Domingo, 21 Febrero 2021 06:15

El bloqueo es un crimen de lesa humanidad

El bloqueo es un crimen de lesa humanidad

Según la ONU, son crímenes contra la humanidad los que constituyen ataques generalizados o sistemáticos a la población civil, así como los exterminios, la esclavitud, la deportación o expulsión forzosa, la privación de la libertad física e intelectual que viola el derecho internacional o las torturas, las violaciones, la prostitución y la violencia sexual, la persecución de un colectivo (incluido su “linchamiento mediático”) por motivos políticos, raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos o de género; la desaparición forzada de personas, el apartheid y otros actos que atenten contra la integridad de las personas y de los grupos sociales. Por ejemplo el bloqueo, aunque lo llamen “embargo”. Antes de que los “puristas” de las clasificaciones leguleyas alienten esperanzas de ensayar elocuencias escolásticas, sepan que no tendrán lugar aquí. Es delito de lesa humanidad todo cuanto atente contra la vida, la libertad, los derechos y la dignidad de las personas… y los bloqueos son una de las formas de las guerras más alevosas, ilegales e ilegítimas, del capitalismo, aunque inventen ideólogos, tratados y legislaciones para camuflarse.

Combatir al bloqueo no es asunto sólo “legal”, de poco han servido el repudio en Naciones Unidas ni las proclamas airadas de las voces más indignadas. La batalla contra el bloqueo es una lucha política que no se detiene a las puertas de las burocracias y que implica una batalla radical contra el capitalismo, su modo y sus relaciones de producción. Sin duda el capitalismo, en su desarrollo, luego de la Segunda Guerra Mundial, produjo iguales o peores horrores contra la especie humana. Produjo usurpaciones, invasiones y hurtos. Todo tipo de engañifas, manipulaciones y humillaciones. Destrucción de países y de culturas. Miseria y desamparo, secuestros, usurpaciones y bloqueos. ¡Imposible maquillar tantos horrores! Las consecuencias empeoran y se comportan como pandemia. No hay futuro para la humanidad bajo un sistema así. Y para castigar a quienes se niegan a aplaudir sus horrores, el imperio impone “embargos” y bloqueos. Formas de una guerra despiadada contra los pueblos. Por ejemplo, el bloqueo contra Cuba es el más prolongado que se conoce en la historia moderna. Aunque ha sido condenado sinnúmero de ocasiones nada pasa; lo mismo sucede contra Venezuela y contra todo aquel que intente desarrollar nexos con ambos países.

Algunos se conduelen sólo por los “daños económicos” ocasionados por el bloqueo, pero es insuficiente para comprender y denunciar los estragos en salud, educación, vivienda, trabajo y cultura. El bloqueo es parte de la guerra sicológica imperial contra toda rebeldía. No olvidemos la obligación ética que tenemos todos de denunciar el ataque sistemático contra el estado de ánimo de los pueblos sometidos al bloqueo. Está más clara que nunca la urgencia de una nueva proclama planetaria por los derechos humanos; que despeje toda huella de individualismo para ascender a una práctica humanista que aprenda a no reducir los derechos y, a cambio, aprenda a expandir todas sus nociones a su carácter social necesario. Es hora de habilitarnos con un programa humanista mundial nuevo, con carácter vinculante, en todos los cuerpos constitucionales y jerarquías éticas con que debe armarse una justicia social verdadera que nos ponga a salvo de las formas despiadadas de desigualdad, desamparo y marginación reinantes.

Necesitamos una declaración de los derechos humanos de nuevo género que condene al bloqueo, esta vez democrática, suscrita por las organizaciones de los trabajadores, aceptada por los movimientos sociales en pie de lucha contra la separación de la humanidad en clases sociales. Un sistema humanista nuevo, de capítulos subordinados a una concepción dinámica e integral, capaz de perfeccionarse con su práctica objetiva y con la organización democrática permanente de veedores, supervisores y controladores organizados en comités éticos para el desarrollo de los derechos y las responsabilidades colectivas. Romper con toda “letanía de falsa democracia” para democratizar la Declaración Universal de Derechos Humanos, renovarla desde los consensos. Es un paso obligado en el corto plazo. Romper con la idea de que tal declaración ha de mantenerse enjaulada en la verborrea diplomática, para ascender a una que se vuelva “carne de las luchas” humanistas de base socialista y que sea sinónimo de fortaleza práctica sostenida con pensamiento crítico. Necesitamos una declaración que incluya debates y escrutinio de los pueblos contra sus opresores.

Hasta hoy, “los derechos humanos –escribe Marx– son los de miembros de la sociedad burguesa, es decir, de individuos egoístas, separados de sí y de la comunidad”… pero los derechos del ciudadano “sólo pueden ejercerse en comunidad. Su contenido es la participación en ella, y concretamente en la comunidad política, en el Estado”. Ninguno de los derechos humanos trasciende en individuos replegados en sí mismos. Necesitamos una declaración que sea herramienta de crítica cotidiana, cercana y en acción cuyas proclamas luchen en el sentido fundamental del respeto inalienable por el trabajo: “todos los miembros de la sociedad tienen igual derecho a percibir el fruto íntegro del trabajo” o a un “reparto equitativo del fruto de éste”.

Necesitamos un acuerdo internacionalista, de las bases, para refundar los derechos humanos de manera crítica contra el carácter limitado e inhumano de la lógica del capital. Para luchar contra toda forma de bloqueo, que constituye un crimen, flagrante y sistemático. Humanismo que sea más que un compendio de “buenos propósitos” filantrópicos; que sea una manera más de ascender a la práctica emancipadora. Como lo pensaba Marx, a la luz de la historia, inseparable del contenido insuflado por las fuerzas sociales en sus luchas emancipadoras. Humanismo de “nuevo género” como acción deseable, posible y realizable para las fuerzas que se fundamentan en la democracia participativa. Humanismo para no sucumbir a la opresión ideológica más feroz implícita en la sustracción de plusvalía. Humanismo que no se detenga ante nada, que defienda a la naturaleza, que proteja al patrimonio cultural, que combata a los negocios de las guerras, de los bancos buitres y de los mass media, máquinas de guerra ideológica. No traguemos más engaños, el bloqueo es un crimen de lesa humanidad. Y hay que frenarlo, sancionarlo y obligarlo a reparar los daños, globalmente.

Por Fernando Buen Abad Domínguez, Director del Instituto de Cultura y Comunicación y Centro Sean MacBride Universidad Nacional de Lanús

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El experimento de qué pasa si un país y un gigante tecnológico chocan: la confrontación entre Facebook y Australia

La red social reacciona con un apagón informativo a la intención del gobierno australiano de hacerle pagar por las noticias que comparten sus usuarios. Los algoritmos han censurado también decenas de páginas del gobierno y la sociedad civil

 

En los últimos tiempos los gobiernos han subido el tono con las multinacionales digitales. La cosa empezó con la manipulación informativa de Cambridge Analytica y los rusos pero siguió con la precarización que impone su economía a escala, con los gastos extra que suponen para los estados, con su ingeniería financiera para pagar menos impuestos, con sus prácticas monopolísticas, con sus algoritmos sesgados o con sus estrategias para mantenernos enganchados.

En ese tira y afloja con las GAFAM (Google, Apple, Amazon, Facebook y Microsoft), Australia ha sido la primera en probar hasta dónde puede estirarse la cuerda antes de romperse. Los resultados preliminares de ese experimento son: 1) a los países no va a serles fácil torcer la voluntad de estas multinacionales; y 2) hay varias y todas son monopolios en sus sectores, por lo que un conflicto con solo una de ellas puede llevar a problemas.

Una exigencia made in Australia

El problema que ha elegido Australia para lanzar el órdago es, curiosamente, una disputa aletargada desde los primeros pasos de Internet: ¿cómo deben remunerar las multinacionales tecnológicas a los medios de comunicación por el uso de sus contenidos en sus plataformas?

Tras años de tregua, parlamentos de todo el mundo han retomado el debate sobre esto. También en España. El dominio de la publicidad digital de Google y Facebook está tan consolidado que ya no hay dudas sobre la necesidad de regulaciones a medida. Las compañías por su parte han aceptado que ha llegado el momento de pagar, después de muchos años usando las noticias como vía para extraer datos sobre los intereses de sus usuarios con los que rellenar sus perfiles publicitarios.

El punto medio donde gigantes digitales y empresas editoras se están encontrando son los acuerdos individuales con cada medio para llevar a cabo esa remuneración, que ya se han firmado en varios lugares del mundo.

El Gobierno y el Parlamento australiano quieren ir un paso más allá: pretenden establecer tasas reguladas por ley a negociar entre las plataformas y los medios. Si no se ponen de acuerdo, entra en acción un organismo de mediación. El problema es que las plataformas no quieren ni oír hablar de estos entes intermediarios, ni en Australia ni en ningún otro lugar. España, por ejemplo, es el único país europeo sin Google News y el motivo es que Google se negó a negociar con un intermediario, una SGAE de la prensa, llamada Cedro. Ante el ultimátum del canon AEDE, la multinacional desactivó el servicio de agregación de noticias. Y así lleva desde 2014.

Australia también quiere que tanto Google como Facebook informen a los editores sobre los cambios que vayan a introducir en los algoritmos, con el fin de que puedan estar preparados de antemano. Estas modificaciones en la forma en la que las tecnológicas muestran la información pueden resultar dramáticas para los medios, que sufren una gran dependencia de la visibilidad que obtienen de Google y Facebook.

Si los entes intermediarios son una línea roja para las plataformas, lo de abrir sus algoritmos a los medios locales australianos y darles en exclusiva una información por la que negocios de todo el mundo –mucho más allá de la industria mediática– estarían dispuestos a pagar millones, a las multinacionales les suena ya a exigencia de otro planeta.

Apagón informativo

Google amenazó con bajar la persiana y abandonar totalmente Australia si esta insistía en sus demandas, aunque finalmente ha llegado a un acuerdo con News Corp., la multinacional editora de un buen número de cabeceras en el país, y con otros medios locales. El trato es similar al alcanzado con editores de Francia, Reino Unido o Brasil y no incluye ninguna cláusula sobre algoritmos.

Facebook, en cambio, ha decidido cortar por lo sano y vetar todos los enlaces de noticias y las páginas de Facebook que publican información para los 16 millones de australianos que usan sus servicios. Antes incluso de que Australia apruebe la ley.

La decisión ha producido un caos informativo este jueves. Un apagón informativo que recuerda a esos que los que protagonizan las dictaduras o cuando se llevan a cabo golpes de Estado como el de Birmania, donde lo primero que se hace es cortar el acceso a las redes sociales. La diferencia es que en esta ocasión ha sido una multinacional la que ha dejado a oscuras a los ciudadanos.

El debate ha trascendido rápidamente de disputa comercial a las libertades fundamentales. "Es extremadamente preocupante que una empresa privada esté dispuesta a controlar el acceso a la información de la que dependen las personas. La acción de Facebook demuestra claramente por qué permitir que una empresa ejerza un poder tan dominante sobre nuestro ecosistema de información amenaza los derechos humanos", ha denunciado Amnistía Internacional, que pide a la empresa de Zuckerberg que "revoque inmediatamente la decisión".

Uno de los aspectos más graves es que la acción de Facebook ha arrasado un gran número de páginas que no son medios de comunicación. El periodista Kevin Ngouyen ha ido recopilando en Twitter los casos en los que los algoritmos han censurado páginas meramente informativas, que se cuentan por decenas. Entre ellos hay páginas oficiales del Gobierno australiano, de sindicatos, de ONG, de asociaciones deportivas, benéficas, de víctimas de violencia de género, metereológicas, de aviso de incendios...

por Carlos del Castillo

18 de febrero de 2021 23:03h

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Miércoles, 17 Febrero 2021 05:43

Reconfiguraciones del MAS en Bolivia

Reconfiguraciones del MAS en Bolivia

El 7 de marzo, el Movimiento al Socialismo (MAS) se enfrentará a nuevas elecciones regionales tras haber regresado al poder, con más de 50% de los votos, en octubre pasado. Liderado por el ex-presidente Evo Morales, este partido de base campesina se encuentra inmerso en tensiones y reacomodamientos internos.

 

El próximo 7 de marzo se celebrarán en Bolivia los comicios subnacionales que elegirán a las principales autoridades ejecutivas y legislativas de las nueve gobernaciones departamentales y los 337 municipios. Según el régimen autonómico, el nivel subnacional de gobiernos autónomos constituye la estructura vertical de organización del Estado y desde hace más de dos décadas viene adquiriendo una creciente relevancia política e institucional. Primero, fue la descentralización municipal cuyo antecedente data de la década de 1990, y luego, de manera incremental, la implementación del nuevo régimen autonómico establecido por la Constitución Política del Estado (CPE) aprobada en 2009. En suma, la descentralización y la reorganización territorial del poder ampliaron y profundizaron la configuración de los sistemas políticos en el nivel subnacional. 

Las elecciones de marzo serán la segunda versión de comicios departamentales y municipales bajo el nuevo régimen autonómico. Su importancia no radica tan solo en la progresividad de la edificación institucional de las autonomías, sino en que son parte de una serie de acciones que, en el fondo, buscan resolver la crisis política provocada por la caída de Evo Morales en noviembre de 2019. Una primera acción de canalización institucional de la crisis fue la organización de las elecciones nacionales que, después de reiteradas postergaciones, se llevaron adelante en octubre de 2020. La crisis sanitaria del covid-19 fue la principal causa y justificación de los continuos aplazamientos en la celebración de las elecciones, una situación que de facto extendió el mandato del gobierno transitorio de Jeanine Añez por el lapso de 11 meses, y el de las autoridades subnacionales, por más de un año, puesto que el cambio de estas, según la normativa electoral, debería haberse realizado a inicios de 2020. 

Asimismo, al igual que los comicios generales, las elecciones subnacionales se realizarán en el contexto de la crisis sanitaria de la pandemia del covid-19 que aún azota al país y del deterioro de los indicadores de estabilidad y crecimiento económico de los que, hasta hace apenas un año, gozaba Bolivia. En ese sentido, estas elecciones son consideradas como el segundo momento político-electoral en el que, a través de la participación y el voto ciudadanos, se buscará encaminar y cerrar la ya larga crisis política que arrastra el país. 

