Crean nanotaxis capaces de llevar medicamento a las neuronas

Científicos israelíes y estadunidenses crearon innovadores nanotaxis capaces de transportar medicamento directamente a las neuronas del cerebro, informó el Instituto Tecnológico de Israel (Technion).

El nuevo método prepara el camino para el tratamiento de múltiples enfermedades neurodegenerativas, entre ellas, Alzheimer y Parkinson, así como para lesiones cerebrales traumáticas, añadió.

El método fue desarrollado en un trabajo encabezado por investigadores de Technion y del Hospital Metodista de Houston y publicado en la revista Advanced Science.

Los investigadores desarrollaron nanovesículas que imitan a la naturaleza y que funcionan como "vehículos" capaces de transportar medicamento y de dirigirse a neuronas específicas.

Estas nanovesículas son similares en su estructura básica a las células humanas, pero mucho más pequeñas, y tienen un diámetro de alrededor de una millonésima del ancho de un cabello.

La focalización de estas nanovesículas se logra incorporando proteínas derivadas de membranas celulares específicas en su superficie, explicaron los investigadores.De esta manera, son reconocidas y asimiladas por las células correctas.

Varios trastornos neurodegenerativos podrían tratarse si el medicamento o carga genética correctos, como el ARN mensajero, pudieran llevarse al cerebro, señaló el equipo.

En el caso de lesiones cerebrales traumáticas causadas por un accidente automovilístico o practicando deportes, por ejemplo, el envío de medicamentos antinflamatorios al cerebro podría evitar fallecimientos y discapacidades de largo plazo, añadieron.

El dispositivo que le colocaron a una mujer en la Universidad de California elimina los pensamientos negativos para prevenir la depresión.

Se lo pusieron a una mujer y hay reparos de otros científicos

Un grupo de científicos de la Universidad de California en San Francisco (UCSF) desarrolló un dispositivo de “estimulación cerebral profunda” que “elimina” los pensamientos negativos con una estimulación eléctrica para prevenir la depresión.

Según especificaron en el estudio publicado recientemente en la revista científica Nature, se trata del primer caso en el mundo en demostrar quela estimulación altamente dirigida en un circuito cerebral específico que incluye patrones cerebrales depresivos podría ser ser una forma efectiva de tratamiento para la depresión severa, que afecta aproximadamente al 5 por ciento de los adultos en todo el mundo, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“Hemos desarrollado un enfoque de medicina de precisión que ha manejado con éxito la depresión resistente al tratamiento de nuestra paciente al identificar y modular el circuito en su cerebro que está asociado de manera única con sus síntomas”, dijo Andrew Krystal, profesor de psiquiatría, miembro del Instituto Weill de Neurociencias de UCSF y uno de los científicos detrás del desarrollo del dispositivo en un comunicado de prensa.

El caso de Sarah

La investigación fue realizada a partir del caso de Sarah, una mujer de 38 años con depresión severa que había tenido pensamientos suicidas en 2016.

Sarah había experimentado con alrededor de 20 medicamentos para la depresión, meses en un programa diurno en un centro hospitalario, terapia electroconvulsiva y estimulación magnética transcraneal, entre otros tratamientos, pero sin resultados.

Hasta que llegó al laboratorio del grupo de investigadores de la UCSF, quienes  le implantaron en el cerebro un dispositivo que funciona con baterías del tamaño de una caja de fósforos, una especie de “marcapasos para el cerebro” calibrado para detectar el patrón de actividad neuronal que ocurre cuando se presentan los síntomas de la depresión. Allí, descarga pulsaciones de estimulación eléctrica para evitarla.

Según el artículo publicado en Nature, 12 días después de implantar el dispositivo, el puntaje de Sarah en la escala estándar de depresión bajó de 33 a 14. Varios meses después cayó por debajo de 10, lo que significó un estado de remisión, informaron los autores del paper científico.

“El dispositivo ha mantenido mi depresión bajo control, me ha permitido volver a ser la mejor versión de mí misma y reconstruir una vida que vale la pena vivir”, contó Sarah.

“Nuestro objetivo no era hacer feliz a esta paciente, sino eliminar su depresión”

Andrew Krystal señaló: “Lo que creemos que está sucediendo en esta primera paciente es que algo en el entorno desencadena un proceso que provocaría un sentimiento negativo, el comienzo de lo que empeora su depresión. Lo detectamos antes de que se convierta en una depresión significativa y básicamente lo eliminamos”.

Nuestro objetivo no era hacer feliz a esta paciente, sino eliminar su depresión”, aseguró.

Por su parte, Katherine Scangos, psiquiatra y autora principal de la investigación, afirmó: “Pudimos brindar este tratamiento personalizado a un paciente con depresión y alivió sus síntomas, no hemos podido hacer este tipo de terapia personalizada anteriormente en psiquiatría”.

Scangos contó que en este momento hay dos pacientes más que forman parte del ensayo y el objetivo es incluir otros nueve más adelante. El tratamiento todavía no cuenta con la aprobación de la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA, según sus siglas en inglés).

Las críticas

La implementación de este tratamiento ha recibido críticas porque modificar los pensamientos de un individuo, señalaron, implica un posible dilema ético.

Una persona a la que se le haya implantado un sistema de circuito cerrado para atacar sus episodios depresivos podría verse incapaz de experimentar alguna fenomenología depresiva cuando es perfectamente normal experimentar este resultado, como en un funeral”, opinó Frederic Gilbert, filósofo experto en neuroética y profesor titular de Ética en la Universidad de Tasmania, de Australia.

Gilbert afirmó que un dispositivo que detecta solo la actividad cerebral no captará el contexto del sentimiento. “Los sistemas invasivos automatizados implantados en el cerebro podrían intensificar constantemente su toma de decisiones y como resultado, podría comprometerlo a usted como agente de pensamiento libre”, advirtió.

18 de octubre de 2021

Sábado, 16 Octubre 2021 06:06

Erotismo y enfermedad

Erotismo y enfermedad

A comienzos de 1983, creo, una noticia estremeció al mundo: una nueva enfermedad había comenzado a instalarse y se difundía con la presteza de una peste, como otras que habían afligido a la humanidad y de las que numerosos libros se escribieron y películas que se filmaron y cuadros que se pintaron a propósito y que ilustran sus espantosos alcances. Se llamó SIDA y lo que se empezó a ver como sus efectos era escabroso, un cáncer de nombre terrorífico, sarcoma de Kaposi, tuberculosis y otros flagelos que omito mencionar, no veo para qué lo haría, está fresco el recuerdo de lo que iba produciendo y sigue produciendo, parece que África es su lugar preferido, no tanto porque los africanos lo hayan elegido sino porque los medicamentos que abundan afortunadamente en Europa y otros continentes no llegan hasta esas remotas regiones.

Conocí a algunos afectados; todavía están en mi memoria sus tristes gestos de despedida, la vida se les iba yendo y las esperanzas en la medicina salvadora adelgazaban cada día, aunque poco a poco no sólo empezaron a encontrarse drogas al principio paliativas sino también hasta curativas, no sé si total o parcialmente curativas de modo que, como todo se termina por olvidar, al cabo de algunos años pareciera que dejó de ser tema, ya casi no se habla de eso que tanto conmovió en su momento: hoy, para qué decirlo, se habla de Covid que, da la impresión, es más mortífera, desde su punto de vista más eficiente, si es que se trata de castigar al género humano, objetivo que ambas pestes alcanzaron y la última sigue alcanzando.

Cuando la peste del SIDA iba manifestándose se dijo que había sido introducida por un sobrecargo de un avión que venía de Europa y tenía como destino los Estados Unidos. Se trataba de un homosexual de modo que fue fácil atribuir el origen de la enfermedad a la homosexualidad, equivalente en esos primeros meses a una devastadora y mortífera potencia. Todo se dirigía a los homosexuales que, se puede inferir, debían empezar no sólo a tomar más precauciones que las que habían tomado previamente, desaprensivos o incautos o poseídos por una pasión que no reconocía riesgos, sino a sentirse culpables, hasta el punto de abandonar la decisión de vida que habían tomado. Pero, no deja de ser sorprendente, eso no ocurrió; diría que, al contrario, la homosexualidad masculina adquirió mucho más volumen que antes, se situó en la escena social, salió de la oscuridad y empezó a exigir y logró muchas cosas, el matrimonio igualitario por empezar.

Eso fue un triunfo si se trata de derechos y, por añadidura, se logró quitar ese detestable cartelito de la homosexualidad como enfermedad del cuerpo y del alma, de la moral y la civilización, tal vez no del todo pero en una gran medida y, además, algo tanto o más importante, ampliar el horizonte de la sexualidad que estaba recluido en el psicoanálisis pero no en la superficie de las relaciones sociales. Y a eso me quiero referir.

Algo, entonces, se destapó o se despertó, la temática sexualizante --ya había ocurrido en otros momentos, siglo XVIII, fines del XIX-- cobró tal fuerza que generó dispositivos de todo tipo, desde la vestimenta hasta la publicidad pasando por la literatura, el cine y el periodismo, hasta llegar a la Universidad, campo de contiendas teóricas e institucionales en el cual se ha dado una proliferación de investigaciones, seminarios, secciones, departamentos, maestrías, cursos, tesis de doctorado sobre toda clase de modalidades de la sexualidad; por supuesto en el lenguaje, ejemplo de lo cual es la aparición de la respetable palabra “gay” y, desde luego, en expresiones quizás no novedosas pero ahora públicas, el travestismo, la transexualidad y hasta la generalización del concepto de género. Pero, para lo que me interesa ahora, el majestuoso reinado del erotismo que, por cierto, tenía ya notables antecedentes a partir de las categorías básicas freudianas.

Sólo que el interés que ha despertado es también desconcertante porque si la dimensión erótica, que Freud puso en el tapete, junto con su antagónica, la tanática, no sólo era central sino la garantía de la existencia misma, en un momento como el actual, desde fines del 2019 hasta ahora y vaya uno a saber cuánto tiempo más, con tanto muerto efectivo y tanto en ciernes, parecería en retirada, el Tánatos, triunfante, sonríe en su trono mientras que el Eros se encoge pero no se rinde, justamente el combate contra la peste descansa sobre un impulso erótico que sigue buscando las maneras de hacer retroceder la muerte, me refiero a la ciencia, al cuidado, a la conciencia y, sobre todo, al amor.

Pero todo eso es de orden general, es la lucha misma por la vida; en lo particular se trata del concepto y de sus alcances y características, además de la historia de las interpretaciones y aproximaciones que se han venido haciendo y se siguen haciendo pese a todo, en el heroico combate que la inteligencia realiza entre quienes no renuncian a pensar y rechazan el temor.

