Ana Unhold, sin título (Cortesía de la autor)

La particularidad de la pandemia del covid-19 consistió en que es la primera de su tipo en la hora de la total globalización, facilitada por medios de transporte rápidos, una enorme migración, turismo y viajes prácticamente sin límites. Desde luego que existen otras pandemias: las más importantes son la del ébola, de origen viral, y la de la malaria (o paludismo), de origen parasitario (por contagio de la mosca Anopheles). La diferencia es que el ébola está confinado (con éxito) –por ahora al África– y la malaria a las regiones tropicales. No constituyen un motivo serio de preocupación para el llamado primer mundo. Por su parte, por lo demás, la gripa española de comienzos del siglo XX –otra seria pandemia– tuvo lugar cuando los viajes por barco, avión y automóvil estaban bastante restringidos o eran inexistentes en escala masiva. Vale siempre distinguir una pandemia de una epidemia. El tema de base es demográfico.


En cualquier caso, la pandemia del covid-19 obligó a los ciudadanos del mundo a encerrarse. Y muchas veces fueron obligados a hacerlo. En muchos lugares durante cerca de dos años. En la mayoría de los países, dos, tres, cuatro, cinco olas de contagio. Y a la fecha el tema no se detiene. Hace rato ya se está hablando, con toda razón, acerca de la próxima pandemia.


En numerosas ocasiones, el encierro estuvo acompañado de medidas policivas y militares; se trató de toques de queda, correajes policiales, y otras medidas punitivas. Ciertamente que el distanciamiento social era necesario. Precisamente de eso se trata a propósito de contagios. Ciertamente que el encierro forzado permitió un aprendizaje inusitado: la incorporación cotidiana de las tecnologías de la información en las formas de teletrabajo, educación virtual, telemedicina y otras expresiones semejantes. La venta de computadores y tabletas, principalmente obedeció al uso de plataformas de conexión grupales. Si la tercera revolución industrial, formulada en el 2011, consistió en el reconocimiento público de internet, la red que ella significa e implica se convirtió en una realidad cotidiana para jóvenes, adultos y ancianos, lo que pasa, naturalmente, por un tema político y económico: la división o la brecha digital.


Una realidad sobre la que, valga decirlo, los gobiernos en general, y el colombiano en particular, han avanzado muy poco en dos frentes puntuales pero fundamentales. Uno, el incentivar a la industria para que los precios de los computadores y tabletas se reduzcan a la vez que aumentan su capacidad computacional. Sencillamente los gobiernos no han entrado para nada en el tema. Y el segundo frente es justamente el de los servicios de internet, que siguen siendo ampliamente privados. No existe a la vista ninguna política que promueva el uso del wimax sobre el wifi; esto es, el suministro de wifi libre, abierto y gratuito para la ciudadanía, financiado por los gobiernos, local, regional o nacional.


Lo que se ha avanzado en este plano es muy poco, asimismo, en dos planos importantes: de un lado, la promoción en gran escala de datos abiertos (open data) y de Open Access a material educativo, científico y académico para la ciudadanía. Sin ambages, el respeto a los derechos humanos pasa en el marco de la sociedad de la información por una política de Open Access y de open data. La pandemia no les ha permitido a los Estados y gobiernos aprender nada al respecto. Todo continúa en este plano igual que antes de la pandemia.


En contraste, la verdad es que numerosos gobiernos aprovecharon la inmovilidad social para corruptelas, crímenes de Estado, y desfalco a los dineros públicos. En Europa y en Estados Unidos, en América Latina y en África, por ejemplo.

La pandemia fue eso: un asunto de salud pública


Alrededor del mundo se planteó un falso problema: economía o salud. Y la respuesta fue evidente por parte de los gobiernos: la economía prima sobre la salud. Más allá de si se trata de países liberales, conservadores, son sistemas unicamerales, monarquistas, bicamerales, dictadoras o democracias y demás. Un hecho de suma gravedad.


Vale insistir en esto (1). Las crisis, se afirma en general, constituyen oportunidades; específicamente, oportunidades de aprendizaje. Justamente en este marco se habló –y aún se discute al respecto, aunque cada vez más– acerca de la “nueva normalidad”, que es el título genérico para designar justamente los aprendizajes posibles ganados durante y gracias a la pandemia.


Pues bien, antes, durante y después de la pandemia –hoy ya se empieza a hablar de la postpandemia, sin que absolutamente ningún país haya logrado superarla por completo– la economía fue lo más importante, y la vida y la salud fueron dejadas de lado.
Algo que no sorprende. Ni el capitalismo, ni el sistema de libre mercado, ni Occidente han sabido verdaderamente nunca acerca de vida y de salud; solo de ganancia y enfermedad, que es un gran negocio; la salud no lo es (2). En eso exactamente consisten las políticas públicas de salud, a saber: en políticas acerca de la enfermedad. El colofón y la expresión mejor acabada de este estado de cosas son los estudios acerca de la carga mundial de enfermedad (3).


Como expresión de ello, definieron e impusieron la falsa creencia, que la solución a la pandemia era el aislamiento, el encierro y la vacuna. Un sofisma total, pues ninguna de estas medidas atacó el problema verdadero que es el sistema de atención en salud: la seguridad social.


En el caso particular de América Latina, ampliamente, la atención en salud está privatizada. Es el abandono de la salud y la vida por parte de Estado y la privatización de la salud –para no mencionar la seguridad, la educación y en el contexto de la pandemia, de los servicios funerarios–, los que constituyen el verdadero problema. Ni el Estado, ni los gobiernos aprendieron, por las razones que sea, este asunto. Lo peor que le puede suceder a un sistema vivo es que no aprenda: entonces opera la selección natural, pues termina por extinguirse.


Pretender que la solución a la pandemia son las vacunas es lo mismo que atender, literalmente, a un paciente en urgencias con una aspirina, una curita (bandita) o un placebo. La crisis del covid-19 no la generó el virus, sino el hecho de que histórica y sistemáticamente los gobiernos desplazaron las políticas sociales a lugares secundarios en nombre, fundamentalmente, del gasto en seguridad y defensa; el negocio de la muerte, el negocio de la guerra.
Como se aprecia sin dificultad, el negocio de la enfermedad está perfectamente vinculado al negocio de la muerte y de la guerra. Eso exactamente es el capitalismo.


Un sistema que no aprende


Occidente ha conocido en tiempos recientes varias epidemias y pandemias. Sin ir muy lejos, la gripe española, la pandemia del ébola, la pandemia de la malaria (o paludismo), la pandemia misma del VIH, para mencionar los ejemplos más conspicuos. Sólo que la pandemia del covid-19 ha resultado importante por su carácter global.


Estas pandemias ponen de manifiesto que Occidente, el liberalismo, el capitalismo, el sistema de libre mercado o como se lo quiera denominar, tiene una capacidad muy baja o nula de aprendizaje, específicamente cuando se trata de atender a temas como salud, vivienda, educación, naturaleza (medio ambiente) y vida. Su prioridad es el crecimiento económico, las ganancias, la ampliación del mercado, la productividad, la competitividad, el consumo nunca la salud y la vida. Precisamente por ello, alrededor del mundo existe un profundo malestar –en Francia y en Estado Unidos, en Japón y en la India, en España y en Italia, en México y en Colombia, por ejemplo–; en cada país, los grandes medios de comunicación se encargan de ocultar esta situación de orden mundial, y a lo sumo presentan, editadas, las noticias acerca de la situación nacional.


En otras palabras, mientras que los gobiernos y los Estados no han aprendido nada durante la pandemia, las comunidades y las sociedades, las culturas y los pueblos no han desaprovechado la exigencia, transformada en oportunidad. Asistimos a un magnífico cambio civilizatorio que pretende ser ocultado por la gran prensa, pero que ciertamente apenas comienza a unificarse y a desplegarse de manera orgánica. Los ritmos de la historia no siempre son necesariamente vertiginosos. Tanto menos en el contexto de un sistema panóptico, manipulador y controlador a escala sistémica y sistemática.


Ser modernos, en general, significa ser miopes, con una mirada de corto alcance. Occidente, tradicionalmente sólo estuvo mirando su propia imagen o su propio ombligo.


La naturaleza nos habla en múltiples lenguajes. Hoy, literalmente, nos está hablando en la forma de volcanes (La Palma en España y Etna en Italia); en la forma de tifones y huracanes (Mar Caribe, Océano Índico); en la forma de temblores y terremotos (China, México, Haití o Japón); en la forma de incendios incontrolables (California, España, Brasil, Venezuela); en la forma de sequías terribles (Armenia, Timor Oriental, Madagascar); en fin, en la forma de virus (covid-19), por ejemplo. Occidente, una civilización distintivamente antropocéntrica, no puede leer ni entender los lenguajes con los que está hablando la naturaleza. Lo mejor que acaso alcanza a decir es que las crisis ambientales son de origen antropogénico, en general. Occidente no aprende, el capitalismo no aprende. Pero los movimientos sociales, políticos y ecologistas alternativos –entre muchos otros–, sí aprenden que Occidente no aprende. Un aprendizaje singular.


La biología en general, la teoría de la evolución en particular y la ecología sin la menor duda, han puesto ya suficientemente de manifiesto que lo peor que le puede suceder a cualquier sistema vivo es que no aprenda. Porque entonces el camino a la extinción es irreversible.


La verdad es que la crisis profunda ocasionada por el covid-19 permitió la constitución, emergencia y consolidación de numerosos movimientos autogestionarios (4) alrededor del mundo. Una breve lista de estos incluye la alimentación y nutrición, el trueque, los cuidados de salud, acciones de solidaridad sin límites, sistemas de educación, en fin, la ayuda mutua y la cooperación (5). Una nueva civilización está emergiendo. Este es un aprendizaje sin igual en la historia de la humanidad.

Los temas de salud mental: una enseñanza importante

El principal problema de salud pública en el mundo, hoy, es la salud mental. En promedio cada treinta segundos se suicida una persona en el mundo, por diferentes causas (6). La crisis del covid-19 vino a acentuar la tasa de problemas de salud mental y el aumento de suicidios. Con una advertencia puntual: los suicidios son contagiosos, ni más ni menos que cualquier otro contagio.


La muy alta tasa de suicidios alrededor del mundo significa, simple y sencillamente, que hay un modelo civilizatorio en crisis que no ha sido suficiente para generar esperanzas, producir alegría, optimismo, y razones para vivir. En las políticas públicas de salud usualmente se habla mucho de la salud mental en general, pero se omiten estas particularidades. Se termina por culpar a la sociedad, sin que los gobiernos y los Estados asuman su responsabilidad. También hemos aprendido esto.


Pues bien, al respecto, es importante rescatar, una vez más, la Declaración de Lyon, del año 2011. Dicho negativamente, la globalización enloquece a la gente (7), literalmente. Y dicho en forma positiva, una señal de salud mental consiste en la capacidad para decir no.
No a un sistema violador de derechos humanos, un sistema que es incapaz de aprender, generador de inequidades, injusticia e impunidad galopantes. La pandemia del covid-19 le ha permitido a los pueblos y sociedades reconocer que la capacidad de decir no a las autoridades y los poderes no es simplemente un rasgo de resistencia, de oposición, de alternatividad y demás. Se trata, simple y llanamente de una señal de salud mental.


Dicho en una palabra, la capacidad de decirle no al poder es la más evidente señal de salud mental. Y entonces, claro de vitalidad y resistencia.


Desde luego que la capacidad de decir no al maltratador, al explotador, al asesino, al torturador, al violento, al corrupto, al falaz y al hipócrita, por ejemplo, debe ir acompañado de acciones y formas de organización. El tema entonces es el de la acción colectiva. Decir no debe dar paso a acciones, movimientos, decisiones y formas de organización. A escala individual y colectiva. Esto es salud. Y de salud y de vida el capitalismo nada sabe. Por ello mismo sus planes y programas de control y manipulación.
De esta suerte, la ecuación economía o vida se revela, manifiestamente, como falsa. La pandemia permitió a todos reconocer que sin salud no existe nada más, y que perder la vida es el mayor dolor. No simplemente un dato estadístico, un costo colateral, una baja casual.


Los aprendizajes de la pandemia están en proceso de consolidación alrededor del mundo, y un tejido sólido lo están elaborando las comunidades y organizaciones sociales alternativas. Existen serios motivos para un optimismo fundamentado; esto es, con información. Pues bien, estos aprendizajes están siendo consolidados y compartidos.


Hemos aprendido también que la gran prensa no dirá jamás ni una palabra al respecto. No importa: otros medios de comunicación y de experiencia emergen, saben unos de otros, y se consolidan orgánicamente.

