Martes, 08 Febrero 2022 05:14

Enfrentar lo que fuimos para poder ser lo que somos

Escrito por Diego E. Barros
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Enfrentar lo que fuimos para poder ser lo que somos

El ala más conservadora del Partido Republicano ha encontrado en la Educación una veta para propulsar su agenda ultra y restringir la libertad de cátedra

 

La junta escolar del condado de McMinn, en Tennessee, ha prohibido que Maus, el archiconocido y multipremiado cómic de Art Spiegelman, se enseñe en sus aulas. La razón no es su contenido, la historia de Vladek Spiegelman, superviviente del Holocausto y padre del autor y, sobre todo, su relación con este, su memoria y legado familiar. El motivo esgrimido por los miembros de la comisión es que la obra incluye palabras malsonantes y desnudos, por lo que su contenido y forma –hablamos de un libro en el que los personajes son animales– no es apropiado para los estudiantes de octavo curso (13/14 años).

Casi todos los semestres de primavera enseño un curso sobre literatura y memoria. En él me paso un mes hablando del Holocausto y suelo dedicarle a Maus una semana, habitualmente más. Siempre me quedo corto. Es una obra complejísima que lidia con asuntos tremendamente peliagudos: antisemitismo y genocidio en primer lugar, racismo, persecuciones, xenofobia. Se mete de lleno en la problemática en torno a la condición de víctima: ¿serlo te convierte en buena persona? ¿Se puede ser un racista y superviviente del Holocausto al mismo tiempo? Expone el trauma del superviviente, mientras hace incursiones en la salud mental, el suicidio, las adicciones y las relaciones familiares. También habla sobre la gestión del éxito. Es un libro canónico en el campo de estudios de memoria en los cuales el Holocausto es parteaguas fundamental. Sobre Maus existe una inacabable bibliografía que trasciende la relativa a su propio medio. El cómic de Spiegelman ha dado pie a la articulación de conceptos teóricos importantes y extrapolables a otros campos como el de “post-memoria”, acuñado por Marianne Hirsch. Este describe la ambivalente relación que las generaciones posteriores mantienen con el trauma personal, colectivo y cultural de sus ancestros –padres, pero también abuelos–. Según Hirsch, estas experiencias ajenas serían recordadas únicamente por medio de la evocación de las historias, las imágenes y los comportamientos entre los que crecieron, pero han sido transmitidas a las siguientes generaciones de forma tan profunda y afectiva que llegan a constituirse en recuerdos propios.

Es un paraíso para los amantes de las metanarrativas al encarar cuestiones de carácter mediático y genérico. Cuando se publicó la primera parte en 1986 causó sorpresa, admiración y también indignación a partes iguales: cómo se atrevía Spiegelman a tratar el genocidio de seis millones de personas en algo tan banal como un cómic. De nuevo, la malentendida cita de Adorno sobre el acto de barbarie de concebir una poesía después de Auschwitz. Incluso Polonia se sintió apelada pues su antisemitismo y complicidad con la política nazi es explícita –la publicación y distribución de Maus en Polonia ha sido, como mínimo, accidentada, puesto que pone en evidencia la narrativa oficial del país como víctima del Tercer Reich. Cuando se completó en 1991, el propio autor escribió una encendida carta a The New York Times tras observar con estupor que el prestigioso diario había incluido su obra entre la lista de los títulos de “ficción”. El diario modificó su evaluación inicial. 

Los estudiantes adoran la obra de Spiegelman. Les parece densa, difícil, dura y con momentos de comicidad a partes iguales. Muchos acaban por identificarse con la historia de Art, verdadero protagonista del cómic, la hacen suya. Algunos de mis estudiantes son judíos, muchos otros de ascendencia polaca, la mayoría latinos que cargan historias familiares de desplazamiento forzado y violencias varias. 

Las reacciones a la decisión de una junta escolar en un condado de Tennessee del que nadie nunca antes había oído hablar no se hicieron esperar. Art Spiegelman la calificó de “orwelliana” mientras que Neil Gaiman, colega de profesión y uno de los guionistas más importantes del mundo del cómic, aseguró en su cuenta de Twitter: “Solo hay una clase de personas que votarían para prohibir Maus, como sea que se llamen a sí mismos estos días”.