¿Vale la pena, cuando estamos tan preocupados por la fuerza del covid, reflexionar sobre el concepto, afilarlo, invocarlo con precisión y neutralizar los equívocos que son como una red que lo aprisiona? Quizás no y sea inútil pero como tampoco es útil repetirse incesantemente que la situación es realmente horrible, al menos podemos hacer que la cabeza no entre en el marasmo de una repetición viciosa, más angustiosa que esclarecedora. Por eso, me congratulo de mi suerte: formé parte de un proyecto de investigación sobre el erotismo en la literatura latinoamericana que, bajo la dirección de mi querido amigo Gustavo Lespada, se llevó a cabo y terminó recientemente; no sólo eso: en la reunión anual del Instituto de Literatura Hispánica hubo varios trabajos que giraban sobre ese deseo de precisión, inteligencia y belleza.

Me costaría enumerar las ideas que se presentaron, tal fue su sutileza, que surgieron como ilustraciones de lo que es el erotismo más allá de la vulgar identificación con lo exclusivamente sexual y las distinciones con la pornografía. Reside en el toque físico, por cierto, en el deseo, categoría central para el psicoanálisis sin duda, pero también en el básico gesto de la escritura ..la escritura per se, no necesariamente de un decir lo erótico.-, en las rupturas y en las transgresiones, se encuentra en el derroche y en el desperdicio, en la holgazanería, en el movimiento de transformación de la materia y del sueño, en la fuerza de la representación, en fin en todo lo que encarna lo que puso Freud cuando lo ubicó en el inconsciente como el ariete que detiene, por no se sabe cuánto tiempo, los arrebatos del Tánatos.

Suficiente como para enriquecerse y comprender que si bien nos acecha y asedia una peste furiosa, a la que como escapatoria del miedo y la angustia se ve preponderantemente desde una mirada política --basta con considerar lo que intenta lograr la llamada “oposición” con sus delirios acusatorios-- no nos queda otra que tratar de comprender mediante el rescate del erotismo lo que está en riesgo creyendo que en esa comprensión, o su intento, reside la única posibilidad de al menos acercarse a lo que la peste produce, más allá de la muerte que produce y que está ahí nomás acechante en los recovecos de lo cotidiano.

Comprender lo erótico, salvarlo, distinguirlo en el lenguaje pero también en lo político mismo, comprender el erotismo al revés de los que aprovechan, los ricos cada vez más ricos, los politicastros que suponen que fabricando el fracaso de unos encontrarán su menguado y triste éxito, pero también comprender lo que se hace y cómo se hace, en la eterna lucha contra el mal.

 Comprendí, además, que más allá de su existencia previa, la del niño que busca el pecho de su madre, el erotismo se construye, nace de la presencia del otro, lo necesita del mismo modo y recíprocamente lo necesita el otro, en una interacción silenciosaambos construyen esa vibración, ambos “quieren”, y en ese querer está todo, no estar solos en el desamparo.

Publicado enSociedad
Respirar aire contaminado puede afectar a los espermatozoides

Cada vez existe más evidencia de que la crisis climática es también sanitaria. Los estragos más evidentes se están dando en las zonas afectadas por los incendios forestales, donde hay desarrollos urbanos que padecen las consecuencias. Un estudio reciente llevado a cabo en el oeste de Estados Unidos —la región más severamente afectada por los fuegos incontrolables— reveló que, además de la pérdida aplastante de la diversidad biológica, el aire contaminado por humo está afectando la genética de las personas.

Además de ser un peligro para las personas con enfermedades respiratorias, los gases tóxicos están afectando la constitución genética de los espermatozoides humanos. Más aún cuando están en contacto por días y semanas enteras con estas sustancias. Aunque la gente pretende seguir con sus actividades normales —algunos, incluso, saliendo a correr con cubrebocas especializados—, los estragos ya se están manifestando. Estos son algunos de ellos.

Más allá de los pulmones

Como investigadores de química biomolecular y salud ambiental, Luke Montrose y Adam Schuller saben que el aire contaminado está cobrando facturas altas en el bienestar a largo plazo de las personas. Con respecto a los incendios forestales específicamente, realizaron un estudio por parte de Bois State University, en Idaho.

Los resultados evidenciaron lo que ya sabíamos: las partículas diminutas logran colarse y actuar directamente en los pulmones. Sin embargo, el daño no se queda ahí. Por el contrario, se extiende a nivel genético y ataca a los espermatozoides y al sistema nervioso, según escriben en su artículo para The Conversation.

Los científicos se percataron de que el aire contaminado por el humo de incendios es diferente al del smog en las ciudades. En ambos casos, sin embargo, actúa de la misma manera: ralentiza la potencia de los espermatozoides para nadar. Así también, modifican el ADN que transportan dentro de sí. Por esta razón, estos desastres naturales ya están incidiendo a nivel genético en la población afectada.

¿Crisis ecológica y reproductiva?

A Montrose y Schuller les preocupa que, a la larga, el aire contaminado genere una crisis reproductiva en los Estados Unidos. Como los incendios forestales serán cada vez más recurrentes y violentos, lo más probable es que un número cada vez más alto de personas estén expuestas a estas sustancias tóxicas en la atmósfera. Al respirarlas, hay poco que se pueda hacer:

“El impacto potencial de respirar el humo de los incendios forestales solo en los pulmones debería ser lo suficientemente preocupante como para que la gente piense dos veces sobre su nivel de exposición”, escriben en el estudio. “Ahora, estamos viendo el potencial de riesgos adicionales, incluidos los espermatozoides y el cerebro. Otra investigación sugiere conexiones entre el humo de los incendios forestales y la inflamación del corazón y el riesgo de partos prematuros”

Los autores saben que cada vez más personas estarán expuestas a estos daños, ya que el planeta se calienta rápidamente. Como consecuencia del cambio climático antropogénico, las sequías se vuelven más severas. En efecto dominó, los incendios forestales se hacen cada vez más incontenibles. Para ello, los filtros sanitarios de aire ya no serán barrera suficiente si la emergencia climática empeora.

Más aún, el problema se transmitirá de los padres a las generaciones venideras a nivel genético. Ya no sólo tendrán que lidiar con la crisis climática global y los retos que ésta acarreará, sino con condiciones médicas de las que todavía no tenemos nombre. Aunque todavía no existe evidencia concluyente al respecto, es una posibilidad considerable en el futuro cercano.

Publicado enMedio Ambiente
Lecciones de la Covid-19. (Lo que aprendimos del Coronavirus)

 “Sólo en épocas de sufrimiento y privaciones se nos muestra qué nos pertenece, qué nos sigue siendo fiel y no puede sernos arrebatado.”

Herman Hesse. El arte del ocio.

Por Álvaro Restrepo Betancur*

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Múltiples, variadas y valiosas son las enseñanzas que, sobre todo en el incierto terreno ontológico, nos va dejando esta pandemia. Lo primero que nos enseña (más preciso sería el término “recuerda”) es que somos finitos, que nuestra existencia es deleznable y efímera. “Seres de un día somos”, es la serena y trágica sentencia de los griegos. Justo: la primera gran lección que nos deja, en tono de advertencia, la Covid-19 es que somos efímeros. Que lo sepan los obsesivos por el poder, los adictos al control. Que lo sepa nuestra decadente sociedad materialista y pragmática, de espaldas a la humanidad y al espíritu, ciega para el pensamiento, sin tiempo (la velocidad y la prisa se lo impiden) para la interioridad y la reflexión.

Para acabar con el falso orgullo humano, el filósofo Claude Lévi–Strauss dijo en su hora una frase sentencial: “El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin el hombre”. Por esta época incierta y devastadora de pandemia, he recordado otras expresiones de poetas y filósofos (cantos de sirenas en el insondable mar del espíritu) que nos advierten de nuestra esencial finitud. Nos hablan de esa situación límite que es la muerte (idea nuclear, piedra angular del existencialismo). En el alba del pensamiento, el poeta Píndaro, dando testimonio del sentimiento trágico griego decía (como afirmamos al inicio de esta meditación): “Seres de un día somos”. Otra célebre sentencia es la de Epicuro: “Comamos y bebamos que mañana moriremos” (¡nada más alejado de cualquier concepción vulgar y materialista, como la que puede campear en nuestros tiempos de decadencia!). Y en un tono ecsistenciario, a caballo entre lo poético y lo filosófico, afirmaba Martin Heidegger en Ser y Tiempo: “Desde el momento en que nace, el hombre es demasiado viejo para la muerte”. Nos habla además, en ese grueso, difícil y monumental libro de filosofía (desde esos interminables círculos y rodeos del pensamiento, del lenguaje que vuelve sobre sí mismo) bella y serenamente nos habla de esa “nada viajera” que somos. Y en nuestras tierras, un vikingo de trópico, nuestro poeta don León de Greiff, ese gigante, ese Rey de la Selva poética le canta (con caústico respeto) a la muerte: “Señora muerte que se va llevando / todo lo bueno que en nosotros topa / mientras atrás vamos quedando el resto / gente mísera de tropa”.

Evoquemos igualmente en estos apuntes en torno a esta primera gran lección, la ya clásica, legendaria advertencia de Jorge Manrique (el no menos legendario poeta español) en las Coplas a la muerte de su padre: “Avive el seso y despierte / cómo se nos va la vida / cómo se viene la muerte…tan callando.”

Ciertamente, la actual pandemia nos recuerda (nos advierte más bien) que el hilo entre la vida y la muerte es muy delgado. Y esto es bueno que nos lo recuerde un virus tan incierto, con un gran, aterrador poder de expansión, como el coronavirus, en una época como la nuestra, época de “la estupidez y la locura “ (Umberto Eco), absolutamente demencial, gobernada por los políticos y los empresarios mediocres, decadentes (expresión, en tono nietzscheano, de George Steiner, en su bello libro Lenguaje y silencio) donde, en una obsesión por la producción, lo material y lo útil, se aniquila la vida del espíritu, se vapulea lo humano. Sí. Es saludable que nos lo recuerde, para que nos despojemos de falsos ropajes (“Yo sé qué hay detrás de las ropas”, decía, no menos caústico, el poeta de la democracia Walt Whitmann, y canta asimismo Antonio Machado: “¡Oh calavera vacía! / ¡y pensar que todo era / dentro de ti, calavera!”), para que abandonemos las inhumanas y grises armaduras de la seriedad, para que asumamos (con levedad y alegría, como nietzscheanos danzarines) la vida como lo que es : un juego mágico y maravilloso, único, irrepetible.

