Miércoles, 01 Septiembre 2021 05:47

Ante la derrota de la humanidad (II)

Ante la derrota de la humanidad (II)

Decíamos hace varios meses (http://ow.ly/pmzl50FSwSw) que la certeza de los actuales poderes globales con respecto a la vacuna, como solución mágica para enfrentar y superar la actual crisis pandémica, resumía su convicción de que la especie humana puede seguir como hasta ahora ha vivido, convencida de que la naturaleza, con todo lo que en ella habita, es su pertenencia y su objeto.

Desde este prisma la vacuna, con el paso de los meses, quedó transformada en la pócima milagrosa que todo lo cura, a pesar de los interrogantes que su aplicación sigue suscitando por doquier, todo ello porque aún no son vacunas en propiedad sino simples biológicos en proceso de elaboración (ver “El covid, muchos interrogantes”), proceso en el cual la especie humana, por cientos de millones, con su hombro descubierto, está constituida en el ratón de laboratorio para verificar cualidades y potencialidades de todas y cada una de las que están aplicando por aquí y por allá.

En el primero de los editoriales con igual título decíamos que no reparar en el contexto, en lo estructural de la crisis pandémica, es condición fundamental para: 1. Dejar el espacio abierto para que otras de estas crisis, con igual o peor potencia, impacten sobre la sociedad global; y, 2. Perder la oportunidad para que esa misma sociedad advierta con toda propiedad las características fundamentales de un sistema socioeconómico que lleva a su propia especie hacia el precipicio, así como a la naturaleza íntegra.

Pero lo que no alcanzábamos a captar en ese momento era que, en su afán por recuperar la economía global, el capitalismo estuviera dispuesto a todo, incluso a cercenar derechos fundamentales, criminalizar segmentos sociales que no responden a su llamado a vacunarse y ahondar desigualdades, llevando a la sociedad a una polarización entre vacuna sí, vacuna no. No se puede desconocer que la problemática en curso y los retos abiertos para la especie humana, a lo largo de estos meses, son mucho más profundos (ver: “Vacuna covid-19: ¿protección, negocio o violación de derechos?”, “El covid-19 es algo más que el pinchazo”).

La respuesta no se ha dejado esperar y en muchos países la creciente crítica a tales medidas copa calles. Las protestas son satanizadas por algunos medios de comunicación que los reportan como si fueran una estrategia de la derecha para ganar audiencia social, sin percatarse de la pluralidad del rechazo, motivado por convicciones políticas, en unos casos, y en otros por visiones alternas sobre salud, unos más por no compartir el autoritarismo como proceder para gobernar, sin estar por fuera visiones de derecha que atizan y aprovechan en río revuelto.

Es así como ahora ganan nitidez problemáticas ocultas tras la ofensiva propagandística en favor de la vacuna, de multiplicación del miedo –que tan buenos resultados dispensa para quienes gobiernan–, potenciando la unilateralidad del saber, con una ciencia occidental que desconoce otros saberes y prácticas, y que, al igual que los monocultivos, mata toda variedad que pretenda vivir en paralelo.

Un proceder impositivo que lleva a que sus ojos pierdan la capacidad de percibir la gama de tonalidades brindadas por la naturaleza para solo ver blanco o negro. Habría que ser más sensatos y mirar e investigar, por ejemplo, las prácticas que en el campo de la salud sobreviven en infinidad de territorios y con las cuales las gentes, sin esperar el dictamen médico amparado en diploma universitario, se automedican y se curan. En esa praxis acuden en ocasiones a plantas de diversas especies y de las cuales están llenas las plazas de mercado; además de otras que aún no han sido domesticadas y siguen intactas en los bosques y selvas, y solo son manejadas con propiedad por las sanadoras reconocidas por sus comunidades.

Algunas de aquellas prácticas siguen sirviendo para resolver la crisis en el encierro a que están sometidos miles de presos, por ejemplo. Y no solo ellos: también en los barrios populares y otros territorios donde sus pobladores comparten conocimientos y experiencias, e intercambian saberes, y así van resolviendo con agüitas el azote del virus. ¿Cuántos miles de infectados han dejado de acudir a consultorio y hospital alguno y se han curado? ¿Cómo lo han logrado? ¿Por qué no acuden al consultorio y mucho menos al hospital? Si el poder estuviera abierto a comprender la cultura popular, lo mismo que los usos y costumbres descritos, con seguridad aceptaría que la vacuna no tiene que ser obligatoria, y difundiría por todos los canales la posibilidad de inyectarse en otras formas y opciones para salir airosos de esta situación.

Entonces, es legítimo plantear que hay otras formas y procederes en que la solidaridad es fundamental, la memoria popular es persistente y no son necesarias las antesalas de varias horas para ser atendido. Pero igualmente hay prácticas indispensables para poder seguir en el rebusque porque, si se asiste al hospital y te dejan internado, ¿quién lleva el diario a casa?

De suerte que las formas alternativas están extendidas, además, por reacción, porque en sus barrios la gente ve morir a los suyos a pesar de estar vacunados, y por eso teme que le suceda igual, lo que invita a explicarles que los biológicos sirven en lo fundamental para evitar la UCI pero no mucho más. En esa expresión de sensatez, resulta posible construir procesos sociales de todo orden para enfrentar y superar la actual realidad, abordando como prioridad no desdeñable el cuidado común, a la par de la golpeada economía popular.

No es algo caprichoso. En realidad es un proceder indispensable que trasciende la estrategia mediática de cifras de muertos e internados en UCI, de cacarear en las bondades irreales de una vacuna que no evita la muerte, aunque sí pueda reducir las posibilidades de llegar a tal límite; estrategia que deja en manos de cada cual la resolución de sus urgencias económicas, proceder en el cual es indispensable implementar un viraje radical si de verdad se pretende ganar la confianza de amplios sectores y para lo cual los gobiernos deben priorizar la vida cotidiana de las mayorías, lo que implica garantizar vida digna, empezando por ingresos fijos y suficientes sin los cuales cada cual trata de resolver por vía propia, exponiéndose al contagio pero también atomizando mucho más el tejido social; un resolver por vía propia posible de constatar en la multiplicación de la informalidad callejera así como en la disparada de la delincuencia, con actuares cada vez más violentos –un síntoma de inseguridad, temor e inexperiencia de quien asalta– que copa calles por todas las ciudades del país.

Estamos, pues, ante una realidad sumamente compleja, que no se resuelve con más policía, como lo pretende el establecimiento, lo que va llevando hacia –o profundizando– la militarización y el autoritarismo armado como canal predilecto para gobernar e imponer. Ese proceder, ‘justificado’, por decirlo así, expresa la capacidad del sistema de reformularse y ahoga muchos derechos que le significaron a la humanidad intensas y prolongadas jornadas de lucha, tapizadas por miles de víctimas que se batieron por ellos.

Ese proceder del poder invita a pensar, no sin inquietud, si el terreno ganado por el ejercicio de un poder unilateral que ahora multiplica sus señales no se mantendrá y extenderá, incluso una vez superada esta coyuntura de salud pública, concretando así la tendencia de anulación de democracia efectiva que ya comporta el sistema, y que se manifiesta sin reparos –entre algunas de sus señales más evidentes– en la concentración de la riqueza, la multiplicación de las inequidades y las desigualdades que campean por todo el globo, la contención violenta de las voces de protesta que disienten y la imposición en todos los planos de un discurso único.

Esas manifestaciones antidemocráticas, con autoritarismo efectivo, expresado como tantas veces los estudiosos del tema han llamado la atención, a través de los cada vez más preocupantes mecanismos de control y disciplinamiento social, van haciendo de la democracia una simple palabra de cajón recubierta por mallas y muros que oprimen, imponen y aíslan, así como balas que contienen a opositores, inconformes y disidentes.

Estamos ante una tendencia o una realidad contundentes, con riesgo de polarización y disputa radical entre sectores del propio cuerpo social, utilizados por el poder real para potenciar sus controles y afilar sus mecanismos de efectivo dominio. Mientras así ocurre, del lado alternativo la pasividad y la ausencia de opciones efectivas en todos los planos, que le muestren superior y más efectivo que sus contrarios, lo arrinconan en un grado de confusión mayor y que saca a flote el hecho de que, en diversos campos del saber y del hacer, a pesar de lo que expresa, no alcanza a diferenciarse del discurso dominante.

La ciencia, ahora en el centro del debate, con la vacuna y la manera de afrontar una crisis como la actual, así como el carácter cada vez más autoritario del régimen político son parte de ello.

 

 

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Publicado enColombia
Domingo, 29 Agosto 2021 14:37

Covid-19: más que el pinchazo

Province of British Columbia, https://www.flickr.com/photos/bcgovphotos/50724940457/

Finales de 2019. Desde la fecha en que el “covid-19” “sorprendió” al mundo, el debate frente a las libertades individuales y personales, limitadas con fundamento en que es necesario combatirlo, controlarlo o al menos contener su avance, está al orden del día; un debate mucho más intenso a partir del mes de marzo del año 2020 cuando la Organización Mundial de la Salud declaró el inicio de una pandemia.

Las prohibiciones impuestas desde el primer momento fueron extremas, por ejemplo, para movilizarse entre países y al interior del propio territorio; pero también se impusieron un conjunto de obligaciones de todo tipo, empezando por la exigencia de reportar información sensible e inscribirse en diferentes plataformas si se pretendía obtener autorización para salir de la residencia, una especie de bases de datos que encontró pronto rechazo social toda vez que no se sabía el paradero final de la misma, en fin, un conjunto de restricciones vividas y padecidas por todos.

Ahora surge otra, la obligación de vacunarse, y la posibilidad de limitar importantes derechos a quienes no la acepten. El debate en nuestro país y en el mundo entero está abierto, y parece que otra vez la libertad individual debe ceder. Diferentes naciones en el mundo ya impusieron el “pasaporte covid” o un “pase verde”, una especie de tarjeta sanitaria que se exige para entrar a un café, un restaurante, un cine, un gimnasio, un museo, para utilizar el transporte público, para subirse al tren o a un avión.

Está claro que la imposición de una obligación tal vulnera de forma evidente los principios que soportan a un Estado constitucional y democrático, que está fundado en la dignidad, la autonomía y el pluralismo. El Estado no puede, aún bajo el presupuesto de proteger a otros, obligar a una persona a vacunarse. 

Los mandatos constitucionales y convencionales en materia de derechos humanos, los tratados internacionales como la Convención Americana de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y la Declaración Universal de Derechos Humanos, son suficientes para sostener esta posición.

Incluso, si faltaran argumentos, la jurisprudencia los brinda, basta acudir a las sentencias de la Corte Constitucional para encontrarlos, porque en ella se ha reconocido que en una sociedad fundada en la inviolabilidad, dignidad y autonomía de las personas. toda intervención en el cuerpo de un individuo debe en principio contar con la autorización del propio afectado (principio de autonomía).
 
Es así como, en el caso nuestro, el Estado no puede obligar a la población colombiana a vacunarse, porque la facultad de tomar decisiones relativas a su salud es un derecho de carácter fundamental, como concreción del principio constitucional de pluralismo (artículos 1 y 7 de la Carta Política) y de los derechos fundamentales a la dignidad humana (artículo 1), al libre desarrollo de la personalidad (artículo 16), a la integridad personal (artículo 12) y a la salud (artículo 49). (Sentencia T–365 de 2017)

Del principio general de libertad emana el derecho específico de la autonomía de la persona que le permite tomar decisiones relativas a su salud. Los individuos son libres y agentes morales autónomos, es a ellos a quienes corresponde definir cómo entienden el cuidado de su salud.

Así las cosas, en materia de las vacunas, toda persona es autónoma y libre para elegir y decidir cuál opción seguir. La Constitución reconoce la existencia de diferentes concepciones de bien y de mundo, igualmente válidas, desde las cuales toda persona puede construir legítimamente un proyecto de vida.
 
Además, en materia médica el principio de pluralismo, reconocido en los artículos 1º y 7º de la Constitución, existen, dentro de ciertos límites, diversas formas igualmente válidas de entender y valorar en qué consiste la bondad de un determinado tratamiento médico.

Incluso, impedir a una persona decidir si se somete o se rehúsa a la administración de una vacuna atenta contra otro de los contenidos protegidos por el derecho a la dignidad humana, el cual se relaciona de forma innegable con el derecho a la integridad personal. En este sentido, si las personas son inviolables, sus cuerpos también lo son, por lo cual no pueden ser intervenidos sin su permiso. El individuo es titular de un derecho exclusivo sobre el propio cuerpo.

El propio derecho a la salud permite sostener que las personas no pueden ser sometidas a tratamientos y experimentos médicos no consensuales. Toda actuación destinada a instrumentalizar a la persona, impidiéndole que pueda tomar las decisiones que estime convenientes sobre su propio cuerpo, se muestra incluso abiertamente desproporcionada y contraria a los principios que informan la Constitución, razón de más para señalar que la vacuna no puede ser considerada obligatoria para sus destinatarios.

Acerca de la libre elección de vacunarse

No todas las personas se niegan a vacunarse, tanto es así que la vacunación empezó en nuestro país el 17 de febrero de 2021 y al inicio del mes de agosto alcanza cerca de 30 millones de dosis aplicadas, divididas de la siguiente manera: 16 millones primera dosis y 13 millones con el esquema completo.

Una libertad concretada, por ejemplo, en el actuar de aquellos ciudadanos más pudientes económicamente, quienes salieron con su núcleo familiar para los Estados Unidos en procura del biológico que consideraron, “libremente”, que era el mejor. Con una oferta variada, eligieron el que en su momento parecía el mejor. Hoy no se sabe. Pero ya están vacunados.

Los demás, aquellas personas que no pudieron salir buscando el sueño americano, materializado ahora en una vacuna, les tocó acá en la tierrita, según el turno y la existencia del biológico, aunque muchos ingeniosos, que se creen más avispados, maniobraron para que les aplicara el que consideraron el mejor. Entonces, ya se vacunaron, lo hicieron libremente, lo eligieron, no hay que obligarlos.

Otros ciudadanos no se niegan, solo exigen que los vacunen con el mismo biológico que utilizaron el presidente, los ministros, sus esposas, hijos y familiares más cercanos, algo así como que esta es la mejor prueba de que el biológico no producirá efectos negativos. Reclaman igualdad, y de esta manera aceptarían vacunarse sin objeción alguna.

Existe un grupo de personas que aún no se han vacunado porque reclaman, como condición previa, información confiable y suficiente, es decir una adecuada ilustración para decidir si se inoculan o no. Pero esta información no existe, falta tiempo para que los estudios arrojen algún resultado digno de crédito.

Un reclamo, un derecho, de manera alguna ilógico. Un reclamo que el Ministerio de Salud y Protección Social debe atender con información precisa sobre los efectos de la vacuna, positivos y negativos. El consentimiento informado, que materializa los principios constitucionales como la dignidad humana, el libre desarrollo de la personalidad, la libertad individual, el pluralismo, constituye un elemento determinante para la protección de los derechos a la salud y a la integridad de la persona humana.
 
Se trata de un derecho que consiste en ser informado de manera clara, objetiva, idónea y oportuna sobre aquellos procedimientos médicos que afecten en mayor o menor medida la vida y la integridad personal

Sin embargo, la información no ha sido clara, no se conocen los efectos secundarios de las vacunas, tanto a corto como a largo plazo. Esta información no ha sido suficiente, ni concluyente, ejemplo de lo cual es que las vacunas que en principio aseguraban que con dos dosis lograban su propósito, hoy afirman que para ello necesitarán una tercera, una variación que agrega elementos para que la población en general siga dudando de la veracidad de la información.

Ahora bien, para obligar a la vacunación el Ministerio de Salud sustenta que es necesario alcanzar la conocida inmunidad de rebaño, la cual aseguraban se obtendría con el 70 por ciento y ahora aseguran debe alcanzar al 90 por ciento, algo que parece casi imposible toda vez que la movilidad global, el comercio y el mercado no cejan en su frenesí. Algo aún más difícil de obtener de hacerse realidad lo afirmado por algunos expertos: que los vacunados serán los más afectados con las nuevas cepas.