Efectos de la victoria electoral del MAS en 2020

Si durante la celebración de las elecciones presidenciales de octubre de 2020 el contexto político se caracterizaba por una alta polarización discursiva, la situación que enmarca las elecciones subnacionales es diferente. Los efectos inmediatos de los resultados nacionales y las particularidades de la contienda subnacional establecen un nuevo contexto de pulsiones y expectativas políticas. La victoria de Luis Arce y David Choquehuanca, con 55,1% de los votos, estableció un margen amplio de distancia entre el Movimiento al Socialismo (MAS) y las dos principales fuerzas contendientes: Comunidad Ciudadana (CC), del ex-presidente Carlos Mesa, que obtuvo 28,8%, y Creemos, de Fernando Camacho, el dirigente cruceño que encabezó las protestas y movilizaciones sociales contra Morales en 2019, que logró tan solo 14%. Así, las dos figuras que fueron importantes protagonistas de oposición frente a un Evo Morales que buscaba conseguir un cuarto mandato en el poder fueron a la vez derrotadas por el binomio electoral presentado por el MAS. Este dato resulta relevante, ya que fue la primera vez que esta organización política lidió sin la candidatura de su principal líder y jefe nacional y, por ende, sin el apoyo que recibía del poder estatal cuando Morales fungía como presidente del Estado. 

De esta manera, el éxito electoral del MAS reconfirmó su importancia estratégica en el acontecer político. Un factor que confirma este aserto es el impacto de los resultados electorales de octubre de 2020. La marcada diferencia de más de 25 puntos frente a Mesa ha provocado el relajamiento de la polarización discursiva que ciertamente predominó a lo largo del gobierno de Jeanine Áñez. La narrativa ampliamente difundida que presentaba la polarización «dictadura» versus «democracia», en la que el MAS expresaría el primer polo y el bloque anti-MAS el segundo, se desvaneció tras los comicios. Lo mismo sucedió con la idea de que el MAS no podía ganar sin el aparato estatal en su favor.

Después de las elecciones nacionales, se ha producido una revaloración de la democracia como valor y sistema de gobierno que se expresa en la emergencia de una serie de pulsiones internas y externas, y el MAS no escapa a ellas.

MAS: disputa por el reequilibrio en la gestión del poder 

A lo largo de los últimos 20 años, el rol de Evo Morales en el MAS fue central para garantizar los éxitos electorales, así como la continuidad de su gobierno a partir de la victoria de 2005. No era un mito la idea de que sin él no había posibilidades de conseguir y garantizar la articulación «nacional-popular». La importancia y el rol de Morales, tanto en el camino hacia el poder como en la gestión estatal y la negociación del conflicto social, fueron una realidad efectiva que, luego, se asumió como un mito. En unos casos, para reafirmar el dominio y la centralidad de la figura del propio Morales dentro de la articulación política propiciada por el MAS; en otros, para dar lugar a la ficción opositora de que, sin el presidente, el MAS sería fácilmente derrotado. Ambas apreciaciones partían de un presupuesto analítico y sociológico equivocado: la subestimación de la política que se procesa en y desde abajo. 

Como se sabe, la figura de Morales, apoyada en la fuerza movilizada de los campesinos cocaleros e «interculturales» (anteriormente denominados colonizadores), fue un referente articulador del conglomerado de organizaciones sociales que, desde inicios del siglo XXI, desembocaron con mayor contundencia en el MAS considerado como su «instrumento político». Estas organizaciones eran y son básicamente de base territorial/campesina, y a ellas se sumaron, según intereses tácticos, diversos sectores sociales de raigambre popular. La estructura organizativa que refleja esta articulación fue y es aún el denominado Pacto de Unidad, en el que convergen las principales organizaciones campesinas indígenas y populares del país. Sin esta articulación, resultaba impensable llegar al poder de la manera en que llegaron en 2005 y, asimismo, lograr gobernar el país durante 14 años de manera continua. 

No es un dato menor que a lo largo de este periodo Morales haya gestionado con eficacia esta articulación nacional-popular. Hoy mismo, a pesar de las fracturas que aparecen dentro del MAS, el ex-presidente es aún el actor central para la cohesión de las organizaciones campesinas y populares, puesto que en el espectro político del campo popular aún no hay un sustituto que ocupe o dispute su espacio directivo.

Los resultados electorales de octubre de 2020, como mencionamos, demuestran que el MAS, o mejor, lo que hay detrás de él, es más que Evo Morales. En contra del mito establecido y difundido por unos y otros, el movimiento logró la victoria electoral sin su candidatura y, además, sin su presencia en el país, ya que en el momento de las elecciones se encontraba asilado en Argentina. Esto no implicó, sin embargo, que su importancia en el acontecer político fuera superflua. No hay que perder de vista que fue y es aún el presidente del MAS y, además, jefe de campaña tanto de la victoria electoral lograda en octubre de 2020 como de la confección de la estrategia electoral para la contienda de marzo. Sin embargo, es claro que su poder no es el mismo que ostentaba en el pasado, cuando no solo era la cabeza del MAS sino que además ejercía con efectividad la función de primera autoridad del Estado. 

Tras su retorno a Bolivia y, en particular, durante el armado y la confección de las listas de candidatos del MAS para las elecciones subnacionales, se hicieron visibles una serie de conflictos que erosionaron la imagen y autoridad del ex-presidente. Hay distintas y nuevas pulsiones que fueron saliendo de su control y que, actualmente, se hacen cada vez más visibles. 

No es que exista una desarticulación de las organizaciones sociales y un desencanto respecto de la figura de Morales, sino que, al parecer, existe una disputa cada vez más intensa por el replanteo del equilibrio de fuerzas, que hasta hace poco giraba en torno de su imagen, a través de la cual controlaba la articulación de los intereses corporativos en el interior del MAS. 

Ante la renuncia de Morales y la implosión de la estructura gubernamental en noviembre de 2019, fueron emergiendo nuevas figuras y narrativas que actuaron de manera independiente, o bien, con un mayor margen de autonomía, en respuesta a los desafíos inmediatos que demandaba la coyuntura critica. En ese ámbito, aparecieron personalidades que si bien se hallaban dentro de las filas del MAS, estaban invisibilizadas, como fue el caso de Eva Copa, senadora que asumió la Presidencia de la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP) ante la renuncia de sus colegas de partido al momento del estallido de la crisis política. En un contexto de persecución contra el MAS, Adriana Salvatierra renunció a la sucesión presidencial y Copa se posicionó como una figura central, segunda en la línea de sucesión, con un discurso más moderado que el de Morales desde el exilio. No hay que olvidar que el Parlamento, en el que el MAS tenía dos tercios de las bancas, siguió funcionando tras la caída de Morales y la asunción de Áñez.

Con el retorno de Morales y su presencia en el escenario político, se reactivó el accionar del bloque de poder que tradicionalmente hegemonizó al MAS a lo largo de los últimos 14 años. La realización de actos masivos de bienvenida, como su ratificación como responsable de la conducción partidaria, buscaron asentar el rol directivo de su figura política. Sin embargo, por primera vez, a poco tiempo de su retorno al país, se escenificaron resistencias y/o tensiones en torno de la efectividad de su presencia e incidencia política, en contraste con el tradicional esquema en el que Morales resultaba siempre el actor predominante y central. 

Por ello, la estructura lineal que daba coherencia al accionar del MAS viene siendo dislocada y quizás, en parte, rebasada. Un primer dato de esta situación es la existencia de dos figuras nacionales alternas al liderazgo de Morales: David Choquehuanca, vicepresidente del Estado y, en menor medida, el propio presidente Luis Arce. Ambos actores, al ocupar los primeros espacios del poder político, disputan márgenes de autonomía relativa en la gestión y toma de decisiones, ya que se resisten a ser seguidores pasivos de la denominada «línea dura» del MAS y de las directivas de Morales. Esta disputa ciertamente modifica o, mejor, distorsiona la eficacia del modelo establecido y, posiblemente, deseado por este. Así, en el interior de la articulación nacional-popular vienen emergiendo un conjunto de pulsiones que dan lugar a una abierta expansión de intereses y corrientes favorables a la renovación de liderazgos y formas de gestión que ponen en tensión a la estructura de restauración del poder político de Evo Morales. 

Tres eventos ampliamente difundidos por la prensa pusieron de manifiesto esta tensión y disputa. En ellos se escenificaron el descontento y el desacuerdo respecto a las decisiones directivas de Evo Morales y de las cúpulas dirigenciales por parte de nuevos actores del MAS-IPSP. Los hechos se dieron al momento de dirimir la designación de las candidaturas para las elecciones de marzo. El primero se registró en el departamento de Potosí, donde Morales, junto con los dirigentes locales, tuvo que resguardarse y, virtualmente, huir del evento de proclamación de los candidatos ante las crecientes protestas respecto a las decisiones tomadas. El segundo, bastante sintomático, fue la decisión de proceder con la designación de los candidatos del departamento de Santa Cruz en el Trópico del departamento de Cochabamba, en un espacio supuestamente «neutral» y bajo el resguardo de las seis federaciones de cocaleros de las cuales, también, Morales es el presidente ejecutivo, para evitar la confrontación de fuerzas. En esa oportunidad se produjo el famoso «sillazo», que le llegó a Morales como parte de la trifulca que provocó la decisión de favorecer a uno de sus ex-ministros como candidato a la gobernación departamental. 

Por último, posiblemente el suceso de mayor consecuencia política para el MAS y, quizás, para el futuro político de Morales fue la decisión de apartar a la propia Eva Copa de la candidatura a la Alcaldía en la emblemática ciudad de El Alto, vecina a La Paz. Esta decisión provocó una amplia y masiva movilización social en esa ciudad y departamento a favor de la ex-presidenta del Senado, quien de manera inmediata se habilitó como candidata por fuera del MAS y, con ello, provocó una importante ruptura partidaria, que dio lugar a su expulsión. Tras esa crisis, Copa aparece a la cabeza de las encuestas con una enorme diferencia frente al candidato del MAS.

Lo acontecido en El Alto no es de menor importancia en términos político-electorales, ya que se trata de la segunda ciudad más poblada de Bolivia, después de Santa Cruz. En ese sentido, gran parte de las candidaturas del MAS en curso se perfilan a engrosar las disputas por el replanteo estratégico del equilibrio de poder, con efectos en la gestión gubernamental y la articulación nacional-popular. Hay candidatos y corrientes que en estas elecciones buscarán a través de su éxito electoral empujar procesos de renovación, ampliación y democratización interna. También existen candidatos y corrientes que se dirigen a reforzar el asentamiento de los tradicionales operadores políticos que en el pasado sacaron réditos de la estructura de poder y liderazgo de Evo Morales. En ese sentido, los resultados del 7 de marzo terminarán de delinear el campo de tensión del MAS y del devenir político del país, para dar lugar al posible cierre de un ciclo de gestión hegemónica que, en retrospectiva, abarcó más de una década y media.

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Ecuador: Lasso ya no quiere el recuento masivo de votos

El candidato de la derecha intimó al poder electoral a "proclamar los resultados de la primera vuelta". El viernes había acordado junto a Yaku Pérez, el CNE y la OEA que se revisaran casi seis millones de votos. 

 

Ecuador vive horas de río revuelto y especulación. Lo que parecía claro el viernes en la tarde ya no lo fue el domingo en la noche, o, al menos, así parece. Esa tarde del viernes tuvo lugar un pacto entre el segundo en las elecciones del pasado siete de febrero, Guillermo Lasso, el tercero, Yaku Pérez, el Consejo Nacional Electoral (CNE) y la Organización de Estados Americanos (OEA).

Allí, sin presencia de ningún otro candidato, acordaron realizar un recuento de votos en 17 provincias del país: 100% en Guayas y 50% en las demás, para un total de cerca de seis millones de votos, en un proceso de cerca de 15 días que debería comenzar este martes. Eso último fue explicado el sábado en la tarde por la presidenta del CNE, Diana Atamaint, es decir, un día después del breve anuncio sobre el recuento anunciado sin detalles.

El sábado en la tarde ya se habían producido los reconocimientos de Luis Almagro, secretario de la OEA, recordado por su rol central en el golpe de Estado en Bolivia en el 2019, y del gobierno estadounidense, a través de la subsecretaria interina de la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, Julie Chung, quien afirmó que la decisión del CNE permitiría una “mejora de las garantías para los candidatos y la ciudadanía”.

El escenario de un pacto de recuento quedó, sin embargo, bajo pregunta, cuando Lasso publicó una carta el domingo en la tarde dirigida a Atamaint. Allí, en un cambio de posición, intimó al CNE a “proclamar los resultados de la primera vuelta electoral”, señaló el carácter supralegal del acuerdo y el peligro que el poder electoral caiga en “actos ilegales y hasta delictivos”, afirmó que el conteo de votos debía ser en siete provincias en lugar de las 17 inicialmente acordadas, y señaló que Pérez podía estar intentando “fraguar un fraude” con el proceso de recuento.

La carta fue seguida de un intercambio de acusaciones entre Pérez y Lasso por las redes sociales, donde este último acusó nuevamente de “intento de fraude y caos a la democracia”. El candidato de Pachakutik, por su parte, acusó a Lasso de querer realizar un fraude: “con qué autoridad moral usted aspira a ser presidente si hace fraude, primero dice que abran las urnas porque quien ‘nada debe, nada teme’ y ahora que no abran las urnas, fraude tras fraude, una burla al CNE, a la OEA y al pueblo de Ecuador”.

El cambio de situación, sumado a la poca claridad ofrecida por parte del poder electoral, arrojó así un cuadro de confusión que, en horas del lunes, sumó un nuevo elemento: el anuncio de una movilización para el martes por parte de la Confederación de Pueblos de la Nacionalidad Kichwa del Ecuador (Ecuarunari) -de la cual fue presidente Pérez entre el 2013 y 2019, cuando ganó la gobernación de Azuay- debido al “retracto del señor Lasso” expresado el domingo.

