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Viernes, 27 Mayo 2022 05:54

Bienvenidos a Occidente

Escrito por Lily Lynch
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Bienvenidos a Occidente

El abandono de la neutralidad profesada como opción moral es consecuencia del cambio de significado del internacionalismo, especialmente entre la izquierda de los países nórdicos.

 

Desde la invasión rusa de Ucrania, la famosa cita de Desmond Tutu —“si eres neutral en situaciones de injusticia, estás eligiendo el lado del opresor”— se ha utilizado hasta la saciedad. En numerosos foros, se ha recurrido a ella para arengar a los países a fin de que abandonen su neutralidad y se alineen con la OTAN. No importa que el opresor al que se refería Tutu fuera la Sudáfrica del apartheid, un régimen apoyado activamente por la Alianza militar atlántica. Tanto en Rusia como en Occidente, el momento actual se caracteriza por una amnesia constantemente realimentada.

A mediados de mayo, Finlandia y Suecia optaron por revocar sus antiguas políticas de neutralidad. La iniciativa de ambos países de presentar sus respectivas solicitudes de ingreso en la OTAN ha sido calificada, con toda la razón, de histórica. Finlandia ha sido neutral desde que fue derrotada por la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, tras la cual firmó un Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua con los soviéticos en 1948. Suecia, por su parte, libró numerosas guerras con Rusia entre los siglos XVI y XVIII, pero consiguió mantenerse al margen de cualquier otro conflicto después de 1814. El ingreso en la OTAN descarta una tradición centenaria, que ha llegado a definir la identidad nacional del país.

La cobertura mediática de la ampliación de los miembros de la OTAN ha sido eufórica. Mientras que en Suecia se ha producido un debate limitado pero de todos modos intenso, en Finlandia ha habido poco espacio para la disidencia pública. A principios de esta semana, la portada del periódico más leído de Finlandia, el Helsingin Sanomat, mostraba una ilustración de dos figuras azules y blancas (los colores de la bandera finlandesa) remando en un barco vikingo hacia un horizonte iluminado en el que se ve la estrella de cuatro puntas de la OTAN saliendo como si fuera el sol. El barco de madera es representado dejando atrás una estructura oscura y voluminosa decorada con una estrella roja. El simbolismo no podía ser más claro. O quizás sí. Hace varias semanas, la versión en línea del periódico sueco Dagens Nyheter mostraba una animación emergente del emblema de la OTAN transformándose en un signo de la paz.

En este entorno mediático, quizá no resulte sorprendente que el apoyo a la pertenencia a la OTAN sea alto: alrededor del 60% en Suecia y del 75% en Finlandia se muestran partidarios de la adhesión. Sin embargo, un análisis demográfico más detallado revela algunas grietas en la narrativa pro-OTAN. Para la prensa atlantista, “la cuestión de la OTAN” representa un cambio generacional en virtud del cual los jóvenes se muestran supuestamente deseosos de unirse a la Alianza en contra de los deseos de sus padres, quienes, según se nos dice, están irremediablemente ligados a la anticuada posición del no alineamiento característica de la Guerra Fría. “Después de haberse opuesto firmemente a cualquier iniciativa de la OTAN hace tan solo unas semanas”, escribía el antiguo primer ministro sueco Carl Bildt, convertido ahora en entusiasta participante en diversos think tanks liberales, la clase política “se enfrentará ahora a la disputa entre la generación de más edad y las generaciones más jóvenes, que miran al mundo con ojos nuevos”.

En realidad, sin embargo, lo cierto es lo contrario: la cohorte de edad que más se opone a la pertenencia a la OTAN en Suecia es la de los varones jóvenes de entre 18 y 29 años. Y no es de extrañar. Son el segmento de la población que estaría llamado a unirse a cualquier futura expedición militar. Contrariamente a la presunción de que la agresión rusa ha conmocionado a los suecos para que apoyen unánimemente la Alianza, la oposición a esta parece ir en aumento. El 23 de marzo, el 44% de los jóvenes encuestados estaba a favor de la OTAN y el 21% en contra. La semana pasada, el 43% estaba a favor de la OTAN y el 32% en contra: un salto de dos dígitos. El apoyo a la adhesión aumenta con cada tramo de edad, siendo las personas de mayor edad las que están más firmemente a favor de la misma. Las últimas encuestas realizadas en Finlandia muestran un patrón similar. Las encuestas del Helsingin Sanomat describen al típico partidario de la OTAN como una persona con estudios, de mediana edad o mayor, de sexo masculino, que trabaja en un puesto de dirección y gana al menos 85.000 euros anuales y que es políticamente de derechas, mientras que el típico escéptico respecto a la misma tiene menos de 30 años, es trabajador o estudiante, gana menos de 20.000 euros al año y es políticamente de izquierda.