Pero además porque los contagios proseguirán, como lo advierte Anthony Fauci –científico estrella de la Casa Blanca–, al confirmar que “infectarse tras vacunarse es inevitable”. Si así es, entonces ¿cómo se podrá alcanzar la inmunidad de rebaño si los vacunados tienen alto riesgo de contagiarse y contagiar a otros? Según se dice estamos frente a la ‘breakthrough infection’.

Pero hay más leña agregada al fuego, o al aceptable escepticismo de una franja social. Los estudios indican que las vacunas tienen una eficacia mayor al 50 evitando así que las personas infectadas sean hospitalizadas, ingresen a una UCI y en general disminuir la mortalidad por covid-19. Pero también indican que no son efectivas para no infectarse, y no ha sido descartado que una persona vacunada, una vez infectada, no lo trasmita a otros de sus congéneres.

Una realidad que impregna escepticismo al ya reinante entre jóvenes y adultos sobre la eficacia del biológico, mucho más cuando circulan reportes que certifican que el contagio con nuevas cepas del covid entre los vacunados viene en aumento. Incluso algunos expertos aseveran que la verdadera crisis sanitaria se está creando ahora con los vacunados. Algo que solo será verificado con el paso de los meses pero que, por lo pronto, se suma como agravante para lo relatado.

Eficacia limitada de las vacunas y efecto parcial y limitado además en el tiempo (sus productores indican que unas protegen con cierta seguridad por espacio de 9 meses, otros un poco menos) que motiva a galenos a recomendar no vacunar a niños, jóvenes y personas con buena salud, porque si han resistido al virus sin el biológico al interior de su humanidad es evidencia de poseer excelente capacidad de defensa.

Advertencias y evidencias que comienzan algunas de ellas a ser corroboradas. Por ejemplo, el tiempo efectivo de las vacunas: ante la perdida de eficacia con el paso de los meses y el surgimiento de nuevas cepas del covid-19 ahora los países imponen un refuerzo o tercera dosis, además de insistir en mantener la distancia, el uso de mascarilla y limitación de la interacción social para frenar las nuevas variantes, por ejemplo, la Delta, que es tan transmisible como la varicela.

Así las cosas y en tanto la información brindada por gobiernos y farmacéuticas no es confiable, es comprensible que un grupo de personas no quiera vacunarse.

Pero además de este segmento social, existen quienes nunca se vacunarían, ni contra el covid ni contra nada. Y su decisión tiene respaldo suficiente desde la legalidad. Y en todo momento reclaman que no se les limiten derechos de ninguna índole por elegir libremente qué hacer con su salud.

Como puede quedar claro con lo hasta acá escrito, y en tanto quienes ya están vacunados también pueden infectarse e infectar, las personas que decidan no vacunarse, no por ello son los que ponen en riesgo a los demás, por lo cual este riesgo no puede ser la sustentación para imponer como obligatoria la vacunación.

Estamos, por tanto, ante un complejo dilema, el cual puede concluir de ser tensado como profundización de las tendencias de disciplinamiento y control social cada vez más vertical que ahora se ventilan por doquier, tras las cuales parece respirar el mercado, almádana que con su peso inclina a los poderes reales a privilegiar la economía por sobre la libertad y otros derechos ya relacionados.

Un martillar que refuerza la voluntad de quienes aspiran a comprar, divertirse, gastar y consumir sin limitante alguna, y para lo cual están dispuestos a que se imponga y exija el pasaporte de vacunación. Una decisión, que también puede estar asociada a no estar inquietos por los factores reales que dieron origen al virus, ni al interrogante ¿cómo evitar que otra crisis de estas tome cuerpo?

Por el momento, en medio de la intensa pugna social que parece ir tomando cuerpo en países que ya han impuesto la obligación del pasaporte en cuestión, el celular como puerta trasera para un efectivo control social, entra a jugar su rol de manera abierta, al permitir el registro y verificación del disciplinamiento ahora desplegado contra toda razón por los factores reales de poder.

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Publicado enEdición Nº283
Lunes, 30 Agosto 2021 06:15

Covid-19: más que el pinchazo

Province of British Columbia, https://www.flickr.com/photos/bcgovphotos/50724940457/

Finales de 2019. Desde la fecha en que el “covid-19” “sorprendió” al mundo, el debate frente a las libertades individuales y personales, limitadas con fundamento en que es necesario combatirlo, controlarlo o al menos contener su avance, está al orden del día; un debate mucho más intenso a partir del mes de marzo del año 2020 cuando la Organización Mundial de la Salud declaró el inicio de una pandemia.

Las prohibiciones impuestas desde el primer momento fueron extremas, por ejemplo, para movilizarse entre países y al interior del propio territorio; pero también se impusieron un conjunto de obligaciones de todo tipo, empezando por la exigencia de reportar información sensible e inscribirse en diferentes plataformas si se pretendía obtener autorización para salir de la residencia, una especie de bases de datos que encontró pronto rechazo social toda vez que no se sabía el paradero final de la misma, en fin, un conjunto de restricciones vividas y padecidas por todos.

Ahora surge otra, la obligación de vacunarse, y la posibilidad de limitar importantes derechos a quienes no la acepten. El debate en nuestro país y en el mundo entero está abierto, y parece que otra vez la libertad individual debe ceder. Diferentes naciones en el mundo ya impusieron el “pasaporte covid” o un “pase verde”, una especie de tarjeta sanitaria que se exige para entrar a un café, un restaurante, un cine, un gimnasio, un museo, para utilizar el transporte público, para subirse al tren o a un avión.

Está claro que la imposición de una obligación tal vulnera de forma evidente los principios que soportan a un Estado constitucional y democrático, que está fundado en la dignidad, la autonomía y el pluralismo. El Estado no puede, aún bajo el presupuesto de proteger a otros, obligar a una persona a vacunarse. 

Los mandatos constitucionales y convencionales en materia de derechos humanos, los tratados internacionales como la Convención Americana de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y la Declaración Universal de Derechos Humanos, son suficientes para sostener esta posición.

Incluso, si faltaran argumentos, la jurisprudencia los brinda, basta acudir a las sentencias de la Corte Constitucional para encontrarlos, porque en ella se ha reconocido que en una sociedad fundada en la inviolabilidad, dignidad y autonomía de las personas. toda intervención en el cuerpo de un individuo debe en principio contar con la autorización del propio afectado (principio de autonomía).
 
Es así como, en el caso nuestro, el Estado no puede obligar a la población colombiana a vacunarse, porque la facultad de tomar decisiones relativas a su salud es un derecho de carácter fundamental, como concreción del principio constitucional de pluralismo (artículos 1 y 7 de la Carta Política) y de los derechos fundamentales a la dignidad humana (artículo 1), al libre desarrollo de la personalidad (artículo 16), a la integridad personal (artículo 12) y a la salud (artículo 49). (Sentencia T–365 de 2017)

Del principio general de libertad emana el derecho específico de la autonomía de la persona que le permite tomar decisiones relativas a su salud. Los individuos son libres y agentes morales autónomos, es a ellos a quienes corresponde definir cómo entienden el cuidado de su salud.

Así las cosas, en materia de las vacunas, toda persona es autónoma y libre para elegir y decidir cuál opción seguir. La Constitución reconoce la existencia de diferentes concepciones de bien y de mundo, igualmente válidas, desde las cuales toda persona puede construir legítimamente un proyecto de vida.
 
Además, en materia médica el principio de pluralismo, reconocido en los artículos 1º y 7º de la Constitución, existen, dentro de ciertos límites, diversas formas igualmente válidas de entender y valorar en qué consiste la bondad de un determinado tratamiento médico.

Incluso, impedir a una persona decidir si se somete o se rehúsa a la administración de una vacuna atenta contra otro de los contenidos protegidos por el derecho a la dignidad humana, el cual se relaciona de forma innegable con el derecho a la integridad personal. En este sentido, si las personas son inviolables, sus cuerpos también lo son, por lo cual no pueden ser intervenidos sin su permiso. El individuo es titular de un derecho exclusivo sobre el propio cuerpo.

El propio derecho a la salud permite sostener que las personas no pueden ser sometidas a tratamientos y experimentos médicos no consensuales. Toda actuación destinada a instrumentalizar a la persona, impidiéndole que pueda tomar las decisiones que estime convenientes sobre su propio cuerpo, se muestra incluso abiertamente desproporcionada y contraria a los principios que informan la Constitución, razón de más para señalar que la vacuna no puede ser considerada obligatoria para sus destinatarios.

Acerca de la libre elección de vacunarse

No todas las personas se niegan a vacunarse, tanto es así que la vacunación empezó en nuestro país el 17 de febrero de 2021 y al inicio del mes de agosto alcanza cerca de 30 millones de dosis aplicadas, divididas de la siguiente manera: 16 millones primera dosis y 13 millones con el esquema completo.

Una libertad concretada, por ejemplo, en el actuar de aquellos ciudadanos más pudientes económicamente, quienes salieron con su núcleo familiar para los Estados Unidos en procura del biológico que consideraron, “libremente”, que era el mejor. Con una oferta variada, eligieron el que en su momento parecía el mejor. Hoy no se sabe. Pero ya están vacunados.

Los demás, aquellas personas que no pudieron salir buscando el sueño americano, materializado ahora en una vacuna, les tocó acá en la tierrita, según el turno y la existencia del biológico, aunque muchos ingeniosos, que se creen más avispados, maniobraron para que les aplicara el que consideraron el mejor. Entonces, ya se vacunaron, lo hicieron libremente, lo eligieron, no hay que obligarlos.

Otros ciudadanos no se niegan, solo exigen que los vacunen con el mismo biológico que utilizaron el presidente, los ministros, sus esposas, hijos y familiares más cercanos, algo así como que esta es la mejor prueba de que el biológico no producirá efectos negativos. Reclaman igualdad, y de esta manera aceptarían vacunarse sin objeción alguna.

Existe un grupo de personas que aún no se han vacunado porque reclaman, como condición previa, información confiable y suficiente, es decir una adecuada ilustración para decidir si se inoculan o no. Pero esta información no existe, falta tiempo para que los estudios arrojen algún resultado digno de crédito.

Un reclamo, un derecho, de manera alguna ilógico. Un reclamo que el Ministerio de Salud y Protección Social debe atender con información precisa sobre los efectos de la vacuna, positivos y negativos. El consentimiento informado, que materializa los principios constitucionales como la dignidad humana, el libre desarrollo de la personalidad, la libertad individual, el pluralismo, constituye un elemento determinante para la protección de los derechos a la salud y a la integridad de la persona humana.
 
Se trata de un derecho que consiste en ser informado de manera clara, objetiva, idónea y oportuna sobre aquellos procedimientos médicos que afecten en mayor o menor medida la vida y la integridad personal

Sin embargo, la información no ha sido clara, no se conocen los efectos secundarios de las vacunas, tanto a corto como a largo plazo. Esta información no ha sido suficiente, ni concluyente, ejemplo de lo cual es que las vacunas que en principio aseguraban que con dos dosis lograban su propósito, hoy afirman que para ello necesitarán una tercera, una variación que agrega elementos para que la población en general siga dudando de la veracidad de la información.

Ahora bien, para obligar a la vacunación el Ministerio de Salud sustenta que es necesario alcanzar la conocida inmunidad de rebaño, la cual aseguraban se obtendría con el 70 por ciento y ahora aseguran debe alcanzar al 90 por ciento, algo que parece casi imposible toda vez que la movilidad global, el comercio y el mercado no cejan en su frenesí. Algo aún más difícil de obtener de hacerse realidad lo afirmado por algunos expertos: que los vacunados serán los más afectados con las nuevas cepas.

Pero además porque los contagios proseguirán, como lo advierte Anthony Fauci –científico estrella de la Casa Blanca–, al confirmar que “infectarse tras vacunarse es inevitable”. Si así es, entonces ¿cómo se podrá alcanzar la inmunidad de rebaño si los vacunados tienen alto riesgo de contagiarse y contagiar a otros? Según se dice estamos frente a la ‘breakthrough infection’.

Pero hay más leña agregada al fuego, o al aceptable escepticismo de una franja social. Los estudios indican que las vacunas tienen una eficacia mayor al 50 evitando así que las personas infectadas sean hospitalizadas, ingresen a una UCI y en general disminuir la mortalidad por covid-19. Pero también indican que no son efectivas para no infectarse, y no ha sido descartado que una persona vacunada, una vez infectada, no lo trasmita a otros de sus congéneres.

Una realidad que impregna escepticismo al ya reinante entre jóvenes y adultos sobre la eficacia del biológico, mucho más cuando circulan reportes que certifican que el contagio con nuevas cepas del covid entre los vacunados viene en aumento. Incluso algunos expertos aseveran que la verdadera crisis sanitaria se está creando ahora con los vacunados. Algo que solo será verificado con el paso de los meses pero que, por lo pronto, se suma como agravante para lo relatado.

Eficacia limitada de las vacunas y efecto parcial y limitado además en el tiempo (sus productores indican que unas protegen con cierta seguridad por espacio de 9 meses, otros un poco menos) que motiva a galenos a recomendar no vacunar a niños, jóvenes y personas con buena salud, porque si han resistido al virus sin el biológico al interior de su humanidad es evidencia de poseer excelente capacidad de defensa.

Advertencias y evidencias que comienzan algunas de ellas a ser corroboradas. Por ejemplo, el tiempo efectivo de las vacunas: ante la perdida de eficacia con el paso de los meses y el surgimiento de nuevas cepas del covid-19 ahora los países imponen un refuerzo o tercera dosis, además de insistir en mantener la distancia, el uso de mascarilla y limitación de la interacción social para frenar las nuevas variantes, por ejemplo, la Delta, que es tan transmisible como la varicela.

Así las cosas y en tanto la información brindada por gobiernos y farmacéuticas no es confiable, es comprensible que un grupo de personas no quiera vacunarse.

Pero además de este segmento social, existen quienes nunca se vacunarían, ni contra el covid ni contra nada. Y su decisión tiene respaldo suficiente desde la legalidad. Y en todo momento reclaman que no se les limiten derechos de ninguna índole por elegir libremente qué hacer con su salud.

Como puede quedar claro con lo hasta acá escrito, y en tanto quienes ya están vacunados también pueden infectarse e infectar, las personas que decidan no vacunarse, no por ello son los que ponen en riesgo a los demás, por lo cual este riesgo no puede ser la sustentación para imponer como obligatoria la vacunación.

Estamos, por tanto, ante un complejo dilema, el cual puede concluir de ser tensado como profundización de las tendencias de disciplinamiento y control social cada vez más vertical que ahora se ventilan por doquier, tras las cuales parece respirar el mercado, almádana que con su peso inclina a los poderes reales a privilegiar la economía por sobre la libertad y otros derechos ya relacionados.

Un martillar que refuerza la voluntad de quienes aspiran a comprar, divertirse, gastar y consumir sin limitante alguna, y para lo cual están dispuestos a que se imponga y exija el pasaporte de vacunación. Una decisión, que también puede estar asociada a no estar inquietos por los factores reales que dieron origen al virus, ni al interrogante ¿cómo evitar que otra crisis de estas tome cuerpo?

Por el momento, en medio de la intensa pugna social que parece ir tomando cuerpo en países que ya han impuesto la obligación del pasaporte en cuestión, el celular como puerta trasera para un efectivo control social, entra a jugar su rol de manera abierta, al permitir el registro y verificación del disciplinamiento ahora desplegado contra toda razón por los factores reales de poder.

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Protestas, descontento y democracia en América Latina

Las protestas y estallidos sociales vienen marcando la coyuntura política latinoamericana. Luego de un paréntesis al comienzo de la pandemia de covid-19, han reemergido con fuerza en varios países de la región. Las movilizaciones no tienen, sin embargo, una direccionalidad única, ni un solo punto de llegada. Y vuelven a poner de relieve las tensiones entre desigualdades y democracia.