“El hombre libre en todo piensa menos en la muerte”, es la sabia advertencia de ese pesimista reflexivo que era Spinoza. Sabiduría es también que aprendamos, como lo revela Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano) a “penetrar en la muerte con los ojos abiertos”. El incierto e inmensurable fenómeno de la muerte (con sus luces y sombras) muestra, devela ese límite (ontológico) al que hace referencia Eugenio Trías en La política y su sombra, sí, precisa nuestros límites y esencial finitud, pero a la vez (en bella paradoja) devela nuestras potencialidades, si se le mira no ya desde lo óntico, desde lo fáctico, es decir, en tanto muerte orgánica, en tanto cesación de la vida, sino desde lo ontológico y metafísico, en tanto muerte humanizada (a la manera de Hegel, a la manera de la “muerte propia” e intransferible de Martin Heidegger, de poetas y escritores como Rainer María Rilke, Bataille, Blanchot, entre otros, a la manera, pues, de esa muerte ec-sistenciaria, constitutiva de la estructura de nuestro ser. Vista desde este horizonte ontológico, la existencia es trascendencia, es una “posibilidad imposible” (M. Heidegger), y en ese sentido somos “seres para la muerte” (otra vez M. Heidegger). La pandemia me ha puesto (nos ha puesto) a pensar y a sentir en este particular e insondable asunto.

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Otra de las grandes enseñanzas tiene que ver con el reconocimiento de que somos esencialmente espíritu (trascendemos, nuestro ser se despliega en la temporalidad). Hegel es el filósofo de la modernidad que nos enseña que el hombre es también espíritu. Esta contingencia, que nos confina al silencio y al refugio en la intimidad personal y familiar, así lo alecciona. Hegel no lo afirmaba en el parcial y parcializado contexto religioso, sino en el más amplio (hondo) sentido humanizante y metafísico. El ser humano se halla (en esta época de afanes materiales) hundido, empobrecido, alienado, casi que aniquilada su subjetividad, en el mundo de la necesidad, ese mundo que Hegel denomina biológico, mundo de la animalidad. Volver, pues, la mirada sobre nuestro ser, navegar en nuestra interioridad, bañar nuestros sentimientos y nuestros pensamientos en las inciertas aguas del silencio, lanzar la mirada al vasto, incierto e insondable horizonte ontológico como una forma de humanizar las relaciones con lo otro y con los otros, como una manera de restituirle un sentido al azar de la vida, allende los pobres y frágiles lazos de posesión y consumo que nos atan al mundo y a las cosas, en una atmósfera asfixiante de vulgar materialismo y consumismo, donde lo único que importa es lo útil y en donde el ser humano es un medio, no un fin (que en realidad debería ser, según el noble ideal kantiano).

En este contexto, es importante el llamado de atención que hiciera el Papa, en los albores de la pandemia, frente a una sociedad líquida, de prisas y afanes, de acelere, en la que, para sus gobernantes y empresarios, lo que realmente importa es la producción. ¿Dónde lo humano? ¿Dónde queda el inconmensurable valor de la humanidad? El drama que hoy vivimos planetariamente, nos lleva a poner el acento en nuestra esencial y fundamental condición espiritual.

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No somos seres aislados. Estamos conectados con el otro y con lo otro. Este es un aprendizaje que surge en esta pandemia, develadora de la existencia de una indisciplina social en casi todos los rincones del planeta. “Nos falta disciplina en casa, en la escuela, en las calles, en el tránsito”, leemos en Cartas a quien pretende enseñar, de Paulo Freire. En nuestro país, esta indisciplina, esta falta de sentido social es aterradora.

En este contexto, son altamente significativas las preguntas que formulaba un científico ambientalista colombiano. “¿Cómo vivimos?” “¿Cómo interactuamos?” “¿Cómo trabajamos?”. Más allá de unas posibles respuestas, lo importante de estos interrogantes está en la invitación para que tomemos conciencia de que, en tanto individuaos, hacemos parte de un ecosistema, somos expresión de una totalidad (socionatural). Ciertamente: hacemos parte de una sociedad y de una naturaleza que nos demandan lazos de compromiso, sin por ello tener que renunciar a nuestra individualidad e identidad. La armonía con el entorno es aquí la gran tarea.

El ser humano es sujeto de derechos y de deberes (lo cual no significa, en una actitud medieval, condicionar el respeto de los derechos al cumplimiento de los deberes) y por lo mismo, debe potenciar y afianzar en su cotidianidad la disciplina social, término tan importante en la pedagogía crítica de Paulo Freire. Esa disciplina (social) no ha de ser entendida desde lo restrictivo, desde lo prohibitivo, ni desde una perspectiva servilista sino desde una conciencia política que luche, en el sentido fuerte y riguroso del término, por la consolidación y materialización de una verdadera, auténtica democracia, en la que todos participemos con criterios de libertad, justicia, igualdad y seguridad. Aquí la escuela (que siempre se ha movido en una concepción restringida y miope de la disciplina, como mero control, como simple obediencia y aconductamiento, sin ninguna mediación desde la reflexión crítica) tiene una gran responsabilidad: formar desde una auténtica y reflexiva educación ciudadana, en el compromiso y la disciplina social.

Tomo prestada una expresión de Umberto Eco: asistimos a una licuación de lo social. Esto lo devela y lo enseña la actual contingencia. Debemos repensar y rescatar la noción de comunidad, salvarla de la crisis a la que se ha sometido por parte de la sociedad líquida emanada de esa oscura, opaca fuente que es la incierta posmodernidad. Leamos, a manera de ilustración, este categórico, contundente título de Umberto Eco (De la estupidez a la locura. 2016): “Con la crisis del concepto de comunidad surge un individualismo desenfrenado, en el que nadie es ya compañero de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse. Este ´subjetivismo´ ha minado las bases de la modernidad, la ha vuelto frágil y eso da lugar a una situación en la que, al no haber puntos de referencia, todo se disuelve en una especie de liquidez. Se pierde la certeza del derecho (la magistratura se percibe como enemiga) y las únicas soluciones para el individuo sin puntos de referencia son aparecer sea como sea, aparecer como valor, y el consumismo.” (op.cit.p.10). Y se pregunta el connotado semiólogo, pensador y escritor italiano “¿Hay algún modo de sobrevivir a la liquidez?”. “Lo hay [responde], y consiste justamente en ser conscientes de que vivimos en una sociedad líquida que, para ser entendida y tal vez superada, exige nuevos instrumentos. El problema es que la política y en gran parte la intelligentsia todavía no ha comprendido el alcance del fenómeno.” (Íbid. P.11).

Comprendamos, como señala Eco, el alcance de nuestra actual situación, develada por la pandemia que nos ha tocado en suerte. Hagamos un esfuerzo para cambiar de actitud y de mentalidad. No es con palabras manidas, que suenan a hueco, como esa repetida, pragmática, utilitarista y monótona expresión “reinventarse”. La solución a esta crisis no está en la fraseología ideologizada ni en los medios tecnológicos y virtuales; está más allá, en la mentalidad, en lo esencial, en la vuelta a los referentes y valores de la modernidad que nos hablan de esa dimensión del espíritu, de la humanidad y su dignificación; está en la búsqueda de libertad, justicia, igualdad, equidad y seguridad, tan resquebrajadas, como lo desnuda la pandemia, en nuestros tiempos de decadencia y desesperanza.

Así construiremos comunidad. Así construiremos disciplina social, que no se logra desde lo coercitivo y restrictivo sino desde el formativo horizonte de lo democrático. Así saldremos de la irresponsabilidad, el egoísmo negativo y el nefasto subjetivismo.

Por estos días de pandemia vuelvo al clásico Aristóteles. El hombre es un Zoom Politikon, un animal social o político, dice el estagirita. No puede vivir solo o aislado, como un ermitaño. Sería (dice Aristóteles en su Política) un diablo o un ángel, y no es ninguna de esas cosas. Volver a nuestras más nobles referencias, a nuestras raíces, a los tejidos de nuestra comunidad, esa es la gran tarea. Cito a Antonio Tovar, en el Prólogo de su singular y sugerente libro Vida de Sócrates (1999): “Mas creemos que es para el hombre el mayor enriquecimiento el de convencerle de que cuanto más se corte de sus raíces, cuanto más declaradamente se aísle de sus nutricios culturales, tanto más pierde y de tantas más viejas virtudes se priva. Aquella definición aristotélica de ´animal político´ no quiere decir otra cosa sino que el hombre, en lo que se diferencia esencialmente de los demás animales, es en que nace sujeto a una ciudad; es decir, irremediablemente dentro de una historia.” (op.cit.p.20).

Conciencia de nuestra particular situación social, conciencia de nuestra tradición, de nuestra historia, de nuestras más esenciales referencias es lo que se nos pide en tiempos de pandemia. Raigambre a una comunidad, en tanto seres políticos, en la que somos sujetos de derechos y deberes, es esta una de las grandes lecciones que nos queda. He ahí, entonces, el gran reto: “armonizar con la ciudadanía”, armonizar con nuestro entorno, esa verdadera, auténtica patria, la canettiana provincia. Eso es bueno, es saludable tenerlo presente en este momento de caótica licuación, y de fetichización de la enajenante globalización.

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Cuidar nuestra “casa del ser”, proteger el ecosistema, “armonizar con la naturaleza”, es la otra gran enseñanza que, voz en alto, nos grita esta pandemia. Son muchas las voces que hacen consenso en este aspecto tan urgente y vital. El encierro, el confinamiento al que se ha visto abocada la humanidad le ha permitido un respiro a la naturaleza. Hemos visto, física o virtualmente, a través de las pantallas televisivas, la desprevenida, inopinada presencia de la fauna en el silencio y abandono de las playas y todo tipo de escenarios naturales. El aire de las ciudades se ha visto más limpio y purificado. Todo esto son signos, indicios (un llamado de atención) para que nos comprometamos, de manera radical y decisiva, con el cuidado de la naturaleza y de la vida en todas sus formas. Conscientes de que además de unos derechos humanos, que deben ser defendidos y respetados, también los animales y el mundo, también la naturaleza tienen derechos, como seres sintientes que son. Tejer la convivencia, dialogar, convivir en armonía con el otro y con lo otro es la tarea pendiente. ¿Aprenderemos en verdad la lección? El tiempo, juez imparcial, implacable lo dirá. Lo cierto es que hay que empezar a dar pasos seguros en este sentido. Construir ciudades inteligentes, sostenibles; asumir con inteligencia y lucidez creadora las crisis y los conflictos; abandonar las posturas violentas y de explotación, con respecto a los demás seres humanos y a las cosas es, en una noble, generosa visión cosmopolita (que no globalizada) saberse ciudadano del mundo, habitante de esa nuestra única y común casa que es (utilizo aquí una expresión cara a Heidegger) “la casa del ser “. Cito, en extenso, y sin pretender abusar del amable lector, un revelador y edificante título de George Steiner, en su bella autobiografía intelectual Errata. El examen de una vida (2011): “Todos somos invitados de la vida. Ningún ser humano conoce el significado de su creación, salvo en el sentido más primitivo y biológico. Ningún hombre, ninguna mujer conocen el propósito, si es que posee alguno, la posible significación de su ´arrojamiento´ al misterio de la existencia. ¿Por qué no hay nada? ¿Por qué soy? Somos invitados de este planeta, de un tejido infinitamente complejo y acaso aleatorio de procesos y mutaciones evolutivas que, en innumerables lugares podrían haber sido de otro modo o podrían haber presenciado nuestra extinción. Y hemos resultado ser invitados vandálicos, que asolamos, explotamos y destruimos otros recursos y a otras especies. Estamos convirtiendo en un vertedero de residuos tóxicos este entorno de extraña belleza, intrincadamente organizado, y también el espacio exterior. Por inspirado que sea, el movimiento ecologista, que junto con la reciente sensibilización hacia los derechos de la infancia y de los animales constituye uno de los capítulos más luminosos de este siglo, tal vez haya llegado demasiado tarde.

