Haití: violentas protestas por la delincuencia y alza en costo de la gasolina

Puerto Príncipe. Los residentes de la capital de Haití se refugiaron ayer en sus casas en una nueva jornada de protestas violentas en la que sonaron disparos, neumáticos ardieron en las calles y manifestantes arrojaron piedras, en una airada respuesta a la delincuencia y los previstos nuevos incrementos en el precio del combustible ante la falta de subsidios gubernamentales.

Un video difundido en redes sociales muestra a decenas de haitianos dispersándose en una calle tras las ráfagas de disparos, y luego cambia a escenas de personas atendidas por aparentes heridas de bala.

Durante la jornada dos personas murieron entre las calles de Delmas 3 y Delmas 17, según la plataforma Vant Bef Info, información que no fue confirmada por las autoridades.

Temprano, en Champs de Mars, la principal plaza pública del país y muy cercana al palacio nacional, instalaron barricadas de neumáticos encendidos, al igual que en Canapé Vert, Tabarre, Delmas, Kenscoff y en la zona del aeropuerto.

Las movilizaciones también se registran en otras ciudades del país, como Les Cayes, Petit Goave y Cabo Haitiano, zonas del sur y este, que desde hace dos semanas crecieron las protestas contra la escasez de hidrocarburos en el mercado oficial, el alto costo de la vida y una inflación que alcanza 30 por ciento, su nivel más alto en una década.

La violencia crónica de las bandas ha dejado gran parte del país fuera del control del gobierno y los brotes de batallas territoriales entre grupos armados han dejado cientos de muertos y miles de desplazados.

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Esperanza de vida y desarrollo humano en el siglo XXI

La esperanza de vida es una de las mejores medidas del desarrollo humano. En las sociedades de cazadores-recolectores, un promedio del 57-67% de los niños llegaba a los 15 años. Luego, el 79% de ellos llegaba a los 45 años. Por último, los que llegaban a los 45 años podían vivir hasta los 65-70 años. Por tanto, podemos ver que la esperanza de vida al nacer en estas sociedades era muy baja, dada la elevada mortalidad infantil. Pero un 40% llegaba a los 65 años en promedio. La situación parece haber sido peor en las sociedades divididas en clase, tanto feudales como esclavistas. La esperanza de vida promedio de un campesino era de apenas 35 años al nacer, pero se acercaba a los 50 años para los que superaban los 15 años.

Se puede ver que medir la esperanza de vida al nacer no es una guía perfecta para saber cuánto tiempo vivían los humanos en las sociedades precapitalistas. Sin embargo, no cabe duda de que la esperanza de vida en promedio aumentó considerablemente una vez que la ciencia se aplicó a la higiene, el alcantarillado, el conocimiento del cuerpo humano, una mejor nutrición, etc. Por supuesto, en las sociedades de clase existían fuertes desigualdades entre ricos y pobres.

Si aceptamos que la esperanza de vida es una buena medida del desarrollo humano, los últimos datos son reveladores sobre las sociedades capitalistas del siglo XXI. Esta medida cayó en Estados Unidos en 2021 a su nivel más bajo desde 1996, el segundo año de un retroceso histórico, debido principalmente a las muertes por COVID-19. El descenso de 2019 marcó la mayor caída bi anual en casi un siglo, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. Además, la disparidad entre hombres y mujeres se amplió el año pasado a la más alta en más de dos décadas, y ahora se espera que los hombres estadounidenses vivan solo 73,2 años, casi seis años menos que las mujeres.

Las muertes por COVID-19 contribuyeron en más de la mitad del descenso general de la esperanza de vida en EE.UU. el año pasado. El COVID-19 se asoció a más de 460.000 muertes en el país en 2021, según los CDC. Pero no fue el único factor del descenso. Las sobredosis de fármacos y las enfermedades cardíacas también contribuyen en gran medida, según los datos. Curiosamente, las muertes por suicidio disminuyeron en 2020 durante la pandemia, pero siguieron siendo el quinto factor que más contribuyó en esta la caída el año pasado. Las muertes relacionadas con el suicidio son el tercer factor más importante en la disminución de la esperanza de vida de los hombres estadounidenses.

Mientras disminuyó en Estados Unidos de 78,6 años en 2019 a 76,9 años en 2020 y 76,1 años en 2021, una pérdida neta de 2,4 años, en contraste, los países pares promediaron una disminución menor en la esperanza de vida entre 2019 y 2020 (0,55 años) y un aumento de 0,26 años entre 2020 y 2021, ampliando la brecha entre Estados Unidos y otras economías capitalistas avanzadas a más de cinco años. El descenso en EE.UU. estuvo muy racializado: los mayores descensos en 2020 se produjeron entre los nativos americanos/nativos de Alaska, los hispanos, los negros y los asiáticos. Para los nativos americanos y los nativos de Alaska, la medición cayó hasta los 65 años, cerca de la media nacional durante la Segunda Guerra Mundial.

Este descenso de EE. UU., un país rico, contrasta con el aumento continuado en China a lo largo de la pandemia de COVID, donde la tasa de mortalidad por el virus fue mínima en comparación con los EE. UU. y Europa. Como resultado, en 2021, la esperanza de vida al nacer en China será mayor que la de EE.UU.

Este resultado es una condena cruda y deprimente del capitalismo estadounidense en el siglo XXI. "El estancamiento de la esperanza de vida refleja profundos desafíos sociales, no sólo en nuestro sistema sanitario, sino también en nuestros sistemas económico y político", afirmó Dave Chokshi, médico y ex comisionado de salud de Nueva York.

No se trata sólo de la pandemia. Los estadounidenses de todas las edades y de todos los niveles de ingresos tienen una probabilidad inusualmente alta de morir, a causa de las armas, drogas, accidentes de autos y enfermedades. Los bebés estadounidenses tienen más probabilidades de morir antes de cumplir cinco años; los adolescentes estadounidenses tienen más probabilidades de morir antes de cumplir 20 años; y los adultos estadounidenses tienen más probabilidades de morir antes de cumplir 65 años. Europa tiene mejores estándares de vida que EE.UU. en general, para blancos y negros, en zonas de alta y baja pobreza.

En Estados Unidos se producen más muertes por sobredosis de drogas que en cualquier otro país de renta alta, tanto en términos generales como per cápita. Incluso antes de la pandemia, la esperanza de vida en el país disminuyó durante años consecutivos en 2015 y 2016, en gran parte debido a la epidemia de opioides y a las sobredosis de drogas. Estados Unidos tiene una tasa de mortalidad por accidentes de tráfico superior a la de Canadá, Australia, Japón, Corea del Sur y la Unión Europea. Incluso en base a los kilómetros recorridos, sigue teniendo una tasa de mortalidad más alta que gran parte de Europa.

Con un 40% entre los adultos, la tasa de obesidad de EE.UU. duplica la media de la mayoría de los países europeos y es ocho veces superior a la de Corea o Japón. Aunque la relación exacta entre el peso y la salud es controvertida, el Fondo de la Commonwealth, que no es un institución partidista, declaró sin rodeos que los niveles de obesidad de Estados Unidos son responsables de aproximadamente una quinta parte de las muertes entre los adultos de 40 a 85 años.

Estados Unidos tiene menos médicos generales per cápita que la mayoría de los países ricos, en parte debido a que la larga y costosa formación empuja a los médicos a convertirse en especialistas muy bien pagados. Y junto con esta falta de atención primaria asequible y accesible, EE.UU. tiene la mayor tasa de muertes evitables de todas las naciones ricas. (Entre los ejemplos de la definición de mortalidad "evitable" de la OCDE se encuentran las muertes relacionadas con el alcohol, los tiroteos, los accidentes y la gripe).

La esperanza de vida es una medida importante del desarrollo humano, pero no es la única. La ONU creó el índice de desarrollo humano (IDH) que no sólo mide la esperanza de vida, sino también el progreso educativo y la prosperidad económica. El IDH se lanzó en 1990. En su último Informe sobre Desarrollo Humano (IDH) los datos confirman que el capitalismo del siglo XXI, si es que alguna vez lo fue, ya no es progresivo en el desarrollo del bienestar humano. El informe afirma que "décadas de progreso en términos de esperanza de vida, educación y prosperidad económica han comenzado a deshacerse desde la pandemia". En los últimos dos años, nueve de cada diez países han retrocedido en su IDH.

Suiza ocupa el primer puesto del índice, con una esperanza de vida de 84 años, una media de 16,5 años de estudios y un salario medio de 66.000 dólares. En el otro extremo de la escala se encuentra Sudán del Sur, donde la esperanza de vida es de 55 años, la gente pasa sólo 5,5 años de media en la escuela y gana 768 dólares al año. Pero los recientes retrocesos en la mayoría de los 191 países incluidos en el índice, especialmente en la esperanza de vida, han hecho que los niveles de desarrollo vuelvan a ser los de 2016, invirtiendo una tendencia de 30 años.

A lo largo de los años transcurridos desde que se introdujo el índice, muchos países se enfrentaron a crisis y retrocedieron, pero la tendencia global siempre fue al alza. El año pasado fue la primera vez que el índice descendió en su conjunto desde que se iniciaron los cálculos, y los resultados de este año consolidaron esa tendencia. Y "las perspectivas para 2022 son sombrías", dice Achim Steiner, uno de los autores del IDH, que señala que más de 80 países tienen problemas para pagar su deuda nacional. "Que 80 países estén a un paso de enfrentarse a ese tipo de crisis es una perspectiva muy seria", afirma. "Estamos asistiendo a profundos trastornos, cuyos coletazos se desarrollarán a lo largo de varios años".

