas de la vida y el teatro creados por ese soldado de las letras.


En Bogotá, en la Biblioteca Luis Ángel Arango (BLAA) se ha inaugurado la exposición “16 personajes que maravillan y... Miguel de Cervantes”. Un recorrido por su vida y su obra a partir de las y los intérpretes de sus historias. Con 9 paneles en forma de libros abiertos, a los que se puede acceder a través de una puerta también en formato de un volumen publicado, se nos presentan retazos de sus textos y semblanzas de su existencia; acompañados de una larga mesa en la que se recoge, en orden cronológico, un recorrido por la propia historia de la vida de Cervantes y el contexto histórico y social de su época.


Inaugurada el 21 de abril con la presencia de la directora de la biblioteca, Natalia Ruiz Rodgers, y del embajador de España en Colombia, Ramón Gandarias, estará abierta al público hasta el 16 de junio del presente año. Está organizada por Acción Cultural Española con la colaboración del Banco de la República y cuenta con los dibujos de Pedro Moreno (premio Nacional de Teatro 2015).


En la exposición se encuentran y nos cuentan Galatea, Persiles y Segismunda, Rinconete y Cortadillo, Dorotea, el caballero de la Blanca Luna, los duques, el caballo de madera Clavileño, el licenciado Vidriera, la gitanilla, Chanfalla y los perros Cipión y Berganza. Y por supuesto, Sancho Panza y don Quijote y su creador el casi inefable Miguel de Cervantes.


La muestra es itinerante y visitará varias ciudades latinoamericanas a la vez que su réplica estará recorriendo parte de España.
También la capital colombiana acogerá otros actos y eventos en memoria del Quijote y su autor, o de Cervantes y su obra. En el teatro Colón se darán cita:


“Quijote, cabaret literario”, a cargo de la compañía L’explose Danza, dirigida por Tino Fernández, es una representación en donde la actriz Mónica Giraldo cuenta los seis primeros capítulos de El Quijote con el acompañamiento a la guitarra de Diego Bejarano y el baile flamenco de Marcela Hormaza.


“En un lugar del Quijote”, de la compañía española Ron Lalá que hace una adaptación libre y posmoderna del clásico de Cervantes “con espíritu dialéctico entre tradición y modernidad”, recreando “las correrías del caballero andante y su escudero y, simultáneamente, el proceso de escritura de la novela por parte de un Cervantes desencantado, sarcástico y lúcido espejo de la terrible situación social, económica y política de la España del Siglo de Oro”.


Además, en la propia BLAA se han programado otras actividades paralelas como: “Quijote a viva voz”, que invita a la lectura del libro ante el público; un ciclo de conferencias sobre la obra de Cervantes desde cuatro perspectivas, y una serie de talleres de (re) escritura creativa.


Todo esto y mucho más para resaltar la vida y la obra de un genio de las letras que, a falta de retratos autenticados, se describía a sí mismo como: “de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies.”


Su ingenio inmortalizó muchos lugares, situaciones y personajes, aunque tal vez el más conocido sea aquel que abre la obra considerada por muchos como el mejor trabajo literario jamás escrito, “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo...”.

Publicado enCultura
Viernes, 22 Abril 2016 20:04

1851

1851

 

Formato: 14 x 21 cm, 312 páginas. Edición: 2016.
P.V.P:32.000 ISBN:978-958-8926-17-9

 

Reseña:

Mientras los abogados discuten los títulos de propiedad de las tierras, arrieros y campesinos se juegan la vida en el monte. Juan Escobar viaja al sur en busca de la fortuna y lo que encuentra es un amor que parece imposible y la injusticia de un país lleno de violencias.

Las entregas mensuales de esta pervertidísima novela histórica galopan la colonización antioqueña al ritmo de una película de acción.Ironía, erotismo y humor de caballero andante son algunos de los elementos que el lector encontrará en este folletín de cabo roto, apasionante e innovador.

 

“Extraña, divertida, inteligente y original [...] esta novela es una apuesta, sin ningún viso de estridencia malabarista, por una escritura que cuestiona cómo narrar un pasado”.

Pablo Montoya

 

 

Octavio Escobar Giraldo.es uno de los narradores más versátiles.Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura y la Universidad de Antioquia por los libros de cuentos "De música ligera" (1998) y" Hotel en Shangri-La" (2004), puede corromper a R.L. Stevenson (La posada del Almirante Benbow, 1997) o convertir los setenta neoyorkinos en una fragmentada pesadilla posmoderna ( El último diario de Tony Flowers,1995)."Saide" (1995) y "Destinos intermedios" (2010) , sus títulos del género negro públicados en España, retratan a violenta realidad colombiana, mientras "Cielo  nublado" (2013) refleja las contradicciones del ciudadano común frente a los procesos de paz. Con "Despues y antes de Dios" (2014) obtuvo el Premio internacional de novela corta "Ciudad de Barbastro".Para los más jóvenes ha escrito "Las laminas más difíciles del album" (1995, Premio Comfamiliar del Atlántico de Literatura infantil y juvenil) y el mapa de Sara (2016). Es profesor de la Universidad del Caldas en su ciudad Natal, Manizales.

 

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Publicado enRíos de letras
Todos vienen porque todos quieren ver a Papá

EN LOS LARGOS AÑOS DE EMBARGOS Y AGRESIONES, ERNEST HEMINGWAY HA SIDO EL LAZO ENTRE CUBA Y ESTADOS UNIDOS.

 

 

El mito de Ernest Hemingway ha sido y es tan poderoso que sigue intacto en esta Habana que se reconfigura en el siglo XXI. Hasta el cóctel daiquiri, inventado en Cuba en el siglo XIX, es el más consumido en Estados Unidos y parte del mundo.

