Domingo, 17 Octubre 2021 13:59

El imperio no baja las armas

Eduardo Esparza, sin título (cortesía del autor)

Estados Unidos nunca permanece humilde por mucho tiempo. Apenas un mes después de su derrota afgana, el orden imperial ha sido restablecido. La ofensa que Washington acaba de infligirle a París lo demuestra.


¿Un mes? Ni siquiera. Apenas los talibanes se apoderaban del aeropuerto de Kabul, que los neoconservadores volvían a salir de sus guaridas. ¿Occidente había “perdido Afganistán”? Era necesario entonces que reafirmara su presencia en todo el resto del mundo para hacer comprender a sus rivales estratégicos, China y Rusia particularmente, que no retrocedería ante el próximo combate. “La guerra no terminó –resumió el senador Mitt Romney, ex candidato republicano a la elección presidencial–. Estamos más en peligro que antes. Y vamos a tener que invertir más para garantizar nuestra seguridad” (1). Luego de haber regado el caos en Medio Oriente, Estados Unidos se vuelca entonces hacia el Pacífico y dirige su Marina contra China. Lo que será, imaginamos, un pequeño problema...

Cachetadas diplomáticas


Ese es, en todo caso, el principal desafío de la actual crisis diplomática entre Francia y Estados Unidos, no el enojo de París por haber sido despojado de un jugoso contrato de armamento naval. Se trata en efecto de saber cómo Europa debe reaccionar ante la alianza militar antichina que Washington acaba de anunciar con el Reino Unido y Australia. Porque en lo que respecta a lo otro –la espectacular humillación pública, la deslealtad de los “aliados”, la falta de concertación respecto de una decisión geopolítica mayor– el Elíseo se acostumbró a las afrentas estadounidenses desde hace unos quince años, ya se trate del espionaje a los Presidentes de la República revelado por WikiLeaks, del desmembramiento de Alstom por parte de General Electric (gracias a maniobras judiciales cercanas a un robo a mano armada), o de las multas faraónicas arrancadas a empresas y bancos franceses que no habían aplicado sanciones, contrarias al derecho internacional, decretadas por Estados Unidos contra Cuba o Irán (2). Para responder a la cachetada australiano-estadounidense de otra forma que a través de un llamado a consulta sin consecuencias a sus embajadores en Canberra y Washington, Emmanuel Macron habría hecho bien en otorgar sin hesitar el asilo político a Julian Assange y Edward Snowden, que revelaron los subsuelos del imperio. El mundo entero habría notado este golpe de efecto.


Mientras sus Presidentes conversan, Francia pierde prestigio. Se reintegró al mando integrado de una Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan) dirigido por Washington; abandonó una parte creciente de su soberanía diplomática a una Unión Europea poblada de vasallos de Estados Unidos; mantiene contra Rusia una batería de sanciones que impiden todo tipo de entendimiento “del Atlántico a los Urales”, única perspectiva susceptible de lograr que el Viejo Continente evite el control estadounidense o chino. Para no hundirse en la insignificancia, Francia debe hacer comprender de manera urgente a Washington, pero también a Pekín, Moscú, Tokio, Hanoi, Seúl, Nueva Delhi, Yakarta, que jamás se resignará a la guerra del Pacífico que preparará Estados Unidos (3).

 

1. CNN, 29-8-21.
2. Véase Jean-Michel Quatrepoint, “La ofensiva legal del imperio”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, febrero de 2017.
3. Véase Martine Bulard, “Delirios atlantistas en Asia”, Le Monde diplomatique, edición Colombia, junio de 2021.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Micaela Houston

 

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En 2049, China será una zona catastrófica climática, no una superpotencia militar

 

 

13 octubre 2021

En los últimos meses, Washington se ha explayado sobre la creciente potencia aérea, naval y de misiles de China. Sin embargo, cuando los representantes del Pentágono abordan la cuestión, suelen hablar menos de las capacidades actuales del país, que siguen siendo muy inferiores a las de EE UU, que del mundo que prevén para las décadas de 2030 y 2040, cuando piensan que Pekín habrá adquirido armamento mucho más sofisticado.

“China ha invertido mucho dinero en nuevas tecnologías, con el propósito declarado de completar la modernización de sus fuerzas armadas de aquí a 2035 y contar con un ejército de primera para  2049”, declaró el secretario de Defensa, Lloyd Austin, en junio. EE UU, aseguró ante el Comité de Fuerzas Armadas del Senado, sigue poseyendo “la mejor fuerza de combate conjunta del mundo”, pero solo si se invierten innumerables miles de millones de dólares adicionales todos los años, añadió, puede este país “adelantarse” a los avances proyectados por China en las próximas décadas.

Sin embargo, el caso es que este razonamiento cojea significativamente. En efecto, tomemos esto como una garantía: para 2049, el ejército chino (o lo que quede de él) estará tan ocupado haciendo frente a un mundo asolado por incendios e inundaciones provocados por el cambio climático ‒que pondrán en peligro la supervivencia misma del país‒ que no será capaz, y mucho menos tendrá la voluntad, de lanzar una guerra contra EE UU o cualquiera de sus aliados.

Claro que es normal que los representantes del ejército de EE UU se centren en los criterios clásicos de evaluación de la potencia militar cuando comentan la amenaza china, inclusive el aumento del gasto militar, la ampliación de la fuerza naval y cosas por el estilo. Estas cifras se proyectan entonces muchos años hacia el futuro hasta llegar a un momento imaginario en que, a la luz de estas extrapolaciones habituales, Pekín podría superar a Washington. No obstante, ninguna de estas evaluaciones tiene en cuenta el efecto del cambio climático en la seguridad de China. En realidad, a medida que aumentan las temperaturas planetarias, este país se verá asolado por las graves consecuencias de la continua emergencia climática y forzado a desplegar todos los instrumentos del Estado, incluido el Ejército de Liberación Popular (ELP), para defender a la nación de inundaciones, hambrunas, sequías, incendios forestales y tormentas de arena cada vez más catastróficas y del aumento del nivel de los océanos.

Es poco probable que China esté sola en esta tesitura. Ya hoy los efectos cada vez más graves de la crisis climática fuerzan a los Estados a destinar fuerzas militares y paramilitares a combatir incendios, prevenir inundaciones, rescatar personas después de una catástrofe, reasentar poblaciones y a veces a asegurar el simple mantenimiento de las funciones básicas del Estado. En efecto, durante este último verano de acontecimientos climáticos extremos, las fuerzas armadas de numerosos países, entre ellos Argelia, Alemania, Grecia, Rusia, Turquía y… EE UU, han tenido que intervenir justamente en tales situaciones, al igual que el ELP.

Y téngase en cuenta que apenas estamos en la antesala de todo esto. De acuerdo con un informe reciente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas (GIECC), los fenómenos climáticos extremos, que ocurrirán con una frecuencia cada vez más terrible, resultarán cada vez más destructivos y devastadores para las sociedades de todo el mundo, que a su vez se asegurarán de que las fuerzas militares de casi todas partes desempeñen un papel creciente a la hora de hacer frente a las catástrofes relacionadas con el clima. “Si aumenta el calentamiento global”, señala el informe, “será más probable que ocurran fenómenos [climáticos extremos] de intensidad, duración y/o extensión geográfica crecientes, sin precedentes en el registro histórico.” En otras palabras, lo que hemos visto en el verano de 2021, por muy devastador que nos parezca ahora, será muchas veces más grave en las próximas décadas. Y China, un país grande con muchas vulnerabilidades climáticas, requerirá más asistencia que la mayoría.

El precedente de Shengshu

Para formarnos una idea de la gravedad de la crisis climática a que se enfrentará China, basta con que veamos lo que ocurrió este verano a causa de la reciente inundación de Shengshu, una ciudad de 6,7 millones de habitantes y capital de la provincia de Henan. Durante un periodo de 72 horas, entre el 20 y el 22 de julio, sobre Shengshu cayó lo que antaño sería la cantidad de lluvia normal de todo un año. El resultado ‒no lo olvidemos al observar el futuro previsible de China‒ fueron avenidas de magnitud nunca vista y, bajo el peso del agua, el colapso de la infraestructura local. Por lo menos 100 personas murieron en la propia Shengshu  ‒14 de ellas quedaron atrapadas en un túnel del metro que se inundó hasta el techo‒ y otras 200 en las poblaciones de los alrededores. Junto a los importantes daños causados en puentes, carreteras y túneles, se calcula que la avenida inundó más de un millón de hectáreas de terrenos agrícolas y destruyó numerosos cultivos alimentarios.

En respuesta, el presidente Xi Jinping decretó la movilización a escala estatal para ayudar a las víctimas y proteger infraestructuras vitales. “Xi llamó a los funcionarios y miembros del partido de todos los niveles a responsabilizarse y acudir a primera línea para dirigir los trabajos de control de la avenida”, según CGTN, una cadena de televisión pública. “El Ejército de Liberación Popular  y las fuerzas policiales deben coordinar activamente el rescate local y las labores de socorro”, ordenó Xi a altos cargos del Estado.

The ELP respondió con celeridad. Tan pronto como el 21 de julio, según el diario público China Daily, más de 3.000 oficiales, soldados y milicianos del Mando de la Región Centro del ELP se habían desplegado en Shengshu y sus alrededores para colaborar en las tareas de prevención y rescate. Entre la tropa movilizada había una brigada de paracaidistas de la Fuerza Aérea del ELP con la misión de reparar dos peligrosas roturas de una presa en el rio Jialu, en la zona de Kaifeng. De acuerdo con China Daily, la brigada construyó un muro de 1,6 kilómetros de longitud y casi un metro de altura con sacos de arena para reforzar la presa.

A estas unidades se sumaron pronto otras, hasta que finalmente se desplegaron en la provincia de Henan unos 46.000 soldados del ELP y de la policía para participar en las labores de rescate, además de 61.000 miembros de la milicia. Cabe destacar que entre estas tropas había por lo menos varios centenares de miembros de la Fuerza de Misiles del ELP, la rama militar responsable del mantenimiento y lanzamiento de los misiles balísticos intercontinentales, o ICBM, portadores de bombas nucleares.