Cuando miramos la tabla de clasificación de los países en el IDH, las habituales economías capitalistas avanzadas más ricas están en la cima. Pero EE.UU. no está entre los 20 primeros; está en el puesto 21, aunque es, con mucho, el más grande en población de estos países más ricos. Y si comparamos el progreso del desarrollo humano en las principales economías del G7 utilizando el IDH desde 1990, encontramos que, mientras que EE.UU. era el más alto del G7 en 1990, ha descendido al quinto lugar de los siete. Mientras que el IDH de Alemania aumentó un 13,6% entre 1990 y 2021, el IDH de EE.UU. sólo aumentó un 5,6%. Y EE.UU. fue el país del G7 que menos aumentó en el siglo XXI. Curiosamente, el Reino Unido fue el país que más subió a partir de 1990, aunque con un comienzo más bajo, y fue el que más rápido subió en el siglo XXI hasta la fecha. Esto puede deberse a que el gasto en educación fue superior a la media en los años 90 y principios de los 2000.

Todos los países del G7 obtuvieron mejores resultados que Estados Unidos, otro indicador del declive relativo del imperialismo estadounidense.

La ONU también ha desarrollado un IDH ajustado por desigualdad, en el que el grado de desigualdad de los ingresos se introduce en el IDH para cambiar el resultado. Todos los países tienen un grado de desigualdad. Pero algunos son mucho peores que otros. Entre las economías del G7, el nivel de desigualdad en EE.UU. e Italia es tan alto que reduce el IDH de esos dos países en más de un 11% y los hace caer aún más en la liga del IDH.

Esto no es sorprendente, dado el enorme aumento de la desigualdad y la pobreza en EE.UU. desde que se puso en marcha el IDH. En enero de 2022, la Oficina del Censo de Estados Unidos informó de que en 2020 había 37,2 millones de personas en situación de pobreza, aproximadamente 3,3 millones más que en 2019, lo que supone una tasa oficial de pobreza del 11,4%, un punto porcentual más que el 10,5% de 2019. La “linea de pobreza" para una familia de cuatro personas en 2020 fue de 26.496 dólares anuales. Y la Reserva Federal de Estados Unidos informa de que en 1989 el 1 por ciento superior controlaba el 23,5 por ciento de la riqueza de la nación y, en 2022, su parte había aumentado hasta el 31,8 por ciento o 44,9 billones de dólares. El 50% inferior poseía el 3,7% de la riqueza de los hogares en 1989; ahora tienen el 2,8%.

La desigualdad es aún mayor en muchos países del sur global; en concreto, Brasil, Sudáfrica e India tienen unos índices de desigualdad escandalosos que hacen que sus IDH caigan un 25%.

Si nos fijamos en las denominadas economías emergentes más grandes por población, entre las que se encuentran los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), como cabría esperar, China es el país que más ha mejorado su IDH. De un mísero 0,48 en 1990, el IDH de China alcanzó el 0,77 en 2021, un aumento del 59%. Compárese con la India, que empezó prácticamente con el mismo IDH que China, pero que sólo alcanzó el 0,63 en 2021, un aumento del 46%, pero todavía muy inferior al de China.

Mientras que en 1990 el IDH de China era sólo 5 puntos más alto que el de India, ahora es 14 puntos más alto. En esas tres décadas, China ha venido de atrás para superar a México, Brasil, Sudáfrica e Indonesia, y ha reducido la distancia con Estados Unidos de 40 puntos a sólo 15.

Por motivos de actualidad, también he analizado Ucrania, Sri Lanka y Rusia. En 1990, cuando cayó el bloque soviético, Ucrania tenía un IDH de 0,73, prácticamente igual que Rusia y por delante de la pequeña y endeudada Sri Lanka. En el año 2000, la "terapia de shock" de la vuelta al capitalismo redujo el IDH de Ucrania y Rusia, mientras que todos los demás países de la lista aumentaron. Y 30 años después, el IDH de Ucrania sólo ha subido un 6%, hasta el 0,77, quedando por detrás de Sri Lanka y Rusia, que tampoco lo hicieron muy bien.

¿Están las principales economías del sur global alcanzando a los países del G7 del norte global? Si excluimos a China e India, la media del sur global (tal y como se ha definido anteriormente) estaba 18 puntos por detrás de la media del G7 en 1990. En 2021, la diferencia era de 14 puntos. Así que apenas se ha avanzado en la reducción de la brecha en 30 años. Y los países del sur global elegidos aquí son, en su mayoría, los de mejores resultados, no los más pobres y débiles.

Volviendo a la medida de la esperanza de vida, comprobamos que a medida que las personas tienen vidas más sanas y largas, se vuelven más cualificadas y educadas y permiten así que las economías crezcan y aumenten los ingresos y los medios de vida. Así que las medidas de salud pública son la palanca más importante para fomentar el desarrollo económico.

La noticia de que, después de 140 años, los científicos de la Universidad de Oxford han desarrollado por fin una vacuna con un 80% de eficacia contra la mortal enfermedad de la malaria, que ha matado a millones de personas y sigue matando a casi un niño por minuto. Las grandes compañías farmacéuticas habían evitado destinar fondos a las vacunas contra la malaria durante décadas, prefiriendo desarrollar antidepresivos y medicamentos contra el cáncer que pudieran venderse bien en los países más ricos. Así que se han necesitado 140 años para desarrollar la vacuna contra la malaria, en comparación con sólo un año para encontrar una vacuna contra el COVID. Esta última, por supuesto, también afectó al Norte Global. Ahora, la posible erradicación de la malaria, que afecta sobre todo al Sur Global, sería probablemente el impulso más importante para la esperanza de vida y el desarrollo humano de este siglo.

Lunes 12 de septiembre

El artículo original en ingles fue publicado el 21 de agosto en la web del autor:Life expectancy and human development in the 21st century

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Lunes, 12 Septiembre 2022 06:06

El apocalipsis ya fue

Transitando. Acacio Puig

Todo o nada, aquí o ahora, victoria o muerte: también la revolución se pensó en el siglo XX como apocalipsis, con resultados desastrosos. Porque no hay Fin, no hay ningún final de la Historia, la pelea es interminable: la vida recomienza todo el rato

Amador Fernández-Savater 10/09/2022

Proliferan por todas partes los discursos colapsistas. El anuncio repetido del final de nuestra civilización (o del mundo) por una serie de catástrofes en cadena: suministros, guerras, epidemias. El llamamiento a la “emergencia climática” que quiere convertir la angustia (eco–ansiedad y depresión verde) en acción.

De alguna manera el colapsismo reedita el “discurso del fin” del marxismo clásico, pero en clave verde. El límite que determinará la caída de todo el sistema ya no es interno a la dinámica del capital (crisis cíclicas cada vez más severas), sino externo: la lógica de crecimiento infinito choca con la finitud misma del planeta.

¿Cuándo será el Big Crunch, la gran implosión? ¿2030, 2050? Esos cálculos recuerdan a los que entretuvieron tanto tiempo a los teóricos marxistas del siglo XX que rivalizaban por pronosticar el momento exacto del hundimiento definitivo del sistema. Pero, ¿y si el apocalipsis ya fue?

Hemos perdido el Cosmos

Es la idea que defiende el famoso escritor inglés D.H. Lawrence en su ensayo sobre el libro bíblico del Apocalipsis escrito por Juan de Patmos.

La verdadera catástrofe, la que determina todas las demás según Lawrence, es la costumbre que hemos adquirido de vivir como si no estuviésemos en el mundo. Y adquirimos esa costumbre como hace dos mil años.

La muerte del paganismo implicó la muerte del Cosmos, que es como Lawrence llama a un tipo de relación amorosa con el mundo. Creer que cada cosa está habitada por un dios implica considerar que cada una es concreta y singular, que tiene valor en sí misma y por sí misma, que nos solicita una escucha y un cuidado específicos.

Los dioses diseminados por el mundo, siempre en movimiento, siempre de paso, impedían que las cosas fuesen tratadas como simples cosas: como utilidades, medios de fines, objetos de cálculo. 

Primero con la aparición de la razón desencarnada y luego con el cristianismo, se produce un corte. El corte entre lo sensible y lo inteligible. El espíritu reina desde entonces sobre la materia. Los vínculos dejan de ser amorosos y se vuelven instrumentales. El mundo deja de estar en nosotros y nosotros en el mundo. Las cosas ya no nos tocan, no nos mueven, no nos conmueven: son objetos a acumular, recursos a explotar, experiencias a consumir, paisajes que turistear.

“Las conexiones se han roto”, constata Lawrence, “los centros sensibles están muertos”. La facultad de relacionarse con el mundo de manera no instrumental radica en nuestro cuerpo, capaz de afectar y dejarse afectar, capaz de amor. El apocalipsis es el asesinato “del amante que hay en nuestro interior”, la sensibilidad que puede conectar con la fuerza o la virtud singulares de cada cosa (con su “dios”).

Lo que así nace es el individuo y el individualismo: un fragmento separado del mundo, una conciencia aislada del cuerpo, una máquina de calcular. La libertad pagana es una libertad relativa: en relación a algo, relacional. La libertad del individuo es absoluta: poder hacer lo que quiera, abstrayéndose de la materialidad de los afectos, los vínculos y los territorios. Libertad de no amar, de no vincularse, de conectar y desconectarse sólo según el interés.

Cada una de las catástrofes que nos acontecen desde la pérdida del Cosmos es sólo una réplica del primer gran terremoto: la instauración de la relación instrumental con el mundo.

El proyecto de las cosas

En nuestros días, una pensadora como Rita Segato despliega un discurso en el que podemos encontrar resonancias con Lawrence, desarrollado no por casualidad desde las tramas vitales del feminismo comunitario o popular. Aquel interesado no sólo en las libertades absolutas del individuo, sino sobre todo en las libertades relativas de los vínculos.

El patriarcado es la estructura de poder más antigua, piensa Segato, las demás la replican. ¿En qué consiste? En un mandato, el mandato de hacernos dueños de las cosas del mundo. El mandato de masculinidad es un mandato de dueñeidad (en primer lugar del cuerpo de las mujeres).

La modernidad capitalista retoma, acelera y extiende el proyecto de desvitalizar el mundo y convertirlo en cosa adueñable. En el corte brutal entre lo sensible y lo inteligible, lo sensible queda depreciado (es impuro, engañoso, caótico) y lo inteligible se identifica con el cálculo. La materia queda despojada de su vibración propia, de su principio inmanente de movimiento y autoorganización, de su “divinidad”.

