China define el rumbo para los próximos 5 años

El Consejo de Estado de China y el Comité Central del Partido Comunista definieron las directrices para fortalecer en los próximos cinco años (2021-2025) el control regulatorio en sectores estratégicos de la economía como la tecnología, la atención médica, la producción de alimentos y fármacos.

El documento, que será implementado por todas las regiones y departamentos gubernamentales, describe una serie de pasos para mejorar "drásticamente" la administración, delinear claramente el poder administrativo, optimizar las funciones de las agencias estatales, acelerar la construcción de un "gobierno orientado a los servicios" y "continuar optimizando un entorno empresarial regido por la ley".

Resalta que el enfoque "centrado en las personas" está guiado por el sistema socialista de China y el pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo para una nueva era.

Entre otras cosas, el documento pide la creación de "un entorno empresarial estable, justo, transparente y predecible bajo el Estado de derecho", incluida la protección de los derechos de propiedad y la gestión independiente de las empresas, así como normas para "prevenir el abuso de poder administrativo para eliminar y restringir la competencia".

También impulsa la aceleración de "la construcción de credibilidad en los asuntos gubernamentales", incluso creando y trabajando para mejorar la rendición de cuentas "aumentando el castigo por la deshonestidad y centrándose en los comportamientos deshonestos en áreas como el financiamiento de la deuda, la contratación pública, licitación y promoción de inversiones".

Luego de que la agencia Xinhua difundiera el documento sobre "la implementación de la construcción de un Gobierno bajo el Estado de derecho (2021-2025)", la respuesta de los medios occidentales no tardó en llegar con furiosos análisis al respecto.

El Financial Times sugirió que las directrices constituyen un intento del Partido Comunista de afirmar "la supremacía sobre la segunda economía más grande del mundo" y las califica como el "último asalto de regulación".

Por su parte, Bloomberg advirtió que el nuevo "plan de cinco años que exige una mayor regulación de vastas partes de la economía (...) ha dejado a los inversores tambaleándose" y proporciona "un marco general para la represión más amplia de industrias clave".

En tanto, BBC Business tituló su artículo sobre el plan "China dice que la represión de los negocios continuará durante años", y de manera similar se quejó de que las acciones de empresas chinas que cotizan en los mercados de valores de EEUU, Hong Kong y China continental ya han "caído drásticamente este año".

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Jueves, 12 Agosto 2021 06:17

Banalidad y razón

Banalidad y razón

Hoy es posible pensar que realizar una lectura de la sociedad contemporánea implica en cierto sentido dejar de lado una mirada meramente teórica de los fenómenos que día a día allí se desarrollan. Puesto que es el impulso emocional y el beneficio capitalista los elementos que estructuran gran parte cada una de las decisiones que se toman e inclusive de los caminos que se abordan desde el desarrollo tecnológico y científico. 


Cada vez se está más cerca de dar un mayor manejo a las células madre en busca del rejuvenecimiento del cuerpo, buscando prácticamente una vida en eterna belleza física; sin embargo, cuando se habla del abordaje que los laboratorios ofrecen para el tratamiento de las enfermedades llamadas "huérfanas", no deja de ser común la respuesta de una baja rentabilidad de dichos procesos.

Así pues, no existe una idea general del bienestar humano en función de la racionalidad, por el contrario, lo efímero aquí rodea principalmente aquello que puede ser masivo, rentable, económicamente importante. Si bien un ejemplo de ello es el manejo de las células madre y el desarrollo farmacológico, así es posible hallar otros tantos fenómenos en los que la banalidad triunfa sobre la razón, definiéndose así como una razón meramente instrumentalizada para la producción de valor, riqueza y algo de estupidez.

Ahora bien, ¿Qué lectura teórica se le puede dar a una sociedad impulsada por la emoción y el impacto de la moda en toda su expresión? ¿Será posible aplicar las lecturas psicoanalíticas de Freud o Lacan? ¿Pueden los teóricos del pasado afirmar la existencia de una patología mental común a todo aquél que se siente cómodo en el capitalismo? Muchos intentan comprender la razón de lo que ocurre, pues dicha inquietud hace parte de la naturaleza de algunos, sin embargo, la naturaleza de la mayoría parece fundamentarse en existir sin realizarse la más mínima pregunta a lo largo de su vida y en esto parece que falló rotundamente Descartes, no es "pienso luego soy", en la actualidad pareciera ser "posteo, recibo like, luego soy", la duda metódica ya no puede ser más el fundamento de la razón, en el estado en el que se encuentra la sociedad ha de existir una nueva mirada que instaure el valor de la existencia virtual, el valor del like, el empoderamiento del cuerpo ya no a través de la mente sino de las tetas y el culo como continentes de la silicona.

Así parece que la teoría está mandada a recoger, los discursos elaborados, comienzan a perder popularidad frente a la cantidad de likes que puede tener un cuerpo transformado a la luz de unas miradas estéticas antinatura. Pues la belleza eterna es más buscada que ls verdad y el saber se configura como relevante en función del valor económico que pueda tener. En definitiva la banalidad de la existencia humana está llegando a niveles que ni el más hedonista de los griegos hubiera podido imaginar. Todo se reduce a que una imagen vale más que mil palabras.

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Crean pegamento que puede sellar tejidos lesionados y detener hemorragias en segundos

Eficaz durante una cirugía, la pasta está inspirada en el crustáceo percebe, señalan expertos del MIT

 

Inspirándose en la sustancia pegajosa que los percebes utilizan para adherirse a las rocas, ingenieros del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), en Estados Unidos, diseñaron un pegamento fuerte y biocompatible que puede sellar los tejidos lesionados y detener las hemorragias de las heridas en segundos.

La nueva pasta puede adherirse a las superficies incluso cuando están cubiertas de sangre y formar un sello hermético en unos 15 segundos después de la aplicación. Según los investigadores, podría ofrecer una forma mucho más eficaz de tratar las lesiones traumáticas y ayudar a controlar las hemorragias durante una cirugía.

"Estamos resolviendo un problema de adhesión en un entorno difícil, húmedo y dinámico como lo es el de los tejidos humanos. Al mismo tiempo, intentamos traducir estos conocimientos en productos reales que puedan salvar vidas", explicó Xuanhe Zhao, del MIT y uno de los autores principales del estudio.

Christoph Nabzdyk, de la Clínica Mayo es otro de los autores principales del trabajo, que se publica en la revista Nature Biomedical Engineering, junto con Hyunwoo Yuk, investigador del MIT, y Jingjing Wu, posdoctorado.

Encontrar formas de detener las hemorragias es un problema de larga data que no se ha resuelto de forma adecuada, recordó Zhao. Las suturas se utilizan de manera usual para sellar las heridas, pero poner puntos es un proceso que lleva mucho tiempo y que normalmente no pueden realizar los primeros intervinientes durante una situación de emergencia. Entre los miembros del ejército, la pérdida de sangre es la principal causa de muerte tras una lesión, y entre la población general, es la segunda causa en ese caso.

Zhao trabaja desde hace varios años para solucionar el problema. En 2019, su equipo desarrolló una cinta tisular de doble cara y demostró que podía utilizarse para cerrar incisiones quirúrgicas. Está inspirada en el material pegajoso que las arañas utilizan para capturar a sus presas en condiciones de humedad, incluye polisacáridos cargados que pueden absorber el agua de una superficie casi al instante, despejando un pequeño parche seco al que el pegamento puede adherirse.

Para el nuevo, se inspiraron en el percebe, pequeño crustáceo que se adhiere a las rocas, a los cascos de los barcos e incluso a otros animales como las ballenas.

El análisis de los investigadores de la cola de los percebes reveló que tiene una composición única. Las moléculas de proteínas pegajosas que ayudan a los percebes a adherirse a las superficies están suspendidas en un aceite que repele el agua y cualquier contaminante que se encuentre en la superficie, lo que permite que las proteínas adhesivas se peguen firmemente a la superficie.

El equipo del MIT decidió intentar imitar este pegamento adaptando un adhesivo que habían desarrollado antes. Este material está formado por un polímero llamado poli(ácido acrílico) al que se le ha incorporado un compuesto orgánico llamado éster NHS, que proporciona adherencia, y quitosano, azúcar que lo refuerza. Congelaron láminas de este material, lo molieron en micropartículas y luego suspendieron esas partículas en aceite de silicona de grado médico.

Cuando la pasta resultante se aplica a una superficie húmeda, como un tejido cubierto de sangre, el aceite repele la sangre y otras sustancias que puedan estar presentes, lo que permite que las micropartículas adhesivas se entrecrucen y formen un sello hermético sobre la herida.

Una de las ventajas de este nuevo material es que puede moldearse para adaptarse a heridas irregulares y en pruebas realizadas en cerdos era capaz de detener rápidamente las hemorragias en el hígado; además, el sello permanece intacto varias semanas, lo que da tiempo a que el tejido se cure por sí mismo, y lo absorbe lentamente el organismo en algunos meses.

Lecciones de la Covid-19. (Lo que aprendimos del Coronavirus)

 “Sólo en épocas de sufrimiento y privaciones se nos muestra qué nos pertenece, qué nos sigue siendo fiel y no puede sernos arrebatado.”

Herman Hesse. El arte del ocio.

Por Álvaro Restrepo Betancur*

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Múltiples, variadas y valiosas son las enseñanzas que, sobre todo en el incierto terreno ontológico, nos va dejando esta pandemia. Lo primero que nos enseña (más preciso sería el término “recuerda”) es que somos finitos, que nuestra existencia es deleznable y efímera. “Seres de un día somos”, es la serena y trágica sentencia de los griegos. Justo: la primera gran lección que nos deja, en tono de advertencia, la Covid-19 es que somos efímeros. Que lo sepan los obsesivos por el poder, los adictos al control. Que lo sepa nuestra decadente sociedad materialista y pragmática, de espaldas a la humanidad y al espíritu, ciega para el pensamiento, sin tiempo (la velocidad y la prisa se lo impiden) para la interioridad y la reflexión.

Para acabar con el falso orgullo humano, el filósofo Claude Lévi–Strauss dijo en su hora una frase sentencial: “El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin el hombre”. Por esta época incierta y devastadora de pandemia, he recordado otras expresiones de poetas y filósofos (cantos de sirenas en el insondable mar del espíritu) que nos advierten de nuestra esencial finitud. Nos hablan de esa situación límite que es la muerte (idea nuclear, piedra angular del existencialismo). En el alba del pensamiento, el poeta Píndaro, dando testimonio del sentimiento trágico griego decía (como afirmamos al inicio de esta meditación): “Seres de un día somos”. Otra célebre sentencia es la de Epicuro: “Comamos y bebamos que mañana moriremos” (¡nada más alejado de cualquier concepción vulgar y materialista, como la que puede campear en nuestros tiempos de decadencia!). Y en un tono ecsistenciario, a caballo entre lo poético y lo filosófico, afirmaba Martin Heidegger en Ser y Tiempo: “Desde el momento en que nace, el hombre es demasiado viejo para la muerte”. Nos habla además, en ese grueso, difícil y monumental libro de filosofía (desde esos interminables círculos y rodeos del pensamiento, del lenguaje que vuelve sobre sí mismo) bella y serenamente nos habla de esa “nada viajera” que somos. Y en nuestras tierras, un vikingo de trópico, nuestro poeta don León de Greiff, ese gigante, ese Rey de la Selva poética le canta (con caústico respeto) a la muerte: “Señora muerte que se va llevando / todo lo bueno que en nosotros topa / mientras atrás vamos quedando el resto / gente mísera de tropa”.