“Nos movilizaremos en los territorios y caminaremos a la ciudad de Quito para defender los intereses de los 18 millones de ecuatorianos (…) si hay que pelear tenemos que pelear, si hay que ir a la cárcel iremos a la cárcel, si nos asesinan seremos asesinados, pero de rodillas jamás”, afirmó Carlos Sucuzhañay, presidente de Ecuarunari, que forma parte de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE).

De esta manera el escenario pasó de un pacto anti-correísta, objetivo compartido entre Pérez y Lasso como afirmaron en la misma reunión del viernes, a una diferencia entre los candidatos con, a su vez, tensiones en la misma CONAIE, donde ciertos sectores se mostraron opuestos a un “acuerdo con la derecha (…) que sería ilegítimo e inconsulto con las bases”.

Una pregunta, que se ha mantenido desde el domingo en la noche, ha sido: ¿por qué Lasso dio marcha atrás en el acuerdo del viernes? ¿Fue por presiones internas, por ejemplo, de sus aliados del Partido Social Cristiano? ¿Una posibilidad real de perder su segunda posición al finalizar el recuento? En las respuestas a esa pregunta parecen estar las claves para comprender cómo pueda evolucionar el conflicto electoral en Ecuador.

Existe, además, otro elemento en la agenda de la contienda: la reciente visita a Quito realizada por el Fiscal de Colombia, Francisco Barbosa, quien, a pedido de la Fiscal ecuatoriana, Diana Salazar, trajo lo que denominó como “información” sobre el financiamiento del Ejército de Liberación Nacional (ELN) colombiano a la campaña de Andrés Arauz. La visita del Fiscal de Colombia, relacionado con el partido del presidente Iván Duque, Centro Democrático, dirigido por Álvaro Uribe, levantó señales de alarma acerca de la existencia de posibles maniobras para impedir una participación de Arauz en el ballottage del 11 de abril.

“Quienes han cogobernado el país junto a Lenín Moreno quieren aferrarse al poder, por eso han intentado, por vías anti-democráticas, descalificar nuestra candidatura, ahora, con mentiras quieren presionar al sistema de justicia para un nuevo episodio de persecución (…) Toda esta patraña tiene una sola intención: impedir que el binomio Arauz-Rabascall que lidera la preferencia electoral participe de la segunda vuelta”, afirmó Arauz este lunes.

Los próximos días podrían estar marcados por nuevas noticias y cambios, en el marco de una elección presidencial en un país marcado por la persecución vía lawfare sobre la revolución ciudadana, una institucionalidad cuestionada transversalmente, la interferencia de actores internacionales, y una oscilación entre el intento de pactos electorales anti-correístas -con posibles proyecciones a planes de gobierno- y giros repentinos -al menos en la superficie- como el que ocurrió el domingo.  

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Trump muestra una portada de periódico sobre su impeachment.- EFE

El Senado de Estados Unidos absuelve al expresidente en su segundo juicio político por 57 votos a favor de la condena y 43 en contra, aunque se necesitaban 67 votos favorables.

 

El expresidente de EEUU Donald Trump ha sido absuelto este sábado por el Senado, bajo control demócrata, de cualquier culpa en el asalto al Capitolio del 6 de enero, una de las jornadas más convulsas de la historia del país y en la que murieron cinco personas.

Los votos republicanos del Senado, constituido como jurado en este juicio político  o impeachment, salvaron a Trump e impidieron que los demócratas se hicieran con suficientes votos para condenarle.

El propio Trump ha dado la bienvenida a su absolución y ha avisado de que su movimiento para "Hacer a EEUU grande de nuevo" ("Make America Great Again") solo "acaba de empezar".

"Nuestro movimiento histórico, patriótico y hermoso para 'Hacer a EEUU grande de nuevo' solo acaba de empezar. En los meses venideros, tengo mucho que compartir con ustedes y espero continuar nuestro increíble viaje juntos para lograr la grandeza estadounidense para toda nuestra gente. ¡Nunca ha habido nada igual!", dijo en un comunicado

Los siete republicanos contra Trump

Solo siete republicanos votaron a favor de condenar a Trump por "incitar a la insurrección": Susan Collins, Lisa Murkowski, Mitt Romney, Ben Sasse, Bill Cassidy, Pat Toomey y Richard Burr.

El marcador final quedó con 57 a favor de la condena y 43 en contra, unas cifras insuficientes para los demócratas que necesitaban una mayoría de 67 votos para condenar al examandatario, algo que desde el principio parecía altamente improbable debido a la influencia que Trump aún tiene en su base de votantes.

A favor de absolver al expresidente votó el líder de la minoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, una figura muy influyente en el partido y que al principio se había mostrado abierto a una condena.

Sin embargo, esta mañana, el equipo de McConnell filtró a la prensa que pensaba absolver al exmandatario, lo que con toda seguridad influyó en el voto de algunos de sus correligionarios.

En las últimas horas del juicio político, la defensa de Trump se esforzó por defender el derecho a la libertad de expresión del expresidente y lo retrató como un garante de "la ley y el orden" en un retrato manipulado de los hechos, en el que culpó a los demócratas de incitar a la violencia, algo que es falso.

"Este juicio político ha sido una farsa completa de principio a fin. Todo este espectáculo no ha sido más que la búsqueda desquiciada de una vendeta política de larga data contra el señor Trump por parte del partido de la oposición", dijo uno de los letrados del exmandatario, Michael Van Der Veen.

Por su parte, en su alegato final, los legisladores demócratas que hacen de "fiscales" en el juicio político intentaron demostrar que Trump incurrió en un patrón de incitación a la violencia y que lo ocurrido en el Capitolio el pasado 6 de enero no es un incidente asilado.

Para ello, se valieron de horas de vídeo, cientos de documentos y capturas de pantalla de los mensajes en Twitter de Trump.

En un último intento por ganar una batalla que ya se veía perdida, el legislador demócrata Jamie Raskin, que lidera la acusación contra Trump, pidió a los republicanos que pensaran en el futuro del país y votaran su conciencia, poniendo a EEUU por encima de sus colores políticos.

"Si no podemos resolver esto juntos como un pueblo, si no podemos resolver esto olvidando las líneas partidistas, la ideología, la geografía y todas esas cosas, entonces ¿cómo vamos a conquistar otras crisis de nuestro tiempo?", preguntó al hemiciclo, que aguardaba en silencio.

"Senadores -rogó Raskin,- este no puede ser nuestra nueva normalidad. Esto tiene que acabar".

El final del juicio político estuvo rodeado de drama debido a que, esta mañana, de manera inesperada, el Senado aprobó que se citaran testigos a propuesta de los legisladores demócratas que hacen de "fiscales"; pero, finalmente, optó por recular en esa decisión.

Desde el principio, los dos partidos habían optado por un juicio rápido sin testigos, ya que los demócratas querían centrarse en la agenda legislativa del presidente, Joe Biden, y los republicanos deseaban pasar página del asalto lo antes posible.

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13/02/2021 21:52 Actualizado: 13/02/2021 22:44

EFE

Publicado enInternacional
El sistema productivo estadounidense ha quedado muy afectado por el bajo crecimiento, la acotada inversión y una polarización de empleos acorde a la agobiante desigualdad social

Este es el segundo de tres artículos del autor sobre el “Imperialismo del siglo XXI”. El primero se centra en "La recuperación imperial fallida de EE UU". Y el tercero analizará la “Indefinición imperial contemporánea”. Todo ello es, sin duda, una cuestión de gran actualidad.]

 

Estados Unidos afronta una crisis de largo plazo que corroe todos sus intentos de recuperación imperial. El retroceso económico es determinante de esa obstrucción.

La primacía militar de la primera potencia ya no se asienta en los viejos pilares productivos. El repliegue industrial ha conducido a un déficit comercial que expresa la pérdida de competitividad fabril.

Ese declive industrial es contrarrestado mediante un continuado liderazgo financiero de Wall Street, el dólar y la Reserva Federal (FED), que permite capturar grandes flujos internacionales del capital. Estados Unidos preserva también una significativa supremacía tecnológica. Invierte importantes sumas en investigación y desarrollo, genera patentes y acrecienta su presencia en los empleos calificados de la informática.

Pero esos timones de las finanzas y la tecnología no alcanzan para retomar el comando imperial. Contribuyen a sostener la delantera frente a Europa y Japón, sin frenar el avance chino y la pujanza de otras economías.

Desventuras económicas

Estados Unidos corroboró sus ventajas entre las viejas potencias durante la crisis del 2008. Definió los planes maestros del rescate bancario y mantuvo al dólar como moneda de refugio.

Esa delantera se verificó incluso frente a la economía germana. Alemania ha demostrado una renovada pujanza tecnológica, con exportaciones de bienes industriales e inversiones en el Este europeo. Pero no logró consolidar con su socio francés el estado multinacional requerido para disputar el poder transatlántico (Duménil, Levy, 2014: 87-94). Gestó una moneda común relegando al grueso de los miembros de la Unión y sin conseguir la unificación fiscal y bancaria del Viejo Continente. Europa sigue careciendo del estado históricamente consolidado que maneja Washington, para administrar las crisis con audaces socorros fiscales (Lapavitsas, 2016: 374-383).

Las ventajas estadounidenses también persisten frente a Japón, que padece un retroceso económico continuado, con sucesivos fracasos en la reactivación, burbujas recicladas y emigración de capital hacia otras localizaciones asiáticas.

Pero las adversidades de Europa y Japón sólo aportan consuelos al bloqueado resurgimiento de la economía norteamericana. Retratan cómo se distribuyen los costos en el agobiado capitalismo occidental frente al despunte asiático. El contraste entre los duros efectos de la eclosión del 2008-09 en las economías occidentales y el acotado impacto de la crisis de 1997-98 en Oriente confirma esa asimetría. La total disparidad de tasas de crecimiento al cabo de esas turbulencias corrobora esas diferencias (Harvey, 2012: 33-39).

Estados Unidos no ha podido contener la reconfiguración geográfica de la producción hacia el universo asiático. Está perdiendo la partida contra China en todos los indicadores de crecimiento, inversión, intercambio comercial y balance financiero. El dragón asiático ascendió en tiempo récord al status de economía central y disputa en el tope mundial. Washington puede marcarle el paso a Bruselas o Tokio, pero no a Beijing.

Estas adversidades se extienden también al ramillete de países intermedios que ganan peso en la producción y el comercio. Ciertamente el despunte de Turquía o la India no tiene la consistencia de Corea del Sur. Pero los avances más corrientes de las economías semiperiféricas se consuman a favor de China y en desmedro del padrinazgo estadounidense (Roberts, 2018). Washington no ha podido siquiera lucrar con la gran depredación sufrida por África y América Latina. Estos resultados impactan sobre el tejido interno del país.

Las fracturas internas

El imperialismo estadounidense ha perdido su viejo sustento de homogeneidad interna. Debe lidiar con la reconfiguración interna que generan las transformaciones demográficas y los flujos inmigratorios, en pleno declive del viejo cinturón industrial. Estas mutaciones han renovado el tradicional choque ideológico entre el anglosajonismo identitario y el multiculturalismo cosmopolita.

La fractura que Washington lograba suturar -para sostener una política externa unificada- se ha profundizado. El capitalismo globalizado requiere un comando asentado en la disciplina interna del país dominante. Esa consistencia se ha diluido y erosiona todos los intentos de relanzamiento imperial.

La grieta en curso no tiene precedentes contemporáneos. Estados Unidos logró mantener su cohesión en las coyunturas más críticas de la posguerra. Ni siquiera la derrota de Vietnam o el temblor provocado por la revolución cubana generaron una corrosión comprable a la ruptura actual.

La división político-cultural entre el americanismo del interior y el globalismo de las costas se extiende a todos los ámbitos de la sociedad. Esa cisura paraliza al sistema político y socava las estrategias externas.

Las últimas elecciones retrataron esa división, en un país fracturado entre zonas urbanas azules (Demócratas) y zonas rurales suburbanas rojas (Republicanos). Frente a semejante polarización el sistema político cruje, anulando los sustentos de la acción externa.

Trump perdió los comicios pero consolidó una base electoral plebeya de seguidores derechistas, resentidos con los gobiernos federales y enemistados con las elites globalistas. Biden canalizó, a su vez, el descontento con la fracasada gestión del magnate, sin ofrecer las reformas que aseguraban en el pasado la lealtad electoral a su partido de los asalariados, los afroamericanos y los empobrecidos. Los dos polos disputan con gran virulencia, en una estructura política obsoleta y divorciada de la población (Morgenfeld 2020a, 2020b).

Esta división político-social refleja también la irresuelta tensión entre sectores globalistas y americanistas de la clase dominante. El primer grupo reúne a los gigantes del comercio, las finanzas, la tecnología y la comunicación. El segundo sector aglutina a los proveedores del Pentágono, las petroleras, los sojeros y las empresas centradas en el mercado interno.

El proyecto neoliberal es compartido por ambas fracciones, pero con propuestas muy disímiles. Los globalistas propician la recuperación del terreno perdido, apuntalando la gravitación internacional de las firmas estadounidenses. Sus adversarios privilegian el complejo industrial-militar y el mercado interno, con iniciativas de proteccionismo y guerra comercial.

La tensión entre ambos sectores ha escalado frente a las dificultades que exhibe el país para restaurar su primacía económica. Los proyectos de competitividad librecambista han fallado con la misma frecuencia que los emprendimientos de protegido territorialismo.

La nueva etapa de capitalismo neoliberal, financiarizado, digital y precarizador despuntó bajo el padrinazgo de Reagan y fue celebrada por todo el establishment. Pero al cabo de varias décadas ha desembocado en un escenario global adverso. En lugar de revitalizar la primacía norteamericana, expandió los centros de acumulación en varios rincones del planeta. Afianzó el auge de Oriente y el crecimiento de nuevas potencias.

Los beneficios que la globalización generó al comienzo en el sector estadounidense más internacionalizado, no compensaron las pérdidas en el segmento opuesto. Por eso naufragaron los intentos de respuesta común frente al desafío asiático. Esa fractura se afianzó posteriormente con el continuado deterioro de la economía. El sistema productivo estadounidense ha quedado muy afectado por el bajo crecimiento, la acotada inversión y una polarización de empleos acorde a la agobiante desigualdad social.

