Francia Márquez. Luis Grañena

Ella es mucho más que la vicepresidenta de Colombia. Es un puente de lo particular a lo universal político; es un impulso desde el cuerpo y el territorio hacia un horizonte de dignidad compartida. Nos habla de un futuro mucho más fértil

Por Iván Olano Duque 6/08/2022

Sus primeros recuerdos tienen que ver con el río, la fertilidad de la tierra y los lazos comunitarios. Recuerda que iba a pescar con su madre, una partera que ayudó a nacer a más de setenta personas, y que iba con su abuelo y sus primos a armar barbacoas –una trampa de madera en el río, donde la corriente es más fuerte–, y subía en la mañana con muchos pescados que no eran para vender, sino para compartir con la comunidad. Recuerda que aprendió a trabajar la tierra, los cultivos de pancoger (la denominación en Colombia de la agricultura para el consumo propio), el maíz, la yuca, el plátano y el frijol. Y recuerda que fueron sus abuelos quienes le enseñaron la minería tradicional. Hay que empezar imaginándola ahí, en ese lugar y punto de vista específico: una niña de cinco años en el río, con una batea, lavando la arena para buscar pepitas de oro. 

Estas primeras imágenes de una vida comunitaria y arraigada en el territorio sirven para entender por qué, ante la primera conciencia de los distintos conflictos, Francia Márquez no los interpretó como un infortunio personal, sino como realidad y desafío colectivo. Y hubo un momento en que la amplitud territorial y comunitaria se convirtió en conciencia y reivindicación histórica. Le habían enseñado que era descendiente de esclavos, pero su posición en el mundo cambió radicalmente cuando descubrió que ese enunciado era falso: ella no era descendiente de esclavos, sino de hombres y mujeres libres que fueron esclavizados.

El territorio y la identidad misma venían cargados de lucha, los recuerdos más íntimos eran el punto de partida de un relato más amplio, de antagonismos estructurales, y entonces se desencadenaron todas las fuerzas. ¿Quién es Francia Márquez? Es una mujer en un régimen patriarcal, y afrodescendiente en un sistema racista y colonialista; es de la periferia rural, campesina, en un país centralista, y es ambientalista en una época en que la fractura metabólica entre humanidad y naturaleza nos tiene al borde del colapso; es latinoamericana en un orden que entiende el sur global como cantera de recursos sin agencia propia, es de clase trabajadora, fue madre adolescente, madre soltera, víctima y desplazada por la violencia. Y por todo lo anterior fue líder social desde muy joven, se convirtió en una de las voces más potentes contra las distintas violencias, y se posiciona con claridad: es antirracista, antipatriarcal, anticolonial y anticapitalista.

Por esto se volvió una referencia internacional. Por eso Angela Davis la considera un ejemplo de lucha política y vital. Y por esto y un acumulado de movilizaciones es hoy la vicepresidenta de la República de Colombia. Francia Márquez reúne casi todos los vectores de la opresión contemporánea, pero lo admirable –lo conmovedor incluso– es que impulsa todas las resistencias.

Donde tengo sembrado el ombligo

Francia Elena Márquez Mina nació en 1981 en la vereda Yolombó, corregimiento de La Toma, al sur de Colombia. Es una región montañosa, fértil y rica en oro, cercana al océano Pacífico y justo antes del valle geográfico del río Cauca.

Durante la Colonia, todas las minas eran propiedad de la Corona y se daban en concesión a familias acaudaladas. Cuenta Alfredo Molano Bravo –el más notable cronista del conflicto social en Colombia– que al principio la mano de obra en esa región fue indígena, pero las rebeliones fueron constantes y los españoles decidieron comprar esclavos africanos para la explotación del oro, pero también para el trabajo complementario en las haciendas de la planicie: la ganadería y la caña de azúcar. Para disminuir costos de alimentación los patrones permitían a los esclavos que trabajaran la tierra cercana a la mina. Eso determinó que, desde mediados del siglo XVII hasta hoy, las familias tradicionales de la región no fueran sólo mineras, sino además agricultoras.

En la Colonia, y luego en la Independencia, cambiaban poco a poco los beneficiarios de las concesiones en la región, los grandes apellidos y hasta comunidades religiosas se repartían la tierra y las minas, negociaban montañas enteras desde las ciudades, pero las familias afrodescendientes permanecían. Con la abolición de la esclavitud en Colombia en 1851 hubo una indemnización a los esclavistas, pero se les dijo a los esclavos libertos que si querían seguir trabajando las minas –que ya habían trabajado en condición de esclavitud por doscientos años– debían arrendarlas o comprarlas. Es decir, no sólo no los indemnizaron por la injusticia histórica, sino que pasaron de trabajar como esclavos a pagar para poder trabajar en su propio territorio. Muchos grandes esclavistas se convirtieron así en rentistas. Recuerdo el comentario amargo de Estanislao Zuleta: no fue la generosidad de la élite ni la reflexión sobre la dignidad humana lo que acabó la esclavitud en América, sino su encarecimiento y el hecho de que fuera preferible pagar un salario bajo. En otras palabras, la idea de la libertad se puso de moda cuando la esclavitud dejó de ser un buen negocio. 

Pero un campesino próspero también es un mal negocio para los grandes hacendados, porque vuelve escasa y costosa la mano de obra. Así que los campesinos del Valle, muchos de ellos afrodescendientes, fueron arrinconados por la voracidad de los poderosos propietarios de haciendas de caña de azúcar. Desde principios del siglo XX se registra un aumento significativo de la conflictividad por la tierra, la violencia, el desplazamiento forzado a las cordilleras y a las grandes ciudades, lo que multiplicó la población pobre asalariada. Los latifundistas –que tenían también el poder estatal– no dejaron de apoderarse del Valle, y de organizar bandas armadas para reprimir a sangre y fuego toda rebelión campesina, negra e indígena. Los grandes poderes con intereses mineros tenían ahora nombres en inglés. A mediados de siglo XX, durante el periodo que conocemos en Colombia como La Violencia (desde antes del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán hasta una década después) la dinámica anticampesina y antipopular se mezcló con el discurso anticomunista: entre Policía, Ejército y bandas mercenarias avanzaron por el norte del Cauca –con claro criterio racista– tratando de borrar todo conato de insumisión. 

Esa ha sido la constante histórica. Hubo conquistas populares significativas, como el artículo transitorio 55 de la Constitución de 1991 que le dio paso a la Ley 70 de 1993 y que reconoce al fin la propiedad colectiva de las tierras de las comunidades negras, pero el esquema de las tensiones políticas y sociales es el mismo desde la Colonia hasta la actualidad: una población campesina, indígena y afrodescendiente que se aferra al territorio, que rebusca el modo de seguir viviendo ante los embates de latifundistas y grandes capitales –incluidas las mafias del narcotráfico– que recurren sistemáticamente a la violencia estatal y paraestatal. Pero entre tantas montañas la rebeldía siempre sobrevive. Y me atrevo a decir que se convierte en una suerte de patrimonio cultural.

Allí nació Francia Márquez. Los más viejos enseñan a cuidar el territorio, pues costó años de sufrimiento y trabajo. Hay un sentido común establecido de que nadie les regaló nada, que cada milímetro de conquistas es el resultado de la voluntad, la resistencia, la organización y la lucha de los de abajo. Y por esa conciencia, y sobre todo ese ejemplo vivo que ninguna violencia ha logrado desaparecer, ella decidió dar desde muy joven un paso al frente. Lo ha dicho en múltiples ocasiones a lo largo de los años: si ella veía toda esa fuerza en las mayoras, mujeres que decían “a mí me matan aquí... este es el territorio donde tengo sembrado el ombligo”, ¿cómo es que ella, que tenía juventud y fuerza, no iba a hacer nada?

La casa común

Cuando Francia Márquez terminó la primaria su madre le dijo que no podía pagarle más los estudios, así que le tocó trabajar en la mina para pagar el bachillerato, para comprar el uniforme, los zapatos, los libros. Le gustaba el teatro, quería dedicarse a bailar y cantar. En la casa cultural de su municipio, Suárez, armaron un grupo de música del Pacífico, y fueron varias veces a Cali a participar en el Festival Petronio Álvarez. Pero ella siempre veía que la comunidad, incluidos varios miembros de su propia familia –su madre, su abuela, sus tíos– se reunían a discutir sobre amenazas urgentes al territorio.

En 1977 se inició la construcción del embalse La Salvajina, en la cuenca alta del Cauca. A la comunidad de Suárez le dijeron que llegaría el progreso, y cientos de campesinos se vieron obligados a vender sus parcelas –con mina incluida– a un precio irrisorio. Las armas del Ejército intimidaron las voces críticas, la gente se lanzó a sacar el oro de la tierra removida por las obras, y cuando la mayoría comprendió el enorme daño económico y cultural del embalse ya era demasiado tarde. Se organizó un Paro Cívico en 1985, cuando las obras ya estaban terminadas y se inauguró la hidroeléctrica. Al final se quedaron sin la tierra, el represamiento dividió comunidades, destruyó la vida del río y modificó hasta la temperatura y los ecosistemas de la zona, mientras que los grandes ganadores, además de las multinacionales que gestionarían la represa durante varios años, fueron los latifundistas río abajo que secaron humedales y extendieron incluso más el monocultivo de caña de azúcar.

En las comunidades quedó el sabor de un nuevo atentado histórico: gente que vivía muy lejos acumulaba beneficios en tanto que los negros e indígenas seguían poniendo muertos y desplazados, y pagaban el costo ecológico, económico y cultural. Por eso cuando anunciaron en 1995 el proyecto de desviación del río Ovejas, para aumentar el nivel del embalse y la generación eléctrica, la comunidad se opuso con firmeza. Más que sustento y modo de vida, “el río ha sido el papá y la mamá de nosotros”, decían, el corazón de la existencia misma de la comunidad.

Entonces empezó el activismo de Francia Márquez. Era adolescente, pero vivió y aprendió de primera mano cómo la organización comunitaria, exigiendo su derecho fundamental a la consulta previa, logró frenar la nueva avanzada de destrucción de la casa común que vendían como progreso.

Paramilitares y multinacionales

En 2001 hubo una fuerte presencia de paramilitares en el norte del Cauca. Como en muchas otras regiones del país se coordinaban con el Ejército, usaban sus vehículos y su logística, andaban bien uniformados, bien armados, y tenían bases en grandes haciendas. El argumento público es que era una operación antiguerrillera, pero casi no hubo combates, y en cambio sí hubo numerosos retenes a la población civil, torturas, ejecuciones públicas y masacres. Alrededor del río Naya los campesinos denunciaron el asesinato en tres días de más de cien personas, muchos de ellos descuartizados, en lo que luego se conocería como la masacre del Naya. En realidad fue una avanzada del proyecto paramilitar, en su mayor momento de expansión, para instaurar el terror y dominar una región estratégica para el narcotráfico –por sus rutas al océano Pacífico– y siempre atractiva para poderosas multinacionales.

El Gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010) otorgó en toda la región concesiones mineras a gran escala a influyentes individuos y empresas foráneas, y entre ellas a un hombre que –denunció la comunidad– actuaba como testaferro de la AngloGold Ashanti, una de las multinacionales mineras más grandes del mundo. En 2010 llegó una orden judicial de desalojo: mil trescientas familias que habitaban el territorio desde hacía siglos eran señaladas de repente como intrusos, ocupantes ilegales que impedían hacer efectivo el título minero del empresario-testaferro. Según las autoridades, en la región no había registro alguno de la existencia de grupos étnicos. Para entonces Francia Márquez ya hacía parte del Consejo Comunitario de La Toma y del Proceso de Comunidades Negras. Su voz era cada día más fuerte. Cuando los funcionarios, despóticos, se atrevieron a decir que ellos no eran una comunidad negra Francia Márquez contestó: “Ustedes, los racistas, que toda la vida nos han negado, en un sistema colonial, ¿son los que van a decir si somos o no somos?”

No iban a dar ni un paso atrás así se les viniera todo el Estado encima. Las mayoras volvieron a decir “a nosotras nos matan aquí”. Interpusieron una acción de tutela (el mecanismo judicial más efectivo y accesible, establecido por la Constitución de 1991, para la protección de derechos fundamentales) y lograron frenar el desalojo. Pero como el proceso de desviación del río Ovejas, nada es definitivo; los lobbys del gran capital persistían, así que llegaban nuevas órdenes y tocaba movilizarse para conseguir nuevos amparos legales. Entonces se multiplicaron las amenazas de los paramilitares –listas, panfletos, llamadas– contra todos los líderes de La Toma, y muchos tuvieron que salir del territorio. Sabían que las amenazas nunca eran vanas: por poner sólo un ejemplo, en 2010 asesinaron a ocho mineros al lado del río Ovejas.

Es el modus operandi en toda Colombia: las multinacionales llegan respaldadas por el Estado. Si la resistencia de las comunidades logra frenarlas con organización y algún amparo legal, entonces intentan comprar a algunos líderes. Si no lo logran, pasan a la intimidación o la violencia directa. Ganan a toda costa, por las buenas o por las malas.

A la luz de un problema

El argumento de las multinacionales es que hay mucho oro en esas montañas, y que sacarlo es una gran oportunidad de trabajo, riqueza y desarrollo. El argumento de los mayores y las mayoras de las comunidades es que la extracción a gran escala destruye todos los equilibrios, que “es mejor una gotera siempre, que un chorro que usted no pueda contener”, que la minería es una actividad cultural y ancestral que debe complementarse con la agricultura, no una simple fuente de riqueza, y que el único modo de garantizar que los nietos de sus nietos sigan viviendo en el territorio es extrayendo sólo lo necesario, poco a poco y sin avaricia, con la fuerza de los brazos y una batea de madera dura.

La fuerza de las multinacionales está en la riqueza y en sus palancas estatales; la fuerza de la comunidad está en la organización y, aunque parezca paradójico, también en su apropiación del Estado. Esta es una dinámica que vale la pena subrayar: el Estado colombiano –en su marco histórico, oligárquico y racista– ha sido el principal victimario de las comunidades étnicas, pero la disputa popular del mismo Estado ha sido garantía de su sobrevivencia. Y es que el Estado puede y suele ser una herramienta de dominación de la clase dominante, sí, pero también es la única estructura que puede garantizar a largo plazo los derechos y la dignidad de las clases subalternas. El discurso antiestatal es, pues, combustible antidemocrático. Sin Estado –sin instituciones formales y leyes claras– la sociedad queda a merced de la ley del más fuerte; es decir, del que tenga la riqueza y las armas.

El derecho es por tanto una herramienta al mismo tiempo hegemónica y contrahegemónica. A la luz de este problema Francia Márquez deja a un lado su proyecto de estudiar antropología y decide que para servirle a su comunidad debe estudiar derecho. Era claro: la amenaza del poder venía cargada de fusiles y brutalidad, pero también de argumentos burocráticos, leyes y procesos laberínticos. Habían logrado defenderse en ese terreno desigual, pero siempre con abogados de otros lados, gente que no conocía el territorio. Aunque ganaran batallas, era una pérdida tácita de soberanía. ¿Qué sucedería el día en el que no llegaran los abogados solidarios de las grandes ciudades? Si para defenderse necesitaban a alguien de muy lejos, serían siempre dependientes y vulnerables. Había que defender a la comunidad con las herramientas del adversario. 

La marcha de los turbantes

Su primer hijo lo tuvo a los dieciséis años (con un hombre que se fue y no volvió a aparecer). Francia trabajó en la mina hasta el día anterior al parto, que fue asistido por su madre, así como el de su segundo hijo algunos años después. Le tocó ser madre soltera, pero vivía en la casa familiar, y a veces vivían allí hasta más de veinte personas. Mamá, abuela, hermanas y hermanos, tíos... todos daban una mano en la crianza. Muchas veces, por dedicar jornadas enteras al activismo, temió que al no trabajar en la mina no tendría con qué alimentar a sus hijos, pero su familia grande estuvo allí. Cuando estudiaba derecho en Cali no tenía el dinero de la matrícula, y algunos profesores la sacaban antes de los exámenes al comprobar en una lista que aún no había pagado. Tuvo que posponer varios semestres por falta de recursos. Trabajó como empleada doméstica, donde no le pagaban ni el salario mínimo, y llegó a montar un pequeño local de tamales con sus primas –que tuvieron que cerrar después de recibir amenazas– para el que se despertaba a las tres de la mañana. Entre tanto continuaba su activismo político. Hay que decirlo: esta es la historia de Francia Márquez, pero también es la historia de la mayoría social en uno de los países más desiguales del planeta. En medio de la violencia, con mil vientos en contra, cada nuevo día hay que rebuscar cómo seguir viviendo.