Evoquemos igualmente en estos apuntes en torno a esta primera gran lección, la ya clásica, legendaria advertencia de Jorge Manrique (el no menos legendario poeta español) en las Coplas a la muerte de su padre: “Avive el seso y despierte / cómo se nos va la vida / cómo se viene la muerte…tan callando.”

Ciertamente, la actual pandemia nos recuerda (nos advierte más bien) que el hilo entre la vida y la muerte es muy delgado. Y esto es bueno que nos lo recuerde un virus tan incierto, con un gran, aterrador poder de expansión, como el coronavirus, en una época como la nuestra, época de “la estupidez y la locura “ (Umberto Eco), absolutamente demencial, gobernada por los políticos y los empresarios mediocres, decadentes (expresión, en tono nietzscheano, de George Steiner, en su bello libro Lenguaje y silencio) donde, en una obsesión por la producción, lo material y lo útil, se aniquila la vida del espíritu, se vapulea lo humano. Sí. Es saludable que nos lo recuerde, para que nos despojemos de falsos ropajes (“Yo sé qué hay detrás de las ropas”, decía, no menos caústico, el poeta de la democracia Walt Whitmann, y canta asimismo Antonio Machado: “¡Oh calavera vacía! / ¡y pensar que todo era / dentro de ti, calavera!”), para que abandonemos las inhumanas y grises armaduras de la seriedad, para que asumamos (con levedad y alegría, como nietzscheanos danzarines) la vida como lo que es : un juego mágico y maravilloso, único, irrepetible.

“El hombre libre en todo piensa menos en la muerte”, es la sabia advertencia de ese pesimista reflexivo que era Spinoza. Sabiduría es también que aprendamos, como lo revela Marguerite Yourcenar (Memorias de Adriano) a “penetrar en la muerte con los ojos abiertos”. El incierto e inmensurable fenómeno de la muerte (con sus luces y sombras) muestra, devela ese límite (ontológico) al que hace referencia Eugenio Trías en La política y su sombra, sí, precisa nuestros límites y esencial finitud, pero a la vez (en bella paradoja) devela nuestras potencialidades, si se le mira no ya desde lo óntico, desde lo fáctico, es decir, en tanto muerte orgánica, en tanto cesación de la vida, sino desde lo ontológico y metafísico, en tanto muerte humanizada (a la manera de Hegel, a la manera de la “muerte propia” e intransferible de Martin Heidegger, de poetas y escritores como Rainer María Rilke, Bataille, Blanchot, entre otros, a la manera, pues, de esa muerte ec-sistenciaria, constitutiva de la estructura de nuestro ser. Vista desde este horizonte ontológico, la existencia es trascendencia, es una “posibilidad imposible” (M. Heidegger), y en ese sentido somos “seres para la muerte” (otra vez M. Heidegger). La pandemia me ha puesto (nos ha puesto) a pensar y a sentir en este particular e insondable asunto.

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Otra de las grandes enseñanzas tiene que ver con el reconocimiento de que somos esencialmente espíritu (trascendemos, nuestro ser se despliega en la temporalidad). Hegel es el filósofo de la modernidad que nos enseña que el hombre es también espíritu. Esta contingencia, que nos confina al silencio y al refugio en la intimidad personal y familiar, así lo alecciona. Hegel no lo afirmaba en el parcial y parcializado contexto religioso, sino en el más amplio (hondo) sentido humanizante y metafísico. El ser humano se halla (en esta época de afanes materiales) hundido, empobrecido, alienado, casi que aniquilada su subjetividad, en el mundo de la necesidad, ese mundo que Hegel denomina biológico, mundo de la animalidad. Volver, pues, la mirada sobre nuestro ser, navegar en nuestra interioridad, bañar nuestros sentimientos y nuestros pensamientos en las inciertas aguas del silencio, lanzar la mirada al vasto, incierto e insondable horizonte ontológico como una forma de humanizar las relaciones con lo otro y con los otros, como una manera de restituirle un sentido al azar de la vida, allende los pobres y frágiles lazos de posesión y consumo que nos atan al mundo y a las cosas, en una atmósfera asfixiante de vulgar materialismo y consumismo, donde lo único que importa es lo útil y en donde el ser humano es un medio, no un fin (que en realidad debería ser, según el noble ideal kantiano).

En este contexto, es importante el llamado de atención que hiciera el Papa, en los albores de la pandemia, frente a una sociedad líquida, de prisas y afanes, de acelere, en la que, para sus gobernantes y empresarios, lo que realmente importa es la producción. ¿Dónde lo humano? ¿Dónde queda el inconmensurable valor de la humanidad? El drama que hoy vivimos planetariamente, nos lleva a poner el acento en nuestra esencial y fundamental condición espiritual.

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No somos seres aislados. Estamos conectados con el otro y con lo otro. Este es un aprendizaje que surge en esta pandemia, develadora de la existencia de una indisciplina social en casi todos los rincones del planeta. “Nos falta disciplina en casa, en la escuela, en las calles, en el tránsito”, leemos en Cartas a quien pretende enseñar, de Paulo Freire. En nuestro país, esta indisciplina, esta falta de sentido social es aterradora.

En este contexto, son altamente significativas las preguntas que formulaba un científico ambientalista colombiano. “¿Cómo vivimos?” “¿Cómo interactuamos?” “¿Cómo trabajamos?”. Más allá de unas posibles respuestas, lo importante de estos interrogantes está en la invitación para que tomemos conciencia de que, en tanto individuaos, hacemos parte de un ecosistema, somos expresión de una totalidad (socionatural). Ciertamente: hacemos parte de una sociedad y de una naturaleza que nos demandan lazos de compromiso, sin por ello tener que renunciar a nuestra individualidad e identidad. La armonía con el entorno es aquí la gran tarea.

El ser humano es sujeto de derechos y de deberes (lo cual no significa, en una actitud medieval, condicionar el respeto de los derechos al cumplimiento de los deberes) y por lo mismo, debe potenciar y afianzar en su cotidianidad la disciplina social, término tan importante en la pedagogía crítica de Paulo Freire. Esa disciplina (social) no ha de ser entendida desde lo restrictivo, desde lo prohibitivo, ni desde una perspectiva servilista sino desde una conciencia política que luche, en el sentido fuerte y riguroso del término, por la consolidación y materialización de una verdadera, auténtica democracia, en la que todos participemos con criterios de libertad, justicia, igualdad y seguridad. Aquí la escuela (que siempre se ha movido en una concepción restringida y miope de la disciplina, como mero control, como simple obediencia y aconductamiento, sin ninguna mediación desde la reflexión crítica) tiene una gran responsabilidad: formar desde una auténtica y reflexiva educación ciudadana, en el compromiso y la disciplina social.

Tomo prestada una expresión de Umberto Eco: asistimos a una licuación de lo social. Esto lo devela y lo enseña la actual contingencia. Debemos repensar y rescatar la noción de comunidad, salvarla de la crisis a la que se ha sometido por parte de la sociedad líquida emanada de esa oscura, opaca fuente que es la incierta posmodernidad. Leamos, a manera de ilustración, este categórico, contundente título de Umberto Eco (De la estupidez a la locura. 2016): “Con la crisis del concepto de comunidad surge un individualismo desenfrenado, en el que nadie es ya compañero de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse. Este ´subjetivismo´ ha minado las bases de la modernidad, la ha vuelto frágil y eso da lugar a una situación en la que, al no haber puntos de referencia, todo se disuelve en una especie de liquidez. Se pierde la certeza del derecho (la magistratura se percibe como enemiga) y las únicas soluciones para el individuo sin puntos de referencia son aparecer sea como sea, aparecer como valor, y el consumismo.” (op.cit.p.10). Y se pregunta el connotado semiólogo, pensador y escritor italiano “¿Hay algún modo de sobrevivir a la liquidez?”. “Lo hay [responde], y consiste justamente en ser conscientes de que vivimos en una sociedad líquida que, para ser entendida y tal vez superada, exige nuevos instrumentos. El problema es que la política y en gran parte la intelligentsia todavía no ha comprendido el alcance del fenómeno.” (Íbid. P.11).

Comprendamos, como señala Eco, el alcance de nuestra actual situación, develada por la pandemia que nos ha tocado en suerte. Hagamos un esfuerzo para cambiar de actitud y de mentalidad. No es con palabras manidas, que suenan a hueco, como esa repetida, pragmática, utilitarista y monótona expresión “reinventarse”. La solución a esta crisis no está en la fraseología ideologizada ni en los medios tecnológicos y virtuales; está más allá, en la mentalidad, en lo esencial, en la vuelta a los referentes y valores de la modernidad que nos hablan de esa dimensión del espíritu, de la humanidad y su dignificación; está en la búsqueda de libertad, justicia, igualdad, equidad y seguridad, tan resquebrajadas, como lo desnuda la pandemia, en nuestros tiempos de decadencia y desesperanza.

Así construiremos comunidad. Así construiremos disciplina social, que no se logra desde lo coercitivo y restrictivo sino desde el formativo horizonte de lo democrático. Así saldremos de la irresponsabilidad, el egoísmo negativo y el nefasto subjetivismo.

Por estos días de pandemia vuelvo al clásico Aristóteles. El hombre es un Zoom Politikon, un animal social o político, dice el estagirita. No puede vivir solo o aislado, como un ermitaño. Sería (dice Aristóteles en su Política) un diablo o un ángel, y no es ninguna de esas cosas. Volver a nuestras más nobles referencias, a nuestras raíces, a los tejidos de nuestra comunidad, esa es la gran tarea. Cito a Antonio Tovar, en el Prólogo de su singular y sugerente libro Vida de Sócrates (1999): “Mas creemos que es para el hombre el mayor enriquecimiento el de convencerle de que cuanto más se corte de sus raíces, cuanto más declaradamente se aísle de sus nutricios culturales, tanto más pierde y de tantas más viejas virtudes se priva. Aquella definición aristotélica de ´animal político´ no quiere decir otra cosa sino que el hombre, en lo que se diferencia esencialmente de los demás animales, es en que nace sujeto a una ciudad; es decir, irremediablemente dentro de una historia.” (op.cit.p.20).

Conciencia de nuestra particular situación social, conciencia de nuestra tradición, de nuestra historia, de nuestras más esenciales referencias es lo que se nos pide en tiempos de pandemia. Raigambre a una comunidad, en tanto seres políticos, en la que somos sujetos de derechos y deberes, es esta una de las grandes lecciones que nos queda. He ahí, entonces, el gran reto: “armonizar con la ciudadanía”, armonizar con nuestro entorno, esa verdadera, auténtica patria, la canettiana provincia. Eso es bueno, es saludable tenerlo presente en este momento de caótica licuación, y de fetichización de la enajenante globalización.

