Lunes, 24 Enero 2022 06:01

La guerra y el debate sobre el “sexo de los ángeles”

Escrito por Álvaro Sanabria Duque
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Rosario Miranda’s book; El sexo de los ángeles., https://alvaromateos.artstation.com/projects/dOobPXRosario Miranda’s book; El sexo de los ángeles., https://alvaromateos.artstation.com/projects/dOobPX

¿Sabe el Águila lo que está en el foso
o irás a preguntárselo al Topo?
¿Puede la sabiduría encerrarse en un cetro
y el Amor en un cuenco dorado?
William Blake (Lema de Thel)

 

Cuando estalla un conflicto bélico, los comentaristas no pueden evitar repetir la vieja y reiterada sentencia que señala a la verdad como la primera víctima de la guerra. En esta etapa, con predominio de las llamadas tecnologías de la información, la comunicación y las redes sociales, la segunda víctima parece ser el sentido de la perspectiva. La emocionalidad inevitable de la imagen y de su transmisión en tiempo real, parecen anular y descalificar la necesidad del contexto en la percepción de los hechos humanos. Y dado que lo seleccionado o no censurado es lo único visible, la ponderación pierde su base y la “viralización” como nuevo fenómeno masivo y uniformador impone un único ángulo, ocultando la constitución multifacética de la realidad.

El debate suscitado en la llamada izquierda entre los que invitan a la condena de Rusia, sin atenuantes, como agresor en la guerra contra Ucrania y quienes la matizan o niegan hacer explícita la condena –y que, según los primeros, con esa actitud la justifican–, produce la impresión de estar enmarcado en el desencuentro de los movimientos alternativos con la metamorfosis que vive el capital en su dinámica y en sus lógicas, así como en la asunción, seguramente inconsciente, de la sentencia tatcheriana de “no hay alternativa”.

En este escenario, la dificultad que muestra el pensamiento crítico para una representación adecuada de la actual condición del proceso de acumulación es de vieja data y, paradójicamente, parte de la indefinición sobre el futuro deseado, es decir sobre la utopía –luego de la debacle del socialismo real–, que impide identificar lo que debe ser demolido nublando la interpretación de una actualidad que por su velocidad de cambio parece inasible para quienes aún soñamos con un mundo más equitativo.

La discusión sobre el sexo de los ángeles

Cuando los otomanos asediaron Constantinopla en el siglo XV, los habitantes de la población cercada llevaban desde el siglo IV discutiendo sobre la doble naturaleza de Jesucristo, la jerarquía al interior de la santísima trinidad y, por supuesto, si los ángeles eran asexuados o no. El asunto fue de tales dimensiones qué en el año 648 el emperador Constantino promulgó un decreto que convertía en delito la discusión sobre el tema, y cuya penalización fue tan poco efectiva que casi nueve siglos después, cuando Constantinopla fue bloqueada y sometida, las discusiones bizantinas impidieron dar cabida a las reflexiones que hubieran podido dar lugar a proponer acciones conducentes a la conservación de la independencia. Pese a ese antecedente, el atractivo de las discusiones bizantinas parece no haber perdido su encanto, como lo prueba el debate desatado en la izquierda de la hispano-esfera a raíz de la invasión rusa a Ucrania.

El escritor español Santiago Alba Rico, en la revista digital Ctxt, publicó el 25 de febrero un artículo titulado “¿No a la guerra”?, en el que critica a los manifestantes que protestan contra la incursión militar de Rusia en territorio ucraniano y esgrimen carteles contra la guerra pero también contra la Otan, puesto que “«Guerra» ahí, con ese subtítulo, deja de evocar por eso el caso concreto de Ucrania. ¿O es que nos estamos limitando a yuxtaponer dos de los males de este mundo (la guerra en abstracto y una organización inútil y criminal)?” Alba Rico considera que “una pan-manifestación contra todos los males del mundo es un completo absurdo”, y que en este caso la protesta debe excluir cualquier consideración distinta al hecho violento de la confrontación, sin referencia a motivaciones que puedan parecer justificaciones, pues “A la OTAN se la puede –y debe– incluir en un artículo de análisis o en un ensayo histórico sobre la cronología del conflicto, pero no en una manifestación de protesta contra una guerra cuya responsabilidad señala con el dedo una sola fuente: Putin”. Y, es precisamente la imputación de la causa de la guerra a la personalidad de un dirigente, previamente calificado como egomaníaco, loco o asesino –hecho central y generalizado en la mediatización del actual conflicto–, la primera simplificación que induce a pensar que la necesidad interesada o la incapacidad interpretativa están conduciendo al oscurecimiento del significado y alcance del suceso, limitando la denuncia y reduciendo la posición a una actitud meramente emocional.