La violencia que estalla hoy por todas partes es el producto de esta pulsión propietaria. Una “pedagogía de la crueldad” se hace necesaria para educarnos a tratar el mundo como mercancía, como objeto adueñable (y a gozar con ello). Trata y explotación sexual, violencia contra los migrantes, agresión conquistadora y predatoria… La pedagogía de la crueldad busca enseñarnos a “poner a distancia” el mundo para sojuzgarlo, controlarlo, explotarlo. Insensibilizarnos

Los movimientos de mujeres son subversivos porque rechazan el “deseo mimético” –oponerse al adversario copiando sus métodos y queriendo en el fondo lo mismo– y encarnan otro paradigma. El del proyecto de los vínculos. No la búsqueda de una utopía o el modelo de lo que debe ser, sino la capacidad de actuar aquí y ahora. No el principismo ideológico abstracto, sino la facultad de improvisar y atender necesidades concretas. No el tiempo apocalíptico del instante decisivo, sino el tiempo de los procesos de la vida.

Reanudar, re–anudarse

El Fin ya fue, ahora toca “reanimar los centros sensibles” (Lawrence), “repoblar el mundo de vínculos” (Segato). 

La razón apocalíptica es pasión de absoluto: solución final, nuevo comienzo radical. Pero el Fin nunca llega, la catástrofe nunca es tan total como esperábamos. Por eso, como decía el filósofo francés Maurice Blanchot, “el apocalipsis decepciona”. Se desilusionan sólo quienes vivieron de ilusiones.

Todo o nada, aquí o ahora, victoria o muerte: también la revolución se pensó en el siglo XX como apocalipsis, con resultados desastrosos. Porque no hay Fin, no hay ningún final de la Historia, no hay última palabra, la pelea es interminable: la vida recomienza todo el rato. La temporalidad emancipadora es la del proceso, la del continuo, la de lo interminable.

Recomenzar no es repetir, sino partir de lo que hay y crear algo distinto. Toda creación es recreación. Nada de lo que fue está realmente concluido, se puede prolongar siempre. Reanimar y reactivar las potencias del pasado. Aprendamos de las comunidades indígenas que vivieron su propio fin del mundo hace 500 años y resisten, insisten, siguen existiendo.

El miedo al Fin no activa, sino que disuade. La catástrofe por venir paraliza. Hoy es el método mismo de gobierno: “Nosotros o el caos”. Hay que oponer, al imaginario apocalíptico del Fin, una lógica de la reanudación. Del recomienzo y la reconexión. El apocalipsis ya fue. Ahora es tiempo –siempre es tiempo– de reanudar con la vida. Habrá futuro por añadidura.

10/09/2022

Autor. Es investigador independiente, activista, editor, 'filósofo pirata'. Ha publicado recientemente 'Habitar y gobernar; inspiraciones para una nueva concepción política' (Ned ediciones, 2020) y 'La fuerza de los débiles; ensayo sobre la eficacia política' (Akal, 2021). Sus diferentes actividades y publicaciones pueden seguirse en www.filosofiapirata.net.

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Lunes, 12 Septiembre 2022 05:55

21 años después

Fuerzas progresistas en Estados Unidos invitan a jóvenes a la rebelión antineoliberal que se manifiesta en apoyo a causas de las mayorías multirraciales, que son el futuro demográfico del país. Nuevas generaciones participan en movimientos como Ocupa Wall Street o Black Lives Matter. La imagen es de archivo.Foto Afp

A 21 años del atentado del 11-S, las fuerzas progresistas estadunidenses tienen más poder político real y potencial que en cualquier momento en décadas, y a la vez enfrentan una ofensiva neofascista sin precedente que amenaza el futuro de la república estadunidense.

El "centro" político, el llamado“ mainstream”, admite que ya no tiene el control absoluto sobre el manejo de la política ni el consenso suficiente que había garantizado la "estabilidad" política durante las últimas décadas. Ahora se habla diariamente, y en los más altos niveles del poder, sobre amenazas sin precedente al sistema democrático y hasta de "guerra civil".

En el 21 aniversario de los atentados terroristas en Nueva York y Washington y la declaración de la aparentemente infinita "guerra contra el terror", parte del saldo son las incontables muertes, masivas violaciones de derechos humanos y la destrucción de varios países mientras un complejo militar-industrial estadunidense goza de presupuestos anuales que están por llegar a unos 850 mil millones de dólares anuales, gasto superior al total combinado de los siguientes nueve países con los más grandes presupuestos militares en el mundo.

Vale recordar que Noam Chomsky comentó a La Jornada inmediatamente después del 11-S que ese atentado beneficiaría sobre todo a la derecha mundial, y a la vez era un golpe severo contra las fuerzas progresistas, los inmigrantes y con terribles consecuencias en particular para el pueblo palestino.

Es posible que entre las víctimas, ahora se tendrá que incluir la misma democracia estadunidense.

Esa "guerra antiterrorista" aparentemente no contempló a "terroristas domésticos", componente de esa derecha beneficiada, que no tenían que cruzar fronteras, ya que fueron hechos en EU y que hoy día se han convertido en lo que el Departamento de Seguridad Nacional califica de la mayor amenaza doméstica a la seguridad nacional.

Parte de lo que nutre a esos movimientos extremistas, muchos de corte neofascista, es la devastación de las vidas de trabajadores y granjeros blancos en sectores rurales e industriales tradicionales, empezando en los años 70 junto con las consecuencias de la imposición del neoliberalismo durante los últimos 40 años. Fuerzas de la derecha, muchas financiadas por multimillonarios, lograron canalizar la ira y desesperación para lograr, entre otras cosas, el triunfo de Donald Trump.

Al mismo tiempo, fuerzas progresistas ofrecieron a esos mismos sectores y a los jóvenes una invitación a una rebelión antineoliberal que en los años recientes se manifiesta, entre otras cosas, en un apoyo electoral masivo para políticos como el senador Bernie Sanders y otros que se identificaron como "socialistas democráticos" –sigue asombrando que una mayoría de jóvenes en Estados Unidos hoy dicen favorecer al "socialismo"– o defensores de la causa de las mayorías multirraciales que son el futuro demográfico del país. Esta expresión fue nutrida por nuevas generaciones que participaron en movimientos altermundista y más tarde Ocupa Wall Street, Black Lives Matter y del renovado movimiento ambientalista, entre otros.

Hemos repetido que intentar reportar objetivamente sobre la pugna política en Estados Unidos durante los últimos seis años se ha tenido que recurrir a dos palabras que casi nunca se habían usado en décadas: fascismo y socialismo.

No es que haya desparecido la cúpula política, pero todos los días esa misma es obligada a reconocer que está enfrentando una crisis existencial.

Algunos se preguntan, 21 años después del 11-S, si aún existe la democracia en Estados Unidos.

"Hay un desconecte fatal entre un sistema político que promete igualdad democrática y libertad mientras lleva a cabo injusticias socioeconómicas que resultan en una desigualdad de ingreso grotesca y el estancamiento político. Logrado durante décadas, este desconecte ha extinguido a la democracia estadunidense", concluye el periodista Premio Pulitzer y analista Chris Hedges.

Y ahora, 21 años después, ¿qué sigue?

The Raconteurs. Old Enough. https://www.youtube.com/watch?v=1qahZ-whM6o

Trombone Shorty. Everybody in the World. https://open.spotify.com/track/70RbQvnu8FCOQmzViUfDue?si=a814d34e1f66401d

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Imagen: EFE

Luego de un domingo con giros en las tendencias habrá que esperar los resultados del miércoles

El partido de la primera ministra Magdalena Andersson fue el más votado, pero conservadores, cristianodemócratas, liberales y ultraderechistas sumarían juntos más apoyos que la izquierda.

La oposición de derecha y extrema derecha se perfila para ganar ajustadamente las elecciones generales del domingo en Suecia, con un alto índice de inflación, el aumento de los casos de criminalidad y la futura adhesión del país a la OTAN como telón de fondo. El Partido Socialdemócrata de Suecia (PSS) de la primera ministra Magdalena Andersson fue el más votado en las legislativas con un 30,5 por ciento de los votos, pero los cuatro partidos de derecha sumarían juntos más apoyos que la coalición de izquierda, según los resultados oficiales correspondientes al 94 por ciento de las mesas escrutadas.

La segunda formación más votada es el partido de extrema derecha Demócratas Suecos (DS) con un 20,7 por ciento de los votos, mientras que el Partido Moderado (PM) se quedaría con un 19 por ciento de apoyos. La situación es de un empate técnico entre los dos bloques, lo que pone en duda que el PSS pueda gobernar con un acuerdo de coalición o con apoyos puntuales en el Parlamento del Partido Verde, el Partido de Centro y el Partido de Izquierda.

Entre los cuatro partidos progresistas sumarían un 48,9 por ciento de votos, mientras que los otros cuatro partidos, si lograran entenderse, acumularían un 49,7 por ciento de los votos. La opción de un acuerdo de derecha parece sin embargo lejana ya que aunque la suma alcanzara para gobernar, es difícil imaginar un Ejecutivo liderado por los moderados cuando la ultraderecha lo supera claramente en votos.

La prudencia se impone ya que las diferencias entre un bloque y otro son mínimas, del orden de unos 50 mil votos para un electorado de 7,8 millones de personas. El resultado preliminar de las elecciones estará claro a más tardar el miércoles, cuando se haya sumado el voto en el exterior y el anticipado por correo.

Giro sorpresivo en la tendencia

Magdalena Andersson confirmó que no se iban a conocer los resultados definitivos el domingo aunque dijo que los socialdemócratas hicieron una buena elección. "El día de las elecciones, todos los votos tienen el mismo peso. Las mayores victorias no son de un solo partido o candidato, sino de la democracia", aseguró la primera ministra sueca. Por su parte el líder de los moderados y uno de los derrotados del domingo, Ulf Kristersson, advirtió: "No sabemos cómo terminarán estas elecciones. Pero fuimos a las elecciones creyendo que el cambio es posible y que podemos liderar ese cambio".

