Pine Gap, la base espía de EE.UU. en Australia

Es clave en el pacto de defensa entre Washington, Londres y Canberra

Bajo la apariencia engañosa de monitorear satélites, el país del norte intercepta millones de comunicaciones y facilita información sensible para operar drones con fines bélicos. 

 

Pine Gap se levanta en el corazón desértico de Australia. No es cualquier base, es la base espía más importante de Estados Unidos alrededor del mundo. Edward Snowden hizo más visibles sus propósitos en 2013 cuando la denunció, pero funcionaba desde 1970. Un tratado firmado entre los dos países le dio vida el 9 de diciembre de 1966. Bajo la apariencia engañosa de monitorear satélites, EE.UU. intercepta millones de comunicaciones, facilita información sensible para operar drones con fines bélicos y realiza espionaje en beneficio de intereses propios y de sus aliados desde ahí.

El Pacto AUKUS

Hoy sus instalaciones son un dispositivo clave en el control de una región donde Washington mide fuerzas con China. Acaba de firmar en septiembre pasado la alianza AUKUS (con los gobiernos de Londres y Canberra) que motivó un conflicto internacional con Francia, damnificada de un acuerdo que quedó cancelado para venderles submarinos a los australianos. Ahora, cuándo no, el negocio lo hará el complejo militar-industrial que el expresidente Dwight Eisenhower presentó en sociedad en 1961 en su discurso de despedida. Pasaron sesenta años.

La base de Pine Gap queda a medio camino entre Adelaida al sur y Darwin al norte, rodeada del desierto de Simpson. Un extenso territorio de dunas rojizas, como de película. Extrañas figuras en la roca erosionada por el viento le dan a la zona un semblante lunar, que podría haber inspirado a Ray Bradbury. La CIA controla la infraestructura del lugar que Snowden, su ex contratista, vinculó con la red de espionaje Echelon. La más grande de la historia. Durante décadas Australia y Estados Unidos mantuvieron con incómodo esfuerzo el secretismo sobre sus verdaderos fines. Típica plataforma de vigilancia de la Guerra Fría, nació con el objetivo de espiar el desarrollo nuclear de la ex Unión Soviética y sus aliados.

Cuando el ex primer ministro australiano Gough Witlam insinuó un posible cierre de la base –gobernó entre 1972 y 1975 – terminó depuesto. La renuncia se la pidió el gobernador general y representante de la reina de Inglaterra en Australia, John Kerr, un funcionario de estrecha relación con la CIA. Esa fue la única vez en poco más de 50 años que EEUU corrió el riesgo de quedarse sin Pine Gap. El político laborista estaba amparado legalmente para cerrarla. El convenio firmado en el ‘66 entre ambos países decía que después de nueve años, cualquiera de los dos podía rescindirlo si avisaba un año antes. Pero no pasó y a Witlam le costó su salida.

Una historia de película

La historia de la base fue tratada por Netflix en una miniserie de seis capítulos estrenada en octubre de 2018. La productora australiana Screentime da una idea de cómo funciona Pine Gap, pero no tuvo demasiado suceso. Incluso fue levantada en Vietnam por lo que este país consideró un error geopolítico del guión. Dos veces aparece un mapa que le atribuye a China una zona marítima que está en disputa con su vecino. Los vietnamitas lo tomaron como una ofensa. En los diálogos hay un pasaje crítico a EEUU sobre el control de la base. Se da cuando la subjefa local le dice a su superior: “Los australianos estamos muy acostumbrados a aceptar. En toda la historia de Pine Gap el jefe siempre fue estadounidense”.

Proyecto Rainfall: la historia secreta de Pine Gap es un libro de Tom Gilling basado en documentos desclasificados de Estados Unidos y Australia. Su autor sostiene en el texto la idea de que los ovnis son objeto de estudio para la base. El periodista Alex Salmon escribió sobre la investigación en septiembre de 2019: “Gilling documenta de manera experta la historia secreta de Pine Gap, el secreto que rodea su papel en la máquina de guerra de los EEUU. Y cómo convierte a Australia en un objetivo militar en el caso de futuras guerras imperialistas de Estados Unidos. Si bien no pide explícitamente el cierre de Pine Gap, el libro proporciona evidencia más que suficiente para cerrarla y poner fin a la alianza militar de Australia con los EEUU”.

Lo que muestra la actualidad es bien diferente. AUKUS reforzó la asociación estratégica entre las dos naciones y el Reino Unido. No es la única en la región. Existe además el Quad (Quadrilateral Security Dialogue), una coalición que integran EEUU, Australia, India y Japón en la zona del Indo-Pacífico, un concepto geopolítico relativamente nuevo.

El prestigioso analista de Inteligencia australiano, Desmond Ball, también definió a Pine Gap como “máquina de guerra” en 2014, un par de años antes de su muerte. De aquella base a principios de los ’70 que apenas tenía dos antenas y nació como una instalación de investigación espacial de defensa conjunta -según el tratado firmado en 1966-, se pasó a un complejo con 38 antenas cubiertas por sus respectivos radomos en 2017. Esas estructuras que semejan gigantescas pelotas de golf y las protegen del mal tiempo. Pero no solo crecieron las instalaciones de modo exponencial. También su dotación.

Las primeras familias estadounidenses se instalaron en la zona de Alice Springs, la ciudad más cercana a la base, cuando ésta se abrió. Las tareas secundarias fueron destinadas a australianos, que con el tiempo pasarían a ocupar la mitad de los puestos de trabajo. Desde la Guerra Fría a la etapa posterior a los atentados a las Torres Gemelas, Pine Gap casi duplicó su personal, según Ball. Mimetizados en ese paisaje desértico, algunos agentes de la base se hacían pasar por jardineros. Alice Springs tuvo una alta densidad de ellos. El secretismo el gobierno local contribuyó a que estas habladurías se volvieran frecuentes y hasta aparecieran publicadas en los medios.

Las tierras donde funciona este núcleo de espionaje son consideradas sagradas por los pueblos originarios de la región que fueron desalojados hace décadas. En ellas también proliferan historias sobre avistajes de platos voladores. Nada de lo que ocurre en esta porción del mundo donde la influencia de China resulta notoria, es ajeno a Pine Gap ni a la voracidad informativa de la CIA y la NSA (Agencia Nacional de Seguridad de EEUU). Si Estados Unidos tenía 686 bases militares fuera de su territorio en 2015 – cifra que ahora algunos informes elevan a casi un millar -, la que opera desde el centro de Australia es su Big Brother. Las guerras que libró Washington basadas en su credo selectivo contra el terrorismo abarcaron la ex Yugoslavia, Libia, Irak, Afganistán y Siria. Todos países que quedaron destruidos por los bombardeos indiscriminados. Hoy son reemplazados por drones con los que se cometen ataques quirúrgicos que tampoco evitan los llamados daños colaterales contra civiles indefensos. Para eso EE.UU. necesita seguir espiando y Pine Gap es su músculo vital.

4 de octubre de 2021

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Banderas australianas y estadounidenses se sientan sobre la mesa durante una reunión entre el primer ministro de Australia, Scott Morrison, y el secretario de Defensa de los Estados Unidos, Lloyd Austin, en el Pentágono el 22 de septiembre de 2021 en Arlington, Virginia.- AFP
  1. Que la prensa occidental se esté centrando en el "enfado de París" por ser ninguneado por Washington y haber perdido un contrato de armas con Australia no es sólo otro reflejo de su miopía y el "occidentecentrismo" sino también de su manipulación: corre una cortina de humo sobre la naturaleza de Aukus, un nuevo pacto militar con el que EEUU pretende equipar a una flota de submarinos australianos de capacidad nuclear con el mero objetivo de provocar a China en venganza por haber sido derrotado en la guerra comercial.
  2. "Si la Unión Soviética se hundiera mañana bajo las aguas del océano, el complejo militar-industrial estadounidense tendría que permanecer hasta que se pudiera inventar algún otro adversario", recomendó George F. Kennan, uno de los ideólogos de la Guerra Fría, en 1996. Cuatro años después, el Pentágono inventó la "Guerra infinita contra el Terrorismo Islámico", para justificar la continuidad de la OTAN a pesar de la desintegración del Pacto de Varsovia: ¡El mundo se tragó que un solo individuo, un tal Bin Laden, desde una cueva de Afganistán (¡tan localizado que un mensajero recogía, casi a diario, sus "exclusivos" videos para entregárselo a Aljazeera!), podría ser capaz de poner en jaque a la totalidad de los servicios de inteligencia del planeta y la suma de sus fuerzas militares!

El objetivo no era otro que conquistar nuevos espacios estratégicos del mundo y seguir con el lucrativo negocio de armas a costa de la vida de cientos de millones de personas y la destrucción de estados enteros (Iraq, Afganistán, Libia, Somalia, Yemen, Sudan, Siria, etc.). Veinte años y una ingente ganancia material y geopolítica después, el Pentágono inventa el tercer Superenemigo: República Popular de China, presentándole como "la principal amenaza para la civilización humana" (¡lo mismo que dijeron sobre Sadam Husein!).

La cronología

  1. 14 de septiembre de 2021: EEUU, Reino Unido (RU) y Australia forman Aukus para provocar a China en la región Indo-Pacífico, donde se mueven la mitad de los 470 submarinos (no nucleares) del mundo.
  2. La estrategia de Aukus está basada en "provocación y confrontación" y pretende actuar bajo el pretexto de que "al ser China incapaz de atacar a EEUU (¿y por qué tendría que hacerlo si es su principal mercado?), lo hará a uno de sus aliados en esta región por lo que hay que preparar la defensa".
  3. 15 de septiembre: EEUU entrega la llave de Kabul a los talibanes, grupo fascista a sueldo de la CIA, y protegido por decenas de miles de "contratistas" con turbante (de las compañías como Blackwater o Triple Canopy) con el objetivo de extender el Arco de Crisis a Asia Central arrastrando a China, Rusia e Irán.
  4. 17 de septiembre: China mueve ficha y admite a Irán como miembro de pleno derecho de la Organización de Cooperación de Shanghái (la OCS), después de rechazar su solicitud durante 13 años, y este mismo día solicita unirse al Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico ("CPTPP"), el tercer mayor acuerdo comercial del globo.
  5. En las mismas fechas, varios buques militares británicos escoltados por el portaaviones HMS Queen Elizabeth, que por primera vez acogía a 14 cazas F-35B, llegan a Okinawa, Japón, para participar en unas maniobras militares, mirando a China.

Objetivos de Aukus

  1. Ejecutar la Doctrina Obama del "Regreso a Asia" de imponer un Nuevo Orden Mundial basado en contener al Nuevo Coco y, además, en su propio "patio trasero".
  2. Consolidar el modelo de una nueva estructura de alianzas militares basada en acuerdos "minilaterales". Ya había varias de este tipo en la región: el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral «Quad» formada en 2006 por EEUU, Australia, Japón e India, o la alianza de inteligencia Five Eyes (Los Cinco Ojos), con EEUU, Reino Unido, Australia, Canadá y Nueva Zelanda en su seno.
  3. Minar la "Asociación estratégica" franco-australianas diseñada en 2018 por París y su estrategia Indo-Pacífica estructurada en torno al eje Delhi-París-Canberra. EEUU no soporta rivales poderosos como Rusia, China o Francia.
  4. Quebrantar la centralidad de la ASEAN (la Asociación de Naciones del Sureste Asiático), que integra a 10 países de la región y cuyo socio principal es la OCS.
  5. Imponer una carrera armamentística a China, como lo hizo a la Unión Soviética, para que dejara de invertir en su su desarrollo social y económico.
  6. Poder librar una batalla Aire-Mar, desde las bases esparcidas por el Pacífico contra China. EEUU cuenta con unas 400 instalaciones militares alrededor de la potencia asiática, con buques de guerra y armas nucleares: desde la isla Saipán en el Pacífico hasta Darwin y Tindal en Australia; Changi East en Singapur; Korat en Tailandia; Trivandrum en India; Cubi Point y Puerto Princesa en Filipinas; entre otras en Indonesia y Malasia, y el resto de los países de la región.

Bases militares de EEUU alrededor de China

  1. Convertir a Australia, que tenía buenas relaciones con China, en un jugador destacado anti-chino en la zona, y otro integrante del grupo de Las Carnes de Cañón de los intereses exclusivos de Washington.
  2. Asignar al Reino Unido (tras animarle a salir de la Unión Europea) el papel de mayordomo militar de EEUU en los escenarios bélicos que va diseñando por el mundo.
  3. Socava el poder y la posición de Francia en el océano Indo-Pacífico, y de paso, mantenerlo a raya y ponerle "en su lugar" como potencia segundaria para que deje de competir con EEUU.
  4. Enviar las fuerzas navales australianas al Estrecho de Taiwán buscando una reacción de China. Con este tipo de gestos, EEUU de paso se ahorra los costes de sus guerras obligando a sus socios a utilizar sus buques, submarinos o aviones.
  5. Mandar un mensaje a Europa (no solo Francia) y también a Rusia: "¡Es hora de elegir entre yo o China!".
  6. Forzar a los aliados de EEUU a destruir sus relaciones con China. En caso de Australia, le obligó a:

-Cancelar dos acuerdos del proyecto de construcción de infraestructura de la Iniciativa de la Ruta de la Seda china.

-Prohibir las actividades de las telecomunicaciones Huawei.

- Dejar de vender a China el 80% del mineral de hierro del país y renunciar a 74.000 millones de dólares al año, así como el litio. El gigante asiático es el principal socio comercial de Australia. China como respuesta ha suspendido la compra de carne vacuna, mariscos y le ha impuesto aranceles a la cebada y el vino, entre otras medidas.

- Aumentar sus gastos militares comprando armas a EEUU.

El destino de la OTAN y Europa

  1. Washington no va a invitar a Europa al banquete de la nueva configuración del mundo. Necesitaba de la OTAN y sus socios europeos en su enfrentamiento con la Unión Soviética, así como tener un "cómplice" en sus inmorales guerras, entre otros fines. Por lo que, la "sorpresa" de Europa por la jugada de Joe Biden de ocultarle el plan de Aukus está fuera de lugar. EEUU siempre ha practicado el "America First" aunque antes no lo decía con este descaro.
  2. Que EEUU abandonara a la OTAN en su "muerte cerebral" se debe, principalmente, a que Europa, que recibe una ingente inversión de Beijín y se ha apuntado a su Ruta de la Seda, no comulga con la política anti-china de la Casa Blanca.
  3. La pérdida de la relevancia de Europa para la Casa Blanca también explica el permiso de Biden a Alemania para finalizar, la semana pasada, el proyecto Nord Stream II con Rusia.
  4. Ahora, el Pentágono pondrá más empeño en el plan que diseñó en 2014: sacar de las entrañas de la Alianza Atlántica una especie de mini-OTANes regionales, como ya dijimos en 2014.
  5. La OTAN europea sobrevivirá porque existe Rusia. Según Frontal 21, programa de la televisión alemana ZDF, "EEUU planea desplegar en una base aérea del oeste de Alemania 20 nuevas bombas nucleares B61-12, cada una de las cuales tiene una potencia equivalente a 80 veces la que lanzaron en Hiroshima". Cierto es que el Gobierno alemán votó en 2010 por no permitir las armas nucleares en su suelo. Pero la capacidad de decidir de Berlín en tales cuestiones no es mayor que la de otros países atacados, ocupados y controlados por EEUU como lo son Iraq o Afganistán. De hecho, Alemania alberga 235 bases militares de EEUU y es el centro del Estado Mayor del Comando Europeo y del Comando Africano (Africom). Por cierto, Europa debe pedir cuenta a sus servicios de inteligencia por no haberse enterado de lo que cocinaba el trío del AUKUM.
  6. EEUU no tiene en cuenta que un ataque a los intereses de China por parte de quien sea: 1) es también un ataque a a Rusia, país con el que tiene varios acuerdos de defensa mutua, y 2) Afectaría a las economías de al menos 130 países que ya están integrados en la iniciativa de china de la Franja y la Ruta.