“Pero incluso el vándalo es un invitado en una casa del ser que no ha construido y cuyo diseño, con todas las connotaciones del término, se le escapa. Ahora debemos aprender a ser mutuamente invitados los unos de los otros en lo que queda de esta herida y superpoblada tierra. Nuestras guerras, nuestras limpiezas étnicas, los arsenales para la matanza que florecen incluso en los Estados más desvalidos son territoriales. Las ideologías y los odios mutuos que éstos generan son territorios de la mente. Los hombres que han asesinado desde siempre los unos a los otros por una franja de tierra, bajo banderas de distintos colores que enarbolan como estandartes, por pequeños matices en sus lenguas o dialectos (…) la historia ha presenciado la interminable aplicación del desprecio recíproco a motivos con frecuencia triviales e irracionales (…) la segregación y el genocidio (…) Los árboles tienen raíces; los hombres y las mujeres piernas. Y con ellas cruzan la barrera de la estulticia delimitada con alambradas, que son las fronteras; con ellas visitan y en ellas habitan entre el resto de la humanidad en calidad de invitados. Hay un personaje fundamental en las leyendas, numerosas en la Biblia, pero también la mitología griega y en otras mitologías: el extranjero en la puerta, el visitante que llama al atardecer tras su viaje. En las fábulas esta llamada es a menudo la de un dios oculto o un emisario divino que pone a prueba nuestra hospitalidad. Quisiera pensar en estos visitantes como en los auténticos seres humanos que debemos proponernos ser, si es que deseamos sobrevivir” (op.cit.p.74 y sgtes).

Bellas, elocuentes, aleccionadoras, edificantes palabras sin duda, surgidas de una mentalidad contemporánea hondamente crítica  y reflexiva como lo es George Steiner. Su pesimismo reflexivo, a la manera de un Spinoza de nuestros tiempos, se pregunta si acaso sea tarde. Es tarde para el hombre, afirmaba (en tono serenamente pesimista) el escritor y poeta colombiano William Ospina. ¿Tendremos una segunda oportunidad sobre tierra?, indaguemos como en un eco macondiano. Construyamos. Démonos esa oportunidad. Hagamos que no sea tarde. Sólo de nuestra marcada decisión depende que no sea tarde. ¡Que así sea!

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Esta pandemia ha desnudado, en el contexto social, otras pandemias. En ello coinciden muchas voces, cuando señalan pandemias como las desigualdades e injusticias sociales, la precariedad en el sistema de salud, la violencia con todos sus matices y oscuras, sombrías tonalidades, marcada por el sistemático y siempre sospechoso asesinato de líderes sociales, y ahora de nuestros niños y jóvenes e  igualmente marcada también por los feminicidios. A estas pandemias se suman otras: la falta de oportunidades y de equidad, la desesperanza, el abandono y el olvido (por parte de un Estado indolente, que se dice, en “la constitución de papel”, social y de derecho) en el que se tiene a la educación en rincones apartados en nuestro país, incluso en las zonas marginales (marrones) de nuestras ciudades, donde los estudiantes carecen de acceso a la virtualidad, a eso que alguien llama “miseria digital”, sí, la precariedad de la virtualidad. Todo esto ha quedado claramente evidenciado. Podríamos, en una enumeración casi sin término, relacionar otras pandemias. Como telón de fondo, unos empresarios y políticos mediocres (a quienes les queda grande el término), más preocupados por la producción que por lo humano, en el no menos sombrío contexto del neoliberalismo o capitalismo salvaje. Igualmente, como telón de fondo, un Estado (el nuestro) limosnero, caritativo, “estimulador del individualismo egoísta y competitivo”, carente (no es su interés) de un proyecto estructural serio que garantice el bienestar y seguridad, y que hoy, por exigencia misma de la pandemia, se siente cómodo, a sus anchas, decretando medidas restrictivas que ojalá, como alertaba en una entrevista televisiva el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, no se nos vayan, dada la debilidad de nuestras democracias, a quedar para siempre. Recordemos, en este contexto del abandono y la pobreza, la cínica y horrorosa afirmación, en estos tiempos de pandemia, de uno de esos políticos y funcionarios mediocres que decía: “la pobreza es una actitud mental”. Con posturas así, con qué moral y autoridad vamos a hablar de Estado social, con qué criterios vamos a hablar de Estado solidario y justo. Tal la retórica de un estado y de una sociedad que, en esta contingencia, ha develado, ha desnudado su ineficacia e indolencia. Su rechazo y estigmatización de un derecho legítimo, constitucional, como las manifestaciones y protestas así lo revela, así lo expresa.

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Pensemos ahora en el lugar de la educación, y específicamente de la escuela, en el contexto de estas nuestras pandemias, ubicados desde lo local y lo mundial. Muchas de estas cosas no sucederían si el estado le diera el verdadero apoyo a ese derecho esencial que es la educación. Muchas de estas cosas no pasarían si, como ha debido ser hace tiempo, la sociedad escuchara a la escuela, atendiera a su labor formativa, y se uniera a sus clamores y necesidades. Pero también es cierto que, insisto, muchas de estas cosas no pasarían, si la escuela se articulara más a lo social, dejando de ser la escuela burbuja, interesada sólo por un pseudoacademicismo. No olvidemos, como lo señala uno de nuestros pedagogos, Marco Raúl Mejía, que el acto pedagógico es esencialmente político, en el sentido fuerte y amplio del término. En este sentido, nos vemos obligados a descubrir tras esta pandemia, una paradoja: la escuela moderna es la escuela feudal, centrada en las posturas tradicionalistas, en el panóptico (la vigilancia, el disciplinamiento y el control). Sí. Está básicamente centrada en el confinamiento disciplinar. Pero además, como se ha afirmado, está obsesionada con su pseudoacademicismo, de espaldas al mundo, omitiendo las nefastas condiciones de la sociedad (el hambre extrema, la corrupción, el desempleo, la desigualdad, la violencia, y otras tantas pandemias como hemos reiterado). Para utilizar un término pandémico, la nuestra es una escuela inmune a los virus sociales. Estimuladora de la desigualdad. Desde la alharaca y el ruido, desde el humillo de la llamada virtualidad lo que se hace es impartir, como lo expresaba al inicio de esta pandemia la Rectora de un colegio rural en este país de sombra, educación tradicional mediada; lo que se hace es trasladar el panóptico físico, presencial, al panóptico tecnológico, virtual. Ya no es el ojo de carne del capataz, del jefe como lo nombra la voz del servilismo, si no el ojo electrónico, la tribu virtualizada del Gran Hermano de Orwell, diríamos con Umberto Eco. Sí. La tribu enjuiciadora que, como si apareciera oculta detrás de un matorral, irrumpe (vigilante, censurante) importunando, impertérrita, el libre y espontáneo quehacer.

Con cinismo, esta escuela se infla, se llena de aire, y se pregona, a todos los vientos, como “escuela nueva”. Esta la escuela feudal, la escuela nueva que no es nueva, con “cambios para no cambiar”, según la expresión del pedagogo español Miguel Fernández Pérez, en su voluminoso e interesante libro Las tareas de la profesión de enseñar, no es nueva, repetimos, porque sus ciegas y tercas posturas se cierran al auténtico cambio que sólo es posible desde lo humano, desde ese vasto horizonte del Espíritu, desde ese vernos “cara acara”, como lo enfatizan pensadores de la talla de Umberto Eco y George Steiner, leyendo, además, y en comunidad, la palabra y el mundo (Paulo Freire), con sus múltiples matices, límites, dificultades, complejidades y retos planteados.

Ahora bien, la denominada virtualidad (teletrabajo que llaman, léase teleactivismo, telepragmatismo, teleexplotación) tiene sus hondas repercusiones en el sentido y la práctica de las protestas, de las justas exigencias en lo social y, específicamente, en lo educacional. En el supuesto de un implemento de la virtualidad, nuestras protestas ya no serían en vivo, en el “cara a cara”, en el contacto humano e inmediato de la resistencia. Sería más bien la opaca teleresistencia, el paro virtual, el simulacro electrónico de la indignación, que nos trae a la memoria otras simulaciones, otros simulacros como las llamadas clases remotas o el simulacro de la democracia y los controles políticos, en las opacas sesiones virtuales del Congreso, que en tales condiciones ya no es el Congreso (¡Oh indigencia!), sí, el simulacro de la indignación, en el asilamiento y el distanciamiento, en el sombrío confinamiento, que puede (¡Oh peligro!) romper los frágiles hilos de nuestra débil, formal democracia; simulacro electrónico de la indignación, sin mayor fuerza, de los inconformes, de los resistentes a la enajenación y a la negación (vulneración) de los derechos humanos. Eso sería como debilitar, borrar, casi que aniquilar la vieja y siempre nueva consigna: “La unión hace la fuerza”, que hemos leído en la obra maestra de Gabriel García Márquez (El coronel no tiene quien le escriba). Los olvidados de la tierra, los condenados a la soledad, al confinamiento del despojo quedarían confinados, ahora en tiempos de pandemia y aislamiento, a esa hórrida mediación virtual (trabajo en casa y teletrabajo) con sus indomables olas de intermitencia. Sí. Separados, aislados, desconectados del presente, de esa fuerza irreductible que es la cotidianidad, el mundo de lo inmediato. Por esta época de pandemia, permanecemos evaporados, borrados, anulados, licuados, diluidos en la mediación.

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Recapitulemos. Esta pandemia ha sido aleccionadora en muchos sentidos. Ha puesto el acento en la finitud y en lo efímero y deleznable de nuestra existencia. Nos ha enseñado además, como hemos dicho, que “no basta con nuestras convicciones existenciales”, pues somos seres sociales. Armonizar, establecer conexiones y sintonías al interior de la duplicidad de la vida privada y la proyección pública, entre la persona y la ciudad, así como entre lo ideal y lo real, asunto éste tan importante al cual hace referencia Eugenio Trías, en su importante y revelador libro La política y su sombra. Cito, a este respecto, al filósofo: “Y es que la inteligencia no se satisface únicamente con las modalidades de realidad que se le presentan. Apuntan también a aquellas posibilidades respecto a las cuales cabe la forma de una construcción de nosotros mismos, o de sintonía entre lo que somos en tanto que personas, la ética correspondiente a esa personalidad, y la proyección de la persona en su relación con la ciudad, de manera que pueda dibujarse el ámbito de una posible filosofía política esclarecida por esta estructura de correlación entre el hombre y la ciudad, para usar los propios términos platónicos. Y en ese doble plano de lo ideal y lo real que puede dar lugar también a referencias utópicas, como sucedió en el renacimiento o entre los socialistas del pasado siglo. Esa duplicidad de lo ideal y lo real es algo que forma parte de nuestra conciencia, como también esta duplicidad de la persona y la ciudad. Sin este componente personal la sociedad se nos derrumba, y la conciencia de sociedad pierde toda su relevancia.” (op.cit.p.p.27-28).