Tanto los sondeos a boca de urna como los votos de los primeros distritos apuntaban a una victoria apretada del bloque de Andersson, pero la tendencia empezó a invertirse cuando el recuento superó el 50 por ciento de los distritos electorales. El fuerte ascenso del DS y su condición de segunda fuerza generaría un problema en la oposición si se confirma su victoria: quién encabezaría un nuevo gobierno.

Avance de la ultraderecha

Durante la campaña electoral conservadores, cristianodemócratas y liberales se mostraron abiertos a pactar con la ultraderecha, pero no a que forme parte de un hipotético gobierno, mientras que el líder del DS, Jimmie Akesson, ha defendido que su partido integre un Ejecutivo de coalición. "Si hay cambio de poder vamos a tener una posición central en el nuevo gobierno. Nuestra ambición es formar parte del gobierno. Nuestra ambición es un Ejecutivo con mayoría, sería lo mejor para Suecia", dijo Akesson el domingo en la fiesta electoral de su partido.

Las elecciones legislativas de hace cuatro años ya fueron un drama, con un solo escaño a favor del bloque gubernamental, después de una semana de espera para tener un resultado definitivo, presagio de unas arduas negociaciones para formar gobierno que duraron 134 días, un récord en la historia sueca.

En estos comicios estaban en juego 349 escaños, en un sistema de representación proporcional en donde sólo los partidos con más del cuatro por ciento obtienen representación. Para ser investido el primer ministro no debe tener 175 votos o más en su contra, pero tampoco necesita contar con una mayoría absoluta que lo respalde. La distancia entre los dos bloques, con el 94 por ciento de los votos escrutados, era de 176 para la oposición y 173 para la centroizquierda gobernante.

La campaña estuvo dominada por temas en principio favorables a la agenda de la derecha, como la criminalidad, los problemas de integración de los migrantes y la disparada del precio de la energía.

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Posibles lecciones del referéndum constitucional en Chile

Organizar el descontento

Nadie organiza los levantamientos, los estallidos, las revueltas. Su lógica es más la del caos (una regla desconocida e impredecible) que la del orden (guiado por una mecánica lineal).

Un día Mohamed Buazzizi, un joven que tenía un tenderete de fruta en Túnez, se prende fuego desesperado por el maltrato de la policía. Estalla la primavera árabe. En Madrid, reprimen por la noche una concentración de jóvenes que han decidido acampar en la Puerta del Sol reclamando democracia real ya. Estalla el 15M. En Chile suben 30 centavos el metro y se despiertan treinta años acumulados de cansancio. Y lo mismo en la revolución rusa, la sandinista y las que vengan.

La represión suele ser la gota que desborda el vaso. Los revolucionarios profesionales de los que hablaba Lenin no crean la revolución, sino que la preparan y, llegado el caso, organizan el nuevo orden. Pero antes han llenado las calles de sustantivos y adjetivos. La antesala de toda revolución siempre es una gran conversación. Y antes de cualquier estallido, en las sociedades se ha ido larvando una gran conversación.

Los estallidos hay que organizarlos, como había que hacer con el desconcierto. Si no se organizan, suelen ver cómo su rebeldía se disuelve en el éter. Las aves cuando emigran siempre tienen alguna marcando la ruta, aunque se vayan turnando en esa tareas.

Los momentos de protesta son eso, momentos. En Chile, el estallido de octubre de 2019 fue el levantamiento popular de un pueblo cansado con el poder y su brutalidad cotidiana. Cansados ante un poder agotado al que no le quedaba más recurso que disparar a la gente. Los bandos eran claros. En un lado, supuestamente, el pueblo (que siempre está en construcción). En otro, más real, más concreto, más organizadas, las élites. En esa confrontación de las élites contra todos los que tienen alguna demanda insatisfecha, alguna reclamación o un enfado indefinido, se encuentras todos los enojados, sea cual sea su grado de impaciencia. El cemento que les une es la insatisfacción. Y como lo único que cuenta en ese momento es el acuerdo en quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos, no hace falta mucho más.

Después de la tormenta, poner rumbo

Después de esa fase destituyente viene la fase constituyente, la de crear un nuevo edificio. Ahí todo lo que estaba unido empieza a separarse. Porque para derribar un edificio basta con que cada uno agarre un pico y un martillo. Pero para levantar uno nuevo, o hay organización o es bastante probable que el edificio se levante torcido.

La Constituyente chilena tenía todos los requisitos teóricos para ser el ejemplo por excelencia de cómo debe hacerse una Constitución democrática. De alguna manera recordaba el intento constitucional en la República Democrática Alemana en 1990, cuando cayó el muro de Berlín, impulsado por los movimientos sociales que tumbaron el régimen comunista. Pero la arrogancia de la Guerra Fría prefirió anexionar a la Alemania comunista a golpe de talonario y esa promesa democrática se apagaría, poniendo a Europa camino de la guerra de Ucrania.

En Chile, la convención constituyente nació de un estallido social contra un gobierno autoritario que se reclamaba admirador del dictador Pinochet. El derechista Presidente Piñera tuvo que aceptar el referéndum sobre una nueva Constitución y el 80% de los chilenos (de los que votaron) dijeron que querían salir de la herencia pinochetista. Los electos satisfacían los paladares democráticos más exigentes. De los 155 miembros de la Convención Constituyente, 103 no respondían a ningún aparato partidista. La composición era paritaria, del mismo color intenso que Chile y con los pueblos originarios teniendo el papel que la historia siempre les negó. La victoria del referéndum abrió un gran debate y muchas expectativas. Seis meses después, Gabriel Boric, un activista estudiantil, era nombrado Presidente de Chile. En su toma de posesión dijo que se volvían a abrir las grandes alamedas. Allende regresaba a decirle a Pinochet que ellos, el pueblo, habían ganado. Pese a la represión, la muerte, las gafas de sol de torturador, sus robos y la capa de maleante. En su lugar, pura democracia horizontal abigarrada, desconcertada, múltiple y caótica.

Cuando te ocupas del árbol y te olvidas del bosque

Cada demanda, expresada en cada constituyente, en cada miembro de la convención, era compartida por la asamblea en un cuaderno de quejas asumido sobre la base de una regla (los dos tercios) que prometía acuerdo pero generó componendas no siempre bien trabadas. Con una terrible amenaza: el poder nunca deja de jugar sus bazas.

Cada error, salida de tono, ofensa a los símbolos patrios, mentira (como la del doliente enfermo de cáncer, el Pelao Vade, que resultó ser un fraude), idiotez o maximalismo iba a cargarse al conjunto de la Constitución. Ya se encargaba la oposición, con su control de los medios, de presentar cualquier extravagancia como la esencia del proyecto constitucional. No había una voz con auctoritas para decir qué era sensato y qué no iba. La horizontalidad no tiene algunas ventajas de la verticalidad (y viceversa).

Las razones de por qué la izquierda ha perdido el referéndum constitucional son variadas. Y la derrota ha sido sin paliativos, incluidas las comunas de Santiago donde es más difícil explicar por qué el Apruebo no ha ganado por goleada. Muchas de las razones se han señalado y tienen que ver con la escasa explicación de asuntos que vienen de largo y que tienen que ver con la identidad de los chilenos y chilenas, con medio siglo de neoliberalismo, con su individualismo y su "sálvese quien pueda", con el peso del racismo propio de buena parte de las sociedades latinoamericanas, con el peso de las diferentes iglesias (católicas y evangelistas), con la socialización conservadora y, no menor, con la capacidad de fuego mediático de las élites.

Así que el aborto, el papel de la justicia indígena, el mantenimiento de la unidad del país, el respeto a la propia vivienda, dejar las pensiones en herencia, la reelección del Presidente, la disolución del Senado y su sustitución por una cámara regional, el supuesto papel primordial de la justicia indígena sobre la estatal se mezclaron y tergiversaron en una campaña feroz de la derecha, que escondió a sus pinochetistas y encargó a expertos la campaña.

Una campaña donde todo lo que pudiera hacer daño iba a ser utilizado. A la derecha le sumaban las estridencias de una Convención que no siempre parecía seria (y a la que le ha faltado técnica constitucional); le sumaba el enfado con el gobierno de Boric, fuera por la inflación y la violencia urbana y rural como realidades novedosas, o por su supuesta moderación. Le sumaba que algunos les molestara apenas uno,o dos o tres artículos de una Constitución que en general les parecía bien pero que, pensaban, podía mejorarse. Todo acumulando para que primara el No sobre el Sí. Si encima se planteaba que el texto nada más aprobarse iba ya a ser reformado, o que en el horizonte inmediato estaba una nueva redacción de otra Constitución, ¿quién con alguna duda no iba a preferir ganar algo de tiempo? La obligatoriedad del voto, por vez primera desde 2012, era igualmente una invitación al rechazo. Si no lo veo claro y me obligan a votar, gano tiempo rechazando ahora y ya veremos después.

Hemos visto esta semana esposado y camino de la cárcel a Steve Bannon, el artífice de la victoria de Donald Trump y gran creador de las fake news junto al cerebro gris de la FOX, Roger Ailes. Bannon ha enseñado a toda la derecha occidental a mentir. Grandes adelantados han sido las derechas chilena y española. La magnitud de las mentiras de los partidarios del rechazo en Chile no ha tenido tasa. Se iba a romper Chile, les iban a quitar las casas y los carros, el país iba a convertirse en Venezuela... No eran solo los titulares, las tertulias, los informativos mintiendo: imprimieron decenas de miles de falsas constituciones imitando a la verdadera pero incorporando barbaridades, como que se podía abortar hasta unos días antes de dar a luz. Y una vez que la Convención terminó su trabajo, quienes tomaron el mando fueron los medios de comunicación.

Una explicación a explorar: ¿puede aprobarse una Constitución sin liderazgo?

