De MacDonald's a Tik Tok: ¿se acabará la convivencia chino-estadounidense?

Estados Unidos ya no busca tomar nuevos territorios y recursos, sino obstaculizar el libre funcionamiento de sus adversarios.

El viaje de la presidenta de la cámara de representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, a Taiwán, expresa mucho más que una provocación a China, o una interesada y coyuntural subida de tensiones. No se trata tampoco de un acto “irracional” del mismo “actor belicoso de siempre”. El acontecimiento revela el contra sentido que quiere promover Estados Unidos en torno al diseño geopolítico que él mismo gestó desde que murió la Unión Soviética.

Estados Unidos no interviene el equilibrio en el sudeste asiático para amedrentar a China y sacarla de sus casillas, parece más bien que lo que busca es subvertir el orden global “realmente existente”. La nueva fase del conflicto de Taiwán, iniciada con la visita de Pelosi, es la colocación de un bypass para ir filtrando los flujos comerciales de China. Una pinza estratégica que se puso en evidencia desde el Aukus en 2021, cuando Australia defirió un acuerdo con Francia y lo estableció con Estados Unidos e Inglaterra para la construcción de submarinos de propulsión nuclear que cambiaron el panorama militar marítimo del indo pacífico.

Es una jugada estratégica, solo que defensiva, porque Estados Unidos ya no busca tomar nuevos territorios y recursos, sino obstaculizar el libre funcionamiento de sus adversarios. Esto acelera un cambio de época.

Globalización en declive

Eso que desde los años 90 llamamos globalización para definir la mundialización liberal del comercio y la cultura es lo que está en serio riesgo y representa hoy un orden “equilibrado” que ya a Estados Unidos no le interesa. La estabilidad comercial imperante, efectivamente mundializada los últimos veinte años, se ha convertido en una condición favorable para que China sobrepase como potencia económica a Estados Unidos y para que Rusia se convierta en el proveedor natural del combustible de Europa y le haga voltear a esta la vista hacia el este.

El estatuto geopolítico y la economía mundial se han convertido en un mal conductor de las pretensiones de mantener la “unipolaridad” con la que arrancó el siglo. La “potencia americana” ha preferido “cortar por lo sano” y reeditar una especie de Guerra Fría, el escenario al que le debe tanto y en el que fue el gran vencedor.

Se restringe la integración económica y comienzan a proliferar los muros, las sanciones y los bloqueos. ¿Acaso la guerra en Ucrania no es un muro a Berlín? Es decir, no ha sido una acción militar “soviética” la que ha desencadenado la conflictividad actual, ha sido el “libre comercio”, representado por el Nord Stream 2, el que hizo reavivar a la OTAN y acelerar su desplazamiento hacia el Este.

La administración del presidente Joe Biden abre un par de conflictos de esta magnitud el mismo año no “a pesar” de las dificultades económicas que esto trae, sino justamente afincándose en las mismas dificultades, avivándolas, porque la estabilidad comercial favorece es a China que mantiene un sprint de crecimiento que EE UU no puede frenar desde la “sana competencia” y la doctrina liberal. De la misma forma, la globalización produjo un crecimiento europeo basado en la dependencia energética de Rusia.

Así las cosas, resulta racional que Estados Unidos quiera cortar de raíz y reconfigurar un mundo más ajustado a su situación actual, menos “universalizante”. Es esto lo que hace en Taiwán y Ucrania, peligrosamente, en paralelo.

Entre la geopolítica y el libre comercio

Si el emblema de la Globalización fue la llegada de Mcdonald's a Moscú, una empresa enemiga de la lógica soviética y emblemática del choque cultural, entonces lo primero que hace la empresa, apenas iniciada la guerra de Ucrania, es irse de Rusia. Ya no es la cultura occidental la que trata de ocupar Oriente sino la que se retira de él. Es como una jugada inversa a la caída del muro.

Ya Occidente no quiere que el mundo sea occidental, si con ello lo que consigue es empoderar a China y que Europa se vuelva ruso dependiente. China, en cambio, nunca quiso andar exportando su cultura sino su producción material copiada de Occidente. Y así fue que se hizo una potencia económica que lentamente y sin acciones militares, está dando un vuelco económico al mundo.

China se conformó con ser el líder de la producción material cuando la economía se volvía inmaterial. El postcapitalismo, el capitalismo financiero, el mundo virtual y los nuevos grandes ricos del mundo no pudieron mantener el hegemón estadouniense, mientras el comercio chino terminó copando al mundo sin exportar sus bienes culturales.

China ganó porque nunca existió el chinese life style, ya que esto no cumplía con el criterio básico de la globalización que era la interacción real entre culturas. Los chinos atendieron a los gustos del “gran público universal” para diseñar su producción y no trataron de imponer estéticas, gustos, prototipos.

No hay que apurarse para ver los cambios que producirá este 2022 en la geopolítica. Por lo pronto, tendremos que esperar que salga McDonald's de Pekín o que bloqueen Tik Tok en occidente para considerar la muerte definitiva de la Globalización cultural.

Una época, una imagen

La foto del expresidente Nixon dándole la mano a Mao Tse Tung en Pekín en 1972 se convirtió en la imagen paradigmática de un nuevo mundo global que aun no comenzaba. A partir de allí, la potencia asiática tuvo un crecimiento imparable de cincuenta años. Y es así que llega Pelosi a Taiwán.

Si la imagen de Nixon en Pekín significó el comienzo del fin de la Guerra Fría, la de Pelosi en Taipei la restablece, sobre todo cuando el flanco ucraniano estará abierto durante un buen tiempo, lo que termina fundiendo a Rusia y China de nuevo en un polo ya no ideológico sino productivo, con grandes mercados en África, Asia y Latinoamérica, suficientes como para sobrevivir cualquier ruptura definitiva con Occidente.

Este nuevo polo, y por ende el regreso de la bipolaridad mundial, revive el orientalismo definido por el gran Eduard Said: como “la forma en que occidente elabora una representación despreciativa” de lo que llama oriente, desde el cercano al lejano, pero oriente en fin. Cientos de culturas diferentes, las etnias más disímiles, las estéticas más contrapuestas, pero a todo eso le da un solo nombre que parece geográfico pero que es geopolítico: eso es oriente, una categoría en construcción que puede recrecerse, debido a que reproduce signos de “desoccidentalización” como la reciente e infructuosa visita del presidente Joe Biden a Arabia Saudita, el fortalecimiento de las relaciones de India y Rusia, el crecimiento del BRICS, América latina acercándose cada vez más a China.

Respuesta de China

China tiene amenazas insulares que la rodean. Y depende en mucho del estrecho de Malaca para exportar al mundo. Eso es lo que explota Washington, no solo con Taiwán sino también con el Aukus que constituye la pinza militar estratégica. Para salir bien de la coyuntura, China deberá apelar a su ancestral paciencia porque no le interesa el conflicto y mucho menos si este explota en sus fronteras. “Quien va ganando la partida no la tranca”, se dice en el dominó.

Pero tampoco puede permitir que Estados Unidos quiera cambiar el estatus de Taiwán. Si Estados Unidos quiere alterar la globalización que diseñó, China tendrá que inventar la suya propia y ha ganado mucho terreno para lograrlo. Un conflicto armado en Taiwán le hará el mundo más pequeño, no solo a China sino a todos. Y ya no habrá la gran cancha mundial de la globalización sino la vuelta a los dos polos no desde un clivaje ideológico pero si cultural y económico.

En este 2022, todo se mueve más rápido.

Por Ociel Alí López . Sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela

11 ago 2022

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Detractores del ex jefe de la Casa Blanca Donald Trump se manifestaron ayer afuera de la Torre Trump en Nueva York. Foto Ap

Fanáticos del ex presidente llaman en redes sociales a tomar las armas

 

Nueva York. El cateo de la FBI a la mansión de Donald Trump en Florida el lunes, operación policiaca sin precedente contra un ex mandatario, está sacudiendo al mundo político estadunidense: el ex presidente y sus aliados denuncian que es parte de la supuesta persecución de la “izquierda radical demócrata”, mientras expertos señalan que tal paso no se habría tomado por las autoridades sin pruebas aplastantes de que se ha cometido un delito.

La FBI y el Departamento de Justicia no han comentado públicamente sobre la operación desde que, según algunos informes en medios, una docena de agentes de la FBI llegaron sin anuncio a Mar-a-Lago, mansión y club privado de Trump en Palm Beach, Florida, la mañana del lunes con una orden judicial para realizar un cateo. Trump se encontraba en Nueva York.

Según versiones extraoficiales, el cateo tiene que ver con una investigación sobre materiales oficiales, muchos de los cuales se supone son documentos clasificados que Trump se llevó de la Casa Blanca al concluir su presidencia. Las autoridades federales, con anterioridad, habían negociado con Trump y sus abogados para recuperar 15 cajas de documentos oficiales que se había llevado, pero se sospecha que no entregó todo, violando potencialmente leyes que obligan a los ex presidentes entregar el material oficial a los Archivos Nacionales al concluir sus periodos como servidores públicos.

Por ahora, sólo se puede especular sobre qué encontraron los agentes de la FBI, pero aun sin mayores detalles, el simple hecho del cateo ha sacudido al mundo político, ya que no hay precedente de una acción policiaca como esa contra un ex presidente. Por lo tanto, los resultados de esta operación tendrán enormes consecuencias políticas.

Aunque Trump ha denunciado que esta operación es parte de una ofensiva política de los “demócratas de la izquierda radical”, expertos reiteraron que para obtener una orden judicial para un cateo, las autoridades, en este caso la FBI, tienen que presentar ante un juez suficiente evidencia de que se ha cometido un delito y que es razonable suponer que hay pruebas de ello en el lugar donde se desea realizar el cateo.

Más aún, el director de la FBI, Christopher Wray, no es de la “izquierda radical”, sino que fue nombrado e instalado en su puesto por el magnate.

Trump, como suele hacer, usó el incidente para recaudar fondos y movilizar a sus bases, al declarar ayer que “no fue sólo mi hogar el que fue violado, sino los hogares de todos los patriotas americanos por quienes he estado luchando…” y llamó a revelar y frenar “la persecución política y la cacería de brujas”.

A la vez, el líder de la minoría republicana de la cámara baja, Kevin McCarthy, amenazó al procurador general Merrick Garland, sugiriendo que tiene la intención de investigarlo, mientras el senador republicano por Florida, Rick Scott, declaró que “el ala izquierda militante (demócrata) se ha convertido en el enemigo interno” en este país.

Otros legisladores republicanos reiteraron las acusaciones de Trump de que el Departamento de Justicia y la FBI se han “politizado” y que el operativo fue “un abuso del poder”.

También hubo amenazas de violencia y hasta llamados a tomar las armas para “una guerra civil” por fanáticos de Trump en las redes sociales. Muchos repitieron “esto implica guerra”, y políticos locales y candidatos se atrevieron a promover propuestas para rechazar la autoridad del Departamento de Justicia y la FBI en sus estados. La candidata a gobernadora de Arizona, Kari Lake, declaró que “este régimen ilegítimo y corrupto odia a Estados Unidos y ha convertido a todo el gobierno federal en un arma para destruir a Donald Trump... No lo vamos a aceptar”.

Por su parte, dirigentes demócratas han evitado comentar sobre la operación, más allá de subrayar que el Departamento de Justicia actúa de manera independiente en estos asuntos.

La vocera de la Casa Blanca, Karine Jean-Pierre, reafirmó que el presidente Joe Biden se enteró de la operación por informes públicos y no fue consultado por el Departamento de Justicia.

Algunos expertos en asuntos penales y fuentes anónimas citadas por medios nacionales han indicado que esta operación no está ligada con otras investigaciones del Departamento de Justicia sobre los delitos cometidos en el asalto violento al Capitolio del 6 de enero de 2021.

Sin embargo, en otra investigación sobre los impuestos de Trump, un tribunal federal de apelaciones emitió ayer un fallo que aprueba que la Cámara de Representantes tenga acceso a los informes fiscales del ex mandatario, algo que él ha combatido desde que lanzó su campaña electoral en 2016, cuando, rompiendo con la tradición, rehusó hacer públicos sus informes fiscales. Se espera que Trump apele la decisión ante la Suprema Corte, donde él instaló una mayoría conservadora cuando fue presidente.

A la vez, Trump enfrenta múltiples investigaciones en su contra, incluida una criminal en Georgia, sobre su posible intento de manipular los resultados electorales en ese estado, y un caso civil sobre sus negocios en Nueva York.

También hubo un poco de humor en la tormenta de opiniones en las redes sociales. Un comentarista anunció: “una noticia urgente: la biblioteca personal de Trump fue destruida en la redada de la FBI en Mar-a-Lago. Ambos libros tristemente quedaron en condición irreparable, y él no había acabado de colorear uno de ellos”.

Miércoles 10 de agosto de 2022

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“Affaire Pelosi”: ¿Estados Unidos está cambiando su posición de ambigüedad estratégica con Taiwán?