2019 será recordado como el año del estallido social en América Latina. En su último trimestre, emergieron protestas en Ecuador, Chile, Bolivia y Colombia. El miedo al contagio de covid-19 pareció sofocarlas cuando la pandemia llegó a la región en 2020. Sin embargo, en Bolivia y en Colombia, el descontento pudo más que el miedo y la gente salió a las calles aun con pandemia1. En Perú y Paraguay, que habían vivido crisis institucionales en 2019, las protestas estallaron a fines de 2020 y principios de 2021, respectivamente. ¿Qué significan las manifestaciones de la ciudadanía en medio de una crisis sanitaria y económica? ¿Y qué nos dice su ausencia? En este artículo, intentaré esbozar algunas ideas sobre el significado del malestar social, así como potenciales escenarios para los sistemas políticos de la región, que reflejan diferentes modos de canalizar ese malestar y nos hablan de las promesas incumplidas de la transición democrática. 

Las transiciones democráticas de los años 80 ocurrieron en el contexto de una profunda crisis económica: la crisis de la deuda externa, que provocó una recesión tan grande que dio en llamarse a esos años la «década perdida» de América Latina. La interpretación de esta crisis como indicador de la inoperancia de los gobiernos autoritarios empujó la democratización de la región. Durante las transiciones, los politólogos se dividían entre dos temores. Había quienes pensaban que las jóvenes democracias no sobrevivirían a la pobreza y desigualdad que heredaban porque sus crisis fiscales no les dejarían atender las demandas de las mayorías excluidas que ganaban entonces el derecho a expresarse políticamente. Y por otro lado, estaban quienes temían que las elites que habían apoyado los golpes de sus aliados militares interrumpieran el proceso si no se contenían las demandas de esas mayorías excluidas2.

El despertar democrático no trajo redistribución para las mayorías que ganaron derechos políticos, sino procesos de ajuste económico y una ola de reformas de mercado que parecían inevitables cuando la caída del Muro de Berlín anunciaba el fin de la utopía comunista. Las elites económicas perdieron el miedo a la democracia, y si bien los militares se resistieron a los intentos de juzgar sus crímenes contra los derechos humanos, se mantuvo la paz social, ya fuera por miedo a la represión pasada o por el desgaste que implicaba la supervivencia económica, con el aumento de la pobreza y la informalidad que trajeron los años 90. Cuando las elites políticas parecían acordar en lo que se llamó el Consenso de Washington (reformas que incluían privatizaciones, desregulación y liberalización comercial), la resistencia de las clases populares empobrecidas comenzó a surgir y se agudizó con la crisis económica que caracterizó el último lustro del siglo xx. Si bien el descontento desbordó las calles, como durante el Caracazo en Venezuela o las llamadas «guerras» del gas y del agua en Bolivia, se expresó mayormente utilizando los canales políticos abiertos por la democracia; es decir, con el abandono de los partidos que promovían políticas de mercado y la búsqueda de otras alternativas. Esta estrategia democrática generó un aumento en la volatilidad electoral en busca de nuevas opciones y abrió paso a liderazgos que reconfiguraron totalmente los sistemas de partidos en Venezuela, Ecuador y Bolivia y, parcialmente, en Argentina y en Uruguay3. En otros casos, existía un partido que proveía una alternativa a la fuerza de gobierno, como en Brasil, pero allí no se produce una reconfiguración del sistema de partidos y el Partido de los Trabajadores (pt) no logra nunca mayorías legislativas, por lo que depende de gobiernos de coalición4. En todos estos casos, las novedades políticas polarizan los sistemas de partidos (incluso en Brasil, con el clivaje petismo/antipetismo). 

Con el nuevo milenio, llegaron los altos precios de las materias primas empujados por la demanda asiática que cambiaba la geopolítica mundial. Para Sudamérica, tan dependiente en recursos naturales, el maná caía del cielo. Además del aumento de la riqueza y su traslado a los mercados de trabajo, los recursos fiscales permitieron políticas redistributivas que facilitaron la reducción de la pobreza y la desigualdad, la expansión de la educación y la emergencia de una nueva clase media que aspiraba a la movilidad social, aunque era todavía muy vulnerable a cualquier shock negativo por su falta de ahorros y dependía de un Estado que garantizara servicios públicos y sociales de calidad5. La democracia, sin embargo, parecía por primera vez cumplir con la promesa de redistribución que los politólogos de la transición democrática habían imaginado como consecuencia lógica del cambio de régimen, pero sin el retorno a los golpes militares que los atemorizaba en los años 80. Mientras las clases populares aumentaban sus expectativas sociales y buscaban que la política las resolviera, las elites se centraban en la emergente tensión entre democracia y república. Todos parecían ignorar, sin embargo, las limitaciones de las mismas promesas que parecían cumplirse, con una educación que se expandía a un ritmo mayor que su calidad y un modelo de desarrollo que recaía en proyectos extractivistas que proveían recursos fiscales sin resolver la demanda de empleo ni tomar en serio los costos medioambientales, mayormente pagados por grupos vulnerables tanto rurales como urbanos. Pese a las mejoras en los mercados laborales, estos continuaron siendo altamente excluyentes y segmentados por la informalidad, mientras que reforzaban desigualdades sociales que se superponían a otras diferencias étnicas, de raza y de género. 

Con el fin del boom de las materias primas en 2014, comienza un proceso de reversión de las mejoras sociales respecto a la desigualdad y la pobreza. Las promesas de movilidad social a través de la educación, anhelo de la nueva clase media, se vuelven cada vez más difíciles de cumplir6. Más aún, esa nueva clase media comienza a percibir su vulnerabilidad frente a los shocks y la ausencia o deficiencia de los servicios públicos, en sociedades donde sus oportunidades laborales están marcadas por distancias sociales impuestas por origen, geografía, etnicidad, raza, informalidad y género. Al deterioro económico se le suma la inseguridad ciudadana, que pareciera agudizarse por la incapacidad e incluso la complicidad estatal con el crimen organizado, y a la desaceleración de las mejoras sociales se le agregan los escándalos de corrupción que llevaron a presidentes, vicepresidentes y otros funcionarios al procesamiento judicial. Llegamos entonces a 2019 con «vacas flacas» y un Estado que no puede compensar las debilidades del mercado. En lugar de poder reactivar a través del gasto, el sector público camina la senda del ajuste fiscal. Estos ajustes económicos encienden la mecha de la protesta en Ecuador, Chile y Colombia. En Bolivia, se trató de una crisis de legitimidad política7. Perú y Paraguay también vivieron crisis institucionales en 2019 (pero estas no se expresarían en protestas hasta ya entrada la crisis sanitaria provocada por la pandemia). El deterioro económico y el consiguiente malestar que provocaba no siempre se expresaron en las calles, sino que a veces resultaron en votos que castigaban al partido de gobierno, como sucedió en las elecciones presidenciales de 2019, que obligaron al recambio en Argentina (donde perdió la derecha) y en Uruguay (donde perdió la izquierda).

En 2020, llegó la pandemia. Las cuarentenas y el miedo acallaron las protestas, aunque sus causales solo empeoraron. La región no solo sufrió el impacto de la enfermedad que hizo epicentro en ella durante mucho tiempo, sino que además entró en recesión. En 2020 la economía latinoamericana cayó 7,7% según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal)8. Esa caída tuvo un impacto desigual entre quienes podían trabajar remotamente y un gran sector de trabajadores informales que se quedaron de un día para el otro sin posibilidad de ganar el sustento. La región también fue la que más días de educación perdidos acumuló, lo que siguió profundizando la desigualdad entre quienes tienen acceso a tecnologías para educación remota y quienes no. La pobreza y el desempleo aumentaron, la corrupción se inmiscuyó en el manejo de la pandemia y, en muchos casos, las elites políticas siguieron mostrando falta de empatía con una población cada vez más angustiada. 

Hasta que el malestar explotó, y entonces los jóvenes encabezaron las protestas pese a la represión y la pandemia. Si bien en Bolivia las protestas habían continuado intermitentemente hasta que se convocó a la nueva elección presidencial, en Perú tomaron la forma de un estallido. El motivo fue que el Congreso (con poca legitimidad) declaró la vacancia del popular presidente interino Martín Vizcarra (recordemos que el presidente Pedro Pablo Kuczynski, elegido en 2016, había renunciado en 2018 para evitar una jugada similar). El enojo de la ciudadanía se manifestó en las calles y obligó a renunciar al presidente designado por el Congreso. Le siguieron las protestas de Paraguay en marzo de 2021 y la explosión de mayo en Colombia, donde la mecha fue encendida por una reforma impositiva y, pese a una brutal represión con muertos y desaparecidos, las protestas continúan un mes más tarde. La movilización refleja un descontento que nos remonta a los miedos de los «transitólogos» sobre la coexistencia de la democracia con una enorme desigualdad y pobreza. Y en este punto hay que pensar no solamente en los altos niveles de desigualdad, sino también en su trayectoria, que había parecido descendente hasta mediados de la década pasada. La politización de la desigualdad llega en un momento en que esa trayectoria se detiene y esto hace trizas las esperanzas de movilidad social, o al menos de mejora en el bienestar que había generado. Las nuevas generaciones ya no quieren volver a naturalizar la desigualdad y expresan su descontento políticamente (aunque también de otros modos que van más allá de este ensayo). En ese contexto de descontento social, podemos pensar en al menos tres escenarios políticos posibles para entender esquemáticamente las trayectorias de los países (aun reconociendo sus múltiples especificidades). 

El primer escenario es el de fragmentación o desestructuración política, donde el descontento popular con las elites políticas se expresa en las calles y electoralmente no encuentra un punto focal. Este escenario aparece en sistemas políticos con elites económicas poderosas, donde la estabilidad macroeconómica se mantuvo y los procesos de redistribución material y simbólica habilitados por el boom de las materias primas fueron sostenidos, pero no dramáticos. Chile es el caso paradigmático. El «octubre chileno» que estalló en 2019 movilizó a 20% de la población a las calles y forzó la celebración de un plebiscito para decidir sobre la necesidad de redactar una nueva Constitución. Los resultados electorales de la consulta de octubre de 2020 confirmaron el enojo de la ciudadanía, con un apoyo de 80% a la convocatoria de una Convención Constitucional (pese al muchísimo mayor apoyo financiero a la opción del rechazo). La elección de constituyentes, en mayo de 2021, volvió a señalar el descontento de la ciudadanía con los partidos tradicionales, ya que un tercio de los escaños quedó en manos de candidatos independientes. En Perú, jóvenes descontentos frente a una pelea palaciega que ignoraba la crisis sanitaria y económica del país salieron a las calles desafiando la pandemia en noviembre de 2020. El fastidio de la ciudadanía con esos políticos ajenos a su sufrimiento quedó plasmado en una elección presidencial en la que la fragmentación electoral fue tal, que el 18% que obtuvieron los votos blancos y nulos casi emparejó al candidato más votado, mientras que la segunda candidatura recibió 13% de apoyo electoral. En la segunda vuelta entre esos dos candidatos, Pedro Castillo y Keiko Fujimori, y con una campaña que polarizó a la opinión pública agitando el espectro del comunismo si ganaba el primero, el voto se dividió por clase social y geografía. Castillo ganó por menos de un punto porcentual9. En Colombia, también la ciudadanía se expresó en las calles retomando las protestas de 2019, pese a una represión brutal heredera de años de conflicto armado que había contenido durante mucho tiempo la movilización. Sin embargo, todavía es temprano para definir las consecuencias electorales de esa movilización. 

En Chile, Perú y Colombia, los jóvenes lideraron las protestas en el marco de una menor densidad organizativa de la sociedad civil y, por ende, la falta de representantes claros con capacidad para negociar salidas de la crisis. En estos casos no hay un liderazgo definido de las protestas, pero los jóvenes comparten su frustración frente a una educación superior cuyo costo no se condice necesariamente con su calidad, o con la provisión de habilidades que permitan un empleo digno y la movilidad social prometida por la expansión educativa. En los tres países, las anteriores protestas habían sido localizadas geográfica o temáticamente y no habían encontrado respuesta en el sistema político (incluso a veces la represión fue la única respuesta). Esta nueva ola de protestas, cuyas consecuencias todavía no terminan de vislumbrarse, se expandió a través del territorio y sorprendió a las elites políticas y económicas, que hasta entonces se habían sentido seguras. 

El segundo escenario es de continuidad de la polarización. En estos casos, los sistemas políticos ya sufrieron una crisis de representación de los partidos tradicionales en respuesta a las reformas de mercado de los años 90. Esas crisis permitieron la emergencia de nuevos liderazgos que prometían renovación y ocupaban el espacio de oposición a esas políticas, especialmente tras la recesión del último lustro del siglo xx. Los gobiernos de izquierda que llegaron con el recambio pudieron aprovechar el boom de las materias primas para beneficiarse del consiguiente crecimiento económico y redistribuir recursos más significativamente con el fin de compensar los efectos de las políticas anteriores en la estructura social. A los recursos fiscales del boom, estos nuevos liderazgos sumaron la explícita representación de los sectores populares formales e informales incluyendo diferentes grados de confrontación con las elites económicas. En los casos más personalistas, la concentración de poder generó tensiones importantes con la democracia, lo que dio paso a procesos de backsliding o erosiones incrementales que deterioraban el régimen democrático de un modo que no había sido previsto por los «transitólogos», como ocurrió en el caso de Venezuela10

Bolivia, Argentina y Ecuador representan el escenario de democracias con continuidad de la polarización (tal vez también Uruguay, aunque sin liderazgos personalistas). La polarización surgida de la anterior crisis de representación todavía organiza sus sistemas políticos, aunque está empezando a desarticularse en el caso ecuatoriano, donde el movimiento indígena y los jóvenes desconfían del correísmo y las protestas también estallaron en 2019 lideradas por el movimiento indígena. En estos países, los sectores populares están más organizados y las protestas se sostienen al ritmo de los ajustes, pero con liderazgos sociales que permiten la negociación y establecen límites a la política pública. El movimiento indígena en Ecuador y el piquetero11 en Argentina son ejemplos de esa capacidad, que permitió negociar el fin de las protestas sociales de 2019 en Ecuador y evitar su ocurrencia en Argentina ese mismo año (las protestas limitadas que se registraron durante la pandemia han representado hasta ahora a sectores de centroderecha de oposición al gobierno de Alberto Fernández). Incluso en Bolivia, donde la ruptura institucional emergió después de la movilización polarizada de sectores juveniles urbanos de clase media, las protestas organizadas por movimientos sociales asociados al Movimiento al Socialismo (mas) fueron claves para el retorno del calendario electoral incluso durante la pandemia. En este escenario, la organización de los sectores populares y la polarización social y política son todavía claves para comprender la protesta, aunque las consecuencias de la pandemia pueden modificar los patrones de polarización en el futuro. 

El tercer escenario de liderazgos reestructuradores del sistema político refleja también un descontento ciudadano con los partidos políticos tradicionales similar al del primer escenario. Sin embargo, en lugar de volcarse a las calles, este descontento encuentra un punto focal alrededor de un liderazgo electoral que se presenta como renovador y busca reestructurar el sistema político. El Salvador y México son casos emblemáticos. En ambos países, las transiciones tardías se combinaron con la gran dependencia de la economía estadounidense, expresada en la integración comercial, la migración y las remesas. Esa misma dependencia de Estados Unidos proveyó mecanismos de protección a las elites económicas que limitaron el alcance de los procesos de redistribución en los años 2000 y redujeron la volatilidad económica provocada por los ciclos de precios de materias primas presente en los otros dos escenarios12

En El Salvador y en México, los partidos políticos tradicionales no solo se mostraron incapaces de responder a las demandas de seguridad personal de la ciudadanía y a la necesidad de un modelo económico inclusivo, sino que también fueron salpicados por escándalos de corrupción. En ambos países, el descontento popular encontró un líder que los acusaba de «ser lo mismo» y prometía un mundo mejor, tal como había ocurrido en los países que entraron en crisis de representación a fin del siglo pasado, tras las reformas de mercado. 