Hay una explicación de la perdida del referéndum poco explorada que tiene que ver con la falta de liderazgo del proceso. Vinculado a esta ausencia, también la desaparición en el proceso constituyente de los partidos de izquierda (por su juventud, su fragmentación, su vaciamiento por la llegada al gobierno, por la falta de democracia interna, por su falta de debate a medio y largo plazo).

Una Constitución no son la suma de todos sus artículos, sino la lógica común que emana del conjunto. Los movimientos sociales representados en la Convención defendían cada cual su árbol. ¿Quién defendía el bosque? La derecha aprovechaba y decía que el bosque ardía. En esa falta de liderazgo –la legislación chilena impedía que el Presidente se decantara por una opción en el referéndum-, la izquierda se dejó robar la identidad chilena. Y se la dejó a los que asesinaron a Allende. Quizá fuera exagerada, pero no le faltaba razón a Gustavo Petro cuando veía cierta victoria de Pinochet en el triunfo del rechazo. No porque todos los que votaran No fueran pinochetistas, sino porque las "tres comunas" fueron los que tuvieron desde el comienzo clara la estrategia. Y porque el Plan Cóndor, del que participó Pinochet, persiguió a demócratas como Petro.

Pero la derecha se equivoca: los ocho millones que han votado en contra ni son de su cuerda ni comulgan con los planes reaccionarios de la derecha. La condición paritaria, los derechos de las mujeres y de los pueblos originarios, la comprensión de Chile como un Estado social y democrático de derecho han venido para quedarse. Una parte importante de esos ocho millones que han votado por el Rechazo, junto a los cinco millones que han votado por el apruebo, quieren un Chile diferente y la izquierda les tiene que dar una nación que vuelva a hacerles vibrar porque les cuida.

Es imposible que un proyecto de Constitución triunfe a día de hoy sin una gran conversación en la sociedad civil y por supuesto en los movimientos sociales–para lo que hace falta dar respuesta al control mediático por parte de la derecha-, no puede triunfar tampoco sin organización –para lo que hacen falta partidos-movimiento que estén en las instituciones, en las calles y en los movimientos, que sean democráticos internamente y que entiendan el momento que vivimos de crisis del modelo neoliberal- y por último y no menor, sin un claro liderazgo que tiene la función de sumar coherentemente las piezas del puzle. Un liderazgo que exprese el nuevo Chile y todos los nuevos derechos que le han sido hurtados durante medio siglo.

Y la constituyente sigue

Chile quiere una nueva Constitución y en ese país de experimentos hay que seguir siendo creativos. El Presidente Boric ya ha dicho que comienza a trabajar en esa dirección. Es de pura lógica que la discusión constitucional arranque desde el texto construido en la Convención, apoyado por cinco millones de chilenos, mientras que la Constitución de Pinochet es la de una dictadura. Igual que debe atenderse a la experiencia constitucional acumulada después y más allá del texto reaccionario de 1980.  No debe tampoco desperdiciarse la participación popular y las iniciativas populares (que son un salto de inteligencia democrática), pero ha faltado mucha técnica constitucional. Una Constitución no es un reglamento prolijo y detallado. Por eso hará falta acompañarla con experticia parlamentaria y de los partidos. La democracia en el siglo XXI es una suma entreverada constantemente entre los adentros y los afueras de las instituciones.

La derrota en el plebiscito no debe significar ceder la voluntad de cambio que expresó el pueblo chileno y tampoco correr el gobierno a la derecha esperando así cualquier indulgencia. Porque no la habrá. Pactar con la antigua convergencia no significa abandonar el estado social. Quizá todo lo contrario. Puedes hacer más plural el gobierno pero mantener las propuestas. Gustavo Petro está ensayando esa posibilidad. Ocho de cada diez chilenos, al margen de lo que votaran, apoyan una universidad superior gratuita y la defensa del agua como un bien inapropiable. Siete de cada diez quieren el Estado social y democrático de derecho y una democracia participativa e inclusiva, así como el reconocimiento constitucional de los pueblos originarios. Seis de cada diez quieren un sistema de pensiones público y el derecho al aborto y la mitad del país apuesta por un sistema de salud universal y público. Todo esto son logros, pese a cincuenta años de propaganda neoliberal, que deben estar en el nuevo texto constitucional.

El gobierno de Boric, al que sigue mirando todo el continente, debe aprovechar eso que solo enseñan las derrotas: no repetir los errores.

11/09/2022

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Noam Chomsky durante una visita a México en 2017.Foto Marco Peláez

Trump busca construir una alianza reaccionaria, afirma

En décadas recientes, el Partido Republicano ha derivado hacia el extremo más reaccionario. Trump sólo aceleró y cimentó la transición de ese partido hacia una organización antidemocrática y protofascista. Pero el fenómeno Trump es también singular en otros aspectos, y su impacto en la política se sentirá durante muchos años.

En esta entrevista, Noam Choms­ky ofrece un profundo análisis de la evolución del entorno político estadunidense y de cómo la lucha de clases y la represión han convertido a la cultura empresarial en la fuerza dominante, que ha llevado a la sociedad de Estados Unidos hacia una distopía neoliberal. También arroja luz sobre por qué el Partido Republicano ha convertido la política del país en una batalla cultural, al postular políticas que suprimen los derechos sociales y ahorcan la libertad intelectual.

  1. J. Polychroniou (CJP): Noam, el Partido Republicano se ha convertido en una organización descaradamente antidemocrática, que conduce a Estados Unidos hacia el autoritarismo. ¿Qué es lo que da forma a su carácter actual?

Noam Chomsky (NC): Lo que se despliega ante nuestros ojos es una especie de tragedia clásica, cuya sombría conclusión viene dada de antemano. Los orígenes están muy arraigados en la historia de una sociedad que ha sido libre y próspera para los privilegiados, terrible para los que se interponen en su camino.

En la guerra abierta de clases de los años neoliberales, los partidos políticos se adaptaron al asalto de las empresas y ayudaron a acelerarlo. Los demócratas abandonaron su limitado compromiso con la clase trabajadora y se volvieron un partido de acaudalados profesionales. Los republicanos moderados, que apenas si se distinguían de los demócratas liberales, desaparecieron.

Es muy notable ver lo que ha ocurrido a los restos de lo que alguna vez fue un auténtico partido, en el caso republicano. Actualmente, las calificaciones para el Congreso se reducen en gran parte a votar "no" si McConnell lo ordena y hacer viajes ocasionales a Mar-a-Lago para sacar brillo a los zapatos de Trump.

La base popular del partido ha sido afectada por esta declinación, en particular en los años del culto a Trump. Alrededor de 70 por ciento cree que la elección de 2020 fue robada. Dos tercios “creen que los cambios demográficos del país son orquestados por ‘líderes liberales que intentan ganar poder político remplazando a más electores blancos conservadores’”, la teoría de la gran sustitución, que hace no mucho tiempo se restringía a la periferia neonazi.

Trump ha expresado con claridad su intención de "secar el pantano", al destruir el servicio civil no partidista que es el fundamento de cualquier cosa parecida a una democracia. Las recientes conferencias en Budapest y Dallas, en las que la Conferencia de Acción Política Conservadora –el eje del Partido Republicano– fue la atracción principal, dejaron en claro hacia dónde se dirige la organización. Su guía es Viktor Orbán, cuyo gobierno cristiano radical racista y protofascista es ensalzado como el ideal para el futuro. Para el mundo, es probable que se consolide el proyecto de Trump de construir una alianza de brutales estados reaccionarios. Y, peor aún, el mundo se acercará al desastre terminal en tanto fluyen las ganancias hacia las compañías de combustibles fósiles.

No podemos exagerar la importancia del hecho de que hoy día la mera supervivencia está en riesgo.

CJP: Los republicanos están mucho menos divididos sobre la cultura que los demócratas. ¿Será por eso que ese partido se esfuerza tanto en las luchas culturales en su intento de regresar al poder?

NC: Ese partido ha tenido un problema desde que eliminó sus elementos más liberales y adoptó el proyecto neoliberal de Powell-Friedman y compañía, desde principios de la década de 1970, y ganó el poder con Reagan. Expresado en términos simples, no es posible acercarse a los electores diciendo: "Voy a dejarte en cueros y a destruir todos tus sistemas de apoyo, así que vota por mí". Ni siquiera un operador político como Trump podría hacer eso. Tiene que plantarse con una pancarta en una mano que diga "Te amo", mientras con la otra nos da una puñalada en la espalda con los programas legislativos reales.

La solución son las guerras culturales, que desvían la atención de las políticas. Y está claro qué es lo que funciona con la población objetivo: el supremacismo blanco, el nacionalismo cristiano, el rechazo al aborto, montones de armas, no más escuelas públicas que molestan a los niños blancos enseñando historia o biología básica, no a la educación pública en general porque es manejada por fanáticos sexuales y marxistas.

El esfuerzo por eliminar la educación pública tiene un papel esencial en la embestida neoliberal que busca atomizar a la población y destruir los lazos sociales. Ha causado severo daño a lo que había sido una importante contribución estadunidense a la democracia: la educación pública de masas.

La izquierda del Partido Demócrata apoya a su manera la explotación de los "temas culturales" que hacen los republicanos. La política de clases, los derechos de los trabajadores e incluso los temas sociales y económicos han sido hechos de lado.

Los amos de la humanidad tienen claros sus intereses

CJP: La relación de larga data del Partido Republicano con los grandes consorcios muestra signos de profunda fricción sobre las causas sociales y culturales. ¿Qué probabilidad hay de que podamos presenciar un divorcio entre las dos entidades?

NC: No es muy probable. Creo que los amos de la humanidad entienden muy bien dónde están sus intereses y continuarán apoyando a los elementos proempresariales de los dos partidos, haciendo a un lado la retórica de que no esperan que éstos se traduzcan en políticas. Ese respaldo puede ser fastuoso ahora que las decisiones de la Suprema Corte ponen pocos límites a la compra de elecciones (Buckley vs. Valeo, Citizens United), que es sólo uno de los medios por los que los amos pueden asegurar que sus intereses "se puedan atender del modo más peculiar".

