Viernes, 19 Septiembre 2014 08:14

La guerra de los 535 generales

Escrito por Brecha
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«Coalición base». Barack Obama, John Kerry y David Cameron«Coalición base». Barack Obama, John Kerry y David Cameron

Estados Unidos se lanza contra el Estado Islámico y el presidente Barack Obama, que llegó a la Casa Blanca en 2009 con la promesa de sacar al país de las largas guerras iniciadas por su predecesor, pondera ahora la paradoja de política internacional: el mundo repudia el intervencionismo yanqui y lo reclama como solución a crisis varias.


La Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó el miércoles, con el voto de 159 republicanos y 114 demócratas, una legislación que respalda, con numerosas condiciones, el plan abundante en ambigüedades del presidente Obama para dar batalla y despachurrar a los yihadistas que, pretenciosos, se denominan Estado Islámico (EI). El Senado, se espera, añadirá sus propias condiciones, restricciones, cautelas y prevenciones, pero Obama tendrá apoyo legislativo para hacer lo que él no explica bien y nadie entiende mejor.

Obama, encanecido en crisis y ya en la recta final de su segundo gobierno maneado por una oposición republicana intransigente, dijo al país que tiene autorización del Congreso para una acción militar contra el EI en Irak. Es la misma resolución que en 2003 dio a George W Bush el permiso para la invasión preventiva de un país que, hasta entonces, el dictador Saddam Hussein había mantenido unido con un terrorismo de Estado eficaz y probado.

La novedad en el discurso de Obama y lo que ha indicado su gobierno desde entonces es que Estados Unidos también llevará la campaña contra el EI dentro de Siria, que es donde en realidad operan dos tercios de la horda degolladora.

Cuando faltan menos de dos meses para las elecciones que renovarán un tercio del Senado y la totalidad de la Cámara baja, los 535 legisladores estadounidenses padecen una esquizofrenia política: deben aparecer como serios estadistas conocedores de los intríngulis de conflictos por los que se matan bandos múltiples en medio mundo, y deben atender a las preocupaciones de los votantes en sus respectivos distritos.

Las encuestas muestran que si a los estadounidenses se les pregunta cuán malos son los merodeadores de la bandera negra, el 90 por ciento está de acuerdo en que son malísimos. Y si se les pregunta si Estados Unidos debe hacer algo al respecto, el 80 por ciento dice que sí y que es urgente. Pero si la pregunta es si Estados Unidos debe enviar sus soldados a Irak otra vez para pelear una guerra ajena, el 75 por ciento responde que no. Estados Unidos ha estado en guerra desde 2001, ha perdido a miles de jóvenes en Afganistán e Irak para no arreglar nada, y ambos países se sumen en su propio caos tras la salida de los estadounidenses y sus aliados.

Las familias militares estadounidenses y el sistema de salud deben lidiar ahora con cientos de miles de hombres y mujeres mutilados, abollados físicamente por las bombas caseras, y psicológica y emocionalmente desbaratados por campañas prolongadas. En ambas guerras Estados Unidos ha gastado más de 1,3 billones de dólares en un período que incluyó la recesión económica más profunda y prolongada en casi 80 años.

Los estadounidenses están cansados de guerra justo cuando a Vladimir Putin se le despertó el oso, los niños centroamericanos se cuelan en la frontera, los africanos se masacran con ganas, y la lucha contra el virus de ébola requiere –en la visión estadounidense– el envío de 3 mil militares. Y los 535 generales del Capitolio indicándole al comandante en jefe qué debería hacer y qué no podrá hacer.

QUIÉNES SON LOS ENEMIGOS DE MIS ENEMIGOS. Para Washington el dilema, o los varios dilemas, porque en el Oriente Medio nada es claro, es en qué medida intervenir apoyando a quién sin que se enojen quiénes o se arme un estropicio peor.

La única fuerza militar local que, hasta ahora, parece capaz de plantar batalla a los yihadistas del Estado Islámico son los peshmerga, que funcionan como ejército propio del Kurdistán en el norte de Irak. Estados Unidos y sus aliados están suministrando armamento y vaya uno a saber cuánto tipo de otras ayudas no mencionadas públicamente, pero el apoyo a los kurdos tiene consecuencias indeseables para Washington. Hay minorías kurdas en Turquía, un aliado de Washington y miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, y en Irán, adversario de Washington que ahora comparte con Estados Unidos el apoyo al gobierno de mayoría chiita en Bagdad, necesario para combatir a los extremistas sunitas que cuentan con la simpatía y el respaldo de Arabia Saudí. Irán también respalda al grupo palestino Hamas, que le da batalla a Israel, y a Hizbolá, que le da batalla al gobierno de Líbano y a Israel de vez en cuando. Turquía, que por su ubicación geográfica y capacidad militar es un elemento clave en una campaña contra el Estado Islámico, ha dicho que no participará porque no le simpatiza mucho la idea de un fortalecimiento kurdo. Irán, que debería ver con recelo la expansión del Estado Islámico, se opone a que Estados Unidos y sus aliados metan baza. Rusia, que al menos por proximidad geográfica y la presencia de poblaciones musulmanas en su panza sur debería preocuparse por tanta jihad, sólo funciona por ahora como proveedora de armas para casi todas las pandillas de cualquier bandera, un negocio lucrativo teniendo en cuenta el tesoro de guerra del Estado Islámico.