Toda la gente viene a ver a Papá. Antes de atravesar la puerta se olvidaron de lo que eran y una vez adentro ya no se acuerdan de lo que desean ser. Circundan el espacio donde toca la orquesta y van hasta el rincón donde está Papá. Lo abrazan, lo besan, lo acarician, se sacan fotos con él. La gente se pelea por estar a su lado, por pegar sus mejillas a las suyas, por tocar con sus manos esa figura de ojos entrecerrados, capturada para siempre en la inmortalidad romántica de una resaca tranquila, o de una borrachera naciente. Nunca sabremos. El magnetismo de Papá Hemingway –así lo llaman los cubanos– sus libros, sus historias, verdaderas o falsas, la estatua que lo fijó en el tiempo en este rincón de uno de los bares más celebres del mundo, el Floridita, la música endiablada de la orquesta y los reconfortantes daiquiris provocan un estado de levitación física y espiritual del cual Papá Hemingway es el centro. En todos estos años de embargos y agresiones, Ernest Hemingway ha sido el lazo entre Cuba y Estados Unidos. Su leyenda fue, a su manera, una forma de relación entre la isla y los continentes. Los mitos despliegan sus alas y nos envuelven en la eternidad de su vuelo. El de Ernest Hemingway ha sido y es tan poderoso que sigue intacto en esta Habana que se reconfigura en el siglo XXI. Hasta el cóctel daiquiri, inventado en Cuba en el siglo XIX, es el más consumido en Estados Unidos y parte del mundo.


Un abogado norteamericano, oriundo de Florida, “de la Isla del Tesoro” según precisa, llora a lágrima tendida mientras se apoya en la estatua de Hemingway. “Hubiese querido ser escritor”, confiesa rodeado por un guardaespaldas costarricense y un miembro de la seguridad cubana que impide que la gente se acerque a Papá Hemingway. Adentro del Floridita hay un ambiente de algarabía humana volcánica y contagiosa. Chinos, coreanos, argentinos, alemanes, norteamericanos, ingleses, singapurenses, mexicanos, italianos, franceses o canadienses celebran una fiesta sin motivo. Aplauden, bailan como pueden sobre el compás de los tambores ejecutados por dos bellas cubanas, se abren paso a codazos para conseguir un ángulo y tomar una foto de la estatua de Papá Hemingway acodado a la barra, justo delante de la foto donde está Hemingway con Fidel Castro tomada el día en que el escritor norteamericano le entregó a Fidel el premio al mejor pescador.


Hay algo conmovedoramente humano en esta isla mundo que subyuga y atraviesa todas las corazas. El planeta entero ha venido y continúa viniendo aquí. Cuba no es una isla, sino un continente isla de un magnetismo frondoso. Cuba embriaga, con o sin Revolución. “Bienvenido al mundo sin Monsanto”, dice con tanto orgullo como insolencia Roberto, un joven habanero que alquila por minutos su tablet y el acceso a internet en la calle 23. Es cierto, aquí no están ni Monsanto, ni internet en todas las calles, ni McDonald’s, ni avisos con mujeres pomposas que venden cepillos de dientes, ni publicidades de perfumes con seres andróginos, ni la marca de la manzana, ni todas esas agujas con las cuales el liberalismo tienta o inventa falsos deseos. Casi no hay nada de lo que hay en el liberalismo mundial, y en muchos casos faltan cosas esenciales. Puede, de pronto, ser un inconveniente, pero las más de las veces es una salvación.


El liberalismo continental ha levantado tribunas en torno a Cuba para presenciar la agonía del socialismo cubano. Es mal conocer la historia de Cuba, y a los cubanos. “No somos un pueblo de pescadores adormecidos que espera la redención capitalista, sino una sociedad cabalmente consciente de los defectos que quiere corregir y de los horrores que no quiere importar”, precisa con una amplia sonrisa provocativa Iván, otro joven habanero que se esta estrenando en las nuevas formas de comercio que se abren paulatinamente en medio de cierta confusión. Eso se respira en cada calle, en cada hora: una suerte de fiereza orgullosa, de frontera soberana cuya entereza precede la Revolución. Por algo un aventurero como Hemingway puso sus raíces en la isla cuando llegó en la primavera de 1928 con su segunda mujer, Pauline Pfeiffer, a bordo del barco Orita, proveniente del puerto francés de La Rochelle. Había venido a pescar el espadón, pero lo embrujó la magia de aquella Habana. Pasó dos días y regresó unos años después para instalarse primero en la habitación 511 del hotel Ambos Mundos. Casi como hoy, salsa, son, rumba, chachachá o boleros salpicaban las noches habaneras. “El Hotel Ambos Mundos es un buen sitio para escribir”, contó Hemingway sobre su vida en aquellos tiempos en los que, en Cuba, escribía Por quién doblan las campanas. El hotel y la habitación son hoy una suerte de patrimonio cultural de Cuba. Hemingway presintió lo que cualquier turista o candidato a inversor percibe en La Habana: hay un ingrediente poderoso e inasible, una energía orgullosa, un humor que sabe hacerles frente a todas las contingencias y una lectura de la historia nacional permanentemente reactualizada. “Lo más lindo que tenemos en este país es nuestra historia”, dice Iván.


Ahí está esa historia, o esas historias, para demostrarlo. La de la Revolución, para empezar, que no es un “episodio” o un “golpecito” sino el resultado de una construcción histórica y colectiva. La prensa esclava del relato liberal o de la restauración conservadora que se rearmó en América latina con el golpe de Estado en Honduras contra Manuel Zelaya usa el término “revolución” con un significado burlón, maldito o peyorativo. Estén o no con ella, la Revolución es para los cubanos como la democracia para los franceses: es una pertenencia, una reformulación de su realidad. Quien sueñe con ver a los cubanos arrodillados ante las sucursales que, tal vez, los imperios abrirán algún día en la isla están perdidos. En La Habana se siente la potencia del ansia por las transformaciones, al mismo tiempo que la decisión de no ceder más allá de lo que la dignidad dicta. La literatura fundacional de Cuba lo cuenta todo. Como el Martín Fierro argentino, Cuba tiene su poema épico, “El espejo de paciencia”, escrito en 1608 por Silvestre de Balboa. La obra narra un hecho ocurrido en el Puerto de Manzanillo, cuando el obispo de Cuba, Don Juan de las Cabezas Altamirano, fue secuestrado por un pirata francés, Gilberto Girón. El pirata buscaba extorsionar a la comunidad a cambio de la libertad del obispo. Pero los cubanos dijeron que no y decidieron atacar a los piratas durante la transacción por el rescate. En la pelea perdieron los piratas y el obispo fue salvado por el esclavo Salvador Golomon. Quizás, cuando vengan en masa los nuevos piratas del capitalismo, ese soberanismo radical que define la cubanidad interceda a favor de la isla. Algunos signos de piratería ya surgen aquí o allá, en los sectores restaurados de La Habana Vieja, sobre todo en la calle Obispo, cuyo lujo, aunque modesto, contrasta con la pobreza de otras zonas del centro. Esta arteria peatonal intenta parecerse a esas horrendas hermanas llenas de comercios contaminantes tan comunes en las capitales donde manda el liberalismo parlamentario. Pero la Cuba de los sueños que subyugó a Hemingway siempre acecha con su magia implícita. En la misma calle Obispo hay un restaurant de los que parecen imposibles: La Lluvia de Oro. De afuera, parece común, adentro vive lo extraordinario. La orquesta de músicos vestidos con una camiseta verde encendió la sala llena de cubanos auténticos mezclados con algunos turistas que no resisten la llama del ritmo. Todos bailan entremezclados. A un lado de la orquesta, un hombre blanco, vestido con pantalones cortos, mocasines, medias blancas y una camiseta verde, toca su trombón acompañando la orquesta. El hombre, muy entrado en años, parece poseído por la felicidad. Su trombón suena al unísono de la orquesta, hermanado con ella, su fisionomía no. Es un turista, alemán o del Norte de Europa, a quien la magia de una noche y de su gente le permitió realizar su sueño: tocar la salsa endiablada junto a una orquesta cubana.