Francia Márquez ya era la representante legal del Consejo Comunitario La Toma. Habían logrado frenar los títulos mineros otorgados por el Gobierno Uribe, pero el precio del oro estaba en máximos históricos y a la región llegaron, amparados por las mafias, miles de mineros ilegales de todo el país con maquinaria pesada. El Gobierno no hacía nada a pesar de las denuncias. Un día Francia estaba en clase en la universidad en Cali cuando la llamaron varias mujeres de su comunidad: ante la inacción del Gobierno habían tomado la decisión de ir ellas mismas a parar las máquinas. “Si nos morimos nos morimos, pero ya no aguantamos más”, dijeron, “no queremos seguir escuchando las retroexcavadoras en la noche... no queremos que el río se siga destruyendo”.

Francia Márquez viajó a Suárez y ya todas las mujeres habían organizado a la comunidad y fueron a enfrentar las cuadrillas que destrozaban el lecho del río Ovejas. Les dijeron que tenían que irse, que ese territorio estaba protegido. Contestaron que no. Dijeron que si no se iban, quemarían la maquinaria. Contestaron que sí, que se atrevieran, que al fin y al cabo ellos –la comunidad– no eran nada. Las mujeres regresaron impotentes, y en las mañanas siguientes encontraron folletos con amenazas de muerte que habían repartido bajo las puertas de todas las casas.

En medio de la desesperanza y la frustración, Francia Márquez recordó otros ejemplos de visibilización de causas políticas, y entonces propuso una gran movilización: que todas las mujeres hicieran una marcha de muchos días, que caminaran todo el país si era necesario, y que no se detuvieran hasta que el Gobierno les prestara atención. Las mujeres de la comunidad rechazaron la idea: tenían miedo, y argumentaron que eso era exponerse al maltrato lejos del territorio. Francia les dijo: “Vean, si ustedes no van, yo me voy sola con mis dos hijos. Salgo el próximo lunes”.

Su determinación impulsó a otras mujeres. Discutieron estrategias, rutas, y plantearon la necesidad de un símbolo que las identificara: los turbantes, ese legado ancestral usado por las matronas y que significaba autoridad y fuerza. Compraron telas y toda la comunidad ayudó en su elaboración. Los mayores llegaron en la noche, les dieron la bendición y sólo exigieron una cosa: que regresaran sanas. El 17 de noviembre de 2014, 15 mujeres salieron de La Toma –junto a treinta jóvenes que se convirtieron en guardianes cimarrones–, pasaron por otras comunidades, dialogando, explicando la necesidad de interpelar directamente al gobierno nacional, y muchas otras mujeres se fueron sumando en el camino. Al principio los discursos los daba siempre Francia, pero al ver el recibimiento de la gente las demás mujeres se fueron empoderando, y hablaban más, contestaban entrevistas, daban sus propios discursos en las plazas. Después de nueve días de marcha, cuando llegaron a Bogotá, ya no eran quince sino ochenta mujeres.

La marcha de los turbantes –el nombre de la movilización– empezó a sonar en cada vez más medios, y una alta funcionaria del Gobierno llamó a Francia Márquez para ofrecerles alojamiento. Lo discutieron en colectivo y se negaron: ellas no caminaron hasta Bogotá para quedarse en un hotel esperando a que les dieran una cita; la situación era urgente y exigían interlocución inmediata. De modo que fueron al edificio del Ministerio del Interior, se tomaron un auditorio y se negaron a salir de allí. “De acá no nos vamos hasta que no saquen las dos mil retroexcavadoras de minería ilegal que están a esta hora en el Cauca destruyendo el territorio”, dijeron.

El Gobierno Santos se vio forzado a establecer una mesa de diálogo. Se lograron valiosos reconocimientos y una serie de acuerdos (que, como de costumbre, el gobierno terminó incumpliendo), pero sobre todo se logró una gran visibilidad nacional e internacional. La marcha de los turbantes era la muestra de una crisis ecológica y social que se replicaba en todo el país, pero también de una sociedad civil que –en simultáneo al Proceso de Paz con las FARC– ya no estaba dispuesta a soportar impotente hasta que las instituciones les prestaran atención, sino que estaba dispuesta a tomarse las instituciones mismas.

La gran voz

La voz de Francia Márquez era inmensa por su propio proceso vital, por su talento y sus decisiones, pero sobre todo porque detrás había una comunidad con la conciencia y la urgencia política en las venas. Para entonces muchos periodistas y comunicadores populares la buscaban, los movimientos sociales de todo el país la reconocían como una compañera fundamental, los estudiantes universitarios más politizados querían aprender de ella. Pero la dinámica histórica es implacable: en Colombia todo aquel que desde los sectores populares da un paso al frente queda marcado como objetivo militar.

Había recibido muchas amenazas, pero esta era la peor. Estaba en una reunión en La Toma, en ese mismo 2014, cuando un compañero recibió una llamada en la que le informaban que la orden de asesinar a Francia Márquez ya había sido dada, y que un grupo armado la estaba buscando y andaba cerca. Alarmados, temiendo lo peor, pidieron un taxi a Cali (a más de dos horas de carretera) para sacarla escondida con sus dos hijos. Fueron horas muy tensas. Salieron al fin a las cinco de la mañana. Ya estaba amaneciendo cuando pasaron por un puente donde estaban los sicarios en una camioneta. “Como que el mundo se me vino encima –relató Francia después–, como que todo se acabó”. Los sicarios no la vieron.

A partir de entonces Francia Márquez fue oficialmente una desplazada más por la violencia en Colombia (según el Registro Único de Víctimas, más de ocho millones desde 1985). Esto siempre es doloroso, pero lo es incluso más en una tradición específica como la de Francia en la que, tras el parto, el cordón umbilical se entierra, de modo que la conexión vital con la madre se vuelve conexión vital con el territorio. Ya no pudo regresar a vivir en la casa familiar en La Toma, le tocó limitar los viajes para ver a su familia y discutir con su comunidad, pero esto no disminuyó su horizonte político.

En ese año fue a La Habana a los diálogos de Paz entre el Estado y las FARC-EP, en nombre de diversas autoridades afrocolombianas, para exigir un capítulo étnico en el Acuerdo. En un principio les dijeron que no, que ellos no tenían nada que ver con ese proceso entre actores beligerantes, pero insistieron: el conflicto se había ensañado especialmente con población indígena y afro. Después de mucha presión con distintas organizaciones (entre ellos la bancada afroamericana del Congreso de Estados Unidos) lo consiguieron. El planteamiento era que ante el libre mercado las comunidades étnicas son más vulnerables, y con simples titulaciones individuales se despiertan todas las violencias. Así que el Acuerdo Final quedó con un capítulo étnico que retoma elementos de la Constitución de 1991 y los refuerza: era fundamental la formalización de tierras enfocada en la titulación colectiva y la protección de derechos étnicos territoriales.

En 2015 Francia Márquez ganó el Premio Nacional a la Defensa de los Derechos Humanos en Colombia, participó en cada vez más encuentros, viajó a distintos países, recibió otro premio de una organización sueca, pero sabía que los reconocimientos y foros públicos eran poco significativos mientras las relaciones de poder siguieran intactas y a los defensores y las defensoras del medio ambiente los siguieran asesinando todas las semanas. Según la ONG Global Witness, Colombia es uno de los países más peligrosos del mundo para el activismo ambiental, y en varios años ha sido el país con más líderes asesinados. Por todo esto cuando en 2018 la llamaron y le dijeron que había ganado el Premio Goldman, el más importante reconocimiento en el mundo para los defensores del medio ambiente, casi no reaccionó. Pero cuando le dijeron que ese mismo premio lo había recibido Berta Cáceres –a quien conoció en un foro en Perú dos años antes de su asesinato– no pudo contener las lágrimas. 

Seguir la historia personal y política de Francia Márquez es saltar permanentemente de lo más particular al panorama político más amplio; desde su río específico al desequilibrio planetario; del deseo de vivir tranquilo en comunidad al compromiso ético con las grandes luchas. Lo dijo al recibir el premio Goldman: “Resistir no es aguantar”. Y lo comprendió en algún momento y ya no pudo perderlo de vista: lo que está violentando a las mayorías sociales no son conflictos aislados. El sistema está podrido.

Soy porque somos

En 2018 Gustavo Petro impugnó la hegemonía del relato en los grandes medios de comunicación y devolvió la discusión política a las plazas. Respetando siempre la inteligencia de la gente de a pie, argumentando cada tema, elaborando discursos largos sobre un nuevo modelo de país basado en la justicia social y que pusiera punto final a la violencia estuvo muy cerca de ganar ese año la elección presidencial. Es más, debido al fraude sistemático y multimodal en las elecciones colombianas, y a la fuerte influencia de las mafias de las distintas regiones, es muy probable que en ese 2018 Petro ya haya tenido mayorías sociales a su favor. Nunca sabremos si fue así. Oficialmente ganó el candidato del uribismo.

Francia Márquez se sumó desde el principio a la Colombia Humana, ese proyecto transformador, de izquierdas, e incluso gritó un viva en su nombre cuando recibió el premio Goldman. Los años siguientes, con pandemia mediante, no hicieron sino agravar en Colombia la desigualdad social, el asesinato de líderes y la represión oficial de un régimen en crisis. Así que todos sabían que lo más probable –a menos que hubiera un magnicidio o un fraude electoral demasiado grotesco– era que Gustavo Petro se convirtiera en el próximo presidente.

¿Quién iba a ser su fórmula vicepresidencial? Francia Márquez era uno de los nombres más recurrentes, pero ella no creció ni se formó a la sombra de ningún poder. Su proceso siempre fue con su comunidad y en lucha frontal contra todas las injusticias, así que dijo que no, que ella no pelearía por la plaza máxima que le asignaba un sistema, sino que su derecho y su deber era apuntar más allá. Su pregunta hizo temblar un régimen anquilosado en lógicas coloniales: “¿Acaso una mujer negra no puede ser presidenta de la República?”

Su plataforma se llamó Soy porque somos, una de las posibles traducciones del concepto filosófico africano Ubuntu, y que establece una ética de la interdependencia; un conjunto de prácticas y valores en los que la condición humana está justificada y dignificada por su pertenencia a un colectivo, una comunidad solidaria, un espacio físico para cuidar y una cultura –un lugar de pensamiento– para reivindicar. En ese concepto estaba sintetizado su programa, y por ello trató siempre de apartar el foco de ella misma, como individuo, y de reivindicar el impulso conjunto del cual ella era portavoz provisional. Nunca habló de “mi candidatura”, sino de “nuestra candidatura”.

Por todo esto se presentó a las primarias del Pacto Histórico —la coalición de izquierdas— y su resultado fue impresionante. Gustavo Petro ganó, pero Francia Márquez sacó la segunda votación más alta, y la tercera teniendo en cuenta las primarias de todas las demás coaliciones. Es decir, se impuso a casi todas las candidaturas de la ultraderecha y la derecha, a las grandes fortunas y a hombres que llevaban décadas en política electoral, en los medios de comunicación y en los círculos del poder. Había muchas presiones para que Gustavo Petro, el ganador, eligiera a otra persona como su fórmula vicepresidencial. Pero el resultado de Francia era un mandato claro que él debía obedecer.

Fue así como la líder social afrocolombiana, de clase trabajadora, hija y nieta de agromineros se convirtió en candidata a la vicepresidencia. Y mientras Gustavo Petro hablaba de justicia social y de un conjunto de reformas urgentes, Francia Márquez iba incluso más allá: hablaba de combatir las políticas de la muerte, de la mercantilización antihumanista que nos degrada y destruye, de las luchas históricas del pasado, de las reivindicaciones de los pueblos negros, indígenas y campesinos; hablaba de feminismo, de comunidades diversas, de los derechos LGTBIQ+; hablaba de Colombia, sí, pero también de las opresiones sistemáticas e intolerables en todos lados.

Sucedió otra cosa inédita en Colombia: tanta gente se identificó y se entusiasmó con su proyecto que, como candidata a la vicepresidencia, ella sola estaba llenando plazas. Hizo su gran cierre en solitario el penúltimo día de campaña, en Bogotá, con los cerros orientales justo al lado, y le tocó interrumpir el discurso porque un rayo láser desde un edificio cercano empezó a apuntar a su cara e hizo reaccionar a su esquema de seguridad que la sacó de la tarima entre escudos antibalas. Es imposible ver el video de ese acto –intimidatorio y peligroso en el contexto colombiano– sin sentir en el propio cuerpo y en la propia garganta la frustración de Francia Márquez y el grito quebrado al que se aferró: “¡No pasarán!”

Mientras tanto, los opinadores de grandes medios, tras el barniz del culto a la tecnocracia, pero exhibiendo en realidad su racismo y su elitismo habitual, repetían una y otra vez que le faltaba experiencia, que no tenía la trayectoria suficiente para un cargo de tanta responsabilidad. Por eso la noche siguiente, el domingo 22 de mayo de 2022, en el cierre de campaña del Pacto Histórico en la plaza de Bolívar de Bogotá y con un esquema de seguridad reforzado (detrás de un cilindro metálico que la cubría hasta el pecho), Francia Márquez dijo con toda su elocuencia, su franqueza y su emoción:

Muchos dicen que yo no tengo experiencia para acompañar a Gustavo Petro a gobernar este país, y yo me pregunto ¿por qué la experiencia de ellos no nos permitió vivir en dignidad? ¿Por qué su experiencia nos ha tenido sometidos por tantos años a la violencia? ¿Por qué la experiencia generó más de ocho millones de víctimas en este país?

El racismo estructural

Decían que no estaba preparada, que no conocía el Estado, que era muy radical, brava, impulsiva. No eran alegatos nuevos. Desde los tiempos en los que intentaron desalojar a las mil trescientas familias de La Toma para beneficiar al empresario-testaferro, los funcionarios hacían lo posible por deslegitimar la voz que les hacía frente, y decían que era grosera, que no medía sus palabras, que no entendía de lo que estaba hablando. Y cuando surgió como una líder con potencial electoral, la derecha empezó a decir que pertenecía al ELN (difundían fotos de una guerrillera con una pañoleta cubriéndole el rostro y decían que era Francia), e incluso el presidente del Senado dijo antes de las elecciones que esa guerrilla la apoyaba. Y cuando los grandes poderes cayeron en la cuenta de que esa mujer insumisa podría ser la próxima vicepresidenta, llegó una nueva oleada de descalificaciones en medios, pusieron en duda su origen y su biografía, y hasta se burlaron del término mayoras (esencial en la historia y cultura de la población afrocolombiana) como si fuera una ocurrencia torpe de esa misma mañana. Eran espasmos en la esfera pública del patriarcado y el racismo estructural. 

La antropóloga afrocolombiana Mara Viveros Vigoya explica que “Francia encarna el personaje de ‘la igualada’, una expresión colombiana (clasista, racista y sexista) utilizada para designar a una persona que se comporta como si perteneciera a una clase social más alta o que se toma derechos, privilegios o atribuciones que supuestamente no le corresponden”. Francia Márquez es tan disruptiva para el orden establecido en Colombia que es evidente la incomodidad de algunos comunicadores de grandes medios, habituados a entrevistar a la élite, a los que les cuesta encontrar las palabras y el tono para referirse a ella; se nota el esfuerzo por disimular su trato histórico, entre el desprecio y la condescendencia, hacia todo lo que ella significa.

Pero Francia continúa, y no sólo reivindica en todos los escenarios las voces y saberes de su tradición ancestral, sino incluso una estética que ha sido relegada a postales turísticas o directamente negada. Como sus palabras, los vestidos tradicionales que decidió usar durante toda la campaña también estaban cargados de significado político. Vuelvo a citar a Mara Viveros Vigoya: “Ha desarrollado un proceso pedagógico que ha puesto en evidencia la neurosis social que produce la constante negación de la ancestralidad amerindia y amefricana de la historia, cultura y subjetividad colombianas, y más ampliamente latinoamericanas”.

Ahora bien, en la amalgama de vectores políticos de Francia Márquez creo que lo más disruptivo –en Colombia, pero tal vez en todos lados– es que siempre es contestataria. En otras palabras, cuando considera que algo es incorrecto o injusto, ella no se detiene a ver si es conveniente manifestarse; algo se activa en sus venas, su identidad y su memoria y siente la absoluta necesidad de articular con palabras y con vehemencia su rechazo. Y esto no sólo es significativo para el establishment colombiano, que sistemáticamente acalla con violencia las voces críticas, sino que lo es incluso para la izquierda. Es más, esto intimida a determinados sectores progresistas con experiencia en la política institucional, que se sumaron al Pacto Histórico, pues saben que hay muchos frentes en los que ella no va a dar ni un paso atrás.