El Partido Revolucionario Institucional (pri), el Partido Acción Nacional (pan) y el Partido de la Revolución Democrática (prd), que habían pactado la transición mexicana, fueron perdiendo capacidad para diferenciarse. Durante la presidencia del priísta Enrique Peña Nieto, el Pacto por México, firmado en 2012, acentuó el acercamiento entre estos tres partidos, que acordaron reformas políticas en busca de un crecimiento económico que venía eludiendo a México. Sin embargo, ni la economía mejoró, ni la violencia y la complicidad estatal (cuya visibilidad se incrementó con el caso de los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa en 2014) disminuyeron. En la elección de 2018, el pan y el prd, nacidos a ambos lados del espectro ideológico del pri, respaldaron incluso al mismo candidato presidencial. Este acercamiento y su pobre desempeño aumentaron la credibilidad de la denuncia de Andrés Manuel López Obrador y le permitieron construir una identidad renovadora pese a su pasado priísta y perredista. Los escándalos de corrupción que salpicaban a los partidos solo hicieron más atractiva su oferta electoral y le permitieron alcanzar 53% de los votos en las elecciones presidenciales y controlar una mayoría en el Congreso. En las elecciones legislativas de junio de 2021, su coalición logró mantener la mayoría en el Congreso, aunque no obtuvo la supermayoría que buscaba para aprobar cambios constitucionales13. Sin embargo, las elecciones de gobernador muestran su expansión territorial, pese a haber tenido un revés significativo en su bastión de Ciudad de México.

En El Salvador, Alianza Republicana Nacionalista (Arena) y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (fmln) habían firmado los acuerdos de paz que llevaron a la transición democrática y se alternaron en el gobierno sin poder resolver la creciente violencia contra la que terminaron usando similares políticas represivas. También ahí los escándalos de corrupción involucraron a presidentes de ambos partidos y señalaron la falta de conexión entre la política y las calles. Como en México, esta desconexión no resultó en una gran movilización popular, sino que se canalizó en el apoyo a la candidatura de Nayib Bukele, quien denunciaba a los dos partidos tradicionales (a pesar de haber empezado su carrera política en el fmln). Bukele logró un enorme apoyo popular y recibió 53% de los votos en la elección presidencial de 2019, sustentado en gran parte por el electorado más joven –elegido con 37 años, es el presidente más joven de la región–. En las elecciones legislativas de febrero de 2021, su liderazgo se confirmó en el apoyo a su nuevo partido, lo que empujó a los partidos tradicionales hacia la irrelevancia electoral y le permitió a Bukele el control del Congreso14

Los liderazgos de López Obrador y Bukele se parecen por su apoyo entre los más jóvenes y los más educados y por sus estrategias de concentración de poder personal a partir de su gran popularidad15. Ambos prometen cambiar sus sistemas políticos y se caracterizan por liderazgos personalistas. Si bien su concentración de poder puede amenazar los contrapesos de una democracia representativa, es también más fácil para los poderes económicos negociar cuando hay líderes que cuando se enfrenta el enojo generalizado que caracteriza a Chile, Perú y Colombia. Pese a que estos casos de liderazgo polarizador se parecen al segundo escenario, el contexto económico es diferente. Si bien los precios de las materias primas están subiendo nuevamente, esto no alcanza para cubrir las necesidades fiscales de la región en el marco de la pandemia, y es más difícil construir una coalición duradera sin tener recursos para distribuir, dados los altos niveles de pobreza e informalidad en la región. 

La pandemia abre un nuevo escenario de incertidumbre, que se suma a la multiplicidad de identidades políticas en una región donde al feminismo y las organizaciones lgbti+, a los movimientos indígenas y afrodescendientes y a la multiplicidad de organizaciones locales que resisten desastres ecológicos se les suman las nuevas iglesias evangélicas y movimientos conservadores locales que hacen incierta la lógica de la movilización democrática. La movilización empuja cambios políticos, pero no necesariamente conocemos su destino, ya que responde a ciclos de protesta y a la heterogeneidad de los actores que la empujan. 

La incertidumbre en la dirección de la protesta social es ilustrada por las movilizaciones de Brasil en 2013. Un grupo de jóvenes estudiantes inició la protesta en respuesta a un aumento en las tarifas de transporte. La represión policial contribuyó a expandir las movilizaciones, que ampliaron sus demandas al acceso y la calidad de los servicios públicos frente al gasto en estadios para el Mundial de Fútbol y las Olimpíadas, que Brasil buscaba utilizar para venderse al mundo. Aunque la presidenta Dilma Rousseff respondió a las demandas, su popularidad resultó afectada y su reelección en 2014 fue ajustada. La movilización, sin embargo, se expandió hacia grupos conservadores que saldrían posteriormente a las calles para pedir el juicio político de Rousseff, en un contexto de deterioro económico y alto impacto público de la corrupción (gracias a la operación Lava Jato). Esta movilización facilitó la defección de sus aliados de la coalición de gobierno, frente a lo cual el minoritario pt no pudo evitar el impeachment a la presidenta. En ese vacío se montó la candidatura de Jair Bolsonaro, quien prometió la renovación política, aunque a diferencia de México y El Salvador, llegó al poder gracias a alianzas con partidos tradicionales, en el contexto fragmentado de la política brasileña. La marea puede volver a cambiar, dados el gran descontento con Bolsonaro y la liberación del ex-presidente Luiz Inácio Lula da Silva; este último lidera, en este momento, las encuestas para la elección presidencial de 202216. Es decir, la movilización y el descontento popular no tienen una direccionalidad única, ni un único punto de llegada. 

La difícil convivencia entre democracia y desigualdad, agudizada por la reciente explosión de descontento en un contexto de crisis económica y sanitaria, resultó en los tres escenarios descriptos. Estos escenarios definen equilibrios inestables. Es verdad que la ciudadanía con demandas insatisfechas busca una democracia que la escuche, le preste atención y la siente a la mesa donde se toman las decisiones. Esa demanda de legitimidad democrática es más importante que los límites a la política pública que sugerían los «transitólogos» con miedo al retorno militar. Sin embargo, aunque esa legitimidad es necesaria para sostener la democracia, no es suficiente si no se asocia a una esperanza de mayor bienestar futuro, y este puede ser definido de muchas maneras dada la heterogeneidad de las demandas organizadas por el descontento. La democracia latinoamericana superó la transición, pero su consolidación requiere una combinación de inclusión y capacidad de respuesta que, esperemos, resulte de los procesos de movilización que está viviendo la región en este momento.

Nota: la autora agradece los comentarios de Ernesto Cabrera y la conversación en la sesión de «LASA 2021: Democracia y protesta social», con Aníbal Perez-Liñán, Rossana Castiglioni, Martín Tanaka y Felipe Burbano, 28/5/2021.

  • 1.

En el caso boliviano, las protestas de 2019 y 2020 fueron de diferente signo político: contra el gobierno de Evo Morales primero, y luego contra el de Jeanine Áñez por parte de fuerzas cercanas al ex-presidente exiliado en Argentina.

  • 2.

En la ciencia política estadounidense, Stephan Haggard y Robert Kaufman: The Political Economy of Democratic Transitions (Princeton UP, Princeton, 1995) es un ejemplo del primer grupo, mientras que Guillermo O’Donnell y Philippe Schmitter: Transitions from Authoritarian Rule. Tentative Conclusions About Uncertain Democracies (Johns Hopkins UP, Baltimore, 1986) es un ejemplo del segundo.

  • 3.

En Argentina, se fragmentaron el peronismo y su oposición, que perdió al radicalismo como punto focal, lo que dio lugar a la emergencia de nuevos partidos; en Uruguay, la llegada del Frente Amplio (FA) acabó con el bipartidismo de blancos y colorados. Tanto la facción kirchnerista del peronismo como el FA generarían nuevos ejes de polarización electoral.

  • 4.

Kenneth M. Roberts: Changing Course in Latin America: Party Systems in the Neoliberal Era, Cambridge UP, Cambridge, 2014; David J. Samuels y César Zucco: Partisans, Anti-Partisans, and Non-Partisans: Voting Behavior in Brazil, Cambridge UP, Cambridge, 2018.

  • 5.

M.V. Murillo, Virginia Oliveros y Milan Vaishnav: «Voting for the Left or Governing on the Left?» en S. Levitsky y K. Roberts (eds.): Latin American Left Turn, Johns Hopkins UP, Baltimore, 2011; Nora Lustig: «Desigualdad y política social en América Latina» en Corporación Andina de Fomento (CAF): El desafío del desarrollo in América Latina. Políticas para una región más productiva, integrada e inclusiva, CAF, Caracas, 2020.

  • 6.
  1. Lustig: ob. cit.
  • 7.

Las protestas en Bolivia se relacionan con la desconfianza frente al proceso electoral, porque el presidente Evo Morales ignoró la prohibición de ser reelecto pese a haber convocado y perdido un plebiscito al respecto. Las movilizaciones poselectorales, en conjunto con un motín policial, llevaron a que el ejército «sugiriera» la renuncia presidencial y a que se iniciara un proceso de sucesión no institucional. Nuevas protestas desafiaron la represión militar para pedir una normalización electoral y volvieron a hacerlo en pandemia, hasta la realización de una nueva elección presidencial en la que Morales no fue candidato, pero la fórmula de su partido, encabezada por el ex-ministro Luis Arce Catacora, obtuvo 55% de los votos.

  • 8.

Panorama social de América Latina 2020, Naciones Unidas, Santiago de Chile, 2021.

  • 9.

Los votantes de menor ingreso y del interior apoyaron a Castillo, y los de mayor ingreso y de la región limeña, a Fujimori. La gobernabilidad será difícil porque Castillo solo cuenta con 28% de los escaños en el Congreso.

  • 10.

Nancy Bermeo: «On Democratic Backsliding» en Journal of Democracy vol. 27 No 1, 1/2016.

  • 11.

El movimiento piquetero nació a mediados de la década de 1990 para organizar a los desempleados y trabajadores informales, y llevó adelante cortes de rutas, ollas populares e incluso el reparto de asignaciones monetarias con diversos tipos de contraprestaciones en trabajo comunitario.

  • 12.

Daniela Campello y C. Zucco: The Volatility Curse, Cambridge UP, Cambridge, 2020; N. Lustig: ob. cit.

  • 13.

Esta caída es, sin embargo, menor que la sufrida en anteriores elecciones de medio término por el partido de gobierno y ocurre en un contexto de crisis sanitaria y sin mejora en los indicadores económicos o de seguridad.

  • 14.

Bukele usó de inmediato el control del Poder Legislativo para reemplazar a cinco jueces de la Corte Suprema con aliados, con lo que logró concentrar aún más poder. Ver Oscar Pocasangre: «Why El Salvador’s Multi-Party System Is on the Brink of Collapse» en El Faro, 24/2/2021 y Jimmy Alvarado, Roxana Lazo y Sergio Arauz: «Bukele usa a la nueva Asamblea para tomar control de la Sala de lo Constitucional y la Fiscalía» en El Faro, 2/5/2021.

  • 15.

Estos datos corresponden a la elección presidencial, y no a las legislativas. V. «La población salvadoreña en las elecciones presidenciales de 2019», Documento de Trabajo No 1/2019, Fundaungo, p. 40, y «4 datos que caracterizan a los electores que votaron por López Obrador» en Expansión, 10/7/2018. En el caso de México, en las elecciones legislativas de 2021 cae el apoyo a Morena entre los jóvenes y los más educados, y se mantiene un menor apoyo entre las mujeres, mientras que sube entre los más pobres. Ver Santiago Rodríguez: «Las grietas de Morena: jóvenes, mujeres y clases medias» en El País, 9/6/2021. 

  • 16.

Recordemos que un proceso judicial que no siguió el debido cauce le impidió presentarse como candidato frente a Bolsonaro y su anulación le permite hacerlo en la próxima elección.

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Lecciones de la Covid-19. (Lo que aprendimos del Coronavirus)

 “Sólo en épocas de sufrimiento y privaciones se nos muestra qué nos pertenece, qué nos sigue siendo fiel y no puede sernos arrebatado.”

Herman Hesse. El arte del ocio.

Por Álvaro Restrepo Betancur*

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Múltiples, variadas y valiosas son las enseñanzas que, sobre todo en el incierto terreno ontológico, nos va dejando esta pandemia. Lo primero que nos enseña (más preciso sería el término “recuerda”) es que somos finitos, que nuestra existencia es deleznable y efímera. “Seres de un día somos”, es la serena y trágica sentencia de los griegos. Justo: la primera gran lección que nos deja, en tono de advertencia, la Covid-19 es que somos efímeros. Que lo sepan los obsesivos por el poder, los adictos al control. Que lo sepa nuestra decadente sociedad materialista y pragmática, de espaldas a la humanidad y al espíritu, ciega para el pensamiento, sin tiempo (la velocidad y la prisa se lo impiden) para la interioridad y la reflexión.

Para acabar con el falso orgullo humano, el filósofo Claude Lévi–Strauss dijo en su hora una frase sentencial: “El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin el hombre”. Por esta época incierta y devastadora de pandemia, he recordado otras expresiones de poetas y filósofos (cantos de sirenas en el insondable mar del espíritu) que nos advierten de nuestra esencial finitud. Nos hablan de esa situación límite que es la muerte (idea nuclear, piedra angular del existencialismo). En el alba del pensamiento, el poeta Píndaro, dando testimonio del sentimiento trágico griego decía (como afirmamos al inicio de esta meditación): “Seres de un día somos”. Otra célebre sentencia es la de Epicuro: “Comamos y bebamos que mañana moriremos” (¡nada más alejado de cualquier concepción vulgar y materialista, como la que puede campear en nuestros tiempos de decadencia!). Y en un tono ecsistenciario, a caballo entre lo poético y lo filosófico, afirmaba Martin Heidegger en Ser y Tiempo: “Desde el momento en que nace, el hombre es demasiado viejo para la muerte”. Nos habla además, en ese grueso, difícil y monumental libro de filosofía (desde esos interminables círculos y rodeos del pensamiento, del lenguaje que vuelve sobre sí mismo) bella y serenamente nos habla de esa “nada viajera” que somos. Y en nuestras tierras, un vikingo de trópico, nuestro poeta don León de Greiff, ese gigante, ese Rey de la Selva poética le canta (con caústico respeto) a la muerte: “Señora muerte que se va llevando / todo lo bueno que en nosotros topa / mientras atrás vamos quedando el resto / gente mísera de tropa”.

Evoquemos igualmente en estos apuntes en torno a esta primera gran lección, la ya clásica, legendaria advertencia de Jorge Manrique (el no menos legendario poeta español) en las Coplas a la muerte de su padre: “Avive el seso y despierte / cómo se nos va la vida / cómo se viene la muerte…tan callando.”

Ciertamente, la actual pandemia nos recuerda (nos advierte más bien) que el hilo entre la vida y la muerte es muy delgado. Y esto es bueno que nos lo recuerde un virus tan incierto, con un gran, aterrador poder de expansión, como el coronavirus, en una época como la nuestra, época de “la estupidez y la locura “ (Umberto Eco), absolutamente demencial, gobernada por los políticos y los empresarios mediocres, decadentes (expresión, en tono nietzscheano, de George Steiner, en su bello libro Lenguaje y silencio) donde, en una obsesión por la producción, lo material y lo útil, se aniquila la vida del espíritu, se vapulea lo humano. Sí. Es saludable que nos lo recuerde, para que nos despojemos de falsos ropajes (“Yo sé qué hay detrás de las ropas”, decía, no menos caústico, el poeta de la democracia Walt Whitmann, y canta asimismo Antonio Machado: “¡Oh calavera vacía! / ¡y pensar que todo era / dentro de ti, calavera!”), para que abandonemos las inhumanas y grises armaduras de la seriedad, para que asumamos (con levedad y alegría, como nietzscheanos danzarines) la vida como lo que es : un juego mágico y maravilloso, único, irrepetible.

