Miércoles, 01 Septiembre 2021 05:56

Las relaciones estratégicas de los talibanes para no perder Afganistán

Escrito por Ana Cabirta Martín
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Las relaciones estratégicas de los talibanes para no perder Afganistán

El movimiento talibán ha conseguido volver a entrar en el palacio presidencial de Kabul, generando un escenario muy volátil que en los últimos días ha escapado incluso a su control. Por otra parte, las potencias regionales e internacionales deben decidir ahora si apoyarán o no al grupo islamista, aunque sea en vistas a derrotar a un enemigo que talibanes y occidentales mantienen en común: la rama del Estado Islámico en Afganistán.

Afganistán ha sido escenario de lo que muchos han denominado como “la mayor evacuación de la historia”. Las principales potencias occidentales han retirado ya a sus tropas y, mientras los últimos aviones extranjeros levantaban el vuelo, los líderes de distintos países prometían que “seguirán trabajando sobre el terreno para ayudar a los colaboradores afganos que no han podido evacuar”. Queda también suspendida en el aire la contradicción de Estados Unidos, que tras 20 años combatiendo contra las milicias del grupo talibán, mantiene a su servicio de inteligencia trabajando con los talibanes para hacer frente a la rama local del Estado Islámico en Afganistán: la filial EI-Khorasan (EI-K).

Por otra parte, a esta situación tan compleja se añaden las distintas posturas de los países interesados en la región. Durante los cinco años que mantuvieron su emirato, entre 1996 y 2001, los talibanes fueron reconocidos por tres países de gran peso en la región: Pakistán, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí. Dos décadas después, solo el primero de estos actores clave mantiene a su personal diplomático en territorio afgano. Además, al tablero de juego actual se suman también países como China, Rusia, Irán o Turquía, que tienen pendiente reconocer a los talibanes como gobierno oficial.

El complicado vínculo entre talibanes y Estados Unidos, el líder occidental

Los talibanes no han tomado Afganistán en un día, ni es el primer atentado de los reductos del Estado Islámico en suelo afgano. Lo que sí ha ocurrido es que la mirada occidental ha pasado por alto ambos acontecimientos hasta que estos han tenido una repercusión directa para los suyos. Desde que, en 2001, las fuerzas de la OTAN, con Estados Unidos a la cabeza, acabaran con el emirato talibán que comenzó en 1996, el país afgano salió del foco mediático.

Primero fue Iraq, la guerra orquestada por George W. Bush en uno de los países con reservas petroleras más grandes del mundo; después, la primavera árabe, que solo produjo un verdadero cambio de modelo político en Túnez; la muerte de Osama bin Laden, que supuso a EE UU la excusa perfecta para justificar su implicación en la región; y por último, la creación del autodenominado Estado Islámico en 2014, la que fuera la facción de al-Qaeda en Iraq y el fruto del desembarco estadounidense en Bagdad en 2003. Estos acontecimientos fueron copando las portadas de los medios internacionales, mientras Afganistán quedaba olvidado, y con él la reorganización del movimiento talibán en el país.

Ahora, el mundo entero vuelve a mirar a Kabul para presenciar una desbandada occidental, que se podría haber organizado cuidadosa y pausadamente durante los últimos 20 años. La desordenada huida de EE UU y países europeos deja tras de sí un país sumido en el caos, dos atentados perpetrados por la filial del Estado Islámico en Afganistán y más de 170 muertos, según las últimas cifras oficiales.

Si una promesa queda suspendida en el aire es la que constituyen las contradictorias declaraciones de Estados Unidos. Llama la atención que, tras 20 años enfrentándose en terreno afgano, ahora la inteligencia estadounidense colabore con los talibanes, por una parte, para hacer frente al EI-K, y por otra, para evacuar a los colaboradores afganos que se han quedado en el terreno y que huyen de los propios talibanes.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que, gracias a las piezas del puzle que se entrelazan en la cuestión afgana, el odio al occidentalismo en el país está servido. Cabe recordar, en primer lugar, que la victoria talibán se produce después de que más de 2.100 civiles, entre ellos 800 niños, hayan perdido la vida desde 2016 a 2020 en Afganistán, debido a los bombardeos que se achacan a la coalición internacional, según los datos de la ONU. Las víctimas de esta ofensiva destinada supuestamente a reducir a los talibanes, se triplicaron desde la entrada en vigor de la expansión de los bombardeos anunciada por la Administración Trump en 2017. Además, algunos de los talibanes que ahora están al frente de Afganistán han pasado por Guantánamo, prisión estadounidense famosa por sus torturas, abusos y arbitrariedad. Otro dato que no se debe dejar en el tintero es la estrecha relación que el grupo talibán mantiene con al-Qaeda, desde que el grupo liderado por bin Laden ayudase a la milicia talibán a tomar el poder en 1996 y a cambio los talibanes permitiesen después a al-Qaeda realizar entrenamientos terroristas en Afganistán.

Tras todos estos hechos, el escenario actual es, como mínimo, comparable a la “semilla del odio” que Estados Unidos sembró en Iraq con su invasión y que tuvo como consecuencias una sociedad iraquí fragmentada y la creación en 2014 del autodenominado Estado Islámico. Este conocido grupo terrorista también llevaba años fuera de los focos occidentales, hasta que, la filial de Khorasan, se ha llevado por delante la vida de 13 marines estadounidenses, entre las más de 170 víctimas de los atentados en el aeropuerto de Kabul. Sin embargo, no es el primer gran atentado del EI-K. Al grupo terrorista se le atribuye un atentado del pasado mes de mayo, perpetrado contra una escuela de secundaria de Kabul, en el que murieron más de 80 niñas afganas.