Recurrir a la enfermedad mental de líderes o caudillos para explicar sucesos de gran envergadura histórica ha servido para velar la estructura, las complicidades y la génesis de muchos procesos sociales. El surgimiento y consolidación del nazismo como máxima expresión del espíritu colonial y racializado de Occidente es buen ejemplo, pues el supremacismo blanco de los europeos y de los americanos caucásicos, del que el nazismo es tan sólo su máxima expresión, fueron el mecanismo que convirtió al racismo en una expresión cultural corriente en Occidente, que por eso no consideró extraño sino que acunó un movimiento que terminaría en el holocausto.

Hitler fue tan sólo un hijo de su tiempo y de la identidad más profunda del pensar y sentir de Occidente que la academia, el cine y los documentales pretendidamente históricos de hoy niegan, imputando a la “enfermiza y torcida” personalidad de Hitler ser la causa de la matanza de la segunda mitad del siglo XX, conocida como Segunda Guerra Mundial. Por eso, cualquier precaución que tomemos frente a los intentos de convertir en causa de un conflicto de grandes dimensiones la personalidad de un individuo, no debe ser poca, pues la historia hecha por seres excepcionales, “buenos” o “malos”, no deja de ser una distorsión que busca inducir a la impotencia de los pueblos.

Negarse, entonces, a la exposición o la búsqueda de las motivaciones estructurales del ataque ruso tan sólo puede obedecer a necesidad interesada, o a ceguera por incapacidad o prejuicio frente a las contradicciones que encierra el estado del sistema-mundo actual, por lo que bien vale preguntar a los neo-alternativos si es coludir con Putin preguntar por lo que significa actualmente en las correlaciones de poder la federación rusa, y si es lícito interrogarse por las motivaciones de la guerra que vayan más allá del simplismo de adjudicarlas a delirios de su líder.

El historiador argentino Pablo Stefanoni publicó el 6 de marzo en el DiarioAr un artículo titulado Contra la izquierda tanquista, con el mismo espíritu de lo escrito por Alba Rico, a quien cita en su apoyo. En su crítica llama “tanquista” a la izquierda que no ha condenado la invasión rusa pues considera que muestra un excesivo “fetichismo hacia los tanques rusos”. Y luego de adosar a sus criticados el termino de populistas, los clasifica como “campistas” por interpretar todo, incluso lo local, en términos de geopolítica. Para terminar concluyendo que “si en la Guerra Fría el campismo respondía a la defensa de un supuesto sistema alternativo al capitalismo (dejemos de lado ahora el debate sobre el socialismo real) ahora solo sirve para defender a autócratas como Assad o Putin”.

El énfasis sigue en lo individual, pero acá pasa del personaje definido como enajenado a su forma de detentar el poder, y la discusión es llevada a la alternativa entre autocracia y democracia liberal: “[…] los antiliberales terminan desconfiando de la propia democracia y en lugar de bregar por una suerte de ilustración radical y crítica, terminan defendiendo de manera explícita o soft cualquier alternativa a la “democracia liberal” que normalmente es una coartada para el poder de autócratas o camarillas cleptocráticas”.

Entonces, el problema de este mundo convulsionado y amenazado por pandemias, armas de destrucción masiva, abismales asimetrías en los ingresos y extremos climáticos ¿surge de la antinomia entre el “mundo libre” y las autocracias subyugantes? ¿Recurrir a la invocación de la democracia como absoluto y a la ideología liberal como el estado más avanzado de la civilización no tiene acaso cierto tufillo de supremacismo occidental-centrista? ¿Si con el fin de la guerra fría los “campos” desaparecieron, eso vuelve los análisis con mirada geopolítica una visión anacrónica? ¿Preguntar por qué no aparece en la discusión la mención del capital convierte a quien lo pregunta en un “tanquista”?