El inesperado curso que siguió la globalización ha sido determinante de este resultado. El proceso que impulsó y lideró la primera potencia derivó en inmanejables desventuras. La mixtura de internacionalización económica y multipolaridad política socava la capacidad de intervención mundial de Estados Unidos.

Adversidades geopolíticas

La crisis interior impide a Estados Unidos lidiar con el tormentoso escenario del siglo XXI. Pero la inoperancia de la primera potencia fue paradójicamente desencadenada por el mayor éxito externo del Departamento de Estado: la implosión de la URSS.

Ese desmoronamiento dejó al gigante del Norte como la única superpotencia del planeta. Cerró una larga disputa entre dos contendientes que tensionaron al planeta, con jugadas de poder atómico y capacidad de exterminio masivo.

Pero la URSS no se desplomó por esa confrontación bélica. Se desmoronó al cabo de un largo declive signado por la transformación pro-capitalista de su elite dirigente. El establishment de Washington no registró esa causalidad. Interpretó el colapso de su adversario como un premio al acoso implementado durante la guerra fría. Reagan se llevó los lauros de esa victoria y Bush pretendió afianzarla con una enceguecida escalada de aventuras bélicas.

La corriente neoconservadora que tomó las riendas del Departamento de Estado imaginó el debut de un nuevo siglo americano basado en el ímpetu del Pentágono. Pero al romper todos los límites que imponía la existencia de un temido contrapeso militar el fin de la URSS incentivó el descontrol imperial.

Con una sensación de incontenible supremacía, Bush recurrió a burdos argumentos para desatar el infierno bélico en Medio Oriente. Perpetró la mayor masacre contemporánea, sepultando a Irak bajo los escombros de incontables cadáveres. Nunca aparecieron las “armas de destrucción masiva” alegadas para justificar semejante matanza.

El renacimiento imperial imaginado con esa exhibición de poder fue una fantasía de corta duración. Irak se convirtió en un pantano militar, que obligó al retiro e implícito reconocimiento del fracaso. El Pentágono sólo consiguió mantener una red de atrincheradas bases en un país administrado por su adversario iraní. Washington ni siquiera consiguió el manejo del petróleo.

Los mismos resultados se verificaron en otras incursiones. Estados Unidos no doblegó a los talibanes en Afganistán y generó en Trípoli el mismo caos que en Bagdad. Contribuyó a la destrucción de Yemen sin controlar el país y facilitó la demolición de Siria a puro beneficio de Rusia e Irán.

Los dantescos escenarios que genera el Pentágono no tienen rédito para la primera potencia. El resurgimiento imperial que parecía tan sencillo cuando se desplomó la Unión Soviética ha resultado impracticable.

Ese fiasco erosionó la red internacional de alianzas cobijada bajo la protección militar estadounidense. Muchos gobernantes, sugieren actualmente la obsolescencia de esa coraza. El fin del bloque socialista y el reflujo de la oleada popular revolucionaria de los años 60-70, afianzó la impresión que la primera potencia ya no aporta un sostén imprescindible al orden capitalista. El padrinazgo norteamericano ha perdido relevancia entre distintas elites del planeta.

La gestión de los conflictos regionales con patrones de bipolaridad ha quedado atrás. El principio de gobernabilidad en torno a las áreas de influencia ya es un recuerdo y el viejo diagrama de fronteras invulnerables se ha pulverizado

En el diversificado universo actual, el manejo imperial de las tensiones geopolíticas se ha tornado muy difícil. La desaparición del antagonista soviético le ha quitado a Estados Unidos el principal argumento para imponer sus decisiones en forma unilateral.

Esa erosión explica las tensiones con los socios. La estructura piramidal que encabezan el Pentágono y la OTAN persiste, pero Washington no tiene la palabra final. Las fricciones en la Tríada se acrecientan, tanto en el eje transatlántico como en el ordenamiento transpacífico.

El deterioro de la autoridad estadounidense se extiende también a un significativo número de súbditos. La dominación a través del temor que generaba el peligro socialista se ha diluido y varias sub-potencias regionales construyen sus propios caminos, sin solicitar autorización al Departamento de Estado.

Estados Unidos se ha convertido en una superpotencia que pierde guerras y soporta crecientes desplantes del rival asiático. En ambos terrenos se verifica la incapacidad de Washington para retomar el mando efectivo del imperialismo (Smith, A, 2018).

El significado de la multipolaridad

El capitalismo del siglo XXI funciona con gigantescos desequilibrios, que requieren la presencia de un mega-poder estatal para evitar estallidos incontrolables. La expectativa que Estados Unidos cumpliría ese rol quedó desmentida por los efectos de la crisis del 2008 y por la pandemia en curso.

Frente a esas dos eclosiones Washington privilegió la protección de su propia retaguardia, sin ejercer un rol de sostén global del sistema. En el primer caso apuntaló el dólar, los bonos del Tesoro y las acciones de Wall Street. En el segundo confiscó remedios, subsidió a sus farmacéuticas, saboteó a la Organización Mundial de la Salud y propició una guerra de vacunas para inmunizar a su población a costa del resto.

Esa conducta confirma que Estados Unidos persiste como fuerza dominante, pero sin capacidad para ejercer esa supremacía. En este divorcio entre potencialidad y efectividad se sintetiza el agotamiento del modelo comandado por Washington.

Para viabilizar la globalización productiva, comercial y financiera, el capitalismo necesita un poder geopolítico-militar más concentrado y cohesionado que en el pasado. Los esquemas previos ya no permiten gestionar el sistema actual. Quedó atrás el marco de potencias nacionales enfrentadas de la primera mitad del siglo XX y el modelo posterior de conducción norteamericana de la confrontación con la URSS.

En una economía que se mundializa -junto a Estados que preservan sus pilares nacionales- sólo un imperio consolidado junto a sus socios podría asumir un rol conductor global. Ese poder geopolítico no ha emergido bajo las riendas de Washington.

No alcanza con la FED, Wall Street y el dólar para encarrilar la armonización de procesos dispares. Los flujos financieros, las corrientes de inversión y los procesos de fabricación se han globalizado, pero la acumulación de capital continúa regida por patrones nacionales. Sólo una mega-potencia con sus acompañantes y apéndices podría brindar soportes a esa contradictoria articulación.

Estados Unidos no forjó esa estructura dominante y no logró armonizar la mundialización de la economía con la multiplicidad de estados y clases dominantes. No ha podido desenvolver un rol de intermediación entre la dinámica global del capitalismo y el ordenamiento geopolítico nacional (o regional) de ese sistema.

En el plano económico, Washington perdió esa capacidad de conexión dirigente por el retroceso de sus firmas frente a la competencia asiática. Ha exhibido la misma impotencia geopolítica para gobernar el planeta. Carece de efectividad como gendarme, no controla el desarme de sus adversarios y tampoco consigue frenar la proliferación nuclear.

El contexto multipolar prevaleciente expresa esa insolvencia. Ese escenario implica una dispersión del poder contrapuesta a la bipolaridad de los años 80. Se ha plasmado también un marco antitético a la unipolaridad del decenio posterior. El contexto actual contrasta con el ansiado papel dominante de Estados Unidos. La multipolaridad convalida una distribución de fuerzas en varias áreas, que afecta la autoridad del mandante. El Pentágono mantiene la supremacía bélica, pero no hace valer esa superioridad en el escenario geopolítico (Smith, A, 2019).

El escenario policéntrico se afianza con la expansión económica de China, el resurgimiento geopolítico de Rusia y la autonomía de varios países intermedios. Estados Unidos conserva las prerrogativas del pasado, sin lograr la obediencia total de sus socios y la contención eficaz de sus rivales (Boron, 2019).

Apologistas y críticos

Ningún pensador del establishment estadounidense ha podido explicar la crisis del imperialismo. Se limitan a ponderar la continuada centralidad de la primera potencia actualizando sus divergencias. Los estudios de la política exterior (Anderson, 2013), las evaluaciones de tendencias recientes (Chacón, 2019) y nuestras caracterizaciones de las corrientes de opinión que citamos a continuación (Katz, 2011: 121-131) confirman ese escenario.

Las visiones más apologéticas del belicismo alcanzaron su pico de predicamento durante las cruzadas de Bush. En el cenit de esas agresiones, los teóricos neoconservadores (Kaplan, Ignatieff, Kagan) realzaron las virtudes civilizatorias de las matanzas consumadas por los marines. Retomaron la mitología colonial que presenta esos crímenes como acciones correctivas del primitivismo imperante en la periferia.

Durante ese período recobró fuerza el fundamento hegemonista de la acción imperial, como una exigencia de funcionamiento del orden global (Cooper, Huntington). Esa mirada postula la conveniencia de exhibiciones de fuerza para garantizar el equilibrio geopolítico. Pondera la intimidación y el escarmiento como una forma de visibilizar la jerarquía imperial. La invasión a Irak fue un ejemplo de esas demostraciones.

Pero el fracaso de esa operación resucitó las justificaciones realistas, en desmedro de la exaltación hegemonista. Los consejeros tradicionales del Departamento de Estado (Brezinzki, Kissigner, Albright) señalaron que la política exterior debe amoldarse en forma pragmática al ajedrez geopolítico internacional. Archivaron las justificaciones civilizatorias y ponderaron la fría evaluación de la pertinencia de cada acto.

Ese enfoque elude los juicios morales y realza el uso de la violencia como forma de gestión del orden. Se limita a advertir las nefastas consecuencias de cualquier ausencia de un poder supremo. Pero subraya también la importancia de la auto-contención de Washington.

Como la mirada realista tampoco aportó soluciones a la impotencia imperial, bajo la administración de Obama reaparecieron las justificaciones liberales. Los códigos de la diplomacia reemplazaron a la prepotencia del neoconservadurismo y el militarismo fue complementado con mensajes benevolentes.

En ese clima las intervenciones externas fueron nuevamente presentadas como actos de protección de los países desguarnecidos (Ferguson). Se privilegió la justificación humanitaria de la acción imperial, como un socorro de pueblos sojuzgados y minorías perseguidas.

Pero la credibilidad de esos pretextos ha decaído en forma abrupta. Las tropas imperiales suelen encubrir la continuidad de las masacres contra las mismas (u otras) víctimas y las intervenciones quedan invariablemente sujetas a una doble vara. Los derechos humanos vulnerados en Irak, Yugoslavia, Somalia o Sierra Leona, exigen el auxilio negado a las mismas violaciones en Turquía, Colombia o Israel. Las acciones humanitarias son impostergables en regiones con petróleo o diamantes y no tienen urgencia en las zonas sin recursos naturales. Los derechos humanos a custodiar curiosamente se localizan siempre en África, América Latina o Europa del Este.

El hegemonismo, el realismo y el liberalismo se alternan en los mensajes que emite Washington. La primera concepción gana preeminencia en los períodos de intervencionismo descarado (Reagan, Bush), la segunda en los momentos de gestión corriente (Clinton) y la tercera en los contextos de replanteo (Obama).

Trump combinó todos los libretos, Desplegó un discurso hegemonista, adoptó una conducta realista de auto-limitación bélica y aceptó las adversidades internacionales señaladas por los liberales.

Pero la devastación externa y los traumas internos -que genera la política imperial- también suscitan fuertes oleadas de críticas internas. Cuando superan la simple objeción a la oportunidad de una invasión (o a sus excesos), esos cuestionamientos desbordan el patrón liberal (Johnson, Bacevich).

Esos planteos son incluso expuestos por ex funcionarios de alto nivel conmocionados por la brutalidad oficial. Postulan retiros de tropas, cierres de bases militares y anulación de los privilegios extraterritoriales de los marines. Propician el control democrático de los servicios secretos y la ilegalización de las armas peligrosas. Consideran que el imperialismo ha corroído al país generando una espiral de auto-destrucción.

Pero estas acertadas denuncias y propuestas deben completarse con una explicación del militarismo imperial. El capitalismo origina esa brutalidad bélica y Estados Unidos interviene para sostener los privilegios de las clases dominantes.

El ocaso hegemónico

Las interpretaciones de la crisis estadounidense en el pensamiento marxista y sistémico divergen radicalmente de las miradas convencionales. Los tres enfoques más significativos de esas ópticas están centrados en el ocaso, la supremacía y la transnacionalización.

La primera mirada postula la existencia de un triple declive en el plano militar, económico y financiero. Destaca que los fracasos bélicos se remontan a una derrota en Vietnam, que no fue revertida por las contraofensivas posteriores ante la URSS y el mundo árabe. Estima que la regresión fabril obedece al desarrollo de empresas transnacionales que erosionaron la cohesión territorial norteamericana. Considera que la globalización acentuó esa fractura generando mayores adversidades que a otros países (Arrighi, 1999: 192-288).

Esa tesis sostiene que la financiarización agravó el retroceso estadounidense. Retrata cómo el flujo autónomo de la liquidez mundial socavó la primacía de Nueva York, desde la desregulación de los años 60 (eurodólar) hasta la consolidación de los paraísos fiscales. Sostiene que las iniciativas de recentralización monetaria y bursátil no revirtieron ese desplazamiento.

Este enfoque postula que el neoliberalismo acentuó el ocaso de Estados Unidos, al profundizar la sobreacumulación que afecta a la economía del Norte. Resalta cómo el languidecimiento de la actividad productiva agravó la caída del beneficio (Arrighi, 1999: 288-390). Ese deterioro quedó confirmado con la nueva localización de los procesos productivos en Oriente. También destaca que el ocaso no fue contenido con exhibiciones de fuerza militar. Esas incursiones sólo alimentaron una ficción de recuperación que se disipó al poco tiempo (Arrighi, 2005).

Estas observaciones contribuyen a comprender la dinámica de la acción imperial, como un intento de sostener la primacía estadounidense frente a la creciente acumulación de adversidades. Ofrece una guía para entender la lógica de esos ensayos fallidos de recuperación del poder.