Con la rebeldía como patrimonio, con el “soy porque somos” como clave ética, con la consciencia de que las palabras son también semillas que abren grietas, Francia Márquez no obedece al cálculo sino a los principios. Y ni con todas las fuerzas en contra, ni en la minoría absoluta, ni siquiera cuando le digan que es mejor esperar a que el escenario y la correlación de fuerzas sean más propicias, ella va a contener su propia voz. Esto también es una lección y un impulso para la izquierda: quedarnos callados nunca puede ser una opción.

Hasta que la dignidad se haga costumbre

Por eso la resonancia de Francia Márquez en los movimientos sociales y en todo el litoral Pacífico colombiano, mayoritariamente negro, excluido y empobrecido. Desde Buenaventura (que en su Paro Cívico de 2017 reimpulsó la consigna de los tiempos de Allende, “¡El pueblo no se rinde, carajo!”), pasando por los ríos del Chocó y las montañas de Cauca y Nariño, hasta llegar a Cali, la segunda ciudad con mayor población afrodescendiente de América Latina y el epicentro nacional del estallido social de 2021, Francia Márquez llama a todos a una rebelión vital. Y la gente responde al llamado porque lo estaba esperando. En el aire de todo el Pacífico se siente que, incluso por encima de muchos liderazgos populares y de izquierda –mayoritariamente masculinos–, Francia Márquez es quien por fin sintetiza las distintas luchas contra el acumulado de injusticias y, más que hablar por ellos, los está impulsando a hablar. Me lo explicó Marcela Ulloa Murillo, científica y antirracista afrocolombiana:

En comunidades negras muchos se acostumbran a quedarse callados, a no incomodar, a dejar pasar los desplantes. Sucede todos los días y es algo que hemos heredado... un modo de sobrevivir. Pero Francia por fin se planta, no se deja intimidar, y tiene tanta fuerza que nos cuestiona a todos. A ver si la gente entiende lo que es la dignidad.

Y este es precisamente uno de los pilares discursivos de Francia Márquez, porque es la piedra angular de la resistencia histórica afrodescendiente e indígena: la consciencia de la propia dignidad como punto de partida, y la vida digna como horizonte. Y a estos dos extremos –el punto de partida y el horizonte– se ata el ejercicio político que es, por definición, colectivo. Esto es algo que la derecha nunca va a entender. Su consigna “Hasta que la dignidad se haga costumbre” implica una refutación del orden de los privilegios y del discurso neoliberal que entiende la mejora de las condiciones de vida como algo estrictamente personal, de ascenso individual.

Sucedió dos días después de la elección. Una periodista le preguntó en un directo por televisión si se iba a mudar a la residencia oficial de la vicepresidencia en el centro de Bogotá, justo al lado de la Casa de Nariño, “o si eso –dijo– no hace parte de lo que usted denomina vivir sabroso”. Francia Márquez no se echa para atrás; está curtida en la exclusión y el menosprecio; la hostilidad, en lugar de disminuirla, potencia la necesidad de sus palabras. Su respuesta en vivo y en directo es una lección política:

No creo que vivir sabroso se refiera a tener una casa (...) Si creen que porque soy una mujer empobrecida y ya porque me dan una casa presidencial estoy viviendo sabroso está muy equivocada... eso es parte del clasismo de este país (...) Y te invito más a reflexionar lo que significa el ‘vivir sabroso’ para el pueblo negro en las entrañas de nuestra identidad étnica y cultural. Se refiere al vivir sin miedo, se refiere a vivir en dignidad, se refiere a vivir con garantía de derechos. Entonces cuando me dices que voy a vivir sabroso porque voy a ir a la casa vicepresidencial seguramente estás muy equivocada.

El sentido común capitalista entiende el bienestar como acumulación y aumento de capacidad adquisitiva. El sentido común oligárquico establece el bienestar como la pertenencia a los círculos del poder. Francia Márquez contesta que el bienestar es la dignidad compartida de la vida cotidiana:

Con todo el respeto, yo no hice esta carrera política por un cargo. Ojalá yo hubiera podido seguir en mi Yolombó, allá en mi comunidad. Ojalá yo hubiera podido seguir en mi territorio, tranquila, sembrando la tierra.

Vivir sabroso

Mucha gente creyó que era un simple eslogan de campaña, una decisión de marketing político. No fue así. Como el término mayoras, el vivir sabroso es un concepto histórico esencial en la cultura afropacífica, y lo que Francia Márquez hizo fue proponerlo a escala nacional. “Vamos a vivir sabroso”, decía. Y también acá hubo menosprecio; lo acusaron de ligero y pintoresco. Pero ¿por qué habría de elegir otro concepto cuando desde pequeña había escuchado y asimilado su potencial político?

Francia Márquez lo explicó en todos los escenarios: vivir sabroso es vivir sin miedo, en dignidad, en libertad, en comunidad, con derechos plenos y en relación armónica con el territorio. Es el objetivo último de su praxis política. Y hay que decir que en muchas latitudes se han desarrollado términos y conceptos políticos que apuntan en la misma dirección. Pienso en la búsqueda del bienestar y la felicidad del pueblo como derrotero institucional, y que consta en varias declaraciones de derechos y constituciones; pienso en el “buen vivir” de distintos pueblos indígenas de la cordillera de los Andes, acuñado en el quechua Sumak kawsay y el aimara Suma qamaña, y acogido por las constituciones de Ecuador y Bolivia; y pienso también en el Wët Wët Fxi’zenxi del Plan de vida Nasa (un pueblo indígena del sur de Colombia que es ejemplo de organización y resistencia) y que podría traducirse por “vivir bien, contentos y en armonía”. Son conceptos amplios, vivos, arraigados en cosmovisiones precisas y que impulsan la acción política.

Esto nos conduce a un debate interesante. Es cierto que la sociedad es un amasijo de tensiones y luchas perpetuas, y todo el que tenga formación política desde la izquierda sabe que la lucha siempre continúa, que ninguna batalla es definitiva. Como dijo admirablemente Álvaro García Linera: “Luchar, vencer, caerse, levantarse, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse... hasta que se acabe la vida. Ese es nuestro destino”. Pero sólo sectores muy politizados están dispuestos a aceptar esto, y no es ni será nunca un horizonte deseable para las mayorías sociales.

La mayoría no quiere –y con todo el derecho– una vida de lucha, sino certidumbres, tranquilidad y seguridad material. El grito famoso de Jorge Eliécer Gaitán, “¡A la carga!”, es pirotecnia coyuntural, agitación necesaria, pero se quema muy rápido en la disputa política de largo aliento. La gente quiere vivir bien, dormir bien, comer bien, saber que sus hijos no serán víctimas de las injusticias. Así que mientras el capitalismo ofrece desequilibrios y crisis crecientes, la izquierda debe proponer no sólo confrontación, sino la idea palpable de una nueva estabilidad. Es allí donde esta serie de conceptos aparentemente simples y conservadores revelan su urgencia y su potencial contrahegemónico. 

Vivir sabroso es un concepto que nace de las comunidades negras del Pacífico colombiano, que se enriquece en el tiempo y la práctica con distintos anhelos y reivindicaciones, y Francia Márquez se encargó de que millones de personas lo acogieran en un momento político excepcional.

Es una de las sensaciones dominantes al comparar la discusión política colombiana con la discusión en otros países: en Colombia todo es tan alarmante, tan al borde del abismo, que siente uno que apenas queda espacio para discutir y proyectar un futuro posible. Es la lógica del rebusque y la violencia. Y tal vez haya una nueva dignidad en la posibilidad de vivir sin tener que apagar los nuevos incendios de cada día. Lo dice mejor la filósofa Laura Quintana:

El vivir sabroso también puede empezar al dejar de sentir el presente como una urgencia constante e implacable. Al dejar de esperar que lo peor tenga siempre que pasar. Así como lo hemos empezado a percibir en estos días.

La fertilidad del futuro

Hay que ver el video del momento en el que le entregan la credencial de vicepresidenta electa. Francia Márquez camina hacia el frente del escenario, hay un ensamble de cuerdas preparado para musicalizar la ceremonia, y de repente desde el fondo del auditorio y entre los aplausos empieza a sonar un tambor. Vemos entonces la sonrisa inmensa de Francia, y contra toda una historia de protocolos rígidos, de pesadez en las formas, de impostura heredada; contra toda una historia en la que la pertenencia a los círculos del poder se afirmaba en una diferenciación radical con la estética popular, el entusiasmo y la libertad de los cuerpos; contra todo ese peso colonial y con la mayor espontaneidad, Francia Márquez empezó a bailar.

No fue planeado, no fue escrito por nadie, y sin embargo ya está entre los documentos audiovisuales más potentes de la historia colombiana. Y ese baile tuvo un reflejo multitudinario. Lo vimos en la tarde y la noche del triunfo electoral, el 19 de junio de 2022, en los carnavales improvisados que se armaron en las calles de las grandes ciudades, pero sobre todo lo vimos en los pueblos y las regiones más apartadas. Fue hermoso. Hubo fiestas populares toda la noche en Quibdó –la capital de una de las regiones más biodiversas del mundo y al mismo tiempo la ciudad con mayor índice de pobreza de Colombia– y en Timbiquí –en medio de la selva del Pacífico, donde casi el 99% de los votos fueron para el Pacto Histórico–, e incluso circuló un video conmovedor de una lancha que avanzaba en medio de un río con más de cuarenta indígenas, muchos niños, y tocaban instrumentos y cantaban vivas al nuevo gobierno mientras una mujer mayor bailaba en el medio.

Fue un estallido de felicidad, un estallido democrático de la Colombia históricamente excluida, violentada, racializada, empobrecida. Celebraban el triunfo del primer gobierno popular y de izquierdas en la historia de Colombia, el nuevo país de justicia social y paz que –palabra tras palabra– Gustavo Petro convocó en las plazas. Pero sobre todo celebraban que Francia Márquez estaba y estará allí, en la vanguardia de su construcción colectiva.

Propongo que volvamos a ese lugar y punto de vista específico: una niña de cinco años en el río y entre montañas, con una batea, lavando la arena para buscar pepitas de oro. Volvamos a la larga historia que condujo a ese momento. Y permitámonos sentir la fuerza estética y política de que ella, Francia Márquez, represente hoy la gran resistencia a esa triada de la dominación contemporánea de la que habla Boaventura de Sousa Santos: el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Y que sea por tanto un cimbronazo a todo el orden establecido.

Es un cimbronazo al racismo estructural de las élites, que no tienen ningún problema en reconocer su convicción anticomunista, antiguerrillera y hasta antipopular. Pero jamás reconocerían su racismo. Así mismo, es un cimbronazo a la oligarquía colombiana, a la que le molesta mucho que un exguerrillero nieto de campesinos sea el presidente, sí, pero sobre todo le molesta muchísimo que una mujer negra y de clase trabajadora sea la vicepresidenta de la República.

Es un cimbronazo al neoliberalismo, el aparato ideológico del capitalismo contemporáneo, y que ella define como un modelo económico de muerte. Lo sabe desde la experiencia: la explotación de las personas y la naturaleza, el discurso del crecimiento y el desarrollo sólo sirve a unos pocos. Todos los victimarios –los grupos armados, las multinacionales, los funcionarios del régimen oligárquico– acusaron siempre a su comunidad de oponerse al desarrollo. Pero ella sabía que en nombre del desarrollo trajeron esclavizados a sus ancestros del África; en nombre del desarrollo les robaron por siglos la libertad y el fruto de su trabajo; en nombre del desarrollo represaron el río, inundaron las parcelas campesinas, contaminaron el ecosistema; en nombre del desarrollo llegan siempre los actores armados y asesinan a la gente. Así que contesta: “¿De qué desarrollo hablan?”. Frente a los discursos del gran capital: soberanía y ecologismo. No sólo es necesario el respeto por los equilibrios planetarios y la redistribución de la riqueza, sino incluso una nueva senda de decrecimiento para preservar la vida.

Y es un cimbronazo, también, para la izquierda. Ella sabe que el mandato que recibe no responde a un número determinado de votos, sino a siglos de resistencia y lucha. El adanismo es antipolítico. Situarse en las relaciones de poder es situarse también en la historia, así que su voz es siempre la voz de los que la alzaron en el pasado, de Marielle Franco y Berta Cáceres, de Temístocles Machado y de María del Pilar Hurtado Montaño... de todos los que ya no están. De modo que ante los moderados y cómodos, los tibios y timoratos, los equidistantes y rebeldes orgánicos, los que dicen que hay que cambiar las cosas poco a poco, sin enfrentar mucho a los grandes poderes, contesta que cualquiera que conozca de verdad el horror y la barbarie del orden establecido sabrá que no nos podemos permitir eso. Si gracias a las luchas del pasado hemos logrado disputar espacios de poder, ¿por qué habríamos de bajar la voz, moderar el tono, disminuir nuestras reivindicaciones?

Nada ha sido fácil para Francia Márquez, porque nada ha sido nunca fácil para las mayorías sociales. Pero a veces se da la mezcla precisa de conciencia, talento, inteligencia y experiencias vitales, y entonces surge una voz como esta, que nos representa en medio de la diversidad y nos impulsa al gran horizonte político –el más conservador y el más revolucionario–: el buen vivir. Y nos recuerda que el internacionalismo es urgente, porque por más distintos que sean los pueblos las luchas tienden a ser las mismas. Y nos advierte que ya no es hora de los centralismos, que el conocimiento y la respuesta pueden venir de la periferia. Y nos dice que hay que respetar y honrar los procesos colectivos, las distintas culturas y cosmovisiones, y que no existe lucha aislada, y que el análisis interseccional es tan vital como el agua, y que la fuerza para nuestra propia sobrevivencia está en “los nadies” y en las manos callosas.

Así que repitamos la pregunta. ¿Quién es Francia Márquez? En un mundo en crisis, y en el que los desafíos se multiplican, se vuelve incluso más importante la articulación de las distintas luchas. Ella es mucho más que la vicepresidenta de la República de Colombia: ella es un puente de lo particular político a lo universal político; es un impulso desde el cuerpo y el territorio, desde la tradición específica y las diversas resistencias, hacia un horizonte de dignidad compartida para la gente del común. Nos interpela a todos. Y nos habla de un futuro mucho más fértil.

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Iván Olano Duque es escritor colombiano. Premio de ensayo “Miguel de Unamuno” por su libro El sueño de la especie. Siete ensayos al borde del abismo (Devenir, 2019). 

 Twitter: @IvanOlanoDuque

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Escala conflicto entre agrupaciones mapuches y el gobierno chileno

Santiago. La Coordinadora Arauco Malleco (CAM), una de varias organizaciones insurreccionales mapuche enfrentadas al Estado de Chile por la recuperación de sus tierras históricas y autonomía, reivindicó la ocupación de siete haciendas forestales en el sur del país, que suman unas 5 mil hectáreas, en lo que describió como el inicio del "proceso de restitución definitiva de los predios demandados".

La CAM, que opera desde hace unos 25 años en las regiones del Biobío, de la Araucanía y de Los Ríos –unos 75 mil kilómetros cuadrados por los cuales se extiende el Wallmapu o nación ancestral indígena–, respondió así a la decisión del presidente Gabriel Boric de intensificar la persecución penal contra Héctor Llaitul Carrillanca, su fundador y más destacado líder, a quien busca aplicarle la Ley de Seguridad Interior de Estado que pena severamente delitos de terrorismo.

En una declaración, la CAM explicó: "esto se realizará a través de la resistencia y el control territorial, además acciones de autodefensa-resistencia destinadas al desalojo definitivo de las forestales del sector", pidiendo a las comunidades indígenas "estar atentas y acompañar este significativo proceso de recuperación territorial y reconstrucción político-cultural ".

Se trata de otra vuelta de tuerca en el cada vez más escalado conflicto entre las agrupaciones armadas mapuches –además de la CAM, la más antigua, operan las resistencias mapuches Lavkenche y Malleco y el Weicha Auka Mapu, éstas tres desde mediados de la década pasada– y el gobierno chileno. Actúan atacando y destruyendo la maquinaria de dos grandes conglomerados forestales instalados en esa "macrozona sur", que explotan intensivamente unas 4 millones de hectáreas de plantaciones exóticas de pino y eucalipto.

Algunas de esas organizaciones también incendian escuelas, iglesias, maquinaria y haciendas agrícolas, todo aquello que consideran sinónimo de colonización territorial y cultural. Pese al despliegue policial y militar con ingentes recursos tecnológicos, los insurgentes parecen incontrolables, ostentando su capacidad operativa en cualquier momento y lugar.