Confieso que cuando leí la noticia me pareció evidente que ninguno de los miembros de la junta escolar del condado de McMinn había leído Maus. En mitad de la tormenta, la junta escolar se ratificó. No creo que tras esta decisión haya atisbo alguno de antisemitismo, sí creo que es un caso de puritanismo mal entendido; pero… Y este pero, en el contexto estadounidense actual, es uno muy largo y en mayúsculas. 

McMinn es un condado en el corazón del llamado cinturón bíblico de EE.UU. Es una zona de población abrumadoramente blanca y conservadora. Donald Trump se hizo con casi el 80% de los votos en las presidenciales de 2020. Lamentablemente el estereotipo se hace solo. Sin embargo, sería un error quedarnos solo en él.

Lo ocurrido es un síntoma más de las múltiples ramificaciones de eso que llamamos “guerras culturales” de las que EE.UU. no es escenario exclusivo sino vanguardia mundial. En realidad, esta situación ni es una guerra ni es nueva, pese a que algunos insisten en decir que está provocada por esa entelequia denominada “izquierda posmoderna y woke”. Según esta teoría, los activistas por los derechos de las minorías raciales, por la diversidad y libertad sexual y de género, las feministas “radicales” (no las no radicales, supongo) e intelectuales varios habrían llegado tan lejos en sus reivindicaciones y acciones –“cultura de la cancelación”, “corrección política”, ¡je!– que han acabado por provocar una reacción ultraconservadora. Esta línea de argumentación llena horas de tertulias, alimenta no pocas carreras editoriales, y cosecha reiterativas columnas en medios de todo color político y hasta premios.  

Algunos prefieren poner el grito en el cielo porque una universidad decida etiquetar como ofensiva y perturbadora la novela 1984 de Orwell –evidente, se trata de eso, de perturbar al lector, y no pasa nada porque nos lo adviertan–, sin reparar en que hay una diferencia clara entre avisar sobre un libro y directamente prohibir su lectura. La que hay entre que una legión de cuentas anónimas pida con mayor o menor virulencia figurada y mucho postureo la cabeza de alguien desde una plataforma de Internet y que la tradicional estructura de poder económico, político, mediático decida sobre todos y todo lo demás. Por alguna razón que (no) se me escapa, a los apóstoles de la cancel culture y la corrección política como amenazas a una versión de la libertad que solo existen en sus cabezas, les preocupa únicamente lo primero. 

Por cierto, número uno: en 1981, el distrito escolar del condado de Jackson, Florida, trató de purgar la novela de Orwell de su lista de lecturas escolares por considerarla “procomunista” (¡!) y contener “material sexual explícito”. Por cierto, número dos: igual que en el cine funcionó el Código Hays (1930-1967), también la industria del cómic estuvo bajo sospecha y fue sometida a un estúpido sistema de censura desde 1954 hasta que cayó hacia finales de los ochenta, mitad por abandono, mitad por la obra de autores como Art Spiegelman.  Pero aquí estamos, vendiendo la sensación de que nunca se había prohibido ni censurado tanto, incluso libros. 

Como nos enseñó Battlestar Galactica, todo esto ha pasado antes y volverá a pasar.

La profesora Kathy M. Newman, de la Carnegie Mellon University (Pittsburg), aseguraba hace unos días en un interesante hilo de Twitter que la persecución y prohibición de libros en Estados Unidos se da en cinco lugares principalmente: aulas, escuelas, distritos escolares, juntas escolares y bibliotecas públicas. La mecha casi siempre la prenden los padres. Newman recuerda que, en estos cinco lugares, las cazas de brujas casi siempre se manifiestan desprovistas de los “ismos” que todos conocemos. Rara vez se dice ‘prohibamos este libro porque el autor es negro’ o ‘prohibamos este libro porque el autor es gay’. Las objeciones tienen siempre naturaleza moral: si hay un “ismo” es el puritanismo. En su argumentación, esta profesora llega a dos conclusiones: las cazas de brujas de carácter editorial se despliegan por momentos políticos (Reagan en 1981; desde la presidencia de Trump, las más recientes); y los objetivos suelen ser aquellos libros escritos por autores pertenecientes a minorías y que tratan cuestiones de justicia social o derechos civiles