Pero interpretada como un simple postulado de decadencia, esa tesis no explicaría por qué razón Estados Unidos continúa ejerciendo un rol tan relevante en el capitalismo occidental. Tampoco ofrecería respuestas al continuado señoreaje del dólar, el protagonismo de Wall Steet, la centralidad de Google, Amazon o Microsoft o el temor que generan las amenazas del Pentágono. Estados Unidos ha perdido su capacidad para lidiar con escenarios desfavorables, pero sigue pesando en forma dominante en el escenario mundial.

La tesis del declive se fundamenta en una teoría de auge y decadencia de los imperios. Inscribe el descenso norteamericano en la secuencia ya transitada por las ciudades italianas, Holanda y Gran Bretaña (Arrighi, 1999; 322-360). Pero esa sucesión de liderazgos plantea el enigma del reemplazante. Si una potencia debe ser desplazada por otra en el mando global: ¿Quién debería sustituir a Estados Unidos?

Los desenlaces bélicos son concebidos como el factor determinante de esos recambios. Inglaterra prevaleció al derrotar a Francia y Estados Unidos al imponerse a Japón y Alemania. Esa regla de la primacía militar deja afuera en la actualidad a varios candidatos. No sólo colapsó la Unión Soviética. La Unión Europea -reorganizada bajo el comando económico alemán- carece de la autonomía bélica requerida para ocupar la vacancia. Tampoco Japón -subordinado al aparato militar norteamericano- puede pugnar por la sucesión.

China es reiteradamente señalada como el sustituto más probable de Estados Unidos. Incluso es observada como la nueva cabeza de una resurrección histórica de Oriente, que sellaría la venganza de toda esa región contra dos siglos de supremacía occidental.

Pero esas previsiones de transición hegemónica contrastan con los obstáculos que hemos descripto en el propio campo de la sociedad y el estado chinos. Una definición del irresuelto del status social de la nueva potencia debería preceder, a su eventual sucesión de Estado Unidos al comando del sistema mundial (Katz, 2020).

La principal vertiente de los teóricos del ocaso avizoró esos dilemas (Arrighi, 2009). Pero otra corriente soslayó esas disyuntivas e interpretó el declive estadounidense como un momento final del colapso del sistema capitalista. El agotamiento de la primera potencia empalmaría con la definitiva extinción del régimen económico social imperante en las últimas centurias. El rumbo seguido por China no modificaría esa próxima e inexorable auto-destrucción del sistema (Wallerstein, 2005: cap 5).

Pero los límites históricos que efectivamente enfrenta el capitalismo no implican fechas de desemboque terminal. Como todas las teorías del derrumbe, el presagio de un declive iniciado en 1960-70 que culminaría en el 2030-2050, es muy difícil de sostener. La crisis final del capitalismo es imprevisible y no debe ser concebida con la automaticidad de un mecanismo económico. Sólo las mayorías populares actuando en el plano político pueden reemplazar el actual régimen de opresión por otro más igualitario. La dinámica de esas acciones no sigue calendarios o guiones preestablecidos.

La tesis de la supremacía económica

Otra tesis marxista postula la renovada primacía económica de Estados Unidos y el consiguiente carácter meramente político de la crisis imperial. Ilustra esa superioridad con datos de inversión, productividad, desarrollo tecnológico y canalización de recursos financieros. Sostiene que el gigante norteamericano emergió como ganador de la gran convulsión de los años 70 (Panitch; Leys, 2005).

Ese enfoque subraya la centralidad del dólar y la FED en el sistema actual (Panitch; Gindin, 2005a). También estima que el aparato estatal estadounidense ha logrado enlazar la acumulación nacional con la reproducción global del capital, en una gestión unificada (Panitch; Gindin, 2005b).

Esta evaluación contribuye a comprender la capacidad exhibida por Washington para lidiar con el colapso del 2008, con políticas de rescate más audaces que Bruselas o Tokio. Refuta, además, los mitos neoliberales del retiro del Estado, ilustrando cómo el funcionamiento de la economía depende de un sostén institucional.

El papel económico del aparato estatal norteamericano es enfáticamente subrayado. Esta mirada considera que la Reserva Federal ha definido todos los parámetros de la financiarización y la política monetaria contemporánea. Esa centralidad en decisiones estratégicas de tasas de interés, movimientos de capitales, autofinanciación de empresas, titularización de los bancos o gestión familiar de hipotecas ha sido resaltada también por muchos estudios de las transformaciones de las últimas décadas.

Pero la primacía financiera -acertadamente señalada por esos autores- no se extendió al plano comercial o productivo, como lo prueba el recorte de empleos industriales y el protagonismo fabril de Oriente. Estados Unidos ha perdido la primacía de los años 50 o 60 y es un error relativizar esa evidencia, identificando el déficit comercial con la especialización de las firmas estadounidenses en actividades deslocalizadas. Tampoco es válido suponer que el endeudamiento de los consumidores expresa el sometimiento del resto del planeta a los caprichos de los compradores del Norte. Ambos desbalances simplemente reflejan la creciente flaqueza del poder económico de la primera potencia (Georgiou, 2015).

La centralidad económica de estado norteamericano efectivamente constituye un dato clave del capitalismo actual, pero esa gravitación no esclarece el escenario imperial. La tesis de la supremacía económica sitúa los problemas de la política exterior estadounidense en el terreno de la legitimidad. Resalta todos los costos de la acción imperial, pero señalando su función meramente policial o complementaria. Estima que la FED cumple un papel más relevante que el Pentágono en el sostén del capitalismo mundial (Panitch, 2014).

Pero en los hechos opera un balance más complejo. El poderío de Estados Unidos se asienta más en el ejercicio de la fuerza que en la incidencia de su economía. El imperialismo no es un instrumento meramente auxiliar. Concentra todos los dispositivos de coerción que exige el sistema. Las intervenciones de los marines son más significativas que las definiciones de tasas de interés adoptadas por la Reserva Federal.

En ambos terrenos el Estado norteamericano desenvuelve un doble rol, pero la dimensión geopolítica es un termómetro más visible de los proyectos y limitaciones de Washington (Carroll, 2013). En ese plano se verifica la continuada presencia de una potencia que ha perdido el comando de la gestión global. Esa impotencia ha sido reforzada por los fracasos del Pentágono. Esa evaluación queda desdibujada, cuando se focaliza el análisis exclusivamente en la economía.

El énfasis en el control financiero-monetario que preserva Washington, induce a también suponer que los tradicionales socios de Estados Unidos han quedado sometidos a los dictados de la FED. Esa subordinación es derivada de un proceso de canadización de muchos capitalistas del planeta. Se estima que renuncian a sus propios intereses, para participar en los negocios mundiales que maneja Washington (Panitch; Leys, 2005).

Pero la inestabilidad que afronta el dólar y los fracasos de los convenios comerciales impulsados por Estados Unidos, no condice con ese diagnóstico de sometimiento voluntario al predominio yanqui (imperialismo por invitación).

Los rivales europeos no han sido absorbidos y las potencias subimperiales operan con creciente autonomía de la Casa Blanca. La canadización constituiría en todo caso una modalidad del círculo más estrecho de apéndices de Washington.

Al presuponer que nadie desafía a Estados Unidos se pierde de vista la enorme dimensión del desafío chino (Panitch, 2018). Es cierto que el gigante oriental pulsea en desventaja, pero achicó las diferencias en forma vertiginosa. La atrofia del poder estadounidense es un dato más relevante que su eventual recomposición (Smith, A, 2014).

El imperio global

Una tercera interpretación considera que la política exterior de Estados Unidos es representativa de un imperio totalmente global. Estima que la primera potencia se ha transformado en el epicentro de la transnacionalización de los estados y las clases dominantes. Ya no actuaría al servicio de los opresores locales, sino a cuenta del capitalismo mundial (Robinson, 2007).

Esta mirada recuerda que desde los años 80 los grupos dominantes emprendieron una reestructuración, que desembocó en la formación de una clase opresora internacionalmente entrelazada, con proyectos de explotación de todos los asalariados del planeta.

Por eso destaca que los domicilios de origen de las empresas ya no expresan la realidad de esas compañías. Señala que los gerentes han perdido su relación privilegiada con cada Estado y que las firmas se han mixturado, a través de entrecruzamientos, adquisiciones y subcontrataciones. Supone que los empresarios compiten con total divorcio de su vieja pertenencia nacional.

Como esa misma disolución se extendería a los Estados, la primera potencia habría perdido su status de imperialismo estadounidense, para transformarse en un imperio mundial. Manejaría el principal aparato bélico del planeta al servicio de clases dominantes transnacionalizadas.

Esta tesis tuvo gran difusión y un connotado exponente en la década pasada, que postuló una crítica radical a la globalización, presuponiendo la generalizada extensión de esa transformación (Negri; Hardt, 2002). Ese cuestionamiento sintonizó con el auge del movimiento alterglobal y los Foros Sociales Mundiales. Pero ese contexto ha quedado actualmente sustituido por un escenario de proteccionismo, resurgimiento del nacionalismo y auge de la derecha chauvinista.

En ninguna de las dos coyunturas corresponde igualmente presentar a Estados Unidos como un imperio meramente global. La primera potencia cumple una doble función de proteger al capitalismo mundial y apuntalar los intereses de las clases opresoras de su país.

Ese segmento de dominadores no se ha transformado en una clase transnacional. Su principal división opone a sectores americanistas y globalistas, enraizados en las empresas del país. Ambos grupos favorecen a las firmas identificadas con el capitalismo estadounidense. Desde ese pilar compartido privilegian negocios más internacionalizados o más localizados. En los años 90 prevaleció el primer segmento y con Trump irrumpió una tendencia reactiva favorable al segundo.

La preeminencia de un mandatario que rompió los tratados de libre comercio, resucitó el bilateralismo y defendió a los gritos los negocios yanquis es incomprensible con una óptica de transnacionalización. Esa mutación habría imposibilitado la llegada de Trump a la Casa Blanca.

La mirada transnacionalista impide registrar el acrecentamiento de los conflictos geopolíticos. Estas tensiones involucran a estados nacionales que disputan negocios a partir de su localización. Desconociendo esa raíz territorial, resultan incomprensibles las divergencias transatlánticas, el Brexit o la fractura entre el Norte y el Sur de Europa.

Más inentendible se torna el choque entre Estados Unidos y China. En el cenit de la asociación entre ambas potencias, los desbalances financiero-comerciales se expandían sin quebrantar los enlaces vigentes. La transnacionalización hubiera supuesto una hermandad mayor, con adquisiciones mutuas de bancos y empresas. Ese enlace jamás despuntó y la convergencia inicial derivó en el conflicto actual.

Salta a la vista el protagonismo de Washington y Beijing en esos choques. Esa gravitación confirma la inexistencia de mixturas plenas entre las principales clases dominantes del planeta. La confrontación sino-americana desmiente en forma contundente la tesis transnacionalizadora.

Ese enfoque registra las novedades introducidas por la globalización productiva, la intensificación de la explotación y la mundialización del transporte y las comunicaciones. Pero supone que la apropiación del nuevo excedente se ha difundido entre un vago conjunto de dominadores deslocalizados. No registra que incentivó los conflictos entre las viejas clases y estados nacionales por la captura del apetecido beneficio.

Como el Departamento de Estado no es un pasivo custodio del capital mundial, sino el exponente de los amenazados intereses norteamericanos ha buscado retomar el timón de la globalización. Los marines no invadieron Irak, ni rodean a China para favorecer a cualquier millonario. Actúan por orden y cuenta de los acaudalados de su país.

Le teóricos transnacionalistas rechazan esas objeciones, cuestionando su familiaridad con obsoletos razonamientos “nacional-Estado-céntricos” (Robinson, 2014)

Pero el mayor equívoco se sitúa en el terreno opuesto de imaginar simples y abruptas globalizaciones, donde prevalecen complejas combinaciones de configuraciones locales y mundiales.

Los cambios en la economía no tienen traducción inmediata en la esfera social o política. Son procesos seculares y no mutaciones instantáneas. Una larga travesía de giros históricos signará, en todo caso, las mixturas entre clases y estados con raíces centenarias (Panitch; Gindin, 2014).

Hasta el momento sólo hay esbozos de estructuras para-estatales de alcance mundial y los ejércitos globalizados ni siquiera despuntan como fantasía. El imperialismo asentado en Washington es el protagonista de las tensiones en curso.

Escenarios y desenlaces

Las tres interpretaciones de la dinámica imperial estadounidense toman en cuenta procesos de largo plazo, que inciden efectivamente en la evolución de la primera potencia. Las tesis del ocaso, la supremacía y la transnacionalización incurren en equívocos o unilateralidades, pero aluden a tendencias potenciales que deberán dirimirse en la crisis del principal actor de capitalismo contemporáneo.

El imperialismo estadounidense debe lidiar con las contradicciones expuestas por esas tres miradas divergentes. No puede resignarse a la administración de su declive. Debe intentar recuperar el liderazgo, mediante cursos de entrelazamiento o confrontación con sus socios y rivales.

Las turbulencias del capitalismo empujan a Washington a retomar el comando del sistema, aunque esa pretensión choque una y otra vez con resultados adversos. El curso liberal globalizante que ensayaron Clinton y Obama y el rumbo protector americanista que intentó Trump constituyen dos variantes de esa compulsión. La reconquista de la primacía mundial es el propósito compartido por todas las vertientes de la política exterior estadunidense.

Las teorías del ocaso, la supremacía y la transnacionalización también indican eventuales cursos que modificarían el escenario actual. Si se afianza la primera tendencia, Estados Unidos perdería definitivamente el timón del sistema mundial, abriendo todas compuertas para una gran disputa por la sustitución de su primacía. Ese choque podría derivar en vertiginosas tensiones o en un contexto inverso de convivencia entre poderes equivalentes.

Un escenario de grandes conflictos reavivaría la pesadilla de la primera mitad del siglo XX. Ese escenario supondría la conversión de los imperios en gestación, en belicosos protagonistas de las sangrías que signaron al imperialismo clásico. El marco opuesto supondría en cambio una estabilización de la multipolaridad, como equilibrio perdurable entre potencias del mismo porte.