La semana pasada, en una entrevista, Llaitul dijo que "la prioridad de la CAM es canalizar la violencia hacia el sabotaje" y “atacar al gran capital que ha depredado el territorio mapuche, pero con el énfasis de que "nosotros respetamos la vida de los trabajadores".

Esa afirmación derramó la paciencia del gobierno, que hasta entonces soportó las presiones para querellarse contra el líder indígena, porque "el gobierno no va a perseguir ideas", justificó Boric en mayo, e insistiendo en un diálogo de paz que de momento es rechazado por las agrupaciones rebeldes.

Fue el gobernante quien explicó su decisión: “Héctor Llaitul ha tenido muchos dichos y los de ahora son muy graves pues se atribuye la autoría de delitos. (…) Ampliamos la queja pues hubo una autoatribución de delitos en las últimas semanas”.

Ofensiva de toma de predios

Vino entonces la vuelta de mano de la CAM, anunciando su ofensiva de ocupación de predios, argumentando que “las expresiones del capitalismo y colonialismo se siguen reproduciendo en nuestras tierras, y aunque quieran disfrazarlas de un ‘progreso sustentable’ típico de las seudoizquierdas, las seguiremos combatiendo por todo el territorio”.

La organización se volvió crítica de Boric cuando hace dos meses, en medio de una oleada de ataques incendiarios, decretó el estado de excepción constitucional en el Biobío y La Araucanía, desplegando tropas de la marina y el ejército. "Desde entonces se han elevado las exportaciones forestales y el extractivismo en el Wallmapu, así como la represión y criminalización mediática y política de las organizaciones revolucionarias mapuche, mientras la clase política y la Convención Constituyente se llenan la boca hablando de plurinacionalidad y otros inventos neoliberales".

Los ataques continúan. Anteayer la resistencia mapuche Malleco prendió fuego a cuatro aviones en la localidad de Curacautín, mientras en Pillanlelbún fue quemada la casa principal del Rancho San Fernando. Ayer, en el poblado de Lautaro, las llamas arrasaban con instalaciones del Fundo Miraflores.

Por Aldo Anfossi

Especial para La Jornada

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Autonomía contra viento y marea: 19 aniversario de los caracoles zapatistas

El 9 de agosto de 2003, en Oventic, Chiapas, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) anunció la creación de los caracoles y las juntas de buen gobierno, en sustitución de los municipios autónomos rebeldes zapatistas (MARZ), cuyas funciones continuarían. Se propuso una auténtica segunda instancia de mediación y resolución de conflictos a través de las juntas para "atender denuncias contra los consejos autónomos por violaciones a los derechos humanos, investigar su veracidad, ordenar a los consejos autónomos la corrección de estos errores y para vigilar su cumplimiento".

Constituyeron así una organización inédita en América latina. Con ello, se reafirmó su congruencia en cuanto al respeto a los pueblos indígenas a contrapelo de posturas vanguardistas. La palabra del entonces subcomandante Marcos, hoy Galeano, compartió reflexiones estratégicas. Destaco dos de ellas: la decisión de ubicar a la organización militar en el plano de la defensa y deslindar este componente de las funciones de gobierno plenamente civil, nos hablan de la reiteración de la postura de no suplantar a los pueblos y, en última instancia de no "militarizar" su cultura. Por otra parte, el deslinde categórico frente al "fantasma separatista" (discurso oficial defensivo), señaló: "La autonomía no es fragmentación del país o separatismo, sino el ejercicio del derecho a gobernar y gobernarnos según establece el artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos".

Una década después, finales de 2013 y enero de 2014, el EZLN se empeñó en sistematizar y compartir su experiencia mediante la escuelita zapatista, un gran esfuerzo, con el afán de acercar el espejo y dar sustento a su llamado constante a la organización en el país y fuera de él. Por cierto, la Travesía por la vida, capítulo Europa, realizada en 2021, guarda continuidad con la convicción de aprender y compartir para fortalecer la lucha mundial anticapitalista.

Este aniversario de los caracoles y las juntas de buen gobierno nada tiene que ver con una mera efeméride festiva. El proceso ha sido complejo y su desarrollo se ha dado en un entorno problemático como la falta de recursos, la militarización, la paramilitarización, las campañas de contrainsurgencia, el acoso de delincuentes y del narcotráfico, entre otros factores que enmarcan su desafío al Estado mexicano para construir la autonomía en los hechos y recrear su derecho al derecho propio. Es un terreno de claroscuros.

Con un salto significativo, el EZLN informó el 17 de agosto de 2019 que "ya rompimos el cerco", creó siete nuevos caracoles o centros de resistencia autónoma y rebeldía zapatista (Crarez) –la mayoría serían sede de juntas de buen gobierno (JBG)–, adicionales a los cinco que ya tenía, los cinco caracoles originales (Oventic, La Realidad, La Garrucha, Roberto Barrios y Morelia y cuatro nuevos municipios autónomos rebeldes zapatistas en Chiapas. Y sin embargo, tanto los territorios zapatistas como el resto de municipios en Chiapas viven bajo asedio y violencia marcados por la impunidad y la omisión o acción desde los tres niveles de gobierno. Situación grave y lamentablemente también presente en otras regiones del país. Un ejemplo de ello es el pronunciamiento emitido el pasado 28 de julio por la Red de Resistencias y Rebeldías Ajmaq, la Red Universitaria Anticapitalista (Ciudad de México), Mujeres y la Sexta, Abya Yala, Resistencias Enlazando Dignidad-Movimiento y Corazón Zapatista (Red MyC Zapatista) con la adhesión de numerosas personas y organizaciones de México y otros países, denunciando las agresiones a comunidades del caracol 10 Floreciendo la Semilla Rebelde, de la junta de buen gobierno Nuevo Amanecer en Resistencia y Rebeldía por la Vida y la Humanidad del EZLN: quema de sus casas, riesgo de sus cosechas provocando su desplazamiento forzoso.

¿Quién se hace cargo de detener la violencia y el despojo? Un eje de la ­disputa contra los zapatistas está en los territorios recuperados desde 1994 y en los grupos que fuera de todo control o con alianzas en sectores políticos. Un panorama así nos lleva a suponer que el EZLN no está para festejos por más significativos que puedan ser y en este caso, obviamente, lo es. No sabemos la situación concreta del conjunto de los caracoles, ellos son quienes deciden cuándo y cómo se pronuncian respecto de agresiones como la que se denuncia contra el caracol 10, que no es la única. El ambiente de provocación está activo y dirigido a varios sectores del movimiento social y de pueblos indígenas en la entidad chiapaneca. Mientras esta situación se vive en Chiapas y otras entidades y pueblos, no nos sorprenda que siendo el próximo 9 de agosto también el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, de parte oficial ataviada no sólo con mascarilla, sino con una venda en los ojos se despliegue la retórica de la celebración autocomplaciente.

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Fútbol y clase obrera: la ideología no se mancha

Las hinchadas del Rayo Vallecano en España, del St. Pauli en Alemania, del Demirspor en Turquía y del Livorno en Italia militan las mismas ideas y tienen un horizonte común: derribar el capitalismo.

Septiembre de 2009, Turquía. Un estadio de fútbol ilumina la noche de verano de la ciudad de Adana, al sur del país y a 270 km de Alepo, Siria. Bengalas rojas atraviesan el cielo. Antorchas de fuego también rojo corren veloces por las tribunas. Los hinchas del Adana Demirspor se apelmazan para ganar un lugar. Son unos veinte mil. El humo apenas deja ver cómo las banderas entran y salen de la claridad: el Che Guevara, la hoz y el martillo, Palestina, Cuba. Suenan tambores. Gritos de guerra. Los jugadores del AS Livorno de Italia comienzan a trotar sobre el césped. Está por arrancar. Son pocos los visitantes que llegaron desde la ciudad puerto de la Toscana y ya están mezclados con los locales. Ahora los cantos de guerra desembocan en uno solo. Se escucha, estridente:

Una mattina mi son’ svegliato
O bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao
Una mattina mi son’ svegliato
E ho trovato l’invasor

La canción va a sonar todo el partido, que va a terminar cero a cero y va a ser la excusa para una fiesta internacionalista. Porque podría ser un partido de la Champions League, uno de los torneos internacionales que mueve más plata en el mundo. Podría ser un partido de la Copa UEFA, el segundo torneo de Europa. Podría ser simplemente un partido de fútbol entre un equipo de la tercera división turca y un equipo de la Serie A del calcio italiano. Pero hoy, en esta ciudad, el amistoso es entre dos equipos vinculados a partidos y tradiciones de izquierda. Como el Rayo Vallecano en España o el St. Pauli en Alemania, las hinchadas del Demirspor y del Livorno militan las mismas ideas con un horizonte en común: derribar al capitalismo.

La historia de ese partido comenzó mucho antes. También por un partido, pero el 21 de enero de 1921, en la sala del Teatro Goldoni de Livorno, noroeste italiano. Ahí, sobre la costa del mar Tirreno, el Partido Socialista Italiano se había reunido para realizar su XVIIo Congreso. Habían pasado cuatro años de la Revolución rusa. El tema hervía. Después de horas de discusiones, finalmente Antonio Gramsci y Amadeo Bordiga decidieron romper con el PS y formar el Partido Comunista Italiano. 

El PCI se unía a la Internacional Comunista y comenzaba a expandirse por todo el país. Luego llegaron las prohibiciones y las persecuciones de Benito Mussolini hasta que, a principios de los años 90, se extinguió en las arenas de la socialdemocracia. Aquel partido nacido en Livorno, que pretendía una sociedad en manos de los trabajadores, solidaria y alejada de los coqueteos del mercado y las distracciones de la industria cultural, dejaba huérfanos a los revolucionarios italianos. El único refugio para esas ideas permanecía muy cerca del Teatro Goldoni de Gramsci y Bordiga. Sobre las tribunas del Estadio del AS Livorno todavía combustionaban las ideas revolucionarias del antiguo PCI.

Fundado en 1915, el equipo del puerto toscano —y sobre todo su hinchada— tomó rápidamente afinidad con el comunismo italiano y desde ahí comenzó a traccionar los posicionamientos más progresistas dentro de un fútbol cada vez más aprisionado en las lógicas del marketing y de los negocios. Por eso, a casi cien años de su nacimiento, en ese encuentro amistoso frente al Demirspor de Turquía, la consigna en gradas locales y visitantes decía: «Contra el fútbol moderno». 

A diferencia del Livorno, el Demirspor no estuvo empujado por la fundación de un partido o por la iniciativa de algunos dirigentes. El Adana Demirspor fue fundado por obreros metalúrgicos. Si el Livorno fue la dirigencia, el Demirspor fue la clase. En sus tribunas se repiten las mismas banderas que en las de Livorno y aún hoy, con el club en primera división y con figuras como Mario Ballotelli, se pueden encontrar en las redes sociales del club dibujos del Che y de Lenin con la camiseta azul y negra.

Esa noche de septiembre las tribunas ardían de negro y azul, pero sobre todo de rojo. La efervescencia internacionalista conmocionó a los jugadores de ambos equipos. A uno en especial; al mejor de los italianos. Su figura, el delantero y goleador Cristiano Lucarelli, ya había mostrado al público de qué lado estaba. En 1997 lo citaron de la selección italiana sub-20 para jugar un partido contra Moldavia. Hasta ese momento, era apenas una promesa y no había trascendido que su padre era militante del PC y trabajador del puerto de Livorno. Ese día Lucarelli hizo un gol que le costó el ostracismo en la selección por más de 10 años. En rigor de verdad, un festejo. Acomodó la pelota sobre el palo izquierdo del arquero moldavo, saltó los carteles y fue corriendo a las tribunas para celebrarlo con la gente. En el camino se sacó la camiseta azul para mostrar que debajo tenía una blanca estampada con la cara del Che Guevara. Los hinchas italianos lo festejaron más que al momento del gol. La euforia de la gente pegó un cimbronazo en la cancha. ¿Los italianos eran masivamente comunistas? No. El partido se jugaba en el estadio del Livorno. En una entrevista de febrero de 2021, Lucarelli —ya retirado del fútbol— dijo sobre el famoso festejo con la cara del Che: «Yo pagué por lo del Che Guevara, pero siempre seré comunista».

Ya con su máximo referente afuera de las canchas, los hinchas del Livorno seguían militando los símbolos de la revolución y los distintos procesos de liberación en América Latina y en Medio Oriente. Así aparecieron banderas que decían «Hasta siempre, Fidel» cuando murió el comandante cubano o lo mismo cuando murió Hugo Chávez. Banderas que apoyan a Palestina, a los inmigrantes, a los independentistas del Kurdistán; a los que peor la pasan.

Hasta que les llegó a ellos, a los hinchas, al club. Empujando por una catarata de malas administraciones y pésimos resultados, el Livorno fue perforando las categorías del descenso. Una caída libre que los dejó en la Serie D, la última categoría profesional del fútbol italiano. Las deudas se hicieron imposibles. Los jugadores buscaron equipos con mejores horizontes. La dirigencia no logró pagar los costos administrativos para participar de la D y el club quedó en la quiebra e imposibilitado para competir. Ahora, con nuevos dueños, en la temporada 2021-2022 participará de la Eccellenza Toscana, una liga regional. El club tendrá nuevo nombre, Unione Sportiva Livorno. Los hinchas seguirán cantando la misma canción cuando vean salir a su equipo: 

Avanti popolo, bandiera rossa
Alla riscossa, alla riscossa
Avanti popolo, bandiera rossa
Alla riscossa, trionferà
Bandiera rossa la trionferà
Bandiera rossa la trionferà
Bandiera rossa la trionferà
Evviva il comunismo e la libertà

En el barrio de Vallecas, la libertad y las ideas tampoco se negocian y los bukaneros —la barrabrava del Rayo Vallecano— lo expresan todos los partidos y, a veces, en los entrenamientos. Así lo sintió el jugador ucraniano Roman Zozulya cuando, en 2017, tuvo la participación más efímera en la historia del club. Se habían enterado de que la flamante incorporación se había sacado fotos con una bandera roja y negra y una cara: Stepán Bandera, el colaboracionista nazi de Ucrania más conocido de la Segunda Guerra Mundial. Enseguida encontraron otras fotos: con armas, rodeado de paramilitares, posando con más nazis. El ucraniano se encontró con una bandera el primer día de entrenamiento: «Vallecas no es lugar para Nazis. Presa, para ti tampoco. ¡Vete ya!», en referencia a Martín Presa, el empresario dueño del club, vinculado al Opus Dei. La movilización de los hinchas fue tan grande que Presa tuvo que dar marcha atrás y anular el pase del jugador. Los ultras exhibieron su victoria en las gradas con una bandera que marcaba un camino: «Evitar que un nazi vista La Franja».

El club quedó a salvo de nazis. Al menos momentáneamente. Mientras tanto, los bukaneros siguen sosteniendo políticas de asistencia a desahuciados del barrio, organizan eventos para recaudar fondos y exponen un apoyo constante a las comunidades de inmigrantes. Suelen desplegar banderas contra un único oponente. Porque el clásico del Rayo Vallecano no es el Atlético de Madrid ni el Real Madrid. En Vallecas, el clásico es contra el capital. En la agenda política también intervino Medio Oriente. En esa ocasión, la leyenda sostenida por la gente—escrita en letras rojas y gigantes—, decía: «Luchar es nuestro destino. Con la rabia de un niño palestino. Stop genocidio de Israel».

En las gradas del Rayo puede haber muchas banderas, muchas consignas, algunas antifascistas, otras en contra del racismo, otras a favor de la solidaridad. Algunas también se materializaron en la acción. En medio de la crisis económica y los desalojos compulsivos de 2014, el estadio de Vallecas levantó una bandera con nombre propio y un hashtag, #CarmenSeQueda. Se trataba de una mujer de 85 años a la que habían echado de su casa por no poder pagar la hipoteca. La peña rayista se movilizó y el técnico de ese momento, Paco Jiménez, organizó una conferencia de prensa para anunciar que él y los jugadores ayudarían económicamente a Carmen y le pagarían de por vida el alquiler de una nueva casa. Carmen se quedó en Vallecas.

Aunque los bukaneros nacieron en 1992, la tradición del Rayo y el movimiento obrero español es mucho más antigua. Con la irrupción de la Segunda República Española, en 1931, los socialistas armaron una liga obrera de fútbol, independiente de la oficial. Hasta el inicio de la Guerra Civil en 1936, la Federación Cultural Obrera Deportiva (FCOD) agrupó y organizó un campeonato de fútbol de 24 equipos. Uno de ellos era el Rayo Vallecano que, todavía en esos años, representaba un municipio independiente de Madrid.