La demócrata presidenta de la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense completó casi un día de reuniones con funcionarios taiwaneses en su recorrido por la isla. Dejó un mensaje para el XX Congreso del Partido Comunista Chino (PCCH).

 Nancy Pelosi completó varias horas de casi un día de reuniones con funcionarios taiwaneses en su recorrido por la isla. Newt Gingrich, el último presidente de la Cámara de Representantes de EE. UU. que visitó su capital Taipei en 1997, solo se quedó dos horas. La visita, por tanto, ha querido dejar una huella distinta en los distintos momentos. Más precisamente, una muestra del proceso de transformación de la percepción de Estados Unidos sobre lo que está en juego en Asia-Pacífico, escenario de su disputa directa con China.

Antes de reunirse con la presidenta Tsai Ing-wen el miércoles, Pelosi sostuvo conversaciones con legisladores taiwaneses, incluido Tsai Chi-chang, vicepresidente de la legislatura, a quien le dijo que quería promover una especie de "cooperación interparlamentaria". El objetivo sería trabajar con Taiwán para ayudar a implementar la estrategia del Indo-Pacífico de la administración Biden, que, no es ningún secreto, fue diseñada para contener la expansión de China.

¿Cambiando de paradigma?

Hay un dicho ruso que incluso una provocación debe tener algún cálculo. Al contrario de lo que escribió el columnista del New York Times Thomas Friedman, la visita de la presidenta de la Cámara de Representantes no tuvo motivos “frívolos y arbitrarios”. En este caso, la arriesgada provocación del imperialismo ante las advertencias de la dictadura china, al tiempo que deja las puertas abiertas a escaladas impredecibles, intenta establecer nuevos límites en la relación bilateral. “Hoy, nuestra delegación vino a Taipei para dejar inequívocamente claro que no abandonaremos a Taiwán”, afirmando un “compromiso de hierro” de Estados Unidos con la isla. "Ahora más que nunca, la solidaridad de Estados Unidos con Taiwán es crucial".

Se establece un patrón, entre la prosa discreta de la Casa Blanca, y el brío contundente de Pelosi. Mientras que en casa la administración de Biden está mostrando cierta prudencia, en Taiwán la titular demócrata de la Cámara se mostró inflexible sobre la importancia de Taiwán para Washington. Estamos ante una aparente paradoja, pero políticamente explicable.

Las señales intercambiadas enviadas por la administración Biden, como ya dijimos, tenían como objetivo suavizar el impacto del sello estatal positivo de EE. UU. en la llegada de Pelosi a Taiwán, pero asegurando que la visita se llevaría a cabo en términos oficiales a pesar de las amenazas de Beijing. Hay fisuras en el establishment y dentro del Partido Demócrata, que obedecen a las impredecibles coordenadas de las elecciones intermedias, que auguran la pérdida de la mayoría demócrata en el Congreso. Es decir, todos los pasos son apuestas no aseguradas, y en este caso, arriesgadas. Pero el caso es que, dentro de estas incertidumbres, la aprensión y la duda sobre la conveniencia del viaje, reacción construida durante semanas por la administración Biden y el Pentágono, sirvió para encubrir mejor la intención de Washington de enviar un mensaje firme al próximo XX Congreso del PCCh.

El mensaje es que Estados Unidos está actualizando su política histórica de ambigüedad estratégica sobre Taiwán. Sin cambiarlo fundamentalmente (es decir, reconociendo que Beijing es el único gobierno en China, y que la República Popular considera a Taiwán como parte de su territorio), modifica la percepción internacional de su reacción ante una posible agresión china para forzar militarmente la reunificación. Todo debe hacerse con las sutilezas necesarias, en un caso complicado como este. Pero es difícil escapar a la percepción de que ahora, a diferencia de la ambigüedad prescrita en la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979, Washington intervendría militarmente ante la realización de una ofensiva reunificadora, cuya necesidad afirmará categóricamente el XX Congreso del PCCh.

Firmada el 10 de abril de 1979, la Ley de Relaciones con Taiwán nació de la necesidad de Estados Unidos de proteger sus intereses comerciales y de seguridad en Taiwán, tras la terminación de relaciones diplomáticas por parte del presidente Jimmy Carter, quien firmó el retorno de relaciones diplomáticas con Pekín, que había iniciado Richard Nixon con su visita en 1972.

Impulsados ​​por la falta de consulta previa y la insuficiencia de la legislación propuesta por la administración Carter, los legisladores republicanos y demócratas elaboraron un proyecto de ley que equilibraría las relaciones diplomáticas con China continental, por un lado, y mantendría las relaciones sustantivas con Taiwán, por el otro. La Ley de Relaciones con Taiwán no incluye un compromiso claro de EE.UU. de intervenir militarmente contra un ataque chino, lo que le ha dado a Washington la figura tradicionalmente utilizada por analistas y estudiosos de la “ambigüedad estratégica” sobre si lo haría.

El punto es que esta legislación sobre las relaciones de Estados Unidos con Taiwán se hizo en un momento en que la República Popular China era sustancialmente frágil económica y militarmente, sin posibilidad real de ejercer presión sobre la isla. Además, se certificó en medio del fin de la era maoísta y la entrada de Deng Xiaoping, cuya línea principal era mostrar al mundo una China benévola, comprometida con un ascenso económico pacífico basado en principios de no intervención y respeto por la soberanía territorial de los países.

En otras palabras, la “ambigüedad” de Estados Unidos era completamente compatible con la imposibilidad real de que Beijing absorbiera a Taiwán. Todo se vuelve más difícil en la era de Xi Jinping, con una China que se ha convertido en la segunda potencia económica del mundo.

Joe Biden, en mayor medida que Trump, es expresión de un sutil, difícil y tortuoso proceso de cambio de paradigma en el establishment imperialista estadounidense. Biden fue un agente activo en la erosión de la postura tradicional de respeto a la política de "Una China" con comentarios de que EE. UU. acudiría en ayuda de Taiwán en un escenario de conflicto, algo que no está descripto directamente en la Ley de Relaciones con Taiwán, aunque deja un espacio abierto para ello. Nancy Pelosi, por su parte, fue aún más clara cuando dijo, en presencia de la presidenta Tsai Ing-wen, que “somos partidarios del statu quo, no queremos que le pase nada a Taiwán por la fuerza”, y que "Estados Unidos ha hecho una sólida promesa de estar siempre con Taiwán, y esta visita es un recordatorio de eso”. Una reformulación más asertiva, extraoficial pero no menos contundente del pacto de 1979.

Esto no significa que Washington entraría realmente en un conflicto militar por Taiwán. Todo depende de las circunstancias concretas, y no sólo en el terreno militar-geopolítico, sino en la lucha de clases, que siempre es decisiva. Sin embargo, indica a Xi Jinping y al PCCh que el imperialismo estadounidense entiende que el cambio de situación política y social de la dictadura capitalista china implica un cambio en los planes de conducta futuros, en el marco de la disputa estratégica entre Washington y Beijing.

Repercusiones negativas en China

Como predijimos, la primera reacción de condena de China tuvo lugar en el contexto de ejercicios militares. Ya a la llegada de Pelosi a Taipei, el Ejército Popular de Liberación (EPL) anunció planes para realizar extensos ejercicios aéreos y navales conjuntos, así como ejercicios de tiro de largo alcance, en seis áreas principales alrededor de Taiwán, que se extienden hasta las aguas territoriales y el espacio aéreo del país cercano, con Kaohsiung y Keelung, sus puertos más importantes. El EPL aguardaba la salida de Pelosi para iniciar los ejercicios, que ya están en marcha y cuyo diseño representa un cerco a la isla. Fueron condenados por Taiwán como una “violación de sus derechos de soberanía territorial”. Un editorial en el periódico militar chino, PLA Daily, dijo que la visita envió el "mensaje equivocado" a los "separatistas" taiwaneses y que "cualquier contramedida tomada por China está justificada, es razonable y es necesaria".

Lugares de ejercicios militares

El periódico oficial Xinhua dedicó toda su portada a repudiar la visita, publicando de manera destacada un artículo que historiza los esfuerzos chinos en la era de Xi Jinping para construir un ejército de primera clase. La ocasión del 95 aniversario de la fundación del EPL se aprovechó para advertir a los Estados Unidos. Citando a Xi, el artículo dice que "el ejército popular defenderá con firmeza el liderazgo del PCCh, salvaguardará nuestra soberanía nacional, seguridad e intereses de desarrollo, y mantendrá la paz regional y mundial".

Como prueba de la lealtad del alto mando, anuncia que "todas las fuerzas armadas permanecen alineadas con el Comité Central del PCCh, la Comisión Militar Central y con Xi, ideológica, política y en acción, y permanecen absolutamente leales, puras y confiables". Mucho esfuerzo para digerir la lealtad, pero muestra la completa hegemonía de Xi Jinping sobre las Fuerzas Armadas que pretende utilizar en su proyecto de reunificación nacional tras asegurar su tercer mandato en el XX Congreso del Partido. “inevitabilidad histórica del regreso de Taiwán a la patria china”, una repetición de los términos de Xi Jinping en 2019.

Además, en el frente comercial, China ha impuesto embargos de importación a Taiwán. La Administración de Aduanas de China ha suspendido las importaciones de más de 2.000 de unos 3.200 productos alimenticios de la isla, bloqueando sus importaciones y suspendiendo temporalmente las exportaciones de arena natural al país.

Rusia se hizo eco de su condena del viaje a China, en aparente reciprocidad por la aprobación tácita de Beijing de la invasión reaccionaria de Ucrania por parte de Putin. Sergei Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, dijo que el viaje de Pelosi mostró una “determinación estadounidense de mostrar a todos cómo puede salirse con la suya y hacer lo que quiera. No veo otra razón para crear un incidente como este, básicamente de la nada, con pleno conocimiento de lo que significa para China”. El guiño de Rusia a China, apreciado por Pekín, tiene el interés de seguir profundizando las relaciones durante el conflicto con Estados Unidos y la OTAN.

Las disputas se agudizan en un escenario de guerra en Ucrania y crisis económica inflacionaria en prácticamente todo el globo, lo que ha venido dando lugar a agudas crisis de regímenes políticos y caída de gobiernos, y procesos de lucha de clases en los países capitalistas centrales.

Como dice el analista internacional George Friedman, del think tank Stratfor, hay una desestabilización sincronizada de los cuatro polos del poder capitalista mundial: Estados Unidos, la UE, Rusia y China, responsables de más del 60% del PIB mundial. (Japón estaría incluido en la órbita de Washington, que pasó por el reciente asesinato del beligerante expresidente Shinzo Abe). Las distintas facetas de la crisis se retroalimentan y pueden extender los problemas recesivos. "Hay cuatro capas en esta crisis. La primera es una guerra [en Ucrania] que, más que la mayoría de las guerras, tiene una gran dimensión económica, que está creando una crisis en la cadena de suministro de la Unión Europea, un bloque que ha estado bajo una gran presión por cuestiones financieras internas. La segunda dimensión es el problema más amplio de la cadena de suministro, que está afectando a gran parte del mundo con escasez de bienes y, por lo tanto, creando crisis fuera de los cuatro polos [EE. UU., UE, Rusia y China] que se extenderá a ellos. El tercero es una recesión cíclica en los Estados Unidos, exacerbada por la interrupción de la cadena de suministro global que ha elevado sustancialmente los precios de la energía. La cuarta dimensión, y no por casualidad, es un apetito decreciente por las exportaciones chinas".

Un escenario que puede volverse difícil de controlar ante el conflicto EE.UU.-China, y las continuas consecuencias que seguirán a la visita de Pelosi, que fue tomada como un desafío a Pekín: ¿hasta dónde está dispuesta a llegar (o hasta dónde tiene la fuerza para hacerlo) la dictadura capitalista en China en la defensa de sus intereses en Asia-Pacífico?

Por André Barbieri

Miércoles 3 de agosto

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Viernes, 29 Julio 2022 05:52

China y el margen de maniobra de Biden

China y el margen de maniobra de Biden

 Las tensiones entre Estados Unidos y China se encuentran de nueva cuenta al alza. Ayer, los presidentes Joe Biden y Xi Jinping sostuvieron una conversación telefónica de dos horas en la que el líder del Partido Comunista advirtió al demócrata que Washington no debe "jugar con fuego" en Taiwán ante la posible visita a esa isla de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi. El martes, quizá como preparación del ambiente rumbo a la teleconferencia, el subsecretario adjunto para Asia Oriental del Departamento de Estado, Jung Pak, acusó a Pekín de "provocaciones" contra rivales en el mar de China Meridional, y fue tan lejos como para sostener que, dado su "comportamiento agresivo e irresponsable", es cuestión de tiempo que ocurra un incidente o un accidente grave entre las fuerzas armadas que recorren la zona.