La tesis de la supremacía estadounidense presagia otro futuro. Implicaría la recomposición de ese liderazgo y el consiguiente resurgimiento del papel dominante de Washington. Ese protagonismo volvería a exhibir la nitidez del pasado. La primera potencia comandaría nuevamente la Triada, remodelando la estructura interna de esa alianza. Otra variedad del imperialismo colectivo que confrontó con la URSS durante la guerra fría volvería a emerger.

Finalmente, un avance significativo de la transnacionalización conduciría a sólidas asociaciones entre los principales capitalistas del planeta. La convergencia entre Estados Unidos y China modificaría el tablero de todas las disputas. El choque actual devendría en un empalme de contrincantes, a costa de todos los sectores rezagados o estructuralmente atados a las viejas formas de acumulación nacional.

Este ejercicio de futurología ofrece un vago diagrama de desemboques posibles en el largo plazo de la crisis actual. Indica contextos de resurgimiento de las configuraciones imperiales clásicas o del orden americano del período subsiguiente. También alude a dos cursos sin antecedentes previos: un prolongado equilibrio multipolar y una inédita configuración transnacional.

Como ninguna de estas alternativas despunta en lo inmediato, el imperialismo del siglo XXI continúa signado por la indefinición. Sólo se sabe que el desenlace surgirá de las crisis que provoca Estados Unidos en sus intentos de recuperar el liderazgo global.

El señalamiento de esos nebulosos horizontes de mayor ocaso, renovada supremacía, inédita transnacionalización o resignada convivencia, no implica una previsión del futuro. Sólo ordena las tendencias en juego. Al cabo de tantos presagios incumplidos es más sensato clarificar la variedad de escenarios y desenlaces posibles. Esas opciones tienen fundamentos teóricos e históricos que analizaremos en nuestro próximo texto.

24/01/2021

Por Claudio Katz, economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

 

Referencias

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La pandemia, la senda hacia una nueva guerra fría

Por primera vez en la historia, una pandemia ha producido más efectos económicos que médicos. Hasta este momento, sus efectos políticos han sido menos importantes. Sin embargo, con su aparición tras tres años de Gobierno de Trump y en el contexto de una radicalización de las políticas chinas, la pandemia anuncia y facilita el paso a una nueva guerra fría.

Balance del año 2020

La Covid-19 no ha cambiado las reglas del juego. La pandemia no ha sido ese disruptor que diversos comentaristas estadounidenses (Henry Kissinger, Francis Fukuyama y Thomas Friedman entre algunos de los más conocidos) esperaban a principios de este año, cuando afirmaron que “el mundo ya nunca será como antes”. Una vez más, la incapacidad para observar de modo objetivo los efectos causados por un gran acontecimiento ha llevado a muchos analistas a exagerar las probables consecuencias de la crisis.

Al mismo tiempo, eso ha sido claramente un amplificador o acelerador de tendencias ya existentes. Ha confirmado la disposición de los países más grandes de movilizar en un momento de crisis los activos de su poder (la manufactura para Beijing, las finanzas para Washington). Ha ilustrado el auge de los nacionalismos y la oposición a la globalización. El Gobierno estadounidense ha continuado con su sabotaje del sistema multilateral abandonando la Organización Mundial de la Salud (OMS). La pandemia ha sido una buena noticia para todos cuantos defendían (por razones políticas o económicas) un desacoplamiento de las economías occidentales de China. Además, como todas las grandes crisis, la Covid-19 es ya una fuente de destrucción creativa. Los pioneros entre los ganadores son los sectores digitales y los productores nacionales.

La Covid-19 no ha sido la principal causa de crisis o conflictos importantes. En general, el entorno estratégico ha demostrado ser impermeable a las consecuencias de la pandemia (en Oriente Medio, por ejemplo), aunque cabe el debate en el caso de las intenciones de Beijing, que claramente ha puesto de manifiesto a lo largo del año un comportamiento agresivo en todas sus fronteras (desde la frontera con la India hasta la del mar del Sur de China, pasando por la del mar del Japón, Taiwán y Hong Kong). Sin embargo, a escala mundial, las dinámicas nacionalistas ya existentes y la percepción de un relativo atenuamiento del poderío estadounidense han tenido más impacto que las consecuencias de la pandemia, como se puede ver, por ejemplo, en el Mediterráneo oriental (1). Las organizaciones militares, por su parte, indicaron durante la crisis que las misiones estaban en curso, por utilizar una expresión de moda entre los militares. Lo mismo se aplica en el plano multinacional: por más que los estados miembros de la OTAN fueran los más golpeados en la primavera del 2020, la organización apenas se ha visto afectada por la pandemia en términos de capacidades, aunque algunos ejercicios han tenido que ser pospuestos. Y tampoco se ha producido la tregua mundial pedida por las Naciones Unidas: las propuestas de Arabia Saudí y las fuerzas de defensa sirias para detener los enfrentamientos militares en Yemen y Siria han caído en saco roto. Lo mismo es cierto a la inversa: no hay pruebas de que los acuerdos de Abraham (la normalización de las relaciones entre Israel, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos) no se habrían producido sin la pandemia.

La Covid-19 es también un factor de desaceleración. Ya está contribuyendo a frenar el desarrollo y modernización de los países en desarrollo; sobre todo, a causa de la disminución de las remesas, los ingresos del turismo y las exportaciones de recursos. Todo ello se traduce en un deterioro general del nivel de vida, la educación y la salud. Se puede hablar, por tanto, de un gran salto atrás para el desarrollo. Se calcula que en el 2020 habrá hasta 100 millones más de pobres (150 a finales del 2021) y más de 130 millones más de personas desnutridas (2). La única buena noticia aquí es que África, en el momento de redactar estas líneas, no se ha visto tan afectada por la Covid-19 como muchos temían a principios del 2020.

Ningún modelo político ha demostrado ser más capaz que otros para hacer frente a la pandemia. Un breve análisis elaborado por el Instituto Montaigne ya a finales de marzo llegó a la conclusión de que ni las democracias ni las dictaduras, ni los estados centralistas ni los sistemas federales podían exhibir una especial ventaja comparativa (3). Ahora bien, sí que se puede decir que los gobiernos calificados de populistas han demostrado ser aún menos capaces que otros a la hora de emprender a tiempo acciones eficaces.

La venganza del Estado ha llegado. El apego a la soberanía parece ser ya uno de los grandes ganadores de la crisis, con la ayuda de lo que Ivan Krastev llama “la mística de las fronteras”. En gran medida como el sector de la salud, la agricultura cosechará los beneficios de la reubicación. Con las lecciones aprendidas de las crisis de las décadas del 2000 y 2010, las sociedades nacionales tenderán a replegarse y a exigir una mejor protección contra las amenazas externas en el sentido más amplio: terrorismo, crisis financieras, inmigración ilegal, competencia comercial... Al afirmar en marzo que “tenemos que recuperar el control” de nuestro sistema de salud pública, Emmanuel Macron tal vez tomó prestada, y quizá de modo inconsciente, una expresión directamente asociada con el Brexit. ¿RIP para el mundo sin fronteras, 1990-2020? Como en cualquier otra crisis de seguridad (guerra, terrorismo, epidemias) el Estado se fortalece y se potencia su papel en el control sobre la población y sobre su propia intervención en la economía (en apoyo de la oferta y la demanda). Los estados contra las GAFA (Google, Apple, Facebook, Amazon): ¿un nuevo choque de capitalismos?

Europa ha estado a la altura de la situación. En un principio, la actitud europea no fue más brillante que la de Estados Unidos o China. Es sabido que las competencias de la Unión Europea en el sector de la salud es limitada. De todos modos, su reacción fue tardía y también lo fue la solidaridad entre sus miembros. Existe el riesgo de que una parte del acervo comunitario (el acuerdo de Schengen, el Reglamento General de Protección de Datos, la regla de 3% del déficit...) se desvanezca mañana o por lo menos sea puesta en animación suspendida. Ahora bien, en la primavera del 2020, el Banco Central Europeo (BCE) evaluó el impacto económico de la pandemia, y el histórico acuerdo de julio del 2020 marcó un paso adelante hacia la federalización económica. Además, las redes de seguridad que son características de los modelos europeos han permitido atenuar considerablemente el shock social de la pandemia en la mayoría de los países. En abril predijimos que los profetas de la fatalidad volverían a equivocarse en relación con la capacidad de supervivencia de la Unión Europea, como había ocurrido durante las crisis del euro o de las migraciones. Y es realmente lo que ha ocurrido.

Mirando hacia la década del 2020

En un documento de otoño del 2020, Joseph S. Nye previó varios escenarios posibles para el mundo pospandémico: el fin del orden liberal globalizado; un desafío autoritario similar al de la década de 1930; un orden mundial dominado por China; y una agenda internacional verde. A continuación, afirmó que cada uno de ellos no tenía más de un 10% de posibilidades de convertirse en realidad y consideró que “hay menos de la mitad de las posibilidades de que la actual pandemia de Covid-19 haya conseguido remodelar profundamente la geopolítica en el 2030” (4). Compartimos esa evaluación.

No se vislumbra un retorno a la normalidad. Si bien la pandemia no va a cambiar el mundo, es probable que su impacto en los sistemas de salud sea masivo y duradero hasta la distribución generalizada de una vacuna eficaz en un horizonte temporal que nadie puede predecir hoy en día. De hecho, tampoco se vislumbra una tendencia a la baja en las tasas de contagio y mortalidad en el momento de redactar este artículo. En cualquier caso, la reactivación económica llevará tiempo: no cabe esperar una recuperación rápida de una reducción, previsible en el 2020, del comercio, los flujos de inversión y la transferencia de fondos que puede oscilar entre un 20% y un 40% según las instituciones internacionales. Además, en un mundo en el que todos los países se ven afectados, no existe en este momento ninguna palanca para el crecimiento económico.

Por otra parte, tampoco se vislumbra el fin de la globalización. Es posible que hayamos pasado el punto culminante de la globalización en el 2008 (la crisis financiera) sin saberlo. Sin embargo, en los próximos meses y años las empresas querrán restablecer sus márgenes, por lo que seguirán obteniendo sus suministros de Asia a un costo menor. Del mismo modo que la peste negra no puso fin a los intercambios marítimos, la crisis de la Covid-19 no va a reducir la globalización y, desde luego, sólo tendrá un efecto limitado en los viajes aéreos a medio plazo. Las sociedades interconectadas ofrecen más ventajas que inconvenientes para la gestión de las epidemias: alertas y vigilancia, repatriación por motivos de salud, asistencia internacional o cooperación científica.

Ganarán importancia las preocupaciones ambientales. Es la tercera vez en veinte años que vemos la aparición de un nuevo coronavirus de género beta (con salto entre especies); y seguramente habrá más. No cabe duda de que veremos más advertencias sobre los posibles vínculos entre el calentamiento del planeta y las pandemias; de hecho, hay temores recurrentes acerca de las posibles consecuencias epidemiológicas del derretimiento del permafrost (en particular, en las zonas septentrionales de Rusia). Quizá los temores carezcan de fundamento: no hay estudios serios que indiquen que ese derretimiento pueda suponer un grave peligro para la salud. De todos modos, la ecología, en el sentido estricto de la palabra, tiene buenas posibilidades de cosechar algún éxito: la lucha contra la deforestación y la destrucción de los hábitats naturales, las cuales, según se sabe hoy, sobre todo tras la acometida del VIH/sida, son parcialmente responsables de la aparición de virus hasta ahora desconocidos. Sin duda, el tráfico y el consumo de animales salvajes se prohibirán de modo mucho más drástico. Ello no significa que vayamos a cambiar fundamentalmente nuestro modelo económico; los atractivos del consumismo seguirán intactos, y la clase media mundial, que se ha beneficiado de treinta años de globalización, no renunciará a esos beneficios de forma voluntaria. El crecimiento verde sólo se aceptará sin reparos si se demuestra que permite el mismo tipo de crecimiento que antes.

La gobernanza populista podría perder apoyos. Es probable que la credibilidad del populismo como método de gobernanza salga de la crisis en peor situación que otros modelos políticos a la hora de hacer un balance; en especial, porque uno de sus rasgos característicos es el desafío a los conocimientos técnicos y las administraciones. Ese desafío dista de haber desaparecido (como se ha observado en el ejemplo de la controversia sobre la hidroxi-cloroquina), pero al final acabará por hacerse patente su coste humano y económico. Además, la mayoría de los dirigentes que se consideran populistas (encabezados por Donald Trump, Javier Bolsonaro y Boris Johnson, todos ellos contagiados por el SARS-CoV-2) han demostrado cierta incapacidad para simpatizar con las preocupaciones inmediatas de sus conciudadanos y para expresar la dosis necesaria de empatía. Sin embargo, si la gestión económica nos lleva a un retorno de la inflación a través de la creación monetaria y el aumento de los precios de bienes hoy fabricados en el territorio nacional, el resultado sería un tipo de malestar social favorecedor de la aparición de una segunda ola de populismo a escala gubernamental.

Estamos entrando en una era de individualismo digital. En la mayoría de los países (y no sólo en los más modernos) el teletrabajo, la telemedicina y la teleeducación serán mucho más comunes en los próximos años. Crecerán aun más las compras on line y las entregas a domicilio. La transformación digital de las sociedades tendrá el apoyo de la inteligencia artificial, la robotización y la llegada del 5G. Quienes posean segundas residencias (un concepto, por cierto, cuyo rastro puede seguirse hasta las epidemias de la edad media) obtendrán un retorno de su inversión. Frente al shock de la pandemia, cuatro segmentos de la población han visto confirmadas la elección de su estilo de vida y sus preferencias ideológicas. Tienen en común una mentalidad de autosuficiencia que en ocasiones borra las diferencias, aunque sus elecciones proceden de lógicas diferentes: libertarianos, que no toleran ninguna interferencia del Estado en la forma de disponer de sus cuerpos; supervivencialistas, que comparten esa paranoia y se arman en preparación para una catástrofe; aislacionistas, firmes defensores del cierre de fronteras y partidarios de los barrios residenciales cerrados para los privilegiados; y apocalípticos, que subrayan el riesgo de colapso global de la sociedad moderna y predican una autosuficiencia individual y comunitaria.

