El IPCC advierte de que el capitalismo es insostenible

Segunda filtración exclusiva de CTXT del Sexto Informe del panel de expertos de la ONU, en la que se señala que la única forma de evitar el colapso climático es apartarse de cualquier modelo basado en el crecimiento perpetuo

 

El segundo borrador del Grupo III del IPCC, el encargado de las propuestas de mitigación, afirma que hay que apartarse del capitalismo actual para no traspasar los límites planetarios. Confirma además lo que ya  se adelantó en el artículo publicado en CTXT el pasado 7 de agosto: “Las emisiones de gases de efecto invernadero (GHG) deben tocar techo en como mucho cuatro años”. El documento reconoce también que hay muy pocas posibilidades de seguir creciendo. 

Los científicos y periodistas firmantes hemos analizado una nueva parte del Sexto Informe, filtrada por la misma fuente: el colectivo de científicos Scientist Rebellion y Extinction Rebellion España. En este apartado se pueden ver claramente las divergencias existentes en la comunidad científica con respecto a las medidas necesarias para realizar una transición efectiva y justa. Entre las habituales posiciones más tímidas, por fortuna, empiezan a asomar demandas que hace no mucho habría sido impensable que aparecieran.

Antes de entrar en el análisis, es preciso un poco de contexto: en 1990, el Primer Informe del IPCC todavía recogía que “el aumento observado [en la temperatura] podría deberse en gran medida a la variabilidad natural”. Ese debate fue cerrándose en los siguientes informes. Pero si pervivía alguna duda, el análisis del Grupo I del Sexto Informe –ya oficial– ha despejado cualquier incertidumbre. Elimina así cualquier posibilidad de réplica por parte de un negacionismo climático, ampliamente regado de dinero por los que más tenían que perder: los lobbies de los combustibles fósiles. La primera pregunta para resolver un misterio suele ser el clásico Cui Bono (¿Quién se beneficia?).

El interrogante que subyace ahora guarda relación: ¿cómo hacemos para que la inevitable transición sea percibida como un beneficio y no como una renuncia? No hay otra posibilidad que renunciar al crecimiento indefinido, y el informe filtrado lo menciona. La transición ha de tener en cuenta las diferencias culturales e históricas de emisiones entre países, las diferencias entre el mundo rural y el urbano para no beneficiar a uno sobre otro, y sobre todo las tremendas y crecientes desigualdades económicas entre los cada vez más pobres y los cada vez más obscenamente ricos. O se atajan estas tres dicotomías, o la transición tendrá más enemigos que apoyos y se saboteará a sí misma. Textualmente el borrador dice: “Lecciones de la economía experimental muestran que la gente puede no aceptar medidas que se consideran injustas incluso si el coste de no aceptarlas es mayor”.

Aun siquiera logrando cambiar de rumbo, los científicos advierten: “Las transiciones no suelen ser suaves y graduales. Pueden ser repentinas y perturbadoras”. También señalan que “el ritmo de la transición puede verse obstaculizado por el bloqueo ejercido por el capital, las instituciones y las normas sociales existentes”, enfatizando la importancia de las inercias. Y sobre ellas añaden: “La centralidad de la energía fósil en el desarrollo económico de los últimos doscientos años plantea cuestiones obvias sobre la posibilidad de la descarbonización”.

Las políticas favorables a las empresas de combustibles fósiles han extraído la riqueza común –nuestro aire, bosques, tierra…– y la han puesto en manos de una pequeña minoría. Por tanto, las políticas verdes tienen que ser obligatoriamente redistributivas en una época en la que la desigualdad se está disparando. Una de las medidas propuestas para reducir la regresividad de los precios del carbono es la redistribución de los ingresos fiscales para favorecer a las rentas bajas y medias. Pero, como recuerda el antropólogo Jason Hickel: todo lo que no sea un tope a la extracción de combustibles fósiles, con objetivos anuales decrecientes que reduzcan la industria a cero, será solo lavarse las manos.

Y llegamos a uno de los párrafos definitorios del informe: “Algunos científicos subrayan que el cambio climático está causado por el desarrollo industrial, y más concretamente, por el carácter del desarrollo social y económico producido por la naturaleza de la sociedad capitalista, que, por tanto, consideran insostenible en última instancia”. Aunque muchos lo han dicho antes, no creemos haber leído jamás nada tan clarificador en el informe climático más importante del mundo, que añade: “Las emisiones actuales son incompatibles con el Acuerdo de París por lo que es absolutamente obligatorio reducirlas de una forma inmediata y contundente”. 

Diferentes escenarios de reducción de emisiones.

Estas metas, que implican un decrecimiento drástico de las emisiones  y, por tanto, a corto plazo también de la producción de energía y del uso de materiales, son imposibles de lograr con el modelo actual. Además, el Grupo III vincula la reducción de las emisiones con el cumplimiento de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, acordados en 2015 por los países miembros de Naciones Unidas para su cumplimiento en 2030. A pesar de las contradicciones existentes entre los 17 ODS, entre ellos encontramos objetivos incuestionables como la reducción de la desigualdad y la protección de la biodiversidad, entremezclados con uno más polémico, dentro del propio informe: promover el crecimiento económico sostenible.

En el IPCC es costumbre no esconder el debate científico, y si en 1990 este giraba aún sobre las causas del cambio climático, tras 30 infructuosos años, podemos observar que la discusión oscila ahora entre aquellas posiciones que aún creen que se puede seguir creciendo y reducir las emisiones al ritmo necesario, y quienes vemos esto como otro tipo de negacionismo, más sutil, pero que en el fondo beneficia y es defendido por los mismos que antaño cuestionaban el origen del calentamiento global.

El informe del IPCC asume que “los objetivos de mitigación y desarrollo no pueden alcanzarse mediante cambios incrementales”. Obcecarse en el crecimiento exige desarrollar enormemente tecnologías que puedan reducir las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera, pero esas tecnologías de CCS (Captura y Secuestro de Carbono) no se están materializando como se preveía. 

Con los sumideros de carbono de los ecosistemas en claro declive y las retroalimentaciones climáticas que se están desencadenando –lo que lleva a la Tierra a sobrepasar varios puntos de no retorno, como reconoce ya una amplia mayoría, y de ahí a un estado más caliente e inestable–, la única forma conocida de evitar el colapso climático es apartarse del modelo de crecimiento perpetuo.

El informe destaca que en cooperación internacional se ha identificado una “hipocresía organizada” en la que los acuerdos y afirmaciones no concuerdan con las acciones, lo que supone una de las barreras más importantes para la mitigación.

El IPCC también apela a no olvidar las lecciones no puestas en práctica de la covid-19. Lecciones que deberían servir para no cometer los mismos errores con el cambio climático, ya que las analogías son claras y directas. Los costes de prevención y acciones preparativas son mínimos comparados con los costes de los impactos causados. Retrasar las medidas tendrá costes crecientes muy difíciles de asumir. 

De no actuar pronto los retos aumentarán de forma no lineal y con consecuencias imprevistas.

Vistas las cada vez más evidentes contradicciones del concepto de desarrollo sostenible, hablar de cualquier forma de desarrollo solo será posible si se deja de lado al PIB como medidor de riqueza, y se cambia a un modelo económico no tan basado en la competición. El único desarrollo sostenible es horizontal, no vertical. Es decir, reducir la desigualdad.

Es evidente que, o existe la percepción de que una gran mayoría nos ‘beneficiamos’, o no habrá solución. Por ello se ha de explicar bien la enorme magnitud del problema para que las medidas puedan ser comprendidas y ciertas renuncias puedan ser entendidas como beneficios, si tenemos en cuenta que la alternativa es cambiar la estabilidad climática para siempre y agravar los conflictos por los recursos. 

La competición ayudó a desarrollar la evolución de las especies, pero, tal y como demostró la genial microbióloga Lynn Margulis, es la cooperación la clave que explica los grandes saltos evolutivos. Ahora nos encontramos ante un precipicio dibujado por la intersección de las crisis ecológica y energética. Podemos tener vidas buenas con menos energía disponible (y a la vez tendremos menos carga laboral), pero el capitalismo no podrá sostenerse con menos energía sin finalizar su mutación a una especie de tecnofeudalismo. Solo si cooperamos, si entendemos que compartimos tantas cosas –entre ellas una atmósfera que no sabe qué es eso de las fronteras– podremos reaccionar y saltar lo suficiente como para evitar la caída. 

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22/08/2021

Pör,


Juan Bordera es periodista, guionista y activista en Extinction Rebellion España y en València en Transició.

Fernando Valladares es doctor en Ciencias Biológicas, profesor de investigación en el CSIC y Premio Jaume I de Protección del Medio Ambiente.

Antonio Turiel es doctor en Física Teórica, licenciado en Matemáticas, investigador científico en el CSIC y experto en energía. Es autor del reciente ensayo Petrocalipsis.

Ferran Puig Vilar es ingeniero superior de Telecomunicaciones, ha trabajado 30 años como periodista y está especializado en la crisis climática.

Fernando Prieto es doctor en Ecología y director del Observatorio de la Sostenibilidad.

Tim Hewlett es doctor en Astrofísica y miembro del colectivo Scientist Rebellion.

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La crisis climática es una cuestión de clase

Que los científicos de todo el mundo declaren una alerta roja para la humanidad es grave.

El informe del IPCC habla por sí mismo: se registraron los cinco años más calientes de la historia reciente, se triplicó el aumento del nivel de los mares y el hielo ártico y los glaciares siguen retrocediendo.

Pero nada de esto es nuevo. Los científicos adoptaron un tono urgente porque vienen haciendo esta misma advertencia hace décadas y todas las intervenciones que buscaron evitar el calentamiento global fracasaron.

En efecto, Exxon, una de las empresas petroleras más grandes del mundo, predijo el cambio climático en los años 1970 y luego se dedicó a negar públicamente su existencia durante décadas.

El sistema político y económico en el que vivimos no genera accidentalmente el cambio climático: está en su propia naturaleza, recompensa a los agentes contaminantes más nocivos y a los que obtienen superganancias mediante las prácticas extractivistas.

Este es nuestro legado histórico. En el Reino Unido, las fortunas de la época imperial surgieron sobre todo del petróleo extraído en el Golfo Pérsico. De hecho, en los años 1950, Gran Bretaña promovió un golpe de Estado con el único fin de preservar las ganancias de la Anglo Iranian Oil Company (AIOC). Luego, AIOC se convirtió en British Petroleum, empresa que sigue enviando cientos de millones de toneladas de carbono a la atmósfera en el Golfo de México y en el mar Caspio. Las instituciones financieras de Londres, especializadas en la administración de las ganancias petrolíferas, gestionan una buena parte del dinero que genera el combustible fósil en todo el mundo.