Los lazos que posee el grupo talibán fuera de Afganistán

Pakistán fue un actor clave hace 20 años y vuelve a serlo ahora. A pesar de lo complicado que es lograr un reconocimiento directo a las fuerzas del grupo talibán por parte de Pakistán, hay varios factores que lo sugieren implícitamente. En primer lugar, la cuestión étnica. En Afganistán predominan cuatro grupos étnicos, y el mayoritario es el de los pastunes, ya que suponen en torno al 40% de la población. Los pastunes son, al mismo tiempo, la segunda etnia predominante en Pakistán, integrada por casi un 15% de los pakistaníes. De hecho, fue en las madrazas de Pakistán donde estudiaron muchos de los muyahidines fundamentalistas que crearon el movimiento talibán en 1994 y que expulsaron a los soviéticos de la región en 1989.

Otro aspecto que determina el interés de Islamabad en Kabul, es el de la relación con India, el enemigo histórico de Pakistán. La inclinación de Pakistán a mantener un control efectivo sobre Afganistán obedece también al trauma sufrido por la pérdida de Pakistán Oriental, el actual Bangladés, en la que se implicó el ejército de la India. Mientras que Pakistán comparte lazos con los talibanes, la India poseía línea directa con el gobierno afgano, por lo que la toma de Kabul por las milicias el pasado 15 de septiembre es una pésima noticia para Nueva Delhi. No obstante, un excesivo poder por parte de los talibanes es un riesgo serio para Islamabad, ya que se le puede volver en contra y pagarlo con violencia dentro de sus propias fronteras.

Por su parte, China se ha convertido en el inversor estratégico de la cuestión afgana. Pekín ve al país como uno de sus grandes activos, pues en territorio afgano hay aproximadamente 1,4 millones de toneladas de elementos como neodimio o litio. En este sentido, no hay que olvidar que China es líder de las cadenas de suministro mundiales de tierras raras, hecho crucial en su estrategia geopolítica. Sin ir más lejos, en 2019, EEUU obtenía el 80% de sus minerales a través de China, al tiempo que los países europeos importaron el 98% de estos materiales de Pekín.

Teniendo todo esto en cuenta, China ha evitado reconocer explícitamente a los talibanes, pero sí muestra su disposición a mantener relaciones cordiales con el grupo fundamentalista y “desea una transición tranquila”, declaró la portavoz del ministerio de Exteriores, Hua Chunying, el día siguiente a la toma de Kabul. También aclaró que la embajada China continuaba trabajando con normalidad en territorio afgano. Esta postura de cordialidad, recuerda mucho al trato que ya mantuvo el gigante asiático con el grupo talibán entre 1996 y 2001.

“El enemigo de mi enemigo es mi amigo” es la mejor definición de la actitud que están adoptando países como Rusia o Irán. Vladimir Putin, es uno de los líderes que ha decidido mantener su embajada en Kabul. Moscú calificó en 2003 a los talibanes de grupo terrorista, pero una retirada de tropas estadounidenses siempre significa una buena noticia para el Kremlin. Máxime, si hace tres décadas era Washington el que apoyaba a los fundamentalistas que echaron de Afganistán a los soviéticos. El responsable del Gobierno ruso para Afganistán, Zamir Kabulov, ya ha declarado que el reconocimiento oficial de los talibanes por parte de Rusia dependerá de las acciones que el grupo lleve a cabo. El grupo talibán, que se encuentra en una suerte de cortejo a las grandes potencias, ha respondido asegurando “la protección del perímetro exterior de la embajada rusa”.

Asimismo, Irán, más que apoyar a los talibanes, apoya al que ha echado a EE UU de la región. Las disputas que la República Islámica de Irán ha mantenido con Washington han llegado a provocar que, un país de mayoría chiita, como el iraní, no eche las manos al cielo por el ascenso de poder de un grupo integrista sunita, como es el talibán.

Por otra parte, Irán está mostrando una posición muy similar a la de Turquía: ambos temen una entrada masiva de refugiados en sus fronteras. Por esta razón, los líderes de los dos países celebran cada vez que los talibanes prometen en público un gobierno estable y pacífico. No obstante, ya el pasado mes de julio, ante el inminente avance talibán, Turquía anunciaba que construiría un muro a lo largo de su frontera con Irán para impedir la llegada de refugiados afganos. Por el momento, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ya ha admitido que Turquía mantiene contactos oficiales con el grupo talibán. Asimismo, los talibanes han propuesto a Turquía que gestione el aeropuerto de Kabul tras los atentados ejecutados por el EI-K el pasado 26 de agosto, los cuales tenían el objetivo de atacar a las fuerzas estadounidenses, pero también de demostrar la inestabilidad y la volatilidad que caracterizaría a un nuevo emirato talibán.

Por tanto, si en este escenario de incertidumbre hay algo claro es que el enemigo más peligroso de los talibanes ahora mismo es el EI-K. Igual que le pasó con al-Qaeda en Iraq, el EI-K no ve a los talibanes lo suficientemente extremistas y se dedica a atraer a yihadistas descontentos. La rivalidad entre ambos grupos se basa en la falta de reconocimiento de la filial del Khorasan por parte del grupo talibán y en que los talibanes sí estén dispuestos a negociar con potencias occidentales.

Dadas las circunstancias, los talibanes se encuentran ante dos posibilidades opuestas para no perder el control de Afganistán; con tal de sumar efectivos y fuerzas contra el EI-K, pueden continuar acercándose a al-Qaeda como en el pasado, mostrando más abiertamente su componente islamista; o mantener su propaganda de moderación para conseguir el reconocimiento oficial y apoyo de grandes potencias mundiales.

30 ago 2021 06:00

Información adicional

  • Autor:Ana Cabirta Martín
  • País:Afganistán
  • Región:Asia
  • Fuente:El Salto
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