La catástrofe de Shengshu es significativa en muchos aspectos. Para empezar, fue una prueba de la capacidad del calentamiento global para causar graves daños en una ciudad moderna en muy poco tiempo y sin previo aviso. Al igual que en el caso de la lluvia torrencial devastadora que saturó los ríos en Alemania, Bélgica y los Países Bajos dos semanas antes, la precipitación en Henan vino provocada en parte por la mayor capacidad de una atmósfera más cálida de absorber humedad y permanecer en un lugar descargando toda el agua almacenada en una gigantesca cascada. Estos fenómenos se consideran ahora una consecuencia distintiva del cambio climático, pero casi nunca se puede predecir cuándo y dónde se producirán. Debido a ello, cuando los servicios meteorológicos chinos avisaron que iban a producirse fuertes lluvias en Henan, nadie imaginó su intensidad y no se adoptaron medidas de prevención para evitar sus consecuencias extremas.

Ese acontecimiento puso al descubierto, además, las importantes deficiencias del diseño y la construcción de las numerosas ciudades nuevas de China, que han brotado en los últimos años a raíz del esfuerzo del Partido Comunista Chino (PCC) por reubicar a la mano de obra rural empobrecida en metrópolis modernas y altamente industrializadas. Estos centros urbanos ‒el país cuenta actualmente con 91 ciudades de más de un millón de habitantes‒ suelen ser vastas aglomeraciones de carreteras, fábricas, centros comerciales, edificios de oficinas y altos bloques de pisos. Durante su construcción, gran parte del terreno original se cubre con asfalto y cemento. Así, cuando se producen fuertes precipitaciones, quedan pocas rieras y arroyos para drenar el agua, que debido a ello penetra en túneles, pasos subterráneos o carreteras semisubterráneas y a menudo los inunda, con la consiguiente amenaza devastadora para la vida humana.

Las inundaciones de Henan también revelaron otra amenaza relacionada con el clima para la seguridad futura de China: la vulnerabilidad de muchas de las presas y pantanos del país en caso de fuertes lluvias y el desbordamiento de ríos. Las zonas bajas del este de China, donde se concentra la mayoría de la población, siempre han conocido avenidas y la historia cuenta cómo una dinastía tras otra ‒siendo la más reciente la del PCC‒ han tenido que construir presas y diques para controlar los sistemas fluviales. Muchas de estas construcciones no se han mantenido debidamente y nunca se concibieron para esta clase de fenómenos extremos que ahora estamos viendo. Durante las inundaciones de Henan en julio, por ejemplo, el pantano de Changsuang, cercano a Shengshu, alcanzó niveles peligrosos y estuvo a punto de colapsar, lo que habría causado una segunda catástrofe en la ciudad. De hecho, en los alrededores se rompieron otras presas, dañando numerosos cultivos.

El peligroso futuro climático de China

La catástrofe de Shengshu no fue más que un incidente singular que atrajo la atención de la dirección china durante un periodo relativamente corto, pero también fue un presagio inconfundible de lo que le espera al país ‒que actualmente es el mayor emisor de gases de efecto invernadero‒ con creciente frecuencia a medida que aumenten las temperaturas globales. Será particularmente vulnerable a los efectos más graves del cambio climático. Esto llevará a su vez a que el gobierno central tenga que dedicar recursos del Estado a una escala todavía inimaginable, una y otra vez, a intervenciones de emergencia como las que se vieron en Shengshu, hasta que se conviertan en una serie de sucesos sin solución de continuidad que no darán tregua.

En las décadas que vienen, todos los países, por supuesto, se verán asolados por los efectos extremos del calentamiento global, pero China corre un riesgo particular a causa de su geografía y su topografía. Muchas de sus ciudades más grandes y zonas industriales más productivas, como por ejemplo Cantón, Shanghái, Shenzhén y Tianyín, se hallan en zonas bajas a lo largo de la costa del océano Pacífico, por lo que se verán expuestas a tifones y avenidas cada vez más graves y al ascenso del nivel del mar. De acuerdo con un informe del Banco Mundial de 2013, de todas las ciudades del planeta, Cantón, situada en el delta del río de las Perlas, es la más expuesta a los efectos, en términos económicos, del ascenso del nivel del mar y de las inundaciones asociadas; su vecina Shenzhén figura en el décimo lugar de la lista.

Otras partes de China afrontan amenazas igual de abrumadoras derivadas del cambio climático. Las regiones centrales del país, densamente pobladas, con ciudades importantes como Wuhan y Shengshu, así como sus zonas agrícolas vitales, están atravesadas por una enorme red de ríos y canales que a menudo se desbordan después de alguna lluvia intensa. Buena parte del oeste y noroeste de China es desierto, y la combinación de deforestación y descenso de las precipitaciones está extendiendo el proceso de desertización. Asimismo, un estudio de 2018 indica que la llanura del norte de China, densamente poblada, puede convertirse en el lugar de la Tierra de mayor mortalidad por olas de calor devastadoras hacia el final de este siglo y resultar para entonces inhabitable; estamos hablando de catástrofes futuras difíciles de imaginar.

Los riesgos climáticos especiales de China aparecen destacados en el nuevo informe del GIECC, Climate Change 2021. Veamos algunos de sus hallazgos más preocupantes:

* La subida del nivel del mar en las costas chinas se produce a un ritmo más rápido que la media mundial, con la consiguiente pérdida de espacios costeros y retroceso del litoral.

* El número de tifones cada vez más potentes y destructivos sobre China aumentará inexorablemente.

* Las precipitaciones intensas y las consiguientes avenidas serán más frecuentes y extensas.

* Las sequías prolongadas serán más frecuentes, especialmente en el norte y el oeste de China.

* Las olas de calor extremo serán más frecuentes y persistirán durante periodos más prolongados.

Estas realidades amenazadoras darán lugar a fuertes inundaciones urbanas, amplias avenidas costeras, colapsos de presas e infraestructuras, incendios forestales cada vez más graves, pérdidas catastróficas de cultivos y la creciente posibilidad de extensas hambrunas. Todo esto, a su vez, podría provocar disturbios sociales, crisis económicas, desplazamientos incontrolados de población e incluso conflictos entre regiones (sobre todo si se desvía el agua y otros recursos de una zona a otra del país por razones políticas). Todo esto pondrá a prueba la capacidad de respuesta y estabilidad del gobierno central en Pekín.

Afrontar la creciente furia del calentamiento global

La gente en EE UU solemos dar por hecho que los líderes chinos dedican todo su tiempo a pensar en cómo alcanzar y superar a EE UU como principal superpotencia mundial. En realidad, la máxima prioridad del PCC no es otra que mantenerse en el poder, lo que en el último cuarto de siglo ha significado asegurar año tras año un crecimiento económico suficiente para conservar la lealtad (o por lo menos la aceptación) de la mayoría de la población. Cualquier cosa que pudiera amenazar el crecimiento o poner en peligro del bienestar de la clase media urbana, como por ejemplo las catástrofes climáticas, la consideran una amenaza vital para la supervivencia del PCC.

Esto se vio claramente en el caso de Shengshu. Inmediatamente después de la inundación, algunos periodistas extranjeros informaron de que había habitantes que comenzaban a criticar a funcionarios del gobierno local por no avisar a tiempo de la catástrofe inminente y no adoptar las medidas de prevención necesarias. El aparato de censura del PCC silenció rápidamente esas voces, mientras que agentes de los medios progubernamentales reprendieron a los periodistas extranjeros por difundir dichas quejas. Asimismo, las agencias de noticias oficiales ensalzaron al presidente Xi por asumir personalmente el mando del esfuerzo de rescate y por ordenar la respuesta de todo el Estado, incluido el despliegue de tropas del ELP.

De todos modos, el hecho de que Xi considerara necesario intervenir personalmente es todo un mensaje. Ante la certeza de que las catástrofes urbanas serán más frecuentes, perjudicando a habitantes de clase media que saben cómo influir en los medios, la dirección política del país cree que debe hacer gala de vigor y disponibilidad de recursos, so pena de perder su aura de competencia y por tanto su mandato para gobernar. En otras palabras, cada vez que China sufre una catástrofe de esta índole, el gobierno central se mostrará dispuesto a asumir el liderazgo de las labores de rescate y enviar al ELP para supervisarlas.

No cabe duda de que la dirección del ELP es plenamente consciente de las amenazas climáticas que pesan sobre la seguridad del país y del papel cada vez más importante que tendrán que desempeñar las fuerzas armadas en hacerles frente. Sin embargo, la edición más reciente del Libro Blanco de la Defensa, publicado en 2019, ni siquiera menciona el cambio climático como una amenaza para la seguridad del país. Como tampoco, por cierto, el equivalente más cercano de EE UU, la Estrategia Nacional de Defensa del Pentágono, de 2018, pese al hecho de que altos mandos de aquí eran muy conscientes e incluso estaban obsesionados con estos crecientes peligros.

Habiendo tenido que lanzar operaciones de emergencia en respuesta a una serie de huracanes cada vez más destructivos en los últimos años, los mandos militares estadounidenses se han familiarizado directamente con los efectos potencialmente devastadores del calentamiento global en este país. Los enormes incendios forestales que todavía siguen activos en el oeste de EE UU han reforzado esta idea. Al igual que sus homólogos chinos, reconocen que las fuerzas armadas se verán obligadas a asumir cada vez más el protagonismo en la defensa del país, no de misiles enemigos u otras fuerzas, sino de la furia creciente de los efectos del calentamiento global.

Actualmente, el departamento de Defensa está elaborando una nueva edición de la Estrategia de Defensa Nacional, en la que esta vez se reconocerá oficialmente el cambio climático como una amenaza importante para la seguridad de EE UU. En una orden ejecutiva firmada el 27 de enero, en su primera jornada completa como presidente, Joe Biden ordenó al secretario de Defensa que “tenga en cuenta los riesgos del cambio climático” en esa nueva edición.