Se avecinan más desastres

Aun cuando argumentan que están empezando a tomar medidas, los gobiernos de todo el mundo siguen actuando en función de las redes del combustible fósil.  Boris Johnson llegó a imitar el lenguaje de la Revolución Industrial Verde que desarrollamos en el Partido Laborista. Pero imita solo las palabras, no las acciones. En junio, el Comité contra el Cambio Climático del Reino Unido demostró que, de mantener el ritmo actual, el gobierno ni siquiera logrará alcanzar sus tristemente humildes objetivos.

En 2019, durante el Día del Trabajador, como líder de la oposición logré presentar un proyecto en el parlamento para que Gran Bretaña declarara la emergencia climática: fuimos el primer parlamento del mundo en hacerlo. Estaba y estoy convencido de que el Partido Laborista y nuestro movimiento en general deben tomarse muy en serio la crisis climática y medioambiental.

Si este sistema no encuentra ninguna oposición, pronto comprobaremos cómo aumenta rápidamente el ritmo de los incendios, las inundaciones y las sequías. Es lo que estamos viendo en Australia, Siberia, Columbia Británica, África del Este, California y una buena parte de Europa. Durante este siglo, las grandes tormentas aumentaron su frecuencia en un 40%. Las más intensas son 75% más fuertes que las de los años 1950 y los huracanes son cada vez más comunes.

Pero no son solo las consecuencias físicas de estos eventos las que deben preocuparnos: son también las políticas. En Grecia, la austeridad, la desregulación y la negligencia de los bomberos multiplicaron el impacto de los terribles incendios desatados en Eubea. En Texas, a comienzos de año, el Estado habilitó a las empresas energéticas a que aumentaran los precios de la electricidad de emergencia y las deudas de los ciudadanos son impagables.

Y tanto en EE. UU. como en la UE, los gobiernos están invirtiendo en tecnología de control y equipamiento militar para atacar a los refugiados que genera la crisis ambiental. Esos miles de millones de dólares que se gastan en intervenciones militares y drones en el Mediterráneo son el dinero que no se gasta en la transición verde y que ingresa al circuito de rentabilidad de la industria de la guerra, profundamente anclada en la economía fósil. El parlamento británico está debatiendo un terrible proyecto de ley sobre nacionalidad y fronteras, que pretende ilegalizar el salvamento de refugiados en el océano, es decir, que plantearía un desacuerdo de base con el derecho marítimo universal.

El increíble aumento de los presupuestos militares de los países más poderosos indica que estos se preparan para el conflicto, no para la cooperación. Esa es la forma en la que piensan lidiar con la emergencia climática. Estas soluciones falsas aumentarán nuestros padecimientos en general, aunque, como siempre, favorecerán a unos pocos y castigarán a la mayoría, entre los que se cuentan tanto los pobres a los que se les inundan sus casas en Inglaterra como los que mueren huyendo de África del Norte.

El cambio es posible

Pero no tiene que ser así y debemos actuar con esperanza, no con miedo. Los científicos nos dicen con precisión forense lo que sucederá con el nivel de los mares, la escasez de agua y la biodiversidad en caso de que la temperatura aumente 1,5, 3 o 5°C. Con todo, el motivo por el que no pueden predecir la magnitud del calentamiento es que es imposible predecir nuestras decisiones. Como nos recuerda el IPCC, estas últimas siguen corriendo por nuestra cuenta.

Y si avanzamos contra los poderosos y nos deshacemos de los incentivos que el sistema otorga a quienes queman el planeta, las cosas pueden ser distintas. Esto implica que los trabajadores de todo el mundo se movilicen a favor de la aprobación de un Green New Deal global en la COP 26 de este año. El proyecto debería ser capaz de eliminar el carbono de la atmósfera, de llevar dinero a los bolsillos de los trabajadores y enfrentar la injusticia y la desigualdad en el Sur Global. No existe ninguna ciudad del mundo que no se beneficiaría de un transporte público verde, de la reforestación de los bosques, del uso de energías renovables a nivel local y de los empleos que generarían las nuevas industrias verdes.

El cambio climático, la pobreza y la desigualdad, el enorme y riesgoso fracaso colectivo que representa la falta de vacunas contra el COVID-19 en los países más pobres, son todas consecuencias de un sistema que prioriza a los multimillonarios por sobre el resto de la humanidad. La crisis climática y medioambiental es una cuestión de clase. Es la gente más pobre de los barrios obreros, de las ciudades contaminadas y de las islas situadas a una altura cercana nivel del mar la que sufre las consecuencias más graves de la crisis.

Pero tenemos la capacidad de cambiar esta situación. En 2019, de la noche a la mañana, los estudiantes que se manifestaron contra el cambio climático cautivaron la imaginación y la atención de todo el mundo. Si ellos pueden, nosotros también. Nuestra respuesta a la alerta roja debe ser el compromiso en nuestros barrios, en las instituciones políticas, en las escuelas y en las universidades, en nuestros lugares de trabajo y en nuestros sindicatos, con el fin de exigir y lograr un planeta habitable y un sistema que ponga la vida humana y el bienestar en primer lugar.

17/8/2021

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Sábado, 14 Agosto 2021 07:01

¿Estamos fritos?

¿Estamos fritos?

Esta semana, un nuevo informe del Panel Intergubernamental de expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) volvió a mostrar que el desequilibrio climático global es muy severo y que las cosas están peor de lo que ya habían advertido en su informe anterior en 2013.

El ritmo del calentamiento global, desde el periodo industrial, no tiene precedentes y la mayoría ocurrió desde fines de la década de los 90. Estiman que el calentamiento no había sido tan alto en 125 mil años; en ese caso, debido a cambios en la órbita de la Tierra. Esto se traduce en aumento de huracanes, lluvias y sequías extremas; derretimiento de glaciares y otros hielos permanentes; acidificación y aumento del nivel del mar, así como disrupción de corrientes oceánicas que regulan la temperatura en países costeros.

En suma, los datos muestran que el capitalismo como sistema y un centenar de sus empresas trasnacionales han logrado desequilibrar en tiempo récord el clima global que para estabilizarse se llevó millones de años de coevolución, con un calentamiento que podría llevar al planeta, en pocas décadas, a puntos de no retorno, lo cual nos afectará a todos, pero fundamentalmente a quienes menos recursos tienen para enfrentar la crisis.

Ha sido un proceso a sabiendas de los causantes del caos climático. Setenta y uno por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) son responsabilidad de 100 empresas trasnacionales, principalmente de la industria de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón). Esa industria es la que más tempranamente comenzó a estudiar el cambio climático (mucho antes del IPCC), para entender lo que estaban causando y buscar formas de prevenir las demandas que podrían enfrentar, demandas que aún no se materializan, pese a algunos avances como la que ganó Amigos de la Tierra contra Shell este año, que exige a la petrolera reducir sus emisiones en 45 por ciento (https://tinyurl.com/4j76kj7c).

Por ahora, como explica John Saxe-Fernández, la industria de la energía fósil, brutalmente devastadora de comunidades y del ambiente, sigue siendo la que más subvenciones públicas recibe, con más de 5.3 billones de dólares anuales (https://tinyurl.com/3ry4j6sp)

Pese a todo esto, la declaratoria de "emergencia climática" o "código rojo para la humanidad" como la llamó el Secretario de Naciones Unidas António Guterres, no nos ayuda a enfrentar la situación. Para empezar, porque desde el IPCC al propio Guterres, en lugar de promover acciones para lograr reducciones de GEI reales, lo cual conlleva necesariamente cuestionar a esas industrias de altas emisiones y al modelo de producción y consumo masivo e injusto, aceptan que las empresas que más contaminan (energía, agronegocios, alimentaria, aviación, construcción, minería, automotriz y financiera, tecnológica, entre otras) avancen en consolidar una nueva trampa llamada "emisiones netas cero" .

Esas empresas afirman que aunque van a aumentar sus emisiones (la industria petrolera y gasera en forma exponencial), las van a "compensar" con megaplantaciones de árboles y monocultivos, con mercados de carbono y con técnicas de geoingeniería (almacenamiento de carbono, captura directa de aire, manipulación de la química oceánica, cultivos transgénicos, etc.) que no funcionan para cesar el cambio climático; son de alto riesgo y provocan mayor desplazamiento de comunidades y acaparamiento de tierras. Estados Unidos ya aprobó nuevos subsidios millonarios para el desarrollo de estas técnicas "captura de carbono", que irán a parar fundamentalmente a las arcas de las empresas petroleras, las cuales, paradójicamente, las usan para extraer más petróleo de reservas profundas a las que no podían acceder. (https://tinyurl.com/35e6j2sz)

Sin cuestionar las causas estructurales ni señalar claramente a los culpables del caos climático, llamar a imponer un estado de "emergencia climática" crea un ambiente de desesperación e incertidumbre y prepara el terreno para que no nos opongamos a esas y otras medidas inaceptables, que sólo van a favorecer a las mismas empresas y perpetuar el caos.

Tom Goldtooth, navajo, director de la Red Ambiental Indígena y miembro de la Alianza por Justicia Climática declaró: "La gravedad de la crisis climática ha sido denunciada incansablemente por las comunidades indígenas y de base afectadas durante décadas. Debemos presionar al IPCC antes de que se publique el siguiente informe sobre mitigación el año que viene, para que escuchen las voces y conocimientos tradicionales de los pueblos indígenas y pongan fin a las propuestas de falsas soluciones, como poner precio al carbono, la captura de carbono y la geoingeniería solar, que facilitan que se siga extrayendo combustibles fósiles".

Aunque la situación es grave, desde los pueblos indígenas, las organizaciones campesinas y por justicia climática, las comunidades rurales y urbanas tenemos una gran diversidad de propuestas, experiencias y conocimientos hacia la justicia climática y social, como la producción campesina y agroecológica de alimentos, el cuidado y restauración de bosques, manglares y ecosistemas con los pueblos y comunidades, la construcción y organización colectivas urbanas, sistemas de transporte colectivos y muchas más, que son las que realmente urge apoyar y fortalecer, porque no sólo pueden absorber parte del carbono excedente sino sobre todo prevenir futuras emisiones.