En este contexto, valores como libertad, justicia, igualdad, equidad, solidaridad, seguridad (la cual no debe ser sobrevalorada, pues, como advierte Trías, se podrían aniquilar los otros valores) y cooperación, son de suma importancia. Algunos de ellos son valores e ideales orientadores, reguladores, que nos permiten (si se concretan y materializan) crecer y potenciar en lo personal y en lo social. La actual pandemia ha desnudado serias debilidades y carencias en este sentido, dejando como lección  que debemos mejorar mucho en este aspecto. Desafortunadamente, la realidad así lo muestra, muchos de estos términos están, por así decirlo en palabras de Trías, ensombrecidos, distorsionados y enrarecidos, por una situación de enajenamiento asfixiante.

Repensar, desde el ontológico concepto de límite, desarrollado por el pensador Eugenio Trías, y que nada tiene que ver con lo restrictivo, repensar, digo, desde este concepto la condición humana, a la cual le es (dice el filósofo) inherente, de manera natural y espontánea la conducta inhumana, eso nos puede ayudar mucho en el crecimiento personal y social. Proyectar luz desde esa parte de sombra es la tarea que nos queda en el arduo camino de la humanización. Sólo desde una actitud crítica y reflexiva podemos hacer luces que orienten nuestra marcha, nuestro sinuoso trasegar en la sombría modernidad, tan aniquiladora de los valores e ideales antes señalados. Por ello es importante no sólo mencionar sino rescatar, aquí, el gran valor que tiene actualmente la defensa de la democracia, ese otro sombrío término en nuestra época sombría. La democracia ha devenido palabra hueca, manida, trillada, mero mito, simple formulismo y formalismo. Tenemos que dotarla, desde lo personal y lo colectivo, de sentido; debemos darle contenido, su real significado. No puede seguir siendo, pues, una simple palabra al uso y abuso de las élites para someter al pueblo a “la servidumbre voluntaria”. Sabemos que en la realidad no existe, pero en lo ideal está en vigencia; es una  tarea urgente su conquista; hay que luchar denodadamente, con ímpetu y esfuerzo, para que sea una realidad, para que se materialice. No es hora de predicarla, ni de fundamentarla. Es hora de salir (a las calles) en su defensa, exhortaba en su momento Norberto Bobbio, quien también en su hora había afirmado: “decir que la democracia no existe, no es un argumento en su contra; es un argumento a su favor”. De ello se infiere que debemos comprometernos en su defensa, que es nuestra tarea, como apuntaba este filósofo de la democracia, construirla día a día. Aquí resuena, nuevamente, el eco de la dualidad, de la sintonía entre lo ideal y lo real. Esta conciencia de lo social y de lo democrático (que incluye también el derecho a disentir) nos queda como lección fundamental en estos tiempos de pandemia en que, a través de Decretos excepcionales, hemos visto restringidos algunos de nuestros derechos, como estrategia para contener la expansión del virus. Medidas, muchas de ellas, necesarias sin duda alguna, pero que nos enseñan a valorar la democracia en su real dimensión, y a afirmar el valor de esa fuerza irreductible, lo expreso en el sentido nietzscheano del término, que es la vida, en tiempos de sometimiento del ser humano y de aniquilación de la subjetividad, a través de esa no menos aniquilante obsesión por el trabajo (la producción), ese otro posadánico mito al uso y abuso de la explotación, y la sospechosa, pandémica calidad, otra palabra ideologizada, hueca y sombría, sobre todo si se le mira en los intangibles e inconmensurables términos del conocimiento, el pensamiento y la educación.

El confinamiento nos enseñó que en lugar de calles desiertas, abandonadas por el pánico y el miedo a la pandemia, al “enemigo invisible” que llaman, mejor las calles vivas, agitadas reclamando democracia, haciendo uso del derecho constitucional a la libre asociación y a la huelga. Fue ese el testimonio que dio uno de los líderes estudiantiles del país, en pasadas movilizaciones: “Estamos reclamando democracia”. Y democracia es libertad, justicia, equidad, igualdad y seguridad social. Democracia es oportunidades y respeto, garantía por los derechos humanos. Democracia es la expresión real y concreta de esos ideales a fin de dignificar y humanizar la condición humana. Pero como dice Paulo Freire, en Cartas a quien pretende enseñar, hay que lucharla, conquistarla. Citemos este título de nuestro pedagogo: “No se recibe democracia de regalo. Se lucha por la democracia. No se rompen las amarras que nos impiden ser con una paciencia de buenas maneras sino con el pueblo movilizándose, organizándose, conscientemente crítico.”  (op.cit.p.131). no puede haber palabras más apropiadas, ante una atmósfera creciente de despolitización de la protesta, con expresiones ideologizadas, inhibidoras, como la de “vandalismo”. Con este tipo de lenguaje, lo único que se pretende es legitimar, normalizar y naturalizar el sometimiento y la explotación (la violencia legitimada, oficializada, institucionalizada).

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Concluyo estas provisionales reflexiones en derredor de las lecciones o enseñanzas de la Covid-19, enfatizando en la importancia que debemos conceder a la vida interior.  Este es quizá el mensaje más significativo que nos queda en esta pandemia. Valorar, por encima de las posturas pragmáticas y utilitaristas, el “auténtico y hermoso mundo del espíritu” (Herman Hesse). Valorar asimismo, la vida sencilla. “Seamos más simples. Seamos menos artificiosos”, aleccionaba en su momento David H. Thoureau. Nuestra sociedad, alienada por las carreras, los absurdos afanes, la velocidad y las obsesiones productivas; enajenada por ese otro gran fetiche y mito sombrío que es el trabajo, negada para los vitales y enriquecedores espacios del ocio, esta clase de sociedad tiene mucho que aprender en este sentido si en realidad queremos hablar de cambios y transformaciones profundas que afirmen el sentido de lo humano, que nos blinde contra las acciones o conductas inhumanas que, como señalan tanto Eugenio Trías como George Steiner, amenazan siempre nuestra existencia, pues son inherentes a la condición humana, surgen (en cualquier momento) de manera natral, espontánea. Lo humano y lo inhumano se han manifestado históricamente en un dramático juego  dialéctico. Nuestro deber es luchar para que, sobre esta tierra, predomine lo humano, y en este sentido la vida interior (extraña y rara planta que sólo florece en los insondables horizontes del silencio y la contemplación) debe ganar cada vez más espacios y posibilidades.

No es con palabras huecas, como hemos afirmado antes, no es con discursos opacos, pragmáticos, utilitaristas e ideologizados, no es con palabrejas (antiestéticas, casi grotescas) o términos manidos (que son un cliché) como “reinventarse”, “empoderarse”, “resiliencia”, “proactivo”, “experticia”, y “nueva normalidad”, entre otros; sí, no es con palabras vacías, no es llenándonos la boca con el humillo de estas expresiones, que sólo pretenden mover hacia una existencia productiva, servil, utilitarista, no es con ello que vamos a generar  auténticas transformaciones. Es más bien con un cambio profundo de mentalidad que podemos innovar de manera esencial y radical. Es desde la mentalidad, desde la potencia de nuestra subjetividad (en el sentido fuerte del término), es desde lo esencial que podemos cambiar. La tecnología sólo es un medio. La virtualidad, tan sobrevalorada por estos días, no propicia por sí sola, reales, verdaderas transformaciones. Si no cambiamos nuestras formas y maneras de sentir y de pensar, no habrá en la pospandemia, ningún cambio. Esto sólo surge de un largo proceso, de una paciente y constante lucha que nos lleve a cortar raíces. En lo personal, no creo que haya ningún cambio. Tomo prestada una frase de Umberto Eco: seguiremos habitando el reino  de la estupidez y la locura. La humanidad va, como advertía también en su momento el poeta y escritor uruguayo Mario Benedetti, hacia el suicidio. En este sentido, prefiero ser pesimista reflexivo en lugar de un optimista ingenuo. Valga recordar, en este contexto, las palabras del periodista del Caribe colombiano Oscar Montes, quien nos dice que “las herramientas no pueden ser más importantes que la esencia” y la esencia, para él, la constituyen los valores, las ideas, los principios que orientan nuestras vidas. Lo importante es el pensamiento, que en ningún momento puede ser reemplazado por una herramienta, llámese móvil o celular, computador o como se quiera denominar. Lo importante es el entendimiento, la comprensión y la reflexión. Estas meditaciones del periodista caribeño acompañan, ilustran este apunte esencial: la vida del pensamiento, verdadera acción al decir de Aristóteles, la vida del espíritu es lo determinante para la construcción de una verdadera transformación y una dignificación de la condición humana. Reitero: es esta una de las grandes lecciones que nos quedan tras esta pandemia, tras esta grave, seria contingencia.

Afirmemos, entonces, que esta contingencia mundial nos pide, nos exige un alto en el camino, a fin de reflexionar y reconducir nuestras vidas. Para ello nos ha puesto de cara a ese (en palabras de George Steiner) “severo examinador que es el silencio”. Abandonar el ruido y el acelere (pandemias de nuestra época) para dedicarnos a la observación, a la contemplación y la reflexión. De ese ruido pandémico y enajenador, nos dice Steiner en Errata. Examen de una vida: “El ruido –industrial, tecnológico, electrónico, amplificado hasta rayar la locura (el ‘delirio’)- es la peste bubónica del populismo capitalista.” (op.cit.p.p.178-179). Volver, pues, a la vida interior, a la intimidad, al espíritu que es libertad (y eso también nos lo ha enseñado Hegel) de la mano del “profundo y ancho silencio”; guiados por “el grande, pesado, paciente e impasible sonido del silencio” (expresiones, todas ellas, que tomo prestadas de Patrick Rothfuss, en su bella novela El temor de un hombre sabio); sí, orientados por esa incierta fuente de donde emana y gravita el pensamiento, por (vuelvo a expresarme en palabras de Rothfuss) “la calma inmensa y resonante del silencio”. Nuestras solitarias meditaciones, nuestras silenciosas y aisladas ensoñaciones nos dictan que hay que mejorar como humanos. El cuidado (acudo aquí a un término caro al pensamiento occidental, que se origina en los griegos, pasando contemporáneamente por Heidegger y por Michel Foucault), el cuidado, digo, es la gran exhortación que nos hace esta pandemia que es la Covid-19 o coronavirus. Autocuidado o cuidado de sí, cuidado de la naturaleza y el entorno social, cuidado de esta nuestra común morada que es “la casa del ser”. Armonizar con la vida en todas sus manifestaciones y expresiones. Tomar conciencia (y aquí soy reiterativo) acerca de que las conductas  inhumanas, siempre presentes en ese drama que es la historia, deben aprovecharse, como sugiere Eugenio Trías en La polítca y su sombra, para mejorar la condición humana, deben ser aprovechadas como fuente de aprendizaje para una mejor convivencia humana. Y en nuestra sociedad colombiana, donde estas irracionales y ciegas conductas proliferan, sí que es necesario. ¿Aprenderemos realmente de estas enseñanzas que nos deja la pandemia? ¿Estaremos a la altura de estas exigencias? Ese otro grave examinador que es el tiempo lo dirá.

