Un ejemplar se posa en una flor del género hibisco para recolectar polen, en Ludwigsburg, en el sur de Alemania.Foto Afp

La exposición a un cóctel de agroquímicos aumenta netamente la mortalidad de las abejas, una situación subestimada por las autoridades encargadas de regular la comercialización de estos productos, según un estudio publicado ayer.

De acuerdo con la ONU, las abejas polinizan 71 de las 100 especies cultivadas que proporcionan 90 por ciento de los alimentos del mundo. En los años recientes, el colapso de las poblaciones de insectos polinizadores, muy vulnerables a los pesticidas, amenaza la producción agrícola.

El estudio, publicado en la revista Nature, recoge decenas de investigaciones divulgadas durante los pasados 20 años. Se centra en las interacciones entre los agroquímicos, los parásitos y la desnutrición que afectan el comportamiento de las abejas.

Los expertos concluyeron que es probable que el efecto combinado de diferentes pesticidas y otros productos químicos sea mayor que la suma de los efectos de cada uno.

Estas "interacciones entre múltiples agroquímicos aumentan significativamente la mortalidad de las abejas", señaló Harry Siviter, coautor del estudio, de la Universidad de Texas.

"Los reguladores deben considerar las interacciones entre los agroquímicos y otros factores ambientales estresantes antes de autorizar su uso", precisó.

Los resultados del estudio "muestran que el proceso regulatorio no protege a las abejas de las consecuencias indeseables de la exposición a múltiples niveles de los agroquímicos".

Sin cambios, habrá un "continuo declive de las abejas y de los servicios de polinización que brindan, en detrimento de los humanos y la salud de los ecosistemas", añadieron.

En 2019, los científicos advertían ya que casi la mitad de las especies de insectos del mundo están en peligro y un tercio podría extinguirse a finales de siglo.

Notas esquemáticas sobre ecología política

**La ecología política es un campo interdisciplinario de investigación y acción en la que me encuentro trabajando desde hace siete años en el Centro de Estudios de la Ciencia del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). En términos generales, la ecología política es definida como el estudio de las relaciones sociedad-naturaleza con un énfasis en el análisis de los conflictos en torno al acceso, apropiación, uso, gestión y valoración de los llamados “recursos naturales”, “bienes comunes” y/o “comunes” a secas. Nótese que cada uno de estos términos da cuenta de una forma particular de entender la naturaleza dentro de la ecología política.

I

Existe un consenso que ubica el origen de estecampo en el año 1972, con la publicación del artículo Ownership and PoliticalEcology, del antropólogo austriaco estadounidense Eric Wolf. No obstante, en ese trabajo no hay una definición explícita del término, sino que este es usado de forma incidental. En todo caso, a partir de este momento, la posterior formulación conceptual y el desarrollo del campo como tal se nutre del diálogo con otras áreas interdisciplinarias como la economía política, la antropología ecológica, la historia ambiental, la economía ecológica y el ecofeminismo, por nombrar algunas.

Quisiera hacer un énfasis puntual en el ecofeminismo, porque emerge en el mismo momento que la ecología política. Tienen una historia paralela y, sin embargo, en sus inicios la ecología política no consideró el tema del género, ni la situación de las mujeres en los conflictos socioambientales como un asunto de interés. El tema se va a plantear décadas después. Un libro importante al respecto es la obra colectiva FeministPoliticalEcology (Routledge, 1996), editado por DianneRocheleau, Barbara Thomas-Slayter y Esther Wangari.

II

Ahora bien, también es importante resaltar que más allá de una fecha o año en específico (1972), es crucial comprender el contexto epocal amplio en el que surge y se desarrolla la ecología política. Rápidamente, y de forma no exhaustiva, estamos hablando de un mundo en el que ya han ocurrido dos guerras mundiales y que se encuentra envuelto en la llamada guerra fría.Un mundo donde, a partir de 1942, aparece el discurso del desarrollo como idea-fuerza y hoja de ruta institucionalizada y profesionalizada para el sostenimiento de la economía-mundo capitalista. Dentro de ese sostenimiento, el sistema de las Naciones Unidas organiza en Estocolmo, Suecia, la primera cumbre de la tierra (1972) para coordinar esfuerzos en lo que luego el Informe Brundtland (1987) definirá como desarrollo sostenible, una crítica capitalista del capitalismo. Estos son sólo algunos de los muchos eventos que ocurrieron en ese entonces. 

En el contexto epocal al que hago referencia, deben incluirse igualmente los candentes debates que se originaron en las décadas de los 60, 70 y 80 en torno a temáticas como el crecimiento económico y demográfico, la extinción de especies, las consecuencias del desarrollo desenfrenado de la ciencia y la tecnología, el calentamiento global, la necesidad de un cambio en la matriz energética, entre muchos otros temas.Todo este marco ofrece un terreno sobre el cual van echando raíces las preocupaciones del entonces naciente campo de la ecología política.

III

En América Latina y el Caribe, la ecología política surge alrededor de la década de los 70 y 80. No de forma explícita, sino como un conjunto de reflexiones constitutivas del pensamiento ambiental de la región. Por citar un ejemplo, la CEPAL publicó en 1980 dos libros sobre estilos de desarrollo y medio ambiente, donde se compilan trabajos generados en el marco de un proyecto homónimo que llevó a cabo la organización dos años antes.

La ecología política latinoamericana emerge de una situación de triple frontera entre tradiciones disciplinares (sociología, historia geografía, entre otras), el pensamiento crítico de la región y la experiencia de luchas territorializadas, como el caso de la rebelión de las mujeres indígenas Sarayaku en el Ecuador de los 80, contra el extractivismo petrolero en sus territorios y el patriarcado ancestral en sus comunidades.

El origen de esta corriente regional es diferente al caso anglosajón, donde el campo está ubicado principalmente en departamentos de geografía o antropología en universidades de Estados Unidos. También es distinto al caso francés, donde se podría decir que hay una comunidad eclética, con aportes desde diferentes lugares, pero sin un núcleo o punto central, sin una colectividad de “ecologistas políticos”.

El sello distintivo de la ecología política latinoamericana y caribeña es la preeminencia de investigaciones militantes y los esfuerzos por explicitar el lugar de enunciación o desde donde estamos situados y situadas al momento de formular las preguntas de investigación, generar nuestras reflexiones y realizar nuestras propuestas de transformación social o, más bien, socio-ecológica. Esto supone, por un lado, un posicionamiento crítico-ético, ético-político y político-epistémico que está marcado por la experiencia de la colonización; y, por otro lado, resalta el carácter civilizatorio de la crisis ecológica en la que nos encontramos.

IV

Dentro de estas notas esquemáticas sobre la ecología política, agregaría que, aunque hablo en singular, se trata de un campo constitutivamente plural y heterogéneo. De hecho, el ecólogo social uruguayo, Eduardo Gudynas, habla de ecologías políticas, con énfasis en la s, al identificar diversas perspectivas epistemológicas y bases ontológicas. Brevemente, existen ecologías políticas realistas, esencialistas, constructivistas, postestructuralistas o ecologías políticas dualistas y relacionales. Todo ello depende de cómo se concibe la relación sociedad-naturaleza: si se concibe como la interacción de dos entes que existen por fuera de la relación y son mutuamente excluyentes o que están fuertemente entrelazados y sonporque existen en relación. Aquí podemos pensar en la idea de socionaturaleza o naturoculturapropuesta por Donna Haraway para ilustrar ese continuum.

V

Quisiera concluir con una reflexión muy apretada sobre la sostenibilidad o sustentabilidad porque hoy nos encontramos ante un revival del discurso del desarrollo con los 17 objetivos de desarrollo sostenible formulados por las Naciones Unidas. Se habla mucho de sustentabilidad, pero poco del debate en torno a este concepto. La sustentabilidad en tanto término, vocablo y/o hoja de ruta programática, entraña en sí misma un profundo conflicto onto-epistémico. Existen corrientes de sustentabilidad débil, fuerte y súper fuerte que marcanlos alcances y las limitaciones de loque nosotros estemos llamandotransiciones hacia mundos socios-ecológicos. Las corrientes desustentabilidad débil son aquellas quetienden a pensar que el problemaúnicamente es la modificación o larealización de algunos cambios sociotécnicos para mejorar procesosproductivos que impacten menos en elambiente. Esto sobre la base de que es posiblecompatibilizar las políticas deconservación con los programas y planesde crecimiento y desarrollo económico,como sí lo segundo no fueraprecisamente la razón por la cualse toman las primeras medidas. Aquí no hay una mayor reflexión sobreel cortocircuito que genera estasupuesta compatibilidad.

Lasustentabilidad fuerte implica unamirada de conjunto porque no necesariamente ofrece una crítica explícita alcapitalismo.Los 17 objetivos nos ofrecen unamirada de conjunto del problema, pero nonecesariamente nos estáplanteando una hoja de ruta poscapitalista o anticapitalista a lacrisis ecológica y, en todo caso, se limita a decir queno toda la naturaleza puede serreducida a capital natural, pero no secuestionan los fundamentos o las basesde la sobreeconomización de la vida.Incluso, la vida misma, la naturaleza, elambiente, pasa a ser un nicho demercado más en el marco de discursos sobre laconservación, lo verde,loeco-friendlyque generan desigualdadesy asimetrías.

Finalmente, la sustentabilidad superfuerte la concibo desde un sentido transontológico, inspirado en lo que el filósofo boliviano Juan José Baustista proponía dentro de su función crítica de la crítica. La sustentabilidad superfuerte es aquella que nos invita a desplazarnos de una idea o una concepción falocrática de la naturaleza como objeto a ser dominado, conquistado y ultrajado, a una idea de naturaleza como sujeto de derecho, como una entidad con capacidad de agencia política. Aquí se abre todo un horizonte de ruptura radical como en el caso del río Whanganui en Nueva Zelanda u otros casos que, de distintas maneras, y a distintos niveles, se están dando en otras partes del mundo. Todo esto nos invita a continuar aunando esfuerzos en lo que podríamos llamar un programa de investigación amplio sobre transiciones ontológicas y epistemológicas hacia la sustentabilidad o, más bien, hacia las sustentabilidad es porque, de hecho, en esta corriente transontológica, superfuerte, estamos hablando precisamente de un diálogo de saberes, de un diálogo de cosmovisiones. Lo que estamos buscando, en última instancia, son formas de vivir y morir con dignidad.

Marx Gómez Liendo. Sociólogo (Universidad Central de Venezuela), con maestría en Estudios Sociales de la Ciencia (Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, IVIC). Miembro del Laboratorio de Ecología Política del Centro de Estudios de la Ciencia del IVIC, del equipo editorial de la revista Iberoamérica Social y del Comité de Investigación de la AIS. Correo: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

**Este texto es una versión revisada de mi intervención en la mesa de debate organizada por la Asociación Iberoamericana de Sociología (AIS) en el marco del Día Mundial del Medio Ambiente. El evento fue moderado por María Alejandra Scianca (Argentina) y contó con la participación varios colegas de la región: Ema Beatriz Farias (Uruguay), Gabriel Andrés Ilvay Velásquez (Ecuador) y Alain Castro Alfaro (Colombia). Puede accederse a la grabación del encuentro a través del siguiente enlace: https://youtu.be/0Bytu6TVs-k.

Por Marx José Gómez Liendo | 05/08/2021

Publicado enMedio Ambiente
Microbios púrpuras, blancos y verdes cubren las rocas en el sumidero de Middle Island del lago Hurón. Foto Ap

Al ralentizar el movimiento de rotación, los días se hicieron más largos y la luz ayudó a que cianobacterias produjeran más de ese elemento respirable, señalan

 

Científicos tienen una nueva idea sobre cómo la Tierra obtuvo su oxígeno: el planeta redujo su velocidad y los días se hicieron más largos.