Aukus como un negocio militar

  1. Australia, que ha suspendido un contrato de compra de 19 submarinos franceses valorados en 90 mil millones de dólares, no ha revelado (¡para proteger a los contribuyentes de un infarto cardiaco!) lo que le costará a la nación los ocho submarinos nucleares que EEUU le ha prometido vender sin siquiera concretar la fecha de entrega.
  2. Suiza también ha decidido renunciar a los aviones de combate franceses Rafale para comprar el F35 estadounidense.
  3. Francia, que no ha firmado el Tratado Internacional sobre la Prohibición de Armas Nucleares durante el Quinquenio 2021-2025, gastará en armas nucleares unos 30.000 millones de euros. Como si tener un arsenal de 300 cabezas nucleares fuera poco.
  4. En 2020, las exportaciones de armas de EEUU alcanzaron los 175,08 mil millones de dólares, un 2.8% más que en 2019. Este año, el Congreso de EEUU, de mayoría demócrata, aprobó un proyecto de ley de "defensa", con un presupuesto de 738.000 millones de dólares que incluye la creación de la Fuerza Espacial (FE), bajo el pretexto de la farsa de que EEUU no podrá "sobrevivir a un ataque furtivo de China".
  5. Con Aukus, la UE ya puede justificarse ante la opinión pública antimilitarista de la "necesidad de desarrollar una fuerza militar propia". En 2018, los trabajadores europeos aportaron unos 223.400 millones de euros a la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD).
  6. Fue por el negocio de armas que, en 2011, EEUU y Reino Unido lanzaron 110 misiles Tomahawk (por un precio cada uno de 1,4 millones de dólares) sobre Libia sin que hubiera ninguna guerra con este país y cuyo líder, el Coronel Gadafi, ya había rendido sus tributos al imperialismo -como indemnizar a las víctimas del atentado de Lockerbie, sufragar la campaña electoral de Sarkozi o regalar un caballo de dos millones de euros a José María Aznar; o también que Trump estrellara en el suelo afgano el MOAB, la bomba no nuclear más grande del mundo con sus 11 toneladas de TNT y un coste de 16 millones de dólares bajo el falso pretexto de "destruir unos túneles del Estado Islámico" riéndose de la inteligencia de su audiencia.
  7. La nuclearización del Ejército australiano no solo es una amenaza a los vecinos sino que tendrá efecto proliferación de armas nucleares en la región.
  8. Pregunta: Si los submarinos australianos pueden utilizar el combustible nuclear y teniendo en cuenta que la Agencia Internacional de Energía Atómica excluye a los reactores navales de sus inspecciones, ¿podrá Irán trasladar su programa nuclear a los fondos marinos?

Igual que en la Guerra de los Cien Años los únicos beneficiarios de las actuales guerras son los militares y los fabricantes de armas. Hoy no hay ningún indicio de que China represente una amenaza militar para EEUU y sus socios.

 Decía Lenin que las guerras imperialistas (igual que el choque entre ellas) son inevitables: son una exigencia del capitalismo corporativista. Aunque quizás con un movimiento antimilitarista (hoy inexistente), se podría reducir su impacto sobre la vida de los pueblos.

30 septiembre 2021

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El Indo Pacífico, escenario de nuevas alianzas

Recientes informaciones revelan que Estados Unidos (EE.UU.) ha continuado trabajando en fortalecer y ampliar su sistema de alianzas y asociaciones relacionadas con la seguridad y defensa en la denominada región Indo Pacífico, como vía para mantener su autodenominado “liderazgo” a nivel regional y global, especialmente ante el continuado ascenso económico, político y militar de la nación que designan como principal rival estratégico, la República Popular China (RPCH).

Esto lo evidencia el que, recientemente, en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas (un escenario no habitual para ese tipo de declaraciones), el presidente de EE.UU. Joseph Biden expresara claramente la importancia de esa región: “Y a medida que Estados Unidos se centre en las prioridades y en las regiones del mundo, como el Indo-Pacífico, que son las más importantes hoy y mañana (Biden, Sept 20)·”

La importancia que los recientes gobiernos norteamericanos asignan a esta región ha estado consignada en sus principales documentos estratégicos, fundamentalmente en las Estrategias de Seguridad Nacional de 2015 y 2017, así como en la Orientación Estratégica de Seguridad Nacional Provisional (Interim National Security Strategic Guidance) (INSSG) emitida por el actual presidente norteamericano en Marzo de 2021, donde se planteó expresamente: “reconoceremos que nuestros intereses nacionales vitales obligan a una conexión más profunda con el Indo-Pacífico, Europa y el hemisferio occidental” (INSSG. Pág 10).

Y no solo son palabras. En la solicitud de presupuesto para el Departamento de Defensa en el año fiscal 2022 (FY 2022 según sus siglas en inglés) se solicitaron 5 mil 100 millones de dólares para la denominada Pacific Deterrence Initiative (Iniciativa de Disuasión en el Pacífico) (Defense Budget Overview,2021), para elevar las capacidades militares norteamericanas en esa región.

Uno de los aspectos que más se destacan dentro de esta INSSG es el reforzamiento, ampliación y modernización de las llamadas “alianzas y asociaciones” en todo el planeta. Dentro de ellos, destacan principalmente que: “reafirmaremos, invertiremos y modernizaremos la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y nuestras alianzas con Australia, Japón y la República de Corea, que, junto con nuestras otras alianzas y asociaciones, son el mayor activo estratégico de Estados Unidos”( INSSG pág. 10).

También se refieren a fomentar otras asociaciones, entre los que se destacan la India, Nueva Zelanda, Singapur, Vietnam y otros estados de la ASEAN, y los estados insulares del Pacífico, en esa región.

La reciente gira de la vicepresidenta Kamala Harris por países de la ASEAN, la firma del tratado AUKUS por EE.UU., Australia y Gran Bretaña, y la reciente cumbre del grupo QUAD son elementos que señalan que los gobernantes norteamericanos persiguen objetivos concretos en su afán de “contener” al gigante asiático, y para ello pretenden mantener e incrementar el número de aliados comprometidos con esa tarea.

En la conferencia de prensa realizada en Hanoi el 26 de Agosto de 2021, la vicepresidenta Kamala Harris hizo declaraciones respecto a sus relaciones con Vietnam, el tema del Indo Pacífico, las relaciones con China, y otros aspectos; respondiendo a una pregunta de un periodista, expresó: "Cuando se trata de Beijing, permítanme ser muy clara y el presidente ha sido muy claro. Damos la bienvenida a la dura competencia. No buscamos el conflicto, pero en temas como el que usted ha planteado del Mar de China Meridional, vamos a hablar. Vamos a alzar la voz cuando Beijing lleve a cabo acciones que amenacen el orden internacional basado en normas. De nuevo, como la actividad en el Mar de China Meridional. Y la cuestión, en particular, de la libertad de navegación en ese sentido es un asunto vital para esta región. Hablé de ello tanto en Singapur como aquí en Vietnam. Y vamos a seguir haciendo lo que podamos para asegurarnos de que seguimos comprometidos con nuestros socios y nuestros aliados en este tipo de cuestiones importantes. Pero nuestra política es mucho más amplia que el Mar de China Meridional y la asociación que tenemos aquí en el Sudeste Asiático (Harris, Agosto 26)”.

En otros momentos de esa gira la vicepresidenta norteamericana fue incluso mucho más agresiva en sus declaraciones respecto a la RPCH. Ello demuestra que entre los objetivos de dicha visita estaba buscar un mayor compromiso en la denominada contención a China por parte de esas naciones. En particular, el tema de la libertad de navegación en el Mar Meridional de China tuvo especial atención.

Otro paso importante en la política norteamericana de reforzamiento de compromisos en el Indo Pacífico parece ser el reciente anuncio de la creación de una alianza designada con las siglas AUKUS, que agrupa a Australia, el Reino Unido (United Kingdom en inglés) y EE.UU. (United States). Esta alianza incluye un acuerdo para facilitar a Australia por parte de sus dos aliados varios submarinos de propulsión nuclear, hecho que por cierto ha provocado la ira de Francia, que al parecer estaba en negociaciones desde 2016 con el gobierno de la isla continente para proporcionarle un número importante de esos navíos, aunque no de propulsión nuclear. Dentro de la Unión Europea e incluso varios aliados importantes miembros de la OTAN también se ha manifestado un rechazo a este acuerdo.

El anuncio de esta nueva alianza fue hecho por videoconferencia a las 15:00 (hora de Washington) del día 15 de Septiembre de 2021, en la que participaron el Presidente de EE.UU., Joseph Biden, el primer ministro británico, Boris Johnson, y el primer ministro australiano, Scott Morrison. El acuerdo también cubre áreas de cooperación en inteligencia artificial, tecnología cuántica y cibernética, instalaciones industriales o cadenas de suministro, y los dominios submarinos.

"Promoveremos un intercambio más profundo de información y tecnología, fomentaremos una integración más profunda de la ciencia, la tecnología, las bases industriales y las cadenas de suministro relacionadas con la seguridad y la defensa y, en particular, profundizaremos significativamente la cooperación en una variedad de capacidades de seguridad y defensa (Biden, Morrison, Johnson, Sept 15)",

Algunos especialistas señalan que entre los objetivos de esta nueva alianza y el incremento de sus fuerzas navales, estaría permitir a Australia realizar patrullas de rutina que podrían incluir zonas del Mar de China Meridional, sumándose a las llamadas Operaciones de Libertad de Navegación que realiza la US NAVY, y que incluso tales patrullas pudieran llegar hasta el norte de Taiwán.

Además, de la firma de este acuerdo, el viernes 24 de Septiembre el presidente Biden participó en una cumbre del Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD) en la que participaron también los primeros ministros de Australia (Morrison), India (Modi) y Japón (Suga). Fue la primera vez que los principales dirigentes del QUAD se reúnen de forma presencial, y significativamente en territorio de EE.UU., coincidiendo con las sesiones de Alto Nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Esta agrupación también es considerada como una forma de afianzar el liderazgo estadounidense en Asia, e incluso se ha intentado involucrar a otros líderes asiáticos con la visita de la vicepresidenta, Kamala Harris, a Singapur y Vietnam el pasado mes de agosto.

Respecto al QUAD, el presidente Biden en su discurso en las Naciones Unidas dijo: “Hemos reforzado la asociación QUAD entre Australia, India, Japón y Estados Unidos para afrontar retos que van desde la seguridad sanitaria hasta el clima y las tecnologías emergentes. (Biden, Sept 20)”.

Previo a la cumbre del QUAD, los gobernantes participantes hicieron unos breves discursos, y finalizada la misma se hizo pública la Declaración Conjunta de los líderes de esa organización, de fecha 24 de Septiembre de 2021.

En la Declaración Conjunta se plantea inicialmente: “En esta ocasión histórica nos comprometemos de nuevo con nuestra asociación y con una región que es la base de nuestra seguridad y prosperidad compartidas: un Indo-Pacífico libre y abierto, que también es inclusivo y resistente”. Estas ideas están en correspondencia con documentos anteriores del QUAD.

Se reiteraron los criterios sobre un “orden libre, abierto y basado en las normas, arraigado en el derecho internacional e impávido ante la coerción, para reforzar la seguridad y la prosperidad en el Indo-Pacífico y más allá” (Joint Statement from Quad Leaders. 2021).

También se refirieron a la defensa del Estado de Derecho, la libertad de navegación y de sobrevuelo, la resolución pacífica de conflictos, los valores democráticos y la integridad territorial de los Estados. Manifestaron su apoyo a la ASEAN y saludaron la emisión de la Estrategia de Cooperación de la UE en el Indo-Pacífico de septiembre de 2021.

Dedicaron una parte importante a plantear sus acciones en el enfrentamiento a la COVID 19 y se comprometieron a donar más de 1 200 millones de dosis en todo el mundo de vacunas contra la COVID-19, seguras y eficaces. También anunciaron acciones contra el Cambio Climático.

Plantearon mantener la cooperación en materias de tecnologías críticas y emergentes; incrementar la cooperación en el ciberespacio y el espacio exterior.
Respecto a la región del Sur de Asia expresaron: “coordinaremos estrechamente nuestras políticas diplomáticas, económicas y de derechos humanos con respecto a Afganistán e intensificaremos nuestra cooperación antiterrorista y humanitaria” (Joint Statement from Quad Leaders. 2021)

Un aspecto importante es que plantaron que: “nuestro futuro compartido se escribirá en el Indo-Pacífico, y redoblaremos nuestros esfuerzos para garantizar que la QUAD sea una fuerza de paz, estabilidad, seguridad y prosperidad regional”. (Joint Statement from Quad Leaders, 2021)

Plantearon la necesidad de que se cumplan la normas establecidas en la en la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CONVEMAR), especialmente referidos a los mares Meridional y Este de China. Manifestaron además su apoyo a los estados insulares del Pacífico, y se pronunciaron sobre la necesidad de la nuclearización completa de la Corea del Norte (República Popular Democrática de Corea).

En la Declaración Conjunta no se hace mención directa a la RPCH ni a la Federación de Rusia, aunque en varios de los párrafos es evidente que los problemas señalados están en correspondencia con las diferencias existentes entre EE.UU. y sus aliados del QUAD con esos países. En sentido general, el lenguaje es mucho más comedido que en algunos documentos anteriores, lo que muestra una ruptura con el discurso de la anterior administración norteamericana.

Conclusiones

La gira de la vicepresidenta Harris por países del sur de Asia, la conformación de la llamada alianza AUKUS y la cumbre del QUAD realizada en Washington son elementos que demuestran que el gobierno de EE.UU. está dando pasos para consolidar e incrementar el sistema de alianzas y asociaciones en la región que consideran actualmente como la más importante en su esquema de dominación global, el llamado Indo-Pacífico.

El reforzamiento de las capacidades militares, fundamentalmente navales, por parte de EE.UU. y sus principales aliados en la región demuestra que sigue siendo este un instrumento principal en la política estadounidense, a pesar de que el presidente Biden haya manifestado en su discurso en la Asamblea General de la ONU que es el último recurso a utilizar.

Consideramos que estas acciones confirman que la rivalidad estratégica con la RPCH enunciada en los principales documentos estadounidenses seguirá siendo el principal escenario de acción del gobierno asentado en Washington, aun cuando en algunos textos recientes no se exprese directamente.

30 septiembre 2021

 

BIBLIOGRAFIA

Joint Leaders Statement on AUKUS. Globalsecurity. September 16, 2021https://www.globalsecurity.org/military/library/news/2021/09/mil-210916-australia-pm04.htm?_m=3n%2e002a%2e3154%2eeg0ao0644z%2e2x6b
Office of the Under Secretary of Defense (Comptroller)/ Chief Financial Officer. Defense Budget Overview. Washington, May 2021https: //comptroller.defense.gov/Portals/45/Documents/defbudget/FY2022/FY2022_Budget_Request_Overview_Book.pdf

The White House, Remarks by President Biden, Prime Minister Morrison of Australia and Prime Minister Johnson of the United Kingdom. Washington, September 15, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/09/15/ remarks-by-president-biden-prime-minister-morrison-of-australia-and-prime-minister-johnson-of-the-united-kingdom-announcing-the-creation-of-aukus/

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The White House. Remarks by Vice President Harris in Press Conference in Hanoi, Vietnam. Hanoi, AUGUST 26, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/08/26/remarks-by-vice-president-harris-in-press-conference-in-hanoi-vietnam/

The White House. National Security Strategy of United States of America. Washington, December 2017, (https://www.whitehouse.gov/wp-content /uploads/ 2017/12/NSS-Final-12-18-2017-0905.pdf)

The White House. Interim National Security Strategic Guidance. Washington, March 2021. (https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2021/03/NSC-1v2.pdf)

The White House Remarks by President Biden, Prime Minister Morrison, Prime Minister Modi, and Prime Minister Suga at Quad Leaders Summit, Washington, SEPTEMBER 24, 2021https://www.whitehouse.gov/briefing-room/speeches-remarks/2021/09/24/remarks-by-president-biden-prime-minister-morrison-prime-minister-modi-and-prime-minister-suga-at-quad-leaders-summit/

The White House. Joint Statement from Quad Leaders, Washington, SEPTEMBER 24, 2021 (https://www.whitehouse.gov/briefing-room/statements-releases/2021/09/24/joint-statement-from-quad-leaders/)

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Jueves, 30 Septiembre 2021 05:19

El subimperialismo en Medio Oriente

El subimperialismo en Medio Oriente

Turquía, Arabia Saudita e Irán disputan primacía en un novedoso contexto de protagonismo regional en las tensiones de Medio Oriente. Esa gravitación es registrada por muchos analistas, pero la conceptualización de ese rol exige recurrir a una noción introducida por los teóricos marxistas de la dependencia.