Los diferendos en torno a Taiwán y el mar de China Meridional son distintos, pero se encuentran fuertemente conectados. Por un lado, la situación de la isla, independiente de facto desde 1949 y a la que Pekín considera parte indivisible de su territorio, es uno de los asuntos más espinosos en la agenda mundial: aunque Estados Unidos y sus aliados (al igual que la inmensa mayoría de la comunidad internacional) no le reconocen estatus de país independiente, Occidente mantiene unas relaciones más que cordiales con Taipéi, le proporciona constante ayuda militar para disuadir a Pekín de recuperar por la fuerza la provincia insular escindida al final de la guerra civil china y, en general, la usa para hostigar al gigante asiático, país al que los gobiernos miran con recelo y animadversión, pero del cual dependen en gran medida sus economías. Por otro lado, la región marítima del sudeste asiático reviste una importancia estratégica clave por ser zona de tránsito de 30 por ciento de las mercancías a nivel global y es objeto de reclamaciones entre los estados que ocupan sus costas. Si bien es cierto que Pekín mantiene una política expansionista en este territorio de 3 millones de kilómetros cuadrados, es difícil pasar por alto la arbitrariedad imperialista detrás de las potencias obstinadas en patrullar con embarcaciones y aviones militares un área ubicada a miles o decenas de miles de kilómetros de sus costas.

En éstos, como en tantos de los desafíos que agobian a su administración, el presidente estadunidense se ve constreñido por un margen de maniobra mucho menor de lo que admite en público. Desde el mes pasado se dio a conocer que Biden contempla la idea de levantar algunos de los aranceles a productos chinos establecidos durante la era Trump para reducir la hasta ahora imparable inflación que genera un enorme malestar entre los consumidores de su país y que ya se ve como factor principal de la anticipada derrota electoral de su partido en noviembre próximo. Pero el alivio a los precios podría representarle acusaciones de ceder frente a su rival geopolítico y dar vía libre a la oposición para envolverse en la bandera del patriotismo y la defensa de "América". Tampoco está claro qué tan lejos puede llegar su respaldo efectivo a Taipéi en momentos en que Washington y Bruselas realizan envíos masivos de dinero y armas a Kiev para frenar la invasión rusa, ni hasta dónde llegaría en realidad la promesa de defender militarmente a la isla, esbozada por el inquilino de la Casa Blanca hace dos meses.

En vista de la cantidad y magnitud de problemas domésticos que ya enfrenta el mandatario estadunidense, hoy más que nunca debería ceñirse al principio de no intervención, aceptar que su país no es el policía del mundo, dejar que Pekín y Taipéi arreglen asuntos que son propiamente chinos y que las naciones del sudeste asiático resuelvan sus reclamos fronterizos sin injerencia de potencias foráneas. Lo ocurrido en Ucrania debería ser una advertencia de que entre más se presione a Pekín a acatar las directrices occidentales, mayor es la probabilidad de una escalada bélica y una internacionalización del diferendo. Lo más conveniente, pues, es propiciar la negociación y la distensión.

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Miércoles, 27 Julio 2022 05:21

La pasokización del peronismo

Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner

Argentina lleva a cuestas una larga y multifacética crisis. La retirada de Martín Guzmán del ministerio de Economía y la asunción de Silvina Batakis no tuerce el rumbo de austeridad y sumisión al FMI escogido por el gobierno. ¿Es el fin del peronismo?

El domingo 4 de octubre de 2009, el centro de Atenas se había teñido de banderas verdes. PASOK, el gran partido de masas de la socialdemocracia griega, había ganado las elecciones de forma rotunda, aplastando a la derecha bajo la promesa de dar vuelta de página a las políticas de austeridad que habían comenzado a implementarse un año atrás. Poco menos de tres años después, la imagen se revirtió por completo. En las elecciones de mayo de 2012, el PASOK sufrió uno de los mayores descalabros electorales de la historia política reciente: perdió 7 de cada 10 de sus votantes y llegó apenas al 13% de los votos. Un mes después confirmó su descomposición, cayendo al 12% de los votos, para llegar al 4% de los votos en las elecciones de 2015, la última elección del PASOK como tal. 

A este rápido y fulminante proceso de declive lo conocemos como «pasokización», es decir, el agotamiento histórico, la caída política y la descomposición institucional de un partido de masas, usualmente ubicado ideológicamente en la centroizquierda. ¿Cómo pasó esto? PASOK, a fin de cuentas, fue el principal partido político de Grecia desde la caída de la dictadura de los coroneles (1967-1973). Fue el partido que, bajo el lema de Independencia Nacional, Soberanía Popular y Emancipación Social, construyó el nada despreciable «Estado de bienestar» griego, firmemente apoyado en el movimiento sindical. La respuesta es simple: PASOK incumplió las promesas electorales que lo llevaron al poder en 2009. Giorgos Papandreou, primer ministro y líder del partido, gobernó contra su propia base de sustentación y contra la historia misma de su propio partido.

Cuando la crisis griega terminó por reventar en abril de 2010, el PASOK pactó con el Eurogrupo y con el Fondo Monetario Internacional un programa de austeridad que se ubica entre los más draconianos de la historia económica. Al gran partido del Estado de bienestar y de los grandes sindicatos griegos no le tembló el pulso para reducir un 20% el salario de los trabajadores del sector público, para privatizar el 66% de las empresas estatales, subir la edad jubilatoria y promover una reforma laboral para flexibilizar las condiciones de contratación y despido.

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Es sabido que las comparaciones son odiosas, que dejan puntos ciegos y que difícilmente reflejen cabalmente realidades políticas, sociales y económicas que tienen más puntos de quiebre que de contacto. Aun así, repasar otras experiencias sirve para extraer algunas lecciones.

En efecto, resulta tentador analizar la actualidad de la crisis política en la que se encuentra sumergida la Argentina desde el prisma ofrecido por la crisis griega. Primero, porque hay aspectos que coinciden de forma evidente: tanto la contundente victoria como la paupérrima imagen de desconcierto del PASOK frente al estallido de la crisis mantiene una llamativa similitud respecto al gobierno de Alberto Fernández y al Frente de Todos. Segundo, porque el desenlace trágico de la crisis griega en una espiral de desasosiego permanente —que se extiende hasta hoy— es un buen espejo en el que podemos mirar cómo será el futuro si no logramos torcer el rumbo.

Grecia cumplió sus acuerdos con el FMI y la austeridad se impuso como paradigma incontestable mediante la sumisión de los sucesivos gobiernos y la desarticulación de las resistencias. En Argentina, la imposición del programa político, económico y social del FMI todavía —y a pesar de todo— puede ser disputada. 

El peronismo y la «primera incorporación»

Se dice que nadie que no haya vivido en Argentina es capaz de entender al peronismo. A pesar de que buena parte de América Latina han emergido durante la segunda posguerra movimientos de masas predominantemente urbanos y centrados en la clase obrera que intentaron modernizar los capitalismos periféricos mediante la sustitución de importaciones, la experiencia peronista se narra como una singularidad absoluta. Es probable que algunos de los problemas actuales para definir al peronismo radiquen en el mito de ese excepcionalismo. También, es probable que algunos de los problemas del actual gobierno peronista radiquen asimismo en un error de lectura: intentando traer al presente una imagen del peronismo histórico que es, al menos, incompleta.

Como señaló la investigadora canadiense Louise Doyon, el peronismo ha sido usualmente presentado como una experiencia de regimentación política de la clase obrera. Esto significa que si bien los trabajadores lograron revertir la situación de exclusión en la que se encontraban durante el período de la historia argentina conocida como el orden oligárquico (1880-1916) y la restauración conservadora (1930-1943), el costo de ello fue su encuadramiento en sindicatos patrocinados por el Estado que, sin ningún tipo de autonomía, reconocieron solo parcialmente sus intereses. 

Para esto, según la tesis de Gino Germani y Torcuato Di Tella, el peronismo se concentró en representar a los migrantes internos que se trasladaron del interior rural del país hacia los cordones industriales de la provincia de Buenos Aires. Estos migrantes internos, sin experiencia política previa, desarraigados de sus lugares de origen y acostumbrados a relaciones más cercanas al patronazgo agrario que a las relaciones capitalistas, encontraron en el liderazgo carismático de Juan Domingo Perón a un líder capaz de suplir el desconcierto en el que se encontraban, y convirtiéndose en una masa disponible para el populismo peronista.

Frente a esto, Doyon nos presenta una visión alternativa acerca del peronismo, cuestionando la centralidad de los migrantes internos en su origen, así como también menguando la brecha de estos con los trabajadores industriales de las décadas anteriores. En efecto, buena parte de los migrantes internos contaban con algún tipo de experiencia urbana antes de migrar hacia Buenos Aires; por otro lado, los sindicatos promovidos desde el Estado contaron con la participación activa de trabajadores que contaban con —al menos— una década de trabajo fabril. En resumen, que la clase obrera argentina estuviera dispuesta a incorporarse a un nuevo movimiento político se corresponde no con la pasividad de su composición orgánica, sino a la situación de relegamiento político por parte de los partidos mayoritarios que se convirtieron en cómplices de un orden social excluyente. 

Lo anterior se complementa con lo señalado por Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, quienes señalan que el núcleo de trabajadores con experiencia sindical previa cumplió un rol fundamental tanto en el origen del peronismo como movimiento popular de masas, otorgando al peronismo una dinámica interna marcada por la interlocución entre los cuadros estatales y las bases obreras movilizadas.

Así, la lógica política del primer gobierno peronista se basó, a grandes rasgos, en una dialéctica de presión de las bases y dirigismo estatal, donde las bases obreras lucharon por sus intereses de clase, aunque a costas de su plena independencia política y organizacional; lo que no significa para nada haber renegado de su protagonismo político. Los intentos de centralismo y subordinación de los trabajadores ejecutados por Perón como la disolución del Partido Laborista en 1946 y la supresión del derecho a huelga en la Constitución de 1949, fueron consecuentemente contestados por la clase obrera con una enorme oleada de movilización y huelgas entre 1946 y 1948, que tensionaron la coalición interna de un movimiento político que pretendía garantizar una alianza de hierro entre capitalistas industriales y los sindicatos. 

Estas tensiones entre Perón y los trabajadores quedaron manifestadas de forma evidente durante su segunda presidencia, cuando las condiciones internacionales que habían permitido la expansión del capitalismo con un progreso material simultáneo para empresarios y trabajadores se volvieron materialmente insostenibles. A pesar que el peronismo intentó por todas las vías la supresión de la independencia de clase trabajadora y se enfrentó con dureza al movimiento comunista y socialista con métodos que van desde la represión abierta hasta la promoción del nacionalismo –vale recordar que durante el gobierno de Perón se implementó el izamiento de la bandera y el canto del himno nacional hasta en los partidos de fútbol–, ese objetivo nunca fue logrado.

Paradójicamente, la salvaguarda de algunos elementos de autonomía para la clase obrera fue la clave para la continuidad del peronismo sociológico, durante los dieciocho años de proscripción. Cabe destacar también, que la resistencia peronista tampoco fue un bloque monolítico a las órdenes de Perón. Por ejemplo, la tendencia hacia la independencia de la clase obrera quedó demostrada en las elecciones de 1958, cuando a pesar de las órdenes de Perón de votar a uno de los candidatos habilitados por el régimen, el radical Arturo Frondizi, el voto en blanco alcanzó el 9%, lo que señala que una fracción no despreciable del voto obrero que se negó a votar por un partido «antiobrero».

El peronismo, entonces, más que un simple fenómeno populista o de liderazgo carismático, responde a una realidad sociopolítica compleja en la que los trabajadores cumplieron un rol central. Aquí también vale aclarar que la hegemonía que alcanzó el peronismo original no se basó en ningún tipo de mito productivista, ni de convertir a Argentina en una potencia mundial. Muy por el contrario, el peronismo se consolidó a base de mejorar las condiciones mínimas de existencia de una gran masa de trabajadores, quienes pelearon por esas conquistas y fueron mayoritariamente reconocidos por el gobierno del Estado en esas reivindicaciones. No hay peronismo triunfante sin movilización y presión constante de una fracción mayoritaria de la clase obrera.

Por otro lado, el gran objetivo político del peronismo, el ideal de una sociedad sin conflictos entre el capital y el trabajo, jamás fue logrado, ni siquiera en el cénit de su hegemonía. Más bien todo lo contrario: de 1946 a 1955 los conflictos de clase se agudizaron de una forma inédita en la historia argentina. Más aún, desde 1952, buena parte de las críticas fueron hacia la propia dirigencia estatal peronista, proceso que alcanzó su punto cúlmine durante el ciclo de movilización entre 1969 y 1971, cuando el capitalismo argentino fue cuestionado mediante la acción de masas. Incluso es posible pensar en el golpe de estado de 1955 —ejecutado por las facciones más reaccionarias de la burguesía y del ejército— como un intento desesperado para frenar la dinámica de la presión y la movilización obrera que el peronismo traía aparejado por su propia dinámica sociopolítica. En ese mismo escenario, la resistencia peronista (1955-1973) debe ser leída como la pelea descarnada de la fracción mayoritaria de la clase obrera por defender la posición política conquistada durante los dos gobiernos de Perón.