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Cuidar nuestra “casa del ser”, proteger el ecosistema, “armonizar con la naturaleza”, es la otra gran enseñanza que, voz en alto, nos grita esta pandemia. Son muchas las voces que hacen consenso en este aspecto tan urgente y vital. El encierro, el confinamiento al que se ha visto abocada la humanidad le ha permitido un respiro a la naturaleza. Hemos visto, física o virtualmente, a través de las pantallas televisivas, la desprevenida, inopinada presencia de la fauna en el silencio y abandono de las playas y todo tipo de escenarios naturales. El aire de las ciudades se ha visto más limpio y purificado. Todo esto son signos, indicios (un llamado de atención) para que nos comprometamos, de manera radical y decisiva, con el cuidado de la naturaleza y de la vida en todas sus formas. Conscientes de que además de unos derechos humanos, que deben ser defendidos y respetados, también los animales y el mundo, también la naturaleza tienen derechos, como seres sintientes que son. Tejer la convivencia, dialogar, convivir en armonía con el otro y con lo otro es la tarea pendiente. ¿Aprenderemos en verdad la lección? El tiempo, juez imparcial, implacable lo dirá. Lo cierto es que hay que empezar a dar pasos seguros en este sentido. Construir ciudades inteligentes, sostenibles; asumir con inteligencia y lucidez creadora las crisis y los conflictos; abandonar las posturas violentas y de explotación, con respecto a los demás seres humanos y a las cosas es, en una noble, generosa visión cosmopolita (que no globalizada) saberse ciudadano del mundo, habitante de esa nuestra única y común casa que es (utilizo aquí una expresión cara a Heidegger) “la casa del ser “. Cito, en extenso, y sin pretender abusar del amable lector, un revelador y edificante título de George Steiner, en su bella autobiografía intelectual Errata. El examen de una vida (2011): “Todos somos invitados de la vida. Ningún ser humano conoce el significado de su creación, salvo en el sentido más primitivo y biológico. Ningún hombre, ninguna mujer conocen el propósito, si es que posee alguno, la posible significación de su ´arrojamiento´ al misterio de la existencia. ¿Por qué no hay nada? ¿Por qué soy? Somos invitados de este planeta, de un tejido infinitamente complejo y acaso aleatorio de procesos y mutaciones evolutivas que, en innumerables lugares podrían haber sido de otro modo o podrían haber presenciado nuestra extinción. Y hemos resultado ser invitados vandálicos, que asolamos, explotamos y destruimos otros recursos y a otras especies. Estamos convirtiendo en un vertedero de residuos tóxicos este entorno de extraña belleza, intrincadamente organizado, y también el espacio exterior. Por inspirado que sea, el movimiento ecologista, que junto con la reciente sensibilización hacia los derechos de la infancia y de los animales constituye uno de los capítulos más luminosos de este siglo, tal vez haya llegado demasiado tarde.

“Pero incluso el vándalo es un invitado en una casa del ser que no ha construido y cuyo diseño, con todas las connotaciones del término, se le escapa. Ahora debemos aprender a ser mutuamente invitados los unos de los otros en lo que queda de esta herida y superpoblada tierra. Nuestras guerras, nuestras limpiezas étnicas, los arsenales para la matanza que florecen incluso en los Estados más desvalidos son territoriales. Las ideologías y los odios mutuos que éstos generan son territorios de la mente. Los hombres que han asesinado desde siempre los unos a los otros por una franja de tierra, bajo banderas de distintos colores que enarbolan como estandartes, por pequeños matices en sus lenguas o dialectos (…) la historia ha presenciado la interminable aplicación del desprecio recíproco a motivos con frecuencia triviales e irracionales (…) la segregación y el genocidio (…) Los árboles tienen raíces; los hombres y las mujeres piernas. Y con ellas cruzan la barrera de la estulticia delimitada con alambradas, que son las fronteras; con ellas visitan y en ellas habitan entre el resto de la humanidad en calidad de invitados. Hay un personaje fundamental en las leyendas, numerosas en la Biblia, pero también la mitología griega y en otras mitologías: el extranjero en la puerta, el visitante que llama al atardecer tras su viaje. En las fábulas esta llamada es a menudo la de un dios oculto o un emisario divino que pone a prueba nuestra hospitalidad. Quisiera pensar en estos visitantes como en los auténticos seres humanos que debemos proponernos ser, si es que deseamos sobrevivir” (op.cit.p.74 y sgtes).

Bellas, elocuentes, aleccionadoras, edificantes palabras sin duda, surgidas de una mentalidad contemporánea hondamente crítica  y reflexiva como lo es George Steiner. Su pesimismo reflexivo, a la manera de un Spinoza de nuestros tiempos, se pregunta si acaso sea tarde. Es tarde para el hombre, afirmaba (en tono serenamente pesimista) el escritor y poeta colombiano William Ospina. ¿Tendremos una segunda oportunidad sobre tierra?, indaguemos como en un eco macondiano. Construyamos. Démonos esa oportunidad. Hagamos que no sea tarde. Sólo de nuestra marcada decisión depende que no sea tarde. ¡Que así sea!

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Esta pandemia ha desnudado, en el contexto social, otras pandemias. En ello coinciden muchas voces, cuando señalan pandemias como las desigualdades e injusticias sociales, la precariedad en el sistema de salud, la violencia con todos sus matices y oscuras, sombrías tonalidades, marcada por el sistemático y siempre sospechoso asesinato de líderes sociales, y ahora de nuestros niños y jóvenes e  igualmente marcada también por los feminicidios. A estas pandemias se suman otras: la falta de oportunidades y de equidad, la desesperanza, el abandono y el olvido (por parte de un Estado indolente, que se dice, en “la constitución de papel”, social y de derecho) en el que se tiene a la educación en rincones apartados en nuestro país, incluso en las zonas marginales (marrones) de nuestras ciudades, donde los estudiantes carecen de acceso a la virtualidad, a eso que alguien llama “miseria digital”, sí, la precariedad de la virtualidad. Todo esto ha quedado claramente evidenciado. Podríamos, en una enumeración casi sin término, relacionar otras pandemias. Como telón de fondo, unos empresarios y políticos mediocres (a quienes les queda grande el término), más preocupados por la producción que por lo humano, en el no menos sombrío contexto del neoliberalismo o capitalismo salvaje. Igualmente, como telón de fondo, un Estado (el nuestro) limosnero, caritativo, “estimulador del individualismo egoísta y competitivo”, carente (no es su interés) de un proyecto estructural serio que garantice el bienestar y seguridad, y que hoy, por exigencia misma de la pandemia, se siente cómodo, a sus anchas, decretando medidas restrictivas que ojalá, como alertaba en una entrevista televisiva el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, no se nos vayan, dada la debilidad de nuestras democracias, a quedar para siempre. Recordemos, en este contexto del abandono y la pobreza, la cínica y horrorosa afirmación, en estos tiempos de pandemia, de uno de esos políticos y funcionarios mediocres que decía: “la pobreza es una actitud mental”. Con posturas así, con qué moral y autoridad vamos a hablar de Estado social, con qué criterios vamos a hablar de Estado solidario y justo. Tal la retórica de un estado y de una sociedad que, en esta contingencia, ha develado, ha desnudado su ineficacia e indolencia. Su rechazo y estigmatización de un derecho legítimo, constitucional, como las manifestaciones y protestas así lo revela, así lo expresa.

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Pensemos ahora en el lugar de la educación, y específicamente de la escuela, en el contexto de estas nuestras pandemias, ubicados desde lo local y lo mundial. Muchas de estas cosas no sucederían si el estado le diera el verdadero apoyo a ese derecho esencial que es la educación. Muchas de estas cosas no pasarían si, como ha debido ser hace tiempo, la sociedad escuchara a la escuela, atendiera a su labor formativa, y se uniera a sus clamores y necesidades. Pero también es cierto que, insisto, muchas de estas cosas no pasarían, si la escuela se articulara más a lo social, dejando de ser la escuela burbuja, interesada sólo por un pseudoacademicismo. No olvidemos, como lo señala uno de nuestros pedagogos, Marco Raúl Mejía, que el acto pedagógico es esencialmente político, en el sentido fuerte y amplio del término. En este sentido, nos vemos obligados a descubrir tras esta pandemia, una paradoja: la escuela moderna es la escuela feudal, centrada en las posturas tradicionalistas, en el panóptico (la vigilancia, el disciplinamiento y el control). Sí. Está básicamente centrada en el confinamiento disciplinar. Pero además, como se ha afirmado, está obsesionada con su pseudoacademicismo, de espaldas al mundo, omitiendo las nefastas condiciones de la sociedad (el hambre extrema, la corrupción, el desempleo, la desigualdad, la violencia, y otras tantas pandemias como hemos reiterado). Para utilizar un término pandémico, la nuestra es una escuela inmune a los virus sociales. Estimuladora de la desigualdad. Desde la alharaca y el ruido, desde el humillo de la llamada virtualidad lo que se hace es impartir, como lo expresaba al inicio de esta pandemia la Rectora de un colegio rural en este país de sombra, educación tradicional mediada; lo que se hace es trasladar el panóptico físico, presencial, al panóptico tecnológico, virtual. Ya no es el ojo de carne del capataz, del jefe como lo nombra la voz del servilismo, si no el ojo electrónico, la tribu virtualizada del Gran Hermano de Orwell, diríamos con Umberto Eco. Sí. La tribu enjuiciadora que, como si apareciera oculta detrás de un matorral, irrumpe (vigilante, censurante) importunando, impertérrita, el libre y espontáneo quehacer.

Con cinismo, esta escuela se infla, se llena de aire, y se pregona, a todos los vientos, como “escuela nueva”. Esta la escuela feudal, la escuela nueva que no es nueva, con “cambios para no cambiar”, según la expresión del pedagogo español Miguel Fernández Pérez, en su voluminoso e interesante libro Las tareas de la profesión de enseñar, no es nueva, repetimos, porque sus ciegas y tercas posturas se cierran al auténtico cambio que sólo es posible desde lo humano, desde ese vasto horizonte del Espíritu, desde ese vernos “cara acara”, como lo enfatizan pensadores de la talla de Umberto Eco y George Steiner, leyendo, además, y en comunidad, la palabra y el mundo (Paulo Freire), con sus múltiples matices, límites, dificultades, complejidades y retos planteados.