Que nadie dude de que la dirección militar china hará traducir de inmediato la nueva versión de la Estrategia de Defensa Nacional tan pronto como se publique, probablemente este mismo año. Después de todo, buena parte de la misma se centrará en las medidas de los militares estadounidenses encaminadas a contrarrestar el ascenso de China en Asia en que han insistido tanto la presidencia de Trump como la de Biden. Pero será interesante ver qué harán con el lenguaje sobre el cambio climático y si comienza a aparecer un lenguaje similar en los documentos militares chinos.

Este es mi sueño: que los dirigentes militares estadounidenses y chinos ‒comprometidos, al fin y al cabo, a defender a los dos principales generadores de gases de efecto invernadero‒ reconozcan conjuntamente el carácter preponderante de la amenaza climática para la seguridad nacional e internacional y anuncien medidas comunes para mitigarla mediante avances en la tecnología energética, de transporte y de materiales. Sin embargo, sea como fuere, podemos estar seguras y seguros de que, como deja muy claro el propio término, el viejo formato de la guerra fría en política militar ya no se sostiene, no en un planeta tan sobrecalentado. Por eso, lo previsible es que en 2049 las tropas chinas dedicarán mucho más tiempo a llenar sacos de arena para defender las costas del país frente al aumento del nivel del mar que a manejar armamento para combatir al ejército estadounidense.

24/08/2021

https://tomdispatch.com/china-2049/

Traducción: viento sur

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Revela Estados Unidos su arsenal de armas nucleares

El Departamento de Estado de EE.UU. hizo pública este martes la cifra global de armas nucleares de que dispone en su arsenal, información que —según estima— ayudaría a controlar la circulación de estas en el orbe.

Conforme el reporte oficial, el número de armas estadounidenses de esta naturaleza ascendía, en septiembre de 2020, a 3 750 unidades. Ello incluye a las armas activas y a las almacenadas. Resultado inferior al de 2019, cuando había 3 805 armas registradas de este tipo, y al de las 3 785 existentes en 2018.

El récord histórico de posesión de armas nucleares para Estados Unidos fue en 1967, cuando constaban en sus registros de 31 255.

Los últimos reportes del Gobierno estadounidense sobre este ítem datan de marzo de 2018, en base a los números de 2017 (3 822 armas en su poder). Luego Trump se mostró críptico en el tema durante todo su mandato.

Hans Kristensen, director del Proyecto de Información Nuclear de la FAS, instó a la transparencia de la información, recurso que podría ser muy útil —a su vez— a la diplomacia norteamericana en negociaciones sobre el control de armas y en la conferencia del Tratado de No Proliferación Nuclear de 2022.

5 octubre 2021

(Con información de AP)

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Domingo, 03 Octubre 2021 06:14

La CIA vs. Assange: el mundo debe saber

Londres. Foto Afp

Hace tres años, el 2 de octubre de 2018, un comando de oficiales sauditas asesinó al periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudita en Estambul. El propósito del asesinato era silenciar a Khashoggi y atemorizar a los críticos del régimen saudita al mostrar que se les perseguiría y castigaría como si fueran agentes de una potencia extranjera.

Esta semana se reveló que en 2017, un año antes del asesinato de Khashoggi, la CIA había maquinado el secuestro o asesinato de Julian Assange, el fundador de WikiLeaks, quien cinco años antes se había refugiado en la embajada de Ecuador en Londres. Un alto funcionario estadunidense de contrainteligencia señaló que "en los más altos niveles" del gobierno de Donald Trump se discutieron planes para la entrega forzada de Assange a Estados Unidos. El informante fue uno de los más de 30 funcionarios estadunidenses –ocho de los cuales confirmaron detalles de la propuesta de secuestro– citados en una investigación de 7 mil 500 palabras de Yahoo News sobre la campaña de la CIA contra Assange.

El plan era "irrumpir en la embajada, sacar a rastras a Assange y llevarlo adonde queremos", recordó un antiguo oficial de inteligencia. Otro informante comentó que tuvo conocimiento de una reunión celebrada en la primavera de 2017 en la que Trump preguntó si la CIA podría asesinar a Assange y plantear "opciones" de cómo hacerlo. Trump lo ha negado.

Mike Pompeo, jefe de la CIA designado por Trump, declaró en público que clasificaría a Assange y a WikiLeaks como equivalentes a "un servicio hostil de inteligencia". Apologistas de la CIA aseguran que la libertad de prensa no estaba amenazada, porque Assange y los activistas de WikiLeaks no eran verdaderos periodistas. Los funcionarios de inteligencia del más alto nivel intentaban decidir quién es periodista y quién no, y cabildeaban con la Casa Blanca para redefinir a otros periodistas de alto perfil como "traficantes de información", a quienes se consideraría susceptibles de ser atacados, como si fueran agentes de una potencia extranjera.

Entre aquellos a quienes se mencionó que la CIA quería atacar estaban Glenn Greenwald, fundador de la revista Intercept y ex columnista de The Guardian, y Laura Poitras, cineasta documentalista. Los argumentos para hacerlo eran similares a los empleados por el gobierno chino para suprimir a disidentes en Hong Kong, los cuales fueron muy criticados en Occidente. Encarcelar periodistas como espías ha sido siempre la norma en países autoritarios, como Arabia Saudita, Turquía y Egipto, en tanto que denunciar a la prensa libre como antipatriota es una marca más reciente de gobiernos nacionalistas populistas que han llegado al poder en todo el mundo.

Sólo es posible hacer un breve resumen de la extraordinaria historia expuesta por Yahoo News, pero los periodistas que la escribieron –Zach Dorfman, Sean D. Naylor y Michael Isikoff– deben arrasar con todos los premios periodísticos. Sus revelaciones deben ser de particular interés en Gran Bretaña, porque fue en las calles del centro de Londres donde la CIA planeaba un asalto extrajudicial a una embajada, el secuestro de un ciudadano extranjero y su entrega secreta a Estados Unidos, con la alternativa de asesinarlo.

No se trataba de ideas deschavetadas de oficiales de inteligencia de bajo nivel, sino de operaciones que, según la información, Pompeo y la agencia tenían toda la intención de llevar a cabo. Esta fascinante y trascendental historia, basada en múltiples fuentes, debería atraer extensa cobertura y variados comentarios editoriales en los medios británicos, para no mencionar al Parlamento. Muchos periódicos han publicado cuidadosas versiones de la investigación, pero no han causado furor. Hay desconcertantes vacíos de cobertura, como en la BBC, que sólo dio cuenta del caso, hasta donde puedo ver, en su servicio de radio para Somalia. El Canal 4, normalmente tan diligente en defender la libertad de expresión, al parecer no mencionó la noticia para nada.

De hecho, el ataque a la embajada nunca ocurrió, pese a lo avanzado de la planeación. "Hubo una discusión con los británicos sobre poner la otra mejilla o mirar para otro lado cuando un equipo de tipos entrara e hiciera una acción", aseveró un ex alto oficial de contrainteligencia estadunidense, quien añadió que los británicos se negaron a permitir la operación.

Sin embargo, el gobierno británico realizó su propia acción contra Assange, menos melodramática, pero más efectiva, al sacarlo de la embajada el 11 de abril de 2019, luego de que el nuevo gobierno de Ecuador revocó el asilo. Dos años y medio después, Assange permanece en la prisión de máxima seguridad de Belmarsh, mientras Washington apela contra una decisión judicial de no extraditarlo a Estados Unidos por un posible riesgo de suicidio.

Si se le extradita, enfrentaría 175 años de prisión. Sin embargo, es importante entender que sólo cinco de ellos estarían fundados en la Ley de Fraude y Abuso con Computadoras, en tanto que los otros 170 años potenciales serían conforme a la Ley de Espionaje de 1917, adoptada durante el punto más alto de la fiebre de patriotismo a raíz de que Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial.

Sólo un pequeño cargo contra Assange se refiere a la revelación por WikiLeaks, en 2010, de una colección de cables diplomáticos estadunidenses y reportes del ejército relativos a las guerras de Irak y Afganistán. Los otros 17 cargos están relacionados con clasificar investigación periodística normal como equivalente al espionaje.

La determinación de Pompeo de mezclar investigación periodística con espionaje tiene particular relevancia en Gran Bretaña, porque la secretaria del interior, Priti Patel, pretende hacer prácticamente lo mismo. Propone actualizar la Ley de Secretos Oficiales para que periodistas, denunciantes ciudadanos y filtradores de noticias enfrenten sentencias hasta de 14 años de prisión. Un documento de consulta emitido en mayo, titulado Legislación para Contrarrestar Amenazas al Estado (Actividad Hostil al Estado) redefine el espionaje como "el proceso encubierto de obtener información confidencial delicada que normalmente no está a disposición del público".

La verdadera razón de que la exclusiva acerca del complot de la CIA para asesinar a Assange haya sido ignorada o minimizada es que, desde todos los credos políticos, de izquierda, derecha o centro, se le está relegando injustamente como un paria.

Por dar sólo dos ejemplos, el gobierno estadunidense ha seguido afirmando que las revelaciones de WikiLeaks en 2010 pusieron en riesgo vidas de agentes estadunidenses. Sin embargo, el ejército de ese país reconoció en una audiencia judicial en 2013 que un equipo de 120 oficiales de contrainteligencia no logró hallar en Irak o Afganistán una sola persona que hubiera muerto por dichas revelaciones. En cuanto a las acusaciones de violación en Suecia, muchos sienten que bastaría con ellas para negar a Assange cualquier aseveración de ser un mártir en la causa de la libertad de prensa. No obstante, el fiscal sueco sólo realizó una "investigación preliminar" y no se han presentado cargos.

Assange es una clásica víctima de la "cultura de cancelación", tan satanizado que ya no puede obtener una audiencia, ni siquiera cuando un gobierno conjura para secuestrarlo o asesinarlo.

En realidad, Khashoggi y Assange fueron perseguidos sin tregua por el Estado porque cumplieron el deber primordial de un periodista: descubrir información importante que el gobierno quiere mantener en secreto y revelarla al público.

The Independent

Traducción: Jorge Anaya

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El Pentágono fue el guionista secreto de 800 películas de Hollywood

El Pentágono ha estado trabajando secretamente entre bastidores en unas 800 películas de Hollywood, según documentos recientemente desclasificados. La lista fue compilada por el sitio web de investigación FOIA.