Silvia Ribeiro, investigadora del Grupo ETC

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Jueves, 12 Agosto 2021 06:27

Capitalismo catastrófico

Capitalismo catastrófico

El documento del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC, por sus siglas en inglés) es histórico. Ofrece la síntesis de unos 14 mil estudios científicos que llevan a entender que el cataclismo climático en curso puede frenarse y que es "el ahora o nunca", el momento humano para movilizarse, levantarse contra un grave riesgo existencial que durante algunas semanas dejó ver los altos órdenes de destrucción física y de vidas que conlleva. Más que un "cambio climático", ante la posposición suicida y omnicida de toda regulación de los gases de efecto invernadero, prefiero calificarlo de colapso climático capitalogénico y a un "omnicidio" contra la biosfera terrestre, que puede y debe ser frenado y revertido en la medida en que esto todavía es posible.

António Guterres, secretario general de la ONU, acertó al calificar el texto del IPCC dado a conocer el 9 de Agosto de "código rojo para la humanidad". Desde fuentes como Bloomberg se indica que “en declaraciones preparadas vinculadas a la publicación, el secretario general Guterres dijo que –textual–: "Este informe debe sonar como una sentencia de muerte para el carbón y los combustibles fósiles (CF) antes de que destruyan nuestro planeta". Una potente observación lanzada urbe et orbi, desde esta secretaría general de la ONU. ¿Por qué? Porque es expresión que toda posposición en la regulación drástica e inmediata de los combustibles fósiles llevaría a una velocidad e intensidad tan sorprendentes como los peores escenarios que hemos vivido en fechas recientes: acontecimientos en el ascenso de los niveles marítimos, inundaciones con cuerpos de agua inusitados e incendios forestales en Estados Unidos del tamaño de algunos estados mientras en Grecia y Turquía arrecian fuerte. Eventos que los modelos cibernéticos proyectaban para 2030 o 2050, pero que están en curso ahora.

Ante la urgencia, mejor hablar claro. Eso hizo Guterres al mencionar especificidades que permiten la localización de las instituciones y fuerzas sociales centrales en la gestación del problema. La acción social ante la enormidad de esta grave amenaza existencial, cuya naturaleza "antropogénica" ha quedado demostrada desde hace décadas no es suficiente. Ahora es necesaria la localización en el sistema socio-económico dominante de donde emanan esos gases de efecto invernadero. El origen capitalogénico del fenómeno; resulta crucial empezando por los subsidios estatales a los CF hasta las fuentes bancario-financieras de las industrias vinculadas a los CF.

En relación a los subsidios, los economistas del Fondo Monetario Internacional (FMI), institución pública de EU que junto al Banco Mundial se maneja en función de intereses articulados por la presidencia de Estados Unidos, estiman que los subsidios gubernamentales a nivel mundial a los CF ascendían en 2015 a la friolera de 5.3 billones anuales de dólares ( trillions en el sistema numérico de ese país).

Esa cifra todavía no refleja los impactos de los poderosos monopolios privados que manejan esos CF, no en función de la humanidad o "el hombre", sino de sus inversionistas a quienes tienen que dar cuenta.

Cuando algunos de esos inversionistas hicieron algún esfuerzo por alentar la inversión, en energías limpias, digamos , en lo que ahora es Exxon-Mobil, las fuerzas que dirigen esa institución rechazaron la propuesta aunque viniera de los nietos del fondo de los hermanos Rockefeller. Ahora el FMI hace los cálculos sobre los costos del clima, el medio ambiente y la salud humana. Se informa que las implicaciones fiscales de esa inmensidad en subsidios, esos 5.3 billones al sector de la energía exceden la inversión pública mundial en salud, según los economistas del FMI, Benedict Clements y Vitor Gaspar en un blog que acompaña el magno dato elaborado por David Coady y otros.

En el caso de Estados Unidos y la Unión Europea las principales beneficiarias de esta política son bien conocidas. Encabezadas por lo que ahora es Exxon-Mobil, se incluye a Chevron Texaco, Equinor, Repsol, Total, Shell, ENI, conocidas como "las mayores" se inclinan a presentarse al público en las conferencias sobre el "cambio climático", jugando el papel de que "somos parte de la solución", cuando son parte central del problema. Muchas de sus subsidiarias o firmas s son usadas en el magno saqueo de la riqueza pública. Pero para eso está la ahora fusionada banca comercial y de inversión del tipo que siempre gustó a los especuladores. Todo eso es también parte nodal del "problema". Si los gobiernos del mundo no colocan drástico freno a la inversión bancaria en CF, no habrá un clima capaz de ser soportado por el cuerpo humano. Los 60 bancos más grandes del mundo durante los siguientes cinco años del acuerdo de París 2015. En 2016, 709 mil millones de dólares (mil mdd); 2017, 740 mil mdd; 2018, 781.8 mil mdd; 2019, 824.8 mil mdd; 2020, 751.8 mil mdd, para un total de 3.4 billones de dólares con un saldo de miles de vidas.

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Crisis climática. Al borde del precipicio: el escenario que no modela el IPCC

El Grupo de Trabajo 1 del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio climático en inglés) ha presentado su informe sobre la base física, una contribución al Sexto Informe de Evaluación del Clima, previsto para principios de 2022. El informe y su resumen están redactados con el estilo y el vocabulario precisos de las publicaciones científicas que realizan afirmaciones objetivas. Sin embargo, nunca antes un informe de expertos en calentamiento global había provocado semejante angustia a partir del análisis de los hechos a la luz de las ineludibles leyes de la física.

Terribles perspectivas...

La angustia proviene, en primer lugar, del contexto: las terribles inundaciones e incendios que están sembrando la desolación, la muerte y el miedo en los cuatro rincones del planeta son precisamente lo que el IPCC lleva advirtiendo desde hace más de treinta años, y ante lo que los gobiernos han hecho poco o nada. También se debe al hecho enorme de que, incluso si la COP26 (que se celebrará en Glasgow en noviembre) decidiera poner en práctica el más radical de los escenarios de estabilización estudiados por los científicos del clima, es decir, el que garantiza la reducción más rápida de las emisiones de CO2 y anula las emisiones globales netas a más tardar en 2060, reduciendo también las emisiones de otros gases de efecto invernadero), la humanidad seguiría enfrentándose a unas perspectivas terribles. En resumen:

  • Se superaría el tope de París. La temperatura media global de la superficie aumentaría probablemente 1,6°C (+/-0,4) entre 2041 y 2060 (en comparación con la era preindustrial) y luego disminuiría entre 2081 y 2100 a 1,4°C (+/-0,4).
  • Obsérvese que sólo se trata de promedios: es casi seguro que la temperatura en la tierra aumentará más rápido que en la superficie del océano (probablemente entre 1,4 y 1,7 veces más rápido). También es casi seguro que el Ártico seguirá calentándose más rápido que la media mundial (muy probablemente más del doble).
  • Algunas regiones de latitudes medias y semiáridas, y la región de los monzones en Sudamérica, tendrán los mayores aumentos de temperatura en los días más calurosos (de 1,5 a 2 veces la media mundial), mientras que el Ártico tendrá los mayores aumentos de temperatura en los días más fríos (3 veces la media mundial).
  • En tierra, las olas de calor que solían producirse una vez cada diez años se producirán cuatro veces cada diez años, y las que solían producirse sólo una vez cada cincuenta años se producirán casi nueve veces en el mismo periodo.
  • Es muy probable que el calentamiento adicional (en comparación con los 1,1 °C actuales) intensifique los fenómenos de precipitación extrema y aumente su frecuencia (globalmente, un 7% más de precipitaciones por 1 °C de calentamiento). También aumentarán la frecuencia y la fuerza de los ciclones tropicales intensos (categorías 4-5). Se espera que las precipitaciones intensas y las inundaciones asociadas se intensifiquen y sean más frecuentes en la mayor parte de África y Asia, América del Norte y Europa. Las sequías agrícolas y ecológicas también serán más graves y frecuentes en algunas zonas (en todos los continentes excepto en Asia), en comparación con 1850-1900.
  • Ni que decir tiene que este calentamiento adicional (de 0,5 °C+/-0,4 respecto a la actualidad) seguirá amplificando el deshielo del permafrost y, por tanto, la liberación de metano. Esta retroalimentación positiva del calentamiento no está totalmente incorporada en los modelos (que, a pesar de su creciente sofisticación, siguen subestimando la realidad).
  • Es probable que el calentamiento del océano durante el resto del siglo XXI sea de 2 a 4 veces mayor que entre 1971 y 2018. La estratificación, la acidificación y la desoxigenación del océano seguirán aumentando. Los tres fenómenos tienen consecuencias negativas para la vida marina. Tardarán milenios en revertirse.
  • Es casi seguro que los glaciares de las montañas y de Groenlandia seguirán derritiéndose durante décadas, y es probable que el deshielo también continúe en la Antártida;
  • También es casi seguro que el nivel del mar subirá entre 0,28 y 0,55 m en el siglo XXI, en comparación con el período 1995-2014. En los próximos 2.000 años, es probable que siga subiendo, entre 2 y 3 metros, y luego el movimiento continuará. Como resultado, en la mitad de los lugares con mareógrafos, los eventos de marea excepcionales que se observaban una vez por siglo en el pasado reciente se observarán al menos una vez al año, aumentando la frecuencia de las inundaciones en las zonas bajas.
  • Podrían producirse eventos poco probables pero de muy alto impacto a nivel global y local, incluso si el calentamiento se mantiene dentro del rango probable en el escenario radical (+1,6 ° +/-0,4 °C). Incluso con este escenario de 1,5 °C, no se pueden descartar respuestas abruptas y puntos de inflexión, como el aumento del deshielo en la Antártida y la muerte de los bosques.
  • Uno de esos acontecimientos, improbable pero posible, es el colapso de la Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico (AMOC). Su debilitamiento es muy probable en el siglo XXI, pero la magnitud del fenómeno es una incógnita. Lo más probable es que un colapso provoque cambios bruscos en los climas regionales y en el ciclo del agua, como un desplazamiento hacia el sur del cinturón de lluvias tropicales, el debilitamiento de los monzones en África y Asia, el fortalecimiento de los monzones en el hemisferio sur y la desecación de Europa.

... en el mejor de los casos?

Este informe nos obliga a enfrentarnos a la realidad: estamos literalmente al borde. Más aún debido a que, repitámoslo e insistamos en ello: 1) las proyecciones de subida de los océanos no incluyen los fenómenos de ruptura de los casquetes polares, que no son lineales y, por tanto, no pueden modelizarse, y que tienen el potencial de convertir la catástrofe en cataclismo de forma rápida; 2°) todo lo anterior es lo que el GIEC cree que ocurrirá si los gobiernos del mundo deciden poner en práctica el más radical de los escenarios de reducción de emisiones estudiados por los científicos, el destinado a no superar los 1,5 °C (demasiado).