El subimperialismo se aplica a estos casos y contribuye a esclarecer la peculiar intervención de esos países en el traumático escenario de la zona. La categoría es pertinente y común en múltiples planos, pero también presenta tres significados muy singulares.

Características y singularidades

El subimperialismo es una modalidad paralela y secundaria del imperialismo contemporáneo. Se verifica en las potencias medianas que mantienen un significativo distanciamiento de los centros del poder mundial. Esos países desenvuelven contradictoras relaciones de convergencia y tensión con las fuerzas hegemónicas de la geopolítica global. Turquía, Arabia Saudita e Irán se amoldan a ese perfil.

Los subimperios despuntaron en la posguerra junto a la mayoritaria extinción de las colonias y la creciente transformación de las semicolonias. El ascenso de las burguesías nacionales en los países capitalistas dependientes modificó sustancialmente el status de esas configuraciones.

En el segmento superior de la periferia irrumpieron modalidades subimperiales, en sintonía con el contradictorio proceso de persistencia mundial de la brecha centro-periferia y la consolidación de ciertos segmentos intermedios. El principal teórico de esa mutación describió en los años 60 los principales rasgos del nuevo modelo, observando la dinámica de Brasil (Marini, 1973).

El pensador latinoamericano situó el surgimiento de los subimperios, en un contexto internacional signado por la supremacía de Estados Unidos, en tensión con el denominado bloque socialista. Resaltó el alineamiento de esas formaciones con la primera potencia en la guerra fría contra la URSS. Pero también destacó que los gobernantes de esos países hacían valer sus propios intereses. Desarrollaban cursos autónomos y a veces conflictivos con el mandante norteamericano.

Esa relación de asociación internacional y poder regional propio se afianzó como una característica posterior del subimperialismo. Los regímenes que adoptan ese perfil mantienen lazos contrapuestos con Washington. Por un lado asumen posturas de estrecha imbricación y al mismo tiempo exigen un trato respetuoso.

Esa dinámica de subordinación y conflicto con Estados Unidos se sucede con imprevisible velocidad. Regímenes que parecían marionetas del Pentágono se embarcan en díscolos actos de autonomía y países que actuaban con gran independencia se someten a las órdenes de la Casa Blanca. Esta oscilación es un rasgo del subimperialismo, que contrasta con la estabilidad prevaleciente en los imperios centrales y en sus variedades alterimperiales.

Las potencias regionales que adoptan un perfil subimperial recurren al uso de la fuerza militar. Utilizan ese arsenal para afianzar los intereses de las clases capitalistas de sus países, en un acotado radio de influencia. Las acciones bélicas apuntan a disputar el liderazgo zonal con los competidores del mismo porte.

Los subimperios no actúan en el orden planetario y no comparten las ambiciones de dominación global de sus parientes mayores. Restringen su esfera de acción al ámbito regional, en estricta sintonía con la limitada influencia de los países medianos. El interés por los mercados y los beneficios es el principal motor de las políticas expansivas y las incursiones militares.

La gravitación alcanzada en las últimas décadas por las economías intermedias explica ese correlato subimperial, que no existía en la era clásica del imperialismo a principio del siglo XX. Solo en el período posterior de posguerra despuntó esa incidencia de las potencias intermedias, que ha cobrado mayor contundencia en la actualidad.

En Medio Oriente la rivalidad geopolítico-militar entre actores de la propia región ha sido precedida por cierto desarrollo económico de esos jugadores. La era neoliberal acentuó la depredación internacional del petróleo, la desigualdad social, la precarización y el desempleo en toda la región. Pero consolidó también a diversas clases capitalistas locales, que operan con mayores recursos y no disimulan sus apetitos de ganancias superiores.

Este interés por el lucro motoriza el engranaje subimperial, entre países igualmente situados en el casillero intermedio de la división internacional del trabajo. Turquía, Arabia Saudita e Irán merodean por esa inserción, sin aproximarse al club de las potencias centrales.

Comparten la misma ubicación mundial que otras economías intermedias, pero complementan su presencia en ese ámbito con impactantes incursiones militares. Esa extensión de las rivalidades económicas al terreno bélico es determinante de su especificidad subimperial (Katz, 2018: 219-262).

Actualidad y raíces

El subimperialismo es una noción útil para registrar el sustrato de rivalidad económica que subyace en numerosos conflictos de Medio Oriente. Permite notar ese interés de clase, en contraposición a los diagnósticos centrados en disputas por la primacía de alguna vertiente del islam. Esas interpretaciones en términos religiosos obstruyen la clarificación de la motivación real de los crecientes choques.

Los negocios en pugna entre Turquía, Arabia Saudita o Irán explican el carácter singular que adopta el subimperialismo en esos países. En los tres casos actúan gobiernos belicosos al comando de estados gestionados por burocracias militarizadas. Todos utilizan los credos religiosos para afianzar su poder y conquistar mayores porciones de recursos en disputa. Los subimperios han buscado capturar en Siria los botines generados por el desguace del territorio y la misma competencia se verifica en Libia por el reparto del petróleo. Participan allí de las mismas pulseadas que dirimen las grandes potencias.

En el plano geopolítico los subimperios de Turquía y Arabia Saudita actúan en sintonía con Washington, pero sin participar en las decisiones de la OTAN, ni en las definiciones del Pentágono. Se distinguen de Europa en el primer terreno y de Israel en el segundo. No intervienen en la determinación de la batalla que libra el imperialismo estadounidense para recuperar hegemonía frente al desafío de China y Rusia. Su acción se restringe a la órbita regional. Mantienen contradictorias relaciones con el poder norteamericano y no aspiran al reemplazo de los grandes dominadores del planeta.

Pero su intervención regional es mucho más relevante que la exhibida por sus pares de otras latitudes. En América Latina o en África no se observan acciones subimperiales del mismo porte. El subimperialismo empalma en Medio Oriente con antiguas raíces históricas del imperio otomano y persa. Esa conexión con cimientos de larga data no es muy corriente en el resto de la periferia.

Las rivalidades entre potencias incluyen, en este caso, un fundamento que retoma la antigua competencia entre dos grandes imperios pre-capitalistas. No sólo la animosidad entre otomanos y persas se remonta al siglo XVI. También las tensiones de este último conglomerado con los sauditas (chiitas versus wahabitas) arrastra una larga historia de batallas por la supremacía regional (Armanian, 2019).

Esos grandes poderes locales no se diluyeron en la era moderna. Tanto el imperio otomano como el persa se mantuvieron en el siglo XIX, evitando que Medio Oriente fuera simplemente rematado (como África) por los colonialistas europeos. El desmoronamiento otomano a principio de la centuria posterior dio lugar a un estado turco que perdió su vieja primacía anterior, pero renovó su consistencia nacional. No quedó relegado al mero status de semicolonia.

Durante la república kemalista Turquía apuntaló un desarrollo industrial propio, que no tuvo el éxito del bismarkismo alemán o su equivalente japonés, pero moldeó a la clase capitalista intermedia que maneja el país (Harris, 2016). Un proceso de consolidación burgués semejante se verificó con la monarquía de los Palhevi en Irán.

Ambos regímenes participaron activamente en la guerra fría contra la URSS, para apuntalar sus intereses fronterizos contra el gigante ruso. Albergaron bases norteamericanas y siguieron el guión de la OTAN, pero reforzando sus propios dispositivos militares. El subimperialismo arrastra, por lo tanto, viejos fundamentos en ambos países y no es una improvisación del escenario actual.

Ese concepto aporta un criterio para entender los conflictos en curso, superando la vaga noción de “choques entre imperios”, que no distingue a los actores globales de sus equivalentes regionales. Los subimperios mantienen una diferencia cualitativa con sus pares mayores, que desborda la simple brecha de la escala. Adoptan roles y cumplen funciones muy distintas al imperialismo dominante y sus socios.

Rivalizan además entre sí con cambiantes alineamientos externos y en conflictos de enorme intensidad. Por la magnitud de esos choques algunos analistas registran la presencia de una nueva “guerra fría interárabe” (Conde, 2018). Pero cada uno de los tres casos actuales presenta rasgos muy específicos.

El prototipo de Turquía

Turquía es el principal exponente del subimperialismo en la región. Varios marxistas han discutido ese status, en polémicas con el contrapuesto diagnóstico semicolonial (Güneş, 2019). Remarcaron los signos de autonomía del país frente a la visión que subraya la intensa dependencia hacia Estados Unidos.

En ese debate se ha resaltado correctamente la obsolescencia del concepto de semicolonia. Ese status constituía una característica de principios del siglo XX, que perdió peso con la oleada posterior de independencias nacionales. A partir de allí la sujeción económica ganó preeminencia sobre la dominación explícitamente política.

El despojo sufrido por la periferia en las últimas décadas no alteró ese nuevo patrón introducido por la descolonización. La dependencia asume otras modalidades en la época actual y la noción de semicolonia resulta inadecuada para caracterizar a las economías medianas o a los países de larga tradición política autónoma como Turquía.

El status subimperial de ese país se verifica en su política regional de expansión externa y en la contradictoria relación que mantiene con Estados Unidos. Turquía es ciertamente un eslabón de la OTAN y alberga en la base de İncirlik un monumental arsenal nuclear bajo custodia del Pentágono. Las bombas almacenadas en esa instalación permitirían destruir a todas las regiones aledañas (Cigan, 2021).

Pero son muy numerosas las acciones que Ankara desarrolla por su propia cuenta sin consultar al tutor estadounidense. Adquiere armamento ruso, discrepa con Europa, despliega tropas en forma inconsulta en varios países y rivaliza en muchos negocios con Washington.

Este rol de Turquía como potencia autónoma ha sido reconocido de hecho por Estados Unidos como un dato del ajedrez regional. Distintos mandatarios de la Casa Blanca toleraron las aventuras de Ankara sin contraponer ningún veto. Hicieron la vista gorda a la anexión del norte de Chipre en 1974 y permitieron la persecución de las minorías entre 1980-1983.

Turquía no desafía al mandante norteamericano, pero aprovecha las derrotas de Washington para escalar sus propias acciones. Erdogan ha concertado varias alianzas con los rivales de Estados Unidos (Rusia e Irán) para impedir la constitución de un estado kurdo.

Los virajes de ese mandatario ilustran una típica conducta subimperial. Hace una década inauguró un proyecto de islamismo neoliberal enlazado con la OTAN y orientado al empalme con la Unión Europea. Este rumbo era presentado por Washington como un modelo de modernización de Medio Oriente. Pero en los últimos años los voceros del Departamento de Estado cambiaron drásticamente de opinión. Pasaron del elogio a la crítica y en lugar de ponderar un régimen político afín comenzaron a denunciar a una tiranía hostil.

Ese giro en la calificación norteamericana de su controvertido socio acompañó los virajes de Turquía. Erdogan mantuvo el equilibrio de su política exterior, mientras manejaba con cierta holgura las tensiones internas. Pero se despistó con operaciones fuera de sus fronteras cuando perdió el control del rumbo local. El detonante fue la oleada democratizadora de la primavera árabe, el levantamiento kurdo y el ascenso de las fuerzas progresistas.

Erdogan respondió con violencia contrarrevolucionaria al desafío de la calle (2013), a las victorias de los kurdos y al avance de la izquierda (2015). Optó por un virulento autoritarismo represivo. Aunó fuerzas con variantes seculares reaccionarias y lanzó una contraofensiva con banderas nacionalistas (Uslu, 2020). Con ese estandarte persigue opositores, encarcela activistas y gestiona un régimen lindante con la dictadura civil (Barchard, 2018). Su comportamiento encaja con el perfil autoritario que predomina en todo Medio Oriente.

En muy pocos años transformó su inicial islamismo neoliberal en un amenazante régimen derechista, que desguarneció a la oposición burguesa. Las clases dominantes finalmente avalaron a un presidente que desplazó a la vieja elite secular kemalista y excluyó del poder a los sectores más pro-norteamericanos.

Aventuras externas, autoritarismo interno

Erdogan optó por un rumbo pro-dictatorial luego de la frustrada experiencia de su colega Morsi. El proyecto de islamismo conservador de los Hermanos Musulmanes fue demolido en Egipto por el golpe militar de Sisi. Para evitar un destino semejante, el presidente turco reactivó las operaciones bélicas externas.

Ese rumbo militarista también incluye un perfil ideológico más autónomo de Occidente. Los discursos oficiales exaltan la industria nacional y convocan a expandir los intercambios comerciales multilaterales, para consolidar la independencia de Turquía. Esa retórica es intensamente utilizada para denunciar las posturas “antipatrióticas” de la oposición. Sin abandonar la OTAN, ni cuestionar a Estados Unidos, Erdogan se ha distanciado de la Casa Blanca.

Esa autonomía generó serios conflictos con Washington. Turquía instauró un "cinturón de seguridad" con Irak, afianzó la presencia de sus tropas en Siria, envío efectivos a Azerbaiyán y ensaya alianzas con los talibanes de Afganistán. Estas aventuras -parcialmente financiada por Qatar y solventadas con recursos extraídos de Trípoli- presentan hasta ahora un alcance limitado. Son operativos de bajo costo económico y alto beneficio político. Permiten distraer la atención interna y justificar la represión, pero desestabilizan la relación con Estados Unidos.

Erdogan refuerza el protagonismo de las fuerzas armadas, que han sido desde 1920 el principal instrumento de modernización autoritaria del país. El subimperialismo turco se asienta en esa tradición belicista, que uniformó coercitivamente a la nación mediante la imposición de una religión, un idioma y una bandera. Esos estandartes son ahora retomados, para ampliar la presencia externa y conquistar los mercados aledaños. Una variante más salvaje de ese nacionalismo fue utilizado en el pasado para exterminar armenios, expulsar griegos y forzar la asimilación lingüística de los kurdos.

El presidente de Turquía preserva ese legado con el nuevo formato de la derecha islamista. Alienta sueños expansivos y exporta contradicciones internas con tropelías en el exterior. Pero actúa a favor de los grupos capitalistas que controlan las nuevas industrias medianas exportadoras. Esas fabricas localizadas en las provincias han motorizado el crecimiento de las últimas tres décadas.

Como Turquía importa el grueso de su combustible y exporta manufacturas, la geopolítica subimperial intenta apuntalar el desarrollo fabril. La agresividad de Ankara en el norte de Irak, el Mediterráneo Oriental y el Cáucaso sintoniza con el apetito de nuevos mercados que exhibe la burguesía industrial islamista.

La prioridad de Erdogan es el aplastamiento de los kurdos. Por eso buscó socavar todas las tratativas que consagraban en Siria el establecimiento de una zona bajo control de esa minoría. Intentó varias ofensivas militares para destruir ese enclave, pero terminó avalando el status quo de una frontera atosigada de refugiados.

Erdogan no ha logrado contrarrestar la autonomía que el gobierno sirio concedió a las organizaciones kurdas (PYP-UPP). Esas fuerzas logaron repeler el asedio de Kobanî en 2014-2015, derrotaron a las bandas yihadistas y ratificaron sus éxitos de Rojava. El presidente turco no logra digerir esos resultados.