 

Referentes

  • FREIRE, Paulo. Cartas a quien pretende enseñar. ed. 6ª. México: siglo veintiuno. 2000. Traducción de Stella Mastrangelo. pgs. 141
  • HESSE, Hermann. El arte del ocio. ed. 4ª. Barcelona: Planeta. 1981. Traducción por Feliu Formosa y Mireia Bofill. pgs. 332
  • ECO, Umberto. De la estupidez a la locura. Bogotá: Lumen. 2016. Traducción de Helena Lozano Miralles y María Pons Irazazábal. pgs. 497
  • ROTHFUSS, Patrick. El temor de un hombre sabio. ed. 3ª. Barcelona: Plaza y Janés. 2011. Traducción de Gemma Rovira. pgs. 1.197
  • STEINER, George. Errata. El examen de una vida. Barcelona: Siruela. 2011. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. pgs. 216
  • ________________________ Lecciones de los maestros. ed. 2ª. Barcelona: Siruela. 2011. Traducción de María Condor. pgs. 187
  • TOVAR, Antonio. Vida de Sócrates. Madrid: Alianza. 1999. pgs. 498
  • TRÍAS, Eugenio. La política y su sombra. Barcelona: Anagrama. 2005. pgs. 163

Por Álvaro Restrepo Betancu, licenciado en Filosofía y Letras. UPB.

Especialista en Cultura Política: Pedagogía de los derechos humanos. UNAULA.

Exprofesor universitario.

Escritor independiente.

Publicado enSociedad
Corte Constitucional extiende el derecho a la eutanasia a pacientes no terminales

El alto tribunal tomó la determinación luego de estudiar una demanda que pedía condicionar el artículo 106 del Código Penal, que habla del homicidio por piedad.

 

La Corte Constitucional confirmó en la tarde de este jueves 22 de julio que por norma se extenderá el cubrimiento del derecho a fundamental a morir dignamente, también conocido como eutanasia, en el que Colombia es pionero en la región, a los pacientes no terminales. Hasta ahora el mismo estaba habilitado para personas que tuvieran enfermedades terminales en estado avanzado.

La decisión fue avalada por la sala plena del alto tribunal, en donde se registraron los votos a favor de los magistrados Diana Fajardo, quien fue la ponente del fallo; Alejandro Linares, Gloria Ortiz, Antonio José Lizarazo, José Fernando Reyes y Alberto Rojas. En contraste, Cristina Pardo, Jorge Ibáñez y Paola Meneses decidieron salvar voto. Valga señalar que, en la misma se despenalizó y se le dio más sustento jurídico al tipo penal de homicidio por piedad

Este nuevo fallo llega como respuesta a la tutela interpuesta el secretario de la Juventud de Medellín, Alejandro Matta, y un abogado de la capital antioqueña identificado como Daniel Porras, quienes le pedían a la Corte condicionar el artículo 106 del Código Penal, que habla precisamente del homicidio por piedad o eutanasia.

Para justificar dicha petición, ambos señalaron en su demanda que, “si hoy en día, una persona que no se encuentra en estado terminal, pero que se encuentra en circunstancias extremas, fruto de lesiones corporales o enfermedades incurables, decide solicitar que se le ayude a morir dignamente, encontrará una negativa del personal médico en razón”.

Gracias a ese argumento se elimina, entonces, uno de los cuatro requisitos que esa misma corporación había impuesto para acceder a este derecho hace unos 24 años. Los que quedan son los de padecer un dolor intenso que no permita tener una vida normal; la solicitud de manera voluntaria por medio de un consentimiento libre, inequívoco, informado y reiterado; y que el procedimiento sea realizado por un especialista.

Así las cosas, para la Corte “los límites que los derechos fundamentales imponen a la potestad de configuración legislativa en materia penal implican que la asistencia prestada por un profesional de la salud, en el sentido de dar soporte a quien libremente decidió poner fin a intensos sufrimientos, no puede ser sancionada penalmente, siempre que se cumplan las circunstancias previamente descritas”.

Igualmente, señaló que tomó la decisión teniendo en cuenta, entre otras cosas, la falta de desarrollo que ha tenido este derecho a nivel nacional, pues si bien el fallo a favor del derecho de morir dignamente existe desde 1997, el Congreso de la República no ha accedido a emitir una reglamentación sobre el tema, mientras que el Ministerio de Salud y Protección social lo ha hecho desde una perspectiva más bien pasiva y que todavía permite imponer restricciones por motivos de pertenencia étnica, sexo, identidad de género, orientación sexual o religiosa.

De forma adicional, el tribunal determinó que mantener las condiciones como han estado hasta este momento representa una oportunidad para que dichas barreras se perpetúen y se agraven, lo que a su vez podría perjudicar los derechos fundamentales de los colombianos.

Bien lo señalan Porras y Matta en su demanda al advertir que, “consideramos que la norma realiza una distribución inequitativa y desigual entre dos grupos de ciudadanos, al permitir que uno sea beneficiado del derecho fundamental a la muerte digna, mientras que el otro debe asumir injustamente las consecuencias incalculables de la lesión corporal sin siquiera estipularse el porqué de esta distribución”.

A pesar del fallo a favor, no faltaron quienes se manifestaron en contra del mismo, como es el caso del Ministerio de Salud, que le dijo a la Corte que abrir el derecho a la eutanasia a más grupos poblacionales “genera riesgos penales para los profesionales de la medicina ante una conducta que difícilmente puede ser justificada de manera objetiva por medio de parámetros clínicos específicos, en tanto reduce la solicitud al sufrimiento y la competencia mental”.

A esa voz se sumó la de la procuradora Margarita Cabello, quien advirtió que el tribunal se debía declarar impedido al considerar que la demanda ataca al fallo emitido por este en 1997 y que no es lo mismo tener una enfermedad terminal avanzada que una herida que causa profundo dolor, pues en el primer caso la proximidad de la muerte es una certeza, mientras que en el segundo no.

Por otra parte, está el Ministerio de Justicia, que señaló que el Congreso es la instancia que debería legislar el tema del homicidio por piedad y específicamente la procedencia de la muerte asistida en enfermos no terminales que buscan una muerte asistida. No obstante, es importante recordar que el legislativo siempre ha hundido los proyectos que quieren legislar la eutanasia. Lo hicieron, incluso, en abril de este año.

Valga señalar que, el fallo también ha recibido reacciones positivas, como las del senador Armando Benedetti, quien ha sido uno de los parlamentarios que más ha presentado el proyecto de reglamentación ante el congreso. “Es un momento agridulce. Dulce porque, por primera vez, vamos a tener una reglamentación de la eutanasia, cosa que ha debido hacer el Congreso hace más de 25 años. Agrio porque da pena que el Congreso no haya legislado sobre eso, y es otra vez la Corte quien legisla”, dijo.

22 de Julio de 2021

Publicado enColombia
BMW, Volkswagen, Audi y Porsche multados por paralizar una tecnología para reducir emisiones

Bruselas multa con 875 millones de euros a las cuatro empresas. La sanción es la primera en Europa por restringir el uso de tecnología.

Estaban desarrollando la tecnología para reducir las emisiones contaminantes de los motores diesel, llamada AdBlue, pero decidieron coordinarse y pactar para frenar su desarrollo. Esa es la conclusión de la Comisión Europea (CE) que ha acabado con un multa de 875 millones de euros a BMW y Volkswagen, incluidas Porsche y Audi, que pertenecen al grupo de este segundo.

El grupo Volkswagen deberá pagar 502 millones de euros y BMW 370 millones, tras ver reducidas sus multas un 55% y un 10% por admitir su participación en el cartel y aceptar el pago. Otra empresa de coches, Daimler, también participó en el cartel de empresas, pero Bruselas le ha librado del pago por colaborar con la CE en la investigación.

Restringir el uso de tecnología

Esta sanción marca un hito histórico para las normas de competencia europea: es la primera vez que se multa a un cartel por restringir el uso de una tecnología. La responsable de Competencia europea, Margrethe Vestager ha sido clara: “Las compañías deben competir para beneficiar a los consumidores y no hacerlo es ilegal”. Según ha descubierto la investigación, “Volkswagen, Audi, Porsche, Daimler y BMW tenían la tecnología necesaria para reducir las emisiones nocivas más allá de lo exigido legalmente por las normas sobre emisiones de la UE, pero evitaron hacerse competencia al no hacer uso de todo su potencial”, ha declarado Vestager.

El cartel se reunió varias veces entre 2009 y 2014 para pactar cuestiones sobre la tecnología AdBlue y sobre el consumo medio estimado de dicha tecnología. También se les acusa de intercambiar información comercial sensible sobre dicha tecnología.

Publicado enMedio Ambiente
Imagen ilustrativa.pixabay.com/fernando zhiminaicela

A la mayoría esto parece no interesarle, porque "es adicta a sus teléfonos inteligentes", se lamenta un investigador de la Universidad de California en Berkeley.

 

Los teléfonos celulares aumentan drásticamente el riesgo de desarrollar tumores cerebrales, debido a que la radiación que emiten es dañina, advierten científicos de la Universidad de California en Berkeley (EE.UU.).

El uso a largo plazo de esos dispositivos plantea riesgos para la salud, de tal forma que si se usan 17 minutos al día durante un período de 10 años aumenta en un 60 % el riesgo de sufrir cáncer de cerebro, afirma Joel Moskowitz, investigador de la entidad educativa.

La radiación que emiten los teléfonos celulares puede aumentar el estrés oxidativo, causar hipersensibilidad y alteraciones bioquímicas en los sistemas inmunológico y circulatorio. Sin embargo, a la mayoría de la gente esto parece no interesarle, porque "es adicta a sus teléfonos inteligentes", se lamenta Moskowitz.

Con el objetivo de disminuir la exposición a la radiación, ese investigador recomienda minimizar el uso de teléfonos celulares, así como desactivar el Wi-Fi y Bluetooth. Además aconseja mantener el dispositivo a unos 25 centímetros de distancia del cuerpo, no dormir junto al teléfono, apagarlo y si lo lleva en el bolsillo activar el modo avión. También sugiere usar auriculares con cable o altavoces para llamadas y usar el teléfono celular solo cuando la señal sea fuerte, puesto que esos dispositivos están diseñados para aumentar la radiación cuando la señal es deficiente.