Detallar los impactos de los otros escenarios haría este texto innecesariamente pesado. Contentémonos con una indicación, relativa al nivel del mar: en la hipótesis de mantenimiento del statu quo, "no se excluye" una subida de 2 metros en 2100 y de 5 metros en 2150. Y a largo plazo, a lo largo de dos mil años, para un calentamiento de 5 °C, los mares subirían inevitable e irreversiblemente (en la escala de tiempo humana) de... ¡19 a 22 metros!)

Empecemos de nuevo. Los gobiernos no aplican el más radical de los escenarios que se les propone. Sus planes climáticos (las "contribuciones determinadas a nivel nacional") nos llevan actualmente a un calentamiento de 3,5 °C. A cien días de la COP26, sólo unos pocos socios han "aumentado sus ambiciones"... pero ni mucho menos hasta los niveles necesarios de reducción de emisiones. La UE, campeona del clima, ha fijado un objetivo de reducción del 55% para 2030, cuando se necesita un 65%.

Una simple cuestión matemática, y su conclusión política

Greta Thunberg dijo en una ocasión que "la crisis climática y ecológica simplemente no puede resolverse dentro de los sistemas políticos y económicos actuales. Esto no es una opinión, es simplemente una cuestión de matemáticas”. Tenía toda la razón. Basta con mirar las cifras para darse cuenta de ello:

1°) el mundo emite unas 40GT de CO2 al año;

2°) el presupuesto de carbono (la cantidad de CO2 que aún puede emitirse a nivel mundial para no superar los 1,5 °C) es sólo de 500Gt (para una probabilidad de éxito del 50%; para el 83%, es de 300Gt);

3°) según el informe especial del IPCC sobre 1,5 °C, para lograr cero emisiones netas de CO2 en 2050 es necesario reducir las emisiones mundiales en un 59% antes de 2030 (65 % en los países capitalistas desarrollados, dada su responsabilidad histórica)

4°) El 80 % de estas emisiones se deben a la combustión de combustibles fósiles que, a pesar del bombo político y mediático sobre la irrupción de las renovables, todavía cubrían en 2019... el 84 % (!) de las necesidades energéticas de la humanidad;

5°) las infraestructuras fósiles (minas, oleoductos, refinerías, terminales de gas, centrales eléctricas, fábricas de automóviles, etc.) -cuya construcción no se ralentiza, o apenas se ralentiza- son equipos pesados, en los que se invierte capital durante unos cuarenta años. Su red ultracentralizada no puede adaptarse a las renovables (necesitan otro sistema energético descentralizado): debe ser destruida antes de que los capitalistas la amorticen, y las reservas de carbón, petróleo y gas natural deben permanecer bajo tierra.

Por tanto, sabiendo que 3.000 millones de seres humanos carecen de lo esencial y que el 10 % más rico de la población emite más del 50 % del CO2 mundial, la conclusión es inevitable: cambiar el sistema energético para mantenerse por debajo de 1,5 °C, dedicando al mismo tiempo más energía a la satisfacción de los derechos legítimos de los pobres, es estrictamente incompatible con la continuación de la acumulación capitalista que genera destrucción ecológica y crecientes desigualdades sociales.

La catástrofe sólo puede detenerse de forma digna para la humanidad mediante un doble movimiento consistente en reducir la producción mundial y reorientarlo radicalmente para que sirva a las verdaderas necesidades humanas, las de la mayoría, determinadas democráticamente. Este doble movimiento pasa necesariamente por la supresión de la producción inútil o nociva y por la expropiación de los monopolios capitalistas, en primer lugar de la energía, las finanzas y la agroindustria. También requiere una reducción drástica de las extravagancias de consumo de los ricos. En otras palabras, la alternativa es dramáticamente simple: o la humanidad liquida el capitalismo, o el capitalismo liquida a millones de personas inocentes para continuar su curso bárbaro en un planeta mutilado y tal vez invivible.

Bandidos unidos a favor de las tecnologías de emisiones negativas

Ni que decir tiene que los amos del mundo no quieren liquidar el capitalismo... Entonces, ¿Qué harán? Dejemos de lado a los negacionistas del clima como Trump, esos seguidores de Malthus que apuestan por un neofascismo de los combustibles fósiles, una inmersión en la barbarie planetaria a costa de los pobres. Dejemos también de lado a los Musk y a los Bezos, esos obscenos multimillonarios que sueñan con abandonar la nave Tierra convertida en invivible por sus codiciosos roedores capitalistas. Centrémonos en los otros, más astutos, aquellos -los Macron, Biden, Von der Leyen, Johnson, Xi Jiping...- que lucharán como bandidos por un acuerdo en Glasgow que les de ventaja sobre los competidores, pero se pegarán ante los medios de comunicación para intentar persuadirnos de que todo está bajo control.

Para escapar de esa alternativa que hemos citado más arriba ¿qué proponen estos señores? En primer lugar, por supuesto, hacen que los consumidores se sientan culpables y pidiéndoles que cambien su comportamiento, so pena de sanciones. A continuación, un conjunto de trucos: algunos, francamente burdos (el hecho de no tener en cuenta las emisiones del transporte aéreo y marítimo internacional, por ejemplo) y otros, más sutiles, pero no más eficaces (por ejemplo, la afirmación de que la plantación de árboles -en el Sur global- permitiría absorber suficiente carbono para compensar de forma sostenible las emisiones fósiles de CO2 del Norte). Pero más allá de estos trucos, todos estos gestores políticos del capital creen ahora (o fingen creer) en una solución milagrosa: aumentar la cuota de las tecnologías de baja emisión de carbono (nombre en clave de la energía nuclear, sobre todo de las microcentrales) y, sobre todo, desplegar las llamadas tecnologías de emisiones negativas (RTE o CDR, por sus siglas en inglés), que supuestamente enfriarán el clima eliminando enormes cantidades de CO2 de la atmósfera para almacenarlo bajo tierra. Esta es la hipótesis de la superación temporal del umbral de peligro de 1,5 °C.

No es necesario insistir en la energía nuclear después de Fukushima. En cuanto a las tecnologías de emisiones negativas, la mayoría de ellas sólo están en fase de prototipo o demostración, y sus efectos sociales y ecológicos prometen ser formidables (más adelante hablaré de ello). Sin embargo, se nos hace creer que salvarán el sistema productivista/consumista y que el libre mercado se encargará de desplegarlos. En realidad, este escenario de ciencia ficción no tiene como objetivo principal salvar el planeta: tiene como objetivo principal salvar la vaca sagrada del crecimiento capitalista y proteger los beneficios de los principales responsables del desorden: las multinacionales del petróleo, el carbón, el gas y la agroindustria.

El IPCC: entre la ciencia y la ideología

¿Y qué piensa el IPCC de esta locura? Las estrategias de adaptación y mitigación no forman parte de las competencias del Grupo de Trabajo 1 [GT1, que ha emitido el informe hecho público]. Sin embargo, hace consideraciones científicas que deberían ser tenidas en cuenta por los demás Grupos de Trabajo del GIEC. En cuanto a las RTE, el IPCC tiene cuidado de no precipitarse. El resumen para los responsables políticos afirma:

"La eliminación del CO2 antropogénico de la atmósfera (eliminación del dióxido de carbono, CDR) tiene el potencial de eliminar el CO2 de la atmósfera y almacenarlo de forma sostenible (sic) en depósitos (alta confianza)". El texto continúa diciendo que "el CDR tiene como objetivo compensar las emisiones residuales para lograr cero emisiones netas de CO2 o, si se aplica a una escala en la que las eliminaciones antropogénicas superen las emisiones antropogénicas, para reducir la temperatura de la superficie".

Evidentemente, el resumen del GT1 respalda la idea de que las tecnologías de emisiones negativas no sólo podrían desplegarse para capturar las "emisiones residuales" de los sectores en los que la descarbonización es técnicamente difícil (por ejemplo, la aviación): también podrían aplicarse a gran escala, para compensar el hecho de que el capitalismo mundial, por razones que no son técnicas sino de beneficio, se niega a abandonar los combustibles fósiles. El texto continúa exaltando los beneficios de este despliegue masivo como medio para lograr emisiones netas negativas en la segunda mitad del siglo:

"La CDR que conduce a emisiones globales netas negativas reduciría la concentración atmosférica de CO2 y revertiría la acidificación de la superficie del océano (confianza alta)".

El resumen hace una advertencia, pero es críptica: "Las tecnologías CDR pueden tener efectos potencialmente generalizados sobre los ciclos biogeoquímicos y el clima, que pueden debilitar o aumentar el potencial de estos métodos para eliminar el CO2 y reducir el calentamiento, y también pueden influir en la disponibilidad y calidad del agua, la producción de alimentos y la biodiversidad (confianza alta)."

Evidentemente, no está claro que las RTE sean tan eficaces, ya que algunos "efectos" podrían "debilitar (su) potencial para eliminar el CO2". La última parte de esta frase se refiere a los impactos sociales y ecológicos: la bioenergía con captura y secuestro de carbono (la RTE más madura en la actualidad) sólo podría reducir significativamente la concentración de CO2 en la atmósfera si se utilizara una superficie equivalente a más de una cuarta parte de las tierras cultivadas permanentemente en la actualidad para producir energía a partir de biomasa, a costa de los suministros de agua, la biodiversidad y/o la alimentación de la población mundial (nota a pie de página: Véase la discusión en mi libro "Demasiado tarde para ser pesimistas", Sylone-viento sur, 2020)).

Así, por un lado, el GT1 del IPCC se basa en las leyes físicas del sistema climático para decirnos que estamos al borde del abismo, a punto de volcar irreversiblemente en un cataclismo inimaginable; por otro lado, objetiviza y banaliza la carrera político-tecnológica por la que el capitalismo intenta, una vez más, posponer ante sí el antagonismo irreconciliable entre su lógica de acumulación ilimitada de beneficios y la finitud del planeta. "Nunca antes un informe de expertos en calentamiento global había provocado semejante angustia a partir del análisis de los hechos a la luz de las ineludibles leyes de la física", hemos escrito al principio de este artículo. Nunca antes un informe de este tipo había ilustrado tan claramente que un análisis científico que considera la naturaleza como un mecanismo y las leyes del beneficio como leyes de la física no es realmente científico sino cientifista, es decir, al menos parcialmente ideológico.