El mito del padre (policía) educador

Antes de que supiéramos siquiera colocar el condado de McMinn en el mapa, legisladores, padres y consejos escolares conservadores llevaban tiempo apuntando a los currículos escolares y los educadores estadounidenses, especialmente en la educación pública obligatoria. Se trataría, según los políticos más conservadores, de asegurarse de que los padres podamos decidir la educación de nuestros hijos. A simple vista, parece una aseveración lógica. Desde el punto de vista social y ciudadano, es una falacia. Desde el punto de vista puramente educativo, una aberración. El mito de la libertad mal entendida en una sociedad democrática llevado a las aulas. Como educador tengo una cosa clara: cuanto más lejos se mantenga a los padres de un currículo escolar y de una clase, mejor para sus hijos. Como padre, tengo otra: dejen a los educadores hacer lo que mejor saben, su trabajo. 

Detrás de toda esta cantinela pseudo libertaria y paternalista, el ala más conservadora del Partido Republicano ha encontrado una veta para propulsar su agenda ultra y restringir la libertad de cátedra. No es tanto la participación de los padres en la educación de sus hijos –necesaria y ya existente en muchos ámbitos– sino de imponer un conservadurismo cultural en todos los aspectos de la sociedad, por eso los estados republicanos son la vanguardia en toda esta estrategia.

Hay otra derivada importante: el objetivo es siempre el ya muy amenazado sistema público de educación, auténtica bestia negra del GOP y de todo el espectro más ultra, convencido históricamente de que bajo cada educador se esconde siempre un peligroso agitador, ateo, comunista y antiamericano.    

En Oklahoma, por ejemplo, el GOP ha presentado una ley que permitiría a los padres requerir la eliminación de “libros de naturaleza sexual” de las bibliotecas de las escuelas públicas. A nadie se le escapa, porque uno de los patrocinadores así lo ha reconocido, que el objetivo no es otro que cualquier libro que trate contenidos LGTBQ. Esta ley prevé multas y acciones disciplinarias contra aquellos empleados que no accedan a las demandas de los progenitores. Estados como Kansas, Pennsylvania o Georgia, entre otros, promueven legislaciones similares. El recién elegido gobernador de Virginia, Glenn Youngkin (PR), ha puesto a disposición de los padres una línea telefónica para que estos puedan denunciar a cualquier maestro que, a su juicio, enseñe contenidos “divisivos”, lo que convertiría a los menores en potenciales agentes de la Stasi de andar por casa.

En Texas, un candidato republicano a fiscal general del estado ha requerido a la Agencia de Educación de Texas (TEA) y varios distritos escolares información sobre una lista de 850 libros que considera sospechosos. Algunos distritos se han dado prisa en proceder con la purga de sus fondos. La mayoría de los libros incluidos en la investigación están escritos por mujeres, personas de color y autores LGTBQ. Entre los títulos están desde novelas como Las confesiones de Nat Turner, de William Styrom (Premio Pulitzer en 1967), a El Cuento de la criada, de Margaret Atwood. También a influyentes y premiados ensayos como Casta, de Isabel Wilkerson. Este último incide en algo ya conocido: cómo las Leyes de Nuremberg de la Alemania nazi se inspiraron, en buena medida, en el sistema de segregación racial puesto en práctica en EE.UU. tras el fracaso de la Reconstrucción en 1877, conocido como Jim Crow, y vigente hasta la década de los años sesenta del siglo pasado. 

Norteamérica contra sí misma 

El origen de este descontento debemos situarlo en el nuevo caballo de batalla de la ultraderecha estadounidense. La llamada Critical Race Theory (Teoría Crítica de la Raza) es lo que ha motivado que no pocos libros sobre la historia de la esclavitud y el racismo en Estados Unidos hayan sido purgados de planes de estudio y bibliotecas públicas por juntas escolares y padres –mayoritariamente blancos, pero también afroamericanos conservadores–, temerosos de que sus hijos vayan a salir de las aulas convertidos en poco menos que herederos de la banda Baader-Meinhof.  

Desde hace meses, las redes sociales nos enseñan videos de esas violentas juntas en donde padres enfurecidos acusan a los maestros de estar educando a sus hijos en el odio a América y a los blancos. Los portavoces mediáticos de la ultraderechista franja nocturna de Fox News, Tucker Carlson, Sean Hannity, Mark Levin o Laura Ingraham, no ha escatimado esfuerzos en extender la histeria. 