La gente sigue peleándose para llegar a donde está Papá Hemingway. Se acaba de ir Barack Obama y también pasaron los Rolling Stones. Se siente en las entrañas que algo cambiará y de esa intuición surge algo igualmente potente: Cuba respira el futuro, sea cuál fuere el perfil de la Revolución. Tantas cosas les hicieron, los arrinconaron, los bloquearon, los agredieron, los humillaron, los privaron de todo como Occidente no lo hizo con ninguna de las más aborrecibles dictaduras de la historia: les vendió armas, productos y hasta tecnologías para espiar a sus ciudadanos. A Cuba le embargaron hasta el arroz. Y sin embargo, están de pie, y como no se rindieron elegirán plenamente su futuro. Cuba es un espejo en el que nos podemos mirar. Un espejo de paciencia y de resistencia. En La Habana sobran los símbolos y los relatos mitológicos, y también falta de todo. Falta internet, pero sobra la humanidad. A la hora en que el resto del mundo se encierra en sus casas y sus pantallas y sus smartphones, La Habana sale a la calle en ese preciso instante encantado del atardecer. La Habana corre a reunirse en el Malecón, frente al mar. Miles y miles de personas se hablan y se codean a lo largo de kilómetros y kilómetros de un paisaje que mira al mar, al futuro, al no miedo. Aquí no hay miedo. Europa tiembla ante la amenaza de que la cultura musulmana reemplace a la europea. En México, la gente tiene un complejo de inferioridad ante Estados Unidos. En Argentina le tienen miedo a Telesur. Los cubanos no le tienen miedo al imperio.

Hay, como se dice en voz baja, una “guerra incruenta”. Iván conduce su auto a lo largo del Malecón poblado de humanidad. Entre mar, atardecer y chispas de multitud, desliza una frase de la sabiduría local: “De todas formas, esta guerra contra el imperio nunca se va a terminar. Porque si se acaba, no vamos a saber qué hacer...”. En la radio suena la voz del cantante y poeta Polo Montañez: “Para qué sufrir, para qué llorar, si me queda un mundo todavía por delante”.


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Domingo, 03 Abril 2016 21:35

“El cazador de historias”

“El cazador de historias”

Este lunes 4 estará disponible en las librerías “El cazador de historias”, el libro que Eduardo Galeano dejó terminado antes de morir, hace casi un año. Como ocurrió siempre con cada uno de sus nuevos títulos, Brecha ofrece un adelanto de alguno de sus textos.

 

La viciosa

En Montevideo, a principios del siglo XIX, el capitán José Bonifacio de Toledo pagó 300 pesos por una negra de 18 años de edad, llamada Marta.
Ella era la esclava de mejor conducta, libre de vicios y defectos, pero a los pocos días el comprador exigió que le devolvieran el dinero. Marta tenía un vicio, el peor de todos: a la menor oportunidad, se escapaba sin dejar huella de sus pasos.
Al cabo de muchas fugas, su nuevo dueño la encadenó.
Atada de pies y manos con grilletes de hierro, la viciosa no se quejaba. En silencio aceptaba el castigo.
Pero pocos días después, se evaporó.
En la celda quedaron cuatro argollas de hierro y una larga cadena intacta.
De ella, nunca más se supo.

 

Esa nuca

En 1967, pasé un tiempo en Guatemala, mientras los escuadrones de la muerte, militares sin uniforme, sembraban el terror. Era la guerra sucia: el ejército norteamericano la había practicado en Vietnam y la estaba enseñando en Guatemala, que fue su primer laboratorio latinoamericano.
En la selva conocí a los guerrilleros, los más odiados enemigos de esos fabricantes del miedo.
Llegué hasta ellos, en las montañas, llevado en coche por una mujer que astutamente eludía todos los controles. Yo no la vi, ni le conocí la voz. Estaba tapada de la cabeza a los pies, y no dijo ni una palabra durante las tres horas del viaje, hasta que con un gesto de la mano, en silencio, abrió la puerta de atrás y me señaló el secreto sendero que debía seguir montaña adentro.
Años después supe que ella se llamaba Rogelia Cruz, que colaboraba con la guerrilla y que tenía 26 años cuando fue encontrada bajo un puente, después de ser mil veces violada y mutilada por el coronel Máximo Zepeda y toda su tropa.
Yo sólo había visto su nuca.
La sigo viendo.

 

La ídola

Cuando se retiró del cine, el mundo entero quedó viudo de ella.
Había nacido con otro nombre, y por su helada belleza había merecido llamarse la Divina, la Esfinge Sueca, la Venus Vikinga...
Medio siglo después del adiós, Justo Jorge Padrón, poeta español que hablaba sueco con acento canario, estaba mirando la vidriera de una tienda de discos, en Estocolmo, cuando en el cristal descubrió el reflejo de una mujer alta y altiva, envuelta en pieles blancas, parada a sus espaldas.
Él se dio vuelta y la vio, mentón alzado, grandes lentes oscuros, y dijo que sí, dijo que no, que era, que no era, que podía ser, y de puro curioso le preguntó:
—Disculpe, señora, pero... ¿usted no es Greta Garbo?
—Fui –dijo ella.
Y con lentos pasos de reina, se alejó.

