Lunes, 25 Octubre 2021 05:41

Nuevos paradigmas económicos

Nuevos paradigmas económicos

En su más reciente entrega, el semanario británico The Economist publicó un interesante artículo titulado “Una revolución en tiempo real acabará con la práctica de la macroeconomía”. Como anuncia el título, el texto sugiere que el análisis tradicional macroeconómico enfrenta el riesgo de ser sustituido por el estudio en tiempo real que posibilitan las nuevas tecnologías que hacen más accesible e interpretables los datos.

No es ningún secreto que, desde 2007, el crecimiento exponencial en la capacidad computacional, detonado por la fabricación de chips a partir de materiales sin silicón y el incremento en la capacidad de almacenamiento, posibilitado por el famoso marco para software llamado Hadoop, operado por Google, así como el primer IPhone, anunciado en enero del mismo año, no sólo dieron origen a motores de búsqueda más potentes y refinados, sino que habilitaron la masificación del acceso y recolección de datos, creando una nueva industria centrada en el Big Data.

La banda ancha, el teléfono móvil y el almacenamiento en la nube posibilitaron el desarrollo de Facebook, Twitter, Amazon, Instagram, WhatsApp, Netflix, Airbnb y Linkedin, empresas todas ellas que actualmente tienen un alto valor en el mercado.

A más de una década de su irrupción en el plano global, podemos asegurar que dichas redes sociales se han transformado en agentes económicos disruptivos que dominan, incluso en ocasiones de manera monopólica, sectores como la publicidad, el turismo, los servicios financieros o el mercado laboral.

Hoy, la transformación iniciada a comienzos de siglo se prepara para entrar en una nueva fase, impulsada por la red inalámbrica 5G, cuyos desarrolladores han asegurado que permitirá una conexión entre 10 y 20 veces más rápida que la actual y el procesamiento de datos complejos en tiempo real.

La automatización del transporte público o el monitoreo constante de la logística comercial, el clima, las ventas minoristas y los procesos industriales, son algunas posibilidades concretas que promete dicha red. Para valernos de términos económicos, 5G ofrece la posibilidad de reducir aún más la brecha temporal en la comunicación y así disminuir discordancias significativas entre la oferta y la demanda, calculándolas de manera anticipada y más precisa.

La disrupción ocasionada por las tecnologías de la comunicación es un fenómeno reciente; no obstante, como acertadamente ha descrito el filósofo japonés Kojin Karatani, se trata de un proceso que se ha estado gestando durante más 30 años y coincide con la decadencia de la industria manufacturera de Estados Unidos.

El fin del patrón oro en 1971 y la recesión económica de 1973-1975, ocasionada por el incremento en la oferta de productos a raíz de la recuperación de las industrias japonesa y alemana, así como el alza en el precio del petróleo, marcaron el inicio declive de la industria orientada a la producción de bienes duraderos, cerrando de paso, el capítulo del Estado del bienestar.

Aunque polémicas, las políticas económicas implementadas por Ronald Reagan y Margaret Thatcher son la consecuencia lógica ante la inflación experimentada en la década de los 70. El viraje de la economía, la privatización de los monopolios estatales y la relocalización geográfica de la industria manufacturera hacia países con sueldos más competitivos dan cuenta del fin de un ciclo económico.

El desplazamiento de la manufactura implicó que otro tipo de commodity, la información, tomara su lugar como mercancía hegemónica. La desregulación del sistema financiero y la reducción de las tasas impositivas, políticas comúnmente calificadas de neoliberales, responden a un contexto histórico en el que Estados Unidos y las potencias económicas buscaban asegurar el rendimiento de las inversiones realizadas en el sistema financiero global.

El rendimiento de capital está asegurado cuando es posible obtener un precio más adecuado, donde éste genera mayor utilidad. Tecnologías como las redes sociales o la red 5G hacen que el proceso de descubrimiento de dichas condiciones no sólo sea más sencillo, sino costeable e inmediato.

Extraer, ordenar e interpretar la información para colocar los productos y servicios de acuerdo con el conocimiento de la demanda en tiempo real, es quizá, el pináculo de la economía neoliberal.

La intención de los estados de regular la obtención, utilización y monetización de dicha información es entendible y hasta cierto punto deseable. No obstante, las medidas fiscales y la regulación antimonopólica no serán suficientes para contrarrestar las inequidades que pueden resultar de la implementación de estos procesos. La tentación por parte de países como China de controlar dicha información para su beneficio propio representa aún mayores riesgos para la democracia global.

La tendencia monopólica de las entidades que encabezan la revolución tecnológica representa grandes retos para las entidades políticas que buscan controlarlas. Atacar estos desafíos de manera aislada, desde paradigmas políticos como la soberanía será imposible. Después de todo, se trata de entidades trasnacionales cuyo número de usuarios supera la población de varios países.

La regulación como la ha entendido adecuadamente la Unión Europea, debe llevarse a cabo desde bloques económicos coordinados, buscando que el acceso y utilización de dicha información esté disponible para todos los agentes económicos que forman parte del mercado.

Publicado enEconomía
Lunes, 11 Octubre 2021 05:12

La estética de todos los días

La estética de todos los días

¿Dónde acaba el artista que presume de serlo y empieza el que prefiere no serlo? ¿Puede un autor renunciar a ser él mismo con un pestañeo, a partir de determinada hora o con determinados clientes?

 

Todos nos hemos preguntado en alguna ocasión de dónde salen los cuadros anodinos que adornan bufetes de abogados, habitaciones de hotel y consultas de dentistas; qué tipo de personas los pintan y en qué mercados se compran y venden sus trabajos. Las marinas apagadas, los retratos urbanos pintorescos, las pastorales bucólicas que solemos ver en oficinas y despachos carecen de personalidad; late casi un misterio en ese anhelo por no expresar nada con la pintura, que sea tan solo un elemento decorativo más, una forma de eludir nuestro horror vacui mientras esperamos con inquietud la lectura de un testamento o un diagnóstico.

Pero, sin duda, los creadores de estos cuadros sí tienen una personalidad, y puede que se hayan cuestionado más de una vez el papel que juegan sus obras en lo que entendemos por práctica artística. No debemos olvidar que, si se recurre a originales de artesanos contemporáneos o a su reproducción masiva es porque resultan más baratos que las reproducciones de cuadros célebres, lo que supone un agravio añadido: estas pinturas no solo están obligadas a ser ruido blanco, si existen es además porque sería más costoso comprar pinturas de verdad.

Se ha escrito mucho sobre el carácter funcional, imitativo y un tanto kitsch de estos cuadros, equivalente al de las imágenes fotográficas de stock y la música de ascensor. Diane Keaton ha adquirido durante años cuadros de payasos que encontraba en hospitales, colegios, domicilios particulares y comercios. En 2002 coordinaba un volumen colectivo,Clown Paintings, en el que ella misma y comediantes amigos como Robin Williams, Whoopi Goldberg, Steve Martin y Woody Allen reflexionaban sobre lo que podía deducirse de figuras tan elocuentes como los payasos a partir de los retratos sin vida, debidos casi siempre a pinceles anónimos, coleccionados por la actriz y directora.

A un nivel más ensayístico, Martin S. Lindauer estima que las pinturas originales producidas en masa constituyen una “estética de todos los días”; un aporte necesario a los escenarios en que desarrollamos nuestras actividades más prosaicas, al tender puentes entre los sentidos del arte elevado y las inquietudes cotidianas. Para Lindauer, “los bodegones lúgubres, las estampas chillonas de niños y payasos, las abstracciones de colores neutros, satisfacen el criterio estético de muchos ciudadanos que no se sienten representados en las obras de arte consideradas como tales por museos y especialistas, que incluso son percibidas como amenazas para la estabilidad psicológica de quien las contempla”.

Estos espectadores, concluye el investigador estadounidense, son ajenos a las nociones canónicas de arte bueno y arte malo. Por razones educativas o ideológicas las desconocen, o recelan de los cánones establecidos por las autoridades culturales. Se limitan a integrar en su campo visual manifestaciones artísticas en las que perciben un hálito popular, cercano, de trazos que podrían llegar a reconocer como suyos, y que no interrumpen su flujo de pensamiento en cuanto a lo que les corresponde hacer en el lugar donde se hallan. A juicio de Lindauer, “nos gusta decir que una imagen vale por mil palabras, pero, en el caso de la estética de todos los días, preferimos que no nos diga nada o, en su defecto, que sea una interlocutora amable”.

Esta idea trae aparejada la de un cierto conformismo político ligado al estético. Hermann Hesse condensaba en El lobo estepario (1927) el desprecio recurrente del intelectual moderno ante la producción artística de masas y sus implicaciones en cuanto a la integración acrítica del individuo en el sistema. El protagonista de la novela de Hesse se topa en el salón de un conocido rendido a la normalidad con un Funko de la época: un retrato cualquiera de Goethe que convierte al exaltado poeta romántico en “un académico apuesto y honorable, idóneo para servir como estampita en un hogar burgués”.

El malestar de Hesse ante la reducción de lo extraordinario a lo conveniente y apropiado trasciende las producciones humanas para abarcar a las plantas, que no dejan de ser en domicilios y oficinas adornos asimismo artificiales, a la medida de nuestro espacio y nuestro sentido del decoro: “La araucaria del vestíbulo estaba siempre limpia y magníficamente cuidada, trasladando a quien pasaba por allí un aroma de civilización”. En Que no muera la aspidistra (1936), una de las novelas más agudas jamás escritas sobre la sumisión amorosa del individuo a los cantos de sirena del establishment, George Orwell vinculaba también las plantas adaptadas a los domicilios con la estética de todos los días, con la música de ascensor.

No todos los artesanos al servicio de la producción y distribución de cuadros al peso se sienten avergonzados por el conformismo que enmarcan sus obras. Alisa y Lysandra Fraser, hermanas célebres en Australia por su labor indisociable como pintoras, fotógrafas y diseñadoras de interiores, presumen sin complejos de que sus cuadros “tienen un impacto emocional en los espacios tan profundo o más que el que pueden causar los artículos para el hogar o los utensilios de cocina”. Pero, por lo general, se estila la invisibilidad, que no atenta contra la autoestima de los patronos y garantiza más encargos indistinguibles los unos de los otros. El capital simbólico de un artista del ruido blanco radica en su humildad y su eficacia.

Hay una tercera razón para el anonimato, y aquí las cosas se ponen interesantes: que el artífice de cuadros de payasos, música de ascensor, fotografías de stock o estéticas de todos los días más gentrificadas —campañas publicitarias, manuales y guías, encargos institucionales, galerías de arte en barberías—, tenga una doble vida como creador de mayor o menor renombre en ámbitos artísticos legitimados como tales, pero que no procuran emolumentos suficientes para la supervivencia.

Los interrogantes saltan a la palestra de inmediato: ¿dónde acaba el artista que presume de serlo y empieza el que prefiere no serlo? ¿Puede un autor renunciar a ser él mismo con un pestañeo, a partir de determinada hora o con determinados clientes? ¿Es legítimo rendir pleitesía al aroma de la civilización para poder aullar a la luna en los días de libre disposición? ¿Y cuál de las dos pulsiones tiene un cariz más político, responde en mayor medida a las inquietudes del común de los mortales?

Vienen al caso las siguientes reflexiones de C.S. Lewis, que nos invitan a profundizar en las cualidades de las estéticas ligadas a la vivencia de la realidad y a poner en cuestión las que pretenden arrogarse una posición superior a ellas aprovechando la fortaleza de sus hombros: “A la gente no le gusta la mala pintura porque los rostros que se le muestran parezcan de títeres, porque las líneas carezcan de dinamismo o porque el conjunto del cuadro en cuestión esté exento de gracia. Sencillamente, la gente no percibe esos defectos porque no interfieren ni con sus ilusiones ni con sus propósitos. Son tan invisibles para ellos como lo es el rostro real del osito de peluche para el niño imaginativo que juega absorto con él. Los ojos del peluche son cuentas de vidrio, pero el niño no las ve”.

Elisa McCausland

@reinohueco

Diego Salgado

@diegos_lgado

11 oct 2021 09:50

Publicado enCultura
Byung-Chul Han en un fotograma del documental de Isabella Gresser ‘La sociedad del cansancio: Byung-Chul Han en Seúl y Berlín’, de 2015.

El filósofo surcoreano, una de las estrellas del pensamiento actual, profundiza en su cruzada contra los ‘smartphones’. Estima que se han convertido en una herramienta de subyugación digital que crea adictos. En una entrevista exclusiva con EL PAÍS, Han afirma que hay que domar el capitalismo, humanizarlo

Con cierto vértigo, el mundo material, hecho de átomos y moléculas, de cosas que podemos tocar y oler, se está disolviendo en un mundo de información, de no-cosas, según observa el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han. Unas no-cosas que, aun así, seguimos deseando, comprando y vendiendo, que nos siguen influenciando. El mundo digital cada vez se hibrida de manera más notoria con el que aún consideramos mundo real, hasta el punto de confundirse entre sí, haciendo la existencia cada vez más intangible y fugaz. El último libro del pensador, No-cosas. Quiebras en el mundo de hoy (Taurus), se une a una retahíla de pequeños ensayos en los que este pensador superventas (le han llamado rockstar de la filosofía) ha ido diseccionando minuciosamente las ansiedades que nos produce el capitalismo neoliberal.

Uniendo citas frecuentes a los grandes filósofos y elementos de la cultura popular, los textos de Han transitan desde la que ha llamado la “sociedad del cansancio”, en la que vivimos agotados y deprimidos por las inapelables exigencias de la existencia, hasta al análisis de las nuevas formas de entretenimiento que se nos ofrecen. Desde la psicopolítica, que consigue que los ciudadanos aceptemos rendirnos mansamente a la seducción del sistema, hasta la desaparición del erotismo que Han achaca al narcisismo y exhibicionismo actuales, que campan a sus anchas, por ejemplo, en las redes sociales: la obsesión por uno mismo hace que los demás desaparezcan y el mundo sea un reflejo de nuestra persona. El pensador reivindica la recuperación del contacto íntimo con la cotidianidad —de hecho, es conocido que le gusta cultivar lentamente un jardín, hacer cosas con las manos, el silencio—. Se rebela contra “la desaparición de los rituales” que hace que desaparezca la comunidad y que nos convirtamos en individuos perdidos en sociedades enfermas y crueles.

Byung-Chul Han ha aceptado esta entrevista con EL PAÍS, pero solo mediante un cuestionario por correo electrónico que ha sido respondido en alemán por el filósofo y posteriormente traducido y editado.

Pregunta. ¿Cómo es posible que en un mundo obsesionado por la hiperproducción y el hiperconsumo, al mismo tiempo los objetos se vayan disolviendo y vayamos hacia un mundo de no-cosas?

Respuesta. Hay, sin duda, una hiperinflación de objetos que conduce a su proliferación explosiva. Pero se trata de objetos desechables con los que no establecemos lazos afectivos. Hoy estamos obsesionados no con las cosas, sino con informaciones y datos, es decir, no-cosas. Hoy todos somos infómanos. Se ha llegado ya a hablar de datasexuales [personas que recopilan y comparten obsesivamente información sobre su vida personal].

P. En ese mundo que describe, de hiperconsumo y pérdida de lazos, ¿por qué es importante tener “cosas queridas” y establecer rituales?

