Pedro Castillo duplica la intención de voto de Keiko Fujimori en Perú

El maestro rural alcanza el 41,5 por ciento en la última encuesta

 

El candidato de izquierda, Pedro Castillo, duplica la intención de voto de Keiko Fujimori, su rival en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Perú, según una encuesta difundida este domingo. El sondeo realizado por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) y publicado en el diario La República señala que el 41,5 por ciento de los encuestados votaría por Castillo y el 21,5 por ciento lo haría por Fujimori en el ballotage del próximo seis de junio.

Así, a ambos candidatos los separan 20 puntos porcentuales, una distancia mayor a los 11 y 15 puntos de diferencia que reportaban las encuestas previas. Castillo es además el favorito en la mayoría de las provincias peruanas: domina con un 43,6 por ciento en el ámbito urbano y con un 56,7 por ciento en las zonas rurales del país. Por último, un 21,2 por ciento de los encuestados aseguró que votaría en blanco o nulo, mientras que los indecisos llegan al 13,5 por ciento.

Pedro Castillo fue la gran sorpresa de los comicios peruanos, un sindicalista de izquierda con posturas conservadoras en temas como el aborto o los derechos de las minorías sexuales. Por su parte Keiko Fujimori, quien desde hace años concentra una alta proporción del llamado "antivoto", expresa lo que para muchos en Perú es un límite intolerable: la constante reivindicación de su padre, Alberto Fujimori, presidente entre 1990 y 2000 y actualmente preso por delitos de lesa humanidad y corrupción.

26 de abril de 2021

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Jair Bolsonaro amenaza con una represión militar

Dijo que tiene un plan para "sacar las FF.AA. a la calle" en Brasil

Ante las restricciones al movimiento y el comercio impuestas localmente por estados y ciudades para frenar la pandemia.

 

El presidente de extrema derecha de Brasil, Jair Bolsonaro, afirmó que "se seguirá la orden" si decide decirle a las fuerzas armadas del país que tomen las calles.  Dado que algunos ya temen que el ex capitán del ejército, que está bajo fuego en múltiples frentes, podría estar preparando el terreno para interrumpir un traspaso pacífico del poder durante las elecciones presidenciales del próximo año, Bolsonaro , dio este viernes la señal más clara de que estaba dispuesto a desplegar los militares en las calles del país.

Con la crisis del coronavirus creciendo en Brasil, su presidente ha desestimado tanto el virus en sí como las medidas para contenerlo, advirtiendo en las últimas semanas sobre el supuesto caos social y los disturbios que él atribuye a las restricciones al movimiento y el comercio impuestas localmente por estados y ciudades individuales. Hablando durante una entrevista televisiva, Bolsonaro dijo que "no entraría en detalles sobre lo que estoy preparando", pero advirtió que "si tuviéramos problemas, tenemos un plan de cómo entrar al campo. Las fuerzas algún día podrían salir a la calle ”.

Según Bolsonaro tal movimiento, sería para "restablecer el artículo 5 de la Constitución", que hace referencia a los derechos individuales de la población brasileña, informó O Globo. Los comentarios de Bolsonaro, quien durante mucho tiempo ha elogiado la dictadura militar de dos décadas de Brasil, harán poco para calmar a los críticos que están preocupados por su politización del ejército. A otros les preocupa su compromiso con un traspaso pacífico del poder en caso de un resultado ajustado en las elecciones presidenciales del próximo año.

Tras haber apoyado las conspiraciones de Donald Trump de una elección robada el año pasado, que culminó con el asalto fatal de los partidarios del expresidente de Estados Unidos al Capitolio en Washington DC, Bolsonaro también ha hecho acusaciones infundadas de futuro fraude electoral en Brasil desde su elección en 2018. Si bien no es ajeno a las críticas, Bolsonaro actualmente se encuentra cada vez más bajo fuego, con el Senado recientemente lanzando una investigación sobre su manejo de la pandemia y hablando cada vez más de su posible juicio político.

Mientras tanto, las estrellas parecen estar alineándose para que su rival político más peligroso, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, compita con el presidente en 2022., La Corte Suprema de Brasil confirmó esta semana la decisión del mes pasado de que el controvertido juez Sergio Moro, quien fue posteriormente nombrado ministro de Justicia de Bolsonaro, había sido parcial al condenar a Lula da Silva por cargos de corrupción en 2017. La condena, que impidió al político de izquierda desafiar a Bolsonaro en 2018, fue anulada por el tribunal por motivos de procedimiento en marzo, y un juez de la Corte Suprema calificó la investigación por corrupción de Lula da Silva como "el mayor escándalo judicial en la historia del país".

Días después, cuando una encuesta de opinión sugirió que Lula da Silva podría atraer  la mitad de los votos brasileños, y 12 puntos más que Bolsonaro, el expresidente criticó el enfoque de su actual sucesor sobre la pandemia como "idiota", afirmando: "este país no tiene ningún gobierno ”, y ridiculizando la falta de vacunas disponibles, que Bolsonaro ahora está tratando de conseguir con urgencia.

Con frecuencia enfrentando a sus partidarios contra la corte suprema y el senado, Bolsonaro ha tratado de afirmar un control cada vez mayor sobre las fuerzas armadas de Brasil durante su mandato, designando a varios oficiales militares para puestos en el gabinete y muchos más en todo el gobierno.

“Si también consideramos algunos puestos burocráticos de segundo y tercer nivel, estamos hablando de miles, o tal vez decenas de miles de militares, activos o retirados, que hoy están en el gobierno brasileño”, dijo Guilherme Casaroes, politólogo y profesor en la escuela de Administración Pública de la Fundación Getulio Vargas. “Esto es muy, muy diferente de lo que hemos tenido en los últimos 35 años. Una de las piedras angulares de nuestra democracia civil fue precisamente mantener a los militares fuera de la política. Entonces, al, traerlos de vuelta a la política, el propio Bolsonaro que es un ex capitán del ejército, creo que está tratando de enviar un mensaje a todos sus oponentes políticos,” precisó.

Pero las fuerzas armadas de Brasil están en crisis y los comandantes de su ejército, fuerza aérea y marina renunciaron el mes pasado, después de que Bolsonaro despidiera a su ministro de Defensa y aliado durante mucho tiempo, el general Fernando Azevedo e Silva. "Lo más probable es que lo que ordenó Bolsonaro fue poner a los militares en las calles en los estados o ciudades en que los gobernadores o los alcaldes decidieron sobre algún tipo de restricciones sociales locales", dijo el profesor Rezende.

25 de abril de 2021

*De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página12

Traducción: Celita Doyhambéhère

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Las redes sociales son sistemas de comunicación que convierten fenómenos marginales en centrales. Foto: Liesther Amador / UNEAC.

¿Qué pasaba en el mundo antes de la aparición de la COVID-19? Ocurrían en distintas latitudes protestas sociales: Beirut, Hong Kong, Cataluña, Puerto Rico, Chile, Colombia, Costa Rica. Las demandas de unos y otros se ajustaban a las inconformidades de cada geografía, sin embargo, poseían el común denominador de gestarse en sociedades democráticas, desarrolladas, a través de las redes sociales.

Esta fue la pregunta y la respuesta que inició la conferencia del profesor español y catedrático de la teoría de la comunicación, Ignacio Ramonet, en la sala Rubén Martínez Villena de la UNEAC.

Al encuentro asistieron Alpidio Alonso Grau, Ministro de Cultura; Abel Prieto Jiménez, asesor del Presidente de la República y presidente de Casa de las Américas; Luis Morlote Rivas, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), entre otras figuras del mundo artístico e intelectual.

Entender el nuevo desafío que imponen las redes sociales, implica analizar las trasformaciones en las lógicas de consumo y la reconfiguración de los escenarios políticos, sociales y culturales en el ciberespacio.

El autor de El imperio de la vigilancia destacó la gran interrogante que constituye internet, como la tercera gran revolución de las comunicaciones, y las recientes redes sociales, con no más de 20 años de existencia.

"La diferencia con los medios de difusión masiva es que no alcanzan el nivel de retroalimentación de las redes sociales. Éstas ponderan el diálogo constante, tienen una relación más fuerte con los receptores. Son sistemas de comunicación que convierten fenómenos marginales en centrales".

En este entorno comienzan a actuar fenómenos como la postverdad y las "fake news". La posesión de una gran cantidad de información pasa de erigirse como generadora de pensamiento crítico a productora de desconocimiento.

"El discurso acerca del sistema mediático, como manipulador de la información a favor de los dueños de medios y las clases dominantes, ha sido sobrepasado por la crítica de la extrema derecha populista. Existe una atmósfera de guerra entre la sociedad y los dirigentes políticos. Hay un espíritu complotista contra el complot que está en el poder. En Estados Unidos, por ejemplo, la crítica de muchos ciudadanos al sistema generó un ataque al Capitolio", explicó Ramonet.

Donald Trump, representante de esta extrema derecha, tenía en su cuenta en Twitter 33 millones de seguidores cuando el asalto al Congreso estadounidense. Este hecho fue encabezado por una masa fanatizada. Parte de los simpatizantes del expresidente son partidarios de Quanon: una teoría conspirativa que llevó, el 4 de diciembre de 2016, a Edgar Maddison Welch a disparar, con un rifle de asalto, en una pizzería en Washington DC. La causa del hecho fue la sospecha de que en el sótano de aquel lugar se reunían demócratas, cantantes y actores de Hollywood pedófilos.

Ramonet recordó en una entrevista con el periodista brasileño Breno Altman cómo, en la actualidad, los ciudadanos se movilizan más por un tema puntual que por una gran causa. Esto se complejiza en un entorno donde la conspiranoia y el fanatismo forma parte de un sistema atacado, además, por la incertidumbre de la COVID-19.

"Lo que domina a las redes es el pensamiento mágico. La verdad es cada vez más emocional y no real. Las redes están hechas para emitir y no para recibir. Existe una repolitización salvaje en un sentido antropológico", expresó el director de Le Monde Diplomatique.

En un artículo de La Jiribilla, titulado Las redes sociales, nuevo medio dominante, el catedrático aborda la proyección de un futuro cada vez más dependiente de las Tecnologías de la Información y la Comunicación. La inteligencia artificial y la tecnología 5G, los algoritmos tendrán influencia directa en la organización misma de la sociedad y en la estructura política.