 

El ídolo descalzo

Gracias a Sailen Manna, el fútbol de la India ganó la Medalla de Oro en los juegos asiáticos de 1951.
Toda su vida jugó para el club Mohun Bagan sin cobrar salario, y nunca se dejó tentar por los contratos que los clubes extranjeros le ofrecían.
Jugaba descalzo, y en el campo enemigo sus pies desnudos eran conejos imposibles de atrapar.
Él siempre había llevado, en su bolsillo, a la diosa Kali, esa que sabe pelear de igual a igual contra la muerte.
Sailen tenía casi 90 años cuando murió.
La diosa Kali lo acompañó en el último viaje.
Descalza, como él.

 

Esos ojos

Cesare Pavese había escrito:
“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.
La encontró en un hotel de Turín, una noche del verano de 1950.
Por sus ojos, la reconoció.

 

Afrodita

Hacía poco que Catalina y Felipe habían descubierto la mar, y no había quien los sacara del agua. Saltando olas pasaban sus días, mientras en las arenas de la playa yacían, olvidados, los moldes, las palitas y los baldes.
Una noche, les conté:
—Había una vez una mujer que se llamaba Afrodita. Ella había nacido de la espuma. Y a mí me parece que ustedes también.
A la mañana siguiente, escuché el griterío, que venía desde el oleaje.
Eran ellos, que gritaban a la espuma:
—¡Mamá!

 

El río raro

Eran niños venidos de tierra adentro, de muy adentro, que no habían estado nunca en la playa de Piriápolis, ni en ninguna playa, y que nunca habían visto la mar.
A lo sumo se atrevían a mojarse los pies, pero ninguno rompía las olas.
Para vencer el miedo, uno de los niños, el más sabido, explicó qué era la mar:
—Es un río de una sola orilla.

 

La Jornada

 

El cazador de Historias.

 

El Monstruo de Buenos Aires. Así lo vio, o lo imaginó, y así lo llamó, el sacerdote francés Louis Feuillée.
Este monstruo fue uno de los espantos que ilustraron el libro de memorias de su viaje por tierras sudamericanas, reinos de Satán, entre 1707 y 1712.

 

El poderoso cero

Hace cerca de 2 mil años, el signo del cero fue grabado en las estelas de piedra de Uaxactún y en otros centros ceremoniales de los mayas.
Ellos habían llegado más lejos que los babilonios y los chinos en el desarrollo de esta llave que abrió paso a una nueva era en las ciencias humanas.
Gracias a la cifra cero, los mayas, hijos del tiempo, sabios astrónomos y matemáticos, crearon los calendarios solares más perfectos y fueron los más certeros profetas de los eclipses y otras maravillas de la naturaleza.

 

La primera flauta

Un cazador se perdió, alguna vez, en alguno de los laberintos de la selva amazónica.
Después de mucho vagar, se dejó caer al pie de un cedro y allí quedó dormido.
Fue despertado por el sol y por una música jamás escuchada.
Entonces, el cazador perdido descubrió que un pájaro carpintero, de cabeza roja, largo cuello y pico poderoso, estaba picoteando una rama.
La música nacía del viento que entraba por los agujeros que el pájaro excavaba.
El cazador aprendió. Imitando al viento y al pájaro, creó la primera flauta americana.

 

La recién nacida

En el último día de abril del año 2013, Galulú Guagnini nació en Caracas.
El padre, Rodolfo, explicó:
–Ella vino para enseñarnos todo de nuevo.

 

La lluvia

Entre todas las músicas del mundo y del cielo, entre todas las que escucho desde arriba y desde abajo, yo elijo el concierto para lluvia sola.
Como en misa la oigo, cada vez que se deja sonar en la claraboya de mi casa.

 

Las nubes

Por las noches, cuando nadie las ve, las nubes bajan al río.
Inclinadas sobre el río, recogen el agua que más tarde lloverán sobre la tierra.
A veces, cuando están en plena tarea, algunas nubes se caen, y el río se las lleva.
Cuando llega la mañana, cualquiera puede ver pasar a las nubes caídas.
Ellas derivan sobre las aguas, lentos barquitos de algodón, mirando al cielo.

 

El oficio de escribir

De Onetti aprendí, también, el placer de escribir a mano.
A mano trabajo cada página, quién sabe cuántas veces, palabra tras palabra, hasta que paso en limpio, en la computadora, la última versión, que siempre resulta ser la penúltima.

 

Por qué escribo /3

Para empezar, una confesión: desde que era bebé quise ser jugador de fútbol. Y fui el mejor de los mejores, el número uno, pero sólo en sueños, mientras dormía.
Al despertar, no bien caminaba un par de pasos y pateaba alguna piedrita en la vereda, ya confirmaba que el fútbol no era lo mío. Estaba visto: yo no tenía más remedio que probar algún otro oficio. Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin empecé a escribir, a ver si algo salía.
Intenté, y sigo intentando, aprender a volar en la oscuridad, como los murciélagos, en estos tiempos sombríos.
Intenté, y sigo intentando, asumir mi incapacidad de ser neutral y mi incapacidad de ser objetivo, quizás porque me niego a convertirme en objeto, indiferente a las pasiones humanas.
Intenté, y sigo intentando, descubrir a las mujeres y a los hombres animados por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, más allá de las fronteras del tiempo y de los mapas, porque ellos son mis compatriotas y mis contemporáneos, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido.
Intenté, intento, ser tan porfiado como para seguir creyendo, a pesar de todos los pesares, que nosotros, los humanitos, estamos bastante mal hechos, pero no estamos terminados. Y sigo creyendo, también, que el arcoíris humano tiene más colores y más fulgores que el arcoíris celeste, pero estamos ciegos, o más bien enceguecidos, por una larga tradición mutiladora.
Y en definitiva, resumiendo, diría que escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados.

 

Vivir por curiosidad

La palabra entusiasmo proviene de la antigua Grecia, y significaba: tener a los dioses adentro.
Cuando alguna gitana se me acerca y me atrapa una mano para leer mi destino, yo le pago el doble para que me deje en paz: no conozco mi destino, ni quiero conocerlo.
Vivo, y sobrevivo, por curiosidad.
Así de simple. No sé, ni quiero saber, cuál es el futuro que me espera. Lo mejor de mi futuro es que no lo conozco.