R. Las cosas son los apoyos que dan tranquilidad en la vida. Hoy en día están en conjunto oscurecidas por las informaciones. El smartphone no es una cosa. Yo lo caracterizo como el infómata que produce y procesa informaciones. Las informaciones son todo lo contrario a los apoyos que dan tranquilidad a la vida. Viven del estímulo de la sorpresa. Nos sumergen en un torbellino de actualidad. También los rituales, como arquitecturas temporales, dan estabilidad a la vida. La pandemia ha destruido estas estructuras temporales. Piense en el teletrabajo. Cuando el tiempo pierde su estructura nos empieza a afectar la depresión.

P. En su libro se establece que, mediante la digitalización, nos convertiremos en homo ludens, enfocados al juego más que al trabajo. Pero, con la precarización y la destrucción de empleo, ¿podremos todos acceder a esa condición?

R. He hablado de un desempleo digital que no está determinado por la coyuntura. La digitalización conducirá a un desempleo masivo. Este desempleo representará un problema muy serio en el futuro. ¿Consistirá el futuro humano en la renta básica y los juegos de ordenador? Un panorama desalentador. Con panem et circenses (pan y circo) se refiere Juvenal a la sociedad romana en la que no es posible la acción política. Se mantiene contentas a las personas con alimentos gratuitos y juegos espectaculares. La dominación total es aquella en la que la gente solo se dedica a jugar. La reciente e hiperbólica serie coreana de Netflix, El juego del calamar, en la que todo el mundo solo se dedica al juego, apunta en esta dirección.

P. ¿En qué sentido?

R. Esa gente está sobreendeudada y se entrega a ese juego mortal que promete enormes ganancias. El juego del calamar representa un aspecto central del capitalismo en una forma extrema. Ya dijo Walter Benjamin que el capitalismo representa el primer caso de un culto que no es expiatorio, sino que nos endeuda. En los principios de la digitalización se soñaba con que esta sustituiría el trabajo por el juego. En realidad, el capitalismo digital explota despiadadamente la pulsión humana por el juego. Piense en las redes sociales, que incorporan elementos lúdicos para provocar la adicción en los usuarios.

 P. En efecto, el teléfono móvil inteligente nos prometía cierta libertad… ¿No se ha convertido en una larga cadena que nos apresa allí donde estemos?

R. El smartphone es hoy un lugar de trabajo digital o bien un confesionario digital. Todo dispositivo, toda técnica de dominación genera artículos de culto que son empleados para la subyugación. Así se afianza la dominación. El smartphone es el artículo de culto de la dominación digital. Como aparato de subyugación actúa como un rosario y sus cuentas; así es como mantenemos el móvil constantemente en la mano. El me gusta es el amén digital. Seguimos confesándonos. Nos desnudamos por decisión propia. Pero no pedimos perdón, sino que se nos preste atención.

 P. Hay quien teme que el internet de las cosas pudiera significar algo así como la rebelión de los objetos contra el ser humano.

R. No exactamente. El smart home [hogar inteligente] con cosas interconectadas representa una prisión digital. El smart bed [cama inteligente] con sensores prolonga la vigilancia también durante las horas de sueño. La vigilancia se va imponiendo de modo creciente y subrepticio en la vida cotidiana como si fuera lo conveniente. Las cosas informatizadas, o sea, los infómatas, se revelan como informadores eficientes que nos controlan y dirigen constantemente.

 P. Usted ha descrito cómo el trabajo va tomando carácter de juego, las redes sociales, paradójicamente, nos hacen sentir más libres, el capitalismo nos seduce. ¿Ha conseguido el sistema meterse dentro de nosotros para dominarnos de una manera incluso placentera para nosotros mismos?

R. Solo un régimen represivo provoca la resistencia. Por el contrario, el régimen neoliberal, que no oprime la libertad, sino que la explota, no se enfrenta a ninguna resistencia. No es represor, sino seductor. La dominación se hace completa en el momento en que se presenta como la libertad.

 P. ¿Por qué, a pesar de la precariedad y la desigualdad crecientes, de los riesgos existenciales, etcétera, el mundo cotidiano en los países occidentales parece tan bonito, hiperdiseñado, y optimista? ¿Por qué no parece una película distópica o ciberpunk?

R. La novela 1984 de George Orwell se ha convertido desde hace poco en un éxito de ventas mundial. Las personas tienen la sensación de que algo no va bien con nuestra zona de confort digital. Pero nuestra sociedad se parece más a Un mundo feliz de Aldous Huxley. En 1984 las personas son controladas mediante la amenaza de hacerles daño. En Un mundo feliz son controladas mediante la administración de placer. El Estado distribuye una droga llamada “soma” para que todo el mundo se sienta feliz. Ese es nuestro futuro.

 P. Usted sugiere que la inteligencia artificial o el big data no son formas de conocimiento tan asombrosas como nos las pintan, sino más bien “rudimentarias”. ¿Por qué?

R. El big data dispone solo de una forma muy primitiva de conocimiento, a saber, la correlación: si ocurre A, entonces ocurre B. No hay ninguna comprensión. La inteligencia artificial no piensa. A la inteligencia artificial no se le pone la carne de gallina.

P. Dijo Blaise Pascal que la gran tragedia del ser humano es que no puede estar quieto sin hacer nada. Vivimos en un culto a la productividad, incluso en ese tiempo que llamamos “libre”. Usted lo llamó, con gran éxito, la sociedad del cansancio. ¿Deberíamos fijarnos como objetivo político la recuperación del tiempo propio?

R. La existencia humana está hoy totalmente absorbida por la actividad. Con ello se hace completamente explotable. La inactividad vuelve a aparecer en el sistema capitalista de dominación como incorporación de algo externo. Se llama tiempo de ocio. Como sirve para recuperarse del trabajo, permanece vinculado al mismo. Como derivada del trabajo constituye un elemento funcional dentro de la producción. Necesitamos una política de la inactividad. Esto podría servir para liberar el tiempo de las obligaciones de la producción y hacer posible un tiempo de ocio verdadero.

P. ¿Cómo se combina una sociedad que trata de homogeneizarnos y eliminar las diferencias, con la creciente querencia de las personas por ser diferentes de los demás, en cierto modo, únicas?

R. Todo el mundo quiere hoy ser auténtico, es decir, diferente a los demás. Así, estamos comparándonos todo el rato con los otros. Precisamente es esta comparación la que nos hace a todos iguales. O sea: la obligación de ser auténticos conduce al infierno de los iguales.

P. ¿Necesitamos más silencio? ¿Estar más dispuestos a escuchar al otro?

R. Necesitamos que se acalle la información. Si no, acabará explotándonos el cerebro. Hoy percibimos el mundo a través de las informaciones. Así se pierde la vivencia presencial. Nos desconectamos del mundo de forma creciente. Vamos perdiendo el mundo. El mundo es algo más que información. La pantalla es una pobre representación del mundo. Giramos en círculo alrededor de nosotros mismos. El smartphone contribuye decisivamente a esta pobre percepción de mundo. Un síntoma fundamental de la depresión es la ausencia de mundo.

P. La depresión es uno de los más alarmantes problemas de salud contemporáneos. ¿Cómo opera esa ausencia de mundo?

R. En la depresión perdemos la relación con el mundo, con el otro. Nos hundimos en un ego difuso. Pienso que la digitalización, y con ella el smartphone, nos convierten en depresivos. Hay historias de odontólogos que cuentan que sus pacientes se aferran a su teléfono cuando el tratamiento es doloroso. ¿Por qué lo hacen? Gracias al móvil soy consciente de mí mismo. El móvil me ayuda a tener la certeza de que vivo, de que existo. De esa forma nos aferramos al móvil en situaciones críticas, como el tratamiento dental. Yo recuerdo que cuando era niño me aferraba a la mano de mi madre en el dentista. Hoy la madre no le dará la mano al niño, sino que le dará el móvil para que se agarre a él. El sostén no viene de los otros, sino de uno mismo. Eso nos enferma. Tenemos que recuperar al otro.

P. Según el filósofo Fredric Jameson es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. ¿Ha imaginado usted algún modo de poscapitalismo ahora que el sistema parece en decadencia?

R. El capitalismo corresponde realmente a las estructuras instintivas del hombre. Pero el hombre no es solo un ser instintivo. Tenemos que domar, civilizar y humanizar el capitalismo. Eso también es posible. La economía social de mercado es una demostración. Pero nuestra economía está entrando en una nueva época, la época de la sostenibilidad.

P. Usted se doctoró con una tesis sobre Heidegger, que exploró las formas más abstractas de pensamiento y cuyos textos son muy oscuros para el profano. Sin embargo, usted consigue aplicar ese pensamiento abstracto a asuntos que cualquiera puede experimentar. ¿Debe la filosofía ocuparse más del mundo en el que vive la mayor parte de la población?

R. Michel Foucault define la filosofía como una especie de periodismo radical, y se considera a sí mismo periodista. Los filósofos deberían ocuparse sin rodeos del hoy, de la actualidad. En eso sigo a Foucault. Yo intento interpretar el hoy en pensamientos. Estos pensamientos son precisamente los que nos hacen libres.

Traducción de Santiago Tovar

 

Publicado enCultura
Martes, 05 Octubre 2021 05:40

Sobreinformación: atrapadas en la red

Sobreinformación: atrapadas en la red

La lista de cosas terribles que deberíamos evitar, que no deberíamos aceptar, que es vergonzoso que ocurran en el siglo XXI, es tan larga que con ella podríamos llenar páginas sin fin.

 

Era una sospecha, pero ya es una certeza: detrás de la proliferación infinita de información hay una estrategia de los poderosos (o sea, del poder económico). La cantidad de datos con que nos bombardean a diario es de un calibre tal que resulta imposible de manejar. Miles de noticias, declaraciones grandilocuentes, sucesos increíbles, acciones a favor de esto o en contra de aquello se amontonan a nuestro alrededor como montañas de residuos no biodegradables, hasta ahogarnos. En los telediarios, mientras el locutor cuenta las noticias, nos pasan sin cesar en la parte inferior de la pantalla docenas de más datos e informaciones. A la vez, las imágenes de otras miles de cosas ocurren en el mundo se suceden en la pantalla situada detrás. En el estudio de televisión, todo son luces y brillos que giran y se mueven como en una discoteca. En la radio, cada mañana nos leen acelerados el resumen de las noticias del día con un fondo musical como de vuelta ciclista. Y mientras tomamos el café, nos gritan que contratemos un seguro más barato o nos compremos un coche nuevo; un coche en el que, con un poco de mala suerte, nos mataremos un día al ir a trabajar. Si además tenemos el móvil a mano, lo que no es raro, podremos acceder a la vez a más información todavía: mensajes, avisos, notas, recordatorios.

Ya es posible acelerar las grabaciones de las notas de voz. A duras penas daremos luego con un hueco en la agenda semanal para meter una clase de yoga, de chi-kung o de meditación en la que resetear la mente exhausta e intentar reaprender a fijar la atención. Y nos extraña que haya estudiantes universitarios incapaces de leer un libro entero (¡uno!). Dentro de poco ya no llamará la atención, serán sus profesoras quienes no podrán hacerlo. En educación secundaria no son capaces de atender una explicación oral que dure más de 10 minutos. Enseguida empiezan a moverse nerviosos en la silla buscando desesperadamente, como yonkis, nuevos estímulos, nuevos datos que añadir a su sobrecargado cerebro. Decía Agustín de Hipona que, así como el cuerpo necesita comida, también el alma necesita alimentarse con sabiduría. Pero la comida rápida es comida basura, no alimenta, nos envenena. El exceso de información es la basura del alma, nos pudre por dentro. Y el veneno nos va matando lentamente, sin que nos demos cuenta.

Un ejemplo concreto: el movimiento laicista difundimos a los cuatro vientos siempre que podemos el disparate que supone la presencia de una asignatura confesional en el currículo de enseñanza primaria y secundaria, y los vergonzosos privilegios de los que disfruta el catolicismo en ese ámbito. Cualquier persona sensata que nos escucha, creyente o no, practicante o no, admite enseguida que es un atropello, un escándalo, una injusticia. Pero, ¿de qué sirve? ¿Qué podemos hacer además de escandalizarnos? ¿Cómo movilizarnos para denunciarlo y responder al atropello? ¿Cómo evitarlo?

Y es que —no quiero compararlos— pero ahí están la subida de la luz; y los refugiados muertos en el Mediterráneo; y los desahucios que siguen; y las palizas y asesinatos a gays o a trans; y la destrucción de la sanidad pública; y la privatización de los servicios esenciales; y las mujeres asesinadas, y... La lista de cosas terribles que deberíamos evitar, que no deberíamos aceptar, que es vergonzoso que ocurran en el siglo XXI, es tan larga que con ella podríamos llenar páginas sin fin. Miles de páginas con datos, análisis, reflexiones, valoraciones. No sirven de nada. Son demasiadas cosas. No podemos metabolizar tanto dato. Nos atascamos. Para seguir estando informadas tenemos que dejarlo todo, dejar de pensar, dejar de vivir. Al dejar de pensar, no podemos decidir qué hacer, cómo, cuándo, con quién. La corriente nos lleva. Sobrecarga de información, Infoxicación, son términos que ya están en Wikipedia, señal de que existen (por supuesto, existen las palabras, pero también la realidad que nombran). Marina Garcés se ha referido a la imposibilidad de manejar las toneladas de conocimiento de que disponemos hoy. Lo ha sintetizado en una frase certera: “Lo sabemos todo, pero no podemos nada” (en Nueva Ilustración Radical, Anagrama).

Desbordadas de datos, sobrados de análisis, colapsado el sistema de drenaje del espíritu, nos vaciamos, supuestamente, en Twitter, Instagram o Facebook. Pero más que vaciar y limpiar, lo que hacemos es volvernos a cargar de nuevos datos. Y exhibirnos. Mostramos nuestra actitud progresista. Nos enfadamos y nos ocupamos en propagar nuestro enfado. Nos rasgamos las vestiduras, enfáticamente, que quede claro. Mostramos, en voz alta, ante el mundo, la más firme solidaridad con esta o con aquella causa justa. Escribimos artículos (este incluido), posts, blogs, libros, indignadas, exponiendo con rotundidad a razón que tenemos contra esto o a favor de aquello. “Yo apoyo esta causa”, compartimos la foto en la que nos mostramos risueños, o serias y responsables, pero siempre atractivos, altivas, y poco a poco, el mensaje se va deslizando hacia un lado y, sin darnos cuenta, el énfasis se traslada de la causa a quien la apoya. A los demás les gusta que yo apoye esta causa y me lo comunican (a mí y, de paso, al mundo entero). Y a mí me gusta que a ellos les guste. Y así durante un buen rato, como el eco de un pozo sin fondo. Millones de bits de aquí para allá para que todo siga en su sitio. Esto no se transforma y aquello nunca llega. Y siguen ocurriendo cosas que no deberían ocurrir, permanentemente, nosotras conscientes e informadas.

Nos dijeron que la información era poder y nos lanzamos frenéticas a su búsqueda. Era una falsedad paralela a la que rezaba ‘una imagen vale más que mil palabras’: nos costó percatarnos que sí, sirve, pero para mentir más que mil palabras. Tampoco vimos que la sobreinformación sólo trae incapacidad, angustia y ansiedad. Que la sobreinformación está más cerca de la desinformación que de la información. Y que va de la mano de la híper-conexión. Todo parece ser parte del mismo plan. Conectar con tres, cuatro, veinte, cuarenta, cien personas puede hacer comunidad. Estar permanentemente conectados con miles de personas que no conocemos ni nos interesan no mejora la realidad, no alivia ninguna pena, no proporciona ninguna alegría perdurable. Crea parálisis, lo único permanente. 