"La objetividad de la información (si alguna vez existió) ha desaparecido, las manipulaciones se han multiplicado, las intoxicaciones proliferan como otra pandemia, la desinformación domina, la guerra de los relatos se extiende. Nunca se habían “construido” con tanta sofisticación falsas noticias, narrativas delirantes, “informaciones emocionales”, complotismos. Para colmo, muchas encuestas demuestran que los ciudadanos prefieren y creen más las noticias falsas que las verdaderas, porque las primeras se corresponden mejor con lo que pensamos. Los estudios neurobiológicos confirman que nos adherimos más a lo que creemos que a lo que va en contra de nuestras creencias", agrega.

Actualmente, Facebook tiene 2 740 millones de usuarios aproximadamente; YouTube 2 291 millones y WhatsApp 2 000 millones. El protagonismo de las redes sociales en la vida cotidiana es irreversible. Las izquierdas no están exentas de este ecosistema comunicacional, padecen los mismos síntomas de esta era de los absurdos.

Cuba se inserta poco a poco en este entorno. A inicios de 2021 se reportaban 7 millones 700 mil cubanos conectados a la red de redes, lo que representa el 68 % de la población.

Ernesto Limia, vicepresidente primero de la Asociación de Escritores de la UNEAC, comentó sobre las complejidades del ciberespacio, como territorio reciente en la Isla, y cómo se imbrica con la situación de asedio político, económico y mediático que enfrenta el país. En dicho contexto, resaltó la importancia del estudio de la historia y la búsqueda de formas atractivas para acercarla a los más jóvenes.

"Detrás de las redes sociales hay mucha ciencia e innovación. ¿Quiénes son sus dueños? ¿Quiénes las financian? ¿A qué intereses responde? Sin duda estas tienen un alto componente ideológico y político, no sólo en el tema Cuba. En nuestro caso particular nos están tratando de crear una realidad virtual, manipulada. La batalla está en posicionar mejor nuestras líneas de mensaje", argumentó Abel González, vicepresidente de la sección de Literatura Histórico Social de la UNEAC.

El crítico, poeta y ensayista, Víctor Fowler, advierte la necesidad de "entender cómo funcionan las redes sociales y la transformación de la comunicación contemporánea: la cultura de los memes, los influencers, los youtubers, las personas que no son genios, intelectuales, líderes de moda o políticos, y sin embargo tienen una gran comunidad de seguidores. Hay que empezar a emplear los términos del siglo XXI. Nosotros en Cuba tenemos tarea doble, esa y comprender la dinámica de la agresividad contra el país".

Para Paquita de Armas Fonseca, crítica y periodista, lo primero es comenzar a interactuar con las redes sociales. Los nativos digitales asumen formas de socialización y consumo de información que distan de las formas tradicionales.

"Las redes sociales son una batalla de emociones, sentimientos, reacciones, a veces insultantes. Nos movemos en un medio de comunicación donde hay poco espacio para el intercambio civilizado de argumentos. Nos hemos habituado a los debates intelectuales de otras épocas, donde alguien hacía un ensayo y otra persona le respondía. Ahora estamos en una especie de torbellino de imágenes, sonido, chispas, fricciones. Cada día es más importante diseñar una política de comunicación que pondere la rapidez de la información", aseveró Abel Prieto, presidente de Casa de las Américas.

Será imprescindible la producción de contenidos adaptados a las lógicas del ciberespacio. Como señaló el músico e integrante del Dúo Buena Fe, Israel Rojas, esto involucra la necesidad de un estudio y una comprensión de las prácticas de consumo, a la par de políticas trasparentes y agendas públicas cada vez más cercanas a las inquietudes de la ciudadanía.

1 abril 2021

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La gran política y la revolución digital

 

 

En los Cuadernos de la cárcel Antonio Gramsci diferenciaba entre la gran política y la pequeña política. La primera se concentra en las funciones que desempeñan los Estados y en las estructuras económico-sociales. La segunda aborda la política del día, parlamentaria, de corredores, de intriga.

La gran política es necesariamente creativa. La pequeña es conservadora y apenas busca mantener los equilibrios prexistentes. En el mundo actual, la alta política la definen las grandes multinacionales, las fuerzas armadas y sus think tanks estratégicos, y grupos de presión y de poder como el deep State en Estados Unidos.

De la pequeña política se ocupan los gobiernos, en particular los progresistas que no tienen posibilidades de influir en la gran política, ya que no se proponen cambios estructurales y, por tanto, se limitan a cuestiones de maquillaje y estética políticas, sobre todo utilizando los medios de comunicación de masas.

Lo más común es que propongan como gran política cuestiones que no pasan de ser políticas de lo cotidiano, a menudo rescatadas de fracasos anteriores. La represa Belo Monte que promovió el gobierno de Lula en Brasil fracasó casi medio siglo antes por la oposición de los pueblos amazónicos a la obra faraónica que propuso la dictadura militar. El Tren Maya entra en la misma categoría de la política de intriga, que se quiere hacer pasar como obra estratégica.

El desarrollo digital forma parte de la gran política que los gobiernos, en general, tratan con los modos de la pequeña política. Se limitan a bendecirla como si fuera un proceso inevitable en la vida humana, como el nacimiento y la muerte, como el amanecer y el crepúsculo.

Sin embargo, la digitalización es considerada como la tercera revolución antropológica, luego de la creación del lenguaje articulado y la invención de la escritura, como estima el sicoanalista y epistemólogo franco-argentino Miguel Benasayag en La tiranía del algoritmo, aún inédito en castellano.

Miguel es un compañero cuyos análisis son agudos y penetrantes. Pertenece a la generación de 1968, estuvo tres años en las cárceles de la dictadura por pertenecer al Ejército Revolucionario del Pueblo y ahora participa en el colectivo francés Malgré tout (A pesar de todo). Sigue comprometido con causas colectivas y se ha focalizado en estudiar las consecuencias de las nuevas tecnologías en la sociedad.

Su libro anterior, El cerebro aumentado, el hombre disminuido (Paidós, 2015), señala que, a diferencia de los inventos anteriores, desde la rueda a los antibióticos, la digitalización no termina de producir un nuevo modo de ser en el mundo para el hombre, sino que aleja al hombre del mundo y su poder de actuar, a pesar de que desencadene un poder muy fuerte en lo tecnológico (p. 116).

Sostiene que la revolución de la digitalización ha llevado a que 95 por ciento del conocimiento que tenemos sobre el mundo sea indirecto. Pero ese conocimiento indirecto no se suma al conocimiento que nace de la experiencia corporal, sino que lo remplaza y lo cancela. Por eso considera la digitalización como violencia, porque niega y suprime la diferencia (y a los diferentes) y las identidades singulares.

La rapidez y la omnipresencia caracterizan la revolución digital, estima Benasayag. En el mundo del algoritmo no existe la alteridad, pero la delegación de las decisiones políticas en los algoritmos suspende el conflicto, lo bloquea y lo inhibe. La negación del conflicto puede producir la barbarie, sostiene en Elogio del conflicto, escrito con su compañera Angélique del Rey (Brueghel, 2018).

La tiranía del algoritmo coloniza la vida, al eliminar la singularidad de los seres y, en consecuencia, suprimir el conflicto. De ese modo nos deja inermes, nos desmaterializa y descorporiza, convertidos apenas en datos binarios inscritos en chips, lo que nos inmoviliza al enrejarnos en lo individual.

Para evadir esta tiranía, sostiene Benasayag, debemos resistir la supresión de la diferencia y del conflicto, algo que parecen estar deseando los gobiernos, en general, y los progresistas en particular. Por eso se engalanan con las prendas de los pueblos originarios y esgrimen sus bastones de mando haciendo creer que todo es lo mismo, que es igual arriba que abajo. Las diferencias y los diferentes son sentidos como amenazas por un sistema incapaz de procesar los conflictos, como hizo la humanidad en su historia.

La pequeña política gubernamental se muestra impotente ante la gran política de las grandes empresas de la información, esas que pueden hasta bloquear y cancelar las cuentas de los presidentes del imperio. Lo peor que podemos hacer es ignorar la potencia de esta tiranía, su capacidad de anular a los seres humanos.

Aún no hemos encontrado los modos de actuar capaces de enfrentar la revolución digital, no para negarla, sino para evitar que destruya la vida. Lo que vamos aprendiendo es que nada puede cambiar si nos limitamos a la pequeña política de palacio

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Libélulas Hemiphlebia mirabilis. Reiner Richter, CC BY-NC-SA

La diversidad es utilizada como sustrato por la selección natural (y sexual) para actuar, siempre y cuando los rasgos que muestran variabilidad se transmitan a través de las generaciones. Esto es la base de la evolución.

 

Tradicionalmente, se ha estudiado la herencia de caracteres fenotípicos (visibles) o fisiológicos. Pero ahora sabemos que los comportamientos también evolucionan, y, lamentablemente, también pueden extinguirse.

La ciencia ha demostrado que la diversidad es garantía de estabilidad en las comunidades. Por ello, la diversidad comportamental, o etodiversidad, es un elemento clave en las interacciones sociales.

Etodiversidad, otro motor de evolución

El concepto de diversidad biológica o biodiversidad puede considerarse en realidad un metaconcepto, puesto que engloba varios niveles.

Imaginemos que estos niveles son un complejo de matrioskas o muñecas rusas, de tal forma que un nivel encierra a otro y así sucesivamente. De esta forma, tendríamos diferentes niveles, de menor a mayor complejidad: la diversidad genética, la diversidad de especies, la diversidad de ecosistemas que albergan esas especies y la diversidad paisajística (donde se encuentran estos ecosistemas), además de incluir los procesos evolutivos y ecológicos.

La divergencia y generación de nuevas especies puede producirse cuando las poblaciones quedan aisladas geográficamente, dejan de intercambiar genes y evolucionan independientemente, como ocurre en las islas.

Sin embargo, también es posible la especiación, aunque las poblaciones coexistan, cuando en ausencia de una barrera física, otros mecanismos adquieren relevancia. Estos pueden ser de varios tipos:

  • Ecológico. Por ejemplo, cuando se alimentan en plantas diferentes, o viven en distintos microhábitats.
  • Sexual. Diferencias en la morfología de los órganos reproductores y gametos que dificultan o impiden la reproducción.
  • Genético. Cambios cromosómicos u otros que crean esterilidad o inviabilidad híbrida.
  • Etológico. Cuando hay divergencia en las señales de cortejo, atracción, huida o ataque entre individuos.