 

El escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano (Montevideo, 1940-2015), quien compartió con los lectores de La Jornada la magistral concisión y profundidad de sus Ventanas, como se tituló su colaboración semanal para este periódico, concluyó su último libro un año antes de morir. Acechante, el cronista de los invisibles salió a cazar en esa jungla que habitamos “para mostrarnos –con crudeza, con humor, con ternura–” realidades que no todos logran ver. Así surgió El cazador de historias, que publica Siglo XXI, su editorial de toda la vida. En este libro, quien clamaba por una América Latina Unida para revertir el miedo y la resignación, obsequia un puñado de bellas y poderosas historias que ofrecen pistas de su biografía, de su infancia y juventud, de sus primeros viajes por esa región, de las personas que marcaron su vida y su escritura, así como sus ideas sobre la muerte. Con autorización del sello Siglo XXI, La Jornada ofrece a sus lectores, a manera de adelanto, algunos destellos del arcoíris legado por quien afirmaba: Obedecer a los poderosos, no es nuestro destino. El libro ya empieza a circular en México

 

 

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“Para mí, escribir es una responsabilidad civil”

ENTREVISTA EXCLUSIVA AL ESCRITOR CUBANO LEONARDO PADURA.

El autor reflexiona sobre la asombrosa capacidad de resistencia histórica, de asimilación y reelaboración de la sociedad cubana, los cambios que galopan en los horizontes y el equilibrio entre la identidad y las nuevas tentaciones.

Desde La Habana


El compromiso consistió en no hablar ni de Obama, ni de los Rolling Stones. Y fue un pedido sabio formulado por el gran escritor cubano Leonardo Padura en estos días en que La Habana se convirtió en una pista de aterrizaje de periodistas venidos del mundo entero para asistir a los dos acontecimientos: la visita del presidente norteamericano, y el concierto de la banda inglesa. Sabio porque Cuba y su cultura son infinitamente mucho más que un mandatario estadounidense y un grupo de rock, y porque Leonardo Padura es la escritura más elocuente y bella del idioma español. No construyó su obra ni conectado a Internet, ni en Miami, sino en un barrio de La Habana en el que siempre vive, La Mantilla, tierra de su héroe y detective agente de policía, Mario Conde, un hombre escéptico y sin ilusiones consistentes que quiso ser escritor y cuya primera aparición remonta a la novela Pasado perfecto (1991), la primera de una tetralogía (Las cuatro estaciones) que comprende: Máscaras (1999), Vientos de cuaresma (1994), Paisaje de otoño (1998). A los que se suma Adiós Hemingway (2001), La neblina del ayer (2005), La cola de la serpiente (2011) y Herejes (2013).


Padura había soñado con ser un jugador de béisbol, pero las palabras y sus narraciones impecables hicieron de este autor humano y afable un protagonista central de las grandes ligas de la literatura.


Padura hizo de su héroe Mario Conde un testigo áspero de las miserias morales y materiales de la sociedad. Como él mismo lo detalló hace unos años, “aprendí de Hammett, Chandler, Vázquez Montalbán y Sciascia que es posible una novela policial que tenga una relación real con el ambiente del país, que denuncie o toque realidades concretas y no sólo imaginarias”. Su escritura es tanto más atractiva cuanto que Padura es oriundo de una generación que nació bajo las banderas de la Revolución castrista y cuya obra se despliega realmente a partir del llamado “período especial”, es decir, los años que marcaron la caída del bloque comunista y que sumieron a Cuba a la vez en una situación de penuria extrema y obligaron al gobierno a plantearse una apertura mayor. Doble movimiento perfectamente reflejado en los relatos magistrales de este autor que aprendió a zambullirse en lo real a través de la práctica periodística.Su primera novela, Fiebre de caballos, fue escrita entre 1983 y el 84. El desencantado policía deja su profesión en la novela Paisaje de otoño (1988) para dedicarse al negocio de los libros en la trama de la novela Adiós Hemingway (2001). La obra que le ha dado a Leonardo Padura su consagración mundial, El hombre que amaba los perros, no cuenta con el personaje de Conde, que vuelve a aparecer en la última obra maestra del autor cubano, Herejes. Conde es, a lo largo de la obra de Padura, una suerte de vengador de los humildes, un espejo de las desilusiones de la sociedad cubana y también el receptor de una culpabilidad colectiva. Las novelas de Padura han también retratado como ninguna otra obra literaria las evoluciones, la decadencia y las restauraciones no siempre felices de La Habana. La ciudad es un ser al mismo tiempo atractivo y espantado.


En esta entrevista, el autor reflexiona sobre su ciudad, aborda los desafíos que esperan a la cultura cubana en el momento actual, los mitos que unen a Cuba con el mundo –el de Hemingway por ejemplo–. también habla de la asombrosa capacidad de resistencia histórica, de asimilación y reelaboarción de la sociedad cubana, de los cambios que galopan en los horizontes y el equilibrio entre la identidad y las nuevas tentaciones.


–Desplazarse en La Habana es como leer sus libros en voz alta. Como usted lo señaló en la ponencia que presentó en el Congreso de la Lengua Española que se llevó a cabo en Puerto Rico, La Habana es la ciudad de las palabras, está constituida por ellas.


–La Habana es, de hecho, una ciudad que tiene una construcción novelesca muy ligada a su esencia, a su historia y a la propia conformación de su identidad. Se trata de un proceso muy peculiar, muy raro, y probablemente no haya otro con las mismas características que el de La Habana. En el Siglo XIX, en la década de 1830, hay un grupo de la aristocracia cubana esclavista azucarera que tenía un hombre llamado Domingo Del Monte. Ese hombre convocó a un grupo de jóvenes escritores de entonces para escribir la novela de la ciudad. Se estaba tratando de crear la ciudad de La Habana para, a través de esa creación, crear la imagen del país. Por lo tanto, la historia de esta relación está determinada como en ninguna otra ciudad por esa idea de que “primero fue el verbo”. En suma, el proceso de la relación entre la imagen de la ciudad y lo verbal es muy intenso. Después, en el Siglo XX, tenemos escritores tan importantes como Alejo Carpentier o Guillermo Cabrera Infante que construyeron la imagen de La Habana. Carpentier tenía una preocupación muy grande por la arquitectura y Guillermo Cabrera Infante por la música, por la noche y las palabras. Creo que eso ha continuado. La generación a la que yo pertenezco tiene muchos novelistas en cuyas obras La Habana es como un protagonista de sus historias. En los últimos años se dio además un proceso muy curioso que refleja la deconstrucción de la ciudad. La Habana es una ciudad que se ha quedado como atrapada en el tiempo y está sufriendo un proceso muy lamentable de deterioro, y no solamente físico sino muchas veces moral. Todo esto ha sido representado a través de las palabras que están construyendo esta ciudad.