Ahora bien, la denominada virtualidad (teletrabajo que llaman, léase teleactivismo, telepragmatismo, teleexplotación) tiene sus hondas repercusiones en el sentido y la práctica de las protestas, de las justas exigencias en lo social y, específicamente, en lo educacional. En el supuesto de un implemento de la virtualidad, nuestras protestas ya no serían en vivo, en el “cara a cara”, en el contacto humano e inmediato de la resistencia. Sería más bien la opaca teleresistencia, el paro virtual, el simulacro electrónico de la indignación, que nos trae a la memoria otras simulaciones, otros simulacros como las llamadas clases remotas o el simulacro de la democracia y los controles políticos, en las opacas sesiones virtuales del Congreso, que en tales condiciones ya no es el Congreso (¡Oh indigencia!), sí, el simulacro de la indignación, en el asilamiento y el distanciamiento, en el sombrío confinamiento, que puede (¡Oh peligro!) romper los frágiles hilos de nuestra débil, formal democracia; simulacro electrónico de la indignación, sin mayor fuerza, de los inconformes, de los resistentes a la enajenación y a la negación (vulneración) de los derechos humanos. Eso sería como debilitar, borrar, casi que aniquilar la vieja y siempre nueva consigna: “La unión hace la fuerza”, que hemos leído en la obra maestra de Gabriel García Márquez (El coronel no tiene quien le escriba). Los olvidados de la tierra, los condenados a la soledad, al confinamiento del despojo quedarían confinados, ahora en tiempos de pandemia y aislamiento, a esa hórrida mediación virtual (trabajo en casa y teletrabajo) con sus indomables olas de intermitencia. Sí. Separados, aislados, desconectados del presente, de esa fuerza irreductible que es la cotidianidad, el mundo de lo inmediato. Por esta época de pandemia, permanecemos evaporados, borrados, anulados, licuados, diluidos en la mediación.

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Recapitulemos. Esta pandemia ha sido aleccionadora en muchos sentidos. Ha puesto el acento en la finitud y en lo efímero y deleznable de nuestra existencia. Nos ha enseñado además, como hemos dicho, que “no basta con nuestras convicciones existenciales”, pues somos seres sociales. Armonizar, establecer conexiones y sintonías al interior de la duplicidad de la vida privada y la proyección pública, entre la persona y la ciudad, así como entre lo ideal y lo real, asunto éste tan importante al cual hace referencia Eugenio Trías, en su importante y revelador libro La política y su sombra. Cito, a este respecto, al filósofo: “Y es que la inteligencia no se satisface únicamente con las modalidades de realidad que se le presentan. Apuntan también a aquellas posibilidades respecto a las cuales cabe la forma de una construcción de nosotros mismos, o de sintonía entre lo que somos en tanto que personas, la ética correspondiente a esa personalidad, y la proyección de la persona en su relación con la ciudad, de manera que pueda dibujarse el ámbito de una posible filosofía política esclarecida por esta estructura de correlación entre el hombre y la ciudad, para usar los propios términos platónicos. Y en ese doble plano de lo ideal y lo real que puede dar lugar también a referencias utópicas, como sucedió en el renacimiento o entre los socialistas del pasado siglo. Esa duplicidad de lo ideal y lo real es algo que forma parte de nuestra conciencia, como también esta duplicidad de la persona y la ciudad. Sin este componente personal la sociedad se nos derrumba, y la conciencia de sociedad pierde toda su relevancia.” (op.cit.p.p.27-28).

En este contexto, valores como libertad, justicia, igualdad, equidad, solidaridad, seguridad (la cual no debe ser sobrevalorada, pues, como advierte Trías, se podrían aniquilar los otros valores) y cooperación, son de suma importancia. Algunos de ellos son valores e ideales orientadores, reguladores, que nos permiten (si se concretan y materializan) crecer y potenciar en lo personal y en lo social. La actual pandemia ha desnudado serias debilidades y carencias en este sentido, dejando como lección  que debemos mejorar mucho en este aspecto. Desafortunadamente, la realidad así lo muestra, muchos de estos términos están, por así decirlo en palabras de Trías, ensombrecidos, distorsionados y enrarecidos, por una situación de enajenamiento asfixiante.

Repensar, desde el ontológico concepto de límite, desarrollado por el pensador Eugenio Trías, y que nada tiene que ver con lo restrictivo, repensar, digo, desde este concepto la condición humana, a la cual le es (dice el filósofo) inherente, de manera natural y espontánea la conducta inhumana, eso nos puede ayudar mucho en el crecimiento personal y social. Proyectar luz desde esa parte de sombra es la tarea que nos queda en el arduo camino de la humanización. Sólo desde una actitud crítica y reflexiva podemos hacer luces que orienten nuestra marcha, nuestro sinuoso trasegar en la sombría modernidad, tan aniquiladora de los valores e ideales antes señalados. Por ello es importante no sólo mencionar sino rescatar, aquí, el gran valor que tiene actualmente la defensa de la democracia, ese otro sombrío término en nuestra época sombría. La democracia ha devenido palabra hueca, manida, trillada, mero mito, simple formulismo y formalismo. Tenemos que dotarla, desde lo personal y lo colectivo, de sentido; debemos darle contenido, su real significado. No puede seguir siendo, pues, una simple palabra al uso y abuso de las élites para someter al pueblo a “la servidumbre voluntaria”. Sabemos que en la realidad no existe, pero en lo ideal está en vigencia; es una  tarea urgente su conquista; hay que luchar denodadamente, con ímpetu y esfuerzo, para que sea una realidad, para que se materialice. No es hora de predicarla, ni de fundamentarla. Es hora de salir (a las calles) en su defensa, exhortaba en su momento Norberto Bobbio, quien también en su hora había afirmado: “decir que la democracia no existe, no es un argumento en su contra; es un argumento a su favor”. De ello se infiere que debemos comprometernos en su defensa, que es nuestra tarea, como apuntaba este filósofo de la democracia, construirla día a día. Aquí resuena, nuevamente, el eco de la dualidad, de la sintonía entre lo ideal y lo real. Esta conciencia de lo social y de lo democrático (que incluye también el derecho a disentir) nos queda como lección fundamental en estos tiempos de pandemia en que, a través de Decretos excepcionales, hemos visto restringidos algunos de nuestros derechos, como estrategia para contener la expansión del virus. Medidas, muchas de ellas, necesarias sin duda alguna, pero que nos enseñan a valorar la democracia en su real dimensión, y a afirmar el valor de esa fuerza irreductible, lo expreso en el sentido nietzscheano del término, que es la vida, en tiempos de sometimiento del ser humano y de aniquilación de la subjetividad, a través de esa no menos aniquilante obsesión por el trabajo (la producción), ese otro posadánico mito al uso y abuso de la explotación, y la sospechosa, pandémica calidad, otra palabra ideologizada, hueca y sombría, sobre todo si se le mira en los intangibles e inconmensurables términos del conocimiento, el pensamiento y la educación.

El confinamiento nos enseñó que en lugar de calles desiertas, abandonadas por el pánico y el miedo a la pandemia, al “enemigo invisible” que llaman, mejor las calles vivas, agitadas reclamando democracia, haciendo uso del derecho constitucional a la libre asociación y a la huelga. Fue ese el testimonio que dio uno de los líderes estudiantiles del país, en pasadas movilizaciones: “Estamos reclamando democracia”. Y democracia es libertad, justicia, equidad, igualdad y seguridad social. Democracia es oportunidades y respeto, garantía por los derechos humanos. Democracia es la expresión real y concreta de esos ideales a fin de dignificar y humanizar la condición humana. Pero como dice Paulo Freire, en Cartas a quien pretende enseñar, hay que lucharla, conquistarla. Citemos este título de nuestro pedagogo: “No se recibe democracia de regalo. Se lucha por la democracia. No se rompen las amarras que nos impiden ser con una paciencia de buenas maneras sino con el pueblo movilizándose, organizándose, conscientemente crítico.”  (op.cit.p.131). no puede haber palabras más apropiadas, ante una atmósfera creciente de despolitización de la protesta, con expresiones ideologizadas, inhibidoras, como la de “vandalismo”. Con este tipo de lenguaje, lo único que se pretende es legitimar, normalizar y naturalizar el sometimiento y la explotación (la violencia legitimada, oficializada, institucionalizada).

8

Concluyo estas provisionales reflexiones en derredor de las lecciones o enseñanzas de la Covid-19, enfatizando en la importancia que debemos conceder a la vida interior.  Este es quizá el mensaje más significativo que nos queda en esta pandemia. Valorar, por encima de las posturas pragmáticas y utilitaristas, el “auténtico y hermoso mundo del espíritu” (Herman Hesse). Valorar asimismo, la vida sencilla. “Seamos más simples. Seamos menos artificiosos”, aleccionaba en su momento David H. Thoureau. Nuestra sociedad, alienada por las carreras, los absurdos afanes, la velocidad y las obsesiones productivas; enajenada por ese otro gran fetiche y mito sombrío que es el trabajo, negada para los vitales y enriquecedores espacios del ocio, esta clase de sociedad tiene mucho que aprender en este sentido si en realidad queremos hablar de cambios y transformaciones profundas que afirmen el sentido de lo humano, que nos blinde contra las acciones o conductas inhumanas que, como señalan tanto Eugenio Trías como George Steiner, amenazan siempre nuestra existencia, pues son inherentes a la condición humana, surgen (en cualquier momento) de manera natral, espontánea. Lo humano y lo inhumano se han manifestado históricamente en un dramático juego  dialéctico. Nuestro deber es luchar para que, sobre esta tierra, predomine lo humano, y en este sentido la vida interior (extraña y rara planta que sólo florece en los insondables horizontes del silencio y la contemplación) debe ganar cada vez más espacios y posibilidades.

No es con palabras huecas, como hemos afirmado antes, no es con discursos opacos, pragmáticos, utilitaristas e ideologizados, no es con palabrejas (antiestéticas, casi grotescas) o términos manidos (que son un cliché) como “reinventarse”, “empoderarse”, “resiliencia”, “proactivo”, “experticia”, y “nueva normalidad”, entre otros; sí, no es con palabras vacías, no es llenándonos la boca con el humillo de estas expresiones, que sólo pretenden mover hacia una existencia productiva, servil, utilitarista, no es con ello que vamos a generar  auténticas transformaciones. Es más bien con un cambio profundo de mentalidad que podemos innovar de manera esencial y radical. Es desde la mentalidad, desde la potencia de nuestra subjetividad (en el sentido fuerte del término), es desde lo esencial que podemos cambiar. La tecnología sólo es un medio. La virtualidad, tan sobrevalorada por estos días, no propicia por sí sola, reales, verdaderas transformaciones. Si no cambiamos nuestras formas y maneras de sentir y de pensar, no habrá en la pospandemia, ningún cambio. Esto sólo surge de un largo proceso, de una paciente y constante lucha que nos lleve a cortar raíces. En lo personal, no creo que haya ningún cambio. Tomo prestada una frase de Umberto Eco: seguiremos habitando el reino  de la estupidez y la locura. La humanidad va, como advertía también en su momento el poeta y escritor uruguayo Mario Benedetti, hacia el suicidio. En este sentido, prefiero ser pesimista reflexivo en lugar de un optimista ingenuo. Valga recordar, en este contexto, las palabras del periodista del Caribe colombiano Oscar Montes, quien nos dice que “las herramientas no pueden ser más importantes que la esencia” y la esencia, para él, la constituyen los valores, las ideas, los principios que orientan nuestras vidas. Lo importante es el pensamiento, que en ningún momento puede ser reemplazado por una herramienta, llámese móvil o celular, computador o como se quiera denominar. Lo importante es el entendimiento, la comprensión y la reflexión. Estas meditaciones del periodista caribeño acompañan, ilustran este apunte esencial: la vida del pensamiento, verdadera acción al decir de Aristóteles, la vida del espíritu es lo determinante para la construcción de una verdadera transformación y una dignificación de la condición humana. Reitero: es esta una de las grandes lecciones que nos quedan tras esta pandemia, tras esta grave, seria contingencia.