Por tanto, el informe del GT1 del IPCC debe leerse teniendo en cuenta que es tanto lo mejor como lo peor. Lo mejor, porque proporciona un diagnóstico riguroso del que extraer excelentes argumentos para acusar a los gobernantes y a sus representantes políticos. Lo peor, porque siembra tanto el miedo como la impotencia... ¡de la que se benefician los pudientes, los ricos, aunque el diagnóstico les acuse! Su ideología cientificista ahoga el espíritu crítico en la avalancha de datos. Así, desvía la atención de las causas sistémicas, con dos consecuencias: 1°) la atención se centra en el "cambio de comportamiento" y en otras acciones individuales, llenas de buena voluntad pero patéticamente insuficientes; 2°) en lugar de ayudar a salvar la brecha entre la conciencia ecológica y la social, el cientificismo la mantiene.

Ecologizar lo social y socializar la ecología es la única estrategia que puede detener la catástrofe y reavivar la esperanza de una vida mejor. Una vida de cuidado de las personas y los ecosistemas, ahora y a largo plazo. Una vida sobria, alegre y con sentido. Una vida que los escenarios del IPCC nunca modelan, en la que la producción de valores de uso para la satisfacción de necesidades reales, determinadas democráticamente en el respeto a la naturaleza, sustituye a la producción de bienes para el beneficio de una minoría.

Por Daniel Tanuro

10 agosto 2021

Publicado enMedio Ambiente
Las lluvias torrenciales y las sequías seguirán intensificándose, advierte el IPCC. Álvaro Minguito

Durante siete años, el IPCC ha trabajado en el informe presentado hoy, un documento inapelable que apremia a los políticos a tomar decisiones inminentes hacia “reducciones fuertes y sostenidas” de emisiones de carbono.

 

“Las reducciones fuertes y sostenidas de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y otros gases de efecto invernadero limitarían el cambio climático. Si bien los beneficios para la calidad del aire llegarían rápidamente, podrían necesitar de 20 a 30 años para que las temperaturas globales se estabilicen”, concluye el macroinforme elaborado por el Grupo de Trabajo I del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), compuesto enteramente por físicos.

Esta es la “alerta roja” que, tras siete años de trabajo, el IPCC ha lanzado esta mañana, tres meses antes de que tenga lugar la cumbre internacional COP26, que se celebrará en Glasgow (Reino Unido) entre el 1 y 12 de noviembre entre gobiernos, es decir, entre políticos acostumbrados a absorber las presiones de los lobbies económicos pero reacios a asumir las indicaciones de científicos y ser capaces de trabajar a largo plazo.

“Si se redujeran las emisiones netas a cero en 2050, podríamos mantener las temperaturas cerca de 1,5º”, ha asegurado Valérie Masson-Delmotte, coordinadora del Grupo de Trabajo. El IPCC ha trabajado en cinco escenarios posibles: el aumento global de temperatura en un 1,5º (cambio climático asumible, horizonte que hace 20 años formaba parte de los escenarios negativos y ahora ya es el más optimista, dada la situación) y una subida de entre 2 y 5 grados.


El Grupo de Trabajo I no ofrece soluciones ni medidas de mitigación. Describen el pasado, el presente y el futuro de manera aséptica. A la rueda de prensa en streaming han asistido casi 9.000 periodistas de todo el mundo y es previsible que todos los gobiernos del planeta se descarguen el documento e interactúen con el atlas interactivo que han preparado: ¿cuánto afecta el cambio climático a mi región, según distintas variables? ¿Cuántos días se superarán los 35º? ¿Cómo se espera que varíe la precipitación? 

“El cambio climático ya está afectando a cada región de la tierra de múltiples maneras. Y los cambios que experimentamos aumentarán con calentamiento adicional”, ha afirmado Panmao Zhai. Ha habido más inundaciones y olas de calor, y la previsión es que sigan aumentando, junto con las sequías. El informe fulmina el negacionismo dado que considera “inequívoco” que la intervención humana “ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra”, lo que ha conllevado “cambios generalizados y rápidos”.

“La estabilización del clima requerirá reducciones fuertes, rápidas y sostenidas de los gases de efecto invernadero y alcanzar emisiones netas de CO2 cero, así como limitar otros gases de efecto invernadero y contaminantes, especialmente el metano”, señala el IPCC. La industria y el transporte son responsables de la primera parte, la ganadería intensiva, de la segunda. Los cambios iniciados en el hielo y en el océano profundo no cesarán de un día para otro. No hay botón de apagado, y el de encendido hace ya tiempo que se apretó.

El informe proyecta que “en las próximas décadas los cambios climáticos aumentarán en todas las regiones”. Con un grado y medio más de calentamiento global, se incrementarán las olas de calor, las estaciones cálidas serán más largas y las frías, más cortas. Con dos grados de incremento, los extremos de calor alcanzarían con mayor frecuencia la “tolerancia crítica” para la agricultura y la salud.  

El informe publicado hoy asegura que “muchos de los cambios observados en el clima no tienen precedentes en miles, si no en cientos de miles de años, y algunos de los cambios ya están en movimiento, como el aumento continuo del nivel del mar, que será irreversible durante cientos de miles de años”.

Un total de 195 miembros del Grupo de Trabajo I ha firmado este informe en una sesión virtual que se celebró el 26 de julio. 


“A menos que haya reducciones inmediatas, rápidas y a gran escala en las emisiones de gases de efecto invernadero, para limitar el calentamiento a cerca de 1,5º o incluso a 2º, las estimaciones que proporciona este informe estarán fuera de su alcance”, advierte el texto. Considera que la Tierra podría estar sobrecalentada 4,4º en la última mitad de este siglo de seguir con las emisiones actuales. 

Asimismo, confían en que el informe, que “refleja esfuerzos extraordinarios en circunstancias excepcionales”, “proporcione una contribución en las negociaciones y la toma de decisiones sobre el clima”.

La presentación del documento tiene lugar cuando Grecia arde en varios focos de incendios, Alemania ha vivido recientemente sus peores inundaciones en cien años y Canadá, la ola de calor más intensa. Por su parte, en España, el Gobierno y la Generalitat acaban de firmar un acuerdo para ampliar el aeropuerto del Prat, una infraestructura diseñada para intensificar el tráfico aéreo, el medio de transporte que más contamina

Redacción El Salto

9 ago 2021 12:35

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Ulrich Brand: “Dentro del capitalismo no se resuelve la crisis medioambiental”

En su investigación, el politólogo alemán, junto a Markus Wissen, desenmascara, desde una perspectiva crítica e internacionalista, los tibios diagnósticos que las élites globales hacen de la crisis ecosocial en curso. Cuestiona al llamado "capitalismo verde" y la normalización que implica la invisibilización de los verdaderos obstáculos: "los intereses económicos y políticos". 

La vulnerabilidad de la naturaleza no es una cuestión global abstracta. Más de 100 personas murieron y al menos 1000 están desaparecidas como consecuencias de las inundaciones en Alemania y Bélgica. Las altas temperaturas récord en Canadá (50 grados) y en Estados Unidos han matado a cientos de personas. Hasta Siberia, en el extremo norte de Rusia, sufrió una ola de calor con incendios forestales. La ola de frío polar en Brasil logró algo inédito: niveles cercanos a cero grado y nevadas. “No es simplemente ‘la humanidad’ la que está actuando, sino que la manera como el humano actúa sobre la naturaleza siempre se trasmite dentro de la sociedad, a través de las relaciones de clase y género, así como de raza. El Antropoceno revela el poder humano, pero oculta de dónde proviene y cómo se ejerce ese poder. Para decirlo con Marx y Engels: no la humanidad como concepto abstracto, sino ‘la sociedad burguesa moderna, una sociedad que ha conjurado medios de producción e intercambio tan poderosos, como el hechicero que ya no puede controlar los poderes del inframundo que ha invocado con sus hechizos’”, explican los politólogos alemanes Ulrich Brand y Markus Wissen en Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo, publicado por Tinta Limón, con traducción de Silke Trienke.

Modo de vida imperiales un libro que resulta fundamental y está llamado a convertirse en un clásico porque desde una perspectiva crítica e internacionalista, los autores desenmascaran los tibios diagnósticos que las élites globales hacen de la crisis ecosocial en curso, cuestionan al “capitalismo verde” (revolución pasiva, en términos de Antonio Gramsci, liderada por las fuerzas dominantes) y ensayan una propuesta radical centrada en la transformación de las formas de acumulación y de los modos de vida. El concepto “modo de vida imperial” que proponen Brand y Wissen, refiere a las normas de producción, distribución y de consumo que están profundamente arraigadas en las estructuras y prácticas políticas, económicas y culturales en la cotidianidad de la población del Norte global y cada vez más también en los países emergentes del Sur global. Este concepto de modo de vida sigue la tradición de Gramsci; los politólogos alemanes parten de la idea de que una estructura social contradictoria como la capitalista solo se puede reproducir cuando está arraigada en las prácticas cotidianas y en la racionalidad cotidiana, y por eso se convierte en algo “natural”. El adjetivo “imperial” busca enfatizar en la dimensión global y ecológica de este modo de vida.

La última vez que Brand (Mainau, Alemania, 1967) estuvo en Buenos Aires fue en 2018, cuando presentó el libro Salidas del laberinto capitalista: Decrecimiento y postextractivismo (Tinta Limón), en coautoría con el economista ecuatoriano Alberto Acosta. Desde Viena, donde reside, el politólogo alemán recuerda que vivió en Argentina en 1992, cuando vino a estudiar a la Universidad de Buenos Aires. “Nosotros empezamos a trabajar con el concepto modo de vida imperial no por casualidad en la crisis económica-financiera del 2008, cuando había cierta politización de la crisis ecológica, pero las medidas apuntaban al crecimiento. Entonces queríamos vincular lo cotidiano con la crisis ambiental y la globalización, argumentando que si nos quedamos con las políticas de desarrollo sustentable, las instituciones internacionales, el convenio sobre Cambio Climático, y no vamos a los obstáculos que son los intereses económicos y políticos, hay algo invisibilizado y normalizado en la cotidianidad de la gente, aunque ya tenga cierta consciencia ecológica”, dice Brand, profesor de Política Internacional en la Universidad de Viena, miembro del Grupo Permanente de Trabajo “Alternativas al Desarrollo” e integrante de la Fundación Rosa Luxemburgo.

-¿En qué sentido el capitalismo “verde” es también el problema?