–Esa Habana que está tan presente en sus libros sufre hoy como dos impaciencias:la impaciencia de si misma ante las transformaciones que se perciben, y la impaciencia o la presión del mundo.


–Sí. Por su propio origen, La Habana siempre ha tenido una vocación cosmopolita. La Habana es una ciudad que se creó abierta al mundo. Imagínate que en el siglo XVIII La Habana era la tercera ciudad en importancia del imperio colonial español: las dos otras dos grandes capitales virreinales eran Lima y México. La Habana era la tercera ciudad por su posición geográfica, comercial, por sus fortalezas. Desde entonces tiene esa mirada abierta al mundo, y el mundo también mira hacia La Habana. Creo que en el momento presente hay una tensión dinámica que tira hacia dos puntos diferentes. Una que trata de preservar lo que ha sido esta Habana un poco detenida en el tiempo, y otra que es más lamentable y a la vez es más realista: mira hacia un futuro en el cual haya que sacrificar una parte de esta ciudad. Las ciudades están compuestas por edificios y también por la gente que vive en ellos. Es muy bonito tener una ciudad en la que uno pueda recorrer todos los períodos históricos de su proceso de creación, pero también es muy terrible que las viviendas estén en condiciones deplorables. Y eso pasa en muchos barrios de La Habana. El centro de La Habana está muy afectado porque fue una zona que se construyó como barrio proletario y se encuentra en un estado lamentable. Entonces hay esa tensión entre lo que hay que preservar y lo que no se puede preservar para que La Habana siga siendo un lugar habitable.


–Un escritor de intrigas policiales, Frederic Darc, se preguntó en una novela qué era un escritor sino un hombre que adivina. Su detective, Mario Conde, ha vuelto a la acción en su última novela, Herejes. Si Mario Conde tuviera que adivinar La Habana y la Cuba del futuro, ¿cómo sería?


–¡Oh, esa es la pregunta más difícil que me puedes hacer! Estamos viviendo en un momento en el que se están produciendo cambios en Cuba. Algunos cambios que ya han ocurrido en la sociedad y en la economía son importantes. Imagínate, hasta hace tres o cuatro años, un cubano para viajar tenía que pedir toda una serie de permisos. Eso era algo macabro. Pero esa situación se superó, la tensión política que existió durante tantos años entre Cuba y los Estados Unidos ha bajado, lo que es un hecho que no se puede negar. Pero faltan todavía concluir muchos procesos que son necesarios: uno de los más importantes es la digitalización de la sociedad cubana. Estamos en una sociedad donde hasta tanto no haya un acceso pleno a internet por parte de todos los ciudadanos, aún dependiendo de sus respectivas condiciones, no va a entrar en el Siglo XXI. En ese sentido estamos un paso atrás de la realidad que se vive en el mundo. Por consiguiente, prever cómo será el futuro de Cuba es problemático. Lo que si podemos decir es que ese futuro será distinto, muchas cosas tienen que cambiar. Si no hay evolución no hay vida. Después de los años más difíciles posteriores a la caída del Muro de Berlín la sociedad cubana se inmovilizó. Fue uno de los períodos menos progresivos que tuvo la vida cubana contemporánea. Espero entonces que haya cambios, que la gente tenga posibilidades de desarrollar plenamente sus capacidades, sus conocimientos, y espero que esta vocación universalista que tiene La Habana y Cuba como cultura se mantengan. La cultura cubana es el resultado de muchas mezclas y no se la puede concebir como una ostra.


–La conexión con el mundo a través de internet aporta muchas cosas buenas, pero también acarrea una degradación evidente de nuestra relación con los demás y con nuestra propia cultura. Entre otras cosas, rompe el lazo humano directo con los demás, lo que es una de las cosas más fuertes que se constatan en Cuba:la gente está en la calle. ¿Hay en la cultura cubana un factor lo suficientemente potente para modular ese trastorno social que trae internet y las aperturas a la globalización?


–Yo creo que la cultura y la identidad cubanas son lo suficientemente fuertes como para poder recibir, masticar y deglutir toda una serie de elementos que la modernidad pone sobre la mesa. Ha pasado siempre. La esencia de la cultura cubana es esa, su capacidad para tomar todo lo que le llega y convertirlo en un elemento que la retroalimente. Yo he escrito mi obra con una horrible conexión. Todavía hoy me conecto con un modem por teléfono. Mi modem hace pi, pi, pi, piiii mientras busca la conexión. Tengo que pedirles a mis amigos que busquen documentos para mis investigaciones y me lo envíen después. En fin, creo que sí hay muchos peligros que no son únicamente cubanos sino globales. Veo esos niños que se pasan horas frente a un teléfono móvil y toda su vida se reduce a una internación a través de esos equipos. Eso me asusta, no sólo para Cuba sino para el mundo en general. Hace poco circulaba un correo que listaba todas las cosas que no había cuando éramos niños. Alguien se asombraba de que hubiésemos sobrevivido a montar bicicleta sin casco, a tomar agua de la manguera de un jardín. Hoy todo el mundo toma agua embotellada y los niños montan en bicicleta con casco. El mundo cambia y no siempre cambia para mejor.


Precisamente, hay como una suerte de apuesta mundial en torno a Cuba. Se mide el tiempo que falta para que todo se transforme brutalmente. Sin embargo, cuando uno está en Cuba, al mismo tiempo que percibe el deseo de un cambio y una suerte de resistencia que no está únicamente vinculada a la posición política, sino que se apoya en una certeza histórica.


La historia cubana es muy peculiar. Hasta el siglo XIX Cuba no fue una entidad propia. La cultura que existe en Cuba en los primeros siglos coloniales fue una cultura de lo práctico, una cultura de reconstrucción de fortalezas, de fabricación de navíos , de comercio, de navegación. La cultura artística se empieza a desarrollar a partir del siglo XIX. En ese proceso hay un elemento que es muy importante para la formación cultural cubana, lo mismo que en la brasileña o en la norteamericana: es el papel del negro, el papel de esa cultura que llega de Africa con unos hombres que lo único que traen es su cuerpo y mente. No tenían nada material con ellos.