Afirmemos, entonces, que esta contingencia mundial nos pide, nos exige un alto en el camino, a fin de reflexionar y reconducir nuestras vidas. Para ello nos ha puesto de cara a ese (en palabras de George Steiner) “severo examinador que es el silencio”. Abandonar el ruido y el acelere (pandemias de nuestra época) para dedicarnos a la observación, a la contemplación y la reflexión. De ese ruido pandémico y enajenador, nos dice Steiner en Errata. Examen de una vida: “El ruido –industrial, tecnológico, electrónico, amplificado hasta rayar la locura (el ‘delirio’)- es la peste bubónica del populismo capitalista.” (op.cit.p.p.178-179). Volver, pues, a la vida interior, a la intimidad, al espíritu que es libertad (y eso también nos lo ha enseñado Hegel) de la mano del “profundo y ancho silencio”; guiados por “el grande, pesado, paciente e impasible sonido del silencio” (expresiones, todas ellas, que tomo prestadas de Patrick Rothfuss, en su bella novela El temor de un hombre sabio); sí, orientados por esa incierta fuente de donde emana y gravita el pensamiento, por (vuelvo a expresarme en palabras de Rothfuss) “la calma inmensa y resonante del silencio”. Nuestras solitarias meditaciones, nuestras silenciosas y aisladas ensoñaciones nos dictan que hay que mejorar como humanos. El cuidado (acudo aquí a un término caro al pensamiento occidental, que se origina en los griegos, pasando contemporáneamente por Heidegger y por Michel Foucault), el cuidado, digo, es la gran exhortación que nos hace esta pandemia que es la Covid-19 o coronavirus. Autocuidado o cuidado de sí, cuidado de la naturaleza y el entorno social, cuidado de esta nuestra común morada que es “la casa del ser”. Armonizar con la vida en todas sus manifestaciones y expresiones. Tomar conciencia (y aquí soy reiterativo) acerca de que las conductas  inhumanas, siempre presentes en ese drama que es la historia, deben aprovecharse, como sugiere Eugenio Trías en La polítca y su sombra, para mejorar la condición humana, deben ser aprovechadas como fuente de aprendizaje para una mejor convivencia humana. Y en nuestra sociedad colombiana, donde estas irracionales y ciegas conductas proliferan, sí que es necesario. ¿Aprenderemos realmente de estas enseñanzas que nos deja la pandemia? ¿Estaremos a la altura de estas exigencias? Ese otro grave examinador que es el tiempo lo dirá.

 

Referentes

  • FREIRE, Paulo. Cartas a quien pretende enseñar. ed. 6ª. México: siglo veintiuno. 2000. Traducción de Stella Mastrangelo. pgs. 141
  • HESSE, Hermann. El arte del ocio. ed. 4ª. Barcelona: Planeta. 1981. Traducción por Feliu Formosa y Mireia Bofill. pgs. 332
  • ECO, Umberto. De la estupidez a la locura. Bogotá: Lumen. 2016. Traducción de Helena Lozano Miralles y María Pons Irazazábal. pgs. 497
  • ROTHFUSS, Patrick. El temor de un hombre sabio. ed. 3ª. Barcelona: Plaza y Janés. 2011. Traducción de Gemma Rovira. pgs. 1.197
  • STEINER, George. Errata. El examen de una vida. Barcelona: Siruela. 2011. Traducción de Catalina Martínez Muñoz. pgs. 216
  • ________________________ Lecciones de los maestros. ed. 2ª. Barcelona: Siruela. 2011. Traducción de María Condor. pgs. 187
  • TOVAR, Antonio. Vida de Sócrates. Madrid: Alianza. 1999. pgs. 498
  • TRÍAS, Eugenio. La política y su sombra. Barcelona: Anagrama. 2005. pgs. 163

Por Álvaro Restrepo Betancu, licenciado en Filosofía y Letras. UPB.

Especialista en Cultura Política: Pedagogía de los derechos humanos. UNAULA.

Exprofesor universitario.

Escritor independiente.

Publicado enSociedad
Martes, 10 Agosto 2021 10:26

Dictadura digital

Adriana Gómez, En balde, de la serie “Algo pendiente” (Cortesía de la autora)

¡Bienvenidos a China occidental! La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda a los Estados que se esfuercen por convencer de la utilidad –indiscutible– de la vacuna contra el Covid-19 antes que recurrir a la coerción. Pero Emmanuel Macron tomó la decisión contraria. Este Presidente que se la pasa combatiendo el “iliberalismo” sólo concibe las libertades públicas como una variable de ajuste. Insignificante, por otra parte, y condenada a desdibujarse ante todas las urgencias del momento –médicas, securitarias, bélicas–. Prohibir a millones de personas tomar el tren, pedir un plato de comida en una terraza, ver una película en salas sin haber demostrado que no estaban infectadas presentando llegado el caso, diez veces por día, un documento de identidad que el comerciante deberá a veces verificar por su cuenta, nos lleva a otro mundo. Que ya existe. En China, precisamente. Los agentes de policía disponen allí de anteojos de realidad aumentada que, vinculados a cámaras térmicas instaladas en sus cascos, les permiten identificar una persona afiebrada en una multitud**. ¿Es eso lo que nosotros también queremos?


En todo caso, validamos ingenuamente la invasión galopante de lo digital y de la trazabilidad de nuestras vidas íntimas, profesionales, de nuestros intercambios, de nuestras elecciones políticas. Interrogado acerca de las maneras de evitar que nuestros datos, una vez pirateados nuestros teléfonos móviles, se conviertan en armas apuntadas hacia nosotros, Edward Snowden declaró: ¿Qué pueden hacer las personas para protegerse de las armas nucleares? ¿De las armas químicas o biológicas? Hay industrias, sectores, contra los cuales no existe protección alguna, y es por esa razón que se intenta limitar su proliferación.


“Territorios perdidos de la República”


Todo lo contrario de lo que alienta Macron al precipitar el reemplazo de las interacciones humanas por un embrollo de sitios administrativos, robots, buzones de voz, códigos QR, aplicaciones a descargar. De ahora en más, reservar un pasaje, comprar en línea, exige tanto una tarjeta de crédito como la comunicación de su número de teléfono móvil, o incluso su estado civil. Hubo un tiempo, que no fue la Edad Media, en el que se podía tomar el tren conservando el anonimato, cruzar una ciudad sin ser filmado, sentirse tanto más libre cuanto que no se dejaba ningún rastro al paso. Y, sin embargo, ya había secuestros de niños, atentados terroristas, epidemias... e incluso guerras.


El principio de precaución ya no tendrá límite alguno. ¿Acaso es prudente, por ejemplo, codearse en un restaurante con una persona que habría un día viajado a Medio Oriente, sufrido delirios, participado en una manifestación prohibida, frecuentado una librería anarquista? El riesgo de no terminar su almuerzo por culpa de una bomba, de una ráfaga de Kalashnikov o de un puñetazo en la cara no es enorme, pero tampoco es inexistente... Será entonces necesario pronto que todos los pasantes presenten un “pase cívico” que garantice su ficha judicial virgen y el aval de la policía. Luego no les quedaría más que vagar tranquilos en un museo de las libertades públicas, devenidas en “territorios perdidos de la República”.

 

** Véase Félix Tréguer, “La sofisticación totalitaria”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, mayo de 2020.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Micaela Houston

 

 

 

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Martes, 10 Agosto 2021 09:57

Dictadura digital

Adriana Gómez, En balde, de la serie “Algo pendiente” (Cortesía de la autora)

¡Bienvenidos a China occidental! La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda a los Estados que se esfuercen por convencer de la utilidad –indiscutible– de la vacuna contra el Covid-19 antes que recurrir a la coerción. Pero Emmanuel Macron tomó la decisión contraria. Este Presidente que se la pasa combatiendo el “iliberalismo” sólo concibe las libertades públicas como una variable de ajuste. Insignificante, por otra parte, y condenada a desdibujarse ante todas las urgencias del momento –médicas, securitarias, bélicas–. Prohibir a millones de personas tomar el tren, pedir un plato de comida en una terraza, ver una película en salas sin haber demostrado que no estaban infectadas presentando llegado el caso, diez veces por día, un documento de identidad que el comerciante deberá a veces verificar por su cuenta, nos lleva a otro mundo. Que ya existe. En China, precisamente. Los agentes de policía disponen allí de anteojos de realidad aumentada que, vinculados a cámaras térmicas instaladas en sus cascos, les permiten identificar una persona afiebrada en una multitud**. ¿Es eso lo que nosotros también queremos?


En todo caso, validamos ingenuamente la invasión galopante de lo digital y de la trazabilidad de nuestras vidas íntimas, profesionales, de nuestros intercambios, de nuestras elecciones políticas. Interrogado acerca de las maneras de evitar que nuestros datos, una vez pirateados nuestros teléfonos móviles, se conviertan en armas apuntadas hacia nosotros, Edward Snowden declaró: ¿Qué pueden hacer las personas para protegerse de las armas nucleares? ¿De las armas químicas o biológicas? Hay industrias, sectores, contra los cuales no existe protección alguna, y es por esa razón que se intenta limitar su proliferación.


“Territorios perdidos de la República”


Todo lo contrario de lo que alienta Macron al precipitar el reemplazo de las interacciones humanas por un embrollo de sitios administrativos, robots, buzones de voz, códigos QR, aplicaciones a descargar. De ahora en más, reservar un pasaje, comprar en línea, exige tanto una tarjeta de crédito como la comunicación de su número de teléfono móvil, o incluso su estado civil. Hubo un tiempo, que no fue la Edad Media, en el que se podía tomar el tren conservando el anonimato, cruzar una ciudad sin ser filmado, sentirse tanto más libre cuanto que no se dejaba ningún rastro al paso. Y, sin embargo, ya había secuestros de niños, atentados terroristas, epidemias... e incluso guerras.


El principio de precaución ya no tendrá límite alguno. ¿Acaso es prudente, por ejemplo, codearse en un restaurante con una persona que habría un día viajado a Medio Oriente, sufrido delirios, participado en una manifestación prohibida, frecuentado una librería anarquista? El riesgo de no terminar su almuerzo por culpa de una bomba, de una ráfaga de Kalashnikov o de un puñetazo en la cara no es enorme, pero tampoco es inexistente... Será entonces necesario pronto que todos los pasantes presenten un “pase cívico” que garantice su ficha judicial virgen y el aval de la policía. Luego no les quedaría más que vagar tranquilos en un museo de las libertades públicas, devenidas en “territorios perdidos de la República”.