CJP: Ha habido guerra de clases en Estados Unidos durante los 40 años pasados, y ha sido de un solo lado. Sin embargo, existen sucesos políticos recientes que indican que ya no es de un solo lado. ¿Está de acuerdo con esta evaluación?

NC: La guerra de clases es incesante, pero existen variaciones en cuanto a qué tan unilateral es. Por muchas razones históricas, Estados Unidos ha tenido un empresariado con gran conciencia de clase y extraordinariamente poderoso, que es la razón de fondo de la violencia y brutalidad de su historia laboral y de la falta de beneficios sociales, que ahora es extrema en términos comparativos. El periodo del Nuevo Trato fue una pausa, que se extendió hacia la década de 1970, que fue de transición y condujo a la reanudación de la guerra de clases de alta intensidad. En los años recientes ha habido un renovado compromiso popular con cierta forma de democracia social, en parte bajo el muy efectivo liderazgo de Bernie Sanders, en parte a través de movimientos populares.

Si bien con desgano, algunos segmentos del mundo empresarial toman algunas medidas que reflejan las preocupaciones populares por la supervivencia. Sin embargo, me parece que no basta para crear una tregua entre los amos y las organizaciones políticas que en su mayor parte les han servido con lealtad.

CJP: La iniciativa de reconciliación Schumer-Manchin, que Joe Biden promulgó como ley, reafirmó la idea de que las políticas de transformación son extremadamente difíciles en el sistema bipartidista. ¿Qué opina de la situación política en relación con la Ley de Reducción de la Inflación?

NC: Hace mucho tiempo se observó que Estados Unidos es en esencia un Estado monopartidista: el partido empresarial, con dos facciones, demócratas y republicanos. Ahora existe una sola facción: los demócratas. Los republicanos difícilmente califican como un auténtico partido parlamentario. Eso es muy explícito bajo el liderazgo de McConnell. Cuando Obama asumió el cargo, McConnell dejó en claro que su objetivo primordial era asegurar que Obama no pudiera lograr nada, de modo que los republicanos pudiesen volver al poder.

Ahora, con un puñado de demócratas de derecha que secundan a la unánime oposición republicana, la plataforma de Biden ha sido recortada severamente. Tal vez el presidente hubiera podido hacer más, pero se le culpa injustamente, me parece, por el fracaso de lo que habrían sido programas constructivos que se necesitan con urgencia. Uno de ellos era su programa sobre el clima, inadecuado, pero mucho mejor que cualquiera que lo haya precedido y que, de ser aprobado, habría sido un paso adelante.

La situación política es horrible, y es muy probable que se vuelva mucho peor en noviembre, si los republicanos se hacen del poder. Es probable que empeore tanto, que literalmente amenace la supervivencia, "como ninguna persona en su sano juicio puede negar", para citar al muy estimable juez Powell.

Publicado originalmente en Truthout.

Traducción: Jorge Anaya

Versión completa en La Jornada-on-line: https://bit.ly/3L33nlS

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Sábado, 10 Septiembre 2022 05:51

Chile, las preguntas que dejó el plebiscito

. Imagen: AFP

Llueve en Santiago de Chile. Otra vez los camiones hidrantes, el agua con químicos, los estudiantes que corren, gritan “pacos culeaos”, vuelven a la carga sobre la avenida Alameda. La imagen parece de años atrás, cuando en estas mismas calles, ante estos mismos chorros de agua, se producían movilizaciones de estudiantes encabezadas por algunos de quienes están hoy frente al Palacio de La Moneda. Es la segunda marcha seguida de represión en la semana luego del plebiscito, otra vez los “cabros” con bronca frente a los Carabineros comandados por el mismo General Director, Ricardo Yánez, que durante el anterior gobierno de Sebastián Piñera.

Quien estuvo al frente del ministerio del Interior, Izkia Siches, bajo cuya órbita se encuentra Carabineros, ya no está más en su cargo: salió del gabinete luego de la derrota del domingo pasado. En su lugar ingresó Carolina Tohá, del Partido Por la Democracia (PPD), proveniente de la ex Concertación. El discurso ante lo ocurrido es que “aquí no hay una interpelación de una demanda del pueblo chileno, hay hechos de violencia que el pueblo rechaza mayoritariamente (…) no puede ser que los estudiantes sirvan de primera línea de grupos de choque”, afirmó Manuel Monsalve, número dos del ministerio, del Partido Socialista (PS).

El ingreso de Tohá ocurrió en el marco de los cambios efectuados que dieron mayor espacio a integrantes de la ex Concertación. Es el caso, por ejemplo, de la nueva ministra de la Secretaría General de la Presidencia, Ana Lya Uriarte, del PS, en remplazo de Giorgio Jackson del Frente Amplio (FA) que pasó a encabezar el ministerio de Desarrollo Social. Ese día de cambios también ocurrió un retroceso hecho público: el nuevo Secretario del Interior iba a ser Nicolás Cataldo, del Partido Comunista (PC), pero su nombramiento fue descartado luego de las presiones de los partidos de oposición. Temblor y concesiones, una imagen post derrota del plebiscito que fue un cross a la mandíbula a seis meses de iniciado el Gobierno.

¿Qué pasó?

La pregunta no cesa de dar vueltas. Cómo fue que de los casi 4,5 millones de nuevos electores, la casi totalidad votara por el Rechazo. Cómo obtuvo 25 puntos de diferencia sobre el Apruebo. Cómo no se lo vio venir. El efecto de optimismo por la masividad de los “apruebazos” y el cierre de campaña en Santiago pueden haber empañado la percepción del ánimo social, no haber detectado una gran mayoría silenciosa que emergió y dijo no al texto redactado durante un año por la Convención Constitucional. No votó a favor de la Constitución vigente, tampoco se pronunció por una propuesta alterna: rechazó la propuesta, o su interpretación, muchas veces mediada, de la misma.

Una de las explicaciones sobre la derrota fue la eficacia de la campaña de miedo. El Centro de Investigación Periodística publicó un análisis realizado en zonas populares de Santiago donde relevó algunas de las razones del Rechazo. Las más repetidas fueron en primer lugar el temor a que las viviendas serían expropiadas por el Estado o no serían heredable; en segundo término, la plurinacionalidad y la división del país; como tercer punto que los fondos de pensiones no serían heredables o serían expropiados; como cuarta razón las críticas al presidente Gabriel Boric y el Gobierno; y, quinto, la crítica a quienes redactaron el texto. También estuvieron presentes el rechazo al aborto, los derechos de diversidad sexual, y el rechazo a los políticos.

Los tres primeros puntos señalados fueron los ejes centrales sobre los cuales se centró la campaña, lo cual evidencia su efectividad. El eje de las pensiones fue el primero en golpear fuertemente a fin de marzo, con titulares falsos como “los trabajadores ya no serán dueños de sus ahorros previsionales”. El Gobierno recién asumía, y estaba por oponerse al proyecto de quinto retiro de los fondos previsionales -retiro del 10% por parte de las personas de sus ahorros de jubilación-, una demanda social extendida luego de los cuatro retiros realizados bajo el anterior Gobierno durante la pandemia y crisis. Las figuras del actual Gobierno habían hecho campaña a favor de los retiros anteriores. “No cumplió”, fue la expresión de una señora que votó el Rechazo y había votado por Boric en el 2021.

La campaña del Apruebo, que comenzó en julio luego de que la Convención Constitucional le entregara el texto a Boric, no contó con figuras claras a su cabeza. El Gobierno respaldó la propuesta de Constitución desde su lugar limitado institucionalmente, a su vez que la cuestionó en parte al sostener que debería ser reformada en caso de ser aprobada. ¿Cuánto tuvo que ver en el plebiscito una ausencia de dirección clara o la situación del mismo Gobierno? Algunos números son llamativos: el Apruebo obtuvo 38.3 por ciento, es decir al porcentaje de aprobación con que cuenta el Gobierno según varias encuestas.

Mayorías volátiles

Victorias y derrotas breves, es una de las síntesis de época que se ha hecho común en varios análisis. El caso chileno no escapó a esa temporalidad. Si el cálculo del Gobierno era esperar la aprobación de la nueva Constitución para iniciar grandes o medianos cambios, entonces la apuesta no resultó. El Gobierno se encuentra más débil, obligado a concesiones como darle más espacio a actores de la ex Concertación que están ahora al frente de los principales ministerios: Hacienda, Cancillería, Interior, Defensa, Secretaría de Presidencia, y Minería, además de puestos de dirección en otras carteas.

Es cierto que la coalición que ganó las elecciones, FA y PC, cuenta con poca experiencia de Gobierno. También que la incorporación central de los aliados puede otorgar gobernabilidad, pero bajo el riesgo de convertirse en continuidad del statu quo impugnado masivamente a partir de octubre de 2019. Esa impugnación no fue lineal, muchos de quienes estuvieron en las calles durante esos meses votaron luego de maneras contradictorias: Apruebo en el plebiscito de 2020, Boric en 2021, pero también al candidato Franco Parisi que hizo campaña desde Estados Unidos, o al mismo José Antonio Kast, y seguramente también Rechazo en 2022. Y muchos nunca fueron a las urnas, hasta este domingo de votación obligatoria.

Boric asumió en un país con movimientos de fondo que no se estabilizaron. Existen varias demandas cruzadas, como de transformaciones y orden, o un orden que lleve adelante los cambios, que no necesariamente son de izquierda, como retiro de pensiones, freno de la inflación, ayudas sociales, seguridad. Otros, que podrían situarse como más claramente progresistas, también tienen apoyo, como educación superior gratuita o un sistema de seguridad pública, como muestra la encuesta de Feedback post plebiscito, donde también se indica que, por ejemplo, la justicia indígena no tiene consenso mayoritario.