En esa misma época, del otro lado de los Alpes suizos, a dos mil kilómetros de Vallecas, un equipo alemán naufragaba en las ligas de fútbol organizadas por el nacionalsocialismo. Creado por estibadores y trabajadores del puerto de Hamburgo en 1915 y siempre al margen de las grandes competiciones, el St. Pauli se hizo conocido en el mundo a principios de este siglo por ser un club, un equipo y una hinchada de izquierda. Pero su identidad se forjó durante los años 80. En Alemania, los punks avanzaban fuerte como tribus urbanas y como grupos de resistencia a la oleada liberal en Europa. Mientras las tribunas de los demás equipos eran invadidas por hooligans y grupos nacionalistas, el Millenrtor recibía a bandas de punks, antifascistas y anarquistas. 

Las calles de Sankt Pauli ardían. Grupos de jóvenes se organizaban para tomar casas vacías. Muchas veces en protesta contra las especulaciones y grandes negociados inmobiliarios en Hamburgo. Muchas veces como modo de vida, como resistencia al capitalismo. En este barrio al sur de Hamburgo se estaba gestando la contracultura más fuerte de Alemania. Estaba naciendo el movimiento okupa y las gradas del St. Pauli, el equipo del barrio, se convirtieron definitivamente en un espacio de resistencia. No solo las gradas. Muchos okupas jugaron en el club y hasta hubo jugadores que habían participado de brigadas internacionalistas en la Nicaragua sandinista. Es el club más punk en esta liga de equipos de izquierda y lo demuestra con una calavera como símbolo, inspirada en un famoso pirata de Hamburgo: Klaus Störtebeker, una suerte de Robin Hood del Mar Báltico.

A diferencia del Rayo, el Livorno o el Demirspor, el St. Pauli es el que mejor explota el ejercicio de su ideología. En 2010 regresó a la Bundesliga —la máxima categoría de Alemania— de la mano del empresario teatral Corny Littmann, presidente del club entre 2002 y 2010. Littmann fue uno de los fundadores del Partido Verde y es un referente de la comunidad LGTB. Antes de su llegada, el club ya había establecido en sus estatutos la prohibición contra todo tipo de discriminación racial o religiosa. En una de las entradas a las tribunas, un mural de dos hombres besándose dice: «Nur die Liebe zählt» [El amor es lo único que cuenta].

Después de atravesar distintas crisis financieras, los punks de Hamburgo gozan de una fama internacional como el equipo de izquierda más popular del mundo. Algunos les dicen que son una izquierda a la moda. Una izquierda cool que, por ejemplo, tuvo iniciativas como la creación de miel orgánica Ewaldbienenhonig que pretende ayudar a recuperar la población de abejas.

Actualmente disputan la segunda división del fútbol profesional de Alemania. A tono con sus compañeros internacionalistas, los ultras del St. Pauli también financian asistencia social, visten remeras del Che Guevara e insisten en su lucha contra el fascismo, la intolerancia y el avance del mercado.

Y, como el Adana Demirspor y el AS Livorno, los alemanes y los españoles también tuvieron su fiesta internacionalista. Sucedió en 2015 y fue en Hamburgo. El Rayo Vallecano estaba en la gira de pretemporada por Europa y vieron con simpatía la posibilidad de un amistoso con los compañeros del St. Pauli. Todo se realizó con el máximo orden y camaradería. Se jugó el 18 de julio. Como en todos los partidos que juega en casa, el local entró bajo «Hells Bells», de AC/DC. El encuentro terminó 4 a 2 a favor de los alemanes y en la tribuna donde se asienta la barrabrava se encendieron algunas bengalas rojas. La tribuna de enfrente estaba vacía. Pintados de marrón y blanco, los asientos formaban dos corazones gigantes. 

Los historiadores ubican la creación del fútbol moderno en el año 1863, cuando en Inglaterra se creó la Football Association, primera liga profesional del mundo. La reglamentación, los lineamientos generales y prácticamente todas las bases se gestaron entre los estudiantes que concurrían a los colegios y las universidades. Es decir, la élite londinense. El fútbol, deporte de caballeros, distracción de pobres; el amusement que Adorno y Horkheimer planteaban como una condición necesaria para el correcto funcionamiento del sistema productivo. El fútbol como fenómeno mundial, como fenómeno financiero mundial, bien podría leerse como una nueva fase de un capitalismo en mutación. 

El mercado no controla el fútbol. Hoy, de alguna manera, el fútbol es el mercado. En un escenario en el que los partidos tradicionales de izquierda y los sindicatos se descomponen aceleradamente, en un escenario de derrota, hinchas como los del Livorno, del Adana Demirspor, del Rayo Vallecano o del St. Pauli, todavía sostienen el espíritu necesario para decir que no: todavía no es el fin de la historia.

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El organizador sindical del centro de distribución de Amazon.com Inc, con sede en Staten Island, Chris Smalls en Nueva York, EEUU, 01 de abril de 2022. — JASON SZENES / EFE/EPA

Socialistas Democráticos de América (DSA) cumple este 2022 su 30º cumpleaños como protagonista del mayor 'boom' de la ideología socialista en Estados Unidos en un siglo. Impulsados por la irrupción de Bernie Sanders y los nuevos impulsos sindicalistas, el partido roza los 100.000 miembros y tiene ya cuatro congresistas en Washington.

Washington. El socialismo en Estados Unidos está viviendo su mayor auge en más de un siglo impulsado por movimientos de protesta social como el Occupy Wall Street de 2011, la irrupción de Bernie Sanders en el escenario de la política nacional en 2015 y por los impulsos sindicalistas en grandes corporaciones como Amazon o Apple. Todos ellos fenómenos que tienen como telón de fondo años de crisis económica e incremento de las desigualdades. El principal partido de esta ideología en el país, los Socialistas Democráticos de América (DSA, por sus siglas en inglés) celebra este año el 30º aniversario de su fundación y avanza ya hacia los 100.000 miembros, unas cifras que un partido socialista no conocía desde hace un siglo. El DSA tiene cuatro congresistas en la Cámara de los Representantes del Congreso de Estados Unidos y otros cien en los diferentes congresos de los 50 estados que componen el país.

Sanders, que a pocos meses de cumplir 81 años continúa sin estar adscrito a ningún partido, fue, sin embargo, el gran revulsivo del DSA y del socialismo en general en Estados Unidos. El senador por Vermont dio el salto a la política nacional en los años en que la onda expansiva de la crisis de 2008 aún causaba estragos. Todo había comenzado con el 15M español de 2011, que cruzó el charco en septiembre con el Occupy Wall Street de Nueva York. En 2015, el último año de Barack Obama en la Casa Blanca, empezaban las primarias demócratas y el senador y exalcalde de Burlington en la década de los 80, dio el salto y se postuló como candidato frente a Hillary Clinton. El resto es historia conocida: Sanders perdió frente al establishment demócrata, pero reavivó una ideología que estaba muerta.

"Sin Sanders, el DSA no se habría convertido en la organización de masas que es hoy, más de 90.000 miembros, frente a los apenas 6.000 que tenía en 2015, antes de que él se postulara para las primarias demócratas", explica a Público el historiador de la Universidad de Georgetown de Washington Michael Kazin, que acaba de publicar en Estados Unidos una historia del Partido Demócrata (What It Took To Win, aún sin traducir al castellano).

Aunque Sanders no era un miembro del partido, "el DSA decidió apoyar su candidatura a las primarias del Partido Demócrata en 2016 y 2020", dice a Público Ashik Siddique, miembro del Comité Político Nacional del DSA. "Lo hicimos sobre todo porque, aunque es un político formalmente independiente, eso mismo le ha permitido poder abogar, dentro del Partido Demócrata, por políticas más progresistas y contra el poder de las grandes corporaciones".

Siddique celebra que "Sanders ha logrado articular un discurso vertebrado en torno a las clases sociales, y él mismo, aunque no forma parte del DSA, se autoproclama socialista, lo cual es algo rarísimo si uno mira la historia de las últimas décadas en este país".

"Sanders desde luego se ha convertido [desde entonces] en el líder más popular de la izquierda de un modo en que ésta no lo había tenido yo creo que desde su héroe, Eugene Debs [1855-1926]", añade Kazin. "La diferencia es que Debs fue un socialdemócrata, pero también un socialista revolucionario, mientras que Sanders no lo es. En sus discursos tiene unas posturas no muy diferentes de las de Franklin Roosevelt [en los años 30 y 40], Lyndon B. Johnson [en los 60] o Martin Luther King, una corriente convencional del progresismo estadounidense".

El político de Vermont es el único socialista que forma parte del Senado. En la cámara baja hay cuatro miembros del DSA: Alexandria Ocasio-Cortez, Jamaal Bowmen (ambos diputados por Nueva York), Rashida Tlaib (por Michigan) y Cori Bush (por Misuri). Los cuatro forman parte de la llamada La pandilla (The Squad), el nombre oficioso que se le ha dado al grupo de los seis congresistas considerados más de izquierdas de la Cámara de los Representantes. Los otros dos serían Ayanna Presley (por Massachussets) e Ilhan Omar (por Minesota).

Iniciativas sindicales en Amazon y Apple

Según el libro de Kazin, el Partido Socialista de Eugene Debs tuvo su récord de miembros en 1912 con 118.000 afiliados. El padre del socialismo americano se llegó a presentar cinco veces a las elecciones para presidente de Estados Unidos. Precisamente en las de 1912, describe Kazin, Debs apostó sin ambages por abolir la empresa privada y el sistema de salarios y obtuvo un 6% de los sufragios. "Es la cima de votos que cualquier candidato marxista a la Casa Blanca ha recibido jamás", afirma el historiador.

Fueron años, no por casualidad, de un sindicalismo que empezaba a ser fuerte y que se consolidaría en los años de New Deal. Una situación muy diferente a la actual, que podría estar cambiando tras experiencias como las de Amazon y Apple. Con todo, el nivel del sindicalismo en Estados Unidos está bajo mínimos (sólo siguen siendo importantes en el sector de la educación pública). Según la Oficina de Estadísticas Laborales, la tasa de trabajadores asalariados afiliados a un sindicato fue del 10,3% en 2021; si se contempla sólo el sector privado, el porcentaje cae aún más hasta el 6,1%. En 1983, el primer año del que se dispone de datos comparables, la tasa fue del 20,1%. Y entonces, los años de Ronald Reagan en la Casa Blanca, ésos ya eran datos bajos. El país venía de los años 50 y 60, los años del desarrollo industrial americano, cuando la tasa de afiliación era superior al 30% y algunos estados industriales como Michigan y Washington llegaron a tener en 1964 unos porcentajes de afiliación sindical del 44,8% y 44,5%, respectivamente, unas cifras que hoy serían utópicas.

Sin embargo, esta tendencia podría estar empezando a cambiar después de la creación de los primeros sindicatos en grandes corporaciones como Apple y Amazon. La compañía de Jeff Bezos, la ahora segunda persona más rica del planeta, vio cómo el pasado 1 de abril se creaba un sindicato en una de sus plantas de Staten Island, en Nueva York, una iniciativa impulsada por un extrabajador de la firma, Chris Smalls, que ya es un hombre de moda y una especie de héroe nacional para un cierto sector de la clase obrera.

De momento, la envergadura de estas iniciativas es pequeña, pero los sindicatos mayoritarios del país confían en que sean los primeros destellos de un futuro auge sindical. El incremento de afiliados del DSA es otro indicador a favor de eso, puesto que desde su nacimiento el 20 de marzo de 1982, el DSA ha estado intrínsecamente unido a los movimientos sindicales.

1982: fusión de dos partidos de izquierda

Según la web del DSA, el partido surgió como una fusión de otros dos partidos que habían sido creados al principio de los años 70: por un lado, el Comité Organizador Socialista Democrático (DSOC), fundado en 1973 en el marco de la Guerra del Vietnam como facción separada del Partido Socialista clásico de Eugene Debs; por otra parte, el Nuevo Movimiento Americano (NAM), fundado en 1971 pero basado en un activismo diferente, menos ligado al sindicalismo y más a los movimientos de derechos y libertades civiles de aquellos años.

De este modo, según señala la web del DSA, mientras que DSOC "contaba con una importante red entre los activistas sindicales y del sector izquierdista del Partido Demócrata", el NAM "no se originó en un ala de la vieja izquierda, sino en Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS) y en los sindicatos de mujeres socialistas-feministas. [El partido] se había centrado en construir una presencia de base socialista-feminista democrática revolucionaria en las luchas locales en torno a cuestiones como la vivienda asequible, la libertad reproductiva y la reforma de las tarifas de los servicios públicos".

Ambas identidades (un socialismo vinculado al sindicalismo y los derechos de los trabajadores y otro más centrado en los derechos civiles de sectores discriminados como las mujeres o los negros) se fusionaron en marzo de hace 30 años en el actual DSA.

"Los sindicatos de trabajadores solían ser muy fuertes en este país, pero están bajo un ataque muy severo desde los años 70. Puede que, en décadas anteriores, cuando los sindicatos eran más potentes, el Partido Demócrata los representara políticamente en mayor o menor medida, pero ya no sucede eso y ahora el DSA busca ese lugar con los sindicatos", dice Siddique, que cree que los movimientos por hacer nuevos sindicatos en gigantes empresariales como Amazon y Apple y el incremento constante de miembros del DSA "forman parte de la misma tendencia. Desde luego, la sindicalización de trabajadores es una máxima prioridad para el partido y cada año le dedicamos más recursos", afirma.

La "demonización" del socialismo en EEUU

Los ataques continuos al sindicalismo y las ideologías progresistas por parte de la derecha americana han tenido como consecuencia, por un lado, los escasos índices de asociación sindical y, por otro, el recelo público y casi la criminalización de la palabra "socialista" en Estados Unidos, que la población general no es capaz de distinguir del término "comunista". Y ésta es, admite Siddique, "una de las barreras más inmediatas" que el DSA tiene que combatir para seguir creciendo. "Es algo que sufrimos", añade, "cuando hacemos campañas y hablamos con la gente. Nos ponen caras de recelo y enseguida nos dicen: yo apoyo lo que dices, pero ¿socialismo?".

"La propaganda antisocialista ha sido muy fuerte en las últimas décadas en Estados Unidos", dice Siddique, "antes de la Segunda Guerra Mundial y del New Deal de Roosevelt, la situación era diferente. Había sindicatos muy fuertes y populares y estaban apoyados por movimientos socialistas. Previamente, en los años de la Primera Guerra Mundial, ya se había producido una primera fuerte represión del gobierno contra el socialismo, y ese llamado miedo rojo regresó a partir de los años 40 por la guerra fría contra la URSS, con estrategias como el macartismo, que purgó a muchos socialistas de los sindicatos".

"Todo eso hizo mucho daño a la izquierda, que fue demonizada por lo que ha sido muy raro que alguien públicamente se declarara socialista. Por este motivo, que Bernie Sanders lograra ser alcalde de Burlington en los años 80 siendo públicamente socialista y explicando qué es el socialismo, fue muy importante y hace de él una figura decisiva para el socialismo en Estados Unidos", afirma el político del DSA.

Otro de los frentes abiertos para el DSA será intentar convertirse en el partido de la clase trabajadora, una etiqueta que tiene desde sus inicios el Partido Demócrata, que, no en vano, es a menudo mencionado con el eslogan de El partido del pueblo. Según Siddique, la diferencia fundamental entre ambos partidos es que el DSA "es una organización política independiente para la clase trabajadora y está gestionada y financiada por sus propios miembros. El Partido Demócrata no es así, es muy dependiente de sus grandes donantes y lobbies corporativos, que contribuyen a financiarlo. Esto hace que, aunque algunos candidatos puedan tener un discurso público más progresista sobre las desigualdades o políticas progresistas, si uno mira de dónde viene el dinero, es claramente un límite sobre lo que ellos pueden hacer y a veces hasta de lo que pueden hablar. Desde luego, el Partido Demócrata no es el partido de la clase trabajadora y nosotros aspiramos a ocupar ese papel".

El reto: ser racialmente más diversos

Para ello, el DSA quiere ampliar su base de votantes, pero también mejorar en la composición de sus afiliados para que se parezca cada vez más a la sociedad americana actual. "Tenemos que ser aún más diversos, sobre todo en cuanto a afiliados negros y latinos, donde tenemos carencias que tenemos que trabajar", admite Siddique. "En cuanto a la propaganda de la derecha de que somos un partido de gente con títulos universitarios, con dinero y ricos mimados, es falso, la media de ingresos de los afiliados se corresponde con la media del país, es un elemento más de la propaganda contra nosotros", asegura.