El supuesto “fetichismo hacia los tanques rusos” del “campismo” latinoamericano queda sin explicación, pues no puede provenir simplemente del cariz asumido por la estructura gubernamental de Rusia, y por tanto de una presunta simpatía por las autocracias. Qué la nación rusa esté nuevamente en la escena de las confrontaciones debe obedecer a algo, que de paso despierta las afinidades de esos militantes. Quizá sea porque ese país es actor en la disputa contra el gran hegemón en la búsqueda del tránsito de un mundo unipolar a uno multipolar como señalan algunos analistas lo que, claro está, no justifica per se la acción militar, pero qué, si esa fuera una de las aristas de la intervención, por ejemplo, daría luces para tomar posición frente a una disputa en la que los pueblos, tanto de las potencias en discordia como de las naciones marginales, que también sufren las consecuencias, han sido hasta el momento simples invitados de piedra.

Una condición de ello es que una panorámica desde la perspectiva del conjunto de los subordinados parece ser lo que hace falta para salir del simplismo con el que estamos enfrentando los conflictos sistémicos, y no porque falte sensibilidad hacia las víctimas de la guerra ni duelan los dramas humanos que involucran a la población, mayoritariamente marginal. Mientras suenan las trompetas de un sismo generalizado, discutir por un subtítulo en unas pancartas y pedir la descontextualización de los hechos, suena a reedición del bizantinismo.


La guerra económica

La guerra económica librada por Occidente contra diferentes pueblos, extendida aceleradamente a partir de los noventa del siglo pasado, es menos espectacular que los enfrentamientos militares y menos cruenta, por lo menos en sus primeras fases, pero no por ello deja de ser guerra. En el imaginario social, el disfraz semántico de llamarlas “sanciones” sitúa al que las aplica por encima del “sancionado” y busca crear la impresión de que el “sancionador” está investido de autoridad legal y moral. El tamaño y alcance de las medidas que la Otan, liderada por Estado Unidos, ha decidido implementar para extender el bloqueo a Rusia, señalan que el objetivo buscado es de gran relevancia, pues los efectos negativos que también asumen los sitiadores, aunque con diferencias marcadas entre ellos, no son de una dimensión despreciable y tienen poco que ver con los efectos reactivos, prácticamente inexistentes, de los bloqueos a Cuba, Irán o Venezuela. Qué la Federación Internacional de Felinos (FIFe) haya prohibido la importación y el registro de pedigrí de gatos criados en Rusia, los atletas paralímpicos hayan sido marginados de las competencias y un seminario sobre Dostoyevski haya sido cancelado en una universidad italiana como represalia por la invasión a Ucrania pueden parecer anécdotas para engrosar el libro voluminoso de la estupidez humana, pero como síntoma de la magnitud del ataque de Occidente son un buen indicador de la búsqueda de una destrucción completa de su antagonista.

La suspensión de los principales bancos rusos del sistema Swift, al impedir las transacciones de ese país también afecta a los acreedores occidentales de la nación eslava, pues impide la cancelación de las deudas a proveedores y prestamistas que tienen como clientes a rusos. Cerca del 62 por ciento del gas que consume Alemania procede de Rusia, mientras que esos porcentajes para Italia, Francia y el Reino Unido son, respectivamente 38, 37 y 23 por ciento. Países más pequeños como Grecia (96%), Serbia (74%), Austria (70%), Polonia y Hungría (64%) son dependientes casi en su totalidad del gas proveniente de ese país. La producción de urea, que tiene al gas como su materia prima fundamental, y que puede considerarse el fertilizante más significativo del sistema agrícola mundial, tiene en Rusia y China los dos exportadores más importantes, cubriendo conjuntamente la cuarta parte de ese mercado externo. La inflación, la crisis energética y la del suministro de productos agropecuarios resultante, que amenaza en primera línea a Europa, no son un asunto de menor tamaño, ¿por qué, entonces, han sido asumidos tantos riesgos?