 

** Véase Félix Tréguer, “La sofisticación totalitaria”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, mayo de 2020.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Micaela Houston

Publicado enColombia
Covid-19 y necropolítica: cuando los países ricos dejan morir a los pobres

De acuerdo con la revista Nature –una de las más prestigiosas revistas científicas en el mundo– los países más pobres apenas recibirán las primeras vacunas en 2023, a pesar de los ruegos y las solicitudes1. Esta es la expresión puntual de una política abierta y sistemática de muerte: necropolítica. Los más ricos ya no necesitan matar a los pobres: simplemente los dejan morir.

 

La necropolítica

El concepto de necropolítica fue originariamente acuñado por Mmembe Achille –un importante filósofo camerunés– en 20032. Con él se alude a una política que se funda en el poder de la muerte, y puede ilustrarse, sin dificultad, en casos como la esclavitud, el apartheid, el colonialismo de Israel sobre Palestina, la figura de los kamikazes suicidas alrededor del mundo y, definitiva y concluyentemente, en las políticas públicas de salud. La crisis del covid-19 permite exponer a plena luz del día, como ningún otro caso, la implementación de la necropolítica por parte de los gobiernos, los Estados, las corporaciones, las farmacéuticas, y los ejércitos más poderosos alrededor del mundo. Literalmente, ya no es necesario matar a poblaciones enteras; sencillamente basta con dejarlas morir.

Son numerosas las prácticas y ejecuciones de la necropolítica. Por ejemplo, demorar o impedir planes masivos de vacunación; o bien no emprender políticas de prevención y salvamento de poblaciones vulnerables, ya sea por razones naturales o bien por factores sociales, económicos, políticos y militares. Cuando alrededor del mundo las poblaciones se quejan de que “el Estado o el gobierno no han hecho presencia”, se trata exactamente de políticas de muerte por omisión. 

Desde luego que existe el terrorismo de Estado; evidentemente que las masacres son acciones premeditadas y que obedecen a planes y a actores concretos. Naturalmente que los numerosos gobiernos acuden –así sea de manera velada– a grupos paramilitares para llevar acciones que de otro modo no les serían permitidas. Nada de esto constituye hoy un secreto para nadie. Sólo que, adicionalmente, los gobiernos y las corporaciones han descubierto que la inacción es tan eficaz como los actos violentos, abiertos o sesgados. Pues bien, la inacción del Estado frente al sufrimiento humano se denomina exactamente necropolítica: política de muerte manteniendo a las poblaciones en estados intermedios entre la vida y la muerte en los que, finalmente, la muerte acontece como una acción inevitable. El terrorismo de Estado se refina como necropolítica. Algo de lo cual la ciencia política normal, las políticas públicas y los estudios de gobierno parecen no tener ningún conocimiento o, lo que es peor, guardan un silencio cómplice.

Bioética, biopolítica y necropolítica

La conclusión no admite dilaciones: existen países inviables, análogamente a como existen economías no-viables y sistemas políticos no-viables. Esto es, sistemas frente a los cuales, verosímilmente, cualquier acción, cualquier plan de acciones está condenado al fracaso.

En ese marco y con el proceder de los principales países, y de grandes grupos económicos, ante la pandemia, asistimos a la más crasa expresión del darwinismo social en su expresión: los más pobres no son necesarios para la vida en la Tierra, y ciertamente no para las artes, la cultura, la ciencia y la tecnología de punta en la humanidad. El mundo es para los más aptos: y los aptos son entonces los ricos.

Es una realidad que también sirve para reafirmar que una mala política es aquella que produce sufrimiento humano, punto. Más allá de banderas, himnos, colores, gobiernos, estadistas, ministros, alcaldes o lo que se quiera. Todo lo demás es lo de menos. Esto es, una necropolítica sabe del sufrimiento humano, pero es indolente frente a las gentes. La indolencia, la insensibilidad y la inacción son expresiones incontestables de estructuras mentales y afectivas perfectamente sociópatas o psicópatas. La diferencia en este punto no es importante. Esto es, se trata de la total disociación entre la afectividad y las conductas reguladas. Allí donde no existe ninguna conexión afectiva de ninguna índole con los que sufren, allí viven y actúan sociópatas y psicópatas. Basta con una mirada cuidadosa a la psicología clínica, a la psiquiatría y a las neurociencias. El diagnóstico no puede ser menos evidente: los gobernantes y tomadores de decisión (CEOs) son en su mayoría enfermos mentales que están enfermando a sus sociedades y pueblos.

En esto consiste, sin ambages, la necropolítica.

Desde cualquier punto de vista, afirmar que hay personas, pueblos y países inviables constituye un exabrupto. Tanto más si se trata del momento de la historia de la humanidad en que esta ha logrado el mayor bienestar material que jamás han conocido los seres humanos; en contextos de los derechos humanos, del diálogo entre civilizaciones, el surgimiento de temas como la ciudadanía mundial, la Carta de la Tierra, los objetivos del desarrollo sostenible, y varios más, sostener que hay países que no merecen vivir es una señal total de irracionalidad e inhumanidad.

Ahora bien, la verdad es que, abiertamente, los países más desarrollados –la Ocde, el G-7, los diferentes frentes multilaterales, los organismos multinacionales– no lo han dicho así expresamente, al día de hoy. Pero es que no hay que decirlo para entenderlo.

En este estado de cosas, cualquier cosa que se diga sobre la ética, sobre la cooperación internacional, sobre la democracia y la gobernabilidad, por ejemplo, resultan vacías. Algo menos que ciencia ficción. La necropolítica es la pax política del neoliberalismo.

Cuando los ejércitos son reemplazados por las corporaciones y los gobiernos 

La función principal de los ejércitos y sistemas de policía fue atacar, derrotar al enemigo, hacer la guerra y, si era posible, al cabo, vencer. Pues bien, esta función de los mecanismos de seguridad del Estado sigue vigente. Sólo que ahora, mancomunadamente con los grandes medios de comunicación, está la función de desinformar.

Mientras que ejércitos –y demás sistemas militares, de policía y de seguridad– actúan, los gobiernos y las Corporaciones –por ejemplo, las grandes industrias farmacéuticas– dejan de actuar. Esto es, específicamente de cara al Estado, dejan de ser garantías de vida, seguridad, desarrollo humano, paz y protección de la naturaleza.

Las selvas están siendo taladas, y los gobiernos “no saben” ni hacen nada. Los líderes ambientalistas están siendo sistemáticamente asesinados alrededor del mundo, y los gobiernos “no saben” nada, no hacen nada. Los ríos, las aguas dulces, los mares están siendo contaminados, y nadie hace nada efectivo. Asesinan periodistas alrededor del mundo, se nombran comisiones de estudio y seguimiento y al cabo, impera la impunidad pues “nadie sabe nada” ni nadie hace nada.

En este marco de cosas, los gobiernos han entrado en la línea de acción de la inactividad. Y es esto lo que caracteriza a la necropolítica. Se abandona a la gente, en una oscilación entre vida y muerte, a la voz cantante, final de la muerte, pues los gobiernos, al igual que los ejércitos y las Corporaciones, no saben para nada de vida.

Literalmente, los gobiernos y las Corporaciones diseñan cómo debe morir la gente, y el diseño tiene la forma de la inacción, de la inoperancia, de la no-presencia, en fin, del olvido.

Es exactamente a esta gente a la que le encanta hablar de incertidumbre. Si existe una palabrita que permea los ambientes políticos, financieros, militares y corporativos es la incertidumbre; la idea consiste en trasmitirle a las gentes que la vida está llena de incertidumbres, con lo cual se sientan todas las condiciones para inmovilizar a la sociedad y creer que la muerte es un asunto específicamente individual. La necropolítica no es otra cosa que la incertidumbre de la vida y la palabra final de la muerte. Hay que tener mucho cuidado con las semánticas producidas y que circulan.

La política también consiste en establecer con claridad qué dice, qué no se dice y cómo se dice lo que se dice. Es en esto en lo que consiste el diálogo entre política, vida y sociedad del conocimiento. Desde luego que se hacen cosas con palabras. Y es que las palabras son expresivas también en lo que callan, en lo que ocultan.

De este modo, cuando las gentes se quejan del alejamiento del Estado, de la demora de los aparatos del Estado en llegar a tiempo y cumplir su función garantista de la vida, es porque hay, veladamente, planes diseñados de muerte. Estos planes fueron originalmente descubiertos y estudiados por A. Mbembe. Mientras que los filósofos normales se llenan la boca hablando de Platón, Aristóteles, Kant o Hegel, por ejemplo, o más recientemente, de Byung-Chung Han, ignoran o guardan un amplio y sospechoso silencio sobre, por ejemplo, A. Mbembe. El colonialismo cultural, intelectual y académico consiste en un amplio manto de silencio sobre los filósofos, artistas, escritores y pensadores del Sur Global. El Sur también existe.

Conclusiones parciales

Los países más pobres no recibirán vacunas antes de 2023. La noticia procede de una revista científica. Pero ha tenido eco en algunos de los más importantes medios de comunicación, como The Economist3, The Wall Street4, Journal, Quartz5, France246, y otros. Pues bien, el Sur Global no puede permanecer silencioso ni ajeno a estas políticas de muerte. Ciertamente, la noticia se hizo pública por primera vez el pasado 5 de julio, pero no ha habido hasta la fecha ningún pronunciamiento de un Sur Global unido e integrado frente al Norte rico, opulento y asesino. Y hay que proceder. Los países más ricos están comprando todas las reservas de vacunas actuales y a futuro. De suerte que la llamada “comunidad Internacional” es un embeleco de los más ricos contra los más pobres. Hipocresía total. Nada que atente contra la vida puede ser aceptado. 

Pues bien, la más reciente expresión de la necropolítica se pone en evidencia con el covid-19. Sin embargo, es sabido que el principal problema político, económico y social no es éste. Antes bien, se trata de la crisis climática que ha puesto suficiente de manifiesto que los países, las ciudades, las poblaciones costeras sufrirán enormemente con la subida del nivel de los mares debido al calentamiento global. Pues bien: cabe anticipar, desde ya, que no habrá políticas de ayuda y cooperación hacia los más pobres. La gente es abandonada a su destino; y cada cual, entonces, creerá, erróneamente que cada quien tiene que morir cuando le toca y que la vida no está comprada. Que es cuando la víctima acepta su destino y cree que sólo ella es la culpable. La necropolítica llevada a su última expresión. 


En español se consiguen los siguientes libros de Achille Mbembe: Necropolítica, Ed. Melusina, 2011; Políticas de la enemistad, Ed. Ned, 2018; Crítica de la razón negra, Ed. Ned, 2016. Otros libros se consiguen en inglés, tales como On the Postcolony ("Sobre la postcolonialidad"); Les jeunes et l’ordre politique en Afrique noire (Los jóvenes y el orden político en el África negra), entre otros.