Tom Secker y Matthew Alford expusieron cuán extensos son en realidad los programas del Pentágono y la CIA para asociarse con Hollywood, sobre la base de unas

4 000 páginas de documentos desclasificados obtenidos a través del Acta de Libertad de Información.

El informe señaló en su momento que: “Estos documentos demuestran por primera vez que el gobierno de los EE.UU. ha trabajado tras bambalinas en más de 800 películas importantes y más de 1 000 títulos de televisión”.

Revisando la lista en constante expansión, el observador promedio de películas podría sorprender a las películas que realmente están incluidas, hay otras más predecibles como Black Hawk Down, Zero Dark Thirty y Lone Survivor.

Pero completamente inesperados que aparentemente necesitaban el toque propagandístico del complejo industrial militar como Ernest Saves Christmas, Karate Kid 2, El silencio de los corderos, Twister, las películas de Iron Man y más recientemente, Pitch Perfect 3.

Cuando un escritor o productor de Hollywood se acerca al Pentágono y solicita acceso a recursos militares para ayudar a hacer su película, debe enviar su guion a las oficinas de enlace de entretenimiento para que lo investiguen.

En última instancia, el hombre con la última palabra es Phil Strub, jefe de enlace del Hollywood del Departamento de Defensa (DOD), que ha estado a la cabeza de este departamento anteriormente semi secreto que data de 1989.
Si hay personajes, acciones o diálogos que el Departamento de Defensa no aprueba, entonces el realizador tiene que hacer cambios para adaptarse a las demandas de los militares.

Si se niegan, el Pentágono empaca sus juguetes y se va a casa. Para obtener una cooperación total, los productores tienen que firmar contratos, llamados Acuerdos de Asistencia de Producción, que los encierran en el uso de una versión del guión aprobada por militares.

Meses atrás, Strub fue perfilado de nuevo en un informe llamado “Elisting an Audience: How Hollywood Peddles Propaganda”, que lo citó tratando de hacer retroceder la creciente exposición de los medios durante el año pasado.

“¡No estamos tratando de lavarle el cerebro a la gente! “Estamos dispuestos a presentar la visión más clara y verdadera”, dijo Strub.

El informe señaló acertadamente que aunque por lo general los estadounidenses se enorgullecen de vivir en una sociedad libre de la censura, al tiempo que se burlan de los ejemplos de propaganda en lugares como Rusia o China, el público estadounidense está sujeto a propaganda estatal más local de lo que cree:

Esfuerzo militar en Rusia, manifestaciones masivas en Corea del Norte, mensajes contundentes de China.

Nos enloquecemos cuando nos vemos en ultramar.

Pero no cuesta mucho esfuerzo ver que la propaganda estadounidense está en todas partes, también. No está hecho por el gobierno y no es tan descarado como su contraparte del exterior.

Pero está aquí y para ignorar que una parte del contenido es, en esencia, la propaganda, especialmente en estos días, mientras Trump abiertamente anhela los grandes desfiles del ejército, es un error.

“Hay todo tipo de formas de hacer un punto ideológico”, agregó Harris. A veces creo que no estamos en sintonía suficiente. No nos vemos lo suficientemente duros para la propaganda.

Y lo que es más, a diferencia de los sistemas autoritarios, en Occidente son los consumidores los que realmente están dispuestos, si acaso involuntariamente, como partícipes de la propaganda estatal.

El informe del esquema continúa:

Ciertamente, el contenido tiene agendas alternativas, sinceros, también. Pero es el gigante y amorfo mercado de consumidores el que lo ha convocado. Esa es la diferencia entre nuestra propaganda y la de todos los demás. En regímenes autocráticos, una entidad respaldada por el gobierno lo empuja hacia consumidores indiferentes o reacios.

En América, nosotros, los consumidores, lo demandamos alegremente.

A continuación se muestra una lista meramente parcial de películas en orden alfabético. Las mismas tuvieron la participación del Pentágono durante el guion o la fase de producción, de acuerdo con los documentos desclasificados del gobierno de EE.UU.

Sorprendentemente, la lista de 410 películas no es más que la mitad del número total. Por ejemplo, Zero Dark Thirty y algunos otros prominentes no están allí.

3 octubre 2021

(Tomado de Walter Goobar)

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Biden es más trumpista que Trump en Oriente Próximo

Los ocho meses transcurridos con el demócrata en la Casa Blanca no solo no han servido para resolver ninguno de los innumerables problemas que afectan a la región, sino que han agravado los ya existentes. 

 

Tanto antes como después de entrar en la Casa Blanca el 20 de enero, el presidente Joe Biden y su equipo lanzaron al aire prometedoras declaraciones en las que la nueva administración americana anunciaba grandes cambios en la política exterior de Estados Unidos, suscitando un sentimiento de alivio entre la mayoría de sus socios.

Pero en los ocho meses transcurridos se observa que Washington no solo no ha realizado ninguno de los cambios de rumbo que prometió, sino que está reafirmando las políticas de Donald Trump en prácticamente todos los frentes, y en particular en Oriente Próximo, hasta el punto de que es imposible discernir diferencias notables entre el penúltimo y el último presidente.

xiste un margen para considerar que Biden está aplicando una política exterior práctica y pragmática, pero hay un margen más amplio para pensar que el equipo del que se ha rodeado, dirigido por el secretario de Estado Antony Blinken, no está a la altura de lo que se esperaba de él y anda perdido en un mar de dudas y contradicciones, y sin capacidad para tomar decisiones trascendentes.

Se aprecia en todos los frentes. En abril la administración aprobó casi en secreto una venta masiva de armas a los Emiratos Árabes Unidos por valor de 23.000 millones de dólares, y que incluye aviones F-35 y drones muy avanzados. Este negocio lo cocinó Trump durante los últimos días de su mandato, y entonces los demócratas levantaron el grito al cielo y prometieron revisarlo.

Biden no solo no lo ha revisado, sino que lo ha confirmado. Aunque es un negocio redondo para la industria armamentista y creará decenas de miles de empleos en EEUU, moralmente es un negocio siniestro dado que incrementa las tensiones, algo que no parece preocuparles a Biden y a Blinken, especialmente si se considera que los EAU están metidos en absolutamente todos los saraos más oscuros de la región, saraos que crean inestabilidad y merman la seguridad.

Aunque Biden dijo en su momento que el centro de su política exterior serían los derechos humanos, y desde entonces él y su equipo lo han venido repitiendo, la realidad es que es imposible distinguir entre las políticas de Biden y Trump, ni en el caso de los EAU, ni en el caso de Egipto, ni en otros casos similares, hasta el punto de que Biden parece más trumpista que Trump.

Los llamados Acuerdos de Abraham, mediante los que Trump forzó una normalización de relaciones entre algunos países árabes e Israel, han tenido como primera consecuencia crear una "feria de armamento" en Oriente Próximo, como señala The Washington Post, y esto también afecta a Marruecos, país que con el respaldo de Israel se está convirtiendo en un foco de desestabilización en el Mediterráneo occidental.

El peligro de Marruecos, a los que los americanos tienen previsto vender armas avanzadas y misiles por valor de 1.000 millones de dólares, incide en particular en Argelia y España. Argel ha suspendido sus relaciones con Marruecos y ha prohibido que sobrevuelen su territorio aviones comerciales y militares marroquíes. Sus dirigentes ya han acusado a Israel desestabilizar la región, mientras que España ve con preocupación las maniobras extranjeras a sus puertas.

Cuando el primer ministro Naftalí Bennett visitó Washington este mes de septiembre, lo primero que hizo fue pedir a Biden armamento sofisticado adicional por valor de 8 mil millones de dólares, y lo más correcto es pensar que a Biden no le quedará más remedio que asentir debido a la enorme influencia del lobby judío en EEUU, otro dato que refuerza la opinión de que entre las políticas de Trump y Biden no hay diferencias apreciables y que ambos han alimentado y siguen alimentando la carrera armamentista en Oriente Próximo.

The Washington Post ha publicado un artículo de Fareed Zakaria en el que se sostiene que Biden está "normalizando" las políticas de Trump. El discurso que el actual presidente pronunció ante la Asamblea General de la ONU el 21 de septiembre corrobora que Biden no está preparado para modificar las políticas de Trump.

Diplomáticos europeos han señalado que incluso Trump realizaba más consultas con Europa que Biden, como ha quedado de manifiesto con la retirada de Afganistán o con el fiasco de los submarinos franceses vendidos a Australia, donde Washington ha ido a su bola y ha presentado hechos consumados a pesar de que Biden proclamó que tras Trump EEUU volvería a ser un socio fiable de sus aliados.

Siendo como es el problema palestino el corazón de la inestabilidad en Oriente Próximo, Biden y Blinken han mostrado que no tienen el menor interés en resolverlo, lo que ha envalentonado más a Israel, que está multiplicando sus planes de construcción en los territorios ocupados sin que nadie se atreva a intervenir.

Otro caso que ilustra que no puede distinguirse entre Trump y Biden es el de Irán. Si el primero abandonó unilateralmente el acuerdo nuclear, el segundo ha roto su promesa de restaurarlo e incluso ha añadido nuevas sanciones a los iraníes en una política claramente sintonizada con Israel y su afán desestabilizador, que sobre todo están pagando los civiles.

Si prescindimos de las declaraciones de Biden y Blinken, puesto que no guardan ninguna relación con la realidad, se observa sin dificultad que la política de la administración demócrata está siendo más trumpista que la de Trump, y que no hay indicios de que vaya a cambiar, lo que significa que los grandes problemas se están ocultando debajo de la alfombra.

26/09/2021 09:18

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Modi, Biden, Morrison y Suga deliberan en la Casa Blanca.. Imagen: AFP

Cumbre de potencias del Indopacífico menos China

La cumbre se realizó en medio de la creciente preocupación por el auge militar y político de China en la región.

 

El presidente estadounidense, Joe Biden, remarcó este viernes los "excelentes progresos" para lograr un Indopacífico "libre y abierto", en medio de la creciente preocupación por el auge militar y político de China en la región.