La realidad es que hay una distancia sideral entre lo que los conservadores dicen que se esconde detrás de la CRT y lo que en realidad es. Originada en la década de los años setenta, se atribuye su concepción a Derrick Bell, primer afroamericano en ser nombrado profesor titular de Derecho en la Universidad de Harvard. Según Bell, buena parte del sistema judicial estadounidense está diseñado desde su concepción para perpetuar la desigualdad y la discriminación racial de forma que los resultados se propaguen a todos los ámbitos de la sociedad: la economía, la cultura y la política. El término fue desarrollado en los últimos treinta años extendiéndose a todos los ámbitos académicos y a los estudios culturales como forma de abordar las desigualdades raciales.  Particularmente a la luz de las protestas encabezadas por el colectivo Black Lives Matter, la CRT –insisto, nada nuevo— pasó a la primera línea del debate público. Entre los teóricos más destacados de esta perspectiva académica se incluyen nombres como los de Richard Delgado, Alan Freeman, Kimberlé Crenshaw, Cheryl Harris, Charles R. Lawrence III, o Mari Matsuda. Pero en realidad, mucho de lo desarrollado por la CRT ya está en los escritos de históricos abolicionistas como Sojourner Truth o Frederick Douglass; de historiadores como W. E. B. DuBois y pensadores marxistas como Antonio Gramsci. Incluso en el propio Martin Luther King. 

Porque los mismos que califican a la Critical Race Theory de pseudo marxismo de carácter racista anti-blanco –como si esto último fuera incluso posible–, y anti americano, son los que corren rápido a colocar el I have dream de Martin Luther King en los timelines de sus redes sociales y en sus intervenciones públicas. Se trata de obviar que el hoy blanqueado y despolitizado activista escribió, sobre todo, cosas como esta: “Nuestra nación surgió de un genocidio cuando abrazó la doctrina de que el americano original, el indio (sic), era una raza inferior. Incluso antes de que los negros fueran traídos a nuestras costas en gran número, la cicatriz del odio racial ya había desfigurado la sociedad colonial. Desde el siglo XVI en adelante la sangre corrió en batallas por la supremacía racial. Somos quizás la única nación que ha convertido en cuestión de Estado la aniquilación de su población originaria. Además, hemos elevado esa trágica experiencia a la categoría de noble cruzada. De hecho, incluso hoy no nos hemos permitido rechazar o sentir remordimiento por este vergonzoso episodio. Es exaltado en nuestra literatura, nuestro cine, nuestro teatro y nuestro folklore”. (Why We Can't Wait, 1964, la traducción es mía). 

Más que una democracia, Estados Unidos es una aspiración inalcanzable. Los llamados Padres Fundadores nunca tuvieron en mente esa democracia de la que Estados Unidos hace gala a todas horas, sino más bien una oligarquía de terratenientes, hombres y blancos. Fue un escritor superdotado como Thomas Jefferson quien supo adornar el nacimiento de la nación con la mejor literatura. Desde entonces, la historia de este país es la lucha entre quienes quieren ver por fin esa democracia y quienes no. Siempre ganan los segundos. Si bien la ilusión democrática tiene su máxima expresión en los escalafones más bajos de la sociedad –un consejo escolar, por ejemplo–, se va disipando y estrechando a medida que ascendemos en su compleja estructura institucional. 

Decía el añorado Edward Said que “el modo en el que formulamos o representamos el pasado modela nuestra comprensión y perspectiva del presente”. Y al revés: solo desde una comprensión del presente podemos representar(nos) y entender(nos) el pasado. Acudo a Said, intelectual público y profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Columbia, para señalar que lo que se está dirimiendo desde hace unos años en Estados Unidos –y en buena parte del mundo occidental, incluida España– es precisamente lo que reclamaba el Dr. King: una revisión crítica no tanto de sus historias nacionales como de las narrativas y perspectivas ideológicas desde las que fueron enunciadas. 