La caída del paradigma peronista

Cuando en 1973 Juan Domingo Perón volvió al país luego de su exilio, las tensiones que habían resquebrajado su coalición durante su segunda presidencia, veinte años atrás, habían llegado a su punto más alto. La clase obrera argentina había llegado a su pico de lucha y organización. A pesar de que el peronismo mantenía la hegemonía política dentro de los trabajadores, las izquierdas habían conquistado importantes sindicatos, surgieron partidos revolucionarios de masas y hasta organizaciones guerrilleras. El retorno mismo de Perón, que terminó en la masacre de Ezeiza, mostró los límites para recrear la añeja alianza peronista. Frente a esto, Perón tomó una decisión: abrió un proceso de represión abierta hacia las izquierdas —inclusive a la izquierda peronista, que reivindicaba su figura como un líder revolucionario—, incluyendo la persecución paramilitar por parte de ministros de su propio gobierno. La nueva escalada de represión ilegal sentó las bases para el inicio de la represión ilegal a gran escala durante el gobierno de su esposa, Isabel Martínez (que lo sucedió en el gobierno luego de su muerte), y que se espiralizó posteriormente con la instauración de la dictadura militar (1976-1983), que rediseñó a la sociedad argentina mediante el terrorismo de Estado.

El fracaso orgánico del «tercer peronismo» (1972-1976), significó la transformación del principal movimiento de masas de Argentina en lo que el histórico dirigente trotskista Jorge Altamira llamó un «cadáver insepulto». Esto significa la pérdida de la perspectiva histórica, de adecuación lógica a las condiciones materiales de la sociedad y la economía, y el agotamiento de un paradigma político ideacional capaz de hacer progresar las relaciones sociales capitalistas, mediante el empuje de un grupo social o fracción de clase que aporte algún tipo de sustancia dinámica a ese proceso. Para el caso argentino, esto significa que el peronismo continuó existiendo en tanto una identidad política petrificada en buena parte de la memoria colectiva de la clase obrera, quienes siguieron ligadas a buena parte de sus símbolos, organizaciones y estructuras político discursivas arraigadas en el corolario del peronismo clásico, pero sin ningún programa ni perspectiva política que pudiera aportar una salida popular o progresista a la actualidad de un capitalismo argentino en crisis. 

A final de cuentas, el modelo que el peronismo como su objetivo último —la sociedad organizada— no era más que una reedición de un tipo particular de democracia social semicorporativa, donde un Estado benefactor adquiría la tarea de limitar la lucha de clases mediante el dirigismo tanto de las asociaciones patronales como de los sindicatos mayoritarios. La tendencia propia del capitalismo mundial desde la década de los 70 se mostraba en franca contradicción con cualquier perspectiva de construcción de un capitalismo «de rostro humano». 

El cierre de ese paradigma y la desestabilización del sistema de ideas consecuente para el peronismo es uno de los factores que explica la razón por la que haya sido un peronista, Carlos Menem, el que ejecutó el programa de reformas neoliberales más extenso y ambicioso de toda América Latina en la década de los 90. Que el peronismo se haya revelado como «cadáver insepulto» es una arista importante que nos permite pensar porqué en Argentina el neoliberalismo se instaló mediante la adopción del paradigma liberal de parte de un partido popular y no mediante la popularización de un partido liberal. En este punto es donde la vacancia ideológica del peronismo se encontró frente a un escenario global de reestructuración de las relaciones capitalistas en clave neoliberal. 

Si el peronismo clásico logró una expansión de la clase obrera mediante un proceso de industrialización por sustitución, el peronismo menemista dejó como resultado final un nuevo piso de pobreza estructural, pauperización y desempleo crónico que Argentina no ha logrado revertir hasta hoy en día. Como el PASOK de Papandreou, el peronismo de Menem gobernó contra los intereses colectivos de la base de sustentación de su gobierno. Su modelo de ultra ortodoxia neoliberal mostró señales tempranas de alarma en la periferia argentina, para convertirse en una crisis general desde 1998. El peronismo perdió las elecciones legislativas de 1997 y fue expulsado de la presidencia en 1999. 

Pero ¿por qué el peronismo no encontró su pasokización luego del menemismo? Hay tres elementos que nos permiten explicarlo. Primero, el factor consensual del menemismo descansó en una importante expansión del consumo a todos los sectores de la sociedad gracias a la sumamente costosa paridad cambiaria artificial entre el peso y el dólar, un apoyo que además debe ser contextualizado en el pánico social generalizado durante el proceso hiperinflacionario de 1989/1990. Un sector relativamente importante de la sociedad —principalmente las clases medias con capacidad de ahorro y capitalización— continuó apoyando al menemismo inclusive luego de la exteriorización de la crisis de la convertibilidad en 1998, lo que explica el apoyo posterior a la candidatura presidencial de Menem en el año 2003. 

Segundo, ninguna fuerza política se encontró en condiciones de aglutinar el descontento popular producido por décadas de austeridad, y de un cambio en la situación orgánica de la clase obrera. Cuando el peronismo menemista fue derrotado electoralmente de forma directa en 1997 y de forma indirecta en 1999, el gobierno argentino fue capturado una vez más por una fuerza política agotada, el radicalismo, que no tenía ninguna capacidad para abrir un nuevo proceso de desarrollo ni, mucho menos, plantear una alternativa que contradijera la dependencia estructural de un capitalismo argentino en ruinas. Conviene recordar que, la desorientación del radicalismo fue tal que en la campaña presidencial recordó en cada uno de sus spots la continuidad de la convertibilidad, en medio de una recesión brutal. La constante crisis hegemónica y los quiebres sucesivos de la representación política argentina son el resultado lógico de la falta de energía vital de las principales fuerzas políticas del país. 

Por último, el menemismo no logró sostener la plena unidad del movimiento peronista a lo largo de su ciclo de hegemonía interna. En un principio, el peronismo menemista sufrió una pequeña pero ruidosa ruptura en el congreso, cuando abandonó sus promesas originales de aumentar el valor los salarios y generar una «revolución productiva» por un primer paquete de reformas laborales, privatizaciones de empresas públicas, y cuando decretó el indulto de los militares condenados por crímenes de lesa humanidad, y que se efectivizó con la formación de un bloque independiente —el Grupo de los Ocho— dando origen a la proliferación de grupos neoperonistas que desafiaron al menemismo reivindicando las banderas históricas del peronismo.

A pesar de que la oposición de estos grupos fue en los hechos pocos efectiva, sí funcionó para generar un espacio de referencia de una suerte de peronismo en los márgenes que fue clave para la generación del locus kirchnerista (recordemos, por ejemplo, la reversión de la marcha peronista hecha desde kirchnerismo que reza «resistimos en los 90, volvimos en 2003»). Por otro lado, como recopilan los estudios del grupo PIMSA, el período menemista también fue un periodo marcado por la conflictividad obrera, a pesar de la adhesión al menemismo de una parte importante del movimiento sindical, en particular de la CGT. Pero, de la misma forma, que fue la unidad del movimiento sindical en 1996, con la convocatoria a dos huelgas generales y la amenaza de una tercera por tiempo indeterminado, fue crucial para enterrar el proyecto del menemismo de una reforma laboral integral en favor de los empleadores. Si bien luego de la derrota electoral del menemismo en 1997, el movimiento huelguístico entra en reflujo, y la unidad del movimiento obrero se diluye.

Lo importante aquí es señalar que, primero, el activismo sindical también funcionó como un salvoconducto para la ligazón del peronismo a la defensa de los trabajadores y, más importante todavía, la derrota de la reforma laboral significó un resorte de contención involuntario para vincular definitivamente al peronismo con la destrucción integral de los derechos colectivos de los trabajadores. Cabe decir que, unos años después, una reforma laboral parcial se lograría implementar únicamente mediante el soborno a los legisladores e inclusive con el escándalo inclasificable de un «diputado trucho» votando en el recinto, bajo el gobierno de la Alianza, comandado por la Unión Cívica Radical (1999-2001)

El kirchnerismo y la «segunda incorporación»

Luego de la expulsión del presidente De la Rúa del poder, Argentina tomó juramento a cinco presidentes en el transcurso de una semana, revelando la descomposición total de la dirigencia política. En ese contexto, la presidencia cayó fortuitamente en las manos de Eduardo Duhalde, quien inició un nuevo proceso de represión de la protesta social callejera. Esto marcó el declive de las movilizaciones populares, lo que coincidió con el agotamiento de las asambleas populares que se habían diseminado a lo largo del país luego de diciembre de 2001. Los argentinos volvieron a las urnas en el 2003, donde Menem volvió a ganar las elecciones con el 25% de los votos, en un escenario de fraccionamiento tanto de los partidos como de las identidades políticas. A pesar de haber ganado la primera vuelta, el profundo rechazo social que producía su figura lo imposibilitaba de cualquier perspectiva de triunfo en una segunda vuelta. Así, Menem se retiró del ballotage y Néstor Kirchner, quién había salido segundo con el 21% de los votos, se convirtió en presidente de la nación, sin haber ganado elección alguna. 

Con Kirchner en el poder, el peronismo ensayó su último intento de regeneración. Si el peronismo clásico había incorporado a la clase trabajadora a la vida democrática del país, el kirchnerismo inició una «segunda incorporación», reconociendo la agencia política de las organizaciones de desempleados y de los nuevos movimientos sociales que se organizaron como producto del desgarro social producido durante el menemismo. Kirchner logró un proceso exitoso de renegociación de la deuda externa que se encontraba en default desde 2001, inició una política de asistencia social de emergencia para los desempleados, y disfrutó de un rápido empujón fiscal gracias al inicio del boom de las exportaciones agropecuarias. Sumado a esto, Kirchner derogó las leyes de impunidad con respecto a los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar, ganándose la simpatía de todo el progresismo argentino. 

Durante los años del kirchnerismo (2003-2015) se produjo una modificación discursiva del peronismo en la que se reconoció la agencia de las organizaciones de desempleados, pero sin actualización programática. En lugar de eso, se volvió a insistir con la misión imposible de construir un «capitalismo popular» donde los trabajadores –empleados y desempleados– y empresarios gozaran de los beneficios del crecimiento económico. El peronismo kirchnerista chocó así contra los mismos obstáculos del peronismo clásico.

Luego de un primer periodo de «contra reformas» que comprendieron la recuperación de empresas públicas y la estatización del sistema privado de jubilaciones y pensiones, los límites del modelo económico basado en la captación estatal de la renta diferencial generada por las exportaciones agropecuarias comenzaron a crujir en 2008, cuando la crisis financiera internacional volvió a modificar la lógica del crecimiento económico a escala global, deteniendo el crecimiento de la economía y reactivando las tensiones distributivas entre el capital y el trabajo. El fin del boom de los precios de las materias primas como producto de la pérdida del dinamismo del crecimiento económico en la República Popular China, recordaron el rol dependiente del capitalismo argentino que se quedó sin muchas herramientas para hacer frente a una crisis en puertas. 

Como señaló Adrián Piva, la economía argentina entró desde 2012 en un largo proceso de estancamiento económico con una clara tendencia hacia la crisis. Sin el esplendor de los años anteriores, el kirchnerismo buscó evitar un ajuste ortodoxo que castigara a su base de sustentación, pero sin una alternativa para iniciar un nuevo ciclo de expansión económica. El intento de llevar adelante un ajuste de rostro humano durante la segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner mediante la «sintonía fina» llevó a una ruptura entre el gobierno y los sindicatos mayoritarios lo que postergó los planes y forzó a continuar con la tendencia de estancamiento. Producto de esto, la coalición kirchnerista continuó con su proceso de desgaste hasta la elección de 2015, cuando se optó por una salida conservadora a la crisis con la candidatura de Daniel Scioli, quien fue derrotado por Mauricio Macri luego de una ciertamente pobre performance electoral en la primera vuelta electoral. 

Alberto Fernández y la crisis de la identidad peronista

Luego del desastre social y económico generado por el gobierno de Mauricio Macri, Alberto Fernández llegó al poder con una coalición que selló la unidad de todos los sectores del peronismo (kirchneristas, no kirchneristas e inclusive antikirchneristas). Con una campaña tanto popular como populista, Fernández sintonizó con el profundo malestar de la sociedad, prometió defender el valor de los salarios revirtiendo las políticas de ajuste sobre los ingresos y renegociar con firmeza la insoportable deuda heredada con el FMI. 