Así se expresó Biden en el arranque de la primera cumbre presencial en la Casa Blanca junto a los otros líderes del llamado grupo Quad: el primer ministro de Australia, Scott Morrison; el primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, y el primer ministro de India, Narendra Modi.

"Libre y abierto"

"Cuando nos reunimos virtualmente hace seis meses, adoptamos compromisos para avanzar en nuestra agenda compartida y positiva para un Indopacífico libre y abierto. Hoy estoy orgulloso de decir que estamos haciendo excelentes progresos", afirmó el mandatario estadounidense.

Se trata de la reunión de mayor perfil celebrada desde la creación del "Quad" en 2007, y en un momento en el que la región atrae el interés de las grandes potencias mundiales.

Desde la Casa Blanca, Morrison, Modi y Suga saludaron este encuentro que, según ellos, tiene como objetivo promover "una región del Indo-Pacífico libre y abierta", una formulación usada para criticar, sin nombrarla, a China y sus ambiciones en la zona.

Morrison explicó que el grupo se basa en la necesidad de demostrar que las "democracias pueden encarar los grandes desafíos" globales , y aseguró que "no hay una parte del mundo más dinámica que el Indopacífico".

Por su parte, Suga recalcó que el grupo es "una iniciativa extremadamente significativa" que muestra la "fuerte solidaridad" entre los cuatro países. A su turno Modi insistió en los "valores democráticos compartidos" de los cuatro socios.

Democracias

El anfitrión Biden, en tanto, señaló: "somos cuatro democracias de primer nivel, con una larga historia de cooperación, sabemos cómo hacer avanzar las cosas", dijo.

La cita del Quad se produce una semana después de que EE.UU. presentara la nueva alianza en Defensa para el Indopacífico con Australia y el Reino Unido, y muestra cómo ha puesto el foco estratégico en el Indopacífico, en su afán de reconfigurar el equilibrio de poderes en una región que domina China.

El anuncio de esa nueva alianza, que implicó la cancelación por parte de Australia de un multimillonario contrato con Francia para que ese país le suministrara submarinos, en favor de un nuevo pedido de sumergibles nucleares a EE.UU. y el Reino Unido, ha provocado una crisis entre Washington y los socios europeos. 

Tsunami

El llamado "Quad" fue esbozado después del devastador tsunami de 2004 y formalizado en 2007, pero ha estado inactivo durante mucho tiempo. Después de una cumbre virtual en marzo, Biden lo reúne de nuevo, en persona y a alto nivel.

Al reactivar el "Quad", Biden está de alguna manera buscando el "giro hacia Asia" de la política exterior estadounidense, un objetivo que ya había tenido el expresidente Barack Obama (2009-2017).

AUKUS

Pero después del anuncio del AUKUS, como se conoce el acuerdo con Reino Unido y Australia - y de su contrato de submarinos de propulsión nuclear que encolerizó a Francia-, Washington quiere presentar el "Quad" bajo una luz de consenso.

Es un cenáculo "informal" e "íntimo" destinado a "desarrollar mejores canales de comunicación", dijeron altos funcionarios de la Casa Blanca a periodistas. Según altos funcionarios, el "Quad" se concentrará sobre todo en proyectos económicos, ambientales y de lucha contra la pandemia.

ASEAN

No hay un objetivo "militar", insistieron, asegurando que el "Quad" sería "complementario" a otras iniciativas regionales, en respuesta a una pregunta sobre su articulación con la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN).

Algunos miembros de esta organización, que integran Malasia, Indonesia, Brunéi, Vietnam, Camboya, Laos, Birmania, Singapur, Tailandia y Filipinas, temen que la ofensiva estadounidense en la región lleve a una escalada con China.

25 de septiembre de 2021

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Veinte años de guerras de EU costaron 8 millones de millones de dólares y un millón de muertes

En 20 años Estados Unidos pasó del paradigma del 11-S –"guerras eternas" de la triada Baby Bush/Dick Chenney/Donald Rumsfeld– al "caos global" (https://bit.ly/2XiNJ0O) que ha infectado su propio hogar con el nuevo paradigma del 1º de enero (captura del Capitolio en Washington; https://bit.ly/3bJoeuP).

El derrumbe de las "torres trillizas" (sic; https://bit.ly/3AdImP9) –por la tarde se derrumbó la tercera torre sin ayuda de aviones (https://bit.ly/3tOkBuQ), aunque los seguros pagaron doble en forma chusca por ser "gemelas" (https://bit.ly/3z5nmsE)– sirvió de pretexto para invadir Afganistán (https://bit.ly/2Xiyghi ) e Irak que 20 años después abandona Biden cuando Estados Unidos se repliega del Gran Medio Oriente para concentrarse militarmente en el océano Índico y el Mar del Sur de China y Taiwán contra China.

Veinte años más tarde se abre un nuevo frente doméstico (https://bit.ly/3tEoH8N) cuando dos ex presidentes republicanos se enfrentan públicamente: Baby Bush, quien inició las guerras contra el terror del 11-S, fustiga el "terror doméstico" del 1º de enero, supuestamente atizado por Trump, quien le recuerda a su contrincante que él fue el catalizador de los fracasos militares de Estados Unidos (https://wapo.st/3Ah1M5O).

Un seminal estudio colaborativo de Watson Institute de la Universidad Brown (Rhode Island) y la Universidad de Boston expone a 10 días del 20 aniversario del 11-S "Los costos presupuestales de Estados Unidos en las guerras posteriores al 11-S" (https://bit.ly/3kais9t), cuando la "administración Biden ha requerido alrededor de 5.8 millones de millones dólares (trillions en inglés) en reacción al 11-S", que incluyen los "costos directos e indirectos de gasto en Estados Unidos en las zonas de guerra después del 11-S, esfuerzos de seguridad del hogar para el contraterrorismo, pagos por intereses (¡megasic!) por los préstamos de guerra".

Los excelsos centros académicos ignoran u ocultan a los recipiendarios financieros de los "pagos por intereses" y lo adeudado a la plutocracia bancaria de Wall Street https://bit.ly/2XfPBaL).

Sin Covid-19 de por medio, los "costos para cuidados médicos y pagos por discapacidad para los veteranos es el mayor (sic) gasto a largo plazo" y es probable que en las próximas décadas "exceda 2.2 millones de millones de dólares (trillions) del gasto federal".

En total, los costos presupuestales y las obligaciones financieras futuras alcanzarán 8 millones de millones de dólares (trillons) en dólares presentes.

Se trasluce que el Pentágono gastó más de 14 millones de millones de dólares desde el inicio de la guerra de Afganistán con 7 millones de millones redireccionados a los "contratistas" –renglón que he venido señalando–: "las pequeñas y grandes trasnacionales han sido de lejos (sic) los mayores beneficiarios del surgimiento del gasto militar después del 11-S", donde brilla Blackwater/Academi/Xe y cuyo mandamás se dio el lujo de evacuar a sus empleados, colaboradores, traductores por 6 mil 500 dólares el pasaje para fugarse de Afganistán.

Solamente en el caso de Afganistán (https://bit.ly/3tETdiC) –sin contar Irak, Siria, Libia, Somalia y Yemen– constituyó una mina de oro de la cleptocracia privatizada del complejo militar industrial de Estados Unidos, donde el supuestamente muy bien entrenado ejército afgano se rindió de forma ignominiosa ante el blitzkrieg de los talibanes.

El saqueado, depredado y devastado Afganistán también exhibió en forma pornográfica la inmensa fortuna con la que se fugó el ex presidente Ashraf Ghani a Dubái y los 6.5 millones de dólares en cash y lingotes de oro encontrados en la casa del ex vicepresidente Amrullah Saleh (https://bit.ly/3ApPBnv).

Se desprende que las guerras del posteriores al 11-S constituyen "guerras económicas" donde los paramilitares y sus cleptomaniacos "contratistas" repiten el modelo ya muy visto, hoy a escala tecnológica, de los "Robber Barons" (Barones Ladrones; https://amzn.to/399da82) que fondean al más salvaje capitalismo cuando hoy se confunden la militarización bancaria y la financiarización militar y paramilitar.

Hoy los Barones Ladrones del siglo XXI usan armas de destrucción masiva, drones y su letal ciberterrorismo.

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Noam Chomsky en imagen de archivo.

Nueva York. Han pasado 20 años desde los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Con casi 3 mil muertos, fue el ataque más letal de la historia en suelo estadunidense y produjo dramáticas ramificaciones para los asuntos mundiales, así como alarmantes impactos en la sociedad del país. Quiero empezar por pedirle una reflexión sobre la supuesta reforma de la política exterior estadunidense en tiempos de George W Bush, como parte de la reacción de su gobierno al ascenso de Bin Laden y el fenómeno yihadista. En primer lugar, ¿había algo nuevo en la Doctrina Bush, o fue simplemente una codificación de lo que ya habíamos visto en la década de 1990 en Irak, Bosnia y Kosovo? En segundo, ¿la invasión de Afganistán encabezada por EU y la OTAN se ajustó al derecho internacional? Y en tercero, ¿Estados Unidos estuvo alguna vez comprometido con la construcción de una nación en Afganistán?

La reacción inmediata de Washington al 11-S fue invadir Afganistán. El retiro de tropas de tierra de ese país se programó para coincidir (virtualmente) con el 20 aniversario de la invasión. Ha habido una avalancha de comentarios sobre el aniversario del 11-S y la terminación de la guerra en el terreno. Es muy esclarecedor y significativo. Revela cómo la clase política percibe el curso de los acontecimientos, y nos aporta un trasfondo útil para considerar las cuestiones sustanciales de la Doctrina Bush. También ofrece alguna indicación sobre lo que probablemente venga después.

De la mayor importancia en este momento histórico serán las reflexiones sobre “el decididor”, como a él gustaba nombrarse. Y, de hecho, hubo una entrevista con George W. Bush cuando el retiro llegó a la etapa final, en el Washington Post, en la sección Estilo.