Debido al auge del socialismo en los últimos años, el perfil del afiliado al DSA ha cambiado mucho. "Antes de 2016, cuando el partido tenía unos 5.000 miembros, el perfil habitual de un miembro del partido era una persona que pertenecía a la generación boomer y que se había politizado en los años 60 y 70. Sin embargo, en sólo tres años, los que van de 2017 a 2020, la edad media de los afiliados cayó de unos cincuenta y tantos a los 32 años actuales", dice Siddique.

"La gran mayoría de los nuevos afiliados tenían veintialgo años. Creo que el factor importante", añade, "es que se trata de personas que han vivido su niñez y adolescencia presenciando las guerras que Estados Unidos ha provocado en el mundo y sufriendo después las consecuencias de la crisis económica de 2008, así que sienten una frustración enorme por un sistema político que no está funcionando como se supone que debería".

Con todo, la crisis actual y el escepticismo hacia los actuales protagonistas del sistema político pueden ser un elemento inspirador para la recuperación del socialismo en Estados Unidos. Es lo que está sucediendo y es, precisamente, lo que aventuró en octubre de 2016 en un artículo en la revista The Nation el historiador de Georgetown Tim Shenk. "La disminución de la confianza en la democracia actualmente, junto con el creciente optimismo sobre lo que la democracia podría llegar a ser", escribió Shenk, "da a la política contemporánea su calidad bipolar: una nueva generación de votantes que es más escéptica con respecto a la democracia que sus antepasados, pero también que está más dispuesta a apoyar a un socialista democrático como presidente". Es la premonición que el DSA quiere hacer cumplir en los próximos años.

31/07/2022 20:44 

Manuel Ruiz Rico@ManuelRuizRico

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A 25 años del regreso de Hong Kong a China: un episodio ¿resuelto? del imperialismo

A lo largo de este mes de julio, China ha celebrado el 25 aniversario del retorno efectivo de Hong Kong al país. 25 años en los que el país en su conjunto ha cambiado considerablemente y, en consecuencia, lo ha hecho también el papel jugado por la Región Administrativa Especial de Hong Kong en el desarrollo  económico nacional.

 

En 1997, la República Popular China recuperaba la soberanía efectiva sobre el territorio de Hong Kong, a quien le otorgaba un estatus especial hasta 2047. Hoy, un renovado interés de los imperialismos europeos —en especial, el británico—, de la mano de movilizaciones de sectores enfrentados al PCCh, ponen al territorio en el foco mediático al tiempo que el gobierno chino reafirma el papel que Hong Kong debe jugar en su proyecto socialista “con particularidades chinas”.

Era el año 214 a.C. cuando la Dinastía Qin, por aquel entonces esqueleto de gobierno de los territorios de los que, siglos y siglos de cambios mediante, hoy es heredero el Estado-nación chino, incorporaba al actual territorio de Hong Kong bajo su mando. Unos cuantos años más tarde, en 1842, la Dinastía Qing sufría una derrota en la Primera Guerra del Opio (1839-1842) contra los británicos. Es importante apuntar que aquella fue una guerra enmarcada en las dinámicas de los incipientes imperialismos europeos que, por aquellos años, extendían sus tentáculos en los territorios protonacionales, cunas de lo que más adelante fueron la base física sobre la que se construyeron modernos Estados-nación en Asia.

Las entidades de gobierno de los territorios chinos pretendieron confrontar la entrada de opio procedente de Gran Bretaña, que formaba parte de una estrategia integral de saqueo para el impulso del desarrollo del capitalismo británico y que, lateralmente, estaba minando a enormes capas de población china en su empleo como droga. Como respuesta (o excusa), los británicos entraron militarmente en los dominios de la Dinastía Qing en un conflicto bélico profundamente desigual que se saldó con una imponente derrota de la parte invadida que certificó el comienzo de lo que se conoce en China como el siglo de la humillación (1839-1949) en el que el país fue dominado por los distintos imperios. El Tratado de Nankín (1842) oficializó la victoria británica y, a través de él, Gran Bretaña usurpó Hong Kong a los chinos y fue puesto a disposición del comercio marítimo del capitalismo británico. A lo largo de las décadas posteriores, el imperialismo británico empleó aquel tratado, evidencia de la rendición, como pretexto legal para justificar su presencia en territorio extranjero, tal como viene haciendo en otros casos como el de las Islas Malvinas.

El Hong Kong “británico”

Hasta 1997, el actual Hong Kong estuvo dominado por los británicos. Antes del fin de la II Guerra Mundial, la mano de hierro fue la herramienta de gobierno sobre el territorio. Las prácticas parasitarias en lo económico se sirvieron de una superestructura racista en lo ideológico —con verdaderas dinámicas de segregación contra la población local— y autoritaria en lo político. Luego de la II Guerra Mundial, y en el marco de una salida relativamente institucionalizada para algunos territorios bajo dominio colonial, las dinámicas violentas se atenuaron en Hong Kong, no obstante fue mantenida la dominación política y la asignación del gobernador desde la metrópoli británica.

En los “good old times” del Hong Kong británico, los derechos laborales, políticos y culturales de las grandes masas trabajadoras hongkonesas eran sistemáticamente reprimidos en favor de una estrategia de dominación político-económica verdaderamente rentable para los intereses del capitalismo británico en su disputa interimperialista.

Luego de que el Partido Comunista fundase la República Popular de China en 1949, la situación comenzó a cambiar. En los planes del PCCh estuvo siempre presente la recuperación de los territorios que, en teoría, pertenecían por herencia de las antiguas dinastías a la nación china. No obstante, tal como explica Xie Chuntao en ¿Cómo gobierna el Partido Comunista de China?, Mao renunció en un primer momento a lanzar una ofensiva diplomático-militar por el territorio. A cambio, el gobierno aseguró a Gran Bretaña su posición en Hong Kong con el objetivo de que, a modo de compensación, la nación europea reconociese al Partido y a la República Popular como gobierno oficial de China.

1972 marcó un antes y un después. Aquel año, Huang Hua —en representación del gobierno chino— expuso lo siguiente frente al Comité de Descolonización de las Naciones Unidas: “Las cuestiones de Hong Kong y Macau pertenecen a la categoría de aquellas cuestiones resultantes de la serie de tratados desiguales que los imperialistas impusieron a China”. Si, efectivamente, el moderno Estado-nación chino es el heredero de la Dinastía Qing en tanto órgano de gobierno del pueblo chino, le correspondería de hecho al PCCh la recuperación de los territorios perdidos durante la expansión imperialista de las potencias capitalistas; por lo menos, esta era la mirada del socialismo chino al respecto.

Como respuesta a la declaración de intenciones de Huang Hua, Margaret Thatcher —por aquel entonces Primera Ministra del Reino Unido —propuso una administración británica bajo dominio chino, aunque semejante idea no tuvo largo recorrido. En diciembre de 1984 fue firmada la Declaración conjunta sino-británica por la que se confirmaba el retorno de Hong Kong a la República Popular China con fecha 1 de julio de 1997, con una salvedad: el territorio no adscribiría al sistema socialista chino, sino que mantendría sus particularidades políticas y económicas… por lo menos hasta el 2047.

25 años de Hong Kong retornado a China

A lo largo de este mes de julio, China ha celebrado el 25 aniversario del retorno efectivo de Hong Kong al país. 25 años en los que el país en su conjunto ha cambiado considerablemente y, en consecuencia, lo ha hecho también el papel jugado por la Región Administrativa Especial de Hong Kong en el desarrollo económico nacional. Estos 25 años son justamente el 50% del tiempo que ha de pasar para que, en teoría, Hong Kong pierda sus particularidades políticas y se convierta en una región más adscrita al “socialismo con particularidades chinas”. Y, de cara a pensar el 2047 como próxima fecha clave en Hong Kong, es fundamental preguntarse: ¿cuál es la importancia relativa del territorio en el conjunto del cuerpo nacional chino?

Hong Kong fue durante varios años un lugar de entrada de capitales extranjeros que eran incorporados al circuito desarrollista por el cual el PCCh estaría aprovechando los impulsos del modo de producción y acumulación capitalista para potenciar el desarrollo de las fuerzas productivas en su particular camino al socialismo (véanse otros casos similares como el laosiano). A su vez, era el lugar de referencia para una emergente clase media que quería comprar productos de avanzado componente tecnológico provenientes, a menudo, de los circuitos productivos de economías centrales como la estadounidense (p.ej: videojuegos).

A día de hoy, la relevancia de Hong Kong a este respecto se ha visto reducida como consecuencia lógica del crecimiento general de la economía china y de la incorporación de múltiples empresas nacionales a la competencia internacional en ramas industriales tecnológicas. Tal situación afecta enormemente al medio plazo del territorio, por cuanto los sectores de clase y políticos interesados en el mantenimiento de la autonomía tendrán más difícil renegociar los términos de su vinculación con China de cara a 2047 si la posición de Hong Kong en relación al conjunto del país continúa debilitándose.

En tal contexto, se sucedieron las tan sonadas movilizaciones anticomunistas antes de la pandemia. Para comprenderlas en toda su magnitud hace falta, como mínimo, cuidarse bastante de dar por sentadas las “certezas” difundidas por los grandes conglomerados mediáticos occidentales, por un lado, y, por el otro, considerar dos elemento de contexto: que Hong Kong ha dejado de ser el hermano rico de una China continental pobre —debido al considerable éxito, por el momento, de las reformas iniciadas por el PCCh en la era de Deng Xiaoping— y que las movilizaciones tuvieron lugar en simultáneo a la intensificación del conflicto entre Estados Unidos y China.

Apuntar esto no significa necesariamente negar una cierta autonomía a los movimientos hongkoneses autodefinidos como “pro-democráticos”; al contrario, ningún movimiento político local es una mera traslación de intereses foráneos. Sin embargo, no se puede ocultar que los Estados capitalistas competidores de China, muchos de los cuales son potencias imperialistas con antiguos y renovados intereses parasitarios sobre Hong Kong, tienen intereses lógicos en la desestabilización interna de China y en la reducción de su control sobre los territorios hongkoneses que se materializan en las ayudas económicas de organismos como el National Endowment for Democracy o la United States Agency for Global Media.

De hecho, la intensificación —en forma de movilizaciones y de un auge de la violencia política— de los conflictos entre el socialismo chino y los sectores anticomunistas, autonomistas y, en ocasiones, añorantes del pasado británico, ha reavivado el interés de Gran Bretaña en Hong Kong. En China, no son pocos los foros de debate público en los que se critica que existe una profunda hipocresía entre los líderes y medios occidentales que critican el vínculo actual entre la metrópolis china y la Región Administrativa Especial de Hong Kong, por cuanto Gran Bretaña impuso sobre el mismo territorio una violencia imperial muy presente en la memoria colectiva china.

“We are not giving up on Hong Kong”, dijo el saliente Primer Ministro británico Boris Johnson, constatando que la tensión política en el territorio es mirada de cerca por Gran Bretaña. 2047 es la fecha clave —2049 para otro territorio en similar situación, Macau—. En aquel año, está dispuesto que Hong Kong abandone su estatus especial y se incorpore de lleno al proyecto nacional del Partido Comunista de China de construir “una gran nación socialista, moderna, próspera y poderosa”. Entretanto, conviene observar cómo se desenvuelve la correlación de fuerzas dentro de Hong Kong bajo la atenta mirada del imperialismo británico, de los grandes Estados competidores de China y de un PCCh dispuesto a unificar a todo el territorio nacional bajo las líneas dictadas por Deng Xiaoping, entonces, y por Xi Jinping, hoy.

 

Por Eduardo García Granado

@eduggara

31 jul 2022

 

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El paramilitarismo, los empresarios y la “verdad”

El documento de la Comisión de la Verdad, titulado Hallazgos y Recomendaciones pretende ser un escrito que revele una verdad hasta el momento desconocida o parcialmente conocida por la sociedad colombiana. Lo cierto es que en Colombia luego de décadas de un conflicto que comenzó antes de que la mayor parte de la población actualmente viva naciera, junto con la propaganda de los medios, las iglesias y los partidos políticos tiene mucho aspectos que no son conocidos por toda la población. No por eso es un documento que revela o destapa esas verdades.  Si miramos al tema del paramilitarismo y como la CEV lo trata vemos varios de los problemas con esta comisión.

Dicen varias verdades sobre el paramilitarismo, que inicialmente puede dar alguna esperanza sobre el contenido del informe.

El paramilitarismo no es solo un actor armado –entendido como ejércitos privados con estrategias de terror contra la población civil–, sino más un entramado de intereses y alianzas también asociado a proyectos económicos, sociales y políticos que logró la imposición de controles territoriales armados por medio del uso del terror y la violencia, y también a través de mecanismos de legitimación, establecimiento de normas y reglas.[1]

Sí, es cierto que el paramilitarismo es mucho más que las masacres, pero la CEV no sólo no nos explica cuáles son esos intereses sino confunde quién manda y quién sirve. Invierte los papeles muchas veces y además aunque reconoce el papel que jugó, por no decir juega todavía, el Estado, lo presenta casi como una víctima más de los paramilitares.

La CEV reconoce que los EE.UU. jugaron un papel en los años 60.

Las recomendaciones de misiones estadounidenses que visitaron el país en el gobierno de Alberto Lleras Camargo (1958-1962) derivaron en el Decreto 1381 de 1963, el Decreto 3398 de 1965 y la Ley 48 de 1968 de Defensa Nacional, a través de los cuales se institucionalizó la vinculación de civiles al conflicto armado.[2]

 Pero no exploran mucho más ese papel, parece que si los diversos gobiernos norteamericanos no jugaron más papel que eso, que ellos no han sido el gran constante en la historia del conflicto, como si su apoyo a todos los gobiernos colombianos, el entrenamiento de militares colombianos en la Escuela de las Américas no contara para nada, y por supuesto el Plan Colombia, que sí es tratado por el informe.

Tampoco exploran el papel del Estado que aprobó esas leyes.  Parece si las leyes aparecían por arte de magia. Reconocen que el paramilitarismo gozó de una legalidad durante largo tiempo, pero no ponen nombre y apellido al asunto ni quien beneficiaba de esas leyes o cuales eran los intereses de los presidentes y congresistas involucrados en la aprobación de esas leyes y decretos. Nos habla de cómo Virgilio Barco suspendió la legalidad del paramilitarismo en 1989 pero se revivió, según la CEV, en la práctica bajo las cooperativas de seguridad rural, conocidas como las Convivir.[3] Es muy discutible decir que las Convivir fueron el paramilitarismo legal en la práctica y no el paramilitarismo legal de jure, pues no es que esas cooperativas fueran corrompidas. Siempre se pretendía legalizar el paramilitarismo a través de esa figura y en eso jugaron un papel importante el presidente Cesar Gaviria y su ministro de Defensa, Rafael Pardo quienes firmaron el decreto que les dio vida y además el presidente Samper quien ejecutó dicho decreto durante su gobierno.  No menciona a estos personajes como promotores del paramilitarismo.

 Para la CEV, el paramilitarismo es una especie de rueda suelta, independiente del Estado, y con vida propia. Los males del país son el resultado del accionar de esta rueda suelta y como penetra el Estado, las instituciones, incluyendo los militares y como coopta espacios. [4]

 Así, la institucionalización –a través de distintos gobiernos de turno– de grupos armados al servicio de intereses privados por vía legal, así como su legitimación política desde la década de los sesenta, dan cuenta no solo de la tolerancia, sino también del impulso del Estado a la delegación de la seguridad pública (negrilla no es del original). La cobertura legal y la legitimación política han permitido el sostenimiento y expansión del paramilitarismo, estructuras que fueron cooptadas por jefes paramilitares. [5]

 Para la CEV el paramilitarismo fue una delegación de la seguridad a entidades privadas que salió mal. El Dr. Frankenstein pensaba que creaba vida y su creación se convirtió en monstruo a pesar de sus deseos.  En todo el documento se habla así del paramilitarismo, existe y actúa con la complacencia de sectores nombrados, pero la responsabilidad no cae en ninguna persona conocida. Es incapaz de decir que Samper y Gaviria legalizaron a los paramilitares. Samper tenía plena consciencia de lo que eran las Convivir y las defendió a capa y espada durante su gobierno, arremetió contra quienes denunciaban las Convivir como estructuras paramilitares.  Samper nunca puso fin a las Convivir, sino fue la Corte Constitucional la que declaró que no podían tener armas de uso privativo de las fuerzas armadas del Estado, así el paramilitarismo ya no tenía necesidad de usar esta fachada si no podía conseguir armas por vía legal.