Vinieron desnudos en un barco negrero. Sólo traían su religión, la música, una manera de entender la vida, que además chocaba con un mundo que era totalmente desconocido para ellos. Todo eso fue creando una cultura de la capacidad de adaptación. Las religiones africanas que llegan a Cuba se convierten en religión afrocubana. Ese proceso tan característico puede definir el resto del proceso de creación de la idiosincrasia cubana como una forma de adaptación, de asimilación y luego de resistencia. Ese es un elemento que aún funciona de esa manera.


–La prensa liberal está segura de que Cuba será de nuevo una suerte de colonia dependiente de Estados Unidos, o de que se parecerá mucho a los países del Este de Europa luego del hundimiento del comunismo.


–Lo que ocurre en la mente de los jóvenes de hoy ocurre de manera diferente a como fue para nuestra generación. Habrá cambios indeseables y espero que no ocurran nunca. Espero que esa capacidad de resistencia de la que hablaba recién sea la que termine imponiéndose y preservando lo verdaderamente esencial e importante de una cultura, de una forma de ver la vida en la cual hemos vivido a lo largo de nuestra historia.


–Se percibe hoy en Cuba un tendencia por parte de la sociedad a tomar distancias con respecto al discurso del Estado.


–En los últimos años en Cuba ha habido un proceso muy interesante de dilatación del tejido social. Después de la Revolución, hasta los años 80, la vida social en Cuba se hizo homogénea porque la política también era homogénea. Un país de partido único en el cual no votar de manera unánime si una pared se debía pintar de blanco o de amarillo, ya podía ser considerado como un problema. Pero a partir de los años 90, con la crisis de esa época y con los años posteriores a partir de toda la creación de espacios económicos alternativos, pequeños todavía pero cada vez más considerables, yo creo que ese tejido social se ha ido dilatando, para bien y para mal. Creo que hay un sector de la población que se ha desfavorecido y otro que se ha favorecido con estas nuevas medidas. También constatamos en Cuba un proceso de dilatación en cuanto al pensamiento, al debate de ideas que no es ni remotamente ni todo lo intenso, ni todo lo necesario que exige una sociedad como la cubana. De todas maneras el proceso existe.


-Una obra como la suya no habría existido bajo otras condiciones, por una u otra razón.


–Al que se le hubiera ocurrido escribir novelas como las mías en los años 70 las pasaba muy mal. En los 80, no las hubiera escrito, y a partir de los 90 se escribieron esas novelas con algunos problemas. Hoy, sin embargo, se escriben con absoluta normalidad. El arte cubano ha sostenido una lucha muy intensa por levantar el techo de tolerancia que existía en el país. Recuerda que este fue un país en el cual se trató de establecer una suerte de realismo socialista, aunque no sea exactamente con estas palabras pero sí con estas intenciones. Para una cultura como la cubana eso era algo totalmente antinatural. Tratar de codificar esa cultura abierta, universal y cosmopolita de la que hablé con la estética del realismo socialismo como se pretendió en los años 70 provocó lo que hoy se conoce en Cuba como el quinquenio gris, o el decenio negro de la cultura cubana. Por eso pienso que cuando más espacio haya, más posibilidad hay de que el debate, la reflexión, la creación estén en un momento de mayor apogeo.


–Una de sus obras más bellas, Adiós Hemingway, es un auténtico arreglo de cuentas con un escritor como Ernest Hemingway que, por un lado y tal y como usted lo reconoce, influyó mucho en usted, y por el otro, fue una suerte de... digamos, farsante que usted desenmascara. Como un hijo que rompe con su padre.


–Si aquí en Cuba tu vas por la calle y le preguntas a la gente “dime el nombre de un escritor”, te dirá José Martí, que es el poeta nacional cubano, el poeta que uno aprende en la escuela. Y si le preguntas por otro, te dirá Hemingway. Su presencia fue muy significativa dentro de Cuba. Es un valor simbólico que tiene Cuba que a veces se explota de una forma que a mi no me gusta demasiado. Se ha convertido en un objeto de culto turístico. Una novela como Adiós Hemingway es una novela en la que yo trato de hacer un ajuste de cuentas con esa relación con el Hemingway escritor, que fue tan importante para mí, y con el Hemingway persona. Me parece que fue alguien que construyó una biografía y no siempre por los caminos más limpios. Creo que en el caso específico de Hemingway hubo mucho de puesta en escena. Hubo una apuesta social. El fue un hombre que estuvo del lado de las mejores causas sociales, humanas y literarias, pero también utilizó esas causas sociales, humanas y literarias como forma de construir el personaje que terminó creando. A ese Hemingway le dije adiós.


–A su manera, Hemingway ha sido un lazo entre Estados Unidos y Cuba. Ha mantenido su mito, y con él parte de la relación.


–No sólo Hemingway. Creo que con Estados Unidos hay un lazo muy profundo, muy importante, y es que compartimos un origen cultural africano muy fuerte. Eso se manifiesta en el arte popular más importante de los dos países, que es la música. La literatura, como quiera que sea, es una elaboración artística de la realidad que requiere determinadas condiciones. En Brasil, en Cuba, en los Estados Unidos, la música es una forma de vivir por ese componente africano que tenemos. Si tu vas a Nueva Orleans y ves el ambiente y cómo se comporta la gente, puedes pensar que estás en La Habana. A alguien que vive en Nueva Orleans y llega aquí le puede ocurrir lo mismo. Esto sucede de una manera muy integrada. Históricamente hubo un momento en que entre La Habana y Nueva Orleans se dio un gran flujo de comunicación muy intenso que permitió que existieran esos nexos a través de la música. Que se concretan después en la música cubana, en el jazz norteamericano y en lo que después, gracias a los músicos cubanos que radicaban en Nueva York en los años 40, terminó siendo el jazz latino.


–Su obra literaria, en lo esencial, capta esa música, reactualiza el barroquismo cubano y, además, no sólo capta las voces de La Habana, sino también sus sentidos.


–Para mí, escribir sobre mi sociedad, sobre mi ciudad, sobre mi experiencia personal y generacional es una responsabilidad civil. Antes que nada es una exigencia espiritual, una forma de sacarme los demonios que tengo dentro, pero también lo asumo como responsabilidad civil. Creo que la cultura, el arte y la literatura en Cuba, especialmente la novela, todavía tienen una función social. Hay muchas historias que contar, que, por una u otra razón, no han sido contadas. Creo que ahí está el espacio del novelista. Estamos empeñados en esa construcción de una imagen posible de Cuba a través de las palabras. Es la que yo trato de dar a través de mis novelas. Yo tengo un espacio donde escribo que se llama “La Esquina de Padura”. En la cultura cubana, la esquina es el punto donde la gente se reúne para conversar. Desde esa perspectiva de una esquina, de un barrio normal de La Habana en el que vivo, he tratado de escribir y de expresar lo que sienten y lo que piensan las personas que me rodean.