El artículo y la entrevista nos presentan a un amable abuelo bobalicón disfrutando del chacoteo con sus hijos, admirando los retratos que ha pintado de los grandes hombres que conoció en sus días de gloria. Hubo un comentario pasajero sobre sus hazañas en Afganistán y el episodio siguiente en Irak:

“Puede que Bush haya empezado la guerra de Irak sobre excusas falsas, pero por lo menos no inspiró una insurrección que convirtió el Capitolio de Estados Unidos en una zona de combate. Por lo menos hizo esfuerzos por distanciarse de los racistas y xenófobos de su partido, en vez de cultivar su apoyo. Al menos no llegó al extremo de llamar ‘malignos’ a sus adversarios domésticos. ‘Parece el Babe Ruth de los presidentes cuando se le compara con Trump’, dijo en una entrevista el senador demócrata por Nevada y ex líder de la mayoría en el Senado Harry M. Reid, en un tiempo némesis de Bush. ‘Ahora recuerdo a Bush con cierto grado de nostalgia, con cierto afecto, cosa que nunca creí que llegaría a ocurrir’”.

Muy abajo en la lista, merecedora de apenas una alusión incidental, está la matanza de cientos de miles, muchos millones de refugiados, extensa destrucción, un régimen de espantosas torturas, incitación de conflictos étnicos que desgarraron toda la nación y, como legado directo, dos de los países más empobrecidos de la Tierra.

Primero lo primero. No habló mal de otros estadunidenses

La sola entrevista con Bush capta bien la esencia del torrente de comentarios. Lo que importa somos nosotros. Hay muchos lamentos sobre el costo de estas aventuras: el costo para nosotros, es decir, que “ha rebasado 8 billones de dólares, según nuevas estimaciones del proyecto Costo de la Guerra de la Universidad Brown”, junto con vidas estadunidenses perdidas y alteración de nuestra frágil sociedad.

La próxima vez debemos tener más cuidado al evaluar los costos, y hacerlo mejor.

También ha habido bien justificados lamentos sobre el destino de las mujeres bajo el dominio del Talibán. En ocasiones los lamentos sin duda son sinceros, aunque surge una pregunta natural: por qué no se expresaron hace 30 años, cuando los favoritos de Estados Unidos, armados y sostenidos con entusiasmo por Washington, aterraban a las jóvenes de Kabul que no llevaban la vestimenta apropiada, lanzándoles ácido a la cara y cometiendo otros abusos.

Los avances en cuanto a derechos de las mujeres en las ciudades controladas por Rusia a finales de la década de 1980, y las amenazas que enfrentaron de las fuerzas islamitas radicales movilizadas por la CIA, fueron reportados en ese tiempo por Rasil Basu, distinguida feminista internacional que era representante de la ONU en Afganistán en esos años.

Basu reporta: “durante la ocupación (rusa), de hecho, las mujeres dieron pasos enormes: el analfabetismo disminuyó de 98 a 75 por ciento, y se les reconocieron derechos iguales a los hombres en las leyes civiles y en la Constitución. No quiere decir que hubiera completa igualdad de géneros. En los lugares de trabajo y las familias prevalecían relaciones patriarcales injustas; las mujeres ocupaban trabajos de bajo nivel, relacionados con su sexo. Pero los pasos que dieron en educación y empleo fueron muy impresionantes”.

Basu propuso artículos sobre estos temas a los principales diarios estadunidenses, así como a la revista feminista Ms. Magazine. Ninguno los admitió. Sin embargo, pudo publicar su informe en Asia: Asian Age, 3/12/2001.

Podemos aprender más sobre cómo los afganos en Kabul perciben los últimos tres años de la ocupación rusa y, lo que vino después, de otra fuente experta, Rodric Braithwaite, embajador británico en Moscú de 1988 a 1992 y entonces presidente del Comité Conjunto de Inteligencia, también autor de la obra académica más importante sobre los soviéticos en Afganistán.

Braithwaite visitó Kabul en 2008 y reportó sus hallazgos en el Financial Times de Londres: “en Afganistán hoy en día, se crean nuevos mitos, en los que la política occidental actual sale mal librada. En una visita reciente hablé con periodistas afganos, ex muyahidines, profesionales, personas que trabajan para la ‘coalición’… que naturalmente apoyan sus afirmaciones de que ha traído paz y reconstrucción. Expresan desprecio por el presidente Hamid Karzai (impuesto por Estados Unidos), a quien comparan con Shah Shujah, el títere británico instalado durante la primera guerra afgana. La mayoría prefería a Mohammad Najibullah, el último presidente comunista, quien intentó reconciliar a la nación dentro de un Estado islámico y fue masacrado por el Talibán en 1996: en las calles se venden devedés de sus discursos. Se afirma que las cosas iban mejor con los soviéticos: Kabul era una ciudad segura, las mujeres tenían empleo, los soviéticos construyeron fábricas, caminos, escuelas y hospitales, combatían con valentía en el terreno como verdaderos guerreros, en vez de matar mujeres y niños desde el aire. Ni siquiera los talibanes eran tan malos: eran buenos musulmanes, mantenían el orden y respetaban a las mujeres a su manera. Puede que esos mitos no reflejen la realidad histórica, pero sí dan cuenta de un profundo desencanto con la ‘coalición’ y sus políticas”.

Las políticas de la “coalición” fueron reveladas en la nota del corresponsal del New York Times Tim Weiner sobre la CIA. El objetivo era “matar soldados soviéticos”, declaró el jefe de estación de la agencia en Islamabad, dejando en claro que “la misión no era liberar Afganistán”.

Su entendimiento de las políticas que se le ordenó ejecutar está en total sintonía con los alardes de Zbigniew Brzezinski, consejero nacional de Seguridad del presidente James Carter, con respecto a su decisión de apoyar a los yihadistas radicales en 1979 para atraer a los rusos a Afganistán, y su placer sobre el resultado después de que cientos de miles de afganos murieron y gran parte del país fue devastada: “¿Qué es más importante en la historia mundial? ¿El Talibán o el colapso del imperio soviético? ¿Algunos musulmanes agitados o la liberación de Europa central y el fin de la guerra fría?”.

Observadores informados reconocieron pronto que los invasores rusos estaban ansiosos de retirarse sin dilación. El estudio de los archivos rusos realizado por el historiador David Gibbs resuelve cualquier duda al respecto. Pero era mucho más útil para Washington lanzar ardientes proclamas acerca de los terribles propósitos expansionistas de Rusia, que obligaban a Estados Unidos, para defenderse, a expandir, en gran medida, su propio dominio en la región, por medio de la violencia si era necesario (la Doctrina Carter, precursora de la Doctrina Bush).

El retiro de los rusos dejó un gobierno relativamente popular encabezado por Najibullah, con un ejército funcional que fue capaz de sostenerse durante varios años, hasta que los islamitas radicales apoyados por Estados Unidos tomaron el poder e instituyeron un reinado de terror tan extremo, que los talibanes fueron bien recibidos cuando invadieron e impusieron su propio régimen de mano dura. Se mantuvieron en términos aceptables con Washington hasta el 11-S.

Volviendo al presente, en verdad debemos preocuparnos por el destino de las mujeres y con el retorno del Talibán al poder. Para quienes tienen un interés sincero por diseñar políticas que puedan beneficiarlos, no viene mal un poco de memoria histórica.

El Talibán ha prometido no albergar terroristas, pero ¿cómo creerles, advierten comentaristas, cuando esta promesa viene aparejada con la escandalosa afirmación de su vocero Zabihullah Mujahid de que “no hay pruebas” de que Bin Laden fuera responsable de los ataques del 11-S?

Hay un problema con el ridículo general que ha causado esta chocante afirmación. Lo que Mujahid dijo en verdad fue preciso y mucho más digno de atención. En sus palabras, “cuando Osama Bin Laden se volvió importante para Estados Unidos, estaba en Afganistán. Aunque no había prueba de que estuviera involucrado” en el 11-S.

Veamos. En junio de 2002, ocho meses después del 11-S, el entonces director de la FBI, Robert Mueller, hizo su presentación más extensa a los medios nacionales acerca de los resultados de lo que probablemente fue la investigación más intensiva de la historia. En sus palabras, los “investigadores creen en la idea de que los ataques del 11 de septiembre al World Trade Center y el Pentágono vinieron de los líderes de Al Qaeda en Afganistán”, aunque el plan y el financiamiento en apariencia apuntaban hacia Alemania y Emiratos Árabes Unidos. “Creemos que las mentes maestras estaban en Afganistán, muy arriba, en la dirigencia de Al Qaeda”.

Lo que afloró en junio de 2002 no podía saberse ocho meses antes, cuando Estados Unidos invadió. El indignante comentario de Mujahid era preciso. El ridículo es otro ejemplo de amnesia conveniente. Teniendo en mente el comentario de Mujahid, junto con la confirmación de Mueller, podemos avanzar hacia el entendimiento de la Doctrina Bush.

Para hacerlo, podríamos escuchar las voces afganas. Una de las más respetadas era la de Abdul Haq, la principal figura en la resistencia afgana al Talibán y ex líder de la resistencia muyahidín apoyada por Estados Unidos a la invasión rusa. Unas semanas después de la invasión estadunidense, tuvo una entrevista con el académico Anatol Lieven, especialista en Asia.

Abdul Haq condenó con amargura la invasión estadunidense, la cual, reconoció, causó la muerte de muchos afganos y minó los esfuerzos que se hacían desde adentro para derrocar al Talibán. Afirmó: “Estados Unidos trata de mostrar su fuerza, apuntarse una victoria y espantar a todo el mundo. No le importa el sufrimiento de los afganos ni cuánta gente perderemos”.

Abdul Haq no estaba sólo en esta opinión. Una reunión de mil líderes tribales, en octubre de ese año, exigió de manera unánime poner fin al bombardeo, el cual, declararon, apuntaba a “gente inocente”.

Todo se hizo público en su momento, todo fue ignorado por considerarlo irrelevante, todo quedó en el olvido. Las opiniones de los afganos no nos interesan cuando invadimos y ocupamos su país.