“El hombre libre en todo piensa menos en la muerte”, es la sabia advertencia de ese pesimista reflexivo que era Spinoza. Sabiduría es también que aprendamos, como lo revela Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano) a “penetrar en la muerte con los ojos abiertos”. El incierto e inmensurable fenómeno de la muerte (con sus luces y sombras) muestra, devela ese límite (ontológico) al que hace referencia Eugenio Trías en La política y su sombra, sí, precisa nuestros límites y esencial finitud, pero a la vez (en bella paradoja) devela nuestras potencialidades, si se le mira no ya desde lo óntico, desde lo fáctico, es decir, en tanto muerte orgánica, en tanto cesación de la vida, sino desde lo ontológico y metafísico, en tanto muerte humanizada (a la manera de Hegel, a la manera de la “muerte propia” e intransferible de Martin Heidegger, de poetas y escritores como Rainer María Rilke, Bataille, Blanchot, entre otros, a la manera, pues, de esa muerte ec-sistenciaria, constitutiva de la estructura de nuestro ser. Vista desde este horizonte ontológico, la existencia es trascendencia, es una “posibilidad imposible” (M. Heidegger), y en ese sentido somos “seres para la muerte” (otra vez M. Heidegger). La pandemia me ha puesto (nos ha puesto) a pensar y a sentir en este particular e insondable asunto.

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Otra de las grandes enseñanzas tiene que ver con el reconocimiento de que somos esencialmente espíritu (trascendemos, nuestro ser se despliega en la temporalidad). Hegel es el filósofo de la modernidad que nos enseña que el hombre es también espíritu. Esta contingencia, que nos confina al silencio y al refugio en la intimidad personal y familiar, así lo alecciona. Hegel no lo afirmaba en el parcial y parcializado contexto religioso, sino en el más amplio (hondo) sentido humanizante y metafísico. El ser humano se halla (en esta época de afanes materiales) hundido, empobrecido, alienado, casi que aniquilada su subjetividad, en el mundo de la necesidad, ese mundo que Hegel denomina biológico, mundo de la animalidad. Volver, pues, la mirada sobre nuestro ser, navegar en nuestra interioridad, bañar nuestros sentimientos y nuestros pensamientos en las inciertas aguas del silencio, lanzar la mirada al vasto, incierto e insondable horizonte ontológico como una forma de humanizar las relaciones con lo otro y con los otros, como una manera de restituirle un sentido al azar de la vida, allende los pobres y frágiles lazos de posesión y consumo que nos atan al mundo y a las cosas, en una atmósfera asfixiante de vulgar materialismo y consumismo, donde lo único que importa es lo útil y en donde el ser humano es un medio, no un fin (que en realidad debería ser, según el noble ideal kantiano).

En este contexto, es importante el llamado de atención que hiciera el Papa, en los albores de la pandemia, frente a una sociedad líquida, de prisas y afanes, de acelere, en la que, para sus gobernantes y empresarios, lo que realmente importa es la producción. ¿Dónde lo humano? ¿Dónde queda el inconmensurable valor de la humanidad? El drama que hoy vivimos planetariamente, nos lleva a poner el acento en nuestra esencial y fundamental condición espiritual.

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No somos seres aislados. Estamos conectados con el otro y con lo otro. Este es un aprendizaje que surge en esta pandemia, develadora de la existencia de una indisciplina social en casi todos los rincones del planeta. “Nos falta disciplina en casa, en la escuela, en las calles, en el tránsito”, leemos en Cartas a quien pretende enseñar, de Paulo Freire. En nuestro país, esta indisciplina, esta falta de sentido social es aterradora.

En este contexto, son altamente significativas las preguntas que formulaba un científico ambientalista colombiano. “¿Cómo vivimos?” “¿Cómo interactuamos?” “¿Cómo trabajamos?”. Más allá de unas posibles respuestas, lo importante de estos interrogantes está en la invitación para que tomemos conciencia de que, en tanto individuaos, hacemos parte de un ecosistema, somos expresión de una totalidad (socionatural). Ciertamente: hacemos parte de una sociedad y de una naturaleza que nos demandan lazos de compromiso, sin por ello tener que renunciar a nuestra individualidad e identidad. La armonía con el entorno es aquí la gran tarea.

El ser humano es sujeto de derechos y de deberes (lo cual no significa, en una actitud medieval, condicionar el respeto de los derechos al cumplimiento de los deberes) y por lo mismo, debe potenciar y afianzar en su cotidianidad la disciplina social, término tan importante en la pedagogía crítica de Paulo Freire. Esa disciplina (social) no ha de ser entendida desde lo restrictivo, desde lo prohibitivo, ni desde una perspectiva servilista sino desde una conciencia política que luche, en el sentido fuerte y riguroso del término, por la consolidación y materialización de una verdadera, auténtica democracia, en la que todos participemos con criterios de libertad, justicia, igualdad y seguridad. Aquí la escuela (que siempre se ha movido en una concepción restringida y miope de la disciplina, como mero control, como simple obediencia y aconductamiento, sin ninguna mediación desde la reflexión crítica) tiene una gran responsabilidad: formar desde una auténtica y reflexiva educación ciudadana, en el compromiso y la disciplina social.

Tomo prestada una expresión de Umberto Eco: asistimos a una licuación de lo social. Esto lo devela y lo enseña la actual contingencia. Debemos repensar y rescatar la noción de comunidad, salvarla de la crisis a la que se ha sometido por parte de la sociedad líquida emanada de esa oscura, opaca fuente que es la incierta posmodernidad. Leamos, a manera de ilustración, este categórico, contundente título de Umberto Eco (De la estupidez a la locura. 2016): “Con la crisis del concepto de comunidad surge un individualismo desenfrenado, en el que nadie es ya compañero de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse. Este ´subjetivismo´ ha minado las bases de la modernidad, la ha vuelto frágil y eso da lugar a una situación en la que, al no haber puntos de referencia, todo se disuelve en una especie de liquidez. Se pierde la certeza del derecho (la magistratura se percibe como enemiga) y las únicas soluciones para el individuo sin puntos de referencia son aparecer sea como sea, aparecer como valor, y el consumismo.” (op.cit.p.10). Y se pregunta el connotado semiólogo, pensador y escritor italiano “¿Hay algún modo de sobrevivir a la liquidez?”. “Lo hay [responde], y consiste justamente en ser conscientes de que vivimos en una sociedad líquida que, para ser entendida y tal vez superada, exige nuevos instrumentos. El problema es que la política y en gran parte la intelligentsia todavía no ha comprendido el alcance del fenómeno.” (Íbid. P.11).

Comprendamos, como señala Eco, el alcance de nuestra actual situación, develada por la pandemia que nos ha tocado en suerte. Hagamos un esfuerzo para cambiar de actitud y de mentalidad. No es con palabras manidas, que suenan a hueco, como esa repetida, pragmática, utilitarista y monótona expresión “reinventarse”. La solución a esta crisis no está en la fraseología ideologizada ni en los medios tecnológicos y virtuales; está más allá, en la mentalidad, en lo esencial, en la vuelta a los referentes y valores de la modernidad que nos hablan de esa dimensión del espíritu, de la humanidad y su dignificación; está en la búsqueda de libertad, justicia, igualdad, equidad y seguridad, tan resquebrajadas, como lo desnuda la pandemia, en nuestros tiempos de decadencia y desesperanza.

Así construiremos comunidad. Así construiremos disciplina social, que no se logra desde lo coercitivo y restrictivo sino desde el formativo horizonte de lo democrático. Así saldremos de la irresponsabilidad, el egoísmo negativo y el nefasto subjetivismo.

Por estos días de pandemia vuelvo al clásico Aristóteles. El hombre es un Zoom Politikon, un animal social o político, dice el estagirita. No puede vivir solo o aislado, como un ermitaño. Sería (dice Aristóteles en su Política) un diablo o un ángel, y no es ninguna de esas cosas. Volver a nuestras más nobles referencias, a nuestras raíces, a los tejidos de nuestra comunidad, esa es la gran tarea. Cito a Antonio Tovar, en el Prólogo de su singular y sugerente libro Vida de Sócrates (1999): “Mas creemos que es para el hombre el mayor enriquecimiento el de convencerle de que cuanto más se corte de sus raíces, cuanto más declaradamente se aísle de sus nutricios culturales, tanto más pierde y de tantas más viejas virtudes se priva. Aquella definición aristotélica de ´animal político´ no quiere decir otra cosa sino que el hombre, en lo que se diferencia esencialmente de los demás animales, es en que nace sujeto a una ciudad; es decir, irremediablemente dentro de una historia.” (op.cit.p.20).

Conciencia de nuestra particular situación social, conciencia de nuestra tradición, de nuestra historia, de nuestras más esenciales referencias es lo que se nos pide en tiempos de pandemia. Raigambre a una comunidad, en tanto seres políticos, en la que somos sujetos de derechos y deberes, es esta una de las grandes lecciones que nos queda. He ahí, entonces, el gran reto: “armonizar con la ciudadanía”, armonizar con nuestro entorno, esa verdadera, auténtica patria, la canettiana provincia. Eso es bueno, es saludable tenerlo presente en este momento de caótica licuación, y de fetichización de la enajenante globalización.

4

Cuidar nuestra “casa del ser”, proteger el ecosistema, “armonizar con la naturaleza”, es la otra gran enseñanza que, voz en alto, nos grita esta pandemia. Son muchas las voces que hacen consenso en este aspecto tan urgente y vital. El encierro, el confinamiento al que se ha visto abocada la humanidad le ha permitido un respiro a la naturaleza. Hemos visto, física o virtualmente, a través de las pantallas televisivas, la desprevenida, inopinada presencia de la fauna en el silencio y abandono de las playas y todo tipo de escenarios naturales. El aire de las ciudades se ha visto más limpio y purificado. Todo esto son signos, indicios (un llamado de atención) para que nos comprometamos, de manera radical y decisiva, con el cuidado de la naturaleza y de la vida en todas sus formas. Conscientes de que además de unos derechos humanos, que deben ser defendidos y respetados, también los animales y el mundo, también la naturaleza tienen derechos, como seres sintientes que son. Tejer la convivencia, dialogar, convivir en armonía con el otro y con lo otro es la tarea pendiente. ¿Aprenderemos en verdad la lección? El tiempo, juez imparcial, implacable lo dirá. Lo cierto es que hay que empezar a dar pasos seguros en este sentido. Construir ciudades inteligentes, sostenibles; asumir con inteligencia y lucidez creadora las crisis y los conflictos; abandonar las posturas violentas y de explotación, con respecto a los demás seres humanos y a las cosas es, en una noble, generosa visión cosmopolita (que no globalizada) saberse ciudadano del mundo, habitante de esa nuestra única y común casa que es (utilizo aquí una expresión cara a Heidegger) “la casa del ser “. Cito, en extenso, y sin pretender abusar del amable lector, un revelador y edificante título de George Steiner, en su bella autobiografía intelectual Errata. El examen de una vida (2011): “Todos somos invitados de la vida. Ningún ser humano conoce el significado de su creación, salvo en el sentido más primitivo y biológico. Ningún hombre, ninguna mujer conocen el propósito, si es que posee alguno, la posible significación de su ´arrojamiento´ al misterio de la existencia. ¿Por qué no hay nada? ¿Por qué soy? Somos invitados de este planeta, de un tejido infinitamente complejo y acaso aleatorio de procesos y mutaciones evolutivas que, en innumerables lugares podrían haber sido de otro modo o podrían haber presenciado nuestra extinción. Y hemos resultado ser invitados vandálicos, que asolamos, explotamos y destruimos otros recursos y a otras especies. Estamos convirtiendo en un vertedero de residuos tóxicos este entorno de extraña belleza, intrincadamente organizado, y también el espacio exterior. Por inspirado que sea, el movimiento ecologista, que junto con la reciente sensibilización hacia los derechos de la infancia y de los animales constituye uno de los capítulos más luminosos de este siglo, tal vez haya llegado demasiado tarde.

“Pero incluso el vándalo es un invitado en una casa del ser que no ha construido y cuyo diseño, con todas las connotaciones del término, se le escapa. Ahora debemos aprender a ser mutuamente invitados los unos de los otros en lo que queda de esta herida y superpoblada tierra. Nuestras guerras, nuestras limpiezas étnicas, los arsenales para la matanza que florecen incluso en los Estados más desvalidos son territoriales. Las ideologías y los odios mutuos que éstos generan son territorios de la mente. Los hombres que han asesinado desde siempre los unos a los otros por una franja de tierra, bajo banderas de distintos colores que enarbolan como estandartes, por pequeños matices en sus lenguas o dialectos (…) la historia ha presenciado la interminable aplicación del desprecio recíproco a motivos con frecuencia triviales e irracionales (…) la segregación y el genocidio (…) Los árboles tienen raíces; los hombres y las mujeres piernas. Y con ellas cruzan la barrera de la estulticia delimitada con alambradas, que son las fronteras; con ellas visitan y en ellas habitan entre el resto de la humanidad en calidad de invitados. Hay un personaje fundamental en las leyendas, numerosas en la Biblia, pero también la mitología griega y en otras mitologías: el extranjero en la puerta, el visitante que llama al atardecer tras su viaje. En las fábulas esta llamada es a menudo la de un dios oculto o un emisario divino que pone a prueba nuestra hospitalidad. Quisiera pensar en estos visitantes como en los auténticos seres humanos que debemos proponernos ser, si es que deseamos sobrevivir” (op.cit.p.74 y sgtes).

Bellas, elocuentes, aleccionadoras, edificantes palabras sin duda, surgidas de una mentalidad contemporánea hondamente crítica  y reflexiva como lo es George Steiner. Su pesimismo reflexivo, a la manera de un Spinoza de nuestros tiempos, se pregunta si acaso sea tarde. Es tarde para el hombre, afirmaba (en tono serenamente pesimista) el escritor y poeta colombiano William Ospina. ¿Tendremos una segunda oportunidad sobre tierra?, indaguemos como en un eco macondiano. Construyamos. Démonos esa oportunidad. Hagamos que no sea tarde. Sólo de nuestra marcada decisión depende que no sea tarde. ¡Que así sea!

5

Esta pandemia ha desnudado, en el contexto social, otras pandemias. En ello coinciden muchas voces, cuando señalan pandemias como las desigualdades e injusticias sociales, la precariedad en el sistema de salud, la violencia con todos sus matices y oscuras, sombrías tonalidades, marcada por el sistemático y siempre sospechoso asesinato de líderes sociales, y ahora de nuestros niños y jóvenes e  igualmente marcada también por los feminicidios. A estas pandemias se suman otras: la falta de oportunidades y de equidad, la desesperanza, el abandono y el olvido (por parte de un Estado indolente, que se dice, en “la constitución de papel”, social y de derecho) en el que se tiene a la educación en rincones apartados en nuestro país, incluso en las zonas marginales (marrones) de nuestras ciudades, donde los estudiantes carecen de acceso a la virtualidad, a eso que alguien llama “miseria digital”, sí, la precariedad de la virtualidad. Todo esto ha quedado claramente evidenciado. Podríamos, en una enumeración casi sin término, relacionar otras pandemias. Como telón de fondo, unos empresarios y políticos mediocres (a quienes les queda grande el término), más preocupados por la producción que por lo humano, en el no menos sombrío contexto del neoliberalismo o capitalismo salvaje. Igualmente, como telón de fondo, un Estado (el nuestro) limosnero, caritativo, “estimulador del individualismo egoísta y competitivo”, carente (no es su interés) de un proyecto estructural serio que garantice el bienestar y seguridad, y que hoy, por exigencia misma de la pandemia, se siente cómodo, a sus anchas, decretando medidas restrictivas que ojalá, como alertaba en una entrevista televisiva el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, no se nos vayan, dada la debilidad de nuestras democracias, a quedar para siempre. Recordemos, en este contexto del abandono y la pobreza, la cínica y horrorosa afirmación, en estos tiempos de pandemia, de uno de esos políticos y funcionarios mediocres que decía: “la pobreza es una actitud mental”. Con posturas así, con qué moral y autoridad vamos a hablar de Estado social, con qué criterios vamos a hablar de Estado solidario y justo. Tal la retórica de un estado y de una sociedad que, en esta contingencia, ha develado, ha desnudado su ineficacia e indolencia. Su rechazo y estigmatización de un derecho legítimo, constitucional, como las manifestaciones y protestas así lo revela, así lo expresa.