Un estudio publicado ayer propone y pone a prueba la teoría de que una luz diurna más prolongada y continua hizo que extrañas bacterias produjeran enormes cantidades de oxígeno, haciendo posible la mayor parte de la vida tal como la conocemos.

Un equipo internacional propone que el aumento de la duración del día en la Tierra primitiva –el giro del joven planeta se fue ralentizando de forma gradual con el tiempo, haciendo que los días fueran más largos– puede haber impulsado la cantidad de oxígeno liberado por las cianobacterias fotosintéticas, determinando así el momento de la oxigenación, según publican en Nature Geoscience.

Su conclusión se inspiró en un estudio de las comunidades microbianas actuales que crecen en condiciones extremas en el fondo de un sumidero de Middle Island en el lago Hurón, en Michigan, Estados Unidos, a 30 metros bajo la superficie del agua, la cual en ese sitio es rica en azufre y baja en oxígeno, y las bacterias de colores brillantes que prosperan allí se consideran buenos análogos de los organismos unicelulares que formaban colonias similares a alfombras hace miles de años, cubriendo las superficies del suelo terrestre y marino.

Los científicos sacaron bacterias púrpuras pegajosas del sumidero y manipularon la cantidad de luz que recibían en experimentos de laboratorio. Cuanta más luz continua recibían los microbios, más oxígeno producían.

Uno de los grandes misterios de la ciencia es cómo la Tierra pasó de ser un planeta con un mínimo de oxígeno al aire respirable que tenemos ahora. Desde hace tiempo, los científicos piensan que los microbios, llamados cianobacterias, estaban involucrados, pero no podían determinar qué fue lo que inició el gran evento de oxigenación.

De seis a 24 horas

Los científicos del estudio teorizaron que la lenta rotación de la Tierra, que gradualmente pasó de seis horas a las actuales 24, fue clave para que las cianobacterias generaran una mayor cantidad de aire respirable.

Hace unos 2 mil 400 millones de años había tan poco oxígeno en la atmósfera de la Tierra que apenas podía medirse, por lo que no existía vida animal o vegetal como la que conocemos. En lugar de ello, muchísimos microbios respiraban dióxido de carbono y en el caso de las cianobacterias producían oxígeno en la primera forma de la fotosíntesis.

Al principio no era mucho, pero en apenas 400 millones de años la atmósfera de la Tierra pasó de tener una décima parte de la cantidad de oxígeno que hay ahora, un enorme incremento, señaló la autora principal del estudio, Judith Klatt, bioquímica en el Instituto Max Planck de Alemania. El aumento en los niveles de ese elemento permitió que las plantas y animales evolucionaran, y otros vegetales se unieron para producirlo, añadió.

Pero ¿por qué las bacterias empezaron a producir oxígeno? Ahí es donde entra el oceanógrafo de la Universidad de Michigan, Brian Arbic, quien al escuchar la conferencia de un colega sobre las cianobacterias, se dio cuenta de que el evento de oxigenación coincidió con el momento en el que los días en el planeta se hicieron más largos. La rotación se ralentizó debido a la complicada física de la fricción de la marea y la interacción con la Luna.

Gregory Dick, del Departamento de Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente de la Universidad de Michigan, en un comunicado enviado desde la cubierta del R/V Storm, un buque de investigación de la NOAA que transportó a científicos y buzos para recoger muestras desde la ciudad de Alpena, Michigan, hasta el sumidero de Middle Island, señala: Nuestra investigación sugiere que la velocidad a la que gira la Tierra, en otras palabras, la duración del día, puede haber tenido un efecto importante en la pauta y el momento de la oxigenación.

Ulrich Brand: “Dentro del capitalismo no se resuelve la crisis medioambiental”

En su investigación, el politólogo alemán, junto a Markus Wissen, desenmascara, desde una perspectiva crítica e internacionalista, los tibios diagnósticos que las élites globales hacen de la crisis ecosocial en curso. Cuestiona al llamado "capitalismo verde" y la normalización que implica la invisibilización de los verdaderos obstáculos: "los intereses económicos y políticos". 

La vulnerabilidad de la naturaleza no es una cuestión global abstracta. Más de 100 personas murieron y al menos 1000 están desaparecidas como consecuencias de las inundaciones en Alemania y Bélgica. Las altas temperaturas récord en Canadá (50 grados) y en Estados Unidos han matado a cientos de personas. Hasta Siberia, en el extremo norte de Rusia, sufrió una ola de calor con incendios forestales. La ola de frío polar en Brasil logró algo inédito: niveles cercanos a cero grado y nevadas. “No es simplemente ‘la humanidad’ la que está actuando, sino que la manera como el humano actúa sobre la naturaleza siempre se trasmite dentro de la sociedad, a través de las relaciones de clase y género, así como de raza. El Antropoceno revela el poder humano, pero oculta de dónde proviene y cómo se ejerce ese poder. Para decirlo con Marx y Engels: no la humanidad como concepto abstracto, sino ‘la sociedad burguesa moderna, una sociedad que ha conjurado medios de producción e intercambio tan poderosos, como el hechicero que ya no puede controlar los poderes del inframundo que ha invocado con sus hechizos’”, explican los politólogos alemanes Ulrich Brand y Markus Wissen en Modo de vida imperial. Vida cotidiana y crisis ecológica del capitalismo, publicado por Tinta Limón, con traducción de Silke Trienke.

Modo de vida imperiales un libro que resulta fundamental y está llamado a convertirse en un clásico porque desde una perspectiva crítica e internacionalista, los autores desenmascaran los tibios diagnósticos que las élites globales hacen de la crisis ecosocial en curso, cuestionan al “capitalismo verde” (revolución pasiva, en términos de Antonio Gramsci, liderada por las fuerzas dominantes) y ensayan una propuesta radical centrada en la transformación de las formas de acumulación y de los modos de vida. El concepto “modo de vida imperial” que proponen Brand y Wissen, refiere a las normas de producción, distribución y de consumo que están profundamente arraigadas en las estructuras y prácticas políticas, económicas y culturales en la cotidianidad de la población del Norte global y cada vez más también en los países emergentes del Sur global. Este concepto de modo de vida sigue la tradición de Gramsci; los politólogos alemanes parten de la idea de que una estructura social contradictoria como la capitalista solo se puede reproducir cuando está arraigada en las prácticas cotidianas y en la racionalidad cotidiana, y por eso se convierte en algo “natural”. El adjetivo “imperial” busca enfatizar en la dimensión global y ecológica de este modo de vida.

La última vez que Brand (Mainau, Alemania, 1967) estuvo en Buenos Aires fue en 2018, cuando presentó el libro Salidas del laberinto capitalista: Decrecimiento y postextractivismo (Tinta Limón), en coautoría con el economista ecuatoriano Alberto Acosta. Desde Viena, donde reside, el politólogo alemán recuerda que vivió en Argentina en 1992, cuando vino a estudiar a la Universidad de Buenos Aires. “Nosotros empezamos a trabajar con el concepto modo de vida imperial no por casualidad en la crisis económica-financiera del 2008, cuando había cierta politización de la crisis ecológica, pero las medidas apuntaban al crecimiento. Entonces queríamos vincular lo cotidiano con la crisis ambiental y la globalización, argumentando que si nos quedamos con las políticas de desarrollo sustentable, las instituciones internacionales, el convenio sobre Cambio Climático, y no vamos a los obstáculos que son los intereses económicos y políticos, hay algo invisibilizado y normalizado en la cotidianidad de la gente, aunque ya tenga cierta consciencia ecológica”, dice Brand, profesor de Política Internacional en la Universidad de Viena, miembro del Grupo Permanente de Trabajo “Alternativas al Desarrollo” e integrante de la Fundación Rosa Luxemburgo.

-¿En qué sentido el capitalismo “verde” es también el problema?

-En Europa, aún más que en los Estados Unidos, hay una dicotomía muy equivocada, de dos proyectos de desarrollo. Un proyecto es el que niega la crisis climática, el trumpismo, el bolsonarismo, que es antiecologista y muy autoritario; es el business as usual (negocios como siempre). El otro proyecto es muy dinámico ahora en Europa con el European Green New Deal, el programa para la recuperación de 750 mil millones de euros para hacer frente a la postpandemia. Este proyecto se organiza en torno al concepto de economía verde, la modernización ecológica y la lucha contra el cambio climático. Para nosotros el capitalismo verde postula la idea de una renovación del capitalismo, un cambio de su fase fósil sin transformar sus formas sociales, sin cambiar la lógica del crecimiento, la lógica de la acumulación de capital. El capitalismo verde es una trampa; nosotros criticamos las discusiones “progres” que politizan la crisis medioambiental pero sin politizar las relaciones sociales con la naturaleza, las relaciones de clase y las relaciones Norte-Sur.

-¿En qué consiste la trampa del capitalismo verde? ¿En cambiar algo para que nada cambie?

-Sí, es cambiar la base energética hacia un posfosilismo, sin cambiar las lógicas de crecimiento y la acumulación. La desvinculación entre crecimiento, uso de recursos y emisiones es una esperanza del capitalismo verde. Se sabe que si tenemos crecimiento, tenemos más uso de recursos naturales y más emisiones. Es una trampa pensar que puede haber una desvinculación entre el crecimiento y el uso de recursos naturales. Hay que cuestionar el poder del capital fósil y el poder del capital digital, que ahora es tan fuerte. Dentro del capitalismo no vamos a resolver la crisis medioambiental.

-Si dentro del capitalismo no se va a resolver, la pregunta “leninista” sería ¿qué hacer?

-Nuestro argumento contra el capitalismo verde rechaza un dispositivo muy fuerte de la individualización de la responsabilidad: si tú consumes verde, si tú vives bien y te comportas bien, toda esa ola del behaviorismo que advierte que la gente tiene que comportarse bien para que se solucione la crisis medioambiental. Para empezar no hay que caer en la trampa del individualismo, donde la responsabilidad está puesta en los consumidores. La segunda trampa es la tecnológica, que plantea que con la digitalización se van a resolver los problemas. Todos los estudios indican que la digitalización implica un aumento enorme del uso de la energía; requiere más recursos. El cambio se hace a través de un conjunto que llamamos “modo de vida solidario” para reconocer que el capitalismo no lo atraviesa todo; que hay modos de vida solidarios, si pensamos en los pueblos indígenas y las personas que viven en comunidades, aunque tengan claramente una articulación con el capitalismo también. El capitalismo es un modo de producción muy dominante, para muchos muy atractivo, pero hay otros modos de producción. En nuestras sociedades hay un modo de producción público; el Estado tiene sus modos de producción en la salud, la educación, el transporte público, que no se organiza por la ganancia, por la acumulación de capital, sino por otras lógicas. En Chile casi todo ha sido privatizado, pero en Argentina no. No hay que caer tampoco en la trampa que el Estado lo haga todo, pero sí reconocer las diferencias entre una economía orientada al cambio de valor, a la ganancia, o una economía pública, solidaria, que hay que organizar y que vale la pena. Yo vivo en Viena, donde hay una larga tradición del sector público que hay que defender y mejorar. No podemos negar que al final es una lucha feroz por la valorización de capitales, del capital fósil, del capital digital, del capital de salud, el capital de las vacunas, el capital automotriz. Hay un poder tan fuerte de esos capitales que el Estado tiene que contribuir para decir: “el capital no puede organizar el mundo”. La otra opción es una oposición al extractivismo, al crecimiento; el discurso del “buen vivir”, sin romantizarlo, el discurso de tener una vida sana y digna no siempre creciendo, es importante, pero esas prácticas requieren de las condiciones sociales, porque si no existen las condiciones de un buen transporte, un buen sistema de salud, no hay “buen vivir”. Las luchas sociales son más importantes que el comportamiento individual.

-En el campo de las luchas sociales, ¿cuál te parece en este momento la más significativa?