El comportamiento cobra gran protagonismo para aislar poblaciones por divergir en su cortejo, como los elegantes movimientos de la libélula más primitiva viva (Hemiphlebia mirabilis), las danzas nupciales de las arañas pavo-real, las acrobacias y bailes de las aves del paraíso o los cambios de color de las sepias.

Si las barreras reproductivas que surgen son lo suficientemente fuertes, los grupos no intercambiarán genes entre ellos aun cuando se eliminen las barreras geográficas, por lo que en dicho momento pueden considerarse ya como especies separadas. El comportamiento es posiblemente el mecanismo más efectivo para generar diversidad.

La cara cultural y social de la diversidad

Es importante tener presente que la diversidad también incluye una dimensión cultural, un factor muy relevante en muchas especies, incluyendo los humanos.

Nuestra interacción con el medio que nos rodea, mediante procesos culturales a lo largo de diferentes épocas y contextos históricos, han determinado cambios profundos del medio, que nos han permitido adaptarnos modificando el ambiente (lo que ahora se conoce como "construcción del nicho").

El concepto de biodiversidad no solo se limita al mundo animal o vegetal, sino que tiene importantes consecuencias sociales.

Durante las primeras elecciones bajo la perestroika (reforma económica) de la antigua URSS, el diputado Nikolay Vorontsov aprovechó la fama del genetista Theodosius Dobzhansky, que hablaba de la diversidad de las poblaciones naturales, e intentó extrapolar la relevancia de esas ideas en lo económico, cultural y en la vida política.

Si Rusia quería salvar su país, postulaba Vorontsov, debían centrarse en la diversidad en todos los sectores. En aquel momento funcionó a la perfección, ya que era una sociedad uniforme y monopolizada, que había dañado tanto la vida pública como la privada.

Fue la primera vez que la unión conceptual de la diversidad biológica y la diversidad cultural cosechó beneficios, ya que Vorontsov ganó, convirtiéndose más tarde en último ministro de Medio Ambiente de la URSS, en el Gobierno de Mijail Gorbachov.

Por tanto, como hemos visto, el concepto de biodiversidad no solamente se limita a animales, plantas u hongos, sino que es extrapolable a niveles sociales y/o culturales, y en particular a la etodiversidad, siendo la diversidad lingüística un caso paradigmático.

Si no ponemos en valor la diversidad, entendiendo esta en su sentido más amplio, podemos caer en actitudes intolerantes que por desgracia parecen estar todavía a la orden del día.

El racismo, el machismo, el fascismo u otras corrientes políticas extremas radican en el desconocimiento y escasa comprensión del significado de la diversidad y en la ausencia de respeto y empatía. Diversidad cultural, diversidad de pensamientos, diversidad sexual, diversidad funcional, diversidad lingüística…, en una palabra: etodiversidad.

Comprender y aceptar que existen todos estos tipos de diversidad y, lo más importante, educar a las futuras generaciones en valores de aceptación y respeto de esta diversidad, proporciona grandes beneficios para la sociedad, de la misma forma que la propia existencia de la diversidad biológica nos beneficia.

No lo olvidemos, ser diferentes no significa ser mejores ni peores. En palabras de Aldo Leopold en su libro A Sand County Almanac:

"La naturaleza nunca fue una materia prima homogénea. Fue muy diversa y los artefactos resultantes son muy diversos. Estas diferencias en el producto final se conocen como culturas. La rica diversidad de las culturas del mundo es el reflejo una diversidad equivalente en la naturaleza que les dio a luz".

Anais Rivas Torres  

Investigadora en el Departamento de Ecología y Biología Animal, Universidade de Vigo

Adolfo Cordero Rivera

Catedrático de Ecología, Universidade de Vigo

04/03/2021

Jueves, 25 Febrero 2021 06:02

Lo antisistema

Lo antisistema

Acosada por la ideología global de la extrema derecha, la democracia morirá fácilmente en el espacio público si no se traduce en el bienestar material de las familias y de las comunidades.

El crecimiento global de la extrema derecha ha dado una nueva importancia al concepto de antisistema en política. Para entender lo que está pasando, es necesario retroceder algunas décadas. En un texto como este no es posible dar cuenta de toda la riqueza política de este periodo. Ciertamente, las generalizaciones serán arriesgadas y no faltarán las omisiones. Aun así, el ejercicio se impone por la urgencia de dar algún sentido a lo que, por momentos, parece no tener ningún sentido.

Los sistemas

El binarismo sistema/antisistema está presente en las disciplinas más diversas, desde las ciencias naturales hasta las ciencias humanas y sociales, desde la biología hasta la física, desde la epistemología hasta la psicología. El cuerpo, el mundo, la ciudad o el clima se pueden concebir como sistemas. Incluso hay una disciplina dedicada al estudio de sistemas: la teoría de sistemas. El sistema se define, en general, como una entidad compuesta por diferentes partes que interactúan para componer un todo unificado o coherente. El sistema, de este modo, es algo limitado, y lo que está fuera de él tanto puede rodearlo e influenciarlo (su entorno) como serle hostil y pretender destruirlo (antisistema). En las ciencias sociales, si bien ciertas corrientes rechazan la idea de sistema, existen muchas formulaciones del binarismo sistema/antisistema. Distingo dos formulaciones particularmente influyentes. La teoría del sistema-mundo, propuesta por Immanuel Wallerstein, sostiene que, históricamente, existieron dos tipos de sistema-mundo: el imperio-mundo y la economía-mundo. El primero se caracteriza por un centro político con amplias estructuras burocráticas y múltiples culturas jerarquizadas; el segundo se caracteriza por una única división del trabajo, múltiples centros políticos y múltiples culturas igualmente jerarquizadas. Desde el siglo XVI, existe el sistema-mundo moderno basado en la economía-mundo del capitalismo. Se trata de un sistema dinámico y conflictivo que marcha a distintos ritmos temporales y que dividió los diferentes países/regiones en tres categorías: el centro, la periferia y la semiperiferia, definidas en función del modo en que se apropian (o son expropiadas) de las plusvalías de la producción capitalista y colonialista global. El sistema permite transferencias de valor de los países periféricos a los países centrales, mientras que los países semiperiféricos actúan como correas de transmisión del valor creado de la periferia al centro (como fue el caso de Portugal durante siglos).

La otra concepción de sistema (y de antisistema) se ha desarrollado principalmente en la ciencia política y las relaciones internacionales. El sistema se concibe aquí como un conjunto coherente de principios, normas, instituciones, conceptos, creencias y valores que definen los límites de lo convencional y legitiman las acciones de los agentes dentro de esos límites. La unidad del sistema puede ser local, regional, nacional o internacional. Podemos decir que, tras la Segunda Guerra Mundial, hubo dos sistemas nacionales dominantes: el sistema político de partido único al servicio del socialismo (el mundo chino-soviético) y un sistema democrático liberal al servicio del capitalismo (el mundo liberal). Las relaciones internacionales entre ambos sistemas configuraron un tercer sistema, la Guerra Fría, un sistema regulado de conflicto y contención. La Guerra Fría condicionó la forma en que se evaluaron los dos sistemas nacionales/regionales: para el mundo liberal, el mundo chino-soviético era una dictadura al servicio de una casta burocrática; para el mundo chino-soviético, el mundo liberal era una democracia burguesa al servicio de la acumulación y la explotación capitalista. Con la caída del Muro de Berlín en 1989, este sistema formado por tres sistemas entró en crisis. A escala nacional, pasó a reconocerse solo un sistema legítimo: el sistema liberal. La crisis del sistema internacional de la Guerra Fría alcanzó el paroxismo con la presidencia de Donald Trump. Vistas desde la larga duración del sistema-mundo moderno, estas transformaciones políticas, a pesar de su dramatismo, son variaciones de época dentro del mismo sistema. En la peor de las hipótesis, podrían estar señalando una crisis más profunda del sistema-mundo mismo.

Los antisistemas

Los movimientos que se oponen radicalmente al sistema dominante son antisistema. A lo largo del siglo XX, fueron antisistema los movimientos que se oponían al capitalismo y al colonialismo (antisistema-mundo) y aquellos que se oponían a la democracia liberal (mundo antiliberal). Algunos movimientos estaban en contra del capitalismo/colonialismo, pero no en contra de la democracia liberal, como fue el caso de los partidos socialistas y de la mayoría de los sindicatos durante las primeras décadas del siglo XX (socialismo democrático). Otros estaban en contra del capitalismo/colonialismo y de la democracia liberal, como los movimientos revolucionarios (comunistas, anarquistas) y muchos de los movimientos de liberación anticolonial, con o sin la adopción de la lucha armada. Por último, otros estaban en contra de la democracia liberal, pero no en contra del capitalismo/colonialismo. Fueron los movimientos reaccionarios, nazis, fascistas y populistas de derecha los que, o ni si quiera aceptaban los tres principios de la Revolución francesa (libertad, igualdad y fraternidad), o veían en la evolución de la democracia liberal (ampliación del sufragio, multiplicación de derechos sociales y económicos) y en el crecimiento del movimiento comunista tras la Revolución rusa una deriva peligrosa que acabaría poniendo en peligro el capitalismo. Estos movimientos propusieron un capitalismo tutelado por el Estado autoritario (fascismo y nazismo).

Siempre fue importante distinguir entre izquierda y derecha, entre movimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios. Los primeros, cuando lucharon contra el capitalismo/colonialismo, lo hicieron en nombre de un sistema social más justo, más diverso y más igualitario; cuando lucharon contra la democracia liberal, fue en nombre de una democracia más radical, a pesar de que el resultado fuera la dictadura, como ocurrió con Stalin. Por el contrario, los movimientos contrarrevolucionarios siempre lucharon contra las fuerzas anticapitalistas y anticolonialistas, muchas veces con el prejuicio de estar lideradas por clases inferiores o peligrosas y, por las mismas razones, estaban dispuestos a optar por la dictadura siempre que la democracia liberal significase una amenaza para el capitalismo.