-En Europa, aún más que en los Estados Unidos, hay una dicotomía muy equivocada, de dos proyectos de desarrollo. Un proyecto es el que niega la crisis climática, el trumpismo, el bolsonarismo, que es antiecologista y muy autoritario; es el business as usual (negocios como siempre). El otro proyecto es muy dinámico ahora en Europa con el European Green New Deal, el programa para la recuperación de 750 mil millones de euros para hacer frente a la postpandemia. Este proyecto se organiza en torno al concepto de economía verde, la modernización ecológica y la lucha contra el cambio climático. Para nosotros el capitalismo verde postula la idea de una renovación del capitalismo, un cambio de su fase fósil sin transformar sus formas sociales, sin cambiar la lógica del crecimiento, la lógica de la acumulación de capital. El capitalismo verde es una trampa; nosotros criticamos las discusiones “progres” que politizan la crisis medioambiental pero sin politizar las relaciones sociales con la naturaleza, las relaciones de clase y las relaciones Norte-Sur.

-¿En qué consiste la trampa del capitalismo verde? ¿En cambiar algo para que nada cambie?

-Sí, es cambiar la base energética hacia un posfosilismo, sin cambiar las lógicas de crecimiento y la acumulación. La desvinculación entre crecimiento, uso de recursos y emisiones es una esperanza del capitalismo verde. Se sabe que si tenemos crecimiento, tenemos más uso de recursos naturales y más emisiones. Es una trampa pensar que puede haber una desvinculación entre el crecimiento y el uso de recursos naturales. Hay que cuestionar el poder del capital fósil y el poder del capital digital, que ahora es tan fuerte. Dentro del capitalismo no vamos a resolver la crisis medioambiental.

-Si dentro del capitalismo no se va a resolver, la pregunta “leninista” sería ¿qué hacer?

-Nuestro argumento contra el capitalismo verde rechaza un dispositivo muy fuerte de la individualización de la responsabilidad: si tú consumes verde, si tú vives bien y te comportas bien, toda esa ola del behaviorismo que advierte que la gente tiene que comportarse bien para que se solucione la crisis medioambiental. Para empezar no hay que caer en la trampa del individualismo, donde la responsabilidad está puesta en los consumidores. La segunda trampa es la tecnológica, que plantea que con la digitalización se van a resolver los problemas. Todos los estudios indican que la digitalización implica un aumento enorme del uso de la energía; requiere más recursos. El cambio se hace a través de un conjunto que llamamos “modo de vida solidario” para reconocer que el capitalismo no lo atraviesa todo; que hay modos de vida solidarios, si pensamos en los pueblos indígenas y las personas que viven en comunidades, aunque tengan claramente una articulación con el capitalismo también. El capitalismo es un modo de producción muy dominante, para muchos muy atractivo, pero hay otros modos de producción. En nuestras sociedades hay un modo de producción público; el Estado tiene sus modos de producción en la salud, la educación, el transporte público, que no se organiza por la ganancia, por la acumulación de capital, sino por otras lógicas. En Chile casi todo ha sido privatizado, pero en Argentina no. No hay que caer tampoco en la trampa que el Estado lo haga todo, pero sí reconocer las diferencias entre una economía orientada al cambio de valor, a la ganancia, o una economía pública, solidaria, que hay que organizar y que vale la pena. Yo vivo en Viena, donde hay una larga tradición del sector público que hay que defender y mejorar. No podemos negar que al final es una lucha feroz por la valorización de capitales, del capital fósil, del capital digital, del capital de salud, el capital de las vacunas, el capital automotriz. Hay un poder tan fuerte de esos capitales que el Estado tiene que contribuir para decir: “el capital no puede organizar el mundo”. La otra opción es una oposición al extractivismo, al crecimiento; el discurso del “buen vivir”, sin romantizarlo, el discurso de tener una vida sana y digna no siempre creciendo, es importante, pero esas prácticas requieren de las condiciones sociales, porque si no existen las condiciones de un buen transporte, un buen sistema de salud, no hay “buen vivir”. Las luchas sociales son más importantes que el comportamiento individual.

-En el campo de las luchas sociales, ¿cuál te parece en este momento la más significativa?

-La respuesta es siempre coyuntural. Te diría que ahora en Europa las luchas de los jóvenes contra el extractivismo, contra la producción del carbón y la expansión de los aeropuertos, contra la construcción de más autopistas. Yo creo que con la victoria de Pedro Castillo en Perú queda claro el efecto de las luchas antiextractivistas. En la Argentina, después de la experiencia de (Mauricio) Macri con un neoliberalismo muy feroz, ¿qué significa que el gobierno de Alberto Fernández se quede en el extractivismo? Si ahora empieza un nuevo ciclo de los commodities, como dice Maristella Svampa, ¿qué significa si en dos o tres años hay ingresos hacia Argentina? ¿Va a la misma trampa que en 2003-2004 con los Kirchner, que no repensaron el modelo económico, sino que aprovecharon para profundizar el extractivismo? ¿Qué significa hoy en la Argentina 2021 reconsiderar el modo de vida imperial? El Pacto Ecosocial en América Latina y el Green New Deal de (Alexandria) Ocasio-Cortez en Estados Unidos son propuestas muy importantes para tener un sector público más fortalecido, asegurar el empleo y cambiar la matriz productiva. Pero si estas propuestas no consideran la otra cara de la moneda, de dónde vienen los recursos, se encaminan a una trampa. Lo que queremos es que se pueda discutir las deficiencias en las propuestas progresistas. El Pacto Ecosocial en América Latina me parece muy interesante, pero qué significa respecto de la dependencia del mercado mundial, de las transnacionales, pero también en la cotidianidad de la clase media argentina, por ejemplo, que quiere vivir como en Estados Unidos o como en Europa, dándole legitimidad al extractivismo.

-Como politólgo integra el movimiento decrecionista. ¿Qué le interesa del decrecionismo como propuesta económica y política?

-Yo sé que en América Latina no se puede usar la semántica del decrecionismo porque no tiene sentido en sociedades con tanta pobreza y con tanta experiencia de que el decrecimiento sea normalmente asociado a la austeridad neoliberal y a que los ricos se vuelven más ricos. Pero la idea principal del decrecimiento es deshacernos del imperativo del crecimiento que implica el extractivismo, que implica el consumismo, la destrucción. Yo sugiero repensar la sociedad argentina sin el imperativo de crecer, sino con otras prioridades: cómo se produce el valor de uso, cómo se produce lo común, cómo se produce la infraestructura pública, cómo produce el sector privado de una manera que no haya sobrexplotación y que no destruya la naturaleza. Este sería el aporte del decrecimiento, que no es decir “qué bien, la economía argentina cayó un 8 por ciento el año pasado por la crisis”. Eso es cambio por desastre. Decrecimiento es cambio por lucha, cambio por un modo de vida atractivo y solidario que permita deshacernos del imperativo de crecimiento y de las relaciones de poder de las grandes corporaciones. Tenemos que repensar toda la economía hacia otro modelo de bienestar que logre superar el capitalismo y el imperativo del crecimiento.

-¿La pandemia nos obligó a repensar la relación que tenemos con la naturaleza, pero no con los modos de producción?

-Es una pregunta interesante. Yo publiqué un artículo el año pasado en el que planteaba que la pandemia nos ofrece posibilidades para aprender y repensar las relaciones con la naturaleza. Pero lo que vimos fue una globalización feroz de las mercancías. En América Latina lo más importante es tener un modelo de bienestar para los ciudadanos de los países de la región y no para contribuir al bienestar de Estados Unidos, Europa y China. Hay que repensar la división internacional del trabajo, que es para América Latina siempre dependencia. Otra cuestión para repensar tiene que ver con la cotidianidad. Las personas con una buena casa, con un buen trabajo y con un buen sueldo que no tenían que salir de sus casas, pudieron aguantar mucho más fácilmente la pandemia que otras personas que tuvieron que salir a trabajar. ¿Qué significa esta división del trabajo al interior de la sociedad entre los que tienen que exponerse cada día a la pandemia y los que pueden trabajar en sus casas?La pandemia nos mostró un estado posneoliberal. La ley incuestionable, a nivel de la Unión Europea, era “los Estados no pueden endeudarse” porque eso significa inflación, pone en riesgo la competitividad, el crecimiento. La pandemia nos mostró que el Estado tiene que tomar el liderazgo. Ahora podemos transferir este aprendizaje a la crisis climática.

-¿Cómo se transfiere ese aprendizaje?

-Los mercados de carbono, los mercados privados, no van a solucionar la crisis ecológica. Necesitamos un Estado fuerte, no autoritario, no un Estado del capital, sino un Estado democrático, transparente, que quiera solucionar la crisis medioambiental. El deseo generalizado de volver a la “normalidad” después de la pandemia significa profundizar el modo de vida imperial con Amazon, con la digitalización, con las compras de las mercancías por Internet. Las personas que compran por Internet no piensan de dónde vienen las mercancías, no piensan en las condiciones laborales de los trabajadores que les llevan las mercancías a sus casas. La cotidianidad en el Norte global, pero también en el Sur, significa que la violencia cotidiana del capitalismo en contra de mucha gente, en contra de la naturaleza, se hace invisible, se normaliza. La pandemia profundizó las desigualdades existentes entre clases, entre géneros y entre Norte-Sur. Las clases medias altas y las oligarquías tienen un acceso directo al modo de vida imperial y quieren mantener ese acceso. Ellos quieren volver a una normalidad que ya antes estaba basada en una desigualdad enorme, sobre todo en el mundo del trabajo. Si la pelea por un nuevo orden mundial empezó, el control del conocimiento, el control de las vacunas ahora con las variantes del virus, va a tener un papel decisivo.

Digitalización y emancipación

-¿Cómo imaginás el futuro inmediato respecto de la pandemia?

-Tenemos todavía dos o tres años más para controlar realmente al virus. Cuándo empiezan las políticas de austeridad y quién paga las cuentas es la gran pregunta. Yo creo que la Unión Europea va a cambiar su estrategia de poner tanta plata en la economía para optar por políticas de austeridad. Esto ya pasó en 2010, en 2011, si nos acordamos de Grecia. La digitalización, que empezó antes de la pandemia, se profundizó de una manera que no podíamos pensar a principios de 2020. La digitalización, que nos permite comunicarnos ahora entre Buenos Aires y Viena, es el poder de Facebook, de Netflix, de Amazon, de Zoom; pero es también una nueva inscripción en nuestros cuerpos, en nuestras mentes, en nuestras subjetividades, que anda por el celular, por Internet, por Netflix. Va a ser difícil pensar qué significa esta digitalización para una perspectiva emancipatoria. Tenemos una industria cultural como llamaron los filósofos de la escuela de Frankfurt como Adorno tan fuerte que el gran desafió ahora es cómo democratizar la digitalización.