-La respuesta es siempre coyuntural. Te diría que ahora en Europa las luchas de los jóvenes contra el extractivismo, contra la producción del carbón y la expansión de los aeropuertos, contra la construcción de más autopistas. Yo creo que con la victoria de Pedro Castillo en Perú queda claro el efecto de las luchas antiextractivistas. En la Argentina, después de la experiencia de (Mauricio) Macri con un neoliberalismo muy feroz, ¿qué significa que el gobierno de Alberto Fernández se quede en el extractivismo? Si ahora empieza un nuevo ciclo de los commodities, como dice Maristella Svampa, ¿qué significa si en dos o tres años hay ingresos hacia Argentina? ¿Va a la misma trampa que en 2003-2004 con los Kirchner, que no repensaron el modelo económico, sino que aprovecharon para profundizar el extractivismo? ¿Qué significa hoy en la Argentina 2021 reconsiderar el modo de vida imperial? El Pacto Ecosocial en América Latina y el Green New Deal de (Alexandria) Ocasio-Cortez en Estados Unidos son propuestas muy importantes para tener un sector público más fortalecido, asegurar el empleo y cambiar la matriz productiva. Pero si estas propuestas no consideran la otra cara de la moneda, de dónde vienen los recursos, se encaminan a una trampa. Lo que queremos es que se pueda discutir las deficiencias en las propuestas progresistas. El Pacto Ecosocial en América Latina me parece muy interesante, pero qué significa respecto de la dependencia del mercado mundial, de las transnacionales, pero también en la cotidianidad de la clase media argentina, por ejemplo, que quiere vivir como en Estados Unidos o como en Europa, dándole legitimidad al extractivismo.

-Como politólgo integra el movimiento decrecionista. ¿Qué le interesa del decrecionismo como propuesta económica y política?

-Yo sé que en América Latina no se puede usar la semántica del decrecionismo porque no tiene sentido en sociedades con tanta pobreza y con tanta experiencia de que el decrecimiento sea normalmente asociado a la austeridad neoliberal y a que los ricos se vuelven más ricos. Pero la idea principal del decrecimiento es deshacernos del imperativo del crecimiento que implica el extractivismo, que implica el consumismo, la destrucción. Yo sugiero repensar la sociedad argentina sin el imperativo de crecer, sino con otras prioridades: cómo se produce el valor de uso, cómo se produce lo común, cómo se produce la infraestructura pública, cómo produce el sector privado de una manera que no haya sobrexplotación y que no destruya la naturaleza. Este sería el aporte del decrecimiento, que no es decir “qué bien, la economía argentina cayó un 8 por ciento el año pasado por la crisis”. Eso es cambio por desastre. Decrecimiento es cambio por lucha, cambio por un modo de vida atractivo y solidario que permita deshacernos del imperativo de crecimiento y de las relaciones de poder de las grandes corporaciones. Tenemos que repensar toda la economía hacia otro modelo de bienestar que logre superar el capitalismo y el imperativo del crecimiento.

-¿La pandemia nos obligó a repensar la relación que tenemos con la naturaleza, pero no con los modos de producción?

-Es una pregunta interesante. Yo publiqué un artículo el año pasado en el que planteaba que la pandemia nos ofrece posibilidades para aprender y repensar las relaciones con la naturaleza. Pero lo que vimos fue una globalización feroz de las mercancías. En América Latina lo más importante es tener un modelo de bienestar para los ciudadanos de los países de la región y no para contribuir al bienestar de Estados Unidos, Europa y China. Hay que repensar la división internacional del trabajo, que es para América Latina siempre dependencia. Otra cuestión para repensar tiene que ver con la cotidianidad. Las personas con una buena casa, con un buen trabajo y con un buen sueldo que no tenían que salir de sus casas, pudieron aguantar mucho más fácilmente la pandemia que otras personas que tuvieron que salir a trabajar. ¿Qué significa esta división del trabajo al interior de la sociedad entre los que tienen que exponerse cada día a la pandemia y los que pueden trabajar en sus casas?La pandemia nos mostró un estado posneoliberal. La ley incuestionable, a nivel de la Unión Europea, era “los Estados no pueden endeudarse” porque eso significa inflación, pone en riesgo la competitividad, el crecimiento. La pandemia nos mostró que el Estado tiene que tomar el liderazgo. Ahora podemos transferir este aprendizaje a la crisis climática.

-¿Cómo se transfiere ese aprendizaje?

-Los mercados de carbono, los mercados privados, no van a solucionar la crisis ecológica. Necesitamos un Estado fuerte, no autoritario, no un Estado del capital, sino un Estado democrático, transparente, que quiera solucionar la crisis medioambiental. El deseo generalizado de volver a la “normalidad” después de la pandemia significa profundizar el modo de vida imperial con Amazon, con la digitalización, con las compras de las mercancías por Internet. Las personas que compran por Internet no piensan de dónde vienen las mercancías, no piensan en las condiciones laborales de los trabajadores que les llevan las mercancías a sus casas. La cotidianidad en el Norte global, pero también en el Sur, significa que la violencia cotidiana del capitalismo en contra de mucha gente, en contra de la naturaleza, se hace invisible, se normaliza. La pandemia profundizó las desigualdades existentes entre clases, entre géneros y entre Norte-Sur. Las clases medias altas y las oligarquías tienen un acceso directo al modo de vida imperial y quieren mantener ese acceso. Ellos quieren volver a una normalidad que ya antes estaba basada en una desigualdad enorme, sobre todo en el mundo del trabajo. Si la pelea por un nuevo orden mundial empezó, el control del conocimiento, el control de las vacunas ahora con las variantes del virus, va a tener un papel decisivo.

Digitalización y emancipación

-¿Cómo imaginás el futuro inmediato respecto de la pandemia?

-Tenemos todavía dos o tres años más para controlar realmente al virus. Cuándo empiezan las políticas de austeridad y quién paga las cuentas es la gran pregunta. Yo creo que la Unión Europea va a cambiar su estrategia de poner tanta plata en la economía para optar por políticas de austeridad. Esto ya pasó en 2010, en 2011, si nos acordamos de Grecia. La digitalización, que empezó antes de la pandemia, se profundizó de una manera que no podíamos pensar a principios de 2020. La digitalización, que nos permite comunicarnos ahora entre Buenos Aires y Viena, es el poder de Facebook, de Netflix, de Amazon, de Zoom; pero es también una nueva inscripción en nuestros cuerpos, en nuestras mentes, en nuestras subjetividades, que anda por el celular, por Internet, por Netflix. Va a ser difícil pensar qué significa esta digitalización para una perspectiva emancipatoria. Tenemos una industria cultural como llamaron los filósofos de la escuela de Frankfurt como Adorno tan fuerte que el gran desafió ahora es cómo democratizar la digitalización.

01/08/2021

Publicado enMedio Ambiente
Litio, cobalto y tierras raras. La carrera por los recursos pospetróleo

Gracias a su mismo nombre –energía renovable–, podemos imaginar un porvenir no muy lejano en que desaparecerá nuestra dependencia de combustibles no renovables como el petróleo, el gas natural y el carbón. En efecto, el gobierno de Joe Biden ha anunciado que se ha propuesto como objetivo eliminar totalmente la dependencia de EE UU de estos combustibles no renovables para la producción de electricidad de aquí a 2035. Pretende alcanzar este objetivo “desplegando recursos de producción de electricidad sin contaminación por carbono”, principalmente la energía perpetua del viento y del sol.

Visto que otros países emprenden la misma vía, resulta tentador concluir que pronto pasará a ser historia la época en que la competencia en torno a recursos energéticos limitados era una causa recurrente de conflictos. Lamentablemente, esto no es cierto: si el sol y el viento son efectivamente renovables hasta el infinito, los materiales necesarios para convertir estos recursos en electricidad –minerales como el cobalto, el cobre, el litio, el níquel y los elementos de tierras raras, o ETR– son todo menos renovables. Algunos de ellos, de hecho, son mucho más raros que el petróleo, lo que nos hace pensar que los conflictos mundiales en torno a recursos vitales bien podrían no desaparecer en la era de las energías renovables.

Para comprender esta paradoja inesperada, es preciso examinar cómo las energías eólica y solar se transforman en formas utilizables de electricidad y de propulsión. La energía solar se capta en gran parte mediante células fotovoltaicas [paneles solares fotovoltaicos], a menudo instalados en gran número [las huertas solares], mientras que el viento se aprovecha mediante turbinas gigantes que suelen desplegarse en vastos parques eólicos. Para utilizar la electricidad en el transporte, los automóviles y camiones han de estar equipados con baterías perfeccionadas, capaces de mantener una carga a lo largo de grandes distancias. Cada uno de estos equipos utiliza cantidades notables de cobre para transmitir la electricidad, así como una variedad de otros minerales no renovables. Los molinos eólicos, por ejemplo, requieren manganeso, molibdeno, níquel, zinc y tierras raras para sus generadores eléctricos, mientras que los vehículos eléctricos (VE) necesitan cobalto, grafito, litio, manganeso y tierras raras para sus motores y baterías.

Hoy por hoy, dado que la energía eólica y la solar solo representan el 7% de la producción mundial de electricidad y que menos del 1% de todos los vehículos que circulan son eléctricos, la producción de estos minerales es más o menos suficiente para satisfacer la demanda mundial. Claro que si EE UU y otros países optan realmente por un futuro energético verde, tal como plantea del presidente Biden, la demanda de estos minerales crecerá rápidamente y la producción mundial no podrá responder ni de lejos a las necesidades previstas.

Según un estudio de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), titulado The Role of Critical Minerals in Clean Energy Transitions, la demanda de litio en 2040 podría ser 50 veces superior a la actual, y la de cobalto y grafito 30 veces superior si el mundo se apresura a reemplazar los vehículos que funcionan con petróleo por vehículos eléctricos. Este aumento de la demanda incitará sin duda a la industria a desarrollar nuevas fuentes de abastecimiento de estos minerales, pero las fuentes potenciales son limitadas y su puesta en servicio será costosa y complicada. Es decir, el mundo podrá verse sometido a importantes penurias de materiales críticos. (“Ahora que la transición hacia las energías limpias se acelera a escala mundial –señala siniestramente el informe de la AIE– y que proliferan cada vez más los paneles solares, los molinos eólicos y los vehículos eléctricos, estos mercados de rápido crecimiento de los minerales claves podrían quedar expuestos a la volatilidad de precios, a la influencia geopolítica e incluso a dificultades de aprovisionamiento.”)

Y una complicación añadida: con respecto a algunos materiales más críticos, en particular el litio, el cobalto y los elementos de tierras raras, la producción está muy concentrada en unos pocos países, una realidad que podría dar pie al tipo de conflictos geopolíticos que ya jalonaron la dependencia del mundo con respecto a las grandes fuentes de petróleo. Según la AIE, un único país, la República Democrática de Congo (RDC), suministra actualmente más del 80% del cobalto mundial, y otro –China–, el 70% de los elementos de tierras raras. Asimismo, la producción de litio se concentra en lo esencial en dos países, Argentina y Chile, que representan conjuntamente cerca del 80% de la oferta mundial, mientras que cuatro países –Argentina, Chile, y Perú– suministran la mayor parte de nuestro cobre. Es decir, estas reservas futuras están mucho más concentradas en un número mucho más restringido de países que el petróleo y el gas natural, un dato que hace que los analistas de la AIE se inquieten ante las futuras luchas por el acceso a estos recursos.