1945-1989

Entre 1945 y 1989 la dialéctica sistema/antisistema fue muy dinámica. En los países centrales del sistema-mundo, lo que hoy llamamos Norte global, el fascismo y el nazismo fueron derrotados y solo sobrevivieron en dos países semiperiféricos de Europa: Portugal y España. En Rusia (y países satélites), la otra semiperiferia europea, y en China, se consolidó el sistema chino-soviético. En los países europeos centrales la democracia liberal se convirtió en el único régimen político legítimo. Los partidos socialistas abandonaron la lucha anticapitalista (en 1959, el Partido Socialdemócrata de Alemania –SPD– se desvinculó del marxismo) y comenzaron a hacerse cargo de la tensión entre la democracia liberal (fundada en la idea de la soberanía popular) y el capitalismo (fundado en la idea de acumulación infinita de riqueza), con arreglo a la nueva fórmula dada a un antiguo concepto: la socialdemocracia. A su vez, los partidos comunistas y otros partidos a la izquierda de los partidos socialistas se integraron en el sistema democrático. De hecho, durante la noche fascista y nazi, los militantes de estos partidos (especialmente los comunistas) fueron los que lucharon con más dedicación por la democracia, habiendo pagado un alto precio por ello. Es bueno recordar, a título de ejemplo, que Álvaro Cunhal, secretario general del Partido Comunista Portugués (PCP), estuvo preso durante quince años, de los cuales ocho fueron en régimen de aislamiento.

En la periferia y la semiperiferia del sistema-mundo, los movimientos anticapitalistas y contrarios a la democracia liberal tomaron el poder en China, Cuba, Corea del Norte y Vietnam, y en otros países alimentaron la lucha antisistema durante muchos años, a veces recurriendo a la lucha armada, como en los casos de Colombia, Filipinas, Turquía, Sri Lanka, la India, Uruguay, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. El caso más significativo de un movimiento anticapitalista pero no contrario a la democracia liberal fue el liderado por Salvador Allende en Chile (1970-1973), neutralizado por un brutal golpe de Estado planeado por la CIA.

En África y Asia, los movimientos de liberación anticoloniales confirieron una nueva complejidad a los movimientos antisistema. Inspirados por la Conferencia de Bandung de 1955, que reunió a veintinueve países asiáticos y africanos y otorgó fuerza política al concepto de Tercer Mundo (el Movimiento de Países No Alineados), se proponían llevar a cabo una doble ruptura en la lógica sistémica. Por un lado, rechazaban tanto el capitalismo liberal como el socialismo soviético y estaban dispuestos a luchar por alternativas que combinaban el pensamiento político europeo y diversas corrientes de pensamiento africano. Por otro lado, buscaban construir un régimen político democrático de nuevo tipo basado en el protagonismo de los movimientos de liberación. Gran parte de esta experimentación política colapsó durante la década de 1980 debido a errores internos y al asedio del capitalismo global.

De 1989 hasta hoy

En el periodo más reciente, las características más significativas de la política antisistema son las siguientes. Con el colapso de la URSS, parecía que el mundo de la democracia liberal había ganado la histórica competición entre sistemas de manera irreversible («el fin de la historia»). ¿Pero quién venció? Como hemos visto, a lo largo de los últimos 150 años los dos pilares de la lucha antisistema fueron el capitalismo/colonialismo y la democracia liberal. ¿En 1989 vencieron el capitalismo y la democracia de manera conjunta? ¿O la democracia a expensas del capitalismo? ¿O, acaso, el capitalismo a costa de la democracia? Para responder a estas preguntas es necesario examinar lo que pasó en el periodo anterior con los dos pilares y los cambios convergentes que se produjeron en ellos.

Tengamos en cuenta que antes de 1945 el fascismo y el nazismo eran, en gran medida, una respuesta al crecimiento de la militancia de las clases trabajadoras («la amenaza comunista») combinado con altos niveles de desempleo e inflación y el empobrecimiento de las grandes mayorías. A su vez, los límites de la democracia liberal (límites al sufragio, control total de las élites, ausencia de políticas públicas universales) no permitían gestionar el conflicto social ni dar a los movimientos socialistas la oportunidad de consolidar alternativas. El enfrentamiento entre dos tipos de alternativas fue feroz: el reformismo y la revolución. Después de 1945, y en respuesta a la consolidación del mundo chino-soviético, el mundo liberal de los países centrales buscó bajar la tensión entre democracia y capitalismo. Para eso, las clases capitalistas que la dominaban tuvieron que hacer concesiones inimaginables en el periodo anterior: impuestos muy altos, sectores estratégicos nacionalizados, cogestión entre trabajo y capital en grandes empresas (como en la entonces Alemania Occidental), derechos laborales robustos, políticas sociales universales (salud, educación, sistema de pensiones, transporte). Con esto surgieron amplias clases medias y fue a partir de ellas que se consolidó el reformismo. En Europa occidental, la compatibilidad entre la democracia liberal y el capitalismo se produjo mediante la combinación de altos niveles de protección social con altos niveles de productividad. En Estados Unidos, el reformismo adoptó formas mucho más tenues. También implicó una respuesta a la amenaza comunista imaginada (macartismo), que surgió en Alemania Occidental en forma de Berufsverbot (descalificación para el ejercicio de ciertos cargos por parte de comunistas y «extremistas radicales»). Pero la nueva posición hegemónica de Estados Unidos, el activismo sindical y la fuerza de los “treinta años gloriosos” (1945-1975) garantizaron el surgimiento de clases medias fuertes.

Este compromiso entre democracia y capitalismo, combinado con la desintegración de la URSS, fue lo que garantizó la caída, en los países centrales, de los movimientos antisistema, tanto de izquierda como de derecha. Este compromiso entró en crisis desde mediados de la década de 1970 con la primera crisis del petróleo y la crítica de los conservadores al “exceso de derechos” de la democracia (derechos laborales, económicos y sociales) y la crisis se profundizó dramáticamente después de 1989. En retrospectiva, se puede decir que en 1989 los derrotados fueron tanto el comunismo soviético como la socialdemocracia. Quien ganó fue el capitalismo a expensas de la democracia. Esta victoria resultó en el surgimiento de una nueva versión del capitalismo: el neoliberalismo basado en la desregulación de la economía, la demonización del Estado y de los derechos laborales, económicos y sociales, la privatización total de la actividad económica y la conversión de los mercados en un regulador privilegiado tanto de la vida económica como de la vida social. El neoliberalismo comenzó a ensayarse violentamente en Chile y otros países del Sur Global, y presidió las transiciones democráticas en el sur de Europa en la década de 1970 y en América Latina en la década de 1980.

Hasta entonces, el Estado democrático o social de derecho era la expresión de la posible compatibilidad entre democracia y capitalismo. A partir de 1989, la democracia quedó subordinada al capitalismo y solo se defendió en la medida en que defendiera los intereses del capitalismo, la llamada “market friendly democracy”. A ella se contrapuso la socialdemocracia que von Hayek caracterizara como «democracia totalitaria». Como el objetivo principal es la defensa del capitalismo, siempre que la burguesía nacional/internacional lo considera en peligro, la democracia debe ser sacrificada, un sacrificio que, dadas las circunstancias, puede ser total (dictaduras militares o civiles) o parcial (Italia de posguerra, golpes jurídico-parlamentarios en la actualidad). La diplomacia y la contrainsurgencia estadounidenses han sido los principales promotores globales de esta ideología.

Los movimientos antisistema

¿Y los movimientos antisistema en este último periodo? Nuevamente es necesario distinguir entre movimientos de izquierda y de derecha. En cuanto a los movimientos de izquierda, los viejos movimientos revolucionarios se convirtieron en partidos democráticos y reformistas. La lucha anticapitalista se convirtió en la lucha por amplios derechos económicos, sociales y culturales, y la lucha antidemocracia liberal se convirtió en la lucha por la radicalización de la democracia: la lucha contra la degradación de la democracia liberal, la articulación entre democracia representativa y democracia participativa, la defensa de la diversidad cultural, la lucha contra el racismo, el sexismo y el nuevo/viejo colonialismo. Estos partidos, por tanto, dejaron de ser antisistema y pasaron a luchar por las transformaciones progresistas del sistema democrático liberal.

Los movimientos antisistema de izquierda continuaron existiendo, pero, por definición, fuera del sistema de partidos. Incluso puede decirse que se expandieron, dado el creciente malestar social provocado por la subordinación incondicional de la democracia al capitalismo, traducida en repugnante desigualdad social, discriminación racial y sexual, catástrofe ecológica inminente, corrupción endémica, guerras irregulares, y hasta por la incapacidad de los partidos de izquierda para frenar este estado de cosas. A los viejos movimientos revolucionarios y sindicales les siguieron los nuevos movimientos sociales a nivel local, nacional e incluso global (Vía Campesina, Marcha Mundial de las Mujeres, y varias articulaciones globales que surgieron dentro y fuera del Foro Social Mundial que se reunió por primera vez en 2001 en Brasil). Surgieron nuevos actores sociales, a saber, los movimientos feministas, indígenas, ecológicos, LGBTIQ, de economía popular, afrodescendientes. Muchos de estos movimientos tienen objetivos anticapitalistas y apuntan a formas de democracia radical. Algunos de ellos han logrado alcanzar estos objetivos a nivel local, transformándose así en utopías realistas. Hasta el momento no han logrado tener una influencia política más consistente, ni a nivel nacional ni global, debido a dificultades en las articulaciones translocales y al hecho de que el sistema político democrático liberal está monopolizado por los partidos. Son movimientos pacíficos, guiados por la idea de democracia de base intercultural, y por la valorización de las economías populares y de los saberes ancestrales de las comunidades campesinas, indígenas y, en el contexto americano, afrodescendientes.

A su vez, los movimientos antisistema de derecha (la extrema derecha) también cobraron un nuevo impulso en el último periodo. La derrota del nazismo y del fascismo (en Portugal, 1974-76 y España, 1975-78) fue abrumadora. Cuando sobrevivieron fue de forma muy atenuada, como en el caso del peronismo en Argentina y del varguismo en Brasil, sin dictadura ni glorificación de la violencia política ni odio racial. Fue este sistema híbrido el que originalmente se llamó populismo. Después de 1989, asistimos al surgimiento o creciente visibilidad de grupos de extrema derecha, casi siempre involucrados en retóricas y acciones de odio y violencia racial. Este crecimiento es particularmente significativo en Estados Unidos.[1] Muchos de estos movimientos se mantuvieron en la ilegalidad o exploraron áreas grises o híbridas que he designado como alegalidad. En los últimos veinte años, estos grupos asumieron una nueva agresividad, buscando la legalidad y la propia conversión sistémica al convertirse en partidos, que consiguieron legalizar con artificios del lenguaje y con la complicidad de los tribunales. Cuando esto sucedió, mantuvieron estructuras clandestinas formalmente separadas de la estructura partidaria, pero articuladas orgánicamente como fuentes de movilización política que los propios partidos no tienen capacidad de garantizar.