 

1. Véase (2021) “Fenomenología de la pandemia”, en: Le Monde diplomatique, Nº207, febrero, pp. 8-9; (2020) “Los engaños de la estadística. A propósito de la crisis del coviv-19”, en: Le Monde diplomatique, Nº 199, pp. 4-6; (2020) “¿Qué significa la crisis del coronavirus?”, en: Le Monde diplomatique, Nº 198, pp. 4-6; (2021) “Covid-19 y necropolítica: cuando los países ricos dejan morir a los pobres”, periódico desdeabajo, julio-agosto, Nº 210, pp. 10-11; (2021) “La pandemia reveló lo mejor y lo peor de cada quien”, periódico desdeabajo, Nº 276, pp. 24-25.
2. Cfr. Ruelas Barajas, E., Mansilla, R., Rosado J. (Coords.), (2006). Las ciencias de la complejidad y la innovación médica. Ensayos y modelos. México, D.F.: Unam
3. Cfr. http://www.healthdata.org/
4. En un próximo artículo nos ocuparemos de un panorama tan sugestivo, con casos y experiencias puntuales alrededor del mundo
5. Entre otras informaciones, véase: https://www.restosducoeur.org/;https://www.awesomefoundation.org/en/projects/66523-barter-market;https://asia.nikkei.com/Economy/The-truth-behind-India-s-new-barter-economy;https://en.wikipedia.org/wiki/List_of_alternative_universities;https://zad.nadir.org/?lang=es
5. Cfr. https://ourworldindata.org/suicide
6. file:///C:/Users/cemca/Downloads/chantal,+Journal+manager,+documento_interes-vol2_num2.pdf

* Filósofo, integrante del Consejo de redacción de Le Monde diplomatique, edición Colombia.

 

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MÁS LEÍDOS 2021: Productos comestibles ultraprocesados (PCUs): Urge su regulación

De acuerdo con el informe “Un país que se hunde en el Hambre, sobre la situación del derecho humano a la alimentación y nutrición adecuadas” lanzado por Fian Colombia el 21 de octubre de 2021, el país pasa por una situación alimentaria cada vez más crítica, resultado vergonzoso dadas las características de riqueza y diversidad alimentaria del territorio nacional.

 

De acuerdo con el más reciente censo agropecuario realizado en Colombia, contrastado con información proveniente de la FAO y otras instituciones internacionales, nuestro país ocupa el infame primer lugar de desigualdad en concentración de la tierra en Latinoamérica, ya que el “1% de las explotaciones de mayor tamaño, maneja más del 80% de la tierra, mientras que el 99% restante se reparte del 20%”1.

Es una realidad de injusticia que no es única. De acuerdo a las cifras oficiales de la Encuesta Nacional de Situación Nutricional (2015), lo alcanzado en 30 años (1990-2015) solo alcanza para una reducción porcentual en el retraso de talla de apenas 15,3 por ciento. La brecha se profundiza cuando se trata de la población indígena, cuyos niños y niñas padecen casi 3 veces mayor al promedio nacional (29,6%)2. En la adultez no es menos grave la situación, pues el exceso de peso se ha vuelto la situación más compleja por las consecuencias que genera en enfermedades crónicas no transmisibles (ECNTs), ya que en la última década (2005-2015) se ha tenido un aumento de más de 10 puntos porcentuales en la prevalencia de exceso de peso, con mayor registro en las mujeres y en población afrodescendiente.

Este lamentable panorama predomina en la región, con un aumento drástico de la inseguridad alimentaria que afecta al 41 por ciento de la población, porcentaje que era del 32 en el 20193. Además de las causas estructurales, la situación empeoró con la pandemia por covid, en la que las medidas tomadas por los Estados, incluido el colombiano, dejaron al descubierto las desigualdades y discriminaciones, con un marcado sesgo hacia el sistema alimentario corporativo frente a las y los productores familiares y a pequeña escala: “Mientras que los mercados campesinos e informales se cerraron, las grandes corporaciones alimentarias pudieron permanecer abiertas, y las exportaciones de productos básicos fueron apoyadas y clasificadas como esenciales”4. Asimismo, una reducida visión de lo que son tanto la alimentación como la salud marcaron las medidas tomadas.

Frente a este panorama preocupante, el Estado ha sido muy débil, pues poco avanza en materia alimentaria, un derecho humano, que implica al Estado como titular de obligaciones, entre ellas garantizarlo a toda la población, más allá de la seguridad alimentaria que se restringe, en pocas palabras, a garantizar que al día se tenga el estómago lleno, sin involucrar políticas de sostenibilidad y sustentabilidad, es decir, sin cuestionarnos qué vamos a comer en los próximos días y de dónde viene lo que comemos. Al igual que otros Derechos Económicos, Sociales y Culturales, los Estados contraen obligaciones que se resumen en tres bloques: “Respetar (abstenerse de interferir con el disfrute de un derecho), proteger (evitar que otros interfieran con el disfrute de un derecho) y cumplir (adoptar las medidas adecuadas para hacer posible la plena realización del derecho)”5. En este sentido, podemos decir que el Estado colombiano esta fallando en sus obligaciones, tanto por la falta de medidas como por la inadecuación de las que toma.

Uno de los motivos que explican y profundizan esta situación es la captura corporativa de los sistemas alimentarios, que muestra la debilidad y/o complicidad del Estado frente a las grandes corporaciones.
La captura de los sistemas alimentarios y el paso a la dieta corporativa

La realización de la Cumbre de Sistemas Alimentarios de la FAO, es uno de los eventos más elocuentes realizados durante lo corrido del 2021 y el cual permitió comprobar, una vez más, como la captura corporativa llega incluso a espacios de toma de decisión internacionales. Esto suscitó la organización de una “contra Cumbre” por las organizaciones sociales y pueblos, bajo el nombre de la Cumbre de los Pueblos, donde se denunció el papel predominante tomado por las corporaciones transnacionales en estos escenarios, con todas las consecuencias que esto conlleva en términos de falta de transparencia en los procesos, conflictos de interés y promoción de agendas de acuerdo a intereses económicos privados, en lugar de derechos humanos y de hacerle frente a las múltiples crisis que enfrentamos6. Realidad particularmente grave ya que los resultados de esta Cumbre influenciarán la dirección que tomaran las decisiones desde los gobiernos nacionales, espacios que de por si ya están bajo la influencia de las transnacionales.

De acuerdo al último informe del grupo Global Health Advocacy: “Las narrativas de la industria son problemáticas porque están diseñadas para impregnar y neutralizar cualquier oposición a sus intereses, a menudo influyendo en las opiniones de la población de maneras sutiles que no se alinean con el interés público”. Esto se manifiesta concretamente en las políticas públicas que son –o no– promovidas, resultando tanto de presiones económicas como por las narrativas impuestas que centran la discusión en la responsabilidad individual y autorregulación7.

Las tácticas de la industria agroalimentaria, y la debilidad o incluso complicidad de los Estados frente a ella, nos llevan al panorama actual: con las dietas tradicionales reemplazadas por productos comestibles ultraprocesados y bebidas endulzadas, con consecuencias nefastas tanto para nuestra salud, como para el medio ambiente y el tejido social.


El rol de los PCUs y sus efectos en la salud y medio ambiente

Durante las últimas décadas somos testigos de un consumo acelerado de comestibles y bebibles ultraprocesados, lo que se conoce comúnmente como comida chatarra. De acuerdo con la OPS/OMS los PCUs son formulaciones industriales que “están nutricionalmente desequilibrados. Tienen un elevado contenido en azúcares libres, grasa total, grasas saturadas y sodio, y un bajo contenido en proteína, fibra alimentaria, minerales y vitaminas”. Por sus características, y las intenciones con las que son creados, estos productos sacian menos que los alimentos verdaderos y tienen tendencia a provocar un consumo excesivo. Este mismo informe señala que “El aumento de las ventas (y del consumo relacionado) se asoció con el aumento del peso corporal, lo que indica que estos productos son un importante impulsor de las crecientes tasas de sobrepeso y obesidad” (OPS y OMS 2019). Diagnóstico particularmente preocupante dado que hoy en día las ECNT, ligadas a malos hábitos alimenticios, causan 71 por ciento del total de muertes8, y nuestra región se está convirtiendo en la principal consumidora. En Colombia, por ejemplo, las ventas per cápita entre 2009 y 2014 aumentaron 7,7 por ciento y se prevé un aumento en la región de otro 7,8 por ciento9. Es motivo de alarma el hecho que el consumo de PCUs sea mayor en adultos jóvenes, niñas, niños y adolescentes, que pese a ser población de protección especial, son el target del marketing de la industria, que orientan sus estrategias comerciales a este sector10.

Una realidad y una problemática, que en el caso de los PCUs no se limita a su consumo, sino que también atañe a las técnicas de la agroindustria que genera los insumos para su elaboración. El sistema agroindustrial se caracteriza por utilizar técnicas como los monocultivos, el uso excesivo de agrotóxicos y fertilizantes químicos con efectos desastrosos como son la deforestación, pérdida de biodiversidad, acaparamiento de tierras, contaminaciones, que afectan tanto al medio ambiente como a las comunidades, y en últimas, al conjunto de seres que habitamos este planeta. Además de ser uno de los principales contribuyentes a las emisiones de Gases de Efecto Invernadero, el sistema agroindustrial impulsa la homogeneización de los cultivos y dietas, lo cual, en palabras de Miguel Altieri “aumenta las preocupaciones sobre la nutrición humana y también sobre la capacidad de resiliencia del sistema alimentario mundial, ya que la diversidad de cultivos es clave para la adaptación al clima”11.


Las propuestas y alternativas desde la sociedad civil


Para hacerle frente a este flagelo y ausencia de políticas estatales, muchas organizaciones llevan a cabo una diversidad de acciones desde distintos frentes, desde lo local y autónomo hasta escenarios nacionales e internacionales. Desde la declaración de territorios libres de agrotóxicos y transgénicos, la aparición de mercados campesinos locales, proyectos agroecológicos, y las luchas por promover políticas públicas que frenen la captura corporativa y protejan nuestros derechos humanos y medio ambiente. Contrariamente a las respuestas estatales que se mostraron incapaces de hacerle frente a la pandemia, los sistemas alimentarios campesinos, basados en la agroecología, mostraron una gran resiliencia y adaptabilidad, fortaleciendo lazos sociales y evidenciando los vínculos entre salud y alimentación12.

Una de las luchas impulsadas por la Fian Colombia en los últimos años ha sido buscar regular a los PCUs y la técnicas para fomentar su consumo, en especial aquellos destinados a la población más joven. Entre las medidas están el etiquetado frontal de PCUs, los impuestos a bebidas endulzadas, la “ley comida chatarra” Nº 2120 de 2021, así como articulaciones con gobiernos locales para asegurar que los ambientes escolares estén libres de estos productos dañinos. Estas medidas, además de haber sido implementadas en otros países (por ejemplo el etiquetado en Chile y México), son parte tanto de las recomendaciones de organismos internacionales de derechos humanos y personalidades como el asesor regional en nutrición de la OPS, Fabio da Silva Gomes, quien señala que “Necesitamos que los gobiernos establezcan políticas para restringir las ventas de estos productos. Los ultraprocesados no pueden ser la base de nuestra alimentación, no pueden ser un producto esencial en nuestras dietas”13. Asimismo, estas medidas van en línea con los reclamos que se alzan desde la sociedad civil que exige el respeto de sus derechos y territorios.

En el caso de nuestro país, asistimos hace pocos meses al despliegue de intensas campañas en el Congreso de la República por parte de representantes de las grandes empresas que producen bebidas endulzadas, así como todo tipo de comida chatarra, para impedir la aprobación del etiquetado frontal de advertencia, con información precisa que brinde los datos indispensables para que el consumidor sepa que el comestible que le ofertan es alto en sodio, azúcares, calorías o grasas saturadas, como que desestimulen el consumo de bebidas endulzadas al incrementar la carga fiscal para quienes las producen y, como consecuencia de ello, un mayor precio de venta al púbico.

En el primer caso no lograron su propósito, pero en el segundo sí y en el texto final de la recién expedida reforma tributaria no incluyeron nada sobre el particular. La aprobación, en un caso, y el bloqueo en el otro, dejan abierto un inmenso camino por recorrer para lograr que, en efecto, el consumo de comida chatarra comience a decaer y, por el otro, para seguir dando la batalla para lograr en próximas legislaturas la aprobación de un incremento de la carga fiscal sobre quienes producen tales líquidos.