Red es malla, tejido, protección. La red de amigas y allegados nos protege como una tela mullida y tranquilizadora, amortigua las caídas como una red flexible y blanda. Nos conecta con personas que conocemos y queremos. Pero red es también trampa, urdimbre, trama, engaño. Pusieron el adjetivo “sociales”  y en sus redes caímos como chinches, una detrás de otro. Caímos en la trampa, animalitos atrapados. Y ahí estamos, en el cepo, prendidas en la malla, agitando los brazos para que nos vean los falsos amigos. La combinación letal de narcisismo indignado y sobreactuado y de exceso de información inmanejable nos ha colocado en la senda de acabar con toda esperanza. ¿Tiene remedio? ¿Seremos capaces de salir de la rueda de hámster? Decidme cómo.

 

5 oct 2021 06:00

Publicado enCultura
Miércoles, 22 Septiembre 2021 05:51

Videojuegos: todo trabajo y nada de juego

Videojuegos: todo trabajo y nada de juego

Los videojuegos, como cualquier producto creativo, reflejan y refractan las condiciones de su producción. Hoy, a lo que más se parecen es al trabajo en el capitalismo del siglo XXI. Pero además, detrás de los videojuegos hay condiciones laborales sobre las cuales algunos libros recientes están poniendo el foco.

 

Cuando tenía siete años, mi mejor amigo Matt y yo nos propusimos crear un videojuego. Dibujamos niveles elaborados y escenarios de otro mundo llenos de seres extraterrestres, ideamos complejos desafíos de saltos y recortamos apuestos avatares de cartulina para lidiar con ellos. Pasamos semanas planificando el juego e imaginando escenarios traicioneros, poderes sobrehumanos y desafíos para desbloquear y superar. Anotamos números y símbolos, registramos estadísticas nebulosas y condiciones de victoria. Fue emocionante. El mundo de los juegos y los poderes que teníamos en él parecían casi ilimitados, restringidos únicamente por nuestra imaginación, nuestra caligrafía infantil y la tinta de nuestros rotuladores mágicos.

Después de un mes, Matt me dijo muy serio: «Bien, ¿y ahora cómo lo convertimos en un juego de verdad?». Su pregunta me confundió y me dolió. Yo creía que ya estábamos jugándolo. En algún punto sabía que no teníamos la capacidad de crear un videojuego «real». Estábamos fingiendo, aunque no parezca la palabra adecuada para describir el nivel de creatividad que habíamos alcanzado. La alegría estaba en nuestros vuelos de fantasía, en crear reglas que rompíamos en segundos, en el juego interminable de límite y resolución. El juego consistía en imaginar el juego. Pero Matt no lo había visto así. Estaba disfrutando, pero creía que acabaríamos transformando nuestros recortes de papel en un juego digital funcional, que lo que habíamos hecho hasta ese momento era solo preparatorio, el preludio de algo más, algo real y con reglas. Cuando le dije: «Matt, no podemos hacer eso, solo somos niños», se mostró decepcionado y su rostro se ensombreció. «Esto es de mentira», añadí, sabiendo que le dolería y deseando que le doliera. Ese fue el final de nuestro juego.

El crítico Michael Thomsen compara los videojuegos con las plegarias: «Tienen más oportunidades de materializarse cuanto menos específicos sean». Esta dinámica alcanza su forma más extrema en lo que los periodistas especializados en videojuegos llaman el «ciclo de sobreexpectación» (hype cycle). Un nuevo juego se anuncia años antes de la fecha estimada de lanzamiento, generalmente con un tráiler que no contiene imágenes del juego real (a veces es solo una pantalla de título con música de fondo, como sucedió con el nuevo God of War [Dios de la guerra] previsto para este año). Es el propio jugador quien se toma el trabajo de imaginar el juego, y las secciones de comentarios de YouTube se llenan de especulaciones sobre cómo podría ser: la historia, la ambientación, la mecánica. Estas fantasías son fomentadas por los desarrolladores, que filtran pequeños y tentadores datos a anunciantes, periodistas y streamers de Twitch.

El ciclo de sobreexpectación funciona porque los jugadores lo disfrutan. Imaginar el juego perfecto les genera un placer distinto del placer de jugar. Como escribe Thomsen: «Pensar en los juegos cuando aún son inmaculados y no han sido mancillados por la experiencia de juego real puede ser revelador, ya que inspira deseos futuros que están a punto de volverse realidad». Para Thomsen, los videojuegos «prometen distintas formas de cumplimiento de deseos», pero lo más importante es que «ofrecen la seguridad de que aún vale la pena desear, de que algún mecanismo espera ahí fuera para recibir los deseos y responderá a ellos, como mínimo, de forma consistente».

¿Qué debemos pensar entonces de quienes diseñan y desarrollan videojuegos? ¿Son dioses benévolos que escuchan nuestras plegarias, inventan mundos y nos dan la bienvenida para que los habitemos? ¿O son indiferentes? ¿Es inevitable que nos decepcionen? Al fin y al cabo, los diseñadores enfrentan una tarea titánica: convertir nuestros deseos en realidades funcionales y lucrativas. Al final del ciclo de sobreexpectación suele haber solo una mercancía, un mundo lleno de tareas rutinarias y tediosas y mecánicas poco originales, que palidecen en comparación con el sueño (una decepción que a veces provoca resentimiento y reacciones negativas).

En su nuevo libro Press Reset: Ruin and Recovery in the Video Game Industry [Oprima reiniciar: Ruina y recuperación en la industria del videojuego], Jason Schreier, periodista de Bloomberg News y copresentador del popular podcast de videojuegos Triple Click, presenta una verdad mucho más prosaica: los desarrolladores de videojuegos no son dioses. Son personas, trabajadores, soñadores como Matt y yo, que navegan por la brecha, a menudo dolorosa, entre sus deseos y sus obligaciones, entre el trabajo y el juego.

El primer libro de Schreier, Blood, Sweat, and Pixels. The Triumphant, Turbulent Stories Behind How Video Games Are Made [Sangre, sudor y píxeles. Las historias exitosas y turbulentas detrás de la producción de videojuegos], se centra en los desafíos técnicos que acompañan el desarrollo de videojuegos. Press Reset se enfoca más en el costo humano. Sus personajes son diseñadores, programadores y escritores que trabajan para grandes estudios que producen algunos de los títulos favoritos de las últimas décadas (y contribuyen así a los ingresos anuales registrados por esta industria, de aproximadamente 150.000 millones de dólares): el juego de supervivencia y terror interplanetario Dead Space [Espacio muerto], el sorprendentemente innovador crossover entre Disney y Nintendo, Epic Mickey [Mickey épico], y el shooter de ciencia ficción submarina BioShock, famoso por estar ambientado en una batisfera distópica diseñada por un objetivista seguidor de Ayn Rand. Algunas secciones están dedicadas a la experiencia de autores de renombre, pero el libro sigue principalmente a los trabajadores y trabajadoras corrientes de la industria, responsables de aspectos pequeños pero esenciales de los juegos que amamos.

Lo que une a estas personas, según Schreier, es una profunda pasión por las recompensas creativas que otorga el desarrollo de videojuegos y una profunda incertidumbre sobre sus condiciones de trabajo. Aunque muchos empleos en la industria están bien remunerados y permiten a los trabajadores llegar a fin de mes en algunas de las ciudades más caras del mundo, la experiencia también está salpicada de periodos de sobrecarga extrema de trabajo y de una tasa increíblemente elevada de recambio de personal. Durante una etapa conocida de manera eufemística como la «recta final», que suele darse justo antes de la salida de un juego, no es raro que se trabajen 100 horas por semana. Según Schreier, «a cambio del placer de crear arte para ganarse la vida, los desarrolladores tienen que aceptar que todo puede venirse abajo sin previo aviso» (los mineros etíopes que desentierran tierras raras para la fabricación de placas base [motherboard], los operarios que ensamblan PlayStations en China e incluso los trabajadores que venden consolas en Walmart a cambio de un salario mínimo reciben compensaciones aún menos tentadoras, pero supongo que ese es otro libro).

Schreier analiza principalmente lo que sucede cuando los estudios de videojuegos cierran, lo cual parece ocurrir con sorprendente frecuencia. «Habla con cualquier persona que haya trabajado en la industria por más de un par de años, y seguro tendrá una historia sobre la vez que perdió su trabajo». En un capítulo especialmente bien narrado, nos enteramos de la existencia de 38 Studios, una empresa de videojuegos condenada al fracaso, fundada por el ex-lanzador de los Medias Rojas (y luego partidario de Donald Trump) Curt Schilling, que colapsó tras recibir una garantía de préstamo por 75 millones de dólares del estado de Rhode Island. Cuando el despilfarrador estudio cerró abruptamente, a los empleados se les negó su último salario y no recibieron indemnización alguna, y quienes tuvieron que mudarse para trabajar para el estudio debieron pagar miles de dólares a las empresas de mudanzas a las que Schilling había estafado.

Pero 38 Studios no es un caso aislado. Como le comentara a Schreier un veterano de la industria: «Con todos los despidos que he tenido que afrontar, cada vez que recibo un correo electrónico en el que se convoca una reunión de todos los empleados de la oficina sufro una especie de síndrome de estrés postraumático. (…) Estoy seguro de que es algo común entre otros desarrolladores». De hecho, los cierres de estudios son tan frecuentes en Press Reset que las historias individuales y los personajes del libro empiezan a correr juntos. Varios capítulos describen distintas versiones de un mismo recorrido: los empleados lo dejan todo para terminar un juego; el juego se lanza; todos celebran; poco después hay una reunión ominosa; todos son despedidos; los trabajadores desolados beben una cerveza fúnebre en un bar cercano antes de volver a casa para actualizar sus currículums. Algunos deciden volverse «independientes» y crear juegos menos ambiciosos sobre los que pueden ejercer un mayor control creativo; otros abandonan la industria por completo. A pesar de ser indispensables en cada etapa del proceso de desarrollo de juegos, los trabajadores son tratados como piezas desechables de una máquina de obtener beneficios. «La volatilidad», escribe Schreier, «se ha convertido en el statu quo».

Schreier se abstiene de analizar en profundidad las características estructurales que conducen a la inestabilidad (para una descripción más clara de los procesos laborales y de producción de la industria del videojuego, puede verse el libro de Jamie Woodcock Marx at the Arcade [Marx en el Arcade], de 2019). La excusa ofrecida por los grandes empresarios es que la industria opera en un ciclo de auge y caída, condicionado por el lanzamiento de nuevo hardware. Invertir en videojuegos es una actividad de alto riesgo y grandes recompensas. Algunos juegos cuyo desarrollo es increíblemente costoso fracasan, mientras que otros generan ganancias por miles de millones de dólares. Además, los grandes editores compran y venden constantemente estudios pequeños (generalmente a raíz de esos fracasos, aunque no siempre), lo que resulta en despidos y mudanzas.

Sin embargo, algunas de las fuentes de Schreier ofrecen una explicación más clara: los jefes tienen todo el poder y no les importa una mierda lo que suceda con sus empleados. Zach Mumbach, quien trabaja hace muchos años para Electronic Arts, observó que mientras él y sus compañeros trabajaban a destajo juego tras juego, los ejecutivos se iban a casa todos los días a las cinco de la tarde. «Estoy cansado de trabajar 80 horas por semana para que gente como [el ex ejecutivo de Electronic Arts] Patrick Söderlund pueda comprar un coche nuevo», le dijo Mumbach a Schreier. «Parece que estos tipos estuvieran jugando. Juegan con los presupuestos, juegan con los ingresos y juegan con los gastos. Despiden empleados solo para volver a contratarlos porque así obtienen mejores cifras para uno u otro trimestre». Sin una voz organizada en la industria (casi nadie pertenece a algún sindicato, con excepción de algunos actores de doblaje afiliados al Sindicato de Actores de Cine), las prioridades de los trabajadores no importan.

Al igual que en otras industrias creativas, los jefes y gerentes explotan la pasión de sus empleados para silenciar disidencias y forzar la aceptación de condiciones injustas. Schreier describe una «sensación subyacente de que los trabajadores deberían sentirse afortunados» por estar donde están. «Quienes integran la industria de los videojuegos creen que trabajar en ella es un privilegio, y que deberías estar dispuesto a hacer lo que sea necesario para permanecer allí», dice Emily Grace Buck, ex-empleada de Telltale Games, en una nota de la revista Time de 2019. A los trabajadores de la industria se los anima a pensar en sus trabajos como la realización de sus fantasías infantiles. Les pagan por crear mundos de ensueño y conceder deseos. ¿No es eso suficiente?

Como observa Sarah Jaffe en su nuevo libro Work Won’t Love You Back [El trabajo no va a corresponder a tu amor], esta dinámica es un mecanismo disciplinario esencial del mercado laboral moderno. En lugar de conceder a los trabajadores el deseo de estabilidad y equilibrio entre la vida laboral y la vida personal, los estudios de videojuegos, al igual que otras empresas de tecnología, ofrecen servicios que tratan de eliminar la división entre el trabajo y el juego: comida gratis y camas en la oficina durante las «rectas finales», mesas de ping-pong y metegol y días laborales dedicados enteramente a jugar a los últimos títulos de sus competidores. Un estudio resume este enfoque en su página web: «La diversión está en el corazón de lo que hacemos. Sabemos que si queremos desarrollar juegos divertidos debemos divertirnos desarrollando juegos».

A pesar de compadecer a sus colegas y enfadarse por sus desgracias, Schreier reafirma de alguna forma la noción de que los diseñadores de videojuegos se dedican a producir «diversión». «Los videojuegos», escribe, «están diseñados para llevar alegría a la gente, pero se crean a la sombra de la crueldad corporativa» (como si eso fuera una contradicción). La idea de que los entornos laborales «divertidos» generan productos «divertidos» puede ser propaganda empresarial, pero contiene una verdad oculta: los videojuegos, como cualquier producto creativo, reflejan y refractan las condiciones en las que fueron producidos y suelen ser funcionales a las necesidades ideológicas y reproductivas de su tiempo y espacio.

Es por ello que la esencia de los videojuegos más populares de hoy en día no es la «diversión». A lo que más se asemejan, con lo que parecen soñar, es el trabajo del siglo XXI.

«La diversión es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo tardío», afirmaron Theodor Adorno y Max Horkheimer en 1944. La Escuela de Fráncfort creía que la mecanización del trabajo se había entrelazado tanto con «el tiempo libre y la felicidad» del ser humano y había determinado tan «íntegramente» la «fabricación de los productos para la diversión» que la diversión no era «otra cosa que la copia o reproducción del mismo proceso de trabajo». Siguiendo esta línea, el experto en teoría de juegos Steven Poole observó en 2008 que los videojuegos modernos «parecen aspirar a una mímesis del proceso de trabajo mecanizado». Aprendemos (o somos disciplinados) mediante las reglas del juego y recibimos una respuesta positiva por seguirlas con eficacia. «Uno no juega el juego», escribe Poole, y mucho menos lo «gana», sino que más bien «realiza las operaciones que este exige, como un empleado obediente. El juego es una tarea de trabajo».