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Publicado enCultura
Viernes, 01 Abril 2016 06:54

Máquina y laberinto de cosas

Máquina y laberinto de cosas

La ruptura provocada por los cuatro escritores fundamentales del boom en los años 60 del siglo pasado tuvo como beneficiarios más inmediatos a quienes pertenecíamos a la generación inmediatamente posterior.

Eran maneras de contar novedosas, que abrieron nuevas compuertas en la estructura narrativa y en las formas del lenguaje, un fenómeno que no se daba en la lengua castellana desde los tiempos del modernismo, que creó innovaciones sustanciales en la prosa, aunque menos afamadas que las de la poesía.


Entre esos cuatro, García Márquez enseñaba que la fábula que vivía en nuestra memoria era inagotable, y que se podían contar las mentiras más desproporcionadas con rostro imperturbable; pero la fuerza de su influencia convirtió a no pocos incautos, o advertidos, en imitadores sin remedio. Había que cuidarse mucho de aquel veneno mortal que se inoculaba con tanta facilidad, porque se trataba de un estilo que se agotaba en su propio inventor con sus frases elípticas cargadas de imágenes sin mácula, de adjetivos engarzados como joyas raras, de sus aguaceros bíblicos y exageraciones bien medidas, una trampa inescapable aquella del realismo mágico, en la que se arriesgaba quedar atrapado para siempre.


Para Carlos Fuentes la novela era un sustituto eficaz de la historia pública, más allá del presupuesto de Alejandro Dumas de que la realidad es sólo el clavo donde se cuelga la novela; los infinitos recursos de la imaginación entraban en todos los resquicios de la historia, y podían suplantarla, de modo que la novela se leyera como si fuese la historia misma. Y de Cortázar aprendimos que la literatura era un mecano para armarse de las más disímiles y aventuradas maneras, hacer saltar la liebre del sombrero del mago, el juego de brincar sobre los números trazados con tiza en las baldosas convertido en metafísico; el más informal de los románticos, porque al final terminaba mostrando que en el fondo de su espíritu lúdico habitaba un poeta solitario.


Mario Vargas Llosa, el menor en edad de estos cuatro evangelistas que enseñaban la buena nueva de que una narrativa distinta y novedosa era posible en los inicios de aquella década sorprendente, marcó de manera eficaz, y sin obviedades, las nuevas maneras de escribir. Su estilo, más de medio siglo después sigue siendo el de un cronista de hechos, llano, preciso y económico, y su catálogo de atracciones para aleccionar a un aprendiz continúa presentándose variado y pródigo.


Uno podía pasar por sus enseñanzas sin marcas y sin huellas, y la experiencia temprana para un adolescente al abrir alguno de sus libros fundamentales de aquella época, empezando por La ciudad y los perros, era la de ingresar en un taller de escritura particular, un solo maestro y un solo alumno entregado al ejercicio de desmontar cada pieza, cada biela, cada resorte del mecanismo para darse cuenta de cómo estaba construido, y luego volverlo a armar. Esa máquina de laberintos y cosas de que habla Cervantes en El Quijote.


Al mirar hacia atrás, la experiencia de enfrentarse a un libro donde los acontecimientos se articulaban de manera simultánea perteneciendo a espacios y tiempos diferentes nunca fue compleja para el lector novicio, como puede parecer, y tenía, además, la atracción de que semejante estructura daba cabida a misterios a desentrañar. ¿Quién era realmente el Jaguar, el cadete de la escuela Leoncio Prado? Lo sabríamos a su debido tiempo, como en las novelas policiacas; pero su identidad estaba allí desde antes, escondida en el acertijo.


Al leer sabíamos que del otro lado estaba oficiando un escritor que experimentaba con sabiduría; otro joven, un tanto mayor y más diestro, alguien que nos hacía propuestas, y eso convertía el recorrido en una aventura cómplice que dependía de una carpintería minuciosa, de ajustes y ensamblajes justos, que no era nunca arbitraria. El aprendiz sabía que la novela se presentaba también como una propuesta matemática donde una de las reglas era la repetición ordenada de los procedimientos, de modo que se podía seguir adelante con toda confianza porque no había cómo perderse; se trataba de una experiencia desusada, pero donde el escritor demostraba que ejercía la responsabilidad de sostener la estructura sin arbitrariedades.


Se trataba de un acertijo, claro, pero con reglas. Y si entonces representó una nueva manera de escribir, también fue una nueva manera participativa de leer, como la que Cortázar proponía, y que no teniendo antecedentes en la lengua, cautivó desde entonces a no pocos lectores, entre quienes buscan ya no claves literarias, sino el goce mismo de vivir dentro de una novela.


Y no se trataba de lo cotidiano convertido en fábula, sino del registro de la experiencia narrada precisamente como cotidiana como si fuera la realidad misma, ni siquiera su espejo, con personajes del entorno contemporáneo del novelista que en La ciudad y los perros entran en escena robándose las pruebas de un examen escolar, el más común entre los actos extraordinarios, para comenzar una novela de catadura juvenil.


De allí en adelante los personajes que encontraremos en La casa verde y en Conversación en La Catedral pertenecen al mismo universo social de los cadetes del Leoncio Prado: soldados, patronas de burdeles, prostitutas y músicos, agentes de policía y periodistas gacetilleros, gente común y corriente elevada a la categoría excelsa de héroes de novela, dramáticos y picarescos, que hacen emerger de ellos mismos la épica a su propia medida, y cuya suma total no formará nunca una épica superior para la historia, porque la historia termina siendo siempre la decepción y la frustración.


Una literatura realista, que bien podría ser la de Flaubert, armada de otra manera que tampoco era la de Faulkner. Si el lector no encuentra marcas en su escritura, tampoco él las evidencia en cuanto a sus lecturas. La máquina de sus invenciones no dejó nunca de ser aleccionadora, y lo sigue siendo a través de un largo recorrido, que al llegar tan lejos, como ahora que celebramos sus 80 años de vida, tampoco ha perdido nunca su energía juvenil.

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