Pero, más allá de ello, está a la orden del día el despliegue de campañas educativas para informar sobre el daño que produce sobre nuestros cuerpos el consumo de bebidas endulzadas, tarea a cargo del Estado. Y sin conformarse con ello, los actores sociales deben liderar cambios culturales sobre usos y consumos, a favor de dietas saludables, pero también, de protección del medio ambiente, de estímulo a la producción campesina libre de agrotóxicos, con la adopción de un efectivo mercadeo, con precios al alcance de los sectores populares, y tejido de redes solidarias en todos estos planos.

El referente es básico: Por nuestra salud, la del medio ambientes y nuestras sociedades, tenemos que defender y promover las dietas tradicionales, basadas en alimentos campesinos, saludables y culturalmente apropiados, que nos permitan realizar nuestro derecho humano a la alimentación y nutrición adecuadas.

 

1 Citado en: “Un País que se hunde el hambre. Situación del derecho humano a la alimentación y nutrición adecuadas”, p. 74. Ver en: Oxfam, Radiografía de la desigualdad lo que nos dice el último censo agropecuario sobre la distribución de la tierra en Colombia, p. 13.
2 Fian Colombia, 2021. “Un País que se hunde el hambre. Situación del derecho humano a la alimentación y nutrición adecuadas”, p. 313.
3 Fian Internacional. 2021. “Informe sobre el estado del Derecho a la Alimentación y a la Nutrición 2021”. 2021. https://www.righttofoodandnutrition.org/es/informe-sobre-el-estado-del-derecho-la-alimentacion-y-la-nutricion-2021.
4 Ibídem.
5 Acnudh. S/F. “Acnudh: ¿Cuáles son las obligaciones de los Estados respecto de los derechos económicos, sociales y culturales?” Consultado el 16 de octubre de 2021. https://www.ohchr.org/sp/issues/escr/pages/whataretheobligationsofstatesonescr.aspx.
6 Para más información consultar artículo de Alejandro Calvillo, “Poder del Consumidor”: https://www.sinembargo.mx/29-07-2021/4007281
7 Global Health Advocacy Incubator. 2021. “Narrativas de la industria: De qué manera las empresas de bebidas y alimentos ultraprocesados socavan las políticas de alimentación saludable para proteger su imagen corporativa”. Fagran (blog). 2021. https://fagran.org.ar/documentos/seccion/organismos-internacionales/2021/07/narrativas-de-la-industria-de-que-manera-las-empresas-de-bebidas-y-alimentos-ultraprocesados-socavan-las-politicas-de-alimentacion-saludable-para-proteger-su-imagen-corporativa/.
8 Ibídem.
9 OPS, y OMS. 2019. “Alimentos ultraprocesados ganan más espacio en la mesa de las familias latinoamericanas”. Pan American Health Organization / World Health Organization. el 23 de octubre de 2019. https://www3.paho.org/hq/index.php?option=com_content&view=article&id=15530:ultra-processed-foods-gain-ground-among-latin-american-and-caribbean-families&Itemid=1926&lang=es.
10 Ibídem.
11 Altieri, Miguel, y Clara Nicholls, 2020, “La agroecología en tiempos del covid-19”. Clacso (blog). el 6 de abril de 2020. https://www.clacso.org/la-agroecologia-en-tiempos-del-covid-19/.
12 Fian Internacional 2021, op. cit.
13 OPS y OMS, op. cit.

 

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México aprobó la vacuna cubana Abdala contra la covid

México autorizó el uso de emergencia de la vacuna cubana Abdala contra la covid-19. La Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), el ente regulatorio mexicano informó en un comunicado que "dictaminó procedente la autorización para uso de emergencia de la vacuna Abdala" al considerar que el fármaco "cumple requisitos de calidad, seguridad y eficacia".

Con la decisión de las autoridades sanitarias, Abdala se convierte así en el biológico anticovid número 10 aprobado por Cofepris para su aplicación en México. El país además ya había aprobado las vacunas de Pfizer-BioNTech, AstraZeneca, CanSino Biologics, Sputnik- V, Sinovac, Covaxin, Janssen (de la farmacéutica Johnson and Johnson), Moderna y Sinopharm.

 

El ente regulador informó que tras examinar la opinión de su Comité de Nuevas Moléculas (CMN) ingresaron la solicitud de autorización para uso de emergencia. Luego de que especialistas analizarán los expedientes, certificaron que la vacuna Abdala cumple los requisitos necesarios para su aplicación.

El gobierno federal de México todavía no indicó si planea adquirir este fármaco. México, de 126 millones de habitantes, registraba hasta este miércoles 3,9 millones de contagios y casi 300.000 muertes, según datos oficiales.

Abdala, Soberana 02 y Soberana Plus


En tanto, desde la farmaceútica BioCubaFarma, aseguraron que con la reciente aprobación del uso de emergencia de la vacuna Abdala "avanza la inserción internacional" de las vacunas producidas en la isla.

"Con esta aprobación, México puede importar la vacuna Abdala, para su uso en la Política Nacional de Vacunación contra el virus SARS-CoV-2 en personas mayores de 19 años", detalló BioCubaFarma en Twitter.

Junto a Abdala, Cuba creó otras dos fórmulas contra la covid-19: Soberana 02 y Soberana Plus, ambas cuentan con la autorización del Centro para el Control Estatal de Medicamentos, Equipos y Dispositivos Médico para su uso de emergencia. El ente regulador en Cuba es de referencia en la región y además fue precalificado en materia de vacunas por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Las tres vacunas cubanas tienen una eficacia superior al 90 por ciento, según las autoridades cubanas. Aunque las tres vacunas todavía no fueron homologadas por la OMS.

El presidente de BioCubaFarma, Eduardo Martínez, recientemente informó que hay interés de "someterlas al proceso de precalificación" internacional para que expertos independientes revisen su efectividad y sean aprobadas a nivel internacional por la OMS.

Esto daría validez externa a las fórmulas cubanas para que otros países las adquieran y supondría una fuente de divisas internacionales para la economía cubana, que atraviesa un grave crisis.

Cómo es la vacuna cubana Abdala


Las vacunas cubanas se basan en una proteína recombinante, la misma técnica con la que trabaja la estadounidense Novavax y la francesa Sanofi, y tienen una eficacia superior al 90 por ciento para prevenir la enfermedad con síntomas, según científicos cubanos. La vacuna Abdala ya fue aprobada en Nicaragua, Vietnam y Venezuela. Este último firmó con la isla un contrato de suministro de 12 millones de unidades.

 

Publicado enInternacional
Viernes, 31 Diciembre 2021 07:21

MÁS LEÍDOS 2021: Dictadura digital

Adriana Gómez, En balde, de la serie “Algo pendiente” (Cortesía de la autora)

¡Bienvenidos a China occidental! La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda a los Estados que se esfuercen por convencer de la utilidad –indiscutible– de la vacuna contra el Covid-19 antes que recurrir a la coerción. Pero Emmanuel Macron tomó la decisión contraria. Este Presidente que se la pasa combatiendo el “iliberalismo” sólo concibe las libertades públicas como una variable de ajuste. Insignificante, por otra parte, y condenada a desdibujarse ante todas las urgencias del momento –médicas, securitarias, bélicas–. Prohibir a millones de personas tomar el tren, pedir un plato de comida en una terraza, ver una película en salas sin haber demostrado que no estaban infectadas presentando llegado el caso, diez veces por día, un documento de identidad que el comerciante deberá a veces verificar por su cuenta, nos lleva a otro mundo. Que ya existe. En China, precisamente. Los agentes de policía disponen allí de anteojos de realidad aumentada que, vinculados a cámaras térmicas instaladas en sus cascos, les permiten identificar una persona afiebrada en una multitud**. ¿Es eso lo que nosotros también queremos?


En todo caso, validamos ingenuamente la invasión galopante de lo digital y de la trazabilidad de nuestras vidas íntimas, profesionales, de nuestros intercambios, de nuestras elecciones políticas. Interrogado acerca de las maneras de evitar que nuestros datos, una vez pirateados nuestros teléfonos móviles, se conviertan en armas apuntadas hacia nosotros, Edward Snowden declaró: ¿Qué pueden hacer las personas para protegerse de las armas nucleares? ¿De las armas químicas o biológicas? Hay industrias, sectores, contra los cuales no existe protección alguna, y es por esa razón que se intenta limitar su proliferación.


“Territorios perdidos de la República”


Todo lo contrario de lo que alienta Macron al precipitar el reemplazo de las interacciones humanas por un embrollo de sitios administrativos, robots, buzones de voz, códigos QR, aplicaciones a descargar. De ahora en más, reservar un pasaje, comprar en línea, exige tanto una tarjeta de crédito como la comunicación de su número de teléfono móvil, o incluso su estado civil. Hubo un tiempo, que no fue la Edad Media, en el que se podía tomar el tren conservando el anonimato, cruzar una ciudad sin ser filmado, sentirse tanto más libre cuanto que no se dejaba ningún rastro al paso. Y, sin embargo, ya había secuestros de niños, atentados terroristas, epidemias... e incluso guerras.


El principio de precaución ya no tendrá límite alguno. ¿Acaso es prudente, por ejemplo, codearse en un restaurante con una persona que habría un día viajado a Medio Oriente, sufrido delirios, participado en una manifestación prohibida, frecuentado una librería anarquista? El riesgo de no terminar su almuerzo por culpa de una bomba, de una ráfaga de Kalashnikov o de un puñetazo en la cara no es enorme, pero tampoco es inexistente... Será entonces necesario pronto que todos los pasantes presenten un “pase cívico” que garantice su ficha judicial virgen y el aval de la policía. Luego no les quedaría más que vagar tranquilos en un museo de las libertades públicas, devenidas en “territorios perdidos de la República”.

 

** Véase Félix Tréguer, “La sofisticación totalitaria”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, mayo de 2020.

*Director de Le Monde diplomatique.
Traducción: Micaela Houston

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MÁS LEÍDOS 2021: Ante la derrota de la humanidad (II)

Decíamos hace varios meses (http://ow.ly/pmzl50FSwSw) que la certeza de los actuales poderes globales con respecto a la vacuna, como solución mágica para enfrentar y superar la actual crisis pandémica, resumía su convicción de que la especie humana puede seguir como hasta ahora ha vivido, convencida de que la naturaleza, con todo lo que en ella habita, es su pertenencia y su objeto.

Desde este prisma la vacuna, con el paso de los meses, quedó transformada en la pócima milagrosa que todo lo cura, a pesar de los interrogantes que su aplicación sigue suscitando por doquier, todo ello porque aún no son vacunas en propiedad sino simples biológicos en proceso de elaboración (ver “El covid, muchos interrogantes”), proceso en el cual la especie humana, por cientos de millones, con su hombro descubierto, está constituida en el ratón de laboratorio para verificar cualidades y potencialidades de todas y cada una de las que están aplicando por aquí y por allá.

En el primero de los editoriales con igual título decíamos que no reparar en el contexto, en lo estructural de la crisis pandémica, es condición fundamental para: 1. Dejar el espacio abierto para que otras de estas crisis, con igual o peor potencia, impacten sobre la sociedad global; y, 2. Perder la oportunidad para que esa misma sociedad advierta con toda propiedad las características fundamentales de un sistema socioeconómico que lleva a su propia especie hacia el precipicio, así como a la naturaleza íntegra.

Pero lo que no alcanzábamos a captar en ese momento era que, en su afán por recuperar la economía global, el capitalismo estuviera dispuesto a todo, incluso a cercenar derechos fundamentales, criminalizar segmentos sociales que no responden a su llamado a vacunarse y ahondar desigualdades, llevando a la sociedad a una polarización entre vacuna sí, vacuna no. No se puede desconocer que la problemática en curso y los retos abiertos para la especie humana, a lo largo de estos meses, son mucho más profundos (ver: “Vacuna covid-19: ¿protección, negocio o violación de derechos?”, “El covid-19 es algo más que el pinchazo”).

La respuesta no se ha dejado esperar y en muchos países la creciente crítica a tales medidas copa calles. Las protestas son satanizadas por algunos medios de comunicación que los reportan como si fueran una estrategia de la derecha para ganar audiencia social, sin percatarse de la pluralidad del rechazo, motivado por convicciones políticas, en unos casos, y en otros por visiones alternas sobre salud, unos más por no compartir el autoritarismo como proceder para gobernar, sin estar por fuera visiones de derecha que atizan y aprovechan en río revuelto.

Es así como ahora ganan nitidez problemáticas ocultas tras la ofensiva propagandística en favor de la vacuna, de multiplicación del miedo –que tan buenos resultados dispensa para quienes gobiernan–, potenciando la unilateralidad del saber, con una ciencia occidental que desconoce otros saberes y prácticas, y que, al igual que los monocultivos, mata toda variedad que pretenda vivir en paralelo.