La estrategia norteamericana de sostener parcialmente a los kurdos -para crear instalaciones del Pentágono en sus territorios- acentuó el distanciamiento de Ankara con Washington. El Departamento de Estado utiliza en forma muy cambiante a los kurdos como prenda de negociación con el díscolo mandatario. Obama apuntaló a esa minoría, Trump retrajo los apoyos sin cortarlos y Biden aún no definió cuál será su línea de intervención. Pero en todos los escenarios Erdogan ha puesto de manifiesto que no acepta el lugar de satélite servil que le asigna la Casa Blanca.

Las tensiones entre ambos gobiernos se profundizaron por los intereses contrapuestos en el reparto de Libia. Para colmo, Erdogan desafió al Departamento de Estado con una compra de misiles rusos, que provocó la cancelación de inversiones estadounidenses.

El punto culminante del conflicto fue el fallido golpe de estado del 2016. Washington emitió varias señales de aprobación a una asonada que estalló en zonas próximas a las bases de la OTAN. Esa conspiración fue auspiciada por un pastor refugiado en Estados Unidos (Gulen), que lidera el sector más occidentalista del establishment turco. Erdogan descabezó de inmediato a todos los militares afines a ese sector. El fracasado golpe indicó hasta qué punto Estados Unidos aspira a imponer un gobierno títere en Turquía (Petras, 2017). En su respuesta Erdogan reafirmó su resistencia a la obediencia que exige la Casa Blanca.

Ambivalencias y rivales

El subimperialismo turco equilibra la permanencia en la OTAN con las aproximaciones a Rusia. Por eso Erdogan comenzó su mandato como un estrecho aliado de Estados Unidos y luego se involucró en el rumbo opuesto (Hearst, 2020).

En la guerra de Siria estuvo enfrentado con Rusia y escaló un gran choque cuando derribó un avión militar de ese país. Pero posteriormente retomó las relaciones con Moscú e incrementó la adquisición de armamento (Calvo, 2019). También tomó distancia de los principales peones de la OTAN (Bulgaria, Rumania) y negoció un gasoducto submarino para exportar combustible ruso a Europa sin pasar por Ucrania (TurkStream).

Putin es plenamente consciente de la escasa confiabilidad de un mandatario que entrena fuerzas azerbaiyanas en conflicto con Rusia. No olvida que Turquía integra la OTAN y alberga el mayor arsenal nuclear próximo a Rusia. Pero apuesta a negociar con Ankara la disuasión de una flota norteamericana permanente en el Mar Negro.

Las tensiones con Europa son igualmente significativas. Erdogan presiona a Bruselas para recibir aportes millonarios, a cambio de retener a los refugiados sirios en sus propias fronteras. Siempre amenaza con inundar el Viejo Continente con esa masa de desamparados, si Europa sube el tono de sus cuestionamientos al gobierno turco o retacea los fondos para el sostenimiento de esa marea humana.

A nivel regional Turquía confronta ante todo con Arabia Saudita. Los dos países enarbolan estandartes islámicos divergentes, dentro del propio conglomerado sunita. Erdogan difundió un perfil de islamismo liberal en contraste con la severidad del wahabismo saudita, pero no ha podido sostener esa imagen por el feroz comportamiento de sus propios gendarmes.

Los conflictos con Arabia Saudita se concentran en Qatar, que es el único emirato del Golfo aliado con Turquía. La monarquía saudita ha intentado encuadrar a ese díscolo mini-estado con varios complots. Pero no logró repetir la exitosa conspiración que destronó a Morsi en El Cairo, sepultando la principal apuesta geopolítica de Ankara en la región.

El otro rival estratégico de Turquía es Irán. La disputa incluye en este caso, un contrapunto de adhesiones religiosas diferenciadas entre vertientes sunitas y chiitas del islamismo. La confrontación entre ambos escaló en Irak, con la frustrada expectativa turca de conquistar alguna zona afín en ese territorio. Esa pretensión chocó con la continuada primacía de los sectores pro-iraníes. Erdogan hace valer igualmente su presencia, a través de las tropas afincadas en la frontera para doblegar a los kurdos.

El vaivén ha sido la nota dominante del subimperialismo turco. Estas oscilaciones fueron muy visibles en Siria. Erdogan intentó primero tumbar a su viejo competidor Assad, pero encaró un abrupto viraje hacia el sostenimiento de ese gobierno, cuando avizoró la peligrosa perspectiva de un estado kurdo.

Ankara albergó primero al Ejército Libre Sirio para crear un régimen afín en Damasco y chocó luego con los yihadistas, que Arabia Saudita envió con el mismo propósito. Finalmente ha creado una zona tapón en la frontera de Siria para utilizar a los refugiados como moneda de cambio, mientras entrena a sus propios bandoleros.

En otras áreas Turquía entreteje el mismo tipo de contradictorias alianzas. En Libia tomó partido por la fracción de Sarraj contra Haftar, en una coalición con Qatar e Italia contra Arabia Saudita, Rusia y Francia. Envió paramilitares y fragatas para lograr una mayor tajada en los contratos petroleros y ha resuelto erigir una base militar en Trípoli, para disputar su parte en el gas del Mediterráneo. Con el mismo propósito refuerza su presencia en la porción de Chipre bajo su influencia y rivaliza por esos yacimientos con Israel, Grecia, Egipto y Francia.

Las avanzadas subimperiales de Turquía se verifican también zonas más alejadas como Azerbaiyán, donde Ankara restableció lazos con las minorías de origen turco. Suministró armas a la dinastía de los Aliyev en Bakú y apuntaló los territorios ganados el año pasado en los enfrentamientos bélicos de Nagorno-Karabaj. El añorado expansionismo otomano cobra fuerza incluso en regiones más remotas. Turquía entrenó al ejército somalí, despachó un contingente a Afganistán y amplió su presencia en Sudán.

Pero Ankara cuenta con poco margen para jugar esas partidas geopolíticas. A lo sumo puede intentar sostener su autonomía en el rediseño de Medio Oriente. Su habitual oscilación expresa una combinación de arrogancia e impotencia, derivada de la fragilidad económica del país.

Las ambiciones militaristas externas requerirían una fortaleza productiva que Turquía no detenta. Los abultados pasivos financieros del país coexisten con un déficit comercial y un desbalance fiscal, que desatan periódicas convulsiones cambiarias y bursátiles (Roberts, 2018). Esa inconsistencia económica recrea, a su vez, la división entre los sectores atlantistas y euroasiáticos de las clases dominantes, que privilegian negocios en áreas geográficas contrapuestas.

Erdogan ha intentado unificar esa diversidad de intereses, pero sólo consiguió un equilibrio transitorio. Ha impuesto cierta reconciliación entre las elites seculares de la gran burguesía con el ascendente capitalismo del interior. Logró morigerar los desequilibrios estructurales de la economía turca, pero está muy lejos de poder corregirlos. Comanda un subimperio económicamente débil para las ambiciones geopolíticas que alienta. Por eso motoriza aventuras con abruptos repliegues, enredos y volteretas.

El potencial modelo saudita

Arabia Saudita no cuenta con antecedentes subimperiales, pero se encamina hacia esa configuración. Ha sido un sostén tradicional de la dominación estadounidense en Medio Oriente, pero la acumulación de rentas, las aventuras belicistas y las rivalidades con Turquía e Irán empujan al reino hacia ese conflictivo club.

Ese curso introduce mucho ruido en la relación privilegiada de la monarquía wahabita con el Pentágono. Arabia Saudita es la primera importadora de armas del mundo (12% del total) y destina el 8,8% de su PIB a la defensa. Estados Unidos coloca en la región el 52% de sus exportaciones bélicas totales y provee el 68% de las compras de los sauditas. Cada contrato suscripto entre ambos países tiene correlatos directos en inversiones norteamericanas. La monarquía wahabita aporta un sostén estratégico a la supremacía financiera de la divisa norteamericana.

Por la decisiva gravitación de esa élite arábiga, todos los mandatarios de la Casa Blanca han buscado armonizar la incidencia de lobby sionista con su equivalente saudita. Trump logró un punto máximo de equilibrio al aproximar ambos países a un eventual establecimiento de relaciones diplomáticas (Alexander, 2018).

El entrelazamiento estadounidense con la dinastía saudita se remonta a la posguerra y al protagonismo de esa monarquía en las campañas anticomunistas. Los jeques se involucraron en incontables acciones contrarrevolucionarias, para contener la irrupción de repúblicas en toda la región (Egipto-1952, Irak-1958, Yemen-1962, Libia-1969, Afganistán-1973). Cuando el Shah de Irán fue tumbado, los reyes wahabitas asumieron un papel más directo en la defensa del orden reaccionario en el mundo árabe.

Ese regresivo rol fue nuevamente visible durante la primavera árabe de la última década. El gendarme saudí y sus huestes yihadistas encabezaron todas las incursiones para aplastar esa rebelión.

Pero al cabo de muchos años de manejo de un excedente petrolero gigantesco, los monarcas de Riad han creado también un poder propio, asentado en la renta que generan los yacimientos de la península. Esos caudales enriquecieron a los emiratos organizados en el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), que consolidó un centro de acumulación para coordinar el uso de ese excedente.

En esa administración el viejo entramado semifeudal saudita adoptó modalidades más contemporáneas de rentismo, compatibles con el manejo despótico del estado. Las pocas familiares que monopolizan los negocios utilizan el poder monárquico para impedir la presencia de competidores. Pero el descomunal volumen de riquezas que gestionan, acrecienta las rivalidades por el control del Palacio y el consiguiente tesoro petrolero (Hanieh, 2020).

El poder económico de Riad ha incentivado las ambiciones geopolíticas de la monarquía y las incursiones de los militares sauditas, colocando al país en el sendero del subimperialismo.

Este curso ha sido acertadamente interpretado por los autores que aplican el concepto de Marini al actual perfil de Arabia Saudita. Retratan cómo ese reinado cumple con los tres requisitos señalados por el teórico brasileño, para identificar la presencia de ese status. El régimen wahabita motoriza activamente la inversión extranjera directa en las economías aledañas, mantiene una política de cooperación antagónica con el dominador norteamericano y despliega un manifiesto expansionismo militar (Sánchez, 2019).

El Cuerno de África es la zona privilegiada por los monarcas para esa intervención. Extendieron a esa región todas las disputas de Medio Oriente y dirimen allí quién controla el Mar Rojo, las conexiones de Asia con África y el transporte de los recursos energéticos consumidos por Occidente.

Los gendarmes sauditas participan activamente en las guerras que han devastado a Somalia, Eritrea y Sudán. Comandan el despojo de los recursos y el empobrecimiento de las poblaciones de esos países. Las brigadas que envía Riad demuelen estados para acrecentar el lucro del capital saudí en negocios de agricultura, turismo y finanzas.

De las regiones supervisadas por los monarcas proviene, además, una significativa porción de la fuerza de trabajo explotada en la península arábiga. Los inmigrantes sin derechos conforman entre el 56% y el 82% de la masa laboral de Arabia Saudita, Omán, Bahréin y Kuwait. Esos asalariados no pueden desplazase sin permiso y están sujetos al chantaje de expulsión y consiguiente corte de las remesas. En esa estratificada división del trabajo -en torno al género, la etnia y la nacionalidad- se asienta una monumental remisión de fondos desde esa región al exterior.

Las aspiraciones de primacía regional saudita confrontan con el protagonismo logrado por los ayatolás de Irán. Desde la ruptura de relaciones diplomáticas en el 2016, las tensiones entre ambos regímenes se han procesado a través de los choques militares, entre los aliados de ambos bandos. Esa confrontación ha sido particularmente sangrienta en Yemen, Sudán, Eritrea y Siria.

La actual disputa saudí-iraní retoma, a su vez, el divorcio entre dos procesos históricos disimiles de regresión feudal e incompleta modernización. Esa bifurcación moldeó las configuraciones estatales diferenciadas de ambos países (Armanian, 2019a).

Esa disparidad de trayectorias ha desembocado, además, en cursos capitalistas igualmente contrapuestos. Mientras Riad emerge como un centro internacionalizado de acumulación del Golfo, Teherán comanda un modelo auto-centrado de recuperación económica gradual. Esa diferencia se traduce cursos geopolíticos muy divergentes.

El peligroso descontrol de la teocracia

Los reyes sauditas encabezan el sistema político más oscurantista y opresivo del planeta. Ese régimen funciona desde los años 30´, mediante un compromiso entre la dinastía gobernante y una capa de clérigos retrógrados que supervisa la vida cotidiana de la población. Una división especial de la policía tiene atribuciones para azotar a las personas que permanecen en la calle a la hora de la oración. Ese modelo retrata una modalidad acabada de totalitarismo.

La prensa estadounidense cuestiona periódicamente el descarado sostén occidental de esa clique medieval y se congratula con las reformas cosméticas que prometen los monarcas. Pero en los hechos, ningún presidente norteamericano está dispuesto a distanciarse de un reinado tan impresentable como imprescindible, para la dominación de la primera potencia.

El principal problema de un régimen tan cerrado es la potencial explosividad de sus tensiones internas. Como todos los canales de expresión están clausurados, el descontento irrumpe con actos revulsivos. Esa impronta tuvo el estallido de 1979 en La Meca y el mismo efecto produjo el protagonismo de Bin Laden. Este personaje de la capa teocrática acumuló los típicos resentimientos de un sector desplazado y canalizó ese despecho hacia el padrino estadounidense (Achcar, 2008; cap 2).

La política imperial norteamericana debe lidiar también con las peligrosas aventuras externas de la teocracia gobernante. Los jeques que administran la principal reserva petrolera del planeta han sido fieles vasallos del Departamento de Estado. Pero en los últimos años asumieron apuestas propias, que Washington observa con gran temor.

Los monarcas ambicionan confluir en una alianza con Egipto e Israel para controlar un vasto territorio. Esa mortífera expansión ya encendió muchos polvorines que complican a los propios agresores.

Las tensiones escalaron a un punto crítico desde que el príncipe Bin Salman se alzó con el trono de Riad (2017) y puso en práctica su descontrolada violencia. Maneja la incuantificable fortuna de la monarquía con total discrecionalidad y alocadas ambiciones de poder regional.

Acrecentó primero su control del sistema político confesional, con una sucesión de purgas internas que incluyeron encarcelamientos y apropiaciones de riquezas ajenas. Posteriormente se embarcó en varios operativos militares para disputar poder geopolítico. Comanda la devastadora guerra del Yemen, amenaza a sus vecinos de Qatar, rivaliza con Turquía en Siria y exhibió un insólito grado de interferencia en el Líbano, al chantajear con el secuestro del presidente de ese país. Bin Salman está decidido a subir la apuesta bélica contra el régimen de Irán, especialmente luego de la derrota de sus milicias en Siria.

Las matanzas en Yemen encabezan la andanada saudita. La realeza arremetió contra ese país para capturar los pozos petroleros aún inexplorados de la península arábiga. Al cabo de muchas décadas de frenética extracción, los yacimientos tradicionales comienzan a enfrentar ciertos límites, que inducen a buscar otras vetas de abastecimiento. Riad pretende asegurar su primacía, con el acceso directo a los tres cruces estratégicos de la zona (Estrecho de Ormuz, Golfo de Adán y Bab el- Mandeb). Por eso rechazó la reunificación de Yemen y buscó romper a ese país en dos mitades (Armanian, 2016).

Pero la sangrienta batalla de Yemen se ha convertido en una trampa. La dinastía saudita afronta allí un pantano semejante al padecido por Estados Unidos en

Afganistán. Ha provocado la mayor tragedia humanitaria de la última década sin conseguir el control del país. No logra doblegar la resistencia, ni disuadir los ataques en su propia retaguardia. Los impactantes bombardeos con drones al corazón petrolero de Arabia Saudita ilustran la dimensión de esa adversidad.