La percepción de la resistencia afgana al Talibán no estaba lejos de la postura del presidente Bush y su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Ambos desecharon iniciativas del Talibán de enviar a Bin Laden para ser juzgado en el extranjero, pese a la negativa de Washington de presentar evidencia (con la que no contaba). Al final, rechazaron las ofertas de rendición del Talibán. Como dijo el entonces presidente, “cuando dije que nada de negociaciones, era nada de negociaciones” (NYT, 15/10/2001). “No negociamos rendiciones”, añadió Rumsfeld. Vamos a mostrar nuestra fuerza y a espantar a todo el mundo.

El pronunciamiento imperial en ese tiempo era que quienes albergan terroristas eran tan culpables como los terroristas mismos. La perturbadora audacia de esa proclamación pasó casi inadvertida. No vinos acompañada de un llamado a bombardear Washington, como obviamente implicaba. Incluso haciendo a un lado a los terroristas de clase mundial ubicados en altos cargos, Estados Unidos alberga y es cómplice de terroristas al menudeo que cometen actos tales como volar aviones comerciales cubanos y dar muerte a muchas personas, como parte de la guerra terrorista estadunidense contra Cuba.

Muy aparte de ese escándalo, vale la pena señalar lo indecible: Estados Unidos no tenía acusaciones contra el Talibán. Ninguna, ni antes del 11-S ni después. Antes del 11-S, Washington no pidió la extradición de Bin Laden, y estaba en términos bastante buenos con el Talibán. Después del 11-S demandó la extradición (sin el menor intento de aportar la evidencia requerida) y, cuando el Talibán accedió, Washington rechazó las ofertas: “no negociamos rendiciones”. La invasión no fue sólo una violación del derecho internacional, preocupación tan marginal para Washington como la resistencia afgana al Talibán, sino que tampoco tenía un pretexto creíble sobre ninguna base. Pura criminalidad.

Además, hoy existe amplia evidencia que muestra que Afganistán y Al Qaeda no eran de mucho interés para el triunvirato Bush-Cheney-Rumsfeld, el cual tenía la mira puesta en una presa mucho mayor que Afganistán. Irak sería el primer paso, después la región entera.

Esa es la Doctrina Bush. Dominar la región, dominar el mundo, mostrar nuestra fuerza para que el mundo sepa que “lo que decimos va”, como lo expresó Bush.

Nada revela con más claridad los valores reinantes que la forma en que se llevó a cabo el retiro de tropas. La población afgana apenas si entró en consideración. Los “decididores” imperiales no se molestaron en preguntar qué podrían querer los habitantes de las zonas rurales de esta sociedad abrumadoramente rural, donde el Talibán vive y de donde obtiene su apoyo, quizás a regañadientes, como la mejor de las malas opciones. Antes un movimiento pastún, el “nuevo Talibán” evidentemente tiene una base mucho más amplia. Esto se reveló en forma dramática con el rápido colapso de sus antiguos enemigos, el cruel señor de la guerra Abdul Rashid Dostum, junto con Ismail Khan, lo que llevó a otros grupos étnicos a la red del Talibán.

También hay fuerzas de paz afganas a las que no habría que desechar sumariamente. ¿Qué querría la población afgana si se le diera a escoger? ¿Tal vez hubiera llegado a ajustes locales si se le hubiera dado tiempo antes de un retiro precipitado? Cualesquier posibilidades que pudieron existir, no parecen haberse considerado.

Como era de preverse, el más profundo desprecio por los afganos fue alcanzado por Trump. En su acuerdo unilateral de retiro con el Talibán, en febrero de 2020, ni siquiera se molestó en consultar con el gobierno afgano oficial.

Trump programó el retiro para el principio de la temporada de combates de verano, lo que redujo la esperanza de algún tipo de preparativos. Biden mejoró un poco los términos, pero no lo suficiente para prevenir la debacle que se anticipaba. Luego vino la reacción predecible de la cada vez más desvergonzada dirigencia republicana. Apenas lograron retirar de su página web sus efusivos tributos al “histórico acuerdo de paz de Trump” a tiempo para denunciar a Biden y llamar a procesarlo judicialmente por promover una versión mejorada de la ignominiosa traición de Trump.

Entre tanto, los afganos son dejados de lado una vez más

Volviendo a la cuestión original, tal vez la Doctrina Bush se formuló en términos más crudos de lo usual, pero no es nueva. La invasión violó el derecho internacional (y el artículo VI de la Constitución de Estados Unidos), pero el equipo legal de Bush había decidido que esa sensiblería era “pintoresca” y “obsoleta”, una vez más sin más novedad que su descarado desafío. En cuanto a “construir una nación”, una forma de medir el compromiso con este objetivo es preguntar qué porción de los billones de dólares gastados se destinó a la población afgana, y qué porción al sistema militar estadunidense y sus mercenarios (“contratistas”), junto con la cloaca de corrupción en Kabul y los señores de la guerra que Estados Unidos colocó en el poder.

Al principio me referí al 11-S-2001, no sólo al 11-S. Hay buena razón. El que llamamos 11-S fue el segundo 11-S. El primer 11-S fue mucho más destructivo y brutal según cualquier medida razonable: 11-S-1973. Para ver por qué, consideremos los equivalentes per cápita, la medida correcta. Supongamos que en el 11-S-2001 hubieran muerto 30 mil personas, que 500 mil hubieran sufrido crueles torturas, el gobierno hubiera sido derrocado y se hubiera instalado una brutal dictadura. Eso hubiera sido peor que lo que llamamos 11-S.

Eso ocurrió. No lo ha deplorado el gobierno estadunidense, ni el capital privado, ni las instituciones financieras internacionales que Estados Unidos controla en gran parte, ni las figuras más importantes del “libertarismo”. Más bien fue exaltado y obtuvo enorme respaldo. Los perpetradores, como Henry Kissinger, han recibido grandes honores. Supongo que Bin Laden es alabado entre los yihadistas.

Todos deben reconocer que me refiero a Chile, el 11-S-1973

Otro tema que podría inspirar reflexión es la noción de las “guerras eternas”, que al final se ha puesto a descansar con el retiro de Afganistán. Desde la perspectiva de las víctimas, ¿cuándo empezaron las guerras eternas? Para Estados Unidos, comenzaron en 1783. Cuando el yugo británico fue retirado, la nueva nación fue libre para invadir el “país indígena”, de atacar a las naciones originarias con campañas de matanzas, terror, limpieza étnica, violación de tratados, todo en escala masiva, mientras se adueñaba de la mitad de México y luego de gran parte del mundo. Una visión a más largo plazo remonta nuestras guerras eternas a 1492, como afirma el historiador Walter Hixson.

Desde el punto de vista de las víctimas, la historia se ve diferente que desde el que tienen el arma máxima y sus descendientes.

–Sabiendo que el régimen de Saddam Hussein nada tuvo que ver con los ataques terroristas del 11-S, no poseía armas de destrucción masiva y, por consiguiente, no representaba una amenaza a Estados Unidos, ¿por qué Bush invadió Irak, lo que dejó cientos de miles de iraquíes muertos y pudo haber costado más de 3 billones de dólares?

–El 11-S proporcionó la ocasión para la invasión de Irak que, a diferencia de Afganistán, es un verdadero premio: un Estado petrolero en el corazón mismo de la principal región productora de petróleo en el mundo. Mientras las Torres Gemelas aún humeaban, Rumsfeld decía a su equipo que era tiempo de “ir en masa… barrer con todo, esté relacionado o no”, incluyendo Irak. Pronto los objetivos se volvieron mucho más expansivos. Bush y socios dejaron muy en claro que Bin Laden era caza menor, de poco interés.

El equipo legal de Bush determinó que la Carta de Naciones Unidas, que explícitamente prohíbe las guerras preventivas, en realidad las autoriza, con lo cual formalizó lo que desde hacía mucho era doctrina operativa. La razón oficial de la guerra fue la “simple cuestión” de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. Cuando el asunto recibió la respuesta equivocada, la razón de la agresión cambió de inmediato a “promover la democracia”, un transparente cuento de hadas que fue deglutido con entusiasmo por las clases educadas.

–¿Cuáles fueron las verdaderas razones para enfrentar Muammar Kadafi en Libia, líder de un “Estado rufián” que desde hacía mucho tiempo había dejado de serlo?

–La intervención en Libia fue iniciada por Francia, en parte en reacción a la postura humanitaria de algunos intelectuales franceses, supongo que en cierta medida (no tenemos mucha evidencia) para apoyar el esfuerzo francés de sostener su dominio imperial en el África francófona. Gran Bretaña se unió. Luego Obama y Clinton las secundaron, “liderando desde atrás”, como se supone que dijo un funcionario de la Casa Blanca. Cuando las fuerzas de Kadafi convergían en Bengazi, hubo fuertes gritos de que se avecinaba un genocidio, lo cual condujo a una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que imponía una zona de exclusión aérea y llamaba a negociaciones. En mi opinión fue razonable; había preocupaciones legítimas. La Unión Africana propuso un cese del fuego con negociaciones sobre reformas con los rebeldes de Bengazi. Kadafi lo aceptó, los rebeldes se negaron.

En ese punto, la coalición Francia-GB-EU decidió violar la resolución del Consejo de Seguridad que habían promovido y se convirtieron, de hecho, en la fuerza aérea de los rebeldes. Eso permitió a éstos avanzar en el terreno y, finalmente capturar y asesinar con sadismo a Kadafi. A Hillary Clinton le pareció muy divertido, y en tono de broma dijo a los medios: “fuimos, vimos, murió”.

Después el país se colapsó en un caos total, con un número creciente de matanzas y otras atrocidades. También condujo a un flujo de yihadistas y armas hacia otras partes de África, donde agitaron desastres importantes. La intervención se extendió hacia Rusia y Turquía, y a las dictaduras árabes, sosteniendo a grupos en pugna. Todo el episodio ha sido una catástrofe para Libia y gran parte de África occidental. No se han registrado declaraciones de Clinton, hasta donde sé, acerca de si también esto le parece divertido.

Libia era un productor importante de petróleo. Es difícil dudar que eso fuera un factor en las diversas intervenciones, pero, a falta de documentos internos, poco se puede decir con confianza.