Un proceder impositivo que lleva a que sus ojos pierdan la capacidad de percibir la gama de tonalidades brindadas por la naturaleza para solo ver blanco o negro. Habría que ser más sensatos y mirar e investigar, por ejemplo, las prácticas que en el campo de la salud sobreviven en infinidad de territorios y con las cuales las gentes, sin esperar el dictamen médico amparado en diploma universitario, se automedican y se curan. En esa praxis acuden en ocasiones a plantas de diversas especies y de las cuales están llenas las plazas de mercado; además de otras que aún no han sido domesticadas y siguen intactas en los bosques y selvas, y solo son manejadas con propiedad por las sanadoras reconocidas por sus comunidades.

Algunas de aquellas prácticas siguen sirviendo para resolver la crisis en el encierro a que están sometidos miles de presos, por ejemplo. Y no solo ellos: también en los barrios populares y otros territorios donde sus pobladores comparten conocimientos y experiencias, e intercambian saberes, y así van resolviendo con agüitas el azote del virus. ¿Cuántos miles de infectados han dejado de acudir a consultorio y hospital alguno y se han curado? ¿Cómo lo han logrado? ¿Por qué no acuden al consultorio y mucho menos al hospital? Si el poder estuviera abierto a comprender la cultura popular, lo mismo que los usos y costumbres descritos, con seguridad aceptaría que la vacuna no tiene que ser obligatoria, y difundiría por todos los canales la posibilidad de inyectarse en otras formas y opciones para salir airosos de esta situación.

Entonces, es legítimo plantear que hay otras formas y procederes en que la solidaridad es fundamental, la memoria popular es persistente y no son necesarias las antesalas de varias horas para ser atendido. Pero igualmente hay prácticas indispensables para poder seguir en el rebusque porque, si se asiste al hospital y te dejan internado, ¿quién lleva el diario a casa?

De suerte que las formas alternativas están extendidas, además, por reacción, porque en sus barrios la gente ve morir a los suyos a pesar de estar vacunados, y por eso teme que le suceda igual, lo que invita a explicarles que los biológicos sirven en lo fundamental para evitar la UCI pero no mucho más. En esa expresión de sensatez, resulta posible construir procesos sociales de todo orden para enfrentar y superar la actual realidad, abordando como prioridad no desdeñable el cuidado común, a la par de la golpeada economía popular.

No es algo caprichoso. En realidad es un proceder indispensable que trasciende la estrategia mediática de cifras de muertos e internados en UCI, de cacarear en las bondades irreales de una vacuna que no evita la muerte, aunque sí pueda reducir las posibilidades de llegar a tal límite; estrategia que deja en manos de cada cual la resolución de sus urgencias económicas, proceder en el cual es indispensable implementar un viraje radical si de verdad se pretende ganar la confianza de amplios sectores y para lo cual los gobiernos deben priorizar la vida cotidiana de las mayorías, lo que implica garantizar vida digna, empezando por ingresos fijos y suficientes sin los cuales cada cual trata de resolver por vía propia, exponiéndose al contagio pero también atomizando mucho más el tejido social; un resolver por vía propia posible de constatar en la multiplicación de la informalidad callejera así como en la disparada de la delincuencia, con actuares cada vez más violentos –un síntoma de inseguridad, temor e inexperiencia de quien asalta– que copa calles por todas las ciudades del país.

Estamos, pues, ante una realidad sumamente compleja, que no se resuelve con más policía, como lo pretende el establecimiento, lo que va llevando hacia –o profundizando– la militarización y el autoritarismo armado como canal predilecto para gobernar e imponer. Ese proceder, ‘justificado’, por decirlo así, expresa la capacidad del sistema de reformularse y ahoga muchos derechos que le significaron a la humanidad intensas y prolongadas jornadas de lucha, tapizadas por miles de víctimas que se batieron por ellos.

Ese proceder del poder invita a pensar, no sin inquietud, si el terreno ganado por el ejercicio de un poder unilateral que ahora multiplica sus señales no se mantendrá y extenderá, incluso una vez superada esta coyuntura de salud pública, concretando así la tendencia de anulación de democracia efectiva que ya comporta el sistema, y que se manifiesta sin reparos –entre algunas de sus señales más evidentes– en la concentración de la riqueza, la multiplicación de las inequidades y las desigualdades que campean por todo el globo, la contención violenta de las voces de protesta que disienten y la imposición en todos los planos de un discurso único.

Esas manifestaciones antidemocráticas, con autoritarismo efectivo, expresado como tantas veces los estudiosos del tema han llamado la atención, a través de los cada vez más preocupantes mecanismos de control y disciplinamiento social, van haciendo de la democracia una simple palabra de cajón recubierta por mallas y muros que oprimen, imponen y aíslan, así como balas que contienen a opositores, inconformes y disidentes.

Estamos ante una tendencia o una realidad contundentes, con riesgo de polarización y disputa radical entre sectores del propio cuerpo social, utilizados por el poder real para potenciar sus controles y afilar sus mecanismos de efectivo dominio. Mientras así ocurre, del lado alternativo la pasividad y la ausencia de opciones efectivas en todos los planos, que le muestren superior y más efectivo que sus contrarios, lo arrinconan en un grado de confusión mayor y que saca a flote el hecho de que, en diversos campos del saber y del hacer, a pesar de lo que expresa, no alcanza a diferenciarse del discurso dominante.

La ciencia, ahora en el centro del debate, con la vacuna y la manera de afrontar una crisis como la actual, así como el carácter cada vez más autoritario del régimen político son parte de ello.

 

 

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Martes, 28 Diciembre 2021 07:18

Aprender a morir

Aprender a morir

Propaganda mata ciencia.

 

A partir del informe Flexner, publicado en 1910 y patrocinado por John D. Rockefeller, en Estados Unidos y luego en el resto del mundo occidental se erradicó la medicina natural o tradicional, dejando sólo la alopatía como método válido y legal para hacer negocio con los enfermos, bajo el argumento de que "no era creíble" curar con plantas o con espíritus, que eso eran "creencias absurdas", forzando a que "las creencias sociales" se alinearan con su negocio.

Si alguien no cree en el médico y su medicamento sólo se cura a 5 por ciento, confirmando que lo que más cura es la creencia. Por muchos alópatas es aceptado que 90 por ciento de las enfermedades tienen un origen emocional. Se genera un desequilibrio que termina generando el desbalance físico; es decir, "la mente es la causa principal de tu enfermedad", incluso una infección se entiende como "darle mayor permiso" a los patógenos que siempre están en nuestro organismo. Para el médico alópata, aunque la mente te enferme el químico te cura, no la mente al restablecer el orden original.

Si la versión oficial, tanto de medicina como de pandemia, estuvieran equivocadas, y de hecho lo están, es debido a creencias falsas como que las vacunas sirven para algo (1), que la baja en los contagios se debió a unas inyecciones que no protegen del contagio (2) en lugar de al proceso de inmunidad colectiva natural, así como a que los medios han difundido productos milagro: cubrebocas, distanciamiento e inyecciones de grafeno más proteína spike, todos ellos sin sustento científico (3), por eso son "milagro", pues provienen de quien debiera ser una fuente científica como la OMS.

El engaño se consumó y vamos rumbo a un control fascista digital-farmacéutico sin que en el mundo la izquierda se entere o intente defenderse de la peor derecha internacional: Black Rock-Pfizer-Fauci-Darpa-OMS-Gates. Se puede pensar que esto es una locura, pero no lo es. Existen numerosas pruebas de esta conspiración, incluido el amplio expediente del doctor David Martin (4). Anthony Fauci, asesor médico del gobierno estadunidense, y todos sus secuaces terminarán en la cárcel por esto, como apunta Carlos Fazio en su artículo del viernes 24; sin embargo, los gobiernos que lo siguieron están en grave peligro mientras la derecha internacional gana terreno contra los regímenes progresistas. ¡Hay que despertar! Referencias: fabver.org; Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Lunes, 27 Diciembre 2021 07:04

2022, ¿el mundo en postpandemia?

2022, ¿el mundo en postpandemia?

«No hay un fin de la historia: cada generación. debe afirmar su voluntad y su imaginación ante nuevas amenazas que nos obligan a juzgar de nuevo la misma causa en cada época sucesiva».

Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de vigilancia.

 

El capitalismo global cierra el año 2021 con una de las mayores crisis que ha experimentado la humanidad en su historia moderna, tanto por el volumen de personas involucradas en la pandemia del coronavirus —con más de 5 millones de muertes, casi 25 millones activos y un total de cerca de 280 millones a lo largo de casi dos años de esa enfermedad— como por presentarse en las inmediaciones de una de las crisis más agudas y profundas que ha experimentado el sistema capitalista en su actual fase histórica de decadencia.

Los grandes ganadores y beneficiarios de la pandemia del coronavirus han sido los gigantescos monopolios occidentales que acaparan las vacunas, poseen en propiedad privada el complejo industrial tecnológico-farmacéutico-industrial-mediático y dominan el mundo subdesarrollado y dependiente bajo la férula de su propiedad intelectual e industrial que se han rehusado a socializar para permitir que pueblos, países pobres y comunidades de América Latina, Asia y África, accedan a los dispositivos vacunales para proteger a sus poblaciones como insistentemente ha demandado la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por el contrario, la mayoría de esos monopolios lucran con los insumos médicos ligados a las vacunas con el fin de acumular capital y obtener beneficios bajo la lógica imperante de la venta de mercancías a precios de mercado para ser usufructuadas y consumidas por quienes tengan capacidad monetaria para pagar (sean individuos o gobiernos),

Hay que insistir reiteradamente que la crisis capitalista no es producto de la pandemia del coronavirus, como han pregonado los principales medios hegemónicos de comunicación lidereados por los poderes occidentales, sino que, por el contrario, dicha enfermedad no hizo sino profundizar la ya de por sí crisis capitalista que venía del periodo anterior, por lo menos, desde la crisis estructural y financiera de 2008-2009, la cual tuvo algunas recuperaciones breves, pero dentro de una aguda tendencia a la caída que se pronunció, de manera exponencial, durante los años 2020 y 2021, provocando fuertes caídas del empleo productivo, incrementando y extendiendo el trabajo precario, la superexplotación, la informalidad, los despidos masivos por las empresas como una forma de resarcirse de la crisis y mermando los ingresos y salarios de los trabajadores.

El panorama internacional para 2022 no puede ser más complejo, abigarrado y contradictorio como es el hecho de que la mayoría de los expertos y proyecciones, plantean que, en ese año, se estará desarrollando una cuarta ola de la enfermedad del coronavirus comandada por la nueva cepa llamada Ómicron (también denominada: B.1.1.529 del SARS-CoV-2), que ya se ha instalado en más de 140 naciones del planeta afectando drásticamente a las poblaciones, a los países, a las comunidades, a las personas y a las economías. Ya se están produciendo cierres o restricciones de diversa naturaleza (por ejemplo: cancelación de cientos de vuelos) en algunos países europeos como Holanda, Francia, España o Alemania ante la expansión del patógeno y países que ya habían obtenido cierta mejoría y control de la pandemia como Argentina cuyo gobierno anunció la ampliación de la emergencia sanitaria hasta finales de 2022. Solo gobiernos de países como México o Colombia se empeñan en disminuir —e ignorar— el riesgo y el peligro que representa Ómicron y se reúsan a adoptar medidas drásticas para contenerlo.

Las corrientes negacionistas insisten en que no es necesario tomar vacunas, ni medidas como el uso del cubrebocas o la sana distancia, esgrimiendo todo tipo de argumentos falaces lo que no ha hecho otra cosa sino exacerbar los efectos perniciosos de la enfermedad. Países como México, Brasil, Colombia o, incluso, los propios Estados Unidos —con un promedio diario de 100 mil nuevas infecciones —73% de las cuales corresponden a Ómicron— y más de mil muertos a causa de la Covid-19— permanecen sin las medidas adecuadas dejando que sea la pseudo tesis de la criminal «inmunidad de rebaño» y, por supuesto, el mercado capitalista, quienes «resuelvan» el problema de la expansión del coronavirus.