Significativamente, los libros de Mbembe no se encuentran publicados por parte de los grandes grupos editoriales comerciales, dominantes de las cadenas de distribución.

 

 

 

 

 

 


 

1https://www.nature.com/articles/d41586-021-01762-w 

2 Mmembe, A., (2003). “Necropolitics”, en: Public Culture, 15 (1): págs. 11-40; disponible en: https://muse.jhu.edu/article/39984/summary

3https://www.eiu.com/n/85-poor-countries-will-not-have-access-to-coronavirus-vaccines/

4https://www.eiu.com/n/85-poor-countries-will-not-have-access-to-coronavirus-vaccines/ 

5https://qz.com/2017272/rich-countries-are-buying-up-all-the-covid-19-vaccines/ 

6https://www.france24.com/en/europe/20210610-g7-to-distribute-1-billion-covid-19-vaccine-doses-globally-by-2023-johnson-says.

 

Publicado enEdición Nº282
Covid-19 y necropolítica: cuando los países ricos dejan morir a los pobres

De acuerdo con la revista Nature –una de las más prestigiosas revistas científicas en el mundo– los países más pobres apenas recibirán las primeras vacunas en 2023, a pesar de los ruegos y las solicitudes1. Esta es la expresión puntual de una política abierta y sistemática de muerte: necropolítica. Los más ricos ya no necesitan matar a los pobres: simplemente los dejan morir.

 

La necropolítica

El concepto de necropolítica fue originariamente acuñado por Mmembe Achille –un importante filósofo camerunés– en 20032. Con él se alude a una política que se funda en el poder de la muerte, y puede ilustrarse, sin dificultad, en casos como la esclavitud, el apartheid, el colonialismo de Israel sobre Palestina, la figura de los kamikazes suicidas alrededor del mundo y, definitiva y concluyentemente, en las políticas públicas de salud. La crisis del covid-19 permite exponer a plena luz del día, como ningún otro caso, la implementación de la necropolítica por parte de los gobiernos, los Estados, las corporaciones, las farmacéuticas, y los ejércitos más poderosos alrededor del mundo. Literalmente, ya no es necesario matar a poblaciones enteras; sencillamente basta con dejarlas morir.

Son numerosas las prácticas y ejecuciones de la necropolítica. Por ejemplo, demorar o impedir planes masivos de vacunación; o bien no emprender políticas de prevención y salvamento de poblaciones vulnerables, ya sea por razones naturales o bien por factores sociales, económicos, políticos y militares. Cuando alrededor del mundo las poblaciones se quejan de que “el Estado o el gobierno no han hecho presencia”, se trata exactamente de políticas de muerte por omisión. 

Desde luego que existe el terrorismo de Estado; evidentemente que las masacres son acciones premeditadas y que obedecen a planes y a actores concretos. Naturalmente que los numerosos gobiernos acuden –así sea de manera velada– a grupos paramilitares para llevar acciones que de otro modo no les serían permitidas. Nada de esto constituye hoy un secreto para nadie. Sólo que, adicionalmente, los gobiernos y las corporaciones han descubierto que la inacción es tan eficaz como los actos violentos, abiertos o sesgados. Pues bien, la inacción del Estado frente al sufrimiento humano se denomina exactamente necropolítica: política de muerte manteniendo a las poblaciones en estados intermedios entre la vida y la muerte en los que, finalmente, la muerte acontece como una acción inevitable. El terrorismo de Estado se refina como necropolítica. Algo de lo cual la ciencia política normal, las políticas públicas y los estudios de gobierno parecen no tener ningún conocimiento o, lo que es peor, guardan un silencio cómplice.

Bioética, biopolítica y necropolítica

La conclusión no admite dilaciones: existen países inviables, análogamente a como existen economías no-viables y sistemas políticos no-viables. Esto es, sistemas frente a los cuales, verosímilmente, cualquier acción, cualquier plan de acciones está condenado al fracaso.

En ese marco y con el proceder de los principales países, y de grandes grupos económicos, ante la pandemia, asistimos a la más crasa expresión del darwinismo social en su expresión: los más pobres no son necesarios para la vida en la Tierra, y ciertamente no para las artes, la cultura, la ciencia y la tecnología de punta en la humanidad. El mundo es para los más aptos: y los aptos son entonces los ricos.

Es una realidad que también sirve para reafirmar que una mala política es aquella que produce sufrimiento humano, punto. Más allá de banderas, himnos, colores, gobiernos, estadistas, ministros, alcaldes o lo que se quiera. Todo lo demás es lo de menos. Esto es, una necropolítica sabe del sufrimiento humano, pero es indolente frente a las gentes. La indolencia, la insensibilidad y la inacción son expresiones incontestables de estructuras mentales y afectivas perfectamente sociópatas o psicópatas. La diferencia en este punto no es importante. Esto es, se trata de la total disociación entre la afectividad y las conductas reguladas. Allí donde no existe ninguna conexión afectiva de ninguna índole con los que sufren, allí viven y actúan sociópatas y psicópatas. Basta con una mirada cuidadosa a la psicología clínica, a la psiquiatría y a las neurociencias. El diagnóstico no puede ser menos evidente: los gobernantes y tomadores de decisión (CEOs) son en su mayoría enfermos mentales que están enfermando a sus sociedades y pueblos.

En esto consiste, sin ambages, la necropolítica.

Desde cualquier punto de vista, afirmar que hay personas, pueblos y países inviables constituye un exabrupto. Tanto más si se trata del momento de la historia de la humanidad en que esta ha logrado el mayor bienestar material que jamás han conocido los seres humanos; en contextos de los derechos humanos, del diálogo entre civilizaciones, el surgimiento de temas como la ciudadanía mundial, la Carta de la Tierra, los objetivos del desarrollo sostenible, y varios más, sostener que hay países que no merecen vivir es una señal total de irracionalidad e inhumanidad.

Ahora bien, la verdad es que, abiertamente, los países más desarrollados –la Ocde, el G-7, los diferentes frentes multilaterales, los organismos multinacionales– no lo han dicho así expresamente, al día de hoy. Pero es que no hay que decirlo para entenderlo.

En este estado de cosas, cualquier cosa que se diga sobre la ética, sobre la cooperación internacional, sobre la democracia y la gobernabilidad, por ejemplo, resultan vacías. Algo menos que ciencia ficción. La necropolítica es la pax política del neoliberalismo.

Cuando los ejércitos son reemplazados por las corporaciones y los gobiernos 

La función principal de los ejércitos y sistemas de policía fue atacar, derrotar al enemigo, hacer la guerra y, si era posible, al cabo, vencer. Pues bien, esta función de los mecanismos de seguridad del Estado sigue vigente. Sólo que ahora, mancomunadamente con los grandes medios de comunicación, está la función de desinformar.

Mientras que ejércitos –y demás sistemas militares, de policía y de seguridad– actúan, los gobiernos y las Corporaciones –por ejemplo, las grandes industrias farmacéuticas– dejan de actuar. Esto es, específicamente de cara al Estado, dejan de ser garantías de vida, seguridad, desarrollo humano, paz y protección de la naturaleza.

Las selvas están siendo taladas, y los gobiernos “no saben” ni hacen nada. Los líderes ambientalistas están siendo sistemáticamente asesinados alrededor del mundo, y los gobiernos “no saben” nada, no hacen nada. Los ríos, las aguas dulces, los mares están siendo contaminados, y nadie hace nada efectivo. Asesinan periodistas alrededor del mundo, se nombran comisiones de estudio y seguimiento y al cabo, impera la impunidad pues “nadie sabe nada” ni nadie hace nada.

En este marco de cosas, los gobiernos han entrado en la línea de acción de la inactividad. Y es esto lo que caracteriza a la necropolítica. Se abandona a la gente, en una oscilación entre vida y muerte, a la voz cantante, final de la muerte, pues los gobiernos, al igual que los ejércitos y las Corporaciones, no saben para nada de vida.

Literalmente, los gobiernos y las Corporaciones diseñan cómo debe morir la gente, y el diseño tiene la forma de la inacción, de la inoperancia, de la no-presencia, en fin, del olvido.

Es exactamente a esta gente a la que le encanta hablar de incertidumbre. Si existe una palabrita que permea los ambientes políticos, financieros, militares y corporativos es la incertidumbre; la idea consiste en trasmitirle a las gentes que la vida está llena de incertidumbres, con lo cual se sientan todas las condiciones para inmovilizar a la sociedad y creer que la muerte es un asunto específicamente individual. La necropolítica no es otra cosa que la incertidumbre de la vida y la palabra final de la muerte. Hay que tener mucho cuidado con las semánticas producidas y que circulan.

La política también consiste en establecer con claridad qué dice, qué no se dice y cómo se dice lo que se dice. Es en esto en lo que consiste el diálogo entre política, vida y sociedad del conocimiento. Desde luego que se hacen cosas con palabras. Y es que las palabras son expresivas también en lo que callan, en lo que ocultan.

De este modo, cuando las gentes se quejan del alejamiento del Estado, de la demora de los aparatos del Estado en llegar a tiempo y cumplir su función garantista de la vida, es porque hay, veladamente, planes diseñados de muerte. Estos planes fueron originalmente descubiertos y estudiados por A. Mbembe. Mientras que los filósofos normales se llenan la boca hablando de Platón, Aristóteles, Kant o Hegel, por ejemplo, o más recientemente, de Byung-Chung Han, ignoran o guardan un amplio y sospechoso silencio sobre, por ejemplo, A. Mbembe. El colonialismo cultural, intelectual y académico consiste en un amplio manto de silencio sobre los filósofos, artistas, escritores y pensadores del Sur Global. El Sur también existe.

Conclusiones parciales

Los países más pobres no recibirán vacunas antes de 2023. La noticia procede de una revista científica. Pero ha tenido eco en algunos de los más importantes medios de comunicación, como The Economist3, The Wall Street4, Journal, Quartz5, France246, y otros. Pues bien, el Sur Global no puede permanecer silencioso ni ajeno a estas políticas de muerte. Ciertamente, la noticia se hizo pública por primera vez el pasado 5 de julio, pero no ha habido hasta la fecha ningún pronunciamiento de un Sur Global unido e integrado frente al Norte rico, opulento y asesino. Y hay que proceder. Los países más ricos están comprando todas las reservas de vacunas actuales y a futuro. De suerte que la llamada “comunidad Internacional” es un embeleco de los más ricos contra los más pobres. Hipocresía total. Nada que atente contra la vida puede ser aceptado. 

Pues bien, la más reciente expresión de la necropolítica se pone en evidencia con el covid-19. Sin embargo, es sabido que el principal problema político, económico y social no es éste. Antes bien, se trata de la crisis climática que ha puesto suficiente de manifiesto que los países, las ciudades, las poblaciones costeras sufrirán enormemente con la subida del nivel de los mares debido al calentamiento global. Pues bien: cabe anticipar, desde ya, que no habrá políticas de ayuda y cooperación hacia los más pobres. La gente es abandonada a su destino; y cada cual, entonces, creerá, erróneamente que cada quien tiene que morir cuando le toca y que la vida no está comprada. Que es cuando la víctima acepta su destino y cree que sólo ella es la culpable. La necropolítica llevada a su última expresión. 