Del petróleo al litio: las implicaciones geopolíticas, de la revolución del automóvil eléctrico

Es bien conocido el papel del petróleo en la configuración de la geopolítica mundial. Desde que el petróleo pasó a ser esencial para el transporte mundial –y por tanto para el funcionamiento de la economía mundial–, se ha considerado, por razones evidentes, un recurso estratégico. Puesto que las mayores concentraciones de petróleo se hallan en Oriente Medio, una región históricamente alejada de los principales centros de actividad industrial en Europa y Norteamérica y sujeta regularmente a convulsiones políticas, las principales naciones importadoras trataron durante mucho tiempo de ejercer cierto control sobre la producción y la exportación de petróleo de esta región. Esto dio lugar a un imperialismo de nivel superior sobre los recursos. Comenzó después de la Primera Guerra Mundial, cuando Gran Bretaña y las demás potencias europeas se disputaron el control colonial de las zonas petrolíferas de la región del Golfo Pérsico. Esa lucha continuó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando EE UU entró espectacularmente en esta competición.

Para EE UU, garantizar el acceso al petróleo de Oriente Medio pasó a ser una prioridad estratégica tras las crisis del petróleo de 1973 y 1979, la primera causada por un embargo petrolero árabe en represalia por el apoyo de Washington a Israel en la guerra de octubre de aquel año, y la segunda por una interrupción de los suministros provocada por la revolución islámica en Irán. En respuesta a las colas interminables ante las gasolineras de EE UU y a las recesiones subsiguientes, los sucesivos presidentes se comprometieron a proteger las importaciones de petróleo por todos los medios necesarios, incluido el uso de la fuerza armada. Es la postura que llevó al presidente George H. W. Bush [1989-1993] a librar la primera guerra del Golfo contra el Irak de Sadam Husein en 1991 y a su hijo [George W. Bush, 2001-2009] a invadir ese mismo país en 2003.

En 2021, EE UU ya no depende tanto del petróleo de Oriente Medio, dada la amplitud de la explotación mediante la tecnología de fracturación hidráulica de los yacimientos nacionales de esquistos y otras rocas impregnadas de petróleo. Sin embargo, el vínculo entre el consumo de petróleo y los conflictos geopolíticos no ha desaparecido. La mayoría de analistas piensa que el petróleo seguirá aportando una parte importante de la energía mundial en las próximas décadas, lo que no dejará de suscitar luchas políticas y militares en torno a las reservas restantes. Por ejemplo, ya han estallado conflictos en relación con las reservas extraterritoriales en los mares de China Meridional y Oriental. Ciertos analistas predicen también una lucha por el control de los yacimientos petrolíferos y minerales no explotados de la región ártica.

He aquí, por tanto, la cuestión que se plantea: ¿cambiará todo esto el fuerte aumento de usuarios de automóviles eléctricos? La cuota de mercado de los automóviles eléctricos ya aumenta rápidamente y se calcula que alcanzará el 15% de las ventas mundiales en 2030. Las grandes fábricas de automóviles invierten masivamente en este tipo de vehículos, anticipando un fuerte crecimiento de la demanda. En 2020 había en el mundo alrededor de 370 modelos de automóviles eléctricos disponibles en el comercio –lo que supone un aumento del 40% con respecto a 2019–, y los principales fabricantes han anunciado su intención de aportar 450 modelos suplementarios de aquí a 2022. Además, General Motors ha anunciado su intención de suprimir completamente los vehículos de gasolina y gasóleo convencionales de aquí a 2035, mientras que el director general de Volvo ha afirmado que en 2030 la empresa no venderá más que vehículos eléctricos.

Cabe pensar razonablemente que esta evolución no hará más que acelerarse, con profundas consecuencias para el comercio mundial de recursos. Según la AIE, un vehículo eléctrico típico precisa seis veces más insumos minerales que un vehículo clásico que funciona con petróleo. Se trata en particular de cobre para el cableado eléctrico, así como de cobalto, grafito, litio y níquel, necesarios para garantizar las prestaciones, la longevidad y la densidad energética (la energía producida por unidad de peso) de la batería. Además, los elementos de tierras raras serán esenciales para los imanes permanentes instalados en los motores eléctricos.

El litio, componente principal de las baterías de iones de litio, utilizadas en la mayoría de vehículos eléctricos, es el metal más ligero que se conoce. Aunque está presente tanto en los depósitos de arcilla como en minerales compuestos, raramente se da en concentraciones fácilmente explotables, si bien también puede extraerse de la salmuera en regiones como el Salar de Uyuni en Bolivia, la extensión de sal más grande del mundo. Actualmente, alrededor del 58% del litio mundial proviene de Australia, el 20% de Chile, el 11% de China, el 6% de Argentina y en proporciones menores de otros países. Una empresa estadounidense, Lithium Americas, está a punto de iniciar la extracción de cantidades importantes de litio de un yacimiento de arcilla en el norte de Nevada, pero choca con la resistencia de los ganaderos locales y la población indígena, que temen la contaminación de sus reservas de agua.

El cobalto es otro componente clave de las baterías de iones de litio. No es frecuente encontrarlo en yacimientos puros y casi siempre se obtiene como subproducto de la extracción de cobre y níquel. Actualmente se produce casi en su totalidad a partir de la extracción de cobre en la RDC, país caótico asolado por conflictos violentos, principalmente en el llamado cinturón de cobre de la provincia de Katanga, una región que en el pasado había intentado separarse del resto del país y que todavía muestra veleidades secesionistas.

Los elementos de tierras raras engloban un grupo de 17 sustancias metálicas dispersas en la corteza terrestre, pero rara vez se hallan en concentraciones explotables. Varias de ellas son esenciales para las futuras soluciones energéticas verdes, especialmente el disprosio, el lantano, el neodimio y el terbio. Utilizados en aleaciones con otros minerales, contribuyen a perpetuar la magnetización de los motores eléctricos en condiciones de alta temperatura, un requisito clave para los vehículos eléctricos y los aerogeneradores. Actualmente, alrededor del 70% de los elementos de tierras raras provienen de China, tal vez un 12% de Australia y el 8% de EE UU.

Una simple ojeada a la localización de estas concentraciones revela que la transición a la energía verde que plantean el presidente Biden y otros líderes mundiales podría chocar con graves problemas geopolíticos, que no dejan de recordar los que generó en el pasado la dependencia del petróleo. Para empezar, la nación más poderosa del planeta desde el punto de vista militar, EE UU, no puede aprovisionarse más que de pequeñas cantidades de ETR, así como de otros minerales esenciales, como el níquel y el zinc, para las tecnologías verdes avanzadas. Si Australia, una fiel aliada, seguirá siendo sin duda una proveedora importante de algunos de ellos, China, considerada cada vez más como adversaria, es crucial con respecto a los ETR. Congo, uno de los países más devastados del planeta por las guerras, es el principal productor de cobalto. Por tanto, no pensemos ni por un instante que la transición a un futuro basado en las energías renovables será fácil o estará exenta de conflictos.

El choque que viene

Ante la perspectiva de un abastecimiento insuficiente o de la dificultad de acceso a estos materiales críticos, los estrategas de la energía ya reclaman un esfuerzo importante por desarrollar nuevas fuentes de aprovisionamiento en el mayor número de lugares posible. “Hoy, los planes de abastecimiento y de inversión en relación con numerosos minerales críticos están bastante lejos de lo que hace falta para sostener un despliegue acelerado de paneles solares, aerogeneradores y vehículos eléctricos –ha declarado Fatih Birol, director ejecutivo de la AIE–. Estos riesgos son reales, pero se pueden superar. La respuesta de las autoridades políticas y de las empresas determinará si los minerales decisivos siguen siendo un catalizador esencial para las transiciones energéticas limpias o se convierten en un cuello de botella en el proceso.”

Sin embargo, como Fatih Birol y sus socios de la AIE han señalado con toda claridad, superar los obstáculos que dificultan el aumento de la producción de minerales será todo menos fácil. Para empezar, el lanzamiento de nuevos proyectos mineros puede resultar extraordinariamente costoso y encerrar numerosos riesgos. Las empresas mineras pueden estar dispuestas a invertir miles de millones de dólares en un país como Australia, donde el régimen jurídico es acogedor y donde pueden esperar protección frente a expropiaciones o guerras futuras, pero numerosas fuentes minerales prometedoras se hallan en países como la RDC, Myanmar, Perú y Rusia, donde esas condiciones apenas se dan. Por ejemplo, los disturbios actuales en Myanmar, un importante productor de determinados elementos de tierras raras, ya han suscitado inquietud con respecto a su futura disponibilidad y provocado un alza de los precios.

El descenso de la calidad de los minerales preocupa. Con respecto a los yacimientos mineros, el planeta ha sido objeto de búsquedas sistemáticas, según los casos desde la edad de bronce, y buen número de ellos se descubrieron hace tiempo y se explotan desde entonces. “Estos últimos años, la calidad de los minerales ha seguido disminuyendo con respecto a toda una serie de productos básicos –señala la AIE en su informe sobre los minerales cruciales y las tecnologías verdes–. Por ejemplo, el contenido medio del mineral de cobre en Chile ha disminuido un 30% en los últimos 15 años. La extracción del contenido metálico de minerales de menor contenido requiere más energía, lo que presiona al alza el coste de producción e incrementa las emisiones de gases de efecto invernadero y el volumen de los residuos”.

Además, la extracción de minerales de formaciones rocosas subterráneas implica a menudo el uso de ácidos y otras sustancias tóxicas y requiere en general grandes cantidades de agua, que resulta contaminada después de su uso. Este problema se ha agravado a raíz de la promulgación de leyes sobre la protección ambiental y de la movilización de las comunidades locales. En numerosas regiones del mundo, como en Nevada en relación con el litio, los renovados esfuerzos de extracción y tratamiento del mineral chocarán con una oposición local cada vez más combativa. Por ejemplo, cuando la empresa australiana Lynas Corporation trató de eludir la legislación ambiental australiana trasladando a Malasia los minerales de su mina de tierras raras de Mount Weld para tratarlos allí, los movimientos locales organizaron una prolongada campaña para impedírselo.

Para Washington, tal vez ningún problema es más espinoso –ya que se trata de la disponibilidad de materiales esenciales para una revolución verde– que el deterioro de sus relaciones con Pekín. Después de todo, China suministra actualmente el 70% de las tierras raras del mundo y dispone de importantes yacimientos de otros minerales esenciales. Además, este país se encarga del refino y tratamiento de numerosos materiales claves que se extraen en otros países. De hecho, en lo tocante al tratamiento de minerales, las cifras son chocantes. China tal vez no produce grandes cantidades de cobalto o de níquel, pero realiza el tratamiento de alrededor del 65% del cobalto y del 35% del níquel que se comercializan en todo el mundo. Si China produce el 11% del litio mundial, dispone de cerca del 60% del litio transformado. Por otro lado, en lo relativo a los elementos de tierras raras, China domina de manera apabullante: no solo suministra el 60% de las materias primas del mundo, sino también cerca del 90% de los ETR transformados.

Simplificando podemos decir que es imposible que EE UU u otros países puedan emprender una transición masiva de los combustibles fósiles a una economía basada en las energías renovables sin cooperar económicamente con China. No cabe duda de que se hará todo lo posible por reducir este grado de dependencia, pero no se ve ninguna perspectiva realista, dentro de un futuro previsible, de eliminar la dependencia de China con respecto a las tierras raras, el litio y otros materiales claves. En otras palabras, si EE UU pasa de una postura algo parecida a la de la guerra fría con respecto a Pekín a otra todavía más hostil, y si emprende nuevos intentos de tipo trumpiano de desacoplar su economía de la de la República Popular, como preconizan numerosos halcones del Congreso, no cabe duda de que el gobierno de Biden tendrá que abandonar sus planes con vistas a un futuro energético verde.

Obviamente, es posible imaginar un futuro en que las naciones comiencen a disputarse las reservas mundiales de minerales esenciales, del mismo modo que en tiempos se disputaron el petróleo. Al mismo tiempo, es perfectamente posible concebir un mundo en el que países como el nuestro abandonan simplemente sus planes de un futuro energético verde por falta de materias primas adecuadas y relanzan las guerras del petróleo del pasado. En un planeta ya de por sí sobrecalentado, esto conduciría a un caos civilizatorio peor que la muerte.