No puede dudarse que la indignada reacción de escritores como Alba Rico y Stefanoni proviene de su sensibilidad frente al dolor de las víctimas de la Guerra, pero ¿es dable pensar lo mismo de quienes detentan el poder en los países de la Otan? Si el asunto fuera de humanismo, los tomadores de decisiones de esa organización hubieran reaccionado con igual agresividad en respuesta a lo sucedido con la invasión de Arabia Saudita a Yemen que ha dejado al menos 380 mil yemeníes muertos, de los cuales cerca de 20 mil son civiles y hoy, como consecuencia del conflicto, según la ONU, el hambre azota diariamente a 16 millones de personas. La prensa reseñó que el pasado sábado 12 de marzo, en Arabia Saudita fueron ejecutadas 81 individuos, de los cuales siete yemeníes y un sirio fueron condenados como terroristas por su resistencia a la invasión. El caso no ha despertado ninguna manifestación de solidaridad ni ha generado reacciones indignadas, o protestas en las que seguramente lo que menos hubiera importado es que quienes marcharan portaran carteles que además de decir “no a la guerra”, reclamaran simultáneamente por el apoyo de USA a la monarquía saudita.

La censura a los medios rusos Sputnik y RT, bloqueados totalmente en Europa y USA son otro síntoma de la envergadura de lo que está en juego. Llama la atención que el argumento esgrimido sea que son canales de propaganda por tener financiamiento del gobierno de ese país, pero, que de esa misma lógica sean excluidos la BBC, con presupuesto del gobierno británico; la Deutsche Welle, del gobierno federal alemán o Rtve del gobierno español. Estas, por ser de gobiernos occidentales tenemos que aceptar que son, por ese sólo hecho, independientes y objetivas, mientras que las rusas o iraníes, por el sitio desde donde emiten, debemos considerarlas simples generadoras de desinformación, por lo que su prohibición no puede ser llamada censura, en una manifestación prejuiciosa y supremacista que comparten no pocos pensadores alternativos.

Pero, la cereza que corona el pastel es la decisión de Meta, la empresa de Mark Zuckerberg, de autorizar la circulación de los mensajes de odio en Facebook y Instagram, que invitan al asesinato de los líderes de Rusia y Bielorrusia, así como de los nativos de ese país que son considerados apoyo a la invasión. El senador estadounidense Lindsey Graham, siguiendo la lógica de los que explican el estallido del conflicto como resultado de los caprichos de un líder trastornado, en entrevista concedida a la conservadora cadena Fox News, fue el primero en llamar al asesinato de Putin como el único recurso para detener el conflicto. La simpleza del razonar parece no tener sello ideológico.

Michel Hudson, el conocido economista norteamericano, publicó el 8 de marzo un artículo en Counter Punch en el que sostiene que el costo de las oportunidades perdidas por los aliados de E.U debido a los bloqueos, y las recientes confiscaciones del oro y las reservas extranjeras de Venezuela, Afganistán y Rusia, así como de las riquezas de extranjeros adinerados, tendrá como efecto percibir como inseguras las inversiones en dólares lo que marca, según él, el principio del fin de la divisa norteamericana como moneda de curso forzoso en los mercados internacionales.

Como efecto de la inestabilidad creciente, las divisas virtuales parecen haber iniciado su marcha, y si es así ¿cuáles pueden ser los efectos sobre las clases subordinadas? ¿Entramos en una era de búsqueda de nacionalismos autosuficientes? ¿La alta dependencia de Europa de la importación de materias primas y energéticas en un mundo fracturado la condenara a la irrelevancia? ¿Cuál será el efecto de la creciente importancia de China en las balanzas comerciales de los países de América Latina? ¿Estos interrogantes no debieran ocuparnos en un grado mayor que el subtítulo de una pancarta o la discusión sobre las manifestaciones de simpatía o condena de un individuo?

Mientras los cimientos del mundo que hemos vivido en el último medio siglo parecen balancearse y agrietarse, discutir sobre el sexo de los ángeles no parece la ocupación más conveniente.

 

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