Publicado: 9 jul 2021 06:20 GMT

Jueves, 08 Julio 2021 05:24

El cuerpo en Lacan

El cuerpo en Lacan

Una mesa de juego en la dirección de la cura

 

Estas líneas recrean la defensa oral de una tesis doctoral sobre “El cuerpo en Lacan” que días atrás --bajo la hipótesis de que la concepción del cuerpo determina la dirección de la cura--  nos tocó exponer en la Universidad de Buenos Aires. A partir de la “carne que derrama lágrimas”, mentada por Platón en El Banquete para oponer al amor socrático de las Ideas, nuestra investigación hizo pie en el “cuerpo vivo (Leibhaft, carne)” de Edmund Husserl para así llegar a “la relación del ser hablante con su cuerpo, puesto que no hay otra definición posible del goce”, según refiere Lacan en su texto Hablo a las paredes[1]. Título más que oportuno para ilustrar la función de sostén que el habla provee al cuerpo en tiempos en que la pandemia nos obliga al confinamiento. De hecho, insomnio, pánico, depresión y su ruta refieren la dimensión de Cosa --de despedazamiento-- a la que el propio cuerpo remite cuando los objetos que nos rodean sólo nos devuelven su irremediable condición de objetos. Por algo “la angustia es la sospecha que nos asalta de que nos reducimos a nuestro cuerpo”, decía Lacan en 1974.

Es que el cuerpo es una superficie de inscripción cuya función de sostén radica en sustraerse de la marca que lo determina y despedaza. ”Se me fue el alma a los pies”; “me partió en dos”; “se quebró”; “me cortó el rostro”; son algunas de las frases que testimonian el punto. Por algo dice Lacan: “No hay otro soporte del cuerpo que el corte que preside su desmontaje” (10/5/1967, inédito). De esta manera, nos creemos ser un cuerpo cuando en realidad apenas lo tenemos porque hablamos, y hablar siempre supone un Otro, aunque sea la pared. El espejo es el primer recurso para construir esa ficción que nos permite decir: mi cuerpo. De allí que si “Yo gozo de mi cuerpo, es decir, tu cuerpo deviene la metáfora de mi goce” (7/61967). Así, la satisfacción pulsional se encuentra y desencuentra en el campo del Otro, de lo contrario emerge la angustia que hoy los laboratorios venden como ataque de pánico.

No por nada el régimen de satisfacciones de corte autoerótico y adictivo imperante en el planeta es correlativo de un empobrecimiento de la relación del sujeto con su propio cuerpo, verdadero escenario de la crisis del lazo social que la pandemia puso en primer plano al demostrar que no hay salud del Uno sin el Otro. Tanto es así que nuestras platónicas lágrimas más arriba mentadas retornan cuando en su seminario “Aún” Lacan observa que el cuerpo sólo funciona afectado por otro: “si llegaran a secarse las lágrimas, el ojo dejaría de funcionar bien. A eso llamo yo milagros del cuerpo. (…) el hecho es que lloriquea, (...), en cuanto le pisan a uno el pie corporal, imaginaria o simbólicamente. Lo afectan a uno...”[2].

Ahora bien ¿Cómo articular la relación entre el cuerpo y la dirección de la cura? y ¿Qué se pierde o se gana en los tratamientos por vía remota? fueron algunas de las preguntas que orientaron nuestra investigación. Nuestro recorrido se apoyó en el texto Radiofonía[3]en que el significante carne retorna para señalar el efecto que el “cuerpo de lo simbólico” imprime en el cuerpo a tomar en “sentido ingenuo”. Dice Lacan: “No le sucede así a toda carne. Solo de aquellas que el signo marca al negativizarlas”. No extraña entonces que apele a los incorporales de los estoicos para destacar “en qué lo simbólico sujeta al cuerpo”, es decir: esos restos que según el filósofo e investigador Èmile Bréhier: “se hallan en el límite de la acción de los cuerpos”[4].

De esta manera, si el cuerpo propio no alcanza a inscribir todo el goce, la función del analista en el dispositivo no es otra que la de escenificar esta disyunción entre el cuerpo y ese exceso de satisfacción que porta el síntoma. Una presencia que se sustrae desde los más mínimos, aunque no por ello, menos significantes detalles. Desde correr la mirada cuando la persona se quita el saco o acomoda el portafolios, hasta evitar que el sujeto se vea observado cuando el analista se in-corpora (¡precisamente!) para atender un timbre; y desde la decisión de estrechar la mano o dar un beso hasta cortar la sesión cuando el impudor insinúa su sombra (por ejemplo, en el intento reiterado del sujeto bulímico por contar todos los vómitos de la semana).

Así el analista juega una partida de presencias y ausencias que hace del cuerpo “mesa de juego”[5]. Concepto que tuvimos la fortuna de encontrar cuando redactábamos nuestro texto sobre “Gambito de Dama”, aquella serie en que el saber inconsciente de la ajedrecista tramita una disputa que le permite triunfos resonantes, si bien con gran costo subjetivo (recordar las escenas en que Beth yace en la cama mientras un tablero imaginario pende del techo). Lo cierto es que, en el ser hablante (parlêtre), el que decide el juego que se juega es el tablero, o sea: la mesa del cuerpo. Va de suyo entonces que, para intervenir sobre el goce, la jugada analítica apunta al casillero que está “en el límite de la acción” del tablero. Cuestión que abona nuestra hipótesis según la cual, en Lacan, la concepción del cuerpo determina la dirección de la cura.

Pandemia mediante, hoy los analistas ponemos el cuerpo, desde sostener la Mirada del sujeto anoréxico que comparte videos de corte y confección de vestidos para así gestar una nueva versión de su cuerpo; hasta hacer lo propio con la Voz de quien llama en horarios insólitos, en virtud de que el confinamiento en familia le resta privacidad durante la jornada; pasando por recibir --protocolo mediante-- al fóbico refugiado en el aislamiento restrictivo.

En la clínica on line que hoy impone la pandemia, sin dudas hay cuerpo en la Voz y la Mirada. La cuestión está en que si “una alcoba donde no pasa nada más que el acto sexual que se presenta como preclusión (Verwerfung), es lo que se llama comúnmente el consultorio del analista” (21/6/ 1967, inédito), vale preguntarse hasta dónde la clínica on line pone en juego la angustia que motoriza un tratamiento analítico hasta su conclusión. El ser hablante tiene un cuerpo sólo porque habla con el cuerpo. En el escamoteo de esta equívoca alteridad que impone el culto individualista reside la actual crisis del lazo social.

 

08 de julio de 2021

Por Sergio Zabalza, psicoanalista. Fragmentos de la Defensa de la Tesis “El cuerpo en Lacan: enseñanza y dirección de la cura”, redactada bajo la dirección de Fabián Naparstek, y aprobada con calificación sobresaliente con recomendación de publicación por el jurado conformado por María Inés Sotelo; María Elena Elmiger y Osvaldo Delgado.

[1] Jacques Lacan, ( 1971-1972) “Hablo a las paredes”, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 70

[2] Jacques Lacan ( 1972-1973) , El Seminario: Libro 20, “Aún”, Buenos Aires, Paidós, p. 133

[3] Jacques Lacan ( 1970) “Radiofonía”, en Otros Escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, pp. 431 y 432

[4] J. Ferrater Mora, Diccionario de Filosofìa, Barcelona, Ariel, Tomo II, p. 1792.

[5] Jacques Lacan, Radiofonía, op. cit. p. 448.

Publicado enCultura
 Imagen: Verónica Bellomo

Karina Batthyány, socióloga uruguaya, especialista en la temática del cuidado

La doctora en Sociología y secretaria ejecutiva de Clacso repasa los conceptos de género y cuidados, la división sexual del trabajo y el rol de las tareas no remuneradas en las sociedades capitalistas. Pandemia y desigualdad.

 

La pandemia de Covid-19 desnudó la importancia de los cuidados y las desigualdades de género en torno a ellos. Puso en evidencia además su valor para el funcionamiento de la sociedad y la economía. En Miradas latinoamericanas a los cuidados (Clacso-Siglo XXI México), Karina Batthyány coordina una serie de aportes fundamentales sobre la temática en América Latina y el Caribe. El texto, una reflexión colectiva sobre el concepto, compila estudios relacionados al cuidado, la división sexual del trabajo, las políticas públicas y las iniciativas nacionales en países como Argentina, Uruguay, Brasil o Colombia en torno al cuidado de niños, adultos mayores y personas con discapacidad.

Destacada socióloga uruguaya, de las más reconocidas especialistas latinoamericanas en cuestiones vinculadas al cuidado, en Miradas... Batthyány subraya que “las características relacionales y afectivas de la tarea de cuidado están, producto de la división sexual del trabajo y de los mandatos de género, asociadas a la identidad femenina, lo que posiciona al cuidado como uno de los temas sustantivos directamente relacionados al real ejercicio de la ciudadanía social de las mujeres y de sus derechos”.

Batthyány es doctora en Sociología por la Université de Versailles Saint Quentin en Yvelines, Francia; secretaria ejecutiva del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso); y profesora titular del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias de Sociales de la Universidad de la República (UDeLaR), de Uruguay. Es autora, entre otros, de Los tiempos del bienestar social. Género, trabajo no remunerado y cuidados en Uruguay; Las políticas y el cuidado en América Latina. Una mirada a las experiencias regionales; y Políticas del cuidado (CLACSO-UAM-Cuajimalpa).

--Miradas latinoamericanas a los cuidados plantea una reflexión colectiva sobre los cuidados y una investigación regional en torno a ellos. ¿Qué se entiende por cuidados?

--Efectivamente es importante siempre comenzar definiendo qué entendemos por cuidados porque por suerte en los últimos veinte años ha habido mucha investigación y mucho desarrollo teórico en torno a este tema, particularmente en América Latina esa vitalidad se observa de manera muy fuerte. En Miradas latinoamericanas a los cuidados hay un recorrido sobre la evolución teórica de este concepto. Si tuviera que dar una definición breve, entiendo el cuidado como todas las acciones necesarias que se desarrollan para el bienestar diario, el bienestar en la vida cotidiana de una persona, de una persona dependiente, sea dependencia por ciclo vital --los niños obviamente-- o dependencia por distintas circunstancias de la vida: personas mayores dependientes, personas discapacitadas con dependencia. Entonces, entiendo el cuidado como todas aquellas actividades necesarias para el bienestar en la vida diaria y que se realizan para aquellas personas que no pueden realizarlas por sí mismas.

--¿Qué dimensiones involucra esta conceptualización?