01/08/2021

Publicado enMedio Ambiente
En el Parque Nacional Valle de la Muerte, California. Foto Afp

"Cada ola de calor que ocurra hoy día será más intensa debido al cambio climático inducido por el hombre."

Estas son las palabras de Friederike Otto, directora asociada del Instituto de Cambio Ambiental de la Universidad de Oxford y una de las principales expertas en clima extremo del mundo.

Otto es parte de un equipo que hace unos días reveló que la crisis climática global hizo que la reciente ola de calor de América del Norte fuera 150 veces más posible.

Sin el calentamiento causado por el hombre, el calor sin precedente –que ha matado a cientos de personas en Canadá y el oeste de Estados Unidos– habría sido "virtualmente imposible".

La investigación es la más reciente de una serie de análisis científicos que vinculan el calor extremo reciente con la crisis climática. Estos estudios muestran que estamos destinados a alzas de las temperaturas más extraordinarias a medida que la crisis climática empeora.

Es probable que la ola de calor de América del Norte ocurra alrededor de una vez cada mil años, pero si las temperaturas globales llegan a los 2 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales –límite superior determinado por los países bajo el Acuerdo de París–, podría suceder cada cinco a 10 años, según los hallazgos del reciente trabajo.

El Reino Unido –con sus viviendas mal ventiladas y sus ciudades estrechas– no escapará al repunte. Un estudio de la Met Office encontró que la ola de calor extrema de 2018 en esa nación se hizo 30 veces más posible por la crisis climática. Añadió que, a mediados de siglo, esas temperaturas podrían volverse "normales".

Aunque es inevitable que aumenten aún más el calor extremo, la escala de los peligros a los que nos enfrentamos dependerá en gran parte de las medidas adoptadas por los líderes mundiales.

En noviembre, está previsto que se reúnan en Glasgow para la Cop26, conjunto de conversaciones que serán cruciales para encarrilar al planeta si quiere cumplir su aspiración de limitar el calentamiento global a 1.5 grados Celsius.

Las temperaturas ya han aumentado en 1.2 grados Celsius y la investigación muestra que las recientes promesas presentadas por los países todavía no son suficientes para cumplir con el objetivo.

La industria de los combustibles fósiles también se enfrenta a un intenso escrutinio por su papel en la conducción de la crisis climática y sus crecientes impactos. El informe más reciente de evaluación del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) reveló que la quema de combustibles fósiles representó alrededor de 78 por ciento del aumento de los gases de efecto invernadero registrados entre 1970 y 2010.

Se rumora que el próximo informe del IPCC –que se publicará a finales de este año– sentará nuevas bases al señalar a entidades, incluida ExxonMobil, que han tratado de retrasar la acción sobre la crisis climática a través de campañas de cabildeo y desinformación.

"El cambio climático ya no es un problema futuro", aseguró ayer a The Independent Katharine Hayhoe, científica jefe de Nature Conservancy. "Sus impactos están aquí y ahora, y sus costos se están midiendo no sólo en dólares, sino en vidas humanas".

Cuba: malestar e injerencismo

Miles de cubanos se manifestaron el domingo pasado contra el desabasto de artículos básicos, la carestía y los cortes intermitentes de la energía eléctrica, entre otras demandas. De manera completamente inusual en los actos de protesta que tienen lugar en la isla, durante las marchas se registraron saqueos de tiendas y ataques contra patrullas de policía, así como detenciones violentas de quienes causaban desmanes.

En respuesta, el presidente Miguel Díaz-Canel se apersonó en la protesta realizada en la localidad de San Antonio de los Baños para escuchar las demandas de la población y explicar los motivos de las estrecheces que aquejan al país. El mandatario reconoció que no todos los manifestantes son "contrarrevolucionarios ni mucho menos", sino personas "insatisfechas", pero también denunció la campaña de desestabilización urdida por la mafia cubanoestadunidense, y sostuvo que "quienes alientan esas manifestaciones no quieren el bienestar de la gente, sino la privatización de la salud y la educación, el neoliberalismo".

Sería pueril negar que en ese país, como en muchos otros, existe un sector social descontento con las autoridades y decidido a tomar las calles para plantear sus exigencias; es sabido, por otra parte, que este malestar se ha exacerbado y ampliado a consecuencia de la prolongada pandemia que mantiene paralizado el turismo, una de las principales fuentes de ocupación e ingresos en la isla; por otra parte, es claro que las dificultades que experimentan millones de cubanos se origina, en parte, en las ineficiencias del gobierno y en las inercias burocráticas.

Sin embargo, supondría una enorme ingenuidad creer que no hay una promoción de estas manifestaciones desde Washington y Miami, y resultaría absurdo ignorar el peso que han tenido en la gestación de este enojo social las seis décadas del bloqueo estadunidense contra la isla, toda vez que esta brutal y permanente violación a los derechos humanos de todos los cubanos está expresamente diseñada para generar malestar contra el régimen y doblegarlo mediante el hambre y la carencia generalizada.

En las actuales circunstancias, la hostilidad de Estados Unidos contra La Habana se inserta, además, como una fuerza extraña que enturbia los legítimos reclamos de la sociedad cubana y oscurece el entendimiento de sus malestares.

Por ello, el llamado del presidente Joe Biden a que el gobierno cubano "atienda a las necesidades" de su pueblo en este momento vital resulta de una perversidad inaudita: es el bloqueo estadunidense y no las autoridades cubanas lo que impide a la isla adquirir los insumos básicos para lidiar con la pandemia, y la primera medida para terminar con el "sufrimiento económico" que denuncia el político demócrata pasa por levantar el embargo que mantiene maniatados al comercio y las finanzas cubanas desde hace más de medio siglo.

Está claro que la única actitud sensata ante las dificultades que enfrenta la isla es dejar que sean los propios cubanos quienes decidan qué quieren hacer con su país. Como lo expresó ayer el presidente Andrés Manuel López Obrador, la situación del pueblo cubano no debe utilizarse para intervenir en los asuntos internos una nación independiente, libre y soberana, a cuyos gobierno y ciudadanos corresponde buscar una salida mediante el diálogo.

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Una familia se refresca en la playa Alki, en Seattle, Washington, ante la advertencia de que continuará el calor excesivo luego de temperaturas récord que golpean la región. Foto Afp

Republicanos logran reducir el presupuesto de Joe Biden contra el calentamiento global

Nueva York., El noroeste de Estados Unidos es la noticia principal al registrar temperaturas sin precedente mientras una sequía pone cada vez más en peligro una de las zonas agrarias del país, y jóvenes ocupan las entradas a la Casa Blanca para insistir en que el presidente cumpla su promesa y "no se raje" al incluir fondos masivos para enfrentar y reducir la crisis climática.

Aunque todos los políticos conscientes que le creen a la ciencia, incluido el presidente Joe Biden, reconocen que el cambio climático es "una amenaza existencial" que necesita enfrentarse de inmediato, ambientalistas recuerdan que los políticos se han pasado los últimos años declarando tales cosas sin tomar las medidas necesarias para revertir el futuro que se anuncia con cada noticia sobre catástrofes climáticas y cada nueva investigación que no sólo confirma, sino que hace sonar las alarmas más urgentes sobre la crisis planetaria que se aproxima por el cambio climático.

Durante los últimos días, al registrarse los extremos del clima en el noroeste del país –con temperaturas que llegan o superan 46 grados centígrados en Portland, Oregon y Seattle, y partes de Canadá con 49.5 grados centígrados, que generalmente oscilan entre 21 a 23 grados en esta época del año– para los medios ya es casi imposible no incluir la frase "cambio climático" al reportar la noticia. Eso es algo novedoso en los últimos cuatro o cinco años, y con ello el tema del calentamiento global se ha colocado al centro del debate nacional.

"Es el comienzo de una emergencia permanente", declaró el gobernador del estado de Washington, Jay Inslee, en entrevista con MSNBC, y agregó que el centro del problema "es el cambio climático".

Los efectos de la ola de calor en el noroeste incluyeron un incremento de pacientes en salas de emergencia, apagones locales, la clausura de algunas escuelas y negocios para proteger a trabajadores, también fenómenos como cables derretidos en transporte público y grietas en autopistas. Hasta se tuvieron que suspender las competencias de atletismo para el equipo olímpico estadunidense en Eugene, Oregon, por el calor.

"Como no existe una ocurrencia del evento que estamos experimentando en el registro climatólogico local, es algo desconcertante no tener una analogía con la cual trabajar", declaró la oficina de Seattle del Servicio Nacional de Clima.

A la vez, el oeste del país sigue bajo condiciones, algunas extremas, de sequía. Más de 58 millones viven en esta zona, provocando temores de falta de agua e incendios en California, Arizona y otras partes del suroeste. Expertos temen que este año podría ser más grave que 2020, el cual fue el peor jamás registrado en número y extensión de incendios.

En California, donde se producen dos tercios de las frutas y nueces, y más de un tercio de las verduras de Estados Unidos, la sequía prolongada y nutrida por el cambio climatico podría tener consecuencias dramáticas para el país. Granjeros ya están vendiendo agua en lugar de cultivar en el Valle Central, el corazón de la agroindustria del estado, reporta el New York Times.

Mientras arde el oeste, el Congreso y la Casa Blanca están en su usual baile en cámara lenta donde un sector republicano ha logrado que Biden y los demócratas reduzcan los fondos propuestos para combatir el cambio climático a cambio de apoyo para el ambicioso proyecto de ley del presidente sobre infraestructura, provocando furia entre sectores progresistas dentro y fuera de Washington, todos los cuales ahora están señalando el horno en el noroeste como evidencia de su argumento de que el futuro es ahora.

Un creciente movimiento ambientalista de jóvenes está impulsando presión masiva sobre la cúpula política y económica para abordar el tema durante los últimos años, generando un cambio dramático en el debate político nacional e internacional.

Como parte de ello, esta semana ambientalistas jóvenes de diversas partes del país convocados por el Sunrise Movement cargando mantas que proclaman "nuestro futuro no es negociable", ocuparon las entradas a la Casa Blanca declarando que es inaceptable cualquier acuerdo sin incorporar medidas extensas para enfrentar el cambio climático. "Biden, cobarde, tienes que luchar por nosotros", advirtieron.