Lejos de eso, el gobierno ha incumplido con el mandato electoral que recibió y contradice sus dichos con sus actos de gobiernos. Durante la pandemia, el gobierno de Fernández fue reticente a sostener las políticas extraordinarias de transferencia de ingresos hacia las familias pobres, en un contexto de destrucción del empleo precario, es decir a las capas de trabajadores pobres que no cuentan con ningún resorte de resistencia para evitar su empobrecimiento. El «rebote» de la economía y de los niveles de empleo se produjeron con una profundización de la precariedad, y en medio de una nueva espiral inflacionaria que asesta otro mazazo a los ingresos. Por otro lado, y luego de dos años de idas y vueltas en las que la gestión económica de Martín Guzmán logro poco y nada, el gobierno rechazó todas las posibilidades para investigar el carácter fraudulento del préstamo otorgado por el FMI a la gestión de Mauricio Macri, firmando un Memorándum de Entendimiento (MdE) ruinoso para la economía argentina y de estricto carácter recesivo. 

En 2021, con los efectos de la pandemia todavía a flor de piel, el gobierno del Frente de Todos recibió una auténtica paliza electoral en las elecciones de medio término, sufriendo la fuga de cuatro millones de votos en las elecciones primarias, algo que pudo revertir parcialmente en las elecciones generales, consiguiendo una «derrota digna» en las elecciones generales un mes después. Aun así, el golpe a la gestión del Frente de Todos fue certero, abriendo una pelea interna profunda desde lo discursivo, pero vacía tanto en el contenido como en los hechos. La derrota electoral forzó a hacer cambios en el gabinete nacional, aunque sin más efecto que la rotación de los cuadros dirigenciales del peronismo. Inclusive, el recambio de algunas figuras dentro de varios ministerios efectivizó un giro conservador más que un avance de los sectores más progresistas del peronismo, como ocurrió en la Jefatura de Gabinete, y en los ministerios de Seguridad, Producción y Agricultura. Este último, clave en la relación con los sectores ligados a la exportación agropecuaria es hoy directamente controlado por representantes de las patronales agrarias, en un acto pleno de sumisión a la élite económica del país. 

A diferencia de lo ocurrido en los años de Menem, esta vez todos los sectores del peronismo se encuentran estructuralmente comprometidos en la administración del gobierno del Estado. Esto alcanza no solo al Partido Justicialista y a las organizaciones kirchneristas, sino a una gama amplia de movimientos sociales y sindicatos, que se mantienen en una costosa pasividad frente a la continuidad de una política económica que sacrifica el valor de los salarios y el poder adquisitivo de la gran mayoría de la población. Esta vez, el peronismo no tiene válvula de escape. A pesar de las declaraciones, los comunicados y las cartas publicadas por referentes kirchnerismo, en particular por la vicepresidenta y su hijo Máximo Kirchner, ex jefe de bloque del Frente de Todos en la Cámara de Diputados, y presidente del PJ de la provincia de Buenos Aires, la unidad se del frente electoral se mantiene a pesar de las «insalvables» diferencias con la gestión económica del presidente Fernández.

Inclusive, esta instancia del peronismo nos ha regalado la imagen patética de diputados que fingieron su voto negativo al acuerdo de Guzmán con el FMI, en un acto inaudito de cinismo. Es probable que el pobre resultado de las elecciones de medio término funcione como un aglutinante del peronismo para conservar la unidad, ante la posibilidad de que una hipotética división genere un daño todavía mayor en todos los distritos electorales y en todas las escalas del Estado. Aun así, y a pesar de todas las estrategias desplegadas, el peronismo se encamina hacia una debacle electoral generada por una incompatibilidad cada vez más amplia entre su paradigma de representación simbólico y su actual forma óntica. Desde una perspectiva ideológica diferente, Juan Carlos Torre se pregunta por el fracaso del gobierno del Frente de Todos y llega a una conclusión similar, catalogando a este proceso en curso como «el 2001 del peronismo».

Para nosotros —por el origen, las características y la profundidad de este proceso— el peronismo se acerca a su pasokización. Esto es el resultado de que, una vez más, el mayor campo de identificación de las clases populares en Argentina revela su carácter de «cadáver insepulto», ya que no hay ningún sector del peronismo que ofrezca a la sociedad una alternativa clara al rol de sumisión y dependencia que la argentina cumple en el concierto del capitalismo global. Inclusive desde el kirchnerismo, y a través de la vicepresidenta, se sigue con alegando una y otra vez a la voluntad del peronismo para reeditar la fantasía de un capitalismo popular donde trabajadores y capitalistas ganen por igual. La reedición del mito jamás logrado por el peronismo clásico deviene tanto anacrónico como incompatible con la realidad objetiva. No hay en Argentina ninguna fuerza social comprometida con ese tipo de empresa. 

El peronismo, más allá de funcionar como una herramienta electoral de bloqueo para las pretensiones de la derecha de consolidar su rol al frente del aparato de Estado, ofrece una y otra vez algo con lo que no puede cumplir. Aquí hace falta volver a ser claro: el rol de Argentina dentro del orden global capitalista radica en convertirse en un productor de recursos primarios producto de la actividad minería, la extracción de gas y petróleo, y la producción de granos y cereales, a lo que se puede agregar a lo sumo el rubro de la producción de los servicios digitales. Un orden socioeconómico en el que solo entramos, con suerte, un tercio de quienes habitamos en Argentina.

Torcer ese lúgubre destino requeriría de un amplio movimiento de reivindicación de la dignidad nacional, que contradiga las presiones del sistema financiero internacional que se ejercer mediante el eterna espiral de la deuda y la presión constante del FMI, a los designios del imperialismo para la región y de los sectores locales que se encuentran plenamente integrados a las cadenas internacionales de producción de valor. El peronismo no está interesado en esa empresa, y al apostar a todo o nada por la construcción de un capitalismo «de rostro humano» en un contexto en el que esa vía está completamente clausurada, su carácter históricamente agotado sale inexcusablemente a flote. 

La caída de Martín Guzmán, el ministro de economía y la estrella del gabinete de Alberto Fernández, y su reemplazo por Silvina Batakis debe leerse en ese mismo sentido. Un cambio estético y discursivo, más que sustancial. Por eso, no es de sorprenderse que menos de veinticuatro horas se haya diluido la probada heterodoxia de la flamante ministra, en un discurso que pareció mucho más un pliego de rendición ante los mercados que el inicio de un camino alternativo para el destino de la Argentina.

El recambio en el ministerio de economía muestra la confirmación de una nueva forma de estatalidad en Argentina, lo que Wolfgang Streeck llamó el Estado de Consolidación, es decir la concentración de toda la actividad del Estado para asegurar el repago de la deuda externa mediante las políticas de ajuste fiscal y presupuestario, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Esta etapa de estatalidad en Argentina había comenzado con Mauricio Macri, y se consolidó con el gobierno de Alberto Fernández cuando el cambio de signo político no coincidió con una transformación en esa perspectiva. Todo indica que el próximo gobierno será un capítulo más de esa fase de estatalidad ligada al endeudamiento externo crónico. 

Por otro lado, que el peronismo —y también parte de la oposición— pueda leerse como un «cadáver insepulto» no significa su desaparición del panorama político argentino. Mientras los sectores populares no cuenten con una herramienta política capaz de enfrentar el avance de la ofensiva contra sus intereses, puede recaer una y otra vez en optar por la opción que interprete como «menos dañina». Obviamente, esa estrategia tiene un límite claro, y probablemente lo estamos viendo ahora mismo. Que estemos ante la competencia de fuerzas políticas agotadas explica en buena medida por qué Argentina se encuentra en una situación de estancamiento crónico, en un proceso de decadencia social que lleva, al menos, desde mediados de la década de los 70.

Por otro lado, contra todo excepcionalismo, este tampoco es un fenómeno únicamente argentino. El PRI mexicano se convirtió en un cadáver insepulto desde la presidencia de Carlos Salinas de Gortari. El APRA peruano se transformó en un cadáver insepulto desde la primera presidencia de Alana García y se arrastró por décadas el sistema político peruano hasta su desaparición de hecho. El peronismo, el PRI y el APRA fueron enormes movimientos populares marcaron un sentido de época, fueron un canal para la consecución de conquistas obreras y mejoras objetivas en las condiciones de vida de las mayorías, pero, cada una a su tiempo, terminaron por agotarse. 

Puede parecer paradójico, pero lo más probable es que, hasta este momento, sean los sectores más radicalizados de la ultraderecha los únicos que se encuentran plenamente adaptados a la realidad histórica del país, adoptando abiertamente la postura de los sectores más dinámicos de las élites agroexportadoras que presionan por un rediseño de la sociedad argentina a costa de los derechos colectivos de los trabajadores, mediante una reforma laboral, fiscal y previsional.

Si frente a esta ofensiva, que también está siendo recogida por un sector cada vez más amplio de la derecha mayoritaria, la única estrategia de contención que disponemos es rogar clemencia, estamos en serios problemas. Construir una alternativa real costará sangre, sudor y lágrimas. Que valga la pena.

Por Leonardo Frieiro 27.07.22

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En su visión, Tony Blair deja en el aire a India e Indonesia, lo cual no presagia nada bueno.Foto Ap

En su tétrica oración fúnebre, más que conferencia, en Ditchley Foundation, el megapolémico ex primer británico Tony Blair (TB), al borde de la depresión mental y dentro de su simplista esquema "bipolar" entre EU y China –sin Rusia–, asentó la "asociación estratégica" del binomio hoy indisoluble de China y Rusia, al que se sumaría Irán (https://bit.ly/3vvn3Zl).

TB dejó flotando en el aire a India e Indonesia (máxima población islámica del mundo), lo cual no les presagia nada bondadoso de parte de la Pérfida Albión.

Se pudiera aducir que el "eje Rusia/China/Irán" es más de corte geoestratégico, cuando Irán mantiene simultáneamente óptimas relaciones con China y Rusia –no se diga con India–, pese a la afilada y punzante espada de Damocles de las sanciones de EU y la amenaza permanente de un ataque de Israel que, con el apoyo de Washington, ejerce unilateralmente el monopolio de más de 250 bombas nucleares en Medio Oriente.

La relevante visita reciente del presidente ruso Vladimir Putin a Teherán (la quinta en su haber, lo cual es muy significativo) –para concurrir a la cumbre trilateral con el sultán Erdogan, de Turquía, bajo el “formato Astana (https://bit.ly/3czsIXB)” diseñado para resolver el contencioso de Siria– descolgó un trascendental acuerdo en materia de hidrocarburos por 40 mil millones de dólares (https://bit.ly/3oks42G).

Global Times de China expresa que la visita de Putin a Teherán constituyó un "fuerte revire" que le "pisó los talones" al viaje de Biden, quien "regresó con las manos vacías de Medio Oriente"–al no poder crear una "OTAN árabe", es decir, un "frente contra Irán" y, peor aún, sin poder incrementar la producción de petróleo de las seis petromonarquías del Consejo de Cooperación del Golfo, encabezadas por Arabia Saudita (https://bit.ly/3B9lDHi).

Irán acaba de ingresar al geoestratégico Grupo de Shanghai (https://bit.ly/3IYrKQz) y ha aplicado para pertenecer a los BRICS, en la fase del supremo líder de la teocracia chiíta, el ayatolá Jamenei, y de su presidente Ebrahim Raisi.

El jázaro Jake Sullivan, muy mediocre asesor de Seguridad Nacional de Biden, aseveró que Irán planea entregar "centenas" de drones de combate a Rusia (https://bit.ly/3yUBnLE), mientras que otro jázaro adicto a la incoercible rusofobia, Anshel Pfeffer, exagera de que “Putin perdió la guerra de los drones y cómo Irán lo puede ayudar en Ucrania (https://bit.ly/3yYZ3i6)”.

Dos puntos salientes que llamaron mi atención fueron: 1. La "gradual desdolarización" de Turquía, todavía miembro de la OTAN, e Irán y 2. El transcendental corredor geoeconómico de transporte –por tierra, ferrocarril, y mar de 7 mil 200 kilómetros– "Norte-Sur (INSTC, por sus siglas en inglés)" que conecta Rusia e India a través de Irán y Azerbayán en el mar Caspio (https://bit.ly/3oj19EB).

En la medición nominal del PIB por el FMI, Irán ocupa hoy, pese a las devastadoras sanciones de EU, el sitial 14 –1.74 billones de dólares, ¡antes de España y detrás de Australia!–, mientras Turquía ha periclitado al lugar 23, con 692 mil 380 millones de dólares, lo cual ha perjudicado la cotización de la lira turca.

Según Bloomberg, Turkye (su nuevo nombre) busca abandonar el dólar en sus pagos por la energía de Rusia, lo cual “podría amainar la declinación de sus reservas (https://bloom.bg/3BbITok)”.

La nueva ruta de India a Rusia, pasando por Irán y Azerbayán, disminuirá la mitad la logística presente.

El INSTC (https://bit.ly/3Pqzqxn) constituye la conectividad más corta entre India y Rusia, lo cual reducirá sus costos de logística y el tiempo de transporte.

A su vez, Azerbayán e Irán han concretado un nuevo acuerdo de transporte (https://bit.ly/3v6nfxC) que se vincula con Rusia e India y forma parte del INSTC.