En realidad, Washington y Pekín apenas tienen otra alternativa que colaborar entre ellos y con otros muchos países para acelerar la transición a la energía verde, abriendo nuevas minas e instalaciones de tratamiento de los minerales esenciales, desarrollando sustitutos de los materiales escasos, mejorando las técnicas de explotación minera para reducir los riesgos ambientales y aumentando sustancialmente el reciclado de los minerales vitales de las baterías y otros productos usados. Toda otra alternativa será sin duda un desastre de primer orden, o algo peor.

Por Michael T. Klare

30 julio 2021

Michael T. Klare enseña en el Hampshire Colledge (Massachusetts) y escribe para el semanario The Nation sobre cuestiones relativas a la guerra y la paz

http://alencontre.org/ameriques/amelat/bolivie/lithium-cobalt-et-terres-rares-la-course-aux-ressources-de-lapres-petrole.html

Traducción: viento sur

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Los tratados de libre comercio que privatizan la biodiversidad

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Durante los últimos 30 años, los países industrializados han estado obligando a los gobiernos de los países no industrializados a adoptar leyes que privatizan las semillas, exigiendo que agricultores, campesinas y campesinos paguen por ellas para mantener a las empresas semilleras a flote. Es algo que han logrado principalmente a través de los Tratados de Libre Comercio (TLCs).

Para entender esta tendencia GRAIN ha reunido  un conjunto de datos que muestran exactamente cómo los tratados comerciales negociados por fuera de la Organización Mundial del Comercio (OMC) son utilizados para ir incluso más allá de los estándares globales sobre privatización de semillas, animales y microorganismos, e imponer así nuevas formas de privatización.

Monopolios sobre la vida

El acuerdo de 1994 de la OMC Sobre Aspectos de la Propiedad Intelectual Relacionados al Comercio (también conocidos como ADPIC o TRIPS) fue el primer acuerdo comercial mundial que fijó reglas internacionales sobre derechos privados de propiedad intelectual sobre las semillas. El objetivo es asegurar que las grandes corporaciones como Bayer, Syngenta o Vilmorin, que dicen gastar millones en el mejoramiento y modificación genética de plantas para llevar semillas “nuevas” al mercado, puedan obtener ganancias de esas semillas al impedir que agricultores, campesinas y campesinos las re-utilicen, un poco a la manera en que Hollywood o Microsoft buscan impedir que la gente copie y comparta películas o programas computacionales. Estos derechos son esencialmente derechos monopólicos.

La mera idea de permitir patentes sobre formas de vida, como las plantas y animales, ha sido fuertemente resistida, y por esta razón el acuerdo de la OMC es una especie de punto intermedio negociado entre los gobiernos. El acuerdo dice que los países pueden excluir tanto plantas como animales (pero no microorganimos) de sus leyes de patentes, pero deben instaurar alguna forma de protección de la propiedad intelectual sobre variedades vegetales, sin especificar como ha de hacerse. La Unión para la Protección de Nuevas Obtenciones Vegetales (UPOV), un organismo intergubernamental con sede en Ginebra, asegura que el sistema legal que ellos proponen es perfecto para satisfacer los requisitos de la OMC. Pero los Estados miembros de la OMC nunca han dicho ni acordado que así lo sea.

Por todas estas razones, los acuerdos de libre comercio negociados por fuera de la OMC, especialmente los iniciados por países poderosos como Estados Unidos, tienden a ir mucho más allá. En relación a la biodiversidad, a menudo exigen que los países no industrializados hagan los siguiente:

  1. a) patenten plantas o animales
  2. b) sigan las reglas de UPOV para otorgar a las empresas semilleras derechos similares a las patentes
  3. c) se adhieran al Tratado de Budapest sobre el reconocimiento de depósitos de microorganismos para procedimientos en materia de patentes

Estas medidas permiten que las corporaciones del agronegocio establezcan fuertes controles monopólicos a expensas de comunidades indígenas y campesinas. Por ejemplo, tanto UPOV como las leyes de patentes a menudo criminalizan la práctica campesina de guardar, intercambiar o modificar las semillas de las mal llamadas variedades protegidas.

Este conjunto de datos se centra en identificar cómo los países están siendo obligados a privatizar las semillas más allá de lo que indica la OMC. No incluye aspectos relacionados con la aplicación de las nuevas reglas y los castigos por infracciones (confiscación de bienes, penas de prisión, etcétera), que en muchos tratados de libre comercio también van más allá de las reglas acordadas en la OMC y que se están convirtiendo en un dolor de cabeza cada vez mayor para las comunidades rurales. Tampoco refleja la tendencia cada vez más fuerte de incluir el conocimiento tradicional o de los pueblos indígenas, así como las reglas sobre acceso a la biodiversidad, en el ámbito de los derechos de propiedad intelectual —ámbito al que no pertenecen.

La mayoría de estos acuerdos son bilaterales, pero algunos son multilaterales. Y aunque la mayoría son acuerdos comerciales, unos pocos son acuerdos de cooperación en propiedad intelectual. (Revisamos muchos otros acuerdos comerciales pero no fueron incluidos aquí porque no van más allá del acuerdo de la OMC).

Exigencias cada vez mayores

GRAIN comenzó a hacer seguimiento de estos acuerdos ya en 1999. Lo que con el tiempo ha quedado claro es que, para los países ricos al menos, el acuerdo ADPIC de la OMC ya no se ve como el “estándar internacional”. Ahora se lo está presentando como el “estándar mínimo” que, por definición, debiera ser superado. Este aparentemente sutil cambio de palabras confirma lo que los movimientos sociales y de la sociedad civil han entendido desde hace mucho tiempo de las exigencias legales como las de UPOV. Una vez que se aceptan, nos convierten en parte de un sistema que cada vez más funciona en favor de las corporaciones y a expensas de las comunidades locales 

Grain.

20 julio 2021

Este  conjunto de datos es un trabajo en evolución. Si hay cualquier elemento que añadir o corregir que quieran compartir, por favor contáctenos en  Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Lunes, 19 Julio 2021 06:05

Mercado y cambio climático

Mercado y cambio climático

La pretensión humana, asociada con la idea comúnmente mantenida del significado y contenido del progreso, se basa en la convicción de que dominamos al planeta. Esto implica una relación crecientemente conflictiva con la naturaleza, a la que solemos ver como algo ajeno a nosotros, externo, que nos pertenece, y está a nuestro servicio, para ser usada con el mayor provecho posible. Hay cada vez más muestras de lo errónea que es esta concepción.

Recientemente, el Political Economy Club, fundado en Londres hace 200 años por el pensador escocés James Mill y entre cuyos miembros originales estuvieron Thomas Malthus, reconocido por su teoría de la población, y David Ricardo, figura clave de la llamada economía clásica, junto con el diario Financial Times, convocaron a una celebración de aniversario ofreciendo un premio.

Se trató de la presentación de un ensayo sobre dos temas de relevancia del pensamiento de Malthus y Ricardo. Uno de ellos en torno al debate sobre el cambio climático, asunto cada vez más relevante, como puede apreciarse en una diversidad de fenómenos que se manifiestan de manera más visible y con severas repercusiones sociales.

El ensayo ganador lo escribió Joe Spearing con el título: Tenemos que ver más allá del mercado para vencer al cambio climático. Lo tomo como una referencia para hacer algunas consideraciones al respecto.

Malthus y Ricardo compartían una visión acerca de la relación entre la naturaleza y la economía. El primero con la desesperanza basada en su visión lúgubre sobre la naturaleza humana y la convicción de que los humanos somos irremediablemente autodestructivos. El segundo mantenía la expectativa de que pueden crearse diversos esquemas para aliviar la condición humana, especialmente por medio del mecanismo de los precios.

La naturaleza era para los dos una condición dada, separada de la sociedad y valiosa sólo de modo instrumental. Como señalaría después Marx, se alienaba a la naturaleza, cuando lo que ocurre es que los seres humanos participamos de un intercambio continuo con ella, mismo que se reproduce en el proceso productivo. De tal modo, la naturaleza no puede ser vista como una mera traba para la acumulación.

La separación que se crea entre lo humano y lo natural y la competencia que se crea en un entorno generalizado de producción de mercancías y la fijación de sus precios relativos, acarrea la degradación del medio ambiente en favor de consideraciones productivas de corto plazo que, progresivamente, debilitan los contrapesos que podrían establecerse. El horizonte de conservación de los recursos naturales y de protección general del medio ambiente, como ocurre con el calentamiento global, tiene que ampliarse y eso requiere de cambios significativos en la manera en se concibe a la sociedad y el ámbito de lo público.

Dice Spearing: "La interacción de la humanidad con la naturaleza está crecientemente mediada por el motivo de las ganancias, la naturaleza queda reducida a una inconveniente limitación para un aumento constante la producción y el consumo. En la práctica esto lleva a la desforestación, los cambios en el hábitat y la degradación de los ecosistemas".

El cambio climático es parte de esta relación problemática del modo de producción y consumo vigentes. Tiene que ver con una serie de condiciones expresadas en los precios, como ostensiblemente ocurre con la utilización de la tierra y la energía, ambas con repercusiones diversas sobre el deterioro de la atmósfera.

La naturaleza no es un mero obstáculo, un factor poco conveniente para la producción y generación de ganancias. Esa condición previene el surgimiento de alternativas que la protejan.

Los precios no son en este sentido una señal completa, lo que choca con las formas prevalecientes de acumulación y de reproducción en la sociedad. Los costos de producción no incorporan los costos sociales y esta divergencia es cada vez más notoria y riesgosa. En Estados Unidos se debate la aplicación de una tarifa al carbón que se impondría a los países que no aplican las limitaciones a la emisión de gases invernadero, una medida parcial y con diversas repercusiones.

Al respecto, Spearing sintetiza el siguiente argumento: el cambio climático no expresa una falla del mercado, sino varias. Entre ellas aparecen, por ejemplo, los bienes públicos de alternativas de transporte y de la necesaria infraestructura para sostener otras formas de consumo; las fallas que afectan el surgimiento de nuevas tecnologías y su utilización; la estructura de los mercados financieros que genera fricciones en la asignación de las inversiones a proyectos menos contaminantes. A eso se suman las muy variadas condiciones de las políticas públicas requeridas para confrontar las fallas del mercado.

Las regulaciones impuestas por los gobiernos adoptan nuevas formas y alcances distintos, pero esto sigue siendo, para los capitales, un verdadero anatema en el sistema. Las políticas públicas aparecen como formas de intervención en un entorno en el que los ajustes relativos a la relación con la naturaleza son una exigencia primordial.

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La canciller alemana realizó la declaración tras su visita a zonas devastadas por las inundaciones en su país, a las que describió de "surrealistas y aterradoras", y que los expertos atribuyen al calentamiento global; prometió a los afectados una pronta ayuda financiera. De las 191 muertes reportadas en Europa por el reciente diluvio, 160 ocurrieron en Alemania y 31 en Bélgica. En la imagen, las agitadas aguas del río Eno chocan contra un dique en la ciudad de Braunau am Inn, en Austria. Foto Afp. Agencias

La canciller federal visita uno de los pueblos más afectados cerca de Bonn y anuncia paquete de ayuda

 Adenau. La canciller federal alemana, Angela Merkel, afirmó ayer que el mundo debe "apurarse" en la lucha contra el cambio climático, tras visitar zonas de su país devastadas por inundaciones que describió como "surrealistas y aterradoras" y que los expertos atribuyen al calentamiento global.

"Debemos ser más rápidos en la lucha contra el cambio climático", declaró Merkel a la prensa tras recorrer Schuld, pueblo ubicado en la zona oeste del país, afectado por las inundaciones. Desde ahí, la gobernante prometió una pronta ayuda financiera y un mayor interés político para frenar el cambio climático.