Con la llegada de Donald Trump al poder, los movimientos de extrema derecha ganaron nuevo aliento y se diversificaron internamente. Entretanto, los grupos de extrema derecha y las milicias estadounidenses habían aumentado, especialmente después de que Barak Obama llegó al poder. El respetado Southern Poverty Law Center identificó, en 2020, 838 «grupos de odio».[2] Algunos son nazis, están fuertemente armados y reivindican el legado de los movimientos de linchamiento racial del siglo XIX (el Ku Klux Klan). Fuera de Estados Unidos, grupos paramilitares y milicias en Colombia, Brasil, Indonesia e India se acercan al poder institucional. Por otro lado, asumieron una dimensión global que antes no existía o no era visible. El agente más notorio de esta promoción, en Europa y América, es Steve Bannon, una figura siniestra y criminal que ha sido halagada por los medios de comunicación ingenuos o cómplices.

Estos movimientos conquistan espacio social, no gracias a la exaltación de los símbolos nazis (a los que también recurren), sino mediante la explotación del malestar social que provoca la creciente subordinación de la democracia al capitalismo. En otras palabras, explotan las mismas condiciones sociales que movilizan a los movimientos antisistema de izquierda. Pero, mientras para estos el malestar social proviene precisamente del sometimiento de la democracia a las exigencias del capitalismo, exigencias cada vez más incompatibles con el juego democrático, para los movimientos de extrema derecha el malestar proviene de la democracia y no del capitalismo. Por eso, como en los años treinta, la extrema derecha es mimada, protegida y financiada por sectores del capital, especialmente el financiero, el más antisocial de todos los sectores del capital.

En este contexto surgen dos preguntas. Primera: ¿por qué resurge ahora la extrema derecha si, a diferencia de las décadas de 1920-1930, no existe amenaza comunista ni gran activismo sindical? Esta amenaza fue una de las respuestas a la grave crisis social y económica que se vivía entonces. Hoy esa respuesta no existe, pero la crisis de los próximos años amenaza con ser tan grave como la de esos años. Los think tanks capitalistas globales (incluidos los chinos) han estado señalando el peligro de desestabilización política debido a la inminente crisis social y económica, ahora agravada por la pandemia. Saben que la ausencia de alternativas anticapitalistas o poscapitalistas no es definitiva. Pueden surgir a largo plazo y es mejor prevenir que curar. La respuesta tiene varios niveles. El más profundo es el perfeccionamiento del capitalismo de vigilancia, que, con la cuarta revolución industrial (inteligencia artificial), permite desarrollar controles efectivos y más precisos que nunca de la población. A un nivel más superficial, se promueve la ideología intimidatoria, antidemocrática, racista y sexista. El lenguaje del pasado es, en este caso, más eficaz que el del presente y, por tanto, la retórica de la extrema derecha habla del nuevo peligro comunista, que ve tanto en los gobiernos democráticos como en el Vaticano del Papa Francisco. En Estados Unidos, el partido democrático, de centroderecha, es atacado como izquierda radical, confusamente vinculada al gran capital y a las tecnologías de información y comunicación. En Brasil, la extrema derecha instalada en el poder federal habla del peligro del “marxismo cultural”, un lema nazi para demonizar a los intelectuales judíos. Lo que se pretende es maximizar la coincidencia de la democracia con el capitalismo mediante el vaciamiento del contenido social de la democracia, débil en protección y fuerte en represión. Los think tanks saben que todos estos planes son contingentes y que los movimientos antisistema de izquierda pueden tirarlos a la basura de la historia. De ahí que sea mejor prevenir que curar.

Segunda pregunta: ¿la extrema derecha tiene una vocación fascista o simplemente autoritaria? La extrema derecha no es monolítica ni puede ser evaluada exclusivamente por su cara jurídica. De ahí la complejidad del juicio. La historia nos enseña que la democracia liberal no sabe defenderse de los antidemócratas y, dicho sea de paso, desde 1945, nunca como hoy se vio con tanta frecuencia que los antidemócratas sean elegidos para altos cargos. Son antidemócratas porque, en lugar de servir a la democracia, la utilizan para llegar al poder (como Hitler) y, una vez en el poder, no lo ejercen democráticamente ni lo abandonan pacíficamente si pierden las elecciones. Inicialmente cuentan con el apoyo de los medios convencionales y, a partir de cierto momento, con seguidores en las redes sociales, intoxicados por la lógica de la posverdad y los “hechos alternativos”.

Incluso antes de cualquier desenlace dictatorial, la extrema derecha de hoy tiene dos componentes fundamentales del nazi-fascismo: la glorificación de la violencia política y el discurso del odio racial contra las minorías. Solo falta la dictadura, pero algunos elogian la tortura (Jair Bolsonaro en Brasil) y promueven ejecuciones extrajudiciales (Rodrigo Duterte en Filipinas). El peligro de estos dos componentes puede ser maximizado por tres factores. Primero, la complicidad de los tribunales con una comprensión equivocada (o peor) de la libertad de expresión. Segundo, el deslumbramiento de los medios con la retórica “poco convencional” de los protofascistas y el protagonismo de los ideólogos de derecha que separan artificialmente el mensaje político, que aprueban, de lo que consideran excesos descartables (prisión perpetua, esterilización de pedófilos, deportación de inmigrantes, segregación de las minorías), silenciando que son precisamente estos “excesos” los que atraen a parte de los seguidores. Tercero, la legitimación que les otorgan políticos de derecha moderada, convirtiéndolos en socios de gobierno con la esperanza de poder moderar tales excesos. En la Alemania prenazi, Franz von Pappen se hizo tristemente famoso, quien en 1933 jugó un papel crucial en vencer la resistencia del presidente Paul von Hindenburg para nombrar a Hitler como jefe de gobierno y, habiéndose integrado él mismo a ese gobierno, demostró ser totalmente incapaz para controlar el “dinamismo” golpista nazi.

La defensa de la democracia

La defensa de la democracia frente a la extrema derecha pasa por muchas estrategias, algunas a corto plazo, otras a mediano plazo. En el corto plazo, ilegalización, siempre que se viole la Constitución, aislamiento político y atención a la infiltración en las fuerzas policiales, el ejército y los medios de comunicación. En el mediano plazo, reformas políticas que revitalicen la democracia; políticas sociales robustas que hagan efectiva la retórica de “no dejar atrás” a nadie ni a ninguna región del país; en un país como Portugal, hacer el juzgamiento político de los crímenes del fascismo y el colonialismo para, con eso, descolonizar la historia y la educación; promover nuevas formas de ciudadanía cultural y respetar la diversidad que se deriva de ella. Acosada por la ideología global de la extrema derecha, la democracia morirá fácilmente en el espacio público si no se traduce en el bienestar material de las familias y de las comunidades. Solo así la democracia evitará que el respeto ceda al odio y la violencia, y que la dignidad ceda a la indignidad y la indiferencia.

Por Boaventura de Sousa Santos | 25/02/2021 

Notas:

[1] Véase el Informe de 2020 del Center for Strategic and International Studies, “The Escalating Terrorism Problem in the United States”, de autoría de Seth Jones, Catrina Doxsee y Nicholas Harrington .Disponible en https://csis-website-prod.s3.amazonaws.com/s3fs-public/publication/200612_Jones_DomesticTerrorism_v6.pdf, consultado el 19 de febrero de 2021.

[2] Disponible en https://www.splcenter.org/hate-map, consultado el 19 de febrero de 2021.

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Las insurrecciones populares no caben en las urnas

Aunque los movimientos anti-patriarcales y anti-coloniales han desplegado sus alas en las últimas décadas, los resultados en la cultura política hegemónica aún son muy débiles. Los medios de comunicación no hegemónicos y las izquierdas siguen reflejando, en sus coberturas y discursos, la enorme dificultad para trascender las formas más tradicionales de dominación.

Las recientes elecciones en Ecuador son una prueba de ello. La atención desplegada ante la posibilidad de que Yaku Pérez alcance la presidencia por Pachakutik no se compara con la que obtuvo el levantamiento indígena y popular de octubre de 2019.

Por más que este levantamiento sea un parteaguas en la historia reciente del país andino, las miradas vuelven una y otra vez hacia las urnas, aunque éstas nunca modifican la relación de fuerzas. La votación de Yaku roza el 20%, siendo la más alta en la historia del movimiento indígena, claro reflejo de la potencia del levantamiento de octubre.

La candidatura de Yaku arrasó en la selva, obteniendo el 50% de los votos en Morona Santiago. En la sierra superó el 40% en Chimborazo, Cotopaxi, Cañar, Bolívar y Azuay, algo que no pudo repetir en Pichincha, Imbabura y Carchi, en la región andina al norte del país. En la costa se impuso Andrés Arauz, el candidato del progresismo, corriente que se volvió hegemónica durante la década de gobierno de Rafael Correa, desplazando la tradicional hegemonía de la vieja derecha.

Una división geográfico-política del país que merece explicación

Yaku Pérez encarna la resistencia de las comunidades rurales, y cada vez más de las ciudades medianas, al extractivismo minero que se viene desplegando en la sierra andina y en la selva, pero también a la expansión de la frontera petrolera. También es alternativa al progresismo que se empeñó en un “desarrollismo” anclado en la minería, que judicializó y criminalizó la protesta indígena y popular atacando a la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador), a los sindicatos y agrupaciones estudiantiles.

Yaku fue uno de los cientos de dirigentes acosados y encarcelados por el gobierno de Correa. Proviene de la resistencia anti minera en la provincia de Azuay, donde las comunidades se vienen movilizando contra la minería aurífera que contamina las nacientes de los ríos y los páramos productores de agua. En 2019 fue elegido prefecto de Azuay y en las recientes elecciones el 81% de los habitantes de Cuenca, capital de la provincia y tercera ciudad del país, se pronunció a favor de detener la actividad minera.

El apoyo de los ecuatorianos a Yaku Pérez no es un cheque en blanco a su persona, sino la forma de canalizar el levantamiento de octubre. Ese mes, durante diez días decenas de miles coparon el centro de Quito para revertir el paquete de medidas neoliberales del gobierno de Lenín Moreno. Ganaron y esa victoria es lo que permite decir que hubo un quiebre en Ecuador.