Irán se posiciona así como un hub (encrucijada) de dos ejes futuristas, uno geopolítico (con China) y otro geoeconómico (con India), con tres superpotencias convergentes (el RIC: Rusia/India/China), mientras Turquía, miembro de la OTAN, medita su dilema existencial de permanecer en un bloque "occidental" que lo desdeña o revivir su glorioso pasado medioriental/centroasiático.

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La guerra de Ucrania y el cambiante orden mundial

La ilegal guerra rusa en Ucrania está acelerando los cambios en el orden mundial, forzando un nuevo equilibrio de poderes. Los países y los analistas valoran las implicaciones de este reequilibrio para posicionarse ante estos significativos cambios. Ucrania está devastada; Rusia es el agresor y sufrirá las consecuencias a largo plazo; la OTAN, liderada por EE UU, se ha fortalecido y está forzando un reequilibrio de fuerzas; Europa está sufriendo una crisis de seguridad humana y una remilitarización; China ha tomado una decisión estratégica; la India, como muchos países del sur global, se enfrenta a la presión geoestratégica mientras define su posición. ¿Cuáles son estos cambios, sus implicaciones y consecuencias?

Los motivos de Rusia para lanzar esta guerra contra Ucrania incluyen una mezcla de aspiraciones de proyectar el estatus y la visión de poder imperial de Rusia; ampliar la influencia y el apoyo a las minorías étnicas rusas y a otras minorías descontentas en las antiguas repúblicas soviéticas; recrear una esfera de influencia rusa para contrarrestar la de Occidente en Eurasia; oponerse a la expansión de la OTAN, especialmente a la inclusión de Ucrania; intentar destruir la infraestructura militar ucraniana para imponer la neutralidad antes de que la OTAN pueda socavar a Rusia, y crear una zona-tapón en el este de Ucrania para la seguridad rusa en la región del Dombás con las provincias de mayoría étnica rusa de Donetsk y Luhansk, que se han declarado independientes, y Crimea, todo lo cual da a Rusia el control estratégico sobre el Mar Negro.

Es poco probable que Rusia logre todos estos objetivos. Por el contrario, esta guerra asimétrica, como muchas otras antes, tendrá efectos debilitadores a largo plazo, tanto para Ucrania como para Rusia, como consecuencia de las sanciones y el aislamiento que impone Occidente a Rusia. El mundo, pero sobre todo los países en desarrollo, se enfrentan a la continua volatilidad de los precios del petróleo, la escasez de cereales, las interrupciones en la cadena de suministros y la estanflación económica. Esta guerra tiene graves consecuencias a nivel internacional y modifica el orden mundial que examinamos.

El plan estratégico a largo plazo de EE UU

EE UU es clave en la planificación, el desarrollo y el resultado de esta guerra que le ha dado la oportunidad para renovar su estrategia global. La preparó promoviendo una continua hostilidad hacia Rusia durante dos décadas; proporcionando respaldo material, como las armas modernas, ayuda, asistencia y asesoramiento a Ucrania, al menos desde 2014 1/; antes y durante la guerra, promueve su inigualable influencia diplomática y su convincente narrativa sobre la democracia frente al autoritarismo, el bien frente al mal, y ahora está impulsando un plan a largo plazo para la nueva fase de la política internacional. Durante muchos años, Rusia creyó que la Guerra Fría había llegado a su fin con el colapso de la URSS y trató de negociar con EE UU. Pero para EE UU la Guerra Fría no había acabado. Siguió viendo a Rusia como una amenaza para una OTAN liderada por EE UU.

El presidente Biden define la nueva fase para lograr la primacía mundial como “competencia estratégica” 2/. El personal estratégico de Washington lo define como “Competencia de Grandes Potencias” o GPC 3/. La fase geoestratégica anterior (2001-2021), denominada “guerra contra el terrorismo”, había terminado. La retirada de las tropas estadounidenses y de la Misión de Apoyo Decidido de la OTAN en Afganistán en agosto de 2021 pareció cutre, derrotista y apresurada, pero se ajustó al plan. Biden ya había declarado en su documento “Interim National Security Strategic Guidance”, de marzo de 2021, que la dinámica global había cambiado y que EE UU necesitaba recuperar su ventaja estratégica. Para ello, el primer paso era retirarse de las guerras eternas de la devastada región de Oriente Medio (Asia Occidental). Sin embargo, el largo enfrentamiento y aislamiento de EE UU con Irán sigue siendo su principal interés en la región.

Para EE UU, la preocupación central en la Competencia de Grandes Potencias es China. Un gran número de documentos y discursos, desde la declaración de Obama sobre el “reequilibrio” y el “eje hacia Asia”, así lo indican 4/. “The Air Sea Battle Doctrine” [un elemento fundamental de la estrategia militar de EE UU] de 2010 situó a China como el centro de una confrontación híbrida y militar. La administración Biden ha agrupado a China y a Rusia como objetivos, yendo más allá de lo practicado por la administración Trump, cuya posición parecía contradictoria en cuanto a su política hacia Rusia. Sin embargo, el Estado profundo [Deep state] estadounidense es coherente: “Hoy en día, todos los campos están en disputa: el aire, la tierra, el mar, el espacio y el ciberespacio” 5/. La conclusión es que el contrincante es China y Rusia es la principal amenaza secundaria.

Los estrategas estadounidenses están convencidos de que una larga guerra en Ucrania debilitará irremediablemente a Rusia. Ucrania está siendo fuertemente armada por EE UU y la OTAN, ya que el general Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto, declaró ante el Congreso de EE UU que este conflicto duraría años y que EE UU y la OTAN estarán “involucrados en esto durante mucho tiempo” 6/. En este caso, EE UU calcula que Rusia supondrá un esfuerzo económico para China y la alianza estratégica Rusia-China se vuelve unilateral y, por lo tanto, beneficiosa para la primacía de EE UU y la competencia con China.

La agresión rusa ha dado a EE UU la oportunidad de su ya planeada competencia estratégica

La agresión rusa ha dado a EE UU la oportunidad de su ya planeada competencia estratégica. La indignación pública en torno a la guerra de Ucrania ha atenuado la virtual guerra civil entre demócratas y republicanos formando un consenso bipartidista. El presupuesto de defensa y la ayuda militar de EE UU a Ucrania se han incrementado, las sanciones contra Rusia aumentan, la economía rusa muestra signos de estrés, la ciudadanía rusa está dividida, ya que mucha gente se opone a esta guerra. La estrategia global de EE UU sigue adelante, pero no es indiscutible.

Estados Unidos como líder de Europa

Con el objetivo de prepararse para la competencia de grandes potencias con la doble amenaza de Rusia y China, Biden ha pedido en repetidas ocasiones a sus aliados que contrarresten la amenaza rusa y “se preparen juntos para la competencia estratégica a largo plazo”, así como que hagan frente a los “abusos y coacciones económicas del Gobierno chino que socavan los fundamentos del sistema económico internacional” 7/. Ahora, los socios europeos están abiertos a aumentar los presupuestos de defensa, Alemania ha aumentado su gasto en defensa y ha modificado las disposiciones legales para proporcionar armas a un país (Ucrania) en conflicto. El oleoducto Nord Stream de Rusia no se ha puesto en marcha. Francia, que se mosqueó cuando EE UU le excluyó del acuerdo sobre submarinos nucleares con Australia, al firmar el acuerdo entre EE UU, Reino Unido y Australia (AUUKUS), ha vuelto al redil.

Ya no se habla de los Acuerdos de Minsk I y II que fueron la esperanza de una paz negociada dirigida por Francia y Alemania con Ucrania y Rusia. Estados como Polonia ven con buenos ojos la renovación de las bases y el aumento de la actividad de la OTAN en Europa Central y Oriental. La agencia estratégica de las selectas potencias europeas está en marcha. Sin embargo, la mayor parte de Europa sigue sin querer formar parte de la estrategia de EE UU para obtener la primacía. Son conscientes de que la interdependencia y el desarrollo europeos necesitan un compromiso sostenible con Rusia y Eurasia en su conjunto.

Competencia de grandes potencias en el Asia-Pacífico

La atención de la competencia de las grandes potencias y de la OTAN se centra en el Pacífico asiático en torno al Mar de China meridional y Taiwán. Los principales aliados de EE UU –Australia, Nueva Zelanda, Japón, República de Corea y Singapur– han impuesto sanciones a Rusia y consideran a China como la principal amenaza. La militarización se está intensificando con el pedido por parte de Australia de submarinos nucleares a EE UU y Reino Unido y la creación de una fuerza espacial, algo que ni se planteó durante el periodo de la Guerra Fría 8/. La asociación QUAD [cooperación informal] de EE UU, Japón, India y Australia ha realizado ejercicios militares en la región. China considera que la QUAD y el AUUKUS son alianzas “casi OTAN”. La posición estrictamente neutral de India durante la guerra de Ucrania ha sacudido a los socios de la QUAD. No se descartan otras minialianzas de este tipo.

Desglobalización

La economía política internacional está cambiando de rumbo para adaptarse a la competencia estratégica. Tras cuarenta años de globalización, Occidente ha calculado que ha salido perdiendo frente a China, India y otros países emergentes. Para traer de vuelta la fabricación, está estudiando un mayor proteccionismo y barreras arancelarias como parte de un proceso de desglobalización 9/. Aquí también se presenta a China como la principal amenaza, pero las economías emergentes se verán afectadas por las sanciones impuestas a Rusia, que afectan al comercio mundial y a las cadenas de suministro y de valor. Los acuerdos comerciales, como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica entre EE UU y los países asiáticos, se presentan como el cerco a una China económicamente injusta.

La Ley de Competencia Estratégica del Senado, de 2021 10/, sitúa a China como un país hostil, una amenaza y perversa para los intereses de EE UU, donde las negociaciones no son posibles. Los países menos desarrollados son los que más sufren, ya que recientemente han sido testigos del proteccionismo en materia de vacunas, donde la política de Occidente ha venido a ser: cuando el mundo sufra una pandemia, despliega tus barreras (el intento de India y Sudáfrica de obtener exenciones especiales en el TRIP [acuerdos sobre patentes], apoyado por un centenar de países en desarrollo, sigue bloqueado). Dentro de esta fase de desglobalización, la práctica económica y financiera neoliberal continúa con reglas para coordinar estrechamente con las empresas multinacionales y las IFI [instituciones financieras internacionales] y otorgarles una dirección estratégica.

La respuesta china

China reconoce que es el principal adversario de EE UU en la competencia de grandes potencias; la focalización sobre Rusia es temporal, mientras que la coerción estratégica contra China es constante. China no ha nombrado a Rusia como agresor en la guerra de Ucrania, se ha opuesto a la expansión de la OTAN y a las sanciones, y pide una solución diplomática al tiempo que reconoce las “legítimas preocupaciones de seguridad” de Rusia. La conversación de Xi con Biden mostró la repetición de la hostilidad fría 11/. Si Biden advirtió a China sobre el apoyo material a Rusia, Xi, a su vez, advirtió a Biden sobre “jugar con fuego” en Taiwán diciendo: “Quien ponga el cascabel al tigre tendrá que quitárselo” 12/. China está construyendo sus defensas mientras Estados Unidos prioriza su presencia militar en Asia-Pacífico y crea una coalición internacional para aislar a China y Rusia.

China no quiere que le encorseten con Rusia y hace valer su posición soberana

China no quiere que le encorseten con Rusia y hace valer su posición soberana. China llama a esta guerra “la situación”, ha apoyado a Rusia en el Consejo de Seguridad y en la Asamblea General de la ONU. Estados Unidos le ha advertido de las posibles “implicaciones” y “consecuencias” 13/. Los estrategas chinos creen que los intentos de EE UU de debilitar la asociación chino-rusa, que se describe como una asociación “sin límites”, no pueden tener éxito porque Rusia le da contenido estratégico, responde a sus necesidades energéticas y alimentarias y puede ayudarles a enfrentarse a cualquier amenaza de EE UU 14/. Rusia y China llevan años poniendo en marcha instituciones para el comercio en monedas locales, como el comercio entre el rublo y el renminbi. Los chinos han elegido un bando. En Asia-Pacífico está claro que todas las partes se están preparando para las oportunidades y los desafíos 15/. Los chinos observan lo que está pasando y, como dicen, analizan sus capacidades y esperan su momento.

India, el sur global

EE UU busca formar una coalición internacional contra Rusia que se integre en su competencia estratégica a largo plazo. EE UU no está dispuesto a tolerar la neutralidad, el no alineamiento o la autonomía estratégica que caracteriza las posiciones adoptadas por India y muchos países en desarrollo. El intento de forjar un mundo multipolar por parte de varios países como los del BRICS se ve seriamente amenazado. La visión estadounidense de un mundo unipolar renovado exige lealtad.

La posición neutral de India, sus abstenciones durante las votaciones en el Consejo de Seguridad y las resoluciones de la ONU que condenan la invasión rusa han atraído la atención internacional. India está sometida a una presión extraordinaria por parte de EE UU y sus aliados. El círculo íntimo de Biden, desde el secretario Antony Blinken, Victoria Nuland y otros, trabaja para convencer a India que cambie su posición, que Biden ha calificado de “inestable”.