Los juegos para un solo jugador con montones de armas que mejorar, habilidades que adquirir y monedas que gastar son quizá la iteración arquetípica de este fenómeno, pero casi todos los juegos contemporáneos contienen algún elemento mimético del trabajo y el intercambio de mercado. No ofrecen fantasías de evasión, de juego imaginativo por el juego mismo; ofrecen una fantasía de reglas (una lógica ausente del proceso de trabajo asalariado contemporáneo). Vicky Osterweil describió este tipo de juegos como un «simulador de trabajo utópico», que reparte recompensas a intervalos predecibles a cambio de un esfuerzo disciplinado. Estas recompensas pueden facilitar el juego, permitirnos comprar adornos en él, mostrar nuestros logros a los demás y progresar en una trayectoria lógica y satisfactoria hacia un objetivo alcanzable. Los juegos siguen siendo una forma de diversión, pero no nos alejan de nuestro trabajo, sino de nuestra decepción por su volatilidad, su arbitrariedad, su crueldad e injusticia.

En su forma más aguda, escribe la periodista Cecilia D’Anastasio, los trabajadores usan los videojuegos «para representar los fantasmas de sus labores diarias». Un conductor de camiones de larga distancia pasa su semana libre jugando American Truck Simulator [Simulador de camión estadounidense]; los chefs dejan sus cocinas a medianoche para jugar Cook, Serve, Delicious! [¡Cocinar, servir, delicioso!] antes de acostarse. En el mundo del juego, a diferencia de lo que sucede en el nuestro, escribe D’Anastasio, «la productividad es cuantificable y discernible». Los juegos compensan la ausencia de control, retroalimentación fiable, objetivos claros y recompensas justas en nuestra vida laboral. De este modo, los juegos siguen siendo una forma de cumplir deseos en la que se materializan las ficciones ideológicas del capitalismo. Es un sueño insignificante que nos reconcilia con falsedades que de lo contrario tendríamos que aceptar.

El hecho de que muchos de los juegos más populares sean también simuladores de asesinatos muy realistas también es digno de mención. «Es muy posible», como escribió Tom Bissell en su clásico ensayo sobre el género de los «shooters en primera persona» (FPS, por sus siglas en inglés), que juegos como Call of Duty [Llamada del deber] «revelen que en algún lugar dentro de cada persona se esconde un ser que mata y toma y hace lo que quiere». Estos juegos que recrean el combate marcial y recompensan a los jugadores por eliminar eficazmente a enemigos humanoides son claramente sintomáticos de una ideología: una sublimación de la agresión reprimida y de las fantasías imperiales. Pero también lo son las películas de acción. Lo que hacen los shooters, quizá con más eficacia que cualquier otro tipo de juego, es transformar un rompecabezas cognitivo sumamente repetitivo (localizar un pequeño punto en un espacio tridimensional y presionar un botón para hacerlo sangrar) en un pasatiempo infinitamente agradable e incluso adictivo.

Al movilizar varios estados de ánimo y sentimientos, incluidas fantasías de dominio y competencia patriarcal, los juegos violentos consiguen «estructurar la repetición, el aprendizaje y el aburrimiento que uno debe dominar y tolerar para vivir las condiciones económicas actuales como algo placentero», escribe Osterweil. A su vez, las espacios laborale como Amazon incorporan elementos de juego (tablas de clasificación públicas, recompensas nominales por un trabajo expeditivo e incluso minijuegos estilo Arcade que se desbloquean al completar tareas de almacén) para habituar a los empleados a horas y horas de trabajo físico y mental monótono. Así como la destreza del jugador de FPS se expresa en su ratio de «asesinatos/muertes», el valor de un trabajador de Amazon se expresa por su «tasa de recolección», medidas homólogas de eficiencia cognitiva y cinética.

Así, la violencia en los videojuegos no funciona principalmente como un liberador de comportamiento antisocial, y mucho menos como una peligrosa puerta de entrada a la crueldad del mundo real, sino como un velo placentero para el disciplinamiento socialmente útil. La violencia digital extática oculta y compensa la violencia más mundana de la vida cotidiana, de estar condicionado a un proceso laboral benigno. El que tal mecanismo mantenga un toque de transgresión misantrópica (inherente al estereotipo del gamer «peligroso», «inadaptado» y «reaccionario») es un indicio de su sofisticación ideológica. En realidad, nada puede ser más normativo, más complaciente y prosocial que comprar y jugar a ser un shooter en primera persona. De un modo u otro, todos respondemos a la «llamada del deber».

Aunque todos los juegos son ideológicos, no todos lo son de forma nociva. Algunos como Universal Paperclips [Clips universales], el simulador de la «tesis de la ortogonalidad» de Frank Lantz, revelan y critican las escasas fantasías que le sirven de núcleo. Otros, como Disco Elysium [Elíseo disco] (una fantasmagoría neo-noir aleatoria), de 2019, superan las más altas esperanzas de la literatura ergódica. Resulta tentador atribuir la distancia entre estos títulos y los publicados por los grandes estudios al afán de lucro. Como escribe Schreier, «la industria del videojuego, al igual que todas las actividades artísticas, se basa en la tensión entre dos facciones: las personas creativas y quienes gestionan el dinero». El conflicto entre los desarrolladores que intentan crear una obra de arte y los editores que intentan obtener beneficios es tan antiguo como los propios videojuegos». La mayoría de los personajes de Press Reset aspiran a crear juegos más interesantes que los que financian estudios como Electronic Arts. Cuando se van, si pueden encontrar el dinero, suelen hacerlo.

Una hipótesis menos reconfortante es que los estudios producen «simuladores de trabajo utópicos» porque se ajustan a nuestros deseos y a las necesidades de la economía. Concuerdo con Osterweil en que los videojuegos son «fundamentalmente una tecnología reproductiva». Contribuyen a «crear, sostener, organizar y capacitar a los trabajadores y a los sujetos de manera tal que los ayuda a funcionar en una sociedad y una economía fundamentalmente invivibles». Las técnicas y gramáticas del diseño de juegos han evolucionado a la par de los avances en la automatización, la globalización, la producción y la logística «justo a tiempo», la economía del cuidado y el trabajo precario a tiempo parcial. En este contexto, retomando a Adorno y Horkheimer, el videojuego «se mueve rigurosamente en los gastados surcos de la asociación» labrados por nuestra relación con estas formas de trabajo. Los juegos, como todos los productos de entretenimiento, nos convierten en los sujetos que requiere el capital actual.

¿Qué tipos de sujetos son esos? En su libro Bullshit Jobs [Empleos de mierda], el antropólogo David Graeber observó que, si «el juego imaginario es la expresión más pura de la libertad humana», como nos quiere hacer creer el especialista en teoría evolutiva de juegos Karl Groos (de acuerdo con Schiller), entonces «el trabajo imaginario, impuesto por otros, es la expresión más pura de la falta de libertad». Este último, escribe Graeber, «es el ejercicio más puro del poder por el poder mismo». En otras palabras, las apuestas no podrían ser más altas. Si los videojuegos son un juego, son una expresión de nuestras más altas capacidades como seres humanos: nuestro amor por la libertad, la imaginación y el capricho creativo. Pero cuando son un trabajo (como me lo parecen en esos momentos en que el placer no logra disimular la repetición), nuestro afecto por ellos es algo realmente sombrío, que señala una extraordinaria concesión a las condiciones modernas de falta de libertad.

Press Reset es una admirable contribución a un creciente cuerpo de trabajos periodísticos sobre videojuegos, enfocado principalmente en las injusticias de la industria. Dado que hace apenas siete años el mundo de los videojuegos se rebelaba ante el menor esfuerzo por aplicar las lecciones del feminismo y el antirracismo a la industria y sus productos, es alentador que personas como Schreier (quien, junto con sus antiguos colegas de Kotaku, recibió parte de la bilis reaccionaria del «gamergate») sigan escribiendo y publicando trabajos críticos como este.

En el último capítulo, Schreier propone varias soluciones a los problemas que ha identificado. Una de ellas es la sindicalización: «Cada nuevo despido o cierre de un estudio es una prueba de que los trabajadores de la industria del videojuego necesitan más protección», escribe Schreier, «y los sindicatos son una parte esencial e inevitable de esa ecuación». Al momento de escribir este artículo, ningún estudio de videojuegos importante de Estados Unidos está sindicalizado, pero la organización Game Workers Unite (GWU) está luchando por la obtención de derechos laborales en la industria. La división británica de GWU se unió formalmente al Sindicato de Trabajadores Independientes de Gran Bretaña en 2019. El Sindicato de Trabajadores de la Comunicación de Estados Unidos anunció una iniciativa para organizar a los trabajadores de la industria de los videojuegos en enero de 2020.

Schreier también recomienda normalizar el trabajo remoto, para que los desarrolladores no tengan que desarraigar sus vidas cada vez que un estudio cierra o deben trasladarse por trabajo, y elogia el modelo de negocios de una empresa llamada Disbelief, cuyo personal tiene empleos seguros en virtud de varios contratos simultáneos con grandes estudios. «Creo que el futuro va a ser así: habrá un pequeño equipo encargado de la visión creativa y todo el resto del trabajo se subcontratará», dice uno de los fundadores de Disbelief. Dada la frecuencia con que las empresas de videojuegos externalizan las tediosas tareas de diseño y programación a empresas ubicadas en la India y China, donde los salarios son más bajos, no es difícil imaginar este futuro, pero no estoy seguro de que sea la panacea que Schreier imagina.

Mientras tanto, muchas personas que se cansan de trabajar para los grandes estudios se marchan para crear sus propias empresas independientes más pequeñas. Estas son tan capaces de explotar a sus empleados como sus homólogas de primer nivel, e incluso más propensas a quedarse sin dinero. Pero cuando se trata de un pequeño grupo de colegas copropietarios, lo que está en juego es diferente. Como dijera a Schreier uno de los cocreadores de Enter the Gungeon, un juego independiente de gran éxito publicado en 2016: «No me malinterpretes, la recta final fue muy dura y horrible, pero correr en la recta final de un juego cuando sabes que participarás de los ingresos es una experiencia muy distinta».

Mejorar las condiciones laborales de los desarrolladores es un objetivo que vale la pena; espero que se sindicalicen y que más personas pueda crear colectivos independientes si así lo desean. Pero a medida que los periodistas de videojuegos se vuelven más perceptivos y críticos del enorme costo humano y la volatilidad de la industria, y se preocupan más por las connotaciones políticas tóxicas de algunos juegos, espero leer más investigaciones de calidad.

El mundo de los medios dedicados a los videojuegos está poblado (y pagado) por gente a la que le gustan los videojuegos, que tienden a no formularse preguntas más fundamentales sobre el efecto de los videojuegos o las consecuencias que podrían tener en nosotros (los críticos citados anteriormente no son, por desgracia, representativos de la cultura crítica general de los videojuegos). Evidentemente, no se trata de que todos los amantes de los juegos de rol sean trabajadores obedientes, ni de que todos los juegos sean rutinarios y poco inspirados. Una vez cada tanto se lanza un título que me deleita y desafía de verdad, como una gran novela o una gran película, y lo hace con métodos intrínsecos al arte interactivo (Disco Elysium fue uno de ellos). Pero no es algo frecuente. Por lo general, paso mucho tiempo jugando a juegos cuya descripción como forma de entretenimiento (y más aún, como una forma de arte) me confunde, incluso mientras avanzo, punto de control a punto de control, nivel a nivel. ¿En qué tipo de sujeto me están convirtiendo estos procesos? ¿Qué tipo de economía política exige ese tipo de sujeto? Para ser directo, ¿a qué otra cosa dedicaría mi tiempo si no fuera por estos juegos?

Sé que nuestros sueños no nos sacarán de las trampas del capitalismo, pero sí pueden hacer que nos hundamos cada vez más en ellas.

 

Publicamos este artículo como parte de un esfuerzo común entre Nueva Sociedad Dissent para difundir el pensamiento progresista en América. Puede leerse la versión original en inglés aquí. Traducción: Rodrigo Sebastián

Publicado enSociedad
'Ratas', videoinstalación de Luis Parejo incluida en la exposición 'Un mundo feliz'. — Luis Sánchez Parejo

El ilustrador Luis Parejo dispara en la exposición ‘Un mundo feliz’ contra los monstruos tecnológicos que nos alienan mientras nos cobran por nuestro propio tiempo.

 

Somos unas ratas —de laboratorio— y, conscientes o no, hacemos girar la rueda que mueve el engranaje de Facebook, Google, Twitter o Instagram. Nuestras horas de asueto son la gasolina que alimenta el motor de los grandes hermanos, de modo que el ocio se convierte en trabajo y el resultado de ese esfuerzo es ofrecido como producto por las multinacionales. Nosotros les regalamos —más que les vendemos gratis— textos, fotos, vídeos, memes y corazones para luego volver a comprarlos. Ellos ganan y nosotros perdemos —el tiempo—.

De esto también habla Un mundo feliz, la cámara de los horrores de la sociedad menos cero punto cero. Una exposición desasosegante que, a través de la ironía y el absurdo, nos hace más digeribles unas [ir]realidades que se han instalado en nuestras vidas. "Lo siniestro causa espanto precisamente porque nos es familiar", ya decía Freud, citado por Luis Martínez en La mirada culpable, el texto que acompaña las ilustraciones, fotografías, cianotipias, esculturas y videoinstalaciones de Luis Parejo (Madrid, 1971).

En él, Martínez emparenta la obra del artista con el universo de David Lynch, en cuya mirada "lo muy macabro y lo muy rutinario se combinan de tal forma que revelan que lo uno está contenido en lo otro", en palabras de David Foster Wallace. Así, esa pareja feliz de Sé lo que quieres ve la televisión en el salita de un edificio neoyorquino —o de Móstoles— rodeado de inquietantes orejas sin nombre, hoy bautizadas Siri o Cortana, pabellones auditivos contemporáneos que todo lo escuchan y todo lo saben, aunque no todo lo entienden. Le dices, por ejemplo, "Alexa, muérete", y ahí sigue.

La exposición estará abierta durante el verano en el sótano de la librería madrileña Cervantes y Compañía, un espacio idóneo para los ojos, bocas y cerebros de Parejo, quien ha entendido que el subsuelo era mazmorra donde nadie tiene escapatoria. De repente, un rumor que ya es ruido, un pasillo, una cortina de terciopelo azul, una cueva, una silla, una proyección, una mano ósea que sujeta un móvil y una calavera que observa la pantalla. Dentro del cráneo, una rata que hace girar la rueda. Dentro del vidrio, tanto tiene.

La rata nos ha conducido a su freak show —en realidad, en este museo ambulante todos son seres grotescos y bestias pardas—, invirtiendo el cuento donde el flautista atraía a los roedores. "Venid a visitar al monstruo que habita dentro de nosotros", invita el artista, quien no duda en cascar una bola de navidad para cortarse las venas con un pedazo de felicidad. Parejo podría explicar por qué se carga el espíritu navideño —o lo transforma en apero suicida—, aunque para eso ya está el ilustrador y humorista Darío Adanti.

'Navidad', por Darío Adanti

"Rito arcaico en el que se celebraba el solsticio de invierno y que fue transformado en la Edad Media en el día en el que nació el hijo de Dios, que sufrió y murió por nuestros pecados y que, como no hay prueba alguna de esto, hicieron coincidir la fecha de su supuesto nacimiento con la de la festividad arcaica del solsticio para joderles la fiesta a los paganos y jodernos el fin de año a los ateos, que nos vemos obligados a asumir un espíritu festivo que no queremos, ir a brindar con amigos que vemos todo el tiempo como si fuera la última vez que los vamos a ver, y a cenar y comer en familia, emborracharte delante de tu abuela, discutir de política con tu tío el facha, que te llame facha tu sobrina progre, terminar todos como el rosario de la aurora y todo porque alguien en la Edad Media dijo que aquella era la fecha del nacimiento de un hijo inexistente de un Dios que no existe. Y luego vamos por el mundo diciendo que somos la civilización".