Los países musulmanes de mayoría sunita se declaran alarmados por la propagación explosiva del Estado Islámico pero hasta ahora nada hacen para detener a los revolucionarios medievalistas que, sin rienda, podrían derribar monarquías y emiratos que son, de palabra, aliados de Washington. De Europa han salido miles de jóvenes atraídos por la ideología simple, fanática y guerrera del Estado Islámico que algún día pueden retornar a casa para continuar su jihad. La lucha contra el EI implica combatir a la milicia que le ha dado más problemas al otro dictador que ha mantenido su país unido a pura represión, Bashar al Asad, en Siria, enemigo de Washington y de Israel, respaldado por Rusia e Irán, odiado por Arabia Saudí. El EI extermina a cristianos, judíos, chiitas, yazidis, kurdos e incluso sunitas que no le rinden pleitesía, secuestra mujeres para proveer a sus combatientes de úteros que producirán los combatientes del futuro, y da instrucción militar a niños desde los 12 años para que se conviertan en soldados que matan o "mártires" dispuestos a suicidarse con explosivos.

Todo esto luce como un embrollo del cual la gente sensata se apartaría, y la noción tiene su buen respaldo político en Estados Unidos. Hay senadores, como el republicano de Kentucky Rand Paul, que insisten en que Estados Unidos no debe meterse. Pero también los hay como el republicano de Carolina del Sur, Lindsey Graham, que insisten en que sólo Estados Unidos tiene la fibra, los medios tecnológicos y la voluntad para despachurrar al Estado Islámico, mientras que su correligionario de Arizona John McCain critica incesantemente a Obama porque no interviene lo suficiente. La misma división de opiniones ocurre entre los demócratas.

METETE NO TE METAS. El presidente Obama visitó esta semana la sede en Tampa, Florida, del Mando Conjunto Central, la provincia de operaciones del Pentágono que incluye a Irak, el Golfo, Afganistán y el este de África. Allí, ante los soldados que eventualmente irían a esta nueva campaña, prometió que Washington no pondrá nuevamente tropas estadounidenses en combate en Irak. De inmediato los críticos de Obama denunciaron el error de decirle al enemigo, en este caso el Estado Islámico, qué es lo que Washington no hará, con lo cual supuestamente los muchachos del degüello se sentirán alentados sabiendo que no aparecerán por allá las tropas más calificadas y mejor equipadas para combatirlos. Pero Obama también prometió que Estados Unidos asumirá el liderazgo en esta campaña. Para ello ha conformado una coalición que, según Washington, ya cuenta con el respaldo de medio centenar de países. Nadie sabe exactamente cuáles son esos países ni con qué han prometido que contribuirán.

Sin soldados estadounidenses pata en tierra, queda la opción del apoyo aéreo, la vigilancia desde satélites y los ataques con aviones robots (drones) contra el EI. La estrategia estadounidense, por lo que de ella puede verse, se apoya en la noción de que lo que ha nutrido la extraordinariamente rápida expansión del EI será precisamente la causa de su fracaso militar. El EI ha operado con unidades pequeñas extremadamente móviles y con armamento liviano, para extender su presencia en un tercio de Siria y un tercio de Irak. Contra esas unidades es limitada la eficacia de los bombardeos desde el aire. Pero para mantener el control del área conquistada y defenderla, necesitará conformarse como un ejército, con bases, líneas de abastecimiento, unidades que lleguen al tamaño de brigada. Y entonces se tornará vulnerable.

En cuanto a la batalla contra el EI dentro de Siria, la estrategia de Obama consiste en apoyar al llamado Ejército Libre de Siria, que lleva dos años peleando contra Asad y que supuestamente es controlado por los "opositores moderados" al régimen de Damasco.


Y esta es la confusión que una y otra vez ha puesto a Estados Unidos en apoyo de socios dudosos, cuando no malosos.

El ejemplo más contundente es el de Afganistán. En la década de 1980, para combatir a los invasores soviéticos, Estados Unidos financió, dio instrucción militar y armamento avanzado a los que entonces se llamaban muyaidines y hoy serían yihadistas. Al frente de los guerreros islámicos de muchos países, y en su mayoría sunitas, surgió Osama bin Laden. Y los muyaidines que ayudaron a vencer a la Unión Soviética contribuyeron a la instalación del régimen talibán en Kabul. El resto es historia.

Los múltiples conflictos en Oriente Medio tienen raíces históricas muy largas, y las que ahora alimentan estos frutos amargos datan de hace casi un siglo, cuando al final de la Primera Guerra Mundial se desmembró el imperio otomano –que eligió el bando perdedor– y las potencias ganadoras, en particular Francia e Inglaterra, se repartieron los despojos. Los europeos trazaron sobre mapas las líneas de "países" que servían a sus intereses, sin tener en cuenta la composición étnica o las diferencias religiosas de las poblaciones que quedaron a uno y otro lado de aquellas fronteras.

Ese mapa ha estallado. Con la invasión a Irak en 2003, Bush contribuyó a la disgregación, y ahora le ha caído a Obama en sus manos la bolsa llena de gatos.

Información adicional

  • País:Estados Unidos
  • Fuente:Brecha
Visto 942 vecesModificado por última vez en Viernes, 19 Septiembre 2014 08:26

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