Las muertes en Europa por el reciente mal tiempo aumentaron a 191, pero se prevé que la cifra se incremente debido a que hay muchos desaparecidos.

La canciller, con botas de montaña, tardó casi una hora en recorrer Schuld, cerca de Bonn, donde la crecida del río Ahr destruyó parte de la localidad.

Mostrando su emoción en varias ocasiones, Merkel habló con los residentes que perdieron todo, en la que ya es la mayor catástrofe natural en la historia reciente de Alemania. "Casi diría que a la lengua alemana le cuesta encontrar palabras para describir la devastación", comentó.

De la mano de la líder regional Malu Dreyer, discapacitada por esclerosis múltiple, la canciller recorrió puentes derrumbados, casas destruidas y montañas de escombros llenas de lodo.

El miércoles se presentará al consejo de ministros un paquete de ayuda de emergencia de al menos 300 millones de euros (354 millones de dólares) y luego está previsto un programa de reconstrucción de varios millones.

Las reparaciones de edificios, carreteras, vías férreas y tuberías de agua y electricidad tardarán meses, si no años, admitió Armin Laschet, presidente de Renania del Norte-Westfalia, uno de los estados más afectados.

Renania-Palatinado, en el suroeste, lleva registrados 112 de los 160 muertos del país. En Bélgica fallecieron 31 personas.

El candidato del la Unión Cristiano Demócrata a la cancillería alemana y delfín de Merkel, Armin Laschet, se disculpó en redes sociales tras haber visitado el jueves Erftstadt, en Renania del Norte-Westfalia, donde fue sorprendido por las cámaras en un ambiente distendido y bromeando mientras el presidente Frank-Walter Steinmeier dirigía un mensaje solemne a la población.

El secretario general del Partido Socialdemócrata, Lars Klingbeil, criticó la actitud "lamentable y falta de decencia" de Laschet, mientras la cadena WDR destacó que "siempre hay momentos en que los candidatos se muestran como son. Éste es uno de ellos".

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Inundación en Belgica. — Francoise Peiffer / BELGA / Dpa / Europa Press

Son las inundaciones más devastadoras de lo que va de siglo, peores que las que sufrió el este del país en 2002.

La cifra de víctimas mortales de las devastadoras inundaciones registradas en el oeste de Alemania asciende ya a 135, mientras sigue la búsqueda de desaparecidos y la evacuación de ciudadanos en zonas donde se temen nuevos desbordamientos.

Las autoridades del "Land" de Renania del Norte-Westfalia, el más poblado del país, y del de Renania Palatinado, los dos estados federados afectados, temen que sigue el hallazgo de víctimas entre los escombros, en medio de la destrucción que han dejado las tormentas de los últimos días.

En la ciudad de Heinberg, cercana a la frontera con Países Bajos, hubo que proceder en las horas nocturnas a evacuar a cientos de personas tras romperse un dique de contención, pese a los esfuerzos por reforzarlo.

En otras poblaciones de las regiones afectadas se está procediendo ya a las labores de desescombro, mientras los servicios meteorológicos pronostican que no habrá más precipitaciones destacables este sábado. Unas 100.000 habitantes siguen sin suministro eléctrico en algunas poblaciones o distritos.

Persiste la alerta por lluvias, sin embargo, en otras regiones del sur, especialmente en el "Land" de Baden-Württemberg, donde los servicios de protección civil y bomberos tratan de reforzar márgenes de los ríos y valles.

Los devastadoras inundaciones empezaron a producirse el jueves, tras varios días de persistentes lluvias. Los mayores estragos se han producido al desbordarse afluentes del Rin y otros grandes ríos de la región, incapaces de absorber el volumen de las aguas, lo que derivó en corrimientos de tierras.

Para este sábado se espera en la región la visita del presidente del país, Frank-Walter Steinmeier, quien en una declaración institucional, el viernes, llamó a la unidad nacional frente a la tragedia y a acelerar la lucha contra la emergencia climática.

La canciller Angela Merkel, a la que la catástrofe sorprendió durante una visita oficial a Estados Unidos, se propone asimismo visitar "pronto" las zonas afectadas, según Cancillería. Desde el jueves se ha mantenido en estrecho contacto con las autoridades regionales y con sus ministros de Finanzas, Olaf Scholz, y de Interior, Horst Seehofer, afirmaron estas fuentes.

El próximo miércoles se espera que aborde su Consejo de Ministros un paquete especial de ayudas para los afectados, avanza el semanario Der Spiegel. Hasta ahora no se ha podido hacer una evaluación aproximada de la cuantía de los daños causados por la crecida. En las inundaciones de 2013, menos dramáticas pero que afectaron a ocho de los 16 "Länder" del país, el Ejecutivo aprobó un paquete especial de 8.000 millones de euros.

 15/07/2021 19:10 Actualizado: 17/07/2021 10:27

EFE

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Viernes, 16 Julio 2021 06:17

Minería en el más allá

Minería en el más allá

Fase superior de los extractivismos

 

“Lo problemático del imperialismo extraterrestre es que aumentará las desigualdades económicas entre las naciones de la Tierra al dar un acceso desigual a lo que eventualmente puede ser  una cantidad importante de recursos”

Alan Marshall [3]

La búsqueda de recursos naturales no se detiene. Al contrario en medio de la pandemia las presiones extractivistas han crecido. Y en la medida que los límites físicos aparecen con creciente claridad y las resistencias sociales se multiplican, impulsando la construcción de indispensables barreras ambientales, el capitalismo levanta su mirada fuera de la atmósfera. En su mira están los recursos minerales existentes en el espacio. Con el afán de alentar la discusión sobre esta cuestión, que ameritará análisis más profundos y debates más amplios, nos preguntamos ¿para qué queremos más minerales en la Tierra?, ¿quiénes se van a beneficiar realmente de esta oferta? Como resultado de este extractivismo sideral, ¿vamos a crear un mundo más justo y sustentable?, ¿la posibilidad de conseguir recursos en el espacio abrirá la puerta para un manejo más responsable de los recursos en la Tierra?

Conquista, colonización e imperialismo, en la matriz de los extractivismos

Rosa Luxemburg, renombrada economista alemana de origen polaco, todavía en plena época de expansión imperialista, afirmaba que el capitalismo no podía sobrevivir sin economías “no capitalistas”; es decir, sin colonias, a ser conquistadas para la explotación. En su libro La acumulación del capital (1913)[4], encontraba que el sistema capitalista estaba encorsetado geográficamente dentro del planeta, lo que alentaba y alienta conflictos de todo tipo, con el fin de asegurar el control de los territorios y sus riquezas naturales. Del imperialismo clásico se avanzó, décadas después, enarbolando la búsqueda del “desarrollo” a otra fase de expansión neoimperialista, en la que el control de los territorios y sus recursos, incluyendo la mano de obra, se obtiene con medios más sutiles; por ejemplo, a través de las inversiones extranjeras o más adelante de los tratados de libre comercio.

Cuando Luxemburg publicó ese libro la humanidad estaba lejos de anticipar una serie de avances tecnológicos y otras acciones especialmente en el ámbito financiero que han ido ampliando las fronteras de explotación del capital.

El sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman (2012), al describir lo que está sucediendo en la actualidad, ensanchó el horizonte de Rosa. Pues, como podemos constatar hoy, el capitalismo tiene cada vez más dificultades para encontrar territorios supuestamente vírgenes o baldíos donde el mismo no esté presente, y por lo tanto ha buscado ampliar su órbita de influencia hacia otras áreas. Así Bauman anota que:

las tierras premodernas de continentes exóticos no eran los únicos posibles ‘anfitriones’ de los que el capitalismo podía alimentarse para prolongar su vida e iniciar sucesivos ciclos de prosperidad. El capitalismo reveló desde entonces su asombroso ingenio para buscar y encontrar nuevas especies de anfitriones cada vez que la especie explotada con anterioridad se debilitaba. Una vez que anexó todas las tierras vírgenes ‘precapitalistas’, el capitalismo inventó la “virginidad secundaria”.[5]

Aquí Bauman se refiere a aquellos nuevos rincones creados para que el capitalismo financiero pueda seguir acumulando, como son los fondos de pensiones y las tarjetas de crédito. Bauman nos recuerda que en estos últimos años hemos visto cómo millones de personas que “se dedicaban a ahorrar en lugar de vivir del crédito fueron transformados con astucia en uno de esos territorios vírgenes aún no explotados”.

Y si eso sucede en las finanzas, constatamos también como el capitalismo amplía cada vez más la mercantilización de muchos ámbitos de la Naturaleza, incorporando en su lógica de acumulación los mercados de carbono[6] y los servicios ambientales, que constituyen en este momento una de las más recientes fronteras de expansión para sostener la acumulación del capital. En otras palabras se lleva la conservación de los bosques al terreno de los negocios. Se mercantiliza y privatiza el aire, el agua y la Tierra misma.

En concreto, a más de la explotación del trabajo, la Naturaleza, los recursos naturales y últimamente los servicios ambientales, convertidos en mercancías permiten acelerar el paso en la vía del progreso -padre del desarrollo-, caracterizado por su versión materialista y acumuladora sin fin. De suerte que, como anota José Manuel Naredo, “la metáfora de la producción (y la meta indiscutida del crecimiento) apuntalan la visión lineal de la historia gobernada por el progreso”.[7] Y, en este escenario ideológico, al extractivismo se lo asume como producción -que no lo es- y como fuente fundamental de financiamiento para conseguir esas metas. Negarlo cerraría las puertas del progreso y del “desarrollo”, según esta visión todavía bastante extendida.

La erosión del espacio como bien común

Cuando Rosa Luxemburg escribió su libro no se aceptaba como posible que los seres humanos pudieran llegar más allá de los límites del planeta, salvo, por cierto, en algunas mentes brillantes, como la de Julio Verne, quien publicó su célebre obra en 1865: De la Tierra a la Luna.[8] Ahora, al cabo de más de 100 años, los avances científicos, tanto como la creciente codicia en el capitalismo, son evidentes. Veamos los esfuerzos de unas pocas potencias para acceder al espacio, empeño que empezó en los años cincuenta cuando los Estados Unidos y la Unión Soviética, en plena Guerra Fría, arrancaron en una carrera espacial.

Ahora, el capitalismo, demostrando su asombroso y perverso ingenio para buscar y encontrar nuevos espacios de explotación, en un renovado esfuerzo expansionista, se dispone a obtener recursos minerales fuera de los límites de nuestro planeta e inclusive a crear nuevas colonias extraterrestres. Podríamos afirmar que la lógica mercantiizadora del capitalismo ha colocado su mira en el Universo, en un intento por neoliberalizarlo.

La mira extractivista comienza a apuntar al espacio, en la medida que declinan las posibilidades de explotación en la Tierra de los yacimientos de minerales o que su acceso es cada vez más complejo, sea por las limitaciones tecnológicas o inclusive ambientales, a las que habría que sumar las crecientes resistencias sociales. El espacio representa una suerte de terra nullius[9] donde quien llega primero se asume como soberano de esos territorios y se lleva lo que puede. De esta manera, lo que se aseguraría -igual que en otras épocas- son nuevas posibilidades de acumulación de capital fuera de la Tierra misma y, por ende, un mecanismo para evitar el estancamiento del mismo sistema capitalista debido a las crisis de sobreacumulación.[10]

Una herramienta útil para entender esta evolución de los modos y estrategias de acumulación es el arreglo espacial (en inglés spatial fix), concepto desarrollado por el geógrafo David Harvey. Para este autor, el término arreglo espacial se refiere al proceso en el que “la acumulación de capital construye una geografía a la medida de sus necesidades y que, en los momentos de crisis sistémica, el capital desplaza, nunca resuelve, sus contradicciones mediante este proceso de construcción del espacio”.[11] Esta es una estrategia para aliviar la amenaza de la sobreacumulación y el estancamiento trasladando el capital o la mano de obra a un territorio diferente. En este caso literalmente al espacio… sideral.