Como ya había sucedido en los levantamientos anteriores, desde el primero en 1990, la región costeña se mantuvo al margen y la movilización se concentró en las regiones de mayorías indígenas. Mientras en éstas predomina la economía agrícola, sostenida por miles de comunidades rurales, en la costa predomina la producción agroexportadora en la cual el banano juega un papel destacado.

Las ciudades son un tema aparte: en Quito, con 3,5 millones y amplia población indígena y mestiza (sólo un 6% se definen blancos), el peso del sector terciario y financiero, con su corolario de masiva economía informal, se está convirtiendo en un bastión de la derecha vinculada al capital financiero.

Por mucho que nos pese, un gobierno de Yaku Pérez, que estuvo al borde de pasar a la segunda vuelta, no habría conseguido sus principales objetivos como frenar la mega minería y dejar atrás el neoliberalismo. Con apenas el 20% de los escaños, está obligado a pactar con las demás fuerzas que apoyan fervientemente el extractivismo.

El levantamiento de octubre alcanzó para revertir el paquete neoliberal, pero fue insuficiente para deslegitimar el neoliberalismo. La continuidad de aquel movimiento no puede buscarse en las elecciones, ni en las pasadas, ni en las futuras. El propio levantamiento marcó el rumbo: su principal creación fue el Parlamento Indígena y de los Movimientos Sociales, donde convergieron más de 180 organizaciones.

“Una Minga por la Vida” fue el programa elaborado por el Parlamento, que en la campaña electoral fue retomado por Yaku Pérez como su plataforma de gobierno.

Aquel Parlamento de abajo no se extinguió. Recorrió parte del país promoviendo el programa alternativo que elaboraron sus integrantes, agrupando movimientos locales y generando debates. Comenzó a recorrer un camino, lento y trabajoso, necesario para organizar a las y los de abajo hasta que la campaña mediático-electoral desplazó los problemas centrales del Ecuador.

El futuro no va a emerger de las urnas sino de la capacidad de los movimientos y de los pueblos de seguir transitando por las brechas abiertas por el levantamiento, profundizarlas hasta neutralizar un modelo de muerte, de expropiación del agua y la tierra.

15 febrero 2021

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Elecciones en Ecuador: Andrés Arauz obtuvo una amplia ventaja pero habría ballottage

El candidato correísta salió primero en las presidenciales

Los primeros datos entregados por el Consejo Nacional Electoral (CNE), con el 90 % del conteo rápido de una muestra de 2193 actas, indicaron que el candidato progresista tendría 31.50% de los votos, Yaku Pérez 20.04% y Guillermo Lasso 19.97%.

 

El domingo en la noche terminó con una certeza en Ecuador: Andrés Arauz, candidato de Unión por la Esperanza (UNES), salió primero en la elección presidencial. Se trata de un resultado que había sido anticipado por la mayoría de las encuestadoras de diferentes signos políticos y que resultó confirmado.

 “Ganamos, triunfo contundente en todas las regiones de nuestro bello país”, escribió el candidato en su cuenta de Twitter, que, durante la jornada acompañó a votar a su abuela Flor Celina Galarza, de 106 años, en su centro de votación en la ciudad de Quito. Arauz, con el domicilio aún inscripto en México, donde residía meses atrás, no pudo votar en estas elecciones.

La certeza de la victoria de la revolución ciudadana estuvo acompañada de una pregunta: la existencia o no de una segunda vuelta, objeto central de las especulaciones y operaciones de varias encuestadoras. Junto a la pregunta por el balotaje, se abrió otra, acerca de a quién enfrentaría Arauz: si Guillermo Lasso, candidato por CREO y el Partido Social Cristiano, o a Yaku Pérez, del partido Pachakutik. Éste último, en horas de la noche, antes de tener números oficiales, anunció haber ingresado a la segunda vuelta: “después de la segunda vuelta seremos la primera fuerza política del país”, afirmó.

Los primeros datos entregados por el Consejo Nacional Electoral (CNE), cerca de las 21.15 hora local, con el 90 % del conteo rápido de una muestra de 2193 actas, indicaron que Arauz tendría 31.50% de los votos, Pérez 20.04%, Lasso 19.97% y Xavier Hervas, un candidato cuyo ascenso había comenzado a ser anticipada la última semana, 16.28% de los votos. Los números entregados por el CNE fueron cuestionados por Rafael Correa, quien afirmó: “Todos saben que eso es mentira, en los mismos datos reales ya ingresados estamos alrededor del 38%. ¡A cuidar cada voto! El engaño es evidente”.

El mensaje de Arauz fue desde el primer momento de la tarde, llamar a esperar al resultado final del CNE, bajo sospecha de parcialidad, para saber si, efectivamente existirá una segunda vuelta, algo que, aún no ha quedado totalmente confirmado, aunque la tendencia indicaría que sí. La posibilidad de que suceda estará dada por el hecho de que el candidato no alcance el 40% necesario. En cuando a los diez puntos de distancia sobre el segundo, los datos indicarían que habría sido alcanzado.

El resultado logrado por Arauz, es decir la revolución ciudadana como proyecto, y la figura de Rafael Correa como liderazgo, representa una victoria política en el contexto actual de persecución que vive el correísmo. Fue celebrada como tal en el bunker situado en el hotel Mercure de la ciudad de Quito, al cerrarse una jornada de votación con una gran afluencia en las urnas.

Las imágenes en Quito y varias ciudades del país, mostraron una participación constante, con colas de varias cuadras en algunos centros electorales, y denuncias acerca de la lentitud para dejar ingresar a la gente. En Ecuador el voto es obligatorio, so pena de 40 dólares -con un salario mínimo de 400- o imposibilidad de realizar trámites en el Estado, algo que forma parte de las varias razones de la afluencia masiva.

Se sabía que había mucho en juego en estas elecciones por los candidatos y modelos en pugna, en el contexto de un país marcado a fuego por la traición política, el retroceso económico neoliberal, la pandemia, una campaña de persecución política, y otra mediática contra el correismo, con el objetivo de convencer que Correa había sido uno de los presidentes más corruptos de la historia. Un modelo ya clásico implementado en las revanchas contra los gobiernos progresistas.

El hecho de haber llegado hasta la elección, luego de las irregularidades del CNE que se mantuvieron a lo largo de toda la campaña, representó en sí un triunfo en el marco de una democracia debilitada e instituciones golpeadas, parcializadas, enfrentadas en oportunidades, uno de los legados que dejan los años de Lenin Moreno, quien, es seguro, dejará la presidencia en el mes de mayo y, se especula, tal vez también el país.

Aún falta por conocerse el resultado definitivo de una contienda donde está en juego la orientación que tendrá el país en los próximos años. En caso de existir el balotaje, Arauz seguramente enfrentará el intento de conformación de un frente anti-correista que reunirá un arco diverso, pero no impredecible: Lasso ya ha afirmado que apoyaría a Pérez en una segunda vuelta en la cual el candidato de Pachakutik disputara la presidencia contra Arauz, y el mismo Pérez ya apoyó a Lasso en las elecciones del 2017 afirmando que era “preferible un banquero a un dictador”.

Al cierre de esta nota el país observa la evolución de los resultados con atención, las fuerzas políticas, en particular el correismo, con vigilancia debido a las irregularidades ya acontecidas por parte de un CNE que funcionó como un actor político a largo de estos meses. Al saberse el resultado final, que deberá ser entregado por el órgano electoral, se sabrá si finalmente comenzará un nuevo ciclo de la revolución ciudadana a partir del mes de mayo o si comenzará una campaña de segunda vuelta que enfrentará a Arauz a Lasso o Pérez en el mes de abril.

La jornada del domingo mostró la voluntad de participación de una mayoría de la población ecuatoriana, la necesidad de expresarse sobre el futuro del país que en cuatro años de gobierno de Moreno vio un giro dramático que dejó heridas políticas, económicas, sociales e institucionales.


Yaku Pérez, candidato de Pachakutik, se disputa el segundo lugar con el banquero Guillermo Lasso

Elecciones en Ecuador: el movimiento indígena, un actor clave

En un escenario abierto, el movimiento indígena quiere aprovechar el impulso de la revuelta de 2019 que puso contra las cuerdas a Lenín Moreno, aunque sus divisiones internas no garantizan un apoyo cerrado a un aspirante a la presidencia. 

Por Guido Vassallo

El escrutinio parcial del Consejo Nacional Electoral  (CNE) ecuatoriano apunta a una segunda vuelta en la que, sin embargo, resta definir quién acompañará en esa instancia al economista y candidato del correísmo, Andrés Arauz. Esta noche el segundo lugar se disputa voto a voto entre el empresario Guillermo Lasso y el sorprendente candidato de Pachakutik, Yaku Pérez. Aunque casi ninguna encuestadora lo vio venir, el exgobernador de la provincia de Azuay llegó a meterse en la pelea por la presidencia de Ecuador coqueteando con las organizaciones ecologistas e intentando superar la "grieta" entre Arauz y Lasso. 

En un escenario abierto, el movimiento indígena quiere aprovechar el impulso de la revuelta de 2019 que puso contra las cuerdas al presidente Lenín Moreno, aunque sus divisiones internas no garantizan un apoyo cerrado hacia ninguno de los aspirantes a la presidencia.

Los 14 pueblos autóctonos de Ecuador representan solo al 7,4 por ciento de la población de acuerdo al censo de 2010. "Sin embargo, el movimiento indígena es el mejor organizado y el más potente entre los movimientos sociales, pues el movimiento de los trabajadores sigue en una larga crisis", aseguró el historiador Juan Paz y Miño en diálogo con PáginaI12. En la misma línea, el politólogo de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), Franklin Ramírez, sostuvo que se trata de "un actor fundamental de nuestra democracia que puede moverse al mismo tiempo en la esfera institucional y en la contienda social".

La declaración durante el gobierno de Rafael Correa del Estado Plurinacional en la Constitución del 2008 significó un importante logro para los indígenas: con el establecimiento de un nuevo modelo de Estado se consagró la legalidad de sus reclamos y se instauró una práctica jurídica que persigue la verdadera igualdad entre las distintas comunidades del país. Pero el permiso que otorgó el expresidente ecuatoriano al extractivismo en territorios indígenas generó un quiebre en la relación.