El fundador de la revista Mongolia y una veintena de autores, desde Blanca Lacasa hasta Nuria Labari, son los responsables de explicar cada obra a través de una audioguía locutada por Maite Vaquero. "Buscaba el contraste del mensaje irreverente con la solemnidad del tono museístico", comenta Parejo, quien ha subvertido el encargo.

"Antes ilustraba con imágenes las palabras de otros y ahora ellos ilustran con palabras mis imágenes", se congratula el artista, quien no solo alude al postureo y a la soledad que emanan de las redes sociales, sino también a la "adicción" que provocan, "con el tiempo y la energía perdidos que conllevan".

Para combatir el déficit o falta de atención, producto de la ingente oferta de información y del consumo compulsivo de los usuarios —antes llamados personas—, el ilustrador del diario El Mundo propone un objeto de papel con tapas más o menos duras. "Hoy nadie es capaz de concentrarse, porque está en mil cosas, pero en ninguna. No importa que seas alguien sensible, pues es inevitable que te despistes. La mejor arma contra esa atención fragmentada es la lectura, con la que consigo escaparme de todo. Quizás por eso me atraía exponer en una librería", confiesa.

Su trabajo para la edición online de su periódico era en buena parte digital. Por ello, ha tratado de buscar un formato más tangible para las páginas y los suplementos del diario. Así, descartada la tableta de dibujo, Luis Parejo se ha valido de todo tipo de materiales para construir sus ilustraciones: un martillo, una bola de billar, un huevo, una maqueta, un bastón, un corcho, una biblia... Y, cuando no podía usar un objeto, se lo inventaba o lo modelaba con sus manos, para luego fotografiarlo y convertirlo en pieza de diseño gráfico.

Lo mismo sucede en Un mundo feliz, donde el tétrico ojo que todo lo ve se esconde dentro de una pelota de tenis. Y, del mismo modo que la esfera amarilla se transfigura en una proyección, la rata en movimiento —en lenguaje técnico, el bicho pierde su tiempo y su juicio en una "rueda de actividad para la investigación animal"— es plasmada en unas cianotipias que pueden adquirirse por un módico precio... Módico, porque las copias negativas en color azul son una ganga en comparación con el millón de euros que cuesta la videoinstalación, una boutade del artista para gastar tinta imprimiendo ceros.

"Quise adaptar la técnica al mensaje en vez de recurrir a una técnica predefinida o que ya dominaba, aunque para ello tuviese que crear objetos", detalla Parejo. "La materia habla y, en esta época donde todo está generado por ordenador, la textura es un plus. En mi día a día ya trabajo en digital, por lo que necesitaba lo tangible", comenta el ilustrador, quien se ha prodigado en las portadas de Papel, Mercados, Crónica, EM2 o Metrópoli, un referente del diseño gráfico que acumula premios internacionales.

Más materia, es la guerra: la soma de Huxley —esa droga de la felicidad, de ahí el irónico título de la exposición— es aquí el Lexatin, un recurso de bajada para los que antes frecuentaban la barra libre del subidón. La disposición de las cápsulas sobre una superficie bocetan el retrato de tu colega el que se quedó medio colgado, pero habría que preguntarle al autor cuánto de Pedro Sánchez tiene la farmacopea rojiblanca. Hay más objetos, como también hay más Louise Bourgeois, Chema Madoz, Eadweard Muybridge o Francis Bacon, aunque los referentes de Parejo son inabarcables y van desde el surrealismo, el absurdo y lo siniestro hasta el —existencialismo— pop.

"Somos ratas de laboratorio", reconoce Parejo. "Ellos experimentan con nosotros permanentemente y han diseñado sistemas adictivos para que estemos todo el tiempo clicando. Algo que podemos hacer extensivo al consumo de productos audiovisuales en plataformas como Netflix, que ofrece el documental El dilema de las redes, sobre el peligro de esas herramientas. Es increíble, porque al mismo tiempo que crean un algoritmo se denuncian a sí mismos", comenta el artista, quien plasma su obsesión por la "percepción amorfa del tiempo" que han generado esos patios de vecinos virtuales.

Por ello se sorprende que algunas personas le digan que no le llegan las horas para leer un libro, cuando luego se tiran toda la madrugada o el fin de semana viendo una serie de veinte capítulos. "Yo soy el primero que tiene déficit de atención, pero lo compenso con mis frecuentes visitas al cine, el único sitio donde me puedo concentrar. Y si se me va la cabeza, al menos tengo que estar quieto", ironiza Parejo, quien critica con sus esculturas la autocensura que nos lleva "a dejar de ser tú mismo y a escribir para no quedar mal con determinados entornos".

Según él, ya no hay escapatoria ni tampoco un remedio contra la alienación. "No somos conscientes del monstruo que hemos creado. ¿Es esto realmente el progreso?", se lamenta Parejo, quien considera que la única forma de rebelión pasa por la lectura. "Una acción orgánica que no requiere conexión, por lo que es el único momento en el que no te están controlando". Cabría preguntarle qué sucede con las personas que leen en su preciado ebook, pero el ruido de la rueda amenaza con hipnotizar a los incautos y hay un ojo dentro de una pelota de tenis que ha empezado a mirarnos muy mal.

madrid

07/08/2021 21:59

Henrique Mariño@solucionsalina

Publicado enCultura
El FMI advirtió que la recuperación económica mundial no está asegurada

El Fondo actualizó sus proyecciones de crecimiento mundial, espera una mejora del 6 % para 2021 aunque alertó que la recuperación no está asegurada incluso en aquellos países con niveles de infección muy bajos mientras el virus circule en otros países.

 

El FMI señaló que el acceso a las vacunas se convirtió en la principal brecha para la recuperación mundial que se puede dividir en dos bloques: la mayoría de los países centrales, que podrían esperar una mayor normalización de la actividad a fin de año y aquellos que todavía se enfrentan a un rebrote de contagios y una suba del número de víctimas de covid. El organismo advirtió que “la recuperación no está asegurada incluso en aquellos países con niveles de infección muy bajos mientras el virus circule en otros países”.

El Fondo actualizó sus proyecciones de crecimiento y estimó un crecimiento global del 6 %, sin cambios desde su última proyección en abril, y 4,9 % en 2022, según publicó en sus Perspectivas económicas este martes. Pero alertó que las perspectivas son inciertas por las nuevas variantes de coronavirus como la variante Delta.

En tanto, el FMI recortó 0,4 puntos porcentuales su pronóstico de crecimiento para las “economías emergentes” y “en desarrollo” este año, al 6,3 %. Las perspectivas de crecimiento para India se revisaron a la baja tras la segunda ola de Covid y la lenta recuperación.

Por su parte, el Fondo mejoró su proyección para las llamadas economías avanzadas este año en 0,5 puntos porcentuales hasta el 5,6 %, con mejoras para Estados Unidos, Reino Unido, Canadá e Italia. Francia y Alemania se mantuvieron sin cambios, mientras que las expectativas de crecimiento para España y Japón se rebajaron.

Para América Latina, el organismo proyectó un crecimiento este año de 5,8 %, una mejora de 1,2 puntos porcentuales con respecto a la estimación de abril. El alza de las previsiones para América Latina y el Caribe se debe principalmente a las mejoras esperadas en Brasil y México. La Cepal calcula una mejora similar aunque advierte sobre los problemas estructurales de desigualdad, pobreza y empleo en la región.

La economista en jefe del FMI, Gita Gopinath, señaló al diario Financial Times que "todavía estamos en una situación en la que la pandemia está creando muchos estragos en todo el mundo".

Sobre la inflación, el Fondo prevé que regresará a los rangos que se registraban antes de la pandemia en la mayoría de los países en 2022, pero agregó “persiste una gran incertidumbre”. También advirtió que la inflación será elevada en algunas “economías emergentes” por el “alto nivel de los precios de los alimentos”.

Sobre el empleo, el FMI señaló que si bien el empleo dejó atrás los mínimos que tocó en el segundo y tercer trimestre de 2020, aún “en general se mantiene por debajo de las tasas previas a la pandemia”. Además, el informe agregó que “su recuperación es sumamente desigual, ya que los jóvenes y los trabajadores poco calificados de todas las economías y las mujeres de las economías de mercados emergentes y en desarrollo siguen constituyendo los segmentos más golpeados”.

“Nacionalismo de vacunas”

El Fondo detalló que “para fines de junio de 2021, se habían administrado aproximadamente 3.000 millones de dosis a nivel mundial, casi 75 % de ellas en economías avanzadas y en China. En los países de bajo ingreso, menos del 1 % de la población había recibido una dosis”. El documento reconoció que “la mayoría de los países de bajo ingreso depende primordialmente de los vehículos de adquisición colectiva de vacunas COVAX y el Fideicomiso Africano para la Adquisición de Vacunas (AVAT, por sus siglas en inglés), que habían entregado menos de 100 millones de dosis a unos 90 países para fines de junio de 2021”.

El informe del FMI sostuvo que “la acción multilateral es esencial para reducir las divergencias y fortalecer las perspectivas mundiales. La prioridad inmediata es distribuir las vacunas equitativamente en todo el mundo”. Según el organismo su propuesta costaría U$S 50.000 millones, “avalada conjuntamente por la Organización Mundial de la Salud, la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial, establece metas claras y medidas pragmáticas a un costo asequible para poner fin a la pandemia”.

En un reciente post del FMI firmado por su titular Kristalina Georgieva, Gita Gopinath y Ruchir Agarwal añaden a su propuesta los beneficios de lograr la distribución de vacunas de manera equitativa entre todos los países, y ,además, de “salvar vidas” dicen las autoras, “un final anticipado de la pandemia también podría inyectar el equivalente a U$S 9 billones en la economía mundial para 2025 gracias a la reanudación acelerada de la actividad económica”, es decir cómo hacer para mejorar la rentabilidad es lo que importa. "Salvar vidas" mucho no les importó, no hay que olvidarse de los recortes de los presupuestos de salud que hicieron varios países antes de la pandemia, herencia de décadas de neoliberalismo y privatizaciones, que terminó en el colapso del sistema de salud, o del ajuste que suele recomendar el organismo a los países que contrajeron deuda a pesar de la pandemia.

Desde que empezó la vacunación fueron las grandes potencias quienes acapararon la mayoría de las vacunas, a pesar de que muchos de los países con menos recursos son productores de las mismas, como ocurre en La India o en Argentina con la vacuna AstraZeneca. Apareció lo que se conoce como “nacionalismo de vacunas” de los países centrales, como Estados Unidos o Reino Unido en donde éstos pueden sobreabastecerse a partir de acuerdos con laboratorios privados, dejando al resto de los países, por lo general los atrasados y dependientes, sin vacunas. Mientras los laboratorios se apropian del conocimiento que en muchos casos fue financiado por los Estados. Por eso la importancia que liberen las patentes, y también se debería declarar de interés público los laboratorios para poder producir las vacunas.

Las advertencias del FMI dan cuenta que la recuperación económica mundial es desigual y frágil en el marco de una situación que acumula contradicciones desde la crisis del 2008, y seguirá atravesada por el desarrollo de la pandemia cuyas consecuencias recaen sobre la clase trabajadora. No es casual que el informe del Fondo advirtió también sobre el malestar social. La lucha de clases puede volver a irrumpir como ya ocurrió en varios países.

Redacción

Martes 27 de julio | 19:55

Publicado enEconomía
La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente estadunidense, Joe Biden, hablan con reporteros el 15 de julio pasado en la Casa Blanca.Foto Afp

En su visita de despedida de la canciller Angela Merkel a Joe Biden, Alemania y EU reconocieron la esterilidad de las sanciones para detener el gasoducto Nord Stream 2 (NS2): construido en más de 98 por ciento y transportará el gas ruso desde su zona en el Ártico, pasando por el mar Báltico, hasta Alemania.

No hay modo de ocultar la derrota de la política antirrusa de la dupla Obama/Biden –en particular, de la pugnaz israelí-estadunidense Victoria Nuland que buscaba dañar las finanzas de Gazprom y quien despreciaba solemnemente a Europa cuando entonó su célebre invectiva de "¡Al carajo con Europa!", tras haber catalizado el cambio de régimen en Kiev– y de Trump que hizo del bloqueo del NS2 su leitmotiv.

¿Habrá sido consecuencia de la cumbre en Ginebra de Biden y Putin, que versó primordialmente sobre la "estabilidad estratégica"? ¿Se trata de un cebo para que Rusia comience a soltar su asociación estratégica con China? Era evidente que Alemania no iba a ceder, mucho menos cuando Biden busca restaurar la alianza perdida con la UE.

Más aún: el gasoducto es más importante para Alemania –que hubiera sido obligada a comprar el gas de EU mucho más caro, por su logística de transporte distante– que para Rusia, que con la mano en la cintura se lo puede vender a China: más ahora cuando Gazprom contempla otro gigantesco gasoducto: el Siberia 2 (https://bit.ly/3l4qnpI).

El NS2 –propiedad integral de Gazprom (con sede en San Petersburgo) y Rosneft–, más el NS1, tendrá una capacidad anual de 110 mil millones de metros cúbicos. Gerhard Schroeder, ex canciller alemán y ex líder del Partido Social Demócrata, es hoy el mandamás de Nord Stream AG, con sede en Suiza, a cargo del NS1: consorcio del que también forman parte, junto a Gazprom, empresas alemanas y la francesa GDF Suez.

Alemania –primera potencia geoeconómica de la UE– prometió buscar que no cese el tránsito del gas ruso a través de Ucrania, que vence en 2024, por lo que recibe regalías de unos 3 mil millones de dólares al año de Moscú. ¿Cuál fue entonces el sentido del NS1 y 2 de no haber sido por el chantaje de Ucrania (https://on.mktw.net/2UXlVyr) al transporte del gas ruso hacia Europa?

El portal Strategic Culture no se anda por las ramas y sentencia que el NS2 “no es una concesión estadunidense. Es la admisión de su derrota (https://bit.ly/371VMAS)”.

Las lamentaciones de realismo trágico no se hicieron esperar y el rusófobo obsesivo ex presidente de Georgia (sic) Mikhail Saa­kashvili –que llevó al desastre militar a Tiflis frente al gigante ruso y le hizo perder 20 por ciento de su territorio– espetó que “el hecho de que la importancia geopolítica (sic) de Ucrania disminuirá tras el arranque del NS2 no da lugar a ambigüedades (sic). Pero esto debe ser compensado por el que Ucrania debe desarrollar sus recursos (sic), incluyendo el hidrógeno verde (https://bit.ly/3y9UwaU)”.

¿Qué diantres maniobra Saa­kashvili en Ucrania a la que puede empinar a otro desastre?

El hoy ucraniano (sic) Saakashvili, marioneta de la OTAN, exhibe su novatez geopolítica y acusa a Rusia de desear "bloquear" a Ucrania en el mar Negro, pues en el sur se encuentran los principales depósitos de hidrógeno "verde".

Al unísono, el vicecanciller polaco, Pawel Jablonski, fustigó que el permiso al NS2 era una pésima decisión que dañaría la seguridad europea.

Un problema adicional para Ucrania, arrojada debajo del autobús de la geoestrategia del Olimpo de EU y Rusia, es que carece de dinero para reparar el viejo gasoducto ruso que pasa por su territorio.