–Dos preguntas relacionadas entre sí: primera, ¿cree usted que la fallida guerra al terror producirá nuevas lecciones para los futuros encargados de las decisiones de política exterior en Estados Unidos? Y segunda: ¿este fracaso revela algo acerca de la supremacía estadunidense en los asuntos mundiales?

–El fracaso es a los ojos del espectador. Recordemos primero que Bush II no declaró la Guerra Global al Terror (GGT). Él la volvió a declarar. Fueron Reagan y su secretario de Estado, George Schultz, quienes llegaron al poder declarando la guerra, una campaña para destruir “el flagelo maligno del terrorismo”, en particular el terrorismo internacional apoyado por Estados, una “plaga propagada por depravados enemigos de la civilización misma (en un) retorno a la barbarie en la edad moderna”.

La GGT se transformó pronto en una enorme guerra terrorista dirigida o apoyada por Washington, concentrada en Centroamérica, pero que se extendió a Medio Oriente, África y Asia. La GGT condujo incluso a un juicio de la Corte Penal Internacional que condenó al gobierno de Reagan por el “uso ilegal de la fuerza” –es decir, terrorismo internacional– y ordenó a Estados Unidos pagar sustanciales reparaciones por sus crímenes.

Por supuesto, Estados Unidos desechó todo esto y aceleró el “uso ilegal de la fuerza”. Fue muy apropiado, explicaron los editores del New York Times. La Corte Mundial era un “foro hostil”, como lo probaba el hecho de que condenara a Estados Unidos, que no tenía culpa alguna. Unos años antes había sido un modelo de probidad, cuando se alineó con Estados Unidos en un caso contra Irán.

Luego Estados Unidos vetó una resolución del Consejo de Seguridad que llamaba a todos los estados a observar el derecho internacional sin mencionar a nadie, aunque estaba clara la intención.

Pero declaramos solemnemente que los Estados que albergan terroristas son tan culpables como los terroristas mismos. Así pues, la invasión de Afganistán fue correcta y justa, aunque mal concebida

y demasiado costosa. Para nosotros. ¿Fue un fracaso para los objetivos imperiales estadunidenses? En algunos casos, sí. La renovación de la GGT por Bush no ha tenido un éxito similar. Cuando Estados Unidos invadió Afganistán, la base del terrorismo radical islámico estaba confinada en su mayor parte a un rincón de Afganistán. Ahora está en todo el mundo. La devastación de gran parte de Asia central y Medio Oriente no ha incrementado el poder estadunidense.

Dudo que haya tenido mucho impacto en la supremacía global del país, que sigue siendo abrumadora. En la dimensión militar, Estados Unidos está solo. Su gasto militar empequeñece a los rivales: 778 mil millones de dólares en 2020, en comparación con 252 mil millones de China y 62 mil millones de Rusia. También su fuerza militar es la más avanzada tecnológicamente. La seguridad del país no tiene rival. Las supuestas amenazas están en las fronteras de enemigos, que están rodeadas de misiles nucleares en algunas de las 800 bases militares estadunidenses en el mundo.

El poder también tiene dimensiones económicas. En el apogeo del poderío estadunidense después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos poseía quizá 40 por ciento de la riqueza global, preponderancia que ha declinado inevitablemente. Pero, como ha observado el economista Sean Starrs, en el mundo de la globalización neoliberal, las cuentas nacionales no son la única medida del poder económico. Su investigación muestra que las trasnacionales basadas en Estados Unidos controlan unasombroso 50 por ciento de la riqueza global y son las primeras (a veces las segundas) en casi todos los sectores.

Otra dimensión es el “poder suave”. En esto la nación ha decaído, desde mucho antes de los duros golpes de Trump a la reputación nacional. Incluso con Clinton, destacados científicos políticos reconocían que la mayor parte del mundo consideraba a Estados Unidos el “primer Estado rufián” “la amenaza externa más grande a sus sociedades” (Samuel Huntington y Robert Jervis, respectivamente). En los años de Obama, encuestas internacionales encontraron que se consideraba a este país la mayor amenaza a la paz mundial, sin ningún contendiente siquiera cercano.

Los líderes estadunidenses pueden continuar saboteando a la nación, si lo desean, pero su enorme poder y ventajas sin paralelo hacen de ello una dura tarea, incluso para la bola de demolición de Trump.

–¿Podría comentar sobre el impacto de la guerra al terror sobre la democracia y los derechos humanos dentro del país?

–El tema ha sido bien cubierto, así que no se requiere comentar mucho. Otra ilustración acaba de aparecer en la Reseña de la Semana del New York Times, el elocuente testimonio de un valeroso agente de la FBI que estaba tan desilusionado de su tarea de “destruir personas” (musulmanas) en la “guerra al terror”, que decidió filtrar documentos que exhibían los crímenes e ir a prisión. Esa suerte aguarda a quienes exponen crímenes del Estado, no a los perpetradores, que son respetados y queridos, como el abuelo bobalicón.

Por supuesto, ha habido un serio ataque a las libertades civiles y los derechos humanos, en algunos casos extremadamente indecible, como en Guantánamo, donde los prisioneros torturados aún languidecen después de muchos años sin cargos o porque la tortura fue tan espantosa que los jueces se niegan a permitirles ir a juicio. Por ahora se concede que “los peores de los peores”, como se les llamó, eran en su mayoría testigos inocentes.

Dentro del país, se ha establecido el marco de un Estado vigilante, dotado de un poder absolutamente ilegítimo. Las víctimas, como siempre, son los más vulnerables, pero otros podrían reflexionar sobre la famosa proclama del pastor Martin Niemöller sobre el régimen nazi.

Traducción: Jorge Anaya.

Publicado originalmente en Truthout y ofrecido a La Jornada por el autor

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Lunes, 13 Septiembre 2021 06:21

Hubris

Ni un solo funcionario de Estados Unidos ha sido fiscalizado por los crímenes cometidos en 20 años de guerra global contra el terror, denuncia Daniel Ellsberg –quien filtró los Papeles del Pentágono–, acusando que sólo los que revelaron delitos–entre ellos Julian Assange (en imagen de archivo), Chelsea Manning o Edward Snowden– han sido perseguidos por la ley. Foto Afp

Ahora con la salida ingloriosa de Afganistán junto con el vigésimo aniversario del 11-S y sus secuelas, en Estados Unidos se reabre el debate sobre si esta coyuntura marca el principio del fin de esta república/imperio y su pax (más bien, bellum) americana.

Algunos recomiendan que Estados Unidos debería recordar las lecciones del historiador griego Tucídides en su opus magna Guerra de Peloponeso en la cual narra cómo una república, la de Atenas, se desmoronó al perpetuar sus guerras constantes, y donde de hecho, una pandemia ayudó a desintegrar el consenso cívico que la sostenía. Otros recuerdan cómo se hundió la república romana al incrementarse la retórica política violenta, el creciente desprecio de las normas y una creciente concentración de riqueza y poder, y su transformación en el imperio romano bajo un gobierno con poder centralizado en un emperador (los historiadores odian, con toda razón, este tipo de resúmenes generales, pero se les pide un poquito de comprensión a periodistas con espacios limitados).

Chalmers Johnson, destacado politólogo y autor de una trilogía sobre el imperio estadunidense y con una carrera que incluye haber sido asesor de la CIA a finales de los años 60, advirtió en 2009 que “una nación puede ser… una democracia o imperialista, pero no ambas cosas. Si se apega al imperialismo, como la vieja república romana sobre la cual tanto de nuestro sistema fue basado, perderá su democracia al volverse una dictadura doméstica”. Ya había advertido anteriormente que "estamos en la cúspide de perder nuestra democracia a cambio de mantener nuestro imperio".

Los atentados del 11-S fueron usados por la cúpula estadunidense para "unir al país" ante un nuevo enemigo para sustituir al del comunismo que se desmoronó con la Union Soviética 12 años antes. George W. Bush proclamaría una nueva guerra sagrada para imponer la visión neoconservadora dentro y fuera del país, afirmando casi de inmediato que "o están con nosotros, o están con los terroristas".

Han pasado 20 años de la llamada "guerra global contra el terror", con más de seis guerras, millones de muertos, heridos y desplazados, la violación masiva de derechos humanos y libertades civiles. “Ni un solo funcionario ha sido fiscalizado por crímenes de Estados Unidos durante la ‘guerra sobre el terror’”, denuncia Daniel Ellsberg, acusando que sólo los que revelaron estos delitos –entre ellos Chelsea Manning, Edward Snowden, Julian Assange– han sido perseguidos por la ley.

El periodista Premio Pulitzer Chris Hedges escribe que “los poderes imperiales no perdonan a los que revelan sus debilidades o hacen públicos los mecanismos internos sórdidos e inmorales del imperio… Las virtudes que proclaman apoyar y defender, usualmente en el nombre de su civilización superior, son una máscara del saqueo, la explotación de mano de obra barata, la violencia indiscriminada y el terror estatal”.

Esta semana las autoridades están contemplando reinstalar las bardas alrededor del Congreso y autorizar el uso de fuerza letal por autoridades alrededor ante una manifestación convocada por ultraderechistas simpatizantes del neofascista Trump para demandar la liberación de cerca de 600 de sus compañeros arrestados por las acciones de enero, cuando invadieron el Capitolio con la intención de anular el proceso electoral presidencial. Esto, en un país donde el secretario de Seguridad Interna y el procurador general han concluido que la mayor amenaza terrorista a Estados Unidos proviene de extremistas blancos estadunidenses.

Viente años después de las guerras contra los "enemigos de la democracia" alrededor del planeta, la democracia estadunidense hoy día se encuentra más amenazada que nunca, pero ahora por fuerzas estadunidenses dentro de su propio país.

El hubris es el ingrediente que detona todas las obras trágicas griegas, eso de atreverse de proclamarse un dios ("nación indispensable" o "faro de la democracia") acaba mal.

¿Otra tragedia griega?

The imperial march (tema de Darth Vader). https://open.spotify.com/track/2bw4WgXyXP90hIex7ur58y?si=7a46eaca644a409d

Jackson Browne. Lives in the Balance. https://open.spotify.com/track/2CP5ozMyA0pD2Sfz55LjFR?si=15bd3bbdcdc84729

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