Los años pasaron y en octubre de 2019 el movimiento indígena se puso al frente de una marea de manifestantes que jaquearon al gobierno de Lenin Moreno logrando la suspensión de la eliminación de subsidios a los combustibles. Aquellas movilizaciones contaron con el protagonismo indiscutible de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), la organización indígena más grande de Ecuador, formada en 1986. 

"El movimiento salió a la calle y mostró al país que hay un relevo generacional. Recuperó la dimensión más radical y plebeya que no llegó a tener en los diez años de correísmo", planteó Ramírez. "De todos modos, la inédita represión que sufrieron los indígenas y después la persecución judicial sobre varios de sus dirigentes han sido golpes que afectaron al movimiento. Se sumó, de inmediato, la pandemia del coronavirus en 2020", agregó Paz y Miño.

La apuesta por Yaku Pérez

La Conaie aglutina a 14 nacionalidades y cerca de 15 mil pueblos originarios. Desde su creación tuvo un papel central en la política ecuatoriana formando parte de movimientos que llegaron incluso a derrocar presidentes. El Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik se creó en 1995 como el brazo político de ese colectivo indígena. Ese partido eligió como candidato presidencial a Yaku Pérez, que en palabras de Ramírez representó el "desarrollo acelerado de un ecologismo quizás algo liberal, muy conectado con ONGs del primer mundo".

Pero la elección de Pérez también evidenció las fracturas internas del movimiento. "Los indígenas no estaban alineados detrás de un solo candidato ni tampoco votaron todos por candidatos indígenas. Conocer Ecuador significa que estamos hablando de muchos pueblos que no comparten una misma ideología", explicó el analista político Guillermo Holzmann.

¿Qué pasará en la segunda vuelta?

Las especulaciones son varias de cara al proyectado ballottage del próximo 11 de abril. "Creo que el de Yaku Pérez no será el voto decisor", planteó Paz y Miño. Para el doctor en Historia Contemporánea, frente a una segunda vuelta entre Arauz y Lasso, lo más previsible es que el candidato del correísmo tenga un apoyo masivo de las bases indígenas. "Pero si el ballotage enfrenta a Pérez y Arauz, no es posible definir lo que podría pasar. Buena parte de las derechas del país apoyarían a Pérez a fin de evitar el triunfo del correísmo", agregó.

En cambio Ramírez cree que cualquier escenario de ballotage podría no ser del todo favorable para el correísmo. "El gran límite del correísmo es que no tiene mucho margen de maniobra política para ampliar sus alianzas", explicó el sociólogo e investigador ecuatoriano, aunque alertó que el movimiento indígena "puede tener un papel muy relevante frente a esa situación".

Para Holzmann es muy importante considerar la mencionada división del movimiento indígena. "Tenemos un sector radical ideológicamente identificado con las propuestas de izquierda, donde la pluralidad es un elemento esencial", advirtió el analista político. Allí se encuentra la Conaie, que con un gobierno progresista representado por Arauz tendría mayores posibilidades de obtener una cuota de poder político.

"Pero también hay un sector indigenista pragmático que concuerda con la recuperación de los recursos naturales y apuesta por mejores condiciones de vida, pero está dispuesto a obtener mayores logros con un gobierno de derecha que con uno de izquierda. Se visualizan como mucho más proclives a una negociación política permanente, y votando por la visión empresarial que representa Lasso en una hipotética segunda vuelta tendrían mayores posibilidades", agregó Holzmann.

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Domingo, 07 Febrero 2021 05:32

Conformación del sujeto feminista

Conformación del sujeto feminista

Este texto expone sintéticamente las características del cambio feminista y sus tendencias, las enlaza con los procesos identificadores y la conformación de un sujeto sociopolítico feminista y defiende un feminismo crítico con valores universales igualitarios. Forma parte de la presentación de la Comunicación al X Congreso andaluz de Sociología (Jaén, 23 de enero de 2021), titulada Feminismos: Procesos identificadores y formación de sujetos, que tiene tres partes.

 

La primera, "Identificaciones y tendencias feministas", analiza los tres niveles de identificación feminista y explica el carácter social del movimiento feminista y su acción transformadora.

Al hablar de feminismos hay que diferenciar tres niveles, procesos identificadores y dimensiones: primero, el activismo feminista más permanente (incluido el para-institucional e institucional), de varios centenares de miles de personas; segundo, la identificación colectiva feminista, con su participación en las grandes movilizaciones (y en la vida cotidiana) y su sentido de pertenencia a un actor colectivo sociopolítico y cultural, con unos tres millones y medio; tercero, el apoyo a medidas contra la discriminación y por igualdad para las mujeres, de cerca del 50% de la población, con cierta conciencia feminista, mayor entre la gente joven y superior a la mitad entre las mujeres y a un tercio entre los varones.

Un rasgo que resaltar es el carácter social del feminismo. El feminismo pretende cambiar la situación discriminatoria de las mujeres por unas relaciones sociales igualitarias. Persigue modificar sus condiciones de subordinación por una dinámica emancipadora. Es un movimiento social con un gran componente cultural. Su objetivo es una transformación relacional, vinculada con un cambio de mentalidades.

La acción feminista debe ser transformadora. Debiera ser más realista, crítica y social que la restrictiva pugna cultural. Su tarea es mucho más amplia, práctica y teóricamente: cambiar las relaciones de desigualdad y subordinación, conformar una identidad y un sujeto transformador con una estrategia igualitaria-emancipadora y una teoría crítica.

La segunda parte, "Identidades y sujetos feministas", señala dos aspectos complementarios de carácter teórico: el sentido de la pertenencia feminista como proceso de identificación y la formación de actores y sujetos colectivos, en particular el movimiento feminista.

La pertenencia feminista es fundamental. Las identidades se configuran a través de la acumulación de prácticas sociales continuadas, en un marco estructural y sociocultural determinado, que permiten la formación de un sentido de pertenencia colectiva a un grupo social diferenciado con unos objetivos compartidos.

La identidad feminista, que no femenina, como reconocimiento propio e identificación colectiva, está anclada en una realidad doble: subordinación considerada injusta, y experiencia relacional igualitaria-emancipadora. Se combina y supera, por un lado, las dinámicas individualizadoras y, por otro lado, las pretensiones cosmopolitas, esencialistas e indiferenciadas.

Por tanto, en la medida que se mantenga la desigualdad y la discriminación de las mujeres, sus causas estructurales, la conciencia de su carácter injusto y la persistencia de los obstáculos para su transformación, seguirá vigente la necesidad del feminismo, como pensamiento y acción específicos. Y su refuerzo asociativo e identitario, inclusivo y abierto, será imprescindible para fortalecer el sujeto sociopolítico y cultural llamado movimiento feminista y su capacidad expresiva, articuladora y transformadora.

Respecto de la formación de actores y sujetos colectivos, destaco que el componente social de la interacción humana es el principal para forjar el reconocimiento y las pertenencias grupales e individuales y dar soporte a la acción colectiva. En ese sentido, hay varones feministas, es decir, solidarios con la causa feminista, que al igual que otras personas, participan en ese sujeto feminista.

La tercera parte, "Sujeto feminista: ni esencialista ni posmoderno", critica los fundamentos teóricos deterministas o esencialistas y los postmodernos o culturalistas, que predominan en algunas élites feministas y expone las características de un enfoque social, realista, crítico, relacional, multidimensional y sociohistórico, más fructífero para explicar la formación de los sujetos colectivos, en particular, los procesos de identificaciones feministas.

La clave del feminismo es conseguir la igualdad de género o entre los géneros, superar las desventajas relativas y la discriminación de las mujeres. El objetivo es que la diferenciación de géneros y su construcción sociohistórica no supongan desigualdad real y de derechos y, por tanto, no tengan un peso sustantivo en la distribución y el reconocimiento de estatus y poder.

La diferenciación principal en el seno del feminismo hay que plantearla en función de su actividad y capacidad transformadora de las relaciones de desigualdad y subordinación de las mujeres. Así, respecto del avance real en la igualdad y la emancipación, existen dos grandes corrientes: el feminismo crítico, popular y transformador, y el feminismo socioliberal, retórico y formalista.

La formación del sujeto feminista es un proceso sociohistórico y relacional complejo que necesita una prolongada experiencia compartida y una identificación múltiple que debe superar las tensiones derivadas de los intereses corporativos y sectarios de cada élite respectiva, con su rigidez doctrinal legitimadora.

Otra idea básica es que identidad feminista no es identidad de género. El elemento sustantivo que configura ese proceso identificador feminista es la acción práctica, los vínculos sociales, la experiencia relacional por oponerse a esa subordinación y avanzar en la igualdad y la emancipación de las mujeres. La identificación feminista deriva del proceso de superación de la desigualdad basada en la conformación de géneros jerarquizados. Para formar el sujeto sociopolítico, el llamado movimiento social y cultural feminista, es relativa la condición de la pertenencia a un sexo, un género o una opción sexual determinada, aunque haya diferencias entre ellas. Lo importante no es la situación ‘objetiva’ estática y rígida, sino la experiencia vivida y percibida como injusta de una situación discriminatoria y la actitud solidaria y de cambio frente a ella.

Por último, realzo el carácter relacional y sociohistórico de un sujeto colectivo. El feminismo, como comportamiento y cultura igualitario-emancipadores contra la opresión femenina, tiene unas bases estructurales y sociohistóricas duraderas y específicas; y más allá de la convergencia en procesos democrático-populares, sujetos globales e identidades múltiples va a tener una fuerte autonomía e identificación propia.

Por Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro del Comité de Investigación de Sociología del género (FES). Autor del libro 'Identidades feministas y teoría crítica'.

07/02/2021

Publicado enSociedad
Tarek Shalaby en El Cairo en 2011, durante las revueltas, protegiéndose de los gases lacrimógenos

Shalaby, activista de la izquierda egipcia, hace balance diez años después de las revueltas: “Con el triunfo del régimen todo el mundo actúa como un policía contra los demás”

 

Tarek Shalaby tenía 26 años años cuando estallaron las revueltas en su país en 2011. Diseñador de webs, licenciado en una universidad estadounidense, trabajaba por aquel entonces en una empresa de tecnología y startups egipcia, ubicada en El Cairo, que había fundado con un socio. Durante semanas abandonó su trabajo para participar en las manifestaciones, instaló una tienda de campaña en la plaza Tahrir y acampó allí, con decenas de miles más, hasta que cayó el dictador Mubarak.