Aprovechando la enorme inversión, sobre todo estatal, en el desarrollo de las nuevas tecnologías espaciales, que también sirven para absorber el capital excedente, han aparecido con fuerza muchas posibilidades de acumulación a través de innumerables innovaciones tecnológicas y servicios de comunicación en el espacio, a los que se sumaría la explotación de yacimientos mineros y la colonización de planetas.[12]

La exploración espacial -conocida como la carrera o conquista del espacio– desde sus orígenes con el satélite soviético Sputnik en 1957 a la fecha, con excepciones, se ha dado en términos relativamente pacíficos, hasta colaborativos entre los mismos EEUU y la Unión Soviética. Desde sus inicios, este trajinar espacial se caracterizó por una especie de pacifismo acordado entre las grandes potencias a pesar del contexto de la mencionada Guerra Fría. Este esfuerzo fue ratificado en el Tratado del espacio exterior de 1967 que prohíbe colocar armamento masivo y la apropiación nacional o privada de objetos, territorios o recursos celestes, ya que se los considera patrimonio común de la humanidad.[13]

Pero en la actualidad, todo indica que:

el comunismo en el espacio era una posibilidad sólo mientras el espacio fuera materialmente inaccesible para la humanidad capitalista: a medida que el espacio se convierte en un lugar probable de negocios rentables, el protocomunismo del Tratado del Espacio Exterior debe vacilar y desaparecer.” [14]

La  militarizacion del espacio

En las últimas décadas, a medida que ha evolucionado nuestra capacidad de explorar más allá de nuestro planeta, los intereses de seguridad nacional y los comerciales convergen inclusive en el espacio sideral hasta el punto de que hoy son casi indistinguibles.

En los Estados Unidos, por ejemplo, las empresas privadas de lanzamiento espacial, como SpaceX y United Launch Alliance, son beneficiarias de enromes contratos gubernamentales y ahora proporcionan la mayor parte de la capacidad de lanzamiento de cohetes estadounidenses, tanto para misiones científicas como militares. Aunque los estrechos vínculos entre las industrias de defensa y aeroespacial no son nada nuevo, nos encontramos en una fase decididamente nueva de esta relación debido a los avances tecnológicos, las nuevas prioridades políticas y el auge de los actores privados.

Hay muchas pruebas de eso, tanto en los hechos, como en los pronunciamientos políticos. Por ejemplo, en 2020, el entonces presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva llamada Fomentar el apoyo internacional para la recuperación y el uso de los recursos espaciales[15]. En esta orden proclamaba que los Estados Unidos “no ven el espacio exterior como propiedad común” y calificaba al Tratado de la Luna de 1979 (nunca ratificado por EE. UU.) como “un fallido intento de restringir la libre empresa”.  Durante la Administración de Trump los EE. UU. dieron un paso más en la verdadera conquista del espacio al crear un nuevo mando militar: la Fuerza Espacial.

Es necesario comprender mejor los profundos vínculos de las nuevas empresas espaciales con los designios hegemónicos de los Estados más poderosos sobre el espacio. Recientemente, a cambio de 28 millones de dólares, Starlink de SpaceX proporcionó los servicios de sus satélites para demostraciones de fuego real (live-fire demo) de la Fuerza Aérea de Estados Unidos para probar su Sistema de Gestión de Batalla Avanzado y sentar las bases de un Internet destinado a las actividades militares.[16] Las conexiones de SpaceX con el complejo militar-industrial quedaron claras en los comentarios de la presidenta de dicha compañía, Gwynne Shotwell, quien declaró en 2018 que su compañía estaría dispuesta a lanzar un arma espacial para proteger a los Estados Unidos, contraviniendo los tratados espaciales existentes.[17] Y en 2020, SpaceX firmó un contrato con el Pentágono para desarrollar conjuntamente un cohete capaz de transportar hasta 80 toneladas de carga y armamento a cualquier parte del mundo en tan solo una hora.[18]

El espacio ha tenido y tiene una importancia geoestratégica militar. Los cientos de satélites militares en órbita sirven para controlar la Tierra, teniendo en el espacio un lugar privilegiado de observación. Sin embargo, en la actualidad se está dando un paso más, se avanza en la militarización del mismo espacio sideral para controlarlo.

Estado y capital, con los minerales espaciales en la mira

La erosión del espacio como bien común, y el debilitamiento de su condición mayormente pacífica, está directamente relacionado con una nueva carrera espacial basada en un reconocimiento del enorme valor de los recursos minerales espaciales y la creciente capacidad tecnológica para extraerlos.[19] Aunque hoy, por ejemplo, no sería rentable extraer recursos minerales extraterrestres ni establecer asentamientos humanos en la Luna para desde allí llegar a Marte, esa posibilidad no es algo lejana.

En la actualidad, las grandes potencias como Estados Unidos, Rusia y recientemente China están compitiendo para ver quién gana la verdadera conquista del espacio, que vendrá acompañada de su imparable colonización… hasta que la humanidad se tope con otras civilizaciones en el espacio.

En el contexto actual, de acuerdo con la información que circula frecuentemente, la posibilidad de abrir actividades mineras en el espacio ya no aparece como un ejercicio de ciencia ficción.[20] Los argumentos para este empeño los sintetizó Elizabeth Steyn en un artículo de The Conversation[21]:

La necesidad de una economía con cero emisiones de carbono exige un aumento del suministro de recursos naturales no renovables, como los metales de las baterías. Esto constituye el telón de fondo de una nueva carrera espacial en la que participan las naciones y el sector privado.”

Y en este momento, según la misma Steyn, habría que “considerar cuatro aspectos: la seguridad de la tenencia, el régimen fiscal, la posibilidad de financiar el proyecto y la viabilidad del mismo.” En otras palabras, se mantendrá inamovible el afán de lucro como motor de estos esfuerzos que demandarán nuevos avances tecnológicos y grandes cantidades de inversión.

En relación al primer aspecto, la tenencia, es decir, la propiedad, se está aclarando el panorama. Es extremadamente importante para los mineros espaciales contar con suficiente claridad y seguridad en cuanto a la propiedad de las cosas que extraen. Existen recientes esfuerzos multilaterales y nacionales para enmarcar los recursos espaciales dentro de un nuevo régimen de propiedad. Dentro de estos esfuerzos aparecen los Acuerdos Artemis de la NASA que ya cuenta con el apoyo de otras doce naciones y que plantea que “la capacidad de extraer y utilizar recursos en la Luna, Marte y de los asteroides será fundamental para apoyar la exploración y el desarrollo espacial de manera segura y sostenible. Los Acuerdos de Artemis refuerzan que la extracción y utilización de los recursos espaciales pueda realizarse y se realizará bajo los auspicios del Tratado del Espacio Exterior”.[22] De la misma manera que los EEUU, Luxemburgo y Emiratos Árabes Unidos y ahora el parlamento de Japón acaba de ratificar una nueva ley que concede a las empresas japonesas permiso para la prospección, extracción y utilización de diversos recursos espaciales, siempre y cuando obtengan primero el permiso del gobierno japonés.[23]

Otra tarea que ya comienza a cobrar fuerza es la “minería de los asteroides”, en donde, además de la potencial extracción de titanio, níquel, cobalto y otros minerales, se espera obtener oxígeno y nitrógeno. Esto se trata de la explotación de agua congelada que estaría disponible en grandes cantidades en el espacio. La existencia de agua permitiría crear depósitos de combustible de hidrógeno en satélites construidos y/o en otros cuerpos celestes colonizados por los humanos, indispensables para poder ampliar la zona de influencia galáctica.

Otro elemento que es evidente es el tema del transporte, que resulta crucial en estas aventuras extractivistas, ya que la conquista de los recursos espaciales engendra nuevas posibilidades de dominio en el espacio, algo similar a la conquista del globo por los poderes marítimos en siglos pasados.

De todas maneras, los enormes costos de estos proyectos se verían de alguna manera compensados por los recursos que se podrían obtener sin restricción alguna, como de alguna manera sucedió cuando se abrieron territorios en América y África para su colonización. Eventualmente podemos imaginar que si se lograra traer minerales del espacio podría darse una mayor oferta que podría presionar los precios a la baja, favoreciendo un mayor consumo en la Tierra.

Más allá de la capacidad de imaginación que se pueda desplegar con miras a avizorar cómo funcionaria este extractivismo espacial, todo indica que se volverá a reafirmar la actual visión dominante al ver el espacio extraorbital -la Naturaleza en definitiva- como mero proveedor de insumos, sin mayor preocupación por su metabolismo y sus procesos vitales, con miras a dominarlo y transformarlo en función de las demandas del capital en la Tierra. Lo anterior aparentemente podría resolver (mediante la distancia a la que se encuentran los territorios a ser explotados) algunos de los problemas derivados de la destrucción que provocan los extractivismos terrestres.[24] Y por cierto podría ser otro argumento para alentar la economía “verde”, es decir, esta versión modernizada de la economía capitalista: mercantilizadora en esencia, con la  que se pretende -de forma ilusoria- enfrentar los graves problemas ecológicos y sociales, sin abordar la causa profunda de los mismos: la civilización capitalista.

Demos un paso más y veamos algunas de las complicaciones que inclusive podrían agravarse. Todo esto de ninguna manera ahondaría la “civilización del desperdicio”[25], pues la Tierra seguiría siendo un lugar de depósito de los desechos.[26] No solo eso, el mismo espacio orbital seguirá almacenando basura enviada por los humanos, creando un potencial efecto domino conocido como el Efecto Kessler: mientras la cantidad de objetos en órbita crece y se acumulan, el riesgo de colisiones en cascada de se hace mayor, lo cual multiplicaría los accidentes. Como ejemplo de ello, podemos recordar lo sucedido en 2019, cuando la India lanzó un misil hacia un satélite suyo en órbita terrestre y lo destruyó, creando miles de piezas de desechos, grandes y pequeños, que permanecen en órbita.[27]

Los terrestres galácticos, una nueva clase empoderada por la tecnología

La ilusión que genera la minería espacial extraorbital se explicaría mejor si aceptamos que en amplios segmentos de la población del planeta, empezando por los gobernantes, se ha desarrollado una suerte de ADN-extractivista que no sólo limita plantear un debate amplio y serio sobre estas cuestiones, sino que se prepara hasta con entusiasmo la obtención de beneficios de la conquista y colonización del espacio. Y esta minería espacial, controlada por poderes transnacionales -grandes empresas y gobiernos de los países más ricos- reeditará las lógicas de acumulación y exclusión; es decir, las fuerzas centrípetas y centrífugas de la globalización capitalista que mantienen concentrada la riqueza y los avances tecnológicos en pocos segmentos de la población mundial, mientras que enormes masas de seres humanos quedan estructuralmente marginadas. Así aparecería algo como un nuevo grupo privilegiado alrededor del control de estas actividades extractivas en el espacio, una suerte de terrestres galácticos, con la consiguiente marginación de la mayoría de habitantes del planeta.

Esta visión se sostiene aupada por la voracidad de la acumulación capitalista, y que se intenta legitimar en la firme y dogmática creencia en las poderosas ciencia y tecnología, y su uso de manera estratégica por parte de los élites. En la cotidianidad muchos “avances” tecnológicos sustituyen a la fuerza de trabajo -ya sea en términos físicos o en ciertas funciones cerebrales- volviendo caducos a varios trabajadores, así como excluyendo o desplazando a quienes no pueden acceder a la tecnología; todo esto redefine al trabajo mismo, normalmente contribuyendo a su flexibilización. Los seres humanos terminamos siendo simples herramientas para las máquinas, cuando la relación debería ser la inversa. Desde esa perspectiva, para que exista otra tecnología, que incluya a las personas al trabajo y sobre todo para asegurar una vida digna, en vez de excluirlas, es necesario transformar las condiciones y relaciones sociales de producción.