El borrador más reciente del informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la Organización de Naciones Unidas advierte que millones en el mundo enfrentan un futuro de hambre, sequía y enfermedad, ya que "el cambio climático fundamentalmente cambiará la vida en la Tierra en las próximas décadas".

Biólogos calculan que 35 por ciento de las plantas y animales podrían dejar de existir para 2050 como resultado del cambio climático.

Bill McKibben, reconocida figura ambientalista nacional, fundador de la campaña 350.org y colaborador de The New Yorker sobre cambio climático, afirma que poco a poco se está reconociendo por empresas, bancos y hasta la Agencia Internacional de Energía que ha llegado el momento para frenar toda nueva inversión en hidrocarburos para cumplir con el objetivo de limitar el incremento del calentamiento global a 1.5 grados Celsius marcado en el Acuerdo de París, subrayando que "la velocidad (en hacer esa transición) es lo único que nos da esperanza de resolver la ecuación climática".

Por  David Brooks

 

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Fuentes: La marea climática [Foto: Celia López Cañizares]

Entrevista a Celia López Cañizares, bióloga responsable del área de ciencia ciudadana de la Red Europea de Información sobre Especies Exóticas (EASIN).

Decenas de miles de cotorras argentinas llegaron como mascotas. Hoy compiten con gorriones y palomas por cualquier resto de alimento (y casi siempre ganan). Los huevos de mosquito tigre entraron por un puerto ocultos en un neumático. Hoy, la especie está bien asentada en Italia y el este de España, lo que conlleva un aumento del riesgo de transmisión de enfermedades como el dengue. La avispa asiática o velutina aterrizó en Francia en una partida de cerámica, y en 15 años parecer haber puesto contra las acuerdas a las poblaciones de abejas europeas.

Las especies exóticas invasoras amenazan la biodiversidad, y pueden impactar en la salud y las actividades humanas. Para concienciar sobre este problema en España y Portugal, entre el 29 de mayo y el 6 de junio se ha organizado la primera Semana Ibérica sobre Especies Invasoras, en la que colaboran unas 80 entidades, desde centros de investigación y universidades a ONG e instituciones europeas.

Celia López Cañizares conoce bien la biodiversidad ibérica y los riesgos que suponen las especies invasoras. Esta bióloga es parte del equipo de la Red Europea de Información sobre Especies Exóticas (EASIN), donde trabaja como responsable del área de ciencia ciudadana.

En el buscador de EASIN aparecen cerca de 14.000 especies exóticas. ¿Todas suponen el mismo nivel de riesgo?

No, las 13.918 especies exóticas recogidas en el catálogo de EASIN son especies introducidas, también llamadas exóticas o alóctonas. Entre un 10% y un 15% pueden considerarse invasoras, es decir, pueden tener un impacto relativo en los ecosistemas, las actividades humanas o la salud. Es sobre estas especies que es necesario establecer una serie de estrategias de control.

¿Cómo llegan estas especies exóticas?

Las vías de entrada son muy variopintas. Pueden ocurrir a nivel accidental, como por ejemplo las especies marinas que llegan al Mediterráneo en el agua de lastre de los buques de mercancías de otras zonas del planeta. Otro caso paradigmático es el del mosquito tigre, de origen asiático, que se introdujo en Europa a través del transporte de neumáticos en los que este insecto había depositado sus huevos. Una vez aquí, eclosionaron y se asentaron.

Muchas otras especies se introducen con un propósito, porque tienen un valor ornamental o gastronómico, por ejemplo. Si esas especies encuentran espacio de crecimiento y su comportamiento se vuelve muy diferente al que tienen en su hábitat natural, pueden acabar convirtiéndose en invasoras.

¿Hay alguna que llegue de forma natural, por su propia forma de desplazamiento?

Una cosa son las migraciones naturales. Las especies ocupan diferentes territorios. Los animales se mueven y las plantas dispersan sus semillas de forma natural. Es así que llegan nuevas especies a los ecosistemas, especies que con el tiempo se adaptan y acaban convirtiéndose en nativas. Pero las especies consideradas exóticas siempre llegan a través de actividades humanas.

¿Qué hace que una especie pase a ser considerada como invasora?

Una especie exótica puede llegar a un sitio y no ser capaz de sobrevivir porque las condiciones del hábitat no sean idóneas, o sobrevivir y naturalizarse, formando poblaciones estables. De las especies que se naturalizan, algunas empiezan a provocar impactos negativos sobre la biodiversidad nativa, las funciones del ecosistema, la salud humana o las actividades socioeconómicas. Estas son las que denominamos invasoras.

¿Cómo se decide a cuál prestar atención?

Se hace un estudio de análisis de riesgo, un balance de todos los factores negativos. Este estudio lo lleva a cabo un comité de expertos sobre las especies invasoras y las potencialmente invasoras. En función de estos estudios se crea un listado de priorización, que marca qué acciones son más urgentes y sobre qué especies.

Estas listas pueden hacerse a varios niveles. Volviendo sobre el caso del mosquito, este puede formar parte de una lista de priorización en España o en las regiones del Mediterráneo, pero estar fuera de esta lista en Polonia, por ejemplo.

¿Qué especies son más preocupantes ahora mismo a nivel europeo?

La Unión Europea, través del Reglamento 1143 de 2014, ha establecido una especie de lista negra de especies invasoras detectadas en Europa. En esta lista hay 66 especies de animales y plantas. [El mapache, la rana toro, varias especies de cangrejo, o la avispa asiática o velutina forman parte de dicha lista].

Hay varias especies que coinciden en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y en esta lista de la Unión Europea. Por ejemplo, el camalote o jacinto de agua, muy presente en el río Guadiana y que acaba de ser detectado en el Guadalquivir. Es una especie de planta acuática originaria de Sudamérica. Se ha expandido de tal manera que ocasiona problemas ecológicos y está afectando a las actividades socioeconómicas que se desarrollan en el río.

¿Qué estrategias hay para frenar la expansión de estas especies?

La acción más importante es siempre la prevención. Es la más viable, la más barata y la más eficiente. Bajo el paraguas de la prevención englobamos acciones como la regulación del comercio de animales y plantas, el control de las fronteras y la firma de acuerdos internacionales. Cuando a pesar de estas medidas llegan especies exóticas que se convierten en invasoras, hay que recurrir a otras medidas.

Si los impactos no han sido evaluados, lo primero es monitorizar, hacer un seguimiento de las nuevas especies. Si se estima necesario, se puede apostar por la erradicación (hacerlo en su totalidad es prácticamente imposible) y el control, sobre todo, en las zonas más sensibles, como los parques naturales.

Monitorizar puede ser muy complicado con algunas especies. ¿Qué dificultades presenta el rastreo?

La monitorización es esencial para estudiar la dinámica de la especie en el tiempo y en el espacio, y por eso requiere de protocolos científicos muy exhaustivos. En ellos colaboran autoridades, investigadores y empresas especializadas. En muchos casos la colaboración ciudadana es fundamental.

En el caso del mosquito, por ejemplo, existen aplicaciones de móvil para que cualquier persona pueda informar sobre el avistamiento de cualquier mosquito. EASIN también tiene su propia app (AndroidiOS) para reportar la presencia de las especies invasoras de la lista negra europea.

Cuando la erradicación es imposible, ¿cómo se trabaja para mejorar la convivencia con la nueva especie?

La mejor estrategia sería mantener el control sobre la expansión de la especie. Además, toda acción encaminada a eliminar la especie en determinadas zonas debe ir siempre asociada a acciones de restauración del hábitat nativo. Es decir, si retiramos, por ejemplo, caña, una especie muy invasora en los ríos del Mediterráneo, debemos restaurar el bosque de rivera natural. La vegetación nativa hará que el ecosistema sea más resistente y frene la expansión de la caña. Si no se rellena el espacio que se deja con la eliminación, la especie invasora volverá a ocuparlo.

¿Cómo se afronta la restauración de un ecosistema?

Lo más importante es conocer el comportamiento de la especie invasora, su etiología. No es solo arrancarla y listo. Volviendo sobre el ejemplo de la caña, lo que se hace es eliminarla y en los huecos que deja se plantan directamente especies nativas del bosque de río mediterráneo, sobre todo, especies que hagan sombra, porque sabemos que la ausencia de luz limita mucho el crecimiento de la caña.

Las actuaciones se hacen siempre en base a estudios previos y a metodologías probadas. Cualquiera podría ponerse a arrancar caña, pero probablemente no tendría mucho éxito en controlar la expansión de la especie.

Antes hablabas de las diferentes rutas de entrada de especies exóticas. ¿Cuáles son las más habituales?

Lo más habitual es que entren a través del comercio de animales exóticos como mascotas. El caso típico es el de las tortugas de Florida de orejas rojas. Se pusieron de moda hace bastantes años, pero luego la gente se cansó de ellas y empezó a abandonarlas. Otro ejemplo muy conocido es el de la cotorra argentina, que ha invadido los parques de casi toda España. En el caso de las plantas, sucede algo similar con especies adquiridas para usos ornamentales, como el plumero o hierba de la Pampa, totalmente extendido en el norte de España.

Digamos que el uso que hacemos a nivel individual de las especies animales y vegetales es la vía de entrada más importante. Hablando más en general, cualquier actividad ligada a la globalización, como el comercio, los viajes o el transporte, es una puerta abierta a la entrada de especies exóticas. Hay muchas especies invasoras que forman ya parte de la memoria colectiva de la gente. Llevan tanto tiempo entre nosotros que cuesta que la población las perciba como exóticas.

¿Qué otros factores intensifican la presencia de especies invasoras?

El cambio climático y todos los fenómenos globales que están cambiando las dinámicas de los ecosistemas están influyendo en la presencia de especies exóticas. Primero, porque influye en las especies nativas, que se mueven en busca de climas más adecuados para su supervivencia y dejan espacio ecológico para las especies invasoras. Cuando restauramos un ecosistema, tenemos muy en cuenta las condiciones que el hábitat va a tener dentro de 20 o 30 años.

A medida que cambien las condiciones climáticas, veremos la entrada de nuevas especies. Lo estamos viendo. El año pasado se publicó un estudio que analizaba, por ejemplo, las 10 especies exóticas que tenían más probabilidades de asentarse en la Antártida durante la próxima década. En el Ártico está pasando lo mismo, intensificado, además, porque el deshielo está abriendo nuevas rutas de transporte y nuevas vías de entrada para especies exóticas.

Por Juan F. Samaniego | 03/06/2021

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