En su tienda colgó un letrero en castellano, idioma que domina, en el que se leía “No pasarán”. En el ideario de un sector joven que impulsó las protestas en Egipto había ideas de igualdad, de justicia social, de libertad. No en vano, el lema más coreado fue “pan, libertad, justicia social”.

Jóvenes como Shalaby entablaron contacto con los trabajadores de las ciudades industriales, cuyas huelgas fueron clave en el éxito de las revueltas. Diez años después, aquel activista alegre, apasionado, admirador de la lucha antifascista de los republicanos españoles, integrante del Partido Socialista Revolucionario -ahora prohibido-, lleva sobre sus hombros la carga de lo que pudo ser y no fue. Su entorno ha sufrido cárcel, represión, exilio e incluso muerte a causa de los ataques de las fuerzas de seguridad.

La depresión ha pegado duro en muchas personas -varias ONGs han tenido que priorizar tratamientos con fármacos antidepresivos- y la represión del régimen de Al Sisi -a quien Trump llamó "mi dictador favorito"- ha resquebrajado el tejido social. Shalaby no ha perdido ironía, pero su mirada contiene ahora dolor y cierta resignación. De momento, resiste en Egipto.

¿Cómo analiza la situación de su país cuando se cumplen 10 años de las revueltas que derrocaron a Mubarak?

Hay un ambiente muy tóxico, existe mucha rabia acumulada, mucho odio. No hay libertad, hay decenas de miles de personas en las cárceles por sus ideas, otros muchos han tenido que exiliarse y el régimen ha logrado derrotarnos. Esa derrota, además, nos ha dividido. Es más fácil pensar que tu enemigo es el de al lado porque te ha molestado en algo que pensar que hay un sistema profundo que nos está perjudicando a todos.

Como integrante de un partido de la izquierda, ahora en la clandestinidad, ¿qué análisis hace de la situación del activismo de izquierdas en Egipto?

Por un lado tenemos a la mayoría de la sociedad, que se ha rendido y resignado, que ve cosas que están mal pero piensa que no se pueden cambiar, y por otro estamos los que jugamos un papel activo en la revolución egipcia. Este último grupo está deprimido, dividido y derrotado. No estamos luchando juntos. Hay quienes buscan un purismo absurdo, parece que preocupa más ser puro, obtener muchos likes en las redes, defender lo genial que es uno como un individuo que obtener mejoras colectivas.

¿Es posible algún tipo de militancia actualmente?

Todas las agrupaciones y partidos tienen a gente encarcelada, y el margen de maniobra es muy pequeño. Hay luchas, pero compartimentadas: unos luchan por los derechos LGTBI, otros contra el patriarcado, pero no nos coordinamos ni englobamos todas las luchas, que están relacionadas y totalmente vinculadas, en realidad. En las redes se detecta mucho acoso y odio.

¿Cuál es la situación de Egipto en el día a día?

Hemos normalizado que suban los precios de las cosas, o que haya tanta policía en la calle, o que alguien tenga que pasar un tiempo en comisaría, o que tengamos que entregar una especie de soborno para sobrevivir. En las afueras de El Cairo, donde se sitúan los barrios más ricos, se han levantado gigantescos centros comerciales que albergan las mejores marcas del planeta, lugares que se parecen a Dubai con un toque de Las Vegas, con coches Tesla y gente que prefiere hablar inglés entre ellos. Es un gran contraste con buena parte del país, donde hay mucha pobreza.

Quienes creyeron que era posible un cambio están deprimidos. Mucha gente ha perdido a seres queridos, porque están exiliados, o encarcelados o muertos por la represión.

¿Cómo se gestiona esa derrota de la que habla?

No es fácil. Cuando hay derrotas es mucho más fácil caer en la trampa del repliegue y del individualismo, pensar en ti como persona única y creer que tus decisiones personales son lo realmente importante. Es fácil olvidarse de la importancia de lo colectivo. Parece que lo que importa no es lograr mejorar el mundo, sino gustarse como militante individual, puro y estupendo. Lo irónico es que esa actitud es el corazón del capitalismo: la competición. Hay esa competición en la izquierda, también veo que existe en Europa.

Los egos condicionan la política a menudo. Y la confusión que intentan inocularnos. Si alguien cobra un poco más que tú, piensas que ese es tu enemigo, y no el jefe, que es quien decide los salarios y que además cobra diez veces más que todos. En Egipto está pasando eso. Gente que en su día luchó unida ahora mira cada una por lo suyo, compite por tener más likes en las redes y se olvida de la lucha conjunta.

¿Eso pasa en su entorno?

En parte, sí. Gente que antes creyó en el cambio ahora piensa a corto plazo y compite, es parte de la derrota ante el régimen. No es fácil reaccionar bien a la derrota. Ese es el éxito de una dictadura, poder controlarnos, someternos, y encima conseguir que la gente se tire los trastos a la cabeza en vez de criticar al régimen.

El ejército egipcio forma parte de la estructura represiva en mi país. Pero en vez de luchar conjuntamente contra eso, hay gente de izquierdas metiéndose contra otra gente de izquierdas y mientras, nadie está criticando públicamente ya al ejército, corrupto y eje vertebral del régimen.

Habla usted del acoso y de las discusiones en redes. ¿Me puede poner un ejemplo?

Como hay tanta represión, hay tabúes, creo, y por eso se habla de cuestiones compartimentadas. Por ejemplo, hablamos del acoso sexual contra las mujeres, que es un terrible problema en nuestro país. En 2011, con la revolución, conseguimos que se pusiera el foco sobre ello y que muchos hombres entendieran por primera vez que ese era un asunto importante.

Pues bien, si yo cuelgo en las redes una crítica al Gobierno egipcio por haber arrestado a chicas que no hicieron más que colgar vídeos de ellas en la aplicación Tik Tok, aparecen un montón de tíos -y también alguna que otra mujer- acusándome de ser “un imbécil, un maricón” y de querer que todas las mujeres sean “putas como las del Tik Tok”, y de paso insultan a mi hermana o mi madre. Es gente que piensa que las mujeres son sus enemigas y que el patriarcado es su amigo, cuando la realidad es justo al revés.

Pero luego en el seno de la propia izquierda surgen discusiones en torno al feminismo, por ejemplo, u otras muchas cuestiones que a veces solo sirven para dividirnos. Mientras todo esto pasa, hay decenas de miles de personas en prisión, estamos amordazados y el régimen nos aplasta. Y como hay crispación, cada vez más gente se calla.

¿No hay ningún tipo de actividad fuera de las redes?

Sí, pero el riesgo es altísimo. Hemos visto en el pasado reciente cómo mucha gente que ha participado en manifestaciones minúsculas ha acabado arrestada. Hay huelgas de vez en cuando, protagonizadas por obreros de las fábricas, pero no quieren saber nada de los activistas de las ciudades, la conexión que hubo en el pasado apenas existe ahora.

Si no eres útil, si no puedes hacer huelga porque te arrestan, ni bajar a la calle, ni participar en las elecciones, ni crear partidos políticos, ni difundir tus ideas abiertamente, al menos deberíamos estar hablando, debatiendo, analizando e intentando encontrar puntos de encuentro. Pero no existe ese espacio ahora, nos lo quitó el régimen. Esa gran derrota, esa gran división, hace que todo el mundo actué como policía en contra de los demás.

¿Tiene amigos en la cárcel?

Sí, claro. Todos los tenemos. Amigos cercanos en prisión tengo doce, chicas y chicos de mi partido o de organizaciones no gubernamentales o de derechos humanos, principalmente. Hay muchos partidos que tienen a gente arrestada y también movimientos sociales, incluso algo tan pequeño como el BDS [ movimiento en favor del boicot a los productos israelíes], que deben ser solo unos veinte, tiene a dos de sus miembros en prisión. Y luego están los exiliados, buena parte de mis amigos están fuera.

¿Qué hay de los Hermanos Musulmanes?

Están la mayoría en la cárcel, y el resto exiliados. Muchos en Turquía, varios en Qatar. Los que permanecen aquí en Egipto no salen a la calle, saben que les pueden arrestar cualquier día. No sé qué supondrá para ellos el acuerdo reciente entre Qatar y Arabia Saudí. Veremos. Operan mucho a través de Internet, a través de vídeos de Youtube que realizan los exiliados. Tienen programas que son vistos por tres millones de personas o más. Algunos de esos programas son bastante extremistas, sexistas, de derechas, sobre todo el de Abdullah el Sherif. Su último capítulo lleva más de dos millones de visitas ya, en él se mete con Safwat Al Shereef, un hombre de Mubarak que lideró el Parlamento durante muchos años y nunca fue encarcelado.

Critican públicamente al ejército egipcio, lo cual es tener ya más coraje que nosotros. Desde una posición política y vital lejana a la suya, condeno la represión que sufrieron, con cientos de manifestantes muertos, aquello fue injustificable. O lo que las autoridades hicieron con el propio expresidente Mohamed Morsi, elegido en las urnas, al que dejaron morir en la cárcel. Creo que esperan que todos los líderes vayan muriéndose en prisión. Como son una organización muy piramidal, deduzco que piensan que si dejan morir a los de arriba, dificultarán la reconstrucción de la Hermandad.

¿Cómo le ha afectado a nivel personal todo lo ocurrido en el ámbito político?

La revolución nos dio una identidad. Nos sentimos parte de algo, del cambio, de la solución para mejorar nuestra sociedad. Ahora no siento que pertenezco, ni siquiera me siento bienvenido en mi propio país. He estado muy deprimido, como muchos activistas. Ya no me siento egipcio, no me siento parte de mi país y tampoco creo que pudiera sobrevivir en otra parte del mundo.

Hay un trauma colectivo entre los que participamos en el intento de cambio. El otro día quedamos un grupo de amigos a celebrar el décimo aniversario del inicio de las revueltas, estábamos en una casa con azotea aquí en El Cairo, al aire libre, y cuando empezamos a hablar del tema era imposible retener las lágrimas. Porque hablar de aquello no es solo decir "cómo ha pasado el tiempo" o "qué jóvenes éramos". No, es algo más profundo, que duele, porque es una derrota.

Por Olga Rodríguez

30 de enero de 2021 21:41h

@olgarodriguezfr

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