6

Pensemos ahora en el lugar de la educación, y específicamente de la escuela, en el contexto de estas nuestras pandemias, ubicados desde lo local y lo mundial. Muchas de estas cosas no sucederían si el estado le diera el verdadero apoyo a ese derecho esencial que es la educación. Muchas de estas cosas no pasarían si, como ha debido ser hace tiempo, la sociedad escuchara a la escuela, atendiera a su labor formativa, y se uniera a sus clamores y necesidades. Pero también es cierto que, insisto, muchas de estas cosas no pasarían, si la escuela se articulara más a lo social, dejando de ser la escuela burbuja, interesada sólo por un pseudoacademicismo. No olvidemos, como lo señala uno de nuestros pedagogos, Marco Raúl Mejía, que el acto pedagógico es esencialmente político, en el sentido fuerte y amplio del término. En este sentido, nos vemos obligados a descubrir tras esta pandemia, una paradoja: la escuela moderna es la escuela feudal, centrada en las posturas tradicionalistas, en el panóptico (la vigilancia, el disciplinamiento y el control). Sí. Está básicamente centrada en el confinamiento disciplinar. Pero además, como se ha afirmado, está obsesionada con su pseudoacademicismo, de espaldas al mundo, omitiendo las nefastas condiciones de la sociedad (el hambre extrema, la corrupción, el desempleo, la desigualdad, la violencia, y otras tantas pandemias como hemos reiterado). Para utilizar un término pandémico, la nuestra es una escuela inmune a los virus sociales. Estimuladora de la desigualdad. Desde la alharaca y el ruido, desde el humillo de la llamada virtualidad lo que se hace es impartir, como lo expresaba al inicio de esta pandemia la Rectora de un colegio rural en este país de sombra, educación tradicional mediada; lo que se hace es trasladar el panóptico físico, presencial, al panóptico tecnológico, virtual. Ya no es el ojo de carne del capataz, del jefe como lo nombra la voz del servilismo, si no el ojo electrónico, la tribu virtualizada del Gran Hermano de Orwell, diríamos con Umberto Eco. Sí. La tribu enjuiciadora que, como si apareciera oculta detrás de un matorral, irrumpe (vigilante, censurante) importunando, impertérrita, el libre y espontáneo quehacer.

Con cinismo, esta escuela se infla, se llena de aire, y se pregona, a todos los vientos, como “escuela nueva”. Esta la escuela feudal, la escuela nueva que no es nueva, con “cambios para no cambiar”, según la expresión del pedagogo español Miguel Fernández Pérez, en su voluminoso e interesante libro Las tareas de la profesión de enseñar, no es nueva, repetimos, porque sus ciegas y tercas posturas se cierran al auténtico cambio que sólo es posible desde lo humano, desde ese vasto horizonte del Espíritu, desde ese vernos “cara acara”, como lo enfatizan pensadores de la talla de Umberto Eco y George Steiner, leyendo, además, y en comunidad, la palabra y el mundo (Paulo Freire), con sus múltiples matices, límites, dificultades, complejidades y retos planteados.

Ahora bien, la denominada virtualidad (teletrabajo que llaman, léase teleactivismo, telepragmatismo, teleexplotación) tiene sus hondas repercusiones en el sentido y la práctica de las protestas, de las justas exigencias en lo social y, específicamente, en lo educacional. En el supuesto de un implemento de la virtualidad, nuestras protestas ya no serían en vivo, en el “cara a cara”, en el contacto humano e inmediato de la resistencia. Sería más bien la opaca teleresistencia, el paro virtual, el simulacro electrónico de la indignación, que nos trae a la memoria otras simulaciones, otros simulacros como las llamadas clases remotas o el simulacro de la democracia y los controles políticos, en las opacas sesiones virtuales del Congreso, que en tales condiciones ya no es el Congreso (¡Oh indigencia!), sí, el simulacro de la indignación, en el asilamiento y el distanciamiento, en el sombrío confinamiento, que puede (¡Oh peligro!) romper los frágiles hilos de nuestra débil, formal democracia; simulacro electrónico de la indignación, sin mayor fuerza, de los inconformes, de los resistentes a la enajenación y a la negación (vulneración) de los derechos humanos. Eso sería como debilitar, borrar, casi que aniquilar la vieja y siempre nueva consigna: “La unión hace la fuerza”, que hemos leído en la obra maestra de Gabriel García Márquez (El coronel no tiene quien le escriba). Los olvidados de la tierra, los condenados a la soledad, al confinamiento del despojo quedarían confinados, ahora en tiempos de pandemia y aislamiento, a esa hórrida mediación virtual (trabajo en casa y teletrabajo) con sus indomables olas de intermitencia. Sí. Separados, aislados, desconectados del presente, de esa fuerza irreductible que es la cotidianidad, el mundo de lo inmediato. Por esta época de pandemia, permanecemos evaporados, borrados, anulados, licuados, diluidos en la mediación.

7

Recapitulemos. Esta pandemia ha sido aleccionadora en muchos sentidos. Ha puesto el acento en la finitud y en lo efímero y deleznable de nuestra existencia. Nos ha enseñado además, como hemos dicho, que “no basta con nuestras convicciones existenciales”, pues somos seres sociales. Armonizar, establecer conexiones y sintonías al interior de la duplicidad de la vida privada y la proyección pública, entre la persona y la ciudad, así como entre lo ideal y lo real, asunto éste tan importante al cual hace referencia Eugenio Trías, en su importante y revelador libro La política y su sombra. Cito, a este respecto, al filósofo: “Y es que la inteligencia no se satisface únicamente con las modalidades de realidad que se le presentan. Apuntan también a aquellas posibilidades respecto a las cuales cabe la forma de una construcción de nosotros mismos, o de sintonía entre lo que somos en tanto que personas, la ética correspondiente a esa personalidad, y la proyección de la persona en su relación con la ciudad, de manera que pueda dibujarse el ámbito de una posible filosofía política esclarecida por esta estructura de correlación entre el hombre y la ciudad, para usar los propios términos platónicos. Y en ese doble plano de lo ideal y lo real que puede dar lugar también a referencias utópicas, como sucedió en el renacimiento o entre los socialistas del pasado siglo. Esa duplicidad de lo ideal y lo real es algo que forma parte de nuestra conciencia, como también esta duplicidad de la persona y la ciudad. Sin este componente personal la sociedad se nos derrumba, y la conciencia de sociedad pierde toda su relevancia.” (op.cit.p.p.27-28).

En este contexto, valores como libertad, justicia, igualdad, equidad, solidaridad, seguridad (la cual no debe ser sobrevalorada, pues, como advierte Trías, se podrían aniquilar los otros valores) y cooperación, son de suma importancia. Algunos de ellos son valores e ideales orientadores, reguladores, que nos permiten (si se concretan y materializan) crecer y potenciar en lo personal y en lo social. La actual pandemia ha desnudado serias debilidades y carencias en este sentido, dejando como lección  que debemos mejorar mucho en este aspecto. Desafortunadamente, la realidad así lo muestra, muchos de estos términos están, por así decirlo en palabras de Trías, ensombrecidos, distorsionados y enrarecidos, por una situación de enajenamiento asfixiante.

Repensar, desde el ontológico concepto de límite, desarrollado por el pensador Eugenio Trías, y que nada tiene que ver con lo restrictivo, repensar, digo, desde este concepto la condición humana, a la cual le es (dice el filósofo) inherente, de manera natural y espontánea la conducta inhumana, eso nos puede ayudar mucho en el crecimiento personal y social. Proyectar luz desde esa parte de sombra es la tarea que nos queda en el arduo camino de la humanización. Sólo desde una actitud crítica y reflexiva podemos hacer luces que orienten nuestra marcha, nuestro sinuoso trasegar en la sombría modernidad, tan aniquiladora de los valores e ideales antes señalados. Por ello es importante no sólo mencionar sino rescatar, aquí, el gran valor que tiene actualmente la defensa de la democracia, ese otro sombrío término en nuestra época sombría. La democracia ha devenido palabra hueca, manida, trillada, mero mito, simple formulismo y formalismo. Tenemos que dotarla, desde lo personal y lo colectivo, de sentido; debemos darle contenido, su real significado. No puede seguir siendo, pues, una simple palabra al uso y abuso de las élites para someter al pueblo a “la servidumbre voluntaria”. Sabemos que en la realidad no existe, pero en lo ideal está en vigencia; es una  tarea urgente su conquista; hay que luchar denodadamente, con ímpetu y esfuerzo, para que sea una realidad, para que se materialice. No es hora de predicarla, ni de fundamentarla. Es hora de salir (a las calles) en su defensa, exhortaba en su momento Norberto Bobbio, quien también en su hora había afirmado: “decir que la democracia no existe, no es un argumento en su contra; es un argumento a su favor”. De ello se infiere que debemos comprometernos en su defensa, que es nuestra tarea, como apuntaba este filósofo de la democracia, construirla día a día. Aquí resuena, nuevamente, el eco de la dualidad, de la sintonía entre lo ideal y lo real. Esta conciencia de lo social y de lo democrático (que incluye también el derecho a disentir) nos queda como lección fundamental en estos tiempos de pandemia en que, a través de Decretos excepcionales, hemos visto restringidos algunos de nuestros derechos, como estrategia para contener la expansión del virus. Medidas, muchas de ellas, necesarias sin duda alguna, pero que nos enseñan a valorar la democracia en su real dimensión, y a afirmar el valor de esa fuerza irreductible, lo expreso en el sentido nietzscheano del término, que es la vida, en tiempos de sometimiento del ser humano y de aniquilación de la subjetividad, a través de esa no menos aniquilante obsesión por el trabajo (la producción), ese otro posadánico mito al uso y abuso de la explotación, y la sospechosa, pandémica calidad, otra palabra ideologizada, hueca y sombría, sobre todo si se le mira en los intangibles e inconmensurables términos del conocimiento, el pensamiento y la educación.

El confinamiento nos enseñó que en lugar de calles desiertas, abandonadas por el pánico y el miedo a la pandemia, al “enemigo invisible” que llaman, mejor las calles vivas, agitadas reclamando democracia, haciendo uso del derecho constitucional a la libre asociación y a la huelga. Fue ese el testimonio que dio uno de los líderes estudiantiles del país, en pasadas movilizaciones: “Estamos reclamando democracia”. Y democracia es libertad, justicia, equidad, igualdad y seguridad social. Democracia es oportunidades y respeto, garantía por los derechos humanos. Democracia es la expresión real y concreta de esos ideales a fin de dignificar y humanizar la condición humana. Pero como dice Paulo Freire, en Cartas a quien pretende enseñar, hay que lucharla, conquistarla. Citemos este título de nuestro pedagogo: “No se recibe democracia de regalo. Se lucha por la democracia. No se rompen las amarras que nos impiden ser con una paciencia de buenas maneras sino con el pueblo movilizándose, organizándose, conscientemente crítico.”  (op.cit.p.131). no puede haber palabras más apropiadas, ante una atmósfera creciente de despolitización de la protesta, con expresiones ideologizadas, inhibidoras, como la de “vandalismo”. Con este tipo de lenguaje, lo único que se pretende es legitimar, normalizar y naturalizar el sometimiento y la explotación (la violencia legitimada, oficializada, institucionalizada).

8

Concluyo estas provisionales reflexiones en derredor de las lecciones o enseñanzas de la Covid-19, enfatizando en la importancia que debemos conceder a la vida interior.  Este es quizá el mensaje más significativo que nos queda en esta pandemia. Valorar, por encima de las posturas pragmáticas y utilitaristas, el “auténtico y hermoso mundo del espíritu” (Herman Hesse). Valorar asimismo, la vida sencilla. “Seamos más simples. Seamos menos artificiosos”, aleccionaba en su momento David H. Thoureau. Nuestra sociedad, alienada por las carreras, los absurdos afanes, la velocidad y las obsesiones productivas; enajenada por ese otro gran fetiche y mito sombrío que es el trabajo, negada para los vitales y enriquecedores espacios del ocio, esta clase de sociedad tiene mucho que aprender en este sentido si en realidad queremos hablar de cambios y transformaciones profundas que afirmen el sentido de lo humano, que nos blinde contra las acciones o conductas inhumanas que, como señalan tanto Eugenio Trías como George Steiner, amenazan siempre nuestra existencia, pues son inherentes a la condición humana, surgen (en cualquier momento) de manera natral, espontánea. Lo humano y lo inhumano se han manifestado históricamente en un dramático juego  dialéctico. Nuestro deber es luchar para que, sobre esta tierra, predomine lo humano, y en este sentido la vida interior (extraña y rara planta que sólo florece en los insondables horizontes del silencio y la contemplación) debe ganar cada vez más espacios y posibilidades.

No es con palabras huecas, como hemos afirmado antes, no es con discursos opacos, pragmáticos, utilitaristas e ideologizados, no es con palabrejas (antiestéticas, casi grotescas) o términos manidos (que son un cliché) como “reinventarse”, “empoderarse”, “resiliencia”, “proactivo”, “experticia”, y “nueva normalidad”, entre otros; sí, no es con palabras vacías, no es llenándonos la boca con el humillo de estas expresiones, que sólo pretenden mover hacia una existencia productiva, servil, utilitarista, no es con ello que vamos a generar  auténticas transformaciones. Es más bien con un cambio profundo de mentalidad que podemos innovar de manera esencial y radical. Es desde la mentalidad, desde la potencia de nuestra subjetividad (en el sentido fuerte del término), es desde lo esencial que podemos cambiar. La tecnología sólo es un medio. La virtualidad, tan sobrevalorada por estos días, no propicia por sí sola, reales, verdaderas transformaciones. Si no cambiamos nuestras formas y maneras de sentir y de pensar, no habrá en la pospandemia, ningún cambio. Esto sólo surge de un largo proceso, de una paciente y constante lucha que nos lleve a cortar raíces. En lo personal, no creo que haya ningún cambio. Tomo prestada una frase de Umberto Eco: seguiremos habitando el reino  de la estupidez y la locura. La humanidad va, como advertía también en su momento el poeta y escritor uruguayo Mario Benedetti, hacia el suicidio. En este sentido, prefiero ser pesimista reflexivo en lugar de un optimista ingenuo. Valga recordar, en este contexto, las palabras del periodista del Caribe colombiano Oscar Montes, quien nos dice que “las herramientas no pueden ser más importantes que la esencia” y la esencia, para él, la constituyen los valores, las ideas, los principios que orientan nuestras vidas. Lo importante es el pensamiento, que en ningún momento puede ser reemplazado por una herramienta, llámese móvil o celular, computador o como se quiera denominar. Lo importante es el entendimiento, la comprensión y la reflexión. Estas meditaciones del periodista caribeño acompañan, ilustran este apunte esencial: la vida del pensamiento, verdadera acción al decir de Aristóteles, la vida del espíritu es lo determinante para la construcción de una verdadera transformación y una dignificación de la condición humana. Reitero: es esta una de las grandes lecciones que nos quedan tras esta pandemia, tras esta grave, seria contingencia.