Esta batalla por el pasado –en constante reconstrucción– está dejando a la vista las costuras de Estados Unidos. Con la publicación en The New York Times, en 2019, del archiconocido The 1619 Project, como materialización final de un anticristo cultural, estados como Texas, Virginia, Mississippi, Georgia o Alabama, entre otros, van camino de aprobar o han aprobado ya leyes que buscan prohibir y, en ocasiones, perseguir la enseñanza de contenidos y narrativas que pongan en tela de juicio la literatura que narra la historia de EE.UU. como un camino sin apenas mácula hacia el éxito, y que en la narrativa estadounidense se consagra en la expresión a more perfect Union.

The 1619 Project, ampliado y hoy convertido en libro, supuso un terremoto más mediático que académico, pues muchas de sus tesis ya han sido ampliamente recogidas el mundo académico. Entre sus tesis principales estaban la de colocar el nacimiento de EE.UU. en el año de la llegada del primer grupo de esclavos a las costas de la actual Virginia. Situar la independencia del país más en el contexto de los intereses de los terratenientes blancos por proteger la institución de la esclavitud cuando ya el abolicionismo comenzaba a ganar terreno en la metrópoli, que en las ansias de independencia (discutible, pero no por ello no defendible; de hecho un buen número de los Padres Fundadores procedían de estados del Sur y eran dueños de esclavos). En definitiva, establecer una narrativa de la nación que pusiera a la esclavitud y las contribuciones y desafíos afrontados por la minoría afroamericana en el centro del desarrollo de la misma. El resultado de The 1619 Project no es perfecto, da pie a discusiones y matizaciones necesarias –obvia, por ejemplo, el componente de clase y sus intersecciones con la cuestión racial–, pero es un punto de partida importante y necesario en la esfera pública.

La historia como campo de batalla

La Administración de Donald Trump se puso a la cabeza del rechazo y la principal encargada del proyecto se convirtió en el blanco de las invectivas de la derecha. La respuesta fue la creación de una “comisión de expertos”, entre los que no había ni un solo historiador, encargados de redactar un alternativo The 1776 Report para “permitir que una nueva generación comprenda la historia y los principios de la fundación de los Estados Unidos en 1776 y se esfuerce por formar una Unión más perfecta”. Se presentó como una guía de principios que debían iluminar una historia de la nación “exacta, honesta, unificadora, inspiradora y ennoblecedora” en el seno de una “educación patriótica”. El resultado fue una compilación de carácter áureo que, entre otras cosas, calificaba la experiencia de la esclavitud de desafortunada mancha en una historia por lo demás intachable. Las críticas no se hicieron esperar. La American Historical Association emitió un comunicado desentendiéndose del documento, e historiadores de la talla de David Blight calificaron públicamente el documento de “pueril y políticamente reaccionario”.

La salida de Donald Trump de la Casa Blanca ha hecho que la oposición centre su estrategia en aquellos estados cuyos legislativos controla. A la vanguardia de esta ofensiva por apuntalar un único y áureo relato nacional se encuentran Texas, Florida o Mississippi. Este último estado aprobó hace unas semanas una ley que prohibía expresamente la enseñanza de CRT, no solo en la educación pública, sino en la universidad, lo que supone un salto cualitativo en la ofensiva reaccionaria. Teniendo en cuenta que se trata de Mississippi, uno se pregunta cómo de vergonzosa debe de ser tu historia para que sea necesario la aprobación de leyes que eviten su enseñanza. 

Según las posiciones más reaccionarias, no se trataría tanto de prohibir la enseñanza de la historia como de “evitar” traer al presente traumas del pasado ya “superados”, que causen “malestar” entre los estudiantes. Hay quien sostiene que simplemente están fortaleciendo la Ley de Derechos Civiles de 1964. Incluso algunos como Glenn Greenwald-santo-patrón-y mártir de la libertad están contraponiendo estas legislaciones anti-CRT a una supuesta espiral censora liberal no exclusiva al ámbito educativo y con respecto, por ejemplo, al creacionismo o al discurso antivacunas. (Aclaración: no existe tal ofensiva ni prohibición con respecto a la enseñanza de la versión bíblica de la creación como alternativa a la teoría de la evolución de las especies.)