Los movimientos de gabinete indican una búsqueda de estabilización política post plebiscito, ante un escenario de negociación con la oposición de cara a establecer acuerdos legislativos, como la reforma tributaria impulsada por el Gobierno y el camino para convocar a la nueva Convención Constitucional. Mientras, las movilizaciones mostraron que puede regresar una conflictividad en las calles ante un Gobierno que se encuentra en un difícil y frágil centro político, tironeado entre su equilibrio interno, la presión de la derecha, la necesidad de impulsar cambios, y el peligro de la frustración social por falta de respuestas.

 

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Viernes, 09 Septiembre 2022 05:40

Chile, la suerte echada

Chile, la suerte echada

Sigo pensando que un comienzo es necesario. Pero ahora, como muchos en Chile, en vez de miedo a lo que pueda ocurrir siento alivio por lo que viene

Es triste decirlo, pero supe de la derrota del Apruebo en el plebiscito chileno del 4 de septiembre pasado unos cinco o seis días antes de la votación. Fue una predicción involuntaria –aunque no de la magnitud acontecida– y ocurrió luego de ver Mi país imaginario, la nueva película de Patricio Guzmán que fue liberada por su realizador como apoyo a la campaña por una nueva Constitución la semana anterior al plebiscito. 

Advierto que soy un admirador de La batalla de Chile y otras muchas películas que Guzmán ha realizado desde que se radicó en Francia a fines de los años 70, por lo que no se trata en ningún caso de pedirle cuentas a partir de contingencias electorales desfavorables a sus decisiones artísticas. Lejos de eso, La memoria obstinada (1997) y Nostalgia de la luz (2010) son verdaderos hitos cinematográficos en la búsqueda de cura para un país atrapado en las heridas de un viejo trauma histórico. Son filmes notables justamente por esa mixtura de distanciamiento e inmersión en los fantasmas del pasado, donde la autoría documental no esconde un punto de vista partisano pero no por ello menos exacto y crítico. 

En honor quizá a ese carácter distanciado, Mi país imaginario arranca con un breve homenaje a Chris Marker, el maestro de la imagen en filmes como La Jetée (1962) y Sans Soleil (1982), con el cual Guzmán introduce su nueva película insertando imágenes de El primer año, documental rodado en 1971 durante el comienzo del gobierno de Salvador Allende. Enseguida, el filme incorpora escenas de batalla y apedreo en la Plaza Italia durante el estallido de octubre de 2019 para exponer el escenario de una heroicidad espontánea en la presencia de los jóvenes de la primera línea, epítomes del tiempo recobrado à la Proust. Fiel a su método, Guzmán busca las causas de esa rebelión en sus protagonistas, las víctimas, las literatas y periodistas que apoyen la interpretación de los hechos, las proyecciones que el movimiento de revuelta suscita en una sociedad anestesiada por el neoliberalismo. Las brigadas de asistencia sanitaria en las calles contrastan con las grotescas apariciones del presidente Piñera en la televisión. No hay donde perderse: el país imaginario de Guzmán está en las calles de ese octubre violento que se incendia como un largo derrame. 

Al igual que los convencionales Stingo, Baradit, Politzer, y Loncón, las reglas de la imagen aquí las pone el director. No hay Rojas Vade (miembro de la Convención Constitucional hasta su renuncia en marzo de 2022) falseando su condición de constituyente con un cáncer terminal, no hay maximalismo en las ceremonias y rituales de la Pachamama, no hay abuso en las pifias y abucheos al himno nacional, no hay nada impropio en aprobar desde la ducha de la casa un articulado de la nueva carta fundamental. En el fondo, para la Convención Constitucional que filma Guzmán no hay problema con los trasuntos del estallido que se manifiestan en la conducta de la Convención Constitucional, ni constituye conflicto alguno que, en una de esas, hasta tiemble la democracia al grito de el pueblo unido avanza sin partidos. Es el fin de una era, finalmente, de un largo ciclo histórico, reflexiona en VO el realizador, y quien no lo entienda así carece de madurez para sintonizar con este comienzo pletórico de buenismo mesiánico. Reductivo hasta el escándalo, el filme borra con el codo todas las prácticas dramáticas que enfrentaban a unos con otros en La batalla de Chile, y que hacía del filme un juego de posiciones ejemplar cuando dos fuerzas se enfrentan por el poder. O la magnífica alegoría del polvo de estrellas en los cielos del norte pareados con la búsqueda de huesos en el desierto por parte de las madres y familiares de desaparecidos. Me pregunto dónde, en qué parte de Mi país imaginario quedó esa visión que ampliaba los fenómenos hasta volverlos sensibles e incontestables. ¿Por qué Guzmán no visitó Colchane, donde los inmigrantes sin documentos hacen nata y donde el día del plebiscito el Rechazo ganó con un 94,7% sobre el Apruebo? ¿Por qué no fue al sur donde la guerra de Llaitul y el extremismo indigenista se alimenta de robos, quemas, amenazas y asesinatos contra los residentes del lugar? ¿Por qué Guzmán no visita la angustia e incertidumbre de los barrios populares atacados por la delincuencia ni habla con quienes, sin tener un pelo de retrógrados, dudaron hasta el último minuto entre Aprobar o Rechazar la propuesta constitucional? ¿Por qué, en el fondo, en Mi país imaginario solo hay imágenes de un beato convencido de su propia doctrina en vez de contradicciones, incertezas, luchas y conflictos, salvo los que se libran con los fantasmas del pasado y la revolución? 

Misterio, pero no viene al caso juzgar a Guzmán. Ya vendrán nuevas películas que hagan honor al conjunto de su obra. Lo que importa aquí, lo terrible de Mi país imaginario, es la correspondencia que se establece entre sus imágenes y la prefiguración del fracaso en el relato del Apruebo. De hecho el metraje del documental repite como en un guión de hierro cada una de las falsas premisas que llevaron a la derrota total a la Convención Constitucional este 4 de septiembre. Gruesos errores no forzados y al menos dos falsedades explican este fracaso lo mismo que la sensación de estafa que deja el documental. Una primera falsedad a la vista fue atribuirle al estallido social la realización del plebiscito en pro de una nueva Constitución. No fue así: ni el PC ni los sectores ultras deseaban una solución democrática a la revuelta, apostando por la vía insurreccional y el desfondamiento institucional para salir de la crisis. Fue un pacto político encabezado por el actual presidente Gabriel Boric quien allanó el camino para un acuerdo amplio del Congreso entre todos los partidos en procura de una salida democrática, liderazgo que le valió la condena de sus propios adeptos y una funa pública con escupitajos incluidos. 

Se podrá discutir el punto de que sin la gente en las calles no habría habido pacto político alguno, pero eso fue exactamente lo que se intentó: quebrar toda negociación, amenazando incluso con ‘rodear a la Convención’ si se conducía con criterios de ‘cocina política’ en los debates. Es decir, se rechazaba la política en caso de que no favoreciera estrictamente los designios de las agendas políticas de la revuelta. Aprobado el plebiscito de entrada con un 80% del voto ciudadano, empezaron los errores no forzados. El primero fue la conducta arrogante y mesiánica que la Convención adoptó como identidad corporativa, acallando a la disidencia y condenando los 30 años de democracia previa como un tiempo perdido ante los verdaderos desafíos del país. Casi de inmediato el lenguaje inclusivo, la paridad de género, la plurinacionalidad y el opio de las redes sociales se apoderó de la actuación de los convencionales, que discutían y legislaban tuiteando con la galería en vez de acordar puntos comunes con sus colegas. Entre medio hubo estafas diversas y falsificaciones que más vale olvidar, pero fue bajo esta modalidad de asamblea y narcisismo galopante donde nació el proyecto de Constitución.  

Luego, una segunda premisa falsa, que era más bien una falacia, vino a sumarse a lo anterior: la votación del 4S se definía entre el apoyo a la Constitución de Pinochet y el nuevo texto redactado por la Convención. Este relato no solo pasaba por alto las variadas y sucesivas reformas que el texto de 1980 había sufrido durante los años de transición, sino que arrastraba consigo algo más grave como consecuencia lógica: transformaba una decisión política y electoral en un discurso moral. Los hombres y las mujeres del futuro estaban con la Convención y su texto, los corruptos de los últimos treinta años de democracia apoyaban la Constitución de Pinochet. Los propios exdirigentes de la Concertación por la Democracia se tragaron la mentira con aceite de ricino para paliar la náusea, y en un carnaval de malabarismos políticos sirvieron de voceros a quienes los despreciaban con total transparencia desde el día uno de la Convención. Peor aún: esta falacia operó como anteojera e impidió mirar el país real que tenían al frente, cuyas preocupaciones por cierto estaban tan lejos de apoyar o condenar a Pinochet como los miembros de la Convención Constitucional lo estaban de la realidad. Hasta ahora, ni aun en la derrota, los voceros de la campaña han logrado superar su propia mentira de representar una opción moral, ya que en caso de hacerlo tendrían que invalidarse ellos mismos como actores políticos luego del resultado electoral. Supongo que algo parecido ocurre con Pablo Iglesias de Podemos y el nuevo presidente de Colombia, Gustavo Petro, cuyas condolencias trasuntaron el mismo gustillo de pretensión moral que tanto daño hizo a los objetivos del Apruebo. Esta superioridad discursiva, voceada incluso por un ministro de Estado que hace solo unos años pasaba el gorro entre simpatizantes de los gobiernos de la Concertación para financiar su campaña a diputado, se cobró un alto precio entre los electores que fueron tratados de ‘fachos pobres’ e ignorantes, muy a la manera en que Hillary Clinton calificó de “pueblo deplorable” a quienes seguían a Trump, iniciando así el derrumbe de su campaña a la presidencia en 2016. 