En el contexto de la crisis capitalista signada por la fuerte caída de las tasas de crecimiento económico promedio, causada por la baja de la tasa media de ganancia — fenómeno responsable del dislocamiento de las inversiones a la esfera del capital ficticio sin lastre en la producción y en la riqueza —; el enfrentamiento entre las grandes potencias (Estados Unidos, Chima, Rusia, Irán, Corea del Norte) en los puntos calientes del planeta (Ucrania, Siria, Yemen, Palestina, Venezuela o Nicaragua) que tiende a intensificarse en las inmediaciones de una cada vez más evidente crisis de supremacía-hegemonía del imperialismo norteamericano que no admite que el siglo XXI está constituido por un mundo basado en relaciones internacionales multilaterales y policéntricas; que ha dejado atrás del carcomido y obsoleto «unilateralismo» norteamericano de finales del siglo XIX y del XX, junto con su «excepcionalismo» de que hicieron gala y mofa durante décadas sus intelectuales orgánicos, la burguesía norteamericana, sus empresas transnacionales y su burocracia política acorazada en los partidos dominantes, demócrata y republicano, fieles representantes del capitalismo norteamericano en decadencia que en la actualidad experimenta una de las más graves crisis económicas y sociales, expresada en la escasez de mano de obra, en el menor inventario de productos, la interrupción de las cadenas de suministro y el desabasto que padece la nación y, por consecuencia, en el inusitado aumento de la inflación interanual de 6.8% en 2021, no vista desde noviembre de 1990, con cargo especialmente en los productos que conforman la canasta básica (alimentos, vivienda, energía, salud, educación, transporte, entre otros) y que demanda la mayor parte de la población.

Según informes oficiales del gobierno norteamericano, la crisis ha alcanzado a los Bancos de Alimentos que resultan insuficientes para satisfacer la creciente demanda alimentaria de la población en el contexto en que sus precios se han duplicado en el último año, en parte, debido a la insuficiencia de oferta derivada de la hipertrofia de las cadenas de valor en puertos, carreteras y fábricas, así como por la falta de mano de obra y de transportes que distribuyan en tiempo y forma las mercancías. De tal manera que, en 2020, alrededor de 60 millones de personas tuvieron que recurrir al sistema de beneficencia alimentaria ante la carestía que ha duplicado o triplicado sus precios sin ninguna regulación por parte de un Estado capitalista estructurado para atender y defender, en primerísima instancia, los intereses de la burguesía y de los grandes capitalistas que operan dentro y fuera del país. El resultado es desastroso para las mayorías populares: han aumentado las deudas familiares en 2021, el costo de los préstamos hipotecarios para la adquisición de vivienda, la compra de automóviles y para préstamos a los estudiantes, así como las deudas de las tarjetas de crédito por impagos y/o por aumentos de las tasas de interés.

Difícilmente los palangristas a sueldo del sistema logran ocultar la existencia de anaqueles vacíos en los supermercados estadounidenses, las colas cada vez más largas para conseguir los productos de primera necesidad y la escasez que amenaza el sustento de las familias. Por supuesto, prefieren trasladar esas imágenes negativas como si no ocurrieran en «the best of all possible worlds» (USA), sino en otras latitudes, por ejemplo, en Venezuela, Nicaragua, Cuba, o en cualquier otro país que no sea del agrado de los personeros que comandan el poder político y mediático de Washington y no se encuadren en su llamada «Doctrina Monroe». Como se sabe, la respuesta han sido las agresiones bajo la forma de «sanciones», golpes de Estado, bloqueos y amenazas constantes de intervención militar con el objetivo de doblegar a esas naciones y apoderarse de sus recursos naturales para ponerlos al servicio de la acumulación de capital y de su enfrentamiento geoestratégico con las potencias emergentes en el espacio internacional.

La pandemia del coronavirus, dada a conocer por vez primera, por el gobierno chino en diciembre de 2019, ha servido de aliciente —y de pretexto— al gran capital internacional para reestructurar la mermada economía mundial prepandemia y darle un nuevo giro al capitalismo del desastre (Klein) y de la vigilancia (Zuboff) sustentado en lo que se ha denominado revolución 4.0 o revolución digital, que tiene en la inteligencia artificial su hilo conductor. Es el boom y expansión de las plataformas virtuales, de la red de internet con sus algoritmos, y sus cajas infinitesimales de información (Big Data), las redes sociales y los teléfonos inteligentes, el aprendizaje automático de las máquinas, las fábricas digitales conectadas a través de ordenadores dirigidas por las gerencias empresariales, el diseño en triple dimensión, la conexión «inteligentes de las cosas» (Internet de las cosas) y la difusión, en tiempo real, de hechos y acontecimientos que ocurren en el mundo.

Todo ello está diseñando una nueva división internacional del trabajo y del capital que pretende superar la crisis del «modelo toyotista» de origen japonés que se extendió luego del agotamiento y entrada en crisis, a mediados de la década de los setenta del siglo XX, del anterior fordismo-taylorismo de producción en masa. El nuevo paradigma, presumiblemente sustentado en la inteligencia artificial, tiene por objetivo incrementar la explotación de la fuerza de trabajo, tanto psíquica como física, elevar la productividad social del trabajo con cargo en la superexplotación de la fuerza de trabajo, combinando preferentemente intensificación con bajos salarios, tanto en el capitalismo dependiente como en el avanzado e intentar resarcir la caída de la tasa media de rentabilidad en un nivel que posibilite la acumulación de capital, sea en la esfera productiva o en la del capital ficticio que sigue siendo hegemónico en sociedad contemporánea.

Esta es la base estratégica y geopolítica de la actual rivalidad y ofensiva (de principio diplomática y comercial) del imperialismo estadunidense, que comanda las tropas de la OTAN, contra el gigante asiático y Rusia, las dos potencias capaces de responder, incluso en un eventual escenario nuclear, a dicha ofensiva en caso de que la cada vez mermada potencia estadunidense, comandada por un presidente imperial que confunde a Putin con Donald Trump o a este con Obama, decida dar el primer paso de la agresión militar.

Pero, al parecer todo esto tendrá desenlace en 2022, tanto a nivel de las luchas de clases en el plano internacional, global y nacional, como en la trayectoria que adopten las grandes encrucijadas y tendencias contradictorias — como la hecatombe migratoria que experimentan las naciones expulsoras de fuerza de trabajo — marcadas por la prevalencia y profundización de la crisis global del capitalismo mundial, de la irrupción de la cuarta ola de la pandemia del coronavirus bajo la cepa del Ómicron, o de cualquier otra modalidad que surja en el trascurso de las próximas semanas o meses, y de la cada vez más intensa confrontación entre las grandes potencias.

Adrián Sotelo Valencia. Investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) de la FCPyS de la UNAM, México.

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Lo fundamental hoy para todos los actores sociales es la defensa integral de los derechos. Ahí debe centrarse la mirada y la acción para enfrentar las consecuencias de la pandemia en curso.

 

El presidente Duque había perdido toda capacidad de gobierno en noviembre de 2019. El paro del 21 fue el acontecimiento que constató ese estado de cosas. A las demandas del comité de paro se le sumaron las recomendaciones de la Misión de Sabios que el mismo Presidente había constituido. Si el pliego reivindicativo de los trabajadores era apremiante, las propuestas de la Misión tenían carácter de “urgencia”. El informe concluía con un “[…] llamado de urgencia y en altavoz al Gobierno Nacional y a la Sociedad en general”.

El Presidente y su círculo inmediato, me parece, reconocieron que la situación era apremiante y organizaron unas mesas temáticas para buscar concertar soluciones a los problemas. Hubo quienes sostuvieron que se trataba de dilatar y diluir con el paso del tiempo el imperativo de cambio que la sociedad estaba exigiendo. La llegada de la pandemia planetaria alteró todas las premisas de la existencia humana. En esas nuevas condiciones el presidente y su gobierno, asumió que ya no era necesario ocuparse de los cambios.

Hoy, abril de 2021, el gobierno sigue creyendo que no es necesario volver la vista atrás y que el paro del 21 de noviembre es sólo un mal recuerdo. Pero aunque pueda parecer cierto, realmente hoy tenemos unas demandas de cambio más solidas y apremiantes. Veamos lo concerniente con la educación.

En primer lugar está la incompetencia del gobierno para cumplir la tarea de vacunar al magisterio. Esa medida elemental ni siquiera la mencionan el ministro de Salud y la ministra de Educación. En lugar de ocuparse de esa responsabilidad han propuesto un debate lleno de insinuaciones malévolas acerca de la incompetencia de maestras y maestros y de la responsabilidad de Fecode en los malos resultados de los estudiantes en las pruebas Pisa.

Pero lo evidenciado por la pandemia es la precariedad de las condiciones en que se lleva a cabo la labor pedagógica y de la enseñanza. No podía ser de otra manera, teniendo en cuenta los mezquinos recursos asignados a la política educativa en sus diferentes niveles: desde el preescolar hasta la universidad. El hecho puesto de manifiesto por la pandemia de modo brutal, no es gratuito. Es el resultado de las decisiones tomadas por los gobiernos, en contravía de los postulados constitucionales y los de la Ley General 115 de 1994. Se trata de la contrarreforma iniciada en el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002), agudizada durante los dos gobiernos de Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) y mantenida durante los dos gobiernos de Juan Manuel Santos (2010-2018).

Las propuestas de cambio en asuntos educativos del pliego de Fecode en noviembre del 2019 y las recomendaciones de la Misión de Sabios, todas orientadas a hacer realidad la promesa legal y constitucional del derecho a la educación, ahora cobran una dimensión más amplia. Se trata de garantizar a las familias, los estudiantes y los maestros el derecho a la salud. Sin esa garantía el derecho a la educación no es posible. Se trata, también, de la renta básica para impedir que el hambre degrade la existencia de la niñez, la infancia y la juventud. Se trata, así mismo, de garantizar una vivienda digna a todas las familias. Con la ausencia de estos derechos son inútiles los esfuerzos de formación de las nuevas generaciones.

Ahora, gracias a la pandemia es transparente que no es posible garantizar el derecho a la educación sino se garantiza también el de la salud. Y sin la garantía de una renta básica y de una vivienda digna, las familias no pueden asumir los compromisos con la educación de sus hijas e hijos. El Estado social de derecho tiene pues que operar para que la sociedad asuma su obligación. Sólo de esa manera se podrá cumplir con el postulado de la Constitución y de la Ley General de Educación que establece que la sociedad, la familia, la comunidad magisterial y el Estado convergen en la misión de formar a las nuevas generaciones.

Estamos en una nueva etapa respecto a noviembre 21 del 2019. En ese momento se trató de buscar un cambio acotado de las políticas gubernamentales. Ahora, después, de la trágica travesía que nos impuso la pandemia, lo que era una constatable incompetencia del gobierno, ahora es la experiencia del colapso de un modo de producción y de su superestructura histórico-cultural. Lo padecido aquí en términos locales tiene su realización global. La humanidad se enfrenta a una amenaza existencial desencadenada por la codicia del 1 por ciento. Ante este acontecimiento, sin antecedentes en la historia de la humanidad, se comienzan a ensayar las viejas salidas de la guerra. Algunos apelan a la famosa disculpa de la Trampa de Tucídides acuñada por Raymond Aron para justificar la primera y la segunda guerra como acontecimientos inevitables. Pero este debate sólo lo presento de manera preliminar como un llamado de atención acerca de lo que no es lo fundamental. Hoy lo fundamental es la defensa integral de los derechos.

 

 

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José Alonso Zapata, El solar del sueño,  (Cortesía del autor)

Dicen que nadie aprende en cabeza ajena. Bien, ahora la humanidad no puede negarse a procesar y aprender del significado del covid-19, en sus múltiples facetas, pues el golpe ha sido para la totalidad de la humanidad. Es hora de implementar correctivos para enfrentar la pandemia en su prolongación y para reorientar las políticas en salud, así como en I+D.

 

Desde que el bacteriólogo francés Louis Pasteur inoculara en 1885 a un muchacho mordido por un perro con rabia, las vacunas han salvado millones de vidas, en especial de niños y niñas de temprana edad. La pandemia de covid-19, que ha infectado a más de cien millones de personas en todo el mundo y ocasionado dos millones y medio de muertes (1), marca un nuevo hito en la historia de la medicina: nunca se había logrado producir una vacuna de forma masiva en tan poco tiempo. A poco más de un año desde que China declaró un brote epidemiológico generado por un nuevo coronavirus desconocido (2), seis vacunas han sido aprobadas en unos plazos récord, y otras tantas se encuentran en fase III de investigación a espera de ser autorizadas.


Una circunstancia que lleva a que hoy una gran parte de la sociedad hable de vacunas, diferencie sus diversos tipos, y esté informada de las últimas noticias respecto al número de dosis administradas, la llegada del próximo avión y el número de dosis que trae, y una buena proporción de la misma ingrese a la aplicación de turno para verificar que está en la lista y especular sobre cuál es la fecha que le puede tocar…es normal, la vacuna les genera tranquilidad y confianza en que vivirán.