“Siempre es mejor investigar la historia que reprimirla o negarla; el hecho de que Estados Unidos contenga tantas historias y que hoy muchas de ellas exijan ser atendidas no es de temer, porque estaban allí desde siempre. Desde ellas se creó una historia norteamericana, e incluso una escritura de la historia”, escribió Edward Said en Cultura e Imperialismo. La primera reacción a la ofensiva anti CRT de muchos maestros y profesores fue lógica y apaciguadora: no se enseña en las escuelas. Es solo una teoría académica, con puntos débiles como cualquier otra, nada más; su presencia se ciñe a la educación universitaria, fundamentalmente a la fase de estudios graduados. Esta estrategia fracasó inmersos como estamos en este neomacarthismo 2.0

Un simple vistazo a los textos legales en cuestión deja bastante claro de qué se trata todo esto. Un ejemplo es la ley de Florida, que más allá de centrarse en qué se puede o no enseñar, lo hace en la naturaleza de la historia y su enseñanza. Los legisladores de este estado, y sospecho que los de otros comparten esta perspectiva –insisto, miren a España y el auge de nuestro neoimperialismo–, consideran que la historia estadounidense es “factual” y no fruto de una construcción narrativa como consecuencia de su interpretación previa. De acuerdo con este punto de vista, nuestros estudiantes simplemente necesitan un relato en particular, deben ser reducidos a un papel de meros observadores pasivos en lugar participar activamente de todas las fuentes disponibles para desarrollar su pensamiento crítico. Se trata de aprender unos “hechos” inamovibles sobre los que ser evaluados a posteriori. Es la perspectiva que entiende la historia como una disciplina que ofrece una –y solo una– imagen fija del pasado. Una, sobra decirlo, que evite cualquier controversia con respecto a nuestro presente. Nadie pretende –al menos explícitamente– prohibir la enseñanza del Holocausto, de la esclavitud o de Jim Crow en bruto. Sí de limitar que se profundice en sus causas, los condicionantes que hicieron posibles esas situaciones y, sobre todo, su imbricación y permanencia en la configuración de nuestras actuales sociedades: solo serían fotografías viejas sin continuidad en su propio pasado ni en nuestro presente, superadas y olvidadas.  

“Los debates actuales sobre multiculturalismo difícilmente pueden llegar a convertirse en una ‘libanización’. Y si estos debates indican formas de cambio político, y también de cambio en el modo en que las mujeres, las minorías y los inmigrantes recientes se ven a sí mismos, entonces no hay por qué defenderse de ello ni temerlo. Lo que sí necesitamos es recordar que, en sus modos más definidos, los relatos de emancipación e ilustración son historias de integración, no de separación; historias de pueblos excluidos del grupo principal, pero que ahora están luchando por un lugar dentro de él. Y si las viejas ideas del grupo dominante no eran lo suficientemente flexibles o generosas como para admitir nuevos grupos, entonces estas ideas necesitan cambiar, lo cual es mejor que rechazar a los grupos emergentes”. Cuando Said escribió este párrafo en 1993, EE.UU., el mundo en general, pasaba por otra de esas guerras culturales que, como ahora, tampoco nunca habían ocurrido antes y, como ahora, también eran culpa de una izquierda posmoderna y woke. Aquel año el gran demonio se llamaba “multiculturalismo”. 

Alguien me ha preguntado estos días cuándo es el mejor momento para darle Maus a leer a un niño. He respondido lo mismo que siempre contesto con respecto a cualquier otro texto: en cuanto el niño sepa leer si le apetece leer, en este caso, Maus. Como señalaba el editor Andrew Karre, precisamente recordando una historieta del propio Spiegelman, la fiebre protectora para con los niños responde más a nuestras propias fobias que a sus miedos. 

Para Said, como para King y muchos otros, lo que llamamos historia es algo en constante revisión, de lo contrario no sería historia. Afrontarla de una manera constructiva significa hacerlo de una forma que solo puede ser crítica. Debemos, por tanto, dar entrada a aquellos relatos que nos permitan poder rechazar y hasta avergonzarnos de lo que fuimos para poder ser lo que somos. 

5/02/2022

Por Diego E. Barros, estudió Periodismo y Filología Hispánica. En su currículum pone que tiene un doctorado en Literatura Comparada. Es profesor de Literatura Comparada en Saint Xavier University, Chicago.

Información adicional

  • Autor:Diego E. Barros
  • País:Estados Unidos
  • Región:Norteamérica
  • Fuente:Público
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