Recordemos que en toda tecnología hay inscrita una “forma social”, que implica una manera de relacionarnos unos con otros y de construirnos a nosotros mismos. Igualmente, recordemos que no toda la humanidad se beneficia de los avances tecnológicos, pues varios de éstos generan renovadas formas de desigualdad y explotación, así como de enajenación, tema que merece una reflexión mucho más profunda.

Reflexionando desde los escenarios de resistencia

Actualmente todo indica que el crecimiento material sin límites podría culminar en un suicidio colectivo. Basta ver los efectos del mayor recalentamiento de la atmósfera, de la pérdida de fuentes de agua dulce, de la erosión de la biodiversidad agrícola y silvestre, de la degradación de suelos o de la acelerada desaparición de espacios de vida de las comunidades locales, y los cada vez mayores y más destructivos huracanes. Introducir una mayor cantidad de minerales provenientes del espacio no alteraría este proceso de acumulación/destrucción permanente. Se mantendría -en un nivel superior- la civilización del capital que impulsa la acumulación material mecanicista e interminable de bienes, sustentada en el aprovechamiento indiscriminado y creciente de la Naturaleza.

Adicionalmente, esta minería espacial no evitaría varios de los nocivos efectos del extractivismo minero en la Tierra. Sus consecuencias -o “derrames”, como los conoce Eduardo Gudynas[28]– se mantendrían y en algunos casos aumentarían. Estos “derrames”, que van mucho más allá de lo ambiental, se dan en diversos campos: judiciales, políticos, económicos y culturales. De hecho, ya vemos cómo en el terreno de las leyes y los tratados las lógicas colonizadoras a ultranza comienzan a reaparecer con fuerza. Las tendencias rentísticas y las prácticas clientelares podrían reeditarse de diversas formas. Y, sobre todo, las lógicas autoritarias indispensables para consolidar los poderes económico-políticos necesarios para la expansión de la minería sideral serían otra limitante para impulsar sociedades democráticas y equitativas.

Entonces, no se trata solo de analizar el suministro de materiales escasos en la Tierra empujando los extractivismos más allá de sus propios límites biofísicos, ni sólo comprender lo que significarían nuevos mercados en las bases coloniales que se establezcan, que demandarán, sin duda alguna, una gran cantidad de vituallas indispensables para la vida, y cada vez más nuevas tecnologías, que, por lo pronto, sirven más para la dominación que para la emancipación de los seres humanos. Lo que debemos tener en cuenta es que el control geopolítico del espacio exigirá más poder estatal, corporativo y militar, que se sustentará en mayor control y dominación dentro de la misma Tierra, reeditando los vínculos de poder entre estas tendencias imperialistas y los militarismos de amplio espectro, que tan útiles son para sostener los extractivismos en la actualidad.[29]

Para cerrar estas breves líneas, que constituyen un ensayo para provocar el debate sobre estas cuestiones, es indispensable superar la trampa en que han caído muchos críticos del sistema, quienes apenas centran su atención en el control de la explotación de estos recursos por parte del Estado, y no en la explotación misma. El punto no es si el extractivismo beneficia más al capital nacional, transnacional o a las arcas gubernamentales -que muchas veces terminan formando una sola amalgama- el punto es que la acumulación del capital per se es inadmisible en la medida que desnaturaliza la Naturaleza -sea en la Tierra o en la Luna- y deshumaniza más y más la humanidad misma.

Por lo tanto, la gran tarea es seguir ampliando las luchas de resistencia desde donde construir más y más todas las alternativas que sean indispensables en clave de Pluriverso[30]

 

Por Peter Bloom, Alberto Acosta | 16/07/2021

 

Notas:

[3] Consultar en Alan Marshall (1995); Development and imperialism in space. Space Policy 1995 11(1) 41-52. Elsevier Scicne Limited. UK.

[4] Versión en español disponible en https://www.marxists.org/espanol/luxem/1913/1913-lal-acumulacion-del-capital.pdf

[5] Consultar en el artículo Zygmunt Bauman (2012); El capitalismo como sistema parásito. Disponible en https://ssociologos.com/2012/09/14/zygmunt-bauman-del-capitalismo-como-sistema-parasito/

[6] Consultar en Larry Lohman (2012); Mercados de carbono – La neoliberalización del clima, editores Alberto Acosta y Esperanza Martínez, serie Debate Constituyente, Abya–Yala, Quito. Disponible en https://www.accionecologica.org/mercados-de-carbono-la-neoliberalizacion-del-clima/

[7]  Consultar en José Manuel Naredo (2018); “La ideología económica en la historia y el medio ambiente – Claves para un cambio de paradigma”. Disponible en http://elrincondenaredo.org/wp-content/uploads/2018/09/LA-IDEOLOG%C3%8DA-ECON%C3%93MICA-EN-LA-HISTORIA-Y-EL-MEDIO-AMBIENTEcor.pdf.

[8] Libro disponible en https://www.ellibrototal.com/ltotal/ficha.jsp?idLibro=6116

[9] Expresión latina que fue tan utilizada en épocas del imperialismo clásico y que servía para denominar los territorios que iban siendo conquistados, desconociendo incluso de manera brutal la existencia de los pueblos originarios. Una realidad que todavía está vigente al expandir las fronteras de los extractivismos.

[10] En ocasiones el caos de la competencia presiona a que los capitalistas acumulen capital e incrementen la producción por encima de las capacidades de consumo de los mercados (sobre todo si los salarios son bajos). Cuando esa tendencia se generaliza, la sobreacumulación provoca crisis por desequilibrios en los sectores productivos y una contracción de sus tasas de ganancia. Y si las tasas de ganancia caen por debajo de un nivel “adecuado” para los capitalistas, éstos desinvierten su capital en la producción (pudiendo moverlo hacia la especulación), lo que puede generar nuevas crisis y acentuar las ya existentes. Por tanto, aquí puede encontrarse una de las causas de las crisis cíclicas del capitalismo.

[11] Consultar el artículo de Isidro López (2014), David Harvey: la conquista del espacio. Disponible en https://www.diagonalperiodico.net/global/24951-david-harvey-la-conquista-del-espacio.html

[12] Ver en Victor L. ShammasTomas B. Holen (2018);  One giant leap for capitalistkind: private enterprise in outer space

Disponible en https://www.nature.com/articles/s41599-019-0218-9

[13] Aquí cabe mencionar los “Tratados y Principios de las Naciones Unidas sobre el Espacio Ultraterrestre” (2002). Disponible en https://www.unoosa.org/pdf/publications/STSPACE11S.pdf

[14] Ver en Victor L. ShammasTomas B. Holen (2018);  One giant leap for capitalistkind: private enterprise in outer space

Disponible en https://www.nature.com/articles/s41599-019-0218-9

[15] Consultar en https://trumpwhitehouse.archives.gov/presidential-actions/executive-order-encouraging-international-support-recovery-use-space-resources/

[16] https://www.investors.com/news/spacex-starlink-impressed-air-force-in-big-live-fire-exercise/

[17] https://spacenews.com/spacex-president-gwynne-shotwell-we-would-launch-a-weapon-to-defend-the-u-s/

[18] https://observer.com/2020/10/elon-musk-spacex-military-rocket-contract-deliver-weapons/

[19] Cabe tener presente la creciente vinculación que existe entre extractivismos y tecnologías: Pablo Gámez-Cersosimo, La hermandad de la industria tecnológica y la minería a cielo abierto, 30 de junio 2020. Disponible en https://www.ocmal.org/la-hermandad-de-la-industria-tecnologica-y-la-mineria-a-cielo-abierto/ Una relación presente desde hace más de 500 años, como reseña en un magnífico libro Horacio Machado Araoz (2019); Potosí, el origen – Genealogía de la minería contemporánea. Serie Debate Constituyente, editores Alberto Acosta y Esperanza Maartínez, Abya-Yala, Quito. Disponible en https://rosalux.org.ec/pdfs/Potosi-el-origen.pdf.

[20] La lista de artículos de prensa sobre el tema crece aceleradamente. Mencionemos a modo de ejemplo: La minería espacial ya no es ciencia ficción, disponible en https://www.rcinet.ca/es/2021/04/09/mineria-espacial-ciencia-ficcion-outer-space-mining-treaty-canada-international/ o Minería Espacial: La ambición de Trump por nuevos recursos, disponible en https://www.reporteminero.cl/noticia/reportajes/2020/04/mineria-espacial-la-ambicion-de-trump-por-nuevos-recursos

[21] Space mining is not science fiction, and Canada could figure prominently, 4 de abril 2021. Disponible en  https://theconversation.com/space-mining-is-not-science-fiction-and-canada-could-figure-prominently-155855

[22] Aunque los acuerdos Artemis van m+as allá del tema de la extracción de recursos, el discurso de la NASA al respeto es claro. Consultar https://www.nasa.gov/specials/artemis-accords

[23]https://spacenews.com/japan-passes-space-resources-law/ 

[24] Resulta fundamental tener conciencia de lo que representan estas actividades extractivas. Entre los muchos textos que podríamos recomendar mencionamos uno muy claro, el de Eduador Gudynas (2015); Extractivismos. Ecología, economía y política de un modo de entender el desarrollo y la Naturaleza. CEDIB y CLAES, Cochabamba (Bolivia). Disponible en http://gudynas.com/wp-content/uploads/GudynasExtractivismosEcologiaPoliticaBo15Anuncio.pdf

[25] Consultar el libro de Jürgen Schuldt (2013); Civilización del Desperdidico Psicoeconomía del consumidor, Universidad del Pacífico, Lima. Disponible en https://repositorio.up.edu.pe/bitstream/handle/11354/956/SchuldtJ%C3%BCrgen2013.pdf?sequence=5&isAllowed=y

[26] Consultar en Teresa Pultarova (2021) Air pollution from reentering megaconstellation satellites could cause ozone hole 2.0 Disponible en https://www.space.com/starlink-satellite-reentry-ozone-depletion-atmosphere 

[27] Consultar el artículo de Aaron C. Boley, Michael Byers (2021); Satellite mega-constellations create risks in Low Earth Orbit, the atmosphere and on Earth. Disponible en https://www.nature.com/articles/s41598-021-89909-7#Sec7  

[28] Estos derrames tienen efectos muchos más profundos y extendidos que los impactos locales de los emprendimientos específicos, nos recuerda este autor, uno de los que más ha estudiado el tema. (Idid.)

[29] Ver Raúl Zibechi (2021); La militarización, fase superior del extractivismo. Disponible en https://www.jornada.com.mx/2021/03/26/opinion/020a2pol

[30] Kothari, Ashish; Salleh, Ariel; Escobar, Arturo; Demaria, Federico; Acosta, Alberto: editores (2019); Pluriverse – A Post-Development Dictionary, Tulika Books, India. Disponible en  https://www.radicalecologicaldemocracy.org/pluriverse/

Existen también ediciones en castellano en Ecuador (Abya-Yala/ICARIA), España (ICARIA), Perú – Bolivia (CooperAcción, CEDIB), Italia y próximamente en Brasil.

Peter Bloom: Activista estadounidense residente en México. Es fundador y coordinador general de Rhizomatica, un grupo dedicado a reimaginar las nuevas tecnologías en contextos comunitarios. Investigador del Centro de Investigación en Tecnologías y Saberes Comunitarios (CITSAC).

Alberto Acosta: Economista ecuatoriano. Compañero de luchas de los movimientos sociales. Profesor universitario. Ministro de Energía y Minas (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008). Autor de varios libros.

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