Algunos de los más fervientes partidarios de la pertenencia a la OTAN se encuentran entre los dirigentes empresariales de Suecia y Finlandia. El mes pasado, el presidente finlandés Sauli Niinistö organizó una “reunión secreta de la OTAN” en Helsinki. Entre los asistentes se encontraban el ministro de Finanzas sueco, Mikael Damberg, oficiales militares de alto rango y poderosas figuras de las comunidades empresariales sueca y finlandesa. El principal de ellos era el multimillonario industrial sueco Jacob Wallenberg, cuyas propiedades familiares suman un tercio del valor de mercado de la Bolsa de Estocolmo. Wallenberg, el más entusiasta partidario de la OTAN entre los ejecutivos suecos, participa regularmente en los encuentros del Grupo Bilderberg, un club de élite dedicado a difundir el evangelio del atlantismo y el libre mercado. En las semanas previas a la decisión de Suecia de solicitar su ingreso en la OTAN, el Financial Times predijo que la postura de la dinastía Wallenberg respecto a la adhesión de Suecia “pesaría mucho” sobre los socialdemócratas en el poder, dada la considerable influencia que se le atribuye sobre estos.

En la cumbre de Helsinki, se advirtió a los funcionarios del gobierno sueco de que su país sería menos atractivo para el capital extranjero si seguía siendo “el único Estado del norte de Europa no integrado en la OTAN”. Esta advertencia, junto con la elevada presión ejercida sobre Finlandia, fue uno de los factores decisivos que llevaron al ministro de Defensa, Peter Hultqvist, a cambiar de rumbo y apoyar el ingreso de su país en la Alianza. El diario sueco Expressen informó de que la reunión había demostrado que la comunidad empresarial tenía mucho más poder sobre las decisiones de política exterior de lo que se pensaba. No es difícil comprender por qué las empresas están tan interesadas en la adhesión de Suecia a la OTAN.

El gigante sueco de la industria de la defensa, Saab, espera obtener grandes beneficios de ella. La empresa, cuyo accionista mayoritario es la familia Wallenberg, ha visto cómo el precio de sus acciones casi se duplicaba desde la invasión rusa de Ucrania. Su director ejecutivo, Micael Johansson, ha afirmado que la entrada de Suecia en la OTAN abrirá nuevas posibilidades para Saab en las áreas de la defensa antimisiles y la vigilancia. La empresa espera obtener enormes beneficios a medida que los países europeos aumenten su gasto en defensa y entretanto los informes del primer trimestre revelan que sus beneficios operativos ya han aumentado el 10% respecto al año pasado hasta alcanzar los 32 millones de dólares.

La considerable influencia de los líderes empresariales sobre el asunto de la OTAN contrasta con la del público en general. Aunque Suecia ha celebrado referendos sobre todas las decisiones importantes de su historia reciente —la adhesión a la UE, la adopción del euro—, no consultará a sus ciudadanos sobre la OTAN. La política más destacada que ha pedido una votación es la líder del Partido de Izquierda, Nooshi Dadgostar, pero sus peticiones han sido rechazadas de plano. El gobierno sueco, temiendo que la adhesión a la OTAN pueda ser rechazada una vez que pase la histeria de los tiempos de guerra, ha adoptado por su parte el planteamiento característico de la “doctrina del choque”, imponiendo su política mientras Ucrania está todavía en los titulares de los periódicos y la ciudadanía se halla presa del miedo. El gobierno también ha dicho que un referéndum requeriría una amplia organización y no podría celebrarse hasta dentro de unos meses. Esto significa que la cuestión de la pertenencia a la OTAN figuraría en la campaña electoral de septiembre: un escenario que los socialdemócratas suecos quieren evitar toda costa.

En Finlandia, sin embargo, hay poca oposición a la OTAN por parte de las fuerzas políticas, económicas y sociales convencionales. El tema se ha visto impregnado por el sentimiento nacionalista, siendo acusados quienes se oponen a la adhesión de no preocuparse por la seguridad de su país. El Parlamento votó esta semana de forma abrumadora a favor de la adhesión, con 188 votos a favor y solo ocho en contra. De estos ocho votos, uno era de un diputado del Partido de los Finlandeses (populista de derecha), otro era un antiguo miembro de la misma formación, y los seis restantes pertenecían a la Alianza de la Izquierda. Los otros diez diputados de la Alianza de Izquierda, sin embargo, votaron a favor. Uno de los representantes del partido llegó a proponer la aprobación de nueva legislación, que criminalizara los intentos de influir en la opinión pública en nombre de una potencia extranjera: un precedente que, en teoría, podría dejar a los críticos de la OTAN expuestos a ser procesados.

Recep Tayyip Erdoğan ha frenado parte de este impulso vertiginoso. Calificando a Finlandia y Suecia de “incubadoras” del terror kurdo, el presidente turco ha prometido bloquear la adhesión de los dos países nórdicos a la OTAN hasta que cumplan sus exigencias. (La alianza requiere la aprobación unánime de todos los Estados miembros para que un nuevo país se adhiera). Erdoğan ha arremetido contra Finlandia y Suecia por su negativa a extraditar a 33 miembros del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK) y del movimiento gülenista, culpando a este último de un sangriento intento de golpe de Estado perpetrado en 2016. También ha exigido que Suecia levante el embargo de armas que el país impuso como respuesta a las incursiones de Turquía en Siria en 2019.