Afirmemos, entonces, que esta contingencia mundial nos pide, nos exige un alto en el camino, a fin de reflexionar y reconducir nuestras vidas. Para ello nos ha puesto de cara a ese (en palabras de George Steiner) “severo examinador que es el silencio”. Abandonar el ruido y el acelere (pandemias de nuestra época) para dedicarnos a la observación, a la contemplación y la reflexión. De ese ruido pandémico y enajenador, nos dice Steiner en Errata. Examen de una vida: “El ruido –industrial, tecnológico, electrónico, amplificado hasta rayar la locura (el ‘delirio’)- es la peste bubónica del populismo capitalista.” (op.cit.p.p.178-179). Volver, pues, a la vida interior, a la intimidad, al espíritu que es libertad (y eso también nos lo ha enseñado Hegel) de la mano del “profundo y ancho silencio”; guiados por “el grande, pesado, paciente e impasible sonido del silencio” (expresiones, todas ellas, que tomo prestadas de Patrick Rothfuss, en su bella novela El temor de un hombre sabio); sí, orientados por esa incierta fuente de donde emana y gravita el pensamiento, por (vuelvo a expresarme en palabras de Rothfuss) “la calma inmensa y resonante del silencio”. Nuestras solitarias meditaciones, nuestras silenciosas y aisladas ensoñaciones nos dictan que hay que mejorar como humanos. El cuidado (acudo aquí a un término caro al pensamiento occidental, que se origina en los griegos, pasando contemporáneamente por Heidegger y por Michel Foucault), el cuidado, digo, es la gran exhortación que nos hace esta pandemia que es la Covid-19 o coronavirus. Autocuidado o cuidado de sí, cuidado de la naturaleza y el entorno social, cuidado de esta nuestra común morada que es “la casa del ser”. Armonizar con la vida en todas sus manifestaciones y expresiones. Tomar conciencia (y aquí soy reiterativo) acerca de que las conductas  inhumanas, siempre presentes en ese drama que es la historia, deben aprovecharse, como sugiere Eugenio Trías en La polítca y su sombra, para mejorar la condición humana, deben ser aprovechadas como fuente de aprendizaje para una mejor convivencia humana. Y en nuestra sociedad colombiana, donde estas irracionales y ciegas conductas proliferan, sí que es necesario. ¿Aprenderemos realmente de estas enseñanzas que nos deja la pandemia? ¿Estaremos a la altura de estas exigencias? Ese otro grave examinador que es el tiempo lo dirá.

 

Referentes

  • FREIRE, Paulo. Cartas a quien pretende enseñar. ed. 6ª. México: siglo veintiuno. 2000. Traducción de Stella Mastrangelo. pgs. 141
  • HESSE, Hermann. El arte del ocio. ed. 4ª. Barcelona: Planeta. 1981. Traducción por Feliu Formosa y Mireia Bofill. pgs. 332
  • ECO, Umberto. De la estupidez a la locura. Bogotá: Lumen. 2016. Traducción de Helena Lozano Miralles y María Pons Irazazábal. pgs. 497
  • ROTHFUSS, Patrick. El temor de un hombre sabio. ed. 3ª. Barcelona: Plaza y Janés. 2011. Traducción de Gemma Rovira. pgs. 1.197
  • STEINER, George. Errata. El examen de una vida. Barcelona: Siruela. 2011. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. pgs. 216
  • ________________________ Lecciones de los maestros. ed. 2ª. Barcelona: Siruela. 2011. Traducción de María Condor. pgs. 187
  • TOVAR, Antonio. Vida de Sócrates. Madrid: Alianza. 1999. pgs. 498
  • TRÍAS, Eugenio. La política y su sombra. Barcelona: Anagrama. 2005. pgs. 163

Por Álvaro Restrepo Betancu, licenciado en Filosofía y Letras. UPB.

Especialista en Cultura Política: Pedagogía de los derechos humanos. UNAULA.

Exprofesor universitario.

Escritor independiente.

Publicado enSociedad
Miércoles, 11 Agosto 2021 05:57

La crisis de una Sudáfrica que se rebela

La crisis de una Sudáfrica que se rebela

Desde el encarcelamiento del ex-presidente Jacob Zuma, ocurrido el 7 de julio, una nueva ola de violentas protestas sacude a Sudáfrica. La crisis actual es el punto culminante de un proceso socioeconómico y político de despojo que se extendió durante dos décadas en Sudáfrica y que ha creado un terreno fértil para la rebelión de numerosos actores sociales.

Desde el encarcelamiento del ex-presidente Jacob Zuma, ocurrido el 7 de julio, una nueva ola de violentas protestas sacudió a Sudáfrica. Como consecuencia de ellas, han muerto hasta ahora más de 200 personas y han sido detenidas casi 2.600. Es posible que el detonante haya sido la detención de Zuma, pero no es la única causa y tampoco es lo que realmente preocupa a la población.

La crisis actual es el punto culminante de un proceso socioeconómico y político de despojo que se extendió durante dos décadas en Sudáfrica y que ha creado un terreno fértil para la rebelión de los desposeídos, de instigadores con motivaciones políticas o de oportunistas. La crisis debe evaluarse en el contexto de este despojo y de la desigualdad que prevalecen ignorando clases y divisiones étnicas y de género, y que han creado un profundo desequilibrio de poder. Estos factores –agravados por el desempleo y la pobreza– impiden que la democracia se desarrolle plenamente en Sudáfrica, e incluso amenazan con desestabilizarla.

Después de casi tres décadas de democracia, Sudáfrica se enfrenta a varias crisis. El modelo sudafricano de sociedad no funciona para la mayoría de la población. En cuanto a la distribución del ingreso, el país tiene un coeficiente de Gini de 0,7, lo que lo convierte en uno de los países con mayor desigualdad. La distribución de la riqueza es aún más desequilibrada y tiene un índice de Gini de 0,95. Se estima que la mitad de la riqueza total está en manos del porcentaje más rico de la población; el 10% más rico posee por lo menos entre 90% y 95% por ciento de la riqueza.

Como consecuencia de la falta de cambios estructurales, la situación económica de Sudáfrica era precaria aun antes de la pandemia. La tasa de desempleo se mantuvo siempre alta; en el cuarto trimestre de 2019 fue de 29,1%. La pobreza está muy extendida. En 2015, 30,4 millones de personas, 55,5% de la población, vivían por debajo del umbral oficial de pobreza. En los hogares manejados por mujeres, la proporción era significativamente mayor que en las familias con un hombre como jefe de hogar. Una cuarta parte de la población, 13,8 millones de personas, vivían en la pobreza extrema y no podía permitirse alimentos suficientes para satisfacer sus necesidades materiales básicas.

La curva de crecimiento de Sudáfrica ha sido descendente durante más de diez años. Entre 2011 y 2018, el crecimiento económico promedió apenas 1,7%. En 2019, el país entró en recesión por tercera vez desde 1994. Varios factores fueron responsables de esto, incluida la recesión mundial posterior a la crisis financiera mundial, la caída de los precios de las materias primas, la desindustrialización, la captura del Estado (léase: la corrupción sistémica), los recortes presupuestarios, una política macroeconómica restrictiva y la caída de la inversión como resultado del estancamiento económico y el poco confiable suministro eléctrico.

Cada vez más personas encuentran en el Estado un instrumento para el enriquecimiento propio despiadado. Las instituciones estatales son saqueadas y vaciadas. Esta realidad es el caldo de cultivo de la aguda crisis de gobernabilidad en Sudáfrica. La combinación de crisis económicas y políticas está provocando que la confianza en el orden constitucional disminuya cada vez más.

Cuando comenzó la crisis provocada por el coronavirus, Sudáfrica ya estaba en recesión. En abril de 2020, el presidente Cyril Ramaphosa anunció un paquete de rescate concebido para ayudar a trabajadores, empresas y hogares durante la pandemia. El paquete, dotado de fondos superiores a los 30.000 millones de dólares, fue una luz de esperanza para el país, pero esta se apagó rápidamente. Hubo una serie de problemas con la puesta en práctica del programa y para julio de 2021 solo se había ejecutado 41% de las partidas. Es que el presupuesto anual no contemplaba esas erogaciones. El presupuesto complementario de 2020 solo cubrió una parte. La mayoría del paquete de rescate se financió con recursos existentes o fondos extrapresupuestarios. No obstante, el hecho de que se hiciera creer a la ciudadanía que se inyectarían en la economía los 30.000 millones de dólares como dinero en efectivo avivó las violentas protestas. El público tuvo la impresión de que el «estímulo» fue en gran parte saqueado.

En la actualidad, Sudáfrica vive la tercera ola de la pandemia. La mayor parte de las medidas de ayuda ya se han implementado. Mientras el gobierno está apenas comenzando su programa de vacunación, la cantidad de personas infectadas con coronavirus va en aumento. La tercera ola y los confinamientos asociados a esta afectaron a Sudáfrica en un momento en que los sectores más frágiles de la población han sufrido pérdida de ingresos y están sometidos a un enorme agotamiento. En enero de 2021, según una encuesta reciente, 39% de los hogares se quedó sin dinero para comprar alimentos y 17% sufrió hambre con el paso de las semanas. El programa de ayuda pandémica Alivio Social del Sufrimiento (Social Relief of Distress, SRD), una asignación de dinero en efectivo introducida como parte del primer paquete de alivio para adultos desempleados que no reciben ningún otro beneficio social, ha finalizado. Los precios de los alimentos muestran una creciente inflación. Se han interrumpido los programas de alimentación escolar de los que dependen muchos niños y niñas. Debido a los disturbios, los alimentos escasean en algunas zonas.

Se cree que la tercera ola, reforzada por las protestas, provocará una merma de la actividad económica. Después de que el PIB se redujera 7% en 2020, la economía continúa recortando empleos. La tasa de desempleo alcanzó un nivel récord de 32,6%. Es un círculo vicioso: los disturbios generan más crisis, y las crisis, más disturbios.

Para peor, el Ministerio de Finanzas de Sudáfrica insiste en su política de austeridad, defendida por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y gran parte de la prensa empresarial. La sociedad civil critica las duras medidas de austeridad a las que el gobierno sudafricano recurre desde hace varios años para intentar reducir la deuda externa y calmar a las agencias calificadoras de riesgo. Esto se hace fundamentalmente a expensas de los beneficios sociales esenciales y la implementación de los derechos económicos y sociales.

Es probable que el gobierno de Sudáfrica insista en sus planes de consolidación y –como se anunció en febrero de 2021– reduzca el gasto no requerido para el servicio de la deuda en un promedio de 5,2% en términos reales cada año. Los recortes presupuestarios tienen como resultado un menor gasto per cápita y recortes reales en servicios públicos, tales como la atención médica, la educación y la cultura. El presidente declaró hace poco que cualquier nueva medida de emergencia se incluiría dentro del presupuesto existente. En vista de la apremiante necesidad social, que se ve enormemente agravada por la pandemia y ahora también por las violentas protestas, esto es de una enorme irresponsabilidad.

El gobierno sudafricano está pasando de una crisis a otra, pero no está yendo al fondo de las causas políticas y económicas que subyacen a estas crisis. Las disputas internas del partido gobernante, el Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés), por ejemplo, son una pesada carga para el país y deben resolverse con determinación. En este contexto, también es necesario un compromiso renovado con la Carta de la Libertad de 1955 y la Constitución de Sudáfrica, que consideran un orden económico más justo como un factor decisivo en la liberación política.

En el corto plazo, el gobierno de Sudáfrica debe garantizar los medios de subsistencia y apoyar la economía. Las medidas de ayuda a empresas, empleados y particulares que han llegado a su fin deben ser renovadas y reajustarse para que estén a la altura de la pandemia y la crisis actual en el país.

Tales medidas no son posibles con la actual política de austeridad. Las políticas de austeridad deben terminar y se deben priorizar los derechos sociales y económicos. Esto debe estar vinculado a una transformación económica efectiva que beneficie a la mayoría de la población. El statu quo de Sudáfrica no puede ser tomado, ni remotamente, como una forma de liberación política.

Traducción: Carlos Díaz Rocca

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París fue el centro de las protestas contra el pasaporte sanitario.. Imagen: EFE

Más de 230 mil personas salieron a las calles

Desde el lunes en adelante será necesario presentar un certificado de vacunación, un test PCR negativo o un certificado de recuperación de la enfermedad para poder acceder a los cafés y restaurantes, salas de espectáculo y ferias profesionales.

 

Más de 230 mil personas salieron a las calles en diferentes ciudades de Francia para protestar en contra de las medidas sanitarias para controlar la propagación de covid-19, como la vacunación obligatoria para el personal sanitario y el pase sanitario (certificado de vacunación o test negativo de coronavirus) para ingresar a cafés, restaurantes, y viajes de larga de distancia en bus, tren o avión.

Las marchas fueron convocadas en más de 150 ciudades de Francia y en total participaron cerca de 237 mil personas. La cifra total supera a las 204 mil personas que salieron a las calles la semana pasada.  En París se movilizaron unos 17 mil manifestantes, según informó el ministerio de Interior. En el departamento de Provenza-Alpes-Costa Azul, en la costa Mediterránea, al menos 37.000 personas se manifestaron en ciudades como Toulon, Niza o Marsella. La mayoría de marchas fueron pacíficas pero en Lyon hubo siete detenidos por lanzar proyectiles. El ministerio de Interior informó de 35 detenidos y siete agentes con heridas leves.

"Macron, no quiero tu pase (sanitario)" y "Macron, no queremos ni verte" fueron algunas de las consignas en el centro de París, en una protesta que contó con "chalecos amarillos" entre los participantes. "El problema con el pase sanitario es que nos lo están imponiendo", lamentaba Alexandre Fourez, un empleado de marketing de 34 años.

Las marchas  vuelven dos días después de la entrada en vigor de gran parte de las medidas. Este jueves el Tribunal Constitucional respaldó la extensión del pase sanitario a más espacios públicos y la obligación de que se vacune el personal sanitario.

A partir del próximo lunes, será necesario presentar un certificado de vacunación, un test PCR negativo o un certificado de recuperación de la enfermedad para poder acceder a los cafés y restaurantes, salas de espectáculo y ferias profesionales. Los empleados de escuelas y universidades, así como los estudiantes universitarios, también deberán tener este certificado que, a partir del 1 de septiembre, será necesario para vuelos domésticos y trenes de larga distancia.

Las medidas impulsadas por Macron buscan apurar la campaña de vacunación que hasta el momento alcanzó a 44 millones de franceses con al menos una dosis (cerca del 66 por ciento de la población) y como una forma de presionar a las personas renuentes a inmunizarse contra la covid-19. Según las autoridades sanitarias el país ya registra más de 120 mil muertes desde el inicio de la pandemia. En las últimas 24 horas hubo 32 muertes y más de 25 mil contagios. Según el sitio web Covid Tracker, actualmente Francia registra una media de 146 ingresos diarios a las Unidades de Cuidades Intensivos.

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Lunes, 02 Agosto 2021 09:29

Perdida en la enfermedad pandémica

Perdida en la enfermedad pandémica

Covid es el virus,

el capitalismo la pandemia y la organización

es la respuesta.

Lo grita el mundo.

Lloro. Por todo y por nada. En la cama boca abajo, en la ducha acurrucada, en los marcos de las puertas y frente al espejo. Yo lloro a lo grande, con quejido, con fuerza abdominal, con mocos, incluso, lloré con un chorro de sangre saliendo por mi nariz, cuando acribillaron a bala a la Minga Indígena en Cali e hirieron a Daniela. 

Siendo una llorona completa, no había tenido nunca miedo de llorar. No es que me guste llorar delante de la gente, y me he arrepentido de mostrar mis bellas lágrimas ante seres poco empáticos, egocéntricos y arrogantes, pero esa incomodidad no se parece ni de cerca al miedo. El temor que sentía al acto de llorar, pasando quizá el cuarto día con el covid-19 en mi cuerpo, me congelaba el alma. 