Es probable que se produzca una reducción de las libertades. Incluso las democracias más liberales (Reino Unido, Países Bajos), que se vieron tentadas durante un tiempo por el atractivo del laissez-faire y apostaron por una especie de inmunidad de grupo que se adquiriría en pocos meses, tuvieron que dar marcha atrás cuando se vieron enfrentadas a las aterradoras cifras de la letalidad probable de semejante estrategia. ¿Vamos a entrar en una época de auténtico autoritarismo digital (vigilancia, detección, represión) caracterizado por un persistente sacrificio de las libertades individuales? Las dictaduras soñaron con ello. ¿Van a hacerlo también las democracias? En cualquier caso, es probable que la mayoría de la población acepte, como ocurrió tras el 11-S, un recorte significativo de las libertades. Y, en caso de que se produzca un resurgimiento paralelo del yihadismo, ¿veremos la imposición de una especie de estado de emergencia permanente como el que prevalece en Israel, en términos jurídicos, desde 1948? ¿Se hará realidad el todos somos israelíes?

Ninguna de las grandes potencias saldrá ganadora de la crisis. Las pandemias siempre debilitan a los grandes agentes del momento; recordemos la repercusión de la peste en Roma o Venecia. Niall Ferguson escribió que, desde enero del 2020, todas las grandes potencias han puesto de manifiesto su debilidad (5). En este terreno, de nuevo, el virus ha servido para abrir los ojos. Resulta bastante inquietante que las proyecciones elaboradas por la Universidad de Washington en septiembre del 2020 ofrecieran un escenario medio en el que las grandes democracias del mundo fueran las más afectadas a finales de año: India (600.000 muertos), Estados Unidos (400.000) y Brasil (175.000) (6). Y todos los principales agentes serán perdedores a corto plazo, según indicamos en una breve monografía publicada en la primavera de 2020 (7). Estados Unidos tendrá dificultades para presentarse como modelo a seguir, dado que su reacción tardía y desordenada tiene un impacto social masivo y amenaza con causar una catástrofe sin precedentes en la historia moderna del país. A ello no va a ayudar su negativa a proporcionar una verdadera dirección política, ilustrada por su ausencia de la cumbre del G-7 por primera vez en la historia. Ahora bien, a China no le va mucho mejor. Aunque el gobierno de Trump no logró imponer la expresión “virus chino”, China fue claramente el problema antes de intentar ser parte de la solución (a través de la ayuda internacional), y debería de haber estado más preparada. De todos modos, no estará en mejor forma cuando finalice la crisis: retrasos en la gestión de la pandemia, silenciamiento de los denunciantes, propaganda diplomática descarada (Estados Unidos, presuntos responsables de la introducción del virus en China), máscaras y tests inservibles. En conjunto, el calendario del proyecto insignia chino (la Nueva Ruta de la Seda) bien podría saltar por los aires dado que, al deterioro de su imagen pública, se le suman las dificultades económicas.

Con todo, las democracias liberales pueden tener más cartas ganadoras. En lugar de hablar de la Covid-19, como hacen algunos expertos occidentales (Stephen Walt) o asiáticos (Kishore Mahbumani), en tanto que acelerador del desplazamiento aparentemente inevitable del centro del mundo de Occidente a Asia, resulta más tentador apostar a que las democracias liberales acabarán por salir ganando. Algunas potencias medias como Alemania y Corea del Sur, por ejemplo, parecen ir por buen camino para ser consideradas como modelos, en términos relativos, en relación con la gestión médica y económica de la pandemia. En cuanto a Estados Unidos, la historia demuestra que nunca debemos subestimar su capacidad de recuperación.

Sería temerario apostar por un verdadero relanzamiento del multilateralismo. Desde luego, el probable éxito de las políticas soberanas no se traduce de forma mecánica en una cooperación internacional reducida y, de hecho, es la soberanía la que hace posible el multilateralismo (8). Sin embargo, se trata de una condición necesaria pero no suficiente. No cabe duda de que el G-20 y la Unión Europea han demostrado una capacidad infinitamente superior para comprender lo que está en juego en términos económicos en comparación, por ejemplo, con los resultados de la cooperación internacional durante la crisis de 1929. Sin embargo, la debilidad de la OMS y el papel poco convincente del G-7, así como las reacciones nacionales egoístas durante las primeras semanas de la crisis, han demostrado que, incluso cuando se enfrenta una crisis esencialmente mundial y se apela a la solidaridad internacional, la cooperación no se produce de modo espontáneo. Sería, por tanto, arriesgado esperar un auténtico relanzamiento del multi-lateralismo. Eso no significa que las instituciones ya no importen: China hace todo lo posible por maximizar su influencia en ellas, y Wa¬shing¬ton sigue valorando el hecho de colocar a sus representantes en posiciones clave. De hecho, el futuro de las grandes organizaciones multinacionales como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la OMS, o las regionales como la OTAN o el Cuadrilátero (EE.UU., Japón, India, Australia) dependerá en gran medida del valor que les sea acordado por Beijing y Washington.

Existen aún dos riesgos para un mayor agravamiento en las situaciones de conflicto. Uno es el riesgo de una guerra interestatal como resultado de una alteración del equilibrio de poder: el debilitamiento brutal de un país clave por la Covid-19 podría engendrar la necesidad de una aventura externa para desviar la atención u ofrecer a otro gran Estado la oportunidad de aprovechar la situación. El otro riesgo es que las luchas internas den lugar a un mayor debilitamiento de un Estado que ya se halla en una posición difícil; por ejemplo, los países de América Latina, África, Oriente Medio o Asia que dependen para su crecimiento de las transferencias de dinero, los ingresos del turismo y/o la exportación de recursos.

Una nueva guerra fría está hoy en camino. Durante varios años, los especialistas y los expertos han debatido la pertinencia de la metáfora de la nueva guerra fría. Ahora parece cada vez más apropiado usarla; pues, salvo una nueva sorpresa estratégica, la pandemia está actuando como senda hacia una segunda guerra fría en toda regla. La radicalización de las políticas bilaterales entre China y Estados Unidos ya estaba en marcha, pero el mero hecho de que el SARS-CoV-2 procediera de China y de que el brote inicial en Wuhan estuviera, desde el punto de vista de la mayoría de los observadores, mal gestionado, ha acelerado mucho una tendencia ya existente. Taiwán desempeñó un papel importante en ese sentido al señalar que un gobierno chino (Taipéi) podía manejar mejor la situación y al encender la chispa publicando su correspondencia de diciembre del 2019 con la OMS.9 Tampoco ayudó la insistencia del Gobierno Trump en llamar virus chino al SARS-CoV-2. Los componentes de una guerra fría ya están presentes: la rivalidad Estados Unidos-China es política, económica y militar, y es global. Sí, es cierto que su interdependencia es mucho mayor que la existente en el contexto soviético-estadounidense; pero, justo por ello, la pandemia aumentará lo que los expertos de la Unión Europea han llamado distancia estratégica (10). La gran pregunta no es si se van a regionalizar o no las cadenas de valor, sino cómo y en qué medida. ¿Significa todo esto el fin del orden liberal? Ese destino ha sido anunciado tantas veces que debemos mostrar un poco de precaución. Todas las instituciones posteriores a 1945 siguen ahí: las destinadas a promover la paz (el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas), el desarrollo (el Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), la estabilidad de la economía internacional (el FMI), la liberalización del comercio (la OMC) o el derecho internacional (el Tribunal Internacional de Justicia, el Tribunal Penal Internacional). Son instituciones que serán atacadas por los nacionalismos, pero los países seguirán compitiendo por la influencia en esos foros. Es probable que lo que se avecina sea una mezcla de la tradicional competencia entre grandes potencias con su agresiva promoción de los intereses nacionales y una continuación del sistema multilateral. Quizá se trate del fin de la ilusión liberal de la década de 1990, pero no necesariamente el fin del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Pensamientos finales

Quedan abiertas, por supuesto, varias cuestiones, empezando por las que se refieren a los factores primarios, es decir, los epidemiológicos y médicos. Una mutación significativa del SARS-Cov-2 que lo haga más contagioso o más letal podría cambiar el panorama. A la inversa, la disponibilidad de una vacuna eficaz y accesible para todos antes de lo previsto iluminaría de modo considerable el horizonte. Y, si un descubrimiento pudiera atribuirse a los esfuerzos de un país específico, daría al país ganador una ventaja indiscutible en la competencia por la imagen de poder.

Por lo tanto, es demasiado pronto para sacar verdaderas lecciones de la crisis de la pandemia, puesto que todavía estamos sumidos en ella. La guerra contra el SARS-Cov-2 estalló a la manera de la crisis financiera del 2008, primero con algunas señales débiles, y luego de forma agravada expandiéndose rápidamente por todo el planeta. Sin embargo, esta guerra se está librando de manera muy similar a la campaña contra el terrorismo islamista tras el 11-S y es poco probable que desemboque en una victoria final. Tendremos que vivir con el virus durante mucho tiempo, al igual que con el terrorismo. La OMS no proclamará nunca un “¡Misión cumplida!” en su sitio web, o al menos no dentro del plazo de una previsión razonable. En un texto titulado “El desconfinamiento de las analogías”, el historiador francés Pierre Grosser desmantela la pertinencia de las metáforas bélicas utilizadas muy a menudo en este contexto (11). Viniendo después de dos conflictos mundiales y aunque no afecta directa y profundamente a todos los continentes, lo cierto es que la pandemia tiene un efecto global. De todos modos, si bien es una guerra, no se prestará a una declaración de victoria. Sin duda, no habrá un verdadero mundo nuevo después, o si lo hay, no será ni el mundo anterior ni un mundo totalmente diferente de él.

Es probable que la década del 2020 no se parezca a la de 1920, una época de renacimiento occidental tras una guerra y una espantosa pandemia de gripe. No vamos a ver una repetición de los años locos europeos ni de los rugientes años veinte estadounidenses. Es verosímil que la pandemia empeore todos los males existentes y añada otros nuevos (“el mismo mundo, sólo que peor”, temía el ministro de Asuntos Exteriores francés Jean-Yves Le Drian en la primavera del 2020) (12). Sin embargo, es igualmente posible que la situación geopolítica de principios de la década del 2020 y la actuación de unos agentes agotados por la pandemia no se manifiesten en forma de una prueba de fuerza, sino más bien de prueba de debilidad, como sugirió este autor en abril del 2020 (13).

Podemos tener un debate interminable sobre si el SARS-Cov-2 es un cisne negro o un cisne gris o algún otro animal del bestiario de la previsión estratégica. Lo esencial es observar de nuevo que un escenario a menudo previsto y descrito por los expertos, expuesto con detalle en todos los grandes documentos de estrategia nacional y, por lo tanto, conocido por los políticos, ha revelado la naturaleza defectuosa de nuestros sistemas de gobierno. La cuestión fundamental ahora es: ¿lo haremos mejor la próxima vez? Lamentablemente, es algo que dista de ser seguro. Existe el riesgo de estar preparados para luchar una vez más en la última guerra, es decir, de hacer todo lo posible para evitar otra pandemia de este tipo y descuidar otras posibles sorpresas estratégicas, ya sean militares, tecnológicas o geofísicas. Nunca las podremos evitar del todo. Y, si la Covid-19 nos ayudó a redescubrir el papel indispensable del Estado y las virtudes de la intervención pública, no podemos esperar que nuestros gobiernos estén permanentemente preparados para gestionar sin fallos todos los peores escenarios. Pero, sin duda, podemos hacerlo mejor. Como escribimos en la primavera del 2020, “la anticipación es una cuestión de mentalidad y agilidad mental. La aceptación de lo insondable no es incompatible con la mejora de nuestra capacidad colectiva para gestionar lo que no podíamos prever. No cabe duda de que estaremos mucho mejor preparados para la próxima pandemia. Ahora bien, no estaremos mejor preparados para otro tipo de sorpresa sin un esfuerzo adicional” (14).

Por Bruno Tertrais*

04/02/2021 06:00Actualizado a 04/02/2021 08:05

*Director adjunto de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS)

Bibliografía

  1. La historia nos dirá quizás un día si la ausencia, motivada por la pandemia, de portaaviones estadounidenses en el Pacífico occidental durante unas pocas semanas a principios del 2020 pudo desempeñar un papel en los cálculos geoestratégicos de China (y lo mismo con la reducción temporal, durante el verano del 2020, de las patrullas indias a lo largo de la línea de control entre los dos países).
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    8. Justin Vaïsse, “Derrière le triomphe de l’Etat souverain”, Le Monde, 28 mayo 2020.
    9. Viorel Mionel et al., “Pandemopolitics. How a public health problem became a geopolitical and geoeconomic issue”, Eurasian Geography and Economics, 30 septiembre 2020, pág. 3.
    10. Parlamento Europeo, The Geopolitical Implications of the COVID-19 Pandemic, septiembre 2020.
    11. Pierre Grosser, “Déconfinement des analogies””, Esprit, julio-agosto 2020.
    12. Entrevista para Le Monde, 20 abril 2020.
    13. Bruno Tertrais, L’Épreuve de faiblesse. Les conséquences géopolitiques du coronavirus, Tracts de Crise, 62, Gallimard, París, 30 abril 2020.
    14. Florence Gaub y Bruno Tertrais, “L’anticipation est une affaire de mentalité”, Le Monde, 19 mayo 2020.
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El ser y el no ser en el capitalismo global

Era previsible: una vez descubierta la tan anhelada vacuna se desataría una guerra ferozmente competitiva. ¿Qué se podía esperar de un mundo cuya estructura económico política se basa en la desigualdad y el extremo egoísmo? Todo es mercancía, nada es solidaridad. Ponerse a hablar de la solidaridad es arrojarse en el ridículo. ¿Cuándo el ente antropológico ha sido solidario? Hace más de quinientos años que vivimos bajo este sistema. Que es muchas cosas, pero hay dos o tres que son centrales, definitivas. Siempre rechacé la idea de “naturaleza humana”. No, argumentaba desde un sólido historicismo, “el hombre no es naturaleza, es historia”. Es decir, había ciertas persistencias en la condición humana, pero ninguna debía ser naturalizada. El ser humano es cambio. Era --como casi todos-- heracliteano. Uno no se baña dos veces en el mismo río. Abominábamos de Parménides. ¿Qué es eso del “ser es, el no ser no es”? Un mero error presocrático. El ser no es invariable. Es y no es. Es devenir. Nos fascinaba el devenir. Todo estaba en perpetuo cambio. Esto era maravilloso. Nos permitía pensar una idea muy tranquilizadora: siempre vendrá algo distinto, algo mejor, y nosotros seremos parte de ese cambio. Pero los elementos constantes de la condición humana son invariables. Se reproducen. Hay esencialidades en lo humano. Si Hitler exigía espacio vital, no era porque deseara cambiar el nacionalsocialismo. Quería fortalecerlo. Estoy hablando del ente capitalista. Y Hitler era esencialmente capitalista. Y el capitalismo tiene tres elementos fundamentales. Los tres funcionan a la vez. El capitalismo se alimenta de la voluntad de poder de sus sujetos. Esta voluntad de poder tiene dos esencialidades insoslayables. Para seguir existiendo la voluntad tiene --ante todo-- que quererse a sí misma. Ser voluntad de voluntad. Esto lo postuló Hegel y lo desarrolló Deleuze. Una vez que deseo mi voluntad (su triunfo) debo mantenerla, para lo cual debo hacerla crecer. El crecimiento (o el aumento) está al servicio de la conservación. Tenemos entonces: la voluntad que se quiere a sí misma debe aumentar si quiere conservarse. Por eso los nazis se dedicaron a conquistar Europa. Querían aumentar su espacio vital para conservarlo.