--El cuidado involucra por lo menos tres grandes dimensiones. Una primera dimensión material que tiene que ver específicamente con el trabajo de cuidados. Todos y todas quienes hemos cuidado a alguien sabemos de qué hablamos. Si pensamos en los niños: higienizarlos, alimentarlos, apoyarlos, más ahora en plena pandemia, todas actividades necesarias de esa población. Pero no solamente nos referimos a la dimensión material sino que reconocemos también una dimensión económica con el costo que implica cuidar a alguien. El costo en dos sentidos: el costo directo, cuidar a alguien implica una serie de gastos, de insumos necesarios que implican un gasto pero también hay una cuestión económica más asociada a lo que dejamos de hacer por cuidar a alguien. Finalmente, una dimensión más del orden de lo afectivo, que involucra el cuidado más subjetivo, psicológico, que también es importante tener en cuenta. Estas tres dimensiones además pueden ser realizadas de dos maneras: de manera remunerada o no remunerada. Y a su vez en dos ámbitos distintos: dentro o fuera de la familia, dentro o fuera de los hogares. Y la naturaleza de la actividad del cuidado va a variar según todas estas características, es decir, según primen en algunos momentos las dimensiones materiales, económicas, psicológicas; según se haga dentro o fuera de las familias o se haga de manera remunerada o no remunerada. Pero hay una especificidad en la cuestión del cuidado y es que casi por definición involucra una relación que se establece entre quien cuida y quien es cuidado. Por supuesto esa relación también va a tener características distintas en función de si es una relación paga o no paga, familiar o no familiar.

--¿Cuánto se han profundizado las desigualdades en este sentido a partir de la pandemia?

--Hay dos cosas que me gustaría resaltar cuando hablamos de qué pasó con las desigualdades y con los cuidados en el marco de la pandemia. Primero es el contexto. Un contexto en el que a todos y a todas la vida cotidiana nos cambió de un día para el otro. Nos cambió casi hasta retrotraernos a épocas pasadas donde volvió a coexistir en el mismo espacio geográfico lo productivo y lo reproductivo durante las 24 horas, bajo las consignas del confinamiento. De repente nos vimos en una situación en la que, además, las tareas de cuidado se volvieron necesarias. Se pudo haber parado todo, pero el cuidado no paró. Contrariamente, aumentó. Porque si teníamos en nuestros arreglos domésticos alguna forma de externalización de los cuidados, por ejemplo, los centros de cuidado infantil o algunos lugares de apoyo para quienes cuidan a personas mayores dependientes en los domicilios, todo eso se detuvo. Y esa carga de cuidado volvió a los hogares. Volvió a los hogares además en condiciones de confinamiento, en muchos casos de teletrabajo, que implica un montón de desafíos en esta relación entre lo productivo y lo reproductivo.

--¿Qué arrojan los estudios a este respecto?

--Los estudios que hay nos muestran que la carga de cuidados aumentó, pero que no se distribuyó al interior de los hogares. Básicamente, se mantuvo la división sexual del trabajo que conocíamos antes de la pandemia: que somos las mujeres las que asumimos el porcentaje mayor de la carga de cuidados. El 80% de los cuidados los realizan las mujeres en nuestros países y lo mismo ocurrió durante la pandemia. Esta brecha de desigualdad de género, este “nudo crítico” --como me gusta llamarlo a mí-- se amplificó evidentemente durante la pandemia. Aumentó cuantitativamente la carga de cuidados en los hogares porque todo lo que estaba externalizado retornó a los hogares, quedó a cargo exclusivamente de los integrantes de esos hogares y no se modificó la división sexual del trabajo. Son las mujeres las que siguen cumpliendo esa tarea. Además se sumó algo --que depende de cada país-- para el cuidado del bienestar, que es el apoyo en todo lo que es la escolarización, la teleeducación. Esto no hace más que tensionar y es incompatible con el teletrabajo. No le puedo pedir a una mujer que trabaje, cuide y además cumpla tareas escolares en la casa. Todo esto llevó a niveles de tensiones muy importantes. El segundo punto que me gustaría destacar es que si alguien tenía dudas sobre la importancia del cuidado para el bienestar de todos los que integramos las distintas sociedades, para el bienestar individual y social, no le pueden haber quedado dudas. Con la pandemia, el cuidado estalló en la cara de quienes aún no lo querían ver o de quienes no tenían este tema como un tema importante a nivel de la agenda de políticas públicas. La pandemia aceleró la visualización de la temática del cuidado; ojalá no sólo la haya visualizado sino que lleve a preguntarse por soluciones al respecto.

--¿Cuáles debieran ser los ejes centrales de una agenda de políticas públicas de cuidados?

--Lo primero son los principios. Para mí una agenda de políticas públicas de cuidados tiene que tener tres principios de base. El primero es entender el cuidado como un derecho; y todo lo que ello implica, entre otras cosas, la responsabilidad estatal. Y eso tiene que ver no solo con declarar un principio o un derecho, sino de permitir que ese derecho se ejercite. El Estado tiene que ser garante de ese derecho. El segundo elemento es que tiene que ser de carácter universal, es decir, con acceso para toda la población. Dependerá la forma de acceso, no estoy diciendo aquí gratuito, libre e irrestricto para todos y todas en las mismas condiciones --aunque podría ser-- pero sí universal. El tercer elemento es que tiene que ser desde una perspectiva de género. Entender que en este tema está el origen de una profunda desigualdad entre varones y mujeres por la división sexual del trabajo vigente en todos nuestros países por los contratos o las relaciones de género. Esos tres principios son la base. Hay que empezar a pensar el cuidado como un derecho, una cuestión universal y desde una perspectiva de género. Una vez realizado eso, la experiencia internacional nos muestra que hay una serie de políticas a desarrollar.

--¿Cuáles, por ejemplo?

--Diría que hay al menos tres tipos de políticas; a esas tres me gustaría agregar dos que considero necesarias para cumplir con esos tres principios. La primera de las políticas son las que se llaman “políticas de tiempo”, como las licencias para padres y madres para el cuidado, la flexibilización horaria en los lugares de trabajo, entre otras. La segunda, las “políticas de servicios”. Es decir, brindar servicios que pueden ser públicos o privados pero que deben ser regulados sobre determinados estándares de calidad, como centros de cuidado para los niños y hogares para las personas mayores dependientes. En tercer lugar lo que se llaman las “políticas de prestaciones”, quizás menos implementadas en América Latina, que son beneficios monetarios que se otorgan a las familias para que con ese monto puedan solucionar sus problemas o necesidades de cuidado vía mercado o como sea. Y digo que hay que agregar dos más: el primero de ellos tiene que ver con políticas culturales que apunten a modificar la división sexual del trabajo. Las políticas culturales son imprescindibles para lograr ese objetivo. Por último, y en relación con la revalorización económica, siempre que se desarrollan políticas de cuidado en un país surgen nuevas ocupaciones, profesiones, asociadas a esta cuestión del cuidado. Prestemos atención desde el minuto cero a que estas profesiones u ocupaciones que surgen ligadas a la expansión de las políticas de cuidado sean ocupaciones valoradas socialmente, económicamente, con cobertura, con seguridad social, con protección.

--Subraya la importancia de las políticas culturales orientadas a modificar la división sexual del trabajo. ¿Cuál considera que es el aporte de la Educación Sexual (ESI) Integral en ello?

--El aporte tiene que ver con empezar a transmitir en los espacios de educación, en los procesos de escolarización, elementos que permitan una construcción alternativa de lo que son hoy las relaciones sociales de género. Poner en cuestión los modelos predominantes de feminidad, masculinidad, relaciones entre varones y mujeres y estereotipos, sexismos de distinto tipo que observamos en nuestra sociedad. Permitir el ejercicio de construir y reconstruir algunas categorías como la categoría de género, como la división sexual del trabajo, a veces tan internalizadas que las tomamos como naturales. El valor de la ESI es permitir poner en cuestión estos elementos. Hay que empezar a cuestionar y a reconstruir los mandatos sociales asociados al género que se transmiten de manera constante y a veces imperceptible. Allí es importante este tipo de políticas para permitir, desde los procesos educativos, poner en cuestión estos mandatos y contribuir a la modificación de esa división sexual del trabajo y del sistema de géneros que sigue siendo sin excepción en todos los países de América Latina profundamente sexista, profundamente machista, profundamente patriarcal.

--Hace un instante decía que es imprescindible entender el cuidado como un derecho. En Uruguay, el Sistema de Cuidados es un derecho. Argentina, como otros países de América Latina, está dando esa discusión y trabajando fuertemente en esa dirección. ¿Cuánto puede servirse la región de la experiencia uruguaya?

--El modelo de Uruguay es interesante para analizarlo en clave latinoamericana y en clave de países como Argentina, Colombia y México, que están dando fuertemente esta discusión. Pero tiene muchas particularidades que no hay que olvidarlas. Como por ejemplo, la primera bien importante y que quizás sea aplicable al caso de Argentina, es que el sistema de cuidados o la política nacional de cuidados en Uruguay se instala como un proceso de reforma social más amplia. Es decir, en un momento en que Uruguay hace una profunda reforma social que modificó la educación, la salud, la seguridad social, la cuestión fiscal asociado a la llegada al gobierno del Frente Amplio, de un gobierno ideológicamente ubicado a la izquierda que se propone deliberadamente esta reforma social, y esta es una pieza más dentro de esta reforma social. La segunda particularidad del caso uruguayo es que se trabajó desde el minuto uno con una articulación de actores diversos que provenían del sector académico, del sector de la sociedad civil y por supuesto del sector perteneciente a la política pública. Se avanzó con un diagnóstico nacional producto de un diálogo nacional por el cuidado, por una consulta en los distintos territorios para ver cuáles eran las demandas y necesidades de la población en torno a este tema. Luego se da una serie de políticas y hay una serie de enseñanzas en los términos de cómo avanzar en los tres principios que nombré en cuanto al derecho, la universalización y el género para evitar embates cuando llegan al gobierno nacional coaliciones ideológicas que quizás no tienen dentro de sus prioridades ese tema. Y esa es la realidad que estamos viviendo hoy en el Uruguay. Es muy positivo que países como Argentina se planteen este desafío de avanzar hacia una política nacional de cuidados.

--Más allá de los avances, ¿cuáles son las urgencias de la época en la agenda de mujeres?

--En términos de la agenda pendiente, me gusta mucho el marco de las autonomías. En el terreno de las tres autonomías, la autonomía física claramente involucra dos temas importantísimos en nuestros países: los derechos sexuales y reproductivos, aborto incluido por supuesto y violencia de género. En términos de autonomía económica, lo más importante nuevamente son dos elementos: uno vinculado a los cuidados que condiciona fuertemente la autonomía económica de las mujeres y otro en términos de la participación en el mercado de trabajo. En tercer lugar, la autonomía en la toma de decisiones donde América Latina tiene una deuda muy fuerte. A pesar de la ley de cuotas, estamos muy lejos de la paridad en los ámbitos de las tomas de decisión de nuestras sociedades.   

Por Bárbara Schijman

28 de junio de 2021

Publicado enSociedad
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