La posición de India es la de equilibrio entre Rusia, que es un socio estratégico históricamente probado, y EE UU, un nuevo aliado estratégico con el que India está forjando lazos dadas sus tensiones no resueltas con China y Pakistán. India necesita ambas asociaciones y no le queda otro camino que la neutralidad.

Las relaciones de India con Rusia en materia de defensa, hidrocarburos y comercio no pueden peligrar cuando el 50% de la defensa india procede de Moscú. India está aprovechando sus relaciones con EE UU para asegurarse de que las mismas no pueden ir en detrimento de su asociación con Rusia o con el sur global. En India existe un consenso de las fuerzas políticas sobre esta posición de neutralidad.

Los estrategas indios creen que no pueden involucrarse en las guerras que libran las grandes potencias. En un mundo multipolar, inestable y no normativo, con muchas incertidumbres, India necesita caminar por la cuerda floja y centrarse en el crecimiento interno. India intentará mantener la neutralidad estratégica como parte de su objetivo. Incluso cuando se ha unido a la QUAD, ha tratado de limitar esta agrupación a ejercicios militares sin objetivos, centrándose en la tecnología, el clima y el comercio. La posición de India es similar a la de muchos países del sur global.

A grandes rasgos, los países del sur tienen cuatro posturas diferentes, como se ha puesto de manifiesto en las votaciones de la Asamblea General de la ONU y en las declaraciones al respecto.

Unos pocos condenan la agresión rusa e imponen sanciones (Japón, Corea del Sur, Singapur, Camboya, Fiyi, Kenia). Un segundo grupo, más numeroso, condena la invasión, la cubre con declaraciones sobre las “legítimas preocupaciones por la seguridad” de Rusia, se opone a las sanciones y mantiene la neutralidad (la mayor parte de la ASEAN, muchos países africanos y latinoamericanos). El tercer grupo, de unos 40, ha adoptado la neutralidad y el silencio estratégico, absteniéndose en la ONU (Asia meridional, Brasil, Laos, Mongolia, Vietnam, India, Sudáfrica, varios países africanos y latinoamericanos). El cuarto grupo, más pequeño, sigue simpatizando con las posiciones rusas (China, algunas repúblicas de Asia Central).

A pesar de que los países en desarrollo están comprometidos con la salvaguarda de la soberanía nacional (están a favor del derecho internacional, ya que protege a los pequeños Estados vulnerables, y se oponen a los movimientos secesionistas que amenazan con romper los Estados –muchos países en desarrollo se enfrentan a movimientos de secesión–), han optado por la neutralidad. Las razones son, entre otras, que muchos de estos países dependen de Rusia, especialmente para el comercio de armas y el abastecimiento de hidrocarburos, cereales, fertilizantes y otros productos básicos.

La posición de EE UU y la expansión de la OTAN se ven como una continuidad del Gran juego sustituido por la competencia entre grandes potencias. La mayoría de los países del sur tienen poco interés en participar en una guerra entre Rusia y la OTAN liderada por EE UU, de la que Ucrania es la víctima. El discurso de los estrategas vinculados a estos países ha argumentado que los intereses de seguridad de Rusia son legítimos; ningún país puede tolerar que le apunten con misiles en su frontera y una alianza militar en expansión: la OTAN. El sur ha sido testigo de dos décadas de llamamientos, conversaciones y concesiones rusas y cree que EE UU podría haber ayudado en la resolución del conflicto y en los Acuerdos de Minsk (2104). Están a favor de la propuesta de Ucrania como zona neutral. Quieren un compromiso rápido y volver a la diplomacia.

A diferencia de los países de Europa Central y Oriental, los países en desarrollo no ven a Rusia como una amenaza o como una antigua potencia colonial y racista. La ayuda incondicional al desarrollo de Rusia y China favorece a muchos países menos desarrollados. Solo en los últimos veinte años, Rusia mantuvo su ayuda durante las intervenciones de EE UU y la OTAN, las revoluciones de colores, el cambio de régimen y los bombardeos en Irak, Líbano, Libia, Yemen, Afganistán y otros. Por ejemplo, solo el presidente Obama lanzó 20.000 bombas 16/. La declaración pública de Madeleine Albright (1996) de que las sanciones que habían provocado la muerte de miles de niños iraquíes “habían merecido la pena” 17/ impactó en las mentes del sur global.

El sur ha interiorizado las contradicciones y el doble rasero de los fundamentos morales cuando los principios normativos de los derechos humanos no coinciden con los intereses geoestratégicos; por ejemplo, en la cuestión de Palestina o el apoyo de EE UU a Arabia Saudí en su guerra contra Yemen. No se equivoquen, los regímenes del sur no se basan en valores normativos: fundamentalmente, se basan en sus intereses nacionales y en la estabilidad de su propio régimen. Quizá, si tuvieran la oportunidad, también tomarían medidas imperiales similares a las de las grandes potencias. Pero la historia les ha dado un lugar en este orden mundial jerárquico y desigual, y justifican y legitiman sus posiciones con ejemplos normativos.

Esta guerra amenaza el régimen internacional de no proliferación y anima a muchos países a mejorar sus capacidades nucleares 

Está claro que los países del sur no son parangones de las virtudes normativas. Principalmente son los movimientos sociales y por la paz, muchos de los cuales están bajo presión en el sur, quienes apoyan los valores normativos. La democracia por la que dice luchar EE UU se está vaciando internacionalmente y esta guerra puede aumentar esa tendencia.

La consecuencia más nefasta de esta guerra es la posibilidad de ampliar el teatro de la guerra más allá de las fronteras de Ucrania. Ha sido un acto prudente asegurarse de que ningún acto provoque dicha expansión, aunque algunas partes puedan estar interesadas en una guerra más amplia. Al mismo tiempo, ninguna de las partes ha cedido en los compromisos que son esenciales para una resolución sostenible y digna.

Esta guerra amenaza el régimen internacional de no proliferación y anima a muchos países a mejorar sus capacidades nucleares. La imagen de la ampliación de la influencia de Rusia, la gran estrategia de EE UU de competencia a muerte con China y los designios imperiales regionales de otras grandes potencias tienen el potencial de reavivar la guerra convencional e híbrida. EE UU, por ejemplo, no tiene una amenaza existencial o de seguridad en Europa, pero a nivel interno tiene una amenaza existencial en el clima y la crisis económica. Está claro que las amenazas existenciales para todos los pueblos son el cambio climático, la destrucción de la ecología, la creciente desigualdad social entre las naciones y dentro de ellas. Esto es lo que hay que abordar.

Conclusiones

La injustificada agresión de Rusia a Ucrania ha llevado a la devastación de un país independiente, Ucrania. A largo plazo, Rusia va a sufrir el desgaste provocado por ella, ya que Occidente le excluye de muchos sistemas financieros globalizados. El movimiento de EE UU hacia la primacía mundial se ha acelerado. Como hemos mostrado, muchos países están calibrando sus posiciones. La huella de carbono de esta guerra y la acelerada militarización global son un paso atrás para los objetivos de un futuro común para la humanidad. Las alianzas militaristas como la OTAN u otras necesitan reflexionar sobre su papel exclusivo y negativo. No hay alternativa a una seguridad común y colaborativa inclusiva. Además, el doble rasero en la aplicación de los derechos humanos y las guerras de agresión selectivas contra Estados más pequeños por parte de las grandes potencias han llevado a una deslegitimación de las instituciones multilaterales y a un mundo inseguro para todo el mundo. Si se trata de una guerra para salvar la democracia y los derechos humanos, los organismos internacionales como la ONU y el Consejo de Seguridad deberían democratizarse. Las personas refugiadas de todos los países deben ser tratadas con respeto y se debe comenzar a implantar normas para un sistema mundial más equitativo.

Anuradha M. Chenoy es profesora emérita de Jawaharlal Nehru University (Nueva Delhi), especialista en Rusia y Asia Central, Género y relaciones internacionales

https://aepf.info/the-russia-ukraine-war-and-the-changing-world-order/

20 julio 2022 |

Traducción: viento sur

Notas:

1/Véase, por ejemplo, los comentarios de varios importantes estrategas estadounidenses como Chas Freeman, “Russia” en  Global Affairs, octubre-diciembre de 2021, 130 en https://eng.globalaffairs.ru/wp-

2/ Biden, Joe, “Interim National Security Strategic Guidance”, Casa Blanca, marzo de 2021, en: https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2021/03/NSC-1v2.pdf

3/ Servicio de Investigación del Congreso de EE UU, “Informe al Congreso sobre la competencia de grandes potencias”, diciembre de 2021. En: https://s3.documentcloud.org/documents/21170190/renewed-great-power-competition-implications-for-defense-issues-for-congress-dec-21-2021.pdf consultado el 16 de marzo de 2022)

4/ Hoja informativa de la Casa Blanca (2015) “Advancing the Rebalance to Asia and the Pacific”, 16 de noviembre, Washington, en: https://obamawhitehouse.archives.gov/the-press-office/2015/11/16/fact-sheet-advancing-rebalance-asia-and-pacific

5/ “Estrategia de Defensa Nacional 2018”, Resumen en: https://obamawhitehouse.archives.gov/the-press-office/2015/11/16/fact-sheet-advancing-rebalance-asia-and-pacific

6/ General Mark Milley, “Testimonio ante el Congreso de EE UU”, 5/04/2022, citado en CBS News en: https://www.cbsnews.com/news/ukraine-conflict-years-mark-milley-house-armed-services-committee/

7/ Biden, Joe (2021) Discurso en Múnich, en: https://www.business-standard.com/article/international/biden-urges-european-allies-to-prepare-strategic-competition-with-china-121021901535_1.html

8/https://www.abc.net.au/news/2022-03-21/defence-dutton-flags-future-trump-space-force/100927320

9/ Kornprobast, Markus y Wallace, John (2021) Deglobalization? The future of the liberal international order. Chatham House, en: https://academic.oup.com/ia/article/97/5/1305/6363969. Véase también el número especial de International Affairs (Reino Unido) sobre la desglobalización, septiembre de 2021, nº 27 Volumen, 5.

10/ Ley de Competencia Estratégica, 2021, en: https://thediplomat.com/2021/04/senates-strategic-competition-act-will-make-china-us-relations-worse-not-better/

11/ Reunión Biden-Xi, 19/03/2022, BBC en: https://www.bbc.com/news/world-asia-china-59301167

12/ Xi Jinping, citado en Times of India, en: https://timesofindia.indiatimes.com/world/us/china-snubs-us-says-he-who-tied-bell-to-the-tiger-must-take-it-off/articleshow/90329640.cms

13/The Guardian, en: https://www.theguardian.com/us-news/2022/mar/13/jake-sullivan-biden-national-security-adviser-china-russia

14/ Hu Xijin, (2022) “Russia is a crucial partner for China in deterring US”, Global Times, en: https://www.globaltimes.cn/page/202203/1256525.html

15/ Declaración conjunta de Putin y Xi del 4/02/2022, en la que se acuerdan muchos temas, entre ellos la no intervención extranjera en la CAS y la oposición a la expansión de la OTAN. Sitio web del presidente: http://en.kremlin.ru/supplement/5770

16/ Agherholm, Harriet (2017) “Maps show where president Barak Obama dropped his 20.000 bombs”, The Independent, Reino Unido, en: https://www.independent.co.uk/news/world/americas/us-president-barack-obama-bomb-map-drone-wars-strikes-20000-pakistan-middle-east-afghanistan-a7534851.html )

17/https://www.newsweek.com/watch-madeleine-albright-saying-iraqi-kids-deaths-worth-it-resurfaces-1691193

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El pensador estadunidense Noam Chomsky afirma que es "imposible dañar a Rusia severamente", por lo que si Ucrania "prosigue la guerra", será "devastada. Tal es la política de EU".Foto Marco Peláez

El Nuevo Orden Mundial, que se está definiendo en la singularidad de Ucrania y sus "varias guerras en una", toma el camino (aquí proyectado) de la "bipolaridad regional geoestratégica" del bloque EU/OTAN/Unión Europea (UE)/G-7 frente al dúo euroasiático de Rusia y China, al que se inclinan, desde el punto de vista geoeconómico, un tanto cuanto los "BRICS+", al que buscan incorporarse por lo menos 16 países, entre ellos Argentina e Irán (https://bit.ly/3OK2Kyk).

Las cumbres de finales de junio e inicios de julio –los "BRICS+", el alicaído G-7 y la OTAN– reflejan la nueva "bipolaridad regional geoestratégica" cuando el presidente Putin, exorcizado por "Occidente", se siente ya más libre para realizar dos visitas en el mero corazón centroasiático: Turkmenistán y Tayikistán.