Los seres de luz, los seres de moral, en verdad deberían estar prohibidos en la política. O al menos restringidos a circular en el recinto de una iglesia o de un hospital en tiempo de elecciones. Más todavía si se empeñan en hacer de una teoría académica una ley de la República. El clímax de este abismo con el mundo popular que decían representar se vivió en Valparaíso, a una semana de la votación: una performance de vanguardistas inclusivos se pasó literalmente por el culo la bandera nacional durante un acto oficial del Apruebo. La idea era hacer un símil del aborto, donde la bandera era propiamente la criatura a expulsar. El mal gusto, unido al grotesco orgullo de los actores, fue cubierto de disculpas y excusas de los organizadores, que poco pudieron hacer para borrar la impresión de vivir en mundos distintos, sin relación de continuidad cultural ni valórica entre uno y otro. Ni las apariciones desabridas de Susan Sarandon ni del infumable Mark Ruffalo con mensajes de apoyo lograron enderezar esta fatal incursión por los signos donde el Apruebo avergonzó a sus propios partidarios. 

Finalmente, un último error no forzado fue el miedo que se impuso como clima de bienvenida a la nueva Constitución. De pronto la felicidad era aterradora. Todos fuimos acusados de algo en algún momento. Y la culpa no era mía, ni por quién votaba ni lo que leía, para parafrasear a las feministas de Las Tesis. Fuimos timoratos, premodernos, traidores, acomplejados, borrachos o ladrones, mientras exministros y viejos dirigentes de la Concertación posaban ante las cámaras, camuflados de apruebistas y contemporáneos del nuevo Chile que nacía con la propuesta constitucional, olvidándolos a ellos en primer lugar. Un espectáculo tristísimo, en verdad: al final yo mismo me aburrí de aclararle a los descerebrados que me insultaban por redes sociales de que no era yo de quien hablaban sino de mi hermano Ricardo, exdirector del Museo de la Memoria y crítico activo a favor del Rechazo. 

El miedo no es monopolio de la derecha ni la izquierda, sino de quien ejerce el poder o ha sido empoderado para ejercerlo, viendo allí una herramienta de alta capacidad coercitiva, e incluso movilizadora. El miedo a una insurrección popular que proponía quemarlo todo; el miedo a una reacción de ultraderecha que remilitarizara el país; el miedo a hablar y hacerse oír en un espacio público intoxicado por la intolerancia, los patoteos y las funas; el miedo a la cancelación, a la disidencia, a la mentira y el falseamiento de los hechos. El miedo a los iluminados y redentores del pasado, a los activistas performáticos, a la criminalidad en los barrios, a la crisis migratoria en el norte y el bandolerismo ideológico en el sur. El miedo, en fin, a una propuesta de Nueva Constitución que parecía promover las bondades del todo vale y operaba como el brazo ilustrado de la violencia política en que se fue convirtiendo el sueño de la razón. 

Ya bien decía Barthes que el fascismo no es impedirle a alguien decir algo, sino obligar a decirlo. Acusar a los electores de timoratos ante una propuesta política que requiere una moral superior para asumirla, es tan reaccionario y anticlimático como considerarse elegido sin haber ganado todavía la elección. Y sin embargo eso fue lo que ocurrió con el Apruebo: derrotado en todas la regiones del país, en los centros urbanos y en las aldeas remotas, en las comunas más pobres y en las más ricas, entre los que ganan millones y entre los que ganan solo miserias, en los quintiles más bajos y en los más altos, la misma democracia se encargó de castigar a la moral con un estallido en las urnas. La elección del 4S no fue entre Pinochet y la Nueva Constitución, sino entre la realidad de un Chile tan complejo como múltiple y el país imaginario que filmó Guzmán abrazado a la Convención. La mayor evidencia de lo anterior es que el miedo murió la noche del plebiscito con el peso de casi ocho millones de votos por el Rechazo sobre un total de trece millones de electores, con una diferencia más de tres millones sobre el Apruebo en la participación ciudadana más grande desde el retorno a la democracia en 1990. 

No quisiera ser cruel con el Apruebo. Muchos de mis amigos están allí, heridos, honestos e irredimibles en su humanidad, así como hijos, sobrinos, familiares y conocidos (no así los meros turistas de la justicia social que luego de esta pasada volverán a sus carreras en la televisión y los programas de moda). Yo mismo voté Apruebo porque sigo pensando que un comienzo es necesario. Pero ahora, como muchos en Chile, en vez de miedo a lo que pueda ocurrir siento alivio por lo que viene. Nada se ha perdido de ese inicio si acaso la izquierda y el progresismo dejan de mentirse, abandonan la revancha del 73, el rencor de los noventa, la cultura del pueblo unido jamás será vencido y otras alegorías de la derrota, la cultura de los apoyos de Hollywood y las fábulas morales de Giorgio Jackson. Aquí son los chilenos con las chilenas, y para los chilenos y las chilenas, quienes deben mantener vivo el proceso constituyente que, entre otras muchas cosas, validó el espacio de los pueblos originarios como parte de su propia esencia. Ese fue el mandado ciudadano del Apruebo en el plebiscito de entrada y ese es hoy el mandato del Rechazo en el plebiscito de salida. 

Alea iacta est, en Chile la suerte ya está echada, y ahora le toca al presidente Boric cruzar el Rubicón. En cuanto a Mi país imaginario, conjeturo que si algo quiso decir entre líneas Patricio Guzmán con su última película, puede que ese algo haya sido una despedida cifrada en el título. Mi país imaginario, de hecho, no parece ser tanto el renacer de un sueño trágico en octubre de 2019 como la despedida de un largo duelo que se arrastra desde 1973. La victoria aplastante del Rechazo, al menos, sí tiene ese significado político para el país. 

Por Roberto Brodsky 7/09/2022

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Artículo publicado en colaboración con rialta.org/magazine

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La ONU advierte de que la igualdad entre hombres y mujeres puede tardar 300 años

 La crisis económica, los retrocesos en derechos sexuales y reproductivos, el cambio climático, el revés que supuso la pandemia y los conflictos alejan décadas el cierre de la brecha de género de los Objetivos de Desarrollo Sostenibles.

 

Al ritmo actual de progreso, alcanzar la plena igualdad entre hombres y mujeres puede tardar cerca de 300 años en algunos apartados clave y ampliar la brecha ya existente en otros. En varias categorías, cerrar la brecha de la desigualdad  precisará cientos de años. Así lo afirma el último informe el Progreso en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS): The Gender Snapshot 2022 hecho público este miércoles por ONUMujeres y el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU (UN DESA). 

El documento explica que los desafíos globales, como la pandemia de la covid-19 y sus secuelas, el cambio climático, los conflictos armados y los importantes retrocesos en los derechos sexuales y reproductivos que se están dando en mundo "están exacerbando aún más la disparidad de género". La investigación, que mide el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS, una serie de indicadores que la comunidad internacional se comprometió a cumplir en 2015 en el plazo de 15 años) no se alcanzarán en 2030, sobre todo el objetivo 5 que es el que habla de lograr la igualdad de género.

Según la investigación, si no se produce una acción rápida para subsanar las disparidades, cerrar la brecha en la protección legal y eliminar las leyes discriminatorias tardará 286 años, 140 para que las mujeres tengan una representación paritaria en posiciones de liderazgo y poder en el trabajo y al menos cuatro décadas para lograr una presencia equitativa en los parlamentos nacionales. Para alcanzar la eliminación del matrimonio infantil en el año 2030 (una de las metas) el avance debería ser 17 veces más rápido que el que se ha producido en este área en la última década. Naciones Unidas advierte que las más vulnerables seguirán siendo las niñas más pobres de zonas rurales y que viven en áreas de conflictos. 

"Las crisis mundiales en cascada están poniendo en peligro el logro de los ODS, y los grupos de población más vulnerables del mundo se ven afectados de manera desproporcionada, en particular las mujeres y las niñas. La igualdad de género es la base para lograr todos los ODS y debe estar en el centro de una mejor reconstrucción", afirmó Maria-Francesca Spatolisano, secretaria general adjunta de Coordinación de Políticas y Asuntos Interinstitucionales de UN DESA.

"Este es un punto de inflexión para los derechos de las mujeres y la igualdad de género a medida que nos acercamos a la mitad del camino hacia 2030. Es fundamental que nos unamos ahora para invertir en mujeres y niñas para reclamar y acelerar Progreso. Los datos muestran regresiones innegables en sus vidas, empeoradas por las crisis mundiales: en ingresos, seguridad, educación y salud. Cuanto más tardemos en revertir esta tendencia, más nos costará a todos", afirmó en la presentación del estudio Sima Bahous, directora ejecutiva de ONU Mujeres. 

El informe también señala un cambio preocupante en la reducción de la pobreza, y es probable que el aumento de los precios exacerbe esta tendencia. Para fines de 2022, alrededor de 383 millones de mujeres y niñas vivirán en la pobreza extrema (con menos de 1,90 al día) en comparación con 368 millones de hombres y niños. Muchos más tendrán ingresos insuficientes para satisfacer necesidades básicas como alimentos, ropa y vivienda adecuada en la mayor parte del mundo. Si las tendencias actuales continúan, en el África subsahariana, más mujeres y niñas vivirán en la pobreza extrema para 2030 que en la actualidad.

A nivel mundial, las mujeres han perdido entorno a 800.000 millones de dólares en ingresos debido la pandemia, una cifra que a pesar de haber repuntado, es previsible que su participación en el ámbito laboral en 2022 sea al menos un punto inferior al de 2019, antes de la pandemia (50,8% en 2022 en lugar de 51,8% en 2019.

En la actualidad, resalta el estudio, más de 1.200 mujeres y niñas viven en países y regiones en las que afrontan dificultades para acceder al aborto y a sus derechos sexuales y reproductivos, mientras que 102 millones residen en zonas donde está prohibido totalmente. El número de mujeres y niñas forzadas a desplazarse o emigrar se cifra en unos 44 millones, el más alto de la historia.

Naciones Unidas recuerda que 380 millones de mujers y niñas viven en la actualidad en la extrema pobreza con menos de dos euros al día. De no corregir esta la tendencia actual el número crecerá en el África Subsahariana será mayor aún en 2030, en lugar de haber disminuido. De hecho en todos los apartados en los que se mide el progreso de la meta número cinco de los ODS, el norte de África y Asia occidental, así como el África Subsahariana, presentan los peores indicadores.  

madrid

07/09/2022 21:04  

Marisa Kohan@kohanm

Publicado enSociedad