Se ha demostrado que la alta tecnología en el uso de los misiles es un arma de doble filo cuando los enemigos descifran su manejo. La única respuesta de Riad ha sido acentuar el cerco alimentario y sanitario con muertos de hambruna al por mayor y 13 millones de afectados por epidemias de distinto tipo.

Esos crímenes son ocultados en la presentación corriente de esa guerra como una confrontación entre súbditos de Arabia Saudita e Irán. El sostén que aporta Teherán a la resistencia contra Riad, no es el factor determinante de un conflicto derivado del apetito expansivo de la monarquía.

Esa ambición explica también el ultimátum a Qatar, que estableció una alianza con Turquía. La monarquía wahabita no tolera esa independencia, ni la equidistancia con Irán o la variedad de posturas que exhibe la cadena Al Jazzera (Cockburn, 2017).

Los qataríes albergan una estratégica base norteamericana, pero han concertado importantes acuerdos energéticos con Rusia, mantienen intercambios con la India y no participan en la “OTAN sunita” que fomenta Riad (Glazebrook, 2017). Lograron, además, disfrazar su opresivo régimen interno con un operativo de “sportwashing” que los transformó en un gran auspiciante del futbol europeo. Bin Salman no ha podido lidiar con ese adversario y algunos analistas advierten que tiene en carpeta una operación militar para forzar el sometimiento de sus vecinos (Symonds, 2017).

Al borde del precipicio

El intervencionismo del príncipe saudita se afianza a un ritmo vertiginoso. En Egipto consolida su influencia multiplicando el financiamiento de la dictadura de Sisi. En Libia sostiene a la fracción de Haftar contra el rival que apadrina Ankara y espera la correspondiente retribución en contratos.

El monarca apuntala en Irak las contraofensivas de las fracciones sunitas para erosionar la primacía de Irán. Ese apoyo incluye el incentivo de masacres y guerras religiosas. En Siria buscó crear un califato sometido a Riad y enemistado con Ankara y Teherán. El fanatismo bélico del monarca se ha corporizado en la red de mercenarios que reclutó a través de la denominada “Alianza Militar Islámica”.

Arabia Saudita es una guarida internacional de los yihadistas que el Pentágono apadrinó con gran entusiasmo inicial. Pero los monarcas utilizan cada vez más a esos grupos como tropa propia, sin consultar a Estados Unidos y a veces en contrapunto con Washington.

En Somalia, Sudán y algunos países africanos la coordinación con el mandante norteamericano se quebró. Nunca se ha clarificado, además, el significado de los atentados de una organización como Al Qaeda, que contaba con el visto bueno de la monarquía. Las acciones terroristas de los yihadistas como fuerza transfronteriza son frecuentemente indescifrables y suelen desestabilizar a Occidente.

Ese descontrol chocó con la estrategia de Obama de aquietar las tensiones de la región, mediante sintonías con Turquía y tratativas con Irán. Trump apostó, en cambio, a favor del príncipe Salman con mayores ventas de armas, encubrimientos de masacres y convergencias con Israel.

Pero las imprevisibles acciones del monarca han generado crisis mayúsculas. El salvajismo que exhibió con el descuartizamiento del opositor Khashoggi desató un escándalo que no ha cicatrizado. El periodista era un fiel servidor de la monarquía, que posteriormente estrechó vínculos con los liberales de Estados Unidos. Trabajaba para el Washington Post y destapó datos de la criminalidad imperante bajo el régimen saudita.

El arrogante príncipe optó por asesinarlo en la propia embajada de Turquía y quedó expuesto como un vulgar criminal, cuando el presidente Erdogan transparentó el caso para su propia conveniencia. Trump hizo lo imposible para encubrir a su socio con algún cuento de alocados asesinos, pero no pudo ocultar la responsabilidad directa del joven reyezuelo.

Ese episodio retrató el carácter inmanejable de un mandatario aventurero, que con el ocaso de Trump perdió sostén directo en la Casa Blanca. Ahora Biden anunció un nuevo rumbo, pero sin aclarar cuál será ese sendero. Mientras tanto pospone la apertura de los archivos secretos que esclarecerían la relación de las cúpulas sauditas con el atentado a las Torres Gemelas.

En el establishment norteamericano se han multiplicado las prevenciones contra un aventurero, que dilapidó parte de las reservas del reino en belicosas andanzas. La factura de la guerra del Yemen ya está a la vista en el agujero presupuestario, que aceleró los proyectos de privatización de la empresa estatal de petróleo y gas.

La teocracia medieval se ha convertido en un dolor de cabeza para la política exterior norteamericana. Algunos artífices de esa orientación propician cambios más sustanciales en la monarquía, pero otros temen el efecto de esas mutaciones sobre el circuito internacional de los petrodólares. Washington terminó perdiendo la fidelidad de muchos países que aligeraron sus dictaduras o atemperaron sus reinados.

Esas disyuntivas no tienen soluciones preestablecidas. Nadie sabe si las acciones de Bin Salman son más peligrosas que su reemplazo por otro príncipe del mismo linaje. La existencia de un gran reinado en el entramado de los mini-estados que componen las dinastías del Golfo aporta más solidez, pero también mayores riesgos para la política imperialista.

Por esa razón los asesores de la Casa Blanca discrepan a la hora de auspiciar políticas de centralización o balcanización de los vasallos de Washington. En ambas opciones el deslizamiento de Arabia Saudita hacia un sendero subimperial entraña conflictos con el dominador norteamericano.

Contradictoria reconstitución en Irán

El status subimperial actual de Irán es más controvertido y permanece irresuelto. Incluye varios elementos de esa performance, pero también contiene rasgos que cuestionan esa ubicación.

Hasta los años 80 el país era un modelo de subimperialismo y Marini lo presentó como un ejemplo análogo al prototipo brasileño. El Shah era el principal socio regional de Estados Unidos en la guerra fría contra la URSS, pero al mismo tiempo desarrollaba su propio poder en disputa con otros aliados del Pentágono.

La dinastía de los Palhevi afianzó esa gravitación autónoma mediante un proceso de modernización con parámetros de occidentalismo anticlerical. Apuntaló la expansión de las reformas capitalistas en sucesivos conflictos con la casta religiosa.

El monarca pretendía gestar un polo de supremacía regional distanciado del mundo árabe y sentó las bases para un proyecto subimperial, que reconectaba con la raíz histórica de las confrontaciones que tuvieron los persas con los otomanos y los sauditas (Armanian 2019b).

Pero el desplome del Shah y su reemplazo por la teocracia de los Ayatolás modificaron radicalmente el status geopolítico del país. Un subimperio autónomo -pero estructuralmente asociado con Washington- se transformó en un régimen sacudido por la tensión permanente con Estados Unidos. Todos los mandatarios de la Casa Blanca han buscado destruir al enemigo iraní.

Ese conflicto altera el perfil de un modelo que ya no cumple con uno de los requisitos de la norma subimperial. La estrecha convivencia con el dominador norteamericano ha desaparecido y ese cambio confirma el carácter mutable de una categoría, que no comparte la perdurabilidad de las formas imperiales.

Los choques con Washington han modificado el perfil subimperial precedente de Irán. La vieja ambición de supremacía regional ha quedado articulada con la defensa frente al acoso norteamericano. Todas las acciones externas del país apuntan a crear un anillo protector, ante las agresiones que el Pentágono coordina con Israel y Arabia Saudita. Teherán interviene en los conflictos en curso con ese propósito de salvaguardar sus fronteras. Opta por alianzas con los adversarios de sus enemigos y busca multiplicar los incendios en la retaguardia de sus tres peligrosos atacantes.

Esta impronta defensiva determina una modalidad muy singular de eventual resurgimiento subimperial de Irán. La búsqueda de supremacía regional coexiste con la resistencia al acoso externo, determinando un curso geopolítico muy peculiar.

Defensas y rivalidades

El expansionismo suave de Irán en las zonas de conflicto refleja esa contradictoria situación del país. El régimen de los Ayatolás ciertamente comanda una red reclutamiento chiita con milicias adscriptas a esa identidad en toda la región. Pero en sintonía con la impronta defensiva de su política, actúa con mayor cautela que sus adversarios yihadistas.

La principal victoria del régimen fue lograda en Irak. Consiguieron colocar al país bajo su mando, luego de la devastación perpetrada por los invasores yanquis. Ahora utilizan el control de ese territorio como un gran tapón defensivo, para desalentar los ataques que Washington y Tel Aviv retoman una y otra vez.

El mismo propósito disuasivo ha guiado la intervención de Teherán en la guerra de Siria. Sostuvo a Assad y se involucró directamente en acciones armadas, pero buscó afianzar un cordón de seguridad para sus propias fronteras. Las milicias del Hezbollah libanés actuaron como los principales artífices de ese cinturón amortiguador.

Los sangrientos choques en Siria se desenvolvieron como ensayos de la conflagración mayor que los sionistas imaginan contra Irán. Por eso Israel descargó sus bombardeos sobre los destacamentos chiitas.

Washington ha denunciado reiteradamente la “agresividad de Irán” en Siria, cuando en los hechos Teherán refuerza su defensa frente a la presión estadounidense. En esa resistencia logró resultados satisfactorios. Trump jugó sus cartas a las distintas incursiones de Israel, Arabia Saudita y Turquía y terminó perdiendo la batalla. Ese fracaso corrobora la adversidad general que afronta Washington. Al cabo de incontables arremetidas no pudo someter a Irán y la madre de todas las batallas continúa pendiente.

En un plano más acotado, Irán disputa primacía regional con Arabia Saudita en las guerras de los países vecinos. En Siria los yihadistas de Riad privilegiaron los asaltos contra tropas adiestradas por su rival y en Yemen la monarquía wahabita ataca a las milicias que sintonizan con Teherán. En Qatar, Líbano e Irak se verifica la misma tensión, que tiende a dirimirse en la disputa por el estrecho de Ormuz. El control de ese pasaje puede consagrar al ganador de la partida entre los Ayatolás y la principal dinastía del Golfo. Por esa ruta -que conecta a los exportadores de Medio Oriente con los mercados del mundo- circula el 30% del petróleo comercializado en todo el planeta.

Al igual que su adversario saudita, el régimen iraní utiliza el velo religioso para encubrir sus ambiciones (Armanian, 2019b). Enmascara la intención de acrecentar su poder económico y geopolítico, alegando la superioridad de los postulados chiitas frente a las normas sunitas. En los hechos, las dos vertientes del islamismo se amoldan a regímenes igualmente controlados por oscurantistas capas de clérigos.

La rivalidad con Turquía no presenta hasta ahora contornos tan dramáticos. Incluye desinteligencias que están a la vista en Irak, pero no alteran el status quo, ni asumen la peligrosidad del choque con los sauditas. El gobierno pro-turco de los Hermanos Musulmanes en Egipto mantenía los equilibrios regionales que ansía Irán. Por el contrario la tiranía -que actualmente apadrinan Washington y Riad- se ha transformado en otro adversario activo de Teherán.

Al igual que Turquía y Arabia Saudita, Irán ha expandido su economía y el gobierno busca amoldar ese crecimiento a una presencia geopolítica más descollante. Pero Teherán ha seguido un desenvolvimiento autárquico adaptado a la prioridad de la defensa y a la resistencia del acoso externo. Las exportaciones petroleras han sido utilizadas para apuntalar un esquema que mixtura el intervencionismo estatal con el fomento de los negocios privados.

Todos los avances geopolíticos han sido transformados por la elite gobernante en esferas de lucro, manejadas por grandes empresarios asociados con la alta burocracia estatal. El control de Irak abrió un inesperado mercado para la burguesía iraní, que ahora también disputa el negocio de la reconstrucción de Siria.

En el tablero entre Irán y sus rivales hay numerosas incógnitas. Los Ayatolás han ganado y perdido batallas fuera de su país y afrontan disyuntivas económicas muy difíciles. La cúpula clerical-militar gobernante que prioriza el negocio petrolero debe lidiar con la desconexión financiera internacional que ha impuesto Estados Unidos. El régimen perdió la cohesión del pasado y debe definir respuestas frente a la decisión israelí de evitar la conversión del país en una potencia atómica.

Las dos principales alas del oficialismo impulsan estrategias diferenciadas de mayor negociación o creciente pulseada bélica. El primer rumbo prioriza los colchones defensivos en las zonas de conflicto. El segundo curso no rehúye repetir el desangre sufrido durante la guerra con Irak. La reconstitución subimperial depende de esas definiciones.

Escenarios críticos

El concepto de subimperialismo contribuye a clarificar el explosivo escenario de Medio Oriente y sus regiones aledañas. Permite registrar el protagonismo de las potencias regionales en los conflictos de la zona. Esos jugadores tienen mayor incidencia que en el pasado y no actúan en el mismo plano que las grandes potencias globales.

La noción de subimperialismo facilita la comprensión de esos procesos. Esclarece el papel de los países más relevantes y clarifica la continuada distancia que mantienen con Estados Unidos, Europa, Rusia y China. Explica, además, por qué razón las nuevas potencias regionales no reemplazan al dominador estadounidense y desenvuelven trayectorias frágiles corroídas por inmanejables tensiones.

Turquía, Arabia Saudita e Irán rivalizan entre sí desde configuraciones subimperiales y el desemboque de esa competencia es muy incierto. Si alguno de los contrincantes emerge como ganador doblegando a otros, podría introducir un cambio total en las jerarquías geopolíticas de la región. Si por el contrario las potencias en disputa se agotan en interminables batallas, terminarían anulando su propia condición subimperial.

Estas caracterizaciones y diagnósticos aportan el cimiento para otro debate clave. ¿Cuál es la singularidad de Israel en el tablero regional? ¿Cómo debería caracterizarse el rol de ese país? Abordaremos ese tema en nuestro próximo texto

Resumen

Tres países de la región reúnen las características del subimperialismo. Son economías intermedias que despliegan acciones militares y relaciones contradictorias con Estados Unidos. No sustituyen a los protagonistas globales y enlazan con raíces de larga data.

El concepto se aplica a Turquía. Clarifica su expansionismo externo, las ambigüedades frente a Washington y el autoritarismo de Erdogan. También esclarece las aventuras externas y la persecución de los kurdos.

La acumulación de rentas, las aventuras bélicas y las ambiciones de los monarcas encaminan a Arabia Saudita hacia el subimperialismo. Pero la teocracia incuba explosivas reacciones internas y afronta adversos resultados militares.

La eventual reconstitución del status subimperial de Irán se combina con una nueva tónica defensiva de tensiones con Estados Unidos. Las disputas entre subimperios modifican el status de todos los contrincantes.

 

29 septiembre 2021

 

Referencias

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Miércoles, 29 Septiembre 2021 05:51

El desplazamiento forzado aumenta en Colombia

La emergencia se presenta en el norte del municipio de Juradó como consecuencia de los enfrentamientos entre grupos armados ilegales y su presencia en los territorios indígenas. EFE/Archivo

El desplazamiento forzado, y su aumento, tiene que ver con la reconfiguración de los grupos armados y el incumplimiento de los acuerdos de la Habana. Pero no cabe pensar en un problema puntual, o en hechos aislados en determinados territorios. Es un problema estructural que continua la dinámica histórica de desplazamientos y despojo consustancial al modelo económico de las élites dominantes en Colombia

Casi 45.000 personas sufrieron desplazamiento forzado interno en Colombia en la primera mitad del 2021, 44.647 personas según la Oficina de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA). Esto no es nuevo para Colombia que ostenta el triste récord de ser el primer país del mundo en número de desplazados internos, como atestigua el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, con 8,3 millones de personas contabilizadas hasta finales de 2020. Y el dato más preocupante es que las personas desplazadas internas en este primer semestre tripliquen a las que lo hicieron en el primer semestre del año anterior, porque significa que las dinámicas de desplazamiento no se han parado sino que siguen agravándose. Comunidades del norte del país, de Ituango en Antioquia, del Sur del departamento de Bolívar, del Cauca, de Nariño han tenido que abandonar sus territorios por la disputa por el control del territorio generándose con ello una crisis humanitaria.