Quería llorar porque me dolían las caderas y las piernas y nada me quitaba ese terrible dolor, y quería llorar porque estaba sola, y también llorar por no poder llorar. Sentía miedo de no poder respirar si lloraba, miedo de que se me liberara la congestión terrible que se afincó en algún lugar de mi cabeza y eso fuera un mal síntoma, o al menos un mal precedente para la recuperación de una gripa que no tiene nada que ver con la gripa “normal”, porque dura un montón y te manda a la cama diciéndote que ya no eres más dueña de tu cuerpo. Es como un bicho inteligente que aparece y desaparece cuando se le da la gana, que te da tregua en las mañanas, pero te golpea en las noches, cuando todo se pone en calma. 

El Taita Víctor sabe decir que en la noche no hay silencio, porque en su lengua no hay cómo traducir lo que en Occidente es la ausencia de sonido, y pues no, algo siempre esta sonando. Y en la calma, cuando llega la noche, la enfermedad encuentra su momento para revelarse con más fuerza, para decirte ¿Me recuerdas?, soy yo la demonia que viene a mostrarte qué se siente estar viva y muerta al tiempo. 

Así he entendido la enfermedad hasta ahora, como una maestra. Si bien una nunca quiere estar enferma, al cuerpo le hace falta mostrar lo que tiene; sus fortalezas, sus defensas y su vulnerabilidad, Pero, ¿qué tenía que enseñarme el covid-19?

Hasta el momento he tenido una confianza excesiva en mi cuerpo. No acostumbro a tomar fármacos de ninguna índole; ni antibióticos, ni analgésicos, ni antidepresivos, y no como animales. Me considero más o menos saludable, pero después de un año y medio de vivir una vida al revés, el ejercicio desapareció y las rutinas se esfumaron. Con el paro nacional, me olvidé de que estamos en medio de un virus pandémico, me relajé, me descuidé y me puse en ‘bandeja de plata’ para que un bicho que va muy orondo, determinando a quiénes pesca, en efecto nos pescara. 

Tengo una teoría sobre cómo y por qué me contagié, que casa perfecta con la idea de este virus como un artefacto químico y espiritual que nos reveló el colapso del capitalismo como lo conocemos y nos puso en una guerra entre la vida y la muerte, pues tuve un bajón emocional el 18 de junio. Un ataque de pánico que me hizo acostar sobre la tierra para respirar y repetirme frenéticamente que todo estaría bien; así no tuviera casa, así no tuviera plantas, así tuviera un montón de cosas innecesarias, así estuvieran matando gente en los barrios en una larga noche que no cesa, y así el mundo no parara de decirme que por favor parara. 

Mi cuerpo y mi corazón quedaron listos para cualquier cosa inmunda que quisiera apoderarse de ellos. Ocho días después sentí el inicio de una “gripita”, y me eché flores por creer que como siempre, no me había tumbado, sino que se sentía suave y pasaría al otro día. Pero esas jactancias se vinieron abajo cuando cuatro días después me sentí extremadamente ajena en mi propio cuerpo. 

El cerebro estaba tensionado, como un motor a media marcha, completamente bloqueado. La piel hipersensible. Los oídos, raros. La frente, inaguantable. No había tos, no había fiebre. Solo frio. Ganas de llorar, miedo a llorar. Miedo a morirme por darme cuenta de que respirar es un gran privilegio. ¿Qué no intuía esto antes?

La posibilidad de morir siempre me ha rondado la cabeza, pero morirme cuando yo quiera, así que fue inevitable no culparme por pensar en todo lo que podría pasarme si mi cuerpo no respondía, si mi arrogante juventud se veía burlada por este habitante extraño, este otro poseyéndome desde el cerebro, que podía arrancarme la capacidad de decidir, de seguir gestionándome la vida y la muerte. 

Todo el covid es una congestión-contención. Congestión en la nariz, congestión en el pecho, contención de los olores, contención en los gustos. Como un detenimiento, una pausa de miles de microsegundos en el que el mundo para, hacia adentro. Como la tierra misma moviéndose espasmódicamente en este mundo tan desencantado para decirte: ¡Piensa!  Pero, ¿cómo si no encuentro las ideas?

Es también contención de los gobiernos, contención de los recursos, de la información, de la democracia y las libertades. Contención para ver a los otres, contención de tocar a los otres. Construcción de la frontera. Erguimiento de tu cuerpo como un nuevo límite, y por decisión ajena. 

Así lo describió Paul Preciado; tu cuerpo individual como nuevo territorio de una agresiva política de frontera. Todo lo que la humanidad occidental ha ensayado para configurar una biopolítica del poder, ahora adentro de tu cuerpo. Ya lo había experimentado visitando a mis amigas al otro lado de la puerta, dejando cariños y hierbas, pero no había dimensionado la asfixia de la frontera en mi propia nariz y de un aire que respiré únicamente yo por casi quince días, queriendo estar en las calles con las compas para, paradójicamente, derribar fronteras. 

Entonces, la guerra que nos declaró esta enfermedad es energética, orgánica y por ello también es química. Es entre cuerpos, aparatos, entidades y cosas, y el espíritu de todas esas cosas y de todas nosotras, que seguimos resistiendo desde el cuerpo colectivo. 

Yo (el triunfo del biopoder en ese vocablo), tenía que aprender a pedir ayuda. Tenía que activar la cadena de afectos, que es grandísima, llena de fueguitos y colores, cada quien con su propia vibra, pero cada uno y una en su propia presencia… y estar presente yo (de nuevo), así, enferma, demandando cuidado y sintiéndome “carga” porque una voz ancestral me dice que hay que ser productiva, incluso, produciendo la resistencia. Pero no, está bien parar, que pare esta locomotora y que entendamos los ritmos de la vida, en comunidad, en juntanza. 

Gracias a todos y todas las que me cuidaron. 

*Decirle a una mujer que es una perdida es decirle que ha incumplido con todo lo que se esperaba de ella, así que nosotras queremos reivindicar ese perderse de las mujeres, porque han fracturado el molde patriarcal que las acecha. En Relatos de Mujeres Perdidas presentaremos tres narraciones acerca de la experimentación de la enfermedad de la Covid-19. 

A las mujeres se nos ha endilgado la responsabilidad del cuidado y se nos ha remitido al escenario doméstico como jaula, para proveer afectos, comida, medicina y todo lo necesario para la supervivencia de otres y de nosotras mismas. Allí también hemos construido resistencias, saberes, brujerías. ¿Cómo aparecen estas herramientas cuando somos nosotras las que nos enfermamos?

Estas narrativas nos dejarán ver algo de ello. Están hiladas como un tritono disonante y subversivo, figura musical que se ha considerado siniestra desde el Medioevo, y las mujeres que aquí tejen sus historias, se han hecho cada vez más feministas y más siniestras. En sus historias perdidas encontraron algo de conexión con su identidad y potencia, así que aquí está la primera entrega de nuestro sexto tritono. 

 

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Publicado enEdición Nº282
Continúan las protestas en Guatemala contra el presidente y la fiscal general

Las rutas de Guatemala continúan bloqueadas por segundo día consecutivo para exigir la renuncia del presidente Alejandro Giammattei, presuntamente implicado en casos de corrupción,  y de la fiscal general, Consuelo Porras, cuya decisión de destituir al titular de la Fiscalía Especial Contra la Impunidad (FECI), Juan Francisco Sandoval, fue ampliamente rechazada por la sociedad guatemalteca.

"Este Gobierno está lleno de incompetentes, ladrones, corruptos, asesinos. Renuncien ya", expresó uno de los ciudadanos que participó en el bloqueo de una ruta principal en el municipio de Chisec, del departamento norteño de Alta Verapaz, citado por el diario Prensa Libre. Este viernes se registraron manifestaciones en los departamentos de Retalhuleu y Suchitepéquez (sur), Quiché (noroeste) y Alta Verapaz (norte), informó la Dirección General de Protección y Seguridad Vial.

Según consgina el matutino Prensa Libre, pobladores de 20 comunidades se concentraron sobre el puente Carlos Castillo Armas, en el kilómetro 178.5, Santa Cruz Muluá. “Seguimos con nuestra lucha, estamos conscientes que afectamos a una parte de la población, pero es necesario ya no callar más y hacernos escuchar”, expresó uno de los líderes comunitarios al matutino guatemalteco. “La cosecha de este año fue mala, perdimos la mayor parte de nuestros cultivos y seguimos esperando el subsidio que ofrece el gobierno, nos hemos endeudado, pagamos nuestros impuestos, nuestras comunidades han sido olvidadas”, añadió.

Los pobladores luego liberaron el paso del puente y se movilizaron en una multitudinaria caminata. “El pueblo está en las calles exigiendo la renuncia del presidente de la República y de la fiscal general Consuelo Porras, exigimos que sean devueltos los millones que han robado, nos hemos cansado de tanta corrupción”, afirmaron desde el Consejo de Líderes Comunitarios.

En las manifestaciones exigen la renuncia de Giammattei por su presunta implicación en casos de corrupción y por una gestión deficiente para hacer frente a la pandemia de la covid-19 en Guatemala. En Centroamérica es el país que registra el mayor número de muertes por coronavirus con más de 10 mil fallecidos. Hasta el momento el país sólo ha recibido 550 mil dosis de la vacuna.

Mientras que la decisión de la fiscal Porras de destituir a Sandoval también fue rechazada por la población guatemalteca. El exfiscal de la FECI había tenido un papel importante por su trabajo junto a la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) que llevó al desmantelamiento de más de 60 estructuras de corrupción del Estado entre 2014 y 2018, incluyendo la captura del expresidente Otto Pérez Molina en 2015. Durante su gestión al frente de la FECI imputó a más de 200 personas entre diputados, ministros, funcionarios, miembros de la élite empresarial y presidentes y expresidentes.

Sandoval, que tras su destitución abandonó el país por temor a su integridad física, aseguró en un rueda de prensa antes de dejar el país, que la fiscal general, Consuelo Porras detuvo y atrasó investigaciones en casos de corrupción que involucran a Giammattei y su gobierno.

Este viernes la Corte Suprema de Justicia (CSJ) de Guatemala admitió tramitar un amparo presentado por diputados de varias bancadas tras la decisión de Porras de destituir a Sandoval. Los diputados informaron que la CSJ otorgó un plazo de 48 horas al miniserio Público de Porras para que rinda un informe sobre el despido de Sandoval.

Mientras que la repercusión internacional por la destitución de Sandoval suma voces. A través de un comunicado conjunto las embajadas de Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, Suecia y Suiza acreditadas en Guatemala, y miembros del Grupo de Países Donantes G13, exigieron al gobierno retomar la lucha contra la corrupción y la impunidad. “Lamentamos las acciones de la fiscal general en la reciente destitución del Fiscal Especial Contra la Impunidad. Este hecho se percibe como parte de un patrón de inestabilidad y debilitamiento institucional que afecta el estado de derecho en Guatemala”, afirmaron en el texto.

 “Aquellos que trabajan contra la impunidad y la corrupción tales como la Procuraduría de Derechos Humanos, los fiscales y los jueces independientes, deben gozar del más fuerte apoyo y de todas las garantías y protecciones posibles para poder llevar a cabo su trabajo de forma independiente y eficaz”, agregaron.

Sandoval viajó a Washington tras su destitución y exilio de Guatemala. Este viernes, el abogado se reunió con la subsecretaria de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, Julie Chung, quien remarcó la importancia de fortalecer las instituciones y luchar contra la corrupción.

Este jueves la titular del ministerio Público, Consuelo Porras, envío una carta al secretario de Estado de EE.UU., Antony Blinken, en la que justificó la destitución del  jefe de la Fiscalía Especial contra la Impunidad. Según Porras la decisión de remover a Sandoval de su cargo fue debido a sus reiterados desacatos a las órdenes que se le giraban.  El Departamento de Estado había criticado la decisión de la fiscal general, afirmando que Sandoval era reconocido como campeón anticorrupción

30/07/2021

Publicado enInternacional
Un anciano es trasladado para recibir atención médica en Bangkok, Tailandia.Foto Afp

Las infecciones han aumentado 80% en todas las regiones del mundo en el último mes, señala el organismo

 

Washington. El mundo corre el riesgo de perder los logros alcanzados en la lucha anti-Covid a medida que se propaga la variante delta, pero las vacunas aprobadas aún son eficaces contra la enfermedad, indicó ayer la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos advirtieron que la variante delta es tan transmisible como la varicela y que podría causar una enfermedad grave, según el Washington Post, que cita un documento interno de los CDC.

Las infecciones por Covid-19 han aumentado en 80 por ciento en las últimas cuatro semanas en la mayoría de las regiones del mundo, informó el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Las muertes en África –donde sólo 1.5 por ciento de la población está inoculada– se incrementaron 80 por ciento en el mismo periodo.

"Los logros alcanzados con mucho esfuerzo están en peligro o se están perdiendo, y los sistemas sanitarios de muchos países se están viendo desbordados", informó Adhanom Ghebreyesus en una conferencia de prensa.

La variante delta se ha detectado en 132 países, convirtiéndose en la dominante en el mundo, de acuerdo con la OMS.

"Las vacunas aprobadas por la OMS proporcionan una protección significativa contra la enfermedad grave y la hospitalización de todas las variantes, incluida delta", sostuvo el principal experto en emergencias de la OMS, Mike Ryan.

Maria van Kerkhove, directora técnica de la OMS para el Covid-19, declaró que delta es aproximadamente 50 por ciento más transmisible que las variantes ancestrales del SARS-CoV-2, identificado por primera vez en China a finales de 2019.

Algunos países han informado de un aumento de las tasas de hospitalización, pero no se han registrado tasas de mortalidad más elevadas por la variante delta, agregó.

Por otra parte, una serie de diapositivas de los CDC subrayaron que "la guerra cambió" a causa de delta. La directora de los CDC, Rochelle Walenksy, citó esta presentación esta semana para justificar el retorno al uso de mascarillas en lugares de alto riesgo.

Los CDC publicaron un informe preliminar sobre un evento de sobrepropagación en Massachusetts, en el cual casi las tres cuartas partes de las personas que asistieron a diversos actos públicos estaban vacunadas.

Una de sus conclusiones más relevantes es que los brotes en vacunados son altamente contagiosos, según datos que provienen de estudios anteriores y del análisis del brote por delta en Provincetown, Massachusetts.

Los expertos se apoyan en un número denominado "umbral del ciclo" (CT), que indica cuánta carga viral tiene una persona. Cuanto menor es el número, mayor es la carga. En Provincetown "no hubo diferencia en los valores medios de CT en los casos de vacunados y no vacunados", indicó el texto.

Otro documento interno indicó que delta era aproximadamente tan transmisible como la varicela, mientras que una variante temprana estaba más cerca del resfriado común. Además indica que podría causar una enfermedad más severa.

La agencia de salud señaló que los no vacunados tienen tres veces más probabilidades de infectarse y más de 10 veces de probabilidad de enfermar gravemente o morir por dicha mutación.

Es muy probable que la protección que ofrecen las vacunas y la enfermedad potencialmente grave disminuyan con el tiempo, por lo que las campañas de inmunización continuarán durante los próximos años, indicaron científicos al grupo consultivo del gobierno británico.

Las personas que no han sido vacunadas representan al menos 85 por ciento de los hospitalizados en Francia y 78 por ciento de los decesos a causa del virus.

Un viajero proveniente de Perú que no cumplió el aislamiento obligatorio a su llegada a Argentina, y que era portador de la variante delta, contagió al menos a 13 personas en Córdoba, donde además fueron aisladas 160 personas con las que tuvo contacto.

El Salvador inició la inmunización de los mayores de 12 años y embarazadas desde las 16 semanas de gestación, en momentos en que el país reporta un incremento de contagios y fallecidos por la enfermedad.

"El más extenso contagio desde Wuhan". Así es como los medios estatales en China describen un nuevo brote debido a delta que se detectó por primera vez en la ciudad china de Najing y que se ha propagado a cinco provincias y Pekín.

Australia desplegó cientos de efectivos del ejército para hacer cumplir la cuarentena en Sídney.

La pandemia ha dejado en el mundo 197 millones 228 mil 998 casos confirmados y 4 millones 206 mil 208 fallecidos, de acuerdo con la Universidad Johns Hopkins.

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