Según Deutsche Welle, parte del acuerdo de “compromiso (https://bit.ly/3f352ZP)” de cuatro puntos contempla que Alemania y EU inviertan 50 millones de dólares en la infraestructura de tecnología "verde" de Ucrania (https://on.wsj.com/3f2JM6E). ¡50 millones de dólares son menos que migajas!

El NS2 arrancará máximo en septiembre y ya empezaron las negociaciones para un NS3 con el fin de bajar los estratosféricos precios del gas en Europa occidental.

Murió el viejo rey. ¡Viva el nuevo rey geoenergético ruso-alemán!

http://alfredojalife.com

Facebook: AlfredoJalife

Vk: alfredojalifeoficial

https://www.youtube.com/channel/UClfxfOThZDPL_c0Ld7psDsw?view_as=subscriber

Publicado enInternacional
Por una industria cultural contrahegemónica y transnacional

Reflexiones a tenor del documental cubano La dictadura del algoritmo

Los niños y adolescentes son muy inteligentes. Más de lo que parecen. No hacen lo que los adultos les dicen que hagan en tanto individuos particulares, sino que imitan lo que el conjunto social realmente hace. Es decir, ante discursos antagónicos prima el conjunto de la praxis social sobre los individuos. Si su profesor les dice que es bueno que lean, pero él no da ejemplo, desde luego no les animará a leer. Pero incluso si ese profesor en realidad lee y no hace sino más que proponerles lo que honestamente considera una de las mayores curas para el alma (la luz del conocimiento); si la mayoría de la sociedad no lee: la mayoría de niños tampoco leerán.

¿Y quién educa hoy a los menores? Por supuesto su familia, sus profesores y las organizaciones o asociaciones donde puedan desarrollarse. Claro que sí. Pero faltan otros importantes pedagogos, quizás los más importantes en los tiempos que corren: las pantallas. Efectivamente, en un país de capitalismo supuestamente desarrollado como en España, con un 60% de su sistema domiciliario de Internet de fibra y con una imparablemente creciente cobertura móvil en 5G,[1] un alumno de 14 años, consume, promedio, 9 horas de su día frente a la pantalla. 63 horas semanales. Solo contando el ocio, descontando las tareas que el profesor pueda mandar que requieran del ordenador. ¡9 horas de pantallas en su tiempo libre!, ¡más de lo que dedica al sueño![2]

Hace siglo y medio Marx escribió en su célebre Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política(1859)que el desarrollo de las fuerzas productivas era el que condicionaba las relaciones económicas entre los sujetos,[3] es decir, el modo de producción, junto a la lucha de clases. Cuando las tecnologías paridas por el incremento de las fuerzas productivas llegaban a un cierto punto de desarrollo eran incompatibles con el modo de producción existente y por tanto era necesario cambiarlo. Y eso implicaba una revolución social.[4]Sin embargo, dentro de las fuerzas productivas Marx y Engels contaron la ciencia, es decir, la naturaleza humanizada objetivada dentro de nosotros. ¿De qué sirve tener mucha tecnología (naturaleza humanizada fuera de nosotros) si nuestra capacidad de controlarla es paupérrima? ¿De qué sirve tener el 60% de la población con una estupenda conexión a Internet si en su mayoría la emplean viendo contenidos de ínfima calidad creados a partir de los objetivos de obtener la máxima rentabilidad y controlar políticamente a la población trabajadora ignorando por completo los mejores valores que la humanidad ha forjado a lo largo de su evolución?

¿Qué valor tiene que casi todas las familias españolas (incluidas algunas que pasan hambre y tienen a sus hijos por debajo del nivel de pobreza) tengan un smartphone o una tablet si malgastan sus días enganchados a videojuegos violentos, escuchando McMúsica industrial que promueve valores como el sexismo, la agresividad, la violencia, el desprecio a la cultura, el culto a la riqueza o el individualismo más egoísta? ¿Para qué tanto Internet si cada vez más niños todavía siendo menores le quitan la tarjeta de crédito a sus padres para hacer apuestas deportivas online o consumir pornografía sin tener capacidad de asimilar lo que están viendo? ¿Para qué tanto control sobre la naturaleza externa si no somos capaces de controlar nuestra propia naturaleza interna, nuestro ser consciente?

Sumado a ello hemos de anotar que cuando uno mismo no ejerce control consciente sobre sí, está siendo controlado por otros factores. U otras personas. Porque al igual que cuando un sujeto que no es capaz de controlarse y come más de lo que su cuerpo necesita es esclavo de su gula (o ansiedad)generando con ello problemas de salud como sobrepeso, obesidad e incluso obesidad mórbida en el peor de los casos; del mismo modo puede ocurrir que aquel niño o adolescente que no pueden separarse de la pantalla de Facebook, Instagram o YouTube esté contribuyendo con su adicción a que otros forjen su cultura e ideología acorde a sus propios intereses. Primero, porque está permitiendo que otros recopilen sus datos más personales que dejan su huella en el ciberespacio para venderlos a terceras compañías; segundo, porque está exponiéndose a contenidos que otros (de muy distinta clase social)sufragan para que ellos los consuman y, tercero y último, porque está intercambiando su atención por los contenidos con los cuales las empresas transformarán su atención en mercancía que las empresas venderán a los anunciantes.

Comencé hablando de niños y adolescentes. Lo hice para enfatizar que son los más indefensos y que tenemos una responsabilidad con ellos, pero a partir de este párrafo del artículo incluyámonos todos. ¿O es que cada vez más los adultos no andamos pendientes de las pantallitas? ¡Si hasta mi abuela de 92 años anda medio enganchada al WhatsApp! El otro día me dijo que le gustaba más la foto que me había puesto de perfil, más que la otra quería decir, que no le gustaba nada (no me atreví a preguntarle el porqué).¡Y gracias a Dios que casi no me cambio la foto porque me lo dijo apenas a los 5 minutos de hacerlo! En ese momento comprendí que el mundo se enfrentaba a una disyuntiva civilizatoria. Si le pasaba eso a mi abuela, ¿qué no le pasará a los menores? ¿Qué les podemos pedir si nosotros no damos ejemplo?

La tecnología en abstracto puede ser neutral pero en concreto jamás lo es. Es buena o mala, punto. Cuando con el cuchillo cortamos el pan y nos hacemos un bocadillo bien sabroso es buena o cuando el cirujano con su bisturí nos salva la vida de una letal enfermedad. Pero es mala, peligrosa, en manos de un asesino, de un ladrón o de una persona que sufra una enfermedad mental que lo enajene de su personalidad real. Hoy tenemos que preguntarnos quién controla la tecnología que nos tiene pasando tanto tiempo de nuestras vidas frente a esas pantallas.

¿Quién están detrás de su fabricación, gestión, producción y difusión de contenidos? ¿Quién decide qué mensajes o contenidos prevalecen por encima del resto? ¿El Espíritu Santo del capitalismo? ¿La “mano invisible del mercado” que diría un Adam Smith deformado por los neoliberales actuales que se quedan con lo que les interesa y ocultan sus diversas críticas al capitalismo? ¿Quién es el dueño de la mano que mece la cuna de tantas horas de nuestros días? ¿Quién y dónde habita?

Por eso creo que el documental cubano La dictadura del algoritmo de Javier Gómez Sánchez es de obligada visión y difusión. En él diversos especialistas y artistas nos dejan reflexiones de calado y nos facilitan que esa maraña de datos tras la cual se ocultan los dueños de nuestros medios parezca un poco menos tupida. Es necesario que este documental llegue a los jóvenes, a las aulas, a docentes y discentes, que los conciencie y haga que las autoridades y el pueblo en permanente diálogo constructivo sepan a qué enemigo se enfrentan. Porque no está afuera, está muy dentro. Tan dentro de nuestras fronteras que ya ha invadido nuestras casas, sus hogares, con una sonrisa y se ha colado incluso en nuestras espacios más íntimos.

En un país como Cuba donde ya 4,2 millones de habitantes de una población de poco más de 11 millones tiene acceso a Internet,[5] cada vez más los problemas anteriormente apuntados requerirán una respuesta lo más inteligente y contundente posible para enfrentar sus efectos adversos (luego pasaremos a enumerar los positivos que todos conocemos pero rara vez verbalizamos). Estos efectos hostiles, si ya son negativos en los lugares donde son los capitalistas los que controlan el país de un modo directo a través de su economía (como por ejemplo en España donde solo el 13,51% de los trabajadores activos están contratados por el Estado)[6] o indirecto mediante sus representantes políticos pagados por grandes capitales que permiten y dan la luz verde a la aparición de sus rostros en los medios de comunicación de su propiedad y por tanto sustentan la partidocracia entre la población; estos mismos efectos negativos pueden ser desastrosos para un país donde la mayoría de su dirigencia política quiere caminar hacia la construcción del socialismo y la mayor parte de trabajadores labora para el Estado. Un país de 11 millones de habitantes que sufre un embargo de más de 60 años de parte de su desagradable vecino de 330 millones que de modo mafioso penaliza a cualquier país del mundo que quiera comerciar con Cuba, un enemigo que pese a su lento pero inexorable declive todavía es la mayor potencia militar del planeta y el segundo país con mayor producto interior bruto del mundo.[7]Nadie querría tener un vecino así.

Así pues, ¿qué efectos tendrá sobre la conciencia de millones la exposición continua a estas redes y sus algoritmos controlados por la clase dirigente estadounidense que está deseando que Cuba abandone la senda de la construcción socialista y se incorpore plenamente a la dictadura capitalista mundial? Dictadura de cuya lógica no se puede, evidentemente, desembarazar por completo por sí solo pues como sugirió con ironía Fidel: Cuba no vive en otro planeta.[8] Por eso mismo, a largo plazo, Cuba necesita la revolución socialista mundial en los países más adelantados en el desarrollo de las fuerzas productivas externas y los revolucionarios de los países capitalistas más desarrollados necesitamos que en Cuba siga existiendo un pueblo con un desarrollo cultural (fuerzas productivas internas al ser humano) tan fuerte como el cubano. Porque con todas sus limitaciones, nos sigue enseñando que otro mundo mucho más humano todavía es posible. ¿Qué ocurriría si como dijo Engels en 1847 en Principios del comunismo la revolución triunfara simultáneamente en los países más desarrollados? ¿Cómo viviríamos todos (incluidos los cubanos) si Estados Unidos, la Unión Europea, la India o Japón fuesen socialistas? No solo ganaríamos en bienestar económico, en desarrollo tecnológico y en intercambio cultural sino también en democracia. Los unos y los otros.

Confieso que tras casi un año del inicio de la pandemia mundial del Covid-19, mientras en mi país capitalista “desarrollado” las víctimas eran mucho mayores cada 100 000 habitantes que en Cuba con un porcentaje de 2 frente 137 muertos,[9] sentí una envidia buena, de compañeros, de cómo se gestionaba la crisis sanitaria en Cuba. Cómo pese a todas las carencias y los obstáculos se ponía el valor de cada una de las personas por encima del dinero mientras aquí en España con un “supuesto” gobierno “de izquierdas” (PSOE más Unidas Podemos) se intentaba hallar un imposible equilibrio entre economía y salud que siempre acababa desplazándose a la preminencia del poder del dinero, del capital, sobre la salud de la población. O lo que es lo mismo: libertad para los negocios, muerte para las personas. Y en esas seguimos.

Mientras Cuba tiene una industria farmacéutica pública desarrollada, mi país “desarrollado” esperaba a que otros les vendieran sus vacunas porque aquí la industria farmacéutica ni es pública ni especialmente desarrollada. De hecho, por la competencia de esas farmacéuticas privadas que nos iban a vender sus vacunas y su intención de pugnar por el mercado capitalista mundial ante una pandemia global (sufrimiento humano + capitalismo = pingües beneficios), a quien les escribe le pusieron la primera dosis de dos necesarias de una marca y tras una extraña campaña de desprestigio mediático de la misma en razón a unos efectos secundarios que sufrieron algunas personas; ahora mi gobierno, todavía no sabe si nos pondrá la segunda (prometida) vacuna de la misma empresa privada, de otra o nos dejará solo con la primera y por ende con un nivel de protección inferior frente al virus. Cosas de la anarquía del “libre” mercado y ese capitalismo tan generador de riquezas como destructor de las mismas.

¿Ese es el sistema al que quieren que Cuba se dirija? No quiero pensar cómo quedaría situada Cuba si en un futuro próximo abrazara ese capitalismo internacional si los habitantes de España con cuatro veces su población y 14veces su PIB vivimos como vivimos (1 de cada 3 niños pobres).[10] ¿Cuál sería el destino de la mayoría de los cubanos? Sin duda alguna, unos pocos bien situados, se harían más ricos (si entendemos tan pobremente la riqueza como para igualarla a la cantidad de dinero que posea cada sujeto, ya saben, aquella mercancía con la que todas las demás se compran y suele acabar colonizando la mente de su poseedor), pero (repito), ¿cuál sería del destino de la mayoría de los cubanos? ¿Y cuál el de la cultura que hoy se promueve desde las instancias públicas? Yo se lo adelanto: sería barrida. En España, uno de cada cinco niños de 9 a 12 años no sabe que la capital de su país se llama Madrid.[11]

Si Cuba no se defiende produciendo unos contenidos que pugnen contra la industria cultural capitalista que les acecha desde la intimidad de sus hogares, estará perdida. Absolutamente perdida. Y nosotros en nuestro mundo capitalista más desarrollado estaríamos más perdidos sin su ejemplo de lucha y resistencia humanista. Y para ello de nada sirve la censura, es imposible porque solo hace más apetecible el producto prohibido que será obtenido sin grandes problemas en el mercado negro o con los contactos con los familiares emigrados a Estados Unidos o a Europa. No se le pueden poner puertas al mar. Además de que quien les escribe, quitando casos extremos que ponen en peligro la integridad de las personas, está en contra de toda censura del florecimiento que supone la libertad individual para una sociedad que camina la senda del socialismo. La mejor sociedad la construyen en armonía la suma de sus mejores individualidades. Solo desde el convencimiento se conquistan las mentes y los corazones, no mediante imposiciones legales que, a veces, hipócritamente son infringidas por los mismos que las promulgan y permiten el florecimiento de mafias y mercados negros. ¿Alguien se acuerda de Al Capone y La Ley Seca o cómo el mercado negro y sus mercaderes acabaron tragándose a la URSS? ¿Acaso Cuba está inmunizada a que no le afecten ninguno de estos males que algunos revolucionarios valientemente han denunciado y acertadamente designado a sus autores como “pichones de oligarcas”?[12] Habrá que estar muy atento, porque los malos pájaros, si se les deja, crecerán deprisa y volarán muy alto.

La dictadura del algoritmo capitalista que rige las redes sociales y las industrias culturales donde cada vez más jóvenes cubanos se sociabilizan, no es solo peligrosa para ellos sino también para sus padres y los propios dirigentes. El Coronel del Ejército de Tierra y Diplomado del Estado Mayor Pedro Baños, experto español de contrainteligencia en la reserva, comenta cómo una parte de los líderes soviéticos fueron seducidos por los cantos de sirena capitalistas mediante series norteamericanas tan nimias como Falcon Crest (1981/1990). El “efecto Falcon Crest” demuestra, según el Coronel Baños, “que nadie escapa al influjo de lo que ve en los medios de comunicación”.[13] Cuando uno está cansado de pisar la tierra que siempre ha pisado, del duro sabor a la realidad y desde el cielo le ofrecen un sabroso fruto que promete librarle de todos sus problemas bajo una atractiva forma es fácil tirar la toalla. Imagínese que en un combate de boxeo, el púgil duramente golpeado con dificultades de levantarse fuera tentado por una atractiva mujer que le dijera: no te levantes, deja que pase el tiempo que después yo te llevaré a casa, te cuidaré y te daré mimos. ¿Cuántos boxeadores no hubiesen colgado los guantes?