Pero, ¿a que vida los devuelve? Hace apenas un año, cuando fue declarada la pandemia, vimos cómo el virus se expandía rápidamente por todo el mundo, los contagios y muertes crecían a un ritmo sin precedentes, los hospitales colapsaban y los sistemas de salud reconocían no estar preparados para una emergencia de tal magnitud; entonces la mejor estrategia (o quizás la única) a la cual acudir fue la cuarentena, el aislamiento, y el mundo se paró. En aquel momento que hoy parece muy lejano, quizás por el miedo y la conmoción, fue sentimiento generalizado que algo serio estaba ocurriendo. Y por aquellos primeros meses de 2020 la humanidad pareció tomar conciencia de que algo había que cambiar. De repente la pandemia pareció despertar a la humanidad de un existencialismo egocéntrico, antropocéntrico e individualista; y muchos y muchas, ingenuamente, creyeron de nuevo en utopías inclinados hacia ellas por la sensación de que ante un reto como el potenciado por el covid-19 una nueva humanidad podría abrirse paso, un momento histórico que permitía recuperar la fe en las personas, en la solidaridad, la fraternidad, la conciencia social y ambiental.


Sin embargo, a los pocos meses una espesa neblina de dudas empezaba a desdibujar los utópicos sentimientos, ante un capitalismo que seguía afincado en su estadio neoliberal, en el que el mundo líquido de Bauman (4) seguía tan sólido como siempre. Entonces fue cuando gobernantes y magnates empezaron a hablar de salvar la economía. Plausible. No es posible ignorar los efectos dramáticos de la pandemia en la economía, pero sobre todo en la de orden familiar, en los medios de vida de los más pobres, de los trabajadores informales, de los campesinos, de los obreros, de los autónomos, de los hogares encabezados por mujeres, de los jubilados y pensionados. Y surgieron propuestas para mitigar este impacto social que casi en ningún caso fueron tenidas en cuenta, como la renta básica universal.


Pero la preocupación y la prioridad por la economía no era a este nivel. Los gobiernos se lanzaron al rescate de los grandes capitales, de las multinacionales, las compañías áreas, las grandes cadenas de almacenes, la industria del turismo. Y en pocos meses se instaló el dilema salud-economía, como si una no tuviera nada que ver con la otra. Sabemos qué se impuso. Los esfuerzos que colectivamente fueron realizados durante meses para cuidar a las personas mayores, a las personas vulnerables y contener los contagios para no colapsar los hospitales dieron paso a un mundo protocolizado, en la mayoría de los casos con medidas absurdas como esos termómetros que arrojan temperaturas incompatibles con la vida en las puertas de los locales. Cualquier cosa que permitiera la “reactivación de la economía” fue válida. Reabrieron los centros comerciales, volvió el fútbol, los aviones ganaron de nuevo altura llenos de pasajeros, los hoteles reabrieron servicios, los casinos recibieron apostadores y los bares clientes. El espectáculo debía continuar…eso sí, “[…] con estrictas medidas de bioseguridad conforme a los protocolos establecidos”. Mientras tanto, los niños y niñas fueron los últimos en poder volver a la escuela, algunas universidades siguen cerradas, y la protesta social prohibida por “riesgo de contagios”.


Ahora llega la vacuna, con la promesa de salvar vidas y prevenir contagios. Y como con el soma de Huxley (5) volveremos a ser felices, a cantar, a bailar…. ¡y a consumir! Quizás en unos meses la pandemia haya pasado y habremos hecho el duelo a quienes no pudimos acompañar en su agonía. Algunos miles seguirán padeciendo las cronicidades (6) que deja el virus. Esto si los países ricos permiten la distribución global de las dosis de vacunas con base en principios elementales de derechos humanos y solidaridad internacional, algo que hasta ahora brilla por su ausencia.


En la teoría de la acción humanitaria se define que el impacto de una emergencia está dado por el grado de vulnerabilidad y falta de preparación de la población afectada. Es decir, que la cantidad de afectados, víctimas y muertos está determinada por las condiciones estructurales que propician las afectaciones de una situación de emergencia, como desastres naturales, guerras, hambrunas y epidemias. La evidencia demuestra que de no resolverse estas cuestiones en la fase de “recovery” o rehabilitación (7), la crisis puede convertirse en crónica, con un impacto aún mayor que la propia emergencia.


La pandemia, con sus dos millones y medio de muertos, el esfuerzo de miles de personas vinculadas a la atención en salud, el sacrificio y la conducta socialmente responsable de miles de millones de personas, y todo lo que dejamos atrás y postergamos en el 2020, no pude pasar sin más (8). No puede permitirse que los focos del show vuelvan a encenderse activados por la tranquilidad de acceder a una vacuna. Una sociedad resiliente es aquella capaz de superar la adversidad y adaptarse a la nueva realidad, pero también aquella que es capaz de reconstruirse y proyectarse en el futuro a partir de nuevas bases.


Es por ello procedente reflexionar, desde una óptica de pensamiento crítico, sobre temas urgentes de salud global sobre los que se debe actuar y sacar lecciones aprendidas para que la pandemia se convierta en una oportunidad para una nueva gobernanza global y mejores políticas públicas:

1. Proteger el medio ambiente y la biodiversidad. Las últimas pandemias declaradas antes del covid-19, como la Influenza H1N1 (2019), el Sars (2002-2004), el brote de Ébola (2014-2016), o el mismo HIV (1980), se caracterizan por el salto de la salud animal a la salud humana, propiciado por condiciones ambientales cambiantes generadas por la deforestación, principalmente para prácticas agrícolas intensivas, y en general por no preservar la biodiversidad. Estas prácticas incrementan el riesgo de pandemias al aumentar los contactos entre animales silvestres, ganado, patógenos y ser humano. También han favorecido brotes infecciosos de enfermedades emergentes y reemergentes como el Zika, el Chikungunya, Hantavirus, favorecido asimismo la reaparición de la Malaria (que no es un virus sino un parásito), que afecta a 1.000 millones de personas cada año, en zonas donde estaba controlada o había desaparecido.


Estudios científicos demuestran que la diversidad de animales y plantas actúa como un escudo protector, ya que muchas especies actúan de huéspedes de virus que aún no conocemos (los expertos hablan de más de un millón), y que tienen la capacidad de evolucionar más rápido que sus huéspedes, entre ellos el ser humano, capacidad de saltar de una especie a otra y mutar para adaptarse al nuevo organismo del cual depende su supervivencia, antes que los adviertan y generen anticuerpos. Al disminuir esta diversidad, y extender la frontera agrícola y la ganadera, la especie humana se acerca al reservorio natural (hospedador a largo plazo) de los virus, facilitando que éstos “salten” y la colonicen. La superpoblación, la falta de medidas de higiene y salud pública, y el consumo insostenible hacen el resto. Los expertos coinciden en que la protección de la biodiversidad, la conservación de áreas protegidas, el control de la extensión e intensificación de la actividad agrícola–ganadera, la producción y el consumo sostenible, se vuelven entonces prioridades de salud pública para prevenir futuras epidemias.

2. Más y mejor cooperación y solidaridad internacional: la pandemia en curso se presentó en un momento caracterizado por la ausencia de líderes estadistas, en el marco de una vuelta al proteccionismo y de “guerra comercial” entre las grandes potencias. De ruptura y/o debilidad en los organismos multilaterales (Brexit, por ejemplo), abandono de importantes pactos y acuerdos internacionales (como la salida de EE. UU. de la Declaración de París y/o del Tratado para la eliminación de misiles nucleares) y en general de tensión en las relaciones internacionales. Por eso no debe sorprender que frente a la pandemia los Estados hayan reaccionado de forma nacional y descoordinada, ocultando información, priorizando el señalamiento o la búsqueda de culpables y que hayan fluido teorías conspirativas de todo tipo.


En el marco de esta coyuntura, por tanto, la cooperación internacional fracasó rotundamente, dando paso a las estrategias geopolíticas, los intereses comerciales y el fortalecimiento de los nacionalismos. La acaparación de millones de dosis de vacunas por parte de los Estados más ricos, las cláusulas abusivas de algunas farmacéuticas en la negociación de los contratos con los gobiernos de países periféricos y el fracaso del mecanismo Covax (9) son evidencias contundentes de lo afirmado. Pero también lo es el cierre de fronteras, la deportación de migrantes, o la falta de acceso a servicios de salud para personas sin seguro médico en plena pandemia.


Vivimos en un mundo cada vez más interconectado, globalizado, y por más que algunos se empeñen en cerrar sus fronteras, los virus y las enfermedades no las conocen. Condición fundamental para superar esta crisis (y las que vengan) es con una redefinición de la gobernanza mundial, para lo cual es imprescindible el fortalecimiento del multilateralismo, la reforma del sistema de Naciones Unidas, el respeto de los pactos, tratados y declaraciones internacionales y la creación de mecanismos de coordinación efectivos y, sobre todo, que estos organismos no respondan a otro interés que no sea “Realizar la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión”, como establece el artículo 1 inciso 3 de la Carta de Naciones Unidas. Si de la pandemia hablamos, esto nos lleva a poner el foco en el desempeño de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

3. El rol de la OMS: tanto en la epidemia de Influenza H1N1, en el brote de Ébola de África Occidental (2014-2016), como en la actual pandemia, la actuación de la OMS quedó envuelta en fuertes polémicas, cuestionamientos y críticas. Circunstancias que no pueden pasar desapercibidas ya que para los pertenecientes al sector salud, la OMS es siempre una referencia técnica, sus documentos, informes, estudios e investigaciones suelen ser de mucha calidad, así como la labor de sus funcionarios y expertos. Respecto a su rol de proporcionar soporte técnico, liderar la investigación en el campo de la salud y establecer servicios de información (sobre todo epidemiológica y estadística) poco hay que cuestionar, a pesar de debates intelectuales, académicos o clínicos surtidos en temas puntuales. Sin embargo, es en su rol de “actuar como autoridad directiva y coordinadora en asuntos de salud internacional” (10), donde se cristalizan serios problemas de gobernanza e independencia que la afectan.


La Asamblea Mundial de la Salud, parte de la Asamblea General de NNUU y constituida por los Ministros de Salud de los Estados miembros, es el órgano del cual depende la OMS. En el medio aparece el Consejo Ejecutivo, compuesto por “34 miembros técnicamente cualificado en el campo de la salud”, con la función de dar efecto a las decisiones y políticas de la Asamblea General. Quiere decir esto, que la labor de la OMS está supeditada a este Consejo Ejecutivo, conformado por unos “expertos” propuestos por la Asamblea General. Y es aquí donde se ve afectada su independencia, ya que este Consejo suele estar compuesto por personas que representan diferentes poderes e intereses, entre ellos los de las farmacéuticas, la industria médica, los seguros de salud y los fondos de inversión o fondos buitres (cada vez más influyentes e interesados en el sector de la salud). Luego, cuando llegan las crisis y las grandes decisiones, como defender el acceso universal a este derecho, los sistemas de salud públicos y gratuitos, la atención primaria, la liberación de las patentes de los medicamentos, la OMS no puede sostener sus conceptos técnicos a la hora de defender y cuestionar las políticas de salud implementadas por los gobiernos, en muchos casos funcionales a la lógica del capital y de los mercados de salud.


Quedan así evidentes, entonces, los conflictos de intereses existentes a su alrededor por ejemplo entre su mandato de dar asistencia técnica a los ministerios de salud de acuerdo a las decisiones de la Asamblea General, y su responsabilidad de velar por el goce del grado máximo de salud como derecho fundamental de las personas, lo cual en muchas ocasiones requeriría posiciones más críticas y un rol más activo en el monitoreo del acceso efectivo a los servicios médicos y el respecto por el Derecho a la Salud como lo establece la Resolución General 14 (2000) del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (11).


En pro de ello ganaron espacio reformas, como la “Programática de 2011 (12)” o los “WHO-Emergency Medical Teams” (13), incorporados a partir de la crisis del ébola para dar más capacidad operativa a la OMS. Sin embargo, son indispensables reformas más profundas, que garanticen mayor autonomía, independencia (para lo cual la independencia financiera es fundamental) y autoridad para imponer a los Estados la aplicación del Reglamento Sanitario Internacional (14). Es necesario reconsiderar la gobernanza y sus órganos de control, brindar más autonomía respecto a la Asamblea Mundial de la Salud y democratizar el funcionamiento del Comité Ejecutivo dando más participación a las Asociaciones e Institutos de Salud Pública, gremios, colegios y sindicatos de la salud, academia, universidades y grupos de científicos e investigadores, sociedad civil y organizaciones no gubernamentales, organizaciones de pacientes y veeduría ciudadana en general.