Los actuales desplazamientos se están dando en el curso de la profunda crisis política, económica, social y de derechos humanos, agravada por la presente pandemia, que está atravesando Colombia. El apoyo masivo de la población, que se volcó a las calles, al paro nacional indefinido que comenzó el 28 de abril ha sido una respuesta a esta crisis. La otra cara de la moneda ha sido la brutalidad militar y policial,  el escenario de graves violaciones de derechos humanos y crímenes de derecho internacional, con que el gobierno colombiano ha respondido al paro y a las demandas de la sociedad civil. Esta respuesta gubernamental nos da algunas pistas para entender el porqué de la persistencia del desplazamiento forzado.

La disputa por el control del territorio entre los grupos armados ilegales es la primera razón con la que se explican los desplazamientos. La voluntad expresa del gobierno del actual presidente Iván Duque, y del uribismo que lo sustenta, de no cumplir los acuerdos frustró la oportunidad para la paz que podía brindar lo pactado en La Habana. Este incumplimiento llevó a sectores de las FARC a retomar la guerrilla y toda la economía que gira a su alrededor y, asimismo, expresó la voluntad del gobierno de frustrar las posibilidades de lograr un acuerdo de paz con el ELN, la otra gran guerrilla histórica. Y mientras, el paramilitarismo se extendía y consolidaba en las zonas donde se retiraban las FARC-EP. Grupos paramilitares como las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), también denominado Clan del Golfo, los Caparros, y otros, disputaban el control del territorio autofinanciados con el narcotráfico, con el apoyo de transnacionales sobre todo extractivistas, y contando para su accionar con la connivencia del ejército.

También la no implementación de lo firmado en la Habana para favorecer el campo y la economía campesina ha estimulado nuevamente la extensión de los cultivos ilícitos en los territorios, que no han visto ninguno de los apoyos a planes productivos alternativos acordados. El Gobierno desatendió los proyectos de Zonas Veredales Transitorias de Normalización y los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación[1], y hoy muchos de los desplazados son exguerrilleros de las Farc que no pueden adelantar sus proyectos productivos mientras son amenazados y asesinados.

Las dinámicas del desplazamiento permiten el control del territorio, pero no sólo para las rutas de la ilegalidad, sino también, dentro de una clásica estrategia contrainsurgente, para el control social y lo que es todavía más importante, permiten el control de los recursos existentes y su explotación por las grandes empresas nacionales o internacionales. En la geografía del desplazamiento subyacen recursos minerales, metales o madera y grandes proyectos extractivos o de agricultura industrial que para su explotación precisan la eliminación de las insurgencias pero también de las resistencias sociales a esos proyectos y al despojo de las poblaciones campesinas, indígenas o afrodescendientes que habitan en los territorios codiciados.

La expansión de la frontera extractiva a territorios a los que no había llegado por la presencia de la guerrilla o la oposición social es una de las causas del actual agravamiento de los desplazamientos.

Los casos de Ituango en el departamento de Antioquia, del Sur de Bolívar y la situación en el norte del departamento del Cauca pueden ayudar a comprender las razones del desplazamiento forzado.

En este mes de julio en Ituango, 4090 personas, de ellas 1300 menores de edad, se desplazaron a la cabecera municipal por presión de los grupos ilegales, amenazas a personas y comunidades, combates, produciéndose así una terrible crisis humanitaria. Este desplazamiento no ha sido un fenómeno nuevo. Enlaza con las masacres del Aro y la Granja, entre otras, desde los 90 hasta ahora. Se enmarca, además de economías y grupos ilegales, con proyectos empresariales como el embalse de Hidroituango, propiedad de Empresas Públicas de Medellín fuertemente contestado por las comunidades afectadas, o las concesiones mineras a Cerro Matoso SA, empresa cuestionada por sus vínculos con el paramilitarismo, y a otras empresas nacionales y multinacionales que han presentado 34 solicitudes de contrato minero que cubrirían el 40% de las 234.700 has. del municipio de Ituango.

No hace falta profundizar mucho para ver cómo en un territorio como Ituango en el que antes de los acuerdos había una fuerte militarización, tras la desmovilización de las FARC, aunque en menor medida siguen actuando disidencias de las FARC, el ejército permite la penetración de los nuevos grupos paramilitares. El ejército retiró las bases militares que en lo más duro del conflicto protegían el proyecto de Hidroituango, manteniendo una presencia menor de tropas de la Cuarta Brigada. A la vez más de 1000 hombres armados del grupo paramilitar de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia rodean el municipio. Es imposible que fuerzas de ese calibre puedan moverse con tanta facilidad sin la connivencia de la fuerza pública.

En Ituango las autoridades y las fuerzas militares y policiales han estado presionando para el retorno de los desplazados, un retorno  a un territorio que el estado no protege, sin dar garantías por tanto para la seguridad que los desplazados precisan, y por contra señalando a algunos de los líderes de los albergues. Esta política no va a evitar nuevos desplazamientos sino que permite la repetición, cada poco tiempo, de unos desplazamientos en los que se pierden las cosechas, el cuidado de los animales, con lo que es extremadamente difícil sacar el fruto de los proyectos productivos de sustentación y que pueden forzar el desplazamiento y el despojo definitivo.

También en este mes de julio se ha producido un desplazamiento masivo en el Sur de Bolívar. 1000 personas, unas 250 familias, se han visto obligadas a desplazarse al casco urbano del municipio de Santa Rosa del Sur por la violencia entre grupos armados en sus territorios. El Sur de Bolívar sufre desde hace muchos años la disputa por la explotación minera. Hay oro en las serranías de San Lucas y el Corcovado. La acumulación de títulos mineros y las solicitudes en marcha por grandes mineras nacionales y transnacionales buscan desocupar el territorio de sus pobladores y sus trabajos de minería artesanal. Mientras Fedeagromisbol, que agrupa 45 asociaciones agromineras de pequeños mineros, lucha por ir formalizando sus explotaciones artesanales grandes empresas, como AngloGold Ashanti, Mineros SA, Comercializadora  Internacional Carbones de Córdoba y Antioquia, Uragold SA, CI Minwerbank ltda, tienen proyectos de minería a gran escala acaparando los títulos concedidos y otras concesiones pendientes de aprobación. Los datos son ilustrativos, las solicitudes presentadas afectan a 960.114 hectáreas, el 60% de la región, y más de la mitad de las solicitudes se concentraron en 5 solicitantes mientras las comunidades tenían solicitudes para 7.913 hectáreas.

El Sur de Bolívar es un territorio en el que históricamente el grupo guerrillero ELN (Ejército de Liberación Nacional) ha tenido presencia. Hoy también están los paramilitares de las AGC, y las disidencias de las Farc, el frente 37 y los de Gentil Duarte, disputando el territorio. La militarización existente en el territorio se incrementó en enero de 2019 con la llegada de los 2000 efectivos de la Fuerza de Tarea Conjunta Marte del Ejército, la fuerza aérea, la armada y la policía nacional, pero como decía la nota de prensa su tarea era combatir al ELN. Es quizás por ello que en abril de 2021 se denunciaba como los paramilitares podían establecer un retén permanente en el Cerro de los Muñecos, a pesar de la cercana presencia del Batallón Nariño del ejército, incluso algunos pobladores señalaban a los miembros de ese batallón de abrirle el paso a los paramilitares y abastecerlos de alimentos.

El alcalde de Segovia, Didier Osorio, denunciaba este 24 de agosto que policías estarían informando a los paramilitares sobre operativos en la zona, de cómo son los turnos, los desplazamientos, de los cuadrantes, a qué hora están o no están en determinado lugar para que los grupos criminales puedan actuar.

El Norte del Cauca es un territorio donde mal convive con los territorios ancestrales de comunidades indígenas y afrodescendientes el desarrollo de grandes empresas, de parques industriales y de zonas francas Hay una gran militarización con bases de unidades móviles y de alta montaña. Sólo en los municipios de Caloto, Corinto y Toribio hay siete bases militares y seis retenes militares permanentes de la policía y el ejército. A pesar de ello se están repitiendo las matanzas de líderes indígenas y existe el riesgo de desplazamiento de población afrodescendiente. Población a la que se ha marginado del supuesto desarrollo que han conllevado los parques industriales, y a la que se le ha negado su cosmovisión, sus derechos, empleabilidad y proyecto social. Según Indepaz en este año se han producido 9 masacres en el Cauca, con 28 personas asesinadas que ha afectado a población indígena y afrodescendiente.

La misión de las fuerzas militares es de hecho dar seguridad a las empresas, y no a las personas y comunidades que habitan el territorio. Una base militar está en la zona franca donde se ubica una de las principales empresas, Propal (Productora de Papeles SA), la seguridad privada de las empresas está vinculada al ejército y sus jefes son exmilitares o personal activo del ejército, a la vez que algunos municipios están contribuyendo con sus fondos propios a sufragar una parte de la presencia militar. El apoyo a las empresas por parte del estado contrasta con los 350 acuerdos incumplidos firmados entre el gobierno y las comunidades afrocaucanas, que dificultan los planes de vida propios, a la vez que permiten las explotaciones mineras con impacto ambiental y el crecimiento de los cultivos ilícitos y los grupos paramilitares.

Podríamos concluir que el desplazamiento forzado, y su aumento, tiene que ver con la reconfiguración de los grupos armados y el incumplimiento de los acuerdos de la Habana. Pero no cabe pensar en un problema puntual, o en hechos aislados en determinados territorios. Es un problema estructural que continua la dinámica histórica de desplazamientos y despojo consustancial al modelo económico de las élites dominantes en Colombia.

 

Tomàs Gisbert

Centre Delàs d’Estudis per la Pau

María Jesús Pinto

Centre Delàs d’Estudis per la Pau

29/09/2021

[1] Las Zonas Veredales Transitorias de Normalización y los Puntos Transitorios de Normalización son espacios creados en virtud de los Acuerdos de paz entre el gobierno y las FARC-EP en 2016, verificados por Naciones Unidas para la concentración, desmovilización y reincorporación a la vida civil de los Ex Combatientes de las FARC-EP. Al terminarse en 2017 son sustituidos por los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación. En 2020 existían 20 ETCR y se crearon aproximadamente 93 Nuevas áreas de reincorporación.

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¡Adiós a la Iniciativa Mérida! México y EEUU anuncian un nuevo acuerdo de seguridad

 

Los gobiernos de México y Estados Unidos elaboran un plan de seguridad bilateral que sustituirá a la Iniciativa Mérida, suscrita en 2008 durante las administraciones de Felipe Calderón y George W. Bush, informó el titular de la oficina de Asuntos Antinarcóticos y Aplicación de la Ley de la Embajada estadounidense en México, Alberto Rodríguez.

"En estos momentos, los Gobiernos de Estados Unidos y México se encuentran en un diálogo de cómo reformular la relación de cooperación en materia de seguridad. Este nuevo esquema reemplazará lo que fue la cooperación bajo la Iniciativa Mérida", declaró el diplomático de la administración de Joe Biden en el marco de la presentación del programa #ElDineroFácilSePagaCaro contra el lavado de dinero, que contó con la participación de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por su sigla en inglés).

"Los dos países expondrán las prioridades en áreas de seguridad y se llegará a un nuevo acuerdo de cooperación bilateral, una de estas prioridades de ambos países es precisamente el tema del financiamiento ilícito y lavado y su conexión con todo el espectro de actividades ilícitas", agregó.

En las próximas semanas se brindarán los detalles del acuerdo alcanzado, señaló Rodríguez, un proyecto que ha sido criticado por el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, por considerar que responde con helicópteros artillados a problemas de fondo, como la pobreza y la migración.

"Ya basta de estar queriendo resolver un problema social, económico, con medidas coercitivas. Ya no debe de existir eso del Plan Mérida, nosotros no queremos helicópteros artillados, lo que queremos es que la gente tenga recursos para sembrar, para cultivar sus tierras", declaró el mandatario el 22 de septiembre en torno a la posibilidad de implementar programas sociales en Centroamérica de la mano de Biden.

Activo desde 2008, el Plan Mérida fue establecido entre México, Estados Unidos y Centroamérica con el presunto propósito de contener el trasiego de drogas en la región, con una inyección multimillonaria de recursos estadounidenses para operar en territorio mexicano.

El titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) de México, Marcelo Ebrard, aseguró en julio de este 2021 que la Iniciativa Mérida estaba muerta, en paralelo a las afirmaciones presidenciales de dar una nueva orientación al respaldo internacional de Estados Unidos en materia de seguridad y crisis migratoria con Centroamérica.

López Obrador ha subrayado en repetidas ocasiones que programas como Jóvenes construyendo el futuro y Sembrando vida, impulsados por su administración, deben extenderse a Guatemala, El Salvador y Honduras para atender las causas de origen de la migración y la inseguridad.

En el programa #ElDineroFácilSePagaCaro, además de Naciones Unidas y el Gobierno de Estados Unidos, participan la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) de la Secretaría de Hacienda, la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) mexicana y el Consejo Ciudadano.

En la propuesta original de la Iniciativa Mérida se contempló la aportación de 1.400 millones de dólares por parte del Gobierno estadounidense a México para la modernización de equipo y vehículos militares, entrenamiento y asistencia técnica para los cuerpos de seguridad policiaco–militares, así como asistencia para el fortalecimiento de la infraestructura jurídica y judicial.

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Modi, Biden, Morrison y Suga deliberan en la Casa Blanca.. Imagen: AFP

Cumbre de potencias del Indopacífico menos China

La cumbre se realizó en medio de la creciente preocupación por el auge militar y político de China en la región.

 

El presidente estadounidense, Joe Biden, remarcó este viernes los "excelentes progresos" para lograr un Indopacífico "libre y abierto", en medio de la creciente preocupación por el auge militar y político de China en la región.

Así se expresó Biden en el arranque de la primera cumbre presencial en la Casa Blanca junto a los otros líderes del llamado grupo Quad: el primer ministro de Australia, Scott Morrison; el primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, y el primer ministro de India, Narendra Modi.

"Libre y abierto"

"Cuando nos reunimos virtualmente hace seis meses, adoptamos compromisos para avanzar en nuestra agenda compartida y positiva para un Indopacífico libre y abierto. Hoy estoy orgulloso de decir que estamos haciendo excelentes progresos", afirmó el mandatario estadounidense.

Se trata de la reunión de mayor perfil celebrada desde la creación del "Quad" en 2007, y en un momento en el que la región atrae el interés de las grandes potencias mundiales.

Desde la Casa Blanca, Morrison, Modi y Suga saludaron este encuentro que, según ellos, tiene como objetivo promover "una región del Indo-Pacífico libre y abierta", una formulación usada para criticar, sin nombrarla, a China y sus ambiciones en la zona.

Morrison explicó que el grupo se basa en la necesidad de demostrar que las "democracias pueden encarar los grandes desafíos" globales , y aseguró que "no hay una parte del mundo más dinámica que el Indopacífico".

Por su parte, Suga recalcó que el grupo es "una iniciativa extremadamente significativa" que muestra la "fuerte solidaridad" entre los cuatro países. A su turno Modi insistió en los "valores democráticos compartidos" de los cuatro socios.

Democracias

El anfitrión Biden, en tanto, señaló: "somos cuatro democracias de primer nivel, con una larga historia de cooperación, sabemos cómo hacer avanzar las cosas", dijo.

La cita del Quad se produce una semana después de que EE.UU. presentara la nueva alianza en Defensa para el Indopacífico con Australia y el Reino Unido, y muestra cómo ha puesto el foco estratégico en el Indopacífico, en su afán de reconfigurar el equilibrio de poderes en una región que domina China.