La solución no es taparnos los ojos y no ver las pantallas, porque esa tecnología también nos trae oportunidades maravillosas: la posibilidad de contactar y acercarnos a personas de diferentes países enriqueciendo nuestro conocimiento de este planeta que todos compartimos, la disponibilidad de leer una cantidad de libros que antes no estaban ni en la mayor biblioteca del mundo, de disfrutar música y arte, de compartirla, de aprender a tocar un instrumento o a manejar un programa de ordenador o incluso reparar el motor de un coche averiado. Por eso Marx afirmaba que la misión histórica del mercado capitalista era poner a todos los seres humanos del globo en mutua interdependencia.

 ¿Cuántas cosas no podemos aprender si nosotros controlamos a la máquina y no somos controlados por su algoritmo? Pero hay un problema: no podemos conformarnos con pedir a la mayoría de la población esa capacidad de autocontrol. No es cómodo tener que estar constantemente luchando contra el algoritmo y los productos, los sonidos o las imágenes con las que nos tienta. Sería una quimera. Esa guerra cultural, política, la perderíamos. Hemos de ir un paso más allá. Hemos de construir una industria cultural contrahegemónica, socialista, internacional que cree contenidos tanto o más atractivos que los que la industria cultural hegemónica del capital nos ofrece. Pero que lo haga promoviendo la cultura, el humanismo y la fraternidad entre los pueblos. Llevo más de 5 años pidiéndolo y el documental de Javier Gómez Sánchez me ha vuelto a recordar su imperiosa necesidad.[14]

Es la única posibilidad de que mañana el mundo sea socialista y no más bárbaro de lo que es hoy. Es la única posibilidad de que en Cuba el capital no vaya ganando espacio en la economía y en los sueños de sus habitantes. Y para construir esa industria cultural “del bien” necesitaremos muchos recursos, mucha unión y visión internacionalista. Cuba no puede enfrentarse a YouTube. Cuba perderá frente a YouTube. Es honesto reconocerlo. Perderá si no hacemos nada. Los algoritmos promoverán los contenidos contra el gobierno cubano, exagerará sus fallas y se inventará otras que jamás haya cometido. Lo bueno no aparecerá más que a los ya convencidos. Pero a convencidos y no convencidos le aparecerá todo lo malo (lo inventado, lo real y lo exagerado). Y eso día tras día hace mella. Desgasta, multiplica la duda, debilita, hace que colguemos los guantes.

Para construir esa Industria Cultural Contrahegemónica, Cuba necesita al mundo y el mundo a Cuba. Sincera y humildemente creo que el gobierno cubano debería contactar con todos los gobiernos del mundo que estén interesados en apoyar esta industria cultural como hizo con los medios con Telesur (pero aprendiendo de los errores). Debe crear esa industria con todos los gobiernos y las organizaciones internacionales que compartan un mínimo común múltiplo de humanismo, respeto a la vida, la fraternidad, la solidaridad y luche contra la otra industria del beneficio privado.  Pero para hacerlo tiene que proponerlo, realizando un esfuerzo económico proporcional según la riqueza de cada país y los miembros de las organizaciones socialistas y comunistas internacionales que la apoyen. Con los recursos intelectuales y materiales de Cuba, por muchos que sean los primeros en relación a sus habitantes, no bastará.

Eso sí, y esto es muy importante: esta industria contrahegemónica no puede transformarse en un instrumento de propaganda sin más. Si lo hace, fracasará.  No puede no dejar espacio para la autocrítica y la crítica de los pueblos a sus gobiernos, porque si ellos no fomentan la crítica el pueblo la buscará en los medios y la cultura del capital. Es clave retener esto. Los revolucionarios no pueden ocultar la verdad aunque duela porque la verdad siempre es revolucionaria. Y por eso esa industria cultural debe ser un lugar donde haya espacio para el debate y se pueda cuestionar lo que hace desde el presidente de la República al Papa o el presidente de un país amigo. Todo desde el respeto y la educación. Pero si no hay espacio para la crítica, las estructuras se esclerotizan y acaban estallando (Rumanía) o colapsando (la URSS). Y no basta con hacerla en los lugares adecuados, a veces es necesario hacerla públicamente y darle la voz a un pueblo del cual no nos podemos divorciar so pena de que tarde o temprano nos abandone.

Así que además de fomentar todo lo que intenta destruir la industria del capital y los algoritmos a su servicio, este nueva industria cultural transnacional que hemos de construir debe permitir e incluso fomentar la sana autocrítica. No para fomentar una lucha cainita sino para demostrar que somos capaces de construir juntos siendo críticos los unos con los otros y de este modo ir superando nuestros errores. Dicen que los buenos amigos se dicen la verdad. Lo fácil es ocultarla y evitar el conflicto. Mis mejores amigos siempre me han dicho cuándo ellos han considerado que he hecho algo mal y yo he sabido valorar su consejo, estuviera de acuerdo o no, como un ejemplo de amistad, de fidelidad, de amor. Nadie que no sea tu enemigo y te quiera, callará si ve que estás haciendo algo que considera erróneo, que te puede dañar. Nadie que te ame lo hará a no ser que sea un cobarde o un cínico.

El pueblo cubano y el resto del mundo socialista, comunista, tienen dos opciones: o que el algoritmo de YouTube y las otras redes del capital poco a poco o mucho a mucho los venza o hacer nuestro propio YouTube, nuestro propio Facebook y que su algoritmo les venza a los que ahora claman victoria. Que libremente los pueblos del mundo decidan si prefieren sus contenidos humanistas, socialistas, a los otros.

La decisión es sencilla, su aplicación requerirá de gran determinación, muchas conversaciones y muchos esfuerzos además de una gran celeridad. Cada día que pasa es un día perdido para la causa. Quien les escribe es profesor y youtuber marxista y lo sabe. Tengo un canal de YouTube desde el que intento difundir desde hace un año de un modo divertido, divulgativo, el pensamiento marxista. Pese a mis 39 años, la mayor parte de mi público tiene entre 25 y 34 años aunque hay un importante porcentaje de entre 15 y 24 años, lo que me hace muy feliz. Sin embargo, como no entro en el juego capitalista de YouTube de monetizar mis vídeos para transformar la atención de mis espectadores en mercancías que YouTube pueda vender a los anunciantes, YouTube promueve menos mis vídeos. Mientras tanto los youtubers de derecha se ven propulsados hasta alcanzar la vista de todos sus usuarios: tanto de izquierda como de derecha. Los míos no. El algoritmo de YouTube me ignora. ¿Por que le caigo mal? No, el algoritmo no tiene personalidad, simplemente al “pobre” lo han programado así.

Algún lector de buena voluntad podría decirme, Jon, no sea usted tan intransigente y monetice sus vídeos. Hágalo por la causa. Al fin y al cabo usted está haciendo un trabajo no remunerado del que YouTube se aprovecha para capturar público que ya recibirá publicidad en otros canales que sí se moneticen y el algoritmo los redirija tras acabar de ver unos de sus vídeos. Claro, además, según YouTube el algoritmo dirigirá a mis espectadores a un contenido similar que les pueda interesar. Por supuesto, esta es la teoría, muy bonita. ¿Sabe cuál es la realidad? La realidad es que en mi canal tengo un programa llamado “Tu YouTuber Marxista” que como podrá imaginar no se dedica a hablar de lo maravilloso que es el capitalismo y curiosamente ya son muchos los que me han dicho (y yo mismo lo he vivido) que al acabar de ver uno de mis vídeos, han reportado que el algoritmo “celestial” e “inmaculado” de YouTube les ha iniciado la reproducción de uno de los vídeos del periodista y escritor anticomunista español Federico Jiménez Losantos, conocido por escribir libros con nula rigurosidad histórica donde poco menos que compara a Marx y el resto de comunistas con sedientos asesinos en serie. Ya saben, “contenido similar”, según YouTube.

A ese mismo lector de buena voluntad, también le podría decir que si monetizara mis vídeos y pusiera la palabra “capitalismo” en uno de ellos, YouTube me pagaría menos porque los anunciantes (capitalistas) huyen de esos contenidos. Y YouTube, evidentemente, se lo pondría menos a su público porque ellos no recibirían el dinero de los anunciantes. ¿Y cómo voy a criticar al capitalismo sin nombrarlo? Y así con muchas palabras más. Por tanto, nadie puede ganar a YouTube desde YouTube, con sus reglas. Sería igual que si alguien quisiera hacer la revolución socialista jugando al Monopoly. No, no están diseñados para eso sino para lo contrario.[15] Por eso necesitamos nuestros propios medios y nuestra industria cultural.

¿Sabía que tras acabar la II Guerra Mundial la mayoría de los franceses pensaba que la clave de la victoria contra el III Reich de Hitler había sido de la URSS y que ahora en el siglo XXI piensan, tras cientos de películas hollywoodienses que sobrescriben la historia mundial en las mentes de generaciones y generaciones, que el papel clave fue el de Estados Unidos? De hecho, una parte importante de la gente joven, más allá de sus miserias (que sin duda las tuvo y no en grado menor) piensan que la URSS, los soviéticos y los nazis eran aliados y que incluso su ideología era muy parecida sino prácticamente calcada. Una alumna de preuniversitario (en España, bachillerato) me aseguró en una clase que los nazis eran de “izquierdas”. A esto hemos llegado. Y el camino hacia el infierno de la ignorancia supina es infinito.

Quizás dentro de unas décadas la mayoría de los cubaos piensen que Fidel, el Che y Raúl eran en realidad unos ambiciosos capitalistas que montaron una guerrilla para quedarse con todo el terreno cultivable de Cuba y venderle azúcar a los terratenientes colombianos a cambio de cocaína con la que evitaban que la población se rebelase. Sumado a ello en realidad la Invasión de Bahía Cochinos podría acabar siendo una iniciativa del bueno de Kenedy para restaurar la democracia de la que gozaban los cubanos con Batista y su propio asesinato en Dallas seguramente ordenado a algún francotirador “castrista” por Fidel. O quizás por Lenin, o Marx, ¿quién sabe? Puede que en la futura neohistoria, controladas por sus fuentes y sus algoritmos, en 1964 todavía siguieran vivos.

Todo es posible cuando la memoria se impone y la cultura se apaga, cuando las pantallas se encienden y los libros se cierran, cuando el algoritmo controla nuestras vidas y nuestra voluntad se entierra. De nosotros dependerá vencer al algoritmo del capital o hacernos sus súbditos. Industria cultural transnacional y contrahegemónica o barbarie. Palabra de profesor, palabra de youtuber, palabra de revolucionario.

 

Por Jon E. Illescas | 14/06/2021

 

Notas:

[1] CIA. The CIA World Factbook (2020). Estados Unidos (no se especifica la ciudad): Carlile Intelligence Library. Volumen III, p. 206.

[2] Illescas, Jon E. (2020), Educación Tóxica. El imperio de las pantallas y la música dominante en niños y adolescentes. Barcelona: El Viejo Topo [2019].

[3] Las relaciones de producción.

[4] Tras que Marx escribiera este prólogo vimos que las clases dominantes aprendieron la lección y aprendieron a hacer revoluciones desde arriba como la Meiji en Japón (iniciada en 1868) para evitar las revoluciones desde abajo, mucho más peligrosas para sus intereses.

[5] Datos del documental referido y del censo oficial del gobierno cubano.

[6]13,1 de la clase trabajadora activa, 11,35 de la clase trabajadora incluida la no activa que consta como que está buscando empleo activamente (hay otra parte de la clase trabajadora que no está registrada por ser paro estructural de larga duración o lumpen, datos cruzados de la presidencia del gobierno español y el INE (Instituto Nacional de Estadística, partiendo de la población activa y en paro en el primer trimestre de 2021 y el número de empleados públicos facilitado en nota de prensa oficial el 14 de febrero en la web de la presidencia del gobierno de España).

[7] Desde 2014 según el propio FMI.

[8] Declaraciones efectuadas en el documental Looking for Fidel que Fidel Castro grabó junto al cineasta estadounidense Oliver Stone, producido por la productora española Morena Films. Las palabras de Fidel fueron: “Estados Unidos nos bloquea, todos los socios de Estados Unidos. Entonces, yo le preguntaría a Estados Unidos, ¿con qué planeta y con qué país vamos a comerciar?” ante la pregunta de Stone de por qué comerciaban con países con gobiernos como el de Irán.

[9] Datos de la Universidad John Hopkins de Maryland, en febrero de 2021.

[10]Datos del Banco Mundial y el Eurostat (de la Unión Europea, respecto a la llamada tasa AROPE sobre riesgo de pobreza y exclusión social.

[11] Illescas, Jon E. (2020), Educación Tóxica. El imperio de las pantallas y la música dominante en niños y adolescentes. Barcelona: El Viejo Topo [2019], p.69.

[12] Sánchez, Iroel (2019), Cuba frente al buen vecino. Entre el contrato y la herejía. La Habana: Ediciones Abril, pp. 53-59.

[13]Baños, Pedro (2020), El domino mental. La geopolítica de la mente. Ariel: Barcelona, p.31.

[14] Illescas, Jon E. (2018, 3ª ed.), La dictadura del videoclip. Industria musical y sueños prefabricados. Barcelona: El Viejo Topo [2015].

[15] Por eso el profesor Bertell Ollman inventó en los setenta un juego de mesas que fue un éxito en Estados Unidos llamado “Lucha de clases”, la antítesis del “Monopoly”, pero desgraciadamente, ¿adivinen qué? Pese a vender mucho el mercado capitalista y sus empresarios desde sus diferentes resortes de poder acabaron quebrando la empresa del bueno del profesor Ollman y sus socios y comprando su juego que pronto dejó de comercializarse.

Jon E. Illescas es Doctor en Sociología, DEA en Comunicación Audiovisual y Licenciado en Bellas Artes, autor de tres libros, el 2º de ellos publicado en Cuba: Educación Tóxica. El imperio de las pantallas y la música dominante en niños y adolescentes (El Viejo Topo, 2ª edición de 2020), La dictadura del videoclip. Industria musical y sueños prefabricados (El Viejo Topo, 3º edición en 2018 y publicado por la editorial cubana de Ciencias Sociales en 2019) y Nepal, la revolución desconocida. Crisis permanente en la tierra de Buda (La Caída, 2012). Artículo finalizado el 10 de mayo de 2021.

Publicado enCultura
«El planeta se nos va y es necesario frenar de inmediato la locomotora del crecimiento»

Entrevista al profesor y activista Carlos Taibo

 

El profesor y activista publica Decrecimiento, un libro en el que resume su «propuesta razonada» para sortear el colapso ecológico y revertir los estragos del capitalismo.

Siempre ha habido personas en la historia que han sido rechazadas, vilipendiadas e incluso ejecutadas por revelar la verdad. El asunto es tanto más desagradable cuando chocan religión y ciencia. Giordano Bruno, Miguel Servet o Galileo Galilei son ejemplos de sobra conocidos.