En español se consiguen los siguientes libros de Achille Mbembe: Necropolítica, Ed. Melusina, 2011; Políticas de la enemistad, Ed. Ned, 2018; Crítica de la razón negra, Ed. Ned, 2016. Otros libros se consiguen en inglés, tales como On the Postcolony ("Sobre la postcolonialidad"); Les jeunes et l’ordre politique en Afrique noire (Los jóvenes y el orden político en el África negra), entre otros.

Significativamente, los libros de Mbembe no se encuentran publicados por parte de los grandes grupos editoriales comerciales, dominantes de las cadenas de distribución.

 

 

 

 

 

 


 

1https://www.nature.com/articles/d41586-021-01762-w 

2 Mmembe, A., (2003). “Necropolitics”, en: Public Culture, 15 (1): págs. 11-40; disponible en: https://muse.jhu.edu/article/39984/summary

3https://www.eiu.com/n/85-poor-countries-will-not-have-access-to-coronavirus-vaccines/

4https://www.eiu.com/n/85-poor-countries-will-not-have-access-to-coronavirus-vaccines/ 

5https://qz.com/2017272/rich-countries-are-buying-up-all-the-covid-19-vaccines/ 

6https://www.france24.com/en/europe/20210610-g7-to-distribute-1-billion-covid-19-vaccine-doses-globally-by-2023-johnson-says. 

Publicado enColombia
Sábado, 31 Julio 2021 06:37

El alto costo de la mala comida

El alto costo de la mala comida

Por cada peso que pagamos por comida industrializada, pagamos otros dos pesos más por los daños a la salud y al ambiente que provoca el sistema agroalimentario industrial. Es un dato tremendo que en el Grupo ETC estimamos a nivel global y revelamos desde 2017 en publicaciones y videos didácticos (https://tinyurl.com/6bwaa997).

Ahora, la conservadora Fundación Rockefeller publica un informe basado en amplios datos estadísticos, que confirma esta relación con análisis de la realidad en Estados Unidos. (True cost of Food, julio 2021, https://tinyurl.com/ezj93vva).

En ese país, la población gasta anualmente 1.1 billones (es decir 1.1 millones de millones) de dólares en comida. Sobre eso, los gastos generados por la producción, distribución y venta de comida industrial en atención a la salud, daños ambientales, erosión de suelos, contaminación de agua, deforestación, destrucción de la biodiversidad y emisión de gases causantes del cambio climático, así como costos sociales por trabajo infantil, salarios de hambre, enfermedades ocupacionales y falta de beneficios laborales, suman 2.1 billones de dólares adicionales. Costos que son pagados por el erario, es decir por la propia población.

De ese total de 2.1 billones de dólares anuales de gastos que genera la cadena agroindustrial, los de atención a la salud, daños ambientales y a la biodiversidad son 99 por ciento.

Es un subsidio mayúsculo e invisible a las empresas trasnacionales que dominan la cadena agroalimentaria industrial para seguir produciendo alimentos industriales y transgénicos, con glifosato y otros agrotóxicos, para seguir con grandes criaderos de cerdos, pollos y vacas que provocan epidemias, deforestación, contaminación de aguas y destrucción de biodiversidad en los campos, para seguir con la producción de alimentos ultraprocesados y con exceso de grasas, sal y azúcares, que las empresas llenan de conservantes, texturizantes, colorantes, saborizantes y otros químicos para que soporten largos transportes y mayor tiempo sin mostrar pudrición en supermercados y para engañar con sabores artificiales y adictivos a los consumidores.

Además de dar cuantiosas ganancias a las trasnacionales, el sistema agroalimentario industrial, está estrechamente ligado a las enfermedades que son las principales causas de muerte en el mundo. Un informe de la OMS publicado en diciembre 2020, muestra que de las 10 principales causas de defunción en el mundo siete son enfermedades no trasmisibles (o sea, no contagiosas). Las principales son enfermedades cardiovasculares "causadas, por ejemplo, por exceso de colesterol", hipertensión, varios tipos de cáncer principalmente digestivos y enfermedades renales. Destaca la OMS la entrada de la diabetes a la lista de las 10 principales causas de muerte, dolencia que aumentó en 70 por ciento a escala global entre los años 2000 y 2019, y en 80 por ciento como causa de muerte entre los hombres (https://tinyurl.com/4xkz9yya). Todo esto en el contexto de una pandemia global de obesidad, desnutrición y malnutrición que sufre más de la mitad de la población mundial.

Solamente 24 por ciento de las principales causas de muerte a escala global son enfermedades contagiosas y de ellas, más de dos terceras partes son de origen zoonótico, la mayoría originadas a partir de la cría industrial confinada de animales, como por ejemplo la gripe aviar y la gripe porcina (H1N1).

Justamente una de las cosas que esta pandemia ha puesto sobre la mesa es la estrecha conexión que existe entre la alimentación y las enfermedades. La gran mayoría de los casos graves y de muerte con Covid-19, han sido personas con comorbilidades como obesidad, diabetes, hipertensión, problemas cardiacos, colesterol alto y otras afecciones cardiovasculares, además de edad avanzada y problemas respiratorios.

Las pocas décadas en las que se ha globalizado el consumo de comida industrializada han llevado a una crisis de los sistemas inmunológicos de la gente y los animales, que nos ha dejado muy debilitados frente a nuevas enfermedades infecciosas.

Esta situación es aún peor en México. En 2019, El Poder del Consumidor reportó que 88.8 por ciento de las defunciones fueron por problemas de salud, con un alto porcentaje de obesidad, diabetes, hipertensión. México es donde más se vende comida ultraprocesada y refrescos azucarados en América Latina (https://tinyurl.com/nhv6yvbk).

Un tema que no es individual, sino sistémico y se debe encarar como tal. El sistema alimentario agroindustrial, desde las semillas al plato, es un generador de enfermedad y es causa mayor de destrucción ambiental, pero pese a ello, subvencionamos a las empresas que lo dominan pagando el triple del costo de la comida.

Es el mismo tipo de empresas que ahora están en juicio contra el decreto oficial que instruye a buscar alternativas al glifosato, para defender su derecho a seguir poniendo veneno en nuestros alimentos. Por la salud de la gente y de la naturaleza, tenemos que sacarlas de nuestra comida, recuperar un sistema alimentario sano, sin químicos, basado en la producción campesina, mercados locales y diversos, con comida que alimente en lugar de enfermar.

Silvia Ribeiro, Investigadora del Grupo ETC

Publicado enSociedad
Un anciano es trasladado para recibir atención médica en Bangkok, Tailandia.Foto Afp

Las infecciones han aumentado 80% en todas las regiones del mundo en el último mes, señala el organismo

 

Washington. El mundo corre el riesgo de perder los logros alcanzados en la lucha anti-Covid a medida que se propaga la variante delta, pero las vacunas aprobadas aún son eficaces contra la enfermedad, indicó ayer la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos advirtieron que la variante delta es tan transmisible como la varicela y que podría causar una enfermedad grave, según el Washington Post, que cita un documento interno de los CDC.

Las infecciones por Covid-19 han aumentado en 80 por ciento en las últimas cuatro semanas en la mayoría de las regiones del mundo, informó el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus. Las muertes en África –donde sólo 1.5 por ciento de la población está inoculada– se incrementaron 80 por ciento en el mismo periodo.

"Los logros alcanzados con mucho esfuerzo están en peligro o se están perdiendo, y los sistemas sanitarios de muchos países se están viendo desbordados", informó Adhanom Ghebreyesus en una conferencia de prensa.

La variante delta se ha detectado en 132 países, convirtiéndose en la dominante en el mundo, de acuerdo con la OMS.

"Las vacunas aprobadas por la OMS proporcionan una protección significativa contra la enfermedad grave y la hospitalización de todas las variantes, incluida delta", sostuvo el principal experto en emergencias de la OMS, Mike Ryan.

Maria van Kerkhove, directora técnica de la OMS para el Covid-19, declaró que delta es aproximadamente 50 por ciento más transmisible que las variantes ancestrales del SARS-CoV-2, identificado por primera vez en China a finales de 2019.

Algunos países han informado de un aumento de las tasas de hospitalización, pero no se han registrado tasas de mortalidad más elevadas por la variante delta, agregó.

Por otra parte, una serie de diapositivas de los CDC subrayaron que "la guerra cambió" a causa de delta. La directora de los CDC, Rochelle Walenksy, citó esta presentación esta semana para justificar el retorno al uso de mascarillas en lugares de alto riesgo.

Los CDC publicaron un informe preliminar sobre un evento de sobrepropagación en Massachusetts, en el cual casi las tres cuartas partes de las personas que asistieron a diversos actos públicos estaban vacunadas.

Una de sus conclusiones más relevantes es que los brotes en vacunados son altamente contagiosos, según datos que provienen de estudios anteriores y del análisis del brote por delta en Provincetown, Massachusetts.

Los expertos se apoyan en un número denominado "umbral del ciclo" (CT), que indica cuánta carga viral tiene una persona. Cuanto menor es el número, mayor es la carga. En Provincetown "no hubo diferencia en los valores medios de CT en los casos de vacunados y no vacunados", indicó el texto.

Otro documento interno indicó que delta era aproximadamente tan transmisible como la varicela, mientras que una variante temprana estaba más cerca del resfriado común. Además indica que podría causar una enfermedad más severa.

La agencia de salud señaló que los no vacunados tienen tres veces más probabilidades de infectarse y más de 10 veces de probabilidad de enfermar gravemente o morir por dicha mutación.

Es muy probable que la protección que ofrecen las vacunas y la enfermedad potencialmente grave disminuyan con el tiempo, por lo que las campañas de inmunización continuarán durante los próximos años, indicaron científicos al grupo consultivo del gobierno británico.

Las personas que no han sido vacunadas representan al menos 85 por ciento de los hospitalizados en Francia y 78 por ciento de los decesos a causa del virus.

Un viajero proveniente de Perú que no cumplió el aislamiento obligatorio a su llegada a Argentina, y que era portador de la variante delta, contagió al menos a 13 personas en Córdoba, donde además fueron aisladas 160 personas con las que tuvo contacto.

El Salvador inició la inmunización de los mayores de 12 años y embarazadas desde las 16 semanas de gestación, en momentos en que el país reporta un incremento de contagios y fallecidos por la enfermedad.

"El más extenso contagio desde Wuhan". Así es como los medios estatales en China describen un nuevo brote debido a delta que se detectó por primera vez en la ciudad china de Najing y que se ha propagado a cinco provincias y Pekín.

Australia desplegó cientos de efectivos del ejército para hacer cumplir la cuarentena en Sídney.

La pandemia ha dejado en el mundo 197 millones 228 mil 998 casos confirmados y 4 millones 206 mil 208 fallecidos, de acuerdo con la Universidad Johns Hopkins.

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