El paramilitarismo fue una política de Estado y se ve en las leyes y decretos aprobados, en los ascensos de los militares involucrados en masacres y en la impunidad y también en la persecución de los actores sociales, las organizaciones de derechos humanos y en varios casos el asesinato sistemático de testigos. La CEV habla de estas cosas pero no las relaciona entre sí como una política estatal.  Acepta sin sonrojar las excusas de Uribe que le mintieron, la cara de yo no fui de Santos, o la “todo se hizo a mis espaldas” de Samper. Una comisión realmente de verdad, intentaría no sólo decirnos que pasó sino quien lo hizo (con nombres y apellidos) y además el porqué.

La misma actitud indulgente que tiene con el Estado lo repite con los empresarios.  Habla de intereses pero sin poner nombre. Pero gracias al trabajo durante décadas de organizaciones sociales, podemos poner nombres y apellidos a muchos casos.  La CEV no lo hace y sigue con el cuento de algunos sectores.  Pero esos sectores han sido más honestos que la CEV. La CEV nombra a la asociación de ganaderos en Puerto Boyacá, Acdegam, como una pieza clave en la formación de los grupos paramilitares.[6] Pero no menciona el papel de Texaco. Carlos Medina Gallego en su libro Autodefensas, Paramilitares y Narcotráfico en Colombia describe el nacimiento de este grupo.

El proceso se inicia en la región con la creación de un ejército privado o grupo paramilitar, para que combatiera conjuntamente con el ejército a la subversión, este grupo se constituye durante la alcaldía militar del Capitán Oscar Echandía, en una reunión en que la que además del alcalde asisten representantes de la Texas Petroleum Company, miembros del Comité de Ganaderos, jefes políticos, la defensa civil, miembros de las FF.MM, comerciantes y otros invitados especiales;[7]

Tampoco menciona a la Federación Nacional de Ganaderos, Fedegan.  El presidente de Fedegan, sin embargo, reconoció el papel que ellos jugaron. En 2006, en entrevista con la revista Cambio dijo que sí habían pagado a paramilitares, tal como lo hicieron otros como los floricultores, arroceros y demás.[8] Por las mismas fechas, 10.000 ganaderos, comerciantes e industriales firmaron una carta reconociendo y justificando su financiación de los paramilitares.[9]

La CEV describe al paramilitarismo como algo inestable y cambiante y que “ha tenido diversos actores, motivaciones y formas de actuación, lo cual deriva en dificultades a la hora de intentar una definición estática.”[10] Sí, es cierto que el paramilitarismo ha cambiado a lo largo de la historia, como el mismo Ejército, el Estado, los partidos políticos, las guerrillas y hasta la sociedad.  Nada es estático, pero no por eso no podemos hacer una aproximación a lo que es, teniendo en cuenta las variables, de eso se trata el estudio de la historia, la política y de hecho casi cualquier ramo de conocimiento.  Así la CEV no describe al paramilitarismo como política estatal, no por ser un fenómeno cambiante sino porque no quiere. Aborda diversas formas del paramilitarismo y deja por fuera uno ejemplo claro muy diciente: el AAA (Alianza Americana Anticomunista).

La AAA fue una estructura paramilitar fundada por la comandancia del Batallón Charry Solano, entre ellos el teniente coronel Harold Bedoya, quien luego llegaría a convertirse en comandante de las fuerzas militares. La existencia de dicha estructura paramilitar operando dentro del batallón fue de conocimiento público, cinco militares lo denunciaron ante la presidencia, la Procuraduría, la OEA e incluso la noticia salió en la prensa mexicana.  Esta estructura no está mencionada en el informe de la CEV.

Otra estructura paramilitar, parcialmente tratada en el informe es la Red 07 de Inteligencia.   Sin embargo, no se ahonda en la realidad de esa Red y el significado de su actividad como parte de una política estatal.

Se destaca por su gravedad el caso de la Red de Inteligencia N.° 07 de la Armada, con sede en Barrancabermeja y que operaba en parte de Bolívar y de Cesar.  Según la jurisdicción penal ordinaria, la red funcionó como un poderoso «escuadrón de la muerte» con medios logísticos y personal entrenado para matar y fue responsable de decenas de asesinatos, desapariciones forzadas y masacres, cuyas víctimas fueron, principalmente, sindicalistas, políticos, líderes comunitarios y activistas. La red de la Armada financió grupos paramilitares con el uso de gastos reservados. [11]

 Es que la Red fue la estructura paramilitar por excelencia. No obstante la cita de la CEV, no lo tratan en mayor profundidad pues, no se puede abordar el tema y concluir que fue un asunto de algunos funcionarios y no la unidad militar como tal.  Esta Red asesinó a por lo menos 68 personas, aunque algunos cálculos ubican la cifra en 430.  Los militares implicados fueron exonerados por el comandante en jefe de las fuerzas oficiales del Estado, general Fernando Tapias.  Para la CEV este caso es otro caso de manzanas podridas.  Pero ¿realmente se puede explicar más de 60 años de violencia como el resultado de algunos militares, algunos políticos, algunos funcionarios y algunos empresarios?  Hablamos de decenas de miles de muertos, torturados, desaparecidos y es el resultado del actuar de algunos… y no de una política de Estado.

…el fenómeno paramilitar ha mantenido una participación de componentes del Estado como la fuerza pública, entidades de seguridad y de inteligencia, órganos estatales colegiados (Congreso, asambleas y concejos), instituciones judiciales y organismos de control, así como sectores económicos agroindustriales, extractivos y de infraestructura y empleados públicos y candidatos a cargos de elección popular. Además, se ha permeado a sectores de la Iglesia y de los medios de comunicación. Sin la articulación estrecha de este conjunto de sectores en la vía armada paramilitar, este fenómeno no habría desencadenado las profundas heridas que causó ni habría sido persistente.[12]

Aquí no hay políticas, no hay guerra sucia del Estado sino un compendio de masacres cometidas por sanguinarios que cooptaron a los demás.  Es decir, Colombia es un manicomio al aire libre.

Políticos y funcionarios públicos fueron otro de los sectores ampliamente implicados dentro del plan paramilitar de «penetrar todo el poder político: alcaldes, concejales, diputados, gobernadores, congresistas de las zonas que manejábamos [...] en últimas, poderes regionales que en suma garantizarían para las autodefensas un poder nacional». Las relaciones entre política y paramilitarismo también fueron en doble vía, pues muchos políticos y funcionarios a su vez buscaron a los comandantes de los grupos paramilitares para beneficiarse de su poder armado.[13]

 En este discurso repugnante, los paramilitares son los que penetran el Estado y algunos políticos los buscan, los paramilitares no son una política contrainsurgente del Estado, una política para implementar los proyectos de “desarrollo” que pretenden, sino al revés, la excusa es “los paras nos lo hicieron hacer”. Parece un cuento de niños llorones intentando culpar al otro sobre quien rompió la ventana, pero no son ventanas rotas, sino decenas de miles de cuerpos rotos. Y la CEV no quiere responsabilizar a quien debe.  Reconoce que el Estado jugó un papel, pero lo reduce a la conducta de individuos e intereses particulares y no a una estrategia.

Ni siquiera el genocidio cometido contra la Unión Patriótica es considerado como una política de Estado sino el Estado es otra vez víctima del paramilitarismo.  La CEV lo describe así.

Eran los tiempos de los intentos de apertura democrática y políticas de paz del gobierno de Belisario Betancur (1982-1986). En este marco, el entramado paramilitar desde Puerto Boyacá buscó contener los intentos de democratización y de paz a través de acciones de violencia sistemática (persecución, exterminio y destierro) contra miembros de grupos políticos de izquierda, como la Unión Patriótica y el Partido Comunista, sindicalistas y líderes sociales. [14]

La realidad es que nadie esperaba que la UP tuviese el éxito que tuvo y la oligarquía se asustó y respondió como siempre ha hecho: con violencia.  El exterminio de la UP no fue un intento de contener supuestos intentos de democratización del presidente Betancur, sino un intento de suprimir un grupo político de izquierda. Olviden los de la CEV que Betancur permitió que los militares atacaran e encendieran al Palacio de Justicia en 1985, que quedaba a escasos metros del Palacio Presidencial. No era un hombre justo, cuyos intentos de paz fueron socavados por los injustos.

Por último debemos considerar como describen a los empresarios.

Los actores económicos fueron parte fundamental del entramado paramilitar. Algunos empresarios nacionales e internacionales, poderes económicos locales y regionales y sectores productivos lo apoyaron de diferentes maneras porque tenían intereses en la guerra. [15]

 No nos debe sorprender que la CEV dirigido por un hijo predilecto de la burguesía colombiana, como Francisco de Roux llegue a estas conclusiones. Es que De Roux escribió un resumen ejecutivo del informe antes siquiera de formalmente asumir la presidencia de la CEV.  En marzo 2017, poco antes de comenzar su trabajo en la CEV publicó una columna en El Tiempo con el sencillo titular Pido Perdón[16]. La columna hace varias aseveraciones entre las cuales se destacan.

Caigo en la generalización cuando escribo que los paramilitares recibieron financiación de los empresarios. Cuando la verdad es que algunos grupos paramilitares recibieron financiación de algunos empresarios, mientras la mayoría de las mujeres y los hombres a quienes se les debe la producción de los bienes y servicios del país no financiaron paramilitares.[17]

Es decir, como dice el informe de la CEV sólo fueron algunos. Sigue con otra afirmación donde dice que varios lo hicieron como una respuesta a la violencia guerrillera, repitiendo una de las grandes mentiras de los gremios y el Estado sobre la naturaleza del paramilitarismo.

Otros, después del secuestro y del pago de rescate, apoyaron con rabia a las Auc para atacar a los secuestradores. Otros lo hicieron porque no confiaban en las fuerzas de seguridad del Estado.[18]

Y por último, esta perla donde reduce la guerra sucia a las actuaciones de algunos.

Debo igualmente reconocer que he sido injusto cuando he generalizado sobre los soldados y policías de Colombia. Reconozco que tengo una repugnancia intelectual y sensible contra las armas de todos los lados. Que soy un seguidor de Jesús, que separó definitivamente a Dios de todas las guerras y enseñó la no violencia eficaz. Pero sé que han sido muchos, y son cada vez más, los hombres y las mujeres que en las Fuerzas Armadas ven el servicio a la patria como servicio a la dignidad y los derechos de todo ser humano y al bien colectivo de la paz. [19]

Surge una pregunta. Teniendo en cuenta que De Roux con su columna esbozó un resumen ejecutivo del futuro informe de la CEV, ¿por qué no nos ahorró el tiempo, el dinero, el esfuerzo escribiendo él solo un informe 100% a su medida? Habría tenido la ventaja de no vender esperanzas falsas a las víctimas del conflicto. 

 

[1] CEV (2022) Hallazgos y Propuestas. CEV p.296

[2] Ibíd., p.303

[3] Ibíd., pp. 304 y 305

[4] Ibíd., p.299

[5] Ibíd., p.305

[6] Ibíd., p.310

[7] Medina Gallego, C. (1990). Autodefensas, Paramilitares y Narcotráfico en Colombia. Editorial Documentos Periodísticos. Bogotá p.173

[8] El Cambio No 704 diciembre 2006/enero 2007 Diez Preguntas (Entrevista con José Félix Lafaurie) p.48

[9] El Espectador (17/12/2006) La hora de los ganaderos, pág 2A

[10] CEV (2022) Op. Cit. P.296

[11] Ibíd., p.502

[12] Ibíd., p.299

[13] Ibíd., p.299

[14] Ibíd., p.310

[15] Ibíd., p. 350

[16] Francisco de Roux (01/03/2017) Pido perdón https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-16832051

[17] Ibíd.,

[18] Ibíd.,

[19] Ibíd.,

Publicado enColombia
‘El laberinto’, de William Kurelek.

El paradigma introducido hace 40 años por el Prozac y el DSM ha sido hegemónico desde entonces, pese a su abrumadora y sorprendente incapacidad para encontrar una base para sus afirmaciones

 

Cuando empecé mi vida profesional en 1980 el colectivo de profesionales de la salud mental estaba fragmentado por la afiliación de sus integrantes a diferentes orientaciones teóricas que se correspondían con distintas formas de entender y, consiguientemente de tratar, a las personas con problemas de salud mental. Había profesionales de orientación psicodinámica, conductista, sistémica, cada vez más cognitivos… Recabar información sobre un profesional solía empezar con la pregunta “¿de qué orientación es?”.

En este panorama se produjo el cambio de paradigma que supuso la aparición del Prozac y los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS). Los ISRS encarnaban una idea clara: se presentaban como el remedio específico para el déficit bioquímico que causaba una enfermedad que se llamaba “depresión”. Suponían un nuevo instrumento terapéutico. Pero, sobre todo, abrían una nueva vía para entender los problemas de salud mental y su tratamiento. Según esta forma de ver las cosas, los problemas de salud mental en general eran enfermedades causadas por desequilibrios en la neurotransmisión que se producían por causas que se suponía que serían genéticas y que podían ser corregidas o compensadas administrando fármacos, como la administración de insulina compensa los problemas causados por la diabetes. A la de los antidepresivos ISRS siguió la comercialización de nuevos antipsicóticos –denominación que pasó a considerarse más correcta que la antigua de “neurolépticos” porque marcaba precisamente ese carácter de tratamiento selectivo para un trastorno específico. El DSM –el manual de clasificación de los trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría, que se convirtió en la biblia de la psiquiatría– se construyó para lograr una definición precisa de esos trastornos con la idea de que eso permitiría localizar los déficits específicos y encontrar los remedios. Muy poco después pareció que los desarrollos de la neuroimagen por un lado y los de la genética molecular por otro iban a permitir conocer con exactitud esas alteraciones y sus causas.

Según la nueva doctrina lo que los profesionales debían ser capaces de hacer era, sobre todo, reconocer los síntomas para realizar los diagnósticos –de acuerdo con las clasificaciones DSM y CIE– y prescribir los tratamientos o colaborar de algún modo para que estos tratamientos sean administrados, aceptados y recibidos por las personas afectadas. En este último papel pasó a trabajar una buena cantidad y variedad de profesionales de las redes de atención a la salud mental.

Han pasado casi 40 años desde que se produjo este cambio de paradigma. Se han invertido ingentes fortunas en intentar demostrar sus supuestos. Pero ninguna de las presunciones en las que se sustentaba se ha cumplido. No se han identificado déficits específicos para ningún trastorno mental. Los remedios supuestamente específicos han acabado demostrando eficacia en trastornos muy distintos y de aquellos para los que se suponía que debían servir (los antidepresivos pasaron a ser tratamiento de primera elección también de los trastornos de ansiedad, del control de impulsos, de la personalidad del comportamiento alimentario…). No se ha encontrado causa genética específica para ningún trastorno. Tampoco se han encontrado en ningún trastorno alteraciones estructurales o funcionales detectables por neuroimagen u otras pruebas objetivas. Las categorías del DSM se han multiplicado en las sucesivas ediciones del manual y los límites entre ellas y la estanqueidad de las clases resulta cada vez más difícil de sostener. Además, ninguno de los nuevos fármacos ha resultado ser más eficaz que los que estaban disponibles para las mismas indicaciones desde los años 50. La prevalencia de los trastornos mentales no sólo no ha disminuido como cabría esperar para enfermedades para las que se ha descubierto un tratamiento eficaz –la tuberculosis prácticamente desapareció cuando se descubrió el suyo–, sino que parece aumentar.

Lo sorprendente es que a pesar de esa abrumadora incapacidad de encontrar una base para ninguna de sus afirmaciones el nuevo paradigma introducido por el Prozac y el DSM haya sido hegemónico durante estas décadas. Pero lo ha sido de forma contundente y ha eliminado otras posibles formas de entender los problemas que atendemos para la mayor parte de los profesionales y de la población.

Uno de los elementos que ha causado confusión es que esta forma de entender las cosas se ha autotitulado psiquiatría biológica. El nombre se justificó porque la teoría presuponía un déficit bioquímico que nunca se encontró y una causa genética que tampoco ha aparecido. Pero no proporciona ninguna explicación biológica de nada.