Las cuestiones kurdas han tenido recientemente una presencia extraordinaria en la política sueca. Cuando los socialdemócratas perdieron su mayoría parlamentaria el año pasado, la primera ministra Magdalena Andersson se vio obligada a negociar directamente con una diputada kurda y excombatiente de los peshmerga llamada Amineh Kakabaveh, cuyo voto decidiría la suerte del gobierno. A cambio de mantenerlo a flote, Kakabaveh exigió que Suecia prestara su apoyo a las Unidades de Protección Popular (YPG) kurdas en Siria y los socialdemócratas accedieron. Ahora, desde esta semana, Kakabaveh ha reprendido a Andersson por “ceder” ante Erdoğan y ha amenazado con retirar su apoyo al gobierno. Tal vez los socialdemócratas hayan evitado convertir las elecciones de otoño en un referéndum no oficial sobre la pertenencia de Suecia a la OTAN, pero su gobierno sigue siendo extremadamente débil y se enfrentará a un intenso escrutinio durante los próximos meses. Muchos temen que el gobierno sueco llegue a un acuerdo privado con Erdoğan en el que sacrifique a los activistas kurdos y a los disidentes turcos, si éste acepta aprobar su candidatura a la OTAN. Mientras tanto, el cada vez más audaz presidente de Croacia, Zoran Milanović, ha levantado otro obstáculo menor: ha prometido bloquear el ingreso de Suecia y Finlandia en la Alianza a menos que se modifique la ley electoral de Bosnia y Herzegovina para que los croatas bosnios estén mejor representados.

Los medios de comunicación, tanto extranjeros como nacionales, han descrito con frecuencia la adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN como su “incorporación a Occidente”, es decir, como la prueba de su elección de un bando en una lucha civilizatoria concebida al estilo de Huntington. Esta retórica no es nueva. Poco antes de que Montenegro se uniera a la Alianza en 2017, el primer ministro del país, Milo Đukanović, dijo que la división no era “a favor o en contra de la OTAN”, sino “civilizatoria y cultural”. Sin embargo, es especialmente extraño, y revelador, encontrar esta misma orientación endógena en Escandinavia. Un comentarista de derechas escribió recientemente que, al entrar en la OTAN, Suecia estaba convirtiéndose por fin en un “país occidental normal”. A continuación, se detuvo a considerar si el gobierno iba a abolir pronto el Systembolaget, o monopolio estatal de licores. Aquí tenemos una idea de lo que significa realmente “unirse a Occidente”: vincularse a un bloque de poder dirigido por Estados Unidos y, al mismo tiempo, eliminar cualquier institución nominalmente socialista, un proceso que ya está en marcha desde hace décadas en Suecia y otros lugares.

El abandono de la neutralidad profesada como opción moral es consecuencia del cambio de significado del internacionalismo, especialmente entre la izquierda de los países nórdicos. Durante la Guerra Fría, los socialdemócratas suecos expresaron el principio de solidaridad internacional a través de su apoyo a los movimientos de liberación nacional activos en el llamado Sur global. Ninguna figura encarnó mejor este espíritu que Olof Palme, que posó para ser fotografiado fumando puros con Fidel Castro y criticó el bombardeo aéreo estadounidense de Hanoi y Haiphong, comparándolos con “Gernika, Oradour, Babi Yar, Katyn, Lidice, Sharpeville [y] Treblinka”. Sin embargo, durante la desintegración de Yugoslavia en la década de 1990, este “internacionalismo activo” se reconceptualizó como la “responsabilidad de proteger” a ciertas víctimas no occidentales de la agresión. Siguiendo la misma lógica, ahora se espera que los Estados se unan en una “alianza de democracias” para hacer frente a la tiranía y el terrorismo, optando por el cambio de régimen cuando sea necesario.

Pero la decisión de unirse a la OTAN no solo se basa en un discurso de solidaridad vacío, sino que también se presenta como un acto vital de interés propio, como una respuesta defensiva ante la “amenaza rusa”. En el caso de Suecia, se nos pide que creamos que el país se enfrenta actualmente a mayores riesgos de seguridad que los arrostrados durante las dos Guerras Mundiales y que la única forma de abordarlos es entrar en una alianza militar dotada de mayor fuerza. Aunque Rusia está supuestamente encontrando serias dificultades para avanzar contra un oponente mucho más débil en Ucrania —incapaz de ocupar la capital, sufriendo una enorme pérdida de tropas y suministros—, se nos dice que ello supone una amenaza inminente para Estocolmo y Helsinki. En medio de un pánico tan elaborado, se han ignorado las verdaderas amenazas al modo de vida nórdico: el debilitamiento del Estado del bienestar, la privatización y la mercantilización de la educación, el aumento de la desigualdad y el debilitamiento del sistema sanitario universal. Aunque los gobiernos sueco y finlandés se han apresurado en su alineamiento con “Occidente”, han mostrado mucha menos urgencia a la hora de abordar estas crisis sociales.

Por Lily Lynch

27 may 2022

Información adicional

  • Antetítulo:Análisis
  • Autor:Lily Lynch
  • Región:Europa
  • Fuente:El Salto
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