El anuncio de esa nueva alianza, que implicó la cancelación por parte de Australia de un multimillonario contrato con Francia para que ese país le suministrara submarinos, en favor de un nuevo pedido de sumergibles nucleares a EE.UU. y el Reino Unido, ha provocado una crisis entre Washington y los socios europeos. 

Tsunami

El llamado "Quad" fue esbozado después del devastador tsunami de 2004 y formalizado en 2007, pero ha estado inactivo durante mucho tiempo. Después de una cumbre virtual en marzo, Biden lo reúne de nuevo, en persona y a alto nivel.

Al reactivar el "Quad", Biden está de alguna manera buscando el "giro hacia Asia" de la política exterior estadounidense, un objetivo que ya había tenido el expresidente Barack Obama (2009-2017).

AUKUS

Pero después del anuncio del AUKUS, como se conoce el acuerdo con Reino Unido y Australia - y de su contrato de submarinos de propulsión nuclear que encolerizó a Francia-, Washington quiere presentar el "Quad" bajo una luz de consenso.

Es un cenáculo "informal" e "íntimo" destinado a "desarrollar mejores canales de comunicación", dijeron altos funcionarios de la Casa Blanca a periodistas. Según altos funcionarios, el "Quad" se concentrará sobre todo en proyectos económicos, ambientales y de lucha contra la pandemia.

ASEAN

No hay un objetivo "militar", insistieron, asegurando que el "Quad" sería "complementario" a otras iniciativas regionales, en respuesta a una pregunta sobre su articulación con la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN).

Algunos miembros de esta organización, que integran Malasia, Indonesia, Brunéi, Vietnam, Camboya, Laos, Birmania, Singapur, Tailandia y Filipinas, temen que la ofensiva estadounidense en la región lleve a una escalada con China.

25 de septiembre de 2021

Publicado enInternacional
Sábado, 25 Septiembre 2021 06:30

Once razones para no aprobar este POT

Once razones para no aprobar este POT

A la alcaldesa Claudia López le encanta presentar personalmente temas técnicos:  covid-19, seguridad, movilidad y ahora el POT. Posiblemente le han hecho creer que así demuestra que tiene la ciudad bajo control. Pero para temas tan complejos como el urbanismo, ni siquiera el exalcalde Bloomberg de Nueva York, un experimentado político y exitoso hombre de empresa, se arriesgaba tanto. Por ejemplo, el proyecto urbanístico más ambicioso de sus 3 períodos: la ‘Rezonificación de 59 manzanas alrededor de la Gran Estación Central’, lo retiró del Concejo de la ciudad cuando la academia y varios grupos comunitarios no lo apoyaron por exagerado e inconveniente. 

El Plan de Ordenamiento Territorial POT que presentó la alcaldesa de Bogotá para concertación ambiental con la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca CAR el pasado mes de mayo, y ahora en trámite ante el Consejo Territorial de Planeación CTPD, no está listo para aprobación. Y como espero demostrar, no se trata de modificar algunos ‘articulitos’.  Lo más conveniente, sugiero, es seguir el ejemplo de Nueva York y retirarlo para darle, con tranquilidad, los hervores que necesita. 

Aquí van once razones: 

Primera: falta de coherencia. Lo que se presenta públicamente en eventos y con coloridas diapositivas no coincide con los artículos del proyecto de acuerdo que aprobaría el Concejo, que es lo que al final cuenta. Un ejemplo: la bonita intención de ‘reverdecer’ la ciudad es imposible de cumplir (ver: https://www.eltiempo.com/bogota/opinion-tres-consejos-que-pueden-ayudar-a-entender-un-pot-muy-complicado-602780). 


Para ‘reverdecer’ a Bogotá el POT dice: “se incrementará el área verde y el arbolado urbano…”. Sin embargo, al aplicar los incentivos para densificar, una obsesión del POT, se logra exactamente lo opuesto. “El cálculo es simple. Entre más aumenta la densidad menos área verde y arbolado queda por habitante”. Cuando el índice de construcción base (I.C) pasa de 1,3 a 6,0 el espacio público resultante es de 0,86 m2 por habitante (artículo 309). Esto es dramático si creemos válido que el estándar propuesto para la ciudad debería ser 10 m2 por habitante. 

Segunda: complejidad y extensión excesivas. El POT es difícil de analizar y entender, además es innecesariamente largo. La versión que se le presentó a la CAR  tenía 386 páginas, 623 artículos y 87 mapas. La que se le presentó al CTPD tiene 472 páginas, 693 artículos y 128 mapas. Es un intento fallido por controlar todo con exceso de artículos, en gran parte solamente descriptivos. Un caso: solamente para antejardines hay 23 artículos. Otro ejemplo: para entender y aplicar la norma del tratamiento de renovación urbana, se requiere combinar 43 artículos, 4 mapas generales, 41 nuevos mapas de unidades de planeamiento local y consultar dos estudios técnicos de soporte (788 páginas y 28 anexos).

 
Tercera: participación ciudadana irrelevante. Igual que en los intentos de POT anteriores se confunde ‘socialización’ con ‘participación. Lo que se muestra en redes sociales es una rutina de reuniones con fotos de lánguidos participantes. Me consta que a los convocados virtualmente se les somete a horas de presentación por parte de los funcionarios quedando al final pocos minutos para comentarios. 

También me consta, como miembro de una comunidad barrial (UPZ 88-97 Sector normativo No. 10), que después de presentar y entregar a la Secretaría Distrital de Planeación SDP un documento con diagnóstico y propuestas en agosto del 2020, a la fecha (11 meses después y dos reuniones de ‘socialización’) no hemos recibido ni siquiera la respuesta de cortesía. 

Cuarta: descuidos por prisa exagerada. Parecería que por una urgencia autoimpuesta, el POT completo no lo leen ni los que lo están elaborando Hoy circulan tres versiones. La de la CAR, la que se puso inicialmente en la ‘página Web’ como entregada al CTDP con errores en la secuencia de artículos y otra, en la que sin ninguna aclaración, se arreglaron los errores más evidentes. 


La equivocación en la secuencia de artículos no es grave, pero permite suponer que puede haber errores no detectados, que podrían ser aprobados sin que nadie se percate. Por ejemplo, en el artículo 596 de la versión CAR la meta del ‘programa de hábitat sostenible y productivo’ es de: “2.500.000 viviendas iniciadas”. Y en el artículo 651 que reemplaza a éste en la versión CTPD, la meta son “581.570 viviendas iniciadas”. ¿Cómo se justifica una variación del 430% en un cálculo tan importante? ¿Es error de digitación? O es: ¿Replanteamiento drástico, sin explicación?


Quinta: hiperdensidad. Densificar ciudades es una estrategia que, como se ha demostrado en innumerables estudios, genera beneficios en ahorro de suelo, prestación de servicios y animación urbana. Pero, ‘hiperdensificar’ es otra cosa. Si ya Bogotá es la novena ciudad más densa del mundo (@citymayors.com), densificarla más y ponerla a competir con Mumbai, Calcuta y Karachi, ciudades con los peores índices de calidad de vida, es una apuesta arriesgada (ver: https://pensarlaciudad.udistrital.edu.co/miradas-de-ciudad/por-que-la-densidad-si-importa). 


La ‘hiperdensidad’ genera congestión, deficiencias serias en la prestación de servicios, problemas de interacción social, polución, y ahora, mezclada con pobreza y hacinamiento, está demostrado que empeora situaciones de pandemia. 
El POT adopta como “joya de la corona”, según la SDP, normas para sectores urbanos que ya se están desarrollando, como Lagos de Torca que tiene meta de 193 habitantes por hectárea (tercera densidad promedio más alta del mundo). Para vivienda de interés prioritario VIP, la densidad es 785 viviendas por hectárea útil. Para entender este número, comparémoslo con la densidad del conjunto residencial ‘Torres del Parque’ del arquitecto Rogelio Salmona. Este proyecto, ejemplar por su calidad urbanística y arquitectónica, con tres torres, una de 37 pisos, tiene 294 viviendas por hectárea.


Sexta: el POT no está terminado. Lo que queda pendiente por terminar una vez aprobado el POT es preocupante. Como está redactado el proyecto de acuerdo es un cheque en blanco para reglamentar posteriormente temas tan críticos como la definición o ampliación de zonas de renovación urbana y de ‘actuaciones estratégicas’. Queda por definir, cómo se aumenta el índice de construcción y la densidad en planes parciales, el manejo de zonas de riesgo, la delimitación de ‘barrios vitales’, de ‘corredores verdes’, la ‘redelimitación’ de bienes de interés cultural, la plusvalía, etc. Según ProBogotá Región hay “44 reglamentaciones derivadas del POT” que quedan por expedir en un período de 3 meses a 2 años entre las cuales hay 15 “sustanciales para el desarrollo urbano”. 


Séptima: ¿Cargas y beneficios para quién? En el análisis “Cómo pinta el nuevo POT” del concejal Diego Laserna, muy certeramente sugiere que “hay que hacer ejercicios financieros cuidadosos”. Y así es. Antes de darle la bendición y aprobar el POT es esencial evaluar matemáticamente la relación que existe entre: incentivos para aumentar la densidad-edificabilidad, las cargas que se le piden al constructor y los beneficios para la ciudad. 


El tratamiento de renovación urbana, al cual el POT le apuesta la mayor generación de vivienda, parte de un índice de construcción (I.C) de 1,3 (artículo 309). Esto significa que en un lote de 10.000 metros cuadrados se puede construir 10.000 x 1,3 = 13.000 m2, sin generar ‘cargas’. Para construir más se cede una parte del lote (30%) para espacio público (esto no le cuesta nada al promotor) y se aumenta a 10.000 x 6,0 = 60.000 m2. Si convertimos esta diferencia a apartamentos de 55 metros cuadrados, ¡pasamos de 236 apartamentos a 1.091…!!!   Aumento del 462%. Este índice de construcción de 6,0 se puede incrementar aún más si el lote es más grande y si se paga un dinero, que según mis cálculos preliminares es menos del 2% del aumento de utilidad.  


¿Este aumento en edificabilidad le trae beneficios a la ciudad? Parece que no. Como ya vimos, disminuye el área libre por habitante; y si el sector donde se ubica el proyecto no tiene servicios suficientes (salud, recreación, educación, etc.), recarga y congestiona los existentes. Volvemos a la ‘hiperdensidad’. 


Para entender un índice de construcción de 6,0 regresemos a las ‘Torres del Parque’. Este proyecto ocupa un lote de 10.000 m2 y tiene 40.000 m2 de construcción (sin parqueaderos). Esto es índice de construcción (I.C) de 4,0. A pesar de la densidad y la altura de las torres se destaca como buen ejemplo de diseño porque no tapa los cerros y se integra a la Plaza de Toros y al Parque de la Independencia generando espacio público continuo y de alta calidad para residentes y toda la ciudad. Ahora imaginemos si a proyectos de renovación urbana ubicados en otros sitios, más congestionados, se les permite construir con el índice de 6,0 que según el nuevo POT, no requiere trámites especiales.  Es un aumento del 50% en la densidad de ‘Las Torres del Parque’, sin ninguna de las ventajas de su localización. Y todo puede ser peor si se aplica el índice de construcción 9,0 que reglamenta desarrollos a lo largo de la primera línea del metro (Decreto 823 de 2019).  


Octava: la vivienda sigue en el aire. Los cálculos de la vivienda que se necesita en los próximos doce años no están claros y las discrepancias son gigantescas según la fuente consultada. Para el nuevo POT la fuente oficial son las proyecciones del Departamento Nacional de Estadística DANE. Pero esta entidad trabaja con supuestos que no siempre se cumplen y además no considera que para resolver necesidades las ciudades son más creativas que los demógrafos. Por ejemplo, si las familias se vuelven más pequeñas en el futuro, se subdividirán viviendas. Y como se ha visto con la pandemia: oficinas y centros comerciales se pasan al uso residencial. Adicionalmente, según el censo de 2018 había 118.752 viviendas desocupadas, número seguramente ampliado por la pandemia. 


La ambigüedad en las cifras produce un POT con un potencial de edificabilidad que sobrepasa todas las proyecciones. Del objetivo inicial de 2,5 millones de viviendas se pasó a 581 mil. Y cuando se aplican los exagerados índices de edificabilidad, posibles en cualquier parte de la ciudad, llegamos a un potencial de más de 4 millones de viviendas. Estos desfases hacen imposible un ejercicio de planeación serio.  


Novena: los proyectos más importantes del POT no están definidos. Posiblemente el tema más técnico de un POT sea la movilidad. Cualquier propuesta de línea de metro, cable o modo de transporte debe obedecer a estudios de generación y atracción de viajes, demanda de tráfico por modos, relación del proyecto con densidad residencial y de empleo; y sobre todo, evaluaciones de costo-beneficio. Sin embargo, la propuesta de POT dice textualmente en el artículo 162 que los corredores de transporte público de alta capacidad “se encuentran de manera indicativa en el mapa No. CU-4.4.1 y deberán ser revisados de acuerdo con los estudios y diseños técnicos de detalle que para tal efecto se elaboren”. Esto significa que la propuesta de movilidad genera efectos en los tratamientos urbanísticos pero el proyecto que origina la norma está indefinido. Esto es técnicamente inaceptable.


Otro ejemplo de ‘definición-indefinida’ son las Unidades de Planeamiento Local. Tal como están, parecería que lo más sensato no es aumentar el número de localidades sino disminuirlo para crear unidades económicas y de servicios más robustas y eficientes que las actuales. Pero este tema, igual que el regional lo dejamos para otra oportunidad.

    
Décima: un POT como si no hubiera existido la pandemia. El POT en ninguno de sus 128 mapas hace un diagnóstico de los efectos de la pandemia o de los sitios en dónde por alguna circunstancia (densidad, hacinamiento o pobreza) se concentraron los contagios y las muertes. Como sí lo hicieron en otras ciudades del mundo donde la cuota de muertes no fue tan alta. Las lecciones que pudo dejar la pandemia pasaron desapercibidas para este POT.


Los proyectos más grandes y polémicos de vivienda de la propuesta de POT del 2019 (Peñalosa) se mantienen en la nueva propuesta, como si no hubiera existido pandemia. Lagos de Torca queda exacto. A ‘’Lagos del Tunjuelo solamente se le cambia el nombre por ‘Reverdecer del Sur’. Y a la ‘Alameda entre Parques’, se le quita el nombre, pero se le deja la norma para la misma ‘hiperdensificación’. 


La décima primera razón para no aprobar este POT está en su propósito, intencional o imprevisto, de demoler la ciudad. Tal como está, el efecto va a ser reemplazar lo que se ha construido durante cientos de años por un mar de edificios de 16 pisos. 


Este POT parece un manual para demoler la ciudad. Para aumentar el índice de construcción (I.C.), que es donde radica el negocio inmobiliario, se promueve la compra y englobe de predios. Entre más compre, demuela y englobe, más edificabilidad se da al constructor. 


En la presentación del ‘Transmilenio Verde’ por la séptima (noviembre de 2020), la alcaldesa López dijo que esta era “una ciudad tan mal hecha” que en los próximos 15 años se iba a actualizar lo que no se había hecho en 100. Y en la presentación en PowerPoint de la versión que se le entregó a la CAR se refuerza la idea de hacer una ciudad nueva. Se mencionan 10 objetivos, todos partiendo de: “desempleo”, “pobreza”, “aislamiento”, “endurecimiento”, “del diésel y la contaminación”, “de la dependencia del bus”, “del reinado del automotor”, “del maltrato y la indiferencia”, “ciudad insostenible y segregada”. Y, obviamente, después de este diagnóstico deprimente, la única opción que se propone es demoler la ciudad. 


Si el POT actual del 2004 lleva 5 años pasado de la vigencia que determina la ley, esto no obliga a reemplazarlo por uno peor. 