Lo que la doctrina sí ha sustentado con fundamento es una práctica clínica con base empírica. Ha servido para poner a prueba –mediante ensayos clínicos– si determinados remedios –sobre todo farmacológicos– resultaban beneficiosos para algunas personas que experimentaban algunos problemas. Pero el cómo lo hacían se ha construido con hipótesis ad hoc. Una lectura global de toda esta investigación clínica nos mostraría que los fármacos que utilizamos son muy poco específicos y, probablemente, que los resultados se explicarían mejor con la teoría que Joanna Moncrieff ha titulado “psicofarmacología centrada en el fármaco” que con la de que los fármacos remedian algún déficit específico que ella llama “psicofarmacología centrada en la enfermedad”. Según la teoría de Moncrieff, lo que los fármacos que manejamos hacen es producir un efecto de intoxicación del sistema nervioso central que en determinadas circunstancias puede resultar beneficioso. Como, por utilizar el ejemplo que propone la propia Moncrieff, una dosis moderada de alcohol puede servir a alguien para ayudarle a vencer su timidez y acercarse a otras personas. Pero esto no significaría que esa persona tenga un déficit de alcohol que es la causa de su timidez y la copa ha venido a remediar.

Esta visión dominante de la Psiquiatría se ha mantenido ignorando alguno de los conocimientos bien asentados científicamente que apuntaban a otro tipo de explicaciones. Sabemos, por ejemplo, que el trauma y las experiencias adversas guardan una relación causal y dosis dependiente de los diagnósticos de trastornos mentales, incluidos los psicóticos, y que producen alteraciones no sólo en el funcionamiento psicológico, sino en la estructura y la función del sistema nervioso central. Aunque estos hechos sean mayoritariamente ignorados por el discurso psiquiátrico dominante.

Estos hechos, sin embargo, han nutrido la investigación y el pensamiento de aquellos autores cuya aproximación a los problemas de salud mental merecería con más justicia el calificativo de biológica, porque parte de la propuesta de un modelo de organismo, su desarrollo y su funcionamiento. Entre las aportaciones de estos se encontraría lo que Daniel Siegel llama la neurobiología relacional y los autores de las fuentes de las que bebe, entre las que están neurobiólogos como Antonio Damásio y estudiosos del desarrollo, incluidos los teóricos del apego. También propuestas como las derivadas de la teoría polivagal de Stephen Porges, que acentúan el papel del sistema nervioso autónomo. Todos ellos piensan en un organismo que necesariamente ha de situarse en un medio con el que interactúa para conformarse y presentan muchas pruebas de cómo lo hace. Y todos hacen referencia a un medio en que la presencia de otros seres humanos y la relación con ellos juega un papel principal.

Hay otros muchos motivos, pero estos justificarían sobradamente un cambio de paradigma al que estoy convencido de que asistiremos en los próximos años.

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Por Alberto Fernández Liria es psiquiatra actualmente jubilado. Ha sido presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría y miembro de la Comisión Nacional de Psiquiatría y del Comité Técnico de la Estrategia en Salud Mental del Sistema Nacional de Salud.

 28/07/2022

Jueves, 28 Julio 2022 05:19

El arte es un modo de ver

El arte es un modo de ver

Al explorar lo que las obras de arte nos pueden dar a ver y oír me fui encontrando con que estas están enlazadas sutil e íntimamente con las producciones del inconsciente, dando lugar a resonancias impensadas para quienes se adentran en ellas.

Freud, en el texto “El Moisés de Miguel Ángel” descubrió un Moisés que jamás imaginó a partir de no censurar su mirada con lo supuestamente sabido y consagrado sobre la obra. Frente a un Moisés que supuestamente colérico estaría por levantarse y romper las tablas de la ley tal como se describía al Moisés de Miguel Ángel, Freud vio otro Moisés, el que haciendo un esfuerzo por retener su ira ante la multitud idólatra logra introducir mesura en su actitud y salvar las tablas. Un Moisés menos iracundo y más introspectivo. Un Moisés que Freud va a descifrar a partir de ciertos indicios que le da a ver la escultura de Miguel Ángel.

Partamos de una hipótesis, la de distinguir el mirar de la mirada. O mejor dicho poner en juego otro ver que la mirada oculta, oscurece o disimula. Los objetos, artísticos o cotidianos, nos devuelven generalmente una mirada estandarizada, es necesario analizarla y deconstruirla para ejercitar otros modos de ver.

La física cuántica, que tiene buena relación con las ideas psicoanalíticas, propone, a diferencia de la física clásica, que los fenómenos solo existen cuando son mirados como estados entrelazados.

Intentaremos dar cuenta de un entrelazamiento singular entre mirada, memoria y experiencia. Para esto comenzaré por quien se ocupó magistralmente de la cuestión. Se trata de un escritor. Me estoy refiriendo a Marcel Proust.

***

En su obra más conocida En busca del tiempo perdido, más específicamente en El mundo de los Guermantes, Proust relata un suceso del que me valdré para desarrollar el tema.

El narrador de esta obra literaria, volviendo a su casa de un viaje, ve a su abuela sin ser visto por ella y por un momento no la reconoce.

“No había allí más que el testigo, el observador, con sombrero y gabán de viaje; el extraño que no es de la casa, el fotógrafo que viene a tomar un clisé de unos lugares que no volverán a verse. Lo que, mecánicamente, se produjo en aquel momento en mis ojos cuando vi a mi abuela fue una fotografía... Por vez primera y sólo por un instante, pues desapareció bien pronto, distinguí en el canapé, bajo la lámpara, colorada, pesada y vulgar, enferma, soñando, paseando por un libro unos ojos extraviados, a una vieja consumida, desconocida para mí”.

Esa mirada extrañada, mecánica, es comparada por Proust con el impasible objetivo de una cámara fotográfica. Estamos en el siglo XIX en el comienzo de la fotografía, esta es entendida más como registro que como arte. La idea de frialdad e impavidez de la cámara fotográfica llevará a Walter Benjamin a formular su idea de inconsciente óptico en su ensayo “Pequeña historia de la fotografía”. Decía Benjamin en 1931, “es una naturaleza distinta de la que le habla al ojo la que le habla a la cámara, distinta ante todo porque, en el lugar de un espacio entretejido a conciencia porel hombre, aparece uno entretejido inconscientemente”.

En el relato de Proust el narrador repentinamente descubre algo que el velo de su amor por su abuela ocultaba. Lo que el velo le impedía ver era que su abuela estaba por morir. La calavera detrás del rostro. Ver en este instante el cadáver lo dejó atónito.

En estado de extrañamiento diríamos psicoanalíticamente. Sabía que se trataba de su abuela pero por un instante la desconoce.

Lo que ve está más allá de su mirada. Es un encuentro no programado que desestabiliza por un instante su certeza. Quién es esa mujer, se sorprende preguntándose el narrador.

Seguramente este breve relato traerá a vuestra memoria aquel bello texto de Freud Sobre un trastorno de la memoria en la Acrópolis.

La comparación entre la mirada extraviada del narrador de la novela de Proust que lo lleva por un instante a desconocer a su abuela y el fallo de memoria frente a la Acrópolis que tuvo Freud se sustentan en un mismo mecanismo. El rechazo a lo que no se quiere reconocer. En un caso, el cadáver que asoma en la imagen de la amada anciana, en el caso de Freud sabemos que es la muerte de su padre y la prohibición fantasmática de ir más allá del mismo lo que se interpone entre la mirada de la Acrópolis y la duda sobre su existencia.

“Me parecía --confiesa Freud-- estar más allá de los límites posibles a los que yo pudiera llegar. Viajar tan lejos, que yo llegara tan lejos”.

Inquietante extrañeza que embarga al viajero Freud en el momento en que su paso ya no sigue otras huellas sino que dibuja las propias.

Momento crucial en que la mirada se extravía. ¿Ante qué zozobra la mirada de Freud en Atenas?

“De modo que todo esto realmente existe”  se asombra como si en el pasado hubiese dudado de la existencia de la Acrópolis.

Una otra verdad se revela en el campo escópico y conmueve sobremanera al sujeto que mira.

La Acrópolis es el mensajero.

Como el rey Boabdil --nos comenta Freud-- cuando le anuncian la caída de la Alhambra, mata al mensajero. Freud al dudar de la existencia de la Acrópolis podemos decir que comete acropolicidio.

Si bien coloca esa duda en el pasado no deja de advertir lo extraño de ese pensamiento. Es que la vista de la Acrópolis le anunciaba que había ido más allá de su padre muerto. Y como nos deja enigmáticamente formulado al final del texto: “Pareciera que lo esencial del éxito consistiera en llegar más lejos que el propio padre y que tratar de superar al padre fuera aún1 algo prohibido”.

Ahora bien, volviendo al ver y a la mirada, si se atraviesa ese momento de extrañamiento y perplejidad, ese instante de ausencia de reconocimiento, donde las certezas a las que nos aferramos tambalean por algo que la mirada deja filtrar a nuestro ver, es posible que se abra en el espectador extrañado una senda hacia una nueva y distinta iluminación cognitiva y afectiva.

En nuestra práctica debemos afrontar lo invisible y lo inaudito, para intentar hacerlo ver y darlo a oír.

Por Luis Vicente Miguelez, psicoanalista. Fragmento del libro Exploraciones. Un psicoanalista por los territorios del arte, que será presentado el miércoles 3 de agosto a las 19 en el Museo del libro y de la lengua Horacio González (Las Heras 2555), con la participación de Martín Vicondoa y Claudia Lorenzetti (psicoanalistas) y Milagros Coll (bailarina y actriz). Coordinadora: Marcela Altschul (psicoanalista).

  1. [El destacado es mío]. Intrigante ese aún que concibe Freud. Una marca de enunciación que afirma para cada lector, independiente del momento en que se produzca su lectura, una prohibición presente. Al mismo tiempo se propone como un horizonte de promesa en el que la interdicción podría ser superada. ¿Dejará de serlo alguna vez? ¿Dejó de serlo para Freud? ¿Para el psicoanálisis? O es mejor suponerlo como una de esas paradojas donde su desenlace consiste sólo en su tentativa. Se me hace que ese aún ante el que Freud se detiene simboliza el momento en el que el tiempo de la superación del padre (nombrado psicoanalíticamente como muerte o asesinato simbólico) anticipa ya la propia. Paradoja que hace que en el instante presente de la dicha o del éxito, como lo denomina Freud, se materialice, en el trasfondo de un sentimiento de culpa inconsciente y ancestral, el fantasma de un duelo aún por hacer. El trabajo psíquico que nos humaniza, esto es, el duelo por la mítica muerte del padre omnipotente, no es de una vez y para siempre, su realización deberá conjugarse en gerundio.
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Los familiares de víctimas en la audiencia de reconocimiento de doce de los acusados.. Imagen: EFE

303 civiles fueron asesinados y presentados como bajas en combate en Casanare

La Jurisdicción Especial para la Paz condenó los crímenes y desapariciones forzadas a manos de la Brigada XVI entre 2005 y 2008. Entre las víctimas hay nueve mujeres, una persona con identidad de género diversa, menores y discapacitados.

La justicia que investiga el conflicto armado en Colombia imputó por crímenes de guerra y lesa humanidad a 22 miembros del Ejército, un agente de inteligencia y dos civiles por los llamados "falsos positivos" en el departamento de Casanare, donde 303 personas inocentes fueron asesinadas y presentadas falsamente como guerrilleros. Entre las víctimas hay nueve mujeres, una persona con identidad de género diversa, adolescentes, adultos mayores y personas con discapacidad cognitiva. La imputación se da en el marco del caso de falsos positivos que investiga la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en el que condenó las desapariciones forzadas presentadas falsamente como bajas en combate por la Brigada XVI entre 2005 y 2008, que supusieron casi dos terceras partes de los resultados que reportó la unidad militar en esa época.

La estructura y el modus operandi

En la Brigada XVI "se implantó una organización criminal compleja que se valió de la arquitectura institucional del Ejército para presentar asesinatos y desapariciones forzadas como bajas en combate en Casanare entre 2005 y 2008", advierte el informe de la JEP, que apunta a la "masividad de una conducta que permeó" la unidad. Los militares tuvieron "un rol esencial y determinante en la configuración del patrón criminal y participaron en conductas especialmente graves y representativas, sin las cuales no se hubiera desarrollado y perpetuado el plan criminal", señaló esta instancia especial surgida del acuerdo de paz de 2016.

En este sentido, la JEP destacó que "los responsables seguían una misma línea de conducta promovida por la comandancia. No se trataba de hechos aislados o cometidos de manera espontánea". Además, recogió los testimonios de varios miembros de la Brigada XVI que aseguraron que las bajas en combate eran un indicador del éxito militar, y que recibían a cambio "permisos, comidas especiales, planes vacacionales, cursos de formación en el exterior y reconocimientos".

Se trataba, por tanto, de "un plan criminal articulado por objetivos, recursos, roles y modos de operación que estuvo orientado a la consolidación territorial y a mostrar avances en la guerra en contra de las guerrillas y las distintas formas de criminalidad de la región". El magistrado Óscar Parra, uno de los relatores del caso, explicó en rueda de prensa que "alrededor de 367 personas, entre militares, miembros del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad) y terceros civiles habrían conformado la organización criminal y participado en la planeación, ejecución y encubrimiento de los crímenes". Parra aclaró que solo se imputó a 22 personas porque aún no había prueba de que los demás acusados fueran máximos responsables de los delitos.

Las víctimas

En su mayoría, las víctimas de los falsos positivos en Colombia (que la JEP estima en 6.402) fueron hombres entre los 18 y 25 años, aunque en el caso de Casanare la JEP obtuvo información sobre el asesinato de nueve mujeres, una de ellas en estado de embarazo, dos que se desempeñaban como trabajadoras sexuales y un joven con orientación sexual diversa. 

Esto llevó a que, por primera vez, la justicia especial imputara el crimen de lesa humanidad de persecución por razones de género. También es la primera vez que la JEP imputa el crimen de guerra de utilización de niños y adolescentes por involucrar a menores de 18 años como reclutadores o personas encargadas de participar en el engaño que condujo a la muerte a algunas de las víctimas.

A su vez, la JEP constató que en su mayoría las víctimas eran miembros de la población civil que nunca habían participado en las hostilidades y tampoco existía información verídica que probara que habían perdido la protección que el derecho internacional humanitario otorga a los civiles en contextos de conflicto armado. Está documentado que algunas de las víctimas fueron asesinadas en situación de total indefensión, a quienes los reclutadores "incentivaban a beber alcohol o consumir estupefacientes". 

Los asesinatos de jóvenes en falsos positivos, como se conocen en Colombia los asesinatos de civiles a manos de militares para presentarlos como bajas de guerrilleros y así conseguir ascensos, recompensas y dinero a cambio, se produjeron sobre todo entre 2002 y 2008, durante el gobierno de derecha de Álvaro Uribe. En estos casos, las víctimas eran equipadas con armas, munición y prendas para hacerlas pasar como combatientes. A estos implementos los miembros del Ejército los denominaban, en la jerga interna, "kits de legalización".

Los imputados

Entre los miembros de la Brigada XVI imputados están el mayor general Henry William Torres Escalante, dos coroneles, tres tenientes coronel y otros diez oficiales, además de seis suboficiales, un funcionario del extinto Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) y dos terceros civiles. Aunque Torres, que en 2016 se convirtió en el primer general detenido por su responsabilidad en falsos positivos, dijo que todo pasó a sus espaldas, las más de cien versiones voluntarias de militares y otros implicados que escuchó la JEP dan cuenta de que conocía de cerca lo que sucedía en cada unidad y grupo bajo su mando.

Además del general Torres Escalante, la JEP imputó al mayor Gustavo Soto Bracamonte, quien comandó el Gaula Casanare y se hizo célebre recientemente al confesar que el excomandante del Ejército, Mario Montoya, evaluaba el desempeño de sus subordinados "por litros de sangre". En su participación en la audiencia de la semana pasada ante los familiares de las víctimas, Bracamonte aseguró: "Yo era el comandante del Gaula acá y no tuve la gallardía y la berraquera para negarme a esa práctica irregular. Vengo a reconocerles que yo soy el victimario de sus seres queridos".

Lo que sigue

Cuando la JEP concluyó en 2021 que entre 2002 y 2008 hubo 6.402 falsos positivos, explicó que se priorizaría la investigación de lo sucedido en algunos departamentos que sufrieron esta práctica criminal con mayor crudeza. Por ese motivo los magistrados pusieron la lupa sobre lo ocurrido en Casanare, que tiene la tasa más alta de falsos positivos por número de habitantes de toda Colombia: 12 casos por cada 100 mil habitantes. Esta imputación de Casanare se suma a las de los departamentos de Catatumbo y Cesar.

Luego de ser notificados, los imputados tienen 30 días hábiles para reconocer los hechos y su responsabilidad o, por el contrario, rechazarlos. También pueden aportar argumentos o evidencia adicional. Si confiesan su responsabilidad y reparan a sus víctimas podrán recibir penas alternativas a la cárcel, de lo contrario se exponen a penas de hasta 20 años de prisión.

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