Esto explica el espectáculo horrible que el capitalismo despliega con la cuestión de la vacuna. Algo que el mundo esperaba ansiosamente. Algo que vendría a salvar las vidas que la impiadosa pandemia se lleva, se transforma en una mercancía en disputa dentro de las reglas del sistema que ya lleva quinientos años de vida. Canadá, que es un país rico, almacena vacunas que deberían destinarse a la humanidad. Las vacunas desatan una guerra geopolítica donde cada cual juega su juego. El egoísmo sigue siendo el motor del sistema del capital. Ya hace dos siglos lo dijo Adam Smith: no hay que esperar nada de la benevolencia del carnicero. Todo lo bueno vendrá de su egoísmo que lo lleva a competir y ofrecer cada vez mejor calidad y precio de venta.

Los laboratorios son grandes empresas multinacionales. Y de las más egoístas que existen. Hoy, con la peste, apelan a la pulsión de muerte. No importa cuántos mueren, importa que se salven los mejores. En una escena del film Titanic, la versión de James Cameron, le comunican al desagradable multimillonario que asume Billy Zane que sólo hay botes para la mitad de los pasajeros. Zane enciende su cigarro e impasiblemente dice: “Mientras sea la mejor mitad" (the better half). Con tal de sobrevivir, Rose empuja a su amor hacia el fondo helado del océano porque no hay espacio para los dos en el madero destinado a salvarlos. Es la más veraz historia de amor del cine. Es increíble, pero es así.

El Brexit y la Unión europea se agreden a dentelladas. Viene a la memoria la dura frase de Christine Lagarde quejándoe de la superpoblación mundial. ¿Esta era la pandemia que nos habría de volver más generosos? El capitalismo antropológico es más que nunca el de un globalizado “primero yo”. El mundo tiene que cambiar su estructura global. Tiene que haber una sociedad de los Estados que modere y anule los intereses mezquinos de las grandes corporaciones de la salud, de la vida. Pero eso ya se intentó y fue en vano por completo. La mezquindad es el ser parmenídeo que se muestra en todo su esplendor. El ser es lo que es, lo que es la coseidad de la mercancía, todas las mercancías remiten a la mercancía de las mercancías: el dinero, que remite al oro. El ser es de quien lo posee en mayor cantidad. El no ser no es. Se pueden morir apestados. El mundo quedará en manos de los poderosos y quedará también más habitable, más ordenado. Eso esperan.

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Gonzalo Cardona, ambientalista colombiano asesinado.Proaves

Gonzalo Cardona es el primer ambientalista al que quitan la vida en 2021 en este país, el lugar del mundo con más muertes de defensores de la naturaleza

 

La primera vez que Gonzalo Cardona contó cuántos loros orejiamarillos había en Roncesvalles, en la cordillera central de Colombia, el cálculo le dio 81. Se estaban extinguiendo. Había que salvarlos y evitar que desaparecieran, como ocurrió en Ecuador, el país vecino que no pudo conservarlos. Era 1998 y Gonzalo, un campesino que apenas sabía leer, pero que le daba cátedra a cualquier investigador que llegara a la zona. Cardona se dedicó a proteger la especie desde aquel primer censo y se volvió famoso en su pueblo por ser el guardián del orejiamarillo. “Tenía una inteligencia natural”, dice Alex Cortes, director de conservación de la fundación ProAves, en la que Gonzalo trabajaba como coordinador de la reserva Loros Andinos. Habla de su compañero un día después de que encontraron su cuerpo con dos balazos en el pecho.

La última vez que Gonzalo contó a los orejiamarillos fue en diciembre pasado: 2.895 anotó en su libreta. Su nombre es el primero en la lista de ambientalistas asesinados en 2021 en Colombia, el país del mundo donde se producen más muertes violentas de defensores de la naturaleza, según la organización Global Witness. El último reporte señala 64 víctimas en un año.

No hay culpables porque poco se investiga, pero en donde encontraron el cuerpo de Gonzalo, en el camino que conduce de un pequeño pueblo, Barragán, hacia el suyo, Roncesvalles, todos saben que después de las seis de la tarde nadie se puede asomar. Hay hombres armados a quienes les incomoda que alguien más esté por ahí, que escuche o que vea algo. Cortes recuerda que alguna vez, haciéndole seguimiento a los loros, tenían apuntado en una hoja un número de especies y hacia dónde se dirigían: “25 hacia el occidente”. El ejército los detuvo y los acusó de ser infiltrados de la guerrilla. “Preguntaban que cómo así, que quiénes eran esos 25”. No creían —o se hacían los que no creían— que en una zona de ganadería pudiera existir gente cuya prioridad fuese proteger el medio ambiente.

 “En este país parece que todos somos enemigos. Así nos ven a quienes estamos en territorio”, reflexiona Cortes y enumera los asesinatos del año pasado: “300 líderes sociales, más de 60 guerrilleros que firmaron la paz, 64 ambientalistas”.

Todavía no se olvidan en Roncescalles las escenas vividas en el año 2000 cuando cerca de 200 hombres de las FARC tomaron el municipio y asesinaron a 14 personas. Los grupos armados no se han ido y no hay confianza en el ejército. “Acá nadie es testigo de nada. La gente tiene miedo”, dice. Cuenta que el ejército había estado acampando en el área y un día antes de la desaparición del líder, se había movido de la zona.

Gonzalo fue reportado como desaparecido el 8 de enero, cuando regresaba a su pueblo después de unos días de descanso. Iba en moto por una trocha que había recorrido muchas veces. La fundación a la que pertenecía y otras asociaciones publicaron su foto en medios locales alertando sobre su desaparición. Cuatro días después, la familia del ambientalista recibió una llamada en la que le indicaban a la esposa el lugar en donde habían dejado el cuerpo. “No lo busquen más”, le dijeron a la mujer. El cadáver lo encontraron en un hueco, con dos tiros en el pecho, tapado con palos y tierra.

“No tenemos ninguna esperanza de que se aclare el crimen ni de que se haga justicia. A ningún Gobierno le ha interesado investigar. Lo único que esperamos es que no nos sigan matando, pero es difícil creerlo cuando algunos asesinatos se justifican y el presidente se refiere a las masacres como homicidios colectivos”. El año pasado la ONU documentó 66 en 18 regiones del país.

Sobre el asesinato de Gonzalo Cardona, el presidente Iván Duque no hizo ninguna mención. Quienes conocieron su trabajo dicen que habrá quien gracias a su ejemplo siga sus pasos y continúe protegiendo al loro orejiamarillo, pero los defensores estarán, como han estado siempre, a su suerte. Sin nadie que los cuide y bajo un Gobierno que no se conmueve con sus muertes.

Por Sally Palomino

Bogotá - 14 ene 2021 - 19:15 UTC

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El retorno de la derecha globalista en EEUU

El agonizante mandato de Donald Trump se propone dejar a su sucesor, en el escenario internacional, un conjunto de problemas cuya solución o desenredo no serán sencillos.

 

La agudización de la tensión con Irán, el cierre de filas con Arabia Saudí en el conflicto en Yemen y la reciente definición de Cuba como un país "patrocinador del terrorismo", se suman a la decisión de "terminar con las restricciones para el contacto oficial con Taiwán", algo que irrita profundamente a China, como forma de "complicar el mandato de Joe Biden".

Sin embargo, el nuevo inquilino de la Casa Blanca está dando varios pasos que permiten intuir que los viejos tiempos de las "revoluciones de color" para promover cambios de régimen, están a punto de regresar.

Veinticinco organizaciones sociales de Estados Unidos difundieron una carta en contra del nombramiento de Nuland, advirtiendo que debería ser rechazada por el Senado. "Nuland jugó un papel clave en la facilitación de un golpe en Ucrania que creó una guerra civil que costó 10.000 vidas y desplazó a más de un millón de personas", dice la misiva.

A comienzos de 2014 Nuland y el Gobierno de Obama apoyaron el Euromaidán, una serie de manifestaciones violentas apoyadas por neonazis y francotiradores que dispararon contra la Policía para conseguir "el derrocamiento de un presidente elegido democráticamente que se había negado a unirse a la OTAN", recuerdan las organizaciones.

La carta ha sido firmada por Veterans for Peace y diversas organizaciones y coaliciones pacifistas de Estados Unidos. Recuerdan que el año pasado Nuland declaró: "El desafío para los Estados Unidos en 2021 será liderar las democracias del mundo en la elaboración de un enfoque más eficaz hacia Rusia, uno que se base en sus fortalezas y ponga énfasis en Putin donde es vulnerable, incluyendo entre sus propios ciudadanos".

También defiende:

  • mantener presupuestos de defensa sólidos,
  • continuar modernizando los sistemas de armas nucleares de EEUU y sus aliados,
  • desplegar nuevos misiles convencionales y defensas de misiles,
  • establecer bases permanentes a lo largo de la frontera oriental de la OTAN y aumentar el ritmo y la visibilidad de los ejercicios conjuntos de entrenamiento.

En suma, algo similar a una declaración de guerra a Rusia.

Los pacifistas también recuerdan que EEUU comenzó a colocar misiles en Rumania y Polonia, expandir la OTAN a la frontera de Rusia, armar a Ucrania y a "realizar ejercicios de ensayo de guerra masivos en Europa del Este".

Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes de la carta es que la demonización de Rusia se relaciona con la presión para obtener más presupuesto para las Fuerzas Armadas.

En un artículo de 2016, el analista de inteligencia y asuntos militares Mark Perry, sostuvo que algunos oficiales sobredimensionan el potencial militar ruso para presionar por mayor presupuesto. Para ellos lo mejor es "pintar a los rusos como capaces de aterrizar en nuestra retaguardia y en ambos flancos al mismo tiempo", lo que el especialista considera una tontería.

Según Perry, graduado de la Academia Militar de Northwestern, autor de nueve libros sobre asuntos militares y comentarista habitual en CNN y Al-Jazeera, existe "una disputa cada vez más profunda en la comunidad militar sobre cómo responder a la reducción de las cifras presupuestarias. Lo que está en juego es el futuro estratégico: ¿modernizar su arsenal de armas o aplazar la modernización en favor de un mayor número de soldados?"

Basta con mirar las cifras, sostiene Perry, para concluir que la tan manida "amenaza rusa" es ridícula. "EEUU gasta siete veces la cantidad de dinero en defensa que Rusia (598.000 millones de dólares frente a 84.000 millones), poco menos de seis veces más helicópteros (aproximadamente 6.000 frente a 1.200), tres veces el número de cazas (2.300 frente a 751) y cuatro veces el número total de aviones".

Estos análisis dejan sin embargo algunos puntos en la penumbra, como las razones por las cuales las elites eligen a Rusia y no a China como enemigo principal.

El primero es que la tensión de cara a los presupuestos militares refleja tanto las enormes dificultades de la economía estadounidense para apoyar el exagerado despliegue del Pentágono en el planeta, por la creciente debilidad de su economía. "En los escalones superiores del Ejército, hay signos de grietas", asegura Perry.

La presión por la modernización que ausculta Perry puede haberlas creado. Sin embargo, ¿podrían las Fuerzas Armadas de un país seriamente agrietado no presentar ellas mismas fisuras en su interior?

El segundo punto se relaciona con la experiencia histórica. En su momento, EEUU utilizó a China contra la Unión Soviética y su heredera, Rusia, explotando las diferencias entre las dos naciones, porque no hubiera podido vencer a las dos juntas, como lo mostró el ejemplo de la guerra de Vietnam. Sin embargo, la alianza sino-rusa parece sólida por el momento y nada apunta a una eventual ruptura.

Lo que debemos comprender son las razones por las cuales los estrategas detrás del Gobierno de Biden eligen confrontar con Rusia y no con China, como hizo Trump.

La respuesta pasa por dos ejes: Rusia siempre fue un enemigo estratégico para las elites estadounidenses. Mucho más allá de su período socialista, es una nación poderosa que nunca mostró signos de someterse a Occidente.

Pero hay otra razón a la vez pragmática y geopolítica: el ascenso de China pasa por el despliegue de la Ruta de la Seda, algunos de cuyos trazados más importantes pasan por tierras rusas o por naciones aledañas. Aislar a Rusia, desatar conflictos en su periferia (como sucedió con Ucrania y puede suceder con Polonia), es un tiro indirecto con la estrategia china de soldar su alianza comercial, tecnológica y económica con la Unión Europea.

16:03 GMT 14.01.2021URL corto

Por Raúl Zibechi

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