 

*Arquitecto urbanista.  Profesor Universidad Javeriana

Publicado enColombia
Viernes, 24 Septiembre 2021 15:36

Historias sin contar sobre violencia y paz

Historias sin contar sobre violencia y paz

En días pasados fui invitado a un taller sobre “Intervención en miedo y duelo” organizado por el Programa de Desarrollo y Paz del Cesar en Pueblo Bello, a 56 km de la ciudad de Valledupar. Durante la visita, conocí algunas personas de la región que me contaron sus testimonios de luchas y conquistas en contextos de violencia. Sus relatos me llevaron a reflexionar sobre lo poco o nada que sabemos de la vida en los territorios más apartados del país ni de sus experiencias en torno a la paz y el conflicto militar, porque las noticias rápidas de la televisión o los titulares del periódico no se pueden comparar con las historias contadas por las mismas personas. .

La imagen que tenía de Valledupar se limitaba a las evocaciones nostálgicas que hacía mi mamá sobre los años que vivió allí en su juventud. Había ido solo una vez hace muchos años a un encuentro de un movimiento juvenil. Recuerdo el ambiente vallenatero, un resbalón en las piedras del río Guatapurí y la gran cantidad de árboles en todas las calles. Las vivencias que me contaron los locales cambiaron mi impresión sobre la ciudad y elevaron mi asombro sobre los alcances inimaginables del conflicto armado.

En el taller reflexionamos sobre la connotación del miedo y del duelo; de lo frágil y delicado que son estos procesos en la piel de quienes han vivido el conflicto desde adentro porque les tocó una suerte peor que nacer en Colombia: la de nacer en zonas abandonadas por el Estado, donde se está a merced de guerrilleros, paracos, narcotraficantes, políticos y empresarios corruptos y mafiosos que han propiciado desplazamientos forzados, desapariciones, secuestros, tortura y muchas formas de violencia.


En Pueblo Bello conocí a una familia de indígenas arhuacos, a los que visitamos después del taller. En el patio de su casa nos hablaron del hombre moderno y su distracción en cosas sin importancia; y del maestro pájaro que canta todos los días sobre la rama de un árbol y así nos enseña a vivir, porque es libre y es feliz cantando y saltando de rama en rama, sin preocuparse por tener o acumular. Simplemente es.

En la reunión, uno de ellos me explicó que el conocimiento de los arhuacos y su arraigo cultural los ha ayudado a sobrevivir después del genocidio de la colonización, la marginación estatal y los múltiples exterminios que la violencia ha infringido a los pueblos originarios en Colombia. De no conservar sus creencias, sus prácticas y su cosmología sin duda habrían desaparecido hace cientos de años y junto con ellos, un conocimiento ancestral y una espiritualidad profundamente conectada con la tierra, tan relevante y urgente para la conservación natural.

Hubiera querido grabar esa conversación aunque lo más importante era aprovechar el encuentro, como un regalo que llega sin anunciarse para atesorarlo en la memoria y el corazón. Al día siguiente por la mañana, un mamo nos compartió su reflexión en un lugar sagrado, dentro del patio de su casa. Allí nos invitó a depositar nuestras preocupaciones y deseos en un pedacito de algodón de lana de ovejo que enrollamos con los dedos para que él las ofreciera en un pagamento a la Madre Tierra. También nos dio un puñadito de hojas de coca para usarla como “jabón espiritual” en el río y luego echarlas al agua antes de irnos. Hermoso.

El mamo, con sus palabras sencillas. nos explicó lo que yo intenté decir en una tesis de casi 100 hojas. Sus historias y reflexiones se articulan en ese proyecto de decolonizar la paz, es decir, de construirla desde los territorios y las características de las luchas de las comunidades. Conocer cómo se vive, se piensa y lo que se hace por fuera del orden establecido, a través de formas subalternas de subsistencia es abrir una puerta a otros mundos posibles y desconocidos, a pesar de existir desde mucho antes del mundo que conocemos.

Es necesario acercarse a otros saberes a partir de lo que cuentan quienes han tejido las historias y procesos de paz al interior de las comunidades y en los territorios apartados. Esto nos puede ayudar a ampliar nuestra comprensión sobre los fenómenos que han marcado el rumbo del país y cuestionar la retórica oficial del gobierno y de los medios comprometidos con sus intereses, que promocionan la paz como un tema de seguridad y exaltan la labor de la fuerza armada como garante de la paz y la tranquilidad.

Ese libreto no se detiene en lo que sintieron, por ejemplo, aquellas familias en la Serranía del Perijá cuando huyeron de sus casas repentinamente dejando todo porque ese día llegaron los paracos a su vereda, quemaron sus casas y asesinaron a su gente. Ahora sabemos por qué hay personas que se acostumbraron a vivir en la zozobra permanente, tanto como para cambiar sus hábitos alimenticios y comer solo plátano verde cocido, porque era lo más rápido de preparar por si les tocaba emprender la huida en cualquier momento.

Estas historias de dolor y tragedia permiten dimensionar los efectos del conflicto. Lo que pesa saberse entre las más de 8 millones de víctimas, como las que tuvieron que huir en una carrera a muerte por las trochas de la Sierra porque los venían persiguiendo, obligados a abandonar a sus padres en el camino para que no retrasaran al resto de la familia, previo ingenio para ocultarlos vivos, enterrándolos pero que pudieran respirar de algún modo.

No conocemos muchas historias de paz distintas a las que cuentan los dirigentes políticos, esos que anuncian una Paz definitiva y en mayúscula, como dice William Ospina, con la promesa de desmovilizar a grupos insurgentes, bandoleros, guerrilleros, paramilitares para generalmente atribuirles la responsabilidad de todo lo ocurrido. Pero la Paz nunca llega, afirma, porque lo que nunca se construye es la paz con la ciudadanía pacífica que lleva vidas enteras esperando una economía incluyente y una cultura que dignifique … que “nos den lo que ya tuvimos y que ahora dicen que es imposible” dice.

Los procesos de paz tejidos por la gente en sus territorios, en cambio, tienen una resonancia más espectacular y urge darlos a conocer. Algunos de ellos, como el colectivo artísticos y de danza creado por hijos e hijas de excombatientes y víctimas en un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (Etcr), como estrategia para romper los discursos de odio y de venganza; el proyecto de cultivo y producción de café en la Serranía del Perijá de campesinos desplazados por paramilitares que han retornado a sus hogares. Estos son solo dos casos en los que ha sido posible cambiar la historia de violencia y muerte en Colombia por medio de la acción y el empoderamiento de las comunidades.

Un conocimiento a fondo del país no tiene que ver con portar una bandera y ponerse a discutir con quienes la exhiben al revés en señal de repudio al orden corrupto que nos gobierna. Más bien, es la escucha atenta de las historias que la gente ha vivido en las regiones apartadas impregnadas de sabiduría ancestral, históricamente desechada por la hegemonía del pensamiento occidental. La diversidad de culturas, lenguas y tradiciones, aunque algunos se avergüencen de las raíces originarias e insistan en criminalizar a la minga indígena y excluirla de la sociedad, han dado respuestas sostenibles al problema.

De mi visita a Valledupar me queda lo que escuché y aprendí de un arhuaco de la sierra orgulloso de su identidad y guardián de su pueblo; de un joven hijo de ex guerrilleros desmovilizados que cree en el impacto social de su trabajo y sus proyectos; de un líder comunitario que defiende la gobernanza como modelo de desarrollo económico y social; y de un ejecutivo comprometido con la paz de la región aún arriesgando su propia seguridad.

Estas personas con mucho para contar y compartir nos ayudan a descubrir la verdadera cara de este país, sin maquillajes ni imaginerías patrióticas y románticas como los que repiten e insisten en que este es un país feliz y en paz, mientras reprimen con la mayor brutalidad cualquier intento de rebeldía y de emancipación. No sé cuántas historias de paz y reconciliación deben haber por ahí pero me gustaría escucharlas todas y contárselas al mundo para ayudar a transformar la narrativa que define a Colombia por dentro y fuera. Dejar por sentado que en este país de violencias desgarradoras pero también de resiliencias, resistencias y re-existencias no todo está dicho.

 

 

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Publicado enEdición Nº284
Viernes, 24 Septiembre 2021 15:12

Historias sin contar sobre violencia y paz

Historias sin contar sobre violencia y paz

En días pasados fui invitado a un taller sobre “Intervención en miedo y duelo” organizado por el Programa de Desarrollo y Paz del Cesar en Pueblo Bello, a 56 km de la ciudad de Valledupar. Durante la visita, conocí algunas personas de la región que me contaron sus testimonios de luchas y conquistas en contextos de violencia. Sus relatos me llevaron a reflexionar sobre lo poco o nada que sabemos de la vida en los territorios más apartados del país ni de sus experiencias en torno a la paz y el conflicto militar, porque las noticias rápidas de la televisión o los titulares del periódico no se pueden comparar con las historias contadas por las mismas personas. .

La imagen que tenía de Valledupar se limitaba a las evocaciones nostálgicas que hacía mi mamá sobre los años que vivió allí en su juventud. Había ido solo una vez hace muchos años a un encuentro de un movimiento juvenil. Recuerdo el ambiente vallenatero, un resbalón en las piedras del río Guatapurí y la gran cantidad de árboles en todas las calles. Las vivencias que me contaron los locales cambiaron mi impresión sobre la ciudad y elevaron mi asombro sobre los alcances inimaginables del conflicto armado.

En el taller reflexionamos sobre la connotación del miedo y del duelo; de lo frágil y delicado que son estos procesos en la piel de quienes han vivido el conflicto desde adentro porque les tocó una suerte peor que nacer en Colombia: la de nacer en zonas abandonadas por el Estado, donde se está a merced de guerrilleros, paracos, narcotraficantes, políticos y empresarios corruptos y mafiosos que han propiciado desplazamientos forzados, desapariciones, secuestros, tortura y muchas formas de violencia.


En Pueblo Bello conocí a una familia de indígenas arhuacos, a los que visitamos después del taller. En el patio de su casa nos hablaron del hombre moderno y su distracción en cosas sin importancia; y del maestro pájaro que canta todos los días sobre la rama de un árbol y así nos enseña a vivir, porque es libre y es feliz cantando y saltando de rama en rama, sin preocuparse por tener o acumular. Simplemente es.

En la reunión, uno de ellos me explicó que el conocimiento de los arhuacos y su arraigo cultural los ha ayudado a sobrevivir después del genocidio de la colonización, la marginación estatal y los múltiples exterminios que la violencia ha infringido a los pueblos originarios en Colombia. De no conservar sus creencias, sus prácticas y su cosmología sin duda habrían desaparecido hace cientos de años y junto con ellos, un conocimiento ancestral y una espiritualidad profundamente conectada con la tierra, tan relevante y urgente para la conservación natural.

Hubiera querido grabar esa conversación aunque lo más importante era aprovechar el encuentro, como un regalo que llega sin anunciarse para atesorarlo en la memoria y el corazón. Al día siguiente por la mañana, un mamo nos compartió su reflexión en un lugar sagrado, dentro del patio de su casa. Allí nos invitó a depositar nuestras preocupaciones y deseos en un pedacito de algodón de lana de ovejo que enrollamos con los dedos para que él las ofreciera en un pagamento a la Madre Tierra. También nos dio un puñadito de hojas de coca para usarla como “jabón espiritual” en el río y luego echarlas al agua antes de irnos. Hermoso.

El mamo, con sus palabras sencillas. nos explicó lo que yo intenté decir en una tesis de casi 100 hojas. Sus historias y reflexiones se articulan en ese proyecto de decolonizar la paz, es decir, de construirla desde los territorios y las características de las luchas de las comunidades. Conocer cómo se vive, se piensa y lo que se hace por fuera del orden establecido, a través de formas subalternas de subsistencia es abrir una puerta a otros mundos posibles y desconocidos, a pesar de existir desde mucho antes del mundo que conocemos.

Es necesario acercarse a otros saberes a partir de lo que cuentan quienes han tejido las historias y procesos de paz al interior de las comunidades y en los territorios apartados. Esto nos puede ayudar a ampliar nuestra comprensión sobre los fenómenos que han marcado el rumbo del país y cuestionar la retórica oficial del gobierno y de los medios comprometidos con sus intereses, que promocionan la paz como un tema de seguridad y exaltan la labor de la fuerza armada como garante de la paz y la tranquilidad.

Ese libreto no se detiene en lo que sintieron, por ejemplo, aquellas familias en la Serranía del Perijá cuando huyeron de sus casas repentinamente dejando todo porque ese día llegaron los paracos a su vereda, quemaron sus casas y asesinaron a su gente. Ahora sabemos por qué hay personas que se acostumbraron a vivir en la zozobra permanente, tanto como para cambiar sus hábitos alimenticios y comer solo plátano verde cocido, porque era lo más rápido de preparar por si les tocaba emprender la huida en cualquier momento.

Estas historias de dolor y tragedia permiten dimensionar los efectos del conflicto. Lo que pesa saberse entre las más de 8 millones de víctimas, como las que tuvieron que huir en una carrera a muerte por las trochas de la Sierra porque los venían persiguiendo, obligados a abandonar a sus padres en el camino para que no retrasaran al resto de la familia, previo ingenio para ocultarlos vivos, enterrándolos pero que pudieran respirar de algún modo.

No conocemos muchas historias de paz distintas a las que cuentan los dirigentes políticos, esos que anuncian una Paz definitiva y en mayúscula, como dice William Ospina, con la promesa de desmovilizar a grupos insurgentes, bandoleros, guerrilleros, paramilitares para generalmente atribuirles la responsabilidad de todo lo ocurrido. Pero la Paz nunca llega, afirma, porque lo que nunca se construye es la paz con la ciudadanía pacífica que lleva vidas enteras esperando una economía incluyente y una cultura que dignifique … que “nos den lo que ya tuvimos y que ahora dicen que es imposible” dice.

Los procesos de paz tejidos por la gente en sus territorios, en cambio, tienen una resonancia más espectacular y urge darlos a conocer. Algunos de ellos, como el colectivo artísticos y de danza creado por hijos e hijas de excombatientes y víctimas en un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (Etcr), como estrategia para romper los discursos de odio y de venganza; el proyecto de cultivo y producción de café en la Serranía del Perijá de campesinos desplazados por paramilitares que han retornado a sus hogares. Estos son solo dos casos en los que ha sido posible cambiar la historia de violencia y muerte en Colombia por medio de la acción y el empoderamiento de las comunidades.

Un conocimiento a fondo del país no tiene que ver con portar una bandera y ponerse a discutir con quienes la exhiben al revés en señal de repudio al orden corrupto que nos gobierna. Más bien, es la escucha atenta de las historias que la gente ha vivido en las regiones apartadas impregnadas de sabiduría ancestral, históricamente desechada por la hegemonía del pensamiento occidental. La diversidad de culturas, lenguas y tradiciones, aunque algunos se avergüencen de las raíces originarias e insistan en criminalizar a la minga indígena y excluirla de la sociedad, han dado respuestas sostenibles al problema.

De mi visita a Valledupar me queda lo que escuché y aprendí de un arhuaco de la sierra orgulloso de su identidad y guardián de su pueblo; de un joven hijo de ex guerrilleros desmovilizados que cree en el impacto social de su trabajo y sus proyectos; de un líder comunitario que defiende la gobernanza como modelo de desarrollo económico y social; y de un ejecutivo comprometido con la paz de la región aún arriesgando su propia seguridad.

Estas personas con mucho para contar y compartir nos ayudan a descubrir la verdadera cara de este país, sin maquillajes ni imaginerías patrióticas y románticas como los que repiten e insisten en que este es un país feliz y en paz, mientras reprimen con la mayor brutalidad cualquier intento de rebeldía y de emancipación. No sé cuántas historias de paz y reconciliación deben haber por ahí pero me gustaría escucharlas todas y contárselas al mundo para ayudar a transformar la narrativa que define a Colombia por dentro y fuera. Dejar por sentado que en este país de violencias desgarradoras pero también de resiliencias, resistencias y re-existencias no todo está dicho.

 

 

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