4. Fortalecer los sistemas de salud: a priori esta afirmación parece obvia, ya que en la mayoría de los casos los propios Ministerios de Salud de los países más afectados declararon no disponer de la capacidad para responder a la pandemia. Pero vale preguntar, ¿qué hace falta fortalecer de los sistemas de salud?


Como se recordará, durante meses el objetivo fue “aplanar la curva de contagios” para preparar los sistemas de salud y evitar su colapso. En la mayoría de los casos la preparación se basó en la adquisición de respiradores, el aumento de la disponibilidad de camas, la apertura de centros de aislamientos, que casi nunca se utilizaron. La preparación fue fundamentalmente “hospital-céntrica”, de acuerdo al enfoque médico curativo hegemónico que prioriza la atención individual de la enfermedad sobre el cuidado colectivo de la salud. Esta estrategia de respuesta medicalizada demostró no responder a las necesidades de salud de la población, tampoco contuvo los contagios, ni evitó el colapso de los hospitales que, además, durante meses suspendieron servicios no relacionados con la atención al covid-19, generando un problema de salud pública que en términos de morbilidad y mortalidad podría ser tan grande como la propia pandemia.


Sin embargo, en la historia de la salud pública lo aprendido es que la respuesta frente a las epidemias está en la comunidad, en cortar la cadena de trasmisión de la infección, identificar los focos, reconocer comportamientos sociales y culturales que facilitan los contagios, promover medidas de higiene y salubridad, todo lo cual requiere recuperar la atención primaria de salud conforme a los compromisos, principios y valores de la Declaración de Alma Ata de 1978 (15). Esto es, una salud, como Derecho y en el centro de la política, enfocada en las personas y las comunidades, a partir de un enfoque intersectorial y participativo basado en la prevención y la promoción de la salud, sistemas de vigilancia epidemiológica robustos, la reorganización de los cuidados con base en el territorio, garantizando el funcionamiento de redes integrales de salud, a través de equipos polifuncionales y multidisciplinarios.


Una vez pasada la pandemia, los tomadores de decisiones tendrán que evaluar hacia dónde dirigir las políticas de salud y cómo asignar recursos para lograr su fortalecimiento. Sin duda, la atención primaria es fundamental para que, en el futuro, de producirse nuevas epidemias, su impacto sea mucho menor que el del covid-19, sobre todo en términos de vidas perdidas.

5. Democratizar la industria farmacéutica y el complejo médico industrial. En el marco de la pandemia los Estados y organismos internacionales entregaron a través de subvenciones y contratos más de ocho mil millones de euros para acelerar la búsqueda de una vacuna y tratamientos contra el virus Sars-cov-19, destinaron recursos a apoyar la investigación, poner en marcha ensayos clínicos, mejorar la tecnología y capacidad de producción de las fábricas pertenecientes a los grandes laboratorios privados.


Es así como durante 2020 se registraron más de 1.000 ensayos clínicos relacionados con el covid-19, obteniendo en tiempo récord una vacuna, así como su producción, distribución y aplicación en plazos no vistos antes. Sin embargo, y a pesar del financiamiento público, los laboratorios lograron conservar los derechos de propiedad intelectual de la vacuna, un obstáculo real para la inmunización de millones de personas en todo el mundo. Al mismo tiempo, estos Estados, que son los más ricos del planeta, ejercieron un derecho de preferencia asegurando la compra de dosis suficientes como para vacunar hasta 3 veces su población. En cambio, para el resto de los países el acceso al inmunológico es limitado, por lo que se estima que durante 2021 en los países periféricos solo 1 de 10 personas tendrá acceso a vacunación contra la covid-19.


Uno de los puntos más oscuros en el reparto de vacunas ha sido la imposibilidad de conocer las condiciones en la que los gobiernos y las farmacéuticas negociaron su compra, ya que estas últimas impusieron cláusulas de confidencialidad. Sin embargo, se filtraron las condiciones abusivas impuestas o pretendidas por estas, sobre todo en algunos países latinoamericanos, como denunciara el Ministro de Salud de Argentina (16) de la farmacéutica estadounidense Pfizer.


Una realidad que llevó a Sudáfrica e India, con el apoyo de otros 62 Estados, a presentar una propuesta a la Organización Mundial del Comercio para suspender temporalmente, mientras dure la pandemia, las patentes de las vacunas, tratamientos y medios diagnósticos relacionados con la covid-19 (17), medida que permitiría la transferencia de conocimientos, tecnologías y capacidad para producirla masivamente en un gran número de países y facilitar así el acceso universal a la inmunización colectiva, propuesta que lamentablemente fue rechazada por la mayoría de los países del norte, protegiendo los intereses de la industria farmacéutica y, quizás en algunos casos, utilizar la vacuna con fines geopolíticos para fortalecer alianzas.


Esta carrera por acaparar vacunas también llevó al fracaso al mecanismo Covax propuesto por la OMS para promover el acceso equitativo al inmunológico, de manera que para el pretendido de distribuir 2000 millones de vacunas entre países en vías de desarrollo y poblaciones en situación de vulnerabilidad, solo ha logrado proveer unos pocos millones de dosis.


Una realidad de avaricia, egoísmo, injusticia e inequidad en la puja global por el acceso a la vacuna que desnuda el tremendo poder de la industria farmacéutica, y cómo este poder incide en la salud de las personas, decidiendo en función de sus intereses económicos qué se investiga, qué medicamentos se producen, a qué precios y con qué condiciones. Incluso en las decisiones médicas, como lo veremos un poco más adelante.


La pandemia, también concita a sanear el modelo de investigación y producción de los medicamentos. Desde organizaciones no gubernamentales y de la sociedad civil, colectivos de pacientes, instituciones científicas y universidades, entre otros actores, toman cuerpo diferentes campañas, iniciativas y acciones que más o menos coinciden en sus reivindicaciones, entre ellas:

• Transparencia en los precios reales de los medicamentos, diferenciando costos de fabricación y costos de I+D (Investigación + Desarrollo), así como en las condiciones de negociación de los contratos.
• Información accesible respecto a los ensayos clínicos con datos técnicos detallados, financiación de los estudios, declaración pública y precisa de los conflictos de interés
• Establecer criterios de interés público en la investigación y producción de medicamentos financiados con fondos públicos, preservando su propiedad intelectual y priorizando el acceso a los mismos por parte de los pacientes.
• Regulación y control del precio de los medicamentos, así como potenciar la producción pública de genéricos e insumos médicos.
• Liberar las patentes con fines humanitarios, como en el caso del covid-19, pero también extensible a otros medicamentos como los tratamientos antirretrovirales.

6. Más investigación al servicio de la ciencia y no del capital: Actualmente, la investigación en salud, la toma de decisiones clínicas, así como los procedimientos, protocolos y guías médicas que aplican hospitales, clínicas e instituciones prestadoras de servicios de salud de todo el mundo, incluyendo a la OMS, descansan en la “Medicina basada en la evidencia –MBE–”, potenciada en los años 80 como una propuesta para mejorar la aplicación en la clínica del conocimiento surgido de la investigación.


La MBE se define como un proceso cuyo objetivo es el de obtener y aplicar la mejor evidencia científica en el ejercicio de la práctica médica cotidiana (18). Durante muchos años, esta medicina impulsó la investigación y posibilitó el desarrollo de nuevos tratamientos, medicamentos y tecnologías; y sobre todo facilitó la utilidad de estos conocimientos en las decisiones médica del día a día como una fuente permanente de consulta de los profesionales a través de las revistas científicas y los intercambios en congresos, seminarios y sesiones clínicas.


Digamos que hasta ahí todo iba bien, hasta que la industria farmacéutica se apropió de la MBE, y comenzó a financiar estudios, investigaciones, congresos, como estrategia exitosa para promocionar y vender sus productos. Con los recursos provenientes de la industria, la investigación clínica se disparó, así como el conocimiento, la tecnología y el gasto en salud. Tanto es así que el tipo de publicación más respetado en la actualidad es la del metaanálisis que en lo fundamental consiste en investigar trabajos ajenos, dejando de lado tradicionales virtudes de la investigación médica tales como observación, raciocinio (que es pariente cercano del sentido común) y, sobre todo, paciencia, y esto último porque en la actualidad es necesario publicar hoy, sin poder esperar 5 o 10 años para observar los resultados. Una contradicción que, por supuesto, llevó a los defensores de la medicina basada en la evidencia a resaltar la plena vigencia el criterio clínico, individual, de cada médico… pero incluyen la opinión experta en el nivel 4 (el más bajo) de la escala de niveles de evidencia (Oxford Center for Evidence-Based Medicine Grading System).


Un proceso dinámico. La investigación con base en la MBE propone diferentes metodologías tales como estudios de casos y control, estudios de cohorte, ensayos clínicos aleatorizados y controlados y metaanálisis. Mientras más grande sea la población que participa en el estudio, y más se extiende en el tiempo, se dice que mayor la calidad y fiabilidad de la investigación. Claro, sacar adelante este tipo de investigación requiere de grandes inversiones de fondos y, por ende, la necesidad de contar con un sponsor que patrocine el estudio. Y aquí es cuando aparece la industria farmacéutica financiando la investigación en medicamentos o tecnologías sobre los cuales espera tener un retorno financiero futuro. Si bien existen otras fuentes de financiación, como subvenciones públicas o fundaciones filantrópicas, normalmente es la propia industria la que aporta los fondos para los estudios de sus futuros clientes, porque claro, las compañías se reservan los derechos de propiedad para la producción de los fármacos que unas vez aprobados, los médicos recetarán a sus pacientes. El círculo se cierra.


La investigación en ciencias de la salud sigue entonces enfocada sobre todo en el desarrollo de nuevos tratamientos para muchas enfermedades, especialmente crónicas, que son las que tienen mayor prevalencia en los países desarrollados y en los sectores poblacionales más ricos, y que culminan por lo común en la rápida aparición de nuevas drogas, generalmente muy caras, de uso prolongado, y no siempre de eficacia significativa. Hay ejemplos de drogas oncológicas que, a un costo de 50.000 dólares mensuales, obtienen una mejora en la sobrevida de ¡tres meses!
Entonces no siempre se investiga lo que se considera prioritario en términos de salud pública, sino lo que el sponsor quiere que se investigue. Esto es particularmente cierto con respecto a las vacunas, habiendo algunas que demoraron décadas en conseguirse, otras que hasta ahora no han aparecido (por ejemplo, contra el VIH o la Malaria), o, en el otro extremo, la velocidad con que aparecieron otras, siendo el ejemplo más reciente las avaladas contra el coronavirus. En este caso, llama la atención el doble rasero a que acudieron para permitir una aplicación laxa de los procesos para el desarrollo de la vacuna, frente a la estricta rigurosidad exigida a los ensayos clínicos para la aprobación de algunos tratamientos, casualmente muchos de ellos de bajo costo.


Si bien la MBE parece haberse consolidado en el marco de la pandemia, cada vez aparecen más críticas sobre su utilidad, y sobre sus fines. Probablemente la MBE no sea una mala herramienta, si se la combina con el criterio clínico en la atención individual, y con los postulados de la salud pública y la vigilancia epidemiológica en los colectivos. Y, sobre todo, si sus mecanismos respondieran a la ética, a la ciencia, a mejorar la calidad de vida de las personas y las comunidades. Si así fuera, seguramente hubiera un reparto más balanceado y democrático en los fondos destinados para I+D , balanceando la financiación de medicamentos y tratamientos de alta demanda, es decir de enfermedades crónicas en los países ricos; y se dispondría de mayores fondos para la investigación de enfermedades infecciosas, enfermedades olvidadas (como el mal de Chagas que sigue afectando a miles de personas en Latinoamérica) y la investigación social para la prevención de enfermedades y la promoción de hábitos de vida saludables.

7. Declaración de crisis humanitaria vs. estado de emergencia: Una crisis humanitaria es una situación de emergencia en que se ven amenazadas la vida, salud, seguridad o bienestar de una comunidad o grupo de personas en un país o región. Se caracteriza por la ruptura de la normalidad y la desorganización de un sistema, incluso afectando la capacidad de respuesta institucional. Entre sus causas están los desastres naturales, las guerras, los desastres ambientales como las sequias, y las epidemias. Este concepto pone a las personas en el centro de la respuesta, y su objetivo es salvar vidas, aliviar el sufrimiento, restituir derechos y respetar la dignidad humana. Algo contrario al estado de emergencia (sanitaria en este caso) que es uno de los estados de excepción (los otros dos son conmoción interior y estado de guerra) contemplado por el ordenamiento jurídico de Colombia y de casi todos los países que lo han declarado.


