Miércoles, 25 Mayo 2022 05:09

¿Hacia dónde camina Europa?

Escrito por Ruth Ferrero-Turrión
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Una mujer toma una foto de las banderas de los países miembros de la UE, en frente del Palacio de Versalles, cerca de París, antes de la cumbre europea del pasado mes de marzo. E.P./DPA/Kay NietfeldUna mujer toma una foto de las banderas de los países miembros de la UE, en frente del Palacio de Versalles, cerca de París, antes de la cumbre europea del pasado mes de marzo. E.P./DPA/Kay Nietfeld

La guerra en Ucrania está reconfigurando los equilibrios geopolíticos no sólo a nivel global, también dentro de la UE. Ha transcurrido, casi sin darnos cuenta, tres meses desde que comenzara la invasión rusa de Ucrania. Tres meses en los que el mundo ha cambiado radicalmente y en dónde, tras un primer shock inicial, se comienza a poder ver el escenario en el que nos movemos desde una perspectiva más amplia.

Ya casi nadie piensa que esta es una guerra que se pelea sólo en Ucrania y las recientes declaraciones de Biden desde Japón dejan pocas dudas al respecto. La lucha entre el bien del mal está dejando ver, ahora, que hay otros intereses involucrados en esta guerra más allá de consideraciones morales o nacionalistas, según de quien estemos hablando.

En Europa se continua con las aproximaciones del conmigo o contra mí que sólo llevan a la simplificación de una situación que ya no es reversible, y a la que, por tanto, habrá que buscar alternativas.  Los debates que se viven en estos días en Berlín, París o Roma contrastan con el discurso dominante procedente de la Europa del Este y del Norte que se encuentra perfectamente alineada con EEUU y la OTAN, la línea que critica el editorial del NYT. Dos son las aproximaciones confrontadas y ambas toman como ejemplo episodios históricos que les sirven para justificarlas. Por un lado, Francia plantea que Rusia no debería ser castigada con dureza para no repetir el proceso de radicalización vivido por Alemania tras la Primera Guerra Mundial. Bálticos y Escandinavos consideran que Rusia debe ser castigada, debe pagar reparaciones y se debe conseguir un cambio de régimen en Moscú, y solo entonces se entendería alcanzada una victoria.

Este debate, además de ser sumamente interesante, es fundamental ya que, de la confrontación de las ideas en liza, saldrán las líneas sobre las que la Unión Europea va a comenzar a reajustarse de cara a esos cambios globales que se han acelerado con la guerra.  Se suceden las conferencias a lo largo y ancho de Europa donde se debate cómo enfrentar el nuevo contexto por venir. Se plantea la construcción de una Europa geopolítica sin matices en donde no se debata nada que no tenga que ver con cuestiones vinculadas a todo aquello que tenga que ver con la seguridad y la defensa. El resto pasa a un segundo plano. Estos días se escucha como se aboga, sin pudor, por la desideologización de conceptos tales como la política de defensa, las pensiones, la riqueza o la educación para poder alcanzar la tan ansiada unidad europea sin fisuras, puesto que nada es ni de izquierdas ni de derechas. Se trata, por tanto, de avanzar en la unidad frente a Rusia y a las amenazas de seguridad sin debate interno, sin ideología. Esto nos recuerda, sin demasiado esfuerzo, a la guerra contra el terror de Bush, donde toda censura y reducción de derechos y libertades quedaba justificada por el riesgo de seguridad.

Pues bien, en Europa ahora nos encaminamos hacia algo similar. La ausencia de reflexión, la impaciencia por mostrar lo unida que está la UE está comenzando a generar sus propios monstruos. La crisis por la que atraviesa el eje franco-alemán y su pérdida de auctoritas es cada vez más evidente y se comienzan a ver atisbos de cambio en los equilibrios de poder en el seno de la UE. La guerra en la frontera oriental europea ha hecho que ganen cada vez más peso específico las alianzas que se tejen más allá del Rin en el marco de una nueva liga hanseática que quiere reconstruir el proyecto europeo con el punto de gravedad más hacia el Este y perfectamente coordinada con Washington en materia de seguridad y defensa. Estos países siempre consideraron a la OTAN como su gran garante en materia de seguridad, y ahora, con Finlandia y Suecia incorporados a las estructuras atlánticas, ya estarían todos.

A lo anterior, se suma, la relevancia que, cada vez más está tomando Polonia que quiere liderar el impulso hacia el Este que incluiría la adhesión de Ucrania. Se crearía de este modo un eje Varsovia-Kyiev difícil de contrarrestar en el marco de la institucionalidad europea. Por su parte, Italia, Francia y Alemania, han intentado reaccionar proponiendo alternativas a las posiciones más inflexibles, intentando modular un discurso que no consigue convencer a nadie. Quedan semanas y meses de importante debate europeo en el que se van a adoptar decisiones que tendrán un gran impacto social de cara al futuro. Se hablará de ampliación de la UE, se hablará de concepto estratégico de la OTAN, se hablará de una Europa más fuerte, de reforzar la disuasión, pero también la defensa como algo existencial. Pero, sin embargo, no se hablará de cómo impedir los recortes del Estado de Derecho, de cómo defender los derechos y libertades, o de cómo diseñar políticas públicas más redistributivas y justas.

Este es, sin duda, el gran debate que tendríamos que estar teniendo, pero que, nadie se atreve a plantear.

Por Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM

25/05/2022

Información adicional

  • Autor:Ruth Ferrero-Turrión
  • Región:Europa
  • Fuente:Público
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