La alta probabilidad de una Guerra Termonuclear entre EU y Rusia, que aniquilaría a los seres vivientes de la biosfera –con excepción de las cucarachas–, ha valido que dos jázaros, ideológicamente antagónicos entre sí, Kissinger, de 99 años (https://bit.ly/3Nu1dLV), y Chomsky, de 93 años, se desmarquen de su correligionario: el comediante Zelensky (https://bit.ly/3OK1POk), quien sin tapujos ha sentenciado que su "objetivo (sic) es convertir a Ucrania" en el “ Gran Israel (https://bit.ly/3NsDpry)”. Ucrania –población de 43.5 millones (hoy con 8 millones de refugiados), ¡0.2 por ciento (sic) de judíos jázaros (de origen mongol centroasiático (https://amzn.to/2MR0PfM)!– es el asiento del sionismo histórico con el jázaro Zeev Jabotinsky (https://bit.ly/3OKupzd).

Los dos graves escollos de la irredentista cosmogonía racista del "Gran Israel" del comediante Zelensky son que Israel no es frontera con Rusia y la población jázaro-israelí de Ucrania es una micro-minoría (¡0.2 por ciento!).

Ya en una previa entrevista al periodista británico Owen Jones (https://bit.ly/3bwJUwg), Chomsky había fustigado al "sistema de propaganda occidental" que ha llevado a la escalada militar en Ucrania, que puede acabar siendo "destruida". En ese momento, Chomsky abogó por la "neutralización de Ucrania" y el olvido de su alucinante ingreso a la OTAN.

En una reciente entrevista al académico y periodista palestino-estadunidense Ramzy Baroud y a la periodista italiana Romana Rubeo, Chomsky aduce que las raíces etiológicas de la guerra en Ucrania se deben a la "provocación" de la "expansión de la OTAN" que la prensa occidental omite en forma deliberada mediante una censura que jamás ha visto en su vida (https://bit.ly/3y4kfT5).

Chomsky es una celebridad por su aportación a la neurolingüística y la "gramática generativa", además de impulsar la "revolución cognitiva" en las ciencias humanas. De ahí que sea muy crítico de la "histeria" de los multimedia de Occidente, donde "no se permite la racionalidad (sic)", ni siquiera conocer el punto de vista de Rusia.

Según Chomsky, "no es sólo su opinión", sino la de "cada funcionario de alto (sic) nivel en EU familiarizados con Rusia y Europa oriental: desde George Kennan y, en la década de 1990, el embajador Jack Matlock con Reagan, incluyendo al presente director de la CIA", quienes "han estado advirtiendo a Washington que es temerario y provocativo ignorar (sic) las muy claras y explícitas líneas rojas de Rusia".

Chomsky juzga que las líneas rojas son anteriores a Putin –"no tienen nada que ver con él"–, ya que "Gorbachov siempre dijo lo mismo. Ucrania y Georgia no pueden integrarse a la OTAN, que son el corazón (sic) geoestratégico de Rusia".

Chomsky culpa a Bill Clinton de haberse pasado por su Arco del Triunfo las líneas rojas respetadas por Daddy Bush.

Peor aún: Baby Bush llegó a la temeridad de "invitar a Ucrania" a integrarse a la OTAN, al unísono de su "pequeña camarilla (sic)" de Cheney y Rumsfeld, mientras "Francia y Alemania lo vetaban". Pues sí: eran otras Francia y Alemania…

Después de desglosar la provocación de Biden y su secretario de Estado, el jázaro Antony Blinken, Chomsky sentenció que es "imposible (sic) dañar a Rusia severamente", por lo que si Ucrania "prosigue la guerra", será "devastada. Tal es la política de EU".

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Un tren de alta velocidad une Pekín con Wuhan. El avance de China hace parecer inevitable que superará a EU como primera potencia económica.Foto Xinhua

Parece que Estados Unidos ha iniciado una nueva guerra fría con China y Rusia a la vez. Y la dirigencia estadunidense la presenta como una confrontación entre la democracia y el autoritarismo, lo cual resulta sospechoso, sobre todo cuando esa misma dirigencia corteja activamente a un violador sistemático de los derechos humanos como Arabia Saudita. Esta hipocresía hace pensar que, al menos en parte, lo que está en juego aquí es la hegemonía global más que una cuestión de valores.

Tras la caída de la Cortina de Hierro, Estados Unidos fue durante dos décadas el número uno indudable. Luego llegaron las desastrosas guerras en Medio Oriente, el derrumbe financiero de 2008, el aumento de la desigualdad, la epidemia de opioides y otras crisis que parecieron poner en duda la superioridad del modelo económico estadunidense. Además, sumando la victoria electoral de Donald Trump, el intento de golpe en el Capitolio, las numerosas matanzas en tiroteos, los intentos de supresión de votantes por parte del Partido Republicano y el auge de cultos conspirativos como QAnon, hay pruebas más que suficientes para pensar que algunos aspectos de la vida política y social de Estados Unidos se han vuelto profundamente patológicos.

Por supuesto que Estados Unidos no quiere que lo destronen. Pero que China lo supere en lo económico es sencillamente inevitable, cualquiera sea el indicador oficial que se use. No sólo su población es cuatro veces mayor a la de Estados Unidos, sino que su economía también creció al triple (https://bit.ly/3HI3Bgv) durante muchos años, de hecho, ya superó (https://bit.ly/39InWWB) a Estados Unidos por paridad del poder adquisitivo en 2015.

Aunque China no haya lanzado un cuestionamiento estratégico directo a Estados Unidos, las señales son claras. En Washington hay consenso bipartidario (https://brook.gs/2IQTAmB) respecto de que China puede plantear una amenaza estratégica, y que lo menos que debe hacer Estados Unidos para mitigar el riesgo es dejar de colaborar con el crecimiento de la economía china. Según esta visión, se justifica tomar medidas preventivas, aunque eso implique violar las normas de la Organización Mundial del Comercio, en cuya redacción y promoción Estados Unidos tuvo una importante participación.

Este frente de la nueva guerra fría ya estaba abierto mucho antes de la invasión rusa a Ucrania; después de lo cual, altos funcionarios estadunidenses exhortaron (https://wapo.st/3NpkYnT) a que la guerra no desvíe la atención de la amenaza real a largo plazo: China. Puesto que la economía de Rusia es más o menos igual en tamaño a la de España, su alianza ilimitada con China no parece tener mucha importancia económica (aunque su prontitud para las actividades disruptivas en todo el mundo puede resultarle útil a su más grande vecino del sur).

Pero un país en guerra necesita una estrategia, y Estados Unidos no puede ganar una nueva carrera entre grandes potencias solo; necesita amigos. Sus aliados naturales son Europa y las otras democracias desarrolladas de todo el mundo. Pero Trump hizo todo lo posible por alejarlas, y los republicanos (que todavía están completamente atados a él) han dado amplios motivos para dudar de que Estados Unidos sea un socio fiable. Además, Estados Unidos también tiene que ganarse la buena voluntad de miles de millones de personas en los países en desarrollo y emergentes; no sólo para tener los números de su lado, sino también para garantizarse acceso a recursos críticos.

Para congraciarse con el mundo, Estados Unidos tendrá que recuperar mucho terreno perdido. Su larga historia de explotar a otros países no ayuda, como tampoco su profundamente arraigado racismo (una fuerza que Trump canaliza con pericia y con cinismo). El último ejemplo es la contribución de las autoridades estadunidenses al “ apartheid vacunatorio” (https://bit.ly/3HKAnOo) global, por el que los países ricos consiguieron todas las dosis que necesitaban, mientras la gente de los países pobres quedó librada a su suerte. En tanto, los adversarios en la nueva guerra fría estadunidense pusieron sus vacunas a disposición (https://go.nature.com/3zU0VdN) de otros países a precio de costo o inferior y los ayudaron a desarrollar capacidad de producirlas por sí mismos.

La falta de credibilidad se magnifica en lo relacionado con el cambio climático, que afecta en forma desproporcionada a los países del Sur Global (https://bit.ly/3NbN5GE), que son los menos preparados para hacerle frente. Aunque los principales mercados emergentes hoy son la fuente principal de gases de efecto invernadero, la emisión acumulada de Estados Unidos sigue siendo con diferencia la mayor (https://bit.ly/3n4Bcb4). El mundo desarrollado no deja de sumar emisiones, y para peor ni siquiera ha cumplido sus exiguas promesas de ayudar a los países pobres a manejar los efectos de una crisis climática que causaron los países ricos. Por el contrario, los bancos estadunidenses contribuyen al riesgo de crisis de deuda (https://bit.ly/3QAyl7f) en muchos países, exhibiendo a menudo una perversa indiferencia respecto del sufrimiento resultante.

Europa y Estados Unidos son muy buenos para dar lecciones a otros sobre lo que es moralmente correcto y económicamente razonable. Pero el mensaje termina siendo haz lo que yo digo y no lo que yo hago (algo que la persistencia de los subsidios agrícolas de Estados Unidos y Europa pone en claro). Más aún después de Trump, Estados Unidos ya no tiene ningún derecho a la superioridad moral, ni credibilidad para dar consejos. El neoliberalismo y la economía del derrame jamás gozaron de mucha aceptación en el Sur Global, y ahora están perdiéndola en todas partes.

Al mismo tiempo, China se ha destacado por su capacidad para proveer infraestructuras físicas (https://bit.ly/3zPy1vz) a los países pobres en vez de dar lecciones. Es verdad que a menudo esos países terminan muy endeudados; pero viendo cómo se han portado los bancos occidentales como acreedores en el mundo en desarrollo, Estados Unidos y otros no están en posición para lanzar acusaciones.

Podría seguir, pero creo que mi argumento ya está claro: si Estados Unidos se va a embarcar en una nueva guerra fría, tiene que comprender qué necesita para ganarla. Las guerras frías se ganan en última instancia con el poder blando de la atracción y la persuasión. Para salir airosos, tenemos que convencer al resto del mundo de que nos compre no solamente nuestros productos, sino también el sistema social, político y económico que vendemos.

Estados Unidos sabrá hacer los mejores bombarderos y sistemas misilísticos del mundo, pero aquí no nos servirán de nada. Por el contrario, tenemos que ofrecer a los países en desarrollo y emergentes ayuda concreta, comenzando con la suspensión de derechos de propiedad intelectual sobre todo lo relacionado con el covid, para que esos países puedan fabricar vacunas y tratamientos por sí mismos.

Igual de importante, Occidente debe lograr que su sistema económico, social y político vuelva a ser la envidia del mundo. En Estados Unidos, el primer paso es reducir la violencia con armas de fuego, mejorar la regulación ambiental, combatir la desigualdad y el racismo y proteger los derechos reproductivos de las mujeres. Hasta que hayamos demostrado que merecemos liderar, no podemos esperar que otros nos sigan.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es profesor distinguido en la Universidad de Columbia e integrante de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional.

Traducción: Esteban Flamini

Copyright: Project Syndicate, 2022.www.project-syndicate.org

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Se ahonda pugna entre Evo Morales y Luis Arce en Bolivia

La Paz. El expresidente boliviano Evo Morales decidió pasar a la ofensiva contra el gobierno de su heredero político Luis Arce y le reclamó públicamente por la falta de obras y la permanencia en el cargo del ministro de Gobierno, a quien ha cuestionado duramente.

Respaldado por el principal sindicato de cocaleros, del que es titular, Morales dijo que le envió una carta a Arce para evaluar la gestión del titular de Gobierno, Eduardo del Castillo. “Escuché de los compañeros que no están llegando obras. Primera vez que escucho que no están llegando obras”, dijo Morales desde una radio de los cocaleros en la región central de Bolivia.

Otro sindicato de la región de Morales amenazó con iniciar protestas con cortes de rutas si Arce no escucha el pedido de destituir al titular de Gobierno, a quien Morales acusa de una deficiente gestión.

Morales es líder del gobernante Movimiento al Socialismo (MAS) que controla la mayoría en la Asamblea Legislativa, pero la semana pasada perdió una batalla política al no lograr que los legisladores censuraran a del Castillo.

Arce respaldó el lunes la gestión de su ministro durante una ceremonia pública y evitó hacer comentarios sobre las discrepancias en su gobierno. Líderes oficialistas reconocieron las disputas, pero rechazaron que haya divisiones.

Para la minoritaria y dividida oposición política las disputas están motivadas por pugnas de poder y por el liderazgo del partido oficialista con miras a las elecciones presidenciales de 2025. Arce está habilitado a postularse a una reelección consecutiva.

Arce fue el cerebro del modelo económico de Morales que dio al país estabilidad y crecimiento durante el auge de las materias primas y como mandatario ha seguido la política de su mentor con una economía estatista.

Tras más de una década en el poder (2006-2019) Morales renunció en 2019 en medio de un estallido social que costó la vida de 37 personas tras acusaciones de la OEA de fraude electoral en los comicios de ese año en los que buscaba un cuarto mandato consecutivo. A su regreso del exilio retomó el liderazgo del principal sindicato cocalero y del MAS.

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