En Occidente, en el siglo XXI, hay una nueva religión que, sin hogueras, está tan poco dispuesta a que se cuestionen sus dogmas como las antiguas iglesias cristianas. Se trata de la religión impuesta por la economía capitalista y los mercados. Millones de vidas humanas son sacrificadas cada año en el altar de los mercados. El objetivo, siempre, es crecer. Y no crecer, o no crecer lo suficiente, provoca un reguero de víctimas en todas las especies del planeta. Antes de dejar de crecer, el capitalismo parece dispuesto a extinguir la vida en la Tierra. El dios que se esconde detrás de esta locura, tan sádico e implacable como el del Antiguo Testamento, tiene un nombre: Producto Interior Bruto (PIB).

Carlos Taibo (Madrid, 1956), conforme a lo descrito anteriormente, es un hereje. Como activista y como profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid ha denunciado los excesos del sistema señalando lo que debería ser obvio para cualquier economista: de donde no hay no se puede sacar. «Si vivimos en un planeta con recursos limitados no parece que tenga mucho sentido que aspiremos a seguir creciendo ilimitadamente», afirma al inicio de su libro Decrecimiento (Alianza Editorial, 2021). Su «propuesta razonada» para hacer frente a la emergencia climática es un cambio radical de paradigma: hay que decrecer.

Para entender la perversión que se esconde tras este sistema económico es adecuado tener en cuenta que el PIB es «un índice que considera la contaminación como riqueza». Quemar combustibles fósiles incrementa el PIB. Talar un árbol incrementa el PIB. La obsolescencia programada que exige la explotación de más y más recursos naturales incrementa el PIB. Hay que parar esta rueda infernal y hay que hacerlo ya.

Para explicar esta premura, Taibo, que en libros y conferencias gusta de citar a sus maestros y colegas dentro del movimiento decrecentista (Serge Latouche, Nicholas Georgescu-Roegen, Ivan Illich, André Gorz…), suele recurrir a una enseñanza de Cornelius Castoriadis que podríamos llamar «la parábola del hijo enfermo». Dice así: «Si a un padre le comunican que es muy posible que su hijo tenga una gravísima enfermedad, la única reacción plausible del progenitor consistirá en colocar a su vástago en manos de los mejores médicos, para que determinen si el diagnóstico es certero o no. Lo que ese padre, o esa madre, en cambio, no podrá hacer será razonar diciendo: ‘Bien, si es posible que mi hijo tenga una gravísima enfermedad, también es posible que no la tenga, con lo cual parece justificado que me quede cruzado de brazos’. Ésta es, sin embargo, la actitud que la especie humana parece haber asumido en relación con la crisis ecológica».

¿No cree que el problema es precisamente ese, que no vemos el planeta como un hijo o alguien amado, como si estuviéramos por encima de él o fuera de él? Aun a riesgo de simplificar en exceso, ¿no es el «marco cultural» impuesto por el capitalismo el peor enemigo en esta crisis climática?

Así es. O, por decirlo de otra manera, el capitalismo ha conseguido colocar dentro de nuestra cabeza un puñado de ideas de las que es difícil, muy difícil, liberarse. Ideas que, claro, generan las conductas correspondientes en terrenos como los de la competitividad, la productividad, el consumo y el crecimiento económico. Los habitantes del Norte rico nos topamos con enormes problemas para salir de ese mundo. Las circunstancias son diferentes en muchas áreas de los países del Sur en las que perviven con fuerza culturas precapitalistas mucho más marcadas por la lógica del apoyo mutuo y mucho menos hechizadas por la identificación entre consumo y bienestar. Una identificación simplota donde las haya.

Nuestra relación con el planeta no se caracteriza precisamente por el amor y los cuidados. Lo demuestra la crisis climática y el agotamiento de las materias primas energéticas. Pero es que ese marco cultural nos dificulta también entender lo que significa la explotación cotidiana de miles de millones de seres humanos en un escenario lastrado por el trabajo asalariado, por la mercancía y, naturalmente, por la plusvalía.

¿Por qué el decrecimiento es la solución más lógica?

Prefiero acogerme a la idea de que el decrecimiento, que es una propuesta de alcance limitado, constituye un agregado, un complemento. Pero este complemento es imprescindible para cualquier proyecto serio de contestación del capitalismo en el siglo XXI. He dicho muchas veces que ese proyecto tiene que ser por definición decrecentista, autogestionario, antipatriarcal e internacionalista. Yo no soy un decrecentista libertario. Soy un libertario decrecentista: el meollo de mis percepciones lo proporciona la apuesta por la autogestión, por la democracia directa y por el apoyo mutuo. Ese es un buen modelo, sobre todo ahora. En un planeta que visiblemente se nos va, es necesario poner freno de inmediato a la locomotora del crecimiento.

¿Y cómo se decrece?

En el Norte opulento tenemos que reducir los niveles de producción y de consumo, pero tenemos que asumir otras muchas iniciativas: recuperar la vida social que hemos ido dilapidando, apostar por formas de ocio creativo, repartir el trabajo, reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras que empleamos, estimular la vida local frente a la lógica desbocada de la globalización. En definitiva, apostar por la sobriedad y la sencillez voluntarias.

En su libro pone usted mucho énfasis en ese aspecto: tomar el camino del decrecimiento debe ser una decisión «colectiva y voluntaria». Pero para eso necesitamos décadas, generaciones de pedagogía. ¿Tenemos tiempo para eso?

Tal y como están las cosas, entiendo que la pregunta es legítima. No hay más que echar una ojeada a los programas, productivistas y desarrollistas, de la abrumadora mayoría de los partidos. O a lo que defiende el grueso de los medios de comunicación. Pero creo que hay dos dimensiones que no deben escapársenos. La primera ya la he señalado: la posibilidad de que muchas de las respuestas que aquí, en el Norte rico, nos faltan lleguen de habitantes de países del Sur con poblaciones mucho menos corroídas por la lógica mercantil del capitalismo. La segunda sugiere que la conciencia de la proximidad de un colapso general podría provocar, también en el Norte, cambios importantes y rápidos en la conducta de grandes grupos de población. Y ya hemos visto señales de esto. Creo que esos grupos de apoyo mutuo que proliferaron al inicio de los confinamientos, hace un año, significan que una parte de la gente común empieza a hacerse las preguntas pertinentes. Y remarco lo de «gente común». No hablo de activistas hiperconscientes de movimientos sociales críticos.

Su discurso suele incomodar a la izquierda y a la derecha. Que incomode a la derecha es lógico, ¿pero cómo quiere convencer a la izquierda de que abandone sus viejos postulados? Usted critica a los nostálgicos de la vieja normalidad, los que añoran la socialdemocracia de posguerra, la industrialización, los sindicatos, el Estado del Bienestar… Muchos de esos derechos se han perdido. ¿No merece la pena luchar por recuperarlos?

Esa es una lucha muy respetable, claro que sí, pero en el mejor de los casos, es pan para hoy y hambre para mañana. Creo que la figura del Estado del bienestar debe vincularse, y estrechamente, con un momento histórico que ha quedado atrás: la llamada era del petróleo barato.

Hay que renunciar al pasado entonces.

Es que no creo en ningún proyecto que no acarree, con claridad, la voluntad de dejar atrás el universo del capitalismo. Y eso me obliga a ser profundamente escéptico. Y hay razones históricas para serlo. Eso que llamamos Estado del Bienestar obedece a unas fórmulas de organización económica y social propias y exclusivas del capitalismo, lo que dificulta hasta extremos inimaginables la práctica de la autogestión desde abajo. No cuestionan el orden de la propiedad imperante. Beben de una filosofía mortecina, la socialdemocracia, y de un burocratizado sindicalismo de pacto. Ya hemos visto cómo esta socialdemocracia y este sindicalismo no han venido a liberar, como anunciaban, a tantas mujeres que son hoy víctimas de una doble o de una triple explotación. Y, además, no responden a ningún proyecto de solidaridad con los habitantes de los países del Sur y no exhiben ninguna condición ecológica solvente.

Globalización disparatada

Cuando Taibo subtitula su libro con la frase «una propuesta razonada» no lo hace a la ligera. En Decrecimiento hay hasta 26 páginas de citas y bibliografía. El despliegue de ejemplos, datos y fuentes es abrumador. Citemos sólo algunos.

Los detractores del decrecimiento piensan que éste nos llevará de vuelta a la Prehistoria. Está calculado y, por supuesto, no es verdad. Para salvar el planeta debemos reducir nuestra huella ecológica y situarla en niveles no tan lejanos: «La década de 1980 no es la Edad de Piedra».

Hablemos de turismo: «El número de turistas que salen de su país pasó de 25 millones en 1950 a 1.500 millones en 2019, con efectos desoladores. (…) En Goa, en la India, un hotel de cinco estrellas consume el agua equivalente al abastecimiento de cinco pueblos, mientras la tubería que lo sirve cruza numerosas localidades que carecen de agua corriente».

¿Y qué decir de la industria de la alimentación? «La lechuga que procede del valle de Salinas, en California, se desplaza por carretera 5.000 kilómetros para llegar a Washington, con lo cual consume 36 veces más energía –en forma de petróleo– que lo que contiene en calorías. Cuando la lechuga llega, en fin, a Londres, ha consumido 127 veces más energía que la que corresponde a las calorías que incorpora». Y ya ni hablamos del uso de fertilizantes tóxicos que se usan en su producción. La apuesta por los productos locales y de proximidad, por tanto, no es una extravagancia hippie. Es una necesidad y tampoco es que suponga un sufrimiento insoportable.

Bueno, pensemos que hemos dejado atrás el capitalismo. ¿Qué ocurre con el ocio? Usando un viejo sintagma de las luchas obreras, necesitamos «el pan y las rosas». Usted señala que «el pan», gracias a formas de producción más enfocadas en la economía local y de cercanía, no es un problema. ¿Pero qué ocurre con «las rosas»?

La perspectiva del decrecimiento defiende lo que se suele llamar «ocio creativo». es decir, un ocio desmercantilizado que escapa a la creación artificial de necesidades. Y con esto se consigue otra cosa: evitar la uniformización, que es un proceso habitual en el mundo del ocio. Y más allá de él, también en el de la cultura.

Entonces, ¿en un futuro decrecentista no habría espacio para Netflix, para el fútbol, para los grandes conciertos?

Parece inevitable que pierdan peso, claro. La descentralización de los procesos de creación debe permitir que rebroten las culturas autóctonas y los medios de comunicación alternativos frente al poder ejercido por los conglomerados transnacionales. En ese contexto, pierden importancia las grandes plataformas mediáticas y esas parafernalias que están tan obscenamente vinculadas con los intereses de las élites dirigentes y que, a fin de cuentas, reproducen la miseria dominante.

Usted usa en diferentes pasajes de su libro un término acuñado recientemente: «convivencialidad». Creo que es un término que está empezando a ganar adeptos en Francia. ¿Es una maniobra léxica para dejar atrás el término «comunismo», o incluso «comunismo libertario» , que está maldito en nuestro marco cultural, que parece históricamente tóxico?

El término convivencialidad fue difundido, hace ya tiempo, por Ivan Illich. En mi percepción conviene oponerlo a la mercantilización que marca el grueso de las reglas que se nos imponen. Y conviene vincularlo también con la lógica del apoyo mutuo y con la defensa de los bienes relacionales frente a los bienes materiales. No tengo nada en contra del comunismo, a pesar de la enorme perversión que ha marcado su sistema de «capitalismo burocrático de Estado». Y tampoco tengo nada contra el concepto de comunismo libertario, o contra el anarcocomunismo. Me molestan, eso sí, y mucho, las gentes que en el mundo anarquista piensan que el comunismo es, por definición, un proyecto intrínsecamente perverso. En cualquier caso, creo que es más importante lo que colocamos por detrás de estos conceptos que su formulación verbal.

Hablemos de las mujeres y de su importancia en el decrecimiento. Se ha hablado del antropoceno. Luego, para acotar más el concepto, se ha hablado de capitaloceno. Y usted afina aún más y habla de androceno. ¿Por qué?

No lo hago sólo yo. Lo hace cada vez más gente. Parece evidente que muchas de las lógicas que vinculamos con los desastres producidos durante eso que se llama antropoceno o capitaloceno tienen una dimensión masculina y se vinculan estrechamente con la sociedad patriarcal y sus reglas. Estos conceptos, antropoceno y capitaloceno, arrastran cierta dimensión simplificadora, eso es obvio. Pero creo que, a la vez, subrayan de manera más fina en dónde tenemos que buscar responsabilidades. Salta a la vista que no todos los integrantes de la especie humana son responsables por igual del colapso que se avecina. La responsabilidad de hombres y mujeres no es la misma.

¿Usted cree, como Pablo Servigne, que el colapso es inevitable y que debemos centrarnos en cómo será la sociedad después de la catástrofe o cree que aún puede pararse el golpe?

Bueno, antes de responder a eso habría que preguntarse qué entendemos por colapso y qué diferencias tendrá geográficamente. Pero dejando estos matices al margen, creo que la postura de Servigne es defendible. Lo que suelo señalar es que, conforme a mi intuición, el colapso es inevitable. Así que lo único que podemos hacer al respecto es mitigar algunas de sus consecuencias más negativas y postergar un poco en el tiempo su manifestación. Y sí, creo que ahora una de las tareas más honrosas es anticipar los rasgos de la sociedad poscolapsista desde el horizonte del decrecimiento, la desurbanización, la destecnologización, la despatriarcalización, la descolonización y la descomplejización de nuestras mentes y de nuestras sociedades.

¿Cómo afronta usted las críticas de quienes intentan menospreciar su propuesta tachándola de primitivista, ludita y poco realista?

Prefiero que me atribuyan esos adjetivos antes que pasar por frívolo. La frivolidad es una condición que suele acompañar a esas críticas. Además, esas críticas, lo que hacen en el fondo es defender la miseria existente. En cualquier caso, habría que escarbar en el sentido preciso de esos adjetivos que usted invoca. Sospecho que me quedaría con muchos de los elementos de lo que se suele entender por primitivismo o por ludismo, que son, como poco, dos propuestas que merecen atención.

¿Y con lo de «poco realista»?

Eso también me lo quedo. Soy orgullosamente no realista en la medida en que hago mía la aserción de Bernanos: «El realismo es la buena conciencia de los hijos de puta». Éstos invocan la realidad como si viniese dada por la naturaleza y fuese, por tanto, inmodificable, cuando con toda evidencia esa realidad que invocan es el producto de la defensa obscena de los intereses más ruines y mezquinos.

Para terminar, denos alguna receta, alguna clave contra el ecofascismo. Díganos por qué es inmoral afrontar el reto climático como un problema demográfico.

Eso es fácil. Ya sabemos que el ecofascismo no es un proyecto negacionista ni del cambio climático ni del agotamiento de las materias primas energéticas. El ecofascismo parte de la certeza de que en el planeta sobra gente, de tal forma que, en la versión más suave, se trataría de marginar a quienes sobran. Y en la más dura postularía, literalmente, el exterminio. La música recuerda poderosamente a la que tocaron los jerarcas nazis. Otra cosa distinta es, claro, que, habida cuenta de los límites medioambientales y de recursos del planeta, asumamos un ejercicio voluntario de autocontención como el que postulan en el terreno demográfico la mayoría de las escuelas decrecentistas. Como antídotos contra el ecofascismo me remito a lo que ya dije antes: decrecimiento, desurbanización, despatriarcalización… Todo eso combinado con la defensa de sociedades asentadas en la autogestión, en la democracia directa y en el apoyo mutuo. Cien años después de la muerte de Kropotkin, la lectura de su libro me parece, por cierto, una recomendación muy sensata.

Por Manuel Ligero | 08/05/2021

Publicado enMedio Ambiente
Página 1 de 30