La declaración del estado de excepción da al poder ejecutivo, presidente y ministros, poderes especiales para derogar procedimientos jurídicos y gobernar por medio de decretos con fuerza de ley. Claro que esta declaración también debe estar sujeta a determinados controles, como la vigencia y que los decretos que se dicten estén relacionados con la calamidad que desata la declaración. Sin embargo, durante la pandemia muchos de estos controles no fueron posibles por las propias medidas de bioseguridad, especialmente el aislamiento social obligatorio.


Una realidad que en muchos países permitió a sus gobernantes un poder excesivo y permitió a gobiernos que venían debilitados, con poco respaldo social y parlamentario, imponer medidas que de otra forma no hubieran logrado. Esta forma de gobernar no contribuyó ni a la búsqueda de consensos entre todas las fuerzas políticas, ni a una buena coordinación entre diferentes niveles de gobierno (sobre todo de diferentes espacios políticos), ni a ganar la confianza y ni la confianza de la sociedad, tan importante en la pandemia. Por el contrario, gobernar la crisis a través de decretos, crispó los ánimos sociales, polarizó el arco político, y alimentó las teorías conspiratorias antipandemia.


De manera contraria, la acción humanitaria cuenta con mecanismos de coordinación frente a crisis y emergencias, experiencia en comunicación en emergencias y participación comunitaria, y otros elementos que podrían haberse aprovechado para hacer una mejor gestión de la crisis colocando en el centro de la respuesta gubernamental a la vida de las personas, su dignidad y sus derechos.


Ha transcurrido un año de pandemia, las lecciones son muchas, los aprendizajes están en desarrollo, también los retos. Lo cierto es que la pandemia desnudó los intereses que existen en torno a la gobernanza global en salud y la práctica medicina, y que afectan el goce del Derecho a la Salud de millones de personas en todo el mundo. ¿Tendrán las sociedades, como un todo, capacidad para hacer girar la ruta hasta ahora seguida por multinacionales y gobiernos para enfrentar esta crisis?

1. A fecha 8 de marzo de 2021.
2. El 31 de diciembre de 2019.
3. Zygmunt Bauman (1925-2017) sociólogo polaco, utiliza mundo líquido para definir el estado fluido y volátil de la actual sociedad, sin valores demasiado sólidos, en la que la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos.
4. Aldous Huxley (1894- 1963) escritor y filósofo británico, dio el nombre de «soma» a la droga que tomaban los personajes de su novela Un mundo feliz –publicada en 1932–, con la que lograban tranquilizarse, olvidar los problemas y evadirse de la realidad cuando lo necesitaban.
5. La definición de cronicidad hace referencia como la cualidad, índole o característica de lo crónico que se refiere de una enfermedad de una duración prolongada, de una dolencia de manera frecuente o que procede de un tiempo atrás o en el pasado.
6. Diccionario Humanitario HEGOA: La rehabilitación es un proceso de reconstrucción y reforma después de un desastre, que sirve de puente entre las acciones de emergencia a corto plazo y las de desarrollo a largo plazo, con las cuales puede en parte solaparse. Su cometido consiste en sentar las bases que permitan el desarrollo, aprovechando la experiencia y resultados del trabajo de emergencia previamente realizado.
7. En algún momento llegará el turno de sacar lecciones aprendidas y volver a pensar en qué propició la pandemia, en porqué se propagó tan rápidamente, en porqué no se contó con la preparación requerida a pesar de que los científicos la habían advertido, en porqué colapsaron los sistemas de salud, en porqué se enfermaron y murieron en mayor proporción los pobres, y en porqué en algunos países la pandemia afectó más que en otros.
8. https://www.who.int/es/initiatives/act-accelerator/covax
9. https://www.who.int/governance/eb/who_constitution_sp.pdf
10. ONU: Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (CESCR), Observación general N.º 14 (2000) : El derecho al disfrute del más alto nivel posible de salud (artículo 12 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales).
11. https://www.who.int/dg/reform/es/
12. https://www.who.int/emergencies/partners/emergency-medical-teams
13. WHO Reglamento sanitario internacional (2005) : 3ª ed.
14. https://www.paho.org/hq/dmdocuments/2012/alma-ata-1978declaracion.pdf
15. https://www.telam.com.ar/notas/202102/543529-pfizer-se-porto-muy-mal-con-el-gobierno-aseguro-gines-gonzalez-garcia-a-diputados.html
16. https://www.msf.es/actualidad/india/india-y-sudafrica-piden-que-no-haya-patentes-medicamentos-ni-herramientas-covid-19
17. Guyat G. Preface. En: Guyatt G, Rennie D (eds.) User’s Guide to the Medical Literature. Essentials of Evidenced Medicine Clinical Practice. AMA Press, EE.UU. 2002

* Coordinador General Médicos del Mundo Francia en Colombia. MPH Salud Pública, MSC Acción Humanitaria y Solidaridad Internacional, diploma de especialización en evaluación de sistemas de salud.

 

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Publicado enColombia
Lunes, 27 Diciembre 2021 06:27

MÁS LEÍDO 2021: Conexión solitaria

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En un mundo en pandemia, la conectividad se nos presenta como una aliada, pero ¿qué sucede cuando ésta contribuye al ensimismamiento y desarticulación de las personas y de los movimientos sociales?

 

La aproximación de las hermanas Wachowski en su obra Matrix (1999) resultaba como una interesante analogía a conceptos como hegemonía y alienación, no obstante, se encontraba enmarcada en un futuro distópico y oscuro, el cual por más que desde lo conceptual resultase pertinente, no obedecía completamente a la realidad de aquel entonces. Hoy día, habiendo asistido a las más estrictas etapas del confinamiento y sus flexibilizaciones, todo parece reencausar su rumbo en la medida que más gente sea vacunada. Así parece, pero la sociedad del encierro aún no acaba, pues algunos sectores sociales encontraron en el confinamiento soluciones inesperadas que difícilmente abandonarán, aproximándose así a la sociedad propuesta en el filme ya mencionado: cada quien en su cápsula.

La crisis por coronavirus llegó al mundo en un momento de múltiples transformaciones y eventos coyunturales; el estallido de movimientos sociales a nivel mundial se erigió como una tendencia generalizada para finales de 2019 con colectivos estudiantiles y feministas copando las calles para exigirle respuestas a gobiernos que sistemáticamente desconocen derechos y obvian sus obligaciones. Chile, Francia, Hong Kong, Argentina y Colombia eran algunos de los lugares donde el activismo social no daba espera, en ciudades como Bogotá confluían varios sectores de la resistencia social los cuales parecían fortalecerse entre protestas.

En el caso colombiano el denominado Paro Nacional tuvo una merma en su movilización debido a las fiestas de fin de año, pero todo parecía indicar que las protestas retornarían en marzo de 2020, cosa que no pudo ser pues el covid-19 llegó para ser más tajante que cualquier guardia antimotines, más poderoso que carabineros o el Esmad; en cuestión de semanas las calles pasaron de estar atiborradas de protestantes enardecidos a quedar desiertas.

Junto con la cuarentena llegaron múltiples implicaciones, además de las medidas de autocuidado, el teletrabajo se instituyó como esquema dominante en el sector formal del empleo pues en su momento 98 por ciento de las empresas en Colombia optó por estas medidas, de las cuales el 76 por ciento le aseguraron a Acrip (Federación Colombiana de Gestión Humana) que seguirán empleando esta modalidad al menos dos días de la semana cuando las medidas de aislamiento sean levantadas, incluso entidades como el Banco de Bogotá aún no recurren siquiera a la alternancia en algunos de sus sectores de trabajo.

Es así como se empieza a construir un panorama donde es posible evidenciar que muchas empresas encontraron en el teletrabajo un método con menos responsabilidades para con sus empleados y con mayor rendimiento en la productividad por parte de los mismos. Según la firma NordVPN (proveedor de servicios de red privada virtual personal) la jornada laboral se incrementó en un 40 por ciento pues muchas barreras que antes establecía la presencialidad se ven diluidas en tiempos de teletrabajo, donde el espacio personal es invadido por tensiones que antes no existían en tal espacio. La metáfora del cable de la Matrix se hace latente en esta nueva realidad.


Ocio en casa

–Hay quien no tiene para pagar los juegos de vídeo, pero esa necesidad la puede llenar viendo a otro jugar en línea, expone Cristian Medina, joven bogotano que a raíz de la cuarentena optó por emprender como streamer de videojuegos, luego de no obtener respuesta buscando trabajo por medios convencionales. Su jornada es de casi ocho horas, cual horario laboral, pues debe preparar los equipos, gestionar sus redes y hacer auto pauta para posteriormente jugar hasta la saciedad mientras lee comentarios de usuarios en línea y recibe aportes voluntarios de aquellos que deseen apoyarlo.

Plataformas como Twitch, únicamente enfocada al stream de videojuegos en vivo, creció exponencialmente durante 2020 pues el numero de sus usuarios se incrementó en un 83 por ciento, además de que tuvo 17.000 millones de horas de contenido que fueron vistas por sus usuarios.

Entretenimiento ampliado. En el transcurso del 2020 Netflix alcanzó cifras históricas pues superó la barrera de los 200 millones de suscriptores. No hace falta decir que la pandemia le dio un “leve” empujón pues con la mayoría de las clases medias encerradas encontraron en el consumo de cine y de series una forma de descansar de sus sobrecogedoras rutinas en casa. Es la cotidianidad del encierro: en las mismas pantallas en las que se trabaja también se pasa tiempo de ocio, y sin necesidad de salir de casa o relacionarse con otras personas.

Se evidencia así como teletrabajo como entretenimiento vía streaming cumplen la misma función de mantener aisladas a un gran segmento social, bien sea teniéndolos ocupados con trabajo o entretenidos con series y videojuegos en línea. En su mayoría de clase media, esta gente tenderá a comprender su realidad sin ir más allá de las cuatro paredes que representan su hogar, interiorizando así discursos como el “quédate en casa”, que refuerzan conductas negativas hacía el otro y el vivir en comunidad. Un guiño más a una realidad hiper individualizada donde muchos cables interconectados son los que programan nuestra realidad.


Cuestión colectiva

¿Romperán el cable quienes quedaron a él sujetos? Difícil, por el lado del trabajo, posible con el entretenimiento, pero deberán pasar varios meses de “normalidad” para comprobar el resultado final: permanecer en el aislamiento y la individualización, protestando vía e-mail, o recuperar el ser gregario que nos caracteriza como humanidad.

Los gobiernos y los factores de poder en el mundo abogarán por un consumo cultural cada vez más intenso, ¿podrán estimular un actuar colectivo repontenciado los sectores alternos, uno que llene las expectativas acumuladas por millones en estos meses de encierro y que atraiga hacia la calle y la protesta postergada por la pandemia?

El pasado 8 de marzo los movimientos feministas mostraron que sí es posible el reencuentro y la acción colectiva, ¿qué sucederá con el resto? Docentes y estudiantes tendrán en algún momento que volver a las calles, ¿podran resistir una protesta prolongada, como la que parecía asomarse en noviembre de 2019? ¿Qué será de una dirigencia sindical que no ha regresado por sus puestos de labor?

Y en cuanto a la víbora que en forma de cable adopta la etiqueta de ‘teletrabajo’ o ‘entretenimiento en casa’, ¿qué papel jugarán las clases medias en la resistencia social cuando el plan de vacunación continúe avanzando? ¿Volverán a las calles abanderadas y jugando un rol protagónico como en noviembre del 2019? ¿O permanecerán esteriles y atrofiadas por las abolladuras de la pandemia? Solo el tiempo lo dirá, pero lo cierto es que el sofá de la sala se hizo cada vez más acogedor entre cuarentenas.

Afronta el activismo social retos mayúsculos, ligados a la comprensión de las nuevas tecnologías, a las novísimas formas de control social, a las renovadas formas el poder. No es solo deseo de oponerse y soñar con otra sociedad, hay que saber por dónde navegar para que el esfuerzo sea efectivo, no solo semántico. Hay que salir de Matrix.

Enlaces:
https://blog.acsendo.com/cifras-teletrabajo-en-colombia/#:~:text=Las%20cifras%20m%C3%A1s%20importantes%20del%20teletrabajo%20en%20Colombia,-Laura%20Albarrac%C3%ADn&text=Desde%20el%202012%20hasta%20el,del%20Teletrabajo%20en%20Empresas%20Colombianas’
https://www.xataka.com.mx/streaming/netflix-alcanza-cifras-historicas-2020-supero-barrera-200-mil-usuarios-razones-pandemia-the-crown
https://forbes.co/2020/12/10/red-forbes/que-dice-la-gente-del-teletrabajo-para-el-2021/

 

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